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Revista La Cuna de Eros Numero 3

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Revista La Cuna de Eros número 3

EDITORIAL

Uno de los motivos principales por los que nació esta revista, era el poder dar a conocer a autores y autoras que, por el hecho de ser auto publicados o publicar en editoriales pequeñas, no llegan a tener todo el reconocimiento que merecen por su trabajo. Hay muchos (en este género, mayoritariamente mujeres) que tienen un talento excepcional, pero el hecho que sean auto publicados puede echarnos para atrás a la hora de comprar sus libros. Siempre he pensado que, para muestra, un botón, y por eso desde la redacción hemos decidido, para celebrar la buena acogida que recibió la revista en los dos números pasados, hacer un concurso entre todas nuestras lectoras para que puedan conocer, de primera mano, a estas autoras, porque con toda seguridad, entre ellas habrá muchas que os gustarán y acabaréis siendo tan fans suyas como nosotras. En otro orden de cosas, tenemos que decir adiós a dos de nuestras compañeras, Lourdes y Anneliesse, que por falta de tiempo, se han visto obligadas a abandonar la redacción, aunque esperamos que sólo sea algo temporal y que vuelvan en cuanto sus obligaciones se lo permitan. Que sepáis que siempre tendréis un sitio en esta revista. Y ahora sí, sin más, os damos la bienvenida al número tres de la revista La Cuna de Eros.

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Revista La Cuna de Eros número 3

ÍNDICE
RELATOS TIPOS DUROS de HENDELIE gpag 6 ALGO INESPERADO de ENTIQUE GARCÍA DÍAZ gpag 22. LOBA de OLALLA PONS ppag 39ág. LA CREMALLERA de HELENC. ROGUE ppag 55g. CANDENTE NOCHEBUENA de ENCARNI ALCOYA ÁLVAREZ ppag 64ag PERO ¿QUÉ TIENEN LOS ASCENSORES? de ELIZABETH D’SILVA ppag 75g BESOS DE AZUCAR ASDRÚBAL VALLADARES pag 84 TARDE DE RECUERDOS de PATRICIA K. OLIVERA ppag 86 HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE TIQUICIA VARGASapag 91g SOLITARIA PERO CON FELIPE de ANTONELLA DE QUEVEDO pag 97 SIN TI SIN ALIENTO ARMAN LOURENÇO pag 106 RESEÑAS EL ESLABÓN DEL TIEMPO de CHUS NEVADO Marta Fernández papag 28 LO QUE HICE POR AMOR de SUSAN ELIZABETH PHILLIPS por Elizabeth Silva ppag 37ag. MI TIERRA ERES TÚ de BELA MARBEL por D.W. Nichols ppag 54ag. CLARITA Y SU MUNDO DE YUPI de LAURA NUÑO por Helen C. Rogue y Yolanda González ppag 71ag NOCHES ÁRTICAS de ANA VIDAL EGEA por Sarah Degelpapag 83g FUEGO Y ACERO de HENDELIE por D.W. Nichols pag 92 PECADOS QUE COMETIMOS EN CINCO ISLAS CARMELA DÍAZ Elizabeth Silva pag 104 PRIMEROS CAPÍTULOS GENÉTICAMENTE PERFECTO de HD. CRUZ pagpag 14 LA NOCHE DE LA LUNA AZUL de D.W. NICHOLS p pag 29ag. CLARITA Y SU MUNDO DE YUPI de LAURA NUÑO papag 43g. APUESTO POR TI de JÒNIA ANATÒLIA pag 58pag LIBÉRAME de BARB CAPISCE ppag 79ag CAZADOR DE DEMONIOS de H.D. CRUZ ppag 93g ELLA ES MÍA DOLORES DOMÍNQUEZ pag 112 ENTREVISTAS MARCIA COTLAN por Marta Fernández pagpag 17 MARIEL RUGGIERI por Elizabeth Silva ppag 48 MARÍA MARÍNEZ por Marta Fernández ppag 88g ARTÍCULOS RECOMENDAMOS pagpag. 4 EN OTRA ÓRBITA: VÍCTOR BLÁZQUEZ por Sarah Degel pápag 27g. BDSM, segunda parte por Patri Kosmik ppag 51 CONCURSO ppag 118
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Revista La Cuna de Eros número 3

RECOMENDAMOS...

En este número, Sarah Degel nos recomienda Cuando estuvimos muertos (Retrum 01), de Francesc Miralles, una novela romántica gótica cargada de misterio y con una historia de amor donde los lazos son más fuertes que nada, incluso que la muerte. Apta para los amantes de la música y la literatura y para los que les gusten visitar cementerios... Recomendada para todos, una novela que no deja indiferente. Puedes leer la reseña en su blog AQUÍ

Elizabeth Silva nos trae lo nuevo de Lucinda Grey, Semper Libera, una historia que transcurre en el siglo II antes de Cristo, entre Hispania y la península Itálica. Intrigas, malentendidos, asesinos que no lo son, inocentes que se descubren como culpables, esta es la historia de un romano, una esclava hispana, un amor y un odio, de Marco y de Gades. Puedes leer la reseña en su blog AQUÍ

Marta Fernández nos habla de Susurros, de A. G. Howard, una versión con un toque de locura maléfica de la afamada Alicia en el País de las Maravillas. Una novela juvenil diferente, atrevida y muy original. Puedes leer la reseña AQUÍ

D.W. Nichols no sugiere una novela histórica que viene de la mano de Ava Campbell, Quédate en mi vida, una historia de amor Helen C. Rogue nos presenta llena de intriga, celos, secretos y esta fresca apuesta por el chik-lit. malentendidos. Aventuras y desventuras de MaPuedes leer la reseña riloli Baker en el ciber espacio, de AQUÍ Elena Martínez Blanco es divertido y original, con personajes cibernéticos y comentarios bloggeros muy ocurrentes. Puedes leer la reseña AQUÍ Página 3

Revista La Cuna de Eros número 3

Una deliciosa historia de amor que surge como casi todas las cosas importantes surgen en la vida, sin esperarla. Alain es un poeta de éxito en el París de la Belle Epoque que vive una vida acomodada que le permite entre otras cosas las visitas a la casa de Monsieur Lefebvre, una de las casas de citas más conocidas y de mayor lujo de la ciudad. Allí, conocerá a Neill, un inmigrante irlandés que intenta sobrevivir dedicándose a la prostitución. Neill es un hombre de modales rudos y pasional, honesto en su manera de sentir y expresarse, llamará la atención de inmediato del sensible poeta y le abrirá las puertas de un mundo desconocido y crudo donde Alain descubrirá otra manera de percibir la belleza y la realidad. Su relación no tardará en ir más allá de lo meramente profesional y se verá en peligro por una apuesta que tiene que ver con el irlandés y con la casa de Monsieur Lefebvre. ¿Podrá su amor llegar a buen término?... tendréis que leer para saberlo.

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Revista La Cuna de Eros número 3 Relato

TIPOS DUROS
de Hendelie
Mi madre contaba que el día que nací, cayó una nevada sobre la ciudad como no se había visto nunca. Era el mes de Enero y las ventanas se escarcharon. Siempre pienso en eso cuando me tomo un white lady. Esas ventanas debieron parecerse mucho a la superficie de mi copa, cubierta de vaho y con una extensión blanca al otro lado. Dentro del vaso, la ginebra, el cointreau y el zumo de limón se funden, y eso me hace pensar en otra clase de cosas. El modo en el que un cóctel se mezcla siempre me ha parecido algo casi erótico. Quiero decir que cuando echas todo eso junto en un vaso o una coctelera no puedes pensar que van a unirse porque tú se lo pidas. No, tienes que sacudirlos, agitarlos y marearlos para que terminen retozando juntos. Y es el hielo el que amalgama los componentes, al derretirse lentamente. Los suaviza, los desnuda despacio, les tienta y les convence para que se abracen los tres. Sin hielo no es lo mismo. Nunca es lo mismo sin hielo. Paladeo el licor, con la mano en el bolsillo, observando a los asistentes. La música suena suave, jazz y bossanova (loor y gloria al encargado de la música este año) y los invitados se pasean alrededor de las mesas. Hablan entre ellos, fuman, engullen los canapés y se tragan las bebidas. No es difícil identificar la posición de cada uno a golpe de vista, y sobre todo, mirando cómo comen. Estudio sus vestimentas, comprobando que sus sastres deben seguir ofendidos: este año, para variar, esperaba un poco más de clase por parte de los caballeros, pero vuelven a decepcionarme. Las damas en cambio suelen estar a la altura. Especialmente mi ex mujer. No es por inmodestia, pero es la más guapa. El vestido azul le llega hasta los tobillos y el palabra de honor siempre le ha sentado maravillosamente. Su mirada asesina me llega desde lejos y sonrío, halagado. Ella es el máximo exponente de ese tipo de mujer, el que con sólo un roce o una mirada te roba el corazón. Solo que en el caso de Mara, ella lo haría literalmente, hundiendo las uñas en mi esternón y arrancándome las vísceras. Siempre ha sido muy romántica. Le saludo con la mano desde lejos y suspiro al recibir esa corriente de odio, violenta y trémula, que corta el ambiente entre nosotros. Aun estando separados por metros de baldosas de gres y de esmóquines de alquiler, puedo sentir su furia. Pero es excitante y eso es bueno, porque aparte de ella y un par de personajes más, aquí todo el mundo es aburrido, anodino y vulgar. Nada inesperado. Las reuniones de empresa son tan fascinantes como sentarse a mirar una pared. —Vaya, Anders, cuánto tiempo. ¿Qué decía? Maravilloso, conversación casual. Sonrío afectadamente a Zael y estrecho la mano que me tiende. Zael es una especie de monstruo de dos metros de altura, con la boca grande como un buzón y ojos de lobo. No me molesta que sea feo, su función es intimidar, y los guapos solemos provocar sentimientos más variados en ese sentido. No hay nada más halagador e inadecuado que estar amenazando a alguien y darte cuenta de que le resulta afrodisíaco. Por eso es política de empresa desde hace ya varios años que los intimidadores deben carecer completamente de atractivo. —Me alegro de verte. Bonita corbata. El monstruo sonríe con los dientes torcidos y se tironea de ella. En realidad su corbata es horrorosa, pero Zael no está preparado para identificar la ironía. No es Asperger, es falta de intelecto. —Si, ¿eh? Tú vas hecho un pincel, como siempre. —Gracias. Quizá es que le da envidia mi traje de Armani o que no termina de confiar del todo en mi sonrisa maliciosa (¿quién lo haría?) y empieza a pensar, acertadamente esta vez, que le considero un ser prescindible en este planeta, pero el caso es que su gesto se vuelve un poco provocador. Se me acerca con una amenaza velada en los ojos. —¿Sabes? Los jefes van a encargarte un trabajito después de la cena. Le miro con falso afecto. —¿Ah, si? Página 5

Revista La Cuna de Eros número 3 Asiente, y se acentúa ese brillo no del todo amistoso en su mirada. —Ya sabes cómo es la gente. —¿Idiota? Doy un largo sorbo a mi copa, mirando alrededor con hastío. Sí, la organización en la que trabajo no es el lugar más seguro del mundo. Ni para nuestros clientes, ni para nuestras víctimas, ni para nosotros. —No, no… claro que no. Bueno, quizá idiota también. Pero me refiero a que todo el mundo habla demasiado. Ladeo la cabeza inquisitivamente, animándole a hablar más. —¿Y qué dicen, Zael? —Dicen que andas por ahí haciendo cosas por tu cuenta, ¿comprendes? Infringiendo las reglas. No tienen ninguna prueba, claro, por eso los jefes quieren darte una oportunidad de demostrar tu lealtad. —Oh. Ya veo. El siguiente trago me sabe un poco menos dulce. No estoy demasiado contento con esta noticia, como es natural. Mis jefes desconfían de mí, y por lógico que sea, eso me pone en un aprieto. Me van a encargar un trabajo. Bien. Supongo que resolviéndolo dejarán de molestar durante un tiempo. El idiota de Zael quiere seguir pegando la hebra, pero yo ya no tengo ganas de hablar con él, así que me disculpo educadamente y camino en dirección a la mesa de enfrente, donde acabo de divisar, para regocijo de mi corazón, al bueno de Liam McKenzie. Liam es… un viejo amigo. Es guapo, elegante, mayor que yo y trabaja en mi departamento. Liam y yo tenemos una relación bastante estrecha. Estrecha hasta el punto de que él se tensa cuando me sitúo a su lado para coger uno de esos infames trozos de comida aleatoria a la que tienen la indecencia de llamar canapés. —Hola, Liam. Me lanza una mirada de soslayo, ofendida. Ofendidísima. Tiene los ojos verdes y un precioso cabello rizado de color castaño oscuro, cálido. Sus ojos siempre me han recordado a las uvas jóvenes. —Hola, Elliot —escupe, con un relampagueo en la mirada. Se ladea y escapa de mi presencia con donaire. Por Dios, hacía tiempo que no escuchaba a nadie pronunciar mi nombre con tanta rabia contenida. Un escalofrío de excitación me recorre la espalda. ¿Me odiará? Eso me gusta. Resultarle indiferente a tus ex amantes significa que algo no estás haciendo bien, pero todo lo que sean emociones fuertes son bienvenidas. Le sigo, con la copa y el aperitivo. No sé por qué. En realidad no quiero disculparme con él, ni tampoco tengo especial interés en una reconciliación. Tampoco sabría exactamente de qué arrepentirme en este caso. Pero con Liam tengo muchas opciones: fastidiarle, seducirle, o simplemente hablar con él puede ser divertido. Y esta cena es horriblemente aburrida. —Me gusta tu traje. Le he seguido hasta la barra. Ha pedido un whisky solo, no ha vuelto a mirarme mientras atravesábamos la sala. Saco la pitillera y le ofrezco un cigarro. El camarero pone el hielo en su copa. Vierte el licor. Liam la coge y sólo después de beber un trago y agitar el vaso en su mano, de mirar hacia las botellas largamente y tenerme esperando el tiempo que él considera suficiente y justo para la magnitud de la ofensa que siente, se vuelve hacia mí y me arrebata el cigarro de los dedos. Se lo pone entre los labios con un suspiro. Yo sonrío y prendo el mechero para encendérselo. —Es de la sastrería de la cincuenta y seis —confiesa a regañadientes. Me apoyo en la barra, sin dejar de mirarle, mientras me sube una corriente de satisfacción por dentro. Aunque me esté hablando con desprecio, me está hablando. Sé que está enfadado, aunque no estoy muy seguro de la causa. Estábamos muy bien, y un día, de repente, se volvió arisco y no quiso que volviéramos a vernos. Me dejó una melodramática nota que no conservo, pero sí recuerdo. Al fin y al cabo no fue hace tanto tiempo. Mi memoria no es tan horrible. —¿Qué tal estás? —le pregunto. —¿Que qué tal estoy? —repite, con incredulidad. Sí que está enfadado, sí—. Muy bien, gracias. Mejor de lo que estaba en mucho tiempo. Se traga la mitad de su copa, mirando alrededor. —No tendrá que ver conmigo, supongo. —Por supuesto que tiene que ver contigo. Página 6

Revista La Cuna de Eros número 3 —Vamos, no fue tan malo —le recuerdo, conciliador—. No me lo parecía, y creo que a ti tampoco. ¿Dirás que no hemos tenido buenos ratos, querido? —Claro que sí. Sí… supongo. No me llames querido. Y no me gusta que nos vean hablando juntos. Estás en entredicho, ¿sabes? ¿Ah sí? Vaya, vaya. Suficiente para mí. Si quiere evitarme, yo no tengo más remedio que llevarle la contraria. Liam ya se está marchando hacia las mesas, alejándose de la barra, de nuevo huyendo. Doy un par de zancadas, pegándome casi a su espalda. —Entonces vamos a hablar a otra parte, donde no nos vean —le susurro al oído, más exigente que seductor. Él se remueve para apartarse de mí. —Ni lo sueñes. Tsk. Es un poco frustrante. Le veo marchar, sin disimularme a mí mismo cuánto le admiro. Siempre me ha encantado cómo camina. Tiene mucha gracia al moverse; es más alto que yo y también un poco más corpulento, pero esa gallardía celta la lleva en la sangre, el maldito. Le envidio, pero sólo un poco. Me pregunto si merece la pena seguir molestándole, y decido que sí. Vuelvo a ir tras él, como quien no quiere la cosa. Los invitados ya están sentándose en las largas mesas dispuestas para la cena. Busco mi nombre y cojo el cartelito doblado del puesto que se me ha designado. Luego miro alrededor y me dirijo hacia el lugar donde Liam acaba de sentarse. Quito el cartel de un tal Jonathan Nosequé y lo tiro por encima de mi hombro, colocando el mío delante del plato. Me siento y sonrío a Liam, que está en el asiento de al lado y no se ha perdido nada de todo esto. —Estás completamente loco —replica, tras mirarme escandalizado unos segundos. Me encanta esa expresión. Me quedo sonriéndole con descaro hasta que los jefes se unen a los comensales y desvío la mirada hacia las copas. Liam, eres tan atractivo… con ese porte de buen chico, de caballero intachable y severo. Quedábamos muy bien juntos. Como dos galanes de película, el truhán y el noble, el tramposo y el justo, el fiel esposo y el indomable seductor. Sólo faltaba pelearnos por una mujer… aunque eso ya lo hicimos. Después de ser amantes y también antes de seguir siéndolo. ¿Alguna vez no hemos sido amantes? Tengo la impresión de que es algo constante, un hilo que sólo se interrumpe de vez en cuando de manera circunstancial. Siempre regresamos, ¿no es cierto? Se me ensancha la sonrisa al recordarlo y me sumerjo en esos espacios privados de mi memoria para revivir épocas pasadas. Eran buenos tiempos. Cuando vuelvo en mí, los jefes terminan de dar el discurso de apertura. Los discursos son ese tipo de cosas que detesto siempre que no estén hechas por mí, como la salsa boloñesa. Y en este caso es algo especialmente molesto, porque retrasa el momento en el que comienzan a servir los platos. Pero al fin ha acabado, y el ejército de camareros sale por las puertas abatibles del salón, cargados de bandejas, botellas, carritos… las suelas de sus zapatos repican en el suelo con redoble marcial. —¿Por qué te fuiste? —pregunto en voz baja, cuando nos ponen el primer plato. El vino no está mal del todo. Pero el consomé de setas en pleno mes de mayo es un error, desde mi punto de vista. —No quiero hablar de eso, Elliot. En realidad, preferiría no hablar contigo de nada en absoluto. Esta vez su respuesta no es tan rabiosa. Parece sólo cansado y molesto. ¿Cansado de mí? No puede ser. Empieza a picarme la curiosidad. —Al menos tengo derecho a esa respuesta. Los cubiertos de plata entrechocan con la porcelana. Él se lleva una cucharada a los labios, se pasa la lengua por ellos, se limpia con la servilleta, dándose unos toques muy suaves. Estoy viéndole en el reflejo de mi copa para no mirarle directamente. —No te hagas la víctima, por amor de Dios —murmura—. No hagas que parezca que te rompí el corazón. Ambos sabemos que no es así. La manera cruda de decirlo me molesta un poco. No me agrada la desnudez verbal, siempre he considerado que en todo proceso de comunicación importa más cómo se dicen las cosas que lo que se dice. Liam acaba de perder mucho encanto con esta declaración, pero me adapto a sus maneras. —¿Acaso ha sido al revés? Él sonríe a medias y remueve el consomé. Tiene la vista fija en el centro floral que tenemos delante. A nuestro alrededor, los excelsos compañeros de trabajo que nos honran con su presencia están enfrascados en emocionantes conversaciones acerca de perros, casas o familias. Ninguno parece requerir nuestra atención. Página 7

Revista La Cuna de Eros número 3 —No, puedes estar tranquilo. Fui capaz de parar antes de llegar a ese punto. Oh, vaya. Qué emocionante. Así que le di fuerte a Liam… pero eso es bueno, es agradable tener esos sentimientos, ¿no? A él no parece que le sea grato. ¿Estará diciendo la verdad? —Lo siento. —No mientas. No te sientes culpable. Otra vez la desnudez verbal. Demonios, Liam, me gustas y me gusta que me gustes. Pero si sigues reventando todas mis tentativas de aportar algo de elegancia y clase a este drama primaveral empezaré a aborrecerte. —Tienes razón, no me siento culpable —admito, tras tomar otra cucharada—. Pero sí que lo siento. Lamento que te hayas marchado… y lamento que algo haya provocado que lo hicieras. Me mira de reojo, como si estuviera evaluando la credibilidad de mis palabras. Luego sonríe a medias otra vez y deja oír una risa suave, seca. —Tampoco creo que lo lamentes demasiado. Sólo te apena que se haya terminado el juego, tal vez. Y dudo que te entristezca seriamente. —En ningún momento he dicho lo contrario —admito, una vez más—, pero no veo por qué tenía que terminar. Funcionaba muy bien. —No puede funcionar llegado cierto punto, Elliot. —De nuevo me habla con amargura y reproche—. No puedes pretender que alguien se quede a tu lado en esas condiciones. Tu juego es cruel. Es difícil no terminar involucrándose contigo, ¿sabes?, y tú nunca lo harás. Eres frívolo, superficial y veleidoso. —¿Qué? Ahora le escucho con renovado interés, mirándole directamente. En parte me sorprenden sus palabras, pero también creo que es un gran discurso; este sí. Directo, con algo de rencor y adjetivos tan pedantes como todo él. Y aunque aún exhibe una franqueza casi insultante, me gusta más cómo habla ahora. —Aún sabiendo cómo eres, es imposible no terminar enredándose en tus artimañas, implicarse emocionalmente, esperar algo de ti que nunca darás —prosigue, haciéndose a un lado cuando regresan los camareros para retirar los platos—. Nadie tiene tanto aguante. Al final, empecé a mojarme los pies con todo esto. Por eso, cuando las cosas se pusieron confusas para mí, me fui. A veces no entiendo a la gente. Se pasan media vida reclamando atención y alguien en su cama, en su corazón. Y cuando se lo das, todo son pegas. Es maravilloso. Que si no me correspondes, que si no te implicas tanto como yo, que si no estoy seguro o segura de mis sentimientos, que si no eres sincero… Sobre todo eso. —No sabía que te sentías así. Y no era mi intención. —No eres sincero. ¿Ves? Sobre todo eso. Exhalo un suspiro suave, levantando una ceja. —Disculpa esta vulgaridad, querido, pero, en primer lugar, ¿tú que coño sabes? Quizá, por una vez, estoy diciendo la maldita verdad —respondo. No quiero sonar tenso o molesto, pero quizá lo estoy—. Y en segundo lugar, ¿de qué árbol te has caído? Mira dónde estamos, mira quienes somos. Mira lo que somos. Somos delincuentes. Mentirosos, estafadores, asesinos, la escoria de la sociedad enfundada en trajes de raya diplomática. Y me reprochas que no soy sincero. Pues claro que no soy sincero, pero no tiene ningún sentido que eso te ofenda. Es como echarle en cara a un gato que no tenga plumas. —Ya estás haciéndolo otra vez. Dios mío, no has cambiado nada. —Ahora me he dejado las patillas un poco más largas. Y, por otro lado, ¿Qué estoy haciendo? —Primero me insinúas que no sé nada, que puedes estar siendo honesto. Y después reiteras que no lo eres –su mirada incisiva me atraviesa de nuevo—. Es increíble, después de tanto tiempo, de toda una vida, que todavía me resulte imposible conocerte. Estaba separando la espina del pescado, pero he dejado de hacerlo. Las palabras de Liam, mi viejo amigo, camarada y compañero, mi amante, me despiertan una nostalgia muy real. Yo le conozco muy bien. A él y, en realidad, a muchos de los que están aquí. Pero a nadie como a él. —No puedo evitar ser como soy —le digo, mirándole con fijeza. Quiero que me crea, esta vez sí que lo deseo, aunque no albergo demasiadas esperanzas—. No te engañes. Sí que me conoces, Liam. Mara y tú sois las únicas dos personas que me conocen de verdad. Sus ojos verdes están fijos en los míos. Toma otro bocado y suspira, arqueando la ceja levemente en ese gesto de admisión que tanto me ha fascinado siempre, hasta el punto de que terminé por copiárselo sin darme cuenta. Página 8

Revista La Cuna de Eros número 3 —Tal vez tengas razón. —No dejes que te confundan las palabras, ni siquiera las mías —insisto—. Las palabras no son un instrumento para comunicarse mejor, esa afirmación es uno de los grandes errores universales. Las palabras son un hermoso ornamento, o un arma afilada, pero no son nada más. Y no significan nada en absoluto. Tú sabes lo que hemos vivido juntos. Y eso es lo que cuenta, ¿no? —Es un modo de verlo. —Es mi modo de verlo. ¿Por qué no te sirve a ti? No me responde, y durante un rato, nos limitamos a comer en silencio. Luego sonríe a medias. —Cuando me quitaste a Mara, no creí que fuera capaz de perdonarte nunca. Nos relajamos un poco con el cambio de tema. Su voz suena más suave, su mirada está más limpia ahora. Todo lo limpia que puede estar. Liam tampoco es un santo, trabaja en mi gremio y ninguno lo somos. Pero a pesar de todo, conserva una especie de integridad, de honradez dentro de la delincuencia inherente a nuestra situación, que me resulta admirable. No lo puedo evitar y acerco mi pierna a la suya por debajo de la mesa hasta que nuestras rodillas se rozan. —¿Y lo has hecho? —A estas alturas, no estoy muy seguro –responde, repitiendo ese mohín encantador—. Ahora ella es tan diferente… quizá me hiciste un favor. O quizá ella es así ahora por tu culpa. Supongo que ya no me importa. —Yo sí te perdoné por el puñetazo. Pero no te quité a Mara, ella simplemente… —Entró en nuestra vida como un equipo de demolición, ¿eh? Ahora los dos estamos mirando en la misma dirección: a la mujer del vestido azul que disfruta de su comida con ademanes elegantes y altivos. Sus ojos son crueles y fríos ahora, pero antaño eran llamas. Nos hizo arder a los dos en ellas. Eran buenos tiempos. —Equipo de demolición. Eso es bastante exacto. Liam no ha apartado la pierna. Percibo cómo se relaja su postura poco a poco, su semblante severo se ha ido distendiendo. Ahora es otra vez el joven caballero sureño de ojos verdes y graves que aparece en las viejas fotografías, siempre conmigo. A veces con Mara, pero siempre conmigo. —Elliot…—algo en su tono de voz, en el modo en que deja el tenedor en el plato, en el nuevo brillo de sus ojos, me hace prestarle el doble de mi atención—. Tengo que ir al excusado. Se me queda mirando, como si esperase una respuesta. Ah, claro. No soy tan idiota como para haberme olvidado de esto. Esa frase siempre ha sido una especie de código para reunirnos en privado. Liam es tan esnob a veces que no puede evitar referirse al baño como lo acaba de hacer. El Excusado. ¿Se puede ser más pedante? Asiento con la cabeza, él asiente a su vez, se levanta y se aleja, desapareciendo por la puerta que tenemos justo detrás, sin volverse. Un poco después, soy yo quien está bajando las escaleras. Este hotel no está mal, aunque hubiera preferido menos alfombra roja y más ventanales, pero no está mal del todo. Me enciendo un cigarro mientras camino por los pasillos, sobre los tapetes que hacen sordas mis pisadas. No sé que quiere Liam de mí, pero espero que los cuartos de baño sean espaciosos y huelan bien. Si nos reconciliamos me gustaría que estuviéramos cómodos. No me decepcionan. Colores pastel en el alicatado, toallas de papel (de acuerdo, higiénicamente mejores, pero terribles para la decoración) y espejos relucientes. Y pastillas de limón en los inodoros. Liam está fumando, apoyado en la repisa de mármol en la que están instalados los lavamanos. El humo de su cigarro huele a frutos secos y miel tostada. Sus ojos verdes me observan cuando entro, y yo también le miro a él. Será por el romanticismo inherente a los cuartos de baño, pero de repente me parece más guapo aún, y tengo unas ganas irresistibles de acercarme a sus labios. Se establece una súbita y profunda intimidad entre nosotros ahí abajo. Es porque estamos solos, sin nadie alrededor, por primera vez en meses. —Así que frívolo, superficial y veleidoso —le digo al fin, tras largos segundos de silencio y miradas intensas. Me cruzo de brazos y los ojos verdes de mi mentor centellean. Cambia de postura, aspirando el humo y soltándolo por la nariz. Sigue enfadado. Bah, el que tiene derecho a estar enfadado soy yo. Eso creo. Da igual, no lo estoy, pero me gusta fingirlo a veces. —Ahórrate el melodrama, Elliot. No tengo ganas de jugar. Me gusta fingirlo a veces, pero no me gusta que no se lo traguen, como es el caso. —¿Las has tenido alguna vez? Página 9

Revista La Cuna de Eros número 3 El show debe continuar, no importa que se haya dado cuenta. —El capo de nuestra zona sabe lo que estás haciendo. Van a darte un último trabajo y luego te van a… despedir. Y así es como se destroza una atmósfera. A bocajarro. Suspiro y me paso la mano por el pelo, apoyándola después en el mármol y mirándome al espejo. Liam tiene un defecto, uno que yo terminé adorando, como todo lo que tenía que ver con él. Cuando está de buen humor, es cuidadoso y atento con el vocabulario. Es maravillosamente irlandés, sobre todo a la hora de expresarse, de esa clase de hombres altamente indicados para comunicarte que tienes una enfermedad terminal. Lo haría de tal manera que, cuando acabara, le darías las gracias, un abrazo y una bandeja de galletas horneadas por tu abuelita. Ese no es el defecto, claro, el defecto es que cuando está de mal humor, se pasa al otro extremo. Y a mí no me gusta nada que me hablen así, con brusquedad. Soy un hombre sensible. —Muy bien. ¿Eso es lo que querías decirme? —Te he sacado un billete a París. ¿Pero qué coño dice? Levanto la cabeza para mirarle con reproche. Mi héroe. Mi soldado confederado, salvándome del peligro. ¿O quitándose de en medio a un ex amante? En todo caso, decidiendo por mí y sin ningún derecho. Es muy romántico, pero completamente fuera de lugar. ¿Quiere mandarme lejos? ¿Pero qué se ha creído? —Te lo agradezco, pero no voy a irme a ninguna parte, Liam. Frunce el ceño, suspira. El espejo me ofrece su imagen por partida doble. Todos sus gestos son elegantes, contenidos. Incluso ahora, que parece repentinamente aquejado por un dolor de cabeza que seguramente lleva mi nombre. Está preocupado. Detecto cómo está conteniendo esa intención de hacerme entrar en razón a toda costa. Los católicos son tan insistentes… no importa que sea un gángster, es un gángster católico, irlandés y sureño de adopción. Puede ser un verdadero plasta si se lo propone. Y muy cursi. —¿Por qué? —pregunta, volviéndose hacia mí para mirarme directamente. —Quiero ver en qué consiste el trabajo. Quizá terminarlo. Ya encontraré una manera de escurrir el bulto después. Me inclino hacia el espejo para peinarme una vez más, aunque no me haga falta. Estoy mintiendo. Soy un embustero profesional. Y además, un frívolo, un superficial y un veleidoso, así que no necesita saber mis verdaderos motivos. De todos modos, si se los dijera, él me reprocharía que no soy sincero o que siempre estoy jugando. De todos modos, él debería saberlos. No quiero una escena heroica con ojos empañados, no hay necesidad de eso. Somos tipos duros, qué demonios. Chaquetas negras y Colt en el bolsillo, coches metalizados. Estas conversaciones no existen en nuestro mundo, así que no se lo diré. No le diré que me quedo por él. Porque, seguramente, si alguna vez he amado a alguien de una manera profunda, ha sido a Liam. Y la sola idea de no volver a verle, de enterrar la menor oportunidad de que nuestros caminos se crucen otra vez, me resulta inaceptable. Pero explicar estas cosas es impropio y da lugar a momentos embarazosos, así que no lo haré. Él debería saberlo. Cuando vuelvo a erguirme, ya no me está mirando. Está fumando en silencio, con esa expresión suya, tan grave y cargada de emociones. Un mechón de cabello rizado está recostado sobre su pómulo y se descuelga para enmarcarle el rostro como una hiedra de otoño. Levanta los dedos y se los pasa sobre los párpados. Luego suspira. Al bajar la mano, una pulsera de cáñamo trenzado asoma por debajo de la manga de su camisa. —Ten cuidado —dice al fin, con resignación—. Esto no es cosa de broma, Elliot. Intenta ser prudente. Por favor. Asiento con la cabeza al escucharle. Tengo un ligero malestar, creo que es ardor de estómago. No debería haber comido alcaparras. Me he quedado mirando la pulsera. Fue un regalo mío… un estúpido regalo, cuando aún era un adolescente y él era aquello a lo que quería parecerme en pocos años. Liam me está pidiendo que sea prudente. Él sabe que yo no suelo pensar mucho antes de hacer las cosas, que soy caótico y extravagante. Me conoce bien, aunque crea que no me conoce nada. Si no me conociera bien, se habría sorprendido cuando me he abalanzado sobre él para besarle por fin, salvando la distancia que nos separa en pasos precipitados y cerrando los dedos en sus mejillas, poniéndome de puntillas porque es más alto que yo y no las tengo todas conmigo acerca de que me vaya a corresponder. Página 10

Revista La Cuna de Eros número 3 Pero no se sorprende, es como si lo hubiera estado esperando. Y además, me corresponde. Sus labios se acoplan a los míos y su lengua acepta mi irrupción repentina, sus brazos se cierran alrededor de mi cuerpo. Soy frívolo, superficial y veleidoso. Ojalá no lo fuese. Ojalá él no lo pensara. Estas son las tonterías que se me pasan por la cabeza mientras me estrecha, cuando su boca toma el control del beso apasionado y esa aura cálida y poderosa que desprende su presencia me envuelve como una manta. —Si te sucediera algo… —murmura entrecortadamente, con los labios sobre mis labios y una mano entre mis cabellos—. Piénsalo, al menos. Sus palabras me provocan más dolor de estómago. Me incomoda lo que dice y el tono en que lo hace. Cierro los dedos en las solapas de su chaqueta y las estrujo, arañándole los labios con los dientes y dejando un respiro, una pausa dramática entre los dos. —He dicho que no. Ha sonado a orden tajante, y después le cierro la boca con otro beso más exigente aún. Por un momento parecemos dos estudiantes de instituto resolviendo una tensión sexual de años, buscándonos con esos gestos casi torpes, resultado de la urgencia. Nosotros, a nuestra edad. Pero es emocionante volver a tener esa sensación como de caída libre, nosotros a nuestra edad y después de todo lo que hemos pasado. Me sumerjo en el calor compartido, me enredo entre sus dedos sin pudor. No me importa que me despeine, ni que ahora el reflejo del espejo capte resplandores en mi mirada que siempre negaré. Por suerte, mi héroe confederado me aleja de esas tribulaciones empujando con la espalda la puerta de uno de los retretes (excusados, según él) para meternos dentro del estrecho pero limpio cubículo. Y es allí, como los borrachos de discoteca y los adolescentes chabacanos, donde nos reencontramos. Nos reconciliamos. O nos despedimos. No sé muy bien lo que es esto, pero me entrego a ello con todas mis fuerzas. Intento guardarlo todo, ser consciente de todo, bebérmelo todo. El sonido de nuestras respiraciones atropelladas, que reverbera en el cuarto de baño. El olor de su pelo. El sabor a tabaco y miel de su boca, tan cálida, suave, acogedora, como siempre. El tacto rudo de sus manos. Sus dedos tibios y carnales. El relieve de su cuerpo imprimiéndose sobre el mío, primero desde detrás de las prendas de tela, después sin ninguna barrera. Su perfume me envuelve, se mezcla con mi propia esencia. Sus caricias son dulces, vibran sobre mi piel, me despiertan. Le tiro del pelo sin querer, él me muerde en el hombro con suavidad. Le araño la espalda y devoro sus labios, él me marca a fuego con sus dedos, pone su mano sobre mi corazón como si quisiera recoger mis latidos. Cada vez que mis ojos encuentran los suyos, el resplandor verde de su mirada se desliza hacia mi interior, cargado con sus mil significados. Una llama auténtica, un reducto de pureza. También guardo eso como un tesoro. —Elliot… Dice mi nombre cuando nos abrazamos, desnudos. Estoy apoyado en la puerta, con las piernas enredadas en su cintura y los brazos en su cuello. Él me sostiene. La presión de su cuerpo contra el mío es lo único sólido a mi alrededor. Cierro los ojos, me agarro a su piel, a su presencia. Liam es todo cuanto ha sido seguro durante años. Sigue siendo seguro ahora. Sé que no me va a fallar jamás, no importa lo que suceda. Puede que en otro momento menos íntimo, menos comprometido, piense todo lo contrario, pero ahora no tengo ninguna duda. Ni de eso ni de todo lo demás. Cuando entra en mí, le recibo con un gemido apagado. Después nos quedamos así, inmóviles, durante unos segundos demasiado largos. Cuando levanto el rostro hacia él, busco sus ojos. Él empieza a moverse, regándome los labios con sus besos de rayos de sol destilados. Levanto los dedos hacia su mejilla. Le miro, no quiero dejar de hacerlo. Quiero que él también lo haga. Quiero que vea, que me vea a mí, pero no sé si puede hacerlo. No sé si yo mismo le he dejado ciego. No sé si los dos hemos terminado creyendo nuestras propias mentiras, las mentiras del otro. Pero esto, el ahora… esto es real. —Es real… Los recuerdos se precipitan sobre mí como una lluvia descontrolada, al ritmo de sus embestidas, de su aliento sobre mi boca, sobre mi rostro. Él los extiende sobre mi cuerpo con las caricias de sus manos. Los funde a mi piel, los hunde en mi garganta con su lengua. No me deja huir de ellos, no me deja olvidarlos. Recuerdos de él, de él y Mara, de él y del mundo, pero sobre todo él, siempre presente, siempre él. Siempre ha sido mi lugar más seguro. Mi hogar. Pero soy frívolo, soy superficial. Y veleidoso. Y no existe ninguna razón verdadera, ninguna razón de peso por la que eso tenga que dejar de ser así. Le abrazo con fuerza cuando me asalta el orgasmo, violento y repentino, una liberación salvaje que me hace apuntalarme en la puerta para hundirle más en mí. Al hacerlo, él se deshace en mi interior con latidos apresuPágina 11

Revista La Cuna de Eros número 3 rados, llenándome y derramándose en una explosión líquida y caliente que parece reconfortarme por dentro. Y los segundos gotean, lentos. Se escurren con el sudor, con los restos de lágrimas nunca derramadas. Los recolectamos como abejas, enredados todavía el uno en el otro, recuperando el aliento, y una caricia tierna, de barro cocido, se abre en mi cuello como una flor de verano. Una caricia amarilla, de luz pura, que me hace daño y me redime. Esto es real. ¿Por qué no le sirve a él, a pesar de cualquier cosa que diga? La caricia se desliza sobre mis párpados, sobre mi cuello. Y de repente, un pellizco potente en el punto exacto, que pinza los nervios… y mis fuerzas se desvanecen. Maldito tramposo. Ni siquiera me da tiempo a decir nada más, a hacer nada más. Me quedo inconsciente, y apenas atino a maldecirle en silencio. Cuando despierto, estoy solo aquí. Solo, desnudo, con la única compañía de una mariposa azul de cristal que me aguarda en el pomo de la puerta. Tengo una sensación amarga en el paladar, y el ardor de estómago se ha vuelto insoportable. Podría pensar que no ha sucedido nada, que todo ha sido un sueño, una alucinación, mi imaginación. Pero mi cuerpo aún tiene las marcas de lo que hemos compartido, y me duele el músculo del cuello en el punto donde presionó para desvanecerme. Me pongo la ropa a mi ritmo, dejándome lamer por los restos de recuerdos que han despertado y ahora se pasean sin pudor a lo largo y ancho de mi mente. Recojo la mariposa de cristal y la guardo en la chaqueta. Veinte minutos después, estoy de nuevo en la fiesta, vestido e impecablemente peinado. Nadie puede imaginarse siquiera lo que ha sucedido hace un rato. Liam no está. Se ha marchado. No sé cuando volveré a verle… no sé si volveré a hacerlo. Espero que sí. Me estoy bebiendo un Rob Roy en su honor, pensando en el hielo, en las facultades que tiene la temperatura, sea por alta o por baja, para unir cosas que en otras circunstancias nunca se habrían encontrado. No en vano, conocí a Liam en la nieve. Y el día que nací, cayó una nevada sobre la ciudad como no se había visto nunca. Era el mes de enero y las ventanas se escarcharon. Me pregunto si todos los momentos importantes de mi vida están marcados por ese fenómeno atmosférico, y comienzo a hacer un recuento. Entonces me interrumpe el capo de mi zona. Viene caminando hacia mí, con su sonrisa falsa y las manos a la espalda. Le sonrío del mismo modo. —Señor Anders, ¿tiene un momento? —me aborda, directo pero cortés—. Nos gustaría hablar con usted acerca de un trabajo. Agito el vaso, haciendo tintinear el hielo. Todos los momentos importantes de mi vida… si eso es así, este no debe serlo. A menos que el hielo también cuente. Le miro y asiento con la cabeza, levantando la barbilla muy levemente. —Por supuesto, señor. Soy todo oídos. Esbozo una sonrisa perfecta. Mientras le sigo hacia la gran mesa redonda donde me aguardan los directivos de mi sector, me meto una mano en el bolsillo para acariciar la mariposa de cristal. He vuelto a elegir quedarme. Esta vez tampoco me arrepiento. Veamos de qué se trata esta misión con la que pretenden poner mi cabeza en una pica. Puede ser divertido, esquivar el hacha del verdugo ahora que saben que soy un traidor. Además, París en esta época del año… no es tan bonito.

Para saber más de Hendelie y del Estudio Third Kind, visita su blog

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Revista La Cuna de Eros número 3

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Revista La Cuna de Eros número 3 Primer capítulo

GENÉTICAMENTE PERFECTO
de H.D. CRUZ Ya se distinguía la ciudad por entre las nubes y Tessa contuvo un escalofrío, allí estaba “Shade” nunca pensó que volvería a verla, se llamaba así por la ausencia de la luz del sol, que no podía traspasar la polvareda creada por las numerosas explotaciones mineras. El lugar más oscuro y triste de los mundos conocidos, repleto de asesinos y ladrones de todas las razas conocidas. Ella la conocía por la ratonera, todos los mineros vivían y morían en pequeños cubículos que se almacenaban en enormes bloques. Había compartido uno de aquellos míseros apartamentos con su padre y con su hermano Syn, la única razón de estar allí otra vez. Le había dejado un mensaje diciéndole que iba en camino, esperaba que lo hubiera recibido. Quedaron en la casa de su padre, no creía que nadie conociera el lugar, ella desde luego nunca hablaba de él, le odiaba como nunca había odiado a nadie en su vida, la única pena fue que murió antes de que ella tuviera edad para hacerlo con sus propias manos. Abrió la mano y en su palma vio la antigua llave y se pregunto la razón de seguir conservando aquel cuchitril, ella desde luego nunca volvería a vivir allí y Syn tenía una preciosa casa en otra parte de la ciudad. Los recuerdos explotaron en su cabeza cuando traspaso la puerta y se apoyó agotada por el viaje y las emociones que la machacaron como una enorme maza. Un lento deslizamiento cerca de ella la aviso de que no estaba sola, dejo caer su bolsa y con un fluido movimiento, saco las dagas que siempre llevaba metidas en las botas, replegándose para hacerse un blanco más pequeño, el intruso la había visto a contraluz pero ella no sabía a lo que se enfrentaba. Una voz rasposa y gutural habló desde su izquierda. -Baja las dagas, no quiero tu vida, por lo menos de momento. Antes de que el hombre acabara de hablar, ella avanzó y ejecuto un corte en el aire que por el juramento que siguió, había acertado el blanco. El miedo la recorrió cuando los ojos plateados la iluminaron, un bug’s, la gente solía llamarlos así, bichos, aunque eran humanoides genéticamente alterados, eran muy selectivos con los trabajos que hacían y mortales de necesidad, una simple humana con algo de sangre de demonio no tenía demasiadas oportunidades contra él, así que reculo buscando la puerta, su mejor opción de momento. Tray sabía que devolverle el favor al humano le iba a costar muy caro y hacer de niñera no era lo que solía hacer más a menudo, la bonita mujer que tenía delante era veloz y lista al reconocer al depredador superior, buscaba la salida más próxima, en un único salto se colocó delante de la puerta y ella volvió a cubrirse con las dagas, buscando incansable una nueva salida. -Esto no es necesario, tu hermano me ha encargado que cuide de ti hasta que él pueda venir. La mención de su hermano hizo que Tessa se irguiera más decidida que nunca a matar al “hombre” que amenazaba su vida. -¿Dónde está, que has hecho con él? -Quédate quieta, voy a encender la luz y hablaremos, Syn me dio algo para ti, sabía que desconfiarías de mí. El “hombre” era enorme, casi tapaba la puerta con su cuerpo, ella había visto algún bug’s hace años pero ninguno tan grande como aquel. Tenía el pelo negro cortado al cero, rasgos afilados y barba de dos días que acentuaban la sensación de poder y peligro a su alrededor. Eran pura ingeniería médica, el perfecto soldado, sus ojos eran plateados y rasgados para ver en más ángulo que los humanos y perfectamente en la oscuridad. Sus caninos apenas sobresalían pero ella sabía que estaban allí, un depredador necesita unas buenas herramientas para despedazar las presas, junto con unos músculos súper desarrollados y una velocidad infernal, eran los cabrones más difíciles de matar. Como siempre su suerte la acompañaba allí donde iba. Tray encendió la luz y velo sus ojos para no deslumbrarse, cuando sus ojos se ajustaron y la vio con el resplandor de la lámpara su respiración se volvió pesada y su pene reacciono ante toda aquella piel dorada que resplandecía y su pelo dorado como rayos de sol en una gran trenza, era perfecta y absolutamente exquisita. Página 14

Revista La Cuna de Eros número 3 Dio un paso hacía ella sin pensar y se paró cuando la vio retroceder y volver a colocar las dagas en posición de ataque, extendió la mano y dejo que la cadena con el colgante de ámbar colgara de sus dedos. -¡Oh! Dios, el colgante de mi madre. Aquello la desarmó como nada podía hacerlo en la vida, Syn sabía que adoraba aquel collar y siempre le había dicho que se lo daría cuando volviera. Contuvo las lágrimas que amenazaban con desbordarse y guardo las dagas, cogiendo con cuidado el colgante. -¿Qué le ha pasado, donde está? Tray no quería asustarla así que se quedo totalmente quieto, mirándola, sus ojos verdes brillaban con lágrimas contenidas y aún estaba más hermosa. Carraspeó para contestar. -No lo sé, recibí un mensaje en el ordenador de mi nave, estaba metido en problemas y me pidió que te diera ese colgante y te mantuviera a salvo hasta que él se pusiera de nuevo en contacto. -¿Has cogido el colgante de su casa? -No, él me lo dejo en la recepción de mi casa, llegue apenas hace unas dos horas, por eso no fui a buscarte, quería que el lugar de encuentro fuera seguro para ti. Los pasos que se detuvieron al otro lado de la puerta interrumpieron la conversación, él se puso un dedo en la boca indicándole silencio y apagó la luz, en un segundo la cogió en sus brazos y la puso detrás de él en la esquina más lejana de la entrada. Tray la sintió en su espalda, su olor le envolvía, cerró los ojos y se concentro en ella, jazmín a eso olía. El ruido de la cerradura le hizo volver a pensar en la puerta. Tessa quería saber su nombre, él la estaba protegiendo y ella lucharía a su lado, no quería morir sin saber quien luchaba con ella. No podía llegar a su oído pero sabía que él oía mucho mejor que ningún humano. -Si vamos a morir quiero saber como te llamas. El pequeño susurro se derramo por encima de su cuerpo, ¿como seria que ella le tocara y le susurrara al oído? Nunca iba con humanas pero no le cabía duda de que se acostaría con ella y eso significaba tener todos sus sentidos concentrados en mantenerse vivos. -Hoy no moriremos pequeña y me llamo Tray.

