BUENOS DÍAS, TRISTEZA FRANÇOISE SAGAN Traducción de Javier Albiñana

Título original: Bonjour tristesse 1.a edición: junio 1995 1954 by René Julliard, París © de la traducción: Javier Albiñana, 1995 Diseño de la colección: GuillemontNavarres Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. Iradier, 24, bajos 08017 Barcelona ISBN: 847223892X Depósito legal: B. 20.6891995 Fotocomposición: Foinsa Passatge Gaiolá, 1315 08013 Barcelona Impreso sobre papel OffsetF Crudo de Leizarán, S.A. Guipúzcoa Libergraf, S.L. Constitución, 19 Barcelona Impreso en España

Índice Primera parte ............................ Segunda parte ........................... Primera parte

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Pasábamos horas en la playa. cuya dulzura me obsesionan. Mi padre se dedicaba a complicados ejercicios con las piernas para eliminar un amago de barriga incompatible con sus condiciones de Don Juan. que gustaba a las mujeres. su amante de turno. y de todo corazón. Antes que nada quiero explicar esa situación. Los «demás» eran mi padre y Elsa. Mi padre tenía cuarenta años y era viudo desde hacía quince. Mi padre había alquilado. donde se mecía el mar. Se alzaba sobre un promontorio. Hoy. Era un hombre despreocupado. separándome de los demás. entre galante y mundana. generoso. dominando el mar. al salir yo del internado. Era una chica alta y pelirroja. bordeada de rocas rojizas. dos años antes. cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. demasiado contentos estábamos ambos de marcharnos como para poner la menor traba a lo que fuese. Era simpática. salvo Elsa. Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. porque era bueno. bastante simple y no tenía pretensiones serias. bronceándonos poco a poco con un color sano y dorado. Además. No la conocía. que hacía de extra en los estudios y se exhibía en los bares de los Campos Elíseos. No cabía imaginar mejor amigo ni más jovial. Tan pronto amanecía. inquietante y dulce. cuya piel se ponía roja y acababa pelándose entre tremendos dolores.Capítulo primero A ese sentimiento desconocido cuyo tedio. en la que me agotaba haciendo mil desordenados . el hermoso y grave nombre de tristeza. apartada. rodeada por un bosque de pinos que la ocultaba desde la carretera. con la que soñábamos desde los primeros calores de junio. Es un sentimiento tan total. dudo en darle el nombre. tan egoísta. de posibilidades. me iba al agua. por otra parte. Lo quise de inmediato. no me costó entender que viviese con una mujer. el pesar. más raramente el remordimiento. que puede parecer falsa. su amante. blanca. algo me envuelve como una seda. me importunaría durante las vacaciones. tan sólo el tedio. esa vida novedosa y fácil. preciosa. Más difícil me resultó aceptar que tuviese una distinta ¡cada seis meses! Pero pronto su encanto. Era un hombre todavía joven. alegre y cariñosísimo conmigo. siempre curioso y enseguida cansado. Un sendero descendía hasta una cala dorada. una gran casa con jardín. en el Mediterráneo. lleno de vitalidad. No pude por menos de animarle. que casi me produce vergüenza. un agua fresca y límpida en la que me hundía. achicharrados bajo el sol. pues sabía que necesitaba a las mujeres y que. Elsa no supondría estorbo alguno para nosotros. En los inicios de aquel verano extremó su amabilidad hasta preguntarme si la compañía de Elsa. y. Los primeros días fueron deslumbrantes. hábil en los negocios. y mi propia predisposición me hicieron adaptarme.

que me gustó. entre risas. instintivo. apenas reparé en lo nervioso que estaba mi padre. Iba costeando con una pequeña embarcación de vela y zozobró delante de nuestra cala. Yo las miraba. Me habían explicado que se limitaban a frotar los élitros. de vacío. en la conversación. cogía un puñado. y estar ebrias de calor y de luna para lanzar ese estridente grito durante noches enteras. ¡Tanta tranquilidad no podía durar! —Vamos. en la que encontraban tema para un drama o pretexto para su hastío. va a venir. Cerré los ojos con desesperación. siempre ávida de cosas mundanas. Le ayudé a recuperar sus cosas y. inconfesada. El sexto día vi a Cyril por primera vez. cuarentones que me hablaban con cortesía y cariño. un deseo de dominio o la necesidad furtiva.movimientos para purificarme de las sombras y el polvo de París. al despedirse. me trataban con dulzura de padres y amantes. en la terraza. En la grava de la terraza cantaban las cigarras. de una belleza que inspiraba confianza. muy moreno. Era el verano. preocupados por sí mismos. —Tengo que anunciaros que va a llegar alguien —dijo. pero prefería creer en aquel canto gutural. y se volvió hacia mí. Me tumbaba después en la arena. Después de cenar nos tumbamos en unas hamacas. esperando vagamente que se desprendieran y comenzasen a surcar el cielo en su caída. El cielo estaba cuajado de estrellas. Regresé a cenar. Cyril. demasiado atónita para reaccionar. sin poderlo apartar de mi pensamiento. de sentirse seguro de sí mismo. Prefería con mucho a los amigos de mi padre. muy abierto.. Pero sólo estábamos a principios de julio y no se movían. Tenía un rostro latino. Con todo. me enteré de que se llamaba Cyril. como el de los gatos en celo. me ofreció enseñarme a navegar a vela. brutales. con algo equilibrado. Se estaba bien. Tan sólo unos granitos de arena entre la piel y la camisa me impedían sucumbir a los suaves embates del sueño. —Le dije que viniera si se sentía demasiado cansada con las colecciones y. amparado. —Anne Larsen —dijo mi padre. sobre todo por su juventud. Fue entonces cuando mi padre carraspeó y se incorporó en la hamaca. Era alto y a ratos guapo. Pensaba que se escapaba como el tiempo. sino agradar? Todavía no sé hoy si ese afán de conquista no oculta un exceso de vitalidad. Anne Larsen era una antigua amiga de . o muy poco. Debían de ser miles. Le devolví la mirada. Pero Cyril me gustó.. que eso era una idea fácil y que resultaba grato tener ideas fáciles. protector. yo experimentaba frente a las personas desprovistas de todo encanto físico una especie de apuro. Nunca se me hubiera ocurrido. y no participé. como todas las noches. ¿qué buscábamos. era estudiante de derecho y pasaba las vacaciones con su madre en una casa cercana. Sin compartir con mi padre esa aversión por la fealdad que nos llevaba con frecuencia a alternar con gente estúpida. Porque. esa resignación de algunos a no agradar se me antojaba una tara deshonrosa. lo dejaba escurrir entre los dedos y la arena caía en una lluvia amarillenta y suave. dinos quién —gritó Elsa. yo huía de esos estudiantes universitarios.

Me gustaría tener una hija guapa y rubia. Nunca se sabe. En otra persona tales opiniones me hubieran . Elsa subió a acostarse tras formular una multitud de preguntas sobre la situación social de Anne. Y ella. inteligente. Me explicó que eran arbitrarias. Todo en ella denotaba una voluntad constante. ¿Por qué has invitado a Anne? Y ella. de compromiso. una serenidad de ánimo que intimidaba. y encogía levemente la boca. el recuerdo de mi madre y mis esfuerzos. ¿Y Elsa? ¿Has pensado en Elsa? ¿Te imaginas las conversaciones entre Anne y Elsa? Yo no. no teníamos las mismas relaciones: ella alternaba con gente fina. ¿por qué ha aceptado? —Tal vez para ver a tu viejo padre. mi amor? Pareces un gatito salvaje. pues. Yo me quedé a solas con mi padre y me senté en los escalones. como despreciaba todo exceso. Rechazaba por sistema las nociones de fidelidad. un poco llenita. Es demasiado inteligente y se respeta demasiado a sí misma. dos años atrás. Cécile. con graciosas arruguillas que acentuaban las comisuras. Hasta entrada la noche. A los cuarenta y dos años era una mujer muy seductora y solicitada. Lo cierto es que me asusta un poco. sedienta. estériles. Me eché a reír con él. Me volví y lo miré. no se le conocía ningún amante. A los ojos de mi padre. a sus pies. Despertó en mí una admiración apasionada que supo encauzar hábilmente hacia un joven de su círculo habitual. pues aunque ella me intimidaba la admiraba mucho. Sólo nos reunían algunas cenas de negocios —ella se dedicaba a la costura y mi padre a la publicidad—. Le debía.. Parecía un fauno. lleno de indiferencia. mis primeras elegancias y mis primeros amores. —Mi viejo cómplice —dijo—. con un hermoso rostro altivo y hastiado. mi padre. y nosotros con gente bulliciosa. Además. Le brillaban los ojos oscuros. Creo que nos despreciaba un poco a mi padre y a mí por nuestra afición a las diversiones y trivialidades. discreta.mi pobre madre y tenía escaso trato con mi padre. con ojos de porcelana y. —No eres el tipo de hombre que pueda interesar a Anne. éstas eran imaginarias. en una semana. como cada vez que se buscaba complicaciones. —No es ése el caso —dije—. me había enviado a vivir con ella. que no sabía qué hacer conmigo. y le estaba muy agradecida. me había vestido con gusto y me había enseñado a vivir. Era amable y distante. de seriedad. —¿Por qué eres tan desgarbada. mi vida. Con ser divorciada y libre. Sin embargo. tan tierno era su tono de voz que comprendí que de veras habría sido desgraciado sin mí. ¿Qué haría yo sin ti? Y tan convencido.. —No se me había ocurrido —confesó—. ¿y si nos volvemos a París? Rió despacito acariciándome la nuca. El se inclinó y apoyó las dos manos en mis hombros. hablamos del amor y de sus complicaciones. a quien mi padre sólo exigía que fuese guapa y divertida. aquella súbita llegada sólo podía ser un contratiempo si se pensaba en la presencia de Elsa y en las ideas de Anne sobre la educación. al salir yo del internado. Esa indiferencia era lo único que podía reprochársele. En definitiva.

violentos y pasajeros. Pero sabía que. Aproveché aquellos últimos días de auténticas vacaciones.desagradado. sentimientos a los que se entregaba con mayor facilidad de la que quisiera. Habíamos alquilado la casa por dos meses. A mi edad no seduce mucho la fidelidad. Sabía muy poco todavía del amor: citas. en su caso. besos y hastíos. ello no excluía ni la ternura ni la devoción. máxime por estimarlos provisionales. Ese concepto de las cosas me seducía: amores rápidos. Capítulo segundo Anne tardaría todavía una semana en llegar. pero sabía que en cuanto llegara Anne sería imposible .

para compensar mi ausencia. Me besó dulcemente. Se sentó a mi lado y el corazón empezó a latirme con fuerza. Cécile! Me alegro de verte. Pero no era así. que le lanzaba a mi padre. estoy rendida. el sabor de los primeros besos. Mi padre. No me apetecía hablar ni con él ni con nadie. la torpeza de ese gesto. mi tranquilidad a su lado. —Esta es la casa de la Bella Durmiente —dijo—. Marcaba las normas del buen gusto. y me desagradó que aquella boca larga y un poco gruesa se me aproximara. el aturdimiento. notaba los brazos pesados.. porque. pareces un náufrago abandonado. sus silencios ofendidos. humillante en definitiva. Me tumbé en la arena y me adormecí. —Cyril —dije—. durante la última semana. Sonreí. Volví la cabeza hacia él. me la encontré en la terraza. El día de su llegada quedó decidido que mi padre y Elsa irían a esperarla a la estación de Fréjus. ¡Qué morena estás. Me tenía aplastada contra la arena toda la fuerza del verano. ese letargo. Lo único que me atormentaba en aquel momento era su mirada y el martilleo de mi corazón. más virtuoso tal vez que lo habitual a su edad. Por ejemplo. porque me daba cuenta de que ella tenía razón. Le hubiera gustado que aquello me atormentase. Un bocinazo nos separó como ladrones. Se inclinó hacia mí. Desfilaron por mi mente los últimos días de aquella semana. éramos tan felices.. los suspiros duraron largos minutos.. Luego. Me miraba. mi confianza. para que algo se desgarrase en mí suavemente. cortó todos los gladiolos del jardín para ofrecérselos en cuanto se apease del tren. Era demasiado bueno o demasiado tímido para decírmelo. pero lo notaba en las miradas de reojo. no vi ya más que luces rojas que estallaban bajo mis párpados apretados. Pero ¿llegas de París? —He preferido venir en coche. Miré al cielo. A las tres. y era imposible no percibirlas en sus bruscas reservas. sordamente. enlazado al uno con el otro sin que la cosa me turbase en lo más mínimo.. me había rozado el hombro con la mano. cuando se marcharon. Pero hoy bastaba ese calor. De lejos. sus expresiones. bajando de su coche. No contesté a Cyril. —Yo también. un sentido a las palabras a los que mi padre y yo renunciábamos gustosos. Eso sí. Diez veces. la boca seca. rencorosas. hasta que me despertó la voz de Cyril. Dejé a Cyril sin decir una palabra y subí hacia la casa. Ella confería a las cosas una dimensión. mis brillantes maniobras navales nos habían precipitado al fondo del agua.relajarse por completo. al moverse. Resultaba a un tiempo excitante y fatigoso. Me negué enérgicamente a participar en la expedición. —¿Estás muerta? —dijo—. Empezaba a conocerlo: era equilibrado. Sin embargo. Tan rápido regreso me extrañaba: el tren de Anne no debía de haber llegado todavía. El calor. nuestra situación —una curiosa familia de tres— le chocaba. Me limité a aconsejarle que no dejara que Elsa le ofreciera el ramo. de la delicadeza. Abrí los ojos: el cielo estaba blanco por efectos del calor. Hacía un calor sofocante. bajé a la playa. .

—Y ahora. Bajaba por la escalera a su encuentro. Me miraba a través de las imágenes que mis palabras habían evocado en ella. ¿Conoces a Elsa Mackenbourg? .. esa voz alterada. —¡No estaba Anne! —me gritó—. ¿Dónde está el dueño de la casa? —Ha ido a buscarte a la estación con Elsa. Si quieres tomar algo. Pensé que era muy posible que Anne le quisiese. Anne se había sentado en la cama.La acompañé a su habitación. ¿Podía tal vez deberse tan sólo al cansancio del viaje. el bar está bien surtido. tan sereno. a otro lado. El descubrir aquel rostro vulnerable me conmovía e irritaba a un tiempo. Ha venido en coche. —Ahora ¿qué? —dijo. Advertí los pequeños cercos oscuros en torno a sus ojos. que siempre había visto tan tranquilo. estás aquí. Por fin me vio y volvió la cabeza. —Este chalet es precioso —suspiró—.. con un vestido que no parecía haber viajado. —Está en su habitación. me llevé un sobresalto. —Me he pasado un cuarto de hora en el andén sosteniendo este ramo con una sonrisa estúpida. Me alegro mucho de que estés aquí. ¿sabes? Te espero abajo. que por lo demás no había aprobado. Intenté evocar todos los rostros duros. Salí balbuceando y bajé la escalera totalmente desconcertada. pero tenía tantas ganas de salir. —¿Elsa Mackenbourg? ¿Ha traído aquí a Elsa Mackenbourg? No supe qué contestar.. —Ahora has llegado —dije tontamente frotándome las manos—. ese desasosiego? Me senté en una tumbona y cerré los ojos. estaba tan cansada. Gracias a Dios. le besó la mano. —Debería haberos avisado —dijo—. Intenté saber si Anne podía quererlo. Mi padre corrió a su encuentro. despectiva. No había ocurrido nada. Abrí la ventana con la esperanza de ver el barquito de Cyril. Era débil.. el aplomo. El pensar esto último me consoló. Había dejado la maleta en una silla y. relajada. Su mirada era interrogadora. Aunque sólo fuese de mi examen. —¿De veras? ¡Estupendo! Pues súbele el ramo. la autoridad. para hablar conmigo. ¿Estaría ella enamorada de mi [ladre? ¿Era posible que lo quisiera? Nada de mi padre coincidía con sus gustos. sonriente. Lo miré apearse del coche.. La miré estupefacta.. Caminaba hacia mí. Espero que no se haya caído del tren. —continué maquinalmente. ¿Por qué esa cara. pero había desaparecido. pasivo a ratos. al volverme hacia ella. a la indignación moral? Me pasé una hora haciendo conjeturas. A las cinco llegó mi padre con Elsa. reconfortantes de Anne: la ironía. que cualquiera le quisiese. frívolo. Qué amable. Su rostro se había descompuesto bruscamente y le temblaba la boca. Aquel rostro. desamparado de pronto ante mí. Pensé con tristeza que no había bajado hasta oír el coche y que habría podido hacerlo un poco antes. la cabeza un poco echada hacia atrás. con prisa. —¿Me habías comprado flores? —se oyó la voz de Anne—.

Se echó a reír al verme balbucear y me fui a la cama muy nerviosa. de Elsa. tres años antes de salir yo del pensionado.. estaba muy cansada. Me miraba directamente a los ojos. Me lo pasé muy bien hasta el momento en que Anne declaró que el socio de mi padre era microcéfalo. Quería que olvidase su reacción de hacía un rato. —Seguro que nos hemos visto en algún sitio. que eran escasas pero pintorescas. No puedo recordar tampoco los cuatro tilos en el patio de una pensión de provincias. estupenda... sutil. su ritmo incesante. marcados ambos por la violencia. que tal vez estaba bailando en Cannes con otras chicas. Anne —protesté—. Me dormí pensando en Cyril.. —dijo Anne. Mi padre y Anne hablaban de sus amistades comunes. e incluso su humor. Me estoy dando cuenta de que olvido. no insistí. el sol. Tiene momentos muy divertidos. ese aspecto acerado de la maldad. todo iba bien. muy simpática. ni la sonrisa de mi padre en el andén. Se puso ingenioso y empezó a descorchar botellas. Pero a mí se me aparecían uno tras otro el rostro apasionado de Cyril y el de Anne. —Puede que no tenga un tipo de inteligencia corriente. Las frases de agradecimiento la molestaban y. voluntaria o no. —Sí. Sentí no tener una agenda y un lápiz para anotar aquélla.. sus juicios no tenían esa precisión. muy amable—. sin sonreír. Se lo dije a Anne. pero.. Raymond. sí. buscando en mí una idea que le importaba destruir. Mi padre se animaba. como las mías no estaban nunca a la altura de mi entusiasmo.. Tengo una habitación magnífica. Aquella primera noche Anne no pareció reparar en la distracción.. Lo que los hacía todavía más abrumadores.. es una chica. No podía serlo.. pero no me dejó darle las gracias. —Me parece muy simpática esa Elsa —dijo. Era un hombre que bebía mucho. Mi padre se echó a reír: —Por lo menos no eres rencorosa. de que me veo obligada a olvidar lo principal: la presencia del mar. que me subyuga. Y en el coche. y me preguntaba si las vacaciones serían tan sencillas como aseguraba mi padre. Me encantó el tono lapidario de su fórmula.Miré hacia otro lado. esa sonrisa apurada porque llevaba trenzas y un feo vestido casi negro. porque Anne no tenía mala intención. has sido muy amable invitándome. que entró directamente en la habitación de mi padre. Me había traído un jersey de su colección. antes de que yo me fuera. Ciertas frases desprenden para mí un aura intelectual. por más que no las comprenda del todo. —No me negarás que aun así deja bastante que desear. su . Me cortó con tono indulgente: —Confundes tipos de inteligencia con edades de la inteligencia. pero era simpático y con él mi padre y yo habíamos disfrutado de cenas memorables. Aquella primera cena fue muy alegre. su perfume. A sus ojos.. La notaba demasiado indiferente. —Lombard es gracioso.

el más maravilloso de los juguetes. En París no tuve tiempo para leer: al salir de clase. mis amigos me arrastraban a los cines. O a las terrazas de los cafés al sol. El iba a enseñarme París. porque yo tenía sus ojos. No pongo nombre a esos recuerdos: Jean. Por la noche. de comprar discos. provisionalmente! En cualquier caso. la discontinuidad y los buenos sentimientos cotidianos. Caminábamos por las calles hasta llegar a mi casa. proyectaba una vida de abyección y libertinaje. Jacques. me volvía adulta.. libros. Saboreaba el placer de mezclarme con la multitud.. más exactamente a no disculparse con decentes o falsas justificaciones por la frecuencia con que una amiga comía en casa o acababa instalándose. No le oía volver. inspirarse en ella. Estaba convencida de que mi vida podría adaptarse a esa frase. representa el único aspecto coherente de mi carácter. además. Puede que no haya leído lo suficiente. te coge la mano y luego te lleva lejos de esa misma multitud. Cuando regresábamos.explosión de alegría. de estar con alguien que te mira a los ojos. debía de parecer más gracioso que impresionante.. súbita. mi padre me dejaba en casa y casi siempre iba a acompañar a una amiga. No conocía los nombres de los actores y eso les sorprendía. No quiero dar a entender que hiciera ostentación de sus aventuras. . Era un excelente cálculo. que si la hubiera llevado a la práctica. a la felicidad. Se limitaba a no ocultármelas. su boca. Nombres conocidos por todas las jovencitas. y. fiestas bastante variopintas donde me divertía y donde. Solía repetirme a mí misma fórmulas lapidarias. de beber. No me avergüenzan todavía esos placeres fáciles. yo no habría podido ignorar durante mucho tiempo la naturaleza de sus relaciones con sus «invitadas» y él sin duda quería conservar mi confianza. de tener un vestido nuevo. Yo no conocía nada. el lujo. renegaría más fácilmente de mis penas o de mis crisis místicas. El amor al placer. Hubert. La hacía mía con absoluta convicción. En el internado no se leen más que obras edificantes. divertía también a los demás. ¡por fortuna. brotar de ella cual una imagen perversa: olvidaba las horas muertas. imagino. habida cuenta de mi edad y experiencia. entre otras: «El pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno». Allí él me llevaba detrás de una puerta y me besaba: descubría el placer de los besos. e iba a ser para él el más caro. flores. Lamentaría. Estoy convencida de que la mayor parte de mis placeres de entonces se los debí al dinero: el placer de la velocidad en coche. porque así se evitaba además penosos esfuerzos de imaginación. triunfante. Su único defecto fue que durante algún tiempo me inspiró un desenfadado cinismo sobre las cosas del amor que. la de Oscar Wilde. con mucha mayor seguridad. por mi edad. si los llamo así es porque he oído decir que lo son.. acudía con mi padre a fiestas donde no tenía nada que hacer. Idealmente. la vida fácil.

con la mano. En duermevela.Capítulo tercero A la mañana siguiente me despertó un oblicuo y cálido rayo de sol que inundó mi cama y puso fin a los sueños raros y un tanto confusos en los que me debatía. pero renuncié. aquel calor insistente. Eran las diez. intenté apartar de la cara. Bajé en .

