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El Llamado de Dios Al Ministerio

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os preguntas. Primera, para los pastores: ¿Cómo podemos estar seguros de que Dios nos ha llamado? Segunda, para los jóvenes que están sintiendo el llamado de Dios para involucrarse en su obra: ¿Cómo pueden estar seguros de que es Dios quien los está llamando a su ministerio? El llamado no es un asunto sencillo. A mi juicio no existe una receta simple, con algunos pasos sencillos, para conocer la voluntad de Dios en cuanto al ministerio. En la Biblia encontramos que a cada uno de los siervos que Dios escogió para su servicio los eligió de manera diferente. El llamado de Moisés fue diferente al de Abraham; el de Elías diferente al de Eliseo; el de Pedro muy distinto al llamado de Pablo. Sin lugar a dudas fue el mismo Dios llamando a todos, pero de formas diferentes. En el Antiguo Testamento tuvieron la enorme ventaja de poder “escuchar la voz de Dios”, en forma real y audible, por lo que los márgenes de error eran muy pequeños. No obstante, en nuestros días, tenemos la Palabra profética más segura, o sea la Biblia; pero, aun así, ¿cómo podemos estar seguros de que Dios nos ha llamado? De hecho, si usted está en el ministerio debe estar seguro de este llamado si en verdad ha de permanecer en él por el resto de su vida. Existen cuatro criterios que nos permitirán recibir orientación en cuanto al llamado de Dios, y no solo para este asunto tan importante sino para toda la vida cristiana.

D

Estoy convencido de que la suficiencia de la Palabra de Dios nos puede ayudar en la toma de decisiones. Ya sea en el estudio bíblico personal, en 11

Primer criterio, ¿qué dice la Biblia?

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la enseñanza de algún maestro de la iglesia o en la predicación de algún pastor, muchos de nosotros fuimos confrontados con la Palabra eterna de Dios y allí recibimos nuestro llamado. Todavía recuerdo el día en que Dios me habló poderosamente a través de su Palabra. Me encontraba en las instalaciones del Seminario Teológico Bautista Mexicano, escuchando un sermón de graduación basado en Isaías 6. De repente, pensé que el mensaje estaba siendo misteriosamente dirigido hacia mí. Yo venía luchando con el llamamiento desde hacía varios meses, así que mi corazón estaba muy sensible a las cosas de Dios. De modo que esa noche Dios había dispuesto mi corazón para responder a su llamado. Leer constantemente la Palabra de Dios, exponerse a ella a través de sermones, enseñanzas, libros relacionados con la obediencia y el llamado, todo eso es el caldo de cultivo perfecto para que Dios hable a nuestro corazón. La Biblia es un libro confiable, por lo que podemos estar seguros de su mensaje y su intención. Dios dice: “La hierba se seca, y la flor se marchita; pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Isaías 40:8). La pregunta es: ¿Por qué mientras algunos creyentes son transformados por el poder de la Palabra de Dios otros, al parecer, no lo son? Imagine por un momento un hermoso jardín perfectamente cultivado. Hay flores de todos los colores y con los aromas más exquisitos que sus sentidos hayan percibido. A este jardín llega en primer lugar una persona común. Seguramente disfrutará de la hermosura, se deleitará con su maravilloso encanto, olerá las flores y recreará la vista. Luego se va del jardín quedándose impresionada por lo que vio. Posteriormente llega un botánico o estudioso de las plantas. Tiene en su mano papel y lápiz. Este observa, pero no solo eso sino que toma nota de todo lo que allí percibe. Tiene la capacidad para identificar las diferentes familias de flores y plantas que hay en el jardín. Después de realizar un trabajo que es cien por ciento profesional se va del lugar. Posteriormente quien llega al jardín es una abeja. En este caso, la abeja se posa sobre cada una de las flores y les extrae el néctar que tienen. Ese néctar es transformado en miel. La abeja es la única que, en realidad, le saca verdadero provecho a todo este hermoso jardín. De la misma manera, existen diferentes tipos de oyentes de la Palabra de Dios. Hay quienes al escuchar un mensaje se sienten contentos, disfrutan mucho del mismo y hasta se maravillan de las enseñanzas. Luego están los que son estudiosos de la Palabra. Tienen diccionarios, comentarios bíblicos y una serie de herramientas que les permiten obtener mayor conocimiento de la Biblia. Pero unos pocos son como la abeja, que no

