Quizá recuerdes aquellos libros pequeños, de papel basto, mancillados por el lomo, que tu padre o tu Tío Miguel solían

leer en verano, esperando el autobús, viajando en metro, libros del oeste o del espacio, con portadas de colores desleídos, repletas de villanos armados, de muchachas rebosando escotes turgentes o de hombres perseguidos en escorzo, con títulos fabulosos como “La embajada del miedo” o “La muerte elige,” escritos por autores de nombres vagamente anglosajones como Curtis Garland o Silver Kane. Aquellos eran los bolsilibros o libros “de a duro” y en realidad estaban escritos por personas que habían nacido en Oviedo o Barcelona, que se apellidaban Muñoz o González, escritores de velocidad y al peso que por orden editorial parían cuatro o cinco novelas al mes porque en ello iba el pan de sus hijos, estajanovistas de las letras que se embarcaban en un teclear incansable que les hacía viajar de un pueblo polvoriento de Texas a las superficies brillantes de Ciudad Omega o la destartalada oficina de un comisario, un tal Méndez. “Perros del desierto” es sin duda una novela heredera de aquellos febriles bolsilibros. Sin embargo, su autor, Francisco Serrano, que como ves ha renunciado a cambiarse el nombre por el de Frank Sierra por ejemplo, ha

llevado los mimbres de esa literatura (con minúscula) mucho más lejos, mucho más fuerte, casi en un salto al hiperespacio. Decía el añorado JG Ballard en sus memorias que a todo padre le llega el momento de aceptar que su hijo se ha convertido en mejor persona que él. Y eso, mejor escritor en este caso, es lo que al mirar a Fran (me niego a llamarle Francisco) habrán de aceptar gentes humildes como Kane o Garland, pero también muchos de los arrogantes que se empeñan en adjudicarse la administración del término “Literatura” (con mayúscula). Porque “Perros del desierto” no es literatura burguesa. En sus páginas no aprenderás quienes fueron los constructores de las catedrales ni encontrarás personajes que te ayudarán a conocerte a ti mismo. Puede que en todo caso, entre los secarrales y las planicies del desértico planeta sin nombre en el que se desarrolla su trama, descubras que el mundo, este y cualquiera, es un lugar caótico e impredecible. Es probable que vislumbres también un universo repulsivo y atrayente en el que querrás quedarte, del que querrás saber más, del que no querrás marcharte, como han conseguido desde siempre las mejores historias de aventuras y las narraciones extraordinarias. Y es seguro que durante su lectura descubrirás el talento

candente de un escritor nato del que hasta ahora no habías oído hablar. Fran Serrano es un dingo. Un perro salvaje del desierto australiano. Lleva ahí fuera mucho tiempo, oliéndote, vigilándote, sin que tú lo hayas notado. Dicen que a los dingos no hay que mirarles a los ojos si te cruzas con uno de ellos. No les gusta. Se sienten amenazados. Se vuelvem violentos. Y algo así le ocurre a Cruz, el protagonista de “Perros del desierto”, cuando lo acorralan. Yo te pediría sin embargo que mirases a Fran a los ojos, que no desvíes tu mirada de esta historia que te propone. Porque como decía más arriba, uno de sus logros es el de haber tomado las virtudes del bolsilibro –el arrojo, la construcción ardiente, la inmersión en el género- y haber descartado sus defectos –los giros manidos, el descuido en la forma, los clichés para crear algo nuevo, una literatura certera, de una prodigiosa densidad narrativa, con un vocabulario insólito, con una economía del lirismo que hace que cada una de sus imágenes y metáforas te perforen como una bala. Por eso no importa si no conoces los bolsilibros. Por eso tampoco importa si no te fijas en las influencias de Lovecraft, Cormac McCarthy o Dashiell Hammet. Porque “Perros del desierto” se sostiene por sí misma. Es una novela áspera, violenta

y seca como el mejor hard-boiled, pero de un estilo exuberante como la flor encarnada y breve de un cactus de Sonora. Cuando termines de leer “Perros del desierto”, notarás en la boca un sabor a arena, los ojos alucinados, darás la vuelta al libro y examinarás su contraportada mientras piensas “Quiero más.” Prólogo a Perros del desierto Por Santi Pagés

Ilustración de Marcos de Diego.

OTRA HISTORIA DEL DESIERTO

1 Se llamaba Ágata Demirjián y tenía dieciséis años. Había nacido en la llanura, era morena y menuda y se parecía a las criaturas del desierto en lo atezado, lo severo y en que no estaba desprovista de belleza. En una ocasión, cuando volvía a pie de comprar un comprensor de repuesto para un motor en el mercado de Nueva Edimburgo, un camión se detuvo a su lado y el conductor la invitó a subir. Estaban en una carretera entre las sierras escarpadas que bordean la llanura, de muy poco tránsito, en la que no era extraño que los camioneros o carreteros ofrecieran ayuda. Dos hombres en la cabina del camión, pertrechados con gorras y camisas abiertas y sudadas, tinta vieja en los antebrazos y el cuello. Ella les dijo que no hacía falta. Los hombres insistieron. Ella volvió a rechazar la invitación, se lo agradeció y siguió caminando. El camión arrancó y la dejó atrás. Se tapó los ojos para protegerse del polvo que levantaban los neumáticos. Siguió caminando. Llevaba un sombrero de paja y un vestido azul. Hacía mucho calor. Los hombres habían detenido el camión tras un recodo y la esperaban sin ocultarse. Ella imaginó lo que iba a pasar pero no se le ocurrió retroceder o echar a correr. La violaron en la

parte de atrás del camión, uno detrás del otro. Después la dejaron sin más en la carretera y siguieron su camino. Ella se colocó bien el vestido, recogió el sombrero y el paquete del compresor de la cuneta, donde habían caído en el forcejeo, les sacudió el polvo y siguió caminando. Le dolía. No se lo contó a nadie. Unos días más tarde fue a visitar a una mujer que vivía en una cueva. Hacía bebedizos, amarres y echaba el mal de ojo. Decía haber viajado por el desierto profundo con los nómadas. Vestía pieles de perro y se rapaba la cabeza para evitar los piojos. La cueva estaba llena de chatarra, huesos del espinazo de serpientes y lagartos colgaban del techo enhebrados por alambre como cuentas de un collar, cráneos de zorrillos, frascos, tarros, botellas y olía fuerte a sus potingues de testículos de asno y glándulas de víbora. La mujer no la conocía pero la recibió como si lo hiciera. Le hizo sentar en una banqueta y le ofreció agua. Ella negó con la cabeza. La mujer se sentó frente a ella, sacó un pedazo de tabaco seco y se lo puso bajo el labio. ¿Qué quieres?, dijo con la boca llena. Quiero pedirle una cosa. ¿Quieres que te lea el futuro? No. ¿Quieres encontrar un marido? No.

Francisco Serrano

¿Quieres quieres que acabe con tus enemigos? No. Quiero acabar yo con ellos. Entiendo. ¿Cómo me vas a pagar? Sacó de su vestido un pañuelo y lo abrió para que viera las monedas y los billetes arrugados. No es suficiente, dijo la mujer. Entonces haré lo que sea preciso. ¿Lo que sea? Lo que sea. La mujer asintió. Se puso en pie y se movió entre los las estrechas paredes de su cueva, esquivando los amuletos y talismanes podridos del techo. Escupió un chorro de saliva marrón mientras buscaba en un estante. Volvió con dos tarros con tapón de corcho. En uno pomada azulada, en otro un líquido rojo casi negro. Los dejó en la mesa entre ellas y revolvió diversos trastos hasta encontrar una olla abollada, un infiernillo de gas y un cuenco de barro cocido, pintado con motivos geométricos azules y verdes. Puso agua a hervir en la olla y embadurnó el fondo del cuenco con la pomada azul. Olía a cilantro y a carne podrida. Ella arrugó la nariz. La mujer machacó unas hierbas secas en un mortero y las espolvoreó por el cuenco. Durante todo el proceso no dejó de murmurar letanías, un cántico monocorde, casi átono. Balanceaba la cabeza llena de calvas y trasquilones. Vertió el agua caliente

en el cuenco y dejó que la pomada se disolviera. Hizo unos pases de mano sutiles sobre el bebedizo. Ella no dijo nada. Aguardó hasta que la mujer le ordenó que bebiera. El sabor era repugnante pero lo tragó todo y sólo tuvo una arcada al final. La mujer le tomó las manos y las estuvo observando. Manos pequeñas y curtidas por el trabajo. Se preguntó si se podría leer algo entre las callosidades de sus palmas. O si era ésa su historia pasada y venidera, las asperezas entre las líneas de la vida y el corazón, y no otra cosa. Ponte en pie, le dijo. Desnúdate. Se desabrochó el vestido, se lo quitó e hizo lo mismo con la ropa interior. Lo dejó todo sobre la banqueta, bien doblado. La mujer cogió el frasco del líquido oscuro y se vertió un chorro en la palma de la mano. Hedía. ¿Qué es eso? Mi sangre menstrual. Se lo frotó por la cara y por los pechos. Después cogió puñados de polvo, le dijo que cerrara los ojos, y se los tiró por el cuerpo. Le frotó más sangre en el vientre y en los muslos. Entonces, desnuda, ensangrentada y polvorienta la llevó fuera de la cueva hasta un claro entre las rocas en el que crecían chumberas y altos cactos de cuatro troncos. Estuvo alucinando durante varias horas sentada en el

polvo, mientras la mujer le susurraba cosas al oído, algunas en dialectos que ya nadie hablaba, lenguas de la vieja Tierra. Meses más tarde estaba sentada en el porche junto a su padre, un antiguo minero manco, todavía vestida con el mono de trabajo manchado de estiércol. Atardecía. Él le estaba contando una historia del norte, de las minas de cobre, algo sobre los mecanismos de seguridad que fallaban y los robots que trituraban a un minero como si fuera un pedazo de roca. Siempre contaba historias así. Estaba bebiendo un poco de ron. Vieron el deslizador aparecer entre las lomas y tomar el camino hacia la granja. Quedaron en silencio. El hermano mayor de Ágata, Cristapor, no había vuelto tras salir la noche anterior en su motocicleta. No habían mencionado su ausencia como para no atraer las malas noticias. El deslizador se detuvo frente al porche y bajaron dos agentes de la Oficina de Seguridad Colonial. Uno era moreno y llevaba una gorra calada hasta las cejas. Se presentó como sargento Gómez. El otro era rubio y llevaba una gorra similar. El sargento Gómez subió los escalones del porche y comenzó a hablar. Ella lo escuchó a medias. Tenía un zumbido en la cabeza. Escuchó algo relacionado con una carrera de galgos, unas apuestas, un

