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Una gran cantidad de actividades humanas, tanto en el cam-
po de la producción y distribución de bienes y servicios
como en el de su consumo, afectan de una u otra forma ai
medio ambiente. La creciente sensibilidad social al respecto
ha obligado a considerar estos impactos, incorporandolos en
el proceso de toma de decisiones con respecto a la inversión
(pública o privada). los patrones de distribución y consumo,
etcétera. La EVALUACIÓN OE IMPACTO AMBIENTAL y, en términos
generales, el ANÁUSIS CosTE BENEFICIO, constituirían el marco
adecuado para incorporar esta información. Para el lo se
requiere, sin embargo, conocer cómo afectan las decisiones
analizadas a la calidad del medio ambiente (su capacidad
para desarrollar las funciones que le son propias) y valorar
económicamente este impacto.
Este libro, escrito en un lenguaje accesible a los no eco-
nomistas, analizá los métodos que proporciona el analisis
económico para llevar a cabo esta valoración económica del
medio ambiente y sus recursos naturales. Tras una intro-
ducción teórica, que sitúa el problema, se analizan en deta·
!le los métodos tradicionales de valoración, ilustrados en
cada caso con una aplicación determinada: parques natura-
les. acuíferos, infraestructuras viarias, etc. Finalmente, el
autor concluye con una de los resultados que ha
arrojado la apli cación de la metodología presentada a la valo-
ración económica de los costes de la contaminación atmos-
férica, del ruido y de los efectos de la contaminación sobre
la salud.
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VALORACION
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ECONOMICA
DE LA CALIDAD
AMBIENTAL
DIEGO AZQUETA OYARZUN
Catedrático de Teoría Económica
UNIVERSIDAD DE ALCALÁ DE HENAKES
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(9C.-í 'O(lS
McGraw-Hill
MADRID • BUENOS AIRES • CARACAS • GUATEMALA • LISBOA • MEXICO • NUEVA YORK
PANAMÁ • SAN JUAN • SANTAFE DE BOGOTÁ • SANTIAGO • SAO PAULO
AUCKLAND • HAMBURGO • LONDRES • MILÁN • MONTAEAL • NUEVA DELHI• PARi S
SAN FRANCISCO • SIDNEY • SINGAPUR • ST. LOUIS • TOKIO • TORONTO
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CONTENIDO
Introducción . .... .. .... .. .. .. .. . . . . . ..... .... . . :. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . xiii
PRIMERA PARTE
FUNDAMENTOS TEÓRICOS
1
l. Valoración económica del medio ambiente: algunas consideraciones previas 3
l. l. El problema: mercado, valor y precio . . ...... .
1
..... . .......... . . .. 3
1.2. El paradigma de los derechos de propiedad . . .
1
•• • ••••• • •• ••• • ••• •• 9
1.3. La valoración económica del medio ambiente: algunos presupuestos
éticos .. . ... .. .. .. . . .. . .. . ............ .. ... .. . ... .. . .... . . .. ..... . 11
1.3.1. lQué da valor al medio ambiente? ... . . .. . . . . . .. . . .. .. .. .. 12
·1.3.2. lQuién expresa estos valores? . . . . . . . . . . .. . . . . .. .. . .. .. .. . 13
1.3.3. lCómo se expresan estos valores? . . . . . .. .. ,, . . ... .. . . . .. . . 18
1.4. Los límites del análisis ... . .. . ......... ..... .. .... :.. . . . . .. . . .. . .. 21
Lecturas complementarias .. . . . . . . . .. .. . .. .. .. .. . . .. . . . . . . . .. .. . . . . .. . . . 22
2. Medición de los cambios en el bienestar individual ... ... .. . ..... . .. ! ... . .
2. 1. El consumidor y la ma.ximización de utilidad . . .. ..... .. . ... , .... .
2. 1.1. El consumidor y la ma.ximización de utilidad .. . .. ...
1
.... .
2.2. La monetización de los cambios en el bienestar individual : distintas
medidas ........ ... . ......... ... .. ..... .. .. . .. . ..... , ... . .. . .
2.2.1. El excedente del consumidor (EC) .. . . .. . . .. . . . . . . . .. .. .
2.2.2. La variación compensatoria (VC) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ... .
2.2.3. La variación equivalente (VE) . .... .. . . .. .. . . .. ...... . . . . .
2.2.4. El excedente compensatorio (ECP) . . . . . . . .. . ....... . .. .. .
2.2.5. El excedente equivalente (EE) ....... . . . . .. . ... ..... . ... .
2.3. ¿cuál de las medidas elegir? .... .. .. . . ... ... . . .......... . .... . . . .
2.3.1. Facilidad de cálculo .... .. . . .... ... .. . ... . . . .... ... . . .... .
2.3.2. Ventajas y desventajas operativas . . ..... .. .. . ... ... . .... . .
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VIII
3.
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2.3.4. Variación compensatoria y variación equivalente: un signifi-
cado distinto ................................. . · ....... .... .
2.4. Conclusión ....... ..... ..................... · .................... .
Lecturas complementarias ........ ...... . .... ....... ...... ... ... . ..... . .
APÉNDICE. Un ejemplo de las divergencias existentes entre la disposi-
ción a pagar y la compensación exigida .. ..... ............ .
Del bienestar individual al bienestar colectivo ....... . ...... .... .. ... .... .
3.1. Derechos individuales sobre el medio ambiente ................. .
3.1.1. Valor de uso ...... . ...... ...................... ......... .
3.1.2. Valores de no-uso .... ....... ......... ........... ...... ..
a) Valor de opción· .......... 00 ... 00 ................. 00.
b) Valor de existencia ..... 00 .................... 00 .... .
3.2. Del bienestar individual al colectivo: el problema de la agregación
3.2.1. La función de bienestar social ...... 00. 00 ..... 00 .. 00 00. 00.
3.2,2. A:rrow y la regla de agregación de las preferencias individua-
les ....... . .......................... .. ...... . .... ...... . .
3.2.3. La mejora potencial de Pareto: el criterio de compensación
de Kaldor-Hicks .. . 00 00 00. 00 •• 00 •••••••••• 00 ..... . ... 00 00
Lecturas complementarias ............................................. .
SEGUNDA PARTE
MÉTODOS DE VALORACIÓN
El método de los costes evitados o inducidos 00 00 00 ...... 00 ••• 00 ......... .
4.1. Funciones de producción, medio ambiente 'y factores productivos.
4.1.1. Costes evitados, o incurridos, a partir de las funciones dosis-
respuesta .......... 0000 00 ............................... .
4.1.2. Limitaciones del método: las medidas defensivas .... 00 0 ..
4.1.3. Función de producción y maximización de beneficios .. 00
4.2. Medio ambiente y funciones de producción de utilidad .......... .
4.2.1. Funciones de producción y sustituibilidad . o ••••• •••• •••• •
4.202. Limitaciones del me todo .. o ••••••• o •••••••• • ••••••••••••••
Lecturas complementarias 00 •• , ••••••••• 00 ........ . ........ ... ........ .
APÉNDICE. Un caso ilustrativo de la metodología de los costes evitados:
los acuíferos ....................... . . .... ... ... ... ....... .
5. El método del coste de viaje. Irreversibilidad y bienes singulares ......... .
5.1. Función de producción de utilidad y complementariedad débil ...
5.2. El método del coste de viaje .... 00 .. 00 .................. 00. 00 ... .
5.2.1. Datos sobre la utilización del bien ambiental ............ .
5.2.2. El coste de viaje .... ... ..................... ......... ... .
523. Algunos problemas operativos ........... 00 . .......... 00 o
5.3. El valor económico del tiempo . 00 ............. 00 .............. : ..
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7.

5.3.1. Valor económico del tiempo de trabajo ... . ... . .•... . ....
5.3.2. Valor económico del tiempo libre . ...... . . . . ........ . ... .
5.3.3. El valor económico del tiempo en España . . . . . . . . . . . . ..
5.4. Bienes únicos e irreversibles: el modelo K.rutilla-Fisher ....
5.4.1. Un caso hipotético: la construcción de una gran presa
5.4.2. El modelo K.rutilla-Fisher .................. . .... ..
Lecturas complementarias ........................... .
APÉNDICE. Aplicación del método del coste del viaje a la valoración de
«La Pedriza.>>, en el Parque Regional de la Cuencia Alta del
Manzanares, en la provincia de Madrid (A. Garrido, J. Gómez
Limón, J. V. de Lucio y M. Múgica.) ............... .
El método de los precios hedónicos ............ 00 ................. .. .
6.1. Los precios hedónicos: presentación general ..................... .
6.1.1. Estimación de la función de precios hedónicos . . .... .
6.1.2. Estimación de las funciones de demanda individuales ....
6.1.3. El comportamiento de la oferta .................... .
6.2. Los salarios hedónicos .......................................... .
6.3. La validez del método de los precios hedónicos: supuestos necesarios
y limitaciones ... 00 ............... , . ... . ......... .... ...... . ..... .
6.3.1. El supuesto de la movilidad ................ . . , . ... . ..... .
6.3.2. El papel de la renta per cap ita ........................... .
6.3.3. Valor de uso y valores de no-uso .................. .
6.4. La función de precios hedóoicos en la práctica: algunos problemas
operativos .... ... .... . ......... ....... .... ... ... ... ... .- .......... .
6.4. 1. El mercado inmobiliario y el precio hedónico de la vivienda.
6.4.2. La medición de la variable ambiental . .... . . ............. .
Lecturas complementarias .............. . ...................... . ....... .
APÉNDICE. Una aplicación de la técnica de los precios hedónicos: el caso
de la vivienda ................................ . . . . . ... ... .
El métodq de la valoración contingente ............................. .
7.1. Presentación general del método: principales alternativas ........ .
7.1.1. Mecanismos de encuestación ........................ . .. . .
7.1.2. Formato de las preguntas ................ . .............. .
7 .2. Algunos problemas de diseño del ejercicio ....... .. ..... . . . .. .. . .
7.2.1. La información de partida ............................... .
7.2.2. El problema del tiempo ............. . ................. . ..
7.2.3. Las respuestas negativas ............. . ..... . ............ .
7.3. Los sesgos en la respuesta ... . ............... . ... . . . .. .. ... .... .
7.3.1. Los sesgos instrumentales .............................. . .
A) El sesgo originado por el punto de partida ...... .
B) El sesgo del vehículo .... ... ..... ... ... . ... ... .. . .. .
C) El sesgo de la información ...................... .
D) El sesgo del entrevistador ............. . . . . ... .. . . . . .
E) El sesgo del orden ................................. .
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INTRODUCCIÓN
Cuentan que Maurice Chevalier, cuando un joven periodista le preguntó sobre
lo que suponía llegar a viejo, respondió: «hombre, es una lata. Las piernas fla-
quean, duelen las articulaciones, te quedas dormido en las reuniones, la memo-
ria ya no acompaña. Pero bueno, a la postre, tampoco está tan mal... si tiene
usted en cuenta la alternativa». Parafraseando a Maler, probablemente algo
parecido pueda decirse en favor de las técnicas que el análisis económico ha
propuesto para la valoración de intangibles en general, y de la calidad ambiental
en particular. En efecto, los supuestos de partida, así como el anatisis aplicado a
los mismos, son discutibles; el contenido ético de los procesos de valoración
que se proponen no es siempre fácilmente aceptable; la ausencia r e datos obliga
muchas veces a tomar atajos peligrosos. Todo esto es cierto. La esperanza
radica, sin embargo, en que, aun teniéndolo en cuenta, el anál¡ · is económico
proporcione algún.tipo de información allí donde no existía, qu sea relevante
(y no excluyente). Al fin y al cabo, los supuestos, una ve,; hechos explícitos, son
modificables; el análisis se puede aplicar de distintas formas; 1 información,
poco a poco, se va obteniendo; y sobre ética se puede discutir, analizar hacia
dónde lleva cada planteamiento. Y no olvidemos que la alternat va bien puede
ser dejar abierta de par en par la puerta a la arbitrariedad, en un p oceso de toma
de decisiones en cualquier caso ineludible.
Éste es pues, el sentido del presente libro: presentar la citribución del
análisis económico a la valoración de algunos de los aspectos r levantes de la
calidad ambiental, de manera que sea un poco más fácil discut sobre la que
queremos para nosotros y para nuestros hijos, y el precio que es mas dispues-
tos a pagar por ella.
Conscientes de los problemas que tienen las propuestas q4e se van a pre-
sentar a lo largo de este texto, y del grado de controversia que con-
viene comenzar por precisar bien sus límites, para no sobrecargar un fardo ya de
por sí pesado: los métodos que se van a analizar en estas páginas tienen un
xiii
1
1
..
xiv INTRODUCCIÓN
campo de aplicación restringido, y constituiría un grave atrevimiento intentar
llevarlos más allá, por importantes que sean los problemas que quedan fuera.
El medio ambiente, como veremos en el primer capítulo, cumple toda una
serie de funciones que afectan al bienestar de la sociedad. Cambios en la calidad
del mismo, por lo tanto, tienen un efecto directo sobre él. No puede olvidarse,
sin embargo, que por encima de todas estas funciones derivadas, el medio
ambiente es esencial para la vida misma y su continuidad. En este sentido, el
medio introduce una serie de restricciones, unos límites, que no se pueden tras-
pasar. No se puede elegir si se respetan o no. En este sentido, es la eco logia la
encargada de delimitar los estados de la naturaleza viables. Al análisis econó-
mico le quedaría la no desdeñable tarea de discutir, entre otras cosas, la compa-
tibilidad de los distintos modelos de C[ecimiento (de organización social) con
esos límites ecológicos; analizar las vías más adecuadas para respetarlos; los
cambios económicos e jnstitucionales que habrían de introducirse, en su caso,
para lograrlo; y los efectos macro y microeconómicos que la adopción de estas
medidas supondrían. No es· tarea despreciable, pero en ella el estado del medio
ambiente aparece como una restricción: delimita lo que es viable y lo que no. No
tiene mucho sentido plantearse su valoración económica, ya que no es posible
elegir entre distintos estados posibles.
Problemas como el calentamiento de la atmósfera, la degradación de la
capa de ozono, o el cambio climático, que están en primera línea de actualidad,
pertenecen a este grupo: hacen referencia a la necesidad de encontrar un equili-
brio sostenible. Este libro no se ocupa, pues, de ellos. Podría parecer incluso
una frivolidad preguntarse por el valor económico de la capa de ozono, o de la
estabilidad climática.
No lo es, sin embargo, hacerlo con respecto a la calidad del agua de un río a
su paso por un núcleo urbano; el nivel de ruido que soportamos; la protección
de un determinado espacio natural; la apertura de nuevas zonas para el disfrute
de la naturaleza, incluida la pregunta sobre el valor de cada una de las posibili-
dades alternativas de utilización de la zona; o sobre la calidad del paisaje
(urbano o rural). Todos ellos tienen algo en común: la capacidad de elección. El
estado viable de la naturaleza no es único. Y tiene sentido, por tanto, pregun-
tarse por el valor económico de cada uno de ellos: por el bienestar que la socie-
dad deriva de la calidad ambiental que los define. Sin olvidar, además, que la
calidad ambiental sobre la que se decide, es el resultado de la propia actividad
de la sociedad. Prácticamente toda la producción, distribución e incluso en
muchos casos el consumo de bienes y servicios, es contaminante (agresora del
medio) en mayor o menor medida. No existe forma de producir y distribuir
energía eléctrica, o de construir una carretera, que no altere el medio. Sin
embargo, como no parece que la sociedad esté dispuesta a prescindir del trans-
porte o la energía, sería conveniente conocer cuál es el coste ambiental que
estas actividades suponen, para poder decidir hasta dónde valen la pena.
Teniendo en cuenta además, que este coste debe reflejar el valor de la calidad
ambiental para nosotros, y para los que vienen detrás.
La ecología y las ciencias básicas, en general, informan ahora sobre las
características de cada uno de los estados de la naturaleza viables: su posible
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(
INTRODUCCIÓN XV
evolución e interrelaciones. A partir de ahí, la sociedad decide lo que quiere. El
análisis económico que presentaremos en estas páginas pretende contribuir a
facilitar este proceso de decisión, intentando descubrir cómo valora la sociedad
cada uno de estos posibles estados de la naturaleza. Llevando a cabo, en defini-
tiva, un proceso de valoración económica de la calidad ambiental.
Con ese objetivo, el libro se encuentra dividido en tres partes.
En la pnmera de ellas se introducen dos tipos de problemas esenciales. En
primer lugar (Capítulo 1), la afirmación de que el medio ambiente tiene un valor
económico para la sociedad, que es el que se intenta descubrir, obliga a definir
previamente quiénes componen dicha sociedad, y qué tipo de relaciones esta-
blecen con el medio. La respuesta que se dé a esta doble cuestión condiciona de
forma esencial no sólo la posible valoración que se obtenga, sino la aceptabili-
dad misma de la operación. Se trata de una problemáti ca que transciende el
campo estricto del análisis económico para adentrarse en los terrenos de la
ética, pero que es en cualquier caso inevitable. En segundo lugar (Capítulos 2
y 3), una vez definidos los aspectos anteriores, se hace necesario expresar el
cambio en el bienestar experimentado por los miembros de la sociedad (como
quiera que se haya definido), en una unidad común de medida que permita la
agregación y las comparaciones. El lector encontrará aquí, pues, un recordato-
rio de algunos temas esenciales de la economia del bienestar, aunque sin olvidar
las disyuntivas éticas que, de nuevo, se presentan en el camino.
La segunda parte puede considerarse como el núcleo central del libro.
Los capítulos anteriores analizan las dificultades que presenta la valora-
ción de cambios en el bienestar, desde un punto de vista teórico. No se plantea
en ellos el problema de cómo averiguar el valor que la persona le concede a la
calidad ambiental en un contexto en el que no revela directamente sus preferen-
cias con respecto a la misma. El estudio de los métodos propuestos para descu-
brir esta información es el objeto de los cuatro capítul os que componen esta
segunda parte, de un contenido, pues, más aplicado.
Los métodos que han sido utilizados para abordar esta cuestión podrían
ser clasificados en dos grandes grupos :
a) En primer lugar, los métodos indirectos u observables. que analizan la
conducta de la persona, tratando de inferir, a partir de dicha observa-
ción, la valoración implícita que le otorga al bien objeto de estudio: en
este caso, algunas características del medio ambiente. Forman parte de
esta familia, fundamentalmente tres: el método de los costes evitados o
inducidos (Capítulo 4); el método del coste de viaje (Capítulo 5); y el
método de los precios hedónicos (Capítulo 6).
b) En segundo lugar los métodos directos o hipotéticos que buscan, senci-
llamente, que la persona revele directamente esta valoración, mediante
encuestas, cuestionarios, votaciones, etc. En términos amplios, nos
estamos re'tiriendo al método de la valoración contingente, en sus diver-
sas modalidades (Capítulo 7).
Cada uno de los capítulos en que se analizan estos métodos viene acompa-
ñado de un apéndice en el que se ilustran los problemas de su puesta ,en