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solo disfruta de la belleza del jardín sino que extrae de él el jugo para provecho personal y el de otros. Ahora bien, si usted está en el ministerio seguramente fue por ser una abeja que con desesperación tomó de la Palabra todo lo necesario para su provecho espiritual. ¿Puede pensar en algunos pasajes bíblicos que Dios usó para llamarlo al ministerio?

Segundo criterio, la oración
Este elemento no puede quedar de lado, especialmente para aquellos que nos vamos a dedicar a la tarea de buscar el rostro de Dios todos nuestros días. Ya hablaremos más de este apasionante tema en uno de los capítulos posteriores de este libro. Pero, por ahora, veamos la oración en la vida de Jesús. No existe un mejor ejemplo bíblico que entrelace la voluntad de Dios y la oración que el momento extraordinario que se describe en el huerto de Getsemaní, cuando Jesús oró buscando el rostro de su Padre: “Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a los discípulos: ‘Sentaos aquí hasta que yo vaya allá y ore’” (Mateo 26:36). La oración sostuvo a Jesús a lo largo de todos los acontecimientos que rodearon la crucifixión. Oró al comenzar su etapa final, durante todos los eventos y, finalmente, terminó su vida terrenal orando. No solo se mantuvo en comunión permanente con el Padre, sino que apartó momentos y lugares específicos para fortalecerse a través de la oración. Jesús pasó por muchos sufrimientos y pruebas en su vida, pero lo peor fue la noche antes de la crucifixión. Él sabía lo que tendría que enfrentar al día siguiente, y la intensidad de esa tribulación en su corazón era enorme. Iba a cargar con el pecado del mundo y a padecer una horrible muerte en la cruz. La pregunta crucial era: ¿Confiaría en Dios? ¿Confiaría en que el Padre sabía qué era lo mejor para su vida aun cuando implicara una muerte extremadamente dolorosa? Esa era su lucha esa noche. Por eso fue a un lugar llamado Getsemaní. ¿Podemos identificar plenamente cuál es nuestro propio Getsemaní? Jesús apartó tiempo y lugar constantemente para estar en comunión con su Padre. Así lo expresan los siguientes pasajes: Una vez despedida la gente, subió al monte para orar a solas; y cuando llegó la noche, estaba allí solo… (Mateo 14:23, 24).

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EL GOZO DEL MINISTERIO PASTORAL Aconteció en aquellos días que Jesús salió al monte para orar, y pasó toda la noche en oración a Dios (Lucas 6:12). Aconteció, como ocho días después de estas palabras, que [Jesús] tomó consigo a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar (Lucas 9:28).

La oración formó una parte esencial del ministerio de Jesús. Toda su vida fue marcada por una práctica consistente de la oración. Oremos a Dios reservando un tiempo y lugar específicos. Si estamos buscando conocer la voluntad de Dios en cuanto a nuestro llamado tendremos que invertir tiempo en oración.

Tercer criterio, el apoyo y testimonio de personas maduras
Este criterio es muy importante: hablar con personas que afirmen o desafíen lo que usted está tomando como su llamado. Estas deben ser personas de probada reputación y maduras en su caminar con Cristo. No estamos hablando de cualquier hermano o hermana, sino de quienes tienen desarrollados los hábitos espirituales que les permitan tener discernimiento en cuanto a la voluntad de Dios. Recuerdo que cuando yo tenía 18 años estaba luchando con mi llamado. Tuve la oportunidad de conversar con varios hermanos maduros y, en especial, con varios pastores. Todavía lo recuerdo, como si fuera ayer, cuando uno de estos siervos de Dios, después de que yo le expusiera mis inquietudes ministeriales, me preguntó: —Gary [sobrenombre con el que mucha gente me conoce], ¿cuántas opciones tienes delante de ti? Yo le respondí: —Terminar mis estudios de ingeniería, buscar trabajo, seguir sirviendo a Dios a través de la música en mi iglesia, continuar liderando a los jóvenes, etc. Él me respondió: —Gary, cuando Dios te llama, no tendrás más opciones que esa, Dios te dejará sin opciones. Siendo honesto, la respuesta de este pastor me decepcionó un poco. ¿Quedarme sin opciones? ¿Cómo es eso? Bueno, pues este pastor oró por mí y yo continué con mi vida. No pasó mucho tiempo para que sus palabras se cumplieran. Pasó algo raro en mi vida, de repente me comencé a

