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Gotcha

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Juan Duchesne Winter

Gotcha

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Juan Duchesne Winter Gotcha .

Colombia .A. Oficina 503 San Juan.net ISBN: 0-9760352-7-8 Primera edición. . Puerto Rico 00901 cipp@coqui. 2007 Diseño y diagramación Juan Carlos Torres Cartagena Fotos de portada Eduardo Lalo Impresión Pananmericana Formas e Impresos S. 2007 © Juan Duchesne Winter.Editorial Tal Cual Centro de Investigación y Política Pública Fundación Biblioteca Rafael Hernández Colón Calle Tetuán 206.

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. siempre.a Aurea...

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Todo lo que se acerca nos ofrece la novedad de la multilación -José Lezama Lima .

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pubs y más cafés como el nuestro. Disfrutábamos el ambiente recién creado en el pueblo por una ola de progreso que vino del mar y barrió con los tugurios de los pescadores. Sólo lucía enfangado y opaco el zapato Clarks. Luego ella se fijó en mi ropa. rodeados de avenidas arboladas. deleitada. que no era mío. y me preguntó por qué tenía manchas de fango en los pantalones. La brisa marina mitigaba el calor. El Campari con soda acariciaba la sed. uno de mis zapatos Clarks. boutiques. de esos pescadores que habían dejado de pescar hacía siglos. regaladamente sentado ante una de estas mesas con parasol que se colocan frente a los negocios.Culebra Estaba en el café con una amiga tomándome unos tragos. yo no me había fijado. de tersa piel de culebra. puntiagudo. y yo pensaba que ella era de lo más sibarita. gente cool sin prisa y sin miseria. El parasol no era necesario porque era de noche. Lo que más curioso le pareció a ella fue que yo llevaba puesto un zapato marrón oscuro. por qué llevaba manchas de sangre en la rodilla y en los codos. —Ay la brisa nocturna del mar —repetía mi amiga. y otro zapato marrón claro. por qué tenía una rasgadura en el ruedo. pero el zapato de piel de culebra bri13 . Nos sentíamos muy gentry.

como hombre de pueblo que soy. entré a darme una cerveza en uno de esos cafetines. ni siquiera horas. en el pueblo. Otros conversan en las barras sobre las chulerías de los motores de sus automóviles. realmente hacía frío. pero parecía esperar a alguien. en uno de los barrios cercanos de la montaña. Se echa la moneda por una ranura y se escoge la canción más charra del ayer. Mi acompañante y la señora rubia parecían brindarme esa oportunidad. Pero mi amiga insistía y señalaba con el dedo. yo estaba en el campo. que juegan billar con donaire y eructan cerveza con gran galantería. luminoso. Yo no sentía la misma curiosidad que mi amiga porque conocía la causa de esos detalles.llaba. Yo. minutos creo. La brisa marina me parecía un algo molestosa. Es uno de esos barrios donde hay cafetines y dentro de los cafetines hay una mesa de billar y una vellonera que toca canciones charras por monedas. Hay tipos muy machos con barrigas distinguidas y bigotes finos. —Era tem14 . hacía calor. —Hace apenas unas horas. también se puso a mirar con poca discreción mis zapatos y mi ropa y daba muestras de querer participar en nuestro diálogo. que estaba sola. Tenía sed. Me percaté que debía contar la historia que explicaba el extraño estado de mi atuendo. Apuré otro sorbo de campari para alcoholizar un poco el leve temblor que sentí. Una señora rubia sentada a la mesa del lado. —les dije —yo no estaba aquí. y reflejaba las luces de la calle como si las escamas fueran lentejuelas.

. Lo miré con extrañeza. Rafa. y entré en el negocio. disfrutando el sano ambiente de campo. mi abuelo murió hace poco a 15 . no creas —le aclaré a mi amiga. me miró con fijeza y dio señas de reconocerme. añadió. —como si yo anduviera por allí de incógnito y él quisiera tener la delicadeza de saludarme sin publicar mi identidad. entre unos siete u ocho carros arrimados contra el precipicio que bordeaba el lugar. Estacioné mi carro afuera. a la orilla de la carretera. Yo estaba tranquilo en mi banqueta alta. pero yo tenía un abuelo llamado Rafael que componía danzas. incrédulo. el músico.prano en la noche. verdad. había una colección vintage de macharranes. hablando en una voz baja que la música de la vellonera casi ahogaba del todo: —tú eres Rafael. sí. Acercó su boca a mi oído y susurró —Rafa. Me senté a la barra y pedí la cerveza. Un hombre de mi edad que se sentaba a mi lado. Respondí: —yo no soy Rafa. pero ya estaba midiendo el tiempo para llegar aquí a mi cita contigo. sosteniendo con la sonrisa congelada una botella de Heineken. —¿Pero tú no eres él? —preguntó. ése. si bien no faltaban dos o tres mujeres cuya presencia desenvuelta y moderna les unta en nuestros tiempos un toque cosmopolita a estos cafetines. porque yo no me llamo Rafa. pero había poca distancia entre la mesa de billar y yo. el que componía danzas. Sí. Entonces él siguió. como entrecerrando los ojos. Dentro. yo soy el nieto. Insistí: —no yo no soy mi abuelo. dejó de mirar su botella. el que escribía danzas….

yo soy el bichote aquí. que no tengo espacio. Las voces sonaban como si acompañaran la melodía ranchera-rap de la vellonera. como los que usan algunos argentinos. me empujó en el riñón con el mango del taco y dijo. Llevaba un pañuelito azul amarrado al cuello. El tipo se volteó. Una de ellas se acercó al bichote de la barriga galana. Como he dicho. y provenían de los otros macharranes y de las mujeres. había muy poca distancia entre la mesa de billar y mi banqueta. con que murió —dijo. Entonces escuché un coro. quien permanecía agarrando el taco como un bate de béisbol y mirándome muy mal. no le haga caso místel que esta borracho. no le haga caso místel que está borracho. —salte del medio bródel. —Aaah…. por lo que viró la cara y no me dirigió más la palabra. mirando su botella y concluyó: —Yo lo conocí. Yo le dije —oiga señor. Dándome la espalda todo el tiempo. que entonó en mi dirección: —no le haga caso místel que está borracho.los 96 años. papá. dándome la espalda y acomodándose para mejor manejar su taco de billar. Al hombre le molestó que yo negara ser mi abuelo. con voz alcohólica. Al poco rato un macharrán de barriga muy galana se colocó entre la mesa y mi banqueta. le puso las manos sobre 16 . alzó el taco como para partirlo en cinco pedazos sobre mi cabeza y gritó —señol es tu madre. perdóneme. Lo observé bien y noté que tenía un jacket de cuero marrón excesivamente grueso para estas temperaturas. se dice por favor.

Sus palabras le salían en ritmo ranchera-rap. debe haberse metido 17 . vete a descansar vete a descansar. agresivo. El bichote recuperó el hierro y lo blandía como un estandarte de batalla. se lo arrebató y le disparó un tiro. La mujer se había esfumado. yo soy el bichote mamá. pero sólo se encorvaba y se agarraba el hombro izquierdo. Ella le hundió un codo en la barriga al enemigo. sin mangas y que tenía brazos muy bien torneados. aunque yo hubiera deseado que se desplomara sobre la inmunda mesa de billar y que la inundara de sangre. se zafó del agarre y con un movimiento de marioneta. Había tirado el revólver al suelo. Ella se la devolvió. sujetándose del borde de la mesa con el brazo desocupado. —Me mató la cabrona ésa. aturdido. torciéndole el brazo hacia la espalda. El hombre no cayó. El la agarró.los hombros y le dijo —papito ya te estás poniendo malito. realmente hermosos. Las demás mujeres ya no estaban. la hizo girar y le puso una llave. Los amigotes lo rodearon para mantanerlo en pie. Nadie se fijaba ya en mí. mamá. A partir de ese momento sucedieron cosas violentas. alcanzó un revolver que el bichote llevaba en su cinturón. él entonó: —papito es la crica de tu madre. pero yo la voy a matar a ella —decía. Uno de los amigotes del bichote dijo —la cabrona ésa corre más que una guinea. Y encajando el mismo ritmo. girando como un molino. yo soy el bichote. Noté que la mujer llevaba un vestido amarillo corto. El bichote de la barriga galana le dio una bofetada a la mujer.

tan pronto ellos salgan por la puerta. como predijo el supuesto amigo de mi abuelo. no se había movido de su lugar. Me despedí con una guiñada del amigo de Rafa. allá abajo al pie de la cuesta de los González. Vi entonces que. se percatarán de tus intenciones y te matarán a ti. Me esforcé en seguir pegado a esa verja y aceleré mi carrrera 18 . como hace siempre. El trayecto era oscuro. Sólo miraba y sonreía preocupado. como ellos. los tipos salieron puerta afuera. Sentí mientras corría que de cuando en cuando mi hombro izquierdo rozaba una verja alta alambrada. detrás de la vellonera y atrecha por un sendero que llega directo a la casa de la madre de ella. dispuesto a todo. esa gente va a matar a la mujer que te defendió. la guá combeltil en caln’e mondongo —gritó el bichote borracho. si te apresuras llegarás antes que los tipos. es gente malvada. Me susurró al oído —¡oye Rafa! indefectiblemente. pues te verán. negro. —Pues pa’llá voy. Descubrí que el supuesto amigo de mi abuelo. a matal-la. corre hasta la casa donde estará y avísale. revólver en mano. mis pies tropezaban con piedras y raíces. vete por esta salida trasera que ves ahí. forrada de enredaderas. seguía con el revólver en la mano. si la quieres salvar a ella. pues están borrachos.en casa de su mamá. Escuché que la vellonera callaba. casi cargando en pie al bichote. quien a pesar de estar muy malito. al igual que yo. las ramas azotaban mi rostro. me colé por la portezuela tras la vellonera y corrí sendero abajo. pero no te vayas por la carretera.

Quizá era una construcción amplia y cada pieza. el lavamanos. Sentía que me deslizaba por un túnel. pero mayormente bajaba. El suelo subía y bajaba como una montaña rusa. Caí varias veces de rodillas y mis manos se hundieron en el fango. Sólo pensaba que los tipos malos iban a matar a la mujer y que yo debía rescatarla. A mi izquierda había una piscina inquieta con luces en el agua. ocuparía un compartimento separado. Me percaté que había perdido el zapato derecho y que ese pie pisaba descalzo. la bañera. Estar des19 . Más adelante vi una puerta alumbrada por un foco intenso colocado sobre el dintel. pero el fresco sugería un espacio abierto. Entré a lo que parecía ser un cuarto de baños iluminado con loza blanca inmaculada. Aunque no vi los usuales efectos sanitarios. Era la entrada trasera a los predios de una casa. alarmado. Pero no se sentía un alma en el lugar. que la desnudez de mi pie representaba un impedimento serio para mi plan de rescate de la mujer amenazada. hasta que mi hombro izquierdo rozó un muro de concreto liso en lugar de la enredadera interminable. escuché ladridos lejanos pero no vi perros. Hubo instantes en que casi desistí de la carrera por falta de aire. No pude sino pensar. Roté la perilla y la puerta abrió de inmediato. la taza del toilet. Mi pie derecho palpó la superficie del piso suave y fría como la palma de la mano de una princesa.ciega. Abrí el portón y penetré en el jardín. pero continué sin saber cómo. El muro terminó en un portal iluminado.

que parecía esperar a alguien y quien ya se había puesto a escuchar mi relato como si nos acompañara.. impaciente por continuar mi monólogo y contar el desenlace de la historia. Introduje mi pie en él y sentí gran alivio. El esplendor. si no es que hubiesen penetrado ya. —Sí señora —le respondí. es el zapato de piel de culebra que lleva ahora puesto señor? —preguntó la señora del pelo rubio que se sentaba en la mesa contigua del café. —¿Ése que usted cuenta. hallé un zapato justo junto a un cesto de toallas blancas. —Pues esos mismos son los zapatos que hoy pusieron en especial en Walmart —añadió la señora. Vi otra puerta que parecía dar entrada a las habitaciones donde se encontraría la perseguida. Las escamas. o además hacerles frente a ellos si estuvieran ya golpeando la puerta del frente de la casa. Mi nuevo zapato… de piel de culebra rutilaba. Señalaba el zapato con el dedo. por qué mi zapato. Era un solo zapato derecho de piel de culebra que yacía en el piso sin su par... 20 .calzo era un handicap para el combate inminente. En ese momento perdí todo deseo de contar por qué mi atuendo se encontraba en estado tan estrafalario. porque mi carrera había consumido un tiempo incalculable. sólo restaba alcanzarla. pensé. ahora estoy listo para luchar.. Sin sorprenderme. mudo. avisarle el riesgo que corría y salir con ella de la casa antes que llegara la turba asesina.

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Yo había olvidado hasta su nombre. Lo importante era que nos habíamos 23 . mi antigua novia. a la sala semioscura. Descarté el asunto del reconocimiento. Mi madre conoció a Isadora en el cine cuando fuimos a ver El día de la Bestia. trepó por mi garganta y se metió en la cabeza. donde comenzó a rebotar contra las paredes del cráneo con gran brutalidad. un relampagueo enceguecedor de la pantalla me hizo voltear la cara hacia el lado y ese mismo relumbrón me permitió reconocer a Isadora.Buda Bar La amiga de quien ahora es mi madre fue novia mía. pero ese temor escondía otro mayor: que no me reconociera. donde nos costó trabajo hallar dos butacas contiguas. Temí que Isadora me reconociera. Entramos tarde. Isadora no me reconocería ni dejaría de reconocerme. pero no lo sabe. Sería inútil y hasta contraproducente recordárselo. No la había visto desde el incidente que nos separó. sentada justo en la butaca a mi izquierda. Pero su presencia reimplantó todos los recuerdos de un solo golpe. Cuando el cura de la película anunció la llegada de la Bestia a sus feligreses y renegó de la cruz. Enfoqué la vista sobre la pantalla con toda mi fuerza para lograr reflexionar sobre la nueva situación. como siempre. Mi corazón saltó.

El cura de la película ya había abandonado la iglesia después de insultar y maltratar a las beatas que no podían creer sus blasfemias. pero nada la obligaría a encontrarnos en ocasiones sucesivas. Lo derramé completo sobre la falda de mi vecina. Clavé la vista aún más en la pantalla. El volumen atronador de su alarido no distorsionó el recuerdo que significó para mí su dulce voz. Ella no me prestaría mucha atención. lloriqueando. Rumbeaba por la calle como un hombre feliz. la primera ayudara a la otra a limpiar y a secar sus ropas entre mil disculpas. Los tres. terminamos reunidos en el vestíbulo del cine. Pero. decidido a realizar. ¿Cómo pedirle el teléfono en esas circunstancias? Mi madre no me permitiría seguirla al salir a la calle. que se arremolinaban en torno suyo. quizás lograría provocarle un ligero déjà vu. Debía retenerla. liberado. Estaba repleto aún. Yo recité mi propia disculpa muy madura y for24 . A lo sumo me encontraría gracioso y avispado. Le quité la tapa plástica. tarea que facilitó el aire caliente de la secadora de manos. Yo le pedí a mi madre que me pasara el inmenso vaso de coca-cola con hielo que habíamos comprado antes de entrar. Isadora. ella y yo. todo el mal que supuso no haber hecho en una vida. ¿cómo? No estaba a mi alcance iniciar una conversación al estilo normal. después que.encontrado de nuevo. en lo que quedaba del día de la Bestia. un simpático hombrecito que trató de ponerle conversación en el cine. en el baño. mi mamá.

Las dos mujeres compartían muchas cosas. Cuando las 25 . Y además. que no me era permitido. a manera de desagravio. leer novelas inglesas y nadar. Ese fue el primer encuentro de una serie coleccionable. Puse un pretexto tonto para tomar las manos de Isadora entre las mías y examinarlas. Logré sentarme entre las dos. Esa noche se soldó la amistad entre ellas. El receso de verano me permitió acompañarlas casi siempre. pues las tenía demasiado tersas. Mi madre era apenas cinco años mayor que Isadora. Entonces decidimos no entrar de nuevo a la sala de cine. durante la cena. para satisfacción de ambas. segunda causa de mi amor. Mi madre me dio permiso para tomar un sorbo de vino. pero fue una mirada de simpatía. a ver The Night Porter. la buena cena y el vino. me deleité en escuchar la dulce voz de locutora radial nocturna que en otra época me hizo amar a Isadora. Isadora me miró como si no pudiera leer mi rostro. Le pregunté si jamás trabajaba con las manos. Yo compartía todas esas preferencias con ellas. En dos ocasiones.mal. yo era colector de vidas. a pasear por calles y parques. Ambas disfrutaban el cine. También contemplé los deliciosos hoyitos casi infantiles que adornaban los nudillos de sus manos cuando enderezaba los dedos. excepto el vino. Yo no hablé mucho. Como tantas veces. Me atreví a servir el vino para hacerla aproximar la copa y poder observar sus dedos en close up. terminamos por acudir al cine. Mi madre invitó a Isadora a cenar.

pregunta que también le hube hecho con el mismo pretexto de poder tomarle las manos. Hubiera bebido esa voz. que surtía como maná caído de otro planeta. Ella misma sugirió. Imaginé que se abría ante mí un portal. Era color añil y manaba de sus labios como si sangrara. retornaba al colegio y (¿cómo es que no lo hube registrado antes? ¿o sí?) Isadora era maestra de literatura. que dejando de entender la más mínima palabra de lo que decía. ver su voz. Luego de la película fuimos a un café. que yo asistiera a sus lecciones como estudiante visitante. donde conversamos sobre cine. como si me permitiera nacer de nuevo. en ese momento. Me quedé mirando su boca. le hice la misma pregunta que el día en que nos conocimos originalmente. Ella me miró. Asentí. por supuesto.olí reconocí el perfume de lavanda que ella solía usar. sus dientes blanquísimos. Mi madre también asintió. Terminaba el verano. pues sin percatarme. Isadora respondió con palabras muy serias e intensas a los comentarios más coherentes que pude improvisar. tratando de leer algo en mi rostro. en efecto. Cuando recuperé mi capacidad de atención supe que mi Isadora y mi madre conversaban sobre temas escolares. Pensé que podía ser un mensaje. Usó el tono de locutora nocturna que más atesoraba. quedándome casi sordo. un gran portal que sería muy mezquino confundir con la mediocre palabra “oportunidad”. sí pude. con tal fijeza y aturdimiento. pues su colegio tenía acuerdos de intercambio con el mío. Era 26 .

el primer portal que se abría desde que el accidente cerró mi última vida. Sobra decir que durante ese otoño fui estudiante y amante de Isadora. Pero ella sí reconoció al hombre en mí. El vídeo noticioso retorna una y otra vez. en vano. con un muerto. Nunca me atreví a revelarle mi identidad. El resplandor color añil de la sustancia de su voz inundó nuestros cuerpos desde el primer día de clases y trazó una senda. por terror a que me confundiera con lo menos que yo quería identificarme. Registro estas líneas sentado en el Buda Bar. al fondo brilla la efigie del maestro. brindamos por el nuevo curso y me di el lujo de pagar el consumo con lo que quedaba de mi mesada. como en bucle. sobre la imagen de una mujer que tiembla tras las rejas de una comisaría policiaca. a donde los de nuestra especie venimos a enfriarnos de cuando en cuando. como la mía. El lugar es oscuro y fresco. supongo. levanto la mirada ocasionalmente. sorbo mi bebida. Ahora huyo. yaciente e implorante tras las capas de tiempo apócrifo que amenazaban. Unas cuantas almas. Una locutora con boca torcida 27 . están en lo suyo y guardan amistosa distancia. con separar mis 14 años de sus 32. Ella nunca me reconoció. Escribo. es decir. sideral. De pronto contemplo con espanto la pantalla colgada sobre el mostrador. El calor frío. Serví más vino en las copas. que encontramos en esa senda es nuestro secreto. pedí permiso para llenar la mía de nuevo. en la que pasan las noticias de la tarde.

rubia. Sobre la pantalla retorna una y otra vez la imagen de la mujer que tiembla tras las rejas. La rodea un resplandor color añil. En la parte inferior del recuadro corre un cintillo con el nombre de la prisionera. Sicólogos y expertos legales desfilan ante la cámara y opinan sobre el caso. La maestra está embarazada. Es una mujer con aspecto muy joven. Su mirada inexpresiva se eleva al vacío. Es un mensaje. No llora. quien al negarse a formular cargos se convierte en cómplice. 28 . Sólo tiembla y tiembla con todo su cuerpo tras las rejas. No se inmuta. Aguardar. Un primer plano amplía el temblor insoportable de sus labios lívidos.anuncia que una maestra de escuela superior acaba de ser arrestada y acusada de abusar sexualmente de su estudiante varón.

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pero tan pronto se abrieron las puertas salió la mitad de los pasajeros. como si ese objeto siempre hubiese sido una extensión de mi brazo.Del brazo de Fortuna Encontré el maletín el día de mi cumpleaños en una ciudad donde no tenía con quien celebrar ambas cosas. que me recorrió como una descarga eléctrica que se desprendiera de él. aliviado de no tener que viajar en un vagón atestado. como para abrir el espacio que corresponde a un objeto ajeno a mi persona. y hubiese cargado con 31 . Miré el objeto y sin pensarlo comencé a alejarme de él. Nadie notó nada. Me senté al lado de la puerta. y me dispuse a interrogar con la vista a algún posible dueño. Mas sólo inicié el gesto. El vagón que se detuvo ante mí en la plataforma. sentado. venía repleto. Ni se me habría ocurrido celebrar mi cumpleaños si no hubiese hallado el maletín. Pero palpé un maletín. De inmediato sentí la voluntad de poseerlo. Apenas me moví un milímetro. dejando amplio lugar donde acomodarme. Fue una voluntad que venía adherida al maletín. Ocurrió en el metro. Me recosté y coloqué la mano izquierda en lo que creía era el reposabrazos del asiento. Mi mano agarró decidida el mango del maletín y permanecí tranquilo. Poséelo —me decía esa voluntad— yo te poseo para que lo poseas.

medio. Los nervios. La visita a la floristería. o quien como Arquíloco. Un sujeto piensa en mil cosas en esos momentos críticos. Fortu32 . El perfume propició una meditación sobre aquella que llaman Fortuna. La voluntad me acababa de hacer un regalo. digamos. Sin importar que dentro haya.él desde antes de entrar a ese vagón en el metro. eché el maletín adentro y las metí de nuevo. entré en una tienda de flores. Medio millón de dólares —pensó mi cabeza. El maletín era el gran regalo. se le queda el tesoro arrumbado en un rincón. las flores. como quien deja la cartera en la tienda. El dueño del maletín abandona el lugar. eso me recordó que cumplía años. Lo dejaron olvidado. Aspiré hondo. O mejor: contiene dinero recibido en una transacción clandestina de drogas. Tomé un autobús directo a mi apartamento. perseguido. Me detuve en el vestíbulo. raudo. crucé la plataforma y me monté en otro tren que iba en dirección contraria. en efecto. saqué las flores del bolso. Cinco estaciones después salí del metro. olvida su arma de combate durante una retirada. –Es una bomba quizás —pensó mi cabeza—. Me impregnó el perfume de las rosas y de los claveles. con diez mil imágenes de lo sucedido y por suceder proyectadas en el foco delantero de la mente y… zas. Con el maletín. Le sucede a cualquiera. compré un ramo gigantesco y pedí un bolso de papel gigantesco para llevarlas. Estuve contando hasta que la sombra inundó el apartamento. Contenía más de medio. Salí del tren en la próxima estación.