disparo en el vientre. Su padre asentía con gravedad, el rostro tranquilo. Ella miraba la marca roja que había dejado la gorra en la frente del rubio, que la sostenía respetuosamente en las manos. Sus ojos eran muy azules. En el bolsillo de la camisa llevaba bordado su nombre, C. Wingate. El sargento Gómez dijo que era difícil precisar si Cristapor había sufrido mucho o no, pero que quizá sí. Lo habían dejado agonizar en el desierto. El cuerpo estaba en el depósito de Nuevo Edimburgo para practicarle la autopsia. Dijo que podían ir a buscarlo al día siguiente o pagar treinta coloniales para que se lo trajeran, de no reclamarlo el cuerpo se enterraría en la fosa común del cementerio municipal. Su padre dijo que lo tendría en cuenta. Miró hacia el horizonte rojo. ¿Sabe si su hijo tenía algún enemigo?, dijo Gómez. Era un buen muchacho pero tenía muy mal carácter, dijo su padre. No, no tenía enemigos. Imagino que lo habrán matado por alguna banalidad. Algo absurdo. Quizá comenzó él la pelea. No sabría decirle, dijo Gómez. Está siendo complicado encontrar testigos. ¿Saben quién lo hizo? Es demasiado pronto como para aventurarlo, dijo Gómez.

Lo sabemos, dijo el rubio. Gómez se volvió hacia él, frunciendo el ceño. Bueno, dijo. Lo que quiere decir el agente Wingate es que tenemos alguna sospecha pero nada que podamos confirmar. El rubio siguió allí plantado bajo el sol, con la gorra en las manos y el pelo brillando. Se debía quemar con frecuencia, pensó ella. Los ojos siempre entornados, ranuras azul cobalto. Su padre no hizo más preguntas. El sargento dijo que les mantendría informados. Se despidió con una inclinación de la cabeza. Vamos, Win, le dijo al rubio. El agente Wingate se puso la gorra de nuevo y dijo: Mi más sentido pésame. Gracias, dijo ella. Él la miró fijamente. La visera de la gorra le arrojaba sombra sobre el rostro. Tras él ardía el desierto del oeste y el cielo estaba anegado, pegajoso, hinchado de rojo y nubes de polvo. Adiós, dijo y fue hasta el deslizador. Miraron alejarse el vehículo. Cuando desapareció tras las lomas su padre apuró el ron de su vaso, lo dejó en el suelo y dijo que era la hora de la cena. Tuvo que ayudarle a levantarse de la butaca. Parecía mucho más viejo y tullido de lo que nunca había sido. Cenaron en silencio, arroz y derivados del plancton. Por la noche, escuchando los crujidos plásticos

del módulo prefabricado en el que vivían, conectó la terminal de su habitación y se metió en la cama. No tenía conexión a ninguna red y en su disco duro no había más que vídeos educativos para niños de seis a ocho años. Pupi, el cachorro de perro del desierto, cantaba canciones sobre la fotosíntesis y las torres hidrolíticas de la Autoridad Colonial. Salió de la cama antes del amanecer. Cristapor se ocupaba de las tareas de la mañana. En la granja criaban cerdos y cultivaban tabaco hidropónico. Había que comprobar que ningún sello hermético se hubiera roto durante la noche ni colgado el programa de riego por goteo. Había que llenar los comederos de los cerdos. Cristapor estaba muerto. Le habían pegado un tiro en la barriga. Había agonizado en el desierto durante horas. Por una apuesta en una carrera de galgos. Se aseó, se puso el mono de trabajo, salió a la parte trasera de la granja. El cielo cuajado de estrellas todavía. Encontró a su padre vaciando un saco de pienso en un comedero. Llevaba su prótesis mioeléctrica por primera vez en años. Los servomotores del aparato ronroneaban al cambiar de posición. Trabajaron durante toda la mañana. Antes del almuerzo tuvieron otra visita. Esta vez cuatro hombres en un todoterreno. Salieron al porche al escuchar el motor. Iban

bien vestidos, quizá demasiado para el desierto. Cuero bueno, paños de calidad en la cabeza. La pintura del vehículo no estaba muy castigada. Uno de ellos llevaba bastón y saludó a su padre con seriedad. Él le indicó que se quedara en el porche y entró con el hombre del bastón en la casa. Los tres restantes esperaron fuera, a la sombra del módulo. Ella se sentó en los escalones del porche y los miró. Quemados por el desierto y malencarados. Revólveres enfundados en la cintura, bien visibles. La miraron de lejos y murmuraron entre ellos en voz baja. Su padre y el hombre del bastón hablaron largo rato. Por fin salió el hombre, se detuvo un momento en el porche. Tenía el pelo largo por detrás, canoso ya, y la levita negra que vestía debía darle mucho calor. Su sombrero era de ala ancha y las botas llevaban remaches plateados y elegantes, arabescos como serpientes que sufrieran estertores de muerte. Siento la muerte de su hermano, señorita, dijo. Ella asintió y luego dijo: Gracias. El hombre fue hasta la furgoneta y montó junto con sus matones. Ella entró en la vivienda. Su padre estaba sentado en la mesa del comedor. Se había quitado la prótesis y la había dejado a un lado, sobre la mesa. Su muñón liso y rosado asomando por la manga corta de su camisa de

trabajo. El resto del brazo yacía en las entrañas negras y trituradas de una mina del norte llamada Reina de Picas. Había pagado las instalaciones de la granja y la línea genética de la que habían sido clonados los cerdos con el dinero de la indemnización. Le dijo que hiciera la comida. Preparó judías y pan. Ella no le preguntó nada. Comieron en silencio. Tras retirar los platos y servir café para los dos dijo: Su hijo mató a tu hermano. Ajá, dijo ella. ¿Quién es? Víctor Weissman. Tiene un par de concesiones de gestión de residuos de la Autoridad Colonial. Una chatarrería o algo. ¿Es rico? Más que nosotros. ¿Es peligroso? Más que nosotros. Ella tomó un sorbo de café, lo paladeó con calma y tras tragar dijo: No. Su padre la miró frunciendo el ceño. Me ha ofrecido dinero, dijo. Para olvidar todo este asunto. ¿Mucho? No, aunque lo bastante para terminar bien el año. Es su manera de ser amable porque sabe que la OSC no va a hacer nada. Ajá. Lo he rechazado. Ha insistido bastante pero no lo he aceptado.

Tenía los fajos encima. Los ha puesto en la mesa. Tres fajos grandes en billetes pequeños. Terminaron el café. Ella recogió. Mientras limpiaba las tazas dijo: No te hubiera culpado por aceptar el dinero. Lo sé. Pero me gusta que no lo hayas hecho. Había un ventanal en el comedor por el que se veía el camino de entrada, el desierto pelado, las sierras lejanas y poco más y él se quedó allí sentado, mirando, durante bastante rato. Trabajaron el resto del día. Ella se encargó de tareas de fuerza bruta que él no podía hacer ni con la prótesis. Las manos ampolladas y heridas. Cenaron en el porche. Ladridos en el crepúsculo. Lloros de ganado en una granja vecina, fuera de la vista. Se metió en su habitación temprano y dejó a su padre a solas con su copa de ron. Conectó la terminal de Red y miró sin ver los vídeos educativos. Le dolía todo el cuerpo y no podía dormir. La pantalla se apagó automáticamente a la hora, agotado su consumo eléctrico máximo. Escuchó los crujidos del módulo en la oscuridad, el rumor del desierto al otro lado de la ventana estrecha, un trajinar de polvo y arena, los chillidos de los murciélagos cazando insectos y las

lechuzas cazando murciélagos. Una luz azul se colaba por las rendijas de los visillos, así que se tapó el rostro con la almohada, se masturbó y después se quedó dormida. 2 ¿Por qué les has dicho eso?, le dijo Gómez en el deslizador. Él se encogió de hombros. No lo sé. ¿Desde cuándo le decimos esas cosas a la gente, Win? Sabemos quién lo ha hecho. Qué tendrá que ver una cosa con la otra. Gómez conducía entre las sierras. La carretera no era más que una pista amarilla y larga que llevaba hacia el desierto. Me gustaría hablar con Víctor Weissman, dijo Wingate. ¿Padre o hijo? Hijo. Ya lo haremos. Primero hay que volver a la Oficina y escribir el informe. Lo traeremos en un par de días para interrogarlo. Aunque ya sabes para lo que va a servir. No reconocerá nada y después… Una docena de sus mejores amigos asegurarán que no estaba en las carreras de galgos esa noche. Asegurarán que jamás ha estado en una carrera de galgos.

