NO QUIERO SALVARME

Hace tres años fui al alcázar de Segovia con un grupo de alumnos italianos de intercambio. Me acompañaba un profesor de Filosofía. Era invierno: en ningún sitio he pasado tanto frío desde entonces. Eso, unido al hecho de que me acordé de las barbaridades que se cometían en los castillos y ciudades medievales, me hizo decirle a mi colega: “Qué cutre y triste debía de ser la vida aquí.” Para mi sorpresa, él reaccionó casi indignado: “¿Y hoy qué? ¿No ves los telediarios, las matanzas de inocentes que hay por todo el mundo?” Yo le respondí: “Sí, igual que entonces. Pero hoy tenemos papel higiénico.” Unas semanas después vi en el salvapantalla de su ordenador una reconstrucción impresionante de una ciudad precolombina, que me mostró con una sonrisa: “Y dicen que eran salvajes.” Entonces lo comprendí todo: su mentalidad era la de un niño dispuesto a creerse cualquier historia de Disney. Lo del papel higiénico no es una tontería. Estoy seguro de lo siguiente: si te dieran la oportunidad de viajar en el tiempo y eligieras como destino la Teotihuacán del siglo XV, a la hora de la verdad te echarías atrás; y si no, regresarías a nuestro mundo pitando. ¿Por qué? Mejor no entrar en detalles
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sobre cómo te las podrías arreglar sin ese invento tan tonto, pero tan suave e higiénico. Pero carecer de él es lo mejor que te podría pasar en esa época. Por las pirámides de esas idílicas ciudades rodaban cabezas ofrendadas a los dioses. Espero que no te tocara a ti ser una de esas víctimas sacrificadas, porque por mucho que te negaras, nadie te iba a escuchar. Con esto no estoy atacando a los indígenas y defendiendo a los cristianos, porque ya sabemos cómo se las gastaban éstos: “Todo aquel que no crea en el Dios que nos hemos inventado, si lo confiesa, deberá salvarse ardiendo en la hoguera o colgado del péndulo; si no lo confiesa, también.” ¿Tal vez estaría mejor la Europa de hace 80.000 años, cuando aún no existían religiones, sacerdotes ni escuela? No, gracias: prefiero que la tribu de enfrente no me aplaste la cabeza por cruzarme en su camino. ¿El siglo XVIII, con sus músicas de cámara, sus trajes, sus perfumes y sus revoluciones? Ya, pero la música de cámara sólo sonaba en los palacios. Eso sin contar con que seguían operándote sin anestesia. No quiero ni imaginar lo que es sentir cómo te rajan el vientre, sierran la pierna o sacan esa muela que no te deja dormir desde hace ya… A mediados del siglo XIX, por fin, un bendito dentista estadounidense, Horace Wells, tuvo la feliz idea de usar óxido de nitrógeno para anular el dolor. Era sólo un ejemplo de los muchos avances que estaba logrando la medicina. Pero sólo podían disfrutarlos los que se los podían pagar. El resto de la gente seguía yendo descalza, oliendo a perros muertos y muriéndose de hambre, en el parto o mucho antes de llegar a la madurez. Nosotros hemos tenido la suerte de nacer en un siglo en el que todo eso ha pasado a la historia. Hoy, por muy pobre que seas, puedes convertirte en arquitecto o cirujano, simplemente con esfuerzo y perseverancia: papá Estado te paga no sólo la salud, sino además la educación. Al menos en Occidente, porque en las favelas de Río de Janeiro o de Calcuta, el móvil convive con la letrina. Vivimos tan bien, que ahora no nos preocupamos por el hambre o el dolor, sino por lo pijos que van a ser nuestro estilo de vida, nuestros vaqueros, nuestros móviles. Pero puestos a ser pijos, me quedo con el Madrid del siglo XXXI. Tiene que ser alucinante: como mínimo tendremos reunidos ordenador, móvil, cámara,
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navegador, libro y televisor en un solo aparato flexible, retráctil, plegable, sin batería, que te hablará, entenderá y adivinará tus intenciones; con conexión de banda ilimitada, permanente y gratuita. Ese fotónico de bolsillo estará conectado a nuestra casa y podrá activar desde Barcelona la lavadoraplanchadora, la calefacción, la cocina, el self cleaning; y, por qué no, tu robot androide multiusos, que te llevará en media hora, gracias al automóvil de hidrógeno y a la autopista de 10 carriles, la mochila que te dejaste en el sofá. ¿Mochila? Perdón, olvidé que esa palabra ya ni aparece en el diccionario. Porque en el año 3000, no tendrás que ir al colegio ni al instituto: tendrás toda la información del mundo en un internet optimizado con un trillón de enlaces – por supuesto, hablados, no escritos– y, si todavía te queda alguna duda, te las resolverá el androide polivalente haciéndote vivir virtualmente ejemplos prácticos: “Señor, ¿desea realizar un viaje hasta el Sol a la velocidad de la luz?”. La mochila, ese maldito invento que hoy te arquea la columna, sólo la verás en el Museo de la Escuela. Pero hay más: filetes sin tocino, melones que siempre salen sabrosos, castañas que se pelan casi solas, tomates que conservan su sabor en cámara y, para aquellos rebeldes que quieran hacerse los interesantes, cigarrillos sin nicotina ni alquitrán. Porque el tabaco ya sólo lo encontrarás en el Museo de las Drogas. Y hablando de museos: el Parque Natural de Dinosaurios… vivos… es el mejor. Y, dejando aparte las pijadas, ni siquiera será necesario el láser para arreglarte la visión, puesto que la tecnología genómica ya se habrá encargado de que nazcas con una córnea y un cristalino perfectos y duraderos, de manera que las gafas y las lentillas sólo podrás contemplarlas en el Museo de los Artilugios. Visitarás la única farmacia que queda en pie dentro de Madrid: actualmente también es un museo. Algunos dirán que mi cuadro del futuro peca de idealista, y que no tengo en cuenta las consecuencias negativas que el progreso puede tener sobre la naturaleza. “¡La tecnología acabará con nosotros! ¡Arrepentíos de vuestros pecados! ¡Salvaos, hermanos!” Pero lo siento, los mensajes apocalípticos no me los trago: en el siglo XIX decían que las altas velocidades alcanzadas por el tren (unos 30 km/h) dañarían nuestra salud, y cuando el tomate llegó a Europa, se pensaba que traería terribles enfermedades. Cada vez que damos un paso hacia delante, salta un listillo con gafas de sol, un cura moderno y molón, para aguarnos la fiesta, para recordarnos lo malotes que somos.
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Como argumento para una película puede estar bien: las catástrofes venden, y a nadie le gusta ver una historia en la que no pasa nada. Los alarmistas que se las creen porque no distinguen entre fantasía y realidad me recuerdan a los sacerdotes que se escandalizaban por los descubrimientos de la ciencia. Así que, por favor, Will Smith, si no quieres hacer más el ridículo, relájate, deja ya de salvar a la humanidad y cultívate un poco.

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