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República Dominicana: ¿dónde está el dinero? Publicado por Guadalupe de la Vallina (English version) Reportaje realizado con el apoyo de Intermón Oxfam Lo tienen todo, papi. Tienen fly, tienen party, tienen una sabrosura, tienen materia prima, la riqueza natural de un paraíso mitológico, mano de obra, democracia y generaciones nacidas en paz. Y, sin embargo, más del 40% vive bajo el umbral de la pobreza. En 2012 el presidente Leonel Fernández dejó al país un agujero de casi 3500 millones de euros, más de un 8% del PIB, causado por la financiación de su ambiciosa campaña electoral con fondos públicos y la larga tradición latinoamericana de corrupción estatal. Como parte del plan para paliar ese déficit el Gobierno entrante, conDanilo Medina a la cabeza, aplicó una reforma fiscal conocida como el paquetazo. Entre otras medidas, la reforma incluye un aumento de impuestos indirectos y el gravamen a productos de primera necesidad que estaban exentos. La mayor parte de la carga recae de esta forma sobre la debilitada clase media y la amplia clase baja. Sin embargo, casi nadie recibe los servicios correspondientes a los impuestos que paga. Slow living. Real slow Todo se mueve despacio en una calma narcótica y risueña. En un pasillo del aeropuerto, la joven agente de policía se dirige hacia su compañero marcando los pasos de salsa. Los empleados canturrean éxitos de la radio detrás del mostrador y charlan, aprovechando algún descanso para atender al turista. Ninguno tiene prisa. Es real, como casi todos los tópicos: nadie se estresa. No lo hace el conductor que nos espera desde hace horas por un error al comunicar los datos del billete. Y tampoco esperan que lo hagan los turistas, cuando hacen falta cuatro personas y 25 minutos para confirmar que no, no se hacen facturas del cambio de moneda a empresas. Así que, al bajar del avión, uno debe decidir entre hacer la cruzada de la eficiencia por la que pugna el pequeño europeo que llevamos dentro (y perderla de forma frustrante), o abrazar de lleno el auténtico slow living. Slow-casi-nada-funciona-pero-no-pasa-nada-mamasota living. La redactora lo abraza, por supuesto. En un hotel con pocos lujos una mujer haitiana trae un desayuno digno de cualquier Hilton, que en algo se tendrá que notar que hemos llegado al paraíso: el mejor café, la mejor fruta, el agua —ay— mineral. Se adivina que es haitiana, sin que hable, por la tristeza de su mirada. No es un arranque lírico, es evidente la herida, una desconfianza profunda en casi todos los haitianos con los que nos cruzamos durante el viaje, más llamativa por el contraste con la despreocupación de sus vecinos. Su historia, reciente y remota, les da un catálogo de razones para sospechar de cualquiera, y más de los dominicanos. Se entiende fácilmente al preguntar el origen del nombre del río Masacre, fronterizo entre los dos países de la isla, donde, en 1937, 15.000 haitianos fueron asesinados por orden del dictador Trujillo en una limpieza étnica: se cerraron las fronteras y todo el que no pudiera pronunciar correctamente la palabra “perejil” fue asesinado. El terremoto que asoló la isla en 2010 supuso un significativo acercamiento entre los dos pueblos ya que los dominicanos abrieron sus fronteras, cuyo fin principal suele ser rechazar la inmigración haitiana, para socorrerlos. Sin embargo, en la actualidad sigue presente un fuerte poso de racismo en su contra, a pesar del variado rango de colores en el país —o, precisamente, por esa razón. Es la primera grieta en la calma dominicana. Al subir en la furgoneta que me presentará la república, veo una pegatina con una metralleta tachada. Lo interpreto como un manifiesto pacifista pero no: es el símbolo oficial que prohíbe entrar con armas en los bares, hoteles y los establecimientos que lo decidan. En Dominicana es legal la tenencia de armas y, al saberlo, agradezco el ambiente relajado que se percibe en la calle. Tras media hora de viaje bajo un sol benévolo y de charla despreocupada con la omnipresente salsa de fondo, nuestro conductor frunce el ceño al pasar junto a un grupo de hombres uniformados. —A mí me secuestraron los militares. Lo comenta con el mismo tono que la previsión del tiempo hace dos rotondas. Segunda grieta. —Pararon mi furgoneta atravesándose en la carretera. Me metieron en el maletero, me pegaron, me robaron, me soltaron en mitad de la nada, vivo, gracias a Dios. Sé que eran militares porque pararon a charlar con otros, hablaban como militares, usaban su