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POEMA DEL AVE FÉNIX No se sabe bien a qué época pertenece el poema De ave Phoenice ni quién fue su autor

. Seguramente se han hecho traducciones en español, pero me ha parecido útil poner a disposición otra más. Para ello me basé en el texto que hay en: Minor Latin Poets (ed. J. Wight Duff – Arnold M. Duff). Cambridge, Mass. & London, Harvard Univ. Press & William Heinemann, 1978. Existe un lugar fértil, apartado y donde nace el oriente, por donde se abre la más grande puerta del eterno cielo; mas no cerca del nacimiento del verano ni del invierno sino donde el Sol derrama la luz desde el eje primaveral. En ese lugar una planicie muestra su abierta extensión; No hay en ese lugar alturas ni se abren cóncavos valles pero ese lugar dos veces seis codos excede los montes nuestros, cuyas cúspides nosotros consideramos altas. Ahí está el bosque del Sol, cubierto de muchos árboles, bosque sagrado que verdea con honor de eterno follaje. Cuando el cielo ardió en otros tiempos por esos fuegos de Faetonte,1 el lugar permaneció inviolable; también, en los días en que el diluvio llenó con todas sus aguas el mundo, ese lugar sobrepasó las ondas de Deucalión.2 No van allí las exangües Enfermedades ni la enferma Vejez ni la Muerte cruel ni áspero Miedo ni el Crimen infando ni Ambición, insensata en su deseo de bienes, ni la Ira ni el Furor, que arde siempre en las matanzas; no están el amargo Luto ni la Miseria, llena de harapos, ni las insomnes Preocupaciones ni el Hambre violenta.3 No están allí la horrible tempestad ni la furiosa fuerza del viento ni la escarcha cubre la tierra de gélido rocío; ninguna nube extiende sus vellones sobre los campos ni se precipita desde lo alto el túrbido humor del agua. Pero hay en el medio una fuente, a la que llaman Viva,4 muy clara, muy suave, muy abundante en dulces aguas; esta fuente irrumpe una vez por cada período de meses y doce veces riega ella el bosque entero con sus ondas. Surge allí un tipo de árboles que tiene inmenso tronco y que lleva dulces frutos que nunca han de caer al suelo. Este bosque, esta foresta habita un ave única, el Fénix; única, pues vive después de ser rehecha con su muerte. Obedece obsequiosa a Febo esta memorable servidora: este oficio se lo concedió en don la madre Naturaleza. No bien la Aurora de color del lodo surge en su rubor, cuando comienza con rosada luz a ahuyentar los astros, doce veces sumerge su cuerpo en las piadosas ondas, doce veces liba ella el agua que toma de la fuente viva.
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Hijo del Sol; guiando el carro de su padre, estuvo cerca de provocar una conflagración de cielo y tierra. Deucalión y Pirra fueron los dos que se salvaron del diluvio universal. 3 Estas personificaciones están inspiradas en Virgilio: Eneida 6, 274 ss. 4 No está muy claro qué significa quem vivum nomine dicunt. Si nadie vive en esos lugares, mal puede haber nombres para las cosas.

