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leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público, así como la exportación o importación de esos ejemplares para su distribución en venta fuera del ámbito de la Comunidad Económica Europea. © Punto Y Seguido. 2011 Depósito legal: MA-548-11 Nº Registro: 201199900849595 Diseño de Portada: Mauricio Ciruelos Óleo Portada: Sonia Reina Segovia Contacto: puntoyseguido_escritores@hotmail.com puntoyseguido.escritores@facebook.com

Sin horizonte, 217 Siete días, 225 Soldado, 233

TRASTERO

Aquellos niños de las ventanas, 79 Sólo queda un enano en el jardín, 91

Gotas de lluvia en la tela de la araña,

PATIO

73

DORMITORIO
Alcoba con vistas al jardín,

COCINA
101 121
Paladar, 49 Mi mano izquierda, 55
Crónica de desajustes,

Se acabó el aire, 113
Los perros están dormidos,

61

BAÑO
Microrrelatos,

129

La adquisición del pensamiento abstracto, 31 Noranoranora123, 37

RECIBIDOR Camino Bravo, 13

CUARTO DE LOS NIÑOS
Cordón umbilical,

SALÓN
Pena de nieve, La mirada,

145 155 159

169 189

La mochila en la silla, Problemas de trenes,

183 203

La Torre de Hércules, Por la espalda, Hermanos,

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«Una historia no es un camino a seguir, es más bien una casa. Uno entra y permanece ahí por un rato, deambulando de un lado a otro, acomodándose donde más le guste, descubriendo cómo se relacionan los pasillos y las habitaciones entre sí, cómo se modifica el mundo exterior al mirarlo a través de esas ventanas.» Alice Munro

RECIBIDOR
Lugar pequeño rodeado de puertas. Un espejo para mirarnos cuando salimos, o para asegurarnos al regresar, de que ya estamos dentro.

CAMINO BRAVO
Isabel Merino González

Ilustración: María Jesús Glez

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Camino Bravo

Ella desvió la mirada al techo. Las aspas del ventilador giraban sobre sus cabezas. Una de las servilletas de papel se cayó al suelo. Él la recogió y la devolvió a la mesa. —Dijiste que te encantan las sorpresas —prosiguió. Ella dijo que sí con la cabeza. Él elevó su copa al aire, bebió un sorbo de vino, se repanchigó en la silla y dijo: —No te arrepentirás, Blanca. Pidieron la cuenta y cuando el camarero la dejó sobre la mesa, él sacó su cartera del bolsillo de la chaqueta y añadió: —Hoy invito yo. Blanca le sonrió. Era la primera vez que no pagaban a medias, eso era una buena señal. Los hombres sólo invitan cuando están interesados en una. Se preguntó si debía mostrar más entusiasmo con la invitación y comentar que la siguiente vez pagaría ella, pero decidió permanecer callada. Observó a una grúa a través del cristal del restaurante. Sólo hacía dos semanas que habían derribado el antiguo Palacio de los Martiánez de Sigüenza y ya iban a construir un edificio. A Rey muerto, Rey puesto, pensó. Si fuera tan fácil en la vida,

—Entonces, ¿qué? —insistió él.

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chasquear los dedos, contratar una grúa, deshacer y rehacer, todo en cuestión de semanas, sin tragedias. Pero no era así. Habían hecho falta más de seis años para que ella volviera a aceptar una cita. Su madre se lo había dejado bien claro. No quería que se hiciera vieja junto a ella. «Búscate un hombre y una vida y vívela, para eso te traje al mundo», le había dicho. Entonces apareció Lolo. Y allí estaban, en su cuarta cita. —Saldremos el viernes temprano, ¿tendrás algún problema en la oficina? Blanca dijo que no. Comentó que le debían unos días y que si avisaba con tiempo a su jefe, no tenía por qué haberlo. —Perfecto. Fueron callados durante todo el trayecto. Él había insistido en llevarla. Todo un detalle. Detuvo el coche frente a la puerta de la casa de Blanca. Ella sabía que su madre estaría espiando entre las cortinas, se desabrochó el cinturón de seguridad y espero que él dijera algo, pero sólo cambió el dial de la radio. Sonaba My way. —Esta es de las buenas —comentó Lolo antes de empezar a tararearla. Se sonrieron y él apagó el motor. —Es una pena —comentó Blanca buscando las llaves dentro de su bolso. —¿No te gusta Sinatra? —Sí, claro, es un clásico. Me refería al Palacio de los Martiánez de Sigüenza. Él dijo «Oh», bajó el volumen de la radio y ella prosiguió hablando sobre el antiguo palacete.

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—Tantos años ahí y ahora lo derriban como si nunca hubiera existido y de un plumazo, pluufff, ya es historia. —Así que te interesa la Historia —dijo inclinándose hacia ella. —Mucho —contestó Blanca— bueno, no mucho, algo. En realidad, sí. Me gusta la Historia. Él cogió un cuaderno de la guantera y anotó algo mientras ella hablaba. —En ese Palacio trabajó mi bisabuela. Ella le contó historias a mi abuela, mi abuela a mi madre y mi madre a mí. Y yo ya no podré contarle historias a mis hijos porque el Palacio ya no estará y… básicamente porque no tengo hijos, claro y no sé si… Me da pena, eso es todo. Dejó las manos quietas sobre la falda, (no había parado de moverlas durante toda la conversación), y preguntó. —¿Qué anotas ahí? No era la primera vez que él lo hacía. En su primera cita sacó aquel cuaderno, lo abrió varias veces y anotó algo en él cada vez. En la segunda, lo hizo una vez que salieron de la cafetería, después de haber mantenido una agradable conversación en la que ella le confesó qué tipo de hombre le gustaba. Él le había pedido que repitiera aquello de «alguien con mucho corazón, agradable, atento y cariñoso», y cuando dijo «fiel como un perrito», también sacó el cuaderno e hizo alguna anotación. Blanca no le había dicho nada porque le parecía descortés preguntar, pero en su cuarta cita, frente a su casa y con su madre tras las cortinas, esperando captar su primer beso de enamorados, le pareció que era el momento adecuado para saber de qué se trataba eso de anotar cosas cuando ella hablaba.

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Él cerró el cuaderno y lo dejó junto al freno de mano. Ella seguía esperando la respuesta, apretando su bolso contra las costillas. —Trabajo —contestó restándole importancia. Apoyó ambas manos en el volante y desvió la mirada hacia la calle. Después miró la hora en su reloj de pulsera. —¿Trabajo? —preguntó ella, incrédula. —Bonita calle —comentó mirando a un lado y a otro, sin quitar las manos del volante. Ella lo observaba. Era un hombre interesante. Le había dicho que tenía cuarenta y dos años y ella le había comentado que no los aparentaba. No era cierto. Se daba un aire a George Clooney. Llevaba el mismo corte de pelo, lucía las mismas canas y sus ojos eran tan tristes como los de un perro pachón. Y aunque a ella no le gustaba George Clooney, sí le gustaba él. La espera había merecido la pena si al final iba a llevarse a un hombre como aquel. —Tiene que ver con nuestra salida del fin de semana, Blanca. No paras de decir cuánto te gustan las sorpresas. Esto —dijo señalando el cuaderno— tiene que ver con ello. ¿Quieres que te lo cuente? —No, no me digas nada. ¡Me encantan las sorpresas! — dijo sonriendo. No se había movido del coche esperando el beso. Su madre le había dicho que lo ideal era no tener el cinturón puesto. Fue lo primero que hizo, quitárselo. Ya no había obstáculos. Habían llegado a la cuarta cita, (la tercera no contaba porque apenas se vieron diez minutos), sin tocarse, lo cual significaba que él la respetaba y eso lo hacía más interesante, y el beso más deseado. No quería parecer impaciente, así que esperó a

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que él se decidiera, a que escogiera el momento adecuado. Ese tampoco lo fue. Carraspeó, emitió un leve suspiro que la hizo subir y bajar los hombros, y apoyó el bolso sobre las rodillas. —Te llamaré mañana para ultimar los detalles. No te vayas a echar atrás, Blanca. Estarás allí el viernes, ¿verdad? Blanca asintió sin salir del coche, abriendo y cerrando la cremallera del bolso. —Será sólo el fin de semana, ¿no? —preguntó intentando alargar la despedida. —Sólo el fin de semana. Saldremos el viernes, sobre las seis y media de la mañana y volveremos el domingo por la noche. El viaje durará unas cinco horas y parte del camino no está asfaltado. Es complicado llegar hasta allí, pero no imposible. Por eso lo llaman Camino Bravo. Cuando llegas al pueblo, todos aplauden y gritan ¡Bravo! Lolo se rió de su propio chiste y luego añadió: —En realidad es un pueblo tranquilo. Se llama San Cobos de Bravocamino. —No lo había oído nunca. —Teruel también existe. —Eso sí lo había oído. —Pues allí mismo. Blanca se bajó del coche. Él la despidió con la mano. Ella se subió al bordillo y lo observó mientras se marchaba. Él giró el volante con una mano, aceleró y se saltó el ceda el paso. Por allí no solía haber mucha circulación y todo el mundo lo hacía, aunque ella esperaba que él no lo hiciera. Miró hacia la casa. Las cortinas del comedor se movieron.

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—Ay, mamá —suspiró. Se encontró la puerta abierta. Empujó. Su madre la esperaba, en bata, con los rulos puestos y una redecilla color turquesa sobre ellos. —No ha habido beso —escupió. —No —dijo Blanca—, pero en el restaurante me miró a los ojos varias veces y… Su madre levantó la mano y le pidió que parara. Le dijo que se ahorrara los detalles. No necesitaba saber más. «Ese hombre es marica», sentenció, y luego dijo «y punto». Se dirigió a la cocina, abrió el mueble de la despensa, sacó una lata de aceitunas deshuesadas y cogió un palillo del palillero. Atravesó una aceituna con él y se la llevó a la boca. —Me ha invitado a pasar el fin de semana fuera. —Ah, eso es otra cosa, es de los que prefieren la cama primero. ¡Es un picarón! —dijo riendo a carcajadas. Pinchó otra aceituna. —Habrás dicho que sí, claro. Blanca asintió con la cabeza. Se apoyó en la pared y se preguntó si había hecho bien en decir que sí. Ella era de las que prefería primero el beso. Tal vez él no fuera el tipo de hombre que le convenía. —¡Nos vamos! —dijo su madre arrancándose la redecilla de la cabeza. Blanca la siguió. Salieron de la cocina, atravesaron el salón y subieron las escaleras. Su madre entró al baño, se quitó los rulos y se cepilló el pelo. Se ahuecó los rizos con un peine de punta fina. —¿Qué haces ahí mirándome? Ve a cambiarte.

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—¿Adónde vamos? —A comprar ropa interior sexy, por supuesto. No pienso dejar que arruines tu fin de semana con braguitas de Mafalda y pijamas de Snoopy. No es serio para una mujer de cuarenta años, Blanca. —A mí me gustan. —Si dejas que Lolo Duarte se te escape, podrás seguir usándolos toda la vida. Su madre había sido clienta de Magdalena Sedán desde que ella podía recordar. Magdalena se había hecho con un nombre en la capital y muchas famosas acudían a sus desfiles de ropa interior que se celebraba cada principio de temporada. Era la Victoria Secret española, eso al menos, decía su madre. Blanca sólo compró un corpiño una vez, tenía veinte años y salía con Esteban, su vecino de toda la vida. Cuando subió de talla no volvió a usarlo. Para entonces Esteban ya estaba casado con aquella colombiana que conoció en su bar y ella salía con Arturo Mejide, el dentista de su madre. La historia duró poco menos de dos meses, lo que tardó en convencerla de que debía ponerse una ortodoncia. Al menos, gracias a aquel corto romance, ahora lucía unos dientes bien alineados. Mali, la hija menor de Magdalena salió a recibirlas cuando su madre preguntó por la Sra. Sedán a una de las dependientas. Disculpó a su madre, que estaba en París, preparando un desfile. —Yo siempre le dije que llegaría lejos —dijo la madre de Blanca.

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Mali sonrió el cumplido y preguntó qué podía hacer por ellas. La madre de Blanca cogió a su hija del brazo y la colocó delante de Mali. —Blanca, mi hija, ¿la recuerdas? Mali dijo que sí. La saludó con dos sonoros besos en las mejillas. No se veían desde la época universitaria, pero Blanca no había cambiado tanto como para no reconocerla. —Necesita algo picantito, de nueva colección. Tiene una cita importante y pasan su primer fin de semana juntos. Tiene que ser algo que invite a tomar una decisión. Algo que no pase desapercibido, ya me entiendes —dijo guiñando un ojo. —Sé lo que están buscando. Síganme. Mali las acompañó al fondo de la tienda y le mostró a blanca una serie de conjuntos, en color negro, en rosa palo, en blanco, y en rojo. Su madre se mostró fascinada. —Si tuviera edad para esto, me casaría por cuarta vez, te lo aseguro. Mali y la madre de Blanca rieron cómplices. Blanca se sintió incómoda mirando toda esa ropa de encaje que no iba con ella. —¿No tienes algo más sencillo? Su madre la fulminó con la mirada, arqueó las cejas, miró a Mali y luego dijo: —No sé a quién ha salido. Mali sugirió un corpiño. Blanca negó con la cabeza. Después le sacó un muestrario de sujetadores Push-up, braguitas hiphugger y tangas, bragas y slips con estampados de fantasía.

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—Elige tú, mamá —dijo finalmente—, tú entiendes más de esto. —Yo ya he elegido toda mi ropa interior, para mis tres maridos. Tienes que ser tú misma, hija. Piensa en tu hombre. ¿Con qué le gustaría encontrarse después de desabrocharte la blusa? Porque llevarás blusa de botones, Blanca, y eso no es negociable. Mali estuvo de acuerdo en que llevar camisa de botones era lo más apropiado. Llegaron a casa con varias bolsas de Magdalena Sedán y Blanca las guardó en el armario sin sacar la lencería. Lolo la llamó el jueves por la tarde para asegurarse de que no faltaría a su cita a la mañana siguiente. Ella dijo que no faltaría. Miró el armario. ¿Sería capaz de ponerse aquello? Se sentiría una puta. Se colocó el teléfono entre el cuello y el hombro y asintió a lo que Lolo le decía mientras se acercaba a su mesita de noche y sacaba sus braguitas de Mafalda. Le sonrió como si la niña fuera de carne y hueso y le hubiese guiñado un ojo. Tenía el trolley abierto en el suelo, junto a la cama. Dobló las braguitas y las metió en un bolsillo lateral. Hizo lo mismo con las de Hello Kitty. Después se dirigió al armario y cogió su pijama de Snoopy. Mientras Lolo le preguntaba cuáles eran sus libros favoritos y ella contestaba que no leía demasiado, lo dobló y lo metió en el trolley. Las bolsas de Magdalena Sedán parecían mirarlas desde el armario con los brazos en jarras. —Está bien, está bien, vosotras os venís también. —¿Cómo dices? —oyó al otro lado del teléfono.

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—Me gustan las revistas del corazón. A los libros no soy muy aficionada, últimamente cada vez que empiezo uno lo dejo a la mitad. ¿Importa eso mucho? —Claro que no —dijo el riendo. Estaba segura de que Lolo estaba apuntando su conversación en ese cuaderno que llevaba siempre con él y que le ponía tan nerviosa. ¿Apuntaría también de qué color era su ropa interior? —Hasta mañana —dijo antes de colgar. El despertador sonó a las 5:30. Cuando se despertó, su madre estaba apoyada en la esquina de la puerta, se había puesto el camisón de Magdalena Sedán que usó el día que murió su último marido, largo, de encaje y color hueso. Se había maquillado los pómulos, los labios y las pestañas, y llevaba una cinta en el pelo. Blanca la miró desde su cama y pensó que estaba como una chota. ¿Para quién se había disfrazado así? —Voy a conocer a mi yerno, ¿quieres que parezca un espantapájaros? A los hombres les gusta vernos siempre divinas. Va a venir a recogerte, ¿Verdad? Blanca dijo que sí antes de entrar al baño. Su madre estiró el cuello y sonrió. La ayudó a bajar el trolley por las escaleras. Lolo esperaba sentado dentro de su coche. Blanca salió a la calle y levantó la mano al verlo. Él la saludó sin salir del coche. Lo vio frotarse las manos. Hacía bastante frío. —¿Es que no piensa acercarse para ayudarte con la maleta? —Es un trolley, mamá, y no pesa tanto.

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—El hombre ha de ser un caballero siempre. Si no lo es en las pequeñas cosas… —Adiós, mamá —dijo Blanca dándole un beso en la mejilla maquillada. Su madre le dijo adiós con la mano y la levantó hacia Lolo, que respondió al saludo cuando salió del coche para ayudar a Blanca con el equipaje. La saludó con un beso en cada mejilla y subieron al coche. Su madre se llevó la mano al corazón, sonrió y cerró la puerta. Lolo condujo en silencio. Blanca le comentó que la autovía quedaba por el otro lado. Él asintió y le dijo que estaba todo controlado. Siguieron hasta el Camino Nuevo y de ahí hacia la Plaza Norte. Lolo aparcó y dijo que ya habían llegado. Una multitud de mujeres aguardaban junto a un autobús de la compañía Martiánez e hijos. Lolo se bajó del coche y saludó con la mano mientras sacaba el trolley de Blanca del maletero. Le pidió que bajara del coche. —¿Adónde vamos? —A San Cobos de Bravocamino. —¿Y todas esas mujeres? —Ellas también. Parecían una manifestación. Podía oírlas reír desde donde estaban. —¿Vamos? Ella lo siguió hasta el autobús. Las mujeres se acercaban a saludarlo y le daban sonoros besos en las mejillas. Lolo sacó una libreta de su mochila y un bolígrafo. Pidió orden y empezó a nombrarlas. Ellas fueron subiendo al autobús después de dejar las maletas en el portaequipajes. Blanca se

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mantuvo aparte, con los brazos cruzados. Estaba segura de que la explicación llegaría en cualquier momento. —¡Blanca Zarco! Blanca dio un respingo al oír su nombre. Él la miró y la invitó a subir al autobús con un gesto. —Pero, ¿qué es esto? —Tu sorpresa —dijo Lolo riendo—, sube y acomódate, mujer. Blanca subió al autobús y se sentó en la tercera fila. Los dos asientos estaban vacíos. Ella se sentó junto a la ventana y dejó el asiento del pasillo para Lolo. El autobús estaba repleto de mujeres de todas las edades. Le pareció reconocer a su vecina, la madre de Esteban, al fondo. Se pegó al cristal para que no la viera. No le apetecía saludar a la que un día pudo haber sido su suegra. De todas formas nunca le cayó del todo bien esa mujer, era como su madre, presumida y metomentodo. Lolo tardó unos minutos aún en subir al autobús. Cogió un micrófono y les dio la bienvenida a todas. Les contó que el trayecto duraba poco más de cinco horas y que la mayor parte del camino viajarían por carreteras secundarias y terciarias, pero que si todo iba bien, no tendrían que bajarse del autobús para empujar. Después de decir esto rió y todas lo siguieron. —Durante el camino os iré pasando unas fotos y unos perfiles concretos que he considerado los más apropiados para cada una de vosotras, según vuestros gustos, intereses y todo cuanto me habéis contado. Nada ha caído en agua de borrajas, puedo asegurarlo.

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—¡Yo te quiero a ti, majísimo! —gritó la madre de Esteban desde el fondo. Todo el autobús rió. Blanca comenzó a sentirse ridícula. El autobús arrancó e inició la marcha. Lolo seguía hablando por el micrófono y Blanca miraba por la ventana haciendo caso omiso a cuanto decía. Lo único que quería oír era qué hacían ellos allí con todas esas mujeres. No, no quería oírlo. Empezaba a comprender, y no lo soportaba. —¡Por un Teruel lleno de gente! —dijo para finalizar el discurso. Blanca lo miró. Él le sonrió y se sentó en el asiento situado detrás del conductor, junto a una chica que no debía tener más de veinte años. La había observado al subir. Llevaba un atuendo demasiado fresco para las fechas que corrían: Unos shorts y una camiseta con un escote en forma de V que le habría encantado a su madre. Por sus facciones parecía ecuatoriana. Pegó la cara al cristal cuando llegaron las lagrimas. Después de todo, no tendría que usar aquella lencería ridícula. Se abrochó el último botón de la blusa y acarició el crucifijo de plata que llevaba colgado del cuello. Su madre le había dicho que una mujer siempre debe llevar el último botón que quiere cerrar, desabrochado, para indicar que desea que el hombre siga desabrochándolos. ¡Menuda estupidez! Pegó la barbilla al pecho para mirar si lo había dejado bien abotonado. «Perfecto», se dijo mientras volvía a mirar a través de la ventana. Habían salido de la autovía tan rápido como habían entrado, para tomar un camino secundario. ¿Dónde comenzaba el Camino Bravo? Obtuvo su respuesta apenas dos horas más tarde, mientras el resto del autobús cantaba la canción del Torito guapo de El Fary. La madre de Esteban se había lanzado a bailar al pasillo. Lolo le pidió por el micrófono que, por favor, volviera a su sitio y se abrochara el cinturón.

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Atravesaron un paisaje de colinas desérticas coronadas con casas blancas solitarias. El camino era áspero y el sol se ocultaba entre las nubes. El autobús comenzó a trotar por el camino de tierra. La lluvia empeoró la cruzada. Lolo se acercó a cada una de ellas y les dio un sobre. Blanca lo dejó en el asiento contiguo al suyo, sin abrir. Tuvieron que bajar del autobús en una de las cuestas. El conductor dijo que no se hacía responsable si volcaban. Lolo le iba dando indicaciones desde fuera. Blanca se tapaba la cabeza con una rebeca. Lo que le faltaba era llegar con el pelo pegado a la cara. Tras media hora de caminata, Lolo les pidió que volvieran a subir al autobús. Una hora más tarde tuvieron que volver a bajar, para volver a subir de nuevo, cuando la carretera se hizo firme. Era mediodía cuando al fin llegaron a San Cobos de Bravocamino. El autobús entró por una calle estrecha, llevándose por delante una señal de tráfico que indicaba que se tuviera cuidado con el ganado. Cuando llegaron a la plaza, una pancarta enorme les daba la bienvenida. Lolo pidió orden una vez más y las hizo bajar una a una. Una legión de hombres repeinados y acicalados se quitaban las boinas para saludar. Blanca bajó la última, con su sobre en la mano. No estaba segura de lo que estaba viendo o de lo que estaba viviendo. Lolo le preguntó si no había abierto aún su sobre. Ella negó con la cabeza. —Vamos mujer, ábrelo. Lo elegí a conciencia. No tendrás ni un pero. Me he esforzado en conocerte bien. Blanca abrió el sobre. Encontró la fotografía de un hombre. Parecía menudo. Era moreno y bien parecido. Llevaba una camisa a cuadros remangada y un chaleco sobre

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ellas. Parecía un pastor del Belén de Navidad. Debajo de la fotografía se enumeraban diversos datos: Antonio Melero Quijano. 47 años. Soltero. Sin hijos. Profesión: Ebanista. Lugar de procedencia: San Cobos de Bravocamino. Situación económica: Buena. Vive: Solo. Animales de compañía: Sí, varios. Intereses: Historia, Revistas especializadas, cine, paseos por el campo. Se considera: fiel, amable, buena persona, simpático, agradable, atento, cariñoso y con mucho corazón. Defectos: Los normales. Virtudes: Las normales también. Busca: Formar una familia en San Cobos. Blanca terminó de leer el perfil completo de Antonio y miró a Lolo a los ojos. —Yo no tengo nada que ver con este señor. No sé quién es. —A eso hemos venido, Blanca, a eso hemos venido. A que conozcáis a los hombres de vuestra vida. —¿Ha sido mi madre? Lolo la agarró de los hombros. —No puedes seguir tan sola, Blanquita, no te lo mereces. Tú te mereces esto —dijo señalando hacia la plaza repleta de parejas que se saludaban tras reconocerse en las fotografías—, esto es la felicidad. Busca a Antonio. Fíjate en sus datos, detrás de la foto, puso tus palabras textuales: «con mucho corazón». Es el tuyo. Créeme. Él podría ser el hombre de tu vida. —¿Y nosotros? Lolo sacó una alianza del bolsillo de su pantalón y se la puso. —No suelo usarla, pero debería cambiar esa costumbre, ¿cierto?

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Blanca bajó la mirada al suelo y luego dijo: —Yo jamás me habría apuntado a una cosa así. —Te vi tan sola en aquel bar que supe que necesitabas esto. Algún día me lo agradecerás. —¿Poniéndole tu nombre a uno de mis hijos? —Por ejemplo, ¿ves? Esa, esa es la actitud, Blanquita. Un hombre alto, delgado, bien repeinado y de ojos grandes se acercó hasta ellos. Llevaba una fotografía de Blanca entre las manos. Ella la reconoció enseguida. Se la hizo Lolo en su tercera cita, aquella que sólo duró diez minutos. —Hola —dijo él. —¿Te gusta Mafalda? —preguntó Blanca.

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LA ADQUISICIÓN DEL PENSAMIENTO ABSTRACTO
Inmaculada
reina

«El sol que brilló sobre mi infancia me libró de todo resentimiento» Albert Camus A mi familia

embargo había hecho mucho calor durante todo el día. En aquella época tomábamos los fenómenos meteorológicos como caprichos de Dios. Él sabría por qué mandaba una granizada en mitad de septiembre o un domingo caluroso en el mes de enero. Pero había hecho calor y esa noche mi madre no nos obligó a tomar el vaso de leche antes de irnos a la cama. Después de que mi padre entrase a remeternos las mantas, aún estuve despierta mucho rato. Pasé revista a la fila de muñecas sobre la estantería de los juguetes. Miraban al frente, con sus iris de plástico y sus pestañas de fibra, sentadas con las piernas rígidas sobresaliendo del estante. Mi hermana dormía boca arriba, con el flequillo sudado sobre la frente y los brazos extendidos por encima del embozo. Aunque era más pequeña que yo, no le tenía miedo a la noche.

La tarde antes el cielo se puso rojo. Era febrero, y sin

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No sé cuanto tiempo llevaba dormida cuando mi padre vino al dormitorio y nos despertó. Nos hizo cogernos de la mano y recorrer descalzas el pasillo hacia la puerta del piso, con las espaldas pegadas a la pared, hasta llegar donde estaban mis dos hermanos. Mientras mi madre con el bebé en brazos y mi padre con las manos llenas de zapatillas avanzaban por el corredor, la casa se movió, y nosotros con ella. Hubo un ruido extraño que parecía salirnos de dentro. Mi padre dejo caer las zapatillas y nos abarcó a todos entre sus brazos y la pared. Cuando una grieta abrió en diagonal el muro en el que nos apoyábamos, nos hizo salir en fila india a la escalera y llamó a la casa de mis tías, al otro lado del rellano. El lema de la familia de mi padre es que los hermanos se ayudan, y cuando hay un terremoto es momento de ayudarse. Por eso íbamos todos cogidos de las manos y nos costaba andar en fila. Por eso mis tías y mi madre prepararon camas para cuatro mayores, cuatro niños y un bebé en una casa donde sólo vivían dos personas. La habitación de mis tías parecía un campamento. Las dos camas unidas para los niños y, en el suelo, una colchoneta de goma espuma con las puntas levantadas y marcas de las cuerdas que la habían mantenido enrollada detrás de la puerta. Mi hermano más pequeño dormía en una cuna que habían improvisado con dos butacas. Desde la cama turca del cuarto de estar llegaba el sonido fuerte de la respiración de mi padre, como el mar a lo lejos. Sólo mi madre, mis tías y yo seguíamos despiertas. Me dejaron tomar una taza de hierbitas de las que preparaban cada noche. Mi tía puso un flexo pequeño sobre la mesa camilla, para no molestar a los que ya dormían. Yo daba vueltas con la cucharilla al líquido verdoso. El filo del dobladillo de la faldeta de la camilla, quemado en algunas

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partes por el brasero, me rascaba en las piernas cuando me movía. —¿No piensas dormir hoy? —me preguntó mi madre. —Anda, trae el despertador de la mesita de noche. Te voy a enseñar la hora. Era un reloj gordo y rojo, con dos orejitas unidas por un asa dorada. La esfera blanca con grandes números negros. La aguja larga parecía una espada y la pequeña una llave antigua. Yo tenía seis años, me sabía los números del uno al cien, también sabía leer desde hacía mucho, pero no lograba entender que las horas, el tiempo, se pudieran adivinar mirando aquella esfera. Mi madre me lo fue explicando. —Cada vez que tú cuentes despacio hasta sesenta, la aguja grande da un pasito y arrastra un poco, tan poco que no lo podemos ver, a la aguja corta. Ha pasado un minuto. Cuando has contado hasta sesenta, sesenta veces, la aguja corta, la de las horas, ha llegado al siguiente número y ha pasado una hora. La aguja de los minutos da una vuelta entera cada hora y la corta, una vuelta durante el día y otra durante la noche. La infusión estaba muy dulce y mi madre me hacía caso sólo a mí. Las agujas del despertador parecían no moverse si las mirabas, pero te entretenías un momento y cambiaban de posición. Nos pusimos a deshacer un jersey verde. Yo iba formando un montón de lana rizada en el suelo mientras contaba en mi cabeza hasta sesenta una y otra vez. La manga del jersey cada vez era más corta y el montón de lana del suelo cada vez más grande. De vez en cuando le preguntaba a mi madre qué hora era. Sin dejar de liar el ovillo muy apretado me contestaba: las tres, las tres y diez, las tres y cuarto... Al final, sólo preguntaba para comprobar si era la hora que yo

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pensaba. Hicimos tres ovillos grandes. Una de mis tías, mi preferida, trajo otros tres de lana amarilla. Yo deseé tener un gato que jugara con aquellas bolas de lana por el pasillo de baldosas blancas y negras de la casa de mis tías. —Te voy a hacer una rebeca de rayas —dijo mi madre. Miré uno por uno a todos mis hermanos, que dormían, y el mundo me pareció perfecto. Mi madre empezó a echar puntos en la aguja. De vez en cuando paraba y con dos dedos rápidos que corrían por encima de los puntos, iba contando los que llevaba y los arrastraba hacia debajo de su brazo. Yo dejé de contar minutos un rato para contar con mi madre los puntos que hacían falta para la patente. En aquel momento me di cuenta de que todo era números, todo se podía contar porque todo estaba hecho de tiempo. Mi rebeca iba a estar hecha de puntos, de vueltas del derecho y del revés, de ovillos que se iban a gastar en cada manga, la espalda y los dos delanteros, de horas y minutos que mi madre iba a tardar en tricotarla. Cuando el sol empezó a entrar por las rendijas de las persianas, llenando de rayitas de luz los visillos, mis hermanos se fueron despertando. Mi padre volvió de nuestra casa, a la que había ido a afeitarse. En la cocina, mi tía calentaba leche en un cacillo para el biberón y los colocaos. Mire el despertador: eran las ocho menos veinte. Recuerdo la hora exacta. Era la primera vez que leía el tiempo sin ayuda. Aquel día no fuimos al colegio. Cuando volvimos a nuestra casa, mi madre nos prohibió acercarnos a la pared de la grieta. En la televisión hablaban todo el tiempo del terremoto. Decían que había sido muy fuerte. Había un aparato, el sismógrafo, que decía donde había empezado el terremoto y de cuantos

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números era. El de esa noche era de siete. Yo pensé que mis hermanos no podían entenderlo, porque no sabían que todas las cosas están hechas de números. Durante muchos días, cada vez que pasaba junto a la grieta de la entrada, pensaba en el terremoto y en todas las palabras que había que saber para hablar de él: sismógrafo, epicentro, réplica... Y pensaba que siete era un número importante para un terremoto. Unos días después, vinieron unos hombres que miraron detenidamente la grieta. Pegaron trocitos de papel fino cruzando por varios puntos la hendidura. Había que vigilarlos para ver si se rompían. Eso querría decir que la grieta progresaba y el edificio corría peligro. Yo pasaba junto a la grieta y contaba los papeles: siete, como el número del terremoto. Parecían tiritas en una herida. Mi madre seguía haciendo mi jersey de rayas amarillas y verdes. Cuando al atardecer soltaba la labor para ir a preparar la cena, yo contaba las vueltas que llevaba. Los papelitos de la pared se rompieron y mis padres se preocuparon mucho. Cada noche, yo les escuchaba desde el dormitorio hablando de buscar otra casa. Un domingo, mis tías ayudaron a mi madre a poner la cómoda delante de la grieta del recibidor y mis padres dejaron de hablar de la casa nueva. En verano, vinieron otros hombres a empapelar la casa, y ya no pudimos ver más si la grieta progresaba; se quedo escondida detrás de las guirnaldas de frutas del papel del pasillo. Ya sólo me acordaba de la grieta progresando cuando no podía dormirme por las noches y mi hermana, que no tenía miedo, me daba la mano; porque los hermanos se ayudan siempre.

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Hasta que nos mudamos, pasaron diez años y muchos terremotos pequeños. Nacieron dos hermanos más en aquella casa. Ya éramos siete, como el número del primer terremoto. El último día, cuando los de la mudanza se llevaron la cómoda, me acerqué a la pared de la grieta y pasé la mano por el papel de guirnaldas de frutas para repasar la herida que recorría el muro. Cada vez que el cielo se pone de color de barro al atardecer, o cuando por las noches me desvelo, recuerdo el día del terremoto y mi rebeca de rayas y el despertador rojo de casa de mis tías. Cuento las horas que faltan para que amanezca, pienso en todos mis hermanos durmiendo en sus casas, y me parece que el mundo está bien.

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NORANORANORA123
Loli Pérez

Ilustración: Marcos Reina Segovia

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Noranoranora123

Delante de la pantalla del ordenador, Pablo espera durante horas a que ella se conecte. La intermitencia naranja y el sonido de inicio de conversación, «¡Hola papito, cuánto te extrañé!», le altera cada molécula de su cuerpo. Nora lleva cuatro días sin conectarse. La última vez que hablaron le propuso que entrara en algún chat y que conociera a otra gente. «Saber que hay alguien al otro lado del planeta tan pendiente de mí, me pone de los nervios» Pablo lo ha intentado, por eso sabe que sólo quiere hablar con ella. Nora, Nora, Nora, ocupa toda su mente, no le deja hacer otra cosa. En la oficina no logra concentrarse, evita ponerse al teléfono, y se equivoca al contabilizar las salidas de almacén. Olvida recoger la ropa de la tintorería, bajar la basura. Cuando ayuda a su hijo con los problemas de matemáticas, se equivoca en el planteamiento y las soluciones, y el niño se queja de que no le escucha, de que no se entera de nada y está impaciente por terminar. Pablo incluso ha olvidado que hoy era el cumpleaños de su mujer. Nora se ha convertido en su razón de vivir. Por la noche se queda despierto hasta tarde, siempre a la espera de algún

Nora, Nora, Nora. Tres meses con ese pensamiento.

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mensaje. Ella ha hecho que vuelva a sentir deseo, alegría, dolor y los malditos celos. No es una adicción como el tabaco, porque los cigarrillos los puede comprar y tirarlos a medias. Siempre está atento a la pantalla, disimula con la página de El País. Minimiza la del MSN cuando su mujer se acerca. «¡Nora! ¿Cómo estás?» Y ella responde que parece su papito, siempre preguntándole cómo está y qué hace. «Ni yo misma sé cómo estoy la mayoría de las veces». Pablo intenta justificarse, «si te pregunto es para saber cómo te sientes, porque no puedo escuchar tu voz, ni verte, y no me manejo muy bien con esto del Messenger, discúlpame, no quería fastidiarte». Pedirle disculpas nunca había fallado. Nora le dice que no pasa nada, que no se preocupe. Que no pasa nada. Nora, Nora, Nora ¿Por qué no me hablas? ¿Qué te ha pasado? Pablo la imagina conectada en otra cuenta, hablando con otros hombres, o peor aún, con algún amante. Y siente un dolor en el pecho, maldito dolor, maldita Nora. Entonces decide que debe olvidarla. No más Nora. Apaga el ordenador y se va a la calle. Camina deprisa, no importa en qué dirección, va siguiendo el rastro de los chicles pegados en la acera: desgastados y sucios, sólo manchas grises. Pero se descubre imaginando lo que va a escribirle cuando se conecte, cuando se ilumine el puntito verde de disponible, y entonces corre de vuelta a casa por si acaso Nora lo intenta. La última vez parecía enfadada. Pablo le había recriminado que llevaba horas esperándola, ella dijo que si no tenía otras jodidas cosas que hacer en ese jodido país. Tenía razón. No tiene otra cosa que hacer que esperarla a ella. No obstante llamó a sus amigos, quedó para ver el partido de la Champion en el bar de siempre. Beber cerveza, contar chistes

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verdes, gritarle a la pantalla. Se aburre. El partido se le hace interminable, y sus amigos pesados, sin gracia y tan viejos... Él sólo quiere hablar con Nora, que Nora le diga: «¡Hola Papito!», y que él le responda: «¡Eyy, preciosa! ¡Cuánto te extrañé!, escucha esta canción de Maná Un cachito de tu corazón es para ti» A mediodía estuvieron almorzando en casa de sus suegros. Nunca le había resultado tan insoportable escuchar las quejas de la vieja. Enumerar las veces que caga al día, si duro o tierno, describiendo al dedillo el color y la forma de las heces. Miró por la ventana, intentando ignorar la egocéntrica demencia de sus suegros. El viejo escupe al frente sin parar y se empeña en sacar los manteles, las fotografías y las cartas que hay dentro de los cajones del mueble. De repente se paró un momento frente a él, lo miró y le preguntó si cuando la guerra estuvo en su mismo regimiento. A Pablo le sudaban las manos, se rascó la cabeza, paseó por el salón como un hámster dentro de la jaula. Su mujer le preguntó qué le pasaba. Él la miró sin responder, sólo quería volver a casa, encender el ordenador y escribir su contraseña: “Noranoranora123” y que como en una invocación apareciera la intermitencia naranja desde la otra parte del mundo y la foto de su Nora. Nora, Nora, Nora, veinticinco años, ojos almendrados y tristes, pelo negro. Negro carbón como los ojos. La boca inmensa. Pablo hasta puede creer que hay Dios, un dios que le deja caer preso en esa trampa, con el corazón acelerado, lleno de su Nora, Nora, Nora, que al fin vuelva y le hable: «Pablo, mira esto». Le cuelgue el link de la canción La tortura de Shakira y Alejandro Sanz, y le diga que ella baila igualita.

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Él miraría y escucharía, con una mano en el pecho y la otra apretándose la bragueta. imaginando sus pechos pequeños, sus pezoncitos tiesos. «Que yo no soy de piedra, preciosa, no me pongas esos videoclips», y Nora reiría: «Papito lindo, sabes que tqm». Entonces olvida las promesas que se ha hecho, y se olvida de olvidarla. Otra vez. Vuelven caminando de casa de sus suegros. Yola, su mujer, va cabizbaja y callada. Pablo imagina que va paseando con Nora, que la lleva cogida por la cintura y ella ríe con su risa de cascada. Van a cenar a un restaurante pequeño, con velas en las mesas y música de violín. Beben vino, toman de postre tarta flameada y Nora ríe entre las llamas. Él le coge la mano bajo la mesa y siente su pierna cerca, rozando su muslo. Después la acompaña al hotel, ese que él ha reservado para Nora. Ella le pide que suba, que se quede un ratito más. Lo mira con ojos de niña traviesa, lo besa sin dejar de mirarlo, sin dejar de sonreír. Ya en casa, Yola le dice que no tarde en venir a la cama, que tiene frío. Y Pablo deja el ordenador encendido, entra en el dormitorio y se tiende junto a su mujer. La abraza con los ojos cerrados imaginando que es su Nora. Debe cuidar que no se le escape el nombre. La acaricia imaginando como será el cuerpo terso de Nora, ¿a qué olerá Nora? Yola le da la espalda, él le besa el cuello, la oreja. Con la yema de los dedos dibuja círculos alrededor de la cintura y va subiendo hasta rodear con ellos los pezones. Nora, Nora, Nora. Intenta que las palabras huyan de su mente, o que suenen a Yola, Yola, Yola. Le acaricia su sexo ya humedecido e instintivamente se lleva los dedos a la nariz pensando si olerá así el sexo de Nora. Yola se da la vuelta, y él le empuja la cabeza hacia abajo imaginando que es

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la cabeza de Nora, la boca de Nora la que le hace la mamada. La penetra como si fuera Nora. Sólo hay sitio para Nora. Pablo le dijo casi toda la verdad desde el primer día: que estaba casado y que tenía dos hijos, el mayor un poco más joven ella. Nora le pidió que le enseñara la foto de su hijo y bromeó diciendo que podría ser su nuera. Ahora se arrepiente. Si empezara de nuevo le mentiría en todo, se haría pasar por su hijo, o por cualquiera. No sólo se quitaría diez años, además le enseñaría una foto de cuando era mucho más joven, nunca la del hombre que es. Se levanta cuando nota que Yola se ha dormido y vuelve a sentarse frente a la pantalla. Él lleva tres meses sin apenas dormir, sin ganas de comer, mendigando unas palabras, haciéndose pajas, sintiéndose culpable por sentir lo que siente. Él sabe que es absurdo, un juego en el que está atrapado y del que no quiere salir. Si ella se lo pidiera, si Nora se lo pidiera lo dejaría todo, no sería un juego. Si le dijera: «¡Ven!». Iría al infierno si ella se lo pidiera. ¿Por qué no te conectas? Pero Nora es tan cambiante. Un día alegre, dicharachera, y otro fría y huidiza. Le da un vuelco el corazón cuando aparece el luminoso verde y disponible de Nora. Le tiemblan las manos al teclear.
<<Pablo dijo a las 2:30: Hola Nora ¿Cómo estás? <<Nora said a las 2:32: Qué onda, papito <<Pablo dijo 2:32:

¿Qué te ha pasado, por qué no te conectabas? Papito, estuve muy ocupada Busco trabajo :P Pero no encuentro y necesito mucho $$$

<<Nora said 2:35:

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Tengo que salir de acá, ya!! Nora, hay tantas cosas que no sé de ti, que no me cuentas… Ay papito, no te me pongas sentimental, que me dan escalofríos… Nora ¿Conoces la canción “Nuestro amor será leyenda” de Alejandro Sanz?? Vale la busco en You Tube papito, y luego te cuento

<<Pablo dijo a las 2:36: <<Nora said 2:39: <<Pablo dijo 2:39: <<Nora said 2:42:
bsssss

Y Nora desaparece. Pero Pablo le copia unas cuantas frases de la letra y se lo envía en un mensaje:
<<Pablo dijo 2:43: «No hay distancia que esté lejos, desde lejos nos queremos en
el fuego, desde lejos nos tenemos en los mares, desde lejos yo te siento amor». Escúchala entera, mi reina, ésta la escribieron para nosotros.

Pablo le ha propuesto a Yola irse unos días fuera, alquilar una casa en mitad del campo, donde no pueda pensar en Nora. Lleva días con un pinchazo en el pecho. Ayer mientras hacía footing pensó que se desmayaba. Desde la noche del cumpleaños de su mujer no sabe nada de Nora, pero continúa encendiendo el ordenador al llegar a casa. Ya tiene pensado lo que le dirá cuando se conecte. Si lo necesita, él va a estar ahí. Le conseguirá un contrato, buscará dinero para su pasaje. Si hace falta pedirá un préstamo. Imagina lo contenta que se pondrá cuando se lo diga, poco a poco para que le preste más atención. Googlea su nombre, mira sus fotos en el facebook, pero no le hace ningún comentario, no quiere que sepa que la espía y lo elimine. Busca en twitter y descubre una conversación insulsa. Rastrea en el Skype, pero no aparece. No quiere que ella note

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su desesperación, pero tampoco puede dejar de pensarla, de quererla cada vez con más fuerza. Una noche despertó en su habitación y no sabía dónde estaba. Pensaba que su mujer no era su mujer. Le costó unos minutos hacerse con la realidad. Encendió un momento la luz de la mesita y miró a Yola que dormía con una respiración entrecortada. Estaba destapada y no llevaba braguitas. Sintió como le subía una erección y la penetró por detrás. Ella no se resistió, pero se quedó envarada y después estuvo seria durante unos días. A Pablo le gustó, nunca había sido tan rudo con ella, ni tan libre. Decidió seguir probando, le excitaba ese sentimiento de desesperación que le hacía ir más allá. De no ser por Nora... hace nueve días que no contesta y eso lo tiene encabronado. En el campo no hay ordenadores. Hacen senderismo, como cuando eran novios. Caminatas por esos parajes llenos de piedras y veredas estrechas flanqueadas por hileras de olivos y retamas. Cuando cae la noche ven salir la primera estrella. Se ha traído las pastillas que le recetó el médico de cabecera. «Pastillas para olvidar» le dijo el farmacéutico con sorna. «Primero tres al día, a ver cómo te van, después ya se verá». Ahora nota menos ansiedad, aunque en su mente no deja de hablar con Nora. Su mujer se acerca al sillón donde él simula leer periódico. Le coge la cara entre las manos y le pregunta: «¿Dónde estás, Pablo? Vuelve conmigo. No sé por cuánto tiempo podré seguir aguantando esta situación». Pablo se suelta, desvía la mirada y le dice que está aquí, que siempre está aquí. Que nunca se va de putas ni de juergas.

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Que se limita a estar en casa con el puto ordenador. «¿Es eso un delito?». Yola no responde, se va al salón y enciende la tele. Pablo sale al porche y se tumba en la hamaca, aspira el aire limpio y mira a lo lejos el sol naranja parpadeando entre los árboles.

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COCINA
Platos en la pila, zumbido de campana extractora, sopa con cuchara, imanes en la nevera. Guisos de carne y nostalgia en cacerolas de un solo uso.

PALADAR
Pedro Rojano

Ilustración: María Jesús Campos

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Paladar

y olvidada por los libros de historia, no era capaz de distinguir el sabor de los alimentos. Su padre, había ordenado que le dieran a probar de los más deliciosos manjares conocidos desde Europa hasta Asia, desde el Polo Norte a la Antártida, pero sin éxito. Por ello, publicó un edicto por el que ofrecía cien piezas de oro a aquel que lograra estimular el gusto de la infanta. Multitud de comerciantes y cocineros llegados de todo el mundo, ávidos de la suculenta recompensa, probaron con las recetas y manjares más exquisitos de sus lugares de origen. Cada medio día se preparaba una suntuosa mesa en el salón de las estrellas, llamado así por los miles de diminutos espejos que tachonaban el techo y las paredes. La infanta Ingeborg, acompañada de un séquito de damas remilgadas, se llevaba el primer bocado a su rolliza boca y fruncía el entrecejo mientras rumiaba con apatía. Tras unos segundos de expectación, arqueaba la comisura del labio y emitía un chasquido antes de decir: «No sabe a nada». Después continuaba comiendo, pues aunque no distinguiese el sabor, tenía un hambre depredadora. Por este motivo Ingeborg Stenkilsson era, con toda probabilidad, la joven más gorda de Escandinavia.

Ingeborg Stenkilsson, quinta hija del Rey Inge I de Suecia

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Una tarde de invierno llegó a palacio un cocinero con aspecto de granjero, aunque para algunos cortesanos próximos a la nobleza, no era más que un granjero disfrazado de cocinero. Montaba un escuálido jamelgo, que tiraba de un carromato que se trastabillaba con los socavones del camino. Se presentó como el cocinero de Dunwich, un pueblo que no aparecía en los mapas de los geógrafos del reino. Increpado por los guardianes de la puerta norte, les advirtió con soberbia que portaba en su ajado zurrón de cuero sabrosísimos bombones para la infanta. Los guardianes le abrieron paso sorprendidos por la altanería de aquel desgraciado. Un sirviente real lo acompañó personalmente hasta las cocinas de palacio. Cuando vertieron el contenido del zurrón sobre un delicado plato de cantos dorados, se apelotonaron en el centro unas ridículas bolas abombadas que chocaban unas con otras como si estuviesen imantadas. Por tamaño y forma parecían huesos de aceituna, pero el color marrón avellanado y el brillo aceitoso que las cubría descartaban esa idea. «Si no fuera porque es el plato a probar por la princesa, —pensó el cocinero real —juraría que esto es caca de cabra». Se dispuso el almuerzo en el salón de las estrellas. La aristocracia en pleno asistió displicente ante este nuevo intento. La princesa acercó la primera de aquellas bolas a sus labios, asiéndola entre el dedo pulgar y el índice en un gesto natural y gracioso, y la introdujo en su boca con el fin de agradar a aquel humilde viajero que había caminado desde tan remoto lugar. Sus abultaditos y rollizos mofletes removieron aquella cosa en su interior durante unos expectantes segundos. Después alzó la barbilla y exageró el gesto de engullir. «No sabe a nada», dijo finalmente, y todos los que allí estaban emitieron un suspiro redondo y desinflado.

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La infanta, ajena a la desilusión de todos, continuó comiendo cada una de aquellas bolitas hasta dejar el plato vació. Después siguió con un faisán al horno en salsa tártara, probó el salmón macerado en aceites aromáticos y finalizó con una crema de arándanos y nata montada. Cuando despidieron al labrador disfrazado de cocinero, o como se atrevieron a calificar algunos aristócratas de poca enjundia, al cocinero con destino de labrador, muchos creyeron ver en su rostro una expresión de puro asombro. Y era cierto, pues durante el resto de sus días nunca se cansó de relatar, ante una asombrada plebe, haber sido testigo de que la realeza es capaz de probar la mierda cuando se le ofrece sobre porcelana. Sin preverlo, nacía en su interior un sentimiento monárquico que lo acompañaría hasta su muerte, un perpetuo acicate durante toda su sacrificada vida de labrador. La princesa, por otra parte, se encontró indispuesta a media tarde. Devolvió todo lo que había comido, y para su atragantada sorpresa, reconoció un amargo y ácido sabor en su propio vómito. Fue tal la excitación por tan valioso hallazgo, que aplaudió sin parar toda la tarde y la madrugada. A partir de entonces, Ingeborg Stenkilsson, quinta hija del Rey Inge I de Suecia, encontró siempre un buen motivo para vomitar, aprovechando todos y cada uno de los trucos conocidos. Los cortesanos, sirvientes y súbditos del reino jamás participaron de tal felicidad y nunca compartieron tan nauseabunda costumbre, pero en el lecho de muerte de la princesa Ingeborg, cuando su cuerpo anoréxico apenas hollaba las sábanas, sonrió de forma tan natural, que todos aquellos se dieron por satisfechos.

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Instantes previos a su muerte, gesticuló con sus manos a los presentes en la habitación abovedada para que se acercaran, y cuando su cama, como si fuera un improvisado dosel, se rodeó de cabezas, abrió la boca y emitió un sonoro eructo de despedida.

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MI MANO IZQUIERDA
Andrea Vinci

significa, y esto me inquieta, porque estoy buscando trabajo y estoy segura de que de su significado depende mi suerte. Con la mano derecha doy el dinero y también lo recibo, así que no sé muy bien si cuando me pica la mano izquierda es Suerte o es Desgracia, si el dinero Vendrá o se Irá. Como yo soy diestra, extiendo la derecha para dar y recibir y la izquierda no sé muy bien en qué momento la uso y cuando me pica esa mano, me entra una horrible incertidumbre, cosa que no me sucede cuando me pica el oído izquierdo. En ese caso ya sé que están hablando mal de mí. Hasta puedo imaginarme quién es, aunque la mayoría de las veces lo que me pica es el oído derecho. La mano izquierda, no es que sea una mano muerta, porque a veces tiene sus usos, pero nunca será como el oído izquierdo, el pie izquierdo o el ojo izquierdo, que acompañan al derecho y casi no pueden vivir el uno sin el otro. Aunque, pensándolo bien, todo tiene sus límites, porque si apoyo mi cabeza en la pared medianera de la vecina con mi oído derecho, sólo ese trabaja y su uso y su significado son más que claros, porque la vecina, a la hora de la siesta, invita al carnicero, al florista o al fontanero y, curiosamente, parece

Cuando me pica la mano izquierda no sé lo que

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que mi oído derecho es más fino que mi oído izquierdo, por lo menos para esto. De la misma manera, cuando era pequeña y saltaba a la rayuela, era mi pie derecho el que saltaba, porque el izquierdo es un pie frágil, que tiende a torcerse por cualquier contratiempo, aunque ese pie igual saltaba a la comba y corría y caminaba, siempre a dúo y, toco madera, sigue caminando, aunque sea hasta el mercado dos veces por semana y a la casa de Puri y a la clase de punto de cruz y los domingos que bajamos al chiringuito. Porque mis pies, últimamente, es de lo poco que hacen. Y si me pican, da igual que sea el derecho o el izquierdo, porque sólo me pican y punto, y el único problema es la incomodidad para rascarme, porque que yo sepa, el que piquen los pies no significa nada. Lo que sé es que todo mi lado derecho es más gordo que mi lado izquierdo, como si los músculos, hasta los más inservibles, se hubieran inflado más sólo por escuchar, saltar o saludar. Por eso le tengo más afecto a mi lado izquierdo, porque es más elegante y estilizado. Es mi mejor perfil, aunque sea mi lado más inútil. Observo el uso de mi mano izquierda que no puede escribir, pero sí rascarme una rodilla, no puede sacar una foto, pero sí hurgarme en la nariz, no puede enhebrar una aguja, pero sí taparme el sol que me ciega, no puede cortar jamón, pero sí lucir los mejores anillos, por ser mi mano flaca, mi mano modelo. En esta observación trato de encontrar su significado, o mejor dicho, el significado de que me pique. He probado jugar a la Bonoloto, a la Once y a la Primitiva en el preciso momento en que me pica la palma de esa mano, porque, como dije antes, estoy buscando trabajo y el dinero da igual de donde venga. Corro, digamos, camino rápido hasta la administración de Lotería con la mano rígida y el dinero en el

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bolsillo izquierdo del delantal y mientras cruzo la calle le rezo a San Expedito y doy el dinero con la izquierda, que es la que me pica. Pero da igual que juegue con picor de la izquierda o de la derecha. Lo máximo que agarro es el reintegro. Le digo a Juan que me quiera menos, y el gordo se ríe y me pellizca los mofletes y el izquierdo me duele más que el derecho porque es más flaco y tiene más hueso y me dice ¡Ay mi Yoli, mi Yoli!, si te quiero menos, ¿qué te queda, mujer?, y yo me quedo pensando, porque después de todo, el amor está muy bien, pero a esta edad que podría ser abuela, que Juan me quiera más o menos no me sirve demasiado, pero Que la suerte te acompañe, ¡eso sí que sería bueno! Porque cuando me pica el oído izquierdo me da igual que hablen mal de mí, porque aquí la gente se entretiene hablando, y yo también me entretengo con eso. Pero la mano es otra cosa, y no sé qué es. Y no es que sea testaruda, porque los cáncer no somos como los tauro, pero estoy segura de que algo importante es. Al final consulté a una quiromántica. Me dijo, lo copié mientras hablaba: La mano derecha es creativa, sus líneas cambian, desafían al destino, rompen todo lo que está escrito en la mano izquierda, que es la que representa al pasado. —Entonces está ahí, igual, idéntica al día en que nací —le dije—, sólo que más grande. Me quedé mirándola con tristeza. Fue una gran desilusión. Se lo pregunté tres veces. —Y cuando me pica, ¿no significa nada? Pero ella seguía con el Monte de Venus y la Línea de la Vida, el Monte de Saturno y la Línea del Corazón. —¿Y no dice en la izquierda nada de la suerte? —La que se lee es ésta, la derecha.

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—¿Pero no me dijo que la que viene conmigo, igualita, desde siempre, es la izquierda? No sé por qué resopló, con lo que le pagué. Ella misma lo dijo: La izquierda revela lo que está preparado para nosotros en el momento de nacer. A mí, que me hablara de que tengo dos hijos, como si no lo supiera, que tendré una vida larga y que mi marido me quiere mucho, me daba igual. Lo que no sé es cuál de las dos se cansó primero, porque no había caso que me dijera si ganaría o no el Gordo de la Primitiva, así que al final le conté, como de pasada, que estoy buscando trabajo, aunque buscar, lo que se dice buscar, no lo hago mucho, pero a ella de esto ni pío, y que las inmigrantes cobran menos y que por eso no consigo. Se me fue un poquito la lengua me parece, porque esta mujer de aquí no es, estoy segura. Al final le dije la verdad, que llevo varios días con la mano pica que te pica, y esto no es normal. Que voy a ver trabajos, pero que no me llaman para trabajar. Como me pica, y me llaman para las entrevistas, creo que es Suerte, pero después no me eligen, entonces es Mala suerte, porque nadie me contrata. Pero ella no es Adivina. Dice que sólo lee las manos. Coge las dos y sigue buscando. Vuelve a la derecha con una lupa. Y mientras ella mira concentrada, yo saco mis conclusiones. —La mano izquierda es ambigua —le digo. Ella levanta los ojos, apenas, y vuelve a la mano a través de una lupa. —Vacilante —agrego. Esta vez, ni levanta la vista.

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—Yo hubiera jurado que traía suerte —susurré, como al pasar, mientras miraba un póster gigante lleno de manitas. Esta vez sí que me miró. Me cogió de las muñecas y se acercó para decirme en voz baja y firme, casi nariz contra nariz. —Hay manos izquierdas que levantaron murallas, que manos derechas derribaron. Yo no entendí nada de lo que me dijo. Lo único que sé es que salí de ahí y sigo estando en medio de mi mano izquierda y mi mano derecha, sin conocer el significado, y también sé que si no me pica otra cosa, o canta un grillo, o piso mierda, tendré que volver a trabajar.

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CRÓNICA DE DESAJUSTES
M ig u e l N ú ñ e z B a l l e s t e r o s

Ilustración: Carmen Bautista Pérez

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Crónica de desajustes

dejado varios recortes de planos y una lista de empresas que debía visitar. Leyó en alguna parte que para buscar trabajo era conveniente hacerse con un plano de la ciudad y dividirlo en pequeñas zonas que pudieran recorrerse andando. También me dejó una nota para que fuera a recogerle las gafas. Yo había previsto salir a primera hora a repartir unos currículos, pero me levanté tarde. Después de mi último empleo, Cari, mi mujer, decidió ponerse a trabajar. Ella quería un niño, pero se agobió con los pagos de la casa, de los muebles, de las letras del coche. Yo tenía algunos planes para el futuro, quería montar mi propio negocio, traspasar un bar, un video club o una tienda de informática. Se me dan bien los negocios donde hay trato con la gente. Le dije: Cari, no te preocupes, ya verás como al final todo se arregla. Pero ella ya lo tenía decidido. Me preparé un café y fumé un par de cigarrillos. En la tele daban un concurso con actores disfrazados de personajes famosos y los concursantes tenían que averiguar de qué personaje se trataba. En un momento cortaron para anunciar que el paro ya superaba los tres millones. Aproveché y metí las sábanas en la lavadora. Es curioso el montón de cosas que

Estuve todo el día sin hacer nada. Mi mujer me había

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suceden a nuestro alrededor sin que nos demos cuenta. La misma lavadora, por ejemplo, aprietas el botón y todo se pone en marcha: el bombo gira, el agua muy despacio va empapando la ropa y la espuma crece hasta ocultarla por completo. Sólo apretar un botón y todo parece que funciona. El perro de los vecinos de la planta baja comenzó a ladrar en el patio. Me asomé a la ventana del lavadero. Empinado sobre las patas traseras arañaba la puerta de la cocina, parecía enfadado. Al cabo de un rato apareció la vecina con un minúsculo camisón de seda. Es una joven cubana o puertorriqueña, que siempre lleva tacones y vaqueros ajustados. Le acarició la frente, se agachó a ponerle un plato con comida y le resbaló un pezón por el borde de la tela. Un pezón grande y oscuro, completamente tieso. Fue en lo primero que me fijé cuando me la crucé en el portal el día que nos mudamos. No llevaba sujetador y los pezones se le pegaban a la blusa como si fueran a agujerearla. Yo iba cargado de bolsas pero le di los buenos días con una sonrisa. Ella ni me miró. También había un hombre en la cocina. Desde arriba no conseguía ver su cara, pero llevaba uno de esos uniformes fosforescentes que usan los empleados de la limpieza. Se inclinó por detrás, la tomó por la cintura y la atrajo hacia la penumbra. Ella cerró la puerta. Yo conozco a su marido. Tiene un taller de relojes unas calles más abajo, cerca del Mercadona. Fui al dormitorio y busqué su tarjeta. No es que sea un cotilla, a mí esas cosas me traen sin cuidado, pero me deje llevar, la hijaputa me había puesto cachondo. En cuanto descolgó mi vecino le solté: Buenos días, en estos momentos su mujer se está follando al barrendero.

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Desde mi dormitorio se puede ver la entrada al portal. Subí las persianas y me senté a esperar acontecimientos. Aquello era más divertido que la tele. El barrendero salió a la media hora, yo continué esperando, pero no apareció nadie. A veces mi mujer se niega a follar conmigo. Me dice que la deje, que está cansada y tiene que madrugar. Yo la dejo, pero otras veces, la mayoría, no la dejo. Me quito la ropa, me planto encima de la cama y comienzo a masturbarme y a gemir delante de ella. Cuando ya estoy a punto le digo: ¿Es que me vas a dejar así? Al final siempre cae. Estuve un rato hojeando mi currículo. Me di cuenta que debía incluir mis dos últimos empleos y un curso de inglés por correspondencia. Tampoco tenía fotos. Busqué en los cajones de la cómoda donde Cari guarda sus papeles, pero sólo encontré resguardos del cajero automático y varios sobres del banco sin abrir. Cuando terminé de cambiar el currículo debía de ser la hora del almuerzo. Tenía hambre. En la tele había un par de cocineros explicando la forma de cortar el lenguado sin dejar espinas en la carne. Yo saqué de la nevera la tortilla que sobró de la noche anterior y abrí un bote de tomate y otro de pepinillos. Los vecinos estaban en el patio. Los niños lanzaban al perro pequeños trozos de pan y la vecina entraba y salía cargada de platos. El relojero, de pie, repartía la comida de una fuente, parecían macarrones. Sin venir a cuento se volvió y, como si se le hubiera activado un resorte, levantó los ojos hacía donde yo estaba. Por suerte conseguí apartarme. Después de comer me quedé dormido en el sofá. Soñé con la vecina: yo le arrancaba la blusa y ella se cubría con las

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manos. No tenía tetas, sólo un pezón oscuro en el centro del pecho. Cari llamó para decir que había mucho trabajo atrasado y llegaría tarde, que no la esperara para cenar. Me preguntó si había recogido sus gafas y yo le expliqué que estuve toda la mañana tratando de actualizar el currículo. Tenía pensado salir esa tarde a recogerlas y de paso hacerme unas fotos. No trabajes mucho, le dije. Encendí un cigarrillo. Pensé tender las sábanas, pero al momento lo pensé mejor y decidí prepararme un cubata. Cari siempre me protesta por lo mal que tiendo la ropa. En el patio los niños jugaban a chutarse una pelota de trapo, el perro corría de un lado a otro intentando atraparla y del interior de la casa salía la voz de la vecina cantando esa bobada de Tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte... que en ese momento, no sé porqué, me pareció una canción simpática. Fui al baño, abrí el grifo del agua caliente y me metí en la bañera. Es agradable tumbarse en la bañera y sentir el agua cubriéndote, el vapor disolviendo los contornos. La espuma, sin dejar de crecer, te oculta por completo hasta hacerte desaparecer ante tus propios ojos. Me comí un par de sándwiches frente al televisor. Daban un programa de fenómenos paranormales, casas encantadas y cosas así. Estaba interesante, pero me apetecía estirar las piernas. Algunas noches mi mujer se queda trabajando hasta tarde, yo me propongo esperarla, aunque casi siempre me duermo. A veces salgo a tomarme una copa en Los Locos. No va mucha gente de diario, pero cuando hay partido se llena. Al final de la barra estaba el relojero. Hemos charlado algunas veces, sobre todo de fútbol. Él es forofo del Atlético. Yo sigo los resúmenes de la liga, pero me da igual quien gane. Me quedé cerca de la entrada y pedí un cubata. Supuse que no me había

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visto. Él miraba la colección de botellas raras de la estantería y cada vez que bebía un sorbo levantaba su copa para comprobar el resto. Me di cuenta de que no llevaba reloj. Es raro en un relojero, pensé. Cuando pasó cerca de mí, camino de la puerta, pareció acordarse de algo. Se volvió al camarero y dijo: Juani, lo mío y lo del vecino me lo apuntas en la cuenta. Me giré y le di las gracias. Él respondió: No es nada, buenas noches. Cuando llegué a casa me puse el pijama y las zapatillas. Estaba recogiendo la bandeja en el salón cuando apareció mi mujer. Parecía agotada. Dijo hola, se acercó a besarme y me preguntó por las gafas. Yo contesté que no había salido, sin dar muchas explicaciones. Me llamó la atención su olor. ¿Has fumado?, pregunté. Ella se quedó cortada, como si la hubiera descubierto en una travesura y no supiera qué responder. Sonreí. Si no me importa, le dije. Ella también sonrió, pero sin ganas. Me aclaró que después de terminar fueron a tomar una copa. ¿Quienes?, volví a preguntar. No es que me importe, se lo pregunté por preguntar, sin mala intención, pero ella se lo tomó como una ofensa, como si tratara de controlarla. El caso es que me miró con rabia, como si quisiera abofetearme. Dijo: Voy a darme una ducha. Me extrañó que se enfadara por eso. Yo fumo y también voy a tomar copas con quien me apetece y no me ofendo cuando ella intenta controlarlo. Llevé la bandeja a la cocina. Estuve a punto de estrellarla contra la encimera por no encender la luz. Saqué de la nevera un paquete de leche y salí al lavadero bebiendo del cartón. Los vecinos estaban en el dormitorio. A través de las persianas podía ver a la mujer sobre la cama con un camisón que parecía de seda. El relojero, todavía vestido, se revolvía a

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su lado metiéndole mano por todas partes con impaciencia, como si buscara algo y nada de lo que hallaba lo dejara del todo satisfecho. Ella se había colocado las manos detrás de la cabeza, en un momento las sacó y esparció sus cabellos sobre la almohada. Aunque no podía verlo, era fácil imaginar sus pezones bajo le tela del camisón, el tacto en la mano experta del relojero palpándolos una y otra vez. Un tipo así, con un negocio propio, puede permitirse el lujo de que su mujer le ponga los cuernos, mandarla a freír espárragos o quedarse con ella hasta que le apetezca. Entré a oscuras en el dormitorio. La habitación olía a los potingues que suele ponerse Cari cada vez que se acuesta, pero no me importó, estaba cachondo. Me desnudé y me tendí de costado junto a ella. Le cogí la mano y me la coloqué en la polla. Ella no la retiró, se giró hacia mí y se la hundió entre las piernas. Me sorprendió su disposición, pero en esos momentos no estaba para hacer muchas indagaciones. Busqué sus pezones bajo el pijama. Ella tiene los pezones pálidos y pequeños, como dos botones aplastados en el borde de las tetas, pero con la luz apagada podía imaginarlos enormes y oscuros, clavándose en las palmas de mis manos. Cuando acabamos me besó en la mejilla. Mañana no te olvides de recogerme las gafas, me dijo. Yo me puse boca arriba y cerré los ojos. Sería estupendo no depender de nadie, pensé. Ser dueño de tu propio negocio. Esta mañana Cari me despertó antes de irse, pero no se quedó a desayunar. Yo me levanté de buen humor. Tenía en la mesa la carpeta con los currículos, el bolígrafo, los planos y la lista de empresas que iba a visitar con sus direcciones y teléfonos. Mientras me tomaba el café veía al perro de los

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vecinos dentro de la caseta. Husmeaba el plato repleto de comida sin hacerle el menor caso. La puerta de la cocina estaba cerrada. Acabé el café y volví al dormitorio para vestirme. Desde allí oí el grito. Un alarido de mujer que retumbó en las paredes del patio. Corrí al lavadero. El perro había comenzado a ladrar y arañaba con las patas la puerta de la cocina. No se oyó nada más. El relojero abrió una rendija y dejó pasar al perro. Antes de cerrar, sacó la cabeza y echó un vistazo a las ventanas del patio. Esta vez me pilló desprevenido, pero pude reaccionar: sonreí levantando la barbilla. Él no sonrió. Me aparté al momento. Fuera lo que fuese que hubiera ocurrido, no era asunto mío. Cogí la carpeta con los currículos y salí. Si quiero ser mi propio jefe tengo que empezar cuanto antes a tomar decisiones. En el descansillo, mientras esperaba el ascensor, anoté en la esquina de uno de los planos: Primero recoger las gafas de Cari.

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PATIO
Desagües atascados, trapos tendidos en el alambre, el sol en las
macetas de geranios. La calle sin salir de casa.

GOTAS DE LLUVIA EN LA TELA DE LA ARAÑA
Mauricio Ciruelos

Ilustración: Remi Alcántara

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Gotas de lluvia en la tela de la araña

repicar aleatorio de la lluvia sobre el tejado de uralita. De rodillas, sobre una silla de enea frente a la ventana, observa a su abuela en el patio, una anciana con acento extranjero, dientes de oro y cabellos alborotados, que ignorando los oscuros nubarrones y la llovizna, cuelga la ropa en el tendedero. La niña tiene los ojos verdes de una madre a la que no recuerda, ni siquiera cuando los cierra, apretando los párpados con fuerza, intentando evocar alguna imagen del pasado. Empaña el cristal con su aliento y dibuja con el dedo en el vaho. Un triángulo y tres puntitos alineados en el interior forman el cuerpo de una muñeca. Sobre el vértice superior dibuja un círculo al que añade ojos, una sonrisa y pelo rizado con unas líneas onduladas. Termina el dibujo con unos trazos que representan unos brazos acabados en unos dedos largos y unas piernas con diminutos pies. Lo examina desde los distintos ángulos que le permiten los movimientos de su cabeza, y cierra los ojos. Cuando los abre busca a su alrededor sin demasiado entusiasmo. Juega a poner cara de pena en su reflejo y tamborilear con los dedos su labio inferior, hasta que se cansa, acerca la boca abierta a la ventana y vuelve a empañar

La niña inventa una canción y la tararea al ritmo del

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el cristal con su aliento. Dibuja una bicicleta de ruedas deformadas, y aunque que no termina de gustarle, vuelve a cerrar los ojos y espera unos segundos antes de abrirlos. Pega la frente al cristal y busca en el exterior. Aburrida, se queda con la cara pegada a la ventana. En el patio, dos lavadoras colocadas una junto a la otra lagrimean regueros de óxido por sus carcasas blancas. Su abuela, agachada junto a una de ellas, llena una palangana con ropa recién lavada. Con la palangana bajo el brazo vuelve al tendedero, un entramado de cordeles y alambres que desde una enmohecida farola en mitad del patio, se extienden de forma radial en todas direcciones. Unos llegan hasta las ramas de un olivo que cada día parece estar más cerca del patio y más lejos del olivar. Otros llegan hasta cada una de las alcayatas repartidas por la desconchada pared de la casa, donde una vez colgaron macetas de geranios y claveles. Otros están atados a los somieres metálicos que forman un corral, donde media docena de gallinas se refugia de la lluvia apelotonadas bajo un pedazo de lona azul. Las últimas cuerdas se extienden hasta los hierros de un desguazado vagón de tranvía, que lleva años agonizando sobre la tumba de un elefante que murió de cansancio. La abuela coge la ropa de la palangana con sus dedos largos y con la eficacia de la araña va tejiendo su tela de trapos. Una a una sujeta cada prenda con las pinzas que guarda en el bolsillo de su delantal, sin importarle la lluvia que salpica de minúsculas gotas su rostro. La niña borra la bicicleta con la manga de su abrigo, empaña el cristal y dibuja una espiral que se convierte en un caracol. Tararea la misma canción inventada mientras mantiene los ojos cerrados y al abrirlos lo borra con su aliento. Dibuja

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una flor de grandes pétalos y dos hojas en el tallo. Observa las gotas deslizarse tras el cristal antes de volver a cerrar los ojos. Cuando los abre juega a tamborilear con los dedos sobre sus mofletes hinchados. Dibuja un paraguas y sonríe sin saber muy bien porqué. Cierra los ojos y aprieta los párpados con todas sus fuerzas antes de volver a abrirlos. Apoya la frente en la ventana y sus ojos se adormecen con el hipnótico balanceo de la ropa tendida, las sabanas, las camisas, los vestidos, hasta que un paraguas rojo aparece por detrás del tranvía y rueda por el patio hasta quedar atrapado en la maraña de cordeles y ropa del tendedero. La niña baja de la silla y sale descalza al patio. Corre hacia el paraguas y se resguarda de la lluvia bajo él. Juega a chapotear en los charcos sin soltar el paraguas y su abuela la observa sin dejar de tender los trapos. La niña resbala y cae de culo en uno de los charcos, y la farola, cuyo encendido o apagado parece obedecer a las leyes del azar, se ilumina. Su abuela sonríe con sus dientes de oro. Sentada en el escalón de la entrada de la casa, la niña hace girar el paraguas sobre su cabeza mientras su abuela cuelga las últimas prendas. Entran en la casa cogidas de la mano y empapadas de lluvia, dejando sus huellas húmedas en el suelo. La abuela se acerca a la ventana y empaña el cristal con su aliento. Con su dedo alargado y huesudo dibuja un sol en el vaho. Coge a la niña en brazos, y esta le dibuja al sol unos ojos y una boca sonriente. Se miran y se sonríen. La abuela la besa en la frente, la deja en el suelo y le quita el abrigo. Cierra el paraguas cuando los primeros rayos de sol comienzan a filtrarse por la ventana.

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AQUELLOS NIÑOS DE LAS VENTANAS
Isabel Merino González

sentada en una silla de enea delante de la puerta del Hostal, junto a la carretera de la costa. Ya no pasan muchos coches por allí, ahora van por la nueva autovía. El Rapsodia se cae a pedazos, pienso. Lloro al abrazarla y ella me dice que soy tonta. Una pelusa cana recubre su cabeza. Me aprieta las mejillas con sus dedos huesudos, acerca su cara a la mía y se queda callada durante un rato. —No me mires así, criatura, no se pega —dice cogiendo mi mano y apoyándola en su cabeza—. Ya estoy curada. Enciende un cigarrillo, se lo lleva a los labios y lo aprieta con las encías melladas. Le da una calada. Me lo ofrece y digo que no. Lo tira al suelo, lo pisa con su zapatilla de esparto, y dice que algún día eso la matará. Siempre que aterrizo en una ciudad con mar se me taponan los oídos. Salgo mareada del avión, convencida de que jamás volveré a oír. Atravieso el pasillo y voy en busca

Tanita ya era vieja la última vez que la vi. Me espera

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del equipaje. Tarareo mi canción favorita y evoco la voz de mi madre. No quiero dejar de oírlas, tampoco al murmullo de gente que espera al otro lado de la cinta. No sé qué dicen, ni me importa, pero quiero oírlos. Y también quiero oír a Millán. Al final siempre se trata de Millán. —¡Taxi! —grito. Abro y cierro la boca varias veces. Mis oídos crujen. Por fin puedo oírme. Le doy la dirección al taxista. Me masajeo la mandíbula y las sienes. He acumulado demasiada tensión. Necesito dormir. Debería haberme buscado un hotel, al menos para la primera noche, pero Tanita no me lo habría perdonado. Han plantado cientos de palmeras y edificado bloques en el paseo marítimo. Le pregunto al taxista desde cuándo están ahí. Se encoge de hombros y dice que desde hace mucho, que la ciudad no deja de crecer y que pronto harán plataformas y crecerá hacia el mar. —Yo veraneaba aquí —digo mirando a través del cristal. El taxista saca el brazo por la ventanilla y señala al castillo que domina la ciudad. —Eso es lo único que no ha cambiado —dice—. Los sitios son como las personas, cambian todos los días, sin darse uno cuenta. «El mar lo cura todo», dice la vieja. Es de noche y no puedo verlo, pero está ahí enfrente. El aire huele a sal y a espetos. Siempre sentí una especie de amor-odio por él. Me fascina mirarlo, pero me aterroriza bañarme en él. Nado apoyando los pies en el fondo y cuando dejo de tocarlo, reculo y me acerco a la orilla de nuevo. «Vamos a mojarnos los pies, como en San Juan», propone la vieja. Yo me dejo llevar. Dejo

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la maleta junto a la silla de enea y la sigo. Se ayuda de un bastón para andar. Me acomodo a su ritmo. Es más rápido del que esperaba. —Ahora soy creyente —dice—. Mira qué montón de crucifijos llevo colgados. Mañana te regalaré uno. El mar es negro por las noches. Hoy no hay luna, ni nubes, sólo estrellas. Tanita dice que en la costa las estrellas brillan más que en el interior porque tienen un espejo donde mirarse y se vuelven coquetas. Sonrío. El tiempo no ha cambiado a esta vieja loca. El agua está fría, demasiado, pienso. Nuestros pies blancos se hunden en la arena mojada y Tanita me da la mano y me pregunta por mi madre. Le digo que está bien. Asiente sin mirarme. Sólo necesita saber eso. Alguna vez fueron amigas. —No te has casado —dice buscando un anillo en mi dedo anular—. ¿También fui una mala influencia para ti? Si no hubiese estado en contra del matrimonio, Harry estaría ahora regentando el Rapsodia, ¿te acuerdas de Harry, Mónica? Digo que no con la cabeza. —Mejor. Era un hombre insignificante. ¡Maldito inglés de mierda! —escupe al agua—. ¿Y por qué no te has casado? Me encojo de hombros y miro al mar de nuevo. Negro, muy negro. Sin horizonte hasta que amanezca. Hay demasiadas estrellas, pienso. De pequeña me gustaba contarlas. Aún lo hago cuando no puedo dormir. Ocurre demasiadas noches. Respiro la brisa marina. Tanita espera. Ahora miro sus ojos enterrados en arrugas. Al fin confieso algo que nunca he dicho en voz alta: —Ninguno me miró como Millán.

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—Ningún hombre tiene esa mirada —contesta enseguida—. ¿No te lo contó tu madre? Esa mirada se esfuma con los años. —Vine a buscarlo —digo metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. —Ahora tienes pechos y caderas, —dice golpeándose las suyas con las manos—, ya no llevas trenzas ni se celebran fiestas de disfraces en el Rapsodia. Asiento con los labios apretados, sin sacar las manos de los bolsillos, contando los años que me separan de aquellos días. Si fuera capaz de decirlo, le diría que aún soy aquella Mónica que ambas recordamos. —Crees que volveréis a miraros y ¡boom! Pero no ocurrirá nada —sentencia moviendo la cabeza negativamente—. Volverás a Madrid, aceptarás el próximo anillo que te planten en el dedo y acabarás trabajando en una fábrica de latas. —¿Por qué en una fábrica de latas? —pregunto sobresaltada. —Si no se puede tener un buen final, al menos que sea poético. Las latas son muy poéticas —dice guiñándome un ojo y dándome un codazo. —¿Sabes dónde puedo encontrarlo, Tanita? La vieja no contesta. Apoya el bastón en la arena y comienza a andar de vuelta al Hostal. Sus pisadas en la arena son profundas, como si su menudo cuerpo pesase demasiado o como si quisiera marcar los pasos para que yo los siga sin perderme. —Mañana deberíamos ir a la iglesia. ¿Recuerdas la capilla de Santa Ana?

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—¿Sigue en pie? —Lo barroco no se cae, está hecho a conciencia. Los arquitectos de antes no son como los de ahora. ¡Pandilla de inútiles! Iremos a rezar y a confesarnos. Eres creyente, ¿no? —A mi manera. —Cuando tengas una enfermedad como la que yo tuve, creerás de todas las maneras posibles y entonces necesitarás mi cruz, por eso voy a regalártela. El Rapsodia sigue fiel a su estilo de los años sesenta. No ha sido restaurado y aún conserva pintadas de los hippies que veraneaban aquí. El símbolo de la paz y los colores de sus paredes lo diferencian del resto de hostales de la zona. Aún lo visitan viejas glorias y nostálgicos de la época. Tanita los conoce a todos. Nunca hospeda a jóvenes en su Hostal. «Que se vayan a hostales de su quinta», dice. —Aquí se hospedó Lennon con Yoko Ono, ¿te lo he contado alguna vez? —me pregunta dándome la llave de la habitación que lleva el nombre del Beatle. Es la mejor habitación del Rapsodia. Se despide con la mano y se marcha cojeando por el pasillo. Me pregunto cómo puede seguir manteniendo el negocio ella sola. Las persianas están rotas. No se pueden subir ni bajar. Me asomo por las rendijas. El Hostal vecino, el Cavernícola, está en ruinas, desahuciado. La ventana que da frente a la mía está tapiada con ladrillos. La ventana en la que vi a Millán por última vez también lo está. Los dos teníamos trece años. Él era hijo de los dueños del Cavernícola. Pasamos los últimos días de agosto mirándonos, de lejos, de soslayo, a hurtadillas, alternativamente. Y

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dejándonos mirar, avergonzados, huidizos, haciéndonos los distraídos, descarados también. Nuestras miradas se cruzaron cientos de veces en la piscina, en la playa, en la heladería, en el paseo marítimo, en la puerta del Rapsodia y del Cavernícola. Aquella tarde, en la playa, junto a las hamacas, él me miró invitador. Le pregunté su nombre: Millán. Me marchaba al día siguiente y él me acompañó hasta la puerta del Hostal. Tanita coqueteaba con un hombre de pelo largo que llevaba una cinta en la frente y una barba que le llegaba al ombligo. Millán dijo que él nunca sería hippy. Reímos. Nos despedimos con la mano y él miró fugazmente hacia arriba, hacia las ventanas. Comprendí y asentí. Salió corriendo hacia el Cavernícola y yo entré al Rapsodia descalzándome para subir las escaleras lo más rápido que pude. Entré a la habitación que compartía con mi madre y abrí la ventana en el instante justo en el que él abría la suya. Permanecimos mirándonos durante horas, hasta que fue noche cerrada. Nunca me han mirado ni he vuelto a mirar con tanta intensidad. Por eso no acepté el anillo. Diego nunca me miró como lo hizo Millán aquella vez. Mi madre, una vez más, no lo entendió. Sacó mi maleta del altillo y la tiró al suelo. Dijo que Diego era el hombre perfecto para mí, y que no quería saber nada más de novios abandonados ni de miradas de adolescentes. —¡Regresa a la playa de una vez, Mónica, llevas veinte años posponiéndolo! ¡Lárgate y haz tu vida! Entonces cogí ese avión y se me taponaron los oídos. No duermo bien en zonas de mar. Doy vueltas y vueltas en la cama y siento escalofríos. Me tapo y me destapo. Se me

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tapona la nariz y me lagrimean los ojos. La costa no me hace ningún bien. La piel se me reseca. Me despierto antes de que suene el despertador. Escucho el oleaje. El mar también se levanta furioso algunas mañanas. Tanita me ha regalado una cruz de plata en el desayuno. Es demasiado grande y tiene piedras rojas engarzadas. Dice que son rubíes y que se los regaló un hippy con el que tuvo un lío a principio de los setenta. No me creo nada. Ella se ríe y dice que la lleve a tasar, pero que no la venda hasta que se muera. Es vieja para conducir, pero insiste en hacerlo. Se pone unas gafas minúsculas y se pega al volante. Me pide que suba. No encuentro el cinturón. Se ríe y me enseña las mellas. No hay cinturón en la furgoneta que heredó de algún turista. Es de color turquesa, con el techo blanco, sin morro, lleva cortinillas en las ventanas y un solo retrovisor. —Espero que no nos matemos —digo. La capilla de Santa Ana está en la ciudad, cerca del castillo. Tanita dice que Contini hacía maravillas en el siglo XVII y que esa es la muestra. Me asombro de las cosas que sabe la vieja. —Los italianos lo hacen todo bien, sacan monumentos de las piedras y ciudades enteras de las aguas. ¿Has estado en Venecia? —pregunta antes de empujar la puerta y entrar en la nave. La misa está a punto de terminar. Los feligreses rezan tras la Eucaristía. Tanita se sienta en un banco y tira de mí. Me siento a su lado y echo unas monedas en el cepillo. El cura mantiene los ojos cerrados. Está sentado en el altar, sobre una silla de terciopelo rojo y borlas doradas en las esquinas. Siento

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cierto alivio cuando lo oigo decir «podéis ir en paz». Digo Amén a la vez que Tanita y el resto de feligreses. —Hemos llegado tarde —dice antes de emitir un largo suspiro. Parece decepcionada. Se apoya en el bastón para arrodillarse. Cierra los ojos y junta las manos. Ahora es una viejecita de verdad, una beata rogando la expiación de sus pecados. El color de su ropa la hace diferente, roja, como las fresas. —Ahora tú —me dice la vieja sin soltar su manojo de cruces. Repaso mentalmente mis fechorías. Me sobran dedos o me faltan pecados, pero la obedezco. «Sólo vine a buscar a Millán». Se lo digo al salir de la iglesia. Me replica que no queda nada del niño en el hombre. Y yo ya sé que las pecas de la nariz se habrán disuelto, que el color verde de sus ojos será ahora menos profundo, que sus cejas pequeñas serán gruesas, que tal vez haya perdido pelo y haya cogido peso. Sé lo que el tiempo es capaz de hacer con nosotros, pero también sé que puedo reconocerlo si lo veo. Cuando volvamos a mirarnos, seremos aquellos niños de las ventanas y todo estará bien. —Necesito verlo —respondo. Subimos a la furgoneta. La vieja hace una mueca, se acomoda en el asiento, agarra el volante y me mira. Dice que de alguna manera yo también soy una mujer de fe y que eso no lo aprendí de ella, porque entonces, cuando compartíamos los veranos, ella no la tenía. Volvemos a la costa, al Rapsodia. Dejamos la furgoneta. La vieja dice que no me acompaña, que está cansada y muy mayor. De repente se siente mayor. Señala el peñón que hay en el mar y dice que ya no se puede llegar hasta él andando. De noche sólo es visible cuando hay luna

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llena. Quiere que la entierren allí, aunque tengan que llevarla en barca. —Dime dónde está Millán, Tanita —le ruego mientras ella habla de su funeral. La vieja no responde. La dejo en la playa, frente al peñón. Cojo la furgoneta y empiezo a recorrer el pueblo sin rumbo fijo. Vuelvo de noche, después de haber examinado cientos de caras y haber preguntado en decenas de sitios por la familia que regentaba el Cavernícola. Es un pueblo costero donde la mayor parte de sus habitantes son gente de paso. Sólo he sacado una cosa en claro, si alguien puede saber algo de ellos es Tanita Mebarak, la dueña del Rapsodia. El mar se ha vuelto negro y el peñón invisible. Las nubes ocultan las estrellas. La vieja está en el mismo lugar donde la dejé. Tiene una manta echada por los hombros. Fuma un cigarrillo y canturrea una canción que dice que es de los Beatles. Me pregunta si la conozco. Le digo que no. Ella asegura que sí, que me la cantaba de niña. Yo no la recuerdo. —De todo lo que has vivido sólo te acuerdas de Millán. —No lo he encontrado —respondo. La vieja se levanta con ayuda de su bastón y dice que es tarde. Tira el cigarrillo, le echa arena encima con el pie y dice que no se debe volver en busca del pasado. —Tu madre aprendió la lección, por eso no ha vuelto. Hay que vivir para adelante, Mónica, hasta los hippies sabemos eso. Me deja sola en la playa. Me siento en la arena fría. Amanezco allí, helada.

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Tanita me espera en la furgoneta. Me regaña por la hora y no me deja entrar a asearme. Dice que vamos tarde y que desayunaremos a la vuelta. —¿Adónde vamos? —pregunto. —Al practicante —responde. Tararea algo durante el camino y varias veces me mira de reojo, pero no me dice nada. La vieja es cabezota. Le digo que me iré el lunes. Ella sigue canturreando hasta que llegamos al centro de salud y nos sentamos en la sala de espera del practicante. Hacía años que no oía ese término. Se ha quedado obsoleto, como esa parte de la costa. Tanita cree que cuando se muera derribarán el Rapsodia y el Cavernícola y construirán una urbanización de lujo a orillas de su mar. Lo único que permanecerá será el peñón. Por eso quiere que la entierren allí. Ha vuelto al tema mientras esperamos. Le digo que me ocuparé de todo. Es nuestro turno. Pasamos a la consulta. El practicante o A.T.S. o enfermero, como quiera que se llamen ahora, la saluda con dos sonoros besos en las mejillas, le coge la cara con las dos manos y le pregunta qué tal está. La vieja responde que no podría estar mejor. El hombre se ríe. Ella también. Me presenta. «Mónica». Nos estrechamos la mano. Nos sentamos. Se miran. Me miran. —Aquí tienes a tu Millán —dice la vieja. Lo ha puesto en antecedentes, pero no sé cuándo. El hombre sonríe y dice que me recuerda vagamente, que han pasado muchos años, que hubo muchas niñas en las ventanas. Se lleva las manos a la barbilla, me mira fijamente a los ojos y parece dudar. «Hubo muchas niñas en las ventanas», insiste. Espera que yo diga algo.

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—Era un ligoncete —bromea. Miro la fotografía que hay sobre el escritorio. Millán, una mujer rubia y dos niños iguales. Pregunto si es su familia. Coge el marco y dice que sí. Está orgulloso de sus gemelos. Pronto irán al Instituto. El color verde de sus ojos es menos intenso, sus cejas pequeñas no se han vuelto demasiado gruesas. Su pelo recio está salpicado de canas. La bata blanca disimula su incipiente barriga. Su expresión ha perdido inocencia, y aunque es el mismo, no lo reconozco. —Lo siento —digo. Me levanto y salgo de la consulta sin despedirme. Espero a Tanita en la furgoneta. —No era él. Era Millán, pero no era él —le digo a la vieja cuando aparece. —Nadie es la misma persona durante mucho tiempo. Tu madre debería habértelo dicho. Dile que la vieja Tanita piensa que, además de frívola y caprichosa, es una mala consejera. Me iré a la tumba sin que vuelva a hablarme. ¡Ni falta que me hace! Lloro durante todo el camino de regreso al Rapsodia. La vieja apoya su mano huesuda en mi rodilla. Es su manera de decirme que lo siente. Siempre que aterrizo en Madrid me tiemblan las piernas y se me acelera el corazón. Se me dibuja una sonrisa tonta en la cara. Volver a casa es despertarse por la mañana en la cama de siempre. Me desperezo y me despido de mis sueños. Recojo el equipaje y enciendo el teléfono. Mi madre me espera fuera.

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Nos abrazamos sin efusión. Me pregunta por Tanita y por el Rapsodia y por Millán y por el olor del mar y por el peñón y por las estrellas de la costa. —Cuenta, cuenta, hija —me dice enlazando su brazo al mío—. ¿Está todo igual? «Nada está nunca igual». Las palabras tardan en salir. Me ocurre cuando llevo mucho tiempo sin hablar. No lo he hecho desde ayer, ni siquiera esta mañana al despedirme de la vieja. Un abrazo lo dice todo cuando tienes mucho que decir o agradecer. Sé que no volveremos a vernos. Tanita dice que algún día, en el peñón.

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SÓLO QUEDA UN ENANO EN EL JARDÍN
Andrea Vinci

Ilustración: María Jesús Campos

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Sólo queda un enano en el jardín

«Si añadimos a eso un enano de Blancanieves encima del frigorífico ¿qué más necesita un hombre para sentirse feliz?» Antonio Lobo Antunes a Hernán

en Bahía Blanca por la Ruta 3, que al decidir desviarse un par de cuadras para visitar la casa de campo que fue de sus abuelos, lo recibirían los mismos árboles y el mismo enano de jardín. Lo distinguió desde la entrada, de pie junto a la puerta principal de la casa, mientras daba unas palmadas porque no había timbre, esperando a que alguien lo oyera. Como enanos hay muchos, tuvo dudas. Enceguecido, con la mano izquierda a modo de visera, entrecerró los ojos y lo enfocó. Parece que sí, llegó a balbucear, antes de que los nuevos propietarios se asomaran desde el fondo, ilusionados, creyendo que se trataba de alguien de su propia familia. Al verlo, caminaron con desgana y desconfianza, avanzando sólo hasta la mitad del camino flanqueado de ligustros recién podados. Mirando a Pablo de soslayo, atinaron a decir al unísono un ¿Sí?, con

No intuía Pablo, mientras regresaba de un congreso

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cierto temor a la respuesta. Pablo les explicó que allí vivieron sus abuelos. Ellos reconocieron el nombre y abrieron la tranquera. Se trataba de un matrimonio que pasaba ahí todos los fines de semana y las vacaciones, siempre esperando ser visitados por alguno de sus hijos o sus nietos. Llegaban todos los viernes por la tarde, limpiaban la casa y la pileta y cortaban el césped. Lo invitaron a pasar, Al fin y al cabo es una visita, dijeron, mirándose entre ellos. ¡Está igual!, exclamó Pablo, mientras avanzaba por el camino con ligustros, al ver los dos álamos en el frente de la casa enmarcando la entrada, como si nunca hubiera pasado el tiempo; la misma puerta, pero todo más blanco. Estando cerca ya no dudó. El enano era el mismo con el que había perseguido a su primo cuando ambos eran chicos, con la secreta esperanza de partírselo en la cabeza. Se agachó y lo levantó. No recordaba que pesara tanto. Le hizo gracia el recuerdo. Ahora no tenía tan mal humor y su primo hacía años que no lo sacaba de quicio. Le ofrecieron ver el interior de la casa, orgullosos por los cambios realizados. Pablo se desilusionó. Por dentro todo estaba cambiado, ya no parecía una casa de campo. Le faltaban al dormitorio las camas alineadas para recibir a la familia. En la pared del living añoró la foto en blanco y negro de su mamá con su tía haciendo pucherito, ambas con moños enormes en la cabeza, coloreados de celeste y de rosa. Dónde habrá ido a parar, llegó a preguntarse. Allí Pablo pasó muchas vacaciones y casi todos los fines de semana, aunque sólo existía una pileta de lona donde refrescarse y que había que llenar bombeando agua con las propias fuerzas. El baño ya no tenía cadena y a la ducha la escondía una mampara. La cocina, con los muebles nuevos de fórmica, se exhibía como en una vidriera. En nada se parecía a aquella donde su abuela le preparaba

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ravioles caseros y tortas fritas. No pudo evitar que la mente lo llevara a la imagen de ella amasando sobre la tabla de madera, espolvoreando los ñoquis con harina para que no se peguen, separando los agnolottis con el cortapasta. En el salón ahora había, victorioso, un enorme televisor de plasma. La infancia de Pablo en aquella casa transcurrió sin electricidad, iluminados con faroles que en las noches de verano colocaban en el suelo del patio trasero, junto a las paredes, para ver cómo los sapos saltaban atrapando insectos. Mientras, el cielo se llenaba de luciérnagas y estrellas. Allí sus abuelos les contaban historias de Europa, algunas verdaderas, pero todas sazonadas con bromas y chistes. El nuevo propietario le dijo sonriendo, Sin este televisor nos aburriríamos y los nietos no vendrían. Pablo no hizo comentarios. Era sábado, el sol brillaba, y los ancianos estaban allí, solos, mostrándole todos sus tesoros a un desconocido. Él no podía imaginar en ese lugar una infancia aburrida, con tantos animales como había, con su bicicleta o acompañando a su abuelo hasta el río para ir a pescar, ni a sus abuelos pensando en llenar sus horas delante de un televisor, con tantas cosas para hacer. Cuando salieron al patio trasero comprobó que el quincho, con su terraza de ladrillo a la vista y sus ventanas con mosquitero, era casi el mismo. La bomba para extraer el agua había desaparecido y también el viejo galpón de las herramientas, donde hasta él molía el maíz para los pollitos y donde también colgaban los chorizos después de la matanza. Miró a ese matrimonio mientras pensaba que, seguramente, todo lo compraban en el supermercado, y sonrió, imaginándolos en el intento de matar a un pollo, algo que su abuelo hacía a escondidas para evitarle ver la muerte de tan cerca. Al costado de la casa ya no estaban las hamacas, pero sí

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la mesa con sus bancos de cemento y la parrilla que él ayudó a construir. Ahí se sentó y se quedó en silencio. Los dueños de la casa dijeron que iban por el mate y allí lo dejaron. Al fondo, entre el césped, donde antes estaban el gallinero, las conejeras y la huerta, ahora se levantaba, sobre una loma ficticia, una pileta de natación imponente y azul, con su agua de pozo helada y pura. En otro momento se hubiera dejado seducir por aquella esponja del calor, pero prefirió sudar bajo la sombra de los eucaliptos, mientras pasaba las manos sobre la mesa plana y áspera, donde tantas tardes había jugado. Al quedarse solo volvió a pensar en el enano de jardín. Deseó poder achicarlo, como en una de esas películas infantiles, convertirlo en algo tan pequeño como una bolita de vidrio y llevárselo en el bolsillo. Ya en la casa regresarlo a su tamaño y ponerlo en su patio de cemento, a la sombra del helecho, junto a la bici que su hijo apenas usa. Aceptó unos mates con biscochitos de grasa, y en ese instante decidió no contar anécdotas. Las guardó para después, para su mujer, su hijo, su casa. Escuchó a esa gente solitaria, que emocionados por su mirada le decían: Vení cuando quieras, casi siempre estamos solos. Y mientras escuchaba estas palabras, a Pablo le pareció oír a su primo invitándolo a jugar, a su hermana cantando desde el tejado, a su abuela llamándolo a almorzar, a su abuelo moliendo el maíz. Creyó oír el canto del canario, los gritos de las cotorras, el ladrido de los perros, el cacareo de las gallinas, el graznido de los gansos. Y luego el silencio, y flotando en él un par de voces desconocidas, solas y monocordes, sin nada interesante que contar, o que escuchar.

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Pablo agradeció los mates, pero no dijo nada sobre volver. Sabía que no. Antes de caminar hacia la tranquera volvió a mirar al enano de jardín. Se detuvo frente a él. Comprobó que le faltaba un trocito del codo izquierdo, una travesura también suya. Lo que más deseaba en ese momento era que le dijeran, «Llevátelo», pero no fue así. Pensó en tantas fotos, en tantas imágenes de la memoria, «No será igual en mi patio que aquí. ¿Habrá algún niño, aquí y ahora, que lo añore como yo?» Los miró. No eran niños. Eran dos ancianos solos, esperando. Y los abrazó, como quien abraza a una ciudad que jamás volverá a caminar.

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DORMITORIO
Lugar hecho para estar tendidos, para mirar las grietas del techo o
acudir a citas ocasionales con los ojos cerrados.

ALCOBA CON VISTAS AL JARDÍN
Loli Pérez

Ilustración: María Jesús Glez

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Alcoba con vistas al jardín

o esperar a que alguien apareciera. Tenía frío. Nunca había traspasado la verja, aunque había pasado muchas veces por delante, cuando ayudaba a mi Juan a acarrear la leña. Me gustaba mirar las copas de los árboles y escuchar el trino de los pájaros, pero esa mañana no podía dejar de temblar. Los primeros rayos de sol ya asomaban entre las ramas. Los del pueblo lo llamaban El Palacete, pero en realidad sólo era una casona rodeada de jardines: la residencia de verano del Duque de Narváez.

Me detuve al llegar al portón. No sabía si debía llamar

Un par de podencos comenzaron a ladrar desde el otro lado. Embestían muy cerca de los barrotes y me aparté asustada. Detrás de ellos venía la guardesa, una mujer grande y hombruna que los hizo callar alzando la mano. Descorrió un enorme cerrojo y me ordenó entrar con un gesto de la cabeza. Yo la seguí a través del empedrado hasta la casilla de los guardeses. Todavía estaba oscuro. Levantando la barbilla, me indicó que me sentara y salió a avisar a su marido. En el pueblo no paraban de contar chismes sobre la obsesión del Duque por las mujeres jóvenes. Decían que, pese a tener una esposa francesa que vivía en la corte, él sentía una

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atracción enfermiza por las aldeanas humildes y toscas. Y nosotras lo éramos, muy a nuestro pesar. Yo me había reído alguna vez con las historias que contaba mi comadre pero ahora, por desgracia, me tocó a mí ser la comidilla. Me puse en pie cuando llegó la guardesa con su marido. Él me cogió del brazo y me sacó afuera. Me escudriñó con sus ojillos de serpiente y me recordó con voz chillona que si no obedecía a todo lo que se me ordenara, nos embargarían las tierras con la cosecha incluida, y mi marido y mi padre se pudrirían en la cárcel. ¿Queda claro? Yo bajé la cabeza. Entre las mujeres de mi familia me habían elegido para pagar la deuda con el Duque. Ya habíamos vendido la mula y los jamones de la matanza, y casi no quedaba grano ni aceite para terminar el año. Me mordí el interior de la boca hasta notar el sabor de la sangre. Apreté la toquilla contra mi pecho mientras él ordenó a su mujer que me llevara a los baños, que me asearan a fondo y me cambiasen las ropas. Seguí a la guardesa. Cruzamos en silencio a través de un inmenso jardín. Oía el canto de pájaros entre las copas de los árboles, el gorgoteo de las fuentes y un frescor de sombras con olor de magnolias, de higueras y madreselva que me hicieron olvidar mis temores. En un lugar tan bello no podría pasarme nada malo. —¡Chiquilla, cálmate! —me había dicho mi suegra, cuando me encontró mohína y con los ojos enrojecidos la noche anterior—. ¡Si vosotros sois los que tenéis menos que perder! Que lleváis dos años de casados, y aún no te quedaste preñá. Lo que ella no sabía era que, aunque dormíamos en el mismo colchón, mi Juan se cuidaba mucho de tocarme. Algunas

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noches me despertaba el crujir de los muelles del somier y su respiración acelerada. Después se quedaba dormido y yo no sabía qué hacer. Los mayores habían decidido que era mi deber ir al Palacete y conseguir que el Duque nos perdonara la deuda. Dos mujeres me restregaron el cuerpo con un estropajo de esparto y una pastilla de jabón verde y luego me echaron jarros de agua por la cabeza. Después de secarme me untaron una especie de miel caliente sobre las piernas y el pubis. No pude evitar maldecir a aquellas hijas de mala madre cuando me la arrancaron a tirones. Ellas se reían socarronas. Más tarde me vistieron con una simple enagua y me llevaron dentro del Palacete. Era una alcoba con vistas al jardín, con ventanas grandes y enrejadas. Las paredes pintadas de blanco, un jergón, un lavabo con una jofaina, la jarra con agua y un quinqué de petróleo ennegrecido. Apenas me quedé a solas apareció un señor de pelo gris y andar lento. Se me acercó y tosió a modo de saludo. Miró mi boca igual que si examinara a una yegua para vender en la feria de ganado. Con sus manos regordetas me palpó los pechos, el vientre, las caderas. Parecía divertirle verme azorada. Me pidió que me tumbara en el jergón y separara las piernas. Yo le obedecí. Me subió la enagua y sin más preámbulos, hundió su dedo índice en mi sexo, tanteando con la otra mano por encima de la barriga, sin importarle mi vergüenza, ni el dolor que me causaba. Al sacarlo se lo pasó por la nariz como si se tratase de un puro habano. No sé cómo pude reprimir las ganas de darle una patada. Después se lavó las manos con jabón en la jofaina y salió de la habitación tosiendo de nuevo.

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Me revolví en el jergón y encogí las piernas, apretándolas con fuerza contra mi pecho. Me acordé de mi esposo, sentado en su silla baja, frente a la chimenea, con la cabeza gacha entre las manos, asintiendo sin levantar la vista de las losas del suelo, sin poner ninguna contra a la decisión de los otros hombres. En aquel momento le hubiera roto un cántaro en la cabeza, si mi comadre no me lleva a un aparte y me sujeta. El jardín me había mentido: allí sí que podían hacerme daño, mucho daño. Lloraba con la cabeza sobre las rodillas cuando entró la guardesa. Traía una bandeja con un picatoste y un tazón de leche de cabra con cuajarones. A pesar del hambre, no quería comer. Ni estar allí. Odiaba a toda mi familia, a aquella gente y al pueblo entero que consentía, sumiso, los caprichos del Duque. —Anda niña, come, que el día va a ser largo y no sea que te desmayes. Ponte uno de estos vestidos. En mi casa apenas había bebido un tazón de malta aguada. Me lo comí todo, aunque con la nata me dieron arcadas. —Y quita esa cara de gallina poniendo huevos, que el señor Duque no es tan malo como parlotean las malas lenguas. Ahora me hablaba con voz calma, y no le respondí. Yo sabía que era mentira. Desde que el Duque volvió de la Corte, estrujaba a los parroquianos con sus impuestos. Como no conseguía sacar mucho de las familias al borde de la ruina, inventó esa manera de humillarnos para recaudar otra clase de haberes. Todo el pueblo lo sabía y todos callaban. Cada familia enviaba a una de sus mujeres al Palacete, y si ésta le satisfacía les perdonaba las deudas por un tiempo. Si no era así, podía encarcelar a nuestros hombres o enviarlos a la guerra. Una tenía que ir allí, dejarse deshonrar, para luego ser tildada de

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puta el resto de su vida. La miré incrédula. Quise creerla pero no sabía lo que me esperaba y no me atreví a preguntarle. La guardesa se llamaba Pura. Tenía unos pocos años más que yo y se había criado sirviendo al Duque. Me ayudó a ponerme un vestido rojo de seda, muy escotado, sobre un corpiño y unas enaguas con muchos encajes. Medias, guantes blancos y unos zapatos tipo chinelas negros, que me apretaban los meñiques. El pelo recogido en un moño con unos tirabuzones sueltos. Me empolvó la cara y pintó mis labios de un rojo cereza y un lunar negro en la mejilla. Me sentía ridícula. Cuando estuve lista me miró muy seria y me aconsejó que amarrara bien a la fiera que llevaba dentro. Bajamos al jardín. El paraíso debía de ser algo parecido. Las ramas de los árboles formaban un túnel sobre un paseo lleno de fuentes alineadas. Al final, un cenador con forma de taza se abría sobre una alberca redonda llena de peces anaranjados que nadaban con desgana. El viento meciendo los árboles, el trinar de los pájaros y el olor de las lilas moradas mezclado con las rosas amarillas me envolvía y llenaba de calma El Duque me esperaba de pie junto a un banco de piedra. Vestía de uniforme militar con varias medallas en un lado del pecho. Me ofreció su brazo y yo lo agarré con una naturalidad que me sorprendió. No supe calcular su edad. Puede que pasara de los cuarenta. Las orejas de soplillo le daban un aspecto travieso. Intentaba disimular la falta de pelo peinándose un mechón largo hacia adelante. Parecía fuerte y ágil. Sus manos eran muy blancas, con dedos largos y uñas limpias. No preguntó mi nombre. Actuaba como si ya nos

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conociéramos. Dos amantes dando un paseo en una mañana de primavera. Entramos a la casona, me soltó el brazo y me tomó por la cintura. Di un respingo e intenté zafarme, pero él me agarró con fuerza y me condujo dentro. En una pequeña habitación junto al vestíbulo, me besó. Me sujetó contra la pared, me apretó los labios y me fue metiendo la lengua muy despacio hasta casi dejarme sin aire. Me miraba mientras lo hacía, pendiente de mi reacción. Yo le empujé. Nadie me había besado así. Me ofreció una copa de aguardiente verde que él llamó absenta y dijo que era el licor preferido de su mujer. Apenas di unos sorbos me sentí aturdida. Él dijo que si no le decepcionaba ya vería la manera de recompensarme. «Vas a saber lo que es gozar, muchacha», dijo. Ya en la alcoba, quise asomarme por el gran ventanal para ver el jardín y no pude. «Muéstrame los pechos», me ordenó. Me quedé quieta. Entonces su mirada dura hizo que le obedeciera. Roja hasta la orejas le maldecía por dentro. Se impacientó ante mi torpeza y él mismo me bajó las mangas del vestido. Oleadas de calor y un sentimiento de rechazo me envolvieron. Me acarició los pezones haciendo círculos con los dedos y los lamió como si fuera un cachorrito. Yo deseaba salir de allí, darle un codazo en el estómago y correr. Pero él me agarró más fuerte y comenzó a besarme por el cuello. Me llenó otra copa de aquel brebaje verde. Yo lo bebí de un trago. Me quemó la garganta. Soltó mi pelo, me descalzó y olió mis zapatos. Acarició la planta de mis pies con el mango de un látigo de cuero que había sacado de una de las mesillas. Me lo puso en las manos y quiso saber si me atrevería a usarlo contra él. No supe en ese momento a qué se refería, pero cuando

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comenzó a desnudarse, me gritó. «Venga muchacha, ¿a qué esperas?» Yo lo dejé caer al suelo. No pareció disgustado. Se acercó a mí y continuó encuerándome. Me quitó el vestido muy despacio, demorándose en los botones, en las cintas, las medias. Con una lentitud que me desesperaba. La bebida hacía su efecto, apaciguaba mis ganas de arañar y dar coces como una mula torda, y terminé obedeciendo cada una de sus órdenes. Me dejó caer sobre la cama, ató mis muñecas y mis pies a los varales de hierro con unas cuerdas de cuero, tapó mis ojos con un pañuelo de seda negro, y mientras me susurraba con una voz aguardentosa, yo sentía verdaderas ganas de escupirle y morderle. Me acarició las piernas, la cintura y los pechos con lo que supuse era el mango de su látigo. Y sentí que algo húmedo me lamía el interior los muslos. Miles de escalofríos recorrieron mi cuerpo mientras aquella cosa se deslizaba por mi piel, se detenía, separaba los labios de mi sexo y después continuaba hacia dentro. Quise llorar, gritar, golpearle, pero no pude porque un deseo extraño se apoderaba de mí, dejaba que todo mi ser se estremeciera con aquel contacto. De golpe se detuvo y lo oí cuchichear con otra persona. No entendí lo que decían, pero le rogué que me desatara y que me dejara ir. No lo hizo. Se echó sobre mí, me apretó la boca con su mano y me penetró. Cuando al fin estuvo dentro, me sentí dolorida por esa brutalidad, y a la vez ligera y sin fuerzas por el efecto de la absenta. Me quedé dormida. Había tenido un sueño: iba a comprar al mercado, los vendedores se reían al acercarme a sus puestos y la gente se apartaba a mi paso. Yo no entendía por qué, hasta que un niño me señaló con el dedo. «Te estoy viendo», me

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dijo. Yo también me miré. Estaba desnuda. Desperté con la boca seca y libre de las ataduras. Me levanté y me refresqué la cara con agua de la jofaina. Me froté el cuello, los brazos y la entrepierna con la toalla mojada. Tenía mis partes doloridas. Me quedé un rato envuelta en las sábanas, unas agujas de frío me calaban los huesos y se volvían cada vez más pesados. En el jardín anochecía, y volví a dormirme. No sé cuántos días pasaron. A veces me despertaba su asalto, sus manos en mi boca, sus cuerdas. Me arrancaba las sabanas, me tapaba los ojos y me forzaba una y otra vez. Quería que gritara, que lo insultara. Me llamaba muchacha y nunca se iba hasta que no me quedaba desfallecida. Algunas mañanas me dejaban pasear por el jardín. Caminaba despacio entre los arriates. Había un pavo real que desplegaba su plumaje, hacía la rueda y se pavoneaba orgulloso. Me gustaba mirarlo, él lo sabía. Otras veces me sentaba junto a la alberca y cerraba los ojos mientras escuchaba el sonido del agua por la acequia y las fuentes, el croar de las ranas, el trino de los jilgueros, mirlos, petirrojos y otros pajarillos que revoloteaban por el jardín. A veces, el Duque me traía fruta, roscos y almendras, y siempre me hacía beber al menos una copa de aquel aguardiente verde. Pura venía cada mañana con un tazón de leche con picatostes. La última noche no pude dormir. Pura me dijo que me iría al día siguiente. «¿Tiene a otra?», le pregunté. Ella no me respondió. El Duque vino a mi alcoba. Traía las cuerdas para atarme y el pañuelo negro para cubrirme los ojos. Yo le dije que esta vez no iba a necesitarlo. Me quité el camisón y me

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tendí con los brazos en cruz y las piernas abiertas. Cerré los ojos. Oí sus pasos acercarse y el ruido al quitarse sus ropas. Cuando estuvo dentro lo abracé, él se detuvo y yo abrí los ojos. Era el marido de Pura a quien tenía encima. El Duque se masturbaba a los pies de la cama, cerré los ojos y lloré en silencio. A la mañana siguiente, Pura me acompañó al portón de la cancela, sacó del delantal un hatillo de cuero con monedas de plata y lo puso en mi mano. «El señor Duque quiere que sepas que la deuda de tu familia queda saldada». Yo apreté el puño y los dientes y salí de allí con paso ligero. Los podencos empezaron a ladrar cuando ella corrió el cerrojo.

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SE ACABÓ EL AIRE
Pedro Rojano

tiempo tarda en acabarse el aire. No te preocupes, te dije, controlar el aire siempre se me ha dado bien. Hace dos semanas acudí al despacho de un detective privado. Estaba en la segunda planta de un edificio de calle Larios, deslumbrante por fuera y podrido en su interior, como los restos del bocadillo de chorizo que vi sobre la mesa metálica. Me dio náuseas. Aquel sabueso parecía más motivado por mostrarme el vídeo que por dar buena imagen. El precio era excesivo, pero había cumplido con eficiencia el trabajo que le encargué. Pagué lo pactado y salí de la oficina. Como el ascensor no funcionaba, tuve que bajar por la escalera, agarrada al pasamanos de hierro porque las piernas me temblaban. Al salir a la calle, el terral me abofeteó la cara. Menos mal que llevaba el fular turquesa que me regalaste el año pasado por nuestro aniversario. Las piernas apenas me respondían cuando entré en la cafetería Lepanto, y gracias a que me ayudé con los respaldos metálicos de las sillas, pude alcanzar la mesita apartada del rincón, esa que está junto a los lavabos, ¿la recuerdas? El camarero me trajo un botellín de agua. Tomé una de las tabletas de Valium que desde hace semanas están en

Antes de tu primera inmersión querías saber cuánto

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mi bolso. Aquel asqueroso vídeo me había empujado sobre el abismo. Ahora ya sabía qué hacer. Ideé mi plan apoyada en el marmolillo de la mesa. Llegaste a casa después del trabajo y al entrar se mezcló el perfume con la sospecha. Oculté el pañuelo en la hendidura del sillón mientras bajaba el volumen de la tele. Cenamos sin palabras. Tú estabas tan hipnotizado por la tele, que te manchaste la barbilla con la crema de calabaza. Te limpié con mi servilleta y ni siquiera te diste cuenta. Después nos fuimos a la cama. Las sábanas frías se pegaron a mis pezones y te abracé como otras veces, paseando los dedos por tu pecho de oso. Hicimos un amor exprés, y te propuse este viaje como quien se fuma un cigarro. Hace años que no buceamos. ¡Hace tantos años de todo! Al hacer la maleta me sorprendí enamorada. Busqué los pasaportes en el buró del despacho. Los encontré sin dificultad, así como los Log Books que estaban debajo de ellos, aplastados, con las pastas amarillas y los picos doblados. Fue hace un siglo, y tan sólo han pasado cinco años desde que te di la primera clase bajo las aguas de Roatán. No era la primera vez que te ponías un neopreno, pero al ver tu cara descompuesta supe que aún no estabas convencido. Supongo que en aquel momento quedé prendada de tu fragilidad. Bajamos diez metros. La teoría se te había dado bien, pero la práctica es otra cosa. El primer encuentro con el fondo submarino siempre comienza con un descubrimiento: (El azul) Te quedaste tan ensimismado como un niño con su primer juguete. Flotabas, todo tu cuerpo inerme en un color amniótico. Miraras hacia donde miraras no había más allá que un azul cálido, traslúcido, envolvente. No soltaste mi mano en todo el recorrido, casi puedo sentir desde la distancia aquel

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palpitar, a la vez ingenuo y descarado. Después, la vida. El arrecife era una paleta de colores mezclados por eléctricos pinceles con agallas y ojos redondos. Miles de peces coralinos vagaban en una búsqueda con claros síntomas de rutina, escondiéndose entre los corales al paso de nuestras aletas. ¡Qué alargada tu sonrisa! Al salir a la superficie no escatimaste elogios acerca del paisaje, de la luz. Yo me reí, la goma de las gafas se había marcado en tu cara y eso te hacía parecer mayor. Después las risas en la cafetería del Paya Bay Resort. El sol se iba colocando su neopreno ocre y poco a poco se sumergía en el horizonte. Hablamos de España, la política dichosa, tu concesionario, el fútbol, yo no supe nombrar ni uno solo de los jugadores de Honduras. Rodeamos cada rincón de ti y al final me abriste tus pasiones, tus anhelos, tu puntilloso concepto de la confianza, los mimos. Nos fuimos a dar un paseo por la arena, la noche nos contemplaba con dos lunas y a veces nos guiñaba con la del mar. Me abrazaste por la cintura y me besaste. Todo volvió a ser húmedo, nuestros rostros eran el musgo y la roca, y respirábamos el mismo aire. Tendidos en la arena me desnudaste con la paciencia de un otoño y casi me sentí suspendida como una hoja. Quiero verte desnuda —dijiste. Sentí entonces correr arena entre los puños. Con los ojos cerrados, las estrellas seguían en el mismo sitio. Era como bucear dentro de nuestros cuerpos, descubriendo cada hendidura, cada escondite. Tu piel sudorosa se resbalaba entre mis manos inquietas, y tu sexo frío no se resistía. Nada de esto figura en tu Log Book, tan sólo la fecha junto a unos insulsos metros de profundidad. Y aunque las lágrimas se interpongan, todavía puedo recordarlo mientras contemplo tus trazos seguros. Lo tuve un instante apretado contra el pecho, después lo guardé junto al mío, en el bolsillo para documentos de la maleta gris.

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Te esperé vestida en el umbral mientras buscabas el taxi y traté de memorizar cada gesto tuyo. Cuando tú no estás me resulta difícil recordar tu rostro y quiero conservar todos los detalles. Hace mucho que no te veo sonreír, sin duda has perdido cierta ingenuidad que me atraía, y hasta el tozudo flequillo permanece capado sobre la frente. No he sabido darme cuenta de todos esos cambios, me he dejado llevar por la rutina como un banco de espetones. Apenas soy capaz de retener en la memoria aquella noche de la playa. En el asiento trasero hicimos un repaso de todo el equipaje, estabas seguro de que olvidabas alguna cosa, pero no te acordabas. ¡Qué más da! Se te han olvidado tantas cosas… —¡El log book!— dijiste al fin. —Los metí en el bolsillo interior de la maleta gris —te contesté satisfecha. Aliviado apretaste mi mano sobre la tapicería y tras suspirar volviste la cara hacia el parpadeo del hombre verde en el semáforo. Pronto cambiaría a rojo. En el mostrador de embarque te pellizqué el culo mientras la azafata nos entregaba las tarjetas hacia Sharm el Sheik. Reíste por una vez y te zafaste divertido de mis bromas: la luna de miel se había instalado en mi cara. Puerta B14. No se retrasen. ¡Qué ilusión cuando consigues olvidarlo todo!, aunque con tan sólo una caricia regresen aquellas posturas, los quejidos y el olor a chorizo del bocadillo. La profundidad del mar me lo devolverá para siempre, pensé. Vienes en el avión todo el tiempo dormido. Yo, mientras tanto, leo. Guardé todas tus cartas en el altillo, junto a la ropa de invierno. Anteayer me puse a buscarlas ansiosa porque hacía mucho tiempo que no me tropezaba con ellas. Siguen siendo bellas, nada puede pudrir esas líneas tuyas, esa falsa

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timidez con la que escribías, ese aire infantil y distante, esa explosión de entusiasmo cuando supiste que me venía a vivir contigo, esos millones de besos y esos «estoy deseando verte para abrazarte y hacer el amor toda la noche». Aparto las gafas para mirarte. Tu cabeza apoyada en la ventanilla y tu boca a medio abrir. ¡No puedo creer que ya no estés ahí dentro! El piloto avisa que en unos minutos tomaremos tierra. Abróchate el cinturón mi amor, ya hemos llegado. Otra vez el mar, pero ahora (rojo) El olor a canela se percibe antes que el reflejo calcáreo de las casas de Sharm el Sheik, extendidas en la arena como una toalla. La boca se seca, y siento entre mis encías un escozor amargo de sal. Para mirar hacia el oeste hay que colocar la mano sobre los ojos entornados, y el fuego transparente filtra el desierto. Detrás de nosotros, el mar: refrescante, celeste, besando la roca. A estas horas se asemeja a una lámina de cristal fino que se estira y comprime desde el borde hasta el límite. Todos se afanan por cargar nuestras maletas. No olvides la maleta gris con nuestras cosas / nuestras cosas… / dame la mano. Bajo el agua nunca has confiado en nadie más que en mí, y nadie mejor que yo para revisar el equipo. Todo está correcto: el regulador, el regulador de seguridad, manómetro... Nadie repara en mí cuando vacío el aire de una de las botellas. El neopreno se resiste a mis carnes bobas, pero hoy no tengo quien me lleve la contraria. En el barco todos son amables, nos explican cosas que ya sabemos. No somos principiantes, ¿verdad? Hoy bajaremos a ver el Thistlegón, un barco hundido por los alemanes. Interesante. Uno de los tripulantes ha puesto

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en marcha el motor de la zodiac. No recordaba lo incómodo y ridículo que resulta botar en el agua. Me giro para mirarte, tienes el sol detrás. Las gafas están demasiado apretadas, es mejor así. Alguien pregunta si estamos preparados. —No —respondo, y me dejo caer de espaldas. Este mar es plano como la cara de una moneda, y puedo ver la cruz sumergida en un silencio ingrávido, acuchillado como el baúl de un mago. Mis pupilas se dilatan para ser testigo de la timidez resbaladiza de las tortugas, las persigo deslizándome hasta el fondo con mis brazos estirados hacia delante y hacia atrás formando una parábola. Será fácil abandonarme en este universo de burbujas. Diez, quince, veinte metros, enciendes la antorcha y ahí está otra vez nuestro acuario de un bruñido amarillo. A la derecha vemos los primeros deshechos del pecio recubierto de algas pacientes, más poderosas que los antiaéreos que asoman tras los carros de combate. Un banco de Glenn fish nos disfraza de plata por un segundo, ¿los has visto? No he podido tocarlos, estuvieron cerca... ¡Mira hacia allí, allí! No hay nada que ver: es el azul, ¿recuerdas? el vacío. El manómetro me indica que estoy a punto de quedarme sin aire. Es lo único que deseaba desde aquella tarde en el edificio de calle Larios. La solución a tu dilema. Pero en el último instante me asalta una vaga esperanza. Me giro hacia ti, me señalo el cuello con la palma de la mano extendida. Sereno, me agarras del brazo y me acercas tu regulador de seguridad. Me equivoqué al pensar que no me salvarías. Ahora respiramos los dos del mismo aire. Una morena amenaza a nuestro alrededor. Iniciamos el ascenso despacio. Me abrazas por la cintura, las burbujas huyen de tu regulador y de mi recuerdo las imágenes del vídeo. No quiero salir del agua. Al sacar la cabeza a la superficie recibo el impacto de luz y el sonido del agua contra el casco, las voces de los tripulantes

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del barco con los brazos en alto, el ruido del motor de la zodiac. Recibo tu ausencia prolongada de las tardes, el olor del otro perfume, la sospecha, tu indiferencia. Regresan los trazos gruesos en las páginas amarillas, las dudas, mi ingenuidad. Vuelvo a oír tu respiración acelerada y ansiosa, los quejidos exagerados de tu amante, el ritmo acompasado de los muelles de un somier de hotel. La voz abroncada y siniestra del detective disfrutando con los detalles... Se me acabó el aire.

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LOS PERROS ESTÁN DORMIDOS
M ig u e l N ú ñ e z B a l l e s t e r o s

Ilustración: Marcos Reina Segovia

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Los perros están dormidos

«El recuerdo es como un perro que se tumba donde quiere» Cees Nooteboom

se empape hasta mojar el tablero. Tú miras el televisor ajena a todo. A todo lo mío. Los soldados de la ONU han fabricado una pasarela, una estructura de cuerdas y tablones junto a las ruinas de un viejo puente. Sonríen orgullosos a la reportera que los entrevista. Tú apartas el plato. Cruzas los brazos sobre la mesa sin dejar de mirar. Suenan varias detonaciones: panorámicas de edificios humeantes, mujeres corriendo entre cascotes, niños que asoman sus cabezas sobre montículos de escombros. Los soldados no se han movido. Miran a un punto a la derecha del encuadre, la dirección de los disparos. La reportera quiere saber cómo consiguen mantener la calma. Uno de ellos contesta que es parte de su trabajo. Han venido para eso, para hacer su trabajo. La cámara lo enfoca. Aparece su nombre, su grado y su edad: veintinueve años. La edad que tendría David. Tú no dices nada, quizás tratas de imaginar cómo sería David a los veintinueve. Un perro dormita a los

Dejo que gotee la cuchara, que manche el mantel, que

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pies del soldado. No le han alterado los disparos, ni el zumbido de las sirenas. Tal vez sólo esté muerto. Recoges la mesa. Observas el mantel al trasluz. Lo haces un ovillo y lo metes en la lavadora sin decir nada. Enjabonas los platos en el fregadero. Dejas correr el agua como si oyeras su voz. Yo la oigo. Me gustaba salir con David. Lo llevaba de la mano y él me preguntaba los nombres de todo. Siempre quería saber los nombres. Tenía prisa y esa era su manera de sentirse mayor, saber cómo los mayores nombrábamos cada cosa. Me levanto. Tengo sueño ahora. Desde la cama te escucho andar por la casa. A oscuras abres la ventana de la cocina y enciendes un cigarrillo. Algunas noches conectas la radio, te preparas una taza de té mientras oyes las noticias. Pero hoy no. Hoy no quieres oír otra voz. A veces él me preguntaba por qué hay que tener un nombre. Para diferenciarnos, le decía, para no confundirnos en el recuerdo. En verano salíamos a pescar. Clavábamos las cañas en la arena y nos sentábamos de espaldas al camino. Él devolvía los peces al mar. Yo les sacaba el anzuelo y él los sujetaba temblando. Jugaba a inventar un nombre para cada uno antes de devolverlos al agua. Tú fumabas en la terraza. Te inclinabas sobre la barandilla agitando los brazos cuando nos veías llegar en el coche. Algunas tardes venían nuestros amigos: Susana, Lidia, Jorge, Eva, Andrés. Todos nombres. Ya casi no son otra cosa. Yo encendía la barbacoa y tú descorrías las cortinas del salón para que nos llegara la música del tocadiscos. Ya nunca ríes como entonces. Te quitas la ropa. Una tras otra dejas sobre la silla cada una de tus prendas. Te pones el camisón que sacas de debajo de la almohada y te acuestas a mi lado. Te pegas a mi espalda. Tu

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brazo me rodea el vientre y cierras el puño sobre el ombligo. No me inmuto, estoy dormido. Siempre me dormía. Ellos traían vino y helados y se quedaban hasta el amanecer. Tú los despedías desde la terraza. David nos dijo adiós la mañana que estrenó su nuevo equipo de buceo. Agitó la mano sonriendo y no volvimos a verlo. Se quedó sin aire, eso dijeron. Tal vez encontró a sus peces de niño. Me preguntas si estoy dormido. Me vuelvo hacia ti pero no respondo. Intento ver tus ojos en la oscuridad. No sé por qué no tengo sueño, tampoco quiero hablar. Quiero que acabe la noche. Te pregunto en qué piensas antes de que tú me lo preguntes. Contestas «Yo tenía un perro como el de esos soldados» y te callas ahí, como si te costara imaginar ese tiempo. «Me esperaba todas las mañanas delante de mi casa y me acompañaba al instituto. Yo lo llamaba Perro y él se venía detrás, me seguía a todas partes y a mí me gustaba salir de los sitios y encontrarlo. A veces me volvía para comprobar que seguía allí. Vivía en una caseta de madera, en un solar junto a mi casa. Nadie le echaba comida, ni jugaba con él. Parecía que sólo viviera para seguirme». Intento imaginar cómo eras de niña. La calle, la puerta, el lugar donde empezó todo. Te asomas y me veo a mí mirándote de lejos. «Una mañana no estaba. Vi su hocico en el hueco de la caseta, como dormido. Me acerqué y le acaricié las orejas. Buenos días, Perro, le dije. Él me miró. A duras penas consiguió levantarse. Me siguió unos metros y después regresó a la caseta. Ya no estaba cuando volví del instituto. Era un chucho callejero, pero durante mucho tiempo, cada vez que salía de casa, esperaba encontrarlo en la puerta». Te digo buenas noches pero no me duermo. Me quedo con los ojos muy abiertos mirando la oscuridad. Imagino que

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eso debe ser la muerte, sólo oscuridad. Y silencio. Tenía la esperanza de que te lamentaras, de que me echaras en cara todos estos años. Habría sido un alivio. Me levanto temprano. Voy a comprar el pan aún sabiendo que a esta hora está cerrada la panadería. Sigo por la acera hasta el polideportivo y me detengo en la parada. Subo al primer autobús, un autobús cualquiera con pocos pasajeros. Está amaneciendo. Por las ventanillas se cuelan intermitentes ráfagas de sol. Una voz imprecisa anuncia la próxima parada. Apoyo la cabeza en el cristal y me duermo. El conductor me despierta al final del trayecto. No conozco este barrio, aunque tal vez sí, pero no lo recuerdo. Cerca hay una tienda de animales. Me acerco al escaparate y golpeo el cristal con los nudillos, varias veces. Los perros están dormidos. Uno de ellos abre los ojos, un cachorro de pelo marrón levanta la cabeza y me mira un momento antes de volver a tumbarse. Estoy pensando quedarme por aquí hasta que abran. O tal vez decida volver, tenderme en el felpudo y esperar a que salgas a la puerta.

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BAÑO
Reconocerse en el vapor de agua, tirar de la cadena, atrapar pájaros de jabón antes de que inicien el vuelo. Lugar donde todavía se permiten los pestillos.

EL PÁRAMO DONDE JAMÁS SOPLÓ NI UNA TRISTE BRISA MAÑANERA
Mauricio Ciruelos

del caballero de la triste figura, agitaban sus brazos simulando ser simples molinos de viento. Sancho Panza, víctima del engaño, sea por falta de apreciación o autoconvencimiento, quiso alertar a don Quijote, eso sí, siempre desde la distancia. —¡Que son molinos de viento! —vociferaba el ingenuo escudero. Pero nuestro ingenioso hidalgo, profundo conocedor de los campos de La Mancha, ensalivó su dedo índice y lo expuso al aire. Y lanza en ristre, a lomos de su rocín Rocinante, arremetió al galope contra el enemigo. ¡Con dos cojones!

Los gigantes, aterrorizados ante la imponente presencia

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DESIDIA
Andrea Vinci

Algo se está rompiendo: hay migas sobre la cama.

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TODO EL MAR DENTRO DE CASA
M ig u e l N ú ñ e z B a l l e s t e r o s

en las alturas. Sus hermanos ya se alejaban en fila por encima de la cumbrera, manteniendo el equilibrio con los brazos abiertos. El agua inundaba la planta baja, sacaba los manteles de los cajones, los cuadernos de los dictados, la lupa de quemar hormigas. Ella no se decidía a subir. Miraba el agua ascender por la escalera un peldaño tras otro. Se imaginaba convertida en pez recorriendo las profundidades de la casa como si fuera el mar. Su madre se asomó a la trampilla del tejado: «Niña, date prisa», dijo. Ella la miró un momento antes de saltar y desaparecer en la tibia oscuridad de su nuevo territorio.

No se había decidido a subir al tejado. Sentía vértigo

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HUMO
Mauricio Ciruelos

en los labios, pero cuando la enfermera salió de la habitación, lo hizo. Abrió una rendija en el ventanal y como las tardes anteriores se quedó pensativa con la mirada en los grises edificios. Su padre la observaba desde la cama. —¿Y tu madre? —preguntó el anciano asfixiándose en cada palabra. —¿Mamá? —dijo ella sin dejar de mirar por la ventana—. No te preocupes por eso ahora. —Pero es que… —No hables, papá —le aconsejó exhalando el humo por la rendija—. Mamá tenía que hacer unos recados. Volverá pronto, ya lo verás. —¿Por qué no me ha dicho nada? —articuló entre accesos de tos—. Me hubiese gustado acompañarla. Ella se acercó a la cama. Las bolsas de la orina y el drenaje colgaban una al lado de la otra. El suero goteaba a buen ritmo y las constantes vitales parecían estabilizadas en el monitor. Le dio una larga calada al pitillo antes de inclinarse sobre su padre. El humo salió de su boca como si de su alma se tratase. —Y a mí que la hubieses acompañado, papá.

—No voy a encenderlo —aseguró ella con el pitillo

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MALA CONVIVENCIA
Pedro Rojano

pero nunca las recibo. Sospecho que soy yo quien esconde la correspondencia.

Siempre que viajo me envío postales a mí mismo,

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CASA TAPIADA
Loli Pérez

atrapados dentro. Tengo que rescatarlos antes de que desaparezcan.

Cada vez que paso por delante, me gritan los recuerdos

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LOS AFEITES DE LA MODERNA ESTÉTICA
Mauricio Ciruelos

meticuloso afeitado, me aplico una mascarilla facial nutritiva enriquecida con vitamina E. Tras retirar la mascarilla me unto una crema rejuvenecedora con base de algas y aloe vera. Unas gotas de tonificante alrededor de los ojos para disimular las bolsas y los párpados caídos. Para arrugas y patas de gallo uso una crema antienvejecimiento efecto lifting. En pómulos y frente, me aplico un hidratante de bajo contenido en grasa para evitar antiestéticos brillos. Por último, una loción reafirmante en el torso y glúteos, y un gel frío reductor en el vientre. Lo más preocupante de todo esto no es el elevado coste de la actual cosmética para un jubilado, sino mi reiterada demora en la primera partida de petanca de la mañana.

Tras una limpieza de cutis con crema exfoliante y un

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DESCONECTADA
Andrea Vinci

el silencio de la piscina, mientras flotaba en el agua límpida y veía como una hoja de eucalipto se posaba, lentamente, sobre el fondo azul, pensó que todas las alarmas sonarían al unísono, y sonaron.

En

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MARINA EN GRIS
Inmaculada Reina

donde trabaja y la lleva al bar de la esquina, casi vacío y a punto de cerrar. En el televisor apagado se refleja un fluorescente como el horizonte de una puesta de sol. Servilletas arrugadas en el suelo marcan como espuma sucia la orilla del mostrador. El camarero se afana frente al fregadero: un pescador solitario que guarda en silencio sus aparejos en una playa de invierno.

La madre recoge cada tarde a su hija en el supermercado

Mientras toma su café, la madre interroga a la hija con la mirada, le lanza preguntas cortas, como piedras planas que rebotan sobre la superficie de sus ojos. El silencio se acumula sobre la mesa, un montón de arena endurecido por la humedad que les impide verse. Los restos del café son agua estancada, y los saleros, en una esquina de la barra, atesoran toda la sal de aquel mar. La hija bebe a grandes tragos su coca-cola. La traga como buches de silencio que le arañan la garganta arrastrando las palabras hacia el fondo. Resiste como una roca las olas de la mirada de su madre. No contará nada. Se llena los bolsillos con el peso de todo lo que calla y se adentra en la profundidad hasta que el mar la cubre.

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SILENCIO
Mauricio Ciruelos

corría hasta el dormitorio de sus padres, apuntaba a la puerta con el mando a distancia y hundía el pulgar en el botón para bajar el volumen. Aquel truco funcionó las primeras veces, y los insultos y los golpes cesaron a los pocos segundos. Pero hace días que el mando no enmudece las peleas del dormitorio. En el quiosco compró pilas en vez de caramelos y las sustituyó por las que creía gastadas, pero tampoco así consiguió el silencio. Hoy, tras el portazo, el niño permanece inmóvil en el sofá, apunta el mando hacia el televisor y sube el volumen.

Cuando tras el portazo comenzaban los gritos, el niño

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COSA DE SIRENAS
Andrea Vinci

desesperadamente. La busco al regar las plantas. La encuentro al lavar los platos. La chapoteo al limpiar el suelo. La olfateo en la colada. Pero esto no sacia mi libido de sirena incomprendida, por eso, entre burbujas, me meto al baño.

Hay días que me convierto en sirena. Ansío agua,

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LA CONDESA ERASMUS
Pedro Rojano

Transilvania para estudiar en nuestro Conservatorio. En ese instante visualicé los tópicos de las películas de vampiros y le respondí adjuntando una foto del Conservatorio y otra de una ristra de ajos, por si acaso. Me contestó dos semanas después, seguía interesada en venir y, para demostrármelo, me mandaba su foto vestida de flamenca. La invitamos sin perder un minuto. Un año después, nuestro Conservatorio sólo abre por las noches y hemos quitado los crucifijos de las paredes.

Recibimos una solicitud Erasmus de una chica de

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LA CASA
M ig u e l N ú ñ e z B a l l e s t e r o s

sabía recordar los colores de la casa, la distribución de los muebles, los tapices. Nadie conocía la dirección y, sin embargo, era fácil ubicarla, plantarnos frente a sus puertas y esperar a que se abrieran, sin ni siquiera llamar. Nos gustaba encontrarnos allí sin citarnos. Coincidir cada tarde, sin habernos referido a ella. Tenía su misterio: no podíamos recordarla. Aunque sabíamos cómo llegar sin conocer el camino o volver cuando quisiéramos, con la certeza de que nunca habíamos estado antes.

Nadie

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TIMIDEZ
Mauricio Ciruelos

se llamaba? —preguntó airado el maquillador, al comprobar que del cadáver no colgaba ninguna identificación. —¿Por qué? —preguntó su ayudante desde el umbral. El maquillador acercó su rostro al del cadáver, lo examinó, y simulando profesionalidad explicó: —No es lo mismo maquillar a una Marilyn, que a una Santa Teresa. —En el informe consta como sin identificar. De todas formas, no parece que fuese ninguna santa —dijo sonriendo el ayudante. El maquillador lo miró indignado. —¡Márchese de una vez! —le ordenó. El ayudante se disculpó y abandonó la sala. El maquillador comprobó el informe, observó indeciso el cadáver y finalmente apagó las luces. En la penumbra contuvo la respiración y pasó su mano sobre el cuerpo de la chica sin llegar a tocarla. Con la punta de los dedos rozó el pubis inerte. Retiró el brazo tembloroso y dio un paso atrás secándose el sudor de la frente. Aún no había superado su timidez con las desconocidas.

—¿Cómo

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CUARTO DE LOS NIÑOS
Paredes pintarrajeadas, envoltorios de caramelos, monstruos bajo la
cama. La vida sin zapatos.

CORDÓN UMBILICAL
Pedro Rojano

Ilustración: Gema Del Pino

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Cordón umbilical

con los pies descalzos sobre el muro de la azotea y un escalofrío, como cien lenguas, recorre su cuerpo. Cierra los ojos, extiende los brazos en cruz, levanta la barbilla y se deja lamer los músculos tensos. Desde allí arriba la vista del parque se parece a una enorme magdalena de color verde con decenas de coches como tiras de ADN. También se pueden divisar los tejados de la ciudad hasta llegar a la torre de San Cristóbal. Bajo uno de ellos vive su padre. Encoge los ojos y trata de adivinar cuál es. Esta mañana, al regresar del instituto, volvió a ver al hombre de otras veces. Estaba en la esquina de siempre, junto al kiosco de Ramón. Hoy vestía un traje gris, se apoyaba en una de las estanterías de prensa y hojeaba las primeras páginas. Marina está casi segura de que es su padre, pero nunca se ha atrevido a preguntárselo. En la azotea sopla el levante, estira sus pecas, despeina sus rizos de color mostaza y ondea las sábanas que cuelgan del tendedero, mientras el resto de la ropa se agarra desesperada a los cordeles. A Marina no le da miedo. Se inclina levemente contra el viento y aprieta los labios y los ojos como si estuviese

A Marina le gusta coquetear con el vacío. Se encarama

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en la proa del Titanic. Una gaviota le roza con sus enormes alas y a punto está de perder el equilibrio. Abre los ojos de golpe. Mira hacia abajo. En la terraza del bar de Antonio ya están dispuestas mesas y sillas. No le gusta imaginar su cuerpo estrellado sobre esas mesas de aluminio. Cuando papá aún vivía en casa, los sábados tapeaban en ese bar: sangre encebollada. Tenía cinco años y sólo se acuerda del nombre de la tapa. Se inclina aún más sobre el pretil, ensaya el salto y cuenta en su cabeza hasta tres: una-dos-tres. Baja los brazos. La ropa del tendedero se ha calmado. De un salto baja del muro. Se agacha para abrocharse las sandalias y regresa a casa. —¿Dónde has estado? Te he llamado varias veces— dice en voz alta su madre desde la cocina. Marina, desde el pasillo, la ve de espaldas. Lleva ropa de calle bajo el delantal y sobre la cabeza un impecable marcado. —Estuve abajo con Macarena —contesta Marina alejándose hacia el dormitorio. —Está bien, lávate las manos que vamos a cenar— y continúa elevando la voz—. Esta noche voy a salir con Armando. Marina se lava las manos y va a su cuarto para cambiarse de ropa. No le gusta el tono pardusco del pantalón. La falda fucsia combinará mejor con la camiseta pistacho. Se mira en el espejo de frente, de lado, de frente. Su madre dice que con su edad era igual de coqueta. Siempre dice que son muy parecidas. —¿Qué hay para cenar? —pregunta retocándose los rizos con las dos manos. —Macarrones.

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El día que papá se marchó, su madre había cocinado raviolis con salsa boloñesa. Él nunca probó aquel plato. No le gustaba la pasta. Lo tenía todo preparado desde hacía días y subió tan sólo para recoger la maleta. Le dio un beso, pero Marina se apartó porque le pinchaban los pelos de la barba. Su padre no dijo nada, tiró del picaporte sin mirar atrás. Mamá lloró todo el día, tendida sobre la cama de su dormitorio, con los zapatos por fuera para no manchar la colcha. Estuvo varios días como ida, parecía como si se hubiese olvidado de todo. Se quedó igual que una actriz de cine mudo, movía los labios sin decir nada. Marina temió que su madre también se marchara. Una noche la oyó gritar desde su cama. Se levantó de un salto y al abrir la puerta del dormitorio, vio cómo arrojaba contra el suelo el joyero de cristal de Murano que habían comprado en Venecia. «¡Hijo de puta!», gritó frente a la ventana. «Hijo de puta», repitió para sí. Trozos de cristal desperdigados por el suelo. Esa noche durmieron juntas. Mamá la abrazó como a una almohada. Después de aquella noche su madre volvió a ser la misma de siempre, con su actividad frenética y esa cansina preocupación por el futuro. Los primeros meses Marina preguntó por él y siempre obtuvo la misma respuesta. Algunas vecinas dijeron que lo habían visto los domingos comprando el periódico en el kiosko de Ramón, pero su madre siempre ahogaba un suspiro, apretaba los dientes y le zarandeaba por los hombros: «Todo eso es mentira, él no nos quiere. No le importamos ¿comprendes?».

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Las fotos de su padre desaparecieron de los marcos, los libros de dibujos que él utilizaba para contar cuentos, los adornos a los que había adjudicado tal o cual anécdota, el elefante indio que meticulosamente pegó después de que Marina lo rompiera. Ni siquiera quedó el hueco vencido del sofá, pues su madre lo mandó tapizar de nuevo. Todo lo que recordaba a su padre ya no existía. Tampoco el olor de la colonia Varon Dandy, tan familiar como el tacto rasposo de su barba. Marina olvidó los paseos con papá por el parque, los juegos, las lecturas sobre las rodillas. Desde aquel momento su madre ocupó todos los huecos. Pasaba mucho más tiempo con ella, hablaba con la tutora del cole, salían de tiendas... Otras niñas tenían papás, pero ¿para qué servían? Mamá sabía conducir y era capaz de arreglar los grifos. Una noche de calor insoportable, Marina estaba tendida boca arriba sobre la sábana con los brazos extendidos. La colcha se había deslizado por un lateral. La ventana estaba abierta y las cortinas descorridas, aún así no circulaba el aire, todo estaba tan quieto como una pizza en el horno. Además del calor, el jaleo de los borrachos en el bar de Antonio no la dejaba dormir. Se levantó de la cama, se acercó a la ventana y de un saltito sacó medio cuerpo fuera. Miró a los clientes del bar que no terminaban de irse. Su cuerpo se balanceaba hacia abajo y hacia arriba, como un péndulo. El mareo del vértigo era aún más agradable que la brisa que llegaba desde abajo. Estar de un lado o del otro, sin gravedad, deslizarse sobre el aire era un placer incomprensible y arriesgado que le producía escalofríos. Abrió los ojos y volvió a ver al grupo de borrachos con claridad. Acumuló saliva y la dejó caer despacio desde sus labios, como si fuera la última gota que

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va a colmar un vaso. La vio descender en la penumbra, un viscoso destello recorrió las cuatro plantas hasta caer sobre la cabeza del más escandaloso. Marina bajó de la ventana, cerró precipitadamente, y apagó la risa con sus manos, acurrucada bajo la mesa del escritorio. Entonces oyó un burbujeo de voces, pero esta vez provenían del interior de su casa. Pegó el oído a la puerta de su habitación y escuchó los jadeos acompasados por unos golpes en la pared, como si un carpintero hubiese decidido trabajar de madrugada. Estuvo allí lo suficiente para que se disipara el jaleo de los borrachos. Escuchó entonces la voz de su madre susurrar unas explicaciones, la hebilla de un pantalón, el tintineo de unas llaves, los pies descalzos por el pasillo y el clic clandestino de la puerta. Marina aguantó bajo la mesa, los brazos aprisionando las piernas contra su pecho. ¿Sería la misma rabia que sintió mamá cuando papá se fue con otra? Respiraba con dificultad y no podía tragar saliva, pero no iba a llorar, por nada del mundo querría ver la cara de su madre en ese momento, así que respiró hondo tres veces, y se estuvo quieta como una estatua, una estatua cagada por las gaviotas. Cuando todo se quedó en silencio abrió despacio la puerta. En el pasillo flotaba un perfume de hombre, un olor distinto al de Varon Dandy. Siete años después, Marina ya se ha acostumbrado a la colonia de Armando. Hoy ha quedado con mamá para ir al cine. Marina sabe que es un buen tipo, aún así no le cae bien. Su madre siempre está diciéndole que es un número uno: elegante, educado y tan delgado como esa cifra. Ella lo dice porque ha recuperado la coquetería y las ganas de salir,

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pero para Marina es como el uno por el que se multiplican los números. Desde aquella noche ha pasado tanto tiempo que ya no le importa. Ha soplado varias veces las velas, le han crecido los pechos y las caderas han comenzado a inflarse como por acción de alguna levadura. Ha sido testigo de esos cambios frente al espejo, tras la puerta del ropero del cuarto de su madre. Se contempla de frente, de lado, de frente. Aprieta los labios formando un beso y parpadea como lo ha visto hacer en las películas. Ya usa sujetador y sus camisetas marcan el borde curvo de su silueta. Sus tíos dicen que es la viva imagen de su madre, pero ella quiere descubrirse rasgos de su padre: quizás la barbilla corta, las pecas inexistentes en el cutis de su madre, el cabello mostaza parecido al de Julia Roberts, puede que la raíz puntiaguda en el nacimiento de su pelo, o quizás ese defecto que ladea ligeramente su nariz. Pero es inútil, ya no recuerda la cara de su padre, ni tiene una foto donde contemplarlo. Se deja caer sobre la cama, destapa la colcha a la altura de la almohada y hunde la cabeza en ella. El lado izquierdo era el de su padre. Ya no huele a él. No queda nada de su padre en casa, excepto ella. En el Instituto ha aprendido que todo está en los genes. Se es de una manera o de otra por su culpa. Papá y mamá se mezclaron una noche o una mañana, se arrebujaron en el colchón, o en el asiento trasero de un coche, quizás sobre la moqueta de un cine matinal o tal vez en el aparcamiento de un casino de barrio donde se jugaba a los dados. Hubo suerte y salió el siete: dos más cinco, o tres más cuatro, ni el cinco sin el dos, ni el cuatro sin el tres. Marina quisiera adivinar cuáles serán los genes de su madre y cuáles los de su padre. No quiere

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ser como ninguno de los dos. Quiere ser distinta, y no hay forma de desligarse de todas esas moléculas. Mañana por la mañana, cuando vuelva del instituto, el extraño estará en el mismo lugar de siempre. Marina avanzará hasta el portal con la mirada en su espalda zumbando como un insecto. Se agarrará a los barrotes de la cancela y se volverá con los ojos cerrados. Algo fermentará en su interior, tan inevitable como el empujón de la levadura. Antes de abrir los ojos contará en su cabeza hasta tres: una-dos-tres. El hombre seguirá allí, esta vez sin el traje. Mañana no esquivará la mirada de Marina y ella ya no tendrá dudas de que papá ha venido a buscarla. Por un instante las palabras de su madre regresarán «hijo de puta, hijo de puta». Marina recordará la ventana de la habitación abierta de par en par y un cosquilleo ascenderá desde las plantas de los pies. Después correrá hacia él sin saber por qué. Mientras, el hombre abrirá los brazos en cruz y se encorvará para recibirla. Su barba rasposa, el olor a Varon Dandy, sus besos. Marina sentirá el mismo cosquilleo que en la azotea, idéntica y placentera sensación de vértigo.

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LA MOCHILA EN LA SILLA
Mauricio Ciruelos

hacia su dormitorio. Me reconforta respirar el aire impregnado con su olor que escapa por la puerta entreabierta. La empujo muy despacio para que no chirríen las bisagras y entro. Camino sigilosa tanteando la oscuridad hasta llegar al borde de su cama. Bajo las sábanas lo oigo respirar. Me tranquilizo y me agacho hasta sentir su aliento tibio en mi cara. Lo siento tan cerca como cuando lo llevaba en mi vientre. Como si siguiésemos unidos por un cordón invisible que las tijeras de la comadrona no lograron cortar. Sus labios soñolientos me regalan un susurro: «Mamá...». La angustia se desvanece y salgo del dormitorio esbozando una sonrisa. En el espejo del baño no me reconozco. Las pupilas apagadas, las ojeras malvas y las canas, como si una noche me hubiese envejecido diez años. Me lavo la cara con agua caliente y jabón, y froto con fuerza, pero el espejo sigue devolviéndome el mismo rostro marchito. Poco a poco, el vapor va empañando mi reflejo. Sentada sobre la tapadera del bidé intento recordar el sueño que me ha despertado, pero sólo me vienen a la cabeza imágenes confusas. El nudo en

Despierto asustada, con el corazón encogido, y corro

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el estómago me hace temer que sea el mismo sueño de otras noches. Me desnudo y abro el grifo de la ducha. El agua caliente sale a presión y el vapor se extiende por todo el baño. Al frotarme con la esponja me doy cuenta de que soy un pellejo sobre el esqueleto. Salgo de la bañera y me envuelvo con el albornoz entre escalofríos. Termino de secarme y voy a la cocina a prepararle el desayuno. Los fluorescentes parpadean con un zumbido y se iluminan. Una cucaracha corre por la basura que rebosa del cubo y se refugia bajo la bombona de butano. En el fregadero se amontonan los platos sucios de varios días, y en el reloj de la pared el segundero avanza dos segundos y retrocede uno. Avanza, avanza y retrocede. Conecto la radio antes de que el silencio me aplaste. En el interior del frigorífico sólo quedan tres huevos, una cebolla mohosa y un tetrabrik de leche. Pongo la leche a calentar en un cazo y preparo una taza con dos cucharadas de colacao y una de azúcar, como a él le gusta. Me asomo a la ventana del patio y miro a una vecina recoger la ropa del tendedero. El chirrido metálico de las garruchas me hace cerrar los ojos y apretar los dientes. Imágenes del sueño me vienen a la cabeza y se desvanecen. Cierro la ventana y oigo despertador sonando en su dormitorio. La leche sube por el cazo, se derrama sobre la hornilla y apaga la llama. El olor a leche quemada se mezcla con el del gas y siento náuseas. Cierro el gas y vierto la leche caliente en la taza mientras remuevo con la cucharilla. El despertador sigue sonando y miro el reloj que ahora marcha con su ritmo cotidiano. Avanza, avanza y avanza.

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Salgo de la cocina, cruzo el pasillo, y me detengo frente a la puerta del baño. Llamo con los nudillos. —¡Buenos días cariño! En la cocina tienes el colacao... y no te entretengas que luego se te hace tarde. En su dormitorio apago el despertador, abro las cortinas y levanto la persiana. La habitación se llena con una claridad gris. Me siento en la cama y me tumbo hasta quedar atrapada por el enredo de sabanas. Cojo la almohada entre mis manos, la aprieto contra mi cara y me lleno de su olor. En el almanaque de la pared señaló con rotulador rojo el día de su cumpleaños. En un par de semanas cumplirá los diez y aún no sé qué regalarle. En el armario tiene guardado el regalo del año pasado y ni siquiera lo ha abierto, con la ilusión que pensé que le haría. Al cruzar por el pasillo vuelvo a llamar a la puerta del baño. Abro y está vacío. Lo llamo pero no responde. En la cocina la radio informa del tiempo y del estado de las carreteras. La taza de colacao sigue sobre la encimera. Empezó por no querer que yo lo vistiese, ni que los demás niños lo viesen llegar al colegio cogido de mi mano. Luego sólo pude acompañarlo con la mirada desde el portal de casa, y ya ni siquiera se despide con un beso. Vacío el colacao en el fregadero y dejo la taza sobre el montón de platos sucios, junto a la taza de ayer. El corazón se me encoge y corro a su dormitorio. Soy incapaz de entrar. La mochila está en la silla, igual que ayer. En el almanaque las cruces negras señalan la misma fecha que ayer, la misma que antes de ayer, la misma que llevan señalando los últimos siete años: el día que ya siempre será en su habitación.

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PROBLEMAS DE TRENES
Inmaculada Reina

Ilustración: Carmen Martín

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Problemas de trenes

«No siento culpa, responde. Pero siento esa falta de culpa como si fuera culpa.» Alejandro Zambra

Bilbao y otro de Madrid. Sabiendo que la distancia entre ambas capitales es de 443 km., que sus velocidades respectivas son 78 km/h y 62 km/h y que el tren de Bilbao salió hora y media más tarde, calcular: a) Tiempo que tardan en encontrarse, b)¿A qué distancia de Bilbao lo hacen? Tu padre nunca estaba a la hora de los deberes. Tu madre te decía que ella lo sabía resolver por la cuenta de la vieja, pero eso no servía, había que incluir todas las operaciones, no sólo el resultado. Ahora está en la cama, arropada hasta el cuello y encogida. Tu padre va y viene por el pasillo, aún no se ha peinado. Lucinda te mira desde la puerta de la cocina y te hace un gesto tranquilizador con la cabeza y los ojos. Suena el timbre y tu padre toma el control. Abre camino al pequeño séquito de sanitarios con chalecos reflectantes y los guía hasta el dormitorio. Se aparta un poco junto a la cómoda

Tomen nota: Dos trenes salen a su encuentro, uno de

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y les muestra el problema: tu madre. Yo me rindo, parece decir con la mirada. Tú aprovechas el momento para informarte en la cocina. Por la noche tu papá le dio la pastillita que le tiene recetada el médico para dormir, te dice Lucinda. Casi nunca la toma pero anoche se la dio porque estaba muy nerviosa y a tu mamá le pasa eso cuando la toma, que a la mañana está más adormilada y no hay forma de sacarla de la cama. En realidad yo tuve la culpa, dice Lucinda, y suspira. Cuando llegué por la mañana vi unas manchitas marrones en la sábana, pequeñas, ves, como de un tamaño así, dice Lucinda redondeando el pulgar y el índice de una mano sobre la palma de la otra. Se las mostré a tu papá y se asustó, pensó que había vomitado sangre. Tal vez se mordió durante la noche, pero no se dejaba mirar, ya sabes cómo se pone. Tu papá llamó a tu hermana y le contó y al final pulsó el botón rojo de las urgencias. Te mira un momento y te sonríe. No va a ser nada, ya verás, muchas mañanas está así. Abre el grifo sobre los platos sucios del fregadero. Tu papá necesita descanso, dice como para sí misma, él también es mayor. Tu padre ya no duerme en su habitación. ¿Por qué tengo que compartir cama con tu madre?, había preguntado sin esperar respuesta, mientras le ayudabas a dar la vuelta al colchón de tu antigua cama. Resoplaba, está demasiado grueso. Aquel día te llevaste los últimos libros que quedaban en la estantería: Robinson Crusoe, La vuelta al mundo en ochenta días, Miguel Strogoff. Tu hijo te permitió que los colocases en la librería de su dormitorio, pero no los leyó. Mira, las hojas están amarillas y se desprenden al pasarlas, te dijo.

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Tu padre te reclama desde el problema de hoy. La doctora rellena el informe de la visita. Llévele esto a su médico de cabecera por si tienen que hacerle alguna prueba. Nosotros no encontramos nada anormal. Tiene bien la tensión y ya se va despabilando. Las manchitas pueden ser un resto de las medicinas que no llegó a tragar completamente, hay una pequeña escoriación dentro de la boca. Tu madre agarra con fuerza la mano de la enfermera, que la ha incorporado y le coloca las almohadas detrás de la cabecita despeinada. Ahora a levantarse y a desayunar, casi le grita con un tono festivo. Te preguntas por qué le habla así, no es su madre ni su abuela, ni siquiera la conoce. El resto de los sanitarios espera en la puerta con el arsenal de maletines y útiles médicos que no han tenido que utilizar. Les pides disculpas por el viaje innecesario. No se preocupe, dice el muchacho alto con aspecto de camillero, para eso estamos. Cuando regresas por el pasillo, ves a Lucinda poniéndole a tu madre las zapatillas de felpa celeste, luchando con sus pies delgadísimos y agarrotados. Tu padre, sentado en el cuarto de estar, se pincha en un dedo con una pequeña lanceta para medirse la glucosa. Dos trenes que hoy salen a su encuentro, con retraso, cada uno de una estación diferente. En la cocina calientas el café que ha preparado Lucinda y sirves dos tazas. Las pones en una bandeja con el azúcar, la sacarina y la leche desnatada. Buscas en la despensa la caja de las galletas. Hay un paquete empezado y cerrado con una pinza de tender. Tu madre siempre cerraba así las bolsas de las lentejas, el arroz, la harina. Tu mujer tiene botes herméticos de cristal de colores con el nombre del alimento rotulado. A

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veces te pide que se los alcances desde el estante más alto del mueble. Tu madre solía hablar sola cuando estaba cocinando o fregando los platos. Le gustaba estar en esta parte de la casa. Se sentaba a repasar ropa o a hacer ganchillo en una silla vieja, junto a la lavadora, con el transistor encendido, escuchando las noticias, las tertulias, nunca emisoras de música. Mientras, tu hermana y tú estudiabais cada uno en su habitación. Nunca querías tomarle la lección a tu hermana, era muy aburrido, siempre lo decía todo al pie de la letra. Tu madre sí la escuchaba recitar las listas de ríos y capitales, las conjugaciones, las fórmulas químicas, con el mismo interés que ponía en la radio. Tú también tenías muy buena memoria. Cuando no entendías los ejercicios de matemáticas, memorizabas todos los problemas del libro y los que había puesto el profesor, con operaciones y resultados. Siempre salía alguno de esos en el examen. Tomas el café con tu padre en el cuarto de estar. En el baño, Lucinda asea a tu madre y le habla como a una niña remolona. Sabe a serrín, dice tu padre masticando una galleta. Cuando sale vuelve a desayunar en la cafetería de enfrente, Lucinda te lo ha contado. También a tu hermana, pero no hacéis nada al respecto. Sólo cuenta lo que hace delante de vosotros y ni siquiera eso. Hoy está fastidiado porque se le ha hecho tarde para escapar de allí. Lucinda sienta a tu madre en la mecedora y le acomoda unos cojines, enciende el televisor y se marcha a la cocina. Cuando tu padre va al baño le preguntas a tu madre cómo está. Bien, bien, bien… ¿Ya has desayunado?, dice. Recuerdas esa mirada distraída. Le dices que sí y que te tienes que marchar porque hay mucho lío en el despacho. Bien, bien, bien… repite ella y cierra los ojos meciéndose un poco en la butaca. Te acercas a darle un beso. Huele a jabón.

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Llevas la bandeja a la cocina y te despides de Lucinda. A media mañana vendrá mi hermana, le dices. Te sonríe y te da unas palmaditas en el hombro. Es casi tan mayor como tus padres. No te preocupes, esto es así, te dice. Ya le digo a tu papá que te tuviste que marchar. Él también saldrá ahora, hoy se le hizo tarde para su paseo. En el portal una vecina te pregunta si pasó algo. Escuchó la ambulancia, los vio entrar en el edificio y se imaginó. Le dices que no se preocupe, que no ha sido nada, finalmente. Dos trenes que hoy salen con retraso y tampoco van a colisionar o encontrarse en ningún punto kilométrico. Te alegras de no estar ya en el colegio. Nunca se te dieron bien los problemas de trenes.

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SALÓN
Lugar donde se reúnen las visitas. El televisor, el mueble bar y el
desayuno de domingo. Permanece cerrado por las noches.

PENA DE NIEVE
Andrea Vinci

Ilustración: Gema Del Pino

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Pena de nieve

«(…) alondra gris, tu dolor me conmueve, tu pena es de nieve (…)» Enrique Cadícamo «Si alguien nos quiere encontrar será más fácil, sólo tendrá que seguir el rastro de sangre en la nieve» Gabriel García Márquez

La misma pesadilla recurrente, con diferentes matices pero igual: Lautaro la engañaba, esta vez con la hija de su amiga Tití. Permaneció un largo rato con los ojos abiertos, mirando al techo blanco, impecable. La luz filtraba entre los cortinados. No quiso girar la cabeza, sólo palpó la cama. Él estaba allí. Volvió a cerrar los ojos, pero cerrarlos le hacía mal, volvían una y otra vez las imágenes de su último sueño. Miró el reloj. No quería despertarlo y salió de la cama como un fantasma. Se encerró en su vestidor y buscó la agenda. A primera hora tenía un estudio, una densitometría ósea, Una tontería más, como la llama ella, que le marca una y otra vez que la menopausia ha llegado para instalarse en sus frágiles huesos, y que las cirugías plásticas no ocultan el paso del tiempo.

Amalita abrió los ojos antes de que sonara el despertador.

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Desde hace dos años Amalita es la directora de dos Fundaciones. Como mecenas ha sido un hallazgo. Como dadora de amor, un perro abandonado. Una de las Fundaciones es la Michelangelo, que apadrina proyectos a «proyecto» de genios, artistas plásticos y literarios. Otorgan premios anuales y becas. Se hacen exposiciones y se edita a los mejores. En todas esas fiestas brilla Amalita Sánchez Cornejo de Brown. A la Fundación Michelangelo va casi todos los días, a la otra Fundación, la San Nicolás, sólo una vez al mes; allí todos trabajan gratis, menos la cocinera. Juntan ropa, dan albergue y tres comidas al día. Ella organiza kermesses y fiestas, loterías y bingos, todo para reunir dinero. Esa gente debe comer todos los días, dice levantando el mentón y sonriendo con la mirada. Antes de elegir la ropa que se pondría esa mañana, volvió a mirar la agenda. Después del estudio debía pasar por San Nicolás. Ya tenía preparadas las cuentas y la guía de la nutricionista. Es mi deber, suele decir siempre, con una leve sonrisa y un medio giro de cabeza, abriendo las manos como alas. Bajó a desayunar vestida, peinada y maquillada para afrontar todo su largo día. En el comedor diario encontró a Lautaro en bata, tomando café. Luego de saludarla sin levantar la vista de los periódicos, le exigió a la asistenta que le cambie la taza porque el café ya estaba frío. —No olvides que hoy inauguramos la muestra de Federico —dijo Amalita, limpiándose los labios para beber un sorbo de jugo de naranja. —Sabés que no voy a ir. Tengo junta de accionistas.

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—¡Cómo!, deberías haberla organizado otro día. —No hace falta que vengas —contestó Lautaro mientras hojeaba los suplementos económicos. Luego sonó el teléfono y él fue a atender la llamada desde su despacho. Amalita se quedó frente a medio pomelo edulcorado. Una hora después estaba tendida sobre una camilla, mientras una máquina con sonido y movimiento monocorde le sacaba fotos sin exigirle una sonrisa. La dejaron sola, mirando al techo blanco, impecable. No quiso cerrar los ojos. Dos tubos fluorescentes encerrados en una lámpara de aluminio le lastimaban la vista. Ese techo y esas luces le recordaban los traslados en camilla por los pasillos del sanatorio, donde hacía dos años la habían internado tras salvarle la vida. Deseaba poder salir corriendo. Puntualmente, a la hora prevista en su agenda, entró al salón comedor de la Fundación San Nicolás. Llevaba bajo el brazo su agenda con la cifra recaudada en el último bingo y las indicaciones de la nutricionista. Levantó la mano desde lejos, tiesa, con todos los dedos juntos y sonrió como siempre, con la boca apretada. También sin acercarse, desde lejos, la saludó la cocinera con una inclinación de cabeza, mientras servía lentejas a los hombres y mujeres que ese día pasaron por el comedor. Tras apoyar la bandeja en la mesa, un muchacho se acercó a saludarla. —¿Qué hace semejante flor en este mundo de cardos? —Soy la directora —contestó Amalita sin mirarlo y con cierto fastidio. —Florencio Piedrabuena —le dijo extendiéndole la mano.

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Ella miró esa mano una fracción de segundo. Dentro de la Fundación San Nicolás no le daba la mano ni a la cocinera. Esta vez accedió. —¿Quiere almorzar con nosotros? Negó con la cabeza y se quitó el abrigo. La cocinera aún estaba ocupada y era imposible hablar con ella en ese momento. Se sentó. —¿Y usted por qué no trabaja? —dijo Amalita, incómoda, porque nunca sabe cómo dirigirse a la gente más humilde. —Porque no encuentro nada —contestó el hombre, intentando no ser descortés. Él le contó por qué estaba allí, y ella, envuelta en una conversación que en un principio no deseaba, terminó contándole qué hacia con su vida. Al final ambos rieron y Amalita mostró sus dientes blancos, impecables, y descubrió los ojos azules de Florencio, su espalda ancha y sus brazos, con venas como ríos, asomando bajo la camisa arremangada. Cuando la fila de gente y la comida se acabó, la cocinera tuvo tiempo para cuentas, directivas de nutricionista y otros detalles que iban en la agenda de Amalita. —Usted es una diosa, señora. No sé cómo hace para estar cada día más joven. —El culpable es el masajista que me trae las cremas del Mar Muerto —contestó Amalita con los labios fruncidos. Y la cirugía, pensó la cocinera. Amalita recordó sus otros compromisos y se levantó. Cerró la agenda, le dio el listado con las directivas y las cuentas y le dijo que se iba a Michelangelo. La cocinera no demostró su rabia, sabía que esta mujer iba,

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día sí y día también, a su otra Fundación porque estaba obnubilada por el arte y los artistas. —Bueno, la espero el primer miércoles de junio ¿no? Amalita dudó. —No sé, tal vez pase antes. Con sus gráciles pasos caminó hasta la puerta. No sabía si era correcto acercarse a saludar a Florencio. Lo miró de reojo y levantó su mano, recta y tiesa. —¡Tan pronto se va el jazmín de este palacio! —Compromisos —contestó ella y, tras cerrar la puerta, sonrió con todos los dientes. En la Fundación Michelangelo la esperaba mucha gente. Amalita caminaba de un lado a otro. Daba las últimas directivas. Señalaba con sus dedos como agujas dónde debían colocar los canapés y las bebidas para el cóctel. Hacía sonar sus tacos sobre el piso de mármol. Al final sus amigas la alabaron, como siempre, porque Todo lo hace por los demás, y ella insistió en que Es mi deber y esa gente me necesita. —Artistas como Federico te lo deben todo. —Exagerás, Tití. El talento es de él. —¿Y la otra Fundación? —preguntó Tití. —¡Espléndida! Y, ya que estás, podrías donar algo para la próxima rifa de la cena en el Palais de Glace. —¿El dinero es para algún artista? —No, para San Nicolás —contestó Amalita sin dudarlo, mientras desparramaba sonrisas a diestro y siniestro.

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—Veré que puedo darte —dijo Tití y aprovechó un descuido para alejarse. Tití, como todo el grupo de amigas, admiraba el cambio producido en Amalita en los dos últimos años. La habían visto sufrir, llorar y habían escuchado todas sus penurias, pero eso de que quisiera ser casi una santa o un ángel bajado del cielo, no terminaban de creérselo. Les parecía que su actitud iba más allá que el mandato que le dieron las monjas en sus años de estudiante. —Yo, por Michelangelo, hago lo que sea, pero por los pobres, no sé. No me convence eso de regalarles comida y que no busquen trabajo. Además con el bingo y el asado en la estancia ya tengo bastante. ¿Ustedes qué opinan? —dijo Tití, por lo bajo, al resto de las fieles amigas. Esa noche Amalita regresó tarde a su casa. Todo estaba en silencio, el dormitorio vacío. Mientras se masajeaba la planta de los pies pensó en todo lo sucedido ese día. Luego se acostó, dejó un rato la luz encendida y no le importó quedarse mirando al techo blanco, impecable. A la semana siguiente regresó a San Nicolás. La cocinera sabía que eso no era normal, porque la directora siempre tenía la agenda llena de compromisos. Una vez la abrió mientras Amalita estaba en el baño. Leyó hora por hora. Arriba de todo decía: Conjunto negro de Chanel, con blusa blanca con botones de nácar, aros y collar de perlas, reloj. Y.S.L. de plata, Manolos y cartera Loewe. Abajo sus múltiples anotaciones. Toda la mañana dedicada a sus uñas y a su pelo. Toda la tarde a la Fundación Michelangelo. Y al día siguiente otro tanto de lo mismo. Sólo variaba la vestimenta: Conjunto azul con zapatos y

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cartera de Ricky Sarkany, bijou blanca y roja de piedras, pañuelo de seda rojo, ¡OJO! prendedor máscara con rubíes en solapa, no repetir este detalle en eventos de Michelangelo. La cocinera no llegó a leer más, pero siempre que Amalita abre la agenda, intenta mirar de reojo. Y viendo esa agenda meticulosa, con esa letra pequeña, redonda y esa caligrafía perfecta, no logra imaginarse que esa sea la misma mujer que encontraron, hace sólo un par de años, con las venas cortadas en la mansión de Palermo Chico. Por aquel entonces no existían San Nicolás ni Michelangelo, pero la noticia se había escurrido en los medios, sin compasión ni reparo. Ella nunca preguntó y sabe que nunca preguntará. El espacio que pone Amalita entre ella y el resto de la gente en San Nicolás, impide cualquier atisbo de imprudente confianza. Una de las mucamas fue despedida después de aparecer en la televisión diciendo: Fue como encontrar gotas de sangre en la nieve. En aquel tiempo Amalita lloraba casi todo el día. Caminaba descalza por la casa, siempre a oscuras, en camisón largo hasta los tobillos y con las uñas de las manos y los pies descascaradas. Palpaba las paredes. Una empleada creyó que estaba ciega. Amalita reclamaba sus derechos a los gritos: ¡La Vasco-Argentina es mía!, exigía entre alaridos y jarrones destrozados contra el piso, pero el marido ignoraba sus reclamos. También reñía al personal doméstico. Había olvidado toda compostura. Exigía orden porque dormía de día y por las noches deambulaba por la casa, de memoria, como los ciegos. Una noche tropezó con un puf en medio del living. Fue a parar contra la vitrina del mueble-bar, donde pensaba servirse un whisky y quedarse a llorar a solas el resto de la noche. El estruendo fue tal, entre copas, vasos y botellas, que un minuto después estaban todos allí, mirándola llorar y

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escuchándola gritar sentada en el piso, mientras le corría la sangre por la sien. Tres meses después de esto la encontró el ama de llaves en la bañera, con las venas de las muñecas cortadas y los ojos fijos en el techo blanco, impecable. Fue como encontrar gotas de sangre en la nieve, afirmó el ama de llaves. Estuvo internada en un sanatorio psiquiátrico varios meses y cuando salió, su marido tuvo que asumir que no era broma y la dejó participar en las reuniones trimestrales de la empresa. Pero Amalita se aburría. Aparecía cada tanto y esperaba que los empleados la adoraran, pero para ellos sólo era la esposa del señor Lautaro. Sin previo aviso, regresó a San Nicolás sólo una semana después, con la pollera ligeramente más corta y el pelo ligeramente más suelto. Al verla entrar, Florencio fue a saludarla. —¡Llegaron los ojos más bonitos de Argentina! —y esta vez, sin darle tiempo a reaccionar, le zampó un beso en la mejilla. Imposible evitarlo porque se acercó con todo su ímpetu. Para Amalita, Florencio era alto como un monte desierto y joven como un navío a la deriva. Así lo había fijado en su cabeza. Después vino otro miércoles, y otro miércoles y el siguiente y, finalmente, Amalita se animó a servir las mesas. La cocinera no daba crédito, pero por las dudas, no mencionaba sus sospechas. Sabía, por aquello de la mucama vengativa, que con el marido se veía muy de noche en noche, y a veces ni tan siquiera los fines de semana. Pero esa mujer altiva, con sus

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tacos y sus dedos como agujas, levantaba la tapa de las ollas de sopa, pasaba los platos, caminaba grácil con pasos pequeños y sonreía con todos los dientes. —¿No quiere que le busque trabajo? —le dijo a Florencio casi en un susurro. El muchacho se alegró tanto que no pudo ocultarlo y ella le pidió que disimulara, porque era imposible encontrar trabajo para todos. Amalita le exigió al marido un puesto para Florencio, y éste no tuvo más remedio que aceptarlo. Después de todo, ella es la dueña de la empresa. Quince días después Florencio entró en La Vasco-Argentina. Con un prolijo uniforme abría las puertas, repartía las cartas, atendía el teléfono. Un trabajo de lujo para un hombre con callosidades en las manos y sin más estudios que la primaria. Amalita llenó su agenda mucho más que antes. Ahora se levantaba temprano, tarareaba canciones de los ´60 y elegía ropa más atrevida y juvenil, aunque siempre sobre sus elegantes tacos de aguja. Además de las reuniones con artistas y escritores, de las fiestas y desfiles de modelos, de servir mesas en San Nicolás todos los miércoles y de organizar bingos y kermesses para recaudar fondos, aparecía por la empresa con cualquier excusa. —Pero, ¿hoy no es miércoles? —le dijo Florencio. —Iré mañana —mintió Amalita, que inventaba reuniones con empresarios y pasaba revista entre los empleados que apenas la conocían.

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Amalita le exigió a la secretaria de su marido que agilizara el contrato fijo de Florencio. La secretaria, que nada tenía que ver con recursos humanos, hizo el trámite con desgana. —Recurre a mí con cualquier excusa —le dijo la secretaria a Lautaro—. Me parece que sospecha. Lautaro, metiendo su mano derecha bajo la minifalda de la secretaria, la amenazó con echarla si le hacía algún desplante a su mujer, y al decirle esto, le pellizcó el trasero. —¿Tú mujer? Depende para qué —agregó la secretaria entre risitas. Lautaro pensó en La Vasco-Argentina, pero no dijo nada. Le dio otro pellizco y le contestó, —Para todo el resto. Sólo un mes después Amalita le entregó a Florencio su contrato fijo. Él la abrazó, con un abrazo rápido, con menos ímpetu que aquel primer beso en la mejilla. Los piropos empezaron a amainar como las gotas de un remedio amargo. —¿Y eso? —dijo una tarde Amalita, señalándole el dedo anular de la mano izquierda—. ¿Se comprometió? —agregó casi ahogándose, como si le estuvieran atravesando el corazón con una aguja de tejer. —No, lo recuperé del empeño —dijo Florencio, sabiendo que ese olvido podía salirle caro. —¿Está casado? —preguntó Amalita, como una trapecista al vuelo a la que se le soltaron las manos. —Sí, desde hace años —contestó Florencio sin saber qué excusa inventar. Luego, buscando en su billetera una foto, agregó—. ¿Nunca le hablé de Lucía?

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Ese miércoles Amalita regresó pronto a su casa. Le dijo al personal que tenía jaqueca, que hicieran silencio y se encerró en su habitación. Se puso el camisón largo hasta los tobillos, se tendió sobre la cama y se quedó boca arriba, mirando al techo blanco, impecable.

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LA MIRADA
M ig u e l N ú ñ e z B a l l e s t e r o s

a la barra y pidió un Johnnie Walker con hielo sin levantar la vista del mostrador, como si la visión de tazas con restos de café, cucharillas y botellines de agua pudiera desplazar la persistente imagen de Marian en el semáforo. Ella sonreía, la cabeza girada al imponente desconocido que la llevaba sujeta por el brazo. Víctor, que circulaba por el carril opuesto, levantó el pie del acelerador sin apartar la vista, tratando de convencerse en esa mínima fracción de tiempo de la imposibilidad de que aquella mujer fuera su esposa. Negar lo que su mirada ya había visto. Ahora no conseguía esquivar la imagen: la facilidad de la risa, la presumible intimidad del contacto, se le quedaron fijas en la retina y no dejaban de repetirse a fuerza de querer borrarlas. Sólo al elevar la vista del mostrador y verse repetido desde distintos ángulos en los numerosos espejos que cubrían las paredes, se descubrió viejo y asustado, y por primera vez en muchos años se preguntó qué había hecho mal. Quiso recordar que esa misma mañana, mientras tomaba su primer café, no había reparado en la llegada de Marian a la cocina. Aunque mantenía el periódico abierto por la sección

Víctor entró ofuscado en el bar Las Delicias. Se dirigió

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de noticias locales, en ese momento se hallaba abstraído en la contemplación del jardín. Era un deleite admirar la frondosidad de los árboles a esa hora, la explosión de formas y colores que cada mañana parecía darle la bienvenida. Emitió un suspiro de vivo agradecimiento por esos tres mil metros cuadrados de belleza impecable que para él representaban no sólo años de esfuerzo, sino también, el orgullo de haberlo conseguido. El zumbido de la licuadora donde Marian preparaba un zumo de frutas lo devolvió a la realidad. No suelen hablar por las mañanas más allá de los rutinarios «buenos días»; los inevitables «¿cómo has pasado la noche?» que no están obligados responder. Esa mañana, Marian se mantuvo en silencio. Llenó su vaso de zumo y sin pronunciar una palabra salió al porche. Víctor no reparó en la mudez de su esposa. En su mente ya repasaba los detalles de su entrevista en la Delegación de Agricultura fijada para medía hora más tarde. Le tocaba defender el informe sobre las excelencias de una nueva línea de fertilizantes que estaba a punto de lanzar al mercado. De todas las imágenes de sí mismo que reflejaban los espejos del bar, Víctor se detuvo en la que, probablemente, le dejó más impresionado, aquella que mostraba su espalda. Nunca se había fijado en la curva achaparrada de los hombros, la pronunciada hendidura que se le formaba en el centro de la nuca, la invasión de brotes de ceniza que en esa parte de la cabeza cubría la palidez de los cabellos. No era el muchacho que enamoró a Marian, el que asaltó su cama una noche en el campamento de Nagüeles. Ella en vez de pedir socorro a su compañera de cuarto lo atrajo para sí y separó las piernas. Víctor, todavía inexperto, se corrió nada más iniciar la embestida.