jerga. Caigo entonces en la cuenta de la gran cantidad de uniformes que transitan por Santo Domingo, sin necesidad aparente. No se trata de un país en guerra, no forma parte de la OTAN, prácticamente no participa en misiones en el extranjero y, sin embargo, el Ejército está presente en casi todos los barrios de la ciudad. Pero no les falta trabajo: los militares prestan servicio a funcionarios del Gobierno que puedan necesitar chófer, niñera o cualquier tipo de asistencia. Es normal que Luis, nuestro conductor, no se fíe del Ejército. Pero no es necesario un secuestro para esperar una reforma de la institución. Manuel, un estudiante universitario de familia militar, ingresó a los 18 años en la Marina. Reconoce que muchos cobran sobresueldos a dedo. Están exentos de las redadas —ilegales, pero cotidianas— que realiza la Policía para recaudar dinero. Tienen un sueldo mínimo bajo incluso para la media del país, pueden ganar 84 € al mes. A pesar de contar con seguro médico familiar, comedores gratuitos, peluquería y gran cantidad de servicios, es de esperar que busquen métodos de financiación “alternativos”. Al igual que la Policía, donde un agente raso gana 114 € y el nivel educativo suele ser bajo, la combinación de poder, armas y escasez es letal para ganarse la confianza del ciudadano. Lo admite también el teniente coronel Manuel de Jesús Corporán, en la comisaría de San Francisco de Macorís. Este pueblo ocupaba los primeros días de nuestra agenda en la isla pero perdió su puesto por las manifestaciones violentas durante una de sus frecuentes huelgas, protagonizada en esta ocasión por FALPO, Frente Amplio de Lucha Popular. Un joven ha muerto y nadie sabe de dónde viene la bala: los manifestantes acusan a la Policía, los agentes le señalan como un ladrón pillado in fraganti y los habitantes murmuran acerca de un ajuste de cuentas entre narcos, que suelen aprovechar este tipo de enfrentamientos para limpiar la casa. Tercera grieta: la calma dominicana hace aguas por todas partes. El teniente coronel Corporán fuerza el gesto serio, de acuerdo a las circunstancias. Como respuesta a la muerte del joven, el sindicato estudiantil FELABEL, considerado extraoficialmente la rama universitaria de FALPO, convocó otra huelga en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la más antigua de la República Dominicana, donde el coronel Julián Suárez murió de un disparo del bando de los estudiantes. De forma que la Policía cuenta con la sospecha de la muerte del joven y una apenas disimulada sed de venganza por la baja de uno de sus líderes. Tanto es así que uno de los estudiantes acusados, Wilson Daciel Nicasio, se entrega en directo, en un programa de televisión nacional de NCDN, una escena que haría las delicias de la audiencia española: es la forma de asegurarse de que no será maltratado, nos comenta Corporán, ya que los medios seguirán su historia. Se trata de un método común para ponerse a disposición de las autoridades cuando se teme su reacción. ¿Está justificado ese miedo? Corporán cree que sí, y habla de “los malos policías que llegan a las filas con otro objetivo, distinto de la protección ciudadana. Estamos trabajando en ello, esperamos que en un par de años mejore la situación.” No sabe identificar gracias a qué medidas espera ese cambio radical, casi milagroso. La conversación podría ser tensa pero al teniente se le escapa una carcajada adolescente al posar para la foto, iluminando la sala. Como siempre, la reunión termina en discreta fiesta, aquí es difícil mantener la seriedad más de 40 minutos. Pero la fiesta no resuelve la tensión social. Como represalia al asesinato del coronel, la Policía ha violado por primera vez en la democracia el fuero universitario para inspeccionar la sede del FELABEL, y han encontrado armas y una peluca, pruebas que a ojos de muchos han colocado los agentes para poder disolver la agrupación estudiantil, con una larga tradición reivindicativa. En realidad, todas las asociaciones universitarias de la UASD parecen responder a intensos discursos políticos más que a cuestiones del campus, basta un repaso a los nombres: Frente Estudiantil de Liberación Amín Abel, Frente Estudiantil de Liberación Flavio Suero, Fuerza Juvenil de la Revolución, Frente Estudiantil Socialdemócrata, Vanguardia Estudiantil Dominicana. Cada asociación se corresponde con una formación política que se asegura de esa forma de que los futuros líderes dominicanos encajen en el esquema ideológico nacional, marcado por una espectacular retórica revolucionaria propia de