BUENOS DÍAS, TRISTEZA FRANÇOISE SAGAN Traducción de Javier Albiñana

Título original: Bonjour tristesse 1.a edición: junio 1995 1954 by René Julliard, París © de la traducción: Javier Albiñana, 1995 Diseño de la colección: GuillemontNavarres Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. Iradier, 24, bajos 08017 Barcelona ISBN: 847223892X Depósito legal: B. 20.6891995 Fotocomposición: Foinsa Passatge Gaiolá, 1315 08013 Barcelona Impreso sobre papel OffsetF Crudo de Leizarán, S.A. Guipúzcoa Libergraf, S.L. Constitución, 19 Barcelona Impreso en España

Índice Primera parte ............................ Segunda parte ........................... Primera parte

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En los inicios de aquel verano extremó su amabilidad hasta preguntarme si la compañía de Elsa. inquietante y dulce. entre galante y mundana. Era una chica alta y pelirroja. de posibilidades. Además. en la que me agotaba haciendo mil desordenados . dos años antes. Mi padre tenía cuarenta años y era viudo desde hacía quince. Un sendero descendía hasta una cala dorada. Los «demás» eran mi padre y Elsa. en el Mediterráneo. Más difícil me resultó aceptar que tuviese una distinta ¡cada seis meses! Pero pronto su encanto. y de todo corazón. tan egoísta. siempre curioso y enseguida cansado. Los primeros días fueron deslumbrantes. que puede parecer falsa. salvo Elsa. y. alegre y cariñosísimo conmigo. su amante de turno. que casi me produce vergüenza. Hoy.Capítulo primero A ese sentimiento desconocido cuyo tedio. apartada. por otra parte. Lo quise de inmediato. me iba al agua. Elsa no supondría estorbo alguno para nosotros. Era simpática. Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. dominando el mar. Mi padre había alquilado. bastante simple y no tenía pretensiones serias. un agua fresca y límpida en la que me hundía. al salir yo del internado. bronceándonos poco a poco con un color sano y dorado. porque era bueno. no me costó entender que viviese con una mujer. generoso. tan sólo el tedio. achicharrados bajo el sol. cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. cuya dulzura me obsesionan. Antes que nada quiero explicar esa situación. me importunaría durante las vacaciones. el hermoso y grave nombre de tristeza. Era un hombre todavía joven. pues sabía que necesitaba a las mujeres y que. Mi padre se dedicaba a complicados ejercicios con las piernas para eliminar un amago de barriga incompatible con sus condiciones de Don Juan. No cabía imaginar mejor amigo ni más jovial. más raramente el remordimiento. y mi propia predisposición me hicieron adaptarme. que gustaba a las mujeres. rodeada por un bosque de pinos que la ocultaba desde la carretera. dudo en darle el nombre. Tan pronto amanecía. Era un hombre despreocupado. Pasábamos horas en la playa. esa vida novedosa y fácil. una gran casa con jardín. el pesar. bordeada de rocas rojizas. con la que soñábamos desde los primeros calores de junio. No la conocía. donde se mecía el mar. hábil en los negocios. preciosa. demasiado contentos estábamos ambos de marcharnos como para poner la menor traba a lo que fuese. Se alzaba sobre un promontorio. algo me envuelve como una seda. que hacía de extra en los estudios y se exhibía en los bares de los Campos Elíseos. lleno de vitalidad. separándome de los demás. blanca. su amante. No pude por menos de animarle. Es un sentimiento tan total. cuya piel se ponía roja y acababa pelándose entre tremendos dolores.

esperando vagamente que se desprendieran y comenzasen a surcar el cielo en su caída. dinos quién —gritó Elsa. que me gustó. protector. y no participé. Porque. Debían de ser miles.movimientos para purificarme de las sombras y el polvo de París. ¡Tanta tranquilidad no podía durar! —Vamos. como el de los gatos en celo. yo huía de esos estudiantes universitarios. Pensaba que se escapaba como el tiempo. El sexto día vi a Cyril por primera vez. Era alto y a ratos guapo. —Anne Larsen —dijo mi padre. amparado.. en la terraza. de vacío. brutales. y se volvió hacia mí. Con todo. esa resignación de algunos a no agradar se me antojaba una tara deshonrosa. —Tengo que anunciaros que va a llegar alguien —dijo. Se estaba bien. sobre todo por su juventud. apenas reparé en lo nervioso que estaba mi padre. Prefería con mucho a los amigos de mi padre. sin poderlo apartar de mi pensamiento. entre risas. Le devolví la mirada. cuarentones que me hablaban con cortesía y cariño. Sin compartir con mi padre esa aversión por la fealdad que nos llevaba con frecuencia a alternar con gente estúpida. —Le dije que viniera si se sentía demasiado cansada con las colecciones y. Le ayudé a recuperar sus cosas y. preocupados por sí mismos. al despedirse. de una belleza que inspiraba confianza. o muy poco. en la conversación. instintivo. siempre ávida de cosas mundanas. Anne Larsen era una antigua amiga de . me ofreció enseñarme a navegar a vela. en la que encontraban tema para un drama o pretexto para su hastío. lo dejaba escurrir entre los dedos y la arena caía en una lluvia amarillenta y suave. como todas las noches. va a venir. Después de cenar nos tumbamos en unas hamacas. Cerré los ojos con desesperación. yo experimentaba frente a las personas desprovistas de todo encanto físico una especie de apuro. Era el verano. un deseo de dominio o la necesidad furtiva. Cyril.. ¿qué buscábamos. muy abierto. de sentirse seguro de sí mismo. sino agradar? Todavía no sé hoy si ese afán de conquista no oculta un exceso de vitalidad. Nunca se me hubiera ocurrido. Tenía un rostro latino. Me tumbaba después en la arena. Tan sólo unos granitos de arena entre la piel y la camisa me impedían sucumbir a los suaves embates del sueño. Regresé a cenar. Pero sólo estábamos a principios de julio y no se movían. Fue entonces cuando mi padre carraspeó y se incorporó en la hamaca. era estudiante de derecho y pasaba las vacaciones con su madre en una casa cercana. muy moreno. Iba costeando con una pequeña embarcación de vela y zozobró delante de nuestra cala. cogía un puñado. Me habían explicado que se limitaban a frotar los élitros. con algo equilibrado. En la grava de la terraza cantaban las cigarras. me enteré de que se llamaba Cyril. pero prefería creer en aquel canto gutural. El cielo estaba cuajado de estrellas. me trataban con dulzura de padres y amantes. que eso era una idea fácil y que resultaba grato tener ideas fáciles. inconfesada. Pero Cyril me gustó. y estar ebrias de calor y de luna para lanzar ese estridente grito durante noches enteras. Yo las miraba. demasiado atónita para reaccionar.

A los ojos de mi padre. estériles. ¿y si nos volvemos a París? Rió despacito acariciándome la nuca. Elsa subió a acostarse tras formular una multitud de preguntas sobre la situación social de Anne. pues. tan tierno era su tono de voz que comprendí que de veras habría sido desgraciado sin mí. Me explicó que eran arbitrarias. —Mi viejo cómplice —dijo—. mi amor? Pareces un gatito salvaje. Esa indiferencia era lo único que podía reprochársele. Nunca se sabe. Y ella. Me gustaría tener una hija guapa y rubia. El se inclinó y apoyó las dos manos en mis hombros. lleno de indiferencia. aquella súbita llegada sólo podía ser un contratiempo si se pensaba en la presencia de Elsa y en las ideas de Anne sobre la educación. inteligente.. Además. Me eché a reír con él. como despreciaba todo exceso. Hasta entrada la noche. un poco llenita. el recuerdo de mi madre y mis esfuerzos. —No eres el tipo de hombre que pueda interesar a Anne. —¿Por qué eres tan desgarbada. y encogía levemente la boca. —No es ése el caso —dije—. sedienta. Sólo nos reunían algunas cenas de negocios —ella se dedicaba a la costura y mi padre a la publicidad—. pues aunque ella me intimidaba la admiraba mucho. discreta. como cada vez que se buscaba complicaciones. hablamos del amor y de sus complicaciones. —No se me había ocurrido —confesó—. Con ser divorciada y libre. A los cuarenta y dos años era una mujer muy seductora y solicitada. Lo cierto es que me asusta un poco. mi vida. dos años atrás. ¿Qué haría yo sin ti? Y tan convencido. Despertó en mí una admiración apasionada que supo encauzar hábilmente hacia un joven de su círculo habitual. y nosotros con gente bulliciosa. a quien mi padre sólo exigía que fuese guapa y divertida. Creo que nos despreciaba un poco a mi padre y a mí por nuestra afición a las diversiones y trivialidades. con un hermoso rostro altivo y hastiado. Todo en ella denotaba una voluntad constante. con graciosas arruguillas que acentuaban las comisuras. Yo me quedé a solas con mi padre y me senté en los escalones. Le debía. mi padre. me había enviado a vivir con ella. ¿por qué ha aceptado? —Tal vez para ver a tu viejo padre. En definitiva. de seriedad. no teníamos las mismas relaciones: ella alternaba con gente fina.mi pobre madre y tenía escaso trato con mi padre. me había vestido con gusto y me había enseñado a vivir. ¿Y Elsa? ¿Has pensado en Elsa? ¿Te imaginas las conversaciones entre Anne y Elsa? Yo no. mis primeras elegancias y mis primeros amores. ¿Por qué has invitado a Anne? Y ella. Me volví y lo miré. Rechazaba por sistema las nociones de fidelidad. Cécile. En otra persona tales opiniones me hubieran . Le brillaban los ojos oscuros. a sus pies. y le estaba muy agradecida. Es demasiado inteligente y se respeta demasiado a sí misma. en una semana. no se le conocía ningún amante. con ojos de porcelana y. Parecía un fauno. que no sabía qué hacer conmigo. Sin embargo. éstas eran imaginarias. una serenidad de ánimo que intimidaba. Era amable y distante. de compromiso.. al salir yo del internado.

pero sabía que en cuanto llegara Anne sería imposible . en su caso. besos y hastíos. Aproveché aquellos últimos días de auténticas vacaciones. Pero sabía que. ello no excluía ni la ternura ni la devoción. A mi edad no seduce mucho la fidelidad. sentimientos a los que se entregaba con mayor facilidad de la que quisiera. Ese concepto de las cosas me seducía: amores rápidos. máxime por estimarlos provisionales. Sabía muy poco todavía del amor: citas. Capítulo segundo Anne tardaría todavía una semana en llegar. violentos y pasajeros.desagradado. Habíamos alquilado la casa por dos meses.

porque. sordamente. rencorosas. la torpeza de ese gesto. Se inclinó hacia mí. bajé a la playa. Luego. de la delicadeza. Pero ¿llegas de París? —He preferido venir en coche. —¿Estás muerta? —dijo—. para compensar mi ausencia. bajando de su coche. Un bocinazo nos separó como ladrones. para que algo se desgarrase en mí suavemente. Mi padre.. El día de su llegada quedó decidido que mi padre y Elsa irían a esperarla a la estación de Fréjus. humillante en definitiva. Miré al cielo. Cécile! Me alegro de verte. mi confianza. el aturdimiento. Empezaba a conocerlo: era equilibrado. y era imposible no percibirlas en sus bruscas reservas. pero lo notaba en las miradas de reojo. Me miraba. estoy rendida. El calor. Me tenía aplastada contra la arena toda la fuerza del verano. cortó todos los gladiolos del jardín para ofrecérselos en cuanto se apease del tren. al moverse. Abrí los ojos: el cielo estaba blanco por efectos del calor. Me tumbé en la arena y me adormecí. hasta que me despertó la voz de Cyril. Lo único que me atormentaba en aquel momento era su mirada y el martilleo de mi corazón. enlazado al uno con el otro sin que la cosa me turbase en lo más mínimo. un sentido a las palabras a los que mi padre y yo renunciábamos gustosos. éramos tan felices. que le lanzaba a mi padre. mis brillantes maniobras navales nos habían precipitado al fondo del agua.. y me desagradó que aquella boca larga y un poco gruesa se me aproximara. Dejé a Cyril sin decir una palabra y subí hacia la casa. Marcaba las normas del buen gusto. porque me daba cuenta de que ella tenía razón.. Eso sí. me la encontré en la terraza. Sonreí. Pero no era así. Tan rápido regreso me extrañaba: el tren de Anne no debía de haber llegado todavía. —Yo también. Pero hoy bastaba ese calor. Desfilaron por mi mente los últimos días de aquella semana. A las tres. Me negué enérgicamente a participar en la expedición. De lejos. Volví la cabeza hacia él. durante la última semana. ese letargo. los suspiros duraron largos minutos. Me besó dulcemente. el sabor de los primeros besos. más virtuoso tal vez que lo habitual a su edad. No me apetecía hablar ni con él ni con nadie.relajarse por completo. Diez veces. ¡Qué morena estás. sus silencios ofendidos. Me limité a aconsejarle que no dejara que Elsa le ofreciera el ramo. Era demasiado bueno o demasiado tímido para decírmelo. no vi ya más que luces rojas que estallaban bajo mis párpados apretados. . Por ejemplo. Ella confería a las cosas una dimensión. mi tranquilidad a su lado. me había rozado el hombro con la mano. sus expresiones. Sin embargo. Se sentó a mi lado y el corazón empezó a latirme con fuerza. Le hubiera gustado que aquello me atormentase. Hacía un calor sofocante. nuestra situación —una curiosa familia de tres— le chocaba. Resultaba a un tiempo excitante y fatigoso. cuando se marcharon. pareces un náufrago abandonado. No contesté a Cyril. notaba los brazos pesados. la boca seca.. —Cyril —dije—. —Esta es la casa de la Bella Durmiente —dijo—.

relajada. —¿De veras? ¡Estupendo! Pues súbele el ramo. pasivo a ratos. el aplomo. —continué maquinalmente. Me alegro mucho de que estés aquí. ese desasosiego? Me senté en una tumbona y cerré los ojos. Lo miré apearse del coche. Pensé que era muy posible que Anne le quisiese. al volverme hacia ella. que por lo demás no había aprobado. —¡No estaba Anne! —me gritó—. Anne se había sentado en la cama. —Y ahora. Aunque sólo fuese de mi examen. Intenté evocar todos los rostros duros. la cabeza un poco echada hacia atrás. Gracias a Dios. Qué amable. estaba tan cansada. A las cinco llegó mi padre con Elsa. —¿Me habías comprado flores? —se oyó la voz de Anne—. Advertí los pequeños cercos oscuros en torno a sus ojos. esa voz alterada. tan sereno. reconfortantes de Anne: la ironía. Caminaba hacia mí. con un vestido que no parecía haber viajado. ¿Dónde está el dueño de la casa? —Ha ido a buscarte a la estación con Elsa. —Me he pasado un cuarto de hora en el andén sosteniendo este ramo con una sonrisa estúpida. sonriente. ¿Podía tal vez deberse tan sólo al cansancio del viaje. —Ahora ¿qué? —dijo. Pensé con tristeza que no había bajado hasta oír el coche y que habría podido hacerlo un poco antes. Espero que no se haya caído del tren. Mi padre corrió a su encuentro. estás aquí. Intenté saber si Anne podía quererlo. ¿Estaría ella enamorada de mi [ladre? ¿Era posible que lo quisiera? Nada de mi padre coincidía con sus gustos. El pensar esto último me consoló. —¿Elsa Mackenbourg? ¿Ha traído aquí a Elsa Mackenbourg? No supe qué contestar. ¿Conoces a Elsa Mackenbourg? . me llevé un sobresalto. Aquel rostro. que siempre había visto tan tranquilo.. a otro lado. Su mirada era interrogadora. ¿sabes? Te espero abajo. Había dejado la maleta en una silla y. Abrí la ventana con la esperanza de ver el barquito de Cyril.. despectiva... que cualquiera le quisiese. el bar está bien surtido. la autoridad. para hablar conmigo.. Por fin me vio y volvió la cabeza. Ha venido en coche. Me miraba a través de las imágenes que mis palabras habían evocado en ella. Era débil. pero tenía tantas ganas de salir. frívolo.La acompañé a su habitación. No había ocurrido nada. Salí balbuceando y bajé la escalera totalmente desconcertada. pero había desaparecido.. Su rostro se había descompuesto bruscamente y le temblaba la boca. le besó la mano. —Ahora has llegado —dije tontamente frotándome las manos—. desamparado de pronto ante mí. La miré estupefacta. Si quieres tomar algo. a la indignación moral? Me pasé una hora haciendo conjeturas. —Este chalet es precioso —suspiró—. El descubrir aquel rostro vulnerable me conmovía e irritaba a un tiempo. con prisa. Bajaba por la escalera a su encuentro. —Debería haberos avisado —dijo—. ¿Por qué esa cara. —Está en su habitación.

. e incluso su humor.. tres años antes de salir yo del pensionado. de Elsa. Me dormí pensando en Cyril. esa sonrisa apurada porque llevaba trenzas y un feo vestido casi negro. pero era simpático y con él mi padre y yo habíamos disfrutado de cenas memorables. voluntaria o no. Se echó a reír al verme balbucear y me fui a la cama muy nerviosa. el sol.. A sus ojos. marcados ambos por la violencia. Me miraba directamente a los ojos. que entró directamente en la habitación de mi padre. pero. que me subyuga. Raymond. Mi padre y Anne hablaban de sus amistades comunes. —Puede que no tenga un tipo de inteligencia corriente. Sentí no tener una agenda y un lápiz para anotar aquélla.. sutil. ese aspecto acerado de la maldad. sin sonreír. que eran escasas pero pintorescas. antes de que yo me fuera. Era un hombre que bebía mucho. —Sí. La notaba demasiado indiferente. su ritmo incesante. su . Aquella primera cena fue muy alegre. muy amable—. ni la sonrisa de mi padre en el andén. porque Anne no tenía mala intención. Las frases de agradecimiento la molestaban y. de que me veo obligada a olvidar lo principal: la presencia del mar. Pero a mí se me aparecían uno tras otro el rostro apasionado de Cyril y el de Anne. no insistí. buscando en mí una idea que le importaba destruir. Ciertas frases desprenden para mí un aura intelectual. todo iba bien. —Lombard es gracioso. Lo que los hacía todavía más abrumadores. has sido muy amable invitándome. por más que no las comprenda del todo. Se puso ingenioso y empezó a descorchar botellas. —Me parece muy simpática esa Elsa —dijo. —No me negarás que aun así deja bastante que desear. —Seguro que nos hemos visto en algún sitio. Mi padre se animaba. pero no me dejó darle las gracias.. Aquella primera noche Anne no pareció reparar en la distracción. que tal vez estaba bailando en Cannes con otras chicas. —dijo Anne.. Me cortó con tono indulgente: —Confundes tipos de inteligencia con edades de la inteligencia. Se lo dije a Anne. estupenda. Me encantó el tono lapidario de su fórmula. No puedo recordar tampoco los cuatro tilos en el patio de una pensión de provincias. Me lo pasé muy bien hasta el momento en que Anne declaró que el socio de mi padre era microcéfalo. sus juicios no tenían esa precisión. sí.. Mi padre se echó a reír: —Por lo menos no eres rencorosa.. Me había traído un jersey de su colección. como las mías no estaban nunca a la altura de mi entusiasmo. No podía serlo. Y en el coche. muy simpática. Quería que olvidase su reacción de hacía un rato. su perfume.Miré hacia otro lado. Tengo una habitación magnífica. estaba muy cansada. Anne —protesté—.. es una chica. y me preguntaba si las vacaciones serían tan sencillas como aseguraba mi padre... Tiene momentos muy divertidos. Me estoy dando cuenta de que olvido.

el lujo. la de Oscar Wilde. habida cuenta de mi edad y experiencia. representa el único aspecto coherente de mi carácter. imagino. porque así se evitaba además penosos esfuerzos de imaginación. Caminábamos por las calles hasta llegar a mi casa. Solía repetirme a mí misma fórmulas lapidarias. No le oía volver. e iba a ser para él el más caro. acudía con mi padre a fiestas donde no tenía nada que hacer. El iba a enseñarme París. No conocía los nombres de los actores y eso les sorprendía. flores. Allí él me llevaba detrás de una puerta y me besaba: descubría el placer de los besos. . Era un excelente cálculo. a la felicidad. Hubert. su boca.. Yo no conocía nada. de estar con alguien que te mira a los ojos. Nombres conocidos por todas las jovencitas. provisionalmente! En cualquier caso. Puede que no haya leído lo suficiente. Estoy convencida de que la mayor parte de mis placeres de entonces se los debí al dinero: el placer de la velocidad en coche. porque yo tenía sus ojos. libros.. inspirarse en ella. por mi edad.. renegaría más fácilmente de mis penas o de mis crisis místicas. No pongo nombre a esos recuerdos: Jean. divertía también a los demás. el más maravilloso de los juguetes. El amor al placer. No me avergüenzan todavía esos placeres fáciles. Saboreaba el placer de mezclarme con la multitud. Se limitaba a no ocultármelas. de tener un vestido nuevo. te coge la mano y luego te lleva lejos de esa misma multitud.. No quiero dar a entender que hiciera ostentación de sus aventuras. me volvía adulta. yo no habría podido ignorar durante mucho tiempo la naturaleza de sus relaciones con sus «invitadas» y él sin duda quería conservar mi confianza. la discontinuidad y los buenos sentimientos cotidianos. si los llamo así es porque he oído decir que lo son.explosión de alegría. ¡por fortuna. O a las terrazas de los cafés al sol. Jacques. La hacía mía con absoluta convicción. entre otras: «El pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno». Por la noche. Lamentaría. más exactamente a no disculparse con decentes o falsas justificaciones por la frecuencia con que una amiga comía en casa o acababa instalándose. que si la hubiera llevado a la práctica. En París no tuve tiempo para leer: al salir de clase. además. Idealmente. debía de parecer más gracioso que impresionante. Estaba convencida de que mi vida podría adaptarse a esa frase. la vida fácil. fiestas bastante variopintas donde me divertía y donde. En el internado no se leen más que obras edificantes. de comprar discos. triunfante. mis amigos me arrastraban a los cines. proyectaba una vida de abyección y libertinaje. de beber. Cuando regresábamos. mi padre me dejaba en casa y casi siempre iba a acompañar a una amiga. súbita. con mucha mayor seguridad. brotar de ella cual una imagen perversa: olvidaba las horas muertas. Su único defecto fue que durante algún tiempo me inspiró un desenfadado cinismo sobre las cosas del amor que. y.

intenté apartar de la cara.Capítulo tercero A la mañana siguiente me despertó un oblicuo y cálido rayo de sol que inundó mi cama y puso fin a los sueños raros y un tanto confusos en los que me debatía. En duermevela. pero renuncié. con la mano. Eran las diez. Bajé en . aquel calor insistente.