Era la única persona de cuya existencia me había percatado en aquella vecindad. me vestí y salí. o si el tipo que olvidó el maletín en verdad lo había olvidado. no tenían prisa en recuperar el medio.na. Pobre tipo. me estaban dando cuerda larga para averiguar a qué organización yo podía pertenecer. El eco de mi voz me recordó que debía celebrar la doble ocasión del aniversario y del hallazgo duplicando las voces de mi vida en esa ciudad donde no conocía a nadie. algunos con acompañantes virginales que les hacían un contraste perverso. Pedí un Campari con soda y asumí una postura relajada. Observé que el piano bar de la Boite Vertigo se poblaba poco a poco de tipos tenebrosos. ¡Eres la diosa! —dijo mi boca en la sala ya oscura. aunque meditativa. justo encima de mi departamento. Tocaba piano en algunos clubes nocturnos de la zona. Pensé en Verónica. Era la mujer solitaria que ocupaba el penthouse del edificio. El tesoro secreto de que ahora disponía me infundía un atrevimiento irreconocible. Ni siquiera me percaté cuando Verónica se sentó al piano y repasó melodías de Pierre Bolling que de súbito me borraron la paranoia. Me miré en el espejo para tranquilizarme. Sabía su nombre porque era un poco famosa. Los gangsters me seguían de cerca. ya su cadáver descansaba en el basurero con tres o cuatro dedos menos. me bañé. Había visto los carteles en los alrededores. que me permitiera observar. Parecía que ella no era tan famosa. pues apenas la 33 .

era un descubrimiento. Conversaban en voz baja. Pero todo ello con alegría. que vinieran ahora. Se inclinaba sobre el piano un poco más de lo que la elegancia pianística requería. Y Verónica terminó de tocar. que los esperaban. a la Boite Vertigo. Ella cantaba con las manos. buscando la definición de una palabra de la cual dependía su próxima respiración.aplaudieron al entrar. El lugar se abarrotó hacia el final de la velada. como si sus manos tuvieran dedos supernumerarios. Pedí otro Campari con soda. Seguro llamaban a sus amigos para advertirles que no se perdieran a esta monstruosa pianista. Verónica vestía un traje color metálico con mangas cortas. pues no cabía duda de que siempre descubriría los sonidos que nombraba su aliento. Le hice enviar un ramo de flores dentro de mi imaginación. Llevaba una cinta lapislázuli al cuello. Los tipos hablaban con sus teléfonos móviles. Simplemente una sesión larga. A veces parecía que iba a leer o a escribir algo en las teclas. no muy ceñido. Así fue. Pero tocaba superbien. en verdad. Los tipos tenebrosos no parecían malos. No hizo intermedio. Pero ya no me importaba. pero corté la fantasía porque debí 34 . Entonces la aplaudieron. Pedí otro Campari. con respeto. o parecía que pasaba velozmente las páginas de varios diccionarios a la vez. complicadísima pero livianísima. y fuera. parece que demasiado para su gusto. Definitivamente esos tipos no eran los gangsters del maletín. ni sus acompañantes. Llegó mucha más gente. virginales.

a ratos. con ojos serios. De verdad que se iba fuera. sí —o exclamaba —¡Increíble! Y ella preguntaba —¿Por qué increíble? A lo que yo respondía con cambios incongruentes de tema. pues no me atrevía a decir: —Pues. y ya se ponía el pequeño abrigo rojo para abandonar la Boite Vertigo sin saludar ni dirigirse a nadie. Conversamos sobre la música y la ciudad. Afuera hacía suficiente frío como para condensar pequeñas nubes de vapor frente a nuestros rostros. que tampoco conocía a nadie. abordarla. Persistía en el local cierto runrún de conversación y música ambiente que no permitía escuchar más de la mitad de las frases que ella pronunciaba. —Acepto porque eres mi vecinito —rió. Algunas superficies eran rojo sangre.levantarme antes de lo esperado. hizo una lacónica reverencia. presentarme como su vecino e invitarla a un trago. pero no era un frío deprimente. cuando mi irreconocible atrevimiento infundido por el tesoro secreto me impelió a casi correr hacia ella. —Ése es mi plan en estos lugares —me contó en la mesa— una sesión larga y fuera. Otras duplicaban en detalle las imágenes de los anuncios que colgaban a 25 metros de altura. pues apenas martilló el último acorde. Sobre levísimos charcos 35 . pues su voz era. Ella dijo que también era recién llegada. inaudible. porque en verdad no la escucho nada. Una finísima lluvia convirtió las aceras y las calles en espejos donde se reflejaba el neón. En esos casos yo sólo repetía —Sí.

ante mi invitación. No era una voz débil. La invité a reunirnos en mi apartamento. No mencioné el asunto del maletín. como si fuesen nubecillas.flotaban estrellitas. El ruido del exterior competía con su voz. pero sí invoqué a Fortuna. pero la boca de Verónica absorbía los sonidos en lugar de emitirlos. excepto que resumía con entusiasmo sus dificultades en adaptarse a ésta y a otras ciudades. pero antes que yo pudiera entenderlas. no grave. Ella exclamó que cumplía años el próximo día —¡Qué cosa! —suspiró. de la calle. Bajó un poco la voz y propuso reunirnos en su departamento. como si lo acomodara. No comprendí casi nada de lo que ella me contó durante el trayecto a nuestro edificio. y sus labios las reabsorbían como un pez que respira. a juzgar por su risa frecuente. Verónica aceptó mi invitación a acompañarnos mutuamente camino a nuestro edificio. Verónica asumió una demora reflexiva. Las palabras se formaban frente a su rostro. se pasó ambas manos por los brazos. ocupaba el vacío dejado por ellas. ella se las tragaba. dubitativa. Cuando penetramos en el vestíbulo de nuestro edificio le propuse la idea de la celebración. lo que le parecía. su extraña coincidencia con mi aniversario. sino cómico. Las palabras sonaban. normal. supe que iba a aceptar el convite. Ella abrió su paraguas y caminamos tomados del brazo. donde yo encargaría vino y comida a un restaurante cercano. un piso más cerca de 36 . Pero cuando se llevó la mano izquierda al pelo. donde tenía el piano. —Perfecto. y el ruido.

Mientras yo encargaba el vino y la comida por teléfono. que si bien ello no me confería expertise. Esta vez. me enseñó que era mejor mantener contacto visual con la víctima y sacrificarla con respeto y gentileza. pero. Todavía llevaba la gargantilla lapislázuli. Yo le conté que de corderos no sabía. como si se tratara de un invitado tímido y silencioso que debíamos incorporar amistosamente a la charla. en un tono bastante charro y kitsch que me hizo sonrojar. roja y oro. había degollado cerdos y conejos para ciertas cenas de campo. en un gesto lento pero nervioso. En la mirada de los animalitos nunca había rebeldía ni odio. Llegamos a hablar del piano. Yo no sospechaba 37 . como si se le erizaran los vellos y quisiese alisarlos. nos sentamos a la mesa y conversamos mientras cenábamos.las estrellas —dije. que llegaba la hora de elevar acordes a Fortuna. la ciudad y el problema sentimental de degollar un cordero. Verónica se cambiaba y servía vino para brindar por nuestros respectivos aniversarios de vida. Ahora ella portaba una túnica afgana negra. siendo oriundo del Caribe. Hablamos sobre la música. descorché una botella de shiraz australiano. el silencio del comedor me permitía entender con claridad sus palabras reabsorbidas. Ella se acariciaba ambos brazos con las manos. El estofado de cordero llegó. y subimos. Verónica se desabotonó el cuello del caftán. Ella sonrió con los ojos serios cuando dije. El vino alimentó la sensación de calor.

no sólo ante la entrada en escena del tercer brazo. debo ejercitarlo un poco. Se sentó en la banqueta. Abrió la tapa del teclado. pero. —Ésta mano es mi fortuna. me daba la espalda en todo momento: —Después de mantener este brazo casi todo el día guardado bajo los senos. que entonces quedaba debajo. Sus posiciones eran intercambiables. sino ante la magnificencia de su espalda desnuda. dejando desnuda la mitad del cuerpo. Se desabrochó toda la parte superior del caftán afgano y lo dejó caer hasta la cintura. Ella hablaba ahora en tonos muy claros.la importancia que cobraba para ella esta petición de tocar piano. 38 . mi tesoro —añadió. para ocupar el mismo nivel del otro. Verónica rogó que me acomodara en la butaca detrás de la banqueta. y elevó a manera de un saludo de gladiador. tan bien formado y vigoroso como el primer brazo izquierdo. El piano miraba hacia una gran ventana. —Sólo así puedo tocar a capacidad con mis tres manos. El brazo parecía salir de la axila del otro brazo izquierdo. y que no me moviera del lugar. un segundo brazo izquierdo. ella lo hacía girar hacia arriba y hacia el frente. agarrándome la costilla derecha. Al parecer. mientras escrutaba las teclas como si mi rostro se reflejara en los bemoles negros. las incidencias de la noche la habían conducido a dar un paso crucial. fijaba el rostro en el resplandor de la ventana. Quedé sin oxígeno. con un particular movimiento del hombro. dándome la espalda. la ropa me molesta —dijo.

Lo difícil es llevar ropa ajustada de la cintura hacia arriba. con el rostro volcado al resplandor de la ventana. son mi especialidad —concluyó sin más explicación. sin mayor reverencia. respirando al ritmo de un metrónomo desquiciado. todas las versiones a tres manos me pertenecen. Verónica se ajustó y abrochó rápidamente la túnica. Una vez concluyó la música. Ella se volteó entonces. acezante. Permaneció sentada. Aponte Ledée. Tuve una sucesión de fantasías felices. dibujada a contraluz. Tarea de Atlas. Los besos no se detuvieron. Allí logramos fundar un planeta exclusivo para dos cuerpos y un brazo extra. entre tropezones. Tocó. Cuando colapsamos semiinconscientes sobre la cama. y sólo sentíamos regresar el frío de la madruga39 . …Ahora… ¡Que viva la música!… Escucharás algunas adaptaciones al piano que son mías. Hugo Wolf.—Lo mismo puedo guardar un brazo que el otro —agregó ella —eso me permite alternar su uso a conveniencia. Me aproximé a ella desde la espalda y besé la gargantilla lapislázuli sobre su nuca perlada de sudor. Ginastera y Paganini. Piezas y adaptaciones de Poulenc. sin voltearse. Xenakis. pues los senos asumen un aspecto extraño con el brazo colocado inmediatamente debajo. Y tocó. Krenek. Mi atención oscilaba entre los sonidos y la contemplación de su espalda. Alan Berg. Sonreía con los ojos y mostraba todos los dientes. Un arrebato de torpeza inspirada fue arrastrando nuestros pies. hacia el ancho dormitorio.

Miré el ramo de flores que había comprado el día anterior. —Te vamos a podar la verguita pa ver si te crece otra más grande y podés seguir cogiendo con la minita en tu banca clandestina disfrazada de nidito de amor… —gritaba el tipo de la metralleta sin alzar la voz. Era la distancia exacta que mediaba entre el penthouse. Escuché más ruidos. intacto en su jarrón. El tipo malo de la metralleta hacía bromas procaces. Me vestí y bajé con sigilo a mi apartamento. vi haces de linternas. y mi apartamento en el piso inmediatamente inferior. como si nada. tirada sobre la mesa. cabrón?—. Era 40 . —Si tenías la maletita ésta llena de billetes. Me topé con dos tipos malos. En eso llegó Verónica. Mi puerta estaba abierta. supe ver. Encendí la luz. Le amarraron ambas manos y la sentaron en una silla.da. abierta. hijo de puta… ¿Dónde está la caja fuerte. donde yacíamos. antes de dormirme. el vidrio que daba al lado interior de la cerradura estaba quebrado. la tercera mano de ella levantar una frazada de lana y tenderla con delicadeza sobre nuestros cuerpos. Quería saber dónde había más maletines como aquél. Presumía que dormíamos en el apartamento cuando penetraron en él. es que tú manejas una banca aquí. Sacó una tijerita de podar dedos y le pasó la metralleta al socio. Un golpe me tumbó sobre el sofá. Cargaban el maletín. Se oyeron vidrios y objetos derribados a cierta distancia. Sólo desperté yo. Uno me apuntó con una metralleta mientras el otro me amarraba las manos a la espalda con cinta adhesiva.

No problem.un tipo malo. Se describió como una vecina que acudió en mi ayuda. Ambos le dieron la espalda a Verónica. Se disipó el humo. Le desamarré a ella los otros dos brazos y la abracé sin hablar. sin duda iba a cumplir. le entregué el maletín y levanté el auricular del teléfono. Los policías inspeccionaron mi apartamento sin novedad y fotografiaron el vidrio roto de la puerta. Los tipos cayeron casi a la vez. Atrechamos por el parque para regresar a nuestro edificio. Verónica tenía permiso legal de portar armas. A las once de la mañana salíamos de la comisaría policiaca. Sin necesidad de pronunciar una palabra. Dos explosiones nítidas me ensordecieron. y subió a guardar el objeto en su casa. que practica el deporte del tiro porque vive sola y les teme a los tipos malos. Sopló el cañón. Ella sonreía con los dientes. Ordenaron la remoción de los cadáveres. pues se inclinó ahí mismo a bajarme el zipper del pantalón. Los tipos malos eran unos instaladores de alarmas que las desactivaban selectivamente desde el servicio central de seguridad para ejecutar sus hurtos y asaltos. muertos de la risa. Ya yo tenía claro que estos morones no tenían nada que ver con los gangsters del maletín. Ella comprendió al instante. El tercer brazo de Verónica todavía les apuntaba con una pistola Parabellum. Aprovechamos la tranquilidad para sentar41 . La había escondido junto a su tercer brazo bajo la bata. guardó el arma y me soltó la cinta adhesiva. para hacer la poda mientras el otro reía como un morón.

al que acunaba y mecía delicadamente. Esto la forzaba a tocar a dos manos y a evadir ofertas de trabajo complicadas. enigmática. presentándose en circuitos inconspicuos. y confesé mi intención de retenerlo como despojo de batalla tributado a Fortuna… Otra frase charra mía. —¡Feliz aniversario! —les dije a ambos. 42 . bajo contrato de absoluta confidencialidad sobre su peculiaridad física. Yo también le revelé mi misterio. Ello le daba espacio a Várvara para llevar una carrera ascendente. Y sentí que los tres éramos una gran familia. besándola a ella. en estudios especialmente diseñados al efecto. Grababa en estricto secreto. Verónica contó que tenía doble identidad. para probar que nadie más la acompañaba o que no grababa pistas adicionales sobre su música. En cambio. en respuesta a la cual Verónica me besó en la mejilla y dijo —Hoy es nuestro cumpleaños. ¡Felicítanos! —mientras miraba con infinita ternura el lugar bajo el vestido y el pecho donde reposaba su tercer brazo. Le conté el episodio del maletín.nos en un banco frente al jardín botánico a conversar. ejercitando la humildad. Algunos críticos retaban a la intérprete a realizar conciertos públicos en vivo. como a una criatura en el regazo. con el nombre de Verónica tocaba en clubes poco conocidos para preservar el sentido de la audiencia. con discos que hacían hablar a la crítica de ejecuciones portentosas en las que pareciera intervenir una tercera mano. Grababa sus piezas a tres manos con el nombre de Várvara. Pensé en las flores.

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Me lo vendió una maestra. en fin: era chiquita. Era un enorme aparato dorado con cuatro puertas y ocho cilindros. muy bien cuidado. La espera frente a la casa rara vez duraba más de 35 minutos. ida y vuelta. en horario diurno. flaca y culona. Cuando lo sacaba a la autopista. Una vez arribáramos yo debía esperar. que ella pagaba. para llevarla desde el pueblo minúsculo en que vivía. bien conservada. También 45 . a condición de que la llevara a Carolina una vez por semana. con asientos tapizados de cuero. conspicua en todas partes por poseer un trasero desproporcionadamente pronunciado para su estatura y delgadez. el sol convertía su ancho bonete en un espejo enceguecedor. mulata. Dado que poseí el vehículo durante dos años. De inmediato debíamos reemprender el viaje de regreso. a ese bajo precio. Yo debía estar disponible cualquier día de la semana. a que la maestra entrara y saliera de la residencia. a una casa situada en una inmensa urbanización del citado municipio. sentado en el vehículo. El pacto Bonneville incluía varias capitulaciones. La maestra era una señora menuda.Bonneville Compré el Pontiac-Bonneville por cien dólares. estimo que hice 104 viajes a Carolina en esa época. sólo deteniéndonos en un negocio para consumir alguna comida ligera.

que alegaba conocer no poco. Casi invariablemente nos acompañaba en nuestra excursión semanal otra mujer algo más joven que la maestra. A veces traían consigo a un chihuahua algo calvo y envejecido. Solía referirse a mi niñez. Mientras yo conducía.ella pagaba la gasolina. La maestra me la presentó como su hija y me informó que era oligofrénica. Otro tema de conversación era el padre de la joven barbuda. En mi memoria la confundía a ella con otra persona menos atractiva. La joven barbuda alteraba su semblante solemne para sonreir y asentir cada vez que yo aseguraba recordar algo. Yo fingía recordar algunos episodios que ella relataba y otros casi los recordaba de veras. ni siquiera cuando engendró a la niña en su vientre. que luciría mucho más joven si no fuera porque tenía una expresión extremadamente solemne y portaba una densa barba. por haber sido mi maestra de español de cuarto grado en la única escuela elemental de un pueblo minúsculo. solía tomar unas dos horas con 50 minutos en días de buen tiempo y tráfico liviano. bastante más corpulenta y de piel más oscura. Cada vez que mencionaba al objeto paterno no identificado que le hizo esa hija. que no inspiraba confianza. lo que explicaba por qué apenas pronunciaba palabra. 46 . a quien la maestra alegaba no conocer en absoluto ni haber visto jamás. la señora hablaba sin parar. Ella abordó el tema varias veces en distintos viajes. hasta Carolina y de regreso. El periplo entero. Ambas viajaban en el asiento trasero.

es decir. Aludía a la diferencia de edad y a la casualidad que convertía a su antiguo alumno infantil en un hombre que la recogía todas las semanas frente a su casa y se “la llevaba de paseo”. razón por la cual el asaltante no dio a ver su cara. pues pudo haber sido un partenaire voluntariamente escogido en un baile de disfraces. quien. Nunca le pregunté a ella si esto significaba que había sido violada por el desconocido en la oscuridad. aduciendo que no era saludable referirse a ese tópico delante de su hija. de ella y yo: “nuestra relación”.mi mente se entretenía en ejercicios abstractos. pues si bien ella traía el tema en la conversación. que no me imaginara cosas. Las pocas veces en que la señora abordó el Bonneville sin acompañarse de su hija ni el chihuahua 47 . ella cortaba abruptamente el asunto. —Este cuerpecito. emitía suaves gruñidos de alarma y se mesaba las barbas cuando oía mencionar a su desconocido progenitor. también lo bloqueaba. La joven barbuda gruñía y asentía con suavidad al escuchar estas palabras. mucho menos le pregunté si el desconocido la violó a tergo. y lo fue por un absoluto desconocido. Al mismo tiempo advertía que no le interesaba el sexo en absoluto. envilecido por el desviado deseo de su gran culo de flaca. que todavía no está nada mal —decía y se pasaba las manos por la cintura y las caderas —sólo fue tocado una vez en la vida. si es que la asaltó. Antes que yo pudiera indagar un poco más. de hecho. La maestra también hablaba de nosotros. No pregunté nada de esto.

para 48 . No supe qué hacía dentro de la casa ni quién vivía allí. también esperaban sentados en el auto. con persianas estilo Miami invariablemente entreabiertas. mientras la joven se repasaba con un pañuelo la barba sudorosa y el pelo del pecho. nada lujosa pero tampoco modesta. cuando venían. Yo leía algún libro mientras aguardaba bajo el calor sofocante. En un principio a ella le pareció muy conveniente el trato que me permitió adquirir un buen automóvil por el precio de 100 dólares y un compromiso que apenas ocupaba tres horas a la semana. Era una ruta que desviaba por carreteras secundarias bordeadas de árboles. Sólo pude observar que era una edificación idéntica a todas las de la calle. cuyo interior producía el usual efecto de oscuridad total ante un exterior intensamente soleado. al cine. En esa época. Pero jamás insinuó tal cosa. Íbamos a la playa. silenciosos. a visitar amistades y en rondas campestres donde un paraje solitario hacía en ocasiones las veces de motel. aparte de ir a Carolina 52 veces al año. Un día tomamos por mera casualidad la ruta que emprendíamos cada semana la maestra y yo hacia Carolina. El perro jadeaba y miraba mal. casi alucinado por el relumbrón del sol sobre el bonete dorado del Bonneville.llegué a temer que me invitara a entrar una vez arribáramos a la casa de Carolina en la cual ella solía penetrar mientras yo esperaba afuera. El chihuahua antipático y la hija. a quien podía invitar a salir gracias al Bonneville. yo también tenía una novia.

y yo defendía a la maestra y a su cría. Y de inmediato se abrió la blusa y expuso sus grandes senos blancos con pezones dorados como ojos sorprendidos por la luz. Mientras hablábamos del tema. que sabe Dios quién se la hizo. en qué callejón oscuro de mala muerte”. Preguntó si me la había regalado “la maestrita”. Ella argüía que “una compra es una compra y nada te obliga a servirle de chofer a esa maestrita y a su hija anormal. pero noté que ella contemplaba la fotografía de una mujer negra desnuda. si bien casi antiguo. de sobresalientes formas que contrastaban con su delgadez. pero no tenía el cuerpo de mulata de la maestra. 49 . Eran los años en que Playboy comenzaba a sensibilizarse hacia las minorías. De pronto preguntó qué me obligaba a “estar carreteando a esa vieja para arriba y para abajo todas las semanas”. Esto me forzó a tirar el Bonneville hacia un borde de carretera tupido de arbustos donde se acomodó con sorprendente suavidad. Mi novia era una muchacha menuda también. ella encontró una revista pornográfica que yo había mal atacuñado bajo el asiento delantero. Al poco tiempo ella preguntó “por qué te gustan las negras”. en el cual precisamente podía pasear con ella como lo hacíamos en ese momento (aparte de estudiar y realizar algunas actividades semejantes al trabajo regular). Las curvas de la carretera me impedían desviar la vista.evitar el sol y el tráfico propio de las autopistas. La abrió y comenzó a hojear. Le contesté que me obligaba el excelente pacto gracias al cual obtuve el auto confortable y confiable.