la izquierda latinoamericana pero a gran distancia de lo que parecen ser las necesidades reales de los ciudadanos. La gran mayoría de los estudiantes están inscritos en las asociaciones, que les proporcionan comedor gratis, exoneración de algunos pagos, lugar preferente en las matriculaciones e incluso plazo de inscripción previo al resto de los alumnos. Para Laura de Jesús, desencantada tras ser la directora de comunicación de la Secretaría de Bienestar Estudiantil en la Federación de Estudiantes Dominicanos, no parece que esa participación refleje una preocupación real cuando solo el 12% de los estudiantes participa en las elecciones universitarias. Los jóvenes no despiertan, por lo tanto, a la conciencia política durante su carrera, sino que más bien adquieren la habilidad fundamental para vivir —o incluso sobrevivir— en la sociedad dominicana: tener amigos en los lugares adecuados. ¿Dónde está el dinero? De esto sabe mucho Rosana, trabajadora social, que nos habla de la niña con una moneda atravesada en la garganta cuya madre sin recursos lleva de hospital en hospital porque ninguno quiere atender la emergencia gratis, hasta que dan con un centro donde trabaja un amigo de la familia que, por fin, se hace cargo del asunto. Lo sabe también porque su instituto es el único de la zona que tiene luz eléctrica durante todo el día: un exalumno trabaja ahora en el gobierno del distrito. Se trata de una excepción en un país donde la norma es tener la luz racionada a pesar de pagar las facturas. En una escuela, con solo cuatro horas lectivas por turno al día, puede tener pocas consecuencias, pero ¿de qué forma puede llegar a fin de mes un artesano con solo cuatro horas al día para encender las máquinas? Rosa Elena hace malabarismos para mantener a flote su taller de fabricación y tapicería de muebles. Cuenta con luz eléctrica desde las 9:00 hasta las 13:00, que se corta hasta las 18:00, para iluminar la noche. Por ese servicio, paga alrededor de 74 € al mes, pero no es suficiente para sacar adelante un negocio, por lo que el resto de la jornada laboral enciende la planta, un generador eléctrico que consume un galón de combustible al día, que le cuesta unos 18 €. Termina pagando 434 € al mes que se suman a los efectos del paquetazo. Rosa Elena enumera: la espuma con la que rellena los muebles (que forma montañas en las esquinas del taller) antes costaba 200 pesos, ahora 300. Una libra de clavos costaba 25 y ahora cuesta 55. Un sobre de café —materia prima para cualquier negocio del mundo— costaba 5 pesos y ahora cuesta 10. —Cuando mis hijos tienen hambre por las tardes, les digo que beban agua. Ya no puedo comprarles merienda. Para pagar la universidad de mi hija tenemos que beber menos agua [la del grifo, que pagan puntualmente, no es potable], comer menos, aprovechar mejor el jabón. Rosa Elena es madre soltera, como la mayoría de madres dominicanas. El matrimonio es una institución a la baja en el país, son muy comunes las uniones informales y de corta duración. El precoz desarrollo físico de los dominicanos comienza con los bebés que caminan a los 9 meses y culmina en un preocupante número de adolescentes solas a cargo de su primer hijo, que abandonan los estudios y no vuelven a saber nada del padre, en un círculo vicioso de unión y abandono en el que la mujer asume todas las cargas familiares. La emigración no ayuda en nada a esta tendencia. Todas las casas están marcadas por la separación de quien intenta conseguir una vida mejor en Estados Unidos o en España, pero que suele resultar en familias paralelas e hijos repartidos entre abuelos o tíos. La promiscuidad es la tónica dominante en una cultura donde el perreo gana fuerza en las pistas de baile. Un viaje a la República Dominicana no es solo un máster en slow living, sino también en el arte de la seducción. Desde adolescentes hasta ancianos, los dominicanos desarrollan esta habilidad con el mismo empeño que aprender a conducir o a leer correctamente. Los hombres aprenden a cortejar y las mujeres invierten gran cantidad de horas y recursos en resultar (aún más) atractivas. No en vano, un agente de policía rellenaba por mí la ficha de inmigración porque “es la ley dominicana hacerlo en el caso de mujeres lindas”. Mientras, yo recordaba al agente inglés que, en el aeropuerto de Stansted me intimidaba escrutando mi foto de DNI tras un cristal antibalas. Prácticamente igual. Pero esa es solo la cara amable de la cultura sentimental dominicana, con un alto índice de maltrato doméstico (el 24% de las mujeres entre 14 y 