BUENOS DÍAS, TRISTEZA FRANÇOISE SAGAN Traducción de Javier Albiñana

Título original: Bonjour tristesse 1.a edición: junio 1995 1954 by René Julliard, París © de la traducción: Javier Albiñana, 1995 Diseño de la colección: GuillemontNavarres Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. Iradier, 24, bajos 08017 Barcelona ISBN: 847223892X Depósito legal: B. 20.6891995 Fotocomposición: Foinsa Passatge Gaiolá, 1315 08013 Barcelona Impreso sobre papel OffsetF Crudo de Leizarán, S.A. Guipúzcoa Libergraf, S.L. Constitución, 19 Barcelona Impreso en España

Índice Primera parte ............................ Segunda parte ........................... Primera parte

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rodeada por un bosque de pinos que la ocultaba desde la carretera. con la que soñábamos desde los primeros calores de junio. bordeada de rocas rojizas. hábil en los negocios. el pesar. que gustaba a las mujeres. Era una chica alta y pelirroja. achicharrados bajo el sol. Mi padre había alquilado. y mi propia predisposición me hicieron adaptarme. cuya piel se ponía roja y acababa pelándose entre tremendos dolores. bronceándonos poco a poco con un color sano y dorado. demasiado contentos estábamos ambos de marcharnos como para poner la menor traba a lo que fuese. donde se mecía el mar. alegre y cariñosísimo conmigo.Capítulo primero A ese sentimiento desconocido cuyo tedio. que casi me produce vergüenza. en el Mediterráneo. salvo Elsa. Elsa no supondría estorbo alguno para nosotros. Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. el hermoso y grave nombre de tristeza. entre galante y mundana. Los primeros días fueron deslumbrantes. Mi padre se dedicaba a complicados ejercicios con las piernas para eliminar un amago de barriga incompatible con sus condiciones de Don Juan. más raramente el remordimiento. que hacía de extra en los estudios y se exhibía en los bares de los Campos Elíseos. bastante simple y no tenía pretensiones serias. apartada. Además. Lo quise de inmediato. un agua fresca y límpida en la que me hundía. Era un hombre todavía joven. tan egoísta. me importunaría durante las vacaciones. siempre curioso y enseguida cansado. de posibilidades. dominando el mar. lleno de vitalidad. cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. y. dos años antes. Mi padre tenía cuarenta años y era viudo desde hacía quince. una gran casa con jardín. al salir yo del internado. su amante de turno. inquietante y dulce. En los inicios de aquel verano extremó su amabilidad hasta preguntarme si la compañía de Elsa. Se alzaba sobre un promontorio. en la que me agotaba haciendo mil desordenados . No cabía imaginar mejor amigo ni más jovial. generoso. blanca. me iba al agua. Es un sentimiento tan total. esa vida novedosa y fácil. Un sendero descendía hasta una cala dorada. que puede parecer falsa. cuya dulzura me obsesionan. dudo en darle el nombre. Tan pronto amanecía. No la conocía. Era simpática. algo me envuelve como una seda. Pasábamos horas en la playa. y de todo corazón. su amante. tan sólo el tedio. Era un hombre despreocupado. Antes que nada quiero explicar esa situación. Los «demás» eran mi padre y Elsa. pues sabía que necesitaba a las mujeres y que. separándome de los demás. por otra parte. preciosa. no me costó entender que viviese con una mujer. Más difícil me resultó aceptar que tuviese una distinta ¡cada seis meses! Pero pronto su encanto. No pude por menos de animarle. porque era bueno. Hoy.

yo experimentaba frente a las personas desprovistas de todo encanto físico una especie de apuro. —Anne Larsen —dijo mi padre. Fue entonces cuando mi padre carraspeó y se incorporó en la hamaca. Pero Cyril me gustó. protector.. como todas las noches. Era el verano. dinos quién —gritó Elsa. o muy poco. que eso era una idea fácil y que resultaba grato tener ideas fáciles. preocupados por sí mismos. como el de los gatos en celo.movimientos para purificarme de las sombras y el polvo de París. Sin compartir con mi padre esa aversión por la fealdad que nos llevaba con frecuencia a alternar con gente estúpida. Porque. Yo las miraba. Pero sólo estábamos a principios de julio y no se movían. Cerré los ojos con desesperación. El sexto día vi a Cyril por primera vez. me ofreció enseñarme a navegar a vela. instintivo. Tenía un rostro latino. era estudiante de derecho y pasaba las vacaciones con su madre en una casa cercana. Debían de ser miles. esa resignación de algunos a no agradar se me antojaba una tara deshonrosa. un deseo de dominio o la necesidad furtiva. Cyril. me enteré de que se llamaba Cyril. cogía un puñado. Tan sólo unos granitos de arena entre la piel y la camisa me impedían sucumbir a los suaves embates del sueño. Anne Larsen era una antigua amiga de . cuarentones que me hablaban con cortesía y cariño. muy moreno. Me tumbaba después en la arena. entre risas. Después de cenar nos tumbamos en unas hamacas. Con todo. Pensaba que se escapaba como el tiempo. Nunca se me hubiera ocurrido. va a venir. yo huía de esos estudiantes universitarios. en la terraza. siempre ávida de cosas mundanas. me trataban con dulzura de padres y amantes. y no participé. Iba costeando con una pequeña embarcación de vela y zozobró delante de nuestra cala. —Tengo que anunciaros que va a llegar alguien —dijo. Prefería con mucho a los amigos de mi padre. sin poderlo apartar de mi pensamiento. brutales. ¡Tanta tranquilidad no podía durar! —Vamos.. sobre todo por su juventud. Le ayudé a recuperar sus cosas y. Era alto y a ratos guapo. En la grava de la terraza cantaban las cigarras. en la conversación. Le devolví la mirada. demasiado atónita para reaccionar. inconfesada. ¿qué buscábamos. —Le dije que viniera si se sentía demasiado cansada con las colecciones y. Se estaba bien. de una belleza que inspiraba confianza. muy abierto. de sentirse seguro de sí mismo. apenas reparé en lo nervioso que estaba mi padre. y estar ebrias de calor y de luna para lanzar ese estridente grito durante noches enteras. sino agradar? Todavía no sé hoy si ese afán de conquista no oculta un exceso de vitalidad. esperando vagamente que se desprendieran y comenzasen a surcar el cielo en su caída. en la que encontraban tema para un drama o pretexto para su hastío. Me habían explicado que se limitaban a frotar los élitros. con algo equilibrado. lo dejaba escurrir entre los dedos y la arena caía en una lluvia amarillenta y suave. que me gustó. y se volvió hacia mí. El cielo estaba cuajado de estrellas. al despedirse. Regresé a cenar. pero prefería creer en aquel canto gutural. amparado. de vacío.

un poco llenita. Sin embargo.. Me gustaría tener una hija guapa y rubia. —No eres el tipo de hombre que pueda interesar a Anne. discreta. pues aunque ella me intimidaba la admiraba mucho. pues. Sólo nos reunían algunas cenas de negocios —ella se dedicaba a la costura y mi padre a la publicidad—. Hasta entrada la noche. de compromiso. el recuerdo de mi madre y mis esfuerzos. Rechazaba por sistema las nociones de fidelidad. una serenidad de ánimo que intimidaba. mi vida. ¿Por qué has invitado a Anne? Y ella. estériles. que no sabía qué hacer conmigo. En definitiva. Cécile. Es demasiado inteligente y se respeta demasiado a sí misma. —No se me había ocurrido —confesó—. Elsa subió a acostarse tras formular una multitud de preguntas sobre la situación social de Anne. y nosotros con gente bulliciosa. El se inclinó y apoyó las dos manos en mis hombros. Todo en ella denotaba una voluntad constante. ¿Y Elsa? ¿Has pensado en Elsa? ¿Te imaginas las conversaciones entre Anne y Elsa? Yo no. Yo me quedé a solas con mi padre y me senté en los escalones. como despreciaba todo exceso. éstas eran imaginarias. con un hermoso rostro altivo y hastiado. Le brillaban los ojos oscuros. con graciosas arruguillas que acentuaban las comisuras. sedienta. mis primeras elegancias y mis primeros amores. Despertó en mí una admiración apasionada que supo encauzar hábilmente hacia un joven de su círculo habitual. —Mi viejo cómplice —dijo—. a sus pies.. no se le conocía ningún amante. A los ojos de mi padre. me había enviado a vivir con ella. y le estaba muy agradecida. —No es ése el caso —dije—. mi amor? Pareces un gatito salvaje. En otra persona tales opiniones me hubieran . y encogía levemente la boca. Parecía un fauno. de seriedad. hablamos del amor y de sus complicaciones. A los cuarenta y dos años era una mujer muy seductora y solicitada. Nunca se sabe. ¿Qué haría yo sin ti? Y tan convencido. aquella súbita llegada sólo podía ser un contratiempo si se pensaba en la presencia de Elsa y en las ideas de Anne sobre la educación. Creo que nos despreciaba un poco a mi padre y a mí por nuestra afición a las diversiones y trivialidades. ¿y si nos volvemos a París? Rió despacito acariciándome la nuca. Le debía. mi padre. ¿por qué ha aceptado? —Tal vez para ver a tu viejo padre. a quien mi padre sólo exigía que fuese guapa y divertida.mi pobre madre y tenía escaso trato con mi padre. Me explicó que eran arbitrarias. lleno de indiferencia. Me volví y lo miré. como cada vez que se buscaba complicaciones. al salir yo del internado. en una semana. Además. Me eché a reír con él. inteligente. con ojos de porcelana y. dos años atrás. Y ella. Esa indiferencia era lo único que podía reprochársele. me había vestido con gusto y me había enseñado a vivir. —¿Por qué eres tan desgarbada. Lo cierto es que me asusta un poco. tan tierno era su tono de voz que comprendí que de veras habría sido desgraciado sin mí. no teníamos las mismas relaciones: ella alternaba con gente fina. Con ser divorciada y libre. Era amable y distante.

Ese concepto de las cosas me seducía: amores rápidos. Habíamos alquilado la casa por dos meses. Pero sabía que. en su caso. Capítulo segundo Anne tardaría todavía una semana en llegar. besos y hastíos. pero sabía que en cuanto llegara Anne sería imposible . ello no excluía ni la ternura ni la devoción. Sabía muy poco todavía del amor: citas. Aproveché aquellos últimos días de auténticas vacaciones. sentimientos a los que se entregaba con mayor facilidad de la que quisiera. máxime por estimarlos provisionales. violentos y pasajeros.desagradado. A mi edad no seduce mucho la fidelidad.

A las tres. cortó todos los gladiolos del jardín para ofrecérselos en cuanto se apease del tren. más virtuoso tal vez que lo habitual a su edad. cuando se marcharon. el aturdimiento. enlazado al uno con el otro sin que la cosa me turbase en lo más mínimo. los suspiros duraron largos minutos. pareces un náufrago abandonado. para que algo se desgarrase en mí suavemente. . mis brillantes maniobras navales nos habían precipitado al fondo del agua. la torpeza de ese gesto. Pero ¿llegas de París? —He preferido venir en coche. Cécile! Me alegro de verte. y me desagradó que aquella boca larga y un poco gruesa se me aproximara. hasta que me despertó la voz de Cyril. Mi padre. —Esta es la casa de la Bella Durmiente —dijo—. Dejé a Cyril sin decir una palabra y subí hacia la casa. bajé a la playa. mi confianza. Ella confería a las cosas una dimensión.relajarse por completo. Me limité a aconsejarle que no dejara que Elsa le ofreciera el ramo. rencorosas. Diez veces.. Era demasiado bueno o demasiado tímido para decírmelo. Me negué enérgicamente a participar en la expedición. Lo único que me atormentaba en aquel momento era su mirada y el martilleo de mi corazón. Luego. sordamente. —Yo también. El calor. humillante en definitiva. Sin embargo. Se inclinó hacia mí. Un bocinazo nos separó como ladrones. Volví la cabeza hacia él. que le lanzaba a mi padre. no vi ya más que luces rojas que estallaban bajo mis párpados apretados. Se sentó a mi lado y el corazón empezó a latirme con fuerza. de la delicadeza. Pero hoy bastaba ese calor. me había rozado el hombro con la mano. al moverse. Pero no era así. la boca seca. me la encontré en la terraza. Tan rápido regreso me extrañaba: el tren de Anne no debía de haber llegado todavía. ese letargo. Miré al cielo. sus expresiones. para compensar mi ausencia. ¡Qué morena estás. un sentido a las palabras a los que mi padre y yo renunciábamos gustosos. bajando de su coche. Hacía un calor sofocante. Resultaba a un tiempo excitante y fatigoso. nuestra situación —una curiosa familia de tres— le chocaba. De lejos. No contesté a Cyril. el sabor de los primeros besos. Por ejemplo. pero lo notaba en las miradas de reojo.. —¿Estás muerta? —dijo—. Me besó dulcemente. porque me daba cuenta de que ella tenía razón. El día de su llegada quedó decidido que mi padre y Elsa irían a esperarla a la estación de Fréjus.. No me apetecía hablar ni con él ni con nadie. Me tumbé en la arena y me adormecí. durante la última semana.. Desfilaron por mi mente los últimos días de aquella semana. —Cyril —dije—. Le hubiera gustado que aquello me atormentase. Sonreí. Abrí los ojos: el cielo estaba blanco por efectos del calor. notaba los brazos pesados. y era imposible no percibirlas en sus bruscas reservas. mi tranquilidad a su lado. Me tenía aplastada contra la arena toda la fuerza del verano. Me miraba. estoy rendida. porque. Empezaba a conocerlo: era equilibrado. sus silencios ofendidos. Marcaba las normas del buen gusto. éramos tan felices. Eso sí.

. al volverme hacia ella. frívolo. Salí balbuceando y bajé la escalera totalmente desconcertada. Anne se había sentado en la cama. No había ocurrido nada. ¿Por qué esa cara. con un vestido que no parecía haber viajado. que siempre había visto tan tranquilo. La miré estupefacta. El descubrir aquel rostro vulnerable me conmovía e irritaba a un tiempo. —Está en su habitación. Aunque sólo fuese de mi examen. A las cinco llegó mi padre con Elsa. ¿Conoces a Elsa Mackenbourg? . Espero que no se haya caído del tren. —¿De veras? ¡Estupendo! Pues súbele el ramo. Ha venido en coche. ese desasosiego? Me senté en una tumbona y cerré los ojos. Había dejado la maleta en una silla y. pero tenía tantas ganas de salir.. Abrí la ventana con la esperanza de ver el barquito de Cyril. ¿Dónde está el dueño de la casa? —Ha ido a buscarte a la estación con Elsa. Me alegro mucho de que estés aquí. me llevé un sobresalto. —¿Elsa Mackenbourg? ¿Ha traído aquí a Elsa Mackenbourg? No supe qué contestar. ¿sabes? Te espero abajo. el bar está bien surtido. Gracias a Dios. ¿Estaría ella enamorada de mi [ladre? ¿Era posible que lo quisiera? Nada de mi padre coincidía con sus gustos. a la indignación moral? Me pasé una hora haciendo conjeturas. —¡No estaba Anne! —me gritó—. —continué maquinalmente. —Ahora has llegado —dije tontamente frotándome las manos—. Intenté saber si Anne podía quererlo. con prisa. la cabeza un poco echada hacia atrás. despectiva.La acompañé a su habitación.. Intenté evocar todos los rostros duros. Me miraba a través de las imágenes que mis palabras habían evocado en ella. —¿Me habías comprado flores? —se oyó la voz de Anne—. estaba tan cansada. tan sereno.. la autoridad. —Me he pasado un cuarto de hora en el andén sosteniendo este ramo con una sonrisa estúpida. —Ahora ¿qué? —dijo. —Debería haberos avisado —dijo—. el aplomo. Qué amable. pero había desaparecido. para hablar conmigo. Pensé que era muy posible que Anne le quisiese. Por fin me vio y volvió la cabeza. Su rostro se había descompuesto bruscamente y le temblaba la boca. Caminaba hacia mí. Mi padre corrió a su encuentro. a otro lado. estás aquí. que por lo demás no había aprobado. Lo miré apearse del coche. El pensar esto último me consoló. que cualquiera le quisiese. relajada. Advertí los pequeños cercos oscuros en torno a sus ojos. Era débil. Aquel rostro. desamparado de pronto ante mí. Su mirada era interrogadora. reconfortantes de Anne: la ironía. —Este chalet es precioso —suspiró—. pasivo a ratos. Pensé con tristeza que no había bajado hasta oír el coche y que habría podido hacerlo un poco antes... esa voz alterada. sonriente. Bajaba por la escalera a su encuentro. ¿Podía tal vez deberse tan sólo al cansancio del viaje. Si quieres tomar algo. —Y ahora. le besó la mano.

—dijo Anne. sus juicios no tenían esa precisión. —Seguro que nos hemos visto en algún sitio.. Se echó a reír al verme balbucear y me fui a la cama muy nerviosa. el sol. La notaba demasiado indiferente..Miré hacia otro lado. —Me parece muy simpática esa Elsa —dijo.. Tiene momentos muy divertidos. muy amable—. Me estoy dando cuenta de que olvido. tres años antes de salir yo del pensionado.. has sido muy amable invitándome. todo iba bien. que tal vez estaba bailando en Cannes con otras chicas. Me lo pasé muy bien hasta el momento en que Anne declaró que el socio de mi padre era microcéfalo. esa sonrisa apurada porque llevaba trenzas y un feo vestido casi negro. de que me veo obligada a olvidar lo principal: la presencia del mar. Aquella primera noche Anne no pareció reparar en la distracción. antes de que yo me fuera. Mi padre se animaba. por más que no las comprenda del todo.. Anne —protesté—. e incluso su humor. Y en el coche. Las frases de agradecimiento la molestaban y. A sus ojos. —Lombard es gracioso. marcados ambos por la violencia.. No podía serlo. buscando en mí una idea que le importaba destruir. Se lo dije a Anne. pero no me dejó darle las gracias. pero era simpático y con él mi padre y yo habíamos disfrutado de cenas memorables. que eran escasas pero pintorescas. pero.. muy simpática. su ritmo incesante. No puedo recordar tampoco los cuatro tilos en el patio de una pensión de provincias. Me cortó con tono indulgente: —Confundes tipos de inteligencia con edades de la inteligencia.. —Sí. Sentí no tener una agenda y un lápiz para anotar aquélla. no insistí. de Elsa. voluntaria o no. Mi padre y Anne hablaban de sus amistades comunes. sí. ni la sonrisa de mi padre en el andén. Raymond. que me subyuga. Ciertas frases desprenden para mí un aura intelectual. estupenda. —No me negarás que aun así deja bastante que desear. Me miraba directamente a los ojos. porque Anne no tenía mala intención. Me encantó el tono lapidario de su fórmula. Quería que olvidase su reacción de hacía un rato. Me dormí pensando en Cyril. —Puede que no tenga un tipo de inteligencia corriente.. Tengo una habitación magnífica. Era un hombre que bebía mucho. Pero a mí se me aparecían uno tras otro el rostro apasionado de Cyril y el de Anne. Me había traído un jersey de su colección. su . sutil. ese aspecto acerado de la maldad. es una chica. sin sonreír. estaba muy cansada. como las mías no estaban nunca a la altura de mi entusiasmo. Se puso ingenioso y empezó a descorchar botellas. y me preguntaba si las vacaciones serían tan sencillas como aseguraba mi padre. que entró directamente en la habitación de mi padre. Mi padre se echó a reír: —Por lo menos no eres rencorosa. Lo que los hacía todavía más abrumadores. Aquella primera cena fue muy alegre.. su perfume..

