BUENOS DÍAS, TRISTEZA FRANÇOISE SAGAN Traducción de Javier Albiñana

Título original: Bonjour tristesse 1.a edición: junio 1995 1954 by René Julliard, París © de la traducción: Javier Albiñana, 1995 Diseño de la colección: GuillemontNavarres Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. Iradier, 24, bajos 08017 Barcelona ISBN: 847223892X Depósito legal: B. 20.6891995 Fotocomposición: Foinsa Passatge Gaiolá, 1315 08013 Barcelona Impreso sobre papel OffsetF Crudo de Leizarán, S.A. Guipúzcoa Libergraf, S.L. Constitución, 19 Barcelona Impreso en España

Índice Primera parte ............................ Segunda parte ........................... Primera parte

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no me costó entender que viviese con una mujer. pues sabía que necesitaba a las mujeres y que. que puede parecer falsa. Es un sentimiento tan total. tan egoísta. siempre curioso y enseguida cansado. separándome de los demás. salvo Elsa. dos años antes. En los inicios de aquel verano extremó su amabilidad hasta preguntarme si la compañía de Elsa. Era una chica alta y pelirroja. que hacía de extra en los estudios y se exhibía en los bares de los Campos Elíseos. por otra parte. No cabía imaginar mejor amigo ni más jovial. cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. me importunaría durante las vacaciones. inquietante y dulce. generoso. cuya dulzura me obsesionan. en la que me agotaba haciendo mil desordenados . bordeada de rocas rojizas. lleno de vitalidad. blanca. bastante simple y no tenía pretensiones serias. Tan pronto amanecía. Antes que nada quiero explicar esa situación. dudo en darle el nombre. y. No pude por menos de animarle. preciosa. me iba al agua. el pesar. Lo quise de inmediato. donde se mecía el mar. y mi propia predisposición me hicieron adaptarme. su amante. tan sólo el tedio. un agua fresca y límpida en la que me hundía.Capítulo primero A ese sentimiento desconocido cuyo tedio. cuya piel se ponía roja y acababa pelándose entre tremendos dolores. Elsa no supondría estorbo alguno para nosotros. esa vida novedosa y fácil. alegre y cariñosísimo conmigo. Además. algo me envuelve como una seda. su amante de turno. apartada. más raramente el remordimiento. hábil en los negocios. Mi padre se dedicaba a complicados ejercicios con las piernas para eliminar un amago de barriga incompatible con sus condiciones de Don Juan. bronceándonos poco a poco con un color sano y dorado. achicharrados bajo el sol. el hermoso y grave nombre de tristeza. entre galante y mundana. No la conocía. Un sendero descendía hasta una cala dorada. con la que soñábamos desde los primeros calores de junio. Se alzaba sobre un promontorio. una gran casa con jardín. Pasábamos horas en la playa. Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. que casi me produce vergüenza. porque era bueno. de posibilidades. rodeada por un bosque de pinos que la ocultaba desde la carretera. Hoy. al salir yo del internado. demasiado contentos estábamos ambos de marcharnos como para poner la menor traba a lo que fuese. dominando el mar. Los «demás» eran mi padre y Elsa. Era un hombre despreocupado. en el Mediterráneo. Era un hombre todavía joven. Era simpática. Mi padre había alquilado. Los primeros días fueron deslumbrantes. y de todo corazón. Más difícil me resultó aceptar que tuviese una distinta ¡cada seis meses! Pero pronto su encanto. Mi padre tenía cuarenta años y era viudo desde hacía quince. que gustaba a las mujeres.

. El sexto día vi a Cyril por primera vez. me ofreció enseñarme a navegar a vela. cogía un puñado. Prefería con mucho a los amigos de mi padre. yo huía de esos estudiantes universitarios. sin poderlo apartar de mi pensamiento.movimientos para purificarme de las sombras y el polvo de París. dinos quién —gritó Elsa. yo experimentaba frente a las personas desprovistas de todo encanto físico una especie de apuro. —Tengo que anunciaros que va a llegar alguien —dijo. Cerré los ojos con desesperación. cuarentones que me hablaban con cortesía y cariño. Me habían explicado que se limitaban a frotar los élitros. sino agradar? Todavía no sé hoy si ese afán de conquista no oculta un exceso de vitalidad. entre risas. muy abierto. esperando vagamente que se desprendieran y comenzasen a surcar el cielo en su caída. amparado. como todas las noches. Tan sólo unos granitos de arena entre la piel y la camisa me impedían sucumbir a los suaves embates del sueño. demasiado atónita para reaccionar. sobre todo por su juventud. Nunca se me hubiera ocurrido. inconfesada. preocupados por sí mismos. Le devolví la mirada. protector. como el de los gatos en celo. de vacío. ¡Tanta tranquilidad no podía durar! —Vamos. Le ayudé a recuperar sus cosas y. Con todo. Regresé a cenar. Porque. en la conversación. muy moreno. Fue entonces cuando mi padre carraspeó y se incorporó en la hamaca. ¿qué buscábamos. Se estaba bien. al despedirse. Pero sólo estábamos a principios de julio y no se movían. Iba costeando con una pequeña embarcación de vela y zozobró delante de nuestra cala. brutales. con algo equilibrado. instintivo. Debían de ser miles. El cielo estaba cuajado de estrellas. En la grava de la terraza cantaban las cigarras. esa resignación de algunos a no agradar se me antojaba una tara deshonrosa. me trataban con dulzura de padres y amantes. va a venir. Yo las miraba. Era el verano. me enteré de que se llamaba Cyril. un deseo de dominio o la necesidad furtiva. de sentirse seguro de sí mismo. —Anne Larsen —dijo mi padre. Después de cenar nos tumbamos en unas hamacas. Me tumbaba después en la arena. siempre ávida de cosas mundanas. —Le dije que viniera si se sentía demasiado cansada con las colecciones y. apenas reparé en lo nervioso que estaba mi padre. era estudiante de derecho y pasaba las vacaciones con su madre en una casa cercana. que me gustó. Pero Cyril me gustó. y se volvió hacia mí. Tenía un rostro latino. Pensaba que se escapaba como el tiempo. Anne Larsen era una antigua amiga de . lo dejaba escurrir entre los dedos y la arena caía en una lluvia amarillenta y suave. Era alto y a ratos guapo.. en la terraza. y estar ebrias de calor y de luna para lanzar ese estridente grito durante noches enteras. y no participé. Sin compartir con mi padre esa aversión por la fealdad que nos llevaba con frecuencia a alternar con gente estúpida. que eso era una idea fácil y que resultaba grato tener ideas fáciles. de una belleza que inspiraba confianza. Cyril. pero prefería creer en aquel canto gutural. en la que encontraban tema para un drama o pretexto para su hastío. o muy poco.

y le estaba muy agradecida. Es demasiado inteligente y se respeta demasiado a sí misma. con graciosas arruguillas que acentuaban las comisuras. Sólo nos reunían algunas cenas de negocios —ella se dedicaba a la costura y mi padre a la publicidad—. Nunca se sabe. discreta.. —No se me había ocurrido —confesó—. estériles.mi pobre madre y tenía escaso trato con mi padre. ¿Y Elsa? ¿Has pensado en Elsa? ¿Te imaginas las conversaciones entre Anne y Elsa? Yo no. éstas eran imaginarias. mi padre. Parecía un fauno. El se inclinó y apoyó las dos manos en mis hombros. ¿Por qué has invitado a Anne? Y ella. de compromiso. que no sabía qué hacer conmigo. A los ojos de mi padre. dos años atrás. tan tierno era su tono de voz que comprendí que de veras habría sido desgraciado sin mí. Me volví y lo miré. Le debía. con ojos de porcelana y. Además. Lo cierto es que me asusta un poco. Hasta entrada la noche. pues aunque ella me intimidaba la admiraba mucho. Esa indiferencia era lo único que podía reprochársele. Con ser divorciada y libre. aquella súbita llegada sólo podía ser un contratiempo si se pensaba en la presencia de Elsa y en las ideas de Anne sobre la educación. Me eché a reír con él. sedienta. como cada vez que se buscaba complicaciones. Me gustaría tener una hija guapa y rubia. —No es ése el caso —dije—. Creo que nos despreciaba un poco a mi padre y a mí por nuestra afición a las diversiones y trivialidades. y nosotros con gente bulliciosa. me había vestido con gusto y me había enseñado a vivir. Y ella. con un hermoso rostro altivo y hastiado. Cécile. una serenidad de ánimo que intimidaba. no se le conocía ningún amante. hablamos del amor y de sus complicaciones. me había enviado a vivir con ella. Yo me quedé a solas con mi padre y me senté en los escalones. en una semana. A los cuarenta y dos años era una mujer muy seductora y solicitada. Le brillaban los ojos oscuros. —No eres el tipo de hombre que pueda interesar a Anne. Era amable y distante. mis primeras elegancias y mis primeros amores. En otra persona tales opiniones me hubieran . al salir yo del internado. de seriedad. Sin embargo. mi vida. ¿por qué ha aceptado? —Tal vez para ver a tu viejo padre. inteligente. y encogía levemente la boca. mi amor? Pareces un gatito salvaje. no teníamos las mismas relaciones: ella alternaba con gente fina. Todo en ella denotaba una voluntad constante. un poco llenita. Despertó en mí una admiración apasionada que supo encauzar hábilmente hacia un joven de su círculo habitual.. lleno de indiferencia. —¿Por qué eres tan desgarbada. pues. —Mi viejo cómplice —dijo—. ¿y si nos volvemos a París? Rió despacito acariciándome la nuca. el recuerdo de mi madre y mis esfuerzos. Rechazaba por sistema las nociones de fidelidad. Elsa subió a acostarse tras formular una multitud de preguntas sobre la situación social de Anne. a quien mi padre sólo exigía que fuese guapa y divertida. ¿Qué haría yo sin ti? Y tan convencido. como despreciaba todo exceso. Me explicó que eran arbitrarias. En definitiva. a sus pies.

A mi edad no seduce mucho la fidelidad. violentos y pasajeros. Sabía muy poco todavía del amor: citas. sentimientos a los que se entregaba con mayor facilidad de la que quisiera. Habíamos alquilado la casa por dos meses. Ese concepto de las cosas me seducía: amores rápidos. Aproveché aquellos últimos días de auténticas vacaciones. ello no excluía ni la ternura ni la devoción. máxime por estimarlos provisionales. Pero sabía que.desagradado. besos y hastíos. Capítulo segundo Anne tardaría todavía una semana en llegar. pero sabía que en cuanto llegara Anne sería imposible . en su caso.

me había rozado el hombro con la mano. Mi padre. nuestra situación —una curiosa familia de tres— le chocaba. Era demasiado bueno o demasiado tímido para decírmelo. Pero ¿llegas de París? —He preferido venir en coche. y era imposible no percibirlas en sus bruscas reservas. mi tranquilidad a su lado.. Dejé a Cyril sin decir una palabra y subí hacia la casa.relajarse por completo. al moverse.. Volví la cabeza hacia él. pareces un náufrago abandonado. cuando se marcharon. Le hubiera gustado que aquello me atormentase. el sabor de los primeros besos. . Diez veces. Miré al cielo. bajé a la playa. Eso sí. Desfilaron por mi mente los últimos días de aquella semana. Se inclinó hacia mí. porque. Luego. Empezaba a conocerlo: era equilibrado. Un bocinazo nos separó como ladrones. un sentido a las palabras a los que mi padre y yo renunciábamos gustosos. Lo único que me atormentaba en aquel momento era su mirada y el martilleo de mi corazón. hasta que me despertó la voz de Cyril. Sin embargo. ese letargo. enlazado al uno con el otro sin que la cosa me turbase en lo más mínimo.. Se sentó a mi lado y el corazón empezó a latirme con fuerza. No contesté a Cyril. pero lo notaba en las miradas de reojo. No me apetecía hablar ni con él ni con nadie. El día de su llegada quedó decidido que mi padre y Elsa irían a esperarla a la estación de Fréjus. Cécile! Me alegro de verte. Tan rápido regreso me extrañaba: el tren de Anne no debía de haber llegado todavía. notaba los brazos pesados. los suspiros duraron largos minutos. me la encontré en la terraza. más virtuoso tal vez que lo habitual a su edad.. De lejos. El calor. no vi ya más que luces rojas que estallaban bajo mis párpados apretados. Pero no era así. éramos tan felices. Me besó dulcemente. cortó todos los gladiolos del jardín para ofrecérselos en cuanto se apease del tren. rencorosas. Me tenía aplastada contra la arena toda la fuerza del verano. y me desagradó que aquella boca larga y un poco gruesa se me aproximara. que le lanzaba a mi padre. mi confianza. de la delicadeza. porque me daba cuenta de que ella tenía razón. Abrí los ojos: el cielo estaba blanco por efectos del calor. para que algo se desgarrase en mí suavemente. humillante en definitiva. sordamente. estoy rendida. —¿Estás muerta? —dijo—. Me miraba. mis brillantes maniobras navales nos habían precipitado al fondo del agua. la torpeza de ese gesto. para compensar mi ausencia. Por ejemplo. ¡Qué morena estás. Pero hoy bastaba ese calor. Marcaba las normas del buen gusto. Ella confería a las cosas una dimensión. la boca seca. Resultaba a un tiempo excitante y fatigoso. sus silencios ofendidos. Me negué enérgicamente a participar en la expedición. —Yo también. Me limité a aconsejarle que no dejara que Elsa le ofreciera el ramo. Hacía un calor sofocante. —Cyril —dije—. bajando de su coche. A las tres. sus expresiones. el aturdimiento. Me tumbé en la arena y me adormecí. Sonreí. —Esta es la casa de la Bella Durmiente —dijo—. durante la última semana.

con prisa.La acompañé a su habitación. al volverme hacia ella.. Me alegro mucho de que estés aquí. que por lo demás no había aprobado. pero había desaparecido. —¿De veras? ¡Estupendo! Pues súbele el ramo. —Ahora ¿qué? —dijo. la autoridad. el bar está bien surtido. —Ahora has llegado —dije tontamente frotándome las manos—. el aplomo. No había ocurrido nada. Caminaba hacia mí. Intenté evocar todos los rostros duros. Aquel rostro. —Este chalet es precioso —suspiró—.. —¿Elsa Mackenbourg? ¿Ha traído aquí a Elsa Mackenbourg? No supe qué contestar. pero tenía tantas ganas de salir. ¿Podía tal vez deberse tan sólo al cansancio del viaje. —¿Me habías comprado flores? —se oyó la voz de Anne—. Lo miré apearse del coche.. Por fin me vio y volvió la cabeza. Su rostro se había descompuesto bruscamente y le temblaba la boca. ¿Por qué esa cara. estaba tan cansada. Intenté saber si Anne podía quererlo. me llevé un sobresalto. —continué maquinalmente. ¿Conoces a Elsa Mackenbourg? . Pensé que era muy posible que Anne le quisiese. Anne se había sentado en la cama. a la indignación moral? Me pasé una hora haciendo conjeturas. Ha venido en coche. —¡No estaba Anne! —me gritó—. Si quieres tomar algo. Había dejado la maleta en una silla y. Pensé con tristeza que no había bajado hasta oír el coche y que habría podido hacerlo un poco antes. frívolo. ¿Dónde está el dueño de la casa? —Ha ido a buscarte a la estación con Elsa. a otro lado.. Era débil. para hablar conmigo. sonriente. la cabeza un poco echada hacia atrás. despectiva.. que cualquiera le quisiese. La miré estupefacta. relajada. Aunque sólo fuese de mi examen. —Debería haberos avisado —dijo—. esa voz alterada. —Me he pasado un cuarto de hora en el andén sosteniendo este ramo con una sonrisa estúpida. Abrí la ventana con la esperanza de ver el barquito de Cyril. Qué amable. Bajaba por la escalera a su encuentro. ¿Estaría ella enamorada de mi [ladre? ¿Era posible que lo quisiera? Nada de mi padre coincidía con sus gustos. El pensar esto último me consoló. Espero que no se haya caído del tren. —Y ahora.. Gracias a Dios. estás aquí. ¿sabes? Te espero abajo. Mi padre corrió a su encuentro. tan sereno. ese desasosiego? Me senté en una tumbona y cerré los ojos. desamparado de pronto ante mí. Me miraba a través de las imágenes que mis palabras habían evocado en ella. El descubrir aquel rostro vulnerable me conmovía e irritaba a un tiempo. que siempre había visto tan tranquilo. pasivo a ratos. con un vestido que no parecía haber viajado. reconfortantes de Anne: la ironía. —Está en su habitación. Salí balbuceando y bajé la escalera totalmente desconcertada. Su mirada era interrogadora. le besó la mano. Advertí los pequeños cercos oscuros en torno a sus ojos. A las cinco llegó mi padre con Elsa.

su ritmo incesante. y me preguntaba si las vacaciones serían tan sencillas como aseguraba mi padre. Me lo pasé muy bien hasta el momento en que Anne declaró que el socio de mi padre era microcéfalo. Lo que los hacía todavía más abrumadores. sus juicios no tenían esa precisión. Era un hombre que bebía mucho. Me había traído un jersey de su colección. que eran escasas pero pintorescas.. Quería que olvidase su reacción de hacía un rato. todo iba bien. —Seguro que nos hemos visto en algún sitio. sí. estaba muy cansada. es una chica. —Sí. estupenda. Me encantó el tono lapidario de su fórmula. Tiene momentos muy divertidos.Miré hacia otro lado. A sus ojos. muy amable—. Pero a mí se me aparecían uno tras otro el rostro apasionado de Cyril y el de Anne. de que me veo obligada a olvidar lo principal: la presencia del mar.. marcados ambos por la violencia. ni la sonrisa de mi padre en el andén. que entró directamente en la habitación de mi padre. que me subyuga. No podía serlo. que tal vez estaba bailando en Cannes con otras chicas. Mi padre se animaba. buscando en mí una idea que le importaba destruir. no insistí. pero era simpático y con él mi padre y yo habíamos disfrutado de cenas memorables. su .. Aquella primera noche Anne no pareció reparar en la distracción. —Lombard es gracioso. —dijo Anne... Se lo dije a Anne. Mi padre se echó a reír: —Por lo menos no eres rencorosa.. antes de que yo me fuera. Ciertas frases desprenden para mí un aura intelectual.. Me miraba directamente a los ojos. porque Anne no tenía mala intención.. Anne —protesté—. Aquella primera cena fue muy alegre. —No me negarás que aun así deja bastante que desear. sin sonreír. tres años antes de salir yo del pensionado. Se echó a reír al verme balbucear y me fui a la cama muy nerviosa.. sutil. su perfume. pero no me dejó darle las gracias. ese aspecto acerado de la maldad. has sido muy amable invitándome. el sol. No puedo recordar tampoco los cuatro tilos en el patio de una pensión de provincias. —Puede que no tenga un tipo de inteligencia corriente. Las frases de agradecimiento la molestaban y. Me estoy dando cuenta de que olvido. de Elsa. como las mías no estaban nunca a la altura de mi entusiasmo. Mi padre y Anne hablaban de sus amistades comunes. —Me parece muy simpática esa Elsa —dijo. Y en el coche.. Me dormí pensando en Cyril. Tengo una habitación magnífica. Se puso ingenioso y empezó a descorchar botellas. muy simpática. La notaba demasiado indiferente. pero. voluntaria o no.. Sentí no tener una agenda y un lápiz para anotar aquélla. Me cortó con tono indulgente: —Confundes tipos de inteligencia con edades de la inteligencia. Raymond. esa sonrisa apurada porque llevaba trenzas y un feo vestido casi negro. e incluso su humor. por más que no las comprenda del todo.