—Fue culpa mía —atajé. Estuve a punto de pararla. —Deberías engordar tres kilos para estar presentable. Le supliqué que no me obligase. daría lo mismo. Que yo tengo tu edad. ¡Sí! Me había metido ya en la embarcación. iría a bañarme. Pensé que tenía veinticinco años. —No te rías —dijo—. Conocía bien su cara. me creerías igual.pijama a la terraza y allí me encontré con Anne. que quizá se tomaba por un corruptor. muy serio.. dispuesta a broncearse sin riesgos. un sorbo de café negro y ardiente. Mi padre se inclinó y le cogió la mano. por desgracia —dijo Anne riendo—. y se disponía a demostrarme que era indispensable cuando apareció mi padre con su suntuoso batín de lunares. Tu padre. y eso me dio risa. Me sobresaltó la voz de Anne: —¿No comes. esa mujer. comedidamente. Ve a buscar pan con mantequilla. Raymond. y me tomó las manos. Sé que hice muy mal ayer. El sol de la mañana me calentaba el pelo. —Niña sólo hay una. Tienes las mejillas hundidas y se te marcan las costillas. Pero podía tomárselo a mal: tenía veintinueve años. —Quería pedirte perdón por lo de ayer —dijo.. el ejemplo. como si hubiese recibido una caricia imprevista. Aunque fuera un cerdo redomado. y no me engañaba... ¿sabes? No hay nada que te defienda contra mí. Aproveché para escabullirme. y vi que a Anne le temblaban los párpados. Comprendí que no subiría hasta que hablásemos y lo miré con la atención necesaria. —No sé lo que me haría —añadió empujando la embarcación al mar. trece menos que Anne. que estaba hojeando los periódicos. me acomodé tranquilamente en un escalón con una taza de café y una naranja e inicié las delicias de la mañana: mordía la naranja y brotaba un zumo azucarado en mi boca. apoyado con ambas manos en la borda como en el estrado de un tribunal. Tomé mi traje de baño y corrí a la cala. borraba de mi rostro las huellas de la almohada. Era evidente que salía de la cama. En la escalera me crucé con Elsa. Pasados cinco minutos. y eso le parecía una baza definitiva. El estaba de pie con el agua hasta las rodillas. con los párpados hinchados y los labios pálidos en el rostro enrojecido por el sol. sentado en su barco. Cécile? —Por la mañana prefiero beber. —No tienes por qué —dije alegremente. y de nuevo el frescor del fruto. . —Qué delicioso espectáculo —dijo—. Dos niñas tostándose al sol y hablando del pan con mantequilla. de decirle que Anne estaba abajo con su cara maquillada y pulcra. Estuve a punto de advertirle. ya estaba allí Cyril. Como no me prestaba atención. Vino a mi encuentro.. Noté que estaba leve pero perfectamente maquillada. Para mi sorpresa. Inmediatamente.. No debía de concederse nunca auténticas vacaciones. porque. —Siempre tan mala —dijo tiernamente. No me sentía en absoluto ofendida y me sorprendía su aire solemne.

. sólo podía reprochársele alguna leve estría en la piel. Cuando su boca buscó la mía. sujetándolas. No le di ni una semana a mi padre para. Dirigí una mirada de angustia a mi padre. de piernas perfectas. que estaba hecha una lástima. —Tiene que trabajar estas vacaciones —dijo Anne. Notaba que era bueno y estaba dispuesto a quererme. Mi padre caminaba entre ambas. Me arrastré hasta Anne. ¿cómo es que aquí te levantas tan pronto? En París te quedabas en la cama hasta las doce. se embadurnaba con aceite. la llamé en voz baja. la cabeza apoyada en su hombro. Vas a ser como un hermano para mí. A las once y media. —¿Para qué? —intervino mi padre—. y no hubo en nuestro beso remordimiento ni vergüenza. tan simpático. necesariamente. no me la devolvió y cerró los ojos. Cyril se marchó y aparecieron mi padre y sus mujeres por el sendero. arqueando una ceja. Cyril —murmuré—. Me contestó con una sonrisilla apurada. Acababa agotada. Bañado por la luz de la mañana. —¿Y tu examen? —Suspendido —dije con vehemencia—. Esbelta de cintura. me puse a temblar de placer como él. resultado sin duda de años de constantes cuidados y atenciones. Le eché los brazos al cuello y pegué mi mejilla a la suya. alzada. me protegía. —Mi hija siempre encontrará hombres que la mantengan —dijo mi padre noblemente. Anne volvió la cabeza hacia mí: —Cécile. para recomponerla. Me solté y nadé hacia el barco. refrescarla. sorbiéndome un . La idea me espantó.. nunca por cumplir. Me rodeó con los brazos dejando escapar una pequeña exclamación de enfado y me separó suavemente del barco. Abrió los ojos.. suplicante. tan dulce como yo. —Tú tenías cierta fortuna cuando empezaste —recordó Anne. No sonrió: sólo sonreía cuando le apetecía. tendiéndoles sucesivamente la mano con esa solicitud y naturalidad que le eran tan propias. Para mi sorpresa. ¡Y bien suspendido! —Tienes que aprobarlo en octubre.Ni siquiera resultaba ridículo. Me tenía apretada contra él. salpicada de murmullos. El agua estaba verde.. Y llevo una vida fastuosa. Incliné hacia ella un rostro inquieto. Hundí la cara en el agua. En aquel momento le quería. Yo nunca he tenido ningún título. Era ancho de hombros y su cuerpo duro se apretaba contra el mío. La pobre Elsa. una despreocupación perfecta. Notaba que me inundaba una felicidad. que a mí me gustaría quererle. —Qué simpático eres. y se tumbó. ante nuestras miradas observadoras. Dirigí maquinalmente a mi padre una mirada aprobadora. que marchaba a la deriva. cerrando los ojos para dar por zanjada la conversación.. Anne seguía llevando el albornoz: se lo quitó tranquilamente. —Allí tenía trabajo —dije—. Elsa se echó a reír y se interrumpió al ver que la mirábamos los tres. tan dorado.. sólo una profunda búsqueda. Me vi ante las páginas de Bergson con aquellos renglones negros que me bailaban y la risa de Cyril abajo. como todo el mundo.

incansable. rosada y tibia. Elsa peroraba sobre las fiestas de la costa. y aprobarás el examen. —Anne —dije—. y me entran ganas de llorar. dirigía al perfil de Anne. a sus hombros. Pero mi padre no la escuchaba: situado en el vértice del triángulo que formaban sus cuerpos. no irás a hacerme eso. la conservé. suavecita y pulida. Hundí el brazo para cogerla.. No sé por qué no la he perdido. Teníamos todos los elementos de un drama: un seductor. una piedra rosada y azul. —Tengo que hacerte «eso».. en la mano hasta la hora de comer. Me miró con fijeza un instante. con lo bien que podrían sentarme estas vacaciones.. Corrí hacia el mar.. Me lanzó una mirada divertida e insolente y me volví a tumbar en la arena. que no me separaría de ella en todo el verano. miradas un poco fijas.. obligarme a trabajar con semejantes calores. y sonrió misteriosamente volviendo la cabeza a otro lado.poco las mejillas para dar una imagen de intelectual agotada. regular. impávidas. Su mano se abría y cerraba sobre la arena con un movimiento suave. . inquietísima. yo. Hoy la tengo en la mano. una mujer galante y una mujer juiciosa.. Sólo me lo reprocharás durante un par de días. Decidí que era un talismán. —Hay cosas a las que no se hace una —dije muy seria. que no tendríamos. conociéndote como te conozco. Divisé en el fondo del mar una preciosa concha. incluso con estos calores. como tú dices. que lo pierdo todo. que yo reconocía.. y me zambullí gimiendo sobre las vacaciones que hubiéramos podido tener.

gestos. que la hacía un poco responsable de mí. quien mostraba con mi padre una indiferencia. Yo debía de ser en ese punto más influenciable que Anne. claro. Pero tenía con ella miradas. esos silencios tan naturales. fue lo sumamente amable que estuvo Anne con Elsa.Capítulo cuarto Lo que más me sorprendió. como el sol y la sombra. sin reparar en la habilidad que ello implicaba. como a una segunda madre de su hija: utilizaba incluso esa carta para que en todo momento pareciera que me confiaba a la protección de Anne. desde luego. pues no veía que esa inequívoca amabilidad excitara a mi padre. que se dirigen a la mujer quien todavía no se conoce y que se desea conocer. . Le hablaba. una serena amabilidad que me tranquilizaban. en cambio. en los días siguientes. No replicó nunca a las numerosas tonterías que abundaban en la conversación de ésta. En el placer. le estaba agradecido y no sabía qué hacer para demostrárselo. Mi padre no habría tardado en cansarse de aquel jueguecillo feroz. Llegué a creer que me había equivocado el primer día. Así. con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que hubieran puesto a la pobre Elsa en ridículo. Tal agradecimiento no era por lo demás sino un pretexto. Las mismas miradas que sorprendía yo a ratos en Cyril y que despertaban en mí ganas de huir de él y a la vez de provocarlo. Yo aplaudía para mis adentros su paciencia y generosidad. Eran como la antítesis de la incesnate cháchara de Elsa. tan elegantes. como a una mujer muy respetada. con la intención de acercársela más. de vincularla más estrechamente a nosotros. Sobre todo sus silencios….

Raymond? Mi padre se levantó. Una emoción súbita ante un rostro. Las . al llegar a la puerta. con la cara ajada por el sol. Elsa se levantó y.Pobre Elsa…. pero a mí no me lo parece… Me interrumpí de inmediato. seguía exuberante y agitada. que abandonara aquella resignada indiferencia ante mi carencia sentimental. casi ruboroso. Durante un instante. Tras tomar el café. más que estúpido. paciente: —Te haces una idea un poco simplista del amor. en el cine americano. —Por favor— dijo Anne secamente. la dulzura. Instantes plenos. consciente de lo equívoco de mi frase. Me disculpé de inmediato.. sorprendido. Enseguida había visto en mi frase una broma de mal gusto. mi padre pareció disgustado.. N pude por menos de expresarla en voz alta: —Te diré que. Me desprecié y ello me resultó especialmente duro porque no estaba acostumbrada a hacerlo. ese tipo de siesta no será muy excitante para ninguno de los dos.. me vino a la mente una idea cínica. de interceptar una mirada de mi padre. sin coherencia. Rara vez me juzgaba a mí misma. de embriagadora complicidad conmigo misma. a merced de los demás. Me irrité bruscamente: —Sólo lo decía en broma. según me pareció. a eso se reducía todo mi recuerdo. en aquel momento. Ya sé que en el fondo estarán muy contentos. un beso. Hizo un gesto evasivo con la mano y cogió un periódico. Tornó a cerrar los ojos y empezó a hablar con voz queda.. Pensé que tenía razón. inquirió: —¿Vienes. que me encantó como todas las ideas cínicas que se me ocurrían: me daban una especie de aplomo. un gesto. con las insolaciones de Elsa. sin embargo. Tenía un rostro deliberadamente sereno y relajado que me emocionó. A tu edad. —Aborrezco ese tipo de reflexiones —dijo Anne—. Anne no se movió. e imprimiendo a su entonación diez años de galantería francesa. lo siento.. Tal vez. Pensé que así habían sido todos mis amores. No hubo en su tono el menor equívoco. Un cariño constante. Subí a mi cuarto y me sumí en la ensoñación. Un día. No consiste en una serie de sensaciones independientes entre sí. envidaba apasionadamente a Elsa. resulta penoso. que era pobre y débil. la añoranza. pero al final asintió sonriendo. no se daba cuenta de nada. Para consolarla. inspirada. y fue tras ella al tiempo que ensalzaba las virtudes de la siesta. Se volvió hacia mí con expresión hastiada. —Es otra cosa —decía Anne—. Me sentí obligada a decir algo: —La gente dice que la siesta descansa mucho. Más me hubiera valido callarme. El cigarillo le humeaba en los dedos. debió de notar algo. que yo vivía como un animal. ni para bien ni para mal.. se volvió hacia nosotros con expresión lánguida. Cosas que tú no puedes entender. La vi murmurarle algo al oído antes de comer. Me hubiera gustado que se enfadase.

. mientras dirigía a Anne miradas de gratitud. por deseo o porque toca hacerlo. amenazante. —¿Y con su deber de puta? —dije. seguía oyendo las palabras de Anne: «Es otra cosa.. declaró que la señora era encantadora. Era una anciana apacible y sonriente que nos habló de sus dificultades de viuda y de madre. Debo confesar que nunca temían perder el tiempo.. navegábamos a vela por la costa. «Y». ¿Había añorado yo alguna vez a alguien? No recuerdo los incidentes de aquellos quince días. A veces nos acompañaba mi padre. De que se enorgullece de su vida porque tiene la sensación de haber cumplido con su deber y. ¿ya sabes cómo vienen los hijos? —Supongo que menos que tú —ironizó Anne—. —Y es así —dijo Anne—. Ha cumplido con sus deberes de madre y de esposa. Tenía en gran estima a Cyril. aquellas tres semanas felices en definitiva. como suele decirse. a mi padre el enamoramiento le durará tres meses y Anne conservará de todo ello algunos recuerdos apasionados y un poco de humillación. sobre todo desde que este último le había dejado ganar una carrera de crol. Ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa indulgente y divertida que me sacó de mis casillas: —No os dais cuenta de que está satisfecha de sí misma —grité—. Tuvo un hijo.. me acuerdo con toda exactitud pues dediqué a ello toda mi atención. Como ya he dicho.. o le reprochó en voz alta su indiferencia fingiendo reír? ¿Cuándo comparó sin sonreír su sutileza con la simpleza de Elsa? Mi tranquilidad descansaba en la idea estúpida de que se conocían desde hacía quince años y en que si hubieran tenido que quererse. no quería ver nada concreto. habrían empezado a quererse mucho antes. pensaba para mí. Se casó como se casa todo el mundo. Cyril se dirigía a él como «señor». ¿Qué día miró mi padre ostensiblemente la boca de Anne. . musitándonos palabras de amor que olvidaba al día siguiente. Una tarde fuimos a tomar té a casa de la madre de Cyril. Durante el día. De lo que vino después hasta el final de las vacaciones.. felicitó repetidas veces a la señora. bailábamos al ritmo de un transido clarinete. —Me desagradan las groserías —replicó Anne—. Pero aquellas tres semanas. todas mis posibilidades. —Si no hay ninguna paradoja. Mi padre se identificó con ella y. es una añoranza». Le llamaba con un diminutivo afectuoso. pero que sonaban dulcísimas la misma noche. A la vuelta. por supuesto.sábanas estaban tibias debajo de mí. pero alguna noción tengo. Anne contemplaba el espectáculo esgrimiendo una amable sonrisa.» ¿Ignoraba acaso que Anne no era la típica mujer a la que se puede abandonar por las buenas? Pero estaba allí Cyril y él me bastaba para llenar mis pensamientos. aunque sean paradójicas. «si ha de ocurrir. Íbamos con frecuencia a las boîtes de SaintTropez. Yo prorrumpí en imprecaciones contra esa clase de ancianas. y yo me preguntaba cuál de los dos era el adulto.

Por lo demás. Pensaba lo que decía. pues educó a ese hijo. Pero Anne no me consideraba un ser pensante. Se jacta de no haber hecho esto o aquello y no de haber realizado algo. Puede que fuera cierto. —Es un espejuelo —grité—. ¿comprendes? Se hallaba en la situación de joven burguesa esposa y madre y no ha hecho nada por salir de ella. pero era verdad que lo había oído decir. que mis convicciones no durarían. primordial. —Repites cosas que están de moda pero que son insustanciales —dijo Anne. ¿Cómo podía ser un espíritu elevado? . nacida en su ambiente. Me parecía urgente. —No tiene mucho sentido lo que dices —observó mi padre. Si. no me costaba admitir que al cabo de un mes tendría una opinión distinta sobre el particular. abrirle los ojos cuanto antes. se hubiese convertido en una mujer de la calle. mi vida y la de mi padre corroboraban esa teoría y Anne me humillaba despreciándola. Ha llevado la vida que llevan miles de mujeres y se siente orgullosa. Se puede estar tan apegado a nimiedades como a otras cosas. Con todo. Probablemente se ahorró las angustias y las molestias del adulterio. Una se dice después: «He cumplido con mi deber» porque no ha hecho nada. sí que habría tenido mérito.—Bien. No esperaba que se me brindara tan pronto la ocasión de ello ni que supiera aprovecharla.

Bailaba siguiendo el ritmo. En el clima familiar de los casinos pensaba recobrar su personalidad de mujer fatal un tanto atenuada por las quemaduras del sol y el casi aislamiento en que vivíamos. Contrariamente a mis previsiones. en la comisura de los labios. su sonrisa de casino. Había sacado el máximo partido de su pelo reseco y su piel quemada por el sol. Subí la escalera enredándome con el vestido y llamé a la puerta de Anne. pues mi padre. al concluir la cena. con los ojos entornados y una sonrisa feliz. Dejó de bailar para recibir con un murmullo maquinal y halagador la llegada de Elsa. No sin inquietud. de un gris extraordinario. Me quedé suspensa en el umbral. —Después de Cyril —dijo sin creerlo—. Llevaba un vestido gris. —Ve a ver si está lista —me pidió mi padre—. Esta bajaba la escalera lentamente con su vestido verde. nos habrán dado las doce. calor y tabaco.Capítulo quinto Y un buen día todo terminó. ven a bailar con tu anciano padre y sus reumas. —Eres el hombre más guapo que conozco. Anne no se puso a tales mundanidades. Recuerdo la alegría de Elsa. un poco demasiado exótica para mí. casi blanco. tendía a vestirme a lo mujer fatal. al que se . Incluso pareció hacerle bastante gracia la idea. Mientras bailábamos. mezcla de colonia. Me gritó que pasase. Recobré la euforia que precedía a nuestras salidas. —¿Nos vamos? —Todavía no ha bajado Anne —dije. Cuando lleguemos a Cannes. no parecía reparar en ello. era una tela exótica. Realmente no tenía nada de anciano. irreprimible como la mía. fuese por gusto o por costumbre. Una mañana mi padre decidió que aquella noche nos iríamos a jugar y a bailar a Cannes. Por fortuna. Me lo encontré abajo. sin duda. Y yo no conozco ninguna muchacha más guapa que tú. —Después de Elsa y de Anne —dije sin creérmelo yo tampoco. subí a mi habitación a ponerme un vestido de noche. respiré su perfume familiar. —Ya que no están aquí y que se permiten hacernos esperar. y le eché los brazos al cuello. Lo había elegido mi padre. —Tienes que enseñarme a bailar el bebop —dijo. deslumbrante con su esmoquin nuevo. el único por lo demás que poseía. esgrimiendo una desenfadada sonrisa mundana. olvidando su reuma. pero el resultado era más meritorio que brillante.