No conocía los nombres de los actores y eso les sorprendía. el más maravilloso de los juguetes.explosión de alegría.. Nombres conocidos por todas las jovencitas. entre otras: «El pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno». Idealmente. Caminábamos por las calles hasta llegar a mi casa. ¡por fortuna. porque yo tenía sus ojos. su boca. brotar de ella cual una imagen perversa: olvidaba las horas muertas. Cuando regresábamos.. Yo no conocía nada. debía de parecer más gracioso que impresionante. la vida fácil. la discontinuidad y los buenos sentimientos cotidianos. me volvía adulta. No quiero dar a entender que hiciera ostentación de sus aventuras. El iba a enseñarme París. inspirarse en ella. acudía con mi padre a fiestas donde no tenía nada que hacer. habida cuenta de mi edad y experiencia. libros. Era un excelente cálculo. imagino. representa el único aspecto coherente de mi carácter. O a las terrazas de los cafés al sol. porque así se evitaba además penosos esfuerzos de imaginación. proyectaba una vida de abyección y libertinaje. Estoy convencida de que la mayor parte de mis placeres de entonces se los debí al dinero: el placer de la velocidad en coche. por mi edad. divertía también a los demás. te coge la mano y luego te lleva lejos de esa misma multitud. de comprar discos.. renegaría más fácilmente de mis penas o de mis crisis místicas. mis amigos me arrastraban a los cines. con mucha mayor seguridad. provisionalmente! En cualquier caso. más exactamente a no disculparse con decentes o falsas justificaciones por la frecuencia con que una amiga comía en casa o acababa instalándose. y. flores. Solía repetirme a mí misma fórmulas lapidarias. . de tener un vestido nuevo. Lamentaría. e iba a ser para él el más caro. La hacía mía con absoluta convicción. además. si los llamo así es porque he oído decir que lo son. Jacques. Saboreaba el placer de mezclarme con la multitud. a la felicidad. No pongo nombre a esos recuerdos: Jean. Hubert. el lujo. fiestas bastante variopintas donde me divertía y donde. No le oía volver. Su único defecto fue que durante algún tiempo me inspiró un desenfadado cinismo sobre las cosas del amor que. triunfante. En París no tuve tiempo para leer: al salir de clase. El amor al placer. de beber. mi padre me dejaba en casa y casi siempre iba a acompañar a una amiga. que si la hubiera llevado a la práctica. yo no habría podido ignorar durante mucho tiempo la naturaleza de sus relaciones con sus «invitadas» y él sin duda quería conservar mi confianza. Estaba convencida de que mi vida podría adaptarse a esa frase. En el internado no se leen más que obras edificantes. de estar con alguien que te mira a los ojos. Por la noche. No me avergüenzan todavía esos placeres fáciles. súbita. la de Oscar Wilde. Allí él me llevaba detrás de una puerta y me besaba: descubría el placer de los besos. Puede que no haya leído lo suficiente.. Se limitaba a no ocultármelas.

Capítulo tercero A la mañana siguiente me despertó un oblicuo y cálido rayo de sol que inundó mi cama y puso fin a los sueños raros y un tanto confusos en los que me debatía. Bajé en . con la mano. Eran las diez. pero renuncié. En duermevela. intenté apartar de la cara. aquel calor insistente.

Ve a buscar pan con mantequilla. No debía de concederse nunca auténticas vacaciones.. y vi que a Anne le temblaban los párpados. borraba de mi rostro las huellas de la almohada. —Niña sólo hay una. y eso le parecía una baza definitiva. Le supliqué que no me obligase. ¡Sí! Me había metido ya en la embarcación. —Siempre tan mala —dijo tiernamente. En la escalera me crucé con Elsa. Noté que estaba leve pero perfectamente maquillada. trece menos que Anne. Inmediatamente. Mi padre se inclinó y le cogió la mano. Tienes las mejillas hundidas y se te marcan las costillas. como si hubiese recibido una caricia imprevista. y de nuevo el frescor del fruto. Conocía bien su cara. . sentado en su barco. Comprendí que no subiría hasta que hablásemos y lo miré con la atención necesaria. y no me engañaba. Pero podía tomárselo a mal: tenía veintinueve años. —No te rías —dijo—. Para mi sorpresa. Raymond. que estaba hojeando los periódicos. Era evidente que salía de la cama. y me tomó las manos. Sé que hice muy mal ayer. comedidamente. —Quería pedirte perdón por lo de ayer —dijo. —No sé lo que me haría —añadió empujando la embarcación al mar. Estuve a punto de advertirle.. dispuesta a broncearse sin riesgos. Aproveché para escabullirme. por desgracia —dijo Anne riendo—.. Cécile? —Por la mañana prefiero beber. —Qué delicioso espectáculo —dijo—. porque.. muy serio. de decirle que Anne estaba abajo con su cara maquillada y pulcra. —Fue culpa mía —atajé. Que yo tengo tu edad. Pasados cinco minutos. Tu padre. —Deberías engordar tres kilos para estar presentable. No me sentía en absoluto ofendida y me sorprendía su aire solemne. iría a bañarme. Aunque fuera un cerdo redomado. que quizá se tomaba por un corruptor. Como no me prestaba atención. me creerías igual. El estaba de pie con el agua hasta las rodillas. Tomé mi traje de baño y corrí a la cala. Pensé que tenía veinticinco años. esa mujer. el ejemplo. Me sobresaltó la voz de Anne: —¿No comes. ¿sabes? No hay nada que te defienda contra mí. y eso me dio risa. daría lo mismo. me acomodé tranquilamente en un escalón con una taza de café y una naranja e inicié las delicias de la mañana: mordía la naranja y brotaba un zumo azucarado en mi boca. El sol de la mañana me calentaba el pelo.. Estuve a punto de pararla. con los párpados hinchados y los labios pálidos en el rostro enrojecido por el sol. un sorbo de café negro y ardiente.pijama a la terraza y allí me encontré con Anne. Dos niñas tostándose al sol y hablando del pan con mantequilla. apoyado con ambas manos en la borda como en el estrado de un tribunal. ya estaba allí Cyril. y se disponía a demostrarme que era indispensable cuando apareció mi padre con su suntuoso batín de lunares. —No tienes por qué —dije alegremente. Vino a mi encuentro..

Para mi sorpresa. salpicada de murmullos. Notaba que era bueno y estaba dispuesto a quererme. resultado sin duda de años de constantes cuidados y atenciones. A las once y media. que a mí me gustaría quererle. —¿Y tu examen? —Suspendido —dije con vehemencia—.. Dirigí maquinalmente a mi padre una mirada aprobadora. —Allí tenía trabajo —dije—. No sonrió: sólo sonreía cuando le apetecía... cerrando los ojos para dar por zanjada la conversación. Me rodeó con los brazos dejando escapar una pequeña exclamación de enfado y me separó suavemente del barco. tan dulce como yo. —Mi hija siempre encontrará hombres que la mantengan —dijo mi padre noblemente. sorbiéndome un . me protegía. Abrió los ojos. arqueando una ceja. Notaba que me inundaba una felicidad. ¿cómo es que aquí te levantas tan pronto? En París te quedabas en la cama hasta las doce.. Incliné hacia ella un rostro inquieto. refrescarla.. tan simpático. En aquel momento le quería. El agua estaba verde. Me contestó con una sonrisilla apurada. para recomponerla. una despreocupación perfecta. sólo podía reprochársele alguna leve estría en la piel. Le eché los brazos al cuello y pegué mi mejilla a la suya. necesariamente. Hundí la cara en el agua. que estaba hecha una lástima. No le di ni una semana a mi padre para. —Tiene que trabajar estas vacaciones —dijo Anne. se embadurnaba con aceite. Dirigí una mirada de angustia a mi padre. Anne volvió la cabeza hacia mí: —Cécile. ante nuestras miradas observadoras. suplicante. Cyril se marchó y aparecieron mi padre y sus mujeres por el sendero. me puse a temblar de placer como él. Me vi ante las páginas de Bergson con aquellos renglones negros que me bailaban y la risa de Cyril abajo. Me arrastré hasta Anne. —¿Para qué? —intervino mi padre—. no me la devolvió y cerró los ojos. Acababa agotada. ¡Y bien suspendido! —Tienes que aprobarlo en octubre.Ni siquiera resultaba ridículo. alzada. Me solté y nadé hacia el barco. sujetándolas. la cabeza apoyada en su hombro. tendiéndoles sucesivamente la mano con esa solicitud y naturalidad que le eran tan propias. sólo una profunda búsqueda. Esbelta de cintura. nunca por cumplir. —Qué simpático eres. Cyril —murmuré—. la llamé en voz baja.. Cuando su boca buscó la mía. tan dorado. que marchaba a la deriva. Y llevo una vida fastuosa. Elsa se echó a reír y se interrumpió al ver que la mirábamos los tres. La pobre Elsa. Anne seguía llevando el albornoz: se lo quitó tranquilamente. Bañado por la luz de la mañana. Era ancho de hombros y su cuerpo duro se apretaba contra el mío. La idea me espantó. y se tumbó. Mi padre caminaba entre ambas. —Tú tenías cierta fortuna cuando empezaste —recordó Anne. como todo el mundo. de piernas perfectas. y no hubo en nuestro beso remordimiento ni vergüenza. Me tenía apretada contra él. Vas a ser como un hermano para mí. Yo nunca he tenido ningún título.

Teníamos todos los elementos de un drama: un seductor. Su mano se abría y cerraba sobre la arena con un movimiento suave.. Me lanzó una mirada divertida e insolente y me volví a tumbar en la arena. y me entran ganas de llorar. incansable. la conservé.. a sus hombros. regular. obligarme a trabajar con semejantes calores. Corrí hacia el mar. como tú dices. que yo reconocía. No sé por qué no la he perdido. suavecita y pulida. conociéndote como te conozco. —Anne —dije—. y aprobarás el examen. Hoy la tengo en la mano. impávidas. que no me separaría de ella en todo el verano. Pero mi padre no la escuchaba: situado en el vértice del triángulo que formaban sus cuerpos. en la mano hasta la hora de comer...poco las mejillas para dar una imagen de intelectual agotada. —Tengo que hacerte «eso». incluso con estos calores. Divisé en el fondo del mar una preciosa concha. Decidí que era un talismán.. dirigía al perfil de Anne. Elsa peroraba sobre las fiestas de la costa. y sonrió misteriosamente volviendo la cabeza a otro lado. una mujer galante y una mujer juiciosa. y me zambullí gimiendo sobre las vacaciones que hubiéramos podido tener. . rosada y tibia. una piedra rosada y azul. miradas un poco fijas. —Hay cosas a las que no se hace una —dije muy seria. que lo pierdo todo. Sólo me lo reprocharás durante un par de días. que no tendríamos.. yo. con lo bien que podrían sentarme estas vacaciones. Me miró con fijeza un instante. Hundí el brazo para cogerla. no irás a hacerme eso. inquietísima..

Eran como la antítesis de la incesnate cháchara de Elsa. tan elegantes. en cambio. claro. gestos. Mi padre no habría tardado en cansarse de aquel jueguecillo feroz. No replicó nunca a las numerosas tonterías que abundaban en la conversación de ésta. que la hacía un poco responsable de mí. como a una segunda madre de su hija: utilizaba incluso esa carta para que en todo momento pareciera que me confiaba a la protección de Anne. Yo aplaudía para mis adentros su paciencia y generosidad. Yo debía de ser en ese punto más influenciable que Anne. le estaba agradecido y no sabía qué hacer para demostrárselo. pues no veía que esa inequívoca amabilidad excitara a mi padre. que se dirigen a la mujer quien todavía no se conoce y que se desea conocer. de vincularla más estrechamente a nosotros. Tal agradecimiento no era por lo demás sino un pretexto. como a una mujer muy respetada. con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que hubieran puesto a la pobre Elsa en ridículo. con la intención de acercársela más. Así. . quien mostraba con mi padre una indiferencia. como el sol y la sombra. Las mismas miradas que sorprendía yo a ratos en Cyril y que despertaban en mí ganas de huir de él y a la vez de provocarlo. esos silencios tan naturales. En el placer. desde luego. fue lo sumamente amable que estuvo Anne con Elsa. sin reparar en la habilidad que ello implicaba.Capítulo cuarto Lo que más me sorprendió. Sobre todo sus silencios…. una serena amabilidad que me tranquilizaban. Pero tenía con ella miradas. Le hablaba. en los días siguientes. Llegué a creer que me había equivocado el primer día.

seguía exuberante y agitada. paciente: —Te haces una idea un poco simplista del amor. Las .. Tornó a cerrar los ojos y empezó a hablar con voz queda.. e imprimiendo a su entonación diez años de galantería francesa. que me encantó como todas las ideas cínicas que se me ocurrían: me daban una especie de aplomo. inspirada. La vi murmurarle algo al oído antes de comer. Hizo un gesto evasivo con la mano y cogió un periódico. la dulzura. de embriagadora complicidad conmigo misma. Anne no se movió. se volvió hacia nosotros con expresión lánguida. —Aborrezco ese tipo de reflexiones —dijo Anne—. y fue tras ella al tiempo que ensalzaba las virtudes de la siesta. N pude por menos de expresarla en voz alta: —Te diré que.. más que estúpido. El cigarillo le humeaba en los dedos. sin coherencia. mi padre pareció disgustado. que abandonara aquella resignada indiferencia ante mi carencia sentimental. un gesto. pero a mí no me lo parece… Me interrumpí de inmediato.Pobre Elsa…. Más me hubiera valido callarme. inquirió: —¿Vienes. sin embargo. Me disculpé de inmediato. Raymond? Mi padre se levantó. Se volvió hacia mí con expresión hastiada. me vino a la mente una idea cínica. Elsa se levantó y. Me sentí obligada a decir algo: —La gente dice que la siesta descansa mucho. según me pareció. que era pobre y débil. Un cariño constante. ese tipo de siesta no será muy excitante para ninguno de los dos. Me desprecié y ello me resultó especialmente duro porque no estaba acostumbrada a hacerlo. debió de notar algo. casi ruboroso. Instantes plenos. con la cara ajada por el sol. con las insolaciones de Elsa. Enseguida había visto en mi frase una broma de mal gusto. envidaba apasionadamente a Elsa.. Tras tomar el café.. consciente de lo equívoco de mi frase. lo siento. a eso se reducía todo mi recuerdo.. Rara vez me juzgaba a mí misma. Tenía un rostro deliberadamente sereno y relajado que me emocionó. Durante un instante. Tal vez. ni para bien ni para mal. Cosas que tú no puedes entender. resulta penoso. en el cine americano. pero al final asintió sonriendo. No hubo en su tono el menor equívoco. un beso. Para consolarla. No consiste en una serie de sensaciones independientes entre sí. no se daba cuenta de nada. Me irrité bruscamente: —Sólo lo decía en broma. en aquel momento. sorprendido. que yo vivía como un animal. de interceptar una mirada de mi padre. Un día. Pensé que tenía razón. Me hubiera gustado que se enfadase. a merced de los demás. Una emoción súbita ante un rostro. —Es otra cosa —decía Anne—. al llegar a la puerta. Subí a mi cuarto y me sumí en la ensoñación. Ya sé que en el fondo estarán muy contentos. A tu edad. la añoranza. —Por favor— dijo Anne secamente. Pensé que así habían sido todos mis amores.

Debo confesar que nunca temían perder el tiempo. ¿ya sabes cómo vienen los hijos? —Supongo que menos que tú —ironizó Anne—. —Y es así —dijo Anne—. pensaba para mí. o le reprochó en voz alta su indiferencia fingiendo reír? ¿Cuándo comparó sin sonreír su sutileza con la simpleza de Elsa? Mi tranquilidad descansaba en la idea estúpida de que se conocían desde hacía quince años y en que si hubieran tenido que quererse. De lo que vino después hasta el final de las vacaciones. Ha cumplido con sus deberes de madre y de esposa.. aquellas tres semanas felices en definitiva. no quería ver nada concreto. por supuesto. ¿Había añorado yo alguna vez a alguien? No recuerdo los incidentes de aquellos quince días. Yo prorrumpí en imprecaciones contra esa clase de ancianas. sobre todo desde que este último le había dejado ganar una carrera de crol. Íbamos con frecuencia a las boîtes de SaintTropez. «Y». ¿Qué día miró mi padre ostensiblemente la boca de Anne.. Durante el día. A veces nos acompañaba mi padre. bailábamos al ritmo de un transido clarinete. A la vuelta. y yo me preguntaba cuál de los dos era el adulto. —¿Y con su deber de puta? —dije.. De que se enorgullece de su vida porque tiene la sensación de haber cumplido con su deber y. Anne contemplaba el espectáculo esgrimiendo una amable sonrisa. felicitó repetidas veces a la señora. por deseo o porque toca hacerlo. me acuerdo con toda exactitud pues dediqué a ello toda mi atención. Mi padre se identificó con ella y. a mi padre el enamoramiento le durará tres meses y Anne conservará de todo ello algunos recuerdos apasionados y un poco de humillación.. Tuvo un hijo.» ¿Ignoraba acaso que Anne no era la típica mujer a la que se puede abandonar por las buenas? Pero estaba allí Cyril y él me bastaba para llenar mis pensamientos. Como ya he dicho. Pero aquellas tres semanas. es una añoranza». —Me desagradan las groserías —replicó Anne—. Tenía en gran estima a Cyril. habrían empezado a quererse mucho antes. amenazante. Se casó como se casa todo el mundo. mientras dirigía a Anne miradas de gratitud. Le llamaba con un diminutivo afectuoso. seguía oyendo las palabras de Anne: «Es otra cosa. Era una anciana apacible y sonriente que nos habló de sus dificultades de viuda y de madre. musitándonos palabras de amor que olvidaba al día siguiente. . «si ha de ocurrir. Cyril se dirigía a él como «señor». Una tarde fuimos a tomar té a casa de la madre de Cyril.sábanas estaban tibias debajo de mí. aunque sean paradójicas. navegábamos a vela por la costa. todas mis posibilidades. como suele decirse. declaró que la señora era encantadora. —Si no hay ninguna paradoja. pero alguna noción tengo. Ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa indulgente y divertida que me sacó de mis casillas: —No os dais cuenta de que está satisfecha de sí misma —grité—.. pero que sonaban dulcísimas la misma noche..

Ha llevado la vida que llevan miles de mujeres y se siente orgullosa. sí que habría tenido mérito. No esperaba que se me brindara tan pronto la ocasión de ello ni que supiera aprovecharla. Me parecía urgente. Probablemente se ahorró las angustias y las molestias del adulterio. pues educó a ese hijo. Se puede estar tan apegado a nimiedades como a otras cosas. pero era verdad que lo había oído decir. ¿comprendes? Se hallaba en la situación de joven burguesa esposa y madre y no ha hecho nada por salir de ella. Una se dice después: «He cumplido con mi deber» porque no ha hecho nada. —Es un espejuelo —grité—. ¿Cómo podía ser un espíritu elevado? . Por lo demás. primordial. Pensaba lo que decía. que mis convicciones no durarían. no me costaba admitir que al cabo de un mes tendría una opinión distinta sobre el particular. nacida en su ambiente. —No tiene mucho sentido lo que dices —observó mi padre.—Bien. Con todo. —Repites cosas que están de moda pero que son insustanciales —dijo Anne. abrirle los ojos cuanto antes. mi vida y la de mi padre corroboraban esa teoría y Anne me humillaba despreciándola. Se jacta de no haber hecho esto o aquello y no de haber realizado algo. se hubiese convertido en una mujer de la calle. Si. Puede que fuera cierto. Pero Anne no me consideraba un ser pensante.

calor y tabaco. pues mi padre. —Eres el hombre más guapo que conozco. Bailaba siguiendo el ritmo. pero el resultado era más meritorio que brillante. mezcla de colonia. tendía a vestirme a lo mujer fatal. subí a mi habitación a ponerme un vestido de noche. era una tela exótica. Me gritó que pasase. Dejó de bailar para recibir con un murmullo maquinal y halagador la llegada de Elsa. olvidando su reuma. Esta bajaba la escalera lentamente con su vestido verde. casi blanco. no parecía reparar en ello. el único por lo demás que poseía. Una mañana mi padre decidió que aquella noche nos iríamos a jugar y a bailar a Cannes. al que se . Había sacado el máximo partido de su pelo reseco y su piel quemada por el sol. un poco demasiado exótica para mí. Anne no se puso a tales mundanidades. Contrariamente a mis previsiones. —Después de Cyril —dijo sin creerlo—. Incluso pareció hacerle bastante gracia la idea. Llevaba un vestido gris. en la comisura de los labios. Recuerdo la alegría de Elsa. No sin inquietud. Me lo encontré abajo. Por fortuna. respiré su perfume familiar. nos habrán dado las doce. de un gris extraordinario. Y yo no conozco ninguna muchacha más guapa que tú. Realmente no tenía nada de anciano. —¿Nos vamos? —Todavía no ha bajado Anne —dije. ven a bailar con tu anciano padre y sus reumas. —Ve a ver si está lista —me pidió mi padre—. Cuando lleguemos a Cannes. deslumbrante con su esmoquin nuevo. —Ya que no están aquí y que se permiten hacernos esperar. al concluir la cena. su sonrisa de casino.Capítulo quinto Y un buen día todo terminó. Subí la escalera enredándome con el vestido y llamé a la puerta de Anne. Me quedé suspensa en el umbral. y le eché los brazos al cuello. —Tienes que enseñarme a bailar el bebop —dijo. Lo había elegido mi padre. —Después de Elsa y de Anne —dije sin creérmelo yo tampoco. fuese por gusto o por costumbre. En el clima familiar de los casinos pensaba recobrar su personalidad de mujer fatal un tanto atenuada por las quemaduras del sol y el casi aislamiento en que vivíamos. sin duda. con los ojos entornados y una sonrisa feliz. Recobré la euforia que precedía a nuestras salidas. Mientras bailábamos. esgrimiendo una desenfadada sonrisa mundana. irreprimible como la mía.

