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Garcilaso Inca de La Vega - Biografia y Obras Completas

Garcilaso Inca de La Vega - Biografia y Obras Completas

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BIOGRAFIA DEL INCA GARCILASO DE LA VEGA (1539-1616), iniciador de la Literatura peruana e hispanoamericana en general y Príncipe de los escritores del Nuevo Mundo. Contiene ademas enlces para visualizar y descargar sus obras completas y un ensayo de Raúl Porras Barrenechea, uno de los más connotados garcilasistas.
BIOGRAFIA DEL INCA GARCILASO DE LA VEGA (1539-1616), iniciador de la Literatura peruana e hispanoamericana en general y Príncipe de los escritores del Nuevo Mundo. Contiene ademas enlces para visualizar y descargar sus obras completas y un ensayo de Raúl Porras Barrenechea, uno de los más connotados garcilasistas.

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E1 inca Garcilaso de la Vega nació en Cuzco el 12 de abril de 1539.
Fueron sus padres el capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y
Vargas, y la palla o noble incaica Isabel Chimpu Occllo, nieta del Inca
Túpac Yupanqui. El capitán, por su parte, descendía de los linajudos
Vargas de Hinostroza, de Extremadura, y estaba ligado por la sangre a los
no menos ilustres poetas Jorge Manrique y Garcilaso de la Vega, el poeta
de las églogas.

Fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa, nombre de uno de sus
antepasados paternos, según la costumbre de ese tiempo. Se tienen algunas
noticias de su infancia y juventud a partir de sus obras. Por esos años le
instruyeron acerca del pasado incaico su tío abuelo Cusi Huallpa y los
capitanes quechuas Juan Pechucta y Chauca Rimachi, despertando su
inquieta imaginación a base de relatos extraordinarios. Paralelamente a
ello, el español Juan de Alcobaza, encargado de su educación, fue
aproximándole a las excelencias de la cultura occidental mediante la
proporción de rudimentos humanísticos. Poco después, el canónigo Juan de
Cuéllar lo inició en los conocimientos de gramática y latinidades.

Durante la revolución de Gonzalo Pizarro, su casa —el solar de
Cusipata, en el Cuzco— fue cañoneada por los rebeldes encabezados por
Hernando de Bachicao. Días de angustia mortal vivió el pequeño Garcilaso
en compañía de su madre Isabel y su hermana Leonor, durante el asedio de
hambre a que fuera sometida la casa solariega donde vivía.

Es necesario conocer sobre la conducta de su padre en esos años
turbulentos de las guerras civiles de los conquistadores, ya que marcaría
muy profundamente en la vida posterior del Inca. El capitán Sebastián
Garcilaso había logrado escapar a Lima, donde estuvo a punto de ser
capturado y ahorcado por Francisco de Carvajal, lugarteniente de Gonzalo
Pizarro. Pero cuando Gonzalo, triunfante, entró en el Cuzco,
llamativamente formaba parte de su séquito, no se sabe si por fuerza o
convencido a la causa de los insurgentes. Estuvo así en la batalla de
Huarina, donde Carvajal y Pizarro derrotaron al capitán realista Diego de
Centeno. Se dijo entonces que entregó su caballo Salinillas a un Gonzalo
Pizarro herido y fugitivo, contribuyendo así a cambiar el desenlace del
encuentro, acusación que años después tendría graves consecuencias para
su hijo. La rebelión gonzalista finalizó en Jaquijaguana o Sacsahuana
(1548), donde el mismo capitán Garcilaso encabezó a los pizarristas que se
pasaron al bando del rey, en pleno encuentro, por lo que mereció el
despectivo mote del “leal de tres horas”. No obstante el pacificador La

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Gasca, en premio a dicho servicio, le otorgó una de las más ricas
encomiendas, la de Cotanera (Apurímac). Su hijo, testigo de tales
acontecimientos, tenía ya diez años de edad y vió con sus propios ojos el
castigo severo que se impuso a los rebeldes derrotados, en el Cuzco,
coronada con las ejecuciones de Gonzalo y Carbajal.