Yo no pensaba en nada. ya sé dónde están —dije sonriendo. como ciertas tonalidades del mar al amanecer. con el pie apoyado en el primer escalón. En el casino. lo que exigía no poca energía. Pasó ante mí sin comentar mi vestido. como se sonríe a alguien de quien uno va a separarse. Los vi iluminarse y sonreír. como si se tratase de algo muy natural que no debía inspirarle la menor inquietud—. Yo me sentía ya totalmente al margen del juego. Aquella noche. un sudamericano medio borracho. la nuca dorada. Se dedicaba al teatro y. ¿Vienes conmigo. aunque a ratos te pones pesada. —El acierto eres «tú». a pesar de su estado. Me preguntó bruscamente dónde estaba mi padre. la figura de Elsa. Estaba tan preciosa la carretera de noche que conduje lentamente. La cosa se puso aún más graciosa cuando se empeñó en bailar. ni pestañeó. —¡Magnífico! —exclamé—. mi padre se las ingenió para que nos perdiéramos de vista. Cécile? Me dejó conducir el coche. ya más lejos. con Elsa y un amigo suyo. Cuando en una curva nos adelantó el cabriolé de mi padre. estaba en plena euforia. Sus ojos eran de un azul oscuro. un poco más abajo. Recalé en el bar. Anne! Sonrió en el espejo. como si yo pudiese saber algo. Enseguida . Me cogió de la oreja y me miró. —Ese gris es un acierto —dijo. Elsa también la miraba bajar.adhería la luz. Se le había ido el maquillaje. —Anne —dijo mi padre—. Su descortesía era inconcebible. Ofrecía un aspecto lamentable. Tenía una expresión alterada. —Eres una chiquilla simpática. su mano tendida y. los hombros perfectos de Anne. el rostro deslumbrado de mi padre. ¡Qué vestido. Se detuvo al pie de la escalera. —¿Nos encontramos allá? —dijo—. delante de mí. ante un espectáculo en el que no podía intervenir. cosa que a un tiempo me alegró y me dolió. parecía concentrar en su persona toda la seducción de la madurez. Pero Elsa se aburría. alzando el rostro hacia ella. estás maravillosa. Recuerdo exactamente aquella escena: en primer plano. estuve a punto de mandarla al infierno. no le interesaba la técnica teatral. Aunque conocía a un par de monstruos sagrados. Nos reíamos tanto que cuando Elsa me golpeó en el hombro y vi sus aires de Casandra. —¡Ah!. De pronto me entró una gran indignación contra mi padre. Anne no decía nada. Ella le sonrió al pasar y cogió el abrigo. pues había participado por cortesía en sus libaciones. El sudamericano pareció lamentarlo un instante pero con otro whisky se animó. Bajó la escalera la primera y vi que mi padre salía a su encuentro. su conversación resultaba interesante por la pasión que ponía en sus palabras. —No los encuentro —dijo. Me veía obligada a aguantarlo y a apartar los pies para que no me pisara. Ni parecía reparar en el trompeteo enloquecido de la radio. dejándole la cara desnuda y ojerosa. Pasé una hora agradable con él. y luego se alejó.

Apenas me miraron. lo siento mucho por Elsa. —Cuando nos hayamos divertido bastante. Pensé con tristeza que estaba más rellenita que yo y que no cabía reprochárselo. cuando ves que se ha pelado toda. Su súbita dulzura. con expresión hastiada. como a su pesar: —Regresamos. Dile que estaba cansada y que me ha acompañado tu padre. donde me encontré a Elsa y al sudamericano. Saqué precipitadamente la cabeza de la portezuela. ¿Te he hecho mucho daño? —No. donde pareció encontrarse a gusto. volvéis con mi coche. Se miraban. Cuando os hayáis divertido bastante. Anne volvió la cabeza hacia mí. lentamente. —Llevas a la playa a una chica de piel delicada y. lentamente.vuelvo.. cayó en los brazos de Elsa.. no —dije cortésmente. Las actitudes nobles se me ocurren siempre demasiado tarde. El bofetón me había hecho daño. —¿Qué ocurre? —dijo mi padre con tono irritado—. El sudamericano. privado de mi apoyo. Los vi marcharse y me sentí completamente vacía. pero me acordé de Elsa y abrí la portezuela. Vi sus perfiles muy próximos y muy graves. Permanecí inmóvil junto a la portezuela. sorprendido. asido a su . El casino era grande: lo recorrí dos veces sin resultado. como si fuese un poco tonta: —No seas mala. Pero ¿no os dais cuenta? ¡Es repugnante! —¿Qué es lo que es repugnante? —preguntó mi padre. Necesité un buen rato para dar con él en el aparcamiento. extrañamente hermosos a la luz de las farolas. Yo temblaba de indignación y no me salían las palabras. veía moverse sus labios. Pero tienes el suficiente tacto para arreglarlo todo lo mejor posible. ¡Demasiado fácil! ¿Y ahora qué le digo yo a Elsa? Anne se había vuelto hacia él. Me puso la mano en la mejilla y me habló con dulzura. le diré que mi padre ha encontrado a otra mujer con quien acostarse y que espere sentada. El le sonreía. Me acerqué por detrás y los divisé por el cristal del fondo. Mi único consuelo era el pensar en mi propia delicadeza.. No parecía amenazadora y me acerqué. debían de estar hablando en voz baja. —Ven —dijo Anne. La mano de mi padre descansaba en el brazo de Anne. Inspeccioné las terrazas y al final pensé en el coche. Tenía ganas de irme. mi arrebato anterior. Estaban allí. Mañana hablaremos. Exploté indignada: —Le diré. ¿de acuerdo? La exclamación de mi padre y el bofetón de Anne fueron simultáneos. me daban ganas de llorar. ¿Qué haces tú aquí? —¿Y vosotros? Elsa lleva buscándoos una hora. —Discúlpate —ordenó mi padre. sin hacerme caso. mientras se me atropellaban mil pensamientos en la cabeza.. la dejas tirada. —¿Os lo pasáis bien? —pregunté cortésmente. Caminé lentamente hasta el casino.

Cécile. Me desperté atravesada en la cama. —No está todo dicho. sin duda por los whiskies de la víspera. La ha tenido que acompañar papá. en la oscuridad. tristemente. Vámonos las dos a casa..brazo. despacito. sin saber qué hacer. con la boca pastosa y el cuerpo desagradablemente empapado. Di media vuelta bruscamente y eché a correr hacia el coche. —Volveré a recoger mis maletas —sollozó—. Capítulo sexto La mañana siguiente fue penosa. Cécile. El sudamericano se echó a llorar a su vez. repitiendo: «Éramos tan felices. que sollozara el sudamericano. Elsa. es horroroso. Habría hecho cualquier cosa por evitar las lágrimas de la pobre Elsa. que se le corriese el rímel. tan felices». —Cécile —dijo—. A través de . su vestido ha quedado hecho una lástima. En aquel momento aborrecí a Anne y a mi padre.. Nunca había hablado con ella de otra cosa que no fuese del tiempo o de modas. Redoblaban sus sollozos. Tal pormenor se me antojaba de una autenticidad irrefutable. Adiós. —Anne no se encontraba bien —dije con tono desenfadado—. pero me pareció perder a una vieja amiga. oh. La miré. ¿Vamos a tomar algo? Elsa me miraba sin contestarme. Busqué un argumento convincente: —Ha tenido náuseas. nos llevábamos bien. éramos tan felices. pero Elsa se echó a llorar.

. Mi padre y Anne estaban ya en la terraza. Me cepillé los dientes y bajé. Vislumbré de pronto la vida que llevaríamos los tres. mirándome a los ojos. Pensé: «No es posible». tan contrario a mi manera de ser? Me complací detestándome. El espejo me devolvía un inste reflejo. Me puse a repetir esa palabra. única señal de su noche de amor. pero sabía ya que era cierto. decidido en una noche. Eso me impresionó: la felicidad siempre me ha parecido una ratificación. ¿por qué lo advertía de un modo tan evidente. Me obligué a pensar en ellos para poder levantarme sin notar el esfuerzo. odiando aquel rostro de lobo. que me hubiera indignado y tranquilizado a un tiempo. Me preguntaba si Elsa regresaría y qué caras pondrían Anne y mi padre aquella mañana.las rendijas del postigo se filtraba un rayo de sol por el que subían apretadas columnas de polvo. esos odiosos y arbitrarios límites la causa de mi debilidad y cobardía? Y si estaba limitada. —Es una idea estupenda —dije para ganar tiempo. sensibles. Aquello cambiaba por completo nuestra vida. un triunfo. sentados muy juntos ante la bandeja del desayuno. me apoyé en él: unos ojos dilatados. Me temí lo peor: —¿Algún otro recado para Elsa? Volvió la cara hacia mi padre: —Tu padre y yo queremos casarnos. de espera. Mi padre encendió un pitillo con gesto que pretendía aparentar tranquilidad. esas proporciones. manifiestamente nerviosa por una vez. De repente. y de pronto me vi sonreír. sordamente. doliente y aturdida. el refinamiento de Anne. Se miraba las manos. —¿Has dormido bien? —preguntó mi padre. la boca hinchada. La miré fijamente y luego miré a mi padre. Ambos sonreían con cara de felicidad. —Me gustaría preguntarte algo —dijo por fin. ¿Serían esos labios. veladas felices. los sudamericanos. Amigos inteligentes. Por fin lo logré y pisé las frescas baldosas de la habitación. lo probé y lo dejé de inmediato. Perdíamos la independencia. las Elsas me parecieron despreciables. Estaba demasiado cansada para aguantarlo mucho tiempo. —¿Qué pasa? Ponéis cara de misterio. Durante un minuto esperé de él una señal. Anoche bebí demasiado whisky. un guiño. No tenía ganas ni de levantarme ni de quedarme en la cama. el mío.. No me atreví a mirarlos por pudor. en efecto: unas miserables copas. —Regular —contesté—. a cualquier tipo de vínculo. No me cabía en la cabeza: mi padre. un rostro desconocido. esa vida que le envidiaba. Farfullé un vago saludo y me senté frente a ellos. un bofetón y unos sollozos. Me inundaba un sentimiento de superioridad... Me serví una taza de café. Había en el silencio de ambos una especie de textura. Anne estaba ojerosa. que me hacía sentirme incómoda.. tan obstinadamente opuesto al matrimonio. hundido y arrugado por la disipación. Anne me miraba. de orgullo. las cenas tumultuosas. Valiente disipación. una vida equilibrada de pronto por la inteligencia. tranquilas.. hasta que su silencio me obligó a alzar la vista. .

un animalillo afectuoso. por ese brazo firme y reconfortante. la indiferente Anne Larsen se casaba con él. me acariciaban la cabeza. no salir por la noche. ¿La quería. Por mi parte. embotada por el sol. pero lo había visto tantas veces feliz a causa de una mujer. Siete días felices. agradables. por vínculos que yo desconocía. un futuro. Ella hizo con su cuerpo un movimiento hacia él que me hizo bajar los ojos. inteligencia. por su vitalidad. con la inconsciencia de quienes no los han cumplido nunca.. debilidad. Sin duda por eso se casaba con él: por su risa. Se le veía feliz. también mi padre. pero que para ellos yo no era en efecto más que un gato. Comprendía que mi padre se sintiera ufano: la orgullosa. Pasaría a ser una persona cabal. hacia ella. —¿Por qué? —pregunté.. más tierno que nunca. unidos por un pasado. que no tenían que ver conmigo. me miraban con dulce emoción. ¿habíamos creído alguna vez en ellos? Acudir a comer a las doce y media todos los días en el mismo sitio. y se echó a reír. únicos. ¿lo creía de . recobré mi papel. El rostro de Anne. no dejaba de pensar que tal vez mi vida estaba dando un cambio. ¿no era feliz? Anne era perfecta. no le conocía la menor mezquindad. que era lo principal. parecía más accesible. —Sufría un poco por ti —dijo Anne. Además.. y. —Temía que tuvieras miedo de mí —dijo. Nunca había pensado en Anne como en una mujer. para establecer horarios. En definitiva. me daba la impresión de que mi veto hubiera podido impedir el matrimonio de dos adultos. pero nunca sensualidad. Me tendió las manos y me atrajo hacia él. elegancia. Estaba medio arrodillada ante ambos. Una semana pasa muy rápido. cenar en casa. Se sentó junto a Anne y le rodeó los hombros con el brazo.. podría quererla durante mucho tiempo? ¿Podía yo distinguir ese cariño del que profesaba a Elsa? Cerré los ojos. Voluntariamente cerré los ojos. conmigo. Oyéndola. llenos de reticencias. Mi padre y yo nos complacíamos en hacerlos ajustados y severos.. sino como en un ente abstracto: había visto en ella aplomo. me aliviaría la vida. gatita —dijo mi padre. Cuarenta años. Elsa no apareció aquellos días. transformado por las fatigas del amor. Me guiaría. Los notaba por encima de mí. Me eché a reír también porque efectivamente me inspiraba cierto miedo.. el miedo a la soledad. Con ello quería decirme a la vez que lo sabía y que era inútil. Estaba relajado. —Ven aquí. Estábamos los tres en la terraza. y les sonreí. porque mi padre regresaba bailando con una botella debajo del brazo. encantado. Trazábamos complicados planes para amueblar la casa. sabía que te alegrarías —dijo mi padre. apoyé la cabeza en sus rodillas. Mi padre se levantó a buscar una botella de champaña. yo estaba asqueada. quizá los últimos impulsos de los sentidos. —Gatita mía. de temores secretos y de bienestar. —¿No te parece ridículo este matrimonio de viejos? —No sois viejos —dije con toda la convicción necesaria. me reí con ellos.—Es una idea estupenda de verdad —repetí. su calor. me marcaría en cualquier circunstancia el buen camino.

y me hubiera gustado. me hacía rodar por la pinaza. aparentando. como si pensase en otra cosa. y la envidiaba. sino castillos en el aire. no sin cierto asombro. Yo me incorporé a mi vez. Cyril no contestó. Navegábamos juntos. Los veía bajar por la mañana. Regularmente me alcanzaba antes de llegar a casa. que aquello durase toda la vida. con gran dulzura. Una noche nos separó la voz de Anne. Recuerdo todavía el sabor de aquellos besos jadeantes. Al anochecer. disfrutaba recobrando un papel propio de mi edad. estrechos. Los besos se agotan. con esa suerte de lentitud. La boda debía celebrarse en París. por mera cortesía. ojerosos. nuestras transformaciones internas. organizada. me besaba. como si no lo viese: —Espero no volver a verte —dijo. y sin duda si Cyril me hubiera querido menos. estar . por supuesto. mi padre la quería. Pronunció mi nombre con tono seco. El pobre Cyril había seguido. lo prometo. Sin duda todo esto no era. me emocionó como si fuera un compromiso. Todo el mundo nos tomaba por una familia unida. acostumbrada a salir sola con mi padre y a suscitar sonrisas. Anne se mostraba relajada. Me dirigí hacia ella. Cyril se levantó de un salto. riendo juntos. a veces. A las seis. ineficaces. medio desnudos los dos a la luz llena de arreboles y sombras del crepúsculo y comprendo que aquello pudo engañar a Anne. y yo.. apoyados el uno en el otro. yo no dejaba de oír ya el ruido del mar. para entrar en calor. avergonzado. mejor que no hablase tanto. dos. normal. elegante. aquella semana me habría convertido en su amante. se me aparecía la cara de Anne. sus besos se tornaban precisos. me inmovilizaba. Cyril estaba tumbado sobre mí. enterraba alegremente la bohemia y ensalzaba el orden. uno. cuando apretaba su boca contra la mía. nos besábamos cuando nos apetecía y. mirando a Anne. y en mis oídos sólo resonaban los pasos rápidos y reiterados de mi propia sangre. más lentamente. Caminábamos hacia la casa por el pinar y... Anne me miraba con la misma cara grave e indiferente. Pero este desenlace legal era de su agrado. miradas de malicia o de compasión. uno: él recobraba el aliento. se inclinó hacia mí y me besó en el hombro antes de alejarse. Cyril arrastraba el barco hasta la arena. solíamos bajar a tomar un aperitivo a una terraza frente al mar. Aquello me irritó: si pensaba en otra cosa. tanto para él como para mí. dos. su cara suavemente marchita por la mañana. tres. tres. Uno. cuatro latidos del corazón y el rumor tan suave sobre la arena.. al regresar de las islas. confiada. y el palpitar del corazón de Cyril contra el mío acompasado con el romper de las olas sobre la arena. la vida burguesa. Conservé de aquella semana un recuerdo que hoy me complazco en explorar para probarme a mí misma. Esta se volvió hacia Cyril y le habló con suavidad. de feliz indolencia que confería el amor a sus gestos. inventábamos juegos de indios y carreras en las que me dejaba salir con ventaja. a la vuelta de vacaciones.veras posible mi padre? Sin embargo. Ese gesto me sorprendió. se abalanzaba sobre mí gritando victoria.