En los mundos del futuro, los experimentos genéticos ya forman parte de todos los humanos. Los bug’s son guerreros diseñados para mejorar y proteger la raza humana, aunque muchos humanos no los vean como protectores, sino como otra amenaza. Tray es un bug de primera generación, fuerte, veloz y con ojos de color plata que, junto con sus colmillos, le convierten en el soldado perfecto. Siempre ha estado solo en su vida operativa y cuando Tessa entra en su vida, ansía aquello que todos queremos: ser aceptados y queridos. Ella le dará lo que siempre ha echado en falta en su vida, esa pizca de humanidad que lucha por sobrevivir dentro de él. YA A LA VENTA EN TU LIBRERÍA MÁS PRÓXIMA Y EN LA PAGINA DE LA EDITORIAL

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Revista La Cuna de Eros número 3 ENTREVISTA

MARCIA COTLAN

por Marta Fernández

Antes de nada, queremos darte la enhorabuena por En mi caso, nerviosa. Estás deseando que te publitu publicación y agradecerte que nos hayas concedido quen y, cuando al fin ocurre, se te llena la cabeza de esta entrevista. miedos. Pero también estoy contentísima, claro que sí. Las gracias os las doy yo a vosotras por vuestro interés. ¿Qué crees que tienen los piratas para que resulten tan irresistibles a los ojos de las lectoras de romántica?

“En éstos momentos, estoy escribiendo una novela contemporánea con la que me estoy divirtiendo mucho”
Tu primera publicación (Corazones heridos) es una No sé qué tendrán para las demás, yo puedo resnovela romántica histórica ¿es tu subgénero preferido ponderte qué los hace irresistibles para mí. Creo que a la hora de escribir y de leer? ¿Por qué crees que este un pirata es, por definición, un ser libre e indomable, género cuenta con tantos seguidores? de manera que cuando la protagonista (con la que siempre acabo identificándome) logra conquistarlo Como lectora, hace años sí era mi subgénero fa- y él decide por su propia voluntad que va a dejarse vorito, de hecho era el único que leía, pero hace mu- “domesticar”, se me llena el corazón de ternura y emocho tiempo ya que leo también contemporánea y no ción. Tengo la sensación de que esa mujer es tan espepodría decirte cuál me gusta más. Como escritora, cial que ha logrado lo que nadie más podría, ¿y quién hasta ahora estaba centrada en la no desea sentirse así de especial histórica, pero en estos momenpara un hombre? tos estoy escribiendo una novela contemporánea con la que me Para ti, ¿qué cualidades imestoy divirtiendo mucho. prescindibles debe tener un proCreo que el subgénero histagonista? ¿Cómo describirías a tórico tiene tantas seguidoras tus personajes? porque nos traslada a una época muy diferente a la nuestra, donde Los protagonistas, tanto maslas relaciones y los sentimientos culino como femenino, deben se cocían a fuego lento. Lo que hacer soñar a las lectoras. Cuanme emociona del subgénero hisdo conocemos a la mujer protatórico es que unas jóvenes edugonista, aunque esté llena de decadas para mantener a raya sus fectos, debe poseer alguna virtud sentimientos se vean arrastradas que nos haga tenerle cariño de por la pasión hasta tal punto que inmediato. En cuanto al protagoolviden todas las normas de connista masculino, debe hacer que ducta. nos tiemblen las rodillas. Juan Ulloa, mi protagonista, ¿Cómo se siente uno al saber puede ser un auténtico demonio que una historia propia va a ser en muchos aspectos, pero es un publicada? hombre leal que siempre se pone de parte del débil, que cuida de los suyos. Tiene un Página 16

Revista La Cuna de Eros número 3 fuerte sentimiento de pertenencia a la tierra en la que lo. Al principio iba a titularse Caribe, pero era algo nació y cuando se enamora, se entrega sin reservas. muy genérico que no definía bien la historia que se Isabel Vargas-Howard ha tenido una vida terrible. narraba. Después pensé en Corazones heridos porque esa es la característica que tienen en común los protagonistas, ambos tiene cicatrices en el corazón que han moldeado su carácter. –A partir de este instante, no habrá más amantes, solo tú y yo hasta que uno de los dos se canse. Tú y yo en exclusiva. ¿Qué es lo que tiene que contener una novela romántica para que se convierta en imprescindible? Que salten chispas entre los personajes. Que se nos corte la respiración cada vez que hablen, discutan y, ya no digamos, cuando “intimen”. ¿Quiénes son tus autoras favoritas y qué novelas recomiendas de ellas? Ahora mismo hay dos autoras muy sobresalientes, en mi opinión. Una es Lisa Kleypas y la otra es Susan Elizabeth Phillips. Kleypas tiene la capacidad de dotar a los personajes de vida contándonos pequeños detalles sobre ellos que los hacen muy humanos y además sus escenas de sexo son inolvidables. Phillips (que es mi autora favorita si lugar a dudas) narra las historias más originales y delirantes, llenas de humor y picardía. Recomiendo todos los libros de ambas autoras. ¿Te ves escribiendo en otro género? Si es así, ¿Cuál sería y por qué?

–¿Hasta que uno de los dos se canse? –ella parecía sorprendida. Nunca había escuchado semejante desfachatez, ¿acaso él le estaba proponiendo ser su amante hasta que se cansara de ella? –Isabel, lo que trato de decir es que me gustas tú en exclusiva. Tú. Nunca antes había deseado estar con una mujer como deseo estar contigo –volvió a acariciarla. –Comprendo –dijo ella, ocultando sus verdaderos pensamientos y sus verdaderos sentimientos al respecto.

Por circunstancias que no revelaré siempre la han tratado mal y la han rechazado, de modo que se crea una Me gusta mucho la novela policíaca y hay una coraza de frialdad y altanería, pero eso está muy lejos historia que me ronda la cabeza desde hace tiempo, de cómo es en realidad. Es fuerte y luchadora, tierna pero dentro de la trama veo una historia de amor, así y muy inteligente. que imagino que acabará siendo suspense romántico. Siempre digo que me gustaría escribir una novela ¿Nos puedes dejar uno de tus fragmentos favoritos como El silencio de los corderos o como la saga de Linde la novela? ¿Por qué escoges ese? colm Rhymes (El coleccionista de huesos, por ejemplo). El fragmento que elegí corresponde al momento en el que Juan Ulloa decide explicarle a Isabel cuáles son sus sentimientos y qué está dispuesto a ofrecerle. Me gusta porque se ve lo diferentes que son. Ella es incapaz de librarse aún de los convencionalismos sociales y por eso no valora en su justa medida lo que él le ofrece: sinceridad y pasión. ¿Cuál fue la primera novela romántica que leíste? No sé cuál de las dos que voy a decirte a continuación fue la primera. Compré ambas al mismo tiempo y fueron las que me hicieron enamorarme de este género literario: El ojo del tigre de Karen Robards y El forastero de Heather Graham Pozzessere. ¿Qué te aporta la escritura? ¿Cuándo empezaste a escribir? Empecé a escribir con ocho o diez años, pero a escribir en serio, con el convencimiento de que quería escribir una novela e intentar que me la publicaran,

¿Tiene un significado especial el título? ¿Te ha costado ‘bautizar’ a tu novela? La verdad es que sí me costó encontrarle un títu-

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Revista La Cuna de Eros número 3 hace sólo dos años. Escribir me hace feliz. Tengo casi cuarenta años y lo que he aprendido en la vida es que casi todo son obligaciones, así que las cosas que hagamos por devoción deben aportarnos felicidad. Escribir también me aporta la maravillosa sensación de vivir la vida de mis heroínas. escuela. Que sigan escribiendo y enviando sus novelas a editoriales, que se presenten a concursos y, lo que es muy importante, que compartan algunas de sus novelas en los foros. Tendemos a pensar que la generosa es la autora que comparte gratuitamente una novela en un foro y olvidamos lo mucho que el foro puede hacer por esa autora: las lectoras leen esas novelas, escriben

“Lo que he aprendido en la vida es que casi todo son obligaciones, así que las cosas que hagamos por devoción deben aportarnos felicidad”
Corazones heridos ha sido tu primera novela publicada con una editorial, pero tienes más escritas que se pueden leer gratuitamente en El Rincón de la novela romántica y en Bubok ¿Qué nos puedes contar de cada una de ellas? sus opiniones, se las recomiendan a sus amigas, te animan para que sigas escribiendo. Te dan un cariño que no tiene precio. Además, debo decir que mi editora me “encontró” en el foro de El Rincón de la novela romántica.

Muchas gracias por la entrevista, te deseamos muEl rey del hampa es la primera novela que escribí. cha suerte y éxito. Esperamos ver pronto más novelas Es muy tierna. Raven es el jefe de los delincuentes de tuyas publicadas. los bajos fondos. Creció en las calles de Londres solo y se hizo a sí mismo. Rosalind es una joven aristócrata Muchas gracias a vosotras y un abrazo. inocente cuyo hermano tiene una deuda con Raven. La joven es secuestrada por este motivo y el jefe de los bajos fondos descubre que hay un tipo de mujer que él no creía que existiera, una mujer de corazón inocente y alma pura, una mujer que no ha sido “manchada” por la vida dura de las calles y cae rendido a sus pies al instante. Una pareja escandalosa transcurre en el sur de EE.UU. en la época inmediatamente anterior a la guePuedes visitar el blog de rra entre el norte industrial y el sur esclavista. Aimée es coqueta y frívola. Edward es inteligente y profunMARCIA COTLAN do. Son completamente distintos y se detestan, pero pinchando se ven involucrados en una situación comprometida y los obligan a casarse. A partir de ese momento coAQUÍ mienza una lucha entre su fuerte atracción y lo mal que se caen. Una muchacha insignificante cuenta la historia de una joven muy poco agraciada que queda huérfana y no puede heredar por ser mujer. Para colmo de males, se ve obligada a ser vecina del hombre que hereda sus bienes, que es un ser amargado y cruel. La chispa que surge entre ellos los asustan a ambos, porque es lo más inconveniente del mundo. ¿Qué consejo darías a los escritores no publicados? Que lean a las grandes del género, esa es una buena Página 18

Revista La Cuna de Eros número 3

Marcia Cotlan nació en Oviedo en 1975. Estudió Filosofía. Ha sido correctora, profesora, y escribe desde la adolescencia cuando, para ganarse un dinerito, los fines de semana escribía novelas para su tía abuela, que le pagaba cincuenta pesetas por folio escrito y le daba las pautas para los personajes y las historias. Vive con su marido, sus hijos y un pastor alemán que responde al nombre de Buster y dedica gran parte de su vida a leer y a escribir novelas románticas.

Los caminos de Isabel Vargas-Howard y Juan Ulloa se cruzan un frío día de octubre de 1723 en Westminster, durante la coronación de Jorge II. Ella forma parte del cortejo del rey y él acaba de desembarcar en Londres. Su encuentro viene marcado por un trágico suceso que sella sus destinos y provoca que Juan jure vengarse de esa mujer y su prometido, el capitán Carmichel. Años más tarde, Juan se ha convertido en el Dragón, el pirata más temido por los barcos ingleses. Durante todo ese tiempo ha estado esperando el momento de vengarse, y ahora ha llegado la ansiada oportunidad. Sin embargo, no contaba con que no podría evitar caer rendido ante los encantos de Isabel y que en medio de la guerra que enfrenta a España e Inglaterra por el puerto de Cartagena de Indias, la pasión se desata sin que ninguno de los dos pudiera contenerse.

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Louis Lacroix, oficial de húsares, ha cruzado toda Europa siguiendo a Napoleón hasta llegar a las puertas de Moscú. Una vez logrado su objetivo solo le resta el largo camino de vuelta a casa. Lo que no imagina es que eso no sucederá nunca. Y todo por culpa de una hermosa joven rusa que oculta su verdadera identidad bajo el aspecto de una simple campesina. Después de protegerla de sus propios soldados en dos ocasiones contraviniendo las órdenes de Napoleón de acabar con los rusos, Louis descubre su verdadera identidad en la batalla del Beresina. La joven es Natasha Smetanová, jefe supremo de los cosacos del Volga. Y, cuando cae herido, ella no duda en devolverle el favor salvándolo de una muerte segura. A ojos del zar y la madre Rusia es una traidora, pero a ojos de su corazón no, y Natasha no puede abandonar a su suerte al hombre que ama…

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RELATO

ALGO INESPERADO

DE ENRIQUE GARCIA DIAZ

—Max, ¿estás preparado? –le preguntó la mujer de pelo corto, castaño y ojos color miel mientras lo miraba por encima de la montura roja de sus gafas. Parecía inquieta por saber cómo se comportaría. Y eso que no era la primera vez que presentaba una de sus obras. Max levantó la mirada de los papeles que tenía en sus manos para posarse en ella al tiempo que le dedicaba una sonrisa burlona, y hasta cierto punto podría decirse que sexy. No creía que se lo estuviera preguntando en serio. —A ver si te he entendido Sandra. ¿No me estarás preguntando si tal vez estoy nervioso, verdad? Porque no es la primera vez que presentamos una de mis obras –le aclaró empleando un tono de voz ronco cercano al susurro mientras se inclinaba sobre su editora permitiéndola impregnarse de su nueva fragancia. Sandra dibujó un mohín de desacuerdo con sus carnosos labios pintados a juego con sus gafas. Sandra, editora del sello romántico Tenderness, era una mujer joven emprendedora y con las ideas muy claras en el mundo editorial. Y ahora mismo toda su atención se centraba en lo que verdaderamente importaba. La presentación del libro. —Ya sé que no es tu primera vez –le respondió con algo de mal humor en su voz, como si le molestara que él pudiera pensar eso. —Pero… — Pero si te lo preguntó porque te llevo observando un rato y me parece que estás… ¿ausente? ¿Has estado de juerga toda la noche? –le preguntó mientras su rostro risueño reflejaba ahora cierto recelo por este hecho. Max la miró con cara de sorpresa, o tal vez como si se sintiera ofendido por aquel comentario. “¿Me tomas el pelo? Pareció expresar con sus gestos. ¿Yo? ¿Yo de juerga hasta altas horas de la madrugada?” —Te conozco, y sé cuales son tus gustos. Eres bueno escribiendo, nunca lo he puesto en duda y eso te permite seguir con nosotros pese a haber desaparecido más de dos años –le recordó bajando la voz mientras apretaba uno de los ejemplares de su nueva novela contra el pecho de él para que lo cogiera.— De hecho te hemos esperado durante tu larga ausencia. No lo olvides. —Sabes tan bien como yo que últimamente no he estado especialmente inspirado. —No te lo discuto, pero no esperaré a que me dediques un poco de tu tiempo. Te abrimos las puertas y… — Y os lo agradezco. Es más, creo que te lo sigo agradeciendo ¿no? –le dijo esbozando una sonrisa de complicidad con Sandra, quien no sólo no negó sus palabras, sino que sintió el rubor en sus mejillas por ese comentario.— Además reconoce que las ventas son extraordinarias. —No eres el único que factura grandes cantidades de dinero aquí –le cortó con una mirada y un tono que dejaron clara cual era la postura de la editorial. —Deberías relajarte. Por cierto ¿quieres que te lo dedique? –le preguntó alzando el libro en alto mientras sonreía como un cínico. La mirada de Sandra fue suficiente para que entendiera cual era su respuesta. Max no dijo nada más al tiempo que levantaba sus manos como si pidiera una tregua, o en verdad se estuviera rindiendo. —Vale, vale. Mensaje captado –le dijo bajando las manos en señal de rendición. —Vamos. Es la hora El anuncio de la presentación y salida al mercado editorial de la nueva novela de Max Delacroix había congregado a numerosa gente. Max escuchó atentamente el discurso de Sandra presentando la novela, la preguntas de algunos curiosos, o las risas y comentarios acerca de ésta. Su mirada recorría los rostros de las personas que se habían dado cita para recibir su ejemplar firmado. Por un instante sus ojos se detuvieron más de lo normal en un sector del público. Alguien parecía haber captado su atención y sin saber como ni porqué sintió un extraño pálpito. Pero justo entonces Sandra le dio paso para que contara a todos los presentes por qué había estado apartado tanto tiempo sin publicar nada. Max sonrió agradecido e intentó en todo momento volver a localizar aquella mirada que destacaba claramente del resto. Capeó lo mejor que pudo las preguntas de la prensa y de algún que otro curioso e incluso se permitió hacer alguna broma con esos comentarios. Sandra respiró aliviada cuando por fin se dio por concluida la presentación. Miró de soslayo a Max intentando averiguar que diablos le pasaba por la cabeza. Éste le devolvió la mirada, pero ahora no parecía ausente Página 21

Revista La Cuna de Eros número 3 como al principio, sino más bien, cargada de preocupación. Ni siquiera le sonrió, o le gastó una de sus bromas habituales, sino que permaneció en silencio en su sitio aguardando el turno de firma de ejemplares. —¿Puedo saber a qué viene esa cara? —Cansancio –le dijo esbozando una de sus sonrisas seductoras al tiempo que le guiñaba un ojo.— Por cierto… estás preciosa. Sandra lo miró desconcertada por aquel cumplido, y sintió que su rostro reflejaba con claridad la subida de temperatura repentina que estaba experimentando su cuerpo. Puso sus ojos en blanco mientras le tendía un bolígrafo a Max para que firmara los ejemplares. —Procura centrarte en lo que haces. Ya hablaremos después. Max sacudió la cabeza sonriendo de manera cínica mientras veía a Sandra alejarse caminando sobre sus zapatos rojos de tacón. Sí, definitivamente Sandra sabía contonear sus caderas al andar como ninguna mujer que él conociera. Su falda estrecha de color oscuro y su camisa en color rojo a juego con la montura de sus gafas… ahora que lo pensaba, nunca la había visto mal conjuntada, ni siquiera uno de sus cabellos estaba fuera de sitio. Cambió de pensamiento en el preciso instante que la primera seguidora de sus novelas le entregaba su ejemplar para que se lo dedicara. Max sonrió complacido y procedió a firmarla. El rato pasó rápido hasta que le llegó el turno a la última persona. Ni siquiera se había percatado de ello, tan metido como estaba en su papel de firmar ejemplares. La mujer deslizó el libro por la mesa hasta que Max lo cogió. De una manera mecánica lo firmaba y después lo entregaba mirando a los ojos a la persona mientras esbozaba una de sus mejores sonrisas. —¿A quién va dedicado? — A Chloe Su mirada se quedó fija en la página, donde estampaba su dedicatoria y su firma. La levantó para dejarla suspendida en aquel para de ojos oscuros que lo miraban con curiosidad. Sandra miraba intrigada a aquella mujer de cabellos morenos rizados, y rostro de trazos finos. ¿Se conocían? ¿Quién era? Sintió una punzada de celos que no supo como explicar, y recompuso su gesto desechando cualquier pensamiento absurdo. Desde hacía más de un año estaba viviendo la mejor etapa de su vida en todos los sentidos. Profesional y sentimental. No había motivo para sembrar de dudas esos dos caminos. —¿Vas a dedicarme el libro o te vas a quedar con el bolígrafo suspendido en alto? Max sonrió tímidamente percatándose de este gesto. Llevaba prácticamente toda la tarde firmando ejemplares con las más diversas dedicatorias, y de repente, no sabía qué escribirle. Tal vez se le hubiera terminado el repertorio que había preparado para la ocasión; o tal vez no fuera capaz de encontrar una adecuada a ella. Sintió un escalofrío recorriendo su espalda al pensarlo. Cuando recordó ciertos momentos tan lejanos que el tiempo pareciera haberlos difuminado hasta convertirlos en meras sombras. Pequeñas pinceladas de algo que en su momento fue el lienzo más hermoso jamás pintado. Garabateó algunas palabras y tras cerrar el libro se lo entregó. Sintió sus dedos rozarse con los de él. Su tacto suave que desencadenó mil y un recuerdos vividos. Aventuras y situaciones que ahora parecían querer volver a aflorar. Chloe lo encontró cambiado, aunque no había perdido ni un ápice de su atractivo. Es más, creía que incluso éste se había acentuado con el paso del tiempo. Se mostró indecisa, nerviosa cuando él le entregó el ejemplar firmado. No esperaba que su presencia le produjera ningún tipo de reacción, de sensación. Pero en cambio… —¿Tienes tiempo para tomar un café? —Claro. Si quieres podemos vernos en la cafetería de este mismo hotel. —¿En veinte minutos? —Veinte minutos serán suficientes para acabar de recoger. Había tenido ese presagio, el de que algo inesperado sucedería ese día mientras observaba detenidamente a la gente durante la intervención de Sandra. Se quedó sentado unos instantes fingiendo hacer tiempo para recoger todo; pero en verdad estaba pensando en Chloe y en como su presencia lo había descolocado por unos momentos. Momentos en los que no había sabido como reaccionar. Los tacones de los zapatos de Sandra repiqueteaban sobre el suelo mientras se acercaba a él. Lo vio meditabundo, como si no supiera qué hacer. La visita de la última mujer parecía haberle afectado pero no sabía por qué hasta que punto. ¿Se conocían de antes? —¿Todo bien? –le preguntó con un tono neutro en su voz. No quería preguntarle por la mujer ya que no quería parecer demasiado interesada en su vida privada y pasada. —Sí, claro. Vamos, admite que soy el que más vende. Sandra puso los ojos en blanco ante tal comentario. Y lo apartó empujándolo levemente con sus manos. Página 22

Revista La Cuna de Eros número 3 —La verdad… no ha estado mal. Si llega a durar un poco más hubiéramos tenido que ir a por más ejemplares a las oficinas; o a algunas librería cercana –le comentó mientras lanzaba una mirada a los ejemplares restantes.— El acto se ha alargado más de lo normal. Oye, por cierto, dentro de media hora tenemos una recepción a solas con la prensa en tu habitación. ¿Te acuerdas, verdad? De la revista Tiempo de Romance. Tu regreso ha sacudido el panorama literario, así que ya sabes…—le dijo advirtiéndole de lo que ello suponía. —Bien, pero ahora he de ver a alguien –le dijo abriéndose paso hacia el bar del hotel. Sandra lo sujetó por el brazo deteniéndolo y obligándolo al mismo tiempo a volverse hacia ella. Sus miradas se encontraron por un breve espacio de tiempo. La de ella quería averiguar qué estaba pasando con él; la de él parecía estar vacía. —Sólo será cuestión de quince minutos. Estaré contigo a tiempo ¿de acuerdo? —Cómo se te ocurra llegar tarde…. Max sonrió de manera cínica. —¿Quieres que te recuerde otra vez las ventas de esta tarde? Ah y por cierto, deberíamos renegociar el contrato de mi próxima novela –le dijo mientras tomaba su mano, la volteaba y le dejaba un regalo en forma de beso sobre su muñeca, que aceleró su pulso hasta cotas insospechadas. —Será… ¿un aumento? ¿Es que no tiene suficiente con lo que gana? –se preguntó mientras cruzaba sus brazos sobre el pecho y entrecerraba sus ojos viendo como desaparecía camino del bar. Chloe no se percató de su presencia ya que permanecía absorta en la lectura. —Parece que te he interrumpido. —Oh, nada de eso. Sólo la estaba leyendo por encima –le dijo mientras la cerraba y pasaba la mano por la portada.— Me gustó tu dedicatoria, en serio. No sabía que hubieras vuelto a escribir. —Fue algo que surgió de repente. —Pues para serlo… te has convertido en uno de los escritores que más vende con tus dos últimas novelas –le dijo entusiasmada con esa idea formando un arco con sus cejas. —No puedo quejarme, es verdad. La suerte me sonríe. —Diría que es algo más que suerte. Sabes captar los sentimientos que hay en una historia de amor –le dijo mientras los recuerdos la golpeaban provocando en su pecho un golpe fuerte y seco. —No creas todo lo que cuento –le dijo rompiendo mientras señalaba la novela. —En este caso me lo creo –le dijo levantando la mirada para dejarla suspendida en el rostro de Max como si buscara algo. Un rastro que durante mucho tiempo estuvo ahí, sólo para ella. Pero que ahora parecía haber desparecido. —¿Estás de paso en la ciudad? —No. La filial me ha trasladado a trabajar aquí. —¿Debería felicitarte entonces? —Puedes hacerlo si quieres. ¿Y tú? —Hemos venido a presentar el libro. Mañana me marcho.— Hubo un tenso silencio cuando se lo dijo.— ¿Qué quieres Chloe? —Sólo quería saludarte –le respondió a la defensiva. —Bien, pues ya lo has hecho. Tienes tu ejemplar firmado y estás charlando conmigo. —¿Soy yo o te noto algo sarcástico? –le preguntó en un tono defensivo otra vez. —¿Sarcástico? ¿Te parezco sarcástico? —Estás dolido por lo que sucedió entre nosotros y lo entiendo –comenzó diciendo— Entiendo que… —Estás equivocada Chloe. No estoy dolido porque te marcharas en busca de una oportunidad laboral mucho mejor que la que tenías. Me dolió que te marcharas sin decir adiós. —No había tiempo para explicaciones –le dijo como si tratara de justificar su acción. —¡¿No tenías ni siquiera un minuto para pararte y preguntarme qué opinaba?! —Di por supuesto que no vendrías conmigo –le respondió con naturalidad. —Diste por supuesto –murmuró Max sin poder creer su explicación. —¿Te habrías venido si te lo hubiera pedido? –le preguntó con un pálpito de temor porque pudiera responderle de manera afirmativa. —Poco importa ya lo que yo pensara en aquellos días ¿no crees? –le respondió con una media sonrisa mezcla de ironía, mezcla de anhelo. Página 23

Revista La Cuna de Eros número 3 —Tal vez tengas razón. Ahora ya nada importa. Todo da igual. Un silencio tenso se adueñó de la situación hasta que Max se acordó de Sandra. —Tengo que atender a la prensa en unos minutos –le dijo mirando el reloj. —Claro, hoy es tu día. ¿Puedo hacerte una pregunta? –Max asintió sorprendido por este hecho.—¿Hay alguien en tu vida ahora mismo? —Ahora mismo estoy escribiendo mi mejor historia. —Entiendo. No quiero entretenerte y yo tengo que hacer algunas compras… —Sí, si no llego a tiempo Sandra me cortará el cuello –le dijo con un gesto divertido. —¿Tu editora? –le preguntó con un toque de suspicacia e intuyendo que entre ellos había algo, que no sabría describir. Pero que había percibido cuando estaban juntos charlando. La forma de mirarla de Max; el enfado fingido de ella… —Sí, está contenta con las ventas, pero reconozco que a veces soy un desastre. Chloe asintió mientras recordaba esa faceta de Max cuando estuvieron juntos. — Me ha gustado verte, Max –fue lo que pudo decirle antes de dar media vuelta y marcharse, sintiendo que era demasiado tarde para ellos. Demasiado tarde para recuperarlo. Max no dijo nada más sino que se limitó a asentir y a ver como ella abandonaba la cafetería, con su novela en la mano. Respiró hondo y expulsó todo el aire. Cerró los ojos y se sintió aliviado. Subiría a la habitación donde Sandra aguardaría para la entrevista. Lo primero que percibió al entrar fue una especie de halo de magia flotando en el ambiente, y el cual se acrecentó al escuchar la voz de Sandra hablando por el móvil. Se quedó ensimismado contemplándola. Su imagen de ejecutiva dura e implacable dulcificada con esa imagen aniñada, que le otorgaban sus gafas. ¿Qué había en ella que le provocara esa extraña sensación cuando la veía? Sandra lo miró y levantando un dedo en alto pidiéndole un minuto. Max se apoyó en el marco de la puerta de la terraza y cruzó los brazos adoptando una pose muy masculina, mientras seguía deleitándose con su visión. —¿Se puede saber qué te sucede? ¿A qué vienen esa mirada y esa sonrisa? Max se acercó con paso lento mientras Sandra reculaba hasta sentir que la estaba llevando contra la pared. —Estoy contento porque acabo de cerrar un libro que tenía pendiente desde hacía tiempo –le dijo provocando en ella el enfado. —¿Cómo qué…? ¿Has firmado tu nueva novela con otra editorial? ¿Lo has hecho por la cuestión del porcentaje verdad? Eres un… ¿Qué haces? –le preguntó mientras Max le quitaba las gafas, se las guardaba en el bolsillo de su camisa con sumo cuidado y se quedaba mirándola fijamente. —¿Alguna vez te he dicho lo preciosa que te pones cuando finges enfadarte? —¿Cómo que finjo cuando me enfado? ¿Y por qué me has quitado las gafas? –le preguntó entrecerrando sus ojos. No estaba acostumbrada a estar sin éstas. —En realidad no estás enfadada, Sandra. Por cierto, ¿qué me dijiste de si había pasado la noche de juerga? –le preguntó mientras los recuerdos de ellos enredados entre las sábanas inundaban su mente. — Ah, y te he quitado las gafas porque sé que no te gusta que te bese con ellas puestas. Siempre protestas porque te empaño los cristales. La besó con delicadeza sintiendo la suavidad de aquellos labios rojos tan seductores, tan provocativos y tentadores como una jugosa granada. —¿Qué hay de esa novela que has cerrado? –le preguntó arqueando su ceja derecha al tiempo que lo rodeaba por el cuello. —Un viejo libro del pasado. —¿Tiene que ver con la joven con la que te has tomado un café? Página 24

Revista La Cuna de Eros número 3 —No se te escapa una ¿eh? –le dijo sonriendo mientras fruncía el ceño. —Tengo que velar por mi inversión. No quiero que me lo arrebaten. — Entonces, ¿qué hay del aumento del porcentaje? –le susurró mientras se inclina de nuevo hacia sus labios, pero ella lo detenía con su mano. —Podremos sentarnos a negociar, pero te advierto que soy una dura negociante. Y tú deberás esforzarte un poco más –le dijo con un toque no exento de picardía y provocación. —Lo sé. Tal vez pueda hacer algo para que te ablandes –le dijo mientras sus manos comenzaban a bajar por su falda. —Tendrá que ser más tarde. Es la hora de tu entrevista –le dijo esbozando una pequeña sonrisa de triunfo. —No importa siempre y cuando me esperes con los brazos abiertos Vio como volvía a ponerse las gafas y como le lanzaba una última mirada por encima de éstas bastante reveladora y significativa. ¿Cómo surgió la chispa entre ellos? Nadie sabría responder ni siquiera ellos. ¿Qué les mantenía juntos? Tal vez el hecho de que ella fuera todo lo que él había estado buscando en una mujer. Determinación, seguridad, valentía para afrontar la realidad. ¿Y ella? Quizás el carácter despreocupado de él, su ironía, su facilidad para hacerla rabiar, y muchas otras cosas que era mejor no recordar en ese momento y que lo convertía en un complemento perfecto al suyo. De lo que no le cabía duda a Max, era de que juntos escribirían la mejor novela jamás publicada. Sonrió mientras recibía a la periodista y luego dedicaba una mirada cargada de complicidad a Max, pero siempre dentro de un estricto sentido de profesionalidad. Habían acordado que nadie tenía porqué saber lo que había entre ellos.

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EN OTRA ÓRBITA: VÍCTOR BLÁZQUEZ por Sarah Degel
En el número 2 de la revista, se inauguró esta sección con D.W. Nichols, dedicada a todo tipo de géneros no relacionados con la novela romántica, con la autora Lois McMaster Bujold, del género de ciencia ficción. Esta vez, yo voy a ser la encargada de presentaros a Víctor Blázquez, autor de terror, cuya primera novela se enmarca en el Con un: «Ven, acércate», Víctor te lleva de la mano para irte mostrando uno por uno los habitantes de Castle Hill, un pueblecito al que llega un virus que hace que saquen todas sus armas para poder sobrevivir a él. Esta novela es la primera de la saga, su secuela, recién salida a la venta, lleva el título: El

Víctor Blázquez

género Z, ese género que está tan de moda actualmente. Para los menos puestos en el tema, os explico que el género Z es el género Zombi. Víctor, aunque ha nacido en Sevilla, ha vivido en muchos lugares para afincarse finalmente en Majadahonda (Madrid). Le gusta tanto el mundo del cine como el de los libros, es por eso que reparte su tiempo entre ambas pasiones siempre que le es posible. Ha dirigido una decena de cortometrajes, algunos han participado en prestigiosos festivales, también se ha involucrado en el mundo de las webseries. Y no podemos dejar de nombrar que también ha trabajado en series como: Herederos, UCO, El gordo, Sexo en Chueca, Hispania o La fuga. Sabiendo un poquito sobre este autor, vamos a centrarnos en su andadura literaria que aunque es muy corta, augura un gran futuro. En el año 2012 publicó su primera novela: El cuarto jinete, que ha resultado ser todo un éxito en el género, además de ser realmente muy original su forma de contar la historia, y por la que ha ganado el Premio Eater a Mejor Novela Zombie 2012.

cuarto jinete. Armagedón. Así que tanto si sois enamorados del género como si no, yo os invito a que probéis, pues ese estilo tan único hace de la saga una maravilla. No puedo dejar de hablaros de la antología: Postales desde el fin del mundo, que ha sido publicada en 2012 y de la que ha sido el coordinador. La antología recoge catorce relatos sobre el fin del mundo, el suyo se titula: “Noche de graduación” y cuenta la historia de dos hermanos que malviven en un edificio en ruinas con miedo a salir al exterior, ya que su padre siempre les había prevenido sobre ello. Mientras transcurre una hermosa historia, irán descubriendo cosas del pasado que es nuestro presente; y la hermana se encariñará con una fotografía en especial. Por último, os cuento que la próxima novela que tiene pensado publicar es de ciencia ficción y se titulará: Orilla Intranquila. Desde aquí os animo a que probéis a leer algo de este autor, pues realmente merece la pena y que, desde luego, no le perdáis la pista, pues va a dar mucho que hablar.

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Reseña

EL ESLABÓN DEL TIEMPO DE CHUS NEVADO
por Marta Fernández
Chus Nevado nació el 29 de septiembre de 1976 en Madrid, ciudad en la que reside actualmente. Es diplomada en Arquitectura Técnica, y aunque resulte extraño habiéndose decantado por una profesión de ciencias, su mundo gira en torno a las letras. Ella misma reconoce que es una persona ecléctica. Desde que tiene uso de razón, su mente ha sido un hervidero de ideas que necesitaban salir al exterior. Inevitablemente, la mejor forma de conseguirlo ha sido a través de la escritura. Adora escribir, y su gran pasión es la novela romántica. Al principio la consideraba un pasatiempo, pero desde hace unos años ha comenzado a tomárselo en serio. A fecha de hoy se encuentra escribiendo su segunda novela, labor que combina con correcciones literarias. Nunca tuve el placer de leer nada de esta autora, admito que al principio me llamaba la atención pero en cuanto leí la expresión “viajes en el tiempo” volví a dar un paso atrás. Pero en cuanto leí dos reseñas muy positivas, volví a recapitular y me hice con él sin pensármelo, porque ¿Qué es esto de no leer una novela porque sea de un tema que no me suele dar más? ¡Algún día tenía que quitar esta manía!. Así que, tras haber leído unas cuantas historias de viajes en el tiempo, por fin he dado con una que no me ha dejado con el cerebro frito. Sí, cerebro frito, porque me entraba complejo, había historias que no tenían ni pies ni cabeza, no eran COHERENTES. Y las protagonistas (que suelen ser las que viajan en el tiempo) querían cambiar el mundo (normal, pero claro en esa época…no sé cómo no quedó alguna sin cabeza). Pero lo peor es cuando no paran de saltar y están de un lado a otro, ahí sí que te pierdes, hay que sacar la carrera de aeronáutica. Bueno, seguro que alguna me entretuvo y no estuvo tan mal, pero ahora no me viene a la cabeza ninguna (que esté publicada), excepto esta. El eslabón del tiempo será la primera novela que me vendrá a la mente cuando alguien quiera una recomendación de este tipo. ¿Por qué? Muy sencillo, dejando al lado lo bien que está escrita y estructurada la historia, y los diálogos; y no tenemos esos problemas de reivindicaciones feministas en pleno reinado de Jacobo (s XVII), porque claro, lo normal sería que la mujer acabara encamada tras una brutal paliza (en el mejor caso) o asesinada brutalmente. Pues bien, Chloe no actuará como la típica dama de esa época porque no le “sale”, no está acostumbrada a ello, pero poco a poco se irá adaptando, y encajará a la perfección entre esas gentes. Inesperadamente, un día se ve secuestrada y aparece en las garras de Cedric, un hombre obtuso y despiadado, que se volverá insoportable en muchos momentos, debido a su terquedad. Hará pasarle momentos dolorosos a nuestra protagonista, aunque ella no se queda atrás, ya que desde el primer momento le planta cara y no se empequeñece a su lado. Una batalla de personalidades que casi acabará con ellos... Dolor, traición, rencor y tristeza envolverán a esta pareja, que tendrán que dejar al lado sus perjuicios si quieren sanar sus heridas. Deberán reparar el daño que se causaron. En las últimas páginas estuve con el corazón en un puño, admito que también me apetecía zarandearlos para que se dieran cuenta de los ciegos que eran. Preciosa novela, muy recomendable. Valoración: Excelente.

la novela da tantos giros inesperados que me ha dejado boquiabierta (sobre todo con el malo malísimo). Y es que, engancha desde la primera página, y todo está bien relacionado y unido, hasta me ha parecido normal ese viaje en el tiempo, tiene hasta sentido cómo sucedió (dentro de lo que cabe), es de agradecer, porque a veces parece que está metido a calzador. La protagonista, Chloe, es de armas tomar, y no se dejará llevar por ningún caballero, ni conde ni campesino. Ha sido muy interesante cómo la autora ha querido cortar por lo sano con lo que sabía la mujer del siglo XXI

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Ileana Velkan es una paria entre los suyos. Durante doscientos años ha estado escondiéndose de su propia especie, huyendo de un pasado que la marcó con fuego. Ahora, debido a la casualidad o al destino, llega por accidente a Midtown, el hogar de una manada un tanto peculiar, y tiene que quedarse allí varios días hasta que le reparen el coche. Owen Hunt, cambiante pantera, beta de la manada y sheriff de Midtown, no puede evitar sentirse atraído por esta mujer recién llegada al pueblo, una hembra que oculta que es una cambiante de una especie que no puede identificar por el olor. No se fía de ella y decide vigilarla para averiguar cuáles son los verdaderos motivos de su aparición en la ciudad. Pero en Midtown hay alguien que sabe quién y qué es, alguien que la ha buscado durante años para cobrarse su venganza y ahora que la tiene al alcance de la mano, no la dejará escapar. LA NOCHE DE LA LUNA AZUL una novela de la Manada de Midtown

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Revista La Cuna de Eros número 3 EL PRIMER CAPÍTULO DE...

