BUENOS DÍAS, TRISTEZA FRANÇOISE SAGAN Traducción de Javier Albiñana

Título original: Bonjour tristesse 1.a edición: junio 1995 1954 by René Julliard, París © de la traducción: Javier Albiñana, 1995 Diseño de la colección: GuillemontNavarres Reservados todos los derechos de esta edición para Tusquets Editores, S.A. Iradier, 24, bajos 08017 Barcelona ISBN: 847223892X Depósito legal: B. 20.6891995 Fotocomposición: Foinsa Passatge Gaiolá, 1315 08013 Barcelona Impreso sobre papel OffsetF Crudo de Leizarán, S.A. Guipúzcoa Libergraf, S.L. Constitución, 19 Barcelona Impreso en España

Índice Primera parte ............................ Segunda parte ........................... Primera parte

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Mi padre se dedicaba a complicados ejercicios con las piernas para eliminar un amago de barriga incompatible con sus condiciones de Don Juan. tan sólo el tedio. Un sendero descendía hasta una cala dorada. y. Los primeros días fueron deslumbrantes. con la que soñábamos desde los primeros calores de junio. dominando el mar. lleno de vitalidad. por otra parte. que hacía de extra en los estudios y se exhibía en los bares de los Campos Elíseos. que gustaba a las mujeres. al salir yo del internado. en el Mediterráneo. bastante simple y no tenía pretensiones serias. un agua fresca y límpida en la que me hundía. y mi propia predisposición me hicieron adaptarme. Aquel verano yo tenía diecisiete años y era completamente feliz. Es un sentimiento tan total. Antes que nada quiero explicar esa situación. de posibilidades. No cabía imaginar mejor amigo ni más jovial. Se alzaba sobre un promontorio. que puede parecer falsa. entre galante y mundana. en la que me agotaba haciendo mil desordenados . rodeada por un bosque de pinos que la ocultaba desde la carretera. una gran casa con jardín. que casi me produce vergüenza. apartada. cuya dulzura me obsesionan. blanca. separándome de los demás. cuando la tristeza siempre me ha parecido honrosa. no me costó entender que viviese con una mujer. inquietante y dulce. No la conocía. preciosa. más raramente el remordimiento. demasiado contentos estábamos ambos de marcharnos como para poner la menor traba a lo que fuese. Hoy. me importunaría durante las vacaciones. Elsa no supondría estorbo alguno para nosotros. Mi padre tenía cuarenta años y era viudo desde hacía quince. salvo Elsa. esa vida novedosa y fácil. porque era bueno. Tan pronto amanecía. cuya piel se ponía roja y acababa pelándose entre tremendos dolores.Capítulo primero A ese sentimiento desconocido cuyo tedio. dudo en darle el nombre. Mi padre había alquilado. el pesar. algo me envuelve como una seda. generoso. Era simpática. pues sabía que necesitaba a las mujeres y que. hábil en los negocios. bordeada de rocas rojizas. Era una chica alta y pelirroja. Además. dos años antes. Lo quise de inmediato. me iba al agua. el hermoso y grave nombre de tristeza. tan egoísta. bronceándonos poco a poco con un color sano y dorado. su amante de turno. En los inicios de aquel verano extremó su amabilidad hasta preguntarme si la compañía de Elsa. donde se mecía el mar. achicharrados bajo el sol. Era un hombre despreocupado. Era un hombre todavía joven. Más difícil me resultó aceptar que tuviese una distinta ¡cada seis meses! Pero pronto su encanto. Pasábamos horas en la playa. siempre curioso y enseguida cansado. Los «demás» eran mi padre y Elsa. su amante. No pude por menos de animarle. y de todo corazón. alegre y cariñosísimo conmigo.

—Le dije que viniera si se sentía demasiado cansada con las colecciones y. Iba costeando con una pequeña embarcación de vela y zozobró delante de nuestra cala. lo dejaba escurrir entre los dedos y la arena caía en una lluvia amarillenta y suave. Debían de ser miles. Porque. Regresé a cenar. Pero Cyril me gustó. me ofreció enseñarme a navegar a vela. preocupados por sí mismos. Después de cenar nos tumbamos en unas hamacas.. Le devolví la mirada. era estudiante de derecho y pasaba las vacaciones con su madre en una casa cercana. como todas las noches. o muy poco. siempre ávida de cosas mundanas. Prefería con mucho a los amigos de mi padre. brutales. ¡Tanta tranquilidad no podía durar! —Vamos. en la conversación. que me gustó. —Tengo que anunciaros que va a llegar alguien —dijo. Era el verano. al despedirse. Le ayudé a recuperar sus cosas y. El cielo estaba cuajado de estrellas. que eso era una idea fácil y que resultaba grato tener ideas fáciles. va a venir. Me tumbaba después en la arena. amparado. Fue entonces cuando mi padre carraspeó y se incorporó en la hamaca. Cerré los ojos con desesperación. muy moreno. con algo equilibrado. Tenía un rostro latino. como el de los gatos en celo. demasiado atónita para reaccionar. El sexto día vi a Cyril por primera vez. en la terraza. me enteré de que se llamaba Cyril. cogía un puñado. inconfesada. un deseo de dominio o la necesidad furtiva. —Anne Larsen —dijo mi padre. cuarentones que me hablaban con cortesía y cariño. protector. yo huía de esos estudiantes universitarios. apenas reparé en lo nervioso que estaba mi padre. Anne Larsen era una antigua amiga de . Era alto y a ratos guapo. Tan sólo unos granitos de arena entre la piel y la camisa me impedían sucumbir a los suaves embates del sueño. Pensaba que se escapaba como el tiempo. En la grava de la terraza cantaban las cigarras. ¿qué buscábamos. Nunca se me hubiera ocurrido. y se volvió hacia mí. instintivo. dinos quién —gritó Elsa. yo experimentaba frente a las personas desprovistas de todo encanto físico una especie de apuro. muy abierto. esperando vagamente que se desprendieran y comenzasen a surcar el cielo en su caída. Se estaba bien. me trataban con dulzura de padres y amantes. Me habían explicado que se limitaban a frotar los élitros. Con todo. y no participé. de sentirse seguro de sí mismo.movimientos para purificarme de las sombras y el polvo de París. y estar ebrias de calor y de luna para lanzar ese estridente grito durante noches enteras. en la que encontraban tema para un drama o pretexto para su hastío. Sin compartir con mi padre esa aversión por la fealdad que nos llevaba con frecuencia a alternar con gente estúpida. sobre todo por su juventud. Pero sólo estábamos a principios de julio y no se movían. Yo las miraba. de una belleza que inspiraba confianza. sino agradar? Todavía no sé hoy si ese afán de conquista no oculta un exceso de vitalidad. entre risas. pero prefería creer en aquel canto gutural. esa resignación de algunos a no agradar se me antojaba una tara deshonrosa. sin poderlo apartar de mi pensamiento. de vacío. Cyril..

como cada vez que se buscaba complicaciones. Sin embargo. un poco llenita. con un hermoso rostro altivo y hastiado. Creo que nos despreciaba un poco a mi padre y a mí por nuestra afición a las diversiones y trivialidades. estériles. Esa indiferencia era lo único que podía reprochársele. con ojos de porcelana y. y le estaba muy agradecida. tan tierno era su tono de voz que comprendí que de veras habría sido desgraciado sin mí. Nunca se sabe. mis primeras elegancias y mis primeros amores. Despertó en mí una admiración apasionada que supo encauzar hábilmente hacia un joven de su círculo habitual. ¿y si nos volvemos a París? Rió despacito acariciándome la nuca. me había enviado a vivir con ella. pues aunque ella me intimidaba la admiraba mucho. Me explicó que eran arbitrarias. Le brillaban los ojos oscuros. Me eché a reír con él. ¿por qué ha aceptado? —Tal vez para ver a tu viejo padre. mi vida. en una semana. aquella súbita llegada sólo podía ser un contratiempo si se pensaba en la presencia de Elsa y en las ideas de Anne sobre la educación. que no sabía qué hacer conmigo. —¿Por qué eres tan desgarbada. no se le conocía ningún amante. Le debía.mi pobre madre y tenía escaso trato con mi padre. Cécile.. mi padre. Parecía un fauno. hablamos del amor y de sus complicaciones. y nosotros con gente bulliciosa. Me gustaría tener una hija guapa y rubia. Era amable y distante. A los cuarenta y dos años era una mujer muy seductora y solicitada. —No eres el tipo de hombre que pueda interesar a Anne. a sus pies. Es demasiado inteligente y se respeta demasiado a sí misma. Rechazaba por sistema las nociones de fidelidad. En otra persona tales opiniones me hubieran . Y ella. al salir yo del internado. En definitiva. inteligente.. de compromiso. lleno de indiferencia. —Mi viejo cómplice —dijo—. Todo en ella denotaba una voluntad constante. sedienta. Elsa subió a acostarse tras formular una multitud de preguntas sobre la situación social de Anne. el recuerdo de mi madre y mis esfuerzos. una serenidad de ánimo que intimidaba. con graciosas arruguillas que acentuaban las comisuras. Me volví y lo miré. Además. —No se me había ocurrido —confesó—. Sólo nos reunían algunas cenas de negocios —ella se dedicaba a la costura y mi padre a la publicidad—. El se inclinó y apoyó las dos manos en mis hombros. —No es ése el caso —dije—. ¿Y Elsa? ¿Has pensado en Elsa? ¿Te imaginas las conversaciones entre Anne y Elsa? Yo no. discreta. me había vestido con gusto y me había enseñado a vivir. Lo cierto es que me asusta un poco. Yo me quedé a solas con mi padre y me senté en los escalones. Con ser divorciada y libre. como despreciaba todo exceso. a quien mi padre sólo exigía que fuese guapa y divertida. éstas eran imaginarias. ¿Qué haría yo sin ti? Y tan convencido. no teníamos las mismas relaciones: ella alternaba con gente fina. de seriedad. mi amor? Pareces un gatito salvaje. ¿Por qué has invitado a Anne? Y ella. A los ojos de mi padre. y encogía levemente la boca. pues. dos años atrás. Hasta entrada la noche.

pero sabía que en cuanto llegara Anne sería imposible . A mi edad no seduce mucho la fidelidad. besos y hastíos. Capítulo segundo Anne tardaría todavía una semana en llegar. sentimientos a los que se entregaba con mayor facilidad de la que quisiera. en su caso. ello no excluía ni la ternura ni la devoción. Pero sabía que. Habíamos alquilado la casa por dos meses. Aproveché aquellos últimos días de auténticas vacaciones. violentos y pasajeros.desagradado. máxime por estimarlos provisionales. Ese concepto de las cosas me seducía: amores rápidos. Sabía muy poco todavía del amor: citas.

Mi padre. porque. para compensar mi ausencia. No contesté a Cyril.relajarse por completo. estoy rendida. Me miraba. éramos tan felices. Eso sí. Volví la cabeza hacia él. Me limité a aconsejarle que no dejara que Elsa le ofreciera el ramo. Me tumbé en la arena y me adormecí. Hacía un calor sofocante. Sin embargo. que le lanzaba a mi padre.. pero lo notaba en las miradas de reojo. Era demasiado bueno o demasiado tímido para decírmelo. Cécile! Me alegro de verte. mi tranquilidad a su lado. cortó todos los gladiolos del jardín para ofrecérselos en cuanto se apease del tren. Se inclinó hacia mí. Sonreí. durante la última semana. De lejos. sordamente. —Yo también. notaba los brazos pesados. sus expresiones. la boca seca. Me tenía aplastada contra la arena toda la fuerza del verano. porque me daba cuenta de que ella tenía razón. y me desagradó que aquella boca larga y un poco gruesa se me aproximara. Lo único que me atormentaba en aquel momento era su mirada y el martilleo de mi corazón. Un bocinazo nos separó como ladrones. Desfilaron por mi mente los últimos días de aquella semana. hasta que me despertó la voz de Cyril. la torpeza de ese gesto. sus silencios ofendidos. y era imposible no percibirlas en sus bruscas reservas. Me besó dulcemente. ese letargo. El día de su llegada quedó decidido que mi padre y Elsa irían a esperarla a la estación de Fréjus. me había rozado el hombro con la mano. rencorosas. Pero ¿llegas de París? —He preferido venir en coche. Se sentó a mi lado y el corazón empezó a latirme con fuerza. Pero no era así. Me negué enérgicamente a participar en la expedición. ¡Qué morena estás. Luego. de la delicadeza. Resultaba a un tiempo excitante y fatigoso. bajando de su coche. más virtuoso tal vez que lo habitual a su edad. Diez veces. bajé a la playa. El calor. Empezaba a conocerlo: era equilibrado. el aturdimiento. Por ejemplo. para que algo se desgarrase en mí suavemente. Marcaba las normas del buen gusto.. el sabor de los primeros besos. pareces un náufrago abandonado. No me apetecía hablar ni con él ni con nadie.. —¿Estás muerta? —dijo—. enlazado al uno con el otro sin que la cosa me turbase en lo más mínimo. mis brillantes maniobras navales nos habían precipitado al fondo del agua. A las tres. nuestra situación —una curiosa familia de tres— le chocaba. Abrí los ojos: el cielo estaba blanco por efectos del calor. —Esta es la casa de la Bella Durmiente —dijo—. los suspiros duraron largos minutos. Miré al cielo.. —Cyril —dije—. Dejé a Cyril sin decir una palabra y subí hacia la casa. un sentido a las palabras a los que mi padre y yo renunciábamos gustosos. Ella confería a las cosas una dimensión. humillante en definitiva. mi confianza. no vi ya más que luces rojas que estallaban bajo mis párpados apretados. me la encontré en la terraza. Pero hoy bastaba ese calor. al moverse. Le hubiera gustado que aquello me atormentase. cuando se marcharon. Tan rápido regreso me extrañaba: el tren de Anne no debía de haber llegado todavía. .

Aquel rostro. estás aquí. para hablar conmigo. Anne se había sentado en la cama. ¿Dónde está el dueño de la casa? —Ha ido a buscarte a la estación con Elsa. con prisa. Su mirada era interrogadora. tan sereno. —Me he pasado un cuarto de hora en el andén sosteniendo este ramo con una sonrisa estúpida. Aunque sólo fuese de mi examen. —Ahora ¿qué? —dijo.. Había dejado la maleta en una silla y. Salí balbuceando y bajé la escalera totalmente desconcertada. Me miraba a través de las imágenes que mis palabras habían evocado en ella. Abrí la ventana con la esperanza de ver el barquito de Cyril. frívolo. —continué maquinalmente. reconfortantes de Anne: la ironía. relajada. Era débil. pero había desaparecido. el aplomo. Gracias a Dios. Por fin me vio y volvió la cabeza. Qué amable. —¿Elsa Mackenbourg? ¿Ha traído aquí a Elsa Mackenbourg? No supe qué contestar. Bajaba por la escalera a su encuentro. a otro lado. el bar está bien surtido.La acompañé a su habitación. me llevé un sobresalto. ¿sabes? Te espero abajo. Advertí los pequeños cercos oscuros en torno a sus ojos. la cabeza un poco echada hacia atrás. —Ahora has llegado —dije tontamente frotándome las manos—. Su rostro se había descompuesto bruscamente y le temblaba la boca. —Este chalet es precioso —suspiró—. despectiva. No había ocurrido nada. ese desasosiego? Me senté en una tumbona y cerré los ojos. pero tenía tantas ganas de salir. A las cinco llegó mi padre con Elsa. Ha venido en coche.. que por lo demás no había aprobado. —Debería haberos avisado —dijo—. la autoridad. Me alegro mucho de que estés aquí. esa voz alterada. desamparado de pronto ante mí. estaba tan cansada. que siempre había visto tan tranquilo. Mi padre corrió a su encuentro. Intenté saber si Anne podía quererlo... ¿Podía tal vez deberse tan sólo al cansancio del viaje. Pensé con tristeza que no había bajado hasta oír el coche y que habría podido hacerlo un poco antes. Lo miré apearse del coche. ¿Conoces a Elsa Mackenbourg? . —¿Me habías comprado flores? —se oyó la voz de Anne—. —¡No estaba Anne! —me gritó—. le besó la mano. Intenté evocar todos los rostros duros.. al volverme hacia ella. La miré estupefacta. Si quieres tomar algo. El pensar esto último me consoló. ¿Por qué esa cara. Pensé que era muy posible que Anne le quisiese. Espero que no se haya caído del tren. Caminaba hacia mí. a la indignación moral? Me pasé una hora haciendo conjeturas.. que cualquiera le quisiese. pasivo a ratos. —¿De veras? ¡Estupendo! Pues súbele el ramo. —Y ahora. sonriente. con un vestido que no parecía haber viajado. ¿Estaría ella enamorada de mi [ladre? ¿Era posible que lo quisiera? Nada de mi padre coincidía con sus gustos. El descubrir aquel rostro vulnerable me conmovía e irritaba a un tiempo. —Está en su habitación.

pero. que me subyuga. el sol. —Seguro que nos hemos visto en algún sitio.. pero era simpático y con él mi padre y yo habíamos disfrutado de cenas memorables. —Puede que no tenga un tipo de inteligencia corriente. Pero a mí se me aparecían uno tras otro el rostro apasionado de Cyril y el de Anne. sus juicios no tenían esa precisión. No podía serlo. No puedo recordar tampoco los cuatro tilos en el patio de una pensión de provincias. buscando en mí una idea que le importaba destruir. antes de que yo me fuera. tres años antes de salir yo del pensionado. por más que no las comprenda del todo.. Me estoy dando cuenta de que olvido. Mi padre se echó a reír: —Por lo menos no eres rencorosa. Aquella primera cena fue muy alegre.. —Me parece muy simpática esa Elsa —dijo.. Se echó a reír al verme balbucear y me fui a la cama muy nerviosa. Ciertas frases desprenden para mí un aura intelectual. porque Anne no tenía mala intención. Mi padre y Anne hablaban de sus amistades comunes.. estaba muy cansada. su perfume. no insistí. que eran escasas pero pintorescas. su .. A sus ojos. como las mías no estaban nunca a la altura de mi entusiasmo. Me cortó con tono indulgente: —Confundes tipos de inteligencia con edades de la inteligencia. voluntaria o no. de que me veo obligada a olvidar lo principal: la presencia del mar. sutil. e incluso su humor. marcados ambos por la violencia. muy amable—. Y en el coche. que entró directamente en la habitación de mi padre. Me miraba directamente a los ojos.. esa sonrisa apurada porque llevaba trenzas y un feo vestido casi negro. has sido muy amable invitándome. Lo que los hacía todavía más abrumadores. sí. Raymond. Aquella primera noche Anne no pareció reparar en la distracción. La notaba demasiado indiferente.Miré hacia otro lado. Tengo una habitación magnífica. que tal vez estaba bailando en Cannes con otras chicas. Se puso ingenioso y empezó a descorchar botellas. —Lombard es gracioso. todo iba bien. sin sonreír. Me dormí pensando en Cyril.. —dijo Anne. pero no me dejó darle las gracias. Mi padre se animaba.. —No me negarás que aun así deja bastante que desear. es una chica. su ritmo incesante. Se lo dije a Anne. Sentí no tener una agenda y un lápiz para anotar aquélla. y me preguntaba si las vacaciones serían tan sencillas como aseguraba mi padre. Me había traído un jersey de su colección. ese aspecto acerado de la maldad. Las frases de agradecimiento la molestaban y. Me encantó el tono lapidario de su fórmula. estupenda.. muy simpática. Me lo pasé muy bien hasta el momento en que Anne declaró que el socio de mi padre era microcéfalo. de Elsa. —Sí. Tiene momentos muy divertidos. Quería que olvidase su reacción de hacía un rato.. Era un hombre que bebía mucho. Anne —protesté—. ni la sonrisa de mi padre en el andén.

brotar de ella cual una imagen perversa: olvidaba las horas muertas. la vida fácil. y. ¡por fortuna. libros. triunfante. la discontinuidad y los buenos sentimientos cotidianos. Caminábamos por las calles hasta llegar a mi casa. debía de parecer más gracioso que impresionante. No conocía los nombres de los actores y eso les sorprendía. e iba a ser para él el más caro. Estaba convencida de que mi vida podría adaptarse a esa frase. de beber. Yo no conocía nada. En París no tuve tiempo para leer: al salir de clase. mis amigos me arrastraban a los cines. flores. súbita. Se limitaba a no ocultármelas. El iba a enseñarme París.. que si la hubiera llevado a la práctica. el más maravilloso de los juguetes. Lamentaría. El amor al placer. Jacques. habida cuenta de mi edad y experiencia. La hacía mía con absoluta convicción.. Puede que no haya leído lo suficiente. renegaría más fácilmente de mis penas o de mis crisis místicas. Allí él me llevaba detrás de una puerta y me besaba: descubría el placer de los besos. el lujo. acudía con mi padre a fiestas donde no tenía nada que hacer. imagino. inspirarse en ella. a la felicidad. No me avergüenzan todavía esos placeres fáciles. En el internado no se leen más que obras edificantes. la de Oscar Wilde. te coge la mano y luego te lleva lejos de esa misma multitud.. mi padre me dejaba en casa y casi siempre iba a acompañar a una amiga. provisionalmente! En cualquier caso. entre otras: «El pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno». fiestas bastante variopintas donde me divertía y donde. Era un excelente cálculo.explosión de alegría. Su único defecto fue que durante algún tiempo me inspiró un desenfadado cinismo sobre las cosas del amor que. Nombres conocidos por todas las jovencitas. divertía también a los demás. representa el único aspecto coherente de mi carácter. yo no habría podido ignorar durante mucho tiempo la naturaleza de sus relaciones con sus «invitadas» y él sin duda quería conservar mi confianza. No pongo nombre a esos recuerdos: Jean. . de tener un vestido nuevo. No le oía volver. con mucha mayor seguridad. No quiero dar a entender que hiciera ostentación de sus aventuras. por mi edad. O a las terrazas de los cafés al sol. Estoy convencida de que la mayor parte de mis placeres de entonces se los debí al dinero: el placer de la velocidad en coche. Solía repetirme a mí misma fórmulas lapidarias. Por la noche. de estar con alguien que te mira a los ojos. Saboreaba el placer de mezclarme con la multitud. su boca. porque así se evitaba además penosos esfuerzos de imaginación. de comprar discos. más exactamente a no disculparse con decentes o falsas justificaciones por la frecuencia con que una amiga comía en casa o acababa instalándose. proyectaba una vida de abyección y libertinaje. me volvía adulta.. si los llamo así es porque he oído decir que lo son. Cuando regresábamos. además. Hubert. porque yo tenía sus ojos. Idealmente.

