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Ernesto Milà

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El Pequeño Tablero Local

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Ernesto Milà

Ernesto Milá

El Pequeño
Tablero Local
Geopolítica de España

Colección Geopolítica 6

Editorial PYRE

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El Pequeño Tablero Local

Título: El pequeño tablero local.


© Ernesto Milà. 2005
© Pyre, SL
Portada: César
1ª Edición: Enero 2005
Producciones y Representaciones Editoriales, SL
Apartado de Correos 9288 - 08080 Barcelona
E-mail: pyre38@yahoo.es
ISBN 84-933678-7-7
Dep. Legal: B-XXXXX-2002
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Ernesto Milà

Introducción

A finales del 2003, en nuestro ensayo «Identidad, Nación,


Nacionalidad» apuntamos a la necesidad de una redefinición
de España y de su papel en la postmodernidad. Esta tarea im-
plica, necesariamente, abordar el significado de España desde
varios puntos de vista. Uno de ellos –el que hemos decidido
abordar ahora– es el de la geopolítica que nos servirá para
definir una estrategia en política internacional.

¿Por qué la Geopolítica?


Lo más sorprendente de Ratzel –en la práctica el fundador
de esta ciencia– es que, en las 600 páginas de su largo tratado,
jamás definió el concepto de geopolítica. Quien quiera una de-
finición habrá de recurrir a otros tratadistas (Haushoffer, Stanzs
Hupé, Wigert, Andreas Dorpalen, etc). Hasta Ratzel la «geo-
grafía política« estudiaba a los Estados entendidos como entes
implantados en una dimensión geográfica y vinculados a un te-
rritorio concreto. En realidad, cuesta diferenciar la «geografía
política« de la «geopolítica». Hubo que esperar que la «escuela
alemana« clarificara éste extremo a partir de Haushoffer. En un
artículo publicado a principios de los años 30 y firmado por
Haushoffer, Vogel y Sieger, se definía a la geografía política
como la «doctrina de la división del poder estatal en los
espacio de la superficie terrestre y su determinación por la
forma y estructura, clima y vegetación del suelo». En ese
mismo artículo, la geopolítica era definida como «la ciencia de
las formas de vida políticas en los espacios vitales natura-
les que considera a través del proceso histórico, un ser vin-

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culado al medio ambiente». Y más adelante, el propio


Haushoffer hacía escrito: «Los descubrimientos de la geo-
grafía representan el armazón de la geopolítica. Los acon-
tecimientos políticos han de concurrir dentro de éste arma-
zón para tener consecuencias permanentes» (…) «Antes o
después ha de prevalecer la característica limitación te-
rrestre de los acontecimientos políticos. De este modo la
geopolítica se convierte en un arte. La cuestión de guiar la
política práctica hasta este punto, obliga a dar un paso
hacia lo desconocido. Ese paso lleva al éxito sólo si se guía
por la geopolítica«. Y concluye: «La geopolítica es la cien-
cia geográfica del Estado». Y Weigert, mucho más conciso y
breve establece esta definición: «Geopolítica es la ciencia que
trata de la dependencia de los hechos políticos con rela-
ción al suelo». Hupé alude a la finalidad de la geopolítica:
«Proporcionar las bases para los proyectos de una estrate-
gia política de carácter global». Y Dorpalen, uno de los dis-
cípulos de Haushoffer, define el marco de la que esta ciencia
extrae su información cuando escribe: «La geopolítica es una
técnica política que se basa en los descubrimientos de la
geografía política, la historia, la antropología, la geología,
la economía, la sociología, la psicología y otras ciencias
que, combinadas, explican la situación política».
Algunos tratadistas –especialmente, la escuela anglosajona–
no suele establecer diferencias entre geopolítica y geografía
política, sin embargo, la escuela francesa y alemana, si tienden
a las diferenciaciones. Para estos, las diferencias entre ambas
ramas del saber geográfico se refieren principalmente a la in-
terpretación de los conocimientos recopilados (geografía polí-
tica) o bien a la aplicación práctica de estos conocimientos
(geopolítica). En este sentido, Vicens–Vives decía que la

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geopolítica es una ciencia dinámica (como una película que


se inicia en el pasado más remota y se proyecta sobre un futuro
cuyas características se pretende elucidar), mientras que la geo-
grafía política es una ciencia estática (como un fotograma de
esa misma película, siempre vinculada a un momento concreto
del pasado o del presente).
El propio Vicens–Vives, siguiendo en esto a la escuela ale-
mana, define el núcleo de la geopolítica como compuesto de
«vida« y «síntesis«: síntesis en tanto que para poder estable-
cer una tesis geopolítica es preciso recurrir al análisis de una
multiplicidad de aspectos en la vida de un pueblo; vida en la
medida en que se trata de un análisis activo, dinámico, creativo
que pasa revista a la trayectoria de los pueblos y a su futuro.
Pero, además tal como estableció Sigfried Passarge, la
Geopolítica «postula una política estatal de conformidad
con los vínculos geográficos». Por mucho que lo intentasen,
los bolivianos o los suizos, naciones enclastradas en el núcleo
central de dos masas continentales, jamás lograrán ser poten-
cias marítimas: su destino, su historia y sus limitaciones, están
definidas por su situación geográfica. Eso explica los conflictos
de Bolivia con sus vecinos en los últimos doscientos años y sus
principales episodios bélicos y políticos. La orientación de un
Estado jamás puede ignorar su situación y su definición
geopolítica.
Ahora bien, siguiendo a Dorpalen, para poder establecer
cuál será su posible orientación futura, será necesario analizar
su pasado histórico (geohistoria), sus componentes étnicas y
antropológicas (geobiología), sus características morfológicas
(geografía física) y su psiquismo (geopsicología). A partir de lo
cual estaremos en condiciones de realizar la «síntesis« a la que
aludía Vivens.

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No hay, en definitiva, posibilidades de redefinir España sin


realizar un análisis geopolítico mínimo.
Las dos tendencias básicas de la historia de España
A poco que examinemos la historia de la Península Ibérica,
desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, advertire-
mos la existencia de dos tendencias contrapuestas que se alter-
nan y suceden en infernal cadencia: una tendencia hacia la uni-
dad alternada con una tendencia al cantonalismo.
La particular situación geográfica de España ha hecho que
desde el Paleolítico Superior, la Península Ibérica haya sido un
escenario de tránsito de distintas culturas: en algunas zonas de
la Península, la cultura solutrense se superpuso a la auriñacense
que había logrado abarcar todo el territorio peninsular y prác-
ticamente toda la Europa que quedó a salvo de las glaciaciones.
Sin embargo, la cultura solutrense que, históricamente buscó
extenderse hacia el norte y logró penetrar a través de la Penín-
sula a toda Europa, ocupó solamente las costas mediterráneas
y parte del valle del Guadiana, remontaron el Tajo hasta llegar
prácticamente a las fuentes del Duero.
Posteriormente, cuando aparecieron las civilizaciones
neolíticas, éstas se expandieron por las zonas costeras del At-
lántico, por el sur de Andalucía, abarcando toda la cornisa
cantábrica, los Pirineos y eludiendo casi completamente las
zonas del interior peninsular, si bien remontaron el valle del Tajo
y el del Duero hasta no más lejos de Palencia.
Esta diferencia de zonas de colonización señala dos tipos
de pueblos: atlánticos (neolíticos) y mediterráneos (paleolíti-
cos), asentados en dos zonas de la península bastante bien di-
ferenciadas. Las distintas oleadas íberas y celtas posteriores
supusieron una confirmación de las dos tendencias y una cierta

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balcanización de la Península, a la que se unió el área de in-


fluencia de la potencia comercial Fenicia en el tercio sur de la
Península. A diferencia de los fenicios, situados en el otro ex-
tremo del Mediterráneo, los griegos tuvieron una muy débil
presencia en la costa mediterránea española con algunas colo-
nias, limitándose a mantener su área de influencia en el Medite-
rráneo Oriental con una cierta tendencia a seguir rutas comer-
ciales hacia Norte atravesando el Bósforo y los Dardanelos y
mateniendo sólidas bases en todas las costas del Mar Negro.
Pero luego llegó Roma y con Roma, la tendencia al
cantonalismo peninsular fue abortada, considerándose toda la
península como una unidad geográfico–política que solamente
fue dividida a efectos administrativos en dos (Hispania Ulterior
y Citerior) posteriormente en tres (Lusitania, Bética y Tarraco-
nense) y en el período final, en cinco (Gallaecia, Lusitania, Ta-
rraconense, Cartaginense y Bética). Al margen de que la corni-
sa cantábrica estaba alejada del núcleo central de irradiación
del Imperio (el mundo mediterráneo), lo cierto es que la feliz
conclusión para las legiones romanas de las guerras cántabras
sellaron, por vez primera, una unidad peninsular digna de tal
nombre.
Tras este período, se seguiría el 411 las invasiones bárbaras
y el establecimiento de las tribus suevas, vándalas y alanas en
distintas zonas que desbarataron la administración romana
creándose reinos autónomos como el Suevo de Galicia, mien-
tras los vándalos marcharon hacia el sur, se asentaron momen-
táneamente en Andalucia y los alanos poblaban el centro. Entre
el 448 y el 456, el Reino Suevo de Galicia alcanza a dominar
prácticamente todo el territorio peninsular, salvo una franja de
la costa mediterránea. Reckiario, el primer rey católico suevo
es el único que en ese momento mantiene la ambición de unir a

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los reinos peninsulares. Pero, finalmente, no será él, sino los


visigodos quienes restablezcan de nuevo la unidad peninsular.
Con las primeras tribus bárbaras lo que triunfa es el
cantonalismo. Con los visigodos, la tendencia opuesta.
Llamados por los romanos para expulsar a las tribus bárba-
ras y restablecer la administración imperial, los visigodos en-
tran en la Península el 418 y logran el objetivo propuesto, si
bien el Reino Suevo resistirá hasta el 585, año en que Leovigildo
vence al suevo Audeca y Galicia queda incorporada a su reino.
Desde su entrada en la Península, los visigodos habían eviden-
ciado una tendencia a la unificación de los territorios, espe-
cialmente cuando se establecieron definitivamente y traslada-
ron la capital de su reino desde Tolosa hasta Toledo, tras la
batalla de Vouillé. Pero, en las postrimerías de ese período, se
producen las primeras rebeliones en la Septimania (especial-
mente la protagonizada por el Conde Paulus), que indican que
había reaparecido de nuevo la tendencia hacia el cantonalismo.
Pero el 711 ocurre la mayor tragedia en la historia de Espa-
ña. El reino visigodo es masacrado por la primera oleada islámica
y, tras la confusión inicial y un período en el que todavía se
mantienen los restos de la administración latino–visigoda, so-
bre una situación de cantonalismo virtual, se impone de nuevo
una administración central, el Califato de Córdoba que, prácti-
camente domina a toda España. Más tarde, triunfará de nuevo
la tendencia al cantonalismo; en efecto, tanto entre los reinos
cristianos de un lado y entre la zona de ocupación islámica de
otro, se generará un fenómeno de fracturación política; apare-
cen las taifas en la zona sur, mientras los reinos cristianos no
logran fusionarse sino hasta muy avanzada la Edad Media. En-
tre el 711 y el 1479, momento histórico del inicio de la
reunificación castellano–aragonesa, la Península vive un nuevo

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y largo período de cantonalismo, al que seguirá un esfuerzo de


convergencia a partir de los Reyes Católicos y que se prolon-
gará durante los grandes Austrias.
Posteriormente, reaparecerán iniciativas cantonalistas en el
siglo XVII a la que seguirá el proceso de centralización impre-
so por los primeros borbones. Las Juntas de la Guerra de la
Independencia, tienen un carácter completamente local, y es
con ellas que se impone nuevamente el cantonalismo. Pero lue-
go, el jacobinismo liberal abolirá los fueros y tenderá a la des-
trucción de los cuerpos intermedios de la sociedad, en pleno
siglo XIX. Con una diferencia de pocos años, se producirán
los estallidos cantonalistas situados en la aureola de la I Repú-
blica y la aparición del nacionalismo catalán (a partir del bom-
bardeo de la ciudad por Espartero y Van Hallen). Nuevamente
reaparece la tendencia al cantonalismo que será neutralizada
en los primeros años del siglo XX, reaparecerá brevemente
durante la II República y volverá a ser barrida durante el
franquismo. En este sentido, la constitución de 1979, intenta
establecer un punto de equilibrio entre ambas tendencias, pero
en su ambigüedad está implícita la actual potencialidad
disgregadora que vivimos en la actualidad y que tiene distintos
frentes, todos ellos graves: el social–nacionalismo catalán de la
mano de Maragall, el independentismo de Carod, el naciona-
lismo vasco con Ibarreche y, en general, en todo el territorio
nacional, una tendencia a la disolución del Estado en beneficio
de los cantones autónomos.

El justo punto medio


Hoy, es indudable que prevalece en la política española la
tendencia hacia el cantonalismo y la disgregación. Ya hemos
visto que no es la única vez en la historia que esto ha ocurrido:

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de hecho, la historia de España está sometida a una tensión


permanente entre las fuerzas que tienden a su disgregación y
aquellas otras que propelen la integración peninsular.
Ahora bien, cometeríamos un error si concibiéramos que
toda la historia de España discurre solamente en torno a este
proceso dialéctico centralización–cantonalismo. De hecho, la
realidad nunca es completamente blanca o negra, existe una
«lógica borrosa« que implica la existencia de distintos matices.
Ahora bien, a la hora de plantear una política de futuro, es
evidente que no puede tomarse como modelo el siglo XIX es-
pañol, el más absurdo e inútil de toda nuestra historia, en el que
la tendencia al centralismo extremo se alterna con la fragmen-
tación más radical; ambas posiciones son la derivada de un
proceso de decadencia extrema que tocó fondo con la crisis
finisecular del 98.
Los instantes de crisis deben servir como señales de alerta,
pero es necesario buscar la inspiración para guiar el futuro en
otros momentos de nuestro pasado. Es, pues, necesario plan-
tearse en qué momento España vive su mejor período históri-
co. Y a esa pregunta solo puede contestarse de una manera: el
período que incluye la conquista de Granada, el descubrimien-
to de América, los dos grandes Emperadores (Carlos V y Fe-
lipe II) en los que el desarrollo imperial, se une al florecimiento
espiritual, cultural y científico, es en esos momentos en los que
hay que buscar el modelo histórico y la inspiraicón.
Pero ese período tiene un elemento nuevo que no había es-
tado presente antes: el Imperio formado por un núcleo
geohistórico central (Castilla–Aragón) en torno al cual gravitan
una serie de «nacionalidades« en Europa y de Virreinatos en
América. Un territorio tan extenso como el Imperio, no podía
estar formado por una sola nación; lo difícil en todo Imperio es

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obtener la adquiescencia de las nacionalidades que lo compo-


nen. Solamente en Europa, las posesiones imperiales de los
Habsburgo incluían España, el Sacro Imperio, Cerdeña, Sicilia,
Nápoles, el Franco Condado, los Países Bajos, Luxemburgo,
Silesia, Bohemia, Eslovaquia, Austria, y un largo etcétera.
Un imperio de tal amplitud, al que había que añadir las po-
sesiones africanas y grandes extensiones en el continente ame-
ricano, no podía gobernarse desde una centralización absoluta.
Se imponía un alto grado de descentralización y la creación de
administraciones que tuvieran sus raíces en los propios territo-
rios administrados pero que, al mismo tiempo, fueran «leales«
a la administración imperial. Más que nunca, en el Imperio
renacentista fue preciso salvaguardar la noción feudal de «leal-
tad» del emperador en relación a los distintos cuerpos interme-
dios de la sociedad… y viceversa.
El régimen de equilibrios era absolutamente inviable sin la
concurrencia de varios elementos; el primero de todos ellos
introducía un factor vital; en efecto, un imperio surge allí en
donde hay una «voluntad de poder«. Esa voluntad de poder se
pone al servicio de una «causa« (en el caso de los Austrias, la
defensa de la catolicidad) y es entonces, cuando confluye con
otros elementos de carácter geopolítico e histórico, que apare-
cen los grandes períodos históricos en la vida de un pueblo.
El Imperio Romano duró un ciclo de 800 años gracias al
aparato administrativo y de comunicaciones que fue capaz de
crear y gracias a la potencia cultural de Roma, muy superior al
resto de culturas de su entorno. Esto se unió al instinto
geopolítico de los grandes césares que renunciaron a conquis-
tas territoriales para evitar alejarse de un espacio geopolítico
privilegiado –el Mediterráneo– en el cual Roma ocupaba una
posición de centralidad. Los grandes césares de Roma mani-

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festaron una prudencia geopolítica propia de grandes estadísti-


cas, a diferencia de la figura de Alejandro Magno, general vic-
torioso mientras vivió, pero nulo estadista, capaz de alejarse
del marco geopolítico de Hélade.
El imperio español logró mantenerse en su apogeo durante
un ciclo de algo más de un siglo, gracias a factores militares
(haber neutralizado el poderío continental francés y dotarse de
un fuerte poderío naval, triunfante a partir de Lepanto) y
geopolíticos (España estaba geográficamente, mejor que cual-
quier otro país, para mantener relaciones con el Nuevo Mundo
situado al otro lado del Atlántico; consiguió estar presente en
dos escenarios marítimos, Mediterráneo y Atlántico), unido a
los factores culturales (idea de «misión» y «destino», inherente
en toda la pintura y literatura del Siglo de Oro) y a un régimen
de articulación de las nacionalidades, heredado del Sacro Im-
perio que se había visto obligado, desde los Otones, a gober-
nar sobre territorios muy diversos.
Justo en ese período histórico, el Imperio de los Austrias
encontró el justo punto medio entre el cantonalismo y el
jacobinismo, entre la dispersión y la uniformización, y por ello,
en ese preciso instante, se produjo un salto cualitativo (en rela-
ción a la visión cantonalista que había dominado a toda la Edad
Media española, si bien en aquel período jamás se perdió la
idea entre los Reinos Cristianos de pertenecer a una misma
comunidad de destino procedente de la Hispania Visigoda) y
cuantitativo (en relación a la extensión de los territorios admi-
nistrados).
La superación de las tensiones dialécticas cantonalismo–
jacobinismo regresó justo cuando se debilitaron las fuerzas que
generaron el Imperio de los Austrias. La conclusión de esta
experiencia histórica es clara: la tensión desaparece en mo-

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mentos de gran tensión histórica y política, cuando se dan dis-


tintos factores que generan, no sólo un proceso de concentra-
ción interior, sino de proyección exterior.
La cuestión es, de qué manera puede traducirse en
términos de modernidad y de realismo político, éste que
fue el mejor período en la historia de España.

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I PARTE
¿Poder terrestre o poder marítimo?

Reviste especial importancia la distinción geopolítica que se


establece entre espacio oceánico y espacio terrestre que lleva
directamente a la clasificación de las naciones como «naciones
marineras» o «naciones terrestres», o bien «potencias
oceánicas» y «potencias continentales». Vale la pena resumir
aquí lo que implica cada una de estas clasificaciones.

Potencias oceánicas: rasgos generales


Las potencias oceánicas hacen del mar el eje de su activi-
dad. Pronto, incluso en momentos muy tempranos de su desa-
rrollo, el mar les lleva directamente al ejercicio del comercio.
En el curso de su desarrollo, la actividad marítima se convierte
en la actividad central que configura el carácter de la comuni-
dad y las propias estructuras del Estado. El mar y la actividad
comercial inducen a la relación con otros pueblos vecinos y las
necesidades comerciales –las mismas en todas las épocas– fa-
vorecen un carácter tolerante y liberal e inducen en poco tiem-
po al cosmopolitismo.
La guerra no se presenta como la primera actividad para
conseguir nuevos mercados, sino que, inicialmente, se intenta
la colaboración con otras potencias, los acuerdos bilaterales y
el establecimiento de redes que busquen, fundamentalmente,
un control comercial, no político. Salvo, naturalmente, que para
ampliar los mercados sea preciso recurrir a la fuerza; algo que
no se evita, en absoluto. No son principios éticos y morales los
que inducen al pacificismo, sino la economía de esfuerzos y el
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pragmatismo propio del comerciante a la búsqueda de buenos


y lucrativos negocios. Pero cuando la paz no lleva la cuenta de
beneficios al lugar deseado, se recurre a la guerra.
En lo que se refiere a la forja del carácter, estos pueblos y
sus negocios promueven automáticamente el individualismo
adolecen de falta de una conciencia colectiva arraigada. Aun
cuando exista, sus derechos y libertades individuales son con-
sideradas como anteriores y superiores a los del Estado. Ratzel
explica que el poder marítimo contiene «elementos espiritua-
les«: prudencia, perseverancia y amplitud de miras. Política-
mente, su sistema de organización es liviano, tienden a dismi-
nuir el aparato estatal (no es la administración pública lo que
interesa al comerciante, sino la rentabilidad de sus negocios, el
Estado sólo sirven en la medida en que a su sombra pueden
realizarse también buenos negocios). Pero, claro, todo esto a
condición de que las costas sean una puerta abierta y no una
frontera desde la que se otee la presencia de un enemigo siem-
pre dispuesto a atacar.

De las distintas formas de ser terrestre


Frente a las potencias oceánicas, se encuentran las poten-
cias continentales o terrestres, con unas características com-
pletamente diferentes. En este tipo de sociedades el individuo
se disuelve en el grupo, encuentra su riqueza en la tierra y tien-
de a ampliarse constantemente mediante las conquistas. El in-
dividuo aislado está situado por debajo del Estado y de la
Comunidad. Son los intereses colectivos los que privan sobre
los particulares.
Mientras el mar es relativamente uniforme, el territorio te-
rrestre es absolutamente diverso. En las zonas montañosas sue-
len asentarse poblaciones que adquieren un carácter áspero,
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El Pequeño Tablero Local

apegado a sus tradiciones seculares, celosos de su indepen-


dencia, tienden al aislamiento y a la formación de microestados,
mientras que la población de los valles suele estar predispuesta
a las renovaciones culturales y de cualquier otro tipo a las que
se adaptan con facilidad y tienden a la formación de Estados
complejos.
Existe pues, una contradicción fundamental entre «valle« y
«montaña». Vicens señala que tanto la «dieta, la ocupación o
las costumbres de los pueblos de la montaña chocan con
las de los valles». Por lo demás, en la montaña se han refugia-
do los proscritos, los perseguidos, los réprobos que defienden
contra viento y marea su libertad e independencia, en tanto que
a resguardo en lugares de difícil accesibilidad.
Históricamente, los pueblos montañeses se han visto esti-
mulados por una climatología adversa (siempre y cuando no
sea excesivamente adversa) desplegando posibilidades históri-
cas en un momento concreto y descargando fuertes dosis de
agresividad contra la población de los valles. Frecuentemente
los Estados situados en los llanos han sido arrasados por inva-
siones de pueblos procedentes de la montaña. Pero los pue-
blos montañeses jamás han tendido a la formación de Estados
complejos sino, más bien, de microestados. Han protagoniza-
do el cantonalismo y la parcelación del territorio; algunos de
estos Estados montañeses todavía subsisten en Europa: Ando-
rra, el principado de Mónaco, San Marino o en Asia (Nepal o
Buthan).
Los pueblos montañeses suelen adherirse sin gran dificultad
a un poder central aglutinador, pero cuando éste falla, tienden a
disgregarse. La conclusión final es que la montaña favorece el
cantonalismo y acentúa (o facilita) las oposiciones sociales que
lo generan.

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Pero en la «tierra firme« existen otras características


morfológicas que inducen determinados comportamientos: los
ríos, por ejemplo, que se convierten en canales de tránsito de
mercancías y de dinámicas históricas. En el pasado, las pobla-
ciones de las montañas se vieron arrastradas por el curso de
los ríos, hacia las tierras bajas, mientras que, frecuentemente,
las invasiones se han canalizado ascendiendo a través de los
ríos, como si se pretendiera elucidar el misterio de sus oríge-
nes. El río, a fin de cuentas, comunica, para bien o para mal.
Los valles, por su parte, situados en torno a los ríos tienen
también unas características neohistóricas muy concretas: es-
tán poblados por gentes de la misma cultura y lengua y limitan
con cordilleras montañosas. Desde estas cordilleras es más fá-
cil defender el territorio en la medida en que, generalmente, las
riveras de los ríos están deforestadas y abiertas como resulta-
do de la glaciación cuaternaria. En los valles resulta imposible
establecer fronteras, éstas vienen dadas por cordilleras monta-
ñosas, ríos o selvas espesas.
En las cordilleras, la inaccesibilidad hace que los pasos, bre-
chas o extremos se convierten en zonas de tránsito de invasio-
nes en el peor de los casos, o que favorezcan las comunicacio-
nes en el mejor. Los pasos de montañas se han definido
geopolíticamente como «ganglios del sistema de comunica-
ciones» o «puertas de invasión». Por el contrario, la presen-
cia de masas boscosas ha supuesto la aparición de fronteras
naturales bien protegidas y, desde luego, suponen un refugio
superior a la montaña. Cuando el bosque se encuentra en zona
montañosa, esa frontera resulta inexpugnable. Contrariamente
al bosque, la estepa es una «región de comunicación abierta» a
través de la que se producen las grandes invasiones y en torno
a las cuales se forjan grandes imperios o Estados.

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Finalmente, antes o después, toda masa terrestre termina en


un litoral. Éste puede generar estímulos importantes para las
poblaciones y movilizar energías sociales. Pero para que ello
se produzca es preciso que se den una serie de condiciones: el
papel de las costas será favorable cuando éstas se hallen a
prudencial distancia de otras que, económicamente, sean ten-
tadoras y técnicamente alcanzables.
En general, cuando «cuaja« una potencia terrestre, suele dar
mayor importancia al Estado. Al tener que administrar territo-
rios progresivamente más extensos, se forman estructuras sóli-
das y complejas. El comercio es secundario en relación a la
actividad del Estado.

Geopolítica de España y su política exterior


Con estos elementos generales, ya podemos disponer de
unas bases sólidas para definir el papel geopolítico de España.
Además, para ello, será preciso atender a su situación geográ-
fica en el extremo occidental de la masa continental eurasiática,
constituyendo la frontera suroeste de Europa. Esta privilegiada
situación hace que sobre nuestro territorio se hayan conjugado
dos movimientos neohistóricos: el que tiende de Este a Oeste
(corriente mediterráneo–atlántica) y el que tiende de Norte a
Sur (corriente euroafricana).
No hay que olvidar que la marcha de la historia siempre ha
sido de Este hacia el Oeste. En esa dirección se han generado
los más fuertes movimientos históricos incluso en la actualidad,
cuando la «Doctrina Rumsfeld« establece el Océano Pacífico
como el teatro principal de operaciones de los EEUU, es decir,
hacia su Oeste. En este sentido, la «fachada« atlántica de Eu-
ropa está formada por la Península Ibérica, Francia y el Reino
Unido. El papel de los países situados más al Norte (Dinamar-
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ca, la Península Escandinava) es menor en función de su aleja-


miento geográfico y su proximidad a zonas de climatología más
hostil. El estudio sobre las líneas de comunicaciones desde fi-
nales de la Edad Media, cuando las condiciones técnicas faci-
litaron la navegación oceánica, indican que quedó definida una
línea de expansión desde la Península hasta las Canarias y las
Azores y de ahí hacia el Atlántico Sur con «Cathay» como
destino buscado y Sudamérica con el encontrado realmente.
Anteriormente, otra línea de penetración, la Norte–Sur, había
sido definida desde el Paleolítico y el Neolítico, trayectoria que
luego siguieran en dirección descendente los vándalos hasta
establecerse en el actual Marruecos, y más tarde, nuestros an-
tepasados, para asegurarse una franja defensiva en el Principa-
do de Marruecos, controlar el mar de Alborán y la otra orilla
del Estrecho y prevenir la posibilidad de nuevos ataques llega-
dos del Sur.
Pero estas rutas, no solamente han sido de tránsito hacia
América o hacia el Magreb. También han sido rutas por las que
han discurrido las invasiones: desde el Sur se produjo la prime-
ra oleada islámica y las que siguieron posteriormente, y desde
el Atlántico llegaron los grandes ataques vikingos y normandos
de la Edad Media que consiguieron adentrarse, remontando
los ríos, por el corazón de la Península. Esta tendencia no ha
cambiado en el curso de los siglos: hoy la inmigración constitu-
ye una verdadera tendencia de Sur a Norte que, desde el pun-
to de vista geopolítico, puede ser considerada una coloniza-
ción pacífica (al menos por el momento), mientras que de Oes-
te a Este se han producido, sobre el plano cultural, la penetra-
ción de los productos americanos, y sobre el plano militar, la
construcción de bases avanzadas de la thalasocracia norteame-
ricana.

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Así pues, por su situación geográfica, España es.