XVI IN 1 KVUVl.l.lUN
práctica, así como los resultados obtenidos, alrededor de un caso .. tcreto.
Hasta muy recientemente no hubiéramos tenido más remedio que referimos a
aplicaciones llevadas a cabo en otros países. Todavía ello es cierto para dos de
los capítulos contemplados en esta parte. En los otros dos, sin embargo, ya
hemos podido acudir a estudios realizados en nuestro país: la valoración de las
mejoras realizadas en las Rondas de Barcelona, llevada a cabo por Pere Riera
con ayuda del método de la valoración contingente; y la valoración que están
haciendo Alberto Garrido, Javier Gómez Limón, José de Lucio y Marta
Múgica, del Parque de la Pedriza, en la provincia de Madrid, aplicando el
método del coste de viaje. A ellos se une, ya en la tercera parte, el cálculo de la
función hedónica de los salarios para nuestro país, que han llevado a cabo Ceci-
lia Albert y Miguel Ángel Malo. Son tre.s trabajos absolutamente pioneros, de
una gran calidad, y que ilustran muy bien sobre la importancia creciente de
estos métodos en España. Aprovecho la ocasión para agradecer a los autores el
interés con que acogieron la sugerencia de incorporar un resumen de los mis-
mos al presente texto.
Finalmente, la tercera parte busca profundizar en este aspecto aplicado del
libro. Si los apéndices de los capítulos teóricos pretendían ilustrar sobre la
puesta en práctica de cada uno de los métodos, en esta última parte se ha bus-
cado seleccionar algunos problemas ambientales que requieren, para su valora-
ción económica, de un enfoque integrado que combine varios de los métodos
expuestos. Se han escogido tres de ellos. El primero, la valoración del impacto
de la calidad ambiental sobre la salud de la persona (Capítulo 8, con el mencio-
nado apéndice sobre el valor de los salarios hedónicos en España), porque trata
de temas tremendamente delicados, pero inevitables, y que sirven como recorda-
torio del sentido y las limitaciones del análisis económico en este campo. Los
otros dos, porque teníamos la posibilidad de ilustrarlos con experiencias relativas
a nuestro país: los perjuicios causados por el ruido, y su medición, en algunas ciu-
dades andaluzas (Capítulo 9); y los costes de la contaminación atmosférica en el
Principado de Asturias (Capítulo 10). A pesar de que, con toda seguridad, se
hubieran podido encontrar ilustraciones más sólidas, buscando en la literatura de
países con una mayor tradición y riqueza de datos, se ha considerado más rele-
vante analizar problemas más cercanos al lector, y poner de relieve las dificulta-
des con que se tropieza en España al intentar aplicar estas técnicas.
Un libro de esta naturaleza, cuya génesis ha sido ciertamente larga, adquiere
por el camino una serie considerable de deudas intelectuales.
El origen del mismo está en el I Master en Hacienda Pública ofrecido por el
Instituto de Estudios Fiscales de Madrid en 1988-89. Las notas de clase del curso
de Evaluación Social de Inversiones, en la parte referente a la evaluación de
impacto ambiental, son el embrión de estas páginas. Notas que se fueron
puliendo en los cursos de doctorado de la Universidad de Alcalá, así como los
ofrecidos por el Instituto Nacional de Administración Pública para funcionarios
latinoamericanos. Vaya, pues, mi agradecimiento a los estudiantes que participa-
ron en ellos y cuya huella ha quedado reflejada; aunque sea anónimamente, en
las páginas que siguen.
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Es indudable que también habrá quedado reflejado e n ~ . . - . t o el hecho de
haber trabajado sobre estos temas a lo largo de los últimos años, con una serie
de personas, dentro del ámbito académico, de una gran calidad humana y profe-
sional; Jon Conrad, de la Universidad de Comell (EE.UU.); Maureen Cropper,
de la Universidad de Maryland; Rick Freeman, del Bowdoin College, en Maine
(EE.UU.); Per Johansson, de la Universidad de Estocolmo; Michael Redclift,
de la Universidad de Londres; y Bill Reed, de la Universidad de Victoria
(Canadá).
Mi agradecimiento muy especial a Carmen Gallastegui, de la Universidad
del País Vasco; Carlos M. Gómez, de la Universidad de Alcalá; Pere Riera, de la
Universidad Autónoma de Barcelona; y Antonio Ferreiro, de Análisis Estadis-
tica de Datos, que leyeron detenidamente una versión preliminar de este tra-
bajo, aportando valiosos comentarios y sugerencias.
Finalmente, haber compartido durante muchos años el trabajo académico
y profesional en este campo con Antonio Ferreiro, colaborador del Centro de
Estudios de Economía Pública de la Universidad de Alcalá, y director de Análisis
Estadístico de Datos, me ha permitido completar el análisis teórico con una
implicación directa en la problemática de su aplicación, lo que ha representado,
qué duda cabe, una inestimable ayuda.
.. .
1
1
(
PARTE 1
FUNDAMENTOS TEÓRICOS
r
l. Valoración económica del medio ambiental: algunas con-
sideraciones previas. ·
2. Medición de los cambios en el bienestar individual.
3. Del bienestar individual al bienestar colectivo.
1
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1
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1
1
...
CAPÍTULO 1
Valoración económica
del medio ambiente:
algunas consideraciones previas
Las relaciones entre economia (administración de la casa) y ecologia (conoci-
miento de la casa), no han sido lo equilibradas que hubiera sido deseable. Es
más : son abrumadoras las razones que llevan a pensar que el crecimiento eco-
nómico se ha conseguido a costa del entorno ambiental. El análisis económico
ofrece incluso una explicación de por qué han ocurrido las cosas de es ta ma-
nera.
En efecto, vivimos en una sociedad en la que el problema de decidir qué es
lo que se produce, cómo se produce, y cómo se distribuye lo producido, ha sido
dejado en manos de eso que llamamos el mercado. No es éste el momento de
analizar en profundidad las razones que han podido llevar a ello, y los resulta-
dos, en términos generales, de proceder de esa forma. Pero sí que vale la pena
destacar algunas características de la solución que ofrece el sistema de mercado
al mencionado problema de la asignación de recursos (qué, cómo, dónde y
cuándo producir).
1.1. EL PROBLEMA: MERCADO, VALOR Y PRECIO
Uno de los problemas económicos básicos de los que ha de ocuparse una socie-
dad es el de la asignación de recursos. Planteado en términos muy simpli stas esto
querría decir, señctl!arñente, que la sociedad tiene que tomar una decisión so-
bre cómo distribuir unos recursos escasos (capital, trabajo, recursos naturales,
etcétera) en la pror' · -·-s n de unos bienes cuya demanda 'parece superar siem-
pre las posibilidad<.. . .la oferta. De hecho, la reflexión sobre los problemas que
supone la asignación de recursos es tao vieja como el propio análisis ecomí-
mico. Más antigua es, por supuesto, su solución: la humanidad lo ha resuel to,
3
4 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
de una u otra forma, desde el inicio mismo de la vida organizada. Y lo ha hecho
de mil maneras diferentes. Pensemos en las organizaciones tribales, los grandes
imperios de la antigüedad, los gremios medievales, las plantaciones esclavistas,
las monarquías absolutas, las sociedades llamadas socialistas, etc. De todas
ellas, si.n.embargo, una parece haberse impuesto, para bien o para mal, en la so- .
ciedad actual: el sistema de mercado. Es de hecho la forma recomendada por los
primeros economfstas teoncos como la mejor
1
• Su funcionamiento es sencillo:
en un mercado idealmente competitivo, confluyen toda una serie de agentes
económicos (productores, trabajadores, consumidores) quienes, actuando de
manera «racional» (es decir, tratando de maximizar unas funciones-objetivo,
previamente defmidas en el modelo), generan, a través de su interacción, unos
precios. Estos precios, estas señales, son íaScj'ü'edeterminan finalmente, la solu-
ciOñ al problema de la astgnación de u r e s escas s: En efecto: los cori-
surrit ore.s mues ran ast sus preferencias (y la intensidad de las mismas) por una
serie de bienes y servicios; muestran, idealmente, su disposición a pagar por
ellos. éas empresas· recogen esta información y organizan el proceso productivo
en consecuencia. La competencia entre ellas, así como entre los propios consu-
midores, y entre los oferentes de los servicios de los factores productivos, garan-
tiza en principio la optimalidad del resultado. Veamos un ejemplo: la decisión
sobre si una parcela de tierra (uri recurso escaso) se cultiva, así como la relativa a
qué se produce (dentro de lo que es factible), dependerá de los precios espera-
dos del trigo, la cebada, el maíz, etc. (que dependen a su vez de las preferencias
que muestre la gente por uno u otro producto). Por otro lado, el cómo se pro-
duce, dependerá a su vez del precio de la hora de la cosechadora en relación al
jornal de los trabajadores agrícolas, del precio del agua de regadío, de los fertili-
zantes y pesticidas, etc. El problema se resuelve, por tanto, gracias a las indica-
ciones que el merca.do proporciona sobre el valor económico de los distintos
bienes (lo que no quiere decir que dichas indicaciones hayan de ser aceptadas
como buenas: de ello trataremos más adelante).
Ahora bien, eso si la sociedad funcionara como el modelo descrito. Lasco-
sas no son así, y el mercado de la vida real se parece poco al ideal del modelo:
tiene imperfecciones.
En primer lugar, porque lo que caracteriza el funcionamiento del sistema
no es la competencia perfecta, sino un amplio abanico de formas de competencia
imperfecta, tanto en los mercados de bienes y servicios como en el de los facto-
res productivos: presencia de monopolios, oligopolios y monopsonios; rigide-
ces en los mercados de trabajo y capital; la existencia de diversas formas de ra-
cionamiento en este último; la intervención del gobierno a través de·impuestos,
subsidios, control de precios, etc. ·
1
: En términos más formales, esto quiere decir que la solución del mercado de competencia
perfecta al problema de la asignación de recursos conduce a un óptimo paretiano insesgado. iQué
quiere decir esto? Pues, sencillamente, que por un lado, no hay forma más eficiente de hacer las ca'·,
sas (es un óptimo de· Pareto: no se puede mejorar a nadie sin empeorar por lo menos a una per·
. sana) otro, qÚeés compatible con c'uaiqui.era qÜe.sea¡;¡uestrosé[iticíodé lajustida distribu· .
tiva: con cualquier distribución de la renta (es insesgadci, no se' éas'á' éan ninguna).
&
1
(
(
VALORACIÓN ECONÓMICA DEL MEDIO AMBIENTE S
En segundo lugar, por la incompletitud de muchos mercados, los proble-
mas de la falta de información, etc.
Finalmente, y éste es el punto que más interesa aquí, porque existe todo
un conjunto de bienes (y males) que, por carecer de un mercado en' el que inte'r:'·''
cambiarse, carece asimismo de precio: es el caso dé los llamados bienes público'!; ··
los recursos comunes, o las externalidades en términos generales•: Quizá valga la
pena recordar algunas de sus características más importantes:
a) Externalidades, economt'as y deseconomías externas
Se dice· que estamos en presencia de una externalidad (economía externa),
cuando la actividad de una persona (o empresa) repercute sobre el biénestar de
otra (o sobre su función.de produc-ción), sin que se pueda cobrar un preCio po(
ello, en uno u otro sentido. Un ejemplo típico es el del ruido: cuando a una
persona se le ocurre poner la radio a todo volumen en una playa, por ejemplo,
disminuye el bienestar de todos los que están tomando el sol, o leyendo tran-
quilamente en los alrededores, sin que (en ausencia de una intervención guber-
namental) puedan exigir al causante una compensación (precio) por ello. Exis- ·.
ten externalidades negativas (deseconomías externas), y positivas (economías '
externas): el ejemplo que suele aparecer en los libros de texto es el de un jardín
bien cuidado (si su vecino lo mantiene en estas condiciones genera una externa-
lidad a su favor, ya que hace más agradable a la vista todo el entorno)
3
• Lo
cial en cualquier caso, es que quien genera una externalidad negativa no tiene
que pagar por ello en un sistema de mercado, a pesar del perjuicio que causa; y
que quien produce una externalidad positiva no se ve recompensado moneta-
riamente. El resultado es, en definitiva, que el sistema de mercado produce de-
masiadas externalidades negativas, y menos externalidades positivas de las
deseables. ,. ..
b) Bienes públicos
Un caso paralelo al anterior es el de los bienes públicos. Vienen éstos caracteri-.
zados por dos propiedades fundamentales:
No exclusión: lo que quiere decir que cuando el bien en cuestión se ofrece a
una persona, se ofrece a todas. En otras palabras, no puede excluirse a nadie de
su disfrute, aunque no pague por ello: lo que indica que el coste marginal de
l De hecho los bienes públicos y los recursos comunes pueden ser contemplados como un
caso particular de las externalidades (Comes y Sandler, 1986, pág. 4).
3
También suelen distinguirse en la literatura las externalidades tecnológicos (que modifican
la función de producción, o de producción de utilidad del agente afectado), de las externalidades
pecuniarios (que afectan los precios a los que ha de enfrentarse: cuando una empresa constructora,
por ejemplo, demanda tal cantidad de cemento que eleva los precios del mismo, y ello repercute
negativamente en las demás empresas del ramo).
r
6 VALORACIUN J:.t;UNUM1t;A U e LA t;ALIUAU l AL
ofrecérselo a una persona adicional es cero. Los bienes públicos no pueden ser
racionados, por tanto, a través del sistema de precios.
No rivalidad en el consumo: cuando alguien consume el bien, lo disfruta o
lo sufre, no reduce el consumo potencial de los demás. En otras palabras, el he-
cho de consumir el bien no reduce su disponibilidad.
Ejemplo típico de bienes públicos son las emisiones de televisión (no codi-
ficadas) o de radio, la información meteorológica, el alumbrado público, lps
1
parques, la señalización de calles y carreteras, etc.' Los bienes públicos pueden
ser, como es obvio, opcionales (la radio) o no opcionales (la defensa nacional).
· . Pueden ser también males públicos: a todos se nos ocurre enseguida algún pro-
grama de televisión candidato a engrosar esta categoría. Sea como. fuere, el he-
cho es que su característica fundamental es la de la no exclusión. Lo que implica
que, al no ser bienes susceptibles de apropiación privada y exclusiva, o bien el
mercado no los produciría, simple y llanamente, al no poder cobrar un precio
por ellos; o bien, si lo hace, los produciría en cantidades subóptimas, ya que las
personas tenderán a ofrecer un precio muy bajo por ellos (sabiendo como saben
que el costo marginal de ofrecercérselo es cero, y que una vez que el bien se pro-
duce nadie puede privarles de su disfrute). Cabría añadir que muchos bienes
que en teoría serían públicos puros, como las carreteras por ejemplo, pierden
parte de este carácter debido a la congestión, y se convierten en bienes públicos
impuros: el consumo del bien por parte de una persona puede reducir el disfrute
de los demás·.
e) Recursos comunes
Los recursos comunes están caracterizados por la libertad de acceso. Ello im-
.íplica que su uso y disfrute no tiene ningún coste pero, a diferencia de lo que
ocurre con los bienes públicos, en muchos casos exlste la rivalidad en el con-
sumo. Es probable que, en ausencia de congestión, contemplación de un pai-
saje por parte de una persona no reduzca la posibilidad de que otras lo disfruten
igualmente. Pero cuando se pesca una trucha en un rfo (consumiendo pues uno
de los servicios del mismo) se impide que otro pescador lo haga. Es costumbre
distinguir entre aguellos recursos· comunes globales (como la capa de ozono,
por ejemplo) cuya gestión requeriría de un acuerdo internacional, de los recur-
sos ·comunes locales (un lago, o un bosque comunal) que tienen mayor seme-
janza con los llamados bienes de club (Comes y Sandler, 1986, Parte IV) y que
son, por tanto, sustancialmente más fáciles de gestionar. El problema con los re-
cursos comunes es que, en ausencia de una regulación con respecto a su utiliza-
ción, hace su aparición la ley de captura, con el correspondiente riesgo de agota-
miento o desaparición.
4
El hecho de que sean públicos no quiere decir que tengan que ser necesariamente produci-
dos por el Est.ado (aunque sea lo normal). Su producción depende de factores institucionales Y, de
hecho, algunos, como los programas de radio o de televisión, lo son por empresas privadas.
1
El medio ambiente y muchos recursos naturales compartet. .i triple ca-
racterística. Por un lado, porque la calidad del aire, por ejemplo, tiene todas las
propiedades de un recurso común (global o local). Por otro, porque cuando al-
guien utiliza un cauce de agua para verter en él sus desechos, pongamos por
caso, está generando una extemalidad negativa para los demás, por la que, si no
media una intervención estatal, no tiene que pagar. Debido a ello, el sistema de
mercado no proporciona ninguna indicación con respecto al valor de los mis-
mos, lo que lleva a que sean considerados gratuitos, a que su uso o consumo no
tenga ningún coste, y a que se produzca la sobreexplotación correspondienlc.
Cuando un empresario tiene que adquirir un terreno para instalar su planta, o
contratar unos trabajadores, paga por ello: son insumas productivos que tienen
un valor, y ello viene reflejado en el precio que hay que pagar para adquirirlos.
La empresa que, como decimos, utiliza un curso de agua, o el ai re, corno red-
. pi ente de sus desechos no incurre, por el contrario, en ningún cos te. La persona
que quiere protegerse del frío, puede comprar un abrigo: al hacerlo emite uua
información sobre el valor que pani. ella tiene el ir abrigada, o cómoda o el e-
gante. Si esta misma persona quisiera mejorar su nivel de bi enestar elevando la
calidad del aire que respira, o reduciendo el ni vel de ruido que tiene que sopor-
tar, no encontraría un mercado explícito en el que adquirir directamente estos
bienes y servicios: no hay un mercado ea el que comprar calidad del aire ni, po r
tanto, un precio explícito para ella. De ahí que producción y degradación del
medio ambiente hayan ido muchas veces de la mano; y que no observemos em-
presarios dedicados a ofrecer estos bienes ambientales que la gente desea.
Por todo ello, el análisis económico tiende a identificar el probl ema de la
degradación medioambiental como un ejemplo más de los llamadosfa//ou/e/
mercado. Una caracterización un tanto equívoca, en cualquier caso: el fallo no
es tanto defmercai'1o, que no puede hacer otra cosa, SI!) O de una forma de
ntzacwn soctiíl ·· ,':.lega en quien no debe la reSolüción de demas1allos p-ro-
blemas1.
-----pero, sigamos. El hecho es que nos encontramos con un mecanismo de
asignación en el que el medio ambiente, y muchos
cular, no tienen precio. Un sistema,· por tanto, que opera con una información
incorrecta sobre su vlflor: que funciona como si careciesen de valor (como si su
precio fuese cero). Hardin (1968), en un archiconocido texto, caracteri zó hace
ya bastantes años este problema como el de la tragedia de los recursos comunes
(«The Tragedy of the Commons»).
No parece, por tanto, descaminado el intento de encontrar precisament e
ese valor, desde una perspectiva económica, para actuar en consecuencia: para
integrar esa información en un proceso de toma de decisiones que le afectan, de
forma que cuando se utiliza el medio ambiente (sus funciones), por ejemplo,
se conozca (y se pague) el coste que ello representa. O de forma que cuando se
l Argumentación criticada asimismo por autores como por ejemplo Bowers ( 1990): «el mer·
cado tiene como función, entre otras, la de distribuir info rmación, y no so le puede cri ticar por llú
distribuir una información que no existe».
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( """ {' ), (...
f(I(
1
L,E
1
:4)
8 ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
adopta alguna medida que mejora la calidad ambiental de un deteminado en-
tomo, se sepa qué valor tiene el c¡¡mbio para la población afectada.
Planteado así el problema, podemos comenzar reiterando lo que es obvio:
el medio ambiente carecerá de precio, pero tiene valor.
--·t:n efecto, como recordaba Davíc!Pearce (1976, pág. l) hace ya bastantes
años, el medi o ambiente cumple al menos cuatro valQradas
positivamente en la soctedad:
(!'\ Forma parte de la función ae producció11.de gran cantidad de bienes eco-
" nómicos (procesos productivos que consumen agua de una determi-
nada calidad, aire, etc.). El medio ambiente, y los recursos naturales en
general forman la base sobre la que se apoyan muchos procesos produc-
tivos, que serían impensables en su ausencia. Ahora bien, el medio am-
biente no sólo participa en los procesos de producción, distribución y
consu mo de bienes y servicios económicos ofreciendo unos insumas
muchas veces esenciales: también recibe como retorno muchas cosas
que en estos procesos se generan. Ésta es su segunda función.
2. El medio ambiente actúa, en efecto, como un receptor de residuos y des-
ecF10s de todas clases, producto tanto de la activtdad producttva como
consuntiva de la sQcjedad. Hasta un cierto límite, y gractas a su capaci-
dad de asi mil ación, puede absorber estos residuos (que de esta manera
son liberados sin coste), y transformarlos en sustancias inocuas o, in-
cluso, beneficiosas: es el caso de algunos fertilizantes orgánicos, por
ejemplo.
3. Proporciona, en tercer lugar, bienes naturales (paisajes, parques, entor-
nos naturales ... ), cuyos servicios son demandados oor la sociedad. En-
tra a formar parte, pues, de la función de producción de utilidad de las
economías domésticas.
4. Finalmente, conSfit\:iye«un sistema integrado que proporciona los me-
dios para sostener toda clase de vida!}. Esta función es tan esencial que
muchos autores la constderan parte integrante de la propia definición
de medio ambiente.
Aceptado pues que el medio ambiente tiene ciertamente valor desde una
perspectiva incluso estrictamente económica, el siguiente paso es intentar descu-
brirlo. Antes de adentramos, sin embargo, en el análisis de las dificultades que
supone tratar de encontrar este valor, vale la pena detenerse en una posibilidad,
de ciert a actualidad, que ahorraría gran parte del trabajo. En efecto, si fuera posi-
ble crear un mercado en el que los bienes ambientales fueran objeto de compra-
venta, el problema se simplificaría notablemente. No sería necesario siquiera ini-
ciar el proceso de definir y buscar un valor en cualquier caso elusivo: el mercado
se encargaría de ponerle un precio. El problema se centraría ahora en analizar las
condiciones que hanan acéptable tal precio como un exponente del valor del me-
dio ambiente, pero éste es ya un problema común a todos los bienes y servicios
producidos en la sociedad, y del que nos ocuparemos más adelante.
Comencemos pues analizando esta posibilidad.
VALORACIÓN ECONÓMICA DEL MEDIO AMBIENTE
9
1.2. EL PARADIGMA DE LOS DERECHOS DE PROPIEDAD
Mucho.s recursos naturales y bienes ambientales potR_ue no,
{;.se. P-ªfo.rriladctesp'ontáne.amente. un:mercada.alrededor de:ellos;·enJlL®e Sean:- o o
¡ objeto de tni.nsacción: ·¿cuál es, sin embargo, la razón de que no haya sido así?
Una respuesta que goza de creciente aceptación, sobre todo a raíz de la apari-
ción del llamado «Teorema de Coase», pone el énfasis en la ausencia de unos
derechos de propiedad bien definidos y protegidos, como la verdadera responsa-
ble de la falta de un mercado: no olvidemos que los precios de mercado han sido
como «los precios de los derechos de propiedad» (Burrows, 1980,
47). Sólo aquello sobre lo que se tiene un derecho de exclusión puede ser
objeto de compraventa. Ahora bien, si esto es así, bastaría con definir estos de-
rechos de propiedad sobre el medio ambiente en favor de alguien, para que el
problema estuviera solucionado: ya se encargaría este alguien de cobrar el pre-
cio correspondiente. Esta lanza en favor de la privatización del medio ambiente
y los recursos naturales, a pesar de contar con el inestimable apoyo teórico del
ya mencionado Teorema de Coase, es, sin embargo, más endeble de lo quepa-
rece6. Y ello, aun en el caso de que fuera institucionalmente posible, por tres
razones :
l. En primer lugar, una matización ¡;¡.ecesaria sobre el tipo de régimen de
propiedad que causa el problema: no es la propiedad común del recurso
sin más la que está en el origen de las dificultades . La ausencia de precio
no tiene por qué representar un problema: la evidencia histórica y la
propia experiencia muestran que son muy abundantes los casos de co-
lectiv-os que han cuidado sus recursos comunes sin llevarlos, ni mucho
menos, a la degradación y al agotamiento. Como señalan Dasgupta y
Miiler (1991), la caracterización de Hardin fue ciertamente desafortu-
nada, y los ejemplos mencionados por él hacen refttencia, en la mayoría
de los casos, a recursos mantenidos durante siglos por sus dueños co-
munales. La historia es pródiga en ejemplos que muestran más bien lo
contrario: que la apropiación privada de rec.ursos previamente comuna-
les ha sido la que ha llevado a su ruina y desaparición. Es más bien un
determinado tipo de propiedad común de Jos recursos naturales globa-
les (es decir, recursos caracterizados por la libertad de acceso para cual-
quiera), en contraposición a recursos comunes locales (y por tanto ges-
6
Teorema que nunca fue fonnulado como tal por su autor. Sin embargo, y a pesar de ello,
existe un amplio consenso sobre su contenido. El «teorema>> afinna que, desde la perspectiva de la
eficiencia económica, la adscripción de de propiedad con respecto a un recurso común'·"
en una detenninada dirección es irrelevante:' la asignación final de récursos, un óptimo de Pareto,
será en cualquier caso la misma. «La asignación inicial de derechos de propiedad es irre!evante,
desde el punto de vista de la eficiencia: '' •·
l. siempre y cuando puedan ser intercambiados libremente;
2. y los costes de transacciór,
J. siempre y cuando puedan ser intercambiados en un mercado perfectamente competitivo>•
(Cooter, 1991).
10
\.·.
.i
VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
tionados por un colectivo de personas definido, en su propia interés: lo
que en ocasiones se conoce como «bienes del club»), la que mejor se
adaptaría a la tragedia mencionada por Hardin.
2. En segundo lugar, es probable que la privatización se quede a mitad de ·
camino, al no poder el dueño explotar todos los beneficios de su recién
adquirido recurso. Supongamos, por ejemplo, que para preservar un
bosque se concede la propiedad del mismo en favor de una determinada
persona. Cuando esta persona se plantee la explotación económica-
mente óptima de su bosque, no tardará en descubrir que, desde un
punto de vista financiero, es probable que lo mejor sea talarlo entero,
vender toda la madera, e invertir los beneficios resultantes en cualquier
otro lado, olvidándose de su posible repoblación (Reed, 1993). Con lo
5
que se acabó el bosque. Esto ocurrirá, en síntesis, cuando la tasa espe-
rada de crecimiento biológico del volumen de madera (la tasa de creci-
miento de los árboles), multiplicada por los precios esperados de la ·
) misma, que es lo que le está rentando el dinero invertido en el bosque,

sea inferior a la tasa de interés de la economía (que refleja la
dad de las inversiones alternativas: lo que le darían por ese dinero en un
banco?. La privatización, por tanto, de los recursos naturales, sobre
, todo de aquellos de crecimiento lento, no es una solución al problema.
La razón, como acabamos de comprobar, es bien sencilla: para su
dueño, el bosque no es más que unap/antaciónjoresta/ que, como cual-
quier otro activo (una casa, por ejemplo), le representa dos fuentes de
rendimiento financiero: el flujo originado por los beneficios netos de
las ventas de la madera (el alquiler de la casa), y las posibles ganancias
de capital producto de su revalorización en el mercado. Un bosque, sin
embargo, es mucho más que un deijósito de madera. Cumple muchas
otras funciones, algunas de las cuales su dueño no va a poder capitalizar
por la dificultad de encontrar un interlocutor con el que negociar su va-
lor: previene la erosión, el aterramiento de los embalses, fija el carbono
atmosférico, mantiene la biodiversidad, etc. Ello lleva a que el valor so-
cial del bosque sea algo muy distinto al valor privado de una plantación
forestal, lo que impide una utilización y una gestión óptima, desde un
punto de vista económico, del mismo. La privatización por tanto, no
.garantía de una mejor gestión: r'
3. En tercer lugar, se encuentran los propios problemas teóricos del Teo-
rema de Coase. Por un lado, su validez depende de unos supuestos tre-
mendamente restrictivos, casi imposibles de encontrar en la ·práctica:
ausencia de costes de transacción, número pequeño de agentes, etc. Por
otro, el hecho de que toda una serie de autores, basándose en la «teoría
de la perspectiva» de Kabneman y Tversky, así como en el «efecto titu-
laridad» o «propiedad» (endowment effect) de Thaler, han mostrado
que una de las conclusiones fundamentales de Coase (la que afirma que
7
Sin tener en cuenta los riesgos que suponen los incendios, las plagas, etc.

'1.