Raymond. y se disponía a demostrarme que era indispensable cuando apareció mi padre con su suntuoso batín de lunares. que quizá se tomaba por un corruptor. Aproveché para escabullirme. y no me engañaba. me acomodé tranquilamente en un escalón con una taza de café y una naranja e inicié las delicias de la mañana: mordía la naranja y brotaba un zumo azucarado en mi boca. con los párpados hinchados y los labios pálidos en el rostro enrojecido por el sol. y me tomó las manos.. Para mi sorpresa. trece menos que Anne. ¡Sí! Me había metido ya en la embarcación. daría lo mismo. —Niña sólo hay una.. Como no me prestaba atención. —Deberías engordar tres kilos para estar presentable. —No sé lo que me haría —añadió empujando la embarcación al mar. Cécile? —Por la mañana prefiero beber. Sé que hice muy mal ayer. Inmediatamente. Aunque fuera un cerdo redomado. —No tienes por qué —dije alegremente. El sol de la mañana me calentaba el pelo. Me sobresaltó la voz de Anne: —¿No comes. y eso le parecía una baza definitiva. No debía de concederse nunca auténticas vacaciones. —Fue culpa mía —atajé. El estaba de pie con el agua hasta las rodillas. Tienes las mejillas hundidas y se te marcan las costillas. un sorbo de café negro y ardiente..... ya estaba allí Cyril. muy serio.pijama a la terraza y allí me encontré con Anne. ¿sabes? No hay nada que te defienda contra mí. Mi padre se inclinó y le cogió la mano. como si hubiese recibido una caricia imprevista. Pasados cinco minutos. Era evidente que salía de la cama. que estaba hojeando los periódicos. Le supliqué que no me obligase. En la escalera me crucé con Elsa. por desgracia —dijo Anne riendo—. —Siempre tan mala —dijo tiernamente. me creerías igual. de decirle que Anne estaba abajo con su cara maquillada y pulcra. y vi que a Anne le temblaban los párpados. Tu padre. esa mujer. comedidamente. —Qué delicioso espectáculo —dijo—. Tomé mi traje de baño y corrí a la cala. Estuve a punto de advertirle. sentado en su barco. Noté que estaba leve pero perfectamente maquillada. Pensé que tenía veinticinco años. . y eso me dio risa. apoyado con ambas manos en la borda como en el estrado de un tribunal. Que yo tengo tu edad. el ejemplo. Comprendí que no subiría hasta que hablásemos y lo miré con la atención necesaria. Conocía bien su cara. y de nuevo el frescor del fruto. dispuesta a broncearse sin riesgos. No me sentía en absoluto ofendida y me sorprendía su aire solemne. Dos niñas tostándose al sol y hablando del pan con mantequilla. —Quería pedirte perdón por lo de ayer —dijo. borraba de mi rostro las huellas de la almohada. Pero podía tomárselo a mal: tenía veintinueve años. —No te rías —dijo—. Ve a buscar pan con mantequilla. Vino a mi encuentro. iría a bañarme. porque. Estuve a punto de pararla.

—Tú tenías cierta fortuna cuando empezaste —recordó Anne. y se tumbó. Dirigí una mirada de angustia a mi padre. sólo podía reprochársele alguna leve estría en la piel. —¿Y tu examen? —Suspendido —dije con vehemencia—. En aquel momento le quería. salpicada de murmullos. sorbiéndome un . tendiéndoles sucesivamente la mano con esa solicitud y naturalidad que le eran tan propias.. Me solté y nadé hacia el barco. como todo el mundo. Mi padre caminaba entre ambas. A las once y media.. ¡Y bien suspendido! —Tienes que aprobarlo en octubre. se embadurnaba con aceite. de piernas perfectas. tan dulce como yo. Y llevo una vida fastuosa. no me la devolvió y cerró los ojos. sólo una profunda búsqueda. necesariamente. No sonrió: sólo sonreía cuando le apetecía.. —Mi hija siempre encontrará hombres que la mantengan —dijo mi padre noblemente. ¿cómo es que aquí te levantas tan pronto? En París te quedabas en la cama hasta las doce. Era ancho de hombros y su cuerpo duro se apretaba contra el mío. Me contestó con una sonrisilla apurada. me protegía. Vas a ser como un hermano para mí. —¿Para qué? —intervino mi padre—. Abrió los ojos. la cabeza apoyada en su hombro. —Qué simpático eres. para recomponerla. cerrando los ojos para dar por zanjada la conversación. Me vi ante las páginas de Bergson con aquellos renglones negros que me bailaban y la risa de Cyril abajo.. —Tiene que trabajar estas vacaciones —dijo Anne. La pobre Elsa. arqueando una ceja. la llamé en voz baja. El agua estaba verde. Notaba que me inundaba una felicidad. tan simpático. me puse a temblar de placer como él. Dirigí maquinalmente a mi padre una mirada aprobadora. refrescarla. Notaba que era bueno y estaba dispuesto a quererme. No le di ni una semana a mi padre para. Anne seguía llevando el albornoz: se lo quitó tranquilamente. Le eché los brazos al cuello y pegué mi mejilla a la suya. que a mí me gustaría quererle.Ni siquiera resultaba ridículo. —Allí tenía trabajo —dije—. alzada. Hundí la cara en el agua. Para mi sorpresa. Me tenía apretada contra él. Me rodeó con los brazos dejando escapar una pequeña exclamación de enfado y me separó suavemente del barco. Bañado por la luz de la mañana. Yo nunca he tenido ningún título. que estaba hecha una lástima. sujetándolas. Me arrastré hasta Anne. Esbelta de cintura. tan dorado. ante nuestras miradas observadoras. La idea me espantó. Acababa agotada. y no hubo en nuestro beso remordimiento ni vergüenza.. Incliné hacia ella un rostro inquieto. Anne volvió la cabeza hacia mí: —Cécile. Cyril se marchó y aparecieron mi padre y sus mujeres por el sendero. que marchaba a la deriva. nunca por cumplir. suplicante. Cyril —murmuré—.. Elsa se echó a reír y se interrumpió al ver que la mirábamos los tres. una despreocupación perfecta. resultado sin duda de años de constantes cuidados y atenciones. Cuando su boca buscó la mía.

Sólo me lo reprocharás durante un par de días... Pero mi padre no la escuchaba: situado en el vértice del triángulo que formaban sus cuerpos. Elsa peroraba sobre las fiestas de la costa. que lo pierdo todo. suavecita y pulida. en la mano hasta la hora de comer.. incansable. —Tengo que hacerte «eso». no irás a hacerme eso. una mujer galante y una mujer juiciosa. dirigía al perfil de Anne. Me lanzó una mirada divertida e insolente y me volví a tumbar en la arena. a sus hombros.. impávidas. y me zambullí gimiendo sobre las vacaciones que hubiéramos podido tener.poco las mejillas para dar una imagen de intelectual agotada. —Hay cosas a las que no se hace una —dije muy seria.. que yo reconocía. —Anne —dije—. Me miró con fijeza un instante. incluso con estos calores. y aprobarás el examen. y me entran ganas de llorar. conociéndote como te conozco. una piedra rosada y azul. Teníamos todos los elementos de un drama: un seductor. Hundí el brazo para cogerla. Hoy la tengo en la mano. que no tendríamos. regular.. Decidí que era un talismán. Divisé en el fondo del mar una preciosa concha. No sé por qué no la he perdido. obligarme a trabajar con semejantes calores. . la conservé. yo. miradas un poco fijas.. y sonrió misteriosamente volviendo la cabeza a otro lado. Su mano se abría y cerraba sobre la arena con un movimiento suave. rosada y tibia. que no me separaría de ella en todo el verano. inquietísima. como tú dices. Corrí hacia el mar. con lo bien que podrían sentarme estas vacaciones.

le estaba agradecido y no sabía qué hacer para demostrárselo. Le hablaba. gestos. como el sol y la sombra. Sobre todo sus silencios…. Llegué a creer que me había equivocado el primer día. como a una mujer muy respetada. tan elegantes.Capítulo cuarto Lo que más me sorprendió. Eran como la antítesis de la incesnate cháchara de Elsa. que se dirigen a la mujer quien todavía no se conoce y que se desea conocer. claro. que la hacía un poco responsable de mí. una serena amabilidad que me tranquilizaban. Mi padre no habría tardado en cansarse de aquel jueguecillo feroz. como a una segunda madre de su hija: utilizaba incluso esa carta para que en todo momento pareciera que me confiaba a la protección de Anne. No replicó nunca a las numerosas tonterías que abundaban en la conversación de ésta. desde luego. de vincularla más estrechamente a nosotros. fue lo sumamente amable que estuvo Anne con Elsa. Las mismas miradas que sorprendía yo a ratos en Cyril y que despertaban en mí ganas de huir de él y a la vez de provocarlo. Tal agradecimiento no era por lo demás sino un pretexto. con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que hubieran puesto a la pobre Elsa en ridículo. . Yo debía de ser en ese punto más influenciable que Anne. en los días siguientes. en cambio. esos silencios tan naturales. pues no veía que esa inequívoca amabilidad excitara a mi padre. con la intención de acercársela más. Así. sin reparar en la habilidad que ello implicaba. En el placer. Yo aplaudía para mis adentros su paciencia y generosidad. quien mostraba con mi padre una indiferencia. Pero tenía con ella miradas.

inspirada. me vino a la mente una idea cínica. que era pobre y débil.. Tornó a cerrar los ojos y empezó a hablar con voz queda. Durante un instante. —Es otra cosa —decía Anne—. Me desprecié y ello me resultó especialmente duro porque no estaba acostumbrada a hacerlo.. ni para bien ni para mal. Más me hubiera valido callarme. Enseguida había visto en mi frase una broma de mal gusto. Se volvió hacia mí con expresión hastiada. Hizo un gesto evasivo con la mano y cogió un periódico. consciente de lo equívoco de mi frase. Me hubiera gustado que se enfadase. en aquel momento. la dulzura. Para consolarla. Subí a mi cuarto y me sumí en la ensoñación. Las . sorprendido. que abandonara aquella resignada indiferencia ante mi carencia sentimental. El cigarillo le humeaba en los dedos. en el cine americano. a merced de los demás. Me disculpé de inmediato. sin embargo. un beso. Un cariño constante. Me sentí obligada a decir algo: —La gente dice que la siesta descansa mucho. paciente: —Te haces una idea un poco simplista del amor. resulta penoso. no se daba cuenta de nada. Elsa se levantó y. más que estúpido. No hubo en su tono el menor equívoco.. lo siento. al llegar a la puerta. Tenía un rostro deliberadamente sereno y relajado que me emocionó.. pero al final asintió sonriendo. que yo vivía como un animal. Ya sé que en el fondo estarán muy contentos. No consiste en una serie de sensaciones independientes entre sí. Rara vez me juzgaba a mí misma. ese tipo de siesta no será muy excitante para ninguno de los dos. inquirió: —¿Vienes. Tras tomar el café. casi ruboroso. La vi murmurarle algo al oído antes de comer. debió de notar algo. A tu edad.Pobre Elsa…. sin coherencia. de embriagadora complicidad conmigo misma. a eso se reducía todo mi recuerdo. seguía exuberante y agitada. Un día. mi padre pareció disgustado. que me encantó como todas las ideas cínicas que se me ocurrían: me daban una especie de aplomo. Anne no se movió. e imprimiendo a su entonación diez años de galantería francesa. según me pareció. Raymond? Mi padre se levantó. Me irrité bruscamente: —Sólo lo decía en broma. —Aborrezco ese tipo de reflexiones —dijo Anne—. con las insolaciones de Elsa. N pude por menos de expresarla en voz alta: —Te diré que. y fue tras ella al tiempo que ensalzaba las virtudes de la siesta. un gesto. Pensé que tenía razón. Tal vez.. la añoranza. Una emoción súbita ante un rostro.. Instantes plenos. —Por favor— dijo Anne secamente. se volvió hacia nosotros con expresión lánguida. de interceptar una mirada de mi padre. envidaba apasionadamente a Elsa. Cosas que tú no puedes entender. con la cara ajada por el sol. pero a mí no me lo parece… Me interrumpí de inmediato. Pensé que así habían sido todos mis amores.

. ¿Había añorado yo alguna vez a alguien? No recuerdo los incidentes de aquellos quince días.. «si ha de ocurrir. felicitó repetidas veces a la señora. Le llamaba con un diminutivo afectuoso. Debo confesar que nunca temían perder el tiempo. Una tarde fuimos a tomar té a casa de la madre de Cyril. Cyril se dirigía a él como «señor». y yo me preguntaba cuál de los dos era el adulto. Ha cumplido con sus deberes de madre y de esposa. Mi padre se identificó con ella y. mientras dirigía a Anne miradas de gratitud. Tuvo un hijo. —Y es así —dijo Anne—. —¿Y con su deber de puta? —dije. Ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa indulgente y divertida que me sacó de mis casillas: —No os dais cuenta de que está satisfecha de sí misma —grité—. como suele decirse. aquellas tres semanas felices en definitiva. amenazante. pero alguna noción tengo. Tenía en gran estima a Cyril. musitándonos palabras de amor que olvidaba al día siguiente. navegábamos a vela por la costa. —Me desagradan las groserías —replicó Anne—. sobre todo desde que este último le había dejado ganar una carrera de crol. seguía oyendo las palabras de Anne: «Es otra cosa. Durante el día. pero que sonaban dulcísimas la misma noche. Pero aquellas tres semanas. ¿Qué día miró mi padre ostensiblemente la boca de Anne.sábanas estaban tibias debajo de mí. a mi padre el enamoramiento le durará tres meses y Anne conservará de todo ello algunos recuerdos apasionados y un poco de humillación. Yo prorrumpí en imprecaciones contra esa clase de ancianas.. pensaba para mí. me acuerdo con toda exactitud pues dediqué a ello toda mi atención. declaró que la señora era encantadora. bailábamos al ritmo de un transido clarinete. por supuesto. Anne contemplaba el espectáculo esgrimiendo una amable sonrisa. Íbamos con frecuencia a las boîtes de SaintTropez.. Como ya he dicho.» ¿Ignoraba acaso que Anne no era la típica mujer a la que se puede abandonar por las buenas? Pero estaba allí Cyril y él me bastaba para llenar mis pensamientos. es una añoranza». A veces nos acompañaba mi padre.. De lo que vino después hasta el final de las vacaciones.. Se casó como se casa todo el mundo. por deseo o porque toca hacerlo. o le reprochó en voz alta su indiferencia fingiendo reír? ¿Cuándo comparó sin sonreír su sutileza con la simpleza de Elsa? Mi tranquilidad descansaba en la idea estúpida de que se conocían desde hacía quince años y en que si hubieran tenido que quererse. ¿ya sabes cómo vienen los hijos? —Supongo que menos que tú —ironizó Anne—. «Y». Era una anciana apacible y sonriente que nos habló de sus dificultades de viuda y de madre. —Si no hay ninguna paradoja. aunque sean paradójicas. habrían empezado a quererse mucho antes. . De que se enorgullece de su vida porque tiene la sensación de haber cumplido con su deber y. no quería ver nada concreto. A la vuelta. todas mis posibilidades.

mi vida y la de mi padre corroboraban esa teoría y Anne me humillaba despreciándola. Pero Anne no me consideraba un ser pensante. —Es un espejuelo —grité—. ¿Cómo podía ser un espíritu elevado? .—Bien. Puede que fuera cierto. Con todo. que mis convicciones no durarían. Probablemente se ahorró las angustias y las molestias del adulterio. sí que habría tenido mérito. Si. no me costaba admitir que al cabo de un mes tendría una opinión distinta sobre el particular. pues educó a ese hijo. pero era verdad que lo había oído decir. —Repites cosas que están de moda pero que son insustanciales —dijo Anne. nacida en su ambiente. primordial. Una se dice después: «He cumplido con mi deber» porque no ha hecho nada. No esperaba que se me brindara tan pronto la ocasión de ello ni que supiera aprovecharla. Pensaba lo que decía. Por lo demás. ¿comprendes? Se hallaba en la situación de joven burguesa esposa y madre y no ha hecho nada por salir de ella. abrirle los ojos cuanto antes. Ha llevado la vida que llevan miles de mujeres y se siente orgullosa. —No tiene mucho sentido lo que dices —observó mi padre. Se jacta de no haber hecho esto o aquello y no de haber realizado algo. se hubiese convertido en una mujer de la calle. Me parecía urgente. Se puede estar tan apegado a nimiedades como a otras cosas.

un poco demasiado exótica para mí. Anne no se puso a tales mundanidades. Me quedé suspensa en el umbral. —Ve a ver si está lista —me pidió mi padre—. No sin inquietud. al que se . —Ya que no están aquí y que se permiten hacernos esperar. no parecía reparar en ello. subí a mi habitación a ponerme un vestido de noche. Me gritó que pasase. Recobré la euforia que precedía a nuestras salidas. de un gris extraordinario. Cuando lleguemos a Cannes. —Tienes que enseñarme a bailar el bebop —dijo. Realmente no tenía nada de anciano. deslumbrante con su esmoquin nuevo. respiré su perfume familiar. Mientras bailábamos. tendía a vestirme a lo mujer fatal. casi blanco. Dejó de bailar para recibir con un murmullo maquinal y halagador la llegada de Elsa. —¿Nos vamos? —Todavía no ha bajado Anne —dije. en la comisura de los labios. fuese por gusto o por costumbre. Llevaba un vestido gris. calor y tabaco. Una mañana mi padre decidió que aquella noche nos iríamos a jugar y a bailar a Cannes. Esta bajaba la escalera lentamente con su vestido verde. Incluso pareció hacerle bastante gracia la idea. el único por lo demás que poseía. pero el resultado era más meritorio que brillante. irreprimible como la mía.Capítulo quinto Y un buen día todo terminó. nos habrán dado las doce. Bailaba siguiendo el ritmo. —Después de Cyril —dijo sin creerlo—. mezcla de colonia. —Después de Elsa y de Anne —dije sin creérmelo yo tampoco. Había sacado el máximo partido de su pelo reseco y su piel quemada por el sol. Por fortuna. al concluir la cena. esgrimiendo una desenfadada sonrisa mundana. su sonrisa de casino. ven a bailar con tu anciano padre y sus reumas. Contrariamente a mis previsiones. Y yo no conozco ninguna muchacha más guapa que tú. con los ojos entornados y una sonrisa feliz. olvidando su reuma. Lo había elegido mi padre. era una tela exótica. Recuerdo la alegría de Elsa. —Eres el hombre más guapo que conozco. sin duda. En el clima familiar de los casinos pensaba recobrar su personalidad de mujer fatal un tanto atenuada por las quemaduras del sol y el casi aislamiento en que vivíamos. y le eché los brazos al cuello. pues mi padre. Subí la escalera enredándome con el vestido y llamé a la puerta de Anne. Me lo encontré abajo.