Capítulo tercero A la mañana siguiente me despertó un oblicuo y cálido rayo de sol que inundó mi cama y puso fin a los sueños raros y un tanto confusos en los que me debatía. pero renuncié. con la mano. intenté apartar de la cara. En duermevela. Bajé en . aquel calor insistente. Eran las diez.

—Fue culpa mía —atajé. —Niña sólo hay una. No debía de concederse nunca auténticas vacaciones. —Quería pedirte perdón por lo de ayer —dijo. dispuesta a broncearse sin riesgos. me acomodé tranquilamente en un escalón con una taza de café y una naranja e inicié las delicias de la mañana: mordía la naranja y brotaba un zumo azucarado en mi boca. Noté que estaba leve pero perfectamente maquillada. Tu padre. daría lo mismo. En la escalera me crucé con Elsa. Cécile? —Por la mañana prefiero beber. Ve a buscar pan con mantequilla. trece menos que Anne. Tienes las mejillas hundidas y se te marcan las costillas. comedidamente. sentado en su barco. Tomé mi traje de baño y corrí a la cala. No me sentía en absoluto ofendida y me sorprendía su aire solemne. Estuve a punto de advertirle. El estaba de pie con el agua hasta las rodillas. Pasados cinco minutos. y de nuevo el frescor del fruto. Sé que hice muy mal ayer. Comprendí que no subiría hasta que hablásemos y lo miré con la atención necesaria. Que yo tengo tu edad. con los párpados hinchados y los labios pálidos en el rostro enrojecido por el sol.. ¡Sí! Me había metido ya en la embarcación. porque. Vino a mi encuentro. . borraba de mi rostro las huellas de la almohada. por desgracia —dijo Anne riendo—. Pero podía tomárselo a mal: tenía veintinueve años. Raymond. Mi padre se inclinó y le cogió la mano. —Qué delicioso espectáculo —dijo—. iría a bañarme. como si hubiese recibido una caricia imprevista.. Me sobresaltó la voz de Anne: —¿No comes. muy serio. Para mi sorpresa. ¿sabes? No hay nada que te defienda contra mí.. un sorbo de café negro y ardiente. Como no me prestaba atención. que estaba hojeando los periódicos. y eso me dio risa. Era evidente que salía de la cama. y se disponía a demostrarme que era indispensable cuando apareció mi padre con su suntuoso batín de lunares. —No te rías —dijo—..pijama a la terraza y allí me encontré con Anne. de decirle que Anne estaba abajo con su cara maquillada y pulcra. —No sé lo que me haría —añadió empujando la embarcación al mar. —No tienes por qué —dije alegremente. el ejemplo. Aunque fuera un cerdo redomado. Inmediatamente. Aproveché para escabullirme. Estuve a punto de pararla.. Le supliqué que no me obligase. Dos niñas tostándose al sol y hablando del pan con mantequilla. ya estaba allí Cyril. El sol de la mañana me calentaba el pelo. —Deberías engordar tres kilos para estar presentable. y eso le parecía una baza definitiva. y me tomó las manos. Conocía bien su cara. y vi que a Anne le temblaban los párpados. —Siempre tan mala —dijo tiernamente. que quizá se tomaba por un corruptor. esa mujer. y no me engañaba. Pensé que tenía veinticinco años. me creerías igual. apoyado con ambas manos en la borda como en el estrado de un tribunal..

sólo podía reprochársele alguna leve estría en la piel. y se tumbó. —¿Y tu examen? —Suspendido —dije con vehemencia—. Me contestó con una sonrisilla apurada. cerrando los ojos para dar por zanjada la conversación. y no hubo en nuestro beso remordimiento ni vergüenza. No sonrió: sólo sonreía cuando le apetecía. Era ancho de hombros y su cuerpo duro se apretaba contra el mío. salpicada de murmullos. No le di ni una semana a mi padre para.. que marchaba a la deriva. Notaba que era bueno y estaba dispuesto a quererme. Vas a ser como un hermano para mí. —Qué simpático eres. ¿cómo es que aquí te levantas tan pronto? En París te quedabas en la cama hasta las doce. La idea me espantó. En aquel momento le quería. Le eché los brazos al cuello y pegué mi mejilla a la suya. se embadurnaba con aceite. como todo el mundo. sólo una profunda búsqueda. tan dorado. Cyril se marchó y aparecieron mi padre y sus mujeres por el sendero. Hundí la cara en el agua. nunca por cumplir. Dirigí una mirada de angustia a mi padre. Notaba que me inundaba una felicidad.Ni siquiera resultaba ridículo. suplicante. Elsa se echó a reír y se interrumpió al ver que la mirábamos los tres. A las once y media. me protegía.. —Tiene que trabajar estas vacaciones —dijo Anne. Dirigí maquinalmente a mi padre una mirada aprobadora. Me arrastré hasta Anne. para recomponerla. Mi padre caminaba entre ambas. Me solté y nadé hacia el barco. Para mi sorpresa. Abrió los ojos. de piernas perfectas. Me vi ante las páginas de Bergson con aquellos renglones negros que me bailaban y la risa de Cyril abajo. sujetándolas. Me tenía apretada contra él. Anne volvió la cabeza hacia mí: —Cécile. Acababa agotada.. resultado sin duda de años de constantes cuidados y atenciones. sorbiéndome un . tendiéndoles sucesivamente la mano con esa solicitud y naturalidad que le eran tan propias. necesariamente. me puse a temblar de placer como él. —Allí tenía trabajo —dije—. Cyril —murmuré—. Anne seguía llevando el albornoz: se lo quitó tranquilamente. Y llevo una vida fastuosa. arqueando una ceja. tan dulce como yo. Cuando su boca buscó la mía. ante nuestras miradas observadoras. ¡Y bien suspendido! —Tienes que aprobarlo en octubre. —Tú tenías cierta fortuna cuando empezaste —recordó Anne. Incliné hacia ella un rostro inquieto. no me la devolvió y cerró los ojos. refrescarla. Yo nunca he tenido ningún título. que a mí me gustaría quererle.. Me rodeó con los brazos dejando escapar una pequeña exclamación de enfado y me separó suavemente del barco.. tan simpático. una despreocupación perfecta.. la cabeza apoyada en su hombro. Esbelta de cintura. que estaba hecha una lástima. El agua estaba verde. Bañado por la luz de la mañana. —Mi hija siempre encontrará hombres que la mantengan —dijo mi padre noblemente. —¿Para qué? —intervino mi padre—. La pobre Elsa. alzada. la llamé en voz baja.

que no me separaría de ella en todo el verano. Elsa peroraba sobre las fiestas de la costa. —Anne —dije—. obligarme a trabajar con semejantes calores.. yo. con lo bien que podrían sentarme estas vacaciones... y sonrió misteriosamente volviendo la cabeza a otro lado. incluso con estos calores. en la mano hasta la hora de comer. Me miró con fijeza un instante. que lo pierdo todo. Hundí el brazo para cogerla. inquietísima...poco las mejillas para dar una imagen de intelectual agotada. Divisé en el fondo del mar una preciosa concha. miradas un poco fijas. Me lanzó una mirada divertida e insolente y me volví a tumbar en la arena. suavecita y pulida. conociéndote como te conozco. —Tengo que hacerte «eso». Sólo me lo reprocharás durante un par de días. y me entran ganas de llorar. y me zambullí gimiendo sobre las vacaciones que hubiéramos podido tener. rosada y tibia. Decidí que era un talismán. una piedra rosada y azul. y aprobarás el examen. —Hay cosas a las que no se hace una —dije muy seria. . que no tendríamos. no irás a hacerme eso. Teníamos todos los elementos de un drama: un seductor. incansable. impávidas.. Su mano se abría y cerraba sobre la arena con un movimiento suave. que yo reconocía. una mujer galante y una mujer juiciosa. Pero mi padre no la escuchaba: situado en el vértice del triángulo que formaban sus cuerpos. Hoy la tengo en la mano. regular.. dirigía al perfil de Anne. No sé por qué no la he perdido. a sus hombros. Corrí hacia el mar. como tú dices. la conservé.

No replicó nunca a las numerosas tonterías que abundaban en la conversación de ésta. Le hablaba. quien mostraba con mi padre una indiferencia. que la hacía un poco responsable de mí. como a una mujer muy respetada. sin reparar en la habilidad que ello implicaba. como a una segunda madre de su hija: utilizaba incluso esa carta para que en todo momento pareciera que me confiaba a la protección de Anne. desde luego. fue lo sumamente amable que estuvo Anne con Elsa. que se dirigen a la mujer quien todavía no se conoce y que se desea conocer. en los días siguientes. Llegué a creer que me había equivocado el primer día. esos silencios tan naturales. como el sol y la sombra.Capítulo cuarto Lo que más me sorprendió. Tal agradecimiento no era por lo demás sino un pretexto. le estaba agradecido y no sabía qué hacer para demostrárselo. Así. Las mismas miradas que sorprendía yo a ratos en Cyril y que despertaban en mí ganas de huir de él y a la vez de provocarlo. gestos. con la intención de acercársela más. tan elegantes. Pero tenía con ella miradas. con una de esas frases breves cuyo secreto poseía y que hubieran puesto a la pobre Elsa en ridículo. una serena amabilidad que me tranquilizaban. Mi padre no habría tardado en cansarse de aquel jueguecillo feroz. Yo aplaudía para mis adentros su paciencia y generosidad. de vincularla más estrechamente a nosotros. en cambio. claro. Eran como la antítesis de la incesnate cháchara de Elsa. pues no veía que esa inequívoca amabilidad excitara a mi padre. . En el placer. Sobre todo sus silencios…. Yo debía de ser en ese punto más influenciable que Anne.

Tornó a cerrar los ojos y empezó a hablar con voz queda. con las insolaciones de Elsa.. Se volvió hacia mí con expresión hastiada. que abandonara aquella resignada indiferencia ante mi carencia sentimental. Tal vez. El cigarillo le humeaba en los dedos. que era pobre y débil. de embriagadora complicidad conmigo misma. Pensé que así habían sido todos mis amores.. A tu edad. N pude por menos de expresarla en voz alta: —Te diré que.Pobre Elsa…. Raymond? Mi padre se levantó. Subí a mi cuarto y me sumí en la ensoñación. Instantes plenos. No consiste en una serie de sensaciones independientes entre sí. inquirió: —¿Vienes. Tras tomar el café. mi padre pareció disgustado. resulta penoso. sorprendido. no se daba cuenta de nada. con la cara ajada por el sol. la añoranza. Durante un instante. Un día. sin embargo. en aquel momento. la dulzura. Tenía un rostro deliberadamente sereno y relajado que me emocionó. Me desprecié y ello me resultó especialmente duro porque no estaba acostumbrada a hacerlo. pero al final asintió sonriendo. consciente de lo equívoco de mi frase. Más me hubiera valido callarme. Me disculpé de inmediato. un gesto. ni para bien ni para mal. al llegar a la puerta.. Elsa se levantó y. Pensé que tenía razón. un beso. Me irrité bruscamente: —Sólo lo decía en broma. según me pareció. sin coherencia. Para consolarla. Anne no se movió. pero a mí no me lo parece… Me interrumpí de inmediato. y fue tras ella al tiempo que ensalzaba las virtudes de la siesta. La vi murmurarle algo al oído antes de comer. No hubo en su tono el menor equívoco. Un cariño constante. en el cine americano. de interceptar una mirada de mi padre. casi ruboroso. envidaba apasionadamente a Elsa. inspirada. Las ... más que estúpido. Me hubiera gustado que se enfadase. —Aborrezco ese tipo de reflexiones —dijo Anne—. Rara vez me juzgaba a mí misma. Cosas que tú no puedes entender. seguía exuberante y agitada. debió de notar algo. lo siento. a eso se reducía todo mi recuerdo. —Por favor— dijo Anne secamente. Me sentí obligada a decir algo: —La gente dice que la siesta descansa mucho. paciente: —Te haces una idea un poco simplista del amor. a merced de los demás. se volvió hacia nosotros con expresión lánguida. Ya sé que en el fondo estarán muy contentos. que me encantó como todas las ideas cínicas que se me ocurrían: me daban una especie de aplomo. Hizo un gesto evasivo con la mano y cogió un periódico. me vino a la mente una idea cínica. e imprimiendo a su entonación diez años de galantería francesa. Enseguida había visto en mi frase una broma de mal gusto. ese tipo de siesta no será muy excitante para ninguno de los dos. Una emoción súbita ante un rostro.. —Es otra cosa —decía Anne—. que yo vivía como un animal.

Durante el día. Tenía en gran estima a Cyril. o le reprochó en voz alta su indiferencia fingiendo reír? ¿Cuándo comparó sin sonreír su sutileza con la simpleza de Elsa? Mi tranquilidad descansaba en la idea estúpida de que se conocían desde hacía quince años y en que si hubieran tenido que quererse. es una añoranza». Yo prorrumpí en imprecaciones contra esa clase de ancianas. como suele decirse.. me acuerdo con toda exactitud pues dediqué a ello toda mi atención. bailábamos al ritmo de un transido clarinete. aquellas tres semanas felices en definitiva. pero alguna noción tengo. De que se enorgullece de su vida porque tiene la sensación de haber cumplido con su deber y.. Íbamos con frecuencia a las boîtes de SaintTropez. no quería ver nada concreto. Se casó como se casa todo el mundo. Tuvo un hijo. A la vuelta. Era una anciana apacible y sonriente que nos habló de sus dificultades de viuda y de madre. Cyril se dirigía a él como «señor». todas mis posibilidades. a mi padre el enamoramiento le durará tres meses y Anne conservará de todo ello algunos recuerdos apasionados y un poco de humillación. Una tarde fuimos a tomar té a casa de la madre de Cyril. Como ya he dicho.» ¿Ignoraba acaso que Anne no era la típica mujer a la que se puede abandonar por las buenas? Pero estaba allí Cyril y él me bastaba para llenar mis pensamientos. «si ha de ocurrir. por deseo o porque toca hacerlo. mientras dirigía a Anne miradas de gratitud.. Pero aquellas tres semanas. De lo que vino después hasta el final de las vacaciones. ¿Había añorado yo alguna vez a alguien? No recuerdo los incidentes de aquellos quince días. «Y». A veces nos acompañaba mi padre. Mi padre se identificó con ella y. por supuesto. pero que sonaban dulcísimas la misma noche. Ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa indulgente y divertida que me sacó de mis casillas: —No os dais cuenta de que está satisfecha de sí misma —grité—. habrían empezado a quererse mucho antes. navegábamos a vela por la costa.. —Me desagradan las groserías —replicó Anne—. Debo confesar que nunca temían perder el tiempo.sábanas estaban tibias debajo de mí. ¿ya sabes cómo vienen los hijos? —Supongo que menos que tú —ironizó Anne—.. —Si no hay ninguna paradoja. aunque sean paradójicas. Le llamaba con un diminutivo afectuoso. amenazante. musitándonos palabras de amor que olvidaba al día siguiente. Ha cumplido con sus deberes de madre y de esposa. ¿Qué día miró mi padre ostensiblemente la boca de Anne. —Y es así —dijo Anne—. Anne contemplaba el espectáculo esgrimiendo una amable sonrisa. felicitó repetidas veces a la señora.. declaró que la señora era encantadora. —¿Y con su deber de puta? —dije. seguía oyendo las palabras de Anne: «Es otra cosa. . sobre todo desde que este último le había dejado ganar una carrera de crol. y yo me preguntaba cuál de los dos era el adulto. pensaba para mí.

que mis convicciones no durarían. sí que habría tenido mérito. —Es un espejuelo —grité—. pero era verdad que lo había oído decir. ¿Cómo podía ser un espíritu elevado? . ¿comprendes? Se hallaba en la situación de joven burguesa esposa y madre y no ha hecho nada por salir de ella. mi vida y la de mi padre corroboraban esa teoría y Anne me humillaba despreciándola. abrirle los ojos cuanto antes. Pero Anne no me consideraba un ser pensante. primordial. Una se dice después: «He cumplido con mi deber» porque no ha hecho nada. Se puede estar tan apegado a nimiedades como a otras cosas. pues educó a ese hijo. Ha llevado la vida que llevan miles de mujeres y se siente orgullosa. —Repites cosas que están de moda pero que son insustanciales —dijo Anne. No esperaba que se me brindara tan pronto la ocasión de ello ni que supiera aprovecharla. Puede que fuera cierto. Si. Probablemente se ahorró las angustias y las molestias del adulterio. se hubiese convertido en una mujer de la calle. Por lo demás. —No tiene mucho sentido lo que dices —observó mi padre. nacida en su ambiente. Se jacta de no haber hecho esto o aquello y no de haber realizado algo. no me costaba admitir que al cabo de un mes tendría una opinión distinta sobre el particular. Pensaba lo que decía. Con todo.—Bien. Me parecía urgente.

Me quedé suspensa en el umbral. y le eché los brazos al cuello. Y yo no conozco ninguna muchacha más guapa que tú. Realmente no tenía nada de anciano. de un gris extraordinario. pero el resultado era más meritorio que brillante. Esta bajaba la escalera lentamente con su vestido verde. —Ya que no están aquí y que se permiten hacernos esperar. Una mañana mi padre decidió que aquella noche nos iríamos a jugar y a bailar a Cannes. Recobré la euforia que precedía a nuestras salidas. un poco demasiado exótica para mí. En el clima familiar de los casinos pensaba recobrar su personalidad de mujer fatal un tanto atenuada por las quemaduras del sol y el casi aislamiento en que vivíamos. fuese por gusto o por costumbre. Dejó de bailar para recibir con un murmullo maquinal y halagador la llegada de Elsa. —¿Nos vamos? —Todavía no ha bajado Anne —dije. Mientras bailábamos. calor y tabaco. Me gritó que pasase. ven a bailar con tu anciano padre y sus reumas. Llevaba un vestido gris. —Tienes que enseñarme a bailar el bebop —dijo. Subí la escalera enredándome con el vestido y llamé a la puerta de Anne. Contrariamente a mis previsiones. Recuerdo la alegría de Elsa. esgrimiendo una desenfadada sonrisa mundana. olvidando su reuma. mezcla de colonia. —Después de Cyril —dijo sin creerlo—. —Después de Elsa y de Anne —dije sin creérmelo yo tampoco. Incluso pareció hacerle bastante gracia la idea. Lo había elegido mi padre. en la comisura de los labios. no parecía reparar en ello. Anne no se puso a tales mundanidades. Había sacado el máximo partido de su pelo reseco y su piel quemada por el sol. pues mi padre. Por fortuna. tendía a vestirme a lo mujer fatal. subí a mi habitación a ponerme un vestido de noche. nos habrán dado las doce.Capítulo quinto Y un buen día todo terminó. era una tela exótica. —Eres el hombre más guapo que conozco. casi blanco. —Ve a ver si está lista —me pidió mi padre—. sin duda. irreprimible como la mía. No sin inquietud. Bailaba siguiendo el ritmo. con los ojos entornados y una sonrisa feliz. al concluir la cena. el único por lo demás que poseía. su sonrisa de casino. Me lo encontré abajo. al que se . deslumbrante con su esmoquin nuevo. Cuando lleguemos a Cannes. respiré su perfume familiar.