Entendí que debía devolverle el Bonneville y así lo hice sin mediar preguntas. que luego intenté borrar en vano. yo también era objeto de un largo juicio por cargos de “terrorismo”. Nadie asomó jamás su rostro tras las persianas de aquella casa oscura. El bonete relumbrante del Bonneville que surcaba con serenidad el viento cálido de las autopistas a sesenta millas por hora me aseguraba de alguna manera que yo no pasaría el resto de mi juventud sepultado en una cárcel hedionda si mantenía mi palabra con la antigua o actual (ya era difícil saber) dueña del auto dorado. me lo alquilaron o qué.La piel delicada y dorada del asiento de atras quedó marcada con unos pálidos arañazos. por lo que contrataría un chofer. Iba y venía visitando a los abogados. la validez del contrato con la mujer que de alguna forma seguía controlando ese auto. No la volví a ver. No sé si de verdad fue mi maestra. al saber del matrimonio. yo mismo. Nunca he sabido si alguna vez compré ese carro. que no se veía bien que un amigo casado la paseara en auto todas las semanas. Nunca fallé en llevarla a la casa oscura de Carolina y devolverla luego a su casa real. pensando lo que diría la maestra. El juicio concluyó y me demostró no culpable. Ya ella se había resignado al excursus carolíneo. Aparte de ir a Carolina o de aparcar el auto en parajes motelescos. Pero fue la propia maestra quien me dijo. Fue el primer momento en que llegué a cuestionarme. Al cabo de varios meses me casé con la novia que tanto sabía argumentar con sus senos. 50 .

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52 .

que daba al patio interior del edificio. pues todo trazo del signo produce la invaginación de una superficie sobre el escenario de la marca que la visita. Anne había tomado este apartamento hacía un tiempo junto a una confederación de okupas que controlaba varios edificios de la zona. Había que bañar53 . En esos momentos acabábamos de leer a dúo las primeras páginas de la Gramatología de Derrida. —But cunnilingus dwells on the orality of my cunt —embromaba Gloria Marx. Cuidábamos el apartamento de Anne mientras ella cruzaba el océano para visitar a Tomás en Nueva York. Toda escritura es. cuneiforme. en fin. El inmueble ofrecía el curioso detalle de poseer junto a la bañera un enorme ventanal que alcanzaba del piso al techo.— Así discurría yo con Gloria Marx cuando compartíamos el apartamento de Anne Buchanan.Ante la tumba de Marx El se arrodilló delante de mí y comenzó a comerme el coño —Almudena Grandes. Las edades de Lulú —Debe existir un nexo entre el cunnilingus y la escritura cuneiforme. completamente desprovisto de cortinas o visillos. cerca de Highgate Park.

Allí mis labios y mi lengua retrazaban los trazos cuneiformes de su curiosa vulva a modo de perorata culminante de un guión porno escenificado a la luz de decenas de velas (el apartamento. Su muralismo de alguna manera influía en esa escritura oral pública en que pretendía convertir el cunnilingus. sólo a los lectores extraños. les gueules de métèques. unos ojos verdes inmensos achinados hasta representar una sola raya cruzando el rostro de locura y de esperanza. Era un feature que deleitaba a Gloria.se en vitrina. disponía de mínima electricidad). Según ella el juego de amor debía. La bañera en vitrina fue su. como la poesía de Dylan Thomas. Mis-en scène dedicada. Sexo en escaparate. Le Rayon vert de Julio Verne y Eric Rohmer. pues mi amiga practicaba situaciones exhibicionistas cuidadosamente concebidas. en las que invertía su talento de fotógrafa y muralista. nuestro primer texto. Los rostros extraños. no comenzar sino culminar en ese punto. ocupado ilegalmente. lo que le imprimía un matiz de realismo social estalinista a su afición. desde abajo. tuvieron muchas oportunidades de contemplar los montajes de Gloria (yo era el ‘amanuense’ oral). La costumbre se convirtió en un regalo mutuo. Pero sus inclinaciones no eran exactamente derrideanas. 54 . pues ella admiraba a Siqueiros de todo corazón. pero en esa mutualidad me correspondía casi siempre arrodillarme y contemplar por instantes. pensaba mi mente abstracta.

poco impresionables por una pareja montando cuadros en cueros. ex-hippies flemáticos. tras emitir un sigh de embarazo. plantando sus lenguetazos en los muslos de Gloria. Así que fluctuamos hacia ambientes más dinámicos y selectos. sino exhibidora. Friedrich! —le conminó el ama con alarma. Creo que Gloria no era exhibicionista en sí. —Friedrich now be a good boy. comerle el coño al aire libre. no tanto a causa de nuestra impropia 55 . de nombre Friedrich. Lo importante era remarcar algunos lugares con el signo cuneiforme de la carne en el momento en que ésta instauraba su trance de placer. no se exhibía sino que exhibía un concepto muy específico de su cuerpo. Lugares emblemáticos: el cementerio de Highgate. junto a la tumba de Karl Marx. de los que yo formaba parte como estatuilla oferente ante el atrio de su espléndida vulva. De pronto uno de los malditos canes. en palabras sencillas. Allí nos sorprendió una dama que paseaba sus tres afganes entre los arbustos donde yacíamos. traicionando así uno de los dogmas estalinistas de Siqueiros. muy juguetón. no a la masa.aunque ella se dirigía a un público de élite. Pero a veces parecía que a Gloria no le interesaba el hecho de que personas concretas presenciaran sus exposiciones sino la impronta pública de las mismas. es decir. La cuestión era. pretendió imitarme. Su cuerpo hacía y deshacía monumentos de temblor. El primer público fueron los okupas confederados de Anne.

Pero allí rompimos vicio. cerca del Instituto de Estudios Latinoamericanos. …Hasta que salimos hacia París en el tren expreso. sin pena ni miseria. Sin mediar palabra se nos ocurrío suspender aquella Ley. El único malrato ocurrió cuando a Gloria se le ocurrió “reciprocar” en Russell Square Park. Pensaba que ello le había creado una siniestra relación de objeto con su vulva gracias a la cual su pulsión circulaba como compulsión. Entonces sí apareció un policía que nos obsequió amenazas insultantes. Gloria solía hablar del tabú judaico contra la sangre menstrual.conducta sino ante la delatora destreza del gesto de su Friedrich. jardines. Pensé en un principio que París supondría una nueva galería para esta racha de sexo outdoors en la que ya yo no me reconocía ni recordaba mi nombre. centros de diversiones. tal vez porque pensó que yo era árabe: —Shame on you: an English woman sucking an Arab dick. Mi mente come libro sintió nostalgia de las amigas platónicas y asexuadas de antaño —recordé la tonada de Yesterday. Beat it you Arab-suckeress! Yo esperaba un trauma real en cualquier momento. when all our troubles seemed so far away. El hábito ya me provocaba estrés. En una bañera de un hotelito del sector Le Marais se manifestó en 56 . estaciones solitarias del tren. Hubo más parques. Allí en París Gloria Marx tuvo la menstruación más abundante que la historia haya registrado. Sucedió gracias a un corte imaginario largamente pospuesto.

dando coletazos. Yo me retorcía en la bañera como un axolotl embadurnado en sangre. si hubiese tenido mente. 57 . pero yo era muy pequeñito entonces. ¿A qué escritura corresponde esta tinta? —debí preguntar. abismándose por el desagüe durante horas como un close shot interminable de Psycho mientras la ducha asperjaba una lluvia cálida y amniótica. Sus ojos se achinaban hasta cruzar su rostro con una raya verde de deseo y de esperanza. Ella entonó salmos. raudales y chorros de sangre redundantemente roja tiñendo el agua de la bañera. si hubiese sabido hablar.este reino la gloria del Señor cuando ella abrió sus llameantes muslos y brotó un Amazonas de sangre.

58 .

Pero el café era excelente y los tiros. Tremendas instalaciones dijo alguien. Estibas de papel de periódico sugerían una estoica alfabetización del culo. Nos alejamos por una carretera rural tan poco llamativa que parecía no existir. El sol matinal estrenaba una ciudad de colores claros que permanecía despreocupadamente desierta. Quizás el haber asu59 . Roberto. Un grifo muy elevado. Había quien se llamaba Mariana. aperturas recién serruchadas en un piso tablado. era la metáfora de la ducha de baño. En los barracones sumergidos entre el pasto acomodamos nuestro equipaje magro. El radio del carro que nos condujo a Punto Cero tocaba “Yesterday. insustituíbles. Aterrizamos al amanecer. Todo sea por la lucha. Me acuerdo del mío. all our troubles seemed so far away”. Miramos con desconcierto las letrinas acabadas de hacer. Comíamos una carne enlatada rusa que el Campesino del grupo bautizó como “chochín”. Llegamos a un descampado que era como llegar a ningún sitio. al aire libre. Entregamos todas las identificaciones personales durante una discreta recepción en el aeropuerto y adoptamos nuevos nombres.Punto Cero Disparamos muchos tiros en Punto Cero. Cada cual asumió un papel.

Creo que yo me inclinaba a encarnar al Estudiante. Aparte de armar y desarmar fusiles.mido nuevos nombres dio a entender que había que asumir papeles. A nadie le dio por ser la Seductora. como correspondía “a nosotro”. otra como la Heroína. pensé. Pero no cayó antipático el instructor. justo antes de llegar el profesor de teoría de tiro. Era un Pino Nuevo. pues nadie es culpable de 60 . pues no hay “dios” que valga. lo que es aquí. acostados y revolcándonos por el polvo como en las películas de vaqueros. El Artista decía que de esa manera se cancelaban las jerarquías y se comunicaba en iguales intensidades la energía del grupo. Pero finalmente el instructor militar entró. —Eso de silla en semicirculito se deja para reunione de sindicato. ametralladoras. pues sonreía con franqueza. El Artista colocó las sillas en semicírculo el día de la primera lección. sino “hasta la vista”. según él. hay línea de mando” —añadió. sino “tú” y “compañero” pues todos somos iguales. una tarde nos enseñó dos o tres cosas sobre el idioma de la nueva sociedad. miró las sillas y ordenó colocarlas en filas rectas. Lo mejor de todo es que no se dice “perdón”. artista y homosexuale. según dijo. El entusiasmo era multiplicador. aunque rumoraban que ese papel existió en otras brigadas similares. Nadie es “usted”. Onda New Age. Además del Campesino estaba el Obrero. con mucho provecho. bazukas y pistolas con los ojos vendados y de tirar al blanco de pie. Alguien empezó a actuar como el Dirigente. ni “señor”. No se dice “adios”.

De esa manera el mosquito. Al rato nos advirtió que toda esa lección de vocabulario no respondía a ninguna doctrina oficial sino a simples “mariconerías” suyas. La Heroína lo contempló bizca. Monté el fusil FAL y le quité el seguro. entre los arbustos aledaños al barracón. En mi primer turno de guardia solitaria. a un insecto del tamaño de un grillo. desenterraban la proboscis. y clavaban sus proboscis en ella. en confianza. se dice “posición anterior”. El Negro (ese era su rol) trató de enseñarnos una técnica mística para evitar las picadas de mosquito durante el sueño. sin la ansiedad provocada por mosquiteros. sin preguntar. como llamándome. bajo la luz de la luna. escuché una voz que decía “pst… pst…”. chupaban tranquilamente la sangre. sólo se cometen errores. al chupar la sangre. Durante las noches había que apostar guardias. sábanas o manotazos.nada ni debe implorarle perdón a nadie. la enrrollaban con calma y luego alzaban vuelo. Consistía en dormir sin mosquitero enteramente desnudo y al descubierto. retomando así la situación anterior al error. Así los mosquitos aterrizaban en la piel. Pero el insecto más cruel era el mosquito. Me acerqué a una rama de donde procedía el llamado y vi. que pertenecía a una especie caracterizada por imitar ese expletivo humano. reabsorbía. el anticuagulante que había 61 . ropas. No dejaban ni picor ni picada. libre de estrés. en turnos de dos horas. imaginé. Por lo tanto. ¿Por qué? Porque se les permitía realizar su labor a cabalidad.

La Heroína se conmovió la primera vez que escuchó el reclamo. Nadie más. Años más tarde hallé una versión exacta de esa teoría anti-picaduras en uno de los cinco volúmenes del Viaje a las regiones equinocciales. —Juran que los mosquito no me pican polque negro es mi colol —concluía él. sin embargo. El instructor de kárate era un hombre de gran 62 . Su demostración se practicó en la oscuridad casi total. El Negro demostró ante todos el éxito del método. y lograba alimentarse sin dejar rastro. El Negro siempre sostuvo que esa ausencia de interés colectivo en imitar su estrategia anti-picaduras demostraba patentemente el racismo de los camaradas. Le propusieron que fuera la primera en dormir desnuda y descubierta a la luz de la luna. pues probaba que en el fondo todos atribuían su éxito en evadir las picaduras de mosquito al mero color de su piel. Pero ella adujo principios de moral revolucionaria y todo quedó ahí. y exigió una autocrítica colectiva. para infundir el entusiasmo solidario del grupo. noche tras noche. entre sombras. Así removía los remanentes tóxicos del coagulante que causan la inflamación y el escozor de la picada. por no caer en la decadencia burguesa de mostrar la desnudez (aparte de que la oscuridad es el ambiente óptimo para la acción mosquiteril).segregado al inicio de toda la operación para aligerar el flujo de sangre. aplicó el método. Ni nunca las tuvo. de Alexander von Humboldt. y al final se comprobó que el compañero no tenía picaduras. no recuerdo cual.

La mejor hora para matar a alguien es justo al despertar. Le caímos bien. el asunto del cuchillo marinado en orina eran “mariconerías suyas”. levantó una mano para defenderse de los rayos cegadores del sol poniente. pidió un día que lo relevaran de esas tareas cuando una tarde de verano. Orientalizaba sus ojos con unas gafas de montura cuadrada con cristales muy gruesos e infinitamente pequeños. mientras contemplaba desde el balcón de su casa. con todas sus pesadillas fresquecitas. el crepúsculo junto al mar. Pero también. para que muera como el sucio que es. Él mismo había realizado unos cuantos tumbes de personeros de la contra allá en las “entrañas del monstruo” y solía narrar con brevedad de taquígrafo sus hazañas de hit man al servicio de la revolución. nos premió con una lección extra sobre teoría y práctica del asesinato sin armas de fuego (odiaba los tiros y “toda esa babbaridá”). Eliminaba tantos detalles. Al parecer. con torso de refrigerador industrial y piernas cortas. como corresponde a un karateca.estatura. decía. por lo que aparte de las rutinas karatecas. Aconsejaba marinar en un frasco con orina y vinagre el puñal seleccionado la noche antes de la acción “para que se le emponzoñe la sangre al desgraciao”. antes que la víctima realice sus abluciones matinales. contó. y su compañera saltó como una 63 . que no recuerdo nada. en compañía de su esposa. pues nunca lo incluyó en sus anécdotas y aseguró que siempre realizaba sus “trabajos” con las manos desnudas.

Caminamos hasta hacer sangrar las plantas de los pies. según nos enseñaron. sólo cada treinta minutos de camino aparecía alguna casa campesina aislada y absolutamente ningún caserío. pensé. escudándose el rostro con el antebrazo. sin pronunciar una palabra.gacela aterida: ella le confesó que le tenía miedo. Ya yo había adquirido la postura permanentemente agachada de 64 . Caminamos de noche. el uniforme casi metalizado por el almidón engullía su cuerpo. Hizo su papel con disciplina. En las simulaciones de táctica y estrategia disparamos muchos tiros. hubo luces de bengala. para evitar compadecerlo. por senderos tupidos de arbustos espinosos. persecuciones con perros a través de parques y de litorales desconocidos. Me correspondió crear una escena de pareja enamorada con una militar asignada a la maniobra. mientras nos lo contaba. Yo era quien debía detonar los explosivos colocados junto al puente. digamos. Por bruto. Debíamos simular besos apasionados cerca del puente cuya voladura también se simularía. Las gafas del karateca eran peceras y sus ojos peces inquietos. Otro ejercicio de táctica y estrategia ocurrió en el campo. La muchacha era muy delgada y rubia. Después bailé con ella en una fiesta de despedida y sonreíamos con timidez cuando el corrillo hacía bromas sobre nuestro papel junto al puente. Alguien se lastimó un ojo por no saber caminar agachado en la oscuridad. Era una zona relativamente poco habitada.

nos tiramos todos a dormir con los uniformes y las botas puestas. Las rodillas se me habían congelado en posición angular. alineados a través. en dos o tres camas anchas. La expedición campestre duró tres días. con cerveza y cabro al chilindrón. Más tarde me contó la Feminista que sus dolores se debían a no haber cagado durante los tres días de caminatas y tiroteos. Al llegar a una casa de seguridad. Era la Feminista del grupo. Celebramos el fin de ese ejercicio en un picnic.los soldaditos plásticos que venían en las cajas de cereales de antes. no pudo soportar más y dio a la oscuridad 65 . carreras a campo traviesa y más tiros. Mientras iba en el jeep. perteneciente a un campesino de la zona. por falta de costumbre e inspiración para hacerlo al natural. La hartera de cabro y cerveza fue el abortivo perfecto. Soñé que estaba conduciendo una ambulancia sin frenos por las calles de Leningrado durante los diez días que estremecieron al mundo. que brincaba como un potro por los caminos sin pavimento. Llevaba sentada a mi lado a una joven que aullaba con dolores de parto y sus alaridos servían de sirena para abrir el paso. Un jeep militar se los llevó a ambos a recibir primeros auxilios. la Feminista y el Tuerto (nuevo rol del que se lastimó el ojo) solicitaron relevo de emergencia por sentirse muy mal. llorando a carcajadas en sueños. Desperté. que dormía a mi lado con todo y mochila puesta. como sardinas narcolépticas. caminatas. Al amanecer tuvimos un banquete de tiros. Al atardecer.

El consumo quedaba a cargo del PC. Abandonamos nuestro campamento en Punto Cero. por no hablar demás ni pensar en despedidas. La cosa quedó sub rosa. muy lento. no ven. Esta vez el radio tocaba “Hey Jude. —¡…Ñó! ¡Qué peste! ¡Qué mucho guajiro hediondo hay en estos campos! —gritó el soldado conductor del jeep. te pueden matar. take a sad song and make it better”. En Los Tres Monosabios compartimos con nuestros profesores de teoría y práctica de la insurrección violenta y conversamos sobre el asunto en general. quizás por haberlo soñado antes. El mismo carro nos devolvió a la ciudad por la misma carretera inconspicua. —Te deseo que seas más rápido. no hablan”. que la apestosa era ella. Levantamos el vuelo de regreso una tarde de noviembre. Dejamos de disparar tiros luego de par de meses. 66 . dejándolo casi tan desnudo como estaba. Roberto. que me enteré. no seas lento. como secreto entre camaradas.el contenido de su vientre. Ella les pidió a los dos soldados que iban en el jeep que por favor no culparan a los pobres guajiros. sin referirnos a nada en concreto. Yo pensé en el procedimiento de los mosquitos. Excepto yo. don’t make it bad. El instructor de táctica y estrategia me dijo que yo era muy lento. pero no abusamos. en un bimotor escandaloso. bien general. Aguardamos la partida en un hotel cuyo bar se llamaba Los Tres Monosabios: “Que no oyen.

67 .