El sudamericano pareció lamentarlo un instante pero con otro whisky se animó. lo que exigía no poca energía. —¡Magnífico! —exclamé—. Pasó ante mí sin comentar mi vestido. —Ese gris es un acierto —dijo. ya sé dónde están —dije sonriendo. Elsa también la miraba bajar. con el pie apoyado en el primer escalón. Yo no pensaba en nada. estás maravillosa. aunque a ratos te pones pesada. —Anne —dijo mi padre—. alzando el rostro hacia ella. Aunque conocía a un par de monstruos sagrados. De pronto me entró una gran indignación contra mi padre. Nos reíamos tanto que cuando Elsa me golpeó en el hombro y vi sus aires de Casandra. Me preguntó bruscamente dónde estaba mi padre. no le interesaba la técnica teatral. cosa que a un tiempo me alegró y me dolió. Sus ojos eran de un azul oscuro. Tenía una expresión alterada. la nuca dorada. un poco más abajo. La cosa se puso aún más graciosa cuando se empeñó en bailar. como ciertas tonalidades del mar al amanecer. Ella le sonrió al pasar y cogió el abrigo. mi padre se las ingenió para que nos perdiéramos de vista. Se le había ido el maquillaje. parecía concentrar en su persona toda la seducción de la madurez. —Eres una chiquilla simpática. Yo me sentía ya totalmente al margen del juego. y luego se alejó. estuve a punto de mandarla al infierno. como se sonríe a alguien de quien uno va a separarse. la figura de Elsa. —¿Nos encontramos allá? —dijo—. con Elsa y un amigo suyo. —El acierto eres «tú». Anne! Sonrió en el espejo. como si yo pudiese saber algo. ¿Vienes conmigo. —No los encuentro —dijo. a pesar de su estado. su conversación resultaba interesante por la pasión que ponía en sus palabras. Los vi iluminarse y sonreír. Cuando en una curva nos adelantó el cabriolé de mi padre. Cécile? Me dejó conducir el coche. su mano tendida y. Me cogió de la oreja y me miró. el rostro deslumbrado de mi padre. Recalé en el bar. Su descortesía era inconcebible. delante de mí.adhería la luz. pues había participado por cortesía en sus libaciones. Bajó la escalera la primera y vi que mi padre salía a su encuentro. ¡Qué vestido. Recuerdo exactamente aquella escena: en primer plano. Enseguida . un sudamericano medio borracho. Se dedicaba al teatro y. Aquella noche. Ni parecía reparar en el trompeteo enloquecido de la radio. ante un espectáculo en el que no podía intervenir. ni pestañeó. dejándole la cara desnuda y ojerosa. —¡Ah!. como si se tratase de algo muy natural que no debía inspirarle la menor inquietud—. En el casino. Pasé una hora agradable con él. Me veía obligada a aguantarlo y a apartar los pies para que no me pisara. ya más lejos. Se detuvo al pie de la escalera. Pero Elsa se aburría. los hombros perfectos de Anne. Ofrecía un aspecto lamentable. estaba en plena euforia. Anne no decía nada. Estaba tan preciosa la carretera de noche que conduje lentamente.

Caminé lentamente hasta el casino. ¿Te he hecho mucho daño? —No. debían de estar hablando en voz baja. ¿Qué haces tú aquí? —¿Y vosotros? Elsa lleva buscándoos una hora. extrañamente hermosos a la luz de las farolas. Me acerqué por detrás y los divisé por el cristal del fondo. mientras se me atropellaban mil pensamientos en la cabeza. Anne volvió la cabeza hacia mí. sorprendido. pero me acordé de Elsa y abrí la portezuela. Se miraban. como a su pesar: —Regresamos.. Cuando os hayáis divertido bastante. Pero tienes el suficiente tacto para arreglarlo todo lo mejor posible. sin hacerme caso. Dile que estaba cansada y que me ha acompañado tu padre. la dejas tirada. Permanecí inmóvil junto a la portezuela. con expresión hastiada. ¡Demasiado fácil! ¿Y ahora qué le digo yo a Elsa? Anne se había vuelto hacia él. como si fuese un poco tonta: —No seas mala. asido a su . cayó en los brazos de Elsa. lo siento mucho por Elsa. Saqué precipitadamente la cabeza de la portezuela. Yo temblaba de indignación y no me salían las palabras.. Mi único consuelo era el pensar en mi propia delicadeza. El le sonreía. privado de mi apoyo. Necesité un buen rato para dar con él en el aparcamiento. El sudamericano. Su súbita dulzura.. —Ven —dijo Anne. —Discúlpate —ordenó mi padre. Exploté indignada: —Le diré. Apenas me miraron. Mañana hablaremos. donde pareció encontrarse a gusto. cuando ves que se ha pelado toda. La mano de mi padre descansaba en el brazo de Anne. Estaban allí. Pensé con tristeza que estaba más rellenita que yo y que no cabía reprochárselo. —Llevas a la playa a una chica de piel delicada y. —¿Os lo pasáis bien? —pregunté cortésmente. Los vi marcharse y me sentí completamente vacía. lentamente. no —dije cortésmente. volvéis con mi coche. Me puso la mano en la mejilla y me habló con dulzura. me daban ganas de llorar.vuelvo.. —¿Qué ocurre? —dijo mi padre con tono irritado—. Pero ¿no os dais cuenta? ¡Es repugnante! —¿Qué es lo que es repugnante? —preguntó mi padre. veía moverse sus labios. Tenía ganas de irme. donde me encontré a Elsa y al sudamericano. lentamente. El bofetón me había hecho daño. No parecía amenazadora y me acerqué. —Cuando nos hayamos divertido bastante. El casino era grande: lo recorrí dos veces sin resultado. le diré que mi padre ha encontrado a otra mujer con quien acostarse y que espere sentada. Las actitudes nobles se me ocurren siempre demasiado tarde. mi arrebato anterior. Vi sus perfiles muy próximos y muy graves. ¿de acuerdo? La exclamación de mi padre y el bofetón de Anne fueron simultáneos. Inspeccioné las terrazas y al final pensé en el coche.

brazo. nos llevábamos bien. Elsa. Capítulo sexto La mañana siguiente fue penosa. La miré. Adiós. Busqué un argumento convincente: —Ha tenido náuseas. ¿Vamos a tomar algo? Elsa me miraba sin contestarme. pero me pareció perder a una vieja amiga. es horroroso. sin duda por los whiskies de la víspera. Me desperté atravesada en la cama. Cécile. sin saber qué hacer. pero Elsa se echó a llorar. —Anne no se encontraba bien —dije con tono desenfadado—. que sollozara el sudamericano. Vámonos las dos a casa. —No está todo dicho. con la boca pastosa y el cuerpo desagradablemente empapado. que se le corriese el rímel. en la oscuridad.. —Volveré a recoger mis maletas —sollozó—. su vestido ha quedado hecho una lástima. despacito. Redoblaban sus sollozos. El sudamericano se echó a llorar a su vez. La ha tenido que acompañar papá. oh. —Cécile —dijo—. Habría hecho cualquier cosa por evitar las lágrimas de la pobre Elsa. Cécile.. Tal pormenor se me antojaba de una autenticidad irrefutable. A través de . tristemente. éramos tan felices. repitiendo: «Éramos tan felices. En aquel momento aborrecí a Anne y a mi padre. Di media vuelta bruscamente y eché a correr hacia el coche. Nunca había hablado con ella de otra cosa que no fuese del tiempo o de modas. tan felices».

—¿Qué pasa? Ponéis cara de misterio.. Anne me miraba. de orgullo. No tenía ganas ni de levantarme ni de quedarme en la cama. —Me gustaría preguntarte algo —dijo por fin. Pensé: «No es posible».. el refinamiento de Anne. Mi padre y Anne estaban ya en la terraza.. —Regular —contesté—. Se miraba las manos. un triunfo. veladas felices. —¿Has dormido bien? —preguntó mi padre. De repente. que me hubiera indignado y tranquilizado a un tiempo. Amigos inteligentes. Me inundaba un sentimiento de superioridad. un rostro desconocido. el mío. las Elsas me parecieron despreciables. Había en el silencio de ambos una especie de textura. un bofetón y unos sollozos. esa vida que le envidiaba. hasta que su silencio me obligó a alzar la vista. Me preguntaba si Elsa regresaría y qué caras pondrían Anne y mi padre aquella mañana. Vislumbré de pronto la vida que llevaríamos los tres. No me atreví a mirarlos por pudor. ¿por qué lo advertía de un modo tan evidente. No me cabía en la cabeza: mi padre. Me serví una taza de café. Me obligué a pensar en ellos para poder levantarme sin notar el esfuerzo. Me puse a repetir esa palabra. tranquilas. Ambos sonreían con cara de felicidad.. las cenas tumultuosas. Mi padre encendió un pitillo con gesto que pretendía aparentar tranquilidad. El espejo me devolvía un inste reflejo. la boca hinchada. esas proporciones.las rendijas del postigo se filtraba un rayo de sol por el que subían apretadas columnas de polvo. Me temí lo peor: —¿Algún otro recado para Elsa? Volvió la cara hacia mi padre: —Tu padre y yo queremos casarnos. sensibles. Perdíamos la independencia. hundido y arrugado por la disipación. Durante un minuto esperé de él una señal. una vida equilibrada de pronto por la inteligencia. manifiestamente nerviosa por una vez. mirándome a los ojos. esos odiosos y arbitrarios límites la causa de mi debilidad y cobardía? Y si estaba limitada.. en efecto: unas miserables copas. tan obstinadamente opuesto al matrimonio. Estaba demasiado cansada para aguantarlo mucho tiempo. Valiente disipación. odiando aquel rostro de lobo. Farfullé un vago saludo y me senté frente a ellos. ¿Serían esos labios. —Es una idea estupenda —dije para ganar tiempo. Eso me impresionó: la felicidad siempre me ha parecido una ratificación. los sudamericanos. tan contrario a mi manera de ser? Me complací detestándome. Por fin lo logré y pisé las frescas baldosas de la habitación. y de pronto me vi sonreír. un guiño. a cualquier tipo de vínculo. pero sabía ya que era cierto. doliente y aturdida. Aquello cambiaba por completo nuestra vida. de espera. única señal de su noche de amor. . Anne estaba ojerosa. sentados muy juntos ante la bandeja del desayuno.. decidido en una noche. La miré fijamente y luego miré a mi padre. me apoyé en él: unos ojos dilatados. que me hacía sentirme incómoda. Anoche bebí demasiado whisky. Me cepillé los dientes y bajé. sordamente. lo probé y lo dejé de inmediato.

embotada por el sol. Pasaría a ser una persona cabal. Cuarenta años. la indiferente Anne Larsen se casaba con él. Mi padre se levantó a buscar una botella de champaña.. pero que para ellos yo no era en efecto más que un gato. unidos por un pasado. Por mi parte. un futuro. transformado por las fatigas del amor. —Temía que tuvieras miedo de mí —dijo. Con ello quería decirme a la vez que lo sabía y que era inútil. y. me aliviaría la vida. Ella hizo con su cuerpo un movimiento hacia él que me hizo bajar los ojos. Oyéndola.. pero lo había visto tantas veces feliz a causa de una mujer. quizá los últimos impulsos de los sentidos. Elsa no apareció aquellos días. me reí con ellos. hacia ella. también mi padre. ¿habíamos creído alguna vez en ellos? Acudir a comer a las doce y media todos los días en el mismo sitio. sino como en un ente abstracto: había visto en ella aplomo. ¿no era feliz? Anne era perfecta. llenos de reticencias. —Gatita mía.—Es una idea estupenda de verdad —repetí.. Los notaba por encima de mí. pero nunca sensualidad. no le conocía la menor mezquindad. por su vitalidad. parecía más accesible. gatita —dijo mi padre. Estábamos los tres en la terraza. debilidad. Trazábamos complicados planes para amueblar la casa. me marcaría en cualquier circunstancia el buen camino. —¿Por qué? —pregunté. Comprendía que mi padre se sintiera ufano: la orgullosa. que era lo principal. —Ven aquí. porque mi padre regresaba bailando con una botella debajo del brazo. y se echó a reír. cenar en casa. con la inconsciencia de quienes no los han cumplido nunca. ¿lo creía de .. por ese brazo firme y reconfortante. Una semana pasa muy rápido. me daba la impresión de que mi veto hubiera podido impedir el matrimonio de dos adultos. y les sonreí. agradables. —Sufría un poco por ti —dijo Anne. Se le veía feliz. Además.. únicos. Se sentó junto a Anne y le rodeó los hombros con el brazo. no dejaba de pensar que tal vez mi vida estaba dando un cambio. conmigo. me miraban con dulce emoción.. más tierno que nunca. por vínculos que yo desconocía. me acariciaban la cabeza. para establecer horarios. no salir por la noche. Me eché a reír también porque efectivamente me inspiraba cierto miedo. el miedo a la soledad. Voluntariamente cerré los ojos. El rostro de Anne. Mi padre y yo nos complacíamos en hacerlos ajustados y severos. elegancia. encantado. inteligencia. sabía que te alegrarías —dijo mi padre. podría quererla durante mucho tiempo? ¿Podía yo distinguir ese cariño del que profesaba a Elsa? Cerré los ojos. Sin duda por eso se casaba con él: por su risa. yo estaba asqueada. —¿No te parece ridículo este matrimonio de viejos? —No sois viejos —dije con toda la convicción necesaria. ¿La quería. de temores secretos y de bienestar. Estaba medio arrodillada ante ambos. Me guiaría. recobré mi papel. Siete días felices. apoyé la cabeza en sus rodillas. Nunca había pensado en Anne como en una mujer. En definitiva. que no tenían que ver conmigo. un animalillo afectuoso. Estaba relajado. Me tendió las manos y me atrajo hacia él. su calor.

por mera cortesía. nuestras transformaciones internas. organizada. Todo el mundo nos tomaba por una familia unida. con gran dulzura. y sin duda si Cyril me hubiera querido menos. se inclinó hacia mí y me besó en el hombro antes de alejarse.. a la vuelta de vacaciones. Uno. me hacía rodar por la pinaza. aquella semana me habría convertido en su amante. A las seis. su cara suavemente marchita por la mañana. mejor que no hablase tanto. mirando a Anne. tanto para él como para mí. dos.veras posible mi padre? Sin embargo. La boda debía celebrarse en París. miradas de malicia o de compasión. Anne se mostraba relajada. más lentamente. medio desnudos los dos a la luz llena de arreboles y sombras del crepúsculo y comprendo que aquello pudo engañar a Anne. se abalanzaba sobre mí gritando victoria. cuatro latidos del corazón y el rumor tan suave sobre la arena. nos besábamos cuando nos apetecía y. y en mis oídos sólo resonaban los pasos rápidos y reiterados de mi propia sangre. y el palpitar del corazón de Cyril contra el mío acompasado con el romper de las olas sobre la arena. Aquello me irritó: si pensaba en otra cosa. Al anochecer. se me aparecía la cara de Anne. Esta se volvió hacia Cyril y le habló con suavidad. al regresar de las islas. Conservé de aquella semana un recuerdo que hoy me complazco en explorar para probarme a mí misma. tres.. y me hubiera gustado. disfrutaba recobrando un papel propio de mi edad. y yo. confiada. la vida burguesa. que aquello durase toda la vida. Los veía bajar por la mañana. para entrar en calor. por supuesto. elegante. Sin duda todo esto no era. Me dirigí hacia ella. El pobre Cyril había seguido. como si pensase en otra cosa. Cyril se levantó de un salto. avergonzado. sino castillos en el aire. Recuerdo todavía el sabor de aquellos besos jadeantes. Cyril no contestó. Pero este desenlace legal era de su agrado. Pronunció mi nombre con tono seco. enterraba alegremente la bohemia y ensalzaba el orden. sus besos se tornaban precisos. yo no dejaba de oír ya el ruido del mar. Regularmente me alcanzaba antes de llegar a casa. de feliz indolencia que confería el amor a sus gestos. solíamos bajar a tomar un aperitivo a una terraza frente al mar. ojerosos. mi padre la quería. Los besos se agotan. me besaba. Ese gesto me sorprendió. Anne me miraba con la misma cara grave e indiferente. con esa suerte de lentitud. Yo me incorporé a mi vez. como si no lo viese: —Espero no volver a verte —dijo. normal. Una noche nos separó la voz de Anne. a veces. dos. estar . lo prometo. Caminábamos hacia la casa por el pinar y. Cyril estaba tumbado sobre mí. uno.. riendo juntos. no sin cierto asombro. aparentando. Navegábamos juntos. uno: él recobraba el aliento. me emocionó como si fuera un compromiso. acostumbrada a salir sola con mi padre y a suscitar sonrisas. ineficaces. cuando apretaba su boca contra la mía. apoyados el uno en el otro. tres. inventábamos juegos de indios y carreras en las que me dejaba salir con ventaja. estrechos. Cyril arrastraba el barco hasta la arena. y la envidiaba. me inmovilizaba..