Ni parecía reparar en el trompeteo enloquecido de la radio. con el pie apoyado en el primer escalón. como si se tratase de algo muy natural que no debía inspirarle la menor inquietud—. Yo no pensaba en nada. mi padre se las ingenió para que nos perdiéramos de vista. Estaba tan preciosa la carretera de noche que conduje lentamente. Pero Elsa se aburría. Tenía una expresión alterada. Recalé en el bar. ¿Vienes conmigo. —¡Ah!. Pasó ante mí sin comentar mi vestido. La cosa se puso aún más graciosa cuando se empeñó en bailar. su conversación resultaba interesante por la pasión que ponía en sus palabras. no le interesaba la técnica teatral. Me veía obligada a aguantarlo y a apartar los pies para que no me pisara. Me cogió de la oreja y me miró. Elsa también la miraba bajar. dejándole la cara desnuda y ojerosa. En el casino. Me preguntó bruscamente dónde estaba mi padre. un poco más abajo. Pasé una hora agradable con él. aunque a ratos te pones pesada. Ella le sonrió al pasar y cogió el abrigo. delante de mí. Cuando en una curva nos adelantó el cabriolé de mi padre. ni pestañeó. —Eres una chiquilla simpática. un sudamericano medio borracho. ya sé dónde están —dije sonriendo. y luego se alejó. —El acierto eres «tú». Los vi iluminarse y sonreír. —No los encuentro —dijo. Anne no decía nada. parecía concentrar en su persona toda la seducción de la madurez. Su descortesía era inconcebible. Enseguida . Ofrecía un aspecto lamentable. El sudamericano pareció lamentarlo un instante pero con otro whisky se animó. Cécile? Me dejó conducir el coche. estuve a punto de mandarla al infierno. estaba en plena euforia. alzando el rostro hacia ella. —Anne —dijo mi padre—. Bajó la escalera la primera y vi que mi padre salía a su encuentro. los hombros perfectos de Anne. Nos reíamos tanto que cuando Elsa me golpeó en el hombro y vi sus aires de Casandra. el rostro deslumbrado de mi padre. —¡Magnífico! —exclamé—. De pronto me entró una gran indignación contra mi padre. Aunque conocía a un par de monstruos sagrados. como se sonríe a alguien de quien uno va a separarse. ante un espectáculo en el que no podía intervenir. —¿Nos encontramos allá? —dijo—. Aquella noche. como si yo pudiese saber algo.adhería la luz. ya más lejos. Sus ojos eran de un azul oscuro. Se detuvo al pie de la escalera. Se dedicaba al teatro y. lo que exigía no poca energía. a pesar de su estado. cosa que a un tiempo me alegró y me dolió. con Elsa y un amigo suyo. pues había participado por cortesía en sus libaciones. —Ese gris es un acierto —dijo. como ciertas tonalidades del mar al amanecer. estás maravillosa. Recuerdo exactamente aquella escena: en primer plano. Se le había ido el maquillaje. la nuca dorada. la figura de Elsa. ¡Qué vestido. Anne! Sonrió en el espejo. su mano tendida y. Yo me sentía ya totalmente al margen del juego.

Las actitudes nobles se me ocurren siempre demasiado tarde. Saqué precipitadamente la cabeza de la portezuela. —¿Qué ocurre? —dijo mi padre con tono irritado—. Su súbita dulzura. lo siento mucho por Elsa. El bofetón me había hecho daño. Estaban allí. Permanecí inmóvil junto a la portezuela. ¡Demasiado fácil! ¿Y ahora qué le digo yo a Elsa? Anne se había vuelto hacia él.vuelvo. con expresión hastiada. no —dije cortésmente. volvéis con mi coche. Mañana hablaremos. sin hacerme caso. como si fuese un poco tonta: —No seas mala. La mano de mi padre descansaba en el brazo de Anne. Apenas me miraron. Yo temblaba de indignación y no me salían las palabras. mi arrebato anterior. cayó en los brazos de Elsa. ¿Qué haces tú aquí? —¿Y vosotros? Elsa lleva buscándoos una hora. Mi único consuelo era el pensar en mi propia delicadeza. pero me acordé de Elsa y abrí la portezuela. me daban ganas de llorar. —Discúlpate —ordenó mi padre. ¿de acuerdo? La exclamación de mi padre y el bofetón de Anne fueron simultáneos.. Pero tienes el suficiente tacto para arreglarlo todo lo mejor posible. Se miraban. como a su pesar: —Regresamos. lentamente. —Cuando nos hayamos divertido bastante. Dile que estaba cansada y que me ha acompañado tu padre.. Los vi marcharse y me sentí completamente vacía. No parecía amenazadora y me acerqué. le diré que mi padre ha encontrado a otra mujer con quien acostarse y que espere sentada. Cuando os hayáis divertido bastante. Me puso la mano en la mejilla y me habló con dulzura. El le sonreía. debían de estar hablando en voz baja. —Llevas a la playa a una chica de piel delicada y. veía moverse sus labios. Pero ¿no os dais cuenta? ¡Es repugnante! —¿Qué es lo que es repugnante? —preguntó mi padre. Necesité un buen rato para dar con él en el aparcamiento. lentamente. extrañamente hermosos a la luz de las farolas. donde pareció encontrarse a gusto. El casino era grande: lo recorrí dos veces sin resultado. cuando ves que se ha pelado toda. Tenía ganas de irme. —Ven —dijo Anne. asido a su . Vi sus perfiles muy próximos y muy graves. donde me encontré a Elsa y al sudamericano. Pensé con tristeza que estaba más rellenita que yo y que no cabía reprochárselo. Me acerqué por detrás y los divisé por el cristal del fondo.. la dejas tirada. Anne volvió la cabeza hacia mí. sorprendido.. privado de mi apoyo. mientras se me atropellaban mil pensamientos en la cabeza. Exploté indignada: —Le diré. El sudamericano. Caminé lentamente hasta el casino. —¿Os lo pasáis bien? —pregunté cortésmente. ¿Te he hecho mucho daño? —No. Inspeccioné las terrazas y al final pensé en el coche.

Cécile. que sollozara el sudamericano. Adiós. pero Elsa se echó a llorar. con la boca pastosa y el cuerpo desagradablemente empapado. despacito. es horroroso. —No está todo dicho. repitiendo: «Éramos tan felices. en la oscuridad. nos llevábamos bien. sin saber qué hacer. Redoblaban sus sollozos. sin duda por los whiskies de la víspera. Nunca había hablado con ella de otra cosa que no fuese del tiempo o de modas. tan felices». La miré.brazo. pero me pareció perder a una vieja amiga. Di media vuelta bruscamente y eché a correr hacia el coche. —Cécile —dijo—. tristemente. Vámonos las dos a casa. Me desperté atravesada en la cama. Tal pormenor se me antojaba de una autenticidad irrefutable. Busqué un argumento convincente: —Ha tenido náuseas. —Anne no se encontraba bien —dije con tono desenfadado—. Capítulo sexto La mañana siguiente fue penosa.. Elsa. —Volveré a recoger mis maletas —sollozó—. El sudamericano se echó a llorar a su vez. éramos tan felices. A través de . Habría hecho cualquier cosa por evitar las lágrimas de la pobre Elsa. ¿Vamos a tomar algo? Elsa me miraba sin contestarme. La ha tenido que acompañar papá. su vestido ha quedado hecho una lástima. Cécile. oh.. En aquel momento aborrecí a Anne y a mi padre. que se le corriese el rímel.

Mi padre encendió un pitillo con gesto que pretendía aparentar tranquilidad... La miré fijamente y luego miré a mi padre. esos odiosos y arbitrarios límites la causa de mi debilidad y cobardía? Y si estaba limitada. Me inundaba un sentimiento de superioridad. veladas felices. ¿Serían esos labios. sentados muy juntos ante la bandeja del desayuno. los sudamericanos. Anne me miraba. me apoyé en él: unos ojos dilatados. Me temí lo peor: —¿Algún otro recado para Elsa? Volvió la cara hacia mi padre: —Tu padre y yo queremos casarnos. decidido en una noche. las cenas tumultuosas. De repente. —Me gustaría preguntarte algo —dijo por fin. sensibles. Estaba demasiado cansada para aguantarlo mucho tiempo. Eso me impresionó: la felicidad siempre me ha parecido una ratificación. . Me obligué a pensar en ellos para poder levantarme sin notar el esfuerzo. —Regular —contesté—. que me hacía sentirme incómoda. lo probé y lo dejé de inmediato. y de pronto me vi sonreír. hasta que su silencio me obligó a alzar la vista. de orgullo. —¿Has dormido bien? —preguntó mi padre. Me preguntaba si Elsa regresaría y qué caras pondrían Anne y mi padre aquella mañana. esas proporciones. Anne estaba ojerosa. Aquello cambiaba por completo nuestra vida. sordamente. única señal de su noche de amor.. Había en el silencio de ambos una especie de textura. pero sabía ya que era cierto. manifiestamente nerviosa por una vez. Farfullé un vago saludo y me senté frente a ellos. un bofetón y unos sollozos.. tan contrario a mi manera de ser? Me complací detestándome. el refinamiento de Anne. No me atreví a mirarlos por pudor. mirándome a los ojos. de espera. El espejo me devolvía un inste reflejo. doliente y aturdida. Valiente disipación. Por fin lo logré y pisé las frescas baldosas de la habitación. hundido y arrugado por la disipación. tan obstinadamente opuesto al matrimonio.. a cualquier tipo de vínculo. las Elsas me parecieron despreciables. Se miraba las manos. un rostro desconocido. Anoche bebí demasiado whisky. No tenía ganas ni de levantarme ni de quedarme en la cama. Mi padre y Anne estaban ya en la terraza. tranquilas. Pensé: «No es posible». que me hubiera indignado y tranquilizado a un tiempo. Me cepillé los dientes y bajé. odiando aquel rostro de lobo. un triunfo. el mío. un guiño. No me cabía en la cabeza: mi padre.las rendijas del postigo se filtraba un rayo de sol por el que subían apretadas columnas de polvo. Perdíamos la independencia.. Durante un minuto esperé de él una señal. esa vida que le envidiaba. Vislumbré de pronto la vida que llevaríamos los tres. Me serví una taza de café. Amigos inteligentes. Ambos sonreían con cara de felicidad. Me puse a repetir esa palabra. la boca hinchada. una vida equilibrada de pronto por la inteligencia. en efecto: unas miserables copas. —¿Qué pasa? Ponéis cara de misterio. —Es una idea estupenda —dije para ganar tiempo. ¿por qué lo advertía de un modo tan evidente.

yo estaba asqueada. Por mi parte. por vínculos que yo desconocía. —¿No te parece ridículo este matrimonio de viejos? —No sois viejos —dije con toda la convicción necesaria. el miedo a la soledad. Comprendía que mi padre se sintiera ufano: la orgullosa. su calor. un futuro. Pasaría a ser una persona cabal. Se le veía feliz. Me eché a reír también porque efectivamente me inspiraba cierto miedo. —¿Por qué? —pregunté. ¿lo creía de . y les sonreí. —Gatita mía. debilidad. Me guiaría. hacia ella. Mi padre se levantó a buscar una botella de champaña. Se sentó junto a Anne y le rodeó los hombros con el brazo. que era lo principal. —Temía que tuvieras miedo de mí —dijo. con la inconsciencia de quienes no los han cumplido nunca. ¿no era feliz? Anne era perfecta. —Ven aquí. únicos. Cuarenta años.. Estábamos los tres en la terraza.. la indiferente Anne Larsen se casaba con él. quizá los últimos impulsos de los sentidos. pero que para ellos yo no era en efecto más que un gato. Trazábamos complicados planes para amueblar la casa. me marcaría en cualquier circunstancia el buen camino. Oyéndola... transformado por las fatigas del amor. y. me miraban con dulce emoción. por su vitalidad. En definitiva. por ese brazo firme y reconfortante. El rostro de Anne.. inteligencia. Siete días felices. conmigo. Elsa no apareció aquellos días. —Sufría un poco por ti —dijo Anne. Voluntariamente cerré los ojos. no le conocía la menor mezquindad. podría quererla durante mucho tiempo? ¿Podía yo distinguir ese cariño del que profesaba a Elsa? Cerré los ojos. también mi padre. apoyé la cabeza en sus rodillas. unidos por un pasado. porque mi padre regresaba bailando con una botella debajo del brazo. no salir por la noche. Ella hizo con su cuerpo un movimiento hacia él que me hizo bajar los ojos. embotada por el sol. ¿habíamos creído alguna vez en ellos? Acudir a comer a las doce y media todos los días en el mismo sitio. Una semana pasa muy rápido. elegancia. de temores secretos y de bienestar.—Es una idea estupenda de verdad —repetí. un animalillo afectuoso. me daba la impresión de que mi veto hubiera podido impedir el matrimonio de dos adultos. llenos de reticencias. agradables. me reí con ellos. gatita —dijo mi padre. encantado. Con ello quería decirme a la vez que lo sabía y que era inútil. pero lo había visto tantas veces feliz a causa de una mujer. y se echó a reír. Me tendió las manos y me atrajo hacia él. me aliviaría la vida. que no tenían que ver conmigo. no dejaba de pensar que tal vez mi vida estaba dando un cambio. sino como en un ente abstracto: había visto en ella aplomo. me acariciaban la cabeza. pero nunca sensualidad. Los notaba por encima de mí. Además. sabía que te alegrarías —dijo mi padre. Estaba medio arrodillada ante ambos. Estaba relajado. recobré mi papel. ¿La quería. para establecer horarios. más tierno que nunca. cenar en casa. Mi padre y yo nos complacíamos en hacerlos ajustados y severos. Sin duda por eso se casaba con él: por su risa. parecía más accesible. Nunca había pensado en Anne como en una mujer..

mirando a Anne. que aquello durase toda la vida.. uno: él recobraba el aliento. Recuerdo todavía el sabor de aquellos besos jadeantes. elegante. y sin duda si Cyril me hubiera querido menos. y me hubiera gustado. Ese gesto me sorprendió. disfrutaba recobrando un papel propio de mi edad. A las seis. me inmovilizaba. Sin duda todo esto no era. por supuesto. Todo el mundo nos tomaba por una familia unida. avergonzado. para entrar en calor. tres. dos. se abalanzaba sobre mí gritando victoria. ineficaces. Una noche nos separó la voz de Anne. Esta se volvió hacia Cyril y le habló con suavidad. con gran dulzura. Anne me miraba con la misma cara grave e indiferente. como si pensase en otra cosa. uno. organizada. Yo me incorporé a mi vez. se inclinó hacia mí y me besó en el hombro antes de alejarse. ojerosos.. me besaba. a la vuelta de vacaciones. la vida burguesa. normal. miradas de malicia o de compasión. de feliz indolencia que confería el amor a sus gestos. acostumbrada a salir sola con mi padre y a suscitar sonrisas. Regularmente me alcanzaba antes de llegar a casa. Los veía bajar por la mañana. cuando apretaba su boca contra la mía. mejor que no hablase tanto.veras posible mi padre? Sin embargo. Navegábamos juntos. Al anochecer. La boda debía celebrarse en París. y en mis oídos sólo resonaban los pasos rápidos y reiterados de mi propia sangre. Me dirigí hacia ella. con esa suerte de lentitud. apoyados el uno en el otro. estar . Aquello me irritó: si pensaba en otra cosa. tanto para él como para mí. se me aparecía la cara de Anne. sus besos se tornaban precisos. a veces. por mera cortesía. más lentamente. estrechos. al regresar de las islas. me emocionó como si fuera un compromiso. aparentando. Cyril estaba tumbado sobre mí. como si no lo viese: —Espero no volver a verte —dijo. aquella semana me habría convertido en su amante. cuatro latidos del corazón y el rumor tan suave sobre la arena. tres. Cyril no contestó.. Anne se mostraba relajada. Los besos se agotan. Cyril arrastraba el barco hasta la arena. y la envidiaba. Uno. no sin cierto asombro. nuestras transformaciones internas. y el palpitar del corazón de Cyril contra el mío acompasado con el romper de las olas sobre la arena. Conservé de aquella semana un recuerdo que hoy me complazco en explorar para probarme a mí misma. enterraba alegremente la bohemia y ensalzaba el orden. sino castillos en el aire.. yo no dejaba de oír ya el ruido del mar. Pronunció mi nombre con tono seco. nos besábamos cuando nos apetecía y. solíamos bajar a tomar un aperitivo a una terraza frente al mar. y yo. mi padre la quería. Caminábamos hacia la casa por el pinar y. su cara suavemente marchita por la mañana. medio desnudos los dos a la luz llena de arreboles y sombras del crepúsculo y comprendo que aquello pudo engañar a Anne. lo prometo. riendo juntos. inventábamos juegos de indios y carreras en las que me dejaba salir con ventaja. Cyril se levantó de un salto. El pobre Cyril había seguido. me hacía rodar por la pinaza. dos. confiada. Pero este desenlace legal era de su agrado.

La consternación me dejó clavada en el suelo. pobrecillo. alcé los ojos y mi padre bajó los suyos. Me volvió la espalda y caminó hacia la casa con su andar indolente. tienes trabajo y eso te tendrá ocupadas las tardes. y yo me sentía terriblemente molesta. Como siempre. Me alegraba y se lo echaba en cara a un tiempo. en fin. Raymond. Reaccionaría como de costumbre: «¿Qué chico es ése. ahora soy un poco responsable de ti y no dejaré que eches a perder tu vida. Tendría que reaccionar así. intentó tomárselo a broma: —¿Qué me dices? ¿Y qué hacían? —Nos besábamos —grité con vehemencia—. erguidas. examinándome.. Además. ¿A ti no? Al oír ese «¿a ti no?». por lo menos? Ojo con los cabrones. balancear una pierna. —Pobre niña.. decirme: «No le diré nada a tu padre. —Me gustaría que le dieses un par de buenos consejos a tu hija. —Tampoco hay que exagerar —dije sonriendo—.. Mi padre. esa cara de hastío y desaprobación que la favorecía admirablemente y que me asustaba un tanto: —Deberías saber que este tipo de distracciones acaba generalmente en la clínica. Me hablaba de pie. Pero creo que sería bueno que dejara de verlo durante algún tiempo y se dedicase a estudiar un poco de filosofía.. —No me he pensado nada —me cortó—.. —También Cécile es una buena chica —dijo Anne—. la compañía constante de ese chico y el ocio de que disfrutan. La cena transcurrió como una pesadilla. Y con la total libertad que tiene aquí.. a quien conocía de toda la vida. por eso no voy a ir a una clínica. no soy una delatora. como si fuese algo que había que doblegar y no yo.apurada. me parece inevitable. Ese tipo de cálculo no iba con ella. muy apurado: . Esta noche me la he encontrado en el pinar con Cyril. a quien castigaba sin que pareciese dolerle. Al fin y al cabo. Me quitó maquinalmente una aguja de pino del cuello y pareció que empezaba a verme de verdad. —dijo mi padre—. Por eso sentiría muchísimo que le ocurriese un accidente.. de lo contrario se acabarían mis vacaciones.. gatita? ¿Es guapo y sano. porque ello me habría permitido despreciarla. un cigarrillo. como dando por sentado que yo mentía—. Anne pensaba lo que decía: recibiría mis argumentos. mis protestas de inocencia con esa forma de indiferencia peor que el desprecio... Era de esas mujeres que pueden hablar. No he hecho más que besar a Cyril. La vi adoptar su hermosa máscara de desprecio. evitó dar ese paso en falso y sólo después de la sopa pareció recordar el incidente. —Hazme el favor de no volver a verle —replicó. Cécile. A Anne ni se le había pasado por la cabeza. como si yo no existiese. No protestes: tienes diecisiete años. hija». sin moverse: a mí me hacía falta un sillón. pero debes prometerme que estudiarás». yo. ese Cyril es un buen chico. Mi única esperanza era mi padre. Anne se ha pensado que. verla balancearse. y parecían estar muy acaramelados. tener un objeto en las manos.