Como siempre.. por eso no voy a ir a una clínica. —dijo mi padre—. Pero creo que sería bueno que dejara de verlo durante algún tiempo y se dedicase a estudiar un poco de filosofía. —También Cécile es una buena chica —dijo Anne—. ahora soy un poco responsable de ti y no dejaré que eches a perder tu vida. me parece inevitable. alcé los ojos y mi padre bajó los suyos. Era de esas mujeres que pueden hablar. porque ello me habría permitido despreciarla. —Tampoco hay que exagerar —dije sonriendo—.apurada. Me alegraba y se lo echaba en cara a un tiempo. por lo menos? Ojo con los cabrones. y yo me sentía terriblemente molesta. Esta noche me la he encontrado en el pinar con Cyril. Me hablaba de pie. tener un objeto en las manos.. No he hecho más que besar a Cyril. en fin. sin moverse: a mí me hacía falta un sillón. muy apurado: . —No me he pensado nada —me cortó—. evitó dar ese paso en falso y sólo después de la sopa pareció recordar el incidente.. examinándome. intentó tomárselo a broma: —¿Qué me dices? ¿Y qué hacían? —Nos besábamos —grité con vehemencia—. —Hazme el favor de no volver a verle —replicó. Cécile. yo. tienes trabajo y eso te tendrá ocupadas las tardes. Anne se ha pensado que. no soy una delatora. como dando por sentado que yo mentía—. Al fin y al cabo. La cena transcurrió como una pesadilla. un cigarrillo. pero debes prometerme que estudiarás». de lo contrario se acabarían mis vacaciones. la compañía constante de ese chico y el ocio de que disfrutan.. como si yo no existiese. a quien conocía de toda la vida. No protestes: tienes diecisiete años. y parecían estar muy acaramelados. —Me gustaría que le dieses un par de buenos consejos a tu hija. Por eso sentiría muchísimo que le ocurriese un accidente. ¿A ti no? Al oír ese «¿a ti no?»... verla balancearse. mis protestas de inocencia con esa forma de indiferencia peor que el desprecio. gatita? ¿Es guapo y sano. Reaccionaría como de costumbre: «¿Qué chico es ése. Además... esa cara de hastío y desaprobación que la favorecía admirablemente y que me asustaba un tanto: —Deberías saber que este tipo de distracciones acaba generalmente en la clínica. Tendría que reaccionar así. como si fuese algo que había que doblegar y no yo. Raymond. pobrecillo. hija». La consternación me dejó clavada en el suelo. —Pobre niña. Me volvió la espalda y caminó hacia la casa con su andar indolente. balancear una pierna. A Anne ni se le había pasado por la cabeza. La vi adoptar su hermosa máscara de desprecio. erguidas. Ese tipo de cálculo no iba con ella. Mi única esperanza era mi padre. ese Cyril es un buen chico. Me quitó maquinalmente una aguja de pino del cuello y pareció que empezaba a verme de verdad.. decirme: «No le diré nada a tu padre. Y con la total libertad que tiene aquí. Anne pensaba lo que decía: recibiría mis argumentos.. Mi padre. a quien castigaba sin que pareciese dolerle.

y me dije que aquello era estúpido y monstruoso. del sabor de nuestros besos. Sí. Era una mujer demasiado eficaz. el impulso de amar a la humanidad nos ha venido siempre de un contacto con el principio generador de la raza humana». O sea. que no era más que una niña mimada y perezosa y que no tenía derecho a pensar así. la amabilidad. miré las líneas siguientes con la misma aplicación y buena voluntad. la comprendí y me sentí tan fría. del suave balanceo del barco. Yo estaba desconcertada. la discusión era sencilla. —¿A ti qué te parece? —contesté secamente. con el corazón palpitándome. inestables. Me acordé de Cyril. Pensé en ella con tal vehemencia que me senté en la cama. al fin y al cabo. me miraba sonriendo: planteada así. de que lo había pasado con los dientes apretados. Esa expresión apurada. que me impedía quererme a mí misma. No es tan grave. que me hacía sentirme ridícula. cederíamos al atractivo de las normas y de la responsabilidad.—Seguramente tienes razón —dijo—. Mi padre empezaba ya a distanciarse de mí. y luego en voz alta. Me daba cuenta de que la despreocupación es el único sentimiento que puede inspirar nuestra vida sin darnos argumentos para defendernos. Lo dije tan quedo que no me oyeron o no quisieron oírme. me tropecé con una frase de Bergson. Necesité unos minutos para comprenderla: «Por mucha heterogeneidad que podamos hallar en principio entre los hechos y la causa. sentimiento que despreciaba. Recordaba con ganas de llorar nuestras antiguas complicidades. deberías estudiar un poco. No querrás repetir. me arrojó sobre la cama. Aparté la mano suavemente: —Sí —dije—.. me perdía yo misma. hecha para la felicidad. y por más que medie una gran distancia entre una regla de conducta y una afirmación sobre el fondo de las cosas. Y seguí cavilando a mi pesar: cavilando que Anne era funesta y peligrosa. Yo. destrozada por el rencor. y de pronto algo se alzó en mí como una ráfaga de viento. y pensé en Anne. Me repetí esa frase.. de mala conciencia en el que. huidiza. Porque nos haría ser felices. eso era lo que le echaba en cara a Anne. vas a cambiar tu imagen de muchacha montaraz por la de buena colegiala. sí. Veía claramente con qué facilidad nosotros. primero lentamente para no ponerme nerviosa. ¿Y qué me aportaba Anne? Sopesé su fuerza: había querido a mi padre. Humillada. y sólo durante un mes. nuestras risas cuando regresábamos de madrugada en coche por las calles blancas . Por fin. y que había que apartarla de nuestro camino. lo tenía. nos convertiría poco a poco en el marido y la hijastra de Anne Larsen. demasiado inexperta para la introspección. penetraba por su culpa en un mundo de reproches. No podía seguir. Cécile. es grave. Me miró y apartó los ojos de inmediato. A la mañana siguiente. me torturaba. Hundí la cabeza entre las manos y la miré con atención. supongo. Me acordaba del desayuno de hacía un momento. tan impotente como al leerla por primera vez. ¿no? Me miraba. bien educadas y felices. que le había visto en la mesa me obsesionaba. la despreocupación. en dos personas civilizadas. que me estaría esperando en la cala dorada. —Vamos —dijo Anne tomándome la mano por encima de la mesa—.

Intenté llorar. En la mesa. Ni siquiera sufriría: Anne obraría con inteligencia. de elegirme a mí misma.de París. como si estuviese segura de vencerla. Pensé en Cyril. remodelada y orientada por Anne. no sería capaz de resistirme. pero sí la libertad de rechazar los moldes. Pero yo sé las verdaderas causas: fueron el calor. me aborrecía demasiado a mí misma por aquella especie de drama que ya no podía detener.. Habíamos acabado de cenar. Mi padre se creyó obligado a bromear: —Lo que más me gusta de la juventud es su vitalidad. Lo vi petrificarse en un gesto de interrogación. súbitamente alarmado. Sé que pueden achacarse complicados motivos a ese cambio. no abrí la boca. No estaba acostumbrada a meditar. que pueden atribuírseme magníficos complejos: un amor incestuoso por mi padre o una animadversión malsana por Anne. me desarmaba él mismo. En la terraza. o al menos la ausencia de Cyril. fue en vano. Estaba desesperada. Le miré. de la muerte. me hubiese gustado que me cogiese en sus brazos. y de mal pensar y de pensar poco. Me hubiese gustado que alguien me acariciara. Estuve cavilando toda la tarde al respecto. Mi padre y Anne callaban: tenían ante ellos una noche de amor. yo tenía a Bergson. de la música.. una mano larga y viva. pasando por una serie de estados desagradables pero resultantes todos ellos del siguiente descubrimiento: estábamos a merced de Anne. con dureza. dulzura. Bergson y Cyril. Era cierto que le gustaba la juventud. ¿y con quién había hablado yo sino con él? De todo habíamos hablado: del amor. comprendiendo tal vez que aquello ya no era un juego y que peligraba nuestra armonía. vi la mano de Anne. Anne se volvió hacia mí: —Tienes mala cara. la libertad de elegir yo misma mi vida. su conversación. Lo miré violentamente. La libertad de pensar. pensando: «No me quieres ya como antes. ironía. esos dos años de los que tan pronto había renegado el otro día. en el rectángulo luminoso proyectado por la mesa del comedor. Ahora me tocaba a mí verme influida. Y ahora me abandonaba. recobrar a mi padre y nuestra vida de antaño. me ponía de malhumor. Me miró también. me has traicionado» e intenté hacérselo entender sin hablar.. me consolara. . me reconciliara conmigo misma. Ya sólo me compadecía de Anne.. Transcurridos tres meses. Con qué encantos se me aparecían de repente los dos felices e incoherentes años que acababan de pasar. balancearse. tengo remordimientos por hacerte trabajar. No puedo decir «de ser yo misma» puesto que no era más que un barro moldeable. No contesté. Todo eso se había acabado. no tendría ni ganas. como por la mañana. encontrar la de mi padre. en aquella terraza acribillada por las cigarras y la luna. Era absolutamente necesario reaccionar. compadecerme de mí misma.

nosotros independientes. Sufría todos los horrores de la introspección sin. ¿cómo puedo echársela en cara?».». ¿no era esa otra quien me engañaba? ¿No era esa lucidez el peor de los errores? Me debatía horas enteras en mi habitación para dilucidar si el temor y la hostilidad que me inspiraba Anne en aquel momento tenían razón de ser o yo no era más que una joven egoísta y mimada con ínfulas de falsa independencia. «es estúpido y miserable. me las murmuraba a mí misma. me sublevaba. no le interesa la gente. Por primera vez en mi vida ese «yo» parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente. Raymond. iba adelgazando un poco más cada día.» Pero ¿por qué juzgarme así? Siendo sencillamente yo. Pensaba: «Es fría. reconciliarme conmigo misma. Miraba a Anne. no era libre de calibrar lo que ocurría. a poner atención en mi vivir. y el deseo de apartarla de mi padre. por ello. guardaba a mi pesar un tenso silencio que acababa incomodándoles. Adquirí una conciencia más atenta de los demás. a intervenir en ella. y bruscamente surgía otro «yo» que tachaba de falsos mis propios argumentos. de mí misma. gritando que me engañaba a mí misma. de pronto. es autoritaria. ¿acaso no es amor. «Ese sentimiento hacia Anne». Y de repente aquellos pocos días me alteraron lo bastante como para obligarme a meditar. La espontaneidad y un egoísmo fácil habían sido siempre para mí un lujo natural. Pero. es indiferente. juzgándome sincera. nosotros efusivos. Ya no veía en ella más que un ser hábil e indiferente.. Anne decía: «Cuando regresemos a París. la idea de que iba a compartir nuestra vida. por más que pareciesen de lo más verosímil.Segunda parte Capítulo primero Me sorprende la nitidez de mis recuerdos a partir de aquel momento.. Entretanto. pensaba. un amor como nunca volverá a inspirar mi padre? Y esa sonrisa hacia mí con un asomo de inquietud en los ojos. la espiaba de continuo. en realidad. Encontraba disculpas. Entonces. pensaba a lo largo de la comida: «Ese gesto que le ha dirigido. durante las comidas. en la playa no hacía más que dormir y. Me habían acompañado siempre. a nosotros nos . feroz. Pero.

la creía capaz de todo. ¡No! No era del todo cierto.apasiona. sin cuidado. Ese examen es importante. —¿Echas de menos a ese chico? —preguntó mi padre.. ¿comprendes?... le suplicaba en voz baja que me perdonase. dejaban en suspenso sus frases.. porque estaba loco por Anne. cuando me puso la mano en la cabeza y alzó la voz con tono lamentable: —Anne. es reservada. Al final logré poco a poco que la atmósfera se tornase irrespirable. nosotros somos alegres. me gritaba a mí misma: «¡Pero estás loca. Me di la vuelta y los miré. es una garantía de nobleza». sin comprender la causa de tal inquietud. —Me trae sin cuidado mi examen —grité—. la que se ha ocupado de ti! La frialdad es su forma de vida. mejor que lo deje. Creía arreglarlo todo con eso y. a quitarnos poco a poco nuestro grato y despreocupado calor. La idea me asustó: —No doy vueltas por la habitación —protesté. Anne? Si parece un pollo vaciado y asándose al sol. Cécile —dijo Anne—. ¿Cómo sabía que yo no trabajaba? Tal vez me había adivinado el pensamiento. La miré desesperadamente a la cara. ven a ver a esta joven.. loco de orgullo y de contento. su indiferencia la protege de mil sórdidas insignificancias.. diez días atrás. sin duda. —Vamos. Iba a levantarme y a proponerle ir al agua con ese aire falsamente alegre que ya era habitual en mí. haz un esfuerzo. a robarnos todo. va a acomodarse. él la miraba con admiración o deseo. O sea. lo que me hacía aborrecerme a mí misma. como una hermosa serpiente». mientras yo dormitaba en la playa tras el baño matinal. atenta al ruido apagado de sus pasos. ¿No la ves. si es Anne. para que se diese cuenta de . Anne sorprendía esas miradas y la extrañeza. Se sentó al otro lado y murmuró: —Lo cierto es que no le sienta bien. la incertidumbre ensombrecían su rostro. poco.. Un día. A ratos. la inteligente Anne. Trabaja un poco y come mucho. se sentó a mi lado y me miró. sin embargo. ¡una hermosa serpiente!». lo habría arreglado. Permanecí tumbada boca abajo en la arena. Me sentía palidecer de vergüenza. no puedes ver premeditación en ello. Una hermosa serpiente. Si el trabajo ha de sentarle así. Anne se acercó. Mi padre sufría en la medida en que era capaz de sufrir. en vez de dar vueltas por la habitación. y sólo vivía para eso. Nosotros dos somos de verdad los únicos que estamos vivos y ella va a deslizarse entre nosotros con su tranquilidad. Buscaba instintivamente a mi padre con los ojos. Ella me alcanzaba el pan y de repente yo.. Pero mis complicaciones habían ido en aumento y las horas de trabajo no me molestaban ya. se está quedando muy enclenque. Pero tampoco había tenido tiempo de pensar en Cyril. habida cuenta de que no había abierto un libro desde Bergson. Sentía su mirada clavada en mí. como si me despertara. Y eso que le bastaría trabajar de verdad. —Pues tienes mal aspecto —afirmó severamente mi padre—. Me repetía: «Una hermosa serpiente.

Mientras caminábamos hacia la casa. se había alejado. Y entonces. Y comprendí que jamás se le ocurriría preguntarme. Aquella mano en el volante. la había apretado furtivamente en los momentos de complicidad y de risa desatada. me agotaba. llena de alegría y estupidez. aquella mano apoyada en el hombro de una mujer o con un cigarrillo. —No te compliques la vida —dijo—. Me miraba atentamente. Volviéndose hacia mí. si lo hacía. No va contigo el personaje. tranquila y segura. y. No podía liberarme de aquella obsesión: Anne iba a destrozar nuestra existencia. me tomó la mano y la retuvo. apoyé la mejilla en la cálida suavidad de la playa. por el reproche. o con las llaves. aquella mano no podía hacer ya nada por mí. ¡No se merecían otra cosa! Anne siempre otorgaba a las cosas su importancia justa. me convencería. nunca. suspiré. —Ven a comer —dijo. liberarme. temblé un poco. te vuelves ahora cerebral y triste. Tú. Incluso hallaba cierta complacencia en plantearme cuestiones . hasta que cesó mi temblor nervioso. pero así dejarían de invadirme tan amargos y deprimentes sentimientos. me habría hecho disfrutar de algún momento de felicidad. buscando en vano el agujero de la cerradura. Capítulo segundo Transcurrieron dos días: le daba mil vueltas a lo mismo. decidiría lo que le diese la gana. Mi padre. Por eso. que me obligara a contárselo todo. La estreché con fuerza. veía el azul de Prusia de sus ojos ensombrecidos por el esfuerzo de mirar con atención. con tan poca cabeza.que la cosa era mucho más grave que un examen. —Ya —dije—. por la noche. me sonrió. que aborrecía ese tipo de discusiones. Me habría tranquilizado. era con desprecio e indiferencia. Y también porque no me atribuía ninguno de esos pensamientos que me torturaban. nunca jamás podría tratar con ella. Necesitaba que ella me dijera: «Pues ¿qué te preocupa?». porque semejante idea ni se le pasaría por la cabeza. La mano de Anne. que me acosara a preguntas. No intenté ver a Cyril. porque pensaba que eso no se hacía. se posó en mi nuca. había cogido la mía en los momentos de tranquilidad y de felicidad perfecta. y no me apetecía. La suya era una mano fuerte y reconfortante: me había secado las lágrimas cuando sufrí mis primeras penas de amor. Soy la clásica chiquilla inconsciente y sana. que eras tan alegre y tan animada. Me dejé caer en la arena con violencia.

La miré y me sorprendió su recompuesta belleza. Con igual presteza. Me incliné hacia adelante y bajé de improviso la voz para impresionarla: . discos lentos. una multitud de proyectos bulló en mi cerebro. Cuando le mencioné a mi padre. Disimulé un leve escalofrío y le propuse que subiese a mi habitación. Elsa se volvió hacia mí con cara horrorizada: —¿A casarse? ¿Y Raymond quiere casarse? —Sí.insolubles.. desorientada. y estaba pletórica de juventud. Juan me ha comprado algunos vestidos estos días. en temer los venideros. Raymond va a casarse. se me habría pasado por alto aquel gesto. me sentí sucumbir bajo el peso de mis argumentos. pero no era él. Una tarde llamó la asistenta a mi puerta y me advirtió con cara misteriosa que «había alguien abajo». afloraron planes. en recordar los días pasados. Pensé también que. No dormía. al fin y al cabo. Me temblaban las manos. Me gustaba volver a ver a Elsa: traía con ella un aire de mujer mantenida. la cabeza echada hacia atrás. Pensé de inmediato en Cyril.. mi padre ya era mayor y no podía pasarse la vida con mujeres galantes. moviéndome apenas para encontrar un trozo de sábana fresca.. me entraron ganas de reír. pero no son suficientes. lo que le evitaría encontrarse con mi padre y con Anne. todo ritmo. los postigos cerrados. Ponía en el tocadiscos. no pudo evitar un pequeño movimiento con la cabeza y pensé que a lo mejor seguía queriéndolo. Yo notaba confusamente que me asaltaban curiosas ideas inspiradas en parte por su nuevo aspecto. Bruscamente.. como si le hubiera asestado un mazazo. Me pregunté un instante quién era Juan pero lo dejé estar. tal vez por mi silencio.. Le dije que me alegraba de verla y me aseguró que siempre nos habíamos llevado bien porque teníamos puntos en común. me preguntó con tono de despego si «Raymond era feliz». de fiestas frivolas que me hacían evocar días felices. se puso a hablarme con gran animación de la vida mundana y subyugante que había llevado en la costa. Es muy hábil. a pesar de Juan y sus vestidos. De pronto. Fumaba mucho. los ojos fijos en el techo.. instalado al pie de la cama. y de inmediato comprendí por qué. supe lo que había que decir: —¡«Feliz» es mucho decir! Eso es lo que le hace creer Anne. muy cuidado. En mi habitación. —Mucho —suspiró Elsa. Por fin. Me dio la impresión de haber dado en el blanco. Hacía mucho calor. Pero ese juego no bastaba para engañarme: me sentía triste. con un color claro y regular. Me estrechó las manos con efusión. Van a casarse. tres semanas antes. de bares. sin melodía. Por fin se había puesto morena. Me quedé en la cama. dio unos pasos por la habitación y. Era Elsa. No había que dejarla meditar y deducir que. pero aun así el aire era insoportablemente pesado y húmedo. —Jamás adivinarías de lo que le ha convencido. me encontraba decadente y eso me gustaba. sin volverse. —He venido por las maletas —dijo—. Mi habitación estaba en la penumbra. se interrumpió por su propia cuenta. Elsa parecía anonadada.

—Te estaba esperando —proseguí—. colmada. vete a ver a Cyril de mi parte y le pides que te aloje. Ella misma. Elsa asintió gravemente. cosa que me daba ganas de reír y acrecentaba mis temblores. Mi padre está sufriendo ya. Lo veo imposible. Elsa —dije suavemente—. Me abrumaban mis palabras. —Vamos... La miré alejarse al sol. Elsa. intuyendo exactamente lo que había que decir. Ya se apañará con su madre. y por los chinitos». Yo actuaba en una especie de vértigo. Ella misma no había podido olvidar junto a Juan la seducción de Raymond.. —Pero ¿qué puedo hacer yo? —preguntó Elsa—. Elsa Mackenbourg. pero al menos no le aburría. iré a verle. lo que expresaba en aquel momento eran mis propios sentimientos. pero ahora vería esa intrigante de lo que era capaz ella. La vi parpadear y volver la cabeza para disimular la satisfacción. —Como puedes imaginarte —dije—. —Es la palabra exacta —dije. —Como se celebre ese matrimonio. Hay que defender a mi padre. Y mi padre la quería. de un modo tosco y elemental sin duda. déjalo —dije. y volví la cara yo también. Eso sí. es un niño grande. Concluí como en un cántico: —Ayúdame.. Le di una semana a mi padre para volver a desearla. y tú lo sabes. —Si te parece imposible. por mi padre y por vuestro mutuo amor. Repetía «niño grande» con energía. en definitiva.—Eso no debe ser. como si no tuviera por lo menos una docena de destinos. Un niño grande. Parecía fascinada. —Sí —dijo.. Dile que... Se la habían jugado. Eran las tres y media: en aquel momento estaría durmiendo en los brazos de Anne. de la moral. con esa voz que llaman entrecortada.. estás defendiendo tu destino —agregué con pitorreo en el umbral de la puerta. Te lo pido por ti. la esperanza que le infundían mis palabras. pero fiel a lo que yo pensaba. tantos como hombres que la mantendrían. —¡Menuda zorra! —murmuró Elsa. —Elsa —dije interrumpiéndola. ella no le hablaba del hogar. con su andar contoneante. Elsa.. Discutiremos el asunto los tres. Elsa. Es algo que no es posible. porque ya no la soportaba—. Porque. Agregué para mis adentros: «. Aquello me parecía un tanto melodramático pero ya los bonitos ojos verdes de Elsa se empañaban de compasión. tumbada al calor del . siempre lo había sabido. si a quien quiere es a ti. rendida. Tú eres la única capaz de medirte con Anne.. mañana por la mañana. Elsa se iba animando a ojos vistas. No intentes hacerme creer que lo ignoras. Elsa. no intentaba. Se echaba de ver que no deseaba otra cosa que creerme. —Pero si se casa con ella será porque la quiere —objetó. le ha salido con el cuento del equilibrio conyugal del hogar. nos destroza la vida a los tres. y se lo ha metido en el bolsillo. La única con suficiente clase.