Asegurarán que no existe nada parecido a las carreras de galgos. ¿Qué es un galgo, señoría? ¿Has visto al tipo alguna vez? Alguna vez. Va por el Burgo, los días de mercado. Una vez en las fiestas de un sitio llamado Rioviejo. Cerca de Moog City, ¿lo conoces? Sí. Bueno, estaba allí, pavoneándose, todo vestido de negro como su padre, con una automática del cuarenta y cinco al cinto. Vaya. Sí, vaya. Un tipo duro. ¿En serio? Estoy seguro de que es lo que piensa de sí mismo. Entiendo. ¿Crees que el perrero testificaría en un juicio? No va a repetir lo que nos ha dicho en la vida. Menos ante un tribunal. ¿Y si presionamos un poco? Bueno, entonces supongo que a ese pobre hombre le presionarían de vuelta los hombres de Víctor Weissman, padre. Dentro de una de esas máquinas que convierten camiones en un cubo de chatarra, ¿sabes cómo te digo? Ya. Pues eso. Así que el tipo se cree duro, ¿eh? Mira, para imaginármelo pegándole un tiro a alguien me tengo que imaginar también a sus compadres

sujetando a la víctima por los brazos o algo así. El problema es que imagino todo eso sin ningún problema. Y va a salir limpio. Gómez se encogió de hombros. Nadie sale limpio de algo así, dijo. La gente lo sabe. Al final hará otra estupidez por el estilo, con suerte una de la que no se pueda escapar. O le pegarán un tiro a él. Lo que pasa siempre. ¿Te parece suficiente? Cojo lo que puedo. Ya lo sabes. ¿Qué te pasa? Ni que fueras nuevo, Win. Perdona. Podemos escribir un informe, hacerle algunas preguntas. Eso para empezar. Como siempre. Como siempre, Win. Carlos. Qué. El tal Cristapor era el que hacía casi todo el trabajo en la granja. Los ha dejado solos, Weissman hijo, al viejo tullido y a la muchacha. ¿Eso es lo que te preocupa? También era una buena pieza, Cristapor Demirjián. Detenido siete veces por altercados, peleas e intoxicación etílica. Siete veces, Win. Tenía veintitrés años. ¿Cuántos años crees que tendrá ella? ¿Quince? Parecía joven pero es difícil decirlo con las niñas de la llanura. Es

como si todas fueran viejas y ya estuvieran quemadas y secas por dentro. Wingate negó con la cabeza. Ella no es así, dijo. Gómez quitó los ojos de la carretera para mirarlo. Quiero decir que no me lo pareció, dijo Wingate. Me ha llamado la atención. Tan seria y tan joven, ahí sentada, con el mono de trabajo. Ah. Ah qué. Ah nada. Sólo ah. Fueron a la Oficina de Seguridad Colonial de Nueva Edimburgo y escribieron un informe a medias. Lo enviaron a sus superiores y se quedaron esperando. No recibirían respuesta ese día. Al final de su turno Wingate no se quitó el uniforme y tomó un deslizador de la OSC del garaje. Volvió al desierto. El negocio de los Weissman estaba en el camino de Dos Picos, dos lucrativas concesiones de la Autoridad Colonial, una planta de reciclaje de metales y la gestión de una subestación eléctrica que daba servicio a Dos Picos, Gibson City y Sierra Quebrada. Condujo tarareando el estribillo de una canción cuyo nombre no recordaba. No se molestó en reflexionar sobre lo que iba a hacer. El lugar era una mezcla de vertedero, taller y fundición. Un par

de chimeneas salían de la estructura principal y soltaban penachos de humo negro al cielo. Estaba todo vallado y Wingate detuvo el deslizador junto al portón de entrada. Unos perros enormes se arrojaron contra el alambre de las vallas y le ladraron. Desenfundó la pistola que llevaba en la funda del cinturón, se aseguró de llevar una bala metida en la recámara, quitó el seguro y la volvió a enfundar. Bajó del vehículo y se quedó mirando a los perros, mestizos y babosos. Después miró más allá, hacia el taller y los hombres que estaban sentados a la sombra de su fachada. Lo miraban en silencio, a unos cincuenta metros, y se pasaban una botella. Wingate esperó sin hacer nada. Finalmente uno de los hombres se levantó y fue hasta el portón. Se abrió paso a patadas entre los perros. Era un hombre grueso, ataviado con una camiseta de tirantes. El brazo derecho recorrido por las cicatrices rosadas de una quemadura, de los nudillos hasta el hombro. Bueno, qué, dijo el tipo. Los perros daban vueltas a su alrededor, sin acercarse demasiado ni perder de vista a Wingate. Vengo a ver a Víctor Weissman, hijo. El tipo se rascó la papada sin afeitar. Eres policía, dijo. Soy agente de la Oficina de

Seguridad Colonial de Nueva Edimburgo. El tipo se dio la vuelta y dijo a gritos: Eh, Víctor, aquí hay uno de la OSC que quiere verte. Uno de los hombres se puso en pie. Vestía por completo de negro. Deja que entre, dijo. El tipo del peto descorrió la barra que bloqueaba el portón y lo abrió. Los perros ladraron más y giraron sobre sí mismos, nerviosos. Si te muerden no es culpa mía, dijo el tipo. No les gustan los desconocidos. Me las arreglaré, dijo Wingate y pasó por el portón. Uno de los perros se acercó demasiado, los dientes descubiertos, babeando. Wingate le dio un puntapié bajo la mandíbula y se la cerró con un chasquido. El perro salió corriendo y lanzando gañidos. Los otros perros le siguieron, sin dejar de ladrar. Eh, ¿qué haces?, dijo el tipo. Enseñarle modales a tu perro. Vamos, camina. El tipo frunció el ceño pero obedeció y encabezó la marcha. Víctor Weissman, hijo, esperaba con los pulgares metidos en los bolsillos del pantalón. Del cinto asomaba la culata historiada de su automática del cuarenta y cinco. Llevaba la cabeza descubierta, el pelo rubio y largo peinado hacia atrás, caracoleándole en el

cuello de la camisa negra. Pantalones y botas también negras. Había otros tres hombres que permanecían sentados en cajas de plástico y sillas plegables. Vestían monos de trabajo y petos vaqueros. Wingate se aseguró de que el que le había abierto la puerta no quedara a su espalda. El taller era una nave industrial reconvertida. Dentro vio coches a medio desguazar, elevados por gatos hidráulicos. Motores, chasis, neumáticos desnudos tirados de cualquier manera por el suelo de hormigón, algunas motocicletas. Weissman le señaló con el dedo. Si quieres llevarme a alguna parte tienes que tener una orden de detención o algo, dijo. O algo. Y tienes que dejar que llame a mi padre. A tu padre. ¿No preferirías llamar a un abogado? Mi padre se encarga de los abogados. Wingate negó con la cabeza. No he venido a llevarte a ninguna parte, dijo. ¿Ah, no? ¿Y qué quieres? Sólo quería echarte un vistazo. Weissman parpadeó. Cambió el peso de una pierna a otra. Tragó saliva y dijo: No pienso responder a ninguna pregunta…

No voy a preguntarte nada, dijo Wingate. He dicho que sólo he venido a mirarte. Weissman retrocedió un paso. Sus acompañantes murmuraron. Pues no me gusta, dijo. Esto es acoso. Estás dentro de mi propiedad sin ninguna orden y… Tú me has invitado a entrar. Pero no para que te quedes plantado ahí mirándome como un puto… ¿Para qué me has invitado a entrar entonces?, dijo Wingate. Una bonita pistola, por cierto. Weissman bajó la mirada al arma. Después miró a Wingate. Mejor que ésa que llevas tú, dijo. ¿Tú crees? Weissman tragó saliva. Estaba muy pálido. Pégale un tiro, Vic, dijo uno de los tipos sentados. Ese hijoputa se ha colado aquí a tocarte los huevos. Nosotros somos testigos. Wingate los miró. Ninguno estaba armado y ninguno le sostuvo la mirada. Uno escupió al polvo. Víctor, dijo Wingate. ¿Qué vas a hacer? Mantenía una posición relajada, los brazos sueltos a los costados. No perdía de vista las manos de Weissman, que no dejaba de abrir y cerrar los puños. Por fin Weissman se echó a reír y dijo: Tú estás loco. Has venido a liarte a tiros como un puto

vaquero. Tenía entendido que eso es lo que te interesa. Dispar a la gente. Qué va, agente, dijo Weissman. Se esforzaba por mantener una sonrisa en la cara. Yo no hago eso. Tú estás loco y voy a presentar una queja. Oh, vaya. Una queja. Una queja, sí. Esperaré esa queja, dijo Wingate. Tocó la visera de su gorra. Caballeros, dijo. Se dio la vuelta. Notó un escalofrío por la espalda pero siguió caminando. Se alejó de los hombres, sin echar un vistazo atrás, y ni los perros se le acercaron. Fue a la granja de los Demirjián al día siguiente, tras su turno en la Oficina. Ella estaba sentada en un banco de trabajo en el porche. Trabajaba con un soldador sobre el rotor de una de las placas solares del invernadero y las gafas oscuras le daban un aspecto extraño. Apagó el soldador y no hizo otro gesto hasta que Wingate bajó del vehículo y se detuvo ante el primer escalón del porche. Señorita, dijo Se quitó las gafas oscuras. Hola, dijo. Llevaba el pelo en un par de trenzas anudadas en la nuca. El rostro moreno le brillaba de sudor y tenía los labios apretados, la boca como una cuchillada. ¿Ha pasado

algo?, dijo. ¿Han detenido a alguien? No. De eso venía a hablarles. Ni padre no está, dijo ella. Ha ido al Burgo para ocuparse del cuerpo de Cristapor, pagar las tasas y eso. Lo enterrarán en la fosa común pero no quiere que nadie piense que era un pordiosero o que no tenía familia. Entiendo, dijo Wingate. ¿Qué quería contarnos? Wingate se quitó la gorra. Tenía el pelo rubio oscurecido de sudor y apelmazado. No lo sé. Creo que venía a pedir disculpas. ¿Disculpas? ¿Por? Por no hacer mi trabajo, dijo Wingate. Ah. Bueno, creo que nadie espera que la OSC haga nada. Sabemos quién mató a Cristapor pero nadie va a testificar y será complicado reunir pruebas. Lo más probable es que salga impune. Ella asintió. Ha sido el hijo de Víctor Weissman, dijo. ¿Es al que buscáis? Sí, en efecto, dijo él. ¿Cómo lo sabes? Su padre vino a vernos. Ofreció dinero. Ajá. ¿Contarías eso en un juicio? Yo no lo vi. Me lo dijo mi padre. ¿Tu padre testificaría? No. ¿Ves la clase de problemas a los

que me enfrento? Ya. He ido a ver a Weissman. ¿Padre o hijo? Hijo. Estaba en esa chatarrería que tienen en el camino a Dos Picos. La conozco. ¿Por qué has ido? ¿Para detenerle? No, no podemos detenerle. Ni hacerle preguntas hasta que nos lo autoricen. ¿Entonces? No sé. Quería echarle un vistazo. Ver de qué pasta estaba hecho. ¿Y de qué pasta está hecho? De la peor. Cobarde como una rata de cloaca. Cristapor tenía una motocicleta. Nadie nos la ha mencionado. ¿Estaba donde, ya sabe, murió? No había ninguna motocicleta. Entonces alguien se la llevó. ¿Vio alguna motocicleta en la chatarrería? Vi alguna. La de Cristapor es una Mensajero negra. No lo sé. No se me ocurrió fijarme. Me gustaría recuperarla. Lo entiendo, dijo Wingate. Si vuelvo por allí prestaré más atención. Ella se le quedó mirando y luego comenzó a recoger el rotor, las piezas sueltas y las herramientas del banco de trabajo. Wingate no supo qué hacer durante un momento y se disponía a despedirse cuando ella dijo:
Ilustración de Antonio Frías.