Como siempre. —Hazme el favor de no volver a verle —replicó. un cigarrillo.. por lo menos? Ojo con los cabrones. Anne se ha pensado que. pobrecillo. alcé los ojos y mi padre bajó los suyos. a quien castigaba sin que pareciese dolerle. —También Cécile es una buena chica —dijo Anne—. en fin. yo. no soy una delatora. verla balancearse. Me hablaba de pie. como si fuese algo que había que doblegar y no yo.. mis protestas de inocencia con esa forma de indiferencia peor que el desprecio. A Anne ni se le había pasado por la cabeza. muy apurado: . Cécile. Ese tipo de cálculo no iba con ella.. La vi adoptar su hermosa máscara de desprecio.. —No me he pensado nada —me cortó—. Mi única esperanza era mi padre. ¿A ti no? Al oír ese «¿a ti no?».. a quien conocía de toda la vida.. Anne pensaba lo que decía: recibiría mis argumentos. me parece inevitable. porque ello me habría permitido despreciarla. ese Cyril es un buen chico. ahora soy un poco responsable de ti y no dejaré que eches a perder tu vida. intentó tomárselo a broma: —¿Qué me dices? ¿Y qué hacían? —Nos besábamos —grité con vehemencia—. examinándome. Pero creo que sería bueno que dejara de verlo durante algún tiempo y se dedicase a estudiar un poco de filosofía. balancear una pierna. decirme: «No le diré nada a tu padre. erguidas. —Pobre niña. Me alegraba y se lo echaba en cara a un tiempo. —dijo mi padre—. —Me gustaría que le dieses un par de buenos consejos a tu hija. tener un objeto en las manos.. sin moverse: a mí me hacía falta un sillón. Me volvió la espalda y caminó hacia la casa con su andar indolente. la compañía constante de ese chico y el ocio de que disfrutan. No protestes: tienes diecisiete años. Era de esas mujeres que pueden hablar. Mi padre.. gatita? ¿Es guapo y sano. tienes trabajo y eso te tendrá ocupadas las tardes. —Tampoco hay que exagerar —dije sonriendo—. y parecían estar muy acaramelados. como dando por sentado que yo mentía—. como si yo no existiese.. Tendría que reaccionar así. esa cara de hastío y desaprobación que la favorecía admirablemente y que me asustaba un tanto: —Deberías saber que este tipo de distracciones acaba generalmente en la clínica. La cena transcurrió como una pesadilla. Al fin y al cabo. La consternación me dejó clavada en el suelo. Y con la total libertad que tiene aquí.apurada. Reaccionaría como de costumbre: «¿Qué chico es ése. evitó dar ese paso en falso y sólo después de la sopa pareció recordar el incidente.. Por eso sentiría muchísimo que le ocurriese un accidente. y yo me sentía terriblemente molesta. por eso no voy a ir a una clínica. Raymond. hija». Me quitó maquinalmente una aguja de pino del cuello y pareció que empezaba a verme de verdad. Esta noche me la he encontrado en el pinar con Cyril. de lo contrario se acabarían mis vacaciones. Además. No he hecho más que besar a Cyril. pero debes prometerme que estudiarás».

la despreocupación. que me estaría esperando en la cala dorada. No es tan grave.—Seguramente tienes razón —dijo—. Porque nos haría ser felices. me tropecé con una frase de Bergson. Sí. Pensé en ella con tal vehemencia que me senté en la cama. Aparté la mano suavemente: —Sí —dije—. la amabilidad. Por fin. y por más que medie una gran distancia entre una regla de conducta y una afirmación sobre el fondo de las cosas. Me acordaba del desayuno de hacía un momento. es grave. vas a cambiar tu imagen de muchacha montaraz por la de buena colegiala. Humillada. que me impedía quererme a mí misma. Lo dije tan quedo que no me oyeron o no quisieron oírme. Necesité unos minutos para comprenderla: «Por mucha heterogeneidad que podamos hallar en principio entre los hechos y la causa. —¿A ti qué te parece? —contesté secamente. Veía claramente con qué facilidad nosotros. sentimiento que despreciaba.. me miraba sonriendo: planteada así. Recordaba con ganas de llorar nuestras antiguas complicidades. Era una mujer demasiado eficaz. destrozada por el rencor. No podía seguir. Me daba cuenta de que la despreocupación es el único sentimiento que puede inspirar nuestra vida sin darnos argumentos para defendernos. Cécile. de mala conciencia en el que. tan impotente como al leerla por primera vez. deberías estudiar un poco. nuestras risas cuando regresábamos de madrugada en coche por las calles blancas . y que había que apartarla de nuestro camino. me perdía yo misma. del suave balanceo del barco. el impulso de amar a la humanidad nos ha venido siempre de un contacto con el principio generador de la raza humana». del sabor de nuestros besos. Yo estaba desconcertada. nos convertiría poco a poco en el marido y la hijastra de Anne Larsen. y pensé en Anne. y sólo durante un mes. O sea. inestables. No querrás repetir. eso era lo que le echaba en cara a Anne. y luego en voz alta. que me hacía sentirme ridícula. de que lo había pasado con los dientes apretados. que no era más que una niña mimada y perezosa y que no tenía derecho a pensar así. lo tenía. al fin y al cabo. y me dije que aquello era estúpido y monstruoso. Esa expresión apurada. con el corazón palpitándome. cederíamos al atractivo de las normas y de la responsabilidad. supongo. hecha para la felicidad. bien educadas y felices. la discusión era sencilla. me torturaba. que le había visto en la mesa me obsesionaba. ¿no? Me miraba. —Vamos —dijo Anne tomándome la mano por encima de la mesa—. Me repetí esa frase. Yo. me arrojó sobre la cama. Mi padre empezaba ya a distanciarse de mí. huidiza. demasiado inexperta para la introspección. ¿Y qué me aportaba Anne? Sopesé su fuerza: había querido a mi padre. primero lentamente para no ponerme nerviosa. Hundí la cabeza entre las manos y la miré con atención. sí.. miré las líneas siguientes con la misma aplicación y buena voluntad. Me acordé de Cyril. Y seguí cavilando a mi pesar: cavilando que Anne era funesta y peligrosa. en dos personas civilizadas. Me miró y apartó los ojos de inmediato. la comprendí y me sentí tan fría. y de pronto algo se alzó en mí como una ráfaga de viento. A la mañana siguiente. penetraba por su culpa en un mundo de reproches.

Con qué encantos se me aparecían de repente los dos felices e incoherentes años que acababan de pasar. Transcurridos tres meses. . En la terraza. Estuve cavilando toda la tarde al respecto.. recobrar a mi padre y nuestra vida de antaño. Lo vi petrificarse en un gesto de interrogación. ironía. yo tenía a Bergson. pasando por una serie de estados desagradables pero resultantes todos ellos del siguiente descubrimiento: estábamos a merced de Anne. Era absolutamente necesario reaccionar. y de mal pensar y de pensar poco. Bergson y Cyril. Lo miré violentamente.de París. me consolara.. ¿y con quién había hablado yo sino con él? De todo habíamos hablado: del amor. Era cierto que le gustaba la juventud. Mi padre y Anne callaban: tenían ante ellos una noche de amor. Le miré. me hubiese gustado que me cogiese en sus brazos. Mi padre se creyó obligado a bromear: —Lo que más me gusta de la juventud es su vitalidad. o al menos la ausencia de Cyril. Me hubiese gustado que alguien me acariciara. No puedo decir «de ser yo misma» puesto que no era más que un barro moldeable. no tendría ni ganas. en el rectángulo luminoso proyectado por la mesa del comedor. balancearse. me desarmaba él mismo. como por la mañana. Ni siquiera sufriría: Anne obraría con inteligencia. encontrar la de mi padre. comprendiendo tal vez que aquello ya no era un juego y que peligraba nuestra armonía. Y ahora me abandonaba. Ya sólo me compadecía de Anne. Estaba desesperada. No estaba acostumbrada a meditar. súbitamente alarmado. Sé que pueden achacarse complicados motivos a ese cambio. como si estuviese segura de vencerla. La libertad de pensar. dulzura. me ponía de malhumor. compadecerme de mí misma. una mano larga y viva. No contesté. Pero yo sé las verdaderas causas: fueron el calor. su conversación.. Habíamos acabado de cenar. pero sí la libertad de rechazar los moldes. de la muerte. remodelada y orientada por Anne. con dureza.. esos dos años de los que tan pronto había renegado el otro día. Todo eso se había acabado. pensando: «No me quieres ya como antes. tengo remordimientos por hacerte trabajar. Anne se volvió hacia mí: —Tienes mala cara. de la música. Intenté llorar. la libertad de elegir yo misma mi vida. vi la mano de Anne. fue en vano. Pensé en Cyril. no sería capaz de resistirme. Me miró también. que pueden atribuírseme magníficos complejos: un amor incestuoso por mi padre o una animadversión malsana por Anne. En la mesa. Ahora me tocaba a mí verme influida. me aborrecía demasiado a mí misma por aquella especie de drama que ya no podía detener. en aquella terraza acribillada por las cigarras y la luna. me has traicionado» e intenté hacérselo entender sin hablar. me reconciliara conmigo misma. no abrí la boca. de elegirme a mí misma.

Entretanto. Y de repente aquellos pocos días me alteraron lo bastante como para obligarme a meditar. es autoritaria. Pensaba: «Es fría. la espiaba de continuo. Ya no veía en ella más que un ser hábil e indiferente.. por más que pareciesen de lo más verosímil. juzgándome sincera.Segunda parte Capítulo primero Me sorprende la nitidez de mis recuerdos a partir de aquel momento. gritando que me engañaba a mí misma. pensaba. a nosotros nos . Pero. reconciliarme conmigo misma. me sublevaba. nosotros independientes. por ello. durante las comidas. pensaba a lo largo de la comida: «Ese gesto que le ha dirigido.» Pero ¿por qué juzgarme así? Siendo sencillamente yo. no era libre de calibrar lo que ocurría. Encontraba disculpas. Sufría todos los horrores de la introspección sin. a intervenir en ella. Adquirí una conciencia más atenta de los demás. Me habían acompañado siempre. «Ese sentimiento hacia Anne». un amor como nunca volverá a inspirar mi padre? Y esa sonrisa hacia mí con un asomo de inquietud en los ojos. ¿cómo puedo echársela en cara?». me las murmuraba a mí misma. Por primera vez en mi vida ese «yo» parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente. la idea de que iba a compartir nuestra vida. no le interesa la gente. Miraba a Anne.». a poner atención en mi vivir. La espontaneidad y un egoísmo fácil habían sido siempre para mí un lujo natural.. Anne decía: «Cuando regresemos a París. de pronto. es indiferente. de mí misma. en realidad. «es estúpido y miserable. nosotros efusivos. ¿acaso no es amor. feroz. y el deseo de apartarla de mi padre. Raymond. guardaba a mi pesar un tenso silencio que acababa incomodándoles. Pero. ¿no era esa otra quien me engañaba? ¿No era esa lucidez el peor de los errores? Me debatía horas enteras en mi habitación para dilucidar si el temor y la hostilidad que me inspiraba Anne en aquel momento tenían razón de ser o yo no era más que una joven egoísta y mimada con ínfulas de falsa independencia. iba adelgazando un poco más cada día. Entonces. y bruscamente surgía otro «yo» que tachaba de falsos mis propios argumentos. en la playa no hacía más que dormir y.

. —Me trae sin cuidado mi examen —grité—. Nosotros dos somos de verdad los únicos que estamos vivos y ella va a deslizarse entre nosotros con su tranquilidad.. Y eso que le bastaría trabajar de verdad. haz un esfuerzo. mientras yo dormitaba en la playa tras el baño matinal. ¡No! No era del todo cierto. sin comprender la causa de tal inquietud. nosotros somos alegres. la inteligente Anne. Al final logré poco a poco que la atmósfera se tornase irrespirable. lo habría arreglado. para que se diese cuenta de . Un día. sin cuidado. como si me despertara. Si el trabajo ha de sentarle así. poco. me gritaba a mí misma: «¡Pero estás loca. cuando me puso la mano en la cabeza y alzó la voz con tono lamentable: —Anne. habida cuenta de que no había abierto un libro desde Bergson. la creía capaz de todo. sin duda. en vez de dar vueltas por la habitación. Cécile —dijo Anne—. si es Anne. Me repetía: «Una hermosa serpiente. Permanecí tumbada boca abajo en la arena. se sentó a mi lado y me miró. y sólo vivía para eso. A ratos. Anne sorprendía esas miradas y la extrañeza. se está quedando muy enclenque.. Me sentía palidecer de vergüenza. no puedes ver premeditación en ello. Buscaba instintivamente a mi padre con los ojos. ¿comprendes?. es reservada. como una hermosa serpiente».. porque estaba loco por Anne. —Pues tienes mal aspecto —afirmó severamente mi padre—. a quitarnos poco a poco nuestro grato y despreocupado calor.. loco de orgullo y de contento. Anne? Si parece un pollo vaciado y asándose al sol. su indiferencia la protege de mil sórdidas insignificancias. la que se ha ocupado de ti! La frialdad es su forma de vida. La idea me asustó: —No doy vueltas por la habitación —protesté. La miré desesperadamente a la cara. diez días atrás. sin embargo. atenta al ruido apagado de sus pasos. ¡una hermosa serpiente!». ¿Cómo sabía que yo no trabajaba? Tal vez me había adivinado el pensamiento.. Pero mis complicaciones habían ido en aumento y las horas de trabajo no me molestaban ya. ven a ver a esta joven. Ese examen es importante. mejor que lo deje. dejaban en suspenso sus frases. Pero tampoco había tenido tiempo de pensar en Cyril. Mi padre sufría en la medida en que era capaz de sufrir. es una garantía de nobleza». Se sentó al otro lado y murmuró: —Lo cierto es que no le sienta bien. él la miraba con admiración o deseo. le suplicaba en voz baja que me perdonase. Me di la vuelta y los miré. Creía arreglarlo todo con eso y. Anne se acercó. Ella me alcanzaba el pan y de repente yo.apasiona. la incertidumbre ensombrecían su rostro. —Vamos.. a robarnos todo. va a acomodarse. Iba a levantarme y a proponerle ir al agua con ese aire falsamente alegre que ya era habitual en mí. ¿No la ves. Trabaja un poco y come mucho. O sea. lo que me hacía aborrecerme a mí misma. Sentía su mirada clavada en mí. Una hermosa serpiente.. —¿Echas de menos a ese chico? —preguntó mi padre.

me habría hecho disfrutar de algún momento de felicidad. la había apretado furtivamente en los momentos de complicidad y de risa desatada. Capítulo segundo Transcurrieron dos días: le daba mil vueltas a lo mismo. La mano de Anne. temblé un poco. que aborrecía ese tipo de discusiones. —No te compliques la vida —dijo—. Necesitaba que ella me dijera: «Pues ¿qué te preocupa?». Me habría tranquilizado. aquella mano no podía hacer ya nada por mí. porque semejante idea ni se le pasaría por la cabeza. por la noche. Mientras caminábamos hacia la casa. decidiría lo que le diese la gana. Y entonces. Volviéndose hacia mí. me convencería. con tan poca cabeza. La estreché con fuerza. Tú. porque pensaba que eso no se hacía. pero así dejarían de invadirme tan amargos y deprimentes sentimientos. se posó en mi nuca. hasta que cesó mi temblor nervioso. No va contigo el personaje. Y comprendí que jamás se le ocurriría preguntarme. —Ya —dije—. liberarme. La suya era una mano fuerte y reconfortante: me había secado las lágrimas cuando sufrí mis primeras penas de amor. suspiré. Soy la clásica chiquilla inconsciente y sana. si lo hacía. o con las llaves. que me obligara a contárselo todo. No podía liberarme de aquella obsesión: Anne iba a destrozar nuestra existencia. nunca jamás podría tratar con ella. y. había cogido la mía en los momentos de tranquilidad y de felicidad perfecta. Mi padre. Me dejé caer en la arena con violencia. nunca. ¡No se merecían otra cosa! Anne siempre otorgaba a las cosas su importancia justa. era con desprecio e indiferencia. Por eso. que me acosara a preguntas. por el reproche. te vuelves ahora cerebral y triste. llena de alegría y estupidez. Aquella mano en el volante. Me miraba atentamente. veía el azul de Prusia de sus ojos ensombrecidos por el esfuerzo de mirar con atención. buscando en vano el agujero de la cerradura. apoyé la mejilla en la cálida suavidad de la playa. y no me apetecía. me sonrió. —Ven a comer —dijo. aquella mano apoyada en el hombro de una mujer o con un cigarrillo. me tomó la mano y la retuvo. que eras tan alegre y tan animada. No intenté ver a Cyril. Incluso hallaba cierta complacencia en plantearme cuestiones .que la cosa era mucho más grave que un examen. se había alejado. me agotaba. Y también porque no me atribuía ninguno de esos pensamientos que me torturaban. tranquila y segura.

Fumaba mucho.. afloraron planes. Bruscamente. Yo notaba confusamente que me asaltaban curiosas ideas inspiradas en parte por su nuevo aspecto. Por fin se había puesto morena. Una tarde llamó la asistenta a mi puerta y me advirtió con cara misteriosa que «había alguien abajo». los ojos fijos en el techo.. No había que dejarla meditar y deducir que. todo ritmo. a pesar de Juan y sus vestidos. Ponía en el tocadiscos. me encontraba decadente y eso me gustaba. Van a casarse. de fiestas frivolas que me hacían evocar días felices. Pero ese juego no bastaba para engañarme: me sentía triste. Me temblaban las manos. moviéndome apenas para encontrar un trozo de sábana fresca. Por fin. —Mucho —suspiró Elsa. se interrumpió por su propia cuenta. me sentí sucumbir bajo el peso de mis argumentos. Me estrechó las manos con efusión. se puso a hablarme con gran animación de la vida mundana y subyugante que había llevado en la costa. en temer los venideros. Era Elsa. pero no era él. Mi habitación estaba en la penumbra. Juan me ha comprado algunos vestidos estos días. De pronto. y estaba pletórica de juventud. Pensé de inmediato en Cyril. con un color claro y regular. La miré y me sorprendió su recompuesta belleza. y de inmediato comprendí por qué. Me pregunté un instante quién era Juan pero lo dejé estar. tal vez por mi silencio. Elsa se volvió hacia mí con cara horrorizada: —¿A casarse? ¿Y Raymond quiere casarse? —Sí. Me dio la impresión de haber dado en el blanco. Con igual presteza. en recordar los días pasados. dio unos pasos por la habitación y. lo que le evitaría encontrarse con mi padre y con Anne.. No dormía. supe lo que había que decir: —¡«Feliz» es mucho decir! Eso es lo que le hace creer Anne. Me gustaba volver a ver a Elsa: traía con ella un aire de mujer mantenida. Pensé también que. pero aun así el aire era insoportablemente pesado y húmedo.. como si le hubiera asestado un mazazo. sin melodía. desorientada. Me quedé en la cama. discos lentos. —Jamás adivinarías de lo que le ha convencido.. Elsa parecía anonadada.insolubles. Le dije que me alegraba de verla y me aseguró que siempre nos habíamos llevado bien porque teníamos puntos en común. al fin y al cabo. me entraron ganas de reír. Hacía mucho calor. Es muy hábil. En mi habitación. sin volverse. instalado al pie de la cama.. mi padre ya era mayor y no podía pasarse la vida con mujeres galantes. Cuando le mencioné a mi padre. tres semanas antes. una multitud de proyectos bulló en mi cerebro. Me incliné hacia adelante y bajé de improviso la voz para impresionarla: . se me habría pasado por alto aquel gesto. muy cuidado. la cabeza echada hacia atrás. de bares. los postigos cerrados. me preguntó con tono de despego si «Raymond era feliz». Disimulé un leve escalofrío y le propuse que subiese a mi habitación. —He venido por las maletas —dijo—. Raymond va a casarse. no pudo evitar un pequeño movimiento con la cabeza y pensé que a lo mejor seguía queriéndolo. pero no son suficientes.

mañana por la mañana.—Eso no debe ser. tumbada al calor del . iré a verle. colmada. No intentes hacerme creer que lo ignoras. como si no tuviera por lo menos una docena de destinos. y por los chinitos». —Pero si se casa con ella será porque la quiere —objetó. déjalo —dije.. Dile que. Un niño grande. —Sí —dijo. Concluí como en un cántico: —Ayúdame. en definitiva.. Discutiremos el asunto los tres. Agregué para mis adentros: «. Ya se apañará con su madre. pero al menos no le aburría. estás defendiendo tu destino —agregué con pitorreo en el umbral de la puerta. pero fiel a lo que yo pensaba. Ella misma no había podido olvidar junto a Juan la seducción de Raymond. Se la habían jugado. —¡Menuda zorra! —murmuró Elsa. Yo actuaba en una especie de vértigo. Me abrumaban mis palabras. si a quien quiere es a ti. —Si te parece imposible. Elsa. Parecía fascinada. de un modo tosco y elemental sin duda. —Pero ¿qué puedo hacer yo? —preguntó Elsa—. y tú lo sabes.. nos destroza la vida a los tres. con su andar contoneante. con esa voz que llaman entrecortada. Hay que defender a mi padre. ella no le hablaba del hogar. Elsa. intuyendo exactamente lo que había que decir. Le di una semana a mi padre para volver a desearla. Elsa asintió gravemente. La vi parpadear y volver la cabeza para disimular la satisfacción. Repetía «niño grande» con energía. Elsa. Aquello me parecía un tanto melodramático pero ya los bonitos ojos verdes de Elsa se empañaban de compasión. rendida. Elsa. vete a ver a Cyril de mi parte y le pides que te aloje. de la moral.. Tú eres la única capaz de medirte con Anne. es un niño grande. —Elsa —dije interrumpiéndola. Y mi padre la quería. La miré alejarse al sol. —Te estaba esperando —proseguí—. Lo veo imposible.. Es algo que no es posible. cosa que me daba ganas de reír y acrecentaba mis temblores. Elsa —dije suavemente—. Eran las tres y media: en aquel momento estaría durmiendo en los brazos de Anne. Elsa se iba animando a ojos vistas. lo que expresaba en aquel momento eran mis propios sentimientos.. —Es la palabra exacta —dije. —Como puedes imaginarte —dije—. —Como se celebre ese matrimonio. porque ya no la soportaba—. Mi padre está sufriendo ya. por mi padre y por vuestro mutuo amor. —Vamos. siempre lo había sabido. y se lo ha metido en el bolsillo.. no intentaba. pero ahora vería esa intrigante de lo que era capaz ella. Eso sí.. le ha salido con el cuento del equilibrio conyugal del hogar. y volví la cara yo también. Porque. la esperanza que le infundían mis palabras. tantos como hombres que la mantendrían. Elsa Mackenbourg. Te lo pido por ti. Ella misma. Se echaba de ver que no deseaba otra cosa que creerme... La única con suficiente clase.

