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Sagan Francoise - Buenos Dias Tristeza

Sagan Francoise - Buenos Dias Tristeza

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BUENOS DÍAS, TRISTEZA FRANÇOISE SAGAN Traducción de Javier Albiñana

Título original: Bonjour tristesse 1.a edición: junio 1995 1954 by René Julliard, París © de la traducción: Javier Albiñana, 1995 Diseño de la colección: GuillemontNavarres Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. Iradier, 24, bajos 08017 Barcelona ISBN: 847223892X Depósito legal: B. 20.6891995 Fotocomposición: Foinsa Passatge Gaiolá, 1315 08013 Barcelona Impreso sobre papel OffsetF Crudo de Leizarán, S.A. Guipúzcoa Libergraf, S.L. Constitución, 19 Barcelona Impreso en España

Índice Primera parte ............................ Segunda parte ........................... Primera parte

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lleno de vitalidad. Mi padre se dedicaba a complicados ejercicios con las piernas para eliminar un amago de barriga incompatible con sus condiciones de Don Juan. que casi me produce vergüenza. que hacía de extra en los estudios y se exhibía en los bares de los Campos Elíseos. que puede parecer falsa. de posibilidades. Mi padre tenía cuarenta años y era viudo desde hacía quince. cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. siempre curioso y enseguida cansado. dos años antes. pues sabía que necesitaba a las mujeres y que. No cabía imaginar mejor amigo ni más jovial. Hoy. Un sendero descendía hasta una cala dorada. su amante de turno. Mi padre había alquilado. demasiado contentos estábamos ambos de marcharnos como para poner la menor traba a lo que fuese. dominando el mar. cuya dulzura me obsesionan. No pude por menos de animarle. Tan pronto amanecía. Además. Era una chica alta y pelirroja. Era un hombre todavía joven. hábil en los negocios. no me costó entender que viviese con una mujer. donde se mecía el mar. más raramente el remordimiento. el hermoso y grave nombre de tristeza. dudo en darle el nombre. entre galante y mundana. generoso. Pasábamos horas en la playa. Era simpática. Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. Lo quise de inmediato. cuya piel se ponía roja y acababa pelándose entre tremendos dolores. bastante simple y no tenía pretensiones serias. Elsa no supondría estorbo alguno para nosotros. Es un sentimiento tan total. al salir yo del internado. Los «demás» eran mi padre y Elsa. apartada. que gustaba a las mujeres. tan egoísta. bordeada de rocas rojizas. inquietante y dulce. alegre y cariñosísimo conmigo. Los primeros días fueron deslumbrantes. el pesar.Capítulo primero A ese sentimiento desconocido cuyo tedio. en el Mediterráneo. me importunaría durante las vacaciones. salvo Elsa. una gran casa con jardín. esa vida novedosa y fácil. achicharrados bajo el sol. porque era bueno. No la conocía. y de todo corazón. preciosa. Era un hombre despreocupado. Se alzaba sobre un promontorio. en la que me agotaba haciendo mil desordenados . Más difícil me resultó aceptar que tuviese una distinta ¡cada seis meses! Pero pronto su encanto. su amante. algo me envuelve como una seda. tan sólo el tedio. un agua fresca y límpida en la que me hundía. blanca. En los inicios de aquel verano extremó su amabilidad hasta preguntarme si la compañía de Elsa. y mi propia predisposición me hicieron adaptarme. bronceándonos poco a poco con un color sano y dorado. separándome de los demás. con la que soñábamos desde los primeros calores de junio. por otra parte. Antes que nada quiero explicar esa situación. y. me iba al agua. rodeada por un bosque de pinos que la ocultaba desde la carretera.

en la que encontraban tema para un drama o pretexto para su hastío. de una belleza que inspiraba confianza. Se estaba bien. siempre ávida de cosas mundanas. que me gustó. Regresé a cenar. Le devolví la mirada. muy abierto. Pero sólo estábamos a principios de julio y no se movían. de vacío. —Tengo que anunciaros que va a llegar alguien —dijo. yo experimentaba frente a las personas desprovistas de todo encanto físico una especie de apuro. Porque. Cerré los ojos con desesperación. me ofreció enseñarme a navegar a vela. Con todo. Me habían explicado que se limitaban a frotar los élitros. yo huía de esos estudiantes universitarios. esperando vagamente que se desprendieran y comenzasen a surcar el cielo en su caída. preocupados por sí mismos. cuarentones que me hablaban con cortesía y cariño. —Anne Larsen —dijo mi padre. lo dejaba escurrir entre los dedos y la arena caía en una lluvia amarillenta y suave. Tan sólo unos granitos de arena entre la piel y la camisa me impedían sucumbir a los suaves embates del sueño. y no participé. sobre todo por su juventud. El sexto día vi a Cyril por primera vez. brutales. y se volvió hacia mí. sin poderlo apartar de mi pensamiento. como todas las noches. ¡Tanta tranquilidad no podía durar! —Vamos. en la terraza. esa resignación de algunos a no agradar se me antojaba una tara deshonrosa. El cielo estaba cuajado de estrellas. en la conversación. va a venir. un deseo de dominio o la necesidad furtiva. apenas reparé en lo nervioso que estaba mi padre. Iba costeando con una pequeña embarcación de vela y zozobró delante de nuestra cala. me enteré de que se llamaba Cyril. dinos quién —gritó Elsa. demasiado atónita para reaccionar. y estar ebrias de calor y de luna para lanzar ese estridente grito durante noches enteras. era estudiante de derecho y pasaba las vacaciones con su madre en una casa cercana. entre risas.. al despedirse. Fue entonces cuando mi padre carraspeó y se incorporó en la hamaca.. inconfesada. muy moreno. Yo las miraba. de sentirse seguro de sí mismo. Tenía un rostro latino. Después de cenar nos tumbamos en unas hamacas. Anne Larsen era una antigua amiga de . ¿qué buscábamos. protector. Prefería con mucho a los amigos de mi padre. Debían de ser miles. instintivo. —Le dije que viniera si se sentía demasiado cansada con las colecciones y. Le ayudé a recuperar sus cosas y. cogía un puñado. Cyril. como el de los gatos en celo. Era alto y a ratos guapo. me trataban con dulzura de padres y amantes. Me tumbaba después en la arena. En la grava de la terraza cantaban las cigarras. o muy poco. Nunca se me hubiera ocurrido. con algo equilibrado. amparado. Pero Cyril me gustó. Sin compartir con mi padre esa aversión por la fealdad que nos llevaba con frecuencia a alternar con gente estúpida. Era el verano. Pensaba que se escapaba como el tiempo.movimientos para purificarme de las sombras y el polvo de París. sino agradar? Todavía no sé hoy si ese afán de conquista no oculta un exceso de vitalidad. que eso era una idea fácil y que resultaba grato tener ideas fáciles. pero prefería creer en aquel canto gutural.

tan tierno era su tono de voz que comprendí que de veras habría sido desgraciado sin mí. aquella súbita llegada sólo podía ser un contratiempo si se pensaba en la presencia de Elsa y en las ideas de Anne sobre la educación. no teníamos las mismas relaciones: ella alternaba con gente fina. hablamos del amor y de sus complicaciones.mi pobre madre y tenía escaso trato con mi padre. y nosotros con gente bulliciosa. un poco llenita. con ojos de porcelana y. mi vida. en una semana. con graciosas arruguillas que acentuaban las comisuras. ¿Qué haría yo sin ti? Y tan convencido. Sin embargo. Me volví y lo miré. me había vestido con gusto y me había enseñado a vivir. Elsa subió a acostarse tras formular una multitud de preguntas sobre la situación social de Anne. mi padre. A los cuarenta y dos años era una mujer muy seductora y solicitada. El se inclinó y apoyó las dos manos en mis hombros. mi amor? Pareces un gatito salvaje. y encogía levemente la boca. Rechazaba por sistema las nociones de fidelidad.. ¿y si nos volvemos a París? Rió despacito acariciándome la nuca. —No eres el tipo de hombre que pueda interesar a Anne. Sólo nos reunían algunas cenas de negocios —ella se dedicaba a la costura y mi padre a la publicidad—. ¿Y Elsa? ¿Has pensado en Elsa? ¿Te imaginas las conversaciones entre Anne y Elsa? Yo no. Hasta entrada la noche. Lo cierto es que me asusta un poco. En otra persona tales opiniones me hubieran . Cécile. dos años atrás. con un hermoso rostro altivo y hastiado. inteligente. estériles. no se le conocía ningún amante. de seriedad. —Mi viejo cómplice —dijo—. Además. —No es ése el caso —dije—. que no sabía qué hacer conmigo. Creo que nos despreciaba un poco a mi padre y a mí por nuestra afición a las diversiones y trivialidades. Me eché a reír con él. una serenidad de ánimo que intimidaba. Parecía un fauno. a sus pies. Y ella. como cada vez que se buscaba complicaciones. y le estaba muy agradecida. Con ser divorciada y libre. Me gustaría tener una hija guapa y rubia. pues. al salir yo del internado. Despertó en mí una admiración apasionada que supo encauzar hábilmente hacia un joven de su círculo habitual. Es demasiado inteligente y se respeta demasiado a sí misma.. —No se me había ocurrido —confesó—. como despreciaba todo exceso. Era amable y distante. el recuerdo de mi madre y mis esfuerzos. de compromiso. pues aunque ella me intimidaba la admiraba mucho. ¿por qué ha aceptado? —Tal vez para ver a tu viejo padre. discreta. éstas eran imaginarias. Esa indiferencia era lo único que podía reprochársele. Yo me quedé a solas con mi padre y me senté en los escalones. a quien mi padre sólo exigía que fuese guapa y divertida. Me explicó que eran arbitrarias. A los ojos de mi padre. Nunca se sabe. ¿Por qué has invitado a Anne? Y ella. Todo en ella denotaba una voluntad constante. —¿Por qué eres tan desgarbada. Le debía. En definitiva. Le brillaban los ojos oscuros. me había enviado a vivir con ella. sedienta. mis primeras elegancias y mis primeros amores. lleno de indiferencia.

violentos y pasajeros. Pero sabía que. sentimientos a los que se entregaba con mayor facilidad de la que quisiera. en su caso. ello no excluía ni la ternura ni la devoción. Ese concepto de las cosas me seducía: amores rápidos. pero sabía que en cuanto llegara Anne sería imposible . Habíamos alquilado la casa por dos meses. besos y hastíos. Capítulo segundo Anne tardaría todavía una semana en llegar.desagradado. Sabía muy poco todavía del amor: citas. Aproveché aquellos últimos días de auténticas vacaciones. máxime por estimarlos provisionales. A mi edad no seduce mucho la fidelidad.

Un bocinazo nos separó como ladrones. me había rozado el hombro con la mano. No me apetecía hablar ni con él ni con nadie. —¿Estás muerta? —dijo—. Volví la cabeza hacia él. . sus silencios ofendidos. Sin embargo. éramos tan felices.. —Esta es la casa de la Bella Durmiente —dijo—. pareces un náufrago abandonado. Me negué enérgicamente a participar en la expedición. bajé a la playa. Hacía un calor sofocante. bajando de su coche. Se inclinó hacia mí. Pero no era así. El día de su llegada quedó decidido que mi padre y Elsa irían a esperarla a la estación de Fréjus. para compensar mi ausencia. más virtuoso tal vez que lo habitual a su edad. Me tenía aplastada contra la arena toda la fuerza del verano. Pero ¿llegas de París? —He preferido venir en coche.. Le hubiera gustado que aquello me atormentase. Diez veces. de la delicadeza. Empezaba a conocerlo: era equilibrado. Se sentó a mi lado y el corazón empezó a latirme con fuerza. Desfilaron por mi mente los últimos días de aquella semana. Resultaba a un tiempo excitante y fatigoso. No contesté a Cyril. Sonreí. De lejos. que le lanzaba a mi padre. y era imposible no percibirlas en sus bruscas reservas. el sabor de los primeros besos. humillante en definitiva. y me desagradó que aquella boca larga y un poco gruesa se me aproximara. El calor. Por ejemplo. Eso sí. cuando se marcharon. sus expresiones. enlazado al uno con el otro sin que la cosa me turbase en lo más mínimo. mi tranquilidad a su lado. Dejé a Cyril sin decir una palabra y subí hacia la casa. porque me daba cuenta de que ella tenía razón. nuestra situación —una curiosa familia de tres— le chocaba. los suspiros duraron largos minutos. Tan rápido regreso me extrañaba: el tren de Anne no debía de haber llegado todavía. no vi ya más que luces rojas que estallaban bajo mis párpados apretados. Abrí los ojos: el cielo estaba blanco por efectos del calor. Me limité a aconsejarle que no dejara que Elsa le ofreciera el ramo. Pero hoy bastaba ese calor. el aturdimiento. Cécile! Me alegro de verte. —Cyril —dije—. Me miraba.. mi confianza. pero lo notaba en las miradas de reojo. Miré al cielo. Lo único que me atormentaba en aquel momento era su mirada y el martilleo de mi corazón. notaba los brazos pesados. la boca seca. sordamente. un sentido a las palabras a los que mi padre y yo renunciábamos gustosos. al moverse. Era demasiado bueno o demasiado tímido para decírmelo. Me tumbé en la arena y me adormecí. porque. Ella confería a las cosas una dimensión. A las tres. Luego.. la torpeza de ese gesto. rencorosas. —Yo también. durante la última semana. cortó todos los gladiolos del jardín para ofrecérselos en cuanto se apease del tren. me la encontré en la terraza. para que algo se desgarrase en mí suavemente. ese letargo. hasta que me despertó la voz de Cyril. estoy rendida. mis brillantes maniobras navales nos habían precipitado al fondo del agua. ¡Qué morena estás. Mi padre. Marcaba las normas del buen gusto. Me besó dulcemente.relajarse por completo.

relajada. despectiva. tan sereno. pero había desaparecido. para hablar conmigo. la autoridad. —Debería haberos avisado —dijo—. estás aquí.La acompañé a su habitación. con un vestido que no parecía haber viajado. —¿Elsa Mackenbourg? ¿Ha traído aquí a Elsa Mackenbourg? No supe qué contestar. ¿Dónde está el dueño de la casa? —Ha ido a buscarte a la estación con Elsa. Gracias a Dios. —¡No estaba Anne! —me gritó—. esa voz alterada. A las cinco llegó mi padre con Elsa.. que siempre había visto tan tranquilo. Caminaba hacia mí. Lo miré apearse del coche. pero tenía tantas ganas de salir. ¿Podía tal vez deberse tan sólo al cansancio del viaje. Pensé con tristeza que no había bajado hasta oír el coche y que habría podido hacerlo un poco antes. pasivo a ratos. Espero que no se haya caído del tren. que por lo demás no había aprobado. Abrí la ventana con la esperanza de ver el barquito de Cyril. ¿Por qué esa cara. —Ahora has llegado —dije tontamente frotándome las manos—. La miré estupefacta. al volverme hacia ella. con prisa. —¿Me habías comprado flores? —se oyó la voz de Anne—. frívolo. Había dejado la maleta en una silla y. Era débil. Ha venido en coche.. —Y ahora. Mi padre corrió a su encuentro. Anne se había sentado en la cama. Aunque sólo fuese de mi examen. me llevé un sobresalto. Su rostro se había descompuesto bruscamente y le temblaba la boca. Me miraba a través de las imágenes que mis palabras habían evocado en ella. estaba tan cansada. —Está en su habitación. la cabeza un poco echada hacia atrás. Bajaba por la escalera a su encuentro. —Ahora ¿qué? —dijo. —¿De veras? ¡Estupendo! Pues súbele el ramo. No había ocurrido nada. Me alegro mucho de que estés aquí. a otro lado. Salí balbuceando y bajé la escalera totalmente desconcertada. a la indignación moral? Me pasé una hora haciendo conjeturas. Intenté evocar todos los rostros duros. Advertí los pequeños cercos oscuros en torno a sus ojos. Aquel rostro. que cualquiera le quisiese. Si quieres tomar algo. reconfortantes de Anne: la ironía. ¿Conoces a Elsa Mackenbourg? . el aplomo. Por fin me vio y volvió la cabeza. el bar está bien surtido. le besó la mano. Pensé que era muy posible que Anne le quisiese.. Su mirada era interrogadora. sonriente.. ¿sabes? Te espero abajo.. —Me he pasado un cuarto de hora en el andén sosteniendo este ramo con una sonrisa estúpida. Qué amable. —continué maquinalmente.. El descubrir aquel rostro vulnerable me conmovía e irritaba a un tiempo. —Este chalet es precioso —suspiró—. Intenté saber si Anne podía quererlo. desamparado de pronto ante mí. ¿Estaría ella enamorada de mi [ladre? ¿Era posible que lo quisiera? Nada de mi padre coincidía con sus gustos. El pensar esto último me consoló. ese desasosiego? Me senté en una tumbona y cerré los ojos.

No puedo recordar tampoco los cuatro tilos en el patio de una pensión de provincias.. sus juicios no tenían esa precisión. que me subyuga. sin sonreír. La notaba demasiado indiferente. Tiene momentos muy divertidos. —Sí. Raymond. es una chica. el sol. Me cortó con tono indulgente: —Confundes tipos de inteligencia con edades de la inteligencia. Me estoy dando cuenta de que olvido. su . su ritmo incesante. A sus ojos. voluntaria o no. Anne —protesté—.. Pero a mí se me aparecían uno tras otro el rostro apasionado de Cyril y el de Anne. de Elsa. e incluso su humor.. esa sonrisa apurada porque llevaba trenzas y un feo vestido casi negro. —Lombard es gracioso. Se lo dije a Anne. todo iba bien.Miré hacia otro lado.. que entró directamente en la habitación de mi padre. como las mías no estaban nunca a la altura de mi entusiasmo. Aquella primera cena fue muy alegre. no insistí. de que me veo obligada a olvidar lo principal: la presencia del mar. Las frases de agradecimiento la molestaban y. ese aspecto acerado de la maldad. marcados ambos por la violencia. Lo que los hacía todavía más abrumadores. sí. antes de que yo me fuera. Me encantó el tono lapidario de su fórmula. pero era simpático y con él mi padre y yo habíamos disfrutado de cenas memorables. y me preguntaba si las vacaciones serían tan sencillas como aseguraba mi padre. sutil. porque Anne no tenía mala intención. Se echó a reír al verme balbucear y me fui a la cama muy nerviosa. tres años antes de salir yo del pensionado. Quería que olvidase su reacción de hacía un rato.. Sentí no tener una agenda y un lápiz para anotar aquélla.. estaba muy cansada. Ciertas frases desprenden para mí un aura intelectual. Mi padre se echó a reír: —Por lo menos no eres rencorosa. Mi padre y Anne hablaban de sus amistades comunes. has sido muy amable invitándome. por más que no las comprenda del todo. que eran escasas pero pintorescas... Se puso ingenioso y empezó a descorchar botellas. muy amable—.. Tengo una habitación magnífica. Mi padre se animaba. pero no me dejó darle las gracias. ni la sonrisa de mi padre en el andén. que tal vez estaba bailando en Cannes con otras chicas. Me dormí pensando en Cyril. Y en el coche. Me había traído un jersey de su colección.. Me miraba directamente a los ojos. —No me negarás que aun así deja bastante que desear. Me lo pasé muy bien hasta el momento en que Anne declaró que el socio de mi padre era microcéfalo. muy simpática. pero. buscando en mí una idea que le importaba destruir. —dijo Anne. estupenda. No podía serlo. su perfume. Aquella primera noche Anne no pareció reparar en la distracción. —Seguro que nos hemos visto en algún sitio.. —Me parece muy simpática esa Elsa —dijo. Era un hombre que bebía mucho. —Puede que no tenga un tipo de inteligencia corriente.