Por esta época (c. 1549), sucedió una de las primeras decepciones que
hirieron el corazón del pequeño Garcilaso: la separación de sus padres. Él
se casó con la dama española Luisa Martel de los Ríos, y ella con un
español de menor rango (tal vez un simple mercader) llamado Juan del
Pedroche. Fue también testigo del alzamiento de Francisco Hernández
Girón, quien, durante las bodas de Alfonso de Loayza (reunión que había
congregado a los vecinos importantes del Cuzco), entró en la mansión
propiciatoria, sembrando el pánico consiguiente. En esa oportunidad, el ya
adolescente inca ayudó a su padre a huir por los tejados de la casa (13 de
noviembre de 1553).

Durante la rebelión de Girón, el capitán Garcilaso estuvo del lado real, y
tras la derrota del rebelde se le nombró Corregidor y Justicia Mayor del
Cuzco, importante y honroso cargo (de 1554 a 1556); su hijo estuvo a su
lado en ese tiempo, como "escribiente de cartas".

En 1556 llegó el virrey Marqués de Cañete y destituyó en el
corregimiento al padre del Inca, de acuerdo con su política de represión a
los conquistadores. Despidió también a los soldados que pedían mercedes
por sus servicios a la corona durante las guerras civiles; entre ellos, a
Gonzalo Silvestre, que llegó a ser un gran amigo del Inca, en cuya
compañía compondría, años más tarde La Florida del Inca. Silvestre había
llegado al Perú desde más de diez años atrás, luego de haber participado en
la jornada de Hernando de Soto en la Florida.

Por esa época, el adolescente inca tuvo también la oportunidad de
conocer a Sayri Túpac, uno de los incas de Vilcabamba, quien saliendo de
su refugio montaraz se sometió a la autoridad del rey de España. Acudió
con su familia a verlo y participó en las celebraciones de coronación
simbólicas que se realizaron en el Cuzco.

El padre del Inca falleció en 1559, víctima de una larga e intermitente
enfermedad. Sus bienes pasaron a poder de las hijas legítimas, pero éstas, a
su vez, dejaron de existir. Fue entonces que el Virreinato se encargó de
administrar las heredades del extinto corregidor. Dícese que, por esa causa
y otras, Garcilaso decidió viajar a España con el fin de reclamar ante la
Corona el reconocimiento de su derechos, por ser hijo de conquistador y

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descendiente de los incas (1560). Posteriormente, por el hallazgo hecho del
testamento (fechado el 3 de marzo de 1559), se ha establecido que el
Capitán Garcilaso, ni injusto ni despiadado como lo pintaron algunos
cronistas adversos, legó a su hijo la cantidad de cuatro mil pesos para que
fuese a “estudiar” a España (por "estudiar" puede muy bien entenderse
"seguir estudios de clérigo").

Lo cierto es que, tras un corto lapso después del deceso de su progenitor,
el inca Garcilaso, ya por entonces un joven de 21 años, se dirigió a Lima.
Antes de partir visitó al Corregidor del Cuzco, Polo de Ondegardo, que le
permitió conocer las momias de cinco monarcas, sus antepasados;
Garcilaso entró en las piezas en que estaban depositadas y tocó la rígida
mano del emperador Huayna Cápac. Tras llegar a Lima, se embarcó en el
Callao rumbo a Europa (23 de enero de 1560). Estuvo a punto de naufragar
en la isla de la Gorgona. Pasó el istmo de Panamá, llegó a Cartagena de
Indias, cruzó el Atlántico por la ruta de los galeones de La Habana hasta las
Azores y finalmente desembarcó en Lisboa.

Viajó a Extremadura, lugar de origen de sus antepasados paternos, donde
visitó a algunos familiares; pasó luego al pueblo cordobés de Montilla,
donde residían ilustres parientes, como su tío carnal, el capitán Alonso de
Vargas, y los marqueses del Priego, quienes le recibieron con afecto y
curiosidad, sin dejar de sentir una cierta incomodidad pues era hijo natural
y carecía de títulos legales para acceder a la condición de hidalgo. Luego,
en 1561, pasó a Madrid donde al parecer vivió pobremente, mientras
realizaba trámites ante la Corona para lograr las mercedes que se debían a
su padre; en el ínterin conoció y trabó relación con algunas ilustres figuras
de la conquista, como el Padre de las Casas, Hernando Pizarro y Vaca de
Castro, y con otros capitanes peruleros, como el ya mencionado Gonzalo
Silvestre, quien también realizaba trámites similares ante la Corona.