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Se eleva y se posa luego en lo más elevado de un alto árbol, el cual desde arriba puede mirar todo el bosque y, vuelto su rostro hacia el nuevo nacimiento del Sol, aguarda sus rayos y su resplandor que surge a la aurora. Y cuando el Sol empuja el umbral de la puerta brillante y resplandecen las auras leves de la primera luz del día, empieza ella a derramar las modulaciones de su canto sagrado y a llamar a la nueva luz con su admirable voz, voz que no podrían igualar ni las melodías del ruiseñor ni la musical flauta con sus acentos de Cirra1 imitaría; ni podría imaginarse que la emularía el canto del cisne en su muerte ni las canoras cuerdas de la lira de Cilene.2 Después que Febo soltó sus caballos a las partes abiertas del Olimpo y, en su carrera, descubrió entero su orbe, ella tres veces aplaudió con repetido golpe de sus alas y, en silencio, por tres veces veneró la ignífera cabeza.3 Y es ella misma la que discrimina las horas de la noche y del día con sus voces, que son imposibles de describir; ella es como un sacerdote y como ministro del bosque sagrado y es la única que conoce tus arcanos, oh Febo. Pero después de haber transcurrido mil años de su vida y que el pasar del tiempo la hizo pesada para sí misma, para reparar su edad fatigada por el espacio de sus años abandona el acostumbrado y dulce lecho de su bosque; por su afán de renacer deja esos santos lugares suyos y se dirige a este mundo, donde la Muerte tiene su reino. Ya muy anciana, dirige sus rápidos vuelos hacia Siria, a la cual ella misma le dio el viejo nombre de Fenicia,4 y cruzando lugares apartados va hacia seguros bosques, allí donde en arbolados montes se halla remota foresta. Entonces ella elige una palma elevada, de aérea copa, la cual lleva el nombre en griego de Fénix, por el ave; hasta ella no puede deslizarse ninguna clase de animal, dañino, ni resbaladiza serpiente ni ave alguna de rapiña. Entonces Éolo encierra los vientos en sus abovedados antros,5 para que no dañen con sus soplos el purpúreo aire y para que las nubes, heladas del Noto, no quiten del vacío del cielo los rayos del sol y molesten al ave. Luego hace ella para sí ya sea un nido o un sepulcro: pues muere para vivir, si bien ella se crea a sí misma. Para este nido recoge de la fértil selva jugos y olores, los que recoge el asirio y el opulento árabe;6 también toma los que recogen los pueblos pigmeos o la India
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Ciudad griega consagrada al culto de Apolo. Ciudad griega consagrada al culto de Hermes, quien, según la mitología, fue el creador de la lira. 3 Igniferum caput, la cabeza del Sol. 4 En realidad Fenicia puede verse como una tierra limítrofe con Siria, pero aquí parece entenderse como parte de la misma. 5 Alusión al libro X de la Odisea. 6 Se refiere a las especias del oriente.

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o lo que engendra en su suave seno la tierra de Saba.7 Aquí amontona el cinamomo y el aroma del amomo, que se huele de lejos, y las olorosas hojas de bálsamo. No faltan el tallo de la suave canela ni del perfumado acanto ni las gruesas gotas de la lágrima del incienso. Añade a todo esto las tiernas espigas de joven nardo y une, Pancaya,2 el poder de la mirra que tú produces. En seguida da su cuerpo mudable al recién preparado nido; sus miembros consumidos pone en lecho vital. Con su boca luego recoge esos jugos y los dispersa en sus miembros, para morir en sus propias exequias. Así encomienda su alma en medio de tantos aromas y no siente temor por la fe de un depósito tan valioso. Mientras tanto su cuerpo, que ha perecido en muerte vivificante, se llena de calor y ese mismo calor causa una llama; y desde lejos, desde la luz etérea, concibe un fuego: arde y, ya una vez consumido, se disuelve en cenizas. A ellas, unidas por la humedad, las funde3 como en una masa, lo cual da una especie de simiente. De ahí se dice que nace antes un animal sin miembros pero se dice que este gusano4 es del color de la leche. Mas, una vez que ha crecido, de repente en un tiempo ya fijado se envuelve en forma de redondeado huevo; entonces muda su forma y retoma su figura anterior: una vez rotos tales despojos, surge entonces el Fénix; así larvas del campo, cuando con sus hilos se pegan a las piedras, suelen ser transformadas en mariposas. No tiene el alimento acostumbrado en nuestro mundo ni tiene nadie el cuidado de nutrir a ese ser implume; pero liba inmortales rocíos de celeste néctar: cayeron estos, tenues, desde el cielo portador de las estrellas. los recoge y se alimenta el volátil en medio de aromas semejantes, hasta que le da madurez a su propia figura. Y, no bien empezó a florecer en su primera juventud, vuela ya, con deseo de volver, a sus moradas paternas. Pero antes envuelve todo lo que le queda de su propio cuerpo –huesos, las cenizas y sus propios despojos– en aceite de bálsamo, en mirra y en polvo de incienso y luego, con su piadoso pico, le da una forma de globo. Lo lleva en sus pies y se encamina a la ciudad del Sol5 y, bajando sobre el altar, lo pone en la sagrada sede. Allí se ofrece para ser admirada a quienes la ven:
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Alusiones: los pigmeos eran un pueblo fabuloso de ínfima estatura; Saba era la principal ciudad de la Arabia fértil. 2 Isla fabulosa de Arabia, famosa por sus piedras preciosas y por la mirra. 3 En estos dos últimos versos no me queda claro cuál es el sujeto de conflat, ‘funde.’ La antigua Fénix era ya un cuerpo quemado. Tal vez la acción se refirió a un momento de tránsito, antes de que se consumara una total combustión. 4 Quizás este podría ser indicio de inspiración cristiana del poema. San Isidoro de Sevilla hace al gusano figura de Cristo, por la resurrección: vermis, quia resurrexit (Etimologías 7, 2, 43). 5 Heliópolis, en Egipto.