1) Ruta avanzada y bidireccional de dos líneas de expan-
sión: Norte–Sur y Este–Oeste.
2) Ocupa un tercio de la fachada atlántica de Europa (eje
Finisterre – Gibraltar – Canarias).
Mientras duró la «guerra fría« y la bipolaridad (1945–1989),
aun cuando en teoría, España no hubiera estado adherida a la
OTAN, en la práctica, los acuerdos tejidos por Franco con los
EEUU suponían una inclusión efectiva en la Alianza Atlántica a
la que proporcionábamos cuatro elementos clave:
1) El control del tráfico naval sobre el Estrecho de Gibral-
tar, operado a través del Mar de Alborán cuya costa
Sur, al independizarse el Principado de Marruecos que-
dó recudido a Ceuta, Melilla y las Islas Adyacentes, su-
ficientes elementos como para asegurar el control de la
navegación y el cierre del Estrecho para embotellar a la
flota soviética en el estanque Mediterráneo.
2) «Profundidad« a la Alianza cuyas líneas quedaban am-
pliadas más de 1000 km con la inclusión de España. Sin
esta inclusión era imposible defender Europa Occidental
de un ataque soviético (real o supuesto) pues, entre la
frontera Germano Occidental y el Atlántico francés de
Bretaña y Aquitania, apenas existían entre 900 y 1000
km.
3) El portaviones atlántico del Archipiélago Canario situa-
do en la ruta del Atlántico Sur, pero también en la ruta
del petróleo que, desde el Golfo Pérsico bordea las cos-
tas de África para llegar a Europa, uno de los ejes en
disputa en el mundo bipolar a partir de 1973 (primera
crisis del petróleo con el cierre del canal de Suez e inicio
de la era de los superpetroleros).

22
Ernesto Milà

4) Base avanzada para la llegada de aprovisionamientos,


por mar y por aire de EEUU, potencia aislada
geográficamente y, por tanto, segura en el caso de con-
frontación bipolar, donde, históricamente se ha concen-
trado la producción de armamento destinado a los cam-
pos de batalla europeos durantes los dos últimos con-
flictos mundiales.
Ahora bien, liquidada la era de la bipolaridad, el mundo
pasó a una situación de inestabilidad unipolar a cuyo fin esta-
mos asistiendo. En esa nueva etapa, el papel geopolítica de
España, lejos de atenuarse, queda realzado en la perspectiva
de un mundo multipolar en el que España es la frontera Sud–
Oeste de Europa y, por tanto, el puesto avanzado en las comu-
nicaciones con tres bloques exteriores a Eurasia:
1) El Magreb, cuya evolución futura se basará en tres factores:
– Inestabilidad interior (conflicto sociales a causa de la po-
breza, políticos a causa del déficit democrático y religio-
sos a causa de los choques entre distintas facciones del
islamismo local) que pueden derivar en conflictos arma-
dos civiles.
– Presión demográfica propia y recepción de la presión
demográfica procedente del Africa Subsahariana que
exceden con mucho las posibilidades de integración de
los Estados locales.
– Progresiva penetración de los EEUU (hoy competidor
de la UE, mañana enemigo) que al verse rechazados en
el territorio de la Unión Europea, intentan seguir presen-
tes en el Mediterráneo a partir del Magreb (penetración
efectiva en Marruecos y Argelia, presencia consolidada
en Egipto desde su derrota en la guerra del Yonkipur y
neutralización de las veleidades libias).

23
El Pequeño Tablero Local

2) Iberoamérica, cuya evolución futura girará en torno a tres


ejes:
– El intento de consolidación de Brasil como primera po-
tencia regional si se dan distintos factores políticos (po-
sibilidad de establecimiento de una política de Estado
estable), sociales (disminución de la pobreza y el analfa-
betismo), de comunicaciones (si aumentan las vías de
comunicación entre el Brasil atlántico y los países del
Pacífico: especialmente Chile, Bolivia y Perú), lingüísticos
(bilingüismo práctico en Brasil para facilitar el intercam-
bio con el resto de Iberoamérica de lengua española).
– La concentración de esfuerzos de EEUU para lograr una
mayor penetración económica y un mejor control políti-
co, especialmente en los países de la cuenca del Pacífico
(Chile, Perú, Ecuador y Venezuela). Lo que supondrá,
en la práctica, una guerra comercial con España, princi-
pal inversor en la zona en estos momentos.
– La estabilización de una zona de librecomercio similar al
antiguo Mercado Común que favorezca la integración
de las economías regionales y genere un gran mercado
de consumo en condiciones de propulsar una industria
estratégica propia.
3) Los EEUU, cuya evolución en los próximos veinte años ten-
drá como ejes:
– El aumento de influencia de la minoría hispana en la vida
cultural, en la sociedad y en la vida cultural de los EEUU
que, por primera vez en su historia dejarán de ser un país
WASP con minorías recluidas en ghetos y sin cultura ni
tradiciones propias. [ver nuestro artículo «América se
escribe con Ñ« publicado en infokrisis, Anexo I]
– Un aumento de la inestabilidad social a causa de las des-
igualdades crecientes e insoportables de renta y de la
24
Ernesto Milà

estratificación étnica de la misma. La integración racial


de los años 60 ha fracasado completamente y EEUU
tiene ante la vista un conflicto civil que será a la vez racial
y social en un momento de regresión de las libertades
públicas y de los beneficios sociales en nombre de un
liberalismo salvaje cada vez más extremo.
– La sensación de fracaso civilizacional y neoimperial que
generará la breve tentación unilateralista que se asevera-
rá inviable cuando concluya el segundo mandato de Bush,
debiéndose aceptar el hecho consumado de una
multipolaridad. Esto hará que cristalicen de nuevo las
tendencias aislacionistas tradicionales en EEUU y el país
se recluya en su territorio nacional, y con aspiraciones
hegemónicas reales solamente sobre Iberoamérica.
– Una quiebra inevitable de la economía norteamericana
que arrastra desde principios de los 80 un incremento de
la deuda pública, actualmente extremo y que solamente
está avalado por la aparente estabilidad política y el peso
militar de EEUU, como soportes para el valor de cam-
bio del dólar, más que el valor de éste en sí mismo. Esta
quiebra puede ser el desencadenante de la fractura ra-
cial y social a la que hemos aludido
– El desplazamiento del teatro principal de operaciones de
EEUU, del Atlántico Norte al área del Pacífico con todo
lo que ello implica: proliferación de bases militares y de
intervencionismo en la zona, acuerdos comerciales
preferenciales con esos países y, posibilidad de
enfrentamientos con una zona, posiblemente no tan de-
sarrollada como la Unión Europea, pero en situación
ascendente y en donde EEUU va a encontrar fuertes
competidores económicos (Japón) y a la vez militares
(China y Rusia).

25
El Pequeño Tablero Local

Cada uno de estos tres actores geopolíticos interacciona en


el devenir histórico de España que, inevitablemente, va a estar
vinculado a la Unión Europea, antes que a cualquier otro blo-
que, pero, al mismo tiempo, va a tener que afrontar problemas
nuevos:
– El inevitable deterioro de las relaciones con Marruecos
que no ha renunciado a sus aspiraciones a construir un
«Gran Marruecos« teniendo, por tanto, aspiraciones pre-
tensiones territoriales sobre Ceuta, Melilla, Islas Adya-
centes y Canarias (lo que atenta directamente contra la
soberanía nacional), ni realiza esfuerzos reales para cor-
tar la producción y exportación de haschís con la que
inunda a España (lo que atenta directamente contra la
salud pública nacional), ni tampoco para contener la ria-
da de inmigrantes que aspiran a acceder a los escapara-
tes de consumo europeos (lo que atenta directamente
contra el orden público y la seguridad ciudadana). Esto,
sin olvidar, el gaseoducto de Tarifa que supone un cor-
dón umbilical con las reservas argelinas (cuyo corte im-
plicaría un atentado contra nuestro crecimiento econó-
mico).
– El inevitable distanciamiento con los EEUU a causa de la
«alianza más segura» que practica este país en la zona
(actualmente orientada hacia Marruecos y entre 1956 y
1999 orientada preferencialmente hacia España) con la
contrapartida del ascenso hispano en EEUU que tende-
rá a atenuar este distanciamiento. Desde 2000, con el
descubrimiento de bolsas de petróleo en distintas zonas
de Marruecos (la zona Este fronteriza con Argelia, la zona
costera del Sahara administrada por Marruecos y la pla-
taforma continental canaria, reivindicada por éste país),
EEUU ha aumentado su penetración dentro de Marrue-

26
Ernesto Milà

cos, siguiendo la que ya había iniciado desde 1998 en


Argelia. Esto es hasta tal punto cierto que Marruecos
está integrado en el dispositivo militar norteamericano
como parte de Oriente Medio y garantiza –tal como se
demostró con el desembarco norteamericano en Ma-
rruecos durante la Segunda Guerra Mundial– el acceso
de EEUU al extremo occidental del mundo islámico.
– El inevitable endurecimiento de la relación económica de
EEUU con Iberoamérica que gravitará en torno a una
potencia regional emergente (Brasil) que pretenderá ha-
cer valer su influencia ante presencias exteriores, inclui-
da la española y en torno a una potencia histórica pre-
sente en la zona desde la Doctrina Monroe (EEUU) que
seguirá consideran a Centroamérica y el Caribe como su
«patio trasero» y a la masa sudamericana como su «coto
privado de caza«. De hecho, es significativo que en las
páginas del amplio estudio de Brzezinsky «El Gran Ta-
blero Mundial» no haya ni un solo capítulo dedicado a
Iberoamérica, significativo en tanto que los EEUU con-
sideran esta zona geopolítica como una propiedad sobre
la que posee derechos preferenciales.
Teniendo en cuenta todos los factores señalados hasta aho-
ra inducen a unas líneas en política exterior determinadas por
estos tres ejes que más adelante detallaremos y que ahora ape-
nas enunciamos:
– Desde el punto de vista cultural: en EEUU penetra-
ción, esto es contribuir al aumento de influencia del
mundo hispano en los EEUU, haciéndolo extensible, no
solamente a los troncos étnicos indios venidos del Sur
de Río Grande, sino también a la propia población hasta
ahora WASP, esto es, restando impacto a los productos
culturales surgidos de ese núcleo; para lo que es preciso

27
El Pequeño Tablero Local

«hispanizarlo«. Esto, parecía ilusorio en décadas ante-


riores, pero un estudio de las curvas demográficas de la
población hispana en los últimos diez años, deja prever
un vuelco completo a la situación. En otras palabras:
culturalmente, se trata de recuperar la idea de que parte
de la tradición norteamericana es hispana y que prácti-
camente la mitad del territorio de los EEUU (según ates-
tigua el Tratado de Paz de París de 1763 que marca el
límite entre las posesiones inglesas y españolas en Amé-
rica del Norte) fue hispano y colonizado por españoles
(Florida y el Virreinato de Nueva España cuya parte norte
correspondía a los actuales Estados de California, parte
de Nevada, Texas, Nuevo México y parte de Oregón).
Esto aporta raíces históricas para avalar y justificar la
penetración cultural.
– Política de contención hacia un mundo árabe impre-
visible, atrasado y sin posibilidades de alcanzar un nivel
óptimo de desarrollo económico a causa del atraso his-
tórico que supone el islamismo así como el fracaso de
los intentos occidentalizadores (Nasser, el baasismo
iraquí, sirio y libanés, los vaivenes persa–iraníes), un
mundo árabe al que le quedan únicamente treinta años
de reservas petrolíferas para seguir manteniendo una pro-
videncial fuente de ingresos y dentro del cual no existe ni
un solo país en el que pueda hablarse de una situación de
estabilidad real.
– Política de cooperación con entre la Unión Europea
e Iberoamérica en aras de asegurar la estabilidad de
las inversiones españolas, evitar que los intercambios co-
merciales en el subcontinente se realicen solamente en
dirección Norte–Sur con el grado de dependencia que
implica. El mantenimiento de una situación imperial de
los EEUU sobre Iberoamérica, implicaría en corto es-
28
Ernesto Milà

pacio la reaparición de una tentación intervencionista en


el resto del mundo. De ahí que la Unión Europea y Es-
paña en concreto deban apoyar el desarrollo de los gran-
des países iberoamericanos: Brasil (llamado a ser por
sus geografía, reservas, población y tecnología, el ger-
men de una potencia regional), Argentina, Chile (países
con gran potencial económico y cultural, cuyas contra-
posiciones geopolíticas se trata de atenuar) y Venezuela
(ruta más corta hacia Iberoamérica).

Tres consecuencias de una línea política exterior


Lo visto hasta ahora nos permite formular tres consecuen-
cias.
La primera consecuencia a desarrollar es la siguiente: con-
tra más atenuada esté la influencia cultural protestante y calvi-
nista en los EEUU, mayores espacios de libertad tendrán los
pueblos Iberoamericanos y mayor estabilidad tendrá un siste-
ma multipolar. En ese contexto el papel de España queda
reubicado como puente –no retórico sino muy real– entre Eurasia
y el continente americano.
La segunda consecuencia a desarrollar es: dada la inesta-
bilidad del mundo islámico, la única política posible es la con-
tención. De nada sirve ayudar a políticas de desarrollo regional
en países que, de la noche a la mañana, pueden deslizarse brus-
camente hacia el fundamentalismo más radical, o países que
albergan en su interior un potencial explosivo que hace inviable
la inversión en desarrollo; dadas las peculiares características
del islam y la intensidad con que esta religión condiciona la vida
de los pueblos árabes y magrebíes, les imprime agresividad, les
dota de un mesianismo enfermizo e históricamente superado y
genera objetivos teocráticos que enlazan con un pasado remo-

29
El Pequeño Tablero Local

to, y dada, finalmente, el papel geográfico de «frontera sudoeste


de la Unión» que tiene España, por todo ello, la contención es
la única política posible, no sólo para España sino para toda la
Unión Europea. Este axioma puede ser desarrollado a partir
de las tesis que expusimos en nuestra serie de artículos contra-
rios a la integración de Turquía en Europa [ver anexos] y la
posibilidad de que el «espacio turcófono» sea un factor de des-
estabilización permanente entre las tres potencias euroasiáticas.
La tercera consecuencia no es otra que reconocer que el
destino de España y el de Europa, a lo largo de todo el siglo
XXI, van a estar indisolublemente unidos. Si bien es cierto que
en el pasado, las contradicciones y los intereses contrapuestos,
frecuentemente, se tradujeron en guerras y conflictos, éste pe-
ríodo ha concluido. La última guerra civil entre europeos (1939–
45) y la fabricación de nuevas armas de destrucción masiva,
indican que, de producirse un nuevo conflicto de esas caracte-
rísticas en suelo europeo, implicaría casi necesariamente la des-
aparición de Europa, incluso físicamente.
Dicho todo esto regresemos ahora al examen de España
como potencia naval o terrestre. Si acabamos de examinar las
necesidades en política exterior de nuestro país, veamos ahora
cuál es su problemática interior.

La pérdida del sentido de Estado


La configuración geográfica de España determina que en su
proyección exterior, se vea limitado por el hecho de ser una
península. Esta península está situada en el confín de Eurasia:
tiene una doble vertiente, Atlántica y Mediterránea. Mientras
que por tierra se encuentra limitada a la frontera pirenaica, son
los mares los que abren los horizontes geopolíticos de España.

30
Ernesto Milà

El drama de nuestro país consiste en que a partir de la bata-


lla de Trafalgar, su poder naval resultó absolutamente pulveri-
zado y ya no estuvo en condiciones de asegurar la neutraliza-
ción de las tendencias independentistas de las nacientes bur-
guesías locales iberoamericanas. En pocos años se perdieron
las colonias y cuando España logró, hacia finales del siglo XIX
haber reconstruido un mínimo poder naval, la escuadra de nue-
vo fue barrida por la estadounidense, más moderna y próxima
a sus bases. A partir de ese momento y hasta nuestros días, la
capacidad naval española ha estado a mínimos y solamente en
los años del franquismo logró disponer de una industria naval,
fundamentalmente orientada hacia la construcción civil, pero
que no dispuso nunca de presupuesto suficiente como para re-
verdecer nuestro poder naval, especialmente para un país de
costas tan dilatadas.
De hecho, mientras duró el período imperial de los Austrias,
España alternó la capacidad naval con la terrestre. Pero resulta
evidente que alternar estos dos dominios tenía contrapartidas
negativas: no poder especializarse en ninguno. En aquellos mis-
mos siglos, Inglaterra, fue desarrollando una marina progresi-
vamente más poderosa que, finalmente, logró llevar su pabe-
llón a todo el mundo y asegurar un siglo XIX de crecimiento
industrial acelerado. Esto, unido a los yacimientos de hierro y
hulla, aseguró la preponderancia británica en el XIX y una rá-
pida industrialización. Pero en España, en ese mismo momen-
to, fallaron tres elementos básicos que hicieron que España
perdiera el paso de la modernidad:
– faltó la estabilidad política y sobraron las discordias civi-
les interminables a lo largo de todo el siglo;
– faltaron materias primas y, faltó, por tanto posibilidades
de desarrollo industrial;

31
El Pequeño Tablero Local

– finalmente, amputado el poder naval, España se recluyó


en sí misma sin grandes posibilidades de proyectarse
hacia el exterior.
Así se perdió el siglo XIX. España pasó a ser una «potencia
atrancada« según la denominación con la que Haushoffer de-
nominó a aquellos países que veían su poder inmovilizado por
falta de materias primas y de energías vitales interiores. Esta
falta de autoestima y confianza en sí misma, fue reconocido y
paliado por la Generación del 98, pero lo primero la escasez
de materias primas– resultó un handicap irremediable (a pesar
de que España y Suecia se transformaron en exportadores de
hierro a Inglaterra cuando éste se agotó en las islas británicas).
Las crisis políticas que se desarrollaron al entrar en el siglo
XIX y que han proseguido, prácticamente sin fin hasta nuestros
días (entendemos que la situación autonómico–constitucional
actual es la enésima evidencia de esa inestabilidad lacerante e
irresponsable) han demostrado suficientemente la incapacidad
de España y del pueblo español para comprender lo que es el
Estado, la misión del Estado, las políticas de Estado, la vincu-
lación entre el Estado y la Nación y la situación superior del
Estado sobre las facciones políticas que se disputan su admi-
nistración. Todo esto ha generado una situación de inestabili-
dad cuya primera característica ha sido la impermanencia y la
facciosidad irreconciliable de las partes enfrentadas.
De hecho, el mayor alegado contra los nacionalismos vasco
y catalán es que precisamente en esas dos nacionalidades (las
llamamos «nacionalidades« y no simplemente regiones en tanto
que disponen de rasgos identitarios propios y siempre han sido
partes personalizadas de un todo, aun cuando no hayan alcan-
zado nunca situaciones de independencia tal como se conciben
en nuestros días, sino más bien, regímenes forales particulares)

32
Ernesto Milà

encarnan, mejor que cualquier otra, el ser y la personalidad


españolas. De la misma forma que se habla de las «dos Españas«,
así mismo puede aludirse a los «dos Países Vascos» o las «dos
Catalunyas« con la misma facilidad: la Catalunya de Maciá no
es la de Cambó, la de Gaudí no es la de Dalí, la del Empordá,
no es la del Penedés, ni el País Vasco de Arana es el de Baroja
o Unamuno, ni el del entorno de ETA es el de «Basa Ya« o
demás entidades antiterroristas. Al 50%...
La disparidad de caracteres y tipos psicológicos que se da
en nuestro país, es reforzada, además por la dispersión de los
núcleos geo–históricos, y parece inhabilitar a nuestro país, al
menos desde inicios del XIX, para comprender lo que es la
«misión del Estado y de la Nación« en la modernidad.
Ahora bien, es preciso recordar que uno de los rasgos ha-
bituales del «poder terrestre« es la capacidad para estructurar
Estados complejos y dotados de un fuerte sentimiento de «mi-
sión« y «destino«. Éste no es el caso de la España actual. Su
sentido colectivo del Estado pareció agotarse a finales a lo lar-
go del siglo XVIII. Y, desde entonces sigue ausente, con bre-
ves centelleos puntuales, más en personalidad aisladas que en
movimientos políticos de masas. El franquismo fue uno de esos
momentos puntuales a los que aludíamos.

Las orientaciones geopolíticas del franquismo


En este sentido, es preciso reivindicar al franquismo como
uno de los momentos específicos de la historia de España, al
que intentamos juzgar en términos de actualidad política, sino
de historia.
El franquismo surgió de una revuelta militar contra la legali-
dad republicana, una legalidad que no lograba sacar a España

33
El Pequeño Tablero Local

del empantanamiento secular de los dos últimos siglos: porque,


a pesar de las buenas intenciones, los intentos liberales del si-
glos XIX y especialmente la II República, se habían traducido
en sonoros fracasos históricos. Afortunadamente, en los últi-
mos años, ha aparecido una tendencia revisionista que ha cues-
tionado la versión tan políticamente correcta como maniquea
que ve en la República una legalidad lacerada gratuitamente
por una insensata revuelta militar. Las cosas son mucho más
complejas y así se ha encargado de recordarlo esta tendencia
revisionista encabezada por Pío Moa.
El franquismo, históricamente, recompuso una política de
Estado y, sobre todo, supuso una concentración de esfuerzos
–bajo la forma de una dictadura– para lograr recuperar el paso
con la industrialización. La historia enseña que, tanto en Espa-
ña como en Rusia, países atrasados en el primer tercio del siglo
XX y China, fundamentalmente agrario hasta los años ochen-
ta, la única forma de lograr recuperar el terreno perdido, con-
siste en concentrar esfuerzos, subordinar cualquier energía y
vitalidad al desarrollo económico y planificarlo, evitando el riesgo
de cambios políticos bruscos que adopten decisiones contra-
dictorias. Es innegable que el franquismo estuvo lejos de los
estándares democráticos que entonces se daban por Europa,
pero no es menos cierto que el atraso industrial de más de un
siglo que tenía la España de 1939, entró en vías de superación.
La España democrática de 1979, fue posible sólo gracias al
crecimiento de las fuerzas productivas realizado durante los
veinticinco años anteriores (a partir del Plan de Estabilización)
que, a partir de cierto punto, para seguir progresando, precisa-
ban de un marco democrático (que permitiera la apertura de
nuevos mercados a través de la integración en la entonces lla-
mada Comunidad Económica Europea). El ingreso en el Mer-

34
Ernesto Milà

cado Común, no hubiera podido acometerlo la España pobre


y miserable de 1936, amenazada por el aventurerismo anar-
quista, el fantasma de la revolución bolchevique que seducía
tanto a las minúsculas formaciones de extrema izquierda (PCE
y POUM) sino también a un amplio sector del PSOE, y, para
colmo, con unas fuerzas independentistas con idéntico poder
centrífugo que en la actualidad. La mezcla de atraso e inestabi-
lidad política es siempre la garantía para persistir en el subde-
sarrollo.
Resultaría difícil juzgar en términos políticos actuales la ta-
rea histórica de Napoleón reduciéndola a un simple golpista
contra el Directorio, o bien limitando el papel político de Stalin
a ser un gran masacrador. Ciertamente, Napoleón era un gene-
ral poco dispuesto a ser eternamente un segundón en manos de
un Directorio de limitada talla, y Stalin debió afrontar proble-
mas de modernización, conflicto y conspiraciones muy reales
en el interior, pero fue algo más que un gran represor. Lo mis-
mo puede decirse de Franco y del franquismo. En el momento
en que el franquismo sea analizado como una parte de la histo-
ria de España en lugar de cómo un elemento de caracterización
(y caricaturización) política del presente, habremos ganado
perspectiva y madurez histórica.
El hecho de que el núcleo inicial del franquismo fuera un
grupo de oficiales africanistas que habían vivido la experiencia
de la guerra de África y, en buena medida, se tratara de oficia-
les brillantes, estrategas notables que habían actualizado sus
conocimientos al paso con los importantes avances de la cien-
cia militar y de las ciencias geográficas que se produjo en el
primer tercio del siglo XX, generaron el que, tras la derrota de
las potencias del Eje –a las que Franco era altamente tributa-
rio, pero a las que no ayudó en la medida requerida por la

35
El Pequeño Tablero Local

situación estratégica creada por la primera fase de la Segunda


Guerra Mundial– la clase política del franquismo se viera obli-
gada a establecer una política exterior (y en buena medida una
geopolítica, no olvidar que buena parte de los investigadores
alemanes terminaron residiendo en España a partir de 1945 e
incluyeron en el interior del régimen aportando sus conocimien-
tos y asesoramiento técnico) que, fue aplicada durante 20 años
ininterrumpidamente [ver nuestro artículo sobre «Política Exte-
rior española, de Castiella a ZP«, en Anexo II].
El franquismo insistió en desarrollar una innegable potencia-
lidad marítima que se tradujo en un formidable impulso a la
construcción naval con fines comerciales, que no tuvo su para-
lelo en la reconstrucción de una flota potente y dotada de los
más modernos adelantos técnicos. Entre 1956 y 79, España se
vio obligada a aprovechar el detritus naval norteamericano pro-
cedente de la Segunda Guerra Mundial, reconvirtiéndolo y ja-
más pudo llevar a efecto un programa naval que superara el
atraso secular generado a partir de Trafalgar, Cavite y Cuba.
Para el franquismo resultó evidente que España solamente
podía reconstruir su potencia a través de los mares. La amistad
que le deparó la Argentina de Perón y la tarea de los ideólogos
de extracción falangista del régimen, impuso la recuperación
de la «hispanidad« como eje central de una política exterior
mucho más ambiciosa de lo que parece hoy y que tuvo
traslaciones en todos los terrenos: desde la creación del Insti-
tuto de Cultura Hispánica, hasta la celebración del Congreso
Hispano–Luso–Americano–Filipino, o incluso al mantenimien-
to de relaciones con Cuba, incluso tras la subida de Castro al
poder, pasando por iniciativas tácticas mucho más banales como
la participación en los festivales de la OTI (Organización de
Telecomunicaciones Iberoamericanas) o el impulso de emisio-

36
Ernesto Milà

nes de TV transcontinentales como «Trescientos Millones«. Estas


iniciativas, así como la presencia de jóvenes iberoamericanos
en los congresos anuales organizados por la Delegación Exte-
rior del Frente de Juventudes, tendían a establecer puentes con
Iberoamérica, que revalidaban los nexos históricos del pasa-
do, justo en el momento en que parecía difícil que de Europa
pudiera llegar otra cosa que no fuera una riada turística, pero,
desde luego, mucho menos capitales y un régimen de aranceles
bastante desalentador.
Ahora bien, los problemas que afrontaba el franquismo im-
pedían que en este terreno –como en la creación de una fuerza
fuera nuclear española cuya creación, Carrero Blanco contem-
pló a finales de los años 60 e intentó llevar a la práctica hasta el
momento mismo de su muerte– se pudiera ir muy lejos. Lo
importante era que estaban sentadas las bases para el futuro.