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quedar “sin opciones”. No tuvo que ver con perder mis estudios, o el trabajo en la iglesia ni mucho menos pero, en mi interior, cada una de esas cosas pasó a otro nivel de importancia. Mi corazón y mente ahora estaban concentrados en el ministerio. Todas las demás cosas perdieron su valor, y el simple deseo se convirtió en un anhelo vehemente de mi alma. Recuerdo mis días sentado en una banca de la Escuela Superior de Ingeniería Química; era una carrera que yo amaba y de la cual me sentía orgulloso. De repente, todas estas cosas perdieron su encanto, su atracción. Repentinamente la visión de estar como un brillante ingeniero en mi país se diluyó al notar lo glorioso del ministerio cristiano. Es algo que pasa en nuestro interior y la verdad es que Dios usó el consejo de este siervo fiel, quien tuvo a bien compartirlo conmigo.

Cuarto criterio, las circunstancias
Reconozco que este es uno de los criterios más peligrosos. En la experiencia humana, a veces se pone a las circunstancias como la guía principal en la toma de decisiones, y esto puede ser bastante peligroso. Hay algunos ejemplos negativos. Recuerdo el caso de una mujer cristiana que recibió un folleto promocionando un viaje a Israel. Ir a Tierra Santa era uno de los sueños de su vida, realmente deseaba ir. Tenía el dinero, el tiempo, el interés y las fuerzas, pero ¿era la voluntad de Dios? Antes de ir a la cama la mujer volvió a leer el folleto acerca del avión en el que iban a viajar y notó que se trataba de un Boeing 747. Después de pasar una noche casi sin dormir luchando con todos los pros y contras, sintió finalmente un gran alivio. En esos momentos sabía que hacer ese viaje era la voluntad de Dios. ¿Cómo podía tener la seguridad? Simple, cuando se levantó vio en su reloj digital que eran las 7:47. Lo tomó como la señal de Dios. ¿Qué les parece la siguiente historia de un joven que luchaba por decidir cuál carrera seguir? Conforme conducía y oraba, se le acabó la gasolina justo frente a la embajada de Filipinas, y obtuvo su respuesta. Dios lo quería como misionero y que le sirviera en Filipinas. ¿Qué hubiera hecho este joven si se hubiera encontrado atrapado en un elevador con una joven soltera llamada María? ¿Sería esa la señal de Dios para que se casara con ella? Aun así, Dios se vale de las circunstancias para que conozcamos su preciosa voluntad. Dios usa las circunstancias pero requerirá de nosotros