:_, _
'


es irrelevante en favor de quien se deterrniue e l derecho (
no es correcta (Azqueta, 1993)
1
.
Jpiedad),
Con independencia, por tanto, de la validez del Teorema de Coase, no es
de esperar que la institucionalización de unos derechos privados de propiedad
sobre el medio ambiente, y la consiguiente creación de un mercado en el que in·
tercambiar sus servicios, resuelva el problema. Lo que nos sitúa en el punto de
partida: en la necesidad de valorar estos servicios, para poder actuar en wnse·
cuencia.
1.3. LA VALOHA:'"lÓN ECONÓMICA DEL MEDIO
AMBIENTE: ALGUNOS PRESUPUESTOS ÉTICOSY
, Valorar económicamente el medio ambiente significa contar
caaor de su Importancia en el bi enestar de la sociedad, que permi ta compararlo
con otros componentes del mtsm_o.Portanto, lo normal sed. utilizar pára ello
un denominador común, que ayude a sopesar unas cosas y otras y que, en gene·
ral, no es otro que el dinero. Para algunos autores esto constituye ya un
anatema; p_roponer una v4\loración monetaria, crematística, de algo que, por de·
finición, es invaluable: Argumentar así, sin embargo, supone incurrir en una
confusiÓn de concepto-s· vale ·' monetaria no quiere decir valoración de
mercado u pone, como decimos, la eleccwn e un enon11na or comun m SI·
ULera e un numerario), que se considera conveniente, para ref1ejar cambios
heterogéneos en el bienestar de la sociedad, que es lo que realment e cuenta
10

Tendría que probarse, para descalificar este tipo de medida del bienestar (lamo-
netaria), que el denominador común elegido (el dinero), condiciona has ta ha-
cerla inaceptable la función de bienestar social ut ili zada, o las vías empleadas
para encontrarla. El tema es pues bastante más complicado que lo que una
descalificación apresurada invita a pensar. La sospecha está fundada, como ten·
dremos ocasión de comprobar enseguida, pero el objetivo está desenfocado. Es-
peramos arrojar alguna luz sobre el parti cular en los capítulos que siguen.
Entrando ya de lleno en este proceso de valoración económica, analicemos
las disyuntivas éticas que se plantean, y cómo tiende el análisis económico a re·
8
En el capítulo siguiente analizaremos con más detaUe las implicaciones de la «teoría de la
perspectiva» sobre la val idez del teorema de Coase.
9
Algunas de las ideas expues tas en este epígrafe han sido tomadas dd 4 de Az<.¡ueta
y Ferreiro (1993).
to Quizá el ejemplo más senci ll o al respecto lo cons tituyan los distintos métodos
para la evaluación social de proyec1os en paises subdesarroll ados, y en concreto las Pauws debido1s a
Sen, Dasgupta y Marglin (ONUDl , 1973). En ellas se ut iliz.a el dine ro como denominador comun
para comparar los cambios en el bienes tar social que supone un incremen to del consumo, una me·
jora en la distribución de la renta, una mayor partici pación de la mujer en la fuerza de trabajo, o un
aumento de ta independencia nacio nal. .. (Azquet a, 1984, Capitulo 2). No es cie rt amente el mer·
cado el que valora estos cambios, en el método de Sen, Dasgupta y Marglin, ni estamos ante un.1
valoraci ón crematística de los mismos, aun cuando se expresen en una unidad monetari:.t.
1
l
1
!
l2 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
solverlas. Podríamos distinguir tres encrucijadas fundamentales, cada una de
las cuales podría resumirse en una de las siguientes preguntas:
1.3.1. ¿Qué da valor al medio amb.iente?
La primera interrogante es, en efecto, elemental: ¿por qué tienen valor el medio
: ambiente y los recursos naturales? La respuesta, sin embargo, no es tan-sencilla
como a primera vista pudiera parecer, y el abanico de posibilidades existente lo
demuestra claramente:
l_;:¿:::En un extremo se sitúan todas aquellas posturas derivadas de 1¡¡ ética de
· la tierra de Aldo para las que la naturaleza no humai1il1leñé
un valor intrinseco inheregte y posee oor tanto derechos morales y
naturales (Pearce y Tumer, 1990, Capítulo 15). De acuerdo a esta afir-
mación, por tanto, el m · b. ente tiene valor er se: no ne·cesita de 1
nada ni de nadie que se lo otor u e'. Es más o dría llegar a afirmarse que
as cosas mc ut a a v¡ a humana) tienen valor, en tanto en cuanto con-
tribuyen a la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótici/
Esta nueva filosofia naturalista, compartida curiosamente por algunos
de los primeros economistas neoclásicos
11
, desemboca, pues, en el re-
conocimiento de los derechos de los animales, y otros seres vivos, lo
que plantea problemas filosóficos bastante serios. No es el menor de
ellos el derivado de la necesidad de responder a la cuestión de qué es
precisamente lo que les hace susceptibles de poseer estos derechos:
cuál de sus características es la que confiere esta titularidad (Kneese y
Schulze, 1985). Como bien saben los estudiosos de la filosofia del dere-
cho, ésta no es una cuestión de fácil respuesta. En cualquier caso, lo
cierto es que para los defensores de esta postura, el medio natural y los
recursos naturales tienen valor en sf mismos.
Gi)En el extremo, encontramos las posturas que
antropocentrica. Para ellas, lo que confiere valor a las cosas, mclutdo el
mediO ambtente, es su relación: con el ser huma :las cosas tienen va-
lor en tan o n o, y en a me 1 a en que se lo dan las personas.
El análisis económico, en general, se encuentra en la órbita de la
de estas opciones, aunque con algunas matizaciones
12
• Comparte lo que podría
denominarse una ética antropomó¡fica excendida, en la que la· naturaleza tiene
una serie de valores instrumentales para el ser humano, incluidas las genera-
11
Seria el caso, por ejemplo, del Edgeworth de «New andO Id Methods ofEthics», así como,
dentro de la economía clásica, de los máximos exponentes del utilitarismo: Jeremy Bentham y
John Stuart Mili (Newman, 1991, pág. 90).
y-- -ll Recientemente Col by ( 1991) caracterizaba cinco paradigmas diferentes en el estudio de la
relación entre el hombre y la naturaleza:
J
-La economía de frontera.
- La protección ambiental.

"

"1

1
'•
·!
VALORACIÓN ECONÓMICA DEL MEDIO AMillENTE
13
ciones futuras. Planteamiento, por otro lado, no muy ajeno al dvalgunas pro-
puestas institucionalistas (véase, por ejemplo, Swaney y Olson, 19 2), y que pre-
tende garantizar una cierta equidad intergeneracional (Pearce y umer, 1990,
Capítulo 15). . . ,
Esta sería, pues, la primera de las opCiones aludidas, y la primra respuesta.
Una postura antropocéntrica y no ecocéntrica: es el ser humano e que da valor
a la naturaleza, a los recursos naturales, y al medio ambiente en ge eral. Si no se
comparte este planteamiento, es inútil seguir buscando la resp esta al pro-
blema planteado de la mano de los métodos que vamos a presenta a lo largo de
este libro: habría que intentarlo por otro camino. Pero es que aun aceptándolo,
las dificultades no han hecho sino comenzar.
1.3.2. lQuién expresa estos valores?
En efecto, admitido el punto anterior, la siguiente cuestión es obvia. El medio
ambiente tiene valor porque cumple una serie de funciones que afectan positi-
vamente al bienestar de las personas que componen la sociedad. Ahora bien,
¿qujén da valor al medio ambiente? Planteado de forma más precisa: se trata de
delimitar el colectivo de personas que pueden exigir que las potenciales modifi-
caciones de su bienestar que supone un cambio de calidad ambiental sean teni-
das f!n cuenta a la hora de tomar decisiones. En el Capítulo 2 tendremos ocasión
de discutir más en detalle el tipo de derechos sobre el medio ambiente contem-
plados y respetados: derechos de los usuan·os, por ejemplo, frente a los derechos
de los no usuarios. Existe, sin embargo, una cuestión previa que es la que aquí
interesa: ¿dónde se traza la frontera que separa a quienes tienen un derecho
(usuarios o no usuarios), de quienes no están investidos de él?
El tema es doblemente complicado, ya que cada vez st1n más frecuentes los
casos en los que la actividad nociva (o positiva) para el medio ambiente, se o .;_
gina en un grupo social determinado (un país por ejemplo), mientras que las
consecuencias negativas las padecen otrosu.
Podemos desdoblar la pregunta sobre dónde trazar la línea de demarca-
ción en dos direcciones claramente diferenciadas: en el espacio, y en el tiempo.
G
La administración de los recursos.
- El ecodesarrollo. . .
- La ecología profunda.
u es bien, de estos cinco paradigmas, que cubrirían el especlro existente entre la economía
neoclásica y las posiciones ecologistas extremas, los tres primeros serían antropocéntricos, el
cuarto seria dudoso («lecocéntrico?»), y sólo el quinto resultaría, de acuerdo al autor, abierta-
mente biocéntrico. La misma conclusión se obtiene del análisis que sobre el particular presentan
Pearce y Turner (1990, pág. !4).
ll Un ejemplo bien conocido es el de la llamada contaminación transnacional o transfronte-
riza (la lluvia ácida, por ejemplo), emanada de detenninadas actividades productivas: un país o re-
gión disfruta de los beneficios (generación de energía eléctrica), mientras que otro paga las conse-
cuencias.
14 VALORACIÓN E.Cll N0!-1!CA lJI:. LA CALlUAU AM.tm.N tAL
La frontera en el espacio
.----
La primera parte de la cuestión tiene el sencillo plahteamiento ya enunciado
con anterioridad: ¿de quién son el medio ambiente y los recursos naturales?
¿son, por ejemplo, patrimonio nacional o local? ¿o son, por el contrario, patri-
monio de la humanidad?
El problema, dado el valor creciente del medio ambiente y los recursos
naturales, es dificil de tratar desde una perspectiva ética: no parece justo, en
efecto, que quienes son por definición los menos culpables de que las cosas ha-
yan llegado al extremo al que lo han hecho (los países y regiones poseedores de
estos recursos naturales), tengan que renunciar al disfrute de los rendimientos
económicos que les podrían proporcionar (tremendamente necesarios, por otro
lado) . Y ello porque se lo demandan, en nombre de la humanidad, quienes no
tuvieron ningún reparo en acabar con los que les habían correspondido y que,
probablemente gracias en parte a ello, se encuentran hoy en una situación eco-
nómica más desahogada t•. No es del todo evidente, sin embargo, que si la utili-
zación de estos recursos corno patrimonio particular ha sido la causante de los
problemas, repetir ia experiencia sea la mejor forma de evitarlos.
· Aunque la respuesta a este problema ético no sea fácil, ya que en el fondo
conecta con la problemática de los fundamentos del concepto de nación, el aná-
lisis económico permite desdoblar la cuestión de una forma, a mi modo de ver
positiva: ¿qué régimen de propiedad es el más eficiente a la hora de garantizar el
objetivo propuesto (una utilización sostenible del medio ambiente)? ¿qué
repercusiones económicas tiene, y cómo podrían ser compensados, si se consi-
dera de justicia, los perjudicados por él? En el fondo no se trata sino de una
aplicación del viejo «criterio de la compensación» de Kaldor-Hicks, del que ha-
¡ blaremos en el Capítulo 3. Un excelente ejemplo de lo anterior, basado en el
reconocimiento de que un recurso natural determinado (la atmósfera) es patri-
14
En la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro enjulio de 1992, se presentó una
propuesta para considerar los bosques tropicales patrimonio de la humanidad. que fue rechazada
debido a la oposición de los países subdesarrollados. El motivo aludido era bien simple: siendo es-
tos países poseedores de un activo cada vez más escaso y valioso, no estaban dispuestos a hipote-
car las posibilidades económicas que ello les confiere. Contaban, además, con el apoyo de algunos
economistas que comparten la opinión de que si se concedieran derechos de propiedad sobre es-
tos bosques a los pueblos indígenas que los habitan, la preservación del medio ambiente quedaría
garantizada, ya que no estarían dispuestos a cambiar por dinero su cultura, su modo de vida. Des·
graciadarnente, y a pesar de algunas experiencias en contrario, la tústoria reciente de bastantes paí-
ses subdesarrollados, que no han tenido inconveniente en alquilar parte de su territorio como ver-
tedero de basuras tóxicas y altamente contaminantes, o de vender parle de su patrimonio natural
(bosques) para equilibrar el presupuesto del estado, no hace fácil compartir este optimismo. Sin
necesidad de llegar tan lejos, no es dificil observar que el tratamiento que están dando algunos paí·
ses a sus recursos naturales no es precisamente el más adecuado. Indonesia representa, en este
sentido, un caso espectacular, aunque lejos de ser único. Las exportaciones de madera se han con·
vertido recientemente en una de las principales fuentes de divisas del país. Sin embargo, si se in·
cl1Jyeran los costes medioambientales que la explotación maderera conlleva, probablemente deja-
rían de ser económicamente rentables (Azqueta, 1992).
1
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monio común Y, por tanto, todas las personas tienen el mismo u . ho a utili-
zarlo, ha sido planteado ya por muchos autores (véase, por ejemplo, Dasgupta y
Mii.ler, 1991). Todo el mundo es conscient e, en efecto, de la necesidad de
reducir drásticamente las emisiones de C0
2
a la atmósfera. El desacuerdo
aparece a la hora de decidir el cómo. No parece justo, si n embargo, aplicar un
tratamiento uniforme a todos los países, y obli garles a una misma reducción
porcentual de sus emisiones, pongamos por caso, hasta alcanzar el objetivo
fijado. Sin atender por tanto al hecho de que no todos son igualmente responsa-
bles: las emisiones per capita difieren de forma abrumado ra ent re los más
industrializados y los más pobres
15
• ¿No seria más justo calcul ar el monto de
emisiones que permita frenar el deterioro, traducirlo a términos per capita, y
permitir a cada país emitir de acuerdo a este resultado? (El cálcul o debería
hacerse en términos netos: tomando en cuenta también lo que cada terri torio,
gracias a la preservación de masas forestal es por ej empl o, contribuye a fij ar el
carbono atmosférico, y sumándoselo a su cuota de emisión). Así, algunos
países, los más atrasados, estarían muy lej os de alcanzar el monto que les sería
asignado, en tanto que otros, los industrializados, se ve rían obligados a reducir
sus emisiones de forma dramática. Y aquí es donde podrían intervenir los
instrumentos económicos derivados del Teorema de Coase: . si es tas cuotas
fueran transferibles, los países con «sobrante», podrían vende rlas a los paises
obligados a reducir sus emisiones, que estarían dispuestos a pagar por ell as, en
el límite, los costes económicos a que la reducción les fuerza (introducción de
nuevas tecnologías, cierre de empresas, etc.). Se ha calculado que las
transferencias que recibirían los países subdesarroll ados por este motivo no
sólo permitirían pagar la totalidad de la deuda externa, sino que superar ían con
mucho el monto actual de la ayuda al desarrollo (Goodland y O al y, 1992)
16
• El
reconocimiento del medio ambiente como patrimoni o común no tiene porqué
conllevar siempre unas consecuencias redistri buti vas inaceptables. En
cualquier caso, puede que valga la pena no mezclar las cosas (s i es que se
puede), tratar de resolver el problema de fondo, y luego buscar la fo rma de pa·
liar las consecuencias más negativas que para los perjudi cados tenga la solución
adoptada.
tl Para poner un ejemplo: mientras que en los Estados Unidos las emisiones de gases que
causan el efecto invernadero eran en 1992 de 4,2 tm por persona y año; en Suecia esta cifra era de
1,7; y en China o la India, de 0,3 (Goodland y Daly, 1992, pág. 36).
16
Una solución, sin embargo, que tampoco escapa a las consideraciones éticas. Por un lado,
en efecto, porque estos mecanismos pueden no ser éticamente aceptabl es para todo el mundo, ya
que podrían reconocer un derecho a contaminar. rechazabl e para muchas personas: e l caso más pa·
radigrnático es el de los << bonos de contaminación negociabl es,. que acabamos de mencionar y que
ya han sido experimentados en algunos paises, pero cual quier instrumento en forma de precio
tendría el mismo result.a.do. Por otro, porque es tos mis mos instrumentos económicos (tasas, cá-
nones, bonos negociables), tan populares ultimamente, pueden res ultar menos eficientes de lo
que parece, precisamente por disminuir las moti vaci ones éti cas (i nt rínsecas) de la persona con
respecto al medio ambiente. Este fenómeno de «crowd(ng out» ético ha sido bien analizado, por
ejemplo, por Frey (1992).
(
16 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
La frontera en el tiempo
La segunda parte hace referencia al problema en el tiempo: a los eventuales de-
rechos de las generaciones venideras.
El problema es bastante similar al anterior: muchas de las decisiones que
tomamos hoy con respecto al medio ambiente, van a tener unas consecuencias
que afectarán a quienes todavía no han nacido. ¿Hasta qué punto han de ser te-
nidos en cuenta sus intereses? ¿y cómo, si por definición no están aquí para ex-
presarlos?17
En este terreno, además, el marco ético de referencia tradicional de la eco-
nomía no facilita precisamente las cosas. Reposa éste, implícitamente, en lo que
podríamos llamar el utilitarismo neoclásico: cada persona busca maximizar su
propio bienestar y debemos aceptar este egoísmo porque, al actuar así, y dada la
distribución de la renta, lleva a la sociedad a una situación óptima. Se trata por
tanto de una adaptación del utilitarismo benthamita de la economía clásica (se-
gún el cual de lo que trataba era de garantizar el mayor bienestar colectivo,
suma de los niveles de bienestar individuales), a una situación en la que· ya no se
aceptan ni las comparaciones interpersonales de utilidad, ni que ésta se pueda
medir cardinalmente (Kneese y Schulze, 1985). La adopción de este principio,
sin embargo, supone, con respecto a los grupos afectados pero sin poder de de-
cisión, que sus intereses serán tenidos en cuenta, siempre y cuando su bienestar
forme parte de la función de utilidad de los agentes que deciden, y en la medida
en que la afecten: es decir, en la medida en que los que deciden sean altruistas y
se preocupen por el bienestar de los demás. En este punto nos encontramos con
un doble dilema:
Por un lado, si aceptáramos el supuesto de independencia de las preferen-
cias individuales (mi bienestar no depende, ni para bien ni para mal, de lo que te
ocurra), como tiende a hacer la teoría económica tradicional, no dejamos mu-
cho sitio para una conducta altruista (ni envidiosa).
Por otro, puede, no obstante, que las personas sean altruistas, y, por tanto
el modelo se haya equivocado al suponer esta independencia. En este caso
tendríamos una posible vía de salida: como el bienestar de los demás se toma en
cuenta, sus intereses serán defendidos por quienes «votan» (que influyen sobre
las decisiones finalmente adoptadas). Vale la pena recordar, de todas formas,
que pueden distinguirse dos tipos bien diferenciados de altruismo:
a) El que podríamos llamar altruismo puro, que se da cuando el bienestar
de la persona 8 entra a formar parte del bienestar de la persona A (la al-
truista).
b) El altmismo paterna lista, que se da cuando el consumo de determinado
bien por parte de la persona 8 es el que entra a formar parte del bienes-
17
El problema desaparecería si las funciones de utilidad contemplaran un horizonte lempo·
ral innnito: una posibilidad teórica más bien remota.

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VALORACIÓN ECONÓMICA DEL MEDIO AMBIENTE 17
tarde la persona A, que interpreta que el bienestar de 8 ha mejorado. El
altruista se pronuncia, pues, sobre lo que le conviene al otro
18