Allí él me llevaba detrás de una puerta y me besaba: descubría el placer de los besos. No le oía volver. triunfante. representa el único aspecto coherente de mi carácter. acudía con mi padre a fiestas donde no tenía nada que hacer. Solía repetirme a mí misma fórmulas lapidarias. Hubert. Idealmente. La hacía mía con absoluta convicción. Lamentaría. Nombres conocidos por todas las jovencitas. a la felicidad. me volvía adulta. El iba a enseñarme París. libros. con mucha mayor seguridad. súbita. te coge la mano y luego te lleva lejos de esa misma multitud. No me avergüenzan todavía esos placeres fáciles. Estoy convencida de que la mayor parte de mis placeres de entonces se los debí al dinero: el placer de la velocidad en coche. mis amigos me arrastraban a los cines. No quiero dar a entender que hiciera ostentación de sus aventuras.. . provisionalmente! En cualquier caso. En el internado no se leen más que obras edificantes. Se limitaba a no ocultármelas. la vida fácil. habida cuenta de mi edad y experiencia. No conocía los nombres de los actores y eso les sorprendía. por mi edad. y. si los llamo así es porque he oído decir que lo son. debía de parecer más gracioso que impresionante..explosión de alegría. Saboreaba el placer de mezclarme con la multitud. que si la hubiera llevado a la práctica. e iba a ser para él el más caro. el lujo. Por la noche. porque yo tenía sus ojos. Era un excelente cálculo. proyectaba una vida de abyección y libertinaje. brotar de ella cual una imagen perversa: olvidaba las horas muertas. ¡por fortuna. su boca. Yo no conocía nada. En París no tuve tiempo para leer: al salir de clase. Su único defecto fue que durante algún tiempo me inspiró un desenfadado cinismo sobre las cosas del amor que. de estar con alguien que te mira a los ojos. inspirarse en ella. de tener un vestido nuevo. la discontinuidad y los buenos sentimientos cotidianos. fiestas bastante variopintas donde me divertía y donde. la de Oscar Wilde. flores. el más maravilloso de los juguetes. mi padre me dejaba en casa y casi siempre iba a acompañar a una amiga. El amor al placer. entre otras: «El pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno». de comprar discos.. porque así se evitaba además penosos esfuerzos de imaginación. de beber. yo no habría podido ignorar durante mucho tiempo la naturaleza de sus relaciones con sus «invitadas» y él sin duda quería conservar mi confianza.. más exactamente a no disculparse con decentes o falsas justificaciones por la frecuencia con que una amiga comía en casa o acababa instalándose. Cuando regresábamos. además. Caminábamos por las calles hasta llegar a mi casa. Puede que no haya leído lo suficiente. Estaba convencida de que mi vida podría adaptarse a esa frase. imagino. Jacques. No pongo nombre a esos recuerdos: Jean. O a las terrazas de los cafés al sol. divertía también a los demás. renegaría más fácilmente de mis penas o de mis crisis místicas.

pero renuncié. intenté apartar de la cara. Bajé en .Capítulo tercero A la mañana siguiente me despertó un oblicuo y cálido rayo de sol que inundó mi cama y puso fin a los sueños raros y un tanto confusos en los que me debatía. Eran las diez. con la mano. aquel calor insistente. En duermevela.

me creerías igual.. ¿sabes? No hay nada que te defienda contra mí. Estuve a punto de pararla.. Pero podía tomárselo a mal: tenía veintinueve años. y vi que a Anne le temblaban los párpados. Como no me prestaba atención. borraba de mi rostro las huellas de la almohada. —Siempre tan mala —dijo tiernamente. —Deberías engordar tres kilos para estar presentable. No debía de concederse nunca auténticas vacaciones. El sol de la mañana me calentaba el pelo. Comprendí que no subiría hasta que hablásemos y lo miré con la atención necesaria.. No me sentía en absoluto ofendida y me sorprendía su aire solemne. —Fue culpa mía —atajé. que estaba hojeando los periódicos. —Niña sólo hay una. Estuve a punto de advertirle. y eso le parecía una baza definitiva. el ejemplo. Ve a buscar pan con mantequilla. Me sobresaltó la voz de Anne: —¿No comes. y me tomó las manos. porque. Dos niñas tostándose al sol y hablando del pan con mantequilla. dispuesta a broncearse sin riesgos. Inmediatamente. —No tienes por qué —dije alegremente. y no me engañaba. Sé que hice muy mal ayer. esa mujer. Tomé mi traje de baño y corrí a la cala. ¡Sí! Me había metido ya en la embarcación.. Noté que estaba leve pero perfectamente maquillada. ya estaba allí Cyril. Pasados cinco minutos. y eso me dio risa. Mi padre se inclinó y le cogió la mano. Era evidente que salía de la cama. Tienes las mejillas hundidas y se te marcan las costillas. apoyado con ambas manos en la borda como en el estrado de un tribunal. trece menos que Anne. con los párpados hinchados y los labios pálidos en el rostro enrojecido por el sol.pijama a la terraza y allí me encontré con Anne. Para mi sorpresa. —Qué delicioso espectáculo —dijo—. Tu padre. —No te rías —dijo—. —Quería pedirte perdón por lo de ayer —dijo. comedidamente. Que yo tengo tu edad. y se disponía a demostrarme que era indispensable cuando apareció mi padre con su suntuoso batín de lunares. un sorbo de café negro y ardiente. me acomodé tranquilamente en un escalón con una taza de café y una naranja e inicié las delicias de la mañana: mordía la naranja y brotaba un zumo azucarado en mi boca. El estaba de pie con el agua hasta las rodillas. sentado en su barco. Le supliqué que no me obligase. Vino a mi encuentro. Pensé que tenía veinticinco años. Aunque fuera un cerdo redomado. En la escalera me crucé con Elsa. daría lo mismo. iría a bañarme.. muy serio. de decirle que Anne estaba abajo con su cara maquillada y pulcra. y de nuevo el frescor del fruto. . Conocía bien su cara.. Raymond. Cécile? —Por la mañana prefiero beber. Aproveché para escabullirme. que quizá se tomaba por un corruptor. por desgracia —dijo Anne riendo—. —No sé lo que me haría —añadió empujando la embarcación al mar. como si hubiese recibido una caricia imprevista.

sólo una profunda búsqueda. Anne seguía llevando el albornoz: se lo quitó tranquilamente. tan dulce como yo. Cyril se marchó y aparecieron mi padre y sus mujeres por el sendero. y se tumbó. Me contestó con una sonrisilla apurada. Para mi sorpresa. —Mi hija siempre encontrará hombres que la mantengan —dijo mi padre noblemente. la cabeza apoyada en su hombro. Bañado por la luz de la mañana. resultado sin duda de años de constantes cuidados y atenciones. ante nuestras miradas observadoras. Y llevo una vida fastuosa. que estaba hecha una lástima. de piernas perfectas. A las once y media. —Qué simpático eres. y no hubo en nuestro beso remordimiento ni vergüenza. sólo podía reprochársele alguna leve estría en la piel. no me la devolvió y cerró los ojos. Vas a ser como un hermano para mí.. tendiéndoles sucesivamente la mano con esa solicitud y naturalidad que le eran tan propias. alzada. Me rodeó con los brazos dejando escapar una pequeña exclamación de enfado y me separó suavemente del barco. sorbiéndome un . salpicada de murmullos. Notaba que era bueno y estaba dispuesto a quererme. Dirigí una mirada de angustia a mi padre.. Me arrastré hasta Anne. nunca por cumplir. La idea me espantó. Era ancho de hombros y su cuerpo duro se apretaba contra el mío. Elsa se echó a reír y se interrumpió al ver que la mirábamos los tres. —Allí tenía trabajo —dije—.. para recomponerla. El agua estaba verde.. una despreocupación perfecta. Mi padre caminaba entre ambas.Ni siquiera resultaba ridículo. No le di ni una semana a mi padre para.. Me solté y nadé hacia el barco. —¿Para qué? —intervino mi padre—. La pobre Elsa.. Yo nunca he tenido ningún título. Me tenía apretada contra él. arqueando una ceja. cerrando los ojos para dar por zanjada la conversación. tan simpático. suplicante. Anne volvió la cabeza hacia mí: —Cécile. la llamé en voz baja. Cuando su boca buscó la mía. Abrió los ojos. Cyril —murmuré—. Hundí la cara en el agua. —Tú tenías cierta fortuna cuando empezaste —recordó Anne. Acababa agotada. como todo el mundo. ¿cómo es que aquí te levantas tan pronto? En París te quedabas en la cama hasta las doce. se embadurnaba con aceite. me puse a temblar de placer como él. Notaba que me inundaba una felicidad. Le eché los brazos al cuello y pegué mi mejilla a la suya. sujetándolas. —¿Y tu examen? —Suspendido —dije con vehemencia—. ¡Y bien suspendido! —Tienes que aprobarlo en octubre. que marchaba a la deriva. —Tiene que trabajar estas vacaciones —dijo Anne. Incliné hacia ella un rostro inquieto. Me vi ante las páginas de Bergson con aquellos renglones negros que me bailaban y la risa de Cyril abajo. refrescarla. necesariamente. No sonrió: sólo sonreía cuando le apetecía. me protegía. Esbelta de cintura. tan dorado. En aquel momento le quería. que a mí me gustaría quererle. Dirigí maquinalmente a mi padre una mirada aprobadora.

Divisé en el fondo del mar una preciosa concha... conociéndote como te conozco. suavecita y pulida. a sus hombros. que no tendríamos. Me lanzó una mirada divertida e insolente y me volví a tumbar en la arena. como tú dices. Su mano se abría y cerraba sobre la arena con un movimiento suave. con lo bien que podrían sentarme estas vacaciones. Hoy la tengo en la mano. no irás a hacerme eso... incansable. una piedra rosada y azul. que lo pierdo todo. dirigía al perfil de Anne.poco las mejillas para dar una imagen de intelectual agotada. —Hay cosas a las que no se hace una —dije muy seria. —Tengo que hacerte «eso». y aprobarás el examen. No sé por qué no la he perdido. impávidas. Pero mi padre no la escuchaba: situado en el vértice del triángulo que formaban sus cuerpos. una mujer galante y una mujer juiciosa. Me miró con fijeza un instante. y me zambullí gimiendo sobre las vacaciones que hubiéramos podido tener. incluso con estos calores. inquietísima. rosada y tibia. y sonrió misteriosamente volviendo la cabeza a otro lado. Teníamos todos los elementos de un drama: un seductor. yo. —Anne —dije—. Hundí el brazo para cogerla. . obligarme a trabajar con semejantes calores... que no me separaría de ella en todo el verano. la conservé. miradas un poco fijas. Corrí hacia el mar. Elsa peroraba sobre las fiestas de la costa. y me entran ganas de llorar. regular. Sólo me lo reprocharás durante un par de días. que yo reconocía. en la mano hasta la hora de comer.. Decidí que era un talismán.

En el placer. le estaba agradecido y no sabía qué hacer para demostrárselo. Así. Pero tenía con ella miradas. de vincularla más estrechamente a nosotros. esos silencios tan naturales. que la hacía un poco responsable de mí. como el sol y la sombra. en los días siguientes. claro. con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que hubieran puesto a la pobre Elsa en ridículo. sin reparar en la habilidad que ello implicaba. pues no veía que esa inequívoca amabilidad excitara a mi padre. que se dirigen a la mujer quien todavía no se conoce y que se desea conocer. Mi padre no habría tardado en cansarse de aquel jueguecillo feroz. quien mostraba con mi padre una indiferencia.Capítulo cuarto Lo que más me sorprendió. Yo aplaudía para mis adentros su paciencia y generosidad. en cambio. Yo debía de ser en ese punto más influenciable que Anne. como a una mujer muy respetada. gestos. una serena amabilidad que me tranquilizaban. Llegué a creer que me había equivocado el primer día. . Sobre todo sus silencios…. No replicó nunca a las numerosas tonterías que abundaban en la conversación de ésta. Eran como la antítesis de la incesnate cháchara de Elsa. Tal agradecimiento no era por lo demás sino un pretexto. como a una segunda madre de su hija: utilizaba incluso esa carta para que en todo momento pareciera que me confiaba a la protección de Anne. Le hablaba. fue lo sumamente amable que estuvo Anne con Elsa. Las mismas miradas que sorprendía yo a ratos en Cyril y que despertaban en mí ganas de huir de él y a la vez de provocarlo. con la intención de acercársela más. tan elegantes. desde luego.

Para consolarla. A tu edad. No hubo en su tono el menor equívoco. un beso. Cosas que tú no puedes entender. Un día... Tal vez. Un cariño constante. inspirada. N pude por menos de expresarla en voz alta: —Te diré que. Me disculpé de inmediato. Subí a mi cuarto y me sumí en la ensoñación. pero a mí no me lo parece… Me interrumpí de inmediato. Se volvió hacia mí con expresión hastiada. lo siento. a eso se reducía todo mi recuerdo. me vino a la mente una idea cínica. mi padre pareció disgustado. Raymond? Mi padre se levantó. en el cine americano. Anne no se movió. pero al final asintió sonriendo. —Aborrezco ese tipo de reflexiones —dijo Anne—. con las insolaciones de Elsa. sin embargo. seguía exuberante y agitada. sorprendido. la dulzura. y fue tras ella al tiempo que ensalzaba las virtudes de la siesta. El cigarillo le humeaba en los dedos. —Es otra cosa —decía Anne—. Tornó a cerrar los ojos y empezó a hablar con voz queda. —Por favor— dijo Anne secamente. resulta penoso. que era pobre y débil. Durante un instante. Una emoción súbita ante un rostro. Tenía un rostro deliberadamente sereno y relajado que me emocionó.. Me desprecié y ello me resultó especialmente duro porque no estaba acostumbrada a hacerlo. inquirió: —¿Vienes. La vi murmurarle algo al oído antes de comer.. Hizo un gesto evasivo con la mano y cogió un periódico. Enseguida había visto en mi frase una broma de mal gusto. con la cara ajada por el sol. ni para bien ni para mal. consciente de lo equívoco de mi frase. Rara vez me juzgaba a mí misma. No consiste en una serie de sensaciones independientes entre sí. Pensé que tenía razón. envidaba apasionadamente a Elsa. un gesto. Ya sé que en el fondo estarán muy contentos. paciente: —Te haces una idea un poco simplista del amor. Más me hubiera valido callarme. al llegar a la puerta. no se daba cuenta de nada. la añoranza. Instantes plenos. e imprimiendo a su entonación diez años de galantería francesa. Tras tomar el café. sin coherencia. Elsa se levantó y. de embriagadora complicidad conmigo misma. casi ruboroso. en aquel momento.. Las . se volvió hacia nosotros con expresión lánguida. Me irrité bruscamente: —Sólo lo decía en broma. que abandonara aquella resignada indiferencia ante mi carencia sentimental.Pobre Elsa…. Me sentí obligada a decir algo: —La gente dice que la siesta descansa mucho.. debió de notar algo. ese tipo de siesta no será muy excitante para ninguno de los dos. Pensé que así habían sido todos mis amores. que yo vivía como un animal. más que estúpido. de interceptar una mirada de mi padre. a merced de los demás. según me pareció. Me hubiera gustado que se enfadase. que me encantó como todas las ideas cínicas que se me ocurrían: me daban una especie de aplomo.

habrían empezado a quererse mucho antes. «si ha de ocurrir. a mi padre el enamoramiento le durará tres meses y Anne conservará de todo ello algunos recuerdos apasionados y un poco de humillación.. Durante el día. Mi padre se identificó con ella y. como suele decirse. Anne contemplaba el espectáculo esgrimiendo una amable sonrisa. «Y». me acuerdo con toda exactitud pues dediqué a ello toda mi atención. o le reprochó en voz alta su indiferencia fingiendo reír? ¿Cuándo comparó sin sonreír su sutileza con la simpleza de Elsa? Mi tranquilidad descansaba en la idea estúpida de que se conocían desde hacía quince años y en que si hubieran tenido que quererse. Íbamos con frecuencia a las boîtes de SaintTropez. —Y es así —dijo Anne—. . Tenía en gran estima a Cyril. —Me desagradan las groserías —replicó Anne—. aquellas tres semanas felices en definitiva. pero que sonaban dulcísimas la misma noche. y yo me preguntaba cuál de los dos era el adulto. todas mis posibilidades. Como ya he dicho. seguía oyendo las palabras de Anne: «Es otra cosa. Ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa indulgente y divertida que me sacó de mis casillas: —No os dais cuenta de que está satisfecha de sí misma —grité—.. Se casó como se casa todo el mundo. Debo confesar que nunca temían perder el tiempo. por deseo o porque toca hacerlo. —Si no hay ninguna paradoja. felicitó repetidas veces a la señora. ¿ya sabes cómo vienen los hijos? —Supongo que menos que tú —ironizó Anne—.» ¿Ignoraba acaso que Anne no era la típica mujer a la que se puede abandonar por las buenas? Pero estaba allí Cyril y él me bastaba para llenar mis pensamientos.. declaró que la señora era encantadora. A la vuelta. Era una anciana apacible y sonriente que nos habló de sus dificultades de viuda y de madre. De que se enorgullece de su vida porque tiene la sensación de haber cumplido con su deber y. musitándonos palabras de amor que olvidaba al día siguiente.sábanas estaban tibias debajo de mí. no quería ver nada concreto. Pero aquellas tres semanas. A veces nos acompañaba mi padre.. navegábamos a vela por la costa. Yo prorrumpí en imprecaciones contra esa clase de ancianas. Cyril se dirigía a él como «señor». amenazante. pensaba para mí. —¿Y con su deber de puta? —dije. Ha cumplido con sus deberes de madre y de esposa. Le llamaba con un diminutivo afectuoso. por supuesto. bailábamos al ritmo de un transido clarinete.. aunque sean paradójicas. mientras dirigía a Anne miradas de gratitud. Una tarde fuimos a tomar té a casa de la madre de Cyril. ¿Había añorado yo alguna vez a alguien? No recuerdo los incidentes de aquellos quince días. De lo que vino después hasta el final de las vacaciones. es una añoranza».. sobre todo desde que este último le había dejado ganar una carrera de crol. Tuvo un hijo. ¿Qué día miró mi padre ostensiblemente la boca de Anne. pero alguna noción tengo.

pero era verdad que lo había oído decir. —No tiene mucho sentido lo que dices —observó mi padre. nacida en su ambiente. Por lo demás. mi vida y la de mi padre corroboraban esa teoría y Anne me humillaba despreciándola. No esperaba que se me brindara tan pronto la ocasión de ello ni que supiera aprovecharla. Se jacta de no haber hecho esto o aquello y no de haber realizado algo. Con todo.—Bien. pues educó a ese hijo. que mis convicciones no durarían. sí que habría tenido mérito. Puede que fuera cierto. ¿comprendes? Se hallaba en la situación de joven burguesa esposa y madre y no ha hecho nada por salir de ella. Me parecía urgente. se hubiese convertido en una mujer de la calle. Pero Anne no me consideraba un ser pensante. Se puede estar tan apegado a nimiedades como a otras cosas. Pensaba lo que decía. Ha llevado la vida que llevan miles de mujeres y se siente orgullosa. Probablemente se ahorró las angustias y las molestias del adulterio. Una se dice después: «He cumplido con mi deber» porque no ha hecho nada. —Repites cosas que están de moda pero que son insustanciales —dijo Anne. no me costaba admitir que al cabo de un mes tendría una opinión distinta sobre el particular. —Es un espejuelo —grité—. Si. ¿Cómo podía ser un espíritu elevado? . primordial. abrirle los ojos cuanto antes.

