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DIARIO DE UN MISIONERO MARTIR SANTIAGO MARTIN EL SILENCIO DE D1Ios me CUANDO DIOS PARECE GUARDAR SILENCIO ANTE LOS DESMANES DE LOS HOMBRES Biografia Santiago Martin es un sacerdote catdlico. Nacié en Madrid en 1954, Licenciado en Biologia, teologla Moral y Periodismo. Autor de una decena de libros de espiritualidad, es también fundador de una asociacidn catélica, los Franciscanos de Maria, dedicada al trabajo voluntario y gratuito con todo tipo de marginados y que esta ya presente en seis naciones. Se estrend en las artes del periodismo y la escritura de la mano de uno de los grandes del ultimo tercio del siglo XX: José Luis Martin Descalzo. Este extraordinario sacerdote y brillante periodista le llamo a trabajar con él, primero en ABC y luego en TVE, empresas en las que continud prestando sus servicios a la muerte, en 1991, del que fue su maestro. EI silencio de Dios Diario de un misionero martir Santiago Martin Planeta Primera edicién en esta coleccién: noviembre de 1999 © Santiago Martin, 1999 © Editorial Planeta, 5. A, 1999 Corcega 273-279 - 08008 Barcelona (Esparia) Edicion especial para Bestselia, S. A. Disefio de cubierta: Enric Jardi ISBN 84-08-03364-6 Depdsito legal: B. 42.712 - 1999 Impresor: Rotoplec Impreso en Esparia - Printed in Spain Queda rigurosamente prohibida, sin la autorizacion escrita de los titulares de! «Copyright», bajo las sanciones estabiecidas en las leyes, la reproduccién parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografia y el tratamiento informatica, y la distribucion de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo puiblicos {INDICE Introduccién UN VERANO DIFERENTE TREINTA DiAS DE OTORNO DIEZ D{AS PARA EL PARAISO Martires, testigos de Cristo Julio Rodrfguez Jorge Han dicho de ét Sus pensamientos SED, una ONG marista 15 139 185 203 215 219 223 235 INTRODUCCION El 8 de noviembre de 1996, a media tarde, una noti- cia empezo a recorrer los circuitos informativos del mundo: han asesinado a tres 0 cuatro misioneros maristas, de origen espafiol, que prestaban servicios educativos y religiosos en uno de los campos de re- fugiados situados en la frontera entre Ruanda y Zai- te. Me encontraba en ese momento en mi puesto de trabajo, en la redaccién de ABC y, aunque este tipo de asuntos suele ir destinado al area de informaci6én internacional, fui requerido para echar una mano y contactar con quien pudiera ampliarnos la informa- cién. La opinién publica espafiola estaba muy sen- sibilizada hacia lo que estaba pasando en Ruanda —de hecho, en nuestro pafs se habfan recaudado ge- nerosos donativos— y el interés aumentaba al tra- tarse de la muerte de varios compatriotas. Mi sorpresa fue grande cuando, entre la lista de los implicados, aparecié el nombre de Julio Rodrif- guez Jorge. Aunque sobre é] se cernié durante varios dias una luz de esperanza, pues se dudaba si tam- bién habia sido asesinado o si habia logrado huir, empecé desde el primer momento a experimentar una intranquilidad atin mayor debido a que Julio ha- bia sido compafiero mio durante muchos afios e in- cluso, de alguna manera, yo habfa tenido una cierta responsabilidad sobre él. Para explicarlo hay que remontarse a muchos afios atras. Julio y yo participabamos, junto a otros jovenes religiosos de diferentes congregaciones, en una experiencia bastante original que consistia en lle- var a la practica aqui en la tierra la unidad que los fundadores de esas mismas congregaciones viven ya en el cielo. Bajo la tutela y la inspiracién del Movi- miento de los Focolares, pequefios grupos de religio- sos se retinen semanalmente en todo el mundo para intercambiar experiencias personales basadas en la espiritualidad de la unidad propia de dicho movi- miento, y en la especifica espiritualidad de la con- gregacion a que pertenece cada uno de esos religio- sos. La iniciativa, enormemente enriquecedora para los que la practican, no esta exenta de riesgos y, des- de luego, de criticas por parte de algunos compafie- ros y superiores, los cuales con frecuencia insinua- ban que no estabamos siendo fieles a nuestro propio carisma y que estabamos «sirviendo a dos sefiores». Al margen de si la experiencia —aprobada, con algunas limitaciones, por la Iglesia— es 0 no correc- ta, puedo decir que tanto para Julio como para mi y para tantos otros jévenes religiosos result6 algo ma- ravilloso e inolvidable. Entre los que periédicamen- te nos reunfamos para poner en comun nuestras vi- vencias de la ultima semana —y no nuestras teorfas o fciles reflexiones— se cre6 una fraternidad espi- ritual e incluso humana que ni el paso del tiempo ni el haber dejado de participar en esa experiencia ha logrado deshacer. Después Julio se marché a Africa y, aunque los dos seguiamos compartiendo el mismo ideal de la unidad puesto en marcha por el Espiritu Santo a través de Chiara Lubich, perdimos Ja pista el uno del otro. Asi estaban las cosas hasta que, tantos afios des- pués, un teletipo volvia a situar delante de mis ojos la vida, y quiza la muerte, de un querido y viejo herma- no. En cuanto pude, el primero de los dfas en que dis- 8 puse de espacio para publicar uno de mis habituales articulos en ABC, me referi a la tragedia desatada en Nyamirangwe —nombre del campo de refugiados