Tan brusco cambio. que la habría deseado enseguida.. aprobaría ese examen. no dejó de sorprenderla e incluso le gustó. Calculaba. nuestra amiga. de soledad. en la costa. Seguro que tiene alguna utilidad el bachillerato. daba la vuelta.. Mi padre estaba encantado. Temblaba de remordimiento ante Anne. Es muy vanidoso o muy poco seguro de sí mismo. Por culpa de ese bachillerato habría podido hacerte romper con nosotros. viviría en su casa. Anne. Anne me daba las gracias con una sonrisa. feliz de verla tan contenta. bueno. Sí. habría hecho todo lo necesario. como quieras. tras mi silencio de los últimos días. la amiga de mi madre.. confesándole que me había equivocado. de complicidad interior. te había cogido manía por culpa de Bergson. Todo volvería a ser igual y. por así decirlo. sopesaba. de sus arranques. para tranquilizarse. Deambulaba por el cuarto sin interrupción. Sí. Me imaginaba que. bien mirado.placer. se estaría abandonando al sueño. Elsa se ha puesto otra vez muy guapa. me precipitaba a tenderle el albornoz cuando salía del agua. —¿Verdad que es útil el bachillerato? Me miró y soltó una carcajada. del calor. la colmaba de atenciones. por más que te quiera. no posee tu belleza pero es ese tipo de hembra despampanante que hace volverse a los hombres.» ¿Cómo había podido decir semejante cosa y escuchar las tonterías de Elsa? Al día siguiente le aconsejaría que se marchase. que era lo que yo quería.. —¿Verdad? Le hablaba a Anne. Me sentía peligrosamente hábil y a la oleada de asco que se había apoderado de mí. se sumaba un sentimiento de orgullo. ¿a que no? No eres de esas mujeres que comparten a un hombre. nada más empezar a hablar con Anne. . bajo mis directrices. caminaba hasta la ventana. es una estupidez. «Es la palabra exacta. Es algo tan abstracto y ridículo que ni me atrevo a decírtelo. Sobre todo con un hombre más joven que él. Todo eso se vino abajo —¿hace falta decirlo?— a la hora del baño. Es cierto que era increíble. de la felicidad. dirigía una mirada al mar perfectamente tranquilo. volvía a la puerta. no sabía qué hacer para reparar mi falta. contra mí. —Eres increíble —dijo. Comprenderás. a ti. Entonces te habrías marchado. Me puse a trazar planes muy rápidamente sin detenerme un instante. Elsa. La imité. Le llevaba la bolsa. eliminaba sobre la marcha todas las objeciones. ¡sobre todo si hubiera sabido lo que había proyectado hacer! ¡Me moría de ganas de contárselo para que viera hasta qué punto era increíble! «Imagínate que le hiciese representar una comedia a Elsa: ella fingiría estar enamorada de Cyril. de palabras amables. me contestaba alegremente y yo me acordaba del «Menuda zorra». sin embargo. nos los encontraríamos en el pinar. Nunca me había dado cuenta de la agilidad de la mente. ante sus ojos. los veríamos pasar en barco. aplastado sobre la arena. Y. mi padre te habría engañado y no habrías podido soportarlo. Un día. Mi padre no lo habría soportado mucho tiempo: nunca ha consentido que una mujer guapa que ha sido suya se consuele tan deprisa y.

Me zambullí en el agua en pos de mi padre. darle de lleno. me sentía intelectualmente mucho menos segura de mí misma. sacarlo a la luz y. riéndonos a carcajadas. me acostaron y me arroparon. Para celebrar mi curación. Al día siguiente. en la soledad. De cuando en cuando. descubrirlo. además: había puesto la mira en Elsa. a papel. Un día amaría a alguien apasionadamente y buscaría un camino hacia él. la aprobación de Anne. como con indulgencia. Al igual que apretamos con precaución un resorte. Seguramente no lo habría entendido. luché con él. como Anne. había intentado encontrar a alguien y al punto el mecanismo se había puesto en marcha. vislumbrado el punto débil y ajustado mis tiros antes de hablar.. todo ese poder del lenguaje. Había cosas que Anne no entendía. el título. Pero mi padre parecía tan manifiestamente feliz de que nos reencontrásemos a través de nuestras bromas estúpidas que no decía nada. De pronto entreveía todo ese mecanismo de los reflejos humanos. me mudaría de habitación. despreciable desde luego. Por vez primera conocía ese placer extraordinario: calar a un ser. Anne se reía también pero menos ruidosamente. no me llevaría a Bergson. Me instalaría en el desván con mis libros de texto. Sería inteligente. A lo mejor tenía posibilidades intelectuales. Les di . Intercambiamos ideas descabelladas. De todas maneras.es útil el bachillerato. ¿Acaso no había elaborado en cinco minutos un plan lógico. la había convencido en unos instantes. era preferible no decirle nada. Bien mirado. ¿Que es útil el bachillerato? —Sí —contesté. El éxito en octubre. Al final. el olor a tinta.. la risa atónita de mi padre. de la buena conciencia. un poco displicente. al encaminarme a casa de Cyril. Capítulo tercero Al día siguiente.. ¿verdad?» —¿Verdad? —¿Verdad qué? —dijo Anne—. cuando venía sólo a recoger las maletas. Si llegaba al corazón de una persona era por descuido. ya que mis proyectos de lanzamiento rebasaban los límites de la literatura y de la mera decencia. había bebido demasiado durante la cena y me puse más que alegre. Era curioso. reconquisté los placeres del juego. entonces.. Lástima que fuese a través de la mentira. Le expliqué a mi padre que había decidido hacer una licenciatura en letras.. ¡Tampoco había que exagerar! Dos buenas horas de trabajo. del agua. temblándome la mano. ¡Tocado! Nunca había conocido tal cosa. con precaución. pero lógico? ¡Y Elsa! Me la había ganado a través de la vanidad. del sentimiento. con dulzura.. no se reía en absoluto. culta. que me trataría con eruditos y que quería llegar a ser una persona famosa y cargante. el esfuerzo silencioso. era demasiado impulsiva. Se vería obligado a desplegar todos los recursos de la publicidad y del escándalo para catapultarme.

sentémonos. Mantiene que todavía no soy adulta. —Se la he presentado como una amiga. no poder demostrarle mi emoción. me encaminé hacia el pinar. De ahora en adelante.. —Yo también tengo algo que decirte —me interrumpió Cyril—.. ya no soy ningún niño. Mi padre no lo sabía en absoluto. Me encontré a Cyril a la entrada del jardín. —Qué pálida estás —dijo—. pero cuando le supliqué que me lo dijese y se inclinó hacia mí.... estaba muy inquieto. me han ofrecido un trabajo interesante. ¿Sabe que he venido? Esgrimía la sonrisa feliz de la mujer que ha perdonado y espera.. No creía que te quisiera tanto. una huérfana —dijo Cyril—. El despertar fue de lo más espantoso. —Te quiero —decía Cyril con la boca pegada a mi pelo—. Pasaba todas las tardes delante de la cala.. una vez. De no haber sido por aquel espantoso mareo. He mandado a paseo el derecho. Elsa es muy agradable. Tengo veintiséis años. A decir verdad. sin prestar la menor atención al mar matinal y a las gaviotas enardecidas. Pregunté a Cyril qué opinaba su madre. un tío mío. —Yo tampoco —dije. Bajaba en batín.. Mi padre. No . Quería decirte precisamente que.. Es curioso que sea capaz de tales intrigas. Tenían ambos un aspecto sano.. decir algo.. Anne parecía tener una idea bastante feroz al respecto. —No es posible —balbucí—. ¿Qué me dices? Busqué desesperadamente alguna frase equívoca que quedase bien. —Elsa ha exagerado mucho —murmuré débilmente—. Me sentí mustia y flaca. —Anne no querrá —dije—.. —De tu padre me encargo yo —dijo Cyril.. dos veces.. me estrechó violentamente contra él musitando frases confusas: —Cariño. como si saliese de la cárcel. con esa cara tan distinguida y esa clase. Había que hacer algo..vehementemente las gracias y les pregunté qué haría yo sin ellos. Aquí llega Elsa. No quería casarme con él. Cyril.. Me ha contado todo lo de esa mujer. Además. resplandeciente y excitado que me dejaba aún más apagada. si esa mujer te lo hacía pasar mal. Lamentaba estar tan mareada. estoy hablando en serio. Con la mente confusa y el corazón vacilante. No sabía que yo mismo pudiera ser tan desgraciado. estuve enferma.. me ocuparé yo de ti. Me invadió un instante de pánico. la cosa me sorprendía y me conmovía a un tiempo. Reconocí la imaginación de Elsa. no dejaré que sigan maltratándote. Cécile. Hace tanto tiempo. Le quería pero no quería casarme con él. Estoy tan cansada. Por la noche. Elsa me hizo sentarme con mil deferencias. lozana y luminosa. quiero casarme contigo. Se abalanzó hacia mí. estas emociones me dejan hecha polvo. Y si ella dice que no. No quería casarme con nadie. estaba cansada.. mi padre dirá lo mismo. No sabía nada de ti.. me tomó en sus brazos. me quedé profundamente dormida. —¿Cómo está Raymond? —preguntó—..

. —Por favor. a ella. turgente de sangre. y el sol me tonificó un poco. bésame . por lo demás. tenso. Me pregunté si mis cálculos eran acertados. —Por más que he buscado. los acepto. —Se te ocurren cada idea más rara —dijo Cyril con esa sonrisilla sesgada que le levantaba el labio y le ponía cara de bandido. Cyril fue a buscar café. lo que me producía una curiosa impresión. No hay nada que hacer. hábil. corre. pero no se me ocurrieron argumentos del mismo peso. una boca caliente y dura. con un brillante porvenir. —Cécile. Ya no me sentía nada intelectual. jadeante. Me desasí un poco. —Sabes muy bien que si se queda.. Cerré los ojos. No tenéis la menor imaginación. Me presentaron las mismas objeciones que me planteara yo la víspera y experimenté un soberano placer rebatiéndolas. Miraba el rostro moreno. por indolencia y . el director de aquella comedia. inteligente.. —Sí —dije—. me consideraba a todas luces una persona muy sutil. Acercó un poco la cara hasta que nuestros labios se rozaron y reconocieron. equilibrado y a buen seguro fiel. Dime que te pondrás celosa cuando finja que quiero a Elsa. Le recorrió un leve estremecimiento. tenemos que vivir juntos. Y así puse en marcha la comedia. —Es cuestión de psicología —dije. —No la hay —dijo Cyril—. luego sus labios se abrieron. Sólo me quedaba por demostrarles que no había que hacerlo. Comprendí que estaba más dotada para besar a un chico al sol que para estudiar una carrera. Siempre podría detenerla. no te rías —dijo Cyril—. los ojos oscuros de Cyril. dominado. En cierto modo como Cyril. enseguida se tornó apremiante. que mi padre la había olvidado. tan cercana. pero puse tanto empeño en convencerlos que acabé apasionándome yo misma. te casarás con quien ella decida — dijo Elsa.podía decirle. ni a él que no quería casarme. Hay una forma. —Bésame —murmuré—. Tal vez era cierto. demasiado hábil. Resultaba gratuito. Elsa se había alejado discretamente. Pero si no hay otra manera de casarme contigo. se apoyó un poco más para atajarlo. explicándoles mi plan. su boca inmóvil pegada a la mía. su beso se animó.. Les demostré que era posible. Me eché a reír. —No es que sea culpa de Anne —objeté. Hablé durante largo rato. muy aromático. Está encaprichado.. Miraba su boca. Me halagaba verlos pendientes de mis palabras: ¡tenían diez años más que yo y no se les ocurría nada! Adopté un aire desenvuelto. ¿Cómo se te ha podido ocurrir? ¿Me quieres? Hablaba en voz baja. licenciado también. A mi pesar. Elsa hablaba por los codos. Permanecí sentada con los ojos abiertos. Representaré ese papel con Elsa. de guapísimo bandido. Me quería.. no he encontrado solución —dijo Elsa. Yo era el alma. Me imaginé a Anne presentándome a un joven el día de mis veinte años. tenía confianza en mí. —No me gustan estos tejemanejes —dijo Cyril—. El café era muy fuerte.

Lo encontré soberbio. Si podía esperar uno o dos años. Me veía ya viviendo con Cyril. Tenía su gracia intentarlo y comprobar si mis cálculos psicológicos resultaban ciertos o equivocados. La exclamación de mi padre me hizo sobresaltarme. Divisé la cara de Cyril y le supliqué para mis adentros que se fuera. preferiría haberlo hecho voluntariamente con odio y violencia. sacando la cabeza para no mojarse el pelo. Mi padre salía del agua. Me bañé con Anne. Anne. y eso el día en que. dejándonos atrás. ¡pero si es Elsa! ¿Qué hace ahí? Se volvió hacia Anne: —¡Esa chica es increíble! Seguro que ha pescado a ese pobre muchacho y se ha ganado a la anciana... .curiosidad.. le perdonamos? En el fondo es un buen chico. Además. ancho y musculoso. Me quedaban para tranquilizarme numerosos argumentos: mi plan podía errar. Por primera vez me miraba como un ser sensible y pensante. Acercó la mano y la posó en mi cuello: —Mírame. ¿Qué. Y eso que hacía dos minutos que la esperaba: —Pero. Ya encontraría un motivo para detener el juego. lo que contribuiría a crear un ambiente familiar durante la comida. Le pregunté qué había estado a punto de decirme por la noche antes de que me durmiese. Alcé la cabeza. Todos los domingos iríamos a comer con Anne y mi padre. bastante apurada. venteando el peligro. ni Cyril ni Elsa podían hacer nada sin mí. Me encontré con Anne en la terraza. matrimonio unido. pero si no va solo. Luego nos tumbamos boca abajo los tres juntos. Mi padre miraba el barco. el sol o los besos de Cyril. En ese momento asomó la embarcación por el extremo de la cala. muerta de vergüenza. Y además. Me miraba. muy queda—. durmiendo pegada a él. silenciosos y tranquilos. Si cruza la cala. El barco iba a pasar delante de nosotros. Mi padre fue el primero que la vio: —El bueno de Cyril no aguantaba más —dijo riendo—. Mi mirada se cruzó con la suya y volví a pegar la cara a la arena. Me recibió con la expresión irónica que se adopta con la gente que ha bebido la víspera. y quizás incluso con la madre de Cyril.. y no la pereza. volví violentamente la cabeza hacia mi padre para zafarme de esa mano. —Pero ¿qué hace? —exclamó mi padre—. o mi padre podía extremar su pasión por Anne hasta mantenerse fiel. Abandoné a los conspiradores al cabo de una hora. Bajaba a la playa a reunirse con mi padre. con todas las velas desplegadas. Anne había levantado la cabeza a su vez. siempre juntos. Cécile. pero se negó riendo. ¡Anda!. Pero Anne no le escuchaba. casi de súplica. ¿Estás enfadada conmigo? Abrí los ojos: se inclinaba hacia mí con cara inquieta. Cyril me quería. Cyril quería casarse conmigo: el pensar eso bastaba para mantenerme eufórica. aceptaría. —Pobre niña mía —prosiguió la voz de Anne.. que nadaba despacio. en el caso de que mi padre cayera en la trampa. A ratos. lo que me costase hacerme adulta. Para poder ser yo la culpable. yo entre ellos dos. Exhalé un gemido. alegando que me molestaría..

La asistenta le explicó que Elsa había venido a recoger sus maletas y se había marchado enseguida. mi padre y Anne. Un día entrábamos en correos él y yo.cariño. y si de veras hubiera tenido que sufrir. Y así. insoportable al principio. Tenía la misma sensación que cuando la arena se me escurría a los pies al retirarse una ola. confiarle mi vida... Nunca había sentido una debilidad tan violenta y total. no me hacía demasiada gracia cruzarme de continuo con Cyril y Elsa cogidos del brazo. mi padre no daba la menor muestra de sentir celos. Renunciar a la comedia. dejaba que las cosas siguieran su curso sin demasiada inquietud pues. No quería hacerte daño. Cerré los ojos. cuando nos cruzamos . ¿me crees? Me acariciaba el pelo y la nuca. y jamás otro sentimiento. Porque nos los tropezábamos por todas partes: en el pinar. Así. apoyaba la mano en mi hombro para darme ánimos. Capítulo cuarto La única reacción de mi padre había sido la sorpresa. como ya he dicho. Me dio la impresión de que mi corazón había dejado de latir. y supongo que debía de formarse una idea un tanto pintoresca de nuestra situación. no tardó en resultarme grata. no habría podido contar con mejor apoyo. de dulzura. por más que fuera culpa mía. Era una lugareña. desmelenada por el viento como yo misma días atrás. quizá no tenía que haber sido tan intransigente. dando muestras expresivas de estar muy enamorados. No sé por qué no le mencionó nuestra conversación. Me invadía un deseo de derrota. se habían apoderado de mí con tal fuerza. ¿He dicho que era buena? No sé si su bondad era una forma refinada de su inteligencia o sencillamente de su indiferencia. Yo no me movía. A fin de cuentas. No tenía que esforzarme para adoptar una expresión impenetrable y falsamente indiferente cuando nos los tropezábamos. me prodigaron atenciones y una bondad que. Ya no podía ir en barco. ponerme en sus manos hasta el fin de mis días. Sobre todo con los cambios de habitación en los que había intervenido. me hablaba de otra cosa. cariñosamente. en el pueblo y en la carretera. ni la ira ni el deseo. en cierto modo es culpa mía. Anne me lanzaba una mirada. pero tenía siempre para conmigo la palabra y el gesto adecuados. Con ello me mostraba a las claras su cariño por Anne y me humillaba un tanto demostrándome también la inanidad de mis planes. presa de remordimientos. muy novelera. pero podía ver pasar a Elsa.