49 años admiten haberlo sufrido) que las tertulias y la opinión pública achacan, sorprendentemente, a la crisis económica. El hombre, repiten los tertulianos, llega a casa cargado de preocupaciones y se desahoga agrediendo a la mujer; una reacción injusta pero —siempre en su opinión— de alguna forma provocada por el entorno. Un signo de que aún queda un enorme trabajo por hacer. Georgina también fabrica muebles y tiene un hijo a su cargo. No es habitual ver a mujeres trabajando con sierras eléctricas en la República Dominicana. Georgina, Rosa Elena y una lista creciente de compañeras son una honrosa excepción por culpa de la asociación Ce-Mujer, que les proporciona formación en actividades no tradicionales, especialmente técnicas. Su fin no es únicamente ayudarles a ganarse la vida y desarrollarse profesionalmente, también busca transformar la mentalidad dominicana, profundamente machista: muchas de las mujeres de la asociación han perdido a sus parejas porque no han sido capaces de asumir que ellas trabajaran en un taller, como cualquier hombre. Esta es además una de las iniciativas que intentan paliar el efecto de la reforma fiscal, que ha limitado el acceso de los dominicanos a la “canasta básica”, el conjunto de productos que se consideran esenciales para la unidad familiar y que se maneja para valorar el nivel de vida de los dominicanos: el campo de fútbol de la economía de crisis. El Banco Central considera que el coste de la canasta básica es de 192,8€, sueldo que no alcanza el 51% de los trabajadores del país. Georgina, por ejemplo, ya no compra leche para su hijo de 5 años. Y el paquetazo tiene gran parte de culpa. Pero el problema de la reforma fiscal no reside solo en los impuestos que aplica sino, sobre todo, en el uso que se hace de ellos. Después de una intensa campaña nacional, la Coalición Educación Digna ha conseguido que el Estado se comprometa a dedicar el 4% del PIB a la educación. Pero, a la hora de aplicarlo, el empresariado que apoyó la medida no quiere que esa partida se destine a aumentar el sueldo de los profesores, que actualmente está en 278 €. Mientras el país asiste a un intenso debate sobre la aplicación de esta medida, la ministra de Educación se ha aumentado un 200% su sueldo. Pero la Coalición no actúa sola. Forma parte del movimiento Justicia Fiscal, un movimiento social surgido tras elpaquetazo, y que cuenta con una alta participación ciudadana, no está en desacuerdo con el aumento de impuestos, pero trabaja para exigir al Gobierno una revisión profunda de la fiscalidad, es decir, no solo la recaudación sino, sobre todo, de qué forma se invierte. Y hacerlo desde cero, calculando la necesidad de recursos a partir de los resultados que se quieren alcanzar: se trata de la forma más razonable de plantear un presupuesto, pero dejaría sin fondos el sistema paralelo de clientelismo. En marzo organizaron un torneo de debate universitario en la UASD, donde los estudiantes defendieron posturas a favor y en contra de la reforma, según sorteo, como es común en esta actividad; una forma de propiciar el análisis y la crítica de la política fiscal a nivel nacional. La opinión de estos jóvenes, con los que pude charlar (y que son una buena razón para tener esperanza sobre el futuro del país), es que las leyes están bien formuladas. El problema es que no se cumplen. Se realizan grandes inversiones desde el poder ejecutivo que no están contempladas en el programa del Gobierno y sobre las que es difícil tener información veraz. El año pasado, la Cámara de Cuentas concluyó tras una auditoría que no se sabía cómo se habían gastado miles de millones del presupuesto nacional. No tuvo ninguna consecuencia. El metro de Santo Domingo, una obra de gran envergadura, que muchos ven desproporcionada ante los niveles de pobreza y las necesidades básicas de la ciudad (como el agua potable o la luz), no figuraba en los presupuestos: su inversión millonaria, 40 veces mayor de lo que se invirtió en 2009 en agua y alcantarillado, se restó a alguna otra partida. No se sabe cuál con certeza porque, a pesar de la ley que garantiza la transparencia de la información, las fuentes gubernamentales hacen lo posible para obstaculizar el acceso a los datos más comprometedores. Silvio Minier, del movimiento Justicia Fiscal y también trabajador de Intermón Oxfam, se queja de que, después de insistir hasta la náusea, la Administración les envía cientos de hojas en PDF cerrado, es decir, que para hacer cualquier estimación deben copiar todos los datos a mano, un detalle más