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«¿Cuándo fue la última vez?», se preguntó sin dejar de mirarse la espalda. Pidió otro güisqui y trató de recordar la noche de hacía, quizás, un par de meses. Habían asistido junto a varios de sus socios y esposas a la inauguración del Carpe Diem Paladium. Marian estuvo muy habladora. Se pasó de vodka con naranja, pero nadie pareció notarlo. Cuando volvieron a casa observó el brillo de estupor en los ojos, el gesto casi desesperado al subir las persianas y desprenderse del vestido, al caminar desnuda hacia la cama. «Hace más de dos meses», concluyó. Y no es que él no tuviera sus desahogos, sus almuerzos de trabajo que terminaban más allá de la medianoche en los reservados de Maison Fedora, lo que le ofuscaba no era comprobar que había dejado de buscarla, sino que Marian a su vez hubiera dejado de esperar que lo hiciera. Se sintió más relajado a la tercera copa. No solía beber antes de las comidas y le deprimía la visión de la gente bebiendo a esas horas de la mañana, como si no tuvieran nada mejor que hacer. Pero ese día no se deprimió, más bien lo encontró inevitable. A esas alturas, su inicial ofuscamiento se había transformado en euforia. Ya se miraba de frente en el espejo, elevaba los hombros y se sonría con los labios apretados. «Hay que plantar cara», se dijo y se aplaudió calladamente la expresión. Estaba decidido: iba a reconquistarla. Subió a su despacho y encargo a Judit que enviara a su mujer un ramo de rosas rojas. Las rosas nunca le habían fallado. Cuando estuvieron en París, en su viaje de novios, encargó que distribuyeran por la suite varios jarrones de rosas. «¿Cuánto hacía de Paris?», se preguntó. El Plaza Athenée de la avenida Montaigne, Marian embarazada de dos meses y Víctor pinchándose con una espina al arrancar una flor para

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ofrecérsela. Ella tomó su dedo y le chupó la herida que apenas sangraba. —¿Una docena o dos? —preguntó Judit al otro lado de la línea. —Tres —contestó Víctor—, y no olvide firmar la tarjeta. También pidió un sándwich de queso y una botella de agua con gas. Pasó la tarde revisando pequeños ajustes en el nuevo plan de producción. A última hora le avisaron para que diera el visto bueno a la campaña publicitaria y confirmara las citas con los representantes de los principales latifundios de algodón y otros pequeños propietarios del sector hortofrutícola. Sólo al final de la tarde, cuando Judit se despidió hasta el día siguiente, volvió la imagen de Marian en el semáforo. En ese momento no le pareció tan nítida y aunque, indiscutiblemente, eran su ropa, su gesto y su estatura, podría no ser ella. Condujo muy despacio de vuelta a casa. Dejó su Volvo S-80 en el garaje y después de activar el portón basculante decidió salir al jardín y hacer su entrada por la puerta principal. «Será más efectivo», pensó. La luz del vestíbulo estaba apagada pero llegaba el resplandor del jardín a través de las placas de cristal acorazado a ambos lados de la puerta. No obstante encendió el aplique. Quizás fuera la visión de su rostro en el espejo con visibles síntomas de abotargamiento o el ramo de rosas en el jarrón de teca, algunos de cuyos pétalos yacían con los bordes arrugados sobre el cristal de la cómoda, el caso es que se notó cansado y pensó que tal vez no fuera un buen momento para iniciar su reconquista.

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Entró en el salón. Marian hojeaba una revista en un extremo del sofá, bajo la luz oblicua de la pantalla que apenas le iluminaba el rostro. —¿Has comido? —preguntó cuando Víctor se dejó caer a su lado. —No. —¿Te preparo alguna cosa? —Déjalo, no tengo hambre. —Entonces me voy a la cama. Buenas noches. Se levantó, dejó la revista sobre el asiento y al pasar junto a su marido, él le cogió la mano. —¿Te gustaron las rosas? —le preguntó mirándola desde el sofá. —Están un poco mustias, pero no desentonan en la entrada —respondió Marian sin soltar su mano—. Por cierto, llamó Amalia para que fuésemos a almorzar el domingo. —¿Y qué le has dicho? —Que te preguntaría. —De acuerdo. —¿De acuerdo es que vamos o que no vamos? —Mejor lo decidimos mañana. —Está bien. Cuando Marian subió al dormitorio Víctor fue a la cocina, se preparó un coñac y lo bebió a pequeños tragos. Había percibido cierta tensión en los dedos de Marian, un temblor casi imperceptible que denotaba su duda pero también su apetito. Además estaba ese brillo de hostilidad en la mirada que le hacía presagiar la inminencia del sexo. A ella le gustaba llevar la iniciativa, establecer los ritmos, y bastaba

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un solo gesto, un roce, para que él lo comprendiera. Y ahora lo llamaba, dedujo con la segunda copa, tal vez sin ella misma saberlo. Se duchó deprisa, se afeitó y se perfumó. Cuando entró en la cama Marian aún estaba despierta. La recorrió estremecido como si la descubriera por primera vez. Le palpó los muslos, la cintura, hundió la boca en su sexo y se aguantó las ganas de penetrarla hasta que la oyó gemir con la respiración entrecortada. Cuando al fin accedió a ella, terminó por convencerse de que su pretendida “reconquista” era innecesaria: No había visto nada, se dijo. No era su mujer la que sonreía a aquel desconocido en el semáforo. Todo ese día estuvo confundido, ofuscado por un simple error de su mirada. No prestó atención cuando Marian salió de la cama, se encontraba exhausto, tendido bocabajo con los brazos abiertos. Ella subió la persiana y fue al vestidor. La luz del jardín iluminó el dormitorio con una claridad nebulosa. A Víctor le estremeció reconocer el sonido de los aspersores. Se acomodó en su lado de la cama y se cubrió con la colcha que había permanecido plegada en un extremo. «Tengo que recordarle a Judit que encargue la poda de los rosales antes de que llegue la primavera», se dijo. «La primavera», se repitió sonriendo. Apenas había dado una cabezada cuando le pareció ver a Marian salir del dormitorio, vestida de calle y arrastrando una de sus maletas. Aunque no llegó a distinguirla con claridad, habría jurado que eran su ropa, su gesto y su estatura. No obstante, decidió que era imposible que fuera ella. Cerró los ojos y se durmió, feliz de que ese día hubiera concluido.

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LA TORRE DE HÉRCULES
Isabel Merino González

Ilustración: Carmen Bautista Pérez

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La Torre de Hércules

dejado en la nieve. Lo ha esperado durante horas. Antes de que entre en el coche, lo asalta por detrás, le tapa la boca con una mano y con la otra le pone una pistola en la sien. Xacobo tiene coronilla de monje, gime como una rata y patalea. Gael lo dobla en tamaño y fuerza. Aún no sabe si usará las manos o apretará el gatillo. La luz del faro los ilumina. Siempre que vuelve a A Coruña se acuerda de su padre, que faenaba en el mar y que antes de dormir le contaba todas aquellas leyendas sobre la Torre de Hércules. Su favorita era la del gigante Gerión, rey de Brigantium, que obligaba a sus súbditos a entregarle la mitad de sus bienes, incluyendo a sus hijos. Una noche, mientras su padre lo arropaba, se atrevió a hacerle la gran pregunta. Si tuviera que elegir, ¿lo entregaría a él o entregaría a Evanxelina? Su padre sacudió la cabeza y se rascó las rodillas. Hurgó en un descosido del pantalón y miró hacia el faro, que les guiñaba desde lejos. —No podría elegir —dijo.

Gael observa las marcas de pisadas que Xacobo ha

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—Pero tienes que elegir, papá —insistió incorporándose en la cama. —Entonces te entregaría a ti. —¿A mí? ¿Por qué a mí? —Porque tú podrías vencer a ese gigante, Gael. Como hizo Hércules. La nieve en A Coruña es un acontecimiento. Todo el mundo recuerda las nevadas como algo generacional. Gael recuerda la nevada del 87, su padre la del 63 y su abuelo la del 32. «Cayeron unas folerpas que salpicaron las calles como un confeti trasnochado». Hoy vuelve a vivirse un día festivo, de bolas de nieve, de niños sin colegio y carreteras colapsadas. Xacobo hunde sus botas en la nieve y avanza a través del descampado. Siempre coge ese atajo para llegar hasta el aparcamiento. Lleva una bolsa con las cadenas para el coche. Sabe que Gael ha vuelto y que irá a por él. Por eso tiene que marcharse. Abandonar Galicia. Le cuesta andar. Las botas se hunden. Tiene las manos congeladas por el helor. Avanza despacio mirando hacia atrás, hacia el frente, hacia un lado y luego hacia el otro. Atrás de nuevo. Niños lanzando bolas. Riendo. Chimeneas exhalando humo. La antorcha de Hércules al fondo. Su madre se despierta temprano y se marcha a trabajar a la panadería de la tía Lupa, en Monte Alto. A media mañana el tío Antón la recoge con la furgoneta y recorren el barrio vendiendo el pan. Más tarde van al colegio a por Gael y Evanxelina y los llevan a casa, con la abuela, que está sorda y no puede oír sus jaleos. Sólo les dirige la voz a la hora de

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comer. Los llama como a los animales del campo, con un cencerro que perteneció a la vaca Venancia. Lo agita en el aire, con las dos manos y grita: ¡Niños, a comer! Y ellos tardan en responder porque Gael está tirado en la alfombra de rombos rojos y blancos, observando a una cucaracha que sale de debajo moviendo las antenas. La observa muy quieto. Sabe que si se mueve, la cucaracha huirá. —Sssshh —dice llevándose un dedo a los labios—, no hagas ruido o la asustarás. —¿A quién? —pregunta la niña desde el otro lado de la alfombra, sin dejar de peinar a su muñeca. —Mírala —señala—, ¿crees que podré cogerla y pasearla en mi camión? Evanxelina grita y lanza el cepillo contra el bicho. La muñeca cae sobre la alfombra, despeinada. —¡Ya lo estropeaste! —grita Gael—. Tú siempre lo estropeas todo. Se escucha de nuevo el cencerro. La cucaracha desaparece bajo el arcón. Llega música desde la calle a través de la ventana que da al paseo marítimo. Evanxelina corre a asomarse. Gael se acerca al arcón y busca a la cucaracha. —Ven bonita, ven. Evanxelina observa a los músicos con la boca abierta. —¡Es un pasacalles, Gael! ¡Ven, corre, coge la silla! Gael se levanta, se tira de los pantalones y se los sube por encima de la cintura. Arrastra una silla del comedor hasta la ventana, junto a Evanxelina, que está de puntillas. Justo en el momento de asomarse aparecen dos monstruos de cabezas enormes que expulsan humo por la boca. Gael grita asustado,

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da un paso hacia atrás, cae al suelo y se golpea contra el pico de la mesa. Sin hacer caso al chichón de su frente corre hacia el baño y cierra la puerta. Se esconde entre el váter y la pared de azulejos celestes, tiembla, se agarra las rodillas y llama a su madre con una voz imperceptible. Evanxelina abre la puerta del baño y se dirige hasta él con los brazos en jarras. —Sólo son gigantes y cabezudos, Gael. Gael se levanta y se abraza a la cintura de su hermana. Ella sonríe. Es la primera vez que su hermano siente miedo. —Yo te cuidaré —dice—. Siempre lo hago. Xacobo se ha afeitado el bigote y se ha hecho un corte en la mejilla al rasurar la barba. Se ha pegado un trocito de papel higiénico en el corte. Es la única manera de que no sangre. Ha visto varios videos en Internet y cree que sabrá poner las cadenas al coche. No puede ser muy complicado. Es un hombre de números, de pérdidas y ganancias, de traje de chaqueta, aunque faene en el mar, como hacen todos cuando dejan los estudios para casarse. Se pregunta por qué no se marchó a Madrid con Gael cuando pudo hacerlo. Se cuelga la bolsa con las cadenas al hombro y recuerda lo guapa que iba Evanxelina el día de su boda. No había visto una novia más bella, aunque llevase zapatos planos para no sobrepasarlo en altura. —Este hijo mío va a ser tan alto como la Torre de Hércules. Gael ya no puede esconderse entre las piernas de Evanxelina. Los ojos almendrados de su hermana han dejado de mirarlo desde arriba. Ahora se encuentran a la misma altura

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y se sonríen cómplices. A Evanxelina le gusta llevar el pelo recogido en una coleta, muy tirante, con hebillas de colores a los lados. Gael se está dejando crecer el pelo porque en el colegio dicen que eso se lleva y a él empiezan a importarle esas cosas que se llevan. Evanxelina se burla de la sombra de vello sobre su labio superior y él de los granos de su frente. Ya no se duchan juntos y esperan su turno para entrar al baño. Gael espera impaciente. Se oye un fino correr de agua, y luego la cisterna, como una explosión. —¿Te queda mucho? —pregunta Gael al otro lado de la puerta, con las manos apretadas sobre la cremallera del pantalón. Evanxelina sale del baño y Gael entra dejando la puerta entornada. Un hilillo de sangre se contonea como un renacuajo en el agua del váter. Gael llama asustado a su hermana, con las manos aún sobre la cremallera, incapaz de aguantar más. —¿Qué ocurre? —¡Sangre!—dice él, mirando el váter. Evanxelina sonríe, tira de la cisterna nuevamente y lo besa en la coronilla. —No te preocupes, hermanito. No voy a morirme. 6kgs. 90 cms. La noticia sale en el diario nacional. En Portosín se teme por los bancos de sardinas y jureles. Xacobo posa orgulloso con el ejemplar de pez tropical. Cientos de cámaras disparan los flashes. Evanxelina lo besa en la boca, como cuando eran novios y vivían en A Coruña, y él levanta la pieza en brazos para mostrarla a la prensa. La anjova es un pez voraz, incluso cuando se sacia de comer sigue matando. Gael ha llamado para felicitarlo. Le ha sugerido que done el pez al

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museo de Historia Natural de la Universidad de Santiago. Gael siempre sabe lo que hay que hacer, le dice Evanxelina. Xacobo asiente. Donan el pez y vuelven a A Coruña. Evanxelina no es feliz en Portosín, aunque haya faena, aunque Xacobo haya brillado como la antorcha de Hércules por primera vez en su vida. Su madre cocina. La tía Lupa coloca los panecillos en la mesa, uno por comensal, junto a los cubiertos y las servilletas. Evanxelina se pintorrea los ojos y los labios delante del espejo de su habitación. Se ha puesto un vestido negro, sin mangas, ceñido y demasiado corto. Gael coloca la estrella en el árbol. Ya no necesita subirse en un taburete para colocarla. La observa. Está doblada. Vuelve a colocarla de nuevo. Tía Lupa dice que si no sube a vestirse llegará tarde a la cena. Gael se encoge de hombros, se mira, y pregunta qué tiene de malo su ropa. Tía Lupa se acerca al fuego y se calienta las manos. Gael espera la respuesta. Tía Lupa es como su padre. Nunca responde sin pensar. La luz del faro entra por la ventana, ilumina el árbol y Gael se pregunta si esa luz llegará adonde él está. —Ahora tú eres el hombre de esta casa, Gael —responde su tía. Evanxelina baja las escaleras al oír el timbre. ¡Abro yo! ¡Abro yo! ¡Abro yo!, viene gritando desde su habitación. Se tira del vestido hacia abajo y antes de abrir pregunta si está guapa. Se ha recogido el pelo en un moño. —Me gusta más suelto —dice Gael. Evanxelina se desata el lazo que sujeta el moño, abre la puerta y dejar caer su melena sobre los hombros. —¡Feliz Navidad! —dice Xacobo.

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Gael se gira para no ver cómo se besan. Xacobo y Evanxelina entran cogidos de la mano. Él viste traje de chaqueta y corbata, pero el nudo no está bien hecho. —Voy a cambiarme —dice Gael mientras Xacobo saluda al resto de la familia. Su madre le cuenta el menú navideño: sopa ferrolana, lacón con Grelos y filloas rellenas flambeadas al Orujo. Tía Lupa le muestra los adornos navideños. Tío Antón le ofrece un Albariño. Evanxelina se aprieta contra él y le besa el hombro. Xacobo deja caer la bolsa con las cadenas sobre la nieve para atender una llamada de teléfono. Busca el celular en los bolsillos del abrigo. Observa la pantalla antes de descolgar. Un número de más de nueve cifras. Corporativo. Corta la llamada y vuelve a coger la bolsa. El número de la clínica era al menos de doce cifras, piensa. La chica de la centralita tenía voz nasal y su gallego era demasiado forzado, como si no acostumbrara a hablarlo. Xacobo avanza recordando aquella voz que le comunicaba una nueva cita. ¡Hasta los huevos de tantas citas! Aprieta los dientes y hunde las botas con fuerza en la nieve. ¡Hasta los huevos de los putos espermatozoides vagos! No es culpa suya. No es un enclenque de mierda. Ahora Evanxelina lo sabe. Lo sabe bien. —¡Lo sabe muy bien! —dice, sin dejar de apretar los dientes, en voz alta, para oírse. Se detiene junto a la verja de madera y vuelve a mirar hacia todos lados. Puede ver el coche desde allí. La nieve cubre las ruedas. Debía haber comprado un parking de esos cerrados, con su puerta y su llave, y no ese rectángulo delimitado por líneas blancas pintadas en el suelo. Cuando nieva ni siquiera

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se ven, pero es que en A Coruña no nieva demasiado. ¡No nieva nunca, cojones! Gael quiere irse de A Coruña. Lo decide el día que encuentran a su padre muerto. El mar ha balanceado su cuerpo durante días y está convencido de que la luz del Faro de Hércules lo ha guiado hasta la orilla. El Gerión volcó en alta mar hacía ya una semana. Sólo se salvó Pelayo, el mudo, y con gestos y lágrimas les contó lo sucedido a su madre y a sus tíos. La abuela había muerto unos meses atrás, esa suerte tuvo de no enterarse. Guardaron entonces el cencerro de la Venancia en un cajón, y Gael lo sacó el día en que el mar se tragó a su padre. Por las mañanas se iba a la playa y lo agitaba. Su padre decía que ese cencerro escandaloso era capaz de resucitar a los muertos sólo para pedir silencio. Pero eso tampoco funcionó. Igual que no funcionó el abrazo de su madre, con harina en las manos, ni el del tío Antón que le hizo daño en las costillas, ni el de tía Lupa con besos por toda la cara. Ninguno le devolvió la vida a su padre. Evanxelina lo tomó de la mano y lo llevó hasta la Torre de Hércules. Sus dedos temblaban, entrelazados. La lluvia se les metía en los ojos, se les colaba por las capuchas y les entraba en las orejas. Empapados, se sentaron en la base de la Torre y Evanxelina le contó la historia del gigante Gerión una vez más. —…un día los súbditos decidieron pedir ayuda a Hércules, quien retó al gigante en una gran pelea. Lo derrotó y lo enterró. Encima hizo levantar un túmulo que coronó con una gran antorcha. Cerca de este túmulo fundó una ciudad y, como la primera persona que llegó fue una mujer llamada Cruña, Hércules puso a la ciudad este nombre.

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Evanxelina le dio un pañuelo que sacó de un bolsillo de su impermeable y Gael se sonó. —Vencerás al gigante —dijo abrazándolo. Xacobo deja paso a una furgoneta publicitaria antes de cruzar. Por lo altavoces cascados se oye música navideña y una voz metálica anuncia la fiesta de Nochevieja de la discoteca Ola Blue. Evanxelina no encontró mejor sitio para guardar aquella tarjeta de la discoteca que el cajón donde guardaba los sujetadores. Pensó que él no miraría allí. «Desde los dieciséis, Evanxelina, nos conocíamos desde los dieciséis», dice al cruzar la calle. La furgoneta se aleja, pero aún se escucha el anuncio: Discoteca Ola Blue. Cena y Cotillón. 120€. Lo peor de todo es que después de tantos años juntos, ella no lo conocía en absoluto. Ella tenía un lío, eso estaba claro, por más que Cristovo se empeñara en negarlo. Amigos, decía, ¿desde cuándo una mujer casada necesita amigos? ¿Qué hacían su nombre y su número escritos en el reverso de aquella tarjeta de Ola Blue? Le dio una oportunidad de explicarse. Y llamó a su hermano, la muy puta, con lagrimitas y el corazón encogido. Se ganó esa paliza. Ella solita. —Ella solita —dice avanzando por la acera cubierta de nieve. Se detiene al final del paseo y suelta la bolsa con las cadenas en el suelo. Saca las llaves del coche y apunta hacia la puerta. Tía Lupa le guarda en el bolsillo del pantalón unos billetes enrollados con una gomilla, y con un dedo en los labios le pide que guarde silencio. El tío Antón le habla de los peligros de

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la capital y le aconseja que se aleje de las malas compañías y de las drogas. Mientras se lo dice, retuerce la boina entre las manos. Su madre lo abraza una y otra vez y repite, mi niño, mi niño, mi niño. Evanxelina no está en la casa. Gael la esperará hasta el último minuto, si no le escribirá cuando llegue a Madrid. Desde que sale con Xacobo pasa menos tiempo con todos. Es normal, dice su madre, a ti también te ocurrirá algún día. Xacobo ha hablado con él y le ha dicho que lleva buenas intenciones con su hermana. Le ha hablado de boda y también de que si no estuviera tan enamorado de Evanxelina, se iría con él a la capital, lejos del mar y de la Torre de Hércules. —¿Qué pasa con la Torre? —No es clara. Da luces y sombras por igual. Es traicionera —dice dándole un codazo en el costado, invitándole a reír con él. —Tú no sabes nada de esa Torre —responde Gael con voz firme— Si Hércules no hubiese vencido a Gerión, A Coruña no existiría, y tú y yo tampoco. —¿Crees en esas leyendas de tarados? —dice Xacobo rompiendo a reír. Evanxelina ha llegado a la estación de autobuses en el momento en el que el autobús arranca. Han tenido tiempo de decirse adiós con la mano. Su hermana llora en el andén. Es la única que sabe eso que se le ha metido en la cabeza: quiere ser policía. Xacobo la coge por la cintura. Gael reprime las lágrimas, mira al frente y se pone los auriculares. Suena Ahí ven o maio, la canción favorita de su padre. Ha vuelto para matarlo. Usará sus manos o su pistola de oficio. Aún no lo ha decidido. Dejará que grite, que

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patalee, que suplique por su vida. Enterrará su cabeza en los alrededores de la Torre de Hércules, levantará un túmulo sobre su tumba y encenderá una antorcha. Después se entregará a sus compañeros del Cuerpo. Evanxelina ha abierto el ojo que le queda y la enfermera ha avisado al doctor. Ahora la examinan. Ella balbucea palabras ininteligibles. Lucha por soltarse de las ataduras que la mantienen inmóvil en la cama. Le han dado un calmante y han avisado a sus familiares por megafonía. —La niña ha salido del coma —dice la tía Lupa. El tío Antón se tapa la cara con las dos manos y es el único que llora. —¿Dónde está Gael? —pregunta la madre apretando con fuerza un rosario. Vuelve a nevar. Los nuevos copos cubren las pisadas, las huellas de las cadenas y los neumáticos, las gotas de sangre en el aparcamiento vacío. Mientras Gael se limpia las manos contra el pantalón y guarda la pistola en la funda, el coche se aleja. Por lo que sabe no volverá a ver a ese cabrón. —¡Algún día te arrancaré la cabeza y construiré un faro sobre ella! —le ha dicho antes de empujarlo dentro del coche. Lo ha salvado esa llamada. El teléfono con esos números interminables en la pantalla. Ha dicho que era del hospital. Ha gritado que tal vez se trataba de Evanxelina. Entonces lo ha soltado. Lo ha empujado contra el suelo y sin dejar de apuntarle, le ha gritado que responda a la llamada. Una mujer

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que pasea a un perro ha salido corriendo. En poco tiempo tendrán allí una patrulla. —¡Está viva! —grita desde el suelo— ¡Ha salido del coma! Lo ha obligado a poner las cadenas en el coche. Y antes de dejarlo marchar le ha destrozado la cara. Gael observa el pasacalles desde la ventana del salón. Los gigantes y cabezudos se asoman a las casas y saludan a los niños. Algunos se esconden tras las faldas de sus madres, otros cierran las ventanas. Gael sonríe y llama a su hermana. —¡Ven, corre, es un pasacalles! Evanxelina se aproxima, él la abraza por la cintura y evita mirar la cicatriz. Observan el pasacalles en silencio. Cuando pasan los gigantes y cabezudos se sonríen y aplauden. —Me quedo —dice Gael.

Una cucaracha sale de debajo del arcón, cruza el salón y se esconde debajo de la alfombra de rombos rojos y blancos. El faro lo ilumina todo.

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POR LA ESPALDA
Inmaculada Reina

volverme he reconocido de inmediato su sonrisa. ¿Estás sola?, me ha preguntado, como si sólo hiciese unos días que no nos vemos. Después de tanto tiempo lo que menos me esperaba era encontrármelo aquí. Mi marido ha ido a por bebidas, he contestado señalando la barra. Intento aparentar normalidad, como él. Tiene el pelo blanco, alborotado y una barba frondosa. Cuando José vuelve con los refrescos les presento: Mario, un antiguo compañero del instituto. Y Mario nos echa un brazo por el hombro a cada uno. Vamos a buscar a mi mujer, dice, es aquella loca del pelo azul. Durante la cena nos pone al día de su vida, en más de treinta años no he sabido nada de él. Trato de disimular mi nerviosismo, mostrar sólo el interés que tendría por un antiguo compañero. Ésta es su tercera esposa. De la primera tiene dos hijas ya mayores y de la segunda un crío de doce años. El niño vive con su madre y pasa con ellos las vacaciones. Sonrío. No tengo ningún hijo del que hablar y no puedo imaginar cómo se debe sentir un adolescente que tiene que pasar las vacaciones con un padre al que apenas conoce y una madrastra con el pelo

Se ha acercado por la espalda y me ha tocado el brazo. Al

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azul. José también sonríe, desbordado por estos compañeros de mesa a los que no sabe de qué hablar. Qué cuadro debemos componer: nosotros pequeños y oscuros, ellos con su ropa de colores brillantes. El blusón africano de su mujer. El foulard de listas de colores de Mario sobre la camisa de lino verde. Dos gorriones frente a un par de aves exóticas. Estás igual que siempre, dice Mario. Te he reconocido por tu aire pensativo. Supongo que eso es lo único que queda de aquella chica que fue su novia, el aire pensativo. ¿Cómo era yo la última vez que me vio? En el portal de casa de mis padres, quieta y callada, dejándole marchar calle abajo. La misma melena castaña recogida con un pasador, antes más brillante, más espesa, pero eso sólo lo noto yo cuando me miro cada día en el espejo. La misma delgadez un poco enfermiza debajo de un vestidito discreto. En realidad no he cambiado mucho, sólo he envejecido. José me coge el puño cerrado sobre el mantel y me lo aprieta, imaginando tal vez mis pensamientos. Siento que me voy a poner a llorar, no sé si por los pasos de Mario retumbando en la calle vacía o por lo que vendrá a partir de mañana. Me levanto de la mesa. Voy un momento al baño, digo. Los tres me miran, serios, y me dejan ir. Mientras me lavo las manos y me refresco la cara sé que José se lo estará contando. No quiero volver a la fiesta, no ahora que ya sabrán que estoy enferma y que me quitarán el útero y después lo demás, poco a poco, hasta dejarme sin pelo y sin pestañas, como un pájaro sin plumas. Me gustaría saber qué habría sucedido si me hubiese marchado con Mario en vez de quedarme junto a mi familia, varada, esperando sus postales que llegaban cada vez más de tarde en tarde. Me gustaría saber si ahora sería una mujer con hijos mayores que me preocuparan, o con problemas por la

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pensión del niño, o simplemente una mujer con el pelo azul. Si podría haber evitado ser como ahora soy, una mujer que se va a quedar calva, con diez postales enmarcadas en el recibidor y el recuerdo de unos pasos que se alejan calle abajo. Mario entra en el baño. Nos miramos a través del espejo. Se acerca por la espalda y me seca las lágrimas con el extremo de su foulard. Vente conmigo, me dice. Ya es tarde, le contesto mientras me abraza y escucho los latidos de su corazón bajo su camisa. Se quita el pañuelo y me lo entrega. Te quedará bien si te lo pones en la cabeza, me dice, hará brillar tus ojos verdes. Volvemos juntos al salón. No me importa lo que piense José. No me importa lo que ella piense. Nos sentamos y seguimos cenando. Todos reímos con la conversación, relajados, como viejos amigos. Ahora tengo su pañuelo y los latidos de su corazón en el lugar de sus pasos que se alejan.

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HERMANOS
Mauricio Ciruelos

Ilustración: Inmaculada Reina

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Hermanos

a través de él, Sonja, observa a su madre pasar la aspiradora en el salón. Alarga la mano simulando que le acaricia el pelo desde la distancia. Cuando la mujer sale fuera del ángulo de visión, Sonja guarda el catalejo en su mochila y se levanta del suelo. Baja las escaleras de puntillas y cruza por delante de las puertas del salón sin que su madre la vea. Se detiene al oír la voz de Dani, su hermano pequeño, que la llama desde la planta de arriba. —Sonja, ¿dónde vas? —le pregunta Dani apoyado en la barandilla. Ella le chista enfadada. —Voy contigo —dice el pequeño intentando no alzar la voz por encima del ruido de la aspiradora. Ella gesticula un no rotundo con sus labios. Entra en la cocina, sale al patio por la puerta de atrás y cruza el césped. Salta la balaustrada y se detiene en el borde de la piscina encharcada con las últimas lluvias. Mira el agua sucia y escupe. Al oír la voz de su hermano se limpia la boca con la manga del abrigo.

El catalejo asoma entre los barrotes de la barandilla, y

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—¿Qué haces? —le pregunta Dani. —¿Que qué hago?, no, ¿qué haces tú aquí? Ni se te ocurra seguirme. —¿Para qué quieres los peluches de Leo? Te he visto cogerlos de su habitación. —Eso no te importa. —Pero eran de Leo… —Leo ya no los necesita. Sonja se dirige hacia la tapia que rodea la casa, la escala con agilidad y desde lo alto advierte a Dani. —¡No - me - si - gas! Se descuelga de la tapia y se desliza por un pequeño terraplén de piedras sueltas. Cruza por el campo hasta llegar a un camino de tierra paralelo al río. Una ruidosa motocicleta cargada de hierros retorcidos pasa levantando una gran polvareda. Sonja se sube el cuello de la camiseta hasta la nariz para poder respirar. Sigue caminando y se detiene junto a la escombrera que hay junto al río. De uno de los montones de escombros coge un pedazo de ladrillo con restos de cemento seco. Una chica rubia con un jersey de lana rojo toca varias veces el timbre de su bicicleta al pasar junto a ella. La chica la saluda con una sonrisa, que Sonja no le devuelve. Con el ladrillo en la mano la ve alejarse. Camina hasta el puente del río, se asoma a la barandilla y escupe al agua verde y turbia. Sorbe el hilo de saliva que se le ha quedado colgando en la boca y vuelve a escupir. Mira a ambos lados del puente y deja el ladrillo en el suelo. De la mochila saca un pedazo de cuerda de tender y una Barbie. En uno de los extremos de la cuerda hace un nudo y lo ciñe al cuello

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de la muñeca. Vuelve a comprobar que nadie se acerca por ninguno de los lados del puente, y saca de la mochila uno de los peluches de Leo. Hace un nuevo nudo alrededor del cuello de este y tensa la cuerda con fuerza, apretando los dientes. Repite el mismo proceso con cada uno de los muñecos que va sacando de la mochila, hasta que tres peluches y dos muñecas quedan atados entre sí en una especie de cuerda de presos de juguete. Coge el extremo sobrante de cuerda y lo pasa por uno de los agujeros del ladrillo que no está ciego de cemento. Termina el nudo con un bonito lazo, como el que su madre le hacía en sus zapatillas de tenis cuando era más pequeña y la llevaba a los entrenamientos. Sonja cierra la mochila se la cuelga al hombro y vuelve a mirar a ambos lados del puente. Se asoma a la barandilla con el ladrillo entre las manos y lo suelta. Uno tras otro los cinco muñecos se precipitan al vacío. Apenas se produce un leve chapoteo y un apagado sonido de succión cuando entran en el agua. Mientras las ondas se extienden sobre la superficie, los imagina hundiéndose lentamente, lastrados por el ladrillo que los mantendrá para siempre en el fondo. De vuelta a casa Sonja se detiene en la escombrera. Saca el catalejo de su mochila y subida en una de las montañas de escombros observa el paisaje: la nube de polvo sobre las canteras, las chimeneas humeantes del polígono, las grúas descargando contenedores en el puerto. Recorre el río en busca de patos y en el puente ve a la chica de la bicicleta recostada sobre la barandilla. Imagina su cadáver con el mullido jersey de lana rojo flotando en el río y arrastrado muy despacio por la corriente.

