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Ignacio Carrera Pinto, El Héroe

Ignacio Carrera Pinto, El Héroe

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Julio F. Miranda Espinoza, Depto. Comunicaciones, Ejercito de Chile, 2011
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El Héroe

Ignacio Carrera Pinto

DEPARTAMENTO COMUNICACIONAL DEL EJÉRCITO

Derechos Reservados ISBN: 978-956-7527-66-3 Inscripción Registro de Propiedad Intelectual Nº 203910 Edición, julio 2011 Departamento Comunicacional del Ejército Impreso en el Instituto Geográfico Militar

PRÓLOGO

Año a año, cada 9 de julio, son miles los soldados del Ejército de Chile que prestan su juramento de servir fielmente a la patria, hasta rendir la vida si fuese necesario. No pudo elegirse una fecha mejor para este compromiso, que aquella en la que se conmemora el aniversario del combate de La Concepción, épica jornada en la que setenta y siete chilenos prefieren la muerte antes que la rendición. Los pormenores de esta hazaña heroica han sido relatados muchas veces, sin embargo no existía una investigación que se centrara en la vida del capitán Ignacio Carrera Pinto, el líder de esos titanes que conformaron la 4ta. Compañía del “Chacabuco”. El libro que tenemos en nuestras manos viene a llenar ese vacío gracias a la feliz iniciativa de don Julio Miranda Espinoza, quien, patrocinado por el Ejército de Chile, ha realizado un prolijo trabajo de investigación que ha permitido extraer la figura de este héroe desde empolvados archivos, olvidadas publicaciones y testimonios inéditos de quienes lo conocieron. Imaginamos que la tarea no fue fácil, pues hasta su martirio en La Concepción, la vida del capitán Carrera Pinto transcurrió en el anonimato en el que fluye la existencia de tantos chilenos comunes y corrientes. Ello, a pesar de que por sus venas corría la sangre de dos familias patricias de nuestro Chile –los Carrera y los Pinto– las que parecían rivalizar en la grandeza que alcanzaron sus ilustres antepasados. Ignacio Carrera Pinto fue uno de los miles de chilenos que en 1879 se enroló en el Ejército, sin tener una preparación militar anterior. Se alineó en las filas del “Esmeralda” con el grado de sargento, sin reclamar puestos de privilegio que pudieran haber estado en consonancia con su historia familiar o con sus relaciones de parentesco. Sin tener que trepar por las ramas de su genealogía, baste decir que era nieto del general don José Miguel Carrera Verdugo y que era sobrino del presidente en ejercicio, don Aníbal Pinto Garmendia.

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Hijo de don José Miguel Carrera Fontecilla y de doña Emilia Pinto Benavente, transcurrió su infancia muy unido a sus siete hermanos y rodeado del cariño de sus padres y de una enorme familia de notable posición social. Sin embargo, las tribulaciones políticas que caracterizaron la vida de su progenitor, hicieron que los Carrera Pinto pasaran penurias económicas y sintieran la ausencia de un padre idealista, que murió desterrado en Lima cuando Ignacio tenía solo doce años. A partir de entonces, nuestro héroe se vio forzado a asumir responsabilidades y a contribuir al sustento familiar. La necesidad de trabajar tempranamente, sus largas permanencias en el campo, sus repetidas jornadas cabalgando entre Santiago y Mendoza, sus obligaciones como funcionario público y como voluntario de bomberos, fueron circunstancias que forjaron su carácter y templaron su voluntad, ocupando sus juveniles años que conocieron de privaciones y sacrificios. El 25 de junio de 1879, fue un día que marcó un vuelco en su vida. Se enlistó en el recién creado batallón “Esmeralda” y a partir de este hecho descubrió su vocación militar, profesión que abrazó con genuina devoción, como lo confirman varios episodios de su breve carrera militar. Quizás la demostración más elocuente de esa vocación, fue su voluntaria permanencia en el Ejército. En efecto, después de haberse distinguido en las batallas de Tacna y de Chorrillos, en las que además resultó herido, volvió a Chile, formando parte del movilizado “Chacabuco”, su nuevo batallón. Ya había cumplido con creces su deber con la patria y con sus ancestros, y frente a la opción de volver a la vida civil y de disfrutar de sus seres queridos, prefirió enlistarse nuevamente, ahora como teniente del 6º de Línea. Pasaba a ser un oficial profesional que estaba dispuesto a regresar al teatro de guerra. Las campañas en las que combatió no le bastaron; parece que se sentía predestinado a alcanzar el renombre reservado para los héroes. Para muchos chilenos la guerra ya parecía concluida con la conquista de Lima. Con la excepción de su epílogo en Huamachuco, durante la campaña de la sierra no se presentaron épicas batallas como aquellas de Dolores, Tacna, Chorrillos o Miraflores. Chile y su gobierno estaban repletos de laureles y

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embriagados por la gloria. Muy poco difundía la prensa sobre la penosa vida de los batallones chilenos y sus cruentos combates contra un enemigo que ofrecía una tenaz y patriótica resistencia. Eran los batallones olvidados… entre ellos, el “Chacabuco” y su 4ta. Compañía. La defensa a toda costa que Carrera Pinto hizo de la guarnición a su mando –la Ordenanza impone: “el Oficial que tuviere órden absoluta de conservar su puesto á todo coste, lo hará”– ha sido tratada en detalle por el teniente coronel Pedro Hormazábal en el capítulo cuarto de este libro. La resistencia sin tregua que Carrera Pinto impuso a su Compañía, no solo fue un acto de heroísmo, pues con la acción de “amarre” sobre las fuerzas del coronel Gastó, impidió que ellas emboscaran la marcha del grueso de la división Del Canto, cuyo resultado habría sido desastroso para las armas chilenas. Carrera Pinto, además, debió haber estado seguro de que su resistencia daría tiempo para que la vanguardia de esa división propinara una importante derrota a las fuerzas que lo asediaban. La Compañía inmortal de Carrera Pinto estaba compuesta por setenta y siete soldados chilenos, que en su mayoría eran reclutas, pues no habían participado en las anteriores campañas de la Guerra del Pacífico. Representaban ellos a todos los estratos sociales de la nación: desde el aristócrata capitán, pasando por el origen misterioso de Cruz Martínez y hasta llegar a los soldados de más humilde cuna. Ni su diversa condición, ni su falta de experiencia en combate, ni la carencia de municiones, ni la inmensa superioridad numérica del enemigo, los hizo desistir de su propósito de combatir hasta la muerte. Una vez caído el capitán y muertos sucesivamente todos sus oficiales, los últimos sobrevivientes siguieron la ruta de pelear hasta el martirio. ¡Grandiosa muestra de heroísmo y amor a Chile! Estamos ciertos que La Concepción fue el episodio del más sublime heroísmo en toda la campaña, pero la conducta valerosa de esos “chacabucanos” no fue la excepción. Rendirse, jamás: esa era la doctrina y la consigna de las tropas chilenas, como lo testimonian también las acciones de Sangra, Marcavalle, Puente de la Oroya, Tarma-Tambo y Tambo de Mora, en las que fuerzas menores debieron resistir el ataque de centenares de tropas regulares y montoneras peruanas.

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La investigación que en estas páginas nos entrega don Julio Miranda, antiguo profesor de varias generaciones de cadetes de la Escuela Militar, pareciera ser otra nueva lección que imparte a los alumnos del Alcázar de Las Condes, pues en Ignacio Carrera Pinto ellos podrán encontrar el modelo del liderazgo llevado a su máxima expresión: la capacidad de persuadir a sus subordinados para combatir sin tregua hasta alcanzar la victoria o la inmortalidad. MARCOS LÓPEZ ARDILES General de División Presidente de la Academia de Historia Militar

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ÍNDICE

- Introducción ................................................................................... XI - Capitulo I: Recordando a sus manes. Los antepasados del Héroe. 1 - Capítulo Ii: Nace un Héroe. Su inquieta niñez y difícil juventud .... 23 - Capítulo Iii: En busca de la gloria. La vida militar de Ignacio Carrera Pinto...................................................................... 53 - Capítulo Iv: La campaña del Ejército del Centro en 1882. Defensa de la plaza de La Concepción (9 y 10 de Julio de 1882)........ 119 - Capítulo V: El regreso a la patria: .La historia de los corazones de los héroes de La Concepción.......................................................... 159 - Anexos: Anexo Nº 1: Hoja de servicio del capitán Ignacio Carrera Pinto... 180 Anexo Nº 2: Carta del subteniente Ignacio Carrera Pinto a su hermano Luis............................................................................. 185 Anexo Nº 3: Inventario de los efectos personales del capitán Ignacio Carrera Pinto...................................................................... 193 Anexo Nº 4: Nómina de los 77 de La Concepción......................... 197 Anexo Nº 5: Carta de pésame del comandante del Batallón Chacabuco Marcial Pinto Agüero................................................... 200

- Bibliografía..................................................................................... 201

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INTRODUCCIÓN
“En Ignacio Carrera, bullía sin dudas el alma de los héroes …servir a la Patria, orlar su frente con inmarcesibles laureles era el desideratum de su vida, su ambición”.1

Amanece en la lejana aldea de La Concepción2 en la sierra peruana, el 10 de julio de 1882; tras casi veinte horas de duro combate, el telón del holocausto está a punto de caer, para poner fin, en toda su grandeza al sacrificio sublime de 77 soldados de la Cuarta Compañía3 del Regimiento 6to. de Línea “Chacabuco” que, mandados por un teniente de 34 años de edad, de reconocida estirpe, han ofrendado su vida frente a fuerzas muy superiores. Se les intimó rendición, sin obtener mayor respuesta que el más categórico de los rechazos: “Comprenderá usted –afirmó el oficial– que ni como chileno, ni como descendiente del general José Miguel Carrera, deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a usted”.4 Con estas palabras, el espíritu de la patria, selló con timbre de oro y laureles de plata, una de las páginas más brillantes de nuestra historia. Y cuando faltaron las municiones sacaron a relucir sus bayonetas, arma que en sus manos se transformó en un terrible instrumento, con el cual adquirieron mayor gloria. El final es de todos conocido, la guarnición chilena completa pereció, no sin antes haber cobrado cientos de vidas enemigas.
1 Nicanor Molinare, “El Combate de la Concepción”, 9 y 10 de julio de 1882”. El Diario Ilustrado, 17 de julio de 1911, p. 5. 2 En relación al nombre de la aldea peruana Marcos López Ardiles en su artículo “La Bandera de La Concepción, una herencia valiosa recuperada para ser venerada” en El Mercurio, 6 de julio de 1997, D 40, indica lo siguiente: “En el Perú hoy se le denomina simplemente Concepción, sin el artículo “La”, sin embargo su toponímico original es el de La Concepción como lo establece Antonio Raimondi en su Historia de la Geografía del Perú, Tomo II, Lima, Imprenta del Estado, 1876, p. 205”. 3 En términos militares, una compañía es la unidad fundamental orgánica y administrativa del batallón. Está dirigida por 4 o 5 oficiales e integrada por 110 soldados (aprox.). 4 www. “Grandes combates y batallas del Perú. Batalla de Concepción” consultado en julio 2009.

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Dieciocho meses antes, producida la ocupación de Lima, luego de los decisivos triunfos de Chorrillos y Miraflores, ocurridos el 13 y 15 de enero de 1881, muchos creyeron en Chile que la guerra llegaba a su fin; sin embargo, quienes así pensaron, no contaron con la tenaz resistencia del general peruano Andrés Avelino Cáceres, militar de gran figuración durante el conflicto, quien organizó la resistencia en el sector de las sierras o breñas como las denominan en esa nación, para lo cual contó con el apoyo de su población, mayoritariamente indígena. Lo anterior obligó necesariamente al mando chileno a reconsiderar la situación, organizando una División que marchó al interior del Perú para enfrentar el nuevo foco de conflicto. En esta última campaña se inserta el Combate de la Concepción. Los sucesos simples de la vida con el paso de los años pueden borrarse de nuestra frágil memoria, pero ello no ocurre así con aquellos acontecimientos que, por su trascendencia marcaron hitos en el sendero de las naciones, produciéndose con ello el mágico efecto de su renovación, para permitir de esa manera que el recuerdo vuelva a resurgir, esparciendo las lecciones de sus virtudes sobre las nuevas generaciones, que admiradas les brindan un homenaje de gratitud y respeto. La guerra del 79 es posiblemente uno de los eventos nacionales que más ha atraído la atención de nuestros historiadores, incluso, desde el instante mismo en que ella ocurrió; posiblemente tal fascinación se deba a la relevancia que para el país adquirió, especialmente por sus efectos socio-económicos. Por lo mismo, no son pocos los autores que nos han precedido en el estudio de tan épica gesta y a quienes brindamos nuestra mayor admiración y respeto; a partir de Benjamín Vicuña Mackenna, quien en su obra el Álbum de las Glorias de Chile dedicó páginas brillantes al conocimiento de la vida del capitán Ignacio Carrera Pinto y sus tres camaradas mártires; en el mismo derrotero, deseamos destacar, entre otros, a Pascual Ahumada Moreno, Francisco Machuca y Gonzalo Bulnes, sobresalientes historiadores de la Guerra del Pacífico así como también a los militares escritores que nos compartieron sus particulares vivencias: Alberto del Solar, José Clemente Larraín, Pedro Sienna, Antonio Urquieta, Marcos Ibarra Díaz y, en especial,

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Introducción

Nicanor Molinare, cuyos interesantes artículos relativos al tema, pletóricos de patriotismo, aparecieron en las páginas del Diario Ilustrado en julio de 1911, y culminaron al año siguiente, con el tomo I del Combate de La Concepción, volumen que por desgracia no fue publicado. Algunos años más tarde, el general Estanislao del Canto redactó sus Memorias Militares, libro que resume la especial participación que le correspondió asumir a este oficial, como jefe de la División chilena que combatió en la sierra peruana, y de la cual formaban parte los 77 mártires de La Concepción. Recordamos también en este exordio al Estado Mayor del Ejército, bajo cuya dirección se publicó la obra Héroes y Soldados Ilustres de Chile, a Manuel Reyno Gutiérrez, Ruperto Concha, Joaquín Matte Varas, Edmundo MárquezBretón, Marcos López Ardiles, etc., todos ellos estudiosos del tema que hoy nos motiva; su valiosa información está de alguna manera representada en nuestra obra, al igual que los escritores peruanos, Mariano Paz Soldán, Carlos Dellepiane, Avelino Cáceres y León González. Sin embargo, a pesar de todo lo anterior, nos llamó poderosamente la atención que no se haya escrito una obra completa, que relate la vida del héroe de La Concepción capitán Ignacio José Carrera Pinto, y más aún, que permanecieran casi en el olvido o desconocimiento nacional, gran parte de su niñez y adolescencia, así como su etapa estudiantil, y actividad social y laboral. Y como respuesta a la omisión anterior, hemos querido escribir este libro, a la memoria de un chileno que se transformó en soldado, y que hace 129 años bosquejó con su sangre una ley de acero: el chileno no se rinde, ¡ y esto basta! Fue todo un desafío recoger los pasos de nuestro héroe; primero indagamos en los archivos nacionales a los que hubo que sacudirles el polvo del olvido; dos de ellos captaron nuestro especial interés, el del Instituto Nacional, que nos dio luces sobre su vida estudiantil y el Archivo Histórico del Departamento de Historia Militar del Ejército de Chile, que nos permitió reconstruir sus meritorios tres años de vida castrense. Por supuesto que también recurrimos a otros centros de investigación: Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Archivo Nacional Fondo Ministerio de Guerra y Fondo Varios, Archivo Nicanor Molinare, Archivo

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del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas de Chile, Archivo del Cuerpo de Bomberos de Santiago, Archivo de La Administración Siglo XX, Archivo del Arzobispado de Santiago y Biblioteca de la Academia de Historia Militar. En el mes de julio de 2009 tuvimos la suerte de viajar a España y recorrer la región vasca, maravillándonos con su paisaje tan diferente a la tierra del Quijote. Fue un estímulo emocional muy fuerte, encontrarnos en la cuna de sus ancestros. Al mismo tiempo aprovechamos de indagar en los archivos históricos de San Sebastián y Nacional de Madrid El libro está estructurado en cinco capítulos, de los cuales el primero, segundo, tercero y quinto fueron escritos por el profesor Julio Fernando Miranda Espinoza; el cuarto fue desarrollado por Pedro Eduardo Hormazábal Espinosa, historiador militar. El primer capítulo, con el cual se dio inicio al relato sobre su vida, está dedicado a ilustrarnos sobre sus raíces familiares, sus antepasados, ya que características de todos ellos pueden encontrarse a lo largo de su corta existencia. Destacamos en él, la figura de su abuelo paterno, el general José Miguel Carrera Verdugo y sus padres: José Miguel Carrera Fontecilla y Emilia Pinto Benavente. El segundo capítulo nos traslada a su traviesa niñez y difícil juventud. Resultó en extremo gratificante descubrir su vida estudiantil en el Instituto Nacional y comprobar que tenía razón el historiador Vicuña Mackenna, cuando afirmó que el joven Carrera Pinto era distraído de estudios, lo que desde luego no le restó méritos a sus virtudes militares. También en esta parte de la obra se muestra a Ignacio en su dimensión de servidor público: su ingreso al Cuerpo de Bomberos de Santiago en abril de 1868, su aporte generoso en la constitución del Patrocinio San José y su actividad como secretario de la Intendencia de Santiago formando parte del equipo de trabajo que organizó en 1872, el entonces intendente de la ciudad capitalina don Benjamín Vicuña Mackenna. El tercer capítulo desarrolla su vida militar, desde que ingresó en junio de 1879 al Regimiento “Esmeralda”, como sargento 1ro.; su ascenso a subteniente en noviembre del mismo año y su bautizo de fuego en la Batalla de Tacna el

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Introducción

26 de mayo de 1880, donde destacó por su valor, su resolución y condiciones de liderazgo. Posteriormente, viene su ingreso como teniente al Regimiento “Chacabuco”, unidad con la cual, en calidad de ayudante del comandante Domingo de Toro Herrera, peleó en Chorrillos, resultando herido. De vuelta a Chile y puesto en receso en abril de 1881 el movilizado Chacabuco, se incorporó al Regimiento 6to. de Línea creado con igual nombre, para volver al teatro de la guerra y participar en la campaña de la sierra, donde al frente de su compañía se inmortalizó junto a sus 76 camaradas. El cuarto capítulo integró información obtenida de diferentes fuentes: archivos, correspondencia, hojas de servicio, partes de guerra, revistas de comisario, etc. para mostrarnos el Combate de La Concepción en una dimensión diferente. Se inicia con el ingreso de la expedición chilena al interior del Perú, su despliegue en la sierra, y las enormes dificultades que debieron enfrentar: enfermedades, rigores climáticos, falta de abastecimientos, y por sobre todo, la hostilidad permanente de las fuerzas enemigas, para llegar a los días previos al combate, al desarrollo de este narrado con el máximo rigor histórico y, finalmente, a su desenlace. En el capítulo quinto presentamos la historia de los corazones de los cuatro oficiales mártires de La Concepción, su regreso a la patria en 1883, para descansar durante algunos años bajo la protección de los muros del templo de la Gratitud Nacional, lugar donde permanecieron hasta 1901, año en el que fueron trasladados al Museo Militar, para finalmente culminar su peregrinación en la Catedral de Santiago, templo que desde 1911 resguarda las sagradas reliquias, en un monumento de mármol imperecedero, frente al que se inclina el homenaje de todo un país agradecido.

Agradecimientos
El trabajo biográfico descriptivo que, en el día de hoy entregamos al conocimiento de la comunidad nacional, forma parte de la extensa e importante labor de divulgación histórica-militar, que desarrolla el Departamento Comunicacional del Ejército de Chile, interesado en dar a conocer la vida de uno de sus héroes más ilustres, el capitán Ignacio Carrera Pinto.

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Queremos testimoniar nuestra gratitud, en primer lugar, a dicho Departamento, representado en sus tres últimos jefes, el general Carlos Mezzano E., el general Iván González L. y el coronel Rafael Fuenzalida C., quienes en todo momento respaldaron nuestro trabajo con acertadas indicaciones y un entusiasmo e interés sin límites, lo que permitió llevar a cabo con éxito cada una de las actividades que debieron efectuarse para el feliz término de esta obra; en igual forma unas palabras de aprecio muy sentido para el coronel (R) Pedro Pablo Bustos V., por la confianza dispensada y sus atinados consejos. También vayan nuestros agradecimientos al coronel Sergio Rosales G., cuya obra Tarda en caer el Invierno, nos sirvió de valiosa orientación. Para todo el personal del Departamento Comunicacional, muchas gracias, en especial mi reconocimiento para el coronel Guillermo O’Ryan M., a la teniente coronel Sandra Armijo L., la capitán Gloria Fernández R., la capitán Shirley Maitland G., los suboficiales César Gutiérrez S. y Mario López S., al sargento 1ro. Ramón Araya G., al cabo 1ro. John Ancavil S., al cabo 2do. Rodrigo Vargas L., al diseñador Jhonny Vega L., y al equipo de fotógrafos integrado por Ramón Otárola V., Juan Muñoz N. y Miguel Ferrada M. Todos ellos, junto a la secretaria señorita Suzana López Z. constituyeron un aporte fundamental en nuestra tarea. Nuestro agradecimiento para la Academia de Historia Militar, representada en su presidente, general Waldo Zauritz S., por el valioso aporte efectuado en documentación y sugerencias relativas al tema. Durante el trabajo en diferentes bibliotecas, museos y archivos, tuvimos la fortuna de contar con la comprensión y oportuna asistencia de sus profesionales, quienes junto con aportarnos el dato particular, curioso, único, novedoso, que pudiera servir a nuestros fines, pusieron libros, documentación, archivos y álbumes a nuestra observación y estudio, brindándonos todo tipo de facilidades; es digno de destacar el nivel intelectual, seriedad y consagración a su labor que exhiben estos servidores públicos, a quienes deseamos rendir nuestro más sentido reconocimiento: en el Instituto Nacional a don Luis Elmes profesor de castellano encargado del archivo y su bibliotecaria Marisol Bustamante, por ayudarnos en la búsqueda de la información; a la jefa de Colecciones de la Biblioteca Nacional de Chile, Marjorie Peña, que

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Introducción

nos permitió acceder a fuentes originales, al igual que Emma de Ramón, coordinadora del Archivo Nacional. A la historiadora Claudia Arancibia F., del Departamento de Historia Militar del Ejército de Chile, pilar fundamental de este trabajo, que se preocupó de ordenar las citas, revisar la bibliografía, y parte del texto y a la antropóloga Lorena Vásquez C., por su colaboración en la digitalización de fotografías y documentos del Archivo Histórico del Ejército; al capitán Rodrigo Arredondo V., que nos apoyó en el trabajo fotográfico y siempre estuvo dispuesto a resolver nuestros requerimientos, como también al suboficial Raúl Carrasco B. Mención aparte para el coronel (R) Carlos Méndez N., ex Jefe del Departamento de Historia Militar del Ejército de Chile, por sus valiosos aportes en el plano metodológico y revisión de algunos pasajes del escrito. Nos sentimos particularmente obligados, con el teniente coronel Pedro Hormazábal E., no solo por haber participado con un capítulo de esta obra, sino porque además facilitó su biblioteca personal, fotografías, documentos y diversos objetos de su colección particular, y tuvo la paciencia para escucharnos por muchas horas, en las que aportó ideas e informaciones que permitieron optimizar este trabajo. En esta labor de investigación nos entrevistamos con muchas personas del ámbito civil y militar relacionadas con el tema, y en ese plano ciertamente debemos mucho al señor general Marcos López A., quien generosamente compartió con nosotros sus investigaciones y escritos relativos al héroe y Combate de La Concepción. Mil gracias señor general por su permanente respaldo, y sus valiosos contactos, que nos abrieron las puertas del Círculo Ignacio Carrera Pinto. En igual forma recibimos la incondicional ayuda del Jefe del Departamento de Historia del Museo Histórico y Militar de Chile, coronel (R) e historiador, Alberto Márquez A., cuyos oportunos comentarios nos permitieron acceder a nuevas fuentes de información y conocer enfoques diferentes; por su intermedio pudimos revisar la importante documentación que sobre la materia posee el indicado museo y su biblioteca, donde fuimos atendidos con especial diligencia por su directora Carmen Gloria Olivares O.

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De verdad, son incontables las horas que ocupamos en los últimos meses, conversando y compartiendo esta empresa, con estudiosos, especialistas en el tema y descendientes del héroe y no quisiéramos dejar a nadie en el olvido, ya que cada uno de ellos se esmeró para entregarnos sus recuerdos y conocimientos. Ana María Ried U., presidente en ese momento del Instituto de Investigaciones Históricas José Miguel Carrera, que nos aportó sus recuerdos de familia y escritos relativos a la niñez y etapa juvenil del personaje. El distinguido abogado Rafael Celedón G., quien nos recibió en su hogar y generosamente compartió con nosotros sus álbumes con fotografías de la familia Carrera Pinto con la cual está emparentado, –al igual que la señora Ana María Ried– y nos permitió además fotografiar parte de su rica pinacoteca familiar. Patricio Cardemil y Edmundo Villarroel C., Presidente el primero y activo integrante el segundo, del Círculo Ignacio Carrera Pinto; el señor Villarroel nos facilitó interesante documentación de su archivo personal. En el Cuerpo de Bomberos de Santiago tuvimos la suerte de conocer a don Aníbal Grez A., Director del Museo institucional y profundo conocedor de la historia bomberil. En largas conversaciones sostenidas con el señor Grez pudimos recabar valiosa información relacionada con la participación de Ignacio Carrera Pinto en esta importante institución; desde luego, vayan para el mis mayores agradecimientos, al igual que para el señor Patricio Rodríguez O. quien nos envió un set de fotografías. De igual manera, en los inicios de nuestra investigación concurrimos al Patrocinio San José, establecimiento donde fuimos recibidos con especial atención por su inspector general, señor Edmundo Veloz M., quien en amena conversación nos ilustró sobre los inicios de su institución y la relación con nuestro prócer Ignacio Carrera Pinto. Para él nuestro más sentido reconocimiento. Los autores Santiago, 2011.

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A mi querida esposa Yaira y mis hijos Argólide, Alvin, Arcírolo, Julio, Alex y Yiti

CAPÍTULO I Recordando a sus manes. Los antepasados del héroe
“La muerte menos temida da más vida”. 5

Para conocer a fondo la vida y la actuación de un héroe, es sin lugar a dudas de gran utilidad, el estudio de sus antecedentes familiares, el conocimiento de la vida de quienes le aportaron su linaje. En el caso particular de Ignacio Carrera Pinto, resulta imprescindible conocer la figura de sus antepasados, especialmente de sus abuelos paternos y maternos y, por supuesto, de sus padres, ya que características de todos ellos pueden determinarse en su vida. Medieval y renacentista es el origen de la familia Carrera. Es así como en las interminables guerras ocurridas en la península ibérica contra los moros, defendiendo a la cristiandad, con la cruz en el pecho y la espada en la mano, particularmente en la toma de Granada en 1492, –año del descubrimiento de América– se hicieron presentes sus integrantes, para inmortalizar su nombre en la historia: “Por sus actos de heroísmo recibieron honras y mercedes”.6 Entre los fundadores de la casa de los Carrera en España figuró con renombre don Juan de la Carrera, que nació y recibió los santos óleos en la villa de Alegría de Oria, en la provincia de Guipúzcoa; señor de la villa de Amézqueta,7 se casó el 20 de enero de 1619 con doña Francisca de Iturgoyen y Amasa. De este matrimonio, con reconocida nobleza, desciende el primer

5 Jaime Eyzaguirre. Ventura de Pedro de Valdivia, Santiago, Editorial Zig-Zag, 1974, p. 15. 6 Antonio Ondarza O. Ascendientes y Descendientes del Prócer Dn. José Miguel Carrera V. en Chile, Santiago, Impresores Heráldica, 1959, p. 15. 7 Estudiosos de la heráldica como Alberto y Arturo García Carraffa, en Enciclopedia Heráldica y Genealógica Hispanoamericana, Tomo 24, Madrid, 1926, p. 191. señalan que en la villa de Amézqueta, hay una casa de Carrera y que ese solar guipúzcoano: “tiene mucha antigüedad y nobleza probada y que de él procedió entre otras ramas, una de mucho lustre radicada en Chile”. La villa de Amézqueta está situada en la sierra de Aralar, a los pies del monte Txindoki, a 12 kilómetros de Tolosa y 35 de San Sebastián –la ciudad balneario de la región vasca–, en el norte de España.

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Ignacio Carrera Pinto: El Héroe

Carrera venido a Chile, Ignacio de la Carrera Iturgoyen, que meció cuna y fue bautizado, al igual que su padre, en la villa de Alegría, un 31de julio de 1620. Respecto al origen del apellido Carrera, García Carraffa en su obra ya citada, indica que según algunos cronistas, aquel proviene de dos hermanos radicados en la localidad de Ajo, provincia de Santander, los que en tiempos del rey don Alonso realizaron una gran hazaña al tomar un castillo que se encontraba en manos de los infieles: “Añaden que los centinelas de la fortaleza mataron a uno de los aludidos hermanos; pero que el otro logró pasar entre los moros e hizo “carrera” para que los cristianos avanzaran y se apoderasen del castillo, en premio de lo cual autorizó el citado monarca a que le apellidasen Carrera, apellido que continuaron sus descendientes…”.8 Dado lo improbable del suceso descrito, nos parece difícil admitir que ese pueda ser el origen de la casa de Carrera, pero no contando con mayores antecedentes, no lo descartamos en absoluto.9 Los grandes descubrimientos geográficos ocurridos en el siglo XV cambiaron la historia de la humanidad y abrieron nuevas expectativas de desarrollo y expansión a las naciones europeas, entre las cuales se encontraba en un puesto de avanzada España, que con el descubrimiento de un nuevo continente América, se transformó en una potencia de nivel internacional. Cientos de naves cruzaron el Pacífico, trayendo en sus vientres hombres de los más diversos orígenes y profesiones, deseosos de iniciar la conquista de los nuevos territorios. En ese mundo de valor y aventuras, se embriagó don Ignacio, llegando a la ciudad de Concepción, el 4 de abril de 1639; tenía tan solo 19 años de edad e integró como ingeniero, –para los trabajos de la Frontera– la comitiva del marqués de Baides nombrado gobernador del Reino de Chile. Eran tiempos de guerra –los bravos mapuches defendían con sus armas sus tierras y libertades– los que tuvo que vivir este ilustre antepasado: “Durante más de cuarenta años, afirma Amunátegui Solar, don Ignacio debió prestar activos e

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Ibídem. p. 200. Para mayor información sobre el origen del apellido Carrera, ver artículo escrito por Ana María Ried Undurraga, “La casa de los Carrera en España” en Revista Patria Vieja Nº 36, diciembre 2007, p. 33.

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Recordando a sus manes. Los antepasados del héroe

ESCUDO DE ARMAS DE LA CASA DE AMÉZQUETA. De color verde con un castillo de plata con tres torres; en la torre del homenaje un brazo armado también de plata, con un pendón rojo en la mano cargado con una estrella de oro. Bordura roja con ocho sotueres de oro. Estas armas constan en certificación de blasones dada por Juan de Mendoza, cronista y Rey de Armas de Felipe IV, en 8 de enero de 1632, a favor de Domingo Carrera, dueño en aquella época de la casa de Carrera de Amézqueta. En Alberto García Carraffa, Diccionario Heráldico y Genealógico de apellidos españoles y americanos, Tomo 22, Madrid, Nueva Imprenta Madrid, S. A. Litografía M. Casas, 1955, p. 201.

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Ignacio Carrera Pinto: El Héroe

importantes servicios en pro de la civilización de esta comarca…su constancia y energía y el exacto cumplimiento de sus deberes le hicieron subir grado por grado, desde los más humildes hasta los más altos empleos militares”.10 Caballero de la Orden de Alcántara se batió con los indios en múltiples oportunidades, descollando entre la flor de los militares de Chile, por su valor, brillantez y energía puesta en su accionar. En 1654, el navío San Jorge, que llevaba el situado a Valdivia, encalló en las costas frente a Osorno y los indios cuncos degollaron a los sobrevivientes para apoderarse del botín. El gobernador de la época don Antonio de Acuña y Cabrera, ordenó al comandante de la guarnición de Chiloé, capitán Ignacio Carrera Iturgoyen, que organizara una expedición de represalia: “Carrera capturó a los tres caciques que habían participado en el asalto y los mandó dar garrote y descuartizar allí en presencia de todos y que los cuartos los pusiesen en los caminos”.11 Ascendido a Maestre de Campo en 1656, se desempeñó posteriormente como gobernador general del Ejército, gobernador de Valdivia y alcalde de Santiago, cargo este último que asumió en 1676. Durante el gobierno de don Francisco de Meneses (1664-1668) debió sufrir la persecución del gobernador, según se cuenta por cosas frívolas, que los chismes o detracciones abultaron en demasía, poniendo en peligro la vida de tan preciado oficial. Gracias a la generosa acción de algunos camaradas de armas logró escapar del patíbulo, pero no bien recuperada su libertad, se dirigió al palacio para enrostrarle a la autoridad su injusto accionar: “Meneses con mansedumbre aunque forzada le dijo retírese Ud. que a los hombres de honor con el susto es bastante”.12 Valerosa acción la de don Ignacio, que demuestra el temple de un espíritu íntegro, herencia asumida por sus descendientes.

10 Domingo Amunátegui Solar. Mayorazgos y Títulos de Castilla, Tomo II, Santiago, Imprenta Litografía y Encuadernación Barcelona, 1903, p. 191. 11 Diego de Rosales. Historia General del Reyno de Chile, Flandes Indiano, Tomo II, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1989, p. 1364. 12 Vicente Carvallo y Goyeneche. Descripción Histórico Geográfica del Reyno de Chile, Santiago, Imprenta de la Estrella de Chile, 1875, p. 148.