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Gotcha
(Variaciones sobre un tema de Goethe)

Cuando aprendí a leer, leí la historia de Minna y Otto no sé donde. En su primera adolescencia ya ellos eran vecinos. Minna corría bicicleta, nadaba, entrenaba en polo acuático, montaba a caballo, practicaba el kárate y jugaba gotcha, aquél deporte de armas que disparaban balas de tinta roja. Todo ello lo hacía Minna con tal espíritu de competencia que terminaba, casi siempre, en compañía de varones. Entre éstos descollaba su vecino Otto, a quien también llamaban el Vikingo, por su espesa cabellera roja. Otto apenas simpatizaba con el arribismo deportivo de Minna y se distanciaba discretamente de ella para evitar concederle el rango de rival que ella tan obviamente buscaba, ingresando en cuanto club o evento se organizaba en la urbanización cerrada donde residían, y fuera de ella, procurando arrimarse a los más destacados competidores para eventualmente vencerlos sin piedad. Minna vivía justo al lado de Otto, pero sólo intercambiaban saludos lacónicos, saturados de una aversión mutua inexplicable que terminó impidiendo también la amistad entre sus familias, tan semejantes, sin embargo, en todo. Con la rapidez que corresponde a una vida adolescente, el prestigio deportivo de Minna llegó a extender69

se por todo el archipiélago de urbanizaciones cerradas que poblaban el sur de la zona metropolitana, hasta el punto que su nombre y su bella imagen figuraron en algún noticiero televisivo. Un periódico de farándula sacó una foto suya que luego solía aparecer, con frecuencia, recortada y pegada en portadas de cuadernos escolares y en puertas de habitaciones particulares que permanecían cerradas por largas horas. La foto muestra un cuerpo esbelto cubierto de una maya de licra negra que ciñe una musculatura ligera y escultural. Una escafandra oculta el rostro. La metralleta gotcha en mano le presta a la figura un toque retro-terror de moda en la época. Fue el gotcha lo que aproximó a Minna a su distante vecino del lado. Ella lo buscaba, no muy secretamente, para derrotarlo. Él la evadía ya no tan discretamente, para humillarla. Pero nadie pudo evitar que Minna ingresara al equipo rival del torneo de finalistas que Otto protagonizaba. El evento se celebró en el bosque tropical. Los bandos combatieron con ferocidad. Competidores bañados en tinta roja fueron quedando eliminados. Pronto la lucha se redujo a un duelo entre los dos archienemigos. Minna disparaba sin cuartel. Otto saltaba como un gamo entre los ayacanes, esquivando los proyectiles de tinta. Minna evadía las ráfagas de su enemigo rodando bajo las hojas y descolgándose de las ramas. Ella tendía emboscadas, adherida como una serpiente a los troncos de los helechos gigantes. Él
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Otto sometía a Minna a un agarre de estrangulación. El torneo debió terminar ahí. Las escuelas católicas asignaron minutos de reflexión al tema. Cayeron al suelo. momentáneamente aturdidos. La violación del reglamento desconcertó a los jueces y a otros espectadores del suceso. La prensa circuló la anécdota. El suceso impactó toda la comarca de las urbanizaciones cerradas.detectaba subrepticiamente las emboscadas. descubría las posiciones de su rival y la ponía en fuga con un tableteo inmisericorde. pero el salvajismo con que los dos jóvenes se agredieron transmutó en escalofrío la alarma de los presentes. Pero tan pronto recuperaron su aliento. mordía con ferocidad la tráquea de Otto y parecía arrancársela. Nadie 71 . —Eso es lo más desconsolador —decían. orientado por un olfato animal. ella palidecía peligrosamente. pero antes que los separaran ya Minna se zafaba. toda vez que era un acto surgido de un odio recíproco sin causa. se despojaron de sus escafandras y se abalanzaron uno sobre el otro para proseguir el combate mano a mano. Los jueces de campo ya se aprestaban a otorgar un empate cuando Otto y Minna tropezaron uno con el otro imprevistamente a causa de la ceguera que les infundió la furia con que se perseguían. La sociedad civil lamentó la violencia ocurrida entre jóvenes tan ejemplares y de buena familia. Seis horas en el quirófano salvaron la vida de Otto. los dos vecinitos lanzaron las metralletas al lado.

presentó cargos contra nadie, lo que en parte alivió a la Asociación de Vecinos. La misma noche del suceso, Minna, todavía ensangrentada después de los interrogatorios y de la breve estadía en la sala de emergencia, alzó la vista al cielo estrellado de otoño, contempló la constelación Aquila y comprendió que lo que albergaba en su interior no era un sentimiento, sino los restos de la explosión de Altai. La familia de Otto se mudó a la Florida. Minna recibió miradas pasmadas y momificadas en todo lugar donde concurrieran las señoras y doñitas de buena sociedad. Se dispuso entonces a realizar algunas modificaciones en su conducta, comenzando por dejar de escuchar cierta música, mudar su atuendo y cambiar de deportes. En seis meses era otra. Entró a la universidad. Se ajustó a un noviazgo sosegado con un joven abogado. El noviazgo se adentraba con placidez en la constancia conyugal. Sus estudios se extendían sin prisa hacia un futuro decidido. Ella recibió las miradas acogedoras de las momias. Cinco años después, varios amigos y vecinos comenzaron a reportar que Otto había retornado al país. Era un empresario exitoso de una industria global indefinible. —Volvió el Vikingo —decían. Cuando en una apertura de una exposición alguien le llamó y le presentó a Minna, ambos cumplieron los gestos de quienes se conocen por primera vez, pero con ello delataban que no olvidaban nada. Recordaban, pero
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aquella rivalidad asesina de otrora les retornaba con un ligerísimo desplazamiento en su eje. Según algunos rabinos, cuando llegue el Mesías apenas alguien se enterará, pues su presencia producirá una variación casi imperceptible en el orden de las cosas: cambiará todo sin que nada parezca cambiar. Esa noche Otto miró a Minna a través del cristal de su copa de vino y le estremeció una atracción tan fuerte como el odio que hubo albergado seis años atrás. Sin embargo, el vino derramado por el estremecimiento de la copa no llegó a manchar su chaqueta de seda blanca. Minna sentía en las entrañas un magneto que halaba su cuerpo hacia Otto y amenazaba con destrozarla desde adentro hacia fuera, pero nada alteró la sonrisa seria que supo esbozar cuando notó la escarificación en forma de media luna sobre el cuello de Otto. En los días posteriores al encuentro Minna meditaba, y el magneto alojado en sus entrañas pulsaba como un segundo corazón. Su novio bueno y correcto se iba borrando ante el brillo feroz de Otto. La pareja cenó una noche con el recién llegado y varios amigos. Todos alcanzaron a celebrar con civilidad jovial la paz entre los antiguos adversarios. Otto ofreció un brindis por “los gladiadores que nunca se rindieron” y todos chocaron copas entre sonoras carcajadas. La mano de Otto pareció temblar al chocar con el vaso de Minna, pero ello se debía a la risa –pensó ella. Algunos miraban el cuello de Otto. En esos días una hoguera crepitaba dentro de
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Minna y ella meditaba. Le castigaba la idea misma de escoger a Otto y defraudar la vida tan prometedora con el novio bueno, pero más le torturaba saber que ese temor era trivial, pues Otto no le ofrecía señal alguna de pasar por la misma transformación que ella, aparte de cierta liquidez tornadiza en el parpadeo de sus ojos. Se sucedieron entre ellos varios encuentros matizados por la misma cordialidad inconsecuente. Minna evitaba, debido a su conciencia turbada, todo momento de intimidad, pero más perturbador era que Otto ni siquiera pretendía evitar esos momentos porque no se le ocurría desearlos ni dejar de desearlos. Entonces Minna decidió morir y comenzó a concebir la escena de su muerte. Otto invitó a decenas de amistades a una excursión en su velero. Era una de esas naves amplísimas en las cuales la gente pretende disfrutar sobre el mar las amenidades que halagan la vida en tierra, como si la compañía de dichos bienes colmara el temible vacío del desierto líquido. El yate contenía habitaciones para todos y diversas salas ricamente amuebladas. Minna y su novio figuraron entre los invitados. La fiesta era típica. Había quien aspiraba cocaína, pero predominaba el alcohol. Otto alternaba las funciones de anfitrión y capitán con sus acostumbradas dosis de simpatía, gracia y frialdad. Cuando oscurecía se desató una tormenta pero sólo Otto pareció notarlo. Salió a cubierta y vio que el piloto estaba borracho, lo echó a
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Otto le cruzaba el brazo por el pecho y la axila para sostener la cabeza de ella sobre el agua pero la mujer se resbalaba con movimientos de delfín desquiciado y se sumergía 75 . Ella resistió el agarre de Otto con golpes que le recordaron la antigua lucha en el bosque. ya fuera por los efectos de la bebida. sin advertir a quién le hablaba. Durante el viaje había intentado varias veces conversar con Otto. Minna se tambaleaba como los demás. que estoy en medio de un pilotaje peligroso! El vaso se derramó sobre el vestido de Minna. quien gritó —Ya no te importunaré más en esta vida —e inmediatamente corrió hacia la proa y se lanzó al agua con un vigoroso salto de campeona nadadora. Soltó el timón. Cuando Minna le tocó el hombro y le ofreció el vaso. empecinado. Otto no pudo sino echarla a un lado para realizar una maniobra súbita del timón. ya fuera por las sacudidas de la nave. pero siempre los interrumpió algún huésped inoportuno. Los relámpagos permitieron que Otto viera la acción que transcurría frente a él como si lo sorprendiera la escena insólita de una película en la cual debía participar.un lado y asumió el timón. sin que él lo remediara. exclamando. —¡No me molesten. se despojó de sus ropas y se lanzó al piélago oscuro tras Minna. El oleaje aporreaba la proa. Ella subió al puesto de Otto para llevarle un trago. Otto nadó sin pausa en una y otra dirección hasta dar con Minna. quien se dejaba ir entre la espuma. En ese momento él sorteaba un estrecho paso entre dos cayos rocosos.

infundiéndole el mayor calor posible. Pero Minna perdió el sentido cuando su cabeza chocó con una roca. La refriega y la tormenta le arrancaron a Minna sus ropas. gracias a que Otto nunca la dejó tragar agua. ella recordaba la lucha de ambos en el bosque. empeñado en nadar hacia el fondo. Allí mismo él intentó devolverle el sentido colocando su pecho sobre el de ella. apagaron la luz y los dejaron dormir. los cubrieron tiernamente. Otto pensó que jamás salvaría del agua ese cuerpo imposiblemente resbaladizo y salado. Minna había desechado toda turbación y deseaba unirse a Otto sin más consideraciones. pues el viento y la lluvia arreciaban. Una vez solos en la habitación. los ancianos los encontraron unidos. La joven despertó. Al reconocer que la joven estaba completamente desnuda y temblaba. por lo que fueron a buscar frazadas. Rememoraba sensaciones que se le presentaban ahora bajo un signo diferente. Al volver con las frazadas. los dos jóvenes se abrazaron. Otto corrió a explorar la cabaña y a buscar refugio. los ancianos se percataron de que Otto también estaba desnudo y titiritaba de frío. Tan pronto volvió en sí. Tendió a Minna en la orilla. Otto nadó con Minna hasta un islote donde vio un pequeño muelle y una cabaña. Cuando cesó la tempestad y salió el sol de la ma76 .una y otra vez. Ella respiraba. y luego bajo el agua. los tres corrieron a buscar a Minna y la colocaron en la cama del dormitorio principal. Una pareja de ancianos abrió la puerta.

ya los cuatro habitantes de la cabaña compartían el desayuno en la cocina y escuchaban la radio. propiedad del empresario Otto Rodolfo. muchos de ellos jóvenes profesionales vinculados a conocidas familias.ñana. había zozobrado en la tormenta luego de arremeter contra un cayo rocoso. conocido como el Vikingo. El noticiero informaba que el yate Poseidón. Se estimaba que sus 37 ocupantes. El locutor recitó los nombres de las víctimas. incluyendo a Otto y Minna. Una vez escuchado el reportaje. habían perecido en el accidente. un silencio beatífico ocupó la escena. le tomó las manos y ambos exclamaron al unísono y con gran felicidad: —¡Qué importancia puede tener esa noticia para dos amantes favorecidos por las estrellas! 77 . Entonces Minna miró a Otto a los ojos.

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Nadie entraba a partir de ese momento. si puedes hablar. Shakespeare. y cortadas la lengua y las manos. —Escribe tu pensamiento. has el oficio de escribano. si tus muñones te lo permiten. con Lavinia. violada. Era punto fijo de migrantes andaluces (y algunos sudamericanos) que burlaban la ley de cierre londinense para beber tinto en vez de cerveza e improvisar rumbas sin mirar la hora de la noche.] Demetrio. y. Tito Andrónico La taberna Your Whoring Life quedaba en una callejuela próxima al antiguo mercado de Covent Garden. traiciona así tus sentimientos.Taberna Tu puta vida [Entran Demetrio y Chirón. ahora. Chirón. —Anda. quién te ha cortado la lengua y te ha deshonrado. A las once se simulaba el cierre del local. Gloria Marx y yo acudimos al lugar en busca de un rincón donde hablar cierto tema importante. Nos sentamos en una mesita frente a la barra sin prestar mucha atención a nadie y casi sin 79 . di. Los clientes que optaran por quedarse más allá de las once debían acuartelarse allí y no salir hasta que lo indicara el tabernero.

que la escena donde Tito descubre la horrorosa mutilación a que ha sido sometida su hija es. sin alzar 80 . pues según supimos por el mesero. en patente estado de shock. concentrados en no desafinar más de la cuenta. se entusiasmó muchísimo y se dispuso a tomar algunas fotos discretas del bardo. —Tito deberá recitar su parlamento despacio. ¿Cómo es posible que ante el horror de contemplar a su hija violada. en la esquina. destacaba cierta actividad inusual. fotógrafa al fin. Tito descargue una larga perorata en versos isabelinos. Juan. con ternura. Gloria. y con esa inclinación del gremio al rastreo furtivo de la celebridad. Shakespeare. —Te diría. malamente magullada. Shakespeare escogió celebrar su cumpleaños allí junto a unos pocos amigos.escuchar el flamenco a veces destemplado que ensayaban. las manos amputadas. Mas al final de la barra. a riesgo de caer en el más insensible melodrama. por ejemplo. con la lengua cercenada. Gloria. pues nuestra conversación ya se aproximaba al tema tan temido y la toma de fotos sin flash fue lo bastante laboriosa como para comprar tiempo y hacer rodar la conversación por otros rumbos. —contestó Gloria. Esto me convino. ¿cómo visualizas esa escena? —Fácil. improvisando metáforas y comparaciones poéticas sobre las sangrantes heridas de Lavinia? Tú que eres fotógrafa. como siempre. algunos borrachos respetuosos. irrepresentable.

la voz. y los espectadores lo debemos reconocer. Es un hombre que antes ha asesinado a un hijo suyo. Tito reivindica a su hija desatando en su máxima capacidad la fuente vinculante del horror en la que se crece su amor a alturas insospechadas. Los versos sonarán como una plegaria de consuelo. —Porque el propio despliegue de la furia halla su medida sonora ante el descubrimiento de un nuevo y más poderoso vínculo entre padre e hija: el vínculo del horror (the bonding of horror)” —aleccionó Gloria. que no tiene derecho a nada. —Entonces concedes que el reclamo de Tito sobre su hija se funda. y queda anulada toda posibilidad de salvación cuando en el climax de la venganza Tito también sacrifica a Lavinia imponiéndole una cruel eutanasia —concluye Gloria. —¿Pero cómo cabe tanta rabia y espanto en el tono de una plegaria versificada?” —argüí. al tiempo que va besando. sino en el testimonio del horror. No hay reclamo de salvación moral. pero si vamos a hablar con propiedad. —¿Es fotogénica la ley moral? —pregunto y atizo 81 . Convertirse en víctima o en el padre de la víctima no lo hace mejor que nadie ni le confiere derecho a nada. no en los derechos humanos de la víctima. curando y vendando el cuerpo destrozado de Lavinia. No veo cuál es el problema. La fuerza de ese amor es su único derecho. esa es su sabiduría. —Sí Juan. Tito no reclama nada. pues sabe.

Nuestra conversación alcanzó pronto su zona más tórrida. —Es infotografiable y absolutamente incumplible. acusadora. no. —¡Una canción para la niña! —exclamó alguien en el corrillo de los borrachos respetuosos. —dice Gloria en tono de post scriptum. palmeaban y hacían coro. Gloria al fin sonrió. Shakespeare cantaba baladas escocesas a capela. Tumbó y derramó nuestra botella de vino con el movimiento del abrazo y nos abrieron otra por cuenta de la casa. lloró con entusiasmo inusitado. al tema que en verdad nos apuraba. Poco a poco todos volvimos a lo nuestro. El drama de nuestra mesita atrajo la atención del grupo que celebraba con Shakespeare: —Oh. Gloria achinaba sus ojos verdes en forma enigmática mientras se reía de los tabúes sexuales de su educación judaica. de donde proviene su fascinación. me abrazó. Yo narraba sin mucha precisión los contrabandos de un bisabuelo 82 . no la hagas llorar (don’t’ you make her cry) —gritó uno de ellos con tono cómico y conciliador. Evité mirar alrededor. dijo cosas duras. Todos nos miraban. no seas malo. Este comentario nos recondujo mal que bien a la agenda de nuestro encuentro en la taberna. Rompieron los andaluces con una rumba y continuaron los amigos de Shakespeare con una balada escocesa.así su numen judaico. Gloria me miró mal. Los borrachos respetuosos entonaron bulerías pasables con acompañamiento de guitarra y cajón.

La gestión no reportó nada.capitán de navío que navegaba entre Madagascar y la isla de Mauricio. Entonces cayó el balde de agua fría. No podía ser. advirtió. El tabernero accedió en el acto a instalarse en la puerta e inspeccionar con discreción a los clientes según salían. “pero sin crear situaciones desagradables. pues nadie podía hacerlo hasta el cierre. cínico. que quizás Shakespeare mismo se robó la cámara para evitar publicidad. el dueño de la taberna anunció la hora de cerrar y largarse. —Why do we have to be so fucking civilized! —gritó iracunda una vez salimos por el callejón sin recuperar la cámara. ya sólo les escaneaba disimuladamente las manos o los abrigos. Gloria. pero no había duda. Hablamos con el tabernero. Estábamos seguros. es lo más que puedo hacer”. es mi arte! ¡Allí estaban los negativos de Shakespeare! ¡Ahora quién me va a creer que prácticamente compartimos junto a Shakespeare la celebración de su cumpleaños en pleno siglo veinte! Le sugerí. Después que le hube leído las líneas de la mano a Gloria. buscando su cámara. Nos percatamos que le habían robado la cámara a Gloria. Salieron todos despidiéndose festivos y afables: “Bye darling“ (a Gloria) o “Don’t you make her cry again” (a mí). La persona que la robó no pudo haber salido antes. —¡Fuck Shakespeare! ¡The crazy bugger 83 . sonriéndo sin ganas. —¡Debí formar un lío ahí adentro y denunciar la presencia de un ladrón! ¡Mi cámara es mi instrumento de trabajo.

84 . irrefutable.doesn’t exist any more! ¡Fuck the tacky Spanish pub! ¡Fuck those shady Andalusians! ¡Fuck Titus Andronicus and his dumb daughter! ¡Fuck you! ¡Fuck your fucking life! ¡Fuck your bloody wife! —gritaba.

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—Hacerse rico es increíblemente más fácil que escribir un libro. Várvara. las noches en que está en alta. conocían a un inglés ciclotímico que tenía una oficina sin letrero en Tottenham Road… era traficante de alta relojería. para probar opciones alternas. en el mundo de los negocios. tienes que aplicarle al proyecto la misma intensidad que pondrías en escribir un buen libro —dijo Gustavo. una sorpresa desagradable le aguardaba… —Franz Kafka. Gustavo y su novia. fue novio de Várvara.Cráneo Al final de su trayecto. por tanto. cuando emerge por unas horas de la 87 . 28 de febrero de 1913 Hubo una época en que albergué gravísimas dudas sobre mi virtual carrera de profesor. —Várvara y yo solemos beber vodka con él. quien lo dejó por mí. así se llama. eso sí. Agradezco la motivación decisiva que me proporcionó el amigo colombiano Gustavo del Cantor una noche en que apurábamos varios purrones de cerveza en la taberna Your Whoring Life. Incursioné. —Will. Pero lo más importante es que es ciclotímico —siguió diciendo Gustavo. Diario.

La noche que nos reunimos ante unos vasos de vodka. relató con delicia el comentario que le hizo Gustavo. con cristalería moderna. apenas llegado de Medellín. Sólo contrata a traficantes que odien a la burguesía. de Putnam Road. donde existen muchas más edificaciones acabadas de construir. cuando se conocieron. Se identificó con mi intención de reciclarme. pero que deseen las exquisiteces de la burguesía. pues él mismo fue estudiante de literatura en los inicios de su militancia trosca. sin rastro de envidia. hasta que los esbirros del marido lo sacaron a tiros de Sudamérica. lógicamente. en el Club Ivan. El man es un viejo trotskista renegado. mientras el colombiano andaba rapeándole a Várvara.depresión en que lo sumió la trastada de ella. él paga. a pesar de que éste le quitó la amante. Ahora mismo está buscando a un tirador de alta relojería que hable español e inglés. Se enamoró perdidamente de una peruana casada con un millonario. El joven de diecisiete años le dijo que Londres no le impresionaba demasiado. pues tenía más edificios viejos y chamuscados que Medellín. y donde no quedan rastros de castillos tan viejos y feos 88 . ¿verdad Várvara?. Adoraba a Gustavo. Will me comisionó un punto de compra y venta en Sudamérica. Te invitaré a una de nuestras sesiones de vodka la próxima vez que Will esté en alta. eso sí. Hablaba español desde que la Cuarta Internacional lo destacó en Bolivia cuando las insurrecciones troscas.

—¡Esto es cultura proletaria auténtica! —proclamó Will. —That’s a bloddy revolutionary manifest!— casi gritó Will cuando terminé de recitar. El sorprendente reloj de Tag Heuer propone un movimiento con correas de transmisión. como que la carga de un movimiento debe ser transmitida por ruedas. yo me tomé el cuidado de recitarle allí mismo el siguiente pasaje: —“La relojería de vanguardia Tag Heuer ha cuestionado dictados intocables hasta ahora. en lugar de piñones. verano de 1978. Pues bien. edición de Puerto Rico.como algunos de Londres. y brindó por los negocios. Antes de cerrar el trato le hice un full disclosure indispensable: yo era un tímido ex-stalinista y odiaba vender o comprar. sin saber que en ese momento atizaba la incipiente afición de Várvara por el muchacho. inventa la primera masa oscilante lineal y optimiza la fricción con microrodamientos en lugar de rubíes. —¡No importa! Stalin educó a los mejores 89 . Luego de ese relato. El comentario me valió la contratación inmediata. Conceptos que abren la vanguardia del tiempo a una nueva e inquietante dimensión”—. ninguno de estos dogmas son verdades en el universo de la auténtica vanguardia de alta relojería. que los ejes de rotación necesiten rubíes sintéticos para hacer eficiente la fricción o que la masa oscilante que provee la energía a un movimiento automático debe girar sobre su propio eje. Yo había copiado y memorizado mi parlamento de la revista Tiempo de Relojes.

Así fue que entré en el universo alterno de los negocios y. A usted le toca una comisión de 200% y lo que consiga por encima de ella—. Pero ello nada afectó a Will. titanio. —replicó Will. además. salí del aeropuerto más rápido de lo que 90 . como consecuencia. que estaba en fase de euforia. Gevril. a nuestros respectivas pensiones de Islington. casi ebrios. cerámica y diamantes. conocí el Hotel Occcidente (por darle un nombre). entre ellos cuento con plagios perfectos de la serie limitada del Monaco V8 de Tag Heuer que usted acaba de describir con lujuria inigualable. —Yo muevo relojes de contrabando que copian las más exquisitas piezas de ingeniería del planeta. sito en una ciudad sudamericana que. usted no va a comprar ni vender nada. añadiendo sin parar. usted va a expropiar a la burguesía. Cargaba un muestrario completo de plagios de los modelos regulator editados por Chopard. para establecer el primer contacto.trotskistas. no debo mencionar. Will nos devolvió. Allí debí dirigirme. en su íntimo y runruneante Jaguar con aroma de cuero. De Witt. Chronoswiss. Al arribar. Volvimos a brindar. como si temiera que la ciclotimia de Will nos dispensara una diaforia prematura. elaborados con platino. Hublot y otros. Tag Heuer. Breguet. Noté que Gustavo aceleró sutilmente la despedida. zalium. para proteger ciertas identidades. Gustavo y Várvara se besaron con obscenidad exhibicionista.