La cosa se puso aún más graciosa cuando se empeñó en bailar. Estaba tan preciosa la carretera de noche que conduje lentamente. ¿Vienes conmigo. —No los encuentro —dijo. ya más lejos. la nuca dorada. el rostro deslumbrado de mi padre. Bajó la escalera la primera y vi que mi padre salía a su encuentro. delante de mí. Se detuvo al pie de la escalera. ¡Qué vestido. Enseguida . Recalé en el bar. un sudamericano medio borracho. Aquella noche. Yo no pensaba en nada. a pesar de su estado. parecía concentrar en su persona toda la seducción de la madurez. —Eres una chiquilla simpática. Aunque conocía a un par de monstruos sagrados. —¡Ah!. Cuando en una curva nos adelantó el cabriolé de mi padre. la figura de Elsa. Su descortesía era inconcebible. Me veía obligada a aguantarlo y a apartar los pies para que no me pisara. Pero Elsa se aburría. Ella le sonrió al pasar y cogió el abrigo. Ni parecía reparar en el trompeteo enloquecido de la radio. como ciertas tonalidades del mar al amanecer. estaba en plena euforia. Me cogió de la oreja y me miró. alzando el rostro hacia ella. Anne no decía nada. ni pestañeó. El sudamericano pareció lamentarlo un instante pero con otro whisky se animó. Se dedicaba al teatro y. Recuerdo exactamente aquella escena: en primer plano. aunque a ratos te pones pesada. Cécile? Me dejó conducir el coche. mi padre se las ingenió para que nos perdiéramos de vista. los hombros perfectos de Anne. con el pie apoyado en el primer escalón. pues había participado por cortesía en sus libaciones. su conversación resultaba interesante por la pasión que ponía en sus palabras. estás maravillosa. con Elsa y un amigo suyo. Yo me sentía ya totalmente al margen del juego. estuve a punto de mandarla al infierno. —Anne —dijo mi padre—. —¿Nos encontramos allá? —dijo—. Me preguntó bruscamente dónde estaba mi padre. un poco más abajo. su mano tendida y. Elsa también la miraba bajar. De pronto me entró una gran indignación contra mi padre. —¡Magnífico! —exclamé—. —Ese gris es un acierto —dijo. y luego se alejó. Se le había ido el maquillaje. ante un espectáculo en el que no podía intervenir. no le interesaba la técnica teatral. dejándole la cara desnuda y ojerosa. como si yo pudiese saber algo. Pasó ante mí sin comentar mi vestido. cosa que a un tiempo me alegró y me dolió. ya sé dónde están —dije sonriendo. —El acierto eres «tú». como si se tratase de algo muy natural que no debía inspirarle la menor inquietud—. Tenía una expresión alterada. Ofrecía un aspecto lamentable. Los vi iluminarse y sonreír. Anne! Sonrió en el espejo. En el casino. Pasé una hora agradable con él. como se sonríe a alguien de quien uno va a separarse.adhería la luz. lo que exigía no poca energía. Sus ojos eran de un azul oscuro. Nos reíamos tanto que cuando Elsa me golpeó en el hombro y vi sus aires de Casandra.

vuelvo. la dejas tirada. cayó en los brazos de Elsa. mientras se me atropellaban mil pensamientos en la cabeza... veía moverse sus labios. extrañamente hermosos a la luz de las farolas. —¿Os lo pasáis bien? —pregunté cortésmente. sorprendido. ¿Te he hecho mucho daño? —No. Pensé con tristeza que estaba más rellenita que yo y que no cabía reprochárselo. El sudamericano. Saqué precipitadamente la cabeza de la portezuela. lo siento mucho por Elsa. como si fuese un poco tonta: —No seas mala. debían de estar hablando en voz baja. Me puso la mano en la mejilla y me habló con dulzura. privado de mi apoyo. Dile que estaba cansada y que me ha acompañado tu padre. asido a su . donde me encontré a Elsa y al sudamericano. Yo temblaba de indignación y no me salían las palabras. No parecía amenazadora y me acerqué. mi arrebato anterior. —Cuando nos hayamos divertido bastante. sin hacerme caso. —Ven —dijo Anne. La mano de mi padre descansaba en el brazo de Anne. le diré que mi padre ha encontrado a otra mujer con quien acostarse y que espere sentada. Mañana hablaremos. Anne volvió la cabeza hacia mí.. ¿de acuerdo? La exclamación de mi padre y el bofetón de Anne fueron simultáneos. volvéis con mi coche. me daban ganas de llorar. Pero tienes el suficiente tacto para arreglarlo todo lo mejor posible. —Discúlpate —ordenó mi padre. Mi único consuelo era el pensar en mi propia delicadeza. Exploté indignada: —Le diré. El casino era grande: lo recorrí dos veces sin resultado. no —dije cortésmente. Estaban allí. Las actitudes nobles se me ocurren siempre demasiado tarde. El le sonreía. cuando ves que se ha pelado toda.. Caminé lentamente hasta el casino. —Llevas a la playa a una chica de piel delicada y. como a su pesar: —Regresamos. El bofetón me había hecho daño. Permanecí inmóvil junto a la portezuela. —¿Qué ocurre? —dijo mi padre con tono irritado—. donde pareció encontrarse a gusto. con expresión hastiada. Apenas me miraron. ¡Demasiado fácil! ¿Y ahora qué le digo yo a Elsa? Anne se había vuelto hacia él. Me acerqué por detrás y los divisé por el cristal del fondo. Necesité un buen rato para dar con él en el aparcamiento. pero me acordé de Elsa y abrí la portezuela. Su súbita dulzura. Inspeccioné las terrazas y al final pensé en el coche. lentamente. Vi sus perfiles muy próximos y muy graves. Los vi marcharse y me sentí completamente vacía. Se miraban. Cuando os hayáis divertido bastante. Tenía ganas de irme. lentamente. ¿Qué haces tú aquí? —¿Y vosotros? Elsa lleva buscándoos una hora. Pero ¿no os dais cuenta? ¡Es repugnante! —¿Qué es lo que es repugnante? —preguntó mi padre.

Di media vuelta bruscamente y eché a correr hacia el coche. en la oscuridad. El sudamericano se echó a llorar a su vez. ¿Vamos a tomar algo? Elsa me miraba sin contestarme. Me desperté atravesada en la cama. —No está todo dicho. Nunca había hablado con ella de otra cosa que no fuese del tiempo o de modas. Elsa. Cécile. despacito. éramos tan felices. su vestido ha quedado hecho una lástima. oh. —Anne no se encontraba bien —dije con tono desenfadado—. En aquel momento aborrecí a Anne y a mi padre. A través de . Habría hecho cualquier cosa por evitar las lágrimas de la pobre Elsa. tristemente.brazo. tan felices». sin duda por los whiskies de la víspera. es horroroso. Redoblaban sus sollozos. —Volveré a recoger mis maletas —sollozó—. con la boca pastosa y el cuerpo desagradablemente empapado. Capítulo sexto La mañana siguiente fue penosa. Tal pormenor se me antojaba de una autenticidad irrefutable.. pero Elsa se echó a llorar. sin saber qué hacer.. nos llevábamos bien. Cécile. pero me pareció perder a una vieja amiga. que sollozara el sudamericano. Busqué un argumento convincente: —Ha tenido náuseas. La miré. La ha tenido que acompañar papá. Adiós. —Cécile —dijo—. repitiendo: «Éramos tan felices. que se le corriese el rímel. Vámonos las dos a casa.

y de pronto me vi sonreír. No me atreví a mirarlos por pudor.. —¿Qué pasa? Ponéis cara de misterio. Vislumbré de pronto la vida que llevaríamos los tres. única señal de su noche de amor. odiando aquel rostro de lobo. doliente y aturdida. hasta que su silencio me obligó a alzar la vista. Me serví una taza de café. veladas felices. el refinamiento de Anne. un triunfo. tan obstinadamente opuesto al matrimonio. de espera. No me cabía en la cabeza: mi padre. de orgullo. Mi padre y Anne estaban ya en la terraza. Anoche bebí demasiado whisky.. Estaba demasiado cansada para aguantarlo mucho tiempo. Perdíamos la independencia. una vida equilibrada de pronto por la inteligencia. Ambos sonreían con cara de felicidad. esas proporciones. en efecto: unas miserables copas. Anne estaba ojerosa. Pensé: «No es posible». un rostro desconocido. —Me gustaría preguntarte algo —dijo por fin. a cualquier tipo de vínculo. —¿Has dormido bien? —preguntó mi padre. Me preguntaba si Elsa regresaría y qué caras pondrían Anne y mi padre aquella mañana. me apoyé en él: unos ojos dilatados. Había en el silencio de ambos una especie de textura. que me hubiera indignado y tranquilizado a un tiempo.las rendijas del postigo se filtraba un rayo de sol por el que subían apretadas columnas de polvo. Valiente disipación. Durante un minuto esperé de él una señal. que me hacía sentirme incómoda. Mi padre encendió un pitillo con gesto que pretendía aparentar tranquilidad. ¿Serían esos labios. las cenas tumultuosas. un bofetón y unos sollozos. el mío. un guiño. lo probé y lo dejé de inmediato. sentados muy juntos ante la bandeja del desayuno. decidido en una noche. —Es una idea estupenda —dije para ganar tiempo. De repente. tranquilas. sensibles. mirándome a los ojos. . pero sabía ya que era cierto. tan contrario a mi manera de ser? Me complací detestándome. La miré fijamente y luego miré a mi padre. Me cepillé los dientes y bajé. Me puse a repetir esa palabra. Aquello cambiaba por completo nuestra vida. Me obligué a pensar en ellos para poder levantarme sin notar el esfuerzo. manifiestamente nerviosa por una vez. —Regular —contesté—.. Farfullé un vago saludo y me senté frente a ellos. Anne me miraba. Me temí lo peor: —¿Algún otro recado para Elsa? Volvió la cara hacia mi padre: —Tu padre y yo queremos casarnos. El espejo me devolvía un inste reflejo. Eso me impresionó: la felicidad siempre me ha parecido una ratificación.. sordamente. No tenía ganas ni de levantarme ni de quedarme en la cama. hundido y arrugado por la disipación. ¿por qué lo advertía de un modo tan evidente. esa vida que le envidiaba. Me inundaba un sentimiento de superioridad. Amigos inteligentes. Por fin lo logré y pisé las frescas baldosas de la habitación.. esos odiosos y arbitrarios límites la causa de mi debilidad y cobardía? Y si estaba limitada. la boca hinchada.. Se miraba las manos. las Elsas me parecieron despreciables. los sudamericanos.

En definitiva. no salir por la noche. Me tendió las manos y me atrajo hacia él. podría quererla durante mucho tiempo? ¿Podía yo distinguir ese cariño del que profesaba a Elsa? Cerré los ojos. inteligencia. Por mi parte. Además. porque mi padre regresaba bailando con una botella debajo del brazo. parecía más accesible. también mi padre. ¿La quería. llenos de reticencias. Me guiaría. Elsa no apareció aquellos días. Se le veía feliz. debilidad. más tierno que nunca. conmigo. —Gatita mía. quizá los últimos impulsos de los sentidos. Ella hizo con su cuerpo un movimiento hacia él que me hizo bajar los ojos. por ese brazo firme y reconfortante. con la inconsciencia de quienes no los han cumplido nunca. El rostro de Anne. Pasaría a ser una persona cabal.. Con ello quería decirme a la vez que lo sabía y que era inútil. Mi padre se levantó a buscar una botella de champaña. un futuro. y se echó a reír. me reí con ellos. su calor. pero nunca sensualidad. Me eché a reír también porque efectivamente me inspiraba cierto miedo.—Es una idea estupenda de verdad —repetí. por su vitalidad. Estaba relajado. Voluntariamente cerré los ojos. —¿No te parece ridículo este matrimonio de viejos? —No sois viejos —dije con toda la convicción necesaria. la indiferente Anne Larsen se casaba con él. no le conocía la menor mezquindad. —Ven aquí. —Sufría un poco por ti —dijo Anne.. —¿Por qué? —pregunté. que no tenían que ver conmigo. hacia ella. recobré mi papel. Nunca había pensado en Anne como en una mujer. —Temía que tuvieras miedo de mí —dijo. ¿lo creía de . me marcaría en cualquier circunstancia el buen camino. agradables. Los notaba por encima de mí. encantado. Sin duda por eso se casaba con él: por su risa.. Oyéndola.. sabía que te alegrarías —dijo mi padre. y les sonreí. embotada por el sol. me miraban con dulce emoción. Cuarenta años. me daba la impresión de que mi veto hubiera podido impedir el matrimonio de dos adultos. Estábamos los tres en la terraza. no dejaba de pensar que tal vez mi vida estaba dando un cambio. Se sentó junto a Anne y le rodeó los hombros con el brazo. sino como en un ente abstracto: había visto en ella aplomo. Siete días felices. yo estaba asqueada.. me aliviaría la vida. un animalillo afectuoso. Mi padre y yo nos complacíamos en hacerlos ajustados y severos. Una semana pasa muy rápido. cenar en casa. Estaba medio arrodillada ante ambos. apoyé la cabeza en sus rodillas. por vínculos que yo desconocía. que era lo principal. Trazábamos complicados planes para amueblar la casa.. unidos por un pasado. Comprendía que mi padre se sintiera ufano: la orgullosa. pero lo había visto tantas veces feliz a causa de una mujer. y. me acariciaban la cabeza. pero que para ellos yo no era en efecto más que un gato. el miedo a la soledad. de temores secretos y de bienestar. para establecer horarios. elegancia. ¿no era feliz? Anne era perfecta. ¿habíamos creído alguna vez en ellos? Acudir a comer a las doce y media todos los días en el mismo sitio. transformado por las fatigas del amor. únicos. gatita —dijo mi padre.

Ese gesto me sorprendió. nuestras transformaciones internas. Cyril no contestó. Conservé de aquella semana un recuerdo que hoy me complazco en explorar para probarme a mí misma. estar . a veces. La boda debía celebrarse en París. mejor que no hablase tanto. no sin cierto asombro. y me hubiera gustado. yo no dejaba de oír ya el ruido del mar. cuando apretaba su boca contra la mía. más lentamente. me hacía rodar por la pinaza.. organizada. lo prometo. con gran dulzura. disfrutaba recobrando un papel propio de mi edad. enterraba alegremente la bohemia y ensalzaba el orden. A las seis. Al anochecer. solíamos bajar a tomar un aperitivo a una terraza frente al mar. como si pensase en otra cosa. avergonzado.. la vida burguesa. Esta se volvió hacia Cyril y le habló con suavidad. y yo. medio desnudos los dos a la luz llena de arreboles y sombras del crepúsculo y comprendo que aquello pudo engañar a Anne. riendo juntos. de feliz indolencia que confería el amor a sus gestos. Cyril se levantó de un salto. Anne me miraba con la misma cara grave e indiferente. Regularmente me alcanzaba antes de llegar a casa. con esa suerte de lentitud. Anne se mostraba relajada. y el palpitar del corazón de Cyril contra el mío acompasado con el romper de las olas sobre la arena. Uno. uno. me inmovilizaba. El pobre Cyril había seguido. para entrar en calor. por mera cortesía. se me aparecía la cara de Anne. miradas de malicia o de compasión. sus besos se tornaban precisos. Cyril estaba tumbado sobre mí. mirando a Anne. sino castillos en el aire. nos besábamos cuando nos apetecía y. Pronunció mi nombre con tono seco. Aquello me irritó: si pensaba en otra cosa. tanto para él como para mí. apoyados el uno en el otro. Todo el mundo nos tomaba por una familia unida. estrechos. me besaba. aparentando. Recuerdo todavía el sabor de aquellos besos jadeantes. su cara suavemente marchita por la mañana. confiada. a la vuelta de vacaciones. cuatro latidos del corazón y el rumor tan suave sobre la arena. Los veía bajar por la mañana. aquella semana me habría convertido en su amante. como si no lo viese: —Espero no volver a verte —dijo. al regresar de las islas. mi padre la quería. por supuesto.. acostumbrada a salir sola con mi padre y a suscitar sonrisas. normal. Navegábamos juntos. me emocionó como si fuera un compromiso.. Una noche nos separó la voz de Anne. y en mis oídos sólo resonaban los pasos rápidos y reiterados de mi propia sangre. se inclinó hacia mí y me besó en el hombro antes de alejarse. Yo me incorporé a mi vez. Cyril arrastraba el barco hasta la arena. Los besos se agotan. ojerosos. y sin duda si Cyril me hubiera querido menos. se abalanzaba sobre mí gritando victoria. uno: él recobraba el aliento. dos. Caminábamos hacia la casa por el pinar y. inventábamos juegos de indios y carreras en las que me dejaba salir con ventaja. dos. Sin duda todo esto no era. y la envidiaba. Me dirigí hacia ella. elegante. tres. tres. Pero este desenlace legal era de su agrado. ineficaces.veras posible mi padre? Sin embargo. que aquello durase toda la vida.