LA NOCHE DE LA LUNA AZUL
CAPÍTULO UNO

DE D. W. NICHOLS

El humo que salía del motor no dejaba lugar a dudas. Estaba jodida. Ileana aparcó en el arcén de la carretera de tercera antes que el coche se incendiara, sacó las llaves del contacto, agarró con fuerza el volante y gritó de rabia. Debería haber hecho caso de su agente. ¿Por qué se le metió en la cabeza hacer este viaje, atravesando Estados Unidos, aprovechando los días que le quedaban antes que caducara su visado? Y con un coche de segunda mano, por Dios. Debería haberse comprado uno nuevo, al fin y al cabo podía permitírselo. Bajó del coche y miró a su alrededor. La carretera estaba perdida de la mano de Dios. Como ella. Perdida y sola en una carretera que atravesaba un bosque frondoso sin ninguna casa a la vista. Tampoco es que pudiera ver mucho más allá de los árboles. Buscó el móvil dentro del bolso. Sin cobertura. Que sorpresa, ¿eh? Como si alguna vez alguno de estos aparatos funcionaran cuando realmente se los necesita. No le iba a quedar más remedio que caminar y rezar para encontrar algún lugar con teléfono desde donde pudiera llamar una grúa. Rezar. Ja. Como si alguna vez Dios la hubiese escuchado. Abrió el capó y dejó que se ventilara. Quizá si le echara agua se enfriaría más rápido, pero no quería arriesgarse a que el vapor la quemara. Le daría tiempo a que lo hiciera por sí mismo, sin ningún tipo de ayuda. Que se jodiera el maldito coche. Además, ¿de dónde iba a sacarla? Y el agua que le quedaba igual podría necesitarla. Quién sabía a cuanta distancia estaba el siguiente pueblo. Cerró todas las ventanillas del coche, y echó la llave al maletero y las puertas. No es que tuviese allí nada de valor, excepto un par de vestidos carísimos que no sabía muy bien por qué había metido en la maleta, pero tampoco quería dejar el coche con un letrero que dijera robadme. Echó a andar por la carretera. Era mediodía pero los frondosos árboles a ambos lados ofrecían un frescor agradable. Esperaba no tardar mucho en encontrar algún signo de vida humana en alguna parte. Al cabo de media hora el bosque dio paso a una extensión enorme de campos cultivados, pero solitarios. Aún no era el tiempo de la cosecha y no había ninguna casa a la vista, y los campos dorados se perdían hasta más allá del horizonte. Una tierra rica que probablemente produciría abundantes cosechas. Con la llegada de los campos, desapareció la agradable sombra que la cobijaba. El sol caía implacable sobre la carretera asfaltada, aumentando el calor a cada paso que daba alejándose del bosque. Empezó a caerle el sudor, en traviesas gotas que resbalaban por la espalda y entre los pechos, empapando su camisa. Se quitó la chaqueta de corte clásico y desabrochó un par de botones más de la camisa blanca. Estuvo tentada a quitarse también las medias, pero tuvo miedo que sin su protección, los zapatos acabaran rozándole y levantándole ampollas en los pies. Llevaba unos mocasines, planos y cómodos para conducir, de piel suave y blanda, que en teoría no deberían hacerle daño, pero sabía por experiencia que tenía pies de princesa, muy caprichosos y volátiles en su comportamiento, y prefirió no arriesgarse. Era mejor pasar calor a acabar sentada en la cuneta sin poder dar un paso más. Poco a poco, los campos de trigo dieron paso a los árboles frutales, cargados con las flores que en verano se convertirían en jugosas frutas. De repente, el estómago gruñó. Rebuscó en el bolso que llevaba colgando de los hombros, atravesado en su pecho, hasta que encontró lo que buscaba. Una barrita de chocolate con cereales para matar el hambre. La mordió con entusiasmo. Hacía horas que no comía nada, más de ocho desde que desayunó antes del amanecer para poder salir a la carretera bien temprano. Si no se hubiese equivocado en aquel desvío que la trajo hasta esta carretera solitaria, a estas horas habría llegado a alguna ciudad con buenos restaurantes donde poder comer antes de proseguir viaje. Pero desde aquel primer fatídico desvío, no había echo otra cosa que tomar decisiones equivocadas, hasta llegar aquí. Acabó la barrita, guardó el papel en el bolso hasta que encontrara una papelera donde tirarla, bebió un trago de agua, y siguió caminando. Página 30

Revista La Cuna de Eros número 3 Una hora después, llegó a Midtown. Lo primero que vio la hizo dar un suspiro de alivio. Una gasolinera con un enorme cartel encima del techo en el que se anunciaba que tenía taller mecánico. Le dolían los pies y estaba cansada, pero ver aquello hizo que la alegría la inundase. Gracias a Dios no tendría que caminar más. Bebió el último trago de agua que le quedaba, tiró la botella en la papelera al lado del surtidor, agarró el bolso con decisión y entró en el taller. —¿Hola? Estaba todo sucio, como correspondía a un lugar como aquel. Una camioneta pickup azul oscuro estaba en mitad del taller, y unos pies enormes calzados con botas de combate negras, salían de debajo. Esos pies empezaron a moverse y, poco a poco, el enorme cuerpo de un hombre rubio con el cuello ancho como una columna, salió de debajo de la camioneta y se quedó sentado en el suelo. El hombre se pasó el brazo por la cara para limpiarse el sudor y la miró entrecerrando los ojos. La luz que se derramaba a través de la puerta abierta le daba directamente y no lo dejaba abrirlos para poder verla bien. Se levantó con parsimonia. Ileana se sintió un poco intimidada cuando él se movió sin decir nada aún, caminó atravesando el taller hasta un banco de trabajo que había al fondo, agarró un trapo y se limpió las manos. Después cogió una botella de agua y bebió un largo trago. Cuando se giró para mirarla, una gran sonrisa cruzaba su rostro. —Discúlpeme— dijo con voz ronca—. Llevo mucho tiempo ahí debajo y tenía la garganta seca. ¿En qué puedo ayudarla? ¿Quiere gasolina? Ella le devolvió la sonrisa, medio perdida en unos enormes ojos azules. —Ojalá fuera tan simple. Mi coche me ha dejado tirada a unos kilómetros del pueblo. He tenido que venir andando y estoy muerta. ¿Podrá ayudarme? —Por supuesto. ¿Qué le ha pasado? —Humo. De repente ha empezado a salir humo del motor. El mecánico asintió con la cabeza, haciendo que los rizos rubios brincaran sobre su rostro. —Haré lo que pueda, señorita… —Ileana. Ileana Velkan. —Muy bien, señorita Ileana Velkan—, dijo tendiéndole una mano. Ella se la estrechó y después no supo qué hacer con las manchas de grasa que le quedaron prendidas—. Yo soy Liam Duncan. Iré con la grúa hasta su coche y lo traeré, pero hasta que no lo haya visto no podré decirle. ¿Qué coche es? —Un Chevrolet, pero no sé que modelo. Lo compré de segunda mano hace poco, sólo para este viaje. Liam volvió a asentir con la cabeza. —Estará cansada, y en el pueblo no hay ningún motel. En ese momento, una anciana de pelo blanco recogido en un moño, con un vestido estampado en múltiples colores, entró en el taller. Era bajita y delgada, y lucía una amplia y maternal sonrisa ocupándole todo el rostro. —¿Necesita un lugar donde quedarse, querida?— le dijo—. Yo podría ofrecerle una habitación. Podrá lavarse y descansar mientras Liam le arregla el coche. Ileana no sabía qué hacer. No confiaba en la gente y mucho menos en los desconocidos, pero estaba sola y perdida en un pueblo pequeño en el que ni siquiera había un hotel donde quedarse. —No quisiera molestarla… —Oh, no será una molestia— dijo la anciana, interrumpiéndola y agitando una mano delante de la cara como si espantara moscas—. Le haré un módico precio, por supuesto. Pero si tiene hambre, tendrá que comer en el restaurante. Yo ya comí y recogí la cocina. Ileana sonrió. Viva la hospitalidad del medio oeste. Casi le dieron ganas de reír. —De acuerdo, señora… —Señorita. Señorita Reynolds. —Muy bien, señorita Reynolds. —Entonces, todo arreglado— intervino Liam—. Si me da las llaves del coche, yo me encargaré de él. Ileana se las entregó, le indicó en qué dirección estaba su coche y salió del taller acompañada de la señorita Reynolds. Después que Ileana y la anciana abandonaran el taller, Liam inspiró profundamente ensanchando las aletas de la nariz para poder captar mejor el aroma que la forastera había dejado. Página 31

Revista La Cuna de Eros número 3 Cambiante, pensó, pero ¿qué tipo? El olor no le era familiar en absoluto y aquello era preocupante. ¿Una cambiante entrando en un pueblo territorio de cambiantes y no preguntaba por el Alfa para presentarse? Liam negó con la cabeza. Esa mujer debería saber dónde estaba, todo el pueblo estaba saturado con el olor a cambiante. ¿Qué tramaría? Debería avisar a Owen. Unos ojos la observaron mientras se alejaba de la gasolinera. ¿Podría ser ella? Habían pasado tantos años que su rostro se había difuminado por el tiempo, pero volver a verla de nuevo, sorpresivamente, hizo que todo regresara otra vez. Los gritos. El terror. La sangre. La muerte. Sí, era ella, sin lugar a dudas. Ya no era una adolescente espigada, demasiado delgada para parecer una mujer; se le habían llenado los pechos y redondeado las caderas, y sus ojos, antes dulces e inocentes, ahora transmitían dureza y una extrema desconfianza. Tenía que asegurarse. Apretó el paso a su encuentro y se cruzó con ella mientras caminaba por la calle. Saludó a la señorita Reynolds con un casi imperceptible movimiento de cabeza y aspiró profundamente para captar el olor de la mujer que la acompañaba. Nunca podría olvidar ese aroma. La rabia lo atravesó y tuvo que apretar los puños para evitar abalanzarse sobre ella y desgarrarle la garganta antes que pudiera defenderse. Que absolutamente irónico era el destino. Había pasado gran parte de su juventud buscándola con la intención de vengarse por lo que había hecho. Finalmente se rindió y dio por bueno lo que decían todos: que ella había muerto después de huir y que no valía la pena perder más el tiempo. Y ahora, después de varios años de haberse visto obligado a abandonar Valaquia y cuando por fin se había asentado y resignado, resulta que se la cruzaba por la calle como si fueran dos desconocidos. Sonrió con amargura mientras se giraba sin dejar de caminar para seguir observándola. El destino había hecho que sus vidas se cruzasen de nuevo y ella siquiera se había percatado ni de su rostro ni de su olor. No lo había reconocido. Mejor. Cuando la tuviera a su merced para hacerla pagar todo el daño que había hecho, ya le refrescaría la memoria. —Quisiera darme un baño antes de ir a comer. La verdad es que estoy muerta de hambre. —Claro que sí, querida. La acompañaré hasta allí y le diré cual es mi casa. No queda lejos de aquí. En un rato, Liam habrá traído su coche. ¿Tiene equipaje? —En el coche. Caminaron unos minutos en silencio mientras Ileana miraba el pueblo con curiosidad. No era muy grande. La avenida principal, donde estaban en ese momento, parecía reunir la totalidad de los comercios. Atravesaron una plaza con una cafetería que tenía una pequeña terraza exterior con mesas y sillas y, al otro lado, estaba el restaurante. —Mi casa está aquí mismo— dijo la señorita Reynolds mientras cruzaba la calle. Entró en una casa victoriana de dos plantas de color azul—. Sígueme, querida— le dijo mientras subía las escaleras que iban a la primera planta. La guió por un pasillo lleno de fotos antiguas colgadas en las paredes y se paró delante de una puerta. La abrió y le indicó que entrara con una mano. —Es preciosa— exclamó Ileana al entrar. Una enorme cama con dosel presidía el dormitorio. Una cómoda de roble estaba contra la pared a los pies de la cama y, a su lado, una puerta conducía al baño. —Gracias, querida. Ahora te dejo. Date un baño tranquila. Cuando Liam traiga tus maletas, te las dejaré al lado de la cama para que cuando salgas, puedas ponerte ropa limpia. —Es usted muy amable. La anciana salió de la habitación y la dejó sola. Media hora mas tarde, salía del dormitorio totalmente vestida y bajó las escaleras. La señorita Reynolds estaba sentada en el saloncito mirando la televisión. Cuando entró, la anciana la miró con una sonrisa. —Liam ha llamado por teléfono y dice que te pases por la gasolinera en cuanto puedas, querida. Tiene que hablar contigo. Parece que la reparación de tu coche tardará más de lo que esperabas. Ileana bufó. ¿Por qué no le extrañaba? Todos los mecánicos eran iguales. —Gracias, señorita Reynolds. Me pasaré por allí antes de ir a comer. —Muy bien, querida. Puedes entrar y salir cuando quieras. Siempre dejo la puerta abierta. Hasta luego. Página 32

Revista La Cuna de Eros número 3 —Hasta luego. Ileana salió de la casa y se internó sola en Midtown por primera vez.  

CAPÍTULO DOS
Owen entró en el restaurante. Echó un vistazo a su alrededor y la localizó inmediatamente. No era difícil. En un pueblo pequeño como Midtown, una cara nueva se encontraba en seguida. Estaba de espaldas, probablemente esperando a que la sirvieran. Se acercó hasta su mesa y carraspeó para llamar su atención. —Buenas tardes, señorita. Me llamo Owen Hunt y soy el sheriff local. ¿Y usted es..? Ella miró primero la mano que le tendía y después alzó los ojos hasta su cara. Aceptó la mano, encajándola con firmeza, y sonrió. Una corriente eléctrica le penetró por las puntas de los dedos y subió serpenteando hasta apoderarse de todo su cuerpo, haciendo que se estremeciera. Durante unos segundos, se vio perdida en el interior de unos ojos castaños, casi dorados, que la miraban fijamente. Intentó apartarlos, desconectarse de esa penetrante mirada, y acabó perdiéndose en unos labios entreabiertos que mostraban una dentadura blanca y perfecta y que poco a poco se curvaron en una sonrisa. Se dio un manotazo mental para reaccionar, parpadeó, confusa ante su propia reacción, y carraspeó para recuperar una voz que había huido cobardemente. —Ileana Velkan, sheriff. ¿Siempre se presenta a los recién llegados? Owen sonrió abiertamente antes de contestar, seduciéndola sin proponérselo. El rostro masculino estaba tostado por el sol, con una fuerte mandíbula que transmitía una determinación a prueba de conflictos. En las mejillas se le formaban unos hoyuelos muy sexys cuando sonreía, dándole un aire de picarón un tanto salvaje. —La verdad es que sí. Este es un pueblo pequeño y no solemos recibir muchos visitantes. ¿Puedo?— preguntó señalando la silla que había al otro lado de la mesa. —Por supuesto. Mientras se sentaba, se acercó la camarera llevando el pedido de Ileana. —Hola sheriff— le dijo mientras ponía encima de la mesa los platos y lo miraba con una sonrisa coqueta—.¿Le sirvo algo? —No, gracias, Susy. —Muy bien. Si cambia de opinión no tiene más que llamarme. Susy se alejó contoneando las caderas y Owen se la quedó mirando durante unos segundos antes de volver su atención hacia la mujer que tenía sentada delante. Ojos oscuros, casi negros, en un rostro oval, con una pequeña nariz respingona y labios carnosos. No llevaba maquillaje, y debajo de los ojos se vislumbraban unas tenues ojeras, probablemente producidas por el cansancio. El pelo, largo y negro como la noche, caía en una cascada de rizos que daban la impresión de ser salvajes. Vestía de una forma muy rígida y profesional. Una blusa blanca abrochada hasta el cuello y una chaqueta de corte masculino de color beige. El resto estaba oculto por la mesa, pero casi podía asegurar que llevaría los pantalones a juego con la chaqueta y unos zapatos planos, cómodos y prácticos para conducir. Y no se equivocaría. —Ileana Velkan. ¿Qué la ha traído hasta Midtown? —Mi absurda incapacidad para leer correctamente un mapa de carreteras y una estúpida avería en el coche. Owen se rio suavemente mientras alzaba las cejas e Ileana sintió como si le diesen un mazazo en la cabeza. Esa risilla tan sexy y viril hizo que se le apretara el estómago. —Una mujer que admite no ser capaz de leer un mapa. Eso no se ve todos los días. Ileana empezó a comer antes de responder. Huevos fritos con bacon, patatas fritas y una ensalada verde. Parecía hambrienta. Después de tragar el primer bocado, lo miró desde debajo de sus largas pestañas y esbozó una sonrisa. Estaba aturdida por su reacción ante esta presencia masculina, pero no iba a demostrárselo. Al fin y al cabo, no era más que un desconocido. —¿Es de los que creen a pies juntillas que ninguna mujer es capaz de hacer algo como eso? Owen se rio con fuerza. Página 33

Revista La Cuna de Eros número 3 —¡DiOs, no! Mi madre me azotaría con el cinturón si me atreviera a pensar algo así. —Una mujer inteligente, su madre. —Una gran mujer, sí. Así que se le ha estropeado el coche— dijo después de una breve pausa mirándola con intensidad con esos ojos castaños veteados de oro. Unos ojos preciosos. —Sip. Me dejó tirada en la carretera y he tenido que venir andando durante una hora y media. Ahora está en la gasolinera. El mecánico me ha dicho que tardará una semana en repararlo, por que no sé qué pieza tardará ese tiempo en llegar. ¿Es de fiar, el mecánico? —¿Liam? Sí, no se preocupe. ¿Piensa que puede querer estafarla? Ileana se encogió de hombros. —Digamos que mi experiencia con su gremio no ha sido muy… positiva. —No se preocupe. Liam es honrado. Si dice que esa pieza tardará una semana, es por que es verdad. —Me alegra saberlo. —¿Y a dónde se dirige? Midtown queda fuera de la mayoría de rutas habituales. —A Miami. Estoy de vacaciones. Owen silbó. —Eso son muchos kilómetros. —Y más que ya tengo hechos. Vengo de Los Ángeles. —Vaya, toda una californiana. Sin embargo, su acento es… curioso. ¿De dónde es? Ileana detuvo el tenedor a medio camino. Volvió a bajarlo hasta posarlo sobre el plato, cogió la servilleta, se lImpió la boca pasándola suavemente y después de devolverla a su regazo, inspiró profundamente. —Sheriff, ¿me está sometiendo a un tercer grado? Si es así, ¿por qué no me pregunta de una vez todo lo que quiere saber y así después podré terminar de comer tranquila? Estaba irritada. En parte era por el interrogatorio, pero gran parte de la culpa era por cómo se sentía ante este hombre. Sentía el deseo crecer en su interior a pasos agigantados, y no le gustaba. Nunca se permitía perder el control, nunca dejaba que los deseos la dominasen. Jamás. Y este hombre, con su sonrisa, sus hoyuelos y sus ojos casi dorados, la estaba afectando mucho más de lo que podía aceptar. —Pensaba que estábamos teniendo una simple conversación— contestó sonriendo. Ella no respondió, simplemente se quedó mirándolo fijamente. Al final, Owen inspiró profundamente y asintió con la cabeza, dándose por vencido—. De acuerdo, está bien. Simplemente no quería que pensara que no somos hospitalarios sometiéndola a un interrogatorio directo, pero debe comprender que no estamos acostumbrados a los forasteros. —Y es su obligación asegurarse que no soy un peligro para su comunidad. Lo comprendo. Ahora, escupa. Estoy cansada, tengo hambre, y lo único que quiero es terminar de comer para ir a echarme un rato en la cama. —Muy bien. ¿De dónde es usted? —Tengo nacionalidad británica, pero nací en un pequeño pueblecito en los Balcanes. Me fui a Inglaterra con 18 años, para estudiar en la universidad, y me trasladé a Londres al graduarme. —¿Y qué la ha traído a Estados Unidos? —Soy escritora. Fui a Los Ángeles para firmar un contrato con una productora para la adaptación al cine de mi última novela. —Entonces es famosa. —No tanto cuando usted no me conoce. Owen se rio por su contestación. La mujer tenía ingenio y era rápida en sus respuestas. Cuanto más hablaba con ella, más le gustaba. —¿Tiene dónde quedarse? —Sí. Teniendo en cuenta que este pueblo ni siquiera tiene un pequeño hotel, puedo decir que cuando salía del taller tuve la suerte de tropezarme con la señorita Reynolds (ella se ha encargado de matizar que era señorita a pesar de su edad), la cual había oído la conversación que habíamos mantenido el mecánico, ¿Liam?, y yo, y me ha ofrecido una habitación en su casa por un módico precio. Owen estalló en carcajadas. —Dios santo, la anciana señorita Reynolds no deja escapar una oportunidad para conseguir unos cuantos dólares extras. Así que ya está instalada—. No era una pregunta, pero Ileana contestó de todas formas asintiendo con la cabeza mientras volvía a atacar la comida de su plato. Tenía hambre y, aunque le hubiera encantado poder engullir como una cerda, se aguantó las ganas y comió Página 34

Revista La Cuna de Eros número 3 pequeños bocados, sin llenarse demasiado la boca, y masticándolo todo bien antes de tragar. Hacía mucho tiempo que había aprendido a comportarse como una señorita, y los viejos hábitos no era fácil cambiarlos, a pesar del paso del tiempo y de las costumbres modernas. Owen se levantó. —Ha sido un placer hablar con usted, señorita Velkan. Espero volver a verla durante los días que se quede por aquí. —Lo raro sería lo contrario, sheriff. —Tiene razón—, replicó sonriendo—. Este pueblo es maravillosamente pequeño. Ileana asintió con la cabeza y murmuró un hasta luego mientras el sheriff se iba. Maravillosamente pequeño. Ja. Odiaba los pueblos pequeños. Eran sofocantes y opresivos. No podías poner un pie en la calle sin que cuarenta vecinos te saludaran a la vez y nadie podía tener ningún secreto. Los rumores corrían como mareas desbocadas de boca en boca y en media hora, todo el maldito pueblo ya estaba criticándote. O peor aún, crucificándote. Ileana prefería con mucho las grandes ciudades, donde podía vivir durante veinte años en el mismo sitio sin llegar a conocer nunca al vecino de al lado; donde el anonimato era fácil de conseguir, y donde nadie se ocupaba de los asuntos de su vecino ni metía las narices donde no lo llamaban. Una gran ciudad como Londres le daba la oportunidad de pasar inadvertida y mantenerse fuera del radar de aquellos que la buscaban. Y estaba empezando a pensar seriamente en trasladarse a Nueva York, aprovechando que su alter ego, Mila Kapp, el seudónimo que utilizaba para firmar sus novelas, comenzaba a emerger en el mundo literario del nuevo mundo. Llevaba demasiado tiempo en Londres. Cien años eran demasiado tiempo. Entró en el restaurante al mismo tiempo que el sheriff salía. Lo saludó y después de hablar con él durante unos segundos, sonrió torvamente cuando la vio sentada en una mesa, comiendo como si fuese una dama, con un cuidado y una exquisitez que no podían disimular lo que era realmente. Pero nadie la miraba con otra cosa que no fuese curiosidad. ¿Es que no se daban cuenta de qué tenían sentada a la mesa? Sonrió a Susy y la siguió hasta una mesa vacía. Se sentó y, mientras escuchaba a la camarera recitarle la lista de los platos del día, no dejó de observarla. El odio bullía en su interior y tenía que hacer grandes esfuerzos para no ponerse a gritar a todo el mundo qué era esa abominación que estaba sentada, comiendo tranquilamente como si fuese humana. Humana. La sola palabra aplicada a ella, le produjo asco. Aquella mujer no sólo no era humana, si no que era mucho más peligrosa que una cambiante común. Por lo menos, tuvo el consuelo que la llamada telefónica que hizo de forma anónima a la comisaría había dado sus frutos. En parte, al menos. El sheriff no parecía muy preocupado cuando se cruzó con él en la puerta del restaurante, pero estaba convencido que había ido a hablar con ella. Probablemente no había podido identificar su olor aún. Con toda seguridad, Owen nunca se había cruzado con algo como ella, y necesitaría más tiempo para darse cuenta de qué era. Le daría unos días. Los vigilaría. Si no hacían nada con el potencial peligro que esa mujer suponía, tomaría cartas en el asunto. Al fin y al cabo, la venganza le pertenecía. Y aunque ninguno de ellos era lo bastante fuerte para enfrentarse a ese engendro cara a cara, siempre podía matarla a traición. Aquella idea hizo que se relamiera de gusto como un gato después de hartarse de leche.

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Reseña

LO QUE HICE POR AMOR DE SUSAN E. PHILLIPS
por Elizabeth Silva
Tengo en mi eterna lista de lecturas pendientes, varias novelas de esta escritora. Como tenía ganas de estrenarme con ella, elegí una al azar. Pero a mi parecer, no ha sido la mejor elección. “Lo que hice por amor” se desarrolla dentro del mundo de las estrellas de Hollywood, los protagonistas son dos actores, ambos por diferentes motivos están en horas bajas. Se conocen desde adolescentes porque interpretaron durante mucho tiempo una famosa serie de comedia en la televisión, y un suceso entre ambos hará que se detesten, hasta el punto de no soportarse. Los años pasan, ya no son esos adolescentes, pero las etiquetas que los marcaron en aquella época, siguen marcando su vida actual. Por una parte, está Georgie, una mujer encasillada en personajes de comedia debido a esa serie, lo cual no le reporta en la actualidad ningún papel importante, ni ningún éxito a la vista. Además su padre no la deja tomar sus propias decisiones, impidiéndole madurar. la encuentra y ambos van juntos a una fiesta, les drogan las bebidas y al día siguiente se despiertan casados. A partir de ahí, la historia parece una serie de televisión… me cuesta creer que después de todo lo que se dicen, de cómo se tratan… puedan llegar a amarse de o era real, o porque la historia se centra en actores famosos, sea lo que sea, la historia no me convenció. Eso sí, está muy bien escrita. Susan Elizabeth Phillip, escribe y detalla la historia con frases cortas y claras, me gusta como describe tanto los acontecimientos como las situaciones que se van produciendo. Pero hay algo que no entendí… si estás casada con un hombre que en teoría es un bebedor… ¿como es que cuando lo besas, o estás cerca de él no te das cuenta de que no huele a alcohol?… Lo ves llevando un vaso de alcohol siempre en la mano y cuando te acercas ¿no sientes el olor? Quién se lo puede creer, yo no.

Para mí el mejor personaje es… Chaz, una chica con un pasado diverdad. Pero creo que la escritora fícil que lucha con uñas y dientes quiso transmitir ese dicho de que por superar sus miedos. Una perdel odio al amor hay solo un paso. sonalidad fuerte pero a la vez vulEso es más o menos lo que les nerable, una mujer joven, pero es ocurre a los protagonistas… por como una mamá gallina con sus cuidar su imagen deciden compar- polluelos. A ella le gusta que la netir un año como matrimonio, todo cesiten, le gusta ser útil. por sus propios intereses y de cara Por otra parte, está Bram She- a la galería, empezarán a conocerse En resumen, la historia no es pard, un hombre que debido a sus como adultos y tendrán que deste- mala, se deja leer y seguramente a errores del pasado, sus adicciones y rrar las etiquetas que tenían tatua- mucho les encantará… solo que a su falta de profesionalidad, pierde das desde jóvenes. mí no me llegó. Creo que algunos credibilidad como actor y es tachapersonajes secundarios me condo de irresponsable y poco serio. Conoceremos las mentiras y vencieron más que los protagonisverdades que se pueden o no decir tas. Todo empieza a complicarse al público, y de lo que es capaz un porque Georgie destrozada por la actor por cuidar su imagen. Odios, Aun así, es una novela con un ruptura de su matrimonio debido rencores, gente real y gente falsa, toque diferente por el glamour a otra mujer y sabiendo que es el todo eso encontrarás en la novela. donde se desarrolla… así que os punto de mira de los periodistas, Pero aun así, no consiguió conven- invito a leerla y sacar vuestras prono sabe qué hacer y decide aceptar cerme. No sé, si será porque había pias conclusiones. una escapada a las Vegas… Bram momentos que no sabías si fingían Página 36

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Pluma Roja, es un guerrero lakota predestinado a ser el jefe de su pueblo. Pero no puede cumplir tal responsabilidad hasta hallar el significado de la visión que le dio su nombre, por ese motivo decide emprender un viaje iniciático donde conocerá a Lady Georgiana Herbert, condesa de Shaftesbury. Georgiana, tras dar por muerto a su esposo en una batalla en la cual se han visto sorprendidos, escapará ilesa y en el camino de huida se encontrará con Pluma Roja. El amor y el deseo surgirán de inmediato y juntos decidirán emprender el viaje de regreso hacia la Nación Lakota. Pero Pluma Roja no es más que una ensoñación de Eliza, una joven del siglo veintiuno aficionada a la escritura, que no está dispuesta a entregar tan fácilmente su corazón a Julio, un domador del club de hípica donde entrena que le recuerda al protagonista de su novela. Juntos se verán envueltos en una serie de situaciones que les transportarán constantemente a sus vidas pasadas. ¿Lograrán Julio y Eliza comprender sus visiones? ¿Volverán a estar juntos Pluma Roja y Georgiana? No te pierdas esta apasionante historia de amor. Un amor que se aloja en el alma y perdura más allá del tiempo. Una historia de amor truncado por la intolerancia, que logrará vencer la injusticia del hombre y transportará al lector a un mundo mejor y lleno de esperanza.

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RELATO

LOBA

DE OLALLA PONS

La luz de la aurora invadió el valle. En breve daría paso al sol que ya besaba las altas cumbres de eternas nieves. Una intensa niebla penetraba entre los árboles, dándole al lugar un atávico y mágico aspecto. Agazapada tras los arbustos, dirigió su mirada hacia la gran casa del claro, que se imponía sobre un acantilado que presidía el bosque. Era el único lugar de los alrededores que lucía sin árboles, a excepción de un enorme roble que se alzaba en el patio. Habían respetado al venerable anciano, sin embargo, ella emitió un suave y vibrante gruñido de desacuerdo a la vez que erizaba el pelo del lomo. Solo los miembros de aquella estúpida especie, poco agraciados, débiles y cobardes, eran capaces de cometer semejante afrenta a la Madre. Allí, bajo las altas rocas de un nido de águilas, que se alzaba sobre una pradera donde los ciervos habían pastado desde tiempos inmemoriales, ahora se alzaba una ordenada maraña de piedras esclavizadas que daban forma a una cueva artificial, a la que ellos llamaban “hogar”. Resopló en desacuerdo, al reconocer que nada podía hacer para evitar a esas criaturas, que se hacían llamar “personas” para diferenciarse así del resto de los seres de la creación. Cada vez eran más numerosos e invadían los territorios de caza, acabando con el sustento de los demás habitantes del bosque, a los que llamaban “animales”. Ella misma se consideraba un animal y tampoco pretendía ser diferente ni especial. Era tan solo una hembra solitaria que vagaba por el bosque que la había visto crecer y se sentía orgullosa y feliz por ello. Su pequeña manada había perecido a causa de los venenos que colocaban los humanos para acabar con los de su especie y desde muy joven se había visto forzada a aprender sola y a administrarse el sustento. Su vida pendía de ello, y ciertamente no se le daba mal, aunque a veces se sentía sola. El Espíritu del Otoño empezaba a marcharse y era preciso engordar, ya que el Espíritu del Invierno sería crudo y no tendría piedad con los débiles. Ella no era débil, al contrario, portaba en sí toda la fuerza y vitalidad de sus antepasados, además de la experiencia para superar las pruebas más duras, y en este momento era capaz de enfrentarse a cualquier reto, y aunque a veces disfrutara en recrear su soledad llorándole a la luna de vez en cuanto, su capacidad de supervivencia y seguridad en sí misma rozaba la perfección. El hambre le punzó en el estómago, cosa que diluyó sus pensamientos y retornó a su objetivo. Allí abajo la comida era fácil. Se acercaría a probar suerte. No había peligro aparente, en aquellos momentos, en la casa solo habitaba un humano y no parecía peligroso. Le resultaría fácil introducirse en el corral para llevarse unas gallinas, tal vez, con un poco de suerte, un cordero. Encauzó sus sentidos, agazapándose con cuidado y se ocultó entre la maleza. Echó las orejas hacia atrás y enfocó la vista. Le dio confianza el saber que su pelaje pardo se confundía a la perfección entre los secos arbustos. Alzó una pata con suavidad y empezó a caminar con pasos lentos y precisos, procurando no hacer el más mínimo ruido. Las suaves almohadillas de sus patas, expresamente diseñadas para ello, amortiguaban e insonorizaban su seguro caminar. Antes de exponerse al prado, dudó, y aguardó en aquella posición unos instantes… A punto estuvo de iniciar la carrera hacia su objetivo, cuando de pronto, no tuvo más remedio que desistir. La puerta de la casa se abrió y de ella salió un hombre acunando entre sus manos una humeante taza de té. Ella alzó la cabeza, puso las orejas en punta y quedó paralizada en mitad del claro quedando expuesta a tan solo unos quince metros del individuo. Sus miradas se cruzaron y quedó impresionada. El humano, la observaba atentamente con sus ojos azules, que a pesar de encontrarse enrojecidos por la falta de sueño permanecían muy abiertos a causa del asombro. Erik abrió la boca sorprendido, y de inmediato, con muchísimo cuidado de no hacer movimientos bruscos, posó la taza de té sobre el banco de madera, que se encontraba junto a la puerta de entrada y agradeció que se le hubiera ocurrido colgarse al cuello la pesada cámara fotográfica antes de salir para saludar al nuevo día. Una hermosa loba se encontraba a escasos metros de la casa. Todavía no podía creer cuánta suerte había tenido, era una foto fantástica. Con cuidado, y midiendo muy bien sus movimientos, cogió la cámara y disparó varias veces al objetivo. Acto seguido una radiante sonrisa se dibujó en su rostro al comprobar que había capturado Página 38

Revista La Cuna de Eros número 3 la imagen y que a partir de ahora ese animal sería suyo por siempre. Ella quedó maravillada tras ver aquella sonrisa tan bonita, pero al escuchar el primer disparo, el corazón le dio un brinco y el miedo recorrió todo su cuerpo hasta casi hacerle perder el conocimiento. Agradeció sobremanera el tener la capacidad de sobreponerse enseguida y huyó lo más rápido que le permitieron sus fuertes patas. Mientras corría y se alejaba de aquel lugar, pensó que se había librado por muy poco de sufrir lo inimaginable a causa de aquel humano. Cierto era lo que se decía de ellos, y negarlo era una estupidez. Transformaban todo lo que tocaban, provocando sufrimiento y creando destrucción a su paso. Se alegró de haber salido ilesa de aquel encuentro y se prometió a sí misma y a la Madre que jamás volvería a robar una gallina. Pero sin querer, dudó. Aquella sonrisa… Sin entender el motivo, se detuvo, dándose la vuelta. Él continuaba allí, mirándola. Ligeramente confundida, le vino a la mente una idea que no fue capaz de comprender con claridad, pero por extraño que pudiera parecer, sí sentir con intensidad, reteniéndola, obligándola a no apartar la mirada de aquel humano. “Es necesario tener al frente el lado oscuro del alma, encararlo, para así evolucionar” – Le había dicho su madre la primera vez que salieron de caza en grupo, para inspirarle valor… Sopesó esas sabias palabras. El miedo no era positivo, así que alzó la cabeza, y con orgullo miró a ese hombre fijamente, a los ojos. Había sufrido un arranque de pavor y no había sabido cómo controlar sus sentimientos, pero comprendió que no volvería a temerle jamás. No le había dado motivos, simplemente la había cautivado con aquellos ojos celestes... Y de nuevo, la sorpresa hizo acto de presencia. El hombre sonrió más aun y alzó el brazo en forma de saludo, haciendo que la loba emitiera un gruñido de interrogación, para después ladear ligeramente la cabeza, volteando las orejas en busca de alguna respuesta. El hombre, al ver ese grácil gesto, sonrió con más intensidad hasta que finalmente ella, con dignidad, se dio la vuelta para adentrarse en el bosque. Comprendió que el temor que había sentido no había sido por él, sino por ella misma y por lo que estaba empezando a sentir. Erik, a duras penas fue capaz de terminarse el té y se metió enseguida en la casa para introducir la tarjeta digital en el ordenador y así poder descargar las imágenes que acababa de capturar. Ansioso, esperó a que se copiaran en el disco duro y cuando al fin pudo abrirlas quedó impresionado. De forma mágica, la espesa niebla la rodeaba sin llegar a tocar su esbelta y blanca silueta, que se recortaba sobre las múltiples tonalidades verdes de los árboles. Sus cabellos largos y castaños, ligeramente rojizos, coronaban un rostro de apariencia frágil pero tremendamente sensual, de labios gruesos, y ojos color miel, enmarcados en unas largas y rizadas pestañas, como su melena, que le cubría parcialmente los blancos y voluptuosos senos, llegando a acariciar sus nalgas… Erik se estremeció a la vez que con los dedos acariciaba la pantalla de su ordenador. Tras unos instantes frunció el ceño y amplió la fotografía hasta enmarcar aquella inquietante mirada. Eran unos ojos extraños, de un color claro, que miraban al objetivo con una mezcla de seguridad y turbación. También vislumbró su miedo… ¿Quién era ella? De pronto se estremeció y casi se quedó sin respiración al sentir que su corazón se olvidaba de latir… No era posible… Él había visto una loba pero en las fotografías aparecía una mujer. Antes de darse cuenta de la estupidez de sus actos ya estaba corriendo por el prado y adentrándose en el bosque en busca de aquel extraño ser… La niebla, que seguía cubriendo el bosque, dibujaba fantásticas formas entre los árboles y ella caminaba confusa sin todavía saber a dónde dirigirse. Deseaba volver a ver a ese hombre, pero algo en su interior le instaba a alejarse lo máximo posible de aquel lugar, ya que si regresaba, su vida cambiaría. Y lo que más temía ella, era que eso sucediera. Porque no quería dejar de ser un animal, deseaba continuar ligada a la Madre… De pronto, escuchó un ruido y paró en seco. Se estremeció y sintió su presencia. Se dio la vuelta y tembló, pero al verlo aceptó el hecho de que, por mucho que se resistiera, acabaría siendo suya por siempre. Jamás había corrido tanto en toda su vida y ahora Erik se encontraba exhausto. Cuando finalmente recobró Página 39

Revista La Cuna de Eros número 3 el aliento, su mente empezó a gritar desbocada. ¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Se había vuelto loco? Pero su corazón empezó a latir tan fuerte que logró acallar su raciocinio. La sentía. Ella estaba allí, entre la niebla, observándole… Dio un par de pasos y se detuvo… Ella acababa de hacer acto de presencia. Con timidez, se acercó a él, despacio, apartándose el pelo del rostro en un gesto exquisito y sensual. Estaba desnuda, pero Erik no fue capaz de apartar los ojos de aquella cautivadora mirada y se hundió en el abismo de sus dilatadas pupilas. Sin pensarlo, acortó la distancia que entre ellos dos había, alargó la mano y le acarició el pelo, sintiendo como ella temblaba y a la vez separaba los labios en una sutil y sensual invitación a la locura. Y posó sus labios sobre los de ella y sus lenguas bailaron una sensual danza, que tan solo se vio interrumpida en el momento que los dos necesitaron tomar aire para respirar. Sin apartar la vista de sus ojos color miel, la tomó en brazos, colocándola con cuidado sobre el suave manto que cubría el bosque, a la vez que observaba maravillado como su larga y rizada melena se mezclaba entre las hojas secas de múltiples tonalidades ocres, dándole a ella una apariencia sobrenatural. Acarició sus pechos desnudos con sus fuertes manos, provocando que su miembro se endureciera hasta el límite. Erik jadeó y acompañó las delicadas manos de ella hacia su virilidad, que palpitaba previendo lo que estaba a punto de suceder. Se estremeció al escuchar un suave arrullo de placer a la vez que mordisqueaba su cuello. Empezó a besar su clavícula hasta que llegó a sus pechos. Se detuvo unos instantes para admirarlos. Parecían los senos de un antiguo espíritu del bosque y clamaban ser saboreados. Introdujo un pezón en la boca y mientras lo acariciaba con la lengua sintió como se endurecía, a la vez que

ella emitía un suave jadeo de placer. Se olvidó de todo y empezó a descender por su suave vientre, repartiendo besos y caricias. Abrió sus piernas y descubrió su feminidad, húmeda y rosada. Lamió sus pétalos a la vez que escuchaba como ella empezaba a retorcerse y a mover sus caderas de forma cada vez más intensa. Sintió el orgasmo estallar en sus labios y fue entonces cuando se alzó y la cubrió. Cuando la penetró, ella gritó sin dejar de mirarle a los ojos. Su rostro era maravilloso. La visión de sus mejillas sonrosadas a causa de la excitación y sus labios hinchados y entreabiertos a punto estuvo de provocarle un orgasmo, pero se contuvo. Deseaba cubrirla lentamente, deseaba deleitarse con ella, seguir sintiendo sus caricias, su aliento, la calidez de su estrecho vientre abrazando su virilidad, el suave murmullo de su voz entrecortada… Entonces, ella empezó a moverse cada vez más rápido y sus jadeos comenzaron a tornarse cada vez más insistentes. Ahora ella marcaba el ritmo y él la correspondió con entusiasmo. Empezó a acometerla con más fuerza e intensidad y ella lo recibió con gritos de placer, abriéndose al máximo en cada envestida, agarrando sus nalgas y clavándole las uñas, exigiendo más. Sintió como su suave vientre lo abrazaba y empezaba a palpitar de forma cada vez más intensa. Erik, no fue capaz de soportar tanto placer. Se descargó en su interior a la vez que sentía como el intenso orgasmo recorría todo su cuerpo, logrando que los latidos de su desbocado corazón se acompasaran con los abrazos del vientre de su amante… Durante un buen rato, quedaron unidos en un abrazo adornado de caricias y dulces besos, hasta que de nuevo sus labios terminaron en su boca. Cuando sus labios se separaron, la miró a los ojos, embelesado. En respuesta, ella le dedicó una sonrisa que fue incapaz de no restituir. Página 40

Revista La Cuna de Eros número 3 Y entonces le preguntó. —¿Quién eres? La joven lo miró extrañada, para después dedicarle otra sonrisa, que desbocó en una suave carcajada. Después, todo se tornó oscuridad. La azulada luz de la luna llena, atravesó el cristal de la ventana para lamer el rostro de Erik, que despertó desconcertado al escuchar el lejano e inmaterial aullido de un lobo. Comprendió que todo había sido un sueño, una dulce ilusión. Quedó decepcionado. Sin poder atrapar de nuevo el sueño, se levantó de la cama y se dirigió a la cocina. Se preparó una taza de té y sin un propósito concreto encendió el ordenador. La sorpresa fue mayúscula, al comprobar que en la pantalla del escritorio, continuaba allí la carpeta con las hermosas fotografías de la atávica mujer. Una sonrisa se dibujó en su rostro, iluminando unos ojos azules como la luz de luna… Ella, era real.

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En el mundo de Yupi que Clarita se ha construido, ella es la princesa. Una mujer independiente, trabajadora, pijísima y un tanto loca que está cansada de tanta superficialidad, de que la traesperar a su Príncipe Azul. ten como a la rubia tonta de las supertetas y de Lo que no sabe Clarita es que éste aguarda en tente pero humilde, que está esperando el momento oportuno para atacar y... enamorarla.

las sombras, un hombre borde pero tierno, prepo-

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EL PRIMER CAPÍTULO DE...

CLARITA Y SU MUNDO DE YUPI

DE LAURA NUÑO

Who’s that girl? ¿Quién es, esa chica? /Whose that girl? Señorita, más fina / Whose that girl? Madonna —¡A ver si miras por dónde vas, niñata! —exclama el hombre enfundado en un traje de Armani cuando un revoltijo de cabellos dorados lo arrolla. — Uy, perdón, caballero. Es que tengo la fea costumbre de no fijarme en cosas insignificantes. El hombre parpadea, incrédulo. Ha registrado las palabras. Sabe que son un insulto, en toda regla. Rezuman a sarcasmo, a segundas y malvadas intenciones, a sabelotodísmo en estado puro. Entonces… ¿por qué está correspondiendo a la dulce sonrisa de la niñata? “Son sus tetas”, se excusa el hombre, después de darse cuenta de que lleva ya más de un minuto con los ojos fijos en ellas. Como puede, con un esfuerzo sobrehumano y tras muchas protestas por parte de su yo más lascivo, el ejecutivo alza los ojos y mira el perfecto y bello rostro de la niñata. No, ha escuchado mal. La mente de esa Barbie personificada no ha podido crear una réplica tan ingeniosa. Se niega a pensar que Dios haya sido tan sumamente generoso de otorgar a una sola criatura el don de la belleza y de la inteligencia. “Y, además, dinero”, piensa después de que ella, tras un aleteo de pestañas y una risita de tonta de capirote, zanja el asunto alzando la mano para despedirse, mostrando al hacerlo un reloj de brillantes brillantísimos. Y si se dejaba guiar por las apariencias, de falso no tenía nada. Apestaba a clase, la niñata, una clase innegable, de cuna, de muchas generaciones atrás. Era una clase rancia y arraigada, imposible de ocultar a pesar del horroroso color rosa chicle de su traje de chaqueta, que, por otro lado, se veía a leguas que era de diseño. Se queda allí parado, mirando su espectacular trasero, sus kilométricas piernas cubiertas de fina seda, su larga melena rubio platino ondeando cual bandera… Se da cuenta, demasiado tarde, cuando ella ya ha desaparecido de su vista, cuando por fin ha salido de su embrujo, que sus palabras, efectivamente, eran un insulto. —Hijaputa… —susurra maravillado. El resto del trayecto lo hace con calma, despacio, con la mirada perdida, las manos en los bolsillos y la cabeza llena de imágenes de ellos dos, sin dejar de preguntarse quién sería aquella chica. ~***~ Clara sabe que el hombre le está mirando el culo. Para joderle, exagera el movimiento de caderas. Controla el impulso de darse la vuelta y corresponder a su más que babosa inspección mostrándole el dedo corazón, declarando así que se la trae al pairo el veredicto final que pueda dictar el hombre sobre sus posaderas. Total, seguramente no bajará de nueve. Es totalmente consciente de su atractivo. Bueno, ella y el resto del mundo. Lo que no era tan evidente eran sus 157 puntos de coeficiente intelectual, algo que la llevaba por la calle de la amargura. No porque rozar la genialidad fuera algo malo, no… Lo horrible, lo que más le jodía, era tener que demostrarlo. A toooodas horas. Que belleza e inteligencia eran variables incompatibles en una misma ecuación, era algo que había comprobado hacía mucho tiempo, como sus padres tuvieron a mal enseñarle, cuando, cada uno a escondidas del otro, Página 44

Revista La Cuna de Eros número 3 luchaban para que su hija alcanzara la fama que les cubriría a ellos de gloria. Mamá glamour no podía estar más contenta con su princesita, su reencarnación en vida, el vehículo que la llevaría directa a cumplir unos sueños que ya estaban muy lejos de ser viables para sí misma. Papá ambición pronto vio el potencial de aquella preciosidad de ojos verdes, cuando a la corta edad de tres años hacía cálculos de cabeza con una precisión y rapidez asombrosas. Y así, entre calculadoras y revistas de moda transcurrió su infancia. Con lo que no contaban Papá y Mamá era con que Clarita tenía sus propios planes, que ella, harta de la frivolidad de una y del oportunismo de otro, se creó su propio mundo, sus propios sueños, sus propios deseos. De haber sido una chica del montón, no habría tenido ningún problema, pero gracias a su físico – o por culpa del mismo -, se veía obligada a demostrar continuamente que ella era algo más que una 110 de pecho, una melena rubio platino natural, unos ojos como esmeraldas, una cintura de avispa y unas piernas de infarto. Claro, que eso fue mucho antes de descubrir que no valía la pena intentarlo, muchísimo antes de comprobar que hiciera lo que hiciera, la seguirían tratando como a la rubia buenorra, pero tonta perdida. No es que Clara hubiera dejado de luchar. Simplemente, ella fue confeccionando su particular mundo de Yupi, un universo paralelo donde podía desenmascararse y librarse de las muchas capas de cinismo, frivolidad y superficialidad con las que se engalanaba cada mañana a golpe de sombra aquí, sombra allá. Era un mundo donde lo realmente importante era tener aunque fuera una sola pizca de afecto. Y allí, en ese mundo de rosa, seguro que encontraría al príncipe Azul. .. Pero… ¡qué condenadamente difícil estaba siendo, coño!  

Sweet child of mine Sweet child o’ mine / Sweet love of mine (Dulce niña mía/ dulce amor mío) Guns N’Roses O, al menos, eso es lo que yo quisiera, que fuera mía. Pero todo se andará… Sé que ella es ELLA. Mi chica. Mi dulce niña. Mi preciosura. Mi todo. Es lo único que tengo claro de toda esta locura en la que llevo inmerso desde que tuve la mala suerte de poner los ojos en ella. Y en sus tetas. Joder, ya son las diez y cuarto de la mañana. ¿Dónde se habrá metido esa descarriada? Muevo la pierna izquierda cuando el móvil empieza a vibrar. Me niego a contestar el teléfono. Sé que llaman del taller, pero eso puede esperar. Hostias, el negocio es mío, y si me da la gana perderme durante un par de horas, es mi puto problema. Casi pego un brinco en la banqueta cuando ella hace su aparición. Me obligo a tranquilizarme, mientras me peino el pelo con las manos y la espío de reojo. Sé que desde donde estoy no puede verme, como siempre, pero hoy, no sé por qué, viene directa a mí. Mi corazón empieza a latir encabronado. Capitán América se despierta y levanta la cabeza para ver qué pasa… Le dirijo una orden mental para que se comporte. Trago saliva con insistencia cuando, finalmente, se sienta a un metro de mí. Sé que si estiro la mano podría tocarla, pero me obligo a no hacerlo. Ignoro la voz del preadolescente bravucón que me llama cobarde, gallina, capitán de las sardinas. Por norma general pide, con esa sonrisa que sólo ella tiene, un super batido de fresa. Hoy, sin embargo, pide un café. Doble. Sólo. Sin sonrisa que valga. Vaya, tiene un mal día. La miro con tristeza, mientras intento averiguar la causa de su melancolía. Joder, qué poco me gusta verla así… ¡Mierda! ¡Ha mirado hacia aquí! Coño, coño, coño… ¿Qué hago? ¿La miro a la vez? ¿Finjo que no la he Página 45

Revista La Cuna de Eros número 3 visto? No, hombre… eso es imposible. Y no porque sus descomunales tetas sean un reclamo para todo macho viviente, sino por el color de su traje. Qué horterada… Y, sin embargo, qué bien le sienta a la jodía… Y qué buena que está. —Nadie me entiende… —la oigo susurrar. —Perdón, señorita… ¿cómo dice? —pregunta el camarero, obnubilado todavía por su belleza. Y por sus tetas. —Lo que yo decía… —vuelve a susurrar. Encubro una sonrisa bebiendo un sorbo de café. Me encantan sus salidas de tono. Pero, lo que más me gusta, es la sonrisa de autosuficiencia que se le queda cuando descubre que la gente no es partícipe de su peculiar sentido del humor. Cojones, sólo por verla sonreír de esa manera –o de la que sea -, merece la pena atravesar la ciudad para hacer un ingreso que, fácilmente, podría hacer en la sucursal de al lado de mi taller.