en el que los maristas prestaban sus servicios— y tam- bién hice alusién a mi amistad con Julio y a los re- cuerdos entrafiables que guardaba de él. No mucho tiempo después, uno de los provincia- les maristas de Espaiia, el hermano Adolfo Varas, se puso en contacto conmigo para sugerirme la publi- cacion de un libro que recogiese sobre todo la pro- funda espiritualidad que animaba a Julio Rodriguez. Se trataba no solo de explicar qué habia pasado y por qué, lo cual por cierto estaba en vias de publicacién en un magnifico libro escrito por Manuel de Unciti. Debia intentar entrar en el alma de una criatura que habia ido a Africa por amor, que a pesar de las en- fermedades que el estar alli le provocaban volvia rei- teradamente y que, por fin, habia encontrado la muerte en «acto de servicio», acto que posiblemente la Iglesia algGn dia considerara martirio. Entrar en el alma de alguien es simplemente im- posible. El riesgo es total. Sin embargo, si habia una posibilidad de conseguirlo haciendo pocos destrozos, esa posibilidad estaba en mi mano o en la de algunos de los que habfamos compartido durante tantos afios las mds intimas experiencias espirituales, tal y como me dijo el hermano Varas. Efectivamente, la practica llevada a cabo semana tras semana y afio tras afio de poner en connin lo que habiamos hecho siguiendo el método de la «palabra de vida» —una meditacién ofrecida por Chiara Lubich como alimento espiritual para todos los miembros del movimiento de los fo- colares— me permitia conocer los resortes internos que Julio poseia, las motivaciones que él tenia para permanecer en Africa, e incluso los apoyos espiritua- les que él podia haber encontrado para seguir ade- lante en los momentos de mayor dificultad. Para con- vencerme de que el muchacho que yo conoci era esencialmente el mismo que habia muerto en Nya- 9 mirangwe, el provincial marista me entreg6 una co- leccién de cartas que Julio habia enviado a distintas personas y que, en esos primeros dias, habia recopi- lado apresuradamente. Al leerlas no me cupo la me- nor duda de que Julio no habia cambiado y, a la vez, que yo tenia el deber moral de hacer saber al mundo la extraordinaria personalidad que se escondia en aquel sencillo misionero asesinado a los once dias de haber cumplido cuarenta afios. Si Julio, como sus compafieros, son o no martires no me tocaba a mi decidirlo, sino a las autoridades de la Iglesia. Pero lo que resultaba evidente para mi era que me encontra- ba ante un testigo de Cristo, ante alguien que en el nombre del Sefior y permanentemente unido a El, se habfa metido en la boca del lobo para llevar alli el ul- timo y Unico rasgo de ternura y de amor que pudie- ra recordar a miles de victimas inocentes que Dios existia y que no era indiferente a su terrible suerte. Acepté, en consecuencia, la oferta del hermano provincial y empecé a documentarme sobre lo suce- dido y sobre las condiciones de vida de mi amigo en aquella recéndita region del mundo. Pronto me en- contré absolutamente paralizado. No podfa escribir acerca de algo que desconocfa. Mis conocimientos de Africa se limitan a dos visitas breves a Ceuta y Melilla. No tengo idea de qué es un campo de refu- giados. Julio no habia escrito ningtin diario y sus car- tas apenas me daban datos de cémo era su vida con- creta, qué hacfan él y sus hermanos 0 cémo fueron asimilando los cambios que se producian a su alre- dedor y que culminaron con la invasién de la region del lago Kivu donde se encontraba Nyamirangwe por los tutsis ruandeses. , Se lo dije sinceramente al provincial y le mani- festé la imposibilidad en que me hallaba de seguir adelante con el proyecto. Entonces, Dios vino en ayu- da de mi debilidad. Adolfo Varas, con los permisos preceptivos, me proporcioné uno de los grandes te- soros a que he tenido acceso en mi vida, una autén- 10 tica reliquia que durante semanas ha santificado mi mesa de despacho. Se trataba de la cronica comuni- taria que redactaba uno de los hermanos asesinados, Miguel Angel Isla. Puntualmente escribia dia a dia —y, dentro de cada dfa, cada tres 0 cuatro horas— lo que sucedia a su alrededor. Es, creo yo, una reliquia, ya que esta abundantemente bafiada en sangre, san- gre de Miguel Angel, pues fue encontrado en el suelo de su habitacién cuando los hermanos Arrondo y Descarga Ilegaron a Bugobe para averiguar qué ha- bia pasado con sus compafieros maristas. Con ese tesoro entre las manos —que algun dia la Congregacién de Hermanos Maristas deberia pu- blicar integro— ya pude situarme no sdlo en el alma de Julio sino también en su contexto. Naturalmen- te, de ese texto —y de un diario, el de Fernando, me- nos explicito y que me fue confiado posteriormente— s6lo utilicé los datos que me servian para conocer lo que estaba pasando en el campo de Nyamirangwe y en la aldea de Bugobe, cercana al campo, donde vi- vian los misioneros asesinados. Las multiples refle- xiones de Miguel Angel, asi como sus anécdotas u ocupaciones no han sido recogidas en este libro. Pero gracias a la minuciosidad con que reflejaba todo lo que pasaba se puede saber con bastante exactitud no sdlo lo que él hacfa sino también lo que hacfan sus compafieros, Julio incluido, y sobre todo lo que esta- ba sucediendo en la zona, cosa que afectaba a los cuatro maristas