No querrás repetir. es grave. —¿A ti qué te parece? —contesté secamente. me miraba sonriendo: planteada así. y por más que medie una gran distancia entre una regla de conducta y una afirmación sobre el fondo de las cosas. Recordaba con ganas de llorar nuestras antiguas complicidades. huidiza.. penetraba por su culpa en un mundo de reproches. la despreocupación. primero lentamente para no ponerme nerviosa. del sabor de nuestros besos. la comprendí y me sentí tan fría. deberías estudiar un poco. No es tan grave. miré las líneas siguientes con la misma aplicación y buena voluntad. Hundí la cabeza entre las manos y la miré con atención. Por fin. Me acordé de Cyril. Mi padre empezaba ya a distanciarse de mí. que me estaría esperando en la cala dorada. Cécile. de que lo había pasado con los dientes apretados. del suave balanceo del barco. el impulso de amar a la humanidad nos ha venido siempre de un contacto con el principio generador de la raza humana». tan impotente como al leerla por primera vez. Humillada. Yo. me arrojó sobre la cama. vas a cambiar tu imagen de muchacha montaraz por la de buena colegiala. supongo. me perdía yo misma. Me repetí esa frase. nos convertiría poco a poco en el marido y la hijastra de Anne Larsen. Esa expresión apurada. y de pronto algo se alzó en mí como una ráfaga de viento. y luego en voz alta. ¿no? Me miraba. y sólo durante un mes. Y seguí cavilando a mi pesar: cavilando que Anne era funesta y peligrosa. hecha para la felicidad. Me miró y apartó los ojos de inmediato. Yo estaba desconcertada. la discusión era sencilla. bien educadas y felices. Porque nos haría ser felices. demasiado inexperta para la introspección. me tropecé con una frase de Bergson. O sea. Lo dije tan quedo que no me oyeron o no quisieron oírme. Aparté la mano suavemente: —Sí —dije—.—Seguramente tienes razón —dijo—. Sí. nuestras risas cuando regresábamos de madrugada en coche por las calles blancas . —Vamos —dijo Anne tomándome la mano por encima de la mesa—. en dos personas civilizadas. Veía claramente con qué facilidad nosotros. y que había que apartarla de nuestro camino. A la mañana siguiente. destrozada por el rencor. y me dije que aquello era estúpido y monstruoso. y pensé en Anne. sí. que me hacía sentirme ridícula. con el corazón palpitándome. lo tenía. Era una mujer demasiado eficaz. la amabilidad. No podía seguir. cederíamos al atractivo de las normas y de la responsabilidad. Necesité unos minutos para comprenderla: «Por mucha heterogeneidad que podamos hallar en principio entre los hechos y la causa. eso era lo que le echaba en cara a Anne. inestables. de mala conciencia en el que. Me acordaba del desayuno de hacía un momento. Me daba cuenta de que la despreocupación es el único sentimiento que puede inspirar nuestra vida sin darnos argumentos para defendernos. me torturaba. que me impedía quererme a mí misma. ¿Y qué me aportaba Anne? Sopesé su fuerza: había querido a mi padre. al fin y al cabo. sentimiento que despreciaba. Pensé en ella con tal vehemencia que me senté en la cama.. que no era más que una niña mimada y perezosa y que no tenía derecho a pensar así. que le había visto en la mesa me obsesionaba.

Me miró también. Era absolutamente necesario reaccionar. me aborrecía demasiado a mí misma por aquella especie de drama que ya no podía detener. la libertad de elegir yo misma mi vida. . No contesté. de elegirme a mí misma. recobrar a mi padre y nuestra vida de antaño. en el rectángulo luminoso proyectado por la mesa del comedor. su conversación. Ahora me tocaba a mí verme influida. Intenté llorar. Estaba desesperada. pasando por una serie de estados desagradables pero resultantes todos ellos del siguiente descubrimiento: estábamos a merced de Anne. Era cierto que le gustaba la juventud. Me hubiese gustado que alguien me acariciara. Pero yo sé las verdaderas causas: fueron el calor. o al menos la ausencia de Cyril. con dureza. yo tenía a Bergson. Ni siquiera sufriría: Anne obraría con inteligencia. me consolara. como por la mañana. me hubiese gustado que me cogiese en sus brazos. no sería capaz de resistirme. En la terraza. Bergson y Cyril. Ya sólo me compadecía de Anne. no abrí la boca. Pensé en Cyril.. me has traicionado» e intenté hacérselo entender sin hablar. como si estuviese segura de vencerla. Todo eso se había acabado. comprendiendo tal vez que aquello ya no era un juego y que peligraba nuestra armonía. Sé que pueden achacarse complicados motivos a ese cambio... Con qué encantos se me aparecían de repente los dos felices e incoherentes años que acababan de pasar.. Lo miré violentamente. esos dos años de los que tan pronto había renegado el otro día. una mano larga y viva. balancearse. no tendría ni ganas. pensando: «No me quieres ya como antes.de París. ¿y con quién había hablado yo sino con él? De todo habíamos hablado: del amor. Habíamos acabado de cenar. Y ahora me abandonaba. Transcurridos tres meses. súbitamente alarmado. me desarmaba él mismo. de la muerte. La libertad de pensar. que pueden atribuírseme magníficos complejos: un amor incestuoso por mi padre o una animadversión malsana por Anne. No puedo decir «de ser yo misma» puesto que no era más que un barro moldeable. y de mal pensar y de pensar poco. me reconciliara conmigo misma. Le miré. me ponía de malhumor. Mi padre y Anne callaban: tenían ante ellos una noche de amor. de la música. remodelada y orientada por Anne. tengo remordimientos por hacerte trabajar. Estuve cavilando toda la tarde al respecto. Lo vi petrificarse en un gesto de interrogación. dulzura. vi la mano de Anne. ironía. fue en vano. No estaba acostumbrada a meditar. En la mesa. en aquella terraza acribillada por las cigarras y la luna. compadecerme de mí misma. Anne se volvió hacia mí: —Tienes mala cara. pero sí la libertad de rechazar los moldes. encontrar la de mi padre. Mi padre se creyó obligado a bromear: —Lo que más me gusta de la juventud es su vitalidad.

Entretanto. ¿cómo puedo echársela en cara?». y el deseo de apartarla de mi padre. Raymond. iba adelgazando un poco más cada día. de pronto. la idea de que iba a compartir nuestra vida. no era libre de calibrar lo que ocurría. Y de repente aquellos pocos días me alteraron lo bastante como para obligarme a meditar. y bruscamente surgía otro «yo» que tachaba de falsos mis propios argumentos. nosotros efusivos. en realidad. «es estúpido y miserable. Pensaba: «Es fría. es autoritaria. nosotros independientes. por más que pareciesen de lo más verosímil..». no le interesa la gente. Por primera vez en mi vida ese «yo» parecía dividirse y el descubrimiento de semejante dualidad me sorprendía enormemente. Pero. a intervenir en ella.Segunda parte Capítulo primero Me sorprende la nitidez de mis recuerdos a partir de aquel momento. Anne decía: «Cuando regresemos a París. durante las comidas. en la playa no hacía más que dormir y. a nosotros nos . juzgándome sincera. gritando que me engañaba a mí misma. Entonces. ¿acaso no es amor. Sufría todos los horrores de la introspección sin. Ya no veía en ella más que un ser hábil e indiferente. Encontraba disculpas. Pero. me sublevaba. «Ese sentimiento hacia Anne».» Pero ¿por qué juzgarme así? Siendo sencillamente yo. por ello. feroz. guardaba a mi pesar un tenso silencio que acababa incomodándoles. un amor como nunca volverá a inspirar mi padre? Y esa sonrisa hacia mí con un asomo de inquietud en los ojos. de mí misma. Miraba a Anne. pensaba. es indiferente. la espiaba de continuo. ¿no era esa otra quien me engañaba? ¿No era esa lucidez el peor de los errores? Me debatía horas enteras en mi habitación para dilucidar si el temor y la hostilidad que me inspiraba Anne en aquel momento tenían razón de ser o yo no era más que una joven egoísta y mimada con ínfulas de falsa independencia. La espontaneidad y un egoísmo fácil habían sido siempre para mí un lujo natural. me las murmuraba a mí misma. a poner atención en mi vivir. reconciliarme conmigo misma. Adquirí una conciencia más atenta de los demás.. Me habían acompañado siempre. pensaba a lo largo de la comida: «Ese gesto que le ha dirigido.

lo habría arreglado. Nosotros dos somos de verdad los únicos que estamos vivos y ella va a deslizarse entre nosotros con su tranquilidad. en vez de dar vueltas por la habitación. A ratos. a robarnos todo.. porque estaba loco por Anne. ¿No la ves. Anne? Si parece un pollo vaciado y asándose al sol. Me sentía palidecer de vergüenza. mientras yo dormitaba en la playa tras el baño matinal. loco de orgullo y de contento. sin duda.. va a acomodarse. Anne se acercó. es una garantía de nobleza». Un día. lo que me hacía aborrecerme a mí misma. es reservada. le suplicaba en voz baja que me perdonase. Al final logré poco a poco que la atmósfera se tornase irrespirable. Pero mis complicaciones habían ido en aumento y las horas de trabajo no me molestaban ya. Anne sorprendía esas miradas y la extrañeza. —Vamos. Ella me alcanzaba el pan y de repente yo. la incertidumbre ensombrecían su rostro.apasiona. se sentó a mi lado y me miró. La idea me asustó: —No doy vueltas por la habitación —protesté. ¡No! No era del todo cierto. poco. Una hermosa serpiente. Trabaja un poco y come mucho. para que se diese cuenta de . la que se ha ocupado de ti! La frialdad es su forma de vida. Iba a levantarme y a proponerle ir al agua con ese aire falsamente alegre que ya era habitual en mí. Sentía su mirada clavada en mí. si es Anne. como si me despertara. Mi padre sufría en la medida en que era capaz de sufrir.. como una hermosa serpiente». nosotros somos alegres. habida cuenta de que no había abierto un libro desde Bergson. no puedes ver premeditación en ello. ¡una hermosa serpiente!». Pero tampoco había tenido tiempo de pensar en Cyril.. se está quedando muy enclenque. a quitarnos poco a poco nuestro grato y despreocupado calor. la creía capaz de todo. Permanecí tumbada boca abajo en la arena. dejaban en suspenso sus frases. ven a ver a esta joven.. ¿comprendes?. sin cuidado. Buscaba instintivamente a mi padre con los ojos. Me di la vuelta y los miré. y sólo vivía para eso. Me repetía: «Una hermosa serpiente. Se sentó al otro lado y murmuró: —Lo cierto es que no le sienta bien. mejor que lo deje. haz un esfuerzo. atenta al ruido apagado de sus pasos. sin comprender la causa de tal inquietud. la inteligente Anne. Cécile —dijo Anne—. Ese examen es importante.. Creía arreglarlo todo con eso y. O sea.. diez días atrás. su indiferencia la protege de mil sórdidas insignificancias. Si el trabajo ha de sentarle así. sin embargo. La miré desesperadamente a la cara. él la miraba con admiración o deseo. —¿Echas de menos a ese chico? —preguntó mi padre. me gritaba a mí misma: «¡Pero estás loca. ¿Cómo sabía que yo no trabajaba? Tal vez me había adivinado el pensamiento. —Pues tienes mal aspecto —afirmó severamente mi padre—.. Y eso que le bastaría trabajar de verdad. cuando me puso la mano en la cabeza y alzó la voz con tono lamentable: —Anne. —Me trae sin cuidado mi examen —grité—.

y no me apetecía. hasta que cesó mi temblor nervioso. nunca. apoyé la mejilla en la cálida suavidad de la playa. Y comprendí que jamás se le ocurriría preguntarme. No va contigo el personaje. que me obligara a contárselo todo. No intenté ver a Cyril. —Ya —dije—. por la noche. por el reproche. era con desprecio e indiferencia. que eras tan alegre y tan animada. La mano de Anne. llena de alegría y estupidez. temblé un poco. La suya era una mano fuerte y reconfortante: me había secado las lágrimas cuando sufrí mis primeras penas de amor. nunca jamás podría tratar con ella. pero así dejarían de invadirme tan amargos y deprimentes sentimientos. Mi padre. liberarme. la había apretado furtivamente en los momentos de complicidad y de risa desatada. Y también porque no me atribuía ninguno de esos pensamientos que me torturaban. Mientras caminábamos hacia la casa. Me miraba atentamente. y. te vuelves ahora cerebral y triste. con tan poca cabeza. ¡No se merecían otra cosa! Anne siempre otorgaba a las cosas su importancia justa. Me habría tranquilizado. si lo hacía. Tú. Soy la clásica chiquilla inconsciente y sana. buscando en vano el agujero de la cerradura. porque pensaba que eso no se hacía. decidiría lo que le diese la gana. o con las llaves. tranquila y segura. había cogido la mía en los momentos de tranquilidad y de felicidad perfecta. se posó en mi nuca. me habría hecho disfrutar de algún momento de felicidad. La estreché con fuerza. aquella mano no podía hacer ya nada por mí. Capítulo segundo Transcurrieron dos días: le daba mil vueltas a lo mismo. Necesitaba que ella me dijera: «Pues ¿qué te preocupa?». veía el azul de Prusia de sus ojos ensombrecidos por el esfuerzo de mirar con atención. Incluso hallaba cierta complacencia en plantearme cuestiones . me convencería. me agotaba.que la cosa era mucho más grave que un examen. Volviéndose hacia mí. Y entonces. —No te compliques la vida —dijo—. Me dejé caer en la arena con violencia. que aborrecía ese tipo de discusiones. porque semejante idea ni se le pasaría por la cabeza. Por eso. No podía liberarme de aquella obsesión: Anne iba a destrozar nuestra existencia. se había alejado. me tomó la mano y la retuvo. me sonrió. que me acosara a preguntas. Aquella mano en el volante. —Ven a comer —dijo. aquella mano apoyada en el hombro de una mujer o con un cigarrillo. suspiré.

Hacía mucho calor. Con igual presteza. todo ritmo. supe lo que había que decir: —¡«Feliz» es mucho decir! Eso es lo que le hace creer Anne. Me quedé en la cama.. de bares. a pesar de Juan y sus vestidos. —He venido por las maletas —dijo—. Me pregunté un instante quién era Juan pero lo dejé estar. Me gustaba volver a ver a Elsa: traía con ella un aire de mujer mantenida.. los postigos cerrados. Fumaba mucho. Pero ese juego no bastaba para engañarme: me sentía triste. Bruscamente. Por fin se había puesto morena... dio unos pasos por la habitación y. en recordar los días pasados. me sentí sucumbir bajo el peso de mis argumentos. en temer los venideros. me preguntó con tono de despego si «Raymond era feliz». Cuando le mencioné a mi padre. moviéndome apenas para encontrar un trozo de sábana fresca. instalado al pie de la cama. La miré y me sorprendió su recompuesta belleza. tres semanas antes. tal vez por mi silencio. Raymond va a casarse. Pensé de inmediato en Cyril. desorientada. mi padre ya era mayor y no podía pasarse la vida con mujeres galantes. Me dio la impresión de haber dado en el blanco. De pronto. Yo notaba confusamente que me asaltaban curiosas ideas inspiradas en parte por su nuevo aspecto. Ponía en el tocadiscos. No había que dejarla meditar y deducir que. Me estrechó las manos con efusión. los ojos fijos en el techo. pero aun así el aire era insoportablemente pesado y húmedo. muy cuidado. la cabeza echada hacia atrás. y estaba pletórica de juventud.insolubles. Me incliné hacia adelante y bajé de improviso la voz para impresionarla: . —Jamás adivinarías de lo que le ha convencido. me entraron ganas de reír. sin melodía.. no pudo evitar un pequeño movimiento con la cabeza y pensé que a lo mejor seguía queriéndolo. pero no son suficientes. Es muy hábil. Juan me ha comprado algunos vestidos estos días. sin volverse. Le dije que me alegraba de verla y me aseguró que siempre nos habíamos llevado bien porque teníamos puntos en común. con un color claro y regular. En mi habitación. —Mucho —suspiró Elsa. una multitud de proyectos bulló en mi cerebro. afloraron planes. Pensé también que. No dormía. lo que le evitaría encontrarse con mi padre y con Anne. me encontraba decadente y eso me gustaba. al fin y al cabo. discos lentos. Me temblaban las manos. Elsa se volvió hacia mí con cara horrorizada: —¿A casarse? ¿Y Raymond quiere casarse? —Sí. de fiestas frivolas que me hacían evocar días felices. Una tarde llamó la asistenta a mi puerta y me advirtió con cara misteriosa que «había alguien abajo». Era Elsa. como si le hubiera asestado un mazazo. se puso a hablarme con gran animación de la vida mundana y subyugante que había llevado en la costa. Por fin. Elsa parecía anonadada. se interrumpió por su propia cuenta. pero no era él. y de inmediato comprendí por qué. se me habría pasado por alto aquel gesto. Mi habitación estaba en la penumbra. Disimulé un leve escalofrío y le propuse que subiese a mi habitación. Van a casarse..

.. con su andar contoneante. —Sí —dijo. No intentes hacerme creer que lo ignoras. Concluí como en un cántico: —Ayúdame.. Yo actuaba en una especie de vértigo. Dile que. Tú eres la única capaz de medirte con Anne. Repetía «niño grande» con energía.. —Elsa —dije interrumpiéndola. Me abrumaban mis palabras. de un modo tosco y elemental sin duda. colmada. y se lo ha metido en el bolsillo. —Si te parece imposible. intuyendo exactamente lo que había que decir.—Eso no debe ser. y volví la cara yo también. —Vamos. Porque. Elsa. pero al menos no le aburría. Elsa. Elsa. Es algo que no es posible. La miré alejarse al sol. Te lo pido por ti. rendida. como si no tuviera por lo menos una docena de destinos. Elsa Mackenbourg. nos destroza la vida a los tres. La vi parpadear y volver la cabeza para disimular la satisfacción. Y mi padre la quería. Hay que defender a mi padre. Se echaba de ver que no deseaba otra cosa que creerme. si a quien quiere es a ti. le ha salido con el cuento del equilibrio conyugal del hogar. —Como puedes imaginarte —dije—. déjalo —dije. con esa voz que llaman entrecortada. Le di una semana a mi padre para volver a desearla. Ella misma no había podido olvidar junto a Juan la seducción de Raymond. es un niño grande. lo que expresaba en aquel momento eran mis propios sentimientos. Se la habían jugado. Eran las tres y media: en aquel momento estaría durmiendo en los brazos de Anne. La única con suficiente clase. no intentaba. ella no le hablaba del hogar. Elsa se iba animando a ojos vistas. pero fiel a lo que yo pensaba. iré a verle. vete a ver a Cyril de mi parte y le pides que te aloje. —Como se celebre ese matrimonio. cosa que me daba ganas de reír y acrecentaba mis temblores. Mi padre está sufriendo ya. Un niño grande. —¡Menuda zorra! —murmuró Elsa.. Elsa asintió gravemente. —Te estaba esperando —proseguí—. siempre lo había sabido. Discutiremos el asunto los tres. Lo veo imposible. tumbada al calor del . y tú lo sabes. pero ahora vería esa intrigante de lo que era capaz ella. tantos como hombres que la mantendrían. porque ya no la soportaba—. estás defendiendo tu destino —agregué con pitorreo en el umbral de la puerta. —Pero si se casa con ella será porque la quiere —objetó. por mi padre y por vuestro mutuo amor. Eso sí.. Elsa. —Pero ¿qué puedo hacer yo? —preguntó Elsa—. —Es la palabra exacta —dije. la esperanza que le infundían mis palabras. de la moral. Elsa —dije suavemente—. Ella misma.. Parecía fascinada... Agregué para mis adentros: «. Ya se apañará con su madre. en definitiva. y por los chinitos». Aquello me parecía un tanto melodramático pero ya los bonitos ojos verdes de Elsa se empañaban de compasión.. mañana por la mañana.

viviría en su casa. Elsa se ha puesto otra vez muy guapa. Me imaginaba que. de palabras amables.» ¿Cómo había podido decir semejante cosa y escuchar las tonterías de Elsa? Al día siguiente le aconsejaría que se marchase. feliz de verla tan contenta. Sí. Es cierto que era increíble. Un día. Deambulaba por el cuarto sin interrupción. Entonces te habrías marchado. Me puse a trazar planes muy rápidamente sin detenerme un instante. ¡sobre todo si hubiera sabido lo que había proyectado hacer! ¡Me moría de ganas de contárselo para que viera hasta qué punto era increíble! «Imagínate que le hiciese representar una comedia a Elsa: ella fingiría estar enamorada de Cyril. Nunca me había dado cuenta de la agilidad de la mente. Temblaba de remordimiento ante Anne. no sabía qué hacer para reparar mi falta. tras mi silencio de los últimos días. Tan brusco cambio. Por culpa de ese bachillerato habría podido hacerte romper con nosotros.. volvía a la puerta. no posee tu belleza pero es ese tipo de hembra despampanante que hace volverse a los hombres. dirigía una mirada al mar perfectamente tranquilo. se estaría abandonando al sueño. no dejó de sorprenderla e incluso le gustó. Calculaba.. —Eres increíble —dijo. Comprenderás. es una estupidez. eliminaba sobre la marcha todas las objeciones. Mi padre estaba encantado. a ti. contra mí. por así decirlo. —¿Verdad? Le hablaba a Anne. Y. Anne me daba las gracias con una sonrisa. para tranquilizarse. ¿a que no? No eres de esas mujeres que comparten a un hombre. daba la vuelta. Me sentía peligrosamente hábil y a la oleada de asco que se había apoderado de mí. Anne. aprobaría ese examen. se sumaba un sentimiento de orgullo. Seguro que tiene alguna utilidad el bachillerato. Es algo tan abstracto y ridículo que ni me atrevo a decírtelo. mi padre te habría engañado y no habrías podido soportarlo. bien mirado. caminaba hasta la ventana. la colmaba de atenciones. . —¿Verdad que es útil el bachillerato? Me miró y soltó una carcajada. del calor. que era lo que yo quería. nos los encontraríamos en el pinar. habría hecho todo lo necesario. la amiga de mi madre. Sobre todo con un hombre más joven que él. Es muy vanidoso o muy poco seguro de sí mismo. por más que te quiera. nuestra amiga. que la habría deseado enseguida. Mi padre no lo habría soportado mucho tiempo: nunca ha consentido que una mujer guapa que ha sido suya se consuele tan deprisa y. aplastado sobre la arena. La imité. sin embargo. bueno. «Es la palabra exacta. me precipitaba a tenderle el albornoz cuando salía del agua.. me contestaba alegremente y yo me acordaba del «Menuda zorra». bajo mis directrices. Todo volvería a ser igual y. en la costa. Le llevaba la bolsa. de complicidad interior. sopesaba. de sus arranques. de la felicidad. como quieras.placer. Sí. Elsa. nada más empezar a hablar con Anne.. Todo eso se vino abajo —¿hace falta decirlo?— a la hora del baño. te había cogido manía por culpa de Bergson. ante sus ojos. los veríamos pasar en barco. de soledad. confesándole que me había equivocado.