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por lo menos dos cosas. Se requiere disposición para obedecer y el estar ocupados haciendo nuestra parte. Veamos cada una de ellas: Este es uno de los asuntos clave para que Dios nos haga conocer su voluntad: nuestra disposición para obedecer. No pretendamos conocer su voluntad cuando en realidad nunca nos ha interesado. Es decir, cuando solo usamos las circunstancias como señal, independientemente de los otros criterios, es seguro que nuestra vida sucumbirá sin remedio alguno. Jesús siempre esperaba que la gente hiciera algo como resultado de su enseñanza. En Juan 13:17 dice: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis”. Más adelante, en Lucas 10:37, cuando enseñaba la conocida historia del “buen samaritano”, el relato termina así: “Él [el maestro de la ley] dijo: ‘El que hizo misericordia con él’. Entonces Jesús le dijo: ‘Ve y haz tú lo mismo’”. De la misma forma, Jesús también advirtió de los peligros en que pueden incurrir las personas que oyen el consejo de Dios pero no lo ponen en práctica, y la comparación es por demás descriptiva: “Pero todo el que me oye estas palabras y no las hace, será semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena” (Mateo 7:26). En otra ocasión, cuando le avisaron que su familia lo buscaba, Jesús afirmó lo siguiente: “Porque cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo 12:50). Otro de los pasajes donde Jesús afirma la importancia de la obediencia por encima de todas las demás cosas es Mateo 7:21: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Jesús concluye en Juan 14:23 y 24 con la siguiente promesa poderosa: “Si alguno me ama, mi palabra guardará. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada con él”. Por ello me sorprende ver a muchos jóvenes que dicen tener un llamado de Dios, pero que se quedan muy cortos en las mínimas expresiones de obediencia. Así como hay situaciones en las que la voluntad de Dios es como una maraña que necesita un esfuerzo extra, en muchísimas ocasiones su voluntad es muy simple. Debemos ser sensibles a la voz del Señor, no hacer las cosas de acuerdo con nuestra propia prudencia, sino con temor y temblor.

Disposición para obedecer

Se requiere estar ocupados haciendo nuestra parte

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En cierta ocasión una mujer se me acercó al terminar uno de los cultos de la iglesia. El mensaje había estado basado en 1 Corintios 13; la música de alabanza y todo lo que había sucedido ese día, por la gracia del Señor, había sido una gran bendición. Sin considerar todas estas muestras del poder de Dios, la mujer me dijo: —Pastor, tengo una pregunta: ¿dónde encontró Caín a su esposa? Confieso que quedé perplejo ante dicho cuestionamiento que no tenía absolutamente nada que ver con lo que se había dicho en el culto, y respondí precipitadamente: —Querida hermana, yo no sé dónde encontró usted a su esposo, mucho menos dónde encontró Caín a su esposa. Me queda muy claro que a menudo son muchos los creyentes que están muy interesados en tratar de descifrar los enigmas de la Biblia, lo cual no es malo del todo, pero esto les inhibe para no “hacer” lo que Dios espera de sus hijos. En una de tantas conversaciones que tenemos entre consiervos escuché algo que me marcó definitivamente. Se trata de la vida de un colega de ministerio, el que por cierto está a punto de jubilarse. Él me contaba que cuando fue llamado por el Señor para servirle en el ministerio se veía a sí mismo muy mayor de edad para responder al desafío. Este hermano se daba cuenta de que la mayoría de los que estaban en el servicio cristiano habían sido llamados por Dios siendo jóvenes, quizá entre los 18 y los 20 años, y él ya rebasaba los 35. Tenía esposa y familia a la cual sostener; pero lo más preocupante para él era el hecho de no tener preparación formal en un seminario bíblico. Tenía una disyuntiva: responder al llamado, no entrar al seminario y rogar a Dios que él mismo lo capacitara; o dedicar cuatro o cinco años de capacitación intensiva hasta tener las herramientas necesarias para desarrollar fielmente el ministerio. Estando en esta condición, me contaba él, pasó por su ciudad natal un misionero muy reconocido al cual creyó pertinente compartirle la situación por la que estaba pasando. Su pregunta final, después de explicarle todos los detalles fue: —¿Debo entrar al seminario y capacitarme para servir a Dios, o debo comenzar mi servicio sin invertir todo este tiempo de preparación? El misionero quedó mirándolo por un largo rato y finalmente le respondió: —Querido hermano, ¿qué dice la Biblia en Jueces 15:15? El hermano rápidamente tomo su Biblia y leyó: “Y hallando una quijada de asno todavía fresca, extendió la mano y mató con ella a mil

