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CUENTOS…
…para el alma
 
 

 
 
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Guillermo Kratzig. 2008.  www. masquecuentos.com. 
Derechos intelectuales de Guillermo Kratzig.  Queda absolutamente prohibida la reproducción 
no autorizada de este libro o parte del mismo. 

 
DEDICATORIA 

Desde la gran distancia


que nos separa,
dedico este libro a:
Anita,
Marquitos,
Rociito,
Andrecito y
Santiaguito,
mis nietos ya nacidos, y a
Julietita,
la nieta que está
a punto de nacer.
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INTRODUCCION

Antes de contarles las historias de CUENTOS…para el


alma , les comparto brevemente cómo se formó esta primer
colección.
Desde siempre me encantaron las historias. Recuerdo que mi
madre se había conseguido un libro gordo, (como el libro gordo de
Petete), con relatos bíblicos que iban desde el Génesis hasta el final

 
del Nuevo Testamento. Los relatos eran a manera de historias para
ser leídas o contaddas. Cada día, antes de dormirnos, nos leía una o
dos de aquellas historias. Me encantaban, y muchas se grabaron en
mi memoria para el resto de mi vida.
Luego, siendo ya más grande y pudiendo leer historias por mí
mismo, me pasaba las horas con las aventuras de Robinson Crusoe,
Tom Swayer y Huckleberry Fin. Salía con Sigfrido, el héroe mítico
de los germanos, a vencer al temible dragón del bosque, y me
armaba arcos y flechas para cazar búfalos con los indios
américanos del lejano oeste según los relatos de Karl May (quien
nunca estuvo en el lejano oeste, ni nunca vio un indio americano,
pero cuyas historias fascinaban a los jóvenes de mi edad).
Recuerdo que una vez encontré un libro, entre los que mi madre
leía, con la historia de un prisionero de la Segunda Guerra
Mundial. Se lo había condenado a pasar el resto de su vida en los
campos de trabajo forzado en Siberia. Descontento con su destino,
el hombre tramó un plan para escapar. Una vez fuera de los
alambrados y muros de la prisión, atravesó toda Asia… A pie. Aun
recuerdo el título: So Weit die Fuesse Tragen (Tan lejos como los
pies te llevan). Tanto me cautivó aquella historia que un día falté a
clases con tal de seguir leyendo. Entiéndase, por favor, que no lo
digo a modo de recomendación, sino recordando solamente lo que
me pasó con aquella historia.
Aunque todo eso ocurrió mucho tiempo atrás, en mi infancia y
juventud, mi interior quedó sellado con un gusto especial por los
cuentos. Actualmente (2007), siendo misionero en una zona donde
la gente es mayormente oral, inicié un programa de radio en la

 
estación local, destinado a llegar a las personas que no van a la
iglesia. Al poco tiemnpo me di cuenta que mis sermones, estudios
bíblicos y demás temas no llamaban la atención de los oyentes. Lo
que sí escuchaban eran las historias que de vez en cuando contaba.
Entonces Dios, con su voz inconfundible me dijo: "Limítate a
contar historias, por supuesto, que siempre tengan una buena
aplicación bíblica". Siguiendo esas instrucciones, hice una lista de
todas las historias y cuentos que había usado a lo largo de mi
ministerio pastoral, agregué unas cuantas más que encontré en
diferentes circunstancias o que inventé yo mismo, y comencé a
contarlas en el programa de radio. Ahora los oyentes prestaban
atención.
Después de un tiempo Dios me habló otra vez con voz tan
inconfundible como antes. Me hizo ver que muchos maestros de
escuela dominical, misioneros como yo mismo, padres de familia,
consejeros y pastores, podrían beneficiarse de historias como estas.
En otras palabras, Dios me dijo que las ordene y escriba de manera
que puedan ser usadas por otras personas que luchan tratando de
llevar la Palabra de Dios al corazón de otra gente. Así lo hice. El
resultado es este libro que que usted, estimado lector, ha abierto.
Solamente unas pocas de estas historias son medianamente
originales, se trata de aquellas que relatan algún acontecimiento de
mi niñez o juventud como es el caso de EL EXPERTO. Las demás
las he escuchado o leído y recopilado a lo largo de más de 60 años.
Cualquiera sea el caso, cada vez que he podido, he agregado al
final del cuento su fuente, origen o autor, como en el caso de
MEDIA LAGARTIJA. En EL QUIRQUINCHO MUSIQUERO,

 
mezclé una leyenda folklórica con una experiencia personal de mi
juventud. Por lo demás cada una lleva a su manera la marca de
todas las historias y cuentos que he leído o escuchado a lo largo de
mi vida. No puedo dejar de agradecer a aquellos hombres y
mujeres que anónimamente han impactado mi vida escribiendo
esos cuentos mucho antes que yo.
Para que esta introducción sea completa agregué unos párrafos
compartiendo las claves que más me ayudaron a mí a relatar estas
historias en el programa de radio. Están en las páginas que siguen.
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CLAVES PARA CONTAR HISTORIAS


Estimado lector, quién quiera que seas, permíteme hablarte
personalmente de estas claves. Cómo si estuviéramos conversando
de manera informal sobre esto. Te cuento que estas claves que te
voy a compartir, son las que más me han ayudado a mí mismo en
mi preparación para el programa radial. Las claves son estas:
Primero encuentras la historia que más te guste. Realmente es muy
importante que te guste. Al contarla se notará que te identificas con
ella, y que la cuentas porque a ti te encanta. Intentar lo contrario, es
decir, contar una historia que a uno mismo no le gusta, es
contraproducente, pierde encanto, es algo que de alguna manera se
trasmite a los oyentes. Entonces, el primer paso es encontrar la
historia que a uno le encanta tanto que no puede hacer otra cosa
sino contársela a otros.

 
Lo segundo es familiarizarse con la historia o el cuento que a uno
le gusta. Esto significa que hay que leerla o escucharla muchas
veces. Incluso, al leerla es muy conveniente hacerlo en voz alta.
Eso te ayudará a identificarte con sus personajes y entrar en la
trama de la historia.
Hablando de trama surge la tercer clave. Se trata de identificar
dicha trama. La trama es más que el esqueleto o bosquejo. La
trama son los caminos que conducen a la resolución del problema
planteado por el cuento. Toda buena historia plantea un problema,
o drama, que luego tiene que ser resuelto. Toda buena historia
tiene al menos tres elementos que constituyen la trama. Ellos son:
1) El escenario sobre el cual se va adesarrollar la acción.
2) El planteo del problema, o drama.
3) La solución de ese drama. Enseguida hablaremos más de ello.
Primero es importante que reconozcas esto:
Cada historia existe porque existe un problema o drama que tiene
que ser resuelto. Sin ese problema, la historia perdería encanto y
los oyentes pronto dejarían de atender. El interés de ellos se
mantiene despierto porque quieren saber cómo se las arreglaron los
protagonistas para salir del embrollo. Además, mientras están
escuchando, mentalmente ya comienzan a buscar por cuenta propia
posibles soluciones. Es como cuando uno mira una buena película
en la cuál no se identifica inmediatamente al malo. Uno mismo
empieza a hacer conjeturas. Uno dice: Me parace que es el rubio
alto. Entonces es importante saber que una buena historia tiene un

 
intenso drama al que el relator tiene que identificar claramente.
En cuanto a la resolución del drama o problema es sabido que a
todos les encantan los finales felices. Los "happy end". Cuando la
historia ha sido bien relatadada y termina con un happy end,
generalmente es seguida por aplausos espontáneos.
Claro que no todos los dramas terminan con un happy end. No
todos los finales son felices. A veces la historia termina planteando
un interrogante, o una reflección. En tal caso hay que dejar la
historia allí. Cada oyente tiene que llegar a su propia conclusión.
Veamos un ejemplo práctico de lo que el relator tiene que tener en
mente al contar su cuento. Usemos EL PLAN.
1. El escenario.
El escenario presenta a alguien que se rebela contra el plan de
Dios. En este caso es el pajarito de Alaska que no quiere volar al
sur para escapar del frío. Se le ha metido en la cabeza que su
propio plan es mejor que el de Dios, y sobre todo, es más cómodo.
2. El problema:
La consecuencia de rebelarse contra el plan de Dios es que va a
morir. (¿Recuerdas que la Biblia dice: porque la paga del pecado es
muerte?). Ese es el problema. El personaje del cuento se ha
rebelado contra el plan de Dios y ahora está a punto de morir.
3. La solución:
En último momento el personaje se arrepiente y reconoce que no
hay nada mejor que seguir el plan de Dios. Dios ve su corazón. El
pajarito en vez de morir de golpe cae en la torta verde de una vaca,

 
y luego, arrojado por el gato que lo está por comer, en un montón
de leña, donde logra sobrevivir el invierno. El final feliz es que
eventualmente se reune con sus familia y en cada oportunidad
relata esta experiencia destacando que no hay nada mejor que
seguir el plan de Dios.
Cuando uno ya tiene bien identificada la trama, comienza la
prepración para contar la historia. Personalmente lo que más me
ayuda es contarla primero mentalmente. En la ducha, o esperando
en alguna cola, o antes de dormir, me cuento la historia
mentalmente. Me la imagino, y me la relato lo mejor que puedo.
Luego la cuento en verdad, en voz alta, grabando el relato, de
manera de poder escucharme a mí mismo. He notado que lo mejor
es dejar pasar un día o dos entre mi grabación, y el volver a
escucharme. Es entonces cuando puedo apreciar mejor los puntos
débiles y los puntos fuertes, y hacer las correcciones necesarias.
Claro está que sobre esto NO hay reglas. Tú mismo tienes que
encontrar lo que te sea más útil para prepararte. El principio
general es: prepararse, ensayar y practicar.
Una vez, cuando me estaba preparando conforme a estas claves, se
me pasó por la mente preguntarme: ¿Realmente vale la pena tanto
rollo para contar un cuento? Algunos días después tuve la
respuesta totalmente clara. Te cuento lo que pasó:
En cierta iglesia había contado la historia de las águilas
(RENOVACION). Exactamente un año después yo estaba
haciendo compras en un supermercado. De pronto escuché que
alguien de lejos me saludaba medio a los gritos y me hacía gestos

 
con la mano. Me acerqué a la persona, una adolescente. Yo no
tenía la más remota idea de quién era, pero lo disimulé lo mejor
que pude. La jovencita me dijo entonces: “Qué buena estuvo esa
historia de las águilas. No me puedo olvidar de la necesidad de
renovarme”.
Cuando nos despedimos me quedé pensando en que hacía un año
que había contado esa historia. Pero aquí había una adolescente,
que por ser adolescente probablemente pensaría en otras cosas, se
acordaba con tanto entusiasmo de la historia y de su aplicación,
que me llamó en alta voz en el supermercado solamente para
decirme lo buena que fue para ella la historia.
En mi reflección también reconocí que a lo largo de los años yo
había predicado muchísimos sermones, pero ni yo mismo, quien
los había predicado, podía recordarlos después de dos o tres
semanas. Mi conclusión obvia fue que sí vale la pena prepararse,
ensayar, practicar, pulir, y mejorar cuando se trata de contar estas
historias, porque por el hecho de ser historias, la gente las
recuerda.
Jesús usó este método al contar las parábolas. Sabía que las
historias se quedan profundamente grabadas en el espíritu de los
oyentes. Y si esas historias están basadas en la Palabra de Dios, o
si trasmiten principios y enseñanzas de su palabra, pues eso es lo
que les va a quedar grabado a los oyentes. Por eso, sí vale la pena
practicar y enseyar y prepararse.
Un obstáculo frecuente en esto de contar historias es la tensión
nerviosa. Uno está tenso. Uno está nervioso. Es inevitable. Pero
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esa tensión se trasmite en el relato, en la voz, y en la forma de
contar la historia. No tengo sugerencias específicas en cuanto
cómo tranquilizarse y estar relajado y en paz a la hora de contar la
historia. Lo que sí sé es que si no tienes esa paz, si adentro te
mueres de nervios, los oyentes lo notarán, y será en detrimento de
tu historia.
Por último, es iportante que le des vida propia a los protagonistas.
Generalmente eso se logra mediante un leve cambio en la voz. Por
ejemplo, en la historia LA MIRADA FIJA, me imagino que la voz
de Jesús, es firme, profunda, tranquila al decir "No tengan miedo,
soy yo", trato de imitarla cuando llego a ese punto. Y me imagino
que la voz de Pedro al hundirse y gritar "Señor, sálvame" es aguda
y desesperada; es un grito pidiendo auxilio. Trato de reflejar esa
angustia en mi propia voz.
Esas pequeñas o grandes inflecciones en la voz del relator le dan
realismo y vitalidad a su historia.
La clave que está por encima de todo es, practicar, practicar y
practicar.
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CONTENIDO
I. DEDICATORIA
II. INRODUCCION
III. CLAVES PARA CONTAR HISTORIAS
IV. CUENTOS…para el alma
CUAN GRANDE ES EL
1. Muerto que Anda…………………………….….…… 12
2. El Negocio de Dios……………………………...…… 20
EL PLAN DIVINO
3. El Plan…………………………………………...…… 26
4. El Experto……………………..…………………...… 30
5. Manos Limpias……………………………..……...… 33
6. Quién Puede Pagar Tanto……………..…………...… 38
7. El Brujo de Aguacatán……………..…………...….… 43
8. Gusano Salvado………………………….……...…… 48
CONFIAR EN DIOS
9. Confía, yo te veo………………………………...…… 54
10. La mirada fija……………………………...…...…… 59
11. El Trío de Cuatro………………..………………..… 66
12. Si Tienes Problemas………………………....……… 72

EL LIBRO
13. El Contrabandista……………………………..….… 77
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14. Dos Mil Millas por un Libro……………...…….… 86
15. La Biblia Matapiojos…………………..……..…… 94
VIDA SUPERIOR
16. La Aspirina………………….…………………… 102
17. Media Lagartija………………..………………… 108
18. Batir Manteca……………………………………. 112
19. Alas para Volar…………………………………...119
20. Renovación……………………………………..…127
21. Laucha y el Aviador………………………….…...131
22. El Quirquincho Musiquero………………….…….136
23. El Dragón Sonriente…………………………....…145
EL ENEMIGO
24. De Guatemala a Guatepeor…………………..…....150
25. La Langosta…………………………………..…...157
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MUERTO QUE ANDA


“Llegó, pues, Jesús y halló que hacía ya cuatro días que
Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de
Jerusalén, como a quince estadios, y muchos de los judíos
habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su
hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús llegaba,
salió a encontrarlo, pero María se quedó en casa. Marta
dijo a Jesús:
—Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría
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muerto. Pero también sé ahora que todo lo que pidas a
Dios, Dios te lo dará.
Jesús le dijo:
—Tu hermano resucitará.
Marta le dijo:
—Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final.
Le dijo Jesús:
—Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí,
aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en
mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
Le dijo:
—Sí, Señor…” (Juan 11:17-27).
En enero del año 2005, José, el brujo de Aguacatán que se entregó
a Cristo* (ver EL BRUJO DE AGUACATÁN Pg…), me contó la
siguiente historia para explicarme por qué había dicho que su hija
menor es una muerta que camina. Todo ocurrió en tres viajes por la
selva cuando su hijita tenía apenas dos meses de vida y estaba
gravemente enferma.
El primer viaje comenzó un día cuando el sol de Guatemala
acababa de ponerse. Algunas nubes todavía mostraban ese borde
dorado y luminoso que se puede ver cuando el sol se pone detrás
de ellas. Pronto sería de noche.
Los viajeros eran, en primer lugar, el conductor del automóvil,
atento a los pozos del camino y muy apurado. Quería llegar a la
ciudad, al hospital, antes que fuese demasiado tarde. Había una
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vida que salvar. Tan rápido iba que no podía evitar los saltos; las
piedras del camino volaban por el aire al pasar las ruedas sobre
ellas.
Al lado del conductor iba José. Iba con ojos cerrados porque oraba
intensamente que Dios salvara a su hijita de apenas dos meses,
moribunda. La sostenía tiernamente entre sus brazos tratando de
amortiguar los saltos. Una y otra vez oraba:"Señor, si es tu
voluntad, que lleguemos a tiempo para salvar a la niña".
El tercer pasajero era la niña. Liviana como pluma; blanca como la
sábana que la envolvía; inmóvil. Llevaba días sin comer. Su piel
era delgada como papel chino y se le había pegado a sus débiles
huesos. Por algún motivo había rechazado la leche materna, y otros
alimentos tampoco aceptaba. Por unos días vivió a base de suero,
pero ahora José no tenía más dinero para suero. Además, los
bracitos de la niña estaban del todo lastimados por las agujas
hipodérmicas. Su última esperanza era llegar a tiempo al hospital
para ver si los médicos la podían salvar.
El camino a través de la selva no ayudaba en nada. Tenía muchas
curvas, muchos pozos, muchas piedras y muchos animales que lo
cruzaban sin apuro. Les llevaría por lo menos tres horas. Y nadie
sabía si el bebé aguantaría tanto.
Cuando finalmente ingresaron al hospital ya era la medianoche. El
médico de turno comenzó inmediatamente a revisar a la enferma.
Cuanto más la revisaba más preocupado se veía. Al notar los
bracitos lastimados de la niña, miró a José, como preguntando,
¿Qué es esto? José explicó que eran las heridas causadas por el
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suministro de suero. El médico siguió su examen. Controló el
pulso. Nada. No había pulso. Controló el corazón. Nada. No había
latidos. Luego los pulmones. Tampoco nada. Lentamente se volvió
a José para decirle: "Lo siento, es demasiado tarde; este bebé está
muerto."
A José le costó trabajo tragarse el nudo que tenía en la garganta,
suprimir los sollozos del alma y secarse las lágrimas con el dorso
de su mano. Finalmente logró decir: "Hágame entonces el
certificado de defunción".
Minutos más tarde José abandonó el hospital. Caminaba
lentamente. Era como que el bebé y la hoja de papel firmada por el
médico, pesaran una tonelada.
El segundo viaje comenzó allí mismo. Había que regresar al
pueblo y a casa. Ya no había sol, ni bordes dorados; todo era
noche. Adentro y afuera. La ciudad misma parecía muerta.
Los viajeros eran nuevamente el conductor. Ya no estaba tan
apurado. De todos modos seguía atento a cualquier animal salvaje
que pudiera salir de la espesura o a cualquier pozo en el camino
que pudiera romperle las ruedas y frustrar el viaje. De tanto en
tanto miraba por el espejo retrovisor para asegurarse que la manta
y el cuerpito del bebé envuelto en ella no se cayeran del asiento.
El segundo viajero era José. Ya no tenía fuerzas para orar, además
ya no tenía sentido. Su hijita estaba muerta sobre el asiento trasero,
envuelta en su manta. Ya no importaban los saltos del camino. Con
o sin saltos llevaba el corazón dolido, los ojos mojados, y en el
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bolsillo de su camisa, el certificado de defunción.El tercer viajero
era la niñita que acababa de morir. Todas las oraciones, todo el
apuro del conductor, y todo el esmero del médico, no lograron
salvar a la pequeña. Sólo quedaba llegar a la casa, dar las tristes
noticias a la madre, y preparar el sepelio. Iban en silencio.
De pronto el conductor rompió ese silencio, y, sin quitar sus ojos
del espejo retrovisor, le preguntó a José:
—¿Qué te dijo el médico?
—Que llegamos tarde —respondió José—. Después de revisar al
bebé dijo que estaba muerto.
El conductor, siempre con los ojos fijos en el espejo retrovisor, le
contestó:
—¿Estás seguro?
—¿Seguro de qué?
—De que tu hija está muerta.
—Pues, si —dijo José—. Aquí está el certificado de defunción.
—José, —contestó el conductor, con los ojos aun clavados en el
espejo— creo que la manta se ha movido.
—Y, con tantos saltos, no me extraña —dijo José encogiéndose de
hombros.
—Lo que quiero decir es que la manta se ha movido cuando no
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dábamos ningún salto —insistió el conductor-.
—No te preocupes por la manta, —respondió José— ahora la
única preocupación es consolar a mi esposa y preparar el sepelio.
—José, —insistió una vez más el conductor— voy a parar aquí a la
orilla del camino, quiero que veas la manta y la vuelvas a poner
como estaba antes. Porque te aseguro que se ha movido.
—Como quieras, —dijo resignado José-.
El conductor detuvo el vehículo a la orilla del camino. Ambos
bajaron, y ambos abrieron las puertas traseras, uno de un lado y
otro del otro. José destapó un poco la carita del bebé. Quería
mirarlo una vez más. Lo que vio lo hizo brincar con tal fuerza
hacia atrás que golpeó con la cabeza contra el marco de la puerta.
Dos ojos grandes, oscuros, redondos, lo miraban desde la manta.
José incluso creyó ver una sonrisa.
—Está viva, —gritó—. Rápido alcánzame el biberón.
Mientras el conductor parecía pilotear un avión por lo rápido que
ahora iba, el bebé se tomó hasta la última gota de leche del
biberón. Y quería más. Tan pronto llegaron a la casa se vació otro.
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El tercer viaje fue un año después, nuevamente al hospital. Los
viajeros eran, otra vez el conductor, atento a los pozos del camino.
Una niña de un año jugando en el asiento de atrás con su muñeca
de trapo. Y José, sentado al lado del conductor. En sus manos
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llevaba un certificado de defunción. El de la niña que jugaba atrás
con su muñeca.
En el hospital José pidió ver al médico cuyo nombre figuraba en el
certificado. Después de esperar media hora fue llamado al
consultorio. Entró con su hijita de la mano.
—Señor Falcón, hace mucho que no lo veo. ¿Qué lo ha traído por
aquí?— preguntó el médico.
—Esto— dijo José —mostrándole el certificado.
—Sí, me acuerdo. Hace como un año. Cuánto lo siento.
—No se preocupe doctor, Dios me la devolvió —dijo José mirando
a la niñita.
—Felicitaciones. Veo que tuvieron otro bebé. Qué bueno ha sido
Dios al consolarlos. Y también es una niña, como la que murió.
—Doctor, es la misma —aclaró José-.
—Comprendo. Sí, alguna gente cree que al morir un bebé su
espíritu entra al cuerpo de otro bebé...
—Doctor, —le interrumpió José otra vez— no es su espíritu. Es
ella misma. La que figura en el certificado que usted firmó. Esa
misma noche en el camino a casa Dios le devolvió la vida.
—Señor Falcón, eso es imposible. Yo mismo revisé al bebé.
Estaba muerto. Totalmente muerto. Solamente un milagro de
Dios...
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—Doctor, —insistió José— revísela.
Meneando su cabeza el doctor empezó a revisar a la niña. De
pronto pareció acordarse de algo. Tomó la mano de la pequeña,
revisó sus brazos. Y sí, allí estaban las cicatrices dejadas por las
agujas hipodérmicas. Las mismas que había notado en su primer
examen antes de escribir el certificado de defunción. Quiso decir
algo, pero le faltaron palabras. Finalmente con la voz quebrada
dijo:
—Señor Falcón, si no fuera que lo estoy viendo con mis propios
ojos, no lo creo. Más allá de toda la ciencia Dios hizo un milagro
tan grande que es difícil de creer. Aquí me van a decir que es una
historia inventada. Pero yo lo he visto con mis propios ojos, esta
niña es un milagro de Dios.
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En este punto de la historia, interrumpí a José. Le pregunté:
—¿Y qué pasó después? ¿Cuántos años más vivió? (Yo mismo no
estaba muy seguro de creer lo que José me contaba).
—Está viva. Creció. Hoy tiene 18 años. Estudia en el seminario
para ser misionera. Aun conservo el certificado de defunción.

¡Qué grande es nuestro Dios!


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EL NEGOCIO DE DIOS
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os
abrirá, porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca,
halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de
vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O
si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si
vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros
hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos
dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:7-11).
Había una vez, en un país lejano y distante, un rey. Era muy
poderoso, muy rico y también muy generoso. A diferencia de
muchos otros reyes lo que más le gustaba del hecho de ser rico, era
que podía dar grandes regalos a la gente, y de esa manera
cambiarles la vida.
Un día se encontró con un padre de familia acongojado porque no
tenía comida para sus hijos. Hacía meses que los pequeños no
habían tomado un vaso de leche y la desnutrición estaba acabando
con su salud.
El rey escuchó atentamente la historia de ese padre de familia,
luego ordenó que se le dieran doce vacas y un campo. También le
dio baldes donde juntar la leche, y materiales para construir un
galpón. Esto cambió la vida del hombre. Los niños se pusieron
sanos, la esposa dejó de estar triste, y puesto que no podían tomar
toda la leche que las vacas producían, pronto comenzaron a vender
lo que les sobraba. Poco tiempo después habían establecido una
floreciente lechería.
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En otra ocasión el rey estaba recorriendo los pueblos y ciudades de
su reino. Quería estar en contacto con su gente. Al entrar a cierto
pueblo vio a un niño al costado del camino. Estaba inclinado,
trazando líneas con su dedo en la tierra. De tanto en tanto
levantaba la vista, miraba al rey que venía cabalgando en compañía
de su gente, y luego seguía con su dedo trazando líneas en el polvo
del camino. Cuando el rey estuvo cerca, el niño se inclinó a modo
de saludo y con su índice señalaba al piso. El rey miró con
atención lo que el niño señalaba, y entonces se vio a sí mismo
dibujado en el camino. Allí estaba, montado en su corcel, rodeado
por su escolta. Era un excelente dibujo lo que el niño había
producido usando solamente su dedo y el polvo del camino.
-¿Cómo te llamas y dónde vives?- preguntó el rey. El secretario
tomaba nota de las respuestas del niño. Después el rey inquirió:
-¿Y cuántos años tienes?
-Doce… -respondió el niño, y se apresuró a agregar: -Doce y
medio- para disimular un poco su juventud.
-¿Qué piensas que vas a ser cuando llegues a grande?
-Dibujante, su majestad, aunque por ahora sólo tengo mi dedo y el
polvo del camino para hacer dibujos– respondió el joven.
El rey dio algunas instrucciones a su secretario, luego se volvió al
niño y le dijo:
-Cuando cumplas quince años debes estar preparado para venir al
palacio. Voy a enviar hombres a buscarte. Vas a estudiar dibujo
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con los mejores maestros. Mientras tanto vas a recibir en tu casa
todos los elementos de dibujo que necesites para que puedas seguir
practicando.
Las cosas sucedieron tal como el rey dijo. Cumplidos los quince, el
niño fue llevado al palacio, y desde allí el rey lo mandó a Roma
para que estudie bajo los mejores maestros del mundo. Al cabo de
unos años el niño regresó. Claro, ya no era un niño, su vida había
cambiado. Ahora era un eximio pintor. Entre muchísimas otras
obras pintó nuevos cuadros para el palacio. Reflejaban los
hermosos paisajes de su patria y la gran benevolencia del rey.
En ese mismo país también vivía una viuda pobre con su hija
enferma. Las luchas de la vida la llevaron a no creer en regalos. Es
más, estaba convencida que todo tiene su precio. Se había hecho la
regla de pagar por todo lo que recibía. Cuando alguien le regalaba
un poco de harina, ella la devolvía con algo del pan que había
horneado.
Era tan fuerte esta convicción de tener que pagar por todo, que
cierta vez, caminando por el campo, encontró un nido de gallinas
con seis hermosos huevos. Era algo que realmente necesitaba. Pero
¿A quién pagar? Lo que hizo fue rebuscar en todos los rincones de
los bolsillos de su delantal hasta encontrar una moneda de veinte
centavos. Tomó los seis huevos, dejó sus veinte centavos en el
nido y se fue muy contenta a la casa a preparar una suculenta
tortilla. Se sentía tranquila porque había pagado.
En este afán de pagar por todo, se parecía a muchas personas que
son incapaces de recibir favores. Ni siquiera aceptan los favores de
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Dios. Creen que cada bendición tiene que ser pagada. Creen que la
salvación eterna del alma tiene que ser pagada mediante muchas
buenas obras hacia el prójimo y numerosos sacrificios personales.
No pueden aceptar las palabras de Dios mismo cuando dijo:
Porque por gracia sois salvos por la fe, y esto no de vosotros,
porque es don de Dios, no por obras…
Pero volvamos con la viuda pobre. Un día, su hija enferma sintió
deseos de comer uvas. Como toda buena madre, estaba dispuesta a
hacer cualquier cosa por ver a su hija bien, así que rejuntó las
pocas monedas que había en la casa y fue a la viña del rey. Allí le
dijo al encargado:
-Vengo a comprar unos racimos de uva. No es mucho el dinero que
traigo. Dame lo que puedas.
El encargado tuvo una reacción inesperada. Se enojó, y mucho.
-¿Cómo te atreves a venir aquí con esas míseras monedas?¿Acaso
no sabes que esta viña es del rey? Vete, de aquí, mujer.
La mujer regresó a su casa. De camino pensaba en su interior:
-Claro, es la viña del rey, no puedo ir con unas pocas monedas.
Tengo que llevar más dinero, y que no sean monedas, sino billetes.
Se pasó el resto del día cambiando monedas por billetes y pidiendo
prestados más billetes para poder hacer una buena oferta. Al
siguiente día volvió a la viña del rey.
-He traído todos billetes nuevos. Son bastantes. Necesito que me
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vendas uvas para mi hija enferma.
El encargado de la viña reaccionó igual que el día anterior. Se
enojó mucho. Le habló bastante mal. Ya le saltaban las lágrimas a
la pobre mujer. Le había echado tantas ganas para juntar todos esos
billetes. Desilusionada se fue a su casa donde la hija seguía
esperando agunas uvas.
Con mucho esfuerzo la mujer juntó algunos billetes más y fue por
tercera vez a la viña del rey. Le explicó al encargado que ella era
pobre y que necesitaba unas uvas para su hija enferma. Pero no
hubo caso. El encargado se enojó, le gritó de todo, y la echó de la
viña. Sin saber qué otra cosa hacer la pobre mujer se sentó en una
piedra y lloró amargamente.
Ese día la propia hija del rey también había ido a recoger uvas, y
había ido a la misma viña. Espantada escuchó los gritos del
encargado y luego la conmovió el llanto de la mujer. Así que se
acercó suavemente y le preguntó:
-¿Por qué lloras, mujer?
Cuando la viuda terminó de contarle sus tristes experiencias de los
últimos tres días, la princesa le dijo en tono muy bondadoso y
consolador:
-Mujer, debes saber que mi padre, el rey, no está en el negocio de
vender, sino de dar.
Luego de poner los racimos que ella había juntado para sí misma
en el regazo de la viuda, agregó:
25 
 