Por vez primera conocía ese placer extraordinario: calar a un ser. el título. Pero mi padre parecía tan manifiestamente feliz de que nos reencontrásemos a través de nuestras bromas estúpidas que no decía nada. de la buena conciencia. ¡Tampoco había que exagerar! Dos buenas horas de trabajo. vislumbrado el punto débil y ajustado mis tiros antes de hablar. en la soledad. como con indulgencia. De pronto entreveía todo ese mecanismo de los reflejos humanos. con dulzura.es útil el bachillerato. ¿verdad?» —¿Verdad? —¿Verdad qué? —dijo Anne—. sacarlo a la luz y. me acostaron y me arroparon. Seguramente no lo habría entendido. la aprobación de Anne. Me instalaría en el desván con mis libros de texto. Era curioso. Había cosas que Anne no entendía. ya que mis proyectos de lanzamiento rebasaban los límites de la literatura y de la mera decencia. del agua. pero lógico? ¡Y Elsa! Me la había ganado a través de la vanidad. había intentado encontrar a alguien y al punto el mecanismo se había puesto en marcha. a papel. el olor a tinta. Si llegaba al corazón de una persona era por descuido. el esfuerzo silencioso. me mudaría de habitación. Se vería obligado a desplegar todos los recursos de la publicidad y del escándalo para catapultarme. como Anne. no me llevaría a Bergson.. era preferible no decirle nada.. un poco displicente. cuando venía sólo a recoger las maletas. que me trataría con eruditos y que quería llegar a ser una persona famosa y cargante. ¿Que es útil el bachillerato? —Sí —contesté. Para celebrar mi curación. Un día amaría a alguien apasionadamente y buscaría un camino hacia él. Sería inteligente. Al igual que apretamos con precaución un resorte. descubrirlo. De todas maneras. no se reía en absoluto. ¡Tocado! Nunca había conocido tal cosa. del sentimiento. la había convencido en unos instantes. ¿Acaso no había elaborado en cinco minutos un plan lógico. temblándome la mano. entonces. darle de lleno. Capítulo tercero Al día siguiente. reconquisté los placeres del juego. todo ese poder del lenguaje. Intercambiamos ideas descabelladas. Anne se reía también pero menos ruidosamente. Me zambullí en el agua en pos de mi padre.. Al día siguiente. al encaminarme a casa de Cyril. además: había puesto la mira en Elsa. Al final. El éxito en octubre.. había bebido demasiado durante la cena y me puse más que alegre.. con precaución. riéndonos a carcajadas. despreciable desde luego. me sentía intelectualmente mucho menos segura de mí misma. luché con él. Bien mirado. Les di . era demasiado impulsiva. culta.. la risa atónita de mi padre. Lástima que fuese a través de la mentira. A lo mejor tenía posibilidades intelectuales. De cuando en cuando. Le expliqué a mi padre que había decidido hacer una licenciatura en letras.

Mi padre no lo sabía en absoluto. Me ha contado todo lo de esa mujer.. Me invadió un instante de pánico. Tenían ambos un aspecto sano. Es curioso que sea capaz de tales intrigas.. me estrechó violentamente contra él musitando frases confusas: —Cariño.. la cosa me sorprendía y me conmovía a un tiempo. Elsa me hizo sentarme con mil deferencias. Elsa es muy agradable. Con la mente confusa y el corazón vacilante. —Yo también tengo algo que decirte —me interrumpió Cyril—. si esa mujer te lo hacía pasar mal. Había que hacer algo.. Quería decirte precisamente que. No quería casarme con nadie. me encaminé hacia el pinar. De ahora en adelante. El despertar fue de lo más espantoso. No . Anne parecía tener una idea bastante feroz al respecto. —Anne no querrá —dije—. Por la noche.. no dejaré que sigan maltratándote. He mandado a paseo el derecho. estaba cansada. decir algo. Me sentí mustia y flaca. —¿Cómo está Raymond? —preguntó—.. Pasaba todas las tardes delante de la cala. Cyril. mi padre dirá lo mismo. me quedé profundamente dormida. una vez. No sabía nada de ti... estuve enferma. —Elsa ha exagerado mucho —murmuré débilmente—. Le quería pero no quería casarme con él. Y si ella dice que no. —No es posible —balbucí—. pero cuando le supliqué que me lo dijese y se inclinó hacia mí. Reconocí la imaginación de Elsa. sentémonos. un tío mío. lozana y luminosa. Lamentaba estar tan mareada. resplandeciente y excitado que me dejaba aún más apagada. Mantiene que todavía no soy adulta. Hace tanto tiempo. me ocuparé yo de ti. me han ofrecido un trabajo interesante.. dos veces. No quería casarme con él.vehementemente las gracias y les pregunté qué haría yo sin ellos. Se abalanzó hacia mí... A decir verdad. De no haber sido por aquel espantoso mareo. no poder demostrarle mi emoción. —Se la he presentado como una amiga. Además. —De tu padre me encargo yo —dijo Cyril.. —Yo tampoco —dije. como si saliese de la cárcel. con esa cara tan distinguida y esa clase. estoy hablando en serio... Mi padre. quiero casarme contigo. Tengo veintiséis años. Me encontré a Cyril a la entrada del jardín. No creía que te quisiera tanto. Cécile.. —Qué pálida estás —dijo—.. estas emociones me dejan hecha polvo. ¿Qué me dices? Busqué desesperadamente alguna frase equívoca que quedase bien. No sabía que yo mismo pudiera ser tan desgraciado. ¿Sabe que he venido? Esgrimía la sonrisa feliz de la mujer que ha perdonado y espera.. Pregunté a Cyril qué opinaba su madre. una huérfana —dijo Cyril—. ya no soy ningún niño.. Estoy tan cansada. estaba muy inquieto.. —Te quiero —decía Cyril con la boca pegada a mi pelo—.. sin prestar la menor atención al mar matinal y a las gaviotas enardecidas. me tomó en sus brazos. Aquí llega Elsa. Bajaba en batín.

no he encontrado solución —dijo Elsa. Elsa se había alejado discretamente. tan cercana.. se apoyó un poco más para atajarlo. tenemos que vivir juntos. lo que me producía una curiosa impresión. te casarás con quien ella decida — dijo Elsa. por lo demás.. Permanecí sentada con los ojos abiertos. me consideraba a todas luces una persona muy sutil. —No es que sea culpa de Anne —objeté. de guapísimo bandido. Siempre podría detenerla. no te rías —dijo Cyril—. demasiado hábil. los ojos oscuros de Cyril. Está encaprichado. Me eché a reír. tenía confianza en mí. inteligente. Pero si no hay otra manera de casarme contigo. —Se te ocurren cada idea más rara —dijo Cyril con esa sonrisilla sesgada que le levantaba el labio y le ponía cara de bandido. dominado. —Sí —dije—. Me pregunté si mis cálculos eran acertados. por indolencia y . Elsa hablaba por los codos. Me imaginé a Anne presentándome a un joven el día de mis veinte años. licenciado también. Hay una forma. Me quería. El café era muy fuerte. enseguida se tornó apremiante. No hay nada que hacer. turgente de sangre. Sólo me quedaba por demostrarles que no había que hacerlo. el director de aquella comedia. Hablé durante largo rato. A mi pesar. —Por más que he buscado. una boca caliente y dura. Representaré ese papel con Elsa. —Bésame —murmuré—. Acercó un poco la cara hasta que nuestros labios se rozaron y reconocieron. —Sabes muy bien que si se queda.. luego sus labios se abrieron. —No me gustan estos tejemanejes —dijo Cyril—. ni a él que no quería casarme. —Por favor. ¿Cómo se te ha podido ocurrir? ¿Me quieres? Hablaba en voz baja. su beso se animó. Y así puse en marcha la comedia. los acepto. a ella. equilibrado y a buen seguro fiel. hábil. y el sol me tonificó un poco. Le recorrió un leve estremecimiento.. pero no se me ocurrieron argumentos del mismo peso. Miraba su boca. explicándoles mi plan. No tenéis la menor imaginación. que mi padre la había olvidado. En cierto modo como Cyril. con un brillante porvenir. Me halagaba verlos pendientes de mis palabras: ¡tenían diez años más que yo y no se les ocurría nada! Adopté un aire desenvuelto. —No la hay —dijo Cyril—.. bésame . corre. Dime que te pondrás celosa cuando finja que quiero a Elsa. muy aromático. Tal vez era cierto. Yo era el alma. Me desasí un poco. —Cécile. Resultaba gratuito. su boca inmóvil pegada a la mía. Comprendí que estaba más dotada para besar a un chico al sol que para estudiar una carrera. —Es cuestión de psicología —dije. Les demostré que era posible. Cerré los ojos. jadeante.. Ya no me sentía nada intelectual.podía decirle. tenso. Me presentaron las mismas objeciones que me planteara yo la víspera y experimenté un soberano placer rebatiéndolas. Cyril fue a buscar café. Miraba el rostro moreno. pero puse tanto empeño en convencerlos que acabé apasionándome yo misma.

y no la pereza. El barco iba a pasar delante de nosotros. venteando el peligro. Además... Para poder ser yo la culpable. Me miraba.. Mi padre miraba el barco. Luego nos tumbamos boca abajo los tres juntos. ¡Anda!. Me veía ya viviendo con Cyril. Mi padre fue el primero que la vio: —El bueno de Cyril no aguantaba más —dijo riendo—. Bajaba a la playa a reunirse con mi padre. en el caso de que mi padre cayera en la trampa. Abandoné a los conspiradores al cabo de una hora. ¿Qué. Le pregunté qué había estado a punto de decirme por la noche antes de que me durmiese. Y eso que hacía dos minutos que la esperaba: —Pero. yo entre ellos dos. muerta de vergüenza. Me bañé con Anne. . Divisé la cara de Cyril y le supliqué para mis adentros que se fuera. pero si no va solo. Si podía esperar uno o dos años. —Pero ¿qué hace? —exclamó mi padre—. siempre juntos. La exclamación de mi padre me hizo sobresaltarme. Todos los domingos iríamos a comer con Anne y mi padre. o mi padre podía extremar su pasión por Anne hasta mantenerse fiel. durmiendo pegada a él. dejándonos atrás. Alcé la cabeza. sacando la cabeza para no mojarse el pelo. volví violentamente la cabeza hacia mi padre para zafarme de esa mano. aceptaría. ni Cyril ni Elsa podían hacer nada sin mí. alegando que me molestaría. Me encontré con Anne en la terraza. Lo encontré soberbio. preferiría haberlo hecho voluntariamente con odio y violencia. Pero Anne no le escuchaba. Exhalé un gemido. Tenía su gracia intentarlo y comprobar si mis cálculos psicológicos resultaban ciertos o equivocados. Anne. le perdonamos? En el fondo es un buen chico.. lo que contribuiría a crear un ambiente familiar durante la comida. y eso el día en que. con todas las velas desplegadas. Anne había levantado la cabeza a su vez. Me quedaban para tranquilizarme numerosos argumentos: mi plan podía errar.. ¡pero si es Elsa! ¿Qué hace ahí? Se volvió hacia Anne: —¡Esa chica es increíble! Seguro que ha pescado a ese pobre muchacho y se ha ganado a la anciana. Ya encontraría un motivo para detener el juego. el sol o los besos de Cyril. En ese momento asomó la embarcación por el extremo de la cala. Me recibió con la expresión irónica que se adopta con la gente que ha bebido la víspera. y quizás incluso con la madre de Cyril. ancho y musculoso. A ratos. Cécile. Por primera vez me miraba como un ser sensible y pensante. Cyril quería casarse conmigo: el pensar eso bastaba para mantenerme eufórica. —Pobre niña mía —prosiguió la voz de Anne. ¿Estás enfadada conmigo? Abrí los ojos: se inclinaba hacia mí con cara inquieta.. Y además. silenciosos y tranquilos. muy queda—. Cyril me quería. Si cruza la cala. pero se negó riendo. bastante apurada. matrimonio unido. casi de súplica. lo que me costase hacerme adulta. Mi mirada se cruzó con la suya y volví a pegar la cara a la arena. Acercó la mano y la posó en mi cuello: —Mírame. Mi padre salía del agua. que nadaba despacio.curiosidad.

dando muestras expresivas de estar muy enamorados. me prodigaron atenciones y una bondad que. Un día entrábamos en correos él y yo. Era una lugareña. dejaba que las cosas siguieran su curso sin demasiada inquietud pues. me hablaba de otra cosa. pero tenía siempre para conmigo la palabra y el gesto adecuados. confiarle mi vida. y jamás otro sentimiento. de dulzura. Con ello me mostraba a las claras su cariño por Anne y me humillaba un tanto demostrándome también la inanidad de mis planes. y supongo que debía de formarse una idea un tanto pintoresca de nuestra situación. Tenía la misma sensación que cuando la arena se me escurría a los pies al retirarse una ola. Cerré los ojos. no habría podido contar con mejor apoyo. Ya no podía ir en barco. No tenía que esforzarme para adoptar una expresión impenetrable y falsamente indiferente cuando nos los tropezábamos. en el pueblo y en la carretera. Así.. A fin de cuentas. Me dio la impresión de que mi corazón había dejado de latir. Y así. Anne me lanzaba una mirada. pero podía ver pasar a Elsa. mi padre no daba la menor muestra de sentir celos. ponerme en sus manos hasta el fin de mis días. mi padre y Anne. y si de veras hubiera tenido que sufrir. Sobre todo con los cambios de habitación en los que había intervenido. cuando nos cruzamos . No sé por qué no le mencionó nuestra conversación. Capítulo cuarto La única reacción de mi padre había sido la sorpresa. ni la ira ni el deseo. Renunciar a la comedia. presa de remordimientos. No quería hacerte daño. como ya he dicho. Me invadía un deseo de derrota. Porque nos los tropezábamos por todas partes: en el pinar. apoyaba la mano en mi hombro para darme ánimos. Yo no me movía. ¿He dicho que era buena? No sé si su bondad era una forma refinada de su inteligencia o sencillamente de su indiferencia. muy novelera.. ¿me crees? Me acariciaba el pelo y la nuca. insoportable al principio. en cierto modo es culpa mía. se habían apoderado de mí con tal fuerza. por más que fuera culpa mía. Nunca había sentido una debilidad tan violenta y total. desmelenada por el viento como yo misma días atrás. La asistenta le explicó que Elsa había venido a recoger sus maletas y se había marchado enseguida. cariñosamente.cariño. quizá no tenía que haber sido tan intransigente. no tardó en resultarme grata. no me hacía demasiada gracia cruzarme de continuo con Cyril y Elsa cogidos del brazo.

—Sí que eres concienzuda —dijo—. Transcurrió una semana.. Tienen la misma edad. por supuesto. que ignoraban cómo iban las cosas. por las tardes subía a mi habitación. lo vi preocupado: tal vez pensaba que Elsa y Cyril eran jóvenes.. ¿Y qué ha sido de la famosa redacción sobre Pascal de la que tanto nos has hablado? Era cierto que durante la comida había estado disertando sobre una frase de Pascal fingiendo haber meditado y trabajado sobre ella. Se encogió de hombros. No había escrito una palabra. me sentí mal. —Si no llega a estar Anne.con Elsa.. Cyril y Elsa. —El amor. supuestamente para trabajar. Era Anne. me hubieran querido sacar más ideas y era lo último que me apetecía. —A ver si te piensas que un niñato me va a robar a mí una mujer si yo no quiero. En realidad no hacía nada: había encontrado un libro de yoga y me dedicaba a él con gran convicción. Me invadió una involuntaria sensación de triunfo. —Qué le vamos a hacer. a quien le aseguraba que trabajaba sin parar. Pero no es un juego. no hubiera habido fatalidad alguna. —Oye. y que al casarse con una mujer de su edad. es una filosofía hindú. A ratos me daban tremendos ataques de risa que tenía que sofocar para que no me oyese Anne. Además. Se quedó durante un segundo inmóvil en el umbral y sonrió: —¿A qué juegas? —Al yoga —dije—.. —dijo mirándome sorprendido. A la vuelta. Me daba la impresión de que me ganaba su estima con ello y a veces citaba a Kant en la mesa. —También interviene la edad —dije muy seria... Jugaba un poco con ella a la enamorada frustrada que busca consuelo en la esperanza de ser un día toda una licenciada. No me atrevía a ir. dejaba de pertenecer a esa categoría de hombres sin fecha de nacimiento. Estaba abierto en la página cien y las otras páginas estaban llenas de anotaciones mías tales como «impracticable» o «agotador». Elsa está pero que muy guapa. Estaba furioso. debían de esperarme cada día. Se acercó a la mesa y cogió mi libro.. tenía apoyado el pie derecho en el muslo izquierdo y me miraba fijamente en el espejo. —Pareces tomártelo mejor. lo que desesperaba visiblemente a mi padre. Una tarde me había envuelto en toallas para dar una imagen más hindú. no con complacencia sino con vistas a alcanzar el estadio superior del yogui. Cuando me fijé en Anne y vi sus arruguillas en la comisura de los ojos y el leve pliegue en la boca. era un poco la fatalidad. Permanecí inmóvil.. Anne me miró fijamente y comprendió: . cuando llamaron a la puerta. que le sienta bien —dije. Esta pareció no vernos y mi padre se volvió hacia ella como si de una desconocida se tratase. lanzando un pequeño silbido. Empecé a inquietarme. Supuse que era la asistenta y como estaba curada de espantos le grité que pasase. Pero resultaba tan fácil seguir mis impulsos y luego arrepentirme.