En términos estrictos, sólo el primero de ellos sería realmente válido, pero
sea del tipo que sea, el hecho es que, por desgracia, es probable que las circuns-
tancias no permitan expresar este altruismo. En efecto, el de los
demás, bajo el supuesto del altruismo, forma parte·· <le la función dr utilidad in-
dividual. Ahora bien, como tal, el bienestar ajeno tiene el carácter de un bien
público: es decir, cualquiera que sea el mecanismo a través del se eleva, la
persona se siente mejor. Cuando se trata de bienes públicos, sin e ]bargo, surge
con frecuencia el problema de lo que Sen denominó la paradoja del aislamiento,
y que impide a las personas mostrar sus p"referencias como miemb os de un co-
lectivo (altruistas), llevándolas a actuar de forma individualista (e oísta)
19
• No
basta, por tanto, con saber si las preferencias personales son o no i dependien-
tes, y modelizar correctamente el comportamiento individual. e trata asi-
mismo de comprobar hasta qué punto el sistema permite la expre ión de estas
preferencias altruistas. Y puede que en muchos casos, la respuesta ea negativa.
El utilitarismo benthamita, por tanto, tal y como se incorpora al an lisis econó-
mico, no deja muchas posibilidades en este campo. Pero es que, au que las de-
jara, el problema estaria lejos de estar resuelto.
Supongamos, en efecto, que las preferencias individuales son altlistas, y que
no se produce ninguna variante de la paradoja del aislamiento. Con !lo, sin em-
bargo, seguimos negando que las generaciones futuras (o nuestros vec· os) sean su-
jetos de derecho: es la generación presente la que es titular de derechos, la que
puede exigir que se respeten sus preferencias. Aunque ahora de la casualidad de que
esas preferencias incluyen el bienestar de las generaciones futuras (o de los vecinos).
¿Estariamos dispuestos a aceptar esta situación como éticamente correcta?
20
18
Esta distinción tiene gran importancia en el análisis coste benefi(io, a la hora de computar
los valores de no-uso (de los que hablaremos en el Capítulo 3) entre los beneficios de una alterna-
tiva determinada (Johansson, 1992a).
19
Un sencillo ejemplo ayudará a ilustrar la paradoja. La sociedad va tomando conciencia de
los problemas que supone la utilización de gasolina con plomo: afecta a la salud de muchas perso-
nas y, en especial, de la población infantil. Supongamos que todos somos conscientes de ello y
que, por consiguiente, todos desearíamos que se utilizara gasolina sin plomo. No parece excesiva-
mente complicado de conseguir: podemos cambiar de coche y adquirir un modelo que utilice este
tipo de gasolina. Supongamos, para facilitar el argumento, que el cambio de coche no costara más
que lo¡que estariamos dispuestos a pagar para eliminar el problema. Es dudoso sin embargo, a pe-
sar de que codos lo queramos, que lo hagamos. Simplemente, porque estamos dispuestos a colabo-
rar en la solución del problema, si el problema realmente se resuelve: si todos cambiamos. El sis-
tema de mercado, desgraciadamente, no puede garantizar esto. Usted cumple su parte, pero nadie
le garantiza que los demás harán lo propio. Por eso es muy probable que, en esas condiciones, us-
ted piense que no va a ser el único primo que se gasta el dinero para resolver un problema de todos.
y que todos hagamos lo mismo. Ésta es la paradoja del aislamiento: aunque tengan unas funcio-
nes de utilidad altruistas, puede que las personas reflejen unas estrictamente individualistas.
20
Obsérvese que la respuesta es totalmente independiente del resultado nnal de la forma de
proceder de la generación presente. Al fin y al cabo, como recordaba irónicamente Solow (1974b),
la generación actual no puede quejarse en exceso de lo que ha heredado, si analiza su propia actua·
ción y la compara con la de las generaciones que la precedieron ...
20 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
guiente alternativa. Dentro de un limite, sin embargo, porque en el
juego del mercado, en efecto, no es de aplicación el principio de «una
persona-un voto», sino que cada cual vota de acuerdo a su poder adqui-
sitivo. Dado que las preferencias se recogen siempre y cuando vengan
acompañadas de una disposición a pagar solvente por el bien o servicio
en cuestión, sería más correcto hablar de·l principio de «una peseta-un
voto». Y las pesetas, como ,es bien sabido, no están igualitariamente re-
partidas en la sociedad, de tal manera que cada persona tiene un poder
de voto diferente: sus preferencias no cuentan lo mismo. El mercado
ref1eja, por tanto, las preferencias de la sociedad, en función de cómo
está repartido en ella el poder adquisitivo. Lo que puede plantear un se-
rio problema de equidad porque no.olvidemos que, aunque el óptimo al
que nos llevaría el sistema de mercado es insesgado, no existe meca-
nismo de redistribución de renta que no viole alguna de las condiciones
de primer orden de eficiencia (véase Azqueta, 1985, págs. 74-76).
El análisis desemboca, por tanto, en un tipo de valoracjó¡:¡ ecQnómica ffi!JY
discutible. Por eTTo se han mtentado evitar los aspectos más negativos de la
rrlisma (sin lograrlo completamente), como tendremos ocasión de ver con deta-
lle en los capítulos que siguen, a través de dos matizaciones complementarias:
a) En primer lugar, y para evitar la excesiva dependencia de las valoracio-
nes encontradas con respeCtO a la distribución de la renta, procediendo a
normalizaren esta vanable el resultado de los estudtos empíricos. Con
ello se evita la conclusión de que, dado que un medio ambiente de ma-
yor calidad es un bien superior, desde un punto de vista económico, to-
das las medidas de mejora del mismo deberían dirigirse hacia las zonas
de alto poder adquisitivo (las que expresan una mayor disposición a pa-
gar por ellas), mientras que el deterioro se concentraría en las más de-
primidas.
b) En segundo lugar, combinando esta forma itldi.llidYal-ista-desa[Qración,
;,de expresión de .n.ret:er.enciaS, c.on una segunda vía que tiene en cuenta
Jaspreferencias colectivas. -
Existe, en efecto, toda una serie de cuestiones sobre el medio am-
biente y los recursos naturales, cuya solución sería tremendamente
arriesgado dejar en manos de un proceso de expresión de preferencias
individuales, como el apuntado en el apartado anterior. Y ello, entre
otras cosas, porque involucran a otros colectivos que no pueden expre-
sar su opinión: incluyendo, por supuesto,.Ias generaciones futuras, ya
mencionadas. De ahí que hace ya muchos años, algunos autores distin-
guieran entre el comportamiento de la persona como consumidor (indi-
vidualista), y su comportamiento como ciudadano (miembro de un
grupo social). Este último canalizaría sus preferencias a través de las lla-
madas normas sociales. En este caso, no son las personas como tales las
que toman las decisiones, sino un colectivo que, aun con base en las
preferencias de sus componentes, trasciende el individualismo más es-
VALORACIÓN ECONÓMICA DEL MED!O AMBIENTE 21
tricto
14
• De esta forma, cuestiones fundamentales para el proceso de va-
loración económica del medio ambiente, tales como la equidad, tanto
en su aspecto personal o espacial (factores de ponderación distributi-
vos), como en su aspecto temporal (tasa social de descuento), se abs-
traen de este proceso individualista;·y se contemplan bajo esta perspec-
tiva de la normativa social. Y así, tanto los factores de ponderación dis-
tributivos, como la tasa social de descuento, se determinan atendiendo
no a las preferencias individuales, como quiera que hayan sido expresa-
das, sino a la opinión de los representantes sociales.
No está de más, en cualquier caso, ser consciente de los supuestos éticos
que se encuentran detrás de los métodos que vamos a presentar a lo largo de las
páginas que siguen, porque su validez no puede ir más allá de la que les otorga la
aceptación de los mismos.
1.4. LOS LÍMITES DEL ANÁLISIS
Vale la pena, finalmente, ampliar de algún modo la ref1exión hecha en la intro-
ducción a este libro sobre los límites del análisis propuesto, el ca m ro de aplica-
bilidad de los métodos de valoración en que vamos a concentrailjlOS, porque,
paradójicamente, la claridad con respecto a los mismos es la mejor !defensa que
de ellos puede hacerse. ·
Hemos visto, en efecto, que se trata de valorar lo que supone p ra el bienes-
tar de la persona contar con un un medio ambiente más atractivo y impío. Con
ello, se intenta proporcionar una información relevante (y por supue tono exclu-
yente), que puede ser de utilidad a la hora de asignar unos recursos casos: bien
sea teniendo en cuenta el impacto ambiental de determinadas in ver iones, las lí-
neas prioritarias de esfuerzo en la mejora del medio ambie;nte, o la subvención
implícita en aquellas esferas de producción (energía eléctric'a, agricul ura) ·que no
suelen incorporar el coste ambiental en el precio de sus producto .
Ahora bien, utilizando la metáfora de Kenneth Boulding, es p o bable que
los modelos económicos basados en fa parábola del «lejano oeste» usencia de
fronteras para el desarrollo del sistema) no resulten válidos para la <nave espa-
cial tierra» (un sistema cerrado y autocontenido). Y, efectivament , el análisis
económico en general, y no sólo el neoclásico, ha construido sus modelos como
si de un sistema abierto se tratara, en el que no existen limitaciones exteriores al
crecimiento del mismo
25
• Progresivamente, sin embargo, ha ido tomando con-
2
' Puede compararse lo anterior con la postura de la escuela neoinstitucionalista, por eje m·
plo, para la que la sociedad no es simplemente !asuma de una serie de personas, sino un todo orgá-
nico cuyas necesidades trascienden la mera suma de las necesidades individuales (Swaney, 1987).
De nuevo vemos que el acuerdo dista de ser completo.
25
A pesar de los meritorios esfuerzos de autores como Martínez Alier (1989), que buscan un
entronque entre la ecotogia po/frica y el marxismo, no creo que sea aventurado afirmar que la eco-
nomía marxista también ha elaborado sus modelos con base en la economía del «cow boy». Véase,
por ejemplo, Colby (1992).
J. J.
V J\.LU.t\.1'\L.lUl't C.\....Vl'tVlYU\..1"\ lJL. .L.,.n. '-1'\.J....u,Jru ..• • ..... • .... .....
ciencia de las limitaciones que presenta un sistema de esta naturaleza, y de tos
peligros de seguir trabajando como si los problemas no existieran: nos encon-
tramos en un sistema cerrado desde el punto de vista de la materia, aunque
abierto desde el punto de vista de la energía, en el que las leyes de la termodiná-
mica y de la entropía suponen finalmente una limitación al crecimiento. El
aporte que la ecología, el enfoque del balance material, ha proporcionado no
sólo a la comprensión y caracterización de estos problemas, sino a la toma de
conciencia con respecto a los mismos, es fundamental , y está obligando a re-
plantear elementos esenciales del análisis económico.
¿Hasta qué punto es vulnerable, sin embargo, el análisis que vamos a pre-
sentar a continuación (los distintos métodos de valoración) a la crítica de que no
toma en cuenta el hecho de que nos encontramos en un sistema cerrado y limi-
tado? La respuesta depende de los límites que se fijen al mismo. Como apuntá-
bamos en la introducción, el elemento clave en este caso es la capacidad de ele-
gir, los grados de libertad existentes. Estos métodos pueden aplicarse (dentro de
sus propias limitaciones), cuando son varios los estados de la naturaleza (grados
de calidad ambiental) entre los que se puede optar: cuando no se han alcanzado
todavía los límites que marca la ecología en términos de sostenibilidad. Premisa
que es cierta casi por definición cuando se trata de volver atrás, de mejorar el
medio. No tendría mucho sentido tratar de aplicarlos allí donde ya no hay posi-
de elección, donde los límites del sistema han sido traspasados.
Plantear la conveniencia de valorar implica la posibilidad de elegir. Quiere
decir que se está ante un problema e¡1 el que las leyes de la entropía, o de la ter-
modinámica, no suponen una restricción insalvable. Adoptar estos métodos no
supone afirmar la validez del paradigma del lejano oeste sino, simplemente,
constatar que existen muchos problemas ambientales para los que se puede
plantear su posible utilización. Que haya otros para los que esto no sea posible,
J no los descalifica: descalifica a quien lo intenta.
Tener presente este punto puede que no haga más aceptables los métodos
de valoración que proporciona el análisis económico, pero evita muchas críticas
innecesarias.
LECI'URAS COMPLEMENTARIAS
Cualquier libro de microeconomía intermedia es una buena referencia para
analizar las características de la solución del mercado al problema de la asigna-
ción de recursos, sus propiedades de optimalidad, así como sus fallos e imper-
fecciones. Los Capítulos 18, 19 y 20 del libro de Frank (1992), recomendable en
cualquier caso, pueden constituir una buena introducción al problema. Lo
mismo puede decirse de Cuervo-Arango y Trujillo (1986, Parte IV). Si el lector
está interesado en un tratamiento más riguroso y formalizado, las referencias
podrían ser Layard y Walters (1978, Capítulo l) y Varían (1986, Capítulo V).
Con respecto a los problemas específicos de los bienes públicos y las externali-
dades en general, el texto de Comes y Sandler (1986) ofrece un buen trata-
· ,._ .............. . ...,, . ..., ....,.._,,,...., . , ... U'-L J.\'lCU.V -J. '& J. L.;.
<..)
miento, extenso y riguroso. Más orientado hacia el problema
ambiental e igualmente recomendable es el libro de Baumol y Oates (1988, Ca-
pítulos 2, 3 y 4). Para una excelente discusión sobre el problema de los recursos
comunes y las implicaciones de los distintos regímenes de propiedad que pue-
den definirse sobre ellos, el lector interesado puede consultar 13romley (1992).
Centrándonos más en las relaciones entre la economía y el medio am-
biente, son numerosos los textos generales que, a partir de los primeros infor-
mes del Club de Roma (Meadows et al., 1973) incluyen una presentación dt:! es-
tas relaciones, y los probl emas que surgen para el medio ambiente del funciona-
miento de una economía de mercado: quizá el trabajo más completo en este
sentido, desde una perspectiva teórica, sea el de Kneese, Ayres y d'Arge (1970),
sin olvidar los textos de Pearce y Turner (1986, Capítulos 2, 3 y 4), Tietemberg
(1992, Capítul os l, 2, 3 y 4) y los tres primeros capít ulos del Volumen 1 de
K.neese y Sweeney (1985), probablemente más accesibles. Varios organismos
internacionales, o comisiones derivadas de ellos, han analizado el probkma
desde una perspectiva menos teórica y más centrada en el contexto real en el
que se están prest'nt m do en la actualidad los problemas ambientales: desde
el archiconocido informe de la «Comisión Brutland», hasta el lnformc 19\12 del
Banco Mundial, sin olvidar que los propios autores del primer informe del Club
de Roma nos han presentado su propia visión de las cosas 20 años después
(Meadows et al., 1993). Véase tambi én a este respecto el provocativo trabajo de
Nordhaus (1992). En nuestro país, el MOPT publica un informe anual sobre <<El
Medio Ambiente en España», que presenta una buena panorámica de la si tua-
ción. Lo mismo hacen algunas comunidades autónomas como la de Andalucía.
Finalmente, en cuanto a las relaciones entre economía y medio ambiente desde
la perspectiva de la historia del pensamiento económico (es deci r: cómo ha sido
contemplado el medio ambiente en las distintas teorías económicas a lo largo
de la historia), se recomienda la lectura del excelente text o de Naredo (1987).
Es más dificil encontrar un tratamiento sistemático y detallado de los pro-
blemas éticos que implica la valoración del medio ambiente y los recursos natu-
rales. Algunos textos generales, incluyen algún capítulo o apartado dedicado a
ellos: es el caso, por ejempl o de Pearce y Turner (1990, Capítulo 15) o Kneese y
Schulze (1985). Más especializada pero igualr;:ente asequible, aunque no dedi-
cado al problema del medio ambiente, es la edición de Las conferencias Tann er
sobrejilosofia moral (McMurrin, 1938), y en especial, los capítulos debidos a
Sen y al propio Rawls. Una discusi ó::1 muy matizada con respecto a la apli cabili-
dad de las teorías de este último autor para <t:! S.J l·;er los problemas del medio
ambiente puede en Penn (1990) . Las obras tanto de Aldo Leopolc.J
como de Lovelock sobre la !1ipL\tes!s son bier. conocidas. Para una versión
más matizada de la obra de Leopold, y su relació¡¡ con los problemas medioam-
bientales puede consultarse Nortor: ( 1990). Por su parte, Wallace y Norton
(1992) han explorado las implicaciones de la teoría de Lo·1elock ( 1979) parJ. la
. política ambiental.
(
l
l.
' !
(
CAPÍTULO 2
Medición de los cambios
en el bienestar individual
Presentamos en este capítulo una discusión sobre valorar económica-
mente las modificaciones que se producen en el bienestar de una persona al
cambiar la calidad del medio ambiente, de forma tal que se facilite la compara-
ción con cambios producidos por cualquier otro motivo.
Así planteado, el problema puede descomponerse en tres:
u e
io en el bienestar individual?
_. - _..- --- 1 -
El presente capítulo intenta abordar la primera de las cuestioAes enuncia-
das, mientras que dejaremos para el siguiente la discusión relativa dificul-
tades que entraña la agregación, y para una serie de capítulos el
intrincado problema, quizá más aplicado y menos teórico, de cómo
1
averiguar la
verdadera ' valoración que la persona otorga a dichos cambios.
2.1. EL CONSUMIDOR Y LA MAXIMIZACIÓN
DE UTILIDAD
1
Podemos plantear la cuestión mencionada en términos generales, 1 que no es
específica del campo del medio ambiente (un bien público, o un ecurso co-
mún), sino que surge ante cualquier modificación que involucre 1 bienestar
1
El lector no interesado en la formalización del análisis económico puede preScindir de este
apartado.
25
_# .....
26
VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
(
individual. Se trata, en definitiva, de averiguar cómo puede traducirse en térmi-
nos monetarios, el cambio en el bienestar que supone la modificación en las
condiciones de oferta (precio, cantidad) de un bien cualquiera, público o pri-
vado. Para ello nos introducimos brevemente en el campo de la microeconomía
convencional, lo que no forma parte de los objetivos de este texto: el hecho de
que el problema mencionado adquiera unas características particularmente re-
levantes en el caso del medio ambiente, justifica la excepción.
2.1.1. El consumidor y la max:imización de utilidad
El problema de la elección óptima por parte del consumidor puede plantearse,
Máx U (X) 1-'\c.xoM ,-¡ar u 1::1 \ \o ttco
en términos generales, , _,
s. a: '1- Set"- +-e (2.1)
)l.- P' X= O -1> rc..""\:o .
0
1 r<:-,
siendo Uta utilidad de la persona en cuestión, Qsu renta monetaria, y X(X =X11
... X.) y P (P = Pl> ... P,) los vectores de bienes y precios respectivamente (P' es
por tanto el vector transpuesto). Nos encontramos pues, ante un sencillo pro-
blema de ·waximización condicionada.
Las condiciones de primer orden que satisfacen el problema planteado, y
que ha de satisfacer la persona para maximizar su utilidad, son las siguientes:
a u (X) _ ¡.¡ P, = 0 V i e [1 ... n]
ax, Q -P' x=o
(2.2)
(2.3)
./(siendo ¡.¡ el multiplicador lagrangiano) .
. Estas condiciones, una vez resueltas, permiten obtener sus curvas de c\J<.·
manda normales, o marshallianas: ,- ' ·
-- - X, =X, (i, Q) (2.4)
que indican que la cantidad consum1da de un bien cualquiera perteneciente al
conjunto X depende de su precio, del precio de los demás bienes, y de su renta.
Podría haberse planteado, alternativamente, el problema dual del anterior:
el de rñlnlñiizar el gasto req_uerido para alcanzar un determinado oiv'eicte utili-
(U*). En este caso, el problema de La elección del consumidor, sería:
LMín PX
(2.5)
s. a:
U (X)> U*
en otras palabras, se trataría de buscar la forma más barata de alcanzar un nivel
de utilidad (satisfacción) predeterminado. Podemos para ello definir la función
de gasto (E), como:
E= e (P. U*) = mín [PX 1 U(X) ;;;:: U*] (2.6)
es decir, como la cantidad mínima de dinero necesaria para alcanzar dicho nivel
de utilidad, dada la estructura de precios. '
t-\i.>(rM•t.C•f \v u\-•\•dod Svje\c. n el r."'3(<:"o0-
M,VI,('I\''l.ov 4..v c_)a.s\;.o
í
..

' ;
MEU!C!UN Ut LO:. b" EL lllt.NISIAK 11'WlV!J" 'AL 1./
(
Ahora, la resolución de este problema de minimización condiciOnada ge-
nera la siguiente familia de condiciones de primer orden:
a E
-=X, (P. U*) (2.7)
aP,
expresión, como es bien sabido, de la nciones de demanda que minimi zan
dicho gasto: las unciones de demanda compensada e
mas enseguida.
Ya tenemos, por tanto, establecidas las funciones de demanda (normales o
compensadas) para los distintos bienes. Podriamos pasar ahora a recordar algu-
nas propiedades de la función de utilidad subyacente a ellas, y que hacen refe-
rencia a las relaciones que pueden darse entre los bienes y servicios que forman
parte de la misma. Definamos para ello, dentro de la Función de utili dad 2.1,
una serie de particiones del vector X de bienes y servicios, de manera que cada
una de ellas contenga un subconjunto excluyente de bienes de una clase u e ter-
minada (X
1
, ••• X,): agrupamos los bienes por «famil ias».
En función de las relaciones que aparecen entre los bienes de dichos sub-
conjuntos, pueden identificarse varios casos de interés (Goldman y Uzawa,

Va2 Funciones de utilidad estrictamente separables
Se dice que la función de utilidad es estrictamente separable con respecto a una
partición determinada (un reparto de los distintos bienes que la componen en
subconjuntos mutuamente excluyentes, como acabamos de apuntar), si la rela-
ción marginal de sustitución entre dos bienes de dos subconjuntos distintos, es
independienteje la cantidad consumida de cualquier otro bien perteneciente a
otro subconjunto.
En este caso, la función de utilidad se especifica en términos de una serie
de subconjuntos de bienes, completamente independientes entre sí. Se trata de
una situación bastante común en la modelización tradicional de las preferencias
individuales. Es el caso, por ejemplo, de la función de utilidau Cobb-Douglas, o
de la función de utilidad CES.
/
( b) Funciones de utilidad débilmente separables
Se dice que la función de utilidad es débilmente separable con respecto a una de-
terminada partición, si la relación marginal de sustitución entre dos bienes cua-
lesquiera pertenecientes a uno de los subconjuntos establecidos, es indepen-
diente de la cantidad consumida de los bienes de otro subc0njunto cualquiera
2

Es decir, que podemos analizar la demanda de esos dos bienes sin necesidad de
conocer la de otros que no forman parte de la «familia>>.
2
Existe un tercer concepto de separabilidad,la separabilidad de Pearce, que no es de intert! s
en nuestro contexto (Goldman y Uzawa, op. cit.).
28 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CAUDAD AMBIENTAL
Á Funciones de utilidad no separables
Finalmente, si no se establece ninguna restricción en cuanto a estas relaciones
marginales de sustitución, es decir, si no se cumple ninguna condición de sepa-
rabilidad, la función de utilidad es no separable con respecto a dicha partición.
Lo que quiere decir que dichas relaciones dependen de las cantidades de todos
los demás bienes, y no es posible analizar la demanda de un bien sin tener infor-
mación sobre la de todos los demás.
La razón de que nos hayamos detenido un momento en recordar estas pro-
piedades de la función de utilidad es bien simple: la posibilidad de que los bie-
nes ambientales (pertenecientes a una de las familias) estén relacionados de al-
guna de estas formas con bienes que sí tienen precio, permite explorar hasta
qué punto se podría inferir el valor que tienen, observando lo que la gente hace
en el mercado de los segundos. Este punto será esencial a la hora de diseñar me-
canismos que permitan descubrir la demanda implícita de los bienes ambienta-
les. No se trata pues de un alarde de rigorismo teórico innecesario.
Hechas pues estas precisiones, podemos proceder a analizar el problema
de cómo monetizar los cambios en el bienestar.
2.2. LA MONETIZACIÓN DE LOS CAMBIOS
EN EL lliENESTAR INDMDUAL: DISTINTAS MEDIDAS
El problema que se plantea ahora es el siguiente: ante la mejora en la calidad de
un bien ambiental, el agua, pongamos por caso, suponemos que la persona ex-
perimenta un aumento en su bienestar. Se siente mejor. Ahora bien, ésta es una
sensación puramente subjetiva, y de lo que se trata es de exprésarla en algún
tipo de unidad de medida que resulte fácil de entender y, además, que permita
comparar lo que le ocurre a una persona con lo que está experimentando otra
cualquiera. El empeño no es sencillo, pero el análisis económico ofrece algunas
alternativas para ex resar en dinero estos cambiOS SUb etlVOS e el bieneStar
persona . ..
algunos conceptos elementales de microeconomía, sabemos
que se contemplan al menos cinco formas de expresar, en termmos monetanos,
estas mod¡f¡cacwnes en algo tan sub1et1vo como el bienestar personal:
( 2.2.1.) El excedente del consumidor (EC)
\...___--/ -
Podría, en efecto, utilizarse para medir el cambio producido la modificación
que ello supone en el excedente neto del consumidor. El excedente del consu-
midor es el área que queda entre la curva de demanda de una persona por un
bien cualquiera (su disposición a pagar por él), y la línea del precio del mismo: la
diferencia en términos jntuitjvos entre lo que la persona estaría dispuesta a p!-
por cada cantidad consumida de un bien, como máximo, y lo que realmente
MEDICIÓN DE LOS CAMBIOS EN EL BIENESTAR IND!VIDUAL · 29
l'!_ga_: En la Figura.2.1, en la que se ha representado la demanda del bien X como
'üñiilínea recta, en función de su precio, el excedente del consumidor en el
punto A vendría dado por el área del triángulo AP
0
D. Ante una caída del precio
del bien X. hasta P
1
por ejemplo, el beneficio que obtendría por ello la persona,
que ahora se sitúa en el punto B. vendría dado por el área ABP
1
P
0
• Obsérvése que
la superficie indicada viene medida eri dinero, que es al fin y al cabo lo que intere-
saba: traducir el cambio en el bienestar a unidades monetarias.
p
o
(\
t L. ?o
/ ..
P
0
-- ____________ A
""-... ..
.........
. '
. .,
'· .... .. :

/'
vC,-;:>
V 1/ .
P, - --- -------- ------- -:- ----------- 8
o Xo

Figura 2.1.
o
X
El problema de utilizar las variaciones en el excedente del consumidor
como medida de cambios en el bienestar estriba en que, como es de sobra cono-
cido, al no haber neutralizado el efecto renta que también produce la caída del
precio, la utilidad marginal de la renta cambia al variar ésta, y, por tanto, se mo-
difican, asimismo, las utilidades marginalt<s de todos los bienes consumidos
3

Volveremos sobre este punto más adelante.
1
3
En lérminos estrictos el problema aparece no porque varíe la utilidad marginal del dinero al
variar la renla de la persona, sino porque lo hace al variar los precios dolos (Ng, 1983, pá·
gina 92). '
JU .C.\..Vi,VI.Hl .... n. ..., ................. ............. ·-· · --- - -
/'2.2.2. La variación compensatoria (VC)
(
La variación compensatoria viene dada por la cantidad de. dinero que, ante el
·cambio producido, la persona tendría que pagar (o recibir), para que su nivel de
bienestar permaneciera inalterable.
Pongamos un ejemplo. Supongamos que el ayuntamiento de una localidad
está analizando la viabilidad de un plan que haga potable el agua distribuida en
el municipio. Se sabe que la potabilización del agua aumenta el bienestar de sus
habitantes, pero se quiere precisar cuánto, de forma que se pueda tener una
aproximacion monetaria de estos beneficios, comparable con los costes de
construcción y funcionamiento de una planta de tratamiento.
El problema puede plantearse con ayuda de un gráfico. Aceptemos, para
facilitar la ilustración, que las preferencias de las personas pueden representarse
mediante las bien conocidas curvas de indiferencia. Tenemos pues, en la Figu-
ra 2.2, la situación enunciada: en el eje horizontal medimos la cantidad consu-
mida de agua potable (X); en el vertical, la cantidad consumida de todos los de-
más bienes (Y), medida en términos de un numerario (unidades monetarias de
utilidad constante). Dada la restricción presupuestaria de la persona, y el precio
relativo del agua potable con respecto al resto de los bienes, representado por la
pendiente de la recta V
0
V
0
(a) la persona se sitúa en el punto A. alcanzando el ni-
vel de bienestar representado por la curva de indiferencia /
0
• .
El abastecimiento municipal de agua potable abarata el precio de la misma,
con lo que la recta de restricción presupuestaria pivota alrededor del punto V
0
en el eje vertical (que mide el poder adquisitivo en términos del numerario), en
sentido contrario al de las agujas del reloj: la pendiente de dicha recta mide los
precios relativos del agua potable con respecto a los demás bienes, que ahora
pasan a ser p. En la nueva situación pues, la persona se sitúa en el punto B. al-
_.. canzando el nivel de bienestar
4
represep.tado por la curva de indiferencia /
1