¿Y qué ha sido de la famosa redacción sobre Pascal de la que tanto nos has hablado? Era cierto que durante la comida había estado disertando sobre una frase de Pascal fingiendo haber meditado y trabajado sobre ella.. me sentí mal.. A ratos me daban tremendos ataques de risa que tenía que sofocar para que no me oyese Anne.. tenía apoyado el pie derecho en el muslo izquierdo y me miraba fijamente en el espejo. A la vuelta. Supuse que era la asistenta y como estaba curada de espantos le grité que pasase. lanzando un pequeño silbido.. lo vi preocupado: tal vez pensaba que Elsa y Cyril eran jóvenes. y que al casarse con una mujer de su edad. Cuando me fijé en Anne y vi sus arruguillas en la comisura de los ojos y el leve pliegue en la boca. cuando llamaron a la puerta. por supuesto. Estaba furioso. —También interviene la edad —dije muy seria.con Elsa. Se quedó durante un segundo inmóvil en el umbral y sonrió: —¿A qué juegas? —Al yoga —dije—. Jugaba un poco con ella a la enamorada frustrada que busca consuelo en la esperanza de ser un día toda una licenciada. supuestamente para trabajar. era un poco la fatalidad. —El amor. que le sienta bien —dije. Pero no es un juego.. debían de esperarme cada día.. Era Anne. Tienen la misma edad. por las tardes subía a mi habitación. Transcurrió una semana. —Qué le vamos a hacer. Pero resultaba tan fácil seguir mis impulsos y luego arrepentirme. —Pareces tomártelo mejor. Una tarde me había envuelto en toallas para dar una imagen más hindú. es una filosofía hindú. Cyril y Elsa. —A ver si te piensas que un niñato me va a robar a mí una mujer si yo no quiero. Se acercó a la mesa y cogió mi libro. —Oye. Estaba abierto en la página cien y las otras páginas estaban llenas de anotaciones mías tales como «impracticable» o «agotador». No había escrito una palabra. —dijo mirándome sorprendido. En realidad no hacía nada: había encontrado un libro de yoga y me dedicaba a él con gran convicción. —Sí que eres concienzuda —dijo—. Se encogió de hombros. Empecé a inquietarme. Además. Me invadió una involuntaria sensación de triunfo. —Si no llega a estar Anne. Anne me miró fijamente y comprendió: . no con complacencia sino con vistas a alcanzar el estadio superior del yogui. dejaba de pertenecer a esa categoría de hombres sin fecha de nacimiento. lo que desesperaba visiblemente a mi padre. no hubiera habido fatalidad alguna. Me daba la impresión de que me ganaba su estima con ello y a veces citaba a Kant en la mesa. No me atrevía a ir. Permanecí inmóvil.. Esta pareció no vernos y mi padre se volvió hacia ella como si de una desconocida se tratase. Elsa está pero que muy guapa. a quien le aseguraba que trabajaba sin parar. me hubieran querido sacar más ideas y era lo último que me apetecía.. que ignoraban cómo iban las cosas.

me machacaba con su desprecio. eso ya es intolerable. embutida en mis toallas. Siempre había oído hablar del amor como de una cosa fácil. silenciosas y recogidas en sus secretos. quién no creería. Me volví hacia él y lo miré.. lo miré y lo llamé «mi amante». Me quité el disfraz. de ese modo indiferente y brutal. me puse un pantalón.. tumbado de través en la cama. Me incorporé. . Corrí hasta casa de Cyril. la ternura y la pasión. Se puso pálido como debía de estarlo yo misma y me soltó la muñeca. sin resuello. humillante. ¡Reprocharle esa felicidad. había hablado de un trabajo para agradarle y. Pero fue para cogerme al punto en sus brazos y arrastrarme. hablaba de casarse conmigo. y la manera tranquila. de mostrarme su desprecio me sacó de mis casillas. con la ignorancia de mi edad. las casas parecen extrañamente profundas. Me preguntó al marcharme si se lo reprochaba. Yo pensaba confusamente: «Tenía que ocurrir. Yo misma había hablado de él con crudeza.. Lo miré un instante: por vez primera se me aparecía desamparado y enternecedor. Lo llamé en voz baja. Con el calor de la tarde. tumbado junto a mí. triunfante. No entendía que llamase a aquello «mentiras». rendida y embotada. Permanecí junto a él una hora. Cyril. habría sido muy peligroso. Abrí la puerta: dormía. habría dado la vida por él. Se acercó. de tenerme a su lado toda la vida.. Si llegaba su madre y me encontraba en la habitación de su hijo. Salió y me quedé petrificada.. Le había pedido a Cyril que no me acompañase. Subí hasta la habitación de Cyril.. Ya me extrañaban a mí tus súbitas actividades intelectuales. y me detuve en el umbral. Me entró pánico y me encaminé hacia la puerta. podría creer. Pero que luego te complazcas en mentirnos a tu padre y a mí. Ven. aturdida y sorprendida.. murmuré «cariño mío.. No sé si era amor lo que sentía por él en aquel momento —siempre he sido inconstante y no quiero tenerme por lo que no soy— pero le amaba más que a mí misma. —Pero ¿adónde vas? —gritó Cyril—. con la mejilla apoyada en el brazo.. Luego comenzó la ronda del amor: el miedo de la mano del deseo. Me había cogido del brazo y me sujetaba riendo. Abrió los ojos y al verme se incorporó de inmediato: —¿Tú? ¿Qué haces aquí? Le indiqué que no levantase la voz.! Regresé lentamente hacia el pinar. Me había acostumbrado a su nueva actitud hacia mí. Cécile. Me la había enseñado el día en que fuimos a ver a su madre.—Que no trabajes y hagas la payasa delante del espejo es asunto tuyo —dijo—. Había hablado de Pascal porque me divertía hablar de él. cariño mío». Apoyé la boca en la vena que todavía latía en su cuello. y. Hacía un calor tórrido pero corría impulsada por una especie de rabia. y me eché a reír. tanto más violenta cuanto que no estaba segura de no sentir vergüenza. y ese brutal sufrimiento al que seguía.. además. así por las buenas. una camisa vieja y salí corriendo. tenía que ocurrir». Tuve la suerte —y Cyril la dulzura necesaria— de descubrirlo aquel mismo día. el placer. y me dio la impresión de que nunca más podría volver a hablar de él así. Cyril. Le inquietaba mi silencio.

la caja gris y la mirada de Anne. esa cerilla cobró para mí una importancia vital. cuando se me apaga una cerilla. La mirada dura. con atención. He dado un sentido simbólico a ese gesto. Tal vez porque Anne. mi dedo encima. Entonces Anne. De cuando en cuando. las sombras bajo mis ojos. súbitamente arrancada de su indiferencia. revivo ese instante extraño. el recuerdo del cuerpo de Cyril. deslizó las manos por mi cara y me relajó. Mi corazón enloqueció. como si renunciase a preguntarme nada. me dejaba el corazón en suspenso.. sólo quedaban aquella cerilla. Encendí otra con precaución. esa intensidad del vacío. En aquel momento desaparecieron el tiempo y el espacio. Cogí un cigarrillo de la mesa y froté una cerilla en la caja.Temía que pudieran leer en mi rostro las claras improntas del placer. interrogadora de Anne pesaba sobre mí. pero no me hizo preguntas. al temblor de mis dedos. Notaba que se me escapaban lágrimas de agotamiento. Dejé caer la caja en el suelo y cerré los ojos. tumbada en una hamaca. Tenía preparadas ya unas buenas mentiras para justificar mi ausencia. recordando que estábamos peleadas. Así que me senté junto a ella en medio del silencio. no sé por qué. ésta se encendió y. Las manos de Anne alzaron mi rostro y yo apreté los párpados para que no viera mi mirada. . mientras acercaba ávidamente la cara hacia ella. crispé los dedos sobre la cerilla. empezó a latir con violencia. que cesase aquella espera. Pero hoy. en un gesto de ignorancia. Y entonces. Permanecí inmóvil. el relieve de mi boca. Se apagó al instante contra mi cigarrillo. he intentado darle uno.. ya que no hacía viento y era mi mano la que temblaba. de torpeza. el de ciertos instantes. de placer. el peso de la mirada de Anne y ese vacío alrededor. La cerilla se apagó. Rezongué y cogí una tercera. Anne leía delante de la casa. los temblores. nunca las hacía. el cigarrillo la cegó y la apagó. me miraba sin sonreír. Supliqué algo a alguien. de apaciguamiento. con los ojos entreabiertos. ese abismo entre mis gestos y yo. atenta al ritmo de mi respiración. Luego me puso un cigarrillo encendido en la boca y tornó a abismarse en la lectura de su libro.

Pero no lo experimentaría. porque se sentiría responsable de mí y. Yo hubiera preferido que aquella constante desaprobación. dado que yo era todavía profundamente maleable. se había dejado llevar por la compasión o la indiferencia. Mi ferocidad guardaba tan poca proporción . Por eso se lo reprochó a sí misma y me lo hizo notar. durante la cena y hablando como siempre de aquellos insoportables deberes de vacaciones. Totalmente inmóvil. Era exactamente lo que yo necesitaba. me arrojé sobre la puerta y me hice mucho daño en el hombro. no había modo de salir por allí. como admitir mis flaquezas. lo sería.Capítulo quinto El incidente que acabo de mencionar no dejaría de tener sus consecuencias. con los dientes apretados. Maleable y tozuda. se inició una discusión. tenía que hacerse cargo de mí. Era mi primer contacto con la crueldad: la notaba anudarse en mí. No quería gritar que vinieran a abrirme. Al cabo de seis meses. Me volví. hubiera podido hacérmelo confesar y. todo ello sin alzar en ningún momento la voz. Entonces me quedé en medio del cuarto. Yo no sabía que lo hubiera hecho y. auténtico pánico. Corrí a la ventana. Porque tan difícil le resultaba ocuparse de mí. de educadora. Anne no soportaba las claudicaciones. como tenía sed. Nos acostumbramos a los defectos de los demás cuando no nos creemos obligados a corregirlos. de pie. Como ciertas personas muy comedidas en sus reacciones. Lo único que la movía a desempeñar ese papel de tutora. me encaminé hacia la puerta e intenté abrirla. apretarse al ritmo de mis pensamientos. Pocos días después. Me tumbé en la cama y tracé minuciosamente un plan. educarme. Ofreció resistencia y comprendí que estaba cerrada. era el sentimiento del deber. Había adivinado algo. visiblemente aterrada. Y aquel gesto suyo de ablandar tiernamente con sus manos mi cara era una para ella. de paz que ascendía en mí conforme se perfilaban mis pensamientos. atenta a la especie de calma. tan sólo habría experimentado respecto a mí cansancio. mi propio padre se incomodó y al final Anne me encerró con llave en mi habitación. con las manos vacías. Allí me dejé el cortaúñas. por llamarla así. Casándose con mi padre. en cierto modo. un cansancio afectuoso. muy seguras de sí mismas. respondiese al fastidio o a un sentimiento más superficial: el hábito habría acabado imponiéndose. Intenté forzar la cerradura. Jamás en la vida me habían encerrado: me entró pánico. Me mostré un poco descarada. en el último momento.

. Te horroriza hacerlo y a mí también. Entreví el momento en que me pondría a llorar sobre su hombro.. a hablar de la felicidad perdida y de sentimientos excesivos. Y no al revés... ni.. —Es cierto.. Me dijo que no tenía que dárselas y que si habíamos discutido había debido de ser por el calor. —¿Sabes? —dije—. En el fondo no han sido dos años tan tristes o. Me levanté maquinalmente cuando entró en la estancia... Su vida es mucho más completa que la nuestra. con la mía. paciente con Anne. —Renegar no.con su pretexto que me levanté dos o tres veces durante la tarde para salir de la habitación y me topé sorprendida con la puerta. cómo decirlo. —¿Eres. Con concesiones mutuas.. perdía también en cierto modo un pasado... —Eso está descartado. En el fondo consideraba que Anne era una mujer que él imponía a su hija. no. tal vez. Se acabarán las discusiones estúpidas entre nosotras. Hizo un involuntario gesto de protesta.. Asustado también: perdía a una cómplice para sus futuras canas al aire. De aquí a uno o dos meses.. Me sentía indiferente y alegre. pero lo ignoré: —. —¿Quieres que hablemos? —preguntó mi padre. Mi padre vino a abrirme a las seis. Cabía acariciar esperanzas. y bajamos. Me miraba. habré asimilado completamente las ideas de Anne. —Verás. —He sido desagradable —dije—. Y si Anne y yo tenemos demasiadas agarradas. Debía de pensar como yo que las concesiones no serían probablemente recíprocas sino que saldrían tan sólo de mi persona.... Me disculparé con Anne. Sólo es cosa de un poco de paciencia. No hay que renegar de todo sólo porque Anne tenga un concepto un poco distinto de las cosas. —Parecía aliviado—.. claro. Me miró sin decir nada y le sonreí. Me sorprendió el término: yo.. también maquinalmente. ¿Podrías dejarme tan pronto? Sólo habríamos vivido dos años juntos. —¿De qué? —contesté—.. —Sí —dijo—. Anne y yo en el fondo nos llevamos bien.. Invertía el problema.. pero tampoco era una vida estúpida o desdichada. Ofrecí mis disculpas a Anne sin el menor apuro.. pero sí renunciar —dije con convicción. —Claro —dijo el pobre hombre.... desequilibrados.. . eres feliz? —Pues claro —dije desenfadadamente—. Sabía que esa solución no dejaría de dolerle. El pensar eso me resultaba tan insoportable como a él. exagero mucho.. No podía convertirlo en mi cómplice. No eres Blancanieves.. con casarme un poco antes ya está. Tienes que ser amable con Anne. ejem. mucho más llena de sentido.. sé perfectamente que Anne siempre tiene razón. paciente. Ese tipo de explicaciones que no conducen a nada. —No hay que exagerar —dijo débilmente—. Reconozco que te he hecho llevar una vida que quizá no correspondía con tu edad. visiblemente desconcertado..

Observé a mi padre. pero cuando los vi así. ¿podían impedir que ofrecieran ambos una imagen tan afín de belleza. Hablamos animadamente de cosas insignificantes. el que sentía Cyril por mí. sin él pegado a mí. comprendí que los había visto y me acerqué. Cyril y Elsa dormían. según habíamos convenido. sin su pericia. pues el camino estaba lleno de zarzas que él iba apartando para que no me arañara las piernas. vámonos. El amor que sentía Elsa por mi padre. sin su súbita fogosidad y sus largas caricias. Los miraba sin moverse. encajaba. sentí como una puñalada. Le expliqué lo que había que hacer. para que soñase conmigo por la noche.. Mi padre caminaba delante. Capítulo sexto A la mañana siguiente me llevé a mi padre a dar un paseo por la carretera. de proximidad?. con una fijeza.Me reuní con Cyril en el pinar. Si había buscado vínculos para retenerme. marcarlo para que no me olvidase ni un instante después de cenar. Le besé apasionadamente. le propuse que volviéramos por el pinar. tumbados en la pinaza. quería hacerle daño. Cuando lo vi detenerse. de juventud. Luego me abrazó. Al regresar a casa.. los había encontrado. Me extrañó lo mucho que me costó separarme de él. Todo había sido recomendación mía. pero era demasiado tarde y tenía que regresar. una palidez anormales. llegaba a la plenitud contra el suyo. Eran las diez y media en punto. Porque la noche sería interminable sin él. Mi cuerpo le reconocía. mi reloj iba bien. . brindando una imagen idílica de la felicidad campestre. Lo cogí del brazo: —No los despertemos.

será zorra! —¿Por qué dices eso? Es libre.Lanzó una última mirada a Elsa. ¡Desde luego que era mucho peor! Le habían debido de entrar las mismas ganas que a mí: abalanzarse. Pero en fin. del tiempo.... —No conseguirías nada —dije con convicción. la de la joven ninfa. sorprendida. calla.. Me tumbó suavemente en la lona. ¿no? ¿Ya no me comprendes? ¿También te escandaliza? ¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos! Me aterraba un poco conocerlo tan bien. ¿no? —¡No es eso! ¿Te ha hecho gracia ver a Cyril en sus brazos? —Ya no le quiero —dije. A las dos oí el ligero silbido de Cyril y bajé a la playa. El barco se balanceaba regularmente bajo nuestros cuerpos.... sonriente.. no necesitaba contestarme. torpes. —empezó a decir mi padre y se interrumpió. vivido con ella. —Calla —dije—. lo que había sido suyo. Mi padre se dio media vuelta y arrancó a andar a zancadas. abrazó a Anne y la tuvo apretada unos instantes. —¡Si te oyera Anne. Sobre todo después de lo que le hiciste. escurridizos. hay que ver las cosas como son: Elsa olvida pronto y Cyril le gusta. —Si yo quisiera. arrió la vela y se volvió hacia mí.. muchacho. tostada y pelirroja. ¿Dónde estaba? En el fondo del mar. no me contestó. ¿Volveríamos a vivirlos alguna vez como en aquel verano. por fin desquitada.. son cosas que no se perdonan. agradecidos.... como si fuese natural discutir sus posibilidades de reconquistar a Elsa.. temblorosa de vergüenza. la risa y el amor. por favor. El sol se descolgaba. recuperar lo suyo. Salí de la habitación y me apoyé en la pared del pasillo.. estallaba. Ya lejos. separarlos. —Esta mañana. —Tampoco me lo planteo —contestó. con los ojos cerrados. Evidentemente no lo entendería. eh.. Me hizo subir a la barca y enfiló mar adentro. El mar estaba vacío. aquella intensidad que les conferían el miedo y los demás . Nos reíamos. No abrió la boca hasta llegar a casa. con aquel esplendor. ¿Pero tú? Tú eres mi hija. Es mucho peor. es lógico. —¡Será zorra —murmuraba—. Luego. Anne le dejó hacer. Claro. del placer. —Por supuesto —dije encogiéndome de hombros. Pero aun así me molesta. el frescor del agua salada. Ese gesto significaba: «Imposible.. a nadie se le ocurría salir con semejante sol.! —Si me oyera Anne. perezosos. Teníamos el sol y el mar. —No me escandaliza —dije—.. la has perdido. recobrando el sentido común... Apenas habíamos hablado. caía encima de mí. Elsa tumbada boca arriba exhibiendo su joven belleza. que yo había. Llamé a Cyril en voz alta. ¿qué?.. con una leve sonrisa flotando en los labios. Miré el sol que tenía justo encima. Estábamos empapados de sudor. asustado. o le escandalizaría. Y de pronto el susurro imperioso y tierno de Cyril. Al volver. —¡Tampoco yo quiero a Elsa! —gritó furioso—. deslumbrados. ya has pasado a la reserva».. urgidos por el deseo.. —empezó a decir..

Pero por la noche. si seguían decididos. mi padre no podía disimular. unido a esa abstracción poética de la palabra «amor». En París él tenía alquilada una habitación.. un gesto. Elsa se las ingeniaba siempre para que la viera mi padre. se volviese tan fantasiosa. que nos hacía palidecer a mi padre y a mí y mirar por la ventana.. lejos de su madre. acostumbrada como estaba a las precisiones de los hombres que van al grano. Lo principal era que no ocurriese nada durante las tres semanas siguientes. Anne no podría evitar que lo viera. Si mi padre se obsesionaba poco a poco por Elsa. En París estaría Cyril y. no nos habría creído. Pero Elsa se impacientaba. obscena. me costaba tanto imaginarme embarazada. si tenía un hijo. No se comportaba con mi padre como una amante. Me prohibía a mí misma tener tales pensamientos. me felicité de mi anatomía de adolescente.. Anne no parecía reparar en ello. muy verbal. se lo cruzaba por todas partes. Le contesté que lo dejaba en sus manos y pareció encontrarlo natural. el arrullo de las palomas en la baranda. una amiga cariñosa. a los extraordinarios cielos de París. Cyril y yo en la cama estrecha. experimentaba una especie de placer intelectual pensando en él. según ella.. sin el menor apuro. sino como una amiga. cuando ella se reía con esa nueva risita silenciosa. Había hablado de ello antes sin el menor pudor. aborrecía las ideas equívocas. Además. tan cercana en definitiva por su profesión al amor venal. sin duda. de mi padre y de Elsa. me fascinaba. Se felicitaba entonces de imaginarias victorias. de los deseos reprimidos que. El término «hacer». pero también sin percibir su encanto. Por una vez. Me olvidé un poco de Anne. Se mostraba más cariñosa. abstrayéndolas de su sentido. Si le hubiéramos dicho a Anne que su risa era así. De pronto notaba que me volvía púdica. en la luna. Asumía lo que yo era incapaz de asumir: la responsabilidad. Las palabras «hacer el amor» poseen una seducción propia. pues achacaba su actitud a inconscientes remordimientos. Constantemente me preguntaba. más solícita que nunca y eso me asustaba. Bajaba los ojos cuando mi padre miraba a Anne un poco fijamente. amable y tranquila. Elsa se iría por su lado y. Tal vez por eso me había entregado tan fácilmente a él: porque no me dejaría ser responsable y. Cierto que no estaba habituada a desempeñar papeles sutiles y el que interpretaba debía de parecerle el summum del refinamiento psicológico. al igual que no había podido impedir que lo amase aquí.. Luego regresaríamos a París. Me daba miedo que me sorprendieran con ella o con Cyril. El amor me hacía vivir con los ojos abiertos. Cyril me preguntó si no me daba miedo tener un hijo.. Me imaginaba ya la ventana abierta a los cielos azules y rosas.. A mí me sorprendía que aquella chica. se excitase tanto por detalles como una mirada. el culpable sería él. mi padre y Anne se casarían.. Transcurrieron los días.remordimientos. con mi cuerpo flaco y duro. material y positivo. .? Al margen del placer físico y muy real que me procuraba el amor.