Llevaba un vestido gris. esgrimiendo una desenfadada sonrisa mundana. Realmente no tenía nada de anciano. Lo había elegido mi padre. pero el resultado era más meritorio que brillante. su sonrisa de casino. —Ya que no están aquí y que se permiten hacernos esperar. Incluso pareció hacerle bastante gracia la idea. Bailaba siguiendo el ritmo. Una mañana mi padre decidió que aquella noche nos iríamos a jugar y a bailar a Cannes. Recuerdo la alegría de Elsa. calor y tabaco. En el clima familiar de los casinos pensaba recobrar su personalidad de mujer fatal un tanto atenuada por las quemaduras del sol y el casi aislamiento en que vivíamos. casi blanco. sin duda. mezcla de colonia. un poco demasiado exótica para mí. en la comisura de los labios. —Después de Cyril —dijo sin creerlo—. pues mi padre. era una tela exótica. Cuando lleguemos a Cannes. Por fortuna. Recobré la euforia que precedía a nuestras salidas. Esta bajaba la escalera lentamente con su vestido verde. Y yo no conozco ninguna muchacha más guapa que tú. y le eché los brazos al cuello. ven a bailar con tu anciano padre y sus reumas. de un gris extraordinario. —Después de Elsa y de Anne —dije sin creérmelo yo tampoco. deslumbrante con su esmoquin nuevo. Dejó de bailar para recibir con un murmullo maquinal y halagador la llegada de Elsa. irreprimible como la mía. Anne no se puso a tales mundanidades. Mientras bailábamos. fuese por gusto o por costumbre. nos habrán dado las doce. subí a mi habitación a ponerme un vestido de noche. tendía a vestirme a lo mujer fatal. Me lo encontré abajo. con los ojos entornados y una sonrisa feliz. —Ve a ver si está lista —me pidió mi padre—. al que se . —Eres el hombre más guapo que conozco. el único por lo demás que poseía. al concluir la cena. Contrariamente a mis previsiones. olvidando su reuma. —Tienes que enseñarme a bailar el bebop —dijo. No sin inquietud. Había sacado el máximo partido de su pelo reseco y su piel quemada por el sol. Me gritó que pasase. no parecía reparar en ello. —¿Nos vamos? —Todavía no ha bajado Anne —dije. Subí la escalera enredándome con el vestido y llamé a la puerta de Anne.Capítulo quinto Y un buen día todo terminó. respiré su perfume familiar. Me quedé suspensa en el umbral.

dejándole la cara desnuda y ojerosa. como se sonríe a alguien de quien uno va a separarse. Tenía una expresión alterada. Pero Elsa se aburría. mi padre se las ingenió para que nos perdiéramos de vista. Pasé una hora agradable con él. lo que exigía no poca energía. Recuerdo exactamente aquella escena: en primer plano. el rostro deslumbrado de mi padre. la figura de Elsa. Anne no decía nada. estaba en plena euforia. —Eres una chiquilla simpática. En el casino. Enseguida . un sudamericano medio borracho. no le interesaba la técnica teatral. Ofrecía un aspecto lamentable. Se le había ido el maquillaje. —¡Magnífico! —exclamé—. como ciertas tonalidades del mar al amanecer. Yo no pensaba en nada. parecía concentrar en su persona toda la seducción de la madurez. estás maravillosa. ya más lejos. estuve a punto de mandarla al infierno. su conversación resultaba interesante por la pasión que ponía en sus palabras. con el pie apoyado en el primer escalón. Ni parecía reparar en el trompeteo enloquecido de la radio. Ella le sonrió al pasar y cogió el abrigo. delante de mí. Estaba tan preciosa la carretera de noche que conduje lentamente. a pesar de su estado. los hombros perfectos de Anne. De pronto me entró una gran indignación contra mi padre. —Anne —dijo mi padre—. Su descortesía era inconcebible. —¡Ah!. y luego se alejó. Anne! Sonrió en el espejo. Elsa también la miraba bajar. Me veía obligada a aguantarlo y a apartar los pies para que no me pisara. cosa que a un tiempo me alegró y me dolió. como si yo pudiese saber algo. Los vi iluminarse y sonreír. un poco más abajo. Aquella noche. —No los encuentro —dijo. con Elsa y un amigo suyo. como si se tratase de algo muy natural que no debía inspirarle la menor inquietud—. —¿Nos encontramos allá? —dijo—. —El acierto eres «tú». Me preguntó bruscamente dónde estaba mi padre. Yo me sentía ya totalmente al margen del juego. ante un espectáculo en el que no podía intervenir.adhería la luz. la nuca dorada. ya sé dónde están —dije sonriendo. Sus ojos eran de un azul oscuro. aunque a ratos te pones pesada. Me cogió de la oreja y me miró. El sudamericano pareció lamentarlo un instante pero con otro whisky se animó. pues había participado por cortesía en sus libaciones. ¿Vienes conmigo. La cosa se puso aún más graciosa cuando se empeñó en bailar. Cuando en una curva nos adelantó el cabriolé de mi padre. Nos reíamos tanto que cuando Elsa me golpeó en el hombro y vi sus aires de Casandra. su mano tendida y. alzando el rostro hacia ella. ni pestañeó. Aunque conocía a un par de monstruos sagrados. Cécile? Me dejó conducir el coche. ¡Qué vestido. —Ese gris es un acierto —dijo. Se detuvo al pie de la escalera. Recalé en el bar. Bajó la escalera la primera y vi que mi padre salía a su encuentro. Se dedicaba al teatro y. Pasó ante mí sin comentar mi vestido.

El bofetón me había hecho daño. ¿Te he hecho mucho daño? —No. le diré que mi padre ha encontrado a otra mujer con quien acostarse y que espere sentada. —Ven —dijo Anne. debían de estar hablando en voz baja. lo siento mucho por Elsa. volvéis con mi coche. lentamente. veía moverse sus labios. Se miraban. sorprendido. —Discúlpate —ordenó mi padre. Anne volvió la cabeza hacia mí. ¿de acuerdo? La exclamación de mi padre y el bofetón de Anne fueron simultáneos. asido a su . Inspeccioné las terrazas y al final pensé en el coche. Mañana hablaremos. ¿Qué haces tú aquí? —¿Y vosotros? Elsa lleva buscándoos una hora. —¿Qué ocurre? —dijo mi padre con tono irritado—. con expresión hastiada. —Llevas a la playa a una chica de piel delicada y. mi arrebato anterior. Vi sus perfiles muy próximos y muy graves. Las actitudes nobles se me ocurren siempre demasiado tarde. Los vi marcharse y me sentí completamente vacía. El sudamericano. Estaban allí.. sin hacerme caso. mientras se me atropellaban mil pensamientos en la cabeza. Apenas me miraron. la dejas tirada. —Cuando nos hayamos divertido bastante. pero me acordé de Elsa y abrí la portezuela. Me puso la mano en la mejilla y me habló con dulzura. no —dije cortésmente. lentamente. como a su pesar: —Regresamos.vuelvo.. Dile que estaba cansada y que me ha acompañado tu padre. Yo temblaba de indignación y no me salían las palabras. Su súbita dulzura. cuando ves que se ha pelado toda. extrañamente hermosos a la luz de las farolas. Saqué precipitadamente la cabeza de la portezuela. donde pareció encontrarse a gusto. Pero ¿no os dais cuenta? ¡Es repugnante! —¿Qué es lo que es repugnante? —preguntó mi padre. Tenía ganas de irme. El le sonreía. Exploté indignada: —Le diré. Caminé lentamente hasta el casino. me daban ganas de llorar.. Pensé con tristeza que estaba más rellenita que yo y que no cabía reprochárselo. El casino era grande: lo recorrí dos veces sin resultado. La mano de mi padre descansaba en el brazo de Anne. Me acerqué por detrás y los divisé por el cristal del fondo. cayó en los brazos de Elsa. Mi único consuelo era el pensar en mi propia delicadeza. como si fuese un poco tonta: —No seas mala. No parecía amenazadora y me acerqué. Necesité un buen rato para dar con él en el aparcamiento. donde me encontré a Elsa y al sudamericano. Permanecí inmóvil junto a la portezuela. —¿Os lo pasáis bien? —pregunté cortésmente. privado de mi apoyo. Cuando os hayáis divertido bastante. ¡Demasiado fácil! ¿Y ahora qué le digo yo a Elsa? Anne se había vuelto hacia él.. Pero tienes el suficiente tacto para arreglarlo todo lo mejor posible.

—Cécile —dijo—. su vestido ha quedado hecho una lástima. El sudamericano se echó a llorar a su vez. Adiós. pero Elsa se echó a llorar. Cécile. oh. repitiendo: «Éramos tan felices. La miré. en la oscuridad. que se le corriese el rímel. pero me pareció perder a una vieja amiga. La ha tenido que acompañar papá. sin saber qué hacer. ¿Vamos a tomar algo? Elsa me miraba sin contestarme. Elsa. tan felices». despacito. que sollozara el sudamericano. tristemente.brazo. Vámonos las dos a casa. Redoblaban sus sollozos. Nunca había hablado con ella de otra cosa que no fuese del tiempo o de modas. sin duda por los whiskies de la víspera. nos llevábamos bien. Cécile. —Volveré a recoger mis maletas —sollozó—. En aquel momento aborrecí a Anne y a mi padre. A través de . Busqué un argumento convincente: —Ha tenido náuseas.. éramos tan felices. Capítulo sexto La mañana siguiente fue penosa. Me desperté atravesada en la cama. Di media vuelta bruscamente y eché a correr hacia el coche. es horroroso. Habría hecho cualquier cosa por evitar las lágrimas de la pobre Elsa.. —Anne no se encontraba bien —dije con tono desenfadado—. con la boca pastosa y el cuerpo desagradablemente empapado. —No está todo dicho. Tal pormenor se me antojaba de una autenticidad irrefutable.

única señal de su noche de amor. —¿Has dormido bien? —preguntó mi padre. doliente y aturdida. un triunfo. Me cepillé los dientes y bajé. de espera. Ambos sonreían con cara de felicidad. Me inundaba un sentimiento de superioridad. las cenas tumultuosas. Me puse a repetir esa palabra. Farfullé un vago saludo y me senté frente a ellos. Me serví una taza de café. manifiestamente nerviosa por una vez. un guiño. Aquello cambiaba por completo nuestra vida. Perdíamos la independencia. Se miraba las manos. sensibles. odiando aquel rostro de lobo. lo probé y lo dejé de inmediato.. Eso me impresionó: la felicidad siempre me ha parecido una ratificación. Amigos inteligentes. . que me hacía sentirme incómoda. —Me gustaría preguntarte algo —dijo por fin.. Había en el silencio de ambos una especie de textura. Anoche bebí demasiado whisky. las Elsas me parecieron despreciables. mirándome a los ojos. Por fin lo logré y pisé las frescas baldosas de la habitación.. Anne me miraba. un bofetón y unos sollozos. No me atreví a mirarlos por pudor. pero sabía ya que era cierto. Anne estaba ojerosa. No tenía ganas ni de levantarme ni de quedarme en la cama.las rendijas del postigo se filtraba un rayo de sol por el que subían apretadas columnas de polvo. veladas felices. No me cabía en la cabeza: mi padre. De repente. a cualquier tipo de vínculo.. Valiente disipación. sordamente. Mi padre y Anne estaban ya en la terraza. el refinamiento de Anne. y de pronto me vi sonreír. tranquilas. hasta que su silencio me obligó a alzar la vista. tan contrario a mi manera de ser? Me complací detestándome. el mío. Estaba demasiado cansada para aguantarlo mucho tiempo. sentados muy juntos ante la bandeja del desayuno. de orgullo. los sudamericanos. una vida equilibrada de pronto por la inteligencia. Durante un minuto esperé de él una señal. un rostro desconocido. esas proporciones. esos odiosos y arbitrarios límites la causa de mi debilidad y cobardía? Y si estaba limitada. hundido y arrugado por la disipación. esa vida que le envidiaba.. —Es una idea estupenda —dije para ganar tiempo. ¿por qué lo advertía de un modo tan evidente. La miré fijamente y luego miré a mi padre. —Regular —contesté—. la boca hinchada. ¿Serían esos labios. Me temí lo peor: —¿Algún otro recado para Elsa? Volvió la cara hacia mi padre: —Tu padre y yo queremos casarnos. El espejo me devolvía un inste reflejo. Mi padre encendió un pitillo con gesto que pretendía aparentar tranquilidad. Vislumbré de pronto la vida que llevaríamos los tres. Me obligué a pensar en ellos para poder levantarme sin notar el esfuerzo. Me preguntaba si Elsa regresaría y qué caras pondrían Anne y mi padre aquella mañana. me apoyé en él: unos ojos dilatados. decidido en una noche. tan obstinadamente opuesto al matrimonio. —¿Qué pasa? Ponéis cara de misterio. que me hubiera indignado y tranquilizado a un tiempo.. en efecto: unas miserables copas. Pensé: «No es posible».

sabía que te alegrarías —dijo mi padre. pero que para ellos yo no era en efecto más que un gato. que era lo principal. parecía más accesible. En definitiva. Se le veía feliz. también mi padre. más tierno que nunca. —Temía que tuvieras miedo de mí —dijo. Estaba medio arrodillada ante ambos. —Ven aquí. quizá los últimos impulsos de los sentidos.. inteligencia. sino como en un ente abstracto: había visto en ella aplomo. me miraban con dulce emoción.. Por mi parte. me reí con ellos. por vínculos que yo desconocía. pero nunca sensualidad.. Cuarenta años. porque mi padre regresaba bailando con una botella debajo del brazo. —¿No te parece ridículo este matrimonio de viejos? —No sois viejos —dije con toda la convicción necesaria. conmigo. Además. transformado por las fatigas del amor. Comprendía que mi padre se sintiera ufano: la orgullosa. ¿habíamos creído alguna vez en ellos? Acudir a comer a las doce y media todos los días en el mismo sitio. ¿La quería. para establecer horarios. no dejaba de pensar que tal vez mi vida estaba dando un cambio. hacia ella. Se sentó junto a Anne y le rodeó los hombros con el brazo.. un animalillo afectuoso. Elsa no apareció aquellos días. Siete días felices. Sin duda por eso se casaba con él: por su risa. Los notaba por encima de mí. Mi padre y yo nos complacíamos en hacerlos ajustados y severos. Una semana pasa muy rápido. llenos de reticencias. yo estaba asqueada. —Sufría un poco por ti —dijo Anne. Voluntariamente cerré los ojos. encantado. podría quererla durante mucho tiempo? ¿Podía yo distinguir ese cariño del que profesaba a Elsa? Cerré los ojos. no le conocía la menor mezquindad. embotada por el sol. me marcaría en cualquier circunstancia el buen camino. apoyé la cabeza en sus rodillas. Estábamos los tres en la terraza. Me guiaría. unidos por un pasado. un futuro. debilidad. gatita —dijo mi padre. recobré mi papel. de temores secretos y de bienestar. Me eché a reír también porque efectivamente me inspiraba cierto miedo.—Es una idea estupenda de verdad —repetí. Me tendió las manos y me atrajo hacia él. Pasaría a ser una persona cabal. Estaba relajado. me aliviaría la vida. Trazábamos complicados planes para amueblar la casa. me daba la impresión de que mi veto hubiera podido impedir el matrimonio de dos adultos. —Gatita mía. Con ello quería decirme a la vez que lo sabía y que era inútil. Oyéndola. y se echó a reír. su calor. Mi padre se levantó a buscar una botella de champaña. que no tenían que ver conmigo. el miedo a la soledad. no salir por la noche. cenar en casa. únicos. Nunca había pensado en Anne como en una mujer.. y. —¿Por qué? —pregunté. y les sonreí. pero lo había visto tantas veces feliz a causa de una mujer. me acariciaban la cabeza. agradables.. El rostro de Anne. ¿lo creía de . elegancia. ¿no era feliz? Anne era perfecta. la indiferente Anne Larsen se casaba con él. por ese brazo firme y reconfortante. Ella hizo con su cuerpo un movimiento hacia él que me hizo bajar los ojos. por su vitalidad. con la inconsciencia de quienes no los han cumplido nunca.

medio desnudos los dos a la luz llena de arreboles y sombras del crepúsculo y comprendo que aquello pudo engañar a Anne. Una noche nos separó la voz de Anne. miradas de malicia o de compasión. ojerosos. avergonzado. estar . mirando a Anne. cuatro latidos del corazón y el rumor tan suave sobre la arena. su cara suavemente marchita por la mañana. cuando apretaba su boca contra la mía. elegante. acostumbrada a salir sola con mi padre y a suscitar sonrisas.. tres. con gran dulzura. se abalanzaba sobre mí gritando victoria. Anne me miraba con la misma cara grave e indiferente. riendo juntos. Aquello me irritó: si pensaba en otra cosa. como si pensase en otra cosa. Cyril arrastraba el barco hasta la arena. Cyril estaba tumbado sobre mí. sino castillos en el aire. de feliz indolencia que confería el amor a sus gestos. como si no lo viese: —Espero no volver a verte —dijo. yo no dejaba de oír ya el ruido del mar. Los veía bajar por la mañana. y la envidiaba. La boda debía celebrarse en París. Ese gesto me sorprendió. tanto para él como para mí. Uno. Regularmente me alcanzaba antes de llegar a casa. ineficaces.. sus besos se tornaban precisos. Me dirigí hacia ella. y en mis oídos sólo resonaban los pasos rápidos y reiterados de mi propia sangre. uno. estrechos. confiada. dos. Los besos se agotan. Sin duda todo esto no era. me inmovilizaba. Todo el mundo nos tomaba por una familia unida. apoyados el uno en el otro. Al anochecer. y el palpitar del corazón de Cyril contra el mío acompasado con el romper de las olas sobre la arena. aquella semana me habría convertido en su amante.. dos. nos besábamos cuando nos apetecía y. se me aparecía la cara de Anne. por supuesto.. disfrutaba recobrando un papel propio de mi edad. A las seis. Recuerdo todavía el sabor de aquellos besos jadeantes. lo prometo. y sin duda si Cyril me hubiera querido menos. que aquello durase toda la vida. Caminábamos hacia la casa por el pinar y. tres. y yo. la vida burguesa. al regresar de las islas. me emocionó como si fuera un compromiso. Pronunció mi nombre con tono seco. a veces. Conservé de aquella semana un recuerdo que hoy me complazco en explorar para probarme a mí misma. El pobre Cyril había seguido. para entrar en calor. a la vuelta de vacaciones. no sin cierto asombro. Cyril se levantó de un salto. mi padre la quería. Yo me incorporé a mi vez. más lentamente. inventábamos juegos de indios y carreras en las que me dejaba salir con ventaja. Navegábamos juntos. mejor que no hablase tanto. Esta se volvió hacia Cyril y le habló con suavidad.veras posible mi padre? Sin embargo. enterraba alegremente la bohemia y ensalzaba el orden. Cyril no contestó. con esa suerte de lentitud. organizada. aparentando. nuestras transformaciones internas. me hacía rodar por la pinaza. se inclinó hacia mí y me besó en el hombro antes de alejarse. normal. y me hubiera gustado. uno: él recobraba el aliento. Pero este desenlace legal era de su agrado. solíamos bajar a tomar un aperitivo a una terraza frente al mar. Anne se mostraba relajada. me besaba. por mera cortesía.