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En la última etapa de su vida, se dedicó a la agricultura y al comercio: tenía en Santiago un negocio de telas y una hacienda en Aculeo, ribera sur del Maipo. Contrajo enlace en 1655 con la distinguida dama de la sociedad capitalina doña Catalina Ortiz de Elguea y García de Cáceres, hija del renombrado capitán Francisco Ortiz de Elguea. El matrimonio tuvo nueve hijos: “Josefa, Francisco, Mariana, Juana, Nicolasa, Petronila, María, Jerónimo y Miguel”13. Este último, don Miguel, teniente general y alcalde de Santiago, casado con doña Josefa de Ureta y Prado, fue quien perpetuó en la descendencia que tuvo en Chile el apellido Carrera. Don Ignacio de la Carrera Iturgoyen, falleció en Santiago el 27 de marzo de 1682. Es de mérito apreciar que este lejano antepasado del héroe de La Concepción ostentara en esos tiempos de conquista y guerra permanente, todo el espíritu de lucha, sacrificio, valor y honor que fueron heredados por sus descendientes. La familia Carrera Ureta tuvo cuatro vástagos: Ignacio, María Rosa, Vicente y Francisca. El primogénito de los Carrera Ureta, Ignacio, nació en la capital del Reino de Chile el 18 de enero de 1703. Fue corregidor de Coquimbo y del valle del Limarí, propietario del asiento minero de Tamaya y de la hacienda Naltagua en San Francisco del Monte. Casado con Francisca Javiera de Cuevas y Pérez de Valenzuela, la pareja tuvo siete hijos, entre ellos, el padre de los hermanos Carrera Verdugo, Ignacio de la Carrera y Cuevas, bisabuelo del futuro héroe de La Concepción. El tercero de nombre Ignacio en la familia Carrera, nació en Santiago hacia 1745 y contrajo matrimonio en la parroquia del Sagrario el 7 de febrero de 1773, con Francisca de Paula Verdugo Fernández de Valdivieso y Herrera. Doña Paula era hija del oidor Juan Antonio Verdugo, abogado de la Real Audiencia de Lima. Heredó de su padre la hacienda de San Miguel colindante

13 Antonio Ondarza O., op.cit., pp. 15-16.

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con la de su esposo Naltagua en el Monte. El matrimonio tuvo siete hijos, pero solo sobrevivieron cuatro: Javiera, Juan José, José Miguel y Luis. Ignacio de la Carrera Cuevas dedicó gran parte de su vida a la milicia; en efecto, en 1777 ingresó al Regimiento de Caballería de Milicias del Príncipe en Santiago; en octubre de 1779 el rey lo nombró teniente coronel y en 1796 ascendió a coronel pasando a retiro en 1804. Con posterioridad en 1811 fue ascendido a brigadier por el Congreso. Siendo uno de los más prominentes miembros de la aristocracia santiaguina, el 18 de septiembre de 1810 fue electo vocal de la Primera Junta Nacional de Gobierno. Con posterioridad formó parte de la Junta Provisional de Gobierno creada el 3 de octubre de 1812. En los agitados días que marcaron los inicios del proceso independentista, don Ignacio debió compartir las dolorosas vicisitudes de sus hijos, conociendo la cárcel y el destierro en Juan Fernández, donde sufrió entre 1814 y 1817 crueles privaciones. Luego del triunfo de Chacabuco, 12 de febrero de 1817, regresó a Santiago, experimentando la persecución y ensañamiento de algunos jefes patriotas adversarios de sus hijos, llegando incluso al extremo de padecer durante el gobierno de Bernardo O’Higgins la incautación de parte de sus bienes, con la finalidad que ellos sirvieran para pagar deudas contraídas en EE.UU. por José Miguel Carrera; finalmente, como culminación de sus desventuras, debió cancelar los gastos que significaron en Mendoza el fusilamiento de sus hijos Juan José y Luis, ocurrido el 8 de abril de 1818. A los 74 años de edad, el brigadier Ignacio de la Carrera y Cuevas falleció en Santiago (1819) con su alma quebrantada por el dolor. Afirma el historiador Miguel Luis Amunátegui que el padre de los Carrera Verdugo era: “Un buen caballero, de ideas poco atrevidas, de ánimo poco arrebatado y de modales suaves que lo hacían estimar generalmente”.14 De los cuatro hijos de don Ignacio, sin lugar a dudas será José Miguel la figura más sobresaliente de la familia Carrera Verdugo. Para Benjamín Vicuña
14 Miguel Luis Amunátegui. La Dictadura de O’Higgins, Santiago, Imprenta, Litografía y Encuadernación Barcelona, 1914, p. 66.

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ESCUDO DE ARMAS DE LA FAMILIA CARRERA EN CHILE. En campo de oro, dos bueyes de color rojo. Jefe de azul con tres estrellas de oro de ocho puntas puestas en faja. Fotografía, gentileza familia Celedón Ossandón.

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Mackenna, por su genio, su actividad prodigiosa y su incansable tesón, en la búsqueda del éxito, el poder y la gloria: “Fue un hombre verdaderamente grande”.15 El primer General en Jefe del Ejército de Chile16 el brigadier José Miguel Carrera Verdugo, nació en Santiago el 15 de octubre de 1785 y murió fusilado en Mendoza el 4 de septiembre de 1821 a la edad de 35 años, cinco menos que los que tenía su hijo cuando falleció en Lima en 1860 y uno más que su futuro nieto Ignacio Carrera Pinto, quien encontró la muerte a los 34, combatiendo en la sierra peruana; por insólita coincidencia los tres murieron en tierras extrañas. Desde sus primeros días, José Miguel se vio comprometido con la vida militar y de acuerdo a las costumbres propias de la época: “A la edad de 9 años fue incorporado como cadete del Regimiento de Caballería del Príncipe en 1794, en 1797 su nombre figuraba como alférez y como teniente en 1805”.17 Efectuó sus primeros estudios en el Real Colegio de San Carlos, el que abandonó junto con su compañero de clases y amigo Manuel Rodríguez Erdoíza, para librarse de un castigo. Cursaba segundo año de filosofía. Su don de gente y su facilidad de palabra le imprimieron desde sus primeros días un magnetismo personal, lo que unido a la sobresaliente situación socioeconómica de su familia, le transformaron en un joven inquieto y revoltoso que debió salir del país buscando otros horizontes. Permaneció en Lima durante un año (1802-1803) y luego viajó a Cádiz en 1806, enrolándose en el ejército español dos años más tarde, para combatir a las tropas francesas comandadas por Napoleón Bonaparte, participando en más de veinte hechos de armas, siendo los principales: el sitio de Madrid, la ocupación de la plaza de Mora, la jornada de Yévenes, la batalla de Talavera y la batalla de Ocaña, considerada una de las más duras y cruentas
15 Benjamín Vicuña Mackenna. El Ostracismo de los Carrera, Santiago, Universidad de Chile 1938, p. 364. 16 “General en jefe del Ejército de Chile, desde el 31 de marzo de 1813 al 2 de octubre de 1814, en dos períodos: 31 de marzo al 23 de noviembre de 1813; 28 de agosto al 2 de octubre de 1814”. En Javier Urbina Paredes (Dirección General) Al Servicio de Chile. Comandantes en Jefe del Ejército 1813-2002, Santiago, Instituto Geográfico Militar, 2003, p. 23. 17 Estado Mayor General del Ejército. Galería de Hombres de Armas de Chile, Tomo I, Santiago, Impresores: Barcelona, Empresa Industrial Gráfica, 1987, p. 307.

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BRIGADIER JOSÉ MIGUEL CARRERA VERDUGO. Primer General en Jefe del Ejército de Chile. Abuelo paterno del capitán Ignacio Carrera Pinto. Pinacoteca familia Celedón Ossandón.

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de la resistencia peninsular, en la que su regimiento sufrió la baja de nueves oficiales y más de la tercera parte de la tropa. Durante la retirada ocurrida el 19 de noviembre de 1809, Carrera resultó herido de gravedad en una pierna, que logró salvar gracias a la oportuna intervención de don Ramón Errázuriz, quien lo trasladó a Cádiz, para ser atendido por un importante facultativo de ese puerto, durando su restablecimiento más de siete meses. Por su sobresaliente actuación en los campos de batalla fue condecorado con la Cruz de Talavera, y ascendido a sargento mayor del Regimiento de Húsares de Galicia; sin embargo en conocimiento de los sucesos acaecidos en Chile, que llevaron al establecimiento de la Primera Junta Nacional de Gobierno, su entusiasmo por servir a su patria lo decidió a abandonar su brillante carrera militar, embarcándose rumbo a Valparaíso en abril de 1811, para arribar a este puerto el 25 de julio del mismo año.18 A partir de esta fecha, José Miguel Carrera se transforma en uno de los principales promotores y ejecutores de la revolución de la independencia, dado que nadie como él, afirma la obra de los Comandantes en Jefe: “Comprendió más claramente los altos fines de la emancipación política de Chile y procuró más resueltamente, asegurar para siempre las instituciones republicanas que debían servir de base a su soberanía”.19 Sus ideas libertarias fueron muy claras y así se lo indicó a su padre, que se sentía alarmado frente al rol de agitadores asumidos por sus hijos: “Ha llegado la época de la independencia americana, nadie puede evitarla, señaló. La España está perdida, y si nos dejamos llevar de infundados recelos seremos presas del primer advenedizo que quiera subyugarnos”.20 Durante el año 1812, dirigió los destinos de la nación, echando las bases para construir la nueva patria, proclamando y aprobando la Primera Constitución Política, denominada “Reglamento Constitucional de 1812”.

18 Galería de Hombres de Armas de Chile, op. cit., pp. 307-308. 19 “Al Servicio de Chile” Comandantes en Jefe del Ejército 1813-2002., op.cit., p 25. 20 Carta de José Miguel Carrera Verdugo a su padre en 1811. Citada por Pedro Lira Urquieta en su obra José Miguel Carrera, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1960, p. 21.

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Entre sus obras mas destacadas como gobernante debemos resaltar: la publicación del primer periódico chileno la Aurora de Chile, la creación de la primera bandera nacional con los colores azul, blanco y amarillo, en tres franjas horizontales que simbolizaban el cielo, la nieve y los trigales; la fundación del Instituto Nacional, organismo educacional de primera importancia, en el cual han estudiado las más destacadas figuras del ámbito civil y militar de la República, y por cuyas aulas pasaron su hijo José M. Carrera Fontecilla y su nieto Ignacio Carrera Pinto. Además, levantó un censo, construyó hospitales, cuarteles y reorganizó el Ejército. El 31 de marzo de 1813, en conocimiento de la invasión efectuada en Talcahuano por las fuerzas realistas al mando del general José Antonio Pareja, fue ascendido a brigadier y nombrado General en Jefe del Ejército de Chile; desde ese instante vivió en los campamentos junto a sus soldados, participando en las acciones de Yerbas Buenas (26-27 de abril 1813), San Carlos (15 de mayo 1813), Toma de Talcahuano (29 de mayo de 1813), Sitio de Chillán (junio-agosto de 1813) y el Roble (17 de octubre de 1813); en este último combate logró salvar herido, mientras el coronel O’Higgins debió enfrentar la grave situación, evitando el desastre con su conocida carga a la bayoneta. En el intertanto, la suerte adversa obtenida por las armas patriotas en el campo de batalla, decide a la Junta de Gobierno a separar a Carrera del mando del Ejército y entregarlo al coronel Bernardo O’Higgins. Efectuada la transmisión, el 1 de febrero de 1814, José Miguel Carrera es tomado prisionero por los realistas, siendo conducido a la ciudad de Chillán, de la que logra escapar para marchar a la capital y deponer al Director Supremo, Francisco de la Lastra, encabezando una nueva Junta de Gobierno que, desconocida por el coronel O’Higgins puso al país en la senda de una guerra civil; por suerte una nueva invasión de fuerzas realistas encabezadas por el brigadier español Mariano Osorio permitió una breve reconciliación entre ambas facciones, que decidieron aunar fuerzas para combatir al enemigo común, no sin antes el 26 de agosto, haberse enfrentado en el combate de las Tres Acequias a dos leguas de la capital. Aunque parezca increíble, solo seis días antes y en medio de tan graves situaciones, Carrera contrajo matrimonio,–en la parroquia del Sagrario

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en Santiago– con la señorita Mercedes Fontecilla, que desde su llegada de Europa le había robado el corazón. El 1 y 2 de octubre de 1814 se produjo el desastre de Rancagua, revés de las armas nacionales que significó el inicio de la Reconquista española en Chile. Derrotado, Carrera marcha a la Argentina abandonando su querida patria, la que no volverá a ver en vida. En su éxodo lo acompañaron sus hermanos y dos hermosas mujeres, su joven esposa Mercedes Fontecilla Valdivieso y Ana María Cotapos la mujer de Juan José Carrera. Perseguido en Argentina, por las intrigas urdidas por sus enemigos políticos entró en conflicto con el entonces gobernador de Cuyo don José de San Martín,21 ante lo cual y sin encontrar un ambiente propicio a sus planes libertarios, viajó a Estados Unidos de América, con la esperanza de conseguir recursos bélicos y armar una flota que le permitiera continuar sus planes de emancipación. Llevaba como caudal la suma de 15.000 pesos obtenidos en su mayoría con la venta de las joyas de su esposa Mercedes con la que tuvo cinco hijos, todos nacidos en Argentina: Javiera (1816), Rosa (1818), Josefa (1819), Luisa (1820) y José Miguel Carrera Fontecilla (1821), el padre del héroe de La Concepción. En Estados Unidos permaneció once meses viviendo entre Baltimore y Nueva York, y gracias a su inteligencia, simpatía y poder de persuasión, consiguió un empréstito y el arriendo de las fragatas “Cliffton” y “Devery” y los bergantines “Salvaje” y “Regente” para transportar el material de guerra. El 9 de febrero de 1817 junto a 30 oficiales desembarcó en Buenos Aires, siendo retenido por las autoridades argentinas que le embargaron sus naves. Fue conducido prisionero al bergantín “Belén”, por orden del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, pero logró fugarse a Montevideo, ciudad en la que se dedicó a los negocios de cuero y a trabajar en una imprenta. Tenía 32 años de edad y probablemente, de haber accedido a la misión diplomática ofrecida
21 No es muy difícil asegurar señala su biógrafo Pedro Lira Urquieta: “Que desde un comienzo hubo mala voluntad del gobernador para con el jefe chileno; la revisión del equipaje de la familia parece indicarlo… la vejación era clara. Por otra parte el título de auténtico Jefe Supremo que se daba Carrera, rodeado de sus hermanos y oficiales adeptos, y su natural arrogancia dificultaban un entendimiento”. En Pedro Lira Urquieta, op.cit., p. 74.

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por Buenos Aires, podría haber evitado su trágico destino y posteriormente volver a su país, pero no estaba entre las cualidades del prócer, la paciencia.22 Dice Vicuña Mackenna que el temple de su genio estuvo expuesto a una incesante y recia prueba y que en cada revés, en cada vaivén de su agitada vida, encontraba un esfuerzo para seguir adelante;23 por lo mismo, nada logró doblegar su espíritu ni su esfuerzo por la causa de Chile y América. Su adversidad sin embargo fue mayor que su fortuna, entre 1818 y 1819 debió soportar la desgracia y el dolor por la pérdida de sus dos hermanos Juan José y Luis fusilados en la plaza del Castillo el 8 de abril de 1818, el asesinato de su amigo Manuel Rodríguez el 26 de mayo del mismo año y la muerte de su padre don Ignacio de la Carrera acaecida posteriormente. Cogido de profunda pena e indignación, herido en lo más hondo de sus sentimientos y sin contar con mayores recursos económicos para regresar a la patria, su sed de venganza en las personas de O’Higgins, Pueyrredón y San Martín lo motivaron para unirse a los caudillos argentinos de la Federación, colocando su talento y experiencia al servicio de dicha causa, intentando derrocar al gobierno de Buenos Aires. Después de variadas vicisitudes, a comienzos de 1821, su figura aparece ligada esta vez a los caudillos Francisco Ramírez y Estanislao López, los que luego de algunos encuentros victoriosos y otras tantas derrotas, lo abandonan, obligándolo a buscar apoyo en los indios de la pampa, en cuya compañía pensaba abrirse paso hacia Chile. Finalmente, luego de la derrota de Punta del Médano, fue tomado prisionero, conducido a Mendoza y fusilado a las 11 de la mañana del 4 de septiembre de 1821. Sus restos fueron repatriados a Chile en 1828 y descansan en la catedral de Santiago. En el principal paseo público de Santiago en plena Alameda, se erigió en su recuerdo y conmemoración el 17 de septiembre de 1864 una estatua, por suscripción popular.

22 Al parecer existió un ofrecimiento de una representación diplomática en Estados Unidos por parte del gobierno de Buenos Aires, oferta que Carrera desechó convirtiéndose en un reo escapado de prisión, para el cual no habría misericordia. 23 Benjamín Vicuña Mackenna, El Ostracismo de los Carrera, op.cit., p. 364.

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Sin lugar a dudas la vida del general José Miguel Carrera Verdugo se constituye en una de las más dramáticas de la historia nacional. Sobre sus especiales condiciones humanas, afirma la obra Al Servicio de Chile. Comandantes en Jefe del Ejército: “Brillan como cualidades superiores en todos los actos de Carrera el valor personal de temerario arrojo, el desinterés, la generosidad y la abnegación en bien de su patria y como condiciones peculiares de su carácter la iniciativa propia, que fue su rasgo primordial para comunicar al pueblo chileno todo el vigor de la raza y la fuerza expansiva de la nacionalidad”.24 Le sobrevivieron su esposa Mercedes25 y sus cinco hijos. Entre los próceres de la Patria Vieja, lleva José Miguel Carrera los mayores reconocimientos, logrando encender en los corazones coloniales la llama de la libertad y de la democracia. Tienen más que sentido en consecuencia, los versos del poeta Matta al señalar: “El fue el primero que miró con saña el cordel del extraño servilismo y encendido en patriótico heroísmo Él fue el primero que se opuso a España”. Como: “Caudillo revolucionario”,26 retrata Pedro Pablo Figueroa a don José Miguel Carrera Fontecilla, nacido en el Paraná (Argentina), en tierras extrañas, el quinto hijo (único varón) de la familia del prócer José Miguel Carrera Verdugo –a la fecha proscrito– y de la señora Mercedes Fontecilla Valdivieso, se educó en la Academia Militar de Chile y en el Instituto
24 Javier Urbina Paredes (Dirección General), op.cit., p. 25. 25 Doña Mercedes Fontecilla Valdivieso nació en Santiago el 18 de junio de 1799, siendo bautizada el mismo día en la parroquia del Sagrario, con los nombres de María del Rosario Carmen de las Mercedes. Fueron sus padrinos don Juan Domingo de Valdivieso y doña Ignacia Fontecilla (Parroquia del Sagrario, Libro 30 de bautismos fs. 51 vuelta. En Archivo Histórico del Arzobispado de Santiago). Doña Mercedes era hija de don Diego Antonio Fontecilla Palacios, teniente coronel de milicias y de doña Rosa de Valdivieso Portusagasti. 26 Pedro Pablo Figueroa. Diccionario Biográfico de Chile, 4ta. Edición, Tomo I, Santiago, Imprenta y Encuadernación Barcelona, 1897, p. 303.

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JOSÉ MIGUEL CARRERA FONTECILLA. Padre del capitán Ignacio Carrera Pinto, muerto prematuramente en el Perú a la edad de 40 años. Fotografía, gentileza familia Celedón Ossandón.

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Nacional, creciendo en el seno de un hogar entristecido por la ausencia del progenitor que no alcanzó prácticamente a conocer, pues este fue ejecutado en Mendoza al año siguiente de su nacimiento. Su vida fue breve pero intensa, llena de un idealismo revolucionario. “Carrera Fontecilla había heredado el ardiente espíritu rebelde de su heroico padre”,27 lo que lo comprometió con la vida pública, abrazando los ideales liberales con ardorosa vehemencia, participando de esta forma en los movimientos de 1851 y 1859, vinculándose a su amigo de toda la vida Benjamín Vicuña Mackenna, junto al cual conoció la cárcel y compartió la misma mazmorra en dos oportunidades; en ambas estuvo condenado a muerte, escapando del cadalso, con suerte distinta a la de su progenitor. Siendo un joven adolescente de tan sólo 19 años de edad, contrajo matrimonio en la Parroquia del Sagrario en Santiago el 25 de junio de 1839 con Emilia Pinto Benavente.28 La pareja tuvo ocho hijos, cuatro varones y cuatro damas. Hombre multifacético, inquieto e impulsivo, compartió sus aficiones políticas –junto a liberales e igualitarios– con las actividades agrícolas, las que desarrolló en tierras de la hacienda Las Palmas cerca de Valparaíso y en la chacra del Carmen en Santiago. En 1851 se asoció al movimiento político que se organizó en la capital contra la candidatura de Manuel Montt Torres. En esa ocasión, junto a Francisco Bilbao y el coronel Pedro Urriola, participó en la asonada del 20 de abril, que terminó en prisión con los conjurados Carrera y Vicuña condenados a muerte. Escapados de la prisión, junto al coronel Justo Arteaga, levantaron en La Serena un ejército, que fue derrotado en la Batalla de Petorca. Con suerte adversa, vencido, partió al destierro, radicándose en Lima por algún tiempo.

27 Ricardo Donoso. Don Benjamín Vicuña Mackenna. Su vida, sus escritos y su tiempo. 1831-1886, Santiago, Imprenta Universitaria, 1925, p. 122. 28 Parroquia del Sagrario, Libro 9 de matrimonios, fs. 140. En Archivo Histórico del Arzobispado de Santiago.

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De regreso a Chile, en 1859, volvió a aventurarse en actividades revolucionarias en contra del gobierno del Presidente Montt. Transformado en jefe de montoneras, al estilo de Manuel Rodríguez, en la época de la independencia, residió habitualmente en la hacienda de San Miguel en San Francisco del Monte de propiedad de su tía Javiera Carrera Verdugo. Desde ese refugio, ejerció su influencia por los campos de la zona central. En el verano de 1859 marchó con sus tropas sobre Rancagua, siendo batido por el jefe militar de la plaza José Félix de la Cuadra. Perseguido por los mismos hombres de antaño, se encontró de nuevo en el calabozo, recinto estrecho y oscuro que albergaba los sinsabores de sus primeras rebeldías en 1851. Para Carrera el estar en prisión se transformó en un accidente, que no calmó sus convicciones de amor a la libertad y a su patria, acrecentadas en el destierro. Por segunda vez debió abandonar el país para salvar su vida, escapando de la sentencia dictada en su contra por un consejo de guerra reunido en Santiago. Se estableció en Lima, refugio de perseguidos políticos y de desterrados de Chile durante la administración Montt, dedicándose a la industria del chocolate: “El proscrito se transformó en industrial, el guerrillero en obrero, así como su glorioso padre se había hecho periodista y tipógrafo en el Plata”.29 Junto a sus amigos Benjamín Vicuña Mackenna y Pedro Ugarte compartió una modesta vivienda en la calle de Queipo, barrio de San Lázaro. Unidos por la desgracia y la comunidad de sentimientos, los refugiados vivían sus amargos días en una sincera amistad y camaradería que les permitió aliviar en parte, la soledad y lejanía de los seres amados. Por desgracia el destino se ensañó con estos dolidos chilenos y varios de ellos fueron desapareciendo para siempre de esta vida, entre ellos don José Miguel Carrera Fontecilla. Tras breve y cruel enfermedad, –una grave afección al hígado– falleció, en los brazos de su inseparable amigo Vicuña

29 Pedro Pablo Figueroa, op.cit., Tomo I, p. 304.

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Ignacio Carrera Pinto: El Héroe

Mackenna el 9 de septiembre de 1860: “Con el joven revolucionario –señaló don Benjamín– a quien de nuevo le uniera la adversidad, se iban muchas de las emociones más nobles de mi juventud”.30 Carrera Fontecilla nació en el destierro y murió en la proscripción, dejando en Chile una familia sumida en la aflicción y en la penuria económica. Distinguidos ascendientes tuvo en consecuencia Carrera Pinto por su línea paterna. En todos ellos podemos encontrar rasgos de personalidad idealizados, y que fueron valorados por la sociedad de su época. Hombres de honor y de principios, dispuestos a dar la vida en defensa de la libertad de su patria, sacrificando todo por una causa noble, justa e importante, viviendo cada día de su existencia en un espíritu heroico, incluso revolucionario. En compendio, todos ellos encarnaron los más altos valores morales y espirituales. Pareciera que por el lado paterno, el de los Carrera, hemos conseguido iluminar, aunque tenuemente el devenir histórico de tan distinguida familia, de la que con justa razón, se sintió orgulloso en La Concepción el teniente Carrera Pinto, cuando el 9 de julio de 1882, al rechazar categóricamente el documento de intimidación enviado por el coronel Juan Gastó, le recordó en primer lugar que el era un chileno, pero que además era un Carrera, nieto del ilustre general cuya estatua se levanta en el principal paseo público de su patria. Dos razones más que poderosas para no rendirse.31 Ahora bien, continuando con nuestro relato y en afán de justicia, quisiéramos dedicar algunas líneas a la distinguida dama Emilia Pinto Benavente, la madre cariñosa y sacrificada, que debió educar a ocho hijos, con muy poca presencia del padre, que como ya lo señaláramos
30 Eugenio Orrego Vicuña. Vicuña Mackenna, Vida y Trabajos, Santiago, Prensas de la Universidad de Chile, 1932, p. 164. 31 El historiador Francisco Machuca entre otros, en el tomo cuarto de su obra Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico, Valparaíso, Imprenta Victoria, 1930, pp. 298-299, recoge el texto completo de la respuesta del teniente Carrera Pinto: “ En la capital de Chile y en uno de los principales paseos públicos, está inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia general don José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá Ud. que ni como chileno, ni como descendiente de aquel, deben intimidarme, ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor –Dios guarde a Ud.– I. Carrera Pinto”.

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vivió luchando por sus ideales entre la cárcel y el destierro, dejándolos tempranamente faltos del apoyo paterno. Emilia Pinto Benavente nació en Santiago en 1825 en el hogar formado por don Manuel Pinto Díaz y doña Rosario Benavente. Pertenecía a la familia fundada por don Joaquín Fernández Pinto32 natural del valle de Cabuérniga, obispado de Santander, en las montañas de Burgos, y doña María Mercedes Díaz Darrigrande, hija de don José Antonio Díaz de la Puente –también montañés del valle de Cabuérniga– y María del Carmen Darrigrande y Mendibel. Era una joven adolescente de tan solo catorce años de edad, cuando celebró nupcias, en la parroquia del Sagrario, el 25 de junio de 1839, con José Miguel Carrera Fontecilla. La ceremonia fue efectuada por el presbítero Tiburcio Benavente y sus padrinos fueron Manuel Pinto y Rosa Carrera. Enviudó en plena juventud, a los 35 años de edad, heredando de su esposo una propiedad que se encontraba ubicada en la calle Lira Nº 60,33 habitación que el tiempo y el progreso se encargaron de destruir. En ella vivió parte de su infancia y juventud Ignacio, acompañado de sus siete hermanos y seguramente fue la última morada que lo cobijó antes de partir a la guerra; la misma en la cual fueron velados los restos de su desdichada madre: “Espíritu superior, alma noble y abnegada, sus desgracias sin término –informa el diario El Ferrocarril de fecha 10 de julio de 1883– la llevaron al cielo, el mismo día y a la misma hora en que, un año antes su querido hijo don Ignacio Carrera Pinto, se sacrificara por su patria en el pueblo de Concepción. Su sensible corazón, agrega el tabloide, no pudo contener los pesares producidos por la vuelta de ese día de dolor y dejó de latir entre las lágrimas de sus hijos”.34
32 Afirma Ossa Santa Cruz, que el apellido Fernández aparece en muchos de los documentos de la época y al parecer era parte de un todo; sin embargo: “Con el pasar de los años el apellido Pinto tomó relevancia por sí mismo, con lo cual Francisco Antonio y sus hermanos dejaron de lado la primera parte”. En Juan Luis Ossa Santa Cruz, Francisco Antonio Pinto en los Albores de la República, 1785-1828. Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia. Universidad Católica de Chile, p. 18. 33 La propiedad se encuentra inscrita en el conservador de Santiago, Volumen 21, Nº 241, fojas 106, 1869. En Archivo de la Administración, siglo XX. 34 “Señora Emilia Pinto de Carrera” en El Ferrocarril, 10 de julio de 1883, p. 3.

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Ignacio Carrera Pinto: El Héroe

La generación de los Pinto Díaz, a la cual perteneció don Manuel padre de Emilia estuvo integrada en la siguiente forma:

Cuadro Nº 1 La Familia Pinto Díaz35
1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. Francisco Antonio Miguel Dolores José Joaquín Antonio Josefa Manuel Casó con Luisa Garmendia Alurralde, nacida en Argentina. Casó con Rosa Baeza de la Cuadra. Sin mayores noticias. Casó con María Albano Vergara. Estudiante del Colegio Carolino (1799-1800). Casó con Tránsito Munizaga Barrios. Esposa del catalán Manuel Valledor Blanco, fundador de su familia en Chile. Casó con Rosario Benavente Bustamante.

De esta dinastía surgieron diferentes personalidades que brillaron en épocas posteriores, entre ellas doña Enriqueta Pinto Garmendia, hija, esposa y hermana de Presidentes de la República. Francisco Antonio tío abuelo del héroe de La Concepción, fue uno de los militares más ilustrados de su tiempo: “De amplios conocimientos, abogado, poseedor de varios idiomas, pródigo en el bien, valiente en las batallas, modesto como lo fue después su hijo don Aníbal, y respetuoso de la ley y del derecho cuando tuvo en sus manos el timón de la soberanía”.36
35 Guillermo Cuadra Gormaz. Familias Chilenas, Tomo II, Santiago, Editorial Zamorano Caperán, 1982, p. 392; Rafael Reyes, “Don Francisco Antonio Pinto Díaz y don Aníbal Pinto Garmendia” en Revista de Estudios Históricos, Nº 30, Santiago, 1985, p. 144; Guillermo Lizana Vega, “La familia Darrigrande en Chile” en Revista de Estudios Históricos, Nº 44, Santiago, 2003, p. 204. Nota: Algunos estudiosos indican que el matrimonio Pinto Díaz tuvo solo 7 hijos. El posible error podría deberse a que cuando testó Mercedes Díaz en 1851, no nombró a su hijo Joaquín, probablemente ya fallecido. 36 Virgilio Figueroa. Diccionario Histórico y Biográfico de Chile, V. 4. Santiago Imprenta y Litografía La Ilustración, 1925-1931, p. 518.

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Recordando a sus manes. Los antepasados del héroe

A los dones anteriores le suma el historiador Diego Barros Arana la: “Generosidad de su carácter, ajeno a todo sentimiento de odio y su benevolencia que en más de una ocasión pudo juzgarse excesiva”.37 Al estallar el movimiento independentista en 1810 se transformó en uno de sus principales adalides, utilizando sus conocimientos jurídicos como diplomático y su espada en los campos de batalla, participando en la campaña del sur del Perú, país del cual regresó en 1824 con el grado de general de brigada. Posteriormente obtuvo el nombramiento de general de división. En febrero de 1827 fue elegido Vicepresidente de la República por sufragio popular y el 5 de mayo quedó como Presidente accidental hasta la promulgación de la Constitución de 1828. Las elecciones efectuadas con posterioridad lo llevaron nuevamente a la primera magistratura, entregando el poder a los pocos meses, previendo el desastre revolucionario. En 1841 y 1851 fue candidato a la Presidencia de la República y en 1845 fue elegido senador. Durante la administración del Presidente Manuel Bulnes, se desempeñó como Comandante General de Armas e Inspector General del Consejo de Estado. Francisco Antonio Pinto fue el padre de Aníbal Pinto Garmendia, Presidente de la República durante el período 1876-1881, correspondiéndole enfrentar los primeros años del conflicto con Perú y Bolivia. Aníbal Pinto Garmendia era primo hermano de Emilia Pinto Benavente la mamá de Ignacio. Su entereza moral y su abnegación cívica fueron los rasgos más peculiares de don Aníbal y al dejar el cargo se encontraba empobrecido, después de haber sido un hombre de fortuna. Lo singular de su personalidad fue resumido por Virgilio Figueroa en forma magistral: “Es el Marco Aurelio de los presidentes de Chile: sobrio, austero, honrado, modesto y filósofo… Devoto de la virtud y sacerdote del patriotismo”.38 Por su parte, Manuel Pinto Díaz hermano de don Francisco Antonio, sobre el cual ya nos hemos referido en páginas anteriores –nació el 12 de julio de

37 Diego Barros Arana. Historia General de Chile, Tomo XV 1ra. Edición, Santiago, Josefina M. de Palacios, editora, 1897, p. 181. 38 Virgilio Figueroa, op.cit., V. 4, p. 521.

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1789– recibiendo óleo al día siguiente en la parroquia del Sagrario, con los nombres de Juan Manuel; se casó con doña Rosario Benavente Bustamante (hija de don Pedro Benavente de Roa Alarcón y doña Mariana Bustamante y Roa) de quien tuvo ocho hijos: Joaquín, Federico, José Ricardo, José Toribio, Francisco, Mercedes, Rosario y Emilia. La historia no ha recogido más detalles de tan distinguido personaje.

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CAPÍTULO II Nace un Héroe. Su inquieta niñez y difícil juventud
No es fácil desentrañar el pasado, ya que en la medida que se suceden los años, los acontecimientos se van cubriendo con el polvo del olvido y nos muestran tenuemente una desconocida realidad que se esconde tras la bruma del tiempo. Pero, siempre existen hechos que sobresalen, que perduran al paso de las generaciones, que justifican toda una existencia, que no se destruyen con el trajín habitual; están ahí, esperando ser evocados para gloria y conocimiento de sus acciones. En cierta medida el hombre es producto de la época que le tocó vivir, del ambiente imperante en la sociedad cuando asomó al umbral de su existencia. En la década de 1840, cuando irrumpió en la historia Ignacio Carrera Pinto, el país se encontraba en franca prosperidad. El crecimiento de la agricultura y la minería de la plata y cobre, adquirió gran impulso con la introducción de maquinaria moderna, construcción de nuevos caminos y la fundación de la Sociedad Nacional de Agricultura. La navegación a vapor fue otra de nuestras grandes innovaciones, debida a Guillermo Wheelwright. La ingente revolución económica se vio acompañada de un significativo renacimiento cultural y literario; es así como se fundó la Universidad de Chile y surgió la llamada “Generación del 42”. Regía los destinos del país el vencedor de Yungay, el general Manuel Bulnes Prieto, quien conforme a los dictados de la Constitución de 1833, gobernó por dos períodos consecutivos de cinco años cada uno. Su administración fue fecunda en obras de adelanto, construyéndose bajo su iniciativa el primer ferrocarril sudamericano entre Copiapó y Caldera en 1850. Los aires del progreso se vieron sin embargo interrumpidos, con el estallido de la Revolución de 1851 en la cual, como ya señaláramos en páginas anteriores, participó activamente don José Miguel Carrera Fontecilla, padre de Ignacio José.