que dificulta la vigilancia ciudadana del uso de sus impuestos. No es de extrañar que la economía sumergida alcance el 57%, la confianza en las instituciones no pasa por su mejor momento. Balas y cacao Camino de San Francisco de Macorís, atravieso el país en el asiento del copiloto, con medio cuerpo fuera y la cámara apuntando, porque los dominicanos son un regalo para el fotógrafo y el observador en general. No les importa ser mirados y devuelven la mirada con una mezcla de curiosidad, orgullo y simpatía. Adoran la cámara, he pasado de pedir permiso tímidamente a no poder atender a todas las peticiones de retratos. Solo un hombre se niega a que le fotografíe. Es haitiano. Después de pasar una jornada con ellos, se hace difícil creer que los habitantes de San Francisco tengan inclinación por las protestas violentas pistola en mano, como las ocurridas el pasado abril como respuesta a la reforma fiscal, en que un joven perdió la vida. Como todos los dominicanos que he conocido, se trata de gente excepcionalmente paciente, cortés y con una envidiable capacidad de disfrute de la vida. Pero aún se pueden leer las pintadas: “un bombazo contra el paquetazo”. Nada más alejarnos del centro del pueblo el coche se llena de un olor fuerte y amargo, las plantaciones de cacao conforman gran parte de su paisaje. Patria Durán, una mujer de 69 años que aparenta 45, como es la norma aquí, es productora de cacao en el barrio de La Ciénaga. Con nueve hijos y un marido anciano que ya no puede trabajar en la plantación, vive de la agricultura y es promotora de salud pública en la comunidad. Me invita a la plantación: ella camina tranquila con sandalias y yo, con pantalones largos y calcetines, recibo la visita de una colonia de hormigas amarillas (las que pican de verdad) a lo largo de mis pantorrillas. —¿Hay aquí hormigas venenosas? —No. —¿Y serpientes venenosas? —No. —¿Y arañas venenosas? —Aquí el único animal venenoso que queda es el hombre. Como todos los que cultivan este producto, Patria lleva colgando un machete de proporciones de Cocodrilo Dundee que maneja con la dulce habilidad de las abuelas, y nos enseña cómo hacerlo. Se corta la mazorca cuando está madura (imposible distinguir a ojos de redactora profana), se abre con dos golpes de machete y un giro de muñeca y se extrae un racimo de semillas gordas envueltas en una sustancia blanca y viscosa. Cuando me la ofrecen hago de tripas corazón y me meto una semilla en la boca. Es el caramelo más sabroso que he probado nunca, la sustancia alienígena resulta ser azúcar, que luego hará fermentar las semillas si se trata de la variedadhispaniola, las de mejor calidad, que se convertirá en tableta de chocolate negro 70%, o bien se dejará secar si se trata de Sánchez, de peor calidad, usada para chocolatinas american style, como Mars o Milky Way. Cuando cae el sol nos sentamos en su porche, con su marido y un nieto que vive con ella. “Qué bien que hoy toque luz para poder charlar con ustedes. Mañana le toca al barrio de al lado”. Patria produce cacao orgánico para comercio justo y forma parte de una cooperativa, Cooproagro. Antes vendía el cacao a un intermediario que fijaba el precio unilateralmente, compraba el producto a, por ejemplo, 3900 pesos el quintal y fin de la transacción. Como parte de la cooperativa, Patria puede conocer a cuánto cotiza en bolsa el cacao el día que va a venderlo (4100 pesos, en el ejemplo, si se trata de cacao hispaniola), obtener su parte cuando se reparten los beneficios a final de año (otros 800 pesos por quintal) y disfrutar de las obras que se construyen con la prima social, un porcentaje que la importadora de comercio justo, como Intermón Oxfam, paga a Cooproagro para invertir en las necesidades que la comunidad decida abordar: asfaltar un camino para poder vender cosecha en el mercado local sin necesidad de intermediarios, un centro de salud que no haga necesario el largo viaje hasta el hospital, un acueducto que hace dos meses llevó agua corriente al barrio por primera vez, una capilla para sus ritos religiosos, un comedor escolar… ¿Les suena? Sí, son precisamente los servicios que no está prestando el Estado. “Pagamos impuestos y el Gobierno dice que nos va a ayudar pero no tenemos agua potable, ni la luz que necesitamos, ni caminos asfaltados… El único trabajo que se nota es el de las organizaciones”. Lo tienen todo. Podrían disfrutarlo todo. Y lo merecen. Basta con que no se lo roben. Fotografía: Guadalupe de la Vallina (Galería completa del reportaje aquí) Traducción al inglés: Carolina Camarmo