del calor. Sí. por así decirlo. de complicidad interior. —¿Verdad que es útil el bachillerato? Me miró y soltó una carcajada. daba la vuelta. Tan brusco cambio. «Es la palabra exacta. es una estupidez. bajo mis directrices. como quieras. a ti. Es muy vanidoso o muy poco seguro de sí mismo. Anne me daba las gracias con una sonrisa. Mi padre no lo habría soportado mucho tiempo: nunca ha consentido que una mujer guapa que ha sido suya se consuele tan deprisa y. la amiga de mi madre. me contestaba alegremente y yo me acordaba del «Menuda zorra». no dejó de sorprenderla e incluso le gustó. Entonces te habrías marchado. Le llevaba la bolsa. . ¿a que no? No eres de esas mujeres que comparten a un hombre. se sumaba un sentimiento de orgullo. no posee tu belleza pero es ese tipo de hembra despampanante que hace volverse a los hombres. mi padre te habría engañado y no habrías podido soportarlo. eliminaba sobre la marcha todas las objeciones. Temblaba de remordimiento ante Anne. Me imaginaba que. bien mirado. Anne. La imité. Es cierto que era increíble. habría hecho todo lo necesario. volvía a la puerta. en la costa. Un día. de sus arranques. Todo volvería a ser igual y. confesándole que me había equivocado. Sobre todo con un hombre más joven que él. Es algo tan abstracto y ridículo que ni me atrevo a decírtelo.. Y. Calculaba. —¿Verdad? Le hablaba a Anne. Mi padre estaba encantado. la colmaba de atenciones. aplastado sobre la arena. dirigía una mirada al mar perfectamente tranquilo. Todo eso se vino abajo —¿hace falta decirlo?— a la hora del baño. contra mí. sopesaba. sin embargo. Me sentía peligrosamente hábil y a la oleada de asco que se había apoderado de mí. se estaría abandonando al sueño. viviría en su casa. que la habría deseado enseguida. por más que te quiera. te había cogido manía por culpa de Bergson. feliz de verla tan contenta. Deambulaba por el cuarto sin interrupción. nos los encontraríamos en el pinar. ante sus ojos. Por culpa de ese bachillerato habría podido hacerte romper con nosotros. nuestra amiga. Sí. me precipitaba a tenderle el albornoz cuando salía del agua. de la felicidad. Nunca me había dado cuenta de la agilidad de la mente.. bueno. de soledad. ¡sobre todo si hubiera sabido lo que había proyectado hacer! ¡Me moría de ganas de contárselo para que viera hasta qué punto era increíble! «Imagínate que le hiciese representar una comedia a Elsa: ella fingiría estar enamorada de Cyril. que era lo que yo quería. caminaba hasta la ventana. Elsa. de palabras amables. Elsa se ha puesto otra vez muy guapa.placer.» ¿Cómo había podido decir semejante cosa y escuchar las tonterías de Elsa? Al día siguiente le aconsejaría que se marchase. Comprenderás. no sabía qué hacer para reparar mi falta. nada más empezar a hablar con Anne. —Eres increíble —dijo. para tranquilizarse. los veríamos pasar en barco. tras mi silencio de los últimos días. Me puse a trazar planes muy rápidamente sin detenerme un instante.. aprobaría ese examen.. Seguro que tiene alguna utilidad el bachillerato.

era preferible no decirle nada.. Por vez primera conocía ese placer extraordinario: calar a un ser. había bebido demasiado durante la cena y me puse más que alegre. ¿Que es útil el bachillerato? —Sí —contesté. no se reía en absoluto. Anne se reía también pero menos ruidosamente. además: había puesto la mira en Elsa. con dulzura. me sentía intelectualmente mucho menos segura de mí misma. reconquisté los placeres del juego. con precaución. todo ese poder del lenguaje. Al final. temblándome la mano. la aprobación de Anne. despreciable desde luego. De cuando en cuando. ya que mis proyectos de lanzamiento rebasaban los límites de la literatura y de la mera decencia. ¡Tocado! Nunca había conocido tal cosa. De pronto entreveía todo ese mecanismo de los reflejos humanos. que me trataría con eruditos y que quería llegar a ser una persona famosa y cargante. luché con él. Sería inteligente. en la soledad. A lo mejor tenía posibilidades intelectuales. pero lógico? ¡Y Elsa! Me la había ganado a través de la vanidad. Le expliqué a mi padre que había decidido hacer una licenciatura en letras. el título. ¡Tampoco había que exagerar! Dos buenas horas de trabajo. no me llevaría a Bergson. la risa atónita de mi padre. ¿verdad?» —¿Verdad? —¿Verdad qué? —dijo Anne—. Me zambullí en el agua en pos de mi padre. Al igual que apretamos con precaución un resorte. un poco displicente. sacarlo a la luz y. era demasiado impulsiva. como con indulgencia. entonces..es útil el bachillerato. vislumbrado el punto débil y ajustado mis tiros antes de hablar. el olor a tinta. como Anne... darle de lleno. a papel. Bien mirado. Intercambiamos ideas descabelladas. Capítulo tercero Al día siguiente. culta. del agua. De todas maneras. de la buena conciencia. me mudaría de habitación. riéndonos a carcajadas. Había cosas que Anne no entendía. me acostaron y me arroparon. Era curioso. Se vería obligado a desplegar todos los recursos de la publicidad y del escándalo para catapultarme. Me instalaría en el desván con mis libros de texto. del sentimiento. descubrirlo. Si llegaba al corazón de una persona era por descuido. había intentado encontrar a alguien y al punto el mecanismo se había puesto en marcha. Seguramente no lo habría entendido. Lástima que fuese a través de la mentira. Al día siguiente. Un día amaría a alguien apasionadamente y buscaría un camino hacia él.. cuando venía sólo a recoger las maletas. al encaminarme a casa de Cyril.. Para celebrar mi curación. El éxito en octubre. ¿Acaso no había elaborado en cinco minutos un plan lógico. Pero mi padre parecía tan manifiestamente feliz de que nos reencontrásemos a través de nuestras bromas estúpidas que no decía nada. Les di . la había convencido en unos instantes. el esfuerzo silencioso.

—¿Cómo está Raymond? —preguntó—. —No es posible —balbucí—. El despertar fue de lo más espantoso.. Además. si esa mujer te lo hacía pasar mal.. Cécile.... —De tu padre me encargo yo —dijo Cyril. lozana y luminosa. Lamentaba estar tan mareada. De ahora en adelante.. la cosa me sorprendía y me conmovía a un tiempo. Me encontré a Cyril a la entrada del jardín. estaba muy inquieto. ya no soy ningún niño. Había que hacer algo. estaba cansada... estuve enferma. Hace tanto tiempo. Elsa me hizo sentarme con mil deferencias.. con esa cara tan distinguida y esa clase. Es curioso que sea capaz de tales intrigas. una huérfana —dijo Cyril—.. como si saliese de la cárcel. Reconocí la imaginación de Elsa. No sabía que yo mismo pudiera ser tan desgraciado. Pregunté a Cyril qué opinaba su madre. Con la mente confusa y el corazón vacilante. Mi padre. una vez. —Elsa ha exagerado mucho —murmuré débilmente—.. Me invadió un instante de pánico. Estoy tan cansada. estas emociones me dejan hecha polvo. No .. He mandado a paseo el derecho. No sabía nada de ti.. ¿Qué me dices? Busqué desesperadamente alguna frase equívoca que quedase bien. Y si ella dice que no. No quería casarme con nadie.. mi padre dirá lo mismo. —Te quiero —decía Cyril con la boca pegada a mi pelo—.. Aquí llega Elsa.. me han ofrecido un trabajo interesante. A decir verdad. sin prestar la menor atención al mar matinal y a las gaviotas enardecidas. me encaminé hacia el pinar. quiero casarme contigo. —Yo también tengo algo que decirte —me interrumpió Cyril—. Me sentí mustia y flaca. No quería casarme con él. sentémonos. Mi padre no lo sabía en absoluto. no dejaré que sigan maltratándote.. me tomó en sus brazos. resplandeciente y excitado que me dejaba aún más apagada. Tenían ambos un aspecto sano. un tío mío.vehementemente las gracias y les pregunté qué haría yo sin ellos. No creía que te quisiera tanto. Tengo veintiséis años. decir algo. Pasaba todas las tardes delante de la cala.. De no haber sido por aquel espantoso mareo. no poder demostrarle mi emoción. Cyril.. Mantiene que todavía no soy adulta. —Qué pálida estás —dijo—. pero cuando le supliqué que me lo dijese y se inclinó hacia mí.. —Yo tampoco —dije. Por la noche. Quería decirte precisamente que. dos veces. Bajaba en batín. ¿Sabe que he venido? Esgrimía la sonrisa feliz de la mujer que ha perdonado y espera. —Se la he presentado como una amiga. estoy hablando en serio. me ocuparé yo de ti. Me ha contado todo lo de esa mujer. me estrechó violentamente contra él musitando frases confusas: —Cariño. —Anne no querrá —dije—. Elsa es muy agradable. me quedé profundamente dormida. Se abalanzó hacia mí. Le quería pero no quería casarme con él. Anne parecía tener una idea bastante feroz al respecto.

. tenemos que vivir juntos. Yo era el alma. —Por favor. Cerré los ojos.. Dime que te pondrás celosa cuando finja que quiero a Elsa. Miraba su boca. —Por más que he buscado. Le recorrió un leve estremecimiento. —Cécile. Cyril fue a buscar café. tenso. A mi pesar. pero puse tanto empeño en convencerlos que acabé apasionándome yo misma. —No me gustan estos tejemanejes —dijo Cyril—. explicándoles mi plan. me consideraba a todas luces una persona muy sutil. dominado. Me desasí un poco. bésame . Miraba el rostro moreno. y el sol me tonificó un poco. no he encontrado solución —dijo Elsa. —No es que sea culpa de Anne —objeté. hábil. de guapísimo bandido. —Sabes muy bien que si se queda. Permanecí sentada con los ojos abiertos. pero no se me ocurrieron argumentos del mismo peso. Me halagaba verlos pendientes de mis palabras: ¡tenían diez años más que yo y no se les ocurría nada! Adopté un aire desenvuelto. no te rías —dijo Cyril—. —Bésame —murmuré—. te casarás con quien ella decida — dijo Elsa. Comprendí que estaba más dotada para besar a un chico al sol que para estudiar una carrera. Les demostré que era posible. Y así puse en marcha la comedia. una boca caliente y dura. Siempre podría detenerla. —Se te ocurren cada idea más rara —dijo Cyril con esa sonrisilla sesgada que le levantaba el labio y le ponía cara de bandido.. lo que me producía una curiosa impresión. Hablé durante largo rato. inteligente. Me presentaron las mismas objeciones que me planteara yo la víspera y experimenté un soberano placer rebatiéndolas. su boca inmóvil pegada a la mía. el director de aquella comedia. Me pregunté si mis cálculos eran acertados. No tenéis la menor imaginación. Pero si no hay otra manera de casarme contigo.. Tal vez era cierto. licenciado también.. los ojos oscuros de Cyril. —Es cuestión de psicología —dije. por indolencia y . Me imaginé a Anne presentándome a un joven el día de mis veinte años. Está encaprichado. En cierto modo como Cyril. equilibrado y a buen seguro fiel. que mi padre la había olvidado. tan cercana. luego sus labios se abrieron. enseguida se tornó apremiante. Elsa se había alejado discretamente. muy aromático. Hay una forma. por lo demás. Me eché a reír. su beso se animó. ¿Cómo se te ha podido ocurrir? ¿Me quieres? Hablaba en voz baja.podía decirle. Acercó un poco la cara hasta que nuestros labios se rozaron y reconocieron. Resultaba gratuito. demasiado hábil. Ya no me sentía nada intelectual. Representaré ese papel con Elsa.. —No la hay —dijo Cyril—. tenía confianza en mí. con un brillante porvenir. se apoyó un poco más para atajarlo. No hay nada que hacer. turgente de sangre. los acepto. Me quería. Sólo me quedaba por demostrarles que no había que hacerlo. jadeante. ni a él que no quería casarme. Elsa hablaba por los codos. —Sí —dije—. a ella. corre. El café era muy fuerte.

siempre juntos. Cécile. o mi padre podía extremar su pasión por Anne hasta mantenerse fiel. matrimonio unido.curiosidad. Todos los domingos iríamos a comer con Anne y mi padre. Mi padre salía del agua. ¡pero si es Elsa! ¿Qué hace ahí? Se volvió hacia Anne: —¡Esa chica es increíble! Seguro que ha pescado a ese pobre muchacho y se ha ganado a la anciana. A ratos. Exhalé un gemido. sacando la cabeza para no mojarse el pelo. Mi padre miraba el barco. Me recibió con la expresión irónica que se adopta con la gente que ha bebido la víspera. el sol o los besos de Cyril. Divisé la cara de Cyril y le supliqué para mis adentros que se fuera. Me veía ya viviendo con Cyril. Cyril quería casarse conmigo: el pensar eso bastaba para mantenerme eufórica. Bajaba a la playa a reunirse con mi padre. —Pero ¿qué hace? —exclamó mi padre—. Cyril me quería. Me miraba. Mi padre fue el primero que la vio: —El bueno de Cyril no aguantaba más —dijo riendo—. muerta de vergüenza. Si cruza la cala. Anne. Abandoné a los conspiradores al cabo de una hora. Y además. Me encontré con Anne en la terraza. Ya encontraría un motivo para detener el juego. —Pobre niña mía —prosiguió la voz de Anne. Alcé la cabeza. le perdonamos? En el fondo es un buen chico. Le pregunté qué había estado a punto de decirme por la noche antes de que me durmiese. que nadaba despacio.. . ni Cyril ni Elsa podían hacer nada sin mí. venteando el peligro. alegando que me molestaría. Además. con todas las velas desplegadas. Acercó la mano y la posó en mi cuello: —Mírame. aceptaría. pero se negó riendo. dejándonos atrás. Me quedaban para tranquilizarme numerosos argumentos: mi plan podía errar. Me bañé con Anne. Anne había levantado la cabeza a su vez. casi de súplica. ¿Estás enfadada conmigo? Abrí los ojos: se inclinaba hacia mí con cara inquieta. Por primera vez me miraba como un ser sensible y pensante. Luego nos tumbamos boca abajo los tres juntos. durmiendo pegada a él. Tenía su gracia intentarlo y comprobar si mis cálculos psicológicos resultaban ciertos o equivocados. Pero Anne no le escuchaba. Y eso que hacía dos minutos que la esperaba: —Pero. ancho y musculoso. El barco iba a pasar delante de nosotros.. pero si no va solo. Si podía esperar uno o dos años. y quizás incluso con la madre de Cyril. bastante apurada. silenciosos y tranquilos. en el caso de que mi padre cayera en la trampa. Mi mirada se cruzó con la suya y volví a pegar la cara a la arena. y no la pereza. volví violentamente la cabeza hacia mi padre para zafarme de esa mano.. La exclamación de mi padre me hizo sobresaltarme. En ese momento asomó la embarcación por el extremo de la cala. preferiría haberlo hecho voluntariamente con odio y violencia. ¿Qué. yo entre ellos dos... lo que me costase hacerme adulta. lo que contribuiría a crear un ambiente familiar durante la comida. muy queda—.. y eso el día en que. Para poder ser yo la culpable. ¡Anda!. Lo encontré soberbio.

mi padre no daba la menor muestra de sentir celos. en el pueblo y en la carretera. Yo no me movía. No quería hacerte daño. dando muestras expresivas de estar muy enamorados.cariño. No sé por qué no le mencionó nuestra conversación. en cierto modo es culpa mía. Me invadía un deseo de derrota. confiarle mi vida. Con ello me mostraba a las claras su cariño por Anne y me humillaba un tanto demostrándome también la inanidad de mis planes. ¿He dicho que era buena? No sé si su bondad era una forma refinada de su inteligencia o sencillamente de su indiferencia. Cerré los ojos. pero podía ver pasar a Elsa. muy novelera. mi padre y Anne. Me dio la impresión de que mi corazón había dejado de latir. por más que fuera culpa mía. ponerme en sus manos hasta el fin de mis días. me prodigaron atenciones y una bondad que. no habría podido contar con mejor apoyo. me hablaba de otra cosa. Tenía la misma sensación que cuando la arena se me escurría a los pies al retirarse una ola. Un día entrábamos en correos él y yo. Nunca había sentido una debilidad tan violenta y total. dejaba que las cosas siguieran su curso sin demasiada inquietud pues. insoportable al principio. y si de veras hubiera tenido que sufrir. Renunciar a la comedia. como ya he dicho. desmelenada por el viento como yo misma días atrás. Ya no podía ir en barco. No tenía que esforzarme para adoptar una expresión impenetrable y falsamente indiferente cuando nos los tropezábamos. Capítulo cuarto La única reacción de mi padre había sido la sorpresa. y jamás otro sentimiento. ¿me crees? Me acariciaba el pelo y la nuca. quizá no tenía que haber sido tan intransigente. apoyaba la mano en mi hombro para darme ánimos. no tardó en resultarme grata. de dulzura. Porque nos los tropezábamos por todas partes: en el pinar. pero tenía siempre para conmigo la palabra y el gesto adecuados. no me hacía demasiada gracia cruzarme de continuo con Cyril y Elsa cogidos del brazo. y supongo que debía de formarse una idea un tanto pintoresca de nuestra situación. La asistenta le explicó que Elsa había venido a recoger sus maletas y se había marchado enseguida.. presa de remordimientos. cariñosamente. Y así. se habían apoderado de mí con tal fuerza. Así.. Anne me lanzaba una mirada. cuando nos cruzamos . ni la ira ni el deseo. Sobre todo con los cambios de habitación en los que había intervenido. A fin de cuentas. Era una lugareña.

que ignoraban cómo iban las cosas. lo vi preocupado: tal vez pensaba que Elsa y Cyril eran jóvenes... a quien le aseguraba que trabajaba sin parar. —dijo mirándome sorprendido. tenía apoyado el pie derecho en el muslo izquierdo y me miraba fijamente en el espejo.. lo que desesperaba visiblemente a mi padre. que le sienta bien —dije. —También interviene la edad —dije muy seria. supuestamente para trabajar. es una filosofía hindú. Estaba abierto en la página cien y las otras páginas estaban llenas de anotaciones mías tales como «impracticable» o «agotador». por las tardes subía a mi habitación. Elsa está pero que muy guapa. No me atrevía a ir. Me daba la impresión de que me ganaba su estima con ello y a veces citaba a Kant en la mesa. —Pareces tomártelo mejor. Una tarde me había envuelto en toallas para dar una imagen más hindú.. Cyril y Elsa. Pero no es un juego. —Si no llega a estar Anne. cuando llamaron a la puerta. Empecé a inquietarme. Anne me miró fijamente y comprendió: . —Oye. Estaba furioso. Transcurrió una semana. por supuesto. —A ver si te piensas que un niñato me va a robar a mí una mujer si yo no quiero. dejaba de pertenecer a esa categoría de hombres sin fecha de nacimiento.. Se encogió de hombros. lanzando un pequeño silbido. debían de esperarme cada día. En realidad no hacía nada: había encontrado un libro de yoga y me dedicaba a él con gran convicción. ¿Y qué ha sido de la famosa redacción sobre Pascal de la que tanto nos has hablado? Era cierto que durante la comida había estado disertando sobre una frase de Pascal fingiendo haber meditado y trabajado sobre ella. me hubieran querido sacar más ideas y era lo último que me apetecía. Era Anne. Me invadió una involuntaria sensación de triunfo. no hubiera habido fatalidad alguna. Tienen la misma edad. —Qué le vamos a hacer. Se acercó a la mesa y cogió mi libro.. Supuse que era la asistenta y como estaba curada de espantos le grité que pasase. era un poco la fatalidad. Esta pareció no vernos y mi padre se volvió hacia ella como si de una desconocida se tratase.. —Sí que eres concienzuda —dijo—.con Elsa. Además. A ratos me daban tremendos ataques de risa que tenía que sofocar para que no me oyese Anne. —El amor. Permanecí inmóvil.. no con complacencia sino con vistas a alcanzar el estadio superior del yogui. Se quedó durante un segundo inmóvil en el umbral y sonrió: —¿A qué juegas? —Al yoga —dije—. Jugaba un poco con ella a la enamorada frustrada que busca consuelo en la esperanza de ser un día toda una licenciada. y que al casarse con una mujer de su edad. A la vuelta. No había escrito una palabra. me sentí mal. Pero resultaba tan fácil seguir mis impulsos y luego arrepentirme. Cuando me fijé en Anne y vi sus arruguillas en la comisura de los ojos y el leve pliegue en la boca.

