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Freud el médico imaginario

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El médico imaginario

Mikkel Borch-Jacobsen

Una de las razones por las que ha sido necesario tanto tiempo para hacerse una idea más precisa de la eficacia de los análisis practicados por Freud es, evidentemente, que no se conocía la identidad real de sus pacientes. Protegido por el secreto médico, Freud podía pues permitirse escribir no importa qué, y sólo de forma muy progresiva la realidad ha salido a la luz, a medida que los historiadores conseguían identificar a las personas que se escondían detrás de los pintorescos nombres de “Elisabeth von R.” , del “Hombre de los lobos” o del “Pequeño Hans”. En la actualidad es cosa hecha (sólo “Miss Lucy R.” sigue desafiando obstinadamente las investigaciones de los historiadores), se empezar a realizar un balance más realista de los resultados terapéuticos obtenidos por Freud. Como se verá, no es muy convincente. Srta. Anna O. – Sabemos ya que Bertha Pappenheim no había sido de ninguna manera curada de sus síntomas histéricos por la “cura de la palabra” de Breuer, contrariamente a las afirmaciones repetidas de Freud. Se comprende, en estas condiciones, que fuera más que escéptica con respecto al psicoanálisis: según el testimonio de Dora Edinger, “Bertha Pappenheim no hablaba nunca de ese periodo de su vida y se oponía con vehemencia a toda sugerencia de tratamiento psicoanalítico para las personas que tenía a su cargo, para gran sorpresa de las personas que trabajaban con ella”. 49 Srta. Emmy von N. – Detrás de este caso de Estudios sobre la histeria se escondía Fanny Moser, una de las mujeres más ricas de Europa. Sufría una completa panoplia de síntomas (tics, insomnios, depresión, alucinaciones) y hacía un gran consumo de médicos (algunos de ellos terminaban en su cama). Freud no era más que uno entre ellos, y su tratamiento no puso de ninguna manera fin a la larga carrera hipocondríaca de su paciente. Algún tiempo después, tuvo que ingresar en la clínica del psicoterapeuta sueco Otto Wetterstrand, que diagnosticó una “histeria” 50. Mucho más tarde, en 1918, su hija mayor escribía a Freud para que le ayudara a colocar a su madre bajo tutela, añadiendo que su tratamiento no había tenido ningún efecto duradero. Respuesta magnánima del doctor: “Le pido igualmente que guarde en la mente que en aquella época, yo no comprendía nada en absoluto del caso de su madre [...]. Fue precisamente con ocasión de este caso que reconocí que el tratamiento hipnótico era un procedimiento insignificante y sin valor y que me vi empujado a crear la más razonable terapia psicoanalítica”.51 Pero, si tal era el caso, ¿por qué no había informado a los lectores de los Estudios sobre la histeria, publicados cinco años después del final del tratamiento de Fanny Moser? Cäcilie M. – De nombre Anna von Lieben, nacida baronesa von Tedesco, esta paciente muy importante (y muy rica) a la que Freud llamaba su “Dueña” (Lehrmeisterin 52) sufría también de múltiples síntomas y excentricidades. Era además morfinómana. Según Peter J. Swales, que fue el
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Edinger, Bertha Pappenheim, Freud's Anna O., Highland Park, III., Congregation Solel, 1968, p. 15. “A supplement to Freud's case history of „Frau Emmy von N.‟”, Studies on Hysteria (1895), Scandinavian Psychoanalytic Review. vol. 2, 1979, n° 5, p. 14. 51 Ibid. 52 J. M. Masson. dir., The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhelm Fliess 1887-1904. Cambridge, London, The Belknap Press of Harvard University Press, I985. p. 229.
50 Andersson,