-Mañana ve al palacio, pide audiencia con mi padre, y dile no más
que necesitas uvas.
La mujer lo hizo así. El rey la escuchó atentamente. Luego dio
unas órdenes a sus sirvientes. Luego dijo a la mujer:
-Vamos, echemos un vistazo a las viñas.
Subieron al carruaje del rey. ¿Se imaginan cómo se sentía la viuda
sentada al lado del rey? Recorrieron como diez viñas. En una de
ellas el rey notó que la mujer miraba fascinada las hileras de vides.
-¿Te gustan?– le preguntó.
-Me encantan –respondió-, debe ser hermoso trabajar aquí.
El rey se volvió al secretario que también iba con ellos, y dijo:
-Pon esta viña a nombre de la mujer. Incluye a los obreros, las
herramientas y todo lo que hay en ella.
______________________________________________________

El resto de la historia se lo dejo a la imaginación de ustedes. Por


mi parte termino diciendo esto:
Dios, el Rey de reyes, está y sigue estando, como ningún otro, en
el negocio de dar… Por eso dijo: “Pedid y se os dará…”
26 
 
EL PLAN
“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de
vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal,
para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis.
Vendréis y oraréis a mí, y yo os escucharé. Me buscaréis y
me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro
corazón”. (Jeremías 29:11-13).
Estaba decidido. Este año se quedaría en casa. Ya había hecho
muchas veces el viaje, y la sola idea de hacerlo todo de nuevo le
desagradaba totalmente. Por eso había tomado la decisión de
quedarse. Los demás pájaros de Alaska ya se estaban preparando
para la travesía. Pasaban horas limpiándose las plumas. Después
había que aceitarlas cuidadosamente para que ni el agua ni la nieve
pudieran dañarlas. Para fortalecer los músculos de sus alas hacían
vuelos periódicos alrededor del bosque. Un viaje tan largo requería
de cuidadosa preparación.
El que había decidido quedarse siguió su vida de modo normal, sin
preocuparse, sin prepararse. Como si el invierno nunca llegaría.
Qué lindo va a ser —pensaba— quedarme tranquilo en casa, sin
todo ese ajetreo del largo viaje. Los amigos y parientes notaron
preocupados su ausencia de los preparativos. Decidieron visitarlo,
animarlo y también averiguar si había algún problema serio que lo
mantenía tan alejado de los demás. Le dijeron: —Mira que el
Creador nos ha diseñado para volar todos los años al sur porque
aquí el invierno es demasiado frío. Ya ves que nos crecen plumas
nuevas, los músculos de nuestras alas se fortalecen, y nuestro
sentido de dirección y distancia nos dice con exactitud el tiempo
27 
 
que debemos volar y el lugar adonde asentarnos. Así que, vamos.
Nada mejor que el plan del Creador.
Pero este amigo estaba decidido a quedarse. -Ya soy
suficientemente grande para decidir por mí mismo— contestó —y
nadie me va a dictar a mí lo que tengo que hacer, o dejar de hacer.
Con un portazo en sus narices los despachó y se reacomodó en su
sillón.
El día indicado, sellado por el Creador en la mente de los pájaros,
estos levantaron vuelo rumbo al sur. Gansos, patos, golondrinas,
todos juntos se fueron. El bosque quedó desierto. Excepto por uno.
Aunque tenía plumas nuevas y fuerza en sus alas, y aunque el plan
de Dios era que volase al sur a lugares de menos frío, él se quedó.
Me lo imagino pasándose horas mirando novelas en la tele sin ser
molestado ni interrumpido por nadie. De a ratos salía un poco para
estirar la piernas buscar algunos granos o gusanos para comer.

Conforme iban pasando los días el invierno se hacía sentir con más
fuerza. La nieve pintó de blanco los bosques. El lago se iba
cubriendo de hielo. Y cada día era más difícil encontrar semillas y
gusanos para comer. El frío, cada vez más intenso, entraba por
todas las ranuras de su nido, de modo que ni siquiera allí el pajarito
estaba cómodo.
Finalmente el frío se hizo insoportable. Entonces el pajarito
reflexionó y se dijo a sí mismo: “Al fin de cuentas, Dios tenía
razón. Al llegar el invierno tenemos que volar al sur. Su plan es
28 
 
siempre lo mejor para nosotros. Le voy a hacer caso. Voy a volar
al sur”.
Al día siguiente se levantó temprano. No le costó mucho porque de
todos modos el frío no lo había dejado dormir. Después de un buen
café con leche y media lunas, emprendió el largo vuelo.
Pero el invierno ya había avanzado mucho. El aire estaba helado y
tanto más allá arriba donde volaba. Sintió que las plumas se le
estaban llenando de hielo. Poco después sus alas se quedaron
inmóviles, congeladas. Todavía planeaba, pero hacia abajo.
“Bueno— pensó, —ha llegado mi hora, me voy a estrellar en el
patio de aquella casa. Hubiera sido mejor seguir el plan divino.
Dios mío,— oró por última vez —te pido que me perdones”. Y
Dios escuchó esa oración. El siempre escucha.
Mientras caía, una vaca pasó caminando por el patio de la casa
haciendo lo que de tanto en tanto las vacas hacen, es decir,
levantando la cola, dejando caer una torta verde, y siguiendo muy
campante su camino. Y el pajarito congelado cayó, splash, en
medio de ella.
Esto lo hizo enojar mucho. “¿Que no ve que me que estoy
cayendo y que me voy a estrellar? Qué falta de consideración”—
pensó. Pero después notó algo. Primero, que la torta verde de la
vaca le había amortiguado el impacto evitándole una muerte
inmediata. Además, poco a poco se sentía mejor. Incluso se le pasó
el frío. Sintió que el hielo de las plumas se le estaba derritiendo y
que nuevamente podía mover sus alas. Cuando se dio cuenta de
que todavía estaba vivo, se puso tan contento que empezó a cantar.
29 
 
Desde en medio de la torta verde de la vaca cantaba con todo lo
que su garganta daba.
Aquel día alguien más pasó por el patio de la casa. El gato.
Oyendo el extraño ruido en el patio paró las orejas. -¿De dónde
saldrá tanto barullo?— pensó, y se dispuso a ver de qué se trataba.
Cuando descubrió al pájaro cantando desde el centro de la torta
verde de la vaca se dijo a sí mismo: -Este es mi día de suerte. Y
lamiéndose los bigotes, agarró al pájaro entre sus dientes y se
dispuso a saborear el inesperado platillo. El pajarito tuvo un último
pensamiento: -Hubiera sido mejor seguir los planes de Dios; para
nuestra vida no hay nada mejor. Dios mío, te pido que me
perdones.
En ese momento apareció el hijito de cinco años del dueño de casa.
Y como su amistad con el gato no era muy profunda se acercó
despacito por detrás, cogió la cola del gato, lo revoleó por el aire y
lo soltó. Ahora el gato era un gato volador. Trazó un amplio arco
por el aire y al caer dio contra un montón de ramas secas. -Autch—
dijo el gato al golpearse el hombro izquierdo contra un leño. Y eso
fue suficiente para que el pájaro se escape de entre sus dientes y se
refugie debajo de las ramas del montón.
Después de esto perdimos contacto con él. De todos modos, las
noticias que nos han llegado dicen que de alguna manera, el
pajarito sobrevivió aquel invierno y finalmente se reunió con los
suyos. Pasado el tiempo tuvo una gran familia y muchos amigos.
En los cumpleaños reunía a todos y les volvía a contar la historia
de aquel invierno. Cada vez terminaba diciendo: Nada mejor que
vivir según plan de Dios.
30 
 
_________________________
Oí por primera vez este cuento en un casete de propaganda de John
Maxwell. En esa versión el cuento terminaba con el pájaro comido
por el gato. Cuando se lo conté a mi esposa ella se quedó pensativa
y al rato me dijo: No me gusta el final. Puesto que en último
momento se da cuenta de que el plan de Dios es lo mejor para
nuestra felicidad, y pide perdón, la historia tendría que terminar
mejor. Después de probar diferentes finales, el cuento quedó así
como usted lo ha leído aquí.
__________________________

EL EXPERTO
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo,
mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo
vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó
a sí mismo por mí”. (Gálatas 2:20).
Después de veinte días en el mar estábamos realmente ansiosos de
llegar. El nuestro era un barco grande. Tan grande como un
edificio de departamentos. Cuando subíamos a los pisos de arriba
teníamos una espléndida vista aunque, lógicamente, no veíamos
otra cosa que el mar. Explorando los niveles del fondo
descubrimos que allí estaba la sala de máquinas, las bodegas de la
carga, y la cocina. De la cocina me quedan muy buenos recuerdos.
Es que los cocineros siempre nos trataban bien. Nos daban unos
enormes sandwiches de carne, lechuga, tomate y abundante
31 
 
mayonesa. Eran tan grandes que no los podíamos comer enteros,
de modo que decidimos compartirlos con los peces arrojándoles lo
que a nosotros no nos cabía. Me imagino que nos ayudaban de
buena gana.Todo esto lo recordé muchos años después cuando una
persona me dijo haber recibido a Cristo. De hecho me dijo que lo
había recibido muchas veces y para demostrarme que era cierto,
me mostró varias tarjetas, cada una con una imagen diferente de
Cristo, que llevaba sobre su corazón, en el bolsillo de su camisa.
En mi intento de explicarle que recibir a Cristo tiene otro
significado, mucho más profundo, le conté esta experiencia en el
transatlántico. La sigo contando…Aunque la vida en el barco era
bastante divertida, a las dos semanas nos sentíamos aburridos y
cansados y no veíamos las horas de llegar a nuestro destino, la
ciudad de Buenos Aires.Finalmente, una buena mañana el capitán
hizo correr la voz de que ya nos faltaba solo un día de viaje. Si el
cielo estaba despejado incluso podríamos ver a lo lejos la silueta de
la ciudad. Creo que todos juntos corrimos a las escaleras. Todos
queríamos ser los primeros en gritar "tierraaaa a la vista".A medida
que el barco seguía su rumbo las líneas del horizonte se volvían
más nítidas. También se hacía más notoria la alegría y expectativa
entre los pasajeros. Era de comprender. Muy pronto cada uno
comenzaría un nuevo capítulo en su vida.Pero entonces pasó algo
totalmente inesperado y des-alentador. Los motores del barco se
pararon. La nave se detuvo en medio del mar. Las anclas se
bajaron. Al rato ya se oía solamente el splash splash de las olas que
daban contra el casco. Tan grande fue la sorpresa que un murmullo
recorrió la boca de los pasajeros preguntando: ¿y ahora qué?No me
acuerdo cuánto tiempo pasamos así. Lo cierto es que después llegó
una lancha que amarró junto a nosotros. Al lado del gigantesco
32 
 
transatlántico se veía como una cáscara de nuez. Un hombre
uniformado salió de ella y por una escalera colgante se trepó al
barco. Era el "baqueano", es decir, el experto que conocía bien la
ruta que el barco debía seguir en más para no encallar en ningún
banco de arena. No sólo conocía la ruta sino la profundidad de las
aguas que nos faltaba navegar. Arriba, en la cubierta lo esperaba el
capitán de nuestro barco. Después de los saludos de forma lo llevó
a la cabina de mando y allí pasó otra cosa totalmente inesperada
para quienes espiábamos ansiosos de ser los primeros en saber qué
estaba ocurriendo. Esto fue lo que vimos: el capitán le entregó al
baqueano el timón de su enorme barco y con ello el control
absoluto del resto del viaje. Ahora todo dependía de él. Ahora la
tripulación no aceptaba otras órdenes sino las de este nuevo jefe.
Poco después se volvieron a prender los motores. Se levaron anclas
y el coloso comenzó a retomar su marcha en dirección al puerto. A
veces se aceleraba la marcha; a veces giraba un poco a un costado,
a veces al otro. Era como si estuviera siguiendo un trazo que
solamente el baqueano conocía. Horas más tarde oímos encantados
el chirrido del barco al rozarse contra los enormes tablones del
muelle. Hubo gritos de júbilo. Abrazos. Lágrimas. Habíamos
llegado a buen puerto.
Este acontecimiento me quedó grabado para siempre. Primero,
porque comprendí que el final feliz de aquel viaje sólo fue posible
porque en el momento indicado el capitán entregó todo el control a
manos del experto. Además, por el claro paralelismo que presenta.
Así como el capitán entregó todo el control al baqueano, recibir a
Cristo es entregarle a él el control del resto de nuestra vida. Así
como el capitán le entregó al experto el timón del barco, recibir a
33 
 
Cristo significa entregarle a él el timón del barco que somos
nosotros. Significa reconocerle autoridad absoluta sobre nuestros
pensamientos y acciones; significa aceptar que él es el único
experto capaz de manejar el resto de nuestro viaje y llevarnos a
buen puerto.
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MANOS LIMPIAS
“Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria
de Dios” (Romanos 3:23).
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a
nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si
decimos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso y
su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:8-10).
Lo agarraron con las manos en la masa, robando. Ese día no había
encontrado trabajo y pronto caería la noche. Por eso decidió que ya
no podía esperar más. Así que robó, no porque fuera malo, o
ladrón, sino porque tenía hambre, y su esposa y sus tres hijitos
también. Pero de todo eso nadie le preguntó nada. Robar es pecado
y quien roba va a la cárcel. Además en su país las leyes no sólo
mandaban a la cárcel a los ladrones, sino que además los
condenaba a la muerte. Era una pena muy severa por un poco de
34 
 
pan, pero precisamente esa severidad serviría para desalentar a
ladrones futuros. Mientras se acercaba el día de la ejecución, el
preso que sencillamente no estaba contento con la idea de morir,
ideó un escape. Esto es lo que hizo: El día anterior a su ejecución
llamó al carcelero y le dijo: —Antes de morir tengo que hablar con
el rey. Se trata de un secreto de estado. Lo he ocultado hasta ahora,
pero mañana voy a morir, por eso se lo tengo que decir; es un
asunto que afecta el bienestar de todo el país. Esta noticia despertó
tanta curiosidad en el rey que inmediatamente mandó a traer al reo.
Ya en la presencia del rey el preso repitió su historia, agregando
que por ser un asunto tan importante era necesario que los
principales hombres del gobierno también estuvieran presentes.
Así que el rey mandó llamar al tesorero de la nación, al general del
ejército, y al obispo. Cuando todos estuvieron reunidos el preso
sacó de entre sus ropas una moneda de oro y dijo: —He heredado
esta moneda de mis antepasados. Es lo único que tengo. La he
guardado oculta toda mi vida esperando una oportunidad de usarla,
pero ahora es demasiado tarde. La importancia de esta moneda es
que si se planta correctamente echa raíces y produce un árbol
cuyas hojas son todas monedas de oro, iguales a esta. Luego esas
hojas se renuevan cada año. Mañana voy a morir y ya no me
servirá de nada. Quiero que mi querida patria sea beneficiada con
ella.
Puesto que se trataba de dinero, el rey le dio la palabra al tesorero,
y este, contento de que era un asunto fácil, dijo: —No hay
problema, entréguemela, yo me encargaré.
El preso respondió:
35 
 
—Es costumbre en nuestro país que a los condenados se les
conceda un último deseo antes de morir. Pues mi deseo es irme con
la tranquilidad de saber que fue correctamente plantada para el
beneficio de mi país.
—Ningún problema— dijo el rey —vayamos al parque,
busquemos un buen lugar y plantemos la moneda. Si la felicidad
del país está en juego, y este es el último deseo del condenado, no
dilatemos el asunto. Salieron al parque, encontraron un buen lugar
entre los árboles y se dispusieron a plantar la moneda. Entonces el
preso dijo algo más:
—Para que esta moneda dé el fruto esperado es necesario que sea
plantada por una persona de manos totalmente limpias, y como no
me imagino a nadie más puro que el rey, se la entrego a usted, su
majestad, para que sea usted quien la plante. Dicho esto le entregó
la moneda al rey. Su majestad se quedó pensativo. De pronto ya no
estaba tan apurado. Miró una cara de la moneda, luego la otra,
finalmente dijo:
—Pues siendo algo de tanta importancia tengo que ser honesto y
reconocer que mis manos no siempre han sido tan limpias. A veces
me he aprovechado del hecho de ser rey y he tomado de otros lo
que no me correspondía. No por necesidad, sino por el gusto de
usar mi poder. Creo que la persona más indicada es el tesorero, ya
que sus cuentas siempre tienen que ser totalmente claras. Dicho
esto le entregó la moneda al tesorero.
También el tesorero puso cara de circunstancia, y, mi-diendo bien
cada palabra, dijo:
36 
 
—No puedo ser menos honesto que el rey, y tengo que confesar
que a veces he cambiado un poco los números del tesoro para
beneficiar mi propio bolsillo. No por necesidad, sino por avaricia.
De modo que mis manos tampoco son tan limpias ni puras como
debieran. Creo que la persona más indicada es el general del
ejército. El tiene que estar alerta de día y de noche, siempre
dispuesto a defender al país con su propia vida. Nadie mejor que él
para plantar esta semilla que encierra el bienestar de todo nuestro
país.
Ahora fue el turno del general y también él tuvo una confesión que
hacer:
—En las batallas he derramado sangre, y reconozco que a veces
fue sangre inocente. Pienso —dijo— que el único calificado para
esto es el sacerdote. El es un hombre de Dios. Nadie como él para
tener sus manos limpias. Y con esto le dio la moneda al sacerdote.
—Tampoco yo, puedo hacerlo —dijo el sacerdote—. Soy
consciente de que a veces he metido mi mano dentro de la bolsa de
las ofrendas y he sacado algo para mí mismo. No por necesidad,
sino por probar la suerte y ver qué sacaba. Sé que no corresponde,
y ahora me da mucha vergüenza, pero el hecho es que mi manos
tampoco…
No pudo terminar sus palabras, porque en ese instante el preso
cayó de rodillas ante el rey y dijo:
—Su majestad, si las cuatro personas principales de nuestra nación
reconocen no tener manos suficientemente limpias para esto que
37 
 
encierra el bienestar de todos, ¿por qué tengo que morir solamente
yo?¿No deberíamos ir todos juntos a la horca?
Conmovido el rey por la razón del pobre hombre, y acusado por su
propia conciencia, le extendió la mano.
—Levántate, —dijo— tienes razón. Todos merecemos la horca
tanto y más que tú; todos necesitamos tanto y mas que tú, ser
perdonados. Como rey decreto que todos seamos perdonados y que
nadie vaya a la horca. Además, —dijo dirigiéndose siempre al
reo— en este mismo acto te nombro mi asesor personal en asuntos
de bienestar nacional. Has mostrado tantos buenos deseos por tu
país que ahora quiero que me ayudes a gobernar de tal manera que
en nuestra patria nunca más nadie tenga que robar para comer

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Encontré esta historia en un folleto evangelístico de la Casa


Bautista de Publicaciones. No mencionaba autor ni fecha. Me
encantó porque ilustra claramente que todos somos pecadores, tal
como la Biblia lo declara, y que todos necesitamos ser perdonados,
y que luego contribuyamos a que ese perdón alcance a muchos
otros
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¿QUIÉN PUEDE PAGAR TANTO?
“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la
incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con
él, perdonándoos todos los pecados.
Él anuló el acta de los decretos que había contra nosotros,
que nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en
la cruz.
Y despojó a los principados y a las autoridades y los
exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”
(Colosenses 2:13-15).
Era un lío. La gente se había juntado y estaba gritando. Todos al
mismo tiempo. “¿Cuándo vas a pagar?” vociferaban unos.
“Necesito que me devuelvas la espada” exigía otro; “¿Cuándo me
vas a devolver el azúcar que te presté", quiso saber otro. "No te
olvides de devolverme las tenazas” agregó otro.
Unos le habían prestado dinero en efectivo, otros herramientas,
otros muebles, otros, remedios. Incluso armas para la batalla y
comida. Y hasta ahora él no le había devuelto nada a nadie. Por eso
se juntaron allí a la entrada de su tienda, dispuestos a seguir
gritando y amenazando y exigiendo hasta que les diera una
respuesta razonable.
El acusado era Demetrio. ¡Pobre Demetrio! Como todos ellos, él
también era un soldado a las órdenes del gran capitán, Alejandro el
Grande. Reconocía su deuda con los que estaban gritando afuera;
reconocía que había dejado pasar demasiado tiempo para pagarles.
No era que le faltase la voluntad de hacerlo. Pero ¿Quién podía
39 
 
pagar tanto? Su sueldo de soldado apenas alcanzaba para cubrir sus
necesidades básicas. Al fin y al cabo ese había sido el motivo por
el cual les había pedido tantas cosas prestadas.
Aunque nada de lo que había hecho fue con mala intención, ni
nunca quiso demorarse tanto con el pago, reconocía su culpa. Era
bien consciente de su problema. Le gustaba apostar por dinero. Y
cuando perdía, en vez de dejar de jugar, apostaba aun más con la
esperanza de recuperar lo perdido. Pero nunca había recuperado
nada. De modo que poco a poco, fue perdiendo, primero lo suyo
propio, luego lo ajeno. Por eso ahora no tenía nada. Y por muy
buenas que fuesen sus intenciones, ¿ahora, quién podía pagar
tanto?
Afuera el griterío aumentaba a cada minuto. “De seguir así -
pensaba Demetrio- me van a tirar abajo la tienda,” así que decidió
dar la cara. Se asomó lentamente, temeroso de ser recibido a
pedradas; con sus manos gesticuló en el aire pidiendo silencio.
Luego dijo: “Tranquilos, por favor, ya se que a todos les debo algo.
Quiero pagarle a cada uno lo suyo. Les voy a devolver todo lo que
me prestaron. Esta misma noche voy a hacer cuentas, y mañana
empiezo a pagar.
Poco a poco se fueron calmando los ánimos, y poco a poco, aunque
refunfuñando, cada uno regresó a su propia tienda. Finalmente
Demetrio se quedó solo. Viéndolos alejarse pensó otra vez:
“¿Quién puede pagar tanto?"
Ese mismo día, terminadas sus tareas, cumplió con lo prometido,
se sentó y empezó a sumar.
40 
 
Qué difícil. Juan le había prestado un abrigo. El lo había usado
durante todo el invierno. A decir verdad, fue lo único que tuvo para
protegerse del frío. De tanto usarlo el abrigo había envejecido, se
había descocido en varias partes, de a poco le aparecieron agujeros.
Pasado el invierno el abrigo realmente ya no servía. No le podía
devolver los harapos que quedaban. Pero, algo le tenía que
devolver. El problema era que estaban lejos de la ciudad,
preparándose para la siguiente batalla, y conseguir un abrigo allí le
costaría una fortuna.
Pedro le había prestado su espada. La propia la había perdido en el
tumulto de una de las batallas. Probablemente la había recogido un
soldado enemigo. La cuestión es que nunca más la volvió a ver.
Entrar a batalla sin espada era suicidio, así que Pedro lo sacó de
apuro y le prestó una. De por si ya era malo pelear con una espada
prestada, pero lo peor fue que en medio de la batalla la espada se
quebró. Y, por supuesto, no podía devolverle a Pedro una espada
quebrada. ¡Que problema! En vísperas de otra batalla era imposible
comprar una espada nueva. Le costaría una fortuna. ¿Y quién podía
pagar tanto?
El bueno de Luis le había prestado comida. Agradecido, Demetrio
se la había comido. Un soldado siempre tiene hambre. Las reglas
para estos casos eran claras y bien conocidas por todos: “Hoy por
ti, mañana por mi”. Lo lógico era que tan pronto Demetrio tuviera
un poco de comida extra le devolviera a Luis algo equivalente a lo
que había recibido. Pero Demetrio nunca tenía comida extra.
Nunca le sobraba nada. Se comía todo y todavía se quedaba con
hambre. Su estomago parecía un barril sin fondo. Como dice el
41 
 
refrán: “Siempre le faltaban veinte para el peso”. Por eso el tiempo
fue pasando sin que Luis recibiera algo a modo de devolución. Era
comprensible que estuviera frustrado y enojado.
Haciendo cuentas, sumando deudas, el cansancio se apoderó de
Demetrio. Lo que incesantemente le martillaba la cabeza era esta
pregunta: “¿Quién puede pagar tanto?” La escribió debajo de su
cuenta inconclusa. Luego, se quedó dormido bajo el peso de tantos
problemas.
Esa noche salió el capitán a recorrer el campamento. Quería estar
seguro que todos sus soldados estuvieran bien. Se estaban
preparando para otra batalla y el descanso era muy importante. A
la hora de luchar cada uno tenía que disponer de la totalidad de sus
fuerzas.
Pasando por la tienda de Demetrio le llamó la atención que la
candela aun estaba encendida. Las demás tiendas ya estaban
oscuras. Por todas partes se oía el roncar de sus ocupantes. Pero en
esta le pareció notar algo extraño. Entró sigilosamente. Se acercó a
la mesa donde Demetrio había hecho cuentas y donde finalmente
se había dormido. Se fijó en las anotaciones y leyó lo que
Demetrio había escrito al final de la suma: “¿Quién puede pagar
tanto?”
El capitán sintió compasión por su soldado. “Con semejante peso
sobre sus hombros, —pensó— este hombre no tiene motivos para
seguir luchando. Es más, el peso de sus deudas lo va a matar antes
que una espada enemiga”. Silenciosamente tomó la hoja con la
suma, escribió algo debajo de las palabras de Demetrio. Firmó y se
42 
 
retiró sin hacer ruido.
Al despertar, Demetrio volvió a concentrarse en la cuenta. Le
sorprendió ver algo escrito debajo de sus palabras. El no lo había
escrito. Se restregó los ojos. Volvió a mirar. Allí estaba. Debajo de
“¿Quién puede pagar tanto?” ahora decía: “Yo. Tu capitán”. Y un
poco más abajo seguía: “Que cada acreedor pase con su cuenta por
mi tienda. Yo pagaré todo”. La firma decía: ALEJANDRO.
Demetrio sintió como que una cuerda atada a su cuello comenzaba
a aflojarse. El tremendo peso de tanta deuda se le estaba cayendo
como una gran bolsa cuya atadura acababa de soltarse. Sus pies se
sentían livianos. Se incorporó. Caminó hasta la entrada de la
tienda. Le pareció estar flotando unos centímetros encima del piso.
La luz de un nuevo día estaba llenando su interior. “Gracias Dios.
Ya no tengo deudas exclamó interiormente puedo comenzar
una vida nueva”.
___________________________________
Nuestros pecados, los míos tanto como los tuyos, son deudas que
hemos contraído con Dios. La lista es tan larga y pesada que,
como Demetrio, no podemos sino exclamar: “¿Quién puede pagar
tanto?”.
Cuando Jesucristo, Capitán de capitanes, entregó su vida en la cruz
nos decía: “Yo puedo. Ven a mí. Yo pagaré todo”.
43 
 