En consideración a la lealtad de nuestros huéspedes hemos mantenido. La lentitud densa me imposibilitó salir del letargo insomne. con un pie en el pavimento y el resto del cuerpo en el interior del auto. pues la organización de Will tenía amarrados todos los trámites de aduana. pero no destruyó todo. Le dicté la dirección del hotel al taxista. con grandes letras apenas legibles en la oscuridad que decían: “Solicitamos la benevolencia de los estimados clientes. quien al escucharla hizo un gesto de reconocimiento y emprendió la marcha decidido. El vuelo de 8 horas sin conciliar el sueño me había agotado.preveía. pero lo que vi. Abrí la puerta del carro. ruidoso y apestoso. El ruido me impidió echar una siesta en el largo trayecto. Había salido en verano y aquí llegaba en invierno. El tráfico era lento. 91 . lo que no vi. con gran esfuerzo. —deteniendo el taxímetro con una bofetada. Había salido de Londres entrada la noche y aquí llegaba comenzada la noche. Caía en un estado de conciencia alterada cuando el taxista rompió su mutismo y dijo —Hotel Occidente. El reciente incendio del Occidente destruyó gran parte de nuestras instalaciones. El frío de la noche crispó mi percepción. Quedé mirando. Mis ojos buscaron algún signo que identificara al Hotel y se toparon finalmente con un letrero blanco. El taxi se había detenido frente a un edificio oscuro. El olor a diesel casi crudo me mareaba. o mejor. paralizó mi salida.

En lo que era la recepción. Mis ojos se habían amoldado a la escasa luz y ya podía captar que. quedaban unos sectores en los pisos más bajos con habitaciones tenuemente iluminadas. son 25 —dijo el taxista extendiendo la mano para cobrar. Después de leer miré al taxista: —¿No sabía usted señor. murieron decenas.una sección del hotel con plenos servicios. se alojaron en algunas partes del hotel con sus familias. está abierto… bueno. ¿vio? …y ahora 92 . al quedar desempleados y sin capacidad para pagar sus viviendas. Pero como ve. un atentado suicida. Pero entre ellos han rescatado el hotel de la burguesía neoliberal que no quiso reconstruirlo. que este es el hotel del famoso incendio? Ocupó la prensa en estos meses. En sus interiores se podía ver mujeres planchando. El taxista engranó en primera. hombres en camiseta fumando. pase adentro y permítanos servirle como siempre”. es que los empleados del hotel. Por favor. ropa tendida. como para iniciar la marcha y explicó. con pedantería que mal disfrazaba su impaciencia: —Lo que pasa. Sin apearme todavía quise ver qué era lo que estaba abierto. dicen. usted vio. a la altura de sus merecimientos. veía a niños correr y algunos ancianos jugaban dominó. También se han instalado algunos okupas y deambulantes en otras habitaciones. tras los vidrios algo chamuscados. si bien una sección del edificio estaba derruida y en otra parte las ventanas fueron tapiadas con planchas de madera.

me replegué hacia el interior del auto. Pensé en fracciones de segundo: este lugar ruinoso no luce bien. aquí le dejo… son 25—. Un portero con uniforme rojo y gorra negra salía de la puerta principal del lobby. Levanté el pie del asfalto. haciendo alarde de una firme decisión. me impedía cerrarla. como quien dice. —Lléveme al Hotel Imperial —le grité al taxista. buenas noches señor.. Vacilé. no va a satisfacer las grandes necesidades de mi cuerpo ni de mi espíritu. hacía señas. pero luego la retuve. De hecho. quien reubicará de nuevo mi contacto. Noté sus guantes 93 . El anciano rojo halaba la puerta. —Vio usted —dijo el taxista— ya le reciben. Puedo escoger otro hotel ahora mismo. afirmé de nuevo el pie en la calle. señor. casi corría hacia mí. El frío definitivamente aceleró no poco las funciones de mi cerebro.lo manejan en beneficio del pueblo. bienvenido al Hotel Occidente—.. e informarle el cambio a Will. Tranquilo señor. El viejo uniformado con botones dorados terminó de abrir por completo la portezuela del auto y extendió su mano como para agarrar el equipaje. seguro que mi contacto ya descartó este zarrapastroso punto de encuentro y Will me informará el lugar alterno en cuanto lo llame. cojeaba y me llamaba: —Señor. casi le entregué la maleta. Pero funciona muy bien. lo acomodé en la alfombra del carro y me disponía a cerrar la portezuela cuando el taxista señaló hacia el hotel —Le llaman —dijo. no será amable conmigo.

En verdad. Era que se había sumado otra persona a los esfuerzos del portero por mantenerla abierta. seguía contemplando al viejo. me provocaban alguna compasión. que parecía una pelambre plagada de sarna. renegridos de hollín. Era una joven 94 . el estado lamentable del anciano. Mas esta vez la portezuela resistió mi halón con mayor fuerza. por favor—. al decir reconocerme.ex-blancos. es usted uno de nuestros viejos clientes. señor. funcionamos perfectamente. y el fervor con que pretendía sostener. en agradecimiento a su lealtad al Hotel Occidente. ¡Ah! Ya le reconozco. pero. ante el obvio desastre. como esperando que soltara la portezuela para evitar accidentarlo. Pero desde que abandoné el estalinismo yo había decidido no responder a manipulaciones compasivas. como usted diga—. venga. Noté la textura desleída de su uniforme de terciopelo. mas sólo reposté —Pero si ya escogí otro hotel… volveré a éste cuando lo reparen. Noté la facilidad con que mentía. la ficción del gran hotel que le proporcionó empleo quizás por largas décadas. Venga. El taxista reaccionó al instante —pues al Imperial. permítame—. Halé la puerta con firmeza y le grité al taxista de nuevo —Al Imperial. Hemos mantenido un servicio especial para nuestros distinguidos habitués. Éste rogaba: —No se impresione con los estragos del incendio. por favor… —seguía el anciano. Por favor. yo que nunca antes había puesto un pie en esa ciudad. para mi desesperación.

negro. parecía haber adquirido el atuendo en una tienda de disfraces. Yo miré al taxista. Es más. a través de mí habla la voz de mi padre… ¿Entiende? La voz de mi padre. Sus gestos ya eran casi procaces: me acarició el cuello. venga. miré luego a la joven. habla…—. muy blanca. por lo que le imprimieron un decisivo toque de indecisión a mi talante. ella también le invita. con chaleco de pieles también negro. sin darme cuenta. de esos senos que asumen forma de papaya cuando su dueña se inclina hacia adelante. la pasará muy bien acá. Era una muchacha de apenas 19 o 20 años. No sé por qué. se lo digo yo. muy escotado. A mi mente abstracta sólo se le ocurrió preguntarle. se inclinó a recoger la maleta y casi se le salió un seno blanquísimo por el escote. Se lo digo yo. de pelo oscuro. hasta aquí son 25—. señalando al viejo rojo —¿Es el señor su padre? —y me di cuenta que mi resistencia 95 . no se lo digo yo.mujer que. Vestía un traje de seda ceñido. luego el brazo que sostenía la maleta. que el taxista volvió a decir —Bueno señor. —Escuche usted a la dama. por favor. se lo dice la voz de mi padre. caballero. señor —apremió el anciano portero. no nos abandone por otro hotel. Estas observaciones consumieron tanto como un segundo. se había aproximado a nosotros. si se queda. Pero ella volvió al ataque —No señor. —Sí. se lo dice ella. Reiteré. tan obvio. venga —continuó ella y tomó mi mano. con la voz más estentórea que pude —¡al Imperial!.

recargables a mano. con un tono que me pareció obsceno. a la muchacha o a mí. Pero de inmediato cada cual retornó a lo suyo.estaba perdida. quedé muy bien instalado. los ancianos y otras personas que allí pululaban. enterrado allá en mi tierra. pero no noté cuándo lo hizo. los niños. Pese a tantas aprensiones. muerto. le di los malditos 25 al chófer y salí del auto. hacia las ruinas del Hotel Occidente. ja ja ja. al frente.400 pulsaciones. erguido. no sé si al anciano. Contemplé con orgullo mi muestrario de alta relojería de la serie regulator. hablo de mi padre. Cada reloj partía la rotación de (casi) veinticuatro horas del planeta en 86. que Dios lo tenga en la gloria. Caminé entonces. logradas con turbinas y volantes puramente mecánicos. —Señor… ella se lo piideee… quédese acáaa —intervino el taxista. Ya decidido a no decidir. El viejo apuntó lentamente mi nombre en un cuaderno escolar y luego me condujo a la habitación. qué ocurrencia. Me percaté que la muchacha había desaparecido del panorama. que al parecer habían observado la escena de mi claudicación intermitente a través de las vitrinas chamuscadas. Cuando entramos en la recepción. Ella rió y dijo —Nooo. aplaudieron. Ella le pasó mi maleta al viejo. Me duché y no se me ocurrió otra cosa que repasar mis preciadas posesiones. No dejé de escuchar a mis espaldas el roce de la seda y el golpeteo de los tacos. que 96 . como va a seeer.

Soñé… soñé que Will estaba muerto. Como dijo el capo de los relojeros.nada tenían que envidiar en precisión. pero tan densos y apagados que se disolvían en un runrún casi imperceptible. Los ruidos de la población que ocupaba el hotel eran multitudinarios. Legó lo que en nuevo derecho británico se llama un testamento autotanatorio. cuya labor consistía en reforzar con su atractivo la capacidad suasoria del viejo portero. Gajes. que el man se descogotó—. finalmente. Me acosté. Pensé. maestría y complejidad a los sucedáneos digitales del mundo ordinario. Entre ambos me contaron que Will se había caído o se había lanzado por una ventana de su apartamento de Chelsea. “La humanidad tiene derecho a la belleza”. Sólo cayó un piso. que la muchacha vestida de negro sería una especie de recepcionista proactiva. que a veces parecían asumir formas de extraterrestres con cuchillo en mano. sin duda. Me enjugué una lágrima y 97 . Sólo me perturbaron un poco las grandes manchas de tizne en el empapelado de las paredes. pero igual se rompió la nuca. I have no will—. de la nueva administración. propio de legatarios depresivos. Efectivamente. De inmediato la voz de Gustavo reemplazo la de ella y aclaró —Oiga Juan. Tarde en la mañana escuché en el auricular la voz de Várvara sollozar —My Will is dead. Antonio di Cologni. de ejecución inapelable. allá en su tierra. como el motor de los relojes.

el Paganini Cero Uno Cero. era mesero y cocinero: —¡Ah. en lo que él cumplía mayoría. —Quedas agente libre —concluyó Gustavo— cuando me sienta con ganas de hablar de esto. algo importante: tu contacto se hospeda en el mismo Hotel Occidente donde tú estás. Ella recibió el apartamento de Chelsea y el Jaguar. En el desayuno hablé con el anciano rojo. ah. quien además de portero. hablaremos.pensé: “so Will left a will. un sobreviviente del fuego. correteaban niños y algunas mujeres lavaban ropas en palanganas. Supe que mis fabulosas crono-joyas no estaban destinadas a la venta. Las puertas de muchas habitaciones estaban abiertas y se podía observar cocinas humeantes. Todavía está en la 101—. Se llama Bruno Mazzoldi. suite 101—. la primera pieza del planeta con volantes de movi98 . pero mucho más poblada. maletero y concierge. El ala donde vivía Mazzoldi era menos chamuscada que la mía. parejitas conversaban. con Várvara como albacea. A mí me correspondió el muestrario de relojes que cargaba en la maleta. after all”. el gran Mazzoldi! Es uno de nuestros antiguos. En las escaleras y los pasillos jangueaban vendedores ambulantes. quien debía consultarlas a propósito de su gran obra-en-progreso. no antes de prestárselas a Mazzoldi. La organización quedaba en manos de Gustavo. al menos. hombres en camiseta jugaban cartas y mujeres lactaban crías. ancianos sentados ante televisores. Mazzoldi.

no. —Agradezco infinitamente que me haya mostrado estos bellos regulator. Will no le anticipó nada. vegetales.. caro amico —aclaró con dulzura don Bruno. supongo. mientras me servía un copón de vino. entonces los ingenieros y artesanos lo crean y fabrican —explicó. —Yo escribo el concepto. Así eran también sus textos. Noto que usted apenas se inicia en esta grey de los plagiarios del tiempo. —Mi sólo interés es citar una que otra sutileza de estos magníficos artefactos.. no es mi interés adquirirlos. tan cortés y tan amable. El pobre Will. La tarde siguiente Mazzoldi me citó en un café vecino. donde sorbimos Campari con soda y conver99 . fascinado. y por razones de seguridad. Componían una suerte de fantaciencia indianista con temas corporales. Era un mamotreto enorme de hojas mecanografiadas. Pero.—. —O casi. que se volvían abstractos al inaugurar un tiempo de diafanidad inexpresable. ya no más. en otra época. Pronto serán suyos de nuevo. que luego pude leer. animales e interplanetarios tan concretos y materiales. Los retendré hasta mañana. Las paredes de la suite mostraban cuadros con dibujos del propio Mazzoldi y de otros artistas que al parecer aludían a los seres y metáforas del Paganini-in-progress. por delicadeza. en fin.miento perpetuo. Aquí Bruno lloró un poco. un manuscrito. tan exactos. como verá. Me mostró entonces su Paganini Uno Cero Uno enprogreso. si me permite—.

Hice las reservaciones de rigor. Comenzaría. Aprendí que los relojes plagiados son tres veces más valiosos que los originales. Estimé que mi misión en el Hotel Occidente ya había concluido. les añade un valor mítico. Me devolvió el muestrario: —Todo tuyo. so pena de perecer en un orgasmo sub aqua. joyerías. además. como si escribiera un libro. yo no debía transar por un beneficio menor al 300%. Me relató una anécdota de sus tiempos de antropólogo. Conversamos también sobre el negocio del tiempo. pues la intrépida maravilla de plagiar perfectamente máquinas tales.samos sobre literatura. como decía el romance… pero. casas particulares y oficinas sin letrero en las zonas altas de ciertas capitales. hundirse con ellas hasta el fondo. El viejo 100 . Había que ser también un artista de la respiración. para preservar su pureza. caro amico—. Aquí. el valor del tiempo simulado a la tercera potencia: fábula y leyenda. sólo tocaba ahora salir a otras ciudades a vender mis tesoros del tiempo en los lugares que Bruno recomendó: varias boutiques. pero sólo si era bajo el agua. Acudí al mostrador de la recepción a pagar. el gran Mazzoldi lloró otro poco. Así que. García Lorca se quedaba corto. sobre unas indias que accedían a hacer el amor con extranjeros. literalmente había que llevarse a las mozas al río en la noche. aconsejaba Bruno. comenzaría… a ser rico. Entrada la noche me dispuse a salir del hotel hacia el aeropuerto.

sin hacer comentarios. —No les abandono ni nada parecido. usted. Ella rodeó mi cintura entera101 . muerto. simplemente concluí mi estadía y pagué… muchas gracias por todo. En eso sentí un cuerpo que se pegó a mi lado y extendió un brazo para detener la tachadura que hacía el viejo. no se lo digo yo. ridículo esto. vamos —e intenté separarme— ¡Qué! ¿Pretenden que me quede aquí para siempre? …es inaudito. quitándole el lápiz. señor. la voz de mi padre. —Se lo digo yo —continuó ella. reconociendo en ella la misma indumentaria de tienda de disfraces que vestía dos noches antes. poniendo una voz de contralto —Es más. hasta el punto que yo sentía los latidos de su pecho. ¡Suélteme!… ¿quién es el gerente aquí?— pregunté.del uniforme rojo comenzó a tachar mi nombre en el cuaderno escolar. se lo dice ella—. señor. escúchela. alzando la voz y mirando al viejo portero. quédese. usted se va. escúchela. quien sólo añadió: —La gerente es ella. señorita. que está allá en mi tierra. —Pero qué es lo suyo. Era la misma mujer que me apeó del taxi dos noches atrás. usted nos traiciona… quédese. y me tomaba ya por la cintura. mi padre. usted nos abandona. apretando su cuerpo al mío. con el mismo escote y todo. por favor —insistía. no nos abandone —dijo. y me tomó de las manos. —No se vaya señor. se lo dice la voz de mi padre. volveré en otra ocasión —aseguré. enterrado. pero con un mohín de despecho. a través de mí. —Sí. habla…—.

no se vaya. brotando. Hundió su cabeza en mi pecho. nooooo!…—. negro. más de 86. con un suspiro operático. muchas más… todo el tiempo. cada hebra enraizada al cráneo. 102 . y siguió diciendo —¡No. azabache. no se vaya. no. y en el fondo. decenas de miles de hebras saliendo de una piel blanquísima.mente con ambos brazos. no. no se vaya. Entonces vi su pelo espeso. apretó con más fuerza que nunca. denso.400 hebras de pelo.

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mientras uno pasea por algunos de sus escenarios potenciales. temas consabidos para quien sigue las noticias intenacionales en internet. con los brazos y los codos algo extendidos hacia arriba.María no existe En cuanto llegué a Cali. escenario “real” de la novela homónima de Jorge Isaacs. testificando una lógica aprehensión de peligros omnipresentes. El carro atravesaba paisajes propios de un valle tropical cañero. Debía saber si la extraña luz blanca que noté en la atmósfera de Cali abarcaba los perímetros rurales o era cosa de la ciudad. Constanza apareció en su Peugeot compacto y salimos a media mañana. simplemente narraba. tan interminable 105 . las brutalidades del ejército. Lo que me interesaba era salir al campo. tirando cambios con energía. Ella no hacía ningún alarde dramático sobre el asunto. Ella lo conducía como si fuese un tractor. Constanza quiso llevarme al día siguiente a visitar la hacienda La María. Pero en este caso lo contaba una persona inmersa en esa cotidianidad. las carnicerías cometidas por los paras. las “pescas milagrosas” de secuestrables. hacia un punto que otorgara consistencia visual al territorio. hoy debidamente museificado. Contó anécdotas sobre los bloqueos de la guerrilla en carreteras como las que transitábamos.

se van a ir hasta los turistas’ 106 . sólo estaba cumpliendo con su cuota ese día. el hombre repite la acción con el mismo resultado. Mi amigo evita en todo momento el pánico y reflexiona. quien tendría unos 55 años. aportando su granito de arena para limpiar a Colombia de indeseables. pero si le permite seguir se hace cómplice de los asesinatos. De pronto el man baja el cristal. El señor se disculpa. con todo el respeto. —Un amigo mío tiene uno de esos vehículos” —dijo Constanza— y una vez. La luz blanca todavía alcanzaba estas regiones del valle. Y así dos veces más. Al fin mi amigo sólo atina a decirle a su certero acompañante: —Oiga señor. lo más formalito. con chaqueta y corbata él.como un océano. montó en él a un caballero desconocido que le solicitó lo llevara unos kilómetros más adelante. no me agrada mucho que le dispare a los peatones —como se le diría a alguien que por favor extinga su cigarrillo. podría decirse. Mi amigo va conduciendo tranquilo. Varios kilómetros más adelante. El mendigo cae. —Este país tiene que mejorar. le explica que no tiene intención de ofender. pues se ve en una situación que lo sujeta con dos pinzas: si protesta. siempre más destellos plateados que dorados. si no. saca una pistola y le dispara a un mendigo que camina por la orilla de la carretera. cuando iba por ésta misma vía. se puede buscar la hostilidad asesina de su pasajero. con el señor pasajero al lado. En la carretera abundaban los vehículos todoterreno bien equipados.

mirando. Constanza tuvo la impresión momentánea de haber perdido la ruta. Ya no había tráfico. al parecer. déjenme sola. Por favor. Pero descubrimos que no aparecía un alma en la carretera. pues tomábamos un rumbo de leves lomas y carreteras estrechas arboladas. Decidimos preguntar. sin que ella todavía hubiera vuelto el rostro y le preguntamos dónde quedaba la hacienda La María. de unos 13 años. agradeció mucho el aventón—. unos 300 metros más adelante surgió la figura diminuta de una mujer sentada al borde de un pequeño puente. aunque tal vez era sólo un efecto muy parcial de la sombra abundante de los árboles. Sólo entonces nos miró. no sé nada. yo intentaba sin éxito relacionar este ambiente con la novela de Jorge Isaacs. déjenme por favor” —imploró. tampoco había casas. señor. Nos detuvimos al llegar al puentecito. Por fin parecía que abandonábamos el cerco de la luz blanca. El paisaje de la ruta cambiaba bastante. Tenía el rostro arrasado en lágrimas. ni siquiera cruzaban carros en dirección contraria. que al llegar a su destino. Más o menos así lo contó Constanza. Ojos negros enormes y hermosos. nada. y volvió la cabeza para 107 . Entre relato y relato de Constanza. —Yo no sé nada de la hacienda La María. el arroyo que por allí atravesaba.—alegaba el patriótico francotirador. sentada de espaldas al camino. en la distancia. Hasta que. señora. Era una niña o jovencita delgadísima. estoy muy triste. y sólo algunas pequeñas haciendas muy separadas.

Quise hablar sobre la novela María pero me salió espuma. Debía ser hijo de los custodios del museo. Nos alejamos. Era una construcción decepcionantemente nítida y regular. Notamos el gran estacionamiento de autos de visitantes completamente vacío. señal perfecta de que la casa-museo estaba cerrada. El área estaba totalmente desierta. Nunca se nos ocurrió que hoy era lunes. rodeada de muchos menos árboles de los que cubrían la ruta acabada de transitar. soberbiamente desplegado ante las lomas de mediana altura donde nos encontrábamos. pateando sin violencia la gravilla. Tomé una foto del valle. Uno no hallaría qué decir sobre el lugar. El domo de luz blanca que se suspendía sobre los entornos de Cali me recordó esas cúpulas o burbujas transparentes que cobijan las ciudades futuras en planetas futuros. Era insistir en un asunto que no tenía nada que ver. tanteando la cerradura.seguir contemplando el agua. y de inmediato se retiró por donde vino sin aguardar preguntas. Tres o cuatro curvas más adelante apareció la famosa casona del prócer literario. ¿Por qué salió de allí adentro? Decidimos devolvernos y retomar la autopista grande que nos llevara a un 108 . Merodeamos un poco por los predios. sin excepción”. Nos asomamos al portón de entrada. Me pregunté si sería mudo. Salió un niño de la puerta principal de la casa y caminó hasta nosotros para entregarnos un nota que decía: “Cerrado al público hoy. aunque la precedía un jardín demasiado lindo.

sino de lo que se liberó de ella. Signos de la demolición. algo así como la sensación de la luz blanca. Constanza recordó la imagen de la niña solitaria tan inconsolable que abordamos en el camino. temeroso de perder algo. —María no existe —me apresuré a decir. en un monumento de la cultura? Marcas para recordar que se ha olvidado algo que no sabemos qué es. no de la memoria. ¿Qué hay en una casa-museo. —Me dio la impresión de que era María —musitó.paradero de comer. 109 . San Agustín se preguntaba cómo es posible que recordemos que hemos olvidado algo pero no recordemos qué fue lo que se olvidó.