primero en identificarla públicamente, su tratamiento con Freud, que duró de 1887 hasta 1893, no produjo ninguna mejoría de su estado, al contrario53. Su hija hubo de declarar más tarde a Kurt Eissler, que la entrevistaba para los Archivos Freud, que la familia detestaba cordialmente a Freud (“lo odiamos todos”) y que la propia paciente se interesaba bastante men os por la cura catártica que por las dosis de morfina que el doctor le administraba liberalmente: “Vamos, la única cosa que ella esperaba de él era la morfina”.54 Elisabeth von R. – Su nombre era Ilona Weiss, y había consultado a Freud por dolores crónicos en las piernas que le hacía la marcha difícil. Freud decía que había podido suprimir ese síntoma haciendo admitir a su paciente que alimentaba deseos eróticos reprimidos con respecto a su cuñado. Su relato del caso terminaba con un emocionante final feliz: “En el curso de la primavera de 1894, oí decir que ella iba a acudir a un baile para el que podía yo conseguir invitación y no dejé escapar esta ocasión de ver a mi antigua enferma dejarse arrastrar a una danza rápida”.55 Se comparará con los recuerdos de su hija, recogidos en 1953 por Kurt Eissler para los Archivos Freud (e inmediatamente puestos bajo llave por él en la biblioteca del Congreso en Washington); “Mi madre tenía cuarenta años cuando yo nací y no recuerdo ninguna época en la que no “sufriera” de alguna manera. Se sometió a innumerables tratamientos de todo tipo, tomaba baños en diversas estaciones termales, tenía a menudo dolores agudos, pero sin embargo era muy activa y adoraba caminar. No sé exactamente que enfermedades sufría. Se trataba seguramente de reumatismo y de ciática, quizás

neuritis, etc., que le afectaban sobre todo a las piernas, pero también otras partes del cuerpo. [...] Uno de sus médicos me dijo que la consideraba una hipocondríaca; no sé si los demás compartían esa opinión. [...] es verdad que utilizaba sus enfermedades para llamar la atención; sin embargo, no hay ninguna duda de que sufría mucho”.56 Katharina – Según el encantador relato de Freud, esta joven le había consultado, en un alto en un albergue de montaña, por ataques de angustia en el curso de los cuales a penas podía respirar y veía un rostro espantoso. Al final, Freud consiguió que admitiera que estos síntomas se remitían a un asalto sexual del que había sido víctima por parte de su tío (en realidad su padre, como admitiría en una nota añadida en 1924). La represión de la chica no parece haber sido muy intensa, ya que ella no se resistió de ninguna manera para confiarle este secreto. Después de lo cual el doctor había proseguido su paseo, al término de lo que fue sin duda la terapia más breve de la historia del psicoanálisis. Salvo que no se tratara de una terapia; Aurelia Kronich, la verdadera “Catarina”, no estaba de ninguna manera enferma. Gracias a minuciosas investigaciones biográficas de Peter J. Swales, sabemos ahora que su padre en efecto la había agredido sexualmente y que ella había sido, algunos meses antes, el origen de la separación de sus padres después de haber revelado que éste se acostaba con una prima mayor que ella – lo que sin duda produciría accesos de angustia, con seguridad, a no importa que joven de diecisiete o dieciocho años. Pero eso no parece haberla
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J. Swales, “Freud, his teacher and the birth of psicoanálisis”, en P E. Stepansky, dir., Freud, Appraisals and Reappraisals. Vol. 1, Hillsdale, N.J., The Analytic Press. 1988, p. 54-57. 54 K, R. Eissler, entrevista con Henriette von Motesiczky y su hija Marie-Louise, julio de 1972, S, Freud Collection, serie ZR, Manuscript Division. Library of Congress, Washington, D. C. 55 J. Breuer y S. Freud, Estudios sobre la histeria, trad. fr. Anne Berman, París, P.U.F., 1971 (3 e éd,), p. 127. 56 “Memorandum for the Sigmund Freud Archives”, S. Freud Collection, serie ZR, Manuscript Division, Library of Congress, Washington, D, C. El historiador P. Gay, que cita otro pasaje de este memorandum en su biografía de Freud (según Ilona Weiss, “[Freud] había intentado persuadirme de que estaba enamorada de mi cuñado, pero ese no era el caso”), pasa en silencio por ese párrafo y prefiere repetir la historia del baile. Así se escribe la historia del psicoanálisis.