EL BRUJO DE AGUACATAN
“Hijitos, vosotros sois de Dios y los habéis vencido, porque
mayor es el que está en vosotros que el que está en el
mundo”. (1 Juan 4:4)
Había una vez, hace muchos años, en Guatemala, un brujo. Se
llamaba José. Lo conocí en Colorado y me contó que un día,
mientras hacía sus brujerías escuchó algo en la radio y pensó: Ese
poder es mucho mayor que el de mis brujerías...Lo que le impactó
fue el testimonio de un enfermo que acababa de ser sanado
milagrosamente por Dios. Pero dejémoslo que él mismo nos cuente
la historia desde el principio..."Me llamo José Falcón. Nací en
1951, en Aguacatán, un pueblo de Guatemala. Tenía 15 años
cuando un cristiano del pueblo me regaló una Biblia. Me puse muy
contento por el hecho de poseer un libro, pero también me puse
triste porque nunca había ido a la escuela, así que no lo podía leer.
De alguna manera me di cuenta que era un libro muy importante, y
eso despertó en mí un gran deseo de aprender a leer y escribir.
Cuando le conté a mi padre que yo quería ir a la escuela para
aprender a leer y escribir me dijo rotundamente: No. —No tienes
permiso para eso— me dijo.—¿Por qué no?— le pregunté.—
Porque hay que atender el ganado, hay que cuidar la milpa (maíz),
hay que espantar los pájaros, hay que sembrar cebolla y ajo, y con
todo eso no te queda tiempo para ir a la escuela. No le contesté
nada sabiendo que ningún argumento le haría cambiar de opinión.
Pero yo tenía tantos deseos de ir a la escuela que empecé a
contárselo a los vecinos. La mayoría no me hizo mucho caso, pero
uno de ellos me escuchó con simpatía y me llevó a las clases
44 
 
nocturnas. Logré asistir durante tres meses, y así fue como aprendí
a leer y escribir. Y por fin pude leer mi Biblia.Un año después me
enfermé. A cada rato me sangraba la nariz y muchas veces me
venía alta fiebre. Mi padre, preocupado, me llevó al brujo del
pueblo, porque no teníamos ningún otro tipo de médico allí. El
diagnóstico fue que yo estaba embrujado y que la única manera de
sanarme era convirme en brujo yo mismo.Pero con 16 años apenas
cumplidos yo no estaba decidido a ser un brujo. Me sentía
demasiado joven para someterme al largo proceso que ello
requería. Le propuse esperar hasta los 18 años, lo que el brujo
aceptó, pero de todos modos nos cobró una penalidad mensual
hasta que cumpliera esa edad.Llegado el tiempo convenido, en vez
de volver con el brujo me casé (1970). Pensé que tal vez eso me
sanaría. Pero pronto vi que estaba equivocado. A la edad de
veintiún años comencé a tener terribles pesadillas. En sueños me
veía a mí mismo atacado por nuestro propio ganado. Cada noche
me despertaba muchas veces de modo que vivía cansado.
Viendo que esto perjudicaba gravemente mi salud y mi capacidad
para trabajar, acordé con mi esposa de volver a ver al brujo. Pero
esta vez fui a cinco, todos espiritistas. Quería un diagnóstico
totalmente seguro. Y de hecho, los cinco me dieron la misma
respuesta. Me explicaron que para ser sanado, yo mismo tenía que
hacerme espiritista, y no solamente eso, sino que tenía que
convertirme en un maestro del espiritismo. Me dieron los cuatro
libros que debía estudiar. Me acuerdo que se titulaban: Espiritismo;
Cómo Sanar a los Enfermos; Magia Blanca; y Las Enseñanzas de
San Simón, -jefe de los brujos. Además de estudiar esos libros,
tenía que trabajar con mis maestros e incluso vivir un año
45 
 
completo con uno de ellos.En todo esto había algo que no estaba
bien y es que yo seguía leyendo mi Biblia. Sí, estudiaba los libros
de brujería, pero también leía la Biblia. Y pronto comprendí que
estaba en un gran conflicto espiritual. De hecho, uno de mis
maestros me ordenó dejar de leer la Biblia porque, según decía, eso
me dividía el corazón. Su prohibición agravó aún más mi conflicto.
Por un lado tenía que obedecer, y por el otro no quería deshacerme
de la Biblia. Finalmente solucioné el problema escondiéndola
detrás de una viga del techo de mi casa.Luego, poco a poco, llegué
a ser un brujo profesional con muchos "trabajos". Mis maestros me
autorizaron a cobrar por los servicios que prestaba a la gente, de
manera
que ya tenía un nuevo trabajo, ganaba bien, y mi salud también
había mejorado. Aparentemente tenía el futuro asegurado para mí y
mi familia.
En 1972 ocurrió algo que lo cambió todo. Un día, mientras estaba
haciendo mis brujerías, escuchaba un programa cristiano en la
radio. Me gustaba la predicación evangélica. En cierto momento el
predicador oró por la salud de un enfermo que había llamado por
teléfono a la radio. Cuando terminó de orar, la persona volvió a
llamar, pero esta vez era para decir que ya estaba sana, que su
enfermedad había desaparecido. Llamaba para dar gracias a
Dios.Asombrado pensé que si Dios podía sanar tan rápido, sin
importarle la distancia entre el enfermo y el predicador, su poder
debía ser mucho mayor que el de los espíritus que yo invocaba
para mis trabajos. Yo sabía por experiencia cuánto tiempo y
esfuerzo me costaba sanar a un enfermo con mis brujerías. Si lo
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que había escuchado era cierto yo estaba dispuesto a renunciar a la
brujería y entregarle mi vida a Dios. Quería estar con el más fuerte.
Si había alguien más poderoso que los espíritus, yo prefería estar
del lado de él. Pero también quería estar seguro. Así que decidí
ponerlo a prueba. Fui a un rincón de mi cuarto, me puse de rodillas
y le dije a Dios: “Dios, si realmente tienes más poder que los
espíritus quiero estar de tu lado, quiero entregarte mi vida. Pero
tengo que estar seguro, por eso necesito una respuesta inmediata.
Te pido que me digas qué es lo que tengo que hacer." Después de
orar me quedé dormido y tuve un sueño.Vi a tres varones que se
acercaban a mí. Uno de ellos llevaba una Biblia. Ese mismo me
dijo: "La respuesta a tu pedido está en tu propia casa".
Cuando desperté le di gracias a Dios por contestarme
inmediatamente y le entregué mi vida. Sabía, sin lugar a dudas, que
la respuesta mencionada por el varón del sueño, era la Biblia que
yo había escondido detrás de una viga del techo de mi
casa.Habiendo entregado mi vida a Dios le hice algunas otras
peticiones. Le pedí que mi esposa, hermanos y hermanas, en fin
toda mi familia, tomaran la misma decisión. Le pedí que también
se entreguen a Dios.Terminadas estas peticiones fui a ver a mi
esposa y le conté lo sucedido. En el primer momento se enojó
muchísimo, porque claro, con mi decisión yo acababa de renunciar
a un trabajo muy bien pagado, es más, había tirado por la borda
nuestro futuro. Pero después, cuando se le pasó el enojo me dijo:
"Si has decidido ser un cristiano, yo haré lo mismo. No quiero
quedarme sola". Luego una de mis hermanas, después de meditar
por una semana en mi testimonio, también decidió entregarse a
Cristo. Y mis hermanos hicieron lo mismo. Uno por uno tomó la
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decisión, excepto mis padres. Pero esa es otra historia.Recuerdo
que me entregué el 19 de diciembre, de 1972. Así que empecé el
año como nueva criatura, porque la Biblia dice: “Si alguno está en
Cristo nueva criatura es”. En enero fui bautizado. Después fui
nombrado diácono. Eso implicaba que debía estar a tiempo
completo con otros ancianos atendiendo los asuntos de la iglesia
bajo la dirección de nuestro pastor. Pronto también salí a visitar a
otras personas para hablarles de Cristo. Organizaba retiros
espirituales, predicaba y enseñaba la palabra de Dios.
Lamentablemente durante los siguientes diez años desmejoró
mucho la situación económica de mi país. Tanto que yo ya no
podía proveer para las necesidades de mi familia. Entonces decidí
ir a los Estados Unidos de América para buscar trabajo allí. Por eso
estoy aquí. Aunque es muy difícil vivir lejos de mi esposa y de
mis hijos, al menos tengo el consuelo de saber que con lo que les
mando no sufren hambre. Incluso, dos de mis hijos pueden
estudiar. Uno de ellos, una hija de 18 años, va al seminario para ser
misionera. Ella es una muerta que camina. Pero otro día le cuento
lo que eso significa.

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GUSANO SALVADO
“El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo
de Dios no tiene la vida”. (1 Juan 5:12)
El fuego estaba creciendo, ramas y hojas secas crepitaban entre los
dedos de las llamas. El intenso calor ya le chamuscaba la piel. Pero
en ese momento una mano apa-reció contra el azul del cielo,
bajando sobre él. Lo tomó delicadamente entre pulgar e índice, lo
sacó del fuego y lo dejó con suavidad sobre la gramilla.
Todo esto pasó en la India, un país donde se practican tres
religiones: el hinduismo, el budismo y el Islam. El hinduismo
adora a muchos dioses, miles de dioses. Los creyentes tienen que
cumplir con diferentes rituales para no ofender a ninguno y, si
fuere posible, conseguir su favor de alguno de ellos. El hinduismo
también enseña que al morir una persona, esta se reencarna en otro
ser. Lo cual puede resultar en un castigo si, por ejemplo, la persona
se reencarna en un perro que no recibe más que patadas de su
dueño; pero también puede resultar en un premio si, por ejemplo,
la persona se reencarna en un ángel. Según el hinduismo, todo
depende de cómo uno se haya portado en la vida.
El budismo en cambio, no cree en ningún Dios. Es una religión
atea. Sin Dios, pero con muchos mandamientos. Los budistas
tienen que cumplir con una infinidad de reglas. Primero tienen que
aceptar las cuatro verdades centrales; luego tienen que recorrer el
camino de ocho carriles. Para ello tienen que cumplir con otros
cinco mandamientos. Cuando finalmente logran esa meta llegan a
lo que llaman nirvana, que es el final de todo. Nirvana es la
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felicidad suprema porque es el final del creyente. El creyente deja
de existir. Y, puesto que ya no existe más, se supone que es feliz.
El Islam por otra parte, adora a un solo dios, a Alá. Para ello
requiere que los creyentes cumplan con los cinco pilares. El primer
pilar consiste en una declaración de fe para reconocer a Alá como
Dios y a Mahoma como su profeta. El segundo pilar consiste en
orar cinco veces al día mirando hacia la ciudad sagrada, La Meca;
el tercer pilar consiste en dar limosnas; el cuarto, en guardar el
ayuno durante el mes de Ramadán; y el quinto, en hacer la
peregrinación a la ciudad santa.
Lamentablemente a estas tres religiones les falta lo más
importante. No dicen nada sobre el perdón de pe-cados, ni sobre
cómo comenzar una nueva vida, ni sobre la esperanza que todos
queremos tener en cuanto al futuro. Por eso sus creyentes viven
sin paz, con mucho miedo, inseguros en cada paso que dan.Fue
Jesucristo quien trajo las buenas noticias de fe y esperanza. "El que
me sigue a mí, —dijo Jesús— tiene el perdón de sus pecados, es
hecho hijo del Dios supremo, y tiene la vida eterna". Sus palabras
fueron la luz que alumbró a nuestro mundo.
Cuando MongSwaba, un hombre de la India, criado en el
hinduismo, escuchó ese mensaje comprendió que era exactamente
lo que necesitaba, de modo que decidió creer en Jesús. Se entregó a
la fe cristiana. Se convirtió en seguidor de Cristo.
Habiendo experimentado el perdón de sus pecados y sabiendo que
le esperaba una eternidad maravillosa como hijo del Dios altísimo,
vivía contento cada día. Cantaba; hablaba incansablemente a otros
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de Jesús; leía el libro de Dios —la Biblia— y se lo leía a sus
amigos y parientes. Se aguantaba las burlas y violencias que le
hacían por haber dejado la religión de sus padres, y, cuando podía,
se reunía con otros seguidores de Jesús.
Sus conocidos vieron esos cambios. Notaron que MongSwaba ya
no era el mismo. Estaban asombrados porque sabían que una
persona triste, sin esperanza, de mal carácter, dada a la bebida,
como había sido él, no cambia tan fácilmente. Pero MongSwaba
había cambiado. Por eso decidieron que lo mejor sería preguntarle
a él mismo acerca de lo ocurrido.
—Oye, MongSwaba ¿Qué ritos haces para estar siempre tan
alegre?—Es que todas las mañanas hablo con Dios. Y Dios habla
conmigo. Cuando leo su libro él me habla. Me dice muchas buenas
palabras. Así que empiezo cada día contento porque lo empiezo
con Dios.
—¿Y cómo es que no te preocupas por complacer a los otros
dioses?—No me preocupan los otros dioses, porque solamente hay
un Dios. Y se que soy un hijo suyo. Siento su amor en mi vida.
¿Qué más necesito?
Esta última respuesta hizo un gran impacto en ellos, porque
estaban todo el tiempo concentrados en agradar a la multitud de
dioses. Vivían con miedo de fallar en algún detalle y tener que
sufrir luego las consecuencias. Veían que MongSwaba ya no tenía
ese miedo, y eso les daba envidia. Querían saber más, querían
llegar al fondo del secreto, de modo que le siguieron preguntando:
51 
 
—Oye ¿Cuánto te pagan en tu nueva religión para que sigas con el
mismo entusiasmo sin hacerle caso a las burlas y violencias de tu
familia?
—Oh, el amor de Dios vale más que cualquier pago. Y sintiendo
ese amor puedo aguantar todas las molestias y sufrimientos que me
causan. No hay nada más grande que el amor de Dios.
—Pero no entendemos eso de la resurrección de los muertos que
nos has comentado. ¿Acaso en tu religión no hay reencarnación?
¿Qué va a ser de ti cuando mueras?
—La Biblia dice que los humanos mueren una sola vez. Después
son juzgados por Dios. Los seguidores de Cristo son resucitados
con un cuerpo nuevo para vivir eternamente con él.
MongSwaba les explicaba todo lo mejor que podía. Le encantaba
hacerlo, pero había muchas cosas que él mismo apenas estaba
aprendiendo. Su gente, por otra parte, pedía más y más
explicaciones. Muchas veces le hacían preguntas con la única
intención de burlarse de él.
Un día se le acercó todo un pelotón de vecinos. Lo rodearon.
Traían cara de pocos amigos. Venían con in-
tensión de atacarlo. Además, eran muchos, y MongSwaba era uno
solo. Sus ojos irradiaban odio. El aire olía a violencia. Viéndolos
venir así, MongSwaba oró interiormente: Señor, te pido que me
des palabras...Y no tuvo tiempo para más porque ya lo habían
cercado y ya comenzaban el ataque.
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—Nos vas a explicar de una vez por todas lo que ese Jesús te hizo.
Haz cambiado demasiado. Parece brujería.
Cada palabra era como un latigazo a los oídos del cristiano.
-Ya no eres la misma persona. Ya no eres de los nuestros. ¿Qué
respondes?¿Qué te hizo ese Jesús?
MongSwaba pensó unos instantes. Luego, sin decir palabra, tomó
un gusano de una hoja que colgaba cerca, y lo puso en el suelo en
medio del círculo. Luego acomodó ramas y hojas secas alrededor.
Luego les prendió fuego. El pobre gusano, apremiado por las
llamas, comenzó a correr y saltar. Primero en una dirección, pero
se encontró con el fuego; intentó otra dirección, también había
fuego. A cualquier lado que iba había fuego. Ya le estaba
chamuscando la piel. Qué desesperación. No tengo salida —pensó
el gusano—, ha llegado mi fin.
En ese momento MongSwaba bajó su mano desde arriba.
Suavemente lo tomó entre pulgar e índice y lo depositó sano y
salvo sobre la gramilla.
El silencio era total. Los ojos de todos estaban clavados en
MongSwaba esperando su explicación.
—Lo que acabo de hacer con el gusano —explicó el cristiano—, es
exactamente lo que Jesús hizo conmigo. Mis culpas eran como
fuego que me quemaba. Las llamas me tenían encerrado. Todo lo
que probaba era para peor. Mi desesperación crecía día tras día.
Sentí que mi fin había llegado y que ya no tenía esperanza.
Entonces conocí a Jesús, y me entregué a él. Y El perdonó mis
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pecados, y me sacó del fuego, y me hizo un hijo de Dios. Además
me dio la esperanza de un espléndido futuro. ¿Acaso pudo
haberme pasado algo mejor? Pero les pregunto ahora a ustedes
¿por qué no toman también la decisión de seguir a Jesús?
En silencio, pensativos, tragándose el nudo que tenían en sus
gargantas, se levantaron uno por uno para regresar por el camino
que los había traído. Algunos de ellos, a poco de andar dieron
media vuelta. Fueron otra vez con MongSwaba que seguía junto a
las cenizas de su fuego. Allí le preguntaron:—Amigo, ¿cómo me
hago seguidor de Jesús?
___________________________

Nota: Escuché esta historia por primera y única vez hace algo más
de 45 años, siendo estudiante en el Seminario Internacional
Teológico Bautista en Buenos Aires. Lamentablemente después de
tantos años no recuerdo qué profesor la contó. De todos modos
vaya mi agradecimiento al Dr. Stanley Clark, Justo Anderson,
Andrés Glaze, Julio Díaz, Cecil Thompson, John Cave, Miss.
Salivian, Guillermo Cooper. Todos ellos me ayudaron a
comprender que yo también era uno de esos gusanos salvados.
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CONFIA, YO TE VEO
"Encomienda a Jehová tu camino, y espera en él, y Él
hará" (Salmo 37:5)
Dos veces en mi vida he presenciado un incendio. Las dos veces
era una casa lo que se incendiaba. Tuve la oportunidad de estar
suficienemente cerca para ver la obra destructora del fuego. Pero
decir que estuve suficientemente cerca es decir también que estuve
suficientemente lejos para que las llamas no me quemen.
Suficienemente cerca y suficientemente lejos pude observar cómo
el fuego se devoraban todo. Y algunas cosas me llamaron
poderosamente la atención:
Primero, la rapidez del fuego. Las llamas apenas habían
comenzado. Con dos tazas de agua se hubieran podido apagar.
Pero minutos después ya eran tan grandes que asomaban por la
ventana de la casa. En menos de lo que canta un gallo ya estaban
envolviendo a la casa entera. Media hora más tarde, el edificio que
había sido la vivienda de unas 20 personas quedó reducido a un
montón de carbones negros y humeantes. En pocos minutos más se
desgranaron y se convirtieron en cenizas. Todo fue tan rápido que
cuando llegaron los bomberos ya era demasiado tarde. Lo único
que pudieron hacer fue echarle agua a las cenizas para que dejen de
humear
Una segunda observación, que me pareció muy curiosa, fue que el
fuego, una vez iniciado, no perdona nada. Yo esperaba que se
quemase todo lo que era madera, papel, tela y por supuesto,
plástico. Pero no fue así. A medida que las llamas crecían y el
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calor aumentaba, se incendiaron los platos, se derritieron los
vidrios de las ventanas, las ollas de aluminio en la cocina se
prendieron fuego. Vi arder los ladrillos y la mampostería y me
quedó grabado el cuadro de una banana. Sí, de una banana tirada
en la calle, a cierta distancia del incendio. Suficientmente cerca de
donde yo estaba, de modo que pude ver todo con total claridad. Lo
que vi fue que en un momento dado la banana estalló en fuego
como si hubiera sido una botella con gasolina.
Además me llamó la atención que el fuego tiene un gran aliado. El
humo. El humo en sí mismo es tan destructor y mortífero como las
llamas. Adonde las llamas no llegan, allí llega el humo. Tiene la
capacidad de meterse por las hendijas más estrechas y destruir y
matar mucho antes que lleguen las llamas. Por eso gran cantidad de
casas tienen un detector de humo. Son aparatos que huelen la
presencia del humo, mucho antes que se declare el fuego. Tan
pronto detectan ese olor, hacen sonar la alarma para que los
habitantes de la casa actúen antes que el fuego se expanda. Si no
hay detector de humo, este invade todo, desplaza el aire, se mete
en cada rincón. Y luego destruye y mata.
Les cuento lo que le pasó a una familia que de pronto tuvo una
terrible experiencia con el fuego y el humo.
Cierto día papá, mamá, y dos hermanitos, se fueron al mercado
para algunas compras. El hermano mayor, de ocho años, estaba
durmiendo, de modo que lo dejaron . "No hay problema, —dijeron
los papás— en media hora estamos de vuelta. Que siga durmiendo
tranquilo".
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Pero ni bien se fueron, algo pasó. Nadie supo si fue una hornalla de
la estufa que quedó encendida, alguna conexión eléctrica que
produjo chispas o un corte de circuito. Lo cierto es que mientras el
niño dormía en el piso de arriba, abajo comenzó un incendio. El
fuego se apoderó rápidamente de la planta baja. Las alfombras del
living, la goma espuma de los sillones y del sofá, el aceite en la
cocina y algunos tarros de pintura en el garage fueron excelente
combustible. El incendio se expandió rápidamente.
Mientras las llamas hacían su obra abajo, el humo subió al piso de
arriba y lo llenó totalmente. El niño despertó por el extraño olor, el
calor, y una sensación de no poder respirar. Saltó de la cama.
Corrió instintivamente a la puerta del dormitorio para buscar
refugio en sus papás. Pero tan pronto abrió la puerta, la volvió a
cerrar. Las llamas ya habían llegado arriba y estaban llenando el
pasillo. Entonces corrió con la misma rapidez hacia la ventana, la
abrió y comenzó a gritar: "Ayúdame papá. Sácame de aquí. La
casa se está quemando".
Los padres ya estaban regresando de sus compras. "Miren los
bomberos", dijo el papá a los niños, porque siempre es un
espectáculo ver a esos enormes vehículos con todas sus escaleras,
sus tanques, sus herramientas, y su tripulación vestida con trajes
especiales y cascos resistentes al fuego. Las sirenas sonaban a todo
volumen y las luces se prendían y apagaban sin cesar. ¿Quién iba a
imaginarse que esos bomberos y la familia en el automóvil iban al
mismo lugar. El papá tuvo la primer sospecha de que algo estaba
pasando cuando notó que tanto ellos como los bomberos iban por
las mismas calles, doblaban en las mismas esquinas y avanzaban
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por el camino mas corto a la casa de ellos. "Aparentemente el
incendio es cerca de nosotros" le dijo a su esposa y comenzó a
acelerar. Cuando faltaban unas pocas cuadras pudo ver que el
incendio no era cerca de su casa, sino en su casa. Desde lejos vio
espantado a su hijito pidiendo a gritos auxilio desde la venana de
arriba.
Los bomberos y la familia vieron que las llamas y el humo ya
estaban envolviendo a toda la casa. Los vecinos se habían
amontonado a una distancia prudente. Ellos también veían y oían
los gritos del niño pidiendo auxilio. Pero no podían hacer nada. Y
aunque hubieran podido, los bomberos no iban permitir que se
acerquen más.
"Papi, ayúdame; papi ayúdame", se oía la voz del pequeño,
quebrada por el llanto.
El papá se acercó con el automóvil todo lo que pudo. Bajó de un
salto. Le dijo a la esposa que se alejara con los otros niños, y corrió
hacia la casa. En su cabeza le martillaba una sola cosa: “Tengo que
salvar a mi hijo. Lo voy a salvar aunque me cueste mi propia
vida”.
"Papi, ayúdame; papi sálvame; papi sácame de aquí", podía
escuchar los gritos y el llanto de su hijo.
Cuando llegó a la casa se ubicó debajo de la ventana desde donde
su hijito pedía auxilio. Desde allí lo podía ver. Con fuerza gritó
para que su hijo lo oiga en medio del estruendo del fuego, las
sirenas, y los gritos de los bomberos: "Hijito, estoy debajo de la
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ventana. Salta fuera. Yo te atajo".
El niño escuchó la voz. Comprendió la orden de su padre, sabía
que debía actuar enseguida, pero había un problema: "Papi, no te
veo".
El humo había formado una densa cortina. Desde su posicion el
niño no podía ver nada abajo. El padre pegado a la pared sí podía
ver a su hijo. El pequeño, no pudiendo ver nada, pensó que no
había nada, ni nadie. Y, lógicamente no quería saltar al vacío.
"Papi, no te veo", volvió a gritar desesperadamente.
Desde abajo el padre respondió: "Hijito, yo sí te veo. Salta. Confía
en mí. Yo te atajo".
Esas palabras fueron suficientes. "Si él me ve, todo está bien. Si él
me ve, puedo confiar, y puedo saltar. Todo va a salir bien", se dijo
a sí mismo el niño mientras subía al borde de la ventana. "Papi",
gritó otra vez, "atájame". Dicho lo cual saltó al vacío...
Al vacío no, sino a los brazos de su Padre. Enseguida sintió cómo
esos brazos lo apretaron con fuerza. Se sintió seguro de que de
ellos nada ni nadie lo arrebataría. Sintió como el padre emprendió
la carrera para alejarse del fuego. Cuando ya no sintió ningún
humo en el aire, respiró hondo. Estaba sano y salvo.
Mientras los bomberos cumplían con su trabajo a la distancia, y los
restos de la casa se desmoronaban, era como que en el aire seguía
resonando un eco: "Hijito, yo te veo, confía en mí, salta tranquilo,
yo te atajo.
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LA MIRADA FIJA
“En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca
e ir delante de él a la otra ribera entre tanto que él
despedía a la multitud. Después de despedir a la multitud,
subió al monte a orar aparte y cuando llegó la noche,
estaba allí solo.
Ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas,
porque el viento era contrario. Pero a la cuarta vigilia de
la noche, Jesús fue a ellos andando sobre el mar.
Los discípulos, viéndolo andar sobre el mar, se turbaron,
diciendo:
—¡Un fantasma!
Y gritaron de miedo.
Pero en seguida Jesús les habló, diciendo:
—¡Tened ánimo! Soy yo, no temáis.
Entonces le respondió Pedro, y dijo:
—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
Y él dijo:
—Ven.
Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas
para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo y
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comenzó a hundirse. Entonces gritó:
—¡Señor, sálvame!
Al momento Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le
dijo:
—¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
En cuanto ellos subieron a la barca, se calmó el viento.
Entonces los que estaban en la barca se acercaron y lo
adoraron, diciendo:
—Verdaderamente eres Hijo de Dios.” (Mateo 14:22-33)

"Otra vez se levantó viento", dijo Pedro suspirando.