El desmantelamiento de la política exterior


En lugar de considerar al franquismo como historia y como
acción de gobierno, a partir de 1977 y especialmente de 1979,
se rompió con todas estas iniciativas. La idea de la «hispani-
dad« empezó a ser denostada como reaccionaria. El intento
del PSOE de proyectar nuevamente el papel internacional de
España a través de los «eventos del 92« quedó limitado y fue
incapaz de insuflar lo esencial: el sentido de cooperación en el
marco de la idea de «hispanidad«, retenida como reaccionaria
incluso desde las instancia del poder socialista. En lugar de eso,
tanto en la Expo–Sevilla, como en el entramado de las celebra-
ciones del Vº Centenario, se empezó a exaltar el «mestizaje« y
se pidieron disculpas taxativas al trato que los Conquistadores
dieron a los indígenas. El problema no es reconocer el hecho
en sí del mestizaje sino atribuirle una importancia central, cuan-

37
El Pequeño Tablero Local

do, en realidad, a poco que examinemos los hechos, resulta


completamente irrelevante.
A decir verdad, poco había de que disculparse. Ciertamen-
te, las culturas indígenas habían desaparecido, pero es innega-
ble que esta desaparición se produjo, no tanto por la acción de
un pequeño puñado de conquistadores sino por que sus posi-
bilidades vitales interiores se habían agotado. No eran otra cosa
que una superestructura burocrático administrativa, tiránica y
degenerada, en algunos casos con una irreprimible tendencia a
los sacrificios humanos masivos, como pocas veces se han con-
templado en la historia de la humanidad, que se desmoronó
con la mínima presión exterior, abandonada especialmente por
sus propios súbditos.
A partir del momento en que el énfasis se sitúa en reales o
supuestos «mestizajes interculturales«, resulta absolutamente
imposible detraer algún tipo de criterio geopolítico aplicable a
la orientación de las relaciones internacionales: lo que se está
haciendo es reactualizar el papel de culturas que fueron barri-
das por la historia y que no tienen lugar en la modernidad, cul-
turas que tienen interés para los antropólogos, etnólogos e his-
toriadores del pasado, pero no para la creación de lineamientos
políticos en el presente.
El problema era que, realmente, los socialistas creían que
este mestizaje era «justo y necesario«, mientras que al aznarismo
le faltó tiempo y valor para no entrar en el juego de lo política-
mente correcto, dejando las cosas en este terreno, más o me-
nos, como estaban. La cuestión es: el mestizaje real existió so-
lamente en Centroamérica y en los países andinos donde el
peso demográfico de los aborígenes sudamericanos era ma-
yor, pero estuvo casi completamente ausente en el cono sur.
Además, es innegable que absolutamente en toda Iberoamérica,

38
Ernesto Milà

incluida Cuba, las élites gobiernantes eran (y en buena medida,


siguen siendo) étnicamente descendientes de los colonizadores
europeos (hasta el punto de que países como Argentina son, en
realidad, «latinoamericanos«, más que «iberoamericanos« en
sentido estricto). Reconocer este hecho, es reconocer por donde
ha discurrido la historia: las clases dirigentes iberoamericanas
han sido de origen europeo, los indígenas han estado casi com-
pletamente ausentes o han protagonizado episodios puntuales
que no han desembocado en formas estables. En estos mo-
mentos, en países andinos como Bolivia, estamos asistiendo al
reverdecer del indigenismo. Va a ser cuestión de analizar de
cerca la evolución de este país (y de los vecinos) para advertir
si, realmente, el indigenismo es capaz de insertarse en la mo-
dernidad o, simplemente, se trata de un fenómeno de rechazo
al fracaso de formaciones políticas tradicionales. Y nos parece
que esta segunda posibilidad es más cierta.
Por nuestra parte, consideramos a dichos movimientos como
inestables: de la misma forma que inicialmente absorbieron los
valores del catolicismo llevados por los colonizadores, perdie-
ron en pocas décadas sus propias tradiciones, se sumaron al
consumismo y a los valores de la cultura americana en los años
70–80, fueron objeto preferencial de penetración de las sectas
evangélicas y de los cultos exóticos llegados de EEUU (en los
90), su reverdecer en estos momentos se realiza sobre el va-
cío. En efecto, las tradiciones indígenas son tradiciones muer-
tas, de las que apenas queda constancia en los libros de antro-
pología y en los estudios especializadotes sobre chamanismo y
cultura andina, pero que, en la práctica no son otra cosa que
unas pocas costumbres tribales que han subsistido hasta nues-
tros días, habiéndose perdido el eje central de esas tradiciones
y no existiendo ninguna transmisión directa capaz de recons-

39
El Pequeño Tablero Local

truirlas. A pesar de lo que se suele decir en Bolivia y Perú,


nuestra opinión es que, en los siglos XVII y XVIII se agotaron
completamente los filones centrales de las culturas indígenas
americanas, permaneciendo sólo algunos aspectos parciales,
folklóricos y costumbristas a partir de los cuales resulta impo-
sible reconstruir el conjunto.
La Hispanidad es el único criterio cultural capaz de estable-
cer un denominador común y una referencia universal para to-
dos los países de Iberoamérica sobre la que fundamentar una
cooperación común y un proceso de convergencia (que, en la
actualidad solo puede ser económico) capaz, no solo de pro-
pulsar sus maltrechas economías, sino además, de establecer
puentes con Europa a través de España.

Las exigencias mínimas del poder naval


Ahora bien, decir «potencia marítima« implica necesaria-
mente aludir a los rasgos que acompañan a este tipo de poder:
el carácter comercial.
Como ya hemos dicho, los fracasos históricos del siglo XIX
generaron el atraso económico de España. La falta de una in-
dustria de exportación hizo que España no destacara como
potencia comercial. El Imperio Español, por lo demás, se ha-
bía forjado con la idea mesiánica de expandir la catolicidad en
dos frentes: expandiéndolo en el Nuevo Mundo y combatien-
do a la reforma protestante en Europa; esto lo que le dio una
solidez misional y un destino histórico en cuya realización, nues-
tro país se agotó y desangró. En este sentido, tanto Colón como
los Reyes Católicos tenían excepcionalmente claro que en el
Nuevo Mundo se encontraba un nuevo terreno para obtener
buenos rendimientos económicos que permitirían, entre otras
cosas la organización de una nueva cruzada en Tierra Santa. El
40
Ernesto Milà

problema fue que, a medida que fue acentuándose la decaden-


cia española, la colonización mostró ser un «mal negocio«: la
piratería siempre hizo que no llegaran a España los beneficios
de la colonización y la precariedad de los tránsitos marítimos
unidos a climatologías adversas hicieron que parte de lo obte-
nido con la explotación de las riquezas naturales se perdiera
por el camino. Este hecho, unido a la formación de incipientes
burguesías locales, indujo a la independencia progresiva de las
naciones americanas.
Pero hasta el último momento se demostró que existía una
posibilidad muy cierta y real de que España y los españoles
representáramos un papel de primer orden en los intercambios
comerciales entre ambos lados del Atlántico: el papel de los
«indianos« no puede ser olvidado, sino que es preciso reivindi-
carlo como uno de los momentos más creativos y vitales de
nuestra trayectoria como pueblo. Prácticamente, toda la geo-
grafía española produjo esta raza de hombres indómitos, lla-
mados al comercio y a la aventura de ultramar. Ciertamente, no
todos ellos, obtuvieron ingentes beneficios, pero si es rigurosa-
mente cierto que a partir de ellos, se generaron dinastías eco-
nómicas que tuvieron importancia a lo largo de todo el siglo
XIX español y que incluso existen en nuestros días. Hombres
de la talla de Joan Güell i Ferrer, de los hermanos Vidal–
Quadras, del gallego Pedro Ximeno y de Joseph Xifré (ambos
triunfaron en Nueva York en torno a 1930–50), de los Partagaz
y de tantos otros, muestran que nuestro pueblo sí está dotado
para el comercio, tal como, por lo demás, confirman hoy la
presencia de empresas españolas en Iberoamérica y el hecho
de que sea España el principal inversor en aquella zona.
Pues bien, esta tendencia debe hacernos pensar que el des-
tino geopolítico de España, en tanto que nación preferente-

41
El Pequeño Tablero Local

mente orientada hacia los mares y con posibilidades de ejercer


a través de estos notorios tráficos comerciales, consiste en au-
mentar su poder naval. Incluso dentro del marco de la Defensa
Europea Común, asegurar con nuestras propias fuerzas, el con-
trol del eje central del Mediterráneo Occidental (el mismo que
ya fue la columna vertebral de la expansión marítima de la Co-
rona de Aragón a partir de las costas mediterráneas de España
y del portaviones balear), dando sentado que el flanco norte
está cubierto por la marina francesa e italiana y el flanco sur,
hoy, como ayer, es inestable y hostil.
Por otra parte, en el Atlántico, es indispensable fortalecer el
eje Gibraltar – Canarias (que, como prolongación del eje Gi-
braltar – Baleares) constituye la columna vertebral de nuestro
glacis defensivo, con tres objetivos:
1)Asegurar una política contención respecto al Magreb en
cuyo contexto hay que incluir la cláusula de salvaguardia
de los derechos y libertades del pueblo saharui,
2)Garantizar la libre navegación por el Atlántico Sur a par-
tir de Canarias y la integridad del tráfico entre marítimo
entre los países de la Hispanidad, y
3)Asegurar el último tramo de la ruta del petróleo del golfo
pérsico hacia Europa.
España, en definitiva, debe mirar nuevamente hacia el mar,
máxime cuando el fracaso de la política exterior norteamerica-
na en Oriente Medio y su aislamiento creciente, el
desmantelamiento efectivo de la Alianza Atlántica, la creación
progresiva de un sistema integrado de Seguridad y Defensa
Europea, abren las puertas a que las naciones de la Hispanidad
conviertan de nuevo, como en los siglos XVI y XVII al Atlán-
tico Sur en algo similar a un «mare clausum«. Para asumir una
tarea de estas características es, ante todo, imprescindible dis-
poner de una industria naval propia, con una cartera de pedi-
42
Ernesto Milà

dos que justifique su existencia y a través de la cual se pueda


abordar un programa de construcciones navales que garantice
la existencia de una flota de superficie y submarina en condi-
ciones de asegurar la integridad de los mares.
Además, de esta idea «oceánica« de España derivan tam-
bién una serie de «exigencias mínimas« de política exterior:
1)Apoyar decididamente a Argentina en su recuperación
de las Islas Malvinas y de las Georgias del Sur, posicio-
nes clave ante el Estrecho de Magallanes y el acceso a la
Antártida y para garantizar la seguridad en la navegación
por el Atlántico Sur.
2)Acelerar la retrocesión de Gibraltar, reconociendo –lo
que parece ser el principal problema de la cuestión–, un
estatuto especial para los «llanitos« que garantice sus
actuales medios de vida, pero bajo soberanía y pabellón
español.
3)Apoyar las iniciativas francesas de presencia en el África
Subsahariana, así como los programas de cooperación
europea con esta zona deprimida. Apoyo a Portugal en
el mantenimiento de lazos privilegiados con sus antiguas
posesiones africanas. En este sentido, la norma que debe
regir la cooperación al desarrollo y los paliativos a la
caótica situación africana son: «apoyo al desarrollo y tu-
tela de ese desarrollo a cambio de seguridad y bases
avanzadas«.
Estos tres puntos marcan las prioridades de una política de
Estado en el área atlántica. Una política que, aun siendo autó-
noma, debe ser encuadrada dentro del marco de la Unión Eu-
ropea y que tiende a realizar el destino geopolítico de España:
una vocación de integración en tanto que extremo occidental
de Eurasia y una vocación oceánica propia en tanto que «ma-
dre patria« de los países de la Hispanidad.

43
El Pequeño Tablero Local

II PARTE
Geopolítica de lo centrífugo

En el capítulo primero aludíamos a la doble tendencia pre-


sente en toda al historia de España que, por una parte, tendía a
la fusión de los pueblos peninsulares y, por otra, alternativa-
mente, al estallido y separación. Hoy nos encontraríamos en
ese período de estallido que, a la postre, no sería sino el prelu-
dio de un nuevo período unitario… Vale la pena preguntarnos
en qué elementos geopolíticos se apoyan las actuales tenden-
cias centrífugas.

La montaña y los originenes de la Reconquista


Tras producirse la dislocación del reino visigodo en los pri-
meros momentos de la invasión islámica, los distintos núcleos
resistentes se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica
y de las vertientes pirenaicas. Buena parte de los resistentes
eran representantes de la antigua nobleza visigoda que se ne-
garon a aceptar entregar tributo al Islam y, desde los inicios de
la lucha por la expulsión del invasor, quisieron mantener vivo el
recuerdo del Reino Visigodo de Hispania. Todos ellos se con-
sideraron, con mayores o menores pretensiones en definitiva,
«reyes de las Españas« (Don Pelayo, al parecer, había sido
portaespada del último rey visigodo, Rodrigo), sin renunciar al
momento en el que se restituiría la unidad del viejo reino
visigodo.
Resulta difícil entender como, a partir de este entusiasmo
unitario, por qué los reinos peninsulares prosiguieron hasta el
siglo XV su fragmentación. En el siglo XI, el cantonalismo his-
44
Ernesto Milà

pano se extendía tanto en la España islamizada como en la cris-


tiana: Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón y nueve conda-
dos en el espacio catalán, evidenciaban una parcelación extre-
ma. En la zona todavía ocupada la situación era aún peor.
La geopolítica explica perfectamente el por qué de esta ten-
dencia, cuando, realizando un análisis histórico, establece que
siempre ha existido como constante el cantonalismo montañés.
Los pueblos que han desarrollado su hábitat originario en las
montañas siempre han sido celosos de sus libertades, tradicio-
nalistas, opuestos al progreso y desconfiados de todo lo que
viene del llano, pero, así mismo, con tendencia a prevenirse de
los montañeses de otras latitudes. En la primera fase de la Re-
conquista, absolutamente todos los núcleos de las que partie-
ron los núcleos de resistentes, eran núcleos montañeses, cada
uno de los cuales se desarrolló de manera independiente de los
demás. La montaña les impuso unos rasgos de carácter im-
prescindibles para que pudieran sobrevivir en un medio hostil y
aislado. Allí, en las alturas, nuestros ancestros almacenaron
posibilidades históricas que se manifestaron en el momento
oportuno. De hecho, la primera fase de la Reconquista no fue
otra cosa más que una serie de descargas de agresividad de las
poblaciones montañesas contra las llanuras habitadas por
islamistas.

El avance de los reinos cristianos hacia el Sur


Esto hizo que hacia el siglo XI, los reinos de Galicia, León,
Castilla y Navarra, hubieran logrado expanderse casi en para-
lelo hacia el sur a partir de los originarios núcleos montañeses
en donde se articularon los distintos focos de la resistencia. En
los Pirineos subsistían los nueve condados catalanes y el Reino
de Aragón, reducido éste último a una pequeña franja pirenaica

45
El Pequeño Tablero Local

y los otros a un conjunto de pequeñas piezas míticamente deri-


vadas de la leyenda sobre Otger Kathalón y «los nueve baro-
nes de la fama«, pero manteniendo prácticamente las mismas
posiciones que formaron la Marca Hispánica en el siglo IX.
En la práctica, entre el siglo IX y el XI, en doscientos años,
las posiciones cristianas en los Pirineos apenas avanzaron. Esto
tiene mucho que ver con el conservadurismo propio de los ha-
bitantes de la montaña que les induce a permanecer encastillados
en sus posiciones y limitados a operaciones de represalia con-
tra los habitantes del valle. Geopolíticamente, podemos esta-
blecer la constante de que, contra más próxima a sus orígenes
está un pueblo, inicialmente montañés, menos se preocupa de
ampliar sus dominios y se limita a meras represalias y racias en
el valle. Pero, a medida que, mediante la colonización campe-
sina, individuos afectos a los reinos montañeses, van estable-
ciéndose en las tierras bajas, en realidad tierras de nadie y el
núcleo montañés ve expandir su territorio dejando cada vez
más atrás su origen montañés, la expansión se vuelve cada vez
más rápida: la velocidad de las conquistas de un pueblo monta-
ñés, están, así pues, en razón inversa a la proximidad a la mon-
taña: contra mas próximos se encuentran a la montaña, menor
es su voluntad conquistadora, cuanto más alejados están de las
cumbres, avanzan a mayor velocidad hacia la conquista de nue-
vos territorios. En 1300, en apenas dos siglos, prácticamente,
la conquista se consumó, exceptuando el Reino de Granada
que subsistiría otros doscientos años más.
Es indudable que estos progresos en la Reconquista coinci-
dieron también con otros episodios históricos, especialmente
con las Cruzadas. La victoria de las Navas de Tolosa (1212)
tiene lugar en la misma época en la que se había asentado el
Reino Latino de Jerusalén. Puede decirse que el espíritu de la

46
Ernesto Milà

47
El Pequeño Tablero Local

Cruzada fue asumido por los antiguos líderes montañeses, uni-


ficó sus criterios y favoreció políticas de fusión dinásticas que,
finalmente, redujeron el cantonalismo peninsular a cuatro rei-
nos: Portugal, Castilla, Navarra y Aragón.

Dos cuencas fluviales: dos corrientes históricas


Ahora bien, hay que tener en cuenta otro factor para expli-
car el por qué la Reconquista evolucionó como lo hizo. La oro-
grafía y los valles hicieron que las áreas expansivas de los Rei-
nos peninsulares tomaron dos orientaciones. No es por casua-
lidad que, finalmente, los ríos que atravesaban Castilla desem-
bocaran en el Atlántico y el gran río que constituía la columna
vertebral de Aragón, el Ebro, lo hacía en el Mediterráneo.
Ya hemos visto brevemente en el Capítulo II que los ríos
han sido elementos clave de los desarrollos geopolíticos de los
pueblos, ahora se trata de insistir en ese orden de ideas. A
través de ellos se ha canalizado el transporte y el comercio, y
mecánicamente, han llevado a averiguar qué se encontraba en
las tierras bajas. Los antiguos se preguntaban siempre hasta
dónde podía llegarse siguiendo el curso de los ríos. No es que
los ríos fueran una frontera natural, de hecho, en realidad, los
ríos constituyen, más bien, un eje de intercambios comerciales,
es decir de ósmosis antes que de división. El Madeira en Bra-
sil, Madre de Dios en Bolivia, lejos de ser una frontera, es el
canal por el que circulan los tráficos comerciales entre ambos
países, en especial el abundante caucho boliviano hasta Manaos.
En torno a los ríos, en los valles por los que discurren, se
asientan poblaciones que viven de la agricultura y el comercio.
En el lado castellano, las conquistas fueron marcadas por el
avance hacia los valles del Duero primero, del Tajo después,

48
Ernesto Milà

del Guadiana más tarde y, finalmente del Guadalquivir. El curso


de estos ríos atravesaba la meseta castellana y todo el proble-
ma consistía en cómo asegurar las conquistas mediante la ins-
talación de castillos y de colonos armados. En cierto sentido,
los campesinos hicieron Castilla tanto como los guerreros. La
fidelidad a la tierra propia del campesino –el origen montañés
de los reinos ya había quedado lejos– hizo que la Reconquista
tuviera pocas regresiones y que, una vez se talaban los espesos
bosques para asegurar visibilidad y zonas de cultivo en las que
pudieran asentarse nuevos colonos, ese terreno ya no fuera
recuperado jamás para el Islam.
Pero el Reino de Aragón se desarrolló de otra manera. El
espacio geopolítico de Aragón era un triángulo constituido por
los Pirineos de un lado, el curso del Ebro de otro y la costa
Mediterránea finalmente. Más allá de la Cordillera Ibérica,
Aragón no encontró las posibilidades de expanderse hacia el
Oeste y, al encontrarse más allá de la desembocadura del Ebro,
solamente pudo expanderse hacia el Sur, hasta el Paso de Biar,
(justo en donde, por cierto, estamos escribiendo estas líneas)
lugar histórico de frontera entre Castilla y Aragón.
Precisamente, la pujanza de Barcelona deriva de su privile-
giada situación, en la costa, disponiendo del control de los pa-
sos pirenaicos que, facilitaban el comercio hacia la Ciudad
Condal. Además, la depresión prelitoral catalana conducía di-
rectamente al emplazamiento de Barcelona, entre los ríos Besós
y Llobregat, desde donde se abrieron caminos hacia el sur,
esto es hacia el Valle del Ebro. Al adquirir la baronía de Flix,
situada en la salida de la última garganta que atravesaba aquel
río, el Condado de Barcelona (no Catalunya, es importante
recordarlo) se aseguró la posesión esencial para el dominio
económico de la Corona de Aragón.

49
El Pequeño Tablero Local

El Reino de Aragón, había intentado una expansión hacia la


otra vertiente de los Pirineos, ensayando el embrión de lo que
geopolíticamente se llama un «Estado Encabalgado« (cuando
un núcleo montañés dispone del control de los pasos de mon-
taña y se expande a uno y otro lado de la montaña). Pero la
reorganización del Reino Franco, hizo que tras la Batalla de
Muret, las aspiraciones aragonesas sobre Cominges, Tolosa y
el Languedoc, se disiparan [véase nuestro libro «Guía del
Catarismo« – Editorial Martínez Roca, Barcelona 1998– en
donde se toca este aspecto en el Capítulo III y IV].
La derrota de Muret marco un giro geohistórico en el desa-
rrollo de la Corona de Aragón y le obligó prácticamente a se-
guir el curso del Ebro hasta más allá de su desembocadura: fue
entonces cuando se inició la expansión mediterránea de la Co-
rona de Aragón que en el siglo XIV ya disponía del control
sobre las Baleares, Cerdeña y Sicilia, luego con Alfonso el
Magnánimo, alcanzó hasta Grecia y los Balcanes, llegando hasta
Tebas, sin contar la aventura de los almogávares en Atenas y
Neopatria.
Tras producirse la unificación de los Reinos Peninsulares
con los Reyes Católicos, mientras Castilla inició su expansión
oceánica en el Atlántico, Aragón persistía en su vocación medi-
terránea. En los siglos XVI y XVII, españoles y portugueses
podían considerar en rigor el Océano Atlántico como un «mare
clausum«: dominaban absolutamente todas las puertas que da-
ban su acceso. El Estrecho de Gibraltar, el Estrecho de la Flo-
rida, el Cabo de Buena Esperanza y el Estrecho de Magallanes.
Pero, a decir verdad, los adelantos tecnológicos de la época
no permitían todavía un tráfico fluido y mucho menos la exis-
tencia de comunicaciones estables en un espacio tan amplio
como el Atlántico.

50
Ernesto Milà

El Mediterráneo, por el contrario, estaba hecho más a me-


dida de la expansión que podía realizar una potencia en la épo-
ca. Desde ese punto de vista, se produce una mayor acumula-
ción de capital en la Corona de Aragón y, más en concreto, en
la Ciudad de Barcelona que en Castilla.
Además, Catalunya se beneficia de la frontera de los Piri-
neos y especialmente con el tráfico polarizado en Port Bou.
Una vez más, una frontera no es un lugar de separación, sino
una zona de cooperación entre los dos países que allí se en-
cuentran. Hasta bien entrado el siglo XVII, en concreto hasta
la Paz de los Pirineos, no existían fronteras tales como las en-
tendemos hoy. Apenas importaba otra cosa que el control de
los nudos de comunicaciones, más que de un dominio concreto
sobre una línea de frontera. La «Paz de los Pirineos» estableció
como frontera la marcada por las «crestas divisorias« que, efec-
tivamente, ya señalaban una línea perfectamente definida, tras
la cual, tanto Francia como España, situaban plazas fortifica-
das tales como Salses diseñada por el ingeniero Vauban en el
Rosellón francés o Figueras en el Alt Empordá español.
Así pues las fuerzas vitales que aprovecharon sobre las con-
diciones geopolíticas, determinaron la existencia de tres fases
en la Reconquista:
– La formación de dos núcleos de resistencia en las mon-
tañas (el que apareció en la cornisa cantábrica y el que
apareció en los montes Pirineos).
– Su irradiación a través de los valles (los distintos reinos
originados en la cornisa cantábrica convergieron en uno
solo, mientras que los reinos y condados pirenaicos, en
su expansión hacia el valle del Ebro y el Mediterráneo,
también terminaron constituyendo una sola unidad histó-
rica).

51
El Pequeño Tablero Local

– La unificación final, operada en el momento en el que


coincidieron distintas circunstancias históricas, desde las
dificultades sucesorias en Castilla y Aragón, hasta la con-
ciencia reactualizada de culminación del objetivo inicial:
la rehabilitación de la unidad originaria del Reino Visigodo.

El reino de Navarra y su propio camino


¿Y Navarra y el País Vasco? El reino de Navarra había
surgido a mediados del siglo VIII aprovechando los contra-
fuertes pirenaicos próximos al Cantábrico. En esos primeros
años, los navarros se vieron presionados por el sur por los
contingentes islamistas y por el norte por los francos. En el
siglo IX, consiguieron estabilizar una dinastía iniciada por Iñigo
Arista que en el siglo X fue sucedida por la dinastía Jimena con
la que Navarra alcanzó su máximo esplendor. Sancho Garcés
III «El Mayor« logró incorporar el Sobrarbe, el Ribagorza,
Álava, Vizcaya y el condado de Castilla. A su muerte se inició
la crisis de este reino que se fusionó con los aragoneses, luego
con los francos y que, en la práctica, estuvo comprimido por
sus dos grandes vecinos, Castilla y Aragón. En el siglo XIV,
Navarra permaneció ligada al reino de Francia. Durante el rei-
nado de Juan II de Aragón se produjo la lucha contra su hijo el
Príncipe de Viana con la división del reino en dos facciones: los
agromonteses que apoyaron a Juan II y los beamonteses que
apoyaron al Príncipe de Viana. Finalmente, en 1515, Fernando
el Católico invadió navarra y la incorporó a la Corona de
Castilla, integrándola de hecho en la unidad peninsular como
uno de sus más fuertes pilares.
En el Reino de Navarra, incluso en la actualidad, son per-
ceptibles los rasgos propios de las poblaciones montañesas.
No es por casualidad que el nacionalismo vasco se haya en-

52
Ernesto Milà

castillado en algunas comarcas montañosas y sea el núcleo del


abertzalismo más radical, mientras que el territorio de la actual
Comunidad Foral de Navarra sea uno de los Reinos históricos
en los que más se siente y se vive la idea de España. Fue allí
donde arraigó con más fuerza el conservadurismo tradiciona-
lista hasta mediados del siglo XX. Si examinamos los rasgos de
carácter que la geopolítica atribuye a las poblaciones montañe-
sas, veremos que tales tendencias son coincidentes con la cris-
talización política de esta comunidad. De hecho, estas tenden-
cias solamente van atenuándose a medida que las poblaciones
del valle van creciendo.
Es preciso no olvidar que, la escuela francesa de geopolítica,
ha insistido en que los valles de ayer son las ciudades de hoy.
No es de extrañar, por tanto, que sea precisamente en las zo-
nas rurales y especialmente montañosas en donde el radicalis-
mo abertzale haya arraigado con más facilidad, y que el voto
nacionalista sea un voto progresivamente ruralizado.
Por lo demás, el nacionalismo vasco sigue una tendencia
que la geopolítica ha analizado hasta la saciedad y Vicens Vi-
ves ha llamado «tendencia a la Reconquista«: «Los núcleos
neohistóricos tienden a justificar su actividad expansiva
acogiéndose a la herencia de formaciones similares más
antiguas que han ejercido soberanía sobre determinados
territorios». Y, acto seguido, pone como ejemplo los Estados
cristianos medievales que reivindicaban la herencia visigoda y
luego las cruzadas.
En el caso vasco–navarro, esta tendencia a la «reconquis-
ta« está presente especialmente en las falsificaciones históricas
difundidas por el gobierno autónomo vasco (y también por el
catalán): aislando momentos puntuales de la historia de estas
zonas, casualmente, aquellos momentos en los que esas zonas

53
El Pequeño Tablero Local

alcanzaron una mayor expansión, se reivindican territorios, so-


beranías y unidades ideales a las que se pretende regresar. De
hecho, todo el micronacionalismo moderno es un proyecto de
«reconquista« de un territorio ideal sobre el que gobernó en un
determinado momento histórico cuando no existía la noción de
«Nación«.

El determinismo geopolítico de los nacionalismos


No es en la historia en donde los micronacionalismos pue-
den asentar sus aspiraciones, sino más bien en criterios
geopolíticos: es decir, no existen «nacionalidades« (o las «na-
ciones« maragallanas) dentro de la Nación Española, a causa
de pasados históricos, ni siquiera por «factores diferenciales«
de tipo étnico o cultural (el RH de los nacionalistas vascos y el
idioma de los nacionalistas catalanes), sino por determinismos
geopolíticos en función de los cuales se construyen ideologías y
interpretaciones. El nacionalismo, menos que cualquier otra
doctrina, es un títere de factores subpersonales y geohistóricos
subjetivos.
Existen tendencias centrífugas en España porque existen
redes fluviales paralelas que desembocan en el Atlántico de un
lado y, de otro, porque existe un gran río que desemboca en el
Mediterráneo. Diferente hubiera sido de existir en España una
configuración hidrográfica como la francesa en la que los ríos,
en lugar de ser paralelos, fueran centrífugos y, partiendo de un
núcleo central, irradiaran.
El germen de la centralización estatal que ha experimentado
Francia desde el período de Felipe el Hermoso, es buena mues-
tra de esta teoría. Sin embargo, la existencia de cuencas fluvia-
les paralelas, pero en direcciones opuestas, tiene un poder
disociativo extraordinario que hizo imposible, no sólo la aven-
54
Ernesto Milà

tura transpirenaica de la Corona de Aragón y su intento de


extender su influencia por Bigorre, Foix, Toulouse y el
Languedoc (oposición entre el Garona y el Ebro), sino que
también explica la diversidad de vicisitudes históricas que han
vivido Castilla y Aragón, cuyos núcleos fluviales caminan opues-
tos y cuyas aventuras marítimas se han hecho en función de
mares opuestos.
Mientras el País Vasco es el último reducto de las primitivas
poblaciones de la Península Ibérica (en este sentido, puede
decirse, con cierta ironía por lo que a los nacionalistas se refie-
re, que los Vascos son… los primeros españoles y, en cual-
quier caso, los primitivos habitantes de las Hespérides o de
Hispaniae) cuya existencia está justificada por la particular geo-
grafía vasca compuesta por altos valles encerrados entre zonas
montañosas, el reino de Aragón, al disponer de una salida al
Mediterráneo, se preocupó por ampliarla (una tendencia
geopolítica natural), expandiéndose hacia el sur, ocupando la
costa del Levante, en la medida en que encontró cerradas sus
posibilidades de expansión hacia el norte y la oposición entre
las cuencas fluviales del Garona y del Ebro, impidió la constitu-
ción de un Estado encabalgado.