afectado mucho tiempo. Su hija y su nieta, de las que Swales recogió su testimonio, difícilmente la reconocían en el retrato que Freud daba de ella, ya que “Aurelia no manifestaba ningún síntoma de asma [...] y no sufría ningún trastorno nervioso”57. Es evidente, Aurelia Kronich no tenía estrictamente nada que hacer en un libro sobre la histeria. Los dieciocho casos de seducción – En su conferencia del 21 de abril de 1896 “Sobre la etiología de la histeria”, en la que proponía reducir los síntomas de la histeria a seducciones sexuales precoces, Freud anunció con aplomo: “He podido, en dieciocho casos de histeria, reconocer esta correlación en cada uno de los síntomas y, allí donde las circunstancias lo permitían, confirmarla por el éxito terapéutico”.58 Hecha la verificación, parece que esas famosas “circunstancias” no fueron demasiado favorables, ya que, dos semanas más tarde, Freud confesaba en privado a Fliess que, “entre [los tratamientos] que están en curso, ninguno está terminado”. 59 En el mes de julio, escribía: “intento frenéticamente „terminar‟ con varias personas”.60 En el mes de diciembre: “A día de hoy, ningún caso está terminado”.61 En marzo del año siguiente: “No he terminado todavía ni un solo caso”.62 Y, en su famosa carta del 21 de septiembre de 1897, Freud explicaba a su amigo que la primera de las razones por las que había acabado dudando de su teoría de la seducción era “la decepción continuada en mis esfuerzos para hacer llegar a algún análisis (eine Analyse) a una conclusión verdadera”.63 Está claro que Freud no había tenido ningún “éxito terapéutico” que llevarse a la boca para confirmar su teoría en el momento en que la avanzó a sus colegas. Dora – Se dirá que por lo menos en este caso, Freud reconocido francamente el fracaso de su tratamiento, ya que no nos oculta que su paciente lo interrumpió antes de que consiguiera eliminar sus resistencias. Sí, pero, ¿estaba enferma Dora de lo que fuera? Esta joven, de nombre Ida Bauer, había sido llevada a Freud por su padre para que la “curara” de un comportamiento inoportuno: lo acusaba, de forma “delirante” de librarla a los acosos sexuales de uno de sus amigos, M. Zellenka, a cambio de la complacencia de éste con respecto a la relación que mantenía con su esposa. Freud, hay que hacerle honor, reconoció de hecho lo bien fundado de las acusaciones de la joven Ida. Sin embargo, como subrayó Anthony Stadlen en un artículo corrosivo 64, eso no le impidió catalogarla de “histérica” porque había rechazado el acuerdo familiar y se había asqueado a los trece o catorce años65, cuando M. Zellenka la agredió sexualmente en su almacén. Igualmente, interpretó una apendicitis que Ida había tenido durante su infancia y el hecho de que arrastrara después la pierna derecha como síntomas histéricos, sin considerar un solo instante la hipótesis mucho más plausible, desde un punto de vista médico, de una secuela de una apendicitis pélvica. Independientemente de
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J, Swales, “Freud, Katharina, and the first „Wild analysis‟” (1988), en P. Stepansky, op. cit. p. 112. Freud, “Sur l'éthiologie de l'hystérie”, Oeuvres complètes. Psychanalyse, vol. 3, J. Laplanche, dir., París. P.U.F.,

1989., p. 158. 59 S. Freud, Naissance de la psychanalyse, tr. A. Berman, París, Gallimard, 1969, p. 144. 60 S. Freud. Briefe am Willhelm Fliess 1887-1904. J. M. Masson, dir., Frankfurt am Main, S. Fisther Verlag, 1986. p. 205. 61 Ibid., p. 229 62 Ibid., p. 246 63 S. Freud. Naissance de la psychanalyse, op. cit., 1969, p. 191 (traducción modificada). 64 A. Stadlen, “Was Dora „ill‟”? », en L. Spurling, dir., Sigmund Freud. Critical Assessments, vol. 1, London, Routledge, 1989. p. 196-203. 65 Según los cálculos de Stadlen, es “muy probable” que Ida Bauer, contrariamente a lo que escribe Freud, no tuviera más de trece años en el momento de este episodio, lo que evidentemente convertiría su reacción en algo aun más comprensible (y los acosos pedófilos de M. Zellenka en francamente criminales a los ojos de la ley austriaca de la época); ver Anthony Stadlen, “Just how interesting psychoanalysis really is”. Arc de Cercle. An International Journal of the History of the Mind-Sciences. vol. 1, nº 1, 2003, p. 158, n. 29.