Sus gestiones, que al parecer llegaban a feliz término, fueron
entorpecidas por el licenciado Lope García de Castro (quien sería luego
gobernador del Perú), el cual, sacando a relucir las crónicas del Palentino y
de Gómara, sostuvo que el padre del Inca había sido infiel a la Corona al
haber luchado a favor de Gonzalo Pizarro, en Huarina, ayudando a éste a
huir y facilitándole su caballo Salinillas. Por más explicaciones y réplicas
que hizo a tal acusación, no logró nada.

Desengañado, pidió licencia para volver al Perú (27 de junio de 1563),
pero no realizó el viaje: probablemente, por juzgar más segura la
protección de su tío Alonso de Vargas, que la que hallase en el Perú de esos
días. Estuvo en Montilla hasta fines de 1563, desconociéndose su paradero

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en 1564. La teoría de Riva Agüero, en el sentido de que en 1564 partió
como soldado de España hacia Navarra e Italia, no ha sido comprobada. Lo
cierto es que su estancia en Montilla, al lado de su tío Alonso Vargas, se
prolongó por muchos años más, habiendo constancia de su permanencia
desde principios de 1565 hasta 1591, solo interrumpidas entre 1569 y 1570
por razones de milicia, como enseguida explicaremos. En esa estancia en
Montilla completó sus estudios, cortamente iniciados en el Cuzco.

A fines de 1569 se alistó en el ejército español, durante la guerra contra
los moriscos sublevados en las Alpujarras. Formaba parte del contingente
enviado por el marqués de Priego. Pasó por Sevilla. En esas guerras, el Inca
obtuvo grado de capitán, el mismo que luciera su finado padre, sin duda
con la satisfacción de haberse hecho un nombre propio en la carrera de
armas.

En marzo de 1570 volvió a Montilla, y acompañó a morir a su tío, quien
lo favoreció en su herencia. A los pocos días, partió de nuevo a la guerra de
Granada, guerra conducida por don Juan de Austria, el hermano bastardo
del rey Felipe II. Retornó en julio de ese mismo año. A partir de entonces
abandonó la carrera de las armas, probablemente por la poca consideración
que se le tenía por su condición de mestizo. Por esos años de 1570 y 1571,
el virrey Toledo ordenó el destierro del Perú de todos los descendientes,
indios y mestizos —como lo era Garcilaso— de sangre real incaica. Por
ello, aunque Garcilaso hubiera querido volver al Perú, no le hubiera sido
posible. También por entonces falleció su madre en el Cuzco (1571).

Permaneció en Montilla, salvo breves viajes a Córdoba, Badajoz, Sevilla
y otros lugares, hasta 1591. Fueron largos años en los cuales el Inca se
embebió en la lectura, su nueva pasión; aprendió el idioma italiano y se
instruyó sobre literatura y filosofía del Renacimiento. De entonces datan
sus conocimientos de Plutarco, Séneca, Horacio, Julio César, Maquiavelo,
Boyardo, Ariosto, entre otros. Aprovechó su permanencia en Sevilla para
hacer trasladar hasta allí los restos de su padre, en la Iglesia de San Isidro.

Se entusiasmó con la belleza y hondura de los Diálogos de amor, escritos
en toscano por el filósofo judeo-español Yehuda Abrahanel (residente en
Nápoles), más conocido como León Hebreo, e inició la labor de traducción.
A fines de 1585 debió quedar prácticamente concluida la traducción,
realizada en bellísima prosa literaria. El 19 de enero de 1586 dirigió una
carta-dedicatoria de los Diálogos al rey Felipe II. Garcilaso esperaba con
esta obra literaria —la primera gran labor cultural hecha por un hombre
oriundo del Nuevo Mundo—, favores del rey que le permitan vivir de
acuerdo con la posición social y la honra que creía merecer.

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Paralelamente, esbozaba otros proyectos literarios de mayor
envergadura, que después se cristalizarían en La Florida del Inca y Los
Comentarios Reales
. De tarde en tarde abandonaba su retiro de Montilla
para trasladarse a caballo a la villa de Las Posadas, donde se hallaba el
conquistador Gonzalo Silvestre, viejo ya y enfermo de bubas, quien le
suministraba datos para su crónica de la expedición de los españoles a la
península de la Florida, actual territorio norteamericano. Sin duda, por
temer la pronta muerte de Silvestre, adelantó este último libro, y entre 1587
y 1589 concluyó lo que se podría llamar la primera redacción de La
Florida.

