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Estilos de Vida en La Adolescencia...

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Estilos de vida en la adolescencia y su relación con los contextos de desarrollo

MARÍA-JOSÉ RODRIGO*, MARÍA-LUISA MÁIQUEZ*, JOAN-MANUEL BATISTA-FOGUET**, MARTA GARCÍA*, GUACIMARA RODRÍGUEZ*, JUAN-CARLOS MARTÍN*** Y ASCENSIÓN MARTÍNEZ*
*Universidad de La Laguna; **Universidad Ramón LLull; ***Fundación Radio ECCA

Resumen
Este estudio analiza como se relacionan los estilos de vida de los adolescentes con sus ecologías de desarrollo que apresan los patrones de interacciones sociales en múltiples contextos. Las medidas sobre estilos de vida, el ajuste familiar, la relación entre iguales, la adaptación escolar y la experiencia de la violencia en la vecindad, se obtuvieron en una muestra de 1.433 adolescentes españoles entre 13 y 17 años. Los resultados nos indican la presencia de tres clases de estilos de vida (84,6% participantes). Los adolescentes más jóvenes son los que forman la Clase 1 en la que predomina un estilo de vida extremadamente saludable. Gozan generalmente de una ecología protectora caracterizada por una continuidad positiva a través de los contextos. Los adolescentes mayores, incluidos en la Clase 2, muestran un cierto deterioro de su estilo de vida, principalmente debido al consumo de sustancias en los fines de semana. También experimentan menos continuidad en sus relaciones positivas, especialmente en los chicos que manifiestan descontento con la escuela o peligrosidad en su barrio. Los adolescentes referidos por los Servicios Sociales son los que, mayoritariamente, forman la Clase 3 con un estilo de vida muy poco saludable, caracterizado por el abuso de sustancias legales e ilegales. Tienden a vivir en una ecología tóxica caracterizada por una continuidad negativa a través de los contextos. Finalmente, las chicas que aparecen más próximas a la Clase 3 presentan una amplia discontinuidad entre los contextos próximos (problemas en la familia e iguales) y distales (seguridad en el barrio y buen ajuste de la escuela). Palabras clave: Adolescencia, estilos de vida, adolescentes en situación de riesgo, adaptación escolar, relaciones familiares, relaciones entre iguales, violencia en el barrio.

Lifestyles in adolescence and their relation with developmental contexts Abstract
This study examines how adolescents´ lifestyles are related to their developmental ecologies that convey patterns of social interactions across multiple contexts. Self-report data about health-related behaviours, the quality of family, peer and school adjustment and experience of neighborhood violence were obtained from a sample of 1,433 Spanish adolescents from 13 to 17 years of age. Three classes of lifestyles were identified that help to classify 84.6% of the participants. Young adolescents were more likely to be included in Class 1 showing an extremely healthy status in all indicators. They usually enjoyed a protective ecology characterized by a great continuity across positive developmental contexts. Older adolescents were more likely to be included in Class 2 showing a moderate decrease in their health status mainly due to substance consumption at weekends. They also experienced less continuity in their positive relationships, especially boys who experienced school dissatisfaction or a risky neighbourhood. Adolescents referred by the Social Services were more likely to be placed in Class 3 showing an extremely unhealthy lifestyle characterized by heavy substance abuse of legal and illegal substances. They tend to live in a toxic ecology characterized by a great continuity in the negative relationships across contexts. Finally, girls who appeared to be closer to Class 3 experienced a broad discontinuity between proximal (negative family and peer relations) and distal contexts (safe neighborhood and good school adjustment). Keywords: Adolescence, life styles, adolescents in risk situation, school adjustment, family relationships, peer relationships, neighborhood violence.
Agradecimientos: Este trabajo ha sido posible gracias a la financiación recibida del Instituto Insular de Atención Social y Sociosanitaria del Cabildo de Tenerife, Unidad de Infancia, Familia y Mujer y al Plan Nacional de I+D+I, CICYT del Ministerio de Educación y Cultura (Proyecto: SEJ2004-08197/EDUC), proyecto concedido a la primera autora. Asimismo, nuestro agradecimiento a los centros y servicios implicados en la recogida de datos y, especialmente, a los mediadores de zona de Radio ECCA: Sergio Benavente, Nuria Cruz, Carmen Nieves Fuentes, Antonio Medina, Estefanía Nozal, Luz María Pérez, Tentudia Rico y Mauro Socorro. Correspondencia con los autores: María-José Rodrigo. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación. Facultad de Psicología. Universidad de La Laguna, Tenerife, España. E-mail: mjrodri@ull.es Original recibido: Junio, 2006. Aceptado: Noviembre, 2006
© 2006 by Fundación Infancia y Aprendizaje, ISSN: 1135-6405 Cultura y Educación, 2006, 18 (3-4), 381-395

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El objetivo de este estudio es analizar las relaciones que existen entre los estilos de vida de los adolescentes y su entorno ecológico caracterizado a partir de sus relaciones con la familia, con los iguales, el ajuste escolar y la peligrosidad percibida en el barrio. Algunos modelos han conceptualizado la ecología del desarrollo humano en términos de sistemas relacionados que proporcionan ambientes sociales tóxicos o protectores para el individuo (e.g., Bronfenbrenner y Evans, 2000; Garbarino, 1995). De igual modo, en la literatura sobre resiliencia se han relacionado diversos factores contextuales de riesgo con la probabilidad de que aparezcan estilos de vida poco saludables (Cicchetti y Toth, 1995; Garbarino y Kostelny, 1997). Sin embargo, pocos estudios han examinado la covariación típica, natural, de influencias del contexto en la adolescencia. Es decir, en qué medida las experiencias vividas en la familia, covarían con las vividas en la relación entre iguales, en la escuela y en el barrio, constituyendo verdaderas ecologías del desarrollo. En este estudio, intentamos capturar esas ecologías sociales y su relación con los estilos de vida de los adolescentes. La investigación sobre los estilos de vida de los adolescentes tiene una larga tradición en Europa. Podemos situar el inicio de estos estudios en 1982 a través del proyecto “Health Behavior in School-aged Children, HBSC”, que fue adoptado rápidamente por la Organización Mundial de la Salud como investigación de colaboración internacional (Currie, Hurrelmann, Settertobulte, Smith y Todd, 2000; Currie et al., 2004; Currie y Watson, 1998). Una encuesta típica HBSC explora comportamientos relacionados con la salud tales como el uso de tabaco, alcohol y consumo ilegal de drogas, ejercicio físico, actividades de ocio, hábitos dietéticos e higiene dental; estado general de salud, dolencias físicas y uso de medicación; ajuste psicosocial incluyendo salud mental, relaciones entre iguales, rendimiento académico y adaptación escolar y relaciones con los padres. Además, explora características demográficas tales como la edad, género, tipología familiar, nivel educativo y situación socioeconómica. España ha estado participando en el proyecto HBSC con encuestas de este tipo desde 1986 (Batista-Foguet, Mendoza, Pérez-Perdigón y Rius, 2000; Mendoza, Batista-Foguet y Oliva, 1994; Mendoza, Batista-Foguet, Sánchez y Carrasco, 1998; Mendoza, Sagrera y Batista-Foguet, 1994; Moreno, Muñoz, Pérez, Sánchez-Queija, 2004) examinaron la evolución de los estilos de vida de alumnos españoles en varios momentos: 1986 (2.142 adolescentes de 11 y 13 años), 1990 (2.476 adolescentes de 11, 13 y 15 años), y en 1994 (5.985 adolescentes de 11, 13, 15 y 17 años). Batista-Foguet et al. (2000) usaron una metodología multivariada, aplicando la técnica del Análisis de Correspondencia Múltiple (ACM) para obtener los factores que sintetizan la estructura de interdependencia entre las variables a examen. Los resultados obtenidos sugieren que los hábitos de vida saludables, una adecuada integración en la escuela y unas buenas relaciones familiares son característicos de los alumnos de 11 y 13 años. En ambos géneros se detecta una tendencia idéntica en el tiempo, moviéndose hacia hábitos más sanos, con mejor comunicación con los padres y mayor satisfacción con la escuela entre 1986 y 1994. Sin embargo, a medida que se hacen mayores los chicos y las chicas, se aprecia la incorporación de hábitos menos saludables y menor satisfacción con la familia y con la escuela. Respecto al grupo de iguales, con el tiempo se observa la misma tendencia, indicando que las relaciones entre iguales son la fuente principal de adquisición de comportamientos más arriesgados. Una vida más sedentaria, las sensaciones de infelicidad y los sentimientos de soledad, una baja imagen corporal y una dieta menos equilibrada son características más asociadas a chicas de 15 y de 17 años que a los chicos de esas edades. Por el contrario, los chicos con la edad experimentan menos satisfacción con la vida escolar y tienen un rendimiento académico más bajo que las chicas. En el último estudio,

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realizado una década más tarde (2001/2) y en el que se contó con 13.552 adolescentes entre 11 y 17 años, se confirmaron la mayoría de estas tendencias por lo que queda demostrada la evolución negativa de los estilos de vida en aspectos tales como la regularidad de las comidas, la vida sedentaria, el consumo de tabaco diario (sobre todo en chicas), y mayor consumo de otras drogas como el hachís y la coca (Moreno et al., 2004). Al mismo tiempo, se encontró una evolución positiva en hábitos de higiene dental y en la satisfacción con la escuela de secundaria. Los estudios citados indican también que ciertos comportamientos relativos a la salud están relacionados con la calidad de las relaciones en la familia, el grupo de iguales o la escuela (v.g., Rodrigo et al., 2004). Sin embargo, poco se ha dicho sobre el grado de continuidad experimentado por el adolescente a lo largo de estos contextos y su relación con su modo de vida. Por ejemplo, los adolescentes pueden experimentar un buen clima familiar, relaciones entre iguales positivas, buen ajuste en la escuela y una vecindad no violenta (una ecología protectora). O, por el contrario, pueden experimentar relaciones negativas a través de los contextos (una ecología tóxica). Por su parte, podría haber adolescentes que experimentaran discontinuidades en sus relaciones con los diferentes contextos. Por ejemplo, podrían experimentar un buen clima familiar, una relación negativa con el grupo de iguales, un ajuste escolar positivo y una vecindad violenta. Haremos un repaso sobre algunas investigaciones que arrojan luz sobre estos aspectos. Son mayoría los estudios que han encontrado una gran continuidad familiaiguales. Los padres suelen transmitir sus valores a sus hijos, regulando las relaciones de los adolescentes con sus iguales y supervisando sus actividades (Cooper y Cooper, 1992; Youniss y Smollar, 1985). Por su parte, la baja supervisión parental aumenta la probabilidad de que los adolescentes se relacionen con iguales conflictivos que pueden alentarlos a estilos de vida poco saludables (Estévez, Musitu, y Herrero, 2005; Patterson, Debaryshe, y Ramsey, 1989). Asimismo, el apoyo y la comunicación parental se relacionan con un menor consumo de tabaco y de alcohol (Jiménez, Musitu y Murgui, 2006; Martinez y Robles, 2001; Pons y Berjano, 1997; Rodrigo et al., 2004). Martínez, Estévez, Moreno y Musitu (2005 y en este mismo número), encontraron que los adolescentes rechazados por sus iguales experimentan un menor apoyo familiar, una comunicación familiar más negativa y mayor violencia marital, en comparación con el grupo control. Respecto a la relación familia-escuela se sabe que la continuidad entre los objetivos educativos que se proponen en la familia y los de la escuela es uno de los predictores más importantes del desarrollo de los menores a todas las edades. El nivel educativo de los padres, el nivel de renta familiar y la presencia de un ambiente estimulador en el hogar suele ir asociado al buen rendimiento académico de los hijos/as (Mullis, Rathge y Mullis, 2003). Las prácticas educativas afectuosas y democráticas se asocian a una alta percepción del adolescente de sus propias capacidades académicas, lo que a su vez, conduce al éxito escolar (Eccles, Wigfield y Schiefele, 1998). La implicación de los padres en actividades y el funcionamiento escolar también se ha relacionado con un alto rendimiento académico (García-Bacete, 2003; Forest y García-Bacete, 2005; Kñallinsky, 1999; Martínez-González, 1996; Steinberg, 1996). Por último, la escasa implicación de los padres en la escuela y el bajo apoyo percibido del profesor son variables que se relacionan con el consumo de tabaco y alcohol, el sedentarismo y la baja percepción de salud física según informan los propios adolescentes (BatistaFoguet et al., 2000; Currie et al., 2000; 2004; Moreno et al., 2004). Existen menos datos sobre la continuidad de la escuela-grupo de iguales. Parece ser que los buenos estudiantes buscan a otros buenos estudiantes como

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amigos (Rice, 1999). En general, la implicación en redes de iguales positivas, integradas en la vida de la escuela, se asocia con estilos de vida saludables (Galambos y Ehrenberg, 1997; Lerner y Galambos, 1998). Sin embargo, los estudiantes que fracasan reiteradamente tienen más amigos fuera de la escuela (Ellenbogen y Chamberland, 1997). Para muchos de estos adolescentes la escuela no promueve una buena socialización entre iguales ya que desarrollan comportamientos violentos dentro del ámbito escolar (Bueno-Abad, 2005). El abandono temprano de la escuela y la iniciación sexual temprana predicen modos de vida poco saludables y de riesgo (Bejarano y Jimenez, 1993; Rodrigo et al., 2004). Sabemos mucho menos sobre el barrio como contexto de desarrollo y menos aún sobre su posible continuidad con los otros contextos. Uno de los aspectos más tratados por su influencia en el desarrollo de los adolescentes es la experiencia de violencia y de victimización en el vecindario (Sampson, Raudenbush, y Earls, 1997). Mientras que los chicos están más expuestos a ser testigos de la violencia en la comunidad y están en mayor riesgo de sufrir asalto físico u otras formas directas de violencia, las chicas presentan alto riesgo de sufrir violaciones o abusos sexuales en la comunidad (Bolger, Patterson, Thompson y Kupersmidt, 1995; Greenberg, Lengua, Coie y Pindehughes, 1999). Los niños que son víctimas de la violencia comunitaria pueden sufrir traumas psíquicos, así como presentar baja autoestima, bajo rendimiento académico, comportamientos agresivos, consumo de alcohol y otras drogas (Kliewer, Lepore, Oskin, y Johnson, 1998). Esta asociación también se ha observado en los adolescentes que han sido testigos de violencia en la comunidad (Boyle y Lipman, 2002; Muller, GoebelFabbri, Diamond y Dinklage, 2000). En el presente estudio comprobaremos, en una muestra de adolescentes entre 13 y 17 años, si los estilos de vida están relacionados con la calidad de sus contextos. La muestra incluye a un subgrupo de adolescentes referidos por los servicios sociales (SS en adelante) que viven en familias que presentan diferentes niveles de riesgo psicosocial. El primer objetivo es analizar la estructura de las ecologías a través del grado de continuidad o de discontinuidad que experimentan los adolescentes en los cuatro contextos (familia, escuela, iguales y barrio). Es posible que encontremos dos tipos de continuidades, positiva y negativa, correspondientes a las ecologías protectoras y tóxicas (Garbarino, 1995). Pero no tenemos claras expectativas respecto a los tipos de discontinuidades más probables. Al mismo tiempo, analizaremos las variables sociodemográficas que nos ayudan a identificar dichas continuidades y discontinuidades (edad, género, nivel educativo, estructura de la familia, y hábitat). El segundo objetivo es describir los diferentes estilos de vida en la adolescencia a partir de indicadores tales como el consumo de sustancias, hábitos de alimentación, actividad física, actividades de ocio, el conocimiento sobre anticonceptivos y sobre la prevención del SIDA, el cuidado de la salud, la experiencia sexual, o la auto-percepción sobre la imagen corporal, que conforman los patrones de estilos de vida. Es de esperar que encontremos un patrón de comportamiento más sano en los adolescentes más jóvenes así como una vida más sedentaria, baja auto-imagen y dieta más pobre en las chicas mayores que en los chicos de su misma edad (Batista-Foguet et al., 2000). También esperamos encontrar que los adolescentes de los SS puedan presentar estilos de vida menos sanos que los adolescentes del grupo no referido por los servicios sociales (en adelante NSS) (Rodrigo et al., 2004). Por último, esperamos relacionar los estilos de vida con las ecologías del desarrollo. Esperamos que aquellas ecologías caracterizadas por un clima positivo en la familia y en el grupo de iguales, por un buen ajuste escolar y sin peligrosidad

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en el barrio, estén relacionadas con estilos de vida más sanos que en el caso de las ecologías no protectoras. Es difícil predecir, sin embargo, qué tipo de discontinuidad se asocia a estilos positivos. No sabemos si lo fundamental para que se de una ecología protectora es que haya continuidad positiva en los contextos regulados por adultos (familia-escuela) o si lo importante es que haya continuidad positiva en los contextos próximos al adolescente (familia-iguales). Método Participantes La muestra se compone de 1.417 chicos y chicas con edades comprendidas entre 13 y 17 años, procedentes de 22 municipios de la isla de Tenerife. Fueron captados mayoritariamente a través de las aulas de Centros Escolares (1.120 adolescentes) y también desde de los Servicios Sociales Municipales (130 adolescentes), programas de Garantía Social destinados al alumnado que no ha podido completar la escolaridad obligatoria o a aquellos que han optado por dicha opción (132 adolescentes) y desde otros recursos socio-educativos (35 adolescentes). De la muestra total, un 20.6% eran de 13 años, 21.7% de 14 años, 27.2% de 15 años, 19.5% de 16 años y 11% de 17 años. Asimismo, 54% eran chicos y 46% eran chicas, distribuidas en proporción similar por edades. Respecto a la tipología familiar, predominan las familias biparentales, con pareja casada (68.9%), o de hecho (5.2%). La monoparentalidad alcanza el 21.8% (15.9% de parejas separadas o divorciadas, 2.9% de soltero/as, 3% de viudo/as), mientras que este dato no se informó en el 4.1% de los casos. Respecto al nivel de estudios de los padres, aunque un 48.9% de los adolescentes no lo informaron debido tanto a su desconocimiento del mismo como a omisiones voluntarias, se observa que, en aquellos casos donde sí se obtuvo esta información, un 22% de los padres y un 23% de las madres no tienen estudios o sólo los primarios, un 14.3% de los padres y un 16.2% de las madres ha obtenido el graduado escolar, un 9.9% de los padres y un 11.2% de las madres cursó bachiller o FP y un 4.9% de los padres y 5.2% de las madres cursaron estudios universitarios. Su situación laboral, no informada en el 21.5% de los casos, indica que estaban en paro un 5.7% de los padres y un 40.5% de las madres, en activo el 74.4% de los padres y un 36.9% de las madres y jubilados un 2.9% y un 1.1% respectivamente. Instrumentos Cuestionario sobre la calidad de las relaciones padres-hijos, versión reducida del cuestionario “La percepción de la relación paterno-filial en adolescentes” (Ortega y Triana, 2002). Está formado por 12 ítems que evalúan la percepción del adolescente sobre las relaciones con el padre y con la madre de forma separada. Seis ítems evalúan la comunicación y el apoyo de los padres, mientras que los otros seis miden los conflictos. Dado que la versión reducida no se había utilizado anteriormente, se procedió a realizar sendos análisis factoriales con los datos de la muestra actual de adolescentes, para los items relativos a la madre y para los del padre. Se obtuvieron dos factores para la relación con el padre: El factor I denominado “Comunicación y apoyo (emocional/instrumental) paterno-filial” (38,9% de la varianza), el factor II, “Conflictividad paterno-filial” (11,2% de la varianza); y dos factores similares para la relación con la madre: el factor I, “Comunicación y apoyo (emocional/instrumental) materno-filial” (33,6% de la varianza) y el factor II “Conflictividad materno-filial” (10,6% de la varianza).El α total de Cronbach para cada subescala fue de .85 y .84 respectivamente.

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Cuestionario sobre la relación entre iguales. Esta escala de 8 ítems se adaptó del cuestionario sobre estilos de vida utilizado en la investigación HBSC y la versión española de Mendoza, Sagrera et al. (1994a). Se utilizó una escala Likert de 5 puntos (de grado de acuerdo y de frecuencia) y una opción de respuesta de Si/No. El α de Cronbach en esta escala fue de .70. Incluye items sobre “¿te sientes solo?”, “¿en qué medida conseguir amigos es fácil o difícil para tí?”, “¿quieres tener más amigos íntimos?” o “¿es fácil para ti demostrar el desacuerdo con tu grupo?”. Cuestionario sobre adaptación escolar. Se trata de una escala de 7 ítems, adaptada del cuestionario sobre estilos de vida utilizado en la investigación HBSC y la versión española de Mendoza, Sagrera et al. (1994a). Se utilizó una escala Likert de 5 puntos (grado de acuerdo y de frecuencia) y una opción de respuesta de Si/No. El α de Cronbach en esta escala fue de .72. Incluye preguntas como “¿te gusta ir a la escuela?”, “¿has repetido curso?”, “¿cómo es tu rendimiento académico en comparación con el de sus compañeros?” o “mis padres tienen una buena disposición para hablar con los profesores”. Cuestionario sobre peligrosidad en el barrio. Compuesto por 10 ítems, mide la participación del adolescente como víctima o como agresor en acciones o situaciones violentas ocurridas en su barrio. Las situaciones o acciones seleccionadas para el estatus de victima son: robo y asalto, agresión por personas desconocidas, violación, abuso sexual, insulto y amenazas verbales. Las situaciones y acciones para el estatus de agresor son: peleas en la calle, destrucción de mobiliario urbano, robar coches, robo en tiendas o compra de drogas ilegales. Se incluyen cuestiones tales como “¿Alguna vez has sido víctima de un robo?” o “¿has participado en peleas en la calle?” La selección de las situaciones y acciones se realizó a partir de los hechos delictivos recogidos en los expedientes policiales de Tenerife, referidos a delincuencia juvenil. Se utilizaron las opciones de respuesta Si/No. El α de Cronbach en esta escala fue de .76. Cuestionario de Estilos de vida de los adolescentes, adaptado del cuestionario de Estilos de vida (Mendoza, Sagrera et al., 1994), está formado por 53 ítems que miden dimensiones relacionadas con las siguientes variables: sociodemográficas (15 ítems); frecuencia de consumo de tabaco y de alcohol, el tipo de bebida, en qué ocasiones beben, la cantidad, la frecuencia y el consumo de otras drogas no institucionalizadas (7 ítems); hábitos alimenticios en relación con la regularidad de comidas al día y seguimiento o no de una dieta (2 ítems); actividad físicodeportiva, las motivaciones aducidas para su práctica y con quién la realizan, la disponibilidad de instalaciones deportivas y posibilidades de acceso (6 ítems); sexualidad, conocimiento sobre anticonceptivos y sida (10 ítems); condiciones de salud, visitas al médico y el motivo, revisión en el dentista y la búsqueda de soluciones a los problemas de salud (3 ítems); autoimagen con indicación de la percepción del peso y satisfacción con su cuerpo y aspectos a cambiar del mismo (4 ítems); otros aspectos como hábitos de lectura y de ver la televisión, tiempo pasado en el ordenador y gasto semanal de dinero de bolsillo (6 ítems). Procedimiento Se entrenó a los mediadores comarcales de la Fundación ECCA, que habitualmente trabajan con adolescentes, para administrar los cuestionarios a los adolescentes de la muestra, pertenecientes a centros escolares y a recursos educativos o de otro tipo de sus zonas respectivas, en la isla de Tenerife, Canarias. Los instrumentos se aplicaron en aulas, elegidas al azar, de 1º, 2º, 3º y 4º de la ESO, de 1º de un Ciclo Medio de FP, en las que participaron todos los alumnos de esa clase. Para los alumnos en riesgo referidos por los servicios sociales municipales se acu-

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dió a los módulos de Garantía Social, a los Servicios Sociales y otros Centros de orientación y de promoción educativa/laboral. En éstos casos, se recogía la información en pequeños grupos (de 10 adolescentes o menos), encuestados en locales apropiados. Resultados Como paso preliminar se realizaron algunos contrastes bivariados. En primer lugar, se agrupó a los adolescentes (N = 1341) según las cuatro combinaciones posibles de agresor /víctima. Así, el 24,9% adolescentes eran víctimas y agresores (VA), 15% eran víctimas pero no agresores (VnA), 19,4% no habían sido víctimas pero si agresores (nVA), y 40,7% no eran ni víctimas ni agresores (nVnA). En segundo lugar, por medio de un análisis de contingencia se relacionaron las variables sociodemográficas con el estatus de violencia (véase la Tabla I). Así, se observó que es más probable que aparezca asociado a los chicos el estatus de agresor (VA y nVA) que el de no agresor (nVnA). El estatus VA en contraste con el nVnA es menos probable que se asocie a adolescentes más jóvenes y más probable a aquellos en situación de riesgo, que viven en familias monoparentales y residen en hábitat urbanos. Los sucesos más frecuentes sufridos por las víctimas fueron: recibir insultos y amenazas verbales (30,6%), ser víctimas de robo y asalto (13,4%), sufrir una agresión de personas desconocidas (10,3%), abuso sexual (3%) y violación (1,9%). Los sucesos más frecuentes relatados por los agresores fueron: participar en peleas en la calle (36,7%), comprar drogas ilegales (13,1%),
TABLA I Variables sociodemográficas según estatus de violencia Víctimaagresor VA =334 Genero (% varones) Edad (% pequeños) Estatus de riesgo (% SS) Estructura familiar (% monoparental) Habitat (%) Urbano Rural Urbano-Rural 66.2 35.3 30.8 30.3 45.2 22.8 13.2 Víctimano agresor VnA =201 47.3 46.3 18.4 22.7 36.3 30.3 17.4 No víctimaagresor nVA =260 65.8 40.4 26.2 21.9 41.5 22.7 16.2 No víctimano agresor nVnA =546 43.4 45.4 16.8 18.0 32.6 28.0 19.8 χ2 62.74* 10.50* 27.33* 17.24* 21.13*

destruir mobiliario urbano (10,5%), participar en robos de tiendas (9.8%) y robar un coche (3,9%). Asimismo, por medio de ANOVAs se relacionó el estatus de violencia con las variables de la familia (comunicación parental y conflicto parental), del grupo de iguales y de la escuela (véase la Tabla II). El grupo de VA presentó menos comunicación con los padres que el resto de los grupos, F(3, 1329) = 9,4; p < .001, mientras que el grupo de nVnA aparece asociado a un menor conflicto con los padres que el resto de los grupos, F(3, 1329) = 21,3; p < .001. Así, los adolescentes con doble estatus de víctima y de agresor presentaban el peor clima familiar. Los adolescentes que no habían sido victimas (nVA) tendían a establecer relaciones más

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positivas entre los iguales que los que tenían el doble estatus VA, F(3, 1329) = 4,63; p < .001. Por último, los adolescentes que no habían estado implicados en actos
TABLA II Variables contextuales estratificadas según estatus de violencia Víctimaagresor VA =334 M Comunicación parental Conflicto parental Relaciones entre iguales Adaptación escolar 3.72 2.46 2. 85 2.73 DT 1.08 0.97 0.53 0.44 Víctimano agresor VnA =201 M 3.92 2.14 2.88 3.05 DT 0.91 0.89 0.54 0.42 No víctimaagresor nVA =260 M 3.95 2.22 3.04 2.89 DT 0.93 0.91 0.88 0.44 No víctimano agresor nVnA =546 M 4.1 1.97 2.90 3.08 DT 0.93 0.79 0.60 0.40

agresivos (VnA y nVnA) presentaban mejor ajuste en la escuela que el grupo de VA, F(3, 1329) = 8,48; p < .001. A continuación se procedió a la obtención de las ecologías de los adolescentes a través de los cuatro contextos. Para ello, las modalidades de los cuatro contextos de desarrollo fueron utilizadas como variables activas con el fin de obtener los factores subyacentes. Los datos sociodemográficos se utilizaron como variables ilustrativas. Todos los datos fueron sometidos al análisis del ACM1 (procedimientos CORMU y DEFAC). Los primeros cinco factores, que son los que mejor sintetizan la variabilidad presentada por los sujetos estudiados, explicaron el 55.7% del total de la inercia proyectada de las variables. En el resto de los factores aparecieron muchas omisiones y/o agregaban una cantidad pequeña de inercia al total. Eliminamos de la descripción el factor 1 (24,5% de la inercia), ya que como suele ser habitual en este tipo de análisis, contrapone a los adolescentes que contestaron a un número importante de variables frente a los que no lo hicieron. Los siguientes factores tuvieron: 15,8%, 8,2%, 4,2% y 3% de la inercia respectivamente. En la tabla III se incluye un amplio resumen del contenido de todos los factores y las variables ilustrativas con el fin de economizar espacio. Como puede apreciarse, se encontraron dos ejemplos de alta continuidad contextual: una positiva y otra negativa, principalmente definidos por la edad, el estatus de riesgo, la ocupación del adolescente, la de su padre y el hábitat. Se encontraron dos ejemplos de moderada continuidad: uno con la escuela y el otro con el barrio, principalmente definidos por el género (ser chico), no ser de riesgo, estructura familiar biparental y ocupación del padre. Por último, se observó un ejemplo de alta discontinuidad entre familia-iguales (caracterizado por malas relaciones) y escuela-barrio (caracterizado por buenas relaciones), asociado al género (ser chica), ocupación de la adolescente y estructura familiar monoparental. El paso siguiente en el análisis fue agrupar a los adolescentes en clases según sus estilos de vida. Los datos de los indicadores de los estilos de vida fueron utilizados como variables activas para obtener las clases. Las variables sociodemográficas fueron utilizadas como ilustrativas. Todos los datos fueron sometidos al análisis de Cluster (PARTI-DECLA y CLASS-MINER del paquete estadístico

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TABLA III Resumen de la estructura y contenido de los factores ecológicos y las variables ilustrativas asociadas Ecología Factores Factor 2 y Factor 3 Variables de contenido Buenas relaciones familiares, baja conflictividad, alta disponibilidad parental, buen ajuste escolar, relaciones positivas con los iguales, no agresor ni victima. Moderadas a malas relaciones familiares, conflictividad media-alta, media-baja disponibilidad parental, carencia de relación padres-profesores, soledad, agresor y victima. Relaciones familiares y con iguales positivas, baja satisfacción escolar, no agresor ni víctima. Familias con buena comunicación y apoyo, con nivel de conflicto moderado, dispuestos siempre a ayudar en la realización de las tareas escolares y agresor/víctima en el barrio. Carencia en la comunicación y apoyo familiar, baja disponibilidad parental y aislamiento social de los iguales, no han repetido curso, buen rendimiento escolar y no son agresores ni víctimas. Variables ilustrativas <13 años, no riesgo, padre activo, estudiante, ruralturístico, familia monoparental y biparental.

Alta continuidad Factor 2 y Factor 3

13-17 en riesgo, 17 no riesgo, estudian y trabajan, padre desempleado y madre en activo, urbanos, familia monoparental y biparental. Chicos mayores, no riesgo, padre con alto estatus profesional. Chicos, pertenecientes a familias biparentales, con un padre activo, viviendo en hábitat urbanos.

Factor 4 Moderada discontinuidad Factor 5

Factor 5 Alta discontinuidad

Chicas, en familias monoparentales, que estudian.

SPAD-N). Se establecieron seis clases de las cuales sólo las tres primeras, que permitieron la clasificación del 84,61% de la muestra, son dignas de interpretar. La Clase 1 (N = 586; 41,35% de los adolescentes de la muestra) agrupa a los adolescentes que sistemáticamente puntuaron en los indicadores relativos a la buena salud: nunca se emborrachan, hacen las comidas de forma regular, no fuman, no consumen alcohol o cualquier otra sustancia ilegal, visitan al médico regularmente, piensan que el sexo tiene que ser con amor, no han tenido relaciones sexuales, se encuentran a gusto con su imagen corporal, tienen conocimientos sobre los métodos anticonceptivos y sobre el SIDA, y siguen revisión dental cada seis meses. Al utilizar las variables ilustrativas para caracterizar esta clase encontramos que, en su mayoría eran adolescentes del grupo de NSS, que viven en familias biparentales, son los chicos y chicas más pequeños de la muestra (11-13 años), tienen madres o padres desempleados, amas de casa y, en general, con nivel profesional medio.

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La Clase 2 (N = 434; 30,63% de los adolescentes de la muestra) agrupa a adolescentes que manifiestan una cierto empeoramiento de su estilo de vida principalmente debido al consumo de alcohol u otras sustancias: beben vino, cerveza y otras bebidas alcohólicas en los fines de semana o alguna vez durante el mes, de tres a cinco bebidas en un fin de semana. Al mismo tiempo tienen conocimientos sobre métodos anticonceptivos y sobre el SIDA, moderada insatisfacción con su imagen corporal, están de acuerdo en parte con la idea que el sexo se debe practicar con amor y pasan muchas horas durante la semana y los fines de semana con los videojuegos. Cuando se utilizaron las variables ilustrativas para caracterizar esta clase, se observó que esos adolescentes tienden a vivir en familias biparentales, se trata de adolescentes de 15-16 años, tienen padres activos y desempleados y padres con alto nivel de estudios y profesional. La Clase 3 (N = 179; 12.63% de los adolescentes de la muestra) integró a los adolescentes que manifestaban un estilo de vida pésimo: fuman tabaco regularmente, beben cerveza y vino muchas veces durante la semana, no hacen ninguna comida con regularidad, consumen alcohol de seis a ocho veces durante la semana, se han emborrachado entre tres y diez veces, no visitan al dentista regularmente, no hacen dieta pero desean perder peso, consumen sustancias ilegales cada fin de semana (hachís y marihuana), se sienten infelices con su imagen del cuerpo, se perciben muy gruesos, conocen todos los métodos anticonceptivos, utilizan métodos para prevenir el SIDA casi siempre, utilizan cantidades grandes de dinero de bolsillo, han tenido iniciación sexual temprana, y dedican poco tiempo para el estudio. Las variables ilustrativas indican que los adolescentes incluidos en esta clase son del grupo de los referidos por los SS, que viven en familias monoparentales, son chicas y chicos entre 13 y 15 años y tienen una madre activa. Por último, interesaba ver cómo se relacionaban las clases obtenidas en el paso anterior con los factores ambientales obtenidos en primer lugar. Uno de los objetivos de cualquier técnica multivariante de análisis tal como ACM es presentar los resultados en forma gráfica para poder interpretar relaciones en términos de proximidad geométrica. La figura 1 nos muestra cómo los factores 2 y 3 asociados a la continuidad nos separan a la Clase 1 de las Clases 2 y 3. Esto supone que, mientras que la Clase 1 es representativa de una continuidad positiva a lo largo de los contextos, la Clase 3 representa una continuidad negativa. La Clase 2 se sitúa en una posición intermedia respecto al factor 2, pero más cerca de uno de los polos del factor 3 asociado a moderadas o malas relaciones familiares, conflictividad media-alta, media-baja disponibilidad parental, ausencia de relación padres-profesores, sentimientos de soledad, y experiencia de agresor y victima. La figura 2 nos muestra cómo se sitúan las clases en el espacio formado por el factor 2 asociado a la continuidad y el 5 asociado a la discontinuidad. En concreto, el factor 2 diferencia a la Clase 1, continuidad positiva, de la Clase 3, continuidad negativa, colocando a la Clase 2 en una posición intermedia. El factor 5 separa a la Clase 3, discontinuidad familia-iguales, de la Clase 2, discontinuidad con el barrio, situando a la Clase 1 en una posición intermedia. Discusión En este estudio, hemos intentado capturar la variedad de estilos de vida de los adolescentes y su asociación con las ecologías de desarrollo. Hemos caracterizado la estructura de las ecologías según el grado de continuidad o de discontinuidad en las interacciones observadas en los cuatro contextos de desarrollo. El estatus de víctima y de agresor experimentados por los adolescentes en su barrio es una característica importante de las ecologías de los adolescentes que está muy poco

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FIGURA 1 Proyección de los centroides de las tres clases sobre los Factores 2 y 3 (continuidad positiva o negativa)
FACTOR 1

1.50

Continuidad positiva
0.75

clase 1

0

Continuidad negativa

clase 2
1.75

clase 3
-0.75 0 0.75 1.50 2.75 FACTOR 2

Continuidad positiva

Continuidad negativa

FIGURA 2 Proyección de los centroides de las tres clases sobre los Factores 2 (continuidad positiva y negativa) y 5 (discontinuidad con el barrio y discontinuidad con familia-iguales)
FACTOR 1 1.50

Discontinuidad Familia-iguales

0.75

clase 3
0

clase 1
-0.75

clase 2

Discontinuidad Barrio

-1.50

-2,25 -0.75 0 0.75 1.50 2.75

FACTOR

Continuidad positiva

Continuidad negativa

estudiada (Beauvais y Jenson, 2003; Sampson et al., 1997). Hemos obtenido que la mayoría de la muestra se identifica con el doble estatus (VA: 25% y nVnA: 41%). Los datos son muy similares a los obtenidos en el proyecto HBSC respecto a la escuela (VA: 24% y nVnA: 36%) (Currie et al., 2004). Según parece, ser victima en algunas ocasiones aumenta la probabilidad de desempeñar un papel violento en otras situaciones. En nuestro estudio, el estatus de VA en comparación con el de nVnA es más típico en los chicos mayores del grupo de riesgo, que viven en familias monoparentales y en hábitat urbanos. Se ha encontrado que los adolescentes, especialmente los chicos, que viven en barrios empobrecidos y peligrosos presentan altos niveles de comportamiento de riesgo tales como conduc-

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tas violentas y agresivas (Bolger et al., 1995; Bolland, 2003; Greenberg et al., 1999; Sampson y Lauritsen, 1994). El vivir en una familia monoparental, donde se puede dar una menor supervisión de los adultos en estos contextos de riesgo, también parece aumentar la vulnerabilidad de los adolescentes. Las áreas urbanas en España son percibidas por los adolescentes como menos amistosas, con menos redes de apoyo sociales que las áreas rurales (Moreno et al., 2004). Finalmente, el participar en peleas en el barrio es el acto agresivo más frecuente para los muchachos en nuestro estudio (36,7%), mientras que recibir insultos y amenazas verbales es la forma más frecuente de victimización (30,6%). Las peleas entre los iguales resulta ser una de las formas más frecuentes de violencia en la escuela, siendo más típica de los chicos que de las chicas (Currie et al., 2004; Moreno et al., 2004) y va creciendo con la edad. El nivel de comunicación familiar resultó asociado al doble estatus: los adolescentes con doble estatus de víctima y de agresor presentaban peor clima familiar que los que no presentaban ninguna de estas características (Henry, Avshalom, Moffitt y Silva, 1996; Schreck y Fisher, 2004). El doble estatus también se relaciona con problemas con los iguales pues esos adolescentes son especialmente propensos a tener escasas habilidades sociales (Parker y Asher, 1987) así como presentar dificultades en el ajuste escolar (Maugin y Loeber, 1996). En general se encontró que el estatus de víctima está ligado especialmente a relaciones menos positivas entre iguales ya que éstos tienden a considerar a las víctimas como débiles ya que sus líderes son agresivos (Farrington, 1997). Sin embargo el estatus de agresor se liga a presentar problemas en el colegio ya que estos alumnos tienden a presentar más comportamientos desafiantes y mayor fracaso escolar. Analizando la estructura de las ecologías hemos encontrado dos ejemplos de continuidad del contexto y tres ejemplos de discontinuidad. El primer ejemplo es de continuidad positiva y se caracteriza por un clima familiar muy positivo, una vecindad no violenta, el buen ajuste en la escuela y buenas relaciones entre iguales. El segundo ejemplo es de continuidad negativa: un clima familiar negativo, un nivel de conflicto medio-alto, familia que proporciona menos apoyo, barrios de alto riesgo que implican vandalismo, así como sucesos que afectan a la integridad física y psicológica de los adolescentes, con carencia en la comunicación padre-profesor y demostrando un bajo ajuste escolar. Las variables que ilustran estas ecologías son principalmente la edad y el riesgo y, en menor grado, la actividad del adolescente, del padre y el hábitat. Los adolescentes perciben el clima de la familia menos positivamente con la edad, probablemente debido a la aparición de conflictos en la familia (Batista-Foguet et al., 2000; Currie et al., 2000; 2004; Moreno et al., 2004). Sin embargo, los adolescentes más jóvenes que están en riesgo también perciben tal deterioro en sus contextos sociales, indicando que la edad no es un indicador fiable de ambientes protectores en contextos de riesgo psicosocial. La salida temprana de la escuela para trabajar también es característica del grupo de los SS y se liga al abuso de sustancias y problemas de comportamiento (Bachman, Safron, Sy y Schulenberg, 2003). Finalmente, el hábitat urbano en comparación con el hábitat rural y turístico también aparece ligados al ambiente negativo. Encontramos tres ejemplos de discontinuidad del contexto. El primero implica una discontinuidad moderada con el contexto de la escuela; el segundo una discontinuidad con el contexto del barrio y el tercero una discontinuidad más amplia entre los contextos de familia e iguales y los contextos del barrioescuela. El género ha resultado una variable crucial a la hora de identificar la estructura de las discontinuidades y, en menor grado lo ha sido la tipología familiar y el nivel educativo y profesional de los padres. La discontinuidad con la escuela o con el barrio aparece asociada a los chicos mayores de familias biparen-

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tales. La razón de ello es que los chicos perciben la escuela de forma más negativa con la edad (Batista-Foguet et al., 2000; Moreno et al., 2004) y además se implican más a menudo en actos violentos o han sido víctimas de ellos (Currie et al., 2004; Moreno et al., 2004). La discontinuidad más amplia con la familia y los iguales es típica de las chicas pertenecientes a familias monoparentales. Las chicas son especialmente sensibles al clima familiar sobre todo si perciben un menor apoyo parental en situaciones de monoparentalidad (Rodrigo et al., 2004) y experimentan en mayor medida sentimientos de soledad y aislamiento del grupo de iguales (Batista-Foguet et al., 2000). En general, coincidiendo con los estudios de HBSC realizados en países europeos (Currie et al., 2000; 2004), incluyendo España (Batista-Foguet et al., 2000; Moreno et al., 2004; Rodrigo et al., 2004) se observa un empeoramiento moderado de los estilos de vida de los adolescentes sin riesgo, desde la adolescencia temprana (Clase 1) a la tardía (Clase 2). Mientras que los chicos y chicas más pequeños de la muestra demuestran un patrón extremadamente sano en todos los indicadores y tienden a vivir en familias biparentales con una distribución más tradicional del trabajo (madre ama de casa y padre activo), los adolescentes mayores presentan un cierto deterioro de su estilo de vida (consumo de alcohol y otras sustancia en los fines de semana, cierta insatisfacción con su imagen corporal y pasan muchas horas con los videojuegos). Este grupo también procede de familias biparentales y tienen padres en ambos extremos de niveles profesionales. Tanto los adolescentes jóvenes como los mayores del grupo de los SS (Clase 3) se identifican con un estilo de vida extremadamente insano (abuso del tabaco y el consumo de drogas legales e ilegales, problemas en la alimentación, no vigilar la salud, con iniciación sexual temprana pero con conocimiento sobre métodos anticonceptivos y de prevención del SIDA, reciben cantidades importantes de dinero de bolsillo y le dedican pocas horas al estudio) y tienden a vivir en familias monoparentales, en la que la madre trabaja fuera de casa para sacar adelante a la familia. Al asociar las tres clases con las ecologías encontradas podemos contestar a la pregunta de si estos entornos ofrecen ecologías protectoras, tóxicas o al menos un ambiente compensado para el desarrollo del adolescente. Los adolescentes más jóvenes de la Clase 1 con una forma de vida sana gozan generalmente de una ecología protectora caracterizada por una gran continuidad a través de contextos de desarrollo positivos. El estilo de vida no saludable de los adolescentes de la Clase 3 (jóvenes y mayores) va asociado a una ecología tóxica de gran continuidad a través de los contextos negativos. Se trata de chicos y chicas pertenecientes a familias usuarias de los servicios sociales municipales que están expuestas a múltiples factores de riesgo que afectan al desarrollo de los menores. Suelen ser familias que no potencian prácticas de socialización ni rutinas que refuerzan los comportamientos y las capacidades asociadas a la escuela, reconocidas por la sociedad actual. También viven en barrios violentos, en los que el doble estatus de víctima y de agresor suele estar ligado al consumo y abuso de drogas (Bolland, 2003). Por último, los adolescentes en situación de riesgo también experimentan el rechazo de la escuela y de los iguales. También se asocia la Clase 3 a una ecología basada en una gran discontinuidad entre la familia-iguales y la escuela-barrio. Nuestros datos indican que las relaciones negativas de los adolescentes (chicas) en los contextos familiares y de iguales tienen un gran impacto sobre estilos de vida no saludables de la Clase 3. La evidencia indica que los hábitos como fumar y beber de forma regular, irregularidad en las comidas y baja imagen corporal se suelen asociar a las chicas (Batista-Foguet et al., 2000; Moreno et al., 2004; Rodrigo et al., 2004). Sin embargo, las continuidades consistentes en una baja satisfacción escolar o la violencia en el

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barrio son típicas de los chicos y se asocian al deterioro moderado del estilo de vida experimentado por la Clase 2. Supondrían por tanto un entorno más compensado de riesgo, de alguna manera más esperable evolutivamente, que la discontinuidad entre los contextos próximos de familia e iguales. En suma, conocer las ecologías del desarrollo puede ser un buen modo de diseñar programas de intervención basados en promover la adquisición y el mantenimiento de estilos de vida saludables dirigidos a sectores concretos de adolescentes. Cualquier programa de intervención que se diseñe debe contemplar acciones destinadas a mejorar y apoyar los contextos de la familia, del barrio y de la escuela durante la transición entre los 13 y los 15 años. La intervención debe comenzar antes en los contextos de riesgo psicosocial. Las diferencias del género también deben ser consideradas debido a las diferentes ecologías que rodean a chicos y a chicas y a su diversa vulnerabilidad en la adopción de comportamientos poco saludables. Asimismo, es necesario confirmar en investigaciones futuras la estructura de las ecologías encontradas en nuestro estudio con el fin de poder profundizar más en su significado teórico.

Notas
1

Se utilizó el Análisis Factorial de Correspondencias Múltiples (ACM) que permite el tratamiento multivariado de las respuestas a cuestionarios, entrevistas o encuestas cuyas variables de contenido sean, en general, de naturaleza ordinal o nominal (Batista-Folguet et al., 2000). Brevemente, el ACM permite sintetizar la información del conjunto de las variables en una serie de ejes factoriales o factores que aglutinan características o respuestas de los alumnos que están estrechamente asociadas entre sí.

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