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hombres”. Mi amigo quedó desconcertado pensando que se había equivocado de texto, pero antes de tratar de corregir, el misionero le dijo: —Vea querido hermano. Si Dios pudo hacer esto con una quijada de burro, ¡imagínese lo que puede hacer con un burro completo! Yo personalmente me identifico mucho con esta historia. Debemos comprender que cuando Dios nos llama, no lo hace basado en nuestro rendimiento o aprovechamiento cristiano. Más bien, tiene que ver con un proceso misterioso de la voluntad de Dios en el que simplemente, basado en su multiforme gracia, él llama a hombres y mujeres para su servicio. Cuando pienso en todos los siervos de Dios que fueron llamados por él para servir en su obra, me vienen a la mente los nombres de algunos de ellos tales como Abraham, Moisés, David, Samuel, Elías, Eliseo, Nehemías, Pedro y Pablo, entre otros. En esta ocasión quisiera que pensáramos en uno de estos líderes bíblicos y analizáramos un poco su llamado para descubrir juntos algunos elementos que se tienen que tomar en cuenta cuando percibimos a lo lejos el llamado de Dios a servirle.

Moisés, el llamado a una zona de riesgo
La historia de la vida de una persona está escrita con riesgos; unos los toman, otros los evitan. “Miren mi historia”, nos dice Moisés. “¿Creen que hubieran leído mi historia si no hubiera salido de la zona de seguridad?”. Su mirada sobre nosotros es fija e intensa. Nos vuelve a preguntar: “¿Creen que ahora mismo pudiera estar hablando con ustedes si no hubiera corrido el riesgo de entrar en la zona de fe? “El momento más intenso y definitivo en mi vida fue cuando vi a Dios en medio de una zarza ardiente en medio del desierto. La decisión que allí tomé escribió los siguientes cuarenta años de mi vida. Fue una decisión que trajo cada día encuentros con el Dios viviente. Sin embargo, el momento de la decisión no fue tan fácil. Tuve que vencer varias cosas, que ustedes también tendrán que aprender a definir y vencer”. Los siervos de Dios hemos sido llamados a dejar la zona de comodidad, para adentrarnos con confianza en la zona de fe. Es Dios quien va con nosotros. Al igual que este poderoso siervo de Dios, usted y yo tendremos que tomar algunas excelentes decisiones. Es el autor de la carta a los Hebreos quien nos dice cuatro cosas del llamado de Moisés.

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Debe vencer las experiencias de su pasado

Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres durante tres meses, porque vieron que era un niño hermoso y porque no temieron el mandato del rey. (Hebreos 11:23)

Este siervo de Dios nació en medio de la incertidumbre, pero después su madre lo puso en las manos de Dios y lo llevó a la hija del faraón, viviendo así una vida de comodidades. Creció en la zona se seguridad, el palacio del rey de Egipto, y a cambio de nada. Si usted desea ser usado por Dios tendrá que luchar con lo que se llama “crisis de identidad”. En el caso de Moisés, nació como un hijo de esclavos hebreos pero fue puesto en el río Nilo en una pequeña cesta, porque los egipcios estaban matando a los bebés hebreos y su mamá no quería que lo mataran. El niño fue encontrado por la hija del faraón. Aunque había nacido de esclavos hebreos, fue criado en la corte del rey. Con el paso del tiempo, Moisés tendría que tomar una decisión definitiva: ¿Quién soy yo realmente? ¿Soy un esclavo hebreo? ¿O soy un miembro de la familia real egipcia? Habría grandes consecuencia por esta decisión. Las dos opciones eran: Primera: Hago de cuenta que soy hijo (porque ella me encontró) de la familia del faraón. Si así lo hago tendré fama, todo el dinero del mundo, lujos y todo lo que desee. Tendré fortuna, placeres y posición. Segunda: Admito mis raíces como hebreo. Vuelvo a vivir con los esclavos y soy humillado, degradado; tendré que realizar trabajos duros y posiblemente perderé mi propia vida. Estoy seguro de que la razón por la cual Dios usó a Moisés fue debido a su integridad. Él rechazó ser alguien que no era. Simplemente rechazó vivir una mentira. Tomó una decisión y esta decisión afectó el resto de su vida. Casi puedo escuchar a Moisés diciéndonos: “Cuando tenía 40 años de edad corrí un riesgo. Abandoné la zona de seguridad y traté de hacer algo grande por mí y por mi pueblo. Maté a un egipcio al defender a un compatriota hebreo. ¿Cuál fue el resultado de mis esfuerzos humanos? El faraón trató de matarme por esto y tuve que huir hacia lo desconocido”. Moisés me hizo pensar en una de mis convicciones personales, a la que he llegado después de todos estos años de servicio cristiano: “No hay nada peor que un tonto con iniciativa”. Recuerdo la experiencia de un jefe de departamento que salió apresurado de su oficina con un montón