En 1586 murió su tía doña Luisa, viuda de su tío carnal Alonso de
Vargas. Así quedó el Inca en posesión de la herencia de don Alonso,
consistente, en su mayor parte, en unos censos, impuestos sobre los bienes
de los marqueses de Priego. Con el tiempo —sobre todo a la muerte del
marqués don Pedro, y su sucesión por el marqués don Alonso— la
cobranza de esa renta se hizo difícil y Garcilaso pasó tiempos de poca
holganza económica.

En 1590 apareció por fin publicada en Madrid La Traducción del Indio
de los Tres Diálogos de Amor de León Hebreo
, su primer libro, y la primera
obra literaria de alto valor hecha por un americano. Ya por entonces
firmaba como Garcilaso Inca de la Vega y se presentaba como hijo del
Cuzco, ciudad a la que definió como cabeza de imperio. Aparte de ser
estimada como la mejor versión de los diálogos y una expresión de la
simpatía profesada por el Inca a la filosofía neoplatónica, dicha obra
envuelve un implícito repudio a la violencia desplegada por los españoles
en la dominación de América.

En este tiempo, aproximadamente, empezó a reunir las informaciones
enderezadas a superar la general ignorancia sobre el Perú, “república antes
destruida que conocida”, materiales que después le servirían para componer
los Comentarios Reales. Escribió a sus parientes y amigos del Cuzco,
solicitándoles datos de los acontecimientos recientes y pasados, las que
obtuvo principalmente a través de sus tíos Francisco Huallpa Túpac
(materno) y García Sánchez de Figueroa (paterno); acudió también a los
lugares donde podía escuchar noticias de viajeros de Indias.

En 1591 se trasladó a Córdoba (probablemente a fines de ese año), donde
se estableció definitivamente. Compuso entonces lo que podría llamarse la
segunda redacción de la Florida, la cual corrige la primera y la amplía con
noticias provenientes de las relaciones de Alonso de Carmona y Juan

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Coles, soldados de la hueste de Hernando de Soto, redacción que concluyó
en 1592, tras la muerte de Gonzalo Silvestre. Paralelamente continuó
escribiendo en su forma primitiva, los Comentarios Reales de los Incas
(primera parte). Esta obra, originalmente, la concibió como una historia de
la cultura incaica, poco atenta a los hechos de la historia política, y
dedicada preferentemente, a las costumbres, ritos, ceremonias y
"antiguallas" de los antiguos peruanos.

Pensaba dedicar la Florida a su pariente Garci Pérez de Vargas, para lo
cual escribió en 1596 la Genealogía o Relación de la descendencia del
famoso Garci Pérez de Vargas
—aquel famoso capitán de Fernando el
Santo, antepasado del propio Inca, y también del destinatario de la
dedicatoria—. Al no aparecer entonces la Florida, la Genealogía quedó
inédita y no se publicaría hasta el siglo XX.

Por esta época decidió también tomar la carrera eclesiástica y se hizo
cargo de la capellanía familiar fundada por el primero de su estirpe en la
iglesia parroquial de Granada.

En 1598 o en 1599, le llegó a sus manos los restos de la crónica del
jesuita peruano Blas Valera —escritos recuperados del saqueo de Cádiz por
los ingleses en 1596—, la cual empezó a usar en la redacción de sus
Comentarios Reales de los Incas. En 1602 declaró hallarse terminando
dicha obra (en lo que sería su primera redacción). Fueron tiempos de
sinsabores y mala salud para el Inca. Probablemente en 1603, escribió la
parte referente a la historia política de los incas, la cual se insertó
alternadamente, con series de capítulos referentes a la historia cultural, ya
redactada. A ésto puede llamarse la "segunda redacción", que culminó a
fines de dicho año (aunque en marzo de 1604, hizo unas adiciones más —
libro VII, capítulo XXV, y al final del libro IX de los Comentarios Reales
—). Luego, el 9 de diciembre de 1604, dió poder a Domingo de Silva para
que se editasen La Florida y los Comentarios.

En 1605 apareció en Lisboa La Florida del Inca, relación histórica de la
desgraciada expedición que el adelantado Hernando de Soto, y otros
capitanes españoles, condujeron a la península de La Florida entre 1539 y
1543, fundamentalmente basada en el testimonio del soldado Gonzalo
Silvestre y que, por la viveza de su estilo y el relieve que hace de las
virtudes de ambas razas en conflicto (el espíritu indómito de los indios y el
espíritu guerrero de los españoles), ha sido considerada como una epopeya
en prosa.