por igual. Asi es como se ha escrito este libro: con el cora- z6n por un lado, como ofrenda de gratitud y de amis- tad a la memoria de un amigo asesinado por amar a Cristo y a los pobres; como testimonio del drama que vivieron miles de personas y del que participaron, vo- luntariamente, cuatro religiosos espafioles a los que no deberiamos llamar héroes sino martires. El libro, escrito en forma de diario para favorecer una inten- sidad gradualmente creciente segtin se va acercando el terrible momento final, refleja exactamente lo que paso y en el momento en que sucedié, con muy po- cas «invenciones» fruto de la imaginacién; en cam- bio, la practica totalidad de las reflexiones puestas en pluma de Julio sdlo deben serme atribuidas a mi, y si he osado hacerlo asf es porque estoy convencido de conocer algunos de los resortes espirituales de mi amigo y porque contaba con hacer esta aclaraci6n en este prefacio. Al final de la obra, por otro lado, se re- coge una seleccién de pensamientos de Julio Rodri- guez, extrafdos de las cartas escritas por él y a las que he tenido acceso; como se vera, la sintonia espiritual entre lo creado y lo real es muy grande. También al final del libro se incluye un perfil biografico de este joven marista «martir», asi como un elenco de opiniones acerca de él. Todo con el fin de acercar lo mds posible al lector a la realidad de un personaje que merece el conocimiento y el apre- cio de todos los hombres de buena voluntad. Conviene aclarar en esta introduccién otros datos para que el lector pueda situarse desde el principio en el contexto de lo que se narra. En 1994 empeza- ron las terribles matanzas de Ruanda, que primero tuvieron a la minorfa tutsi como victima y luego fue- ron padecidas por los hutus que las habfan iniciado. La consecuencia fue la huida del pais de cerca de dos millones de refugiados, que fueron acogidos en un rosario de campos a lo largo de la frontera comin entre Zaire y Ruanda, en la regién llamada de «los Grandes Lagos», particularmente en la cuenca del lago Kivu, con las ciudades de Goma al norte y Bu- kavu al sur. Los campos se extendfan mas al sur atin, a lo largo de la frontera de Zaire con Burundi, hasta la ciudad de Uvira, a orillas del lago Tanganika. En principio, Zaire —liderada en ese momento por el dictador Mobutu— se mostré dispuesta a pres- tar esa ayuda humanitaria, a cambio, eso sf, de otro tipo de ayuda y reconocimiento internacional. Pron- to se cans6 y empez6 a hostigar a los mismos refu- giados, impidiendo, por ejemplo, que se les diese for- 12 macién en los campos. Sin embargo, el conflicto se recrudecié debido a la alianza establecida entre los tutsis que vivian en el interior de Zaire, conocidos como banyamulengue, y los de su misma raza en Ruanda y Burundi. Con apoyo de tropas ugandesas y hasta tanzanas, empezaron la invasién de Zaire que, para sorpresa de todos, concluyé con la conquista to- tal del gigantesco pais, el exilio de Mobutu y la toma del poder por el antiguo guerrillero comunista Kabi- la, apoyado ahora por Estados Unidos. Es en ese momento concreto donde se sitta el drama que culmina con el desalojo forzoso de dece- nas de campos de refugiados, el nuevo éxodo de mi- les de hutus ruandeses y burundeses y el asesinato de los cuatro maristas, Servando, Miguel Angel, Fernando y Julio. Las FAR, Fuerzas Armadas Ruan- desas, de composicién hutu, armadas por el ejército zairefio, habfan intervenido en la guerra en contra de sus enemigos tutsis, pero no sirvieron de mucho ante el poderoso empuje de éstos. Segiin todos los indicios, como mas adelante se explicara, fueron algunos elementos incontrolados de estas milicias hutus los que dieron muerte a los hermanos maris- tas, a pesar de que ellos estaban en Nyamirangwe precisamente para servir y ayudar a los de su mismo pueblo. La llegada de Julio a la aldea de Bugobe, a tres 0 cuatro kilémetros del campo de Nyamirangwe, tiene lugar el 12 de junio. Es enviado allf por el general de los maristas, el hermano Benito Arbués, y se instala en una comunidad formada por los otros tres reli- giosos ya citados, todos espafioles, de la cual el her- mano Servando es el superior. La comunidad decide permanecer hasta el ultimo momento al lado de los refugiados, a pesar del riesgo evidente que corrian, y mantienen esta opci6n incluso cuando se desenca- dena la ofensiva final de los tutsis a finales de octu- bre de 1996, La muerte de los hermanos se produce el 31 de octubre de ese mismo afio. 13 No me queda mas que desear al lector que se in- troduzca en este tremendo y reciente drama llevado a cabo por cuatro hombres que tuvieron siempre presente a Cristo como motivacién fundamental de todos sus actos. El amor a los pobres, particular- mente a los nifios y j6venes en consonancia con su vocacién marista, era la forma concreta de servir y honrar a su Sefior. El ejemplo dado por Julio y sus «compafieros martires» no deberia perderse en la noche del olvido, sino perdurar para siempre, como, a pesar del paso de los siglos, seguimos recordan- do y enriqueciéndonos con el testimonio de tantos otros martires que han regado con su sangre la tie- rra africana. Que todos ellos nos ayuden desde el cielo, con su intercesi6n, para que nosotros seamos fieles a nuestra particular vocacién, a la llamada a la santidad que Dios nos hace, hasta nuestro propio final. 