tanto más violenta cuanto que no estaba segura de no sentir vergüenza.. Me entró pánico y me encaminé hacia la puerta. y la manera tranquila. Lo miré un instante: por vez primera se me aparecía desamparado y enternecedor. con la mejilla apoyada en el brazo.. cariño mío». Le había pedido a Cyril que no me acompañase..! Regresé lentamente hacia el pinar. —Pero ¿adónde vas? —gritó Cyril—. Apoyé la boca en la vena que todavía latía en su cuello. y me dio la impresión de que nunca más podría volver a hablar de él así.. quién no creería. con la ignorancia de mi edad. Me volví hacia él y lo miré.—Que no trabajes y hagas la payasa delante del espejo es asunto tuyo —dijo—. Me preguntó al marcharme si se lo reprochaba. rendida y embotada. de mostrarme su desprecio me sacó de mis casillas. tumbado de través en la cama. aturdida y sorprendida. No entendía que llamase a aquello «mentiras». Ven. Abrió los ojos y al verme se incorporó de inmediato: —¿Tú? ¿Qué haces aquí? Le indiqué que no levantase la voz. Salió y me quedé petrificada. Me incorporé. habría sido muy peligroso. me puse un pantalón. ¡Reprocharle esa felicidad. así por las buenas. tenía que ocurrir». Pero fue para cogerme al punto en sus brazos y arrastrarme. Tuve la suerte —y Cyril la dulzura necesaria— de descubrirlo aquel mismo día. humillante. sin resuello. Con el calor de la tarde. Se acercó. hablaba de casarse conmigo. triunfante. Corrí hasta casa de Cyril. podría creer. una camisa vieja y salí corriendo. y. Permanecí junto a él una hora. y me eché a reír. las casas parecen extrañamente profundas. Había hablado de Pascal porque me divertía hablar de él. y me detuve en el umbral. de ese modo indiferente y brutal. Yo pensaba confusamente: «Tenía que ocurrir. la ternura y la pasión. Siempre había oído hablar del amor como de una cosa fácil. había hablado de un trabajo para agradarle y.. me machacaba con su desprecio. eso ya es intolerable. de tenerme a su lado toda la vida. y ese brutal sufrimiento al que seguía. Yo misma había hablado de él con crudeza. Me había cogido del brazo y me sujetaba riendo. Abrí la puerta: dormía. Si llegaba su madre y me encontraba en la habitación de su hijo. Luego comenzó la ronda del amor: el miedo de la mano del deseo. tumbado junto a mí. Me había acostumbrado a su nueva actitud hacia mí. Hacía un calor tórrido pero corría impulsada por una especie de rabia. embutida en mis toallas. Subí hasta la habitación de Cyril. el placer. Me la había enseñado el día en que fuimos a ver a su madre. Ya me extrañaban a mí tus súbitas actividades intelectuales. Cyril. Le inquietaba mi silencio. murmuré «cariño mío. No sé si era amor lo que sentía por él en aquel momento —siempre he sido inconstante y no quiero tenerme por lo que no soy— pero le amaba más que a mí misma. Lo llamé en voz baja. Cyril. silenciosas y recogidas en sus secretos. Pero que luego te complazcas en mentirnos a tu padre y a mí. Me quité el disfraz.. además..... Cécile. . lo miré y lo llamé «mi amante». habría dado la vida por él. Se puso pálido como debía de estarlo yo misma y me soltó la muñeca.

. las sombras bajo mis ojos. los temblores. Luego me puso un cigarrillo encendido en la boca y tornó a abismarse en la lectura de su libro. ese abismo entre mis gestos y yo. el cigarrillo la cegó y la apagó. atenta al ritmo de mi respiración. con los ojos entreabiertos. he intentado darle uno. como si renunciase a preguntarme nada. Anne leía delante de la casa. sólo quedaban aquella cerilla. Pero hoy. me miraba sin sonreír. al temblor de mis dedos. la caja gris y la mirada de Anne. pero no me hizo preguntas. Supliqué algo a alguien. con atención. cuando se me apaga una cerilla. Permanecí inmóvil. mientras acercaba ávidamente la cara hacia ella. de placer. me dejaba el corazón en suspenso. en un gesto de ignorancia. He dado un sentido simbólico a ese gesto. Dejé caer la caja en el suelo y cerré los ojos. crispé los dedos sobre la cerilla. recordando que estábamos peleadas. el peso de la mirada de Anne y ese vacío alrededor. revivo ese instante extraño. empezó a latir con violencia. Entonces Anne. esa intensidad del vacío. nunca las hacía. Mi corazón enloqueció. Encendí otra con precaución. En aquel momento desaparecieron el tiempo y el espacio.Temía que pudieran leer en mi rostro las claras improntas del placer. Cogí un cigarrillo de la mesa y froté una cerilla en la caja. La mirada dura. ya que no hacía viento y era mi mano la que temblaba. . deslizó las manos por mi cara y me relajó. ésta se encendió y. súbitamente arrancada de su indiferencia. La cerilla se apagó. Las manos de Anne alzaron mi rostro y yo apreté los párpados para que no viera mi mirada. de apaciguamiento. mi dedo encima. Notaba que se me escapaban lágrimas de agotamiento. Tal vez porque Anne. tumbada en una hamaca. Rezongué y cogí una tercera. que cesase aquella espera. esa cerilla cobró para mí una importancia vital. de torpeza. Así que me senté junto a ella en medio del silencio. De cuando en cuando. el recuerdo del cuerpo de Cyril. el relieve de mi boca. interrogadora de Anne pesaba sobre mí. Tenía preparadas ya unas buenas mentiras para justificar mi ausencia. no sé por qué.. Y entonces. el de ciertos instantes. Se apagó al instante contra mi cigarrillo.

durante la cena y hablando como siempre de aquellos insoportables deberes de vacaciones. Lo único que la movía a desempeñar ese papel de tutora. de pie. me arrojé sobre la puerta y me hice mucho daño en el hombro. Era mi primer contacto con la crueldad: la notaba anudarse en mí. Me mostré un poco descarada. por llamarla así. como admitir mis flaquezas. Entonces me quedé en medio del cuarto. Me volví. Totalmente inmóvil. en cierto modo. No quería gritar que vinieran a abrirme. auténtico pánico. tan sólo habría experimentado respecto a mí cansancio. se había dejado llevar por la compasión o la indiferencia. un cansancio afectuoso. Ofreció resistencia y comprendí que estaba cerrada. Yo hubiera preferido que aquella constante desaprobación. Como ciertas personas muy comedidas en sus reacciones. era el sentimiento del deber. Anne no soportaba las claudicaciones. Era exactamente lo que yo necesitaba. Al cabo de seis meses. Nos acostumbramos a los defectos de los demás cuando no nos creemos obligados a corregirlos. Jamás en la vida me habían encerrado: me entró pánico. Corrí a la ventana. Yo no sabía que lo hubiera hecho y. se inició una discusión. atenta a la especie de calma. mi propio padre se incomodó y al final Anne me encerró con llave en mi habitación. Intenté forzar la cerradura. Por eso se lo reprochó a sí misma y me lo hizo notar. de educadora. respondiese al fastidio o a un sentimiento más superficial: el hábito habría acabado imponiéndose. Me tumbé en la cama y tracé minuciosamente un plan. Pocos días después. educarme. apretarse al ritmo de mis pensamientos. lo sería. tenía que hacerse cargo de mí. me encaminé hacia la puerta e intenté abrirla. Había adivinado algo. con los dientes apretados. Pero no lo experimentaría. Y aquel gesto suyo de ablandar tiernamente con sus manos mi cara era una para ella. dado que yo era todavía profundamente maleable. con las manos vacías.Capítulo quinto El incidente que acabo de mencionar no dejaría de tener sus consecuencias. Porque tan difícil le resultaba ocuparse de mí. de paz que ascendía en mí conforme se perfilaban mis pensamientos. en el último momento. Maleable y tozuda. todo ello sin alzar en ningún momento la voz. como tenía sed. no había modo de salir por allí. Allí me dejé el cortaúñas. Casándose con mi padre. muy seguras de sí mismas. porque se sentiría responsable de mí y. hubiera podido hacérmelo confesar y. Mi ferocidad guardaba tan poca proporción . visiblemente aterrada.

. Me miró sin decir nada y le sonreí. No podía convertirlo en mi cómplice.. a hablar de la felicidad perdida y de sentimientos excesivos.. —Eso está descartado. pero lo ignoré: —. —Claro —dijo el pobre hombre. mucho más llena de sentido. No eres Blancanieves. pero sí renunciar —dije con convicción. sé perfectamente que Anne siempre tiene razón. —¿Sabes? —dije—. Anne y yo en el fondo nos llevamos bien. Su vida es mucho más completa que la nuestra. —¿De qué? —contesté—. . Te horroriza hacerlo y a mí también.. —He sido desagradable —dije—. Se acabarán las discusiones estúpidas entre nosotras... —¿Quieres que hablemos? —preguntó mi padre. Sabía que esa solución no dejaría de dolerle. —¿Eres. y bajamos. —Sí —dijo—.. Me dijo que no tenía que dárselas y que si habíamos discutido había debido de ser por el calor... pero tampoco era una vida estúpida o desdichada. con la mía. paciente.. perdía también en cierto modo un pasado. En el fondo no han sido dos años tan tristes o. Entreví el momento en que me pondría a llorar sobre su hombro. tal vez. —Es cierto. —No hay que exagerar —dijo débilmente—. Ese tipo de explicaciones que no conducen a nada. no... visiblemente desconcertado. habré asimilado completamente las ideas de Anne. El pensar eso me resultaba tan insoportable como a él. Con concesiones mutuas. Debía de pensar como yo que las concesiones no serían probablemente recíprocas sino que saldrían tan sólo de mi persona. ¿Podrías dejarme tan pronto? Sólo habríamos vivido dos años juntos. —Verás. Asustado también: perdía a una cómplice para sus futuras canas al aire. —Renegar no. claro. Hizo un involuntario gesto de protesta.. paciente con Anne. cómo decirlo. En el fondo consideraba que Anne era una mujer que él imponía a su hija. Me miraba. con casarme un poco antes ya está.. exagero mucho. No hay que renegar de todo sólo porque Anne tenga un concepto un poco distinto de las cosas.. Invertía el problema. Y no al revés. también maquinalmente. Tienes que ser amable con Anne.con su pretexto que me levanté dos o tres veces durante la tarde para salir de la habitación y me topé sorprendida con la puerta.... —Parecía aliviado—. eres feliz? —Pues claro —dije desenfadadamente—. Reconozco que te he hecho llevar una vida que quizá no correspondía con tu edad.. ejem. Sólo es cosa de un poco de paciencia. Y si Anne y yo tenemos demasiadas agarradas.. ni.... Me sorprendió el término: yo.. Me disculparé con Anne. Ofrecí mis disculpas a Anne sin el menor apuro. De aquí a uno o dos meses.. Mi padre vino a abrirme a las seis. Me sentía indiferente y alegre... desequilibrados... Me levanté maquinalmente cuando entró en la estancia.. Cabía acariciar esperanzas.

Lo cogí del brazo: —No los despertemos. sin su pericia. de proximidad?. Luego me abrazó. Le besé apasionadamente. sentí como una puñalada.Me reuní con Cyril en el pinar. para que soñase conmigo por la noche. pero era demasiado tarde y tenía que regresar. . Mi padre caminaba delante. Cuando lo vi detenerse. mi reloj iba bien. comprendí que los había visto y me acerqué.. llegaba a la plenitud contra el suyo. El amor que sentía Elsa por mi padre. Al regresar a casa. Capítulo sexto A la mañana siguiente me llevé a mi padre a dar un paseo por la carretera. sin él pegado a mí. Los miraba sin moverse. Le expliqué lo que había que hacer. una palidez anormales. Observé a mi padre. marcarlo para que no me olvidase ni un instante después de cenar. tumbados en la pinaza. brindando una imagen idílica de la felicidad campestre. Mi cuerpo le reconocía. Hablamos animadamente de cosas insignificantes. sin su súbita fogosidad y sus largas caricias. con una fijeza. el que sentía Cyril por mí. ¿podían impedir que ofrecieran ambos una imagen tan afín de belleza. Si había buscado vínculos para retenerme. los había encontrado. Porque la noche sería interminable sin él. de juventud. vámonos. Eran las diez y media en punto. según habíamos convenido.. pero cuando los vi así. quería hacerle daño. encajaba. Cyril y Elsa dormían. le propuse que volviéramos por el pinar. pues el camino estaba lleno de zarzas que él iba apartando para que no me arañara las piernas. Me extrañó lo mucho que me costó separarme de él. Todo había sido recomendación mía.

Nos reíamos. hay que ver las cosas como son: Elsa olvida pronto y Cyril le gusta. la risa y el amor. No abrió la boca hasta llegar a casa. Evidentemente no lo entendería. escurridizos.. ¿no? ¿Ya no me comprendes? ¿También te escandaliza? ¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos! Me aterraba un poco conocerlo tan bien. ¿Pero tú? Tú eres mi hija. abrazó a Anne y la tuvo apretada unos instantes. recobrando el sentido común. vivido con ella. Al volver. Elsa tumbada boca arriba exhibiendo su joven belleza.... Miré el sol que tenía justo encima. la has perdido. Ese gesto significaba: «Imposible. muchacho. lo que había sido suyo. recuperar lo suyo. será zorra! —¿Por qué dices eso? Es libre. del placer. ¿Dónde estaba? En el fondo del mar. —¡Si te oyera Anne.. Llamé a Cyril en voz alta. por favor. ¿qué?. Mi padre se dio media vuelta y arrancó a andar a zancadas.. caía encima de mí. —No me escandaliza —dije—. —Si yo quisiera. con una leve sonrisa flotando en los labios. El mar estaba vacío.. agradecidos. El barco se balanceaba regularmente bajo nuestros cuerpos. estallaba. sonriente. del tiempo.. temblorosa de vergüenza. Pero aun así me molesta... —Esta mañana... aquella intensidad que les conferían el miedo y los demás . ¡Desde luego que era mucho peor! Le habían debido de entrar las mismas ganas que a mí: abalanzarse. ya has pasado a la reserva». con los ojos cerrados.! —Si me oyera Anne. con aquel esplendor. el frescor del agua salada. no me contestó... Luego. Salí de la habitación y me apoyé en la pared del pasillo.. Pero en fin. como si fuese natural discutir sus posibilidades de reconquistar a Elsa. Anne le dejó hacer.. Sobre todo después de lo que le hiciste. Claro. asustado. a nadie se le ocurría salir con semejante sol. Es mucho peor. —No conseguirías nada —dije con convicción. son cosas que no se perdonan.. —Por supuesto —dije encogiéndome de hombros.. deslumbrados.. Y de pronto el susurro imperioso y tierno de Cyril. Apenas habíamos hablado. El sol se descolgaba. la de la joven ninfa. urgidos por el deseo. eh. tostada y pelirroja. Estábamos empapados de sudor. ¿Volveríamos a vivirlos alguna vez como en aquel verano.. —¡Será zorra —murmuraba—. perezosos. torpes. —empezó a decir mi padre y se interrumpió. Ya lejos. no necesitaba contestarme. que yo había. —empezó a decir. —¡Tampoco yo quiero a Elsa! —gritó furioso—. ¿no? —¡No es eso! ¿Te ha hecho gracia ver a Cyril en sus brazos? —Ya no le quiero —dije.. es lógico. A las dos oí el ligero silbido de Cyril y bajé a la playa. Me hizo subir a la barca y enfiló mar adentro. separarlos. —Calla —dije—.. arrió la vela y se volvió hacia mí. por fin desquitada. calla. Teníamos el sol y el mar. —Tampoco me lo planteo —contestó.. Me tumbó suavemente en la lona. o le escandalizaría..Lanzó una última mirada a Elsa. sorprendida.

Bajaba los ojos cuando mi padre miraba a Anne un poco fijamente. en la luna. Constantemente me preguntaba. cuando ella se reía con esa nueva risita silenciosa. una amiga cariñosa. pues achacaba su actitud a inconscientes remordimientos. al igual que no había podido impedir que lo amase aquí.. acostumbrada como estaba a las precisiones de los hombres que van al grano.. Me daba miedo que me sorprendieran con ella o con Cyril. En París estaría Cyril y. lejos de su madre. unido a esa abstracción poética de la palabra «amor». Pero por la noche. experimentaba una especie de placer intelectual pensando en él. Cyril me preguntó si no me daba miedo tener un hijo. que nos hacía palidecer a mi padre y a mí y mirar por la ventana. según ella. muy verbal. El término «hacer»..? Al margen del placer físico y muy real que me procuraba el amor. de los deseos reprimidos que. me fascinaba. Tal vez por eso me había entregado tan fácilmente a él: porque no me dejaría ser responsable y. De pronto notaba que me volvía púdica. si seguían decididos. Me olvidé un poco de Anne.remordimientos. sin el menor apuro. se lo cruzaba por todas partes. Se mostraba más cariñosa. a los extraordinarios cielos de París. Cierto que no estaba habituada a desempeñar papeles sutiles y el que interpretaba debía de parecerle el summum del refinamiento psicológico. no nos habría creído. Además. Luego regresaríamos a París. Cyril y yo en la cama estrecha. Las palabras «hacer el amor» poseen una seducción propia. pero también sin percibir su encanto. . mi padre no podía disimular. Si le hubiéramos dicho a Anne que su risa era así. Elsa se iría por su lado y. el arrullo de las palomas en la baranda. tan cercana en definitiva por su profesión al amor venal. Asumía lo que yo era incapaz de asumir: la responsabilidad. si tenía un hijo. Por una vez. se excitase tanto por detalles como una mirada.. un gesto. me felicité de mi anatomía de adolescente. Me imaginaba ya la ventana abierta a los cielos azules y rosas. material y positivo. el culpable sería él. El amor me hacía vivir con los ojos abiertos.. de mi padre y de Elsa. más solícita que nunca y eso me asustaba. amable y tranquila.. sino como una amiga. aborrecía las ideas equívocas. No se comportaba con mi padre como una amante. obscena. me costaba tanto imaginarme embarazada. En París él tenía alquilada una habitación. Se felicitaba entonces de imaginarias victorias. Pero Elsa se impacientaba. se volviese tan fantasiosa. Si mi padre se obsesionaba poco a poco por Elsa. Lo principal era que no ocurriese nada durante las tres semanas siguientes. con mi cuerpo flaco y duro. abstrayéndolas de su sentido. Transcurrieron los días. Anne no parecía reparar en ello. Le contesté que lo dejaba en sus manos y pareció encontrarlo natural. Elsa se las ingeniaba siempre para que la viera mi padre. A mí me sorprendía que aquella chica. Había hablado de ello antes sin el menor pudor.. Me prohibía a mí misma tener tales pensamientos. sin duda. mi padre y Anne se casarían. Anne no podría evitar que lo viera..