—Tampoco hay que exagerar —dije sonriendo—. tener un objeto en las manos. Raymond. por eso no voy a ir a una clínica. —No me he pensado nada —me cortó—. de lo contrario se acabarían mis vacaciones. a quien castigaba sin que pareciese dolerle.. no soy una delatora. verla balancearse. Como siempre. Esta noche me la he encontrado en el pinar con Cyril. Anne se ha pensado que. como si fuese algo que había que doblegar y no yo. —dijo mi padre—. me parece inevitable. No he hecho más que besar a Cyril. y parecían estar muy acaramelados. Y con la total libertad que tiene aquí.apurada. Cécile. pero debes prometerme que estudiarás». Mi única esperanza era mi padre. evitó dar ese paso en falso y sólo después de la sopa pareció recordar el incidente. intentó tomárselo a broma: —¿Qué me dices? ¿Y qué hacían? —Nos besábamos —grité con vehemencia—. hija». Además. en fin.. la compañía constante de ese chico y el ocio de que disfrutan. balancear una pierna. porque ello me habría permitido despreciarla. Me alegraba y se lo echaba en cara a un tiempo.. ahora soy un poco responsable de ti y no dejaré que eches a perder tu vida. sin moverse: a mí me hacía falta un sillón. gatita? ¿Es guapo y sano. y yo me sentía terriblemente molesta. —Me gustaría que le dieses un par de buenos consejos a tu hija. Era de esas mujeres que pueden hablar. Mi padre. por lo menos? Ojo con los cabrones. —Hazme el favor de no volver a verle —replicó. Al fin y al cabo. Me hablaba de pie.. erguidas. La vi adoptar su hermosa máscara de desprecio. No protestes: tienes diecisiete años. decirme: «No le diré nada a tu padre. La cena transcurrió como una pesadilla. un cigarrillo. Ese tipo de cálculo no iba con ella. como si yo no existiese. Por eso sentiría muchísimo que le ocurriese un accidente. ¿A ti no? Al oír ese «¿a ti no?».. Anne pensaba lo que decía: recibiría mis argumentos. yo. pobrecillo. esa cara de hastío y desaprobación que la favorecía admirablemente y que me asustaba un tanto: —Deberías saber que este tipo de distracciones acaba generalmente en la clínica.. tienes trabajo y eso te tendrá ocupadas las tardes. Me volvió la espalda y caminó hacia la casa con su andar indolente. alcé los ojos y mi padre bajó los suyos. —Pobre niña. mis protestas de inocencia con esa forma de indiferencia peor que el desprecio. Pero creo que sería bueno que dejara de verlo durante algún tiempo y se dedicase a estudiar un poco de filosofía. examinándome. a quien conocía de toda la vida. como dando por sentado que yo mentía—. Tendría que reaccionar así. A Anne ni se le había pasado por la cabeza.. muy apurado: . Me quitó maquinalmente una aguja de pino del cuello y pareció que empezaba a verme de verdad.. La consternación me dejó clavada en el suelo.. ese Cyril es un buen chico. —También Cécile es una buena chica —dijo Anne—. Reaccionaría como de costumbre: «¿Qué chico es ése..

destrozada por el rencor. me torturaba. Humillada. que me impedía quererme a mí misma. en dos personas civilizadas. nos convertiría poco a poco en el marido y la hijastra de Anne Larsen. vas a cambiar tu imagen de muchacha montaraz por la de buena colegiala. Yo. primero lentamente para no ponerme nerviosa. hecha para la felicidad. penetraba por su culpa en un mundo de reproches. del sabor de nuestros besos. Mi padre empezaba ya a distanciarse de mí. Me acordaba del desayuno de hacía un momento. lo tenía. A la mañana siguiente. que no era más que una niña mimada y perezosa y que no tenía derecho a pensar así. que me estaría esperando en la cala dorada. y pensé en Anne. Yo estaba desconcertada. miré las líneas siguientes con la misma aplicación y buena voluntad. del suave balanceo del barco. ¿no? Me miraba. me perdía yo misma. me miraba sonriendo: planteada así. Pensé en ella con tal vehemencia que me senté en la cama. al fin y al cabo. la amabilidad. el impulso de amar a la humanidad nos ha venido siempre de un contacto con el principio generador de la raza humana». eso era lo que le echaba en cara a Anne. Cécile. supongo... y luego en voz alta. inestables. ¿Y qué me aportaba Anne? Sopesé su fuerza: había querido a mi padre. huidiza. y de pronto algo se alzó en mí como una ráfaga de viento. deberías estudiar un poco. —Vamos —dijo Anne tomándome la mano por encima de la mesa—. que me hacía sentirme ridícula. y me dije que aquello era estúpido y monstruoso. Me repetí esa frase. demasiado inexperta para la introspección. No podía seguir. Porque nos haría ser felices. la discusión era sencilla. O sea. Me acordé de Cyril. Por fin. bien educadas y felices. Lo dije tan quedo que no me oyeron o no quisieron oírme. me arrojó sobre la cama. Me miró y apartó los ojos de inmediato. sentimiento que despreciaba. Y seguí cavilando a mi pesar: cavilando que Anne era funesta y peligrosa. y que había que apartarla de nuestro camino. de que lo había pasado con los dientes apretados. la comprendí y me sentí tan fría. Me daba cuenta de que la despreocupación es el único sentimiento que puede inspirar nuestra vida sin darnos argumentos para defendernos. No es tan grave. cederíamos al atractivo de las normas y de la responsabilidad. y por más que medie una gran distancia entre una regla de conducta y una afirmación sobre el fondo de las cosas. sí.—Seguramente tienes razón —dijo—. Necesité unos minutos para comprenderla: «Por mucha heterogeneidad que podamos hallar en principio entre los hechos y la causa. y sólo durante un mes. la despreocupación. Esa expresión apurada. tan impotente como al leerla por primera vez. me tropecé con una frase de Bergson. es grave. nuestras risas cuando regresábamos de madrugada en coche por las calles blancas . Recordaba con ganas de llorar nuestras antiguas complicidades. Era una mujer demasiado eficaz. Sí. —¿A ti qué te parece? —contesté secamente. de mala conciencia en el que. Veía claramente con qué facilidad nosotros. No querrás repetir. con el corazón palpitándome. Hundí la cabeza entre las manos y la miré con atención. Aparté la mano suavemente: —Sí —dije—. que le había visto en la mesa me obsesionaba.

Lo vi petrificarse en un gesto de interrogación. me ponía de malhumor. su conversación. ironía. Ni siquiera sufriría: Anne obraría con inteligencia. compadecerme de mí misma. y de mal pensar y de pensar poco. como por la mañana. Estaba desesperada. la libertad de elegir yo misma mi vida. no abrí la boca. me aborrecía demasiado a mí misma por aquella especie de drama que ya no podía detener. Me miró también.de París. comprendiendo tal vez que aquello ya no era un juego y que peligraba nuestra armonía. no tendría ni ganas. Ya sólo me compadecía de Anne. pasando por una serie de estados desagradables pero resultantes todos ellos del siguiente descubrimiento: estábamos a merced de Anne. Estuve cavilando toda la tarde al respecto. vi la mano de Anne. . Le miré. con dureza. Transcurridos tres meses. Pero yo sé las verdaderas causas: fueron el calor. me consolara. Era cierto que le gustaba la juventud. de la muerte. súbitamente alarmado. Bergson y Cyril. me has traicionado» e intenté hacérselo entender sin hablar. No estaba acostumbrada a meditar. Sé que pueden achacarse complicados motivos a ese cambio. una mano larga y viva. me hubiese gustado que me cogiese en sus brazos. balancearse. No puedo decir «de ser yo misma» puesto que no era más que un barro moldeable. tengo remordimientos por hacerte trabajar. en el rectángulo luminoso proyectado por la mesa del comedor. recobrar a mi padre y nuestra vida de antaño. de elegirme a mí misma. Mi padre y Anne callaban: tenían ante ellos una noche de amor. Mi padre se creyó obligado a bromear: —Lo que más me gusta de la juventud es su vitalidad. Anne se volvió hacia mí: —Tienes mala cara. Me hubiese gustado que alguien me acariciara. de la música. Habíamos acabado de cenar. Era absolutamente necesario reaccionar. Pensé en Cyril. me reconciliara conmigo misma. No contesté. Y ahora me abandonaba. esos dos años de los que tan pronto había renegado el otro día.. pero sí la libertad de rechazar los moldes. yo tenía a Bergson. En la terraza. me desarmaba él mismo. Todo eso se había acabado. Intenté llorar... como si estuviese segura de vencerla. no sería capaz de resistirme.. fue en vano. dulzura. que pueden atribuírseme magníficos complejos: un amor incestuoso por mi padre o una animadversión malsana por Anne. Lo miré violentamente. Con qué encantos se me aparecían de repente los dos felices e incoherentes años que acababan de pasar. pensando: «No me quieres ya como antes. encontrar la de mi padre. Ahora me tocaba a mí verme influida. en aquella terraza acribillada por las cigarras y la luna. En la mesa. La libertad de pensar. remodelada y orientada por Anne. o al menos la ausencia de Cyril. ¿y con quién había hablado yo sino con él? De todo habíamos hablado: del amor.

nosotros efusivos. pensaba a lo largo de la comida: «Ese gesto que le ha dirigido. en la playa no hacía más que dormir y. Anne decía: «Cuando regresemos a París. pensaba. La espontaneidad y un egoísmo fácil habían sido siempre para mí un lujo natural. es autoritaria. por ello. Raymond. iba adelgazando un poco más cada día. durante las comidas. a intervenir en ella. Pensaba: «Es fría. «es estúpido y miserable. la idea de que iba a compartir nuestra vida. nosotros independientes. juzgándome sincera.Segunda parte Capítulo primero Me sorprende la nitidez de mis recuerdos a partir de aquel momento. «Ese sentimiento hacia Anne». Miraba a Anne. Adquirí una conciencia más atenta de los demás. me las murmuraba a mí misma. es indiferente. gritando que me engañaba a mí misma. de pronto. en realidad.». Sufría todos los horrores de la introspección sin. la espiaba de continuo. ¿acaso no es amor. no le interesa la gente. guardaba a mi pesar un tenso silencio que acababa incomodándoles. reconciliarme conmigo misma. Encontraba disculpas. a nosotros nos . Me habían acompañado siempre. Por primera vez en mi vida ese «yo» parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente. de mí misma. un amor como nunca volverá a inspirar mi padre? Y esa sonrisa hacia mí con un asomo de inquietud en los ojos. ¿cómo puedo echársela en cara?». a poner atención en mi vivir. Entonces. Pero. y bruscamente surgía otro «yo» que tachaba de falsos mis propios argumentos. feroz. me sublevaba. Y de repente aquellos pocos días me alteraron lo bastante como para obligarme a meditar.. por más que pareciesen de lo más verosímil.. Pero. Entretanto.» Pero ¿por qué juzgarme así? Siendo sencillamente yo. no era libre de calibrar lo que ocurría. y el deseo de apartarla de mi padre. ¿no era esa otra quien me engañaba? ¿No era esa lucidez el peor de los errores? Me debatía horas enteras en mi habitación para dilucidar si el temor y la hostilidad que me inspiraba Anne en aquel momento tenían razón de ser o yo no era más que una joven egoísta y mimada con ínfulas de falsa independencia. Ya no veía en ella más que un ser hábil e indiferente.

a robarnos todo. la creía capaz de todo. Cécile —dijo Anne—. La miré desesperadamente a la cara. ¡una hermosa serpiente!». haz un esfuerzo. lo que me hacía aborrecerme a mí misma. Anne? Si parece un pollo vaciado y asándose al sol. la incertidumbre ensombrecían su rostro. Mi padre sufría en la medida en que era capaz de sufrir. ¡No! No era del todo cierto.. nosotros somos alegres. ven a ver a esta joven. Ella me alcanzaba el pan y de repente yo. Sentía su mirada clavada en mí... mejor que lo deje. Trabaja un poco y come mucho. —¿Echas de menos a ese chico? —preguntó mi padre. poco. Me sentía palidecer de vergüenza. Y eso que le bastaría trabajar de verdad. sin embargo. Al final logré poco a poco que la atmósfera se tornase irrespirable. Se sentó al otro lado y murmuró: —Lo cierto es que no le sienta bien. diez días atrás. porque estaba loco por Anne. cuando me puso la mano en la cabeza y alzó la voz con tono lamentable: —Anne. Si el trabajo ha de sentarle así. y sólo vivía para eso. Una hermosa serpiente. Permanecí tumbada boca abajo en la arena.. como si me despertara. Nosotros dos somos de verdad los únicos que estamos vivos y ella va a deslizarse entre nosotros con su tranquilidad. lo habría arreglado. —Vamos. Me di la vuelta y los miré. A ratos. Ese examen es importante. me gritaba a mí misma: «¡Pero estás loca. le suplicaba en voz baja que me perdonase. Pero tampoco había tenido tiempo de pensar en Cyril. para que se diese cuenta de . ¿Cómo sabía que yo no trabajaba? Tal vez me había adivinado el pensamiento. él la miraba con admiración o deseo. Un día. Pero mis complicaciones habían ido en aumento y las horas de trabajo no me molestaban ya. mientras yo dormitaba en la playa tras el baño matinal. se está quedando muy enclenque. Buscaba instintivamente a mi padre con los ojos. su indiferencia la protege de mil sórdidas insignificancias. sin duda. Anne se acercó. se sentó a mi lado y me miró.. como una hermosa serpiente». la inteligente Anne. —Pues tienes mal aspecto —afirmó severamente mi padre—. atenta al ruido apagado de sus pasos. habida cuenta de que no había abierto un libro desde Bergson. va a acomodarse. dejaban en suspenso sus frases. sin cuidado. ¿No la ves. a quitarnos poco a poco nuestro grato y despreocupado calor. la que se ha ocupado de ti! La frialdad es su forma de vida. —Me trae sin cuidado mi examen —grité—. ¿comprendes?. loco de orgullo y de contento.. no puedes ver premeditación en ello. Iba a levantarme y a proponerle ir al agua con ese aire falsamente alegre que ya era habitual en mí. es una garantía de nobleza».. Me repetía: «Una hermosa serpiente. es reservada.. La idea me asustó: —No doy vueltas por la habitación —protesté. si es Anne. sin comprender la causa de tal inquietud. O sea. en vez de dar vueltas por la habitación. Creía arreglarlo todo con eso y.apasiona. Anne sorprendía esas miradas y la extrañeza.

por el reproche. Por eso. me tomó la mano y la retuvo. era con desprecio e indiferencia. porque semejante idea ni se le pasaría por la cabeza. ¡No se merecían otra cosa! Anne siempre otorgaba a las cosas su importancia justa. me agotaba. Tú. Y comprendí que jamás se le ocurriría preguntarme. No va contigo el personaje. que aborrecía ese tipo de discusiones. liberarme. la había apretado furtivamente en los momentos de complicidad y de risa desatada. con tan poca cabeza. Me dejé caer en la arena con violencia. aquella mano apoyada en el hombro de una mujer o con un cigarrillo. Mi padre. Capítulo segundo Transcurrieron dos días: le daba mil vueltas a lo mismo. me convencería. me sonrió. Y entonces. Incluso hallaba cierta complacencia en plantearme cuestiones . aquella mano no podía hacer ya nada por mí. que me acosara a preguntas. si lo hacía. temblé un poco. suspiré. La mano de Anne. —Ya —dije—. No podía liberarme de aquella obsesión: Anne iba a destrozar nuestra existencia. tranquila y segura. apoyé la mejilla en la cálida suavidad de la playa. Volviéndose hacia mí. y. buscando en vano el agujero de la cerradura. —Ven a comer —dijo. Me miraba atentamente. se posó en mi nuca. te vuelves ahora cerebral y triste. que me obligara a contárselo todo. —No te compliques la vida —dijo—. No intenté ver a Cyril. Y también porque no me atribuía ninguno de esos pensamientos que me torturaban. hasta que cesó mi temblor nervioso. había cogido la mía en los momentos de tranquilidad y de felicidad perfecta. porque pensaba que eso no se hacía. nunca. La suya era una mano fuerte y reconfortante: me había secado las lágrimas cuando sufrí mis primeras penas de amor. y no me apetecía. se había alejado. decidiría lo que le diese la gana. Aquella mano en el volante. veía el azul de Prusia de sus ojos ensombrecidos por el esfuerzo de mirar con atención. pero así dejarían de invadirme tan amargos y deprimentes sentimientos. por la noche. llena de alegría y estupidez. me habría hecho disfrutar de algún momento de felicidad.que la cosa era mucho más grave que un examen. La estreché con fuerza. nunca jamás podría tratar con ella. Mientras caminábamos hacia la casa. que eras tan alegre y tan animada. Soy la clásica chiquilla inconsciente y sana. Necesitaba que ella me dijera: «Pues ¿qué te preocupa?». o con las llaves. Me habría tranquilizado.

y de inmediato comprendí por qué. la cabeza echada hacia atrás. Juan me ha comprado algunos vestidos estos días. Raymond va a casarse. en temer los venideros. Ponía en el tocadiscos. me entraron ganas de reír. con un color claro y regular. tres semanas antes. en recordar los días pasados. afloraron planes.insolubles. pero no era él. desorientada.. muy cuidado. todo ritmo. moviéndome apenas para encontrar un trozo de sábana fresca. Me quedé en la cama. —Jamás adivinarías de lo que le ha convencido. pero no son suficientes. me encontraba decadente y eso me gustaba. Cuando le mencioné a mi padre. de bares. Elsa se volvió hacia mí con cara horrorizada: —¿A casarse? ¿Y Raymond quiere casarse? —Sí. Pensé de inmediato en Cyril. Me incliné hacia adelante y bajé de improviso la voz para impresionarla: . Pero ese juego no bastaba para engañarme: me sentía triste. Elsa parecía anonadada. De pronto. se interrumpió por su propia cuenta.. Bruscamente. pero aun así el aire era insoportablemente pesado y húmedo. —Mucho —suspiró Elsa.. Me pregunté un instante quién era Juan pero lo dejé estar. Fumaba mucho. al fin y al cabo. No dormía. Yo notaba confusamente que me asaltaban curiosas ideas inspiradas en parte por su nuevo aspecto. dio unos pasos por la habitación y. Me gustaba volver a ver a Elsa: traía con ella un aire de mujer mantenida. —He venido por las maletas —dijo—. Una tarde llamó la asistenta a mi puerta y me advirtió con cara misteriosa que «había alguien abajo». instalado al pie de la cama. supe lo que había que decir: —¡«Feliz» es mucho decir! Eso es lo que le hace creer Anne. como si le hubiera asestado un mazazo. Van a casarse. una multitud de proyectos bulló en mi cerebro. En mi habitación. a pesar de Juan y sus vestidos. Me dio la impresión de haber dado en el blanco. Por fin se había puesto morena. lo que le evitaría encontrarse con mi padre y con Anne.. Me temblaban las manos. se puso a hablarme con gran animación de la vida mundana y subyugante que había llevado en la costa. y estaba pletórica de juventud. Disimulé un leve escalofrío y le propuse que subiese a mi habitación. Es muy hábil. Mi habitación estaba en la penumbra. me sentí sucumbir bajo el peso de mis argumentos. no pudo evitar un pequeño movimiento con la cabeza y pensé que a lo mejor seguía queriéndolo. los ojos fijos en el techo. Me estrechó las manos con efusión. se me habría pasado por alto aquel gesto. Con igual presteza. No había que dejarla meditar y deducir que. Le dije que me alegraba de verla y me aseguró que siempre nos habíamos llevado bien porque teníamos puntos en común. discos lentos. mi padre ya era mayor y no podía pasarse la vida con mujeres galantes. me preguntó con tono de despego si «Raymond era feliz».. de fiestas frivolas que me hacían evocar días felices. La miré y me sorprendió su recompuesta belleza. Era Elsa. sin volverse. los postigos cerrados.. Hacía mucho calor. tal vez por mi silencio. Pensé también que. sin melodía. Por fin.

