Está en la página 1de 2

ELOGIO DEL DESIERTO Las topografías, los ámbitos espaciales, son los escenarios de experiencias espirituales.

Al final de cuentas, el espíritu no existe en la mera abstracción, necesita su escenografía. . El mar hace pensar en la travesía, en el viaje de descubrimiento, en un universo que se desplegará ante nuestros ojos para deslumbrarnos, para entregarnos un tesoro, para ponernos frente a un nuevo mundo (Ulises, Jasón, Conrad, Colón…). También es la amenaza del naufragio, de las profundidades abismales, de los monstruos marinos. El bosque nos remite al escondite, a la “emboscadura” tras el ser, al secreto del encuentro, a la resistencia (Robin Hood, Jünger, Blancanieves, los maquis…). También es la amenaza de la trampa, de la no salida, de lo obtuso. La selva es la tierra de la fusión con la naturaleza exuberante, ingobernable, la fusión del hombre con la realidad en estado bruto, la celebración de la animalidad, del buen salvaje, de la no civilización (Tarzán, Levi-Strauss, Herzog, Conrad de nuevo, Doña Bárbara…). También la amenaza de la locura, de la mímesis disolutiva, de la pura vegetalidad. La montaña es la mirada hacia el infinito, la cercanía con lo sublime, la del hombre a un paso de lo divino (Friedrich, Heidegger, Daumal, Montsegur…). También la amenaza del despeñamiento, del derribo en lo insuperable, de la soledad absoluta. El río es el tránsito, el puente hacia otras dimensiones, el cruce de la frontera, la experiencia del eterno fluir (Heráclito, Sidharta, Huckleberry Finn…). También la amenaza de la deriva, del extravío sin asidero, del fuir sin sentido. Quiero hablar del desierto ahora. Friedrich Nietzche decía que el desierto avanzaba. Era el nihilismo. Y lo es. Uno se encuentra en el desierto frente a la inmensidad vacía, frente a la ausencia de vida, frente al sol o el frío cegadores que parecen aplastarnos, que nos convierten en puntos al borde de la aniquilación. Y lo es, pero también en apariencia. La experiencia espiritual vive aquí (como en el mar, el bosque, la montaña, el río) la ambigüedad del terreno. Irse al desierto es lanzarse al despojamiento, al minimalismo de la renuncia, a la confesión de la pura inanidad, a la aceptación de que somos una nada que se desplaza paso a paso sin asidero, sin las pretensiones de la civilización, sin la técnica reconfortante, sin el consuelo del agua refrescante, sin el espejo del otro. Irse al desierto es quedarse solo con uno mismo, y con ese uno mismo quedándose sin uno mismo. Por eso el nihilismo.

por la mera compulsión a sobrevivir o la trampa de escapar. De la nada al todo. podemos hacer que avance. viene la expectativa del oasis. de la negación radical a la afirmación exuberante. Nos lleva al límite. con audacia. con ritmo. todo lo que somos.Y en medio de ese nihilismo. hemos avanzado nosotros. cuando el sol cegador se hace iluminación. cuando la negación pasa a la afirmación. la búsqueda de la fuente interior. por la desesperación. Ese inmenso aleluya es la celebración del oasis. Y en este sentido también avanza el desierto. cuando el aplastamiento se hace revelación. aquella donde mana todo lo que necesitamos. cuando nuestro propio espejo nos revela al otro. ¿Exuberancia en el desierto? ¿Afirmación de la vida? ¿Encuentro con el otro? ¿Fusión con el todo? La experiencia del desierto es de una intensidad radical. nos dota de la palabra. aquella que debe ser entrevista y reconocida en medio de tanto espejismo creado por la ansiedad. con suerte. cuando la falta de lluvia se hace manantial subterráneo. con alegría. nos hace habitantes de la frontera y nos devuelve de la frontera. y quizás. . nos regala una nueva vida. de lo múltiple disgregado a la unidad orgánica. de esa pura negación. Cuando el camino del desierto se convierte en la búsqueda del oasis es cuando el nihilismo pasivo se vuelve activo. del oasis que también somos. Ha avanzado el desierto. cuando el despojamiento se hace nueva piel. cuando la inanidad se hace verdades. aquella que debe ser proclamada en alta voz.