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PLANO TOPOGRÁFICO DE LA CIUDAD DE SANTIAGO EFECTUADO POR EL INGENIERO T. MOSTARDI FIORETTI. 1864. Se puede apreciar la calle Lira donde se encontraba la residencia de la familia Carrera-Pinto (1), la calle de Carrera (2), ubicada entre Carmen y Portugal, a dos cuadras de la Alameda de las Delicias, hoy Bernardo O’Higgins (3) y en su costado norte el Cerro Santa Lucía (4). Identificada con una estrella, la casa de los Carrera Pinto. Lámina XXXII. Francisco A. Encina, Historia de Chile.

Los sucesivos avances sin embargo, no lograron afectar mayormente la todavía colonial y romántica vida de la ciudad de Santiago, que adolecía de muchas deficiencias: “En materia de bienestar, hallábase sencillamente en

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pañales… ni siquiera existía un cuerpo organizado de policía, ya que en las noches la vigilancia y orden de las calles quedaba en manos de un sereno, que se turnaba con otro, cuya exclusiva labor era la de recorrer el silencio de la urbe, llena de caserones cerrados a piedra y lodo, asistido de su farol y gritando las horas con esta o parecida estrofa piadosa: ya me voy a recoger a gozar del dulce sueño ¡ave María purísima las doce han dado y sereno!”.39 En aquellos tiempos, el país rendía culto de admiración a Francia y en forma muy especial a París, la Ciudad Luz, que en 1848 se vio sacudida por una violenta asonada revolucionaria, que derribó la monarquía de Luis Felipe de Orleáns y proclamó la llamada Segunda República. En las barricadas de la insurrección parisina se encontraba Francisco Bilbao, el futuro creador en Chile de la Sociedad de la Igualdad. Por esos mismos días, un 5 de febrero de 1848 en Santiago de Chile, Ignacio José asomó por primera vez a este mundo,40 –inundando de alegría el hogar formado por el agricultor José Miguel Carrera Fontecilla y la distinguida dama de la sociedad capitalina Emilia Pinto Benavente. Fue el cuarto de los hermanos Carrera Pinto y segundo varón de la familia. Le precedieron Luisa, la mayor, José Miguel y Emilia. Recibió el santo óleo en la parroquia de San Isidro Labrador el día 8 de febrero de 1848 en una ceremonia efectuada por el cura párroco Blas
39 Enrique Vergara Robles. Biografía de don Luis Barros Borgoño, Santiago, Instituto Geográfico Militar, 1948, p. 15. 40 1848 es año de militares de excepción. Además de Carrera Pinto en ese mismo año nació el capitán Arturo Prat Chacón, máximo paladín de las glorias navales, el capitán del Regimiento Buin José Luis Araneda, protagonista de uno de los combates más reñidos de la historia patria “Sangra” y Daniel Rebolledo Sepúlveda, coincidentemente del mismo Regimiento Buin. En lo alto del Portezuelo de San Juan, durante la Batalla de Chorrillos el 13 de enero de 1881, el entonces, sargento 1º Rebolledo Sepúlveda, ganó las presillas de capitán, plantando el tricolor chileno en la cima de dicho morro. Tal valiente y temeraria hazaña lo hizo merecedor a dicho ascenso.

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de Reyes.41 Padrinos de bautismo fueron Ramón Lira Calvo (1817-1876) distinguido abogado, parlamentario, Intendente de Santiago y Valparaíso, Ministro de Guerra (1870-1871), entre otras funciones públicas ejercidas, y su esposa Josefa Carrera Fontecilla hija del Padre de la Patria José Miguel Carrera Verdugo.
Ascendencia del Capitán Ignacio Carrera Pinto
IGNACIO CARRERA Y CUEVAS FRANCISCA DE PABLA VERDUGO FERNÁNDEZ DE VALDIVIESO DIEGO ANTONIO DE FONTECILLA PALACIOS ROSA FERNÁNDEZ VALDIVIESO Y PORTUSAGASTI JOAQUÍN PINTO FERNÁNDEZ MARÍA MERCEDES DÍAZ DARRIGRANDE PEDRO JOSÉ BENAVENTE ROA MARIANA BUSTAMANTE ROA

JOSÉ MIGUEL CARRERA VERDUGO

MERDEDES FONTECILLA FERNÁNDEZ VALDIVIESO

MANUEL PINTO DÍAZ

ROSARIO BENAVENTE BUSTAMANTE

JOSÉ MIGUEL CARRERA FONTECILLA

EMILIA PINTO BENAVENTE

LUISA CC. ALEJANDRO FIERRO PÉREZ-CAMINO

JOSÉ MIGUEL CC. MERCEDES BENAVENTE VARGAS

EMILIA SOLTERA RELIGIOSA DEL BUEN PASTOR

IGNACIO CARRERA PINTO SOLTERO HEROE DE LA CONCEPCIÓN

ELVIRA SOLTERA

MANUEL CC 1. ISABEL ESPEJO VARAS 2 AMANDA SMITH MANCELLI

MERCEDES SOLTERA RELIGIOSA CARMELITA

LUIS CC. MARÍA ELENA SMITH NEFORT

ASCENDENCIA DEL CAPITÁN IGNACIO CARRERA PINTO. Autores: Julio Miranda Espinoza-Pedro Hormazábal Espinosa.

Sus primeros años transcurrieron plenos de inquietudes, entre Santiago y Peñaflor, mientras su padre atendía la chacra del Carmen y la hacienda Las Palmas en Valparaíso, lugar este último que sirvió de refugio a los insurrectos de 1851, entre ellos, Benjamín Vicuña Mackenna que junto a José Miguel lograron escapar
41 Parroquia de San Isidro, Libro VIII de bautismos, Fs. 348. Archivo Histórico del Arzobispado de Santiago de Chile. La Iglesia de San Isidro Labrador tiene una larga historia que se remonta a 1686, año en que fue fundada por el obispo Diego de Umanzoro; su construcción de adobe fue destruida en 1730 por un terremoto. En 1754, con donaciones particulares se construye la segunda iglesia, que se mantendrá en servicio hasta 1842, cuando se inician los trabajos de una tercera construcción, a cargo del sacerdote Blas de los Reyes en terrenos ubicados a unos 100 metros al sur del antiguo edificio. Fue terminada seis años mas tarde. En este edificio santo fue bautizado nuestro héroe. La iglesia que existe en la actualidad data de 1903 y es obra del arquitecto Ignacio Cremonesi.

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FE DE BAUTISMO DE IGNACIO JOSÉ CARRERA PINTO. Parroquia de San Isidro Labrador, Libro VIII de Bautismos, p. 348. Archivo Histórico del Arzobispado de Santiago.

de prisión disfrazados de mujer, luego del fracasado motín del 20 de abril. Los dos amigos compartieron durante más de dos meses las amarguras del encierro carcelario. Fracasada la revolución vino para Carrera su primer destierro. Por esa época, Ignacio tenía tres años y según expresión de su tía abuela doña Javiera Carrera: “Su temperamento inquieto, decidido y audaz lo hacía parecer a su abuelo el general Carrera”.42 Fue a temprana edad cuando tuvo que sufrir por primera vez la ausencia de su padre, radicado temporalmente en el Perú, vacío que seguramente logró llenar en parte con sus atenciones su madre doña Emilia Pinto y su hermana mayor Luisa que protegía con gran solicitud a sus hermanos, colaborando en las tareas hogareñas. Son los años en que la familia por las circunstancias extremas que les tocó vivir, pasó posiblemente algunas temporadas en los campos de Peñaflor que
42 Manuel Reyno Gutiérrez. Próceres de Chile. Ignacio Carrera Pinto, Santiago, Talleres de La Nación, 1985, p. 10.

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pertenecían a su tía abuela Javiera Carrera Verdugo, situados en un lugar de sobrecogedora belleza a los pies del cerro de la virgen: “Su casa amplia y sencilla y su extenso parque fueron un paraíso para los pequeños, allí se bañaban en las calurosas tardes de verano en la hermosa fuente, y el osado Ignacio se lanzaba a las aguas del canal que circundaba la casa. Allí jugaba con los Larraín Alcalde, sus vecinos, especialmente con Patricio que fue capitán en el Regimiento Esmeralda y tuvo una destacada actuación en la batalla de Tacna”.43 En medio de cabalgatas y excursiones, montado en un brioso caballo el niño Ignacio compartió andanzas y correrías con los labriegos del lugar, momentos que en forma magistral estampa Vicuña Mackenna en su Álbum de la Gloria de Chile: “Recordamos todavía con la viveza de un cuadro de familia… cuando veíamosle correr desalado en brioso caballo y sin montura… o mecerse atrevidamente como pájaro inquieto en medio de los cantos de la primavera, suspendido cual los últimos al follaje de los sauces babilónicos”.44 Está claro, que su padre: “No tuvo ocasión de influir mucho en la educación ni en la formación de su personalidad”,45 se aproximaba el término del gobierno de Montt Torres y nuevamente las agitaciones políticas captaron su interés y tiempo libre. Por segunda vez conoció la derrota, el fracaso y la prisión, antesala de su ostracismo; debió abandonar el país escapando de la pena de muerte. La familia quedó bajo la tutela de Ramón Lira, –padrino de Ignacio– quién asumió en plenitud junto a su esposa Josefa Carrera su compromiso bautismal. Fue él precisamente quien, en marzo de 1860 matriculó a su ahijado en el Instituto Nacional. Con el nacimiento de Luis el 13 de febrero de 1858, bautizado en la Parroquia de San Isidro de dos días de edad,46 el hogar de los Carrera Pinto
43 Ana María Ried Undurraga. “Ignacio Carrera Pinto su infancia y juventud”, trabajo inédito que resume sus recuerdos de familia. Fue entregado al autor en entrevista efectuada el 2009. La señora Ana María Ried Undurraga Presidente del Instituto de Investigaciones Históricas José Miguel Carrera Verdugo es pariente del héroe Ignacio Carrera Pinto. 44 Benjamín Vicuña Mackenna. El Álbum de la Gloria de Chile, Tomo II, Santiago, Editorial Vaitea, 1977, p. 366. 45 Manuel Reyno Gutiérrez. op.cit., p. 10. 46 Parroquia San Isidro, Libro 11 de Bautismos. Fs. 149 en Archivo Histórico del Arzobispado de Santiago de Chile.

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se vio adornado con la presencia traviesa e inquieta de ocho retoños: Luisa Carrera, la mayor, nacida en Santiago el 20 de octubre de 1840, casada en 1864, con Alejandro Fierro Pérez Camino.47 El matrimonio Fierro Carrera tuvo cinco hijos: Alejandro, Jorge, Emilio, María Luisa y Roberto.

LUISA CARRERA PINTO. Hermana mayor de Ignacio; casada con el distinguido abogado y hombre público Alejandro Fierro Pérez Camino. Fotografía, gentileza familia Celedón Ossandón.

EMILIA ELVIRA MERCEDES DOLORES CARRERA PINTO. Nació el 5 de abril de 1846. Fue religiosa de la Congregación del Buen Pastor. Fotografía, gentileza familia Celedón Ossandón.

47 Alejandro Fierro Pérez Camino, nació en Santiago el 5 de julio de 1831, falleció en Santiago el 6 de junio de 1927. Estudió en el Instituto Nacional y se graduó de abogado en la Universidad de Chile el 18 de abril de 1856. A partir de esa fecha desarrolló una exitosa carrera pública desempeñando importantes y variados cargos. Fue Promotor Fiscal, Relator de la Corte Suprema, Juez Letrado y de Comercio de Santiago. Diputado por Castro y por Itata. Ministro de Relaciones Exteriores (1878-1879) suscribió en 1879 la declaración de guerra contra Perú y Bolivia y el pacto sobre límites con la Argentina llamado “Fierro Sarratea”. En 1883 fue nombrado Intendente de Santiago y posteriormente en 1889 de la provincia de Tacna.

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José Miguel Carrera Pinto, el segundo de los hermanos nació en la capital, el 1º de julio de 1842. Casado en 1879 con Mercedes Benavente Vargas, hija de Benjamín Benavente Fontecilla, hermanastro de los Carrera Fontecilla. De este enlace desciende como hija única Mercedes Carrera Benavente. Emilia Carrera Pinto, tercer integrante de la familia vino al mundo el 5 de abril de 1846, siendo bautizada con los nombres de Emilia Elvira Mercedes Dolores. Fue religiosa de la congregación del Buen Pastor. En el cuarto lugar de esta relación se encuentra nuestro historiado héroe: Ignacio José Carrera Pinto. Viene luego Elvira Carrera Pinto, nacida en Santiago el 11 de agosto de 1850, permaneció soltera, siendo agraciada por el Estado con una pensión por los servicios prestados a la patria por su hermano Ignacio. Manuel Carrera Pinto nacido en Santiago, posiblemente en 1853.48 Dedicado a los trabajos de ingeniería, construyó el puente sobre el río Lebu, ocupa el sexto lugar. De su primer matrimonio con Isabel Espejo Varas, de la cual enviudó, no tuvo descendencia. Posteriormente contrajo segundas nupcias en 1889, con Amanda Smith Manselli. De este enlace le sucedieron dos hijas: Isabel y Elvira Carrera Smith. La penúltima de los hermanos Carrera Pinto fue Mercedes, religiosa carmelita, nacida en Santiago en 1856, bautizada con los nombres de Mercedes Sara Magdalena. Finalmente, dos años antes de la muerte de su padre vino al mundo Luis Carrera Pinto. Dedicado al servicio público falleció en 1926. Se dice que Ignacio Carrera sentía un especial afecto por sus hermanas; en carta dirigida a su hermano Luis, fechada en Iquique el 17 de noviembre de 1879, indica al respecto: “A la Elvira házmele unos cariños en mi nombre, dile que me acuerdo mucho de ella que si tengo tiempo le escribo por este vapor, pero que de todas maneras le escribiré desde Iquique… A la Mercedes dele también cosas de mi parte”.49
48 Para las fechas de nacimiento, contamos con las partidas de bautismo de todos los hermanos, menos de don Manuel, por lo que suponemos conforme ciertos datos que nació en 1853. 49 Carta de Ignacio Carrera dirigida a su hermano Luis. Iquique 17 de noviembre de 1879. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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MERCEDES ELVIRA CARRERA PINTO. Dos años menor que Ignacio, permaneció soltera, siendo agraciada con una pensión del Estado por los servicios prestados a la patria por su hermano. En la fotografía a los 21 años de edad. Fotografía, gentileza familia Hormazábal Villalobos.

MERCEDES SARA MAGDALENA CARRERA PINTO. La penúltima de los ocho hermanos. Fue religiosa carmelita. Fotografía, gentileza familia Celedón Ossandón.

La vida estudiantil de Ignacio Carrera Pinto es prácticamente desconocida por sus biógrafos. Vicuña Mackenna en su Álbum de la Gloria de Chile, se limita a señalar que: “Era distraído de estudios”,50 información que nos aclara muy poco, creando dudas respecto a su ilustración; sin embargo los libros de clases del Instituto Nacional, llamados en ese entonces “Libros de Partes” confirman las observaciones del historiador: no era un buen estudiante; su

50 Benjamín Vicuña Mackenna. Álbum de la Gloria de Chile, op.cit., p 366.

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aplicación y aprovechamiento en las materias impartidas era regular,51 no fueron las aulas el mejor espacio para desarrollar sus aptitudes y en la mayoría de sus exámenes, no hay votos de distinción.52 El joven Carrera estaba destinado a sobresalir en otros campos. Al igual que su abuelo paterno, su norte era la vida militar, los campos de batalla, donde fue distinguido por amigos y superiores. Estando su padre viviendo en Lima, Ignacio, acompañado por don Ramón Lira C., inicia su vida estudiantil. El libro de matrícula correspondiente al año 1860 indica: “Marzo 6. Carrera Pinto, Ignacio, hijo de D. J. Miguel i Da Emilia, natural de Santiago; edad 12 años, se incorpora a la 2ª clase de matemáticas del establecimiento en calidad de alumno interno pensionista. Apoderado el señor D. Ramón Lira”.53 El Instituto Nacional, fundado en 1813 por su abuelo el general José Miguel Carrera Verdugo, a partir de la fusión de cuatro establecimientos educacionales existentes en Santiago desde la Colonia: la Universidad de San Felipe, la Academia de San Luis, el Convictorio Carolino y el Seminario Conciliar, estaba instalado desde 1850 en un moderno edificio con capacidad para mil alumnos, en el costado sur de la Alameda de Las Delicias, entre San Diego y Arturo Prat. “El Decreto de Lazcano54 de 25 de febrero de 1852, que ordenó cumplir el reglamento de 22 de noviembre de 1847, lo dividió en dos secciones: una destinada a la instrucción preparatoria… y otra a la universitaria y científica… En 1860, la sección preparatoria contaba con 791 alumnos y la universitaria con 295”.55
51 Libros de Partes de Profesores Nºs: 2 de 1860, 3 de 1861, 4 de 1862, 5 de 1863, 6 de 1864, 7 de 1865, 8 de 1866 y 9 de 1867. Archivo del Instituto Nacional. En las hojas de partes cada docente evaluaba tres rasgos, conducta, aplicación y aprovechamiento, utilizando a su vez, tres conceptos: Bueno, Regular y Malo. 52 Tres profesores integraban las comisiones de exámenes y se podía aprobar una asignatura con un voto en contra, por unanimidad, con un voto de distinción, con dos votos de distinción. 53 Libro de matrícula Nº 6, 1860-1867, p. 21. Archivo del Instituto Nacional. 54 Fernando Lazcano Mujica, Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, del gobierno de don Manuel Montt, nació en Santiago en 1810 y falleció en la misma ciudad el 11 de mayo de 1886. Estudió en el Instituto Nacional y se recibió de abogado en la Universidad de Chile. Fue diputado por San Fernando (1843-1846), vicepresidente de la Cámara de Diputados y senador (1852-1861). En Jordi Fuentes y otros. Diccionario Histórico de Chile, Santiago, Editorial Zig-Zag, 1984, p. 309. 55 Francisco A. Encina. Historia de Chile desde la Prehistoria hasta 1891,Tomo XIV, Santiago, Editorial Nascimento, 1950, p. 16.

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MATRÍCULA DEL INSTITUTO NACIONAL CORRESPONDIENTE AL ALUMNO IGNACIO CARRERA PINTO. Archivo del Instituto Nacional. Libro de Matrícula Nº 6. 1860-1877. p. 31

El 31 de diciembre de 1863, cuando Ignacio cursaba su segundo año de humanidades asumió la dirección del Instituto Diego Barros Arana, ex alumno del plantel, que en 1855 había sido elegido miembro de la Facultad de Filosofía y Humanidades, demostrando desde su juventud, una especial preocupación por la enseñanza nacional. El señor Barros Arana en palabras del eminente sabio Rodolfo Armando Phillippi: “Elevó el establecimiento mientras fue rector, a una altura que ha hecho que fuese considerado como el primer Instituto de su clase en la América del Sur”.56

56 Rodolfo Armando Philippi. “Una rectificación, una aclaración y una agregación” en Revista de Chile, 1849. Citado por Ernesto Boero Lillo. Crónicas de siglo y medio del Instituto Nacional de Chile, Santiago, Ediciones Boletín del Instituto Nacional, La Gratitud, 1963, p. 94.

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Las grandes innovaciones de don Diego apuntaron especialmente al método de enseñanza y al plan de estudios, incorporando nuevas asignaturas, como: historia de la filosofía, química, geografía, física e historia natural. Su preocupación estuvo centrada especialmente en torno a cambiar la enseñanza memorística tan en boga por esos años en el ámbito de la educación: “Confiar a la memoria de los niños nociones que se borran al cabo de pocos meses – decía– es empeñarse en un trabajo tan penoso como estéril. Por el contrario es necesario desarrollar su razón, enseñándoles a pensar….”.57 Fue también parte de su preocupación, elaborar nuevos textos de estudios eliminando los antiguos por considerarlos anticuados y deficientes. En esta materia publicó: Elementos de Literatura y Elementos de Historia Literaria en 1869, Compendio de Historia Moderna en 1870, y Elementos de Geografía Física, Manual de Composición Literaria y Compendio de Historia de América, en1871. Las miras del Rector Barros Arana como gran educador de la juventud de su tiempo, tuvo como especial propósito desarrollar y elevar la vitalidad intelectual de los niños y jóvenes entregados a su función educadora. Por lo anterior, cautelando la educación de Ignacio encontramos en calidad de docentes a figuras de connotación nacional, como Abdón Cifuentes Espinoza su profesor de historia,58 Miguel Luis Amunátegui en literatura,59
57 Diego Barros Arana. Memoria presentada al Gobierno en mayo de 1863. Citado por Ernesto Boero Lillo, op.cit., p. 94. 58 Abdón Cifuentes Espinoza nació en San Felipe el 16 de marzo de 1836, graduándose de abogado en 1861. Fue catedrático de historia del Instituto Nacional y redactor de diferentes diarios, entre ellos El bien público. Durante el gobierno de Federico Errázuriz Zañartu fue nombrado Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Perteneció al partido conservador, siendo un apasionado defensor de la libertad de enseñanza. Durante su vida política fue elegido diputado por Rancagua, Santiago, San Felipe y Llanquihue. También se desempeñó como senador por Aconcagua y Santiago. Fue uno de los impulsores de la fundación de la Universidad Católica. En Jordi Fuentes y otros, op. cit., 120-121. 59 Miguel Luis Amunátegui Aldunate, nació en Santiago el 11 de enero de 1828 y murió el 22 de enero de 1888. En 1847 fue nombrado profesor del Instituto Nacional. Perteneció al Partido Liberal Doctrinario, efectuando una activa vida parlamentaria por más de 20 años, como diputado por: Caupolicán, Santiago, Talca, Cauquenes y Valparaíso. Durante su dilatada vida pública se desempeñó como Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores en 1868 y de Justicia, Culto e Instrucción Pública en 1876. Sus obras de carácter histórico son de gran reconocimiento, destacándose: Descubrimiento y Conquista de Chile, Camilo Henríquez, La Crónica de 1810, La Dictadura de O’Higgins y Los Precursores de la Independencia de Chile. Sin duda su mayor mérito fueron sus estudios y publicaciones destinadas a demostrar los derechos de Chile sobre la Patagonia. En Jordi Fuentes y otros, op.cit., p. 39.

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DOCENTES DEL INSTITUTO NACIONAL AÑO 1862 Pág: 38 En la fotografía podemos observar, entre otros, a los siguientes profesores de Ignacio Carrera Pinto: 1ª Fila, Ramón Briceño (Filosofía) Nº 12 de derecha a izquierda. 2ª Fila: Abdón Cifuentes Espinoza (Historia) Nº 1 de derecha a izquierda, Miguel Luis Amunátegui (Literatura) Nº 10 de derecha a izquierda y Alejandro Andonaegui (Cosmografía) Nº 17. Fotografía, gentileza Instituto Nacional.

Rodolfo Armando Philippi K. profesor de historia natural60 y Mariano Casanova, encargado de los fundamentos de la fe.61
60 Rodolfo Armando Philippi primer profesor de historia natural del Instituto Nacional de Chile, nació el 14 de septiembre de 1808 en Charlottenburg, cerca de Berlín, Alemania. A los 10 años de edad fue enviado a Suiza a estudiar, complementando posteriormente su instrucción en Berlín. En 1830 obtuvo el título de doctor en medicina y cirugía. Viajó por Francia e Italia, dedicándose a su afición las ciencias naturales, colaborando en diversas revistas científicas. Fue profesor de historia natural en la Escuela de Cassel. A causa de la persecución contra los liberales decidió, junto con su hermano trasladarse a Chile, desembarcando en Valdivia en diciembre de 1851. Dedicado a realizar operaciones por los territorios del sur de Chile, en 1852 fue nombrado rector del Liceo de Valdivia y miembro correspondiente en la Universidad de Chile el 12 de noviembre del mismo año. A fines de 1853 fue designado profesor de botánica y zoología de la Universidad de Chile, recibiendo la misión de formar un jardín botánico. Durante la rectoría de don Diego Barros Arana se desempeñó como profesor de historia natural del Instituto Nacional. Publicó varias obras científicas entre ellas, Elementos de Historia Natural y Viaje al Desierto de Atacama. Falleció en Santiago el 23 de julio de 1904. En Jordi Fuentes y otros, op.cit., p. 452. 61 Mariano Casanova, nació en Santiago el 25 de julio de 1833 y murió el 16 de mayo de 1908. Sus primeros estudios los efectuó en el Instituto Nacional, pasando posteriormente al seminario, donde luego de ser ordenado sacerdote se recibió de abogado en septiembre de 1861. Durante algún tiempo ejerció la docencia en el Instituto Nacional y en 1869 fue nombrado vicario de Valparaíso y párroco del Salvador. En aquellos años fundó el Seminario Conciliar de Valparaíso. En diciembre de 1886 fue designado por la Santa Sede, arzobispo de Santiago. Durante su administración la iglesia chilena alcanzó una brillante notoriedad, siendo ejemplo entre sus similares de América Latina. Su gran obra la Universidad Católica de Santiago fue inaugurada el 21 de julio de 1888. En Jordi Fuentes y otros, op.cit., pp. 113-114.

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Ignacio Carrera Pinto: El Héroe

Como se puede apreciar fueron sus maestros lo más selecto que, en el ámbito de la cultura e intelectualidad tenía por esos años el país, ellos sin lugar a dudas ejercieron en el joven estudiante una positiva influencia, especialmente por parte del futuro arzobispo de Santiago y fundador de la Universidad Católica de Chile don Mariano Casanova. Por otra parte, de acuerdo a sus registros docentes, su conducta en las aulas tampoco era la mejor, Ignacio era de naturaleza inquieta. En ese ámbito, no dejaba de ser la disciplina interna un problema menor dentro del Instituto Nacional, reconocido incluso por el rector Barros Arana llegando a señalar: “En un establecimiento que cuenta con un número tan considerable de alumnos, hay siempre algunos dotados de un carácter inquieto y fuerte”.62

LIBRO DE EXÁMENES DEL INSTITUTO NACIONAL. Archivo del Instituto Nacional. Libro de Exámenes Nº 11, 1861- 1864. p. 201

62 Diego Barros Arana. Memoria presentada al gobierno en 1872. Citado por Ernesto Boero Lillo, op.cit., p. 96.

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LIBRO DE EXÁMENES DEL INSTITUTO NACIONAL. Archivo del Instituto Nacional, Libro de Exámenes Nº 12, 1865-1867. p. 272.

Aun así, a pesar de la rebeldía denunciada por el rector, la mayoría de estos revoltosos jóvenes que por aquellos años cursaron estudios en el Instituto, se transformaron con el paso del tiempo en eminentes figuras del quehacer nacional, tanto en el ámbito civil como militar. Así, por ejemplo, entre los condiscípulos de Ignacio Carrera Pinto encontramos a Prudencio Lazcano Echaurren, distinguido hombre público que se desempeñó como Intendente de Santiago (1888), Ministro de Industrias y Obras Públicas del Presidente Balmaceda y Ministro Plenipotenciario en Bolivia y EE.UU. Se distinguió también en el ámbito legislativo como senador por Curicó.

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Ignacio Carrera Pinto: El Héroe

LIBRO DE PARTES DE PROFESORES. Archivo del Instituto Nacional. Libro de Partes Nº 9 1867. En la fotografía hoja correspondiente a la asignatura de fundamentos de la fe, dictada por Mariano Casanova.

También compartió las aulas con el futuro Presidente de Chile Federico Errázuriz Zañartu (1896-1901); nacido en 1850, era dos años menor que Ignacio. En 1860, interno en el Instituto con 12 años de edad, la vida no parecía sonreír al joven Carrera Pinto, ya que su familia sufría de dificultades económicas agravadas por la ausencia del jefe de hogar, que permanecía en el Perú, país que lo había acogido luego de la asonada revolucionaria de 1859 y en el que falleció, como ya indicáramos en septiembre de 1860.

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La sensible pérdida trajo para los Carrera Pinto graves complicaciones, siendo el apoyo de la familia fundamental en aquel difícil momento. En este trance nuevamente su tía Josefa Carrera Fontecilla y su esposo Ramón Lira Calvo, se transformaron en el pilar fundamental de los huérfanos.

LEY QUE OTORGÓ MONTEPÍO A LA VIUDA E HIJAS SOLTERAS DE DON JOSÉ MIGUEL CARRERA FONTECILLA. José A. Varas. Recopilación de Leyes, Decretos Supremos y Circulares concernientes al Ejército. Desde enero de 1859 a diciembre de 1865. Santiago, Imprenta de la Unión Americana, 1866, p. 226.

Felizmente, cuatro años más tarde, el 28 de septiembre de 1864, el Estado de Chile otorgó a la viuda e hijas solteras de José Miguel Carrera Fontecilla una pensión: “En atención a los eminentes servicios prestados a la patria por los generales José Miguel, Ignacio y Juan José y el coronel Luis Carrera”.63 El montepío equivalente al grado de general de brigada,

63 José Antonio Varas. Recopilación de Leyes, Decretos Supremos y Circulares concernientes al Ejército. Desde enero de 1859 a diciembre de 1865, Santiago, Imprenta de la Unión Americana, 1866, p. 226.

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mejoró –sin lugar a dudas– la desmedrada situación económica de los Carrera Pinto. Conocedor de las dificultades económicas sufridas por la familia, Vicuña Mackenna afirma sobre Ignacio lo siguiente: “muerto prematuramente, su buen padre, en Lima (septiembre de 1860) emprendió desde muy niño negocios de arreos de ganado que lo llevaron a Mendoza, sitio aciago para su nombre, donde vivió de trajines y percances durante varios años”.64 Tales aseveraciones, recogidas por algunas biografías escritas sobre la materia,65 nos parecen dudosas, ya que nuevas informaciones obtenidas en los Archivos del Instituto Nacional, señalan que durante el período (1860-1867) Ignacio Carrera Pinto cursaba sus humanidades en dicho establecimiento educacional. Así lo aseguran sus libros de matrícula, partes de profesores y libros de exámenes. Por lo mismo anterior, sin descartar en absoluto, lo sostenido por algunos historiadores en relación con la actividad de “arreos de ganado” desde Mendoza, efectuada por nuestro joven adolescente, pensamos conforme con los datos encontrados, que esta etapa de trabajo, debió ser bastante más reducida en años y bien pudo limitarse solo a los meses de verano, cuando las condiciones climáticas así lo permitían, pero en ninguna forma pudo radicarse por 10 años en la ciudad trasandina.
64 Benjamín Vicuña Mackenna. El Álbum de la Gloria de Chile,op. cit., p. 366. 65 Manuel Reyno Gutiérrez, op.cit., p. 12 señaló lo siguiente: “al morir su padre Ignacio Carrera Pinto contaba con doce años de edad y dejó sus estudios para buscar una forma de ganarse la vida. Para ello dejó Chile y fue a radicarse en Mendoza. Dedicado a negocios de ganado, permaneció en esa ciudad por diez años”. Por su parte la obra del Estado Mayor General del Ejército, Héroes y Soldados ilustres del Ejército de Chile, Biblioteca del Oficial. Editora Nacional Gabriela Mistral. Santiago, 1981, p. 226, en palabras muy similares a las anteriores afirma “y cuando a los doce años quedó huérfano de padre, se vio enfrentado prematuramente a encarar la vida. No se amilana, abandona sus estudios y se dedica al negocio del arreo de ganado. Cruzó la cordillera andina y se estableció en Mendoza por diez años”. Se suma a los anteriores el historiador militar don Nicanor Molinare quien en un artículo sobre el combate de La Concepción, reproducido por el Diario Ilustrado en julio de 1911 dice: “El padre del capitán Carrera Pinto, en Lima, cayó también temprano y su hijo cuando apenas entraba a la adolescencia ya tuvo que ganar el pan con el sudor de su frente. Quien lo creyera, tuvo que recurrir a Mendoza y vivir en aquella tierra maldecida por el sacrificio de sus abuelos y regada con la sangre de sus antepasados. Creció Ignacio Carrera Pinto en la libre montaña y la pampa argentina lo cobijó por algún tiempo”.

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DOCUMENTO POR EL CUAL SE PROPONE A IGNACIO CARRERA PINTO COMO VOLUNTARIO DE LA 1ra. COMPAÑÍA DE BOMBEROS DE SANTIAGO. Archivo del Cuerpo de Bomberos de Santiago, 6 de abril de 1868.

CIRCULAR INFORMATIVA DE LA 1ra. COMPAÑÍA DE BOMBEROS DE SANTIAGO. Archivo del Cuerpo de Bomberos de Santiago, 11 de abril de 1868.

Otro antecedente que debemos tomar en cuenta, como para pensar que no vivió por un tiempo prolongado en la vecina república, fue su ingreso al Cuerpo de Bomberos; el 6 de abril de 1868 Ignacio presentó su solicitud para ingresar a las filas de la Primera Compañía de Bomberos de Santiago, dirigida

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en aquella época por José Besa, siendo su secretario Luis Larraín Zañartu. Su registro general fue el 1693 y el registro de compañía 296. En esta actividad de servicio a la comunidad, permaneció el joven Carrera Pinto hasta el 27 de marzo de 1870 con una corta interrupción durante algunos meses de 1869. La primera vez que se presentó lo hizo como chileno y estudiante (abril 1868) y la segunda vez (agosto 1869) como empleado. Esta verdadera escuela de servicio, reforzó en nuestro joven voluntario, las condiciones de desprendimiento y generosidad, manifestadas diariamente por todos sus integrantes, ajenos al egoísmo y predispuestos a toda acción de bien a la comunidad. La esencia del servicio público en la que el funcionario cumple cabalmente con su deber, quedó de manifiesto en Carrera Pinto desde su temprana juventud, al desempeñarse por varios años como secretario de la Intendencia de Santiago. Afirma Vicuña Mackenna: “Hacia el año 1871 fue llevado por un antiguo amigo de su padre a una mesa de la Intendencia de Santiago”,66 allí desempeñó diversas funciones, entre otras: “Integrar en 1872 la comisión encargada del programa de Festividades cívicas del mes de la Patria”, junto a connotadas personalidades del entorno social como Carlos Walker Martínez, Ventura Blanco y José María Eyzaguirre.67 Desde el mes de abril de ese año se desempeñaba como intendente de la capital Benjamín Vicuña Mackenna, quien hizo de su gabinete al decir del diario El Ferrocarril: “Una verdadera tienda de campaña, desarrollando una actividad que levantó asombro por la eficacia”.68 En ese incansable equipo de trabajo, que le cambió la fisonomía a la capital, con nuevas avenidas y paseos públicos como el hermoseamiento
66 Benjamín Vicuña Mackenna. El Álbum de La Gloria de Chile,op. cit., p. 366. Algunos autores atribuyen a Vicuña Mackenna haberle asegurado a Ignacio el puesto en la Intendencia de Santiago, aunque el mismo historiador se encarga de desmentirlo: “Fue llevado por antiguo amigo de su padre…”. En 1871 Benjamín Vicuña Mackenna se encontraba de viaje por Europa en compañía de su esposa doña Victoria Subercaseaux, regresando al país solo a fines de ese año. Sin embargo, probablemente influyó en alguna forma en la designación del joven. 67 Programa de festividades cívicas de septiembre de 1872, Santiago, Imprenta de la República, 1872, p. 6. 68 Editorial del diario El Ferrocarril, 9 de agosto de 1872.