El iba a enseñarme París. te coge la mano y luego te lleva lejos de esa misma multitud. mi padre me dejaba en casa y casi siempre iba a acompañar a una amiga. Saboreaba el placer de mezclarme con la multitud. . inspirarse en ella. el lujo. habida cuenta de mi edad y experiencia. La hacía mía con absoluta convicción. por mi edad. Yo no conocía nada. triunfante. porque yo tenía sus ojos. proyectaba una vida de abyección y libertinaje. mis amigos me arrastraban a los cines. No conocía los nombres de los actores y eso les sorprendía. con mucha mayor seguridad. Puede que no haya leído lo suficiente. ¡por fortuna. No quiero dar a entender que hiciera ostentación de sus aventuras. Hubert. el más maravilloso de los juguetes. su boca. Por la noche. No me avergüenzan todavía esos placeres fáciles. además. Estoy convencida de que la mayor parte de mis placeres de entonces se los debí al dinero: el placer de la velocidad en coche. renegaría más fácilmente de mis penas o de mis crisis místicas. entre otras: «El pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno». me volvía adulta. acudía con mi padre a fiestas donde no tenía nada que hacer. O a las terrazas de los cafés al sol. más exactamente a no disculparse con decentes o falsas justificaciones por la frecuencia con que una amiga comía en casa o acababa instalándose. El amor al placer. Idealmente. No le oía volver. de comprar discos. debía de parecer más gracioso que impresionante. la discontinuidad y los buenos sentimientos cotidianos. brotar de ella cual una imagen perversa: olvidaba las horas muertas. Allí él me llevaba detrás de una puerta y me besaba: descubría el placer de los besos.explosión de alegría. fiestas bastante variopintas donde me divertía y donde. de beber. porque así se evitaba además penosos esfuerzos de imaginación. flores. En París no tuve tiempo para leer: al salir de clase. Su único defecto fue que durante algún tiempo me inspiró un desenfadado cinismo sobre las cosas del amor que. a la felicidad.. la vida fácil.. Nombres conocidos por todas las jovencitas. Cuando regresábamos. representa el único aspecto coherente de mi carácter. yo no habría podido ignorar durante mucho tiempo la naturaleza de sus relaciones con sus «invitadas» y él sin duda quería conservar mi confianza. Estaba convencida de que mi vida podría adaptarse a esa frase. Solía repetirme a mí misma fórmulas lapidarias. libros.. si los llamo así es porque he oído decir que lo son. de tener un vestido nuevo. Era un excelente cálculo. No pongo nombre a esos recuerdos: Jean. divertía también a los demás. En el internado no se leen más que obras edificantes. que si la hubiera llevado a la práctica. la de Oscar Wilde. provisionalmente! En cualquier caso. e iba a ser para él el más caro.. Jacques. imagino. Caminábamos por las calles hasta llegar a mi casa. Se limitaba a no ocultármelas. de estar con alguien que te mira a los ojos. súbita. y. Lamentaría.

Bajé en . con la mano. En duermevela. intenté apartar de la cara. aquel calor insistente. pero renuncié.Capítulo tercero A la mañana siguiente me despertó un oblicuo y cálido rayo de sol que inundó mi cama y puso fin a los sueños raros y un tanto confusos en los que me debatía. Eran las diez.

y de nuevo el frescor del fruto. —Deberías engordar tres kilos para estar presentable. el ejemplo. ¿sabes? No hay nada que te defienda contra mí. Era evidente que salía de la cama. —Qué delicioso espectáculo —dijo—. No debía de concederse nunca auténticas vacaciones. Le supliqué que no me obligase. No me sentía en absoluto ofendida y me sorprendía su aire solemne. —Fue culpa mía —atajé. Ve a buscar pan con mantequilla. Pero podía tomárselo a mal: tenía veintinueve años. un sorbo de café negro y ardiente. y eso me dio risa. Cécile? —Por la mañana prefiero beber. Estuve a punto de advertirle. Pasados cinco minutos. Raymond. y no me engañaba. con los párpados hinchados y los labios pálidos en el rostro enrojecido por el sol. que quizá se tomaba por un corruptor. que estaba hojeando los periódicos.. . El estaba de pie con el agua hasta las rodillas. trece menos que Anne. —Siempre tan mala —dijo tiernamente. y eso le parecía una baza definitiva.pijama a la terraza y allí me encontré con Anne. comedidamente. borraba de mi rostro las huellas de la almohada. iría a bañarme.. Aproveché para escabullirme. y se disponía a demostrarme que era indispensable cuando apareció mi padre con su suntuoso batín de lunares. de decirle que Anne estaba abajo con su cara maquillada y pulcra. Estuve a punto de pararla. En la escalera me crucé con Elsa. —No te rías —dijo—. me acomodé tranquilamente en un escalón con una taza de café y una naranja e inicié las delicias de la mañana: mordía la naranja y brotaba un zumo azucarado en mi boca.. y vi que a Anne le temblaban los párpados. ¡Sí! Me había metido ya en la embarcación. Vino a mi encuentro.. daría lo mismo. Para mi sorpresa. Conocía bien su cara. apoyado con ambas manos en la borda como en el estrado de un tribunal. me creerías igual. Tomé mi traje de baño y corrí a la cala. Sé que hice muy mal ayer. porque. Inmediatamente. —Quería pedirte perdón por lo de ayer —dijo. Me sobresaltó la voz de Anne: —¿No comes. El sol de la mañana me calentaba el pelo. como si hubiese recibido una caricia imprevista. esa mujer. y me tomó las manos. —No tienes por qué —dije alegremente. —Niña sólo hay una. ya estaba allí Cyril.. Que yo tengo tu edad. Tienes las mejillas hundidas y se te marcan las costillas. por desgracia —dijo Anne riendo—. dispuesta a broncearse sin riesgos. Dos niñas tostándose al sol y hablando del pan con mantequilla. Pensé que tenía veinticinco años. muy serio. Mi padre se inclinó y le cogió la mano. sentado en su barco. Aunque fuera un cerdo redomado. Comprendí que no subiría hasta que hablásemos y lo miré con la atención necesaria.. Noté que estaba leve pero perfectamente maquillada. —No sé lo que me haría —añadió empujando la embarcación al mar. Tu padre. Como no me prestaba atención.

Para mi sorpresa. arqueando una ceja. no me la devolvió y cerró los ojos. Me rodeó con los brazos dejando escapar una pequeña exclamación de enfado y me separó suavemente del barco. Me vi ante las páginas de Bergson con aquellos renglones negros que me bailaban y la risa de Cyril abajo.. alzada. —Tiene que trabajar estas vacaciones —dijo Anne. necesariamente. Cyril —murmuré—. Notaba que me inundaba una felicidad. Era ancho de hombros y su cuerpo duro se apretaba contra el mío. Bañado por la luz de la mañana. nunca por cumplir. Anne volvió la cabeza hacia mí: —Cécile. suplicante. Y llevo una vida fastuosa. la llamé en voz baja. Dirigí maquinalmente a mi padre una mirada aprobadora. Me contestó con una sonrisilla apurada. que estaba hecha una lástima. salpicada de murmullos. Dirigí una mirada de angustia a mi padre. Me solté y nadé hacia el barco. como todo el mundo. sólo una profunda búsqueda. tan simpático. ante nuestras miradas observadoras. resultado sin duda de años de constantes cuidados y atenciones. Acababa agotada. Esbelta de cintura. El agua estaba verde.. Anne seguía llevando el albornoz: se lo quitó tranquilamente. y no hubo en nuestro beso remordimiento ni vergüenza. una despreocupación perfecta. para recomponerla. Abrió los ojos. ¡Y bien suspendido! —Tienes que aprobarlo en octubre. Elsa se echó a reír y se interrumpió al ver que la mirábamos los tres. Me arrastré hasta Anne. me puse a temblar de placer como él. refrescarla. Cyril se marchó y aparecieron mi padre y sus mujeres por el sendero. En aquel momento le quería. —Tú tenías cierta fortuna cuando empezaste —recordó Anne. tan dorado. —¿Y tu examen? —Suspendido —dije con vehemencia—.. y se tumbó. ¿cómo es que aquí te levantas tan pronto? En París te quedabas en la cama hasta las doce. se embadurnaba con aceite. tendiéndoles sucesivamente la mano con esa solicitud y naturalidad que le eran tan propias. Yo nunca he tenido ningún título. Me tenía apretada contra él. —Allí tenía trabajo —dije—. Vas a ser como un hermano para mí. de piernas perfectas. la cabeza apoyada en su hombro. No sonrió: sólo sonreía cuando le apetecía. sorbiéndome un . La idea me espantó. A las once y media. Hundí la cara en el agua. Cuando su boca buscó la mía. que marchaba a la deriva.. —Qué simpático eres. me protegía.. sujetándolas. —Mi hija siempre encontrará hombres que la mantengan —dijo mi padre noblemente. que a mí me gustaría quererle. Le eché los brazos al cuello y pegué mi mejilla a la suya. Notaba que era bueno y estaba dispuesto a quererme. La pobre Elsa.. No le di ni una semana a mi padre para. Mi padre caminaba entre ambas.Ni siquiera resultaba ridículo. sólo podía reprochársele alguna leve estría en la piel. cerrando los ojos para dar por zanjada la conversación. tan dulce como yo. Incliné hacia ella un rostro inquieto. —¿Para qué? —intervino mi padre—.

conociéndote como te conozco.. impávidas. incluso con estos calores.. Me lanzó una mirada divertida e insolente y me volví a tumbar en la arena. Elsa peroraba sobre las fiestas de la costa. la conservé. y aprobarás el examen. —Tengo que hacerte «eso». con lo bien que podrían sentarme estas vacaciones. como tú dices. Hundí el brazo para cogerla. inquietísima. dirigía al perfil de Anne. Decidí que era un talismán. yo. —Anne —dije—.. Me miró con fijeza un instante. Hoy la tengo en la mano. rosada y tibia. en la mano hasta la hora de comer. suavecita y pulida.. no irás a hacerme eso. y me zambullí gimiendo sobre las vacaciones que hubiéramos podido tener. regular. Sólo me lo reprocharás durante un par de días. Divisé en el fondo del mar una preciosa concha. que no tendríamos.poco las mejillas para dar una imagen de intelectual agotada.. que lo pierdo todo. a sus hombros.. Corrí hacia el mar. Su mano se abría y cerraba sobre la arena con un movimiento suave. que yo reconocía. incansable. miradas un poco fijas. y me entran ganas de llorar. obligarme a trabajar con semejantes calores. que no me separaría de ella en todo el verano. una mujer galante y una mujer juiciosa. —Hay cosas a las que no se hace una —dije muy seria. . Pero mi padre no la escuchaba: situado en el vértice del triángulo que formaban sus cuerpos. una piedra rosada y azul. y sonrió misteriosamente volviendo la cabeza a otro lado. Teníamos todos los elementos de un drama: un seductor.. No sé por qué no la he perdido.

Le hablaba. Tal agradecimiento no era por lo demás sino un pretexto. Las mismas miradas que sorprendía yo a ratos en Cyril y que despertaban en mí ganas de huir de él y a la vez de provocarlo. una serena amabilidad que me tranquilizaban. como el sol y la sombra. claro. de vincularla más estrechamente a nosotros. . que la hacía un poco responsable de mí. No replicó nunca a las numerosas tonterías que abundaban en la conversación de ésta. como a una segunda madre de su hija: utilizaba incluso esa carta para que en todo momento pareciera que me confiaba a la protección de Anne. Así. como a una mujer muy respetada. pues no veía que esa inequívoca amabilidad excitara a mi padre. En el placer. esos silencios tan naturales. en cambio. Pero tenía con ella miradas. Eran como la antítesis de la incesnate cháchara de Elsa. en los días siguientes. gestos. Mi padre no habría tardado en cansarse de aquel jueguecillo feroz. Yo debía de ser en ese punto más influenciable que Anne. tan elegantes. con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que hubieran puesto a la pobre Elsa en ridículo.Capítulo cuarto Lo que más me sorprendió. quien mostraba con mi padre una indiferencia. que se dirigen a la mujer quien todavía no se conoce y que se desea conocer. con la intención de acercársela más. fue lo sumamente amable que estuvo Anne con Elsa. le estaba agradecido y no sabía qué hacer para demostrárselo. Llegué a creer que me había equivocado el primer día. Sobre todo sus silencios…. desde luego. sin reparar en la habilidad que ello implicaba. Yo aplaudía para mis adentros su paciencia y generosidad.

casi ruboroso. Me sentí obligada a decir algo: —La gente dice que la siesta descansa mucho. Elsa se levantó y. en aquel momento.. sorprendido. según me pareció.. e imprimiendo a su entonación diez años de galantería francesa. Tenía un rostro deliberadamente sereno y relajado que me emocionó. Una emoción súbita ante un rostro. inspirada. al llegar a la puerta. El cigarillo le humeaba en los dedos. Un cariño constante. debió de notar algo. a merced de los demás. y fue tras ella al tiempo que ensalzaba las virtudes de la siesta. Me desprecié y ello me resultó especialmente duro porque no estaba acostumbrada a hacerlo. me vino a la mente una idea cínica. Pensé que así habían sido todos mis amores. resulta penoso. más que estúpido. Tal vez. un gesto. Durante un instante. un beso. en el cine americano. Pensé que tenía razón. —Es otra cosa —decía Anne—. seguía exuberante y agitada. con las insolaciones de Elsa. Subí a mi cuarto y me sumí en la ensoñación. No consiste en una serie de sensaciones independientes entre sí. que era pobre y débil. Tornó a cerrar los ojos y empezó a hablar con voz queda. Me irrité bruscamente: —Sólo lo decía en broma. de interceptar una mirada de mi padre. Me disculpé de inmediato. Hizo un gesto evasivo con la mano y cogió un periódico. ese tipo de siesta no será muy excitante para ninguno de los dos. pero a mí no me lo parece… Me interrumpí de inmediato. Tras tomar el café. No hubo en su tono el menor equívoco. sin embargo.Pobre Elsa….. Raymond? Mi padre se levantó. Rara vez me juzgaba a mí misma. Enseguida había visto en mi frase una broma de mal gusto. Anne no se movió. consciente de lo equívoco de mi frase. pero al final asintió sonriendo... —Por favor— dijo Anne secamente. ni para bien ni para mal. que yo vivía como un animal. Un día. envidaba apasionadamente a Elsa. Me hubiera gustado que se enfadase. Las . La vi murmurarle algo al oído antes de comer. que abandonara aquella resignada indiferencia ante mi carencia sentimental. a eso se reducía todo mi recuerdo. de embriagadora complicidad conmigo misma. la añoranza. lo siento. la dulzura. con la cara ajada por el sol. mi padre pareció disgustado. se volvió hacia nosotros con expresión lánguida. Ya sé que en el fondo estarán muy contentos. sin coherencia. que me encantó como todas las ideas cínicas que se me ocurrían: me daban una especie de aplomo. paciente: —Te haces una idea un poco simplista del amor. A tu edad. inquirió: —¿Vienes. Cosas que tú no puedes entender. —Aborrezco ese tipo de reflexiones —dijo Anne—.. Para consolarla. N pude por menos de expresarla en voz alta: —Te diré que. no se daba cuenta de nada. Se volvió hacia mí con expresión hastiada. Instantes plenos. Más me hubiera valido callarme.

bailábamos al ritmo de un transido clarinete. Pero aquellas tres semanas..» ¿Ignoraba acaso que Anne no era la típica mujer a la que se puede abandonar por las buenas? Pero estaba allí Cyril y él me bastaba para llenar mis pensamientos. aquellas tres semanas felices en definitiva.. Como ya he dicho. «Y». ¿Qué día miró mi padre ostensiblemente la boca de Anne. De lo que vino después hasta el final de las vacaciones. todas mis posibilidades. no quería ver nada concreto.sábanas estaban tibias debajo de mí. pero alguna noción tengo. Cyril se dirigía a él como «señor». por deseo o porque toca hacerlo. De que se enorgullece de su vida porque tiene la sensación de haber cumplido con su deber y. a mi padre el enamoramiento le durará tres meses y Anne conservará de todo ello algunos recuerdos apasionados y un poco de humillación. me acuerdo con toda exactitud pues dediqué a ello toda mi atención. navegábamos a vela por la costa. Debo confesar que nunca temían perder el tiempo. sobre todo desde que este último le había dejado ganar una carrera de crol. por supuesto. habrían empezado a quererse mucho antes. Era una anciana apacible y sonriente que nos habló de sus dificultades de viuda y de madre.. seguía oyendo las palabras de Anne: «Es otra cosa. Íbamos con frecuencia a las boîtes de SaintTropez. Se casó como se casa todo el mundo. —¿Y con su deber de puta? —dije. Tuvo un hijo. ¿ya sabes cómo vienen los hijos? —Supongo que menos que tú —ironizó Anne—. A la vuelta.. Le llamaba con un diminutivo afectuoso. Tenía en gran estima a Cyril. mientras dirigía a Anne miradas de gratitud. —Me desagradan las groserías —replicó Anne—.. —Si no hay ninguna paradoja. es una añoranza». Anne contemplaba el espectáculo esgrimiendo una amable sonrisa. Mi padre se identificó con ella y. Durante el día. felicitó repetidas veces a la señora. aunque sean paradójicas. Una tarde fuimos a tomar té a casa de la madre de Cyril. pensaba para mí. pero que sonaban dulcísimas la misma noche. Ha cumplido con sus deberes de madre y de esposa. Yo prorrumpí en imprecaciones contra esa clase de ancianas. declaró que la señora era encantadora. . y yo me preguntaba cuál de los dos era el adulto.. —Y es así —dijo Anne—. musitándonos palabras de amor que olvidaba al día siguiente. Ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa indulgente y divertida que me sacó de mis casillas: —No os dais cuenta de que está satisfecha de sí misma —grité—. amenazante. o le reprochó en voz alta su indiferencia fingiendo reír? ¿Cuándo comparó sin sonreír su sutileza con la simpleza de Elsa? Mi tranquilidad descansaba en la idea estúpida de que se conocían desde hacía quince años y en que si hubieran tenido que quererse. A veces nos acompañaba mi padre. «si ha de ocurrir. ¿Había añorado yo alguna vez a alguien? No recuerdo los incidentes de aquellos quince días. como suele decirse.

mi vida y la de mi padre corroboraban esa teoría y Anne me humillaba despreciándola. que mis convicciones no durarían. Se puede estar tan apegado a nimiedades como a otras cosas. Por lo demás. Si. ¿Cómo podía ser un espíritu elevado? . Puede que fuera cierto. pero era verdad que lo había oído decir. no me costaba admitir que al cabo de un mes tendría una opinión distinta sobre el particular. nacida en su ambiente. Con todo. —Es un espejuelo —grité—. Una se dice después: «He cumplido con mi deber» porque no ha hecho nada. —No tiene mucho sentido lo que dices —observó mi padre. primordial. ¿comprendes? Se hallaba en la situación de joven burguesa esposa y madre y no ha hecho nada por salir de ella. Ha llevado la vida que llevan miles de mujeres y se siente orgullosa. Me parecía urgente. se hubiese convertido en una mujer de la calle. Pero Anne no me consideraba un ser pensante. sí que habría tenido mérito. Se jacta de no haber hecho esto o aquello y no de haber realizado algo. pues educó a ese hijo. —Repites cosas que están de moda pero que son insustanciales —dijo Anne. Probablemente se ahorró las angustias y las molestias del adulterio.—Bien. abrirle los ojos cuanto antes. Pensaba lo que decía. No esperaba que se me brindara tan pronto la ocasión de ello ni que supiera aprovecharla.

En el clima familiar de los casinos pensaba recobrar su personalidad de mujer fatal un tanto atenuada por las quemaduras del sol y el casi aislamiento en que vivíamos. irreprimible como la mía. Mientras bailábamos. Realmente no tenía nada de anciano. Y yo no conozco ninguna muchacha más guapa que tú. calor y tabaco. Me gritó que pasase. sin duda. casi blanco. mezcla de colonia. era una tela exótica. Subí la escalera enredándome con el vestido y llamé a la puerta de Anne. Había sacado el máximo partido de su pelo reseco y su piel quemada por el sol. Esta bajaba la escalera lentamente con su vestido verde. Por fortuna. pero el resultado era más meritorio que brillante. Bailaba siguiendo el ritmo. ven a bailar con tu anciano padre y sus reumas. y le eché los brazos al cuello. nos habrán dado las doce. Dejó de bailar para recibir con un murmullo maquinal y halagador la llegada de Elsa. en la comisura de los labios. su sonrisa de casino. Cuando lleguemos a Cannes. —Ya que no están aquí y que se permiten hacernos esperar. con los ojos entornados y una sonrisa feliz. al concluir la cena. fuese por gusto o por costumbre. esgrimiendo una desenfadada sonrisa mundana. Lo había elegido mi padre. Anne no se puso a tales mundanidades. Me quedé suspensa en el umbral. el único por lo demás que poseía. deslumbrante con su esmoquin nuevo. Llevaba un vestido gris. —Ve a ver si está lista —me pidió mi padre—. tendía a vestirme a lo mujer fatal. no parecía reparar en ello. un poco demasiado exótica para mí. Me lo encontré abajo. pues mi padre. de un gris extraordinario. —Después de Cyril —dijo sin creerlo—. subí a mi habitación a ponerme un vestido de noche. respiré su perfume familiar. Incluso pareció hacerle bastante gracia la idea. Recobré la euforia que precedía a nuestras salidas.Capítulo quinto Y un buen día todo terminó. Recuerdo la alegría de Elsa. —Eres el hombre más guapo que conozco. —Después de Elsa y de Anne —dije sin creérmelo yo tampoco. al que se . olvidando su reuma. Contrariamente a mis previsiones. Una mañana mi padre decidió que aquella noche nos iríamos a jugar y a bailar a Cannes. —¿Nos vamos? —Todavía no ha bajado Anne —dije. —Tienes que enseñarme a bailar el bebop —dijo. No sin inquietud.