¿A ti no? Al oír ese «¿a ti no?». un cigarrillo. —Me gustaría que le dieses un par de buenos consejos a tu hija. Pero creo que sería bueno que dejara de verlo durante algún tiempo y se dedicase a estudiar un poco de filosofía. como si fuese algo que había que doblegar y no yo. ahora soy un poco responsable de ti y no dejaré que eches a perder tu vida. No he hecho más que besar a Cyril. ese Cyril es un buen chico. Raymond. La vi adoptar su hermosa máscara de desprecio. Ese tipo de cálculo no iba con ella. no soy una delatora.apurada... pobrecillo. Anne se ha pensado que. intentó tomárselo a broma: —¿Qué me dices? ¿Y qué hacían? —Nos besábamos —grité con vehemencia—.. —dijo mi padre—. Me hablaba de pie. en fin. —También Cécile es una buena chica —dijo Anne—. como dando por sentado que yo mentía—. verla balancearse. evitó dar ese paso en falso y sólo después de la sopa pareció recordar el incidente. tienes trabajo y eso te tendrá ocupadas las tardes. —Hazme el favor de no volver a verle —replicó. Cécile. y parecían estar muy acaramelados. por lo menos? Ojo con los cabrones. hija».. —No me he pensado nada —me cortó—. Anne pensaba lo que decía: recibiría mis argumentos. mis protestas de inocencia con esa forma de indiferencia peor que el desprecio. como si yo no existiese.. tener un objeto en las manos. balancear una pierna. La consternación me dejó clavada en el suelo.. muy apurado: .. No protestes: tienes diecisiete años. erguidas.. Tendría que reaccionar así. pero debes prometerme que estudiarás». sin moverse: a mí me hacía falta un sillón. decirme: «No le diré nada a tu padre. Me volvió la espalda y caminó hacia la casa con su andar indolente. yo. A Anne ni se le había pasado por la cabeza. Mi única esperanza era mi padre. Me quitó maquinalmente una aguja de pino del cuello y pareció que empezaba a verme de verdad. Me alegraba y se lo echaba en cara a un tiempo. —Tampoco hay que exagerar —dije sonriendo—. Mi padre. me parece inevitable. Al fin y al cabo. por eso no voy a ir a una clínica. a quien castigaba sin que pareciese dolerle. gatita? ¿Es guapo y sano. porque ello me habría permitido despreciarla.. Era de esas mujeres que pueden hablar. a quien conocía de toda la vida. Por eso sentiría muchísimo que le ocurriese un accidente. Y con la total libertad que tiene aquí. esa cara de hastío y desaprobación que la favorecía admirablemente y que me asustaba un tanto: —Deberías saber que este tipo de distracciones acaba generalmente en la clínica. Reaccionaría como de costumbre: «¿Qué chico es ése. y yo me sentía terriblemente molesta. Esta noche me la he encontrado en el pinar con Cyril. La cena transcurrió como una pesadilla. examinándome. Como siempre.. Además. —Pobre niña. de lo contrario se acabarían mis vacaciones. la compañía constante de ese chico y el ocio de que disfrutan. alcé los ojos y mi padre bajó los suyos.

huidiza. Yo estaba desconcertada.. A la mañana siguiente. Porque nos haría ser felices. sí. del sabor de nuestros besos. Pensé en ella con tal vehemencia que me senté en la cama. de mala conciencia en el que. y pensé en Anne. primero lentamente para no ponerme nerviosa. sentimiento que despreciaba. que no era más que una niña mimada y perezosa y que no tenía derecho a pensar así. Hundí la cabeza entre las manos y la miré con atención. me torturaba. penetraba por su culpa en un mundo de reproches. me miraba sonriendo: planteada así. Me repetí esa frase. la comprendí y me sentí tan fría. Cécile. O sea. tan impotente como al leerla por primera vez. que me hacía sentirme ridícula. bien educadas y felices. Me acordaba del desayuno de hacía un momento. Necesité unos minutos para comprenderla: «Por mucha heterogeneidad que podamos hallar en principio entre los hechos y la causa. y luego en voz alta.. la amabilidad. nuestras risas cuando regresábamos de madrugada en coche por las calles blancas . Yo. No querrás repetir. —¿A ti qué te parece? —contesté secamente. nos convertiría poco a poco en el marido y la hijastra de Anne Larsen. Me daba cuenta de que la despreocupación es el único sentimiento que puede inspirar nuestra vida sin darnos argumentos para defendernos. hecha para la felicidad.—Seguramente tienes razón —dijo—. ¿no? Me miraba. lo tenía. Y seguí cavilando a mi pesar: cavilando que Anne era funesta y peligrosa. que me estaría esperando en la cala dorada. del suave balanceo del barco. la despreocupación. Lo dije tan quedo que no me oyeron o no quisieron oírme. Era una mujer demasiado eficaz. Sí. es grave. destrozada por el rencor. que le había visto en la mesa me obsesionaba. Aparté la mano suavemente: —Sí —dije—. me perdía yo misma. y de pronto algo se alzó en mí como una ráfaga de viento. y que había que apartarla de nuestro camino. y me dije que aquello era estúpido y monstruoso. Veía claramente con qué facilidad nosotros. y por más que medie una gran distancia entre una regla de conducta y una afirmación sobre el fondo de las cosas. al fin y al cabo. Esa expresión apurada. deberías estudiar un poco. Recordaba con ganas de llorar nuestras antiguas complicidades. No podía seguir. demasiado inexperta para la introspección. con el corazón palpitándome. Me acordé de Cyril. me arrojó sobre la cama. y sólo durante un mes. el impulso de amar a la humanidad nos ha venido siempre de un contacto con el principio generador de la raza humana». vas a cambiar tu imagen de muchacha montaraz por la de buena colegiala. ¿Y qué me aportaba Anne? Sopesé su fuerza: había querido a mi padre. inestables. eso era lo que le echaba en cara a Anne. de que lo había pasado con los dientes apretados. Me miró y apartó los ojos de inmediato. cederíamos al atractivo de las normas y de la responsabilidad. miré las líneas siguientes con la misma aplicación y buena voluntad. en dos personas civilizadas. me tropecé con una frase de Bergson. que me impedía quererme a mí misma. Humillada. supongo. la discusión era sencilla. —Vamos —dijo Anne tomándome la mano por encima de la mesa—. Por fin. No es tan grave. Mi padre empezaba ya a distanciarse de mí.

Anne se volvió hacia mí: —Tienes mala cara. dulzura. de la muerte.. que pueden atribuírseme magníficos complejos: un amor incestuoso por mi padre o una animadversión malsana por Anne. Era absolutamente necesario reaccionar. Bergson y Cyril. Me miró también. La libertad de pensar. como por la mañana. de elegirme a mí misma. de la música. No puedo decir «de ser yo misma» puesto que no era más que un barro moldeable. ¿y con quién había hablado yo sino con él? De todo habíamos hablado: del amor. Todo eso se había acabado. me consolara. encontrar la de mi padre. con dureza. tengo remordimientos por hacerte trabajar. Lo vi petrificarse en un gesto de interrogación.. Le miré. no tendría ni ganas. Intenté llorar. yo tenía a Bergson.. en aquella terraza acribillada por las cigarras y la luna. Y ahora me abandonaba. vi la mano de Anne. Transcurridos tres meses. Ya sólo me compadecía de Anne. súbitamente alarmado. no sería capaz de resistirme. Era cierto que le gustaba la juventud. compadecerme de mí misma. la libertad de elegir yo misma mi vida. balancearse. En la terraza. remodelada y orientada por Anne. me hubiese gustado que me cogiese en sus brazos. Me hubiese gustado que alguien me acariciara. No contesté. pensando: «No me quieres ya como antes. me ponía de malhumor. En la mesa. Con qué encantos se me aparecían de repente los dos felices e incoherentes años que acababan de pasar. me aborrecía demasiado a mí misma por aquella especie de drama que ya no podía detener. Ahora me tocaba a mí verme influida. me desarmaba él mismo. Mi padre y Anne callaban: tenían ante ellos una noche de amor. Sé que pueden achacarse complicados motivos a ese cambio. Lo miré violentamente. . fue en vano. Mi padre se creyó obligado a bromear: —Lo que más me gusta de la juventud es su vitalidad. No estaba acostumbrada a meditar. como si estuviese segura de vencerla. no abrí la boca. pero sí la libertad de rechazar los moldes. Habíamos acabado de cenar. en el rectángulo luminoso proyectado por la mesa del comedor. una mano larga y viva. recobrar a mi padre y nuestra vida de antaño. pasando por una serie de estados desagradables pero resultantes todos ellos del siguiente descubrimiento: estábamos a merced de Anne. Pero yo sé las verdaderas causas: fueron el calor.de París. comprendiendo tal vez que aquello ya no era un juego y que peligraba nuestra armonía. esos dos años de los que tan pronto había renegado el otro día. Estuve cavilando toda la tarde al respecto.. o al menos la ausencia de Cyril. ironía. Estaba desesperada. Pensé en Cyril. y de mal pensar y de pensar poco. su conversación. me reconciliara conmigo misma. Ni siquiera sufriría: Anne obraría con inteligencia. me has traicionado» e intenté hacérselo entender sin hablar.

es autoritaria. de mí misma. a nosotros nos . iba adelgazando un poco más cada día. La espontaneidad y un egoísmo fácil habían sido siempre para mí un lujo natural. «es estúpido y miserable. la espiaba de continuo. no era libre de calibrar lo que ocurría. pensaba. y el deseo de apartarla de mi padre. juzgándome sincera. a poner atención en mi vivir. un amor como nunca volverá a inspirar mi padre? Y esa sonrisa hacia mí con un asomo de inquietud en los ojos. Entonces. Pero. me las murmuraba a mí misma. de pronto. Encontraba disculpas. Ya no veía en ella más que un ser hábil e indiferente. Adquirí una conciencia más atenta de los demás. «Ese sentimiento hacia Anne». reconciliarme conmigo misma.Segunda parte Capítulo primero Me sorprende la nitidez de mis recuerdos a partir de aquel momento. guardaba a mi pesar un tenso silencio que acababa incomodándoles.. Pensaba: «Es fría. ¿cómo puedo echársela en cara?». es indiferente. por más que pareciesen de lo más verosímil. ¿acaso no es amor. la idea de que iba a compartir nuestra vida. nosotros efusivos.». pensaba a lo largo de la comida: «Ese gesto que le ha dirigido. en la playa no hacía más que dormir y. feroz. Entretanto. Sufría todos los horrores de la introspección sin. Raymond. Miraba a Anne. Por primera vez en mi vida ese «yo» parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente. a intervenir en ella. gritando que me engañaba a mí misma. me sublevaba. Y de repente aquellos pocos días me alteraron lo bastante como para obligarme a meditar. y bruscamente surgía otro «yo» que tachaba de falsos mis propios argumentos. no le interesa la gente.» Pero ¿por qué juzgarme así? Siendo sencillamente yo. Me habían acompañado siempre. nosotros independientes. ¿no era esa otra quien me engañaba? ¿No era esa lucidez el peor de los errores? Me debatía horas enteras en mi habitación para dilucidar si el temor y la hostilidad que me inspiraba Anne en aquel momento tenían razón de ser o yo no era más que una joven egoísta y mimada con ínfulas de falsa independencia. durante las comidas. Anne decía: «Cuando regresemos a París. Pero.. en realidad. por ello.

A ratos. sin duda. Mi padre sufría en la medida en que era capaz de sufrir. su indiferencia la protege de mil sórdidas insignificancias. la que se ha ocupado de ti! La frialdad es su forma de vida. sin embargo. ¿comprendes?. como si me despertara. La miré desesperadamente a la cara. como una hermosa serpiente».apasiona. habida cuenta de que no había abierto un libro desde Bergson. es reservada. Se sentó al otro lado y murmuró: —Lo cierto es que no le sienta bien. Anne sorprendía esas miradas y la extrañeza. Iba a levantarme y a proponerle ir al agua con ese aire falsamente alegre que ya era habitual en mí. se sentó a mi lado y me miró. Ese examen es importante. Me repetía: «Una hermosa serpiente. se está quedando muy enclenque. porque estaba loco por Anne.. Un día. Pero mis complicaciones habían ido en aumento y las horas de trabajo no me molestaban ya. lo habría arreglado. La idea me asustó: —No doy vueltas por la habitación —protesté. poco.. Anne? Si parece un pollo vaciado y asándose al sol. loco de orgullo y de contento. Pero tampoco había tenido tiempo de pensar en Cyril. Permanecí tumbada boca abajo en la arena. lo que me hacía aborrecerme a mí misma. me gritaba a mí misma: «¡Pero estás loca. Me di la vuelta y los miré. —¿Echas de menos a ese chico? —preguntó mi padre. haz un esfuerzo. la creía capaz de todo. mientras yo dormitaba en la playa tras el baño matinal. mejor que lo deje. a quitarnos poco a poco nuestro grato y despreocupado calor. ¿Cómo sabía que yo no trabajaba? Tal vez me había adivinado el pensamiento. la incertidumbre ensombrecían su rostro. él la miraba con admiración o deseo. —Vamos.. —Me trae sin cuidado mi examen —grité—. Trabaja un poco y come mucho. Anne se acercó. la inteligente Anne. no puedes ver premeditación en ello. cuando me puso la mano en la cabeza y alzó la voz con tono lamentable: —Anne. Una hermosa serpiente. a robarnos todo. nosotros somos alegres. sin cuidado.. si es Anne. Y eso que le bastaría trabajar de verdad. le suplicaba en voz baja que me perdonase. atenta al ruido apagado de sus pasos. va a acomodarse. Buscaba instintivamente a mi padre con los ojos. dejaban en suspenso sus frases. diez días atrás. —Pues tienes mal aspecto —afirmó severamente mi padre—. Me sentía palidecer de vergüenza. Al final logré poco a poco que la atmósfera se tornase irrespirable. para que se diese cuenta de ... Sentía su mirada clavada en mí.. ven a ver a esta joven. ¡No! No era del todo cierto. sin comprender la causa de tal inquietud. Si el trabajo ha de sentarle así. ¡una hermosa serpiente!». O sea. Cécile —dijo Anne—. ¿No la ves. en vez de dar vueltas por la habitación.. Creía arreglarlo todo con eso y. Ella me alcanzaba el pan y de repente yo. es una garantía de nobleza». y sólo vivía para eso. Nosotros dos somos de verdad los únicos que estamos vivos y ella va a deslizarse entre nosotros con su tranquilidad.

había cogido la mía en los momentos de tranquilidad y de felicidad perfecta. La estreché con fuerza. me convencería. —Ven a comer —dijo. Y entonces. Mientras caminábamos hacia la casa. Y también porque no me atribuía ninguno de esos pensamientos que me torturaban. Me miraba atentamente. o con las llaves. ¡No se merecían otra cosa! Anne siempre otorgaba a las cosas su importancia justa. veía el azul de Prusia de sus ojos ensombrecidos por el esfuerzo de mirar con atención. Soy la clásica chiquilla inconsciente y sana. se había alejado. que eras tan alegre y tan animada. te vuelves ahora cerebral y triste. si lo hacía. buscando en vano el agujero de la cerradura. por la noche. La suya era una mano fuerte y reconfortante: me había secado las lágrimas cuando sufrí mis primeras penas de amor. Y comprendí que jamás se le ocurriría preguntarme. Mi padre. No va contigo el personaje. Tú. y no me apetecía. llena de alegría y estupidez. Incluso hallaba cierta complacencia en plantearme cuestiones . nunca jamás podría tratar con ella. pero así dejarían de invadirme tan amargos y deprimentes sentimientos. se posó en mi nuca. que me obligara a contárselo todo. Necesitaba que ella me dijera: «Pues ¿qué te preocupa?». temblé un poco. aquella mano apoyada en el hombro de una mujer o con un cigarrillo. porque pensaba que eso no se hacía. La mano de Anne. nunca. aquella mano no podía hacer ya nada por mí. y. que me acosara a preguntas. apoyé la mejilla en la cálida suavidad de la playa. era con desprecio e indiferencia. me habría hecho disfrutar de algún momento de felicidad. Capítulo segundo Transcurrieron dos días: le daba mil vueltas a lo mismo. hasta que cesó mi temblor nervioso. Volviéndose hacia mí. que aborrecía ese tipo de discusiones. liberarme. por el reproche. porque semejante idea ni se le pasaría por la cabeza. Me dejé caer en la arena con violencia. Aquella mano en el volante. me agotaba. Me habría tranquilizado. suspiré. —Ya —dije—. la había apretado furtivamente en los momentos de complicidad y de risa desatada. No podía liberarme de aquella obsesión: Anne iba a destrozar nuestra existencia. —No te compliques la vida —dijo—. tranquila y segura. decidiría lo que le diese la gana. me tomó la mano y la retuvo. No intenté ver a Cyril. me sonrió. con tan poca cabeza. Por eso.que la cosa era mucho más grave que un examen.

tal vez por mi silencio... se puso a hablarme con gran animación de la vida mundana y subyugante que había llevado en la costa. a pesar de Juan y sus vestidos. me sentí sucumbir bajo el peso de mis argumentos. moviéndome apenas para encontrar un trozo de sábana fresca. Por fin se había puesto morena. En mi habitación.. desorientada. todo ritmo.. sin melodía. Pero ese juego no bastaba para engañarme: me sentía triste. en temer los venideros.. No había que dejarla meditar y deducir que. dio unos pasos por la habitación y. Pensé también que. Cuando le mencioné a mi padre. Me temblaban las manos. muy cuidado. —He venido por las maletas —dijo—. Bruscamente. pero aun así el aire era insoportablemente pesado y húmedo. Le dije que me alegraba de verla y me aseguró que siempre nos habíamos llevado bien porque teníamos puntos en común. en recordar los días pasados. se interrumpió por su propia cuenta.insolubles. de fiestas frivolas que me hacían evocar días felices. sin volverse. una multitud de proyectos bulló en mi cerebro. Fumaba mucho. Me incliné hacia adelante y bajé de improviso la voz para impresionarla: . Disimulé un leve escalofrío y le propuse que subiese a mi habitación. No dormía. y de inmediato comprendí por qué. La miré y me sorprendió su recompuesta belleza. De pronto. Era Elsa. los postigos cerrados. Elsa se volvió hacia mí con cara horrorizada: —¿A casarse? ¿Y Raymond quiere casarse? —Sí. me encontraba decadente y eso me gustaba. Me gustaba volver a ver a Elsa: traía con ella un aire de mujer mantenida. Elsa parecía anonadada.. Ponía en el tocadiscos. los ojos fijos en el techo. Yo notaba confusamente que me asaltaban curiosas ideas inspiradas en parte por su nuevo aspecto. la cabeza echada hacia atrás. Pensé de inmediato en Cyril. Hacía mucho calor. no pudo evitar un pequeño movimiento con la cabeza y pensé que a lo mejor seguía queriéndolo. Por fin. como si le hubiera asestado un mazazo. mi padre ya era mayor y no podía pasarse la vida con mujeres galantes. me preguntó con tono de despego si «Raymond era feliz». pero no son suficientes. se me habría pasado por alto aquel gesto. discos lentos. Es muy hábil. Me quedé en la cama. instalado al pie de la cama. lo que le evitaría encontrarse con mi padre y con Anne. supe lo que había que decir: —¡«Feliz» es mucho decir! Eso es lo que le hace creer Anne. Una tarde llamó la asistenta a mi puerta y me advirtió con cara misteriosa que «había alguien abajo». Me estrechó las manos con efusión. Mi habitación estaba en la penumbra. Me dio la impresión de haber dado en el blanco. —Mucho —suspiró Elsa. pero no era él. Me pregunté un instante quién era Juan pero lo dejé estar. Van a casarse. me entraron ganas de reír. de bares. con un color claro y regular. Con igual presteza. y estaba pletórica de juventud. Juan me ha comprado algunos vestidos estos días. afloraron planes. —Jamás adivinarías de lo que le ha convencido. al fin y al cabo. tres semanas antes. Raymond va a casarse.