"Y como siempre, es contrario", respondió otro de los discípulos
mientras clavaba su remo en el agua. Con semejante viento sólo
había dos opciones, seguir remando y avanzar de a poquito, o
abandonar y ser arrastrados por el huracán. Así que otro dijo:
"Vamos echémosle ganas, quiero llegar a casa, contarles lo que
pasó hoy, y luego dormir unas horas".
Splash, splash, splash… los remos golpeaban el agua. El torbellino
les azotaba los oídos. Apenas avanzaban. El cansancio les dolía en
cada músculo. La medianoche les pesaba sobre los ojos. Cuánto
anhelaban llegar.
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"Cada vez que avanzamos un poquito, las olas nos vuelven a tirar
para atrás," se oyó a alguien quejándse en el fondo del bote.
"Va a ser una noche larga", murmuró otro. Luego no hablaron más.
Pensaban en los acontecimientos del día. Sabían que jamás los
olvidarían. Habían visto a la gente llegar de todas partes buscando
a Jesús. Habían visto el corazón de Jesús quebrantándose ante esa
multitud buscando respuestas, buscando consejo, buscando
consuelo. Ya lo habían visto en otras ocasiones: el vacío espiritual
de la gente lo conmovía profundamente.
Splash, splash, splash, golpeaban los remos en su batalla con las
montañas de agua. Y sus mentes volvían a repasar lo vivido.
Cada palabra de Jesús había sido un rayo de luz en las tinieblas.
Cada enfermo sanado había desatado un himno de júbilo. Algunos,
ya adultos, habían nacido con su enfermedad, pero la mera palabra
de Jesús los había dejado sanos, fuertes, vitales.
Hubo hombres, mujeres y niños que por años habían estado
encadenados por Satanás, y ahora habían visto con sus propios
ojos, cómo en un instante quedaron libres, porque la sola presencia
de Jesús desmenuzaba esas ataduras.
Splash, splash, splash. Seguían golpeando el mar embravecido.
El broche de oro había sido lo de los panes y de los peces. Lo
habían palpado con sus propias manos. Mientras entregaban los
canastos habían sentido cómo aumentaban de peso por la
milagrosa multiplicación. Fue extraordinario.
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Tanta maravilla en un mismo día los había dejado exhaustos...Más
la hora, más el viento, más las montañas de agua.
De tanto en tanto miraban ansiosos hacia la orilla, como midiendo
la distancia recorrida y calculando lo que aun faltaba. A lo lejos las
olas se confundían con la bruma
Splash, splash, splash.
"Oye, Pedro," —dijo uno— "¿Has notado cuán bajas están las
nubes hoy?"
"Fíjate —le contestó Pedro— aquella que parece una columna
moviéndose sobre al agua".
"Sí. Y me parece que se mueve hacia nosotros".
Notaron que no sólo se acercaba, sino que resplandecía. Nunca
habían visto una nube así. Y cada vez estaba más cerca.
Splash, splash, splaaaaash...De pronto se les cayeron los remos de
las manos. La nube se seguía acercando. Pero ya no se veía como
nube, sino como alguien caminando sobre el agua. ¿Acaso un
fantasma?
Ahora estaban realmente asustados. Rodillas y manos les
temblaban como hojas secas. Y ya no había dudas, lo que estaban
viendo era una figura humana, y caminaba sobre el agua. Y se
acercaba a ellos. Uno de los discípulos dejó escapar un grito
ahogado.
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Entonces escucharon por entre el estruendo del viento:
"No tengan miedo. Soy yo." Era la voz inconfundible del Maestro.
Desde que habían decidido seguir a Jesús no salían de su asombro.
Agua transformada en vino. Paralíticos caminando. Unos pocos
panes y peces alimentando a cinco mil. Y ahora el mar hecho
camino. Era de nunca acabar.
"Es el Maestro," exclamó Juan.
"Sí, y está caminando sobre el agua, como si fuera una calle,"
agregó Pedro. "No te imaginas cuántas veces soñé con caminar
sobre el agua".
"Amigo, entonces esta es tu oportunidad. Pídeselo"
Pedro lo pensó un instante. Luego gritó con toda su fuerza: "Señor,
si realmente eres tú, ordena que yo también camine sobre el agua".
"Pues, ven," dijo Jesús.
Pedro sacó un pie por encima del borde del bote. Pisó como
probando, como pisando hielo, suavemente para ver si aguantaba.
Lo sintió firme. Sacó el otro pie. Todavía no se animaba mucho.
Seguía sentado sobre el borde del bote. Pero luego apoyó los dos.
Increíble. Se sentía firme. Dio un paso. Y otro. Y otro. “Huaaaau,
estoy caminando sobre el agua” pensó, la vista siempre clavada en
Jesús.
"No me lo van a creer cuando les cuente en casa," seguía pensando
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Pedro. Ya le faltaba unos pasos nada más para llegar junto a Jesús.
Pero entonces, por un instante, hizo algo que resultó terrible, quitó
los ojos de Jesús. Había caminado sobre el agua sin mirar ni a un
lado ni al otro. Pero en el momento menos pensado miró en otra
dirección. Gran error. Siempre es un gran error. Y grave. Cada vez
que quitamos los ojos de Jesús nos metemos en problemas. Y en
problemas se metió Pedro. Porque enseguida hizo algo más, algo
que en vez de ayudarle, le complicó la existencia más de lo que ya
la tenía.
En vez de volver rápidamente la mirada a Jesús, ahora los fijó en el
viento, en las olas y en sí mismo. El viento silbaba
huuuuuuuuuuuh. Las olas eran como casas que ya se le venían
encima. Y él se veía a sí mismo como un gusanito, como un
chuchumeco. En cualquier momento quedaría hecho puré.
Concentrarse en los problemas es un error porque no soluciona
nada. Y concentrarse en uno mismo es como echarle leña al fuego.
Es como cuando uno tiene un cable con muchos nudos, quiere
quitar los nudos y tira y jala de una punta. Los nudos, en vez de
aflojarse, se ajustan más. Precisamente eso fue lo que le pasó al
pobre Pedro. Hacía un minuto estaba contento caminando sobre el
agua. Pero tan pronto quitó la vista de Jesús, tuvo problemas. Para
peor de males hizo algo más, y con eso terminó de arruinarlo todo:
le dio lugar al miedo. El miedo es una serpiente venenosa. Cuando
muerde, mata. Y le mordió. Y Pedro empezó a hundirse.
Lo malo es que en el agua uno no tiene de donde agarrarse. Y eso
es desesperante. Me pasó una vez. Estaba solo en casa. No tenía
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nada que hacer. Pensé que sería buen momento para reparar la
pared del dormitorio cerca del techo. Subí a la escalera y cuando
estaba trabajando allá arriba a la escalera se le quebró una pata. La
escalera se inclinó y yo también; la escalera empezó a caer, y yo
también. Quería clavar los dedos en la pared para agarrarme pero
eso fue imposible. Así que seguí cayendo. Golpeé contra la
cómoda; ontra la cama; contra el piso. Luego la escalera se me
cayó encima; luego las herramientas, luego los materiales. Se me
había complicado la vida. Eso fue lo que le pasó a Pedro. Y todo
porque había quitado la vista de Jesús, porque se habia
concentrado en los problemas, y porque le habia dado lugar al
miedo.
Entonces Pedro hizo algo más, pero esta vez fue lo correcto. Gritó:
“Jesús, sálvame”.
Es lo mejor que uno puede hacer cuando lo ha arruinado todo. Y
Jesús respondió en el acto, lo cogió de la mano, lo jaló para arriba
y lo metió en el barco. En menos de lo que canta un gallo lo sacó
de todos sus problemas.
Al rato dejó de soplar el viento, las olas se tranquilizaron y
finalmente pudieron avanzar. Estaban cansados. Pedro estaba
mojado de cabeza a pies, pero todos estaban a salvo y pronto
llegarían a casa.
Splash, splash, splash.
Nunca supimos lo que Pedro contestó cuando Jesus le dijo:
“hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
66 
 
Pero hay dos cosas que sí sabemos: Primero, quitar la vista de
Jesús es meterse en problemas. Segundo, si ya estás en problemas,
nada mejor que clamar con Pedro: “Señor, sálvame”.

Splash, splash, splash.


_____________________________

EL TRIO DE CUATRO
“No temas lo que has de padecer. El diablo echará a
algunos de vosotros en la cárcel para que seáis probados,
y tendréis tribulación por diez días. ¡Sé fiel hasta la muerte
y yo te daré la corona de la vida!” (Apocalipsis 2:10).

Hace mucho tiempo y en un país muy lejano vivía una vez un rey.
Era muy poderoso. Era muy rico. Era muy cruel, y también era
medio loco. Digo esto porque un día tuvo un sueño extraño y
quiso saber su significado. Entonces llamó a todos los adivinos de
su reino para que se lo interpreten. Pero les dijo: “No solamente
quiero la interpretación sueño. Antes quiero el sueño. Quiero que
me digan lo que soñé.”
Los adivinos se miraron sorprendidos y furiosos. Nunca nadie les
había pedido semejante cosa. Lo normal era escuchar el sueño,
67 
 
luego ellos darían la interpretación. Pero a este rey, loco que era, se
le había ocurrido que además del significado también quería el
sueño.
Para sus adentros los adivinos dijeron, “Está loco de remate”, pero
nadie se atrevió a decírselo en la cara. En cambio el rey sí se
atrevió a decirles que si no hacían exactamente lo que les había
pedido los mandaría directo a la horca. Gracias a Dios no llegó a
eso, porque Daniel, un hombre entregado a Dios, se presentó ante
el rey y le dijo que solamente Dios podía hacer lo que el rey había
pedido, y que le había revelado a él, a Daniel, tanto el sueño como
su significado. Entonces las aguas se calmaron, nadie tuvo que ir a
la horca, y el rey quedó contento, listo para otras locuras.
¿Ya les dije el nombre del rey? Pues se llamaba Nabucodonosor.
Un nombre difícil y largo, por eso lo vamos a llamar simplemente
Nabu. El no se va a ofender por eso porque hace tiempo que está
muerto. De paso les cuento también que esta historia está en la
Biblia, en el libro de Daniel.
Nabu le hacía la guerra a todo el mundo. Tenía muchos soldados
muy valientes. Si aparecía alguno que no era valiente, lo mandaba
a la horca. Así que todos eran valientes. Con ellos conquistaba a
otros países y era invencible. A los prisioneros los traía como
esclavos a su tierra y los hacía trabajar para él.
Cuando descubría gente lista y capaz entre sus prisioneros los
adiestraba y los ponía en altas posiciones de su propio gobierno.
Siempre quería estar rodeado de los mejores.
68 
 
Esto fue precisamente lo que hizo con tres jóvenes prisioneros que
vamos a llamar “El Trío”, porque sus nombres son tan difíciles
como el del rey. Lo importante es que estos tres eran muy amigos,
eran muy listos, eran aplicados al estudio y, sobre todo, eran muy
fieles a Dios. Oraban todos los días; leían el libro de Dios y
obedecían sus mandamientos. Nabu los puso en posiciones muy
importantes. El Trío estaba contento.
Los que no estaban para nada contentos eran algunos ciudadanos.
Estaban celosos. Ellos mismos hubieran querido estar en esas
posiciones. "Nos están quitando el trabajo", decían. "Hagamos algo
para desacreditarlos ante el rey".
Algún tiempo después se les presentó la oportunidad de cumplir
ese propósito. Fue cuando Nabu, loco como era, tuvo la idea de
construir una gran estatua. Creo que era tan alta como el obelisco
de Buenos Aires. Y como ese obelisco tampoco servía para nada.
Pero como había sido idea del rey, todos decían: "Wuau, qué
maravillosa estatua". Para la ceremonia de inauguración se
invitaron a los reyes y dignatarios de otros países y a los
gobernadores de todas las provincias. Sería una ceremonia
inolvidable. La orquesta oficial estaba a cargo de la música y la
orden era que al sonar la trompeta todos los invitados tenían que
arrodillarse ante la estatua.
Todo se hizo conforme al plan. Cuando sonó la trompeta fue como
que a los miles y miles de invitados les hubieran cortado los pies.
A una cayeron de rodillas, cara al suelo. Quienes no se arrodillaron
fueron los tres del Trío. Se quedaron parados, erguidos como tres
mástiles en medio de un mar de espaldas.
69 
 
Los celosos, que también estaban arrodillados, pero que en ningún
momento dejaron de espiar alrededor suyo, vieron que el Trío no
se arrodilló. Se dieron un codazo y susurrando dijeron: "Ahí los
tenemos. No se arrodillaron. Esto es suficiente para que les corten
la cabeza".
Ni bien terminaron las ceremonias, y todo el mundo iba de regreso
a su casa, corrieron al palacio para pedir una audiencia especial
con Nabu.
El día señalado, y cumplidas las formalidades de una audiencia con
el rey, dijeron: "Su majestad, lamentamos mucho tener que
informarle que unos altos funcionarios de tu gobierno te llevan la
contra. No te obedecen. Se trata de esos tres extranjeros que has
nombrado hace poco. Sencillamente no te hicieron caso cuando
diste la orden de que todo el mundo se arrodille ante tu maravillosa
estatua. Solamente queríamos que lo sepas."
Nabu se puso furioso. No soportaba que alguien desobedezca sus
órdenes. Aunque los tres eran personas tan excelentes, tan listas y
eficientes, y aunque ocupaban puestos tan importantes, tenían que
obedecer. Así que los llamó. Ni les preguntó por qué lo habían
hecho. Habían desobedecido, y eso era inaceptable.
Les dio una última oportunidad: "Inclínense ahora mismo ante la
estatua, y todo queda olvidado y perdonado. De lo contrario los
espera una horrenda muerte en el fuego."
Nabu estaba seguro que ante la perspectiva de morir quemados se
inclinarían. Pero no. No se inclinaron. Y no sólo no se inclinaron,
70 
 
sino que le contestaron de tal manera que la atmósfera se tornó
explosiva.
Esto fue lo que le dijeron: “Su majestad, no vale la pena que
discutamos sobre esto. Sencillamente no nos vamos a inclinar ante
tu estatua. No porque sea tuya; es que no nos inclinamos ante
ninguna estatua, ni ante ningún ser humano; solamente nos
inclinamos ante nuestro Dios.”
Esta respuesta colmó todas las medidas. Nabu se puso verde de
enojo. Ahora no solamente le habían desobedecido, sino que
además le estaban diciendo a él, el rey, de qué cosas hablar y de
qué cosas no. Y todo delante de la gente. Semejante insolencia
nunca se había visto. ¿De qué se las tiraban estos extranjeros?
Pero El Trío todavía no había terminado: “Nuestro Dios puede
salvarnos del fuego que has preparado, —dijeron— por eso no
tenemos miedo de desobedecerte en esto. Y en el caso de que no
nos salve, tampoco nos vamos a inclinar ante tu estatua, porque
solamente nos inclinamos ante nuestro Dios. Nos quemes o no.
Nabu pensaba como mucha gente, que todo tiene su precio. Y en
cierta medida tenía razón. Alguna gente se rinde por un poco más
de dinero; otros se rinden para evitar conflictos familiares. Otros
aflojan ante la perspectiva de sufrir. Pero no hubo precio que
pudiera comprar a estos tres. Por eso se los recuerda en la Biblia.
Nos han dejado un claro ejemplo de lo que es entregarse
incondicionalmente a Dios. Con milagros o sin milagros
decidieron seguir a Dios, sencillamente porque él es el único y
verdadero Dios.
71 
 
Mientras tanto, Nabu crujía los dientes; no los soportaba; sus ojos
estaban desorbitados; con voz ronca gritó: “Calienten el fuego siete
veces más”. Y enseguida los fogoneros agregaron una carga más
de carbón. Ya se podía oler el fuego; se sentía el calor sobre la
piel; se oía el crepitar de las llamas al devorarse el carbón. Las
chispas volaban por todas partes. Entonces Nabu gritó otra vez:
“Al fuego”.
Sin más trámite unos soldados muy musculosos ataron de manos y
pies a los tres. Los llevaron al fuego y los arrojaron a las llamas. El
calor era tan intenso que los musculosos no lo soportaron.
Murieron quemados en el instante de arrojar al Trío a las llamas.
Nabu pensó que habían recibido su merecido. "Gente tan rebelde y
testaruda no merece vivir en mi reino", se dijo a sí mismo.
"Además, esto le servirá de lección a todo el mundo. A mí nadie
me desobedece". Los envidiosos por su parte, ansiosos de ocupar
los puestos vacantes, se restregaban las manos. "Esto sí que nos
salió bien," pensaron, "en unos minutos El Trío será cenizas, y
nosotros ocuparemos sus puestos”.
Nabu estaba por volver al palacio. Se tomaría el resto del día para
ir a pescar. Con lo que había pasado era suficiente para un día.
Mientras se daba vuelta vio algo por el costado de sus ojos que le
llamó la atención. En el centro del fuego había un resplandor
extraño. Como si dentro del fuego hubiese otro fuego, pero mucho
más brillante, prácticamente blanco. Volvió a mirar. Sí, lo que
había visto era cierto. Además, ahora reconocía que el resplandor
tenía forma humana, y junto a ella estaban… Los tres
amigos...Vivos… Platicando… Paseando.
72 
 
Nabu se quedó espantado. Nunca había visto cosa semejante. Otra
vez gritó. Ahora porque no podía creer lo que sus ojos veían. El
Trío no había muerto en el fuego. Además, ya no era un trío de
tres, sino de cuatro. Y el cuarto parecía sobrenatural.
Es cierto que Nabu era medio loco, pero no por eso era tonto. En el
acto comprendió lo ocurrido. El Dios al que el trío era fiel, había
mandado su ángel para librarlos. Gritó una vez más. Esta vez para
decirles que saliesen del fuego.
Cuando estuvieron fuera, la gente corrió hacia ellos. Todos querían
tocarlos. Eran un milagro. Solamente se habían quemado las
cuerdas con que estaban atados. El resto, ni olor a humo tenía.
“No hay otro Dios“ —dijo Nabu— “que pueda librar como el Dios
de estos hombres”.
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SI TIENES PROBLEMAS…
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os
abrirá” (Mateo 7:7).
Algunas historias son tristes. Empiezan mal y terminan peor.
Bueno, a veces la vida es así. Otras historias empiezan mal, pero
terminan bien. Y esas son las que nos gustan. Siempre queremos
que todo termine bien. Y si de paso nos toca el corazón, tanto
mejor. Pues esta historia termina bien. Aunque empieza mal,
73 
 
termina bien. Es la historia de tres huerfanitos, y claro, al hablar de
huerfanitos ya empezamos mal. El solo pensar en niños que han
perdido a sus papas ya nos pone tristes. Pero como digo, este
historia termina bien, porque…Bueno, mejor se las cuento desde el
principio:
Estos tres hermanitos, dos niñas y un varón, primero perdieron a su
papá y poco después a su mamá. Es que ella al quedar sola se
enfermó de tanta preocupación y de tanto trabajo y aunque tomaba
todas las medicinas que el médico le recetaba, se dio cuenta que su
vida pronto terminaría. Así que un día llamó a los tres, les pidió
que se acercaran a la cama y les dio instrucciones para cuando ella
ya no estuviera. Al final de la conversación les dijo: —Van a vivir
con tía Elizabet, ella los va a cuidar con mucho amor. Y si alguna
vez se encuentran en problemas que no saben cómo resolver, oren
a Dios. El siempre escucha, y siempre contesta.
Después de esto los niños volvieron a sus juegos. Nada podían
hacer para impedir el curso de los acontecimientos. Y cuando,
poco después, la mamá falleció los tres hermanitos fueron a vivir
con la tía, tal como ella les había dicho.
La tía era muy buena con ellos. Los vestía, les daba rica comida,
trataba de que estuvieran alegres, los protegía. Y ellos percibieron
todo ese cariño. Ya eran suficientemente grandes para darse cuenta
que no todas las tías eran así de buenas. Una noche, antes de
dormirse, acordaron hacer algo para demostrarle su gratitud.
Cuando llegó la primavera y los días se hacían más largos,
decidieron poner manos a la obra. Las buenas intensiones por sí
74 
 
mismas no sirven de mucho. Incluso hay un refrán afirmando que
el camino al infierno está asfaltado de buenas intenciones. Pero
estos niños tenían más que buenas intenciones. Tenían el propósito
concreto de poner manos a la obra. Estaban decididos a hacer algo
por la tía, y a hacerlo pronto.
Viendo que los campos se habían vestido de verde, y que tanto las
flores silvestres como las del jardín mostraban todo su esplendor se
dijeron.
—Vayamos al bosque y juntemos un ramo de flores para tía
Elizabet. Dicho y hecho. Ni bien terminaron con sus tareas de la
escuela, pidieron permiso para dar un paseo y salieron rumbo al
bosque.
—Vuelvan antes que oscurezca,— les recomendó la tía.
En el bosque había tantas cosas para ver. Mariposas, ardillas,
pájaros, flores. Sí, muchísimas flores, y de todos los colores.
Corriendo de una a otra parte pronto tuvieron un hermoso ramo y
estaban listos para regresar. Fue entonces que se dieron una gran
sorpresa, mejor dicho, un tremendo susto. Se habían internado
demasiado en el bosque y habían perdido el camino. Espantados
comprendieron que estaban extraviados y que además se había
hecho tarde. Las sombras del bosque ya se hacían más y más
largas.
—Estamos perdidos— se dijeron —y los tres se largaron a llorar al
mismo tiempo.
Lo malo cuando uno está perdido, no es solamente que ya no tiene
75 
 
sentido de norte y sur, este y oeste, lo malo de estar perdido es no
saber qué hacer. Si uno avanza quizá se aleja más del camino;
retroceder tal vez sea para cansarse más; no hacer nada a uno le
parece poco razonable, porque siempre es mejor hacer algo cuando
se trata de buscar soluciones. Pero ¿qué hacer? Esa era la gran
cuestión.
Con sus mejillas pegajosas todavía de tanto llorar la hermanita
menor propuso esto:
—Hagamos lo que nos dijo mamá cuando estuviéramos en
problemas. Pidamos a Dios que nos ayude.
Excelente idea. Siempre tienes la opción de orar a Dios. Es algo
positivo. Es algo que puedes hacer de pie, acostado, sentado,
manejando, como quieras. Y nunca te va a meter en más problemas
de los que ya tienes. Lo más probable es que Dios te sorprenda y
responda tu oración.
A los niños les gustó la idea, así que se tomaron de las manos, se
pusieron de rodillas y uno tras otro hizo su oración: “Querido Dios,
estamos perdidos, ayúdanos a encontrar el camino para volver a
casa…”
Es sabido que los pequeños no pueden concentrarse mucho tiempo
en un mismo asunto. Se distraen fácilmente con cualquier otra
cosa. Quizá un pequeño esté llorando amargamente porque el
hermanito le quitó el juguete, pero si su mamá u otro adulto lo
puede distraer con otra cosa, rápidamente se le secan las lágrimas y
el asunto queda olvidado.
76 
 
Esto es precisamente lo que pasó con el hermanito menor.
Mientras estaba orando notó que algo se movía a su lado. Un
pajarito estaba allí escarbando entre las hojas caídas en busca de
algunos gusanos. Estaba tan cerca que el niño extendió la mano
para acariciarlo, pero en ese instante el animalito dio un salto, no
muy grande, pero sí lo suficiente para evitar que lo toquen. Luego
siguió con su tarea de escarbar entre las hojas.
El pequeño lo intentó otra vez, pero ahora ya contaba con la ayuda
de los otros dos. Sin pensarlo siquiera olvidaron que estaban
perdidos y que se estaba haciendo tarde. Lo único que importaba
ahora era tocar al pajarito. Cada vez que creían lograrlo, éste daba
un salto y se escapaba.
En una de esas, al saltar otra vez, abrió sus alas y sin decir “pío,
pío” se fue volando. Los niños se quedaron mirándolo hasta
perderlo de vista.
Cuando volvieron a mirar alrededor suyo se dieron una segunda
gran sorpresa. Pero esta vez no era para llorar, sino para reír.
Vieron que ya no estaban perdidos, sino que acababan de salir del
bosque, y más que eso, a la distancia, aunque no demasiado lejos,
podían ver la casa de la tía.
Dios había oído.
Dios había contestado.
Como siempre.
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77 
 
Una vez, conté esta historia a un grupo de niños de entre ocho y
doce años. Cuando terminé todos aplaudieron y uno levantó la
mano para preguntar:
—¿Pasó en verdad? Después de contestarle afirmativamente
también dije: ”Además es verdad que Dios siempre te escucha
_________________________

EL CONTRABANDISTA DE BIBLIAS

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no


pasarán” (Mateo 24:35).

El cardenal estaba furioso. Caminaba tenso de un extremo a otro en


el gran salón. Llevaba la cabeza gacha y tenía las manos pegadas a
su espalda. De a ratos hablaba consigo mismo, de a ratos
vociferaba órdenes para poner fin a este problema de las Biblias.
¿Cuál era el problema? El problema eran las Biblias en inglés que
habían inundado las calles de Londres burlando las órdenes que él,
el mismísimo cardenal al servicio del rey de Inglaterra, había dado.
El problema era que esto se le había escapado de las manos, y eso
era inaceptable. Nada se le podía escapar de esa manera de las
manos. Nadie podía ignorar impunemente sus órdenes. Menos aun
cuando habían sido dadas con precisión y urgencia, y acompañadas
de ilimitados recursos. Y, sin embargo, las noticias que acababa de
78 
 
recibir decían que la ciudad era un mar de Biblias. ¿Se imaginan?
Biblias en inglés.
Todo esto ocurría en 1522-23, en Inglaterra. No había laptops, ni
juegos electrónicos, ni ipods, ni internet. Lo más novedoso en la
tecnología era la imprenta, inventada en Alemania por el señor
Gutemberg.
Increíblemente la imprenta le costó la vida a muchas personas. No
porque las máquinas fuesen complicadas o peligrosas, sino porque
ahora los libros llegaban a las manos del pueblo, a la gente de la
calle, a los verduleros, carniceros y agricultores. Esos libros
encerraban conocimientos que antes habían estado reservados a los
pocos que podían adquirir y leer un libro. Esos pocos también eran
quienes dominaban sobre los demás. Pero la imprenta lo había
trastornado todo. Los gobernantes temblaban. Sabían que ya no
podrían manipular a los ignorantes según les placía, sencillamente
porque ya no habría ignorantes.
El mayor temor lo infundían las Biblias que últimamente estaban
inundando las calles de Londres porque comenzaban a iluminar la
vida diaria de la gente. Por eso, tanto la iglesia como el gobierno
habían prohibido su traducción y publicación. El pueblo no debía
descubrir el abismo entre las prácticas de las autoridades y las
Escrituras. Sin embargo, todas las prohibiciones de nada habían
servido. Habían sido sencillamente burladas, y la vida del cardenal
Wolsey se había vuelto una pesadilla.
Sabía que William Tyndale era el principal culpable. El era el
traductor, él hacía llegar las Biblias a Londres y él alentaba al
79 
 
pueblo a leerlas. Lo peor de todo, no había manera de detenerlo.
Wolsey estaba decidido a dar el contra ataque. Eso sí, su golpe
sería mortal. Delincuentes como Tyndale tenían que ser
aniquilados.
En realidad William Tyndale no era ningún delincuente. Era
incapaz de hacerle mal a un gusano. Pero era un erudito. Hablaba
fluidamente ocho idiomas, era un predicador elocuente, estaba
dedicado a Dios, y era muy popular entre la gente. Además de su
erudición y consagración, era escabullizo como un pez. Cada vez
que Wolsey creía haberlo apresado, se le escapaba por entre los
dedos y proseguía con su misión. “Lo peor, -se decía Wolsey-, se
cree llamado por Dios a poner las Escrituras en manos del pueblo”.
Las últimas noticias de una nueva oleada de Biblias en las calles de
la ciudad, habían sacado a Wolsey de sus casillas. A los puros
gritos quería respuestas, y pronto:
-¿Acaso hay una imprenta clandestina en la ciudad? ¿No les he
dado dinero suficiente para sobornar a media Inglaterra? ¿No
quedan codiciosos que delaten a quien está imprimiendo estas
Biblias?
Los oficiales se esforzaron por explicar que la imprenta clandestina
no estaba ni en Londres, ni en Inglaterra. Estaba oculta en otro
país, pero nadie sabía en cuál.
-Entonces alguien las está importando, -vociferó Wolsey-. ¿Acaso
no son capaces de controlar a los importadores?
Los oficiales respondieron que tenían la lista completa de los
80 
 
importadores, también un registro de cada producto que traían, y
desde donde, y las fechas en que los barcos llegaban. Sabían
quiénes traían materiales de construcción, quiénes traían té,
quiénes traían telas y quiénes traían granos. Todo estaba
cuidadosamente registrado. Además, el puerto estaba infiltrado de
espías para detectar cualquier cosa rara. Sin embargo, hubo algo
que nunca descubrieron.
-¿Cómo es posible, entonces, -quería saber Wolsey- que de la
noche a la mañana Londres se haya convertido en un mar de
Biblias?
No hubo respuesta. Y eso enfureció aún más al Cardenal.
-No los quiero ver más aquí –vociferó colérico-. Desde ahora van a
estar día y noche patrullando las calles de Londres. Van a confiscar
todas las Biblias que encuentren; van a encarcelar a toda persona
que posea un ejemplar. Se van a arrepentir. Cuando el fuego de la
hoguera les queme los ojos se van a lamentar de haberse fijado
alguna vez en una Biblia. El fuego va a purificar la ciudad, el
fuego va a terminar con las Biblias, y con quien la traduce, y con
quiénes la leen.