¿Cómo te llamas? Conrad. Yo me llamo Ágata, dijo. ¿Quieres hacer algo conmigo? ¿Cómo? Hacer algo. Dar una vuelta. Ah, dijo él. Se miró las botas, se pasó una mano por el pelo y se puso la gorra, pensando, y dijo: Sí, claro. Le hizo esperar fuera mientras se aseaba y se cambiaba de ropa. Salió de nuevo con un vestido azul y el rostro y las manos lavadas, las uñas limpias, las mismas trenzas, la misma tensa línea de la mandíbula, la misma gracilidad en el cuello como de halcón o liebre. Al sentarse a su lado pudo olerla, jabón, la tela de su vestido, un sudor limpio, algo almizclado, picante, como si se hubiera perfumado con muscona. Pero él no podía imaginarla perfumándose de ninguna manera, sí muy limpia, sí muy pulcra, como la veía ahora, sentada tan seria junto a él, pero no perfumándose de otra manera que con su sudor, sus humores, sus secreciones. Conectó el motor, cerró las manos en el volante mientras las turbinas giraban y elevaban un par de palmos el deslizador del suelo, y condujo hacia las sierras. Ella quería ir a un sitio en particular, apartado y discreto. Así lo describió. ¿Habías montado alguna vez en deslizador? No. ¿Cuántos años tienes?

Veinticinco. Ah. ¿Y tú? Yo tengo dieciséis. Casi diecisiete. Ajá. Condujo en silencio. Ella miraba el paisaje y le iba dando indicaciones. Llegaron a un claro lleno de basuras. Había una vivienda que se caía a pedazos, un módulo habitacional prefabricado. El modelo correspondía a los de la Primera Oleada de colonización. Había montones de tierra y roca desmenuzada en los alrededores, diversas catas de poceros. Un brocal bajo y medio derruido. ¿Aquí?, dijo Wingate. Sí, aquí. Bajaron del vehículo. ¿Qué quieres hacer aquí? Quiero que me enseñes a disparar. Wingate la miró para ver si hablaba en serio. Ella esperó. De acuerdo, dijo él. Desenfundó la pistola. Esto es una nueve milímetros, semiautomática, le dijo. Es el arma reglamentaria de la OSC. Algunos todavía llevan revólveres pero yo prefiero ésta. Se aseguró de que no hubiera bala en la recámara y de que el seguro estuviera puesto y le ofreció el arma por el cañón. Ella la tomó y la sopesó. Bueno, dijo. ¿Ahora cómo se dispara? Sé disparar una carabina del veintidós que tenemos en la granja, por si

se acerca algún perro salvaje. Se lo mostró. Le enseñó a introducir la bala en la recámara y a quitar el seguro, la manera correcta de empuñar el arma, para lo que tuvo que tocarle las manos, tibias y ásperas. Buscó algunos blancos, latas, botellas de plástico, y los dispuso en el brocal del pozo. Echó un vistazo antes de retirarse al interior, se veía el fondo seco y pedregoso, ni rastro de humedad. Le dejó dar una media docena de tiros. Acertó un par de veces. No le intimidaba ni el retroceso ni la detonación. Podrías ser buena tiradora, le dijo. Ya. Con algo de práctica. ¿Me darías clases?, dijo. Claro. La vio sonreír por primera vez. No era una sonrisa extraña ni desentrenada aunque sí distante. Bajó los ojos a la pistola en su mano y dejó de sonreír. Se lamió el sudor de los labios. ¿Has disparado alguna vez a alguien? Él se encogió de hombros y no dijo ni que sí ni que no. Si quisieras matar a alguien, ¿dónde dispararías? No creo que quisiera matar a alguien. Intentamos evitar eso en mi trabajo. Ya, pero…

No sé si tendría tiempo para pensar dónde disparo. Dispararía sin más. ¿Y si tuvieses tiempo para pensar? ¿Y una pistola más pequeña? ¿Cómo de pequeña? Casi de bolsillo. Calibre veintidós. ¿Como la carabina de tu granja? Sí. Si disparase a alguien con una carabina lo haría de otro modo. No me refiero a la carabina. Sabría disparar a cualquier cosa con mi carabina. Digo con una pistola pequeña, del mismo calibre que la carabina. Él se acercó un paso. Querría estar más cerca, dijo. Para asegurarme. Se tocó el pecho. Dispararía aquí. Ajá, dijo ella. Se tocó la frente. O aquí. Pero tendrías que estar muy cerca. Mucho, dijo Wingate. Estaban muy cerca el uno del otro. Ella era un palmo más baja que él, tenía polvo en el pelo, se le escapaban mechones de una de las trenzas, y el cielo se estaba volviendo malva sobre las sierras. Los montones de basura, cristales rotos, alambres retorcidos y quemados, crujían al enfriarse. Pronto saldrían los murciélagos y los pájaros nocturnos. Los perros abandonarían sus cubiles y dejarían huellas en la arena tibia y le aullarían al recuerdo de la luna de otro planeta. Tengo que ir a un sitio más. ¿Me

llevarías? Cerca de aquí hay una mujer que vive Claro, dijo él y lo dijo casi como si en una cueva, ¿la conoces? hubiera podido decir cualquier otra ¿Con la cabeza rapada? Sí. La he cosa. detenido un par de veces por delitos contra la salud pública. Vendía sus Quería ver la chatarrería de los potingues en el mercado del Burgo. Weissman. Fueron en el deslizador y ¿Crees que tiene poderes? lo aparcó en una loma cercana desde Creo que tiene piojos. ¿Por qué? la que se contemplaba las instalacioMi madre creía en ella. Iba para nes, los módulos del taller, los cubos que le echara las cartas y le leyera las de chatarra prensada y apilada, y al líneas de la mano. Decía que tenía fondo las torres y cables de la subes- poderes porque había vivido con los tación eléctrica, zumbando en la no- nómadas. La visitó hasta que enferche. Él le explicó lo que había podido mó y se murió de fiebre tifoidea. ver del lugar, dónde estaban las moLo siento. ¿Hace mucho? tocicletas, le habló de los tipos que No, no hace mucho. Cristapor trabajaban allí y la opinión que tenía primero se puso muy triste y luego se de ellos y también de los perros mes- enfadó mucho. tizos que protegían el sitio. Desde Comprendo. donde estaban vieron a uno de ellos Son cosas que pasan, dijo. Eso recorrer la valla, negro y de espaldas dice mi padre. anchas, la cabeza pesada y brutal. No Tiene razón. bajaron del deslizador y con el motor Una vez dos hombres me hicieron apagado a él le parecía seguir sintien- daño. do una vibración de turbinas que no ¿Qué? era más que el calor que ella irradiaba Volvía del mercado y dos homjunto con el aroma de su sudor, cada bres me hicieron daño. Camioneros. vez más fuerte, oscuro en la tela de No eran de por aquí y no creo que su vestido, todavía limpio, todavía vuelvan. Así que fui a ver a la mujer almizclado e íntimo. Se preguntó de la cueva. Le pedí que me diera pocómo olía él mismo tras pasar todo el der para que eso no volviera a pasar. día sudando dentro de su uniforme. Me dijo que los halcones del desierComo un ternero sucio. Como un to no tienen que pedir garras fuertes pocero loco. ni picos afilados porque así es como Por fin le pidió que la llevara a la son. Que las liebres no piden ser vegranja. En el camino de vuelta dijo: loces porque así es como son. Que

los zorrillos del desierto no piden ser astutos porque así es como son, así es como el desierto los ha hecho y como viven cada uno de sus días. Nunca lo había visto así. Estaban llegando a la granja Demirjián. No deberías ir a ver a esa mujer, dijo Wingate. Está chiflada. Lo sé. Dirá cualquier cosa que quieras oír para quedarse con tu dinero. Sí, lo sé. ¿Qué te hicieron esos hombres, Ágata? Ella se encogió de hombros. En realidad nada, dijo. Nada importante. Supo que ya no le diría nada más. Al entrar en la granja vieron al padre sentado en el porche. Se puso en pie con dificultad. Sostenía un vaso con su brazo bueno. Entró en la vivienda. Wingate detuvo el vehículo. ¿Ha ido a buscar su carabina? Hay padres muy protectores. No creo. Se sonrieron. Me gustaría volver a verte, dijo Wingate. Ella mantuvo la sonrisa pero apartó la mirada, se miró las manos sobre la falda del vestido. Entonces vuelve pronto, dijo. Ágata, dijo. Mírame. Ella lo miró. Los iluminaban las luces del porche a través del

parabrisas. Si me lo pides lo mataré, dijo. Mataré a Víctor Weissman y a su padre y a cualquiera que se ponga en mi camino. No te voy a pedir que hagas eso. ¿Seguro? Seguro, dijo y abrió la puerta del deslizador, salió y antes de cerrar se inclinó y dijo: ¿Entiendes por qué no te lo voy a pedir? Creo que sí, dijo Wingate. Sólo quería que supieras que lo haría si me lo pidieras. Gracias, dijo Ágata y cerró la puerta. 3 Había encontrado la pistola en una caja de galletas danesas, años antes. Estaba envuelta en un trapo junto con un juego de cepillos y una botella de aceite. Cuando volvió a buscarla seguía en el mismo sitio, en el altillo de un armario de conglomerado, en la habitación de sus padres. Desmontó el arma, la cepilló y aceitó y volvió a montarla, la cargó con cinco balas del veintidós de la carabina y salió al porche, se quedó pensando un momento y disparó sin más frente a ella, al aire vacío, tres veces. El arma saltaba en la mano y quemaba. Estaba en su habitación mirando un baúl en el que guardaba ropa cuando entró

su padre, los pantalones manchados de pienso y estiércol seco. He escuchado disparos, dijo. Ella se encogió de hombros. El hombre se quedó un momento en la puerta, con la prótesis ronroneando suave al final de su muñón. Tengo que salir, le dijo. Iré al Burgo a comprar unos repuestos. ¿Ahora?, dijo el padre. Ya casi es la hora de la cena. Te he dejado preparada una olla de arroz con algas. Por si no vuelvo. ¿Cómo que por si no vuelves? Por si no vuelvo a tiempo, dijo ella. Él asintió con gravedad y salió de la habitación. Ella se cambió de ropa. Eligió un peto vaquero con grandes bolsillos delanteros. En ellos guardó la pistola y un cinturón de cuero de Cristapor. Su padre estaba sentado en el comedor mirando por el ventanal. Se despidió y él le devolvió el gesto levantando el vaso de ron que se había servido. Le quedaban un par de horas de luz y una larga caminata por el camino de Dos Picos. El cielo fue cambiando de color y se levantaban y asentaban torbellinos de polvo en la llanura inmensa. Nubes flacas y deshilachadas recorrían el horizonte. Llegó a la chatarrería de los Weissman. El lugar parecía abandonado. A llegar al portón los perros aparecieron y se pusieron a ladrar.