¿cómo podría medirse esta mejora del bienestar, en términos monetarios?
Una posibilidad consiste, precisamente, en preguntarse por la cantidad de
dinero que, restada de la renta de la persona ante los nuevos precios del agua, le
permitiría mantener inalterable su nivel de bienestar original (1°). Ésta seria la
cantidad V
0
V
1
: la variación compensatoria.
En efecto, si le priváramos de esa cantidad, manteniendo los nuevos pre-
cios relativos del agua, se situaría en el punto C, alcanzando el nivel de bienestar
• El argumento de que, dada la incidencia del coste del agua en la estructura del presupuesto
familiar, es muy improbable que se produzca un cambio significati vo en la estructura del con-
sumo, no puede generalizarse a todos los casos. En muchos países subdesarrollados, una de lasta-
reas más penosas que, normalmente, suele corresponder a la mujer es, precisamente, el acarreo de
agua a grandes distancias. De acuerdo a los cálculos de Naciones Unidas, en muchos países africa·
nos la mujer consume alrededor del85 por 100 de sus energías en procurar agua. En este caso, libe·
rara la mujer de esta servidumbre puede modificar sustancialmente las posibilidades de consumo
del grupo, por el trabajo que entonces podría desempeñar dentro de la propia unidad familiar, o
fuera de ella. La productividad marginal de las horas de trabajo así liberadas no tiene por qué ser
despreciable.
J
Vo

....___ ___ ,!
{3
o
V o X
Figura 2.2.
original: /
0
• Parece, por tanto, también un buen indicador monetario del cam-
bio en el bienestar producido: otra forma aceptable de moneti zarl o.
La variación equivalente {VE)
Podríamos, alternativamente, haber preguntado a la persona por la cantidad de
dinero que tendríamos que darle para que alcanzara el mismo nive l de bienestar
que si el agua del grifo fuera potable, cuando ésta no lo es: si la potabil ización no
se lleva a cabo. En otras palabras: el aumento de renta que tendría que experi-
mentar para poder alcanzar la curva de indiferencia 1
1
, si el precio del agua se
mantíene en su nivel original (tga), es decir, si no se potabil iza.
Ésta es la variación equivalente. ·
Volviendo á la Figura 2.2, puede observarse que est a medida ve ndría dada
por la distancia V0 V2• En efecto, si a partir de la si tuación ori ginal (precios relati-
,_
VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
vos igual a tga, y la persona situada en A), aumentamos su renta en dicha canti-
dad, manteniendo los precios constantes, se trasladará al punto E. alcanzando,
por tanto, el nivel de bienestar reflejado por la curva de indiferencia [
1
: el que se
habría obtenido después del cambio propuesto.
Dos medidas alternativas, pues, que intentan reflejar lo mismo: el incre-
mento de bienestar que le supone a la persona el hecho de que las autoridades
municipales potabilicen el agua, y que podrían ser aplicadas, asimismo, en el
caso de un empeoramiento de la situación.
Podría ocurrir, siguiendo con el ejemplo anterior, que el ayuntamiento es-
tuviera contemplando la posibilidad de permitir nuevos asentamientos de po-
blación, un incremento de la producción agrícola con el consiguiente consumo
de fertili zantes y pesticidas, o determinadas obras públicas de infraestructura,
que tuvieran como consecuencia la necesidad de un suministro alternativo de
agua, en este caso no potable. El perjuicio causado a la población podría intentar
medirse, de nuevo, a través de dos vías alternativas:
- ¿Qué cantidad de dinero tendríamos que pagar a cada familia para que
aceptara el cambio? lpara que se declarara indiferente entre tener el
agua potable y el nivel de renta original, o el agua no potable y una renta
que ha aumentado en esa cuantía? ·
En la Figura 2.2, esta situación vendría ilustrada por el paso de B (situación
original) a A (cuando el agua corriente ha dejado de ser el agua potable --·-·-
se hace pues más cara). La respuesta a la pregunta anterior vendría dada por la
cantidad V
0
V
2
: dándosela, la persona alcanzaría, en E. la curva de indiferencia
original (en este caso l
1
). Ésta sería, pues, la variación compensatoria.
- lQué cantidad de dinero estaría dispuesto a pagar para evitar el cambio,
de tal forma que se declarara indiferente entre no tener agua potable en
el grifo, o tenerla pero con una renta que se ha reducido en esa cuantía?
En la Figura 2.2, esta cantidad seria V
0
V
1
: si le privamos de la misma, y
mantenemos los precios originales (pendiente de V
0
B, en este caso), la persona
pasaría de B a C. con lo que alcanzaría el nivel de bienestar a que le lleva el cam-
bio propuesto (!
0
) . Ésta es, pues, la variación equivalente. ·
En cualquier caso, ambas medidas tienen en común el hecho de que per-
miten una reasignación en las cantidades consumidas· de todos los bienes.
Como se observa en la Figura 2.2, al pasar de A a B. o deBa C,la persona modi-
fica la cantidad consumida de agua potable y de todo lo demás.
Podría darse el caso, sin embargo, de que esta reasignación no fuera posi-
ble para el bien objeto de la modificación: que la persona no pudiera elegir libre-
mente la cantidad consumida del mismo. Es una situación bastante frecuente
en el terreno de los bienes públicos: Misham (1971), se refiere a este caso intro-
duciendo la categoría de bienes no optativos
5
• En principio, no se puede modifi-
5
A diferencia del caso anterior, est os bienes no pueden tener un precio individualizado para
cada usuario. Como el bienestar que generan no depende de una cantidad libremente elegida, no
pueden ser racionados a través del sistema de precios.
' 1
l
l
1
1
--· ¡
MEDICIÓN DE LOS l..AMBIOS EN EL BIENESTAR INDIVIDUAL 33
carla cantidad consumida de aire, (o de defensa nacional), por ejemplo, aunque
mejoremos su calidad. Las personas han de consumir una cantidad X
0
determi-
nada al precio original, y otra cantidad X
1
ál precio final.
Para el caso, pues, ·de que esta modificación en el consumo no sea posible,
se han propuesto otras dos medidas alternativas del cambio en el bienestar:
/z.2.4. El excedente compensatorio . (ECP)
Se trata, simplemente, de adaptar el concepto de la variación compensatoria, a
la nueva situación. ·
Veámoslo con ayuda de un gráfico, analizando para ello la Figura 2.3
(Freeman, 1979, pág. 52). En ella, como de costumbre, representamos el con-
sumo de un bien X, objeto de la modificación, en el eje horizontal; y el consumo
del resto de los bienes (representados por Y, el numerario), en el vertical. Su-
y
o
Xo
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1 L,.· _ .... , "'
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XI
14
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Figura 2.3.
...
X
-- -·. ·-· ·----------·-· -- . :.-·
,.
34 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
pongamos que el bien X es un bien público no optativo, cuyo precio para la per-
soná es cero (la calidad del aire, por ejemplo, o de la educación obligatoria y gra-
tuita). La recta P Y= Q es ahora la restricción presupuestaria, siendo Q la renta
de la persona. Originalmente, el bien público se ofrece en la cantidad X
0
, y, tras
una medida cualquiera, se produce un aumento del mismo hasta llegar al punto
X
1
: una mejora en la cantidad, o en la calidad. En estas circunstancias, el exce-
dente compensatorio vendrá dado por la cantidad de dinero.que, restada de la
renta de la persona en la nueva situación, si se trata de una mejora, le devuelve a
su nivel de bienestar original. En la Figura 2.3, por la cantidad de dinero BC. En
efecto, una vez que se ha producido la mejora en la dotación del bien X si resta-
mos dicha cantidad de su renta, le devolvemos a la situación original en térmi-
nos de bienestar. BC es pues, el excedente ·compensatodo.
/ 2.2.5. El excedente equivalente (EE)
En este caso, el análisis se efectúa tomando como punto de referencia el nuevo
nivel de bienestar alcanzado tras el cambio, y manteniendo el supuesto de que '
la persona no puede ajustar su nivel de consumo.
El excedente equivalente sería la cantidad de dinero que tendríamos que
darle para que su bienestú mejorara en la misma medida que tras el cambio en
la oferta del bien X. Volviendo a la Figura 2.3, éste vendría dado por la cantidad
AD. En efecto, manteniendo la oferta del bien público en su nivel original, e in-
crementando la renta del sujeto en dicha cuantía, alcanzaría la curva de indife-
rencia a que le llevaba la mejora en la oferta de X. AD es, pues, el excedente
equivalente.
Como es natural, y al igual que en el caso de la VC y la VE, el excedente equi-
valente y el excedente compensatorio también pueden ser utilizados para analizar
cambios en sentido inverso del bienestar: para medir el impacto de un empeora-
miento de la situación, sea en términos de calidad o de cantidad ofrecida.
El problema con estas medidas es que, aunque la modificación propuesta
sea la misma, la medida del cambio en el bienestar que arrojan puede ser dis-
tinta, como constata una simple observación casual de la Figura 2.2 para el caso
de la variación compensatoria y la variación equivalente (lo rrúsmo podría de-
cirse del excedente compensatorio y el excedente equivalente, observando la
Figura 2.3). La razón estriba en que estamos integrando el área bajo .dos curvas
de demanda compensada diferentes: la que se construye tomando como punto
de referencia la curva de indiferencia original, y la que toma la curva de indife-
rencia a la que se llega después del cambio. Observemos la Figura 2.4. En ella
aparece reproducida en la parte superior la Figura 2.2, mientras que en la parte
inferior se han dibujado las correspondientes curvas de demanda. En el caso
normal, ante una caída del precio de P
0
a P¡, (representados por tga y tgp respec-
tivamente) la persona se traslada de A aBen la parte superior, elevando, por
tanto, su consumo del bien en cuestión de X
0
a X
1
: este movimiento genera los
puntos A y B de la curva de demanda normal (DD) que aparece en la parte infe-
y
',
o
p
Po
p1
o
MEDICIÓN DE LOS CAMBIOS EN EL BIENESTAR INDIVIDUAL
02
X o
:01
'
'
xl x1
Figura 2.4.
·J
02
X
35
X
./
36 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
rior de la figura. Si la persona se mantuviera en el nivel de bienestar original an-
tes y después de la caída del precio (para lo que tendríamos que privarle de su
variación compensatoria), el movimiento sería ahora de A a C, y el aumento en
el consumo de X
0
a X
2
, lo que generaría los puntos A y C de una curva de de-
manda compensada de Hicks (Dt Dt). Finalmente, si se hubiera maptenido
constante el nivel de bienestar final, antes y después del cambio, el paso hubiera
sido de E a B, Lo que hubiera generado Los correspondientes puntos de una se-
gunda curva de demanda compensada de Hicks (D
2
D
2
) . Puede ahora fácilmente
explicarse el porqué de Las diferencias en Las tres medidas: ante una caída del
precio desde P
0
hasta P¡, el cambio en el excedente del consumidor vendría me-
dido por el área P
0
ABPt ; La variación compensatoria por el área P
0
ACPt ; y La va-
riación equivalente, por el área P
0
EBPt· ·
Las tres medidas producen, pues, resultados distintos ante el mismo cam-
bio. Y esto es preocupante, si la diferencia resulta ser sustancial. Bien pudiera
darse el caso de que una determinada inversión pública apareciera como rentable
si se midieran sus beneficios a través de una de las alternativas propuestas.(la va-
riación equivalente, por ejemplo), y no, si se utilizara otra (la variación compen-
satoria). Y no parece existir una razón aparente para ello. Únicamente en el caso
de que las preferencias de la persona fueran cuasilineales (las respectivas curvas
de indiferencia fueran paralelas verticalmente), las dos medidas coincidirían.
Una hipótesis, sin embargo, muy poco realista (Varían, 1987, págs. 68 y 291) .
Volveremos más adelante sobre este punto.
Se hace necesario, por tanto, abordar, en un contexto general, el problema
de estas divergencias.
2.3. ¿cUÁL DE LAS MEDIDAS ELEGIR?
Existen, pues, varias medidas alternativas para valorar cambios en el bienestar :
tres para el caso en que el individuo pueda ajustar las cantidades consumidas de
los bienes (EC, VC y VE) ; y otras tres para el caso en que las cantidades consu-
midas vengan dadas (EC, ECP y EEl
Hemos visto asimismo que, aplicadas a una misma modificación en la
oferta de un bien (cambios en el precio y/o la cantidad ofrecida), no arrojan la.
misma valoración del cambio en el bienestar que ello produce en la persona.
Centremos el análisis de estas divergencias en las tres medidas más rele-
vantes: el excente del consumidor (EC), la variación compensatoria (VC), y la
variación equivalente (VE).
6
Todavía podrían incluirse otras dos medidas adicionales que se situarían un poco más all á
de la VC y la VE, es decir, que abrirían algo más el abanico de las divergencias: el diferencial de cos-
us de Laspeyrts (la cantidad de dinero de la que tendríamos que privar a la persona, ante una me·
jora en el precio de un bien, para que pudiera adquirir la misma cesta de bienes que en la situación
original); y el diftrtncia/ dt cosus de Paasc/u (lo que tendríamos que darle para que pudiera com-
prar la cesta de bienes qu;: adquiriría ante la caída del precio, si éste no baja) . (Ng, 1983, pág. 89).
1


·?
i
Precisando un poco más puede afirmarse que, en el dt c·aiJa en el
precio, o una mejora en las condiciones de oferta, del bien
VC < EC < VE
Es decir, la variación equivalente supera al excedente neto de l consumi-
dor, y éste a la variación compensatoria.
Cuando nos encontramos ante una elevación del precio, o un empeora-
miento en las condiciones de oferta, la situación se invierte:
VC >' EC > VE
El excedente del consumidor aparece en ambos casos ocupando la posi-
ción intermedia: entre la variaci ón equivalente y la variación compensatoria.
Es bien sabido, además, que la difere ncia entre estas tres medidas será
tanto mayor, cuanto mayor sea la elas ticidad demanda- renta del bien cuyo pre-
cio cambia\ y que las tres serian idént icas , cuando la elasticidad-precio fuese
uno: de esta forma desaparecía el efecto-renta, y las tres curvas de demanda se-
rían una. Como éste no suele ser el caso, es obli gado optar entre ellas, teniendo
en cuenta que, decantarse por una u otra, modificará, ya vere mos en qué me-
dida, la valoración de los cambios en el bienestar producidos.
¿cuáles son, pues, sus ventaj as y desventajas relativas? Analicémoslas con
respecto a dos aspectos:
2.3.1. Facilidad de cálculo
Comencemos por el excedente del consumi dor.
La gran ventaja del EC sobre las otras dos medidas alternativas es clara. Al
partir de la función de demanda normal, su cálculo se deriva de una magn,itud,
en principio, observable, lo que facilita enormemente las cosas, pues las curvas
de demanda compensadas son construcciones teóricas y, como tales, no direc-
tamente derivables de la actuación de la persona. Su cálculo, como tendremos
ocasión de comprobar enseguida, aunque no imposible, es bastante más com-
plejo. Desde un punto de vista práctico, no cabe duda, pues, de que el excedente
del consumidor resultaría preferido a las otras dos
8

Desgraciadamente, esto es todo lo que puede decirse en favor del EC.
Y lo que puede decirse en contra es bastante contundente: como ya ha sido
señalado con anterioridad, y debido a que no se aisla el efecto- renta, la util idad
marginal producida por el consumo de ro dos los bienes varia, lo que hace impo-
sible identificar el cambio en el bienestar achacable es trictamente a la modifica-
ción analizada. Únicamente en el caso de que la elasticidad renta del bien en
cuestión fuera cero, o su elasticidad-preci o, uno, el cambio en el excedente del
7
Como recuerda Johansson (1987), en el caso de que se produjeran variaciones múltiples (de
precios), la afirmación anterior sólo será ciert a si se cumpl e la condición de independencia del ca-
mino («path independence condition»).
s Ventaja que seria compartida, parci almente, por las dos medidas contempladas en la no-
ta 6: los diferenci ales de costes de Laspeyres y Paasche.
38 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CAUDAD AMBIENTAL
consumidor representaría fielmente el cambio en el bienestar producido por la
modificación de su precio: caso en el que, sin embargo, no tendríamos que preocu-
pamos de elegir, ya que, como decíamos unas líneas más arriba, las tres medidas
serían iguales. Ello explica por qué Marshall, que fue quien primero descubrió los
problemas de la medida propuesta originalmente por Dupuit en 1844, analizaba
los cambios en el EC para aquellos bienes que no tenían ninguna importancia en la
estructura de gasto del consumidor (la sal por ejemplo). Como lamentablemente,
y a pesar de MarshaU, estos casos son más bien infrecuentes, es necesario elegir en-
tre las dos restantes, si se considera que él efecto renta puede ser significativo.
El cálculo de las variaciones compensatoria y equivalente es algo más com-
plejo, pero no imposible. A partir de las funciones de gasto introducidas en el
Epígrafe 2.1 .1 se pueden calcular tanto la variación compensatoria, como la va-
riación equivalente
9

En efecto:
VC =E [P
0
, P. U
0
]- E [P¡, P. U
0
) (2.8)
es la medida de la variación compensatoria: la diferencia en el gasto necesario
para alcanzar el nivel de utilidad original, cuando el precio del bien X (el agua,
por ejemplo) cambia (pasa de P
0
a P
1
), y el del resto de los bienes (P) permanece
constante.
Por otra parte, la variación equivalente vendría dada por:
VE = E [P
0
, P, U
1
] - E [P¡, P. U
1
] (2.9)
es decir, la diferencia entre lo que habría que gastar, a los precios originales y
tras el cambio en los mismos, para alcanzar el nivel de utilidad resultante del
cambio
10
• El problema es pues más complejo, pero no insoluble
11

Aceptando pues que, aunque con mayores dificultades, ambas medidas
pueden ser finalmente calculadas, el desacuerdo se plantea ahora sobre cuál de
ellas es más operativa:
2.3.2. Ventajas y desventajas operativas
11
De nuevo encontramos que es bastante dificil decantarse en una determinada
dirección:
9
El proceso implica integrar las funciones de demanda ordinarias aplicando la<<idenlidad de
Roy» para obtener las funciones indirectas de utilidad correspondientes.
10
Miiler (1985, pág. 38) añade a las expresiones anteriores, un término que incluye un posi-
ble cambio en la riqueza de la: persona.
11
Es de señalar, sin embargo, que como han mostrado Hanemann y Morey (1992), el pro-
ceso usual de estimación de estas dos .variables so apoya en la separabilidad de la función de utili-
dad, y por lanto en un sistema de funciones de demanda parciales (incompletas). Aun cuando el
supuesto de separabilidad sea correcto, las estimaciones de la variación compensatoria y de la va-
riación equivalente, no coinciden con Jos verdaderos valores. La diferencia, sin embargo, no seria
relevante. ·
12
El lector no interesado en la formalización del análisis económico puede prescindir de
este apartado.
. ~
MEDICIÓN DE LOS CAMBIOS EN EL BIENESTAR INDIVIDUAL 39
a) En primer lugar, como han señalado varios autores (Layard y Walters,
1978, pág. 148), y para el caso de variaciones múltiples en los precios, la
variación compensatoria es independiente. de! orden en que se produz-
can estas variaciones. La variación equivalente, por el contrario, no lo
es, a no ser que las funciones de utilidad individuales sean homotéticas,
lo que representa un supuesto bastante restrictivo. Como el orden en
que se produzcan las variaciones en los precios no debería tener nin-
guna influencia sobre la modificación finalmente producida en el bie-
nestar, la VC resultaría preferible, por este concepto, a la VE.
b) En segundo lugar, sin embargo, existen ocasiones en las que la VC no
ordena de forma consistente las alternativas contempladas, de acuerdo
a las preferencias subyacentes. Y ello no ocurre con la VE. (Freeman,
1979, págs. 46 y 47 presenta un ejemplo ilustrativo al respecto).
Podrían añadirse razones adicionales en favor y en contra de una y otra
(véase, por ejemplo, Ng, 1983, págs. 99 y 100) lo que, desde un punto de vista es-
trictamente operativo hace dificil pronunciarse en favor de una de ellas. Por ello
es posible que, antes de continuar con la discusión valga la pena preguntarse si
el esfuerzo tiene sentido: ·
2.3.3. Las diferencias en la práctica: lson realmente
tan importantes?
La pregunta es pertinente ya que podría darse el caso de que las medidas del
cambio en el bienestar que estamos analizando, aunque diferentes, lo sean sólo
en un grado muy pequeño, y no valga la pena preocuparse por cual de ellas utili-
zar: de hecho, hay razones para pensar que es muy probable que sea así. En es-
tas circunstancias, toda discusión teórica sobre las ventajas:fdativas de cada una
de ellas, estaría de más: elegiríamos las variaciones en el excedente del consu-
midor, que parece ser la más fácil de obtener, y nos olvidaríamos de sutilezas
adicionales. Como recomiendan que se haga multitud de textos, tanto de mi-
croec'onomía, como de análisis coste-beneficio.
Sin embargo, la evidencia empírica parece empeñada en impedir este atajo,
y en obligarnos a analizar en detalle el problema.
Comencemos pues, por recordar un par de categorías que ya hemos encon-
trado con anterioridad. La razón es, sencillamente, que, en la práctica, las cuatro
medidas alternativas propuestas (VC, VE, ECP y EE), rara vez aparecen plan-
teadas como tales: lo que normalmente encontramos tanto en los estudios em-
píricos, como en muchas discusiones teóricas, es una estimación de dos medi-
das alternativas fácilmente reconocibles:
- La disposición a pagar (DP);
- La compensación exigida (CE).
No se trata de nada diferente, pero no estaría de más hacer explícita la rela-
ción que guardan con las categorias anteriores.
.1
1
' 1
1
40 y ALORACION ELüNÓMlCA DE LA CALIDAD AMillcN !AL
(
La disposición a pagar, como su propio nombre indica, y ya hemos vis tu
con anterioridad, muestra lo que la persona estaría dispuesta a dar para
obtener una mejora, o para evitar un cambio que empeoraría su situa-
ción.
La compensación exigida, por otro lado, refleja lo que demandaría para
aceptar un cambio que empeora su situación, o renunciar a uno que la
mejorara.
La relación existente entre todas estas medidas viene resumida en la
Tabla 2. 1.
Tabla 2.1. Relaciones entre DP, CE, VC, VE, ECP y EE .
Aumento cantidad
Descenso precio
Descenso cantidad
Aumento precio
Futnrt: Mitchell y Catson, 1989, pág. 25.
DP
l

ECP; VC
EE
EE;VE
CE
EE
EE; VE'
ECP
ECP; VC
De esta forma vemos que, ante una mejora en la cantidad ofrecida de un
bien ambiental no optativo, por ejemplo, la disposición a pagar no es otra cosa
que el excedente compensatorio. La compensación exigida por renunciar a la
mejora que se propone sería el excedente equivalente. Ante un descenso del
precio, la disposición a pagar refleja la variación compensatoria si la persona es
libre de modificar su consumo (vuelve a ser pues optativo) ; y el excedente com-
pensatorio, si no. Y así, sucesivamente.
Centremos, por tanto, el análisis de las diferencias existentes entre las dis-
tintas medidas del cambio en el bienestar, estudiando el comportamiento, bien
de la VC y la VE, bien de la DP y la CE, ante cambios equivalentes:
La respuesta al interrogante inicialmente planteado sobre la magnitud de
las diferencias, desde un punto de vista teórico es, en principio, negativa: ambas
medidas no tienen por qué ser sustancialmente diferentes.
Y eso era lo que sostenía Willig (1976), en un importante artículo. Willig
mostraba, además, algo que ya hemos tenido ocasión de apuntar: que la
variación del excedente del consumidor se encuentra siempre entre las dos al-
ternativas mencionadas (VC y VE), con lo que el error cometido al utilizarlo,
aun a sabiendas de que se trata de una medida imperfecta, no podía ser muy
il
grande
13
• Con ello parecía reivindicado el viejo concepto del exceL con-
sumidor que, no olvidemos, tenía la enorme ventaja de ser derivable a partir dt!
los datos ofrecidos por el mercado.
El razonamiento de Willig tenía una importante excepción: este resultado
era válido siempre y cuando la variable objeto de modificación fuera el prec1o,
no la cantidad ofrecida; y siempre que los consumidores tuvieran funciones de
utilidad de buen comportamiento. No lo era, por tanto, para modificaciones en la
cantidad ofrecida (caso de muchos bienes ambientales) y, en particul:!r, cuando
la cantidad ofrecida del bien se hacía ceró. Randall y Stoll (1980), sin embargo,
no tardaron en extender· los resul tados de Willig para el caso de cambios en las
cantidades ofrecidas. La divergencia era ahora mayor (alrededor deiS por 100),
pero en cualquier caso aceptable (Mi tchell y Carson, 1989, pág. 31).
La evidencia empírica que se iba acumulando, desgraciadamente, no ajXJ-
yaba este moderado optimismo sobre la poca relevancia de las diferencias exis-
tentes.
Las divergencias encontradas entre la disposición a pagar por un cambio
determinado, y la compensación exigida para prescindir de él, en efecto, están
lejos de ser triviales. En un reci ente análisis de las diferencias empíricas apareci-
das entre las dos medidas, Kahneman, Knetsch y Thaler (1990) encontraban un
rango que iba desde 1,4 en el mejor de los casos, hasta