En el mundo de Yupi que Clarita se ha construido, ella es la princesa. Una mujer independiente, trabajadora, pijisima y un tanto loca que está cansada de tanta superficialidad, de que la traten como a la rubia tonta de las supertetas y de esperar a su principe Azul. Lo que no sabe Clarita es que éste aguarda en las sombras, un hombre borde pero tierno, prepotente pero humilde, que está esperando el momento oportuno para atacar y... enamorarla.

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Revista La Cuna de Eros número 3 Entrevista

MARIEL RUGGIERI
Mariel Ruggieri, es el seudónimo con el que escribe ésta hermosa uruguaya, que siempre sintió el deseo de expresarse por medio de la palabra escrita. Amante de la lectura, sobre todo de la novela romántica, se atrevió a escribir su novela interactuando con sus lectores y atendiendo sus comentarios sobre cada capítulo. Mariel, es también una mujer de variados intereses entre ellos, el diseño de interiores, la psicología y el deporte.

por Elizabeth Silva

porque consideraba la publicación a través de una editorial como algo lejano e inalcanzable. No obstante, las chicas me convencieron y ahí fue cuando comenzó nuestra estrategia de bombardear a todas las editoriales ofreciendo la novela. ¿Siempre quisiste escribir o el gusanillo por la escritura surgió en el momento que tenía que surgir? Siempre tuve cierta facilidad para expresarme por

Me mostró que los sueños pueden hacerse realidad, y que es cierto ese refrán que dice que “la unión hace la fuerza”
Para mí ha sido un lujo que mi amiga Mariel aceptase esta pequeña entrevista, espero que con estas preguntas las lectoras la conozcan y deseen conocer sus novelas, porque estoy segura que habrá más de una… escrito. Tenía la meta de alguna vez tener en mis manos un libro de mi autoría, y creí que con mi primera obra “Crónicas Ováricas”-que fue una auto publicación- esa meta se había cumplido. Pero me equivoqué, y el gusanillo me atacó nuevamente a los cuarenta años, y de sorpresa. Después ya no pude parar...

Mariel, me gustaría que nos contaras brevemente como empezó a gestarse tu primera novela, “Por esa Boca” la cual ha visto la luz hace apenas unos ¿Qué experiencias te ha aportado a ti como perdías. sona escribir esta primera novela y compartirla con un grupo de mujeres en tu blog? Por supuesto. Como puse en los agradecimientos, “Por esa boca” comenzó como un experimento de Toda la experiencia fue sumamente enriquecedoblog en el que intenté probar mi poder de convoca- ra desde cualquier punto de vista. Me mostró que los toria y utilicé una de mis fantasías como “gancho”. Es sueños pueden hacerse realidad, y que es cierto ese reque el best seller “Cincuenta sombras de Grey” y la frán que dice que “la unión hace la fuerza”. Y también forma en que se concretó me impresionó muchísimo, que la amistad no tiene fronteras y que la solidaridad sobre todo porque la autora era una principiante que y la empatía están vigentes más que nunca. Aprendí comenzó precisamente en un blog y logró lo que lo- a tener fe en mi misma, y a ser creativa utilizando las gró. Así que podríamos decir que comencé con la no- herramientas que la tecnología y las comunicaciones vela intentando emular a E.L. James en algún punto, nos facilitan. aunque la historia es completamente diferente. Como una de esas mujeres, tuve el privilegio de ¿Imaginaste en algún momento que ese llamado leer capítulo a capítulo la historia de Alex y Veróniexperimento, te llevaría a conseguir que tu primera ca. Por eso sé, que hay una segunda parte: novela esté hoy publicada? ¿Cómo surgió esa segunda parte, dejaste cosas en el tintero o por el contrario, ya sabias que había Lo imaginé un poco antes de llegar a la mitad de una continuación antes de terminar la primera? los capítulos porque las lectoras me lo pedían constantemente. Primero lo pensé como una autoedición, ¿Sabes que no lo sé exactamente? Creo que un poco Página 47

Revista La Cuna de Eros número 3 mas adolescentes, y se siente insegura y reprimida. Una serie de sucesos desafortunados transforman su vida de un día para otro, y en el camino que emprendió para reencauzarla se encuentra con Franco Ferrero, un abogado que tampoco la tiene fácil, pues recientemente fue protagonista de una tragedia que deja secuelas terribles físicas y espirituales. Cuando ¿Está prevista su publicación, tienes editorial y sus destinos se tocan, comienza una historia de amor fecha? increíble, con escenas de alto voltaje erótico, que van desde lo tradicional hasta prácticas más exóticas. fue porque ustedes lo pidieron. Comencé proponiéndome escribir ciertas escenas de la vida conyugal de Verónica y Alex para que las lectoras no los olvidaran, y de pronto apareció el conflicto, y todo fue tomando forma hasta que se transformó en la secuela de “Por esa boca”.

Mi metodología es siempre la misma, las comienzo en el blog y cuando les encuentro “la vuelta”, comienzo la etapa de escribir “en silencio”.
No tengo editorial, aún no la he ofrecido formalmente. Pero pronto lo haré y veremos qué sucede. Y si ¿Continuarás escribiendo tus novelas como hasno, siempre está la opción de la auto publicación, que ta ahora, o sea, compartiéndolas en tu blog? nunca la he descartado, ni la considero una forma de bajar un escalón, sino una alternativa que sabiéndola Supongo que sí, si es que las tengo. Creí que “Mariutilizar puede ser muy provechosa e incluso más re- bel” era la última, pero al parecer en la Caja de Pandodituable que la publicación tradicional con editorial. ra como bien dijiste hace instantes, siempre hay algo más. Ahora estoy escribiendo una nueva historia que ¿Cuéntanos algo sobre la segunda parte de Por aún no tiene título -que junto con la sinopsis es lo que esa Boca? más me cuesta crear- y que será bastante jugada, ya que tocará temas como el cáncer, la infidelidad, la diEn esta segunda parte verán a una Verónica más ferencia de edad, familias disfuncionales y un montón madura, más experimentada, más segura de sí. Eso de tópicos más que creo que la pueden hacer interehasta que el mundo tal como lo conocían se pone de sante. Mi metodología es siempre la misma, las cocabeza, cuando se enteran de un oscuro secreto que mienzo en el blog y cuando les encuentro “la vuelta”, la madre de Alex tenía enterrado. Sus proyectos, su comienzo la etapa de escribir “en silencio”. Pero esta vida perfecta se ve interrumpida de pronto y todo se vez, y ya que mis lectoras me ayudan tanto con sus derrumba. Y comienzan a aparecer terceros, tentacio- comentarios, las que se mantengan al firme siguiendo nes... Pronto entran en juego elementos sumamente la historia de Victoria y Renzo, recibirán los capítulos peligrosos para ambos, que los harán vivir momentos finales por correo, bajo la promesa de no difusión. Así muy dramáticos. Es muy distinta a la primera, salvo lo hice con “Por esa boca” y no me han decepcionado. en una cosa: ambas tienen tensión sexual adictiva y acción sexual intensa. ¿Qué opinas de las redes sociales y los blogs como herramientas para las nuevas escritoras? Al parecer escribir “Por esa Boca” ha abierto la caja de pandora, por decirlo de alguna manera. PorEs un antes y un después. Sin esas herramientas, que además de escribir la segunda parte, ya tienes jamás hubiese logrado publicar. Es una gran vidriera escrita otra historia que promete muchísimo. Cuén- que hay que saber utilizar con astucia aprovechando tanos un poco sobre tu novela, “Maribel”. el feedback con los lectores, de forma de enriquecer la trama con sus opiniones y devolverles su ayuda con Ah, “Maribel”. Tengo muchas esperanzas pues- una buena historia. Seguir las tendencias para crear tas en esa novela. Maribel es muy distinta a la fresca una novela es una manera totalmente válida para ese irreverente Verónica. Es una mujer adulta, casada, cribir. El llegar a interesar a público de otros lugares profesional. Lleva en su alma la pesada carga de trau- no tiene precio... Yo utilizo mucho las estadísticas, los Página 48

Revista La Cuna de Eros número 3 clicks, los comentarios y todo lo que me acerca a la gente y me ayuda a darles una novela que los atrape de alguna forma. En estos momentos, además de estar disfrutando al ver tú novela en papel. ¿Qué nuevos proyectos tiene Mariel Ruggieri como escritora? Publicar “Maribel” en papel. Eso es lo que más me importa, ya que es una novela que tiene mucho de autobiográfica y espiritualmente necesito verla convertida en libro. Y luego ver si esta nueva historia, la de Victoria y Renzo logra avanzar y perfilarse como una nueva novela. Para terminar, me gustaría pedirte que dirijas unas palabras para las personas que como tu aman contar historias y sueñan poder verlas publicadas. ¿Qué consejos les darías, desde tu primera experiencia? ¿Cómo las animarías para que no dejen de intentarlo? Yo les diría que no paren de escribir. Que escriban sobre cosas que conozcan, pero también que dejen volar la imaginación. Que utilicen las herramientas que tienen a su alcance para promocionarse. Que no renuncien a sus sueños, que no se desanimen. Que la auto publicación no es en absoluto una mala opción. Que cuando presenten algo a editoriales revisen una y otra vez, de forma casi obsesiva todo el manuscrito. Que cuando auto publiquen le pongan la misma dedicación a cuidar las formas además del contenido, para darle al público un buen producto. Que antes de escribir piensen a quien va dirigido, pero también que escriban para ustedes, para su propio placer. Que el competir en forma desleal resta y que siempre son mejores las relaciones de colaboración que las de competencia. Y que los sueños que involucran a mucha gente tienen más posibilidades de realizarse. Por último, agradecerte por aceptar esta entrevista y desearte todos los éxitos. Además de pedirte que no dejes de escribir, esas historias que te susurran tus personajes. Muchísimas gracias. Les prestaré oídos cada vez que quieran contarme algo, y luego, con la ayuda de mis queridas lectoras, le daré forma a la historia para compartirla con todos aquellos a los que les guste mi trabajo. Gracias por la entrevista, ha sido un placer responderla.

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Un duelo de miradas se libra en un concurrido bar de Montevideo. Verde la de él, gris la de ella. Verde contra gris. El verde gana la partida y logra sonrojar por entero el rostro de ella. Y su cuerpo, ya acalorado por el sopor de esa tarde de noviembre, parece prenderse fuego. Con sus inocentes dieciocho años Verónica Sandoval no está lista para la abrumadora presencia de ese hombre que se propone desnudarla con los ojos. Con mucha más experiencia a cuestas, el exitoso arquitecto Alex Vanrell también se siente perturbado por la joven. Por ese cuerpo que pide ser poseído y esa boca que lo tienta a besarla... Aquel encuentro casual entrelaza sus vidas de una manera tan intensa que ya nada volverá a ser igual. Alex iniciará a Verónica en las artes del amor y despertará los instintos más ardientes de la mujer que late por salir a la vida. Pero ¿qué pasara cuando sacien su sed por el otro? ¿Podrá la pasión superar los obstáculos que se interponen entre ellos? ¿Qué sería capaz de hacer Verónica para estar con Alex? Y él, ¿hasta dónde llegaría por esa boca...?

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Psicología sexual

BDSM segunda parte
por Patri Kosmic
Toda persona que se acerca al BDSM suele recorrer una serie de estadios de aproximación social y de autoconocimiento; no es necesario pasar por todos los estadios ni hay un tiempo de separación entre ellos, todo depende de cada persona individualmente. El primer estadio es el de Descubrimiento, y se suele dar coincidiendo con una situación estresante como un divorcio. Excepto para las personas de naturaleza prefijada, en este estadio no está clara la orientación dominante o sumisa. El segundo estadio es el que se le denomina Estadio de la Sensación de Soledad. Es una etapa donde la persona se encuentra sola dentro de esta cultura, lo ocultan y en algunos momentos se avergüenzan; se convencen que son las únicas personas en el mundo con estas tendencias. El tercer estadio es el de Los Primeros Pasos. En este estadio el sujeto comienza a experimentar las actividades incorporando indistintamente roles dominantes y sumisos de acuerdo con sus fantasías. El cuarto estadio es el denominado Buscando al Otro. Va estrechamente ligado con el tercer estadio, ya que el individuo comienza a buscar de forma activa personas con las mismas inquietudes. Es frecuente que muchas personas se detengan en este estadio y no progresen por problemas de prioridades, desilusión o fracaso. Si se supera este estadio pasamos al quinto, el de la Reconciliación Consigo Mismo. En este estadio el sujeto comienza a comprenderse a sí mismo y empieza a ser reconocido dentro de la comunidad BDSM. El sexto estadio es la Búsqueda de Pareja, y el último es la Época de la Profundización, donde a base de aprendizaje se empieza una relación real de BDSM. Actualmente, en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, hay muchos locales y clubs donde poder practicar el BDSM, conocer otras personas con tus gustos y aprender más sobre el mundo del BDSM. Estos locales están adornados con cruces de San Andrés, potros, mazmorras y otros elementos que favorecen el juego. Habitualmente suelen imponer un riguroso código de vestuario y comportamiento. También existen grandes asociaciones privadas, habitualmente secretas, en EUA (como la famosa “The Eulenspiegel”, con más de cinco mil afiliados) y en Londres, que organizan fiestas y reuniones. Muchas son fiestas temáticas que se convierten en grandes orgias. Una curiosidad, es que en Praga, se ha creado un centro de dominación femenina profesional, el “Other World Kingdom”, una finca donde se a creado una monarquía y “reina” una mujer Dominante (una profesional del sexo de pago) que cobra impuestos a todos los hombres que son “Esclavos”, todo bajo la atenta mirada de la Reina Patricia I (otra Dominatriz). En San Francisco (California), el último domingo de septiembre, y como cierre de la “Leather Pride Week” (Semana del Orgullo del Cuero), se celebra la feria de Folsom, el mayor acontecimiento mundial gratuito y al aire libre de BDSM. Aquí podemos encontrar todo tipo de personas caracterizadas en su rol comprando prendas, “toys”, comiendo en los innumerables puestos o viendo espectáculos callejeros sobre esta temática. Uno de los puestos más destacados de esta feria es el de “kink.com”, la mayor productora del mundo de pornografía de fetiches. La agencia que coordina este evento, Folsom Street Events (FSE), organiza también eventos similares en Canadá y en Colonia (Alemania). También existen organizaciones de BDSM que desarrollan actividades informativas, formativas, eventos, talleres, y ofrecen asistencia legal. En Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Suiza, Austria y Escandinavia son muy activas. En Latinoamérica y España no se conocen organizaciones registradas, salvo en México. Para finalizar me gustaría animar a las lectoras que sientan curiosidad y excitación sobre este tema que se animen a probar, que lean y pregunten para poder definirse en un rol. Si cuando ves unas pinzas no solo piensas en tender la ropa, anímate, experimentar es normal, lo que no es normal es reprimirse a hacerlo. A las lectoras amantes del BDSM también decirles que no son raras ni diferentes por tener esta preferencia sexual y que luchen para que esta sociedad mediocre abra sus mentes y respeten los gustos de los demás.

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REGLAS BÁSICAS PARA SER UNA BUENA DOMINATRIZ
1. Paciencia: Hasta que un sumiso no se entregue no tienes derecho a ordenarle; dale tiempo a que te conozca y sepa como eres. La delicadeza y la sutileza son dos de las principales características de la dominación, así como la fuerza, la educación y el respeto. 2. Humildad: Puedes ser una excelente Ama pero no todo el mundo necesita ni quiere saberlo. Si realmente lo eres lo podrás demostrar en tus sesiones. 3. Mente Abierta: Muéstrate dispuesta a aprender de otros Dominantes o de Sumisos. 4. Comunicación: eres responsable de reunir información sobre tu sumiso. Jugar sin los conocimientos necesarios es como jugar a la ruleta rusa. Habla claramente con tu sumiso para despejar dudas. Explica las reglas y los limites, y no des por hecho nada. 5. Honestidad: Si te falta experiencia en algo que a tu sumiso le gusta, se honesta. Tiene derecho a saberlo. Lleva a tu sumiso a niveles en los que tengas completo control de la situación. La primera regla recuerda que es la seguridad. 6. Sensibilidad: Hay una fina línea entre ser una Ama cariñosa a ser una desalmada. Tus juegos deben ser una síntesis creativa de tus necesidades y fantasías así como las de tu sumiso. Gánate la confianza de tu sumiso y nunca la rompas. Su sumisión hacia ti es un regalo y así debes considerarlo. 7. Dominancia: Los sumisos buscan a alguien que cuide su cuerpo y su mente. Los sumisos tienen sentimiento y no son simplemente objetos. Tu dominación impregna toda su existencia. Haz que tu sumiso se enamore de ti y espera a que se de a ti por completo. Sigue las reglas, ten en cuenta su obediencia y pon castigos cuando lo estimes necesario. Has escogido el rol dominante y tienes que vivirlo. 8. Realidad: Finaliza tus juegos dejando a tu sumiso con la sensación de que quiere más y nunca menos. Recuerda que el poder, el control y la sensibilidad son las claves y no únicamente la intensidad de la estimulación. Se claro en distinguir entre fantasía y realidad. 9. Cuerpo Sano: El BDSM requiere que los participantes en el juego tengan buena salud, tanto física como psicológica. Muchos factores como horas de sueño, alimentación, alcohol y drogas influyen directamente en el juego. Como Ama tienes la responsabilidad de estar en control de la situación. 10. Diversión: Después de todo, el BDSM es para disfrutar y pasarlo bien.

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REGLAS BÁSICAS PARA SER UNA BUENA SUMISA
1. Me amaré a mi misma sobre todas las cosas, incluso sobre mi Amo. 2. Seré Sumisa, no Su-mansa ni Su-tonta. 3. No me transformaré en sumisa por necesidad de seguridad o afecto. Tampoco confundiré el BDSM con relación de abuso o codependencia. 4. Se decir NO. 5. Leo y pregunto sobre el tema. No me quedo con lo primero que me dicen acerca del BDSM. Me creo mi propio criterio. 6. Seré responsable de la salud de mi cuerpo. Me cuido de las enfermedades y exijo condón si así lo deseo. 7. Yo decido con quién, cuándo y dónde jugar. No permito el acoso. Puedo decir claramente que no me interesa en juego con alguien. 8. Si algo me asusta o mi instinto me de dice que hay algo mal: me alejo. 9. Soy capaz de negociar y renegociar mis límites. Mi seguridad esta ante todo. 10. No me dejo chantajear so alguien me dice “si fueras sumisa lo harías”. Tampoco hago cosas que no quiero y me hacen sentir mal solo para dar el gusto al Dominante. 11. No permiteré que nadie me diga cosas que me hagan sentir mal. Me gusta la humillación como parte del juego, no para que aplasten mi autoestima. 12. No buscaré un Amo para justificar mi “putería” ni para buscar que alguien me castigue por disfrutar de mi cuerpo teniendo sexo. Tengo la madurez suficiente para asumir mi sexualidad y como quiero expresarla. 13. No teñiré las sesiones de romanticismo. Si permito una buena sesión no tengo por qué involucrar el corazón a menos que así lo haya acordado con el Amo. Soy suficientemente madura para entender que no hay “AmosAzules”. 14. Conoceré al amo antes de sesionar con él. 15. Tomaré todas las precauciones necesarias antes de una sesión. Pediré referencias y avisaré a alguien donde estaré. Negociaré previamente los límites. Estableceré mi palabra de seguridad. 16. No me aíslo de mi mundo, ni dejo de hablarle a la gente porque un “Amo” me lo pide. Si lo hago es porque yo así lo he decidido. 17. No permito que me tomen ningún tipo de imagen si apenas conozco a la persona. Soy consciente que si alguien me toma fotos o videos estos pueden aparecer en internet o en otros medios. En todo caso procuro tener una imagen del Amo en una circunstancia similar para que en caso de chantaje no pueda hacerlo. 18. Entiendo que no por ser sumisa debo hablarle de usted a cuanto dominante se me ponga enfrente. Sé que los protocolos forman parte de los acuerdos entre Amo y Sumisa cuando ya tienen relación. 19. No tendré miedo de mostrar enojo. Si mi Amo es real me incitara a expresarme y decir lo que siento, no me ridiculizará, no me dirá que no puedo hacerlo por ser sumisa. 20. Entiendo que ser Sumisa no es igual a ser Masoquista. No soportaré dolor en contra de mi voluntad ni siquiera como castigo. Página 52

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Reseña

MI TIERRA ERES TU DE BELA MARBEL
por D.W. Nichols
Me gustan las historias de reencuentros, porque suelen venir cargadas de sentimientos ambiguos, contradictorios y muy fuertes que descolocan a los personajes, haciendo que pasen la gran totalidad de las páginas dudando de todo y de todos, principalmente de sí mismos. Este binomio de emociones (amor-odio, atracciónrechazo, confianza-desconfianza, seguridad-inseguridad, rencor-perdón) es un caldo de cultivo por donde se mueven los protagonistas de esta novela, creando una serie de situaciones altamente emotivas que nos subyugan sin remedio. Pero también tienen un grave peligro si el autor no tiene cuidado, y es que pueden convertir una historia en algo monótono y repetitivo, o acabar creando personajes que se revuelcan en su propia auto compasión convirtiéndolos en patéticos y aburridos. Por suerte, esto último no ocurre aquí. Tanto George como Natalia son personajes fuertes, que han salido adelante a pesar de los reveses que les ha dado la vida. El primero es un ranger de Texas (no, por favor, olvidaos de Walker y de Chuck Norris, que grima), con un carácter decidido y potente, con un defecto que es el rencor, y una virtud que es la honestidad. No soporta las mentiras y por eso, saberse enamorado de Natalia y descubrir la gran mentira que ella le ha estado escondiendo durante años, hacen que sus convicciones tambaleen y se sienta perdido y lleno de dudas. Por su parte, Natalia es la españolita media, con la que cualquiera de nosotras puede sentirse identificada. Es abierta, sincera, directa, algo manipuladora pero no maquiavélica. Su mayor pecado es haberle escondido a George un secreto, algo que hizo por un comprensible miedo a su reacción, pero de lo que se arrepiente. Los remordimientos la matan y éstos juegan un importante papel en las decisiones que ella toma llegado el momento. Es una novela dura en algunos momentos, divertida en otros, con unos personajes secundarios intensos y a los que queremos llegar a conocer más profundamente (suspiro, Byron… Las que ya la habéis leído, me entendéis perfectamente). Me encanta la prosa de Bela Marbel. Sin grandilocuencias ni excesos. Sencilla, que no simple. Con el punto poético justo en los momentos perfectos para hacernos suspirar soñadoras, sin que por eso convierta la historia en una serie de párrafos almibarados.

George Hansen y Natalia Rico se enamoraron siendo apenas unos adolescentes. Él americano y ella española, la vida les separó sin que pudieran evitarlo. Diez años después, sus destinos vuelven a cruzarse. Los sentimientos dormidos, pero nunca olvidados, regresan con fuerza, sin embargo la realidad se encargará de demostrarles que ahora sigue habiendo obstáculos que no son fáciles de salvar. Nat es consciente de su difícil situación personal. Nada ha cambiado para ella a pesar de que, incluso después de tantos años, continúa amando a George como cuando era una chiquilla. George por fin ha reencontrado a la única mujer que nunca ha podido olvidar. Está decidido a que nada se interponga entre ellos y a que esta vez sea para siempre. Pero un secreto que no admite el perdón va a ponerles a prueba. Un descubrimiento que supondrá un antes y un después en sus vidas. Los rencores crecerán, apoderándose de los sentimientos pero, ¿podrá vencerlos el corazón? Una historia llena de amor, pasión, erotismo y silencios que no te dejará indiferente.

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Relato

LA CREMALLERA

de Helen C. Rogue

Se abrió la puerta del ascensor y suspiré aliviada, iba vacío. Se acababa de romper la cremallera de mi falda y apenas podía caminar sin que se bajara hasta los tobillos. Entré caminando con las piernas juntas, sujetando la prenda por detrás y la maleta del portátil con la otra mano. Tan rápido como pude, pulsé el botón del noveno piso haciendo malabarismos y suspiré aliviada, descansando la espalda en la pared. Pero cuando ya creía la batalla ganada, una mano que parecía salida de la nada, se movió para evitar que se cerrara la puerta. Esa mano iba acompañada de un cuerpo masculino bastante agradable de ver. Vestía un pantalón corto de deporte y una sudadera gris. —Buenos días—me dijo. —Buenos días— respondí algo azorada. —¿Piso? —Noveno, ya he pulsado el botón, gracias—dije algo arisca. Maldita mi suerte. Se colocó de espaldas delante de mí mientras pulsaba el número diez. Me sentía muy incómoda. Se giró y me sonrió frunciendo el ceño a la vez. Sí, yo tenía una postura un tanto extraña. Había una explicación, claro, pero él no la recibiría jamás. —Perdona si huelo un poco a sudor. —Oh no te preocupes—a mí se me ve el culo, pensé. ¿Se notaba que no quería conversación? Solo esperaba que pasara el tiempo y llegar a la casa para poder cambiarme la falda. Pero el destino se había empeñado en que aquello no sucediera. Se paró el ascensor. Justo en el quinto piso. —¡Oh no, por favor!— supliqué mientras daba golpecitos con el maletín a cada uno de los botones. —Ey, ey, tranquila— dijo retirándome la mano —Hay alarma, ¿no? Pues ya está, en seguida vendrán a rescatarnos. Pero yo únicamente pensaba en mi falda. Asentí y volví a colocarme pegada a la pared. Tocó el timbre de alarma. No funcionó. Aquello cada vez se ponía peor. Empecé a sudar y a respirar agitadamente. Dejé el maletín en el suelo y me abaniqué. El chico se giró preocupado. Yo asentí presintiendo su pregunta. Me iba a dar un ataque de ansiedad, tenía claustrofobia. —Vale, vamos a ver, ¿tienes teléfono móvil? —Aquí dentro no funciona, siempre se corta cuando voy hablando—dije entrecortadamente. —Pues procura pensar en otra cosa. ¿Qué tal te ha ido el día?—intentó para aliviarme. Era curioso, me había puesto peor. Mi jefe me había amonestado por culpa de mi compañera. El coche me hacía un ruido extraño de camino a casa y la cremallera de la falda, esa que no puedo olvidar, se me había rePágina 54

Revista La Cuna de Eros número 3 ventado al agacharme para ver si algo se había enredado en los bajos del coche. Total, un día horroroso. Me dio un ataque más fuerte y olvidando la cremallera y todo lo demás hice lo que mi psicólogo me recomendó: abrí ambos brazos en cruz y los moví para hacer que entrara más aire en los pulmones. Pero tampoco funcionó. Estaba empezando a ahogarme. Y mi falda empezó a resbalar por mis caderas, como si tuviera vida propia. El chico vio mi expresión nerviosa y mi azoro e hizo lo único que se le ocurrió. Me besó. Puso sus manos a ambos lados de mi cara y me besó intentando romper aquel azoro. Increiblemente funcionó. En un primer momento me asusté, y quizás ese fue el momento en el que mi cuerpo se empezó a relajar. Pasé los brazos por su cuello y me dejé llevar. Su mano bajó por mi cuello y encontró el camino hacia mi espalda, acariciándola. Seguí relajándome. Mesé su pelo sudoroso mientras él seguía moviendo su lengua en mi boca de una manera magistral. Cuando notó que ya me había relajado del todo, se separó un poco y me miró sonriendo, mostrando aquellos perfectos dientes blancos.

—¿Mejor?—preguntó sincero. —Mucho mejor, gracias— respondí, sin darme cuenta que la puerta del ascensor se había abierto de nuevo, el aparato se había puesto en marcha mientras nosotros estábamos besándonos y ninguno de los dos se había dado cuenta. Aún abrazados, nos giramos y una pareja y un niño, al que su madre le tapaba los ojos, nos miraban con la boca abierta. Fue en aquel momento cuando recordé que la cremallera de mi falda estaba rota y que se había deslizado hasta mis tobillos. Y aún seguía allí. La puerta volvió a cerrarse y los dos estallamos en carcajadas por lo absurdo de la situación. Así fue como conocí a Roberto. Desde entonces no ha dejado que ninguna de mis faldas se deslice hacia mis tobillos si él no está presente. SPara

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EL PRIMER CAPÍTULO DE...

APUESTO POR TI
Capítulo 1 - La huida

DE JÒNIA ANATÒLIA

—¡No lo soporto más! —grité desesperada. Estaba harta, no podía más. Aquello era la gota que colmaba el vaso. —¡Mientras vivas en mi casa soportarás lo que yo diga! —berreó aquel individuo que alteraba mi mundo de forma constante—. Por algo soy tu padre. —Eso me trae sin cuidado, soportaré lo que quie... Pero antes de acabar la protesta su mano golpeó mi mejilla y todo quedo en silencio, exceptuando el pitido que retumbaba en mis oídos. Me quedé paralizada, no me esperaba aquella reacción por su parte y solo pude murmurar. —Está bien, quédate con todo, ya no necesito nada tuyo. Me marcho. Me di media vuelta y me dirigí a la habitación que segundos antes había considerado mía. —No era mi intención... —intentó disculparse por aquel arre- bato que ni siquiera él podía explicar. Era la primera vez que me ponía una mano encima—. ¡Míriam! Ignoré aquel grito, portador de miles de advertencias por el tono en que había sido proferido, yo ya no respondería ante aquel hombre nunca más. Ya no me pertenecían ni su dinero, ni su casa, ni el supuesto amor que sentía por mí; no necesitaba nada que tu- viera que ver con él o sus acciones. Cogí una mochila negra llena de libros y la vacié en el sue- lo sin ningún cuidado, se acabó el ser educada y considerada, no pensaba acudir más a aquella prisión de oro llena de profesores cobardes, cobistas e interesados, y presos consentidos, perversos y adinerados, aquello se había terminado. Agarré ropa del armario y la introduje en la mochila hecha un ovillo, cogí una chaqueta negra y me la até a la cintura, me eché la mochila al hombro y salí de la habitación como un vendaval. Por mi propio bien necesitaba huir de aquella pequeña burbuja creada dentro de una muchísimo más grande, el mundo exterior. —¿Dónde piensas ir sin dinero? —me preguntó papá esbozando una ególatra sonrisa—. Solo tienes diecisiete años, ¿piensas ponerte a trabajar en cualquier tugurio de mala muerte, ese es tu plan? Eché un vistazo a todos aquellos muebles de ébano, importados, que decoraban nuestro salón, los cuadros de Claude Monet, Paul Cézanne, Vincent van Gogh, Pablo Picasso y Jackson Pollock que colgaban de nuestras paredes, el gran reloj de péndulo que ha- bíamos adquirido hacía poco... En realidad nada de aquello me ha- cía feliz, más bien me entristecía saber que aquel hombre a quien debería llamar papá se preocupaba más por aquellos objetos sin sentimientos que por su propia hija. —No. Pienso vivir con mamá, en una casa normal, con vecinos normales y un instituto normal, vamos lo que viene a ser una vida fuera de esta burbuja y lejos de ti —le dije con un tono odioso que le hirió en lo más profundo de su orgullo—. Espero que no te moleste. Su rostro se contrajo y una expresión de pura arrogancia le cambió los rasgos, no pensaba tener ni la más mínima compasión con su hija, persona sin ética ni moral. —¿Piensas vivir con la loca de tu madre en una choza? Espero que reconsideres tus palabras y vuelvas a tu cuarto. Esbocé una amarga sonrisa, aquel hombre no cambiaría jamás. Sabía que solo le interesaban sus bienes y dinero, sus casas, negocios, coches; a mí simplemente me conservaba por la satisfacción que sentía al no entregarme a mi madre, el gozo que albergaba en su interior al recordar cómo le había arrebatado mí custodia a su ex mujer. Era un egoísta con todas las de la ley y un grandísimo capullo. Abrí la puerta principal y el sol me deslumbró, aquel aire, todas aquellas casitas blancas rodeadas de césped verde, los parques y flores, todos aquellos decorados habían sido extraídos de una película de Disney, necesitaba vivir en un lugar real con personas que no viviesen solo por el dinero y los lujos. —¡Míriam, deja esa mochila y vuelve a tu cuarto! —me ordenó con los ojos muy abiertos y la cara roja por la ira que lo consumía por dentro—. ¡Ahora mismo! Advertencias, amenazas y consecuencias era todo lo que logra- ba salir de aquella boca de ogro, no pensaba disculparme o arrepentirme por todos aquellos años en los que me había hecho vivir una mentira, una vida Página 58

Revista La Cuna de Eros número 3 incomprensible e irreal en una casa grande, cara y lujosa, pero vacía y fría como las noches del desierto. El jamás me pediría perdón por haber destrozado la única familia que tenía y haberme sumido en una vida llena de ostentación, fiestas e hipocresía. Mi pie avanzó y se plantó con fuerza más allá de los límites de mi antiguo hogar, más allá del lugar en que había sufrido soledad y me había sentido distinta a todos los demás. Jamás intenté inte- grarme, ser una de ellos, una maldita farsante. Mi melena morena danzó en el aire y me transmitió una sensación de libertad que anhelaba hacía muchísimo tiempo, mis ojos verdes brillaron al percibir aquel sentimiento y todo mi cuerpo se lanzó a la carrera hacia la estación de trenes. Ni mi padre, ni los vecinos; nadie lograría detenerme. Mis piernas corrían como jamás lo habían hecho, atravesaban las calles a una velocidad sorprendente, con el viento atizando mi rostro bronceado por el sol de verano. Sentía el odio, el rencor, la tristeza, la soledad y la frustración tras de mí, intentando alcanzarme y quedándose atrás. En mi interior solo quedaba lugar para lo que venía a continuación, un futuro diferente. Una vez en la estación, compré el billete de tren, me senté en uno de aquellos bancos metálicos que recibían a los viajeros con suma calidez, subí los pies encima y me rodeé las piernas con los brazos. Mi mentón apoyado en las rodillas me proporcionaba una postura cómoda para pensar. Hacía más de diez años que no veía a mi madre, ¿me reconocería? Durante todo aquel tiempo no me había telefoneado ni una sola vez, no me había enviado ni una maldita carta, ¿realmente le importaba? ¿Querría acogerme como hija? Por muchas vueltas que le diese al tema no lograba entender porqué me había aban- donado cuando tan solo era una niña, ¿acaso hice algo malo que la hizo enfadar? Mi madre me había tenido a una edad muy temprana y, por lo que me había contado mi padre, no había podido con las responsabilidades que acarreaba ser madre, por lo que un día decidió divorciarse, hizo sus maletas y se marchó. Nunca me creí esa historia. El tren se detuvo en el andén y por megafonía anunciaron la hora de salida y su destino. Era hora de abandonar la burbuja en la que me había criado y conocer mundo, había llegado el momento de averiguar la verdad por mi misma y dejar de ser la marioneta de aquel hombre que controlaba todo a su antojo. Un viaje de cinco horas me permitió pensar, rescatar recuerdos del pasado en los que mi madre protagonizaba un papel importante. En realidad no había muchos, ya hacía años que había dejado de recordar cosas hermosas creyendo que no las merecía; estaba atrapada en lo más profundo de un tenebroso pozo. Pensar en mamá me hacía bien, imaginarme su sonrisa me calmaba por las noches y revivir aquella secuencia de hechos en mi cabeza me impedía olvidarla por completo. Cuando tenía cinco años, ella columpiándome en el parque mientras yo reía; el día en que cumplí seis años y me compró un collar de cristal azul tallado en forma de corazón, que siempre llevo colgado del cuello. Cuando me caí de la bicicleta y me rompí la muñeca, me llevó en brazos al hospital desesperada y jamás he querido olvidarme de sus lágrimas, pensando que todavía las derrama por mí en alguna parte. Y por último, el día en que discutió con mi padre y perdió mi custodia en los tribunales, el día en que me prometió que regresaría a buscarme, pero que nunca hizo, un día que no paró de reproducirse en mis pesadillas cada noche. ¿Por qué no había tenido noticias suyas en diez años? Nunca había creído en las palabras de aquel arrogante hombre, sin embargo ella nunca vino... ¿Tan poco importante era que incluso se había olvidado de mí? ¿Es qué acaso había encontrado una forma más placentera de vivir en la que ya no me necesitaba? Todo eran preguntas y más preguntas, no hallaba respuesta alguna que pudiese suavizar el dolor que oprimía mi pecho y, a cada segundo que pasaba, los sentimientos dolorosos iban haciendo más mella en mí. ¿Habría sido abandonada? Los árboles pasaban veloces ante mis ojos por la ventanilla del vagón, las casas construidas en las montañas expulsaban humo por sus chimeneas y un paisaje rustico y familiar me sorprendió soñando con él. Cuanto hubiese dado por una vida como aquella, una familia comiendo en la mesa junto al fuego, riendo y charlando. Hubiese pagado el precio más alto del mundo por un día como ese pero, aquel sueño seguiría siendo eso, una simple fantasía. Gracias a él, mi infancia ya estaba totalmente plagada de hombres del saco bajo la cama y monstruos en los armarios. En realidad era gracioso, tenía todo lo que la gente sueña te- ner alguna vez en su vida, dinero, lujos, pero yo no me sentía muy distinta a un sin techo cualquiera, seguía persiguiendo mi sueño, una lotería de amor y felicidad que no se vendía en quioscos. Pensando en todo lo que me preocupaba, acabé por sumirme en un profundo sueño, despertando al llegar a mi destino. Ya es- taba más cerca de mi futuro hogar y eso era algo que aceleraba el pálpito de mi corazón. Cogí un taxi que me llevó a casa de mi madre, siempre había tenido la dirección, pero nunca tuve el valor Página 59

Revista La Cuna de Eros número 3 de ir a verla, mi padre nunca me permitió visitarla y yo no me había atrevido a desobede- cerle, hasta ahora. El vehículo circulaba por calles oscuras, ruinosas, sucias, es- tropeadas por el paso del tiempo y los malos tratos que recibía de la gente. Pintadas, firmas con spray en las paredes, el asfalto de la carretera agrietado... Aquellas calles parecían sacadas de una película policíaca, era el escenario donde se originaba la delincuen- cia, la prostitución y la perdición de una persona. El taxi se detuvo frente a una casita pequeña y ennegrecida, no tenía ni punto de comparación con mi antigua casa, grande, lujosa y limpia. No me había tomado las palabras de mi padre con mucha seriedad, en una choza... con esa loca... ¿Estaría loca mi madre? ¿Por eso no le habían concedido mi custodia años atrás? No, tenía que dejar de comportarme como una cría con aires de millonaria, aquella era una vivienda de clase media, un hogar idóneo para una familia pequeña. Abrí la puerta del taxi y puse los pies en el suelo, agarré la mochila del asiento y salí del vehículo. Estaba decidida, había llegado el momento de cambiar de vida y aquel sería el principio de todo. Avancé vacilante hacía la puerta principal por aquel caminillo de piedra rodeado de césped, sentía miedo pero a la vez emoción y felicidad, después de tanto tiempo volvería a verla. Los diminutos pasos que daba me otorgaban tiempo para pensar, cada paso dado era un pensamiento que ayudaba a mi mente a dar otro paso aún más pequeño que el anterior, estaba muy asustada, no tener noticias de tu propia madre durante diez años era señal de que esta no quería ningún tipo de relación. Salvé los pequeños escalones que conducían al porche y me acerqué a la puerta hasta tenerla al alcance de la mano. Probablemente ella hubiese formado otra familia, una de verdad con un hombre a quien amar y sus propios hijos. Con esos pensamientos obstruyendo mi garganta llamé al timbre. Tras unos segundos de espera la puerta se abrió chirriante, dejando al descubierto a un hombre alto y robusto. Su generosa barba negra, sus cejas pobladas en contraste con el blanco de su piel, su cabello negro corto y alborotado me hizo desconfiar al principio, pero sus ojos verdes y su alegre sonrisa alejaron aquella primera impresión. —¿Puedo ayudarte en algo? —me preguntó con amabilidad y cierta curiosidad reflejada en el rostro. Tragué saliva y me armé de coraje por primera vez en mucho tiempo, tenía que dejar de ser cobarde y esconderse. —Esto, sí. Estoy buscando a Marian, ¿está en casa? —Lo siento mucho pero ahora mismo no está —hizo una pausa y al ver mi cara de decepción y preocupación se interesó—. ¿Puedo preguntar quién eres? Al principio dudé en mencionar quien era y cuál era mi relación con Marian, pero si no lo hacía resultaría descortés y a su vez sospechoso, por lo que decidí responderle con total sinceridad. —Soy su hija. Sus ojos se abrieron como platos, sin duda sorprendido por la revelación. ¿Acaso mi madre no le había comentado que tenía una hija? Empezaba a sentirme incomoda y traicionada por la única persona en la que podía confiar. De pronto, el hombre esbozó una sonrisa. —Míriam, ¿verdad? Empezaba a preguntarme cuándo vendrías a visitarnos —su sonrisa era sincera y natural, eso me tranquilizó—. Tu madre se pondrá muy contenta al verte. Pasa, ahora está trabajando pero llegará en cualquier momento. Con un gesto me invitó a pasar y accedí. Lo seguí hasta el salón comedor, una estancia pequeña con muebles baratos, y me invitó a sentarme en el sofá —un poco hecho polvo— y me ofreció algo de beber, a lo que conteste un vaso de agua. Un televisor pequeño y culón ocupaba un mueble frente al sofá, separados por una pequeña mesita de cristal con los bordes y las patas de la misma madera que el resto de muebles, clara y suave. Era un lugar bien iluminado gracias al color blanco de las paredes y las dos ventanas que daban a la calle. Entre éstas había encajonada una estantería repleta de libros. Sobre aquellos estantes descansaban libros de temáticas diversas, desde literatura clásica y universal hasta la ciencia ficción, y de las novelas románticas a las novelas épicas y fantásticas. Me sorprendió gratamente la idea de que aquella familia tuviese aquel agrado a la lectura, era estupendo ya que compartíamos dichos gustos. Justo al lado del mueble del televisor descansaban las cua- tro sillas acolchadas y la mesa que soportaba el peso de un gran florero repleto de rosas amarillas. Era una estancia sencilla y pequeña, pero acogedora que me hizo sentirme como en casa desde el primer momento. El reloj que colgaba de la pared marcaba las nueve de la noche. Antonio —que así se llamaba el hombre que me había abierto la puerta— era el marido de mi madre, y llevaban casados casi seis años. Trabajaba en el instituto del barrio como profesor de literatura —de ahí los libros de la estantería— y era un buen cocinero. Me preparó una exquisita cena —con ingredientes baratos del supermercado— que estaba para chuparse los dedos, mucho más sabrosa que algunos platos de los mejores restaurantes de mi antiguo barrio. Mientras cenábamos Página 60