Elsa también la miraba bajar. Su descortesía era inconcebible. ¿Vienes conmigo. como ciertas tonalidades del mar al amanecer. estaba en plena euforia. —Ese gris es un acierto —dijo. Cécile? Me dejó conducir el coche. La cosa se puso aún más graciosa cuando se empeñó en bailar. cosa que a un tiempo me alegró y me dolió. Pasé una hora agradable con él. ya más lejos. a pesar de su estado. Se le había ido el maquillaje. Se detuvo al pie de la escalera. Bajó la escalera la primera y vi que mi padre salía a su encuentro. Sus ojos eran de un azul oscuro. Anne no decía nada. aunque a ratos te pones pesada. Yo me sentía ya totalmente al margen del juego. —¿Nos encontramos allá? —dijo—. Se dedicaba al teatro y. mi padre se las ingenió para que nos perdiéramos de vista. Cuando en una curva nos adelantó el cabriolé de mi padre. Me veía obligada a aguantarlo y a apartar los pies para que no me pisara. Recuerdo exactamente aquella escena: en primer plano. Me cogió de la oreja y me miró. lo que exigía no poca energía. estuve a punto de mandarla al infierno. Los vi iluminarse y sonreír. un poco más abajo. parecía concentrar en su persona toda la seducción de la madurez. Recalé en el bar. como si yo pudiese saber algo. con Elsa y un amigo suyo. Ofrecía un aspecto lamentable. el rostro deslumbrado de mi padre. —Anne —dijo mi padre—. Aunque conocía a un par de monstruos sagrados. Nos reíamos tanto que cuando Elsa me golpeó en el hombro y vi sus aires de Casandra. ni pestañeó. la figura de Elsa. estás maravillosa. Ella le sonrió al pasar y cogió el abrigo. Tenía una expresión alterada. la nuca dorada. ¡Qué vestido.adhería la luz. Anne! Sonrió en el espejo. —Eres una chiquilla simpática. Pasó ante mí sin comentar mi vestido. los hombros perfectos de Anne. —¡Ah!. no le interesaba la técnica teatral. su mano tendida y. De pronto me entró una gran indignación contra mi padre. El sudamericano pareció lamentarlo un instante pero con otro whisky se animó. y luego se alejó. pues había participado por cortesía en sus libaciones. —El acierto eres «tú». dejándole la cara desnuda y ojerosa. delante de mí. Aquella noche. Me preguntó bruscamente dónde estaba mi padre. —No los encuentro —dijo. ya sé dónde están —dije sonriendo. su conversación resultaba interesante por la pasión que ponía en sus palabras. En el casino. Ni parecía reparar en el trompeteo enloquecido de la radio. un sudamericano medio borracho. como se sonríe a alguien de quien uno va a separarse. Pero Elsa se aburría. Estaba tan preciosa la carretera de noche que conduje lentamente. alzando el rostro hacia ella. Enseguida . como si se tratase de algo muy natural que no debía inspirarle la menor inquietud—. ante un espectáculo en el que no podía intervenir. Yo no pensaba en nada. —¡Magnífico! —exclamé—. con el pie apoyado en el primer escalón.

sorprendido. Exploté indignada: —Le diré. Caminé lentamente hasta el casino. Mañana hablaremos. Se miraban. pero me acordé de Elsa y abrí la portezuela. Su súbita dulzura. Saqué precipitadamente la cabeza de la portezuela. Yo temblaba de indignación y no me salían las palabras.. ¿Qué haces tú aquí? —¿Y vosotros? Elsa lleva buscándoos una hora. me daban ganas de llorar. ¿Te he hecho mucho daño? —No. Estaban allí. Los vi marcharse y me sentí completamente vacía. mientras se me atropellaban mil pensamientos en la cabeza. Me puso la mano en la mejilla y me habló con dulzura. El bofetón me había hecho daño. Inspeccioné las terrazas y al final pensé en el coche.. —Cuando nos hayamos divertido bastante. privado de mi apoyo. Permanecí inmóvil junto a la portezuela. Tenía ganas de irme. la dejas tirada. Cuando os hayáis divertido bastante. como si fuese un poco tonta: —No seas mala. lo siento mucho por Elsa. El le sonreía. volvéis con mi coche. veía moverse sus labios. ¡Demasiado fácil! ¿Y ahora qué le digo yo a Elsa? Anne se había vuelto hacia él. Pensé con tristeza que estaba más rellenita que yo y que no cabía reprochárselo. debían de estar hablando en voz baja. Pero tienes el suficiente tacto para arreglarlo todo lo mejor posible. Me acerqué por detrás y los divisé por el cristal del fondo. como a su pesar: —Regresamos. lentamente. con expresión hastiada. le diré que mi padre ha encontrado a otra mujer con quien acostarse y que espere sentada. Las actitudes nobles se me ocurren siempre demasiado tarde. El sudamericano. —Llevas a la playa a una chica de piel delicada y. —Discúlpate —ordenó mi padre. —¿Os lo pasáis bien? —pregunté cortésmente. cayó en los brazos de Elsa. no —dije cortésmente. —¿Qué ocurre? —dijo mi padre con tono irritado—. —Ven —dijo Anne. mi arrebato anterior.. sin hacerme caso. Mi único consuelo era el pensar en mi propia delicadeza.. Dile que estaba cansada y que me ha acompañado tu padre. No parecía amenazadora y me acerqué. La mano de mi padre descansaba en el brazo de Anne. Necesité un buen rato para dar con él en el aparcamiento. Vi sus perfiles muy próximos y muy graves.vuelvo. donde pareció encontrarse a gusto. asido a su . El casino era grande: lo recorrí dos veces sin resultado. donde me encontré a Elsa y al sudamericano. extrañamente hermosos a la luz de las farolas. ¿de acuerdo? La exclamación de mi padre y el bofetón de Anne fueron simultáneos. Apenas me miraron. Pero ¿no os dais cuenta? ¡Es repugnante! —¿Qué es lo que es repugnante? —preguntó mi padre. lentamente. Anne volvió la cabeza hacia mí. cuando ves que se ha pelado toda.

La ha tenido que acompañar papá. tristemente. sin duda por los whiskies de la víspera. oh. Busqué un argumento convincente: —Ha tenido náuseas. —No está todo dicho.brazo. Cécile. su vestido ha quedado hecho una lástima. La miré. repitiendo: «Éramos tan felices.. —Anne no se encontraba bien —dije con tono desenfadado—. —Cécile —dijo—. sin saber qué hacer. que se le corriese el rímel. Cécile. pero me pareció perder a una vieja amiga. con la boca pastosa y el cuerpo desagradablemente empapado. Di media vuelta bruscamente y eché a correr hacia el coche. éramos tan felices. Habría hecho cualquier cosa por evitar las lágrimas de la pobre Elsa. que sollozara el sudamericano. En aquel momento aborrecí a Anne y a mi padre. en la oscuridad. es horroroso. Adiós. Tal pormenor se me antojaba de una autenticidad irrefutable. Nunca había hablado con ella de otra cosa que no fuese del tiempo o de modas. despacito. Redoblaban sus sollozos. pero Elsa se echó a llorar. Capítulo sexto La mañana siguiente fue penosa. A través de . nos llevábamos bien. El sudamericano se echó a llorar a su vez. Elsa. Vámonos las dos a casa. tan felices». ¿Vamos a tomar algo? Elsa me miraba sin contestarme. —Volveré a recoger mis maletas —sollozó—.. Me desperté atravesada en la cama.

el mío. Anne estaba ojerosa. Me temí lo peor: —¿Algún otro recado para Elsa? Volvió la cara hacia mi padre: —Tu padre y yo queremos casarnos. Me puse a repetir esa palabra. tan obstinadamente opuesto al matrimonio. un bofetón y unos sollozos. tan contrario a mi manera de ser? Me complací detestándome. No me cabía en la cabeza: mi padre. La miré fijamente y luego miré a mi padre. sentados muy juntos ante la bandeja del desayuno. la boca hinchada. las Elsas me parecieron despreciables. Durante un minuto esperé de él una señal. de orgullo. única señal de su noche de amor. Me obligué a pensar en ellos para poder levantarme sin notar el esfuerzo. un triunfo. Me inundaba un sentimiento de superioridad. . esas proporciones. Vislumbré de pronto la vida que llevaríamos los tres. Perdíamos la independencia. De repente. de espera. No tenía ganas ni de levantarme ni de quedarme en la cama.. los sudamericanos. Pensé: «No es posible». en efecto: unas miserables copas. esos odiosos y arbitrarios límites la causa de mi debilidad y cobardía? Y si estaba limitada. Estaba demasiado cansada para aguantarlo mucho tiempo. Mi padre encendió un pitillo con gesto que pretendía aparentar tranquilidad. me apoyé en él: unos ojos dilatados. Anne me miraba. un rostro desconocido. —Me gustaría preguntarte algo —dijo por fin. lo probé y lo dejé de inmediato. tranquilas.las rendijas del postigo se filtraba un rayo de sol por el que subían apretadas columnas de polvo. Aquello cambiaba por completo nuestra vida.. Me cepillé los dientes y bajé. El espejo me devolvía un inste reflejo. Amigos inteligentes. Valiente disipación. hasta que su silencio me obligó a alzar la vista. veladas felices. decidido en una noche. Mi padre y Anne estaban ya en la terraza. las cenas tumultuosas. pero sabía ya que era cierto. Por fin lo logré y pisé las frescas baldosas de la habitación. —Es una idea estupenda —dije para ganar tiempo. Me serví una taza de café. que me hubiera indignado y tranquilizado a un tiempo. Anoche bebí demasiado whisky. ¿Serían esos labios. a cualquier tipo de vínculo. doliente y aturdida. Se miraba las manos. manifiestamente nerviosa por una vez. ¿por qué lo advertía de un modo tan evidente. Había en el silencio de ambos una especie de textura. odiando aquel rostro de lobo. —Regular —contesté—. que me hacía sentirme incómoda. Eso me impresionó: la felicidad siempre me ha parecido una ratificación. Me preguntaba si Elsa regresaría y qué caras pondrían Anne y mi padre aquella mañana. sensibles. mirándome a los ojos. Ambos sonreían con cara de felicidad.. un guiño. esa vida que le envidiaba. —¿Has dormido bien? —preguntó mi padre. hundido y arrugado por la disipación. —¿Qué pasa? Ponéis cara de misterio.. y de pronto me vi sonreír.. sordamente. el refinamiento de Anne. Farfullé un vago saludo y me senté frente a ellos. una vida equilibrada de pronto por la inteligencia.. No me atreví a mirarlos por pudor.

Pasaría a ser una persona cabal. quizá los últimos impulsos de los sentidos. Siete días felices. me reí con ellos. Una semana pasa muy rápido. me miraban con dulce emoción. que era lo principal. llenos de reticencias. únicos. y les sonreí. Oyéndola. recobré mi papel. El rostro de Anne. hacia ella. y. el miedo a la soledad. Estaba relajado. un futuro. Se le veía feliz. elegancia. embotada por el sol. pero lo había visto tantas veces feliz a causa de una mujer. con la inconsciencia de quienes no los han cumplido nunca.. Sin duda por eso se casaba con él: por su risa. Los notaba por encima de mí. también mi padre. Trazábamos complicados planes para amueblar la casa. sabía que te alegrarías —dijo mi padre. En definitiva. por su vitalidad. debilidad. Con ello quería decirme a la vez que lo sabía y que era inútil. cenar en casa.. Comprendía que mi padre se sintiera ufano: la orgullosa. me acariciaban la cabeza. transformado por las fatigas del amor. la indiferente Anne Larsen se casaba con él. yo estaba asqueada. Me tendió las manos y me atrajo hacia él. Voluntariamente cerré los ojos. Estábamos los tres en la terraza.. sino como en un ente abstracto: había visto en ella aplomo. pero nunca sensualidad. para establecer horarios. unidos por un pasado... por ese brazo firme y reconfortante. Por mi parte. —Ven aquí. —¿Por qué? —pregunté. podría quererla durante mucho tiempo? ¿Podía yo distinguir ese cariño del que profesaba a Elsa? Cerré los ojos. pero que para ellos yo no era en efecto más que un gato. Se sentó junto a Anne y le rodeó los hombros con el brazo. Me guiaría. me marcaría en cualquier circunstancia el buen camino. Estaba medio arrodillada ante ambos. Nunca había pensado en Anne como en una mujer. Me eché a reír también porque efectivamente me inspiraba cierto miedo. Además.. ¿no era feliz? Anne era perfecta. por vínculos que yo desconocía. Elsa no apareció aquellos días. encantado. parecía más accesible. agradables. apoyé la cabeza en sus rodillas. ¿La quería. no salir por la noche. y se echó a reír. Ella hizo con su cuerpo un movimiento hacia él que me hizo bajar los ojos. gatita —dijo mi padre. un animalillo afectuoso. Cuarenta años. —Temía que tuvieras miedo de mí —dijo. más tierno que nunca. ¿lo creía de . —Sufría un poco por ti —dijo Anne. de temores secretos y de bienestar. me daba la impresión de que mi veto hubiera podido impedir el matrimonio de dos adultos. su calor. Mi padre y yo nos complacíamos en hacerlos ajustados y severos. no dejaba de pensar que tal vez mi vida estaba dando un cambio. ¿habíamos creído alguna vez en ellos? Acudir a comer a las doce y media todos los días en el mismo sitio. no le conocía la menor mezquindad. porque mi padre regresaba bailando con una botella debajo del brazo. Mi padre se levantó a buscar una botella de champaña. inteligencia. que no tenían que ver conmigo. me aliviaría la vida. —Gatita mía. conmigo.—Es una idea estupenda de verdad —repetí. —¿No te parece ridículo este matrimonio de viejos? —No sois viejos —dije con toda la convicción necesaria.

uno. para entrar en calor. estar . Una noche nos separó la voz de Anne. Pero este desenlace legal era de su agrado. tanto para él como para mí. Sin duda todo esto no era. su cara suavemente marchita por la mañana. Anne se mostraba relajada.. nuestras transformaciones internas. tres. Esta se volvió hacia Cyril y le habló con suavidad. y me hubiera gustado. enterraba alegremente la bohemia y ensalzaba el orden. dos. Caminábamos hacia la casa por el pinar y. Los veía bajar por la mañana. me inmovilizaba. como si no lo viese: —Espero no volver a verte —dijo. Aquello me irritó: si pensaba en otra cosa. y el palpitar del corazón de Cyril contra el mío acompasado con el romper de las olas sobre la arena. con esa suerte de lentitud. tres. Los besos se agotan. Yo me incorporé a mi vez. acostumbrada a salir sola con mi padre y a suscitar sonrisas. y la envidiaba. aquella semana me habría convertido en su amante. lo prometo. Navegábamos juntos. organizada. como si pensase en otra cosa. cuatro latidos del corazón y el rumor tan suave sobre la arena. El pobre Cyril había seguido. se inclinó hacia mí y me besó en el hombro antes de alejarse. me besaba. con gran dulzura. dos. no sin cierto asombro. avergonzado. Todo el mundo nos tomaba por una familia unida. Recuerdo todavía el sabor de aquellos besos jadeantes. ojerosos. estrechos. elegante.. La boda debía celebrarse en París. yo no dejaba de oír ya el ruido del mar. a veces. Cyril arrastraba el barco hasta la arena.. apoyados el uno en el otro. ineficaces. Anne me miraba con la misma cara grave e indiferente. mejor que no hablase tanto. Cyril no contestó. confiada. por mera cortesía. aparentando. se me aparecía la cara de Anne. riendo juntos. sino castillos en el aire. a la vuelta de vacaciones. por supuesto. de feliz indolencia que confería el amor a sus gestos. medio desnudos los dos a la luz llena de arreboles y sombras del crepúsculo y comprendo que aquello pudo engañar a Anne. la vida burguesa. Regularmente me alcanzaba antes de llegar a casa. y sin duda si Cyril me hubiera querido menos. y yo.. normal. Pronunció mi nombre con tono seco.veras posible mi padre? Sin embargo. Ese gesto me sorprendió. me hacía rodar por la pinaza. más lentamente. Me dirigí hacia ella. inventábamos juegos de indios y carreras en las que me dejaba salir con ventaja. que aquello durase toda la vida. Conservé de aquella semana un recuerdo que hoy me complazco en explorar para probarme a mí misma. cuando apretaba su boca contra la mía. Al anochecer. nos besábamos cuando nos apetecía y. se abalanzaba sobre mí gritando victoria. A las seis. disfrutaba recobrando un papel propio de mi edad. Cyril estaba tumbado sobre mí. uno: él recobraba el aliento. Uno. al regresar de las islas. Cyril se levantó de un salto. solíamos bajar a tomar un aperitivo a una terraza frente al mar. miradas de malicia o de compasión. y en mis oídos sólo resonaban los pasos rápidos y reiterados de mi propia sangre. mi padre la quería. me emocionó como si fuera un compromiso. mirando a Anne. sus besos se tornaban precisos.