Me abrumaban mis palabras.. Ella misma. pero fiel a lo que yo pensaba. porque ya no la soportaba—. Concluí como en un cántico: —Ayúdame. Ella misma no había podido olvidar junto a Juan la seducción de Raymond. Parecía fascinada. ella no le hablaba del hogar. como si no tuviera por lo menos una docena de destinos. mañana por la mañana. le ha salido con el cuento del equilibrio conyugal del hogar. —Te estaba esperando —proseguí—. —Si te parece imposible. siempre lo había sabido. no intentaba. es un niño grande. colmada. Elsa se iba animando a ojos vistas. y volví la cara yo también. tumbada al calor del . iré a verle. pero al menos no le aburría. intuyendo exactamente lo que había que decir. Repetía «niño grande» con energía. de la moral. de un modo tosco y elemental sin duda. Elsa. —Como puedes imaginarte —dije—.. lo que expresaba en aquel momento eran mis propios sentimientos. —Vamos. y tú lo sabes. —Sí —dijo. Lo veo imposible.. tantos como hombres que la mantendrían. Porque. la esperanza que le infundían mis palabras. por mi padre y por vuestro mutuo amor. —Elsa —dije interrumpiéndola. nos destroza la vida a los tres.. en definitiva. Mi padre está sufriendo ya. La miré alejarse al sol. Se la habían jugado. Aquello me parecía un tanto melodramático pero ya los bonitos ojos verdes de Elsa se empañaban de compasión. —Pero ¿qué puedo hacer yo? —preguntó Elsa—. Un niño grande.. pero ahora vería esa intrigante de lo que era capaz ella. —Es la palabra exacta —dije. Elsa. Elsa Mackenbourg.. Eso sí. Elsa asintió gravemente. Ya se apañará con su madre. y por los chinitos». Te lo pido por ti. Y mi padre la quería. La única con suficiente clase.. déjalo —dije. Elsa. Discutiremos el asunto los tres. —Pero si se casa con ella será porque la quiere —objetó. Agregué para mis adentros: «. Dile que. rendida. y se lo ha metido en el bolsillo. Le di una semana a mi padre para volver a desearla. Eran las tres y media: en aquel momento estaría durmiendo en los brazos de Anne. Elsa. si a quien quiere es a ti. Yo actuaba en una especie de vértigo. Elsa —dije suavemente—.. Se echaba de ver que no deseaba otra cosa que creerme. con su andar contoneante. Hay que defender a mi padre. No intentes hacerme creer que lo ignoras. estás defendiendo tu destino —agregué con pitorreo en el umbral de la puerta. —¡Menuda zorra! —murmuró Elsa. con esa voz que llaman entrecortada. La vi parpadear y volver la cabeza para disimular la satisfacción. —Como se celebre ese matrimonio. Es algo que no es posible.. vete a ver a Cyril de mi parte y le pides que te aloje. cosa que me daba ganas de reír y acrecentaba mis temblores. Tú eres la única capaz de medirte con Anne.—Eso no debe ser..

viviría en su casa. me contestaba alegremente y yo me acordaba del «Menuda zorra». habría hecho todo lo necesario. —Eres increíble —dijo. Elsa. Sí. la amiga de mi madre.. para tranquilizarse. Es algo tan abstracto y ridículo que ni me atrevo a decírtelo. de sus arranques. como quieras. Mi padre no lo habría soportado mucho tiempo: nunca ha consentido que una mujer guapa que ha sido suya se consuele tan deprisa y. Mi padre estaba encantado. confesándole que me había equivocado. Es muy vanidoso o muy poco seguro de sí mismo. bajo mis directrices. Me sentía peligrosamente hábil y a la oleada de asco que se había apoderado de mí. se sumaba un sentimiento de orgullo. daba la vuelta. de complicidad interior. Comprenderás. de la felicidad. de soledad. por más que te quiera. La imité. tras mi silencio de los últimos días. en la costa. dirigía una mirada al mar perfectamente tranquilo. bien mirado.» ¿Cómo había podido decir semejante cosa y escuchar las tonterías de Elsa? Al día siguiente le aconsejaría que se marchase. Temblaba de remordimiento ante Anne. del calor. los veríamos pasar en barco. de palabras amables. mi padre te habría engañado y no habrías podido soportarlo. la colmaba de atenciones. Sobre todo con un hombre más joven que él. Deambulaba por el cuarto sin interrupción. ¿a que no? No eres de esas mujeres que comparten a un hombre. Por culpa de ese bachillerato habría podido hacerte romper con nosotros. «Es la palabra exacta. no dejó de sorprenderla e incluso le gustó. sin embargo. no posee tu belleza pero es ese tipo de hembra despampanante que hace volverse a los hombres. Todo eso se vino abajo —¿hace falta decirlo?— a la hora del baño. contra mí. te había cogido manía por culpa de Bergson. Anne. ¡sobre todo si hubiera sabido lo que había proyectado hacer! ¡Me moría de ganas de contárselo para que viera hasta qué punto era increíble! «Imagínate que le hiciese representar una comedia a Elsa: ella fingiría estar enamorada de Cyril. feliz de verla tan contenta. Me imaginaba que. Todo volvería a ser igual y. me precipitaba a tenderle el albornoz cuando salía del agua. por así decirlo. sopesaba. Un día. caminaba hasta la ventana. a ti. Calculaba.. Tan brusco cambio. Sí. aprobaría ese examen. no sabía qué hacer para reparar mi falta.. —¿Verdad? Le hablaba a Anne. volvía a la puerta. . nos los encontraríamos en el pinar. que era lo que yo quería. que la habría deseado enseguida. —¿Verdad que es útil el bachillerato? Me miró y soltó una carcajada.. se estaría abandonando al sueño. bueno. Seguro que tiene alguna utilidad el bachillerato. Y. aplastado sobre la arena. nada más empezar a hablar con Anne.placer. Elsa se ha puesto otra vez muy guapa. Anne me daba las gracias con una sonrisa. Le llevaba la bolsa. Es cierto que era increíble. nuestra amiga. Nunca me había dado cuenta de la agilidad de la mente. ante sus ojos. es una estupidez. Entonces te habrías marchado. Me puse a trazar planes muy rápidamente sin detenerme un instante. eliminaba sobre la marcha todas las objeciones.

Al final. había bebido demasiado durante la cena y me puse más que alegre. Sería inteligente. que me trataría con eruditos y que quería llegar a ser una persona famosa y cargante. el olor a tinta. Al día siguiente. Era curioso. Intercambiamos ideas descabelladas. ¿Que es útil el bachillerato? —Sí —contesté. de la buena conciencia. un poco displicente. en la soledad. De pronto entreveía todo ese mecanismo de los reflejos humanos. sacarlo a la luz y. no me llevaría a Bergson. Un día amaría a alguien apasionadamente y buscaría un camino hacia él... del agua. la risa atónita de mi padre. Capítulo tercero Al día siguiente. Le expliqué a mi padre que había decidido hacer una licenciatura en letras. todo ese poder del lenguaje. entonces. el esfuerzo silencioso. El éxito en octubre. luché con él. como con indulgencia. el título. ¡Tocado! Nunca había conocido tal cosa. De todas maneras. Al igual que apretamos con precaución un resorte. Lástima que fuese a través de la mentira. vislumbrado el punto débil y ajustado mis tiros antes de hablar. ¿Acaso no había elaborado en cinco minutos un plan lógico. me acostaron y me arroparon. la aprobación de Anne. había intentado encontrar a alguien y al punto el mecanismo se había puesto en marcha. pero lógico? ¡Y Elsa! Me la había ganado a través de la vanidad. me mudaría de habitación. temblándome la mano. Se vería obligado a desplegar todos los recursos de la publicidad y del escándalo para catapultarme. Para celebrar mi curación. despreciable desde luego. darle de lleno. reconquisté los placeres del juego. ya que mis proyectos de lanzamiento rebasaban los límites de la literatura y de la mera decencia.. era demasiado impulsiva. Por vez primera conocía ese placer extraordinario: calar a un ser. De cuando en cuando. del sentimiento. era preferible no decirle nada. ¿verdad?» —¿Verdad? —¿Verdad qué? —dijo Anne—. la había convencido en unos instantes. Había cosas que Anne no entendía.. riéndonos a carcajadas.. con dulzura. con precaución. Bien mirado. como Anne. Si llegaba al corazón de una persona era por descuido. culta. descubrirlo. cuando venía sólo a recoger las maletas. no se reía en absoluto. A lo mejor tenía posibilidades intelectuales. además: había puesto la mira en Elsa. Me zambullí en el agua en pos de mi padre. Pero mi padre parecía tan manifiestamente feliz de que nos reencontrásemos a través de nuestras bromas estúpidas que no decía nada. Les di . ¡Tampoco había que exagerar! Dos buenas horas de trabajo. a papel. Me instalaría en el desván con mis libros de texto. Anne se reía también pero menos ruidosamente. Seguramente no lo habría entendido. me sentía intelectualmente mucho menos segura de mí misma. al encaminarme a casa de Cyril.es útil el bachillerato..

pero cuando le supliqué que me lo dijese y se inclinó hacia mí. no dejaré que sigan maltratándote.. estuve enferma. sin prestar la menor atención al mar matinal y a las gaviotas enardecidas. No . Además. ¿Qué me dices? Busqué desesperadamente alguna frase equívoca que quedase bien. me han ofrecido un trabajo interesante. estas emociones me dejan hecha polvo. estoy hablando en serio. con esa cara tan distinguida y esa clase.. Cécile.. si esa mujer te lo hacía pasar mal. El despertar fue de lo más espantoso. Cyril. me ocuparé yo de ti. Se abalanzó hacia mí. me tomó en sus brazos. Reconocí la imaginación de Elsa... Estoy tan cansada. Pregunté a Cyril qué opinaba su madre. me quedé profundamente dormida. me encaminé hacia el pinar. —Elsa ha exagerado mucho —murmuré débilmente—. Mi padre.. He mandado a paseo el derecho. Aquí llega Elsa. Elsa es muy agradable. —Anne no querrá —dije—. —Yo tampoco —dije. sentémonos. Hace tanto tiempo. Es curioso que sea capaz de tales intrigas.. una vez. —No es posible —balbucí—. mi padre dirá lo mismo. —Yo también tengo algo que decirte —me interrumpió Cyril—. —¿Cómo está Raymond? —preguntó—.. una huérfana —dijo Cyril—. quiero casarme contigo. Me ha contado todo lo de esa mujer. No quería casarme con nadie. No quería casarme con él. Pasaba todas las tardes delante de la cala. Lamentaba estar tan mareada.. —De tu padre me encargo yo —dijo Cyril. decir algo. Por la noche. Había que hacer algo.. Tenían ambos un aspecto sano. —Te quiero —decía Cyril con la boca pegada a mi pelo—. estaba cansada. Anne parecía tener una idea bastante feroz al respecto. De ahora en adelante. ya no soy ningún niño..vehementemente las gracias y les pregunté qué haría yo sin ellos.. un tío mío.. Bajaba en batín. Y si ella dice que no. Quería decirte precisamente que... ¿Sabe que he venido? Esgrimía la sonrisa feliz de la mujer que ha perdonado y espera. Con la mente confusa y el corazón vacilante. me estrechó violentamente contra él musitando frases confusas: —Cariño. como si saliese de la cárcel. Le quería pero no quería casarme con él. —Qué pálida estás —dijo—.. lozana y luminosa. Tengo veintiséis años. dos veces. la cosa me sorprendía y me conmovía a un tiempo. no poder demostrarle mi emoción. A decir verdad. Me sentí mustia y flaca. —Se la he presentado como una amiga.. No sabía que yo mismo pudiera ser tan desgraciado. De no haber sido por aquel espantoso mareo. No creía que te quisiera tanto. Mantiene que todavía no soy adulta. No sabía nada de ti. resplandeciente y excitado que me dejaba aún más apagada. Mi padre no lo sabía en absoluto.. Elsa me hizo sentarme con mil deferencias.. Me invadió un instante de pánico.. Me encontré a Cyril a la entrada del jardín. estaba muy inquieto.

Comprendí que estaba más dotada para besar a un chico al sol que para estudiar una carrera. Me quería. Cyril fue a buscar café. Sólo me quedaba por demostrarles que no había que hacerlo. Resultaba gratuito. Está encaprichado. corre. Cerré los ojos. explicándoles mi plan. bésame .. —No la hay —dijo Cyril—. equilibrado y a buen seguro fiel. Me eché a reír. No hay nada que hacer. muy aromático. los ojos oscuros de Cyril. Miraba su boca. Pero si no hay otra manera de casarme contigo. con un brillante porvenir. Hay una forma. Elsa hablaba por los codos. se apoyó un poco más para atajarlo. Yo era el alma. turgente de sangre. Acercó un poco la cara hasta que nuestros labios se rozaron y reconocieron. —Bésame —murmuré—. Me presentaron las mismas objeciones que me planteara yo la víspera y experimenté un soberano placer rebatiéndolas. a ella. los acepto. pero no se me ocurrieron argumentos del mismo peso. —Por favor. tenso.podía decirle. Miraba el rostro moreno. hábil. Y así puse en marcha la comedia. te casarás con quien ella decida — dijo Elsa. —Sabes muy bien que si se queda. Representaré ese papel con Elsa. Me halagaba verlos pendientes de mis palabras: ¡tenían diez años más que yo y no se les ocurría nada! Adopté un aire desenvuelto. tenemos que vivir juntos.. —Se te ocurren cada idea más rara —dijo Cyril con esa sonrisilla sesgada que le levantaba el labio y le ponía cara de bandido. no te rías —dijo Cyril—. y el sol me tonificó un poco. enseguida se tornó apremiante. Elsa se había alejado discretamente. —Es cuestión de psicología —dije. el director de aquella comedia. Me desasí un poco. su beso se animó. su boca inmóvil pegada a la mía.. dominado. no he encontrado solución —dijo Elsa. inteligente. pero puse tanto empeño en convencerlos que acabé apasionándome yo misma. Les demostré que era posible. Ya no me sentía nada intelectual. tenía confianza en mí. Dime que te pondrás celosa cuando finja que quiero a Elsa. lo que me producía una curiosa impresión. me consideraba a todas luces una persona muy sutil. demasiado hábil. En cierto modo como Cyril. El café era muy fuerte. Siempre podría detenerla. Tal vez era cierto. Me pregunté si mis cálculos eran acertados.. una boca caliente y dura. luego sus labios se abrieron. No tenéis la menor imaginación. —Sí —dije—. por lo demás. A mi pesar. jadeante. Hablé durante largo rato. ni a él que no quería casarme. Me imaginé a Anne presentándome a un joven el día de mis veinte años. Le recorrió un leve estremecimiento. Permanecí sentada con los ojos abiertos. de guapísimo bandido.. por indolencia y . licenciado también. —Por más que he buscado.. —No me gustan estos tejemanejes —dijo Cyril—. que mi padre la había olvidado. ¿Cómo se te ha podido ocurrir? ¿Me quieres? Hablaba en voz baja. —Cécile. —No es que sea culpa de Anne —objeté. tan cercana.

Mi padre salía del agua. Lo encontré soberbio. Me miraba. bastante apurada. ¿Estás enfadada conmigo? Abrí los ojos: se inclinaba hacia mí con cara inquieta. el sol o los besos de Cyril. matrimonio unido. —Pobre niña mía —prosiguió la voz de Anne.. Exhalé un gemido. Pero Anne no le escuchaba. Todos los domingos iríamos a comer con Anne y mi padre. Le pregunté qué había estado a punto de decirme por la noche antes de que me durmiese. ancho y musculoso. casi de súplica. Mi mirada se cruzó con la suya y volví a pegar la cara a la arena. durmiendo pegada a él. En ese momento asomó la embarcación por el extremo de la cala. Mi padre miraba el barco. Cyril me quería. Si podía esperar uno o dos años. Me quedaban para tranquilizarme numerosos argumentos: mi plan podía errar. —Pero ¿qué hace? —exclamó mi padre—. en el caso de que mi padre cayera en la trampa. Si cruza la cala. y quizás incluso con la madre de Cyril. Bajaba a la playa a reunirse con mi padre. Me encontré con Anne en la terraza. Me recibió con la expresión irónica que se adopta con la gente que ha bebido la víspera. le perdonamos? En el fondo es un buen chico. pero se negó riendo. Y eso que hacía dos minutos que la esperaba: —Pero. venteando el peligro... volví violentamente la cabeza hacia mi padre para zafarme de esa mano. Para poder ser yo la culpable. pero si no va solo. Y además. alegando que me molestaría. Ya encontraría un motivo para detener el juego. Cécile. muy queda—. Mi padre fue el primero que la vio: —El bueno de Cyril no aguantaba más —dijo riendo—. y no la pereza. sacando la cabeza para no mojarse el pelo. ¡Anda!.. ¡pero si es Elsa! ¿Qué hace ahí? Se volvió hacia Anne: —¡Esa chica es increíble! Seguro que ha pescado a ese pobre muchacho y se ha ganado a la anciana. y eso el día en que. Me bañé con Anne. muerta de vergüenza. con todas las velas desplegadas.. Acercó la mano y la posó en mi cuello: —Mírame. Me veía ya viviendo con Cyril. que nadaba despacio. Alcé la cabeza. yo entre ellos dos. Luego nos tumbamos boca abajo los tres juntos. Tenía su gracia intentarlo y comprobar si mis cálculos psicológicos resultaban ciertos o equivocados.curiosidad. Anne. siempre juntos. o mi padre podía extremar su pasión por Anne hasta mantenerse fiel.. lo que contribuiría a crear un ambiente familiar durante la comida. Abandoné a los conspiradores al cabo de una hora. silenciosos y tranquilos. ¿Qué. lo que me costase hacerme adulta. . A ratos. aceptaría. La exclamación de mi padre me hizo sobresaltarme. Por primera vez me miraba como un ser sensible y pensante. Divisé la cara de Cyril y le supliqué para mis adentros que se fuera. dejándonos atrás. Además. El barco iba a pasar delante de nosotros. Cyril quería casarse conmigo: el pensar eso bastaba para mantenerme eufórica. preferiría haberlo hecho voluntariamente con odio y violencia. Anne había levantado la cabeza a su vez. ni Cyril ni Elsa podían hacer nada sin mí.

Un día entrábamos en correos él y yo. cuando nos cruzamos . en el pueblo y en la carretera. ponerme en sus manos hasta el fin de mis días. No tenía que esforzarme para adoptar una expresión impenetrable y falsamente indiferente cuando nos los tropezábamos. Porque nos los tropezábamos por todas partes: en el pinar. A fin de cuentas. pero podía ver pasar a Elsa. me prodigaron atenciones y una bondad que. dejaba que las cosas siguieran su curso sin demasiada inquietud pues. Con ello me mostraba a las claras su cariño por Anne y me humillaba un tanto demostrándome también la inanidad de mis planes. se habían apoderado de mí con tal fuerza. de dulzura. No quería hacerte daño. ¿He dicho que era buena? No sé si su bondad era una forma refinada de su inteligencia o sencillamente de su indiferencia. Anne me lanzaba una mirada. Me invadía un deseo de derrota. No sé por qué no le mencionó nuestra conversación. mi padre y Anne. Nunca había sentido una debilidad tan violenta y total. ¿me crees? Me acariciaba el pelo y la nuca. como ya he dicho. me hablaba de otra cosa. quizá no tenía que haber sido tan intransigente. Así. insoportable al principio. no habría podido contar con mejor apoyo. y supongo que debía de formarse una idea un tanto pintoresca de nuestra situación. mi padre no daba la menor muestra de sentir celos.. no me hacía demasiada gracia cruzarme de continuo con Cyril y Elsa cogidos del brazo.cariño.. presa de remordimientos. Yo no me movía. dando muestras expresivas de estar muy enamorados. Me dio la impresión de que mi corazón había dejado de latir. muy novelera. no tardó en resultarme grata. Era una lugareña. cariñosamente. Sobre todo con los cambios de habitación en los que había intervenido. y si de veras hubiera tenido que sufrir. por más que fuera culpa mía. Renunciar a la comedia. confiarle mi vida. Tenía la misma sensación que cuando la arena se me escurría a los pies al retirarse una ola. apoyaba la mano en mi hombro para darme ánimos. desmelenada por el viento como yo misma días atrás. Cerré los ojos. Capítulo cuarto La única reacción de mi padre había sido la sorpresa. Y así. La asistenta le explicó que Elsa había venido a recoger sus maletas y se había marchado enseguida. y jamás otro sentimiento. pero tenía siempre para conmigo la palabra y el gesto adecuados. en cierto modo es culpa mía. Ya no podía ir en barco. ni la ira ni el deseo.

. lo que desesperaba visiblemente a mi padre. y que al casarse con una mujer de su edad. No había escrito una palabra. Empecé a inquietarme. —A ver si te piensas que un niñato me va a robar a mí una mujer si yo no quiero. Tienen la misma edad. lanzando un pequeño silbido. —Qué le vamos a hacer. —dijo mirándome sorprendido.. Anne me miró fijamente y comprendió: . me sentí mal. —Oye. que le sienta bien —dije. Pero resultaba tan fácil seguir mis impulsos y luego arrepentirme. dejaba de pertenecer a esa categoría de hombres sin fecha de nacimiento. era un poco la fatalidad. me hubieran querido sacar más ideas y era lo último que me apetecía. lo vi preocupado: tal vez pensaba que Elsa y Cyril eran jóvenes. Se acercó a la mesa y cogió mi libro. Permanecí inmóvil. Supuse que era la asistenta y como estaba curada de espantos le grité que pasase. tenía apoyado el pie derecho en el muslo izquierdo y me miraba fijamente en el espejo. Se encogió de hombros.. Además.. a quien le aseguraba que trabajaba sin parar. que ignoraban cómo iban las cosas.. Una tarde me había envuelto en toallas para dar una imagen más hindú. —Sí que eres concienzuda —dijo—. A la vuelta. —También interviene la edad —dije muy seria. no hubiera habido fatalidad alguna. Elsa está pero que muy guapa. por las tardes subía a mi habitación.. supuestamente para trabajar. Estaba abierto en la página cien y las otras páginas estaban llenas de anotaciones mías tales como «impracticable» o «agotador». por supuesto. no con complacencia sino con vistas a alcanzar el estadio superior del yogui. Se quedó durante un segundo inmóvil en el umbral y sonrió: —¿A qué juegas? —Al yoga —dije—.. ¿Y qué ha sido de la famosa redacción sobre Pascal de la que tanto nos has hablado? Era cierto que durante la comida había estado disertando sobre una frase de Pascal fingiendo haber meditado y trabajado sobre ella. Estaba furioso. A ratos me daban tremendos ataques de risa que tenía que sofocar para que no me oyese Anne. Cuando me fijé en Anne y vi sus arruguillas en la comisura de los ojos y el leve pliegue en la boca. Me daba la impresión de que me ganaba su estima con ello y a veces citaba a Kant en la mesa. debían de esperarme cada día. Era Anne. Esta pareció no vernos y mi padre se volvió hacia ella como si de una desconocida se tratase. Me invadió una involuntaria sensación de triunfo. cuando llamaron a la puerta.. —El amor. Jugaba un poco con ella a la enamorada frustrada que busca consuelo en la esperanza de ser un día toda una licenciada. Transcurrió una semana.con Elsa. es una filosofía hindú. En realidad no hacía nada: había encontrado un libro de yoga y me dedicaba a él con gran convicción. Pero no es un juego. —Pareces tomártelo mejor. Cyril y Elsa. —Si no llega a estar Anne. No me atrevía a ir.