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de hojas impresas. Se detuvo pensativo frente a una máquina trituradora de papel (de esas máquinas que dejan las hojas como falda hawaiana). Un empleado solícito se le acercó y le preguntó: —Jefe, ¿en qué le puedo servir? El jefe respondió: —¡Me superó la tecnología! El empleado le dijo: —No hay problema, jefe, yo lo ayudo. Tomó las hojas, encendió la máquina y luego de que habían pasado la mayoría de las hojas, el jefe preguntó: —¿Por dónde salen las copias? Amado consiervo, no me va a negar que en las iglesias abunden esta clase de hermanos; si por casualidad su iglesia no los tiene, avíseme y le envío unos cuantos. Durante los siguientes cuarenta años de exilio en el desierto, Moisés nunca olvidó sus experiencias en Egipto. Aprendió que Egipto no era el lugar para él. Seguramente a lo largo de su vida usted ha estado enfrentando cosas de su propio pasado, situaciones en las que simplemente asumió un riesgo en la “carne”, sin ni siquiera consultar a Dios. Es posible que a la fecha siga pagando las consecuencias de aquella decisión. Moisés nos dice al oído: “No se queden estancados en el pasado, aprendan de él; pero sigan adelante, no se detengan”.

Debe vencer las comodidades del presente

Por la fe Moisés, cuando llegó a ser grande, rehusó ser llamado hijo de la hija del faraón. (Hebreos 11:24)

He llegado a la conclusión de que es muy triste el día cuando una persona llega a estar absolutamente satisfecha con la vida que lleva, los pensamientos que tiene, las acciones que realiza; cuando allí, en la puerta de su alma, cesa para siempre el golpe de un deseo de hacer algo grande para Dios. Volvamos a nuestro personaje. La historia nos cuenta que, después de salir de Egipto, Moisés pasó los cuarenta años siguientes en el desierto de Madián pastoreando ovejas. En ese lugar sucedió algo extraño. Jetro lo aceptó en su familia y lo hizo parte de ella. Moisés se casó con una de las hijas de Jetro y tuvieron un hijo. Hasta este punto, Moisés tenía un lugar

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seguro en los negocios de la familia. Puesto que Jetro no tenía hijos varones, sino solo hijas, Moisés llegó a ser el heredero. ¿Por qué desearía dejar todo esto? Tuvo que forjar una nueva vida para él y, aunque no estaba en el palacio, su vida era muy cómoda. Dejó atrás para siempre a Egipto e hizo una total transición. O al menos, eso era lo que él pensaba. A menudo encontraremos que la clase de vida que vivimos es bastante regular. Aunque no hayamos prosperado mucho económicamente, no pasamos necesidad. Inmediatamente nos damos a la tarea de adecuarnos a las nuevas situaciones y volvemos a construir nuestra nueva zona de seguridad. Estamos en la tierra de “solo lo suficiente”: un ministerio regular, una familia regular, un trabajo regular, un matrimonio regular. Este es el verdadero peligro de la zona de seguridad. No es que no estemos bien, simplemente nos conformamos con hacer las cosas de forma normal, sin esfuerzos y desafíos mayores. Este es uno de los peligros más grandes que enfrentamos cuando hemos sido llamados por Dios: tener un ministerio “de segunda”. Después de responder al llamado nos quedamos paralizados, estancados, contentos con una forma de vivir mediocre y sin nada de emoción y crecimiento. Egipto es la tierra de esclavitud, sí, pero Madián debe ser solo la tierra de transición. Hay promesas que usted ha dejado sin cumplir y propósitos que se quedaron truncados. Si queremos ser verdaderamente eficientes en la vida, una clave que nos enseña la vida de Moisés es: “Deja de culpar a los demás por lo que te está sucediendo”. Asuma su responsabilidad. Dice el texto: “Por la fe Moisés, cuando llegó a ser grande, rehusó…”. Esto significa que, si voy a ser lo que Dios quiere que yo sea, tengo que dejar de excusarme; tengo que dejar de culpar a otras personas; tengo que dejar de verme a mí mismo como una víctima de las circunstancias, ahogándome en un mar de autocompasión. Moisés nos enseña que una de las señales de madurez emocional y espiritual en la vida de todos los siervos fieles es que dejan de echarle la culpa a otras personas por sus problemas. Si usted anda culpando a las personas, hay una palabra para esto: inmadurez. Cuando creció, Moisés se negó a seguir dando disculpas y nos imaginamos que dijo: “Yo no tuve elección en esta situación. No le pedí a mi madre que me colocara en una canasta en el río Nilo. No le pedí a la hija del faraón que me adoptara. Estas eran situaciones que estaban fuera de mi control”. Eso es verdad, usted atravesará por muchas circunstancias en la vida que no podrá controlar. Pero hay algo que siempre podrá controlar: es la