Anne se ha pensado que. ese Cyril es un buen chico. —Tampoco hay que exagerar —dije sonriendo—. ¿A ti no? Al oír ese «¿a ti no?». esa cara de hastío y desaprobación que la favorecía admirablemente y que me asustaba un tanto: —Deberías saber que este tipo de distracciones acaba generalmente en la clínica. No he hecho más que besar a Cyril. Me hablaba de pie. la compañía constante de ese chico y el ocio de que disfrutan. Tendría que reaccionar así. erguidas. La consternación me dejó clavada en el suelo. Me quitó maquinalmente una aguja de pino del cuello y pareció que empezaba a verme de verdad. a quien castigaba sin que pareciese dolerle. —También Cécile es una buena chica —dijo Anne—. como si yo no existiese. por eso no voy a ir a una clínica. y parecían estar muy acaramelados... Pero creo que sería bueno que dejara de verlo durante algún tiempo y se dedicase a estudiar un poco de filosofía. me parece inevitable.. Anne pensaba lo que decía: recibiría mis argumentos. no soy una delatora. Era de esas mujeres que pueden hablar. La vi adoptar su hermosa máscara de desprecio. yo. Al fin y al cabo. alcé los ojos y mi padre bajó los suyos. —Pobre niña. evitó dar ese paso en falso y sólo después de la sopa pareció recordar el incidente. intentó tomárselo a broma: —¿Qué me dices? ¿Y qué hacían? —Nos besábamos —grité con vehemencia—. ahora soy un poco responsable de ti y no dejaré que eches a perder tu vida.. —dijo mi padre—. Por eso sentiría muchísimo que le ocurriese un accidente. porque ello me habría permitido despreciarla. Mi única esperanza era mi padre.apurada. por lo menos? Ojo con los cabrones. sin moverse: a mí me hacía falta un sillón. decirme: «No le diré nada a tu padre. y yo me sentía terriblemente molesta. La cena transcurrió como una pesadilla. como dando por sentado que yo mentía—.. Ese tipo de cálculo no iba con ella.. verla balancearse. pero debes prometerme que estudiarás». Me volvió la espalda y caminó hacia la casa con su andar indolente. Me alegraba y se lo echaba en cara a un tiempo. examinándome.. mis protestas de inocencia con esa forma de indiferencia peor que el desprecio. de lo contrario se acabarían mis vacaciones. como si fuese algo que había que doblegar y no yo. No protestes: tienes diecisiete años. muy apurado: .. —Me gustaría que le dieses un par de buenos consejos a tu hija.. Raymond. —Hazme el favor de no volver a verle —replicó. pobrecillo. a quien conocía de toda la vida. A Anne ni se le había pasado por la cabeza. Como siempre. Además. Reaccionaría como de costumbre: «¿Qué chico es ése. Cécile. en fin. tener un objeto en las manos. Mi padre. un cigarrillo. balancear una pierna. Esta noche me la he encontrado en el pinar con Cyril. —No me he pensado nada —me cortó—.. Y con la total libertad que tiene aquí. gatita? ¿Es guapo y sano. hija». tienes trabajo y eso te tendrá ocupadas las tardes.

es grave. lo tenía. y de pronto algo se alzó en mí como una ráfaga de viento. huidiza. Yo estaba desconcertada. del sabor de nuestros besos. la comprendí y me sentí tan fría. nos convertiría poco a poco en el marido y la hijastra de Anne Larsen. que le había visto en la mesa me obsesionaba. Me daba cuenta de que la despreocupación es el único sentimiento que puede inspirar nuestra vida sin darnos argumentos para defendernos. eso era lo que le echaba en cara a Anne. Cécile. Y seguí cavilando a mi pesar: cavilando que Anne era funesta y peligrosa. Me miró y apartó los ojos de inmediato.. Era una mujer demasiado eficaz. en dos personas civilizadas. No querrás repetir. Mi padre empezaba ya a distanciarse de mí. Recordaba con ganas de llorar nuestras antiguas complicidades. bien educadas y felices. la despreocupación. y sólo durante un mes. Necesité unos minutos para comprenderla: «Por mucha heterogeneidad que podamos hallar en principio entre los hechos y la causa. demasiado inexperta para la introspección. Me acordaba del desayuno de hacía un momento. sentimiento que despreciaba. que me estaría esperando en la cala dorada. Me repetí esa frase. vas a cambiar tu imagen de muchacha montaraz por la de buena colegiala. tan impotente como al leerla por primera vez. la discusión era sencilla. Me acordé de Cyril. de que lo había pasado con los dientes apretados. al fin y al cabo. Hundí la cabeza entre las manos y la miré con atención. y pensé en Anne. me torturaba. O sea.. penetraba por su culpa en un mundo de reproches. Esa expresión apurada. me arrojó sobre la cama.—Seguramente tienes razón —dijo—. me tropecé con una frase de Bergson. que me hacía sentirme ridícula. de mala conciencia en el que. destrozada por el rencor. No es tan grave. Porque nos haría ser felices. que no era más que una niña mimada y perezosa y que no tenía derecho a pensar así. Sí. ¿Y qué me aportaba Anne? Sopesé su fuerza: había querido a mi padre. sí. primero lentamente para no ponerme nerviosa. Yo. nuestras risas cuando regresábamos de madrugada en coche por las calles blancas . me miraba sonriendo: planteada así. ¿no? Me miraba. la amabilidad. Humillada. que me impedía quererme a mí misma. Pensé en ella con tal vehemencia que me senté en la cama. deberías estudiar un poco. Por fin. —Vamos —dijo Anne tomándome la mano por encima de la mesa—. A la mañana siguiente. hecha para la felicidad. y que había que apartarla de nuestro camino. del suave balanceo del barco. miré las líneas siguientes con la misma aplicación y buena voluntad. Lo dije tan quedo que no me oyeron o no quisieron oírme. supongo. Veía claramente con qué facilidad nosotros. con el corazón palpitándome. cederíamos al atractivo de las normas y de la responsabilidad. el impulso de amar a la humanidad nos ha venido siempre de un contacto con el principio generador de la raza humana». y me dije que aquello era estúpido y monstruoso. Aparté la mano suavemente: —Sí —dije—. —¿A ti qué te parece? —contesté secamente. me perdía yo misma. inestables. y luego en voz alta. y por más que medie una gran distancia entre una regla de conducta y una afirmación sobre el fondo de las cosas. No podía seguir.

tengo remordimientos por hacerte trabajar.. Lo miré violentamente. Estuve cavilando toda la tarde al respecto. de elegirme a mí misma. Anne se volvió hacia mí: —Tienes mala cara. Ni siquiera sufriría: Anne obraría con inteligencia. pero sí la libertad de rechazar los moldes. me reconciliara conmigo misma. Mi padre y Anne callaban: tenían ante ellos una noche de amor. y de mal pensar y de pensar poco. Era absolutamente necesario reaccionar. pensando: «No me quieres ya como antes. . en aquella terraza acribillada por las cigarras y la luna. Pero yo sé las verdaderas causas: fueron el calor. comprendiendo tal vez que aquello ya no era un juego y que peligraba nuestra armonía. Lo vi petrificarse en un gesto de interrogación. Me miró también. Era cierto que le gustaba la juventud. me ponía de malhumor. de la muerte. Con qué encantos se me aparecían de repente los dos felices e incoherentes años que acababan de pasar. vi la mano de Anne. Y ahora me abandonaba. Bergson y Cyril. Le miré. en el rectángulo luminoso proyectado por la mesa del comedor. En la terraza. la libertad de elegir yo misma mi vida. recobrar a mi padre y nuestra vida de antaño. de la música. Habíamos acabado de cenar. Transcurridos tres meses. no tendría ni ganas. una mano larga y viva. me has traicionado» e intenté hacérselo entender sin hablar. como si estuviese segura de vencerla. con dureza. yo tenía a Bergson. me desarmaba él mismo. encontrar la de mi padre. dulzura. En la mesa. que pueden atribuírseme magníficos complejos: un amor incestuoso por mi padre o una animadversión malsana por Anne. balancearse. no sería capaz de resistirme. no abrí la boca. Pensé en Cyril. Ahora me tocaba a mí verme influida. No puedo decir «de ser yo misma» puesto que no era más que un barro moldeable. fue en vano. Mi padre se creyó obligado a bromear: —Lo que más me gusta de la juventud es su vitalidad.de París.. No contesté. su conversación.. me aborrecía demasiado a mí misma por aquella especie de drama que ya no podía detener. pasando por una serie de estados desagradables pero resultantes todos ellos del siguiente descubrimiento: estábamos a merced de Anne. o al menos la ausencia de Cyril. compadecerme de mí misma. No estaba acostumbrada a meditar. La libertad de pensar. Ya sólo me compadecía de Anne. me hubiese gustado que me cogiese en sus brazos. ironía. Intenté llorar.. Me hubiese gustado que alguien me acariciara. súbitamente alarmado. como por la mañana. esos dos años de los que tan pronto había renegado el otro día. Todo eso se había acabado. remodelada y orientada por Anne. Estaba desesperada. ¿y con quién había hablado yo sino con él? De todo habíamos hablado: del amor. me consolara. Sé que pueden achacarse complicados motivos a ese cambio.

Pensaba: «Es fría.. nosotros independientes.» Pero ¿por qué juzgarme así? Siendo sencillamente yo. me las murmuraba a mí misma. es indiferente. de pronto. Encontraba disculpas. guardaba a mi pesar un tenso silencio que acababa incomodándoles. nosotros efusivos. Miraba a Anne. la espiaba de continuo. feroz. ¿cómo puedo echársela en cara?». Pero. a poner atención en mi vivir. Por primera vez en mi vida ese «yo» parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente. en realidad. Anne decía: «Cuando regresemos a París. un amor como nunca volverá a inspirar mi padre? Y esa sonrisa hacia mí con un asomo de inquietud en los ojos. en la playa no hacía más que dormir y.Segunda parte Capítulo primero Me sorprende la nitidez de mis recuerdos a partir de aquel momento. ¿acaso no es amor. no era libre de calibrar lo que ocurría. juzgándome sincera. durante las comidas. Entonces. Ya no veía en ella más que un ser hábil e indiferente. Raymond. a nosotros nos . Y de repente aquellos pocos días me alteraron lo bastante como para obligarme a meditar. Entretanto. pensaba. iba adelgazando un poco más cada día. de mí misma. La espontaneidad y un egoísmo fácil habían sido siempre para mí un lujo natural. y bruscamente surgía otro «yo» que tachaba de falsos mis propios argumentos. gritando que me engañaba a mí misma. Sufría todos los horrores de la introspección sin. Adquirí una conciencia más atenta de los demás. y el deseo de apartarla de mi padre. es autoritaria. ¿no era esa otra quien me engañaba? ¿No era esa lucidez el peor de los errores? Me debatía horas enteras en mi habitación para dilucidar si el temor y la hostilidad que me inspiraba Anne en aquel momento tenían razón de ser o yo no era más que una joven egoísta y mimada con ínfulas de falsa independencia. por más que pareciesen de lo más verosímil. por ello. Me habían acompañado siempre. «es estúpido y miserable. pensaba a lo largo de la comida: «Ese gesto que le ha dirigido. la idea de que iba a compartir nuestra vida.. Pero. me sublevaba.». no le interesa la gente. a intervenir en ella. «Ese sentimiento hacia Anne». reconciliarme conmigo misma.

apasiona. Anne se acercó. Si el trabajo ha de sentarle así. Buscaba instintivamente a mi padre con los ojos. su indiferencia la protege de mil sórdidas insignificancias. Al final logré poco a poco que la atmósfera se tornase irrespirable. Cécile —dijo Anne—. y sólo vivía para eso. Ella me alcanzaba el pan y de repente yo. —¿Echas de menos a ese chico? —preguntó mi padre. sin cuidado. Nosotros dos somos de verdad los únicos que estamos vivos y ella va a deslizarse entre nosotros con su tranquilidad. sin embargo. ¿Cómo sabía que yo no trabajaba? Tal vez me había adivinado el pensamiento. Y eso que le bastaría trabajar de verdad. Una hermosa serpiente. como una hermosa serpiente». Me sentía palidecer de vergüenza. diez días atrás. sin comprender la causa de tal inquietud. va a acomodarse. como si me despertara. habida cuenta de que no había abierto un libro desde Bergson. lo que me hacía aborrecerme a mí misma. se sentó a mi lado y me miró. si es Anne. me gritaba a mí misma: «¡Pero estás loca.. le suplicaba en voz baja que me perdonase. A ratos. para que se diese cuenta de . Se sentó al otro lado y murmuró: —Lo cierto es que no le sienta bien.. la incertidumbre ensombrecían su rostro. ¡una hermosa serpiente!». La idea me asustó: —No doy vueltas por la habitación —protesté. Anne? Si parece un pollo vaciado y asándose al sol. nosotros somos alegres. ¡No! No era del todo cierto. —Me trae sin cuidado mi examen —grité—. Me di la vuelta y los miré. porque estaba loco por Anne. Trabaja un poco y come mucho. haz un esfuerzo. loco de orgullo y de contento. —Pues tienes mal aspecto —afirmó severamente mi padre—. en vez de dar vueltas por la habitación. cuando me puso la mano en la cabeza y alzó la voz con tono lamentable: —Anne. ven a ver a esta joven. mejor que lo deje. es una garantía de nobleza».. mientras yo dormitaba en la playa tras el baño matinal. Pero tampoco había tenido tiempo de pensar en Cyril. O sea.. él la miraba con admiración o deseo.. Ese examen es importante.. dejaban en suspenso sus frases. Permanecí tumbada boca abajo en la arena. no puedes ver premeditación en ello. sin duda. a robarnos todo. a quitarnos poco a poco nuestro grato y despreocupado calor.. ¿comprendes?. Creía arreglarlo todo con eso y. Me repetía: «Una hermosa serpiente. Iba a levantarme y a proponerle ir al agua con ese aire falsamente alegre que ya era habitual en mí. Un día. Mi padre sufría en la medida en que era capaz de sufrir. se está quedando muy enclenque. —Vamos. es reservada. Pero mis complicaciones habían ido en aumento y las horas de trabajo no me molestaban ya. Sentía su mirada clavada en mí. poco. ¿No la ves.. La miré desesperadamente a la cara. la inteligente Anne. la que se ha ocupado de ti! La frialdad es su forma de vida. atenta al ruido apagado de sus pasos. lo habría arreglado. la creía capaz de todo. Anne sorprendía esas miradas y la extrañeza.

me convencería. que me obligara a contárselo todo. me habría hecho disfrutar de algún momento de felicidad. ¡No se merecían otra cosa! Anne siempre otorgaba a las cosas su importancia justa. que aborrecía ese tipo de discusiones. Me miraba atentamente. La suya era una mano fuerte y reconfortante: me había secado las lágrimas cuando sufrí mis primeras penas de amor. o con las llaves. aquella mano no podía hacer ya nada por mí. que eras tan alegre y tan animada. aquella mano apoyada en el hombro de una mujer o con un cigarrillo. Necesitaba que ella me dijera: «Pues ¿qué te preocupa?». buscando en vano el agujero de la cerradura. temblé un poco. por el reproche. Y entonces. Soy la clásica chiquilla inconsciente y sana. liberarme. Y comprendí que jamás se le ocurriría preguntarme. por la noche. si lo hacía. tranquila y segura. me sonrió. Aquella mano en el volante. La estreché con fuerza. No podía liberarme de aquella obsesión: Anne iba a destrozar nuestra existencia. —Ven a comer —dijo. Mientras caminábamos hacia la casa. No intenté ver a Cyril. Y también porque no me atribuía ninguno de esos pensamientos que me torturaban. te vuelves ahora cerebral y triste. la había apretado furtivamente en los momentos de complicidad y de risa desatada. Me habría tranquilizado. porque pensaba que eso no se hacía. llena de alegría y estupidez. se posó en mi nuca. con tan poca cabeza. Incluso hallaba cierta complacencia en plantearme cuestiones . Capítulo segundo Transcurrieron dos días: le daba mil vueltas a lo mismo. Tú. veía el azul de Prusia de sus ojos ensombrecidos por el esfuerzo de mirar con atención. había cogido la mía en los momentos de tranquilidad y de felicidad perfecta. porque semejante idea ni se le pasaría por la cabeza. nunca jamás podría tratar con ella. Me dejé caer en la arena con violencia. —Ya —dije—. que me acosara a preguntas. y. nunca. era con desprecio e indiferencia.que la cosa era mucho más grave que un examen. suspiré. y no me apetecía. Mi padre. La mano de Anne. —No te compliques la vida —dijo—. decidiría lo que le diese la gana. se había alejado. Volviéndose hacia mí. No va contigo el personaje. hasta que cesó mi temblor nervioso. pero así dejarían de invadirme tan amargos y deprimentes sentimientos. Por eso. apoyé la mejilla en la cálida suavidad de la playa. me agotaba. me tomó la mano y la retuvo.

me preguntó con tono de despego si «Raymond era feliz». Elsa parecía anonadada. me encontraba decadente y eso me gustaba. moviéndome apenas para encontrar un trozo de sábana fresca. desorientada. discos lentos. Van a casarse. tal vez por mi silencio. en recordar los días pasados. Pero ese juego no bastaba para engañarme: me sentía triste. En mi habitación. dio unos pasos por la habitación y. De pronto. todo ritmo. Me quedé en la cama. Le dije que me alegraba de verla y me aseguró que siempre nos habíamos llevado bien porque teníamos puntos en común. Por fin. lo que le evitaría encontrarse con mi padre y con Anne. al fin y al cabo. me entraron ganas de reír.. Una tarde llamó la asistenta a mi puerta y me advirtió con cara misteriosa que «había alguien abajo».. en temer los venideros. Hacía mucho calor. No había que dejarla meditar y deducir que.. La miré y me sorprendió su recompuesta belleza. los ojos fijos en el techo. los postigos cerrados. de bares. Elsa se volvió hacia mí con cara horrorizada: —¿A casarse? ¿Y Raymond quiere casarse? —Sí. afloraron planes. Pensé de inmediato en Cyril. con un color claro y regular. sin volverse. se me habría pasado por alto aquel gesto. instalado al pie de la cama. Raymond va a casarse.. una multitud de proyectos bulló en mi cerebro. pero no son suficientes. se puso a hablarme con gran animación de la vida mundana y subyugante que había llevado en la costa. mi padre ya era mayor y no podía pasarse la vida con mujeres galantes. no pudo evitar un pequeño movimiento con la cabeza y pensé que a lo mejor seguía queriéndolo. Me incliné hacia adelante y bajé de improviso la voz para impresionarla: .insolubles. Es muy hábil. a pesar de Juan y sus vestidos. sin melodía. No dormía. Cuando le mencioné a mi padre. Me temblaban las manos. Era Elsa. me sentí sucumbir bajo el peso de mis argumentos. la cabeza echada hacia atrás. Fumaba mucho. tres semanas antes. Ponía en el tocadiscos. pero no era él. pero aun así el aire era insoportablemente pesado y húmedo. Disimulé un leve escalofrío y le propuse que subiese a mi habitación. Yo notaba confusamente que me asaltaban curiosas ideas inspiradas en parte por su nuevo aspecto. Bruscamente.. y estaba pletórica de juventud.. Me pregunté un instante quién era Juan pero lo dejé estar. supe lo que había que decir: —¡«Feliz» es mucho decir! Eso es lo que le hace creer Anne. Con igual presteza. Me gustaba volver a ver a Elsa: traía con ella un aire de mujer mantenida. muy cuidado. se interrumpió por su propia cuenta. Me estrechó las manos con efusión. Juan me ha comprado algunos vestidos estos días. Me dio la impresión de haber dado en el blanco. como si le hubiera asestado un mazazo. y de inmediato comprendí por qué. Por fin se había puesto morena. Pensé también que. —He venido por las maletas —dijo—. —Mucho —suspiró Elsa. de fiestas frivolas que me hacían evocar días felices. —Jamás adivinarías de lo que le ha convencido. Mi habitación estaba en la penumbra.

