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A FRAY MAMERTO ESQUI Yo te encontr en un libro y una estampa.

Y desde entonces te segu por esa senda humilde que vuelve y te retiene en Catamarca. Me parecas un cndor y a veces el hornero por tu sayal y tu sandalia. Yo contemplaba el fondo de tus ojos cuando volaba tu paloma blanca. Supe entonces que amabas la pobreza del lirio de tu infancia. Y que llevabas tus Sierras Gracianas y el algarobo y la labranza, en la pila bautismal que ar tus noches desde Piedra Blanca. Un paisaje vestido de estamea se alzaba en tu figura franciscana; pero tu verbo iluminaba Amrica mientras quemabas la chamiza solamente del bosque que ocultabas. Oh Santo! Como buscabas el corazn de tu rebao. <<Obedeced! Sin sumisin no hay ley>>. Clamaba tu elocuencia. La anarqua te dola porque escuchabas los pjaros del amanecer en la Patria de Dios celeste y blanca.

Y en Tierra Santa el valle de tu sangre se blanqueaba en achumas cuando alzabas la hostia del Dios Crucificado. Y en esa llamaraba presentabas la patria, que te peda volver. Y volviste. Crdoba te necesitaba, pero dejaste el corazn en Catamarca. Para el milagro de tu amor bastaba el arenal del Suncho, un rancho solitario, un algarrobo, y en un catre de tiento tu sayal franciscano ya tendido casi besando el suelo ...y despus unas tablas. El rosario rodando con las lgrimas de unos cuantos humildes. Ellos tuvieron la suprema gracia de besarte las manos en nombre de tus feligresas y de la Patria. Pero la Patria pide otra vez tu palabra. Esta vez desde tu altar y desde tu estatua.

Autor: Ma. Emilia de Surez Hurtado