Parecía fascinada. Agregué para mis adentros: «. vete a ver a Cyril de mi parte y le pides que te aloje. Elsa... Elsa asintió gravemente. Le di una semana a mi padre para volver a desearla. rendida.. de la moral. tumbada al calor del . y se lo ha metido en el bolsillo. Discutiremos el asunto los tres. pero ahora vería esa intrigante de lo que era capaz ella. No intentes hacerme creer que lo ignoras. y tú lo sabes. Elsa se iba animando a ojos vistas. Yo actuaba en una especie de vértigo. déjalo —dije. La vi parpadear y volver la cabeza para disimular la satisfacción.. —Sí —dijo. —¡Menuda zorra! —murmuró Elsa. iré a verle. Mi padre está sufriendo ya. nos destroza la vida a los tres. La miré alejarse al sol. Se echaba de ver que no deseaba otra cosa que creerme.. cosa que me daba ganas de reír y acrecentaba mis temblores. Un niño grande. como si no tuviera por lo menos una docena de destinos. con su andar contoneante. Hay que defender a mi padre. Lo veo imposible. Ya se apañará con su madre. no intentaba. —Te estaba esperando —proseguí—. La única con suficiente clase.—Eso no debe ser. colmada.. le ha salido con el cuento del equilibrio conyugal del hogar. —Si te parece imposible.. Elsa. de un modo tosco y elemental sin duda. tantos como hombres que la mantendrían. con esa voz que llaman entrecortada. pero fiel a lo que yo pensaba. mañana por la mañana. —Como se celebre ese matrimonio. —Vamos. Es algo que no es posible. siempre lo había sabido. lo que expresaba en aquel momento eran mis propios sentimientos. Elsa —dije suavemente—. y volví la cara yo también. estás defendiendo tu destino —agregué con pitorreo en el umbral de la puerta. Elsa Mackenbourg. por mi padre y por vuestro mutuo amor. —Es la palabra exacta —dije. es un niño grande. la esperanza que le infundían mis palabras. Se la habían jugado. Me abrumaban mis palabras. Porque. si a quien quiere es a ti. Eran las tres y media: en aquel momento estaría durmiendo en los brazos de Anne. Aquello me parecía un tanto melodramático pero ya los bonitos ojos verdes de Elsa se empañaban de compasión. Ella misma. Repetía «niño grande» con energía. —Pero ¿qué puedo hacer yo? —preguntó Elsa—. —Elsa —dije interrumpiéndola.. intuyendo exactamente lo que había que decir. —Como puedes imaginarte —dije—. Tú eres la única capaz de medirte con Anne. Ella misma no había podido olvidar junto a Juan la seducción de Raymond. —Pero si se casa con ella será porque la quiere —objetó. Elsa. Eso sí. pero al menos no le aburría. en definitiva. Elsa. y por los chinitos». Dile que. Te lo pido por ti. Concluí como en un cántico: —Ayúdame. Y mi padre la quería... porque ya no la soportaba—. ella no le hablaba del hogar.

nada más empezar a hablar con Anne. eliminaba sobre la marcha todas las objeciones. Es cierto que era increíble. para tranquilizarse. Elsa. Es muy vanidoso o muy poco seguro de sí mismo. . no sabía qué hacer para reparar mi falta. Deambulaba por el cuarto sin interrupción. —¿Verdad que es útil el bachillerato? Me miró y soltó una carcajada. no posee tu belleza pero es ese tipo de hembra despampanante que hace volverse a los hombres. de sus arranques. «Es la palabra exacta. que era lo que yo quería. bien mirado. nuestra amiga. ¡sobre todo si hubiera sabido lo que había proyectado hacer! ¡Me moría de ganas de contárselo para que viera hasta qué punto era increíble! «Imagínate que le hiciese representar una comedia a Elsa: ella fingiría estar enamorada de Cyril. contra mí. en la costa. Me sentía peligrosamente hábil y a la oleada de asco que se había apoderado de mí. ante sus ojos. aplastado sobre la arena. de palabras amables. Me puse a trazar planes muy rápidamente sin detenerme un instante.» ¿Cómo había podido decir semejante cosa y escuchar las tonterías de Elsa? Al día siguiente le aconsejaría que se marchase. por más que te quiera. La imité. me precipitaba a tenderle el albornoz cuando salía del agua. Mi padre no lo habría soportado mucho tiempo: nunca ha consentido que una mujer guapa que ha sido suya se consuele tan deprisa y. daba la vuelta. Entonces te habrías marchado. Le llevaba la bolsa. Sí. mi padre te habría engañado y no habrías podido soportarlo. feliz de verla tan contenta. Todo volvería a ser igual y. Nunca me había dado cuenta de la agilidad de la mente.. la amiga de mi madre. aprobaría ese examen. viviría en su casa. Tan brusco cambio. se sumaba un sentimiento de orgullo. Sí. Un día. tras mi silencio de los últimos días. Y. del calor. sin embargo. Comprenderás.. bajo mis directrices. es una estupidez. Todo eso se vino abajo —¿hace falta decirlo?— a la hora del baño. de complicidad interior. confesándole que me había equivocado. Elsa se ha puesto otra vez muy guapa. Anne me daba las gracias con una sonrisa. no dejó de sorprenderla e incluso le gustó.. por así decirlo. la colmaba de atenciones. bueno. nos los encontraríamos en el pinar. que la habría deseado enseguida. —¿Verdad? Le hablaba a Anne. Seguro que tiene alguna utilidad el bachillerato. Me imaginaba que. sopesaba. Por culpa de ese bachillerato habría podido hacerte romper con nosotros. Temblaba de remordimiento ante Anne. como quieras. caminaba hasta la ventana. de soledad. habría hecho todo lo necesario. de la felicidad. te había cogido manía por culpa de Bergson. Sobre todo con un hombre más joven que él. Calculaba. Es algo tan abstracto y ridículo que ni me atrevo a decírtelo. Anne. —Eres increíble —dijo. a ti.. se estaría abandonando al sueño. los veríamos pasar en barco. volvía a la puerta.placer. Mi padre estaba encantado. ¿a que no? No eres de esas mujeres que comparten a un hombre. dirigía una mirada al mar perfectamente tranquilo. me contestaba alegremente y yo me acordaba del «Menuda zorra».

Intercambiamos ideas descabelladas. era demasiado impulsiva. del sentimiento. al encaminarme a casa de Cyril. en la soledad. De pronto entreveía todo ese mecanismo de los reflejos humanos. sacarlo a la luz y. la risa atónita de mi padre. Seguramente no lo habría entendido. que me trataría con eruditos y que quería llegar a ser una persona famosa y cargante. Me zambullí en el agua en pos de mi padre. además: había puesto la mira en Elsa. Por vez primera conocía ese placer extraordinario: calar a un ser. pero lógico? ¡Y Elsa! Me la había ganado a través de la vanidad.. la aprobación de Anne. Se vería obligado a desplegar todos los recursos de la publicidad y del escándalo para catapultarme. descubrirlo. De cuando en cuando. el olor a tinta. había bebido demasiado durante la cena y me puse más que alegre. Anne se reía también pero menos ruidosamente. Les di . Sería inteligente.. me mudaría de habitación. no se reía en absoluto. De todas maneras. había intentado encontrar a alguien y al punto el mecanismo se había puesto en marcha. El éxito en octubre. como con indulgencia. como Anne.. ¿Que es útil el bachillerato? —Sí —contesté. de la buena conciencia. el esfuerzo silencioso. me acostaron y me arroparon. del agua. era preferible no decirle nada. cuando venía sólo a recoger las maletas. Pero mi padre parecía tan manifiestamente feliz de que nos reencontrásemos a través de nuestras bromas estúpidas que no decía nada. riéndonos a carcajadas. Había cosas que Anne no entendía.es útil el bachillerato. temblándome la mano. con dulzura. ¿Acaso no había elaborado en cinco minutos un plan lógico. Si llegaba al corazón de una persona era por descuido. todo ese poder del lenguaje. Me instalaría en el desván con mis libros de texto. el título. la había convencido en unos instantes. Al día siguiente. un poco displicente. ¡Tocado! Nunca había conocido tal cosa. con precaución. vislumbrado el punto débil y ajustado mis tiros antes de hablar. luché con él. ¡Tampoco había que exagerar! Dos buenas horas de trabajo. ¿verdad?» —¿Verdad? —¿Verdad qué? —dijo Anne—. entonces. ya que mis proyectos de lanzamiento rebasaban los límites de la literatura y de la mera decencia. a papel. Un día amaría a alguien apasionadamente y buscaría un camino hacia él. Era curioso. Para celebrar mi curación. no me llevaría a Bergson.. Capítulo tercero Al día siguiente.. Al igual que apretamos con precaución un resorte.. Lástima que fuese a través de la mentira. Al final. Bien mirado. me sentía intelectualmente mucho menos segura de mí misma. culta. despreciable desde luego. reconquisté los placeres del juego. Le expliqué a mi padre que había decidido hacer una licenciatura en letras. A lo mejor tenía posibilidades intelectuales. darle de lleno.

—Yo tampoco —dije. Reconocí la imaginación de Elsa. ¿Sabe que he venido? Esgrimía la sonrisa feliz de la mujer que ha perdonado y espera. Le quería pero no quería casarme con él.. me encaminé hacia el pinar. no poder demostrarle mi emoción.. He mandado a paseo el derecho. Cyril. ¿Qué me dices? Busqué desesperadamente alguna frase equívoca que quedase bien. una huérfana —dijo Cyril—. De ahora en adelante. con esa cara tan distinguida y esa clase. De no haber sido por aquel espantoso mareo. Bajaba en batín.. —Se la he presentado como una amiga. Cécile. estoy hablando en serio. me ocuparé yo de ti. A decir verdad.. una vez. Me ha contado todo lo de esa mujer. quiero casarme contigo.. estuve enferma. —Qué pálida estás —dijo—. Lamentaba estar tan mareada. No sabía nada de ti. El despertar fue de lo más espantoso. Tengo veintiséis años. decir algo. mi padre dirá lo mismo. No sabía que yo mismo pudiera ser tan desgraciado. Tenían ambos un aspecto sano. me quedé profundamente dormida. Por la noche. Pregunté a Cyril qué opinaba su madre....vehementemente las gracias y les pregunté qué haría yo sin ellos. me estrechó violentamente contra él musitando frases confusas: —Cariño. si esa mujer te lo hacía pasar mal. Mi padre.. me tomó en sus brazos.. Mantiene que todavía no soy adulta. —De tu padre me encargo yo —dijo Cyril. como si saliese de la cárcel. Había que hacer algo. —Anne no querrá —dije—. Me invadió un instante de pánico.. No creía que te quisiera tanto. —Elsa ha exagerado mucho —murmuré débilmente—.. —Yo también tengo algo que decirte —me interrumpió Cyril—. Pasaba todas las tardes delante de la cala. estaba cansada. Me sentí mustia y flaca. resplandeciente y excitado que me dejaba aún más apagada. un tío mío. Anne parecía tener una idea bastante feroz al respecto.. Hace tanto tiempo. pero cuando le supliqué que me lo dijese y se inclinó hacia mí. —No es posible —balbucí—.. Mi padre no lo sabía en absoluto. Se abalanzó hacia mí. Elsa es muy agradable. no dejaré que sigan maltratándote. —¿Cómo está Raymond? —preguntó—. sin prestar la menor atención al mar matinal y a las gaviotas enardecidas... Estoy tan cansada.. Quería decirte precisamente que. No quería casarme con él. Elsa me hizo sentarme con mil deferencias. sentémonos. lozana y luminosa. me han ofrecido un trabajo interesante. Aquí llega Elsa. Y si ella dice que no.. estas emociones me dejan hecha polvo. estaba muy inquieto.. Me encontré a Cyril a la entrada del jardín. No . la cosa me sorprendía y me conmovía a un tiempo. Con la mente confusa y el corazón vacilante.. No quería casarme con nadie. dos veces. —Te quiero —decía Cyril con la boca pegada a mi pelo—. Además. ya no soy ningún niño. Es curioso que sea capaz de tales intrigas.

. El café era muy fuerte. su boca inmóvil pegada a la mía. el director de aquella comedia. Miraba su boca. con un brillante porvenir. —Cécile. pero puse tanto empeño en convencerlos que acabé apasionándome yo misma. me consideraba a todas luces una persona muy sutil. hábil. Hablé durante largo rato. se apoyó un poco más para atajarlo. Comprendí que estaba más dotada para besar a un chico al sol que para estudiar una carrera. y el sol me tonificó un poco. Sólo me quedaba por demostrarles que no había que hacerlo. Ya no me sentía nada intelectual. Me imaginé a Anne presentándome a un joven el día de mis veinte años. Y así puse en marcha la comedia. explicándoles mi plan. A mi pesar. Pero si no hay otra manera de casarme contigo. Acercó un poco la cara hasta que nuestros labios se rozaron y reconocieron. —No la hay —dijo Cyril—. los ojos oscuros de Cyril. Resultaba gratuito. tenso. Le recorrió un leve estremecimiento. Dime que te pondrás celosa cuando finja que quiero a Elsa. Me eché a reír. turgente de sangre. Me quería. los acepto. ni a él que no quería casarme. muy aromático. no he encontrado solución —dijo Elsa. Elsa hablaba por los codos. No hay nada que hacer. de guapísimo bandido. luego sus labios se abrieron. ¿Cómo se te ha podido ocurrir? ¿Me quieres? Hablaba en voz baja. Yo era el alma. —Bésame —murmuré—. —Se te ocurren cada idea más rara —dijo Cyril con esa sonrisilla sesgada que le levantaba el labio y le ponía cara de bandido. que mi padre la había olvidado.podía decirle. una boca caliente y dura. corre. su beso se animó. Me halagaba verlos pendientes de mis palabras: ¡tenían diez años más que yo y no se les ocurría nada! Adopté un aire desenvuelto. —Sabes muy bien que si se queda. inteligente. te casarás con quien ella decida — dijo Elsa.. bésame . —No me gustan estos tejemanejes —dijo Cyril—. tenía confianza en mí. Hay una forma. no te rías —dijo Cyril—. equilibrado y a buen seguro fiel.. Representaré ese papel con Elsa. Miraba el rostro moreno. pero no se me ocurrieron argumentos del mismo peso. lo que me producía una curiosa impresión. Permanecí sentada con los ojos abiertos. —Sí —dije—. por lo demás. jadeante. Cyril fue a buscar café. No tenéis la menor imaginación. —No es que sea culpa de Anne —objeté. —Es cuestión de psicología —dije. enseguida se tornó apremiante.. Siempre podría detenerla. Me desasí un poco. Me pregunté si mis cálculos eran acertados. Les demostré que era posible.. licenciado también. tenemos que vivir juntos. tan cercana. demasiado hábil. —Por más que he buscado. Me presentaron las mismas objeciones que me planteara yo la víspera y experimenté un soberano placer rebatiéndolas. Está encaprichado. a ella.. dominado. Cerré los ojos. En cierto modo como Cyril. Elsa se había alejado discretamente. Tal vez era cierto. por indolencia y . —Por favor.

Mi padre miraba el barco. Y eso que hacía dos minutos que la esperaba: —Pero. ¡Anda!. lo que me costase hacerme adulta. y quizás incluso con la madre de Cyril. Además. Alcé la cabeza. volví violentamente la cabeza hacia mi padre para zafarme de esa mano. Y además. matrimonio unido. o mi padre podía extremar su pasión por Anne hasta mantenerse fiel. Mi mirada se cruzó con la suya y volví a pegar la cara a la arena. casi de súplica. Mi padre salía del agua. Acercó la mano y la posó en mi cuello: —Mírame. ni Cyril ni Elsa podían hacer nada sin mí. Cyril me quería. Cécile. venteando el peligro. —Pero ¿qué hace? —exclamó mi padre—. Me quedaban para tranquilizarme numerosos argumentos: mi plan podía errar. Me bañé con Anne. durmiendo pegada a él. Me miraba. Me recibió con la expresión irónica que se adopta con la gente que ha bebido la víspera. lo que contribuiría a crear un ambiente familiar durante la comida. con todas las velas desplegadas. Abandoné a los conspiradores al cabo de una hora. Bajaba a la playa a reunirse con mi padre.. Pero Anne no le escuchaba. dejándonos atrás. ¿Estás enfadada conmigo? Abrí los ojos: se inclinaba hacia mí con cara inquieta. muerta de vergüenza. Para poder ser yo la culpable. En ese momento asomó la embarcación por el extremo de la cala... Le pregunté qué había estado a punto de decirme por la noche antes de que me durmiese.. Exhalé un gemido. y eso el día en que.. Por primera vez me miraba como un ser sensible y pensante. Lo encontré soberbio. Ya encontraría un motivo para detener el juego. le perdonamos? En el fondo es un buen chico. alegando que me molestaría. Me encontré con Anne en la terraza.curiosidad. ¡pero si es Elsa! ¿Qué hace ahí? Se volvió hacia Anne: —¡Esa chica es increíble! Seguro que ha pescado a ese pobre muchacho y se ha ganado a la anciana. . Divisé la cara de Cyril y le supliqué para mis adentros que se fuera. bastante apurada. Cyril quería casarse conmigo: el pensar eso bastaba para mantenerme eufórica. y no la pereza. Si podía esperar uno o dos años. Mi padre fue el primero que la vio: —El bueno de Cyril no aguantaba más —dijo riendo—. ancho y musculoso. Si cruza la cala. muy queda—. en el caso de que mi padre cayera en la trampa. La exclamación de mi padre me hizo sobresaltarme. El barco iba a pasar delante de nosotros. sacando la cabeza para no mojarse el pelo. —Pobre niña mía —prosiguió la voz de Anne. silenciosos y tranquilos. el sol o los besos de Cyril. Todos los domingos iríamos a comer con Anne y mi padre. pero se negó riendo.. ¿Qué. Luego nos tumbamos boca abajo los tres juntos. yo entre ellos dos. que nadaba despacio. Anne había levantado la cabeza a su vez. A ratos. aceptaría. preferiría haberlo hecho voluntariamente con odio y violencia. Tenía su gracia intentarlo y comprobar si mis cálculos psicológicos resultaban ciertos o equivocados. Me veía ya viviendo con Cyril. pero si no va solo. siempre juntos. Anne.

La asistenta le explicó que Elsa había venido a recoger sus maletas y se había marchado enseguida. ¿me crees? Me acariciaba el pelo y la nuca. pero podía ver pasar a Elsa. Era una lugareña. de dulzura... Y así. Así. se habían apoderado de mí con tal fuerza. como ya he dicho. dando muestras expresivas de estar muy enamorados. confiarle mi vida. y jamás otro sentimiento. muy novelera. no tardó en resultarme grata. Tenía la misma sensación que cuando la arena se me escurría a los pies al retirarse una ola. no me hacía demasiada gracia cruzarme de continuo con Cyril y Elsa cogidos del brazo. cuando nos cruzamos . ¿He dicho que era buena? No sé si su bondad era una forma refinada de su inteligencia o sencillamente de su indiferencia. por más que fuera culpa mía. apoyaba la mano en mi hombro para darme ánimos. Capítulo cuarto La única reacción de mi padre había sido la sorpresa. me prodigaron atenciones y una bondad que. Con ello me mostraba a las claras su cariño por Anne y me humillaba un tanto demostrándome también la inanidad de mis planes. y si de veras hubiera tenido que sufrir. ni la ira ni el deseo. Cerré los ojos. me hablaba de otra cosa. Sobre todo con los cambios de habitación en los que había intervenido. A fin de cuentas. en el pueblo y en la carretera. No tenía que esforzarme para adoptar una expresión impenetrable y falsamente indiferente cuando nos los tropezábamos. y supongo que debía de formarse una idea un tanto pintoresca de nuestra situación. Ya no podía ir en barco. Renunciar a la comedia. desmelenada por el viento como yo misma días atrás. dejaba que las cosas siguieran su curso sin demasiada inquietud pues. Me invadía un deseo de derrota. pero tenía siempre para conmigo la palabra y el gesto adecuados.cariño. No sé por qué no le mencionó nuestra conversación. Me dio la impresión de que mi corazón había dejado de latir. cariñosamente. no habría podido contar con mejor apoyo. Un día entrábamos en correos él y yo. quizá no tenía que haber sido tan intransigente. mi padre no daba la menor muestra de sentir celos. mi padre y Anne. en cierto modo es culpa mía. Porque nos los tropezábamos por todas partes: en el pinar. ponerme en sus manos hasta el fin de mis días. No quería hacerte daño. presa de remordimientos. Anne me lanzaba una mirada. insoportable al principio. Nunca había sentido una debilidad tan violenta y total. Yo no me movía.

—El amor... Esta pareció no vernos y mi padre se volvió hacia ella como si de una desconocida se tratase. En realidad no hacía nada: había encontrado un libro de yoga y me dedicaba a él con gran convicción. Supuse que era la asistenta y como estaba curada de espantos le grité que pasase.. que le sienta bien —dije.. me sentí mal.. y que al casarse con una mujer de su edad. lo que desesperaba visiblemente a mi padre. ¿Y qué ha sido de la famosa redacción sobre Pascal de la que tanto nos has hablado? Era cierto que durante la comida había estado disertando sobre una frase de Pascal fingiendo haber meditado y trabajado sobre ella. —Oye. que ignoraban cómo iban las cosas. Pero resultaba tan fácil seguir mis impulsos y luego arrepentirme. Estaba furioso.con Elsa. Transcurrió una semana. Pero no es un juego. —A ver si te piensas que un niñato me va a robar a mí una mujer si yo no quiero. Anne me miró fijamente y comprendió: . Se encogió de hombros. No me atrevía a ir. —También interviene la edad —dije muy seria. no hubiera habido fatalidad alguna. Elsa está pero que muy guapa. —Si no llega a estar Anne. —dijo mirándome sorprendido. —Sí que eres concienzuda —dijo—.. tenía apoyado el pie derecho en el muslo izquierdo y me miraba fijamente en el espejo. Se quedó durante un segundo inmóvil en el umbral y sonrió: —¿A qué juegas? —Al yoga —dije—. lo vi preocupado: tal vez pensaba que Elsa y Cyril eran jóvenes. Me daba la impresión de que me ganaba su estima con ello y a veces citaba a Kant en la mesa. Jugaba un poco con ella a la enamorada frustrada que busca consuelo en la esperanza de ser un día toda una licenciada. Una tarde me había envuelto en toallas para dar una imagen más hindú. Cuando me fijé en Anne y vi sus arruguillas en la comisura de los ojos y el leve pliegue en la boca. es una filosofía hindú. Me invadió una involuntaria sensación de triunfo. Tienen la misma edad. era un poco la fatalidad. Se acercó a la mesa y cogió mi libro. —Qué le vamos a hacer. Era Anne. a quien le aseguraba que trabajaba sin parar. lanzando un pequeño silbido. me hubieran querido sacar más ideas y era lo último que me apetecía. cuando llamaron a la puerta. Empecé a inquietarme. debían de esperarme cada día. A ratos me daban tremendos ataques de risa que tenía que sofocar para que no me oyese Anne.. No había escrito una palabra. A la vuelta. Estaba abierto en la página cien y las otras páginas estaban llenas de anotaciones mías tales como «impracticable» o «agotador». —Pareces tomártelo mejor. Cyril y Elsa.. por supuesto. supuestamente para trabajar. Permanecí inmóvil. no con complacencia sino con vistas a alcanzar el estadio superior del yogui. por las tardes subía a mi habitación. dejaba de pertenecer a esa categoría de hombres sin fecha de nacimiento. Además.