De ahí su aspecto inquieto. hará todo lo posible por conseguir que Raymond vuelva conmigo. a Elsa y a Cyril que estaríamos en el Bar du Soleil a la siete y que. y a Webb su indolencia sobre ese punto le gustaba. encantado de evadirse un poco de aquella soledad voluntaria y un tanto forzada en que vivíamos. como para simbolizar la familia que íbamos a formar. al tiempo que lanzaba miradas inquisitivas a Anne. que tenía algo de indecente. No había vuelto a subir a un coche desde la fiesta de Cannes. sometidos al mismo placer de la velocidad y del viento. Yo me sentía llena de orgullo pensando que no iba a tardar en saberlo. que se inclinaba en las curvas. íbamos los tres delante. acaso a una misma muerte. Se preguntaba a todas luces qué pintaba allí con el calavera de Raymond y su hija. El se dedicaba a la publicidad teatral. Lo hacía a una velocidad vertiginosa y con muchachos. Cuando me vea. Anne nos llevó en el suyo. que me encantaba: era un descapotable americano que cuadraba más con sus imperativos publicitarios que con sus gustos. Se apresuró a comunicárnoslo. si querían acudir. y en ningún sitio como en un coche me sentía tan amiga de alguien. mi padre recibió unas líneas de un amigo nuestro que le citaba en SaintRaphaël a tomar el aperitivo. Anuncié. Con los míos sí que cuadraba aquel coche lleno de objetos brillantes. pues ésta no era. Mi padre se inclinó un poco hacia él en el momento en que recobraba . silencioso y distante. su mujer a gastar el dinero que él ganaba. Elsa conocía al amigo en cuestión. pues. —Charles Webb me adora —dijo con simplicidad infantil—. como de costumbre. Conducía Anne. Por desgracia. Charles Webb hablaba mucho. Lo advertí en su mirada y no pude por menos de sentirme orgullosa.Capítulo séptimo A los pocos días. Los tres delante. Entreví complicaciones e intenté disuadirla. Había sido durante mucho tiempo amante de Elsa. presuroso. lo que le hacía correr sin cesar tras el dinero. una mujer particularmente ambiciosa. lo que me dejó pensativa. Anne no la conocía y vi al punto que su hermoso rostro adoptaba ese aire despectivo y burlón que le era habitual en sociedad. Su mujer era mala. En el Bar du Soleil nos reunimos con Charles Webb y su mujer. Salimos en coche a eso de las seis de la tarde. con los codos un poco apretados. a pesar de su belleza. lo que acrecentó su deseo de acudir. Webb estaba totalmente obsesionado por la idea de quedarse a dos velas. A Cyril le tenía sin cuidado ir a SaintRaphaël. Además. allí nos encontrarían. pero fue en vano. Lo principal para él era estar donde yo estuviera.

el aliento y declaró de sopetón: —Tengo que darte una noticia, muchacho. Anne y yo nos casamos el 5 de octubre. Webb los miró sucesivamente a ambos, con cara de pasmo. Yo no cabía en mí de gozo. Su mujer estaba desconcertada: siempre había tenido debilidad por mi padre. —Enhorabuena —gritó por fin Webb con voz estentórea—. ¡Es una idea magnífica! Querida señora, cargar con semejante golfo es un acto sublime... ¡Camarero! Esto hay que celebrarlo. Anne sonreía, desenvuelta y tranquila. De pronto vi que a Webb se le iluminaba la cara y no me volví: —¡Elsa! Pero si es Elsa Mackenbourg. No me ha visto. ¿Te has fijado, Raymond, lo guapa que se ha puesto esa chica...? —¿Verdad que sí? —dijo mi padre con voz de feliz propietario. Luego se acordó y cambió de expresión. Anne tenía que haber reparado en el tono de mi padre. Volvió la cara con un rápido movimiento, de él hacia mí. Cuando abría la boca para decir algo, me incliné hacia ella: —Anne, tu elegancia está causando estragos. Ahí hay un hombre que no te quita ojo. Lo dije con tono confidencial, o sea, lo bastante alto para que lo oyese mi padre, que se volvió de inmediato y divisó al hombre de marras. —No me hace gracia —dijo, y cogió la mano de Anne. —¡Qué encantadores! —se emocionó irónicamente la señora Webb—. Charles, no tenías que haber molestado a estos tortolitos. Tenías que haber invitado sólo a la niña. —La niña no habría venido —contesté sin contemplaciones. —¿Y por qué? ¿Tienes amores con algún pescador? Me había visto una vez hablando con un cobrador de autobús sentada en un banco y desde entonces me trataba como a una desclasada, como lo que llamaba ella una «desclasada». —Pues sí —dije, esforzándome en aparentar alegría. —¿Y pescas mucho? El colmo era que se creía graciosa. Poco a poco, empezaba a encendérseme la sangre. —Lo mío no son los macarras* —dije—, pero pesco. Reinó un silencio. Se alzó la voz de Anne, siempre tan serena: —Raymond, ¿quieres pedirle una paja al camarero para el zumo de naranja? Charles Webb se apresuró a empalmar con el tema de las bebidas refrescantes. Mi padre se moría de risa, lo vi por su manera de concentrarse en el vaso. Anne me dirigió una mirada suplicante. Decidieron de inmediato que cenaríamos juntos, como personas que han estado a punto de pelearse. * Juego con el doble sentido de maquereau, que en francés significa «macarra» y «caballa». (N. del T.) Bebí mucho durante la cena. Necesitaba olvidar la expresión inquieta de Anne cuando miraba a mi padre, o vagamente agradecida cuando sus ojos se detenían en mí. Cada vez que la mujer de Webb me

lanzaba una pulla, la miraba con una sonrisa radiante. Enseguida se puso agresiva. Anne me hacía señas de que no chistase. Le horrorizaban las escenas públicas y notaba que la señora Webb estaba dispuesta a montar una. Yo, en cambio, estaba acostumbrada, era cosa habitual en nuestro ambiente. Por eso no estaba absolutamente tensa oyéndola hablar. Después de cenar, fuimos a una boîte de SaintRaphaël. Al poco de llegar nosotros, aparecieron Elsa y Cyril. Elsa se detuvo en la puerta, habló con la mujer del guardarropa alzando mucho la voz y penetró en el local, seguida del pobre Cyril. Pensé que se comportaba más como una fulana que como una enamorada, pero era lo bastante guapa como para permitírselo. —¿Quién es ese remilgado? —preguntó Charles Webb—. Es muy joven. —El amor —susurró su mujer—. El amor, que le prueba bien... —¡Imagínate! —dijo mi padre con violencia—. Un capricho y nada más. Miré a Arme. Examinaba a Elsa con tranquilidad y despego, como miraría a las modelos que presentaban sus colecciones o a las mujeres muy jóvenes. Sin la menor acritud. Durante un instante la admiré apasionadamente por aquella ausencia de mezquindad, de celos. Por otra parte, no entendía que pudiera sentir celos de Elsa. Ella era cien veces más guapa y elegante que Elsa. Como estaba borracha, se lo dije. Me miró curiosamente. —¿Que soy más guapa que Elsa? ¿Tú crees? —¡Desde luego! —Siempre es agradable. Pero estás bebiendo demasiado otra vez. Dame tu vaso. ¿No te da pena ver ahí a tu Cyril? Se está aburriendo. —Es mi amante —dije alegremente. —¿Estás completamente borracha? Menos mal que ya es hora de volver. Nos separamos de los Webb con alivio. Me despedí de la mujer de Webb con un solemne «señora». Condujo mi padre. Yo recliné la cabeza en el hombro de Anne. Pensé que la prefería a los Webb y a la mayoría de la gente que veíamos habitualmente. Que era mejor, más digna, más inteligente. Mi padre hablaba poco. Seguramente se acordaba de la aparición de Elsa. —¿Duerme? —preguntó a Anne. —Como una criatura. Se ha portado relativamente bien. Excepto la alusión a los macarras, que era un poco directa... Mi padre se echó a reír. Hubo un silencio. Luego oí de nuevo la voz de mi padre. —Anne, te quiero, sólo te quiero a ti. ¿Me crees? —No me lo digas tanto, que me asusta... —Dame la mano. Estuve a punto de incorporarme y protestar: «No, que hay precipicios». Pero estaba un poco borracha, el perfume de Anne, el viento del mar en mi pelo, el pequeño arañazo que me había hecho Cyril mientras nos amábamos eran otras tantas razones para ser feliz

y callarme. Me vencía el sueño. Mientras tanto, Elsa y el pobre Cyril estarían saliendo penosamente en la moto que le había regalado su madre por su cumpleaños. No sé por qué eso me emocionó y me entraron ganas de llorar. ¡Aquel coche era tan suave, tan cómodo, tan apropiado para el sueño...! Sueño que la señora Webb no podría conciliar en aquel momento. Seguramente, a su edad, yo también pagaría a jóvenes para que me amaran porque el amor era la cosa más dulce y más viva, más sensata. Y porque el precio poco importa. Lo que importa es no agriarse y tener celos. Como los que tenía ella de Elsa y de Anne. Me reí muy bajito. El hombro de Anne se ahuecó un poco más. «Duerme», dijo con firmeza. Y me dormí.

Capítulo octavo Al día siguiente me desperté perfectamente bien, apenas cansada, aunque con la nuca un poco dolorida por los excesos. Como todas las mañanas, el sol inundaba mi cama. Aparté las sábanas, me quité la chaqueta del pijama y me tumbé al sol con la espalda desnuda.

. Los amigos de Anne no debían de hablar nunca de sí mismos. Yo me sentía dispuesta a compartir con Anne esa condescendencia que debían de inspirarle nuestras amistades. Creo que anoche estaba un poco achispada. Me puse precipitadamente la chaqueta del pijama y grité: «¡Adelante!». ¿Te encuentras muy mal? —Perfectamente —dije—. su reserva terminarían ahogándome. Para que las fiestas resultaran gratas con aquella gente...» Tras lo cual mi padre se reía y le palmeaba el hombro: «¡Dichoso tú! Es casi tan guapa como Elise. me buscaría a un hombre seductor que también lo estuviera un poco: «Mi primer amante se llamaba Cyril.». Para mi padre. más allá.. lo harían riéndose por pudor. Volvía de casa de Dupuis y.. Raymond! ¿Recuerdas aquella primavera. que sostenía con precaución una taza. Pero debo . La noche anterior se perfilaba poco a poco en mi memoria.Pegada la mejilla al brazo doblado... sin moverme. Me entretuve imaginando el rostro de aquel hombre. la inactividad y las ganas de vivir suele convertirlas en seres odiosos.. Tenía un aspecto indecente. Lo que me gustaba de ellos era la excitación. esa condescendencia amable y contagiosa. Sin embargo. Yo tendría unos dieciocho años. Recordé haberle dicho a Anne que Cyril era mi amante y la cosa me dio risa: cuando has bebido. de que ponía especial esmero en calentarme. Su silencio. Me acordé también de la señora Webb y de mi altercado con ella. cuando ya estuviera un poco hastiada. durante aquellas interminables noches en las terrazas de los cafés.? ¡Qué estupidez. su indiferencia. O si hablaban de ellas. la cosa era más fácil: tanto Charles Webb como él eran unos ligones. dices la verdad y nadie te cree.. me veía a mí misma a los treinta años más parecida a nuestros amigos que a Anne. —He pensado que te sentaría bien un poco de café. la de la película de Saurel. —Se echó a reír—. —Como cada vez que te sacamos.. Decidí pasar la mañana así.. dedicarle la vida a una mujer!». las vacilaciones de una mosca. ninguna de las amigas de mi padre podía compararse con Anne.. me daba la impresión de que hacía aflorar mis huesos bajo la piel. el entusiasmo que ambos ponían. Conocía bien a ese tipo de mujeres: en ese ambiente y a esa edad. El sol era suave y cálido. Tendría las mismas arruguillas que mi padre. en el suelo. o había que haber bebido más de la cuenta y disfrutar peleándose con ellos. era previsible. pasados quince años. Por el contrario. Sin duda desconocían esa índole de aventuras. antes de que se marchase. «¿A que no adivinas quién cena y se va a la cama conmigo esta noche? La joven Mars. o mantener relaciones íntimas con uno u otro de los cónyuges. las tristes confidencias de Lombard: «¡Sólo la quería a ella. Llamaron a la puerta. Incluso me gustaban. veía en primer plano la rugosa superficie de la sábana y. Por lo demás. humillante pero fervoroso el presenciar las confidencias de dos hombres ante un vaso de alcohol. hacía calor en el mar.» Conversación de colegiales. Desde mi punto de vista. El contraste con la serenidad de Anne me había hecho juzgarla mucho más pesada y cargante de lo habitual. Era Anne.

ni están para muchos trotes. —Es increíble hasta qué punto su conversación llega a ser monótona y. Todavía no puedo soportar esa manía que tiene la gente de mirarte con fijeza cuando te habla o de acercarse mucho a ti para asegurarse de que les escuchas. y eso que ella era la única persona que me ponía en entredicho y me obligaba a juzgarme a mí misma. Sólo que se ven obligados a pagarlas. pero éstos son divertidos. Yo no debía de tenerlo... —Y han pasado dos años. porque cuando me veo en esa situación sólo pienso en escaparme. a aceptar multitud de pequeños compromisos para escapar a la soledad. —dijo Anne—.. Yo había dejado de fijarme en el sol o en el sabor del café. —En el arroyo —dije alegremente. Anne. Cécile. ¡Influirías en mí! Soltó una carcajada y me dolió. Yo me moví. su presencia me absorbía por completo. —¿Tú te lo pasas bien.. Anne tenía los párpados largos y pesados. como suele decirse. No me atreví a añadir que me gustaba. sorprendida por la brutalidad de la pregunta.. pensé para mí. —Pues a lo mejor tampoco sería tan malo. Pensé que la mosca debía de estar achacosa. Aviada estaba si no tuviera un poco más de seguridad que tú. no se creía obligada a acapararme de esa manera. ¿no llegan a aburrirte? —Verás —dije—.. —Son los años —dijo—. Tantas veces me das esa impresión de estar por encima de mí. sino de sensibilidad. pesada. Cuando hablaba con Anne. —Anne —dije bruscamente—. Advertía claramente que algo me fallaba por ese lado. de fiestas. sino que se limitaba a no despegar los ojos de los míos.. y le resultaba fácil mostrarse condescendiente. —Llega una edad en que ya no son seductores. sí». Abandonó bruscamente ese tono frívolo para mirarme a los ojos.reconocer que me reí contigo.. —Sería una catástrofe —dijo.. —¡Pues claro. con gente como los Webb o los Dupuis? —La mayoría me carga. de sexto sentido. mujer! ¿Por qué me lo preguntas? —Si fuera tonta me contestarías lo mismo —suspiré—. —¿Sabes cómo acaban los hombres como Webb? «Y como mi padre».. Me hacía vivir momentos intensos y difíciles. Se sienten . dejaba de sentirme existir.. Esas historias de contratos. Cálculo equivocado por lo demás. en retroceder. ¿te parezco inteligente? Se echó a reír. no es cosa de razonamiento ni de moral. esas pretensiones de exclusividad. De todas formas. de mujeres. También ella miraba las evoluciones de la mosca por el sol. Era una noche muy pesada. Me sublevan su insistencia. por fortuna.. su indiscreción. digo «sí.. multiplico las maniobras para cambiar de pie y huir al otro extremo de la habitación.. No pueden beber y siguen pensando en las mujeres.. ¿cómo decirlo?. me he pasado diez años en un convento y el que esa gente no tenga principios me sigue fascinando. con lo que me costaba mantener ese tono distraído y desenvuelto que me gusta utilizar.. incómoda.

Saldríamos. —No lo sé —sonrió de nuevo. No podía.. ¡Pobre Webb! dije. Me dio un vuelco el corazón. infelices. ¿verdad que no? Es el privilegio de la juventud. tu independencia? —Nada —dije—. con cierto desánimo—... —¿Qué canción es ésa.. Cavilé mucho. Eligen ese momento para volverse sentimentales y exigentes. ¿sabes? —Me irritáis un poco tu padre y tú. No pienso mucho. desde luego. seguro! Al menos el final que le hubiera amenazado de no ser por Anne.. En el fondo. No sueles pensar en el futuro. —A ti eso ni se te pasa por la cabeza. ¡Tal era el final que le esperaba a mi padre. Se puso a tararear con aire pensativo. He visto a muchos convertirse en auténticas ruinas. Me di cuenta de que excluía a Anne de aquel futuro. Muchas veces me obligas a complicarme la vida y eso me molesta un poco de ti. a ella la razón debía de parecerle de primera. Quédate en la cama y descansa. mi padre sería un amable sexagenario de pelo blanco. Aquello me había liberado de muchos miedos.. Pasados veinticinco años. En aquel piso hecho una leonera. tan pronto desolado como lleno de flores.. Pero me asustaban el aburrimiento y sobre todo la tranquilidad. «Claro». la armonía que siempre traía consigo Anne. —dijo Anne con una pequeña sonrisa de conmiseración—. no estés siempre echándome en cara mi juventud. La utilizo lo menos posible. ella dramatizaba. para estar interiormente tranquilos. Proseguiré en otro sitio mi investigación sobre el intelecto de la familia. Anne». Sin duda temía menos su influencia desde que amaba real y físicamente a Cyril.burlados. un poco propenso al whisky y a los recuerdos brillantes.. Me estiré cuidadosamente y hundí la cabeza en la almohada. pensé. a pesar de lo que le había dicho a Anne.. Mi padre y yo. no servís para gran cosa. el orden. No pensáis nunca en nada. ¿Te gustas así? —No. No creo que me dé derecho a todos los privilegios y a que se me disculpe todo. —¿Y qué cuenta para ti? ¿Tu tranquilidad. necesitábamos la agitación exterior. . Anne? Me pone nerviosa. «con mi padre la cosa es fácil. mal podían aparecérseme como el más preciado de los bienes. el silencio. no lograba incluirla en él. Yo le contaría mis calaveradas y él me daría consejos. Por inteligente que fuese.» Me parecía estar oyéndolo: «No pienso en nada porque te quiero. ni lo intento. Me daba mucho miedo morirme de aburrimiento. Me sonaba la canción pero no recordaba qué era. regularmente atestado de maletas. Para mí no cuenta. —Por favor —dije—. no sabéis. resonante de escenas y voces forasteras. No me gusto.. Y eso Anne era incapaz de admitirlo.

los que me inspiraba mi padre eran los más estables. al margen de eso. Y no es que su papel no haya sido el más importante en esta historia. se entregara a su capricho. Pero que.. Sin embargo. Y si yo misma me dejé llevar por la desesperación un día fue por aquel gesto de abandono que tuvo cuando me miró y desvió la mirada. Intentaba dar a todas las cosas una explicación psicológica que declaraba racional: «¿Te encuentras espantosa? Pues duerme más y bebe menos. no puedo negarlo. Ni siquiera puedo hablar de él como de un hombre sin sentimientos. los más profundos. los que más me importaban. por acompañarme a casa. debería hablar más de él que de nadie para que su conducta parezca aceptable. El amor que me profesaba no podía tomarse a la ligera ni considerarse un simple hábito de padre. No se paraba a pensar. lo que Webb llamaba «ocasiones magníficas». ni que no le conceda interés. Nunca he querido a nadie como a él y de todos los sentimientos que me animaban en aquella época. de una frivolidad sin remedio. a la inconstancia y a la facilidad. Podía sufrir por mí más que por cualquier otro ser. Jamás anteponía sus pasiones a mí. como de un irresponsable. No era un hombre vano ni egoísta. Más de una noche debió de dejar escapar.» Lo mismo ocurría cuando alguna vez .Capítulo noveno Hablo mucho de Anne y de mí misma y poco de mi padre. Pero era frívolo. Lo conozco demasiado y lo siento muy cercano para querer hablar de él..

a los ojos de Cyril y de Anne. esclavo de sus caprichos. o tendré complicaciones con Anne». Lo que no le impedía llevar una vida apasionante. lo que dudo es que fuera consciente de la seriedad de los sentimientos de Anne hacia él. en aquel momento. pero no como cabría creer. porque la consideraba trivial y le aportaba toda su vitalidad. comprensivo y muy bueno. habríamos encontrado a mi padre relajado y exultante en su devoción por los amores legales o que. al menos. provisional. le brindaba su inteligencia y su experiencia para que las confrontase con las propias. Pero no podía decírselo. Ni pensé en él cuando tracé el plan de apartar a Anne de nuestras vidas.experimentaba un violento deseo por una mujer. que ya no era un colegial. Era materialista. Y sin duda. en lo que a afectos se refiere. En aquel momento sufría. de la juventud. Éramos ambos de la misma raza. como yo. Además. A la vuelta. era un cálculo perfectamente sano y normal. era totalmente distinta a aquella serie de mujeres frivolas y un poco tontas con las que había tenido trato los últimos años. Que la desease paulatinamente más que cualquier otra cosa. Me bastaba decirle a Elsa que cediera a los deseos de mi padre y. Tan pronto me daba la impresión de que era la hermosa y pura raza de los nómadas. El deseo que le inspiraba Elsa le disgustaba. No pensaba: «Voy a engañar a Anne. pero delicado. y que por consiguiente tenía que comportarse bien y no como un miserable. Tengo que volver a conocer su cuerpo indolente para quedarme tranquilo». sino un hombre a quien ella confiaba su vida. Ahora. No se le ocurría reprimirlo o sublimarlo en un sentimiento más complejo. la admiraba. Satisfacía a un tiempo su vanidad. Sabía que se consolaría como se consolaba de todo: una ruptura le costaría menos que una vida ordenada. dame un día de libertad. con ese doble deseo que nos inspiran las cosas prohibidas. Me daba cuenta de que se moría de ganas de decirle a Anne: «Cariño. ¡Cómo . Pero había una cosa que Anne era incapaz de soportar: haber sido una amante como las demás. era un ser anormal. como la raza pobre y consumida de los vividores. sino: «¡Qué lata desear así a Elsa! Habrá que despachar esto rápido. como a mí. Nada cabía reprocharle a Anne. con las obligaciones que ello conlleva? No lo creo. Eso supone que la quiero menos». yo podía arreglarlo todo. Pero ¿pensaba que era también la esposa ideal. o cuando menos se exasperaba: Elsa se había convertido para él en el símbolo de la vida pasada. Estoy segura de que. sino porque sin duda había aceptado vivir con él sobre las bases siguientes: que la era del libertinaje fácil se había acabado. quería a Anne. de su juventud más que nada. porque le comprendía. pero ello no impedía que mi padre desease a Elsa. Lo único que le minaba y le consumía era el hábito y la rutina. Tengo que encontrarme con esa chica y comprobar que no soy un carcamal. Le parecía la amante ideal. la madre ideal para mí. con un pretexto cualquiera. No porque Anne fuese celosa o fundamentalmente virtuosa e intratable sobre ese punto. su sensualidad y su sensibilidad. se legalizarían al regresar a París. llevarme a Anne a Niza o a otro sitio a pasar la tarde.