Mi padre se inclinó un poco hacia él en el momento en que recobraba . acaso a una misma muerte. lo que acrecentó su deseo de acudir. Lo hacía a una velocidad vertiginosa y con muchachos. encantado de evadirse un poco de aquella soledad voluntaria y un tanto forzada en que vivíamos. Conducía Anne. Los tres delante. si querían acudir. sometidos al mismo placer de la velocidad y del viento. que se inclinaba en las curvas. En el Bar du Soleil nos reunimos con Charles Webb y su mujer. De ahí su aspecto inquieto. presuroso. con los codos un poco apretados. Entreví complicaciones e intenté disuadirla. lo que me dejó pensativa. al tiempo que lanzaba miradas inquisitivas a Anne. Webb estaba totalmente obsesionado por la idea de quedarse a dos velas. que tenía algo de indecente. Charles Webb hablaba mucho. y en ningún sitio como en un coche me sentía tan amiga de alguien. Además. Había sido durante mucho tiempo amante de Elsa. una mujer particularmente ambiciosa. No había vuelto a subir a un coche desde la fiesta de Cannes. pues. a Elsa y a Cyril que estaríamos en el Bar du Soleil a la siete y que. allí nos encontrarían. El se dedicaba a la publicidad teatral. que me encantaba: era un descapotable americano que cuadraba más con sus imperativos publicitarios que con sus gustos. silencioso y distante. mi padre recibió unas líneas de un amigo nuestro que le citaba en SaintRaphaël a tomar el aperitivo. —Charles Webb me adora —dijo con simplicidad infantil—. como para simbolizar la familia que íbamos a formar. Lo advertí en su mirada y no pude por menos de sentirme orgullosa. Con los míos sí que cuadraba aquel coche lleno de objetos brillantes. su mujer a gastar el dinero que él ganaba. como de costumbre. y a Webb su indolencia sobre ese punto le gustaba. Se apresuró a comunicárnoslo. lo que le hacía correr sin cesar tras el dinero. Anne nos llevó en el suyo. pero fue en vano. Elsa conocía al amigo en cuestión. Salimos en coche a eso de las seis de la tarde. Lo principal para él era estar donde yo estuviera. Anuncié. Cuando me vea. pues ésta no era. Su mujer era mala. A Cyril le tenía sin cuidado ir a SaintRaphaël. Anne no la conocía y vi al punto que su hermoso rostro adoptaba ese aire despectivo y burlón que le era habitual en sociedad. Yo me sentía llena de orgullo pensando que no iba a tardar en saberlo.Capítulo séptimo A los pocos días. íbamos los tres delante. hará todo lo posible por conseguir que Raymond vuelva conmigo. a pesar de su belleza. Se preguntaba a todas luces qué pintaba allí con el calavera de Raymond y su hija. Por desgracia.

el aliento y declaró de sopetón: —Tengo que darte una noticia, muchacho. Anne y yo nos casamos el 5 de octubre. Webb los miró sucesivamente a ambos, con cara de pasmo. Yo no cabía en mí de gozo. Su mujer estaba desconcertada: siempre había tenido debilidad por mi padre. —Enhorabuena —gritó por fin Webb con voz estentórea—. ¡Es una idea magnífica! Querida señora, cargar con semejante golfo es un acto sublime... ¡Camarero! Esto hay que celebrarlo. Anne sonreía, desenvuelta y tranquila. De pronto vi que a Webb se le iluminaba la cara y no me volví: —¡Elsa! Pero si es Elsa Mackenbourg. No me ha visto. ¿Te has fijado, Raymond, lo guapa que se ha puesto esa chica...? —¿Verdad que sí? —dijo mi padre con voz de feliz propietario. Luego se acordó y cambió de expresión. Anne tenía que haber reparado en el tono de mi padre. Volvió la cara con un rápido movimiento, de él hacia mí. Cuando abría la boca para decir algo, me incliné hacia ella: —Anne, tu elegancia está causando estragos. Ahí hay un hombre que no te quita ojo. Lo dije con tono confidencial, o sea, lo bastante alto para que lo oyese mi padre, que se volvió de inmediato y divisó al hombre de marras. —No me hace gracia —dijo, y cogió la mano de Anne. —¡Qué encantadores! —se emocionó irónicamente la señora Webb—. Charles, no tenías que haber molestado a estos tortolitos. Tenías que haber invitado sólo a la niña. —La niña no habría venido —contesté sin contemplaciones. —¿Y por qué? ¿Tienes amores con algún pescador? Me había visto una vez hablando con un cobrador de autobús sentada en un banco y desde entonces me trataba como a una desclasada, como lo que llamaba ella una «desclasada». —Pues sí —dije, esforzándome en aparentar alegría. —¿Y pescas mucho? El colmo era que se creía graciosa. Poco a poco, empezaba a encendérseme la sangre. —Lo mío no son los macarras* —dije—, pero pesco. Reinó un silencio. Se alzó la voz de Anne, siempre tan serena: —Raymond, ¿quieres pedirle una paja al camarero para el zumo de naranja? Charles Webb se apresuró a empalmar con el tema de las bebidas refrescantes. Mi padre se moría de risa, lo vi por su manera de concentrarse en el vaso. Anne me dirigió una mirada suplicante. Decidieron de inmediato que cenaríamos juntos, como personas que han estado a punto de pelearse. * Juego con el doble sentido de maquereau, que en francés significa «macarra» y «caballa». (N. del T.) Bebí mucho durante la cena. Necesitaba olvidar la expresión inquieta de Anne cuando miraba a mi padre, o vagamente agradecida cuando sus ojos se detenían en mí. Cada vez que la mujer de Webb me

lanzaba una pulla, la miraba con una sonrisa radiante. Enseguida se puso agresiva. Anne me hacía señas de que no chistase. Le horrorizaban las escenas públicas y notaba que la señora Webb estaba dispuesta a montar una. Yo, en cambio, estaba acostumbrada, era cosa habitual en nuestro ambiente. Por eso no estaba absolutamente tensa oyéndola hablar. Después de cenar, fuimos a una boîte de SaintRaphaël. Al poco de llegar nosotros, aparecieron Elsa y Cyril. Elsa se detuvo en la puerta, habló con la mujer del guardarropa alzando mucho la voz y penetró en el local, seguida del pobre Cyril. Pensé que se comportaba más como una fulana que como una enamorada, pero era lo bastante guapa como para permitírselo. —¿Quién es ese remilgado? —preguntó Charles Webb—. Es muy joven. —El amor —susurró su mujer—. El amor, que le prueba bien... —¡Imagínate! —dijo mi padre con violencia—. Un capricho y nada más. Miré a Arme. Examinaba a Elsa con tranquilidad y despego, como miraría a las modelos que presentaban sus colecciones o a las mujeres muy jóvenes. Sin la menor acritud. Durante un instante la admiré apasionadamente por aquella ausencia de mezquindad, de celos. Por otra parte, no entendía que pudiera sentir celos de Elsa. Ella era cien veces más guapa y elegante que Elsa. Como estaba borracha, se lo dije. Me miró curiosamente. —¿Que soy más guapa que Elsa? ¿Tú crees? —¡Desde luego! —Siempre es agradable. Pero estás bebiendo demasiado otra vez. Dame tu vaso. ¿No te da pena ver ahí a tu Cyril? Se está aburriendo. —Es mi amante —dije alegremente. —¿Estás completamente borracha? Menos mal que ya es hora de volver. Nos separamos de los Webb con alivio. Me despedí de la mujer de Webb con un solemne «señora». Condujo mi padre. Yo recliné la cabeza en el hombro de Anne. Pensé que la prefería a los Webb y a la mayoría de la gente que veíamos habitualmente. Que era mejor, más digna, más inteligente. Mi padre hablaba poco. Seguramente se acordaba de la aparición de Elsa. —¿Duerme? —preguntó a Anne. —Como una criatura. Se ha portado relativamente bien. Excepto la alusión a los macarras, que era un poco directa... Mi padre se echó a reír. Hubo un silencio. Luego oí de nuevo la voz de mi padre. —Anne, te quiero, sólo te quiero a ti. ¿Me crees? —No me lo digas tanto, que me asusta... —Dame la mano. Estuve a punto de incorporarme y protestar: «No, que hay precipicios». Pero estaba un poco borracha, el perfume de Anne, el viento del mar en mi pelo, el pequeño arañazo que me había hecho Cyril mientras nos amábamos eran otras tantas razones para ser feliz

y callarme. Me vencía el sueño. Mientras tanto, Elsa y el pobre Cyril estarían saliendo penosamente en la moto que le había regalado su madre por su cumpleaños. No sé por qué eso me emocionó y me entraron ganas de llorar. ¡Aquel coche era tan suave, tan cómodo, tan apropiado para el sueño...! Sueño que la señora Webb no podría conciliar en aquel momento. Seguramente, a su edad, yo también pagaría a jóvenes para que me amaran porque el amor era la cosa más dulce y más viva, más sensata. Y porque el precio poco importa. Lo que importa es no agriarse y tener celos. Como los que tenía ella de Elsa y de Anne. Me reí muy bajito. El hombro de Anne se ahuecó un poco más. «Duerme», dijo con firmeza. Y me dormí.

Capítulo octavo Al día siguiente me desperté perfectamente bien, apenas cansada, aunque con la nuca un poco dolorida por los excesos. Como todas las mañanas, el sol inundaba mi cama. Aparté las sábanas, me quité la chaqueta del pijama y me tumbé al sol con la espalda desnuda.

. Recordé haberle dicho a Anne que Cyril era mi amante y la cosa me dio risa: cuando has bebido. Los amigos de Anne no debían de hablar nunca de sí mismos. dices la verdad y nadie te cree.» Tras lo cual mi padre se reía y le palmeaba el hombro: «¡Dichoso tú! Es casi tan guapa como Elise. la inactividad y las ganas de vivir suele convertirlas en seres odiosos. Me entretuve imaginando el rostro de aquel hombre. más allá. antes de que se marchase. su reserva terminarían ahogándome.. —Como cada vez que te sacamos. el entusiasmo que ambos ponían. ¿Te encuentras muy mal? —Perfectamente —dije—.. veía en primer plano la rugosa superficie de la sábana y.. Decidí pasar la mañana así. —Se echó a reír—. la cosa era más fácil: tanto Charles Webb como él eran unos ligones. me veía a mí misma a los treinta años más parecida a nuestros amigos que a Anne. de que ponía especial esmero en calentarme. —He pensado que te sentaría bien un poco de café. Su silencio. me daba la impresión de que hacía aflorar mis huesos bajo la piel. Tenía un aspecto indecente.. ninguna de las amigas de mi padre podía compararse con Anne. hacía calor en el mar. las tristes confidencias de Lombard: «¡Sólo la quería a ella.. Era Anne. Raymond! ¿Recuerdas aquella primavera. o había que haber bebido más de la cuenta y disfrutar peleándose con ellos. Pero debo . dedicarle la vida a una mujer!». Me puse precipitadamente la chaqueta del pijama y grité: «¡Adelante!». que sostenía con precaución una taza. humillante pero fervoroso el presenciar las confidencias de dos hombres ante un vaso de alcohol. Me acordé también de la señora Webb y de mi altercado con ella. El sol era suave y cálido.Pegada la mejilla al brazo doblado. Para mi padre.» Conversación de colegiales. La noche anterior se perfilaba poco a poco en mi memoria. su indiferencia. era previsible. Para que las fiestas resultaran gratas con aquella gente. Llamaron a la puerta. esa condescendencia amable y contagiosa. me buscaría a un hombre seductor que también lo estuviera un poco: «Mi primer amante se llamaba Cyril. O si hablaban de ellas. Yo me sentía dispuesta a compartir con Anne esa condescendencia que debían de inspirarle nuestras amistades. la de la película de Saurel. Yo tendría unos dieciocho años. Volvía de casa de Dupuis y. o mantener relaciones íntimas con uno u otro de los cónyuges. cuando ya estuviera un poco hastiada. Lo que me gustaba de ellos era la excitación. Conocía bien a ese tipo de mujeres: en ese ambiente y a esa edad. Sin duda desconocían esa índole de aventuras.. Tendría las mismas arruguillas que mi padre. en el suelo.. pasados quince años. Incluso me gustaban. «¿A que no adivinas quién cena y se va a la cama conmigo esta noche? La joven Mars.. lo harían riéndose por pudor. Sin embargo.». Por lo demás. durante aquellas interminables noches en las terrazas de los cafés..? ¡Qué estupidez. Desde mi punto de vista.. Por el contrario. sin moverme. El contraste con la serenidad de Anne me había hecho juzgarla mucho más pesada y cargante de lo habitual.. Creo que anoche estaba un poco achispada. las vacilaciones de una mosca.

. su indiscreción. de sexto sentido. como suele decirse. Advertía claramente que algo me fallaba por ese lado. Yo me moví. —¿Tú te lo pasas bien. ni están para muchos trotes. De todas formas. dejaba de sentirme existir. sí». y le resultaba fácil mostrarse condescendiente. de fiestas. Yo no debía de tenerlo. pero éstos son divertidos. —Es increíble hasta qué punto su conversación llega a ser monótona y. Yo había dejado de fijarme en el sol o en el sabor del café. Me sublevan su insistencia. su presencia me absorbía por completo... Todavía no puedo soportar esa manía que tiene la gente de mirarte con fijeza cuando te habla o de acercarse mucho a ti para asegurarse de que les escuchas. —Son los años —dijo—. sorprendida por la brutalidad de la pregunta. mujer! ¿Por qué me lo preguntas? —Si fuera tonta me contestarías lo mismo —suspiré—. a aceptar multitud de pequeños compromisos para escapar a la soledad. Cálculo equivocado por lo demás. y eso que ella era la única persona que me ponía en entredicho y me obligaba a juzgarme a mí misma. Aviada estaba si no tuviera un poco más de seguridad que tú.. ¿te parezco inteligente? Se echó a reír. Cuando hablaba con Anne. ¡Influirías en mí! Soltó una carcajada y me dolió. —Anne —dije bruscamente—. con lo que me costaba mantener ese tono distraído y desenvuelto que me gusta utilizar.. Tantas veces me das esa impresión de estar por encima de mí. multiplico las maniobras para cambiar de pie y huir al otro extremo de la habitación. —Llega una edad en que ya no son seductores.. Pensé que la mosca debía de estar achacosa. sino que se limitaba a no despegar los ojos de los míos. no se creía obligada a acapararme de esa manera.. No me atreví a añadir que me gustaba. sino de sensibilidad. Anne. Se sienten . digo «sí.. con gente como los Webb o los Dupuis? —La mayoría me carga.. No pueden beber y siguen pensando en las mujeres.. porque cuando me veo en esa situación sólo pienso en escaparme. me he pasado diez años en un convento y el que esa gente no tenga principios me sigue fascinando. esas pretensiones de exclusividad.reconocer que me reí contigo... Me hacía vivir momentos intensos y difíciles. También ella miraba las evoluciones de la mosca por el sol.. de mujeres. pesada. no es cosa de razonamiento ni de moral. Esas historias de contratos. Anne tenía los párpados largos y pesados.. ¿no llegan a aburrirte? —Verás —dije—. —¡Pues claro. —En el arroyo —dije alegremente. en retroceder.. Era una noche muy pesada. por fortuna. Abandonó bruscamente ese tono frívolo para mirarme a los ojos. Sólo que se ven obligados a pagarlas. incómoda. pensé para mí. —¿Sabes cómo acaban los hombres como Webb? «Y como mi padre». ¿cómo decirlo?.. —Sería una catástrofe —dijo. Cécile. —dijo Anne—. —Y han pasado dos años. —Pues a lo mejor tampoco sería tan malo.

En aquel piso hecho una leonera. Pero me asustaban el aburrimiento y sobre todo la tranquilidad. tu independencia? —Nada —dije—. No creo que me dé derecho a todos los privilegios y a que se me disculpe todo... No me gusto. tan pronto desolado como lleno de flores. Quédate en la cama y descansa. «con mi padre la cosa es fácil. no sabéis. desde luego. Por inteligente que fuese. infelices. Anne». Muchas veces me obligas a complicarme la vida y eso me molesta un poco de ti. regularmente atestado de maletas. un poco propenso al whisky y a los recuerdos brillantes. pensé. Eligen ese momento para volverse sentimentales y exigentes... ¡Pobre Webb! dije. no estés siempre echándome en cara mi juventud. necesitábamos la agitación exterior. mi padre sería un amable sexagenario de pelo blanco. no lograba incluirla en él. Aquello me había liberado de muchos miedos. No pienso mucho. no servís para gran cosa. He visto a muchos convertirse en auténticas ruinas. Para mí no cuenta. ella dramatizaba... No sueles pensar en el futuro. —¿Qué canción es ésa. —A ti eso ni se te pasa por la cabeza. Mi padre y yo. ¿verdad que no? Es el privilegio de la juventud. ni lo intento. Me estiré cuidadosamente y hundí la cabeza en la almohada. Pasados veinticinco años. Me dio un vuelco el corazón. a pesar de lo que le había dicho a Anne.burlados. Proseguiré en otro sitio mi investigación sobre el intelecto de la familia. el orden. Sin duda temía menos su influencia desde que amaba real y físicamente a Cyril. No podía. Me di cuenta de que excluía a Anne de aquel futuro. —¿Y qué cuenta para ti? ¿Tu tranquilidad. —No lo sé —sonrió de nuevo. No pensáis nunca en nada. —dijo Anne con una pequeña sonrisa de conmiseración—. Se puso a tararear con aire pensativo.» Me parecía estar oyéndolo: «No pienso en nada porque te quiero. —Por favor —dije—. para estar interiormente tranquilos.. resonante de escenas y voces forasteras. Anne? Me pone nerviosa. Me sonaba la canción pero no recordaba qué era. Cavilé mucho. seguro! Al menos el final que le hubiera amenazado de no ser por Anne. ¿sabes? —Me irritáis un poco tu padre y tú. «Claro». con cierto desánimo—. el silencio. ¡Tal era el final que le esperaba a mi padre.. Me daba mucho miedo morirme de aburrimiento. Y eso Anne era incapaz de admitirlo. En el fondo. . a ella la razón debía de parecerle de primera. la armonía que siempre traía consigo Anne. La utilizo lo menos posible. mal podían aparecérseme como el más preciado de los bienes. ¿Te gustas así? —No. Saldríamos. Yo le contaría mis calaveradas y él me daría consejos...

. Pero era frívolo. No era un hombre vano ni egoísta.. de una frivolidad sin remedio. ni que no le conceda interés. Sin embargo. los que me inspiraba mi padre eran los más estables. a la inconstancia y a la facilidad. Nunca he querido a nadie como a él y de todos los sentimientos que me animaban en aquella época. como de un irresponsable. lo que Webb llamaba «ocasiones magníficas». al margen de eso. Más de una noche debió de dejar escapar. Podía sufrir por mí más que por cualquier otro ser. debería hablar más de él que de nadie para que su conducta parezca aceptable. Y si yo misma me dejé llevar por la desesperación un día fue por aquel gesto de abandono que tuvo cuando me miró y desvió la mirada. Jamás anteponía sus pasiones a mí.» Lo mismo ocurría cuando alguna vez . se entregara a su capricho. Lo conozco demasiado y lo siento muy cercano para querer hablar de él. los más profundos. no puedo negarlo. los que más me importaban. Pero que. Y no es que su papel no haya sido el más importante en esta historia.Capítulo noveno Hablo mucho de Anne y de mí misma y poco de mi padre. No se paraba a pensar. Ni siquiera puedo hablar de él como de un hombre sin sentimientos. Intentaba dar a todas las cosas una explicación psicológica que declaraba racional: «¿Te encuentras espantosa? Pues duerme más y bebe menos. El amor que me profesaba no podía tomarse a la ligera ni considerarse un simple hábito de padre. por acompañarme a casa.