Utopía geopolítica y realidad española


Antes de dar una paso más en nuestro estudio, nos será
preciso retener el concepto de «núcleo geo–histórico». Se tra-
ta del espacio natural favorecido por el cruce de comunicacio-
nes y corrientes de tráfico de donde (a causa de diversas co-
yunturas) ha surgido el ímpetu creador de una cultura o de un
Estado. Dichas coyunturas han sido espoleadas por la «ley de
la adversidad creciente«, según la cual, frente a un estímulo
adverso, notable, pero no destructivo, una comunidad, reac-

55
El Pequeño Tablero Local

ciona y genera una vitalidad interior que la proyecta hacia el


exterior de sí misma. La Grecia de los orígenes, establecida
sobre un suelo agreste forzó a la emigración de los hombres
dotados de mayor vitalidad y a las actividades comerciales,
esto les llevó a fundar colonias y a vivir un período de desarro-
llo económico que alumbró un régimen democrático y el desa-
rrollo de las ciencias y las artes. Los núcleos geo–históricos de
la Reconquista, como hemos visto fueron el galaico–portugués,
el asturiano–castellano–leonés, el vasco–navarro y el catala-
na–aragonés, todos sometidos a la «adversidad«: desposeídos
de sus patrimonios por la invasión islámica, arrojados a un medio
montañoso hostil (pero no destructivo), de estas desgracias
nuestros ancestros extrajeron la fuerza suficiente como para
descender hacia el Sur y reconquistar el territorio usurpado.
Es preciso completar este concepto con otro no menos im-
portante, el de «ecumene estatal« o porción del Estado que
contiene la población más densa y numerosa y la red de comu-
nicaciones más tupida. Habitualmente, este «ecumene« es tam-
bién el núcleo neoeconómico de muchos Estados.
Vicens explica que la utopía geopolítica sería la coinciden-
cia del núcleo neohistórico con el ecumene estatal en el centro
geométrico del país. Esta utopía geopolítica se completa con el
debilitamiento, tanto de la capacidad estatal, como de la eco-
nómica y de la densidad de población, a medida que nos va-
mos separando de ese centro geopolítico que a la vez es centro
geométrico. Este debilitamiento llegaría a una zona desértica
que constituiría la frontera de esa utopía geopolítica ideal. Al
menos sobre el papel.
Está claro que, en la práctica, un Estado de ese tipo es im-
probable y, por lo demás, inexistente. Frecuentemente, los nú-
cleos geo–históricos pasan de una región a otra dentro incluso

56
Ernesto Milà

del mismo Estado, y las fronteras, lejos de ser territorios


desérticos, son zonas geoeconómicamente importantes. Ahora
bien, es preciso no perder de vista las dos nociones de «núcleo
geopolítico« y de «ecumene Estatal«. Si aplicamos a España
estos dos conceptos observaremos que, en la práctica:
1)Existen distintos ecumenes estatales y no uno solo. A di-
ferencia de Francia en donde París y sus alrededores
concentran la mayor población y la mayor capacidad in-
dustrial del país, en España, tanto la población como la
industria se han encontrado fragmentados en tres gran-
des núcleos: Madrid, Barcelona y Bilbao.
2)Ciertamente, todos los pueblos peninsulares han sido
espoleados en algún momento por la citada «ley de la
adversidad creciente«, solo que han dado distintas solu-
ciones a sus problemas: los castellanos, extremeños, an-
daluces, navarros, la encontraron en la aventura Atlánti-
ca y en la conquista de América, mientras los catalana–
aragoneses se centraban en el Mediterráneo.
3)Catalunya y el País Vasco se han visto más favorecidas
por la situación fronteriza y por disponer cada una de
dos zonas preferenciales de cruce de los Pirineos (Portbou
y Hendaya) lo que ha hecho que el comercio favoreciera
extraordinariamente ambas zonas.
4)Mientras España pudo mantener los virreinatos en Amé-
rica, era evidente que el núcleo neohistórico de España
se situaba en Castilla, mientras que, a partir del siglo XVII,
la presencia catalana–aragonesa en el Mediterráneo fue
menguando y, en el fondo, la victoria de Lepanto, fue
una victoria «de las Españas», mucho más que de Castilla.
No olvidemos que las galeras de la victoria se constru-
yeron en las Atarazanas barcelonesas y el Cristo de la
Batalla se encuentra hoy en la Sala Capitular de la Cate-

57
El Pequeño Tablero Local

dral de Barcelona (en donde a partir de 2003 no se ha


realizado la tradicional misa–homenaje para evitar ofen-
der la sensibilidad de los islamistas asentados en la Ciu-
dad Condal). Pero a partir de la independencia de las
Colonias americanas y especialmente de la pérdida de
Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en un contexto de indus-
trialización de Catalunya el País Vasco, el núcleo geo–
histórico castellano–español, perdió vigor. El vacío ge-
nerado fue cubierto por el nacionalismo que apareció en
el último tercio del siglo XIX en Catalunya y el País Vas-
co y que tiene una neta hegemonía en nuestro momento
histórico.
El estudio sobre los núcleos originarios de la Reconquista,
sobre las cuencas fluviales y sobre los núcleos geo–históricos y
sobre el ecumene estatal nos han dado las razones para enten-
der el por qué existe hoy una tendencia a la disgregación que
anteriormente, en otros momentos de nuestra historia se ha
manifestado igualmente. Ahora bien, no es menos cierto, que la
tendencia hacia la convergencia de los pueblos peninsulares
también se ha evidenciado en otros momentos de la historia y
que es posible encontrar en la historia momentos y elementos
geopolíticos que justifican precisamente, todo lo contrario. Baste
decir que España está incluida en una península de tamaño medio
y que, como tal, ha favorecido la formación de una sola na-
ción–Estado. La situación de España, rodeada de mar por to-
das partes, de la misma forma que ha generado dos cuencas
fluviales, dos horizontes marítimos distintos, es también, preci-
samente por eso, el elemento central del proceso de conver-
gencia de sus pueblos. La frontera francesa, perfectamente
definida por los Pirineos y las fronteras marítimas, hacen de
España un país perfectamente definido.

58
Ernesto Milà

59
El Pequeño Tablero Local

España y Portugal: la cuestión del federalismo


Las fronteras con Portugal en rigor, podría decirse que son
«fronteras atenuadas« y que la historia de ambos países ha sido
paralela en los últimos siglos y caracterizada a partir del último
tercio del siglo XX casi por una superposición, incluso tempo-
ral, de episodios históricos (pérdida de las posesiones ultrama-
rinas, caída de los regímenes paralelos salazarista y franquista
con dos años de diferencia, implantación de un sistema demo-
crático que en sus primeros años demostró una increíble ines-
tabilidad, alternancia posterior sin grandes traumas de distintas
opciones políticas, ingreso en la Unión Europea), con un desa-
rrollo económico similar y una sociología muy próxima.
Por otra parte, las tradicionales relaciones de buena vecin-
dad, la proximidad lingüística y cultural, los lazos que unen a
ambos países con Iberoamérica, hacen que, la frontera entre
ambos países haya sido preservada por la historia y el carácter
atlántico de Portugal, por obvias razones, no tenga la contra-
partida que tiene España, de la salida a otro mar.
En este sentido lo único que queda lamentar en este análisis
es que hayamos recibido como legado una separación históri-
ca entre ambos países, en lugar de una sola nación. De haber
existido ésta, muy probablemente, el destino histórico del con-
junto hubiera sido muy diferente y la Península Ibérica hubiera
jugado un papel superior en la historia.
Por otra parte, no hay que olvidar que una unidad de este
tipo habría necesariamente dado lugar a una estructura federal
que se hubiera adaptado históricamente más a una configura-
ción geopolítica como la española. En efecto, todos los
tratadistas (en especial la escuela alemana) insisten en este he-
cho: cuando la configuración hidrográfica de un país es una

60
Ernesto Milà

«red centrífuga«, genera un núcleo central a partir del cual irra-


dia el poder estatal (Francia, como hemos dicho, dispone de
esta configuración), pero cuando se trata de una «red parale-
la«, se establecen intereses económicos semejantes, que facili-
tan el tránsito a un Estado Federal (Alemania es el caso típico
de un país de estas características).
Ahora bien, la formación de los Estados federales se fraguó
a lo largo del siglo XIX, probablemente el siglo más desgracia-
do en la historia de España, un siglo completamente perdido en
la que no se abordaron las reformas y procesos de actualiza-
ción necesarios. Desgraciadamente, el siglo XIX español no
fue otra cosa que la copia servil de modelos nacionales ajenos,
la aplicación de un jacobinismo llegado de Francia y que no se
adaptaba a la configuración geopolítica de España. La actuali-
zación de los fueros tradicionales de todas las regiones y na-
cionalidades peninsulares hubiera debido llevar en el siglo XIX,
automáticamente, a una estructura federal que sustituyera al
régimen centralizador y nivelador, contrario a las autonomía
regionales, impuesto por los primeros borbones y extremizado
por los intentos republicanos y liberales posteriores, así como
por el absolutismo que le fue opuesto.
En la actualidad, el tránsito de un Estado unitario –atenuado
por la legislación autonómica y por una constitución en
reelaboración– a un Estado Federal, es problemático. Habi-
tualmente, los Estados Federales se generan como resultado
de un proceso de modernización y actualización de un legado
histórico (la República Federal Alemana) o bien como resulta-
do de un proceso unitario en el cual se van incorporando pro-
gresivamente nuevas piezas a un núcleo histórico (el proceso
de formación de los Estados Unidos a partir de la agregación
de nuevas piezas a las antiguas colonias de Nueva Inglaterra).

61
El Pequeño Tablero Local

Sin embargo, la historia todavía no ha registrado hasta ahora el


caso de un Estado Unitario que se fragmente voluntariamente,
para luego, acto seguido, reconstruir la unidad originaria me-
diante una estructura federal. En este sentido, todos los inten-
tos relativamente parecidos a los que hemos asistido (el des-
membramiento de la URSS y la posterior constitución de la
CEI) no pueden ser considerados como satisfactorios, sino que,
más bien alertan, sobre los riesgos de una aventura similar.
Por otra parte, cualquier modelo de convivencia nacional
precisa tener muy claro la misión y el destino para el que ha
sido creado. En este sentido, la existencia de partidos naciona-
listas e independentistas, vuelve la situación completamente ines-
table. La miopía de los partidos independentistas es tal que no
pueden ver nada más allá del hecho mismo de culminación del
proceso independentistas sin preocuparse en absoluto de la
viabilidad de la nueva nación recién formada. Esto sin recordar
las interpretaciones históricas torticeras o el simple falseamien-
to y adulteración, la selección interesada de los hechos históri-
cos y las posibilidades de «limpieza étnico–lingüística« implíci-
tos (y dentro de la lógica, por lo demás) a cualquier intento
nacionalista.
El tránsito de España de Estado Unitario a Estado Autonó-
mico, ha sido relativamente agitado (tensiones terroristas en el
País Vasco, un régimen de erradicación de la lengua española
en las administraciones locales y en la enseñanza y un perpetuo
forcejeo con el Estado aumentando las pretensiones autonómi-
cas) y el paso que se percibe en el horizonte hacia un Estado
Federal con la reforma constitucional en ciernes, hace que se
proyecten sobre el futuro de España oscuros nubarrones.

62
Ernesto Milà

La Euro–región de Maragall
Es en este contexto en el que hay que insertar el intento del
presidente de la Generalitat de Catalunya Pascual Maragall de
crear una región transpirenaica o euroregión que agrupara a las
autonomías de Valencia, Catalunya, Aragón, Baleares en Es-
paña y al Languedoc francés. Sobre el papel, la propuesta no
es completamente absurda y Maragall, a principios de diciem-
bre de 2004, ha intentado activarla creando un Centro Tecno-
lógico Aeroespacial en Viladecans en sintonía con la industria
aeroespacial francesa (no languedoquiana, hay que recordar-
lo) de Toulouse. La aspiración de este centro es la creación de
un eje tecnológico Barcelona–Toulouse que contribuya a dar
un impulso a la cooperación entre ambas capitales regionales.
Pero Maragall se equivoca pensando que este proyecto es
el producto de una lúcida proyección geopolítica. De hecho, el
principal argumento para justificar su existencia, es que buena
parte de los intercambios comerciales de Catalunya tienen lu-
gar con esa región francesa… como es normal y como ocurre
entre dos ámbitos de cualquier espacio fronterizo. En las rela-
ciones económicas internacionales rige el principio de la conti-
güidad (los intercambios comerciales son más intensos entre
espacios geográficamente contiguas incluso en estos tiempos
de globalización) y esa contigüidad se realiza sin esfuerzo, por
la misma dinámica de los hechos.
Maragall, en el fondo, lo que intenta (o a lo que lleva
automáticamente) es algo muy diferente: disminuir el peso del
Estado Francés y del Estado Español en sus ámbitos políticos
actuales, mediante la creación de una tercera pieza intermedia,
el famoso «Estado encabalgado« que ya fracasó con Pedro El
Grande en la batalla de Muret… precisamente por imperativos
geopolíticos y no sólo por la fuerza de las armas.
63
El Pequeño Tablero Local

Las posibilidades de la «euro–región» de llegar a algo tangi-


ble son mínimas: el desinterés del País Valenciá, la debilidad
política de la comunidad balear, la sensación de que la Comu-
nidad Autónoma de Aragón va a remolque, sin considerar el
proyecto como algo propio sino sólo como una posibilidad de
superar su regresión demográfica, y la apatía con la que se ha
tomado en Francia en donde las regiones tienen muchas menos
atribuciones que en España, hacen que este proyecto no pase
de ser una «maragallada« que se disolverá por la misma fuerza
de las cosas.
Tres elementos objetivos de carácter geopolítico juegan en
contra del proyecto de Maragall:
1) La existencia de dos núcleos geohistóricos sin relación
política desde el siglo XIII: Barcelona y Toulouse, con
dos lenguas diferentes, con dos vinculaciones políticas a
diferentes Estados.
2) La existencia de dos cuencas fluviales opuestas (la del
Garona hacia el Atlántico y la del Ebro hacia el Medite-
rráneo) que fuerzan flujos comerciales y humanos diver-
sos y centrifugan intereses mutuos.
3) La existencia de lo que, para el Estado Francés y el
Español, es una «frontera estable«, mientras que para
Maragall se trata de una «frontera de regresión« a causa
de la formación de la Unión Europea.
Este último elemento preciso un análisis más pormenoriza-
do. Para Maragall y, para cualquier nacionalismo regional, la
creación de la Unión Europa ha sido tomada como una posibi-
lidad de disminuir la importancia de las fronteras nacionales
(que de «estables« pasarían a ser «fronteras en regresión») en
beneficio de nuevas fronteras («fronteras en formación»). Pero
en todo esto hay algo de subjetivo: la Unión Europea parece

64
Ernesto Milà

tener voluntad de ser una «unión de Estados Nacionales«, no


una confederación de euro–regiones autónomas.

La Euro–región alternativa
Por lo demás, es evidente que Maragall no va a poder con-
tar para su proyecto con lo que constituiría el «apéndice sur»,
el antiguo reino de Valencia. Es más, el proyecto de Maragall
no es sino una constatación de la progresiva disminución de
influencia de Barcelona en el seno de España, incluso en el
terreno económico, en beneficio de la ciudad de Valencia. La
polémica sobre el transvase del Ebro ha contribuido a envene-
nar las relaciones entre Catalunya y Valencia y, dentro de este
esquema de rivalidad regional hay que enmarcar la polémica
lingüística.
La ausencia del nacionalismo catalán en la gobernabilidad
del Estado durante 25 años ha generado en el Estado una des-
confianza hacia las verdaderas pretensiones de la autonomía
catalana y esto ha hecho que, automáticamente, aumentaran
las inversiones y el interés de los distintos gobiernos (socialis-
tas, populares, centristas) hacia la ciudad de Valencia.
Desde este punto de vista, es evidente que el gobierno del
Estado ha promocionado un eje estratégico distinto pero de
mayor calado: Lisboa – Madrid – Valencia. Las tres ciudades,
situadas prácticamente en el mismo paralelo, en la práctica cons-
tituyen otra «euro–región« con mucha mayor entidad en la me-
dida en que cuentan con el apoyo de los dos gobiernos centra-
les protagonistas (español y portugués), con la linealidad de las
vías comerciales, y con desembocadura en dos mares apoya-
do por dos grandes puertos en sus extremos. Esto sin olvidar
que Valencia se ha configurado como el gran puerto del Oeste

65
El Pequeño Tablero Local

del Mediterráneo, sustituyendo al de Marsella y sin que Barce-


lona haya podido preverlo.

¿Transformar lo centrífugo en centrípeto?


La pregunta en este momento es justamente ésta: ¿es posi-
ble, desde el punto de vista geopolítico, transformar la corrien-
te centrífuga que se ha manifestado en este momento en la his-
toria de España, en una corriente de signo opuesto como la
que ha prevalecido en otros momentos en esa misma historia?
Parece difícil. Desde el punto de vista geopolítico, existen
razones para justificar una y otra actitud, si bien, el carácter
peninsular de España no particularmente dotado de riquezas
minerales y con una industrialización tardía, hacen que la lógica
de los hechos implique concentrar mucho más que dispersar,
reforzar convergiendo, mucho más que debilitar divergiendo.
Pero en política la lógica cuenta poco, lo que cuenta más
bien son los elementos subjetivos e incluso subpersonales, es-
pecialmente en estos momentos en los que la democracia se
basa en la ley del número. Son los elementos emotivos y senti-
mentales los que cuentan y son sobre ellos que se apoya el
elemento nacionalista e independentista artífice de la tendencia
centrífuga hoy en boga.
Pues bien, a la hora de establecer líneas para una recupera-
ción de la «idea nacional« española habrá que apelar a argu-
mentaciones que tienen su base en la geopolítica. De hecho,
una Nación existe como tal cuando tiene asume una «misión« y
un «destino». Justo en el momento en el que esa misión y ese
destino se han ido diluyendo, han emergido las tendencias cen-
trífugas. Hoy no parecen manifestarse fuerzas espirituales sufi-
cientes como para justificar la «unidad nacional» en la medida

66
Ernesto Milà

en que se ha perdido la idea de cuál puede ser la misión y el


destino de España.
Así pues, en el fondo, el problema es «espiritual«, o por
utilizar un concepto caro a Haushoffer, se trata de estimular las
«fuerzas vitales» particulares de la Nación. En nuestro ensayo
sobre «Identidad, Arraigo, Nación, Nacionalidad, Europa«, ya
explicábamos la necesidad que tiene España de abrirse hacia
«arriba« en dirección hacia una unidad federal superior, la Unión
Europea, y de abrirse hacia «abajo« hacia las unidades regio-
nales y las nacionalidades (ambas, partes constitutivas de un
todo). Pero eso es, ante todo, una orientación política, no la
introducción de elementos que contribuyan a establecer la mi-
sión y el destino de España que, en este sentido, no serían dife-
rentes a los que pudieran darse en cualquier otro país europeo.
Gracias a las orientaciones geopolíticas que hemos maneja-
do hasta ahora, hemos podido advertir que España tiene tres
elementos sobre los que se puede asentar la recuperación de
misión y destino:
1) Su situación geográfica como apéndice y punta avanza-
da de Eurasia.
2) Su lengua hablada en estos momentos por más de cua-
trocientos millones de personas.
3) El carácter mediterráneo de su costa Este.
Podría hablarse de un cuarto elemento, la «cultura españo-
la« vehiculizada sobre el idioma español que se exportó a Amé-
rica. Ahora bien, es preciso ser realistas en este terreno. Esta
operación de exportación cultural se produjo en los siglos XVI–
XVIII, y se identificaba con la cultura y la religión católicas.
Pero lo que entonces mantenía la iniciativa respecto a su mo-
mento histórico –el catolicismo– se encuentra hoy en crisis, ex-
tremadamente debilitado, en plena regresión y a la espera de

67
El Pequeño Tablero Local

una reforma tan necesaria como urgente que se mostrará ina-


plazable tras el nombramiento de nuevo Papa. Ni en la España
del siglo XXI, ni en la Iberoamérica actual, el catolicismo tiene
fuerza suficiente e iniciativa social y cultural como para poder
ser considerada como un elemento clave en la cuestión.
Es a partir de los tres elementos que hemos enumerado como
puede configurarse la misión y el destino de España en las próxi-
mas décadas. Es ahora el momento de desarrollar algunas ideas
que hemos expuesto en el Capítulo II.
1. Contención ante el Sur
El eje Baleares – Costa Mediterránea del Sur – Canarias
configura una necesidad: contención y defensa ante un Sur que
experimenta tres procesos deletéreos:
– Explosión demográfica en el Magreb y en África
Subsahariana
– Aumento de la inestabilidad interior en todos los países
de esa área y en todos los terrenos (incluida la sanitaria).
– Ascenso del fundamentalismo islámico.
Estos tres elementos generan un movimiento cuya impor-
tancia no debe descuidarse: el flujo de migraciones de Sur a
Norte que corre el riesgo de alterar el sustrato étnico–cultural
en Europa y particularmente en España, frontera Sur de la Unión
Europea. En el momento en el que este sustrato cultural quede
modificado, en ese momento, se perderá la noción de pasado
ancestral, y será imposible reconstruir una misión y un destino
para España. En este sentido, es evidente que, con indepen-
dencia de su orientación política, los gobiernos del futuro en
España deben preocuparse, particularmente, de:
– estimular la demografía y favorecer la creación de fami-
lias numerosas

68
Ernesto Milà

– limitar al máximo la inmigración procedente de Africa


magrebí o subsahariana, y
– limitar al máximo la difusión de ideas, conceptos, siste-
mas de pensamiento o creencias, que no sean tradicio-
nales en España.
2. Penetración en los EEUU
En los tiempos en los que EEUU ha sido considerado como
un país hegemónico, pensar en una penetración cultural espa-
ñola en los EEUU parecía una utopía absolutamente irracional,
pero en estos momentos en los que la hegemonía norteameri-
cana se está quebrando por momentos y en donde la inevitable
derrota americana en Irak llevará a una crisis de autoestima
mucho peor que la de que sobrevino tras la retirada de Viet-
nam, estamos ante una vía abierta.
La «tosquedad« de la cultura americana (tal como la define
Brzezinsky) es la garantía de su máxima difusión, pero al mis-
mo tiempo de su debilidad. Durante tres siglos, los EEUU se
han visto libres de la presencia de ideas que entraran en con-
tradicción con el núcleo ideológico de su pensamiento (el
puritanismo calvinista). Pero desde los años 70 se viene regis-
trando una afluencia masiva y creciente de inmigrantes mexica-
nos en los EEUU. En pocos años, esta penetración se ha vuel-
to absolutamente incontrolable. Lo que está entrando son nú-
cleos de población con una cultura propia, una escala de valo-
res en flagrante contradicción con el calvinismo y, finalmente,
una lengua vehicular propia.
En este sentido se trata de favorecer, acentuar y apoyar la
penetración hispana en los EEUU: convertir a España en el
núcleo emisor de unos productos culturales capaces de com-
petir con los específicamente norteamericanos: productos ci-

69
El Pequeño Tablero Local

nematográficos, hábitos alimenticios, literatura, valores.


Las bases norteamericanas en Europa son el residuo de un
tiempo pasado que ya no volverá, restos de una aspiración a la
grandeza que fue tan fugaz como intensa, reservas aisladas de
un poder imperial fatuo e irreal por desmesurado. Ahora se
trata de lo contrario, de tomar la iniciativa, pasar a la ofensiva y
ver en los EEUU un gran mercado en el que dentro de cincuen-
ta años la mayoría de sus habitantes tendrán al español como
primera lengua o bien la conocerán. Si hay un país que está en
condiciones de extraer ventajas de esta nueva situación, ese
país es España.
3. Cooperación Iberoamericana
La penetración en la sociedad americana es secundaria en
relación a otro frente importante de rehabilitación de la idea de
España: Iberoamérica. Es allí en donde se encuentran merca-
dos suficientes, reservas naturales y potencial cultural como para
no aprovechar la privilegiada situación de España como punta
avanzada sobre Iberoamérica.
Estimular la cooperación con Iberoamérica, favorecer la in-
tegración de los países del subcontinente en un solo bloque
económico y apoyar el desarrollo regional, se presentan como
tareas urgentes, no sólo del Estado Español, sino de toda la
población española. Especialmente importante es permanecer
próximos a Cuba en los momentos en los que se abran las
puertas de la transición política de aquel país caribeño. Y esto
es doblemente importante, por el pasado cubano en el que se
fundieron emigrantes de todas las zonas de España, especial-
mente catalanes.

70
Ernesto Milà

Por otra parte, cuando EEUU acepte su derrota en Irak, se


replegará en su tradicional aislacionismo histórico y buscará en
sus inmediaciones continentales, el área preferente de expan-
sión: Iberoamérica y, en particular, los países de la cuenca del
Pacífico. Ese intervencionismo de EEUU en la zona implicará
una tendencia hacia la satelización definitiva y un cierre del paso
al ascenso de potencias regionales (Brasil, la mejor situada).
Desde España debemos de asumir el compromiso de de-
fensa y de la independencia de Iberoamérica, frente al gigante
del Norte, favorecer la cooperación para el desarrollo y la re-
cuperación de Iberoamérica, así como la transición pacífica de
sus pueblos hacia formas de gobierno democráticas. El nuevo
lema es la réplica la «Doctrina Monroe« reformulada 150 años
después: «Al Sur del Rio Grande, América para los Ibero-
americanos».
4. Unión con la Unión
La Unión Europea es el futuro de España y la garantía de un
mundo multipolar. Resulta absolutamente impensable la segre-
gación de España de la Unión Europea y la misma regresión en
el proceso de solidificación de esa instancia. Pueden ocurrir
ralentizaciones, incluso parones en la velocidad de marcha, pero
muy difícilmente, regresiones. Ahora bien, la Unión Europea
logrará mantenerse en la medida en qué:
– Sea capaz de promover unos valores y una cultura pro-
pios que solamente pueden salir de la tradición europea
en sus distintas componentes originarias.
– Sea capaz de asegurar una política exterior unitaria y una
defensa compacta y en condiciones de asegurar la inte-
gridad territorial de la Unión.
– Sea capaz de asumir una política económica suficiente-

71
El Pequeño Tablero Local

mente agresiva y profunda para asegurar un puesto pre-


ferencial en los mercados mundiales.
– Sea capaz de asumir una política científica capaz de man-
tenernos en la vanguardia del desarrollo tecnológico de
la modernidad, especialmente en cinco sectores: energía
de fusión, inteligencia artificial, biotecnologías,
nanotecnologías y criogenia.
En este sentido, sería necesario sustituir la línea europeista
que hemos recibido como herencia del «Mercado Común«, es
decir, la «Europa de los mercaderes« y de los negocios, por la
mística europea teorizada por Jean Thiriart en los inicios del
proceso de convergencia europea en los años 60 y expresada
en su libro «Europa: un Imperio de 400 millones de Hombres»
[Editorial Mateu, Barcelona 1964]. Si nos despojamos de los
prejuicios emanados de lo políticamente correcto, seremos
capaces de asumir el hecho de que la Europa del futuro debe
ser ese «Imperio» del que hablaba Thiriart en los años 60. Un
«Imperio«, entendido no como una voluntad de dominio terri-
torial, sino como un foco de irradiación de fuerza vital, energía,
creatividad y cultura.
Es evidente que –como ya hemos dicho desde la primera
parte de este estudio– un Imperio de estas características está
llamado a ser una de las tres piezas claves en el mantenimiento
de la estabilidad euroasiática, junto a Rusia y China.
* * *
Con estos elementos debería de crearse un «núcleo de ener-
gía interior« en condiciones de contrarrestar las iniciativas na-
cionalistas e independentistas o las «brillantes ideas« a lo
Maragall. Mientras estos elementos no estén presentes en la
sociedad española, el micronacionalismo conservará la iniciati-
va.

72
Ernesto Milà

73
El Pequeño Tablero Local

ANEXO I
América se escribe con «Ñ»

Antes de las últimas elecciones norteamericanas, a decir


verdad, daba exactamente igual quien ganara la competición,
pocas cosas iban a cambiar en las relaciones de EEUU con el
resto del mundo. No iba a producirse un cambio radical el po-
lítica exterior, tan sólo una suavización de las formas. Mientras
los poderes fácticos sigan siendo los mismos –y lo hubieran
sido bajo Kerry como lo han sido con Bush– no habrá otra
política más que las aventuras exteriores, la ruina interior y el
enriquecimiento de la clase de los especuladores bursátiles. Pero
existen elementos nuevos en la política norteamericana. Sin duda
el más importante es el crecimiento de la comunidad hispana.

