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DIEZ MINUTOS ANTES DE ATERRIZAR

El capitn D. J. Uys, piloto de un gran avin de propulsin a chorro, tom el micrfono para comunicarse con el aeropuerto. Se acercaba a la isla de Mauricio y llevaba a bordo 160 pasajeros procedentes de Taiwan. Iba a aterrizar para reponer combustible antes de continuar vuelo a Surfrica, pero algo andaba mal en el avin. En vez de solicitar aeropuerto y esperar confirmacin, como es de rigor, anunci desesperadamente: Hay fuego en la cabina! Tratar de descender. Estas fueron sus ltimas palabras. Dichas estas, todo qued en silencio. Poco despus el avin cay al Ocano ndico. El capitn Uys, con toda su tripulacin y los 160 pasajeros que iban a bordo, perecieron en el accidente. El caso fue ms trgico an cuando se supo que ste era el ltimo vuelo que haca el capitn antes de retirarse. Toda muerte prematura nos conmueve porque se supone que cada ser humano debe completar su ciclo normal de vida antes de morir. Pero cuando la muerte prematura ocurre en un accidente, y le ocurre a una persona como a este piloto, que haca el ltimo viaje antes de jubilarse para descansar, parece que fuera an ms impresionante. Faltaban apenas diez minutos para que aterrizara normalmente, slo diez minutos para llegar al puerto con salud y con vida. Pero en ese breve lapso de tiempo, esos escasos diez minutos, el fuego apareci en el avin y no hubo salvacin para nadie. Cuntas veces un hombre sale para su trabajo y le da un displicente beso de despedida a su esposa, y resulta que es su ltimo beso! Otras veces un hombre, despreocupado, dice: Es mi ltima farra. Despus de esta, no beber ms. Y esa ltima copa de licor es la que colma la medida. Es en realidad su ltima copa, porque muere de un sncope. La muerte acecha a la vuelta de cada esquina. Cada da que vivimos puede ser el ltimo da de nuestra vida. Bien dijo el sabio Salomn: No hay quien tenga poder sobre el aliento de vida, como para retenerlo, ni hay quien tenga poder sobre el da de su muerte (Eclesiasts 8:8). Por eso, porque este da puede ser el ltimo que nos toca, es que hoy, hoy mismo, sin ms tardar, debemos reconciliarnos con Dios. Y el nico que nos reconcilia es Cristo, el Seor que muri y resucit y vive para siempre. Dmosle hoy nuestra vida a Cristo. Con la paz que l nos da podremos no slo vivir sino tambin morir en paz, pues cuando nos toque a nosotros nuestro ltimo vuelo, l nos abrir las puertas del cielo. Autor Desconocido