El portón tenía cadenas y candados pero estaban sin echar, sólo lo mantenía cerrado una barra de hierro. Los perros ladraban y pegaban brincos contra la valla. Un hombre salió del taller, limpiándose las manos con un trapo, y se quedó mirando. Ágata sacó el cinturón del bolsillo y lo desenrolló. Lo ató con unas vueltas a su mano derecha. Coló la otra mano por un hueco del alambre y descorrió la barra de un golpe. Los perros tiraron mordiscos al aire. Empujó la puerta y al primer perro que se le acercó le cruzó el morro de un correazo. La hebilla tintineó con un sonido casi musical. Repartió más correazos en los morros y las ancas de los otros perros hasta convencerlos de que era mejor permanecer alejados. Eh, tú, dijo a gritos el hombre. ¿Qué haces? Se acercó al taller con paso decidido. El hombre salió a su encuentro. No puedes pasar, le dijo. ¿Quién eres? No puedes pasar. He venido a hablar con Víctor Weissman, dijo ella. Hijo. ¿Qué? Mira, niña, no es el momento. Lárgate y deja a mis perros en paz… Tengo que hablar con él. Estamos ocupados ahora. Largo. El hombre le cogió del brazo izquierdo y le clavó los dedos. Hedía a sudor y grasa de motor. Tenía el

brazo lleno de quemaduras. Le dio con el cinturón en la cara. El hombre retrocedió un paso, tocándose la mejilla. Puta, dijo. ¿Qué coño te pasa? Cargó contra ella. Le golpeó de nuevo con la hebilla, esta vez en la frente. El hombre se cubrió la cara con las manos, tropezó y cayó al suelo. Se encogió en posición fetal. Le cruzó la espalda y los hombros a correazos. La hebilla le hacía cortes. El hombre se arrastró por el suelo, gimiendo. Por favor, decía, por favor. Mírame, le dijo Ágata. Mírame. El hombre se volvió. Sangraba y estaba cubierto de polvo. Tenía los ojos desorbitados. No vuelvas a tocarme, le dijo. No vuelvas a tocarme o te mataré. El hombre asintió. ¿Qué coño pasa aquí?, dijo una voz a su espalda. Era él. Rubio, pelo largo, vestido de negro, una pistola al cinto. Estaba en la puerta del taller, con una expresión de pasmo casi cómica. Lárgate, le dijo al hombre del suelo, que asintió y se alejó a gatas hasta que puedo incorporarse y echar a correr. A lo lejos comenzó a escucharse un motor. ¿Víctor Weissman?, dijo ella. ¿Qué le has hecho a Agustín? Por Dios. Soy Ágata Demirjián. ¿Quién? Ágata Demirjián.

¿Y qué? No sé quién eres. Ella dudó un instante. Mi apellido, dijo. ¿No lo recuerdas? Él se encogió de hombros. Mira, niña, no sé qué coño… Tú mataste a mi hermano. Víctor Weissman cerró la boca y luego dijo: Oh. ¿Sabías cómo se llamaba cuando lo mataste? Él cambió el peso de pierna y se pasó una mano por el rostro. No sé qué te habrán contado pero yo no he matado a nadie. Menos a tu hermano. Tu padre fue a ofrecerle dinero a mi padre. Sé que fuiste tú. Lo sabe todo el mundo. Bueno, qué quieres que te diga. Yo no he matado a nadie. Tienes muchas motocicletas ahí detrás. Él miró un instante por encima de su hombro pero en seguida volvió a poner los ojos en ella, como si fuera algún tipo de serpiente venenosa. ¿Tienes alguna Mensajero negra? El modelo de hace tres años. Ni idea, dijo Víctor Weissman. Era la motocicleta de mi hermano, dijo ella. ¿Por qué no te largas? No quiero tener que hacerte daño. No está bien disparar a un hombre como un perro y además robarle lo que es suyo. Escúchame, yo no he disparado a

nadie. Voy a darte un par de hostias para que te entre en la cabeza. Pero no se movió de donde estaba. El sonido del motor aumentaba. Venía un todoterreno por el camino. Ágata lo reconoció. Te doy la oportunidad de no decir ni una mentira más, le dijo a Víctor Weissman. ¿Estás loca? Niña, ahí viene mi padre. No tengo tiempo para juegos. Desenrolló el cinturón de su mano, lo tiró al suelo, y la flexionó para que recuperara la circulación. Tengo una pistola en el bolsillo, dijo. ¿Cómo? Quiero que lo sepas. Voy a sacar la pistola y te voy a matar. Oye, puta loca, me estoy cansando. Tú estás armado y te he advertido, así que no es a traición. El todoterreno se detuvo en el portón. El conductor se bajó para abrirlo del todo. Los miró con extrañeza. Será mejor que te largues ahora, dijo Víctor Weissman. No me creo nada de lo que dices. Sin embargo bajó la mano hacia la empuñadura de su pistola. Ágata metió la mano en el bolsillo, sacó la veintidós y le disparó dos veces en el estómago. Weissman retrocedió un paso, bufando. Miró la sangre que brotaba. Puta, dijo. Me

has disparado. Echó mano a su pistola. Ágata le disparó otra vez en el pecho. Víctor Weissman cayó de espaldas en el hormigón de la entrada del taller. Se volvió a mirar a los hombres del todoterreno. Estaba desmontando con las armas empuñadas, las bocas y los ojos muy abiertos. Tres hombres y Víctor Weissman, padre, que no llevaba otra cosa en las manos que su bastón. Ágata respiró hondo y le pareció que aquella hora, con el calor esfumándose de la tierra, el cielo como pintado de rojo y los primeros chillidos de las criaturas nocturnas saliendo al desierto era una buena hora para morir. Decidió no dejarse matar, sin embargo, y se agachó para coger la pistola del muerto. 4 La mujer no estaba en la cueva. Wingate contempló la abertura, cubierta por una cortina de tela desvaída por el sol, y escuchó el traqueteo suave de los huesos y los amuletos al otro lado. Pensó entrar y esperar a la sombra pues el sol todavía caía a plomo, pero prefirió no hacerlo. Había algo siniestro en la penumbra de la cueva y hedía como un muladar. Llegó al cabo de un rato, con un capazo de rafia bajo el brazo. La mujer se detuvo para mirarlo, a él y a su

vehículo, escupió a un lado y siguió caminando hacia la cueva. Buenas tardes, le dijo Wingate. No tengo asuntos con la Ley, dijo la mujer. No estoy aquí por la Ley, dijo Wingate. La mujer lo miró de nuevo, de pies a cabeza. Wingate seguía uniformado. La mujer descorrió la cortina de la cueva y dejó el capazo dentro. Estaba lleno de tubérculos terrosos y raíces resecas. Pasa, pues, le dijo. Dentro el hedor no era tan intenso, en contra de lo que esperaba. Una brisa fresca venía del fondo de la cueva, de alguna grieta que daba a grutas aún más profundas. En aquellas sierras de roca viva había laberintos ocultos, cavernas altas como catedrales. Se preguntó si la mujer se internaba en ellas, si ejecutaba rituales en la más absoluta oscuridad. ¿Qué quieres de mí, agente?, dijo la mujer. Sacó un tubérculo del capazo, le sacudió la tierra, lo sopló y se puso a pelarlo con una navaja. Las pieles de perro que le cubrían el cuerpo se sacudían con sus gestos como cosas vivas, alimañas planas que se hubieran anudado alrededor de su cuerpo, hambrientas, palpitando a la espera de migajas. ¿Quieres que te lea el futuro? No. ¿Quieres encontrar una buena

esposa? No. La mujer levantó los ojos del tubérculo. ¿Quieres quizá que acabe con tus enemigos? No, dijo Wingate. ¿Entonces? Estoy aquí por otra persona. Ajá. La muchacha de la granja Demirjián. Oh. No quiero que le metas ideas en la cabeza. La muchacha vino a mí con preguntas y yo le di respuestas. A cambio de un precio. La mujer se encogió de hombros. Se pasó la mano por la cabeza llena de trasquilones y mataduras. No hay cosa gratis en el desierto, dijo. Un hombre de la Ley como tú debería saberlo mejor que nadie. Quizá no lo sepas y ése sea el problema. Quizá piensas que lo mereces todo y que no tienes que pagar ningún precio. Que no se paga un precio por el agua que se bebe, por la comida que se come, por el aire que se respira. Cada día pagamos, pagamos con nuestro aliento y con nuestro dolor, pagamos en el calor del día y en el frío de la noche. Eso ella lo sabe. Lo ha sabido siempre pero yo tuve que recordárselo. Por eso ya no está dispuesta a dejar ninguna deuda sin pagar.