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JOSÉ IGNACIO CARRERA PINTO. Fotografía que posiblemente corresponda a la época, en que se desempeñaba como secretario de la Intendencia de Santiago. Revista Patria, Año I, Nº 2, abril 1912. p. 133

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del cerro Santa Lucía, estuvo inserto nuestro joven veinteañero, el que en palabras de reconocimiento de la propia autoridad: “Sirvió con inteligencia y una lealtad de sentimientos”.69 En este sentido, la figura del futuro héroe fue ejemplar, demostrando en la vida civil condiciones de entrega y servicio público dignas de ser destacadas. ¿Cuánto tiempo estuvo sirviendo en la intendencia Carrera Pinto?, no lo sabemos con exactitud; Reyno Gutiérrez, indica que fueron ocho años,70 información que no se condice con la entregada por Vicuña, historiador que asegura que al salir de la intendencia: “Se consagró a variadas tareas prefiriendo las del campo”.71 Sobre el particular es probable que nuestro secretario sólo haya servido dichas funciones hasta 1875, fecha en la que Benjamín Vicuña Mackenna dejó la jefatura de dicha repartición pública. Respecto a sus creencias religiosas no nos cabe duda que las enseñanzas recibidas en el Nacional por su profesor de educación de la fe don Mariano Casanova, acrecentaron en Ignacio su sentido de ayuda a la comunidad y, sobre todo, su religiosidad, que se ve marcada en diversos pasajes de su vida. Según monseñor Joaquín Matte Varas, a Carrera Pinto lo apodaban cariñosamente el Mocho: “Por su espíritu religioso que siempre manifestó”.72 Su familia desde luego fue la cuna donde se forjaron sus creencias y dos de sus hermanas Emilia y Mercedes ingresaron al servicio religioso; en lo particular, Ignacio Carrera lucía orgulloso el escapulario de la virgen del Carmen, regalo de una de sus tías abuelas. Entre sus amistades de infancia se encontraba monseñor Ramón Ángel Jara, a quien le correspondió el año 1883 recibir en el templo de la Gratitud Nacional, los corazones de los cuatro oficiales muertos en La Concepción. Rememorando aquella situación –años después– Ramón Ángel Jara señalaba al coronel Domingo de Toro Herrera, comandante del Chacabuco en la I, II y III campaña de la Guerra del Pacífico: “Al inaugurarse el templo
69 70 71 72 Benjamín Vicuña Mackenna. El Álbum de la Gloria de Chile, op. cit., p. 366. Manuel Reyno Gutiérrez, op.cit, p. 13. Benjamín Vicuña Mackenna. El Álbum de la Gloria de Chile, op. cit., p. 366. Joaquín Matte Varas. Junto a Dios Los Inmortales, Santiago, Departamento Comunicacional del Ejército, IGM., 2003, p. 54.

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de la Gratitud Nacional, recibí la honrosa misión de guardar como depósito sagrado en ese mismo templo y dentro de la urna obsequiada por los compañeros de armas, los corazones de cuatro mártires inmolados en aquella jornada entre los cuales descolló la figura del capitán Ignacio Carrera Pinto, amigo inseparable de una época ya lejana de mi vida”.73 Por esos mismos años en los que Carrera se desempeñaba en la intendencia, el presbítero de Santiago Blas Cañas Calvo que en agosto de 1856 fundó en la capital la “Casa de María” para recibir a las niñas huérfanas que no tuvieran protección ni recursos económicos, decidió formar un hogar para niños hombres: “La finalidad de la obra era recibir y educar cristianamente a niños huérfanos y desvalidos provenientes de familias de buena condición social venidas a menos”.74 Para la consecución de esta idea, el 23 de mayo de 1872 se reunió el Primer Consejo Directivo, encabezado por Blas Cañas como director, secretario fue Rafael Gumucio, prosecretario Ignacio Carrera Pinto y tesorero José A. Lira. Entre sus consejeros se encontraban: Ventura Blanco Viel, Macario Ossa, Raimundo Larraín y Javier Octavio Arrieta. Participaron también en su fundación, entre otros: don Luis Piñeyro, don Raimundo Salas, don José Ignacio Echeverría y don Carlos Walker Martínez, todos ellos muy cercanos al intendente Vicuña Mackenna. La mayoría, eran jóvenes católicos, que al igual que Ignacio, acudieron generosamente al llamado del pastor Blas Cañas, para fundar el Patrocinio San José, establecimiento educacional que posteriormente quedó en manos de los padres salesianos. El héroe a quien hoy día recordamos, hasta el momento mismo de entrar a la inmortalidad, sacrificando su existencia por la causa noble y justa de la patria, era una persona normal, con virtudes y defectos propios de la naturaleza humana, siendo parte importante de una familia distinguida pero

73 Revista Católica Nº 260-1, Santiago, junio 1912. Citada por monseñor Joaquín Matte Varas en el artículo “Los corazones de los oficiales del Combate de Concepción” en Memorial del Ejército de Chile, Nº 410, Santiago, 1982. Marcos López Ardiles. “Los corazones de los Héroes” en El Mercurio, 11 de julio de 1999. D.22. 74 Alfredo Videla T. Don Bosco en Chile. Notas para una Historia de Los Salesianos en Chile, Santiago, Editorial Salesiana, 1983, p. 113.

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arruinada; sin embargo hay ciertos rasgos de su personalidad que demandan nuestra atención y que deseamos compartir con nuestro amable lector. El futuro héroe de La Concepción era de muchos y grandes amigos, tanto en su vida civil como en el ámbito militar; son precisamente ellos, quienes destacan sus dones, las virtudes que adornaron su alma. Alberto del Solar, capitán del Regimiento Esmeralda, que compartió la Campaña de Tacna con nuestro biografiado, escribió en 1886 en París un interesante Diario de Campaña, en el que nos transparenta las cualidades más distinguidas de su amigo y camarada. Escribe Del Solar: “¡Cuántos proyectos hacíamos entonces…! ¡qué de chascarrillos que recordaban un episodio de la vida patria. Todo ello en medio de mil chistosas bromas y chacotas!. Ninguno más fuerte para este género que Ignacio Carrera Pinto, el héroe de más tarde”… Aún era oficial del Esmeralda, y cada uno de nosotros le quería y distinguía entre todos, adivinando a través de sus genialidades humorísticas y carácter afable y bondadoso, el corazón de hierro que dos años más adelante en la homérica epopeya de La Concepción, sabría manifestarse del temple que, con el más noble de los nombres, le legaron sus antepasados”.75 Durante los circos de campaña que se efectuaban en los breves descansos de la guerra, Carrera Pinto se encargaba de entretener a sus camaradas. Su mente fantástica inventaba mil chistes y bromas y sus ocurrencias fueron famosas. Del Solar recuerda una de ellas: el juicio a la cabra. El animalito, mascota de la unidad fue sometido a consejo de guerra: “El hambre personificado por Ignacio Carrera hizo su acusación en discurso monumental, que fue una verdadera apoteosis, no ya tan sólo del carnivorismo, sino hasta del canibalismo”.76
75 Alberto del Solar Navarrete. Diario de Campaña. Recuerdos íntimos de la Guerra del Pacífico 1879-1884, Buenos Aires, Editorial Francisco de Aguirre, Tercera edición, 1967, p. 116. Esta condición de vida estuvo también presente en su abuelo el general José Miguel Carrera, así lo destaca Pedro Lira Urquieta: “Sabía cabalgar airosamente, beber con largueza, bailar con garbo y, si era preciso enfrentar un combate y todo esto con alegre ánimo, sin tomar las cosas demasiado a lo serio, matizándolas con burlas y chascarrillos”. Pedro Lira Urquieta, op.cit., pp. 130-131. 76 Ibídem, p. 118.

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Finalmente, el caprino encontrado culpable por martirizar con el hambre a los estómagos de los soldados, terminó en la mesa de sus acusadores. Viene luego la ocupación militar de Tacna y con ella la necesidad de compartir con la población peruana, especialmente con las señoritas, que se ocupaban de atender los heridos. El “galante Mocho” sobrenombre que familiarmente le daban sus compañeros, fue de los primeros en aproximarse y entrar en conversación con las tacneñas a las cuales ofreció un botón de rosa: “A partir de ese momento, quedamos en situación –recuerda del Solar– que se nos escuchase y aunque mi compañero Carrera había hecho todo el trabajo de ataque, cumplíame también de participar del botín. Un cuarto de hora de conversación”.77 Como varón atento y obsequioso se muestra el nieto del “príncipe de los caminos”, demostrando que lo cortés no quita lo valiente, condición esta última más que probada en la reciente Batalla de Tacna, donde se hacen elogios sobre su conducta resuelta y la sangre fría demostrada en la acción. Otra faceta distinta e interesante del héroe Ignacio Carrera Pinto, que lo presenta en una perspectiva diferente, retratándolo como un oficial atento y cuidadoso de su tropa, apareció bosquejada en el Diario Ilustrado de fecha 11 de julio de 1911. En el artículo en cuestión, escrito por el historiador militar Nicanor Molinare se relata la siguiente anécdota: “En enero de 1882, la División Gana, partía de Chicla; y al transmontar las cumbres andinas, el capitán Aníbal Godoy del 3º de Carabineros de Yungay alcanzaba en su ascensión al teniente Carrera Pinto, que a pie, blanco de nieve y perdido en ella, caminaba animando a su tropa. Eran viejos amigos y tan pronto se vieron cuando el futuro heroico capitán, en tono de cariñoso reproche exclamaba: Hermano Mocho, ¿cómo permite que su hermano vaya en estas condiciones con la nieve hasta las rodillas y no me regala un caballo? Hermano una yegua linda le voy a dar, pero, cuidado con echarle venta, mire que es cosa rica, agregó el capitán Godoy. Úsela Ud. y haga su viaje.

77 Alberto del Solar Navarrete, ibídem, p. 164.

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Poco después en Morococha, nos juntamos nuevamente, agrega Aníbal Godoy: el Mocho iba a pie más blanco de nieve aún y calado hasta los huesos. La yegua, no se veía tan cargada de rollos y de rifles de la tropa de Ignacio; éste riéndose, le gritó: ¡aguaita Mochito como los niños han cargado la jaca! Así era Ignacio, de ese modo entendía la guerra; así servía y cuidaba a sus hombres. Por eso cuando se puso a su frente, para morir, cayeron todos, firmes y altivos en sus puestos!” Continúa Molinare: “En su cuerpo en el Chacabuco, distinguió siempre a Arturo Salcedo y con cariño paternal cuidó a Pedro Fierro Latorre, que era lo menos doce años menor que él…”.78 Corría mayo de 1881, cuando junto con Arturo, de paseo por la Alameda de Santiago se detuvieron brevemente, para ofrecer su saludo a la estatua del general José Miguel Carrera que se levanta en aquel lugar. Ignacio luego de mirar silenciosamente el bronce de su abuelo paterno le dijo a Salcedo: “Mira, Arturo, te juro que antes de mucho, en poco tiempo más habré muerto, y el mármol eternizará mi nombre porque moriré por Chile”.79 Esa nostalgia de la gloria se repite un año más tarde, cuando ambos oficiales destacados en la lejana Pucará, compartían recuerdos e impresiones de la agitada campaña, en una charla marcada por la franqueza y genialidad militar, que todo lo comparte incluso las penurias, que nunca se dejan conocer mejor que en tiempos de guerra. En esa ocasión, la noche del 9 de mayo de 1882, en un día cubierto por negros nubarrones, recuerda Salcedo, Ignacio manifestó su impaciencia por la irritante calma que inundaba el ambiente: “Es muy sensible que no nos ataque Cáceres señaló, ahora que tenemos oportunidad de hacer algo grande… yo abrigo agregó –el convencimiento íntimo que no volveré a Chile

78 Nicanor Molinare. “El Combate de la Concepción, 9 y 10 de julio de 1882”, en El Diario Ilustrado, 17 de julio de 1911, p. 5. 79 Ibídem.

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y como una dulce compensación– para los míos, es justo que ambicione dejar ligado mi nombre a las glorias de nuestro valeroso ejército”.80 El presentimiento del héroe se cumplirá dos meses más tarde. En efecto será el propio Salcedo, el primero en enterarse de la suerte corrida por su amigo en La Concepción: “Cuando el entonces capitán ayudante del Regimiento Chacabuco 6to. de Línea, recibe la orden de su comandante teniente coronel Marcial Pinto Agüero de adelantarse forzando las cabalgaduras –a La Concepción– para prevenir al capitán Carrera Pinto a fin de que preparase rancho, medicinas y habitación para la División del Canto que iniciaba su retirada de la sierra peruana”.81 A poco de iniciar su cometido, y cuando se encontraban a la altura de la localidad de San Jerónimo, la inesperada noticia del ataque peruano a la Concepción cambió bruscamente el curso de la historia: “¡Todos, todos han perecido, no se rindieron jamás! ¡Que chilenos tan bravos! señaló el comerciante italiano Carlos Rivetti al informar a Salcedo sobre lo acontecido en la aldea de La Concepción, en palabras de este último: “Un rayo que hubiera caído a mis pies o la muerte de mis padres, no me habría producido una impresión más profunda, más espantosa”.82 Al avanzar pudo observar desde la distancia la espesa humareda dejada por el fuego que consumía el cuartel. Con ello no cabía duda, las funestas noticias entregadas por Rivetti cobraban realidad. La hermandad entre ambos camaradas era muy fuerte y por lo mismo anota Salcedo: “Algo así como una congoja inexplicable me tomó el corazón, fue acaso un vuelco del alma que me llevó a imaginar que Carrera Pinto hubiera muerto”.83

80 Arturo Salcedo Rivera. “La Concepción 9 de julio de 1882. A la memoria de Ignacio Carrera Pinto. La gloria no se entierra”, 9 de julio de 1889, en El Mercurio, 9 de julio de 1911. 81 Julio Miranda Espinoza. “Arturo Salcedo Rivera soldado al servicio de la Patria”. en Revista de Historia Militar Nº 7, diciembre 2008, p. 31. 82 Nicanor Molinare. El combate de La Concepción, Tomo I, Santiago, Imprenta Cervantes, 1912, p. 91. Nota: esta interesante obra no alcanzó a ser publicada, y solo se quedó como prueba de imprenta. Hemos tenido la suerte de contar con una copia de ella y dada su relevancia la hemos incorporado en nuestras fuentes. 83 Ibídem.

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La amistad perfecta como muy bien señala Aristóteles, es la que existe entre hombres buenos, e iguales en virtud y a pesar de sus imperfecciones, merece la pena comprometerse con ella valerosamente. En numerosos escritos, año tras año, Salcedo traerá a la memoria de sus contemporáneos los dones, los bienes más preciados que adornaban a su hermano el capitán Carrera Pinto, así por ejemplo, en julio de 1889 al recordar la gesta de La Concepción señalaba: “No se ocultó al bravo teniente la suerte que le esperaba ante un enemigo infinitamente superior… una retirada en aquel caso hubiera sido prudente y honrosa; pero él y los suyos no lo pensaron jamás y encendidos en patriótico entusiasmo se aprestaron al combate…” Más adelante cuando el fragor de la lucha alcanza su momento culminante escribe Salcedo: “Carrera transfigurado en aquel batallar de fieras expresa aún en el semblante su entusiasmo y coraje… y no cede; al contrario, herido, desgarrado, empapado en su propia sangre… encuentra aún fuerzas para enrostrarlos de cobardes al propio tiempo que una bala asesina da con su cuerpo en tierra; y esa alma generosa predestinada al bronce de los héroes… se abre paso hasta la mansión donde regocijados le esperan las de Prat y Ramírez”.84 Años más tarde, el ex capitán del Chacabuco, al inaugurarse el monumento a los héroes de La Concepción en marzo de 1923 saludaba nuevamente a su amigo señalando que: “Su compañero, su amigo inseparable Ignacio Carrera Pinto dio muestras en La Concepción de un valor sereno, inalterable, tranquilo, capaz de concebir el ardor bélico de sus subalternos que con él, cayeron en la heroica acción”.85 La lealtad, el afecto personal que demuestra el capitán del Chacabuco hacia el héroe de La Concepción Ignacio Carrera Pinto, llama poderosamente la atención, mostrándonos que la amistad puede ser amplia y desinteresada. Por último la sencillez, esa noble cualidad del ser humano, tan ajena a la búsqueda del bien material y opuesta a la ostentación, marcó la personalidad

84 Arturo Salcedo Rivera, op.cit., El Mercurio, 9 de julio de 1889. 85 Arturo Salcedo Rivera. “Saludo al compañero al Capitán Ignacio Carrera Pinto”, en El Mercurio, 18 de marzo de 1923.

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del oficial Carrera Pinto. No deja de llamarnos la atención la pobreza de sus efectos personales y de cargo. En agosto de 1882, un mes después de su holocausto, el inventario de su equipaje efectuado en la cuidad de Lima, en la oficina de la Mayoría del Batallón Chacabuco, habla por sí solo. Al momento de su muerte dejaba: “Una maleta de suela, dos pares de pantalones azul negro, uno nuevo y el otro muy usado, un par de botines, tres pares de calcetines, una camiseta de lana, un pañuelo, seis camisas, cuatro pares de calzoncillos y un catre de campaña”.86 A su patria ofrendó su vida y a su hermana Elvira su pensión militar.

86 Inventario de los efectos personales correspondientes al capitán Ignacio Carrera Pinto. Libro de Correspondencia del Batallón Chacabuco 6º de Línea, año 1882. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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CAPÍTULO III En busca de la gloria. La vida militar del héroe Ignacio Carrera Pinto
El 25 de junio de 1879 el futuro héroe de La Concepción, cruzó el umbral de la historia, ingresando como sargento 1ro. al recién creado Regimiento Movilizado Esmeralda,87 a las órdenes del coronel Santiago Amengual Balbontín,88 siendo encuadrado en la 1ra. Compañía del II Btn., unidad militar compuesta por 5 oficiales y 145 individuos de tropa. Con este simple pero significativo acto, Ignacio Carrera Pinto abandonó la vida civil, para vestir el glorioso uniforme del Ejército de Chile. Años más tarde, con ocasión del traslado de los corazones de los cuatro oficiales mártires de La Concepción, el presbítero Clovis Montero evocaba con sentidas palabras ese minuto histórico –cuando la guerra estaba en sus inicios y el honor e integridad de la patria estaban en peligro–: “Las oficinas de enganchamiento se ven asediadas por una turba siempre creciente de hombres que pertenecen a todas las condiciones sociales y a todas las edades de la vida; hasta los niños sedientos de gloria, huyen de sus casas y piden un puesto en sus filas. Ya la oficialidad está completa y se cierran las puertas a los nuevos pretendientes. Pero un joven, hijo de los antiguos próceres, no puede resignarse a quedar en un descanso forzado, mientras tantos otros van al peligro; se cubre con el humilde traje de los hijos del
87 Hoja de Servicios, Tomo 70, p. 4. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 88 El general de división Santiago Amengual Balbontín (1815-1898) alumno de la Academia Militar, alcanzó el grado de capitán el 6 de junio de 1837 en los Altos del Barón, enrolado con las fuerzas que al mando del teniente general Manuel Blanco Encalada, combatieron al Regimiento Buin y demás fuerzas sublevadas contra la autoridad. Participó en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, siendo herido en la acción del Puente Buin. En defensa del gobierno del Presidente Manuel Montt, estuvo presente en los campos de batalla de 1851 y 1859, revolución esta última, en la cual perdió su brazo derecho, por lo que cariñosamente fue conocido como el manco Amengual. En los inicios de la Guerra del Pacífico se desempeñó como comandante del Batallón Cívico Movilizado Esmeralda, unidad que ayudó a organizar y, posteriormente, en la Batalla de Tacna el 26 de mayo de 1880, dirigió la Primera División. Ascendió a general de brigada en 1880 y a general de división en 1887. Estado Mayor General del Ejército. Galería de Hombres de Armas de Chile, Tomo II, pp. 16-18.

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pueblo, adopta su manera de hablar y va a sentar plaza de soldado. Tal vez se duda de su origen y lo hacen escribir. El quiere llevar hasta el fin la mentira sublime y procura fingir la letra. Todo es inútil; los jefes conocieron a Ignacio Carrera Pinto y lo rechazan. Un Carrera le dicen no puede ser un soldado raso. ¡Oh injusta bondad! ¿Porque le rechazaís? ¿Pués qué? Es más que un Carrera, es un chileno; y al chileno, con tal de ser héroe, lo mismo le da ceñirse la espada del oficial que terciarse el fusil del soldado”… …“Más ¿Quién puede doblegar una voluntad firme y tenaz? Carrera llega a las filas”.89 Tenía 31 años de edad y su primer comandante de compañía fue el capitán Fortunato Rivera, secundado por el teniente Severo Amengual y los subtenientes Lorenzo Camino, Miguel Ureta y José A. Echeverría.90 Algunos meses antes, el 14 de febrero de 1879, Chile ocupó militarmente la ciudad de Antofagasta, luego que el gobierno de la república encabezado por el Presidente Aníbal Pinto Garmendia91 fracasara en sus tentativas diplomáticas tendientes a: “Hacer respetar, por parte de Bolivia, los acuerdos alcanzados en 10 centavos por cada quintal de salitre exportado por Antofagasta, en especial por la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta”.92 No forma parte de nuestro proyecto, entrar en los detalles que motivaron la guerra contra Perú y Bolivia, razón por la cual nos limitaremos a indicar hechos muy puntuales, centrando nuestra atención directamente en la participación que le correspondió a nuestro adalid en ella.

89 Clovis Montero. Discurso pronunciado con ocasión de la Traslación de los Corazones de los Héroes de La Concepción, en El Mercurio de Santiago, 11 de julio de 1911. 90 Lista de Revista de Comisario del Regimiento Esmeralda, Santiago, 15 de julio de 1879, Vol. 323. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. La Lista de Revista de Comisario es: “La relación de todo el personal de una unidad o repartición, desde el jefe superior hasta el último soldado o conscripto, incluyendo las altas y las bajas ocurridas durante el mes”. En lo posible ella se pasaba todos los días 15. Ver Ejército de Chile, Comando en Jefe del Ejército. Diccionario Militar, Santiago, Instituto Geográfico Militar, 1980, p. 292. 91 El Presidente Aníbal Pinto Garmendia, hijo de otro mandatario el general Francisco Antonio Pinto Díaz, era primo hermano de la distinguida dama Emilia Pinto Benavente, madre de Ignacio Carrera Pinto. 92 Estado Mayor General del Ejército. Historia del Ejército de Chile, Tomo V, Santiago, Talleres de Impresos Vicuña, 1985, pp. 59-60.

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Afirma el historiador norteamericano William Sater que la ruptura final de las relaciones chileno-peruanas no sorprendió a nadie y ocurrió cuando el gobierno de Chile: “Exigió que se dijera si existía un tratado secreto entre Perú y Bolivia y, si era efectivo, acaso Perú permanecería neutral en caso de guerra. Cuando Perú respondió que no podía declarar su neutralidad a causa de su Tratado de Alianza con Bolivia, Pinto con el apoyo del Congreso, declaró la guerra el 5 de abril de 1879”.93 Adelantándose a los acontecimientos indicados, El Mercurio de Valparaíso, de fecha 28 de marzo reflexionaba en torno al deber de la hora presente, afirmando que, si bien las guerras traen consecuencias funestas para los pueblos, transformándose en un azote destructor de la vida, del crédito y la felicidad de los países jóvenes, dada la situación de la hora presente, no era posible rehusarla, puesto que : “Las naciones no pueden existir sin honra y por cierto que la muerte moral, es mucho más horrible que la muerte física . ¡ A la guerra pues, si el Perú nos empuja a ella!”.94 Apelando a su dignidad y en defensa de sus intereses, Chile sin mayores recursos económicos y con un ejército pequeño, reducido por economía a poco más de 3.000 plazas en 1879, se comprometió en un conflicto bélico con dos naciones vecinas,95 Perú y Bolivia, las que desde luego superaban numéricamente, con creces, dichas cifras; por lo mismo, la prensa no dejaba de tener algo de razón cuando manifestaba sus aprehensiones, frente a la temeridad que significaba: “Hacer frente a un enemigo tan

93 William Sater. La Imagen Heroica en Chile. Arturo Prat, santo secular, Santiago, Ediciones Centro de Estudios Bicentenario, Andinos Impresores, 2005, p. 42. En su parte medular, la declaración de guerra firmada por el Presidente Pinto y sus ministros señalaba: “En virtud de la facultad que me confiere el Nº 18 del artículo 82 de la Constitución del Estado y la ley del 4 del presente. He acordado y decreto: El gobierno de Chile declara la guerra al gobierno del Perú”. Ver José Antonio Varas. Recopilación de Leyes, Órdenes, Decretos Supremos y Circulares concernientes al Ejército. Tomo VI. Santiago, Imprenta de R. Varela, 1884, p. 93. En términos similares se declaró la guerra a Bolivia. 94 El Mercurio de Valparaíso, 28 de marzo de 1879, p. 2. 95 Para el año 1879, la ley del 12 de septiembre de 1878, promulgada el 16 del mismo mes con el número 455 del Diario Oficial disponía en su artículo único que las fuerzas de la república serían: Ejército, 3.122 hombres distribuidos en las armas de Infantería, Caballería y Artillería. Para mayores detalles ver José Antonio Varas. op. cit., p. 34.

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fuerte y poderoso, con un pequeñísimo ejército, no todo de veteranos y mal dirigido”.96

Cuadro Nº 2. Efectivos del Ejército de Chile 1875-1878. Fijados por Ley Anual.
AÑO 1875 1876 1877 1878 NÚMERO DE EFECTIVOS 3.573 plazas 3.773 plazas 3.316 plazas 3.316 plazas Fuente: Memorias de Guerra y Marina (1875-1878).97

Por otra parte, la mayoría de las unidades de este ejército cumplía sus funciones en la zona de la Frontera, librando una larga guerra con los mapuches, situación que por la experiencia adquirida en dicho campo de batalla, se transformó en una de sus principales fortalezas. ¡Vamos a las obras! fue la consigna nacional; había que crear con premura nuevos cuerpos, y por suerte, afirmaba el historiador Molinare, si bien la cifra de nuestros soldados era insignificante: “No sucedía lo mismo en cuanto a jefes, oficiales y clases”.98 Por otra parte, el patriotismo era cuantioso, y por ello no fue difícil formar el ejército que cosechó los innumerables triunfos de 1879 a 1884, pues dado el espíritu guerrero de nuestro pueblo, resultó tarea sencilla pero abrumadora para los veteranos de Arauco, quienes recibieron la honrosa misión de instruir los cuadros de reclutas que colmaron nuestros cuarteles, en aquellos inolvidables días.

96 El Mercurio de Valparaíso, 7 de abril de 1879, p. 2. 97 Memoria de Guerra y Marina de 1875, Santiago, Imprenta Nacional, 1875, p. XIV; Memoria de Guerra y Marina de 1876, Santiago, Imprenta de la Librería del Mercurio, 1876, p. X; Memoria de Guerra y Marina de 1877, Santiago, Imprenta Nacional, 1877, p. XI; Memoria de Guerra y Marina de 1878, Santiago, Imprenta Nacional, 1878, p. XII. 98 Nicanor Molinare. El Combate de La Concepción, Tomo I, op. cit., pp. 16-17.

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Entre las unidades movilizadas por los mandos se encuentran dos de los más afamados regimientos de la guerra, destinados a sobresalir a lo largo de las acciones con especial mérito; nacidos a partir de estratos sociales muy diferentes, cubrieron de gloria las páginas de nuestra historia. Ambos tienen el mérito de haber sido uno, la cuna militar de Ignacio Carrera Pinto, el Esmeralda, un apuesto regimiento que se creó con la base del disuelto Carampangue, y el otro, el Movilizado Chacabuco que nació con los obreros y artesanos de la Recoleta. Junto al Ejército de Línea existía desde los tiempos del ministro Diego Portales la Guardia Nacional, contingente de tropas integrada por voluntarios que debían constituir la reserva movilizable de la nación; en sus mejores tiempos hacia 1871 habían superado los 50.000 efectivos, sin embargo, con el pasar de los años, dada la falta de presupuesto y entrenamiento –que se efectuaba de acuerdo al tiempo disponible, de tal forma que no dañara las actividades económicas del país–, perdió su valor militar, quedando en receso la mayor parte de sus unidades99 y su número reducido a solo 6.661 plazas. Recuerda Alberto del Solar en las páginas de su Diario de Campaña, que la juventud más distinguida de la sociedad santiaguina integró su oficialidad: “Constituyendo grupos entusiastas de amigos íntimos que nada omitían, para sostener a porfía el buen nombre y distinción de su insignia… De allí que desde tiempo atrás se hicieran notar, sobre todo en los días de Fiestas Patrias, las oficialidades brillantes de la Guardia Nacional en las formaciones de gala… escoltando al primer magistrado de la nación y, después formaban parte del cuadro de la república organizado en el

99 Por decreto de fecha 9 de noviembre de 1877, firmado por el Presidente Aníbal Pinto y su ministro Manuel García de la Huerta, fueron puestos en receso 23 batallones, 6 brigadas y dos compañías. En uno de sus considerandos el documento indicaba: “Las circunstancias del erario, aconsejan introducir en los diversos ramos de la administración todas las economías, que no importen una perturbación en el buen servicio público… en forma tal agregaba que, el receso de una gran parte de la Guardia Cívica de la República, permitirá realizar ahorros considerables”. En Antonio Varas. op.cit., Tomo V, pp. 275-276.

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proscenio”.100 Viene luego la gesta de Prat en Iquique, cuyo eco repercutió en todo Chile. La patria estaba de duelo; su bandera a media asta y el cañón tronando a intervalos permitían recordar con más intensidad el sublime sacrificio. Tres días más tarde el día 24, luego de rumores inusitados y variadas conjeturas, se conoció por fin en la capital la esperada información:“El telégrafo se estremece para darnos una gran noticia que nos cubrirá de perdurable gloria. Los dos cascarones de nuestra escuadra… han resistido en legendario combate a las dos mejores naves peruanas…” La noticia circuló a las nueve y cuarto de la noche y, apenas ella fue confirmada pudo notarse gran agitación en las calles, “todo Santiago se puso de pie… las iglesias echaron sus campanas a vuelo”.101 El conocimiento de tanto heroísmo aceleró en la mente y corazón de los ciudadanos, el deseo sublime de partir al norte para emular la gloriosa acción. Era un entusiasmo loco dice Nicanor Molinare: “Se peleaba por ir a pelear por ir a morir”.102 Agrega Arturo Benavides: “Los que acudían a los cuarteles pidiendo se les admitiera de soldados eran tantos, que los centinelas no podían impedir la invasión en masa de la muchedumbre”.103 En la capital el 9 de junio, accediendo al clamor de su juventud, se decretaba el nacimiento del Regimiento Movilizado Esmeralda, formado por lo más selecto de la sociedad capitalina, entre ellos, el hijo del Presidente Aníbal Pinto, don José María Pinto Cruz. Se le bautizó como el regimiento de los “pijes” por estar formado por lo más selecto de la aristocracia. Bajo el título de “Batallón Esmeralda”, El Ferrocarril informaba a sus lectores: “Un grupo de entusiastas jóvenes se reunió el domingo (8 de junio) a las dos y media de la tarde, en el hipódromo de la Cañadilla con el objeto de acordar la organización de un batallón que lleve el tradicional nombre de

100 Alberto del Solar, op.cit., pp. 20-21. 101 El Ferrocarril, Santiago, domingo 25 de mayo de 1879, p. 3. 102 Nicanor Molinare. El Combate de La Concepción, op. cit., Tomo I, p. 22. 103 Arturo Benavides Santos. Seis años de vacaciones Santiago, Editorial Francisco de Aguirre, 1967, p. 14

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la nave que sucumbió gloriosamente en las aguas de Iquique”.104 Seis días más tarde en el cuartel cívico Santa Lucía, el Batallón Esmeralda concurrió a su primera Lista de Revista de Comisario.105 Atrás quedaron los vasos vacíos, las cuentas impagas y las ceñidas revistas, no era tiempo de espera, futres y rotos compartían la misma inquietud, salir luego a la cancha, ya que en ella se ven los gallos. Al norte, esa era la consigna del minuto. Antes de concluir el mes de junio, el Esmeralda tenía un excedente de doscientas plazas sobre las 1.200 que necesitaba en sus cuadros, número establecido por la Ordenanza. Su primer establecimiento fue el Cuartel de Artillería de Santiago. En este momento de nuestro relato es conveniente clarificar la situación en que se vio comprometido el Batallón Carampangue, y los sucesos bochornosos que terminaron con su disolución temporal. Conforme a las noticias entregadas por diferentes órganos periodísticos de la época, y que en alguna medida recogieron las informaciones oficiales en los primeros días del mes de junio, cuando el batallón de línea Carampangue –dirigido por el comandante Zócimo Errázuriz con una fuerza de 600 soldados– se preparaba para marchar a la ciudad de San Bernardo, ocurrió un incidente en que se vieron involucrados, el jefe indicado y el Sr. Ministro de Guerra Basilio Urrutia, que terminó con la renuncia del comandante del cuerpo y la interpelación al general Urrutia que debió asistir a la Cámara de Diputados para explicar lo sucedido; sin establecer mayores precedentes,
104 El Ferrocarril, Santiago, 10 de junio de 1879, p. 2. 105 El Decreto que organizó el Regimiento Cívico Movilizado Esmeralda, firmado por el Presidente Aníbal Pinto y su ministro de Guerra Basilio Urrutia, con fecha 9 de junio de 1879, acordó lo siguiente: “1º Organízase en esta capital un regimiento cívico de infantería movilizado, con la denominación de Esmeralda, compuesto de dos batallones. 2º Cada batallón constará de 4 compañías con 150 plazas cada una, y de los oficiales y clases que tienen actualmente los otros regimientos cívicos. 3º Nómbrase coronel –comandante de dicho cuerpo al coronel de Ejército don Santiago Amengual, con retención de su empleo de edecán de gobierno. 4º La Inspección General de la Guardia Nacional, dictará las demás providencias del caso para el inmediato cumplimiento del presente decreto”. En Boletín de las Leyes y Decretos del Gobierno, año 1879. Suplemento al Libro XLVII, correspondiente al Ministerio de la Guerra y publicado por este Departamento. Santiago, Imprenta de la República de J. Núñez, 1882, p. 142.