Cuando América es… América del Norte


Llama la atención que el libro de Zbigniew Brzezinski, «El
Gran tablero mundial«, se pasa revista a la geopolítica de todo
el mundo… pero no de África (verdadero centro del enfrenta-
miento larvado actual entre Francia, China y EEUU), ni de
América Latina. Da la sensación de que Brzezinski cree que no
vale la pena aludir a algo que se considera el «patio trasero» de
los EEUU y que, de ninguna manera, se toleraría que alguien
cuestionara el dominio neocolonial con que se mira al hemisfe-
rio centro y sur desde norteamérica.
Haría bien el judío–polaco Brzezinski en preocuparse so-
bre el mundo hispano por que este será mayoritario en sólo
unas generaciones en EEUU. De hecho, la composición origi-
naria de los EEUU se ha reconstruido gracias a la inmigración
74
Ernesto Milà

masiva mexicana. Efectivamente, vale la pena recordar que, a


principios del siglo XIX, existían en Norteamérica tres troncos
étnicos: el blanco, el negro y el aborigen. Cien años después,
los aborígenes habían desaparecido recluidos en exiguas re-
servas y mermados por la caballería de los EEUU, por las epi-
demias, el alcoholismo y la pobreza endémica. Hoy, grupos
étnicos procedentes de México, de troncos similares a estos
indígenas, se están asentando masivamente especialmente en el
sur de los EEUU… en la parte que en otro tiempo se robó a
México. EEUU es un país trirracial y no todas las comunidades
crecen a la misma velocidad.
La tasa de fecundidad de los hispanos residentes en EEUU
era casi el doble que el de la comunidad blanca. En 1999, era
de 1’82 para los blancos, el 2’9 para los hispanos. Para col-
mo, los hispanos tienen una baja tasa de matrimonios mixtos,
especialmente en los últimos años en donde ha podido
constatarse que, a medida que crece el peso de la comunidad
hispana, desciende el número de matrimonios mixtos, como si
los hispanos ya no tuvieran necesidad de acercarse a personas
del otro sexo de origen blanco, para progresar socialmente.
Y lo que es más significativor: también la unidad lingüística
del país está a punto de romperse. Hoy, los hispanos son ma-
yoría en determinadas zonas. Miami es una ciudad hispana y en
breve Nueva York, será la ciudad con un mayor número de
hispanoparlantes de todo el mundo. Hubo un tiempo en el que
los hispanos debían necesariamente dominar el inglés para te-
ner alguna posibilidad de progreso en la sociedad norteameri-
cana. Esto hizo que a principios de los años 80 se considerase
que la «integración« de los hispanos era ejemplar. Pero se trató
de un espejismo. A medida que se fueron formando comunida-
des en las que los hispanoparlantes eran mayoría, la población

75
El Pequeño Tablero Local

anglófona ha ido abandonando progresivamente esas zonas


(Miami es el ejemplo de una gran ciudad que ha ido perdiendo
población anglófona a ritmo de 15.000 anuales, 143.000 en
los últimos 10 años.
Hasta ahora resultaba significativo que una frase habitual
entre los presidentes de los EEUU fuera «Dios bendiga a Amé-
rica»… por «América» entendían, naturalmente, «América del
Norte», porque, desde la Doctrina Monroe, los EEUU habían
decretado que todo el continente, de Norte a Sur, era su zona
de influencia y así lo hicieron saber: tras la independencia de las
colonias españolas, no tolerarían que otras potencias europeas
estuvieran presentes en el continente americano. Así ha sido.
Sólo que ahora es la otra América la que asciende hacia el
coloso del Norte y lo ocupa.

Dos escalas de valores radicalmente opuestas


A diferencia de la comunidad negra que pronto perdió su
lengua y sus tradiciones seculares, los hispanos han conserva-
do bien tanto como otros factores de identidad étnica y
antropológica. El hecho mismo de que cada vez sea más evi-
dente que un candidato a la presidencia de los EEUU deba,
necesariamente, hablar español, es suficientemente significati-
vo de la pujanza de esta comunidad.
Pero la diferencia va mucho más allá. En el terreno religio-
so, por ejemplo, es donde ambas comunidades se sitúan en las
antípodas. Mientras que el «dios« de los WASP (blancos,
anglosajones y protestantes), es el dios de los triunfadores, el
dios que otorga su gracia a quienes han triunfado socialmente
gracias a su presunta justeza y pureza de intenciones, el dios de
los multimillonarios, en definitiva, por el contrario, el dios de los
hispanos es aquel que se identifica con los pobres, que está
76
Ernesto Milà

con los pobres y que él mismo, a su vez, es pobre. Sería difícil


encontrar dos escalas de valores tan alejadas.
Hasta ahora, los EEUU habían sido viables en la medida en
que solamente existía un modelo de ser norteamericano. La
presencia masiva de hispanos ha roto esta unanimidad. Ahora
ya no se trata de peleas de bandas como las que pintó en «West
side Store«, ahora es algo mucho más masivo, profundo y arrai-
gado: dos comunidades, dos valores, dos evoluciones distin-
tas.

Blancos no hispanos pierden la mayoría


EEUU se ha constituido a lo largo de su historia por distin-
tas oleadas étnicas. El film «Bandas de Nueva York», ambientada
en los arrabales de la ciudad mientras se desarrollaba la guerra
civil americana, pinta el ambiente de odio y resentimiento que
existía en la época entre los «americanos viejos«, nacidos en el
continente e hijos de inmigrantes europeos que llegaron duran-
te el siglo XVIII y la primera mitad del XIX y de otro, los
nuevos llegados en esa época, fundamentalmente irlandeses.
Mientras los primeros eran puritanos y protestantes, los otros
eran católicos. El conflicto, tal como muestra la película con
cierto rigor, estaba servido.
A finales del siglo XIX, los principales contingentes de inmi-
gración llegaban de Alemania, los países nórdicos y, particular-
mente, Irlanda. Tras la Segunda Guerra Mundial, la ocupación
de media Europa por la Unión Soviética, generó una diáspora
en muchos núcleos de población del Este que llegaron a EEUU.
Así mismo fue también el tiempo de oro de la inmigración italia-
na.
En 1960 las principales comunidades de inmigrantes en
EEUU eran europeas: 748.000 polacos, 833.000 ingleses,
77
El Pequeño Tablero Local

953.000 canadientes, 990.000 alemanes y 1.257.000 italia-


nos. Parecía mucho, pero las cifras 40 años después son com-
pletamente diferentes. Las comunidades inmigrantes con ma-
yor número de ciudadanos son: cubanos (952.000), hindúes
(1.007.000), filipinos (1.222.000), chinos (1.391.000) y mexi-
canos (¡7.841.000!).
En apenas quince años algunos Estados de la Unión han
variado sensiblemente su composición demográfica. California,
por ejemplo, en 1990 tenía un 57% de blancos y un 25% de
hispanos y, en la época, esto parecía alarmante ya a algunos
políticos de extracción anglosajona. Era realmente poco, por
que en la actualidad, la proporción es 50–30 y los demógrafos
calculan que en el año 2040 –a la vuelta de la esquina en la
historia– existirá un 31% de población blanca por un 48% de
hispanos. California, el Estado más pujante y con mayor peso
económico de los EEUU, será un Estado con una amplia ma-
yoría hispana. En todo el país, los blancos no hispanos eran en
1990 el 76’5% de la población, diez años después ya habían
descendido hasta el 69’1%. En la fecha clave de 2040, no sólo
California, sino también Hawai, Nuevo México y el Distrito de
Columbia, los blancos no hispanos serán minoría.

La marejada hispana
EEUU mantiene con México una frontera de 3500 km de
longitud. Se trata de una frontera peligrosa, mucho más, desde
luego, que la que EEUU mantiene con Canadá. Y es lógico que
así sea. Existe una igualdad de ingresos medios entre la pobla-
ción canadiense y la estadounidense, pero, en el Sur ocurre
justamente lo contrario: la diferencia de ingresos a uno y otro
lado del Río Grande es la mayor que existe entre dos países
contiguos en todo el mundo.

78
Ernesto Milà

Estos diferenciales de renta, cuando aparecen, siempre son


peligrosos y generan migraciones masivas. Es, en el fondo, lo
que ha ocurrido a uno y otro lado del Mediterráneo, sólo que
la contigüidad entre Europa del Sur y el Magreb está rota por
Gibraltar y las aguas del Mare Nostrum. Esto hace también
que si bien el 60% de la población marroquí desee emigrar a
Europa (y, en concreto, mayoritariamente, a España), no todos
tengan la posibilidad de hacerlo, mientras que hoy el 30% de la
población mexicana ya se encuentra en EEUU.
La revista «Foreing Policy« en su número de abril/mayo de
2004, dedicaba su portada a «La amenaza hispana a EEUU«.
El artículo anunciado en la portada, había sido escrito por el
teórico neoconservador de la «lucha de civilizaciones«, Samuel
Huntington. Algunos de los datos ofrecidos por Huntington eran,
sencillamente, espectaculares y se comprende que no tuviera
lugar para el optimismo. El crecimiento de la población mexi-
cana en EEUU ha sido casi asindótico. En la década de los 60
entraron en EEUU 640.000 mexicanos. Parecía poco y nadie
se preocupó. En los años 80, entraron 1.656.000 mexicanos y
entre 1981 y 1991, 2.249.000. Pero las altas tasas de natali-
dad de esta comunidad falsean estas cifras. Antes hemos ha-
blado del 2’9%, lo que hace que, solamente mexicanos, resi-
dan en estos momentos en EEUU, un mínimo de 20 millones
de personas. Así mismo, es significativo el número de deten-
ciones en la frontera: 1,6 millones en la década de los 60, 11,9
en la década de los 70 y 14 millones en la década de los 80. En
la actualidad se estima que cada año cruzan ilegalmente la fron-
tera 350.000 mexicanos. No hay ni un solo datos demográfi-
co, económico o sociológico, que indique que estas cifras van
a moderarse o a bajar en los próximos años.

79
El Pequeño Tablero Local

La rotura de la unidad lingüística


El español da coherencia a la sociedad hispana en EEUU.
El origen cristiano refuerza esta identidad, pero corresponde,
fundamentalmente, a la lengua el papel de cemento unificador.
Mientras los afroamericanos perdieron en la primera gene-
ración todo rastro de su lengua y de sus tradiciones, los hispa-
nos la han conservado. En 1990, el 95% de los hispanos ha-
blaban castellano en su hogar. Este porcentaje no ha disminui-
do sino que tiende a aumentar levemente. Por el contrario, lo
que sí ha aumentado, es el número de hispanos que hablan
inglés con dificultades y, especialmente, el número de hispanos
que han renunciado a hablar inglés: respectivamente, el 73’6%
y el 43% en 1990. Del total de hispanos residentes en EEUU,
28 millones en el año 2000, 13’8 hablan inglés con dificultades.
En la aglomeración de Los Ángeles, el 11’6% de la pobla-
ción solamente habla español, el 25% habla ambas lenguas por
igual, un 32% habla más inglés que español, un 30’1% habla
sólo inglés. Es evidente que, cada vez para un mayor número
de mexicanos, hablar inglés tiene cada vez menos incentivos.
En la actualidad, las posibilidades de encontrar trabajo de un
ciudadano norteamericano bilingüe son superiores a las de un
ciudadano que sólo hable inglés o sólo español. El bilingüísmo
está ya implícito en la sociedad norteamericana, aun cuando la
Constitución no lo sancione. Observen: las familias que hablan
solo español tienen unos ingresos medios de 18.000 dólares,
mientras que las familias angófonas llegan hasta los 32.000
dólares anuales… pero las familias bilingües llegan a los 50.000
dólares de ingresos. Hoy, para ocupar un puesto cómodo en la
burguesía media norteamericana es cada vez más imprescindi-
ble hablar inglés. Uno de los problemas insolubles que sumen a

80
Ernesto Milà

la comunidad negra en la pobreza, es precisamente el hecho de


que la casi totalidad de sus miembros son angloparlantes.
El clima lingüístico de los EEUU está descrito con unas bre-
ves pinceladas en la película «Un día de furia». El protagonista,
un burgués medio norteamericano, WASP, se siente airado por
la pérdida del empleo y el cambio de paisaje en su entorno:
cada vez encuentra a gentes que, o bien no hablan su idioma
(recuérdese el shop coreano o vietnamita), o bien las bandas
de delincuentes hispanos se enseñorean de ciertas zonas. El
clima de decadencia moral, cultural y económica, se corona
con la pérdida de la hegemonía lingüística inglesa.
Las alarmas sonaron en 1998 cuando el nombre de «José«
encabezó la lista de los más inscritos en el registro civil de Flo-
rida y California, desplazando a «Michel» (algo parecido a cuan-
do en la Catalunya de 2000 los «Mahomet« superaron a los
«Jordis» en inscripción en el Registro Civil). Las autoridades
intentaron cortar la afloración de leyes locales que tendían a la
cooficialidad lingüística, pero no fue posible impedir las reivin-
dicaciones cada vez más masivas y radicales de los hispanos a
favor de su lengua común. En 1998 se produjo un nuevo trau-
ma: por primera vez en el inicio de un partido de fútbol en Los
Ángeles, el himno norteamericano fue abucheado por los asis-
tentes hispanos. Lo más parecido a un sacrilegio. Realmente
poco por que Osvaldo Soto, uno de los miembros notables de
la comunidad hispana estadounidense explicó: «El inglés no
nos basta, no queremos una sociedad monolingüística». Las
asociaciones hispanas pidieron en esas fechas que el Congreso
autorizara el desarrollo de programas de protección cultural y
educación bilingüe. En Florida y Los Ángeles, cada vez un
mayor número de empresas contestan a las llamadas telefóni-
cas preguntando en qué idioma desean que se les atienda: «¿in-

81
El Pequeño Tablero Local

glés o español?». Ciertamente, se trata de una muestra de


pragmatismo empresarial… pero que, en definitiva, supone un
impacto en la línea de flotación de uno de los elementos sobre
los que se ha asentado el poder de los EEUU: la lengua inglesa.
Un espacio lingüístico homogéneo formado por 300 millones
de personas, asegura un mercado igualmente homogéneo, a
diferencia de Europa en donde los productos culturales deben
ser traducidos a 40 lenguas nacionales diferentes, sin contar las
lenguas regionales.

Cambio de paisaje previo al cambio político


Huntington cita una frase de Theodore Roosevelt, pronun-
ciada en 1917: «Debemos tener una sola lengua y una sola
bandera. Debe ser la lengua de la Declaración de la Inde-
pendencia, el discurso de despedida de Washington, la pro-
clamación de Lincoln en Gettysburg y en su segunda toma
de posesión». Pero en 2000, Hill Clinton, realizaba un giro
copernicano, cuando expresaba ante representantes de la co-
munidad hispana: «Confío en ser el último Presidente de los
EEUU que no sepa hablar español». De hecho, así ha sido;
su sucesor, George W. Bush, se expresaba habitualmente en
español y a partir de mayo de 2001, pronuncia su discurso
semanal radiado en inglés y español. Huntington concluye estas
consideraciones escribiendo textualmente: «Si la división lin-
güística prosigue será la escsición más grave en la socie-
dad estadounidense». Pues bien, dicha escisión ya se ha pro-
ducido. Cuando Clinton deseó públicamente que su sucesor
hablara español, justamente se había producido una polémica
decisión en el Estado de California, la Proposición 187 de que
limitaba el acceso a la Seguridad Social de los hijos de los
inmigrantes. Los hispanos se manifestaron por las calles con la

82
Ernesto Milà

bandera mexicana en alto y la norteamericana boca abajo, «a


la funerala«.
Los inmigrantes mexicanos, a diferencia de los «chicanos«
de los años 50–70 (los protagonistas del «West Side Story»),
no se consideran norteamericanos; cuando se les pregunta,
contestan que «hispanos» (un 41’2%) o simplemente «mexica-
nos» (36’2%).
En la actualidad, los equilibrios políticos implican que los
próximos presidentes de los EEUU pueden gobernar –por el
momento– de espaldas a los hispanos, pero no contra los his-
panos y cada vez emplean más esfuerzos en cautivar el voto
latino. En el futuro, sin duda dentro de esta década, quien de-
see ser elegido presidente deberá cortejar –y no sólo mediante
unas pocas frases dichas en español– a la comunidad hispana,
otorgando concesiones, lo que implicará la materialización del
peor fantasma descrito por Huntington, «la escisión lingüísti-
ca».

Miami como paradigma


En Miami no son los mexicanos sino los cubanos quienes
han conquistado la ciudad. Dos terceras partes de la población
en estos momentos, está compuesta por hispanos, y de estos,
la mitad, son cubanos. El 75% de la población se expresa co-
rrientemente en castellano. El número de angloparlantes que
abandonan la ciudad es de 15.000 anuales. En diez años, el
inglés se habrá desterrado completamente de Miami. De he-
cho, hoy ya no hace falta saber inglés para vivir en Miami y
desenvolverse por la ciudad. Y en Nueva York empieza a ocu-
rrir otro tanto, no digamos en San Francisco.
Paradójicamente, los culpables de la hispanización de Miami,
fueron los distintos presidentes de los EEUU que, desde
83
El Pequeño Tablero Local

Kennedy sometieron a Cuba a cerco económico, mientras que


fueron recibiendo a los anticastristas huidos de la isla. En tanto
que los cubanos residentes en Miami no podían enviar sus aho-
rros a Cuba, los invirtieron en la ciudad. A medida que Cuba
fue segregando más y más exilio, el capital cubano fue acumu-
lándose en Miami. Hoy es una de las grandes ciudades de EEUU
que viven del comercio internacional. Por Miami pasaron en
1993, 25600 millones de dólares en negocios de importación.
En 1998, una televisión no inglesa, de habla española, ocupó
en Miami el primer puesto en el share de audiencia.
Hoy no cabe ninguna duda de que la tendencia imparable es
que la población hispana conquiste las zonas que en otro tiem-
po EEUU robaron a México. Se trata, innegablemente, de una
reconquista, mediante la colonización demográfica imparable.
Algunos han bromeado diciendo que en el 2080, los EEUU se
llamarán «Mexicamérica«, «Améxica» o «Mexifornia»… pero,
para otros, no se trata de un peligro, sino de la peor pesadilla
que sufre el «imperio« crepuscular y decadente. A nadie se le
escapa que lo que ha ocurrido en Miami está a punto de ocurrir
en Los Angeles y en los Estados de California, Texas y Nuevo
México. La América que resulte de este avance hispano no
será, desde luego, como la que hemos conocido, ni por su fiso-
nomía, ni por sus valores.

84
Ernesto Milà

ANEXO II
La política exterior española:
de Franco a ZP

Si bien es cuestionable que con Franco todos viviéramos


mejor, resulta mucho más evidente que, al menos con Franco
teníamos una política exterior que fue estable durante treinta
años. En la transición todo esto se rectificó por que había ne-
cesidades nuevas en España y una nueva situación internacio-
nal más tarde. Se sucedieron Felipe, Aznar y ZP en el poder…
y lo que hasta entonces era estabilidad se convirtió en giros
constantes. Hoy España carece de política exterior digna de tal
nombre.

La continuidad en política exterior:


base de credibilidad
En pocos meses, España ha pasado de un alineamiento in-
condicional con EEUU a hacer ejercicio de antiamericanismo.
La retirada de las tropas americanas de Irak ha sido la primera
promesa –y prácticamente la única– que ZP ha cumplido de
todo su programa electoral redactado desde la percepción de
imposibilidad de llevarlo a la práctica. Era una promesa, apa-
rentemente, muy fácil de cumplir, así que ZP recurrió a hacerla
efectiva el 18 de abril cuando apenas hacía unos días que lleva-
ba en el poder.
ZP y buena parte de su electorado, creyeron que esta era la
línea justa a adoptar en política exterior. De hecho, práctica-
mente el 85% de los españoles se había manifestado contra la

85
El Pequeño Tablero Local

ocupación de Irak y una cantidad todavía mayor se pronunció,


en su momento, opuesta al envío de tropas. ZP creyó que el
talante se demostraba cumpliendo esta promesa que le repor-
taría un aumento de su prestigio. Si, pero es evidente que no
midió las consecuencias.
Nunca debimos inmiscuirnos en las aventuras militares de
Bush, pero, en realidad, hubo algo peor que enviar tropas: la
forma improvisada y precipitada en que fueron retiradas. El
mérito le cabe a ZP y, aleatoriamente al ministro Moratinos, a
partir de ese momento, apodado por algunos «Desatinos». Pero
no fue una buena opción.
En política exterior la credibilidad no viene dada por la jus-
teza de una decisión, sino por la continuidad con que determi-
nada línea política es mantenida. De ahí que en todos los países
se tienda a aplicar políticas internacionales consensuadas entre
los partidos mayoritarios. Así se evitan las oscilaciones cons-
tantes que, a la postre, no benefician, ni los equilibrios interna-
cionales, ni a los países que las protagonizan.
España no tiene en el momento actual política exterior digna
de tal nombre, en este momento. A partir de la reunión del G–
8 a principios del 2002 y, especialmente tras el nombramiento
de Ana de Palacio y la crisis de Perejil, la política exterior del
PP se convirtió en un mero seguidismo acrítico hacia las deci-
siones tomadas en Washington. Pero, ni antes ni después, ni
probablemente desde 1975, existe una política exterior propia,
autónoma y definida con claridad.

Política exterior franquista. Líneas maestras


Hay que decir que el franquismo pudo establecer, a partir
de 1943, una línea política propia, muy bien definida. Cierta-

86
Ernesto Milà

mente, el franquismo participó en el Pacto Anti–Komintern y,


en un primer momento, se alineó con las potencias del Eje a las
que, en buena medida, debió la posibilidad de imponerse so-
bre sus adversarios republicanos.
Pero en 1943, resultaba evidente para un militar profesional
como Franco, que el Eje no iba a poder combatir en distintos
frentes al mismo tiempo y que lo más prudente era hacer gala
de neutralidad para evitar males mayores. Esa habilidad para
mantener a España fuera del conflicto y esa política de equili-
brios, en la práctica fue lo que garantizó que el franquismo sub-
sistiera hasta la muerte de su fundador.
Por que, en un segundo tiempo, tras el desenlace de la Se-
gunda Guerra Mundial y el Golpe de Praga de 1948, un «telón
de acero« cayó sobre Europa. Se hizo evidente que los parti-
dos comunistas de Europa eran una pieza de la política exterior
soviética y que Stalin, amparado en una fuerza nuclear crecien-
te, podía ambicionar desparramar su fuerza militar por Europa
Occidental. En tanto que anticomunista, Franco se convirtió en
un auxiliar de la OTAN, situado, paradójicamente, fuera de la
alianza. En ese tiempo, la política exterior de Franco fue una
traslación de su política interior, el anticomunismo.
Segregado de Europa por su particular formulación políti-
ca, Franco fue incluido en el dispositivo de defensa occidental
a través de pactos bilaterales con los EEUU. España se alineó
de esta forma con una concepción «atlantista« y
«occidentalista«.
Las otras dos orientaciones de la política exterior franquista
fueron la defensa de «nuestra tradicional amistad con el mundo
árabe» y cierta retórica imperial que tendía puentes con
Iberoamérica.

87
El Pequeño Tablero Local

En tanto que militar africanista, Franco conocía con relativa


exactitud al mundo árabe. Si la diplomacia franquista jamás
pudo vencer la desconfianza de las democracias europeas, si al
menos estuvo en condiciones de tejer una tupida red de rela-
ciones bilaterales y acuerdos con los países árabes. Y esto, a
pesar, incluso, de las relaciones con Marruecos oscilante y per-
manentemente sometida a tensiones a partir de la independen-
cia de aquel país (1956). Con algunos países árabes (Egipto)
se exportaron armas y se diseñaron proyectos armamentísticos
(cazas tácticos Saeta, el proyecto de reactor en ala delta, de-
sarrollado por Willy Messersmith que fue finalmente vendido a
Nasser y el proyecto de avión de despegue VTOL a principios
de los años 70). Las relaciones con Arabia Saudí y con el Sha
de Persia, fueron inmejorables y lo mismo puede decirse de
Jordania y Siria. En este sentido, la política exterior española
de la época suponía un apoyo incuestionable al bloque árabe
frente a Israel, país con el que Franco jamás mantuvo relacio-
nes diplomáticas.
En el otro extremo, los teóricos de la «España Imperial«
sugirieron que se buscara en Iberoamérica lo que Europa se
negaba a conceder: en primer lugar, relaciones diplomáticas
para evitar el aislamiento y, sobre todo materias primas y víve-
res. A partir de la visita de Eva Perón a España, el franquismo
estuvo en condiciones de superar el período de racionamiento
e incluso, diez años después, convocó un pomposo Congreso
Hispano–Luso–Americano–Filipino, promovido por el cere-
bro de la diplomacia franquista, el excombatiente de la División
Azul, devenido ministro de exteriores, Fernando María Castiella.
Occidentalismo anticomunista con la consiguiente alineación
con EEUU, «tradicional amistad con el mundo árabe» y, por
tanto, opción antiisraelí, y, finalmente, cultivo de nuestros lazos

88
Ernesto Milà

transcontinentales con Iberoamérica, fueron los tres ejes de una


política exterior que Franco consiguió mantener entre 1943 hasta
su fallecimiento: durante 32 años, sin alteraciones de ningún
tipo.

Durante la transición: Mirada a Europa


A la muerte de Franco, en todos los terrenos, incluido en
política exterior, se hizo borrón y cuenta nueva. En realidad,
Franco había puesto sobre el tapete todas las piezas que luego,
recombinándose generarían la transición. Franco había creado
un sistema económico de planificación capitalista y economía
proteccionista que permitió pasar a partir del Plan de Estabili-
zación del subdesarrollo a un desarrollo evidente de las fuerzas
productivas.
A medida que las fuerzas productivas se iban desarrollando
y el peso del mercado se iba imponiendo sobre la planificación
económica, empezó a aparecer una contradicción insuperable.
El sistema económico, liberal y de mercado, debía convivir con
una estructura política autoritaria. Hubo un momento en el que
la economía española para seguir desarrollándose precisaba
de un nuevo marco político. Esa exigencia –y no la muerte de
Franco– fue lo que generó el movimiento imparable llamado
«transición democrática«. De hecho, a partir de 1971, Franco
y, especialmente Carrero Blanco, ya daban por sentado que,
económicamente, España debería de integrarse en la naciente
Comunidad Económica Europea y, por tanto, precisaría adop-
tar una forma política democrática. Carrero trabajaba en esa
dirección –un tránsito controlado hacia una democracia limita-
da hasta los socialistas y que excluyera a los comunistas, como
el sistema alemán– cuando le sorprendió la muerte.

89
El Pequeño Tablero Local

Hay datos más que suficientes como para suponer que en


los últimos años del franquismo, las relaciones con EEUU su-
frieron cierto deterioro. Carrero había promovido secretamen-
te una iniciativa de investigación militar que debía concluir en la
inclusión de España en el «club atómico». Por otra parte, la
negociación sobre el arriendo de las bases militares y la reno-
vación de los acuerdos bilaterales, resultó extremadamente duro
y forzado, hasta el punto de que algunos analistas han observa-
do que determinados movimientos terroristas de la época (el
FRAP en concreto) estaban teledirigidos por la CIA a fin de
generar en el interior del régimen una sensación de desestabili-
zación que les hiciera aceptar más fácilmente los acuerdos que
Washington proponía.
En política exterior, el cambio más notable que se imprimió
durante la transición fue el «atlantismo». Adolfo Suárez y Calvo
Sotelo eran conscientes de que, en el esquema de la época, la
integración en la CEE, pasaba, inicialmente por una integración
progresiva: en primer lugar por la homologación de la forma
política (lo que se produjo a partir de 1979, disolviéndose las
últimas reticencias tras el fracaso del golpe de Estado del 23–
F) y, en segundo lugar, por la integración en la Alianza Atlántica
(era todavía el tiempo en el que el Pacto de Varsovia situaba
agresivamente sus fuerzas en la frontera entre las dos alemanias)
que contribuía a dar profundidad al pacto.