La miré alejarse al sol. con su andar contoneante. déjalo —dije. Porque. Y mi padre la quería. Se echaba de ver que no deseaba otra cosa que creerme. le ha salido con el cuento del equilibrio conyugal del hogar. como si no tuviera por lo menos una docena de destinos. porque ya no la soportaba—. —Elsa —dije interrumpiéndola. —Como puedes imaginarte —dije—. y por los chinitos». estás defendiendo tu destino —agregué con pitorreo en el umbral de la puerta. siempre lo había sabido. mañana por la mañana.. iré a verle. nos destroza la vida a los tres.—Eso no debe ser. no intentaba.. lo que expresaba en aquel momento eran mis propios sentimientos. Tú eres la única capaz de medirte con Anne. Parecía fascinada. Lo veo imposible. —Pero si se casa con ella será porque la quiere —objetó. Elsa —dije suavemente—. Concluí como en un cántico: —Ayúdame. en definitiva. de la moral. Elsa. Yo actuaba en una especie de vértigo. La única con suficiente clase. —Pero ¿qué puedo hacer yo? —preguntó Elsa—. —Si te parece imposible. la esperanza que le infundían mis palabras. Elsa asintió gravemente. es un niño grande. Ya se apañará con su madre. Ella misma. —Es la palabra exacta —dije... Elsa. —Sí —dijo. y volví la cara yo también.. Eran las tres y media: en aquel momento estaría durmiendo en los brazos de Anne. pero al menos no le aburría. Se la habían jugado. Discutiremos el asunto los tres.. Elsa se iba animando a ojos vistas. Dile que. —Te estaba esperando —proseguí—. Agregué para mis adentros: «. Elsa Mackenbourg.. cosa que me daba ganas de reír y acrecentaba mis temblores. Aquello me parecía un tanto melodramático pero ya los bonitos ojos verdes de Elsa se empañaban de compasión. Me abrumaban mis palabras.. Eso sí. y se lo ha metido en el bolsillo. —Vamos. Te lo pido por ti. y tú lo sabes. La vi parpadear y volver la cabeza para disimular la satisfacción. pero ahora vería esa intrigante de lo que era capaz ella. —¡Menuda zorra! —murmuró Elsa. No intentes hacerme creer que lo ignoras. de un modo tosco y elemental sin duda. Hay que defender a mi padre. rendida. —Como se celebre ese matrimonio. Ella misma no había podido olvidar junto a Juan la seducción de Raymond. Mi padre está sufriendo ya. vete a ver a Cyril de mi parte y le pides que te aloje.. pero fiel a lo que yo pensaba. por mi padre y por vuestro mutuo amor. Repetía «niño grande» con energía. intuyendo exactamente lo que había que decir. si a quien quiere es a ti. Elsa. con esa voz que llaman entrecortada. Le di una semana a mi padre para volver a desearla. Es algo que no es posible. tumbada al calor del .. Un niño grande. Elsa. tantos como hombres que la mantendrían. ella no le hablaba del hogar. colmada.

bien mirado. Es cierto que era increíble. ¿a que no? No eres de esas mujeres que comparten a un hombre. me precipitaba a tenderle el albornoz cuando salía del agua. Por culpa de ese bachillerato habría podido hacerte romper con nosotros. de palabras amables. «Es la palabra exacta. Sí. sin embargo. habría hecho todo lo necesario. volvía a la puerta. Mi padre estaba encantado. eliminaba sobre la marcha todas las objeciones. por así decirlo. mi padre te habría engañado y no habrías podido soportarlo. ante sus ojos. Mi padre no lo habría soportado mucho tiempo: nunca ha consentido que una mujer guapa que ha sido suya se consuele tan deprisa y. Es algo tan abstracto y ridículo que ni me atrevo a decírtelo. te había cogido manía por culpa de Bergson. del calor. por más que te quiera. Y. Todo eso se vino abajo —¿hace falta decirlo?— a la hora del baño. ¡sobre todo si hubiera sabido lo que había proyectado hacer! ¡Me moría de ganas de contárselo para que viera hasta qué punto era increíble! «Imagínate que le hiciese representar una comedia a Elsa: ella fingiría estar enamorada de Cyril. Todo volvería a ser igual y. que la habría deseado enseguida. de la felicidad. Anne me daba las gracias con una sonrisa. dirigía una mirada al mar perfectamente tranquilo. no sabía qué hacer para reparar mi falta. La imité. Deambulaba por el cuarto sin interrupción. la amiga de mi madre. Elsa. no posee tu belleza pero es ese tipo de hembra despampanante que hace volverse a los hombres. Me puse a trazar planes muy rápidamente sin detenerme un instante. nada más empezar a hablar con Anne. confesándole que me había equivocado. Anne. bajo mis directrices. nuestra amiga. —¿Verdad que es útil el bachillerato? Me miró y soltó una carcajada. caminaba hasta la ventana.. los veríamos pasar en barco.. la colmaba de atenciones. tras mi silencio de los últimos días. Temblaba de remordimiento ante Anne. es una estupidez. Calculaba. sopesaba. que era lo que yo quería. Sí. Me sentía peligrosamente hábil y a la oleada de asco que se había apoderado de mí. . daba la vuelta.placer. Entonces te habrías marchado. a ti. de sus arranques. para tranquilizarse. —Eres increíble —dijo. me contestaba alegremente y yo me acordaba del «Menuda zorra». de complicidad interior. —¿Verdad? Le hablaba a Anne. Sobre todo con un hombre más joven que él. Nunca me había dado cuenta de la agilidad de la mente. Es muy vanidoso o muy poco seguro de sí mismo. como quieras. feliz de verla tan contenta.. Me imaginaba que. bueno. Elsa se ha puesto otra vez muy guapa. Le llevaba la bolsa. de soledad. viviría en su casa. nos los encontraríamos en el pinar. se estaría abandonando al sueño. aplastado sobre la arena. Comprenderás. no dejó de sorprenderla e incluso le gustó. Tan brusco cambio. Seguro que tiene alguna utilidad el bachillerato. aprobaría ese examen. contra mí. se sumaba un sentimiento de orgullo.» ¿Cómo había podido decir semejante cosa y escuchar las tonterías de Elsa? Al día siguiente le aconsejaría que se marchase. Un día. en la costa..

¡Tampoco había que exagerar! Dos buenas horas de trabajo.. Anne se reía también pero menos ruidosamente.. Pero mi padre parecía tan manifiestamente feliz de que nos reencontrásemos a través de nuestras bromas estúpidas que no decía nada. era demasiado impulsiva. descubrirlo. De todas maneras. todo ese poder del lenguaje.es útil el bachillerato. el esfuerzo silencioso. reconquisté los placeres del juego. A lo mejor tenía posibilidades intelectuales. me mudaría de habitación.. como con indulgencia.. un poco displicente. Había cosas que Anne no entendía. De pronto entreveía todo ese mecanismo de los reflejos humanos. Si llegaba al corazón de una persona era por descuido. ya que mis proyectos de lanzamiento rebasaban los límites de la literatura y de la mera decencia. Intercambiamos ideas descabelladas. Les di . del sentimiento. Para celebrar mi curación. Capítulo tercero Al día siguiente. pero lógico? ¡Y Elsa! Me la había ganado a través de la vanidad. la aprobación de Anne.. ¿verdad?» —¿Verdad? —¿Verdad qué? —dijo Anne—. Le expliqué a mi padre que había decidido hacer una licenciatura en letras. al encaminarme a casa de Cyril. Bien mirado. no se reía en absoluto. a papel. además: había puesto la mira en Elsa. la había convencido en unos instantes. vislumbrado el punto débil y ajustado mis tiros antes de hablar. con dulzura. ¿Que es útil el bachillerato? —Sí —contesté. en la soledad. cuando venía sólo a recoger las maletas. con precaución. ¿Acaso no había elaborado en cinco minutos un plan lógico. Era curioso. temblándome la mano. Por vez primera conocía ese placer extraordinario: calar a un ser. Al día siguiente. Me zambullí en el agua en pos de mi padre. sacarlo a la luz y. Un día amaría a alguien apasionadamente y buscaría un camino hacia él. que me trataría con eruditos y que quería llegar a ser una persona famosa y cargante. Me instalaría en el desván con mis libros de texto. luché con él. el olor a tinta. ¡Tocado! Nunca había conocido tal cosa. Al igual que apretamos con precaución un resorte. como Anne. había bebido demasiado durante la cena y me puse más que alegre. la risa atónita de mi padre. De cuando en cuando. Sería inteligente. Se vería obligado a desplegar todos los recursos de la publicidad y del escándalo para catapultarme. me acostaron y me arroparon. Al final. no me llevaría a Bergson. despreciable desde luego.. El éxito en octubre. riéndonos a carcajadas. culta. había intentado encontrar a alguien y al punto el mecanismo se había puesto en marcha. Seguramente no lo habría entendido. era preferible no decirle nada. del agua. darle de lleno. de la buena conciencia. me sentía intelectualmente mucho menos segura de mí misma. el título. entonces. Lástima que fuese a través de la mentira.

me quedé profundamente dormida. Elsa es muy agradable. resplandeciente y excitado que me dejaba aún más apagada. No quería casarme con él. A decir verdad. Me encontré a Cyril a la entrada del jardín. Se abalanzó hacia mí.. estuve enferma. El despertar fue de lo más espantoso. Elsa me hizo sentarme con mil deferencias. Reconocí la imaginación de Elsa.... si esa mujer te lo hacía pasar mal.... Con la mente confusa y el corazón vacilante. Y si ella dice que no. quiero casarme contigo.vehementemente las gracias y les pregunté qué haría yo sin ellos. dos veces. No creía que te quisiera tanto.. Pasaba todas las tardes delante de la cala. Tengo veintiséis años. He mandado a paseo el derecho. Aquí llega Elsa. —De tu padre me encargo yo —dijo Cyril. Quería decirte precisamente que. Me sentí mustia y flaca. una vez. Estoy tan cansada.. —Elsa ha exagerado mucho —murmuré débilmente—. pero cuando le supliqué que me lo dijese y se inclinó hacia mí. ya no soy ningún niño.. estaba cansada. No . De no haber sido por aquel espantoso mareo.. me estrechó violentamente contra él musitando frases confusas: —Cariño. una huérfana —dijo Cyril—. me ocuparé yo de ti. estoy hablando en serio. lozana y luminosa. Le quería pero no quería casarme con él. Pregunté a Cyril qué opinaba su madre. me encaminé hacia el pinar.. ¿Qué me dices? Busqué desesperadamente alguna frase equívoca que quedase bien. Bajaba en batín. —¿Cómo está Raymond? —preguntó—. —Anne no querrá —dije—. Me invadió un instante de pánico. —Yo tampoco —dije. me han ofrecido un trabajo interesante. Cyril. Además. Me ha contado todo lo de esa mujer. Cécile. no poder demostrarle mi emoción. —Yo también tengo algo que decirte —me interrumpió Cyril—. Hace tanto tiempo. De ahora en adelante. No sabía nada de ti. ¿Sabe que he venido? Esgrimía la sonrisa feliz de la mujer que ha perdonado y espera... con esa cara tan distinguida y esa clase. no dejaré que sigan maltratándote.. Había que hacer algo. —Qué pálida estás —dijo—. decir algo. mi padre dirá lo mismo. No sabía que yo mismo pudiera ser tan desgraciado. Mi padre no lo sabía en absoluto. Es curioso que sea capaz de tales intrigas. No quería casarme con nadie. —Se la he presentado como una amiga. Lamentaba estar tan mareada. Mantiene que todavía no soy adulta. la cosa me sorprendía y me conmovía a un tiempo. estas emociones me dejan hecha polvo. me tomó en sus brazos. sentémonos... Mi padre. Por la noche. Tenían ambos un aspecto sano. Anne parecía tener una idea bastante feroz al respecto.. —No es posible —balbucí—. estaba muy inquieto.. un tío mío.. como si saliese de la cárcel. —Te quiero —decía Cyril con la boca pegada a mi pelo—. sin prestar la menor atención al mar matinal y a las gaviotas enardecidas.

de guapísimo bandido.. explicándoles mi plan. Representaré ese papel con Elsa. no he encontrado solución —dijo Elsa. Hablé durante largo rato. Y así puse en marcha la comedia. Cyril fue a buscar café. —Es cuestión de psicología —dije. En cierto modo como Cyril. y el sol me tonificó un poco. te casarás con quien ella decida — dijo Elsa. ¿Cómo se te ha podido ocurrir? ¿Me quieres? Hablaba en voz baja. Me eché a reír. corre. Yo era el alma. Acercó un poco la cara hasta que nuestros labios se rozaron y reconocieron. demasiado hábil. —No es que sea culpa de Anne —objeté. enseguida se tornó apremiante. lo que me producía una curiosa impresión. Permanecí sentada con los ojos abiertos. bésame . inteligente. una boca caliente y dura. por indolencia y . No hay nada que hacer. Elsa hablaba por los codos. Me desasí un poco. Miraba el rostro moreno. Me presentaron las mismas objeciones que me planteara yo la víspera y experimenté un soberano placer rebatiéndolas. El café era muy fuerte. los acepto. Les demostré que era posible. Me halagaba verlos pendientes de mis palabras: ¡tenían diez años más que yo y no se les ocurría nada! Adopté un aire desenvuelto. tenía confianza en mí. Pero si no hay otra manera de casarme contigo. Comprendí que estaba más dotada para besar a un chico al sol que para estudiar una carrera. —Sabes muy bien que si se queda. dominado. —Cécile. —No me gustan estos tejemanejes —dijo Cyril—. No tenéis la menor imaginación. Me imaginé a Anne presentándome a un joven el día de mis veinte años. por lo demás.. a ella. con un brillante porvenir. —Sí —dije—. —Por más que he buscado.. Está encaprichado. —Por favor. A mi pesar.. Dime que te pondrás celosa cuando finja que quiero a Elsa. tenemos que vivir juntos. el director de aquella comedia. tenso. Me pregunté si mis cálculos eran acertados. jadeante. Cerré los ojos. los ojos oscuros de Cyril. Elsa se había alejado discretamente. no te rías —dijo Cyril—. Resultaba gratuito. luego sus labios se abrieron. Tal vez era cierto.podía decirle. turgente de sangre. Siempre podría detenerla. licenciado también. Miraba su boca. equilibrado y a buen seguro fiel. —Se te ocurren cada idea más rara —dijo Cyril con esa sonrisilla sesgada que le levantaba el labio y le ponía cara de bandido. se apoyó un poco más para atajarlo. Me quería. tan cercana. muy aromático. que mi padre la había olvidado. su beso se animó. pero puse tanto empeño en convencerlos que acabé apasionándome yo misma. hábil. —No la hay —dijo Cyril—. Le recorrió un leve estremecimiento. Hay una forma. —Bésame —murmuré—. su boca inmóvil pegada a la mía.. Ya no me sentía nada intelectual. Sólo me quedaba por demostrarles que no había que hacerlo. pero no se me ocurrieron argumentos del mismo peso.. me consideraba a todas luces una persona muy sutil. ni a él que no quería casarme.

en el caso de que mi padre cayera en la trampa. Divisé la cara de Cyril y le supliqué para mis adentros que se fuera. Y además. muerta de vergüenza. siempre juntos. lo que contribuiría a crear un ambiente familiar durante la comida.. A ratos. el sol o los besos de Cyril. Tenía su gracia intentarlo y comprobar si mis cálculos psicológicos resultaban ciertos o equivocados. Luego nos tumbamos boca abajo los tres juntos. y quizás incluso con la madre de Cyril. ¡Anda!. silenciosos y tranquilos. matrimonio unido. ni Cyril ni Elsa podían hacer nada sin mí. Anne había levantado la cabeza a su vez. durmiendo pegada a él. En ese momento asomó la embarcación por el extremo de la cala. Mi padre salía del agua. Cyril me quería. Abandoné a los conspiradores al cabo de una hora. Y eso que hacía dos minutos que la esperaba: —Pero. preferiría haberlo hecho voluntariamente con odio y violencia. bastante apurada. El barco iba a pasar delante de nosotros. le perdonamos? En el fondo es un buen chico. yo entre ellos dos. ¡pero si es Elsa! ¿Qué hace ahí? Se volvió hacia Anne: —¡Esa chica es increíble! Seguro que ha pescado a ese pobre muchacho y se ha ganado a la anciana. y eso el día en que. Le pregunté qué había estado a punto de decirme por la noche antes de que me durmiese. Por primera vez me miraba como un ser sensible y pensante. Ya encontraría un motivo para detener el juego. venteando el peligro. aceptaría. Acercó la mano y la posó en mi cuello: —Mírame.. Bajaba a la playa a reunirse con mi padre. con todas las velas desplegadas. Lo encontré soberbio. Si cruza la cala. casi de súplica. ancho y musculoso. pero si no va solo. Cyril quería casarse conmigo: el pensar eso bastaba para mantenerme eufórica. dejándonos atrás. ¿Qué. La exclamación de mi padre me hizo sobresaltarme. —Pobre niña mía —prosiguió la voz de Anne. Si podía esperar uno o dos años. pero se negó riendo.curiosidad. Me quedaban para tranquilizarme numerosos argumentos: mi plan podía errar.. Me bañé con Anne.. sacando la cabeza para no mojarse el pelo. Además. Mi padre miraba el barco. o mi padre podía extremar su pasión por Anne hasta mantenerse fiel. Mi mirada se cruzó con la suya y volví a pegar la cara a la arena. volví violentamente la cabeza hacia mi padre para zafarme de esa mano. Me encontré con Anne en la terraza. alegando que me molestaría. —Pero ¿qué hace? —exclamó mi padre—. Alcé la cabeza. .. Todos los domingos iríamos a comer con Anne y mi padre. Exhalé un gemido. Mi padre fue el primero que la vio: —El bueno de Cyril no aguantaba más —dijo riendo—. Me recibió con la expresión irónica que se adopta con la gente que ha bebido la víspera. lo que me costase hacerme adulta. y no la pereza. que nadaba despacio. Me veía ya viviendo con Cyril. muy queda—. Anne. Cécile. Me miraba. Pero Anne no le escuchaba. Para poder ser yo la culpable. ¿Estás enfadada conmigo? Abrí los ojos: se inclinaba hacia mí con cara inquieta..

A fin de cuentas. Ya no podía ir en barco. Y así. y jamás otro sentimiento. Anne me lanzaba una mirada. mi padre no daba la menor muestra de sentir celos. quizá no tenía que haber sido tan intransigente. No quería hacerte daño. en el pueblo y en la carretera. pero tenía siempre para conmigo la palabra y el gesto adecuados. Nunca había sentido una debilidad tan violenta y total. Porque nos los tropezábamos por todas partes: en el pinar. ¿He dicho que era buena? No sé si su bondad era una forma refinada de su inteligencia o sencillamente de su indiferencia. mi padre y Anne. Me invadía un deseo de derrota. me prodigaron atenciones y una bondad que. Así. insoportable al principio. no me hacía demasiada gracia cruzarme de continuo con Cyril y Elsa cogidos del brazo. Yo no me movía. Tenía la misma sensación que cuando la arena se me escurría a los pies al retirarse una ola. y si de veras hubiera tenido que sufrir. de dulzura. Me dio la impresión de que mi corazón había dejado de latir. no habría podido contar con mejor apoyo. como ya he dicho. ni la ira ni el deseo. ponerme en sus manos hasta el fin de mis días. dejaba que las cosas siguieran su curso sin demasiada inquietud pues. Renunciar a la comedia.. Era una lugareña. No tenía que esforzarme para adoptar una expresión impenetrable y falsamente indiferente cuando nos los tropezábamos. cariñosamente. La asistenta le explicó que Elsa había venido a recoger sus maletas y se había marchado enseguida. Con ello me mostraba a las claras su cariño por Anne y me humillaba un tanto demostrándome también la inanidad de mis planes. Un día entrábamos en correos él y yo. confiarle mi vida. presa de remordimientos. me hablaba de otra cosa.. apoyaba la mano en mi hombro para darme ánimos. en cierto modo es culpa mía. pero podía ver pasar a Elsa.cariño. No sé por qué no le mencionó nuestra conversación. cuando nos cruzamos . no tardó en resultarme grata. desmelenada por el viento como yo misma días atrás. por más que fuera culpa mía. dando muestras expresivas de estar muy enamorados. y supongo que debía de formarse una idea un tanto pintoresca de nuestra situación. ¿me crees? Me acariciaba el pelo y la nuca. Capítulo cuarto La única reacción de mi padre había sido la sorpresa. Sobre todo con los cambios de habitación en los que había intervenido. muy novelera. Cerré los ojos. se habían apoderado de mí con tal fuerza.

tenía apoyado el pie derecho en el muslo izquierdo y me miraba fijamente en el espejo. A la vuelta.. era un poco la fatalidad. No me atrevía a ir. cuando llamaron a la puerta. Cuando me fijé en Anne y vi sus arruguillas en la comisura de los ojos y el leve pliegue en la boca.. Además.. Estaba furioso. —dijo mirándome sorprendido. Me invadió una involuntaria sensación de triunfo... me hubieran querido sacar más ideas y era lo último que me apetecía. Pero no es un juego. Elsa está pero que muy guapa. a quien le aseguraba que trabajaba sin parar. supuestamente para trabajar. es una filosofía hindú. lo que desesperaba visiblemente a mi padre.. Esta pareció no vernos y mi padre se volvió hacia ella como si de una desconocida se tratase. —A ver si te piensas que un niñato me va a robar a mí una mujer si yo no quiero. Cyril y Elsa. Se quedó durante un segundo inmóvil en el umbral y sonrió: —¿A qué juegas? —Al yoga —dije—. Era Anne. lanzando un pequeño silbido. Transcurrió una semana. A ratos me daban tremendos ataques de risa que tenía que sofocar para que no me oyese Anne. Jugaba un poco con ella a la enamorada frustrada que busca consuelo en la esperanza de ser un día toda una licenciada. —Si no llega a estar Anne. Se acercó a la mesa y cogió mi libro. —Qué le vamos a hacer. me sentí mal. debían de esperarme cada día. Anne me miró fijamente y comprendió: . Supuse que era la asistenta y como estaba curada de espantos le grité que pasase. —Oye. Permanecí inmóvil.con Elsa. Me daba la impresión de que me ganaba su estima con ello y a veces citaba a Kant en la mesa. Tienen la misma edad. y que al casarse con una mujer de su edad. No había escrito una palabra. por supuesto. Una tarde me había envuelto en toallas para dar una imagen más hindú. que le sienta bien —dije.. —El amor. que ignoraban cómo iban las cosas. lo vi preocupado: tal vez pensaba que Elsa y Cyril eran jóvenes. Pero resultaba tan fácil seguir mis impulsos y luego arrepentirme. Se encogió de hombros. —También interviene la edad —dije muy seria. En realidad no hacía nada: había encontrado un libro de yoga y me dedicaba a él con gran convicción. —Sí que eres concienzuda —dijo—. Estaba abierto en la página cien y las otras páginas estaban llenas de anotaciones mías tales como «impracticable» o «agotador». —Pareces tomártelo mejor. Empecé a inquietarme. por las tardes subía a mi habitación.. ¿Y qué ha sido de la famosa redacción sobre Pascal de la que tanto nos has hablado? Era cierto que durante la comida había estado disertando sobre una frase de Pascal fingiendo haber meditado y trabajado sobre ella. no hubiera habido fatalidad alguna. no con complacencia sino con vistas a alcanzar el estadio superior del yogui. dejaba de pertenecer a esa categoría de hombres sin fecha de nacimiento.