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Alba comenzó. con el mandato expreso de su padre. La taberna El tambor ofrecía cena barata y jazz gratis los sábados en la noche. Llevaba unas semanas en Londres. Decía que la capital de la pérfida Albión se parecía a Bogotá en la grisura del cielo y la niebla de ciertas temporadas. Várvara. a fumar. pues tenía muchos edificios nuevos. Toshiro era mi alumno exclusivo de inglés. de aprender inglés en el plazo de 111 . Allí fuimos Gustavo. Yo me hospedaba en casa de Alba del Cantor. pequeño subcontratista de la Toyota. Una vez sentados a la mesa y servidas las primeras cervezas. amiga de mi madre que me alquilaba un cuarto. Toshiro había llegado a Londres hacía un mes. pero que Bogotá era una ciudad más moderna.Hamlet en Camdem Town No sabíamos que íbamos a representar un episodio de Hamlet en Camdem Town. como siempre. Alba y yo a celebrar la llegada de Gustavo a Londres. El conocía a su madre por primera vez después de verse separado de ella tras un sonado pleito de adulterio ocurrido 15 años atrás en Bogotá. Gustavo cumplía 16 años desmentidos por una estatura de 6 pies. mientras que Londres estaba atiborrada de edificios antiquísimos y de museos llenos de cosas viejas. Várvara era amiga de Alba. Toshiro.

le advierto que no deshonre la memoria de mi padre. Gustavo miraba con escepticismo a Toshiro. era su forma de practicar inglés con frases prácticas. porque mi padre. Observaba a su recién descubierta madre fumar. su padre mintió—. Pero Gustavo meditaba y miraba fijamente a su madre. Yo hablaba con Alba. a usted no le importaba! ¡No me diga que usted era tan atrasada. Alba: —No sé. eso! ¡Qué inconsciente. Do you sell marihuana?”. so pena de ser desheredado. qué insensible! ¡Claro. No. you can not touch the women in this place. Y Toshiro replicaba con una risita que a Gustavo le lucía idiota. Mientras. en pánico: —Pero. ¿por qué esa pregunta hijo? Gustavo: —Pues. ¡Es usted quien miente! Alba. Yo le contestaba: “No. yo no fumaba en esa época. que no sabía que fumar durante el embarazo afecta al feto! ¡Usted fumaba a propósito 112 . Gustavo estaba de mal humor. mi padre que usted nunca quiso.un año. you don’t’ ask for marihuana just like that”. pues éste me preguntaba continuamente cosas como “Can I touch the women?. nerviosa: —No hijo. desde cuándo fuma usted?—. Toshiro conversaba con Várvara sin tocarla y sin pedirle marihuana. Alba. Hasta que le dijo: —¿Madrecita. Además. Hubo silencio en la mesa. ¡qué importa si fumaba o no fumaba! Gustavo. pisando el acelerador hasta el fondo: —¡Eso. me contaba que usted fumaba desde que me tenía en el vientre—. Gustavo. tan indígena. acelerando: —Madre.

usted le puede decir a Gustavo que en esa época no había conciencia del tabaco! Yo asentí enérgico. De nuevo el hijo: —¿Cómo que qué? Pues mire madre. Mientras se alejaban. ¿adivina dónde yo estaba que no almorcé en su casita? Estaba haciendo el amor con su amiga. Várvara no miraba a Alba. Final de la primera escena. Tan pronto se sentaron Alba tomó a su hijo de los brazos y le dijo sonriente: —Hijo. quiero que se sienta feliz conmigo—. al mediodía. que de puro apretar las mandíbulas me partí el diente así como usted lo ve—. su forma de burlarse de los ingleses. Intermezzo.para que yo naciera tarado o para abortarme! ¡Usted nunca me quiso porque soy hijo de mi padre! A Alba le saltában lágrimas sin llorar. y se dispuso a salir del local. Alba le gritó por 113 . Toshiro se levantó a bailar y a prácticar su inglés solicitando marihuana con heavy accent: “Du yu jaf mari – juana?”. Comimos. ésta es la noche de las revelaciones. sentí que me mojó las manos. quien la interrogaba con los ojos. mejor dicho. Y justo cuando el joven sonríe se inicia la escena dos. Y resulta que tuve un orgasmo bárbaro con su amiga. Sucede que esta tarde. —¡Pero Juan. Gustavo y Várvara bailaron mucho. El tono implorante de la mujer conmovió a su hijo. tan brutal y tan verraco. qué? Usted no tenía ese diente partido ayer—. escuchamos jazz. Gustavo agarró a Várvara del antebrazo. Alba mira su boca y le espeta: —¿Y ese diente partido. que la abrazó y le pidió perdón. Várvara.

Alba me arrastró hasta alcanzar a Gustavo y a su pareja en el metro. Juan con Alba. No se cruzó palabra entre los dos bandos.sobre las mesas y el estruendo del jazz —¡Hijo. Era una pantomima. usted es hijo de mi amiga y me va a ayudar—. Ella repetía una y otra vez: —Vea Juan. pero continuó su exit. Ya en la calle. Alba salió conmigo dándome el brazo. señor Gustavo. Juan. Gustavo se volvió al escuchar mi nombre. que sacudía su cabellera y maldecía como una furia en lengua foránea. por una traidora! ¡Sepa. Dígame. Lamentaban la falta de subtítulos. abordamos y nos disparamos en direcciones contrarias. ¿podrá esa mujer 114 . iba a decir algo. Tan pronto arribaron los trenes. no ha llegado. conmigo del brazo. a lo largo de la plataforma. Bajamos las escaleras y los avistamos en la plataforma opuesta. hablando en voz alta de ir a un club nocturno. Gustavo con Várvara. de aspecto indígena. Llegados al apartamento de Alba tomamos té. que yo me iré con Juan! Los parroquianos anglosajones del Drum Pub miraban asombrados la figura de esta mujer alta y delgada. Gustavo y Várvara hacían algo parecido. Alba se paseaba arriba y abajo. se fue a dormir con ella. Comprendí de inmediato que me asignaban un papel. De inmediato Alba me dictó: —Tranquilo. Mi alumno Toshiro no se percató del traslado escénico y quedó preguntando entre los bailantes: “Can I touch the women?”. usted ha sido capaz de despreciar a su madre por otra mujer.

En la mañana. —¿Qué pasó Gustavo? ¿Cuándo llegaste? —Justo ahora. a ella y a Gustavo. seguramente fumando. me tiene que responder.quitarme a Gustavo? ¿Cómo se atreve?. Él era un ovillo fetal. Dormían. ¿Se acostó usted anoche con mi madre? Le dije que ni anoche ni nunca. 115 . to be or not to be. con el rostro más angélico que pueda tener un hombre. noté el dormitorio de Alba abierto. los vi acostados en la cama. anidado entre los brazos de su madre. Dígame. —Gracias —dijo— estuve pensando matarlo durante toda la noche. Imagínese. cuando pasé hacia la cocina para poner el café. Avanzada la madrugada me despertó Gustavo: —Escuche Juan—. Ahora duerma tranquilo—. Soñé con mi madre. Me desconecté y dormí muy tranquilo. ¿qué diría su madre si yo me acostara con usted? Me retiré a mi habitación y hasta poco antes de dormirme la sentí caminando arriba y abajo por el pasillo. con el hijo de su amiga. pensaba.

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una noche estrellada en que debía lamer con extremo detenimiento las patitas del módulo detonador de una bomba bastante poderosa. El perímetro de la mediana instalación eléctrica estaba más iluminado que una sala de biblioteca universitaria de Estados Unidos.Explosión suavemente En la lucha entre tú y el mundo. Era la primera vez que repasaba en mi memoria la enseñanza de Luis sobre la compresión del tiempo de combustión. apuesta siempre al mundo —Franz Kafka “Una explosión es otra forma de combustión. en nada difiere un explosivo de cualquier otra sustancia que se quema. antes de enchufárselo.” Recordé esa sentencia poética en el momento en que le arrimaba una carga de 30 libras de iremita a un transformador de energía eléctrica. Mi nombre es Roberto. Allí era posible leer hasta la le117 . Ahora se me ocurre algo que no podía saber en esa época: los explosivos son posmodernos. sólo que en el primer caso el tiempo se comprime y la carga se quema por completo en meros milisegundos. y a veces me llamo Adrián.

exclamó. hace contacto y nos vuela con sólo colocarlo. Era el fervor de alguien que no va a interrumpir un orgasmo des118 . dos. pues hemos pasado mucho trabajo. y luego. lo que me da ganas ahora es de enchufarle la madre esa. significa que el detonador está averiado. aunque haga contacto y volemos con todo. cuidado que nos ha costado llegar hasta aquí! Mira. cayendo en cuenta sobre lo que dije. tres veces y dije: —No estoy seguro. con el mismo amor con que llegamos—. Dora. Si no te pica. Pasé la lengua por las plaquitas de contacto una. ni que fuera astrólogo el maricón —maldijo mi acompañante antes de evaluar mi diagnóstico de lengua. me repetía lo ensayado cien veces antes: —Debes asegurarte si te pica o no la lengua. Pero sí te pica. como si supiera algo. pero yo traje esto y este animal va a explotar esta noche—. coño. —Ese ha pasado ya un montón de veces. En ese mismo momento sentimos un resplandor azul y nos agachamos.tra tamaño pulga de la Biblia Latinoamericana. enchúfalo. pero creo que me pica la lengua—. volvía a pasar la patrulla. bien. sobrepasando el nivel de susurro de nuestras voces: —¡Que te pica la lengua! ¡No me digas! ¡Después de este trabajo. así que empacamos y nos vamos pa`l carajo. mientras nos escudábamos de la detección de las patrullas en la carretera con la mole del propio transformador que unos minutos más tarde volaría en pedazos. si quieres vete tú. acurrucada a mi lado.

no tiene corriente. llamádole.. Probé. prueba tú otra vez—. Entonces lamió ella los contactos del detonador: —Mira.. a mí no me pica. como escuchando el recién conectado tic tac del reloj detonador. Es un presente comprimido. fíjate sí. Dora se limpió el sudor y celebró: —No te digo que acabo de 119 . y ahora lucía más ensimismada que nunca.. como si fuera “El Héroe” de Baltasar Gracián recién llegado al mundo: —Es verdad. con un disimulo pendejísimo. gracias—. Cerramos los ojos y Dora hundió el módulo detonador en el costado de aquel animal inerte que veníamos adobando desde hacía semanas. No pasó nada. lo importante es la vida —discurrí. Y Dora respondió. Abrimos los ojos. Un agradecimiento sincero. se reservó su horrorosa fuerza para otro momento. aunque muy débil. como si yo hubiera descubierto un argumento muy original. sentí que algo. —No sé si decirte bruta o vaga. como venía haciendo desde que la recibimos. Tal vez fuera la mera fricción del metal frío en la noche.. La bestia química.pués de tantos preliminares. Pero esta vez callé. escondiéndolo de sitio en sitio. ‘el paquete’. esa idea es importante: la vida. Por eso mi cabeza abstracta recordó la idea de la compresión del tiempo. le transmitía una señal quemante a los nervios de mi lengua. ¡qué importa el trabajo. En momentos así el personaje siente que las cosas estrenan el universo en el instante en que ocurren y que cada tontería que dice son las palabras de Adán en el paraíso.

De qué valía borrar tanta huella.. Quizás le transmití el estrés de la situación al marco de alambre barato. Eso pensé. Discutí con Dora la posibilidad de re120 . y borrando huellas según nos enseñaron en Punto Cero. pensé. caminando agachados como ciertos payasos que imitan a enanos.. hermano—. según nos aproximábamos a los focos de la pequeña carretera donde escondíamos el auto. y yo no veía bien porque. Nos escurrimos entre el pasto alto de un cercado de vacas pisando varias pilas de excremento vacuno con amor revolucionario. pero faltaban los vidrios. sino porque yo realmente no veía nada de bien. supe que la vista me fallaba. si íbamos pintando la tierra y el pasto con mierda de vaca fresca.. A mitad del trecho por donde nos retirábamos a campo traviesa. Nos ajustamos las mochilas e inciamos la retirada. Al parecer se habían desprendido con el estrés. los tenía puestos. dejando desprender los lentes. Atravesamos en dirección contraria la apertura en la verja ciclón que minutos antes cortamos para entrar.. no porque la noche estuviera oscura.nacer otra vez con esta experiencia. me parieron de nuevo por cesárea. Lo importante es que los lentes podrían ofrecer en bandeja de plata mis grasosas huellas digitales a los investigadores de la escena de la explosión. y éste se ensanchó por efecto de simpatía física. embriagado con la típica genialidad de esas situaciones.. Me palpé el rostro buscando los espejuelos.

Parecíamos hobbits de circo. nos despedimos y nos dirigimos por separado a nuestras respectivas casas. un estremecimiento estático del aire y de la tierra. La cuenta regresiva del relamido detonador apremiaba. Ya descendiendo por la vereda de mi casa. Muy poco podía contribuir yo a encontrar unos lentes cuya falta ya me aturdía. Me sobrevino una irresponsable sensación de fuerza de la cual no he querido desprenderme. para no alertar a ese delator insomne que siempre aguarda en toda calle de toda vecindad del mundo. pero asordinado por la distancia de varios kilómetros. habrían caído en la gravilla del perímetro iluminado. precisamente porque es im121 . más bien un ataque de cansancio glorificado. No aparecieron. no sin antes sobar con ternura “el paquete” y verificar que el reloj Timex ajustado al detonador nos donaba 25 minutos. contemplando el cielo estrellado de nuestros campos tropicales en esa madrugada fría e intranquila de nuestros gestos truncos. De nuevo nos retiramos. caí en un trance de serenidad beatífica. según estimábamos. saltando y corriendo agachados en busca de los lentes que. Más que un sonido era una eclosión. La patrulla seguía pasando. Luego de regresar en el auto por rutas secundarias.gresar a recuperar los lentes. lo estacionamos en su lugar seguro. más que cegarme. muy claro. Y justo en ese instante sentí con todo el cuerpo el súbito bum de la explosión. pero regresamos. a pie.

No era una fuerza mía. 122 . Era una única. sin embargo. era del mundo. Pero de ningún modo era un rugido. Lo más insólito era que la explosión no terminaba. Temprano en la mañana visité a un oculista para que me hiciera nuevos lentes. irrepetible y exclusiva sacudida que. todavía se siente.posible responder por ella.

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una vez comienza la película. La película Los otros. tal vez una de las ínsulas visitadas por Tristán e Isolda en la leyenda. sin embargo una vigilia desesperada todavía ilumina los ojos de la valiente.Claroscuro y máquina Rey: ¿Todavía ensombrecido por las nubes? Hamlet: No por las nubes. con las cortinas echadas. en el Canal de la Mancha. muestra a una mujer que vive en una gran casa de la neblinosa isla de Jersey. Vive acompañada de sus dos hijitos. A los extraños criados que. para guarecerlos de una mortal alergia a la luz. La mujer es esbelta y hermosa (Nicole Kidman). la dama ha mantenido a raya hasta a los nazis. El marido se marchó a la Segunda Guerra y jamás volvió. de Luis Amenábar. ella les 125 . a quienes ella debe mantener siempre en la oscuridad. un niño de siete años y una niña de once. señor. Acuartelada con sus críos en la egregia casa. surgidos una mañana de la niebla. sino por el sol. le ofrecen sus servicios domésticos. Ese trance acaba de finalizar junto con la guerra. pero de sus gestos emana una ansiedad contenida capaz de destemplar la más perfecta lámina de titanio. La mansión es grande sin ser inmensa.

sometiéndonos en verdad a 48 interrupciones de luz y de sombra por segundo. en beneficio de los pálidos niños confinados a las sombras y a la única luz de la presencia de su estrictísima madre.advierte que sólo pueden trasladarse de habitación en habitación procurando a toda costa cerrar y acerrojar la puerta por la que han entrado antes de abrir aquélla por donde han de salir. Si bien todo proyector nos impone 24 fotogramas de película por segundo. las enervantes y sorpresivas. La figura obscenamente obsesiva de Nicole Kidman atraviesa los encuadres del plano fílmico de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. perseguida de haces de luz y escurrimientos de sombras. el obturador se abre y cierra dos veces: primero cuando cada cuadro comienza a entrar al portal de apertura y de nuevo cuando se acomoda en él. Presenciamos ese ballet mecánico sumidos en la matriz misma del dispositivo fotofílmico. El abrir y cerrar de puertas. aunque sistemáticas exclusiones e inclusiones de luz. su claroscuro amor. Las criaturas ultramundanas que somos los espectadores de una sala de cine nacemos 48 veces por segundo desde 126 . llamando aprehensiva a sus críos o sobresaltada ante los llamados de ellos. permean toda la puesta en escena y el montaje del filme. dando portazos a diestra y siniestra y girando cerrojos. El efecto nos hunde en un juego nervioso de cámaras oscuras y brotes de luz. convirtiéndose así las recámaras de la casa en esclusas que controlan el paso de la luz en una dirección u otra.

propincua al río Avon. Lo que me lleva a recordar una historia vivida por mi madre. Ella vivía sola con mi abuela en la pequeña ciudad de Stratford. Los dos adolescentes. Era una cómoda 127 . reciprocaron la hospitalidad solidaria de estas dos mujeres con una gentileza excéntrica. de origen rumano. lo que impedía interpelarlos individualmente. sin ser inmensa. the Matrix. vía el retorno de la composición casamadre que es Nicole Kidman. al trance luz-oscuridad donde siempre somos otros y dejamos de serlo. No respondían a sus respectivos nombres de pila. en una casa grande. Durante la primera y única comida hecha en familia se excusaron con voces casi inaudibles y al unísono. No se les sentía en la casa porque se dedicaron a no existir en ella. sino una adolescente. y otras. zona oscura desde la cual se nace en cada instancia infinitesimal de consciencia disparada por un obturador frenético llamado unas veces lo Real.una muerte negra que desconocemos justo porque la encubre el efecto de retención retinal de la luz gracias al cual impera la ilusión del continuo luminoso. Unos gemelos huérfanos de apellido Spot hallaron un hogar provisional en la casa de mi abuela y su hija. retirándose con sus bandejas a comer al dormitorio que les fuera asignado. Los otros nos devuelve. el de la leyenda arturiana. En los años de la Segunda Guerra no pocas familias inglesas acogieron niños extranjeros refugiados de la barbarie nazi. cuando todavía no era una madre. sino a su apellido.

habitación cuyas amplias ventanas ellos se dedicaron a cubrir de periódicos con el propósito de obstruir la luz: —We do not like the light —respondieron lacónicos a las miradas de la anfitriona adolescente que se asomó a averiguar. Se les respetó, en la mejor tradición local de no interferir con las excentricidades benignas del prójimo, el deseo de ellos de comer siempre en la habitación y permanecer recluidos en ella la mayor parte del día. Ni las frescas riberas del Avon ni los demás encantos, tales como los festivales de teatro shakespeareano, propios de esa ciudad cuna del bardo, podían extraer a los hermanos Spot de su encierro. Sólo abandonaban la habitación en noches ocasionales. Pero su semblante nonchalant, aunque tímido, en nada parecía melancólico. Casi lucían alegres cuando se permitían asomarse o abandonaban fugaces su aposento empapelado para cumplir las urgencias obvias, lo que tranquilizaba y a la vez irritaba a mi vigilante abuela. Mi madre recuerda las caras confundidas y pálidas de los chicos, que atinaba a ver cuando la curiosidad la llevaba a tocar a su puerta, la cual ellos abrían asomándose a la par, en silencio, replicando con inaudibles monosílabos a cualquier intento de entablar conversación. Por una época los atacó la varicela y sólo entonces se allanaron a un contacto humano algo más intenso, cuando se dejaron bañar y aplicar esponjas con sales medicinales, no sin ellos exigir entrar ambos a la vez en la tina. Dice mi madre, y también mi abue128

la, que era un deleite verlos retozar en la tina con una alegría desproporcionada a sus hábitos deprimentes. Las pequeñas manchas de la infección acentuaban el tono espectral de su tez. Tenían la cara y el cuerpo repletos de manchitas pálidas circulares. —Eran como dos apariciones, alojábamos a fantasmas en la casa —narra mi madre. Cuenta ella cómo, una tarde, aprovechando que el servicio de sanidad los vino a buscar para someterlos a un examen médico, penetró con sigilo en la habitación solitaria de los jovencitos y la encontró, aparte de la oscuridad, muy normal, demasiado organizada para dos adolescentes, por demás varones, y esto al grado que la alarmó la idea de que su madre pudiera utilizar el ejemplo de los Spot para exigirle mantener tan altos estándares de limpieza en su propia habitación (“I want it tidy, and spotless, like the brothers Spot’s own room”, le hubiera ordenado). Pero la joven continuó fisgando las sombras y pronto se topó con un hallazgo histórico en su vida. Sobre la repisa de una de las ventanas tapiadas de papel de periódico descubrió un portafolio negro, abultado con cientos de hojas sueltas. Lo abrió. Contenía series interminables de números y letras sistemáticamente agrupadas en renglones. Aquello no era inglés ni ningún idioma. No hay idiomas con palabras de números, pensó. —Eran los años de la guerra —cuenta ella— en mi mente adolescente todo el misterio de los Spot cuajó como un cristal, cuando sobre la repisa de la otra ventana, tam129

bién tapiada, vi que descansaba un receptor de radio de onda corta. Cómo lo introdujeron allí, no sé. Pero sólo me restaba hacer una suma bien simple: “These spotty brothers, they were two sneaky spies”—. Sin embargo, descubrir aquéllo sólo despertó en ella una insolicitada complicidad con los jovencitos. Obtuvo la oportunidad de compensar la perturbadora ausencia de contacto real con unos niños de su edad que vivían en su propia casa, gracias al proyecto de protegerlos de las sospechas de los adultos. Su madre no era excesivamente patriótica ni paranoica, como sí eran algunos de los vecinos, pero la señora se hubiese ofendido, con repercusiones temibles, ante lo que consideraría la falta de respeto y la traición a su confianza por parte de unos granujas que se acogían a la protección de su casa y hasta a su cariño, que aunque no se dejaban ver, cariño les tenía, para dedicarse a tramar tretas de espías, sea para el gobierno que fuera. Antes que escuchar ese rollo por el resto de la eternidad, la muchacha puso en efecto un plan secreto de desinformación, al margen de los propios gemelos. Para empezar, jamás nadie se enteró de los códigos ni del receptor. Se dedicó a introducir innumerables y calculadas ideas inocentes en las conjeturas y conversaciones de los adultos respecto a los misteriosos muchachitos, sin faltar la ocasional borradura de “evidencias” y otros ardides con que la jovencita protegía a los dos angelitos hurtados de la luz que se empeñaban en no existir, excepto en las claves
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cuando entraba a un hotel de Innsbruck. —Todo ello me 131 . Le preguntó por unos inquilinos llamados Spot.de una conspiración imaginada. El empleado le aclaró que en su lista no había dos señores Spot. El trío de jóvenes vestidos de negro formaba un conjunto excéntrico. el matrimonio Spot. Intercambiaban mermeladas y se daban a probar tostadas. propias de una cabecita solitaria. quienes desaparecieron para siempre sin mayores comentarios. Ella inventó una miríada de aventuras fantásticas en compañía de los dos amiguitos secretos: formarían un trío de fugitivos por el mundo. and Mrs. como en una película muda. mi abuela creyó verlos. y saludar. El tipo reiteró que sólo tenía a una señora Spot y su marido. y presentarse. Antes del fin de la guerra una organización judía de refugiados vino a recoger a los jóvenes. tras el cristal trasero de un automóvil alquilado. diciendo adioses lánguidos e inaudibles. Spot. Era temprano en la mañana. vivirían juntos intrigantes historias que sólo aguardaban nacer. Sólo se le ocurrió pasar por el mostrador del concierge. Una repentina e inexplicable incertidumbre le impidió a mi abuela caminar hacia la mesa de ellos. que se alzaba junto al río Inn. Sonreían bienaventurados mientras contemplaban el deshielo del Inn en la primavera. Los dos Spot estaban sentados a la mesa en compañía de una mujer. sino un Mr. —But they are two gentlemen. Menos de una década después. Los vio en una terraza del hotel. actually twin brothers —insistió ella.

pues no me gusta nada ese tono de voz que pones cada vez que los mencionas. hija. así que decidí no pensar más en ellos —decía mi abuela cada vez que mi madre le solicitaba detalles sobre aquella coincidencia en el hotel austriaco. siempre he creído que esos chicos se traían algo. I hardly like it dear. you seem to speak like them—. no eran tan inocentillos. —Además. no los defiendas de nuevo. Y mi madre: —But it’s difficult to recall if they ever really spoke—. 132 . Mi abuela: —Well… exactly.molestó profundamente.