El mismo resultado
fue obtenido por Gregory (1986), con un elemento adicional: el número de per-
sonas que se negaban a responder, o que daban una cantidad infinita como res-
puesta, era mucho mayor cuando se preguntaba por la CE que por la DP.
Ante semejante resistencia por parte de la evidencia empírica a plegarse a
los dictados de la teoría, la teoría dejó de comportarse de acuerdo a la conocida
analogía de Walsh, como las hermanas de Cenicienta: intentando adaptar ella-
maño del pie al del zapato .
Aceptando pues, que las respuestas dadas no tenían por qué responder a
deficiencias, o inconsistencias, por parte de las personas, se pasó a intentar bus-
car una explicación, para esta conducta. Las razones esgrimidas para explicar
por qué se exige una cantidad muy superi or para renunciar a una mejora (por
ejemplo, de la calidad del aire o del agua), que la que se estaría dispuesto a pagar
por ella, han sido variadas (Hanemann, 1991; Pearce y Markandya, 1989, Capí-
tulo 4.4.V; Gregory, 1986; Mitchell y Carson, 1989, Capítulo 2). Destacamos
entre las más importantes, las siguientes:
a) La disposición a pagar por una mejora cual quiera (o la DP por evi tar un
empeoramiento), está limitada por la renta de la persona; la compensa-
ción exigida para renunciar a ella (o la CE para permitir un empeora-
miento), no lo está. Lo que ya supone una diferencia importante.
b) Normalmente la pregunta sobre la DP, o la CE, se plantea en términos
de cambios discretos (importantes, no infinitesimal es), y de una sula
ll De hecho, Willi •· · •frecía una fácil fórmula para establecer el probable error cometido.
Éste se encontraba alrededor de un 2 por 100 en la mayoría de los casos, y en dirección conocida.
1
' Utilizando valores medios. Si se comparan las medianas. el rango es de 2,1 a 4,8 .
'
42
VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
vez, lo que unido al hecho de que la persona, en general, es renuente al
riesgo y se mueve en un contexto de incertidumbre, podría explicar en
parte la diferencia.
e) La existencia de un sesgo estratégico en la respuesta (objeto de análisis
del Capítulo 7), ha sido también mencionada como una de las posibles
causas que explicarían parcialmente la divergencia.
d) Se ha señalado, asimismo, la posibilidad de que la persona dude sobre
la moralidad, por ejemplo, de recibir un pago por permitir la degrada-
ción del medio ambiente, lo que se reflejaría en la inadecuación de las
medidas de la CE (Hanley, 1988).
En cualquier caso, y desde una perspectiva estrictamente teórica, es obli-
gado resaltar aquí el trabajo de Hanemann (1991), en el que se ampliaba el resul-
tado de Ran·dall y Stoll, mostrando que, en realidad, para cambios en la cantidad
del bien, las dos medidas no tienen por qué arrojar resultados similares. En
efecto, en este caso, la divergencia depende no sólo del efecto renta, sino tam-
bién de las posibilidades de sustitución entre el bien en cuestión y otros. Cuanto
menores sean estas posibilidades, mayor será la disparidad resultante. Son rele-
vantes pues dos tipos de elasticidad:
la elasticidad-renta,
- la elasticidad de sustitución entre el bien público, y el resto de bienes
privados consumidos.
Calculando el valor de ambas elasticidades, podía explicarse la existencia
de divergencias sustanciales entre la DP y la CE, para el caso de bienes públicos
con pocos sustitutos. Quedan, sin embargo, sin resolver aquellos casos en los
que el bien analizado (agua corriente potable, por ejemplo), tiene multitud de
sustitutivos, y siguen apareciendo divergencias de valoración.
Por otro lado, la mayoría de las razones anteriores se dirigen a intentar ex-
plicar por qué difieren la disposición a pagar por un cambio que mejora la situa-
ción de la persona, y la compensación exigida para permitir un cambio, equiva-
lente en cuantía, que la empeora: es decir, movimientos equivalentes pero de
sentido contrario, a partir de un determinado punto de referencia. No permiten
explicar las divergencias que aparecen ante el mismo cambio, en la misma direc-
ción, cuando aplicamos una u otra medida para monetizado. Quizá por ello
valga la pena plantearse el problema desde su raíz. ·
2.3.4. Variación compensatoria y variación equivalente:
un significado distinto
Hace ya algunos años Kahneman y Tversky (1979), en efecto, pusieron en duda
la validez de la teoría de la utilidad comúnmente aceptada para explicar la con-
ducta de la persona.
Aunque el planteamiento de Kahneman y Tversky aparecía en un contexto
de elección ante alternativas probabilísticas, era fácilmente generalizable. El
punto central de la crítica de estos autores consistía en afirmar que las personas
l
~
~
~
t
1
MEDICIÓN DE LOS CAMBIOS EN EL BIENESTAR INDN!DUAL 43
no valoran las distintas situaciones («prospects») en términos de os niveles de
utilidad asociados a cada una, sino en función de los cambios qu representan
con respecto a un punto de partida predeterminado (un punto neu ral de referen-
cia). A ello se añade que la valoración de estos cambios con respe to al nivel de
referencia es totalmente asimétrica: cuando se producen hacia a 'ba (mejora)
tienen un valor determinado, mientraS que un cambio equivale te en sentido
contrario, que suponga la pérdida de dicho nivel, alcanza una va oración muy"
superior. Lo que se traduce, por supuesto, en diferentes propiedades de la fun-
ción de utilidad subyacente a partir de dicho punto de referencia: concavidad en
una dirección, y convexidad en la opuesta
15
• A ello se une el hecho de que la
aversión al riesgo que caracteriza estas funciones de utilidad da lugar a la apari-
ción de un efecto-titularidad («endowment effect»): el valor de un bien cambia
cuando la persona lo incorpora a su dotación, cuando lo considera suyo.
Esta asimetría en la conducta de la persona observada por Kahneman y
Tversky, y bien documentada en el trabajo de Kahnemann, Knetsch y Thaler
(1990) es, precisamente, la que algunos· autores han utilizado para explicar las
diferencias aparecidas entre la variación compensatoria y la variación eq uiva-
lente, entre la disposición a pagar y la compensación exigida
16

Aceptando que el punto de referencia neutral es la situación a la que la per-
sorta cree tener derecho, las dos medidas contempladas le situarían a cada uno
de fos lados del mismo. Es decir, las dos medidas implican supuestos radical·
mente diferentes con respecto al punto de referencia aceptable como tal y, por
tanto, con respecto a los derechos de propiedad, implícitos en las mismas.
Desarrollemos el argumento con ayuda de un ejemplo muy similar al plan-
teado al comienzo de este capítulo.
Supongamos que una comunidad capta el agua para el consumo humano
de un acuífero que se ve afectado por la actividad productiva en la agricultura: la
calidad del agua se resiente por la utilización de pesticidas y fertilizantes, y su
posterior filtración. Un grupo determinado, los agricultores, está por tanto ge-
nerando una externalidad negativa que afecta a todos los demás.
Supongamos, además, para hacer más comprensible el argumento, que se
está analizando la posibilidad de permitir un aumento de la producción agrícola
que supusiera que el agua dejara de ser potable: seguiría sirviendo para la lim-
pieza, el aseo personal,.el riego ... pero no para ser bebida. Se busca, por tanto,
15
Se podría afinnar, en términos más rigurosos, que la función tiene tres caraclerísticas
esenciales (Tversky y Kahneman, 1991, pág. 1.039):
- Dependencia con respecto a un punto de referencia predeterminado: las pérdidas y ganan·
cias se definen con respecto a dicho punto.
- Aversión al riesgo: la función tiene mayor pendiente en el dominio negativo que en el po·
· sitivo; las pérdidas tiene un valor muy superior al de las ganancias correspondientes.
- Sensibilidad decreciente: el valor marginal tanto de pérdidas como de ganancias dismi-
nuye con su tamaño.
t6 Y la que fundamenla la opinión expresada en el capítulo anterior con respecto a la no vali·
dez de uno de los aspectos clave del Teorema de Coase. El lector interesado en profundizar en este
campo puede consultar Azqueta (1993).
monetizar el cambio en el bienestar que la medida propuesta supondría para L
comunidad.
Si se utilizara para ello la variación compensatoria, vimos que se intentaría
descubrir la cantidad de dinero que la persona aceptaría recibir para no opo-
nerse al cambio, formulando para ello una pregunta del tipo:
«Se está analizando la adopción de una serie de medidas que tendrían
resultado, entre otras cosas, que el agua que le suministra la munici-
palidad, dejara de ser potable:
1
¿Qué cantidad de dinero pediría usted para permitir que se adopta-
ran?»
1
Ésta sería la compensación exigida por la persona, para permitir el cambio.
,Si por el contrario, fuera la variación equivalente la elegida, obtendríamos
la cantidad de dinero que la persona estaría dispuesta a pagar para evitar el cam-
bio propuesto, mediante una pregunta como, por ejemplo:
«Se está analizando la adopción de una serie de medidas que tendrían
como resultado, entre otras cosas, que el agua que le suministra la munici-
'palidad, dejara de ser potable:
¿Qué cantidad de dinero pagaría usted para evitar que se tomen?»
Como es ya evidente, estamos intentando averiguar la disposición a pagar
de la persona para evitar una pérdida de su bienestar.
Las dos medidas hicksianas del cambio en el bienestar dan lugar, pues, a
dos formulaciones distintas tanto de la pregunta planteada, como de la informa-
ción obtenida con ella:
- En efecto, la variación compensatoria mide la cant idad de dinero nece-
saria para compensar la pérdida de utilidad que supondría la medida
,. propuesta. Con ella retornaríamos a la situación original en términos de
bienestar. Es por tanto la cantidad necesaria para que no cambie la situa-
ción.
- La variación equivalente, por el contrario, medía la cantidad de dinero
igual al perjuicio causado por la medida propuesta. Si la persona la paga
quedaría, en cualquier caso, donde le hubiera situado la medida anali-
zada: es, por tanto, la cantidad necesaria para que cambie su situación.
Parece pues que, en el primer caso, la persona tiene derecho a que las· cosas
permanezcan como están, y se le ha de compensar si se quiere cambiar a peor
para que, en términos de bienestar, quede como estaba. El statu qua es, por
tanto, una situación aceptable: sus derechos de propiedad incluyen el bien afec-
tado. por la medida (el acuífero).
En el segundo, sin embargo, cuando la pregunta va encaminada a averiguar
la variación equivalente (la disposición a pagar), dejamos entrever que no tiene
derecho a la situación de partida. Se puede empeorar, y si quiere evitarlo, tiene
que pagar por ello. El mantenimiento del statu quo, por tanto, no es exigible: sus
derechos de propiedad no incluyen el acuífero.
La persona percibe esta diferencia de planteamiento en cada una de las pre-
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1
..._,..._.,., \L.
guntas, y responde de acuerdo a los predicados de la teoría de ( .. 'y
TverskY
17

Estamos pues ante dos cosas distintas.
No se trata, por tanto, de un problema que pueda resolverse en el terreno
estrictamente técnico. Las dos medidas alternativas del cambio en el bienestar,
difieren en cuanto a la situación que se toma como punto de referencia válido.
La pregunta previa, cuya respuesta validará la utilización de una u otra, se en-
marca en un campo que no tiene nada que ver con lo técnico. Para poder llevar a
cabo la elección, se requiere de una decisión previa sobre los derechos de la per-
sona y la sociedad.
¿Tiene la persona derecho a disfrutar de agua potable? Si la respuesta es
afirmativa, tendría derecho, asimismo, a una compensación si no se puede, o no
se quiere, proporcionársela. Si es negativa, el sector público podría exigirle en-
tonces una compensación (un pago) por la mejora experimentada.
2.4. CONCLUSIÓN
El ámbito de los derechos no suficientemente defi nidos (ni respetados), que se-
ría necesario precisar para poder inici ar la valoración de los de gran
numero de inversiones públicas es, por supues to, mucho más amplio.
¿A qué niveles de calidad del aire y del agua tenemos derecho?
¿Qué grado de no intromisión en el paisaje (a través de carreteras, viaduc-
tos, tendidos eléctricos, vallas publicitarias, etc.), podemos exigir? ¿Qué nivel
de tranquilidad (ausencia de ruido)? ¿cuáles de estos derechos son negociables,
susceptibles, por tanto, de compensación, y cuáles son inalienables? (Swaney,
1987, pág. 1.766).
Son éstas .1es que afectan a todo un col ectivo. La sociedad, al igual
que ha hecho en campos como la salud, la sanidad o la educación, ha de decidir
los derechos que reconoce activamente (poniendo los medios para su respeto) a
sus miembros, en este terreno. No se trata, pues, de un problema sino
de un proceso de decisión colectiva, democrática y par ti cipativa, que defina la
situación de referencia: aquello que los miembros de la sociedad pueden exigir
como un derecho, porque así se ha decidido previamente por el propio cuerpo
social. Sin olvidar que estos mismos derechos que la sociedad se reconoce evo-
lucionan con el tiempo.
Haber llegado hasta aquí tiene su importancia. Pernli te ilustrar, entre otras
cosas, un punto de especial relieve: Al igual que ocurre con casi todas las ramas
11
La evidencia empírica no sólo muestra esta disparidad notable entn: la dispos ición a pagar
y la compensación exigida sino, como ya tuvi mos ocasi ón de apuntar (Gregury, 1986) una mayor
incidencia de las personas que no responden (o que responden una cantidad próxima al infinito)
en el segundo de los casos. Con ello, de acuerdo a la teoría comentada, es tarían <x presandu su d1 s·
conformidad con la propia situaci ón planteada: consideran, se nci ll amcntf! , que nadie tiene de re·
cho a perturbarles su disfrute de agua limpia .
46 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALlDAD AMBIENTAL
de la economía, la valoración económica de la calidad ambiental (o alguna de
sus manifestaciones aiás comunes: el análisis económico del impacto ambiental
o, en términos más generales, el análisis coste-beneficio), puede contemplarse
como un campo reservado a los técnicos, a los expertos en la materia. Se espera,
por tanto, de ellos que den una respuesta técnica al problema. Si es así, no hay
gran cosa que discutir: los que saben son los que tienen que decidir cómo hacer
las cosas. No hay lugar para el debate.
Este planteamiento, en esencia tecnocrático, es, sin embargo, engañoso.
El análisis coste-beneficio, al igual que la política monetaria, la política de
empleo, o la fijación del régimen de tipo ¡;le cambio, son facetas de la política
económica que resuelven una serie de conflictos, dando prioridad a unos inte-
reses frente a otros, o a costa de otros. No puede argumentarse que todos los
grupos sociales van a verse beneficiados por todas las medidas que se toman. Ha
tenido que existir previamente un acuerdo (o una imposición implícita) sobre
qué intereses son prioritarios, por qué, y qué tipo de compensaciones se con-
templan para los perjudicados. Y éstas no son cuestiones técnicas: son decisio-
nes políticas que se desprenden (o deberían desprenderse), de esa decisión pre-
via sobre los derechos relativos de los distintos miembros de la comunidad. Y
como tales, esencialmente debatibles.
La valoración económica de la calidad ambiental, y la consiguiente toma
de decisiones al respecto, puede ser dejada en manos de los expertos. Pero éstos
no pueden llegar muy lejos (o no deberían hacerlo), sin este debate previo en el
que los distintos grupos y colectivos sociales se pongan de acuerdo sobre los de-
rechos e intereses en conflicto, sus prioridades relativas, y las compensaciones
que se plantean para los perjudicados. No debería haber lugar pues, en este te-
rreno, para un proceso estrictamente técnico de toma de decisiones. ·
El distinto significado subyacente a los conceptos de variación compensa-
toria y variación equivalente, nos ayuda a recordarlo.
Podríamos pues concluir este capítulo, recordando que el primero de los
problemas que plantea la valoración del cambio en el bienestar que genera una
modificación en la calidad ambiental, no es de fácil solución: supone entrar en
un terreno muy polémico, en el que la economía ha de recurrir a otras discipli-
nas para encontrar una salida.
LECTURAS COMPLEMENTARIAS
Es usual que los textos tradicionales de microeconomía intermedia incluyan
una presentación de las distintas medidas monetarias del cambio en el bienestar
del consumidor: es el caso, por ejemplo, de Layard y Walters (1978, Capítulo 5)
o Varían (1986, págs. 244-253). También se encuentra tratada esta problemática
en algunos de los mejores textos de economía ambiental, como el ya clásico de
Miiler (1974, Capítulo 4), o los más recientes de Freeman (1993, Capítulo 3) o
Mitchel y Carson (1989, Capítulo 2). Finalmente, el lector puede encontrar una
~ ' -
1
1
· MEDICIÓN DE LOS CAMBIOS EN EL BIENESTAR INDIVIDUAL
47
presentación muy rigurosa y formalizada del problema, desde la perspectiva de
la economía ambiental, en Kolstad y Braden (1991). '
·, Con respecto a las divergencias observadas entre la disposición a pagar y la
compensación exigida, junto a los ya citados Kahneman, Knetsch y Thaler
(1990) y Gregory (1986), cabría añadir un trabajo también clásico d ' Cummings,
Brookshire y Schulze (1984). Finalmente, la teoría de la perspectiv y sus impli-
caciones sobre la teoría tradicional de la utilidad están desarroll das y docu-
mentadas en el trabajo pionero de Kahneman y Knetsch ya men ·onado, y en
los artículos posteriores de Thaler (1980), en el que se hace refer ncia por pri-
mera vez al efecto apropiación («endowment effect»), Kahnema , Knetsch y
Thaler (1990), Knetsch (1989) y Tversky y Kahneman (1991). En 1 campo es-
. tricto del medio ambiente, las implicaciones de esta teoría han sid exploradas
por Knetsch (1990) y Azqueta (1993).
...
APÉNDICE AL CAPITuLO 2
1 Un ejemplo de las divergencias
entre la disposición a pagar y
: la compensación exigida
1
Son varios en la literatura los experimentos que se han llevado a cabo para anali-
zar, y en su caso, tratar de reducir las divergencias existentes entre la disposi-
ci<)n a pagar y )a compensación exigida, ante cambios similares.
i Presentamos a continuación uno de los más completos: el trabajo de
y Coursey (1987). Con ello pretendemos ilustrar sobre la cuantía
de las diferencias, ante un caso concreto, así como la importancia de las condi-
cipnes en que se lleva a cabo el estudio, a la hora de explicarlas. El experimento ·
st¡ realizó en el marco de un ejercicio de valoración contingente, método que
.l analizaremos en el Capítulo 7. Por este motivo, algunos de los puntos tratados
en este apéndice, sobre todo los referentes al problema de los sesgos, se com-
prenderán mejor tras la lectura del capítulo mencionado. Sin embargo, el ejerci-
cio es lo sufientemente sencillo y autocontenido, como para que ilustre perfec-
tamente sobre las diferencias, en la práctica, entre las dos medidas objeto de
á¡
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aJ?. ISIS. r¿.:I.C • <. W"""'('·',:. , :_.)
Á'
1'. Presentación del problema )
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r2.:<C ecb.v:, ¿
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:: ".·J =. )"""¿• \1.\.\-+.e.
B.rookshire y Coursey analizaron la DP y la CE de un mismo grupo de personas
ante cambios similares en un bien público, en tres escenarios diferentes. Se tra-
taba, en este caso, de averiguar la valoración otorgada a los cambios en la cali-
dad de un bien público determinado: un parque.
El cambio en cuestión consistía en modificar la densidad de árboles de un
parque concreto: el Troutman Park en Fort Collins, Colorado. El punto de refe-
rencia (la situación de partida) era de 200 árboles por acre. El Departamento de
Parques de la localidad (City Park and Recreation Department) había estimado
que las modificaciones observables a simple vista 'por cualquier persona se en-
48

l

..f-·

'"J..&...UI.'-'&Vl• .., .._. •
con traban en un rango de 25 árboles por acre. Por ello, partiendo . valo-
res indicativos, se plantearon dos tipo's·Cie modfficaciones: un aumento de 25 ár-
boles por acre, y una disminución équivalente. En una s"egunda insta-ricia se
probó también con modificaciones de 50 árboles por acre.
2. Información ofrecida
Para llevar a cabo el experimento se elaboraron unas láminas en las que aparecía
dibujado el parque, desde tres perspectivas distintas, con las diferentes densida-
des contempladas (150, 175, 225 y 250 árboles por acre), además de la situación
de referencia (200) J'!\
\
"200
3. Colectivo encuestado
Brookshire y Coursey comprobaron la existencia de 667 familias que vivían en
un área de una milla cuadrada alrededor del parque. Este colectivo se diviúió a
su vez en conjuntos más homogéneos, teniendo en cuenta la distancia con res-
pecto al parque (lineal y real), asf como las vistas al mismo. Finalmente, el co-
lectivo así clasificado se subdividió aleatoriamente en tres grupos, de forma que
las características apuntadas (distancia y vistas) estuvieran igualmente repre-
sentadas en cada uno de ellos.
4. El ejercicio
Con esta información de partida, se pudieron llevar a cabo tres expertmentos
diferentes.
a) Primer experimento: un ejercicio simple de valoración contingente
A las personas del primer subgrupo, divididos a su vez en dos (unos para la me-
jora, otros para el empeoramiento), se les informó de que el Ayuntamiento es-
taba considerando la posibilidad de aumentar (reducir) la densidad de árboles
del parque en 25 (50) unidades por acre, y se les mostraron las láminas corres-
pondientes. Se les informó, asimismo, de que, a tal efecto, el Ayuntamiento co-
braría (pagaría), para llevar a cabo el proyecto, una cantidad igual a la expresada
por cada persona en su respuesta.
A partir de esta información de base, se les preguntó directamente por su
disposición a pagar por la mejora, o por la compensación exigida para permitir el
empeoramiento.
Los resultados obtenidos fueron los que aparecen reflejados en la Ta-
bla A2.l.
'
1
so
VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
Tabla Al. l. Diferencias entre la DP y la CE (en dólares):
valoración contingente sencilla
Disposición a pagar
Compensación exigida
(
+25
14,00
+50
19,40
-25
855,50
-50
1.734,40
Como vemos, se aprecia una diferencia entre las dos magnitudes muy sig-
nificativa, ya que se sitúa en un rango aproximado de 75 a 1, lo que muestra cla-
ramente la existencia del problema apuntado.
El experimento anterior, sin embargo, tenía tres problemas que podían
arrojar dudas sobre la validez de la respuesta:
Las personas desconocían lo que los demás encuestados estaban res-
pondiendo. Es probable que con esta información, alguna de ellas se de-
cidiera a modificar su respuesta (analizaremos con más detalle este
punto en el Capítulo 7).
Desconocían, asimismo, el coste total del proyecto. Si a esto añadimos
lo planteado en el punto anterior, la persona desconocía en definitiva, si
con la respuesta que estaba ofreciendo, dada la de los demás, y el coste
que había que afrontar, la modificación se llevaría o no a cabo. Es proba-
ble, de nuevo, que esta información pudiera inducirle a cambiar su
respuesta original.
- Finalmente, los encuestados se estaban moviendo en una situación
puramente hipotética, con el peligro, por tanto, de que no tomaran muy
en serio el experimento, ya que para ellos no tenía coste alguno el equi-
vocarse en la respuesta, o el ofrecer la primera que se les pasara por la
cabeza. Se trata de lo que en el Capítulo 7 denominaremos el sesgo de la
hipótesis.
El segundo experimento llevado a cabo, tenía por objeto precisamente re-
solver los dos primeros problemas apuntados: el posible sesgo de la informa-
ción.
b) Segundo experimento: valoración con formato iterativo e información
adicional
El nuevo experimento reproducía exactamente las condiciones del anterior con
las dos modificaciones siguientes:
En primer lugar, se le informaba a la persona del coste total del proyecto
(coste de la inversión, o cantidad presupuestada para repartir entre los
perjudicados) y se le indicaba que existían tres posibilidades. Que la