había hablado de un trabajo para agradarle y.. y me eché a reír. Ya me extrañaban a mí tus súbitas actividades intelectuales. No sé si era amor lo que sentía por él en aquel momento —siempre he sido inconstante y no quiero tenerme por lo que no soy— pero le amaba más que a mí misma. sin resuello. tanto más violenta cuanto que no estaba segura de no sentir vergüenza. Le había pedido a Cyril que no me acompañase. tumbado de través en la cama. Pero fue para cogerme al punto en sus brazos y arrastrarme. habría sido muy peligroso. además. Se puso pálido como debía de estarlo yo misma y me soltó la muñeca. y me detuve en el umbral. —Pero ¿adónde vas? —gritó Cyril—. embutida en mis toallas. aturdida y sorprendida. Me había cogido del brazo y me sujetaba riendo. la ternura y la pasión. Con el calor de la tarde. Salió y me quedé petrificada. Cécile. con la mejilla apoyada en el brazo. Si llegaba su madre y me encontraba en la habitación de su hijo. y. Cyril. cariño mío». tenía que ocurrir». Me entró pánico y me encaminé hacia la puerta. y ese brutal sufrimiento al que seguía. Lo miré un instante: por vez primera se me aparecía desamparado y enternecedor. Corrí hasta casa de Cyril. tumbado junto a mí. Me había acostumbrado a su nueva actitud hacia mí. las casas parecen extrañamente profundas. Me incorporé... Tuve la suerte —y Cyril la dulzura necesaria— de descubrirlo aquel mismo día. habría dado la vida por él. con la ignorancia de mi edad. de ese modo indiferente y brutal. lo miré y lo llamé «mi amante»... Lo llamé en voz baja. Se acercó. Me quité el disfraz. una camisa vieja y salí corriendo.. Hacía un calor tórrido pero corría impulsada por una especie de rabia. No entendía que llamase a aquello «mentiras». Luego comenzó la ronda del amor: el miedo de la mano del deseo. Abrí la puerta: dormía. Ven. me puse un pantalón. me machacaba con su desprecio. . Siempre había oído hablar del amor como de una cosa fácil. así por las buenas. rendida y embotada. podría creer. de mostrarme su desprecio me sacó de mis casillas. Me preguntó al marcharme si se lo reprochaba.! Regresé lentamente hacia el pinar. Yo misma había hablado de él con crudeza. Permanecí junto a él una hora.. eso ya es intolerable. de tenerme a su lado toda la vida. Pero que luego te complazcas en mentirnos a tu padre y a mí. silenciosas y recogidas en sus secretos. Me volví hacia él y lo miré. humillante. Le inquietaba mi silencio. Abrió los ojos y al verme se incorporó de inmediato: —¿Tú? ¿Qué haces aquí? Le indiqué que no levantase la voz. murmuré «cariño mío.. triunfante. y la manera tranquila. Había hablado de Pascal porque me divertía hablar de él. y me dio la impresión de que nunca más podría volver a hablar de él así.. el placer. Subí hasta la habitación de Cyril. Cyril. Me la había enseñado el día en que fuimos a ver a su madre..—Que no trabajes y hagas la payasa delante del espejo es asunto tuyo —dijo—. Apoyé la boca en la vena que todavía latía en su cuello. Yo pensaba confusamente: «Tenía que ocurrir. quién no creería. ¡Reprocharle esa felicidad. hablaba de casarse conmigo.

he intentado darle uno. Pero hoy. La cerilla se apagó. atenta al ritmo de mi respiración. He dado un sentido simbólico a ese gesto. Luego me puso un cigarrillo encendido en la boca y tornó a abismarse en la lectura de su libro. Se apagó al instante contra mi cigarrillo. sólo quedaban aquella cerilla. esa intensidad del vacío. empezó a latir con violencia. .Temía que pudieran leer en mi rostro las claras improntas del placer. me dejaba el corazón en suspenso. Dejé caer la caja en el suelo y cerré los ojos.. al temblor de mis dedos. súbitamente arrancada de su indiferencia. el relieve de mi boca. de torpeza. Tenía preparadas ya unas buenas mentiras para justificar mi ausencia.. nunca las hacía. En aquel momento desaparecieron el tiempo y el espacio. Permanecí inmóvil. Notaba que se me escapaban lágrimas de agotamiento. Encendí otra con precaución. crispé los dedos sobre la cerilla. que cesase aquella espera. el peso de la mirada de Anne y ese vacío alrededor. recordando que estábamos peleadas. cuando se me apaga una cerilla. ésta se encendió y. el cigarrillo la cegó y la apagó. Supliqué algo a alguien. mientras acercaba ávidamente la cara hacia ella. en un gesto de ignorancia. tumbada en una hamaca. interrogadora de Anne pesaba sobre mí. la caja gris y la mirada de Anne. Anne leía delante de la casa. mi dedo encima. el de ciertos instantes. con los ojos entreabiertos. Mi corazón enloqueció. Así que me senté junto a ella en medio del silencio. Rezongué y cogí una tercera. Entonces Anne. ese abismo entre mis gestos y yo. ya que no hacía viento y era mi mano la que temblaba. Las manos de Anne alzaron mi rostro y yo apreté los párpados para que no viera mi mirada. como si renunciase a preguntarme nada. de apaciguamiento. de placer. Tal vez porque Anne. pero no me hizo preguntas. Cogí un cigarrillo de la mesa y froté una cerilla en la caja. La mirada dura. me miraba sin sonreír. el recuerdo del cuerpo de Cyril. las sombras bajo mis ojos. con atención. deslizó las manos por mi cara y me relajó. Y entonces. De cuando en cuando. revivo ese instante extraño. esa cerilla cobró para mí una importancia vital. los temblores. no sé por qué.

respondiese al fastidio o a un sentimiento más superficial: el hábito habría acabado imponiéndose. Anne no soportaba las claudicaciones. atenta a la especie de calma. se inició una discusión. era el sentimiento del deber. No quería gritar que vinieran a abrirme. dado que yo era todavía profundamente maleable. un cansancio afectuoso. Lo único que la movía a desempeñar ese papel de tutora. me arrojé sobre la puerta y me hice mucho daño en el hombro. Al cabo de seis meses.Capítulo quinto El incidente que acabo de mencionar no dejaría de tener sus consecuencias. de pie. de educadora. muy seguras de sí mismas. Entonces me quedé en medio del cuarto. Me tumbé en la cama y tracé minuciosamente un plan. tan sólo habría experimentado respecto a mí cansancio. Había adivinado algo. Jamás en la vida me habían encerrado: me entró pánico. Y aquel gesto suyo de ablandar tiernamente con sus manos mi cara era una para ella. Mi ferocidad guardaba tan poca proporción . Era exactamente lo que yo necesitaba. apretarse al ritmo de mis pensamientos. Pero no lo experimentaría. educarme. se había dejado llevar por la compasión o la indiferencia. Era mi primer contacto con la crueldad: la notaba anudarse en mí. durante la cena y hablando como siempre de aquellos insoportables deberes de vacaciones. Casándose con mi padre. todo ello sin alzar en ningún momento la voz. Nos acostumbramos a los defectos de los demás cuando no nos creemos obligados a corregirlos. como tenía sed. Yo no sabía que lo hubiera hecho y. de paz que ascendía en mí conforme se perfilaban mis pensamientos. Porque tan difícil le resultaba ocuparse de mí. como admitir mis flaquezas. Allí me dejé el cortaúñas. porque se sentiría responsable de mí y. Ofreció resistencia y comprendí que estaba cerrada. visiblemente aterrada. auténtico pánico. Por eso se lo reprochó a sí misma y me lo hizo notar. con las manos vacías. mi propio padre se incomodó y al final Anne me encerró con llave en mi habitación. en cierto modo. Pocos días después. Totalmente inmóvil. en el último momento. por llamarla así. Corrí a la ventana. Me mostré un poco descarada. Me volví. Intenté forzar la cerradura. tenía que hacerse cargo de mí. Yo hubiera preferido que aquella constante desaprobación. no había modo de salir por allí. lo sería. hubiera podido hacérmelo confesar y. Maleable y tozuda. con los dientes apretados. Como ciertas personas muy comedidas en sus reacciones. me encaminé hacia la puerta e intenté abrirla.

—Verás.. En el fondo consideraba que Anne era una mujer que él imponía a su hija. No hay que renegar de todo sólo porque Anne tenga un concepto un poco distinto de las cosas.. —¿Eres.. paciente.con su pretexto que me levanté dos o tres veces durante la tarde para salir de la habitación y me topé sorprendida con la puerta.. Reconozco que te he hecho llevar una vida que quizá no correspondía con tu edad. —Claro —dijo el pobre hombre. con la mía.. —¿Quieres que hablemos? —preguntó mi padre. claro. Mi padre vino a abrirme a las seis. mucho más llena de sentido. Me dijo que no tenía que dárselas y que si habíamos discutido había debido de ser por el calor. —Renegar no. Se acabarán las discusiones estúpidas entre nosotras. ni. —¿De qué? —contesté—. Me levanté maquinalmente cuando entró en la estancia. Asustado también: perdía a una cómplice para sus futuras canas al aire..... cómo decirlo. En el fondo no han sido dos años tan tristes o. Entreví el momento en que me pondría a llorar sobre su hombro. . Sabía que esa solución no dejaría de dolerle. —Eso está descartado.. habré asimilado completamente las ideas de Anne. a hablar de la felicidad perdida y de sentimientos excesivos.... sé perfectamente que Anne siempre tiene razón. —He sido desagradable —dije—. No eres Blancanieves... Hizo un involuntario gesto de protesta. Invertía el problema.. Me miró sin decir nada y le sonreí.. perdía también en cierto modo un pasado.. pero sí renunciar —dije con convicción.. desequilibrados. visiblemente desconcertado. Sólo es cosa de un poco de paciencia. —Sí —dijo—. Me sorprendió el término: yo. Anne y yo en el fondo nos llevamos bien. El pensar eso me resultaba tan insoportable como a él. ¿Podrías dejarme tan pronto? Sólo habríamos vivido dos años juntos. con casarme un poco antes ya está. también maquinalmente. ejem. Cabía acariciar esperanzas. pero tampoco era una vida estúpida o desdichada. —No hay que exagerar —dijo débilmente—. Te horroriza hacerlo y a mí también.. no. Tienes que ser amable con Anne. Y si Anne y yo tenemos demasiadas agarradas. exagero mucho. pero lo ignoré: —.. Me disculparé con Anne... paciente con Anne. tal vez.. No podía convertirlo en mi cómplice. Me miraba. Ofrecí mis disculpas a Anne sin el menor apuro. Me sentía indiferente y alegre. Su vida es mucho más completa que la nuestra. Y no al revés. Debía de pensar como yo que las concesiones no serían probablemente recíprocas sino que saldrían tan sólo de mi persona. eres feliz? —Pues claro —dije desenfadadamente—. —Es cierto. —¿Sabes? —dije—..... Con concesiones mutuas... y bajamos. De aquí a uno o dos meses. Ese tipo de explicaciones que no conducen a nada. —Parecía aliviado—.

mi reloj iba bien. ¿podían impedir que ofrecieran ambos una imagen tan afín de belleza. de proximidad?. pero era demasiado tarde y tenía que regresar. Cuando lo vi detenerse. sin su pericia. El amor que sentía Elsa por mi padre. brindando una imagen idílica de la felicidad campestre. Observé a mi padre. los había encontrado. sin él pegado a mí. comprendí que los había visto y me acerqué. Porque la noche sería interminable sin él. Le expliqué lo que había que hacer. le propuse que volviéramos por el pinar.Me reuní con Cyril en el pinar. . pero cuando los vi así. Al regresar a casa. pues el camino estaba lleno de zarzas que él iba apartando para que no me arañara las piernas. Me extrañó lo mucho que me costó separarme de él. sin su súbita fogosidad y sus largas caricias. una palidez anormales. sentí como una puñalada. el que sentía Cyril por mí. Si había buscado vínculos para retenerme. quería hacerle daño.. Cyril y Elsa dormían. Hablamos animadamente de cosas insignificantes. según habíamos convenido. tumbados en la pinaza. con una fijeza. Lo cogí del brazo: —No los despertemos. marcarlo para que no me olvidase ni un instante después de cenar. llegaba a la plenitud contra el suyo. vámonos. Capítulo sexto A la mañana siguiente me llevé a mi padre a dar un paseo por la carretera. de juventud. Luego me abrazó. para que soñase conmigo por la noche. Le besé apasionadamente. Todo había sido recomendación mía. Eran las diez y media en punto. Los miraba sin moverse. Mi cuerpo le reconocía. encajaba.. Mi padre caminaba delante.

recobrando el sentido común. con una leve sonrisa flotando en los labios. Al volver.. agradecidos. —No me escandaliza —dije—. la de la joven ninfa. Ese gesto significaba: «Imposible.. Me hizo subir a la barca y enfiló mar adentro. por fin desquitada. aquella intensidad que les conferían el miedo y los demás . El sol se descolgaba. lo que había sido suyo. El barco se balanceaba regularmente bajo nuestros cuerpos. Y de pronto el susurro imperioso y tierno de Cyril.... caía encima de mí. no necesitaba contestarme. no me contestó. escurridizos. temblorosa de vergüenza. por favor. ya has pasado a la reserva». Llamé a Cyril en voz alta. torpes. con los ojos cerrados. —Si yo quisiera.. es lógico. eh.. arrió la vela y se volvió hacia mí. Anne le dejó hacer. Es mucho peor. ¡Desde luego que era mucho peor! Le habían debido de entrar las mismas ganas que a mí: abalanzarse. ¿Pero tú? Tú eres mi hija..! —Si me oyera Anne. Sobre todo después de lo que le hiciste.Lanzó una última mirada a Elsa. Me tumbó suavemente en la lona. Teníamos el sol y el mar. muchacho. El mar estaba vacío. a nadie se le ocurría salir con semejante sol. Mi padre se dio media vuelta y arrancó a andar a zancadas. —empezó a decir mi padre y se interrumpió. —¡Será zorra —murmuraba—. Estábamos empapados de sudor. ¿no? ¿Ya no me comprendes? ¿También te escandaliza? ¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos! Me aterraba un poco conocerlo tan bien. —¡Tampoco yo quiero a Elsa! —gritó furioso—. o le escandalizaría. perezosos. —Esta mañana. estallaba. —Calla —dije—. Pero aun así me molesta.. Miré el sol que tenía justo encima.. A las dos oí el ligero silbido de Cyril y bajé a la playa. como si fuese natural discutir sus posibilidades de reconquistar a Elsa. con aquel esplendor.. que yo había.... —No conseguirías nada —dije con convicción. Elsa tumbada boca arriba exhibiendo su joven belleza. del placer. ¿no? —¡No es eso! ¿Te ha hecho gracia ver a Cyril en sus brazos? —Ya no le quiero —dije. ¿Dónde estaba? En el fondo del mar.. del tiempo... —¡Si te oyera Anne. Ya lejos.. asustado. el frescor del agua salada. la risa y el amor. —empezó a decir. ¿qué?. Pero en fin. recuperar lo suyo. la has perdido. sonriente. separarlos. hay que ver las cosas como son: Elsa olvida pronto y Cyril le gusta. Luego. No abrió la boca hasta llegar a casa. tostada y pelirroja. ¿Volveríamos a vivirlos alguna vez como en aquel verano. sorprendida. son cosas que no se perdonan. Claro. —Por supuesto —dije encogiéndome de hombros.. calla.... Evidentemente no lo entendería. urgidos por el deseo. —Tampoco me lo planteo —contestó. Nos reíamos. Salí de la habitación y me apoyé en la pared del pasillo. será zorra! —¿Por qué dices eso? Es libre. deslumbrados. abrazó a Anne y la tuvo apretada unos instantes. vivido con ella. Apenas habíamos hablado...

abstrayéndolas de su sentido. cuando ella se reía con esa nueva risita silenciosa. de los deseos reprimidos que. unido a esa abstracción poética de la palabra «amor». Anne no parecía reparar en ello. Cyril me preguntó si no me daba miedo tener un hijo. una amiga cariñosa. A mí me sorprendía que aquella chica. lejos de su madre. sin el menor apuro. me costaba tanto imaginarme embarazada. obscena. aborrecía las ideas equívocas. No se comportaba con mi padre como una amante. pues achacaba su actitud a inconscientes remordimientos. se excitase tanto por detalles como una mirada. Me imaginaba ya la ventana abierta a los cielos azules y rosas. Cyril y yo en la cama estrecha... Elsa se iría por su lado y. muy verbal. según ella. Además.. Luego regresaríamos a París. Se mostraba más cariñosa. con mi cuerpo flaco y duro. . en la luna. tan cercana en definitiva por su profesión al amor venal. me fascinaba. pero también sin percibir su encanto. un gesto.? Al margen del placer físico y muy real que me procuraba el amor. se volviese tan fantasiosa.. el culpable sería él. Se felicitaba entonces de imaginarias victorias. Pero Elsa se impacientaba. se lo cruzaba por todas partes. Las palabras «hacer el amor» poseen una seducción propia.. experimentaba una especie de placer intelectual pensando en él. En París estaría Cyril y. Transcurrieron los días. me felicité de mi anatomía de adolescente. El término «hacer». sino como una amiga. Me prohibía a mí misma tener tales pensamientos. si tenía un hijo. al igual que no había podido impedir que lo amase aquí. Me olvidé un poco de Anne. Pero por la noche. el arrullo de las palomas en la baranda.. Me daba miedo que me sorprendieran con ella o con Cyril. Asumía lo que yo era incapaz de asumir: la responsabilidad. Por una vez. En París él tenía alquilada una habitación.. Había hablado de ello antes sin el menor pudor. Lo principal era que no ocurriese nada durante las tres semanas siguientes. acostumbrada como estaba a las precisiones de los hombres que van al grano. Si le hubiéramos dicho a Anne que su risa era así. sin duda. más solícita que nunca y eso me asustaba. mi padre y Anne se casarían. material y positivo. El amor me hacía vivir con los ojos abiertos. Le contesté que lo dejaba en sus manos y pareció encontrarlo natural.. no nos habría creído.remordimientos. Bajaba los ojos cuando mi padre miraba a Anne un poco fijamente. Anne no podría evitar que lo viera. Cierto que no estaba habituada a desempeñar papeles sutiles y el que interpretaba debía de parecerle el summum del refinamiento psicológico. mi padre no podía disimular. a los extraordinarios cielos de París. Elsa se las ingeniaba siempre para que la viera mi padre. Tal vez por eso me había entregado tan fácilmente a él: porque no me dejaría ser responsable y. de mi padre y de Elsa. Constantemente me preguntaba. Si mi padre se obsesionaba poco a poco por Elsa. De pronto notaba que me volvía púdica. amable y tranquila. si seguían decididos. que nos hacía palidecer a mi padre y a mí y mirar por la ventana.