14 Un verano diferente 11 de junio de 1996 Estoy en Goma. Mafiana parto para el campo de re- fugiados de Nyamirangwe y hoy, por fin, me he de- cidido a comenzar un diario. No se trata de contar s6lo las mil anécdotas que nos suceden cada dia o los problemas con el agua o con la comida. Nunca he escrito un diario. Recuerdo que, cuando estaba en Espafia, algunos de los jévenes religiosos que, como yo, vivian la espiritualidad de los focolares sf que lo hacfan, pero a mi nunca se me ha dado bien eso de escribir. Sin embargo, ahora es como si sin- tiera dentro una llamada fuerte, una especie de ur- gencia, por poner por escrito todo lo que se va agol- pando en mi coraz6n. Es como si estuviera llegan- do al final de algo e hiciera falta dejar constancia de ello. Como digo, mafiana parto para Nyamirangwe. Jestis me ha pedido con el maximo respeto que vaya a trabajar con los refugiados ruandeses que alli mal- viven después de la guerra. El se ha servido de mi superior de Roma para pedirmelo. Yo le he dicho en seguida que sf, consciente de que todo lo que El me pide es siempre para mi bien y el del mundo. No voy a estar mas inseguro allf que en Goma, porque aqui se ha concentrado la mayor tensién de 15 la zona. Mientras escribo esto estoy oyendo tiros de fusil y de ametralladora continuamente. El Estado no paga a los militares y con lo de la guerra de Ruanda ha mandado aqui a muchisimos para que ellos se busquen su salario como puedan. Por eso buscan cualquier excusa para comenzar el saqueo de las casas. Hoy disparan y saquean porque dos militares se han matado entre ellos. Veremos cémo pasamos la noche. Hace unos dfas, el primero de este mes, mataron a siete soldados en una emboscada a treinta kilome- tros de aqui, pero los cobardes siempre se desaho- gan con los indefensos. Comenzaron el saqueo y a nuestra casa vinieron a las dos de la tarde cuando yo hacia la siesta. Uno de nosotros salié con el coche a buscar algo para la fiesta del colegio que comenza- ba al otro dia. Los militares le vieron y le siguieron hasta nuestra casa. El entré y cerré rapido y se fue a esconder en el colegio que tenemos cercano pero nos dejé los ladrones a la puerta. Uno salté la tapia y abri6 para que entraran los otros con su coche, que por cierto también era robado. Al no encontrar las Ilaves de nuestro coche, que es lo que querfan, en- traron en casa y se llevaron todo lo que quisieron: tele, video, dos bicicletas, una radio, un motor gene- rador de luz y los documentos de un compafiero. Yo me desperté al ofr voces extrafias en lingala, que aqui no habla nadie mas que los militares. Miré por Ja ventana y vi cémo cacheaban a un compafiero mio buscando y pidiendo délares. Después se marcharon y hasta la proxima. Esta es la inseguridad en que vive este pueblo y que nosotros hemos elegido vivir con ellos. Los chi- cos y chicas del colegio nos dicen que en sus casas también han entrado armados come aqui para ro- barles. En fin, después de cinco dias de saqueo, todo vol- vié a funcionar y hemos podido terminar el curso. Mis compaiieros estan con un poco de tensién y fa- 16 cilmente surge una discusién, por lo que me doy cuenta de que tengo que ser mas prudente y delica- do con ellos. Pido al Sefior que me dé la capacidad de amar en estas situaciones dificiles pues es mi principal misién aqui y donde vaya. Ir al campo de refugiados es para mi un privile- gio pues veo que Jestis conffa en mi y me ha elegido entre muchos para trabajar con los més pobres de en- tre los pobres. No quiero defraudarle. Iré para amar a todos; en primer lugar a mis hermanos de comuni- dad, que son dos curas y tres maristas. Pido al Sefior que me dé la inteligencia del amor evangélico para discernir qué tengo que hacer en las dificiles situa- ciones en que me voy a encontrar y poder as{ amar como cada uno necesita y quiere ser amado. 15 de junio Llevo unos dias en el campo de Nyamirangwe y quie- ro seguir el diario que empecé al marcharme de Goma. Intuyo que se acerca el final de algo, aunque no sé en qué consiste ese final. Sé que aqui, en Nya- mirangwe, no estamos seguros. Sé, como todos mis compaiieros lo saben, que podemos morir en cual- quier momento. Pero no es éste el final que presien- to, o al menos no quiero creer que esto vaya a ter- minar con un golpe de machete en mi cabeza. Llegar a Nyamirangwe fue toda una aventura. Tuve que embarcarme en Goma y descender a lo lar- go del lago Kivu, hasta Bukavu, la ciudad mas im- portante de esta parte de Zaire, sede arzobispal, y que esta a unos treinta kilémetros del campo de re- fugiados cerca del cual vivimos. El campo es Nya- mirangwe y nuestra casa est4 en una pequefia aldea a tres o cuatro kilémetros, Bugobe. La navegacién por el lago, que debia haber durado siete horas, se nos hizo eterna y muy peligrosa. A mitad de camino se rompi6 la correa del motor de la embarcacién que 17 nos Ilevaba y estuvimos parados cerca de una hora en el centro del lago, sin saber si alguien podria echarnos una mano. Al final, otra barca nos vio y nos remolcé, lentisimamente, hasta Bukavu. En fin, esto es Africa. Aqui los imprevistos son normales y el tiempo simplemente no cuenta. ;Qué importante lec- cién para los que venimos de Europa y nos