Revista La Cuna de Eros número 3 en la mesa del comedor sonó su teléfono móvil, era el clásico tono de teléfono fijo, el típico Ring ring. —Discúlpame un momento —dijo, levantándose de la silla—, tengo que contestar. —Claro, no te preocupes. A mitad de camino hacia la cocina contestó a la llamada y bajó el volumen de su voz. —¿Se puede saber dónde estás? Estábamos preocupados — dijo alterado, luego hizo una larga pausa para escuchar las excusas del individuo al otro lado del teléfono. La curiosidad me picaba y hacía que todo mi cuerpo se moviera inquieto sobre la silla, ¿quién sería? —Simplemente ven a casa enseguida y la próxima vez llama —dijo, esta vez más calmado y comprensivo—. Adiós. El ruido de sus pasos me sorprendió e intenté esconder (mi curiosidad simulando comer tranquilamente. Antonio apareció en cuestión de segundos y se sentó a la mesa para retomar la cena y, como si de alguna manera pudiese leerme la mente, me dijo. —Le he dicho millones de veces que llame pero no me hace ni caso —suspiró con resignación y luego hizo una mueca de disgusto—, ya sabes como son los... Pero antes de poder concluir la frase un ruido nos sobresaltó, la puerta principal había sido abierta y una voz femenina anunciaba su llegada. —Ya estoy en casa. Mi corazón dejó de latir, aquella voz no había cambiado en absoluto después de tantos años, seguía conservando su dulce y tranquilo tono. Había imaginado en numerosas ocasiones aquel esperado —por mi parte— rencuentro, pero la inquietud y el temor al rechazo acechaban mi corazón. Los pasos aproximándose al salón resonaban en mi cabeza, los segundos se transformaban en largas inspiraciones y espiraciones, sentía los latidos acelerados palpitando en mis sienes. De pronto los pasos cesaron y mi visión captó la silueta de una mujer delgada y menuda, quise decir algo, pero al alzar la vista hasta su rostro y contemplar aquellos ojos repletos de lágrimas se me formó un nudo en el estómago que me enmudeció. Era tal y como la recordaba, tan solo cambiaban las arrugas que ahora surcaban las comisuras de sus labios y su entrecejo, pero a pesar de todo seguía siendo la misma. Su dorada melena ondulada cayendo en cascada sobre sus hombros, sus grandes ojos marrones y su morena tez. Era ella, seguía siendo aquella mujer bella de mis recuerdos. Mis ojos se quedaron muy abiertos mientras nuestras miradas se cruzaban, ella esbozó una sonrisa y sus ojos brillaron, dejó el bolso que sostenía en el suelo y se lanzó apresuradamente hacía mí. —Míriam —pronunció mi nombre mientras me abrazaba y no dejaba de sonreír—, mi niña... —Mamá... —susurré sin poder contener las lágrimas, después de todo si me había echaba de menos, no se había olvidado de mí. La rodeé con mis brazos, estrechándola firmemente, y me sumergí en su abrazo. Su fragancia tampoco había cambiado, seguía utilizando el mismo perfume que entonces, el fresco y agradable aroma de las rosas, un aroma que siempre lo había asociado con el de ella. —¿Qué estás haciendo aquí? —Me marché —dije mientras me secaba las lágrimas con el dorso de la mano—, no soportaba más aquella vida. Se separó unos centímetros de mí para poder mirarme a la cara y frunció el ceño, algo confusa. —Y tu padre, ¿qué ha dicho él de todo esto? —Dijo que me arrepentiría de haber venido, seguramente piensa que no soportaré vivir sin su dinero y regresaré a casa en cuestión de días —dije mientras una mueca de asco y desprecio transformaba mis rasgos—, pero no pienso volver. Marian y Antonio compartieron una mirada que sólo ellos dos entendían, una mirada cómplice que, desafortunadamente, mucho más adelante yo también comprendería. Mamá volvió a mirarme e intentó sonreír. —No te preocupes —me dijo mientras concluía su abrazo y me soltaba—, le llamaré. —¡No! —grité atemorizada ante la idea de volver—. ¡No quiero volver! —Tranquila —pronunció aquellas palabras con mucha delicadeza mientras me ayudaba a sentarme en el sofá—, no te preocupes. Ten por seguro que te quedarás. Su mano recorrió suavemente mi melena, acariciándola y calmándome, alejando todo aquel terror que segundos antes había invadido mi corazón. En mi interior siempre había sabido que mi madre me quería, ella siempre había estado preocupada y pensando en mí. Después de diez años y una nueva familia, ella había conPágina 61

Revista La Cuna de Eros número 3 tinuado manteniéndome en su vida, le había hablado de mí a su nueva familia y no me había ocultado como un error del pasado. Pero entonces, ¿por qué ella...? —¿Por qué no me escribiste, ni me llamaste? —pregunté con la voz apagada no queriendo saber la respuesta pero necesitándola. Desde hacía diez años, imaginaba cada noche aquella escena en mis sueños, algunos convertidos en pesadillas al escuchar las terribles palabras que salían de su boca en las oscuras noches de mi infancia. —Lo hice —me confesó tristemente—. Durante el primer año te escribí, pero nunca me llegaron tus respuestas, mis llamadas eran rechazadas y nunca me dejaron hablar contigo, entonces intenté ir a verte pero me arrestaron. Tu padre solicitó una orden de alejamiento contra mí y me prohibieron acercarme a ti. Al escuchar aquellas palabras comprendí el significado de «puñalada trapera», ser engañada sin compasión por una persona en la cual se suponía que podías confiar, tu propio padre. —Pero él jamás me habló sobre eso, ¿cómo pudo ser capaz? Mi padre había solicitado una orden de alejamiento contra mi propia madre para mantenerla alejada de mí, me había engañado y hecho creer que me había olvidado. Un agujero en mi pecho empezó a formarse aquel día sin que yo me percatara, un agujero que aumentaría de tamaño a cada mentira y cada traición con la que me apuñalaran. En aquel salón se mantuvo una charla intensa sobre aquellos diez años desconocidos para ambas, mis años de instituto y sus años de noviazgo y matrimonio. Marian trabajaba en una agen- cia de publicidad y ganaba un sustancioso sueldo, mi pregunta fue más que razonable, ¿por qué vivían en aquella casa si tenían dine- ro suficiente para comprar una nueva vivienda mucho mejor? Y su respuesta fue simple, «porque en esta casa hemos vivido mucho; tanto momentos felices como tristes». Aquella era una respuesta con la que había soñado, una frase desinteresada y seguida de una gran sonrisa. Aquello debía ser la verdadera felicidad, mi papeleta con los números ganadores. Tras aquella larga y amena conversación me prestaron una habitación para pasar la noche. Una estancia amplia —más pequeña que mi antigua habitación— con un camastro —en comparación con mi cama—, un armario, una estantería repleta de libros de toda clase, un escritorio y un ordenador encima. Un cuarto con signos de vida a cada rincón, ropa en la cama y en la silla, la papelera a rebosar de basura y una pila de cedes de música esparcidos por el suelo al lado de un equipo de música. Alguien vivía allí, pero ¿quién? Deposité mi mochila en lo alto de la cama y la abrí, saqué una camiseta y unos shorts dispuesta a utilizarlos de pijama. Había salido tan aprisa de casa que no había cogido pijama ni cepillo de dientes, debía llamar a María —la asistenta— para pedirle que me trajera ropa, zapatos, mi cepillo de dientes y los peines. No puedo vivir con tan poco... Ya era media noche cuando me acosté, me tapé con las sabanas y cerré los ojos. No dejaba de ver el rostro de papá, enfadado y echándome en cara todo lo que había hecho por mí, se quejaba de mi decisión afirmando que estaba equivocada y que acabaría por darme cuenta y regresaría a casa. Pero aquello no ocurriría, la decisión ya estaba tomada y nada me haría cambiar de opinión. Dándole vueltas a aquellas visiones dolorosas e inquietantes me sumí en un profundo sueño. Tras la última discusión con su prepotente padre, Míriam decide que es hora de irse a vivir con su madre, a la que no ha visto ni sabido de ella en años. Lo que no esperaba al llegar a su nuevo hogar, era tener que convivir con el hijo del nuevo marido de su madre y tener que competir con él por la atención de ella y su lugar en la casa. Sin embargo, algo no va bien con Cristian; aparece a las tantas de la noche, lleno de moratones y su humor cada día es peor. Decidida a saber que ocurre, terminará adentrándose en el mundo del «Almacén nº6», un lugar lleno de secretos, dinero y situaciones límite, del que tal vez no pueda —o no quiera— salir. PUEDES COMPRARLA EN CUALQUIER LIBRERÍA Y EN

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Revista La Cuna de Eros número 3 Relato

CANDENTE NOCHEBUENA
de Encarni Arcoya Álvarez
 Acabaría subiéndose por las paredes si no lo hacía. Hoy iba a ser el día, no se echaría para atrás, tendría a Riley a su merced, solo para él, disfrutando de ese cuerpo que lo tentaba cada día. Y hoy, el día de Nochebuena, disfrutaría de ella; lo tenía todo preparado. Eso si lograba deshacerse de todos en la empresa y averiguaba si ella tenía algún plan para ese día. Pulsó el botón del comunicador y habló. – Riley, ¿puedes venir? – Si, señor. - Respondió una suave vocecilla que empezó a encenderlo. Se pasó la mano por su espeso pelo negro y suspiró. Miró la hora en su reloj: las diez de la noche. Había estado esperando todo el día, ayudando a sus trabajadores desde su ordenador para acabar cuanto antes el trabajo. Y todo porque había que cuadrar el inventario antes de ese día. A las ocho casi todos se marcharon, a las nueve aún quedaban dos personas ayudando a Riley con unos datos imposibles de cuadrar. ¿Y ahora? Los golpecitos en la puerta le indicaron la llegada de su secretaria. – Adelante. Riley abrió lentamente dejándole ver sus delicadas piernas envueltas en unas medias de lana blancas. Sus tacones rojos hacían juego con el vestido del mismo color, éste de tirantes anchos a pesar del frío. Gruñó ante ese cuello y brazos descubiertos. Era una mujer no demasiado alta comparada con las jóvenes de hoy en día. No pasaría el metro sesenta y cinco, con un cuerpo curvilíneo que le llevaba siempre a sentirse hambriento por ella. Llevaba recogido su pelo castaño en un moño y eso no le gustaba. Quería esa mata de pelo suelto, poder entrelazar sus dedos entre él y tirar del mismo para besar y hacer con su cuerpo... – ¿Me ha llamado, señor? – ¿Dónde has dejado la chaqueta, Riley? – En la silla, señor. La calefacción está demasiado fuerte. – Es cierto. - Eso debía ser o él estaba experimentando un caso de combustión espontánea. - ¿Se han ido ya todos? – Si, señor. Aunque es Nochebuena los trabajadores ayudaron hasta el último momento. – Igual que tú. ¿No tienes otros planes, Riley? - Tanteó el camino con suavidad. Ella lo miró entre sorprendida y desconcertada bajando finalmente la cabeza, las mejillas enrojecidas. – No, señor. Una vez me de permiso iré a casa. Mis padres no están así que cenaré sola. El rostro de Scott se cubrió de sombras mientras esbozaba una sonrisa incapaz de retener. Suya... – En ese caso saldremos a cenar los dos solos. – ¿Señor? - Levantó al cabeza contrariada por esa orden. – ¿Algún problema? - Inquirió arqueando una ceja. Si le ponía una sola excusa... – No, señor, pero... – Eso es uno. - Cortó él antes de dejarla seguir. Riley quedó con la boca abierta. Lo miró a los ojos verdes prendada por el brillo lujurioso que tenía. ¡La deseaba! Y ella no se echaba para atrás tampoco, tantas horas viéndole trabajar sin descanso para conseguir que el resto se marchara pronto, tantos días a su lado... Scott Gray, su jefe, era un hombre de ensueño para cualquier mujer. Con su ancho torso y hombros, la espalda de él le hacía tener que apretar sus piernas ante el deseo de acariciarle y posar su cabeza en ella, de tocar con sus manos los rizos de su pecho y bajar la mano por... Era su sueño, la fantasía recurrente en sus noches y días. Vestido siempre con traje, podía ver la elegancia en sus pasos y movimientos, los músculos de sus brazos flexionarse dentro de la camisa como si no llegaran a contenerlo todo. Su cintura estrecha salvaguardando esa parte íntima que no dudaba estaría a la altura del tamaño de su dueño, casi treinta centímetros más alto que ella. – Sabes que no me gustan las contradicciones. - Le susurró él al oído. Jadeó asustada por encontrarlo tan cerca pero, a pesar de querer retroceder, el brazo de Scott en su cintura la anclaba a él. Siguió el movimiento de Página 63

Revista La Cuna de Eros número 3 su otra mano hasta el pelo, el roce de sus dedos sobre el recogido que llevaba. - Odio este peinado... - Murmuró dejándole sentir la irritación. - Lo quiero suelto. - Y dicho eso el moño se perdió dejando caer su pelo hasta media espalda, cubriendo partes de su rostro. Scott se dedicó entonces a apartarle el pelo para mirarla a los ojos. - ¿Hay algo que quieras decir? - Lo amaba... Eso quería decirle. – No, señor. – Bien. Recoge tus cosas, salimos en cinco minutos. **** Tras una cena calificada más como tortura por Scott, donde verla abrir esa boca y no ser él quien se introdujera en ella le provocó una erección aún mayor de la que llevaba al salir de la empresa, montaron en el coche. – La cena fue estupenda. Muchas gracias. - Agradeció Riley con una sonrisa tan cautivadora que le fue imposible pasar de ella. Paró en el semáforo y se desabrochó el cinturón de seguridad para inclinarse sobre ella robándole esos labios que ahora eran de su pertenencia. Mordió el labio inferior tirando de él hacia fuera para introducirle la lengua dentro y cuando lo hizo... Gruñó ante la calidez de su boca, el sabor dulce del helado de vainilla y canela tomado minutos antes. La lengua de Riley fue a su encuentro y peleó con gallardía contra él. Sus manos, hasta ahora sosteniendo el cuerpo por encima de ella, temblaron por la necesidad de tocarla acercándose a sus pechos para sopesarlos entre ellas y notar cómo los pezones estaban ya erectos y listos para su uso. El sonido de unos pitidos los sacaron a ambos de su sueño. Scott blasfemó y arrancó el coche pese a estar de nuevo el semáforo en rojo mientras recuperaba su cinturón. – Seguiremos con esto en mi casa. - Masculló él. Riley tenía una de sus manos sobre los labios, rosados e hinchados ahora. Sus ojos, de un tono aguamarina, eran más oscuros que de costumbre. – Si.... Señor. Quince minutos después llegaban a una casa a las afueras de la ciudad. Tras atravesar unas grandes puertas y conducir unos pocos metros más, el coche ejecutó una glorieta hasta quedar paralelo a la entrada principal, unos escalones más arriba. Grandes ventanales en la parte inferior parecían ofrecer poca privacidad al lugar aunque lo cierto es que eran cristales tintados. – ¿No le espera nadie para la cena de Navidad? - Preguntó ella saliendo del coche. – Solo una persona. - Contestó poniéndose a su lado. - Tú. - Instaló su brazo al final de la espalda y la empujó hacia la casa. Al abrir las puertas la luz se encendió de forma automática y pudo ver la elegancia y simpleza en los muebles y decoración. Había algunos detalles navideños pero no localizaba el más navideño de todos, el árbol de Navidad. – ¿No hay árbol? - Se quitó la chaqueta por el calor que hacía dentro pasándosela a él quien la colgó en la percha al lado de la puerta. – He estado buscando el árbol perfecto. - Respondió andando con ella hacia el interior del salón. Atenuó las luces para que estuvieran en semisombra. - Y finalmente decidí que el único digno de pertenecerme... - Añadió acariciándole uno de los brazos y levantándole éste hacia arriba. Envolvió la muñeca con un suave tejido cerrando la esposa con un ligero clic. - eres tú. Riley levantó las cejas sin poder creérselo. ¿Acababa de atarla? Miró hacia arriba fijándose en dos cadenas colgadas del techo. Cada una tenía unas esposas, una de ellas ya ocupada con su muñeca. ¿Qué pensaba hacer con ella? ¿A qué se refería que sería como un árbol? ¿Cómo iba a hacerlo? Y, sin embargo, su cuerpo ardía de excitación ante esa quimera que le ofrecía. – No voy a hacerte daño, Riley. Si te sientes incómoda en cualquier momento solo tienes que decirme que pare. Elige una palabra de seguridad. Si la dices me detendré por completo. Si no... - Los ojos de Scott llamearon ante el cumplimiento de sus más oscuros deseos para con ella. - Date prisa. - La apuró. Riley pensó con rapidez pero, tener delante a ese hombre, saber lo que harían, con qué lo harían. Sus ojos fueron directamente a su entrepierna hinchada y constreñida en los pantalones. – Niños... - Susurró ella. – ¿Niños? - Repitió confundido. La miró pensando en esa palabra y su mente voló hacia unos pequeños niños mezcla de ellos dos. Siseó al sentir explotar su pene en los pantalones ante un futuro con ella. - Elige otra, por favor. - Desaprobó él. – ¿Impotente? - Sugirió aguantando la risa. Scott soltó el otro brazo de ella, a media altura, ante la osadía de ella. Página 64

Revista La Cuna de Eros número 3 – Cariño, solo por eso te has ganado el primer castigo de la noche. - Contestó volviendo a coger su brazo para fijarlo en las cadenas. – ¿Pero será mi palabra? - Insistió ella. – Si esa es la que quieres... - Le acarició las mejillas descendiendo por su cuello hasta llegar a los hombros. - Primero hay que desnudarte, un árbol no va vestido... - Desanudó los hombros del vestido dejando que éste cayera hacia abajo para revelar la ropa interior roja que llevaba. Las medias solo le llegaban hasta medio muslo sujetas por unos finísimos ligueros a su cintura. – Dios... - Silbó él al verla. Pasó sus manos por las costillas hasta la cintura. - Estás tan caliente... ¿Ya estás húmeda? – Si... - Scott levantó una ceja apretándole la cintura con una de sus manos. – ¿Si qué? - Gruñó. – Si, señor. - El agarre se suavizó. Dio la vuelta a Riley y contempló su espalda, el hermoso trasero oculto bajo esas braguitas de encaje rojo. Desabrochó el sujetador, afortunadamente sin tirantes, arrojándolo por la habitación. Acarició la piel de la espalda donde estuviera el sujetador acercándose peligrosamente a la parte delantera y, con ello, a sus pechos. En el momento en que Scott cerró sus manos en ellos se arqueó hacia atrás golpeándose la cabeza con el pecho de él. Gimió ante ese contacto y cerró sus piernas para aliviar el dolor entre ellas. – Abre las piernas, Riley, o te ganarás otro castigo. - Ella lo intentó pero los espasmos que sufría de su sexo le impedía cumplir la orden. La rodilla de Scott se interpuso entre sus piernas obligándola a tenerlas abiertas. - Dos castigos, Riley. - Le contó. – Lo siento, señor, yo... - Scott bajó una de sus manos por el vientre hacia el sexo de ella. Jadeó ante la cercanía de esa mano, desesperada por ser tocada y penetrada por ahí. Eso no eran castigos, se sentían tan... bien... – Uhm... Mojada, muy mojada. Si me despisto un solo segundo puedes ser capaz de cerrar esas preciosas piernas y privarme de mi disfrute. - Se apartó de ella yendo hacia una caja de cartón cercana. La abrió y rebuscó entre los objetos hasta que sacó una barra metálica con dos tiras acolchadas, una en cada extremo. - Si, esto servirá, y así anclaré a mi árbol de Navidad. - Se volvió hacia ella contemplándola con libertinaje.- Pero antes hay que quitar esas medias y braguitas de encima. Dejó la barra en el suelo al lado de Riley y se arrodilló frente a ella depositando un beso en el vientre. El contacto con su boca y el calor de su aliento le hizo gemir ante el contacto. Cogió la cinturilla del liguero y lo desató llevándolo a través de sus piernas, las medias con él. Le sacó uno de los zapatos alejándolo de su zona mientras la desnudaba por completo, primero una pierna, luego la otra. Tomó entonces las braguitas y fue descubriendo la parte oculta de su feminidad poco a poco, su cara muy cerca del sexo. - Estás tan excitada que puedo percibir tu olor desde aquí. - Besó sus rizos castaños una vez, y otra, hasta que éstos se perdía en el interior de sus muslos. Pese a las ganas que tenía de enterrar su cara en ese lugar y probar el postre que no había probado en la cena, se obligó a seguir bajando las braguitas para sacárselas. Seguidamente fijó los tobillos con la barra ajustando la extensión de la misma hasta rozar la incomodidad de ella. – Este será uno de tus castigos, por no separar las piernas cuando yo lo he dicho. No podrás llegar al clímax hasta que te diga. - Pequeñas respiraciones aceleradas salían de su boca al sentirse tan expuesta y ansiosa en ese lugar. Su cuerpo temblaba sin remedio. - ¿Entendido? – Si, señor. - Respondió con rapidez. – Buena chica. - Halagó acariciándole su sexo. Llevó sus dedos manchados por los jugos de ella hasta la boca para saborearlos. - Me voy a divertir mucho contigo. Fue de nuevo a la caja y sacó un cordel dorado de un centímetro se grosor. Su textura parecía como peluche al sentirlo por su cuerpo. Se lo pasó enroscándoselo desde la pierna izquierda hacia la cintura, los pechos, rodeándolos por delante y por detrás y el brazo derecho. Solo cuando terminó se apartó de ella para contemplarla. – Ahora falta algo de decoración. - Sacó de la caja varias bolas y campanillas unidas a ventosas que fue pegando una a una en el cuerpo de ella. Riley podía sentir el tirón de su piel al pegarse las ventosas, la presión que ejercían. Se arqueó ante las sensaciones que experimentaba. - Quieta, cariño. No quiero un árbol que se mueva. – Pero esto es... No puedo... - Sintió una de las ventosas sobre su sexo y gritó sin remedio. La ventosa succionaba sus rizos tirando de ellos sin contemplaciones. - Por favor... – ¿Quieres que coloque una campanilla en tu clítoris? - Preguntó con una en la mano mientras que la otra le abría los labios de su sexo para acariciarle alrededor del mismo. Página 65

Revista La Cuna de Eros número 3 – ¡No! ¡Si lo haces no aguantaré! – Se te olvidó decir señor. - Replicó él. Bajó la campanilla hasta la vagina de ella y lo apretó contra su clítoris. - No te corras. - Le avisó antes de soltarlo y sentir el relámpago en todo su cuerpo. Se aferró a las cadenas mientras apretaba sus músculos para evitar correrse, miles de descargas de corriente pasando a través de su cuerpo. De no haber estado atada, se hubiera caído al suelo. Cuando pudo recuperar algo de control, se encontró a Scott acariciándole las mejillas, secándole las lágrimas derramadas. – Esa es mi chica. - La besó como ya hiciera en el coche, impidiéndole retroceder de su agarre, succionando y bebiéndose su aliento, excavando hasta encontrar lo que buscaba. Mordió sus labios en pequeños bocados dejándolos más enrojecidos e hinchados. Desatendió los labios para bajar por su cuello lentamente y seguir el camino de su lengua hasta los pechos, endurecidos y excitados, sus perlas demasiado doloridas para evitar sollozar cada vez que los dedos de él la pellizcaban. – Están tan duros y rojos... Perfectos para los cascabeles. - Metió la mano en la caja y sacó dos pinzas para pezones con cascabeles colgando. Le cogió uno de sus senos y apretó ligeramente para que sobresaliera. Acercó la pinza hasta el pezón y lo lamió antes de cerrar la pinza sobre él. Riley chilló asustada por el dolor. Oía las dulces palabras de él pero solo cuando éste le acarició en el cuello y el lóbulo de la oreja pudo reprimir algo del dolor. - ¿Estás bien? - Preguntó preocupado. – Si, señor. - Contestó temblorosa. – El dolor pasa después de un momento. Pero si hubieras escuchado el sonido tan hermoso que las bolas, campanillas y cascabeles han hecho... Parecía como si Papá Noel estuviera acercándose. - Le cogió el otro pecho y empezó a lamerlo de forma circular hasta llegar a la punta donde la atormentó con sus dientes. Una vez satisfecho, situó la segunda pinza ante la mirada de ella. - No tengas miedo, Riley. Estoy contigo, y recuerdas tu palabra de seguridad, ¿verdad? - Ella asintió y la sonrisa que él le ofreció le bastó para aguantar el dolor al cerrarse la pinza sobre el otro pezón. Scott se marchó de la sala sin decir nada dejándola completamente sola, encadenada y desnuda. El terror comenzó a apoderarse de ella. ¿La dejaría allí sola? ¿Y si venía alguien? Miró a su alrededor esperando encontrarlo en alguna parte, pero no estaba. Reprimió el deseo de llamarlo a gritos; le había recordado la palabra de seguridad, eso era por un motivo, quizás para probarla y ver si confiaba en él lo suficiente para dejarla sola sin que gritara su nombre o la palabra. Cinco minutos después Scott reapareció. Llevaba la camisa desabrochada y... ¿Dónde había dejado los pantalones y sus calzoncillos? La erección de un pene tan grueso y bien formado le quitó la respiración y secó su garganta. Estaba mejor dotado de lo que hubiera esperado y ese miembro se levantaba con vigor esperando entrar en acción en poco tiempo. – ¿Quieres agua? - Pregunto al verla toser ante la sequedad. Asintió sonrojándose por haber reaccionado de ese modo. Ni que no hubiera visto antes un pene. Pero el de él, justo el de él no podía sacarle otra respuesta. Se acercó a ella con un vaso y le dio de beber hasta saciarla. Lo dejó a un lado y volvió a acariarla con sus manos por todo su cuerpo dándole vueltas para contemplarla. Tenía bolas desde las piernas hasta los brazos, dos pinzas con cascabeles en sus pezones y un cordón dorado alrededor de su cuerpo que aún no entendía para qué servía. Una vibración en todo su cuerpo le llamó la atención y se fijó en el cordón... ¡Vibraba! – ¿Te gusta? – Si, señor. - Contestó encendiéndose más todavía. Apretó los dientes para no volver a gritar. -Por favor, señor, lo necesito. – Aún no. ¿Qué le falta a mi árbol de Navidad? - Inquirió, sus dedos en la mandíbula cavilando mientras la miraba retorcerse por un placer insatisfecho. – La estrella... Señor. – Es cierto, necesito una estrella... - Convino acercándose a la caja. - Esto servirá. - Sacó una estrella unida a... – ¡Oh, Dios mío! - Exclamó dilatándosele los ojos. Ante ella había una estrella de Navidad unida a un vibrador pequeño. – Si, cariño. Y esto has de sostenerlo con tu boca. No lo sueltes o te ganarás un nuevo castigo. - Le acercó el vibrador a su boca y ella lo tomó esperando que, en cualquier momento, lo pusiera a vibrar. - Todavía no. Aún me falta una cosa. - Le avisó sacando de la caja otro vibrador, esta vez más grande. Le acarició con él su sexo Página 66

Revista La Cuna de Eros número 3 rozándole la ventosa sobre el clítoris y lo posicionó sobre su canal. - Recuerda, no puedes correrte. - Asintió con rapidez desesperada por tener algo dentro de ella aunque prefería mil veces el pene de él húmedo por las gotas de presemen que salían de su glande. Scott le insertó el vibrador poco a poco para habituarla al grosor del mismo hasta lo más profundo de su canal. Solo entonces se apartó de ella sentándose en una silla para contemplarla. – Y ahora. Que comiencen el espectáculo. - Comentó accionando varios botones. El vibrador de su boca se accionó y a punto estuvo de perderlo pero logró controlarlo con su lengua. La saliva se intensificaba en ella. - Hacen falta luces, ¿verdad? - Al momento el cordón vibrador empezó a emitir pequeños destellos de luces: rojas, amarillas, azules, verdes, .... Iban cambiando en una secuencia automática. - Y por último... Música, quiero música. - De algún aparato electrónico comenzó a sonar una música navideña, una de las canciones más conocidas de la Navidad, Feliz Navidad. Riley se quejó encogiendo su vientre ante los espasmos que recibía. ¡El vibrador se movía pero no a un ritmo normal! – Si, Riley. Ese vibrador entre tus piernas se mueve según la música. - Le informó él con una sonrisa traviesa. - Si pudieras verte ahora.... Tengo el mejor árbol de Navidad que podía haber deseado. Necesito hacerle una buena foto. - El flash de la cámara del móvil iluminó por un momento la habitación. Ella lo miró desafiante y asustada, con las mejillas aún más sonrojadas, ante lo que estaba sufriendo. ¿Qué haría con esas fotos? ¿La chantajearía? El pico de su orgasmo amenazaba con enviarla al espacio si no se corría pronto. - Lástima que no pueda usarla como felicitación navideña... - Se movió inquieta tratando por todos los medios de soltarse pero eso solo conseguía que las campanillas y cascabeles sonaran. - Me encanta oír esos sonidos de tu cuerpo.... – Por favor... - Logró articular sin perder el vibrador de su boca. Scott se levantó de la silla y acercó a su espalda acariciándole su otro agujero para darle más atenciones a su cuerpo. Posó la mano en el vibrador de su sexo y empujó con fuerza hacia dentro. – Córrete. - Le susurró al oído. Riley gritó soltando la estrella. Echó la cabeza hacia atrás mientras él la sostenía con sus brazos para evitar que se hiciera daño con las esposas. El vibrador de su vagina también cayó impulsado por los jugos que ahora goteaban en el suelo y por sus piernas. Su cuerpo quedó laxo en brazos de Scott quien le quitó las tobilleras y ventosas de su cuerpo. La agarró para quitarle las esposas cogiéndola en brazos después para marchar con ella hasta su habitación. La besó en la frente colmado de felicidad por la tolerancia de esa mujer, su mujer. Depositó su cuerpo en la cama quitándose él la camisa. La cubrió con su cuerpo friccionandocon el de ella sin dejar que notara todo su peso encima. – ¿Estás bien? - Le preguntó. – Ha sido... increíble... - Respondió con su voz más grave que de costumbre. - Las fotos... - Agregó mortificada por saber de esas pruebas tan comprometedoras. – Cariño, todavía no he acabado contigo. - Aclaró dejándole sentir la punta de su pene en su canal. - Y las fotos no saldrán de mi móvil, jamás querría que alguien te viera como lo he hecho yo. - Incitó levemente abriéndose paso. – No, espera... Espera, si lo haces ahora yo... - Scott empujó con fuerza hacia dentro apropiándose de ese rincón suyo y de nadie más. Riley se arqueó ante la intrusión. - Eres... grande... - Se quejó. – Si, más grande que ese vibrador que has tenido dentro. - Acordó con ella. - Pero estás tan mojada aquí que mi polla se desliza fácilmente dentro hasta lo más profundo de tu ser, hasta esa parte mágica de una mujer que es capaz de ofrecer la vida a un alma. - La besó mientras se retiraba para volver a entrar en ella. Por su parte, ella se arqueaba ante los embistes de él siguiendo su estela y movimientos, como si crearan un baile unidos los dos por carne y sentimientos. Scott le levantó las piernas instándole a que las cruzara por detrás de la espalda, aportándole así mayor capacidad de maniobra para penetrarla hasta el fondo. – No vayas a correrte todavía. No tienes permiso. - Ordenó al sentir cómo lo comprimía en su canal. – No puedo remediarlo... - Sollozó ella. - No puedo... - Scott se salió de inmediato de ella apartándose de su sexo. – Entonces ese será tu castigo por la palabra de seguridad. Te impediré correrte tres veces antes de dejarte hacerlo. – No, por favor... - Lloró ella. - Señor... - Volvió a entrar en ella de nuevo llegando hasta el fondo. Riley echó la cabeza hacia atrás. - ¡Sí! - Gritó extasiada por esa enorme verga, tan dura y gruesa, entrando en ella sin resPágina 67

Revista La Cuna de Eros número 3 tricción alguna. Una vez más la cresta de su orgasmo se elevó a límites insospechados llevándola al precipicio, empujándola hasta el borde, balanceándose peligrosamente en él. Y entonces la pérdida cuando Scott volvió a salirse de ella. – Los ojos abiertos Riley. Quiero ver cómo se oscurecen cuando te deje alcanzar ese orgasmo que me debes. - Scott le cogió el pecho y empezó a succionarlo con su boca mientras la otra mano le daba atenciones al otro. Cada vez que él la tocaba su vientre se comprimía de anticipación ante lo que vendría. Aún cuando estaba ocupado con sus pechos, su miembro encontró el camino para introducirse de nuevo en ella moviéndose con rapidez, apenas dejando el canal cuando ya estaba otra vez dentro para retirarse. Gimió y jadeó ante esa forma tan salvaje de hacerle el amor y hundiéndose en las sensaciones al tenerlo en dos puntos calientes al mismo tiempo. – ¡No! - Gritó al salirse por completo de ella. – A este paso ni tu ni yo sobreviviremos, cariño. Has aguantado bien. - La elogió cogiéndola del cuello para besarla. - A partir de ahora puedes correrte tantas veces como quieras. Esa será tu recompensa esta noche. Murmuró antes de enterrarse en su boca a la par de su canal. Lento o rápido, las arremetidas de Scott la catapultaban a un límite y, cuando llegaba y explotaba en su orgasmo, el siguiente siempre la llevaba más allá, hacia una nueva frontera del placer esperando por ella. – Si, así quiero tenerte, bajo mi cuerpo, sintiendo lo que tú sientes en tu cuerpo, siendo partícipe y creador de ese deseo satisfecho. - Susurró encendiéndola más. Se aferró con sus brazos a los hombros de él arañándole con las uñas cuando cambió el ritmo de sus entradas. - Soportando el dolor por darte placer. - Riley lo miró a los ojos y éste sonrió. - Y perdiéndome en esa bruma de lujuria que tienen tus ojos. - Siseó ante sus ansias por correrse, el sudor corriéndole por las sienes. - Córrete, cariño, envuelveme con tus jugos y aprieta fuerte. Riley gritó incrustados sus ojos en los de él como si ambos bebieran del otro. El calor de su orgasmo se filtró por todo el canal calentando ambos miembros. Scott sacó su pene de ella a pesar de la estrechez del mismo para clavarse una última vez antes de liberarse y duplicar el calor existente. Ambos gritaron de nuevo cayendo finalmente en un estado de letargo, demasiado cansados para hacer más, dormidos el uno en el abrazo del otro. – Te amo. - Susurró al oído de Riley antes de dejarse llevar por el sueño. **** El oído de Scott captó el sonido de la puerta de entrada al cerrarse y los pasos agitados subiendo la escalera y corriendo por el pasillo. – ¡Mierda! - Exclamó levantándose para agarrar la sábana y cubrir por completo el cuerpo de Riley y su entrepierna justo en el momento en que la puerta se abría. – ¡Mamá, papá! ¡Ha venido Papá Noel! - Gritaron al unísono dos pequeños gemelos de seis años saltando a la cama. Riley se quejó ante el peso de sus hijos intentando escudarse en su marido. – Mace, Vijay, estáis aplastando a vuestra madre. – Perdona mama. - Dijeron a la vez. - ¡Pero ha venido Papá Noel! - Exclamó Mace. – Ya os oí la primera vez. - Replicó ella.- ¿Dónde están vuestros abuelos? – Abajo. Hemos traído el desayuno. - Contestó Mace. – ¿Por qué no bajáis mientras nosotros nos vestimos? - Propuso Scott. – ¡Vale! - Exclamaron los dos saliendo como torbellinos por donde habían venido. – ¿Te encargaste de decorar y sacar los regalos? - Le preguntó ella sentándose en la cama cubriendo su desnudez con la sábana. – Si, mientras dormías. - Riley miró sus brazos con señales de las ventosas y después bajo la sábana. – Te lo juro, uno de estos días vas a matarme con tus jueguecitos. - Scott sonrió divertido. – Como si no te gustaran... - Precisó pasando su dedo por el cuello de ella. Sopló estremeciéndola. - Feliz Navidad, esposa mía. – Feliz Navidad... Impotente mío. - Scott la miró alzando sus cejas. – Mi primer regalo de Navidad va a ser darte un castigo por decirme algo así... Otra vez. - Le susurró al oído antes de apropiarse de los dulces labios que lo esperaban entreabiertos. – Te amo, Scott. - Murmuró volviendo a tumbarse en la cama.

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Abby lleva casi dos años enamorada de su profesor de universidad pero no se atreve a confesarse. Tras una interrupción poco afortunada en clase, tiene que ir al despacho de éste para descubrir que, afortunadamente, los sentimientos que ella tiene no son unilaterales. Gideon Richard es profesor universitario y solo espera que una de sus alumnas termine la carrera para meterla en su cama y hacerla suya. Después de hacerle pasar un mal rato en clase la cita en su despacho para reconfortarla. El problema es que no puede controlar los deseos de su cuerpo por ella.

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Reseña

CLARITA Y SU MUNDO DE YUPI de LAURA NUÑO
por Helen C. Rogue y Yolanda González
Ayyyyy... pero que bueno es este libro... tanto que las dos queremos hacer juntas la reseña, y no solo porque seamos amigas de la autora, sino porque lo vale la historia. A ver que nos sale... Yolanda: Tengo que confesar que cuando salió ni sabía de qué iba pero luego empecé a leer comentarios de lo divertido que era, que era buenísimoooo... total que me picó la curiosidad y al comenzarlo ¡¡ya no pude dejarlo!! Clarita engancha, pero mucho... ter spoilerssssss... bueno, seré buena... sólo decir que la cena familiar fue uno de mis momentazos, vamos que me descojoné, vulgarmente hablando. ¡¡Además a Clarita le pirra el Rosa!! ¿se puede ser más mona?

H: Como superviviente a la llamada Generación X, tengo que decir que me pirra esa banda sonora. Me recuerda a mi juventud. Con respecto a esa cena familiar... Laura tiene su particular forma de escribir. En ella veréis la capacidad que tiene para meter una escena de humor hilarante cuando menos te lo esperas, con unas salidas que te partes de risa. Y sí, las “tetas” Helen: ¿Que engancha? ¡Ay madre! Aún no co- son un personaje más del libro. nozco un comentario negativo en ese aspecto (ni en los otros, para que engañarnos) Y es que “la Nuño” es Y: Clara, que tiene un coeficiente superior a la buena, no, ¡¡¡ buenísima!!! media, esta hartaaaa de los tíos que sólo ven su físico y no miran Y: El Chic-Lit es un género que más allá de sus tetas y su melena entraña diversión y humor al misrubio platino, está en busca de su mo tiempo que romance, pero ésta príncipe azul, un tío que no babee no es la típica novela chic-lit, va por ella sólo con mirarla, sino que más allá, tanto en su argumento, quiera ver más allá del estupendo como en su desarrollo y la narrafísico (reflexión: como la entiendo, ción es muy original, pues es muy nos pasa a muchas). Es entonces interesante ver como la trama de cuando aparece ÉL. Clarita se narra en 3ª persona, mientras que la de ÉL esta en 1º H: Qué morro tienes, reina... persona, algo realmente innovalos chicos babean por mí, recuérdor. dalo jajajajaja. Y es que las listas e inteligentes estamos en peligro de H: Un punto a su favor, sí, señor. extinción... ay, como comprendo a Original, esa es la palabra. Cuando Clarita. creíais que ya estaba todo inventado, viene esta señora y le da su Y: ÉL es el hombre que ha estapunto de vista particular al género. do suspirando en silencio, desde No tiene trama, no, pero tampoco hace mucho, por la preciosura (ella la necesita. La narración es ágil y directa. esto lo ignora claro, pero yo no, es lo que tiene ser la lectora) y que la conoce perfectamente, a pesar de Y: Una historia que tiene su propia banda sonora no haber entre ellos ninguna relación evidente. Tengo ¡sí señor! cada capítulo hace su entrada con una can- que decir que lo adoro, ¿como no enamorarse de ese ción que nos ambienta en las aventuras y desventu- hombre? A ver si alguien es capaz de no hacerlo al leer ras de nuestra heroína. Una chica preciosa, divertida, la historia... un hombre que de cuyo nombre tendría muy muy lista y con unas te... cnicas descomunales y que ser “Santa Paciencia” y que al ver la oportunidad muy sofisticadas para buscar su príncipe azul... ¿y qué que le presenta la vida no la desaprovecha, pero ¡ojo! decir de su busto? (léase tetas) un pecho que llega a que listooooo es el jodío, ya veréis porque lo digo... ser casi un personaje por sí mismo y que da lugar a situaciones hilarantes... aingsss que me muero por meH: Vaya forma más raruna tiene este desgarbado Página 70

Revista La Cuna de Eros número 3 Nuño he disfrutado muchísimo, es fresca, divertida, original, entretenida, perooooo es muy corta (algo malo le tengo que poner), la verdad es que me quedé con ganas de más, mucho más... quizá estos personajes salgan en otra de sus historias (lo dejo caer como quien no quiere la cosa) ni que sea como secundarios, Y: He de confesar, como ya le dije a la autora en para ver como les va. Es una novela que no te vas a su momento, que hubo un momento de esos tiernos arrepentir de leer y que te sacará más de una carcajada que casi me pongo a llorar a moco tendío en mitad y muchas sonrisas.... el tren (que iba yo leyendo en el tren hacia el curro y me pasan estas cosas), es cuando ÉL le dice a ELLA H: ¿Ves, Nuño? Siiii! Historias sobre los personamientras ésta duerme y no puede oírlo (mini spoiler): jes secundarios. Bueno, yo tengo una pega. A parte de que es muy corta, Laura Nuño, NO ME HA GUSTA“Ni te imaginas, presiosura -susurro cuando DO LA MÚSICA DEL BOOKTRAILER, aunque ya te ella, a base de ignorarla, finalmente se queda lo he dicho, y pese a que tiene su por qué, ¿no puedo dormida entre mis brazos-. No puedes ni imagi- estar de acuerdo con todo no? Pero tu no eres ni múnarte lo muchísimo que te quiero” sica, ni publicista ni te dedicas a hacer booktrailers, por lo que te pido por favor, que nunca NUNCA dejes de ligarse a la Clarita ¿eh? porque si os creéis que es el típico chico que va con flores a su puerta y le recita poemas de amor... vais listos. Y ya cuando vi el perfil del desgarbado, casi me da algo... ¿Os gusta Chris Evans? Pues eso...

Halaaaaa la Yolanda a llorar...

de escribir.

H: Y es que él sufre en silencio, como con las heQueridas editoriales, queridos seguidores. Laura morroides, oye. Porque mira que lleva tiempo detrás Nuño, recordad este nombre porque en un futuro lo de la Clarita. Y claro, cuando la tiene a su ladito, su escucharéis y mucho. corazoncito le hace decir esas cosas. Pero hay que ver qué momento tierno... (suspiro) Y: Los personajes secundarios también son muy importantes en la trama, la familia de ÉL es la caña y las conversaciones en la cena de lo más peculiares, y la gran amiga de ELLA, que maja, empeñada en encontrarle pareja a su amiga del alma. Estos nos ayudan a enriquecer la historia. H: A mi me mola la amiga. Además se llama como la menda. Que digo yo que alguna vez habrá que buscarle a esta mujer un novio, desgarbado o no, pero un novio. Nuño, podrías hacer relatillos sobre los personajes secundarios ¿no? Y: Al leer la historia que nos ha presentado Laura Página 71 Para saber más de la autora visita su blog

Revista La Cuna de Eros número 3

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Revista La Cuna de Eros número 3

PRÓXIMAMENTE. . .
Charles y Elisa, una pareja que juntos van descubriendo todo lo que les excita y da morbo. A través de sus relatos viviremos muchas de esas fantasías que tenemos guardadas en nuestro interior y quizás, gracias a ellos, seamos capaces de llevar a la realidad. En estos doce relatos más uno, nos adentraremos en el universo privado de ellos, donde la pasión y el sexo, es lo primero de su lista… Porque… ¿Quién de ustedes, no tiene alguna fantasía secreta?