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Sonja baja de la montaña de escombros y camina junto a la orilla con dificultad, pero sus zapatillas de tenis se hunden en el barro. Se engancha con un tubo oxidado medio enterrado en el fango y cae de rodillas al suelo. Reconoce la tela con estampado de muñequitos. Sonríe acercando su mano. Con el dedo hace girar el sonajero embarrado. —Pasa, Dani, quiero enseñarte una cosa —dice Sonja haciendo pasar a su hermano a la caseta de los trastos Sonja cierra la puerta y se coloca junto su hermano. De la oscuridad del fondo surge el andador, ahora mugriento y oxidado, con el que Leo se ahogó en la piscina. Se desliza por el suelo de madera con dificultad, como si una fuerza invisible y torpe lo empujase. —¡Uhhhhh!—susurra Sonja con voz gutural tirando disimuladamente del hilo de pescar al que ha atado el andador—. Nuestro hermanito ha vuelto del más allá para jugar con nosotros. Un escalofrío recorre a Dani. Sorprendido mira a su hermana, luego al andador que continua moviéndose hacia ellos y otra vez a su hermana. Detiene la mirada en el andador unos segundos antes de descubrir el truco. —¡Eres tonta, Sonja! —le dice mirándola a los ojos—. ¿De dónde lo has sacado? Sonja deja de tirar del sedal y se acerca al andador. Hace girar el sonajero con la punta de los dedos. —Lo encontré en la escombrera, medio enterrado en la orilla del río —responde restándole importancia. —¿Es el de Leo?

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Sonja mira a su hermano y se encoge de hombros. —¿Y por qué lo has traído? Entiérralo donde estaba antes de que mamá lo vea. —Mamá nunca viene por aquí. Además, puede que vuelva a hacernos falta. —¿Para qué? —Porque a Mamá empiezan a quedarle demasiado estrechos los vestidos.

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TRASTERO
Bicicletas oxidadas, lámparas sin pantalla, sombrillas para el otoño,
aletas, álbumes de familia. Lugar donde se almacena el olvido.

SIN HORIZONTE
Inmaculada Reina

Ilustración: Remi Alcántara

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Sin horizonte

Para Mauri

para saludar. La playa había desaparecido, no estaba. Buscó en todas direcciones pero sólo encontró mar en el horizonte. Se preguntó si se trataría de un efecto óptico producido por el calor, como la ilusión de asfalto mojado en las carreteras a pleno sol. No se sentía muy cansada. Sin soltar la boya echó la cabeza hacia atrás y se refrescó. Era mediodía y el calor pegaba fuerte. Miró con insistencia hacia el lugar desde donde creía haber llegado y pensó que, pasados unos instantes, el engaño se iría diluyendo y la línea de la playa aparecería de nuevo. Volvió la cabeza en la dirección opuesta, la giró sobre su brazo izquierdo y luego al lado derecho, mirando por encima de la boya. Sólo mar. No era una nadadora experta. Llegaba hasta allí cada día, nunca más lejos, porque tenía miedo de no ser capaz de volver. De niña nadaba siempre en paralelo a la orilla, en la franja de mar entre el rompeolas y el banco de arena, donde no se hacía pie pero se adivinaba el fondo. Desde allí podía ver a su madre sentada bajo la sombrilla azul, mirándola. Empezaba a cansársele el brazo con el que

Al llegar a la boya se agarró a ella y se dio la vuelta

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se sujetaba a la boya. Tal vez había nadado más lejos hoy, tal vez hasta una boya más lejana que no podía verse desde la playa. Rodeó la boya sin separarse de ella y la sujetó con el brazo izquierdo, tratando de no perder la orientación hacia el lugar donde creía que se encontraba la orilla. Si había llegado tan lejos, tampoco la podrían ver desde la playa. Su marido siempre esperaba de pie con el niño en los brazos a que ella se volviera a saludar. Los dos le devolvían el saludo con las manos en alto. Le pareció que no había pasado mucho rato, pero quizás él habría empezado a preocuparse. Era domingo y había mucha gente en la playa, por eso resultaba tan extraño el silencio. Ni siquiera un rumor amortiguado por el agua y la distancia le llegaba desde la orilla. ¿Y si nadaba de vuelta? La playa no podía estar lejos. Quizás tras unas cuantas brazadas aparecería de nuevo delante de sus ojos. Pero si no era así y al alejarse de la boya ésta también desaparecía de su vista, ya no tendría nada a lo que agarrarse. Sus pensamientos la intimidaron. Debía permanecer tranquila. Trató de relajar el brazo con el que se sujetaba. No debía precipitarse. A menudo los problemas se resolvían por sí mismos si se les daba tiempo. La angustia sólo empeoraba las cosas. Decidió permanecer más tiempo allí, esperando que su marido enviara alguien a buscarla. Cerró los ojos y se dejó flotar. Recordó lo del trabajo, cómo se angustió hasta que su compañera se dio cuenta de lo que pasaba. No se atrevía a decir nada, a acusar a su jefe. Pensaba que no la iban a creer y le daba una vergüenza insalvable. Pero su compañera la ayudó, movió los hilos y al cabo de un par de semanas la habían trasladado a otra consulta. Se incorporó. Sentía frío. El sol le calentaría, al menos los hombros y la cabeza. Miró de nuevo hacia el lugar donde había estado la playa. Quizás tardaban porque su marido

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estaba dejando al pequeño con alguien de confianza para salir él mismo en su ayuda. Tal vez desde la orilla sí la vieran, sujeta a la boya. Pensarían que estaba descansando. No había hecho ningún gesto de petición de socorro porque no había nadie a quien alertar. La playa tenía que estar muy cerca y sin embargo, era incapaz de soltar la boya e intentar encontrarla. Puede que el sol le hubiera hecho daño y, aunque no se sentía mareada, quizás sus sentidos la engañaban. Echando el cuello hacia atrás, se mojó el pelo y la cabeza. Soltando la boya unos instantes, levantó los brazos y los agitó en el aire, mientras se mantenía a flote moviendo los pies. Si alguien estaba mirando hacia allí, podría verla. Se sujetó de nuevo y gritó el nombre de su marido varias veces. No le parecía oportuno pedir auxilio estando a tan poca distancia de la playa y sin peligro de ahogarse. Siempre le provocaban vergüenza ajena las personas exageradas. Sólo debía esperar un poco más. Alguien la ayudaría. El esfuerzo de los gritos la había cansado. Dejó flotar el cuerpo, tendida sobre el agua. Con las puntas de los dedos mantenía el contacto con la boya. El cambio de postura le alivió. El sol ya no estaba tan alto y podía mirar el cielo de continuo sin que le molestase la luz. No pasó ningún pájaro. Cuando se tumbaba en la arena a tomar el sol, solía ver pasar gaviotas y algunas palomas. Al atardecer cruzaban el cielo bandadas de pájaros a mayor altura y las gaviotas pescaban a poca distancia de la playa. Siguió haciendo el muerto un rato, no supo si largo o corto. De cuando en cuando cerraba los ojos y se concentraba en el borde del agua que le cubría el rostro, dejando fuera apenas nariz, ojos y boca. Cuando se incorporó, notó algo distinto. Era como si, de la misma forma que se había diluido el perfil de la playa, ahora hubiese desaparecido el horizonte circundante. No era capaz de discernir dónde

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acababa el mar y dónde empezaba el cielo, como si la boya a la que se sujetaba fuera el núcleo de algo esférico. Ahora sí había perdido por completo las referencias espaciales. Si tenía que ponerse a nadar, no sabría hacia dónde hacerlo. Sentía escalofríos. No sería capaz de salir de allí por sí misma. El sol bajo de la tarde había desvirtuado las tonalidades azules y verdosas del mar. Ahora, a su alrededor, el agua y el aire tenían brillos metálicos y sombras densas como de mercurio. Pensó que desde la playa se verían los matices anaranjados o rosáceos, volviéndose de color violeta conforme el sol desaparecía. Aquí todo era más o menos gris, más o menos brillante. La boya no reflejaba ya el sol en blancos destellos. Recogía la luz que iba quedando, volviéndose más oscura y compacta. Sintió miedo de quedarse atrapada en su interior y la soltó. Se sumergió por completo y abrió los ojos bajo la superficie. Apenas si notó alguna diferencia, tal vez una corriente fría, como una pequeña ráfaga de aire. Pensó que tardaban demasiado en venir. La playa se estaría quedando vacía y tal vez ya no la estaban buscando. Sacó la cabeza y abrió la boca en un grito que no sonó, engullido por el mar sin horizonte. Empezó a temblar de frío y de miedo. Intentó hacer el muerto para tranquilizarse, pero tenía los músculos agarrotados. Se asió de nuevo a la boya. Cerró los ojos y pensó en la noche. Con un escalofrío recordó el insomnio oscuro y solitario, las noches en negro de su infancia en su cama sin horizonte, cercada por la negrura espesa. Se agarró a la boya con fuerza. Atravesando la puerta que no veía y el bosque tenebroso del pasillo, se encontraba la orilla del dormitorio de sus padres, donde acababa el miedo. La oscuridad y el frío seguían concentrándose alrededor. El agua quieta parecía un poco más clara a uno de sus costados, como si la esfera

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se estuviera cerrando por allí. Si era el sol, la orilla estaría al norte. Soltó la boya y comenzó a nadar.

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SIETE DÍAS
Loli Pérez

me levanto hecho polvo. Que voy al trabajo y lo hago todo al revés. Que pierdo el móvil, no encuentro las llaves y olvido dónde carajo dejé el coche. Que tengo más ojeras que un oso panda y me quedo dormido en cualquier parte. No importa que me vaya a la cama agotado y con sueño. Es caer sobre el colchón, y salta un resorte en mi interior que me impide cerrar los ojos. Mis orejas se convierten en el sónar de un submarino, alerta ante el más mínimo ruido. No logro acostumbrarme. Hace un mes que a Estrella le diagnosticaron Hipoacusia Súbita. Le dije al médico que tan sólo hacía unas semanas que había cumplido los cuarenta, que eso no podía ocurrirle a ella. Y él me dijo que la edad era lo de menos, que cuando la enfermedad ataca no mira nada. Antes era ella la que escuchaba todo, y yo el que no me enteraba de nada por las noches. Ahora escucho hasta el vuelo de un mosquito. Estrella utiliza un audífono durante el día, pero a media tarde se lo quita y dice que para escuchar tonterías prefiere no escuchar nada. Y se queda sentada frente al portátil, mirando muy concentrada la pantalla y tecleando rápido. Si protesto o le pregunto qué hace, lo cierra

Otra noche sin dormir, y ya van siete. Siete los días que

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sin decirme nada. Coge la costura para que yo no me enfade. Puntada a puntada va haciendo cruces de colores sobre la tela, desconectada de todo. Por las noches se toma su pastilla de valeriana con un vaso de leche templada y a dormir como una bendita. Pero antes se pone su camisola de raso, la de amapolas rojas que compramos en el viaje a Portugal. Se echa sus potingues en la cara, se lava los dientes y me da un beso en la mejilla. Ya en la cama, da media vuelta y me arrima el sieso, que lo tiene siempre helado. Yo me tumbo a su vera, boca arriba, con las manos sobre el pecho, y cierro los ojos. Imagino que cuando muera me pondrán así dentro de la caja. Cuanto más profundo se va haciendo el sueño de ella, más me voy desvelando yo. Me doy media vuelta y la abrazo. Eso es lo único que hago desde que tuve el gatillazo, hace siete días. Ella se enfadó y me preguntó que si es que andaba con otras mujeres. Yo me fui de la habitación y me puse a mirar las páginas eróticas, a ver si me recuperaba, pero cuando volví a la cama ella se hizo la dormida. A Estrella le gusta cenar temprano, ver una serie en la tele, de esas de risas enlatadas, e irse a dormir antes de que se le cierren los ojos en el sofá. Y yo la acompaño. Cuando no había perdido el oído, decía que yo roncaba y no la dejaba dormir. Ya no dice nada. Da resoplidos cortos y a veces le rechinan los dientes. Algunas noches se despierta de pronto, envuelta en sudores, y no tiene otra manera de refrescarse que ir a la cocina y meter la cabeza dentro del frigorífico. Las doce y sigo con los ojos abiertos, preparado para no perderme nada de la función de esta noche. Lo que menos

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aguanto son los ronquidos atronadores que hacen temblar hasta los cristalitos de las lámparas. No son de ella, no, ella se podría decir que ronca bajito. Provienen del vecino de abajo, camionero de profesión. ¡Me cago en sus muelas! A veces tarda unos minutos entre ronquido y ronquido, parece que se vaya a asfixiar, pero no tendré tanta suerte. ¡Joder!, el tío se ha despertado, va al baño, toca cambiar el agua a los garbanzos. Escucho el chorro fuerte e imagino cómo salpica todo el retrete el muy cabrón, mientras se tira una pedorreta de campeonato, como si se hubiera puesto de fabada hasta el culo. Cierro los ojos de nuevo, por lo menos no me llega el aroma. El camionero tardará un poco en volver a dormirse y arrancar motores. Ahora le toca a los vecinos de al lado. Al menos este sonido tiene su encanto. Me había olvidado de la nueva parejita que se mudó hace una semana. ¡Qué hijos de puta! Van a echar el tabique abajo. Menudos trancazos dan con el cabecero de forja. A todas horas jodiendo. ¡Qué jodíos! Doy unos golpecitos en la pared con los nudillos, para que sepan que vive gente al otro lado, seres humanos con oído, y con pareja y miembro no disponibles. Los muy canallas suben el volumen de los gemidos. Entonces les deseo de todo corazón que tengan mellizos, trillizos y ¡Por Dios, que sea pronto! Creo que esta noche han caído tres. ¡Qué cabrones! Así salen por las mañanas andando como pingüinos. Vuelvo a cerrar los ojos. Parece que al roncador se le empalmó su animalito al escuchar a la parejita. Su parienta gruñe: No, que es muy tarde. Y él insiste otra vez, y ella se niega quejumbrosa y él da un puñetazo en la pared y se caga en tó lo que verdeguea. Por los sonidos del somier, no sé si

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consiguió su propósito o se la está cascando. ¡La madre que lo parió! Por fin parece que llega el silencio. ¡No! ¡Jódete, Manuel! Se despertó el bebé de los de arriba. Éste, en cuanto nota todo en silencio, se pone a llorar, y lo hace con un eco que rebota en las paredes, como si le dieran cuerda. Para y empieza de nuevo. ¿Se levantan los padres? No, se limitan a traquetear la cuna, golpeándola contra el armario y lo asustan más, los muy hijoputas. Por la mañana, cuando me los encuentre en el ascensor, les voy a dar un traqueteo a ellos como Dios manda, para que sepan lo que siente su bebé. Creo que el chiquillo se duerme acojonado, con el corazoncito encogido. Si se lo cuento mañana a mi Estrella seguro que me dirá: No sé para qué dices nada, si sabes de sobra que no eres capaz ni de darles los buenos días, al verles la jeta. Y lleva toda la razón, cuando bajo con ellos y veo la brusquedad con que abren la puerta del portal y cierran sin esperar a que llegue, con esos andares de mala leche… Me da pena ver cómo cargan al bebé sobre el hombro, como si fuera un saco de patatas. El niño me sonríe, envuelto en su mantita de cuadros, mientras lo llevan para dejarlo en la guardería hasta la noche. Es verdad, no me atrevo. Son las dos de la madrugada y no puedo más. No puedo estar aquí quieto, escuchando los resoplidos de mi Estrella en la oscuridad y dándole vueltas a todo lo que nos ha pasado en los últimos meses. Mi Estrella está muy rara, ya no me mira como me miraba antes. Se sobresalta cuando llego temprano a casa. Ahora se pone tacones y blusas escotadas cuando tiene cita con su logopeda. Ya hasta se olvida de comprarme las cervezas.

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Voy a la cocina y enciendo la luz de la campana extractora. No soporto la del techo con sus rayos fosforitos, es como si me echaran un puñado de arena a los ojos. Me preparo una infusión con cuatro bolsitas de tila alpina, dos de hierba luisa, un chorreón de leche desnatada y una cucharada de miel de romero. Todo dentro de mi jarra, con nuestras iniciales dentro de un corazón rojo «M&E», directa al microondas. Me sobresalta el sonido de la campanilla. Saco la taza y le doy un sorbito. ¡Joder!, me quemo la punta de la lengua ¡Cagoentó! Nunca me acuerdo de que achicharra al salir del microondas. Enciendo un cigarrillo, me dejo caer en el poyete de la ventana y exhalo el humo por una abertura pequeña. Entra una ráfaga de aire fresco. Respiro hondo, intento relajarme, otra calada, otro suspiro. Que no pasa nada Manuel, que todo son imaginaciones tuyas. Todo se va a arreglar. Mientras espero a que se enfríe la infusión, miro el libro que compré en el kiosco. No es que me duela gastar en libros, que me duele, pero no me puedo resistir a esas ofertas que vienen pegadas en un cartón muy grande. Y mucho menos si son de Isabel Allende, que tanto le gusta a mi Estrella. Lo abro al azar y leo: «El mundo es de los arriesgados», es la primera frase de la página. Lo cierro con fuerza dejándolo sobre la mesa con un golpe seco. Empiezo a darle vueltas y más vueltas. Me siento como un toro en mitad de una plaza. ¡Y un mojón, va a ser el mundo de los arriesgados! Que se lo digan a mi colega Felipe, que le plantó cara al jefe, le dijo que no pensaba echar más horas extras gratis, y míralo ahí en la cola del paro, pidiendo ayudas para llegar a fin de mes, más amargado que el culo de un pepino. O la vecina del quinto,

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que se fugó con el cobrador del gas y al mes la dejó tirada en Madrid. ¡Vamos, hombre! ¡De los arriesgados! ¿Desde cuándo? El mundo es de los trepas, de los pelotas y lameculos, como toda la vida ha sido y seguirá siendo. Si lo sabré yo. ¿Quién ha ascendido en la oficina? El gilipollas del Bernardo, que anda todo el día haciendo la pelota al Jefe de Negociado y Jaime que es un trepa. Y a Isabel, que se mata a trabajar, que no se le ocurra pedir nada. Menuda bronca se llevaría. Como decía mi abuela: Hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. Desde luego yo no nací con estrella, pero me casé con ella, sí señor. Era la más apañá de la pandilla, y se vino conmigo cuando aprobé las oposiciones y me destinaron a un pueblecito perdido en las Alpujarras. Así, ¡con dos ovarios! Lo dejó todo y siempre conmigo allí dónde me trasladaran, ya fuera por razón de servicio o por capricho mío. Sin conocer a nadie. Pero ella sabe buscarse la vida. Encontraba un trabajo aunque no tuviera que ver nada con lo suyo. Siempre quiso ser pintora, pero lo fue aplazando, y cuando me volvían a trasladar empezaba de nuevo. Hasta hace siete días que se me plantó con los brazos en jarras en mitad de la cocina y me dijo: —Manuel, ésta que está aquí acaba de cumplir los cuarenta, y ya no piensa hacer más maletas, ni más traslados, ni más mudanzas. Así que vete buscando la manera de quedarte fijo, o para la próxima, te vas tú solito, con tu maleta y tus cojones. Así de fuerte, ella que nunca había protestado, ella que siempre intentaba que yo estuviera contento. Y aquí andamos: Mis cojones, Estrella y yo. Porque no hemos tenido hijos. Ya

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van casi quince años de casados, sin poner medios. Bueno, los primeros años sí poníamos algunos: que si la marcha atrás, que si el preservativo que se nos rompía, pero después ya no, y nada. Pasaron las semanas, los meses, los años sin novedad. Ella decía que no le importaba, que conmigo tenía bastante, que yo era su niño grandote. Pero cada vez que veía pasar al chiquillo del vecino en su carrito, empezaba a decirle ñoñerías y el nene se echaba a reír. Entonces se ponía seria, miraba para otro lado y luego estaba toda la tarde con la cara larga. Hace un año decidimos ir a un buen médico, hacernos análisis y saber por qué no se quedaba embarazada. Todo estaba bien, sólo que mi esperma es un poco lento. Entonces nos aconsejó el doctor que se tomara la temperatura todos los días, y la anotáramos para saber cuáles eran los fértiles. Creo que han sido los peores días de nuestra vida en común. Si la temperatura era la adecuada había que cumplir, hubiera ganas o no. Hacíamos todo lo posible para provocar el embarazo, pero después de todos estos meses, el niño no ha venido. Creo que a raíz de esto, me ha tomado cierta tirria. Y por no tener que amarnos a la fuerza y sin ganas, dejamos de buscar al niño y de buscarnos entre nosotros. Pero hace siete días vi en el cubo de la basura un predictor. Bueno, no es la primera vez que lo veo. Creo que durante el tiempo que lo estuvimos intentando, subieron las acciones del fabricante. Pero de eso hace ya... La cosa es que me llamó la atención y lo cogí para mirarlo. Estaba de color rosa. Pero mi Estrella no me ha dicho nada, y yo no sé qué pensar.

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SOLDADO
Mauricio Ciruelos

Ilustración: Carmen Martín

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Soldado

que tiene el aspecto de la madera resquebrajada de la culata de mi fusil, y en el cual hace días que no me reconozco. El resto de mí, al igual que mi fusil, está oxidado y mugriento. La humedad del uniforme reblandece mi carne y el frío entumece mis articulaciones. Sólo el dolor de mis pies ensangrentados, a causa de las llagas que me producen las botas en cada paso de esta interminable marcha, me mantiene vivo. He perdido la noción del tiempo y ya no sé cuánto llevamos caminando, ni cuánto nos queda por recorrer. No sé si las balas de mi fusil arrebataron la vida a algún enemigo o si es un pedazo de mí lo que se pierde en cada disparo. Avanzamos posiciones y atravesamos ciudades reducidas a escombros por la aviación y la artillería, pero mis pensamientos huyen en retirada por campos y bosques ajenos a esta guerra y me llevan de nuevo hasta la costa. Allí contemplo una vez más la playa del desembarco, aunque ahora todo es distinto a aquel día. El sol brilla con la luz melancólica de un atardecer que, por alguna razón, será el último que se produzca, y mi sombra se alarga infinita sobre la arena. Es tal el silencio, que ni siquiera oigo el rumor del mar. No queda rastro de nuestro

Las gotas de lluvia se deslizan por mi rostro, un rostro

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paso por allí, ni barcazas encalladas en la orilla, ni cadáveres mutilados sobre la arena. No hay columnas de humo saliendo de las defensas, ni esa neblina asfixiante con olor a gasóleo, pólvora y carne quemada. En mis pensamientos todo es un idílico sueño donde no se produjo el desembarco, un estático atardecer en mi memoria donde el tiempo está detenido y se me concede un instante de paz. Y ese instante está lleno de ti. Y te siento tan cerca que comprendo que toda la playa eres tú. Tus dedos acarician mi cara con los últimos rayos de sol y te encuentro entre los pliegues de luz de este sueño. Tu imagen se desvanece en este instante eterno e infinitamente pequeño. Las lágrimas resbalan por mi rostro. La lluvia cesa. No sé cuándo fue la última vez que alguien se dirigió a mí, cuándo alguno de mis compañeros reparó en mi presencia. Soy un espectro condenado a vagar con esta Unidad, un caído en combate que permanece en pie, una baja más de esta sucia campaña que sólo quiere volver a la vida. Sea como sea, en este batallón ya sólo somos eso, fantasmas que con las botas embarradas y los pies ensangrentados, caminan bajo la lluvia para sentirse vivos. Durante el desembarco, un soldado con el que había compartido un pitillo, fue alcanzado por un fragmento de metralla cuando corría delante de mí. La esquirla le atravesó el casco y le arrancó un pedazo de la cabeza. He avanzado posiciones arrastrándome por la arena con trozos de su cerebro pegados a mi cara, con su sangre reseca en las comisuras de mi boca. Resguardado en el cráter de un obús he vomitado sobre mi uniforme recordando su sonrisa cada vez que me pasaba el pitillo. No sé si sobreviví al desembarco, sólo era un soldado en un cráter llorando como un niño.

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Los Stukas pasan de largo y mi Unidad se reincorpora al camino tras el último cuerpo a tierra. Yo aguanto la respiración y me quedo inmóvil, camuflado entre los matorrales, ignorando la orden del sargento de volver a la formación. Levanto la vista y los veo alejarse. Respiro. Mientras atravieso un campo de cereal, bebo agua de lluvia y lleno la cantimplora. No sé hacia dónde me dirijo, pero evito las carreteras y sigo senderos que atraviesan pequeños bosques y campos de cultivo. Me oculto cuando oigo aviones acercarse, sin importarme a qué bando pertenecen. Los siento como a un único enemigo movilizado para encontrarme y devolverme a mi Unidad. Veo un granero en mitad de un campo baldío. Un hilo de humo gris se escapa por entre los tablones del tejado. Vigilo, camuflado en el límite de la arboleda, hasta que anochece. Me acerco despacio, pero la hierba cruje bajo mis botas. Me parece ver algo moverse delante del granero y me detengo. No logro distinguir nada en la oscuridad. Espero unos instantes antes de recorrer los metros que me faltan. Atravieso el umbral. El interior apesta a carne putrefacta. Busco a alguien oculto entre las sombras pero sólo hay una olla volcada junto a unas brasas consumidas. Remuevo las brasas con un trozo de madera y siento el calor en mis manos. Oigo un ruido y me oculto en uno de los rincones. Me siento en cuclillas y calo la bayoneta en el fusil. Me acomodo sobre la paja y espero. Los ojos se me cierran de cansancio y, aunque no parece haber nadie, tengo la sensación de no estar solo. Me despierta el ruido de unas pisadas. Distingo a una niña pequeña con la cara sucia y las ropas raídas que se me acerca desde la oscuridad. Le sonrió. Ella se queda mirándome con

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sus grandes ojos negros. Antes de que pueda incorporarme, la niña salta sobre mí y me muerde la mano, clavándome los dientes como un animal hambriento. Reacciono golpeándola con la culata del fusil y la niña cae al suelo, inconsciente. Otra figura sale de la oscuridad y se abalanza sobre mí blandiendo una horca. Consigo esquivar las incisivas puntas, y en un acto reflejo clavo la bayoneta en la figura: una mujer con el pelo enredado sobre la cara y un vestido andrajoso. En ese momento soy consciente de su abultada barriga. Con las manos temblorosas tiro hacia atrás de mi fusil y extraigo la bayoneta de su cuerpo. La mujer cae al suelo gimiendo. Un charco sanguinolento comienza a formarse junto a ella. La niña recobra el sentido y me mira desde el suelo. Retrocedo buscando la salida, sin dejar de apuntar con mi arma a la oscuridad. La niña, sin dejar de mirarme, se agacha sobre el charco de sangre y lo lame. Se recuesta sobre la mujer y lame la sangre que brota de su vientre. Huyo. Camino bajo la lluvia, cansado y hambriento. El fusil entre mis manos. Me dirijo al interior. A un lugar donde se elevan columnas de humo y no cesan las explosiones.

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FIN

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ÍNDICE DE AUTORES Mauricio Ciruelos
Gotas de lluvia en la tela de araña El páramo donde jamás sopló ni una triste brisa mañanera Humo Los afeites de la moderna estética Silencio Timidez La mochila en la silla Hermanos Soldado 73 129 132 135 138 142 155 207 233

Isabel Merino González
Camino Bravo Aquellos niños de las ventanas La Torre de Hércules 13 79 189

Miguel Núñez Ballesteros
Crónica de desajustes Los perros están dormidos Todo el mar dentro de casa La casa La mirada 61 121 131 141 183

Loli Pérez
Noranoranora123 Alcoba con vistas Casa tapiada Siete días 37 101 134 225

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Inmaculada Reina
La adquisición del pensamiento abstracto Marina en gris Problemas de trenes Por la espalda Sin horizonte 31 137 59 203 217

Pedro Rojano
Paladar Se acabó el aire Mala convivencia La condesa Erasmus Cordón umbilical 49 113 133 140 145

Andrea Vinci
Mi mano izquierda Sólo queda un enano en el jardín Desidia Desconectada Cosa de sirenas Pena de nieve 55 91 130 136 139 169

Direcciones de contacto de Punto Y Seguido puntoyseguido_escritores@hotmail.com puntoyseguido.escritores@facebook.com

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ÍNDICE DE ILUSTRADORES Remi Alcántara
Sin horizonte Gotas de lluvia en la tela de la araña 217 73

Carmen Bautista Pérez
La Torre de Hércules Crónica de desajustes 189 61

María Jesús Campos
Paladar Sólo queda un enano en el jardín Contacto: mjcampos62@hotmail.com 49 91

Gema Del Pino
Cordón Umbilical Pena de Nieve Contacto: pa_gema@hotmail.com 145 169

María Jesús Glez
Camino Bravo Alcoba con vistas 13 101

Carmen Martín
Problema de trenes Soldado Contacto: carmova@gmail.com 159 233 www.carmenmartin.com

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Inmaculada Reina
Hermanos 207

Marcos Reina Segovia
Los perros están dormidos Noranoranora123 Contacto: htttp://tallerdedibujocreativo.blogspot.com 121 37

Sonia Reina Segovia
Cuando vivíamos aquí – Oleo Portada

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