Porque entiende que en la balanza del mundo tan importante es pagar lo que se adeuda como cobrar lo que corresponde. Palabrería, dijo Wingate. La mujer rió. No es palabrería. Es la naturaleza del mundo. No he venido aquí a escuchar tus disparates, dijo Wingate. He venido a advertirte. Si la muchacha vuelve no le cobrarás ningún dinero ni le meterás más tonterías en la cabeza. Le darás largas y la enviarás de vuelta a su casa. Me enteraré si haces lo contrario, si haces cualquier otra cosa, y vendré a por ti, te meteré en el calabozo más miserable, a ser posible con un par de reconocidos violadores, y le prenderé fuego a todo lo que hay en este agujero de mierda. Se sostuvieron la mirada un momento. Los ojos de la mujer eran marrones y pequeños. Tenía las cejas cubiertas de cicatrices. Hablas en serio, dijo. Sí. Hablas en serio pero no has entendido nada. La muchacha no volverá. Tomó lo que necesitaba y pagó por ello, así que ya no me necesita para nada. Tampoco te necesita para nada a ti, pero eso te da terror pensarlo. No tengo nada más decir, señora. Ahora, si me disculpa... Espera, dijo la mujer. Dejó el tubérculo a medio pelar en la mesa y

movió la navaja como si dibujase algo en el aire. Me has amenazado. Eso no está bien y merece un castigo. Te leeré el futuro. No necesito ver las líneas de tu mano, tienes escrito el futuro en los ojos, tan claro como un libro abierto porque es poco y es violento. Así será tu historia, violenta y dolorosa, preñada de traiciones. También tu muerte. Morirás confuso y equivocado, a manos de alguien a quien quieres, y en el último segundo, en tu último aliento, me recordarás y recordarás estas palabras y sabrás que todo lo que dije es cierto. Entonces tu dolor será insoportable y desearás no haberme amenazado nunca. Después morirás y será como si nunca hubieras existido. ¿Ya has terminado? ¿Eso es todo? Sí. Esperaba algo más terrible. La mujer lo despidió con un gesto. Volvió a pelar su tubérculo. Wingate salió de la cueva y fue hacia el deslizador. Una vez dentro se echó a reír. Rió hasta que se dio cuenta de que lo hacía sin ganas y de que cerraba las manos con fuerza en el volante para que no le temblasen. Quería ver a la muchacha. Era lo único que quería. Su padre estaba sentado en el porche, bebiendo, como la primera vez que lo vio. En cuanto hubo llegado al primer escalón, antes de que pudiera

decir nada, el hombre dijo: No está. Si vienes a buscarla a ella no está. Wingate se quitó la gorra. ¿Volverá pronto?, dijo. El hombre negó con la cabeza. Estaba muy borracho. ¿Adónde ha ido? No lo sé, dijo el hombre. Me ha dicho que iba a un sitio pero sé que no iba a ese sitio. De acuerdo, dijo Wingate. Quizá deberías ir a buscarla. Si tienes alguna idea de dónde está. ¿Cree que se ha metido en algún problema? Sabe, creía que ella era diferente, dijo el hombre. No es como su hermano, desde luego, pero compartían algo. Les viene por parte de madre. Yo soy un hombre tranquilo. Su madre en cambio era... Cómo decirlo. Tenía algo dentro que a veces le quitaba el sueño. Se pasaba días sin dormir. Cristapor y Ágata lo heredaron. Yo duermo como un tronco. ¿Lo entiendes? Creo que sí. He pensado en vender todo esto, dijo. Puedo sacarle un buen precio y volver al norte. Retirarme de una vez. Reclamar la pensión que me deben. Creo que lo haré. Esto no tiene sentido. El desierto no tiene sentido. ¿Y su hija? El hombre miró lo que le quedaba de ron en el vaso. Mi hija tiene sus

propios asuntos, dijo. A ella no se le ha perdido nada en el norte. Tras eso tomó el camino de Dos Picos. No pensaba con claridad, tenía dentro de la cabeza el mismo torbellino de arena y aire caliente que provocaban las turbinas del deslizador. Ágata, murmuró en una ocasión. El crepúsculo caía sobre el mundo. A medio camino se cruzó con un hombre que caminaba en dirección contraria y que hizo gestos para que se detuviera. Wingate redujo la velocidad y reconoció al hombre del brazo quemado de la chatarrería de los Weissman. Tenía el rostro y los brazos cubiertos de sangre y polvo. Wingate pisó el acelerador y dejó el hombre envuelto en una nube de arena. Lo primero que vio fue el todoterreno frente al portón abierto. Tenía todas las puertas abiertas y el parabrisas astillado y roto. Un hombre tendido junto a la rueda delantera. Detuvo el vehículo, desenfundó la pistola y bajó. Caminó con el arma amartillada, atento a cualquier ruido. El muerto todavía tenía un revólver empuñado. La puerta del conductor, de donde parecía haber bajado, tenía dos agujeros de bala. Por lo menos una le había acertado en la pierna y se había desangrado muy deprisa. Había otros cuerpos frente al taller.

Fue hasta ellos con la misma precaución. Tres muertos. Víctor Weissman hijo y dos matones. Qué coño ha pasado aquí, pensó. Escuchó un ruido en el interior. Agua vertida. Entró con el arma por delante. Afuera ya era casi de noche y el taller estaba en penumbra. Ella al fondo, tras la carcasa de una furgoneta a medio desguazar, limpiándose con una garrafa y una palangana. Tenía un mono de trabajo abierto, caído por las caderas, y el torso desnudo. Sangre en el rostro y los pechos. A unos metros estaba Víctor Weissman, padre, junto a la funda rota que en realidad era su bastón y el estoque hundido en el cuello, sentado con la espalda en la pared casi como si estuviera dormido. Ella lo miró y se quedó esperando, las manos mojadas, goteando en el suelo de hormigón manchado de aceite. Wingate enfundó el arma y ella siguió lavándose. Se frotó el rostro y los pechos y se le erizó la piel y los pezones. El agua le corría rosada por los músculos magros. ¿Estás herida? La sangre no es mía, dijo y siguió lavándose. Cuando terminó se puso la blusa y abrochó el mono. ¿Vas a detenerme?, dijo. No. Entonces ayúdame. He encontrado la motocicleta de mi hermano.

Todavía no la habían desguazado e incluso tenía unas gafas de piloto colgando del manillar. La ataron en la parte de atrás del deslizador. Ella apenas miró los cadáveres para evitar pisarlos. Salieron de la chatarrería y se internaron en el desierto. ¿Dirías que se va a armar un lío muy gordo?, dijo ella. Diría que sí. ¿Quieres volver a la granja? Ya es demasiado tarde. La llevó al claro donde le había enseñado a disparar y aparcó frente al pozo y el módulo prefabricado. De las ventanas y tabiques agujereados por las tormentas de arena salían murciélagos de uno en uno y de dos en dos y los estuvieron mirando un rato en silencio. Te buscarán, dijo él. Irán a ver a tu padre mañana o esta misma noche. Les costará creerlo, pensarán todo tipo de teorías alternativas, pero al final se convencerán de que te las has arreglado para matar a cinco hombres. Por no hablar del que has dejado escapar vivo. Ajá. Tendrás que irte. Ya lo tenía pensado. ¿Qué harás? Buscaré a los nómadas. Ellos aceptan a cualquiera. Los nómadas. Sí. Menudo plan.

Ella sonrió y siguió mirando el módulo prefabricado. Ir al sur es peligroso. ¿No estamos ya en el sur? Ir tan al sur, quiero decir. Te esconderemos de momento. Cuidaré de ti. No. Ágata. Qué. Morirás si no me haces caso. Ella lo miró en la oscuridad. El tablero de instrumentos del deslizador le iluminaba el rostro y lo pintaba de amarillo y rojo. No moriré, dijo y abrió la puerta del deslizador y bajó. Él la siguió, desconcertado. ¿Adónde vas? Sígueme, dijo ella. Si quieres. También puedes irte. Fue hasta el módulo prefabricado. Los murciélagos volaron sobre sus cabezas. El interior estaba lleno de arena y arbustos secos que el viento había arrastrado. Lo llevó hasta una habitación del fondo. En realidad no había ninguna diferencia entre dentro y fuera porque no había techo en la habitación y se derramaba una luz azul y fría desde el cielo estrellado. Lo hicieron de pie, contra la pared, medio vestidos, con torpeza, porque ella no sabía y él sentía que había olvidado todo, que tampoco sabía, y que nunca había tocado unas piernas así, una espalda así, un vientre así,

duros y flexibles como el cuero bueno, y hundió el rostro en sus trenzas y ella le tomó una mano y se la llevó a la boca para morderle los dedos, con fuerza, pero lo hicieron bien, mordiéndose, arañándose y chocando en perfecta sincronía, y al final él la abrazó y ella apretó los brazos contra el tabique barato como si quisiera derribarlo, hasta el punto de hacer temblar toda la estructura, y él le lamió el rostro y sintió que sabía a sangre y al agua que gotea de una raíz rota. Al amanecer utilizaron una goma para pasar algo de combustible del deslizador a la motocicleta. Ella se montó, se puso las gafas de piloto y encendió el motor. Le aconsejó algunas rutas alternativas, en caso de que se hubieran establecido controles en las carreteras principales, y ella asintió con gravedad. No tienes agua y no tienes comida, dijo Wingate. Tampoco combustible para llegar muy lejos. No importa. Podrías quedarte, le dijo. Ella negó con la cabeza. Los cristales de las gafas estaban tan rayados que parecían historiados con niebla. No moriré, dijo. Él permaneció allí mucho rato después de que ella se fuera. Finalmente montó en el deslizador y volvió a Nueva Edimburgo.

Ilustración de Mario Trigo.