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Relato

PERO ¿QUÉ TENDRÁN LOS ASCENSORES?

de Elizabeth Silva

Elisa llevaba una semana sin saber nada de Charles. Al principio estaba preocupada, pero ahora estaba muy enfadada, porque después de hablar con su secretaria, se había enterado que él, había regresado de su viaje de negocios hacia dos días, dos días y ni siquiera una simple llamada… Sobre todo, después de haber recibido un hermoso arreglo de rosas blancas y una tarjeta de lo más insinuante. “Eli, estoy deseando regresar para disfrutar de tu cuerpo intensamente, te sueño y te deseo siempre.” Tuyo, Charles. No solo estaba enfadada, estaba dolida, porque pensaba que quizás Charles ya se había cansado de ella. Tal vez había conocido a otra y sencillamente ella era historia, solo un lindo recuerdo. Con esos pensamientos grises llevaba esos dos días, sin apenas poder concentrarse en su trabajo. Hasta hace poco, juraba que ellos tenían algo especial. Por las noches sus sueños se plagaban de escenas de ellos en la cama, sus manos acariciándola, su pene penetrando en ella, sueños llenos de gemidos y jadeos que la despertaban excitada y muy húmeda; tanto, que terminaba masturbándose mientras pensaba en él. Lo que no sabía Elisa, era que Charles había regresado enfermo y le había dicho a su secretaria que no le contara nada de lo que le pasaba. Era el tercer día y ella seguía sin noticias de él, le había enviado miles de mensajes al móvil, lo había llamado y el móvil estaba apagado, le había escrito infinidad de emails, todos al principio llenos de preocupación, pero los últimos llenos de rabia y tristeza por su falta de tacto con ella. Decidida a dejar de atormentarse por ese cretino, Eli se dirige a un bar después del trabajo para tomarse una copa, necesitaba distraerse y por eso había quedado con una amiga para charlar. Llega a la puerta del pub y se encuentra con su amiga Marta, se abrazan y entran a buscar un lugar donde poder sentarse y hablar, hacía tiempo que no quedaban. —Eli amiga, estas estupenda, cada día mejor. —No seas exagerada Marta, estoy como siempre. —Eso lo dirás tú, pero yo te veo diferente, no sabría cómo explicarme. Te veo más sexy. —Tú sí que estas divina, dime que te has hecho en el pelo, te queda genial. Así las chicas se ponen al día de sus respectivas vidas y se lo pasan genial riendo miles de anécdotas. Las horas pasan de prisa y ambas se despiden con la promesa de quedar más a menudo, pero justo antes de irse, Marta se acerca a Elisa y le susurra. —El hombre que te tiene así de ver ser increíble, cuídalo amiga, que esos escasean. Le da un beso y sin esperar respuesta se marcha. De pie en la calle, todo lo que Elisa intentaba olvidar vuelve a su mente entristeciéndola. Se dirige hacia su casa, es muy tarde y a pesar de que sigue pensando en él, espera poder dormir toda la noche sin esos sueños que la despiertan alterada y deseando estar en sus brazos. Llega al edificio donde vive, aparca su coche y se baja. Es más de la una de la mañana y solo de saber que tiene que madrugar mañana, se siente morir. De pronto, siente pasos detrás de ella, nerviosa se detiene y se gira. A lo lejos ve una sombra que se acerca caminando hacia donde está, su corazón late desenfrenado, el miedo invade su cuerpo y la deja paralizada. La sombra se materializa y ante ella aparece el rostro de Charles. —¡Charles! casi me matas del susto —dice Eli mirándolo con rabia, mientras intenta recuperar la calma. —Pero si era yo, pensé que me habías reconocido. Llevo toda la noche esperándote. —Charles la mira fijamente. —Es que no te funciona el móvil, podrías haberme llamado —espeta furiosa. —Quería sorprenderte y como siempre vienes a casa directa del trabajo, decidí esperarte. Sin poder contenerse más, él la abraza y la besa con toda la pasión y deseo que lleva dentro, después de tantos días sin poder verla. Elisa no le corresponde al principio, la furia y el dolor de no saber de él la dejan inerte, pero poco a poco, su cuerpo despierta al olor y al tacto de Charles y ella termina correspondiendo a su beso, Página 74

Revista La Cuna de Eros número 3 con una mezcla de pasión y rabia. Después de tantos días sin verse y con todo el deseo acumulado, ambos se pierden el uno en el otro sin importarles el lugar en el que están. Charles la arrincona contra el capó del coche y pega su tremenda erección al sexo de ella. Quiere que sienta lo duro y excitado que está. Ambos se besan con furia, ella por no saber de él y él por llevar toda la noche esperándola, imaginado que estaba con otro. Es un duelo de pasión que se desata entre ambos, sus cuerpos cada vez más pegados, como si quisieran fundirse en uno solo. Se acarician con furia, es tal la necesidad que ambos sienten, que intentan meterse mano por entre sus ropas para poder tocarse y compartir su mutuo deseo. La falta de aire hace que separen sus bocas, se miran mientras intentan recuperar la respiración, sus bocas rojas, húmedas e hinchadas por esos besos castigadores, que se han prodigado. —Esperas llegar y que te reciba con los brazos abiertos sin más. —Elisa se suelta furiosa y con la respiración agitada. —No cariño, pero ha sido verte y no he podido resistirme, todos estos días extrañándote y deseándote… —Pues no se ha notado, porque llevas tres días en la ciudad y ni un mísero mensaje. —Sus palabras destilan rabia. Sin esperar su respuesta, ella se gira y se dirige al edificio donde vive, entra y espera que llegue el ascensor, se siente aturdida a la vez que excitada, pero necesita calmarse. Él la sigue y se coloca justo detrás de ella, muy cerca y sin tocarla, cierra los ojos e inspira para sentir el olor de ella llenar sus fosas nasales. Es como un afrodisíaco que lo estimula, aumentando el fuego que arde dentro de él. Elisa tiembla al sentir el calor de su cuerpo, su aliento rozando sus cabellos, pero su rabia sigue ahí, mezclada con el anhelo y deseo. Las puertas se abren y ambos entran, ella pulsa el botón de la planta ocho. Dentro del ascensor se nota la tensión, ambos se miran y aunque hay una furia latente, también hay mucho deseo acumulado por los días de ausencia. Elisa detiene el ascensor pulsando el stop; no quiere llegar a su piso, no quiere que él entre en su apartamento sin antes saber. ¿Por qué el silencio de esos días? Charles la observa, está tan hermosa como siempre, la ha extrañado y deseado durante su viaje, y más todavía mientras estaba en la cama bañado en fiebre. Siempre en su mente, siempre soñándola, su cuerpo desnudo, su entrega confiada, su goce y su pasión. —Tú dirás Charles, pero que sea breve que es tarde y mañana trabajo —le dice una Eli fría. —Estas furiosa conmigo cariño y lo entiendo, pero déjame explicarte, aunque sé que la explicación te va a enfurecer más. —Suéltalo ya y no le des más vueltas. Se acerca despacio a ella, la siente temblar y sabe que debajo de toda la rabia late el mismo deseo que siente él. Eli camina hacia atrás alejándose de su cercanía, de su olor dolorosamente familiar, pero al estar en un espacio cerrado y pequeño, enseguida nota la pared contra su espalda. Ambos se miran intensamente, se desean, eso no pueden evitarlo. —Amor, regrese del viaje de negocios ardiendo en fiebre y he estado estos días en cama, hacía años que no enfermaba así. Sin dejar de mirarlo y mientras escuchaba sus palabras a Eli se le fue desinflando el enfado, su rostro se cubrió de preocupación. Por eso lo notaba demacrado y un poco más delgado, su Charles había estado enfermo. —¿Por qué no me avisaste?¿Por qué no mandaste a tu secretaria a que me llamara? yo podía haberte cuidado. —Le abraza por la cintura y se pega a él, esos días habían sido un infierno y sentirlo era un bálsamo. —Porque no quise que te llamaran Eli. Ella se suelta bruscamente y lo mira, no puede creer lo que acaba de escuchar. —¿Me has dejado preocupada estos días porque has querido? —Le grita furiosa. —Amor, no quería que me vieras así, yo… Ella lo empuja y se separa de él, está furiosa, la sangre le hierve y no de excitación precisamente. —Pero, quién te has creído que eres para decidir si debo o no debo saber que estas mal, es que solo soy tu juguete para la diversión, no cuentas conmigo para nada más. Yo te hubiese llamado si me enfermo. Al menos podrías haberme dicho qué te pasaba, sino querías que te viera mal, me lo dices y yo lo acepto. Pero no me paso estos tres días pensando mil cosas y pasando de la preocupación a la furia. —Sin poder seguir se calla. Cierra los ojos y pega la cabeza a la pared del ascensor, está cansada y triste por la falta de confianza de Charles. Él se le acerca de nuevo y pone sus manos sobre los hombros de ella, la desea locamente, pero sabe que no Página 75

Revista La Cuna de Eros número 3 es el momento. —Cariño perdóname, en ese momento no pensaba con mucha claridad, solo quería meterme en la cama y que nadie me molestara. Es verte y despertar mi deseo de tenerte, perdóname, por favor Eli. —La observa con sincero arrepentimiento. Ella se gira y le da la espalda, pega su frente a la pared del ascensor, está muy cansada y no quiere pensar, pero su cuerpo le dice otra cosa. De pronto siente a Charles pegado a ella, sus manos agarrando su cintura, cierra los ojos mientras nota como su boca se acerca a su oído. —Para mí también ha sido un infierno no tenerte, no estar contigo… a pesar de la fiebre y el malestar, te soñaba, te deseaba y despertaba siempre con mi polla dura por y para ti —susurra con voz ronca. Eli se estremece al escucharlo, siente el cuerpo flojo, las piernas le tiemblan, pero Charles la sujeta firmemente. Pega más su cuerpo al de ella, con una mano le aparta el cabello dejando visible su hermoso cuello y empieza a besarla desde la base hasta llegar a su oreja, la cual recorre con la lengua húmeda haciéndola gemir de placer. Sin contenerse le da un pequeño mordisco en el lóbulo y luego lame la zona. La humedad junto con el aire caliente de su respiración, produce en ella una chispa que explota, haciendo que Elisa pierda el control y se deje llevar por el fuego que arde en su interior. Se gira entre los brazos de Charles y se agarra a su cuello como una gata salvaje, clavándole las uñas en la nuca, mientras arremete contra su boca en un beso intenso, lleno de todo el deseo y la pasión que lleva guardado para él. Ambos jadean, mientras sus lenguas se lanzan en una batalla de placer, dando y recibiendo, compartiendo sin dejar de acariciarse como dos desesperados hambrientos de sus cuerpos. Se desnudan mutuamente de manera salvaje, dejando todo desperdigado en el suelo del ascensor, la temperatura sube y sus cuerpos se cubren de una fina capa de sudor. El olor del deseo impregna ese pequeño receptáculo, en el que ambos se encuentran perdidos en su pasión. —¡Dios! como extrañé esos hermosos pechos que me vuelven loco amor. —Su boca arremete contra ellos. Elisa está más allá de todo, solo se deja llevar por las sensaciones, ese placer que tensa una cuerda invisible entre su coño y sus tetas, que eriza todo su cuerpo, que la hace gemir y pegarse más a él. Mientras Charles lame y succiona sus pezones pasando de un pecho a otro, ella le acaricia la espalda con las uñas, bajando hasta sus nalgas, las que aprieta empujándolo hacia ella, hacia su sexo húmedo y lleno de necesidad. Sin poder contenerse y a pesar de que desea penetrarla con fuerza, Charles se arrodilla y hunde su lengua en ese coño rosado, para beber de su miel. Es un acto de pasión sin control, no hay dulzura, solo lujuria pura y salvaje. —Charles no puedo más, por favor, ¡fóllame!… —grita y se retuerce de placer. Él tampoco puede contenerse más, se levanta y la sujeta por las nalgas contra la pared, ella le rodea la cintura con las piernas, solo lleva puestas las sandalias. Ambos se observan, abrazados y sudorosos, con los ojos brillantes de deseo, las respiraciones aceleradas, y sin dejar de mirarse Charles la penetra de una fuerte embestida que los hace gemir a los dos. Unidos como si fueran uno solo, se besan devorándose con ansia después de tantos días. Y así, empieza él a entrar y salir de ella, bombeando con fuerza. Es el deseo en estado puro. Con cada penetración notan como se acercan al final, el cual desean alcanzar juntos. —Sigue amor, sigue, no pares, dame más, dámelo todo… —Dice entre gemidos Elisa, apretando más las piernas en torno a él. Charles siente que va a estallar y sus movimientos se aceleran, sus cuerpos mojados por el sudor. Sólo se escuchan sus gemidos y el choque de sus sexos, Eli contrae su vagina entorno a la polla de él, lo cual acelera Página 76

Revista La Cuna de Eros número 3 más su placer y cuando sienten que no pueden más, ella le clava las uñas y grita mientras estalla en mil pedazos, llegando al cielo. Charles al sentirla, se tensa, gruñe y se corre fuerte dentro de ella, llenándola con su semen caliente. Parece que no terminan, sus cuerpos aun convulsionando oleada, tras oleada de placer, hasta que sin fuerzas empiezan a relajarse, sus respiraciones se calman y ambos se dejan caer al suelo del ascensor. —No era así como pensaba disculparme amor, pero la verdad es que me ha gustado —dice Charles sonriéndole por primera vez esa noche. Ella lo observa, sabe que su enfado ya es cosa del pasado, pero aun así necesita que él entienda que no son sólo pareja sexual, que son también amigos y los amigos están para lo bueno y para lo malo. —Charles, yo… —Lo mira sin saber cómo explicarse— no sólo te deseo y disfruto con todo lo que hacemos, sino que también soy tu amiga, y las amigas están para todo. —Amor, tienes razón y no se me olvidará. —Le da un pequeño beso en la nariz. —Creo que deberíamos vestirnos y subir antes de que alguien llame a los bomberos al ver que el ascensor no va —le sonríe Eli mientras se pone de pie y empieza a vestirse. Charles hace lo propio, y mientras se arreglan ella pone en marcha el ascensor que sube lentamente hacia su destino, se abrazan y se besan suavemente, se hacen arrumacos y caricias, ambos relajados, después de una experiencia sexual de lo más intensa. Salen del ascensor abrazados y se dirigen hacia el apartamento de Eli. Ambos saben que han afianzado no sólo su relación de pareja, sino su relación de amistad. El ascensor inicia el descenso y se detiene en la planta cuatro, entra una pareja, que una vez dentro notan un intenso olor a sexo, ambos se miran y no pueden evitar sonreír. —Amor, al parecer no somos los únicos —le comenta él, pícaramente. —No cariño, y eso me hace preguntarme… ¿Qué tendrán los ascensores? Mientras el ascensor desciende a la planta baja se escuchan las carcajadas de quienes van dentro.

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PRIMEROS CAPITULOS

LIBÉRAME
DE BARB CAPISCE
Prefacio Silencio, lágrimas y soledad El tiempo pasa, siempre pasa… se desvanece en brazos de la pasión y se arrastra con pena cuando el dolor nos atraviesa. Hellen divisó las luces del reloj digital en la mesa de luz sin ver más allá de los destellos. ¿Qué hora era? ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto faltaba para el amanecer? ¿Era eso en verdad importante? El tiempo pasaba, inexorablemente, empujando tras sesenta latidos otro movimiento electrónico que encendía y apagaba los led en la pantalla. Podía sentir su corazón latir y sus pulmones respirar, su cuerpo cumplir todas las funciones que correspondían para seguir viviendo, la naturaleza haciendo un esfuerzo por sobre su voluntad y la vida continuar por esa vía espinosa que era lo único que podía ver delante de ella. Un camino en el que sólo avanzaba porque era cuesta abajo. Ninguna lógica soportaba demasiado tiempo el análisis a su situación. Cada estudio, cada visita al médico, cada especialista que la revisaba, coincidía en la evaluación y diagnóstico. Su cuerpo no tenía nada. Entonces, lo que le estaba pasando, era un sabotaje de su mente, o la agonía en su alma. Se había cansado de darle vueltas al asunto; su cerebro, otrora una máquina aceitada y eficiente, práctica y responsable, ahora no era más que un órgano autómata que coordinaba funciones vitales y acumulaba recuerdos que, por temor a perderlos, se estaba dedicando, en silencio y secreto, a recopilar en lo que, hace 40 años atrás, hubieran sido un diario íntimo. Veinte años atrás, un álbum de recuerdos, hoy, casi un epitafio de algo que quería que terminara. La vida, esa que le había sonreído casi siempre, venía castigándola sin pausa y sentía que era sólo por su culpa. Su mejor amiga había muerto, su hijo se había marchado para siempre. Había abandonado su trabajo, su matrimonio se derrumbaba junto a su vida, aún cuando el hombre al que amaba trataba de sostenerla contra su propia debacle, podía verlo como se alejaba de a poco, frustrado por los abrazos sin respuesta y las palabras arrojadas al vacío. Hellen era espectadora de la destrucción de su propia vida, como Nerón en el balcón mirando cómo se incendiaba Roma. Si tan sólo pudiera llamar a los bomberos. Oh, cruel realidad, ella tenía el número, y sostenía el teléfono en su mano, pero no tenía la voluntad para marcarlos y salvar a Roma de su destino de cenizas. Ella tenía todas las herramientas para salvarse. Ella era la única persona que podía rescatarse, pero por alguna extraña razón, todos los mecanismos de supervivencia en ella parecían desconectados. Esa noche, con más desesperación de la habitual, buscó en su interior el poder necesario para sobrevivir, esa pequeña luz a la que pudiera aferrarse como un bote salvavidas en el naufragio de su existencia. Como el Titanic, había chocado contra un iceberg que no había podido ver. Titanic, la película favorita de Ashe, cómo olvidarlo. Apretó los ojos y las lágrimas le quemaron por dentro. El click del reloj en la mesa de luz le hizo abrir los ojos, el nuevo segundo dio un paso adelante y las luces en el panel digital cambiaron para alinearse y dar comienzo a un nuevo día. Si lo desconectaba, ¿el tiempo se detendría? Si aplicaba una descarga eléctrica en circuitos invertidos, ¿podría hacer que el tiempo volviera atrás? Nada cambiaría, otro segundo avanzó, aún cuando nada se modificó en la pantalla negra y roja. El día había comenzado, y con él, su cumpleaños, trayendo consigo silencio, lágrimas y soledad.

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Revista La Cuna de Eros número 3 Capítulo Uno Un agujero en mi vida Se levantó de la cama sin hacer ruido. Los ronquidos quedos de John a su lado no se perturbaron, lo cual le dio la pauta de que había logrado su cometido: huir sin despertarlo. Se envolvió en su salida de cama y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. En la oscuridad de la madrugada volvió a cruzar el pasillo de la planta superior de su casa y entró en la habitación que daba al frente, y que hasta no hacía mucho ocupaba su único hijo. Se sentó despacio en la cama con el cubrecama azul haciendo juego con las cortinas que ella misma había elegido bajo la instrucción de Seth. En el escritorio sólo había una pila de álbums de fotos, vacío de sus cosas más importantes. Ya no estaba la laptop ni su lapicero favorito, pero la foto de los tres en sus vacaciones en Disneyworld, hacía una vida atrás, seguía allí. Se levantó y tomó el portarretrato entre sus manos. Algo estaba muy mal en su interior. La angustia que se apoderaba de ella no era normal, en absoluto. Lloraba a su hijo como si hubiera sido a él a quien había enterrado hacía casi dos meses atrás y no a su mejor amiga, su hermana por elección. Si el destino hubiera sido justo, la traidora de Ashe tendría que estar pudriéndose seis pies bajo tierra y no Marta. Se dejó caer con el portarretrato contra su pecho. Su parte racional le decía que su actitud era insana y sobreactuada, que se estaba dejando llevar por un instinto edípico que nunca había tenido, y que la única culpable de estar llorando en esa cama la pérdida de su hijo, era ella con su violenta reacción. Sin embargo la otra, acérrimamente maternal, que hoy la gobernaba, no podía aceptar esa relación. Bajo ningún concepto. No era normal, no era natural: Contra cualquier designio de Dios y la naturaleza, se recitaba a sí misma, y sin ser católica practicante, se sentía parte Opus Dei, parte Inquisición. Irracional. Pero todo, desde el principio, había estado mal. Y ellos con su actitud le daban la razón. Desde el momento en que Seth había decidido abandonar su exitosa carrera universitaria y sus sueños de arquitecto, su vida había desbarrancado, encontrando lo más profundo de su infierno en la relación con una mujer que podría ser su madre. Inspiró con fuerza. Podría haber sido, si Ashe hubiera sido una madre precoz de 15 años. ¿Cómo había podido pasar? ¿Cómo Ashe se había atrevido a seducir a su hijo para enredarlo en sus sábanas y hacerlo un nombre más en su interminable lista de amantes? ¿Cómo había tenido el nervio de pisotear su amistad y violar su propio hogar? ¿Cómo había sido capaz de mentirle… por cuánto tiempo? ¿Pensaría que la historia de Marta y Robert la habilitaría para repetirla? ¿En qué momento esa joven a la que adoraba, como la mezcla más acabada de amiga, hermana e hija, había mutado a monstruo asaltacunas, robándose a su bebé? Habían compartido años de amistad incondicional, buenos y malos momentos, confesiones y proyectos, lágrimas y risas, confidencias en las que desnudó su alma más de una vez. John había sido el padrino de su boda, ella misma había sido testigo de la firma del acta de divorcio. Ashe había llorado en sus brazos hasta la inconciencia esa misma noche. Ella lo había visto crecer, había estado en su primera comunión, su graduación en la escuela elemental y de la secundaria. ¡Por Dios! su hijo era un niño, e imaginarlos juntos, en una cama, desnudos, la hacía enfermar. Se sentó y tragó con fuerza obligando a la náusea a desaparecer de su garganta. Dejó a un lado el portarretrato y volvió al escritorio, al primer cajón donde guardaba los dos cuadernos con tapas de cuero en los que estaba registrando su paso por el infierno. El primer terapeuta que había visitado había sugerido llevar una especie de diario para poder volcar los sentimientos y sensaciones de ese período oscuro y poder revisitarlos y ver como había avanzado. Teórico, retórico, utópico ¿idiótico? Repasar esas páginas era ver como descendía, rápido o más despacio, a lo más profundo de su abismo personal. La oscuridad y la soledad plasmada en letras torcidas, alejadas de su prolija caligrafía, manchones y tachaduras, y tinta corrida por lágrimas de angustia y depresión. Volver a pasar esas hojas era saber que su cordura había escapado volando hacía rato del cautiverio de su mente. Pero en el medio del delirio angustiante de no poder salir de ese laberinto, como una inyección de morfina en el desahuciado, los recuerdos de su brillante pasado, solían llegar, desparramando su color en el medio de su gris existencia.

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Miénteme. Sálvame. Inspírame. Libérame. Cuatro novelas con un factor común: una mujer enamorada de un hombre varios años menor que ella. Cuatro protagonistas para las cuatro historias que, hasta la actualidad, componen la saga de romance y drama erótico

Ángel Prohibido
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Reseña

NOCHES ÁRTICAS DE ANA VIDAL EGEA

por Sarah Degel

Una historia triste de amor, donde la realidad pura está presente. Ella huye de una relación, de un lugar y de una vida para encontrarse a sí misma, pero lo encuentra a él, a Adriano, un hombre homosexual con el que conecta desde el primer instante, un hombre que ama su alma, pero que es incapaz de amar su cuerpo. Esta pareja de amantes que no pueden amarse físicamente, van consumiéndose el uno al otro en las frías noches de Finlandia. El amor es irracional demasiadas veces, tantas, que la mayoría de ellas es imposible llevarlo a cabo. Los protagonistas pasan las noches fumando, bebiendo, bailando, charlando de todo y de nada, filosofando y compartiendo su alma. Ella huye de todo, incluido Daniel, su pareja. Él tiene un pasado dramático. A ella le gustan los hombres, pero a él también. ¿Es posible amarse sin amarse?

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El libro se divide en cinco capítulos, cada uno de los cuales (a excepción del último) se sitúa en un mes concreto. Mientras va transcurriendo el tiempo en Finlandia y los personajes van destruyéndose entre ellos sin remedio; los lectores asisten, desde la perspectiva de ella, a todas esas noches frías y blancas tras las que intentan resguardarse; pero el frío siempre será frío. La enfermedad juega un papel muy importante que provoca que esa destrucción se acelere ante la posibilidad de perderlo todo. La autora, Ana Vidal Egea, juega con los personajes, con sus mentes y sus conversaciones, muchas centradas en diversos temas culturales que hacen que el lector no se quede indiferente y piense respecto a cada línea que pasa frente a sus ojos.

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Relato

BESOS DE AZÚCAR

de Asdrúbal Valladares

Marcelle miró de frente a su novio. Su tierna mirada se fijó justo en los ojos de él, pues después de tantas lágrimas y risas compartidas, al fin estaban listos. Sus estómagos revoloteaban, la sangre invadía sus labios, ambos exhalaban irregularmente. Hoy caían dos años del momento del sí, y su relación sólo había mejorado con el paso del tiempo. Eran una pareja única. Ella tomó la iniciativa con el primer beso, y él continuó con caricias en su rostro. En seguida la joven enamorada fue cubierta entre los brazos de su chico. Una mano corrió por debajo de su brazo izquierdo, para terminar rodeándole la espalda hasta tocar su cuello. La otra cubrió su espalda baja, y se limitó a postrarse en la parte izquierda de su cadera. Tras tocarse los labios entre si, comenzaron a danzar las sutiles notas desprendidas del aire; quien inequívocamente tocaba su canción. Murmuros corrían por sus oídos, poesías se deslizaban entre su piel, todo al mismo par de hacer especial ese instante. Fue ahí, cuando aquellos afectuosos besos ya no eran suficientes, ahora querían realmente unir sus almas. Los dos andaban sin saber lo que vendría, que nuevo para ambos sería pues deseaban dejar de ser niños, jugaban a juntos ser grandes. Entonces sin preámbulo, comenzaron lentamente a despojarse de sus miedos, tela tras tela descendían hasta sus pies ya descalzos. Y las caricias, sustituyeron el calor de sus ropas, ahora estaban mejor cobijados. Se tomaron de las manos, caminaron hacia el cuarto, y sobre la cama se cayeron. Sonrientes permitían correr la noche sin prisa, ésta, ya les pertenecía. Más allá de sólo perder el pudor, ellos se abrazaban principalmente, amaban sentir por primera vez el roce de su piel desnuda, pero lo que más disfrutaban, era el hecho de estar con quien amaban. Sus ojos cerrados casi siempre se hallaban, no querían distraerse con ellos, pero cada vez que uno los abría, el otro no tardaba en hacerlo también para interceptar su mirada. Así tímidos, tiernos e ingenuos subieron la temperatura, sus besos dejaban de ser inocentes paulatinamente. Se hacían más fuertes, más intensos, tenían deseos por llegar más lejos del sabor azucarado de sus labios…

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Relato

TARDE DE RECUERDOS

de Patricia K. Olivera

Hacía frío. El otoño ya estaba en su apogeo, cuando menos lo pensaran tendrían el invierno encima. Se levantó el cuello de la gabardina y continuó su camino sin apuro, pues no tenía nada que hacer ese día, cruzó el parque hundiendo los pies en la alfombra de hojas ocres y amarillas. Le gustaba la sensación, era como estar en una playa, caminando por la arena. De repente una ráfaga de viento movió las copas de los árboles, hojas de todos los tamaños volaron al aire, cayendo sobre el césped y los bancos vacíos. Las nubes grises comenzaron a encapotar el cielo, escondiendo el pálido sol que apenas había alcanzado a entibiar unos minutos antes. A pesar del tiempo amenazante, Enrique se sentó en una de los bancos cubiertos de hojas. Resopló, no podía sacarse a Liu de la cabeza, pensó que solo sería una aventura más, una forma de saciar la curiosidad de conocer a una mujer oriental en la intimidad. Siempre se imaginó a las mujeres japonesas tímidas, recatadas y aburridas, pero desde que decidió enfrascarse en un trabajo pictórico sobre Cultura Oriental todo cambió. Él era un fotógrafo reconocido, acostumbrado a tener amoríos con la mayoría de sus modelos femeninas; sólo un par de veces le pasó de ser rechazado, ni siquiera registrado, y él supo aceptar la situación; el respeto ante todo. Cuando le comentó a una de sus modelos acerca del proyecto en el que estaba a punto de embarcarse, ella le recomendó a una colega japonesa, le habló muy bien de ella. De esa forma se ahorró el tiempo y el engorro de publicar un aviso y hacer una selección. Liu demostró ser muy profesional, se presentó con los implementos necesarios como para dejar impresa parte de su cultura y no tuvo ningún reparo en desnudarse. Enrique la dejó sola para que se preparara y le hizo saber que la primer foto sería de espaldas. No sabría precisar que fue lo que lo excitó más al verla desnuda, si ese tatuaje tan particular o ese maravilloso cuerpo que lo contenía; la curva de su espalda que se veía más sensual en la penumbra o la pálida redondez de su trasero. Aún recuerda que le temblaban las manos cuando comenzó a disparar las fotos, una extraña sensación se apoderó de él y antes de que diera por terminado su sesión con Liu no pudo evitar acercarse y acariciarle la cintura. Imaginó que la modelo le plantaría una cachetada en pleno rostro y no le importó, luego inventaría una disculpa; sin embargo, no fue eso lo que sucedió. Liu giró el rostro, sus ojos se posaron en él como una suave caricia y luego se inclinó hacia adelante, levantando el trasero, invitándolo a que su mano llegara hasta su intimidad. Enrique no lo dudó, y pronto sus dedos se deleitaron explorando los carnosos pliegues de sus labios inflamados y jugosos; la chica estaba excitada y no tenía ningún reparo en hacérselo saber. Un trueno perdido lo trajo a la realidad, le dolía la entrepierna, su miembro ya se había puesto rígido ante los recuerdos. Otra ráfaga de viento hizo caer sobre él un montón de hojas de todos los colores, se acomodó la solapa del abrigo y no se movió de allí, a esa altura poco importaba que diluviara sobre él. Volvió a aquél momento, al instante en que Liu comenzó a mover sus caderas, adelante y atrás, al tiempo que sus dedos apresaban el clítoris endurecido y su propio sexo amenazaba con reventar la cremallera del pantalón. Los suaves gemidos de la muchacha lo ponían más a punto, tanto o más que sus movimientos que, a pesar de ansiosos, no dejaban de ser delicados, casi etéreos. Se pegó a su espalda y la apretó contra sí, aguijonándola con el miembro; deslizó los dedos por esa piel húmeda y suave, desde el vientre plano a los pezones erectos, al tiempo que posaba los labios en el hueco de su cuello y su lengua serpenteaba dejando un rastro húmedo de saliva. Aceleró el movimiento de los dedos, mientras se frotaba contra sus nalgas, y la hizo llegar a un orgasmo intenso; con rapidez liberó el sexo inflamado y dolorido, la tomó por la cintura y la penetró con fuerza mientras ella le lamía los dedos con los que la había masturbado disfrutando, al parecer, de su propio sabor. Aun hoy podía sentir sus manos enredándose en su pelo, y su cuerpo irguiéndose bajo sus dedos. Más tarde, la noche los encontró delineándose la desnudes, explorándose de pies a cabeza, saboreando cada parte de sus cuerpos, entre jadeos y susurros. Enrique nunca se había topado con una mujer que lo transportara al paraíso como lo hizo Liu; le deslizaba la lengua por el miembro con una contenida ansiedad, sin dejar un centímetro de piel por repasar. Así mismo, el sabor de su pálida piel era diferente, embriagador y adictivo eran los fluidos que bebía con lujuria de su vagina caliente, húmeda, hambrienta de besos y sexo. Página 85

Revista La Cuna de Eros número 3 Las primeras gotas comenzaron a caer pero permaneció en su sitio, consultó la hora en su reloj y miró una vez más hacía el cielo encapotado. Un gran trueno resonó haciendo eco en el parque vacío. Sonrió cuando volvió a sus recuerdos, a la mañana luego del primer encuentro entre los dos. Resultó una sesión agotadora y muy gratificante. Al otro día cuando despertó Liu no estaba a su lado, a sus oídos llegó el sonido del agua de la ducha. Se levantó con modorra en todo el cuerpo, al instante estaba listo para continuar con lo que el sueño les había hecho dejar en suspenso. Se metió bajo el agua con ella, se veía tan seductora así mojada que sus ganas de seguir con los juegos de la noche se renovaron con más fuerza. Fue allí donde se contaron un poco más de sus vidas, antes de dejarse envolver por la pasión. Así supo que ella era estudiante de psicología y que se pagaba los estudios trabajando como modelo; también que había llegado de Japón hacía más o menos diez años, que le gustaba el café y que adoraba las tartas de frutillas. Ella, por su parte, se enteró de que antes de convertirse en fotógrafo soñó con ser director de cine pero que ahora no cambiaría su profesión por nada en el mundo. Le confesó que era tímido pero que, increíblemente, siempre había tenido mucha suerte con las mujeres; que no le gustaba el fútbol y que de vez en cuando le apetecía tomarse alguna cerveza, pero que era muy malo bebiendo. Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se dio cuenta que el cielo había comenzado a despejarse y los últimos rayos del sol intentaban hacer su aparición. Tampoco vio cuando alguien se acercó, corriendo pero con sigilo, y se situó a su espalda para luego taparle los ojos con una mano y meterle la otra entre las piernas. —Apuesto a que estás pensando en mí—le susurró al oído y luego le lamió y mordió el lóbulo de la oreja—. Sé que solo yo puedo ponerte así, sin necesidad de estar presente. Enrique cerró los ojos, era cierto, estaba tan excitado que dolía; ya ni siquiera podía mantenerse dentro de sus pantalones. La tomó de ambas manos y tiró de ella hasta hacer que se sentara en su regazo, a pesar de lo dolorido que se sentía. —Ya sabes cómo me pones—le dijo a Liu, que sonreía burlona y se frotaba contra él para hacerle más insoportable el deseo—. Hace rato que te espero, ¿por qué demoraste tanto? Cuando nos casamos no me dijiste que podrías llegar a dejarme plantado por alguno de tus benditos pacientes. Ella sonrió y lo abrazó, en tanto las manos de Enrique se perdieron bajo su falda. Luego de hacerse varios arrumacos, que inflamaron aún más la llama de la pasión, se alejaron abrazados hacia el departamento que compartían.

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Entrevista

MARÍA MARTINEZ

por Marta Fernández

Lo primero de todo queremos felicitarte por tus Creo que es una historia original con mucha fuerza nuevas publicaciones: El encanto del cuervo, Pacto de y sentimientos. Su peso recae, sobre todo, en Abby y sangre y la continuación de ésta; con B de Blok. Nathan, los protagonistas, una pareja explosiva que no deja indiferente a nadie. El encanto de cuervo no es ¡Muchísimas gracias! solo una historia de amor, contiene otros elementos: acción, secretos, revelaciones; personajes secundarios ¿Qué supone para ti publicar ‘El encanto del cuer- que, en ocasiones, llegan a imponerse a los protagovo’? nistas. Hay una frase que, personalmente, me encanta por Un sueño hecho realidad. Esta novela es especial la fuerza que tiene en la escena en la que aparece. La en muchos sentidos, desde el motivo que me llevó a pronuncia Abby estando con Nathan en un momento escribirla, hasta la buena reacción y la rapidez con la muy importante para los dos: que la editorial decidió apostar por ella. En un momento tan difícil como el que atraviesa ahora el mun¿Y por qué debería creerte? ¿Por qué no debería do de la edición, publicar una novela con una editorial pensar que esto es un juego para ti? Tienes motivos grande, siendo novel, supone un logro importante. para hacerme eso y más. Se llama venganza. ¿Qué encontraremos en ella? ¿Para qué público está dirigido? Lo que los lectores van a encontrar en esta novela es mucha magia, misterio y buenas dosis de romance; unos personajes con carácter y muchas historias que giran en torno al argumento principal. Desde mi punto de vista es un libro dirigido a casi todo el público, Young Adult cien por cien. ¿Es autoconclusiva? Digamos que, tal y como acaba, podría quedarse perfectamente así sin dejar a nadie con dudas. Pero también tiene elementos suficientes como para que hubiera una segunda parte. ¿La habrá? No lo sé. ¿Cómo nos definirías a los protagonistas?

Abby y Nathan son dos jóvenes que, por sus vivencias y el mundo en el que han crecido, son mucho más ¿Tiene algo que ver con tu otra novela publicada maduros de lo que cabría esperar en unos adolescen‘Pacto de sangre’? tes de su edad. Viven de una forma muy intensa, tienen carácter y su forma de ser, sus valores, están muy ¡No! Nada de nada. El encanto del cuervo es una definidos y actúan en consecuencia con ellos; aunque historia completamente diferente que no comparte eso les suponga ir en contra de aquello que de verdad ningún punto en común con la saga. desean. Además, son una pareja explosiva que harán subir la temperatura en más de una ocasión. ¿Has participado en la elección de la portada? ¿Tiene un significado especial? ¿Qué banda sonora pondrías a esta historia? Tenía muy claro cómo quería la portada. Quería Me gusta la música y es un imprescindible cuanque reflejara ese aire romántico y de otra época que do me siento a escribir. Redlight King, Rachel Diggs, tiene la novela, y así se lo hice saber a la editorial Nickelback, Hope, Bruno Mars... ellos y otros muchos cuando me preguntaron. Interpretaron perfectamen- más forma parte de la banda sonora de esta novela. te esa imagen y me quedé con la primera prueba que me pasaron, era justo lo que imaginaba. Poco después de que se desvelara la portada de El encanto del cuervo, supimos que B de Blok compró los ¿Por qué crees que va a gustar la historia? ¿Nos derechos de la saga que publicabas en Amazon (Pacpuedes dejar una frase que sea importante para ti? to de sangre) ¿Te esperabas que iba a tener tan buena acogida cuando la colgaste en Amazon? Página 87

Revista La Cuna de Eros número 3 No, la verdad es que no. Pacto de Sangre es una novela de vampiros en un mercado saturado de este tipo de historias. Además, yo soy la primera que reconoce que este primer volumen posee influencias muy marcadas de otras sagas y estaba convencida de que no iba a destacar como lo ha hecho. Aún me cuesta creer la buena reacción de los lectores. ¿Te consideras una escritora de un género fijo? Ahora ya no. Acabo de terminar una novela contemporánea y la experiencia ha sido fantástica. Me he sentido muy cómoda con el cambio de registro y el resultado es muy bueno. Creo que seguiré probando cosas; no voy a dejar el género paranormal porque me gusta mucho, pero me apetece seguir otros caminos.

¿Alguna vez imaginaste que iba a ser publicada con ¿Alguna manía a la hora de escribir (que quieras una editorial? confesar)? No, en realidad no. Mi sueño era que sucediera, Almas Oscuras es mi primera obra y le tengo un cariño muy especial; pero no contaba con ello. Ya había recorrido algunas editoriales y el veredicto siempre era el mismo: otra historia juvenil sobre vampiros es arriesgada en este momento. Por suerte, las ganas de los lectores, sus peticiones, y la confianza de B de Books en mí lo han hecho posible. ¿Qué nos espera en la segunda parte? Pensaba que no tenía, pero resulta que sí. Necesito café en dosis industriales, chocolate y gominolas. Necesito música, suelo encender velas o incienso. Digamos que necesito estimular los sentidos. Si tuvieras que recomendarnos algún libro… ¿qué títulos nos dirías?

Tengo un montón. Para mí son imprescindibles todos los títulos de Philip Pullman, Marianne Curley y Becca Fitzpatrick. Últimamente, libros como Bajo la ¡Muchas cosas! La historia da un giro radical y se misma estrella o El descubrimiento de las brujas se aleja de la primera parte, cobra personalidad propia han convertido en unos de mis favoritos. y originalidad. Aparecen nuevos personajes, retos, secretos y misterios. William averiguará cosas sobre ¿Qué consejo darías a las escritoras que ansían ver su origen que van a cambiar su vida por completo y, su novela publicada? sobre todo, a él mismo. Conoceremos a su familia y un poco más sobre ese pacto entre vampiros y licánPaciencia y trabajar mucho, no dejar de escribir. Si tropos. no funciona una novela, será la siguiente. Puede sonar a tópico, pero es la verdad, y yo lo he comprobado por ¿Será un trilogía? ¿O piensas ampliarla? mí misma. Será una trilogía, no tengo intención de ampliarla. Muchas gracias por concedernos esta larga entreEn estos tres libros cuento todo lo que quiero contar. vista. Te deseamos muchos éxitos con tus novelas y No falta nada ni sobra nada, y podréis comprobarlo que haya muchas más en el futuro. en las continuaciones, en las que no hay ni un solo capítulo que pretenda rellenar espacio. Muchas gracias a ti. Ha sido un placer contestar a tus preguntas. Si tuvieras que quedarte con un personaje ¿quién Un abrazo. sería y por qué? No puedo quedarme solo con uno, imposible. Mi corazón es de todos ellos, sobre todo de William. Shane ocupa otra parte importante, su carácter me encanta. Y en las continuaciones conoceréis a Adrien y Robert, estos dos me provocan taquicardia por razones muy evidentes. Bueno, antes de terminar la entrevista, un par de preguntas para conocer un poco más a María Martínez: Página 88

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Relatos

HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE
de Tiquicia Vargas
Miraba desconcertada hacía el suelo de su cocina, donde se hallaba su cuerpo ensangrentado, se sentía ligera y calmada aunque podía ver el cuchillo que sobre salía de su espalda. No había temor, ansiedad o ahogo por primera vez en toda su vida de casada. Todo a su alrededor se veía igual, los colores, los objetos, incluso los sonidos eran iguales, lo único diferente era que ya no tenía aprensión alguna, por fin estaba en paz. Se sentó en su cama mientras su esposo hablaba por teléfono con alguien, debía ser una mujer por el tomo cariñoso que usaba, una de sus nuevas amigas, estaba segura. Lo miró ir hasta la cochera donde guardaba algunas cosas para la limpieza, líquidos, bolsas y guantes de látex grueso. Retiró el puñal y sin ningún cuidado puso el cuerpo inerte de la mujer dentro de una manta vieja que pensaban tirar, calmadamente lo llevó hasta su automóvil para deshacerse de ella lo más pronto posible. Así terminó con los cinco años de matrimonio y con todas sus promesas de amor; “hasta que la muerte nos separe dijo el sacerdote”, al darles su bendición. Vera siempre fue una mujer tranquila, al menos hasta que bebía su primera copa, entonces era otra mujer; una muy agresiva y violenta mujer. Cuantas veces le arrojó botellas medio vacías a su marido, zapatos o cualquier otra cosa que pudiese alcanzar, cuantas veces le pidió perdón llorando y cuantas volvía a beber hasta perder el sentido. Vera era una buena mujer hasta que empezaba a beber, cosa que últimamente pasaba muy a menudo, no, lo cierto es que era una alcohólica. Tal vez ella misma se buscó este fin a su mortalidad; si pudiera explicarle ahora que estaba tan aterrada, aterrada de la gente, las miradas, los gestos, de su infancia descuidada y abusada, de su adolescencia marginada, sin duda le diría que estaba asustada de la vida porque no sabía cómo era tener una decente, no podía manejarla y eso era lo peor. Ahora eso ya no importaba, para todos los efectos ya era tarde. Mario llevó su coche hasta un terreno despoblado en las afueras de la ciudad, allí dejó los restos enterrados a escasos metro y medio de profundidad, era toda la consideración que iba a tenerle, estaba cansado de sus celos, sus paranoias, sus arranques impulsivos, su fanatismo sin sentido, estaba arto. Devuelta en la casa Vera observó a Mario limpiar la sangre del piso, aunque olvido la puerta inferior de la despensa. Caminó alrededor mientras él recogía los trapos y los ponía en un traste de metal que tenían en el jardín, vio como les prendía fuego junto con los guantes de látex y los cepillos que usó para restregar el piso rojizo de tablilla. Al terminar Mario se sentó en el sofá en silencio, Vera se acomodó a su lado; por primera vez en casi cinco años se sentaban juntos sin recelos de por medio, él ya no temía su agresión y ella ya no temía su respuesta. Podrían ser felices como en su noviazgo, de verdad que ya no había marcha atrás. Vera se quedó allí, pensando en cómo hubiese sido si las cosas fueran diferentes, ella viva y sana, el feliz y todavía enamorado de ella. Hubieran sido un gran matrimonio si la locura no se hubiese interpuesto.