Felipismo: una política exterior irrelevante


La relación privilegiada con los EEUU fue mantenida en vir-
tud de los acuerdos firmados el 1 de diciembre de 1988 (Con-
venio para la Cooperación y la Defensa) que no fueron otra
cosa más que un lavado de cara del felipismo al que la opinión
pública le achacaba haber engañado al electorado con su

90
Ernesto Milà

«OTAN: de entrada no» al que siguió el «Si a la OTAN». El


felipismo alardeó en aquella época de que los pactos habían
salvado la subordinación con la que los EEUU habían tratado a
la España franquista… pero la realidad era que con una Espa-
ña integrada en la OTAN, la importancia de estos pactos era
muy secundaria. También era el tiempo en el que EEUU estaba
autolimitando la presencia de sus tropas en el extranjero y le
interesaba reducir efectivos en algunas bases, como las instala-
das en España.
En ese período, la normalización de las relaciones con el
Estado de Israel y la crítica hacia los asuntos internos de países
iberoamericanos dirigidos por militares, llevaron al traste con
lo ganado por el franquismo en estos dos frentes. En ese mo-
mento, ya no estaba clara cuál era la opción de política exte-
rior, fuera de las declaraciones de cara a la galería. El felipismo
jamás condenó la ocupación por Israel de los territorios
palestinos, mantuvo una postura ambigua e irrelevante en el
conflicto Irán–Irak, y se limitó a aludir al respeto a los dere-
chos humanos en relación a Brasil, Argentina, Uruguay, Chile,
Bolivia, etc. En una diplomacia que oscilaba entre el escultismo
más voluntarista y bienintencionado y la traición a los propios
principios (asunto OTAN).
A decir verdad, el alineamiento atlántico del PSOE tendía a
integrar a España en la CEE, en un tiempo previo a los acuer-
dos de Maastrich en los que la institución no aspiraba a ser otra
más que lo que indicaba su nombre: un «mercado común«, cuya
defensa estaba subordinada a la iniciativa Norteamérica, den-
tro de la OTAN y en un mundo bipolar.
Las relaciones con Iberoamérica fueron tenidas como se-
cundarias y confiadas a un personaje extremadamente secun-
dario –Yañez Barnuevo– que multiplicó sus viajes a todos los

91
El Pequeño Tablero Local

países de la zona… sin obtener resultados apreciables. En cuan-


to al mundo árabe, Felipe adoptó una posición de mediador
cuando España ya había perdido la confianza del mundo árabe
(a causa de la normalización de relaciones con Israel) y no ha-
bía ganado todavía la del Estado judío.

Aznar o el paradigma de
lo que no debe hacerse en Exteriores
Cuando Aznar subió al poder, todo este esquema ya había
quedado atrás: el Telón de Acero había caído, estábamos per-
fectamente integrados en Europa recibiendo, además, unas su-
culentas inyecciones de fondos estructurales gracias a los cua-
les era posible abordar la realización de faraónicas obras pú-
blicas, Iberoamérica vivía una situación de relativa estabilidad
política por primera vez en un siglo y, finalmente, Maastrich
había hecho del «Mercado Común« una futura unión política.
En la primera legislatura, Aznar no varió absolutamente nada
las orientaciones en política exterior, heredadas del felipismo.
Pero la situación internacional jugaba contra él en el Medite-
rráneo. El Magreb, aquejado de una demografía explosiva,
empezaba a presionar y enviar miles de inmigrantes ilegales,
miles de toneladas de haschís y a formular reivindicaciones te-
rritoriales en el Sahara, en Ceuta, Melilla y, finalmente, en Pe-
rejil en donde pasó a la acción.
También había variado la postura de alguno de los actores.
EEUU estaba priorizando su relación con el mundo árabe y
consideraba a Marruecos como la fachada atlántica de éste.
En esa época, algunos observadores norteamericanos empe-
zaban a augurar el distanciamiento entre Europa y EEUU. Hasta
Perejil no se supo si la UE iba a tener una reacción unánime

92
Ernesto Milà

ante riesgos exteriores (no la tuvo). Lo más probable es que


Marruecos, animado por EEUU, decidiera abordar la invasión
de Perejil. Para EEUU se trataba de realizar un test sobre la
UE. Y el test indicó que Francia seguía manteniendo una políti-
ca exterior autónoma, inamovible desde el siglo XIX en el
Magreb. Se trataba de debilitar a España en la zona. Por lo
tanto, cuando se produjo el incidente de Perejil, Francia calló.
Esto, unido al excelente «feeling» personal entre Aznar y
Bush, que el primero descubrió a partir de la reunión del G–8
(enero de 2002), generaron un relevo en exteriores y la sustitu-
ción del ministro Piqué (que lo ignoraba absolutamente todo de
las relaciones internacionales) por la ministra Palacio (cuyo único
mérito era la amistad que la honraba con Colin Powell y sus
inmejorables relaciones en el mundo de los negocios de EEUU).
Pero no fue sólo un relevo de personas, sino que la línea políti-
ca del ministerio sufrió un giro copernicano.
Los cuatro ejes de la política exterior aznarista fueron:
1) El alineamiento con los EEUU por encima de cualquier
otra relación internacional.
2) La asunción por parte de Aznar de la doctrina del «ata-
que preventivo« (traducido como «acción anticipatorio«)
como eje central de la Defensa.
3) Un mal disimulado euroescepticismo con una tendencia
a bloquear las discusiones, ralentizando la adopción de
acuerdos, especialmente en el terreno de la constitución
europea.
4) El intento de recuperar un papel internacional para Es-
paña.
Pero estas cuatro líneas tenían puntos negros: en primer lu-
gar, el alineamiento con los EEUU era completamente absur-
do. Aznar hizo algo que jamás debe hacerse en política interna-

93
El Pequeño Tablero Local

cional: confundir las buenas relaciones personales con las polí-


ticas de Estado. Era evidente que ni Aznar ni Bush iba a estar
más de ocho años en el poder y que sus sucesores, probable-
mente no se apreciarían tanto… resultaba absurdo, en el pe-
ríodo de las democracias formales, basar una política exterior
en principios que databan de la época de las monarquías tradi-
cionales. La continuidad dinástica, frecuentemente asociada a
las mismas políticas, no existe en las democracias electivas.
Aznar seguramente pensaba que la protesta popular y el
antiamericanismo latente en la sociedad española sería olvida-
do en cuanto su política diera sus frutos. Creía verdaderamente
–y esto es lo dramático– que apoyar a EEUU en su loca aven-
tura iraquí, reportaría beneficios «inimaginables», tal como ex-
presó zafiamente Jeff Bush, hermano del Presidente, en su visi-
ta a España, y tal como Aznar creyó hasta la cumbre para la
reconstrucción de Irak celebrada en Madrid…
Para colmo, Aznar se distanció del «núcleo duro« de la UE
(Francia y Alemania), intentó realzar su papel poniéndose al
frente de los países europeos de tamaño medio, intentona que
se plasmó en la «Carta de los Ocho», de apoyo a Bush, el 30
de enero de 2003. Esta actitud olvidaba que el 80% de los
intercambios comerciales de España se producen con la UE y
que la buena marcha de la lucha antiterrorista dependía, funda-
mentalmente, de la actitud francesa, así como el desarrollo de
infraestructuras financiadas con fondos estructurales. España,
menos que nadie, podía permitirse el lujo de ser «euroescéptica«
cuando las cuentas públicas españolas (como se encargó
Schröder de recordarlo) se equilibraban gracias a la aporta-
ción de Fondos Estructurales.
Nada que decir sobre la doctrina del «ataque
anticipatorio«… que, en realidad, no estaba claro contra quien

94
Ernesto Milà

iba dirigido. En política, pero sobre todo en Defensa, la distin-


ción y la claridad entre quien es el amigo y quien el enemigo, es
básica. Aznar había fotocopiado el programa de Bush en la
materia, lo había traducido y lo había aplicado sin que nadie en
Defensa chistara. Para colmo, cuando se produjeron los ata-
ques terroristas del 11–M, venidos de Marruecos, en ningún
momento, la doctrina del «ataque anticipatorio» entró en jue-
go. La impreparación de las Fuerzas de Seguridad del Estado
para hacer frente al «terrorismo internacional« indicaba que, ni
el mismo Aznar, creía en la existencia de ese riesgo y que, por
tanto, nada se hizo para conjurarlo… ni siquiera preparar un
«ataque anticipatorio».
Pero había algo peor. Ignorar las propias fuerzas, la propia
capacidad y los propios límites. Tras haber salido junto a Bush
y Blair en la famosa foto que cerró la cumbre de las Azores,
Aznar creyó estar en el techo del mundo. Y no era así: interesa-
ba que apareciera en la foto por que suponía evidenciar una
fisura en la UE y daba la sensación de que los países iberoame-
ricanos seguirían al líder español… pero era evidente que ni en
España existía una opinión pública que fuera el apoyo de esa
posición, ni mucho menos que España estuviera en condicio-
nes de enviar tropas a combatir sobre el terreno, a diferencia
de Inglaterra que hoy cumple su papel de infantería colonial de
EEUU. España carecía de fuerza suficiente para irrumpir en la
escena internacional con un papel de actor de primer orden.
Cualquiera con un mínimo sentido del realismo lo hubiera asu-
mido. Aznar no. Y lo que es peor, esa nueva política de alinea-
miento promaericano generó una inmensa confusión en las can-
cillerías iberoamericanas y árabes, suponiendo una pérdida de
imagen en esas dos zonas en las que durante casi cuarenta años
Fernando María Castiella, había orientado sus preferencias.

95
El Pequeño Tablero Local

Ciertamente, el intento de Aznar de –tal como expresó–


«sacar a España del rincón de la historia en donde ha per-
manecido durante siglos», y situarla entre «las naciones que
cuentan y deciden» era loable… pero pecaba de irrealismo.
Para que una política de este tipo fuera posible sería necesario
que existiera un consenso político interior y que la propia so-
ciedad estuviera dispuesta a asumir ese papel con todas las
consecuencias implícitas: rearme, ampliación de los presupuestos
militares, intervención directa en zonas en conflicto, y sobre
todo, una economía potente y saneada, capaz de soportar todo
esto. Ni uno sólo de estos elementos estaba presente en 2002.
Aznar basaba toda su política en un solo y débil elemento, im-
permanente y subjetivo: su amistad personal con los Bush.

ZP, el giro de la impreparación


De Piqué se decía que era un «vago«, que le gustaba poco
trabajar en el ministerio y que no estaba dispuesto a aguantar
reuniones hasta altas horas de la noche. De la Palacio se dijo
que había instalado el caos en el ministerio, desoyendo los con-
sejos de los técnicos y profesionales de la diplomacia. Con
Moratinos esta tendencia se ha corregido y aumentado, sólo
que él no tiene excusa, pues, no en vano, es diplomático profe-
sional.
Hasta ahora, en los seis meses de gobierno socialista, el
giro en política exterior ha sido visible… tanto como la
impreparación, el amateurismo y la inexperiencia de que hacen
gala los socialistas en el terreno de las relaciones internaciona-
les.
ZP basa toda su política exterior en la búsqueda del «con-
senso« como quitaesencia del talante aplicado a este sector.
Así, al menos, figuraba en el programa socialista. Es muy bue-
96
Ernesto Milà

no aludir al consenso en exteriores… sólo que ZP no ha dado


absolutamente ninguna prueba de tender al consenso en este
terreno. Absolutamente todas sus iniciativas en la materia han
sido unilaterales y se han hecho sin contar con la oposición
(desde la retirada de tropas hasta las invectivas contra el PP
durante la visita de Chavez). No hay consenso. Y en este terre-
no, no creemos que fuera muy difícil obtenerlo.
El PP no va a poder seguir enrocado durante mucho tiempo
a las posiciones aznaristas. El hecho que, desde que fue apea-
do del poder, Aznar haya proliferado sus visitas a EEUU y se
haya entrevistado con Bush, Powell, Rumsfeld, mientras que el
propio Bush ni se ha dignado descolgar el teléfono y contestar
a las llamadas de ZP, no suponen apenas nada: es en España en
donde hay que gobernar y se gobierna con el apoyo del electo-
rado, no con apretones de mano con los líderes norteamerica-
nos tenidos unánimemente en Europa como una banda de aven-
tureros tan locos como peligrosos. Sin olvidar que fue Rumsfeld
quien pretendió dividir a la Unión Europea aludiendo a la «Vie-
ja Europa» (Francia y Alemanaza) y a la «Nueva Europa» (Es-
paña, Polonia e Inglaterra). A pesar de los gestos de Aznar, la
evolución de los acontecimientos internacionales juega en su
contra. EEUU está empantanado en Irak, no se han encontra-
do armas de destrucción masiva, el mundo no es más seguro
sin Saddam Hussein, el triángulo sunnita está permanente y
completamente fuera de control, las distintas facciones de la
resistencia irakí, especialmente la baasista–militar están demos-
trando que aguantan el pulso impuesto por los marines y la
USAF. Hoy, Washington prosigue sus invectivas contra Corea,
Irán, contra Siria, en una locura agresiva que hace absoluta-
mente indefendible su posición internacional fuera de la capital
americana. Y es en España en donde el PP debe de ganar elec-

97
El Pequeño Tablero Local

ciones. No es raro que en pocos meses, el PP deba cambiar


necesariamente su impostación política internacional si quiere
regresar al poder.
ZP ha basado su línea en cinco puntos que fue sido capaz
de enunciar como declaración de intenciones en el programa
electoral del partido:
1) Consenso para crear una «política de Estado« (ni ha
intentado el consenso, ni hay el más mínimo gesto que
demuestre que tiende a él),
2) Aproximación al núcleo duro de la UE (tanto Schöder
como Chirac son conscientes de la escasa talla política
de ZP y de lo peligroso de hacer concesiones a un país
como España que ha demostrado «no ser de fiar« en
materia internacional),
3) Reaproximación al Mediterráneo y a Iberoamérica (pri-
mer viaje de ZP al extranjero: destino Marruecos, obje-
tivos alcanzados: cero; ignorancia de la situación actual
del Mediterráneo: enfrentamiento entre el Norte y el Sur
y necesidad para la política española de contener al Sur;
en cuanto a Iberoamérica: mientras España dudaba, ha
aparecido una nueva potencia regional de primer orden:
Brasil que tiene un guión propio; la reciente Conferencia
Panamericana de Costa Rica paralela a la cumbre de
Cooperación del Pacífico, ha demostrado que la mayo-
ría de países iberoamericanos «que cuentan», salvo Ve-
nezuela, miran hacia el Pacífico más que hacia Europa.
ZP no lo ha advertido aún). La opción aznarista des-
orientó a los países iberoamericanos, pero ZP no ha lo-
grado recuperar la confianza.
4) Amistad con EEUU (… durante los próximos cuatro
años, mientras Aznar siga paseándose por las esferas del
poder en EEUU y Bush recuerde la afrenta que le supu-

98
Ernesto Milà

so la defección española de Irak, proponer la «amistad


con EEUU es un puro sinsentido. La visceralidad de Bush
va a imposibilitar recomponer este eje de relaciones con
todos los riesgos económicos que esto puede acarrear y
de los que los trabajadores de Izar son los primeros afec-
tados al haberse rescindido el contrato de mantenimien-
to de la VI Flota. Más bien es posible que EEUU lo que
intenten es torpedear las exportaciones españolas y la
penetración económica en Iberoamérica).
ZP no es un diplomático, Moratinos si lo es, pero solamente
es especialista en la cuestión palestina… El gobierno ZP, en
esto, como en cualquier otra área, da la impresión de
amateurismo e impreparación. Ningún país sólido va a rectifi-
car sus relaciones con España, mientras esta sensación siga
estando presente en las cancillerías de todo el mundo.
La impericia de ZP le imposibilita para poder tener un
protagonismo en las relaciones con Chirac y Schröder. Cuan-
do este último visita a ZP, en lugar de dar cualquier concesión
al «nuevo amigo«… le vende 120 carros de combate Leopard.
Seamos claros: ZP no es tomado en serio en Europa y jamás lo
será mientras no sea capaz de pactar una política clara de con-
senso en política exterior. ZP es despreciado en Washington
donde se recuerda que permaneció sentado al paso de la ban-
dera americana, desprecio aún mayor que el haber retirado las
tropas de Irak. ZP es ignorado en el núcleo central de
Iberoamérica que mira hacia los mercados del Pacífico y tiene
un nuevo lidership regional, Brasil. Allí solamente puede tener
como interlocutor a Castro o Chavez. En el mundo árabe, pro-
gresivamente radicalizado e impregnado por el fundamentalismo
islámico, ZP es presidente de Al–Andalus… tierra que un día
fue musulmana y resultó «usurpada por cruzados e infieles».

99
El Pequeño Tablero Local

Esto sin olvidar que con Marruecos la situación sigue igual que
en los últimos 10 años, sólo que España ha cedido en la cues-
tión del Sáhara y tiene ya 600.000 marroquíes en su territorio
de los que la mitad son simpatizantes de Bin Laden…
Resumiendo, podemos decir que el franquismo logró esta-
bilizar durante más de treinta años una política exterior. Duran-
te la transición se realizaron las rectificaciones necesarias en la
época, pero esa política se tornó inestable. Los cambios inter-
nacionales de 1989–2002, no hicieron que los distintos go-
biernos españoles pudieran reconstruir una línea política propia
en este terreno y, finalmente, los giros copernicanos realizados
por Aznar y por ZP, han contribuido a restar credibilidad a
España en los foros internacionales y entre las diplomacias
mundiales.
En estas condiciones, ni ZP ni Moratinos, ni la política exte-
rior española, son tomadas en serio… sean cuales sean, por
ninguno de los principales actores internacionales. Como ya
hemos dicho, en ésta área sólo las políticas estables son toma-
das en consideración. El resto es obra de ilusos o alucinados.
Tanto a Aznar como a ZP, les cuadran bien estos calificativos.
En efecto, ambos han confundido en distintos grados sus filias
y fobias personales con políticas de Estado. Y así estamos como
estamos.

100
Ernesto Milà

Anexo III
El eje de la Defensa Nacional y sus
exigencias en el siglo XXI

Esta última entrega del trabajo sobre geopolítica de España


en el siglo XXI, está destinado a la redefinición de lo que cree-
mos son conceptos básicos para la Defensa Nacional. Para
ello es preciso abordar la cuestión de en dónde exactamente se
encuentra el eje de la misma. A partir de ahí, introduciendo una
valoración de tipo político, estaremos en condiciones de definir
el marco en el que, a nuestro criterio, debe reconstruirse una
nueva política de defensa y seguridad.
En los últimos treinta años no ha existido unanimidad en cuan-
to a los ejes estratégicos de la defensa nacional. Faltaría saber
si hoy es viable cualquier tipo de defensa nacional a la vista de
lo miserable de los presupuestos dedicados a este fin. Pero,
dejando aparte este espinoso problema que, desde luego, ZP y
el recluta Bono no tienen la más mínima intención de resolver,
la cuestión central sigue siendo sobre qué eje estratégico se
estructura la defensa nacional. Vamos a intentar realizar una
aportación en este sentido.

EL EJE CANARIAS – GIBRALTAR – BALEARES


Toda la polémica estratégica en los últimos cuarenta años
en España ha girado sobre el consabido tema de la prioridad
dada al mar o al territorio, esto es a la prioridad que debía
darse a la defensa naval o a la defensa territorial. Está claro

101
El Pequeño Tablero Local

que, dada la división tradicional en distintas armas, la Marina


ha defendido sus tesis y el Ejército de Tierra los suyos. Según
haya sido mayor o menor el prestigio y la hegemonía de una u
otra arma, ha triunfado una u otra tesis; por supuesto, las orien-
taciones del poder político han pesado también extraordinaria-
mente, tal como veremos en el curso de este estudio.
Tras la firma de los acuerdos de cooperación con los EEUU
en 1956 y tras el establecimiento de la base de Rota, entonces
bajo control total norteamericano, triunfó la tesis de que el Es-
trecho de Gibraltar era el «pivote fundamental» sobre el que
descansa toda la defensa nacional. No es por casualidad que
esta tesis se enseñó como doctrina oficial, tras la desarticula-
ción de los últimos maquís (Quico Sabater y Ramón Vila
Capdevila (a) «Caraquemada», muertos en Catalunya en 1963
y sus bandas dispersadas y en fuga) quedó claro que la única
amenaza sobre la defensa nacional que podía pesar venía del
Sur. Por otra parte, la firma de los acuerdos con los EEUU,
aún cuando no nos incluían en el dispositivo de la OTAN, si,
desde luego, nos incorporaban a la «defensa occidental» y, por
la particular situación geográfica de la Península, era evidente
que a España le correspondía la defensa de los accesos al
Mediterráneo y –tal como se evidenciará a partir de la primera
crisis del petróleo, de la guerra del Yonkipur (1973) y de la
ofensiva soviética sobre la «ruta del petróleo» (1973-1983)- el
control sobre el último tramo de la «ruta del petróleo» que, del
Golfo Pérsico, bordeando África, llegaba hasta Europa.
Para asegurar estos objetivos, los teóricos de la defensa
nacional establecieron un «eje estratégico» comprendido entre
Baleares y Canarias, teniendo al Estrecho de Gibraltar como
pivote. Y en todos los planes de la defensa en esa época quedó
reflejado este planteamiento estratégico.

102
Ernesto Milà

A partir de 1976 y hasta el final de la transición (que puede


considerarse concluida en el período comprendido entre el 23-
F de 1981 y la victoria socialista en octubre de 1982) práctica-
mente todo el país quedó paralizado por los traumatismos de la
época y, por otra parte, las FFAA se vieron afectadas por tres
presiones de distinta matriz:
– la ominosa retirada del Sáhara y la conciencia clara de
haber abandonado a su suerte a un pueblo hasta enton-
ces amigo.
– el choque entre el juramento de fidelidad militar y los
sucesos que alteraron profundamente el panorama polí-
tico español.
– las tensiones interiores que desembocaron en distintos
procesos golpistas y en un descontento, desorganizado
en su mayor parte, pero mayoritario, que se daba en el
seno de las FFAA, especialmente en el Ejército de tie-
rra.
En este contexto, era imposible replantear los planes de la
Defensa e incluso acometer la necesaria renovación del
equipamiento. A pesar de la importancia de determinadas de-
cisiones políticas que se adoptaron en aquel momento (crea-
ción del Ministerio de la Defensa en 1977, como fusión de los
ministerios correspondientes a los tres ejércitos (tierra, mar y
aire) y constitución posterior de la Junta de Jefes de Estado
Mayor), los planes estratégicos no variaron.
A medida que avanzó la transición, se hizo evidente que
España entraría antes o después en la entonces llamada Comu-
nidad Económica Europea y que el paso previo en la época,
era la incorporación a la OTAN. A medida que la transición fue
desembocando en la estabilización del sistema democrático,
los teóricos de la defensa confirmaron las tesis estratégicas

103
El Pequeño Tablero Local

imperantes desde los años 60. El almirante González-Llanos


en 1980 explicó que «El centro de gravedad de nuestra es-
trategia es la zona del Estrecho con sus accesos, prolonga-
dos hasta las Islas Baleares y las Canarias». Y este plantea-
miento ya se hacía pensando en la próxima incorporación a la
OTAN.

EL POR QUE DE ESTE EJE ESTRATEGICO


Por nuestra parte, consideramos que ese eje estratégico era
válido en 1963, en 1980 y, mucho más, en 2004. En primer
por que era evidente que, liquidado el maquís en 1963 e, inclu-
so, liquidada ETA a partir de finales de los años 90 (con todo el
potencial residual que se ha prolongado hasta nuestros días,
siempre en progresivo agotamiento), de la frontera francesa no
podía venir ninguna amenaza. Así mismo, a medida que se evi-
denció el desplome interior de la URSS a mediados de los
años 80 (a causa del empantanamiento en Afganistán, de la
rebelión polaca que desmanteló la red de alianzas defensivas
de la URSS, de la «guerra de las galaxias» de Reagan que puso
el listón armamentístico a un nivel que la URSS no podía alcan-
zar y del crecimiento de las etnias no-rusas dentro de la URSS),
resultó evidente que la amenaza tampoco podía proceder ni de
la fachada Atlántica ni de la específicamente cantábrica.
El único problema posible podía proceder –y las acciones
terroristas marroquíes contra la guarnición de Ifni, los sucesos
del Sáhara, a partir de los ataques del FPolisario y, posterior-
mente, de la «Marcha Verde», así lo demostraban- del Sur y en
el Sur se encontraban el mar de Alborán y la zona del Estrecho
con su prolongación atlántica. Aunque no se decía para evitar
roces diplomáticos, lo cierto es que, a partir de la independen-
cia marroquí de 1956, quedó claro que el nuevo Estado asu-

104
Ernesto Milà

mía la tesis defendida hasta entonces por el Istiqlal según la


cual el territorio «histórico» al que aspiraba Marruecos era el
comprendido por el territorio del Principado de Tánger, el
Marruecos francés que habían dado lugar en su independencia
al Reino de Marruecos, más la franja de Ifni, el Sáhara Occi-
dental español, Ceuta, Melilla, las Islas Adyacentes, las Islas
Canarias, la zona argelina de Tinduf y Bechar, Mauritania y
Malí hasta el río Senegal. A esta ficción geopolítica, el Istiqlal le
llamaba el «Gran Marruecos». A medida que éste país avanzó
en su independencia, el Istiqlal consiguió que su proyecto im-
perialista en la zona, fuera asumido por la mayor parte de fuer-
zas políticas y sociales del país… especialmente por la Casa
Real.
Era evidente que la doctrina del «Gran Marruecos» conver-
tía, automáticamente, a éste país en adversario de España: en
apenas una década, Marruecos logró el dominio sobre la fran-
ja de Ifni y consiguió apoderarse en la práctica del Sáhara
Occidental mediante un golpe de efecto de repercusiones in-
ternacionales –la «Marcha Verde»- convirtiéndose, oficialmente,
en «administrador» del territorio y, en la práctica, incorporán-
dolo al «Gran Marruecos». Esta dinámica hacía que sólo a los
ciegos y tontos –y en España han abundado políticos con esos
rasgos- se les escapara que, la misma dinámica de los hechos,
iba a hacer que las próximas piezas del dominó marroquí fue-
ran, por éste orden, las Islas Adyacentes, Ceuta, Melilla, y,
finalmente Canarias. Esto sin olvidar que en algunos medios,
no precisamente extremistas, marroquíes en antiguo reino nazarí
de Granada figura como «zona islámica» a recuperar y en me-
dios ligeramente más radicales, toda España, esto es Al-
Andalus, se considera zona marroquí… Y esto tiene una im-
portancia capital, por que lleva directamente –mucho más que

105
El Pequeño Tablero Local

la Cumbre de las Azores- a los criminales atentados del 11-M.


Este planteamiento –que era válido ayer y, acaso, mucho
más válido hoy- hacía, no sólo del punto geográfico en sí mis-
mo del Estrecho de Gibraltar, sino de toda la zona, el «pivote
de la defensa», pues no en vano precisamente por ahí pasa el
cordón umbilical que une el territorio continental con las plazas
de soberanía en África y es por ahí por donde, necesaria, de-
ben discurrir los convoyes de ayuda ante una eventual ofensiva
marroquí sobre esos territorios.
La historia ha demostrado la justeza de estos razonamien-
tos. En julio de 1936, Franco pudo asegurarse el apoyo a los
núcleos sublevados andaluces, gracias al llamado «Convoy de
la Victoria» que trasladó al grueso del Ejército de África hasta
la Península y, posteriormente, el cierre del Estrecho a la flota
republicana, con lo que la cornisa cantábrica debió de soportar
un bloqueo que apenas lograron superar los «bous» armados
de la república y del gobierno vasco.
Es evidente que una zona geográfica no se defiende con-
centrando solamente medios y sistemas en su entorno, sino ase-
gurando también sus flancos. Los dos flancos de la zona de
Gibraltar son las Islas Canarias y las Islas Baleares. Con este
eje o «arco defensivo» cualquier ataque que venga del sur pue-
de recibir una respuesta adecuada y obligar al agresor a com-
batir en dos frentes, en una situación de inferioridad estratégi-
ca.

LA DEFENSA NACIONAL SEGÚN FG...