ENID BLYTON GOES TO HELL
En una escena de esta briosa novela (tranquilos, sucede en el segundo capítulo), una jovencita lee un tebeo de terror y acaba perdida en el elíptico espacio entre viñetas mientras la realidad se altera a su alrededor. La historieta no se cita pero es un clásico tan reconocible como indiscutible: Jenifer de Bruce Jones y Bernie Wrighston, publicada en la páginas de un viejo Creepy de 1974. Treinta años más tarde otro maestro de lo macabro, Dario Argento, adaptaría ese mismo relato como parte del proyecto televisivo Masters of Horror. Una de las películas más fascinantes del director italiano es Suspiria, genuina catedral del terror puro e inexplicable cuya acción se localiza en un internado para estudiantes de ballet. Hablar de catedral no es gratuito porque Argento hace del edificio una verdadera arquitectura del Mal, una construcción maldita cuyas paredes se empapan de perversidad para escupir luego maldad a quienes la habitan. En Nigromancia en el reformatorio también se alza una construcción maléfica sospechosa de alimentarse del mal rollo, sólo que no es una escuela para chicas con tutú sino un antiguo psiquiátrico

reconvertido en prisión experimental para muchachas menores de edad que han paseado por el lado salvaje y deben pagar el precio de su aventura. Y no nos engañemos, las chicas de reformatorio son por definición carne de pulp y bajo instinto. Este intrincado laberinto que va del viejo Creepy a la mítica de la bad girl pasando por Argento y las arquitecturas del mal es casi un acto de amor y una marca (al rojo vivo) muy propia de John Tones, y no es el único paseo por la subcultura mutante que regalan sus páginas. Otra chica será abducida por el viejo celuloide de serie b de Carnival of Souls, oscura y poco reconocida influencia de George Romero a la hora de reformular el cine de terror moderno con su Night of the Living Dead. Una tercera jovencita sucumbirá a lo sobrenatural escuchando punk en su walkman, aunque aquí la cita no es tan concreta y se debe contextualizar a la furia que amparó el punk norteamericano de principios de los 80. Ahora que lo pienso, punk y pulp estaban destinados a encontrarse más allá de la fonética, o quizá por eso. Punk y pulp apelan a lo inmediato y a dejarse de monsergas, a la descarga eléctrica de dos minutos y al relato febril de cien páginas, sin ornamentos ni florituras, entregándose al acople y la distorsión. En cierta forma,

el buen relato pulp debe propiciar algo parecido a bailar pogo: no dar tregua ni respiro durante el frenesí de la lectura. Tebeos de miedo, cine de bajo presupuesto y punk supersónico son tres de las columnas que más que sostener alimentan al autor de esta honesta novelita de terror. Falta una cuarta, pero aquí no viene a cuento. Cuando hace ya un par de décadas John Tones decidió despojarse de su identidad real alterando el nombre de un mito del cine porno seguramente desconocía que se estaba condenando a escribir literatura breve y popular. Cuando alguien opta por dedicarse a la escritura y firmar con un pseudónimo como ese, más pronto que tarde el bolsilibro llamará a su puerta. Probablemente a medianoche. Si John Tones hubiera nacido en la época dorada de Bruguera y Toray, viviría encadenado a una máquina de escribir. Bueno, seguramente la realidad no sea tan diferente y sólo cambie el utensilio para la escritura y no la condena. Escribir para vivir pero también por gusto. Mala vida la del pulp. Mala vida la del punk. Cuando al principio he trazado un sinuoso sendero plagado de referentes al tebeo y el cine de serie b, temo haber llamado a engaño. Quizá apelar a la cita pop de culto y de género les haga sospechar que

Nigromancia en el reformatorio es un pastiche posmoderno, una recreación idealizada de la literatura pulp. Tampoco puedo negarlo porque a estas alturas no puede ser de otra forma; pero, y ahí está la gracia, John Tones antepone el respeto a tópicos y códigos y está libre de irritante pretenciosidad autoral. No debe ser cosa fácil cuando uno se propone hacer desfilar ante el lector peleas en las duchas de un reformatorio, chicas que se revuelcan y estiran de los pelos, sexo lésbico por debajo de la edad legal, monstruos, pozos, pasadizos secretos, rituales con encapuchados, sectas, referencias al asedio de Waco, trampas, despistes y la necesaria resolución final apresurada porque ya no queda más sitio donde escribir. No debe ser cosa fácil, no, que tamaño festival, y encima comprimido, acabe por funcionar tan bien. Una de las claves es que Tones en ningún momento comete la torpeza de impostar el estilo añejo del pulp original, a menudo cargante, y apela a otras vibraciones narrativas. Hubo un momento de la lectura de Nigromancia en el Reformatorio en el que me sentí tan feliz como cuando leía aventuras juveniles de Enid Blyton o de aquellos Tres Investigadores que visitaban a Alfred Hitchcock. Incluso tan feliz como cuando veía episodios de Scooby Doo. Sólo que aquí, en vez

de adolescentes en bicicleta adictos a la limonada se erigen féminas combativas, tatuadas y tan feroces como las del final de Death Proof. Sí, por difícil que parezca Tones consigue ser fiel a la tradición al mismo tiempo que es honesto consigo mismo, y eso implica también un festival de hostias como panes. No podía ser de otra manera. Prólogo a Nigromancia en el reformatorio femenino Por Absence

TRAGEDIA EN TRES TIEMPOS

John Tones

1 Los hombres le habían puesto mil o un millón de nombres, pero a ella le gustaba que la llamaran Fuerza del Caos porque resumía con pánico y sencillez qué era exactamente. Y también porque a diferencia de tantos nombres propios constituidos por fonemas, suspiros y siseos de horror, ese nombre se lo habían puesto hombres de ciencia, estudiosos, bibliotecarios que no creían ni podían creer, y desde la distancia y el deseo de no entender se negaban por completo a dotarla de una persona y un nombre único, y la concebían de lejos como un género y un tipo, una Fuerza del Caos que ella, que todo lo sabía, saboreaba con gusto. Porque ni en sus fieles ni en sus creyentes, ni en quienes creían que sabían y no sabían nada, ni en quienes sabían que sabían pero optaban por no creer, estaba su fuerza. Su fuerza estaba en los enciclopedistas, los lectores, los fríos pasadores de páginas de libros que la creían un quebranto de la imaginación del hombre. Esos hombres descreídos, ignorantes, desposeídos de toda verdad, pero orgullosos de saber hablar y querer nombrar, eran quienes se negaban a darle un vocativo, pero le concedían una categoría genérica. Era Fuerza del Caos, como podía
Ilustración de Guillermo Mogorrón.

ser también Titán de la Nada o Dios de la Antimateria, pero le complacía especialmente la primera de tales denominaciones por lo que tenía de inconsciente fervor. El fervor del científico, del mitólogo y del letrado, un fervor a menudo más puro y ciego que el de un monje con la percepción castrada. A Fuerza del Caos respondía cuando se la llamaba desde el cielo, y a Fuerza del Caos respondía cuando las fosas oceánicas se resquebrajaban para dejar escapar los suaves ronquidos de los titanes que crearon el mundo y se echaron a dormir. Enroscada sobre sí misma reposaba junto a un acantilado submarino, perezosa y aburrida como un felino terrestre. Allí, durante un día o durante mil siglos, son conceptos inaplicables a su indolente fluir por las arenas del tiempo, meditó acerca de la fascinante consideración lineal que tienen los humanos de su propio viaje por la vida y los aconteceres. Con esa burda división en unidades simples, numéricas, vagamente basadas en los morosos ciclos de movimiento en torno al sol, cuya creación recordaba como un capricho de uno de sus hermanos sin hogar, uno de los que flotaban por la nada concibiendo civilizaciones a un extremo y otro de la galaxia. La Fuerza del Caos reflexionó así acerca de la limitadísima concepción

humana del tiempo como una cuerda que se estiraba en horizontal. Ante ella vio flotar las trazas de vida que los humanos considerarían momentos o acontecimientos o puntos aislados en esa cuerda, pero que ella percibía como un todo simultáneo e integral, como un punto sin ancho ni alto ni fondo, pero con todas esas dimensiones y siete más, cada una de ellas tan cierta y definitiva como las tres primeras y obvias. El tiempo era una nebulosa eterna de la que se iban extrayendo momentos que cada humano sentía en una sucesión específica, ya que sus primitivos cinco sentidos, también numerados y ordenados de arriba a abajo y de derecha a izquierda, no podían catalogarlos de otro modo. La Fuerza del Caos excretó un ser aberrante con forma de serpiente y rostro de simio encolerizado que, en ese momento, se dejó ver simultáneamente en los sueños de un niño en Toronto y en las pesadillas de una campesina rusa con dos siglos de margen entre ambos. Después, deshizo el nudo místico que había generado la parte trasera de su cuerpo (por llamarlo así) y se asomó al Tiempo. 2 Apretó la tráquea de la chica con los pulgares hasta que las burbujas de

mocos y sangre dejaron de desfilar desde la nariz, en lenta procesión hacia la mejilla. Aunque la joven había dejado de respirar unos segundos antes, y aunque las lágrimas del asesino llevaban un rato mezclándose con el espeso limo rojo que cuarteaba el rostro de ella, no cesó la presión hasta que sus dedos no se hundieron en el cuello, haciendo que la piel de la cara de su víctima se estirara en una cómica mueca de payaso muerto. Matthew se miró las manos, jadeante y agotado. Las miraba a menudo, cuando espiaba a los demás adolescentes del barrio, ya que sus diez dedos fofos y el dorso pelón y rosado de ambas extremidades era la única parte de su cuerpo que consideraba comparable a la de un chico normal. Las giraba a derecha e izquierda, levantándolas al cielo y dejando que la luz del sol silueteara sus formas. Solo en las manos podía ver el reflejo de una humanidad que conocía de oídas y a la que solo se había acercado gracias a la persona que ahora yacía en el suelo con la garganta perforada por sus pulgares. La arrastró a un rincón de la sala y se sentó junto a ella. No podía dejar de pensar en su madre, que tanto había insistido en que esa relación acabaría trágicamente. O en las amigas de ella, cuyas muecas de compasión se transformaron en máscaras de

terror cuando les dijeron que se iban a vivir juntos. Ahora, la discusión inflamada por los celos y las mentiras acerca de lo que había pasado la noche anterior tenía aún menos sentido, y Matthew no volvería a pensar en ello. Los mocos y la sangre se secaban en una costra irregular y repulsiva que conservaba, sin embargo, parte de la belleza femenina y juvenil del cadáver, y no había muchas vueltas que darle a los motivos. Matthew odiaba que la figura y la voz de su madre retumbaran en su cráneo con un eco juguetón cada vez que las dudas y el miedo le estremecían. Quizás ella, que le había controlado y protegido desde que era un bebé, que le había defendido de las burlas de los demás niños y que le había procurado un entorno cerrado y aislado en el manicomio para que no hiciera daño a nadie ni otros se lo hicieran a él, había sabido ver los problemas. Los conflictos, las contradicciones en el choque de deseo, compasión y amistad que subyacen en cualquier relación. Y que en este caso habían concluido con dos pulgares perforando un cartílago postadolescente como si hubieran reventado un melocotón en su punto. Su vista descendió desde su mano solo levísimamente palmípeda al brazo fornido, excesivamente musculado, rebosante de vello y manchas