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Urrutia afirmó en ese cuerpo legislativo: “Si los jefes han renunciado ha sido porque no tenían voluntad para servir… y si un batallón pide regalías, no sirve para salir a campaña, donde el soldado debe demostrarlo todo”.106 Las regalías solicitadas por el comandante Errázuriz consistían en 600 mantas o frazadas para sus soldados, ya que se encontraba en conocimiento que la tropa del Chacabuco, que había utilizado anteriormente dichas dependencias, había enfermado por las malas condiciones del cuartel. Ese mismo día 7 y sin las mantas solicitadas marchó a San Bernardo el Regimiento Carampangue, mandado accidentalmente por el mayor Retamales; en cálculos de la prensa, no menos de 10.000 almas inflamadas por el santo amor de la patria se hicieron presentes en la estación, para brindarle una calurosa despedida. Sin embargo la desventura de dicho cuerpo no había terminado aún, ya que a propósito del reconocimiento del nuevo comandante nombrado por la autoridad, teniente coronel Adolfo Holley, se produjo un nuevo incidente, cuando la tropa: “Se mostró rebelde a la voz del mando del nuevo jefe, negándose en principio a obedecer sus órdenes”,107 finalmente, y luego de una dura reprensión se dio inicio al ejercicio de armas, conducido personalmente por el comandante Hölley. Como efecto inmediato de la situación indicada, el gobierno tomó una drástica medida, disolver el Batallón Carampangue, ordenando la formación de un regimiento que se llamará Esmeralda y cuyo jefe será el coronel Santiago Amengual. Con inusitado entusiasmo, el Regimiento Esmeralda sobrepasó sus cupos y se ocuparon las plazas de la oficialidad, dejando los hogares de la sociedad santiaguina vacíos de juventud al mismo tiempo que enmudecieron los salones y lugares de diversión. La cómoda vida de sociedad se transformó en largas excursiones, manejo del arma, esgrima de la bayoneta, ataques en guerrillas y movimientos por

106 Cámara de Diputados, sesión ordinaria, 7 de junio de 1879. En El Ferrocarril, 8 de junio de 1879, pp. 1-2. 107 El Ferrocarril, 12 de junio de 1879, p. 2.

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DECRETO QUE DISOLVIÓ BATALLÓN CÍVICO CARAMPANGUE. Boletín de las Leyes y Decretos del Gobierno 1879. Suplemento al Libro XVII, Correspondiente al Ministerio de la Guerra y publicado por este Departamento, Santiago, Imprenta de la República de J. Núñez, 1882, p. 142.

batallones, todos ellos destinados a transformarlos de paisanos en verdaderos soldados. La responsabilidad, el mérito, el honor y la seriedad, demostrada por estos alegres jóvenes en el duro ejercicio de la milicia fue pleno, y reconocido incluso años después, por su propio comandante el coronel Santiago Amengual que, en sentidas palabras efectuó una verdadera apología de sus antiguos dirigidos: “Cuando en otra ocasión –dijo el viejo soldado después de terminada la guerra– se me confíe la formación de un cuerpo del ejército, no me fijaré en la gente tumultuosa del pueblo, ni en el atrevido huaso, ni en el heroico minero; preferiré colocarme en la puerta de uno de los salones opulentos de Santiago, e irme rodeando allí de los jóvenes que sucesivamente vaya viendo entrar, pues tengo para mí que son esos elegantes, esos que frecuentan la sociedad, los que mejor que otros, cuando en nombre de la patria se les ha invitado a trocar el frac por la casaca militar poseen la conciencia del honor y del deber”.108

108 Alberto del Solar,. op.cit., p. 21.

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Digno de esa legión de hidalgos, dentro de los cuales ocupó su lugar el sargento Carrera Pinto, el coronel Amengual se distinguía en forma especial. Fogueado en la guerra contra la Confederación, existía entre quienes lo conocían la mejor de las opiniones, ya que siendo bondadoso de carácter, al mismo tiempo tenía la inteligencia y competencia suficiente para transformar a esa agrupación de reclutas, ciudadanos de excepción, en auténticos guerreros; la disciplina que fue motivo de orgullo para los esmeraldinos fue grabada en sus subordinados desde el primer día de cuartel: “Nunca disculpaba una falta, no permitía jamás una injusticia; aquellas las castigaba sin exasperar y hasta en los casos más graves; y para alejar éstas, lo condenaba de una manera que no reincidiera otra vez”.109 En su exigente labor contó con la generosa colaboración del comandante Adolfo Hölley Urzúa experimentado soldado, que sumaba a la fecha más de 30 años de servicio en la Institución.110

109 José Clemente Larraín. Impresiones y Recuerdos sobre la Campaña al Perú y Bolivia, Santiago, Centro de Estudios e Investigaciones Militares, Departamento de Historia Militar del Ejército, 1ª reimpresión, 2007, p. 117. 110 El general de división Adolfo Hölley Urzúa ingresó a la Escuela Militar el 2 de febrero de 1848. Su primera experiencia militar la obtuvo durante la Revolución de 1851. Posteriormente en 1859 en resguardo del orden legal, fue herido en el Combate de Los Loros, siendo a continuación ascendido a capitán por sus méritos. Entre 1860 y 1870 tomó parte en diferentes campañas contra los araucanos, destacándose en la acción de Los Cardos, siendo ascendido a sargento mayor en 1869, desempeñándose como 2do. jefe del Batallón 3ro. de línea. Al inicio de la Guerra del Pacífico el 26 de mayo de 1879, fue nombrado comandante del Regimiento Movilizado Carampangue y tres semanas más tarde –al disolverse el Carampangue– 2do. jefe del Regimiento cívico Esmeralda (14 de junio de 1879). Con esta unidad marchó a la guerra: ocupó Iquique, desembarcó en Ilo y combatió en las batallas de Tacna el 26 de mayo de 1880 y en Chorrillos y Miraflores el 13 y 15 de enero de 1881. Como premio a su valor y capacidad demostrada en la Campaña de Lima al frente de su regimiento fue ascendido a coronel el 31 de mayo de 1881. El 9 de junio de 1881 fue nombrado comandante del Batallón de Línea Esmeralda con el que marchó al interior del Perú, el 1º de enero de 1882 al mando del general Patricio Lynch. Regresó a Santiago en 1884, desempeñándose como Inspector delegado para visitar cuerpos en diferentes provincias. Durante la Revolución de 1891 fue Ministro de Guerra en Campaña del Ejército Congresista, siendo ascendido a general de división el 12 de noviembre de 1891. Su retiro absoluto del Ejército fue con fecha 24 de octubre de 1900. Falleció en 1914 a los 81 años de edad. Libro de Hojas de Vidas del Ejército de Chile. Libro 1, p. 1.; Hojas de Servicio, Tomo 128, 1898, p. 176. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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Cuadro Nº 3: Plana Mayor del Regimiento Movilizado Esmeralda julio 1879.
Coronel Santiago Amengual Balbontín Comandante del Regimiento por Decreto Supremo del 9 de junio de 1879. Segundo Comandante del Regimiento por Despacho del 20 de junio y cúmplase el 25. Obtuvo despacho supremo el 26 de junio y cúmplase el 2 de julio. Obtuvo despacho supremo el 23 de junio y cúmplase el 25. Obtuvo despacho supremo el 23 de junio y cúmplase el 25.

Teniente Coronel Adolfo Hölley Urzúa

Sargento Mayor Enrique Coke

Capitán Ayudante Saturnino Retamales

Capitán Ayudante Federico Maturana

Fuente: Lista Revista de Comisario del Regimiento Movilizado Esmeralda, 15 de julio de 1879. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

Adelantándose a la creación del Regimiento Esmeralda, en uno de los sectores más populares de Santiago, nació el 3 de marzo de 1879 la Brigada Cívica de la Recoleta, la que puesta sobre las armas por el Presidente Pinto el 22 de abril,111 se transformará cuatro días mas tarde en el Batallón Cívico Movilizado Chacabuco.112 En una vivienda ubicada en el sector de la vieja Cañadilla, hoy avenida Independencia, vivía por aquellos días de marzo de 1879 un entusiasta vecino, don Julio de la Cuadra. Será en esta casa signada con el número 45, donde tendrá lugar la primera reunión destinada a dar vida a la Brigada de la Recoleta.
111 Boletín de las Leyes y Decretos del Gobierno 1879, op.cit., p. 64. 112 Ibídem, p. 69.

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Se trataba de elegir la oficialidad, buscar cuartel e iniciar la organización del señalado cuerpo. El reloj marcaba las ocho de la noche cuando se inició el histórico encuentro presidido por el ingeniero Domingo de Toro Herrera, distinguido miembro de la sociedad capitalina que había tenido la iniciativa de organizarlo.113 En aquella cita con la patria estuvieron presentes: Luis y Julio de Cuadra, Carlos Campos, Vicente Dávila Baeza, Santiago Luna, Temístocles Castro, Juan Antonio Ibáñez, Ramón Sotta Dávila y muchos otros que se mostraron dispuestos a servir con valor, abnegación y desinterés patriótico. Fue ese el espíritu que inundó la breve pero animada sesión en donde además de nombrarse la oficialidad se acordó el uniforme –conforme al viejo Chacabuco– cuello, bocamanga y vivos verdes en la casaca, franja verde en el pantalón; quepis azul negro con franja también verde. Y como la causa apuraba, tres días después, transformado Toro Herrera en su comandante, se procedió a la inscripción de sus voluntarios. Amenizada por una banda de tambores, el pueblo mapochino acudió en masa a enrolarse y ya el día 9, inscribía a las puertas del hipódromo de Santiago
113 Domingo de Toro Herrera nació en Santiago en 1845, integrando una de las más distinguidas familias de la sociedad capitalina, su padre, don Domingo de Toro Guzmán, descendía por línea de sangre del Conde de la Conquista don Mateo de Toro y Zambrano, Presidente de la Primera Junta Nacional de Gobierno. Sus primeros estudios los efectuó en el Instituto Nacional, recibiéndose de ingeniero en la Universidad de Chile para perfeccionarse posteriormente en Estados Unidos de América. De vuelta al país se dedicó a la agricultura, y a efectuar trabajos de ingeniería en el ámbito de los ferrocarriles. En 1879 al declararse la guerra, se le otorgó el grado de teniente coronel, siendo designado comandante de la 1ra. Brigada Cívica de Infantería de la Recoleta, posteriormente Batallón Chacabuco. Al frente de su unidad combatió en Tarapacá. Ocasión en el que Chacabuco debió soportar numerosas pérdidas. En esa oportunidad dio muestras de gran serenidad, dándose a conocer como un valiente en el campo de batalla. Posteriormente participó en Tacna y Chorrillos, batalla esta última en la que resultó herido. Al término de la campaña de Lima con el grado de coronel, dejó las filas, desempeñando posteriormente diversos puestos públicos entre otros: Intendente de Coquimbo y de Valparaíso y Superintendente de la Moneda. También incursionó en la política, elegido diputado logró posteriormente ser designado senador por Coquimbo en 1888. Durante la Guerra Civil de 1891 fue partidario del Congreso. En 1911 le correspondió como Presidente de la Liga Patriótica Militar, proponer que los corazones de los cuatro oficiales mártires de La Concepción fueran trasladados a la Catedral de Santiago en una solemne ceremonia efectuada el domingo 9 de julio de 1911. Estado Mayor General del Ejército, Galería de Hombres de Armas de Chile, Tomo II, pp. 275-276. Marcos López Ardiles. “Los corazones de los héroes de La Concepción”, en El Mercurio, 11 de julio de 1989.

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DOMINGO DE TORO HERRERA, COMANDANTE DEL BATALLÓN CÍVICO MOVILIZADO CHACABUCO. En la fotografía, pasando revista a un soldado de su unidad. José A. Bisama Cuevas. Álbum Gráfico Militar de Chile, Santiago, Sociedad Imprenta y Litografía Universo 1909, p. 97.

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a 596 voluntarios, solicitándose de inmediato al gobierno, el armamento necesario para iniciar su instrucción. Llamó también poderosamente la atención del público santiaguino, el uniforme de parada que vistió la Brigada de la Recoleta prácticamente desde sus inicios, y con el cual arribó a Antofagasta posteriormente: “causando expectación por lo inusual de su vestimenta que se distinguía por los vivos verdes en la blusa azul, de una abotonadura al frente, y en el pantalón blanco… El casco es del tipo prusiano de cuero acharolado negro”.114

DECRETO QUE PONE EN ARMAS LA BRIGADA CÍVICA DE LA RECOLETA. Boletín de las Leyes y Decretos del Gobierno 1879. Suplemento al Libro XLVII, Correspondiente al Ministerio de la Guerra y Publicado por este Departamento. Santiago, Imprenta de la República de J. Núñez, 1882, p. 64.

Al igual que su hermano el Regimiento Esmeralda, el futuro Chacabuco estaba predestinado desde un principio a ser noticia destacada, por su disciplina

114 Patricio Greve Moller y Claudio Fernández Cerda. Uniformes de la Guerra del Pacífico. Las campañas terrestres 1879-1884, Santiago, Departamento Comunicacional del Ejército, 2006, pp. 120-121. Según información entregada por el periódico El Mensajero del Pueblo, los uniformes prusianos serían parte de un decomiso efectuado al Perú en los almacenes fiscales de Valparaíso. En Noticias Extraoficiales de la Guerra del Pacífico. Recopilación de Editoriales y Noticias aparecidas en el periódico semanal “El Mensajero del Pueblo” entre los años 1879 a 1881, por el Dr. David Mahan Marchese, Valparaíso, Editorial “El Observador”, 1979, p. 16.

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DECRETO DE CREACIÓN DEL BATALLÓN CHACABUCO. Boletín de las Leyes y Decretos del Gobierno 1879. Suplemento al libro XLVII, Correspondiente al Ministerio de la Guerra y publicado por este Departamento. Santiago, Imprenta de la República de J. Núñez, 1882, p. 69.

y entusiasmo puesto en el cabal cumplimiento de sus tareas militares. Es así como, a tres semanas de su primera reunión –cuando sólo era idea de Toro Herrera y algunos distinguidos patriotas– dio su primer examen público, en un lucido ejercicio efectuado en un sitio de la población Ovalle. Frente a una entusiasmada concurrencia que asistió a presenciar las evoluciones, informa El Mercurio de Valparaíso: “Salieron tres compañías con 120 hombres cada una y con la banda de música a la cabeza, mandados por el comandante Domingo Toro Herrera y el mayor Julio de la Cuadra…” “Estas compañías y los oficiales, prosigue el periódico, iban vestidos de parada, pero sin armas porque todavía no se las han entregado. El ejercicio, a pesar de ser el primero, estuvo magnífico, lo que prueba el gran entusiasmo que reina entre los jefes, oficiales y tropa de esa brigada”.115 Sin embargo a pesar de la urgencia requerida y de la euforia demostrada, el proceso de movilización del Chacabuco no fue una tarea fácil, ya que no contó en principio con el beneplácito del Ministro de Guerra coronel Cornelio Saavedra que ante la petición señaló: “no sea usted loco, Domingo, con futres portaleros, no puede hacerse la guerra a dos naciones”.116 Esta desconfianza
115 El Mercurio de Valparaíso, 25 de marzo de 1879, p. 2. 116 Nicanor Molinare. El combate de La Concepción, op. cit., Tomo I, p. 22.

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del veterano de Loncomilla y de Arauco, respecto de los méritos militares de los recién incorporados voluntarios de La Recoleta, se mantuvo durante algunas semanas y solo el cambio de Ministro de Guerra permitió firmar el decreto que mandó movilizar la brigada con el nombre de Batallón movilizado Chacabuco,117 nombre que también estuvo en la polémica ya que se pensó en cambiarlo por Cazadores del Mapocho.

BATALLÓN CÍVICO MOVILIZADO CHACABUCO EN SAN BERNARDO 1879. En la fotografía se observa a la tropa usando casco y uniforme tipo prusiano. Fotografía en Revista de Historia Militar Nº 1, 2002, p. 19.

Entre los futres portaleros,118 a que hace alusión el Ministro de Guerra se encontraban entre otros: Pedro Urriola, muerto en Tarapacá; Arturo Salcedo Rivera, herido gravemente en Chorrillos el 13 de enero de 1881; Ramón Sotta Dávila de quien se indica, que al ver caído a su compañero de armas y amigo

117 Patricio Greve. “Chacabuco: De Recoleta a la gloria (1879-1884)”. en Revista de Historia Militar Nº 4, Santiago, Instituto Geográfico Militar, 2005, p. 30. 118 La expresión futres portaleros proviene de la época del ministro Diego Portales, fundador de la Guardia Cívica, cuyos oficiales provenían en su mayoría de las familias aristocráticas.

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de la infancia el teniente Urriola, lo levantó en brazos en el campo de batalla tarapaqueño, abandonándolo al odio y antojo de las hordas peruanas solo al ser gravemente herido en su pierna derecha y Pedro Fierro Latorre un recluta, que siendo sobrino del Presidente del Uruguay, regresó a Chile expresamente, para defender su patria y batirse como soldado pues inició su carrera desde abajo. De vuelta al Esmeralda, la falta de instrucción militar de la mayoría de los jóvenes que cerraron filas junto al coronel Amengual, determinó que la unidad marchara a la localidad de San Felipe para recibir las primeras nociones antes de partir rumbo a Antofagasta donde se preparaba la campaña de Tarapacá próximo destino de las tropas, una vez que se obtuviera el dominio marítimo. Entre los meses de julio y septiembre de 1879119 el regimiento concurrió diariamente al famoso Algarrobal –con su comandante al frente– campo distante de la ciudad: “Con todo su equipaje de camino para maniobrar con el, acostumbrándose a su peso y sometiéndoseles a duras fatigas para que tampoco le fueran extrañas… Fueron asombrosas las cualidades para el mando de tropa, y para improvisar soldados –demostrada por Amengual– por la resistencia física que gastaba… siempre con voz entera durante 5 y 6 horas sin descansar, llevaba la primicia entre los jefes del ejército”,120 y a pesar de sus 64 años, aún tenía el entusiasmo y la energía suficientes para acompañar a sus oficiales a las reuniones sociales, que todas las noches tenían lugar en diferentes casas de la ciudad. Calladamente era el primero en emprender la retirada, indicando con su ejemplo, que el permiso se había terminado y era hora de recogerse al cuartel, ya que al día siguiente muy de madrugada había que continuar la instrucción. No habían transcurrido aún tres meses desde su ingreso al Ejército, cuando el nombre de Ignacio Carrera comenzó a ser noticia dentro de su regimiento. Se encontraba vacante una plaza de subteniente y el comandante del Esmeralda pensó que él era la persona adecuada para servirla y así lo manifestó al mando

119 Lista de Revista de Comisario del Regimiento Movilizado Esmeralda (julio-septiembre 1879). Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 120 José Clemente Larraín, op.cit., pp. 114-115.

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PRIMERA LISTA DE REVISTA DE COMISARIO DEL SARGENTO 1ro. IGNACIO CARRERA PINTO. JULIO 1879. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

superior: “Hallándose vacante una subtenencia de la segunda compañía del primer batallón por separación de don Miguel Urrutia que la servía y conviniendo proveerla en persona de conducta y aplicación, propongo a V.E. por ausencia del capitán. En primer y único lugar al sargento primero don

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Ignacio de la Carrera que ha servido dos meses diecisiete días en su actual empleo. San Felipe, septiembre 11 de 1879. S. Amengual”.121 Por razones que desconocemos, posiblemente burocráticas, tendrán que pasar algunos meses antes de que se produzca el ascenso. En el intertanto llegó por fin el momento de abandonar la apacible villa y marchar al norte, para continuar próxima a la zona del conflicto, la ambientación y aprendizajes requeridos. La despedida estuvo llena de emociones y recuerdos, que quedaron para siempre grabados en los oficiales y tropas del regimiento, en especial la figura del cura de San Felipe don Agustín Gómez, noble y caritativo sacerdote que, con especial interés les prodigó todas sus atenciones. El oficio dominical, cita obligada de toda la sociedad sanfelipeña, pleno de un especial fervor religioso, le dio animación a la tranquila vida provinciana y será recordado por mucho tiempo. Amanecía en Valparaíso el 21 de septiembre de 1879, cuando en gallardo y orgulloso desfile marchó el Esmeralda dirigiéndose a pie desde la estación Barón donde había arribado, hasta el puerto, en donde le esperaban las lanchas que debían conducirlo al vapor Amazonas: “El transporte comprado a la Pacific Steam Navegation Company, había sido construido en Greenock en 1874, desplazaba 1970 toneladas y desarrollaba un andar de 11 nudos. Se le montó un cañón de 6 pulgadas”.122 El convoy expedicionario se componía de doce barcos los que efectuaron la travesía hacia el “Chile nuevo”, como algunos llamaban a la zona de conflicto, sin mayores novedades. En estos largos días de navegación era común que las bandas de música amenizaran el viaje con alegres piezas, aprovechando el tiempo para inculcarles a la tropa diariamente las enseñanzas militares: “Todo aquel –afirma el oficial Antonio Urquieta– que en campaña haya navegado a

121 Correspondencia del Regimiento Esmeralda, 1879. Vol. C. 184 s/f. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 122 Rodrigo Fuenzalida Bade. La Armada de Chile, Tomo 3, Santiago, Empresa Periodística Aquí Está, 1978, p. 723.

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bordo de un buque de guerra… debe haber sentido mucho gusto, sobre todo alegría en el corazón al sentir el toque de diana por una buena banda de músicos, al venir el día”.123 Con emocionadas palabras, Alberto del Solar retiene en las páginas de su diario ese instante supremo de la partida: “¡Partir a la guerra, decir adiós, quizás para siempre, a los placeres de una vida de dulce bienestar; trocar el embriagador murmullos de los salones de baile y su atmósfera voluptuosa por el fragor del combate y el humo de la pólvora; abandonar dejándolos sin más guardianes que el recuerdo y la esperanza, amores e ilusiones, ambiciones y triunfos haberse sentido libre, dueño, y pasar de repente a subalterno y dependiente; cambiar una palabra, de carácter, de ser, por decirlo así, ¿no era esto una dura prueba de la que salían vencedores el patriotismo y el deber en lucha con la naturaleza?”.124 No pasó desapercibido el día 25 el arribo del Movilizado Esmeralda a la ciudad de Antofagasta. Redacta Emilio Rodríguez Mendoza: “A fines de septiembre y casi a raíz de las Fiestas Patrias que fueron celebradas con muchos tragos y, sobre todo con muchos recuerdos, por más que todo el mundo andaba pobre como cuca, entraba a Antofagasta un convoy formado por nueve vapores, dos o tres de los cuales traían a su bordo al Esmeralda, formado por el viejito Amengual, cuya pera puntiaguda cubrían ya por completo los años con su escarcha”.125 Con un poco de imaginación podríamos pensar que sobre la cubierta de una de las naves, con la mirada atenta en el árido paisaje, tan diferente al de su tierra natal, pero al mismo tiempo preocupado de los movimientos de su tropa, el sargento Carrera sentía la nostalgia de su familia, especialmente de su madre y hermanas que eran su especial preocupación; por suerte todo ello se veía en parte mitigado, ante la posibilidad de poder encontrarse con algunos de sus amigos, que le habían precedido en la partida.
123 Antonio Urquieta. Recuerdos de la vida de campaña en la Guerra del Pacífico, Tomo I, Santiago, Imprenta Litografía y Encuadernación “La Ilustración”, 1909, p. 230. 124 Alberto del Solar, op.cit., pp. 38-39. 125 Emilio Rodríguez Mendoza. Reminiscencias militares, Santiago, Imprenta del Centro, Editorial La Prensa, San Diego Nº 335, 1902, p. 51.

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Llegar al puerto de Antofagasta desde el mar tenía un especial atractivo, al poder observar las pintorescas habitaciones que se alineaban en la angosta planicie que terminaba en un telón montañoso que ascendía hasta el cielo; todo ello en medio de un aire primaveral, que movía las notas de las bandas de guerra que saludaban a los recién llegados. Su estadía en la nortina ciudad fue breve, dirigiéndose seguidamente al sector del salar del Carmen en pleno desierto, para completar, en ese lugar tan diferente al campo del Aconcagua de donde venía, su instrucción militar; el verde de los sembradíos fue sustituido por el amarillo de los arenales. Bajo la atenta vigilancia de su coronel, Ignacio recibió las instrucciones y practicó los ejercicios necesarios, que le dieran la competencia suficiente para transformarse en un digno conductor de tropas, ya que sus obligaciones eran múltiples y muy variadas: debía saber de memoria las leyes penales para enseñarlas y hacerlas cumplir, filiar un recluta, mantener listas de su compañía por antigüedad, por estatura y prendas de vestuario y armamento, visitar a los enfermos y, pasar revistas de armamento, municiones y vestuario a los soldados, para evitar el uso de prendas no autorizadas; todo ello guardando siempre un trato sostenido y decente, evitando la familiaridad y haciéndose obedecer y respetar, observando siempre la más exacta disciplina y castigando severamente a los culpables. Debía, además, rezar el rosario con la tropa después de retreta con devoción y respeto. Estas fueron algunas de las tareas que debió cumplir.126 Durante muchas horas a lo largo del mes de octubre, en medio del frío intenso de la noche y el insoportable calor del día, en la soledad más absoluta, privados de todas las comodidades propias de la vida cotidiana, el sargento Carrera practicó con sus soldados los ejercicios de la guerrilla que entonces se usaba para combatir en la modalidad del orden disperso.127

126 Ordenanza General del Ejército de Chile. Tomo II, Título XI, Obligaciones del sargento, Santiago, Imprenta Gutemberg, 1882, pp. 45-53. 127 La táctica del orden disperso, en la cual los soldados en lugar de presentar el ataque como un bloque, se separan, comenzó a ser utilizada en Europa a partir de 1870. Su adopción se debió en alguna medida a la aparición del fusil de retrocarga que permitía realizar una mayor cantidad de tiros y por lo mismo, los soldados formados en orden cerrado, presentaban un blanco más fácil.

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Su rutina diaria se iniciaba a las 5 A.M. cuando se tocaba diana128 y media hora después debía pasar revista a su tropa. Posteriormente a las 6, se servía el desayuno que normalmente consistía en un pan y una taza de café; a las 6.30 se iniciaba la instrucción de la compañía, actividad que se extendía por espacio de cinco horas, cuando se pasaba a rancho; a continuación se llamaba a clases, para la instrucción de guías y luego de un breve receso, a las 2 de la tarde debía participar en los ejercicios por batallón que duraban hasta las 6, hora en que se pasaba nuevamente a rancho. A las 9 se tocaba formación militar, retreta, luego de la cual la tropa durante media hora efectuaba estudio de la ordenanza actividad en la que el sargento Carrera jugaba un rol fundamental, pues debía enseñar a sus soldados los rudimentos de dicha legislación. Finalmente, luego de 16 horas de duro aprendizaje los soldados se retiraban a descansar, mientras su instructor asistía como alumno a una hora de academia con el objeto de aprender las bases de su profesión, teoría de los reglamentos y el mando en los cuerpos de tropas. En esta forma, Amengual pudo modelar un cuerpo digno de figurar entre los primeros del Ejército. No cabe la menor duda que este período de instrucción en Antofagasta fue vital para el curso posterior de la guerra, Del Solar, subteniente del Esmeralda escribe: “El servicio de guardias nos fue de mucha utilidad para acostumbrarnos a los rigores de aquel clima y a las fatigas del ejercicio por batallones y compañías en la pampa arenosa del desierto”.129 El mando militar, minucioso y detallista dispuso que las unidades efectuaran: “Frecuentes marchas de guerra en el desierto para deducir la cantidad de agua que consumirían las tropas en semejantes operaciones, llegándose a calcular como mínimo 3 litros por hombre y 24 por animal, en 24 horas”.130
128 La diana consiste en un toque militar reglamentario que se ejecuta al amanecer, en cuarteles, fuertes, campamentos, etc. 129 Alberto del Solar, op.cit., p. 141. 130 Comandantes en Jefe y Jefes de Estado Mayor del Ejército durante la Guerra del Pacífico. Memorial del Ejército de Chile, Biblioteca del Oficial. Volumen LXI, 1979, p. 67.

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PRIMERA LISTA DE REVISTA DE COMISARIO DEL SUBTENIENTE IGNACIO CARRERA PINTO. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

En medio de tanta actividad transcurren raudas las semanas en Carmen Alto para nuestro futuro héroe, y como aún no existe respuesta para su ascenso a subteniente, el capitán Patricio Larraín Alcalde, insiste con el Sr. Inspector General de la Guardia Nacional enviándole un nuevo documento en el que le señalaba: “Hallándose vacante una subtenencia de mi compañía…, y conviniendo proveerla en persona de valor, conducta y aplicación, propongo a V.E. usando la facultad que como capitán me corresponde. En primer y único lugar a don Ignacio Carrera Pinto, sargento

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primero de la 1ra. compañía del II Btn… y a quien se recomienda por su talento y prendas militares”.131 Tales conceptos fueron también ratificados por el coronel Amengual. Por fin el 3 de noviembre de 1879, el sargento 1ro. Carrera Pinto fue ascendido a subteniente132 siendo encuadrado en la 2da. Compañía del 1er. Batallón, bajo las órdenes del capitán Patricio Larraín y el teniente Arístides Pinto Concha; su nuevo grado militar, no solo significó para Carrera un gran honor, –merecido por lo demás conforme a las consideraciones de sus jefes– sino también la oportunidad de desarrollar sus condiciones de liderazgo, asumiendo sus nuevas obligaciones con responsabilidad y entusiasmo, ya que, como lo indicaba la ordenanza: “La reputación de su espíritu y honor, la opinión de su conducta y el concepto de su buena educación han de ser los objetos a que debe mirar siempre”.133 En tanto la guerra seguía también su curso en el mar, y el 8 de octubre, cuando recién los esmeraldinos llevaban poco más de una semana de esforzados ejercicios en el salar del Carmen, una noticia conmovió los cuarteles de la guarnición de Antofagasta; el acorazado peruano “Huáscar” había sido capturado por la escuadra chilena frente a Punta Angamos. Cuatro días después del combate, el buque cautivo hizo su entrada al puerto de Antofagasta, donde la población frenética se agolpaba en los muelles, para recibir a los triunfadores. Fue espléndido el recibimiento del comandante Juan José Latorre en Antofagasta afirma Pascual Ahumada en su relación sobre el acontecimiento: “El pueblo, en número crecidísimo, llenaba por completo la calle hasta estrecharse en ambas aceras y extendiéndose en una proporción de más de dos cuadras… durante el trayecto, el bravo Latorre fue vitoreado sin cesar;

131 Libro de correspondencia del Regimiento Movilizado Esmeralda, 1879. Vol. C. 184. s/f. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 132 La Lista de Revista de Comisario del Regimiento Movilizado Esmeralda, de fecha Antofagasta 11 de noviembre de 1879, indica lo siguiente: “Subteniente Ignacio Carrera Pinto, 2da. Compañía, 1er. Batallón: lo es por nombramiento del 4 del presente y cúmplase del 5”. 133 Ordenanza General del Ejército, Tomo II, Título XVI, Obligaciones del Subteniente, op. cit., pp. 61-67.

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y aquellas espontáneas ovaciones le hicieron quitarse su gorra por dos o tres veces, saludando y demostrando así su sincera gratitud por este pueblo compuesto en su mayor parte de militares y que le colmaba de aplausos”.134 Con la captura del blindado peruano Chile logró el dominio del mar, lo que le dio libertad para escoger el lugar donde desembarcar sus fuerzas y emprender la primera campaña terrestre contra los aliados. Dominando sin contrapeso en el Pacífico sur, el 2 de noviembre de 1879 se dio inicio a la Campaña de Tarapacá con el desembarco de las fuerzas nacionales en Pisagua. El historiador Vicuña Mackenna que siguió muy atento al desarrollo de las acciones, manifestando en varias oportunidades su desacuerdo sobre la conducción de la guerra, expresó sobre dicha ocupación militar lo siguiente: “Los resultados estratégicos de la ocupación de Pisagua fueron incalculables y a la verdad ellos habrían valido el doble y el triple de nuestro sacrificio si éstos hubieran sido necesarios. La puerta del Perú había sido sacada de sus goznes y arrojada a las arenas. La línea enemiga fue cortada en su centro. Aislado el campo de Arica y el de Iquique, uno y otro quedaron a nuestro alcance y el último irremisiblemente perdido”.135 En estas acciones preliminares no estuvo presente el subteniente Carrera, ya que su regimiento permaneció de guarnición en el puerto de Antofagasta, mientras el resto del Ejército se apoderaba de Pisagua. Días más tarde, el 13 de noviembre la unidad fue embarcada en el “Blanco Encalada”, para trasladarse a Pisagua y ser instalada en Alto Hospicio, localidad cercana al enemigo, lo que daba esperanzas de poder al fin cumplir el juramento que se hizo al adoptar el nombre de Esmeralda: “dar un sentido a su participación en la lucha recordando con ella a los caídos el 21 de mayo de 1879”.136

134 Pascual Ahumada Moreno. Guerra del Pacífico. Documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referentes a la guerra, que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, Tomo I, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982, pp. 518-519. 135 En Gonzalo Bulnes. Guerra del Pacífico,Vol. I, Santiago, Editorial del Pacífico, 1974, p. 562. 136 José Ramón Carmona Estivill. “Itinerario de un soldado” memoria sin editar, escrita en San Felipe. Apuntes entregados por Edmundo Villarroel Carmona, en entrevista efectuada por el autor en junio de 2009.

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La posibilidad de entrar en combate se presentó el día 18, cuando el general Erasmo Escala Arriagada137 Comandante en Jefe del Ejército en Campaña, que se encontraba en la localidad de Jazpampa, esperando la llegada de las tropas bolivianas encabezadas por el general Hilarión Daza, solicitó al ministro Rafael Sotomayor el envío urgente del Regimiento Esmeralda acampado en Hospicio, requerimiento que no fue acogido por este, produciéndose una confusa situación que fue narrada en sus Impresiones y Recuerdos por Clemente Larraín, en los siguientes términos: “El ministro se hizo el sordo al pedido del general y no quiso enviar el regimiento, según se dijo entonces, por estar en sus filas un hijo del Presidente de la República… y esperó casi 24 horas la llegada del Regimiento Santiago, que venía de Antofagasta, y mandó a este cuerpo a satisfacer el reclamo que le habían hecho del interior”.138 Esta ofensa que recibió el regimiento, dio ocasión a la renuncia del mando del Esmeralda que hizo el coronel Amengual, yéndose inmediatamente a bordo de uno de los buques de guerra y a que presentara también su renuncia el capitán José María Pinto, pues él no había ido sino a combatir y para estar en los puestos de peligro.
137 El general de división Erasmo Escala Arriagada, nació en Valparaíso el 2 de junio de 1826. Aún no cumplía 11 años de vida el joven Erasmo, cuando ingresó a la Academia Militar. Con el grado de alférez de artillería participó en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. Finalizado el conflicto y siendo teniente fue destinado a Magallanes, donde permaneció hasta 1848, año en que fue ascendido a capitán. Durante las revoluciones de 1851 y 1859 le correspondió actuar en defensa del gobierno, siendo herido gravemente en la Batalla de Loncomilla (8 de diciembre de 1851) acción donde perdió un brazo. En 1865-66, cuando Chile estuvo en guerra con España, Erasmo Escala con el grado de coronel, tuvo a su cargo la defensa del puerto de Valparaíso. Fue ascendido a general de brigada el 19 de agosto de 1871 y meses después, nombrado Director de la Escuela Militar. Al estallar la Guerra del Pacífico, en 1879, fue nombrado Comandante General de Infantería del Ejército del Norte, puesto que sirvió hasta fines de julio de ese año cuando recibió la orden de asumir la Comandancia en Jefe del Ejército en Campaña. En este último cargo se mantuvo desde el 18 de julio de 1879 al 28 de marzo de 1880. Durante su mando, Chile efectuó la Campaña de Tarapacá. El 31 de diciembre de 1879 fue ascendido a general de división. Retirado de la institución, vivió sus últimos años en su casa habitación de la calle Dieciocho, en Santiago. Falleció el 3 de marzo de 1884. En Hoja de Servicios del general Erasmo Escala Arriagada. Departamento de Historia Militar del Ejército Archivo Histórico; Estado Mayor General del Ejército. Héroes y soldados ilustres del Ejército de Chile 1810-1891, pp. 237-244. Estado Mayor General del Ejército. Galería de hombres de armas de Chile. Tomo II, pp. 122-124, Javier Urbina Paredes, (Dirección General) op.cit., pp. 89-90. 138 José Clemente Larraín, op.cit., p. 120.

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El impasse fue finalmente solucionado con la promesa del ministro que el Esmeralda, en la primera batalla que se realizara, estaría en los puestos de mayor sacrificio y gloria. No era aún el momento de mostrar su valor para nuestro futuro mártir de La Concepción; su nombre estaba destinado para otros campos de batalla, otras acciones de la guerra conocerían de su heroísmo, pues ese era su destino, alcanzar la gloria muy lejos de su patria bienamada. Afirma del Solar: “¡El momento de combatir no llega aún para nosotros! Nuestro regimiento se halla convertido, sin embargo, por su instrucción, su disciplina y su marcial talante, en un verdadero cuerpo de línea, reputado ya como uno de los mejores del ejército”.139 El 23 de noviembre de 1879 el ministro Sotomayor tomó posesión para Chile, del puerto de Iquique, ciudad que acababa de ser abandonada por las fuerzas peruanas. Dicha acción significó entre otras medidas, la urgente necesidad de mantener el resguardo del orden público, siendo enviado desde Pisagua un batallón del Esmeralda para cumplir dicha misión: “A las 4 p.m., desembarcaba un batallón del Esmeralda, siendo recibida esta fuerza por la población extranjera como una garantía para sus intereses”.140 El viaje hacia Iquique se realizó a bordo del transporte “Itata”, ocupándose el puerto que quedó bajo la autoridad del capitán de navío Patricio Lynch. En esta forma durante los meses de diciembre de 1879 y enero de 1880, Ignacio Carrera Pinto permaneció en Iquique, templando su espíritu y mente a la vista de tanta proeza. Es sorprendente, por decir lo menos, que un batallón bautizado con el nombre del buque que se había hundido gloriosamente en la rada de ese puerto, se constituyera en la primera tropa del Ejército chileno que ocupó dicha plaza, y como punto culminante acercó a dos almas gemelas, máximos exponentes, tanto en mar como en la tierra, del más hermoso ejemplo de coraje que pueda inscribirse en las epopeyas de la historia patria: Prat y Carrera.

139 Alberto Del Solar, op.cit., p. 68. 140 Telegrama enviado por R. Sotomayor al Ministro de guerra. En Pascual Ahumada. op.cit., Tomo II, p. 166.

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Si es verdad, que entre ambos paladines, podemos apreciar algunas diferencias fundamentales, manifestadas especialmente en la capacidad intelectual del líder naval: abogado, profesor, escritor, no es menos cierto, que también podemos advertir en la corta vida de cada uno, ciertos hitos coincidentes. Desde luego, ambos nacieron el año 1848 –en las postrimerías del gobierno del general Manuel Bulnes Prieto– en el seno de familias relacionadas con la actividad del agro, cultas, aristocráticas, pero venidas a menos. Arturo Prat vino al mundo en la hacienda de San Agustín de Puñual en Ninhue, propiedad de su abuela señora Concepción Barros de Chacón; Ignacio Carrera en Santiago. Por las venas de ambos bullía sangre noble, los héroes de la antigüedad la tenían divina. Afirma Bernardo Vicuña, que el comandante de la “Esmeralda” descendía por el lado paterno de una familia titulada de España, según consta en un documento del año 1796, en el cual se hace mención de un prestigioso personaje: “El marqués José de Prat y Campo, de privilegio militar, vecino de la villa de Santa Coloma de Barnes, corregimiento de Jerona”.141 De este marqués es sucesor inmediato don Ignacio Prat, español que se avecindó en Chile en los inicios del siglo XIX, contrajo matrimonio en 1811, siendo el progenitor de don Agustín Prat, el padre de Arturo. La supremacía materna ocupó un lugar preponderante en la educación formativa de ambos jóvenes. En el caso particular de Ignacio, la política y el destierro alejaron a su padre Carrera Fontecilla de sus obligaciones hogareñas, situación ya analizada, mientras don Agustín: “Sufrió reveses económicos y luego una embolia cerebral que lo dejó parcialmente paralizado”.142 El Instituto Nacional fue también uno de sus puntos de encuentro, siendo ambos destacados como exalumnos por el Álbum del Centenario de dicho establecimiento.143 Los archivos del Instituto correspondientes al año 1871,
141 Bernardo Vicuña. Biografía completa de Arturo Prat, Valparaíso, Imprenta de El Mercurio, 1879, pp. 5-6. 142 William Sater, op.cit., p. 5. 143 Álbum del Centenario del Instituto Nacional 1813-1913, Santiago, Imprenta y Litografía Universo, 1916, pp. 141-155.

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indican que Prat rindió sus exámenes finales de humanidades en forma libre, recibiendo el 10 de agosto el título de bachiller.144 Por su parte Ignacio estudió todas sus humanidades en el Nacional. El historiador militar, Molinare, al referirse a la personalidad del capitán Carrera Pinto afirma que una de sus particularidades más notables eran sus ansias de gloria, la búsqueda de la superación, de la victoria a costa incluso de su propia vida: “Morir por Chile, levantar su nombre inmaculado, no rendirse, ese únicamente era su credo”145 y por esas mismas razones aceptó sin vacilar el reto a la muerte. Por su parte los anhelos de gloria, la nostalgia por defender la honra de su país, iluminaron también la existencia del capitán Arturo Prat, estando dispuesto incluso a dejar su institución, cuando observaba como sus camaradas de armas partían en los primeros días de 1879, a ocupar los lugares de combate que la patria les había designado, mientras él, permanecía postergado en trabajos de oficina: “Me he decidido escribía a un amigo en Santiago, a dejar mi uniforme y vestirme de paisano. Me da vergüenza, mientras mis compañeros parten a la guerra, quedarme aquí…”.146 Como se puede apreciar los héroes se asemejan hasta en los detalles más sublimes de la vida; no obstante todo lo que anteriormente hemos bosquejado, no nos deja sin razón para destacar con la mayor energía, el sello personal que nuestro héroe militar, le imprimió a su vida desde el instante mismo que ingresó a las filas del glorioso Ejército de Chile. El compromiso, la alianza asumida por Ignacio Carrera Pinto con la milicia fue total, plena, absoluta, ya que en su alma de chileno y de Carrera no se animaba más pasión ni más amor que el de la patria, esa fortaleza que aseguran viene del cielo.
144 En el Libro de Exámenes del Instituto Nacional, correspondiente a los años 1870-1871, aparece Arturo Prat Chacón rindiendo exámenes en diferentes asignaturas, tales como: historia antigua y griega, p. 1, historia romana, p. 19, filosofía, p. 30, historia sagrada, p. 47, literatura, p. 58, física, p. 158, química, p. 159. Ver Libro de Exámenes Nº15, (1870-1877), Archivo del Instituto Nacional. 145 Nicanor Molinare. “El Combate de La Concepción”, en El Diario Ilustrado, 17 de julio de 1911, p. 5. 146 Bernardo Vicuña, op.cit., p. 26.

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Al incorporarse al movilizado Esmeralda en junio de 1879, tenía 31 años de edad, se encontraba en plena adultez, se podría incluso decir que se estaba poniendo viejo, en una época en que el promedio de vida estaba en torno a los 50. Era un hombre experimentado en los caminos del diario existir: estudiante del Instituto Nacional, agricultor, funcionario público, bombero, hijo y hermano cariñoso, en fin, un hombre normal que disfrutaba intensamente de la vida, con sus debilidades y fortalezas; no tenía esposa, ni novia conocida, tampoco hijos y quizás por lo mismo, se encantó con el servicio militar, transformándose en lo que los franceses llaman: un “enfant de troupe”, un centinela de los campamentos, resolución que aceptó con singular entusiasmo pues el era un Carrera, emparentado con las más altas autoridades del país y por lo mismo capaz de superar cualquier contingencia y no podía permanecer indiferente, mientras su patria era mancillada. Primero en el Esmeralda, con los pijes de Amengual, Hölley y Coke experimentó una verdadera Escuela Militar, conoció de obligaciones y servicios, sufrió privaciones, se enfrentó en batallas, fue herido y subió de grado, pues enamorado de su profesión la sirvió con generosidad, siendo capaz de los mayores sacrificios. Era tan grande el afecto que cultivó por la profesión de las armas que en abril de 1881, cuando quedó en receso el Batallón Cívico Movilizado Chacabuco y la mayoría de los veteranos, esos legionarios, esos restos gloriosos se fueron a sus casas, el teniente de Guardias Nacionales Carrera Pinto, aún no restablecido de su herida en Chorrillos decide permanecer en el Ejército, arrastrando con su decisión a sus mejores amigos Salcedo y Fierro Latorre, clara demostración que el norte de su vida, el signo de su existencia era servir a la patria, en los campos de batalla. En esta forma, el aprendiz de la guerra transformado ahora en veterano de la milicia, se engancha nuevamente como voluntario, esta vez en el Ejército de Línea y parte nuevamente al campo de batalla para demostrar en La Concepción su temple de acero, su alma generosa de soldado, brillando eternamente como la luz de los astros que iluminan el firmamento y que nunca dejan de refulgir pues son eternos.

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Retomando nuevamente nuestro interrumpido relato, regresamos a la ciudad de Iquique que conoció Carrera Pinto en noviembre de 1879, la que estaba muy lejos de dignificar el título de puerto mayor que le fuera otorgado en 1855, cuando se distinguía por ser el centro de una gran actividad comercial que atendía cientos de veleros y vapores. Muy por el contrario: “La urbe enclavada fundamentalmente en el sector llamado el Colorado, presentaba un aspecto de suciedad, sin servicios públicos ni alumbrado, había desorden urbano y descuido general, en tanto que varias pestes amenazaban a la población”.147 La tarea del primer jefe chileno en esa ciudad Patricio Lynch, alcanzó caracteres extraordinarios por la enorme tarea a efectuar. Lynch procedió a dar forma a la primera municipalidad, integrada por los cónsules y entre cuyos miembros se encontraba el ciudadano español Eduardo Llanos, que se había destacado por su noble actitud, en los sucesos relativos a la sepultación de los mártires del Combate Naval de Iquique. Entre guardias e instrucción no se sienten pasar las semanas y llega febrero de 1880, fecha en la cual el subteniente de la segunda compañía del 1º Batallón del Esmeralda regresó junto a su unidad a Pisagua, para reunirse con el resto de su regimiento y vivir en esa localidad uno de los momentos más emotivos y penosos de su carrera militar; en efecto el día 8: “El primer batallón y su banda de música hubo de acompañar, del Hospicio de Pisagua al puerto en que se embarcaron, los restos de Eleuterio Ramírez, José Antonio Garretón y Pedro Urriola”,148 este último era uno de sus grandes amigos y a quien tiempo atrás en Antofagasta, le había señalado: “Hermano, nosotros no podemos, no debemos rendirnos, corre por vuestras venas la sangre hermosa de los padres de la patria y somos chilenos”.149 Ultimado por sus enemigos en Tarapacá, Urriola cumplió con el sagrado compromiso, y no era para menos, ya que en su pecho guardaba tradiciones militares, que en los hombres de armas son estímulos de honor. Sus dos

147 Libro de oro del Centenario, Santiago, Imprenta ABC, 1979, pp. 56, 82, 91, 97. 148 José Clemente Larraín, op.cit., p. 121. 149 Nicanor Molinare. “El combate de La Concepción”, en El Diario Ilustrado, 17 de julio de 1911, p. 5.

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abuelos habían perecido en acciones de armas: el general Juan Bautista Eléspuru en Yungay, el 20 de enero de 1839 y el coronel Pedro Urriola en las calles de Santiago el 20 de abril de 1851, mientras combatía junto a su amigo Carrera Fontecilla. Escribe Vicuña Mackenna ¿cómo no había de salir “bueno”, si en aquel mancebo que había dejado estudios, sueldos amores y una madre de quien era orgullo, el arte de pelear y de morir era una herencia, casi un mandato de familia?150 Su propio padre, Martiniano Urriola, soldado de profesión, estudió en la Escuela Militar, incorporándose al ejército en 1838 durante la Guerra contra la Confederación Perú Boliviana. En este nuevo conflicto al frente del Batallón Navales el coronel Urriola se batió en Tacna, Chorrillos y Miraflores. Embarcados rumbo a la patria con los máximos honores los gloriosos restos de los héroes de Tarapacá, los mandos chilenos centraron su preocupación en acelerar los preparativos para llevar a efecto una segunda expedición, que será conocida como la Campaña de Tacna y Arica. La destrucción del Ejército del sur peruano era ahora el objetivo estratégico perseguido por Chile. El 25 de febrero de 1880, las tres primeras divisiones del Ejército151 embarcadas en 17 naves emprendían rumbo en dirección a la localidad peruana de Ilo. En las posiciones de avanzada se ubicó la Primera División mandada por el coronel Santiago Amengual, y de la cual formaba parte el Regimiento Esmeralda a cuyo frente se encontraba Adolfo Hölley y que esta vez, estaba dispuesto a mostrar su espíritu combativo.152 “¡Soldados! Vamos a emprender la segunda jornada de la campaña en que nos hemos empeñado para mantener ileso el decoro de nuestra honra y el respeto de nuestro derecho…” señalaba en sus palabras iniciales la proclama del General en Jefe Erasmo Escala, la que concluiría en los siguientes términos:

150 Benjamín Vicuña Mackenna. El Álbum de la gloria de Chile, Tomo II, op. cit., pp. 462-463. 151 Por decreto firmado en Valparaíso el 20 de enero de 1880, el Ejército de operaciones o Ejército del Norte quedó organizado en cuatro divisiones, integradas por fuerzas de las tres armas. 152 La Primera Brigada del Ejército estaba compuesta por el Regimiento 3ro. de Línea, Batallón Valparaíso, Regimiento Esmeralda, Batallón Navales, Escuadrón del Regimiento Cazadores a Caballo y Batería del Regimiento Nº 2 de Artillería.

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“soldados que habéis venido a ofrecer a vuestra amada patria el sacrificio de vuestro bienestar, de vuestro provenir y de vuestra vida, que todos y cada uno se muestren a la altura de vuestro santo deber que ha contraído y de la importancia de la obra que vamos a realizar, seguros de que al frente de vosotros encontrareis a vuestro General en Jefe”.153 Era un ambiente de entusiasmo, de vivas a Chile, de acordes musicales, el que vivió Pisagua ese 25 de febrero, las que alcanzaron su máxima expresión de júbilo cuando al mediodía levantaba anclas el vapor Loa, llevando en su vientre al Regimiento Esmeralda y en sus filas al subteniente Carrera. El viaje se efectuó sin mayores contratiempos y faltando sólo una hora para el mediodía del 26, las primeras naves tomaban contacto con el puerto de Ilo, iniciándose de inmediato el desembarco de las primeras fuerzas expedicionarias. Será el teniente Martiniano Santa María del Esmeralda y 10 soldados los primeros en dominar las alturas de Pacocha, haciendo flamear en lo alto de ese punto, en la casa de un francés, el pabellón tricolor. La ciudad de Pacocha se encontraba abandonada, y nuestro Ejército la ocupó sin mayores dificultades. Según el periodista Eloi Caviedes: “Se trataba de una alegre y pintoresca, aunque pequeña población, que llamaba la atención por el buen gusto de sus construcciones, elegantes y lujosas”.154 En los inicios de marzo, la totalidad del Ejército chileno se encontraba estacionado en el sector Ilo-Pacocha desarrollando diversas tareas de rutina. El día 12, la 2da. Compañía de Carrera Pinto –al igual que las otras unidades del I Btn.– efectuaba su lista de Revista de Comisario, preparándose para iniciar la travesía, con una novedad, su capitán Patricio Larraín Alcalde fue nombrado por orden del Ministro de Guerra en Campaña –ayudante de campo del jefe de la Primera División–, siendo reemplazado por el capitán Juan Aguirre, a quien le corresponderá –junto al teniente Arístides Pinto Concha y los subtenientes Alberto Retamales, Luis Ureta e Ignacio Carrera Pinto– llevar a efecto con buen éxito la terrible marcha por el desierto en dirección a Tacna.

153 Proclama del General en Jefe Erasmo Escala Arriagada, Pisagua, 25 de febrero de 1880. En Pascual Ahumada Moreno, op.cit., Tomo II, pp. 371-372. 154 Eloi Caviedes, Correspondencia, 2 de marzo de 1880. En Pascual Ahumada. op.cit., p. 376.

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Para llegar sin embargo al campo de batalla señalado, fue necesario que ocurrieran hechos de gran relevancia, entre otros: la victoria obtenida por las fuerzas nacionales en el combate de Los Ángeles el 22 de marzo y el cambio del Comandante en Jefe, asumiendo el mando el general Manuel Baquedano González en reemplazo del general Erasmo Escala155 y, finalmente, llevar a efecto la odisea del desierto, travesía de más de 200 kilómetros en dirección a la ciudad de Tacna, punto de concentración de las fuerzas enemigas. La jornada de la sed, dice Antonio Urquieta del Atacama, se vivió intensamente desde que se abandonó la localidad de Ilo: “Todos los que hicieron esa marcha penosa la recuerdan vivamente, porque fue en realidad cruel y en ella pudieron experimentar intensamente los sufrimientos que ocasionaba siempre el calor sofocante, las fatigas que extenúan y la sed que mata… ¡ah, ahí se vio que es aquello que se llama con verdad morirse de sed y calor!”.156 El itinerario seguido por Carrera Pinto y su regimiento –que fue precedido por el Buin– se inició en Hospicio, localidad situada a 60 kilómetros al este de Ilo el día 12 de abril, marchando al sur, por un camino de quebradas y aridez completa –donde reinaba el desamparo y la soledad más absoluta– el que los condujo al oasis de Locumba, pueblito sucio y miserable en opinión de Clemente Larraín, pero que les permitió descansar y proveerse de agua, elemento vital en la lucha con el desierto. Era un verdadero paraíso en medio de tanta sequedad. Recuerda Urquieta: “En Locumba el ejército lo pasó bien, todas las mañanas y tardes se hacía un higiénico ejercicio de armas y guerrillas,
155 El general Erasmo Escala Arriagada presentó su renuncia al mando del Ejército en Campaña, con fecha: 26 de marzo de 1880 en Pacocha. En parte de dicha nota el general Escala explicó sus motivos señalando: “Los gravísimos y desquiciadores actos del señor Ministro don Rafael Sotomayor, comisionado especialmente por el señor Presidente de la República para representar al supremo gobierno en la campaña en que se encuentra empeñado el ejército que está bajo mi mando, me obligan imperiosamente a presentar mi renuncia de General en Jefe como lo he hecho ya transmitiéndola por telégrafo. El señor ministro no sólo ha invadido mis atribuciones privativas, deliberando con los Jefes del Cuerpo sobre los asuntos peculiares al mecanismo de éstos, sino que ha hecho cuanto puede hacerse para rebajar la disciplina, fomentando descontentos y apoyando resistencia de los subalternos contra el superior”. En Pascual Ahumada, op.cit., Tomo II, pp. 476-477. 156 Antonio Urquieta. op.cit., pp. 257-260.

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el gran llano se prestaba para ello y se trabajaba con tanto gusto, sobre todo sabiendo que estábamos casi oyendo la conversación de los ejércitos aliados y que sólo faltaba un no se qué para ponerse en camino hacia ellos. Aquí todos los domingos oíamos misa y en las mañanas antes del ejercicio se repartía una buena ración de café endulzado con chancaca, galletas de buque en lugar de pan; una buena ración de almuerzo y otra de comida”.157 La estadía en Locumba le permitió además al coronel Amengual reunir su brigada, con el arribo de los batallones Valparaíso y Navales que habían marchado desde Pacocha por un camino diferente. Las casas en que se alojaron los oficiales durante su permanencia en dicha localidad pertenecían al coronel Mariano Pío Cornejo de reconocida fortuna, eran cómodas y tenían diversas bodegas y maquinarias. Durante los breves períodos de descanso, los oficiales se reunían para conversar, hacer recuerdos de sus familias o de una novia o bien narrar anécdotas y cuentos divertidos todo ello en medio de un ambiente de cordialidad y sana camaradería. Es precisamente en esas oportunidades cuando volvieron a relucir las particulares condiciones histriónicas del subteniente Carrera Pinto, heredadas de su abuelo José Miguel. Su espíritu alegre y festivo, innato en su persona, amenizó con sus ocurrencias la vida de cuartel y las pellejerías del campamento. A fines de abril reanudó la marcha la División Amengual en dirección a Las Yaras, por un desierto seco, yermo, inhóspito y de elevados cerros que hacían más dificultoso el movimiento de las fuerzas. Se dice que la buena ventura está a favor de los osados, y en verdad la audacia, la intrepidez demostrada por las huestes chilenas en esta riesgosa empresa, consolidó el triunfo obtenido por el cóndor de los Andes. El campamento de Las Yaras a lo largo de la ribera del Sama: “Sirvió para devolver a la tropa el vigor perdido en las largas marchas y para que se restablecieran los enfermos de terciana y viruela”.158 Se tonificó el ánimo y se retempló el espíritu de lucha, tan necesario para conseguir éxitos en los campos militares ya que, como lo expresa el académico Rodrigo Fuenzalida
157 Ibídem, p. 287. 158 Estado Mayor General del Ejército. Historia del Ejército de Chile, Tomo VI, p. 97.

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Bade: “Para lograr la victoria era preciso ir al sacrificio, buscar la violencia demostrar energía y sobre todo, tener coraje”.159 Sin embargo, aún faltaba asumir una prueba más del destino; a las puertas de Tacna, mientras las tropas se preparaba para celebrar el primer aniversario del Combate Naval de Iquique, gesta heroica que retempló su espíritu combativo, un inesperado suceso vino a enlutar las celebraciones, la muerte el día 20 del ministro de Guerra Rafael Sotomayor Baeza, víctima de un ataque fulminante de apoplejía, cuando se sentaba a la mesa en el campamento de Yaras para iniciar su comida. En forma inmediata, embalsamado su cadáver, fue llevado a la localidad de Ite bajo la custodia del coronel Lagos, para ser embarcado a la patria donde recibiría los máximos honores. El homenaje público fue noble y elocuente. En el mensaje de apertura del congreso el 1º de junio, el Presidente Aníbal Pinto hizo alusión al vacío que dejaba… señalando: “El señor Sotomayor ha desempeñado en el curso de esta guerra comisiones tan importantes como ingratas, molestas y de gravísima responsabilidad. Las desempeñó con la laboriosidad, con la inteligencia, con la elevación de miras que puso siempre en el cumplimiento de sus deberes”.160 La campaña mientras tanto debía continuar, ultimándose los últimos preparativos para llevarla a feliz término. En la madrugada del día 25, refiere el periodista Pedro Sienna en sus recuerdos de El Soldado Desconocido: “En el vasto campamento de Las Yaras lugar en que se hallaba reconcentrado todo el Ejército chileno, se observaba una intensa actividad. Estábamos en vísperas de la Batalla de Tacna. Los regimientos de todas las armas se apercibían para la marcha hacia Quebrada Honda, objetivo estratégico donde debíamos reunirnos ese día, pernoctar ahí y al siguiente tomar posiciones y empeñar la batalla. Ajetreo, movimiento, ir y venir de oficiales y ordenanzas al galope tendido de sus caballos… voces de mando, toques de corneta, tintineo de espuelas, chocar de sables… Toda esta

159 Rodrigo Fuenzalida Bade. “El héroe”, en Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº 88, 1974, p. 203. 160 Gonzalo Bulnes. op.cit., Tomo II, p. 149.

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algarabía, convertía el campamento en una zumbadora colmena militar. A las 7 de la mañana cada cuerpo de ejército se encontraba ya listo, en espera de las últimas disposiciones para emprender la jornada”.161 Por su parte el enemigo esperaba en las cercanías de Tacna, lugar que las fuerzas aliadas habían escogido como última morada del ejército invasor, pero felizmente les faltó fortuna, competencia y sagacidad, y el sepulcro que habían destinado a nuestras tropas, sirvió para sepultar a las de la alianza. El Ejército de Chile bajo el mando de general Manuel Baquedano González, con una fuerza de 14.147 hombres162 estaba organizado de la siguiente forma:

Cuadro Nº 4
TROPAS I División II División III División IV División Reserva Caballería Artillería Ingenieros Pontoneros MANDO Coronel: Santiago Amengual Teniente coronel: Francisco Barceló Coronel: José D. Amunátegui Coronel: Orozimbo Barbosa Coronel: Mauricio Muñoz Coronel: José F. Vergara Teniente coronel: José Manuel Novoa Capitán: David Silva

FUENTE: Estado Mayor General del Ejército. Historia del Ejército de Chile. Tomo VI, p. 86.

Los aliados, ubicados en la cima de una meseta prominente, sumaban más de 12.000. La diferencia numérica de ambos ejércitos, según Bulnes: “No debía ser superior a 1.000 hombres a favor de los chilenos”.163

161 Pedro Sienna. “Recuerdos de El Soldado Desconocido, Episodios de la Guerra del Pacífico que no menciona la historia”, En Revista Literaria, Colección Universo, año I, Nº 14, Santiago, Empresa Zigzag, 1931, pp. 31-32. 162 Estado Mayor General del Ejército. Historia del Ejército de Chile, Tomo VI, p. 86. El historiador Gonzalo Bulnes en su obra Guerra del Pacífico, Tomo II op.cit., p. 159, afirma que el efectivo del Ejército chileno en Tacna fue de 13.500 hombres y el del enemigo más de 12.000. 163 Ibídem.

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Reinaba inquietud en el mando chileno, ya que el general Baquedano advirtió que Tacna era una gran batalla, lo que los especialistas llaman una “Batalla Decisiva”, aquella que puede lograr el quebrantamiento de la voluntad de lucha del adversario; máxime cuando al iniciar su acción ofensiva no contaba con la superioridad ideal de fuerzas que según la teoría de la táctica militar indica, que para atacar se debe idealmente, ser superior en una proporción de tres es a uno. Las preocupaciones también afectaban al experimentado coronel Santiago Amengual, ya que por fin, su antiguo regimiento de soldados capitalinos iba a entrar en acción; ¿habrían asimilado los pijes la dura instrucción impartida primero en San Felipe y luego en el salar del Carmen? ¿Serían dignos del glorioso nombre de “Esmeralda”? Era el momento de demostrarlo; allí en el desierto peruano, de frente al enemigo, la segunda compañía del I Btn., la del capitán Juan Aguirre y del subteniente Ignacio Carrera Pinto estaba dispuesta, al igual que sus similares a emprender el camino de la victoria, a pesar de la dificultad de contar solo con 100 tiros por soldado para sus fusiles Gras.164 Disipada la densa niebla que cubría el campo de batalla de Tacna, que llegaría a ser famoso en la historia de América, al amanecer del día 26, la suerte de tres naciones estaba pendiente del vigor, destreza y valor de sus ejércitos. “Desde Baquedano, hasta el último tambor del ejército chileno, pudo ver al frente, hacia el sur, dibujadas las imponentes posiciones del Alto de la Alianza; y soberbias flameando en sus reductos formidables, los pendones aliados, los colores del Perú y Bolivia”.165 Los relojes marcaban las 10 de la mañana de ese memorable 26 de mayo, cuando los bravos del Esmeralda dirigidos por su comandante el teniente coronel Hölley inscribirán sus nombres en los anales épicos de la historia patria. Impertérritos, con sus fusiles fuertemente agarrados, avanzaron de

164 El Regimiento Esmeralda estaba armado con fusiles Gras, mientras el resto del Ejército contaba con fusiles Comblain, de ahí la falta de munición. 165 Nicanor Molinare. El combate de La Concepción, op. cit., Tomo I, p. 33.

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CUADRO DE OFICIALES DE LA 2da. COMPAÑÍA DEL PRIMER BATALLÓN DEL REGIMIENTO ESMERALDA. Fotografía en Clemente Larraín, Impresiones y Recuerdos sobre la Campaña al Perú y Bolivia, p. 182

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frente sobre las posiciones enemigas, atacando –junto a los otros regimientos de la I División Amengual– el ala izquierda de la posición adversaria, defendida tenazmente por las tropas del coronel boliviano Eleodoro Camacho: “Siguiendo la línea y nuestra juramentación –escribe el subteniente José Carmona Estivil– hemos solicitado a la jefatura tener el honor como unidad de ser los que iniciemos el combate”166. La bendición del capellán Ruperto Marchant Pereira se transformó en toda una arenga, sus emocionantes palabras indicando la necesidad de elevar el corazón a Dios antes de morir por la patria, se esparcieron como una onda eléctrica inundando los corazones de los soldados que en medio de vivas atronadores acompañados de compases del himno nacional asaltaron los reductos enemigos. En hora y media de combate la I Div. atacó sostenidamente, hasta que se agotaron las municiones y la situación se tornó insostenible, viéndose en la obligación la línea chilena de tener que retroceder. Son estos instantes supremos, aquellos críticos momentos, cuando todo está en suspenso, y las palmas de la victoria pueden favorecer a unos o a otros, los que permiten mostrar las condiciones de líderes, de esos seres superiores a los que damos categoría de héroes. El subteniente Carrera Pinto demostró en esta ocasión que era un caudillo innato, consumado: “Mantuvo la fe en sus hombres en el triunfo final y, no obstante haber sido herido por un proyectil enemigo, acompañó a sus soldados en el asalto postrero que los condujo hasta la misma ciudad de Tacna”.167 Emocionado su amigo Alberto del Solar, recordando su homérica actuación estampa en su Diario de Campaña, para conocimiento de las futuras generaciones estos halagadores conceptos: “Recibiendo Carrera Pinto grandes elogios por su resolución y sangre fría”;168 “se batió como un león en Tacna” agrega Molinare.169
166 José R. Carmona Estivill. “Itinerario de un soldado”, op.cit., p. 1. 167 Estado Mayor General del Ejército. Héroes y soldados ilustres del Ejército de Chile, p. 228. 168 Alberto Del Solar. op.cit., p. 154. 169 Nicanor Molinare. “El combate de La Concepción”, en El Diario Ilustrado, 17 de julio de 1911, p. 5

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CUADRO DE OFICIALES DEL REGIMIENTO ESMERALDA. Fila superior, quinto de izquierda a derecha, el subteniente Ignacio Carrera Pinto. Museo Escuela Militar.

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La información oficial la entrega el comandante Hölley: “Nuestros soldados del I Btn. se avalanzaron sin titubear y antes de cinco minutos la primera trinchera era tomada… la segunda y tercera pusieron una resistencia más tenaz… En aquellos momentos supremos, los soldados pedían a gritos municiones… La carga del Regimiento Granaderos a caballo fue tan oportuna que tras ella nos rehicimos y vueltos nuevamente al fuego, su presencia y la de la artillería de marina… hicieron declararse al enemigo en completa derrota”.170 A la hora suprema de pasar la lista, de las 13 bajas que presentaba el Regimiento Esmeralda: 2 muertos, 8 heridos y 3 contusos, dos de los heridos correspondían a la 2da. Compañía: el teniente Arístides Pinto Concha y el subteniente Luis Ureta. En la nómina oficial de bajas no aparece mencionado el subteniente Carrera Pinto, aunque si lo indica el historiador Benjamín Vicuña Mackenna que señala: “Combatiendo en lo alto de la alianza a la vista de Tacna, una bala le había advertido temprano de su luctuosa empresa”.171 ¿Por qué esa omisión?; la respuesta –en parte– la entrega el subteniente Carmona al indicar en su Itinerario de un Soldado: “El coraje de los esmeraldinos llena nuestras páginas del libro de la Unidad en que se registra a los caídos. Dos amigos subtenientes muertos, varios heridos, entre los cuales Ignacio Carrera Pinto que se niega a que su nombre quede registrado entre las bajas ya que desea seguir peleando”.172 Apartándose de la información entregada por Vicuña Mackenna, el joven oficial afirma en su escrito, que Carrera en Tacna: “Recibió un bayonetazo en el vientre que por fortuna fue entre pellejo y costilla”.173 Sobre lo mismo el estudioso del tema, teniente coronel Sergio Rosales, escribe: “La posibilidad de ser evacuado y devuelto a Chile lo mueve a procurarse un vendaje y ocultar su herida a los superiores”.174 Dicho apósito, según Edmundo Villarroel
170 Parte del Comandante del Regimiento Movilizado Esmeralda Adolfo Hölley, dirigido al Coronel Jefe de la División Santiago Amengual, Tacna, 29 de mayo de 1880. En Pascual Ahumada, op.cit., Tomo II, pp. 563-564. 171 Benjamín Vicuña Mackenna. Álbum de la Gloria de Chile, op.cit., pp. 366-367. 172 José Carmona Estivill. “Itinerario de un Soldado”, op. cit., p. 1. 173 Ibídem, p. 2. 174 Sergio A. Rosales. Tarda en caer el invierno, Santiago, s/e, 2007, p. 52.