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Reseña

FUEGO Y ACERO, de HENDELIE
por D.W. Nichols
Antes de empezar a hablar de esta novela, tengo intentar plasmar en palabras la belleza del momento, que confesaros qué no es: no es una historia de per- pero sólo podrá entenderte de verdad si algún día resonajes vacuos, hundidos por problemas simples; no cupera la visión y puede verla por sí mismo. es una novela de esas en las que los protagonistas se la pasan metiéndose la lengua hasta el cogote, a pesar que las escenas de sexo son de alto voltaje; no la consi“-Escucha, y aprende esto- empezó, en un sudero una novela homo, aunque los dos protagonistas surro cansado-. El odio nunca decepciona, joven son hombres. ¿Por qué? príncipe. El amor, siempre. Si llegas a sentirlo, Porque es más, mucho más. guárdalo en ti, pero nunca lo digas. Es una historia fantástica en la mejor tradición. Es -¿Por qué?- Driadan se relajó un poco-. Ahora la historia del deseo que un príncipe de dieciséis años soy yo el que no entiende. siente por un esclavo al que odia. Es la historia de una -Porque el amor que se encierra en las palainiciación, de cómo ese príncipe se convierte en hombras, las empuña como armas, y con ellas hace bre. Es la historia de un destino, y de cómo un hombre daño- respondió Ioren, pasándole los dedos por debe enfrentarse a él, con la cabeza alta y sin arrepenlos cabellos, hablándole al oído-. Las palabras timientos. Es la historia de un odio mutuo y de un son cinceles que lo deforman. El odio te da todo hombre y un muchacho que a pesar del desprecio que cuanto esperas de él. El amor, muy rara vez.” sienten el uno por el otro, saben que se necesitan para poder sobrevivir. Es la historia de un amor nacido en las circunstancias adversas que los golpean sin piedad. Es una historia de derrotas en las victorias, y de victorias en las derrotas. Ioren, el hombre, el bárbaro, orgulloso a pesar de las cadenas de la esclavitud, salvaje e ingobernable, y sin embargo, capaz de tanta ternura. Driadan, el muchacho, el príncipe consentido, débil y afeminado, capaz de doblegar al hombre con simples besos. Dos protagonistas tan excepcionalmente complejos, profundos y contradictorios, que se hace extraño que sólo sean de papel, enfrentados a situaciones terribles en las que está en juego su misma alma. Dos hombres envueltos en un intrincado laberinto de emociones, venganza y deberes inexcusables, que acaban llevándolos por caminos que no quieren recorrer. Una historia de fantasía, de amor y odio, con un La casa Horwing, soberana del Reino de Nirala, tiene ritmo espléndido y una prosa fluida y llena de poesía que te encadenará y te convertirá en esclava de sus pa- un lema: No hay más derrota que la rendición. Cuando labras. Da igual que no te guste la homoerótica, y no Ioren el Rojo, uno de los líderes de los Hombres del Mar, importa que esté clasificada como romántica, porque es capturado y conducido a la justicia del Rey, el príncienclaustrar esta novela con estas dos denominaciones pe Driadan decide tomarle como esclavo en un arrebato de orgullo y envidia.Este hecho desencadenará drásticos es como encerrarla en una jaula e impedirnos ver qué sucesos que cambiarán para siempre la vida de Driadan, hay más allá. embarcándole en un periplo a lo largo del continente Podría hablar y hablar sobre ella, reiterándome en en pos de la venganza y la supervivencia. El lema de su lo mismo y repitiendo los mismos conceptos pero con familia será puesto a prueba cuando deba enfrentarse a otras palabras, pero la única verdad es que hay que un mundo crudo y salvaje … junto a la persona que más leerla para poder comprender a qué me refiero, por- odia. que puedes hablarle a un ciego de una puesta de sol, Página 91

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PRIMER CAPÍTULO

CAZADOR DE DEMONIOS

de H.D. CRUZ

Barak miró al cielo que poco a poco perdía su brillo bajo el manto oscuro de la noche sumiendo la ciudad en la oscuridad que desataría las cadenas de aquéllos que vivían entre los humanos y se alimentaban de ellos. El tiempo corría en su contra y su asesino no iba a entregarse libremente a sus dulces cuidados, y sobre todo desde que la orden de ejecución estaba en su bolsillo; ya no había vuelta atrás. Había matado y debía morir a cambio. Cruzó la ciudad hasta el único lugar donde confiaba en encontrar ayuda, por pequeña que fuera. Había conocido a Dim hacía mucho tiempo, uno de los más antiguos “Amos de la ciudad de los Ángeles”. Era uno de los vampiros más poderosos que conocía que aún lograba conservar algún punto de humanidad dentro de él. Cuando llego al “Danger” inspecciono la gran sala, en busca de su demonio. No estaba allí. Aunque hubiera estado, Barak no le podía hacer nada, el club de Dimitri era zona neutral. Una zona de reunión para todos los nocturnos. Había vampiros, hombres lobo, cazadores, demonios, etc. Había varios clubs diseminados por toda la ciudad, con un poco de suerte Dimitri tendría alguna pista y no tendría que recorrerlos todos. Había poco ambiente, faltaba algo más de una hora para que cayera la noche y muchos nocturnos no toleraban bien, ni un rayo de luz. Fue hacia el final de la barra, puso su espalda contra la pared y espero. Una bonita morena servía copas y bromeaba con los clientes. Le extrañaba que Dimitri la dejara ir tan vestida. Llevaba vaqueros y una camisa con el logotipo del club. Ni siquiera llevaba tacones de aguja sino botas de media caña. Pero su sonrisa era lo que más le atraía de ella. No era especialmente hermosa pero sus ojos color miel, le daban brillo a su cara. Nada más que se acerco a él, supo que era una simple humana. Dimitri definitivamente había perdido el poco juicio que le quedaba, cuando estaba vivo. -Hola ¿qué quieres tomar? -Una cerveza, sin vaso. Le trajo la cerveza y el cambio. El le cogio el brazo rápidamente y sintió como ella se envaraba. -Espera, necesito ver a Dimitri. -¿Cómo te llamas? -Barak, dile que tengo que hablar con él. Ella se alejo de él, sin mirarle siquiera y eso le molesto. La vio hacer una seña a Dev, un antiguo cazador que se ocupaba de los alborotadores. Los dos se miraron y Dev le saludo con una inclinación de cabeza.Ella se acerco, limpiando la barra. -Sube por las escaleras que hay al final de la barra, él ira enseguida. Le paso una llave disimuladamente y se alejo. Barak se excito con aquel simple contacto. Se quedo mirándola unos minutos más y se dirigió a las escaleras. Sabía que Dimitri todavía tardaría y se sentó cómodamente a contemplar a la camarera. No era especialmente hermosa y desde luego las ropas ocultaban más que enseñaban. La elección de su amigo le tenía totalmente desconcertado. -Es bonita, verdad. Barak se giro con sus dagas ya desenfundadas, hacía tiempo que nadie le pillaba desprevenido. Por eso seguía vivo. -No es tu tipo para nada y es totalmente humana. -¿Tú crees? Dev me dijo que me buscabas. -Pensé que aún tardarías, queda casi una hora de luz. -Cuanto más viejo me hago, me despierto primero y vengo hasta el club por un pasadizo. Barak sabía que Dimitri tenía casi doscientos cincuenta años y eso ya le convertía en un vampiro peligroso. -Estoy buscando a un demonio llamado Craig, sabes algo. -¿Qué ha hecho? Página 93

Revista La Cuna de Eros número 3 -Mato a una mujer a unos kilómetros de aquí. Me mandaron a buscarle. Los dos sabían que eso era una sentencia de muerte. Primero por que era mejor y más seguro para todos, seguir ocultos. Segundo, protegían a los humanos por que sino los extinguirían, se podían alimentar de ellos sin dañarlos. Para eso existían los cazadores, vigilaban que los nocturnos cumplieran las normas o se atuvieran a las consecuencias. Convivir era la palabra mágica. -Estuvo aquí hace dos noches, pregúntale a Sara. Quizás ella te pueda decir algo, yo haré un par de llamadas. Ya sabía su nombre, por algo se empezaba. Ella vio aproximarse al hombre vestido completamente de negro y se acerco, cuando él volvió a sentarse en el mismo lugar de antes. -Dimitri me ha dicho que un hombre llamado Craig estuvo aquí, hace dos noches. ¿Sabes algo de él? Sara. El dejo resbalar su nombre y ella se respigo. -Se fue con Star, vive dos calles más abajo, en una casa azul y blanca que hace esquina. No tiene perdida. El empezó a irse y dio la vuelta otra vez. -Me gustaría verte después ¿a que hora sales? Ella ni siquiera rechazo su invitación, se dio la vuelta y le dejo allí plantado. Sintió las carcajadas de Dimitri, mientras se iba. A veces maldecía tener un oído tan fino. Dimitri adivino que Barak se había sentido atraído por Sarah, cuando le pillo mirándola embelesado. Tenía que pensarlo pero podría ser un buen candidato para la dulce Sara. Sabía que era un hombre de honor y que no permitía las injusticias. Ella le vio hablando con Dev. Era un hombre muy grande, era moreno y tenía una gran cicatriz que le hacía todavía más atractivo, si eso era posible. Por lo que veía no había aprendido nada de la última vez. Seguía en su línea, guapos y peligrosos. Dimitri la vio seguirle con la mirada y entro suavemente en su mente. No solía hacerlo pero no quería volver a equivocarse. Si hubiera sido cauto primero, ella no habría sufrido. Sus pensamientos eran un embrollo, se sentía atraída pero pensaba que seguía siendo una estúpida con respecto a los hombres. Eso lo decidió, no podía esconderse de la vida siempre en el club y él no se lo seguiría permitiendo. -Dev ¿a que hora sale? -Yo la acompaño a casa, Dimitri quiere que la proteja. -Hablare con Dimitri después. La hora. Barak vio como Dev miraba a la cristalera que seguía oscura y asentía. Así que Dev se había convertido en su sirviente, era bueno saberlo. -El dice que vengas a buscarla a las tres. Te matara si le haces daño. -Me doy por avisado, hasta luego. Barak encontró pronto la casa y se extraño de no ver ninguna luz encendida, era mala señal. Con cuidado subió los peldaños y aproximo su cuerpo a la puerta, no sentía ninguna presencia. El olor le golpeo cuando forzó la puerta, Star yacía en un gran charco de sangre, estaba cubierta de mordiscos. Busco en su cara y encontró lo que buscaba, la firma de Craig. Saco un pequeño tubo plateado, lo dejo gotear por el cuerpo de Star y el fuego comenzó a crecer. No podían quedar señales. El fantasma de ella le miraba con tristeza. -Siento no haber llegado a tiempo de salvarte, pero le atrapare. El te dijo algo que me pueda ayudar. Star se asomo a la ventana y miro en dirección al club de Dimitri. -¿Volverá allí? Star asintió y empezó a desaparecer. Barak no siempre los veía, pero cuando lo hacía se sentía cansado, era como si ellos le consumieran. A cambio le ayudaban y eso era importante. Cuando ella desapareció, el incendio había consumido su cuerpo. Era hora de irse, ya sentía las sirenas aproximándose. Por un impulso se dirigió de nuevo al club y echo a correr cuando vio una sombra sospechosa en un callejón, cuando llego no encontró nada. El siguiente callejón desembocaba en la parte trasera del club de Dimitri. La puerta estaba cerrada y golpeo la puerta, hasta que esta se abrió. Era Dev. -¿Ha entrado alguien, por aquí? -No, siempre esta cerrada. Solo Sara y yo salimos por ella. -Tengo que ver a Dimitri. Mientras seguía a Dev más seguro estaba que Craig no había ido al club por casualidad. Dimitri estaba en su despacho esperándole. Página 94

Revista La Cuna de Eros número 3 -Vaya dos veces en una noche cazador, no puedo creer en mi buena suerte. -Sabes si alguien del club conocía a Craig o haya tenido problemas con él. Dimitri intento ver la mente del cazador pero era un gran muro negro. -Deduzco que Star ya no nos acompaña. -La mato a mordiscos como a la otra chica. Lo más raro es que he visto a alguien aproximarse a tu puerta trasera. -Esa puerta no se abre para nadie. Solo para… Barak se dio cuenta de que se había dado cuenta de lo mismo que él. No podía explicarle lo de los fantasmas, era su mayor secreto y su mejor ventaja. Cuando no drenaban su fuerza, claro. -Voy a recorrer unos cuantos tugurios. Vendré a las tres. Dimitri fue muy rápido pero Barak estaba atento y logro zafarse de él. -No iba a atacarte, solo quería comprobar algo. -No necesitas comprobar nada, yo te lo diré. Nunca podrás penetrar en mi mente, ni siquiera mordiéndome. -Quiero tu palabra de que la mantendrás a salvo cuando yo no pueda. Barak sabía que era un honor que Dimitri respetara su palabra. -La tienes. -Para cuando vuelvas ya sabré algo. Barak salio otra vez a la noche y no vio unos ojos amarillos que le seguían de lejos. Cuando él se volvió, la criatura ya había desaparecido.

Ésta es una historia de antiguas leyendas, hechizos, extraños pactos y venganzas. Un relato de demonios, vampiros, amos y esclavos, mezclados con los humanos que intentan coexistir en un mismo mundo de fanáticos que, como siempre, se creen superiores y dueños de la única verdad, intentando callar o destruir a los que son diferentes. Las ruedas del destino les juntarán a todos en una lucha de destrucción, vida, amor y magia. A LA VENTA, EN TU LIBRERÍA MÁS CERCANA Y EN LA PÁGINA DE LA EDITORIAL

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Relato

SOLITARIA PERO CON FELIPE
de Antonella de Quevedo
No necesitaba nada más en ese momento. La playa, el sol y el sonido de las olas, eran más que suficientes para sentirme satisfecha. Lo tenía todo controlado, una casita acogedora alquilada para mi más que merecido mes de vacaciones y mil escusas a mis pocos amigos y familiares para que no vinieran a visitarme. Necesitaba estar sola, descansar, leer y darme cuenta de lo maravillosa que me siento cuando estoy conmigo misma. Como cada día, bajé a la playa a primera hora de la mañana, cuando aún no ha sido invadida por escandalosos grupos familiares y parejas empalagosas untándose protección solar con la escusa de magrearse. Cuando acabé el último capítulo, plegué mi hamaca y regresé a casa para desayunar. Mientras sorbía mi café calentito en el jardín, a través de los brezos, pude distinguir unas sombras que eran acompañadas de unos gritos. No soy fisgona pero aquella mujer gritaba con tanto ímpetu que hubiese sido inútil incluso entrar en la casa para no oírla. - ¡Qué poco tacto! ¡Gilipollas! ¡Anoche ni siquiera disfruté para que lo sepas! Los gritos de la mujer cesaron e inmediatamente se oyó un portazo. Se había marchado rabiosa, pero la otra sombra permanecía junto al brezo al otro lado. Por las dimensiones debía ser un hombre, el gilipollas en cuestión. Éste parecía no inmutarse ante los insultos de la mujer. Esa misma noche, decidí cenar y tomar una cerveza fresquita en el jardín. Hacía mucho calor y la temperatura fuera era muy agradable. Como me encontraba sola conmigo misma, por decisión propia claro está, puse un poco de música. Cuando terminé de cenar, me recosté en la tumbona para disfrutar de las estrellas, pero algo me interrumpió. - ¿Sería tan amable de bajar la música? – una voz ruda me hablaba desde el otro lado del brezo de la casa colindante. - Perdone – no la tenía tan alta pero no quería discutir. - Gracias. - No hay de qué. Al instante me arrepentí de mi actitud. Eran mis vacaciones y me apetecía escuchar música en mi jardín. Si bajaba más el volumen, me sería casi imposible escuchar nada. Resoplé e hice lo contrario de lo que le había dicho. Tras unos segundos, alguien golpeó la cancela. - ¿Sí? – pregunté levantándome de la hamaca. Estaba claro de quien se trataba. - Soy su vecino. ¿Podría abrirme? Me acerqué a la puerta y durante el pequeñísimo trayecto desde la hamaca hasta la cancela, imaginaba como podría ser mi vecino el “gilipollas”, que al parecer también era algo puntilloso y delicado. Había venido a darme las quejas por un poco de música ambiental. - Dígame – abrí la cancela y dibujé una sonrisita hipócrita. - Perdone que la moleste, pero al parecer no me ha entendido. - ¿Cómo dice? - Le he pedido que baje el volumen de la música y usted ha hecho caso omiso. - No sabe cuánto lo siento, pero he cambiado de opinión. Mi vecino resultó ser un joven apuesto. Que digo apuesto, irresistiblemente irresistible. Eso justificaba su tono pedante, pero no estaba dispuesta a hacerle el más mínimo caso. Página 96

Revista La Cuna de Eros número 3 - Necesito silencio y tranquilidad, me duele la cabeza y pretendía dormir en el jardín al fresco. - Pues lo siento mucho vecino, pero si necesita silencio y tranquilidad le sugiero que vaya a pasar sus vacaciones a una villa en alguna playa privada. - No siga por ahí – amenazó frotándose las sienes. - Sigo por donde creo conveniente. Le informo desde ya que no pienso bajar el volumen. Tal vez, si sigue pesadito incluso cambie el chill-out por música techno. Mi apuesto vecino abrió las piernas, cruzó los brazos y dibujó una sonrisa mordaz en su cara. Yo lo miré de arriba abajo y me quedé atolondrada cuando observé que sólo iba vestido con unas bermudas. Éstas eran lo suficientemente ajustadas como para marcar la mitad inferior de su cuerpo. Y su torso... su torso desnudo musculoso y sus brazos grandes y marcados me habían causado de todo menos miedo. - Ya veo que es inútil. Mis intentos de arreglarlo por las buenas terminan aquí y ahora – descruzó los brazos y señaló el suelo con unos dedos tan deseables como el resto de su anatomía. - Pues... - Pues nada señorita. Que disfrute de la música – se marchó con gesto serio y aproveché para recrearme mirando su espalda desnuda y sus masculinas piernas. Mi objetivo era pasar un mes alejada de todo ser humano. No quería entablar relación con nadie. Los últimos meses habían sido horribles y me habían saturado sentimentalmente. Pensé que un mes apartada del mundo me harían bien y conseguiría cargarme de la energía y positividad que había perdido por culpa de mi familia, mis amigos y mi ex novio. No estaba en mis planes el toparme con un vecino cuyo carácter me ponía a cien. ¿Me había amenazado? Mis intentos de paz y desasosiego estaban destinados al fracaso, lo veía venir. Después del enfrentamiento, decidí apagar la música y pasear por la playa. Sería mejor mil veces antes que encerrarme en el dormitorio y encender el aire acondicionado. Estaba de vacaciones e iba a aprovechar al máximo la brisa del mar. No había demasiada gente. Tras caminar un rato por la orilla, no muy lejos, me senté en la arena con las piernas cruzadas en un principio, pero me sentía tan a gustito y la playa de noche me brindaba tanta paz, que me eché hacia atrás. Noté un poco de sueño, así que me incorporé de nuevo para espabilarme. Se divisaba gente caminando al igual que yo, pero iban acompañados. Tan sólo un hombre paseaba sin compañía y con las manos en los bolsillos. La silueta me resultó conocida, pero conforme se iba acercando mas, pude reconocer a mi vecino, si, al gilipollas atractivo. - Buenas noches vecino – saludé atrevida justo cuando pasó delante de mí. No quería dejarle escapar. - Buenas noches. Para mi sorpresa, en lugar de seguir, se paró en seco y me sonrió. No se movía de su sitio y dudé si levantarme y acercarme a él. No fue necesario. Caminó hacia mí y se sentó a mi lado mirando de frente. Su perfil con el reflejo de la luna me dejaron sin sentido y me resultaba difícil articular palabra. - Le pido disculpas por lo de antes – quería hacer una tregua. - Mis formas tampoco fueron las correctas, pero posiblemente fue culpa del dolor de cabeza – se disculpó sin mirarme. - ¿Estás sólo de paso? - ¿A qué se refiere? - ¿Ha venido sólo por vacaciones? – me preguntó mirándome a la cara. - Sí, así es. La alquilé para un mes. - ¿Está usted sola? - ¿Y usted? – le contesté con otra pregunta. - Sí, vivo sólo. Rara vez tengo compañía, quiero decir, compañía a largo plazo. Pero yo sí vivo aquí durante todo el año y como nunca antes la había visto por aquí supuse que era una turista. - Supuso usted bien y sí, vine sola. – le sonreí amable. Me gustaba su tono de voz y su... todo él me gustaba. - Pues ya que somos vecinos, permítame invitarla a cenar. Podemos ignorar el encontronazo de antes y empezar de nuevo. Hola, me llamo Felipe y te pido que nos tuteemos. – me tendió la mano para que se la estrechara a modo de saludo. - ¡Jajaja! – no pude evitar la carcajada. - ¿Qué te resulta tan gracioso? - Encantada de conocerte Felipe, mi nombre es Letizia – estreché su mano sin cesar de reír. - ¡Vaya! ¡Qué casualidad! – también Felipe se unió a mis risas. Conversamos durante el trayecto de vuelta. Me contó que tenía treinta y dos años al igual que yo. Me hizo algunas preguntas que yo me negué a contestar y yo le formulé algunas a las cuales contestó sin más. No me Página 97

Revista La Cuna de Eros número 3 pareció oportuno hacerle una entrevista, sólo le hice algunas preguntas sin importancia por tener tema de conversación. Cuando llegamos, nos despedimos con un apretón de manos y acordamos cenar juntos en su casa al día siguiente. Rebusqué en mi equipaje todavía medio sin colocar. Sólo había organizado la ropa de playa y de estar por casa. En otra maleta más pequeña, por si acaso, eché algunos trajes más elegantes. Pensé que no los iba a utilizar. Sentí una excitación incontrolable al imaginar a Felipe quitándome aquel vestido. - Mujer precavida vale por dos – me dije frente al espejo poniéndome la lencería más bonita que llevaba. Me cepillé los dientes y me alisé el pelo con esmero para dejarlo suelto. Luego me maquillé y me coloqué el vestido negro de palabra de honor. Tras subirme en mis zapatos de plataforma, me eché un último vistazo y sonreí satisfecha. Iba preparada para cazar pero ansiando ser la presa. - Buenas noches Felipe, he traído vino. - Gracias Letizia, no tenías que haberte molestado – el tono de Felipe no era agradable. Entré en su casa pero no me había hecho ninguna gracia el modo en el que recibió. Fue educado pero seco, muy seco y al girarme pude comprobar cómo me miraba. ¿Qué le había pasado? No entendí su cambio de un día para otro. - Siéntate por favor – me invitó Felipe sentándose al otro lado del sofá. - Gracias. ¿Te pasa algo? Te noto serio. - Antes que nada me gustaría que habláramos. He estado pensando desde que te hice la invitación. - ¿Pensando en qué? - No quiero que me malinterpretes, pero quiero dejar claro cuál es mi interés hacia ti. ¿Pero de qué iba? ¿Acaso yo le había insinuado algo? No nos había dado tiempo a nada, ni siquiera a sacar conclusión alguna. Por un momento pensé que había sido un error aquello. No debí salirme de mis planes de vacaciones solitarias. El objetivo era estar sola y no relacionarme con nadie. - Creo que te estás equivocando. No tienes que dejarme nada claro. En realidad no se qué historias te estás montando pero déjame decirte que no soy de la clase de mujeres que piden explicaciones. - Acabarás pidiéndolas. - ¡No seas ridículo! – me puse de pié para enfatizar mi frase. – Apenas nos conocemos desde hace veinticuatro horas y dentro de tres semanas regresaré de nuevo a mi vida. Tus comentarios están totalmente fuera de lugar. - Seamos realistas. Chica soltera pasa vacaciones sola y conoce chico encantador del que acaba totalmente enamorada tras pasar un mes haciendo el amor con él. Luego ella quiere más y él se niega quedando como un cretino. - No pensaba hacer el amor contigo – mentira cochina. – En todo caso follaríamos y nada más. - No entiendes mi postura. - ¿Tanto te molestó que la mujer de ayer se marchara llamándote gilipollas? Eso es poco para lo que te llamaré yo si sigues por ese camino. - No creí que fueses una vecina entrometida – se mostró sorprendido al descubrir que oí parte de la discusión con aquella mujer. - Estaba en el jardín, sin querer escuché los gritos. - Sólo quiero sexo y nada más. Parece que en eso estamos de acuerdo. - Y eso es sólo lo que hubiera existido si no hubieras metido la pata hasta el fondo, ¡sólo sexo! Chico conoce chica, se dan un buen revolcón y mañana si te he visto no me acuerdo. Fin de la historia. - ¡Ahí está el problema! - Buf, eres exasperante. ¿Cuál problema? - Mañana si te veré y tú sí me verás. Durante tres semanas nos cruzaremos y no veo justo amargarte las vacaciones. - Tienes razón, me voy, no te aguanto. Cuando soluciones tus traumas con el sexo opuesto me avisas. Mi pretensión era pasar unas vacaciones sola y alejada de todo ser y casi cometo el error de enredarme con un tipo que no se entiende ni él. Cogí de nuevo la botella de vino y me marché a casa ante su mirada atónita. Quiso acercarse a mí para impedir que me fuera, pero le hice un gesto brusco con el brazo para dejarle claro que no había marcha atrás. Entré en mi casa furiosa y lancé los tacones al suelo. No había preparado nada para cenar, claro, supuestamente mi vecino el gilipollas me había invitado. Abrí la botella de vino y me serví una copa. Durante unos Página 98

Revista La Cuna de Eros número 3 minutos, anduve por el salón y la cocina sin saber qué hacer. No podía creer lo que me había ocurrido. Tenía que quitar a Felipe de mi mente y seguir con mis vacaciones tal y como había planeado. Estaba acalorada, seguramente por la rabia que me había provocado la discusión, así que me recosté en la tumbona del jardín. Descalza, con mi precioso vestido negro y con la copa de vino en la mano. Una molestia parecida al dolor, me avisó que estaba frunciendo el ceño demasiado fuerte. ¿Qué demonios me estaba pasando con Felipe? Era un estúpido engreído que me había dicho en mi cara que no quería que me hiciera ilusiones ni me enamorara. ¡Gilipollas! Definitivamente era un gilipollas y un... ¿Para qué negarlo? Estaba hablando sola con mis pensamientos y no tenía por qué fingir que me causaba repulsa, cuando en realidad lo que me causaba era morbo y atracción. Durante todo el día, había planeado como tirármelo sin mesura y sin control. Llevaba varios meses sin sexo del bueno y esta era una oportunidad genial. Los dos adultos y aparentemente solos. ¿Por qué lo había tenido que estropear? Maldije la situación y se me encendió una bombillita típica de los comics. - ¡Pan pan pan pi ro ri! Puse la música a todo volumen y tatareaba un tema techno como una adolescente en un botellón. En realidad odiaba aquella música, pero tenía que provocarlo. Mi intención era conseguir como fuese que viniera a reclamarme y volver a tenerlo cerca. No iba a permitirle que me dejara compuesta y sin polvo después de haberme hecho tantas ilusiones. Como le había dicho en su casa, sólo había venido para un mes, así que no tenía que cuidar ni reputación ni leches. Lo utilizaría para disfrute propio y mañana me olvidaría de él. Al fin y al cabo eso es lo que habían hecho conmigo mis últimos tres novios. Utilizarme y luego abandonarme, sólo que ojalá ellos sólo me hubieran utilizado para el sexo y el placer. Pero no era momento de pararme a pensar en lo nefastas que habían sido mis relaciones. Por el ruido que hizo su cancela, Felipe ya venía de camino. - ¡Letizia! ¡Abre la puerta! Di unos saltitos de alegría e hice la ola como en un partido de futbol tras un gol. Mi plan había funcionado, bueno, al menos lo tenía donde quería, enfadado, frente a mi casa y dispuesto a reclamar. La noche anterior cuando hizo lo mismo me puso a cien, ésta noche con el calentón que yo llevaba encima, me pondría a mil. - ¿Te he molestado Felipito? ¡Oh, cuanto lo siento! – junté las manos para crear un momento de lo más cómico y exagerado. Pero Felipe no articuló palabra, se lanzó sobre mí y cerró de una patada la cancela. Me rodeó con sus fuertes brazos la cintura y me alzó para poder caminar conmigo en volandas. Yo no me resistí ni lo más mínimo, no tenía sentido, no sería lógico hacerlo pues es lo que ansiaba con todas mis ganas. Nos besamos con atrevimiento y deseo mientras sus manos, una vez me había soltado junto a la hamaca, recorrían mi espalda y mi trasero. - Me alegro de que no te quitaras el vestido – me susurró al oído y se erizó la piel. - Y yo me alegro de haber puesto la música - le contesté con voz sugerente. Se sentó en la hamaca sin soltarme y yo permanecía de pié junto a él, sin dejarme soltar. Con las manos firmes me levantó el ajustado vestido hasta la cintura y vi en sus ojos la lujuria y la excitación. Besó mis braguitas de encaje y me ayudó a sentarme a horcajadas sobre él. Sin dudar, me terminé de quitar el vestido para mostrarle mis pechos aun cubiertos por el sujetador a juego y eché la cabeza hacia atrás para que entendiera lo excitada que estaba. Me acariciaba las nalgas que habían quedado al descubierto gracias a que llevaba tanga y besaba mis pechos y mis pezones por encima del sujetador. Lo detuve apoyando mis manos en su pecho y él pensó equivocadamente que estaba intentando librarme de él y de sus besos. Nada más lejos de la realidad, tan solo necesitaba ponerme de pie para desnudarlo y sentir el calor de su piel en contacto con la mía. Cuando le desabroché el pantalón se le escapó una sonrisa de alivio. No me sonrojé cuando tras quitarle el pantalón, fijé con descaro mi vista hacia su erección oculta tras los calzoncillos. Me mordí el labio inferior y volví a colocarme a horcajadas sobre él. Mis caderas se balanceaban para friccionar mi vulva con su erección. Dos telas hacían de barrera, una separación casi escandalosa dadas las ganas que teníamos de llegar al momento de la penetración. No nos lo habíamos pedido, no hacía falta. Nuestros besos y nuestros movimientos nos delataban, queríamos más y más. Notar como disfrutaba, recrearme con sus gemidos y poseerlo, me estaban llevando al límite. Su olor, el sabor de sus labios y de su lengua... Sentir las yemas de sus dedos recorriendo mi cuerpo era algo maravilloso. Hice un intento de ralentizar mis movimientos porque deseaba que aquello durara un poco más. Quería disfrutarlo, saborearlo y aguantar el orgasmo para más tarde. No quería que pensase que estaba desesperada y que no lo hacía desde hacía mucho. Lo cierto es que no se por qué estúpida razón, me negaba a masturbarme y satisfacerme yo sola como hacía el resto de la humanidad. Página 99

Revista La Cuna de Eros número 3 - Eres de otro nivel Letizia. Me estás volviendo loco – susurró jadeante Felipe. - Esto es lo que yo quería, sólo esto. Bueno... en realidad algo más – le dije introduciendo mi dedo índice en su boca para que me lo lamiera. – Necesito sentirte dentro de mí ahora. Por favor, deshazte de nuestra ropa interior. Mi súplica hizo temblar su pene. Lo noté moverse y mi clítoris no podía estar más hinchado. Me hizo caso, levanté un poco mi cuerpo apoyándome sobre las rodillas para que pudiera quitarse los calzoncillos y yo me quité el tanga todo lo sensualmente que me permitía aquella postura. Pero justo antes de penetrarme, nos miramos y le pedí que esperara un segundo. Entré en la casa y busqué en mi neceser un preservativo. Cuando iba a salir al jardín, me sorprendí al no verlo donde le dejé. - No vuelvas a dejarme así Letizia – me abrazó por detrás y me susurró lamiéndome la oreja. - Veo que eres impaciente – me giré y le mostré el envoltorio. Nos tumbamos en el sofá y tras masajearle suavemente el pene, le coloqué el preservativo con delicadeza. El no cesaba de acariciarme los pechos y pellizcarme los pezones. Me volví a colocar a horcajadas sobre él y ayudándome con la mano, situé su capullo enfundado en la entrada húmeda de mi vagina. Los gemidos de ambos eran de lo mas lascivos y sus manos me agarraban de las caderas para marcar el ritmo que su miembro necesitaba. En apenas unos minutos, un orgasmo me invadió y no quise cortarme a la hora de gesticular. Eso debió de ponerle más cachondo porque inmediatamente después, se corrió emitiendo un sonido que de no ser porque aun seguía sonando la música techno, hubieran oído el resto de vecinos. Dentro de la casa no hacía el mismo fresco que fuera. Eso, unido al ejercicio físico que acabábamos de realizar, provocó que nuestros cuerpos desnudos estuvieran cubiertos por una fina capa de sudor. Ya habíamos culminado el acto, ya no tenía nada que hacer sobre él. Me retiré de su cuerpo desnudo y sin avisar me dirigí al baño para darme una ducha de agua templada. Dándole la espalda y sin dejar de caminar pensé que había llegado el momento de la despedida. - Ha sido divertido. Buenas noches. Cierra la cancela cuando salgas. - Pero... - Felipe parecía decepcionado. - No te preocupes. Ahora apagaré la música. No quiero que otro vecinito venga a darme las quejas y decida quedarse, por hoy ya he tenido suficiente. Como ya me encontraba dentro del baño, no sé si mi comentario le pareció inapropiado. Me daba igual lo que pensara de mí, o al menos pretendía aparentar que no me importaba. Una vez cerré la puerta y oí sus pasos alejarse, suspiré profundamente y fui sincera conmigo misma. Me había parecido maravilloso y me había hecho correrme de una manera descomunal. Ahora sólo tenía que ingeniármelas para que de nuevo, él volviera a mi casa a buscar sexo. Bajo ningún concepto sería yo la que diera el primer paso. “Si te he visto no me acuerdo”, recordé las palabras que le había dicho cuando se temía lo que podía pasar. Durante toda la noche me resultó imposible quedarme dormida. Incluso me excité al recordar cómo había cabalgado sobre Felipe en el sofá. Inconscientemente comencé a comparar aquel polvo con los últimos llevados a cabo con mi ex, pero fue inútil. No había comparación alguna. Mi ex me decía: “Leti, es sábado sabadete” y sin intención ni pasión alguna, se limitaba a realizar el acto como necesidad fisiológica y nada más. No pude evitar entristecerme recordando como mi familia y mis amigos se habían puesto de su lado ante nuestra ruptura, sin llegar a entender los motivos que tuve para romper nuestro compromiso. En realidad no habían varios motivos, sólo uno, no me amaba. No me había resultado nada fácil. De hecho mi ex, había usado toda clase de artimañas para intentar convencerme de que él era el hombre de mi vida y de que jamás encontraría a ningún hombre tan honesto y enamorado como él. ¡Y un cuerno en vinagre! Estaba convencidísima de que me había puesto más cuernos que el padre de bambi. Me apenaba inmensamente reconocer que mis padres no estaban de acuerdo con nuestra ruptura sólo por su poder adquisitivo. Si, era asquerosamente rico, pero también asquerosamente aburrido y cínico. Quise alejarme de todos los que no me comprendían y decidí pasar sola mis vacaciones. Pero en sólo una semana me había alejado de mi objetivo, o tal vez no. No iba a relacionarme sentimenPágina 100

Revista La Cuna de Eros número 3 talmente con nadie. Pero me planteé que un poco de sexo con mi vecino el gilipollas me serviría de terapia. Mentalmente me regañé a mi misma por recordarlo con aquel apelativo. Si, tal vez era un gilipollas, pero para mí, estaba empezando a resultar un tío sexy, guapo e interesante. Lo único que tenía que conseguir es que no detectara ningún tipo de interés. Durante tres días y tres noches, no se dignó a venir a mi casa. A través del brezo pude distinguir cada noche su silueta ocasionada por la sombra de los farolillos del jardín. Pero me propuse no buscarlo y por difícil y complicado que me estuviera resultando, tenía que conseguirlo. El truco de la música alta ya hubiese resultado muy descarado. Así que me resigné a esperar. Cuatro noches después, escuché la voz de Felipe hablando divertido con otra persona. Apagué las luces del jardín y con sigilo me acerqué al brezo para averiguar quien acompañaba a mi vecino. Sin demasiado esfuerzo, pude comprobar que estaba acompañado y muy bien por cierto. Una mujer morena y semidesnuda, se encontraba tumbada en un sofá de mimbre justo al otro lado. Felipe le decía palabras obscenas y ella sonreía encantada de la vida mientras lo masturbaba. Él no estaba desnudo, pero si tenía el pantalón desabrochado y estaba situado junto a ella, justo a la altura de su...¡Oh, no por favor! La morena introdujo el miembro de Felipe en su boca y comenzó a succionarlo de forma exagerada. Con la mano que le quedaba libre a la pobre mujer, se estaba masturbando a sí misma bajo la excitada mirada de Felipe. Hice intento de dejar de mirar, me estaba sonrojando y enfureciendo. Sentí una envidia insana por aquella morena, pero mirar aquella escena me gustó. Sí, me gustó. Tal vez ya iba siendo hora de que fuese capaz de masturbarme a mí misma como lo estaba haciendo ella. Felipe dejó de mirar el laborioso manoseo que se estaba dedicando su acompañante, para fijar sus ojos hacia mi dirección. No lo creí posible, no podía ser que Felipe me viera tras el brezo. Aunque pensándolo bien, si yo podía verlos a ellos con claridad, ¿por qué no ellos a mi? Comencé a pensar que no había elegido aquel sofá por casualidad. Seguramente lo había hecho a posta para provocar... ¿provocar qué? Fuera lo fuera lo estaba consiguiendo. Me había provocado y mucho. Felipe gemía gracias a los lametazos que la otra mujer le estaba regalando, pero su pensamiento en aquel momento me pertenecía. Pude notarlo en su mirada. Me estaba buscando y me había encontrado. Sin hacer ruido, con mucho cuidado de no ser descubierta por la morena, introduje un dedo en el brezo y agrandé un orificio para que no le quedara duda alguna a Felipe de que los estaba mirando. Éste, aprovechando que su amante estaba de lo más ocupada, me guiñó un ojo y se lamió los labios para provocarme aún más. Cuando pude darme cuenta, mi mano derecha se había deslizado bajo mis braguitas y mi dedo corazón se había introducido casi sin permiso en mi vagina, mientras mi dedo pulgar masajeaba el hinchado clítoris imaginando que era Felipe el que se esmeraba en hacerme gozar. De algún modo lo estaba haciendo. Con su mirada y con sus gestos, su disfrute era el mío y mi orgasmo, si es que llegaba a conseguirlo, le pertenecía por completo. A la mañana siguiente, satisfecha por haber conseguido por primera vez auto complacerme, decidí ser valiente y pedir una explicación a Felipe. - Buenos días Letizia. Espero que hayas dormido bien. - Lo mismo digo vecino. ¿Puedo pasar? - Claro, estás en tu casa. ¿A qué debo tu agradable visita? - ¿Qué pretendías con lo de anoche? Pero antes de que Felipe pudiera contestar, la mujer morena salió con una camiseta aparentemente de él y lo abrazó por la cintura. - Cariño, vuelve a la cama – le dijo a Felipe dándole arrumacos. Felipe se mostró incómodo. - Ahora estoy ocupado Clara, puedes vestirte y marcharte. Ya te llamaré si te necesito. Fue humillante incluso para mí. Pero la tal Clara parecía estar acostumbrada y sin rechistar se dirigió de nuevo al interior de la casa. - Siento haber venido en mal momento. - Nada de eso. Has llegado justo a tiempo. - ¿A tiempo para qué? - Tú utilizaste la música para provocarme, porque sabes que mis dolores de cabeza son mi punto débil. Pues bien, yo utilicé el sexo al aire libre, porque deduzco que tus puntos débiles son husmear tras el brezo y el sexo. - No puedes estar hablando en serio. - Claro que sí. Me demostraste que te gusta el sexo, sin explicaciones, sin sentimientos. Tras satisfacerme la otra noche en tu casa, me echaste de tu lado casi sin despedirte y no has venido desde entonces. - ¿A dónde quieres ir a parar? Página 101

Revista La Cuna de Eros número 3 - A que no hace falta que te sigas haciendo la dura. Ya me has demostrado que solo te interesa lo mismo que a mí, así que no veo por qué no podemos seguir viéndonos de vez en cuando y satisfacer nuestros deseos. - Pero tu amiguita está aquí – no debí decir aquello, no quería parecer molesta. - Mi amiguita se va ahora mismo. Te invito a almorzar. ¿Te gusta la paella? No estaba segura de querer aquello. Una cosa era ser liberal y otra muy distinto era compartir fluidos con

aquella morena. Joder, aún con la cama caliente me estaba proponiendo quedar para “almorzar”. Dudé un segundo y cuando estaba a punto de negarme, se acercó a mí y abrazándome me susurró al oído. - Esta mujer no tiene ni idea de lo que me gusta. Tú en cambio lo sabes muy bien. De no ser porque anoche nos mirabas desde el otro lado, no habría conseguido culminar como lo hice. Ante aquella confesión no pude hacer otra cosa que asentir como una tonta. Me había puesto súper caliente al recordar la escenita de la noche anterior. - Está bien. Vendré a la hora de comer. Pero por favor, ten la delicadeza de al menos cambiar las sábanas. - ¿Y quién te ha dicho que vamos a hacerlo en la cama? Te prometo que te encantará – su gesto no era insinuante, era lo siguiente y casi me devoró con la mirada. Regresé a casa con las piernas temblorosas y ansiando que cumpliera su promesa. Como era muy temprano y esa noche no había conseguido pegar ojo, decidí dar una cabezadita. Quería estar fresca y descansada para la batería de orgasmos que pretendía disfrutar con Felipe. Me acosté en la cama con el aire acondicionado encendido y me quedé dormida enseguida. - Hola vecina – me despertó una voz masculina no del todo desconocida. - ¿Sí? ¿Dónde estoy? – abrí los ojos y me sentí muy confusa al ver la cara de Felipe y tras él, el mar y la noche. - Creo que se ha quedado usted dormida. Es peligroso teniendo en cuenta la hora que es y que está usted sola – me advirtió amablemente mi vecino. - ¿Se encuentra bien? No entendía nada. Yo estaba en mi cama, dormida, esperando a mi cita con Felipe... Permanecí unos instantes en estado de shock y con la mirada perdida, intentando comprender lo que me había ocurrido. - Muchas gracias Felipe, estoy bien. Sólo tuve un sueño..., o una pesadilla. - ¿Has dicho Felipe? No recuerdo haberte dicho mi nombre......

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Reseña PECADOS QUE COMETIMOS EN CINCO ISLAS DE CARMELA DÍAZ por Elizabeth Silva
“En las islas parece que cuando te alejas dejas en ellas lo vivido sin que te persiga…” Una propuesta: Te regalo un año de mi vida. Una única norma: No existen límites. Un lugar: Solamente islas, cinco islas. Un objetivo: La mejor novela jamás escrita. ¿Quién es el jugador y quién es el juguete? ¿Qué límites es capaz de transgredir una mujer para probarse a sí misma? ¿Hasta dónde alcanza la resistencia humana? ¿Qué humillaciones aguanta un ególatra para no sucumbir a una rendición? ¿La razón domina el instinto sexual o viceversa? Lujuria, fantasías, transgresión y juegos prohibidos que estimulan el deseo, dibujando en nuestra memoria tentaciones apetecibles. vida según su criterio, sin importarle las normas, si Según la sinopsis de esta historia, los protagonistas quiere algo va directa a ello. Y quiere conocer a Rodrideciden vivir sin límites cinco fantasías compuestas go, le atrae todo de él. Cuando consigue su objetivo, va de lujuria, transgresiones y juegos prohibidos, y estas más allá, le propone vivir una aventura sin precedenserán vividas en cinco islas. Con la premisa de que en tes, le ofrece un año de su vida para vivirla, y al final le las islas cuando te vas, lo vivido en ellas, se queda allí. da carta blanca para la última isla. Según ella, Rodrigo Es como el dicho ese, de lo que haces en las vegas, se escribirá su mejor novela. queda en las vegas. Esta historia tiene muchas peculiaridades, la priUna pasión entre dos personas, que los llevara a mera es que aunque está escrita en primera persona, vivir una aventura que aunque no quieran, les afectason ambos protagonistas los que cuentan la historia. ra. Sacara a relucir todos los sentimientos que un ser Cada uno bajo su punto de vista, relata su propia ex- humano puede experimentar: euforia, placer, amor, periencia. Lo cual, sorprende al lector al ver como odio, miedo, terror, pasión, lujuria, ternura, celos, ricada situación se ve diferente, dependiendo del ojo validad, perversidad, etc… que la mira. Una historia contada de una forma original, donde no sabes bien quien es el jugador o el juguete, donde Sobre los protagonistas: una mujer intenta probarse hasta donde es capaz de llegar y donde un hombre mide que humillaciones es Rodrigo, Ro para ella. capaz de aguantar, en definitiva, medir hasta donde Página 103 Atrévete a pecar en cinco islas… Un hombre ególatra, escritor famoso, que a sus cincuenta años cree que puede hacer, decir y pensar lo que le dé la gana. Vive al máximo todas sus pasiones, y aunque cree que ha hecho y vivido de todo, ella le sorprenderá como ninguna mujer lo había hecho hasta el momento. Jimena. Una mujer joven, con treinta y tantos, que vive la

Revista La Cuna de Eros número 3 llega la resistencia humana. Los personajes tienen ambos, personalidades muy complejas, en momentos son muy parecidos a pesar de la diferencia de edad, diferencia esta, que no se llega a apreciar en toda la novela. Son dos mentes brillantes, tienen claramente definido lo que les gusta, y como les gusta. Son unos personajes atractivos, que te atrapan. A lo largo de la novela, la escritora nos regala excelentes citas, poemas, reflexiones y pensamientos que encajan perfectamente en la escena o situación que estamos leyendo. Esta historia está llena de perlas, entre muchas aquí dejo algunas, ya que no quiero desvelar nada, para que puedan disfrutar de su lectura. y tener un orgasmo salvaje con la ciudad bajo nuestros pies. Tal cantidad de imágenes eróticas visualizaba mi cabeza en escasos segundos; una mente rebosando deseos que yo intentaba controlar haciendo esfuerzos sobrehumanos, para evitar que se agolpase en otra parte más llamativa e indiscreta de mi cuerpo.” “No fue fácil encontrar el momento adecuado de lanzarme al primer beso. Tardé semanas. Ya lo había hecho en su mejilla, en su frente, en su mano. Pero deseaba hacerlo en sus labios. La ocasión idónea llegó tras una intensa conversación en el sofá de mi casa. Tomé sus manos fuertemente y ella me correspondió agarrando las mías con ansia. Así permanecimos durante largos minutos que se hacían eternos por la espera, pero hermosos por la complicidad. Jimena no mostraba ninguna señal de querer ir a más. Tampoco a menos. Nos encontrábamos apoyados cuerpo contra cuerpo, muy juntos, con las cuatro manos entrelazadas.”

Jimena… “En aquel momento, como luego le confesé a Rodrigo semanas más tarde, pensé: «Joder, solo le ha faltado preguntarme la talla de sujetador», a lo que él entonces respondió con unas palabras típicamente masculinas: «Eso no hacía falta preguntarlo, yo sabía la respuesta. Estaba calculando esa talla mientras te miraba...”