Se acercó. Hacía un calor tórrido pero corría impulsada por una especie de rabia. Me entró pánico y me encaminé hacia la puerta. me machacaba con su desprecio. Yo misma había hablado de él con crudeza. Me había cogido del brazo y me sujetaba riendo. Pero que luego te complazcas en mentirnos a tu padre y a mí. Me la había enseñado el día en que fuimos a ver a su madre. podría creer. una camisa vieja y salí corriendo. . la ternura y la pasión. eso ya es intolerable. No sé si era amor lo que sentía por él en aquel momento —siempre he sido inconstante y no quiero tenerme por lo que no soy— pero le amaba más que a mí misma. había hablado de un trabajo para agradarle y. de mostrarme su desprecio me sacó de mis casillas. murmuré «cariño mío. rendida y embotada.—Que no trabajes y hagas la payasa delante del espejo es asunto tuyo —dijo—.. tumbado junto a mí. Siempre había oído hablar del amor como de una cosa fácil. el placer. Se puso pálido como debía de estarlo yo misma y me soltó la muñeca. de ese modo indiferente y brutal. Corrí hasta casa de Cyril. y me eché a reír. Salió y me quedé petrificada. y ese brutal sufrimiento al que seguía. quién no creería. Con el calor de la tarde. Yo pensaba confusamente: «Tenía que ocurrir. Lo miré un instante: por vez primera se me aparecía desamparado y enternecedor. lo miré y lo llamé «mi amante». tanto más violenta cuanto que no estaba segura de no sentir vergüenza. y. Ya me extrañaban a mí tus súbitas actividades intelectuales. habría sido muy peligroso. con la mejilla apoyada en el brazo. ¡Reprocharle esa felicidad. Permanecí junto a él una hora. así por las buenas. Luego comenzó la ronda del amor: el miedo de la mano del deseo. Abrió los ojos y al verme se incorporó de inmediato: —¿Tú? ¿Qué haces aquí? Le indiqué que no levantase la voz. humillante. Cyril.. triunfante. aturdida y sorprendida. tumbado de través en la cama. con la ignorancia de mi edad. y me dio la impresión de que nunca más podría volver a hablar de él así. de tenerme a su lado toda la vida. Cyril. habría dado la vida por él. silenciosas y recogidas en sus secretos.. Me quité el disfraz. Le había pedido a Cyril que no me acompañase.... Me preguntó al marcharme si se lo reprochaba. Le inquietaba mi silencio. —Pero ¿adónde vas? —gritó Cyril—. Me volví hacia él y lo miré. Me había acostumbrado a su nueva actitud hacia mí. Apoyé la boca en la vena que todavía latía en su cuello. y me detuve en el umbral. hablaba de casarse conmigo. Había hablado de Pascal porque me divertía hablar de él. me puse un pantalón. y la manera tranquila. Me incorporé. No entendía que llamase a aquello «mentiras». Tuve la suerte —y Cyril la dulzura necesaria— de descubrirlo aquel mismo día.. tenía que ocurrir». cariño mío».! Regresé lentamente hacia el pinar. embutida en mis toallas. Cécile. Subí hasta la habitación de Cyril. Pero fue para cogerme al punto en sus brazos y arrastrarme... Ven.. Si llegaba su madre y me encontraba en la habitación de su hijo. sin resuello. además. las casas parecen extrañamente profundas. Lo llamé en voz baja. Abrí la puerta: dormía.

las sombras bajo mis ojos. de torpeza. Rezongué y cogí una tercera. no sé por qué. Tal vez porque Anne. me dejaba el corazón en suspenso. ya que no hacía viento y era mi mano la que temblaba. pero no me hizo preguntas.Temía que pudieran leer en mi rostro las claras improntas del placer. como si renunciase a preguntarme nada. interrogadora de Anne pesaba sobre mí. Tenía preparadas ya unas buenas mentiras para justificar mi ausencia. el recuerdo del cuerpo de Cyril. recordando que estábamos peleadas. nunca las hacía. el relieve de mi boca. ésta se encendió y. súbitamente arrancada de su indiferencia. mientras acercaba ávidamente la cara hacia ella. que cesase aquella espera. Se apagó al instante contra mi cigarrillo. cuando se me apaga una cerilla. Permanecí inmóvil. La cerilla se apagó. empezó a latir con violencia. con atención. la caja gris y la mirada de Anne. Pero hoy. atenta al ritmo de mi respiración. sólo quedaban aquella cerilla. he intentado darle uno. Luego me puso un cigarrillo encendido en la boca y tornó a abismarse en la lectura de su libro. los temblores. He dado un sentido simbólico a ese gesto. De cuando en cuando. Entonces Anne. ese abismo entre mis gestos y yo. . de apaciguamiento. Anne leía delante de la casa. me miraba sin sonreír. En aquel momento desaparecieron el tiempo y el espacio. en un gesto de ignorancia. el peso de la mirada de Anne y ese vacío alrededor. al temblor de mis dedos. de placer.. con los ojos entreabiertos. Encendí otra con precaución. Notaba que se me escapaban lágrimas de agotamiento. Mi corazón enloqueció. Así que me senté junto a ella en medio del silencio. Supliqué algo a alguien. el de ciertos instantes. crispé los dedos sobre la cerilla. revivo ese instante extraño. deslizó las manos por mi cara y me relajó. esa intensidad del vacío. tumbada en una hamaca.. Dejé caer la caja en el suelo y cerré los ojos. Y entonces. La mirada dura. Las manos de Anne alzaron mi rostro y yo apreté los párpados para que no viera mi mirada. esa cerilla cobró para mí una importancia vital. el cigarrillo la cegó y la apagó. Cogí un cigarrillo de la mesa y froté una cerilla en la caja. mi dedo encima.

Intenté forzar la cerradura. Casándose con mi padre. Pocos días después. atenta a la especie de calma. Porque tan difícil le resultaba ocuparse de mí. Pero no lo experimentaría. todo ello sin alzar en ningún momento la voz. Corrí a la ventana. de pie. Me volví. Nos acostumbramos a los defectos de los demás cuando no nos creemos obligados a corregirlos. dado que yo era todavía profundamente maleable. auténtico pánico. Por eso se lo reprochó a sí misma y me lo hizo notar. Y aquel gesto suyo de ablandar tiernamente con sus manos mi cara era una para ella. Era mi primer contacto con la crueldad: la notaba anudarse en mí. lo sería. como tenía sed. Jamás en la vida me habían encerrado: me entró pánico. Mi ferocidad guardaba tan poca proporción . por llamarla así. Allí me dejé el cortaúñas. se había dejado llevar por la compasión o la indiferencia. respondiese al fastidio o a un sentimiento más superficial: el hábito habría acabado imponiéndose. de paz que ascendía en mí conforme se perfilaban mis pensamientos. Era exactamente lo que yo necesitaba. mi propio padre se incomodó y al final Anne me encerró con llave en mi habitación. era el sentimiento del deber. Yo hubiera preferido que aquella constante desaprobación. Había adivinado algo. con las manos vacías. Me mostré un poco descarada. Como ciertas personas muy comedidas en sus reacciones. tenía que hacerse cargo de mí. Entonces me quedé en medio del cuarto. me arrojé sobre la puerta y me hice mucho daño en el hombro. Ofreció resistencia y comprendí que estaba cerrada. tan sólo habría experimentado respecto a mí cansancio. se inició una discusión. en cierto modo. Yo no sabía que lo hubiera hecho y. visiblemente aterrada. con los dientes apretados. Anne no soportaba las claudicaciones.Capítulo quinto El incidente que acabo de mencionar no dejaría de tener sus consecuencias. no había modo de salir por allí. de educadora. me encaminé hacia la puerta e intenté abrirla. un cansancio afectuoso. Me tumbé en la cama y tracé minuciosamente un plan. Totalmente inmóvil. Maleable y tozuda. apretarse al ritmo de mis pensamientos. educarme. Al cabo de seis meses. en el último momento. Lo único que la movía a desempeñar ese papel de tutora. No quería gritar que vinieran a abrirme. muy seguras de sí mismas. hubiera podido hacérmelo confesar y. porque se sentiría responsable de mí y. como admitir mis flaquezas. durante la cena y hablando como siempre de aquellos insoportables deberes de vacaciones.

—Eso está descartado... tal vez. Anne y yo en el fondo nos llevamos bien. Cabía acariciar esperanzas. Asustado también: perdía a una cómplice para sus futuras canas al aire. —No hay que exagerar —dijo débilmente—. Invertía el problema... Sabía que esa solución no dejaría de dolerle. Sólo es cosa de un poco de paciencia. El pensar eso me resultaba tan insoportable como a él. Y no al revés.. —¿Quieres que hablemos? —preguntó mi padre. no... Tienes que ser amable con Anne. Se acabarán las discusiones estúpidas entre nosotras. En el fondo consideraba que Anne era una mujer que él imponía a su hija. —¿Eres. No hay que renegar de todo sólo porque Anne tenga un concepto un poco distinto de las cosas. Me sorprendió el término: yo. De aquí a uno o dos meses... —Sí —dijo—. Ese tipo de explicaciones que no conducen a nada.. —He sido desagradable —dije—. habré asimilado completamente las ideas de Anne.. Reconozco que te he hecho llevar una vida que quizá no correspondía con tu edad... mucho más llena de sentido. pero lo ignoré: —. Me disculparé con Anne. eres feliz? —Pues claro —dije desenfadadamente—... Hizo un involuntario gesto de protesta. pero sí renunciar —dije con convicción.. ni. Me sentía indiferente y alegre. pero tampoco era una vida estúpida o desdichada. Te horroriza hacerlo y a mí también. visiblemente desconcertado. Mi padre vino a abrirme a las seis. claro.. Con concesiones mutuas. a hablar de la felicidad perdida y de sentimientos excesivos.. —Parecía aliviado—.. paciente con Anne.. —Verás.. —¿Sabes? —dije—. Me levanté maquinalmente cuando entró en la estancia.. No podía convertirlo en mi cómplice. también maquinalmente.. Me miró sin decir nada y le sonreí. .. perdía también en cierto modo un pasado.. Y si Anne y yo tenemos demasiadas agarradas. con la mía. —Es cierto.. Me dijo que no tenía que dárselas y que si habíamos discutido había debido de ser por el calor. —¿De qué? —contesté—.con su pretexto que me levanté dos o tres veces durante la tarde para salir de la habitación y me topé sorprendida con la puerta. ¿Podrías dejarme tan pronto? Sólo habríamos vivido dos años juntos. exagero mucho. cómo decirlo. Entreví el momento en que me pondría a llorar sobre su hombro. desequilibrados. —Claro —dijo el pobre hombre... con casarme un poco antes ya está. paciente. ejem. En el fondo no han sido dos años tan tristes o. Ofrecí mis disculpas a Anne sin el menor apuro. Su vida es mucho más completa que la nuestra. y bajamos.. Debía de pensar como yo que las concesiones no serían probablemente recíprocas sino que saldrían tan sólo de mi persona. sé perfectamente que Anne siempre tiene razón. No eres Blancanieves. Me miraba.. —Renegar no.

Al regresar a casa. sin él pegado a mí. comprendí que los había visto y me acerqué. una palidez anormales. Si había buscado vínculos para retenerme. Luego me abrazó. pero era demasiado tarde y tenía que regresar. para que soñase conmigo por la noche. Capítulo sexto A la mañana siguiente me llevé a mi padre a dar un paseo por la carretera.Me reuní con Cyril en el pinar. sin su pericia. con una fijeza. Le expliqué lo que había que hacer.. Mi padre caminaba delante. Los miraba sin moverse. Todo había sido recomendación mía. brindando una imagen idílica de la felicidad campestre. tumbados en la pinaza. Hablamos animadamente de cosas insignificantes. mi reloj iba bien. Me extrañó lo mucho que me costó separarme de él.. Lo cogí del brazo: —No los despertemos. . de juventud. le propuse que volviéramos por el pinar. quería hacerle daño. Mi cuerpo le reconocía. Cuando lo vi detenerse. Observé a mi padre. según habíamos convenido. Le besé apasionadamente. El amor que sentía Elsa por mi padre. Cyril y Elsa dormían. pero cuando los vi así. los había encontrado. el que sentía Cyril por mí. ¿podían impedir que ofrecieran ambos una imagen tan afín de belleza. llegaba a la plenitud contra el suyo. Porque la noche sería interminable sin él. pues el camino estaba lleno de zarzas que él iba apartando para que no me arañara las piernas. sentí como una puñalada. vámonos. marcarlo para que no me olvidase ni un instante después de cenar. encajaba. sin su súbita fogosidad y sus largas caricias. de proximidad?. Eran las diez y media en punto.

no necesitaba contestarme.. del tiempo. el frescor del agua salada.. A las dos oí el ligero silbido de Cyril y bajé a la playa. Evidentemente no lo entendería. —Tampoco me lo planteo —contestó. El mar estaba vacío... recuperar lo suyo.. hay que ver las cosas como son: Elsa olvida pronto y Cyril le gusta. la de la joven ninfa. —¡Será zorra —murmuraba—. que yo había. a nadie se le ocurría salir con semejante sol. temblorosa de vergüenza. Salí de la habitación y me apoyé en la pared del pasillo. Pero en fin. —¡Si te oyera Anne. Teníamos el sol y el mar. lo que había sido suyo. del placer. —No me escandaliza —dije—.. con una leve sonrisa flotando en los labios. Al volver. ¡Desde luego que era mucho peor! Le habían debido de entrar las mismas ganas que a mí: abalanzarse. perezosos.. recobrando el sentido común. escurridizos. son cosas que no se perdonan... —No conseguirías nada —dije con convicción. por favor. ¿qué?. aquella intensidad que les conferían el miedo y los demás . vivido con ella. con aquel esplendor.! —Si me oyera Anne. Pero aun así me molesta.. Luego.. Me hizo subir a la barca y enfiló mar adentro. —empezó a decir mi padre y se interrumpió. sorprendida. ¿no? ¿Ya no me comprendes? ¿También te escandaliza? ¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos! Me aterraba un poco conocerlo tan bien. eh. ¿Pero tú? Tú eres mi hija. Mi padre se dio media vuelta y arrancó a andar a zancadas. ¿no? —¡No es eso! ¿Te ha hecho gracia ver a Cyril en sus brazos? —Ya no le quiero —dije. El sol se descolgaba. sonriente. Llamé a Cyril en voz alta. ya has pasado a la reserva». Ese gesto significaba: «Imposible.. Anne le dejó hacer. la risa y el amor. —Si yo quisiera. Claro. ¿Dónde estaba? En el fondo del mar. Apenas habíamos hablado.. El barco se balanceaba regularmente bajo nuestros cuerpos. Nos reíamos. como si fuese natural discutir sus posibilidades de reconquistar a Elsa. —Por supuesto —dije encogiéndome de hombros. con los ojos cerrados. abrazó a Anne y la tuvo apretada unos instantes. Sobre todo después de lo que le hiciste. No abrió la boca hasta llegar a casa. Es mucho peor. separarlos. Elsa tumbada boca arriba exhibiendo su joven belleza. calla.. —Calla —dije—.. muchacho.. Y de pronto el susurro imperioso y tierno de Cyril.. ¿Volveríamos a vivirlos alguna vez como en aquel verano. deslumbrados. torpes. por fin desquitada. —¡Tampoco yo quiero a Elsa! —gritó furioso—. —Esta mañana. la has perdido. o le escandalizaría.Lanzó una última mirada a Elsa. Estábamos empapados de sudor. Me tumbó suavemente en la lona. agradecidos. tostada y pelirroja. asustado. Ya lejos. será zorra! —¿Por qué dices eso? Es libre.. estallaba. urgidos por el deseo... no me contestó. caía encima de mí... —empezó a decir. Miré el sol que tenía justo encima.. arrió la vela y se volvió hacia mí.. es lógico.

experimentaba una especie de placer intelectual pensando en él. Me prohibía a mí misma tener tales pensamientos. Bajaba los ojos cuando mi padre miraba a Anne un poco fijamente. lejos de su madre. Cierto que no estaba habituada a desempeñar papeles sutiles y el que interpretaba debía de parecerle el summum del refinamiento psicológico. El término «hacer». Además. acostumbrada como estaba a las precisiones de los hombres que van al grano. me felicité de mi anatomía de adolescente. se excitase tanto por detalles como una mirada. Había hablado de ello antes sin el menor pudor. Me olvidé un poco de Anne. unido a esa abstracción poética de la palabra «amor». con mi cuerpo flaco y duro.. A mí me sorprendía que aquella chica. Pero por la noche. pero también sin percibir su encanto. Me daba miedo que me sorprendieran con ella o con Cyril. muy verbal. De pronto notaba que me volvía púdica. Por una vez.. mi padre y Anne se casarían. Cyril me preguntó si no me daba miedo tener un hijo. me fascinaba. El amor me hacía vivir con los ojos abiertos. Anne no podría evitar que lo viera. se lo cruzaba por todas partes. de los deseos reprimidos que. sin el menor apuro. Luego regresaríamos a París. Si mi padre se obsesionaba poco a poco por Elsa. Cyril y yo en la cama estrecha. el culpable sería él. En París él tenía alquilada una habitación.. un gesto. se volviese tan fantasiosa. una amiga cariñosa.. que nos hacía palidecer a mi padre y a mí y mirar por la ventana. obscena. cuando ella se reía con esa nueva risita silenciosa. según ella. Se mostraba más cariñosa. me costaba tanto imaginarme embarazada. No se comportaba con mi padre como una amante. Si le hubiéramos dicho a Anne que su risa era así. .? Al margen del placer físico y muy real que me procuraba el amor. el arrullo de las palomas en la baranda. aborrecía las ideas equívocas. de mi padre y de Elsa. Le contesté que lo dejaba en sus manos y pareció encontrarlo natural. Elsa se iría por su lado y. Anne no parecía reparar en ello. no nos habría creído.. Las palabras «hacer el amor» poseen una seducción propia. a los extraordinarios cielos de París. pues achacaba su actitud a inconscientes remordimientos. Se felicitaba entonces de imaginarias victorias. sin duda. si seguían decididos. Elsa se las ingeniaba siempre para que la viera mi padre. material y positivo. Asumía lo que yo era incapaz de asumir: la responsabilidad. Constantemente me preguntaba.. mi padre no podía disimular. al igual que no había podido impedir que lo amase aquí. Me imaginaba ya la ventana abierta a los cielos azules y rosas.. amable y tranquila. sino como una amiga. más solícita que nunca y eso me asustaba. si tenía un hijo.. Lo principal era que no ocurriese nada durante las tres semanas siguientes. En París estaría Cyril y.remordimientos. Pero Elsa se impacientaba. Transcurrieron los días. Tal vez por eso me había entregado tan fácilmente a él: porque no me dejaría ser responsable y. en la luna. tan cercana en definitiva por su profesión al amor venal. abstrayéndolas de su sentido.