violetas. Así llegó a la zona donde el antebrazo se unía con el torso, en hilos de piel y tejido que parecían el látex mal aplicado del maquillaje del monstruo en una película de terror de bajo presupuesto. Miró su cuerpo desnudo, sus abdominales perfectamente definidos que en otro momento y en otro hombre habrían supuesto la envidia de sus iguales y el deseo de las mujeres. Contempló sus genitales mutilados desde su nacimiento, ese repulsivo aspecto de haber sido machacados con una pesa y desgarrados con unos alicates. Las eses que trazaban sus muslos y sus pantorrillas suponían un interrogante de cierre de una pregunta que Matthew ni siquiera estaba capacitado para formular: tan trágica e inexplicable era su existencia que si alguna vez formulaba la pregunta, posiblemente llevaría implícita en sí misma la respuesta. Matthew se puso en pie, confuso y atorado. Trastabilló con el charco de sangre y bilis que ligaba el linóleo con la boca horriblemente entreabierta del cadáver, y cayó con todo el peso de su cuerpo sobre ella. Un movimiento cómico y reflejo curvó como una u a su víctima, que expulsó un último chorro de grumos rosados y siniestros por nariz, boca y garganta, manchando una zona de la pared que aún permanecía incólume.

El cuello de Carmen se hinchó de nuevo a causa de la presión, regresando a una triste imitación de la vida que consiguió que Matthew, tumbado boca abajo, con la frente reposando sobre las rodillas de su víctima, se echara a llorar. Maldijo a su madre por lista, a su suerte por puta, y al incomprensible cariño que siempre le había demostrando Carmen por todo lo demás. 3 La cuchilla se hundió en el vientre de la dependienta de la gasolinera justo en el instante en el que la serotonina comenzó a circular con normalidad a través de las conexiones neuronales de Beth. Durante unos segundos necesitó agarrarse al mostrador para no caer de culo sobre el expositor de caramelos mentolados que había detrás de ella. Le vino a la cabeza, aunque no volvería a pensar en ello, la conversación que había tenido con Arlene y Lee en los primeros instantes, siempre de infinito desconcierto, en los que el LSD comenzaba a hacer efecto. —Absolutamente todos los fenómenos paranormales que se os ocurran serán alguna vez explicables en algún momento del futuro por la ciencia —siseó Lee sacándose el sujetador con torpeza por las mangas

de la camiseta. Quería estar cómoda cuando la droga comenzara a destrozar su percepción. —Eso es una bobada. No solo hay cosas que no se podrán explicar nunca racionalmente, sino que ya te pasan cosas a ti diariamente que nadie puede explicar. Cosas mágicas. Arlene se señaló la entrepierna con un movimiento brusco de la mano derecha. Beth resopló: los viajes en casa de Arlene solían llevar consigo una chusca reivindicación de la maternidad en un formato pseudopagano que sus dos amigas solo toleraban porque era Arlene, precisamente, la que conseguía las drogas. —No empieces, tía. Beth apuró su whisky barato con Coca-Cola y colocó el vaso fuera de su alcance. Un par de meses atrás, en su anterior ingesta de ácido en casa de Arlene, había acabado divisando formas inquietantes en el cristal y había destrozado media vajilla con las manos desnudas. Aún había días en los que se sacaba por las mañanas minúsculos fragmentos de cristal de las palmas y de los huecos entre los dedos y las uñas. —No me refiero solo a nuestras vaginas, de las que quizás deberíais ser un poco más conscientes —continuó Arlene. —Sí, mamá. Lee y Beth se rieron sin ganas.

Arlene se puso en pie y llevó a la cocina los vasos. —Hemos pensado lo mismo, ¿verdad, Beth? —les dijo sonriendo. —¡Boom! ¡Telepatía! Una nueva carcajada atravesó las paredes de la habitación. Marrano, el gato negro de Arlene, salió de debajo del sofá a paso ligero, buscando una estancia más empática con su estado de eterna somnolencia. La dueña del piso regresó de la cocina, risueña y con los brazos en jarras. —No, no. Cosas más sencillas. ¿Nunca habéis tenido un sueño premonitorio? La pared se ondulaba como una perversa sonrisa femenina. Beth apuntó con el índice al techo. —No nos trates como a estúpidas. Los sueños premonitorios no existen. Son simples trucos del cerebro, lo vi en la tele. Engañifas que camuflan de recuerdos del futuro las cosas que se están viendo en ese momento. —Sí, tía, lo vi yo también —dijo Lee—. Dices “Esto lo he soñado”, pero no lo has soñado. Lo estás viendo en ese momento. “Eh, soñé que te ponías ese vestido”, y en realidad es que estás viendo ese vestido justo ahí pero en vez de meterlo en “cosas que ves” lo metes en “cosas que viste” y el cerebro… ¿no? Las tres se miraron. Como

siempre sucedía con las dosis suaves de LSD, la realidad no terminaba de desmoronarse, pero se reblandecía con el calor de sus cuerpos. Beth se restregó los ojos. —Vamos a ver ¿Te quedan anfetas? Un instante después, Beth pestañeaba en la estación de servicio, dejando que la navaja cayera a cámara lenta sobre el mostrador y devolviéndole unas pupilas aún dilatadas a la mirada de incomprensión y súplica de la dependienta. Ataviada con una máscara de Skeletor, Lee salió de detrás de la balda de los condones baratos, dejando caer todas las bolsas de patatas fritas que cargaba. —¡Beth! ¡Qué cojones…! Lee agarró el corpulento antebrazo de Beth justo cuando la alarma de la gasolinera comenzaba a sonar, como si la piel de la asesina tuviera un dispositivo para impedir que alguien se acercara a ella. Beth sacudió la cabeza con un gemido. Cuarenta segundos más tarde arañaba el cuero sintético del asiento trasero del coche de Arlene, como si fuera el único estímulo sensorial que la podía mantener ligada al mundo real. 4 La Fuerza del Caos encontraba divertida la situación: circunstancias que, según la pobre percepción del

tiempo que tenían los humanos, no podían entrelazarse pero que, claramente, estaban destinadas a chocar. Bajo el agua, el estrangulamiento de la infeliz que quería cuidar de un monstruo y la muerte fortuita de una joven en una gasolinera, se presentaban ante ella circunscritas por un par de verdosas burbujas de oxígeno que flotaban bajo el agua de forma antinatural. El Creador Total, pensó la criatura indescriptible con fonemas y lógica casi humanas, tenía un gusto estético comparable al de esas humanas sexagenarias que coleccionan payasitos de porcelana. Aprisionó las dos burbujas con delicadeza entre sus labios y los llevó hasta la kilométrica vagina de la que tantas quimeras habían brotado. Algo faltaba, sin embargo, en aquel conglomerado de sustancias vitales que iba a entrelazar por capricho. Un detonante. Un catalizador, diríase en términos químicos, que disparase la realidad. A la Fuerza del Caos le complacía que un ingrediente irónico, contradictorio o suficientemente dramático prendiera la mecha del conflicto. Un conflicto que preveía inspirador y secreto, y del que se hablaría en las sombras de los engranajes de aquel planeta moribundo llamado Tierra durante siglos. Por supuesto, la Fuerza del Caos no podía prever en qué desembocaría

todo, pero no se cansaba de experimentar con los destinos de aquellos insectos y de vaticinar en balde a dónde les llevarían los inexistentes límites de su poder. Un rumor llegó hasta la sima oceánica en la que reposaba. Se trataba de una voz infantil, llorosa y aterrada. Desde abajo podía verla: una criatura humana, femenina, de poco más de media docena de años y pelo cobrizo, acompañada de un adulto que tiraba de ella hasta el borde del acantilado que separaba el mar negro de la tierra firme. La pequeña se resistía al papel que su padre había considerado para ella, pero las burbujas del tiempo tintinearon en la cavidad de los genitales de la Fuerza del Caos. Este era el catalizador. Fuera, el adulto preguntaba a la niña pelirroja qué veía abajo, señalando impertinentemente hacia el océano. La Fuerza del Caos miró fijamente, varios kilómetros dentro y abajo, a los ojos de la niña. Ésta musitó la variable de superchería mística que su padre le había inculcado y de inmediato quedó marcada por el sello de las profundidades. La Fuerza del Caos serpenteó, moviendo kilómetros de fondo oceánico con su despertar: aquella revelación para la pelirroja bien merecía que se desperezaran las entrañas de la Tierra. Sostuvo ante sí los dos puntos

del continuo temporal que había escogido al azar, y los cruzó, en uno de los muchos futuros posibles, con la niña de la superficie. Contempló qué sucedería y, aunque estaba incapacitada para experimentar una emoción tan banal como la satisfacción, arqueó los labios llenos de colmillos en una imitación de la fugacidad del temperamento humano. El futuro estaba preñado de violencia y dolor. Gozosa, la criatura aulló para que solo la oyera la niña. Sandra supo, mientras volvía con su padre al coche, que algo profundo y febril se había puesto en marcha. Pero no volvería a pensar en ello.

Diseño y maquetación: Mireia Pérez. Textos de Santi Pagés, Francisco Serrano, Absence y John Tones. Ilustraciones de Mireia Pérez, Marcos de Diego, Antonio Frías, Mario Trigo, Guillermo Mogorrón y Pedro Toro. Coordinación: Alberto Haj-Saleh. Este fanzine fue creado expresamente para acompañar la publicación de los dos primeros títulos de la colección Memento Mori de la editorial Alegoría: Perros del desierto de Francisco Serrano y Nigromancia en el reformatorio femenino de John Tones. El copyright de los contenidos pertenece a sus autores. Prohibida su venta. Madrid, Octubre de 2012.

Ilustración de Pedro Toro

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful