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Resumen Freud duelo y melancolía

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Duelo y melancolía
El duelo es el afecto normal paralelo a la melancolía. Es la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente (libertad, ideales). Puede traer desviaciones de la conducta normal, pero aún así no es considerado un estado patológico. Pues, se supera pasado cierto tiempo, y es dañino perturbarlo. El trabajo del duelo, es un proceso intra-psíquico. Los rasgos que muestra el duelo son: desazón profundamente dolida, cancelación del interés por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amor, inhibición de toda productividad. La inhibición y restricción del yo es la expresión de su entrega total al duelo que no deja nada para otros propósitos e intereses. En el duelo el examen de la realidad muestra que el objeto amado no existe y demanda que la libido abandone todas sus ligaduras con el mismo. Contra esta demanda surge una oposición que puede llegar a ser tan intensa que surjan el apartamiento o extrañamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de una psicosis alucinatoria de deseo. Lo normal es que el respeto a la realidad obtenga victoria. Pero su mandato es llevado a cabo paulatinamente, con gran gasto de tiempo y energía de carga, continuando mientras tanto, la existencia psíquica del objeto perdido. Cada punto de enlace de la libido con el objeto es sucesivamente despertado y sobrecargado, realizándose en la sustracción de la libido. Se siente un displacer doliente, y al final de la labor del duelo, vuelve el yo a quedar libre y exento de toda inhibición. El duelo mueve al yo a renunciar al objeto declarándoselo muerto y ofreciéndole como premio el permanecer con vida, de igual modo cada batalla parcial de ambivalencia afloja la fijación de la libido al objeto desvalorizando este, rebajándolo. Se da así, la posibilidad de que el pleito se termine dentro del inconsciente, sea después que la furia se desahogó, sea después que se resignó el objeto por carente de valor.
La melancolía es el estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amar, inhibición de las funciones y disminución del amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones que el sujeto se hace a sí mismo, y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo (el duelo integra estos mismos caracteres, a excepción de la perturbación del amor propio). La melancolía en algunos casos constituye la reacción a la pérdida de un objeto amado. Pero la pérdida es de naturaleza más ideal. El sujeto no ha muerto, pero queda perdido como objeto erótico. En otras ocasiones no se distingue claramente que es lo que el sujeto ha perdido. En la melancolía existe una pérdida de objeto sustraída de la conciencia.

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En el duelo, nada de la pérdida es inconsciente. La labor del yo es análoga a la del duelo, pero además se produce un empobrecimiento del yo. El paciente en este estado, es tan incapaz de amor, interés y rendimiento, todo esto es secundario y resultado de la labor que devora a su yo. En la melancolía puede verse insomnio, repulsa del alimento, desfallecimiento, entre otros síntomas. En el melancólico observamos el deseo de comunicar a todo el mundo sus propios defectos, como si en este rebajamiento hallara su satisfacción. Esta autocrítica describe exactamente su situación psicológica. La pérdida de un objeto ha tenido efecto en el propio yo del sujeto. La instancia crítica (conciencia moral), que se disocia aquí del yo, lo toma como objeto. Las autoacusaciones pueden adaptarse a la persona amada, que no ha amado o debía amar. Lo reproches corresponden a un sujeto erótico y han sido vueltos contra el yo. Sin embargo, hay algunos que se refieren realmente al yo. Al principio existía una elección del objeto. Por la influencia de una defensa real o desengaño, inferido por la persona amada, surgió una conmoción de esta relación objetal. La carga de objeto demostró tener poca energía de resistencia y quedó libre. Esta libido no fue desplazada hacia otro objeto, sino retraída al yo, permitiendo una identificación del yo con el objeto abandonado. Así, se transformó la pérdida del objeto en una pérdida del yo, y el conflicto entre el yo y la persona amada, en una disociación entre la actividad crítica del yo y el yo modificado por la identificación. Por tanto debe haber existido una enérgica fijación al objeto erótico, pero también una escasa energía de resistencia de la carga de objeto. Esto quiere decir que la elección de objeto tiene una base narcisista, de manera que ante una contrariedad, pueda la carga de objeto volver al narcisismo. La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en un sustitutivo de la carga erótica, a consecuencia de la cual no puede abandonarse la relación amorosa a pesar del conflicto con la persona amada. En conclusión, la predisposición a la melancolía depende del predominio del tipo narcisista de elección de objeto (regresión a la etapa oral). En la identificación narcisista (la más primitiva de todas), la carga de objeto es abandonada. Existe un conflicto de ambivalencia (por situaciones de ofensa, postergaciones desengaños) que permite satisfacer las tendencias sádicas y de odio, orientadas hacia un objeto, pero retrotraídas al yo del propio sujeto. A través del autocastigo, el sujeto se venga de los objetos primitivos y atormenta a los que ama por medio de la enfermedad, después de haberse refugiado en ésta para no tener que mostrarle directamente su hostilidad. Así la carga erótica hacia el objeto tiene 2 destinos: una parte retrocede a la identificación, y otra retrocede hasta la fase sádica. Este sadismo aclara la tendencia al suicidio, en el cual el yo no puede darse muerte sino cuando el retorno de la carga de objeto le hace posible tratarse a sí mismo como objeto. La melancolía desaparece al cabo de un tiempo pero deja secuelas. En algunos casos la melancolía tiende a transformarse en manía, es decir en un estado sintomáticamente opuesto, que puede durar un tiempo. La alternancia entre la melancolía y la manía es la locura cíclica. La manía se caracteriza por un estado de exaltación, disposición a la actividad, alegría y triunfo, pero en donde el yo ignora qué y sobre qué ha conseguido tal triunfo. En la manía el yo tiene que haber dominado el sufrimiento de la pérdida de objeto quedando emancipado de él y emprende con hambre voraz nuevas cargas de objeto.

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Los combates contra la ambivalencia hacia el objeto son desarrollados en el inconsciente, como así también las tentativas de desligamiento del duelo. Pero en el duelo no hay impedimento para que las ideas fluyan hacia lo preconcientes, como en la melancolía donde hay represión. Las tres premisas de la melancolía son en suma: - La pérdida de objeto - Ambivalencia (motor del conflicto) - Regresión de la libido al yo (la más importante, esencia de la melancolía, pues las otras 2 pueden hallarse en la obsesión luego de una muerte).

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