Pero que luego te complazcas en mentirnos a tu padre y a mí. Le había pedido a Cyril que no me acompañase. y la manera tranquila. No sé si era amor lo que sentía por él en aquel momento —siempre he sido inconstante y no quiero tenerme por lo que no soy— pero le amaba más que a mí misma. tenía que ocurrir».. y me detuve en el umbral. Luego comenzó la ronda del amor: el miedo de la mano del deseo. y me eché a reír. Me quité el disfraz. me machacaba con su desprecio. silenciosas y recogidas en sus secretos. Cyril. Pero fue para cogerme al punto en sus brazos y arrastrarme. Se acercó. Yo misma había hablado de él con crudeza. había hablado de un trabajo para agradarle y. Abrí la puerta: dormía.. podría creer. hablaba de casarse conmigo. Lo llamé en voz baja. de mostrarme su desprecio me sacó de mis casillas. me puse un pantalón.. Siempre había oído hablar del amor como de una cosa fácil. Lo miré un instante: por vez primera se me aparecía desamparado y enternecedor. y me dio la impresión de que nunca más podría volver a hablar de él así. Con el calor de la tarde. ¡Reprocharle esa felicidad. Salió y me quedé petrificada. Se puso pálido como debía de estarlo yo misma y me soltó la muñeca. humillante. tanto más violenta cuanto que no estaba segura de no sentir vergüenza.! Regresé lentamente hacia el pinar. Me incorporé. Le inquietaba mi silencio. lo miré y lo llamé «mi amante». No entendía que llamase a aquello «mentiras». habría sido muy peligroso. Ven. Subí hasta la habitación de Cyril.. Permanecí junto a él una hora. Me la había enseñado el día en que fuimos a ver a su madre.—Que no trabajes y hagas la payasa delante del espejo es asunto tuyo —dijo—. embutida en mis toallas. tumbado junto a mí. Cyril. habría dado la vida por él. Tuve la suerte —y Cyril la dulzura necesaria— de descubrirlo aquel mismo día... las casas parecen extrañamente profundas. la ternura y la pasión. además. rendida y embotada. Me volví hacia él y lo miré. eso ya es intolerable. murmuré «cariño mío. quién no creería. Corrí hasta casa de Cyril. de tenerme a su lado toda la vida. triunfante. con la ignorancia de mi edad. Hacía un calor tórrido pero corría impulsada por una especie de rabia.. Me preguntó al marcharme si se lo reprochaba. Abrió los ojos y al verme se incorporó de inmediato: —¿Tú? ¿Qué haces aquí? Le indiqué que no levantase la voz. Ya me extrañaban a mí tus súbitas actividades intelectuales. Me había acostumbrado a su nueva actitud hacia mí. de ese modo indiferente y brutal. con la mejilla apoyada en el brazo.. tumbado de través en la cama. Me había cogido del brazo y me sujetaba riendo. Había hablado de Pascal porque me divertía hablar de él. —Pero ¿adónde vas? —gritó Cyril—.. y ese brutal sufrimiento al que seguía. aturdida y sorprendida. Apoyé la boca en la vena que todavía latía en su cuello. así por las buenas. el placer. una camisa vieja y salí corriendo. Cécile.. Si llegaba su madre y me encontraba en la habitación de su hijo. sin resuello. Me entró pánico y me encaminé hacia la puerta. Yo pensaba confusamente: «Tenía que ocurrir. y. . cariño mío».

Tenía preparadas ya unas buenas mentiras para justificar mi ausencia.. Cogí un cigarrillo de la mesa y froté una cerilla en la caja. no sé por qué. en un gesto de ignorancia. Luego me puso un cigarrillo encendido en la boca y tornó a abismarse en la lectura de su libro. súbitamente arrancada de su indiferencia. el de ciertos instantes. Tal vez porque Anne. He dado un sentido simbólico a ese gesto. Así que me senté junto a ella en medio del silencio. nunca las hacía. con los ojos entreabiertos. La mirada dura. mientras acercaba ávidamente la cara hacia ella. he intentado darle uno. cuando se me apaga una cerilla. las sombras bajo mis ojos. Se apagó al instante contra mi cigarrillo. que cesase aquella espera. mi dedo encima. . de placer. ésta se encendió y. tumbada en una hamaca. Permanecí inmóvil. Rezongué y cogí una tercera.. La cerilla se apagó. Y entonces. Notaba que se me escapaban lágrimas de agotamiento. atenta al ritmo de mi respiración. al temblor de mis dedos. esa cerilla cobró para mí una importancia vital. empezó a latir con violencia. Las manos de Anne alzaron mi rostro y yo apreté los párpados para que no viera mi mirada. me miraba sin sonreír. crispé los dedos sobre la cerilla. sólo quedaban aquella cerilla. el peso de la mirada de Anne y ese vacío alrededor. Anne leía delante de la casa. esa intensidad del vacío. el recuerdo del cuerpo de Cyril. interrogadora de Anne pesaba sobre mí. pero no me hizo preguntas. revivo ese instante extraño. de apaciguamiento. Mi corazón enloqueció. me dejaba el corazón en suspenso. En aquel momento desaparecieron el tiempo y el espacio. ya que no hacía viento y era mi mano la que temblaba. los temblores. De cuando en cuando. Dejé caer la caja en el suelo y cerré los ojos. deslizó las manos por mi cara y me relajó. Supliqué algo a alguien. como si renunciase a preguntarme nada.Temía que pudieran leer en mi rostro las claras improntas del placer. Entonces Anne. el relieve de mi boca. Encendí otra con precaución. recordando que estábamos peleadas. la caja gris y la mirada de Anne. el cigarrillo la cegó y la apagó. ese abismo entre mis gestos y yo. de torpeza. con atención. Pero hoy.

Yo hubiera preferido que aquella constante desaprobación. de paz que ascendía en mí conforme se perfilaban mis pensamientos. como tenía sed. Como ciertas personas muy comedidas en sus reacciones. Por eso se lo reprochó a sí misma y me lo hizo notar. como admitir mis flaquezas. Me mostré un poco descarada. Me tumbé en la cama y tracé minuciosamente un plan. lo sería. Allí me dejé el cortaúñas. Casándose con mi padre. auténtico pánico. por llamarla así. de educadora. Lo único que la movía a desempeñar ese papel de tutora. dado que yo era todavía profundamente maleable. de pie. Jamás en la vida me habían encerrado: me entró pánico. apretarse al ritmo de mis pensamientos. respondiese al fastidio o a un sentimiento más superficial: el hábito habría acabado imponiéndose. era el sentimiento del deber. Maleable y tozuda. Nos acostumbramos a los defectos de los demás cuando no nos creemos obligados a corregirlos. tan sólo habría experimentado respecto a mí cansancio. Entonces me quedé en medio del cuarto. se había dejado llevar por la compasión o la indiferencia. Me volví. visiblemente aterrada. se inició una discusión. con los dientes apretados. atenta a la especie de calma. Pero no lo experimentaría.Capítulo quinto El incidente que acabo de mencionar no dejaría de tener sus consecuencias. Pocos días después. Intenté forzar la cerradura. me arrojé sobre la puerta y me hice mucho daño en el hombro. Yo no sabía que lo hubiera hecho y. Había adivinado algo. hubiera podido hacérmelo confesar y. Corrí a la ventana. Mi ferocidad guardaba tan poca proporción . Y aquel gesto suyo de ablandar tiernamente con sus manos mi cara era una para ella. Era mi primer contacto con la crueldad: la notaba anudarse en mí. muy seguras de sí mismas. mi propio padre se incomodó y al final Anne me encerró con llave en mi habitación. educarme. con las manos vacías. No quería gritar que vinieran a abrirme. tenía que hacerse cargo de mí. durante la cena y hablando como siempre de aquellos insoportables deberes de vacaciones. Era exactamente lo que yo necesitaba. me encaminé hacia la puerta e intenté abrirla. Anne no soportaba las claudicaciones. porque se sentiría responsable de mí y. Ofreció resistencia y comprendí que estaba cerrada. en el último momento. no había modo de salir por allí. Porque tan difícil le resultaba ocuparse de mí. un cansancio afectuoso. en cierto modo. Al cabo de seis meses. todo ello sin alzar en ningún momento la voz. Totalmente inmóvil.

. —Verás... Reconozco que te he hecho llevar una vida que quizá no correspondía con tu edad. Hizo un involuntario gesto de protesta. con casarme un poco antes ya está. visiblemente desconcertado. —Es cierto. desequilibrados. Se acabarán las discusiones estúpidas entre nosotras. En el fondo no han sido dos años tan tristes o. De aquí a uno o dos meses. cómo decirlo... Ese tipo de explicaciones que no conducen a nada.. —He sido desagradable —dije—.. Mi padre vino a abrirme a las seis. ni.. Su vida es mucho más completa que la nuestra. pero sí renunciar —dije con convicción. exagero mucho. —Renegar no. Ofrecí mis disculpas a Anne sin el menor apuro.. paciente con Anne. a hablar de la felicidad perdida y de sentimientos excesivos. —¿Sabes? —dije—.. Cabía acariciar esperanzas. —Sí —dijo—. tal vez. Invertía el problema.. —¿De qué? —contesté—... Me dijo que no tenía que dárselas y que si habíamos discutido había debido de ser por el calor. no. eres feliz? —Pues claro —dije desenfadadamente—.. claro. No eres Blancanieves.. —Claro —dijo el pobre hombre. —¿Quieres que hablemos? —preguntó mi padre.... pero lo ignoré: —. —No hay que exagerar —dijo débilmente—. ¿Podrías dejarme tan pronto? Sólo habríamos vivido dos años juntos. Entreví el momento en que me pondría a llorar sobre su hombro... En el fondo consideraba que Anne era una mujer que él imponía a su hija.. paciente. Sabía que esa solución no dejaría de dolerle. Debía de pensar como yo que las concesiones no serían probablemente recíprocas sino que saldrían tan sólo de mi persona. mucho más llena de sentido. Me disculparé con Anne. Me sentía indiferente y alegre.con su pretexto que me levanté dos o tres veces durante la tarde para salir de la habitación y me topé sorprendida con la puerta. Y no al revés.. Anne y yo en el fondo nos llevamos bien. y bajamos. Me miró sin decir nada y le sonreí. Me levanté maquinalmente cuando entró en la estancia. Tienes que ser amable con Anne.. El pensar eso me resultaba tan insoportable como a él... No podía convertirlo en mi cómplice. también maquinalmente. Con concesiones mutuas. Sólo es cosa de un poco de paciencia. Asustado también: perdía a una cómplice para sus futuras canas al aire. ejem.. —Parecía aliviado—. .. Te horroriza hacerlo y a mí también. Y si Anne y yo tenemos demasiadas agarradas. perdía también en cierto modo un pasado. —Eso está descartado.. sé perfectamente que Anne siempre tiene razón.. —¿Eres.. habré asimilado completamente las ideas de Anne. con la mía. Me sorprendió el término: yo. No hay que renegar de todo sólo porque Anne tenga un concepto un poco distinto de las cosas. Me miraba. pero tampoco era una vida estúpida o desdichada.

Me extrañó lo mucho que me costó separarme de él. sentí como una puñalada. mi reloj iba bien. Mi padre caminaba delante. una palidez anormales. pues el camino estaba lleno de zarzas que él iba apartando para que no me arañara las piernas. Le besé apasionadamente. quería hacerle daño. Luego me abrazó. llegaba a la plenitud contra el suyo. el que sentía Cyril por mí. Si había buscado vínculos para retenerme. sin su súbita fogosidad y sus largas caricias. Observé a mi padre. tumbados en la pinaza. vámonos. brindando una imagen idílica de la felicidad campestre. Hablamos animadamente de cosas insignificantes. sin su pericia. El amor que sentía Elsa por mi padre. de juventud.. Porque la noche sería interminable sin él. Capítulo sexto A la mañana siguiente me llevé a mi padre a dar un paseo por la carretera. Cuando lo vi detenerse. Mi cuerpo le reconocía. Lo cogí del brazo: —No los despertemos. encajaba. marcarlo para que no me olvidase ni un instante después de cenar. pero era demasiado tarde y tenía que regresar. comprendí que los había visto y me acerqué.Me reuní con Cyril en el pinar. para que soñase conmigo por la noche. Cyril y Elsa dormían. Al regresar a casa. . le propuse que volviéramos por el pinar. sin él pegado a mí. Le expliqué lo que había que hacer. de proximidad?. Los miraba sin moverse. según habíamos convenido. los había encontrado. pero cuando los vi así. ¿podían impedir que ofrecieran ambos una imagen tan afín de belleza.. Eran las diez y media en punto. con una fijeza. Todo había sido recomendación mía.

separarlos. el frescor del agua salada.. muchacho. aquella intensidad que les conferían el miedo y los demás . Pero aun así me molesta. Mi padre se dio media vuelta y arrancó a andar a zancadas. Me tumbó suavemente en la lona. ¿no? —¡No es eso! ¿Te ha hecho gracia ver a Cyril en sus brazos? —Ya no le quiero —dije. como si fuese natural discutir sus posibilidades de reconquistar a Elsa. asustado.. recuperar lo suyo. Ese gesto significaba: «Imposible. con una leve sonrisa flotando en los labios. no me contestó. Luego. El barco se balanceaba regularmente bajo nuestros cuerpos. urgidos por el deseo.. ¿Pero tú? Tú eres mi hija.. No abrió la boca hasta llegar a casa. con los ojos cerrados. El sol se descolgaba. Ya lejos. —No conseguirías nada —dije con convicción..Lanzó una última mirada a Elsa. Nos reíamos. Pero en fin. caía encima de mí. —Calla —dije—. —empezó a decir... lo que había sido suyo.. que yo había.. la has perdido.. Sobre todo después de lo que le hiciste. eh.. —¡Tampoco yo quiero a Elsa! —gritó furioso—. —empezó a decir mi padre y se interrumpió. torpes. —¡Si te oyera Anne. a nadie se le ocurría salir con semejante sol. ¡Desde luego que era mucho peor! Le habían debido de entrar las mismas ganas que a mí: abalanzarse. agradecidos. temblorosa de vergüenza.. es lógico. hay que ver las cosas como son: Elsa olvida pronto y Cyril le gusta. Y de pronto el susurro imperioso y tierno de Cyril. Claro. ya has pasado a la reserva». vivido con ella. por favor. del placer. Evidentemente no lo entendería. estallaba. tostada y pelirroja. A las dos oí el ligero silbido de Cyril y bajé a la playa.. recobrando el sentido común.! —Si me oyera Anne. Es mucho peor. no necesitaba contestarme. Salí de la habitación y me apoyé en la pared del pasillo.... con aquel esplendor. son cosas que no se perdonan. —Por supuesto —dije encogiéndome de hombros. escurridizos. El mar estaba vacío. sonriente. arrió la vela y se volvió hacia mí. —Si yo quisiera. abrazó a Anne y la tuvo apretada unos instantes. —No me escandaliza —dije—. Anne le dejó hacer. sorprendida. la risa y el amor. ¿qué?. la de la joven ninfa. por fin desquitada.. —¡Será zorra —murmuraba—. perezosos. Llamé a Cyril en voz alta.. ¿no? ¿Ya no me comprendes? ¿También te escandaliza? ¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos! Me aterraba un poco conocerlo tan bien. o le escandalizaría. —Tampoco me lo planteo —contestó. Estábamos empapados de sudor. Apenas habíamos hablado. calla. deslumbrados... ¿Dónde estaba? En el fondo del mar. Elsa tumbada boca arriba exhibiendo su joven belleza. del tiempo. Al volver. ¿Volveríamos a vivirlos alguna vez como en aquel verano. Me hizo subir a la barca y enfiló mar adentro... Teníamos el sol y el mar. —Esta mañana. será zorra! —¿Por qué dices eso? Es libre.. Miré el sol que tenía justo encima..

si tenía un hijo. material y positivo. me fascinaba. un gesto. amable y tranquila. En París estaría Cyril y. sin el menor apuro. Había hablado de ello antes sin el menor pudor. Se mostraba más cariñosa. de mi padre y de Elsa. experimentaba una especie de placer intelectual pensando en él. al igual que no había podido impedir que lo amase aquí. obscena. a los extraordinarios cielos de París. A mí me sorprendía que aquella chica. Si mi padre se obsesionaba poco a poco por Elsa.. no nos habría creído.. En París él tenía alquilada una habitación. Las palabras «hacer el amor» poseen una seducción propia. Pero Elsa se impacientaba.remordimientos. con mi cuerpo flaco y duro. El amor me hacía vivir con los ojos abiertos.. se lo cruzaba por todas partes.. lejos de su madre. Me imaginaba ya la ventana abierta a los cielos azules y rosas. más solícita que nunca y eso me asustaba. Luego regresaríamos a París. unido a esa abstracción poética de la palabra «amor». muy verbal. Pero por la noche. pero también sin percibir su encanto. Asumía lo que yo era incapaz de asumir: la responsabilidad. Constantemente me preguntaba. Se felicitaba entonces de imaginarias victorias. se volviese tan fantasiosa. Además. sino como una amiga. sin duda. Elsa se iría por su lado y. No se comportaba con mi padre como una amante. se excitase tanto por detalles como una mirada. Por una vez. Si le hubiéramos dicho a Anne que su risa era así. . mi padre no podía disimular. Cierto que no estaba habituada a desempeñar papeles sutiles y el que interpretaba debía de parecerle el summum del refinamiento psicológico. según ella. pues achacaba su actitud a inconscientes remordimientos. Tal vez por eso me había entregado tan fácilmente a él: porque no me dejaría ser responsable y. Lo principal era que no ocurriese nada durante las tres semanas siguientes. Anne no podría evitar que lo viera. Anne no parecía reparar en ello.. cuando ella se reía con esa nueva risita silenciosa. me felicité de mi anatomía de adolescente. abstrayéndolas de su sentido.? Al margen del placer físico y muy real que me procuraba el amor. si seguían decididos. De pronto notaba que me volvía púdica. me costaba tanto imaginarme embarazada. que nos hacía palidecer a mi padre y a mí y mirar por la ventana.. Cyril me preguntó si no me daba miedo tener un hijo. tan cercana en definitiva por su profesión al amor venal. el culpable sería él. Transcurrieron los días. mi padre y Anne se casarían.. Me olvidé un poco de Anne.. una amiga cariñosa. acostumbrada como estaba a las precisiones de los hombres que van al grano. el arrullo de las palomas en la baranda. Cyril y yo en la cama estrecha. Me prohibía a mí misma tener tales pensamientos. aborrecía las ideas equívocas. en la luna. de los deseos reprimidos que. Bajaba los ojos cuando mi padre miraba a Anne un poco fijamente. Le contesté que lo dejaba en sus manos y pareció encontrarlo natural. Me daba miedo que me sorprendieran con ella o con Cyril. Elsa se las ingeniaba siempre para que la viera mi padre. El término «hacer».