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SUBTENIENTE DEL REGIMIENTO ESMERALDA IGNACIO CARRERA PINTO EN TACNA 1880. El sable de Carrera Pinto que se observa en la foto, es similar al que usaba el héroe del 21 de mayo capitán Arturo Prat Chacón. La única diferencia se encuentra en la cazoleta, en vez del ancla del oficial naval, tenía el escudo de Chile. Aporte Pedro Hormazábal Espinosa. Reproducción gentileza Edmundo Villarroel Carmona.

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Carmona, integrante del Círculo Ignacio Carrera Pinto y autor de diferentes trabajos sobre la materia, explica que es posible advertirlo en la foto tomada al héroe en la ciudad de Tacna, en la cual aparece con parte de su chaquetilla abierta, y una posible faja que cubre la zona herida.175 ¿Era tanta su abnegación, tan fuerte su espíritu de sacrificio, tan sublime el amor por su patria, como para ocultar sus heridas? Es difícil de entender porqué el sacrificio personal debe ser prerrequisito para llegar a ser un héroe; el historiador norteamericano William Sater señala que: “Posiblemente, puede ser el resultado de las enseñanzas de la iglesia, para la cual un soldado… no depone sus armas sino con el último suspiro”.176 “De aquí señores, dice el presbítero Esteban Muñoz Donoso, el heroísmo de que tratamos es también entre los dones naturales de Dios, como un celestial rocío que cae sobre el nombre de los valientes y los reviste de luz inmortal”.177 Tacna, fue solo una advertencia, un hito en la senda gloriosa, un breve descanso hacia la inmortalidad. El miércoles 26 de mayo día de la batalla, el Regimiento Esmeralda pernoctó sobre el mismo campo donde horas antes había combatido, mientras la ciudad de Tacna permanecía con sus calles vacías y sus tiendas cerradas. Pronto, sin embargo, gracias a las medidas tomadas por el coronel Samuel Valdivieso, nombrado comandante general de armas de la ciudad, esta recuperó su normalidad, pudiendo la oficialidad chilena compartir los salones con la sociedad tacneña. Por esos mismos días, el teniente coronel Adolfo Hölley recibió un valioso obsequio de parte de sus subordinados; se trataba de una espada –cuya guarnición estaba enchapada en oro– capturada a un oficial peruano en el campo de batalla. El 4 de junio de 1880 se la remitían con la siguiente misiva: “… Nosotros señor comandante, que hemos sido testigos de la bizarría de

175 Entrevista a Edmundo Villarroel Carmona, efectuada por el autor en junio del 2009. Nota: Es conveniente señalar que la interpretación del señor Edmundo Villarroel C., no es compartida por todos los especialistas en la materia. 176 William Sater. op.cit., p. 64. 177 Esteban Muñoz Donoso. “Oración fúnebre en honor de los chilenos muertos en la jornada naval de Iquique”, en El Ferrocarril, Santiago, miércoles 11 de junio de 1879, p. 2.

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su conducta en esta memorable jornada, que ha dado un lauro más a las armas de nuestra patria, y que por consiguiente la podemos apreciar en su justo valor, dedicamos a usted este recuerdo, el cual se dignará aceptar de sus atentos y seguros servidores. Federico Maturana. Elías Naranjo. S. Retamales. Elías Casas Cordero. E.F. Sanfuentes. Juan Aguirre. Juan Rafael Ovalle. Joaquín Pinto. E. Tulio Padilla. Alberto del Solar. Florencio Baeza. Juan D. Santiagos. M. Bravo. Ignacio Carrera Pinto”.178 Se trataba de un hermoso gesto de reconocimiento de sus oficiales, hacia quien los había conducido a la victoria en el campo de batalla. Todos ellos orgullosos oficiales de la Guardia Nacional habían abandonado sus labores en la oficina, industria o el campo, para acudir a integrar los cuadros de la movilizada unidad y por lo mismo apreciaban mejor que nadie los actos de valor. Pero la vida y en este caso la guerra debía continuar, y cuando aún estaban en la retina las imágenes sangrientas de la Alianza, y aún no habían terminado los ecos de la Batalla de Tacna, las bandas de músicos llenaban los campamentos con los acordes de la canción nacional, anunciando el triunfo obtenido en Arica por el coronel Pedro Lagos. En esta cita con la patria y sus más caras virtudes, no estuvo presente Carrera Pinto. El Regimiento Esmeralda permaneció en Tacna durante el mes de junio, trasladándose posteriormente a la localidad de Pocollay, sector donde acampó durante algunos meses. La rutina de campamento fue nuevamente retomada, pues era conveniente tener a las unidades en continuo ejercicio. Desde el amanecer, bajo el inclemente sol del desierto nortino, las tropas del Esmeralda efectuaban simulacros de combate con la finalidad de mantener el entrenamiento ya que se preveía la posibilidad de nuevas campañas, ante el fracaso de las gestiones de paz. El 23 de octubre de 1880, Ignacio Carrera Pinto fue ascendido a teniente, pasando a formar parte del Regimiento Chacabuco, donde prestaba servicios su pariente y amigo el capitán Marcial Pinto Agüero. El decreto respectivo firmado por el Presidente de la República indicaba:

178 Manuel Reyno Gutiérrez. op.cit., pp. 23-24.

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“Por cuanto hallándose vacante el empleo de teniente de la 4ta. Compañía del 1er. Batallón del Regimiento Cívico Movilizado Chacabuco, por ser de nueva organización, he venido en conferirlo al subteniente del Regimiento Esmeralda don Ignacio Carrera Pinto. Concediéndole las gracias, exenciones y prerrogativas que por este título le corresponden”.179 Dos meses antes, el 2 de agosto de 1880, el Chacabuco fue elevado a Regimiento Cívico Movilizado, quedando conformado por dos batallones de 4 compañías, y: “Como el Ejército expedicionario chileno necesitaba una nueva organización para enfrentar este nuevo desafío: a fines de septiembre se reorganizan sus cuadros, pasando el “Chacabuco” a formar parte de la 2da. Brigada Amunátegui de la I División Villagrán”.180 Integraban la Plana Mayor del Chacabuco como 1er. jefe el coronel Domingo Toro Herrera, el teniente coronel Belisario Zañartu como segundo jefe y el sargento mayor Pedro Julio Quintavalla en tercera sucesión; en tanto que la 4ta. Compañía del I Btn. con una fuerza de 111 soldados (incluyendo la oficialidad) era mandada por el capitán Benjamín Silva, secundado por el teniente Ignacio Carrera Pinto y los subtenientes Francisco Herrera y Onofre Montt.181 Luciendo orgullosamente las presillas de teniente, el día 15 de noviembre de 1880, Carrera Pinto, integrando la I División182 a las órdenes del general José Antonio Villagrán, se embarcaba en la rada de Arica rumbo a las costas del sur del Perú, para iniciar la campaña contra Lima, ciudad capital del

179 Diploma de nombramiento en Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 180 Patricio Greve. “Chacabuco: De Recoleta a la Gloria (1879-1884)” en Revista de Historia Militar Nº 4, Santiago, 2005, p. 33. “En la Brigada Amunátegui pasaban revista: la Artillería de Marina, el 4to. de Línea, el Chacabuco y el Coquimbo, cuatro regimientos que acaudillaban otros cuatro bravos, los señores José Ramón Vidaurre, Luis Solo Saldívar, Domingo de Toro Herrera y José María 2º Soto”. En Nicanor Molinare. El Combate de La Concepción, Tomo I, p. 35. 181 Revista de Comisario del Regimiento Chacabuco del 15 de noviembre de 1880. A bordo de la “21 de mayo”. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 182 La I División: “Fuerte de 8.400 hombres, comprendía el 2do. y 4to. regimientos de línea, cinco regimientos y un batallón de guardia nacional movilizada, un regimiento de caballería de 450 jinetes, dos baterías de campaña y dos de montaña”. En Pascual Ahumada. Op.cit., Tomo II, p. 250, Nota: Según Gonzalo Bulnes, op.cit., Tomo II, p. 303, la I División tenía una fuerza de 8.800 hombres.

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DIPLOMA OFICIAL DE NOMBRAMIENTO DEL TENIENTE IGNACIO CARRERA PINTO. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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enemigo, a buscar “la paz”, tal como se lo había manifestado Baquedano al señor Altamirano, cuando conoció el fracaso de las negociaciones. En el libro del Estado Mayor que llevaba el general Marcos 2º Maturana se lee en la fecha del 14 de noviembre: “Hoy se embarcó en Arica toda la I División sin inconveniente alguno. Dirigió y activó el embarque el señor Ministro Vergara exclusivamente”.183 En dos escalones partieron los transportes; en el primero embarcado en el “21 de mayo” se encontraba el Regimiento Chacabuco: tres jefes, veintinueve oficiales y novecientos veintidós soldados dijeron presente a la Revista de Comisario efectuada en alta mar. Tras algunos días de agitada navegación el convoy desembarcaba en el puerto de Paracas –tal como lo había realizado en 1820 el Ejército Libertador, organizado por el Director Supremo Bernardo O’Higgins–,ocupando posteriormente Pisco y luego Ica, conforme a las instrucciones entregadas por el General en Jefe Manuel Baquedano González el día 12, las que además contemplaban: “Fortificar los puntos que ocupara… y desparramar por los valles partidas ligeras con el objeto de apoderase de los recursos que pudieran servir al enemigo”.184 Fue todo un desafío para el teniente Ignacio Carrera Pinto, haber integrado esta primera avanzada de las fuerzas chilenas, que entrarían victoriosas en enero a la ciudad capital de los virreyes, sobre todo, porque tuvo la suerte como extraña coincidencia del destino, de poder efectuar el viaje en el transporte 21 de mayo, fecha que evocaba el combate marítimo de Iquique, como también formar parte de ese cuerpo de futres portaleros, movilizados en la Recoleta al inicio de la guerra, los que en palabras de Nicanor Molinare: “¡Escribieron con su sangre, con sus sables, en el bronce y en la historia, los nombres de Tarapacá y Tacna! y; en las candentes laderas del Morro Solar, y en La Concepción, sublimando el sacrificio, tallaron mil veces el lema bendito de Chile; su patria, en letras de diamante…”.185

183 Gonzalo Bulnes, op.cit., Tomo II, pp. 302-303. 184 Ibídem. 185 Nicanor Molinare. El combate de La Concepción, op.cit., Tomo I, p. 22.

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PRIMERA LISTA DE REVISTA DE COMISARIO DEL TENIENTE IGNACIO CARRERA PINTO EN EL REGIMIENTO CHACABUCO (EN ALTA MAR, A BORDO DE LA 21 DE MAYO). Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. Vol. 314 s/f.

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Como lo expresara el ministro de Guerra de Chile en 1923, Jorge A. Guerra: “El heroísmo, en su esencia no es si no el sacrificio del hombre en defensa de sus semejantes, no es más que el olvido de sí mismo ante el bien de los demás, es la renuncia voluntaria a la vida propia para asegurar el bienestar de la colectividad”.186 En diciembre la 4ta. Compañía del 1er. Batallón estableció su campamento en Alto de Pisco y, posteriormente, marchó a Lurín, punto de concentración de las fuerzas chilenas. El valle de Lurín era una excelente posición militar, tenía agua y pastos en abundancia, y un clima sano, encontrándose además a una distancia prudente de Lima que impidiera un ataque repentino de los peruanos, pero al mismo tiempo acercara al enemigo a no más de una jornada de camino. En esa localidad el día 11 de enero en vísperas de Chorrillos pasó su Revista de Comisario con algunas novedades la unidad del teniente Carrera. Su capitán Benjamín Silva obtuvo el 4 de enero nombramiento provisorio para ayudante mayor del señor General en Jefe, siendo reemplazado en el cargo por el capitán Otto Von Moltke; cuatro oficiales, seis sargentos, diez cabos y 95 soldados, estuvieron presentes en dicha ocasión y con esta fuerza combatió la compañía en Chorrillos, dos días más tarde. En el intertanto se produjo un nuevo cambio en el Ejército chileno; cuando la I División marchaba en dirección a Lurín, su comandante general de División José Antonio Villagrán C. fue separado de su cargo, siendo relevado en el mando por el capitán de navío Patricio Lynch Solo de Zaldívar. Desde el 25 de diciembre de 1880 al 12 de enero de 1881 el Chacabuco permaneció en el valle, preparándose junto al resto del Ejército chileno, en total 23.700 hombres para acometer sobre Lima. Por su parte en el bando enemigo, el dictador Nicolás Piérola, convertido en General en Jefe del Ejército peruano, ultimaba los preparativos para la defensa de su capital.

186 Discurso pronunciado por el Ministro Jorge A. Guerra con motivo de la inauguración del monumento a la Memoria de los Héroes de La Concepción. Santiago, 18 de marzo de 1923. Documento facilitado por el general Claudio López Silva de su archivo personal.

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LISTA DE REVISTA DE COMISARIO DEL REGIMIENTO CHACABUCO, ENERO 1881. Lista de Revista de Comisario de la 4ta. Compañía del I Btn. del Regimiento Chacabuco, pasada el 9 de enero de 1881, dos días antes de la Batalla de Chorrillos. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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“Piérola ordenó trazar una doble línea defensiva al sur de Lima, dejando una distancia de diez kilómetros entre ambas. La construcción de plazoletas, guarnecidas por artillería y unidas por trincheras y parapetos, permitía cruzar los fuegos… ¡no hay Ejército que pueda tomarse esto! señaló”.187 Para la defensa de su capital, afirma el historiador Gonzalo Bulnes: “El ejército peruano disponía de 30.000 a 32.000 hombres más o menos”,188 cifra que es disminuida a 25.000 por Pascual Ahumada: “Pero sin gran instrucción militar”.189 El plan adoptado por el general Baquedano consistía en marchar sobre las defensas de Villa y San Juan, atacándolas de frente, sorpresivamente y coincidiendo con las primeras luces del amanecer. Efectivamente, cuando los primeros destellos del alba anunciaban la gloriosa mañana del 13 de enero de 1881, las tropas del Chacabuco, junto al 4to. de Línea, se lanzan al asalto. La I División ataca el ala derecha del enemigo, la II el centro por San Juan y la III la izquierda. Al frente de su regimiento desplegado en guerrillas marcha el comandante Domingo Toro Herrera, acompañado de sus ayudantes los tenientes Ignacio Carrera Pinto y Marcos Serrano y el subteniente Arturo Pérez Canto. El teniente coronel Belisario Zañartu manda el I Btn., mientras el 2do. es dirigido por el mayor Pedro Julio Quintavalla. “Tocó al Chacabuco rivalizar ese día –señala Vicuña Mackenna– en el empuje del asalto y en la carnicera brega por la subida a las cimas, a la par con tres de los más afamados regimientos del Ejército de Chile: el 4to. de Línea, el Atacama y el Talca”.190 Relata la historia que, cuando se encontraban a no más de quinientos pasos del primer reducto enemigo, el comandante Toro Herrera grita ¡fuego! y una descarga cerrada atruena el espacio, anunciando que el Chacabuco ha

187 Estado Mayor General del Ejército. Historia del Ejército de Chile, Tomo VI, op. cit., pp. 182-183. 188 Gonzalo Bulnes. op.cit., Tomo II, p. 331. 189 Pascual Ahumada. op.cit., Tomo II, p. 252. 190 Benjamín Vicuña Mackenna. Álbum de la Gloria de Chile, op. cit., p. 367.

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entrado en la lucha; luego se arma bayoneta y al ataque repiten las cornetas, mientras marchan sobre la primera defensa enemiga; es el momento de poner en ejecución las largas prácticas de esgrima efectuadas en los ejercicios previos. Son tomados en esta forma los dos primeros morros, el tercero el más alto resiste por más de dos horas. Son minutos de angustia, los que viven los chacabucanos debido a que las municiones –al igual que en Tacna– se han agotado y las primeras líneas detienen su avance. Con la mayor prontitud y energía, procurando el abastecimiento del parque de municiones, el teniente Carrera Pinto demuestra una vez más su sangre fría, su valor a toda prueba, llevando a sus hombres los proyectiles necesarios, que les permitieran mantener sus posiciones, mientras el avance de las otras divisiones aliviaban la presión del enemigo. La bruma, la tupida neblina limeña había huido y solo el humo del combate se mantenía en todo su apogeo, permitiendo observar a Toro Herrera como sus batallones continuaban irresistibles el asalto, cuando una bala lo alcanzó y otra mató al caballo que montaba; vendado con rapidez el jefe del Chacabuco montó otra cabalgadura para continuar al frente de su regimiento, pero otro proyectil dio por tierra con el animal, forzando a Toro Herrera que está herido y no puede avanzar a pie a ceder el mando al comandante Belisario Zañartu que, minutos más tarde, cuando lanzaba sus huestes sobre las areniscas alturas, es alcanzado por una bala traidora, que termina con la vida de aquel aguerrido soldado. Por sucesión de mando toma su puesto el mayor Quintavalla. Sometido a horroroso fuego de flanco, el Chacabuco continúa su avance, y en la tarde de ese día 13 de enero de 1881 luego de cerca de nueve horas de ininterrumpido combate, acompañado siempre del 4to. de Línea y, finalmente por tropas de toda la I Div., logra apoderarse del último reducto enemigo. Se ha vencido en toda la línea, el triunfo ha sido espléndido, las tropas se encuentran a las puertas de Lima, pero se ha pagado un alto precio por la victoria. Los uniformes del Chacabuco, empapados en la sangre de sus soldados, se esparcen por fosos, trincheras y parapetos peruanos.

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Entre los muertos se encuentran el comandante Belisario Zañartu y los capitanes Ramón Sotta Dávila, Otto Von Moltke y Benjamín Silva; entre los heridos además del comandante Domingo Toro Herrera, se registra al teniente Ignacio Carrera Pinto191 y al capitán Arturo Salcedo, a quien, un balazo en pleno pecho lo tiende en tierra y solo su juventud lo aleja de la muerte. Advierte el historiador Molinare: “El futuro y heroico comandante de los Chacabucanos de La Concepción preparaba ya, en la gran jornada de Chorrillos, los cimientos de su futura grandeza, echaba las bases de su estatua, laminaba, fundía el bronce del monumento que perpetuaría su nombre y su fama”.192 A las 5 de la mañana, el Chacabuco formaba filas con 914 hombres, en la lista de la tarde, la de la victoria, pero también de la muerte, contestaban presente solo 577 valientes. Una semana más tarde a bordo del transporte “Itata”, el 20 de enero de 1881, el comandante Domingo de Toro Herrera en su parte de batalla hace una referencia excepcional sobre la actuación de sus ayudantes en Chorrillos indicando: “Merecen una mención muy especial mis ayudantes tenientes Marcos Serrano y Carrera y subteniente Pérez Canto, por su valor y actividad, y particularmente el segundo por su serenidad y admirable valor a toda prueba”.193 No podía imaginarse, en ese instante, el señor comandante, que 30 años más tarde en julio de 1911, siendo Presidente de la Liga Patriótica Militar le iba a corresponder una activa participación en la apoteósica manifestación que el pueblo de Santiago, efectuó al héroe Ignacio Carrera Pinto y sus tres compañeros oficiales mártires de La Concepción, con motivo del traslado de los corazones de dichos soldados a la Catedral Metropolitana. En esa
191 Diario Oficial de la República de Chile. Ministerio de Guerra. Relación de Jefes y Oficiales muertos y heridos en la Batalla de Chorrillos, Año V, Nº 1214, Santiago, Imprenta Nacional, 1881, p. 523. NOTA: este dato es muy interesante ya que la mayoría de los autores entre otros el Estado Mayor General del Ejército en Galería de Hombres de Armas de Chile y Manuel Reyno Gutiérrez, op.cit., p. 35, afirman que el teniente Ignacio Carrera Pinto fue herido en Miraflores. Por su parte Benjamín Vicuña Mackenna no hace alusión alguna en relación a la supuesta lesión. 192 Nicanor Molinare. El combate de La Concepción,op. cit., Tomo I, p. 40. 193 Pascual Ahumada, op.cit; Tomo IV, p. 435.

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RELACIÓN DE JEFES Y OFICIALES MUERTOS Y HERIDOS EN LA BATALLA DE CHORRILLOS. Diario Oficial de la República de Chile. Año V, Nº 1214. Santiago, Imprenta Nacional, 20 de abril de 1881, p. 523.En la lista de heridos el teniente Ignacio Carrera Pinto. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

oportunidad al recibir los sagrados restos el coronel Toro Herrera expresó: “Con legítimo orgullo nos agrupamos aquí los viejos tercios de la Campaña del Pacífico… para recibir estos despojos venerados, único recuerdo material que nos legaron los que sacrificaron heroicamente la vida en defensa de la patria”.194
194 Clovis Montero. “Discurso pronunciado con ocasión del traslado de los corazones de los Héroes de La Concepción”, en El Mercurio de Santiago, 11 de julio de 1911.

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Viene luego Miraflores, la segunda batalla por Lima, iniciada en la tarde del día 15; en los momentos en que el general Baquedano y su Estado Mayor observaban el terreno que tenían a su frente, una descarga peruana alteró la situación de tensa calma que se vivía, provocando el inicio de una nueva jornada de duro combate. El Chacabuco al mando del mayor Julio Quintavalla y el capitán ayudante Carlos Campos, reforzó en el ataque al 2do. de Línea y al Atacama que ya se encontraban en batalla. El regimiento dirigido por sus oficiales, cargó a la bayoneta sobre sus adversarios que se defendieron bravamente, y luego de rechazar la ofensiva peruana se lanzó enérgicamente a la lucha, con la convicción de que el ataque enemigo fue una traición que debía ser castigada. Dos días más tarde, el 17 de enero de 1881, las tropas chilenas entraban victoriosas a Lima. De acuerdo con la información oficial, el futuro comandante de los 77 de La Concepción no estuvo presente en la última jornada, se encontraba internado restableciéndose de una herida, que felizmente no era de gravedad. La Revista de Comisario del mes de febrero de 1881, resume en solo cuatro palabras su situación: “Herido en el sur”.195 Su viaje a Chile le permitirá disfrutar por última vez de su madre y familia y recibir especialmente las atenciones de su tía doña Joaquina Pinto, señora que sentía un excepcional cariño por este sobrino, que había sido su regalón cuando niño. Por esos mismos días, acogiendo la sugerencia del ministro en Campaña Francisco Vergara, el Presidente Aníbal Pinto, dispuso el regreso a Chile de gran parte del Ejército con su comandante en Jefe Manuel Baquedano a la cabeza. A principios de marzo de 1881 una parte importante del Ejército vencedor del Perú se embarcó en el Callao. Unos siete mil soldados volvieron triunfantes a su suelo natal. El Chacabuco, el Colchagua, los Navales, el Valparaíso, etc. formaban entre otras unidades esta División. El glorioso Chacabuco con 521
195 Revista de Comisario de la 4ta. Compañía del I Btn. del Chacabuco, Callao 13 de febrero de 1881. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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LISTA DE REVISTA DE COMISARIO DEL REGIMIENTO CHACABUCO FEBRERO 1881. Lista de Revista de Comisario de la 4ta. Compañía del I Btn. del Regimiento Chacabuco, correspondiente al mes de febrero de 1881; en ella aparece el teniente Ignacio Carrera Pinto ausente, por encontrarse herido en el sur. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico Vol. 314 s/f.

hombres, efectuó el viaje en el transporte “Payta”; habían partido casi mil, los faltantes quedaron tendidos en los campos de batalla. Primero en Valparaíso y luego en la capital de Chile, Santiago, engalanada de punta a punta por sus cuatro costados, el país dio la bienvenida a los

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vencedores: “Ochenta mil almas llenaban la Alameda y calles de los costados… a las dos y media de la tarde del día 14 principió a retronar el cañón en el cerro Santa Lucía para anunciar a la capital que principiaba la entrada del general bravo entre los bravos… el general Baquedano montaba arrogantemente un brioso corcel… vestía levita de campaña sin ningún bordado y kepis en vez de sombrero apuntado”.196 Entre todos los homenajes sobresalió la ovación que Santiago brindó a su querido Chacabuco. Los legionarios de la Recoleta fueron estrepitosamente aclamados. El pueblo mapochino se identificó plenamente con sus soldados. Muchas lágrimas recordaron a los caídos, pues no estaban todos los que partieron. Nos imaginamos que en medio de la masiva concurrencia, el teniente Carrera observaba con especial atención, el paso marcial de su regimiento, cuyos soldados aunque raleadas sus filas, volvían pletóricos de entusiasmo, cargando en sus mochilas los recuerdos inolvidables de la campaña, que los había convertido en experimentados combatientes; muchos partieron niños y hoy volvían hombres endurecidos en el fragor del combate. La ceremonia finalizó en la Catedral de Santiago con la bendición de las espadas victoriosas en el altar mayor. Pasan las fiestas y el Chacabuco debe reiniciar momentáneamente su vida de cuartel, en el edificio del claustro de la Recoleta Franciscana, alojamiento provisorio que no reunía las condiciones materiales e higiénicas necesarias, debiendo alojarse la tropa en los corredores, por no existir otra instalación que se pudiera utilizar para este objeto. En la proximidad del invierno, la situación se tornó crítica por el descenso de las temperaturas durante la noche, ya que para dormir, los soldados no tenían más abrigo que el traje que usaban en el día, chaqueta y pantalón de brin. “Por estas consideraciones, señala el comandante provisorio del Chacabuco J. Pérez, espero señor Inspector se servirá recabar la orden

196 M. Herrera Sotomayor. “El lector del soldado chileno”, Santiago, Ejército de Chile, 1890, pp. 139-140 citado en “La llegada de los vencedores” en Revista de Historia Militar Nº 4, Santiago, Departamento de Historia Militar, 2005, p. 41.

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respectiva a fin de que se provea a este cuerpo de seiscientos capotes e igual número de mantas o frazadas”.197 El equipo faltante se quedó en los campos de Chorrillos y Miraflores, siendo imposible recuperarlo y desde esa fecha los chacabucanos carecían de ellos. A solo dos semanas de su paseo triunfal por las calles de Santiago, el día 28 de marzo de 1881, los restos gloriosos de la 4ta. Compañía del Regimiento Chacabuco efectuaron su primera Lista de Revista de Comisario en la que estuvieron presente 80 soldados, entre ellos dos oficiales, el teniente Ignacio Carrera Pinto y el subteniente Waldo Villarroel. Sus dos últimos capitanes don Benjamín Silva y Otto Von Moltke dejaron sus nombres grabados en los Boletines de Chorrillos, al igual que el 2do. Comandante del Regimiento don Belisario Zañartu. El comandante Zañartu era sureño, había nacido en la ciudad de Concepción de la que salió lleno de esperanzas para ingresar al Ejército de su querida patria. Ahora, en los primeros días del mes de abril de 1881, regresaron a su tierra natal sus inmortales despojos para recibir el sentido homenaje de sus amigos, familiares y ciudadanía penquista, que emocionados por el recuerdo, vieron desfilar junto a su féretro a la 4ta. Compañía del Chacabuco integrada por 75 soldados al mando del teniente Ignacio Carrera Pinto, que en fúnebre procesión, acompañaron en su último adiós los restos de su querido y heroico 2do. jefe. Cuarto mes del 81, lleno de emociones, unos desaparecen cubiertos de gloria, otros se reincorporan luego de haber restañado sus heridas, tal es el caso del valiente comandante Domingo de Toro Herrera que, alejado en Chorrillos de su regimiento por una bala enemiga retomaba el mando de su unidad, con fecha 13 de abril. Ascendido a coronel de Guardias Nacionales Movilizadas, se dedicó a actividades administrativas como cerrar los ajustes del personal de su unidad, que regresaban desde el Perú. La mayoría de esos legionarios como ya lo indicáramos, decidieron volver a sus hogares, a sus labores habituales, guardando en sus mentes y corazones los recuerdos memorables de la campaña.
197 Circular Nº 458, Santiago, marzo 26 de 1881. Libro de correspondencia del Chacabuco. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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LISTA DE REVISTA DE COMISARIO DEL REGIMIENTO CHACABUCO, ABRIL 1881. Al mando de la 4ta. Compañía del I Btn. se encuentra el teniente Ignacio Carrera Pinto. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico, Vol. 314. s/f

Fueron varios los cuerpos militares que quedaron en receso, entre ellos el Batallón Cívico Movilizado Chacabuco. El documento oficial firmado por el Presidente Aníbal Pinto y su Ministro José F. Vergara ordenaba:

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“Santiago, abril 22 de 1881 Nº 107. He acordado y decreto: Pónese en receso el Batallón Cívico Movilizado Chacabuco. Los jefes, oficiales y tropa tendrán derecho al abono de la gratificación de tres sueldos, acordada por decreto de 26 de marzo último a los demás cuerpos que han regresado del norte y han sido puestos en receso, con las mismas excepciones, establecidas en el expresado decreto. Organízase en esta capital un batallón de infantería de línea con la misma denominación de Chabuco. Servirán de base para la organización los enganchados del cuerpo en receso y los voluntarios que deseen continuar en el servicio. Nómbrase comandante al teniente coronel de Ejército, don Marcial Pinto Agüero a quien se expedirá el correspondiente título. Tómese razón y comuníquese”.198

198 José Antonio Varas. op.cit., Tomo VI, p. 329. NOTA: Los enganchados que tenía ese cuerpo ascendían a trece hombres, conforme a documento de Pinto Agüero. El general de división Marcial Pinto Agüero nació en Valparaíso en 1851, ingresando a la Escuela Militar el 15 de enero de 1866, de la que egresó como alférez de caballería en los primeros días de 1871, siendo su primera destinación el regimiento Granaderos que en ese entonces hacia guarnición en la frontera. Le correspondió batirse con los mapuches en numerosas acciones, recibiendo un duro y efectivo entrenamiento militar. Declarada la guerra de 1879 y ascendido a capitán integra el Ejército Movilizado como comandante de la 4ta. Compañía del Regimiento 3ro. de Línea, participando en la toma de Antofagasta y ocupación de Calama. En la campaña de Tarapacá participa en el desembarco y ocupación de Pisagua el 2 de noviembre de 1879, y en el combate de San Francisco o Dolores el día 19. Sin embargo, será en la Batalla de Tacna, el 26 de mayo de 1880 cuando su nombre alcanzará notoriedad, correspondiéndole dirigir su batallón en la carga que definió el triunfo. En enero de 1881 durante la campaña de Lima, fue gravemente herido en Miraflores. Su conducta lo hizo merecedor a una especial recomendación del Comandante en Jefe Manuel Baquedano González. De regreso al país, en abril de 1881 fue nombrado por la superioridad Comandante del Batallón de Infantería 6to. de Línea Chacabuco, al frente del cual regresa al Perú para participar en la campaña de la sierra. Al término del conflicto ascendió a coronel. En 1891, el coronel Pinto Agüero intervino en la revolución, defendiendo la causa gobiernista en Concón y Placilla, siendo expulsado de la institución. Reincorporado al Ejército en 1898 se le otorgó el grado de general de brigada. El general Marcial Pinto Agüero falleció en Santiago en 1905. Hoja de Servicios. Departamento de Historia Militar del Ejército Archivo Histórico; Estado Mayor General del Ejército, Galería de Hombres de Armas de Chile, Tomo II, pp. 214-215.

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El sucesor de Toro Herrera era un distinguido oficial de caballería, recomendado por el mismo Comandante en Jefe Manuel Baquedano por su bizarra actuación en Miraflores. Había ingresado a la Escuela Militar en 1851, ganando sus primeros galones en las lides de la frontera. Aún convaleciente de sus heridas, don Marcial dedicó desde el primer minuto todas sus energías a organizar su batallón que, como ya se indicó, contó con muchos antiguos oficiales del Movilizado,199 más otros como Pedro María Latapiat que llegó del Coquimbo; situación que no se dio en la tropa cuyos aguerridos veteranos se fueron de vuelta a sus hogares. En el caso de la 4ta. Compañía, donde formaba el teniente Carrera la totalidad de los soldados y clases eran nuevos en la unidad. Por su parte, con fecha 3 de mayo de 1881, Ignacio Carrera Pinto fue nombrado oficialmente teniente del Batallón Chacabuco 6to. de Línea,200 lo que significó su ingreso definitivo al Ejército de Línea, ya que hasta ese momento era oficial de la Guardia Nacional. Fue encuadrado en la 4ta. Compañía.

Cuadro Nº 5: Oficialidad de la 4ta. Compañía del Batallón Chacabuco 6to. de Línea en 1881.
GRADO Capitán Teniente Teniente Subteniente Subteniente Subteniente NOMBRE José Francisco Concha Francisco Herrera Ignacio Carrera Pinto José Manuel De La Sota Enrique Prieto C. Arturo Pérez Canto

FUENTE: Lista de Revista de Comisario, Santiago 14 de junio de 1881, Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

199 Entre los antiguos oficiales del Chacabuco reincorporados al 6to. de Línea se encontraban: Pedro Julio Quintavalla, Luis Alberto Herrera, Arturo Echeverría, Víctor Luco, Salvador Urrutia, José F. Concha, etc. 200 Hoja de Servicio, Tomo 70, p. 154. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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La falta de contingente para completar sus vacantes llevó al teniente Carrera Pinto de vuelta a la sureña ciudad de Concepción, bastión militar del país desde la Colonia y cuna de cientos de soldados, entre otros Manuel Jesús Silva, el sargento héroe de La Concepción. Su comisión,201 que se prolongó por espacio de dos meses (junio-julio) estuvo precisamente destinada a conseguir voluntarios para su regimiento. Así en el cuartel de la calle Maestranza, el 6to. de Línea completó sus filas, preparándose para volver al campo de guerra, esta vez la sierra peruana. Durante este período de aprendizaje, Carrera compartió intensamente con su familia, recibiendo especialmente el cariño de su madre doña Emilia Pinto y de su tía Joaquina que atentamente horrorizada escuchaba los relatos de su sobrino sobre las jornadas vividas en Tacna y Chorrillos: “Y las balas zumbaban como abejas por nuestras cabezas mientras corríamos, con las bayonetas caladas a entreverarnos con los cholos que nos esperaban a pie firme”.202 La amable señora preocupada por la seguridad de su preferido le bordó un escapulario de la virgen del Carmen que le regaló al momento de su partida diciéndole afectuosamente: “Ignacio he bordado este escapulario para ti y espero que lo lleves siempre contigo, ya que te protegerá en cualquiera circunstancia de tu vida”.203 También preparando su despedida señala el presbítero Clovis Montero, el futuro héroe de La Concepción, recibió por intermedio de un sobrino el mandato de su patria, el niño: “El más pequeño de sus sobrinos le dijo con la serenidad de un hombre: tío no se rinda nunca, mejor es que lo maten”.204 Finalmente, con la llegada del mes de la patria, impulsado por los vientos primaverales, el crucero “Amazonas” llevó de vuelta al Perú –ahora como flamante oficial de línea– al teniente Carrera Pinto.