quejamos de las cosas que alli no son exactas o rapidas! Estamos a 2500 metros de altura y por eso no pa- samos calor ni tenemos mosquitos. La zona es muy bonita y riquisima pues se puede cultivar hasta la cima de las montaiias. A los refugiados no se les per- mite cultivar ni hacer comercio pero trabajan para los zairefios, que les pagan una miseria, porque lo tienen que hacer para vivir. El pasado mes de enero, el Estado zairefio prohibié toda ensefianza en los campos, y después de perder dos meses comenzamos a dar clases en las mismas chozas de los refugiados, asf que estamos teniendo que dar clases hasta fina- les de agosto para recomenzar el nuevo curso en sep- tiembre. En fin, voy a escribir algo que me paso hace tiem- po y que no quiero que se me olvide, porque es muy significativo de cémo esté el ambiente en todo Zai- re, la situacién de pillaje generalizado que vive el pais. En cierta ocasi6n, mientras estaba visitando a los huérfanos del orfanato de Kisangani, dos de ellos me robaron la bicicleta que empleaba para despla- zarme. Me senti mal. gCémo es posible que también a mi me roben?, me pregunté. ¢De qué sirve el riesgo que corro por ellos si no consigo ni que me quieran los mismos a los que ayudo? Me acordé de Cristo crucificado, de ese Cristo al que yo tanto quiero y al que, sin embargo, a veces traiciono. Pero no tuve tiempo para muchas reflexiones mas. Los pequefios del pabellén del orfanato se habian dado cuenta ya de lo que pasaba y la noticia habia corrido como la pélvora. El escandalo fue enorme y también lo fue el alboroto. El pabellén entero se puso en marcha y 18 se dispersaron por todos los rincones de la ciudad. A las pocas horas vinieron a verme con la bicicleta y con los dos pilluelos que la habfan robado. Querian un castigo para ellos e incluso decfan que era nece- sario para dar ejemplo. Yo me acordé de nuevo de Cristo crucificado y lo mas que hice fue echarles un serm6n y ponerme muy serio con ellos, ademas de Nenarles de amenazas. ¢Cémo pedirles que respeten la propiedad ajena a unos nifios que han visto cémo mataban a todos los suyos y que conviven con la muerte a todas horas? Me conformé con haber recu- perado mi bici y con que hubiesen sido los compa- fieros de los ladrones quienes la recuperaran. Al final, la leccion fue positiva. Me acordé de aquello de san Juan de la Cruz: «Donde no hay amor, pon amor y encontrarés amor.» Algo de amor hemos debido de poner Ta, Sefior, mis compafieros y yo, porque algo de amor ha brotado en este desierto. 16 de junio Domingo. Me he levantado tarde y he hecho un rato largo de oracién antes de desayunar. Aunque a no- sotros no nos falta lo elemental, cada vez que veo ante mi la comida no puedo dejar de pensar en los refugiados. Sé que si no me alimento no sélo saldré yo perjudicado, sino también ellos; pero este razo- namiento, que es verdadero, no me tranquiliza del todo, por lo cual busco ser lo mds moderado posible en el comer. Hemos participado en la misa con los javerianos. Estaban también los nifios cantores, que aunque ha- cen lo que pueden tienen todavia mucho camino que recorrer. A las doce hemos ido toda la comunidad al campo de refugiados; ha sido muy emocionante para mi, porque hoy hemos celebrado la fiesta del padre Champagnat y los hermanos han trabajado mucho en ella, asi que me ha dado mucha alegria ver el éxi- 19 to de sus esfuerzos y el homenaje que estos pobres ofrecen a nuestro querido fundador. El acto comenzé con la presentacién de los nifios del jardin de infancia. Mas de mil cabecitas negras cantan y danzan apifiadas en agradecimiento a la pre- sencia de los hermanos. Al terminar, nos hacen un re- galo. Después vinieron los otros grupos, que hacian demostraciones de sus progresos en lengua, mate- mticas y, cémo no, en danzas. El presidente de la comisién educativa pronunci6 unas palabras de agra- decimiento a la Congregacién Marista, por no haber abandonado a los ruandeses en el exilio y por estar costeando la practica totalidad de los gastos que lleva consigo la asistencia educativa en Nyamirangwe. El hermano Servando, como superior, le respondié con unas palabras dirigidas a los distintos grupos repre- sentados. Alas tres ya estabamos en casa, en Bugobe, para comer y descansar un rato. Servando y yo tuvimos que volver de nuevo al campo de refugiados para asistir a los partidos de fiitbol y de balonmano. Re- gresamos a casa al atardecer. Tanto Servando como yo estamos agotados. Por mi parte, después de rezar un rato me voy a ira acostar en seguida, en cuanto termine de escribir esto. Me siento Heno de gratitud hacia Dios por pertenecer a la familia marista. De no ser por la intuicién de nuestro fundador, en aquella lejana Francia, hoy estos nifios, estos jévenes y estos miles y miles de refugiados no tendrian ni siquiera el pequefio consuelo que nosotros representamos. Somos apenas una gota de agua para calmar la sed de un desierto que se me presenta como casi infini- to e inagotable. Pero esta gota de agua es la unica prueba que tienen de que Dios no los ha abandona- do. Es algo muy especial sentirte representante y de- mostraci6n de la «ternura de Dios». Pensar en ello me lleva a recordar los ataques que suelen proferir contra Dios y contra la Iglesia, alla en Espafia y en tantos otros lugares, por el hecho de que Dios per- 20 mita catastrofes como este genocidio. Aqui, en ple- no campo de refugiados, los pobres, quienes padecen las consecuencias de ese supuesto «olvido de Dios», no se plantean cuestiones tan teéricas. Y quizd no se las plantean —as{ quiero creerlo— porque nos ven a nosotros, que somos los testigos de Dios, y que com- partimos con ellos su suerte para decirles con hechos que Dios los sigue queriendo y que no es cierto que Dios los haya abandonado. Si los de lejos, los que teo- rizan y se cuestionan tantas cosas, hicieran algo mas y pensaran algo menos, probablemente aqui habria mas testigos del amor de Dios y también es probable que la catastrofe que ha originado esta marea de re- fugiados no hubiera ocurrido nunca. 