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por lo que congeniamos de inmediato. Autos en distintas etapas de inservibilidad. Nos habían sustraído nuestros bolsos de mano antes del abordaje. ninguna se mantenía vertical. más bien parecían reclinarse unas sobre otras o a veces las separaban solares vacíos hartos de pasto y cachivaches inidentificables. Cuando llegamos a Belfast nos recibió un joven llamado Tom que portaba la señal convenida. con mucho aliento para contar historias en mor de complicidad.Belfast llama Uno de cada tres asientos del avión estaba ocupado por un conspicuo agente encubierto. desmantelamiento o incineración yacían estacionados cada 20 o 30 metros. como los oponentes abatidos de un video juego descontinuado. Llegamos a un sector católico donde las calles estaban totalmente desoladas. vapor y frases enigmáticas 135 . La atmósfera vespertina era fría y gris como un fin de mundo. muchas casas tenían puertas tapiadas y postigos clausurados. Pero al voltear la esquina entramos en una taberna inundada de humo. vaciando los contenidos en bolsas plásticas transparentes. Nos ayudó con el equipaje y de inmediato nos condujo hacia el centro urbano en su pequeño sedán destartalado. Tom era tan humilde y orgulloso como un soldado vietnamita.

Sólo había que matar tiempo hasta las siete. un sustituto de Tom nos recogería para trasladarnos al próximo lugar. No cabía un cuerpo más. Los oficiales se llevaron la peor parte. Lo anterior se dijo en metáforas imposibles de retener en la memoria. todo estaba en orden. había delizado dos jarras de cerveza negra para cada uno de nosotros. quienes se habían separado de la mayoría nacionalista de la organización. pues habían decidido 136 . Muchas cabelleras rojas o rubias. Anne. los provisionals o provos. Hablaban una lengua rimada de sonidos afectuosos cuyas frases siempre terminaban con tono de pregunta. Aparte de eso.pronunciadas por hombres con chaquetas de piloto o atuendos semejantes. Pero eran conocidos. donde el mesero ya nos esperaba con aprehensión deportiva y. muchas de ellas cumplidas con esa espeluznante exactitud que ahora Tom se toma el gusto de narrar. pero. autodenominados los officials. con la ayuda de Anne. Alcancé a descifrar. en una asamblea histórica que cerró con mutuas amenazas de muerte. inexplicablemente. había que proceder con cautela porque tres provos estaban inspeccionando el local y haciendo un cacheo de armas en los baños. lo que él y Tom hablaban: nada serio. sin emitir otro signo que una gran sonrisa. no había problemas. muy pocas de mujer. tipos chéveres. El mesero y Tom pertenecían a la minoría marxista del Sinn Fein. Tom y yo hallamos espacio para sentarnos justo ante el mostrador..

“We stripped ourselves naked” resumía Tom. sobreflotando un entendido implícito de detener todo “encuentro físico” --eufemismo para nombrar las acciones armadas.nada menos que entregar sus armas. el homo sacer. en una racha de escaramuzas fraticidas que se extendió por largos meses. La contienda sectaria ya se había ralentisado. Postura que en un lugar como Belfast te convierte en la víctima propiciatoria de todos. La taberna estaba en territorio provo hard core. luego decretaron un bando de “traición” contra los marxistas y les dieron de arroz y de masa. y la tranquilidad con que pudimos conversar y esperar allí. que no tenía armas. renunciar a la lucha armada. era una señal clara del mood de tolerancia que a veces parecía ganar espacio entre las dos facciones. no sólo en previsión de los residuos de violencia sectaria sino para protegerse de una policía británica que los perseguía con más saña que nunca a pesar de ellos haber abandonado las armas con sinceridad masoquista. Sin embargo. Los oficiales mantenían sus hábitos de chequeo y contrachequeo. Los provos retuvieron el grueso de la poderosa militancia nacionalista y casi todas las armas. Anne me advirtió. perduraba un nerviosismo postraumático entre estos golpeados oficiales que nos habían invitado a Ann y a mí a un pequeño tour de solidaridad Irlanda-Puerto Rico. descartar el nacionalismo y dedicarse exclusivamentea la lucha de clases. La mayor parte de las víctimas mortales pertenecía al ala oficial. conociendo 137 .

Dos pintas de cerveza negra bajadas en menos de media hora me hicieron ir al baño. pues procedía a presentarse y montarle un rapeo a Ann. —You the Puerto Rican with that Tom chap? —inquirió uno de ellos. además. y en efecto. allí estaban los provos inspeccionando por armas a los parroquianos meones. Pero la de esa taberna no era una multitud tan casual. en cuestión de minutos. quiénes éramos y en qué andábamos. nothing physical —y él entendió: —OK—. Se nos olvidó preguntarle a Tom cuál era la idea de realizar estas inspecciones en los baños de las tabernas y. le contó que respondían a un rumor de posible atentado contra un dirigente católico del área. Al rato. Escuché que ella le argumentaba con candor contra el nacionalismo irlandés y él evadía el tema con humor. antes de irnos.a los irlandeses. I mean. y sin aguardar respuesta preguntó: —Is the woman with you in any way related to you. Aquel lugar era el mercadillo de rumores de la comunidad. cómo era posible el clandestinaje en un país donde las informaciones se dispersan entre una multitud casual en tan corto tiempo. ella le rechazó al bomber jacket 138 . La provo que la tocó a ella fue más habladora. is she your wife or girlfriend? Le dije: —She is a personal friend. hablándole de rock americano. A Anne también la inspeccionaron en su turno al baño. ya el individuo con bomber jacket negro que me había interrogado en el baño abandonaba su puesto. Al despedirnos. que podíamos estar seguros que ya toda la taberna sabía.

se emborrachó y comenzó a maldecir el momento en que ellos. un camionero trans-Europa. —But we are principled militants. whisky. Luego intervino Ann. whiskey. nos servía indistintamente y sin parar porciones de café. habían renunciado a las armas. café y tequila que inundaba la casa hasta marcar su nivel en las paredes. los militantes del ala oficial. vino.negro una invitación a pasear y comer en el downtown. Maud.those other kind are Mafia—. el dueño de la casa. Percibí en los comentarios de Ann mucho pensamiento sobre la cuestión nacional y la izquierda irlandesa. Martha. ellos me suponían más partícipe de lo que yo era en esa época de una acerba crítica al nacionalismo marca IRA. cómo los IRA provos representaban poderosos capitales americano-irlandeses y renegaban de la clase obrera irlandesa. otra compañera del grupo. me explicaba. dear —la consolaba Margaret. como haciendo otra pregunta-. Alexander. —Now we’ve been reduced to a bunch of wailing marxist masochists —agregaba. en medio de la marea de cerveza. exponiéndose a la balacera asesina que les impartieron los provos. con su voz delgada y parsimoniosa. gran 139 . cerveza. como si hiciera una pregunta. Por pertenecer a un partido llamado socialista. tequila y vino mientras conversábamos sobre la relación entre nacionalismo y marxismo. En la casa donde yo dormiría tuvimos una recepción líquida. la compañera de Alexander. —We should’ve saved part of the structure for protection —lamentaba.

según acordado. just a bit confused. pero no entendí nada. en la cual vivían otros tres compañeros. igualmete sumergido en el cocktail transalcohólico de Alexander. No tuve que preguntar: acababan de secuestrar el camión de Alexander. las cuales ya sonaban como burbujas en una pecera. amortiguada por la neblina. Una luz parda. Mi cabeza licuificada con espíritus de café. I just smacked one of them in the 140 . whisky. En la mañana bajé a tomar café y los encontré a todos apiñados en un corrillo en torno a al aparato de radio. La acción fue obra de dos chamaquitos del vecindario que pertenecían a una micro-facción de la mini-facción ultradura llamada Irish National Liberation Army (“I know their old chaps. como quiera que se llamara el tipo. Entonces nos fuimos todos a dormir. Hubo un primer intento de secuestrar a Alexander con todo y camión. cerveza. murmurando entre el humo de sus tazones de café. Parecían aguardar una respuesta del trasmundo. una hora antes. en una buhardilla del tercer piso de la comuna de Martha and Alexander. pero fallaron y se llevaron sólo el vehículo. cuando él se disponía a calentar los motores para partir en el ferry rumbo a Bélgica. penetraba con desidia los ventanales empañados de vapor. tequila y vino no captó las distinciones sutiles de Ann. Y yo dormí allí. they’re good boys. la escuchaba como si hablara el capitan de la nave Star Trek. Maud se llevó a Ann a su casa. El resto del grupo. allí mismo frente a la casa.conocimiento sobre O’Connor.

Aparte de mantener un fichero de la amenazas recibidas. luego despedazada por una turba de nacionalistas y socialistas.face and… ”. Lo que más preocupaba a todos era descifrar por qué estos imberbes micro-faccionales los habían convertido a ellos en objetivo. Alexander habló de reportar el incidente a sus contratantes comerciales en Bélgica. Su héroe era Rosa Luxemburgo. Nadie allí habló de informar el secuestro a la policía. la mártir alemana de la Liga Espartaco que polemizó con Lenin. repetía Alexander). Berenice católica. Berenice y Armand eran profesores de historia especializados en el bolchevismo. La casa contaba con alarmas. Cometieron la excentricidad temeraria de casarse y permanecer en Belfast. 141 . Hablando uno se entiende —Let’s not get physical —era el lema de Alex. Armand era protestante. y quedarse a bregar el asunto en el vecindario. cámaras de vigilancia y micrófonos. excusarse esa semana de sus compromisos. Lo confirmé cuando Tom reapareció y nos recogió a Ann y a mí para llevarnos a la casa de Berenice y Armand. que en una ciudad como Belfast sonaba a plegaria espiritista. Pensé que estos divertidos huéspedes constituían una inconsolable cábala de sufridores eufóricos. Era la única vivienda habitada en medio de una calle larga que servía de pasadizo entre los dos territorios enemigos de Belfast: los protestantes y los católicos. atrincherados en una tierra de nadie donde recibían semanalmente amenazas y atentados de todas las partes.

Luego continuaba hablando sobre una Rosa Luxemburgo cuyo fantasma parecía presidir el momento. oscureció. Berenice se asomaba a la ventana y ojeaba los monitores que escaneaban los predios. Pasamos los innúmeros puestos de inspección del ejército británico que asediaban la ciudad. contagiados por el dialecto. Intercambiamos las rutinarias solidaridades. Mientras conversábamos en la sala de esa casa tan sitiada. Cada vez que pasaba algún automóvil escaso. sobre todo. Encima de que eran antinacionalistas y desafiaban con su alianza a todas las facciones en la capital mundial del faccionalismo. Escogimos regresar a Londres. Anne y yo presentamos las debidas conferencias y diapositivas. excepto la urgencia de aquel tránsito masivo y anónimo de almas. no en el avión plagado de agentes encubiertos en el cual arribamos. a nuestros eufóricos sufrientes en interminables charlas de taberna. dentro del ala del Sinn Fein a la cual pertenecían. Pasamos por las aduanas maltratantes del Reino sin comprender nada. los focos descorrían sombras sobre las paredes y las cortinas.El matrimonio de estos young scholars era un tributo a la audacia. Acompañamos. ante el cual repetíamos frases con tono final de pregunta. sino en el ferry del sur. pero no menos cómoda. 142 . también eran heterodoxos marginados. Íbamos en compañía de cientos de irlandeses que emigraban a Inglaterra. por lo que se veía.

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Ahora sé que su historia es mil veces más verdadera que ésta. as in “intelligent”. No faltó la perorata final de un ministro de verbo radiante 145 . Stephanie me hizo saber que ella existía. alguien en la audiencia apuntó que el problema del puertorriqueño negro es creer que no existe. al deletrear su apellido) —el hombre era una enciclopedia sobre la historia del cimarronaje. Luego de terminar. Lo ofrecía a mi mirada como medalla más melancólica que condecorativa de su acción en el frente atlántico de la guerra contra los contras de Nicaragua. También lo había hecho un scholar negro de apellido Smart (“Smart. La audiencia afronorteamericana era numerosa. dijo. Tal era el fulgor del pequeño círculo de tejido cicatrizado sobre su piel negra. en una sala moderna y dilatada.Estefanía is coming Ella me mostró la cicatriz del balazo recibido en el seno. al cabo de una conferencia sobre cimarrones y literatura que me atreví a ofrecer en el Shomburg Center de Harlem. Hablé del embelesamiento del autor de La noche oscura del niño Avilés con el poder imaginario de unos reinos cimarrones inexistentes en la historia de Puerto Rico. Al principio no le creí. Juan Flores acababa de hablarle al público. Parecía llevar incrustada una moneda de níquel.

Prometió que quizás más tarde. Cuando ya todos se dispersaban. De puro aturdimiento continué conversando con ella sobre la negritud y otros enigmas (“You are a lighter skinned Puerto Rican. me contaría su historia cimarrona. so to speak —y cambió de idioma: —Llámame Estefanía —pronunciando las consonantes españolas con una suavidad irregistrable. tengo que amamantar a mi hijo Hasam. cerca de las 10 de la noche. that’s what you are. siguiendo los pasos del último corrillo en abandonar el Schomburg. amiga mía. dijo —I myself am a maroon. una joven de ojos almendrados y mandíbulas altas se acercó a y tras un comentario banal sobre la actividad. Como siempre. el esfuerzo de la conferencia me sumió en un estado de difusión pasiva. si valía la pena. me dictó su teléfono y dijo: —Adiós. obligándonos a leernos los labios. Allí una música estruendosa de power samba convirtió nuestra conversación en una mímica espectral de cine mudo. but remember. sin interrumpir la conversación. nos acomodamos junto a otra pareja conversadora en el asiento trasero del carro de un conocido y fuimos a parar a una recepción en la casona de Harlem de una scholar negra de la bella ultraizquierda. Sólo alcancé a escuchar alguna palabra pronunciada en esa casa por Estefanía cuando. 146 .sobre la (casi inexistente) hermandad entre negros y latinos en la ciudad de Nueva York. se despidió. that doesn’t make you any less Black”) y. I think maybe it‘s worth the trouble telling you my story.

Y ciertamente. deja la excusa barata de mi historia a un lado—. en mi apartamento sin muebles. Y añadió. me cansé de leer a Yuri Lotman bajo el foco de una lámpara enceguecedora. amigo. but if you don’t know anything. conté los días pasados en el calendario y llamé a Estefanía. how can you even know that you want to know? Luego en un español inconsonantado.. Stephanie es hija de una talladora de joyas de Manhattan muy bien remunerada y de un hombre alto y remoto que apenas le hablaba. porque yo soy una historia y eso es lo único que obtendrás de mí. es cierto. Cursó diez años de ballet con Martha Graham. Y yo: —Pero tú me has hablado de una historia.Call me next week if you are interested—.—. aunque de nuestro encuentro obtuvimos otra historia que no es de nadie.. Estudió en un college su147 . En tono suave y burlón contestó “hola” y musitó con una voz muy pegada al auricular que quizás había cambiado de idea. —Claro. Exactamente una semana después. con alfombras pálidas bordeadas de libros. siempre con suavidad y burla: —Who you think you are. Escuché una risa vigorosa y una invitación a tomar un café en su casa el jueves en la tarde. that I may tell you my story? How do you know you are interested? You have to know at least some of it in order to want to know. interesado en conocer su historia y algo más. Estefanía es una historia. con una franqueza que sentí obscena: —Tú me deseas a mí en realidad. de cómo fuiste cimarrona—. te advierto.

148 . Cuando arreció la amenaza contrarrevolucionaria. En Managua la solidaridad del gringo blanco era buena. tras precoces bodas con un joven blanco “muy consciente”. Organizó cursos de danza moderna basados en las tradiciones isleñas de esa comunidad anglocriolla. pero no tanto la interracialidad. De allí salió a Tanzania y Kenya a estudiar Swahili y asuntos internacionales. Un sinuoso racismo. Ambos pertenecían a una red activista internacional: “we made a fuckingly beautiful. Stephanie se ofreció como voluntaria en las unidades sandinistas de combate anti contras. en una serie de desplantes insultantes. Sirvió en la zona atlántica del país hasta que una bala le perforó un pecho y se le infectó la herida malamente.perexclusivo y superliberal de Nueva Inglaterra donde los estudiantes gobernaban a los profesores y escribían tesis para transformar el mundo. trabajando con una población negra largamente marginada. brilliant. pero “not quite” la de la “mujer de color norteamericana”. Hasta que llegaron a la Nicaragua sandinista a ofrecer sus talentos. hasta ese momento desconocido por Stephanie. Ello se evidenció. fue sitiando la pareja. and solidarious interracial couple”. Pero Stephanie halló un nicho de aceptabilidad en Bluefields. recitaba Stephanie con sorna y cariño. con dolor. por aquello de dar el ejemplo entre sus brothers and sisters bluefileños. no sólo para interpretarlo. En el hospital se le infectó también el cuero cabelludo. Ambas cosas fueron muy bien recibidas.

Pequeños chichones tumefactos que parecen moñitos le decoran el cráneo brilloso. No es un ídolo de la fertilidad a pesar del marco rebuscado de la foto. Un embarazo intempestivo la decide a abandonar por completo la aventura de la solidaridad reciprocada sólo por los “brothers and sisters” bluefileños. alojado en Managua. Su marido. es una persona con la cabeza rapada. enfebrecida. una mancha lechosa de desamparo cruzándole las pupilas. Una fotografía en blanco y negro la muestra en la galería exterior del pequeño sanatorio tropical. También la hirió el rechazo que sus críticas francas provocaron. A su regreso al Bronx donde nació. a quienes los cuadros oficialistas llamaban “enajenados”. que en promover un programa de justicia social. Stephanie llora y ríe cuando la muestra: —That’s when I really marooned myself—. parió. sino la continua marginación de los bluefileños bajo el sandinismo. Cuenta que no la hirieron las balas ni las infecciones. Estefanía bailaba con la delicadeza de una brisa y la exactitud apabullante de un sismo. los prejuicios insultantes de una dirigencia burocratizada que se ocupó más en acaparar las mansiones y otras propiedades de somocistas exiliados. Un fotógrafo bluefileño le tomó la foto. no la apoyó y le envió a Bluefields una pronta petición de divorcio a modo de correctivo ideológico. una sonrisa de dientes luminosos.por lo que fue rapada cocopelá. Se hizo 149 . un hijo con nombre árabe que significa “el hermoso”.

me dijo. Una noche fuimos a ver el estreno de la película Mephisto en un cine del este de Manhattan y cuando entramos al vestíbulo atiborrado del teatro. No comprendí. ella me contaba una experiencia de aborto con una generosidad e intensidad que no aprecié en el momento. Los gringos. Stephanie saltó del vehículo en marcha y después de dar una vuelta al caer sobre el pavimento. al subir las altísimas escaleras hacia la plataforma del tren. tienes que echar al frente los hombros y empujarlos a ellos con más fuerza aún—. coming. Todas las mañanas. antes de terminar su explicación. por lo cual hice un comentario burlón y desgraciado. como es notorio en esa clase. ya la apiñada concurrencia había iniciado contra nosotros la tanda disimulada de codazos y empujones maliciosos. Y explicó: —Estos blancos de mierda. Acompañada de mí. Stephanie se abrió paso a codazo limpio hasta las butacas repitiendo —Estefanía is coming. Otra noche. coming— en un tono fuerte pero ambiguo que mezclaba la insinuación bélica con la sexual.gimnasta. cuando ven una pareja como nosotros en territorio ‘suyo’. se dedican a dar codazos y empujar a uno. se incorporó y echó a correr por la calle 72 150 . Efectivamente. en español cómplice: —prepárate para los empujones—. cuando un taxi nos llevaba a un restaurante afgano. se hicieron los locos. levantaba en vilo el coche donde cargaba a su hijito como si fuera un barquito de papel. La cosa iba en serio.