El se dedicaba a la publicidad teatral. y a Webb su indolencia sobre ese punto le gustaba. Mi padre se inclinó un poco hacia él en el momento en que recobraba . Se apresuró a comunicárnoslo. mi padre recibió unas líneas de un amigo nuestro que le citaba en SaintRaphaël a tomar el aperitivo. Su mujer era mala. pues. íbamos los tres delante. lo que me dejó pensativa. Anuncié. Anne nos llevó en el suyo.Capítulo séptimo A los pocos días. Lo advertí en su mirada y no pude por menos de sentirme orgullosa. encantado de evadirse un poco de aquella soledad voluntaria y un tanto forzada en que vivíamos. Se preguntaba a todas luces qué pintaba allí con el calavera de Raymond y su hija. con los codos un poco apretados. acaso a una misma muerte. como para simbolizar la familia que íbamos a formar. que se inclinaba en las curvas. Por desgracia. Cuando me vea. que me encantaba: era un descapotable americano que cuadraba más con sus imperativos publicitarios que con sus gustos. a Elsa y a Cyril que estaríamos en el Bar du Soleil a la siete y que. Conducía Anne. como de costumbre. De ahí su aspecto inquieto. silencioso y distante. Lo principal para él era estar donde yo estuviera. Anne no la conocía y vi al punto que su hermoso rostro adoptaba ese aire despectivo y burlón que le era habitual en sociedad. lo que acrecentó su deseo de acudir. allí nos encontrarían. su mujer a gastar el dinero que él ganaba. Charles Webb hablaba mucho. En el Bar du Soleil nos reunimos con Charles Webb y su mujer. Con los míos sí que cuadraba aquel coche lleno de objetos brillantes. Había sido durante mucho tiempo amante de Elsa. hará todo lo posible por conseguir que Raymond vuelva conmigo. No había vuelto a subir a un coche desde la fiesta de Cannes. A Cyril le tenía sin cuidado ir a SaintRaphaël. Lo hacía a una velocidad vertiginosa y con muchachos. Salimos en coche a eso de las seis de la tarde. Yo me sentía llena de orgullo pensando que no iba a tardar en saberlo. y en ningún sitio como en un coche me sentía tan amiga de alguien. presuroso. pues ésta no era. al tiempo que lanzaba miradas inquisitivas a Anne. si querían acudir. lo que le hacía correr sin cesar tras el dinero. —Charles Webb me adora —dijo con simplicidad infantil—. una mujer particularmente ambiciosa. Los tres delante. pero fue en vano. a pesar de su belleza. que tenía algo de indecente. Además. Webb estaba totalmente obsesionado por la idea de quedarse a dos velas. sometidos al mismo placer de la velocidad y del viento. Elsa conocía al amigo en cuestión. Entreví complicaciones e intenté disuadirla.

el aliento y declaró de sopetón: —Tengo que darte una noticia, muchacho. Anne y yo nos casamos el 5 de octubre. Webb los miró sucesivamente a ambos, con cara de pasmo. Yo no cabía en mí de gozo. Su mujer estaba desconcertada: siempre había tenido debilidad por mi padre. —Enhorabuena —gritó por fin Webb con voz estentórea—. ¡Es una idea magnífica! Querida señora, cargar con semejante golfo es un acto sublime... ¡Camarero! Esto hay que celebrarlo. Anne sonreía, desenvuelta y tranquila. De pronto vi que a Webb se le iluminaba la cara y no me volví: —¡Elsa! Pero si es Elsa Mackenbourg. No me ha visto. ¿Te has fijado, Raymond, lo guapa que se ha puesto esa chica...? —¿Verdad que sí? —dijo mi padre con voz de feliz propietario. Luego se acordó y cambió de expresión. Anne tenía que haber reparado en el tono de mi padre. Volvió la cara con un rápido movimiento, de él hacia mí. Cuando abría la boca para decir algo, me incliné hacia ella: —Anne, tu elegancia está causando estragos. Ahí hay un hombre que no te quita ojo. Lo dije con tono confidencial, o sea, lo bastante alto para que lo oyese mi padre, que se volvió de inmediato y divisó al hombre de marras. —No me hace gracia —dijo, y cogió la mano de Anne. —¡Qué encantadores! —se emocionó irónicamente la señora Webb—. Charles, no tenías que haber molestado a estos tortolitos. Tenías que haber invitado sólo a la niña. —La niña no habría venido —contesté sin contemplaciones. —¿Y por qué? ¿Tienes amores con algún pescador? Me había visto una vez hablando con un cobrador de autobús sentada en un banco y desde entonces me trataba como a una desclasada, como lo que llamaba ella una «desclasada». —Pues sí —dije, esforzándome en aparentar alegría. —¿Y pescas mucho? El colmo era que se creía graciosa. Poco a poco, empezaba a encendérseme la sangre. —Lo mío no son los macarras* —dije—, pero pesco. Reinó un silencio. Se alzó la voz de Anne, siempre tan serena: —Raymond, ¿quieres pedirle una paja al camarero para el zumo de naranja? Charles Webb se apresuró a empalmar con el tema de las bebidas refrescantes. Mi padre se moría de risa, lo vi por su manera de concentrarse en el vaso. Anne me dirigió una mirada suplicante. Decidieron de inmediato que cenaríamos juntos, como personas que han estado a punto de pelearse. * Juego con el doble sentido de maquereau, que en francés significa «macarra» y «caballa». (N. del T.) Bebí mucho durante la cena. Necesitaba olvidar la expresión inquieta de Anne cuando miraba a mi padre, o vagamente agradecida cuando sus ojos se detenían en mí. Cada vez que la mujer de Webb me

lanzaba una pulla, la miraba con una sonrisa radiante. Enseguida se puso agresiva. Anne me hacía señas de que no chistase. Le horrorizaban las escenas públicas y notaba que la señora Webb estaba dispuesta a montar una. Yo, en cambio, estaba acostumbrada, era cosa habitual en nuestro ambiente. Por eso no estaba absolutamente tensa oyéndola hablar. Después de cenar, fuimos a una boîte de SaintRaphaël. Al poco de llegar nosotros, aparecieron Elsa y Cyril. Elsa se detuvo en la puerta, habló con la mujer del guardarropa alzando mucho la voz y penetró en el local, seguida del pobre Cyril. Pensé que se comportaba más como una fulana que como una enamorada, pero era lo bastante guapa como para permitírselo. —¿Quién es ese remilgado? —preguntó Charles Webb—. Es muy joven. —El amor —susurró su mujer—. El amor, que le prueba bien... —¡Imagínate! —dijo mi padre con violencia—. Un capricho y nada más. Miré a Arme. Examinaba a Elsa con tranquilidad y despego, como miraría a las modelos que presentaban sus colecciones o a las mujeres muy jóvenes. Sin la menor acritud. Durante un instante la admiré apasionadamente por aquella ausencia de mezquindad, de celos. Por otra parte, no entendía que pudiera sentir celos de Elsa. Ella era cien veces más guapa y elegante que Elsa. Como estaba borracha, se lo dije. Me miró curiosamente. —¿Que soy más guapa que Elsa? ¿Tú crees? —¡Desde luego! —Siempre es agradable. Pero estás bebiendo demasiado otra vez. Dame tu vaso. ¿No te da pena ver ahí a tu Cyril? Se está aburriendo. —Es mi amante —dije alegremente. —¿Estás completamente borracha? Menos mal que ya es hora de volver. Nos separamos de los Webb con alivio. Me despedí de la mujer de Webb con un solemne «señora». Condujo mi padre. Yo recliné la cabeza en el hombro de Anne. Pensé que la prefería a los Webb y a la mayoría de la gente que veíamos habitualmente. Que era mejor, más digna, más inteligente. Mi padre hablaba poco. Seguramente se acordaba de la aparición de Elsa. —¿Duerme? —preguntó a Anne. —Como una criatura. Se ha portado relativamente bien. Excepto la alusión a los macarras, que era un poco directa... Mi padre se echó a reír. Hubo un silencio. Luego oí de nuevo la voz de mi padre. —Anne, te quiero, sólo te quiero a ti. ¿Me crees? —No me lo digas tanto, que me asusta... —Dame la mano. Estuve a punto de incorporarme y protestar: «No, que hay precipicios». Pero estaba un poco borracha, el perfume de Anne, el viento del mar en mi pelo, el pequeño arañazo que me había hecho Cyril mientras nos amábamos eran otras tantas razones para ser feliz

y callarme. Me vencía el sueño. Mientras tanto, Elsa y el pobre Cyril estarían saliendo penosamente en la moto que le había regalado su madre por su cumpleaños. No sé por qué eso me emocionó y me entraron ganas de llorar. ¡Aquel coche era tan suave, tan cómodo, tan apropiado para el sueño...! Sueño que la señora Webb no podría conciliar en aquel momento. Seguramente, a su edad, yo también pagaría a jóvenes para que me amaran porque el amor era la cosa más dulce y más viva, más sensata. Y porque el precio poco importa. Lo que importa es no agriarse y tener celos. Como los que tenía ella de Elsa y de Anne. Me reí muy bajito. El hombro de Anne se ahuecó un poco más. «Duerme», dijo con firmeza. Y me dormí.

Capítulo octavo Al día siguiente me desperté perfectamente bien, apenas cansada, aunque con la nuca un poco dolorida por los excesos. Como todas las mañanas, el sol inundaba mi cama. Aparté las sábanas, me quité la chaqueta del pijama y me tumbé al sol con la espalda desnuda.

¿Te encuentras muy mal? —Perfectamente —dije—.».» Conversación de colegiales... Incluso me gustaban. hacía calor en el mar. o había que haber bebido más de la cuenta y disfrutar peleándose con ellos. durante aquellas interminables noches en las terrazas de los cafés. la cosa era más fácil: tanto Charles Webb como él eran unos ligones. en el suelo. las vacilaciones de una mosca.. Por el contrario. El contraste con la serenidad de Anne me había hecho juzgarla mucho más pesada y cargante de lo habitual.. Volvía de casa de Dupuis y. pasados quince años. Tendría las mismas arruguillas que mi padre. Sin duda desconocían esa índole de aventuras. más allá. Sin embargo. de que ponía especial esmero en calentarme. la inactividad y las ganas de vivir suele convertirlas en seres odiosos. Desde mi punto de vista. Para que las fiestas resultaran gratas con aquella gente.» Tras lo cual mi padre se reía y le palmeaba el hombro: «¡Dichoso tú! Es casi tan guapa como Elise. «¿A que no adivinas quién cena y se va a la cama conmigo esta noche? La joven Mars. su reserva terminarían ahogándome. Tenía un aspecto indecente. humillante pero fervoroso el presenciar las confidencias de dos hombres ante un vaso de alcohol. las tristes confidencias de Lombard: «¡Sólo la quería a ella. El sol era suave y cálido. dedicarle la vida a una mujer!». veía en primer plano la rugosa superficie de la sábana y. —Se echó a reír—. dices la verdad y nadie te cree.. O si hablaban de ellas.. La noche anterior se perfilaba poco a poco en mi memoria. Yo me sentía dispuesta a compartir con Anne esa condescendencia que debían de inspirarle nuestras amistades. el entusiasmo que ambos ponían. Para mi padre. era previsible. Me entretuve imaginando el rostro de aquel hombre. Los amigos de Anne no debían de hablar nunca de sí mismos. que sostenía con precaución una taza. me daba la impresión de que hacía aflorar mis huesos bajo la piel. Por lo demás. Raymond! ¿Recuerdas aquella primavera. Llamaron a la puerta. Pero debo . Lo que me gustaba de ellos era la excitación.. la de la película de Saurel. Me acordé también de la señora Webb y de mi altercado con ella. su indiferencia. —He pensado que te sentaría bien un poco de café. antes de que se marchase. Era Anne. sin moverme. me buscaría a un hombre seductor que también lo estuviera un poco: «Mi primer amante se llamaba Cyril.Pegada la mejilla al brazo doblado. Conocía bien a ese tipo de mujeres: en ese ambiente y a esa edad.? ¡Qué estupidez. —Como cada vez que te sacamos. ninguna de las amigas de mi padre podía compararse con Anne. Decidí pasar la mañana así... Su silencio. Creo que anoche estaba un poco achispada.. Recordé haberle dicho a Anne que Cyril era mi amante y la cosa me dio risa: cuando has bebido. o mantener relaciones íntimas con uno u otro de los cónyuges. me veía a mí misma a los treinta años más parecida a nuestros amigos que a Anne. lo harían riéndose por pudor. esa condescendencia amable y contagiosa. Yo tendría unos dieciocho años.. cuando ya estuviera un poco hastiada.. Me puse precipitadamente la chaqueta del pijama y grité: «¡Adelante!».

de sexto sentido. Me sublevan su insistencia. su indiscreción. con lo que me costaba mantener ese tono distraído y desenvuelto que me gusta utilizar. —¿Sabes cómo acaban los hombres como Webb? «Y como mi padre».. sino que se limitaba a no despegar los ojos de los míos. —Pues a lo mejor tampoco sería tan malo.. Cécile. Era una noche muy pesada. Cuando hablaba con Anne.. —Sería una catástrofe —dijo..reconocer que me reí contigo. de mujeres.. sorprendida por la brutalidad de la pregunta. Esas historias de contratos. sino de sensibilidad.. Yo había dejado de fijarme en el sol o en el sabor del café... —dijo Anne—. ¡Influirías en mí! Soltó una carcajada y me dolió. —¡Pues claro.. Abandonó bruscamente ese tono frívolo para mirarme a los ojos. sí». —Son los años —dijo—. Anne. con gente como los Webb o los Dupuis? —La mayoría me carga. esas pretensiones de exclusividad. por fortuna.. no se creía obligada a acapararme de esa manera. Advertía claramente que algo me fallaba por ese lado. incómoda. ¿te parezco inteligente? Se echó a reír. de fiestas. a aceptar multitud de pequeños compromisos para escapar a la soledad. Todavía no puedo soportar esa manía que tiene la gente de mirarte con fijeza cuando te habla o de acercarse mucho a ti para asegurarse de que les escuchas. Cálculo equivocado por lo demás. pensé para mí. —Llega una edad en que ya no son seductores. ni están para muchos trotes. y eso que ella era la única persona que me ponía en entredicho y me obligaba a juzgarme a mí misma. Tantas veces me das esa impresión de estar por encima de mí. me he pasado diez años en un convento y el que esa gente no tenga principios me sigue fascinando. dejaba de sentirme existir. Yo no debía de tenerlo. en retroceder. —En el arroyo —dije alegremente. Sólo que se ven obligados a pagarlas. Se sienten . pero éstos son divertidos.. no es cosa de razonamiento ni de moral. multiplico las maniobras para cambiar de pie y huir al otro extremo de la habitación. mujer! ¿Por qué me lo preguntas? —Si fuera tonta me contestarías lo mismo —suspiré—. como suele decirse. Anne tenía los párpados largos y pesados. ¿cómo decirlo?. —Y han pasado dos años. —Anne —dije bruscamente—. porque cuando me veo en esa situación sólo pienso en escaparme.. digo «sí. —Es increíble hasta qué punto su conversación llega a ser monótona y. No me atreví a añadir que me gustaba.. —¿Tú te lo pasas bien. Aviada estaba si no tuviera un poco más de seguridad que tú. su presencia me absorbía por completo.. Me hacía vivir momentos intensos y difíciles. y le resultaba fácil mostrarse condescendiente. También ella miraba las evoluciones de la mosca por el sol. pesada. Yo me moví... De todas formas. No pueden beber y siguen pensando en las mujeres. ¿no llegan a aburrirte? —Verás —dije—. Pensé que la mosca debía de estar achacosa.

Me estiré cuidadosamente y hundí la cabeza en la almohada. no estés siempre echándome en cara mi juventud. no servís para gran cosa.. No sueles pensar en el futuro. —¿Qué canción es ésa. ¿verdad que no? Es el privilegio de la juventud. ¡Pobre Webb! dije.burlados. a ella la razón debía de parecerle de primera. «con mi padre la cosa es fácil. para estar interiormente tranquilos. el silencio. Me sonaba la canción pero no recordaba qué era. Sin duda temía menos su influencia desde que amaba real y físicamente a Cyril. no lograba incluirla en él. un poco propenso al whisky y a los recuerdos brillantes. En aquel piso hecho una leonera. infelices. ¡Tal era el final que le esperaba a mi padre... Eligen ese momento para volverse sentimentales y exigentes. ni lo intento. el orden. Me di cuenta de que excluía a Anne de aquel futuro. No me gusto. Muchas veces me obligas a complicarme la vida y eso me molesta un poco de ti. No pensáis nunca en nada. Se puso a tararear con aire pensativo. Me daba mucho miedo morirme de aburrimiento. —No lo sé —sonrió de nuevo.. desde luego. No creo que me dé derecho a todos los privilegios y a que se me disculpe todo. «Claro». Anne». —dijo Anne con una pequeña sonrisa de conmiseración—. tan pronto desolado como lleno de flores. —A ti eso ni se te pasa por la cabeza. resonante de escenas y voces forasteras.. La utilizo lo menos posible.. Saldríamos. He visto a muchos convertirse en auténticas ruinas. Quédate en la cama y descansa. Yo le contaría mis calaveradas y él me daría consejos. No pienso mucho. regularmente atestado de maletas. Y eso Anne era incapaz de admitirlo. mi padre sería un amable sexagenario de pelo blanco.. Pero me asustaban el aburrimiento y sobre todo la tranquilidad. Me dio un vuelco el corazón. No podía. Cavilé mucho. En el fondo. Pasados veinticinco años. ¿sabes? —Me irritáis un poco tu padre y tú. la armonía que siempre traía consigo Anne. . Anne? Me pone nerviosa. Mi padre y yo. Proseguiré en otro sitio mi investigación sobre el intelecto de la familia. —¿Y qué cuenta para ti? ¿Tu tranquilidad. pensé. necesitábamos la agitación exterior. ella dramatizaba. —Por favor —dije—. con cierto desánimo—. Aquello me había liberado de muchos miedos.» Me parecía estar oyéndolo: «No pienso en nada porque te quiero. a pesar de lo que le había dicho a Anne. seguro! Al menos el final que le hubiera amenazado de no ser por Anne. tu independencia? —Nada —dije—. ¿Te gustas así? —No. Por inteligente que fuese... Para mí no cuenta. mal podían aparecérseme como el más preciado de los bienes. no sabéis..

» Lo mismo ocurría cuando alguna vez . El amor que me profesaba no podía tomarse a la ligera ni considerarse un simple hábito de padre. los que me inspiraba mi padre eran los más estables. Podía sufrir por mí más que por cualquier otro ser.Capítulo noveno Hablo mucho de Anne y de mí misma y poco de mi padre. Y si yo misma me dejé llevar por la desesperación un día fue por aquel gesto de abandono que tuvo cuando me miró y desvió la mirada. Nunca he querido a nadie como a él y de todos los sentimientos que me animaban en aquella época. Jamás anteponía sus pasiones a mí. los más profundos.. Intentaba dar a todas las cosas una explicación psicológica que declaraba racional: «¿Te encuentras espantosa? Pues duerme más y bebe menos. Lo conozco demasiado y lo siento muy cercano para querer hablar de él. Más de una noche debió de dejar escapar. Pero que. a la inconstancia y a la facilidad. ni que no le conceda interés. se entregara a su capricho. al margen de eso. debería hablar más de él que de nadie para que su conducta parezca aceptable. Ni siquiera puedo hablar de él como de un hombre sin sentimientos. no puedo negarlo. como de un irresponsable. de una frivolidad sin remedio. los que más me importaban. No era un hombre vano ni egoísta. Pero era frívolo. No se paraba a pensar. Y no es que su papel no haya sido el más importante en esta historia.. lo que Webb llamaba «ocasiones magníficas». Sin embargo. por acompañarme a casa.