17 de junio Estamos ya en plena estacién seca. Apenas llueve y cada vez, hace ms frio. A esta formidable altitud, el clima no tiene nada que ver con lo que uno se ima- gina que es Africa. Hoy hemos celebrado una reunién de comunidad especial para ponerme al dia de la situacién exacta del campo y de cudles van a ser mis responsabilida- des. Servando ha hecho un resumen de la historia de Nyamirangwe y ha insistido en que nuestra misién es servir de apoyo a las iniciativas de los propios re- fugiados. También ha dejado claro que todo tiene que hacerse desde la comunidad y no desde iniciati- vas personales. Me he enterado de que, por ejemplo, a los trescientos nifios que tienen entre dos y seis afios se les da todos los dfas un complemento ali- menticio; para los mas pobres hay previstos ocho sa- cos de arroz, dos de sorgo, uno de leche y otro de azticar todas las semanas. Por mi parte, he hecho algunas observaciones que quiza no le han caido bien a todos los hermanos de la comunidad. Por ser recién Hlegado, veo las co- 21 sas de otra manera y creo que eso puede molestar a algunos, que saben mucho mas que yo pero que, qui- zA por el mucho tiempo que llevan aqui, no ven otras posibilidades de hacer las mismas cosas. He notado una cierta distancia con algtin hermano y me ha do- lido mucho. Pero en seguida me he acordado de que para que Jestis esté presente entre nosotros sélo una cosa es imprescindible: amar. No es necesario que no haya problemas, pues si asf fuera probablemente el Sefior estaria muy pocas veces entre sus discipu- los. Lo que si hace falta es que, cuando se presentan las dificultades, nos pongamos a amar, a perdonar 0 a pedir perdén. Mafiana me levantaré con el 4nimo dispuesto a ver a todos con ojos nuevos y también a ser mas humilde y menos precipitado a la hora de decir las cosas. 18 de junio Hoy se ha dado un paso adelante en la consolidacion de nuestra misién educativa en el campo de refugia- dos. Servando y Miguel Angel se han reunido en Bu- kavu con los representantes de Caritas, entre los cua- les habfa un espajfiol, Jestis Jauregui. Se ha Ilegado al acuerdo de que la responsabilidad educativa en el campo corresponde a C4ritas y que nosotros somos sus delegados en él. Para apoyarnos, y para ayudar a los demas campos, el arzobispo de Bukavu, mon- sefior Munzihirwa, ha escrito una carta muy dura al representante del HCR (Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas). Habla de la si- tuacién insostenible que se vive en los campos, de que este afio terminaremos el curso en unas condi- ciones pésimas y de que asi es dificil continuar. Todo esto da que meditar acerca de la maldad de los hombres. Quieren matar sus cuerpos y también matar el futuro de aquellos a los que no logran ase- sinar. Si no saben, no podran progresar y tendran 22 que ser para siempre de la raza de los siervos, de los que trabajan por nada, de los que son mandados y no pueden ocupar puestos de responsabilidad. Pero esta situacién tan negativa también me sirve para meditar en la bondad de otros muchos hombres, gente que como nosotros no se resigna y esta deci- dida a evitar que las cosas sigan un curso fatalista. Es la eterna lucha entre el bien y el mal. Lucha en la que siempre ha dado la impresién de que ganaba el mal. Y, sin embargo, Cristo, perdiendo, venciéd. Mu- riendo y siendo derrotado, nos redimié. Qué impor- tante es para mi, para nosotros, para todos los que no queremos ceder ante la avalancha del mal, tener presente esta teologia de la Cruz. Con san Pablo ten- go que repetirme: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte.» Cuando pierdo, cuando parece que voy a ser aplastado, cuando quiza lo sea, entonces estaré ga- nando, entonces seré mas fuerte que la bota del ene- migo que me pisa. Asi ha ocurrido siempre y porque ha sucedido asf, a pesar de todas las apariencias, es por lo que esta lucha del mal contra el bien no ha ter- minado. Cada vez que nos derriban, incomprensible- mente surgen otros, miles a veces, que se apresuran a ocupar el lugar de aquel que fue maltratado por practicar el bien. Aun a sabiendas de que podemos perder —en nuestro caso, de que podemos morir—, no renunciamos a luchar, a defender la causa de la bondad, de la justicia, de Dios. 19 de junio Hoy nos hemos hecho unas fotos todos los que vivi- mos aqui, en Bugobe: los dos sacerdotes, los cuatro hermanos, el laico encargado del molino y un joven estudiante. ¢Seran un simple recuerdo o serviran para dar testimonio, ante la posteridad, de que por aqui ha pasado una pandilla de testigos de Cristo, enamorados de Dios y de la causa de los pobres? 