r
MEDICIÓN DE LOS CAMBIOS EN EL BIENESTAR INDIVlDUAL
51
suma de las cantidades ofrecidas (exigidas) por los encuestados no fuese
suficiente para cubrir los costes del proyecto. En este caso se abando-
naba la propuesta. Que la suma igualara la cantidad necesaria, .con lo
que el proyecto se llevaría a cabo, y cada ¡,·el-sana pagaría (recibiría)
lo expresado en su respuesta. Que la suma excediera lo presupuestado;
con lo que el proyecto se llevaría a cabo, y cada persona pagaría (recibi-
ría) la parte proporcional necesaria para cubrir costes, de acuerdo a lo
expresado en su respuesta.
- En segundo lugar, a diferencia del caso anterior, el experimento no ter-
minaba tras la primera ronda de resultados, sino que se introducía un
procedimiento iterativo. Si el resultado obtenido era el primero de los
anteriores (la cantidad expresacta no era suficiente), se procedía a efec-
tuar una segunda vuelta, informando a las personas de lo ocurrido, y
preguntándoles si estaban dispuestas a cambiar su respuesta.
cinco repeticiones. Si el resultado obtenido era cualquiera de los otros-
dos, el expenmeñfo se daba por concluido.
Con estas dos modificaciones se consigue que, por un lado, la p4rsona esté
informada de lo que cuesta llevar a cabo el proyecto, así como de id que están
haciendo el resto de sus compañeros como grupo y, por otro, que pue¡a modifi- · ¡
car su postura en si lo considera necesario. ..)
Los resultados obtenidos con ello, que aparecen reflejados en la Ta-
bla A2.2 no fueron, sin embargo, muy alentad.ores: como vemos, 1 s diferen-
cias con respecto a los valores obtenidos en er experimento anterio son real-
mente pequeñas, lo que parece mostrar la inexistencia en este caso d 1 sesgo de
la información.
r
Tabla A2.2. Diferencias entre la DP y la CE (en dólares):
valoración contingente iterativa
Disposición a pagar
+25
14,40
+50
15,40
Compensación exigid
-25
807,20
-50
1.735,00
Quedaba, no obstante, el problema de que las personas encuestadas se mo-
vían en una situación puramente hipotética. Esto era lo que pretendía resolver
el último de los experimentos efectuados.
.;
st VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
( 1
cj Tercer experimento: un mercado de laboratono
Se trataba, en efecto, de recrear en la medida de lo posible un mercado en el que
ia's transacciones fueran reales, no meramente hipotéticas.
J Para ello, se reunió a las personas del tercer grupo en un local, y se les ofre-
qó una cantidad de dinero (15 dólares) exclusivamente por participar en la ex-
periencia_ Naturalmente, la persona era libre de negarse a participar, cosa que
ninguna hizo.
j En segundo lugar, se les dotó de una ttasignación báSica>>, otros 15 dólares,
para responder a la pregunta sobre la elevación de 25 árboles por acre (30 dóla-
rbs para el caso de 50). Estas asignaciones, que al igual que las anteriores prove-
de un fondo municipal, habían sido calculadas de manera que se cubrieran
los costes del proyecto. Una vez provista de estas cantidades, la persona era,
ct,b nuevo, libre de abandonar el experimento quedándose con ellas. Ninguna
10 hizo.
1 En estas condiciones, se volvía a repetir el segundo experimento, aunque
con la importante modificación de que, ahora, las cantidades ofrecidas (o de-
eran reales: salían del bolsillo de los encuestados. Por supuesto, si la
p
1
ersona lo estimaba conveniente podía ofrecer por el cambio una cantidad su-

a la asignación básica recibida: cosa que varias de ellas hicieron.
Para reforzar el elemento de «aprendizaje», aun en el caso de que tras la
rimera vuelta se hubiera llegado a un resultado satisfactorio (las cantidades
frecidas hubieran bastado para cubrir costes), se llevaba a cabo una segunda
uelta, tras informar del resultado obtenido.
Los resultados de este tercer ejercicio difieren sustancialmente de los de
r d" wtoriore•, "' y oomo puodo •preoi"" on ¡, T•bt• A2.3 .
Tabla A2.3. Diferencias entre la DP y la CE (en dólares):
experimento de laboratorio
Disposición a pagar
+25
7,31
+50
12,92
Compensación exigida
-25
17,68
. -50
95,92
La discrepancia entre las dos medidas, como se observa, se ha reducido
iirarnáticamente (lo que parece probar que, efectivamente, existía el sesgo de la
hipótesis). Además, y de acuerdo con lo reflejado en la literatura que tendremos
bcasión de analizar con más detalle en el Capítulo 7 (Mitchell y Carson, 1989,
página 35), la convergencia se producía mediante un cambio significativo de
1
1
1
1
1
1
la compensación exigida, permaneciendo la disposición a pagar n.. J más es-
table. No podemos perder de vista, sin embargo, que aun en el mejor de los ca-
sos, la diferencia entre disposición a pagar y compensaci ón exigida, continúa
siendo muy sustancial, como queda reflejado en la Tabla A2.3. El problema, por
tanto, está lejos de haberse solucionado.
5. Conclusiones
El trabajo de Brookshire y Coursey es un buen ejemplo de los problemas que
entraña la disparidad entre DP y CE, a la hora de valorar los cambios en el
bienestar que supone la modificación en la oferta de un bien público. Permite,
asimismo, detectar la importancia de algunas de las causas más comunmente ci-
tadas en la literatura para explicar tal divergencia y comprobar que, resueltas
muchas de ellas, el problema subsiste. El punto de referencia que la persona
considera como válido, los derechos que considera son suyos, sigue pues
jugando un papel fundamental. Y no se olvide que no se trata tanto de los der e-
chos que legalmente le corresponden, sino de los que ella percibe como
propios. Lo que tiene su importancia en un terreno en el que los derechos, tant o
individuales como colectivos, distan mucho de estar definidos con precisión.
(
----··---·· ·-- -- ···-----···
¡
¡
1
1
1
1
1
1
¡
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)
·!
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1
1
1
CAPÍTULO 3
Del bienestar individual
al bienestar colectivo
Tuvimos ocasión de comprobar, en el capítulo anterior, las dificultades que sur-
gen al intentar medir los cambios producidos en el bienestar individual de las
personas afectadas por un cambio cualquiera. Agregar estos cambios individua-
les de forma que reflejen lo ocurrido en la sociedad, presenta tambien proble-
mas considerables. A ellos dedicamos el presente capítulo. :''
Comencemos planteando uno de las más importantes, en nuestra opinión,
y que se refiere a la propia definición del colectivo de personas ident,ificado
como relevante en el proceso de toma de decisiones: las que C).lentan (recorde-
mos la discusión planteada en el Capítulo 1 a este respecto).
3.1. DERECHOS INDIVIDUALES SOBRE EL MEDIO
AMBIENTE
El intento de averiguar el cambio en el bienestar social que supone una edida
cualquiera que afecte al medio ambiente requiere, en primer lugar, de u a defi-
nición previa de quienes pueden considerarse legítimamente afectados por lo
que está sucediendo. Supongamos que ya se ha establecido la delimitac· 'n, en
el espacio y en el tiempo, de este colectivo. El problema, sin embargo, o está
todavía resuelto. Necesitamos saber, dentro de ese colectivo previament iden-
tificado, quiénes, y en qué medida, van a ver respetados sus intereses.
La cuestión, en principio, no parece excesivamente complicada. Serían las
personas afectadas por lo que ocurre. Para ellas el bien ambiental tiene un valor:
sea, por ejemplo, como un insumo productivo (si estamos hahlanclo r l ~ n r o r l n r .•
·---· ·---··-· ·---
·· ·- -· ··-·- ·- ---·-- ------ -----·
,.
56 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
tores), sea directamente como generador de bienestar. Es, sin embargo, una
si mplicidad engañosa: esta respuesta, elemental, esconde un problema de gran
calad.Q.;_ __ ,_
¿Qué tipo de valor?
Porque, en e ec o, e medio ambiente puede tener distintos tipos de valor,
para diferentes personas y colectivos
1
• La primera gran distinción que puede es-
tablecerse es aquella que separa los valores de uso, de los valores de no-uso.
Paralelamente podríamos distinguir entre los usuarios del bien ambiental
(para los que éste tiene un valor evidente), y los no usuarios (para los que tam-
bién puede tener valor, como veremos enseguida). Sin embargo, tiende a prefe-
rirse la primera clasificación a la segunda, ya que no puede descartarse el hecho
de que un bien ambiental cualquiera tenga un valor adicional para los usuarios:
que no tenga sólo valor de uso sino que tenga algo más que un valor de uso.
Planteemos pues de manera formal esta diferencia.
3.1.1. Valor de uso
Parece ser el más elemental de todos: la persona utiliza el bien, y se ve afectada,
por tanto, por cualquier cambio que ocurra con respecto al mismo. En el caso de
un parque natural, por ejemplo, éste tiene un valor de uso para aquellos que lo vi-
sitan, por esparcimiento, para estudiar la naturaleza o para cualquier otra cosa.
Ahora bien, una vez definido este tipo de valor, necesitamos identificar a
los usuarios, necesitamos que éstos se «descubran» como tales. Normalmente,
el procedimiento seguido en la práctica para lograrlo consiste en analizar la
conducta de la persona con respecto a algún bien privado, que tiene por tanto
un mercado, y que guarda relación con el disfrute del bien ambiental. Es decir,
analizar las relaciones existentes en la función de producción de utilidad de la
persona entre el bien ambiental y los demás bienes privados; tal y como veía-
mos en el Epígrafe 2.1.1. En cualquier caso, lo cierto es que, a través del con-
sumo del bien privado, observable, la persona puede revelar su relación con el
bien ambiental, del que se declara pues usuario. Un sencillo ejemplo puede
ayudar a aclarar ideas. Para disfrutar de un parque natural normalmente hay
que llegar hasta él, lo que supone una determinada conducta que se refleja en
algunos mercados privados: hay que adquirir el billete de tren correspondiente,
·comprar la gasolina para el automóvil, alquilar uno, etc. Este comportamiento,
observable, es el que permite identificar a los usuarios del parque, y constituye,
precisamente, el fundamento del método que analizaremos en el Capítulo S. El
consumo de una serie de bienes de mercado, por tanto, identifica el uso del bien
público.
Este planteamiento, si n embargo, encierra algunas limitaciones, ya que no
está claro cómo quedarían clasificados dos grupos distintos de personas:
1 Partimos de la base de que se trata de un bien no esencial. De forma que tenga se nt ido defi-
nir, y calcular, su valor total (Johansson, 1990).
-;
.:!


(
DEL BIENESTAR INDIVIDUAL AL BIENESTAR COLECTIVO 57
a) En primer lugar, quienes por vivir en las proximidades de un parque, o
sobre la ruta utilizada por aves migratorias, pongamos por caso, y que
disfrutan simplemente con su contemplación. No se necesita para ello
adquirir un bien privado específico: es el denominado en la literatura
uso no.,consuntivo, para diferenciarlo del uso más estricto, o uso consun-
tivo del .recursó (Freeman, 1990).
b) En segundo·lugar, quienes disfrutan con la lectura de un libro sobre el
bien en cuestión; o con la contemplación de unas fotos, de una película
o de un programa de televisión sobre el mismo. Es lo que Boyle y Bis-
hop denqminan el uso indirecto, y Randall y Stoll el uso delegado o «vi-
cario» del bien (Freeman, 1990).
¿se está produciendo, en estos ca.Sos una utilización del recurso? ¿Genera
por tanto un valor de uso? Aun aceptando la paradoja de que, si la respuesta es
afirmativa, podría darse la situación de que tuvieran un valor de uso bienes que
ya no existen, el hecho es que no pareée que haya que violentar mucho el tér-
mino para que así fuera considerado. Y en este. caso, el mecanismo normal-
mente utilizado para identificar los valores de uso, y cuantificarlos, no los esta-
ría contemplando.
El problema pues, no es tan simple como pudiera parecer a primera vista.
3.1.2. Valores· de no-uso
Analicemos ahora los distintos valores de no-uso que han sido comúnmente
identificados en la literatura, para comprobar que tampoco son mucho más sen-
cillas las cosas en este campo.
Entre los reiteradamente mencionados aparecen los siguientes:
. ,
'\· A) Valor de
,. .
Puede argumentarse, en efecto, que existen personas que, aunque en la actuali-
dad no están utíiizando el bien, prefieren tener abierta la opción de hacerlo en
algún momento futuro. Para ellas, por tanto,la desaparición de un parque natu-
ral (aunque no hayan estado en éljamás), supone una pérdida indudable de bie-
nestar, mientras que su preservación o mejora, lo eleva.
Aclaremos algo más este concepto, sin embargo, ya que puede ·surgir al-
guna confusión, dada la utilización que del término se ha hecho en la literatura
a lo largo del tiempo. Existen, en efecto, dos tipos totalmente diferentes devalo-
res de opción relevantes en este contexto, que conviene distinguir para evitar
malentendidos:
a) Valor de opción propiamente dicho
Es el derivado de la incenidumbre individual: la que la
persona con respecto a si el bien ambiental en cuestión estará o no dis-
j
1
1,
1
1
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1
VA!..Vl'V"\.\...lUl"' l.:.'1,;V1,.Vu.u ...... r .. ...,Loo .............. - ............. ... --
ponible para su utilización e o el futuro. La persona tiene también [
fuentes de incertidumbre (si querrá utilizarlo; los riesgos que puede su-
poner su utilización, o su mera existencia), pero es la primera la rele-
vante.
El valor de opción, de acuerdo a la utilización más común del tér-
mino en la literatura se refiere precisamente a eso: al valor que tiene n·o
cerrar la posibilidad de una futura utilización del bien. Podemos forma-
lizar un poco más el concepto. Si definimos el excedente del consumidor
iíesperado (EC')l, como el producto de multiplicar el cambio en el exce-
dente del consumidor obtenido con el consumo del bien por la probabi-'
lidad de que el bien no desaparezca, y llamamos precio de opción a la ··
cantidad máxima que la persona.estaría dispuesta"a' pagar para asegu-
rarse la posibilidad de disfrutar del bien en el futuro; 'el valor de opción
en sentido estricto, como valor de no-uso, vendría dado por la diferen-
cia entre:+-estas dos· variables (Johansson, 1990)
1
:
Valor de Opción =Precio de Opción -Excedente Esperado (3J)
b) El valor de cuasi-opción
Es el derivado de un segundo tipo de incertidumbre, que no tiene que
ver con la anterior, aunque de gran relevancia también en el campo del
medio ambiente y la gestión de los recursos naturales•: la incertidumbre
del decisor. Emana ésta del hecho de que quien toma las decisiones ig-
nora, en muchas ocasiones, la totalidad de los costes y los beneficios de
las acciones emprendidas. Bien por la propia falta de conocimientos
científicos al respecto (pensemos por ejemplo en el grado de desconoci-
miento existente sobre los efectos de alterar el medio, el equilibrio de
un determinado microsistema etc.), bien por la ausencia de informa-
ción sobre relaciones económicas relevantes. Problemas todos ellos se-
riamente agravados cuando aparece el fenómeno de la irreversibilidad,
del que hablaremos más adelante. El valor de cuasi-opción refleja, pre-
cisamente, el beneficio neto obtenido al posponer la deeision, en espera
de despejar total o parcialmente la incertidumbre mediante la obten-
ción de una mayor información. Como es obvio, este planteamiento, en
principio, no tiene nada que ver con el problema de la villoración
---- 1
1
2
O la variación compensatoria o equivalente esperada, si es esa la medida del cambio en el
¡
ienestar preferida.
1
Definido sin embargo, tal como señala Smith (1987) el valor de opción no constituiría
na categoría separada del valor del bien, sino simplemente la diferencia de valoración desde una
erspectiva ex-pou (el excedente del consumidor esperado), y una perspectiva ex·anre (el precio
qe opción). Por otro lado, algunos autores han señalado que el valor de opción depende también
de las posibilidades de adaptarse a la incertidumbre, tomando medidas que puedan aumentar la
de contar en el futuro con el bien ambiental (Shogren y Cracker, 1990).
1
4
De hecho fue la primera acepción del término «Valor de opción». Sólo con el paso del
tiempo adquirió este segundo nombre, con el que ahora se le conoce.
1
que las personas otorgan a un determinado bien, sino d. búsqueda
de un proceso óptimo de toma de decisiones (Freernan, i990).
Observarnos pues que, de nuevo, el concepto no se encuentra libre
de problemas de definición e identificación.
--------:
( B) Valor de existencia

Un tercer grupo de personas que pueden considerarse afectadas por lo que ocu-
rra con un bien ambiental, es el de aquellas que no lo utilizan directa ni indirec-
tamente (no son, pues, usuarios del mismo), ni piensan hacerlo en el futuro,
pero que valoran positivamente el simple hecho de que el bien exista. Su des-
aparición, por tanto, supondría para ellas uoa pérdida de bienestar.
Son diversos los motivos que se han señalado para explicar la existencia,
valga la redundancia, de este válor de existencia. Entre los más comunmente
mencionados se encuentran (Johansson, 1990):
a) El motivo de herencia, o de legado. Es decir, el deseo de preservar un
determinado bien para su disfrute por parte de las generaciones futuras .
b) La benevolencia: la estima que despiertan amigos y parientes, y que
lleva a su mayor bienestar. En este sentido, el bien se valora por-
que se considera que ellos lo hacen: una muestra pues de «altruismo lo-
calizado» y paternalista.
e) La simpatia, en el sentido más «smi thiano» del término, para con
la gente afectada por el deterioro de un bien ambiental, aun cuando
no tengamos ninguna relación directa con ellos. El altruismo es ahora
global. ·
d) La creencia en el derecho a la existencia de otras formas de vida, inclu-
yendo por tanto a animales y/o plantas. Una postura que conecta c.on
las diferentes variantes de la ética ecocéntrica vistas en el Capítulo 1. y
que obliga a respetar esta manifestación de altruismo patemalista (ya
que es la persona interesada la que interpreta el valor de estos derechos
y proyecta hacia fuera su propia valoración).
Motivos, todos ellos, que introducen consideraciones de altruismo, dificil-
mente modelizables en el marco de la teoría rnicroeconómica convencional,
pero no por ello menos reales
6
• Se ha señalado, por ejemplo, que el hecho de
que organizaciones como Greenpeace, AEDENAT, WLF, etc., se financi en en
S A caballo entre el valor de uso y el valor de existencia, se encontraría el Vlllor Je
ción, también citado en la literatura. Preservar un entorno, un ecosistema, una especie, perrt1ite
preservar un laboratorio viviente para la experimentación y la investigación, cuyos beneficios pue-
den revertir, eventualmente sobre la propia persona. El método sugerido por Brown y Goldstein
(1984) para valorar especies en peligro, por ejemplo, se basa parcialmente en esta consideración.
6
Freeman (1990) considera que el excesivo enfasis que se ha puesto en la literatura en el ana·
lisis de estos motivos, no refleja sino el interés de los economistas en convencer a la gente de la im·
portancia del valor de existencia. De acuerdo a este autor, el procedimiento te deberb ser el
1
i
!
(
60 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
\
gran medida con aportes de sus socios sería un buen indicador de la existencia
de este motivo, ya que en la mayoría de los casos no son éstos usuarios reales ni
potenciales del patrimonio natural defendido por ellas. Más dudoso, sin em-
bargo, es que estas cotizaciones puedan servir corno indicador para cuantific¡¡.r
el valor de existencia, y ello por un triple motivo (Freeman, 1990):
a) En primer lugar, porque aunque no sea lo normal, los miembros de es-
tas organizaciones pueden disfrutar, asimismo, de un valor de uso de
los bienes afectados (además de la utilización directa, recordemos las
distintas variantes de consumo indirecto).
b) En segundo lugar, porque estas organizaciones tienen objetivos múlti-
ples y es muy difícil, por no decir imposible, descomponer las contribu-
ciones individuales de forma que puedan «atribuirse» a cada una de las
causas defendidas.
e) Finalmente porque existe, como es obvio, el conocido problema de los
«free riders» o polizones, propio de cualquier bien público.
Sea como fuere, éstos son, a grandes rasgos, los distintos tipos de valor,
tanto de uso como de no-uso, que puede tener un determinado bien para distin-
tas personas.
Como es natural, la decisión sobre cuáles de ellos van a ser tenidos en
cuenta a la hora de valorar cambios en el bienestar, condiciona la selección del
colectivo que va a ser objeto de análisis. De nuevo encontramos ante un
problema que requiere de una definición previa de los derechos individuales y
colectivos, y que se relaciona con lo ya apuntado en el Capítulo l. Es necesario
definir, en efecto, cuáles son los valores, de entre los anteriormente enuncia-
dos, que la persona, o el colectivo, puede exigir que se consideren a la hora de
tomar una decisión, como parte de sus derechos. Restringir, como es práctica
tradicional, el análisis a los directamente afectados como usuarios por la modifi-
cación propuesta, puede constituir una limitación ilegítima de los derechos de
un colectivo de personas mucho más amplio. Porque, en efecto, la diferencia
entre incluir los valores de no- uso, o excluirlos, puede ser considerable.
Veamos algunos ejemplos, a título de ilustración.
No es fácil averiguar la disposición a pagar (o la compensación exigida, si
así se considera pertinente), que refleje estos valores de no-uso, aunque alguna
variación del método de la valoración contingente (que analizaremos en el Capí-
tulo 7) ba sido el normalmente utilizado. Y así por ejemplo, cuando Brookshire,
Scbulze y Thayer (1985), en un trabajo recogido entre otros por Pearce y Turner
(1990, pág. 139) analizaron las diferencias que suponía la consideración del va-
lor de uso exclusivamente, o la inclusión, asimismo, del valor de existencia,
cuando se trataba de valorar el cambio en el bienestar que supondría una pér-
inverso al normal mente utilizado: probar en primer lugar, empíri camente, la presencia de este va-
lor de exi stencia, y preguntarse luego, una vez contrastada la hipótesis, por los motivos que lo ex-
pli can. No deja de ser ciert o, sin embargo, que una idea clara sobre las posibles mot ivaci ones,
ayuda a identifi car al colecti vo afectado y, por tant o, a contrastar la hipótesis original planteada.
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DEL BIENESTAR INDIVIDUAL AL BIENESTAR [ - CTIVO
61
dicta de visibilidad en el Gran Cañón del Colorado, por la construcción de una
central térmica en sus proximidades, el resultado obtenido era que el valor de
existencia (de una de las características del sitio, no del sitio en sí) superaba al
valor de uso en una proporción de .66 a l . Lo que no dejaba de ser considerable.
Se objetó, inmediatamente, el hecho de que el Gran Cañón es un recurso natu-
ral único y, por tanto, los resultados obtenidos venían condicionados por este
hecho. Resultados más «normales>> aparecieron cuando Samples, Dixon y Go-
wen (1986) ·aplicaron este método para averiguar el valor de existencia de una
especie determinada de ballena (la ballena jorobada) preguntando a un colec-
tivo de estudiantes previamente seleccionados en un experimento de laborato-
rio, resultando una cifra promedio de 36-60 dólares (de 1986) per copita. Con
este mismo procedimiento, Boyle y Bishop (1987) encontraron que el valor de
no-uso de dos especies animales (el águila calva y un pequeño pececillo pla·
teado, el «stripped shinem), de acuerdo a la opinión expresada por una muestra
de ciudadanos de Wisconsin, variaba entre una media de 4-6 dólares para el
pececillo, y una media de 10-75 dólares para el águila. Por su parte, y utilizando
una metodología ligeramente diferente Fisher y Raucher (1984) encontraron
que, con respecto a la calidad del agua en el río Fraser, en la Columbia Británica,
el valor de no-uso alcanzaba, en promedio, una cuantía del 50 por 100 del valor
de uso. Finalmente, la Universidad del Estado de Colorado llevó a cabo tres
estudios siguiendo una tercera variante de este procedimiento
7
para valorar, en
primer lugar, la calidad del agua en un determinado lago; en segundo
algunos espacios naturales; y, finalmente, la belleza de determinados ríos. Defi-
niendo el valor de uso como el derecho a visitar el bien estudiado en el plazo de
un año; el valor de opción, como el derecho a preservar la posibilidad de hacerlo
en el futuro; y el valor de existencia, como el derivado de saber que el recurso
seguirá existiendo, y estará disponible para el uso de futuras generaciones, se
obtuvieron, en promedio, los siguientes resultados:
valor de existencia = 35-70 por del valor total
valor de opción = 15-20 por I'oo del valor total
La importancia cuantitativa de estas diferencias, no puede ser despreciada:
Strand (1981), por ejemplo, en 1..\n trabajo recogido por Pearce y Tumer (1990,
página 40), analizaba los efectos de la lluvia ácida sobre los ríos de Noruega, y su
impacto sobre la pesca en ellos. Uno de sus resultados era que el valor de exis-
tencia (en este caso del agua limpia de los ríos) superaba al valor de uso, en una
proporción de 2,5 a 1,0. Esta cuantía equivale, en este caso particular, al 1 por
100 del PNB del país. La· diferencia es, pues, sustancial
1