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tan grande es la belleza del ave y grande su honor. Para empezar, su color, como el que cubre la piel de los suaves granados bajo los astros del cielo; como el de las hojas de las agrestes adormideras, cuando Flora despliega su veste al enrojecer el sol. Con tal manto fulgen su espalda y hermoso pecho; con él su cabeza, cuello y lo más alto de su parte posterior; su cola, hacia atrás, tiene color de rubio metal y, entre sus manchas, se mezcla la púrpura; luz de distintos colores pintar la pluma de sus alas, así como Iris desde lo alto suele pintar las nubes; su pico es blanco, mezclado con verde esmeralda y al abrirse se asemeja a una gema de puro marfil; sus enormes ojos tú creerías que son dos jacintos1 y, en medio de ellos, salta una reluciente flama; una corona radial circunda toda su cabeza: lleva ella de este modo el honor de la cabeza de Febo; sus patas están cubiertas por escamas de un rubio metal pero sus uñas tienen un bello color de rosa. Su aspecto se ve como mezcla entre el pavo real y la colorida ave del río Fasis.2 Su tamaño puede apenas ser igualada por el ave que es engendrada en suelo de los árabes,3 sea esta un ave o una fiera. Sin embargo ella no es lenta, como las aves que, por su gran cuerpo y su peso, dan cansinos pasos; al contrario es ligera y veloz, lleno de decoro real, y así se manifiesta siempre a ojos de los hombres. Egipto acude a contemplar tan notable espectáculo y, con una gran alegría, saluda a la prodigiosa ave. Al punto esculpen su forma en sagrado mármol y con un nuevo título marcan este hecho y el día.4 Todo género de volátiles se reúne en compañía, sin acordarse ninguno de la presa ni de temores.5 Vuela entonces por el aire, acompañada del coro de aves: multitud la sigue alegre en pío ministerio. Pero, no bien llega a las auras del piadoso éter, vuelve en seguida a habitar sus propios lugares. ¡Oh tú, ave de una suerte y un final afortunados, a quien el propio dios otorgó nacer de sí misma!6 Hembra o varón, o ni una cosa ni otra, o ambas, feliz es, al no cultivar unión alguna de amores: la muerte es su amor y solo en la muerte es su placer
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Se refiere a la piedra, no a la flor. El faisán. Su nombre grecolatino, Phasianus, proviene del Phasis, río de una región del Asia Menor llamada Cólquida (era la tierra de la célebre Medea). 3 El avestruz. 4 Es decir, labran en inscripción la fecha del periódico retorno. 5 Esto es, las aves más débiles no temen a las de rapiña, porque ellas no piensan en ese momento en cazar. 6 De se nasci praestitit ipse deus, dice el latín. La trad. de J. Wight Duff – Arnold M. Duff, edición que sigo, pone: “to whom God’s own Hill has granted birth from herself.” Puede haber referencia entonces a Dios, la divinidad, o al dios Sol, a quien el Fénix sirve (vv. 33-34).

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y, para poder nacer de nuevo, apetece primero morir. Ella es para sí su prole, su propio padre y su heredero; nodriza es de sí misma y es siempre su propia pupila. Es ella misma pero no es la misma, porque idéntica no es;1 obtiene vida eterna con el favor de su muerte. Trad. RAÚL LAVALLE

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En el v. 169 (ipsa quidem, sed non eadem quia et ipsa nec ipsa est) hay un raro juego entre los pronombres ipsa, ‘ella misma’, ‘ella en persona’, y eadem, ‘la misma de antes.’

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