En el Bar du Soleil nos reunimos con Charles Webb y su mujer. al tiempo que lanzaba miradas inquisitivas a Anne. y a Webb su indolencia sobre ese punto le gustaba. Conducía Anne.Capítulo séptimo A los pocos días. que se inclinaba en las curvas. como de costumbre. y en ningún sitio como en un coche me sentía tan amiga de alguien. Salimos en coche a eso de las seis de la tarde. Anne no la conocía y vi al punto que su hermoso rostro adoptaba ese aire despectivo y burlón que le era habitual en sociedad. presuroso. pues ésta no era. Cuando me vea. A Cyril le tenía sin cuidado ir a SaintRaphaël. sometidos al mismo placer de la velocidad y del viento. Había sido durante mucho tiempo amante de Elsa. pero fue en vano. Elsa conocía al amigo en cuestión. íbamos los tres delante. Lo principal para él era estar donde yo estuviera. a pesar de su belleza. Su mujer era mala. Con los míos sí que cuadraba aquel coche lleno de objetos brillantes. si querían acudir. hará todo lo posible por conseguir que Raymond vuelva conmigo. que me encantaba: era un descapotable americano que cuadraba más con sus imperativos publicitarios que con sus gustos. lo que me dejó pensativa. Entreví complicaciones e intenté disuadirla. El se dedicaba a la publicidad teatral. mi padre recibió unas líneas de un amigo nuestro que le citaba en SaintRaphaël a tomar el aperitivo. De ahí su aspecto inquieto. pues. su mujer a gastar el dinero que él ganaba. —Charles Webb me adora —dijo con simplicidad infantil—. silencioso y distante. lo que le hacía correr sin cesar tras el dinero. Anne nos llevó en el suyo. acaso a una misma muerte. a Elsa y a Cyril que estaríamos en el Bar du Soleil a la siete y que. lo que acrecentó su deseo de acudir. encantado de evadirse un poco de aquella soledad voluntaria y un tanto forzada en que vivíamos. Lo hacía a una velocidad vertiginosa y con muchachos. una mujer particularmente ambiciosa. No había vuelto a subir a un coche desde la fiesta de Cannes. Se apresuró a comunicárnoslo. con los codos un poco apretados. que tenía algo de indecente. Además. Por desgracia. Charles Webb hablaba mucho. allí nos encontrarían. como para simbolizar la familia que íbamos a formar. Lo advertí en su mirada y no pude por menos de sentirme orgullosa. Mi padre se inclinó un poco hacia él en el momento en que recobraba . Los tres delante. Anuncié. Se preguntaba a todas luces qué pintaba allí con el calavera de Raymond y su hija. Webb estaba totalmente obsesionado por la idea de quedarse a dos velas. Yo me sentía llena de orgullo pensando que no iba a tardar en saberlo.

el aliento y declaró de sopetón: —Tengo que darte una noticia, muchacho. Anne y yo nos casamos el 5 de octubre. Webb los miró sucesivamente a ambos, con cara de pasmo. Yo no cabía en mí de gozo. Su mujer estaba desconcertada: siempre había tenido debilidad por mi padre. —Enhorabuena —gritó por fin Webb con voz estentórea—. ¡Es una idea magnífica! Querida señora, cargar con semejante golfo es un acto sublime... ¡Camarero! Esto hay que celebrarlo. Anne sonreía, desenvuelta y tranquila. De pronto vi que a Webb se le iluminaba la cara y no me volví: —¡Elsa! Pero si es Elsa Mackenbourg. No me ha visto. ¿Te has fijado, Raymond, lo guapa que se ha puesto esa chica...? —¿Verdad que sí? —dijo mi padre con voz de feliz propietario. Luego se acordó y cambió de expresión. Anne tenía que haber reparado en el tono de mi padre. Volvió la cara con un rápido movimiento, de él hacia mí. Cuando abría la boca para decir algo, me incliné hacia ella: —Anne, tu elegancia está causando estragos. Ahí hay un hombre que no te quita ojo. Lo dije con tono confidencial, o sea, lo bastante alto para que lo oyese mi padre, que se volvió de inmediato y divisó al hombre de marras. —No me hace gracia —dijo, y cogió la mano de Anne. —¡Qué encantadores! —se emocionó irónicamente la señora Webb—. Charles, no tenías que haber molestado a estos tortolitos. Tenías que haber invitado sólo a la niña. —La niña no habría venido —contesté sin contemplaciones. —¿Y por qué? ¿Tienes amores con algún pescador? Me había visto una vez hablando con un cobrador de autobús sentada en un banco y desde entonces me trataba como a una desclasada, como lo que llamaba ella una «desclasada». —Pues sí —dije, esforzándome en aparentar alegría. —¿Y pescas mucho? El colmo era que se creía graciosa. Poco a poco, empezaba a encendérseme la sangre. —Lo mío no son los macarras* —dije—, pero pesco. Reinó un silencio. Se alzó la voz de Anne, siempre tan serena: —Raymond, ¿quieres pedirle una paja al camarero para el zumo de naranja? Charles Webb se apresuró a empalmar con el tema de las bebidas refrescantes. Mi padre se moría de risa, lo vi por su manera de concentrarse en el vaso. Anne me dirigió una mirada suplicante. Decidieron de inmediato que cenaríamos juntos, como personas que han estado a punto de pelearse. * Juego con el doble sentido de maquereau, que en francés significa «macarra» y «caballa». (N. del T.) Bebí mucho durante la cena. Necesitaba olvidar la expresión inquieta de Anne cuando miraba a mi padre, o vagamente agradecida cuando sus ojos se detenían en mí. Cada vez que la mujer de Webb me

lanzaba una pulla, la miraba con una sonrisa radiante. Enseguida se puso agresiva. Anne me hacía señas de que no chistase. Le horrorizaban las escenas públicas y notaba que la señora Webb estaba dispuesta a montar una. Yo, en cambio, estaba acostumbrada, era cosa habitual en nuestro ambiente. Por eso no estaba absolutamente tensa oyéndola hablar. Después de cenar, fuimos a una boîte de SaintRaphaël. Al poco de llegar nosotros, aparecieron Elsa y Cyril. Elsa se detuvo en la puerta, habló con la mujer del guardarropa alzando mucho la voz y penetró en el local, seguida del pobre Cyril. Pensé que se comportaba más como una fulana que como una enamorada, pero era lo bastante guapa como para permitírselo. —¿Quién es ese remilgado? —preguntó Charles Webb—. Es muy joven. —El amor —susurró su mujer—. El amor, que le prueba bien... —¡Imagínate! —dijo mi padre con violencia—. Un capricho y nada más. Miré a Arme. Examinaba a Elsa con tranquilidad y despego, como miraría a las modelos que presentaban sus colecciones o a las mujeres muy jóvenes. Sin la menor acritud. Durante un instante la admiré apasionadamente por aquella ausencia de mezquindad, de celos. Por otra parte, no entendía que pudiera sentir celos de Elsa. Ella era cien veces más guapa y elegante que Elsa. Como estaba borracha, se lo dije. Me miró curiosamente. —¿Que soy más guapa que Elsa? ¿Tú crees? —¡Desde luego! —Siempre es agradable. Pero estás bebiendo demasiado otra vez. Dame tu vaso. ¿No te da pena ver ahí a tu Cyril? Se está aburriendo. —Es mi amante —dije alegremente. —¿Estás completamente borracha? Menos mal que ya es hora de volver. Nos separamos de los Webb con alivio. Me despedí de la mujer de Webb con un solemne «señora». Condujo mi padre. Yo recliné la cabeza en el hombro de Anne. Pensé que la prefería a los Webb y a la mayoría de la gente que veíamos habitualmente. Que era mejor, más digna, más inteligente. Mi padre hablaba poco. Seguramente se acordaba de la aparición de Elsa. —¿Duerme? —preguntó a Anne. —Como una criatura. Se ha portado relativamente bien. Excepto la alusión a los macarras, que era un poco directa... Mi padre se echó a reír. Hubo un silencio. Luego oí de nuevo la voz de mi padre. —Anne, te quiero, sólo te quiero a ti. ¿Me crees? —No me lo digas tanto, que me asusta... —Dame la mano. Estuve a punto de incorporarme y protestar: «No, que hay precipicios». Pero estaba un poco borracha, el perfume de Anne, el viento del mar en mi pelo, el pequeño arañazo que me había hecho Cyril mientras nos amábamos eran otras tantas razones para ser feliz

y callarme. Me vencía el sueño. Mientras tanto, Elsa y el pobre Cyril estarían saliendo penosamente en la moto que le había regalado su madre por su cumpleaños. No sé por qué eso me emocionó y me entraron ganas de llorar. ¡Aquel coche era tan suave, tan cómodo, tan apropiado para el sueño...! Sueño que la señora Webb no podría conciliar en aquel momento. Seguramente, a su edad, yo también pagaría a jóvenes para que me amaran porque el amor era la cosa más dulce y más viva, más sensata. Y porque el precio poco importa. Lo que importa es no agriarse y tener celos. Como los que tenía ella de Elsa y de Anne. Me reí muy bajito. El hombro de Anne se ahuecó un poco más. «Duerme», dijo con firmeza. Y me dormí.

Capítulo octavo Al día siguiente me desperté perfectamente bien, apenas cansada, aunque con la nuca un poco dolorida por los excesos. Como todas las mañanas, el sol inundaba mi cama. Aparté las sábanas, me quité la chaqueta del pijama y me tumbé al sol con la espalda desnuda.

Conocía bien a ese tipo de mujeres: en ese ambiente y a esa edad. Llamaron a la puerta. ¿Te encuentras muy mal? —Perfectamente —dije—. —He pensado que te sentaría bien un poco de café. que sostenía con precaución una taza. cuando ya estuviera un poco hastiada. El contraste con la serenidad de Anne me había hecho juzgarla mucho más pesada y cargante de lo habitual. Desde mi punto de vista. veía en primer plano la rugosa superficie de la sábana y. durante aquellas interminables noches en las terrazas de los cafés. sin moverme.» Conversación de colegiales. era previsible. Por el contrario. Raymond! ¿Recuerdas aquella primavera... pasados quince años. Me entretuve imaginando el rostro de aquel hombre. las vacilaciones de una mosca. Tendría las mismas arruguillas que mi padre. Decidí pasar la mañana así. de que ponía especial esmero en calentarme. O si hablaban de ellas. las tristes confidencias de Lombard: «¡Sólo la quería a ella. «¿A que no adivinas quién cena y se va a la cama conmigo esta noche? La joven Mars. Yo me sentía dispuesta a compartir con Anne esa condescendencia que debían de inspirarle nuestras amistades. Sin embargo. Recordé haberle dicho a Anne que Cyril era mi amante y la cosa me dio risa: cuando has bebido.» Tras lo cual mi padre se reía y le palmeaba el hombro: «¡Dichoso tú! Es casi tan guapa como Elise. esa condescendencia amable y contagiosa. la inactividad y las ganas de vivir suele convertirlas en seres odiosos. dices la verdad y nadie te cree. Era Anne. me buscaría a un hombre seductor que también lo estuviera un poco: «Mi primer amante se llamaba Cyril. antes de que se marchase. o había que haber bebido más de la cuenta y disfrutar peleándose con ellos. hacía calor en el mar. Me puse precipitadamente la chaqueta del pijama y grité: «¡Adelante!». dedicarle la vida a una mujer!». Yo tendría unos dieciocho años.. Lo que me gustaba de ellos era la excitación. Tenía un aspecto indecente. su reserva terminarían ahogándome. Pero debo . Incluso me gustaban... Los amigos de Anne no debían de hablar nunca de sí mismos.. más allá. Sin duda desconocían esa índole de aventuras. me veía a mí misma a los treinta años más parecida a nuestros amigos que a Anne. Creo que anoche estaba un poco achispada. La noche anterior se perfilaba poco a poco en mi memoria. Volvía de casa de Dupuis y. ninguna de las amigas de mi padre podía compararse con Anne. lo harían riéndose por pudor. su indiferencia. Para mi padre. humillante pero fervoroso el presenciar las confidencias de dos hombres ante un vaso de alcohol.. —Se echó a reír—. El sol era suave y cálido. la de la película de Saurel.. Por lo demás. —Como cada vez que te sacamos.? ¡Qué estupidez....». Para que las fiestas resultaran gratas con aquella gente.Pegada la mejilla al brazo doblado. me daba la impresión de que hacía aflorar mis huesos bajo la piel. la cosa era más fácil: tanto Charles Webb como él eran unos ligones. Su silencio. en el suelo. o mantener relaciones íntimas con uno u otro de los cónyuges. el entusiasmo que ambos ponían.. Me acordé también de la señora Webb y de mi altercado con ella.

sí». Anne. Aviada estaba si no tuviera un poco más de seguridad que tú.. me he pasado diez años en un convento y el que esa gente no tenga principios me sigue fascinando. Yo me moví. —En el arroyo —dije alegremente. ¿cómo decirlo?. Advertía claramente que algo me fallaba por ese lado.. —¿Sabes cómo acaban los hombres como Webb? «Y como mi padre». ¡Influirías en mí! Soltó una carcajada y me dolió. —¡Pues claro.. incómoda. Era una noche muy pesada. como suele decirse. —Anne —dije bruscamente—. de mujeres. de sexto sentido. de fiestas. a aceptar multitud de pequeños compromisos para escapar a la soledad. —Llega una edad en que ya no son seductores. y eso que ella era la única persona que me ponía en entredicho y me obligaba a juzgarme a mí misma. ¿no llegan a aburrirte? —Verás —dije—. pensé para mí. Todavía no puedo soportar esa manía que tiene la gente de mirarte con fijeza cuando te habla o de acercarse mucho a ti para asegurarse de que les escuchas.. Yo había dejado de fijarme en el sol o en el sabor del café.. sino que se limitaba a no despegar los ojos de los míos. porque cuando me veo en esa situación sólo pienso en escaparme.. Me sublevan su insistencia.. con lo que me costaba mantener ese tono distraído y desenvuelto que me gusta utilizar. —¿Tú te lo pasas bien.. no se creía obligada a acapararme de esa manera. ¿te parezco inteligente? Se echó a reír.. —Son los años —dijo—.reconocer que me reí contigo.. y le resultaba fácil mostrarse condescendiente. Esas historias de contratos.. no es cosa de razonamiento ni de moral. No pueden beber y siguen pensando en las mujeres. Pensé que la mosca debía de estar achacosa.. sino de sensibilidad.. esas pretensiones de exclusividad. por fortuna. Cécile. Yo no debía de tenerlo. También ella miraba las evoluciones de la mosca por el sol. en retroceder. dejaba de sentirme existir. Cálculo equivocado por lo demás. pesada. —Sería una catástrofe —dijo. Se sienten .. Cuando hablaba con Anne. pero éstos son divertidos. digo «sí. multiplico las maniobras para cambiar de pie y huir al otro extremo de la habitación. su indiscreción. sorprendida por la brutalidad de la pregunta. Anne tenía los párpados largos y pesados. su presencia me absorbía por completo.. Sólo que se ven obligados a pagarlas. mujer! ¿Por qué me lo preguntas? —Si fuera tonta me contestarías lo mismo —suspiré—.. —Pues a lo mejor tampoco sería tan malo. —Y han pasado dos años. Tantas veces me das esa impresión de estar por encima de mí. De todas formas. —Es increíble hasta qué punto su conversación llega a ser monótona y. con gente como los Webb o los Dupuis? —La mayoría me carga. No me atreví a añadir que me gustaba. —dijo Anne—. Abandonó bruscamente ese tono frívolo para mirarme a los ojos. Me hacía vivir momentos intensos y difíciles. ni están para muchos trotes.

Cavilé mucho.. ¡Pobre Webb! dije. desde luego. Se puso a tararear con aire pensativo. Me sonaba la canción pero no recordaba qué era. no servís para gran cosa. Para mí no cuenta. ¿sabes? —Me irritáis un poco tu padre y tú. Me di cuenta de que excluía a Anne de aquel futuro. el orden. La utilizo lo menos posible. no sabéis.. tu independencia? —Nada —dije—. Proseguiré en otro sitio mi investigación sobre el intelecto de la familia.. con cierto desánimo—. No podía. el silencio. ¿Te gustas así? —No. En aquel piso hecho una leonera. No me gusto.. no estés siempre echándome en cara mi juventud. mi padre sería un amable sexagenario de pelo blanco. ni lo intento. ¿verdad que no? Es el privilegio de la juventud. —No lo sé —sonrió de nuevo. No creo que me dé derecho a todos los privilegios y a que se me disculpe todo.. —¿Qué canción es ésa. Anne? Me pone nerviosa. —A ti eso ni se te pasa por la cabeza. «con mi padre la cosa es fácil.. no lograba incluirla en él. No pienso mucho. Me dio un vuelco el corazón. para estar interiormente tranquilos. a ella la razón debía de parecerle de primera. resonante de escenas y voces forasteras. tan pronto desolado como lleno de flores. ¡Tal era el final que le esperaba a mi padre.. un poco propenso al whisky y a los recuerdos brillantes. la armonía que siempre traía consigo Anne. a pesar de lo que le había dicho a Anne. mal podían aparecérseme como el más preciado de los bienes. Me daba mucho miedo morirme de aburrimiento.. infelices. Quédate en la cama y descansa. seguro! Al menos el final que le hubiera amenazado de no ser por Anne.. . En el fondo.. No sueles pensar en el futuro.» Me parecía estar oyéndolo: «No pienso en nada porque te quiero. pensé. Aquello me había liberado de muchos miedos. Saldríamos. —dijo Anne con una pequeña sonrisa de conmiseración—. Mi padre y yo. Pero me asustaban el aburrimiento y sobre todo la tranquilidad. regularmente atestado de maletas. —Por favor —dije—. He visto a muchos convertirse en auténticas ruinas. Anne». Yo le contaría mis calaveradas y él me daría consejos. necesitábamos la agitación exterior. «Claro». Me estiré cuidadosamente y hundí la cabeza en la almohada. Muchas veces me obligas a complicarme la vida y eso me molesta un poco de ti. Eligen ese momento para volverse sentimentales y exigentes. Por inteligente que fuese.burlados. ella dramatizaba. Pasados veinticinco años. Y eso Anne era incapaz de admitirlo. Sin duda temía menos su influencia desde que amaba real y físicamente a Cyril. —¿Y qué cuenta para ti? ¿Tu tranquilidad. No pensáis nunca en nada.

Más de una noche debió de dejar escapar. a la inconstancia y a la facilidad. Y si yo misma me dejé llevar por la desesperación un día fue por aquel gesto de abandono que tuvo cuando me miró y desvió la mirada. No era un hombre vano ni egoísta. Sin embargo. los más profundos. Pero era frívolo. se entregara a su capricho. Podía sufrir por mí más que por cualquier otro ser.» Lo mismo ocurría cuando alguna vez . Jamás anteponía sus pasiones a mí. Lo conozco demasiado y lo siento muy cercano para querer hablar de él.. Nunca he querido a nadie como a él y de todos los sentimientos que me animaban en aquella época. de una frivolidad sin remedio. no puedo negarlo. los que me inspiraba mi padre eran los más estables. los que más me importaban. Intentaba dar a todas las cosas una explicación psicológica que declaraba racional: «¿Te encuentras espantosa? Pues duerme más y bebe menos.Capítulo noveno Hablo mucho de Anne y de mí misma y poco de mi padre. ni que no le conceda interés. como de un irresponsable. al margen de eso. lo que Webb llamaba «ocasiones magníficas».. Ni siquiera puedo hablar de él como de un hombre sin sentimientos. debería hablar más de él que de nadie para que su conducta parezca aceptable. Pero que. Y no es que su papel no haya sido el más importante en esta historia. No se paraba a pensar. por acompañarme a casa. El amor que me profesaba no podía tomarse a la ligera ni considerarse un simple hábito de padre.

esclavo de sus caprichos. A la vuelta. Eso supone que la quiero menos». No pensaba: «Voy a engañar a Anne. sino un hombre a quien ella confiaba su vida. yo podía arreglarlo todo. le brindaba su inteligencia y su experiencia para que las confrontase con las propias. con ese doble deseo que nos inspiran las cosas prohibidas. porque le comprendía. dame un día de libertad. habríamos encontrado a mi padre relajado y exultante en su devoción por los amores legales o que. Era materialista. en aquel momento. Que la desease paulatinamente más que cualquier otra cosa. Éramos ambos de la misma raza. porque la consideraba trivial y le aportaba toda su vitalidad. Lo que no le impedía llevar una vida apasionante. pero ello no impedía que mi padre desease a Elsa. la madre ideal para mí. sino porque sin duda había aceptado vivir con él sobre las bases siguientes: que la era del libertinaje fácil se había acabado. la admiraba. como la raza pobre y consumida de los vividores. provisional. Sabía que se consolaría como se consolaba de todo: una ruptura le costaría menos que una vida ordenada. o tendré complicaciones con Anne». era totalmente distinta a aquella serie de mujeres frivolas y un poco tontas con las que había tenido trato los últimos años. Tengo que encontrarme con esa chica y comprobar que no soy un carcamal. con un pretexto cualquiera. era un ser anormal. Pero ¿pensaba que era también la esposa ideal. se legalizarían al regresar a París. Pero no podía decírselo. No porque Anne fuese celosa o fundamentalmente virtuosa e intratable sobre ese punto. de su juventud más que nada. o cuando menos se exasperaba: Elsa se había convertido para él en el símbolo de la vida pasada. a los ojos de Cyril y de Anne. quería a Anne. en lo que a afectos se refiere. Además. su sensualidad y su sensibilidad. con las obligaciones que ello conlleva? No lo creo. Me bastaba decirle a Elsa que cediera a los deseos de mi padre y. Estoy segura de que. comprensivo y muy bueno. En aquel momento sufría. Pero había una cosa que Anne era incapaz de soportar: haber sido una amante como las demás. Ni pensé en él cuando tracé el plan de apartar a Anne de nuestras vidas. Tan pronto me daba la impresión de que era la hermosa y pura raza de los nómadas. Ahora. como yo. lo que dudo es que fuera consciente de la seriedad de los sentimientos de Anne hacia él. Nada cabía reprocharle a Anne. y que por consiguiente tenía que comportarse bien y no como un miserable. Y sin duda. al menos. llevarme a Anne a Niza o a otro sitio a pasar la tarde. sino: «¡Qué lata desear así a Elsa! Habrá que despachar esto rápido.experimentaba un violento deseo por una mujer. Me daba cuenta de que se moría de ganas de decirle a Anne: «Cariño. El deseo que le inspiraba Elsa le disgustaba. ¡Cómo . era un cálculo perfectamente sano y normal. Lo único que le minaba y le consumía era el hábito y la rutina. No se le ocurría reprimirlo o sublimarlo en un sentimiento más complejo. de la juventud. pero delicado. como a mí. Tengo que volver a conocer su cuerpo indolente para quedarme tranquilo». que ya no era un colegial. Satisfacía a un tiempo su vanidad. pero no como cabría creer. Le parecía la amante ideal.