Tyndale no iba abandonar su misión por estas noticias. Era


consciente de ser un instrumento de Dios. Además, este no era su
primer encontronazo con la oposición. La primera vez había sido,
dos o tres años antes, en casa de la familia Walsh.
Los esposos John y Lady Anne Walsh eran practicamente dueños
de Sodbury, un pueblito en el interior de Inglaterra. Gozaban de
81 
 
buen renombre, ayudaban al pueblo en sus necesidades, creaban
fuentes de trabajo y se esforzaban en mantener buenas relaciones
tanto con la iglesia como con el gobierno. Tyndale era el tutor de
sus hijos.
En uno de los banquetes que periódicamente ofrecían, un ex
compañero de Tyndale, ahora al servicio de Wolsey, desenmascaró
las intensiones del maestro. Claro, habiendo sido compañeros de
estudio conocía sus pensamientos. John Tysen, que así se llamaba,
se levantó en medio del banquete y acusó públicamente a Tyndale
de traidor, hereje y apóstata. Concluyó su acusación amenazando
con perseguir a Tyndale hasta el fin del mundo si no cambiaba de
opinión.
Tyndale, lejos de amedrentarse ni de cambiar nada, refutó los
insultos y a su vez acusó a Tysen. Lo tildó de ignorante porque no
sabía nada de las escrituras; ni siquiera entendía el latín que
balbuceaba de memoria en las ceremonias religiosas.
Los presentes escucharon espantados. Nunca nadie se había
atrevido a hablar de esa manera al prelado. Pero Tyndale tenía aún
más, y las palabras que pronunció en aquella ocasión aun siguen
resonando, como un eco sin fin, por los largos pasillos de la
historia. Mirando por la ventana cómo un jovencito araba el
campo, dijo:
“El camino que yo sigo, John, significa que si Dios me conserva
con vida, antes que pasen muchos años haré que el muchacho
detrás del arado, sepa más de las Escrituras que tú”.
82 
 
Fue una auténtica declaración de guerra. Por un lado, Tyndale, un
solo hombre, consagrado a hacer llegar la palabra de Dios al
pueblo. Por el otro, dos imperios juntos, el británico y el romano.
Un solo hombre contra toda la parafernalia de dos imperios.
A los comensales se les atragantó el bocado. El banquete se había
frustrado. Tysen y su comitiva se levantaron y se fueron por el
camino que los había traído. Se fueron, “Mascando bronca”.
Tyndale, por su parte, se despidió de los Walsh. Ya no lo podían
proteger. Ahora, ellos mismos corrían peligro de muerte.
El siguiente destino de Tyndale fue la capital misma. Iba a pedirle
apoyo a Cuthbert Tunstall, obispo de Londres, que supuestamente
simpatizaba con algunas ideas. Pero el prelado, ya había olfateado
el riesgo que estaría corriendo él mismo. Su respuesta quedó
marcada, como a fuego, en la historia:
“Tyndale, en mi casa no hay más lugar …”
Para el maestro fue suficiente para comprender que desde ese
momento toda Inglaterra ya no tenía lugar para él.
¿Sería el momento indicado para desistir? ¿Viendo circunstancias
tan adversas, no sería mejor pensar ahora en su propio bienestar, en
sus estudios, en sus investigaciones, y en sus estudiantes?
¿Abandonaría la visión que Dios había puesto en su corazón?
Además, su vida corría serio peligro.
Pero Tyndale no era esa clase de hombre. Si no podía cumplir su
misión en Inglaterra, la cumpliría en otra parte del mundo.
83 
 
Entonces se fue a Alemania despistando una y otra vez a sus
enemigos hasta que finalmente le perdieron el rastro.
Protegido por la clandestinidad, y asistido por Myles Coverdale y
John Rogers, sus dos fieles amigos y ayudantes, continuó
traduciendo e imprimiendo la palabra de Dios. La ciudad de
Colonia del año 1523 le brindaba un excelente escondite. Las
Biblias que producía pronto dejaban la ciudad y reaparecían
misteriosamente en las calles de Londres, donde un pueblo
hambriento de la luz de Dios las esperaba.
Mientras tanto la furia de la oposición crecía de día en día.
-¿Cómo llegan estos libros aquí? –se preguntaba ahora Cuthbert
Tunstall- ¿Cómo es que aparecen de la noche a la mañana sin que
nadie pueda impedirlo? ¿Acaso es brujería?
Viendo que el rompecabezas no tenía solución, Cuthbert tomó una
decisión drástica:
-Voy a comprar todas y cada una de esas Biblias. Luego, el fuego
hará el resto. Hagan correr la voz por las calles de la ciudad. Las
quiero comprar todas.
El mensajero, tan clandestino como el mismo Tyndale, tuvo que
esperar la oscuridad de la noche para no ser visto. Nadie sabía
desde qué rincón vigilaban los espías. Una vez con Tyndale, le dijo
exaltado:
-Van a mandar dinero. Mucho dinero. Quieren comprar todas las
Biblias. Y luego… quemarlas.
84 
 
A Tyndale no le llevó ni dos segundos, tomar una decisión:
-Preparen las Biblias. Se las vendemos todas. Y con el dinero de
mil Biblias imprimimos dos mil nuevas. Que en Londres se
preparen para otra oleada.
Durante once años Tyndale siguió traduciendo y haciendo llegar
misteriosamente sus Biblias a Inglaterra. Por once años ni
Cuthbert, ni su sucesor Stokesley pudieron descifrar el enigma. La
única opción era seguir comprando y quemando cada Biblia que
caía en sus manos. Y por cada Biblia que quemaban, llegaban dos
nuevas.
Fue entonces que apareció Henry Phillips. Acababa de trabar
amistad con Tyndale quien estaba lejos de sospechar que su nuevo
amigo se dejaría “untar las manos”.
Pero Stokesley, ni lerdo ni perezoso, aprovechó la oportunidad.
Había dinero suficiente para satisfacer la codicia de Phillips.
-Esto se acabó, -pensó ni bien le había llenado los bolsillos-. No
más Biblias en inglés. No más traductores; no más aparición
misteriosa en las calles de Londres. Esto se sanseacabó.
Basadas en la información provista por Henry Phillips, las
autoridades apresaron a Tyndale, lo arrojaron en la cárcel, lo
llevaron de vuelta a Inglaterra y lo condenaron a muerte.
Las últimas palabras del maestro, antes de ser horcado y luego
quemado en la hoguera, fueron:
85 
 
“Señor, abre los ojos del rey de Inglaterra”.
Sus verdugos no le prestaron atención. Dios sí.
Sus verdugos dijeron: “A descansar”; Dios dijo: “Es tiempo de
actuar”. Y lo primero que hizo fue contestar la última oración de
Tyndale. Le abrió los ojos al rey.
-Quiero la Biblia traducida al inglés, -anunció a su corte-. Quiero
que sea encadenada a cada púlpito de Inglaterra, y leída de
continuo al pueblo. Contraten a la persona más capaz para esto.
La persona más capaz resultó ser Myles Coverdale, quien por
tantos años había ayudado al maestro.
Usando todas las traducciones que él había dejado, más algunas
propias, se cumplió la orden del rey. En 1539, apenas tres años
después del martirio de Tyndale, “La Biblia Grande” (así se llamó
por su enorme tamaño), comenzó a ser leída públicamente al
pueblo de Inglaterra, y muy pronto, el muchacho detrás del arado
sabía más de las Escrituras que su eminencia detrás del púlpito.
____________________

Ya sé, se me quedó algo en el tintero. Nunca les conté cómo


aparecían tantas Biblias, una y otra vez, en las calles de Londres.
El secreto fueron los amigos de Tyndale. Muchos eran
comerciantes que importaban toda clase de productos desde
Alemania. Ellos escondían las Biblias en grandes fardos de tela y
en bolsas de trigo. La aduana de Londres solamente verificaba si
86 
 
todo eran fardos de tela o bolsas de trigo. Después los cargamentos
iban a los galpones minoristas. Allí el tesoro oculto era recibido
por obreros que rápidamente lo distribuían en las calles de la
ciudad. Por eso Tyndale también fue conocido como “El
Contrabandista de Biblias”.
____________________

Fuentes:
Vernon A. Louise The Bible Smuggler, Herald Press, 1967. 140
páginas.
http://www.williamtyndale.com/0biblehistory.htm
Elizabeth: The Golden Age. The movie
____________________

DOS MIL MILLAS POR UN LIBRO


“…Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual
no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación,
ya que habéis gustado la bondad del Señor”. (1 Pedro 2:2).
“Lámpara es a mis pies tu palabra y lumbrera a mi
camino”. (Salmo 119:105).
87 
 
A la luz de la luna los jinetes parecían sombras volando
silenciosamente sobre la llanura. No se escuchaba el galope de los
caballos porque llevaban las patas envueltas en gruesos paños, a
modo de pantuflas. Cruzaban territorio enemigo. Por eso
cabalgaban de noche y en silencio. Recién descansarían al salir el
sol. Los jinetes eran Águila Negra, Luz del Día, Piel de Conejo, y
Cabeza sin Cuernos de la tribu Nez Percé.
El motivo de su viaje era conseguir...
Bueno, ya les cuento enseguida lo que querían conseguir, porque
es mejor que empecemos la historia desde el principio:
Hace mucho tiempo, cuando el lejano Oeste aun era salvaje, los
indios americanos galopaban por las planicies cazando búfalos. De
ellos obtenían buena carne y el cuero necesario para sus tiendas, su
ropa y sus mocasines. Entre esos indios había una tribu muy
pacífica que habitaba el noroeste. Eran los Nez Perces, o nariz
perforada, llamados así por su costumbre de llevar un aro en su
nariz (ya ven, la nueva moda de ponerse un adorno en la nariz no
es tan nueva).
En aquellos días no había carreteras ni trenes y los viajeros con
suficiente valor para explorar la tierra más allá del Mississippi, lo
hacían a caballo siguiendo sendas ocultas en la espesura, o
remontando ríos, o atravesando las planicies. Apenas había uno
que otro fuerte donde vivían los soldados comisionados a rechazar
posibles ataques enemigos.
Cierto domingo un pelotón de Nez Percés fue a visitar el fuerte del
88 
 
hombre blanco. Notaron que en el mástil había una bandera
flameando por encima de la bandera de franjas y estrellas. El
comandante del fuerte, viendo el asombro de los indios, les explicó
que para el hombre blanco ese día era domingo, el día de adorar a
Dios.
Los indios prestaron mucha atención, y de regreso en sus tiendas
decidieron que ellos también guardarían el domingo para adorar a
Dios. Pero en vez de llamarlo domingo, lo llamaron día de la
bandera. Desde entonces los ancianos se reunían ese día para
hablar de las costumbres y del Dios del hombre blanco.
—El hombre blanco es fuerte —dijo uno de ellos—. Sus caciques
dicen que es porque tienen buena medicina. Y no solamente tienen
buena medicina, también adoran al Dios bueno.
—El indio también puede adorar al Dios bueno, —dijo otro—. El
único problema es que no lo conocemos.
—Está todo en el libro celestial del hombre blanco, —dijo un
tercero.
—Entonces tenemos que conseguir ese libro. De él aprenderemos
todo, y entonces podremos adorar al Dios bueno.
Todos acordaron que la tribu debía conseguir el libro celestial del
hombre blanco.
Algún tiempo después los visitó un mercader de pieles llamado
Boneville. Se asombró mucho al ver que los indios guardaban el
domingo para orar al Gran Espíritu y pedir su bendición sobre las
89 
 
cacerías.
Los indios le preguntaron:
"¿Es cierto que el hombre blanco tiene un libro, el libro celestial,
que le dice todo lo que tiene que hacer?"
El blanco trató de decirles todo lo que sabía acerca de la Biblia,
pero lamentablemente no era mucho. Así que, cuando los nativos
vieron que se preparaba para seguir su viaje volvieron a hablarle
del tema:
"Pídele al hombre blanco que nos mande su libro", le dijeron y
Boneville les prometió hacerlo.
Sin embargo, pasaron muchos meses y nunca recibieron nada.
Entonces la tribu volvió a reunirse para tomar consejo.
—Ellos no vienen a nosotros, —dijo uno—, nosotros tenemos que
ir a ellos.
—Es un viaje peligroso, de muchas lunas, —advirtió el más
anciano—. Pero todos acordaron que necesitaban el libro.
Finalmente escogieron a cinco hombres. Tres de mayor edad,
hombres maduros, de confianza, líderes. Dos más jóvenes,
ansiosos de participar de la gran aventura. Uno de ellos abandonó a
los pocos días quedando solamente los cuatro cuyos nombres
conocimos al principio.
Cruzaron las Montañas Rocosas, atravesaron las grandes planicies
90 
 
y siguieron caudalosos ríos. Cazaban venados o castores para
comer. Y, a veces, cuando no cazaban nada, no comían nada. En
total recorrieron dos mil millas hasta St. Louis.
Faltando poco para llegar a esa ciudad, los soldados del General
Clark informaron a este de la llegada de un extraño grupo de pieles
rojas.
"Probablemente quieren proponerme un trato”, —dijo el general—
y dio órdenes de recibirlos con la mayor cortesía.
Los Nez Perces descansaron, comieron y luego se vistieron las
ropas acostumbradas para una reunión de caciques. Después se
presentaron ante el general. Cumplidos los protocolos le contaron
el motivo de su visita:
"Hemos venido para pedirte el libro celestial del hombre blanco.
Queremos saber cómo adorar al Dios bueno. Por eso también te
pedimos un maestro que nos enseñe".
El general quedó asombrado. Los indios que él conocía siempre
hablaban de guerras. De guerras pasadas, o de guerras futuras. En
cambio, estos hombres hablaban de Dios y querían saber más de él.
"Pero no tengo ninguna Biblia en la lengua de ustedes", les dijo.
"De modo que si pudiera darles el libro, no les serviría de mucho,
puesto que no podrían leerlo. Y no tengo maestros que les puedan
enseñar. Sólo tengo soldados aquí, no misioneros.
91 
 
Los indios no querían regresar sin el libro así que decidieron pasar
el invierno en St. Louis. Era como que no podían creer lo que el
general les dijo. El hombre blanco por su parte hizo cuanto pudo
para que se sintieran bien. Organizó fiestas para los indios. Se
mostró amistoso. Los cuidó. Y cuando Águila Negra y Luz del Día
se enfermaron, el general Clark mandó gente que los cuidara.
Cuando los enfermos murieron el hombre blanco lloró con los dos
que quedaban.
“Danos el libro celestial del hombre blanco”, era todo lo que los
indios podían decir. Y siguieron esperando. Pero al llegar la
primavera comprendieron que debían regresar a los suyos y
decirles que habían fracasado.
El general Clark hizo todo lo posible para facilitarles el viaje de
regreso. Proveyó embarcaciones para llevarlos lo más cerca
posible de su tierra. Organizó una fiesta de despedida y los llenó de
regalos. Después de la fiesta le dio la palabra a Cabeza Sin
Cuernos.
Lentamente el piel roja se puso de pie. Esto es lo que dijo:
“Vine a ustedes desde la puesta del sol, por el camino de muchas
lunas. Vine con un ojo atento a mi pueblo que está en tinieblas.
Ahora vuelvo con ojos cerrados. Vuelvo ciego a mi gente ciega.
Vine con brazos fuertes atravesando tierras enemigas y buscando
mucho. Vuelvo con brazos quebrados y vacíos. Dos padres de
familia vinieron con nosotros; fueron los valientes de muchas
nieves y de muchas guerras. Quedan aquí, durmiendo en el
cementerio del hombre blanco.
92 
 
Mi gente me ha enviado a conseguir el libro celestial del hombre
blanco. El hombre blanco me llevó a sus lugares de fiesta, pero el
libro no estaba ahí. Me llevó adonde adoran al Gran Espíritu con
luces, pero el libro no estaba ahí. Me mostró imágenes del Gran
Espíritu y dibujos de la buena tierra en el más allá. Pero faltaba el
libro para mostrarme el camino. Me vuelvo con pies pesados por
los muchos regalos que el hombre blanco me ha dado, y, sin
embargo, el libro no está entre ellos. Cuando le diga a mi gente que
no he traído el libro, nuestros jóvenes valientes se levantarán en
silencio y saldrán uno por uno del concilio. Mi pueblo morirá en
las tinieblas e irá por el largo sendero a cazar en otras tierras, sin
que el libro del hombre blanco les allane el camino. Más palabras
no tengo”.
Cansados y desilusionados emprendieron el regreso. En el camino
murió Cabeza Sin Cuernos, y Piel de Conejo siguió solo. Unos días
después fue alcanzado por soldados del general Clark. Le llevaban
un último recado.
Mucho tiempo antes de llegar, su gente escuchó las noticias del
regreso de Piel de Conejo. Mandaron un grupo numeroso para
darle la bienvenida. En silencio Piel de Conejo les entregó los
regalos del hombre blanco.
Ya en el campamento se llamó a una reunión del concilio. Piel de
Conejo se puso de pie para contar sus aventuras. ¿Qué les
diría?¿Debía hablarles de las hermosas casas que el hombre blanco
había construido?¿Debía hablarles de sus comidas y costumbres?
Ellos esperaban una sola noticia. Esto es lo que les dijo:
93 
 
“Aunque vengo con manos vacías, les traigo buenas noticias.
Cuando ya estaba regresando, el General Clark mandó soldados
que me alcanzaran para darme este mensaje: “Se enviará un
hombre con el libro”.
Pasaron todavía algunos años, pero finalmente el hombre llegó.
Primero Jasón Lee. Luego Marcus Whitman. Llegaron con amor
en su corazón y el libro celestial en sus manos. Se quedaron con
los Nez Percé y entregaron sus vidas para mostrarles la luz de la
palabra de Dios.
Después de todo, el viaje de dos mil millas llevó su fruto y loz Nez
Percé pudieron decir: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y
lumbrera a mi camino”.
_________________________

Encontré esta historia en un viejo librito de la escuela dominical de


los Bautistas del Sur. Su título: THIS IS MY BIBLE (Esta es mi
Biblia) 88 Pgs. Autora: Bethann F. Van Ness; publicado por
Convention Press, Nashville, Tennesse, 1944. Reimpreso en 1962.
La historia de los dos misioneros que llevaron el “Libro Celestial”
a los Nez Percé es relatada por Jeannette Eaton en Narcissa
Whitman, esposa de Marcus Whitman. Actualmente -2007-, es
fácil acceder a esta historia misionera buscando por “Narcisa
Whitman” en el Internet.
94 
 
LA BIBLIA MATAPIOJOS

“Cada palabra que Dios pronuncia tiene poder y tiene


vida. La Palabra de Dios es más cortante que una espada
de dos filos, y penetra hasta lo más profundo de nuestro
ser. Allí examina nuestros pensamientos y deseos, y deja en
claro si son buenos o malos” (Hebreos 4:12).

“Piojos…¡Cuántos piojos! Es un verdadero asco. Te vas a tu casa y


hasta que no te los quitas no me pisas más aquí”.
El tono duro de doña Candelaria no admitía objeciones, de modo
que Vanesa, su nieta adolescente, se fue sin decir palabra. Por
dentro lloraba a gritos: “Abu, te necesito, estoy sola. ¿Por qué
nadie me acepta, así como soy, con piojos y todo?”. Aunque su
dolor era agudo, Vanesa estaba decidida a no demostrárselo a la
abuela. “Tiene que haber forma de quitarse uno estos bichos, y me
los voy a quitar” –pensaba mientras se alejaba.
No era la primera vez que doña Candelaria trataba tan mal a su
nieta. Los vecinos y parientes sabían que la abuela era mala,
amargada, dura, estricta, mandona. Su mirada era fría y penetrante
como una navaja. Llevaba sus labios casi siempre apretados,
expresando un enojo interior que ni ella misma podía explicar. Era
de comprender que con ese carácter de bulldog ahuyentaba a la
gente. ¿Quién querría estar cerca de alguien tan repelente?
De niña, doña Candelaria no había sido muy feliz. Su educación
95 
 
era básica, apenas suficiente para firmar y contar el vuelto que le
daban en el almacén. No tuvo el tiempo ni el apoyo necesario para
aprender más. Lo peor era el rechazo que le expresaban. De modo
que aun trayendo el vuelto correcto a casa, había sido golpeada y
maltratada por sus propios padres. Sabía muy bien que ellos nunca
la habían querido. Ahora, siendo ya abuela, todas esas experiencias
se reflejaban en su trato diario con la gente y de manera especial
con su nieta, como si ella fuese la culpable, o responsable de tan
triste pasado.
A Vanesa le afectaba mucho, porque ella también se sentía
rechazada por sus padres. Había intentado refugiarse en la abuela.
Pero más de una vez esta la había echado de la casa. Ultimamente
no le perdonaba el cabello mugriento lleno de piojos. En su casa,
Vanesa se había echado todo un frasco de champú en la cabeza, se
había refregado el cuero cabelludo hasta dejarlo sangrando, y se
había enjuagado con agua casi hirviendo. Pero en vano. Apenas se
le secaba el cabello, la plaga volvía al ataque. Sabía que en esas
condiciones no podía ir a casa de la abuela. “¿Qué más puedo
hacer?” se preguntaba Vanesa.
Un día doña Candelaria entró a la carpa que los evangélicos habían
levantado cerca de su casa. Escuchó atentamente. Todo le parecía
muy distinto a lo que estaba acostumbrada cuando iba a la iglesia.
Al final de la reunión la misionera se le acercó, la saludó con
cariño, como si fuera una amiga de muchos años, la hizo sentirse
bienvenida. Después de algunos días incluso fue a visitarla en su
casa. Qué sorpresa para la abuela. Ultimamente nadie la visitaba,
excepto la nieta. Pero con ese problema en su cabello,
96 
 
sencillamente no la soportaba y terminaba echándola.
La misionera, en cambio, o “pastora”, como la gente le decía en
tono de cariño, traía un algo diferente. Así que la invitó a pasar,
hablaron de todo un poco, y luego la misionera le preguntó si podía
volver otro día. Esto sorprendió aun más a doña Candelaria. No se
imaginaba para qué querría volver. Al fin de cuentas no le había
ofrecido más que mate medio lavado y unas galletitas de agua. De
todos modos, los buenos modales la obligaron a decir: “Cuando
guste”.
Mientras tanto, Vanesa creyó haber solucionado su problema,
aunque no de la manera esperada. Necesitando que alguien en el
mundo la aceptara tal como era, se había unido a un grupo de
chicos y chicas que se las pasaban la mayor parte del tiempo en la
calle cerca de su casa. Puesto que también sufrían el rechazo de sus
padres y de la sociedad, tenían un punto en común. Sin más trámite
se aceptaron unos a otros. El grupo no le reprochaban por ser como
era, ella compartía su magra comida con los demás, y cuando las
noches eran frías todos se apretujaban unos contra otros para
compartir su calor corporal. Cada vez Vanesa pasaba más tiempo
con ellos. Aprendió sus palabras y sus reglas. Se convirtió en
miembro del grupo. Y como las normas de higiene no eran muy
estrictas entre ellos, los piojos estaban a sus anchas.
En lo de doña Candelaria continuaban las visitas de la misionera.
Un día le preguntó. “¿Por qué no leemos un poco la Biblia que es
la Palabra de Dios?” Doña Cándida había aceptado pensando que
eso no le podía hacer ningún mal. El problema surgió cuando la
misionera la invitó a que ella misma leyera. Qué sabía de la escasa
97 
 
educación que doña Candelaria había tenido de niña. Pero el
problema quedó rápidamente solucionado. “Yo le voy a leer –dijo
la misionera- y usted lo repite hasta que le quede grabado”. Poco a
poco doña Candelaria estaba guardando en su corazón preciosos
versículos de la Biblia. Primero fue: “Dios es amor”. Luego,
“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo
único para que todo aquel que en él crea no se pierda más tenga
vida eterna”. Luego, “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera
a mi camino”, luego, “A los que a Dios aman, todas las cosas les
ayudan a bien”. De manera casi imperceptible la palabra de Dios
fue tomando el lugar de los tristes recuerdos en el interior de doña
Candelaria.
Un día Vanesa llegó, como de costumbre sin previo aviso. La
abuela estaba aprendiendo de la Biblia con la ayuda de la
misionera. Su reacción fue como de costumbre: negativa.
-¿Qué haces otra vez aquí? –Le preguntó sin mirarla siquiera.
-¿Tienes algo de comer? Me muero de hambre –dijo Vanesa.
-Ya te dije que no vengas hasta no quitarte...
No terminó la frase. En cambio se levantó, fue a la heladera a ver
qué le podía dar de comer. En su niñez ella misma había pasado
hambre. Sabía lo que se siente. Además, desde que estaba
memorizando versículos de la Biblia, no sentía tanto rechazo hacia
la nieta. Así que, por muy sucia que estuviera, no la dejaría irse sin
antes darle un buen plato de comida.
Desde que la misionera le ayudaba a memorizar la Biblia algo se
98 
 
estaba derritiendo en su interior. Ya no llevaba los labios siempre
apretados. Ella misma no lo comprendía. Quién sí lo comprendía
era la sierva de Dios.
Mientras Vanesa se devoraba el plato de comida, doña Candelaria,
que se había acercado más de lo acostumbrado, podía ver el
movimiento en la cabeza de la niña.
-Abu, -dijo Vanesa como defendiéndose- siguen ahí, no hay
manera de librarse de ellos.
-Terminas de comer y te largas –ordenó la abuela.
-Está bien. Ya me voy.
De vuelta en la calle, Vanesa pensaba: “Está cambiada, antes no
me daba ni un bocado. Ahora por lo menos estoy llena. Tampoco
está tan enojada como antes, ni me echó a los gritos. ¿Qué le estará
diciendo la misionera que la visita?
Doña Cande, como ahora le decía la misionera, también notaba el
cambio. Era algo interior. Su carácter, sus pensamientos, su forma
de ser con los demás, eran distintos. La gente ya no huía de ella. A
veces se pasaba tiempo conversando con alguna vecina en la
vereda. El enojo y la dureza que antes usaba como escudo para
protegerse de los demás, se le estaba cayendo de a pedazos. Lo
más notable era que no le importaba. Se sentía bien. Estaba
contenta. Nunca antes había estado tan contenta. A veces incluso
se sorprendía a sí misma tarareando alguna de las canciones que
cantaban en la carpa.
99 
 
Todos esos versículos le daban vueltas y vueltas en la cabeza. A
veces le parecía que eran como gotas de agua cayendo sobre la
tierra reseca de una maceta. A medida que caían la tierra se
ablandaba y la planta empezaba a brotar de nuevo.
También notó que últimamente estaba pensando mucho en su nieta
Vanesa. “Pobre chica –se decía-, si los propios padres no la
aceptan, y yo la echo cada vez que viene, adónde va a encontrar el
cariño que necesita. Si Dios me puede amar a mí, cómo no la voy a
amar yo a ella, a pesar de todos esos… Qué culpa tiene la pobre”.
Un buen día esos pensamientos la impulsaron a hacer algo. Se
levantó. Se vistió. Metió el monedero en el bolsillo de su delantal y
fue al almacén. Ni ella misma sabía por qué hacía lo que hacía.
“Seguramente son esos versículos de la Biblia los que me hacen
hacer cosas que nunca antes hubiera hecho”, se justificó ella
misma. Volviendo del almacén (tienda) vio a Vanesa sentada como
a media cuadra con sus amigos de la calle en el cordón de la
vereda.
-Vanesa, -la llamó.
-¿Qué pasa, Abu?
-Vamos a casa.
-Pero Abu, tengo la cabeza peor que nunca –objetó la niña.
-Quiero que vengas
-Bueno…
100 
 
Vanesa no sabía qué pensar. Nunca antes la Abuela la había
llamado a su casa. Algo estaba completamente fuera de los carriles
acostumbrados. Pero, pensó Vanesa, “quizá tenga otro plato de
comida como la última vez. Eso sí que no me lo puedo perder”.
Así que al rato les dijo “chau” a sus amigos y fue a ver qué quería,
o mejor dicho, qué tenía la Abuela para ella.
Cuando entró se sorprendió, porque la Abuela no tenía nada. Al
menos no en la mesa. Nada de comida, nada de ropa, nada de nada.
Simplemente la estaba esperando y sin vueltas le dijo:
-Vamos al baño.
Vanesa no sabía qué hacer, pero la orden era firme. Una vez en el
baño, hubo más:
-Agacha tu cabeza aquí sobre el lavatorio
De a poco Vanesa creía comprender.
-Pero Abu, con lavarse uno la cabeza los piojos no se van.
-Veamos. No se van a ir. Van a estirar la pata ahí donde están –dijo
con tono desafiante la Abuela.
Doña Candelaria le aplicó la crema que había comprado en el
almacén. La fregó bastante. Vanesa sintió primero un calor. Luego,
se le calmó la picazón constante que normalmente sentía.
-Tenemos que esperar tres minutos con esa crema puesta, -dijo la
Abuela.
101 
 
Los tres minutos los pasaron en silencio.
-Ahora enjuágate y repetimos el proceso.
Otros tres minutos de espera silenciosa. Un segundo enjuague, y…
-Mira Abu, -exclamó Vanesa-, el lavatorio se está llenando de
piojos. Están muertos.
-Te dije que iban a estirar la pata.
Luego doña Cande le cubrió la cabeza con la toalla. Mientras le
secaba el cabello la estrechó contra su corazón. Era la primera vez.
Hacía muchísimos años que no abrazaba a nadie y, lógicamente,
estaba un poco fuera de práctica. A Vanesa le explotaban los ojos
de tantas lágrimas que se le juntaron. Las piernas le temblaban.
Nunca nadie la había abrazado, ni …sacado los piojos.
Mientras abuela y nieta estaban abrazadas, conteniendo cada una
sus sollozos, en la mente de doña Candelaria se iluminaron unas
palabras de la Biblia que últimamente había aprendido:
“…Penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. Allí examina
nuestros pensamientos y deseos, y deja en claro si son buenos o
malos”.
_____________________________
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LA ASPIRINA

Jesús dijo:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día y sígame”. (Lucas 9:23-24).