Se ha objetado la validez de todos estos cálculos, con base en los proble·
mas de definición e identificación que planteábamos más arriba (Freeman,
7
Sutherland y Walsh (1985) ; Walsh, Loomis y Guillman (1984) ; Walsh, Sander y Loomis
( 1985) . '
8
En el Capitulo 7 tendremos ocasión de comprobar la veracidad de este aserto, cuando anali-
cemos la responsabilidad legal de la compañia arrendataria del Exxon con respecto al
desastre ecol ógico causado en Alaska.
-
(
62 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
1990). Es cierto que la valoración y cuantificación de los valores de no-uso no es
tarea sencilla ni exenta de problemas teóricos, como tendremos ocasión de
comprobar en el Capítulo 7. Lo que nadie ha puesto en duda, sin embargo, es
que representan una cuantía considerable, y que su no inclusión puede modifi-
car sustancialmente la valoración obtenida de un bien ambiental, o recurso
natural determinado.
3.2. DEL BIENESTAR INDMDUAL AL COLECTIVO:
EL PROBLEMA DE LA AGREGACIÓN
Hasta ahora nos hemos venido ocupando de intentar medir los cambios que se
presentan en el bienestar de una persona determinada. Sin embargo, el interés
del analista se centra en analizar los cambios producidos en el bienestar de la
sociedad como un todo. Ahora bien, este proceso de agregación comporta una
seri e de interrogantes, sobre el propio concepto de bienestar social, que es nece;
sario dilucidar:
a) ms el bienestar social una suma del bienestar de las personas? ¿Nada
más? W existen otros componentes, además del bienestar individual,
que forman parte del bienestar socia!?
9
b) Aceptando que el bienestar individual es uno de los componentes del
bienestar colectivo, ¿cómo se agregan los cambios en el bienestar de las
diferentes personas? lSe suman sin más o se ponderan de acuerdo a
las caracteristicas de cada una? Y, en este caso, ¿qué características son las
relevantes? ¿poder adquisitivo, raza, nacionalidad, sexo, edad, nivel de
educación? lquién decide, y con qué criterio, las ponderaciones utiliza-
das?
e) ¿Quién informa sobre el valor de Jos cambios producidos en el bienestar de
cada persona? ¿Ella misma?¿ Va a respetar la sociedad la estructura de va-
lores que le reflejan sus componentes, o considera que hay algunos val o- ·
res (satisfacción de ciertas necesidades básicas) que pueden ser aceptados
como superiores aunque las personas no lo reflejen así? W ard (1988), por
ejemplo, afuma que existen valores superiores (la vida, y la posibilidad de
alcanzar !apropia identidad, definida en un sentido estricto), que impiden
agregar aditivamente las preferencias individuales.
·Como ya tuvi mos ocasión de señalar en el Capítulo 1, la primera pregunta
se responde, generalmente, y así lo recogen los métodos que vamos a analizar,
afirmando que el bienestar social es una función exclusivamente del bienestar
9
La tscuela neo-lnstltucionalista. por ejemplo, como vimos en el Capítulo 1, considera que la
sociedad, como un sistema evolutivo, orgánico y holístico, tiene unas preferencias que no son la
suma de las preferencias individuales. La sociedad tiene sus propias necesidades (la continuidad
de la vida humana, por ejemplo, y la reproducción no egoísta de la comunidad), que trascienden
las meramente individuales (Swaney, 1987).
1
DEL BIENESTAR INDfVIDUAL AL BIENESTAR COLECTIVO
63
individualt
0
• Por otro lado, la aceptación del principio de la soberanía del consu-
midor responde a la tercera: es la persona quien informa de cómo se está viendo
afectado su bienestar. Lo que nos deja con la segunda de las preguntas formula-
das: ¿cómo pasar de la medida del bienestar individual, al bien las preferencias
individuales a las preferencias sociales?·
No es éste ciertamente el lugar para llevar a cabo una revisión en profundi-
dad de lo que la llamada teoría económica del bienestar ha dicho sobre este pro-
blema de elección social. Pero sí podemos apuntar, de forma muy resumida, al-
gunos de los elementos más importantes aparecidos a lo largo de la discusión
sobre el tema.
Varias han sido las vías por las que se ha intentado resolver el problema:
3.2.1. La función de bienestar social .
La primera posibilidad para llevar a cabo la agregación sería, en efecto," construir
una función de bienestar social, al modo de las funciones de bienestar indivi-
duales, del tipo:
U,= U(U¡, U
2
, . .. , U.) (3.2)
en la que U, representa la utilidad social y U, la de la persona i (i = J.. .n).
Esta función de bienestar tiene una larga tradición en economía. En efecto,
especificada. como una función aditiva,
n
U,=L u, (3.3)
i-1
estaríamos en presencia de la función de bienestar social utilitarista clásica, o
benthamila. Para Bentham y sus seguidores, una función de este tipo no ence-
rraba problemas especialmente importantes, una vez aceptpdos dos supuestos:
- Todas las personas son iguales, de forma que su Útilidad ha de entrar
con el mismo peso en la función agregada: de ahí que sea simplemente
aditiva, y no ponderada.
- La utilidad de cada una es cardinalmente.medible, de tal manera. que cal-
cular el valor de la función de bienestar social en cada caso, no implica
mayores dificultades.
Hoy, sin embargo, las cosas son algo más complicadas. En primer lugar
porque ya no se acepta tan fácilmente este segundo supuesto
11
y, además, el
principio de la imposibilidad de las comparaciones interpersonales de utilidad pri-
varí¡t. de sentido la adición de las mismas. En segundo lugar, porque aun acep-
tando que todas las personas son iguales, no tenemos por qué renunciar a pon-
10
Podría añadirse algo más: es una función del bienestas de la persona en la sltuaciónflnal a
la que se llega, sin que se tengan en cuenta las características del camino seguido en el cambio
{Maler, 1985, pág. 7).
11
Sin que ello quiera deci r que no se investigue en esa dirección, sobre todo a partir del tra-
bajo pionero de Von Neumann y Morgersten.
66
VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
UA
(a)
CIS
1
o
U a
UA
CIS
1
C/5°
-
o
U a
(e)
L
C/5
1
UA
C/S
0
--
U a
o 1
Figura 3. 1
(
DEL BIENESTAR INDIVIDUAL AL BIENESTAR COLECTIVO 67
Podemos pues concluir sin grandes esfuerzos, que es dificil especificar una
función·de bienestar social sin aceptar, previamente, un determinado criterio
ético, que no sabemos quien podría proporcionar.
Probemos, pues, una segunda vía.
3+2. Arrow y la regla de agregación de las preferencias
individuales
El problema anterior podría plantearse en un contexto ligeramente diferente.
En lugar de partir de las funciones de utilidad individuales, con todos los pro-
blemas que ello implica, podríamos fijarnos en la ordenación de las preferencias
que lleva a cabo la persona. De esta forma, ante dos situaciones cualesquiera,
podríamos averiguar cómo han sido ordenadas por los miembros del colectivo
afectado, y tratar de derivar de.estas ordenaciones individuales, una ordenación
social que permitiera afirmar cuál de ellas es la preferida desde el punto de vista
social. Se necesitaría, para ello, una regla de elección colectiva que permitiera
pasar de la ordenación individual de una serie de alternativas, a la ordenación
social de la misma. El trabajo más conocido en este terreno, no hace falta recor-
darlo, es el de Kenneth Arrow.
Arrow partía de la necesidad de exigir a esta regla de elección colectiva que
cumpliera una serie de requisitos minimos, de modo que fuera aceptable, como
tal regla, por la colectividad. Para empezar, tenía que ser una regla racional, es
decir, completa (o bien se prefiere una alternativa a otra, o bien se es indiferente
entre ambas)
16
y transitiva (si se prefiere una alternativa A a otra alternativa B, y
estaBa una tercera C. no puede preferirse·C a A). Definida pues de esta manera,
la regla, según Arrow, tenía que cumplir, además, una serie de c.ondiciones adi-
cionales. Estas eran, como es bien sabido, las siguientes:
r
A) Condición de dominio no restringido
Es decir, que sea una regla de general aplicación: que pueda utilizarse para deci-
dir entre cualquier conjunto posible de alternativas. Se trata, por tanto, de una
exigencia que tiene que ver con la operatividad de la misma.
. B) Principio débil de Pareto
Condición que establece simplemente una relación no negativa entre el bienes-
tar individual y el social: si el bienestar de una persona mejora, sin que empeore
probablemente también estuviera de acuerdo. Ahora bien, supongamos que la elección se
planteara entre dar 1 dólar a quien gana 10.000; o un millón a quien gana 20.000. Mientras que el
rawalsiano no cambiaría su elección, el utilitarista no tendría duda.
16
La propiedad de completitud exige que siempre se puedan comparar dos alternativas en
términos de preferencia o indiferencia. No se cumple, por tanto, cuando la persona o el grupo se
muestra incapaz de pronunciarse sobre ellas: algo muy distinto a mostrarse indiferente.
bO . VJ\J...VI""''-VL" • ..... .............. ........ - ...........
el de ninguna btra, el bienestar social no puede empeorar. Estarnos ahora
una exigencia ¡ética. aunque ciertamente no muy extrema: únicamente descarta
que la envidid pueda ser un buen mecanismo de elección social
17

1
C) Condición :de independencia de alternativas irrelevantes
Esta condición exige que la ordenación social de dos alternativas cualesquiera
tiene que depender exclusivamente de la ordenación individual de las mismas.
De. hecho se trata de una doble exigencia. Por un lado, se exige que la ordena-
ción de las dos alternativas no se vea influida por otra alternativa no pertene-
ciente al conjunto que se quiere ordenar y que, por tanto, no tiene nada que ver
con ello: por ejemplo, que la elección entre dos alternativas A y B no esté in-
fluida por el orden en que se votan, algo que no afecta en nada a la bondad rela-
tiva de cada una de ellas. Una exigencia, pues, de consistencia interna. Por otro,
se exige igualmente que la ordenación social esté en función, únicamente, de
las ,ordenaciones personales: no cabe, por ejemplo, tener en cuenta también la
intensidad de las preferencias (Ng, 1983, pág. 114). Ésta, corno es obvio, ya no es
uní! mera exigencia de consistencia interna.
D) i Condición de soberania de los ciudadanos
decir, que la ordenación no debe ser impuesta. Es
decir, que ante dos alternativas A y B los ciudadllnos puedan elegir, puedan
expresar sus preferencias, y no se les imponga por ejemplo B. en cuyo caso esta-
ríamos en presencia de un «tabú». A pesar de la aparente inocuidad de esta
condición, estarnos ante una exigencia ética que, corno todas, también puede
, ser! discutida: laceptaríamos sin pestañear el resultado de un referendum sobre
·' la implantación de la pena de muerte?
E) :Condición de no dictadura
! .
Es 'decir, que no se cumpla que, cualquiera que sea la ordenación efectuada por
las distintas personas, la ordenación social siempre coincida con la del indivi-
duo í-ésimo: el dictador. Otra exigencia ética elemental.
El resultado que obtuvo Arrow en su intento fue más bien desolador: cual-
quier regla que cumpliera las cinco condiciones, no podía ser también completa
y transitiva. Es el archiconocido «Teorema de la Irnposibilidad»
18
• Reglas tan
1
17
El principio requiere, únicamente, que no empeore el bienestar social cuando mejora el de
persona y. nadie empeora, no que mejore: por eso es una aplicación débil del principio de
Parpto.
1 11
Teorema.que, entre paréntesis, también se aplica a la función de bienestar social de Berg·
son'-Samuelson, cuando las preferencias individuales son conocidas, haciendo imposible su cons-
trucción basada únicamente en ellas (Layard y Walters, 1987, pág. 43).
·' ·e.
-
familiares corno la de la.votación democrática, por ejemplo, pul esultar en
ordenaciones intransitivas (cuando el número de alternativas constderadas, y el
de votantes, es pequeño), dependiendo el resultado ftnal del orden en que se
celebran las votaciones lo que, como vimos, viola una de las condiciones
anteriores, así corno los predicados del sentido común. Es más, la votación
pura y simple (una persona, un voto) que se pliega corno hemos visto a las
exigencias de Arrow al no permitir consideraciones sobre la intensidad de las
preferencias, puede plantear algunos pr-oblemas éticos importantes: en un
colectivo de tres personas, por ejemplo, dos de ellas pueden preferir levemente
la alternativa A a la alternativa B (votarán pues por ella), mientras que la tercera
muestra una muy fuerte preferencia por B. Si tuviéramos en la mano el hedoni-
metro coa el que soñaba Edgeworth y pudiéramos, por un momento, medir los
cambios en el bienestar que se producirían, podríamos llegar fácilmente a la
conclusión de que la mejora que supone para dos personas el cambio de A a B,
no compensa el perjuicio que le causarnos a la tercera. Y sin embargo, en una
votación democrática, B sería preferida. De ahí la importancia de las posibles
negociaciones, cuando éstas son factibles: cuando los costes de transacción
no son excesivos. Este terreno de las posibles transacciones es el que explora,
de un modo muy particular, la siguiente de las posibilidades que vamos a
analizar.
3.2.3. La mejora potencial de Pareto: el criterio de cumpeusación
de Kaldor-Hicks ·
Para ello necesitaf"' 'lS recordar, brevemente, el criterio de Pareto tantas veces
mencionado.
Se dice, de acuerdo a este criterio, que una alternativa A es preferida a otra
B. si al menos una persona prefiere A a B, y las demás se muestran indiferentes.
En este caso, A es superior en el sentido de Pareto a B. A sería la elegida por este
criterio.
Se trata, sin embargo, de un criterio de elección que, aunque intuiti va-
mente aceptable, aun con las matizaciones que introducíamos en el capítulo
primero, no lleva muy lejos, dado su restringidísimo campo de aplicación
19
• En
la mayoría de las ocasiones, en efecto, alguien se sentirá perjudicado por el cam-
bio propuesto. En ese mismo instante, desgraciadamente, el criterio de l' areto
se desvanecoe y no permite un pronunciamiento sobre el cambio: las dos situa-
ciones se tornan incomparables de acuerdo a este criterio. En el caso concreto
del medio ambiente, por ejemplo, es muy probable que alguien se sienta perju-
dicado por la declaración de zona protegida de un determinado espacio natural
que le impide continuar con su actividad ganadera, forestal o cinegética; o por la
introducción de una normativa que obliga a reducir las emisiones de C0
2
a la at- ·
rnósfera. En estos casos, que son prácticamente todos, el criterio de Pareto no
19
Incumple por tanto la propiedad de completitud o la condición de dominio no restnng1do.
70 VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA CALIDAD AMBIENTAL
representa una gran ayuda ya que, por renunciar a las comparaciones interper-
sonales de utilidad, considera las dos situaciones (antes y después del cambio)
como incomparables.
Sin embargo, ¿qué decir de dos alternativas que han sido catalogadas como
incomparables de acuerdo a lo anterior, pero de las que puede afirmarse que
una de ellas es potencialmente superior, en este mismo sentido de Pareto?
Éste era precisamente el núcleo del criterio de la compensación, populari-
zado por Nicho las Kaldor en 1939 y John Hicks en 1940
20
, y cuya formulación es
sorprendentemente sencilla: ante dos alternativas A y B, incomparables en el
sentido de Pareto, acéptese el paso de A a B si los beneficiados por el cambio pu-
dieran compensar a los perjudicados y, efectuada la compensación, siguieran
prefiriéndolo. En otras palabras, el cambio se justifica si existe una cantidad (la
compensación) tal que, entregada por los favorecidos, hace que los perjudica-
dos se declaren indiferentes ante la propuesta, mientras que los primeros siguen
deseando que éste se produzca.
La idea, ade más de sencilla, es tremendamente razonable.
Si el paso a la situación B cumple el criterio de Kaldor-Hicks, es claro que
esta nueva situación encierra un mayor bienestar para repartir que la primitiva:
los que ganan pueden compensar a los que pierden (que de esta forma quedan
corno estaban) y seguir mejorando. La alternativa B es, por tanto, potencial-
mente superior. Clarifiquemos un punto importante, y obvio, con relación a la
propuesta de Kaldor y Hicks. El criterio de la compensación exige que ésta
exista. no que se compense realmente en la práctica. Si se cumple el criterio, el
paso de A a B se justifica, se pague o no se pague la compensación a los perjudi-
cados: éste es otro problema. Entre otras cosas, porque si exigiéramos que la
compensación se pagara, el criterio de Kaldor-Hicks sería superfluo: habríamos
convertido las dos situaciones en comparables y podríamos aplicar directa-
mente el criteri o de Pareto. Lo que Kaldor y Hicks estaban proponiendo, en de-
finitiva, es que se separen las decisiones con respecto a la eficiencia, de las relati-
vas a la equidad. Cabría hacer referencia, incidentalrnete, a la relación existente
entre las medidas del cambio en el bienestar individual que veíamos en el capí-
tulo anteri or, y el criterio de compensación de Kaldor-Hicks. En efecto, ante
una mejora cualquiera, la variación compensatoria mediría la máxima cantidad
que los beneficiados estarían dispuestos a pagar por ella, mientras que, por otro
lado, la variación compensatoria de los perjudicados mediría la compensación
mínima exigida para permitir el cambio. De esta forma, y aplicando el corres-
pondiente signo negativo a las ve de los perjudicados, podría afirmarse que si
I.VC >O, la medida supera el test (Pearce y Nash, 1981, pág. 93).
. La sencillez aparente del criterio esconde, sin embargo, dos tipos de pro-
blemas, ciertamente relacionados.
a) En primer lugar, puede darse el caso de que lo que la sociedad consi-
dera eficiente, dependa de su propia concepción de la equidad. Es decir,
20
Aunque, de hecho, una versión del mismo puede encontrarse ya en un famoso articulo del eco-
nomista italiano Barone, publicado en l908 («The Ministry of Production in the Collectivist S late»).
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DEL BIENESTAR INDfVIDUAL AL BIENESTAR COLECTIVO 71
que una situación A sea preferida, de acuerdo al crite}o de Kaldor-
Hicks (por ser pues más eficiente), dada una determinad distribución
de la renta; y que, sin embargo, la alternativa rechazada p e a ser la pre-
ferida (la más eficiente), de acuerdo al mismo criterio, ca una distribu-
ción de la renta diferente. Si la compensación se paga, la d stribución de
la renta cambia, y puede convertirse en eficiente, la alternativa descar-
tada previamente. En otras palabras, podría darse el hecho de que,
como no tardó en descubrir Scitovsky, el criterio de Kaldor-Hicks pu-
diera derivar, bajo determinadas condiciones, en una situación circular,
en la que no se puede tomar una decisión. En efecto, podría ocurrir que
el cambio de A a B estuviera justificado aplicando este criterio, pero lo
mismo pudiera decirse del cambio inverso (volver a A desde B) . De esta
forma, el criterio de Kaldor-Hicks no permitiría elegir entre ambas.
Este fenómeno es conocido con el nombre de «paradoja de Sci-
tovsky»21. l:a pretensión de separar las consideraciones de eficiencia de
aquellas relativas a la equidad puede verse pues frustrada.
b) Pero es que aunque nos aseguráramos de que no puede darse la
paradoja de Scitovsky, es evidente que un cambio cualquiera podría
superar este criterio, y empeorar la distribución de la renta, si no se lleva
a cabo la compensación. El paso quedaría justificado con base en la efi-
ciencia; pero sería probablemente rechazado socialmente por motivos
de equidad.
Todo lo anterior nos deja, por tanto, con dos alternativas:
Por un lado, la más sencilla: considerar que el bienestar de todas las personas
tiene el mismo valor para la sociedad; prescindiendo, por tanto, de consideracio-
nes redistributivas, y aplicar el criterio sin más. De esta forma se analizan los cam-
bios producidos en el excedente neto de los consumidores (o las variaciones com-
pensatorias/equivalentes netas), implicando con ello que utia peseta de beneficio
de cada persona, de cualquier persona, es también una peseta de beneficio para la
sociedad: que la distribución de la renta es óptima.
Por otro, completar el criterio propuesto con la introducción de unos pará-
metros redistributivos explícitos, para los distintos grupos sociales. Dado que és-
tos no pueden derivarse neutra/mente de las propias preferencias sociales, exis-
ten dos caminos para determinarlos:
21
La razón de que pueda aparecer esta paradoja se debe a que al pasar de un punto del a fron-
tera de posibilidades de utilidad (con su correspondencia en la frontera de posibilidades de pro-
ducción) a otro, cambia la relación marginal de sustitución entre los dos bienes, cambian los pre-
cios relativos, y cambia, pues, la situación de las personas con respecto a ellos. Únicamente en el
caso de que todas tuvieran los mismos gustos, o la misma propensión marginal a consumir los dis-
tintos bienes, dado un conjunto de precios, no podría presentarse esta paradoja: la curva de con-
trato de la caja de Edgeworth seria una linea recta y, cualquiera que fuese el punto de partida, las
curvas de indiferencia social se generarían siempre con la misma pendiente (Layard y Walters,
l978, pág. 35). Como no es muy probable que éste sea siempre el caso, no puede descartarse la apa-
rición del problema.
72 VALOMCION ECONOMICA 01::: LA CALIDAD AMBII:::N rAL
a) Analizar el comportamiento del sector público en el pasado, cuando • · ~
tenido, que elegir (como es muy frecuente) entre eficiencia y equidad,
para derivar de él los parámetros redistributivos utilizados (Brent,
1991).
1
b) Construir, como hacen algunos organismos internacionales (el Banco
Mundial, por ejemplo) esta familia de parámetros, explicitando clara-
mente: los juicios de valor redistributivos necesarios (Azqueta, 1985,
Capítulo 4).
No está de más señalar que lo más frecuente e
1
s proceder de acuerdo a la
primera de las posibilidades apuntadas. Que así se haga no implica, sin em-
bargo, que el problema haya sido resuelto.
A grandes rasgos, esto es lo que puede decirse del problema de la agre-
gación de las preferencias individuales para alcanzar una elusiva función de
bienestar social. Podemos ya adentrarnos en la problemática de cómo descubrir
el valor de los icambios en el bienestar individual que las modificaciones con
respecto al medio ambiente comportan.
LECfURAS; COMPLEMENTARIAS
La tipología tradicional sobre los distintos usos del medio ambiente se encuen-
tra, por ejemplo, en Johansson (1990) o, desde una perspectiva más crítica, en
Freeman (1993, Capítulos 4 y 5). Mitchelly Carson (1989, págs. 59-69) presentan
una clasificación algo diferente a las anteriores.
El concepto de valor de cuasi-opción fue introducido en la literatura por
i Arrow y i s h e ~ (1974), y desarrollado en el campo del medio ambiente por auto-
. res como Fisher y Krutilla (1985).
El problema de la agregación de las preferencias individuales nos devuelve
al ámbito de la,economía del bienestar. Sobre las posibilidades y deficiencias de
los distintos mecanismos de agregación, desde una perspectiva general, sigue
consultándose• con provecho el excelente trabajo de Mishah (1960), así como
Mueller (1984)\ Sen (1970) o Stiglitz (1988, Capítulos 3 y 5). Los trabajos clásicos
en este terreno son los de Bergson (1938), Samuelson (1947), Kaldor (1939) y
Hicks (1939). El original de Arrow, de 1951, se halla traducido en Arrow (1974).
(
PARTE 11
MÉTODOS DE VALORACIÓN
4. El método de los costes evitados o inducidos.
S. El método del coste de viaje.
6. El método de los precios hedónicos.
7. El método de la valoración contingente.