. Por otra parte. No podía soportar el desprecio que profesaba Anne a nuestra vida pasada.! Pero no pedí a Elsa que cediera ni a Anne que me acompañase a Niza. Si a toda costa quería tener razón. No quería humillarla. revivir recuerdos que me abruman. en su amabilidad conmigo. El olor de los pinos. Pero no me gusta tener que recurrir a las deficiencias de mi memoria y a la levedad de mi ser en vez de combatirlas. si ahondo demasiado. Me noto tan cerca de lo que la gente llama remordimiento de conciencia que me veo obligada a recurrir a gestos: encender un cigarrillo. Empezaban a torturarle los remordimientos.nos complicaban la vida su dignidad y la estima en que se tenía a sí misma. ¡pero tan pocos esfuerzos y mentiras! Y. La idea de que pudiese engañar a Anne y enfrentarse con ella me llenaba de terror y de vaga admiración.. poner un disco o telefonear a un amigo. y no como algo que menoscababa su valor personal y su dignidad. muchos silencios interiores. A veces me imaginaba que aceptaría los hechos y que llevaríamos con ella una vida tan conforme a nuestros gustos como a los suyos. El papel que yo le hacía representar le disgustaba cada vez más y sólo lo aceptaba porque yo le hacía creer que resultaba indispensable para nuestro amor.. Quería que aquel deseo que anidaba en el corazón de mi padre se envenenara y le hiciera cometer un error. sino hacerle aceptar nuestra visión de la vida. Tenía que saber que mi padre la había engañado y tomárselo objetivamente. Era imprescindible evitar que se franquease conmigo. Todo ello suponía mucha doblez. ni aunque sea para felicitarme por ellas. Poco a poco. pienso en otra cosa. me veía a menudo con Cyril y nos amábamos a escondidas. noto un doloroso golpe bajo y me enardezco contra mí misma.. Fingí incluso ignorar los tormentos de mi padre. El rostro de Anne no me llenaba ya de remordimientos. que me obligase a ser su cómplice. el contacto de su cuerpo. Multipliqué las ocasiones de excitar a mi padre con Elsa. Tenía que fingir que tanto su amor por Anne como la propia Anne eran sagrados para mí. ese desdén tan absoluto hacia lo que había sido para mi padre y para mí la felicidad. el rumor del mar. los días transcurrían felizmente. Entretanto. No me gusta reconocerlas. tenía que dejar que nosotros nos equivocásemos.. ya lo he dicho. Paso rápido por ese período porque temo. a hablar con Elsa y alejar a Anne. Y debo confesar que lo hice sin esfuerzo. sólo me juzgaba a mí misma por mis actos. como un antojo puramente físico. Cuando pienso en la risa feliz de Anne.

Me dio una impresión de cataclismo: aborrezco los desenlaces. en rigor.. ¿no? Me creí obligada a asentir. con ese tono un poco despreocupado. Y. inteligente y cariñosa. y cuando veía el rostro de Cyril. o más bien atractivo. comunicativa y plena. muy ajena a nuestros deseos violentos y a mis despreciables enredos. envolventes. muy excitada. y llenando la vida cotidiana. la dulzura —me cuesta emplear este término— y la felicidad de Anne. al oír esa risa satisfecha. descubría que el rostro de mi padre se llenaba de ira. Tenía también una risa extraordinaria. como sólo la tiene la gente un poco tonta. Una mañana. a ambos se nos iba la sangre del rostro. No me fallaba nunca la jugada. ven!». «Cuando me oigas llegar con mi padre». mi padre y yo palidecíamos a un tiempo. Pronto descubrí los efectos de esa risa en mi padre y hacía que Elsa le sacase el máximo partido cada vez que teníamos que «sorprenderla» con Cyril. sin embargo. Las palabras son fáciles.. como sólo él sabe hacerlo. toda coquetería que no fuese la de ser guapa. la asistenta. La veía. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. Cyril. la creaba yo con él y con Elsa. su nuca morena y suave inclinada sobre el rostro incitante de Elsa.» Y entonces. entregada a nosotros. porque cuando veíamos a Cyril y a Elsa juntos. Un rostro hermoso. Aquel verano había adoptado el de Elsa. —Luego me ha llenado de cumplidos.. y con voz muy baja. Yo ya había contado con ello: su indiferencia y su orgullo le hacían rechazar instintivamente cualquier táctica para ganarse más a mi padre y. Es verdad. sin calibrar su fuerza. Poco a poco me iba inspirando ternura.. Me apasionaba ese papel de director de escena. «no digas nada. sólo te ríes. Olvidaba que yo misma lo había querido. estaban la confianza. Cyril inclinado sobre Elsa. arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor. le decía. No se me puede hacer ningún reproche por ello. más cerca de la felicidad que nunca. pero totalmente imaginables. en efecto. hace una hora! —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho que lamentaba muchísimo todo lo ocurrido. sí. . Esa imagen me destrozaba el corazón. habría dado cualquier cosa por que eso no sucediera. revelando abiertamente vínculos imaginarios.Capítulo décimo Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. Elsa me esperaba en la playa con expresión triunfante: —¡Acabo de ver por fin a tu padre. los egoístas. me trajo un mensaje de Elsa que decía lo siguiente: «¡Todo se arregla. Ya sabes. Al margen de estos incidentes. Que se había portado como un patán.

.como si le costase un esfuerzo. Estaría trabajando en su colección. con los codos pegados al cuerpo. que soy mujer amplia de espíritu. dibujando en su cuarto mientras mi padre flirteaba con Elsa. sí. No le dije nada.. Cyril me cogió en sus brazos. eso depende de ti. torpemente. aparentemente relajado: las cosas se arreglaban para él. —Ve si quieres. te quiero tanto. Sonreí para mis adentros. pero no vuelvas a hablarme de nada de eso. vaya. chica. yo tenía cita con Cyril. No me estés preguntando siempre lo que tienes que hacer. Las ideas de mi padre sobre las pelirrojas civilizadas me llenaron de gozo. Te quiero lo bastante como para obligarte a opinar como yo. —Pues claro que sí —dijo—. ¡Que mi padre hiciera lo que le diese la gana. tenga un poco borrada esa comida. Entonces apareció Anne. para demostrarle que no soy rencorosa. Con razón o sin ella. pero mal. porque lo pensaba.. nada!. Mi padre se reía. La arranqué de las delicias del idilio: —Pero ¿qué quería? —¡Pues... y me llevó con él. Cécile.. Me sentía cansada y fatalista.. te quiero tanto». sin decir una palabra. y allá se las apañara Anne. A las cuatro bajé a la playa. Venía del bosque. pegada a aquel torso dorado... con una especie de agradable resignación.. como ya no calentaba el sol. Te quiero. Me sentía acosada: —No lo sé... cualquiera diría que te incito yo a. —Tanto da. civilizada. No me tomó en serio. pero sin dolor. Su tono de admiración de pronto me asustó. Me daba la impresión de que sólo el amor me liberaría del miedo opresivo que me embargaba. Bueno. me ha invitado a tomar el té con él en el pueblo. —Pero. anunció que por la tarde tenía que hacer unos recados en el pueblo. la cosa me irritó. Me dio la impresión . Huí. De ahí que. A su lado todo pasaba a ser fácil. cargado de violencia.. Un rato después. El ritmo de aquella frase me persiguió durante toda la comida: «Te quiero.. como sus propios ojos. me senté en una hamaca y abrí un periódico. Elsa. si ha sido gracias a ti. por favor te lo pido. cuando salía para el pueblo. subí a la terraza. A los postres. Anne llevaba un vestido malva como las sombras bajo sus ojos. Ni tan sólo le recomendé prudencia. de placer. Corría. —¿Por qué te ríes? ¿Crees que debo ir? A punto estuve de contestarle que no era cosa mía. Se lo dije sonriendo.. le dije que me aborrecía a mí misma. Sólo me apetecía una cosa: bañarme. El agua estaba agradable y tibia. inundado de sudor. por más que me esfuerce. Pero comprendí que me consideraba responsable del éxito de sus maniobras. yo misma agotada.. Me encontré a mi padre en la terraza. tumbada junto a él. Anne no apareció.. perdida como un náufrago. ese tono.. A las dos horas.! Además. pero bien hay que librarle de esa mujer.

ni tú ni él. con el rostro inmóvil. —Anne —dije—.. Los dos sabíamos que era indispensable que Anne regresara a nuestro lado. aquel rostro. no podía irse así. No parecía darse cuenta. Anne. no te vayas. Zumbaba el motor. un poco silenciosa sin duda.. —París. Tenía cuarenta años.. aquella cara. de que la que corría era una anciana. —Pero ¿qué sucede? ¿Es que Anne. aquel rostro era obra mía. descompuesta. —¿Que te perdone el qué? Le rodaban las lágrimas por las mejillas.! Me acarició un instante la mejilla y arrancó.. camino del garaje. Llegué corriendo y me abalancé sobre la portezuela. Entonces comprendí bruscamente y eché a correr. te lo suplico. Capítulo undécimo No nos vimos hasta la cena. —No necesitáis a nadie —murmuró—. ¡Todo había ido tan rápido! Y su cara. yo también. Estaba paralizada. es un error. Me sentía perdida.. angustiados ambos de haber reconquistado tan bruscamente nuestra soledad. luego una adolescente y una mujer. Me quedé anonadada: Anne desapareció detrás de la casa. pegada a la portezuela. Y yo...... Oí pasos detrás de mí: era mi padre. No me escuchaba ni me miraba. —¡Anne. Había olvidado mis pacientes enredos y mis elaborados planes.. no podría soportar durante mucho tiempo el recuerdo del rostro deshecho que tenía antes de marchar. para alcanzarla..? Cécile. Había debido de ser una niña. . —¡Pobre niña. extraviada. —¿Crees —preguntó— que nos ha abandonado por mucho tiempo? —Seguramente se ha ido a París. Cécile. Se había quitado el carmín de Elsa y se había cepillado la pinaza del traje. Me sentía completamente desquiciada y confundida y veía el mismo sentimiento en el rostro de mi padre. Entonces comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente. cerdo! Prorrumpí en sollozos. indecente.. temblaba con todo mi cuerpo. Por mi parte.. amaba a un hombre y esperaba ser feliz con él diez años. Me volví y me arrojé sobre él: —¡Cerdo.. No teníamos hambre.súbita. soñador. contesta. de que iba a caerse. yo te explicaré. Vi desaparecer el coche al doblar la esquina de la casa. estaba sola. Estaba llorando. quizá veinte. te necesitamos! Se incorporó.. —murmuró mi padre. se había inclinado para quitar el freno. —Perdóname... Estaba ya en el coche. Yo estaba desesperada. ha sido culpa mía. ni la idea de su dolor y de mi responsabilidad. poniendo el contacto.

y me cogió la mano por encima de la mesa.. la he besado. por un pecadillo en definitiva? ¿No tenía deberes para con nosotros? —Vamos a escribirle —dije—. —¿Qué podemos hacer? —dijo. Un murciélago vino a describir sedosas curvas ante la ventana. Al terminar. Sonó el teléfono.—Puede que no la volvamos a ver.. Ambos a la luz de la lámpara. —Me odiarás con todas tus fuerzas. Mi padre inclinó la cabeza y comenzó a escribir. bueno. de que la reconciliación era inminente. Al final. un tintero y papel y nos acomodamos uno frente a otro. Al llegar al pinar. cuajadas de disculpas. estaba casi convencida de que Anne no podría negarse. Tendría lugar en París. colgó suavemente y se volvió hacia mí. aquel rostro postrero. no los veía. Los personajes de Elsa y mi padre abrazados a la sombra de los pinos se me antojaban vodevilescos y sin consistencia. La única cosa viva y cruelmente viva de aquel día era el rostro de Anne. Sin terminar de comer. Yo también me di lástima. traicionado. Yo me levanté a mi vez. Me imaginaba ya la escena del perdón. No le escuchaba. Anne entraría y. Miraba a mi padre que se pasaba la mano por la cara. Hicimos. —Ha tenido un accidente —dijo—. trabajando en medio del silencio en esta redacción imposible: «Recobrar a Anne». plumas.. con gesto maquinal. Me miró.. mientras me invadía el miedo. llamaba para decirnos que nos perdonaba. llena de pudor y de humor.. Le cogí un cigarrillo a mi padre y lo encendí.. pues estábamos convencidos de que aquel montaje propiciaría el regreso de Anne. No puedo recordar sin un insoportable sentimiento de irrisión y crueldad las cartas desbordantes de buenos sentimientos que le escribimos a Anne aquella noche.. atenazado por el dolor. y a pedirle perdón.. como suele decirse. Elsa. apartamos el mantel y los cubiertos. Tenía muy mala cara y me dio lástima. Intercambiamos una mirada. Bueno. que perdonarte... Les ha costado dar con sus señas. mi padre fue a buscar una enorme lámpara.. Otra cosa que no toleraba Anne: que se fumase a mitad de comida. Sonreí a mi padre: —Me hago perfecto cargo: no es culpa tuya.. dos obras maestras del género. Han telefoneado a París y les han dado . no obstante. confundido. sí» con voz imperceptible. ¿Por qué Anne nos abandonaba así y nos hacía sufrir. que regresaba. gritó «diga» con voz jubilosa. Un momento de locura. Había encontrado por fin una manera de salir de aquella inactividad llena de remordimientos en la que nos debatíamos desde hacía tres horas. En la carretera de L'Esterel. Anne ha debido de llegar en ese momento y. Pero Anne tiene que perdonarnos. de ternura y de arrepentimiento. primero de sorpresa y luego llena de esperanza: era Anne. Eran las diez. —Es una idea genial —gritó mi padre. como dos colegiales aplicados y torpes. Mi padre se abalanzó hacia el aparato. No sé lo que me ha dado. Luego ya no dijo más que «sí. en nuestro salón. casi sonrientes.

En la casa estaban la chaqueta de Anne. Diría adiós a aquella casa. ¿Puede suicidarse alguien por seres como mi padre o como yo. La habitación estaba sumida en la penumbra.. con su muerte. a aquel chico. Pero no lo necesitaba. siempre hablamos de ello como de un accidente. con sus pequeños enredos amorosos y el doble atractivo de su belleza. por lo demás. seres que no necesitan a nadie. no deja de ser fantasioso por mi parte.nuestro número de aquí. Esperaba sentada en la sala de espera y miraba una litografía en la que aparecía Venecia. Parece ser que ya ha habido muchos allí. y no me atrevía a interrumpirle—. Lo miré: nunca lo había querido. Un regalo que. a aquel verano. su perfume. la puerta de la clínica. Lo había encontrado bueno y atractivo.. Cogí la copa y la apuré de un trago... que venía hacia mí con la copa llena. con el mismo tono.. la inestabilidad del coche. Las olas batían en la playa. Recuerdo el resto de la noche como una pesadilla. Se nos aparecieron como dos seres evanescentes y olvidados: ni uno ni otro habían conocido a Anne ni la habían querido. Nuestras cartas de disculpa danzaban por la mesa. me tomó del brazo y entramos en la casa. El accidente ha ocurrido en el sitio más peligroso. su apuro. regresamos a casa a eso de las tres de la tarde. —Hablaba maquinalmente. El coche ha caído desde una altura de cincuenta metros. La carretera apareciendo iluminada por los faros. cogió una botella de la nevera y dos copas. Anne se manifestaba —una vez más— distinta de nosotros. dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volviesen a pegar ojo en la vida. el rostro inmóvil de mi padre. sus flores. Cyril dio un paso hacia mí y posó la mano en mi brazo. Mi padre cerró los postigos. Me marcharía. Una enfermera me contó que era el sexto accidente que ocurría en aquel lugar desde principios de verano. Elsa y Cyril nos esperaban sentados en la escalera.. Las empujé con la mano y volaron sobre el parqué. Mi padre no regresaba. Habría sido milagroso que se salvase. nos habríamos disparado un tiro en la cabeza. Estaban allí. . Me había gustado el placer que me proporcionaba. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso. no tardaríamos en aceptar. veía la sombra de mi padre ante la ventana. Era el único remedio a nuestro alcance. Mi padre estaba conmigo. Mi padre no quiso que yo viera a Anne.. por debilidad.. ni vivo ni muerto? Mi padre y yo. vaciló y evitó pisarlas. Al día siguiente. Y además. No pensaba en nada.. Mi padre.. si hablo ahora de suicidio. Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado —suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello—. Todo aquello me parecía simbólico y de mal gusto. Entonces pensé que.

Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. no se parecían en nada a aquel vacío. mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. por temor a lastimarnos o a que se disparase algo en alguno de nosotros que le llevase a pronunciar palabras irreparables.». Hablábamos de ella con precaución. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne. y sin salir jamás. Cuando nos vemos. Vi a Cyril que me buscaba a la salida. La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y. Eran lágrimas bastante agradables. hablamos de nuestras conquistas.. en casa de una amiga. mi padre y yo nos reímos. y. Todos miraban a mi padre con lástima. sin mirarnos. En el coche. una multitud curiosa. estamos solos y somos desgraciados». sentía cierta satisfacción. Lo evité.. Escribo Dios en vez de azar.. Salí con él durante una semana con la frecuencia y la imprudencia de los comienzos del amor. Mi padre me alargó el pañuelo. conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté. lloré. El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado.. Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana. Seguro que le consta que mis . por primera vez. y mi padre. pero superior a mis fuerzas. como estaba previsto que volviera a ser. a la vuelta.Capítulo duodécimo El entierro se celebró en París con un hermoso sol. hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa. Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año. como de un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno. con la cara descompuesta. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: «Recuerdas aquel día que. aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar.. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal. La vida volvió a ser como antes. vestidos de luto. Yo pensé: «Sólo me tienes a mí y yo sólo te tengo a ti. como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte. sin decir palabra. poco hecho para la soledad. Pero no creíamos en Dios.. Hasta que un día. comiendo y cenando juntos.

Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre. Tristeza.relaciones con Philippe no son platónicas. cerca de JuanlesPins. no alquilaremos la misma casa. al amanecer. Pero somos felices. con los ojos cerrados: Buenos días. a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos sus recuerdos. Pero cuando estoy en la cama. sin más ruido que el tráfico de París. ¡Anne. Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad. sino otra. El invierno toca a su fin. y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara. .

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