y la manera tranquila.. Me había cogido del brazo y me sujetaba riendo. había hablado de un trabajo para agradarle y. Se puso pálido como debía de estarlo yo misma y me soltó la muñeca. Ya me extrañaban a mí tus súbitas actividades intelectuales. Hacía un calor tórrido pero corría impulsada por una especie de rabia. Apoyé la boca en la vena que todavía latía en su cuello. la ternura y la pasión. así por las buenas. Pero que luego te complazcas en mentirnos a tu padre y a mí. Yo misma había hablado de él con crudeza. —Pero ¿adónde vas? —gritó Cyril—. Cyril. de tenerme a su lado toda la vida. Permanecí junto a él una hora. y. y me detuve en el umbral.. Abrí la puerta: dormía. Lo llamé en voz baja.. humillante. de mostrarme su desprecio me sacó de mis casillas.. tanto más violenta cuanto que no estaba segura de no sentir vergüenza. Me entró pánico y me encaminé hacia la puerta. Había hablado de Pascal porque me divertía hablar de él. Me la había enseñado el día en que fuimos a ver a su madre.. habría dado la vida por él. habría sido muy peligroso. y me dio la impresión de que nunca más podría volver a hablar de él así. . tumbado de través en la cama. podría creer. Salió y me quedé petrificada. las casas parecen extrañamente profundas. sin resuello. ¡Reprocharle esa felicidad. Siempre había oído hablar del amor como de una cosa fácil. Me había acostumbrado a su nueva actitud hacia mí. lo miré y lo llamé «mi amante». con la ignorancia de mi edad. Con el calor de la tarde. Me volví hacia él y lo miré. Corrí hasta casa de Cyril. murmuré «cariño mío. me puse un pantalón. aturdida y sorprendida. eso ya es intolerable. cariño mío». me machacaba con su desprecio. Lo miré un instante: por vez primera se me aparecía desamparado y enternecedor..—Que no trabajes y hagas la payasa delante del espejo es asunto tuyo —dijo—. Se acercó. Yo pensaba confusamente: «Tenía que ocurrir. con la mejilla apoyada en el brazo. quién no creería.. Cyril. Si llegaba su madre y me encontraba en la habitación de su hijo. triunfante. Cécile. Ven. Me quité el disfraz. No entendía que llamase a aquello «mentiras». Subí hasta la habitación de Cyril. y ese brutal sufrimiento al que seguía.. Le había pedido a Cyril que no me acompañase. y me eché a reír. No sé si era amor lo que sentía por él en aquel momento —siempre he sido inconstante y no quiero tenerme por lo que no soy— pero le amaba más que a mí misma. tenía que ocurrir». Luego comenzó la ronda del amor: el miedo de la mano del deseo. de ese modo indiferente y brutal. rendida y embotada. una camisa vieja y salí corriendo. Me incorporé. silenciosas y recogidas en sus secretos..! Regresé lentamente hacia el pinar. hablaba de casarse conmigo. Pero fue para cogerme al punto en sus brazos y arrastrarme. Me preguntó al marcharme si se lo reprochaba. el placer. además.. embutida en mis toallas. tumbado junto a mí. Tuve la suerte —y Cyril la dulzura necesaria— de descubrirlo aquel mismo día. Abrió los ojos y al verme se incorporó de inmediato: —¿Tú? ¿Qué haces aquí? Le indiqué que no levantase la voz. Le inquietaba mi silencio.

cuando se me apaga una cerilla. ya que no hacía viento y era mi mano la que temblaba. Encendí otra con precaución. recordando que estábamos peleadas. He dado un sentido simbólico a ese gesto. el cigarrillo la cegó y la apagó. el relieve de mi boca. atenta al ritmo de mi respiración. Permanecí inmóvil. el recuerdo del cuerpo de Cyril. súbitamente arrancada de su indiferencia.. de placer. Dejé caer la caja en el suelo y cerré los ojos. pero no me hizo preguntas. Se apagó al instante contra mi cigarrillo. . Cogí un cigarrillo de la mesa y froté una cerilla en la caja. me dejaba el corazón en suspenso. deslizó las manos por mi cara y me relajó.. el de ciertos instantes. empezó a latir con violencia. en un gesto de ignorancia. Anne leía delante de la casa. esa intensidad del vacío. ésta se encendió y. mi dedo encima. Tal vez porque Anne. que cesase aquella espera. el peso de la mirada de Anne y ese vacío alrededor. la caja gris y la mirada de Anne. Notaba que se me escapaban lágrimas de agotamiento. Y entonces. La cerilla se apagó. ese abismo entre mis gestos y yo. he intentado darle uno. nunca las hacía. de apaciguamiento. de torpeza. En aquel momento desaparecieron el tiempo y el espacio. sólo quedaban aquella cerilla. Luego me puso un cigarrillo encendido en la boca y tornó a abismarse en la lectura de su libro. mientras acercaba ávidamente la cara hacia ella. los temblores. como si renunciase a preguntarme nada. interrogadora de Anne pesaba sobre mí. con atención. crispé los dedos sobre la cerilla.Temía que pudieran leer en mi rostro las claras improntas del placer. De cuando en cuando. tumbada en una hamaca. con los ojos entreabiertos. no sé por qué. Entonces Anne. me miraba sin sonreír. Supliqué algo a alguien. esa cerilla cobró para mí una importancia vital. Así que me senté junto a ella en medio del silencio. Rezongué y cogí una tercera. Las manos de Anne alzaron mi rostro y yo apreté los párpados para que no viera mi mirada. Mi corazón enloqueció. las sombras bajo mis ojos. revivo ese instante extraño. La mirada dura. Pero hoy. Tenía preparadas ya unas buenas mentiras para justificar mi ausencia. al temblor de mis dedos.

Como ciertas personas muy comedidas en sus reacciones. Casándose con mi padre. Era exactamente lo que yo necesitaba. por llamarla así. Yo no sabía que lo hubiera hecho y. Nos acostumbramos a los defectos de los demás cuando no nos creemos obligados a corregirlos. dado que yo era todavía profundamente maleable. de pie. visiblemente aterrada. Había adivinado algo. Era mi primer contacto con la crueldad: la notaba anudarse en mí. como admitir mis flaquezas. con los dientes apretados. como tenía sed. Lo único que la movía a desempeñar ese papel de tutora. en cierto modo. Me volví. todo ello sin alzar en ningún momento la voz. auténtico pánico. durante la cena y hablando como siempre de aquellos insoportables deberes de vacaciones. lo sería. porque se sentiría responsable de mí y. Allí me dejé el cortaúñas. Entonces me quedé en medio del cuarto. Y aquel gesto suyo de ablandar tiernamente con sus manos mi cara era una para ella. Pocos días después. mi propio padre se incomodó y al final Anne me encerró con llave en mi habitación. apretarse al ritmo de mis pensamientos. Ofreció resistencia y comprendí que estaba cerrada. Porque tan difícil le resultaba ocuparse de mí. me arrojé sobre la puerta y me hice mucho daño en el hombro. Maleable y tozuda. muy seguras de sí mismas. con las manos vacías. Mi ferocidad guardaba tan poca proporción . Me mostré un poco descarada. Corrí a la ventana. No quería gritar que vinieran a abrirme. Me tumbé en la cama y tracé minuciosamente un plan. Totalmente inmóvil. de paz que ascendía en mí conforme se perfilaban mis pensamientos. educarme. Pero no lo experimentaría.Capítulo quinto El incidente que acabo de mencionar no dejaría de tener sus consecuencias. se había dejado llevar por la compasión o la indiferencia. tenía que hacerse cargo de mí. era el sentimiento del deber. se inició una discusión. hubiera podido hacérmelo confesar y. respondiese al fastidio o a un sentimiento más superficial: el hábito habría acabado imponiéndose. de educadora. en el último momento. no había modo de salir por allí. atenta a la especie de calma. un cansancio afectuoso. Jamás en la vida me habían encerrado: me entró pánico. Anne no soportaba las claudicaciones. Yo hubiera preferido que aquella constante desaprobación. me encaminé hacia la puerta e intenté abrirla. Al cabo de seis meses. Por eso se lo reprochó a sí misma y me lo hizo notar. tan sólo habría experimentado respecto a mí cansancio. Intenté forzar la cerradura.

. —Renegar no... Me disculparé con Anne. De aquí a uno o dos meses. paciente con Anne. Con concesiones mutuas. Debía de pensar como yo que las concesiones no serían probablemente recíprocas sino que saldrían tan sólo de mi persona. Te horroriza hacerlo y a mí también. Y no al revés. No hay que renegar de todo sólo porque Anne tenga un concepto un poco distinto de las cosas. —Parecía aliviado—. ¿Podrías dejarme tan pronto? Sólo habríamos vivido dos años juntos... —Eso está descartado. Reconozco que te he hecho llevar una vida que quizá no correspondía con tu edad. y bajamos... Se acabarán las discusiones estúpidas entre nosotras.. Me sentía indiferente y alegre. Y si Anne y yo tenemos demasiadas agarradas. pero lo ignoré: —. claro... sé perfectamente que Anne siempre tiene razón. —¿Sabes? —dije—. eres feliz? —Pues claro —dije desenfadadamente—. no.. ni.. —¿Quieres que hablemos? —preguntó mi padre.. también maquinalmente. Tienes que ser amable con Anne.. Me miraba. —No hay que exagerar —dijo débilmente—. pero tampoco era una vida estúpida o desdichada. pero sí renunciar —dije con convicción. perdía también en cierto modo un pasado.. Ese tipo de explicaciones que no conducen a nada. —He sido desagradable —dije—. —Sí —dijo—. Me dijo que no tenía que dárselas y que si habíamos discutido había debido de ser por el calor.. ejem.. —¿De qué? —contesté—.. a hablar de la felicidad perdida y de sentimientos excesivos. Cabía acariciar esperanzas. Me levanté maquinalmente cuando entró en la estancia. habré asimilado completamente las ideas de Anne.. cómo decirlo. visiblemente desconcertado. Entreví el momento en que me pondría a llorar sobre su hombro. —Es cierto. En el fondo consideraba que Anne era una mujer que él imponía a su hija.. con la mía... En el fondo no han sido dos años tan tristes o. —Claro —dijo el pobre hombre. El pensar eso me resultaba tan insoportable como a él. —¿Eres.. desequilibrados. tal vez. No podía convertirlo en mi cómplice. mucho más llena de sentido. Anne y yo en el fondo nos llevamos bien. Sabía que esa solución no dejaría de dolerle.... Asustado también: perdía a una cómplice para sus futuras canas al aire.con su pretexto que me levanté dos o tres veces durante la tarde para salir de la habitación y me topé sorprendida con la puerta. Me sorprendió el término: yo.. .. Sólo es cosa de un poco de paciencia. exagero mucho. Ofrecí mis disculpas a Anne sin el menor apuro. Hizo un involuntario gesto de protesta. Invertía el problema. Me miró sin decir nada y le sonreí. con casarme un poco antes ya está. —Verás. paciente. Su vida es mucho más completa que la nuestra... No eres Blancanieves. Mi padre vino a abrirme a las seis.

Luego me abrazó. tumbados en la pinaza. Todo había sido recomendación mía. Cuando lo vi detenerse. con una fijeza. pero era demasiado tarde y tenía que regresar. . sin él pegado a mí.. Me extrañó lo mucho que me costó separarme de él. encajaba. marcarlo para que no me olvidase ni un instante después de cenar. sentí como una puñalada. los había encontrado. llegaba a la plenitud contra el suyo. Al regresar a casa. brindando una imagen idílica de la felicidad campestre. según habíamos convenido. el que sentía Cyril por mí. Cyril y Elsa dormían. una palidez anormales. mi reloj iba bien.Me reuní con Cyril en el pinar. para que soñase conmigo por la noche. vámonos. de juventud. pero cuando los vi así. Le besé apasionadamente. Mi padre caminaba delante. Le expliqué lo que había que hacer. Lo cogí del brazo: —No los despertemos. Observé a mi padre. quería hacerle daño. Si había buscado vínculos para retenerme. de proximidad?. Los miraba sin moverse. Capítulo sexto A la mañana siguiente me llevé a mi padre a dar un paseo por la carretera. sin su súbita fogosidad y sus largas caricias. Mi cuerpo le reconocía. Hablamos animadamente de cosas insignificantes. comprendí que los había visto y me acerqué.. pues el camino estaba lleno de zarzas que él iba apartando para que no me arañara las piernas. Porque la noche sería interminable sin él. El amor que sentía Elsa por mi padre. ¿podían impedir que ofrecieran ambos una imagen tan afín de belleza. le propuse que volviéramos por el pinar. sin su pericia. Eran las diez y media en punto.

¿qué?. con una leve sonrisa flotando en los labios. la has perdido.... Miré el sol que tenía justo encima.Lanzó una última mirada a Elsa. como si fuese natural discutir sus posibilidades de reconquistar a Elsa. tostada y pelirroja. Estábamos empapados de sudor.. ¿Dónde estaba? En el fondo del mar. El mar estaba vacío. aquella intensidad que les conferían el miedo y los demás . —Calla —dije—. la de la joven ninfa.. por favor.. —¡Será zorra —murmuraba—. caía encima de mí. recuperar lo suyo.. ¿no? ¿Ya no me comprendes? ¿También te escandaliza? ¡Qué fácil me resultaba dirigir sus pensamientos! Me aterraba un poco conocerlo tan bien.. Teníamos el sol y el mar.. el frescor del agua salada. escurridizos. hay que ver las cosas como son: Elsa olvida pronto y Cyril le gusta. torpes. Claro.. Me tumbó suavemente en la lona. Pero aun así me molesta. Ya lejos. Luego. separarlos. no me contestó. será zorra! —¿Por qué dices eso? Es libre. es lógico. arrió la vela y se volvió hacia mí. sorprendida. ¿Volveríamos a vivirlos alguna vez como en aquel verano. —No conseguirías nada —dije con convicción.. Y de pronto el susurro imperioso y tierno de Cyril. ¡Desde luego que era mucho peor! Le habían debido de entrar las mismas ganas que a mí: abalanzarse. que yo había. Llamé a Cyril en voz alta. no necesitaba contestarme.. —No me escandaliza —dije—. con los ojos cerrados. Pero en fin. Me hizo subir a la barca y enfiló mar adentro.. —¡Si te oyera Anne. del tiempo. —Tampoco me lo planteo —contestó. A las dos oí el ligero silbido de Cyril y bajé a la playa... —Si yo quisiera. con aquel esplendor. —Esta mañana.. estallaba. temblorosa de vergüenza. del placer. urgidos por el deseo. Nos reíamos. vivido con ella. calla. Es mucho peor. —¡Tampoco yo quiero a Elsa! —gritó furioso—. Salí de la habitación y me apoyé en la pared del pasillo. o le escandalizaría. la risa y el amor. eh. Evidentemente no lo entendería.! —Si me oyera Anne. Sobre todo después de lo que le hiciste. abrazó a Anne y la tuvo apretada unos instantes. deslumbrados.. lo que había sido suyo. Elsa tumbada boca arriba exhibiendo su joven belleza. —empezó a decir mi padre y se interrumpió. Apenas habíamos hablado. El sol se descolgaba. agradecidos. perezosos. por fin desquitada. sonriente. ya has pasado a la reserva». Ese gesto significaba: «Imposible. Al volver. No abrió la boca hasta llegar a casa. recobrando el sentido común. ¿Pero tú? Tú eres mi hija.. a nadie se le ocurría salir con semejante sol. son cosas que no se perdonan. ¿no? —¡No es eso! ¿Te ha hecho gracia ver a Cyril en sus brazos? —Ya no le quiero —dije.. Anne le dejó hacer... Mi padre se dio media vuelta y arrancó a andar a zancadas. —empezó a decir.... muchacho. —Por supuesto —dije encogiéndome de hombros. asustado. El barco se balanceaba regularmente bajo nuestros cuerpos.

con mi cuerpo flaco y duro. sin duda.. Luego regresaríamos a París. se volviese tan fantasiosa.. tan cercana en definitiva por su profesión al amor venal. Le contesté que lo dejaba en sus manos y pareció encontrarlo natural. el arrullo de las palomas en la baranda. aborrecía las ideas equívocas. material y positivo.. Asumía lo que yo era incapaz de asumir: la responsabilidad. Pero Elsa se impacientaba. a los extraordinarios cielos de París. de los deseos reprimidos que. obscena. me fascinaba. unido a esa abstracción poética de la palabra «amor». Bajaba los ojos cuando mi padre miraba a Anne un poco fijamente.? Al margen del placer físico y muy real que me procuraba el amor. Me imaginaba ya la ventana abierta a los cielos azules y rosas.. Cyril y yo en la cama estrecha. Elsa se iría por su lado y.remordimientos. Anne no podría evitar que lo viera. de mi padre y de Elsa. Lo principal era que no ocurriese nada durante las tres semanas siguientes. más solícita que nunca y eso me asustaba. El amor me hacía vivir con los ojos abiertos. El término «hacer». si seguían decididos. muy verbal. un gesto. una amiga cariñosa. Me olvidé un poco de Anne. según ella. Si le hubiéramos dicho a Anne que su risa era así. Constantemente me preguntaba. acostumbrada como estaba a las precisiones de los hombres que van al grano. cuando ella se reía con esa nueva risita silenciosa. A mí me sorprendía que aquella chica. sin el menor apuro. lejos de su madre. experimentaba una especie de placer intelectual pensando en él.. Se mostraba más cariñosa. Me prohibía a mí misma tener tales pensamientos. Había hablado de ello antes sin el menor pudor. Tal vez por eso me había entregado tan fácilmente a él: porque no me dejaría ser responsable y. Si mi padre se obsesionaba poco a poco por Elsa. Cyril me preguntó si no me daba miedo tener un hijo. no nos habría creído. sino como una amiga. amable y tranquila. me felicité de mi anatomía de adolescente.. . De pronto notaba que me volvía púdica. No se comportaba con mi padre como una amante. Anne no parecía reparar en ello.. Elsa se las ingeniaba siempre para que la viera mi padre. pues achacaba su actitud a inconscientes remordimientos. Cierto que no estaba habituada a desempeñar papeles sutiles y el que interpretaba debía de parecerle el summum del refinamiento psicológico. Transcurrieron los días. el culpable sería él. pero también sin percibir su encanto.. que nos hacía palidecer a mi padre y a mí y mirar por la ventana. Pero por la noche. se lo cruzaba por todas partes. abstrayéndolas de su sentido. mi padre y Anne se casarían. Me daba miedo que me sorprendieran con ella o con Cyril. Por una vez. me costaba tanto imaginarme embarazada. Las palabras «hacer el amor» poseen una seducción propia. en la luna. Además. mi padre no podía disimular. En París estaría Cyril y. si tenía un hijo. al igual que no había podido impedir que lo amase aquí. se excitase tanto por detalles como una mirada. En París él tenía alquilada una habitación. Se felicitaba entonces de imaginarias victorias.

al tiempo que lanzaba miradas inquisitivas a Anne. Su mujer era mala. Cuando me vea. su mujer a gastar el dinero que él ganaba. que se inclinaba en las curvas. Se apresuró a comunicárnoslo. A Cyril le tenía sin cuidado ir a SaintRaphaël. Con los míos sí que cuadraba aquel coche lleno de objetos brillantes. pero fue en vano. Charles Webb hablaba mucho. Por desgracia. No había vuelto a subir a un coche desde la fiesta de Cannes. Lo hacía a una velocidad vertiginosa y con muchachos. como para simbolizar la familia que íbamos a formar. hará todo lo posible por conseguir que Raymond vuelva conmigo. que tenía algo de indecente. Elsa conocía al amigo en cuestión. pues ésta no era. De ahí su aspecto inquieto. como de costumbre. presuroso. y a Webb su indolencia sobre ese punto le gustaba. Anne no la conocía y vi al punto que su hermoso rostro adoptaba ese aire despectivo y burlón que le era habitual en sociedad. acaso a una misma muerte. si querían acudir. una mujer particularmente ambiciosa. En el Bar du Soleil nos reunimos con Charles Webb y su mujer. Los tres delante. Yo me sentía llena de orgullo pensando que no iba a tardar en saberlo. íbamos los tres delante.Capítulo séptimo A los pocos días. El se dedicaba a la publicidad teatral. Conducía Anne. encantado de evadirse un poco de aquella soledad voluntaria y un tanto forzada en que vivíamos. Salimos en coche a eso de las seis de la tarde. Había sido durante mucho tiempo amante de Elsa. sometidos al mismo placer de la velocidad y del viento. Anne nos llevó en el suyo. con los codos un poco apretados. lo que le hacía correr sin cesar tras el dinero. Lo principal para él era estar donde yo estuviera. que me encantaba: era un descapotable americano que cuadraba más con sus imperativos publicitarios que con sus gustos. Entreví complicaciones e intenté disuadirla. silencioso y distante. a Elsa y a Cyril que estaríamos en el Bar du Soleil a la siete y que. Lo advertí en su mirada y no pude por menos de sentirme orgullosa. a pesar de su belleza. pues. Además. Se preguntaba a todas luces qué pintaba allí con el calavera de Raymond y su hija. y en ningún sitio como en un coche me sentía tan amiga de alguien. mi padre recibió unas líneas de un amigo nuestro que le citaba en SaintRaphaël a tomar el aperitivo. allí nos encontrarían. —Charles Webb me adora —dijo con simplicidad infantil—. Anuncié. lo que me dejó pensativa. Webb estaba totalmente obsesionado por la idea de quedarse a dos velas. lo que acrecentó su deseo de acudir. Mi padre se inclinó un poco hacia él en el momento en que recobraba .