23 También hoy ha ocurrido algo que me ha hecho meditar mucho. Aunque ya llevo tantos afios en Zai- re, nunca me acostumbro a este tipo de cosas y no puedo dejar de sentir una gran indignaci6n. Han ve- nido a vernos y a pedirnos ayuda dos maestros, An- drés y Leonard, uno de primaria y otro de alfabeti- zacion. Venian de Bukavu, donde habfan ido a ver a los padres blancos para ver si habia llegado un giro de dinero que esperaban procedente de monsefior Pe- rradin. Antes de conseguirlo, en plena plaza central, en la 24, los ha detenido la policia y les ha quitado todo lo que llevaban, sin mediar excusa alguna. Los han Ilevado a los edificios que se encuentran al bor- de del lago y alli los han obligado a desnudarse, que- dandose sélo en calzoncillos. Humillados e indefen- sos, han tenido que suplicar que les dejaran al menos las cartas que atestiguaban que eran poseedores del dinero que iban a recoger, pues todo lo demés se lo ha quitado la propia policia. iQué triste y ruin la condici6n del refugiado ruan- dés! Resulta imposible describir lo que esta pobre gente debe de sufrir, al sentirse sin derechos, sin casa, sin patria, sin familia y sin esperanza. Una vez mas me golpea el misterio de Dios. jCreo, Sefor, pero ayuda a mi poca fe! jAytidame a creer que TG sigues estando ahi, tras un cielo negro, negro, y sin estre- llas! ;Aytidame a creer que no has abandonado a los hombres, que no te has desinteresado de su suerte, para que yo pueda llevarles algo de esa fe y esa es- peranza, lo tmico que puede consolarlos y Jo unico que les queda! 20 de junio Me he levantado como de costumbre, al clarear el dia. Después de rezar laudes y desayunar, a las siete de la mafiana hemos ido juntos Servando, Miguel Angel y yo a Bukavu. Teniamos cita con el director 24 de Caritas, el padre Cibambo, para firmar el proto- colo de acuerdo sobre la educaci6n de los jévenes re- fugiados de Nyamirangwe. Hemos tardado doce me- ses en poder firmar este protocolo, que se nos ha concedido como si de un gran favor se tratara. Es curioso esto: hasta para servir a los pobres y arries- gar la vida en ello hay que pedir favores. Pero lo cier- to es que se nos ha hecho un gran favor, pues no hay mayor suerte que la de servir a aquellos que llevan las huellas de Cristo crucificado. Si nosotros hubiésemos conseguido hoy la cesién de un terre- no en una rica ciudad europea para construir un gran colegio en el que pudiéramos tener miles de alumnos, no tendriamos tantos motivos para estar contentos como por el hecho de que se nos permi- te estar en Nyamirangwe, sin cobrar y arriesgando el pellejo. 21 de junio La situaci6n en el campo esta empeorando por mo- mentos. Por mas que con las ayudas econdémicas que nosotros recibimos intentamos paliar algo la situa- cién, eso resulta casi imposible. Ayer, por ejemplo, tu- vimos correo y al hermano Miguel Angel le legé, de su hermano en Argentina, una generosa aportaci6n, que éste habia repartido en veintiuna cartas, en las cuales habia metido cien ddlares en cada una. Con eso pudo ir hoy a Bukavu y encargar cien sacos de arroz, veinte de harina, veinticinco de azticar y varios sacos de leche en polvo para las madres que dan de mamar a sus nifios. Pero, como digo, todo esto no es suficiente, representa poco menos que un vaso de agua cuando aqui se necesita un rio caudaloso. El HCR ha decidido suspender la ayuda alimen- ticia a los refugiados. Es una medida drAstica y diff- cil de entender. Lo hacen, segtin dicen, para casti- garlos por su ineficacia a la hora de llevar a cabo el 25 censo en los campos. Pero cabe sospechar que detras hay una politica de asfixia. Es una vuelta de tuerca mas, un acogotamiento nuevo, dirigido a endurecer mas si cabe la situacién que padece esta pobre gente a fin de que regresen cuanto antes a su tierra. Por otro lado, eso es lo que los propios refugiados qui- sieran, pero muchos temen que volver a Ruanda sea ir hacia el matadero. Quizd sus casas ya han sido ocupadas por otros y, en ese caso, es muy probable que se los acuse de cualquier crimen con el fin de meterlos en la carcel para que no puedan reclamar lo que es suyo. Asi que estan aqui, entre la espada y la pared, con una situacién insostenible, pues ya hace mas de dos semanas que no reciben la ayuda alimenticia y son miles y miles de personas. Eso los fuerza al pillaje y, con el delito, no tardara en venir la represién, que no me cabe duda que sera sangrienta. 