En resumen, es una historia novedosa, original, con unos personajes brillantes, que nos desvelan hasta donde es capaz de llegar el ser humano en el lado oscuro, el lado de las transgresiones, de la lujuria. Al final nos demuestran que por muy racional que seas hay cosas que pueden hacer sucumbir esa racionali“Así me sentí yo. Besada por su mirada. No le pre- dad, marcando tu vida. suponía esa arma de seducción. Desde mi perspectiva El final de esta historia es, a pesar de todo, el final personal, tras conocerle en las distancias cortas, sin que debía tener. Y para todos los que se atrevan a leerduda, una de sus armas más poderosas. Suponía que la, nos hará preguntarnos se me caería la baba con su conocimiento y sabiduría. Conocía, porque me apasiona escucharle, de su embau¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar por vicador tono y timbre de voz. Lo que ignoraba, porque eso vir una fantasía? solo se descubre frente a frente, es que acabaría siendo hipnotizada y besada por una mirada: directa, profunda, intensa, demoledora. Desafiante y decidida. Y si mientras te está clavando esos ojos, te habla con dulzura, cuidando la entonación, controlando el tiempo, confesándote parte de sus sueños, sentimientos, miedos y emociones, te quedas indefensa. Estaba perdida, pero no por su intelecto o su verbo como era previsible.” Rodrigo… “...subirla a mi escritorio, haciendo volar los papeles amontonados y los periódicos del día, antes de llevarla contra la ventana y dejar la silueta de su cuerpo marcada sobre el vaho que se formaría en la superficie del cristal por el contraste de nuestros cuerpos calientes frente a la gélida temperatura exterior y la humedad, consecuencia de la intensa lluvia. A continuación saldríamos a la terraza para empaparnos bajo esa lluvia Página 104

Revista La Cuna de Eros número 3

Relato

SIN TI SIN ALIENTO

de Arman Lourenço

Sin ninguna duda, estas tenían que ser las mejores vacaciones de mi vida. Después de llorar durante días por la traición de mi futuro esposo, creí que lo mejor para olvidar sería pasarme unas buenas vacaciones en un lugar exótico, lejos de él, de la familia y de los amigos, que sin querer me recordaban el daño que me había causado ese pobre desgraciado. ¡Me engañó! A mí, que le entregué lo mejor de mi vida. No le podía perdonar, pero olvidar me resultaba difícil, teniendo todo lo que me lo recordaba a mí alrededor. Me bajé del avión y lo primero que sentí fue un terrible calor. Bueno, mejor para mí, ¿Acaso no he venido en busca de sol y playa? Pues aquí lo tienes María. Me subí a un taxi y le di la dirección del hotel al taxista, un hombre moreno y con un gran bigote, que no dejó de hablar durante todo el trayecto. ¡Dios, como deseaba llegar al hotel! La cháchara constante de ese pobre hombre empezaba a levantarme dolor de cabeza. Esto no es un buen comienzo. Llegué al hotel cansada, sudorosa, y con principio de jaqueca. Mi estado de ánimo no era el más propicio para disfrutar. Me acerqué al mostrador y le pedí al administrativo que me diera las llaves de mi habitación. Creo que fui algo brusca, pero ya no tenía muchas ganas de sonrisitas tontas. Pero de pronto, ante mí, la belleza masculina en todo su esplendor. Un espécimen fantástico sonreía desde el otro lado del hall. Yo, como soy medio idiota (lo tengo comprobado) pensé que el maromo no me sonreía a mí, eso no era posible, alguien como él no podía mirar a las personas vulgares y corrientes. Sin muchos miramientos giré mi cabeza buscando a la pavita que llamaba la atención de aquél hombretón. No había nadie a mí alrededor. ¡Sorprendente! Me atusé el pelo discretamente (o eso pensé), debía tener una pinta horrible... me armé de valor y volví a mirarle y... allí estaba él y esa maravillosa sonrisa. Una de dos, o el chico era ciego y sonreía porque era feliz, o por el contrario era un idiota y quería pillar. Prefería la segunda opción, por la parte que me tocaba... Seguí hablando con el administrativo sin prestar demasiada atención al guaperas, si, ya sé, me estaba haciendo un poco la dura, pero ¡Oye! Acabo de salir de una relación de años y el capullo de mi novio me engaña con una modelo. Mi autoestima no es que estuviera por las nubes precisamente y no deseaba más líos. Llegué de vacaciones para olvidar y disfrutar. El chico me dio las llaves de mi habitación y yo subí presta a ponerme cómoda. Para subir al ascensor tenía que pasar frente al tío buenorro, que no me quitaba los ojos de encima y no borraba esa maravillosa sonrisa de los labios. “Lo siento chaval, mi cuerpazo serrano no está para muchos trotes” pensé. Pero al parecer el tipo no era capaz de leer la mente, un punto en contra, y se me acercó. -¡Hola! -Hola –saludé, soy muy educada. -¡Eres española! -Ummm... -¿eso era una adivinanza? ¿Tenía que contestar? –Sí, creo que lo soy. El hombre soltó una carcajada, al parecer le resulté graciosa, y a mí me dio un vuelco el corazón. Malo, eso era muy malo. -Me alegra ver a alguien más de mi país. ¿De dónde eres? ¿Acaso tenía yo pinta de querer hablar? Desde luego los hombres son unos lumbreras... -Madrid –dije escuetamente e intenté iniciar mi andadura hasta mi habitación, necesitaba con urgencia un baño... -¡Madrid, genial! Nosotros somos de Asturias. -Bonita tierra. -Sí, ya te digo. ¿Cuánto tiempo te vas a quedar? -Solo una semana. -Nosotros nos vamos pasado mañana. Este sitio es genial, te va a encantar. Si necesitas algo no dudes en decírnoslo, nos conocemos todo esto al dedillo. –y me guiñó un ojo, ¡Me guiñó un ojo, a mi! Que descaro. Me sonrojé como una idiota. -Vale, lo tendré presente. Entonces, ya sí, se apartó y me dejó pasar. Tengo que tener algo de animal porque al pasar por su lado aspiré su aroma y ¡Madre mía! Su olor me puso en tensión y tuve ganas de gruñir... necesitaba un baño con ¡¡URGENCIA!! Página 105

Revista La Cuna de Eros número 3 Entré en la habitación como alma que lleva el diablo, tiré la maleta sobre la cama y fui directa a la ducha. El agua tibia me reconfortó. Estaba cansada del viaje y le agua me ayudó a relajarme. Salí como nueva, me puse un bikini muy mono que me ferié en las rebajas, un vestidito playero y me marché hacia el mar como si en ello me fuera la vida, pero al pasar por las puertas del hotel un golpe de calor me hizo retroceder hacia el interior como si me hubieran dado un puñetazo. ¡Jodido calor! No me había dado cuenta porque en el hotel tenía el aire acondicionado, pero tenía que estar muy loca para salir a la calle, eso era un horno. Miré a mi alrededor, la gente se paseaba tranquilamente de un lado para otro, yo no me podía quedar en el hotel hasta la noche, eso sería desperdiciar mis horas de vacaciones, tenía que salir... me subí a mi habitación, cogí un sombrero de paja, mis gafas de sol chulísimas y me armé de valor, solo esperaba que el agua del mar estuviera a buena temperatura, no me apetecía nada tener que salir cocida como un bogavante. En la playa no había mucha gente, así que pude elegir un buen sitio cerca del mar. Me apetecía mucho bañarme, pero primero tenía que pringarme bien el cuerpo con esa asquerosa crema o si no me pondría roja como un cangrejo y eso no es nada atractivo. Comencé a restregarme la crema por las piernas y el abdomen, de pronto una sombra me tapó el sol. Instintivamente miré hacia arriba y vi al tío buenorro del hall. -¿Estás sola? Vaya, seguro que el chico era un genio, sus preguntas me dejaban atónita. -Pues sí. -¿Quieres que te eche crema en la espalda? No creo que tú puedas sola. Me lo pensé un instante, pero luego me di cuenta de que ya no tengo que rendir cuentas a nadie y si un macizorro se ofrecía a echarme crema o lo que fuera, ¿quién soy yo para negarme? Porque otra cosa puede ser, pero tonta del todo no soy. Le ofrecí el bote y me abracé las piernas mientras él se sentaba a mi espalda. Oí como echaba la crema en sus manos y las frotaba para calentarla, un punto a su favor. Cuando por fin sentí sus manos en mi espalda un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, me sentí flotar y un cosquilleo extraño se aposentó en mi tripa. Suspiré agradecida por el masaje que me estaba ofreciendo. No todos los días una tiene esta suerte y hay que aprovecharla al máximo. Mis amigas iban a flipar. De pronto unos chicos en el mar bocearon y mi masajista personal contestó: -¡Ya voy! -¡Eh chicos, mirad, Roberto ya ligó! El tal Roberto soltó una carcajada mientras murmuraba “menudo imbécil”. Estuve de acuerdo con él. -¿Te llamas Roberto? -Sí, ¿y tú? -María. -Hola María –me dijo mientras se ponía frente a mí y me ofrecía su mano pegajosa de crema. Yo sonreí como una quinceañera y agarré su mano. Ahora que lo tenía tan cerca me di cuenta de lo guapo que era, su pelo castaño revuelto por el aire, su piel morena y unos ojos verdes brillantes me dejaron fascinada. Sin contar con esa maravillosa tableta que lucía en su abdomen... -Hola Roberto. -Es un placer conocerte. Yo volví a sonreír. -El placer es todo mío... Sus amigos volvieron a llamarlo. Él me miró con pesar. -Me tengo que ir. Yo asentí con la cabeza. -Gracias por lo de la crema. –le dije mientras él ya se dirigía hacia el lugar dónde estaban sus amigos bañándose y me ofreció una maravillosa visión de su espalda y su trasero, sin duda era un gran trasero, un trasero de diez.. -Ha sido un placer. –y me volvió a guiñar el ojo. Menudo bribón. Pero yo me quedé contemplando su cuerpo mientras él se alejaba de mí. Con un suspiro me tumbé en la toalla e inicié el duro trabajo de voltearme cada cierto tiempo como si fuera una croqueta, para quemarme el cuerpo por igual en todas partes. Debí quedarme dormida, y unas gotas de agua fría por mi espalda me sobresaltaron haciendo que me levantara gritando como una nenaza. Roberto estaba arrodillado junto a mí salpicando mi cuerpo con las gotas de su pelo y de sus manos. Se reía con picardía, como un niño travieso. -¿Estás loco o qué? –le dije malhumorada. -Te estaba quemando, ya podíamos ver el humo que salía de tu cuerpo, simplemente te he salvado. –me Página 106

Revista La Cuna de Eros número 3 contestó sin dejar de sonreír picaronamente. Mi corazón, que ya iba a una buena velocidad por culpa del susto, comenzó a latir con más ahínco aún. -Creo que deberías meterte un poco en el agua. -Ni loca –le contesté Su sonrisa se ensanchó aún más y me miró fijamente. -Pues yo creo que si chiquita. Me cogió sin ningún esfuerzo y me llevó corriendo hasta el agua, mientras yo, atónita, no atinaba nada más que a gritarle y golpearle la maravillosa espalda. Me tiró al agua sin ninguna contemplación, mientras él y sus amigos reían sin parar. Me levanté con toda la dignidad posible y me acerqué hasta él. -Esto no quedará así chaval. Soy una campeona de las aguadillas. -¿Ah sí? -Sí. –confirmé y sin saber muy bien cómo, me encontré jugando en el agua con seis chicos asturianos a los que no conocía de nada. ¡Me lo pasé genial! Subí a mi habitación cansada como un perro, pero feliz. Me di una ducha para quitarme la asquerosa sal de mi cuerpo. Me peiné con esmero, me maquillé ligerito y me puse un vestido veraniego muy mono. Contemplé mi imagen en el espejo, me vi bien. Con mucho ánimo me bajé al comedor para cenar algo. El comedor estaba abarrotado, así que me senté en la barra del bar y pedí un refresco para hacer tiempo hasta que alguien levantara el culo y dejara una mesa libre. Mi humor comenzó a cambiar, ya no estaba tan feliz. Tenía hambre y cuando tengo hambre me pongo de malhumor. -Hemos llegado tarde eh? El chico guapo estaba a mi lado. Lo miré de arriba abajo, llevaba unos pantalones vaqueros que le quedaban a la perfección y una camisa con los dos primero botones desabrochados, dejando entrever una pequeña porción de su maravilloso pecho. Contuve la respiración. Qué guapo era el “jodio”. -Ya ves, al parecer sí que hemos llegado tarde para el primer turno. -Mis amigos han decidido salir por ahí, así que estoy solo. ¿Te apetece cenar conmigo? Mi corazón se saltó un latido. ¿Este hombre que pretendía? Comencé a sentir un hormigueo por mi cuerpo y me subió la temperatura. ¿Qué hacer? ¿Sí o no? ¡Qué coño! -Vale. -¡Fantástico! No me gusta cenar solo, es un aburrimiento. Nos tomamos el refresco y cuando hubo una mesa libre nos sentamos tranquilamente a cenar. Fue la experiencia más increíble de mi vida. Jamás me había sentido así, ni siquiera con Rubén cuando comenzamos a salir. Este chico me tenía totalmente pijotada. Su sonrisa me quitaba el aliento, su mirada me alteraba el cuerpo, su calor me sofocaba y todo el tiempo estuve en estado de tensión tal que pensé que en cualquier momento me lanzaría sobre él y haríamos un montón de guarradas sobre la mesa y el comedor repleto de gente. Pero eso a mi madre no le hubiera gustado mucho, así que me contuve por respeto a mi progenitora que intentó inculcarme el valor de la moral. A saber dónde está ya ese valor en mi vida... Cuando terminamos de cenar me propuso salir a dar una vuelta. -Conozco un sitio donde se baila salsa y es genial, te va a encantar. -Lo dudo. -¿Y eso? -No sé bailar. Roberto me miró raro, luego una amplia sonrisa curvó sus maravillosos labios. Yo dejé de respirar mientras contemplaba tan maravilloso espectáculo totalmente fascinada. -Yo te enseñaré. -Chaval, eso es imposible. -Ya veremos. Llegamos a un bar-discoteca, lleno de gente hasta los topes. Roberto me cogió la mano y me arrastró hasta el interior. Lo que vi me dejó pasmada. Montones de pareja bailando en la pista, pero bailando el baile más erótico que jamás vi, tuve una visión fugaz en mi cabeza sobre la peli “Dirty Dancing”. Las mujeres contoneaban sus sinuosos cuerpos de una manera muy provocativa y los hombres frotaban sus paquetes todo lo que podían. Me quedé flipada. Cuando se lo contase a mis amigas no me iban a creer. -Ven, vamos –me dijo Roberto mientras tiraba de mi mano. -Ni loca, yo no sé bailar. -Vamos, que yo te enseño. Dejé de resistirme, iba a hacer el mayor de los ridículos y ese hombretón se avergonzaría tanto de mí que me dejaría plantada en medio de la pista. Ya lo estaba viendo. Página 107

Revista La Cuna de Eros número 3 Con gran dificultad y muchos empujones, nos buscamos un hueco en la pista. Mi acompañante se puso detrás de mí, me sujetó las caderas con las manos y me susurró al oído: -Déjate llevar... Coloqué mis manos sobre las suyas, sentí fuego dentro de mí. Roberto comenzó a mover mis caderas al ritmo de la música, yo le dejé hacer. -Siente la música. ¿Qué la sienta? ¿Qué sienta la música? Qué voy a sentir, lo único que sentía eran sus manos sobre mi cuerpo y mi espalda pegada a su pecho. Mi temperatura comenzó a aumentar. Mi mente se desconectó y dio paso al poder de mi cuerpo, a mis instintos y a mis deseos. Sin saber muy bien cómo acabé moviendo mi cuerpo de la misma forma guarra que todas las demás. Me dejé llevar por la música y por el dulce tacto de mi acompañante, era un fantástico bailarín. -Veo que aprendes muy rápido. -Será que tengo un buen maestro –le respondí con picardía. Una media sonrisa se dibujó en sus labios, los ojos le brillaban con fuerza. Me cogió por la nuca y sin darme tiempo a reaccionar me besó. ¡Madre de Dios! ¡Menudo beso! Eso sí que era un beso, toda mi vida de adulta, acompañada por mi supuesto novio y jamás experimenté esa sensación, todos esos años desperdiciados, si lo llego a saber... Sentí volar mi cuerpo y me pegué con más fuerza a Roberto, me inundé de deseo y desesperación, deseaba a ese hombre con una pasión tan grande que incluso me asusté. Roberto estaba tan afectado como yo. Terminó el beso, me miró fijamente y sin mediar palabra salimos de aquel bar. Llegamos al hotel, nos besamos en el ascensor encendiendo todavía más mi pasión. En cuanto entramos en mi habitación Roberto me abrazó con fuerza, cogió mis nalgas y las pegó más a su cuerpo. Pude sentir su miembro excitado. Mi pulso iba a mil. Sin darme cuenta estaba en la cama desnuda, Roberto aún conservaba su ropa así que comencé a desnudarle, pero mi paciencia no es mi mayor virtud y terminé arrancando los botones de la camisa. Él se rió a carcajadas y sentí mariposas en mi pecho. Necesitaba tocarle, necesitaba sentirle, necesitaba tenerlo dentro de mí. Sus manos tocaban todo mi cuerpo, estaban en todas partes, sus labios comenzaron a lamer mis pechos y yo creí que explotaría en ese instante. -Te deseo, ahora... -supliqué. Él me miró con ardor y no me hizo esperar. Sentirlo dentro de mí fue una experiencia maravillosa, sus embestidas me transportaban más y más hacia lo que pensé que sería el paraíso. El sexo con Rubén jamás fue así, jamás sentí tanto, jamás mi cuerpo voló tan alto que sentí vértigo. Floté hacia el éxtasis total y me dejé llevar sin ataduras ni cadenas, totalmente liberada, desinhibida. Los dos caímos rendidos en la cama, sudorosos y agotados. Abrí los ojos y me sorprendí al comprobar que el hotel seguía en pie y que en mi habitación todo estaba en su sitio. Roberto me abrazó y los dos nos dormimos. El sol brillaba con fuerza cuando Roberto me despertó besándome el cuello. Inmediatamente mi cuerpo reaccionó al contacto. Suavemente me acarició la espalda y un escalofrío me recorrió entera. -Espera... -le susurré cuando intentó besarme. Me levanté de la cama y fui al baño. Me peiné, me lavé los dientes y me eché un poquito de perfume, no mucho, tampoco hay que exagerar, pero deseaba darle una buena impresión. Salí del baño y la visión de él sentado en mi cama, desnudo, con la cabeza apoyada en las manos, dejando el pecho descubierto y las sábanas hasta la cintura, me impactó tanto que dejé de respirar. Ese hombre era endiabladamente guapo. Me sonrió con picardía, abrió los brazos y yo me lancé a ellos sin miramientos ni más contemplaciones. Si este era el regalo que me ofrecía la vida por todo lo malo, no pensaba rechazarlo e iba a disfrutarlo todo lo que pudiera. Pasamos el día entero en la cama. Ni yo misma me reconocí cuando me miré en el espejo después de habernos bañado juntos. Esa visión descocada y continuamente excitada no podía ser mía, no podía ser yo... pero era yo. Roberto me abrazó por la espalda. -En unas horas me iré de aquí. Suspiré. Página 108

Revista La Cuna de Eros número 3 -Tal vez en España podamos quedar y vernos alguna vez. Sentí un pinchazo en mi pecho al pensar en mi vuelta, yo no quería volver y no quería que Roberto volviera, quería, no, deseaba que se quedara encerrado conmigo en esa habitación por tiempo indefinido. -Tal vez, supongo que no será difícil quedar y vernos. Él sonrió a mi reflejo del espejo, yo le respondí con otra sonrisa. Unas horas después Roberto con sus compañeros, abandonaban el país en un avión, dirección España. Intenté divertirme, conocer a otras personas, salir y bailar, pero sin Roberto nada era igual, comprendí con pesar que mis vacaciones habían terminado. Llegué a España, llovía y el día estaba gris, como mi ánimo. Tenía un montón de mensajes en mi móvil, que no llevé por precaución, entre ellos Rubén: -Por favor María, debemos hablar, tenemos que aclarar este asunto. No fue nada, lo juro, ella no significa nada para mí, yo te quiero a ti. No podemos tirar a la basura todos estos años de relación. Por favor, María, llámame. Dame otra oportunidad... Realmente ya no me importaba si él estaba con otra o no, incluso agradecí el hecho porque así yo había conocido las maravillas que me depara la vida. Le contesté con un e-mail diciéndole que si necesitaba mi perdón para seguir viviendo, ya lo tenía, pero que jamás volvería con él. ¿Cómo podría? Sería mentirle a él y mentirme a mí misma, cuando lo que yo más deseaba era estar con Roberto, verlo, tocarlo, besarlo... Quedé con mis amigas en un bar para contarlas que tal mis vacaciones. -¿Qué tal te lo pasaste? -Me lo pasé genial, han sido las mejores vacaciones de mi vida. Chicas, tenemos que ir todas juntas, no sabéis lo que os estáis perdiendo... conocí a un chico –mis amigas abrieron mucho los ojos alucinando, pero permanecieron calladitas, buenas chicas –el chico más guapo que os podáis imaginar. Cenamos juntos, nos fuimos a bailar y... -¿Y? –preguntaron ansiosas. Me encanta ser mala de vez en cuando. Bebí de mi copa lentamente, para fastidiarlas. -Pues lo normal... pasamos esa noche y todo el día encerrados en mi habitación. Mis amigas alucinaban en colores, estaban nerviosas y sólo hacían que preguntar por los detalles, ni loca iba yo a decir ni una palabra sobre los pormenores, bueno, tal vez algunas cosillas sí que las conté. -Tenía el pecho más duro que una roca y era muy suave, y sus abdominales ¡Dios Mío chicas! Jamás vi una tableta así...–todas reímos como tontas. -Pero cuando se marchó... tuviste que pasarlo mal. El corazón me dio un vuelco. No pensaba decirlas a estas cotillas la desolación que sentí al volver a mi cama vacía, ni la sensación de soledad que se apoderó de mí. Ni siquiera me sentí tan mal cuando Rubén se marchó de casa, bueno, más bien cuando lo eché a la puta calle. -Bah... me bebí cuatro copas y lo olvidé, ya está –chasqueé mis dedos –a por el siguiente. Mis amigas y yo soltamos una carcajada. Pero en mi interior una herida estaba abierta y sangraba. Volví a casa triste, me eché en la cama y recordé como Roberto me acariciaba con sus grandes manos, como besaba mi cuerpo con sus suaves y calientes labios, como me hacía estremecer con una sola mirada. ¡Joder! Que cabrona era la vida a veces. Durante siete malditos años de mi vida estuve con un hombre miserable al que creí amar, pero que no me hacía sentir, y en dos días, encuentro a un hombre maravilloso que pone mi vida de vuelta y media, me enseña de mil maneras muy placenteras, lo mejor de la vida y luego ¡Plof! Se acabó, ya no hay nada. Maldecí mi suerte en siete idiomas diferentes. DOS MESES DESPUÉS Avancé a trompicones entre la gente para poder acercarme a la maldita barra del bar. Estaba todo plagado, solo a mí se me ocurre salir de fiesta en un día como hoy, con no sé qué festival en las calles. Tonta y mil veces tonta. Un gilipollas me pisó y yo no pude evitar pegarle un empujón. -¡Mamón! –murmuré entre dientes. El hombre se giró, supuse que para disculparse. Pero de su boca no salió ninguna disculpa y en la mía podía haber entrado no una mosca, sino un zoo completo, de lo abierta que la tenía, al darme cuenta de quién era el mamón. Página 109

Revista La Cuna de Eros número 3 -María –dijo al fin. -Roberto... -mi pulso se aceleró y mi mente se bloqueó, creo que durante unos segundos no me llegó el riego al cerebro. Lo estaba asimilando cuando el me sonrío y yo perdí a la única neurona que funcionaba correctamente. Me quedé ahí, mirándole anonadada, fascinada. Él se acercó aún más, me agarró por la cintura y me besó con pasión. Como he dicho antes, y no me hagáis repetirme, en mi cerebro ya no trabajaba ninguna neurona, por lo que simplemente correspondía a ese beso que me transportó al cielo. Sentí todas las cosas maravillosas que la primera vez que nos besamos, mi pulso se aceleró y millones de mariposas revolotearon en mi estómago. Comencé a hiperventilar. -Me alegro de verte, te he echado mucho de menos–me susurró. -Y yo a ti –atiné a contestar. -¡María! –me llamó una de mis amigas. Me giré y las vi a todas detrás de mí, mirando a mi macizón como si fuera mentira lo que veían sus ojos. Yo las sonreí. -Chicas, dejad que os presente a Roberto, el chico que conocí en mis vacaciones. Pude escuchar el sonido de sus mandíbulas golpeando contra el suelo. Eso me hizo dudar de que alguna creyera realmente mi historia, mi ego me indicó que debido a ese agravio yo me tenía que enfadar con ellas, pero eso ahora ya daba igual. Roberto estaba aquí, conmigo, lo podía tocar, abrazar, acariciar, besar y mil cosas más que se me estaban ocurriendo en ese momento. En ese mismo instante mientras Roberto sonreía haciendo que mis amigas y yo misma, nos derritiéramos ahí mismo, me pasaba una mano por la cintura, yo metí la mía en el bolsillo trasero de su pantalón tocando su maravilloso trasero de diez, pensé: “Pongo a Dios por testigo, de que jamás me alejaré de su lado, aunque me tenga que pegar a él con superglue”

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Primer capítulo

ELLA ES MÍA

de Dolores Domínguez

El sol comenzaba su descenso hacia el horizonte y el viento no mecía los pastos de las praderas, no había pastos. El invierno aún no había llegado a su fin. Este año parecía haberse quedado en las highlands un poco más. El frio viento y las nubes amenazando tormenta no querían abandonar aquellas tierras. Algo las seguía reteniendo un poco más y Anthony McKlain sabía qué era ese algo, quién era ese algo, lo que no sabía, y eso le preocupaba, era el porqué. Durante los últimos días, mientras cabalgaba entre las aldeas del clan, había oído a los aldeanos lamentarse del largo invierno. Hacía semanas que el tiempo debía haber cambiado, casi no quedaban pastos para el ganado, los víveres almacenados para el invierno casi se habían terminado. La situación comenzaba a ser preocupante. Era bien conocido por todos el mal tiempo de Escocia pero aquello ya era extraño. El joven McKlain y doce de sus mejores guerreros cruzaban la última aldea antes de llegar a casa, cuando una niña vestida con ropas harapientas y malolientes abordó su caballo. La montura ni siquiera se movió cuando la cría se agarró a su pata, a penas si alcanzaba la bota de Anthony que colgaba de la silla. —El señorito McKlain ha vuelto, él traerá la dicha – gritó la pequeña, sin soltar la pata del caballo. Inmediatamente una mujer algo mejor vestida se acercó a la niña y con la cabeza baja, le habló. —Perdone mi señor — la mujer quiso retirar a la niña que seguía agarrada a la montura, pero esta se aferraba a ella como si fuese su salvación – empieza a escasear la comida. No lo has visto, siempre que él vuelve sale el sol – insistía la niña, hablando con la cara pegada a la pata del enorme corcel de guerra –. Señorito no se vuelva a ir. No nos abandone más. —No digas esas cosas, él no puede hacer nada. Nadie manda sobre el tiempo— le reprendió la mujer a la niña. Volvió la cabeza hacia Anthony y sin mirarle se disculpó—. Perdone la insolencia de mi hija, será castigada si lo deseáis. —Déjala ir... «Por que castigar a alguien que decía la verdad» pensó Anthony. Nadie mandaba sobre el tiempo, nadie mandaba sobre el tiempo... —¿Dónde estás?— se preguntaba Anthony cada vez más preocupado. Llevaba varios meses fuera de casa. Meses en los que las contiendas con los ingleses no le habían dejado mucho tiempo para pensar en ella. Aún les quedaba una noche más antes de llegar a la fortaleza del clan, a su casa. Entonces averiguaría lo que estaba pasando. Pero una extraña sensación estaba recorriendo su cuerpo. La preocupación empezaba a martillear su cabeza. Ya no era una inquietud normal, cada poro de su piel desprendía ansiedad. Desmontaron a la salida del pueblo. Él y sus hombres pasarían la noche allí, en un cobertizo. El cielo aseguraba tormenta y sus hombres no se merecían dormir a la intemperie una vez más. Las noches en el campo de batalla ya habían terminado y los pocos guerreros que aun le acompañaban le seguirían hasta Stongcore. El resto se habían ido quedando en las aldeas que atravesaban. Como hijo del señor de aquellas tierras, tenía el deber de dejar a los guerreros que le había acompañado en las batallas y arriesgado su vida bajo el estandarte de los McKlain, en sus respectivas aldeas. Entre los deberes del hijo y heredero del laird, también se encontraba comunicar las bajas entre sus filas. En ese caso debía asegurarse de que la familia del difunto tenía medios suficientes como para salir adelante. Como hijo del jefe del clan debía garantizar el bienestar de su pueblo y aun más el de las familias de los soldados que combatían a su lado. Los hombres se habían estirado en el suelo, sobre la paja y esperaban a que las mujeres de la aldea trajesen comida. Minutos más tarde aparecieron varias mujeres portando platos con carne asada, mendrugos de pan y vino. —Siento que no sea mucho, pero ya apenas tenemos comida, señor – se disculpó la mujer. Las demás permanecían apartadas con la cabeza baja sin levantar la mirada. —Es suficiente. No te apenes mujer. Gracias por compartirla con nosotros. —Gracias por su benevolencia. Nos alegramos de su vuelta. Las mujeres abandonaron el establo y los hombres comenzaron a comer y a beber con ansia. Página 112

Revista La Cuna de Eros número 3 Anthony permanecía de pie mirando por la ventana hacia el cielo. «Algo no marcha bien, el invierno no se va y las aldeas están sufriendo penalidades. ¿Dónde estás...?» ***** —Mi lady vuelvo a hacerle el mismo ruego de las últimas semanas, por favor debe comer. Deje de llorar y coma algo – la doncella se volvió hacia la enorme cama que presidia la habitación. Su lecho estaba vacío. Nadie había dormido en ella nunca. Sentada en el suelo, a los pies de la cama, había una joven llorando. La doncella le apartó los cabellos rojizos de su rostro y los mantuvo entre sus dedos para verle la cara, pálida, sus ojos rojizos del llanto y esas lágrimas... unas lagrimas que no paraban de caer. La criada, apenas una niña, había rezado y rogado al cielo por que su joven ama dejara de llorar al menos mil veces en las últimas semanas y sin resultados. No entendía como no había muerto, no comía, no se movía, solo lloraba y lloraba. Un día se sentó a los pies de la cama, se agarró las rodillas, ocultó su rostro entre ellas y comenzó a llorar. Llevaba así desde entonces, no había parado ni para comer, ni dormir, hasta sus necesidades biológicas había desaparecido, solo lloraba, a veces, el llanto se oía por toda la torre, incluso las personas que paseaban por la calle se paraban a escuchar. Otras, solo era un sollozo, pero nunca cesaba. La joven sirviente seguía suplicando aunque ya no estaba segura ni siquiera de que la oyera. Sin embargo, resuelta a no abandonar a su ama, seguía insistiendo. Como cada vez, colocó la bandeja con la comida en el suelo junto a ella y abandonó la habitación con la triste certeza de que cuando volviera, la comida seguiría intacta. No había probado bocado en las últimas semanas y nada hacía presagiar que esta vez fuera diferente. Cuando la puerta se hubo cerrado, sabiéndose sola, levantó la cabeza y miró hacia el cielo a través de la ventana. —Apenas me quedan fuerzas... — susurró — espero que entiendas, no puedo hacer más. Tras aquellas leves palabras, su llanto se hizo más fuerte. Tan fuerte que los aldeanos que pasaban bajo la torre, elevaron una plegaria al cielo por el alma de aquella mujer. Después el silencio se adueñó de todo durante unos momentos antes de que volviera a llorar. ***** Anthony caminó hacia la puerta, absorto en sus pensamientos. El frio viento golpeó su rostro al abrir la puerta, como una bofetada. Meció su abundante y ondulado cabello negro, gotas de lluvia salpicaron su rostro y el trueno le estremeció. Un escalofrío recorrió su metro noventa de estatura, y sacudió su musculoso cuerpo. El invierno era su tristeza, el viento le trajo su llanto, la lluvia sus lagrimas y el trueno su dolor, estaba seguro de ello, no era delirio. —Greg — gritó. Un hombre fuerte y de tez oscura se levantó de un salto y corrió hacia afuera–. Asegúrate de que los hombres coman y descansen y seguid el camino en cuanto amanezca. —¿Qué vas a hacer? – le preguntó. —Tengo que volver a casa esta misma noche – la voz de Anthony sonó alterada aumentando la preocupación de su amigo—. Quédate con ellos y asegúrate de que no se metan en líos. Nos vemos mañana. Ni uno pidió explicaciones ni el otro las dio, con los años habían aprendido a hablarse sin palabras, a confiar el uno en el otro. Greg había aprendido a creer en las corazonadas de Anthony y a no pedir explicaciones. Anthony McKlain volvió a montar su corcel. —Ya sé que estas cansado, pero ahora te necesito – le habló al caballo—. Corre cuanto puedas, llévame a casa. Hombre y bestia, pasaron a formar un solo ser, una unidad desapareciendo en la oscuridad de la noche. No había luna, y si la había, la negrura de las nubes no la dejaban salir. No obstante, tampoco la necesitaban. Trueno conocía bien el camino de vuelta a la fortaleza McKlain, no necesitaba la luna para ver, galopaba en la oscuridad. Ahora no estaban solos, su presencia se hizo notar en la inmensa oscuridad que lo cubría todo. Sintieron el viento cambiar de dirección y ahora, parecía empujarlos para acelerar su paso. «Ya vamos a tu encuentro.» Cabalgaron toda la noche sin descanso, el viento a su favor y la lluvia en su contra..., sus lágrimas. Comenzaba a amanecer y aun no se veía Stongcore. El cansancio comenzaba a doblegar sus fuerzas. «Una colina más y la veremos aparecer. Animo muchacho, ya es nuestro.» Trueno hacía rato que había aminorado la marcha, necesitaba descanso, dos días de marcha y la tormenta Página 113

Revista La Cuna de Eros número 3 estaba haciendo mella en él. Como Anthony había prometido, tras la próxima colina apareció Stongcore. Una edificación imponente de piedra gris, rodeada por una enorme muralla. La fortaleza pertenecía al clan McKlain desde hacía ya siglos, cada laird había aportado algo a la edificación, la muralla que ahora rodeaba la parte sur era obra del actual laird, el padre de Anthony. Las contiendas con otros clanes le había hecho fortificar los puntos débiles. El laird Kennet había sido un joven guerrero dispuesto siempre para la batalla, ello había hecho que las tierras del clan prosperaran de manera notable. Los años le habían hecho volverse más tranquilo, aunque seguía siendo un hombre de armas tomar, aun provocaba temor con tan solo levantar la voz. Actualmente las esperanzas de Stongcore estaban puestas en Anthony, había sido entrenado en el campo de batalla, e instruido en las obligaciones de un laird para con su clan. En los años que el clan McKlain llevaba en paz, se le había permitido unirse al ejército de Robert Bruce y aumentar así su entrenamiento. La fama adquirida como guerrero temerario le había convertido en un héroe para los aldeanos de las Highland y un atractivo partido para los laird vecinos con hijas casaderas. Anthony detuvo a Trueno sobre la colina. Necesitaba ver de lejos la fortaleza y comprobar si algo sucedía en ella. El puente levadizo estaba bajado, la fortaleza no corría peligro. Si todo estaba en orden, estaba enferma. Con el pensamiento en la mente incitó a Trueno a agotar sus últimas fuerzas y llegar cuando antes a casa. Los guerreros que vigilaban en la muralla rompieron a gritos y vítores cuando Trueno cruzó a galope el puente y se detuvo en la plaza frente a la puerta principal. Ignorando toda bienvenida y cegado por la desesperación, se abrió paso entre los habitantes del interior de la muralla que comenzaban a amontonarse a su alrededor para mostrarle su alegría por su vuelta. Para él no había vítores, ni gritos de alegría, su corazón estaba contraído por la preocupación, por el miedo. Anthony corrió hacia el interior de la casa. Nadie le esperaba, nadie sabía que estaba en tierras del clan. Kennet McKlain, el señor del clan y padre de Anthony se apresuró a su encuentro, emocionado por tan repentina aparición de su hijo. El joven McKlain ni siquiera le vio, su mirada, su preocupación, su ira, su desesperación estaban fijas en las escaleras de la torre, nadie bajaba a verle, no se oyeron pasos. Tras unos segundos de espera, segundos que parecieron horas, corrió escaleras arriba. —¡Anthony! – gritó Kennet. No hubo respuesta y corrió tras su hijo. No entendía que pasaba. Un fuerte golpe le hizo detenerse. Anthony estaba de pie frente a una puerta destrozada en el suelo. —¿Dónde está? ¿Dónde está? – preguntaba frenético. —Aquí no. Las noticias vuelan. Está en su nuevo hogar. – le contestó su madre–. Me alegro de tenerte en casa. — ¿Y tus hombres? ¿Han caído en batalla? – las preguntas brotaban de la boca de su padre una tras otra sin descanso, la vuelta de su hijo solo le había preocupado. —Mis hombres están bien, ha habido solo una baja. Pero ¿dónde está ella? Margaret McKlain alzó los brazos para abrazar a su hijo, la euforia la embargaba y Anthony ni se inmutó. Margaret abrazó a una piedra. —Está en el clan McDouglas. Pronto será la esposa de Liam McDouglas. Los ojos de Anthony se encendieron como llamas por la furia que albergaba. No quería pensar, no podía pensar, la furia no lo dejaba pensar, crecía y crecía en su interior. Varios truenos sonaron en la lejanía, truenos ahora distantes. «No temas, pequeña, todo se arreglará. Te lo prometo y sabes que Anthony McKlain no rompe una promesa.» —Anthony, ven conmigo, tenemos que hablar – la suave voz de su madre le trajo de vuelta—. Yo te lo explicaré. —No es tiempo de esas tonterías. Necesito hablar con él. —No voy a ningún lado hasta que alguien me explique – demandó Anthony a gritos. —Cálmate, hijo mío. No puedes hacer una escena. —Madre habla... Padre, ¡qué locura has cometido!– Anthony apenas podía articular palabra, la ira le estaba consumiendo. —Kennet, dame dos minutos con él— suplicó su madre. —Acaba pronto, mujer, quiero hablar con él. Daré las órdenes para que prepararen la comida de bienvenida. Margaret McKlain, era una dulce mujer de cabellos blancos a pesar de no ser muy mayor de edad. Su piel era Página 114

Revista La Cuna de Eros número 3 suave y sonrosada y las arrugas comenzaban a marcarse. Su voz era especial, transmitía dulzura y serenidad. —Trae algo de comer – ordenó a una joven que se cruzaron en el camino. —No quiero comer, quiero saber donde está —Comerás. Nada más llegar a la sala, la mesa se llenó de carne asada, mantequilla, panes, vino y fruta. —La comida no me va a entrar, apenas me llega aire a los pulmones— Anthony se pasó ambas manos por el cabello, y comenzó a pasearse por la sala. —Llevo años observándote y aunque durante estos años he buscado razones lógicas para lo que veía, hoy las has deshecho todas, en un momento has confirmado mis sospechas. —Madre...— Anthony miró a su madre, desconcertado, jamás hubiese pensado que alguien lo hubiera notado. —Sé muchas cosas y las he callado por el bien de todos. —Madre, yo no sabía... — la culpa comenzaba a roerle por dentro. Todo su autocontrol se estaba yendo al traste. Había perdido los estribos al saber que ella no estaba. Había dejado al descubierto muchas cosas. Para él todo eran emociones nuevas y no estaba seguro de poder controlarlas. —Come y déjame hablar. Antes de tu marcha, el laird del clan McDouglas ya había pedido a tu padre su mano. Kennet no se decidía, no había sabido nunca nada de ese clan y le parecía pronto. Pero Liam insistía e insistía, ofrecía cosas y regalos, como has visto la comida escasea y... — Margaret hizo una pausa, no estaba planteando bien las cosas, dicho así parecía una venta, un trueque y en cambio era un buen partido, ella se iba a casar con un laird. —¿Por qué nadie me dijo nada? – Anthony dio un golpe en la mesa con su puño. —Come – fue la respuesta serena de su madre. La furia de Anthony no parecía afectarle—. Tú no eres nadie para decidir eso, deciden los lairds y tú aun no lo eres. Tu padre decidió que era una buena ocasión para ella. Un mes después de tu marcha tu padre aceptó. —¿Qué dijo ella? – no debía haber preguntado, no estaba preparado para oír la respuesta. —No protestó, acató la decisión de tu padre, como deberías hacer tú— le comentó su madre. Las últimas palabras sonaron como una orden, no había ese tono suave que Margaret había usado durante toda la conversación. Por lo que era capaz de sentir, ella no podía estar bien allí, de eso estaba seguro. —Hace un mes, volvió Liam— siguió contando su madre — y quiso que ella fuese a hacerle una visita. Tu padre la mandó con diez hombres y sus doncellas. Hace unas semanas empecé a preocuparme porque no volvía y mandé a un hombre de mi confianza. Aun espero su vuelta. —Yo mismo iré a buscarla, ahora mismo– Anthony se levantó de la mesa de un salto, la determinación de su decisión no tomó por sorpresa a su madre. En el patio comenzó a levantarse de nuevo el alboroto. Anthony caminó hacia la ventana. Tal vez el aire le refrescase. La gente se amontonaba alrededor de unos hombres a caballo. —Maldita sea, mis hombres han llegado. Greg nunca me obedece. Esta vez me las pagará– Anthony golpeó el alfeizar con el puño. —Volviendo al tema. En otra ocasión te pediría que abandonases tu descabellada idea de viajar hasta territorio McDouglas sin haber dormido en toda la noche pero si te sientes con fuerza, tienes mi permiso para marchar. Estoy muy preocupada. —No te preocupes, estoy listo. Voy a bajar a pedir explicaciones al zoquete de Greg y luego partiré. —Gracias hijo mío. Que Dios te de fuerzas para este nuevo viaje. Margaret abrazó a su hijo, su cabeza descansaba en el pecho de Anthony y éste le deposito cariñosamente un beso en el cabello. —Yo te la traeré de vuelta. Y dicho esto se dirigió hasta el patio con la intención de sermonear a Greg por no acatar sus órdenes. Al llegar al portón de entrada vio que su caballo ya no estaba en el patio donde él lo había dejado, estaba seguro de que algún mozo de cuadra se estaría ocupando de Trueno. Esbozó una leve sonrisa, ese animal se merecía un descanso. Greg se separó del grupo y se acercó a Anthony en cuando le vio salir de la casa. —Una vez más. No me hiciste caso. No sé porque me sorprende, siempre haces lo mismo — le dijo con una ligera sonrisa. Página 115

Revista La Cuna de Eros número 3 —En cuanto les dije a los hombres que había vuelto sin descansar, decidieron hacer lo mismo – Greg se encogió de hombros en aptitud inocente–.Y y bien, ¿has solucionado las cosas? —No, aún no. Mi «cosa» está en el clan McDouglas. —Y piensas salir corriendo hasta allí. Eso está bien lejos. —Sí, ¿porqué?, ¿piensas seguirme? —Tal vez. —Entonces será mejor que comas algo, que en eso ya te llevo ventaja. —Comeré por el camino. ¿Cuándo nos vamos? —Ya. —En ese caso cambiaré de montura, no quiero reventar a mi caballo. —Me parece buena idea, te veo en las caballerizas – no quería cruzarse de nuevo con su padre. Sin lugar a dudas no aprobaría su salida y no estaba dispuesto a perder el tiempo en discusiones. Ya acataría las consecuencias cuando ella estuviese allí. Entre los muros de Stongcore se preparaba la fiesta de bienvenida. Todo era poco para los héroes de la batalla, gracias a su participación se había conseguido erradicar a los ingleses de las Highland. Las mesas se llenaban de los mejores platos, el mejor vino y los mejores postres. La escasez ya no se notaba en las mesas. ***** —Maldita seas mujer, deja de llorar – aquel hombre le doblaba en tamaño, su voz era pura cólera, pero ella ni siquiera le oía. Permanecía sentada en el suelo a los pies de su cama, abrazada a sus rodillas y con el rostro hundido entre ellas. Su llanto hacía enfurecer cada vez más al hombre que había entrado en la habitación, pero a ella parecía no importarle. Una mano agarró fuertemente su brazo, le hacía daño, la zarandearon ordenándole nuevamente que cesara su llanto, no obstante su mente estaba ajena a todo. Alzó su rostro hasta mirarle a los ojos, y recibió un fuerte empujón que la dejó tirada en el suelo. Una vez más, no hizo intento de moverse, permaneció en la misma postura en que había caído, sollozando. —Parece un muerto – murmuró uno de los guardias de la puerta. — Morirá llorando, jamás le permitiré que abandone mis tierras – tras estas palabras un golpe le indicó que la puerta se había cerrado, de nuevo estaba sola. Ya no tenía fuerzas para buscarle, ya no podía hacer nada. Sus energías habían llegado al límite, si intentaba algo más, no estaba segura de que pudiera seguir viviendo para esperarle.

Anthony McKlain lleva años enamorado de alguien que sabe que nunca será suya. La sangre le impide tenerla aunque no amarla y sufre en silencio el dolor de un amor imposible. Arabella Mcklain posee el don de controlar los efectos de la naturaleza y comparte su secreto con su hermano. Cuando ella es secuestrada y Anthony debe ir a buscarla todo estalla. Al llegar a ella y creerla muerta, su amor por ella brota furioso hasta el punto de hacerle cruzar una línea que no debió traspasar. PUEDES ADQUIRIRLA EN

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REDACCIÓN DE LA CUNA DE EROS

D.W. NICHOLS Escritora, bloguera, reseñista y, ahora, directora y editora de “La cuna de Eros”. Autora de la trilogía “Desde el amanecer”, “El diablo baila a la sombra de la luna escarlata”, “Tapices griegos” e “Historias de vampiros: Henri”, entre otras. Su última novela, “La noche de la luna azul”, perteneciente a la serie “La manada de Midtown”, salió a la venta a primeros de Junio en Amazon. Blog: D.W. Nichols Página web: D.W. Nichols

SARAH DEGEL Escritora, correctora, colaboradora de Editorial Universo, community manager y bloguera. Seriéfila hasta la médula, bibliófila, el dibujo es otro de mis hobbies y cantar me relaja, amante de las artes en general. Autora del relato La Ilusión de María que salió en “Obras Finalistas Vol. 1 Concurso Literario Casa Eolo” y de Lágrimas de Navidad en la antología “Pasión de Navidad”, y la voz de Madeleine en el booktrailer de: “Por un hombre así… me derrito”. Llevo cuatro blogs, aquí dejo un par: Blogs: Yo soy bibliófila Buenas señoritas

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MARTA FERNANDEZ Asturiana, generación del 93, estudiante de Derecho y ávida lectora. Administra el blog Tejiendo críticas en la sombra, es coadministradora del grupo Novelas de amor oscuro y dirige el grupo de novela paranormal (juvenil y adulta) en QuieroLeer. Blog: Tejiendo críticas en la sombra

PATRI KOSMIC. Licenciada el psicología. Bohemia excéntrica, apasionada de las artes y la música y amante de sus amantes. De alma libre y soñadora. Trotamundos sin límite. Blog: Historias kosmicas

HELEN C. ROGUE. Escritora y bloguera, colabora como reseñista con varias editoriales y con “La cuna de Eros” . Tiene publicado dos relatos en “150 rosas” de Editorial Divalentis, uno en la antología “Historias del dragón” de Kelonia Editorial y varias antologías solidarias pendientes de publicar. Acabando varias novelas. Blog: Reflexiones de una mente (un pelín) perturbada

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ELISABETH D’SILVA Licenciada en ciencias económicas. Tengo tres hijos, me considero una mujer emprendedora y siempre veo el vaso medio lleno. Mi sueño, publicar mi primera novela de muchas... También he participado en algunas revistas digitales de romántica con alguno de mis relatos y reseñas. Mi primera publicación en un libro viene gracias al concurso 150 Rosas de editorial Divalentis, donde participe con dos relatos y los dos fueron seleccionados para formar parte de la antología de 150 relatos de amor. Blog: Mis historias y más

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