Sé que cuando la alcancé. 151 . I’m a maroon. jadeamos largo rato uno junto al otro sin hablar. Los pasajeros no sabían si lucir atónitos o hacerse los locos. pero una fracción de ese mismo instante ya me permitía captar una teoría que la lectura de todo Frantz Fanon jamás pudo revelarme: Estefanía is coming. No recuerdo nada de la carrera de esa noche. ambos habíamos penetrado en un tren del metro.oeste. por qué correr de esa manera tan loca? —I told you. Es una teoría que me concierne. you know —dijo entre dientes y de inmediato soltó un golpe de karate que esquivé y que destrozó el vidrio del freno de emergencia a mis espaldas. Acomodados de pie en en un rincón del vagón. Cuando recuperé el aliento le pregunté por qué reaccionaba así. En ese momento yo no sabía si la próxima acción de ella sería intentar detrozarme la cara o halar el freno y detener el tren subterráneo.

152 .

yo estuve al principio en el Yukón. Su lejana emoción se trasluce en cierta manera de batir los párpados. Justo cuando me dispongo a cruzar la calle 42 a la altura de la Novena avenida. al trabajo indescriptible que me sostenía mientras escribía una tesis doctoral. sin intención alguna de cruzar. cuando me lo encontré por casualidad en una esquina de la calle 42 en Manhattan. Yo me dirigía. yes how does it feel to be… like a rolling stone… —Bob Dylan Llevaba años sin ver a Laurent Rafael desde que se largó a los Territorios del Noroeste. Laurent —le digo —. iniciando apenas un gesto de abrazo que él evade levantando el vasito de café humeante. miro a la izquierda y ahí está Laurent. plantado a mi lado. sin premura.. tomando sorbos tímidos de café hirviente. ¿no era que estabas en Alaska? —a sabiendas de que no era exactamente en Alaska donde estuvo. parado al borde de la acera. Lo saludo mostrando obvia sorpresa. a pesar de la demora que llevaba. una mañana fría y mojada de otoño.Menos Siberia How does it feel.. —comenzó a 153 . No.

Ese día Rossana no se sorprendió demasiado de no ver regresar a Laurent a la casa. quien sacó el encendedor sin pensarlo dos veces y aproximó la llama al rostro de Laurent mientras éste le ponía otro cigarrillo en los labios a quien le hacía el favor.. cero 154 . Laurent practicaba una estética de la desaparición verdaderamente minimalista: cero anticipación. Decir “Laurent salió esta mañana a comprar cigarrillos. Ninguno de los dos siquiera registró el desparpajo con que violaban el reglamento de bomberos. era algo que sucedía casi invariablemente cuando él se levantaba una mañana cualquiera y declaraba en tono inaudible que iba un momento a comprar cigarrillos. como si le molestara la inexactitud geográfica de las primeras palabras que le dirijo tras años sin verlo. Laurent se acercó. cuando vivían en las afueras de Montreal.decir. cigarrillo en boca. Laurent salió de la casa una mañana oscura de invierno a comprar cigarrillos en una estación de gasolina cercana..500 kilómetros hacia los Territorios del Noroeste. y le pidió candela al camionero. Cuando el camionero regresó de pagar la gasolina ya Laurent estaba sentado en la cabina del 16-ruedas y sin más palabras emprendieron la ruta de 3. Un camión 16-ruedas se había aparcado en la estación a llenar el tanque. Rossana me había contado que unos cinco años atrás. Quizás ello mismo motivó al camionero a decirle a Laurent que iba al Yukón y que necesitaba un ayudante.” era la forma de anunciarnos una nueva desaparición prolongada.

olvidado de mi hora de entrada al trabajo indescriptible.equipaje. Hasta el momento de su aparición en la calle 42. no paraba de alborotar —dice— así que por ahí mismo salí de la fábrica y tomé un taxi para el aero155 . de allí pasó a Siberia y estuvo atravesando esa zona durante todo el verano pasado hasta que llegó a Berlín. hospedado en el YMCA. Rossana guardaba su ropa. Berlín no le gustó. Le digo —¿qué haces por acá? —y él cuenta con respiración algo entrecortada que se cansó de estar en el Yukón. —No me gustó nada ese ruido de la alarma. me sentí muy mal. Rossana sólo había recibido una postalita de Laurent remitida desde el Yukón. hizo autostop hasta Alaska. En Berlín trabajó en una fábrica. —¿Por qué no te gustó Berlín?— No sabía por qué. fue valet de un traficante de pieles. Pero —¿qué hacías? — Dice que cortó leña. encendió un cigarrillo y la alarma comenzó a alborotar muchísimo. Entonces. cero despedida. libros y efectos personales en una pequeña caja que él jamás volvía a mirar. acaba de gastar su último céntimo en este café. hizo mecánica automotriz. allí en la esquina de la 42 yo converso con Laurent. No sabemos si alguien también guardaría sus cosas en los otros lugares hacia donde él se largaba y de los cuales partía o regresaba. sólo que estaba trabajando en la fábrica con otros inmigrantes ilegales y salió a caminar un poco por un corredor para tomar un descanso. Cada vez que Laurent desaparecía. tomó un vuelo antenoche a Nueva York y aquí está.

puerto. Todavía me molesta el oído un poco —asegura, llevándose la mano a la sien. No le pregunto qué piensa hacer, pues sé que no piensa hacer nada. Así que le anoto el teléfono de Rossana y su nueva dirección en Nueva York, que es la dirección de mi casa. —Ah, Rossana entonces está en tu casa... —murmura y pestañea como si el humo del café que todavía no acaba de enfriarse le molestara los ojos. Lo miro. Su pelo es rojizo. Sus ojos húmedos enfocan con ansiedad detrás del vidrio grueso y oscuro de los lentes. Siempre compruebo que es más alto que yo a pesar de las apariencias. Le doy una ficha para el metro, me despido de él hasta la tarde, quedando en encontrarnos en casa cuando regrese de mi trabajo indescriptible. Así que Laurent apareció, me digo mientras sorteo las bocacalles y los movimientos de carga y descarga que atraviesan las aceras durante las primeras horas de la mañana, percatándome de la coincidencia extrema atribuible al encuentro recién acaecido, sorprendido de lo poco que en verdad me sorprende y de la absoluta falta de sorpresa que evidenció el propio Laurent. Ejecuté las funciones indescriptibles de mi trabajo pensando en esa naturalidad casi torpe con que nos adaptamos a los fantasmas. —Estaba hambriento, le preparé un asopao de camarones —me dice Rossana cuando llego a casa en la tarde, bajando ella la voz como si hablara de un en156

fermo recién dormido que yace justo al lado. Ya Rossana había cumplido el ritual de devolverle a Laurent el paquete con los efectos personales que él abandonara la última mañana de invierno en que ella lo vio, pero él apenas miró la cajita cuidadosamente embalada, como si contemplara con pudor las pertenencias de un extraño. Rossana es la memoria, Laurent el olvido. Laurent estaba muy despierto y se puso parlanchín cuando nos sentamos en la mesa de la cocina, los tres, a fumar y a sorber café. Le pregunté sobre el cruce de Siberia. —No les voy a contar de Siberia, porque me siento mal cuando recuerdo todo eso. Pero antes estuve en Tungsten, un pueblo envenenado de ese mineral, en los Territorios, durante un invierno maldito, llevando unas cargas con Tremblay, el camionero que me recogió en Montréal. Era licor clandestino, para los indios. Tremblay y yo nos llevábamos bien, pero al final él empezó a mirarme mal, de reojo, porque me hice amigo de Elvis, el jefe indio que venía de Destruction Bay, y me daba la cerveza con él y eso... Comencé a sentirme mal en esa situación. Así que metí dentro del forro del abrigo todos los fajos de billetes que Tremblay me había pagado por ayudarlo a descargar cajas de licor y a reparar de vez en cuando el camión, y le pedí a Hugo, un traficante de pieles, que me llevara al Yukón. Por allí nos arrimamos hasta Snag, casi en la frontera con Alaska, a esperar el verano. Imagínate, esperar el verano en una aldea india abandonada que ha registrado las temperaturas
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más bajas del continente. Los veranos allá son un poco de embuste, pues nunca llega el calorcito de verdad. Pero bajó casi toda la nieve. Y Hugo me dijo que yo sería su factotum, por un sueldo de 1,500. Yo le pregunté qué es un factotum, y él me dijo —alguien que hace de todo—. Le ayudé a comprarles pieles a los indios y a unos tramperos locos, inmorales, que vivían perdidos en el monte, bastante al sur de Destruction Bay. Bahía de la Destrucción: el nombre es súper apropiado. Le ayudé a Hugo a hacer muchas cosas. Cuando volvió a subir la nieve arrancamos por el Alaska Highway para arriba hasta Fairbanks. Allí Hugo se puso muy meloso y chango, a negociar con unos individuos ordinarios, desagradables, buscando salir de las pieles. Se hacía el loco cuando yo le preguntaba qué precios estaba acordando, como si yo le fuera a pedir alguna iguala o algo parecido. Me sentí mal con la actitud de Hugo. Cuando me siento mal es el fin de un asunto. Ustedes saben. Sigo andando. Me compré un Mustang usado y salí por la ruta del sur yo solo. En la carretera le di pon a Shakira, una yupik que andaba huyendo del marido. Nos hicimos muy amigos y compartimos el capital que yo había guardado y quince mil que ella le había robado al marido. No me interesó por qué le había robado. Lo más seguro la hizo sentir mal. Yo nunca la hice sentir mal. Vendimos el Mustang en Anchorage y tomamos un avión hasta Wales, en la península de Seward en donde Shakira había nacido, pues ella
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Allí no te encuentra ni Dios. todavía en territorio de Alaska y descansamos una noche en una aldea inupiat un poco más alegre que Wales. Pero más o menos bregamos. En ese caserío pasamos un invierno bien brutal. Aquéllo era lo último. que es una base militar rusa. En verdad era de noche todo el tiempo. donde se podía pagar con dinero o con gas para la estufa. terminal. evadiendo Diomede Grande. Antes de la primavera. Allí sí que era difícil seguir andando. encuevados. Aquél peñón en el medio del estrecho de Bering es otro fin de todo. El estrecho de Bering se congela en invierno. En ese 159 . Paramos en la isla Diomede Pequeña. Hay que tener cuidado porque esa oscuridad eterna tira para el alcohol. logramos que un viejo llamado David Soolooq nos cruzara en trineo motor hasta Rusia. El plan de Shakira era pasar al otro lado. tan firme que un bimotor puede aterrizar sin problemas.quería asegurarse que su marido no la encontrara. Pero en el corazón de Shakira. a beber ginebra en un bar clandestino que él administraba allí por las noches. Diomede Pequeño era el principio del regreso. Leí mucho. Por esa área todo es final. aunque íbamos de vez en cuando al taller de un gringo que construía kayacs de piel para exportación. La verdad que Siberia es buena idea. para evitar que se me envenenara el alma. supongo. Luego continuamos hasta Uelen. Era un asentamiento inupiat esmirriado. como adosado a unas dunas que soportaban los hielos y las aguas del Bering. a Siberia.

Me ofreció un sueldo para que fuera su valet. Ella vino conmigo hasta Vladivostok y allí se quedó. digamos. Yo ya sabía lo que significa valet. así que no le pregunté.tramo pasamos la línea internacional de las 24 horas. otro traficante de pieles. más ilegal y más inmoral que Hugo. pero sí sabían leer los billetes de dólares. un chino rubio. Shakira descubrió que su corazón ya no le tenía amor a Uelen. Me junté con malas influencias. por culpa del amor. En los años cuarenta los comunistas rusos sacaron a los yupik. Ya allí no vivía su pueblo. Le alquilamos un cuartito a un mecánico inuit que más o menos conocía el idioma yupik-naukan de Shakira. como le gustaba. 11:01 AM. pero quizás menos le convenga estar conmigo. Hice unos 60 mil en tres meses. De Siberia no les hablo porque hice cosas un poco malas por allá. 11:00 AM se convirtió en miércoles. Se enamoró de un ruso que más bien parecía chino. Me puse un poco vicioso. hasta que conseguimos espacio en un bimotor que iba a Vladivostok. que sé yo. en congelador. Yo me dediqué a cruzar Siberia con Storr. para instalar la base. donde nadie nos entendía una palabra. Es casi lo mismo que factotum. o lunes. Lo que era martes. de Diomede Grande y de Naukan. Shakira es muy sana. y los dispersaron en campamentos y asilos a lo largo de Siberia. la nación de Shakira. cantidad que no está mal. Allí debe estar ella todavía. Ese hombre no le conviene. pero se suele ganar 160 . Uelen es un villorrio lleno de cabañas raquíticas sin orden.

Pero en la época en que murió Javier. casi rindiéndole tributo. Laurent exhaló el humo del Camel. es de los que no falla nunca. Rossana sonreía y me miraba. nunca.así de rápido de malas formas. Pocos días después Rossana me anunció que él había salido a comprar cigarrillos temprano en la mañana. Jamás le he preguntado a Laurent en qué no falla. Uno de los jefecillos me dijo al despedirse. con eufemismos abstractos. Sus pupilas se achicaban y atravesaban las paredes cuando hablaba de “malas influencias”. ni siquiera se lo he preguntado en esos momentos en que él se pone a filosofar. ahí humilde como lo ves. “malas influencias”.. Nunca he sabido qué registro de lo literal subyace en esos eufemismos de Laurent: “cosas un poco malas”. El dinero para el pasaje a Berlín me lo regaló un señor rico en Gorky. vicioso también. sobre el problema del mal. cuando lo velábamos en la funeraria de Humacao. Ya saben por qué no les hablaré jamás de Siberia. antes de montarse en un Mercedes —Laurent. 161 . era preciso ver cómo acudieron al lugar ciertos elementos del bajo mundo local. sólo para saludar a Laurent con reverencia y darle el más sentido pésame: él sentado en una butaca. y los perdí. mano—. como empezó a hacerlo aquella noche después de contar todo menos la travesía de Siberia. Ese fue mi penúltimo encuentro con Laurent. pero bueno—. ellos en torno suyo..

Me alarmé tanto que me dirigí al aeropuerto esa misma noche y compré un pasaje de salida inmediata. Pronto llegó la mujer coreana con la que Laurent se casó sorpresivamente en los meses anteriores y ella me agradeció con fervor la visita. con la cabeza casi rapada. casi ininteligible. Asocié esa recuperación con mi llegada. con júbilo y calor poco usual en especialistas de su rango. 162 . Llamé a Laurent y le dije que estaría allí enseguida. Su humor confirmó mi impresión. no sé si él hizo lo mismo. El sida le había debilitado las resistencias hasta el punto que una afección del pulmón casi le impedía respirar. cuando estuvo casi muerto. Lo llamé a su habitación. señal de que recobraba el ánimo y la felicidad distante que le caracterizaba. A su lado estaba la doctora. la materia y sus estados indecibles. El dijo —por qué.El último encuentro ha ocurrido cuando me avisaron que estaba recluido en la sala de intensivo en un hospital de Washington. Ella me relató. asegurando que contribuyó a la mejoría inusitada de su marido. Lo hallé sentado en la cama. como un Buda. Comenzó a hablar sobre el éter. la corpulencia que había adquirido en los últimos años no cuadraba con la imagen corriente de un enfermo de sida. no te molestes y colgó de nuevo—. Llegué al hospital la mañana siguiente. Me pidió que lo excusara porque no tenía fuerzas para hablar ni para sostener el auricular y colgó. Contestó con voz cavernosa. que el contaje de glóbulos de Laurent había subido milagrosamente durante la noche.

Yo le respondo siempre con saludos.Desde que habita esa zona inclemente del sida. 163 . Laurent no ha vuelto a anunciar que sale a comprar cigarrillos en la mañana. La otra noche estuve horas buscando en el mapa de Siberia. ese otro fin del mundo... No utiliza la expresión “malas influencias” y envía ocasionalmente correos electrónicos que contienen meditaciones sobre los estados de la materia y las formas de existencia posteriores a la muerte. El ciñe sus respuestas a estrictas y prolongadas disquisiciones de física trascendental que nunca contienen las palabras yo ni tú.. preguntas sobre su salud y su esposa..

164 .

Sin terminar esa idea. rage. Entonces me contó que él provenía de una isla casi idéntica donde los hombres hablan un idioma y las mujeres otro. Le hice una descripción no muy nostálgica de mi país. el vecino del cuartucho en que me hospedaba tocó a la puerta. Shahib alzó los objetos que portaba. Una tarde. al corresponsal de la BBC en onda corta narrar la entrada de los sandinistas en Managua. 165 . Era un estudiante hindú de psicología industrial que quería conversar. inmovilizado. El éxodo me condujo a Forest Gate. barrio de extrarradio destinado a migrantes asiáticos. against the dying of the light.Destrucción Do not go gentle into the good night… Rage. Tenía un ojo turnio. Le hice saber que estaba muy interesado en seguir escuchando la radio. Una pelea incomprensible entre mi madre y mi abuela me llevó a abandonar el céntrico y cómodo barrio donde vivía con ellas. Sólo dijo: —Splendid! Destruction! That is what we need to talk about—. Tan pronto se presentó comenzó a mentir. mientras yo escuchaba. que precisamente en esos momentos transmitía la toma de Managua. Llevaba una biblia en una mano y una estatuilla de la diosa Shiva en la otra.

Mentía con desafuero. decía. El primer tema siempre era la destrucción y sus bondades. Miré su ojo turnio. frente a una Shiva iluminada. el detalle del idioma. Las mujeres. Mientras el incienso chisporroteaba e iluminaba los ojos de la beldad con cuatro brazos y dos senos turgentes. a cuya espalda. es verdad. dirigiéndose a esa mano. en especial. hizo entonces una disertación sobre las virtudes de la diosa hindú de la destrucción. I’m a rather lonely man and I want to share this with you: the cult of the great mother—.miró la biblia en su mano derecha y dijo. Shahib inventaba ingeniosas respuestas a mis preguntas sobre su islita del Océano Índico. a la cual. guess which one is my favorite—. luego encaró la estatuilla que empuñaba en la izquierda y le dijo: —destruction”. pero convencía. Yo sabía que iba a acertar cuando toqué a Shiva. Tomamos la costumbre de conversar de tarde en tarde ante un té Dharjeeling. en el marco de una ventana borrosa. “construction”. mirándome a mí: —Now. se ennegrecía el cielo homicida del este de Londres. según contó. 166 . se había consagrado desde niño. Entonces. Un tema menor era la comparación de nuestras respectivas islas. Sin perder un segundo ya él había depositado la biblia en mis manos y estaba colocando a Shiva en una mesita: acomodaba bloquecitos de incienso en los muslos de la diosa sentada y les arrimaba un fósforo. el vecino seguía: —You see. A la luz de la diminuta hoguera inciensiaria.

desde la más remota prehistoria no hubiesen desaparecido de la faz de la tierra con casi todas sus edificaciones. les es vedada. particularmente entusiasmado con sus divagaciones shivianas. La última vez que lo vi había tocado a mi puer167 . Por ejemplo: ¿qué hubiera sido de nosotros si las pasadas generaciones. y porquerías? Nosotros apenas cabríamos aquí. hablan la lengua de los hombres además de la propia. utensilios. no sobraría espacio. atizando el incienso que ardía sobre los muslos cruzados de la diosa. desmenuzándose lo más posible? ¿Qué sería de nosotros si las grandes culturas. No recuerdo qué cosas inventé yo de mi isla. las más excelsas obras y hazañas no pasaran por el fuego lento o rápido del deterioro y el olvido total? ¿Qué quedaría para crear? —La misión de Shiva en este universo es verdaderamente maravillosa —terminaba Shahib. limitándose a asegurar una y otra vez que la suya era casi idéntica a la mía. Por toda explicación repitió: —I hate it! I hate it!. el amigo me confió que su proyecto más acariciado era la destrucción total de Londres. pero de todos modos mi interlocutor apenas prestaba atención.son bilingües. Una tarde. Lo importante era la destrucción. quemándose los labios con el té apurado sin conciencia. ¿Qué sería de nosotros si la basura y los cadáveres no se descompusieran o se quemaran. los idiomas. pero los hombres no conocen la lengua de mujeres. —But… no problem —concluía.

Cuando abrí. low caste. No pude evitar una sonrisa algo cruel. se calmó. allí. cerró el ojo sano. perspirando en el frío del pasillo. con el vientre y los ojos 168 . they are riff-raff. Cuando pronunció la palabra “thgil”. Yo sería testigo. al protagonizar en medio de la noche una gran trifulca con la policía justo frente a la entrada: —These people I know who they are. cuya primera sección del Génesis debía leerse al revés a fin de efectuar la anulación gravitacional deseada. sino con la biblia. también indio. según él. Poco antes del fin del semestre supe que nuestro casero. pues éste osó violar. they have no respect! —aseguró el casero. explicó que ya dominaba el poder de la levitación. No andaba con su estatuilla de Shiva. creo. en fracción de segundos.ta tarde en la noche. Era capaz de aniquilar la fuerza de gravedad que actuaba sobre su cuerpo durante lapsos de dos segundos. se excusó por haberme importunado con su “vana demostración” y se retiró mosqueado. a ver si se elevaban aunque fuera unos centímetros… En ese momento Shahib abrió el ojo sano y vio mi sonrisa etrusca: —You spoiled it! —gritó— Your bloody smile destroyed the whole thing! Sin aguardar mi reacción. de su recién adquirida destreza. allí en el mismo umbral. Procedió a leer en reversa su biblia King James. había echado del hospedaje a mi vecino visionario. mientras le miraba atentamente los pies. el respeto debido a su honorable residencia. en ese momento.

169 . después de un funeral al que me era imposible asistir. fueron arrojadas por una hija solitaria en un recodo del Támesis.protuberantes de indignidad. las cenizas de mi insólita. junto a unos versos de Dylan Thomas. Tuve la ocasión de recordar estas conversaciones vespertinas sobre la destrucción el día que supe cómo las cenizas de mi abuela. terrible y amable abuela nacida en Calcuta.

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ÍNDICE Culebra Buda Bar Del brazo de Fortuna Bonneville Ante la tumba de Marx Punto Cero Gotcha Taberna Tu puta vida Cráneo María no existe Hamlet en Camden Town Explosión suavemente Claroscuro y máquina Belfast llama Estefanía is coming Menos Siberia Destrucción 13 23 31 45 53 59 69 79 87 105 111 117 125 135 145 153 165 .

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