22 de junio La Iglesia celebra hoy la memoria de un santo al que tengo un especial carifio: santo Tomas Moro. Esta majfiana, al leer el texto que la liturgia ha seleccio- nado para recordar a este mArtir inglés, me he con- movido. Su situacién, especialmente cuando estaba ya en la carcel, en la famosa Torre de Londres, era de algtin modo semejante a la nuestra. Esperaba la muerte, sin tener la conviccién de que ésta iba a lle- gar, pero sabiendo que lo mas probable era que asi ocurriera. No es por ponerme pesimista, pero algo parecido me est4 pasando a mf, sobre todo cuando veo los problemas que hay alrededor, las tensiones que aumentan, el peligro de que la violencia estalle con consecuencias desastrosas. Es como estar sobre un volcan y ver que el humo ya ha empezado a sur- gir por las grietas de la montafia; parece cuestién de semanas que estalle todo y, en ese caso, ¢qué serd 26 de nosotros?, ¢qué sera de estos miles y miles de ino- centes que ya han sufrido tanto? Leo a santo Tomas Moro escribiendo desde la carcel a su hija Margarita: «Aunque estoy bien con- vencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecerfa que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gra- cia santisima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, an- tes que prestar juramento en contra de mi concien- cia... No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por mas débil y fragil que me sienta. Mas atin, si a causa del terror y el espanto viera que estoy a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundir- se por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Sefior, sAlvame. Espero que enton- ces El, tendiéndome la mano, me sujetara y no deja- rA que me hunda. Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera atin mas alla, de tal modo que Ile- gara a la cafda total y a jurar y perjurar, aun en este caso espero que el Sefior me dirija, como a Pedro, una mirada Ilena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la ver- dad y descargue asi mi conciencia, y soporte con for- taleza el castigo y la vergiienza de mi anterior ne- gacion.» iQué impresionante la vida de los santos! {Y cé6mo se siente aqui la comunién con ellos! Rodeado de mi- les de refugiados, expuestos al arbitrio de los que tienen ya los ojos encendidos en sangre y las manos cansadas de matar, vuelves la mirada atras y te das cuenta de que tu historia no es tan distinta de la de aquellos que nos precedieron en la fe. Te sientes miembro de una familia de débiles que encuentran en Cristo la fuerza para ser héroes; de pecadores que son capaces, a gol- pe de gracia, de convertirse en martires. jY cémo se agradece ser miembro de esta larga hilera de gigan- 27 tes, por mds que tt te sientas enormemente pequefio y miserable comparado con ellos! Le pido a Dios, se lo he pedido hoy todo el dia, que no me abandone, que no me deje a merced de mis propias fuerzas. Dios mio, ten misericordia de mi, de todos nosotros, de esta multitud de crucificados que nos rodea. Ten misericordia y no nos dejes huir, danos fuerza para quedarnos aqui aunque veamos venir el momento final y aunque podamos evitarlo. Danos esas fuerzas, sobre todo, si huir supone dejar atin mas abandonados a quienes ya lo han perdido todo y han sido abandonados de todos. En cuanto a las cosas del dia, he ido por la mafia- na con Fernando al campo para repartir pantalones entre los nifios que pertenecen a la Legion de Maria. También ha venido a visitarnos el padre Jauregui. 23 de junio El hermano Miguel Angel lleva una temporada muy agobiado y enormemente cansado. Dice que duerme mal y que tiene espantosas pesadillas. Hoy nos ha contado a toda la comunidad la que le ha asaltado esta noche. Sofiaba que le habian cortado la cabeza y que él estaba de pie junto a ella y que con sus pro- pias manos se ha cerrado los ojos que se mantenfan abiertos. Todo esto no es mas que fruto de la tensién enorme que estamos viviendo. Es algo que te va mi- nando poco a poco, que esta en el ambiente y que te empapa hasta dentro, como sucede por ejemplo con la humedad. Tu sistema nervioso se deteriora y em- piezas a reaccionar agresivamente ante pequefieces. Por més que intentes mantenerte sereno, el miedo te da de vez en cuando hachazos en el alma que tienen su repercusién en el cuerpo. En la comida hemos despedido a Servando, que re- gresa a Espafia. Hoy ha hecho un afio desde que lleg6 a Nyamirangwe y necesita descansar. Si no se va, ter- 28 minara por quebrarse. Pero su marcha no es definiti- va; es sdlo una pausa para recobrar fuerzas y regresar junto a Cristo crucificado. 24 de junio Se ha ido Servando. Le ha Ilevado Miguel Angel has- ta Kavumu. A la vuelta nos ha contado el calvario de los tramites. Todo era pedir dinero por parte de la policia para permitirte embarcar en el avién. Y el tiempo que se pierde mientras aguardas a que te atiendan. La tinica palabra que puede definir esto es la de «caos». Todo es cadtico, desorganizado, corrup- to, ineficaz. ¢C6mo puede tener futuro un pajs en el que el tiempo no existe ni tampoco existe Ja justicia? ¢Qué pintamos nosotros aqui, dibujando rayas en el agua que, inmediatamente hechas, el agua cubre de nuevo? Y, sin embargo, la mirada inocente de los ni- fios logra darte razones para seguir, por mas que se- pas que esos inocentes de hoy seran, probablemente, tan culpables mafiana como hoy lo son los adultos. Este y sdlo éste es el misterio de la Cruz. A las cinco hemos celebrado reunién de comuni- dad para redistribuirnos los trabajos ahora que Ser- vando se ha ido y somos uno menos. También esta fuera el padre Kabera. Tampoco tenemos cocinero. En cuanto al campo, la situacién se vuelve mas cri- tica cada dia que pasa. Ya hace dos semanas que los agentes del HCR no reparten viveres. Han vuelto a comenzar el censo para saber exactamente el nime- ro de los refugiados. 25 de junio Hace un frio desacostumbrado, asi que da mas pere- za saltar de la cama cuando ves los primeros albores, pues, como cada dia, nos levantamos al amanecer. Después de rezar laudes y desayunar he salido para 29