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Entre Juan Carlos de España y Nadine Heredia

Cooper

Entre “Por qué no te (se) callas (callan)” y “¿Es tan difícil caminar derecho?”. En las últimas semanas se han incrementado exponencialmente las razones por las cuales los peruanos desconfiamos cada vez más de los poderes públicos, ratificándose así la ya longeva noción popular de que el Estado es sobre todo una fuente de corrupción e ineficiencia, o una entidad a la que puede aspirarse si uno quiere lucrar de ella política o económicamente. Hace mucho tiempo que los pobres del Perú tienen la certidumbre de que nada pueden esperar del Estado, que todos los gobiernos se comportan en función de sus intereses partidarios, colectivos o individuales. Esta convicción se ha traducido en aquella bien conocida actitud cínica que se traduce en que quienes menos tienen se arriman al poder de turno para procurar recabar los beneficios sociales que no les son proporcionados regularmente.

Más allá de la evidencia que aportan las tangibles contradicciones entre las ofertas electorales con que los candidatos suelen buscar seducir los votos de los más necesitados, y la ausencia o extrema lentitudcon la que las facciones políticas triunfantes suelen honrar a sus ofrecimientos, está la desvergüenza con la que la enorme mayoría de sus líderes trastoca los fundamentos éticos de los argumentos con que sustenta la validez de sus sanas intenciones, o el empaque con que convalidan o defienden un accionar político casi siempre reñido frontalmente con los valores y principios evocados oportunistamente para pretender aparecer como decentemente abocados a la consecución del bien común.

Actualmente venimos experimentando con una frecuencia y notoriedad más recurrentes que aquellas a las que hemos venido habituándonos las últimas décadas, los extremos a que puede llegar el ejercicio descarado de la falsedad ética que practica la enorme mayoría de nuestra clase política. Diariamente, por todos los medios a través de los cuales se exhibe el comportamiento de nuestras autoridades, comprobamos unos extremos que cada vez se nos hacen más descarados e increíbles. El fallo del juez Urbina; la renuencia de la señora Nadine Heredia a zanjar definitivamente el tema de su voceada candidatura “conyugal”; la ambigüedad con la que el Jefe de Estado trata la insoslayable contradicción entre lo que postuló en La Gran Transformación, lo que modificó para formular la Hoja de Ruta, y el ejercicio turbio que viene realizando para encubrir una indefinición política amenazante y sospechosa; la suprema incompetencia que denota el Congreso para cumplir con algunas de sus responsabilidades primordiales (como es elegir a los integrantes de algunas instituciones fundamentales del Estado), o la que, entre muchas otras, demuestra el Poder Ejecutivo al no poder realizar obras públicas básicas como carreteras o puertos primordiales, demorar incomprensiblemente el otorgamiento de los permisos para poner en marcha cuantiosas inversiones, o actuar con una pusilanimidad escandalosa ante el uso de la fuerza como un instrumento para contravenir la ley o impedir el accionar privado en innumerables casos ya plenamente autorizados.

La lista, lo sabemos todos, es mucho más extensa. Pero el caso más clamoroso es la actuación peruana respecto a la escandalosa condición actual de Venezuela. Del lado del Poder Ejecutivo, haber suministrado al heredero impuesto el vergonzoso escenario que montó mediante UNASUR para que los Jefes de Estado latinoamericanos confirmaran, más allá del aval a una elección claramente irregular y atropellada, las claramente abusivas y tramposas condiciones impuestas al libre ejercicio de la democracia en Venezuela desde hace ya varios años.

Por otra parte el Congreso autoriza el viaje del Presidente a dicha proclamación irregular invocando, en boca de muchos de sus parlamentarios, que la política externa del país constituye una prerrogativa que solo concierne al Presidente. Si ello fuera cierto, ¿a santo de qué requiere el Presidente recabar la autorización del Congreso para ausentarse del país? También en esta instancia, el Poder Legislativo ha exhibido ante el país la incorrección y turbiedad que aquejan a la mayoría de nuestra banal clase política.