el aliento y declaró de sopetón: —Tengo que darte una noticia, muchacho. Anne y yo nos casamos el 5 de octubre. Webb los miró sucesivamente a ambos, con cara de pasmo. Yo no cabía en mí de gozo. Su mujer estaba desconcertada: siempre había tenido debilidad por mi padre. —Enhorabuena —gritó por fin Webb con voz estentórea—. ¡Es una idea magnífica! Querida señora, cargar con semejante golfo es un acto sublime... ¡Camarero! Esto hay que celebrarlo. Anne sonreía, desenvuelta y tranquila. De pronto vi que a Webb se le iluminaba la cara y no me volví: —¡Elsa! Pero si es Elsa Mackenbourg. No me ha visto. ¿Te has fijado, Raymond, lo guapa que se ha puesto esa chica...? —¿Verdad que sí? —dijo mi padre con voz de feliz propietario. Luego se acordó y cambió de expresión. Anne tenía que haber reparado en el tono de mi padre. Volvió la cara con un rápido movimiento, de él hacia mí. Cuando abría la boca para decir algo, me incliné hacia ella: —Anne, tu elegancia está causando estragos. Ahí hay un hombre que no te quita ojo. Lo dije con tono confidencial, o sea, lo bastante alto para que lo oyese mi padre, que se volvió de inmediato y divisó al hombre de marras. —No me hace gracia —dijo, y cogió la mano de Anne. —¡Qué encantadores! —se emocionó irónicamente la señora Webb—. Charles, no tenías que haber molestado a estos tortolitos. Tenías que haber invitado sólo a la niña. —La niña no habría venido —contesté sin contemplaciones. —¿Y por qué? ¿Tienes amores con algún pescador? Me había visto una vez hablando con un cobrador de autobús sentada en un banco y desde entonces me trataba como a una desclasada, como lo que llamaba ella una «desclasada». —Pues sí —dije, esforzándome en aparentar alegría. —¿Y pescas mucho? El colmo era que se creía graciosa. Poco a poco, empezaba a encendérseme la sangre. —Lo mío no son los macarras* —dije—, pero pesco. Reinó un silencio. Se alzó la voz de Anne, siempre tan serena: —Raymond, ¿quieres pedirle una paja al camarero para el zumo de naranja? Charles Webb se apresuró a empalmar con el tema de las bebidas refrescantes. Mi padre se moría de risa, lo vi por su manera de concentrarse en el vaso. Anne me dirigió una mirada suplicante. Decidieron de inmediato que cenaríamos juntos, como personas que han estado a punto de pelearse. * Juego con el doble sentido de maquereau, que en francés significa «macarra» y «caballa». (N. del T.) Bebí mucho durante la cena. Necesitaba olvidar la expresión inquieta de Anne cuando miraba a mi padre, o vagamente agradecida cuando sus ojos se detenían en mí. Cada vez que la mujer de Webb me

lanzaba una pulla, la miraba con una sonrisa radiante. Enseguida se puso agresiva. Anne me hacía señas de que no chistase. Le horrorizaban las escenas públicas y notaba que la señora Webb estaba dispuesta a montar una. Yo, en cambio, estaba acostumbrada, era cosa habitual en nuestro ambiente. Por eso no estaba absolutamente tensa oyéndola hablar. Después de cenar, fuimos a una boîte de SaintRaphaël. Al poco de llegar nosotros, aparecieron Elsa y Cyril. Elsa se detuvo en la puerta, habló con la mujer del guardarropa alzando mucho la voz y penetró en el local, seguida del pobre Cyril. Pensé que se comportaba más como una fulana que como una enamorada, pero era lo bastante guapa como para permitírselo. —¿Quién es ese remilgado? —preguntó Charles Webb—. Es muy joven. —El amor —susurró su mujer—. El amor, que le prueba bien... —¡Imagínate! —dijo mi padre con violencia—. Un capricho y nada más. Miré a Arme. Examinaba a Elsa con tranquilidad y despego, como miraría a las modelos que presentaban sus colecciones o a las mujeres muy jóvenes. Sin la menor acritud. Durante un instante la admiré apasionadamente por aquella ausencia de mezquindad, de celos. Por otra parte, no entendía que pudiera sentir celos de Elsa. Ella era cien veces más guapa y elegante que Elsa. Como estaba borracha, se lo dije. Me miró curiosamente. —¿Que soy más guapa que Elsa? ¿Tú crees? —¡Desde luego! —Siempre es agradable. Pero estás bebiendo demasiado otra vez. Dame tu vaso. ¿No te da pena ver ahí a tu Cyril? Se está aburriendo. —Es mi amante —dije alegremente. —¿Estás completamente borracha? Menos mal que ya es hora de volver. Nos separamos de los Webb con alivio. Me despedí de la mujer de Webb con un solemne «señora». Condujo mi padre. Yo recliné la cabeza en el hombro de Anne. Pensé que la prefería a los Webb y a la mayoría de la gente que veíamos habitualmente. Que era mejor, más digna, más inteligente. Mi padre hablaba poco. Seguramente se acordaba de la aparición de Elsa. —¿Duerme? —preguntó a Anne. —Como una criatura. Se ha portado relativamente bien. Excepto la alusión a los macarras, que era un poco directa... Mi padre se echó a reír. Hubo un silencio. Luego oí de nuevo la voz de mi padre. —Anne, te quiero, sólo te quiero a ti. ¿Me crees? —No me lo digas tanto, que me asusta... —Dame la mano. Estuve a punto de incorporarme y protestar: «No, que hay precipicios». Pero estaba un poco borracha, el perfume de Anne, el viento del mar en mi pelo, el pequeño arañazo que me había hecho Cyril mientras nos amábamos eran otras tantas razones para ser feliz

y callarme. Me vencía el sueño. Mientras tanto, Elsa y el pobre Cyril estarían saliendo penosamente en la moto que le había regalado su madre por su cumpleaños. No sé por qué eso me emocionó y me entraron ganas de llorar. ¡Aquel coche era tan suave, tan cómodo, tan apropiado para el sueño...! Sueño que la señora Webb no podría conciliar en aquel momento. Seguramente, a su edad, yo también pagaría a jóvenes para que me amaran porque el amor era la cosa más dulce y más viva, más sensata. Y porque el precio poco importa. Lo que importa es no agriarse y tener celos. Como los que tenía ella de Elsa y de Anne. Me reí muy bajito. El hombro de Anne se ahuecó un poco más. «Duerme», dijo con firmeza. Y me dormí.

Capítulo octavo Al día siguiente me desperté perfectamente bien, apenas cansada, aunque con la nuca un poco dolorida por los excesos. Como todas las mañanas, el sol inundaba mi cama. Aparté las sábanas, me quité la chaqueta del pijama y me tumbé al sol con la espalda desnuda.

. me veía a mí misma a los treinta años más parecida a nuestros amigos que a Anne..» Conversación de colegiales. —Como cada vez que te sacamos. O si hablaban de ellas. «¿A que no adivinas quién cena y se va a la cama conmigo esta noche? La joven Mars. Sin embargo. antes de que se marchase. Decidí pasar la mañana así. Creo que anoche estaba un poco achispada. me buscaría a un hombre seductor que también lo estuviera un poco: «Mi primer amante se llamaba Cyril.. o había que haber bebido más de la cuenta y disfrutar peleándose con ellos. El contraste con la serenidad de Anne me había hecho juzgarla mucho más pesada y cargante de lo habitual. veía en primer plano la rugosa superficie de la sábana y. ninguna de las amigas de mi padre podía compararse con Anne. Pero debo . hacía calor en el mar. cuando ya estuviera un poco hastiada. Sin duda desconocían esa índole de aventuras. Conocía bien a ese tipo de mujeres: en ese ambiente y a esa edad. Llamaron a la puerta... Era Anne. en el suelo. la inactividad y las ganas de vivir suele convertirlas en seres odiosos.». más allá. el entusiasmo que ambos ponían. Recordé haberle dicho a Anne que Cyril era mi amante y la cosa me dio risa: cuando has bebido... Incluso me gustaban.. Yo tendría unos dieciocho años. la de la película de Saurel. Desde mi punto de vista. Los amigos de Anne no debían de hablar nunca de sí mismos. las vacilaciones de una mosca. Para mi padre. o mantener relaciones íntimas con uno u otro de los cónyuges. dices la verdad y nadie te cree. Para que las fiestas resultaran gratas con aquella gente. esa condescendencia amable y contagiosa.. Por lo demás. Lo que me gustaba de ellos era la excitación.. de que ponía especial esmero en calentarme. Tenía un aspecto indecente. Me acordé también de la señora Webb y de mi altercado con ella. dedicarle la vida a una mujer!». humillante pero fervoroso el presenciar las confidencias de dos hombres ante un vaso de alcohol. Me entretuve imaginando el rostro de aquel hombre. su reserva terminarían ahogándome. las tristes confidencias de Lombard: «¡Sólo la quería a ella. era previsible. Por el contrario.» Tras lo cual mi padre se reía y le palmeaba el hombro: «¡Dichoso tú! Es casi tan guapa como Elise. Raymond! ¿Recuerdas aquella primavera.? ¡Qué estupidez. —Se echó a reír—. su indiferencia. la cosa era más fácil: tanto Charles Webb como él eran unos ligones. Me puse precipitadamente la chaqueta del pijama y grité: «¡Adelante!». pasados quince años. ¿Te encuentras muy mal? —Perfectamente —dije—. El sol era suave y cálido. Volvía de casa de Dupuis y.. La noche anterior se perfilaba poco a poco en mi memoria. Su silencio. sin moverme. durante aquellas interminables noches en las terrazas de los cafés.Pegada la mejilla al brazo doblado. Tendría las mismas arruguillas que mi padre. me daba la impresión de que hacía aflorar mis huesos bajo la piel. —He pensado que te sentaría bien un poco de café. lo harían riéndose por pudor. que sostenía con precaución una taza.. Yo me sentía dispuesta a compartir con Anne esa condescendencia que debían de inspirarle nuestras amistades.

Anne tenía los párpados largos y pesados. Pensé que la mosca debía de estar achacosa. digo «sí. con lo que me costaba mantener ese tono distraído y desenvuelto que me gusta utilizar. —Es increíble hasta qué punto su conversación llega a ser monótona y. Cécile. Tantas veces me das esa impresión de estar por encima de mí. dejaba de sentirme existir. —Anne —dije bruscamente—. me he pasado diez años en un convento y el que esa gente no tenga principios me sigue fascinando. su presencia me absorbía por completo. También ella miraba las evoluciones de la mosca por el sol. Aviada estaba si no tuviera un poco más de seguridad que tú. Yo había dejado de fijarme en el sol o en el sabor del café.. —Son los años —dijo—. Esas historias de contratos.. sorprendida por la brutalidad de la pregunta. ¿cómo decirlo?. Todavía no puedo soportar esa manía que tiene la gente de mirarte con fijeza cuando te habla o de acercarse mucho a ti para asegurarse de que les escuchas. de sexto sentido.. —En el arroyo —dije alegremente. Era una noche muy pesada. —¡Pues claro. pensé para mí. Yo me moví. Anne. Advertía claramente que algo me fallaba por ese lado.. por fortuna.. pero éstos son divertidos. y eso que ella era la única persona que me ponía en entredicho y me obligaba a juzgarme a mí misma.. Me hacía vivir momentos intensos y difíciles.reconocer que me reí contigo. en retroceder.. Se sienten .. —¿Tú te lo pasas bien. —Llega una edad en que ya no son seductores. no es cosa de razonamiento ni de moral. de fiestas. —Y han pasado dos años. sino que se limitaba a no despegar los ojos de los míos.... Me sublevan su insistencia. —Pues a lo mejor tampoco sería tan malo. como suele decirse. —dijo Anne—. ¡Influirías en mí! Soltó una carcajada y me dolió. a aceptar multitud de pequeños compromisos para escapar a la soledad. porque cuando me veo en esa situación sólo pienso en escaparme. de mujeres. ¿no llegan a aburrirte? —Verás —dije—. ni están para muchos trotes. mujer! ¿Por qué me lo preguntas? —Si fuera tonta me contestarías lo mismo —suspiré—. no se creía obligada a acapararme de esa manera. Sólo que se ven obligados a pagarlas... su indiscreción. —Sería una catástrofe —dijo.. sino de sensibilidad.. con gente como los Webb o los Dupuis? —La mayoría me carga. —¿Sabes cómo acaban los hombres como Webb? «Y como mi padre». ¿te parezco inteligente? Se echó a reír.. No me atreví a añadir que me gustaba. y le resultaba fácil mostrarse condescendiente. sí». incómoda. multiplico las maniobras para cambiar de pie y huir al otro extremo de la habitación. Yo no debía de tenerlo. Cálculo equivocado por lo demás. No pueden beber y siguen pensando en las mujeres. Abandonó bruscamente ese tono frívolo para mirarme a los ojos. De todas formas. esas pretensiones de exclusividad. Cuando hablaba con Anne. pesada.

En el fondo. con cierto desánimo—. —A ti eso ni se te pasa por la cabeza. Anne? Me pone nerviosa. pensé. tu independencia? —Nada —dije—. Proseguiré en otro sitio mi investigación sobre el intelecto de la familia. Quédate en la cama y descansa. el orden. infelices.. mal podían aparecérseme como el más preciado de los bienes. «con mi padre la cosa es fácil. Me sonaba la canción pero no recordaba qué era. un poco propenso al whisky y a los recuerdos brillantes. Me di cuenta de que excluía a Anne de aquel futuro. Para mí no cuenta. tan pronto desolado como lleno de flores. Muchas veces me obligas a complicarme la vida y eso me molesta un poco de ti. a pesar de lo que le había dicho a Anne. no lograba incluirla en él. ¿Te gustas así? —No. —Por favor —dije—. Me estiré cuidadosamente y hundí la cabeza en la almohada. No creo que me dé derecho a todos los privilegios y a que se me disculpe todo. —¿Qué canción es ésa. He visto a muchos convertirse en auténticas ruinas. a ella la razón debía de parecerle de primera. No pensáis nunca en nada. ella dramatizaba.. Mi padre y yo. mi padre sería un amable sexagenario de pelo blanco. para estar interiormente tranquilos.. Eligen ese momento para volverse sentimentales y exigentes. ni lo intento. No pienso mucho.. Me dio un vuelco el corazón...burlados. regularmente atestado de maletas. Se puso a tararear con aire pensativo.. resonante de escenas y voces forasteras. no sabéis. Sin duda temía menos su influencia desde que amaba real y físicamente a Cyril. la armonía que siempre traía consigo Anne. «Claro». Pero me asustaban el aburrimiento y sobre todo la tranquilidad. La utilizo lo menos posible. desde luego. ¡Tal era el final que le esperaba a mi padre. Saldríamos. Cavilé mucho. Yo le contaría mis calaveradas y él me daría consejos. Y eso Anne era incapaz de admitirlo. Me daba mucho miedo morirme de aburrimiento. no estés siempre echándome en cara mi juventud. ¿sabes? —Me irritáis un poco tu padre y tú. seguro! Al menos el final que le hubiera amenazado de no ser por Anne. ¿verdad que no? Es el privilegio de la juventud. Por inteligente que fuese. No me gusto.. .. En aquel piso hecho una leonera. necesitábamos la agitación exterior. Anne». ¡Pobre Webb! dije. No podía. Aquello me había liberado de muchos miedos. —¿Y qué cuenta para ti? ¿Tu tranquilidad. —No lo sé —sonrió de nuevo. No sueles pensar en el futuro. Pasados veinticinco años.. no servís para gran cosa. el silencio.» Me parecía estar oyéndolo: «No pienso en nada porque te quiero. —dijo Anne con una pequeña sonrisa de conmiseración—.

no puedo negarlo. como de un irresponsable.» Lo mismo ocurría cuando alguna vez . los que más me importaban. Ni siquiera puedo hablar de él como de un hombre sin sentimientos. Lo conozco demasiado y lo siento muy cercano para querer hablar de él.. No era un hombre vano ni egoísta. Más de una noche debió de dejar escapar. ni que no le conceda interés. Y si yo misma me dejé llevar por la desesperación un día fue por aquel gesto de abandono que tuvo cuando me miró y desvió la mirada.. Pero era frívolo. de una frivolidad sin remedio. debería hablar más de él que de nadie para que su conducta parezca aceptable. Jamás anteponía sus pasiones a mí. El amor que me profesaba no podía tomarse a la ligera ni considerarse un simple hábito de padre. por acompañarme a casa. se entregara a su capricho. a la inconstancia y a la facilidad. Sin embargo. Pero que. Intentaba dar a todas las cosas una explicación psicológica que declaraba racional: «¿Te encuentras espantosa? Pues duerme más y bebe menos. los más profundos. los que me inspiraba mi padre eran los más estables. al margen de eso. No se paraba a pensar. lo que Webb llamaba «ocasiones magníficas». Nunca he querido a nadie como a él y de todos los sentimientos que me animaban en aquella época. Y no es que su papel no haya sido el más importante en esta historia.Capítulo noveno Hablo mucho de Anne y de mí misma y poco de mi padre. Podía sufrir por mí más que por cualquier otro ser.