Desde que tengo 50 años, también tengo lo que se llama


hipertensión, o presión alta. Todos los días debo tomar mi
medicina. Si un día no la tomo es como que nunca antes la tomé.
Así que, todos los días.
Esto me trae a la memoria algo que pasó en Africa, en medio de la
selva. Allí las iglesias bautistas habían construido un hospital para
ayudar a la gente de la región en sus problemas de salud.
Haciendo un paréntesis les cuento que las iglesias bautistas tienen
muchos proyectos similares en diversas partes del mundo. En
zonas de desierto han cavado pozos para que la gente y el ganado
tenga agua. En otras partes construyeron usinas eléctricas, para
proveer de energía y luz a una comunidad. En otras, levantaron
escuelas para que grandes y chicos aprendan a leer y escribir.
Actualmente (2007) constituyen una de las principales fuerzas de
trabajo que ayudan a las familias golpeadas por el huracán Katrina
a recuperarse. Recientemente mi propia iglesia participó en
proveer un automóvil a un pastor que predica el evangelio cerca
del polo norte y muchas veces tiene que recorrer largas distancias a
través del hielo y de la nieve. El automóvil es una valiosa
103 
 
herramienta para su trabajo.
Pero volvamos a la historia del hospital en África. Periódicamente
es visitado por grupos de personas que desean ayudar en esa obra,
y, pagando sus propios gastos hacen el viaje desde los Estados
Unidos de Norteamerica hasta allá para ver y conocer
personalmente el ministerio del hospital.
Estas visitas les permiten evaluar el bien que se está haciendo con
las ofrendas y los materiales que los feligreses juntan para ayudar a
personas mucho menos privilegiadas. La convicción que los mueve
es que quien no vive para servir, no sirve para vivir. Han
comprendido que todo lo que tienen es en calidad de préstamo, y
que la mejor manera de usarlo es compartiéndolo con otros.
Además, estos viajes son la oportunidad para descubrir otras
necesidades que también requieren pronta atención, pero que desde
la distancia no se ven. Muchas veces es así como nacen nuevos
proyectos de asistencia al prójimo.

Demás está decir que en esos viajes los visitantes toman muchas
fotografías. Es algo muy importante porque les permite mostrar a
quienes no pudieron viajar lo que está ocurriendo en esos lugares
tan lejanos. Viendo las fotos y escuchando los testimonios, muchas
otras personas comienzan a involucrarse. Con más personas, se
consiguen más medios y se cumple mejor la tarea. Todo proyecto,
meta, o visión requiere que las personas se involucren
directamente. Nadie pone el corazón donde antes no puso sus
manos. Y la historia de hoy tiene que ver con uno de los visitantes
que primero puso sus manos y luego su corazón.
104 
 
Una vez en el hospital pudo apreciar de cerca el tipo de
construcción, completamente diferente a lo que él estaba
acostumbrado a ver en los hospitales de su patria. También pudo
hablar extensamente con el médico. Y es importante recalcar que
era solamente un médico. No había especialista para los diferentes
casos. Un médico para todo y para todos.
Lamentablemente, debido a la barrera del idioma, no pudo hablar
con ninguno de los pacientes, pero sí pudo observarlos
detenidamente.
Hubo algo que le llamó mucho la atención: Un paciente llegaba
cada mañana desde el interior de la selva para hablar con el
médico. Después de conversar unos veinte o treinta minutos con él
recibía, de su mano, su medicina. Era una simple aspirina y tenía
que tomarla allí mismo, en presencia del médico. Luego regresaba
a su choza en el corazón de la selva. Cada día se repetía el mismo
procedimiento.
El visitante hizo cuentas y concluyó que el paciente debía caminar
dos horas para llegar al hospital, y después de ver al médico y
tomar la aspirina, otras dos horas para regresar a su casa. Esto lo
llenó de asombro.
-Más de cuatro horas para tomar una aspirina -pensó-. Me parece
mucho. ¿Por qué no darle la cajita entera de aspirinas y que la tome
en su casa. Así se ahorra las cuatro horas diarias de caminata? Voy
a hablar con el médico -se dijo a sí mismo- y preguntarle el por qué
de esto.
105 
 
A la noche, cuando finalmente todo el mundo estaba descansando
y cuando el aire fresco de la noche era un bienvenido alivio, el
visitante buscó al médico para explicarle su asombro y averiguar
por qué se hacían las cosas de esa manera.
El médico escuchó atentamente y luego explicó:
-La función del hospital no es solamente curar las heridas y
enfermedades corporales de esta gente. También abarca su vida
espiritual. No basta con un médico que les dé remedios, vendas,
antibióticos; también necesitan el MEDICO DE MEDICOS.
Necesitan conocer a Dios; necesitan asimilar sus mandamientos,
sus promesas, necesitan conocerlo. Lo que usted ha visto es parte
de un proceso de enseñanza y aprendizaje.
El visitante escuchó atentamente, pero se quedó perplejo pensando
¿qué podía aprender el hombre caminando cuatro horas diarias por
la selva para tomar una aspirina?
Esto fue lo que el médico le explicó:
-Este paciente está aprendiendo tres cosas simples, pero
esenciales. Y las aprende no por leerlas en un libro ni por oírlas en
una clase, sino por el hecho de hacerlas. Hay muchas cosas que
todos nosotros aprendemos mejor haciéndolas que estudiándolas.
El visitante no se pudo contener y preguntó, casi con impaciencia,
no porque dudase de las palabras del médico, sino porque
realmente quería comprender esto. Era algo nuevo para él. Así que
insistió:
106 
 
-¿Y cuáles son esas tres enseñanzas?
El médico dijo:
-Primero aprende que así como es necesario presentarse todos los
días ante el médico del hospital, para recibir su medicina, también
es necesario presentarse todos los días ante EL MÉDICO, ante
Dios. Acordarse de Dios únicamente cuando ya no damos más,
está mal. Para vivir bien tenemos que tener diariamente una
entrevista con EL. Esa es su oportunidad de contarle cómo le fue el
día anterior, mencionarle sus problemas y necesidades, y luego
recibir la medicina adecuada.
También aprende algo muy importante sobre las medicinas -en este
caso la aspirina que le doy-. De nada le sirven si se hace un collar
con ellas y se las ate al cuello. Tiene que ingerirlas. La medicina
tiene que meterse dentro de él. De igual manera la Palabra de Dios
de nada sirve si solamente la usamos de adorno –por ejemplo,
teniendo una Biblia vistosa en la casa-. Es necesario asimilarla
dentro de nosotros. Solamente entonces afectará la totalidad de
nuestro ser.
Por último, teniendo que caminar bastante para tomar su aspirina,
le enseña que la salud física igual que la salud espiritual requieren
tiempo. Imagínese, tiene que levantarse temprano, organizarse el
día, y recorrer el camino. Si no lo hace, pronto volverá a estar
enfermo. Lo mismo ocurre en el aspecto espiritual. Sin tiempo y
sin el necesario esfuerzo, tampoco hay bendición.
107 
 
Ahora, yo podría –continuó el médico después de un intenso
silencio- escribirle estas enseñanzas en la pizarra, pero hay una
gran realidad: Tanto aquí en la selva, como en nuestro mundo
supuestamente civilizado y avanzado, hay muchas cosas que
únicamente asimilamos haciéndolas.
_____________________________

De regreso en su patria y llegado el momento de compartir en su


iglesia las experiencias vividas en Africa, este viajero pasó al
frente, sacó de su bolsillo una aspirina y la tomó ante los ojos de
todos. Un vaso de agua le ayudó a tragarla. Luego dijo: Tres cosas
he aprendido en mi visita al hospital en la selva: Primero, todos los
días tengo que hablar con mi MÉDICO, el Creador del universo.
Sé que tengo una cita con él, sé que me espera. No le voy a fallar.
También aprendí que debo asimilar su medicina, su palabra. Así
como asimilé la aspirina que acabo de tomar debo asimilar su
enseñanza. Escucharla solamente, tener una bonita Biblia, leerla de
vez en cuando, no produce ningún resultado. Tengo que asimilarla.
Se tiene que meter dentro de mí tal como ocurrió con la aspirina
que tomé. Y tercero, comprendí que esto requiere tiempo. No es
algo automático. Por eso, desde ahora estoy dispuesto a organizar
mi horario de tal manera de dedicarle todo el tiempo que ello
requiera. Les aseguro que este viaje fue de enorme beneficio para
mi vida.
108 
 
MEDIA LAGARTIJA
“No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el
juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con
que medís se os medirá.” (Mateo 7:1-2).
“No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo
que el hombre siembre, eso también segará”. (Gálatas 6:7).

Don Tortugo había gastado toda su sal y ahora sus comidas eran
totalmente insípidas. Así que fue a lo de su hermano para pedirle
un poco de sal prestada.
—No hay problema,— dijo su hermano —yo tengo mucha. ¿Cómo
la vas a llevar?
—Hagamos un paquete. Usemos una toalla para envolverlo. Luego
lo atamos con cuerdas y yo me engancho las puntas en el borde de
mi caparazón para arrastrarlo hasta mi casa.
—Muy buena idea, —dijo su hermano— y entre los dos hicieron
el paquete de sal. Luego don Tortugo emprendió el largo y lento
camino a su casa. Por detrás suyo iba arrastrando, bump bump
bump, su paquete de sal.
De pronto sintió un tirón que lo detuvo. Se dio la vuelta para ver
qué pasaba, y cuánta no fue su sorpresa al ver a Lagartija que
sencillamente había saltado encima de su paquete. Allí estaba
cómodamente sentado mirando con sonrisa burlona a Tortugo.
109 
 
—Bájate de mi sal, —le ordenó Tortugo— ¿Cómo piensas que voy
a arrastrar mi paquete si te sientas encima?
—Es que ya no es tuyo, —respondió desafiante Lagartija—. Yo
estaba caminando por aquí y encontré junto al camino un paquete,
así que tomé posesión de él. Me lo apropié. Ahora me pertenece a
mí.
—Qué tonterías estás hablando, —dijo Tortugo—. Sabes muy bien
que el paquete es mío, además puedes ver que lo llevo atado a mi
caparazón. Pero Lagartija insistía en que había encontrado el
paquete a la orilla del camino, que ahora era suyo y que por nada
del mundo se bajaría de él.
—Y si no te gusta, —le dijo siempre con ese tonito burlón—
vayamos a la corte para que los jueces decidan quién tiene razón.
Pobre don Tortugo no tuvo más remedio que aceptar con tal de
salvar su sal. Les explicó a los jueces que por tener brazos y
piernas cortitas siempre estaba obligado a arrastrar sus cosas detrás
suyo. Luego Lagartija presentó su lado del caso, diciendo que
había encontrado el paquete junto al camino.
—Es sabido, —dijo— que todo lo que uno encuentra en el camino
le pertenece al que lo encuentra. ¿O estoy egquivocado?
Los jueces se tomaron su tiempo para discutir en profundidad el
caso. Pero algunos simpatizaban con Lagartija porque en secreto
pensaban que decidiendo en su favor tal vez recibirían parte de la
sal. Finalmente dieron sentencia. Ordenaron que el paquete sea
cortado en dos y que cada uno de los litigantes se lleve una mitad.
110 
 
Tortugo se sintió muy desanimado. Sabía que la sal era suya. Pero
suspirando se resignó a que cortaran el paquete en dos. ¿Qué más
podía hacer? Lagartija por su parte, haciendo uso de su agilidad, se
apropió rápidamente de la mitad más grande. Tortugo no sólo se
quedó con la mitad más chica, sino que gran parte de la sal se le
escurrió por el corte en el paquete. El largo camino a su casa quedó
sembrado de sal. Trató de juntar cuanto pudo. Pero sus manos eran
demasiado chicas y el envoltorio demasiado corto para armar el
paquete de nuevo.
La esposa de Tortugo se sintió muy desilusionada al ver tan
poquita sal, y cuando oyó toda la historia se indignó
profundamente por la injusticia de la corte. Tortugo tuvo que
descansar varios días para reponerse del largo y agotador viaje.
Pero el hecho de estar agotado y de ser muy lento al caminar no
significaba que era tonto. Mientras descansaba para reponerse ideó
un plan para saldar cuentas con Lagartija. Esto es lo que hizo: Ya
repuestas sus fuerzas le dijo "chau" a su esposa, (porque ellos
vivían en el sur, cerca de Argentina donde se acostumbra a decir
"chau" en vez de "hasta la vista"), y se fue rumbo a lo de Lagartija.
Lagartija estaba almorzando un plato de hormigas voladoras.
Tortugo se le acercó, silenciosamente y sin ser visto, por detrás.
Repentinamente, y siempre desde atrás, puso sus manos sobre el
lomo de Lagartija, justo en medio de la espalda. Con fuerza apretó
el delgado cuero del reptil entre sus dedos. Lo levantó y lo sostuvo
unos cuantos centímetros encima del suelo.
—Oh, veamos que he encontrado hoy —dijo en alta voz Tortugo.
111 
 
—¿Qué estás haciendo? Me vas a lastimar el cuero —gritó
perplejo Lagartija.
—Nada —explicó Tortugo—. Sencillamente caminaba por aquí y
encontré algo, así que lo recogí y ahora es mío. Ya sabes, todo lo
que uno encuentra en el camino le pertenece al que lo encuentra.
¿Te acuerdas que tú mismo lo dijiste?
Lagartija seguía retorciéndose en el aire y exigiendo que Tortugo
lo soltase. Pero este no le hizo caso.
—Solamente te soltaré si los jueces así lo ordenan —explicó
Tortugo—.
Así que ahora era Lagartija quien no tuvo otra opción que ir a la
corte si quería salvar su pellejo. Otra vez los ancianos escucharon
atentamente ambos lados de la historia. Luego se dijeron unos a
otros:
—Si vamos a ser totalmente justos tenemos que juzgar de la misma
manera que con el caso de la sal.
—Si, —dijeron todos, asintiendo con sus blancas cabezas—. Y no
nos olvidemos que en ese caso dimos la orden de cortar el paquete
por la mitad. Ahora tenemos que sentenciar lo mismo.
—Eso me parece justo, —dijo Tortugo—, y antes que Lagartija
pudiera escapar le arrebató el cuchillo a uno de los jueces y cortó
al reptil por la mitad.
Así terminó no sólo se la historia del codicioso Lagartija, sino
112 
 
también este cuento que es una clara ilustración de que todo lo que
uno siembra, eso también siega.
_____________________________

Nota: Este es un antiguo cuento Africano recopilado y relatado en


inglés por Kathleen Arnott –misionera metodista en ese
continente—, y publicado en 1962 con el título de: AFRICAN
MYTHS AND LEGENDS (Oxford University Press). Después de
adaptarla a la lengua y al escenario de América Latina, la he
incluido aquí porque ilustra claramente el error de aprovecharse de
los más débiles y de juzgar con parcialidad. La Biblia dice: “Lo
que el hombre sembrare, eso también segará”.
_____________________________

BATIR MANTECA
“También les refirió Jesús una parábola sobre la
necesidad de orar siempre y no desmayar, diciendo:
«Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni
respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una
viuda, la cual venía a él diciendo: "Hazme justicia de mi
adversario". Él no quiso por algún tiempo; pero después de
esto dijo dentro de sí: "Aunque ni temo a Dios ni tengo
respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es
molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo
me agote la paciencia"». Y dijo el Señor: «Oíd lo que dijo
113 
 
el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus
escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en
responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero
cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la
tierra?” (Lucas 18:1-8).

Había una vez dos sapitos. Un día, cansados de estar en su charco


haciendo croac croac, decidieron salir de viaje para conocer el
mundo.
Uno de ellos ya era adulto, y más que adulto, medio viejo. Pero
mantenía un espíritu juvenil. Siempre le buscaba el lado positivo a
las cosas, leía todos los libros que le venían a la mano y aprendía
cualquier cosa nueva que se le presentaba. Las experiencias de la
vida le habían enseñado que para lograr objetivos hay que
perseverar. Resultaba interesante conversar con él, y simplemente
estar en su compañía era una experiencia positiva. En pocas
palabras, era un optimista.
El otro era mucho más joven. Y era el polo opuesto. Caprichoso.
Se enojaba fácilmente cuando no se salía con las suyas. Siendo el
menor de cinco hermanos estaba acostumbrado a que lo mimen y
le concedan todos los gustos, así que creció sin la menor idea de lo
que es luchar por una causa o una meta. La palabra perseverar ni
siquiera existía en su vocabulario. Cuando algo no le salía en el
primer intento arrojaba al piso lo que tuviera en sus manos. Creía
que leer libros era perder tiempo, porque también creía que ya
había aprendido todo lo necesario para la vida. ¿Aconsejarle? Ni
114 
 
qué pensarlo. Se valía por sí mismo y se quejaba todo el tiempo.
Era un pesimista. Cuando podía, contagiaba su actitud a quienes
estaban cerca. Pero nadie aguantaba mucho en su compañía.
Si me preguntan cómo es posible que dos personas, digo sapos, tan
distintos pudieron ponerse de acuerdo para salir de viaje, la
respuesta es muy sencilla. Los dos estaban hartos de su charco.
A la siguiente luna llena partieron. Salto tras salto llegaron al borde
del bosque, salto tras salto cruzaron la carretera, salto tras salto
llegaron al pueblo, y una vez más, salto tras salto, se toparon con la
primer casa. Pegados a la pared decidieron darle la vuelta. Después
de pasar la primer esquina se encontraron con una ventana del
sótano. Es sabido que esas ventanas están al mismo nivel del suelo.
—¿Qué hacemos ahora —preguntó el más joven a su
compañero—. No me gustan los desvíos. Quiero avanzar.
—Ya que la ventana está abierta —respondió el otro— avancemos.
Veamos lo que hay detrás de ella. El que no arriesga, no gana.
Avanzaron. Se encontraban ahora sobre el borde inferior de la
ventana. La ventana estaba abierta. Miraron adentro. Todo oscuro.
Seguir avanzando significaba seguir a ciegas. Para explorar el
interior había que meterse.
—¿Te atreves? —preguntó el viejo.
—Vamos —contestó el otro tomando impulso.
Saltaron juntos, y...Splash.
115 
 
Cayeron como plomada y pararon en un recipiente lleno de
líquido. No era lo que esperaban, pero al menos les amortiguó el
golpe. Ninguno se lastimó.
—Si caíamos sobre el piso de cemento, no contábamos el cuento
—dijo el viejo buscándole algo bueno al mal momento.
Es una desgracia —respondió el otro—, casi me muero de puro
susto. ¿Qué será este líquido? Porque agua no es.
Se pasaron los siguientes minutos investigando el lugar al que
habían caído. Una cosa estaba segura, el líquido era leche. Otra
cosa también era segura. La leche estaba en un fuentón de paredes
altas y lisas, y no había manera de salir.
Con su tono de pesimista el joven dijo:
—Qué idea la de los dueños de casa, de poner un fuentón con leche
debajo de la ventana. ¿No se dan cuenta que en cualquier momento
les pueden caer dos sapos y arruinarles la leche?
—Una vez me contaron —respondió el viejo— que mucha gente
hace su mantequilla a la antigua.
—No entiendo qué tenga que ver esto con la mantequilla. Además
la mantequilla se consigue en el almacén, no en los sótanos.
—Pero antes, cuando no había almacenes para vender mantequilla,
la gente misma la hacía. Ponía leche fresca en un fuentón...
—Un momento, —interrumpió el joven— ¿no pretendes decirme
116 
 
que la mantequilla se hace de leche? Porque eso ni yo, ni nadie te
lo va a creer.
—Pues, aunque no lo creas, es así. La gente llena un fuentón con
leche y la estaciona varios días en el sótano.
—¿Y se transforma en mantequilla?
—No es tan rápido. Cada día recogen la crema que se junta en la
superficie y cuando tienen un plato lleno, la baten, y después de
batir un rato se forma una pelota de mantequilla.
—Ya entiendo, ¿y nosotros somos los afortunados que hemos
caído en el fuentón de leche?
—Exactamente.
—Ya que sabes tanto, dime qué hacemos para salir de aquí. Porque
yo ya me estoy cansando de nadar y nadar. Si no salgo pronto, me
voy a morir.
—No tengo la menor idea. Lo único que se me ocurre por ahora, es
hacer lo que sabemos hacer, nadar.
La siguiente hora la pasaron en silencio. Nadando y nadando.
Trazando círculos dentro del fuentón. Pero el joven viendo que no
adelantaban se enojó mucho y finalmente explotó.
—Ya no doy más. Tengo calambres en las piernas. De seguir así
me voy a morir.
—Fuerza amigo. Animo. Sigue nadando.
117 
 
Interiormente el otro ya se había rendido. Y cuando uno se rinde
interiormente ya no siente motivación ni fuerza para seguir
luchando. En la vida hay situaciones, en que lo único que puedes
hacer es apretar los dientes y perseverar. Pero este sapo se había
rendido. Había abandonado. Había tirado la toalla. Hubiera podido
seguir un poco más, pero no quería. En su interior había dicho
“basta”. La fuerza para perseverar viene de adentro. Requiere fe.
Requiere echarle ganas. Pero este amigo no tenía nada de esto, y
para peor, ni lo quería tener. El resultado fue que al rato se murió.
Plop hizo, y quedó panza arriba flotando inmóvil en la leche, los
ojos blancos, la lengua colgándole inerte fuera de la boca
semiabierta.
El otro, siguió su propio consejo. Hizo lo único que podía hacer,
nadar. Perseveró. Las siguientes horas se las pasó dando vueltas y
vueltas en el fuentón. Varias veces trató de saltar fuera, pero las
paredes eran demasiado altas, y no tenía donde apoyar sus patas
para tomar impulso. Así que, a seguir nadando.
Cuando las primeras luces de la mañana espiaron dentro del
sótano, pasó algo. Fue inesperado, nunca imaginado. De pronto le
pareció que una de sus patas traseras habían chocado con algo duro
que no era la pared del fuentón. Como que algo estaba flotando en
la leche.
No puede ser —pensó para sus adentros—. He pataleado aquí toda
la noche y estoy seguro que no había nada. Debo estar equivocado.
De todos modos, dio otra vuelta prestando especial atención a
cualquier cosa dura que sus patas tocaran. Y sí, ahora lo sentía de
118 
 
nuevo. Era como una pelota. Podía apoyar las dos patas. Un
pensamiento como relámpago le iluminó la mente. Con tanto
patalear había batido la leche y se había formado una pelota de
mantequilla. No lo pensó dos veces. Apoyó sus patas, dobló las
rodillas, respiró hondo, y saltó con todas sus fuerzas. Con un
panzazo cayó en el piso del sótano. Sano y salvo.
En ese instante se abrió la puerta del sótano porque el dueño de
casa iba a recoger la crema del fuentón. Sin ser visto, nuestro
amigo aprovechó la oportunidad para salir. Cuando el hombre iba a
meter el cucharón en la leche se dio la gran sorpresa… ¿Se
imaginan la cara que puso cuando encontró la mantequilla ya
hecha, y junto a ella un sapo muerto?
Salta que te salta el otro regresó a su charco.
“Persevera”, repetía con cada salto, “persevera”.
_____________________

Nota:
“manteca” y “mantequilla” es lo mismo. En México y Centro
América se usa “mantequilla”; en el sur de América Latina —
Argentina, Uruguay, Chile— se dice “manteca”. El proceso para
producirla es en todas partes el mismo, y su sabor….
mmmmmmmmmmmm.
119 
 
ALAS…para volar
“El reino de los cielos es como un hombre que, yéndose
lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno
dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada uno
conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. El que
recibió cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros
cinco talentos. Asimismo el que recibió dos, ganó también
otros dos. Pero el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra
y escondió el dinero de su señor. »Después de mucho
tiempo regresó el señor de aquellos siervos y arregló
cuentas con ellos.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y trajo otros
cinco talentos, diciendo: "Señor, cinco talentos me
entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos
sobre ellos". Su señor le dijo: "Bien, buen siervo y fiel;
sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en
el gozo de tu señor". Se acercó también el que había
recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me
entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre
ellos".
Su señor le dijo: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has
sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu
señor".
Pero acercándose también el que había recibido un
talento, dijo: "Señor, te conocía que eres hombre duro, que
siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste;
120 
 
por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la
tierra; aquí tienes lo que es tuyo".
Respondiendo su señor, le dijo: "Siervo malo y negligente,
sabías que siego donde no sembré y que recojo donde no
esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los
banqueros y, al venir yo, hubiera recibido lo que es mío
con los intereses.
Quitadle, pues, el talento y dadlo al que tiene diez talentos,
porque al que tiene, le será dado y tendrá más; y al que no
tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil
echadlo en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el
crujir de dientes". (Mateo 25:14-28)

La historia que les voy a contar hoy es una leyenda. Eso significa
que no está en la Biblia. No está en la Biblia, pero la Biblia está en
ella. También significa que es una historia muy antigua, que la
gente contaba en las noches cuando estaban sentados alrededor del
fuego tomando mate, o café, o chocolate, o un caldo caliente.
Además significa que contiene parte de verdad y parte de fantasía.
Otra cosa, por ser muy antigua, nadie sabe exactamente quién la
contó por primera vez. Lo que por otra parte a nadie le interesaba.
Lo importante es que a la gente le gustaba tanto que con el tiempo
algunas personas la escribieron. Cada uno a su modo. También
hubo quienes le dieron forma de poesía. Schiller, el gran poeta
alemán fue uno de ellos. Leyendo su poesía fue como yo conocí
esta historia. Pero eso fue hace muchísimos años de modo que ya
no me acuerdo de todos los detalles. Lo que les voy a contar es lo
121 
 
que sí me acuerdo.
Dice la leyenda que cuando Dios terminó con la creación del
mundo los pájaros —según esta historia- no tenían alas. Eran
animalitos un tanto redondos, pesaditos, con dos patas, un pico y
plumas. Pero sin alas. Se las pasaban todo el día escarbando entre
la arena y las hojas caídas de los árboles buscando gusanos, raíces
y semillas para comer.
Así que el aire se veía totalmente despoblado. Sin águilas surcando
majestuosamente los aires; sin colibríes suspendidos en el aire
sorbiendo el néctar de las flores. Sin el ganso canadiense, conocido
también como ganso bocinador, volando en grandes formaciones y
gritando honc honc mientras busca lugares más calientes donde
pasar el invierno. Tampoco había venteveo que desde el limonero
de algún patio lance sus mensajes de amor a la pretendida.
Nunca se escuchaba el brrrrr de la perdiz que asustada sale volando
del costado del camino. Ni se veían las oscuras golondrinas que
vuelven al balcón para colgar sus nidos.
El aire estaba descolorido, triste y silencioso. Sin el verde quetzal,
sin el rosado flamingo, sin el rojo faisán. No se veía ninguno de
todos esos vistosos colores que Dios, Pintor de pintores había
usado en su creación. Y todo porque los pájaros, al no tener alas, se
las pasaban todo el tiempo saltando en sus dos patas de un lado al
otro, escarbando en la tierra y comiendo gusanos.
Una tarde en que Dios salió a pasear por la tierra como
acostumbraba hacer en aquellos primeros años de la creación, vio
122 
 
que en el aire faltaba algo, y enseguida decidió mejorar unos
detalles. Los artistas tienen esa costumbre de trabajar siempre
sobre algún detalle. Una sombra aquí, un tono algo más intenso
allá, un silencio, una palabra, un color.... Nada más que detalles.
De regreso en el cielo puso a los ángeles a confeccionar alas. Alas
de todo tamaño y color. Largas, cortas, anchas angostas. Tamaño
especial y superespecial. Brillosas, opacas, de un solo color, de
muchos colores. El sabía que a la hora de vestirse, los gustos de las
criaturas son infinitos. Cuando tuvo unas cuantas maletas llenas de
alas volvió a la tierra y llamó a una reunión general de pájaros.
—Quiero que sean más felices —dijo—, que no tengan que
escarbar todo el día en la tierra, ni cansarse las piernas saltando de
acá para allá. Por eso les he traído alas. Pónganse en fila mídanse
las que mejor les queden. Comiencen una vida nueva.
A los pájaros les llevó todo el día. Imagínense hasta que cada uno
encontró la medida correcta de entre tantas, el color preferido y
que además haga juego con el resto del plumaje, y el corte. Luego
mirarse en el espejo. Probar otras, alisar las arrugas, cortar las
etiquetas plásticas de la fábrica. Eso de encontrar ropa adecuada en
las tiendas no siempre es tan fácil. A veces uno piensa que ya
encontró lo justo, pero luego en casa uno le ve detalles y tiene que
volver y cambiar las prendas y hacer todo el proceso otra vez.
De todos modos, a la tarde estuvieron listos y cada uno se volvió a
su lugar. Dios, por su parte, regresó a cielo donde le esperaba una
cantidad de otros asuntos del universo que había creado.
123 
 