Estoy segura de que. Satisfacía a un tiempo su vanidad. Sabía que se consolaría como se consolaba de todo: una ruptura le costaría menos que una vida ordenada. en lo que a afectos se refiere. Pero ¿pensaba que era también la esposa ideal. o tendré complicaciones con Anne». Eso supone que la quiero menos». Además. como yo. al menos. la madre ideal para mí. El deseo que le inspiraba Elsa le disgustaba. Pero no podía decírselo. dame un día de libertad. En aquel momento sufría. se legalizarían al regresar a París. Lo que no le impedía llevar una vida apasionante. yo podía arreglarlo todo. lo que dudo es que fuera consciente de la seriedad de los sentimientos de Anne hacia él. sino porque sin duda había aceptado vivir con él sobre las bases siguientes: que la era del libertinaje fácil se había acabado. porque la consideraba trivial y le aportaba toda su vitalidad. No se le ocurría reprimirlo o sublimarlo en un sentimiento más complejo. Nada cabía reprocharle a Anne. esclavo de sus caprichos. con un pretexto cualquiera. quería a Anne. Me bastaba decirle a Elsa que cediera a los deseos de mi padre y. ¡Cómo . llevarme a Anne a Niza o a otro sitio a pasar la tarde. No porque Anne fuese celosa o fundamentalmente virtuosa e intratable sobre ese punto. Que la desease paulatinamente más que cualquier otra cosa. era un ser anormal. en aquel momento. provisional. comprensivo y muy bueno. Ahora. con ese doble deseo que nos inspiran las cosas prohibidas. pero no como cabría creer. era un cálculo perfectamente sano y normal. Tengo que encontrarme con esa chica y comprobar que no soy un carcamal. Me daba cuenta de que se moría de ganas de decirle a Anne: «Cariño.experimentaba un violento deseo por una mujer. A la vuelta. Tengo que volver a conocer su cuerpo indolente para quedarme tranquilo». a los ojos de Cyril y de Anne. Y sin duda. como a mí. Lo único que le minaba y le consumía era el hábito y la rutina. Le parecía la amante ideal. la admiraba. No pensaba: «Voy a engañar a Anne. era totalmente distinta a aquella serie de mujeres frivolas y un poco tontas con las que había tenido trato los últimos años. sino: «¡Qué lata desear así a Elsa! Habrá que despachar esto rápido. como la raza pobre y consumida de los vividores. o cuando menos se exasperaba: Elsa se había convertido para él en el símbolo de la vida pasada. Ni pensé en él cuando tracé el plan de apartar a Anne de nuestras vidas. de la juventud. Era materialista. y que por consiguiente tenía que comportarse bien y no como un miserable. pero ello no impedía que mi padre desease a Elsa. de su juventud más que nada. su sensualidad y su sensibilidad. le brindaba su inteligencia y su experiencia para que las confrontase con las propias. habríamos encontrado a mi padre relajado y exultante en su devoción por los amores legales o que. que ya no era un colegial. Tan pronto me daba la impresión de que era la hermosa y pura raza de los nómadas. porque le comprendía. con las obligaciones que ello conlleva? No lo creo. Pero había una cosa que Anne era incapaz de soportar: haber sido una amante como las demás. Éramos ambos de la misma raza. sino un hombre a quien ella confiaba su vida. pero delicado.

muchos silencios interiores. Multipliqué las ocasiones de excitar a mi padre con Elsa. Pero no me gusta tener que recurrir a las deficiencias de mi memoria y a la levedad de mi ser en vez de combatirlas. A veces me imaginaba que aceptaría los hechos y que llevaríamos con ella una vida tan conforme a nuestros gustos como a los suyos. La idea de que pudiese engañar a Anne y enfrentarse con ella me llenaba de terror y de vaga admiración. Fingí incluso ignorar los tormentos de mi padre. Todo ello suponía mucha doblez. El rostro de Anne no me llenaba ya de remordimientos.nos complicaban la vida su dignidad y la estima en que se tenía a sí misma. Era imprescindible evitar que se franquease conmigo. que me obligase a ser su cómplice. Si a toda costa quería tener razón. pienso en otra cosa. El papel que yo le hacía representar le disgustaba cada vez más y sólo lo aceptaba porque yo le hacía creer que resultaba indispensable para nuestro amor. El olor de los pinos. en su amabilidad conmigo. noto un doloroso golpe bajo y me enardezco contra mí misma.. si ahondo demasiado. No quería humillarla. como un antojo puramente físico. Tenía que fingir que tanto su amor por Anne como la propia Anne eran sagrados para mí.. a hablar con Elsa y alejar a Anne.! Pero no pedí a Elsa que cediera ni a Anne que me acompañase a Niza. ni aunque sea para felicitarme por ellas. y no como algo que menoscababa su valor personal y su dignidad.. revivir recuerdos que me abruman. Cuando pienso en la risa feliz de Anne. ese desdén tan absoluto hacia lo que había sido para mi padre y para mí la felicidad. . sino hacerle aceptar nuestra visión de la vida. el rumor del mar. el contacto de su cuerpo. Empezaban a torturarle los remordimientos. No podía soportar el desprecio que profesaba Anne a nuestra vida pasada. Quería que aquel deseo que anidaba en el corazón de mi padre se envenenara y le hiciera cometer un error. Tenía que saber que mi padre la había engañado y tomárselo objetivamente.. Entretanto. Poco a poco. Y debo confesar que lo hice sin esfuerzo. Me noto tan cerca de lo que la gente llama remordimiento de conciencia que me veo obligada a recurrir a gestos: encender un cigarrillo. los días transcurrían felizmente. Por otra parte. poner un disco o telefonear a un amigo. Paso rápido por ese período porque temo. ¡pero tan pocos esfuerzos y mentiras! Y. me veía a menudo con Cyril y nos amábamos a escondidas. sólo me juzgaba a mí misma por mis actos. No me gusta reconocerlas. ya lo he dicho. tenía que dejar que nosotros nos equivocásemos.

Cyril inclinado sobre Elsa. porque cuando veíamos a Cyril y a Elsa juntos. o más bien atractivo. «no digas nada.. la creaba yo con él y con Elsa. me trajo un mensaje de Elsa que decía lo siguiente: «¡Todo se arregla. Tenía también una risa extraordinaria. la dulzura —me cuesta emplear este término— y la felicidad de Anne. sí. Ya sabes. Esa imagen me destrozaba el corazón. y llenando la vida cotidiana. y con voz muy baja. Me apasionaba ese papel de director de escena. La veía. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. como sólo él sabe hacerlo. Un rostro hermoso. con ese tono un poco despreocupado. mi padre y yo palidecíamos a un tiempo. descubría que el rostro de mi padre se llenaba de ira. Poco a poco me iba inspirando ternura.. más cerca de la felicidad que nunca. Olvidaba que yo misma lo había querido. Cyril. hace una hora! —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho que lamentaba muchísimo todo lo ocurrido. inteligente y cariñosa. Aquel verano había adoptado el de Elsa. los egoístas. al oír esa risa satisfecha. su nuca morena y suave inclinada sobre el rostro incitante de Elsa. comunicativa y plena. Elsa me esperaba en la playa con expresión triunfante: —¡Acabo de ver por fin a tu padre. Las palabras son fáciles. estaban la confianza. revelando abiertamente vínculos imaginarios. Pronto descubrí los efectos de esa risa en mi padre y hacía que Elsa le sacase el máximo partido cada vez que teníamos que «sorprenderla» con Cyril. arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor. pero totalmente imaginables. como sólo la tiene la gente un poco tonta. —Luego me ha llenado de cumplidos. Es verdad. «Cuando me oigas llegar con mi padre». Que se había portado como un patán. le decía. ven!». toda coquetería que no fuese la de ser guapa. y cuando veía el rostro de Cyril. Al margen de estos incidentes. sin calibrar su fuerza. muy ajena a nuestros deseos violentos y a mis despreciables enredos. No me fallaba nunca la jugada.» Y entonces. en efecto. Una mañana. Y.. muy excitada. sin embargo. la asistenta. envolventes. Yo ya había contado con ello: su indiferencia y su orgullo le hacían rechazar instintivamente cualquier táctica para ganarse más a mi padre y. habría dado cualquier cosa por que eso no sucediera. sólo te ríes. entregada a nosotros.. No se me puede hacer ningún reproche por ello. a ambos se nos iba la sangre del rostro. en rigor. ¿no? Me creí obligada a asentir. Me dio una impresión de cataclismo: aborrezco los desenlaces.Capítulo décimo Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. .

como sus propios ojos. A su lado todo pasaba a ser fácil.. cuando salía para el pueblo. aparentemente relajado: las cosas se arreglaban para él. le dije que me aborrecía a mí misma. Corría.como si le costase un esfuerzo. chica. y me llevó con él.. cualquiera diría que te incito yo a.. para demostrarle que no soy rencorosa. Me sentía acosada: —No lo sé. la cosa me irritó. Cécile. tumbada junto a él. como ya no calentaba el sol. por más que me esfuerce. con los codos pegados al cuerpo. con una especie de agradable resignación. La arranqué de las delicias del idilio: —Pero ¿qué quería? —¡Pues. Anne no apareció. sin decir una palabra. por favor te lo pido. —Tanto da.. pero no vuelvas a hablarme de nada de eso. Su tono de admiración de pronto me asustó. A los postres. Mi padre se reía. De ahí que. si ha sido gracias a ti. ¡Que mi padre hiciera lo que le diese la gana.. vaya. Venía del bosque. yo misma agotada.. pero mal. y allá se las apañara Anne. Me dio la impresión . El ritmo de aquella frase me persiguió durante toda la comida: «Te quiero.. Me daba la impresión de que sólo el amor me liberaría del miedo opresivo que me embargaba. Sonreí para mis adentros. Entonces apareció Anne. torpemente. te quiero tanto. sí. —Pues claro que sí —dijo—. que soy mujer amplia de espíritu. perdida como un náufrago. Te quiero. Te quiero lo bastante como para obligarte a opinar como yo. de placer.. inundado de sudor. No me estés preguntando siempre lo que tienes que hacer. El agua estaba agradable y tibia.. Bueno. nada!. pero bien hay que librarle de esa mujer. tenga un poco borrada esa comida. Me sentía cansada y fatalista. me senté en una hamaca y abrí un periódico. porque lo pensaba. Pero comprendí que me consideraba responsable del éxito de sus maniobras. Cyril me cogió en sus brazos. dibujando en su cuarto mientras mi padre flirteaba con Elsa.. No le dije nada. Estaría trabajando en su colección. Huí. A las dos horas.. pero sin dolor.. civilizada. —¿Por qué te ríes? ¿Crees que debo ir? A punto estuve de contestarle que no era cosa mía. te quiero tanto». A las cuatro bajé a la playa. Me encontré a mi padre en la terraza. Con razón o sin ella. No me tomó en serio.. Sólo me apetecía una cosa: bañarme. me ha invitado a tomar el té con él en el pueblo.. pegada a aquel torso dorado. Elsa.. Las ideas de mi padre sobre las pelirrojas civilizadas me llenaron de gozo.! Además.. subí a la terraza. cargado de violencia. Anne llevaba un vestido malva como las sombras bajo sus ojos. Ni tan sólo le recomendé prudencia. ese tono. —Pero. —Ve si quieres. eso depende de ti... anunció que por la tarde tenía que hacer unos recados en el pueblo. Un rato después. Se lo dije sonriendo. yo tenía cita con Cyril.

Tenía cuarenta años. —Pero ¿qué sucede? ¿Es que Anne. Me volví y me arrojé sobre él: —¡Cerdo. ha sido culpa mía. indecente.? Cécile. descompuesta. —¿Que te perdone el qué? Le rodaban las lágrimas por las mejillas. Estaba llorando.. cerdo! Prorrumpí en sollozos. —Anne —dije—. para alcanzarla. contesta. extraviada... pegada a la portezuela.! Me acarició un instante la mejilla y arrancó. ni tú ni él.. se había inclinado para quitar el freno. Había olvidado mis pacientes enredos y mis elaborados planes. te lo suplico.. camino del garaje. No me escuchaba ni me miraba. yo te explicaré. yo también. con el rostro inmóvil.súbita. No parecía darse cuenta. un poco silenciosa sin duda. quizá veinte. Me quedé anonadada: Anne desapareció detrás de la casa.. Estaba paralizada.. —Perdóname.. de que iba a caerse. no podría soportar durante mucho tiempo el recuerdo del rostro deshecho que tenía antes de marchar. Zumbaba el motor. —No necesitáis a nadie —murmuró—. Por mi parte. no podía irse así. Llegué corriendo y me abalancé sobre la portezuela. temblaba con todo mi cuerpo. de que la que corría era una anciana. ¡Todo había ido tan rápido! Y su cara. Anne. Capítulo undécimo No nos vimos hasta la cena. .. —¡Pobre niña. estaba sola. no te vayas.... te necesitamos! Se incorporó.. aquel rostro. aquel rostro era obra mía. Oí pasos detrás de mí: era mi padre. —París. Entonces comprendí bruscamente y eché a correr. poniendo el contacto. —¡Anne.. angustiados ambos de haber reconquistado tan bruscamente nuestra soledad. Se había quitado el carmín de Elsa y se había cepillado la pinaza del traje. Vi desaparecer el coche al doblar la esquina de la casa. Había debido de ser una niña. amaba a un hombre y esperaba ser feliz con él diez años. Yo estaba desesperada. ni la idea de su dolor y de mi responsabilidad. —murmuró mi padre. luego una adolescente y una mujer. No teníamos hambre. aquella cara. Cécile. Los dos sabíamos que era indispensable que Anne regresara a nuestro lado.. Estaba ya en el coche. Me sentía completamente desquiciada y confundida y veía el mismo sentimiento en el rostro de mi padre. es un error. —¿Crees —preguntó— que nos ha abandonado por mucho tiempo? —Seguramente se ha ido a París... Entonces comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente. soñador.. Y yo. Me sentía perdida.

sí» con voz imperceptible. bueno. mientras me invadía el miedo. Miraba a mi padre que se pasaba la mano por la cara. colgó suavemente y se volvió hacia mí. apartamos el mantel y los cubiertos. Le cogí un cigarrillo a mi padre y lo encendí. Me miró. Mi padre se abalanzó hacia el aparato. cuajadas de disculpas. —¿Qué podemos hacer? —dijo. Los personajes de Elsa y mi padre abrazados a la sombra de los pinos se me antojaban vodevilescos y sin consistencia. Un murciélago vino a describir sedosas curvas ante la ventana. Tenía muy mala cara y me dio lástima. No sé lo que me ha dado. por un pecadillo en definitiva? ¿No tenía deberes para con nosotros? —Vamos a escribirle —dije—. atenazado por el dolor. la he besado. Otra cosa que no toleraba Anne: que se fumase a mitad de comida. Mi padre inclinó la cabeza y comenzó a escribir. Pero Anne tiene que perdonarnos.. Han telefoneado a París y les han dado . llamaba para decirnos que nos perdonaba. Luego ya no dijo más que «sí..—Puede que no la volvamos a ver. no los veía.. de ternura y de arrepentimiento. que regresaba. No puedo recordar sin un insoportable sentimiento de irrisión y crueldad las cartas desbordantes de buenos sentimientos que le escribimos a Anne aquella noche. Al terminar. Un momento de locura. como suele decirse. Eran las diez. dos obras maestras del género. confundido. como dos colegiales aplicados y torpes. Intercambiamos una mirada. mi padre fue a buscar una enorme lámpara. trabajando en medio del silencio en esta redacción imposible: «Recobrar a Anne».. no obstante.. —Ha tenido un accidente —dijo—. Tendría lugar en París. En la carretera de L'Esterel. Anne entraría y.. Bueno. Les ha costado dar con sus señas.. Yo también me di lástima. gritó «diga» con voz jubilosa. —Me odiarás con todas tus fuerzas.. en nuestro salón. estaba casi convencida de que Anne no podría negarse. Elsa.. Anne ha debido de llegar en ese momento y. Sin terminar de comer. de que la reconciliación era inminente. ¿Por qué Anne nos abandonaba así y nos hacía sufrir. y me cogió la mano por encima de la mesa. llena de pudor y de humor. casi sonrientes. Sonreí a mi padre: —Me hago perfecto cargo: no es culpa tuya.. Al final. que perdonarte. La única cosa viva y cruelmente viva de aquel día era el rostro de Anne. pues estábamos convencidos de que aquel montaje propiciaría el regreso de Anne. Hicimos. No le escuchaba. Yo me levanté a mi vez. Al llegar al pinar. traicionado. primero de sorpresa y luego llena de esperanza: era Anne. Sonó el teléfono. aquel rostro postrero. —Es una idea genial —gritó mi padre. Ambos a la luz de la lámpara. Había encontrado por fin una manera de salir de aquella inactividad llena de remordimientos en la que nos debatíamos desde hacía tres horas. plumas. un tintero y papel y nos acomodamos uno frente a otro. con gesto maquinal.. y a pedirle perdón. Me imaginaba ya la escena del perdón..

Una enfermera me contó que era el sexto accidente que ocurría en aquel lugar desde principios de verano. Me había gustado el placer que me proporcionaba. Mi padre cerró los postigos. Se nos aparecieron como dos seres evanescentes y olvidados: ni uno ni otro habían conocido a Anne ni la habían querido. el rostro inmóvil de mi padre.. Elsa y Cyril nos esperaban sentados en la escalera. no deja de ser fantasioso por mi parte. Un regalo que.. por lo demás. que venía hacia mí con la copa llena. su perfume. con su muerte.. . Cogí la copa y la apuré de un trago. si hablo ahora de suicidio. —Hablaba maquinalmente. ni vivo ni muerto? Mi padre y yo. vaciló y evitó pisarlas. Entonces pensé que. En la casa estaban la chaqueta de Anne. El accidente ha ocurrido en el sitio más peligroso. Era el único remedio a nuestro alcance. y no me atrevía a interrumpirle—. seres que no necesitan a nadie. Estaban allí.. Lo miré: nunca lo había querido. con el mismo tono. Y además. a aquel verano.nuestro número de aquí. Mi padre no quiso que yo viera a Anne. Lo había encontrado bueno y atractivo. Las empujé con la mano y volaron sobre el parqué. con sus pequeños enredos amorosos y el doble atractivo de su belleza. No pensaba en nada. Nuestras cartas de disculpa danzaban por la mesa. Pero no lo necesitaba. dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volviesen a pegar ojo en la vida. siempre hablamos de ello como de un accidente. El coche ha caído desde una altura de cincuenta metros. cogió una botella de la nevera y dos copas. nos habríamos disparado un tiro en la cabeza. la puerta de la clínica. Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado —suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello—.. Las olas batían en la playa. Mi padre. por debilidad. Diría adiós a aquella casa. Anne se manifestaba —una vez más— distinta de nosotros. Parece ser que ya ha habido muchos allí. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso. sus flores.. Todo aquello me parecía simbólico y de mal gusto. ¿Puede suicidarse alguien por seres como mi padre o como yo. La carretera apareciendo iluminada por los faros. me tomó del brazo y entramos en la casa. La habitación estaba sumida en la penumbra.. Al día siguiente. no tardaríamos en aceptar. Recuerdo el resto de la noche como una pesadilla. Me marcharía.. veía la sombra de mi padre ante la ventana. la inestabilidad del coche.. Esperaba sentada en la sala de espera y miraba una litografía en la que aparecía Venecia. Mi padre no regresaba. Cyril dio un paso hacia mí y posó la mano en mi brazo. Mi padre estaba conmigo.. su apuro. Habría sido milagroso que se salvase. regresamos a casa a eso de las tres de la tarde. a aquel chico.

a la vuelta. Todos miraban a mi padre con lástima. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne. Hasta que un día.. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar. sin decir palabra. y mi padre. en casa de una amiga.. Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y. Cuando nos vemos. estamos solos y somos desgraciados». Eran lágrimas bastante agradables. Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana. como de un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno. como estaba previsto que volviera a ser. Hablábamos de ella con precaución. mi padre y yo nos reímos. sentía cierta satisfacción. como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte.Capítulo duodécimo El entierro se celebró en París con un hermoso sol. En el coche. Vi a Cyril que me buscaba a la salida. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. hablamos de nuestras conquistas. Yo pensé: «Sólo me tienes a mí y yo sólo te tengo a ti. Pero no creíamos en Dios... El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado. poco hecho para la soledad. Mi padre me alargó el pañuelo. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal..». aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. por temor a lastimarnos o a que se disparase algo en alguno de nosotros que le llevase a pronunciar palabras irreparables. Escribo Dios en vez de azar. sin mirarnos. conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté. una multitud curiosa. no se parecían en nada a aquel vacío. La vida volvió a ser como antes. y. hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa. con la cara descompuesta. lloré. y sin salir jamás. Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año. Lo evité. vestidos de luto. por primera vez. comiendo y cenando juntos.. Salí con él durante una semana con la frecuencia y la imprudencia de los comienzos del amor. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: «Recuerdas aquel día que. Seguro que le consta que mis . pero superior a mis fuerzas.

Pero cuando estoy en la cama.relaciones con Philippe no son platónicas. Tristeza. sin más ruido que el tráfico de París. a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos sus recuerdos. y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara. Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad. no alquilaremos la misma casa. . Pero somos felices. Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre. cerca de JuanlesPins. sino otra. con los ojos cerrados: Buenos días. ¡Anne. al amanecer. El invierno toca a su fin.

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