como para simbolizar la familia que íbamos a formar. Salimos en coche a eso de las seis de la tarde. Elsa conocía al amigo en cuestión. Yo me sentía llena de orgullo pensando que no iba a tardar en saberlo. lo que le hacía correr sin cesar tras el dinero. Anne nos llevó en el suyo. De ahí su aspecto inquieto. A Cyril le tenía sin cuidado ir a SaintRaphaël. Por desgracia. íbamos los tres delante. Los tres delante. mi padre recibió unas líneas de un amigo nuestro que le citaba en SaintRaphaël a tomar el aperitivo. silencioso y distante. encantado de evadirse un poco de aquella soledad voluntaria y un tanto forzada en que vivíamos. No había vuelto a subir a un coche desde la fiesta de Cannes. y en ningún sitio como en un coche me sentía tan amiga de alguien. que se inclinaba en las curvas. como de costumbre. hará todo lo posible por conseguir que Raymond vuelva conmigo. acaso a una misma muerte. a pesar de su belleza. Anuncié. lo que me dejó pensativa. a Elsa y a Cyril que estaríamos en el Bar du Soleil a la siete y que. Entreví complicaciones e intenté disuadirla. si querían acudir. Además. El se dedicaba a la publicidad teatral. Había sido durante mucho tiempo amante de Elsa. Cuando me vea. Lo principal para él era estar donde yo estuviera. Se preguntaba a todas luces qué pintaba allí con el calavera de Raymond y su hija. Su mujer era mala. con los codos un poco apretados. lo que acrecentó su deseo de acudir. y a Webb su indolencia sobre ese punto le gustaba. pues.Capítulo séptimo A los pocos días. Anne no la conocía y vi al punto que su hermoso rostro adoptaba ese aire despectivo y burlón que le era habitual en sociedad. una mujer particularmente ambiciosa. que me encantaba: era un descapotable americano que cuadraba más con sus imperativos publicitarios que con sus gustos. al tiempo que lanzaba miradas inquisitivas a Anne. Conducía Anne. En el Bar du Soleil nos reunimos con Charles Webb y su mujer. Webb estaba totalmente obsesionado por la idea de quedarse a dos velas. Lo advertí en su mirada y no pude por menos de sentirme orgullosa. pues ésta no era. Se apresuró a comunicárnoslo. Lo hacía a una velocidad vertiginosa y con muchachos. Con los míos sí que cuadraba aquel coche lleno de objetos brillantes. Charles Webb hablaba mucho. Mi padre se inclinó un poco hacia él en el momento en que recobraba . presuroso. sometidos al mismo placer de la velocidad y del viento. su mujer a gastar el dinero que él ganaba. pero fue en vano. que tenía algo de indecente. allí nos encontrarían. —Charles Webb me adora —dijo con simplicidad infantil—.

el aliento y declaró de sopetón: —Tengo que darte una noticia, muchacho. Anne y yo nos casamos el 5 de octubre. Webb los miró sucesivamente a ambos, con cara de pasmo. Yo no cabía en mí de gozo. Su mujer estaba desconcertada: siempre había tenido debilidad por mi padre. —Enhorabuena —gritó por fin Webb con voz estentórea—. ¡Es una idea magnífica! Querida señora, cargar con semejante golfo es un acto sublime... ¡Camarero! Esto hay que celebrarlo. Anne sonreía, desenvuelta y tranquila. De pronto vi que a Webb se le iluminaba la cara y no me volví: —¡Elsa! Pero si es Elsa Mackenbourg. No me ha visto. ¿Te has fijado, Raymond, lo guapa que se ha puesto esa chica...? —¿Verdad que sí? —dijo mi padre con voz de feliz propietario. Luego se acordó y cambió de expresión. Anne tenía que haber reparado en el tono de mi padre. Volvió la cara con un rápido movimiento, de él hacia mí. Cuando abría la boca para decir algo, me incliné hacia ella: —Anne, tu elegancia está causando estragos. Ahí hay un hombre que no te quita ojo. Lo dije con tono confidencial, o sea, lo bastante alto para que lo oyese mi padre, que se volvió de inmediato y divisó al hombre de marras. —No me hace gracia —dijo, y cogió la mano de Anne. —¡Qué encantadores! —se emocionó irónicamente la señora Webb—. Charles, no tenías que haber molestado a estos tortolitos. Tenías que haber invitado sólo a la niña. —La niña no habría venido —contesté sin contemplaciones. —¿Y por qué? ¿Tienes amores con algún pescador? Me había visto una vez hablando con un cobrador de autobús sentada en un banco y desde entonces me trataba como a una desclasada, como lo que llamaba ella una «desclasada». —Pues sí —dije, esforzándome en aparentar alegría. —¿Y pescas mucho? El colmo era que se creía graciosa. Poco a poco, empezaba a encendérseme la sangre. —Lo mío no son los macarras* —dije—, pero pesco. Reinó un silencio. Se alzó la voz de Anne, siempre tan serena: —Raymond, ¿quieres pedirle una paja al camarero para el zumo de naranja? Charles Webb se apresuró a empalmar con el tema de las bebidas refrescantes. Mi padre se moría de risa, lo vi por su manera de concentrarse en el vaso. Anne me dirigió una mirada suplicante. Decidieron de inmediato que cenaríamos juntos, como personas que han estado a punto de pelearse. * Juego con el doble sentido de maquereau, que en francés significa «macarra» y «caballa». (N. del T.) Bebí mucho durante la cena. Necesitaba olvidar la expresión inquieta de Anne cuando miraba a mi padre, o vagamente agradecida cuando sus ojos se detenían en mí. Cada vez que la mujer de Webb me

lanzaba una pulla, la miraba con una sonrisa radiante. Enseguida se puso agresiva. Anne me hacía señas de que no chistase. Le horrorizaban las escenas públicas y notaba que la señora Webb estaba dispuesta a montar una. Yo, en cambio, estaba acostumbrada, era cosa habitual en nuestro ambiente. Por eso no estaba absolutamente tensa oyéndola hablar. Después de cenar, fuimos a una boîte de SaintRaphaël. Al poco de llegar nosotros, aparecieron Elsa y Cyril. Elsa se detuvo en la puerta, habló con la mujer del guardarropa alzando mucho la voz y penetró en el local, seguida del pobre Cyril. Pensé que se comportaba más como una fulana que como una enamorada, pero era lo bastante guapa como para permitírselo. —¿Quién es ese remilgado? —preguntó Charles Webb—. Es muy joven. —El amor —susurró su mujer—. El amor, que le prueba bien... —¡Imagínate! —dijo mi padre con violencia—. Un capricho y nada más. Miré a Arme. Examinaba a Elsa con tranquilidad y despego, como miraría a las modelos que presentaban sus colecciones o a las mujeres muy jóvenes. Sin la menor acritud. Durante un instante la admiré apasionadamente por aquella ausencia de mezquindad, de celos. Por otra parte, no entendía que pudiera sentir celos de Elsa. Ella era cien veces más guapa y elegante que Elsa. Como estaba borracha, se lo dije. Me miró curiosamente. —¿Que soy más guapa que Elsa? ¿Tú crees? —¡Desde luego! —Siempre es agradable. Pero estás bebiendo demasiado otra vez. Dame tu vaso. ¿No te da pena ver ahí a tu Cyril? Se está aburriendo. —Es mi amante —dije alegremente. —¿Estás completamente borracha? Menos mal que ya es hora de volver. Nos separamos de los Webb con alivio. Me despedí de la mujer de Webb con un solemne «señora». Condujo mi padre. Yo recliné la cabeza en el hombro de Anne. Pensé que la prefería a los Webb y a la mayoría de la gente que veíamos habitualmente. Que era mejor, más digna, más inteligente. Mi padre hablaba poco. Seguramente se acordaba de la aparición de Elsa. —¿Duerme? —preguntó a Anne. —Como una criatura. Se ha portado relativamente bien. Excepto la alusión a los macarras, que era un poco directa... Mi padre se echó a reír. Hubo un silencio. Luego oí de nuevo la voz de mi padre. —Anne, te quiero, sólo te quiero a ti. ¿Me crees? —No me lo digas tanto, que me asusta... —Dame la mano. Estuve a punto de incorporarme y protestar: «No, que hay precipicios». Pero estaba un poco borracha, el perfume de Anne, el viento del mar en mi pelo, el pequeño arañazo que me había hecho Cyril mientras nos amábamos eran otras tantas razones para ser feliz

y callarme. Me vencía el sueño. Mientras tanto, Elsa y el pobre Cyril estarían saliendo penosamente en la moto que le había regalado su madre por su cumpleaños. No sé por qué eso me emocionó y me entraron ganas de llorar. ¡Aquel coche era tan suave, tan cómodo, tan apropiado para el sueño...! Sueño que la señora Webb no podría conciliar en aquel momento. Seguramente, a su edad, yo también pagaría a jóvenes para que me amaran porque el amor era la cosa más dulce y más viva, más sensata. Y porque el precio poco importa. Lo que importa es no agriarse y tener celos. Como los que tenía ella de Elsa y de Anne. Me reí muy bajito. El hombro de Anne se ahuecó un poco más. «Duerme», dijo con firmeza. Y me dormí.

Capítulo octavo Al día siguiente me desperté perfectamente bien, apenas cansada, aunque con la nuca un poco dolorida por los excesos. Como todas las mañanas, el sol inundaba mi cama. Aparté las sábanas, me quité la chaqueta del pijama y me tumbé al sol con la espalda desnuda.

—Se echó a reír—. esa condescendencia amable y contagiosa. Creo que anoche estaba un poco achispada.Pegada la mejilla al brazo doblado. Tenía un aspecto indecente. Por lo demás. antes de que se marchase. La noche anterior se perfilaba poco a poco en mi memoria. su indiferencia. Recordé haberle dicho a Anne que Cyril era mi amante y la cosa me dio risa: cuando has bebido. su reserva terminarían ahogándome. en el suelo. Conocía bien a ese tipo de mujeres: en ese ambiente y a esa edad. o había que haber bebido más de la cuenta y disfrutar peleándose con ellos. Me acordé también de la señora Webb y de mi altercado con ella. las tristes confidencias de Lombard: «¡Sólo la quería a ella. Los amigos de Anne no debían de hablar nunca de sí mismos.? ¡Qué estupidez. Raymond! ¿Recuerdas aquella primavera...». El sol era suave y cálido. la de la película de Saurel. ¿Te encuentras muy mal? —Perfectamente —dije—. Me entretuve imaginando el rostro de aquel hombre.. hacía calor en el mar. dices la verdad y nadie te cree. Por el contrario. pasados quince años. Decidí pasar la mañana así. cuando ya estuviera un poco hastiada. Para que las fiestas resultaran gratas con aquella gente. la cosa era más fácil: tanto Charles Webb como él eran unos ligones. me daba la impresión de que hacía aflorar mis huesos bajo la piel. Sin embargo.» Tras lo cual mi padre se reía y le palmeaba el hombro: «¡Dichoso tú! Es casi tan guapa como Elise. el entusiasmo que ambos ponían. sin moverme. Yo tendría unos dieciocho años. ninguna de las amigas de mi padre podía compararse con Anne. Yo me sentía dispuesta a compartir con Anne esa condescendencia que debían de inspirarle nuestras amistades. era previsible.. Lo que me gustaba de ellos era la excitación.» Conversación de colegiales.. Pero debo .. me buscaría a un hombre seductor que también lo estuviera un poco: «Mi primer amante se llamaba Cyril. Volvía de casa de Dupuis y. dedicarle la vida a una mujer!». veía en primer plano la rugosa superficie de la sábana y. humillante pero fervoroso el presenciar las confidencias de dos hombres ante un vaso de alcohol. «¿A que no adivinas quién cena y se va a la cama conmigo esta noche? La joven Mars. Tendría las mismas arruguillas que mi padre. me veía a mí misma a los treinta años más parecida a nuestros amigos que a Anne. Me puse precipitadamente la chaqueta del pijama y grité: «¡Adelante!».. lo harían riéndose por pudor.. las vacilaciones de una mosca. Era Anne. la inactividad y las ganas de vivir suele convertirlas en seres odiosos.. más allá.. que sostenía con precaución una taza. Sin duda desconocían esa índole de aventuras. Llamaron a la puerta. O si hablaban de ellas. Incluso me gustaban. Su silencio. Para mi padre. —He pensado que te sentaría bien un poco de café. Desde mi punto de vista.. —Como cada vez que te sacamos. El contraste con la serenidad de Anne me había hecho juzgarla mucho más pesada y cargante de lo habitual.. o mantener relaciones íntimas con uno u otro de los cónyuges. durante aquellas interminables noches en las terrazas de los cafés. de que ponía especial esmero en calentarme.

¿te parezco inteligente? Se echó a reír. multiplico las maniobras para cambiar de pie y huir al otro extremo de la habitación. —¿Sabes cómo acaban los hombres como Webb? «Y como mi padre». —¿Tú te lo pasas bien. Se sienten . Era una noche muy pesada. Anne. no es cosa de razonamiento ni de moral. —¡Pues claro. esas pretensiones de exclusividad. a aceptar multitud de pequeños compromisos para escapar a la soledad. sí».. de sexto sentido.. sino de sensibilidad. —Sería una catástrofe —dijo. Yo me moví.. —Son los años —dijo—. su presencia me absorbía por completo. —En el arroyo —dije alegremente. Me hacía vivir momentos intensos y difíciles. mujer! ¿Por qué me lo preguntas? —Si fuera tonta me contestarías lo mismo —suspiré—.... ¿cómo decirlo?. y le resultaba fácil mostrarse condescendiente. —Es increíble hasta qué punto su conversación llega a ser monótona y. por fortuna. no se creía obligada a acapararme de esa manera. De todas formas. incómoda. —Y han pasado dos años. Yo no debía de tenerlo. No pueden beber y siguen pensando en las mujeres. pesada... de mujeres. —Anne —dije bruscamente—... ¿no llegan a aburrirte? —Verás —dije—. Me sublevan su insistencia. pensé para mí. Advertía claramente que algo me fallaba por ese lado. sino que se limitaba a no despegar los ojos de los míos. con lo que me costaba mantener ese tono distraído y desenvuelto que me gusta utilizar. Cécile.reconocer que me reí contigo. Cuando hablaba con Anne. con gente como los Webb o los Dupuis? —La mayoría me carga. como suele decirse. —Pues a lo mejor tampoco sería tan malo. y eso que ella era la única persona que me ponía en entredicho y me obligaba a juzgarme a mí misma. —dijo Anne—. me he pasado diez años en un convento y el que esa gente no tenga principios me sigue fascinando. Abandonó bruscamente ese tono frívolo para mirarme a los ojos. Aviada estaba si no tuviera un poco más de seguridad que tú.. Tantas veces me das esa impresión de estar por encima de mí. ni están para muchos trotes. pero éstos son divertidos... su indiscreción. Esas historias de contratos. No me atreví a añadir que me gustaba. Todavía no puedo soportar esa manía que tiene la gente de mirarte con fijeza cuando te habla o de acercarse mucho a ti para asegurarse de que les escuchas. Yo había dejado de fijarme en el sol o en el sabor del café. Anne tenía los párpados largos y pesados. También ella miraba las evoluciones de la mosca por el sol.. dejaba de sentirme existir. de fiestas. —Llega una edad en que ya no son seductores. ¡Influirías en mí! Soltó una carcajada y me dolió. sorprendida por la brutalidad de la pregunta. digo «sí... Cálculo equivocado por lo demás. en retroceder. porque cuando me veo en esa situación sólo pienso en escaparme. Pensé que la mosca debía de estar achacosa. Sólo que se ven obligados a pagarlas.

—¿Qué canción es ésa.» Me parecía estar oyéndolo: «No pienso en nada porque te quiero. Por inteligente que fuese. He visto a muchos convertirse en auténticas ruinas. No pensáis nunca en nada. la armonía que siempre traía consigo Anne. No me gusto. Quédate en la cama y descansa. «Claro». Aquello me había liberado de muchos miedos. Mi padre y yo. seguro! Al menos el final que le hubiera amenazado de no ser por Anne.. ¿verdad que no? Es el privilegio de la juventud. Pero me asustaban el aburrimiento y sobre todo la tranquilidad. ¿Te gustas así? —No.. —Por favor —dije—. Proseguiré en otro sitio mi investigación sobre el intelecto de la familia. Y eso Anne era incapaz de admitirlo. no estés siempre echándome en cara mi juventud.. a pesar de lo que le había dicho a Anne. pensé. —A ti eso ni se te pasa por la cabeza. para estar interiormente tranquilos. «con mi padre la cosa es fácil. Eligen ese momento para volverse sentimentales y exigentes. No podía. Yo le contaría mis calaveradas y él me daría consejos. En el fondo. En aquel piso hecho una leonera. Me estiré cuidadosamente y hundí la cabeza en la almohada. ¡Pobre Webb! dije. un poco propenso al whisky y a los recuerdos brillantes.. La utilizo lo menos posible. tu independencia? —Nada —dije—. mi padre sería un amable sexagenario de pelo blanco. con cierto desánimo—. Cavilé mucho. Se puso a tararear con aire pensativo. Me dio un vuelco el corazón. —No lo sé —sonrió de nuevo. No pienso mucho. mal podían aparecérseme como el más preciado de los bienes.. ¡Tal era el final que le esperaba a mi padre. No sueles pensar en el futuro. a ella la razón debía de parecerle de primera. ella dramatizaba. infelices. No creo que me dé derecho a todos los privilegios y a que se me disculpe todo. Para mí no cuenta. —¿Y qué cuenta para ti? ¿Tu tranquilidad. resonante de escenas y voces forasteras. . ¿sabes? —Me irritáis un poco tu padre y tú.. el orden.. Saldríamos. Me daba mucho miedo morirme de aburrimiento. Anne? Me pone nerviosa. no sabéis. Anne». no servís para gran cosa.. Muchas veces me obligas a complicarme la vida y eso me molesta un poco de ti.. regularmente atestado de maletas. Me sonaba la canción pero no recordaba qué era. Pasados veinticinco años. —dijo Anne con una pequeña sonrisa de conmiseración—. tan pronto desolado como lleno de flores. desde luego. no lograba incluirla en él. el silencio. ni lo intento.burlados. Sin duda temía menos su influencia desde que amaba real y físicamente a Cyril. Me di cuenta de que excluía a Anne de aquel futuro.. necesitábamos la agitación exterior.

se entregara a su capricho.Capítulo noveno Hablo mucho de Anne y de mí misma y poco de mi padre. a la inconstancia y a la facilidad. Jamás anteponía sus pasiones a mí. Pero que. No se paraba a pensar. Y si yo misma me dejé llevar por la desesperación un día fue por aquel gesto de abandono que tuvo cuando me miró y desvió la mirada. Nunca he querido a nadie como a él y de todos los sentimientos que me animaban en aquella época. No era un hombre vano ni egoísta. por acompañarme a casa. los más profundos. como de un irresponsable. Y no es que su papel no haya sido el más importante en esta historia. no puedo negarlo. Sin embargo.. los que más me importaban. lo que Webb llamaba «ocasiones magníficas». los que me inspiraba mi padre eran los más estables. Pero era frívolo. debería hablar más de él que de nadie para que su conducta parezca aceptable. de una frivolidad sin remedio. Intentaba dar a todas las cosas una explicación psicológica que declaraba racional: «¿Te encuentras espantosa? Pues duerme más y bebe menos. El amor que me profesaba no podía tomarse a la ligera ni considerarse un simple hábito de padre. ni que no le conceda interés.» Lo mismo ocurría cuando alguna vez . Ni siquiera puedo hablar de él como de un hombre sin sentimientos. Más de una noche debió de dejar escapar. Lo conozco demasiado y lo siento muy cercano para querer hablar de él.. al margen de eso. Podía sufrir por mí más que por cualquier otro ser.