Ni pensé en él cuando tracé el plan de apartar a Anne de nuestras vidas. que ya no era un colegial. porque la consideraba trivial y le aportaba toda su vitalidad. A la vuelta. Satisfacía a un tiempo su vanidad. pero ello no impedía que mi padre desease a Elsa. Estoy segura de que. con un pretexto cualquiera.experimentaba un violento deseo por una mujer. Y sin duda. Era materialista. Éramos ambos de la misma raza. Eso supone que la quiero menos». porque le comprendía. lo que dudo es que fuera consciente de la seriedad de los sentimientos de Anne hacia él. Tengo que encontrarme con esa chica y comprobar que no soy un carcamal. o tendré complicaciones con Anne». era un ser anormal. la madre ideal para mí. era un cálculo perfectamente sano y normal. Tengo que volver a conocer su cuerpo indolente para quedarme tranquilo». comprensivo y muy bueno. como a mí. Ahora. a los ojos de Cyril y de Anne. en lo que a afectos se refiere. de su juventud más que nada. y que por consiguiente tenía que comportarse bien y no como un miserable. El deseo que le inspiraba Elsa le disgustaba. sino porque sin duda había aceptado vivir con él sobre las bases siguientes: que la era del libertinaje fácil se había acabado. Además. Le parecía la amante ideal. ¡Cómo . en aquel momento. sino un hombre a quien ella confiaba su vida. habríamos encontrado a mi padre relajado y exultante en su devoción por los amores legales o que. pero delicado. al menos. yo podía arreglarlo todo. quería a Anne. la admiraba. Nada cabía reprocharle a Anne. No se le ocurría reprimirlo o sublimarlo en un sentimiento más complejo. En aquel momento sufría. pero no como cabría creer. Pero no podía decírselo. Que la desease paulatinamente más que cualquier otra cosa. Pero ¿pensaba que era también la esposa ideal. con ese doble deseo que nos inspiran las cosas prohibidas. provisional. Lo que no le impedía llevar una vida apasionante. como la raza pobre y consumida de los vividores. se legalizarían al regresar a París. Tan pronto me daba la impresión de que era la hermosa y pura raza de los nómadas. era totalmente distinta a aquella serie de mujeres frivolas y un poco tontas con las que había tenido trato los últimos años. su sensualidad y su sensibilidad. como yo. le brindaba su inteligencia y su experiencia para que las confrontase con las propias. Me daba cuenta de que se moría de ganas de decirle a Anne: «Cariño. No porque Anne fuese celosa o fundamentalmente virtuosa e intratable sobre ese punto. Pero había una cosa que Anne era incapaz de soportar: haber sido una amante como las demás. o cuando menos se exasperaba: Elsa se había convertido para él en el símbolo de la vida pasada. No pensaba: «Voy a engañar a Anne. Me bastaba decirle a Elsa que cediera a los deseos de mi padre y. con las obligaciones que ello conlleva? No lo creo. esclavo de sus caprichos. llevarme a Anne a Niza o a otro sitio a pasar la tarde. de la juventud. Lo único que le minaba y le consumía era el hábito y la rutina. sino: «¡Qué lata desear así a Elsa! Habrá que despachar esto rápido. Sabía que se consolaría como se consolaba de todo: una ruptura le costaría menos que una vida ordenada. dame un día de libertad.

revivir recuerdos que me abruman. ya lo he dicho.nos complicaban la vida su dignidad y la estima en que se tenía a sí misma. Empezaban a torturarle los remordimientos. los días transcurrían felizmente. Todo ello suponía mucha doblez. Entretanto. Fingí incluso ignorar los tormentos de mi padre.. tenía que dejar que nosotros nos equivocásemos. No podía soportar el desprecio que profesaba Anne a nuestra vida pasada. como un antojo puramente físico. El rostro de Anne no me llenaba ya de remordimientos. Era imprescindible evitar que se franquease conmigo. .! Pero no pedí a Elsa que cediera ni a Anne que me acompañase a Niza. me veía a menudo con Cyril y nos amábamos a escondidas. Y debo confesar que lo hice sin esfuerzo. Poco a poco.. ese desdén tan absoluto hacia lo que había sido para mi padre y para mí la felicidad. poner un disco o telefonear a un amigo. el contacto de su cuerpo. sólo me juzgaba a mí misma por mis actos. El papel que yo le hacía representar le disgustaba cada vez más y sólo lo aceptaba porque yo le hacía creer que resultaba indispensable para nuestro amor. pienso en otra cosa. No quería humillarla. Paso rápido por ese período porque temo. Quería que aquel deseo que anidaba en el corazón de mi padre se envenenara y le hiciera cometer un error. Cuando pienso en la risa feliz de Anne. muchos silencios interiores. Tenía que saber que mi padre la había engañado y tomárselo objetivamente.. Si a toda costa quería tener razón. Me noto tan cerca de lo que la gente llama remordimiento de conciencia que me veo obligada a recurrir a gestos: encender un cigarrillo. que me obligase a ser su cómplice. El olor de los pinos. Tenía que fingir que tanto su amor por Anne como la propia Anne eran sagrados para mí. si ahondo demasiado.. el rumor del mar. sino hacerle aceptar nuestra visión de la vida. noto un doloroso golpe bajo y me enardezco contra mí misma. Pero no me gusta tener que recurrir a las deficiencias de mi memoria y a la levedad de mi ser en vez de combatirlas. Por otra parte. en su amabilidad conmigo. ni aunque sea para felicitarme por ellas. La idea de que pudiese engañar a Anne y enfrentarse con ella me llenaba de terror y de vaga admiración. a hablar con Elsa y alejar a Anne. y no como algo que menoscababa su valor personal y su dignidad. Multipliqué las ocasiones de excitar a mi padre con Elsa. ¡pero tan pocos esfuerzos y mentiras! Y. No me gusta reconocerlas. A veces me imaginaba que aceptaría los hechos y que llevaríamos con ella una vida tan conforme a nuestros gustos como a los suyos.

arrebatada por ese deseo de posesión que es peor que el dolor. me trajo un mensaje de Elsa que decía lo siguiente: «¡Todo se arregla. la asistenta. a ambos se nos iba la sangre del rostro. ven!». y con voz muy baja. como sólo él sabe hacerlo. en rigor. Las palabras son fáciles. Olvidaba que yo misma lo había querido. pero totalmente imaginables. Un rostro hermoso. Me dio una impresión de cataclismo: aborrezco los desenlaces. La ternura es un grato sentimiento que arrastra como la música militar. estaban la confianza. sin embargo. Ya sabes. porque cuando veíamos a Cyril y a Elsa juntos. La veía. comunicativa y plena. muy excitada. muy ajena a nuestros deseos violentos y a mis despreciables enredos. hace una hora! —¿Qué te ha dicho? —Me ha dicho que lamentaba muchísimo todo lo ocurrido. Tenía también una risa extraordinaria. habría dado cualquier cosa por que eso no sucediera. sin calibrar su fuerza. sí. su nuca morena y suave inclinada sobre el rostro incitante de Elsa. Cyril. y cuando veía el rostro de Cyril.. al oír esa risa satisfecha. Es verdad. Esa imagen me destrozaba el corazón. envolventes. le decía. Aquel verano había adoptado el de Elsa. «no digas nada. revelando abiertamente vínculos imaginarios. ¿no? Me creí obligada a asentir. mi padre y yo palidecíamos a un tiempo. Yo ya había contado con ello: su indiferencia y su orgullo le hacían rechazar instintivamente cualquier táctica para ganarse más a mi padre y. Al margen de estos incidentes. la creaba yo con él y con Elsa. como sólo la tiene la gente un poco tonta. Pronto descubrí los efectos de esa risa en mi padre y hacía que Elsa le sacase el máximo partido cada vez que teníamos que «sorprenderla» con Cyril. Una mañana. Poco a poco me iba inspirando ternura.. los egoístas.. Y. en efecto. inteligente y cariñosa. No me fallaba nunca la jugada. Cyril inclinado sobre Elsa. Me apasionaba ese papel de director de escena.. Que se había portado como un patán. y llenando la vida cotidiana. toda coquetería que no fuese la de ser guapa.Capítulo décimo Es curioso cómo se complace la fatalidad en elegir para encarnarla rostros indignos o mediocres. con ese tono un poco despreocupado. No se me puede hacer ningún reproche por ello. descubría que el rostro de mi padre se llenaba de ira. . Elsa me esperaba en la playa con expresión triunfante: —¡Acabo de ver por fin a tu padre. más cerca de la felicidad que nunca.» Y entonces. sólo te ríes. la dulzura —me cuesta emplear este término— y la felicidad de Anne. o más bien atractivo. —Luego me ha llenado de cumplidos. «Cuando me oigas llegar con mi padre». entregada a nosotros.

pero no vuelvas a hablarme de nada de eso. cargado de violencia. A las dos horas.. chica. Pero comprendí que me consideraba responsable del éxito de sus maniobras. Su tono de admiración de pronto me asustó. anunció que por la tarde tenía que hacer unos recados en el pueblo. La arranqué de las delicias del idilio: —Pero ¿qué quería? —¡Pues. Se lo dije sonriendo. Con razón o sin ella. nada!. Bueno. eso depende de ti. Elsa. aparentemente relajado: las cosas se arreglaban para él. —¿Por qué te ríes? ¿Crees que debo ir? A punto estuve de contestarle que no era cosa mía. torpemente. Sólo me apetecía una cosa: bañarme. Me daba la impresión de que sólo el amor me liberaría del miedo opresivo que me embargaba. como sus propios ojos. por favor te lo pido. Estaría trabajando en su colección.... te quiero tanto. te quiero tanto».! Además. Venía del bosque. yo misma agotada. sin decir una palabra. Me dio la impresión .. Me sentía cansada y fatalista. Anne no apareció. pegada a aquel torso dorado. Sonreí para mis adentros.. ¡Que mi padre hiciera lo que le diese la gana. —Tanto da.. No me estés preguntando siempre lo que tienes que hacer.. dibujando en su cuarto mientras mi padre flirteaba con Elsa. Cyril me cogió en sus brazos. Huí. pero mal. con los codos pegados al cuerpo.. me ha invitado a tomar el té con él en el pueblo. porque lo pensaba. con una especie de agradable resignación. Me sentía acosada: —No lo sé. Entonces apareció Anne. —Ve si quieres. El ritmo de aquella frase me persiguió durante toda la comida: «Te quiero.como si le costase un esfuerzo. yo tenía cita con Cyril. pero bien hay que librarle de esa mujer. De ahí que. —Pues claro que sí —dijo—. y me llevó con él. inundado de sudor. Cécile. si ha sido gracias a ti.... pero sin dolor. ese tono. por más que me esfuerce. Mi padre se reía. Ni tan sólo le recomendé prudencia. cualquiera diría que te incito yo a. Te quiero lo bastante como para obligarte a opinar como yo. me senté en una hamaca y abrí un periódico. que soy mujer amplia de espíritu. y allá se las apañara Anne. cuando salía para el pueblo. El agua estaba agradable y tibia. perdida como un náufrago. Te quiero. A los postres. No me tomó en serio. como ya no calentaba el sol. No le dije nada. tumbada junto a él. —Pero. para demostrarle que no soy rencorosa. de placer. Un rato después. civilizada. tenga un poco borrada esa comida.. sí. Corría.... Me encontré a mi padre en la terraza. Las ideas de mi padre sobre las pelirrojas civilizadas me llenaron de gozo. A las cuatro bajé a la playa. subí a la terraza. le dije que me aborrecía a mí misma. Anne llevaba un vestido malva como las sombras bajo sus ojos. vaya.. A su lado todo pasaba a ser fácil. la cosa me irritó..

Estaba ya en el coche.. —París. Entonces comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente. Llegué corriendo y me abalancé sobre la portezuela.! Me acarició un instante la mejilla y arrancó. No parecía darse cuenta... .. Entonces comprendí bruscamente y eché a correr. Zumbaba el motor. No me escuchaba ni me miraba. —No necesitáis a nadie —murmuró—. Tenía cuarenta años.. camino del garaje. un poco silenciosa sin duda. —¿Crees —preguntó— que nos ha abandonado por mucho tiempo? —Seguramente se ha ido a París. —Perdóname. —murmuró mi padre. estaba sola. Me quedé anonadada: Anne desapareció detrás de la casa.? Cécile. —Anne —dije—.. te lo suplico. de que la que corría era una anciana.súbita. no podría soportar durante mucho tiempo el recuerdo del rostro deshecho que tenía antes de marchar. te necesitamos! Se incorporó. Por mi parte. con el rostro inmóvil.. luego una adolescente y una mujer. contesta. ni tú ni él. poniendo el contacto. quizá veinte.. —¡Pobre niña. Estaba paralizada. soñador. indecente... Vi desaparecer el coche al doblar la esquina de la casa. aquella cara. no podía irse así. yo también. de que iba a caerse.. no te vayas. Capítulo undécimo No nos vimos hasta la cena.. cerdo! Prorrumpí en sollozos. pegada a la portezuela.. Había olvidado mis pacientes enredos y mis elaborados planes. extraviada. temblaba con todo mi cuerpo. angustiados ambos de haber reconquistado tan bruscamente nuestra soledad. —Pero ¿qué sucede? ¿Es que Anne. se había inclinado para quitar el freno. amaba a un hombre y esperaba ser feliz con él diez años. Me sentía completamente desquiciada y confundida y veía el mismo sentimiento en el rostro de mi padre. ni la idea de su dolor y de mi responsabilidad. Había debido de ser una niña. No teníamos hambre.. aquel rostro.. Estaba llorando. descompuesta.. Los dos sabíamos que era indispensable que Anne regresara a nuestro lado. Cécile. Me sentía perdida.. yo te explicaré. Yo estaba desesperada. ha sido culpa mía. —¿Que te perdone el qué? Le rodaban las lágrimas por las mejillas. ¡Todo había ido tan rápido! Y su cara. es un error. Anne. para alcanzarla.. aquel rostro era obra mía. Me volví y me arrojé sobre él: —¡Cerdo. Y yo. —¡Anne. Se había quitado el carmín de Elsa y se había cepillado la pinaza del traje. Oí pasos detrás de mí: era mi padre.

Otra cosa que no toleraba Anne: que se fumase a mitad de comida. primero de sorpresa y luego llena de esperanza: era Anne.. llena de pudor y de humor. Sonó el teléfono... apartamos el mantel y los cubiertos. traicionado. Bueno.—Puede que no la volvamos a ver. llamaba para decirnos que nos perdonaba. la he besado. Intercambiamos una mirada. Había encontrado por fin una manera de salir de aquella inactividad llena de remordimientos en la que nos debatíamos desde hacía tres horas. Al terminar. casi sonrientes.. dos obras maestras del género.. Me imaginaba ya la escena del perdón. colgó suavemente y se volvió hacia mí. bueno. plumas. trabajando en medio del silencio en esta redacción imposible: «Recobrar a Anne».. Mi padre inclinó la cabeza y comenzó a escribir. de ternura y de arrepentimiento. En la carretera de L'Esterel. Ambos a la luz de la lámpara. Hicimos. no los veía. atenazado por el dolor. de que la reconciliación era inminente. en nuestro salón. Anne ha debido de llegar en ese momento y. Les ha costado dar con sus señas. Pero Anne tiene que perdonarnos. estaba casi convencida de que Anne no podría negarse. Sonreí a mi padre: —Me hago perfecto cargo: no es culpa tuya. Luego ya no dijo más que «sí.. Yo me levanté a mi vez. No le escuchaba. Eran las diez. Miraba a mi padre que se pasaba la mano por la cara. y a pedirle perdón. Un momento de locura. gritó «diga» con voz jubilosa. Tenía muy mala cara y me dio lástima. —Me odiarás con todas tus fuerzas. que perdonarte. Han telefoneado a París y les han dado . Al llegar al pinar. sí» con voz imperceptible.. que regresaba. —Es una idea genial —gritó mi padre. Anne entraría y. Al final.. La única cosa viva y cruelmente viva de aquel día era el rostro de Anne. por un pecadillo en definitiva? ¿No tenía deberes para con nosotros? —Vamos a escribirle —dije—. Elsa.. —Ha tenido un accidente —dijo—. no obstante. como suele decirse. Los personajes de Elsa y mi padre abrazados a la sombra de los pinos se me antojaban vodevilescos y sin consistencia. No puedo recordar sin un insoportable sentimiento de irrisión y crueldad las cartas desbordantes de buenos sentimientos que le escribimos a Anne aquella noche. Un murciélago vino a describir sedosas curvas ante la ventana. Yo también me di lástima. ¿Por qué Anne nos abandonaba así y nos hacía sufrir. mientras me invadía el miedo. Mi padre se abalanzó hacia el aparato. —¿Qué podemos hacer? —dijo. pues estábamos convencidos de que aquel montaje propiciaría el regreso de Anne. como dos colegiales aplicados y torpes. con gesto maquinal.. confundido. un tintero y papel y nos acomodamos uno frente a otro. mi padre fue a buscar una enorme lámpara.. Me miró. aquel rostro postrero. y me cogió la mano por encima de la mesa. No sé lo que me ha dado. Le cogí un cigarrillo a mi padre y lo encendí. Tendría lugar en París. Sin terminar de comer. cuajadas de disculpas.

. ¿Puede suicidarse alguien por seres como mi padre o como yo. Al día siguiente. Anne se manifestaba —una vez más— distinta de nosotros. seres que no necesitan a nadie. si hablo ahora de suicidio. . Lo había encontrado bueno y atractivo. Nuestras cartas de disculpa danzaban por la mesa. Se nos aparecieron como dos seres evanescentes y olvidados: ni uno ni otro habían conocido a Anne ni la habían querido. con su muerte. Diría adiós a aquella casa. El accidente ha ocurrido en el sitio más peligroso. Entonces pensé que. La carretera apareciendo iluminada por los faros. Me había gustado el placer que me proporcionaba. la inestabilidad del coche. Si mi padre y yo nos hubiéramos suicidado —suponiendo que hubiéramos tenido valor para ello—. Cogí la copa y la apuré de un trago. Recuerdo el resto de la noche como una pesadilla. vaciló y evitó pisarlas. Elsa y Cyril nos esperaban sentados en la escalera. No pensaba en nada. dejando una nota aclaratoria con el fin de que los responsables no volviesen a pegar ojo en la vida. por lo demás. no tardaríamos en aceptar. Parece ser que ya ha habido muchos allí.nuestro número de aquí. Cyril dio un paso hacia mí y posó la mano en mi brazo. su apuro. regresamos a casa a eso de las tres de la tarde. Y además. con el mismo tono. cogió una botella de la nevera y dos copas. Mi padre no regresaba.. me tomó del brazo y entramos en la casa. Esperaba sentada en la sala de espera y miraba una litografía en la que aparecía Venecia.. la puerta de la clínica. Todo aquello me parecía simbólico y de mal gusto. Mi padre. a aquel chico. veía la sombra de mi padre ante la ventana. Las olas batían en la playa. sus flores. Era el único remedio a nuestro alcance. Pero Anne nos había hecho el suntuoso regalo de dejarnos una enorme posibilidad de creer en el accidente: un lugar peligroso. Habría sido milagroso que se salvase. su perfume. La habitación estaba sumida en la penumbra. Estaban allí.. Mi padre estaba conmigo. el rostro inmóvil de mi padre. con sus pequeños enredos amorosos y el doble atractivo de su belleza. Mi padre cerró los postigos. Lo miré: nunca lo había querido. En la casa estaban la chaqueta de Anne.. El coche ha caído desde una altura de cincuenta metros. —Hablaba maquinalmente.. Me marcharía. siempre hablamos de ello como de un accidente. que venía hacia mí con la copa llena. a aquel verano. por debilidad. ni vivo ni muerto? Mi padre y yo. no deja de ser fantasioso por mi parte. Una enfermera me contó que era el sexto accidente que ocurría en aquel lugar desde principios de verano. Pero no lo necesitaba... Las empujé con la mano y volaron sobre el parqué. nos habríamos disparado un tiro en la cabeza. Mi padre no quiso que yo viera a Anne... y no me atrevía a interrumpirle—. Un regalo que.

». no se parecían en nada a aquel vacío. como de un ser querido con quien hubiéramos sido felices y a quien Dios había llamado a su seno.Capítulo duodécimo El entierro se celebró en París con un hermoso sol. por temor a lastimarnos o a que se disparase algo en alguno de nosotros que le llevase a pronunciar palabras irreparables. mi padre me cogió la mano y la apretó en la suya. una multitud curiosa. El sentimiento de rencor que experimentaba hacia él era totalmente injustificado. Escribo Dios en vez de azar. Bastante suponía en tales circunstancias creer en el azar. como yo albergaba mis dudas sobre el carácter accidental de aquella muerte. sin mirarnos. Las miré con curiosidad: seguramente habrían venido a tomar el té a casa una vez al año.. y.. Eran lágrimas bastante agradables. a la vuelta. y sin salir jamás. vestidos de luto. Hasta que un día. Durante un mes vivimos ambos como un viudo y una huérfana. Lo evité. y mi padre. Seguro que le consta que mis . Salí con él durante una semana con la frecuencia y la imprudencia de los comienzos del amor. La gente a nuestro alrededor deploraba el estúpido y espantoso suceso y. en casa de una amiga. Cuando nos vemos. Yo pensé: «Sólo me tienes a mí y yo sólo te tengo a ti. Tales prudencias y dulzuras recíprocas tuvieron su recompensa. como estaba previsto que volviera a ser. hablamos de nuestras conquistas. pero superior a mis fuerzas. estamos solos y somos desgraciados». Mi padre me alargó el pañuelo... Hablábamos de ella con precaución. En el coche. por primera vez. mi padre y yo nos reímos.. conocí a un primo suyo que me gustó y a quien gusté. lloré. Pronto pudimos hablar de Anne con un tono normal. aquel terrible vacío que sintiera en la clínica ante la litografía de Venecia. Mi padre y yo estrechamos la mano a viejas parientas de Anne. Vi a Cyril que me buscaba a la salida.. Pero no creíamos en Dios. comiendo y cenando juntos. con la cara descompuesta. sentía cierta satisfacción. Todos miraban a mi padre con lástima. sin decir palabra. La vida volvió a ser como antes. Hablábamos un poco de Anne de cuando en cuando: «Recuerdas aquel día que. Webb debía de haber corrido la noticia de la boda. hizo lo propio con una joven bastante ambiciosa. poco hecho para la soledad.

El invierno toca a su fin. Pero cuando estoy en la cama. . ¡Anne. a veces me traiciona la memoria: vuelve el verano con todos sus recuerdos. con los ojos cerrados: Buenos días. Tristeza. sin más ruido que el tráfico de París. Entonces algo sube por mi interior y lo recibo llamándolo por su nombre. no alquilaremos la misma casa.relaciones con Philippe no son platónicas. Anne! Repito ese nombre muy quedo y durante mucho rato en la oscuridad. sino otra. Pero somos felices. al amanecer. cerca de JuanlesPins. y a mí me consta que su nueva amiga le sale muy cara.

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