Al formarse el primer gobierno socialista, fue nombrado
Ministro del Interior un verdadero relaciones públicas que ni
siquiera había realizado el servicio militar. Toda la habilidad y el
don de gentes de Narcis Serra se proyectó, más que en las
106
Ernesto Milà

salas de planificación de las FFAA, en los banquetes y recep-


ciones, en las que pudo desplegar sus dotes de relaciones pú-
blicas, cautivando, fundamentalmente al público femenino («las
militaras», o esposas de militares) a las que deleitó tocando
para ellas el piano y departiendo con sus maridos demostrando
que los socialistas no eran esos «lobos con piel de cordero» tal
como pensaban hasta entonces Milans del Bosch y sus com-
pañeros (Milans estaba convencido en 1982, por ejemplo, de
la que la victoria socialista entrañaría su inmediato fusilamiento,
en un estado de espíritu que no era único en el seno de las
FFAA de la época, pero si significativa).
En la Directiva de la Defensa Nacional 01/1984, Felipe
González asumió la tesis de la Marina sobre el eje defensivo
Canarias – Gibraltar – Baleares, sin añadir ni una sola sílaba.
Esta aceptación reflejaba también el clima de la época y la pér-
dida de confianza que pesaba sobre el Ejército de Tierra del
que se sabía que la mayor parte de sus cuadros habían asistido
con indisimulada hostilidad los sucesos de la transición, a dife-
rencia de la Marina que había aceptado con más facilidad la
realidad de los hechos.
En problema con que se encontraron los socialistas fue que,
a partir de 1983 sus esfuerzos en materia de defensa se orien-
taron hacia la integración en la OTAN… y este planteamiento
de la Defensa chocaba con la opinión de los futuros aliados
dentro de esta instancia. La transición estaba demasiado próxima
como para que los «vecinos» no temieran eventuales «regre-
siones». Además, Inglaterra mantenía el contencioso de Gibraltar
y vio con malos ojos el traslado del cuartel general de la Mari-
na de El Ferrol a la base de Rota y, con ella, el grueso de la
flota. Tampoco percibió como «acto amistoso» la reorganiza-
ción del Ejército de Tierra con el envío de las unidades de élite

107
El Pequeño Tablero Local

al sur y mucho menos aún, la creación del Mando de Artillería


de Costa del Estrecho. Los ingleses estaban en su derecho de
pensar que España intentaba restarles protagonismo en la zona
del Estrecho y que buena parte de este despliegue de efectivos
se realizaba para controlar a las fuerzas armadas inglesas des-
plegadas en la zona.
Por otra parte, las necesidades del gobierno socialista de
congraciarse con el estamento militar, incluso cierto «naciona-
lismo» del que el gobierno socialista hizo gala en sus primeros
momentos (en EEUU se consideraba que los socialistas espa-
ñoles y Felipe González eran «jóvenes nacionalistas»…) y al-
gunas iniciativas posteriores (la organización de los eventos del
Vº Centenario, la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos
Olímpicos de Barcelona) tendían a proyectar la imagen de Es-
paña sobre el mundo. Por todo ello, los socialistas reiniciaron
la presión para la recuperación de Gibraltar, tema que incluso
figuraba en la Directiva de la Defensa de 1984.
Pero en 1985, el Plan Estratégico Conjunto incluyó una
novedad que muy pocos advirtieron: la referencia a Gibraltar
había desaparecido y se aludía al eje Canarias – Península –
Baleares. Se aludía a un concepto estratégico nuevo, el de «ame-
naza no compartida» con el que se situaba la posibilidad de una
agresión contra zonas del territorio nacional, no incluidas en el
Tratado de Washington: era una alusión a Ceuta, Melilla y Ca-
narias. De hecho, cuando se produjeron los sucesos de Ifni, las
Fuerzas Aéreas no pudieron utilizar los reactores F-86 Sabre,
ni siquiera los transportes tácticos DC-3, contra los terroristas
marroquíes que atacaron, a causa del acuerdo con Washing-
ton. En aquella ocasión, por última vez en la historia, las versio-
nes fabricadas en España de los viejos aviones alemanes, los
cazas «Messeresmith 109», los bombarderos tácticos «Heinkel

108
Ernesto Milà

111» y los transportes de tropas «Junkers 52», alzaron el vuelo


para sostener a nuestras unidades de Regulares, Paracaidistas
y Legionarios, sitiados en Ifni… mientras los modernos F-85
Sabre, debían quedarse en tierra a éste lado del Estrecho.

EN LA OTAN, SIGUEN LOS PROBLEMAS


En 1986, finalmente, España entra en la OTAN. Parece que
en esos momentos ya puede hablarse con más libertad sobre
los temas militares y sobre todo lo que atañe a la Defesa Na-
cional. En ese momento, resulta altamente irónico que después
de tantas y tan vivas discusiones sobre el asunto del «eje estra-
tégico», finalmente resultara –tal como reconoció el Instituto
Español de Estudios Estratégicos en 1987 que: «España care-
ce de nivel adecuado para ejercer su dominio sobre el Estre-
cho». Lo más terrible era que, ni siquiera la modernización abor-
dada en aquella época de las fuerzas armadas (planes META,
FACA y Programa Naval), iba a conseguir situarnos en condi-
ciones de defender el pivote sobre el que dependía nuestra
seguridad. Claro está que en aquel momento se consideraba
que el enemigo era la URSS y estaba claro que las unidades
españolas no iba a poder contener en ningún caso los fabulo-
sos cruceros de las Fuerzas Navales Soviéticas, dotadas de
una capacidad tecnológica y de fuego insuperable.
Además de este problema aparecieron las fricciones con
los socios de la OTAN, especialmente con Inglaterra, que sub-
sistirán hasta 1997 y que solamente fueron salvadas mediante
la intervención de Madeile Albright. Inglaterra aceptó la des-
aparición del mando aliado de Gibraltar. Portugal, a pesar de
las buenas relaciones tradicionales, manifestó recelos –que tam-
bién fueron superados- a causa de que la incorporación de
España, disminuía sensiblemente su peso en la OTAN.

109
El Pequeño Tablero Local

En los últimos años del socialismo, cuando está claro que el


«enemigo» se ha desplomado y que al menos durante un largo
período, la URSS primero y la CEI después, no supondrán
una amenaza para la seguridad nacional, existe cierta ambigüe-
dad en cuanto a los objetivos de la defensa.
En ese tiempo, los últimos años del socialismo, FG acaricia-
ba la idea de convertirse en un líder de proyección mediterrá-
nea, aumentó su intervención en los asuntos de Oriente Medio
y en el contencioso palestino-israelí y convocó una Conferen-
cia Mediterránea que, finalmente no llegará a realizarse, pero
que tenía como finalidad, aprovechar la proyección internacio-
nal conseguida por España gracias a los eventos del 92, a fin
de consolidar una posición de «potencia media» en esta impor-
tante zona geopolítica. FG aspiró a ser el interlocutor de «occi-
dente» con Ghadafi (por entonces aún no respuesto del bom-
bardeo norteamericano sobre Trípoli de 1986), estrechar lazos
con el FLN argelino, que se había quedado sin aliado tras el
desplome de la URSS y, particularmente, con Marruecos y
Túnez. Era evidente que había que tender la mano y ahorrar
cualquier iniciativa que supusiera que las FFAA españolas apun-
taban contra el «enemigo del Sur».
Es por todo ello que en ese período, desaparecen de las
Directivas de la Defensa Nacional y de los Planes Conjuntos
de Operaciones, las referencias hacia el Norte de África y la
Zona del Estrecho, a pesar de que, al producirse la Segunda
Guerra del Golfo (ocupación de Kuwait por parte de Irak y
subsiguiente Operación Tormenta del Desierto), el Estrecho de
Gibraltar apareció como una zona estratégica de primer orden
a través de la cual pudo abastecerse a las tropas americanas
desplegadas en Arabia Saudí. Un año antes, en el Ministerio de
la Defensa español se había empezado a abandonar la idea del

110
Ernesto Milà

«eje estratégico» y, lo más sorprendente, es que en 1992, en la


Directiva de la Defensa Nacional de ese año, ya no hay ningu-
na referencia a Gibraltar, mientras que, por el contrario, se dice:
«Nuestra seguridad no se inscribe a un espacio territorial pro-
pio e inmediato, ya que los intereses de nuestra nación también
requieren ser protegidos fuera de los límites de ese espacio», lo
que implicaba una alta dosis de indefinición que prosiguió en
los años siguientes en beneficio de una definición claramente
terrestre los principios estratégicos. En el Concepto Estratégi-
co de 1993, incluso, se califica la tendencia anterior como una
«fijación estratégica por el sur» y la Península pasa a ser el
centro de gravedad de la defensa.
Es fácil percibir en todo ello una recuperación del prestigio
del Ejército de Tierra que había resultado pulverizado con los
proyectos golpistas de principios de los años 80. En esta con-
cepción el territorio peninsular pasa a ser el «centro de grave-
dad» y la «base fundamental de proyección de fuerzas». Es
cierto que, los acontecimientos de la Segunda Guerra del Gol-
fo, mostraron la importancia del territorio peninsular como zona
de tránsito para el despliegue norteamericano en Arabia Saudí
y que, prácticamente, todos los transportes aéreos que partían
del territorio norteamericano, se veían forzados a repostar en
las bases americanas en España. Pero con esto lo que se evi-
denciaban eran los intereses estratégicos de los EEUU, no de
España.
Al producirse la victoria de 1980 sobre el Ejército Iraquí,
George Bush pudo proclamar ante sus tropas desplegadas en
Arabia Saudí el «nuevo orden mundial» del que los EEUU se
consideraban, como el presidente reclamó, como la única po-
tencia con «fuerza moral suficiente como para liderarlo». En
ese momento, podemos marcar el tránsito de una distribución

111
El Pequeño Tablero Local

bipolar del mundo que había regido desde 1945 hasta ese
momento, a una distribución unipolar. Esta nueva situación partía
de la base de que ninguna potencia podía disputar a los EEUU
la hegemonía mundial. No es de extrañar que en 1995, el Plan
Estratégico Conjunto aludiera a la «inexistencia de enemigos»,
haciéndose eco de las directivas de la OTAN. Pero las cosas
distaban mucho de estar claras y, por lo demás, el paréntesis
unipolar, como luego se ha demostrado, apenas ha podido ser
mantenido durante veinticinco años, pues, no en vano, las la
reordenación de fuerzas con posterioridad a la invasión de Irak,
y a las dificultades del ejército de ocupación norteamericano
por pacificar el país, quedó claro que las potencias que com-
ponían el tablero euroasiático, habían percibido, perfectamen-
te, cuál era la principal amenaza para su estabilidad: los EEUU
y, mientras que especialmente a partir del segundo mandato de
George W. Bush, EEUU aparecía como una potencia en decli-
ve, resultaba evidente que la Unión Europea se sentía cada vez
más reforzada, Rusia había manifestado de nuevo su voluntad
de recuperar el espacio perdido en el terreno internacional y
China se configuraba como una potencia emergente, lo que
sólo podía implica, la desembocadura en un mundo multipolar.
Pero ni en los últimos años del primer período de gobierno del
PSOE, ni siquiera en la primera legislatura del PP, cuando aún
no tenía la mayoría absoluta, podía preverse todo esto.

LA POLITICA DE DEFENSA DEL PP


En la primera legislatura de Aznar, el principal suceso
traumático que afecta a la defensa nacional, es el ataque de la
OTAN sobre Yugoslavia, impulsado por el intervencionismo
norteamericano, en lo que ha constituido la única actividad ofen-
siva que ha desarrollado la Alianza Atlántica a lo largo de su

112
Ernesto Milà

historia. En esas operaciones extrañas en donde ni España ni


cualquier otro país europeo se jugaba absolutamente nada, ni
podía aspirar a ver en los ataques aéreos un objetivo estratégi-
co de ningún signo (ni siquiera en el terreno de los cacareados
«derechos humanos» había mucho que defender, pues no en
vano, las bandas terroristas de la UÇK cometían crímenes y
exacciones en número y frecuencia mucho mayores que las
milicias regulares serbias), participaron aviadores españoles,
mientras que el «telefonista» que transmitió las órdenes de ata-
que del Despacho Oval de la Casa Blanca al general Wesley
Clark, es decir, el Secretario General de la OTAN, fue el so-
cialista español Luis Solana. Los bombardeos sobre Kosovo
y, posteriormente la invasión norteamericana de Afganistán nun-
ca ocultaron que su interés estratégico único estaba al servicio
de los EEUU, algo que en Europa solamente se percibió con
posterioridad a los acontecimientos y entrañó cambios sustan-
ciales en la actitud europea entre octubre de 2001 (invasión de
Irak) y verano de 2002 (cuando EEUU manifestó claramente
que entre septiembre y fin de año invadiría Irak, si bien no es-
tuvo en condiciones de hacerlo, tanto por causas políticas –su
aislamiento creciente- como por causas estrictamente militares
–lentitud en el despliegue- hasta mayo del año siguiente). En
ese período la Unión Europea –al menos el «núcleo duro»-
toma conciencia de sí misma y tiende a emanciparse de la es-
trategia intervencionista norteamericana y a recuperar un perfil
propio. Aznar no verá las cosas de este modo.
En la política aznarista hay dos tiempos perfectamente defi-
nidos. Antes y después de la cumbre del G-8 en Canadá (julio
2002). En aquella cumbre ocurrió el «flechazo» entre Aznar y
Bush a raíz de sus conversaciones sobre records deportivos.
En buena medida el giro proamericano de la política española a

113
El Pequeño Tablero Local

partir de mediados de 2002 se produce a partir de ese mo-


mento y, bajo la impresión de la reacción francesa durante la
crisis de Isla Perejil. Error, por que en política exterior, la esta-
bilidad (en las amistades y en las enemistades) es fundamental
y, porque los vaivenes en política exterior no pueden estar al
albur de las filias y las fobias de los gobernantes de turno.
En la primera parte de su período de gobierno, Aznar defi-
nió como «interés estratégico inmediato, la estabilidad del Me-
diterráneo y la garantía de acceso al Estrecho». Acto seguido
solicitó la desaparición del mando aliado de Gibraltar que, fi-
nalmente, se logró en 1998, con la adquiescencia de Inglaterra
tras múltiples resistencias. Ahora quedaba solo abordar el pro-
blema del Sur. En el Libro Blanco de la Defensa aparecido en
2000, Gibraltar, el Mediterráneo Oriental y el Norte de África
quedan, se menciona de nuevo como «zonas de interés estra-
tégico», con alusión explícita a Gibraltar. Esta orientación se-
guirá en años anteriores y en particular en la Revisión Estratégi-
ca de la Defensa que ligó la seguridad española a la estabilidad
general en el área mediterránea. Ahora bien, ese año ya habían
ocurrido muchas cosas como para que no se reconociera la
existencia de una inestabilidad creciente.
En primer lugar, las prospecciones petrolíferas que el go-
bierno concedió a REPSOL en 2001 ocasionaron lo que,
eufemísticamente, se llamó «desencuentro» entre España y
Marruecos y la retirada del embajador marroquí. Meses des-
pués estallaba la crisis de Perejil. Pero todo esto ocurría cuan-
do el destino energético de España dependía en buena medida
del gaseoducto de Tarifa y de las exportaciones de gas natural
argelino que pasaban a través de Marruecos. En esta situación
de dependencia energética creciente, cualquier tensión podía
ser considerada como vital para los intereses nacionales.

114
Ernesto Milà

En esto (principios de julio de 2002) se produce la aventura


marroquí en Isla Perejil. Poco antes se había producido el rele-
vo de Piqué por Ana de Palacio en Exteriores y, acto seguido,
casi sin solución de continuidad, tuvo lugar la cumbre del G-8.
Aznar llegó resentido por el silencio francés ante la innoble agre-
sión marroquí. Era evidente que en ese momento Chirac man-
tenía la política histórica que a lo largo del siglo XIX y XX
había protagonizado en África del Norte: afianzar su presencia
en la zona, debilitando a España. Eran los restos de la «grandeur»
francesa. Aznar lo entendió como una ofensa personal (olvi-
dando que el éxito de la lucha antiterrorista dependía en buena
medida de la actitud francesa o que buena parte de nuestras
exportaciones e importaciones tienen más que ver con Francia
que con cualquier otro país europeo) y encontró en Bush a un
confidente y amigo con el que sintonizó fanfarroneando sobre
marcas atléticas (4 kilómetros en 6 minutos, 22 segundos…).
Allí nación una amistad que tuvo como resultado un giro
copernicano en la postura internacional de España:
euroescepticismo, desconfianza y alejamiento hacia el «núcleo
duro» de la Unión, intento de liderazgo de los países de tamaño
medio de la Unión, y, particularmente, presencia en la Cumbre
de las Azores, con un apoyo decidido a la intervención en Irak
que contrastaba con el 90% de oposición en la opinión públi-
ca.
Durante la crisis de Perejil, la Palacios logró que su amigo
Colin Powell mediara a favor de una salida negociada que per-
mitiera una salida airosa a unos o a otros. Powell así lo hizo,
pero a poco que se examine el resultado de su gestión, se verá
que la nueva situación benefició especialmente a Marruecos.
De ser Isla Perejil una posesión española sin limitaciones de
ningún tipo, pasó a ser una posesión española en la que nuestro

115
El Pequeño Tablero Local

país no podía ejercer ningún derecho de soberanía, ni siquiera


colocar la bandera nacional… Lo que Aznar nunca entendió es
que EEUU estaba iniciando una aproximación hacia los países
de África del Norte, uno de cuyos objetivos era restar esta
zona a Francia de su esfera de influencia, pero que esta opera-
ción no era solamente contra Francia… sino que suponía una
situación de «prevengan» ante toda la Unión Europea… de la
que España formaba parte con una integración creciente (el
Europa, la principal amenaza contra la economía norteameri-
cana, hacía año y medio que circulaba por nuestros bolsillos).
A partir de ese momento, la política exterior de Aznar que,
antes de Perejil había sido realista y en el área de defensa logró
algo que no habían alcanzado los socialistas (el desmantelamiento
del mando aliado de Gibraltar), se tornó errática y pasó a ser
una fotocopia reducida de las líneas básicas de la administra-
ción Bush. Así, por ejemplo, en la Revisión Estratégica de la
Defensa de 2002 se aludía a las «acciones anticipatorias» como
traslación del concepto estratégico norteamericano de «ataque
preventivo». En ese momento, Bush ha logrado que el PP en
pleno acepté sus tesis sobre «estados canallas» y «estados fa-
llidos» y, especialmente, la valoración del «terrorismo interna-
cional» como inspirado por el «eje del mal». Y, en la medida en
que el «terrorismo internacional» es un enemigo difuso, más
teórico que real, y toda la teoría en torno al «eje del mal», los
«estados fallidos», «estados canallas», etc, un mero artificio
teórico para justificar una política mesiánica y expansiva, estas
ambigüedades llevaban a conceptos estratégicos inaplicables:
¿»acciones anticipatorios»? ¿contra quién? ¿en qué casos? ¿de
dónde podía venir el terrorismo internacional en España? Y en
este terreno, no estaban claras las cosas. ¿Se iba a atacar a
Francia, rompiendo cualquier legalidad internacional, al saber

116
Ernesto Milà

que existía una célula de ETA en tal o cual zona? ¿no era más
prudente instar a la seguridad del Estado francesa a que inter-
viniera? Y otro tanto podía decirse si el foco terrorista se situa-
ba en Marruecos. Está claro que Aznar aludía a otros países y
que era una forma de justificar la intervención en Irak. Ahora
bien, está demasiado claro que el Golfo Pérsico está demasia-
do alejado de España como para poder incluirlo en nuestra
zona de influencia geopolítica. Este tipo de apreciaciones pue-
de generar errores definitivos en la conducción de los asuntos
del Estado. Recuérdese que mientras Julio César, militar inven-
cible y apoyado por la maquinaria militar más temible de su
época, se detuvo ante los boques de Germania y autolimitó la
zona de influencia imperial al estanque mediterráneo y a sus
accesos, demostrando ser, además de un gran caudillo militar,
un hábil político y un estratega notable, Alejandro Magno, salió
del área geopolítica propia de Hélade para llegar, de victoria
en victoria, hasta las puertas de la India… y no poder dar acom-
pañar la extensión espacial de una duración temporal, demos-
trando, precisamente por esto, ser un brillante general, pero
carecer de cualidades políticas. España en Irak estaba muy
lejos de su zona geopolítica de influencia. En realidad en la
Revisión Estratégica de 2003, se aludía a que «España debe
mantener una capacidad operativa propia y suficiente que le
permita mantener el control del Estrecho». Y no estaba claro
que los programas META, FACA y PRONA hubieran conse-
guido –tal como el Instituto Español de Estudios Estratégicos
proclamó en 1987- alcanzado el nivel adecuado para asegurar
nuestras exigencias defensivas en la zona del Estrecho. Diga-
mos que Aznar aspiraba a jugar en primer división, cuando te-
nía un equipo propio para una liga regional. Reconocer la rea-
lidad del propio espacio geopolítico, las capacidades reales

117
El Pequeño Tablero Local

defensivas y ofensivas, son los adornos que deben correspon-


der al estadista de altura. Desconocerlos, implica caer en aven-
turas de dudoso final. Y, aun reconociendo el patriotismo y las
intenciones de Aznar («Hacer que España salga de su rincón y
pese de nuevo en el mundo»), era demasiado evidente que el
fin propuesto no tenía nada que ver con las posibilidades rea-
les.

¿AMENAZAS IMPREVISIBLES O
AMENAZAS DEMASIADO REALES?
Cuando la impreparación y el amateurismo se instalan en el
poder, la defensa nacional salta en pedazos. Pues bien, hoy la
impreparación, el amateurismo y la demagogia están en el po-
der. En el Ministerio de Defensa las únicas actuaciones de su
titular han tenido dos ejes en absoluto militares, sino simple-
mente políticos: las reiteradas acusaciones al PP de haber en-
gañado a la opinión pública por el incidente del Yakolev-42
(nadie va a discutir que existen responsabilidades políticas del
Ministro Trillo y que, probablemente existen también respon-
sabilidades de mandos de la Defensa Nacional que en otro
tiempo hubieran depurado «tribunales de honor», proscritos en
la actualidad) y las reiteradas alusiones a la unidad nacional y al
papel de las FFAA en dicha unidad (declaraciones que son la
contrapartida equilibrante de las declaraciones en sentido con-
trario realizadas por los aliados más conspicuos del PSOE,
gracias a los cuales gobierna, ERC, PNV e IU, hasta el punto
de que puede dudarse de la sinceridad de tales declaraciones y
de que no intenten otra cosa que neutralizar las declaraciones
en sentido contrario). Por lo demás, en estos ocho meses del
segundo mandato del PSOE, no se sabe de ninguna otra inicia-

118
Ernesto Milà

tiva digna de tal nombre que haya partido del ministro Bono.
La doctrina oficial actual es que la «amenaza es imprevisi-
ble». Pero no lo es. En realidad, cualquier amenaza es imprevi-
sible desde el punto de vista de cuando se va a concretar, pero
muy previsible si se examina de desde dónde va a proceder.
Hoy más que nunca, el enemigo está al Sur, siempre al Sur y
solo al Sur. Es más, el enemigo tiene nombres y apellidos, se
llama Marruecos y la monarquía alhauita, se llama «Gran Ma-
rruecos» y se llama islamismo. Y lo que es peor, el «enemigo
del Sur» ya ha iniciado una guerra de baja cota contra España.
Negarse a reconocer esto, en beneficio de un simplista, inge-
nuo y amateur propuesta de «diálogo de civilizaciones» es sui-
cida e irresponsable para la defensa nacional.
Mientras los planes de la defensa vayan a remolque de las
iniciativas de políticos obtusos e insensatos que ni siquiera tie-
nen una mínima visión de Estado, carecen por completo de una
visión geopolítica de la situación mundial (y ni siquiera los respon-
sables de Exteriores estén en condiciones de realizarla), mien-
tras no haya una voluntad política de asegurar la defensa nacio-
nal y de llamar a las cosas por su nombre, España seguirá sin
poder articular una estrategia realista de defensa. Y lo que es
peor: el flanco sur de la defensa europea estará desguarnecido.
Decimos que Marruecos tiene planteada una guerra de baja
cota contra España. Este concepto implica la existencia de un
conflicto iniciado por una de las partes que evita recurrir a «mé-
todos calientes», y basa su actuación en un desgaste progresi-
vo del adversario. Es el modelo de conflicto que Marruecos
está siguiendo contra España, especialmente a partir de 1998,
cuando muere Hassan II, y llega al trono Mohamed VI y su
camarilla. Este período, por lo demás, coincide con tres he-
chos fundamentales a tener en cuenta:

119
El Pequeño Tablero Local

– Aumento de la dependencia española en materia de ener-


gía, del gaseoducto de Tarifa que transvasa el gas natural
argelino hasta Sevilla.
– Descubrimiento de bolsas petrolíferas en el Este marro-
quí, fronterizo con Argelia, en la franja costera del Sáha-
ra Occidental administrado por Marruecos y en aguas
territoriales canarias reivindicadas por Marruecos y
– Aumento de la influencia norteamericana en Marruecos
y Argelia, con la paralela y progresiva disminución de la
influencia francesa.
Todos estos elementos crean un cuadro particularmente ines-
table y sensible que no puede ser eludido. Así mismo, para un
análisis de la situación, no pueden eludirse tres elementos deci-
sivos:
– que la doctrina del «Gran Marruecos» no ha sido recha-
zada oficialmente por el régimen marroquí y que en el
salón del trono de Rabat, en el tapiz situado sobre el
sillón real, pueden verse, lo han visto todos los embaja-
dores de España que allí han presentado sus cartas cre-
denciales y la Familia Real española que allí ha visitado a
su homóloga marroquía, el mapa del Gran Marruecos
incorpora incluso a Canarias en su diseño…
– que Marruecos vive una situación de inestabilidad inte-
rior que irá creciendo a medida que crecen tres elemen-
tos clave:
- La demografía que hace que cada veinte años se
duplique la población del país.
- La economía y las estructuras feudales que hacen
que el sistema económico y los parámetros por los
que se rige no respondan a las exigencias demográfi-
cas: cada vez hay más distancia entre ricos y pobres
y, por tanto, más resentimiento y odio social.

120
Ernesto Milà

- La difusión del islam fundamentalista cada vez más


extendido gracias a la financiación de los grupos
wahabitas saudíes que hacen que hoy, el 30% del is-
lam marroquí esté fuera del control de la Casa Real y
el 50% de la población marroquí vea con buenos ojos
a Bin Laden y Al Qaeda (sea lo que sea que es…)
– que las reformas políticas y económicas en las que se
confió durante el primer año de reinado de Mohamed
VI, están atascadas y que, en contra de lo que se pro-
clama desde Rabat, la distancia .antropológica, socioló-
gica, cultural, política y ética, que separa a la Unión Eu-
ropea de Marruecos, está aumentando de día en día.
Ahora bien, antes hemos hablado de una «guerra de baja
cota». Es preciso afinar este concepto. Por que lo importante
no es lo que Marruecos dice, sino lo que hace. Está claro que,
en los foros internacionales y en las conversaciones entre diri-
gentes de ambos países, Marruecos manifiesta la mejor de las
voluntades para resolver los equívocos y las situaciones de
«desencuentro». Pero esto es importante, pertenece al «doble
lenguaje» que suele ser la clave antropológica y cultural habi-
tual en todo el mundo árabe. Lo importante es lo que hace
Marruecos, algo que no deja de ser intranquilizador. La guerra
de baja cota se libra en cuatro frentes:
– Cuando Marruecos atenta contra la salud pública, per-
mitiendo sin prácticamente hacer absolutamente nada,
salvo absorber fondos comunitarios, que cada año crez-
ca la superficie de cultivo de hachís, destinado a la ex-
portación, el 80% en dirección a España. No se trata de
una droga dura, ciertamente, pero es una droga que al-
tera la percepción de la realidad, crea un modelo de ca-
rácter apático, sin motivaciones de ningún tipo,
«buenista», situado en un contexto que no tiene nada que

121
El Pequeño Tablero Local

ver con el real. Mediante el narcotráfico, Marruecos de-


bilita el carácter y la voluntad, especialmente de la ju-
ventud española.
– Cuando Marruecos atenta contra la seguridad ciudada-
na, permitiendo sin prácticamente hacer absolutamente
nada, que miles de inmigrantes propios y procedentes
del África Subsahariana, crucen diariamente el Estrecho
en un fenómeno de colonización de carácter masivo sin
precedentes en la historia. Está claro que estos contin-
gentes crean el campo de cultivo para futura reivindica-
ciones y para la internacionalización del problema de
Canarias, por ejemplo. Los atentados del 11-M y las
estadísticas sobre la delincuencia practica por súbditos
marroquíes en España son elocuentes: tras ganar la ba-
talla contra la delincuencia española, las fuerzas de segu-
ridad del Estado están perdiendo la batalla contra la de-
lincuencia venida de fuera de España y en gran medida
llegada a través de Marruecos. El silencio previo a los
atentados del 11-M de los servicios marroquíes sobre la
militancia fundamentalista de los que luego resultaron
detenidos e inculpados es elocuentes, como es elocuen-
te el que el día 13-M, funcionarios marroquíes entrega-
ran documentación sobre la presunta militancia integrista
de esos mismos sujetos… documentación que habían
ocultado anteriormente a su detención. Esto sin mencio-
nar el hecho de que desde el 11-M se vive una situación
de «efecto oleada» en el tránsito de inmigrantes ilegales
por el Estrecho, efecto que el ministro Caldera intenta
minimizar a fin de hacer que el país acepte su proyecto
de regularización masiva. Hay que recordar que en zo-
nas como Ceuta y Melilla, la población de origen marro-
quí ya es mayoritaria.