este último punto, uno no puede dejar de pensar en que Ida dio pruebas de una sólida salud mental cuando rechazó la solución que le proponía su médico, que consistía en reconocer que había, durante todo ese tiempo, ¡reprimido sus deseos libidinosos por M. Zellenka! De hecho, Ida Bauer no manifestó ningún signo de neurosis o de inestabilidad psíquica en su vida ulterior. 66 En 1923, Felix Deutsch, el médico personal de Freud, escribía a su mujer Hélène que había encontrado a la “Dora” del Profesor y que “no tenía nada bueno que decir a propósito del análisis”67 – lo que se cuidó mucho de repetir en el artículo que le consagró en 1957, donde escribía por el contrario que había “dado muestras de un gran orgullo por haber sido objeto de un relato de caso famoso en la literatura psiquiátrica”.68 El Pequeño Hans – La historia de la enfermedad y curación”69 del pequeño Herbert Graf no es una más, como la de Aurelia Kronich o la de Ida Bauer. Freud y su padre, Max Graf, derrocharon tesoros de ingeniosidad psicoanalítica para curarlo de lo que Freud llamaba una fobia a los caballos, que se consideraba que provenía del complejo de castración del niño. Herbert, que parece haber tenido considerablemente más sentido común que sus dos terapeutas, atribuía su miedo a los caballos y a los animales grandes a un accidente de ómnibus del que había sido testigo, en el curso del cual dos caballos había caído al suelo sobre su espalda70. Con esta segunda hipótesis, bastante más simple y prosaica, no hay que sorprenderse de que las angustias con respecto a los animales del niño fueran atenuándose espontáneamente después de algún tiempo. ¡Lo sorprendente es que Herbert saliera indemne del espantoso interrogatorio edipiano-policial al que le sometieron su padre y Freud! El hombre de las ratas – Se llamaba Ernst Lanzer y sufría de neurosis obsesiva (o TOC, como diríamos hoy en día). Un año después del final del tratamiento, Freud escribía a Jung que se había encontrado a su antiguo paciente y que “el punto en el que sigue enganchado (padre y transferencia ) se mostró de forma distinta en la conversación”71 (carta a Jung del 17 de octubre de 1909), lo que parece indicar que Lanzer no se había desembarazado de todos sus síntomas. Sin embargo, a partir del testimonio de los padres de Lanzer a los que Anthony Stadlen pudo entrevistar, el consenso en la familia era que el tratamiento de Freud le había más bien ayudado 72. Lanzer al morir al principio de la guerra de 1914-1918, no permitió conocer su el éxito terapéutico parcial habría sido duradero. El hombre de los lobos – En el caso de Sergius Pankejeff, por el contrario, podemos evaluar la eficacia a largo plazo de su dos series de análisis con Freud, y es rigurosamente nula: sesenta años después, Pankejeff seguía siendo un sujeto con pensamientos obsesivos y accesos de depresión
Lisa Appingnanesi y John Forrester, Freud’s Women, Londres, Weidenfeld and Nicolson, 1992, p. 167. Ver igualmente la carta de Kurt Eissler a Anna Freud del 20 de agosto de 1952: “Parece que la información que recibí del primo de Dora hace dos años es correcta y que ella nunca desarrolló síntomas neuróticos o psicóticos después de su tratamiento por Freud”. (Anna Freud Collection, Manuscript Division, library of Congreso, Washington, D.C.) 67 Citado en P. Roazen, Helene Deutch: A psychoanalyst‟s life, Nueva Cork, Meridian, 1986, p. 211. 68 F. Deutsch, “A footnote to Freud's „Fragment of an analysis of a case of hysteria‟”, Psychoanalytic Quarterly, vol. 26, p. 267-269. Según Elsa Foges, una prima de Ida Bauer que Anthony Stadlen entrevistó en 1979 a los 97 años, Ida le había dicho en esa época de su tratamiento con Freud (1900): “Me hace montones de preguntas y quiero terminar”; ver Anthony Stadlen, op. cit. p. 162, n. 61. 69 Son las primeras palabras del relato del caso de S. Freud, “Análisis de la fobia de un niño de cinco años”, Oeuvres complètes. Psychanalyse, vol. 9, París, P.U.F., 1998, p. 5. 70 Cf. H. Eysenck, Decline and Fall of the Freudian Empire. New York, Viking Penguin, 1985, p. 104-113, tr. Déclin et chute de l'empire freudien, op. cit. 71 S. Freud y C. G. Jung. Correspondance I (1906-1909). W. McGuire, dir., tr. R. Fivaz-Silbermann, París, Gallimard, 1975, p. 331). 72 A. Stadlen, “Just how interesting psychoanalysis really is”, op. cit,. p. 162, n. 62.