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En 1609 apareció publicada, también en Lisboa, la Primera Parte de su
obra cumbre, los Comentarios Reales de los Incas, impreso en una
magnífica edición por Pedro Crasbeeck y dedicado a la princesa Catalina
de Portugal, duquesa de Braganza. En esta obra, el Inca quiso cumplir la
obligación que a su patria y a sus parientes debía, escribiendo sobre sus
gobernantes, costumbres, leyes y religión. Es una obra de madurez plena en
la que, al mismo tiempo que se enorgullece de su mestizaje, enaltece de tal
manera a los incas al punto de crear una imagen idílica, atribuyéndoles una
misión civilizadora.

En el ínterin, Garcilaso, en deplorable situación económica, aceptó el
nombramiento de mayordomo del hospital de la Limpia Concepción de
Nuestra Señora para enfermedades venéreas, en Córdoba (1605), y
continuó componiendo la Segunda Parte de los Comentarios Reales,
dedicados a la conquista del Perú, cuya fecha de inicio de redacción no ha
sido determinada. Se calcula que a fines de 1612 dicha obra estaba
prácticamente concluida. Por entonces, Garcilaso disfrutaba en Córdoba de
general estimación y respeto; su nombre merecía también el aprecio de sus
paisanos, y así recibía visitas de peruleros distinguidos, como fray Luis
Jerónimo de Oré, autor de obras históricas.

De ese año de 1612 data también un prólogo que escribió para un
Sermón que publicó del franciscano fray Alonso Bernardino, en honor a
San Alfonso (o San Ildefonso) y dedicado al marqués de Priego, don
Alonso Fernández de Córdoba (en Córdoba, a 30 de enero de 1612).

Por esos días, el mismo marqués de Priego le pagó una suma bastante
crecida que le debía. Con ese dinero, el Inca compró, para ser enterrado
allí, la Capilla de las Ánimas de la Catedral de Córdoba (18 de septiembre
de 1612). Ya anciano, esperaba su próxima muerte. Esta le llegó en el
hospital de la Limpia Concepción, el 23 de abril (fecha aproximada, según
Aurelio Miró Quesada) de 1616, diez días después de haber cumplido los
77 años de edad. Anteriormente se creía que murió el día 22, pero resulta
más probable el 23. Es decir, el mismo día que Cervantes, y cerca del
mismo en el que también murió William Shakespeare, coincidentemente
los dos más grandes ingenios de la literatura universal.

En la capilla de las Ánimas de la Catedral de Córdoba sus albaceas
grabaron esta lápida:

El Inca Garcilaso de la Vega, varón insigne, digno de
perpetua memoria. Ilustre en sangre. Perito en letras.
Valiente en armas. Hijo de Garcilaso de la Vega. De las

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Casas de los duques de Feria e Infantado y de Elisabeth
Palla, hermana de Huayna Capac, último emperador de las
Indias. Comentó La Florida. Tradujo a León Hebreo y
compuso los Comentarios reales. Vivió en Córdoba con
mucha religión. Murió ejemplar: dotó esta capilla. Enterróse
en ella. Vinculó sus bienes al sufragio de las ánimas del
purgatorio. Son patronos perpetuos los señores Deán y
Cabildo de esta santa iglesia. Falleció a 23 de abril de 1616.

Al año siguiente (1617), salió a la venta, editada en Córdoba, la Segunda
parte de los Comentarios Reales de los Incas
, bajo el título de Historia
General del Perú
(nombre que arbitrariamente le impuso el editor). La
impresión ya estaba concluida desde el año anterior, y existe algún raro
ejemplar fechado en 1616. Está obra, publicada póstumamente, está
dedicada a la Conquista y las consecuentes guerras civiles entre los
españoles, donde el autor incluye una rehabilitación de su padre,
calumniado ante los personeros de la corona por sus adversarios.

Finalmente cabe agregar sobre la descendencia del Inca. Un documento
hallado por Rafael Aguilar y dado a conocer por Aurelio Miró Quesada
Sosa, referente a la Capilla de las Animas, con fecha del 6 de marzo de
1624, menciona a Diego de Vargas, al parecer hijo natural de Garcilaso,
habido en su criada Beatriz de la Vega, y que oficiaba de modesto sacristán
de dicha capilla. Debió nacer hacia el año 1588.

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