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elección de cómo va a responder a las circunstancias. Siempre podrá responder. El dejar de culpar a otras personas y dejar de verse a usted mismo como una víctima es una señal de madurez. Puede decir: “Sí, hubo cosas negativas en mi vida pero, en el nombre de Jesús, yo puedo controlar la dirección de mi futuro; puedo determinar el rumbo de mis pasos”. Este es uno de los riesgos más grandes. Dejar la comodidad del presente para arriesgarse en el futuro. Si no desea estar disgustado por los riesgos que no tomó en el pasado, entonces tiene que atreverse a tomarlos hoy.

Debe vencer la inseguridad del futuro

Prefirió, más bien, recibir maltrato junto con el pueblo de Dios que gozar por un tiempo de los placeres del pecado. Él consideró el oprobio por Cristo como riquezas superiores a los tesoros de los egipcios, porque fijaba la mirada en el galardón. (Hebreos 11:25, 26)

Cuando Dios lo llamó por medio de la zarza ardiente y le dijo que abandonara su cómoda situación y regresara a Egipto para cumplir la misión de su vida, Moisés se sintió totalmente incapaz para cumplirla. Estaba inseguro por él y su futuro. Como resultado, tenía muchas preguntas y dudas. Algunas de las objeciones más famosas de la historia de este siervo son:
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“¿Quién soy yo para ir al faraón?” (Éxodo 3:11). “Si ellos me preguntan, ¿qué les responderé?” (Éxodo 3:13). “¿Y si ellos no me creen ni escuchan mi voz? (Éxodo 4:1). “Yo jamás he sido hombre de palabras…” (Éxodo 4:10).

Me queda claro que cada vez que Moisés le planteaba a Dios una objeción acerca del llamado, este le contestaba con amor y detenimiento. Sin embargo, Moisés seguía asustado. Al final de la conversación clama: “Oh Señor, por favor envía a otra persona” (Éxodo 4:13). Afortunadamente para Moisés, Dios no le respondió. Y, aunque temeroso, Moisés por fin hizo la única cosa que ayuda cuando tenemos dudas de nuestro futuro: se apoyó en Dios. Él es el único que conoce nuestro futuro en cada detalle. Y, al hacer esto, aceptó responder al llamado de Dios, dejó su zona de comodidad y regresó a Egipto. Como resultado, los hijos de Israel fueron librados de las manos del faraón.

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Tomar los riesgos respecto al futuro no es un asunto fácil. Dios nos ha llamado a buscar su rostro con todo nuestro corazón y a depender totalmente de él.