Pero había una cosa que Anne era incapaz de soportar: haber sido una amante como las demás. Satisfacía a un tiempo su vanidad. pero no como cabría creer. con ese doble deseo que nos inspiran las cosas prohibidas. sino un hombre a quien ella confiaba su vida. era un ser anormal. No porque Anne fuese celosa o fundamentalmente virtuosa e intratable sobre ese punto. como la raza pobre y consumida de los vividores. esclavo de sus caprichos. lo que dudo es que fuera consciente de la seriedad de los sentimientos de Anne hacia él. con las obligaciones que ello conlleva? No lo creo. Tengo que encontrarme con esa chica y comprobar que no soy un carcamal. pero delicado. Sabía que se consolaría como se consolaba de todo: una ruptura le costaría menos que una vida ordenada. Me daba cuenta de que se moría de ganas de decirle a Anne: «Cariño. El deseo que le inspiraba Elsa le disgustaba. Lo único que le minaba y le consumía era el hábito y la rutina. Y sin duda. Éramos ambos de la misma raza. Era materialista. como yo. sino: «¡Qué lata desear así a Elsa! Habrá que despachar esto rápido. comprensivo y muy bueno. Pero ¿pensaba que era también la esposa ideal. Pero no podía decírselo. No se le ocurría reprimirlo o sublimarlo en un sentimiento más complejo. Estoy segura de que. al menos. de la juventud. Me bastaba decirle a Elsa que cediera a los deseos de mi padre y. dame un día de libertad. porque la consideraba trivial y le aportaba toda su vitalidad. como a mí. y que por consiguiente tenía que comportarse bien y no como un miserable. Eso supone que la quiero menos». Le parecía la amante ideal. Tan pronto me daba la impresión de que era la hermosa y pura raza de los nómadas. Que la desease paulatinamente más que cualquier otra cosa. Ahora. En aquel momento sufría. de su juventud más que nada. Tengo que volver a conocer su cuerpo indolente para quedarme tranquilo». la madre ideal para mí. era un cálculo perfectamente sano y normal. le brindaba su inteligencia y su experiencia para que las confrontase con las propias. era totalmente distinta a aquella serie de mujeres frivolas y un poco tontas con las que había tenido trato los últimos años. Lo que no le impedía llevar una vida apasionante. A la vuelta. No pensaba: «Voy a engañar a Anne. la admiraba. o cuando menos se exasperaba: Elsa se había convertido para él en el símbolo de la vida pasada. se legalizarían al regresar a París. en lo que a afectos se refiere. o tendré complicaciones con Anne». quería a Anne. a los ojos de Cyril y de Anne. Nada cabía reprocharle a Anne. provisional. Ni pensé en él cuando tracé el plan de apartar a Anne de nuestras vidas. porque le comprendía. su sensualidad y su sensibilidad. yo podía arreglarlo todo. en aquel momento. Además. habríamos encontrado a mi padre relajado y exultante en su devoción por los amores legales o que. llevarme a Anne a Niza o a otro sitio a pasar la tarde. ¡Cómo .experimentaba un violento deseo por una mujer. que ya no era un colegial. sino porque sin duda había aceptado vivir con él sobre las bases siguientes: que la era del libertinaje fácil se había acabado. pero ello no impedía que mi padre desease a Elsa. con un pretexto cualquiera.

y no como algo que menoscababa su valor personal y su dignidad. Todo ello suponía mucha doblez.. revivir recuerdos que me abruman.. Tenía que fingir que tanto su amor por Anne como la propia Anne eran sagrados para mí. Y debo confesar que lo hice sin esfuerzo. a hablar con Elsa y alejar a Anne. poner un disco o telefonear a un amigo.. No podía soportar el desprecio que profesaba Anne a nuestra vida pasada. Si a toda costa quería tener razón. Era imprescindible evitar que se franquease conmigo. Por otra parte. Paso rápido por ese período porque temo. Cuando pienso en la risa feliz de Anne. El olor de los pinos. que me obligase a ser su cómplice. Fingí incluso ignorar los tormentos de mi padre. en su amabilidad conmigo. Tenía que saber que mi padre la había engañado y tomárselo objetivamente. ese desdén tan absoluto hacia lo que había sido para mi padre y para mí la felicidad. me veía a menudo con Cyril y nos amábamos a escondidas. El rostro de Anne no me llenaba ya de remordimientos.nos complicaban la vida su dignidad y la estima en que se tenía a sí misma. muchos silencios interiores.! Pero no pedí a Elsa que cediera ni a Anne que me acompañase a Niza. ni aunque sea para felicitarme por ellas. el contacto de su cuerpo. Poco a poco. los días transcurrían felizmente. el rumor del mar. Quería que aquel deseo que anidaba en el corazón de mi padre se envenenara y le hiciera cometer un error. sino hacerle aceptar nuestra visión de la vida. tenía que dejar que nosotros nos equivocásemos. . No me gusta reconocerlas. ya lo he dicho. Me noto tan cerca de lo que la gente llama remordimiento de conciencia que me veo obligada a recurrir a gestos: encender un cigarrillo. La idea de que pudiese engañar a Anne y enfrentarse con ella me llenaba de terror y de vaga admiración. ¡pero tan pocos esfuerzos y mentiras! Y. Empezaban a torturarle los remordimientos. noto un doloroso golpe bajo y me enardezco contra mí misma. Pero no me gusta tener que recurrir a las deficiencias de mi memoria y a la levedad de mi ser en vez de combatirlas. si ahondo demasiado. pienso en otra cosa. No quería humillarla. sólo me juzgaba a mí misma por mis actos. Multipliqué las ocasiones de excitar a mi padre con Elsa. como un antojo puramente físico. A veces me imaginaba que aceptaría los hechos y que llevaríamos con ella una vida tan conforme a nuestros gustos como a los suyos. El papel que yo le hacía representar le disgustaba cada vez más y sólo lo aceptaba porque yo le hacía creer que resultaba indispensable para nuestro amor.. Entretanto.

sí. o más bien atractivo. como sólo él sabe hacerlo. ven!». hace una hora! —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho que lamentaba muchísimo todo lo ocurrido. en rigor. entregada a nosotros. Me apasionaba ese papel de director de escena. Las palabras son fáciles. toda coquetería que no fuese la de ser guapa. . Y. y con voz muy baja. inteligente y cariñosa. ¿no? Me creí obligada a asentir. como sólo la tiene la gente un poco tonta. sin calibrar su fuerza.Capítulo décimo Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. Aquel verano había adoptado el de Elsa. Cyril inclinado sobre Elsa. la dulzura —me cuesta emplear este término— y la felicidad de Anne. envolventes. Una mañana. «no digas nada. comunicativa y plena. a ambos se nos iba la sangre del rostro..» Y entonces. mi padre y yo palidecíamos a un tiempo. su nuca morena y suave inclinada sobre el rostro incitante de Elsa. «Cuando me oigas llegar con mi padre». Tenía también una risa extraordinaria. Esa imagen me destrozaba el corazón. la creaba yo con él y con Elsa. Ya sabes.. y cuando veía el rostro de Cyril. Un rostro hermoso. muy excitada. en efecto. La veía. No me fallaba nunca la jugada. Al margen de estos incidentes. al oír esa risa satisfecha. Me dio una impresión de cataclismo: aborrezco los desenlaces. más cerca de la felicidad que nunca. Es verdad. No se me puede hacer ningún reproche por ello. la asistenta. pero totalmente imaginables. sólo te ríes. le decía. revelando abiertamente vínculos imaginarios. muy ajena a nuestros deseos violentos y a mis despreciables enredos. me trajo un mensaje de Elsa que decía lo siguiente: «¡Todo se arregla. Olvidaba que yo misma lo había querido. y llenando la vida cotidiana. Poco a poco me iba inspirando ternura. —Luego me ha llenado de cumplidos. habría dado cualquier cosa por que eso no sucediera. sin embargo. porque cuando veíamos a Cyril y a Elsa juntos. Yo ya había contado con ello: su indiferencia y su orgullo le hacían rechazar instintivamente cualquier táctica para ganarse más a mi padre y.. estaban la confianza. los egoístas. Cyril.. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor. Pronto descubrí los efectos de esa risa en mi padre y hacía que Elsa le sacase el máximo partido cada vez que teníamos que «sorprenderla» con Cyril. Elsa me esperaba en la playa con expresión triunfante: —¡Acabo de ver por fin a tu padre. Que se había portado como un patán. descubría que el rostro de mi padre se llenaba de ira. con ese tono un poco despreocupado.

te quiero tanto. por más que me esfuerce. torpemente. como sus propios ojos. ese tono. cualquiera diría que te incito yo a.. Sólo me apetecía una cosa: bañarme. Estaría trabajando en su colección. pero no vuelvas a hablarme de nada de eso. pero sin dolor. Me encontré a mi padre en la terraza. De ahí que. Me daba la impresión de que sólo el amor me liberaría del miedo opresivo que me embargaba. vaya. A las cuatro bajé a la playa. pero bien hay que librarle de esa mujer. subí a la terraza. Mi padre se reía. civilizada. Entonces apareció Anne.. El ritmo de aquella frase me persiguió durante toda la comida: «Te quiero. Cécile.! Además. No me estés preguntando siempre lo que tienes que hacer. —Tanto da. Las ideas de mi padre sobre las pelirrojas civilizadas me llenaron de gozo. El agua estaba agradable y tibia.. y me llevó con él. eso depende de ti. le dije que me aborrecía a mí misma. me ha invitado a tomar el té con él en el pueblo... Elsa. Un rato después. tenga un poco borrada esa comida. dibujando en su cuarto mientras mi padre flirteaba con Elsa. Venía del bosque. Te quiero lo bastante como para obligarte a opinar como yo. Me sentía cansada y fatalista. si ha sido gracias a ti. Cyril me cogió en sus brazos. pero mal. Huí. que soy mujer amplia de espíritu. No le dije nada. chica. La arranqué de las delicias del idilio: —Pero ¿qué quería? —¡Pues. de placer. pegada a aquel torso dorado. para demostrarle que no soy rencorosa.. te quiero tanto».. Pero comprendí que me consideraba responsable del éxito de sus maniobras. Sonreí para mis adentros.. Ni tan sólo le recomendé prudencia.. cuando salía para el pueblo. A los postres. aparentemente relajado: las cosas se arreglaban para él. —Pero. nada!. No me tomó en serio. como ya no calentaba el sol. Su tono de admiración de pronto me asustó. A su lado todo pasaba a ser fácil. con una especie de agradable resignación. Bueno. perdida como un náufrago. y allá se las apañara Anne. —Ve si quieres. tumbada junto a él.. anunció que por la tarde tenía que hacer unos recados en el pueblo. porque lo pensaba. Corría.. me senté en una hamaca y abrí un periódico. —Pues claro que sí —dijo—... inundado de sudor.como si le costase un esfuerzo. sí. A las dos horas.. cargado de violencia. Con razón o sin ella. yo misma agotada. con los codos pegados al cuerpo. Anne llevaba un vestido malva como las sombras bajo sus ojos. ¡Que mi padre hiciera lo que le diese la gana. sin decir una palabra. Anne no apareció. Me sentía acosada: —No lo sé. por favor te lo pido. Se lo dije sonriendo. —¿Por qué te ríes? ¿Crees que debo ir? A punto estuve de contestarle que no era cosa mía. Me dio la impresión .. Te quiero. la cosa me irritó... yo tenía cita con Cyril..

Oí pasos detrás de mí: era mi padre. Capítulo undécimo No nos vimos hasta la cena. quizá veinte... Anne. —¡Anne. Me sentía completamente desquiciada y confundida y veía el mismo sentimiento en el rostro de mi padre...! Me acarició un instante la mejilla y arrancó. soñador. Estaba ya en el coche. —París. Los dos sabíamos que era indispensable que Anne regresara a nuestro lado. No parecía darse cuenta. contesta. ni la idea de su dolor y de mi responsabilidad. Vi desaparecer el coche al doblar la esquina de la casa. No me escuchaba ni me miraba. Cécile. luego una adolescente y una mujer.. Estaba llorando. cerdo! Prorrumpí en sollozos. no podía irse así. Estaba paralizada.súbita. Entonces comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente.. Se había quitado el carmín de Elsa y se había cepillado la pinaza del traje. Había debido de ser una niña.. Llegué corriendo y me abalancé sobre la portezuela..? Cécile. yo también. amaba a un hombre y esperaba ser feliz con él diez años. Me volví y me arrojé sobre él: —¡Cerdo. Había olvidado mis pacientes enredos y mis elaborados planes. —Perdóname. yo te explicaré. estaba sola. descompuesta.. Tenía cuarenta años. un poco silenciosa sin duda. extraviada. no te vayas. con el rostro inmóvil. temblaba con todo mi cuerpo.. de que la que corría era una anciana.. No teníamos hambre. —Anne —dije—. —No necesitáis a nadie —murmuró—. angustiados ambos de haber reconquistado tan bruscamente nuestra soledad. Yo estaba desesperada. Me quedé anonadada: Anne desapareció detrás de la casa. para alcanzarla. —murmuró mi padre... no podría soportar durante mucho tiempo el recuerdo del rostro deshecho que tenía antes de marchar. . te necesitamos! Se incorporó. te lo suplico. Y yo... —Pero ¿qué sucede? ¿Es que Anne. poniendo el contacto. —¡Pobre niña. ni tú ni él. —¿Que te perdone el qué? Le rodaban las lágrimas por las mejillas.. se había inclinado para quitar el freno. Zumbaba el motor. aquel rostro. Me sentía perdida. Entonces comprendí bruscamente y eché a correr. pegada a la portezuela. aquella cara. aquel rostro era obra mía. ha sido culpa mía. de que iba a caerse.. camino del garaje. Por mi parte.. indecente. —¿Crees —preguntó— que nos ha abandonado por mucho tiempo? —Seguramente se ha ido a París. ¡Todo había ido tan rápido! Y su cara. es un error.

Pero Anne tiene que perdonarnos. como dos colegiales aplicados y torpes. como suele decirse. aquel rostro postrero. Luego ya no dijo más que «sí.. colgó suavemente y se volvió hacia mí.. Al llegar al pinar. ¿Por qué Anne nos abandonaba así y nos hacía sufrir.. Anne entraría y. no obstante... la he besado. Me imaginaba ya la escena del perdón. Sonreí a mi padre: —Me hago perfecto cargo: no es culpa tuya. mientras me invadía el miedo. primero de sorpresa y luego llena de esperanza: era Anne. casi sonrientes. Yo también me di lástima.. Tenía muy mala cara y me dio lástima. Han telefoneado a París y les han dado . Un murciélago vino a describir sedosas curvas ante la ventana.. y a pedirle perdón. Mi padre se abalanzó hacia el aparato. Me miró.. Le cogí un cigarrillo a mi padre y lo encendí. pues estábamos convencidos de que aquel montaje propiciaría el regreso de Anne. con gesto maquinal. que perdonarte. traicionado. Anne ha debido de llegar en ese momento y. Bueno. Tendría lugar en París. cuajadas de disculpas. Eran las diez. gritó «diga» con voz jubilosa. —Me odiarás con todas tus fuerzas. por un pecadillo en definitiva? ¿No tenía deberes para con nosotros? —Vamos a escribirle —dije—.—Puede que no la volvamos a ver. plumas. sí» con voz imperceptible. un tintero y papel y nos acomodamos uno frente a otro. de ternura y de arrepentimiento. no los veía. y me cogió la mano por encima de la mesa. Hicimos. apartamos el mantel y los cubiertos. Otra cosa que no toleraba Anne: que se fumase a mitad de comida.. Había encontrado por fin una manera de salir de aquella inactividad llena de remordimientos en la que nos debatíamos desde hacía tres horas. Ambos a la luz de la lámpara. trabajando en medio del silencio en esta redacción imposible: «Recobrar a Anne». No puedo recordar sin un insoportable sentimiento de irrisión y crueldad las cartas desbordantes de buenos sentimientos que le escribimos a Anne aquella noche. Yo me levanté a mi vez. estaba casi convencida de que Anne no podría negarse. de que la reconciliación era inminente. —Es una idea genial —gritó mi padre. Sonó el teléfono. dos obras maestras del género. En la carretera de L'Esterel. No le escuchaba. No sé lo que me ha dado. bueno. Intercambiamos una mirada. Sin terminar de comer. Les ha costado dar con sus señas. Un momento de locura. Los personajes de Elsa y mi padre abrazados a la sombra de los pinos se me antojaban vodevilescos y sin consistencia. en nuestro salón. confundido. que regresaba. llena de pudor y de humor. Elsa. mi padre fue a buscar una enorme lámpara. Mi padre inclinó la cabeza y comenzó a escribir. —¿Qué podemos hacer? —dijo.. Miraba a mi padre que se pasaba la mano por la cara. atenazado por el dolor.. Al final. Al terminar. La única cosa viva y cruelmente viva de aquel día era el rostro de Anne.. —Ha tenido un accidente —dijo—. llamaba para decirnos que nos perdonaba.

. seres que no necesitan a nadie. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso. cogió una botella de la nevera y dos copas. que venía hacia mí con la copa llena. dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volviesen a pegar ojo en la vida. con sus pequeños enredos amorosos y el doble atractivo de su belleza. Mi padre no quiso que yo viera a Anne. por lo demás. la inestabilidad del coche. Todo aquello me parecía simbólico y de mal gusto. Habría sido milagroso que se salvase. ¿Puede suicidarse alguien por seres como mi padre o como yo. El accidente ha ocurrido en el sitio más peligroso. Lo miré: nunca lo había querido. Las empujé con la mano y volaron sobre el parqué. —Hablaba maquinalmente.. Recuerdo el resto de la noche como una pesadilla. Elsa y Cyril nos esperaban sentados en la escalera. Anne se manifestaba —una vez más— distinta de nosotros. con su muerte.. .. Me marcharía. no deja de ser fantasioso por mi parte. Y además. Mi padre. Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado —suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello—. Diría adiós a aquella casa. Cyril dio un paso hacia mí y posó la mano en mi brazo. Estaban allí. la puerta de la clínica. nos habríamos disparado un tiro en la cabeza. a aquel verano. y no me atrevía a interrumpirle—. si hablo ahora de suicidio. Esperaba sentada en la sala de espera y miraba una litografía en la que aparecía Venecia. su perfume. En la casa estaban la chaqueta de Anne. Un regalo que. Entonces pensé que. siempre hablamos de ello como de un accidente. Me había gustado el placer que me proporcionaba. El coche ha caído desde una altura de cincuenta metros. Nuestras cartas de disculpa danzaban por la mesa. Cogí la copa y la apuré de un trago.. ni vivo ni muerto? Mi padre y yo. Al día siguiente.. Se nos aparecieron como dos seres evanescentes y olvidados: ni uno ni otro habían conocido a Anne ni la habían querido. No pensaba en nada.nuestro número de aquí. a aquel chico. con el mismo tono.. no tardaríamos en aceptar. La habitación estaba sumida en la penumbra. su apuro.. por debilidad. sus flores. vaciló y evitó pisarlas. Pero no lo necesitaba. Mi padre no regresaba. Las olas batían en la playa. La carretera apareciendo iluminada por los faros. Mi padre estaba conmigo. veía la sombra de mi padre ante la ventana. Una enfermera me contó que era el sexto accidente que ocurría en aquel lugar desde principios de verano. el rostro inmóvil de mi padre. regresamos a casa a eso de las tres de la tarde. Parece ser que ya ha habido muchos allí. Lo había encontrado bueno y atractivo.. me tomó del brazo y entramos en la casa.. Era el único remedio a nuestro alcance. Mi padre cerró los postigos.

Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año. conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté.. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne.. en casa de una amiga.».. sentía cierta satisfacción. como de un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno.Capítulo duodécimo El entierro se celebró en París con un hermoso sol. vestidos de luto. hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa. por temor a lastimarnos o a que se disparase algo en alguno de nosotros que le llevase a pronunciar palabras irreparables. poco hecho para la soledad. Salí con él durante una semana con la frecuencia y la imprudencia de los comienzos del amor. hablamos de nuestras conquistas. Mi padre me alargó el pañuelo. Hasta que un día. Seguro que le consta que mis .. mi padre y yo nos reímos. Lo evité. sin mirarnos. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. estamos solos y somos desgraciados». Hablábamos de ella con precaución. como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte.. a la vuelta. lloré. sin decir palabra. Vi a Cyril que me buscaba a la salida. La vida volvió a ser como antes. y sin salir jamás. La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y. Escribo Dios en vez de azar. no se parecían en nada a aquel vacío. Pero no creíamos en Dios. En el coche. comiendo y cenando juntos. El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado. Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana. pero superior a mis fuerzas. Todos miraban a mi padre con lástima. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal. aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. y mi padre. por primera vez. Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: «Recuerdas aquel día que. como estaba previsto que volviera a ser. Yo pensé: «Sólo me tienes a mí y yo sólo te tengo a ti. una multitud curiosa. Eran lágrimas bastante agradables.. mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. con la cara descompuesta. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar. y. Cuando nos vemos.

no alquilaremos la misma casa. y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara. . El invierno toca a su fin. sino otra.relaciones con Philippe no son platónicas. al amanecer. ¡Anne. a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos sus recuerdos. con los ojos cerrados: Buenos días. Tristeza. sin más ruido que el tráfico de París. Pero cuando estoy en la cama. cerca de JuanlesPins. Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre. Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad. Pero somos felices.

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