122
Ernesto Milà

– Cuando Marruecos atenta contra la integridad nacional,


manteniendo sus reivindicaciones sobre el Gran Marrue-
cos, cuando en las mezquitas moderadas, el mapa de
expansión del islam abarca hasta el antiguo reino de Gra-
nada y en las mezquitas wahabitas llega hasta los Piri-
neos, cuando periódicamente mantiene abierta la cues-
tión de Ceuta y Melilla y las Islas Adyacentes y, sobre
todo, cuando, inducido, seguramente por EEUU a fin de
comprobar la unidad de respuesta de la OTAN y de la
UE, asaltó Isla Perejil en el último acto de piratería que
se tiene constancia en el Mediterráneo y cuando reivin-
dica las aguas de Canarias donde Repsol obtuvo en 2001
permiso para realizar prospecciones.
– Cuando Marruecos atenta contra la economía nacional,
impidiendo a nuestros buques que faenen en sus aguas
territoriales, unilateralmente ampliadas y que se niega
pertinazmente a discutir, a cuando exporta masivamente
productos agrarios a precios que hunden la agricultura
española, o bien cuando sostiene la existencia del ga-
seoducto de Tarifa como chantaje para evitar represa-
lias por exacciones cometidas en otros terrenos, o cuan-
do las remesas de euros enviadas por los inmigrantes
marroquíes en España suponen una fuga divisas, o bien
cuando los sistemas españoles de educación, sanidad,
protección social, se ven sobrecargados por el peso de
los contingentes marroquíes en nuestro país.
Y, por supuesto, junto a estas estrategias de guerra de baja
cota, se unen los chantajes propios de una guerra convencio-
nal, como las compras masivas de armamento por parte de
Marruecos, justificadas para hacer frente al FPolisario (que
desde hace una década no realiza acciones armadas), en espe-
cial su programa de rearme naval que apunta directamente con-

123
El Pequeño Tablero Local

tra España (pues, no en vano, el FPolisario carece de marina y


diversos acuerdos mutuos de cooperación magrebí aseguran,
al menos sobre el papel, la amistad con los vecinos (Argelia y
Mauritania).
A esto hay que añadir una nueva situación internacional que
todavía parece no ser captada por los responsables de la De-
fensa y que se basa fundamentalmente en el «decoupling» ope-
rado entre la Unión Europea y los EEUU. La intensidad que
imprimió el presidente Aznar a la aproximación a su homólogo
norteamericano George W. Bush, ignoraba el hecho esencial:
que el «núcleo duro» de la UE se había distanciado por com-
pleto de la línea seguida por la administración americana tras la
invasión de Afganistán. Es en ese momento, cuando desde Eu-
ropa se comprueba que EEUU está dirigido por una banda de
aventureros, en donde los intereses petroleros, los del comple-
jo militar-industrial, los intereses de los fundamentalistas cris-
tianos y de los neoconservadores que forman el núcleo duro de
la administración Bush (y la dirigen sin ninguna duda y ningún
escrúpulo. Véase nuestro trabajo «¿Quién está detrás de
Bush?» en la Zona de Descargas), no coinciden en absoluto
con los de Europa. Es más, son contrarios a los intereses de
Europa. Además, la estabilización de la moneda única euro-
pea, ha sido un golpe para la hegemonía del dólar que, a partir
de ahora, no es la única moneda internacional de intercambio.
Para colmo, la catastrófica situación económica de los EEUU
(deuda exterior de 600.000 millones de dólares, jamás cono-
cida por país alguno, y la necesidad de hacer llegar cada día a
través de las bolsas, 2000 millones de dólares para asegurar el
consumo interior, unido a la pérdida de confianza en el dólar y
en las empresas norteamericanas a partir de las quiebras del
2001-2) hace que, justamente en este momento, no estén en

124
Ernesto Milà

condiciones de permitir la «disidencia europea». Este análisis,


finalmente, nos lleva a definir a EEUU, no como enemigo des-
de el punto de la defensa nacional, pero sí como «elemento de
inestabilidad internacional». Algo que no puede ser eludido a
partir de ahora por los estrategas de la Defensa.

EL TERRORISMO INTERNACIONAL COMO


FACTOR DE DESESTABILIZACION
Pero a este elemento hay que añadir otro más y último: el
terrorismo internacional. Para cualquier analista, está claro que
no hay nada claro sobre quien mueve los hilos del terrorismo
internacional, ni se sabe exactamente lo qué es, ni a qué intere-
ses responde, ni siquiera si se trata de algún tipo de operación
cuyas raíces van mucho más allá de lo que se ve en la superficie
(como seguramente así es). Pero, a fin de cuentas, el hecho
último es que existe un terrorismo internacional que, no es, desde
luego, un factor de desestabilización internacional (el factor de
desestabilización, insistimos son los EEUU que utilizar en te-
rrorismo islamista como «casus belli» para justificar sus aven-
turas exteriores), pero sí un elemento que puede cristalizar en
perturbaciones locales de gravedad como los sucesos del 11-
M.
Lo más probable es que este terrorismo sea, en buena me-
dida, producto del «efecto contagio», generado por islamistas
independientes, sin capacidad de organización, ni de análisis
político, que hayan decidido –por odio y resentimiento hacia
Europa y a causa de la brecha cultural, social y antropológica
existente entre la sociedad europea y la islamista- lanzarse a
destruir allí donde puedan: en España, en Francia, en Holanda,
etc, tal como se ha visto en los últimos meses.

125
El Pequeño Tablero Local

Existe la sospecha de que no es solo el odio y el resenti-


miento quienes figuran como motor último de la acción de es-
tos grupos, sino sus aspiraciones a «reconquistar» España, para
ellos Al-Andalus, tierra del islam que fue «usurpada por cruza-
dos e infieles»… Habitualmente, los proyectos terroristas se
asientan sobre locuras colectivas como esta. Pero no hay que
olvidar que una encuesta publicada a principios de 2004, esta-
blecía que el 50% de la población marroquí veía con buenos
ojos la acción de Bin Laden y, una encuesta anterior, explicaba
que el 60% de los marroquíes están dispuestos a abandonar su
país… en dirección, preferentemente a España, y en cuanto a
franja de edad, el 80% de ellos, eran menores de 30 años, es
decir, jóvenes. Gracias a las antenas parabólicas los jóvenes
marroquíes conocen lo que creen que es la sociedad española:
playas en las que las mujeres van en top-less (cuando sus mu-
jeres lucen velor y chilabas hasta los pies), gente de origen islá-
mico como Zidane convertidos en multimillonarios, y una so-
ciedad a la que consideran débil e incapaz de defenderse (a
ello le inducen también, algunos de sus amigos y familiares que
en Marruecos sufrirían amplias penas de prisión sin juicio y
palizas solo por robar unas naranjas en el mercado, mientras
que en España, detenidos una y otra vez por pequeños hurtos,
jamás entran en prisión, ni pasan más de 24 horas en
comisería…). Además, España, en su óptica, da con solo pe-
dir: da enseñanza islámica en las escuelas, da becas de alimen-
tación y libros gratuitos a los niños, da asistencia médica a to-
dos los residentes, subvenciones, alimentos gratuitos a través
de Caritas, Cruz Roja, ONGs, etc, etc, etc. No es raro que en
Marruecos exista una voluntad migratoria como nunca antes,
especialmente por que en el país, no existe ningún tipo de posi-
bilidades de despegue económico para los jóvenes, gracias al
sistema feudal y particularmente odioso de acumulación de ca-
126
Ernesto Milà

pital en las clases favorecidas y de empobrecimiento absoluto


y laminación de las franjas intermedias de la sociedad que con-
vergen con las clases más necesitadas. Un sistema «a la euro-
pea» es solo viable cuando existe una clase media amplia y
extendida y que percibe posibilidades de mejorar su posición.
En Marruecos no existe nada de este estilo.
No es raro que Marruecos no haga nada para impedir la
oleada migratoria. Gracias a ella se libera de una presión de-
mográfica… pero también y sobre todo, política. Los más po-
bres, son precisamente quienes se van, es decir, los que no
deben nada a la Casa Real, ni oran por la salud del «príncipe
de los creyentes» en la red de mezquitas oficiales, sino que
manifiestan su fe islámica en las mezquitas wahabbitas que han
proliferado por todo Marruecos. Solamente en el Valle del Rif,
la zona más pobre de Marruecos hasta hace poco, el cultivo de
hachís, la ha convertido en zona de recepción de inmigración
interior…
Está claro que en estos momentos existen entre 600 y
700.000 marroquíes en España. Esto es, según las estadísti-
cas, 300 ó 350.000 de ellos –como mínimo- serían simpati-
zantes de Bin Laden y, por tanto, estarían en disposición de
apoyar iniciativas terroristas. Sobre esta base social, puede
arraigar un movimiento terrorista organizado del que las células
desarticuladas desde el 11-M son solamente las primeras
avanzadillas.
Ahora bien, esta amenaza terrorista existe… pero no con la
gravedad ni con la repercusión internacional que le atribuyen
los EEUU y en su momento, José María Aznar. En absoluto.
Es absolutamente falsa la distinción entre «Estados Cana-
llas» (aquellos Estados cuya clase dirigente alimenta núcleos
terroristas e intenciones agresivas: dentro de la mitología ame-
127
El Pequeño Tablero Local

ricana, Saddam Hussein y sus cacareadas «armas de destruc-


ción masiva» jamás vistas) y «Estados Fallidos» (aquellos cuya
debilidad y fracaso a la hora de cristalizar han favorecido el
que cayeran en manos del terrorismo internacional: el Afganistán
talibán… colocado ahí por los propios americanos en 1995).
Y es todavía más falsa la existencia de un «eje del mal» que, en
la práctica estaría solo formado por micropotencias de cuarto
o quinto orden, ninguna de las cuales, por los demás, manifies-
ta en estos momentos, intenciones agresivas ni contra EEUU,
ni contra la UE.
La amenaza terrorista existe, pero puede ser controlada a
través de tres vías:
– Un reforzamiento de los cuerpos y fuerzas de seguridad
del Estado, a partir del reconocimiento del hecho real –
aunque políticamente incorrecto- de que en estos mo-
mentos el 80% de la delincuencia (y especialmente los
episodios más graves) están protagonizados por súbdi-
tos de países extranjeros.
– Un reforzamiento del arsenal legislativo y un endureci-
miento de la ley de extranjería así como un endureci-
miento y fluidez del procedimiento de repatriación y ex-
pulsión, así como cualquier otra medida orientada a con-
tener el «efecto llamada».
– Una selección del tipo de inmigración que conviene a la
sociedad y a la economía nacional: en tanto que «enemi-
go del Sur», se trata de cerrar el paso a toda inmigración
procedente de Marruecos, y evitar, así mismo, el au-
mento de los contingentes islamistas en el territorio na-
cional.
Pues bien, mientras persista la actual situación política, con
un presidente de gobierno que en su ingenuidad criminal e igna-
ro en conocimientos políticos, geopolíticos, antropológicos y
128
Ernesto Milà

antiterroristas hasta el punto de afirmar, ante el cuadro que he-


mos descrito (y cuya realidad objetiva parece difícilmente cues-
tionable), que el terrorismo se combate con el «diálogo de civi-
lizaciones», mientras persista esta situación, decimos, ninguno
de los tres puntos va a mejorar, sino que, previsiblemente, to-
dos ellos van a sufrir situación de crisis: la delincuencia y la
degradación social y ciudadana llegarán a extremos como en
Francia en donde existen 1200 zonas de «non droit» controla-
das por bandas de energúmenes de origen magrebí y donde en
algunas prisiones el 82% proceden del Magreb, particularmente
de Argelia, el gobierno lejos de reconocer el hecho, intentará
reforzar las garantías de los inmigrantes para detener y neutra-
lizar las medidas de expulsión, la reforma de la ley de extranje-
ría, redoblará el «efecto llamada» a lo largo del 2005, y, para
colmo, seguirán aumentando los contingentes procedentes de
las zonas musulmanas de la antigua Yugoslavia (especialmente
de Kosovo, protagonistas de buena parte de los más sonados
episodios de delincuencia), del Magreb y Pakistán, zonas en
donde el integrismo islámico se difunde con mayor velocidad…
Es absurdo ignorar que todos estos elementos van a plan-
tear problemas muy serios, incluido el recrudecimiento del te-
rrorismo, justo en los momentos en los que ETA es un despojo
y la delincuencia podría estar reducida a la mínima expresión
aceptable en una sociedad civilizada.

ALGUNAS CONCLUSIONES PROVISIONALES


El enemigo está en el Sur si bien una quinta columna está
llegando a nuestro país y colonizando, particularmente, aque-
llas zonas que Marruecos reivindica: Canarias, Ceuta y Melilla.
Es decir, también hay un enemigo interior que, progresivamen-
te, va tomando cuerpo y que podría llegar a protagonizar, en el

129
El Pequeño Tablero Local

límite de secuencias terroristas, intentos insurreccionales en


zonas en las que son mayoría.
Todo ello en un contexto internacional en el que los EEUU
se han convertido en el principal factor de inestabilidad y en el
que Eurasia (del que España es su prolongación extraña y su
límite occidental) va a ver el ascenso de tres actores geopolíticos:
la Unión Europea, la Rusia reconstituida y la China en proceso
de ascenso. La estabilidad y la seguridad mundial dependen
del multilateralismo y del entendimiento entre estos tres actores
eurasiáticos.
De esta valoración –insistimos, una valoración difícilmente
refutable- deben partir las coordenadas para una revisión del
concepto y de las líneas estratégicas de la Defensa Nacional. Y
en este sentido creemos que hay que ser audaces y realistas.
Realismo implica reconocer:
– Que la apresurada transformación de las FFAA de re-
emplazo por las profesionales se ha saldado con un cla-
moroso fracaso.
– Que no existe dotación presupuestaria para una defensa
nacional de envergadura y que no hay voluntad política
de asumirla.
– Que la sociedad española no ha valorado suficientemen-
te el nivel de riesgos que va a afrontar en el futuro
– Que los conceptos clásicos no responden a las necesi-
dades impuestas por la realidad de los hechos y que las
amenazas de siempre procedentes del sur han adquirido
hoy una nueva dimensión.
– Que los despliegues actuales de las FFAA, especialmente
del Ejército de Tierra no responden a las necesidades
nuevas.
Y todo lo dicho hasta ahora debe concretarse en unas líneas
maestras a definir por los estrategas de la Defensa, pero en las
130
Ernesto Milà

que, sin duda, deberán estar presentes los siguientes elemen-


tos:
– Si resulta difícil volver al ejército de reemplazo y no hay
presupuesto suficiente para ampliar el ejército profesio-
nal, habrá que tender hacia nuevos modelos de recluta-
miento y defensa. En nuestra opinión, existen salidas para
esta situación:
– Tender hacia un ejército con rasgos similares en su
entrenamiento al suizo basado en entrenamientos cor-
tos pero intensos y continuados.
– Tender a la dispersión de unidades y a la formación
de «núcleos de defensa territorial» al modo del ejér-
cito yugoslavo durante el período titoista.
– Tender solamente a la formación de unidades de des-
pliegue e intervención rápida y a la creación inmedia-
ta de unidades formadas por reservistas en cuanto
surgieran los primeros síntomas de crisis.
– Tender en el Ejército de Tierra a centrar el entrena-
miento y los planes estratégicos en el desarrollo de la
forma tradicional de combate que se ha dado en nues-
tro territorio: la guerra de guerrillas contra el enemigo
interior (aquel que ya se encuentra en nuestro contro-
lando porciones de nuestro suelo) y que apareció
contra Roma, contra la primera invasión islámica y
contra la invasión napoleónica, especialmente, pero
que también se manifestó en las guerras carlistas del
siglo XIX.
– Tender en el Ejército del Aire a priorizar tres ejes: los
cazabombarderos tácticos especializados en el ata-
que a objetivos en tierra, VTOL (de despegue y ate-
rrizaje vertical), los cazas de altura especializados en
la defensa contra ataques aéreos y la aviación de
transporte STOL (despegue y aterrizaje cortos), de
131
El Pequeño Tablero Local

aterrizaje y despegue en espacios reducidos y no ha-


bilitados como campos de aviación.
– Tender a una Marina cuyo eje táctico sean pequeñas
unidades de combate, extremadamente móviles y con
alta potencia de fuego, acumulables en zonas de con-
flicto, de construcción barata, poca tripulación y do-
tadas de sistemas tecnológicos de vanguardia y cuyo
eje estratégico lo constituya una ampliación de la flo-
tilla de fragatas y un segundo portaeronaves, cada
uno de los cuales se desplegara en ambas alas del
«eje estratégico».
– Tender a la formación de un cuerpo de oficiales en los
que se priorice la capacidad de mando, el liderazgo
sobre la tropa, la capacidad de organización y de res-
puesta autóma ante situaciones excepcionales, antes
que la obediencia mecánica a la cadena de mando, la
burocratización o la sedentarización, con unos sala-
rios equiparables a cargos de responsabilidad equi-
valentes en la vida civil..
– Tender a una proyección de los valores de las FFAA
sobre la sociedad (espíritu de sacrificio y de entrega,
patriotismo, disciplina, lealtad, fidelidad a la palabra
dada, espíritu de iniciativa, voluntarismo en defensa
de la comunidad, sentimiento de honor, formación del
carácter, austeridad, dureza, espíritu de aventura, vi-
sión estratégica y capacidad de reacción táctica, etc)
salvando la brecha que se ha abierto entre estos con-
ceptos y una sociedad permisiva, egoísta y
desmovilizada en cualquier otro plano que no sea en
el del propio beneficio.
- Desplazar buena parte del esfuerzo de las FFAA ha-
cia la sociedad. En este sentido parece lógico que
determinadas profesiones (funcionarios de los cuer-
132
Ernesto Milà

pos de seguridad del Estado, vigilantes y guardias ju-


rados, bomberos, etc.) deban estar solamente abier-
tas a aquellos ciudadanos españoles que han servido
en las FFAA. O de lo contrario el límite de 12 años
para los «soldados profesionales», supone un handi-
cap que siembra dudas respecto a su futuro en la vida
civil. De otra parte, es preciso que en estos momen-
tos en los que se viven momentos de interés por los
deportes de aventura, los tres ejércitos deberían de
promover la creación de «clubs» y «asociaciones» en
los que se impartieran cursos de supervivencia, esca-
lada, paracaidismo, vuelo deportivo, submarinismo,
navegación, artes marciales, sociedades de tiro de-
portivo, etc, en donde jóvenes civiles con espíritu
aventurero y deseoso de vivir experiencias y situa-
ciones de riesgo y tensión, pudieran ser formados por
especialistas de las FFAA y constituir, en la práctica,
círculos ligados al concepto de defensa territorial a la
yugoslava que hemos propuesto anteriormente. Se
trata de aprovechar los caracteres más activos y di-
námicos para la defensa nacional, indirectamente, aun
cuando por motivos personales no se sientan inclina-
dos a integrarse en el «ejército profesional», pero
puedan recibir una formación del carácter y una pre-
paración técnica que haga de ellos, elementos activos
en caso de emergencia del «peligro interior». En este
mismo sentido, nos parece fundamental que los me-
dios de comunicación del Estado, en especial la TV,
dediquen espacios y series dedicados a las FFAA y
de la misma forma que en la actualidad hay series que
dramatizan la vida en hospitales o comisarías de poli-
cía, también deberían de existir series que mostraran
los aspectos de la vida militar, en especial, la tarea
133
El Pequeño Tablero Local

humanitaria de despliegue en zonas de conflictos que


nuestras FFAA han realizado en los últimos años. En
general, todo este tipo de iniciativas debería ser con-
siderado como un aspecto de las «operaciones psi-
cológicas».
– Dentro de esta perspectiva es preciso también esti-
mular la vinculación entre la Universidad y las FFAA
a través de programas de cooperación e investiga-
ción. Un ejército del futuro será un ejército tecnificado
y, aun cuando el valor, la disciplina, la audacia y el
sentido táctico, seguirán siendo esenciales en el de-
sarrollo de los combates, cada soldado deberá dis-
poner de una formación completa en el manejo de
distintos recursos tecnológicos. Existen armamentos
cuyo desarrollo no es posible sin la cooperación
intereuropeo, pero también existen sectores de la
defensa cuyas necesidades pueden ser cubiertos por
la industria local y que pueden beneficiarse de pro-
gramas de investigación desarrollados de común
acuerdo con las Universidades. Es preciso recordar
que las necesidades de las FFAA siempre han su-
puesto un estímulo para la industria nacional y que,
incluso durante el período franquista en donde hasta
última hora existió siempre un cierto aislamiento in-
ternacional, España logró vender aviones, armamen-
to ligero y equipamientos en muchos países. Así mis-
mo, hay que recordar que las necesidades de la de-
fensa naval deberían ser satisfechas por los propios
astilleros españoles que figuran entre los mejores del
mundo.
– Por supuesto, la línea de incorporar masivamente ex-
tranjeros a la búsqueda de regularización, más allá de las
unidades tradicional como la Legión, debe ser abando-
134
Ernesto Milà

nado y considerada como una aventura insustancial, hu-


millante y que deja el 7% de la defensa nacional en ma-
nos de soldados de fidelidad a la bandera, como míni-
mo, dudosa.
– En el territorio peninsular el enemigo a abatir va a ser
interior y los planes deberían trazarse en función de los
riesgos de insurrección que pudieran aparecer entre co-
munidades alógenas espoleadas por odio y resentimien-
to o bien por agentes exteriores: para eso es preciso una
reorganización territorial del Ejército de Tierra allí en
donde este riesgo va a estar más presente. Y para ello
habrá que realizar un seguimiento constante de la evolu-
ción de los acontecimientos, sin establecer patrones es-
táticos de dispersión de unidades, sino al paso con la
evolución de los acontecimientos.
– La posibilidad de que existan procesos secesionistas en
algunas comunidades debería ser completamente des-
echado en el marco de la Unión Europea. La compleji-
dad de las sociedades modernas, especialmente en Eu-
ropa, y la misma dinámica y necesidades de gestionar un
espacio geopolítico tan amplio como la UE, restan cual-
quier credibilidad y valor a futuros procesos secesionistas
que no tendrían eco ni lugar en el marco de la UE.
– La eje estratégico Canarias – Gibraltar – Baleares debe
ser mantenido, reformulado y consolidado como exigencia
estratégica. Pero es preciso varias su orientación sensi-
blemente. Hoy, la función de ese eje, ya no es velar por
la integridad de la ruta del petróleo, o simplemente con-
trolar los accesos oriental y occidental al Estrecho, sino:
– Cortar la oleada inmigratoria procedente del sur, para
lo que hay que potenciar inevitablemente los cuatro
sistemas que la Defensa Nacional tiene establecidos
en la zona: el Sistema Integral de Vigilancia Electróni-
135
El Pequeño Tablero Local

ca (gestionado por la Guardia Civil contra los tránsi-


tos clandestinos en el Estrecho), el Sistema Santiago
de Captación de Señales Electromagnéticas del Es-
tado Mayor de la Defensa que aporta información
estratégica, el Centro Zonal de Coordinación y Sal-
vamento de Tarifa, que identifica a los buques que
atraviesan el Estrecho y, finalmente, el Centro de
Operaciones del Mando de Artillería de Costa del
Ejército de Tierra que realiza el control militar de su-
perficie y, por tanto, que contribuye al aumento de la
vigilancia en la zona. De lo que se trata, precisamen-
te, es de ampliar estos sistemas a las zonas de Cana-
rias y Baleares de tal forma que el eje estratégico sea,
finalmente, una línea defensiva contra penetraciones
de baja cota.
– Prever un eventual recrudecimiento de las reivindica-
ciones de Marruecos sobre Ceuta, Melilla y las Islas
Adyacentes, con la posibilidad de establecer un co-
rredor aeronaval que asegure el refuerzo inmediato y
el despliegue de unidades de élite que refuercen ins-
tantáneamente la integridad territorial y defensa de
Ceuta, Melilla y las Islas Adyacentes.
– Vincular la defensa nacional a la defensa de la Unión
Europea y, al mismo tiempo, tender a una desvinculación
de la OTAN. De hecho, en la actualidad, tras los suce-
sos del 11-S, es bueno que los estrategas de la Defensa
atribuyan a la OTAN la catalogación de «organismo
muerto» o, como máximo, «agonizante». Contrariamen-
te a lo que creían los EEUU, principales valedores de la
incorporación de los países del Este a la Alianza, lejos
de contribuir al refuerzo de la misma, lo que han acelera-
do es su integración en la UE y, con ellos, su alejamiento
progresivo de la esfera de influencia de los EEUU. Cada
136
Ernesto Milà

vez más voces se alzan para reclamar la reactualización


de la Comunidad Europea de Defensa, corregida y am-
plia, o bien de la constitución de un organismo europeo
de Defensa a partir de la desvinculación del mando ame-
ricano y del europeo. No hay que perder de vista que,
económicamente, Europa y EEUU son hoy rivales eco-
nómicos, quien dice rivalidad hoy, dice enemistad maña-
na, esto en el peor de los casos; en el mejor, la
reorientación de la política norteamericana –eje central
del Plan Rumsfeld- hacia el Pacífico y la envergadura
creciente de la UE, va a hacer que sucesivas administra-
ciones norteamericanas pierdan todo interés en partici-
par en la defensa y seguridad de Europa (por lo demás
¿ante quién y contra qué?), esto va a generar,
automáticamente, el que Europa deba estar en condicio-
nes de asegurar su propia defensa y esto solo puede ha-
cerse, en este momento, a partir del «núcleo duro» de la
Unión, Francia y Alemania y es, en función de estos paí-
ses, que habrá que tejer los vínculos de cooperación.
– Queda el contencioso de Gibraltar. Y queda por realizar
la valoración de Inglaterra dentro de la actual distribu-
ción de papeles en la escena internacional. Inglaterra se
debate en estos momentos entre la fidelidad a su tradi-
ción atlántica y al eje anglosajón y su situación de nación
europea, miembro de la UE. Dentro de la UE, es, indu-
dablemente, uno de los tres motores que aportan más
fondos para la construcción europea, sin embargo, la fi-
delidad histórica respecto a EEUU, hace que tenga un
pie en cada lado del Atlántico. Eso no era un problema
mientras Europa fue solo un «mercado común». A partir
de Maastrich cuando se decide avanzar en la construc-
ción política de Europa, Inglaterra empieza a estar rota
entre dos fidelidades y ostenta una situación única en el
137
El Pequeño Tablero Local

continente. En el momento de escribir estas líneas resulta


difícil prever cuál va a ser la orientación política inglesa
en los próximos años y el coste que va a pagar Blair por
su alineación con EEUU en la cuestión iraquí. Pero, todo
induce a pensar, que éste país no podrá mantener por
mucho tiempo su ambigüedad y que, antes o después,
deberá decantarse por el dólar o por el euro, antes o
después deberá reconocer que en cincuenta años su im-
perio ha quedado desmigajado y que la retirada de tro-
pas situadas más allá del Este de Suez (1969) o el alqui-
ler de bases militares a EEUU (Diego García en el Indi-
co), o el mantenimiento de la colonia de Gibraltar, no
van a hacer que vuelvan pasadas glorias a la corona. Y
en este sentido, debe quedar clara la voluntad de cual-
quier gobierno digno de llamarse español, de reivindicar
con la mayor energía posible, la retrocesión de la colo-
nia, aun respetando un fuero particular para los «llanitos».
Pero está claro que España no puede renunciar al con-
trol sobre la plaza de Gibraltar, ni a perpetuar una situa-
ción de colonialismo dentro de la Unión Europea. La
cuestión se complica extraordinariamente si nos atene-
mos a lo dicho sobre el hecho estratégico más importan-
te en los últimos años, el cambio progresivo de status de
EEUU en relación a Europa, que ha pasado de «país
amigo», a «país competidor» y de factor de estabilidad
dentro de un mundo bipolar a principal factor de deses-
tabilización mundial. Inglaterra se encuentra en una posi-
ción demasiado ambigua como para no favorecer la po-
sición de la administración norteamericana y, por tanto,
es urgente la recuperación de Gibraltar en la perspectiva
futura de declarar el Mar Mediterráneo como un «mare
clausum» cerrado a la navegación de marinas potencial-
mente hostiles y desestabilizadoras.
138
Ernesto Milà

Sumario

Introducción ............................................................................. 5
I PARTE
¿Poder terrestre o poder marítimo?...................................... 16
II PARTE
Geopolítica de lo centrífugo .................................................. 44
Anexos
ANEXO I
América se escribe con «Ñ» ................................................. 74
ANEXO II
La política exterior española:
de Franco a ZP ...................................................................... 85
Anexo III
El eje de la Defensa Nacional y sus exigencias en el siglo
XXI ........................................................................................ 101

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El Pequeño Tablero Local

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