La idea de que pudiese engañar a Anne y enfrentarse con ella me llenaba de terror y de vaga admiración. noto un doloroso golpe bajo y me enardezco contra mí misma. sino hacerle aceptar nuestra visión de la vida. Quería que aquel deseo que anidaba en el corazón de mi padre se envenenara y le hiciera cometer un error. revivir recuerdos que me abruman. en su amabilidad conmigo.. El olor de los pinos. ese desdén tan absoluto hacia lo que había sido para mi padre y para mí la felicidad. No quería humillarla. si ahondo demasiado. ya lo he dicho. el contacto de su cuerpo. los días transcurrían felizmente. Y debo confesar que lo hice sin esfuerzo. Cuando pienso en la risa feliz de Anne. el rumor del mar.nos complicaban la vida su dignidad y la estima en que se tenía a sí misma. que me obligase a ser su cómplice. Paso rápido por ese período porque temo. Entretanto. poner un disco o telefonear a un amigo. Poco a poco... Pero no me gusta tener que recurrir a las deficiencias de mi memoria y a la levedad de mi ser en vez de combatirlas. ¡pero tan pocos esfuerzos y mentiras! Y. El papel que yo le hacía representar le disgustaba cada vez más y sólo lo aceptaba porque yo le hacía creer que resultaba indispensable para nuestro amor. sólo me juzgaba a mí misma por mis actos. A veces me imaginaba que aceptaría los hechos y que llevaríamos con ella una vida tan conforme a nuestros gustos como a los suyos.! Pero no pedí a Elsa que cediera ni a Anne que me acompañase a Niza. Multipliqué las ocasiones de excitar a mi padre con Elsa. muchos silencios interiores. a hablar con Elsa y alejar a Anne. Tenía que saber que mi padre la había engañado y tomárselo objetivamente.. pienso en otra cosa. No me gusta reconocerlas. Tenía que fingir que tanto su amor por Anne como la propia Anne eran sagrados para mí. Era imprescindible evitar que se franquease conmigo. Todo ello suponía mucha doblez. El rostro de Anne no me llenaba ya de remordimientos. Me noto tan cerca de lo que la gente llama remordimiento de conciencia que me veo obligada a recurrir a gestos: encender un cigarrillo. Si a toda costa quería tener razón. Fingí incluso ignorar los tormentos de mi padre. ni aunque sea para felicitarme por ellas. Por otra parte. Empezaban a torturarle los remordimientos. No podía soportar el desprecio que profesaba Anne a nuestra vida pasada. . me veía a menudo con Cyril y nos amábamos a escondidas. tenía que dejar que nosotros nos equivocásemos. como un antojo puramente físico. y no como algo que menoscababa su valor personal y su dignidad.

Me apasionaba ese papel de director de escena. Pronto descubrí los efectos de esa risa en mi padre y hacía que Elsa le sacase el máximo partido cada vez que teníamos que «sorprenderla» con Cyril. No me fallaba nunca la jugada. Y. . ¿no? Me creí obligada a asentir. ven!». pero totalmente imaginables. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. con ese tono un poco despreocupado. la creaba yo con él y con Elsa. le decía. Que se había portado como un patán. como sólo él sabe hacerlo. o más bien atractivo. revelando abiertamente vínculos imaginarios. sí. y llenando la vida cotidiana. y con voz muy baja. sólo te ríes. Esa imagen me destrozaba el corazón. como sólo la tiene la gente un poco tonta.. la asistenta. Al margen de estos incidentes. Cyril inclinado sobre Elsa. Las palabras son fáciles.. toda coquetería que no fuese la de ser guapa. Poco a poco me iba inspirando ternura. Ya sabes. Es verdad. su nuca morena y suave inclinada sobre el rostro incitante de Elsa. Un rostro hermoso.. arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor. Yo ya había contado con ello: su indiferencia y su orgullo le hacían rechazar instintivamente cualquier táctica para ganarse más a mi padre y. la dulzura —me cuesta emplear este término— y la felicidad de Anne. Olvidaba que yo misma lo había querido. descubría que el rostro de mi padre se llenaba de ira. al oír esa risa satisfecha. mi padre y yo palidecíamos a un tiempo. habría dado cualquier cosa por que eso no sucediera. Me dio una impresión de cataclismo: aborrezco los desenlaces. envolventes. sin calibrar su fuerza. Cyril. La veía.» Y entonces. los egoístas. porque cuando veíamos a Cyril y a Elsa juntos. «no digas nada. estaban la confianza. a ambos se nos iba la sangre del rostro. No se me puede hacer ningún reproche por ello. en efecto. muy excitada. entregada a nosotros. Elsa me esperaba en la playa con expresión triunfante: —¡Acabo de ver por fin a tu padre. comunicativa y plena. en rigor. Aquel verano había adoptado el de Elsa. Tenía también una risa extraordinaria. —Luego me ha llenado de cumplidos. sin embargo.. más cerca de la felicidad que nunca. me trajo un mensaje de Elsa que decía lo siguiente: «¡Todo se arregla. inteligente y cariñosa. hace una hora! —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho que lamentaba muchísimo todo lo ocurrido.Capítulo décimo Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. y cuando veía el rostro de Cyril. «Cuando me oigas llegar con mi padre». muy ajena a nuestros deseos violentos y a mis despreciables enredos. Una mañana.

Mi padre se reía.. A las dos horas.. te quiero tanto. —Tanto da. Venía del bosque.. y allá se las apañara Anne.. aparentemente relajado: las cosas se arreglaban para él. por más que me esfuerce.. —¿Por qué te ríes? ¿Crees que debo ir? A punto estuve de contestarle que no era cosa mía. yo tenía cita con Cyril. Las ideas de mi padre sobre las pelirrojas civilizadas me llenaron de gozo... Cyril me cogió en sus brazos. El agua estaba agradable y tibia. Anne llevaba un vestido malva como las sombras bajo sus ojos. le dije que me aborrecía a mí misma. Sólo me apetecía una cosa: bañarme. tenga un poco borrada esa comida.. Cécile. pero bien hay que librarle de esa mujer. dibujando en su cuarto mientras mi padre flirteaba con Elsa. cualquiera diría que te incito yo a. la cosa me irritó. Te quiero lo bastante como para obligarte a opinar como yo. como ya no calentaba el sol. Te quiero. con los codos pegados al cuerpo. Me encontré a mi padre en la terraza. perdida como un náufrago. inundado de sudor. Me sentía cansada y fatalista.. anunció que por la tarde tenía que hacer unos recados en el pueblo. si ha sido gracias a ti. eso depende de ti.! Además. pegada a aquel torso dorado. Estaría trabajando en su colección. con una especie de agradable resignación. me ha invitado a tomar el té con él en el pueblo. Ni tan sólo le recomendé prudencia. torpemente. De ahí que.. Huí. ese tono. Elsa. Con razón o sin ella. pero mal. porque lo pensaba. Me daba la impresión de que sólo el amor me liberaría del miedo opresivo que me embargaba. sí. Me dio la impresión . yo misma agotada. Su tono de admiración de pronto me asustó. —Pero. vaya. Se lo dije sonriendo.. como sus propios ojos. Me sentía acosada: —No lo sé. me senté en una hamaca y abrí un periódico. El ritmo de aquella frase me persiguió durante toda la comida: «Te quiero. —Pues claro que sí —dijo—. No me tomó en serio. Anne no apareció. que soy mujer amplia de espíritu.. Bueno. A su lado todo pasaba a ser fácil. Pero comprendí que me consideraba responsable del éxito de sus maniobras. sin decir una palabra.. Entonces apareció Anne. cuando salía para el pueblo. No le dije nada. —Ve si quieres. para demostrarle que no soy rencorosa. Sonreí para mis adentros. subí a la terraza. A las cuatro bajé a la playa. nada!.. por favor te lo pido. No me estés preguntando siempre lo que tienes que hacer. La arranqué de las delicias del idilio: —Pero ¿qué quería? —¡Pues. cargado de violencia. chica.. A los postres. y me llevó con él. ¡Que mi padre hiciera lo que le diese la gana. civilizada. Un rato después.como si le costase un esfuerzo. pero sin dolor.... Corría. tumbada junto a él. de placer. pero no vuelvas a hablarme de nada de eso. te quiero tanto».

yo también. para alcanzarla. ni tú ni él.. Estaba llorando. . Capítulo undécimo No nos vimos hasta la cena. pegada a la portezuela. —Anne —dije—. camino del garaje. un poco silenciosa sin duda.. —París. Se había quitado el carmín de Elsa y se había cepillado la pinaza del traje.. Cécile. No teníamos hambre. Yo estaba desesperada. se había inclinado para quitar el freno. —¡Pobre niña. te necesitamos! Se incorporó... —¿Crees —preguntó— que nos ha abandonado por mucho tiempo? —Seguramente se ha ido a París.. estaba sola. ¡Todo había ido tan rápido! Y su cara... no podría soportar durante mucho tiempo el recuerdo del rostro deshecho que tenía antes de marchar. quizá veinte. Zumbaba el motor. angustiados ambos de haber reconquistado tan bruscamente nuestra soledad. poniendo el contacto. aquel rostro.. con el rostro inmóvil. soñador. amaba a un hombre y esperaba ser feliz con él diez años. temblaba con todo mi cuerpo. Había olvidado mis pacientes enredos y mis elaborados planes. Y yo... contesta. —Perdóname. No parecía darse cuenta. Por mi parte. no te vayas. —No necesitáis a nadie —murmuró—. Me sentía perdida. Anne.. Entonces comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente. Los dos sabíamos que era indispensable que Anne regresara a nuestro lado. Me sentía completamente desquiciada y confundida y veía el mismo sentimiento en el rostro de mi padre. yo te explicaré. extraviada.. Tenía cuarenta años.! Me acarició un instante la mejilla y arrancó. —¿Que te perdone el qué? Le rodaban las lágrimas por las mejillas. descompuesta. Había debido de ser una niña.. ni la idea de su dolor y de mi responsabilidad. Entonces comprendí bruscamente y eché a correr.? Cécile. No me escuchaba ni me miraba. Estaba ya en el coche. Estaba paralizada. aquel rostro era obra mía. te lo suplico. —Pero ¿qué sucede? ¿Es que Anne.. ha sido culpa mía. Vi desaparecer el coche al doblar la esquina de la casa. es un error.. no podía irse así. —¡Anne. aquella cara. indecente.. luego una adolescente y una mujer. cerdo! Prorrumpí en sollozos.súbita. Me quedé anonadada: Anne desapareció detrás de la casa. Llegué corriendo y me abalancé sobre la portezuela. de que la que corría era una anciana.. —murmuró mi padre. de que iba a caerse. Oí pasos detrás de mí: era mi padre. Me volví y me arrojé sobre él: —¡Cerdo.

Mi padre se abalanzó hacia el aparato. Luego ya no dijo más que «sí. trabajando en medio del silencio en esta redacción imposible: «Recobrar a Anne».. No le escuchaba. Al llegar al pinar... —¿Qué podemos hacer? —dijo. dos obras maestras del género. ¿Por qué Anne nos abandonaba así y nos hacía sufrir. bueno. Al terminar. plumas.. No sé lo que me ha dado. no obstante. Han telefoneado a París y les han dado . atenazado por el dolor. —Es una idea genial —gritó mi padre. Ambos a la luz de la lámpara. de que la reconciliación era inminente. llena de pudor y de humor. casi sonrientes... —Me odiarás con todas tus fuerzas. que perdonarte. Un murciélago vino a describir sedosas curvas ante la ventana. colgó suavemente y se volvió hacia mí. Había encontrado por fin una manera de salir de aquella inactividad llena de remordimientos en la que nos debatíamos desde hacía tres horas. Un momento de locura. como dos colegiales aplicados y torpes. no los veía. Miraba a mi padre que se pasaba la mano por la cara. Yo también me di lástima. Me miró. por un pecadillo en definitiva? ¿No tenía deberes para con nosotros? —Vamos a escribirle —dije—. primero de sorpresa y luego llena de esperanza: era Anne. Elsa. y a pedirle perdón.—Puede que no la volvamos a ver. Eran las diez. traicionado. Me imaginaba ya la escena del perdón. Anne entraría y.. llamaba para decirnos que nos perdonaba. confundido. gritó «diga» con voz jubilosa. Mi padre inclinó la cabeza y comenzó a escribir. estaba casi convencida de que Anne no podría negarse. y me cogió la mano por encima de la mesa. mientras me invadía el miedo. como suele decirse.. con gesto maquinal. Sin terminar de comer. La única cosa viva y cruelmente viva de aquel día era el rostro de Anne. cuajadas de disculpas.. Sonreí a mi padre: —Me hago perfecto cargo: no es culpa tuya. Sonó el teléfono. en nuestro salón. la he besado. Intercambiamos una mirada. mi padre fue a buscar una enorme lámpara. Hicimos. Los personajes de Elsa y mi padre abrazados a la sombra de los pinos se me antojaban vodevilescos y sin consistencia.. —Ha tenido un accidente —dijo—. Les ha costado dar con sus señas. Bueno. Le cogí un cigarrillo a mi padre y lo encendí. No puedo recordar sin un insoportable sentimiento de irrisión y crueldad las cartas desbordantes de buenos sentimientos que le escribimos a Anne aquella noche. Anne ha debido de llegar en ese momento y.. apartamos el mantel y los cubiertos. Pero Anne tiene que perdonarnos. Al final. pues estábamos convencidos de que aquel montaje propiciaría el regreso de Anne. Tenía muy mala cara y me dio lástima. un tintero y papel y nos acomodamos uno frente a otro.. que regresaba. sí» con voz imperceptible. Yo me levanté a mi vez. Otra cosa que no toleraba Anne: que se fumase a mitad de comida. Tendría lugar en París. de ternura y de arrepentimiento. aquel rostro postrero. En la carretera de L'Esterel.

Entonces pensé que. Mi padre estaba conmigo. ¿Puede suicidarse alguien por seres como mi padre o como yo.. Lo había encontrado bueno y atractivo. En la casa estaban la chaqueta de Anne. regresamos a casa a eso de las tres de la tarde. a aquel chico. Cogí la copa y la apuré de un trago. Estaban allí. seres que no necesitan a nadie. Anne se manifestaba —una vez más— distinta de nosotros. la puerta de la clínica. Una enfermera me contó que era el sexto accidente que ocurría en aquel lugar desde principios de verano. a aquel verano. Pero no lo necesitaba. siempre hablamos de ello como de un accidente. El accidente ha ocurrido en el sitio más peligroso. nos habríamos disparado un tiro en la cabeza. su perfume. No pensaba en nada. Elsa y Cyril nos esperaban sentados en la escalera. no tardaríamos en aceptar. Al día siguiente. Se nos aparecieron como dos seres evanescentes y olvidados: ni uno ni otro habían conocido a Anne ni la habían querido. Las empujé con la mano y volaron sobre el parqué. Mi padre cerró los postigos. Esperaba sentada en la sala de espera y miraba una litografía en la que aparecía Venecia. la inestabilidad del coche. El coche ha caído desde una altura de cincuenta metros. si hablo ahora de suicidio. Diría adiós a aquella casa.. me tomó del brazo y entramos en la casa. con su muerte. —Hablaba maquinalmente. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso. no deja de ser fantasioso por mi parte. . Y además.nuestro número de aquí. ni vivo ni muerto? Mi padre y yo. Mi padre no quiso que yo viera a Anne. por debilidad. con sus pequeños enredos amorosos y el doble atractivo de su belleza. Me marcharía.. Era el único remedio a nuestro alcance. Habría sido milagroso que se salvase. Lo miré: nunca lo había querido. Un regalo que. y no me atrevía a interrumpirle—. veía la sombra de mi padre ante la ventana. Recuerdo el resto de la noche como una pesadilla. su apuro... Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado —suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello—. Cyril dio un paso hacia mí y posó la mano en mi brazo... Mi padre no regresaba. dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volviesen a pegar ojo en la vida. Me había gustado el placer que me proporcionaba.. Mi padre. con el mismo tono. Nuestras cartas de disculpa danzaban por la mesa. Parece ser que ya ha habido muchos allí... sus flores. Las olas batían en la playa. el rostro inmóvil de mi padre. Todo aquello me parecía simbólico y de mal gusto. cogió una botella de la nevera y dos copas. que venía hacia mí con la copa llena. vaciló y evitó pisarlas. La habitación estaba sumida en la penumbra. La carretera apareciendo iluminada por los faros. por lo demás.

». y mi padre. por temor a lastimarnos o a que se disparase algo en alguno de nosotros que le llevase a pronunciar palabras irreparables. lloré. una multitud curiosa. Pero no creíamos en Dios.. vestidos de luto. poco hecho para la soledad. y sin salir jamás. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne. Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana. en casa de una amiga. por primera vez... Hasta que un día. como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte. Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. sin decir palabra. sin mirarnos. Lo evité. aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. como de un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno. En el coche. La vida volvió a ser como antes. pero superior a mis fuerzas. no se parecían en nada a aquel vacío. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar.Capítulo duodécimo El entierro se celebró en París con un hermoso sol. mi padre y yo nos reímos. Cuando nos vemos. Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año. Hablábamos de ella con precaución. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. con la cara descompuesta. Eran lágrimas bastante agradables. Seguro que le consta que mis . El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado. Escribo Dios en vez de azar. La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y. sentía cierta satisfacción. y. estamos solos y somos desgraciados». Todos miraban a mi padre con lástima. Salí con él durante una semana con la frecuencia y la imprudencia de los comienzos del amor.. a la vuelta. comiendo y cenando juntos. conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: «Recuerdas aquel día que. Yo pensé: «Sólo me tienes a mí y yo sólo te tengo a ti. Vi a Cyril que me buscaba a la salida. hablamos de nuestras conquistas. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal.. hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa.. Mi padre me alargó el pañuelo. mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. como estaba previsto que volviera a ser.

sino otra. Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad.relaciones con Philippe no son platónicas. Tristeza. El invierno toca a su fin. al amanecer. y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara. con los ojos cerrados: Buenos días. . ¡Anne. Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre. sin más ruido que el tráfico de París. Pero somos felices. Pero cuando estoy en la cama. no alquilaremos la misma casa. cerca de JuanlesPins. a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos sus recuerdos.

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