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profunda, a pesar de un seguimiento analítico casi constante por parte de los discípulos de Freud. Este brillante éxito terapéutico había sido en realidad un fracaso total. Al final de este balance, ¿qué conclusiones podemos sacar? Ni soñar con reprochar a Freud no haber obtenido mejores resultados terapéuticos, ya que sus colegas no lo hubieran hecho mejor. Se puede también, con un poco de caridad, perdonarle haber sacado aquí o allí demasiado rápidamente conclusiones que iban en el sentido de sus deseos. Lo que es inexcusable es la constancia con la que pretendió obtener resultados profundos y duraderos mientras sabía pertinentemente que no tenía nada, incitando a innumerables pacientes a lanzarse a análisis largos y costosos en lugar de inclinarse por terapias menos ambiciosas y quizás más eficaces. Como escribía al pastor Pfister a propósito de una de sus pacientes, Elfriede Hirschfeld, 73 aunque no tuvo “ninguna posibilidad de curarse [...] al menos el psicoanálisis debería aprender de su caso y sacar provecho de ella”74, En una carta a Jung del 17 de diciembre de 1911, era aun más explícito: era el “deber” de Elfriede Hirschfeld “de sacrificarse a la ciencia”. Es este cinismo el que es inexcusable: ¿hubieran afluido los pacientes a Freud y a sus discípulos si hubieran sabido que eran buenos simplemente para hacer de cobayas para las teorías en perpetuo cambio del “Profesor” – teorías de las que el decía precisamente que estaban verificadas por las curaciones que obtenía? Freud, en efecto, no dudaba en invocar sus éxitos terapéuticos para justificar la exactitud de sus interpretaciones y construcciones. En las Lecciones de introducción al psicoanálisis, por ejemplo, explicaba que el paciente sólo curaba si las interpretaciones del analista eran correctas: “La resolución de sus conflictos y la superación de sus resistencias sólo tienen éxito, en efecto, si se le han dado representaciones de escucha susceptibles de concordar en él con la realidad efectiva” 75. Este argumento famoso76 no es solamente débil por sí mismo (nada excluye que la curación sea debida a la sugestión o a un efecto placebo), es también perfectamente engañoso: ¡Freud no estaba de ninguna manera en posición de vanagloriarse de éxitos terapéuticos! Fundando sus teorías en la eficacia terapéutica de su método, las fundaba sobre el aire – y forzosamente debía de saberlo, en “alguna parte”.
esta paciente muy importante, también ella un magistral fracaso terapéutico, ver E Falzeder, “My grandpatient, my chief tormentor: a hitherto unnoticed case of Freud's and the consquences” , Psychoanalytic Quarterly, vol. 63, 1994. p, 297-331. 74 “Carta inédita a Oskar Pfister del 2 de enero de 1912”. S. Freud Collection, Manuscript Division. Library o f Congress, Washington. D. C. ; citado en E. Falzeder, ibid, p. 317. 75 S. Freud, Leçons d’introduction à la psychanalyse, Oeuvres complètes. Psychanalyse, vol. 14, J. Laplanche, dir., París, P.U.F., 2000, p. 469. 76 A. Grünbaum. que le llama el “Argumento de la Concordancia”, de hecho la clave de bóveda de la epistemología freudiana, ver Les Fondements de la psychanalyse. Une critique philosophique, tr. J. C. Dumoncel y E, Pacherie, París, P.U.F. 1996 (1ª ed. angl, 1984), chap, 2, B.
73 Sobre

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