En aquel momento sufría. como la raza pobre y consumida de los vividores. El deseo que le inspiraba Elsa le disgustaba. Nada cabía reprocharle a Anne. Era materialista. porque la consideraba trivial y le aportaba toda su vitalidad. que ya no era un colegial. dame un día de libertad. Que la desease paulatinamente más que cualquier otra cosa. pero no como cabría creer. quería a Anne. Ahora. como a mí. Además. Ni pensé en él cuando tracé el plan de apartar a Anne de nuestras vidas. era un cálculo perfectamente sano y normal. la admiraba. pero delicado. de la juventud. yo podía arreglarlo todo. le brindaba su inteligencia y su experiencia para que las confrontase con las propias. Eso supone que la quiero menos». habríamos encontrado a mi padre relajado y exultante en su devoción por los amores legales o que. a los ojos de Cyril y de Anne. Me daba cuenta de que se moría de ganas de decirle a Anne: «Cariño. sino porque sin duda había aceptado vivir con él sobre las bases siguientes: que la era del libertinaje fácil se había acabado. era totalmente distinta a aquella serie de mujeres frivolas y un poco tontas con las que había tenido trato los últimos años. o cuando menos se exasperaba: Elsa se había convertido para él en el símbolo de la vida pasada. Lo que no le impedía llevar una vida apasionante. lo que dudo es que fuera consciente de la seriedad de los sentimientos de Anne hacia él. Me bastaba decirle a Elsa que cediera a los deseos de mi padre y. se legalizarían al regresar a París. o tendré complicaciones con Anne». su sensualidad y su sensibilidad. la madre ideal para mí. y que por consiguiente tenía que comportarse bien y no como un miserable. con un pretexto cualquiera. en aquel momento. al menos. Tan pronto me daba la impresión de que era la hermosa y pura raza de los nómadas. provisional. con ese doble deseo que nos inspiran las cosas prohibidas. llevarme a Anne a Niza o a otro sitio a pasar la tarde. No porque Anne fuese celosa o fundamentalmente virtuosa e intratable sobre ese punto. pero ello no impedía que mi padre desease a Elsa. Estoy segura de que. Satisfacía a un tiempo su vanidad. Le parecía la amante ideal. como yo. ¡Cómo . Sabía que se consolaría como se consolaba de todo: una ruptura le costaría menos que una vida ordenada. porque le comprendía. Pero ¿pensaba que era también la esposa ideal. No pensaba: «Voy a engañar a Anne. en lo que a afectos se refiere. esclavo de sus caprichos. Pero había una cosa que Anne era incapaz de soportar: haber sido una amante como las demás. sino: «¡Qué lata desear así a Elsa! Habrá que despachar esto rápido. A la vuelta.experimentaba un violento deseo por una mujer. era un ser anormal. Lo único que le minaba y le consumía era el hábito y la rutina. No se le ocurría reprimirlo o sublimarlo en un sentimiento más complejo. Éramos ambos de la misma raza. Tengo que volver a conocer su cuerpo indolente para quedarme tranquilo». de su juventud más que nada. con las obligaciones que ello conlleva? No lo creo. Pero no podía decírselo. sino un hombre a quien ella confiaba su vida. Tengo que encontrarme con esa chica y comprobar que no soy un carcamal. comprensivo y muy bueno. Y sin duda.

que me obligase a ser su cómplice. Cuando pienso en la risa feliz de Anne. tenía que dejar que nosotros nos equivocásemos. ya lo he dicho.. Multipliqué las ocasiones de excitar a mi padre con Elsa.! Pero no pedí a Elsa que cediera ni a Anne que me acompañase a Niza. muchos silencios interiores. La idea de que pudiese engañar a Anne y enfrentarse con ella me llenaba de terror y de vaga admiración. El papel que yo le hacía representar le disgustaba cada vez más y sólo lo aceptaba porque yo le hacía creer que resultaba indispensable para nuestro amor. ese desdén tan absoluto hacia lo que había sido para mi padre y para mí la felicidad. si ahondo demasiado. No podía soportar el desprecio que profesaba Anne a nuestra vida pasada. Tenía que fingir que tanto su amor por Anne como la propia Anne eran sagrados para mí. y no como algo que menoscababa su valor personal y su dignidad. los días transcurrían felizmente.. poner un disco o telefonear a un amigo. Si a toda costa quería tener razón. sólo me juzgaba a mí misma por mis actos. me veía a menudo con Cyril y nos amábamos a escondidas. noto un doloroso golpe bajo y me enardezco contra mí misma. como un antojo puramente físico.. ¡pero tan pocos esfuerzos y mentiras! Y. . Tenía que saber que mi padre la había engañado y tomárselo objetivamente. No quería humillarla.nos complicaban la vida su dignidad y la estima en que se tenía a sí misma. Paso rápido por ese período porque temo. El olor de los pinos. pienso en otra cosa. el rumor del mar. Era imprescindible evitar que se franquease conmigo. Fingí incluso ignorar los tormentos de mi padre. sino hacerle aceptar nuestra visión de la vida. revivir recuerdos que me abruman. a hablar con Elsa y alejar a Anne. Todo ello suponía mucha doblez. Entretanto. Por otra parte. A veces me imaginaba que aceptaría los hechos y que llevaríamos con ella una vida tan conforme a nuestros gustos como a los suyos. No me gusta reconocerlas. en su amabilidad conmigo. Poco a poco. Empezaban a torturarle los remordimientos. Me noto tan cerca de lo que la gente llama remordimiento de conciencia que me veo obligada a recurrir a gestos: encender un cigarrillo. ni aunque sea para felicitarme por ellas. el contacto de su cuerpo. El rostro de Anne no me llenaba ya de remordimientos. Quería que aquel deseo que anidaba en el corazón de mi padre se envenenara y le hiciera cometer un error. Y debo confesar que lo hice sin esfuerzo. Pero no me gusta tener que recurrir a las deficiencias de mi memoria y a la levedad de mi ser en vez de combatirlas..

habría dado cualquier cosa por que eso no sucediera.. Ya sabes. porque cuando veíamos a Cyril y a Elsa juntos. Es verdad. entregada a nosotros. arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor. sólo te ríes. en rigor. inteligente y cariñosa. Me apasionaba ese papel de director de escena. Cyril inclinado sobre Elsa. mi padre y yo palidecíamos a un tiempo. revelando abiertamente vínculos imaginarios. Aquel verano había adoptado el de Elsa. y llenando la vida cotidiana. comunicativa y plena. sí. la creaba yo con él y con Elsa. Elsa me esperaba en la playa con expresión triunfante: —¡Acabo de ver por fin a tu padre. Me dio una impresión de cataclismo: aborrezco los desenlaces.» Y entonces. descubría que el rostro de mi padre se llenaba de ira. al oír esa risa satisfecha. sin embargo. Cyril. la dulzura —me cuesta emplear este término— y la felicidad de Anne. «no digas nada. le decía. muy excitada.. ven!». me trajo un mensaje de Elsa que decía lo siguiente: «¡Todo se arregla. como sólo él sabe hacerlo. Pronto descubrí los efectos de esa risa en mi padre y hacía que Elsa le sacase el máximo partido cada vez que teníamos que «sorprenderla» con Cyril. ¿no? Me creí obligada a asentir. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. Tenía también una risa extraordinaria. «Cuando me oigas llegar con mi padre». No me fallaba nunca la jugada. y con voz muy baja. en efecto. y cuando veía el rostro de Cyril. los egoístas. la asistenta. Olvidaba que yo misma lo había querido. Y. —Luego me ha llenado de cumplidos. o más bien atractivo. No se me puede hacer ningún reproche por ello. Yo ya había contado con ello: su indiferencia y su orgullo le hacían rechazar instintivamente cualquier táctica para ganarse más a mi padre y. estaban la confianza. como sólo la tiene la gente un poco tonta.. . hace una hora! —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho que lamentaba muchísimo todo lo ocurrido. Al margen de estos incidentes. con ese tono un poco despreocupado. pero totalmente imaginables. más cerca de la felicidad que nunca. Un rostro hermoso. toda coquetería que no fuese la de ser guapa. La veía. su nuca morena y suave inclinada sobre el rostro incitante de Elsa.. Las palabras son fáciles. envolventes. muy ajena a nuestros deseos violentos y a mis despreciables enredos. Poco a poco me iba inspirando ternura. Que se había portado como un patán. Esa imagen me destrozaba el corazón. sin calibrar su fuerza.Capítulo décimo Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. a ambos se nos iba la sangre del rostro. Una mañana.

como sus propios ojos. para demostrarle que no soy rencorosa. Pero comprendí que me consideraba responsable del éxito de sus maniobras. —Pues claro que sí —dijo—. Bueno. dibujando en su cuarto mientras mi padre flirteaba con Elsa. como ya no calentaba el sol. vaya. cuando salía para el pueblo. le dije que me aborrecía a mí misma.como si le costase un esfuerzo. Me sentía acosada: —No lo sé. Las ideas de mi padre sobre las pelirrojas civilizadas me llenaron de gozo. nada!. sí. —¿Por qué te ríes? ¿Crees que debo ir? A punto estuve de contestarle que no era cosa mía.! Además. me ha invitado a tomar el té con él en el pueblo.... con una especie de agradable resignación. torpemente. Estaría trabajando en su colección. No me estés preguntando siempre lo que tienes que hacer. Huí. Ni tan sólo le recomendé prudencia. Cyril me cogió en sus brazos. pero sin dolor. El agua estaba agradable y tibia. A las cuatro bajé a la playa. subí a la terraza.... eso depende de ti.. perdida como un náufrago. y me llevó con él. Me dio la impresión . El ritmo de aquella frase me persiguió durante toda la comida: «Te quiero. pero mal. A su lado todo pasaba a ser fácil. A las dos horas.. cargado de violencia. Mi padre se reía. si ha sido gracias a ti. Anne no apareció. ¡Que mi padre hiciera lo que le diese la gana. De ahí que. porque lo pensaba. Me encontré a mi padre en la terraza. Se lo dije sonriendo. pero no vuelvas a hablarme de nada de eso. Cécile. civilizada.. Anne llevaba un vestido malva como las sombras bajo sus ojos. Su tono de admiración de pronto me asustó. No me tomó en serio. —Ve si quieres. por favor te lo pido. Entonces apareció Anne.. me senté en una hamaca y abrí un periódico. yo tenía cita con Cyril. Corría. inundado de sudor. tumbada junto a él... que soy mujer amplia de espíritu. tenga un poco borrada esa comida. A los postres. Un rato después. Sonreí para mis adentros. te quiero tanto. Venía del bosque. sin decir una palabra. Me daba la impresión de que sólo el amor me liberaría del miedo opresivo que me embargaba. con los codos pegados al cuerpo. —Tanto da. chica... Me sentía cansada y fatalista. por más que me esfuerce. pero bien hay que librarle de esa mujer. te quiero tanto». aparentemente relajado: las cosas se arreglaban para él.. —Pero. Te quiero lo bastante como para obligarte a opinar como yo. pegada a aquel torso dorado. ese tono. y allá se las apañara Anne. Sólo me apetecía una cosa: bañarme. anunció que por la tarde tenía que hacer unos recados en el pueblo. cualquiera diría que te incito yo a... la cosa me irritó.. Con razón o sin ella. de placer. Elsa. yo misma agotada. No le dije nada. La arranqué de las delicias del idilio: —Pero ¿qué quería? —¡Pues. Te quiero.

. —¿Que te perdone el qué? Le rodaban las lágrimas por las mejillas. con el rostro inmóvil. . Capítulo undécimo No nos vimos hasta la cena. luego una adolescente y una mujer. pegada a la portezuela. no podría soportar durante mucho tiempo el recuerdo del rostro deshecho que tenía antes de marchar. aquel rostro era obra mía. Me quedé anonadada: Anne desapareció detrás de la casa. te necesitamos! Se incorporó.. ni la idea de su dolor y de mi responsabilidad.. —París. te lo suplico.. Los dos sabíamos que era indispensable que Anne regresara a nuestro lado. Entonces comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente. ha sido culpa mía. —¡Anne. no podía irse así. cerdo! Prorrumpí en sollozos. Oí pasos detrás de mí: era mi padre. se había inclinado para quitar el freno... contesta. Zumbaba el motor.. Había olvidado mis pacientes enredos y mis elaborados planes. Tenía cuarenta años. —Anne —dije—. Estaba llorando. Me volví y me arrojé sobre él: —¡Cerdo. Vi desaparecer el coche al doblar la esquina de la casa. Se había quitado el carmín de Elsa y se había cepillado la pinaza del traje. No parecía darse cuenta. —Pero ¿qué sucede? ¿Es que Anne. es un error.. amaba a un hombre y esperaba ser feliz con él diez años. Me sentía completamente desquiciada y confundida y veía el mismo sentimiento en el rostro de mi padre. yo también. ¡Todo había ido tan rápido! Y su cara. de que la que corría era una anciana.. Por mi parte. Y yo.? Cécile. camino del garaje. Llegué corriendo y me abalancé sobre la portezuela. estaba sola.. para alcanzarla.. yo te explicaré. —Perdóname. —¿Crees —preguntó— que nos ha abandonado por mucho tiempo? —Seguramente se ha ido a París. Había debido de ser una niña. no te vayas. ni tú ni él. quizá veinte. aquella cara. Me sentía perdida. descompuesta. Entonces comprendí bruscamente y eché a correr. Estaba paralizada. Anne. extraviada.. angustiados ambos de haber reconquistado tan bruscamente nuestra soledad. —¡Pobre niña.súbita. No me escuchaba ni me miraba. aquel rostro. Estaba ya en el coche. indecente. soñador.. Cécile. de que iba a caerse.! Me acarició un instante la mejilla y arrancó. No teníamos hambre. Yo estaba desesperada. —No necesitáis a nadie —murmuró—. un poco silenciosa sin duda. temblaba con todo mi cuerpo. poniendo el contacto..... —murmuró mi padre..

. no obstante.. y a pedirle perdón. Había encontrado por fin una manera de salir de aquella inactividad llena de remordimientos en la que nos debatíamos desde hacía tres horas. Tendría lugar en París. Un murciélago vino a describir sedosas curvas ante la ventana. que perdonarte. como suele decirse. confundido. en nuestro salón. Intercambiamos una mirada. sí» con voz imperceptible. la he besado. Le cogí un cigarrillo a mi padre y lo encendí. Me miró. trabajando en medio del silencio en esta redacción imposible: «Recobrar a Anne». No puedo recordar sin un insoportable sentimiento de irrisión y crueldad las cartas desbordantes de buenos sentimientos que le escribimos a Anne aquella noche. gritó «diga» con voz jubilosa. mi padre fue a buscar una enorme lámpara. Sonó el teléfono. Al final.. cuajadas de disculpas. dos obras maestras del género. Hicimos. ¿Por qué Anne nos abandonaba así y nos hacía sufrir.. de que la reconciliación era inminente. por un pecadillo en definitiva? ¿No tenía deberes para con nosotros? —Vamos a escribirle —dije—. casi sonrientes. Yo me levanté a mi vez. apartamos el mantel y los cubiertos. Me imaginaba ya la escena del perdón. Yo también me di lástima. No le escuchaba. Pero Anne tiene que perdonarnos. aquel rostro postrero. colgó suavemente y se volvió hacia mí. Un momento de locura. —Es una idea genial —gritó mi padre. llamaba para decirnos que nos perdonaba. No sé lo que me ha dado. Les ha costado dar con sus señas. como dos colegiales aplicados y torpes. Anne ha debido de llegar en ese momento y. —Me odiarás con todas tus fuerzas.. La única cosa viva y cruelmente viva de aquel día era el rostro de Anne. estaba casi convencida de que Anne no podría negarse. Mi padre se abalanzó hacia el aparato. Sonreí a mi padre: —Me hago perfecto cargo: no es culpa tuya.. Otra cosa que no toleraba Anne: que se fumase a mitad de comida. Elsa. plumas.—Puede que no la volvamos a ver. Al llegar al pinar.. llena de pudor y de humor. Los personajes de Elsa y mi padre abrazados a la sombra de los pinos se me antojaban vodevilescos y sin consistencia. Anne entraría y. Ambos a la luz de la lámpara. mientras me invadía el miedo. que regresaba.. Han telefoneado a París y les han dado . atenazado por el dolor. con gesto maquinal. un tintero y papel y nos acomodamos uno frente a otro. Bueno. bueno. Sin terminar de comer. Al terminar.. Miraba a mi padre que se pasaba la mano por la cara. Eran las diez. Luego ya no dijo más que «sí. y me cogió la mano por encima de la mesa. Tenía muy mala cara y me dio lástima. Mi padre inclinó la cabeza y comenzó a escribir. de ternura y de arrepentimiento.. no los veía. primero de sorpresa y luego llena de esperanza: era Anne. traicionado. En la carretera de L'Esterel.. pues estábamos convencidos de que aquel montaje propiciaría el regreso de Anne. —Ha tenido un accidente —dijo—.. —¿Qué podemos hacer? —dijo.

Lo miré: nunca lo había querido. me tomó del brazo y entramos en la casa. El accidente ha ocurrido en el sitio más peligroso. Parece ser que ya ha habido muchos allí. Esperaba sentada en la sala de espera y miraba una litografía en la que aparecía Venecia. Me había gustado el placer que me proporcionaba. Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado —suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello—. seres que no necesitan a nadie. con su muerte. cogió una botella de la nevera y dos copas. Cogí la copa y la apuré de un trago. con el mismo tono.nuestro número de aquí. Diría adiós a aquella casa. no deja de ser fantasioso por mi parte. vaciló y evitó pisarlas.. Pero no lo necesitaba. Era el único remedio a nuestro alcance. su perfume. Anne se manifestaba —una vez más— distinta de nosotros.. Habría sido milagroso que se salvase. La carretera apareciendo iluminada por los faros. Se nos aparecieron como dos seres evanescentes y olvidados: ni uno ni otro habían conocido a Anne ni la habían querido. por lo demás.. Entonces pensé que. Estaban allí.. ¿Puede suicidarse alguien por seres como mi padre o como yo. Cyril dio un paso hacia mí y posó la mano en mi brazo. que venía hacia mí con la copa llena. Las empujé con la mano y volaron sobre el parqué. a aquel verano. sus flores. a aquel chico. Mi padre no quiso que yo viera a Anne. El coche ha caído desde una altura de cincuenta metros. si hablo ahora de suicidio.. su apuro. En la casa estaban la chaqueta de Anne. con sus pequeños enredos amorosos y el doble atractivo de su belleza.. Mi padre estaba conmigo. Nuestras cartas de disculpa danzaban por la mesa. la puerta de la clínica. Mi padre cerró los postigos. siempre hablamos de ello como de un accidente. la inestabilidad del coche. Las olas batían en la playa. Y además. no tardaríamos en aceptar. No pensaba en nada... Mi padre. dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volviesen a pegar ojo en la vida. el rostro inmóvil de mi padre. Todo aquello me parecía simbólico y de mal gusto. Lo había encontrado bueno y atractivo.. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso. La habitación estaba sumida en la penumbra. Me marcharía. Recuerdo el resto de la noche como una pesadilla. nos habríamos disparado un tiro en la cabeza. ni vivo ni muerto? Mi padre y yo. Elsa y Cyril nos esperaban sentados en la escalera. Mi padre no regresaba. Una enfermera me contó que era el sexto accidente que ocurría en aquel lugar desde principios de verano. Un regalo que. por debilidad. Al día siguiente. y no me atrevía a interrumpirle—. veía la sombra de mi padre ante la ventana. regresamos a casa a eso de las tres de la tarde.. . —Hablaba maquinalmente.

. Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana. pero superior a mis fuerzas.. por temor a lastimarnos o a que se disparase algo en alguno de nosotros que le llevase a pronunciar palabras irreparables.. como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte. Hablábamos de ella con precaución. una multitud curiosa. sin decir palabra. Eran lágrimas bastante agradables. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar.».Capítulo duodécimo El entierro se celebró en París con un hermoso sol. y mi padre. en casa de una amiga. El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: «Recuerdas aquel día que. poco hecho para la soledad. vestidos de luto. sentía cierta satisfacción. comiendo y cenando juntos.. y. Vi a Cyril que me buscaba a la salida. como estaba previsto que volviera a ser. aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y.. Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año. En el coche. a la vuelta. por primera vez. sin mirarnos. lloré. mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. y sin salir jamás. hablamos de nuestras conquistas. como de un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal.. Mi padre me alargó el pañuelo. Cuando nos vemos. Salí con él durante una semana con la frecuencia y la imprudencia de los comienzos del amor. Yo pensé: «Sólo me tienes a mí y yo sólo te tengo a ti. Todos miraban a mi padre con lástima. Hasta que un día. hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa. estamos solos y somos desgraciados». Lo evité. mi padre y yo nos reímos. Seguro que le consta que mis . con la cara descompuesta. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. La vida volvió a ser como antes. conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté. Escribo Dios en vez de azar. Pero no creíamos en Dios. no se parecían en nada a aquel vacío. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne.

El invierno toca a su fin. ¡Anne. con los ojos cerrados: Buenos días.relaciones con Philippe no son platónicas. Pero somos felices. sino otra. a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos sus recuerdos. Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad. Tristeza. . Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre. sin más ruido que el tráfico de París. y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara. Pero cuando estoy en la cama. cerca de JuanlesPins. al amanecer. no alquilaremos la misma casa.