Debe determinar quién manda en su vida

Por la fe abandonó Egipto, sin temer la ira del rey, porque se mantuvo como quien ve al Invisible.(Hebreos 11:27)

Moisés lo hizo y esta es la razón por la que Dios lo eligió. Usted tiene que decidir quién o qué estará en el control de su vida y ministerio. Esto es un asunto básico. Se trata de una cuestión de autoridad. ¿Quién realmente controlará su vida? Jesús afirmó esto de la siguiente manera: “Ninguno puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al uno y menospreciará al otro” (Mateo 6:24). Usted no puede tener dos señores en su vida. Este asunto será algo con lo que tendrá que tratar o le traerá mucha frustración durante todo su ministerio. Me sorprende la forma en que lo expresa el escritor a los Hebreos: “Por la fe abandonó Egipto, sin temer la ira del rey, porque se mantuvo como quien ve al Invisible” (Hebreos 11:27). En el Egipto de aquellos días el faraón era el supremo señor y soberano sobre todas las cosas. Si el faraón mandaba que alguien hiciera algo, era mejor que lo hiciera porque si no era persona muerta. El faraón tenía completo control sobre los que estaban bajo su dominio. Era el señor absoluto de Egipto. Excepto para Moisés. Él dijo algo como: “Obedezco a una autoridad mayor”. La Biblia dice que veía a aquel que es invisible. Moisés dijo: “Voy a vivir mi vida para la audiencia de una sola persona”. ¿Está usted haciendo esto? ¿Quién es el número uno en su vida? ¿Está viviendo para recibir la aprobación de quién? Lo que importa es lo que Dios va a decir acerca de su vida. Un día usted estará delante de Dios y dará cuentas de su vida. Él le preguntará: “¿Quién estaba en el control de tu vida? ¿Quién era el número uno en tu vida? ¿Quién era el jefe? Yo te hice a ti, pero te di libre albedrío. Tú podías escogerme para ser tu guía, o podías escogerte a ti mismo o a otra persona para guiar tu vida. Te di la oportunidad de elegir”. Debo agregar algunas valiosas enseñanzas que he aprendido acerca del llamado de Dios y de la forma en que él nos lleva a la zona de riesgo:

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EL GOZO DEL MINISTERIO PASTORAL Nosotros no dejamos la zona de comodidad voluntariamente. Al principio Moisés no quería irse de Egipto, era todo lo que conocía. Sin embargo, si no lo hubiera hecho, nunca hubiera experimentado la zarza ardiente. Posteriormente, Moisés no quería dejar el desierto de Madián y, si no lo hubiera hecho, jamás habría visto a Dios dividir el mar Rojo como lo hizo, ni liberar a su pueblo. Y nunca hubiera hablado cara a cara con Dios. Solo porque usted no quiera hacer algo no significa que no pueda hacerlo. El crecimiento comienza cuando dejamos la zona de comodidad. Durante cuarenta años Moisés se benefició de todo lo que Egipto tenía para ofrecerle. Sin embargo, solo después que dejó Egipto por primera vez aprendió lo que de verdad era importante. Le tomó otros cuarenta años descubrir y aprender cómo Dios quería usarlo. Tuvo que aprender a ser humilde. Reconozca esto: No puede quedarse y aprender al mismo tiempo. Si quiere crecer necesita salir. La zona de seguridad nos arrebata nuestros grandes momentos y recuerdos. Muchas personas tienen mucho miedo de dejar la vida en Egipto, la tierra de “no es suficiente” (esclavitud). Unas pocas están saliendo de su zona de seguridad para llegar a la tierra de “solo lo suficiente” (el desierto, con sus propias limitaciones). Sin embargo, Dios desea más para cada uno de sus hijos. Quiere que abandonemos el desierto para adentrarnos en la tierra prometida, la tierra de “más que suficiente”. Pero para esto usted tendrá que dejar su zona de seguridad para así recibir las bendiciones de Dios.

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Si Moisés hubiese permanecido en la corte del faraón, nadie lo habría conocido. Él solo sería una momia más en alguna de las pirámides. Pero como prefirió vivir en la zona de fe, aun con todas sus implicaciones, millones de personas en el mundo entero hablan de él. ¿Qué hará usted?

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