Ya les dije que una costumbre de los grandes artistas es trabajar
sobre los detalles. Otra costumbre que tienen es que después de un
tiempo vuelven a examinar su obra. Quieren estar seguros de haber
hecho un trabajo realmente excelente. Siempre quieren que las
cosas sean lo mejor posible. No se conforman con un "pasa", o
"mejor que nada". La meta es la excelencia. Así que llamó a los
ángeles, y les preguntó cómo iba su creación.
Ellos informaron que el sol y la luna hacían buen trabajo y que las
estaciones de verano, otoño, invierno y primavera, funcionaban
como reloj. El cielo producía suficientes lluvias para regar los
bosques. Los mares se habían llenado de peces grandes y chicos. Y
los demás animales se reproducían satisfactoriamente. Todo
parecía estar bien, excepto los pájaros.
—¿Qué pasa con los pájaros? ¿Qué problema tienen? —preguntó
asombrado el Creador.
—No están muy contentos, —explicó el ángel encargado de los
pájaros— en vez de cantar que es lo que normalmente se espera de
ellos, viven quejándose todo el tiempo.
—¿Cuál es el motivo?¿De qué se quejan? La última vez que estuve
con ellos les llevé alas para que sean más felices. Así que no
entiendo. ¿Cuál es el problema?
—Precisamente, —informó el ángel—, se quejan de las alas,
porque dicen que les agrega peso y les dificulta el escarbar en la
arena y las hojas secas en busca de comida.
Este era un resultado totalmente inesperado, porque los
124 
 
pensamientos de Dios para sus criaturas son para bien y no para
mal. Pero acá había algo que estaba fuera de lugar. El Creador
decidió volver a visitarlos y corregir esta situación.
Se fijó en su agenda para ver qué día tenía disponible, porque una
tercera costumbre de los grandes artistas es terminar lo que
comienzan. Si no lo pueden terminar la primera vez, vuelven
después para hacerlo. Cuánto más Dios. Siempre lleva a buen fin
lo que empieza. Así que ideó un plan para ayudar a los pobres
pájaros. Siempre tiene planes para ayudarnos. Toda la Biblia es el
plan de Dios para que nosotros los humanos seamos más felices.
Para que no vivamos de los gusanos de la tierra, sino que tengamos
vida y vida en abundancia.
El día señalado volvió a visitar la tierra. Esta vez se trajo algunos
de sus ángeles como ayudantes. Nuevamente convocó a una
reunión general de pájaros.
Cuando todos estuvieron presentes, lo cual llevó unas cuantas
horas, porque varios de ellos tenían que venir saltando desde lejos,
y cuando todos se preguntaban cuál sería el motivo de la reunión, y
algunos ya se quejaban porque les quitaba tiempo para escarbar en
la arena, Dios dijo:
—Necesito cinco voluntarios.
Ningún problema, enseguida hubo cinco alas levantadas. Yo
Señor; y yo Señor... Pero cuando supieron que era para correr
ciderta distancia les costó trabajo disimular su desagrado. De todos
modos ya se habían presentado, y ahora no se podían echar atrás.
125 
 
Como dice el refrán "ya estamos en el baile, tenemos que bailar".
Por supuesto que Dios se dio cuenta. No hay pensamiento que
podamos ocultar de él. Pero lo pasó por alto. Muchísimas veces
pasa por alto nuestros pecados, debilidades y fracasos. ¿Sabían que
la palabra pascua que es el nombre de una de las dos grandes
fiestas cristianas, significa precisamente pasar por alto? Para Dios
lo más importante es proseguir con su plan y que sus criaturas
estén dispuestas a seguirlo. Y estos cinco voluntarios, mal que mal,
estaban dispuestos. Así que Dios dijo:
—A la voz de preparados, listos… ya, ustedes salen corriendo
desde esta línea que estoy trazando en el suelo.
Los voluntarios se alinearon detrás de la línea trazada. Luego Dios
siguió con sus instrucciones:
—Van a correr hasta aquel árbol —dijo señalando un árbol que
estaba como a cincuenta metros-.
—Con que no nos pida más corridas que esta —murmuraron por lo
bajo los voluntarios-.
—Cuando lleguen al árbol —prosiguió Dios—, presten mucha
atención, en ése momento voy a darles otra orden. Deben
obedecerla sin dejar de correr. ¿Está claro?
Los voluntarios asintieron con sus cabezas.
Entonces Dios dijo: preparados, listos ... yaaaa.
126 
 
Y los voluntarios comenzaron a correr hasta el árbol indicado.
Los ángeles, ubicados a lo largo de la improvisada pista gritaban
más rápido, más rápido. Pronto los voluntarios sintieron dolor en
sus piernas. No estaban acostumbrados a semejantes ejercicios. Ya
estaban bien traspirados y agitados cuando llegaron al árbol.
Entonces vino la segunda orden:
—Extiendan sus alas, bien extendidas. Más. Muy bien.
Ya no tenían aliento para quejarse. Simplemente obedecieron y
extendieron sus alas. Fue la primera vez. Enseguida tuvieron la
extraña sensación de sentirse más livianos. Nunca se habían
sentido así. No sólo que se sentían más livianos, sino que sus patas
no podían pisar bien el suelo. Apenas lo tocaban con la punta de
los dedos, digo, de las patas.
—Qué cosa tan extraña.... —querían pensar—. Pero no pudieron
terminar su pensamiento porque algo más extraño ocurrió.
Mirando alrededor de pronto todo se veía más chico y cada vez
más chico. Ya sus patas no tocaban nada. El suelo había quedado
lejos, abajo, y todo se veía tan chico. El río, los árboles. Además se
sentían tan livianos. No les costaba nada ir a la velocidad de una
flecha de un lugar a otro.
Estaban volando.
El resto de los pájaros que se habían quedado de expectadores,
siguieron su ejemplo. Corrieron de la misma manera, extendieron
sus alas, y de pronto todos estaba dando vueltas por el aire,
volando.
127 
 
A la noche de aquel día, cuando todos estuvieron de regreso en sus
respectivas casas, digo nidos, y cuando todos estaban bien
cansados de tanto volar, una parejita de palomas conversaba sobre
los acontecimientos del día:
—Nos quejábamos de las alas, ¿te acuerdas? –dijo Palomo.
—Claro, nos parecían un verdadero estorbo para encontrar
gusanos, —reconoció Paloma—, y por eso nunca las usamos.
—Por mi parte aprendí esto –agregó Palomo—, todo lo que Dios
nos da es para que lo usemos. Y cuando lo usamos volaa…
Palomo no pudo terminar la frase. Ambos se quedaron dormidos,
acurrucados uno junto al otro. Soñaban con… volar.
________________________

RENOVACION
“¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová,
el cual creó los confines de la tierra?
No desfallece ni se fatiga con cansancio,
y su entendimiento no hay quien lo alcance.
Él da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas al que no
tiene ningunas.
Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes
flaquean y caen;
mas los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas,
128 
 
levantarán alas como las águilas, correrán y no se
cansarán,
caminarán y no se fatigarán”. (Isaías 40:28—31)

Por varios años viví en las montañas. Todos los días podía ver las
águilas. Trazaban enormes círculos en el aire y cada vez que
volaban contra el viento tomaban más altura. Me llamó la atención,
porque cuando una mariposa da contra el viento, sus frágiles alas
se hacen pedazos y pronto deja de existir. El águila, en cambio, se
hace amigo del viento, y lo usa para volar más y más alto.
Quise saber más sobre las águilas y esto es lo que descubrí:
Cuando un águila joven ha crecido lo suficiente sale a conquistar el
corazón de alguna muchacha águila del vecindario. No pasa mucho
tiempo y se enamora de una de ellas. Cada vez que la visita le
habla suavemente al oído. Le dice cosas como: “Me gustas”; “I
love you”; “Ich liebe Dich” (se lo aprendió en varios idiomas para
impresionarla). Pero la muchacha águila ni se muestra muy
halagada ni tampoco le contesta enseguida.

En vez de decirle “pues vayamos al parque a divertirnos un poco”,


agarra con sus patas un pedazo de rama de árbol, o un palo que
encuentra cerca, vuela bien alto y luego lo deja caer. Mientras el
palo cae ella espera que el águila galán vuele por detrás y lo agarre
en el aire antes que se estrelle en el suelo. Si el galán aprueba el
examen ella lo repite otra vez, y luego otra vez.
129 
 
En cada prueba vuela más bajito. De modo que el muchacho se ve
obligado a volar cada vez más rápido para agarrar el palo en el
aire. Si falla, la muchacha le dice: Chau, chau bambino”, “bye
honey” y se va. Lo deja para siempre. Nunca más saldrá con este
galán.
¿Qué orgullosa, no? ¿Por qué actuará así? El secreto está en otro
aspecto muy interesante de la vida de las águilas. Presten atención:
Cuando una pareja de águilas ya se ha casado y cuando ya son
mamá y papá tienen la enorme responsabilidad de enseñarles a
volar a sus pichones. Durante varias semanas los alimentan, los
abrigan y los protegen tal como lo haría todo buen padre y madre
con sus bebés. Pero cuando sus plumas ya han crecido y sus alas se
ven fuertes, ambos saben que ha llegado el momento. Entonces la
mamá barre con sus alas el nido. Tira fuera todo resto de comida y
todas las plumitas que eran la calefacción del nido. Es decir, les
quita a sus pichones toda posible comodidad.
Además deja de traerles comida. Después de varios días sin comer,
los pichones se desesperan de hambre. Imagínate, con frío en el
nido, y sin comida en la panza. ¡Qué duro! Pero todavía no es todo.
Hay algo más que la mamá hace, algo que parece muy cruel. Con
un poco de comida calentita y sabrosa en el pico pasa volando muy
cerca del nido. Los pichones pueden ver la comida, pueden olerla,
se les hace agua la boca, pero ella se va volando sin darles nada.
En su desesperación, los pichones saltan sobre el borde del nido y
cuando menos lo piensan pierden el equilibrio y se caen. En ese
momento, a la fuerza tienen que abrir sus alas, y es entonces que
130 
 
aprenden a volar. Por las dudas papá águila está vigilando todo de
cerca. Antes que alguno caiga al suelo y se mate, sale como flecha
detrás de él y lo agarra en el aire. Tal como lo hizo con el palo que
tuvo que agarrar en el aire para poder ser esposo y padre. Al fin de
cuentas la mamá no era ni tan orgullosa ni tan cruel.
Pero presten atención a esto que también averigüé:
Normalmente las águilas son de larga vida. A veces llegan a los
cincuenta años. Pasa que a esa edad sus plumas están gastadas,
rotas y débiles. Ya no puede volar como antes. Además su pico
está agrietado encallecido y desafilado. Ya no puede salir a cazar
como lo hacía antes.
El águila se retira entonces a un lugar solitario, y, aguantándose el
dolor, se arranca sus propias plumas. Una por una. Terminada esa
tarea se golpea el pico contra las rocas hasta que se cae a pedazos.
Sin plumas no puede volar, y sin pico no puede comer. Tiene que
vivir de los bocados semimasticados que otras águilas le dejan
caer. Luego, poco a poquito le crecen plumas y pico nuevos.
Cuando ya está otra vez totalmente vestido de plumas nuevas, y
con un pico afilado como navaja, puede vivir otros cuarenta o
cincuenta años más.
Cuando supe todo esto pude comprender mejor dos cosas: una que
el matrimonio y la formación de una familia requieren muchísimo
cuidado. Segundo, así como el águila tiene que renovarse para
seguir viviendo, el cristiano tiene que renovarse en su espíritu.
Entonces se hará realidad lo que la Biblia dice: “Tendrán nuevas
fuerzas como las águilas…”
131 
 
LA LAUCHA Y EL AVIADOR
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas
de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.
Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra,
porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con
Cristo en Dios.
Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces
vosotros también seréis manifestados con él en
gloria”.(Colosenses 3:1—4).

Hoy les voy a contar la historia de la laucha y el aviador. Pero


claro, primero tengo que explicarles lo que es una laucha, porque
no todo el mundo lo sabe. Eso se debe sencillamente a que en los
diversos países de América Latina a algunas cosas le dan diferentes
nombres, especialmente a los animalitos como la laucha. Por causa
de esas diferencias una vez me pasó algo muy gracioso.
Ocurrió en una iglesia donde prediqué un largo sermón. Como
parte del sermón conté la historia de la laucha y el aviador.
Obviamente, uno de los principales personajes era una laucha.
Prediqué con mucha pasión, y con mucha convicción. Al terminar
tenía la certeza de que la gente había sido bendecida. Algunas
personas incluso levantaron su mano indicando que habían tomado
una importante decisión. Luego, siguiendo la costumbre de esa
iglesia, me fui junto a la puerta para saludar a la gente a medida
132 
 
que se iba.
En eso se me acercó un abuelita mostrándome especial afecto. Ya
saben como son las abuelitas cuando quieren ser expresivas con
uno. Con sus dos manos tomó la mía y muy cariñosamente no
dejaba de decirme:
—Qué lindo sermón, pastor. Fue de tanta bendición para mí.
Muchas gracias.
Yo, por mi parte respondía con toda la amabilidad posible:
—Muchas gracias hermanita. Que Dios la bendiga. Que pase una
buena semana. Cuidese mucho. Que todos sus nietos estén bien.
Entonces, de pronto se puso seria, se acercó más, como para
hablarme al oído sin que nadie la escuche, y en voz bajita me
preguntó:
—Pastor, ¿y qué es una laucha?
Qué tremendo chasco me di. Todo el sermón había girado
alrededor de la laucha, pero esta abuelita no tenía la menor idea de
lo que eso era. Bueno, en ese mismo instante aprendí algunas cosas
muy importantes para el resto de toda mi vida. Primero, que nunca
debía sentirme tan seguro de haberme comunicado claramente;
segundo, que muchas personas no lo entienden a uno,
sencillamente porque no conocen el significado de las palabras que
uno usa. También aprendí que muchas personas nunca van a
reconocer que algo no entendieron. Yo estaba seguro que entre los
oyentes había unas cuantas personas más que habiendo escuchado
133 
 
el sermón aquella mañana tampoco sabían lo que era una laucha.
Pero solamente esta abuelita se atrevió a preguntar. Aprendí que
para la buena comunicación uno tiene que usar palabras que todos
entiendan.
Además, eso fue precisamente lo que Dios hizo cuando quiso
decirnos todo lo que nos dijo. En vez de hablarnos desde arriba, en
palabras celestiales, que aquí en la tierra sonarían a puro trueno
pero que nadie entendería, tomó forma humana en la persona de
Jesucristo, y nos habló de una manera que todos podíamos
entender.
Pero volvamos a la conversación con la abuelita. Le expliqué que
la laucha es un ratoncito pequeño, de esos que a veces se meten en
la casa y que con sus dientes filosos se comen nuestro queso,
nuestro pan, nuestra ropa y los bombones que habíamos guardado
para Navidad. Cuando Walt Disney creó su famoso Ratón Mickey,
lo hizo basado en una lauchita que vivía con él en el mismo cuarto,
y que se deleitaba con su pan y con su queso.
Pues, en cierta ocasión un aviador estaba volando a otra ciudad.
Disfrutaba el silencio de la altura, los hermosos paisajes que veía
abajo y la sensación de volar como los pájaros. Además, los
motores del avión funcionaban bien y el tiempo afuera estaba
espléndido. Aunque seguía atento a todos los controles, se sentía
tranquilo, como descansando. Su avión hacía el trabajo de volar.
De pronto escuchó una voz finita:
—Hola aviador. Estoy viajando contigo—. Era la voz de una
134 
 
laucha que le hablaba desde el piso de la cabina.
El aviador no podía creer lo que sus ojos veían. Ninguna laucha
debía estar en su avión. Porque a pesar de ser muy pequeñas,
pueden ser muy peligrosas. Los elefantes, por ejemplo, le tienen
pánico, porque se les pueden meter en la trompa y subirse como
por un túnel, y meterse en su cerebro, y como resultado, matarlos.
Una laucha, pequeña como es, puede matar a un elefante. Por el
mismo motivo es peligroso que una laucha esté en un avión. Se
puede meter en hendijas y agujeros y causar un problema al buen
funcionamiento de los controles.
—No te preocupes por mí. Mientras tú atiendes el avión, yo me
voy a hacer un banquete con los manjares que veo
aquí—, dijo Laucha.
En un avión hay muchos cables. Algunos son eléctricos, otros de
acero para mover los alerones y el timón. Y rsulta que a las lauchas
les encanta comer cables.
El aviador sabía que cualquier intento de cazar la laucha era en
vano. Ella saldría corriendo, se metería en alguna hendija y así
escaparía una y otra vez. Además, no podía abandonar los
controles del avión. Así que ni pensar en querer atrapar al
animalito. Mientras pensaba intensamente en esto, Laucha ya
estaba crunch, crunch, crunch, mordisqueando los primeros cables.
¿Qué hacer? Un solo cable cortado podía hacer caer el avión.
Crunch, crunch, crunch, se oía desde el piso. Hiciere lo que hiciere
tenía que hacerlo sin moverse de su asiento.
135 
 
Crunch, crunch, crunch...Laucha seguía mordisqueando cables. De
reojo miraba al aviador y para sus adentros pensaba: "Lo tengo
controlado. No sabe qué hacer. Yo sí se que hacer”. Crunch,
crunch, crunch.
Las opciones del aviador eran estas: O bien aterrizaba, con el
riesgo de estrellar el avión, puesto que no había ninguna pista
cerca...O bien seguía volando con el riesgo de que Laucha en
cualquier momento cortaba uno de los cables poniendo igualmente
en peligro el vuelo. La tercera era volar más alto.
Crunch, crunch, crunch...
Sin más demoras el aviador se puso su máscara de oxígeno y jaló
de la palanca de mando. El avión comenzó a subir. Cada vez más
alto. Ya se sentía la falta de aire. Laucha se notó agitado.
Respiraba rápidamente, pero el aire no le alcanzaba. El avión
seguía subiendo. A Laucha se le nubló la vista. Ya no tenía fuerzas
para mordisquear su cable. Cuando el avión subió un poco más,
fue demasiado para el pequeño roedor. Su corazón dejó de latir. Se
murió. Cayó de espaldas, patas para arriba, la lengua colgándole
afuera, los ojos blancos.
El aviador mantuvo esa altura hasta estar cerca de su destino. Allí
aterrizó sano y salvo. Al bajar se llevó a Laucha de la punta de la
cola. Pasando por un basurero lo dejó caer allí. “Qué bueno es
volar alto cuando hay problemas“, pensaba mientras terminaba su
misión.
_______________________
136 
 
A veces nuestra vida se parece a un avión que tiene que llegar a
destino. Pero de pronto aparecen pequeñas cosas, problemas como
el chisme, las mentiras, molestias, mal humor, temor, que ponen en
peligro el viaje. Cuando así te ocurra, vuela más alto. No les des
aire. No soportan la altura. En lo alto pronto morirán. Por eso la
Biblia dice: "Buscad las cosas de arriba..."
_______________________

EL QUIRQUINCHO MUSIQUERO
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”
(Filipenses 1:21).

Para contarles la historia del quirquincho musiquero tengo que


contarles primero un poco de mi infancia. Estoy seguro que no se
van a aburrir.
Cuando tenía doce años vivía con mi familia en un pueblito al pie
de altas montañas, cerca de la Cordillera de los Andes. El pueblito
se llamaba “Las Pirquitas”. Pirquitas es un vocablo indígena,
quíchua, y significa muro de piedra, o pared de piedra. Había dos
razones por las que el pueblo llevaba ese nombre. Primero, porque
los indígenas que originalmente vivieron allí habían construido por
137 
 
todas partes muros de piedra para encerrar sus animales, llamas y
guanacos principalmente. Esos muros o cercos se conservan hasta
el día de hoy. Se los ve por todas partes, en las montañas tanto
como en los valles. Segundo, porque en ese lugar se construía un
enorme muro de piedra, un dique, para aprovechar las aguas del río
que pasaba por allí, el Río del Valle. Puesto que el dique se
construía con piedras, lo llamaron Pirquitas.
Lo que hoy es un hermoso lago de aguas azules, antes había sido
un amplio valle. Una vez terminado el dique las aguas del río se
juntaron y lo taparon completamente formando el enorme lago
donde ahora se puede navegar, hacer deportes acuáticos y pescar.
Mientras el dique todavía estaba en construcción, y el valle era
campo abierto, mi hermano Enrique y yo íbamos allí a modo de
exploradores de la zona.
En nuestras expediciones descubrimos que en el lugar había
existido un pueblo indígena. Fue un descubrimiento bastante fácil,
primero porque aun se veían los contornos de los fundamentos de
sus viviendas, y, segundo, porque había una gran cantidad de
elementos arqueológicos enterrados o semienterrados que
coleccionábamos con gran entusiasmo. Hachas de piedra,
raspadores también de piedra, pedazos de cerámica con
impresionantes colores o dibujos grabados. Piedras pulidas a modo
de proyectiles. Un día incluso encontramos una calavera bastante
bien conservada. En casa teníamos una caja de cartón a la que le
hicimos varias subdivisiones para guardar ordenadamente nuestros
hallazgos. Nos sentíamos todo unos arqueólogos.
138 
 
En aquellas expediciones también nos encontramos con toda clase
de animales que tenían su vivienda allí. Lo más común eran las
serpientes y enormes arañas. Pero no les dábamos mucha
importancia. Lo que sí nos llamó la atención eran los quirquinchos.
Claro, les tengo que explicar lo que es un quirquincho. Se lo
conoce también como peludo, mulita, o armadillo. El nombre
científico en latín es Dasypodidae de la familia Xenarthra. Supe
que en el dialecto Kanjobal de Guatemala se llama itach. Pero más
importante que su nombre es el caparazón que le cubre. Es
totalmente duro, como el de una tortuga, pero al mismo tiempo
flexible, porque no es de una sola pieza, como el de la tortuga, sino
que se compone de una serie de cinturones.
El quirquincho vive en cuevas subterráneas que cava con gran
rapidez valiéndose de unas largas y poderosas uñas que lleva en
sus patas delanteras. Debido a esa rapidez para enterrarse así
mismo es difícil cazarlo. Los que lograron atraparlo dicen que su
carne es muy sabrosa, similar a la de un cerdo muy joven.
Pues con el descubrimiento de los quirquinchos comienza en sí, la
historia que les voy contar, porque un día se me acercó uno de
ellos y me dijo:
—Hombre, te pido que me ayudes. Me gustaría ser músico. Me
gusta la música. Es más, me encanta. Quisiera aprender a hacer
música yo mismo.
—Quirquincho, —le dije asombrado, porque no es algo de todos
los días que a uno se le acerque un animalito diciendo que quiere
ser músico—, no es fácil lo que pides, pero, veamos ¿ya has
139 
 
intentado cantar?
—He tratado, hombre, —respondió—, pero ya sabes, vivo casi
todo el tiempo en cuevas, debajo de la superficie, y es como que la
garganta se me ha llenado de tierra. La voz me sale muy áspera.
Me gustaría tener una voz como la del sapo o del grillo, estridente
y clara, de modo que se escuche a la distancia.
¡Qué problema! —pensaba yo para mis adentros— ¿Cómo podía
ayudarle a este amigo? Siempre es alentador que alguien quiera
superarse, salir de las cadenas de su propia condición, aprender
algo nuevo, alcanzar metas que otros nunca alcanzaron, lograr algo
más elevado, más noble. Mientras yo pensaba el quirquincho
seguía esperando una respuesta de mi parte. Finalmente le dije:
—Mira, Quirquincho, cruzando aquella lomita vive un hombre que
sabe mucho de música. Es un lutier. Quizá él pueda ayudarte. ¿Por
qué no lo visitas y le cuentas tu sueño?
(De paso les digo que lutier es la persona que fabrica y repara
instrumentos de cuerdas tales como guitarras, violines, bajos, etc.)
El quirquincho estaba tan motivado por su deseo de hacer música,
que me dijo:
—Gracias, hombre. Ya mismo me pongo en camino para hablar
con el lutier.
El viaje le llevó el resto del día. Al llegar cerca de la casa estaba
tan extenuado que decidió postergar su visita al lutier hasta el día
siguiente. Por el momento lo único que quería era hacerse una
140 
 
cueva donde pasar la noche. Tan pronto se sintió enterrado se
quedó dormido. En sueños se veía a sí mismo haciendo música
ante grandes auditorios. La gente se ponía de pie para aplaudirlo al
final de cada presentación. Pero claro, eran sueños nada más,
aunque a veces los sueños se cumplen, especialmente si provienen
de Dios. En cuanto a Quirquincho, llegada la mañana se despertó.
Viendo que ya era de día, se levantó, se lavó la cara, se cepilló los
dientes, se peinó. A las corridas se tomó un café con leche con
criollitos, y al salir de su cueva se puso una flor detrás de la oreja
porque estaba de muy buen humor. Lleno de esperanzas de futuro
se fue a visitar al lutier.
Toc, toc toc, llamó a la puerta. Toc, toc, toc, llamó otra vez.
Evidentemente el hombre no se había levantado tan temprano. Pero
finalmente abrió. Cuánta no fue su sorpresa al ver a un quirquincho
llamando a su puerta en lugar de alguno de sus clientes.
—Buen día, don Lutier, —dijo Quirquincho—. El hombre que
junta cosas que los indígenas dejaron en el valle me aconsejó
visitarte para ver si me puedes ayudar.
El lutier se quedó como de una pieza. Nunca ningún quirquincho lo
había visitado para pedirle ayuda. Intrigado por las palabras de su
visitante, lo invitó, a pasar, le ofreció tomar asiento, lo convidó con
el mate que estaba tomando y escuchó atentamente la historia del
armadillo.
—¿Crees, don Lutier, que exista alguna posibilidad de que yo haga
música, puesto que ese es mi sueño? –preguntó Quirquincho.
141 
 
El lutier se quedó callado, pensativo. Su rostro se puso serio.
Sombrío. Era como que los pensamientos de su mente le causaban
un intenso dolor.
—¿Dije algo equivocado? –inquirió Quirquincho al ver la
preocupación en la cara del lutier.
—No. No has dicho nada equivocado. Lo que me preocupa es el
precio.
—¿Quieres decir, el precio a pagar para que yo haga música? —
preguntó ansioso Quirquincho. Su voz trasmitía una sensación de
alivio, porque si era cuestión de precio, él estaba dispuesto a pagar
lo que fuese.
—Exactamente. Es un precio demasiado alto.
—Pero don Lutier, mi deseo de hacer música es tan grande que no
hay ningún precio que yo no esté dispuesto a pagar. Para mí no es
cuestión de precio, sino de alcanzar la meta—, le aseguró
Quirquincho—.
Lentamente, y midiendo con cuidado cada palabra, el lutier le
explicó que para hacer música, Quirquincho debía entregar su
propia vida. Luego, con el caparazón él podía hacer un instrumento
de cuerdas llamado charango. El caparazón sería la caja de
resonancia del instrumento. Pero claro, el precio era que
Quirquincho entregara su propia vida.
Por muy dispuesto que Quirquincho había estado de pagar
cualquier precio por hacer música, nunca se había esperado esta
142 
 
clase de precio. Los minutos pasaban lentamente mientras él
pensaba en qué hacer. Para estar bien seguro preguntó:
—Don Lutier, ¿y ese instrumento, ese, como es que se llama, ese
charango, sirve para hacer música?
—Oh sí, —se apresuró el lutier a explicar— ese instrumento
produce una música muy bonita. Se usa para alegrar las fiestas de
la gente en toda esta región. Ariel Ramírez, el gran compositor
sudamericano, lo usa en todas sus orquestas.
Esto fue suficiente para que Quirquincho tome su decisión. Quería
hacer música. Eso era lo que importaba. Además, todos los grandes
propósitos en la vida tienen su precio. Si a él le costaba su propia
vida, estaba dispuesto a pagarlo. Lo importante era alcanzar la
meta.
—Don Lutier, —le dijo— no tenga pena. Estoy dispuesto. Haga lo
que tenga que hacer.
El lutier lo hizo así. Luego con el caparazón de Quirquincho
fabricó un hermoso charango.
____________________________

Tiempo después, el quirquincho que solía vivir en cuevas


subterráneas, y que nunca había podido cantar porque tenía la
garganta llena de tierra, ahora alegraba con su música las fiestas de
la gente. De tanto en tanto los oyentes se ponían de pie y rompían
143 
 
en aplausos, extasiados por las delicadas notas de aquel charango.
____________________________

En la vida hay algunas cosas cuyo precio es, precisamente


la vida. Por eso Jesús dijo:
“El que quiera seguir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su
cruz cada día, y sígame.”
Y el apóstol Pablo dijo:
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”
(Filipenses 1:21).
____________________________

Información adicional sobre el charango:


Cuando los conquistadores españoles llegaron a lo que hoy es
Bolivia, trajeron consigo la vihuela (mencionada, por ejemplo, por
Martín Fierro: “Aquí me pongo a cantar al compás de la
vihuela…”). Se trata de un ancestro de la guitarra clásica. También
trajeron consigo la bandurria (mandolina). No está totalmente
decidido cuál de esos dos instrumentos fue el antepasado directo
del charango, pero según una tradición, a los aborígenes (de
Bolivia) les encantaba el sonido de la vihuela, sin embargo,
144 
 
carecían de la tecnología para hacer una caja de resonancia como
la de ese instrumento. Usaron entonces el caparazón del armadillo.
Otra tradición afirma que los españoles prohibieron a los
aborígenes ejecutar sus músicas ancestrales. Entonces ellos
construyeron el charango, cuyo tamaño era suficientemente
reducido para quedar oculto debajo de sus ponchos.
La primer documentación histórica del charango proviene de Vega
(1814). En ella afirma que un religioso de Tupiza (¿Bolivia?)
observó que: “…los indígenas usaban con mucho entusiasmo los
guitarrillos… que aquí, en los Andes de Bolivia son llamados
charangos”.
La película documental del año 2005, titulada “El Charango”
(director: Jim Virga; editor Tula Goenka; productor asociado y
técnico de sonido: Andrew Reissiger) establece la relación entre el
charango y el Cerro Rico, donde se encuentran los mayors
yacimientos de plata del mundo. Probablemente en ese lugar haya
nacido el charango.
Esta, y otra información se encuentra en:
Wikipedia http://en.wikipedia.org/wiki/Charango
_______________________
145 
 
EL DRAGON SONRIENTE
“Entonces el reino de los cielos será semejante a diez
vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron a recibir al
novio. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.
Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo
aceite; pero las prudentes tomaron aceite en sus vasijas,
juntamente con sus lámparas. Como el novio tardaba,
cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se
oyó un clamor: "¡Aquí viene el novio, salid a recibirlo!"
Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y
arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las
prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras
lámparas se apagan". Pero las prudentes respondieron
diciendo: "Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id
más bien a los que venden y comprad para vosotras
mismas". Pero mientras ellas iban a comprar, llegó el
novio; y las que estaban preparadas entraron con él a la
boda, y se cerró la puerta”. (Mateo 25:4-10)

Hace mucho tiempo, vivía en la China un rey. Era muy rico y muy
poderoso. Y como ocurre con muchos ricos y poderosos también
era muy persistente. Cuando se le ponía algo en la cabeza no
descansaba hasta obtenerlo.
Hay una diferencia entre ser caprichoso y ser persistente. Los
caprichosos son los que arman un escándalo por cualquier cosita
que no les gusta. Por ejemplo, cuando un caprichoso pide un vaso
146 
 
de agua porque tiene sed y se le da una botellita en vez de un vaso,
le da coraje, grita, da patadas en el piso, llora, se tira al suelo,
porque había pedido un vaso con agua y no una botellita.
En cambio, persistente es aquella persona que tiene una meta en su
vida, y luego va detrás de esa meta, y no descansa hasta lograrla.
Por ejemplo, alguien que no ha tenido oportunidad de ir a la
escuela y no sabe leer ni escribir, pero en su mente se pone la meta
de hacerlo. Luego aprende por su propia cuenta, aprende con la
ayuda de familiares y amigos dispuestos a ayudarle, averigua en
qué iglesia o escuela se dan clases. Con gran sacrificio va a esas
clases, y poco a poco empieza a leer. Después de unos años lee y
escribe tan bien o mejor que la persona que sí fue a la escuela. Eso
es ser persistente.
Pues así era este rey. Cada vez que tenía una buena idea insistía
mañana tarde y noche hasta ver que esa idea se transformaba en
hechos.
Además de ser persistente, era el loco de los dragones. Le gustaban
los dragones. Su palacio estaba lleno de ellos. Dragones de papel,
de trapo, de madera. Dragones dibujados sobre las paredes.
Dragones hechos con las baldosas del piso. Dragones hechos con
los vidrios de las ventanas. Cuando era niño su muñeco de trapo
para dormir era un dragón. Y ahora que ya era grande y era rey, en
vez de tener por mascota un perro con pedigree, tenía un dragón
chiquito llamado "dragui".
A pesar de ser tan loco por los dragones, había un detalle que no le
gustaba, y era que todos tenían cara de malos. Ojos rojos, como
147 
 
con sangre. Narices y orejas humeantes. Dientes como puñales. Y
no les digo nada de su aliento. Olía a fuego y carne podrida. ¡Un
asco! Eso al rey no le gustaba. Primero porque le daba miedo.
Segundo porque pensaba en todos los niños de su reino. Estaba
seguro que a ellos también les daba miedo. “ Muchos, —pensaba
él— deben soñar lo mismo que yo, que esos dragones le soplan su
aliento olor a fuego y carne podrida en la cara”.
Pero una noche todo eso cambió porque soñó con un dragón
bueno. Tenía la cara sonriente. Ojos bonachones como los de un
osito de peluche. En vez de ásperas escamas sobre su piel tenía
lana como de una oveja recién nacida, y sus patas eran suaves
como las de un gatito. No con esas horrendas garras de monstruo
que tenían los otros. Claro, le gustó tanto que enseguida quiso
tenerlo. Y quería que en todo su reino los dragones malos fueran
reemplazados por dragones buenos como el que había soñado.
Todos podrían dormir felices, nadie soñaría que le soplaban en la
cara aliento olor a fuego y carne podrida.
Mandó a sus soldados a recorrer todo el país en busca del dragón
bueno, pero, para sorpresa de grandes y chicos, en todo su reino no
había ningún dragón así. Con tristeza el rey comprendió que
solamente existía en sus sueños. Pero, como ya les dije, era muy
persistente, así que se dijo a sí mismo: “No puede ser. No me doy
por vencido. Algo tengo que hacer”. Y entonces le vino una gran
idea, “Si ese dragón no existe, —dijo— alguien lo puede dibujar.
Tenerlo dibujado es como tenerlo de verdad.
Llamó a los mejores dibujantes. Les explicó el dragón que había
soñado, ya saben, cara sonriente, ojos bonachones, pelo de lana.
148 
 
Pero enseguida surgió un problema (les digo aparte, que cada ves
que van a hacer algo bueno, dar un paso adelante, ayudar a la
felicidad de otros, aparecen los problemas). Lo que pasó es que
ninguno de los dragones dibujados eran como el que había soñado
el rey. Los dibujantes estaban demasiado acostumbrados a
dibujarlos con ojos sangrientos, narices humeantes y aliento a
fuego y carne podrida.
Primero el rey se puso furioso. Pero enseguida se dio cuenta que
eso no le servía de nada. Ya lo dice la Biblia, enojarse nunca
ayuda. Así que cambió de táctica. Le ofreció una recompensa al
dibujante que le diera en la tecla dibujando al dragón bueno. La
persona capaz de dibujarle el dragón bueno recibiría tres
cargamentos de oro y la hermana del rey, que era muy hermosa,
como esposa.
Los artistas formaron largas colas para cumplir el deseo del rey
(aunque, en secreto les digo, que a muchos de ellos no les
importaba el rey, ni siquiera les importaba su hermosa hermana; lo
único que les importaba era el oro. Es lo que pasa con mucha
gente, solamente les importa el oro). Por eso, como era de esperar,
por mucho esmero que pusieran, sus dibujos no conformaron al
rey.
Al final, cuando ya nadie hacía cola, se presentó un joven humilde.
Aunque por su joven edad y su escasa vestimenta no parecía ser un
artista, dijo con total seguridad que podía dibujar al dragón bueno.
Pidió que el rey le cuente el sueño. Anotó todos los detalles. Ya
saben, la sonrisa, los ojos bonachones, la lana de ovejita. Se pasó
horas escuchando al rey y escribiendo cosas en su libreta. Se
149 
 
esmeró por captar la idea del rey. Después pidió un año de tiempo,
se despidió, y nadie más lo volvió a ver.
Cuando faltaba solamente una semana para cumplirse el año, el
rey, persistente como era, mandó soldados por todo el país a buscar
al dibujante. Por nada abandonaría su proyecto de tener un dragón
bueno. Pero en vano. El hombre había desaparecido. Nadie lo
había visto. Como que la tierra se lo había tragado.
Faltando apenas cinco minutos para cumplirse el año, el dibujante
se presentó por sí mismo ante el rey. Le dijo que estaba listo para
dibujar el dragón bueno. Extendió una enorme lámina blanca en el
piso. Sacó sus pinceles, y con trazos firmes, uno tras otro empezó a
dibujar. A cada trazo se le iluminaba más la cara al rey. No podía
creer lo que sus ojos veían. Un minuto después —pues eso fue lo
que le llevó al joven terminar su dibujo— el rey abrazó al
dibujante. El dragón era exactamente como el rey lo había soñado.
Se le entregó el oro. Se trajo a la hermosa hermana del rey. Los dos
se enamoraron a primera vista y enseguida comenzaron los
preparativos de la boda.
En medio de todo el trajín que es preparar una boda, más
tratándose de la hermana del rey, éste le preguntó al dibujante,
“¿Por qué no te presentaste antes, puesto que en un minuto podías
completar el dibujo?”. “Su majestad, —dijo el joven— me llevó
todo un año prepararme y practicar para poder dibujarlo aquí en un
minuto”.
____________________________
150 
 
La historia de las cinco vírgenes prudentes, ilustrada por esta
historia, nos enseña que los grandes logros, las gloriosas victorias,
el éxito tan anhelado, generalmente no son producto de la buena
suerte, sino el fruto de mucha preparación, práctica, ejercicios,
ensayo y entrenamiento.
Y también el rey nos deja una importante enseñanza: La constancia
es más eficiente que el enojo. Bien dice un antiguo refrán: "La gota
continua, hace agujero en la piedra".
_______________________

DE GUATEMALA A GUATEPEOR
“Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo,
como león rugiente, anda alrededor buscando a quien
devorar”. (1 Pedro 5:8)

Advertencia: esta historia empieza mal y termina peor.


Ya sé, algunos se preguntan en sus adentros: ¿por qué contarla?
¿Por qué escucharla? ¿Por qué incluirla en un libro? ¿No sería
mejor hacer con ella lo que hacemos con muchas de las cosas que
van de mal en peor, esto es, simplemente ignorarlas?
Lo que pasa es que esta historia que, como digo, empieza mal y
termina peor, transmite una verdad muy importante para la vida.
151 
 
Tan importante que no la podemos ignorar. En su trama esta
historia encierra una enseñanza vital. Por eso no podemos darnos
el lujo de pasarla por alto. Pero cada uno puede decidir por sí
mismo si la quiere escuchar o no.
Lo que les voy a contar a quienes la quieren escuchar, pasó cerca
de mi casa, a una familia que vamos a llamar simplemente así,
"familia". Las cosas no pasaron de una sola vez. Al contrario, se
desarrollaron lentamente a lo largo de tres días. Mejor dicho a lo
largo de tres veces de abrir la puerta. Se cocinaron, por así decirlo,
a fuego lento. Comenzaron un jueves a primera hora, al abrir la
puerta, y terminaron el sábado a última hora, al abrir la puerta.
Empecemos entonces por el principio:
Día jueves:
La familia se levantó contenta ese día porque ya habían pasado el
miércoles. El miércoles es siempre como la mitad de la semana;
como que fuera la parte más alta de la montaña. Después del
miércoles el resto de la semana va más o menos cuesta abajo,
apuntando al fin de semana. Y es bien sabido que el fin de semana
trae sus propias expectativas. Así que esa mañana todos se
levantaron contentos, soñando con el fin de semana.
Después de levantarse, y cuando todos estuvieron listos para sus
tareas, papá para ir al trabajo, los niños a la escuela y mamá para
los quehaceres domésticos, pasó lo que pasó. En menos de lo que
canta un gallo todos los sueños para el fin de semana se
desvanecieron como se desvanecen las pompas de jabón. Todo
152 
 
ocurrió cuando el papá abrió la puerta.
Tan pronto miró afuera el día se transformó en noche. El
automóvil, estacionado en la calle, frente a la puerta de entrada,
estaba sin ruedas. Oyeron bien, no tenía ruedas. Ni una sola.
Faltaban las cuatro. Allí estaba el auto con las puntas de sus ejes
apoyados en unos tacos de madera. Se veía como una jirafa a la
que le cortaron sus cuatro patas.
Aunque no era ninguna desgracia personal, el problema era
extremadamente serio. Esta familia no ganaba mucho, y le llevaría
por lo menos seis meses, o tal vez todo el año ahorrar lo necesario
para comprar cuatro ruedas nuevas. Tendrían que cambiar su estilo
de vida. De momento había una sola cosa que hacer: dejar atrás
todas las especulaciones y pensamientos de venganza hacia los
ladrones, y estar dispuestos caminar, y mucho. Papá tendría que
caminar al trabajo, los niños a la escuela, y mamá a las tiendas para
comprar las cosas de la casa. Cada uno tendría que caminar
diariamente dos veces, una de ida, otra de vuelta. Y el fin de
semana todo el mundo se quedaría en casa.
Realmente, el día había empezado mal. Y se estaba haciendo tarde.
Ya mismo tenían que empezar a caminar.

Segundo día: viernes.


Otra sorpresa. Como el día anterior, todo sucedió a primera hora de
la mañana, cuando el papá abrió la puerta.
153 
 
La familia todavía estaba cansada de tanto caminar el día anterior.
Apenas pudieron levantarse y el sólo hecho de pensar en tener que
caminar otra vez...NOOOOO. Pero, ¿que otra solución había?
Cansados como estaban, todo fue más lento esa mañana, pero
finalmente estuvieron listos. Y cuando el papá abrió la puerta se
dieron la segunda sorpresa.
Uno sospecha enseguida otra mala noticia, porque es sabido que
generalmente, las malas noticias vienen en bandadas. Son como
esas nubes de mosquitos que se forman en el verano a la orilla del
río. Y cuando te atacan, no te ataca uno solo; toda la nube se te
viene encima para vaciarte la sangre de las venas. Las malas
noticias son como ese dragón de siete cabezas. Cuando acabas de
cortar una ya te ataca otra.
Pero, oh sorpresa, no fue otra mala noticia; fue buena. Fue una
sorpresa que los dejó a todos contentos y aliviados.
Cuando el papá abrió la puerta no podía creer lo que sus ojos
veían. Allí estaba el automóvil con sus cuatro ruedas intactas.
Como si nada hubiera pasado. ¿Acaso había sido todo un sueño?
No, porque el dolor en las piernas no era sueño.
Los niños no se hicieron muchos problemas. De un salto se
subieron al auto. Se ajustar los cintos y estuvieron listos para ir a la
escuela. De camino, el más pequeño vio un papel en el piso. Se
estiró. Lo levantó. Era una nota.
—Papá, nos dejaron una carta —exclamó— mientras le pasaba
desde atrás el papel.
154 
 
En la primera parada el papá leyó la nota. Decía así:
“Estimada familia, perdonen el inconveniente de las ruedas.
Tuvimos una emergencia. Era la medianoche. Ningún taller estaba
abierto y teníamos que llegar a nuestro destino. Así que tomamos
en préstamo sus ruedas. Pedimos mil disculpas. Para
recompensarlos en alguna medida por el mal rato que seguramente
pasaron, les dejamos entradas para que toda la familia vaya
mañana al cine”.
Fue tan grande la sorpresa y tanta la alegría de pequeños y grandes,
y tanto el alivio de que el problema de las ruedas estuviera
solucionado, que ni por una fracción de segundo sospecharon de
las palabritas "toda la familia" y "mañana". Estaban convencidos
de que este problema estaba solucionado. Era historia. Lo
recordarían como una experiencia graciosa. Pero tú, estimado
lector, y yo, ya sabemos que el problema estaba lejos de ser
historia. Desde el principio supimos que esta historia empieza mal
y termina peor.
Sábado:
Después de todo lo que ocurrió lo recordarían como el sábado
negro, fatal, siniestro. Solamente Dios sabe cuántas cosas pueden
pasar a lo largo de un sábado o de un día cualquiera. Por eso es
muy importante y saludable encomendarse todos los días a Dios y
pedir su protección y guía.
Les cuento lo que pasó:
Ese día, el sábado, la familia se levantó con un plan definido.
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Disfrutarían de un programa en familia. Irían al cine con los tickets
que los ladrones les habían dejado.
De buena gana todos cumplieron con sus tareas hogareñas. Es
sabido que en una familia cada uno tiene obligaciones que cumplir.
Nadie vive de arriba. La idea de ir al cine era como la zanahoria
que, colgada delante de las narices del burrito, lo motiva a seguir
caminando.
Lavados los platos, barrida la cocina y regadas las flores, se
bañaran, se vistieron ropas adecuadas y se ubicaron en el auto. Se
pusieron los cinturones y allá se fueron al cine. La pasaron de diez.
Fue cuando más contentos estaban y menos lo esperaban. Fue
después de ir al cine; después de tomar un rico helado. Después del
viaje a casa. Después que papá estacione el auto frente a la casa, y
después de ponerle el freno de mano.
Bajó del auto, metió la llave en la cerradura, abrió, prendió la luz,
y entonces se dio el gran chasco. No podía creer lo que veía. Mejor
dicho, no podía creer lo que no veía, porque no veía nada. La casa
estaba vacía. Los ladrones se habían llevado todo. Mesa, sillas,
camas, ventilador, cocina estufa), ropas. Ni siquiera Manuelita, la
tortuga que los niños tenían en una caja de zapatos quedó. NADA,
NADA, NADA.
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Ahora sabiendo lo que pasó tenemos que volver al principio y


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preguntarnos ¿Por qué contar esta historia? ¿Cuál es su moraleja?
¿Qué nos enseña?
Nóten las siguientes cinco enseñanzas:
1) Hay un enemigo.
La Biblia lo llama Satanás, diablo engañador. No es cuento de
niños. Existe. Como enemigo que es, su intención y propósito es
derrotar, eliminar, aniquilar a cuantos están a su alcance.
2) Este enemigo está al acecho.
Vigila a sus eventuales víctimas. Estudia sus movimientos. Anota
sus debilidades. No le importa que su víctima sea una persona
buena o mala, adulta o infante. Lo único que importa es dar su
zarpazo. Y tan pronto puede, lo da.
3) Es un enemigo muy astuto.
Es engañador. Mentiroso. Construye pacientemente la ruina de sus
víctimas. Primero elimina toda desconfianza. Les hace creer que
todo está bien. Cuando nada sospechan, zas, activa la trampa,
golpea y golpea recio.
4) Su propósito es robar, matar, destruir. Arruinar.
Amigo lector, amigo oyente, quiere arruinarte a ti. Quiere
arruinarte tan cabalmente que ya no puedas recuperarte. La Biblia
dice que es ladrón y asesino.
5) La única salvación ante semejante enemigo es Jesucristo.
Sencillamente porque Jesucristo lo puede, lo vence, lo doblega, lo
derrota. Cuando recibes a Jesucristo en tu vida, de tal manera que
sea el centro de tu ser, tienes la protección necesaria y ya no hay
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motivos para temer.
¿Haz recibido a Jesucristo como dueño, rey y centro de tu vida?
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LA LANGOSTA
“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor y
en su fuerza poderosa. Vestíos de toda la armadura de
Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas
del diablo, porque no tenemos lucha contra sangre y carne,
sino contra principados, contra potestades, contra los
gobernadores de las tinieblas de este mundo contra huestes
espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto,
tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir
en el día malo y, habiendo acabado todo estar firmes.
Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad,
vestidos con la coraza de justicia y calzados los pies con el
celo por anunciar el evangelio de la paz. Sobre todo, tomad
el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos
de fuego del maligno. Tomad el yelmo de la salvación, y la
espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.” (Efesios
6:10-17)

"Ya son las siete chicos, hora de levantarse".


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Era la voz acostumbrada de mamá anunciando que era hora de
prepararse para ir a la escuela. Bostezando y con los ojos medio
pegados nos mojamos un poco la cara, nos vestimos y listos
estábamos para los cereales. Mamá ya nos había enseñado cómo
prepararlos. Y puesto que en aquel tiempo no había ni "crustis" ni
"frostis", sino simplemente avena Quaker, el proceso era muy fácil.
Media olla de agua, cuatro tazas de Quaker, esperar que hierva y
listo. Cada uno se servía la cantidad que quería. Luego una o dos
cucharadas de azúcar encima y un chorrito de leche en medio del
plato. Era un manjar. Cuando lo recuerdo todavía se me hace agua
la boca.
Con el Quaker a medio tragar salíamos corriendo al corral. No para
esperar el bus, porque no había bus, ni micro, ni ningún otro tipo
de vehículo. Sí había un viejo tractor que la mayoría de las veces
no arrancaba. De todos modos no lo usábamos para ir a la escuela.
Para eso teníamos nuestros caballos que nos esperaban en el corral.
Mi hermana montaba la Paloma, mi hermano la Coneja, y yo la
Urraca
En lugar de monturas usábamos unas mantas gruesas parecidas a
las alfombras que se colocan delante de una puerta. Su nombre
científico en aquel lugar era: "aperos". Los colocábamos sobre el
lomo del caballo, los ajustábamos con la “cincha”, el cinturón
ancho de cuero que va alrededor del vientre y lomo del caballo, y
listos estábamos para trotar los seis kilómetros de camino a la
escuela.
Ese camino me quedó bien grabado en la memoria. Creo que en él
aprendimos más que durante las cuatro horas diarias que
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pasábamos en clase. Y no por culpa de los maestros. Eran de lo
más eficientes y dedicados, pero nuestra atención sencillamente se
centraba en asuntos que entonces nos parecían más importantes
que el de San Martín cruzando la Cordillera de los Andes, o el de
las tres carabelas de Colón.
Lo que cautivaba nuestra atención eran, por ejemplo, las serpientes
que se nos cruzaban por el camino, la negra y peluda tarántula
(araña pollito) que encontramos un día y cuyo cuerpo era tan
grande como un huevo de gallina, y los cuervos de cabeza pelada
que se ocupaban de limpiar el campo cuando había muerto algún
animal.
En aquellas cabalgatas también supimos del viento sonda que nos
cocinaba los sesos, y del frío que nos congelaba los pies puesto que
andando a caballo y no los movíamos. Nos cautivó el nido de
picaflor (colibrí) que encontramos en un árbol no lejos de casa.
Adentro había algunos huevitos, eran del tamaño de una arveja y
tan frágiles que se quebraban al sólo tocarlos. Más allá había unas
higueras que se llenaban de fruto y pronto aprendimos a comer
higos recién cortados sin lastimarnos los labios con el líquido
lechoso que les sale.
Una experiencia aparte fue el tambo (lechería) donde se ordeñaban
las vacas, claro que a mano. Nos hicimos amigos de los
ordeñadores e íbamos todos los días a tomar la merienda allí junto
a las vacas. En una mano llevábamos nuestra taza de aluminio, en
la otra un pedazo de pan. Poníamos la taza cerca de la ubre y el
ordeñador apuntaba directamente dentro de la taza. Pssssst, pssssst,
hacía el chorro de leche produciendo una cremosa espuma. La
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tomábamos así, a temperatura vaca, sabrosa como ninguna otra que
haya tomado después. ¿Quién se iba a preocupar por los millones
de gérmenes que podían contagiarnos? Creo que estábamos
inmunizados contra todo. A tal punto que un día pisé, descalzo
como siempre andaba, un clavo totalmente oxidado. Se me clavó
centímetro y medio en el pie. Un hombre que estaba cerca me lo
arrancó. Y eso fue todo. Ni infección, ni nada. ¡Qué tiempos
aquellos!
Una tarde estábamos en el patio de la casa cuando escuchamos un
ruido extraño, como de viento recio. Como un zumbido. Pero no
corría ningún viento. Asombrados miramos alrededor. Solamente
vimos una nube negra en el horizonte. Pero donde estábamos
nosotros no había nubes. Con el pasar de los minutos el zumbido
aumentaba. También notamos que la nube negra crecía y se movía
rápidamente hacia nosotros.
En menos de media hora, estuvo sobre nosotros. Lo más
sorprendente fue que oscureció el cielo. De pronto el día se tornó
noche. En medio de la oscuridad vimos que la nube no estaba
hecha de nube, sino de langostas. Era “la langosta”(chapulines, o
saltamontes). Miles. No, millones de langostas. Por eso el día se
volvió noche.
La siguiente sorpresa fue que no pasaron de largo, sino que
aterrizaron allí mismo, sobre nosotros. Usaron nuestras cabezas,
caras, orejas, ojos como pistas de aterrizaje. Se nos metieron por
entre la ropa, en las camas, en las ollas de la cocina, en el sartén.
Estaban sobre la casa, los árboles, los campos. Era como una
nevada que en pocos minutos pinta todo de blanco. Pero aquí, en
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vez de blanco, todo quedó color langosta, marrón. Adondequiera
que mirábamos solamente veíamos langostas.
Ni bien aterrizaron empezaron a comer. Estaban desesperadas por
comer. Ni se pusieron servilletas, ni hicieron la oración de gracias,
ni dijeron "buen provecho". Sólo comían. Se escuchaba. De las
millones de bocas se oía un munch, munch, munch. “Qué mal
educadas”, —pensamos nosotros- mamá siempre nos dijo que al
comer no había que hacer ruido.
La mayor sorpresa fue a la mañana siguiente. No había más
langostas. Ni langostas, ni nada. Se habían comido todo. Las flores
que mamá cuidaba tanto, se las habían comido; la enredadera que
nos daba sombra en la tarde, se la habían comido; la milpa (maíz)
que habíamos sembrado a poca distancia de la casa, se la habían
comido; las hojas de la higuera, se la habían comido; los otros
árboles, comidos. El pasto, los sembrados...No quedó nada.
Recuerdo que nuestras gallinas al no encontrar alimento, se comían
las langostas que habían quedado, y por varias semanas los huevos
sabían a langosta. Lo mismo pasó con nuestra merienda. Por varias
semanas la leche tenía gusto a langosta. Fue una impresión tan
grande, tan impactante, que hasta el día de hoy, cincuenta años
después, me parece escuchar el munch, munch, munch de la
langosta comiéndose todo.
Un mes después volvimos a escuchar un ruido como de viento
recio. Un zumbido. Nos agarramos la cabeza. "¿Otra vez la
langosta?" nos preguntamos escudriñando el horizonte. Sí, a lo
lejos vimos una langosta, pero era una sola, gigante, y se acercaba
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más rápido que las anteriores. El ruido también era diferente, ya no
era un zumbido, sino como un flop, flop, flop, como si alguien
estuviera golpeando el aire con remos gigantes.
Cuando estuvo sobre nosotros vimos que al fin de cuentas no era la
langosta, sino un helicóptero. Se detuvo sobre nuestra casa. ¿Se
imaginan? Empezó a bajar. Aterrizó en el patio, y a medida que el
rotor iba parando, dos hombres salieron de la nave cargando
pesadas bolsas. Las dejaron en la galería, y, siempre corriendo,
fueron por más y más.
Si las langostas me habían impresionado, este helicóptero me puso
medio loco. No me lo podía sacar de la cabeza. Soñaba con él.
Decidí tallarme uno en madera. Todavía llevo una docena de
cicatrices cerca del pulgar izquierdo de todas las veces que me
lastimé con el cortaplumas queriendo tallar mi helicóptero.
Las bolsas que los hombres nos dejaron era veneno para langostas.
También nos dejaron bolsas pequeñas, individuales. Cada miembro
de la familia, cada miembro de las familias vecinas, y cada persona
del vecindario tenía que andar todo el tiempo cargando una bolsita
con veneno. Era como andar armados, no con pistolas, sino con
ese veneno. Debíamos echarlo sobre los nidos que las langostas
habían hecho la noche que pasaron allí. Pronto empezarían a saltar
las nuevas langostas. Ese sería el momento de abrir fuego, así que
debíamos estar muy atentos. Fallar significaba dejarlas crecer para
formar otra plaga que luego atacaría para comerse otra vez todo.
Les puedo asegurar que no les dimos chance.
Hoy, cuando leo en la Biblia: “No tenemos lucha contra carne y
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sangre, sino contra huestes espirituales de maldad”, veo que esos
ejércitos de maldad son como las langostas, atacan
sorpresivamente y ferozmente. Veo que lo hacen con tanta rapidez
que no hay manera de evitarlo, veo que acaban con todo, y con uno
mismo.
Donde dice: “vestíos toda la armadura de Dios”, me parece que esa
armadura es similar a las bolsitas individuales de veneno que
debíamos llevar siempre llenas. Es la única arma eficaz contra el
enemigo. Creo que como con las langostas, debemos abrir fuego al
primer movimiento. Dejarlo crecer es darle ventaja. Los cristianos
somos un ejército espiritual, combatiendo a otro ejército espiritual.
Un solo soldado no logra nada. Todos juntos, unidos, armados con
las armas espirituales, vencemos al enemigo.
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Si me preguntan qué pasó con aquella langosta de hace cincuenta


años, pues, la vencimos. Nunca más volvió a atacar. Nunca más se
comió lo nuestro.

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FIN