201 Lista de Revista de Comisario Batallón Chacabuco 6to. de Línea, junio-julio 1881. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 202 Manuel Reyno Gutiérrez, op.cit., p. 38. 203 Ibídem. Recuerdos tradicionales de familia proporcionados por la señora Ana María Ried, citados por Reyno en su obra ya señalada. 204 Clovis Montero “Discurso pronunciado con ocasión del traslado de los corazones de los Héroes de La Concepción” en El Mercurio de Santiago, 11 de julio de 1911.

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Cuatro compañías del Batallón Chacabuco llegaron a Lima el 16 de septiembre de 1881, ciudad donde permanecieron hasta el 8 de octubre, fecha en la cual por orden del Estado Mayor General, se trasladaron a la localidad de Ate donde instalaron su campamento. Las otras dos compañías del cuerpo que se habían quedado en Chile organizando sus cuadros, al mando del sargento mayor Julio Quintavalla, se reunieron con su batallón el 13 de diciembre, luego de haber permanecido acampadas en la línea de Tarapacá, desde el 2 de noviembre hasta el 8 de diciembre de 1881. La estadía de tres meses en Ate le permitió al teniente Carrera Pinto interiorizar a su nueva tropa en el manejo del fusil Gras, arma que en opinión de su comandante: “Por su alcance, precisión y menor peso era el mejor de los que tenía en uso el Ejército”.205

Cuadro Nº 6 Comparación de las características de los fusiles Gras y Comblain utilizados en la Guerra del Pacífico.206
Características Nacionalidad Largo sin Bayoneta Peso sin Bayoneta Alcance máximo Rapidez de tiro Calibre 1.30 m 4.20 k 1.800 m 9 Disparos por minuto 11 mm Gras Francesa - Austriaca 1.30 m 4.30 k 1.200 m 10 Disparos por minuto 11 mm Comblain Francesa - Belga

205 Marcial Pinto Agüero, informe al señor Inspector General del Ejército sobre el estado del batallón. Libro de correspondencia del Chacabuco 6to. de Línea 1881-1882, Huancayo, 18 de mayo de 1882. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico. 206 Estado Mayor del Ejército. Historia del Ejército de Chile, Tomo V, p. 41. W. Ekdahl. Historia Militar de la Guerra del Pacífico, Tomo I., Soc. Imprenta y litografía Universo, 1917, pp. 43-44; A. Galot. Los uniformes del Ejército francés, su armamento y equipo (1872-1914), París, Samcooffset-Rouen, 1968, p. 4.

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Por otra parte, la instrucción práctica tuvo su centro de interés en el aprendizaje del orden de combate disperso, en la convicción –dice Pinto Agüero– que: “El orden disperso es la mejor forma de combatir al enemigo… la instrucción que se ha dado al batallón es la de tropas ligeras, conociendo la guerrilla todas las compañías”.207 Del mismo modo y con igual entusiasmo y convencimiento se adiestró a la unidad en maniobras y esgrima de la bayoneta, práctica esta última que el teniente Ignacio Carrera Pinto utilizó con éxito en La Concepción dada la falta de municiones. De esta manera, la 4ta. Compañía del Chacabuco se preparó para participar en la última campaña de la guerra, la de la sierra.

207 Marcial Pinto Agüero. Informe al Sr. Inspector General del Ejercito sobre el estado del batallón, Huancayo 18 de mayo de 1882. Libro de Correspondencia del Chacabuco 6to de Línea 18811882. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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CAPÍTULO IV La campaña del Ejército del centro en 1882. Defensa de la plaza de La Concepción 9 y 10 de julio de 1882
Pedro Eduardo Hormazábal Espinosa

El contralmirante Patricio Lynch, jefe de las fuerzas de ocupación en Lima, recibió a los batallones Chacabuco y Chillán en respuesta a su solicitud de aumentar las fuerzas, debido principalmente al incremento de la resistencia de las montoneras y actividades insurgentes en los alrededores de Lima. En esta fase de la guerra, el mando militar peruano aplicó la táctica de desgaste y guerra de guerrillas para oponerse a la presencia de las tropas chilenas en la denominada breña o sierra. Con respecto, a las fuerzas insurgentes, estas se organizaban en partidas de pocos hombres, teniendo a la cabeza como jefe al individuo más prestigioso del lugar de donde procedían. Las tácticas empleadas por los breñeros, era acampar en las alturas y desplazarse de noche, para evitar ser vistos por las patrullas de caballería e infantería chilenas. Los infantes eran llevados a la grupa de los caballos, con el fin de aumentar la dotación y disponer de mayor potencia de fuego. El caudillo de la sierra, el coronel Andrés Avelino Cáceres, tenía divididas sus tropas y montoneras en batallones a medio armar. Los montoneros, además mantenían un activo y eficiente servicio de espionaje. Existía un numeroso contingente de indios, enrolados en las fuerzas, quienes utilizaban preferentemente hondas para arrojar peñascazos sobre las tropas, toda vez que se carecía de armas de fuego en número suficiente. En las memorias del coronel Avelino Cáceres consta que el uniforme de las tropas del centro, debido a la escasez de fondos, era precario, utilizaban como distintivo en el sombrero una cinta encarnada que, con posterioridad, dio origen a los quepis rojos de los soldados. En el marco de esta situación se organiza la expedición de Lynch a la sierra, que se inicia el 2 de enero de 1882, con poco más de tres mil soldados de las tres armas, los que cruzaron la cordillera bajo fuertes aguaceros y nevadas.

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La planificación en orden a neutralizar a Cáceres considera en su fase inicial que el coronel José Francisco Gana Castro con una fuerza de 1556 soldados, mantuviese expeditas las comunicaciones y por medio del ferrocarril llegar hasta Chicla, bloqueando al enemigo a fin de que la fuerza de Lynch, lo tomara por la retaguardia. Cabe destacar la importancia de mantener expedita la línea telegráfica y férrea con Lima, para el éxito de la empresa. Otro aspecto de vital importancia era que el agua debía purificarse antes de su consumo, a fin de evitar infecciones estomacales y enfermedades. Conforme a lo dispuesto por el jefe de la expedición “Las fuerzas de Cáceres debían ser consideradas como irregulares, tomando las más terribles represalias ante cualquier hostilidad contra las tropas chilenas”.208 El objetivo de la expedición militar chilena, como se dijo, era dejar expedita la línea férrea y eliminar la presencia de montoneros en los lugares cercanos a Lima. Para consolidar este objetivo era necesaria la ocupación de las poblaciones de la Oroya, Tarma, Jauja y Cerro Pasco, y realizar la persecución de Cáceres hasta donde fuera posible. Eran frecuentes en esa fecha, los asaltos y muerte de los correos chilenos, que venían de Lima hacia el interior debido a la incursión permanente de los audaces montoneros. Para el sostenimiento de las tropas de ocupación, el gobierno en La Moneda, enfrentó la disyuntiva de que fueran abastecidas por la Intendencia del Ejército o la población civil, se optó por esta última. Para ello, estas debían proveer de los medios de alimentación necesarios para los oficiales y la tropa. Esta medida contribuyó a perturbar la tranquilidad relativa y tuvo efectos negativos, ya que los alcaldes y municipales, como era obvio, hicieron recaer esta carga impositiva en el pequeño ganadero y agricultor y así lo consigna un cronista cuando dice: “Apretaban la mano a las comunidades indígenas en el reparto de las cargas alimenticias; y en segundo no se atrevían a compeler al pago de sus cuotas a los poderosos terratenientes, de los cuales dependían las

208 Memoria del contralmirante Patricio Lynch Solo de Zaldívar. 17 de mayo de 1882. Pascual Ahumada Moreno, op.cit., Tomo VII, Cap. I, p. 142.

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autoridades lugareñas”.209 Como el indio vio disminuir su ganado, sin saber cuando terminará esta contribución semanal, empieza murmurando, luego se resiste, defiende su sustento y esconde el ganado y de aquí al alzamiento generalizado, hay solo un paso. El coronel Cáceres, conocido por los indígenas como el “taita Cáceres”, estando en Ayacucho, hace el llamado a la resistencia, a ello se suma la postura del arzobispo Manuel Teodoro del Valle y la totalidad del clero de la sierra, de gran ascendencia e influencia en la indiada. Debido a que los asuntos en Lima requerían la presencia del jefe político y militar, el contralmirante Lynch se retira de la sierra y deja en el mando a partir del 11 de enero de 1882, al coronel José Francisco Gana, Jefe del Estado Mayor del Ejército Expedicionario, con las siguientes instrucciones; imposición de cupos de guerra, vigilancia de la tropa, alimentación, seguridad y régimen administrativo en los lugares donde se establecieran guarniciones. Con respecto al equipamiento de las tropas, estas estaban provistas de colchones y frazadas. También se dispuso que en los cuarteles se arreglasen pequeñas salas para los enfermos de poca gravedad, a cargo de un cirujano y que fueran dotadas de los respectivos botiquines. A medida que se adentraba en la sierra y pasaban los días, aumentaron la cantidad de enfermos, quienes con el rigor del clima y las distancias recorridas en los desplazamientos se vieron agravados: “Muchos enfermos traídos en camillas y maltratamiento de las cabalgaduras”.210 El Comandante en Jefe del Ejército del Centro, estando acantonado en Huancayo con fecha 7 de febrero de 1882, eleva un informe al Estado Mayor del cual su jefe dedujo las siguiente consideraciones: “Con las operaciones practicadas por el Jefe del Ejército del Centro se ha alejado todo peligro de que nuestras fuerzas sean atacadas por algún ejército regular de los que aún se mantienen en el territorio peruano. El ejército de Cáceres que está formado hoy con las facciones que existían en Ayacucho, no podrá

209 Francisco Machuca. op. cit., Tomo IV, p. 235. 210 Memoria del contralmirante Patricio Lynch Solo de Zaldívar. 17 de mayo de 1882. Pascual Ahumada Moreno, op.cit., Tomo VII, Cap. I, pp. 133-145.

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unirse a ninguna de las partidas que conserva el general Montero en los departamentos que sostiene bajo su mando. La comunicación entre el sur y el norte por la zona interior está completamente interceptada no sólo por nuestras fuerzas sino por la gran distancia que las separa. Como lo demuestra el plano adjunto nuestras fuerzas están protegidas unas por otras conservando entre sí sus vías de comunicación expeditas”. Más adelante agrega: “En cuanto a la seguridad que presenta la ocupación esta no hay remota idea que pueda causar zozobra de ninguna especie. El alejamiento completo de fuerzas regulares por una parte y el carácter pacífico de los pobladores garantizan sobradamente la estabilidad de una ocupación sin peligros”.211 Los hechos acaecidos en los meses de junio y julio demostrarán lo equivocadas que fueron estas apreciaciones. Los expedicionarios cruzaron la cordillera, en toda clase de cabalgaduras y en medio de fuertes lluvias y terribles granizadas. Para la persecución de las tropas de Cáceres, se tomó sucesivamente La Oroya, el 25 de enero Tarma y, finalmente, Jauja, la que se ocupó sin resistencia. El coronel José Fco. Gana regresa a Lima dejando al mando de la división a partir de 1° de febrero, al coronel Estanislao Del Canto, Comandante del 2do. de Línea, quien resolvió enviar una fuerza a tomar posesión del pueblo de La Concepción, equidistante entre Jauja y Huancayo y una avanzada al pueblo de San Jerónimo. En esta expedición se librará el combate de Pucará, contra la fuerzas de Cáceres las que resultan derrotadas y se retiran. Así las tropas chilenas toman posesión del pueblo de Huancayo, donde se instala el puesto de mando del coronel Del Canto. Por su parte, el Batallón Chacabuco con su comandante Marcial Pinto Agüero, que al inicio de la expedición Lynch se encontraba de guarnición en Ate, recibe el 4 de enero de 1882 la orden de marchar a Lima, llega al pueblo de Tarma el 29 de enero de 1882, y se desplaza a Jauja lugar al que arriba el 17 de febrero, y finalmente el 21 de marzo de 1882, llega a la guarnición
211 Providencia del Jefe del Estado Mayor General del Ejército, Crl. José F. Gana Castro de fecha 17 mayo de 1882. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico, Tomo C-302.

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ESTANISLAO DEL CANTO ARTEAGA COMANDANTE DE LA DIVISIÓN DEL CENTRO EN 1882. Fotografía, Colección particular Julio Miranda Espinoza.

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de Huancayo. La demora se entiende, porque fue cubriendo guarniciones sucesivamente. Para participar en esta campaña el Batallón Chacabuco 6to. de línea estaba equipado con un traje de paño, un traje de brin, capote, botas, frazadas y caramayolas.212 Según informe del 18 de mayo de 1882, el armamento que tenía el Chacabuco era el fusil Gras, que tenía tres características que lo distinguían, como el mejor fusil que existía en el ejército de la época: alcance, precisión y menor peso. Respecto de la instrucción, que se ha impartido al batallón corresponde al de tropa ligera, con centro de gravedad en la instrucción de guerrillas en todas las compañías. También el batallón se había instruido en maniobras y esgrima de bayoneta. Las cuadras de los cuarteles en la sierra carecían de camas, en su defecto, las tropas rellenaban sus colchones con la paja que obtenían de diversos lugares, incluso de los techos de las viviendas serranas. La llegada de las lluvias provocó la propagación de la viruela, con efectos desastrosos. El estado de los hospitales de las guarniciones no era el mejor, carecía de personal suficiente de medicinas y sus botiquines estaban casi agotados. La situación de las fuerzas chilenas en la sierra se caracterizó por la escasez de víveres, la inutilidad de la permanencia de esta fuerza en la sierra y más que todo, las bajas que causaban las epidemias de tifus; esta y otros brotes epidémicos mermaron las fuerzas como promedio en un 20% de enfermos en hospitales y cuadras. Por otra parte, eran apremiantes y necesarios los refuerzos para reemplazar a los enfermos; como también la falta de víveres como manteca, arroz, azúcar y sal, para intercambiarlos por carne cocida. En lo concerniente al vestuario, escaseaban las botas, camisas y calzoncillos. La tropa empezó a usar ojotas, confeccionadas por ellos mismos. Dada la gravedad de los hechos, el coronel Del Canto solicita permiso para trasladarse a Lima e informar la realidad de la división al General en Jefe, fue
212 Marcial Pinto Agüero. Op. cit., Informe de mayo de 1882, Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico, Vol. Varios 526.

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autorizado y sale con ese rumbo el 20 de mayo y en su reemplazo, asume el mando de la división del centro el teniente coronel José Miguel Alcérreca, Jefe de los Carabineros de Yungay. Por otro lado, la idea del gobierno era mantener la ocupación de la sierra por la economía que representaba la mantención de las tropas y forraje del ganado, con cargo a la población serrana, haciendo caso omiso al desgaste y mortandad producida por el tifus y otras epidemias en las tropas chilenas. A pesar de conocer la situación y después de una serie de desencuentros la autoridad civil y militar de Lima, autoriza la retirada de la división de Del Canto. Para el cumplimiento de ello, se le ordenó al coronel Del Canto la concentración de las fuerzas en Tarma y de ahí dirigirse hacia la Oroya, base de operaciones del ferrocarril. Por otra parte, la intención de los montoneros, fue aprovechar esta retirada de las fuerzas chilenas, para atribuirla al éxito de las operaciones emprendidas por Cáceres y los indios sublevados, para lo cual estos se proponen hostilizar la retirada chilena. El primer ataque fue sobre el puente de la Oroya, el cual a pesar de la escasa fuerza resistió la incursión, los peruanos también atacaron Chicla y su comandante Virgilio Méndez enterado del ataque tomó todas las medidas de precaución que exigía la prudencia. El coronel Del Canto regresó a la sierra y antes de llegar a Huancayo, recibió desde Chicla un telegrama en claro, de cuyo contenido se impuso al momento el adversario. Este error negligente del subalterno del Estado Mayor, que no cifró el telegrama, tendrá repercusiones gravísimas para la división del coronel Del Canto, especialmente en las guarniciones de Marcavalle y La Concepción. Efectivamente, enterado Cáceres de la retirada de las tropas chilenas, concibe un nuevo plan de hostigamiento y toma la resolución de iniciar su marcha al norte. Las fuerzas de Cáceres inician operaciones en el valle del río Mantaro, para lo cual se aprueba un plan de ataque consistente en el hostigamiento de las fuerzas chilenas, a base de 3 columnas, la primera al mando del coronel Juan Gastó y del jefe de guerrillas Ambrosio Salazar Márquez, con la misión de avanzar desde el flanco oriental del valle, en dirección a San Jerónimo y

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La Concepción, para una vez reducidas, proseguir su marcha hacia Jauja. La segunda columna al mando del coronel Máximo Tafur y sus ayudantes Toledo y el chupaquino Arauco,213 avanzarían por el flanco occidental movilizando a los indígenas de la zona, debiendo alcanzar la Oroya, desgastando a las tropas chilenas que encontrara a su paso para, finalmente, cortar el puente de la Oroya. Las fuerzas del coronel Tafur estaban equipadas con rifles Peabody. Y finalmente, la tercera columna, al mando del coronel Andrés Avelino Cáceres, que avanzaría por el centro del valle Mantaro, presionando a las tropas chilenas en su retirada del valle. Este plan en gran medida no dará resultado, salvo el ataque a la guarnición militar de La Concepción. Las fuerzas combatientes peruanas, que se encontraban al mando del coronel Juan Gastó Valderrama, eran 600 soldados regulares de los batallones Libres de Ayacucho, Pucará y restos del Tarapacá N°4.214 Además, tenía una fuerza montonera organizada en tres agrupaciones, la columna de Comas, Jerónimo y Huaylinos, con varios jefes, la columna de Apata al mando de Andrés Avelino Ponce y otros y los montoneros de La Concepción al mando de Ambrosio Salazar, con una fuerza estimada de 1200 indígenas armados de fusiles antiguos, rejones, lanzas y hondas preferentemente. La población india era casi completamente adversa, y esta era constantemente azuzada por los cholos y terratenientes. En lo que respecta al despliegue militar chileno, el Cuartel General se encontraba en Huancayo, y se habían establecido pequeñas guarniciones en Marcavalle, Pucará, Zapallanga y Huayucachi, las que materializaban en avanzada la línea de seguridad de la división chilena, manteniendo expedita la línea de comunicaciones con Lima. Las guarniciones desplegadas de sur a norte eran La Concepción, Jauja, Tarma y la Oroya. En Cerro de Pasco se encontraba el 3ro. de Línea que mantenía un destacamento en Junín.

213 Jesús Augusto León González. La batalla de Concepción, Empresa periodística “Concepción ciudad heroica”, Concepción, 1996, s/p. 214 Algunos autores como Francisco Machuca, indican que los restos son del Batallón América. Francisco Machuca. Las cuatro campañas de la Guerra del Pacífico. Tomo IV, op.cit., p. 298.

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GRÁFICO DE LOS MOVIMIENTOS DE LA DIVISIÓN DEL CANTO AL 5 DE JULIO DE 1882. Trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro E. Hormazábal Espinosa y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña. Departamento de Historia Militar del Ejército.

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El promedio de mortandad semanal en los hospitales militares de Huancayo, Concepción, Jauja y Tarma, era la de un soldado fallecido por enfermedad natural, fundamentalmente de tifus y viruela. La caballería chilena estaba representada por el Regimiento de Caballería Carabineros de Yungay, quienes estaban distribuidos con un escuadrón en Huancayo, una compañía en Tarma, una compañía en Cerro Pasco y dos destacamentos en Zapallanga y la Oroya. En lo que respecta a las tropas del Batallón Chacabuco, estas se encontraban desplegadas de sur a norte como sigue: En Huancayo el comandante y la plana mayor, más las Compañías 2da., 4ta. y 5ta. En la localidad de La Concepción la 3ra. Compañía del capitán Alberto R. Nebel, en Jauja la 6ta. Compañía al mando del teniente Víctor Luco, en Tarma la 1ra. Compañía del capitán Víctor Lira, este último reforzaría el puente de la Oroya.215 El plan del jefe peruano consideraba asaltar Marcavalle al amanecer del día 9 y las fuerzas del coronel Gastó, después de una marcha de flanco acampan en un lugarejo denominado Apata, ubicado al oriente entre Jauja y La Concepción, distante a unos 4 kilómetros. Al coronel Gastó se le presenta la disyuntiva de atacar Jauja o La Concepción. Se decide por esta última, debido a la situación que presentaba dicha guarnición, menor cantidad de tropas, 66 soldados operacionales en La Concepción y 99 soldados operacionales en Jauja, la posición de la aldea en relación a las alturas dominantes y accesos, pero principalmente por indicación del líder breñero del pueblo de La Concepción, Ambrosio Salazar, quien lideraba la indiada de la zona. El terreno en la sierra peruana es quebrado, sinuoso, lleno de accidentes, con verdes colinas cubiertas en parte por pequeños boscajes, cumbres agrestes y el río Mantaro de por medio. La Concepción, por su parte, es el típico pueblo de la sierra con pocas casas solariegas, la mayoría de ellas con techos pajizos, aunque algunas como

215 Ver gráfico de movimientos de la División del Canto al 5 de julio de 1882. Trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal E. y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña. Departamento de Historia Militar del Ejército.

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EL COMBATE DE LA CONCEPCIÓN. Pintado por el teniente del Chacabuco 6to. de Línea, don Eusebio Latham, que tomó el bosquejo el día 10 de julio de 1882. En el Diario El Ilustrado, 9 de julio, 1911, p. 7.

la casa del curato habilitada como cuartel, la iglesia y la casa del montonero Ambrosio Salazar tenían tejas. Se destacan los respectivos corrales aledaños a las casas, utilizados para animales de pastoreo de los indios que constituyen la mayoría de los habitantes del pueblo. Ubicada a los 3290 metros sobre el nivel del mar, era una aldea rodeada de cerros, siendo el principal el denominado el León. Conviven con ellos, un pequeño grupo de descendientes de españoles y cholos, a lo que se suman extranjeros dedicados al comercio principalmente, italianos, franceses, españoles, alemanes y ecuatorianos. El pueblo tiene alrededor de 3000 habitantes y está rodeado de alturas importantes, hacia el este corren los torrentes del río Mantaro. Agrestes colinas rodean al pueblo y desde el sur se accede por un camino serrano, entre el contrafuerte de los cerros y el río que atraviesa el pueblo y sale rumbo al norte hacia Jauja. La plaza, corazón del pueblo, es espaciosa y desprovista de vegetación, la construcción más imponente la constituye la iglesia, con dos altas torres

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y una cúpula en la nave central, la orientación es de oeste a este, al frente de la puerta principal hay un pórtico, una especie de corralito que se usaba par impartir la catequesis a los niños de la aldea.216 Respecto de las construcciones que circundan la plaza, encontramos en la esquina colindante con la casa del curato, la casa de altos del Sr. Salazar, esquina de frente con la iglesia la casa de un presbítero francés, y a continuación los portales en construcción, que eran utilizados para el funcionamiento de la feria libre. Por el oeste y al otro lado de la plaza estaba la botica de los alemanes Schaf y Krignes, la casa de Luis Milón Duarte, donde acostumbraba alojar el coronel del Canto, la casa del doctor Luis Journés y la casa de los hermanos Valladares. Finalmente por el lado norte, la casa del Sr. Nicola Golfi, un hotel y los almacenes de Muzzio y Gamba.217 En lo concerniente a la casa del curato, esta había sido requisada por las tropas chilenas para ser ocupada como cuartel, desde su llegada a La Concepción a fines de enero de 1882. Esta casa era espaciosa dada su distribución, cantidad de piezas, patios y huerto. Así para el acceso existía un ancho portón, que permitía el ingreso de proveedores y mercaderías directamente a los patios. Contiguo a este se encontraba una sala que fue ocupada como oficina de la mayoría o la oficina del comandante de la guarnición, que se conectaba a través de una puerta con otras tres salas, destinadas a cuadra de tropas, la más pequeña para los clases y las siguientes para los soldados, siendo la última destinada a las camas de los 11 enfermos que hay en la plaza. Otras dos dependencias pequeñas fueron habilitadas como almacén de munición y de material de guerra. Al centro del patio había una pieza aislada, que se usaba también como pieza para enfermos, instalación que con toda probabilidad fue donde dio a luz su hijo una de las mujeres chilenas. A continuación dos patios más y atrás, un corredor con tres habitaciones, la
216 Este muro fue el parapeto utilizado por los últimos combatientes chilenos; en los dibujos posteriores y láminas realizados se ha omitido este histórico lugar. 217 Esquicio de la Batalla de la Concepción 9 y 10 de julio de 1882, trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal E. y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña. Departamento Historia Militar del Ejército.

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primera una sala habilitada como comedor de oficiales y a continuación las dos piezas de alojamiento que utilizó el teniente Carrera Pinto y sus oficiales.218 Es importante considerar la existencia del Convento de los franciscanos de Santa Rosa de Ocopa, desde donde el arzobispo Manuel Teodoro del Valle, el mayor terrateniente y ganadero de la zona y del departamento de Junín, dirige la resistencia a las tropas chilenas y encuentran refugio todos aquellos que escapan y que se levantan en armas en la Sierra.

CONVENTO FRANCISCANO SANTA ROSA DE OCOPA. Colección particular.

Cronología de los hechos en los días previos al combate:

Martes 4 de julio de 1882
La 4ta. Compañía en esta fecha está conformada, por el comandante de la Compañía, teniente Ignacio Carrera Pinto y dos subtenientes Arturo

218 Ver croquis de la casa del curato de La Concepción, de acuerdo a croquis de Molinare y el trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal E. y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña. Departamento de Historia Militar del Ejército.

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Pérez Canto y Pedro José Palacios. Este último se encontraba ausente con permiso en Santiago. Además contaba con nueve soldados ausentes enfermos en los hospitales de Lima. A lo anterior, se suma que la 4ta. Compañía salió muy disminuida desde Huancayo, pues se quedaron en esa guarnición a cargo del sargento 2do. Damián San Martín, otro sargento 2do., dos cabos 1ro. y 3 cabos 2do., más 32 soldados, lo que hace una fuerza de 39 hombres, en consecuencia el teniente Carrera Pinto marcha a La Concepción, con 7 clases y 56 soldados. Debido a la falta de oficiales en su Compañía, se incorporó en calidad de agregado, el subteniente Luis Cruz Martínez de la 6ta. Compañía, quien se ofreció voluntario para regresar a La Concepción, donde había estado previamente en los meses de mayo y junio.219 El teniente Carrera Pinto recibe la misión de relevar en la guarnición de La Concepción a la 3ra. Compañía del capitán Alberto R. Nebel, la que contaba con una fuerza de 99 soldados. La distancia entre Huancayo y La Concepción es de 20 kilómetros aproximadamente y se recorría en 5 horas a pie, considerando los descansos horarios en San Agustín, Hualhuas, Saño, Quilcas y San Jerónimo.

Miércoles 5 de julio de 1882
Este día en la madrugada sale de Huancayo la 4ta. Compañía, menos 39 soldados, a cubrir la guarnición de La Concepción y relevar a la 3ra. Compañía. La 4ta. Compañía arriba cerca de mediodía, después de cinco horas de marcha. La 3ra. Compañía, que cubría guarnición en el pueblo de La Concepción mantenía en el cerro que por el oriente dominaba el pueblo, un piquete de vigilancia, pero el teniente Carrera Pinto, no podrá cubrirlo, debido a la fuerza reducida de que dispone. Así, los efectivos de la 3ra., apenas hacen entrega formal de la guarnición, inician la marcha hacia Jauja, donde tenían a su vez que relevar a la 6ta. Compañía del teniente Víctor Luco, quien a su vez debía ser relevado e iniciar
219 Lista de Revista de Comisario de la 6ta. Compañía del Regimiento 6to. de línea “Chacabuco” del 15 de junio de 1882. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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su marcha hacia Tarma, para reemplazar a la 1ra. Compañía del capitán Víctor Lira, que se desplazaría a la Oroya para asegurar dicho puesto.220 El resto del Batallón Chacabuco con su comandante y el 2do. jefe, el sargento mayor Pedro Julio Quintavalla, se mantenía a esa fecha con la 2da. Compañía, la 5ta. Compañía y el resto de la 4ta. Compañía en Huancayo. El estado del hospital de La Concepción, a la llegada del teniente Carrera Pinto, era de 11 enfermos, de los cuales habían a lo menos, uno muy grave y se encontraba a cargo del practicante Clodomiro Pino quien solo tenía 18 años de edad. Como todos, se esmeraba por atender con los escasos elementos de que disponía a los enfermos, que padecían viruela o tifus, en instalaciones sanitarias muy precarias. En esos días los temas de conversación en las guarniciones de la sierra, no era otro que el pronto regreso a Lima, a los que se sumaban los temas recurrentes, respecto de la situación de los compañeros en las unidades y cuarteles, las añoranzas de la patria lejana y principalmente el recuerdo de la familia ausente.

Jueves 6 de julio de 1882
Esa mañana el teniente Carrera Pinto, mandó a buscar al alcalde de La Concepción el Sr. Valladares y le: “Habló terminantemente sobre la tropa y sobre nosotros le dijo que si alguna vez les faltaba algo él lo buscaría donde lo encontrase, en fin le echó una peluca de afolio”.221 El reparto de las actividades guarnicionales en La Concepción fue el siguiente: el subteniente Pérez se encargaba de los aspectos administrativos como la Orden y los aspectos logísticos de recepción de víveres e impartir las disposiciones para la confección del rancho, esta actividad era de dedicación diaria. Por su parte, el subteniente Cruz Martínez se dedicaba a hacer el servicio de las armas, vale decir concurrir a diana, disponer las formaciones, la instrucción, pasar lista y los ejercicios con la tropa.
220 Ver gráfico explicativo de las operaciones militares chilenas en el mes de julio de 1882, trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal E. y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña, Departamento de Historia Militar del Ejército. 221 Carta de Luis Cruz Martínez a Alejandro Villalobos, 6 de julio de 1882. Archivo Molinare. Nota: Una peluca de afolio, sería en el día de hoy: Una fuerte reprimenda.

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Como jefe de la guarnición militar de La Concepción, el teniente Carrera Pinto se dedicó a llevar todas las actividades concernientes al servicio de la Comandancia y el trabajo de pasaportes, permisos y correspondencia, otorgando libertad de acción a sus subalternos. En una carta de Cruz Martínez, refiriéndose a la guarnición de La Concepción, escribió: “Como tu debes saber, aquí se pasa admirablemente a las mil maravillas”, más adelante agrega: “Estamos tranquilos, y ojalá no nos moviesen. Pero ésto no puede suceder”.222 Ese mismo día al mando del sargento mayor de Caballería Alejandro Guzmán, arriba cerca de las doce horas, una columna de 282 enfermos, algunos montados y la mayoría a la grupa de los caballos de los Carabineros del Yungay. Después del descanso correspondiente en el pueblo de La Concepción, continúan su marcha hacia Jauja, donde se había dispuesto mejores acomodaciones, para recibir esta columna de enfermos y heridos de la división.

Viernes 7 de julio de 1882
Este día fallece el soldado José Miguel Sáez, la causa enfermedad natural (tifus o viruela), este soldado había permanecido en estado grave y era de la dotación de la 6ta. Compañía, la misma unidad del subteniente Luis Cruz Martínez.223 Sin embargo, no era este el primer soldado fallecido en el pueblo de La Concepción. En el mes de junio, mientras se encontraban de guarnición las Compañías 3ra. y 6ta., murieron y fueron enterrados en el cementerio del pueblo, dos soldados de la 6ta. Compañía. La guarnición en el mes de junio era más numerosa, había 189 soldados, de los cuales 99 de la 3ra. y 90 de la 6ta. Compañía.

222 Ibídem 223 De acuerdo a recientes revelaciones su verdadero nombre debió ser Luis de la Cruz Franco, dado que fue hijo de Don Severo de la Cruz Vergara y la señorita Clodomira Franco Martínez, hija de Doña Martina Martínez de Franco. Mario Soro Cruz. “Toda la verdad acerca de Luis Cruz Martínez. Uno de los héroes del Combate de La Concepción”, en Cuaderno de Historia Militar N° 4, Departamento de Historia Militar, Santiago, diciembre 2008, pp. 152-155.

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Ese día el cirujano 2do. del batallón Lautaro Senén Palacios Navarro, el practicante Covarrubias y el subteniente Julio Montt Salamanca, habiendo padecido el terrible flagelo del tifus, fueron dados de alta en el hospital de Huancayo y autorizados con licencia para dirigirse a Lima, a fin de completar la curación y el merecido correspondiente descanso. El subteniente Julio Montt había sido propuesto en la terna en 2do. y 3er. lugar para ascender a teniente para la 5ta. y 4ta. Compañía, el 9 de mayo de 1882; por ello, al 9 de julio tenía 1 año, dos meses y seis días, en el cargo de subteniente. Los viajeros, acompañados por dos soldados de escolta salieron a las 9 AM de Huancayo, según nos relata el Dr. Palacios, respecto a ese viaje224: “Las 11 de la mañana serían, cuando a la mitad del camino que nos quedaba que recorrer para llegar a La Concepción, atravesamos el pueblo de San Jerónimo, caserío de poca importancia y casi solitario a esa hora, haciendo retemblar el empedrado de su única calle con las herraduras de nuestros caballos, siendo atisbados de cuando en cuando por caras macilentas de vecinos amedrentados que entreabrían sigilosamente la puerta para ver pasar a los bandidos chilenos. Alguna puerta ostentaba una florida rama de amarillos retamos indicando que ahí se vendía la rica chicha de muco o de jora. Detúvose Montt al frente de una de esas puertas y haciendo caracolear su caballo me dijo: ¿Tomemos chicha doctor? Aceptada la idea, detuvimos todos y arrimando nuestras cabalgaduras a la puerta, recibimos un gran vaso de chicha de jora de manos de un viejo venerable con cara de mansa llama. Apagada la sed pusímonos nuevamente en marcha, al paso de nuestros caballos aprovechando la hora para hacer nuestro almuerzo con las provisiones que en los morrales llevaban los soldados asistentes”.225 Este grupo de jinetes llega al pueblo de La Concepción a las 2 de la tarde, a todo galope guiados por la bandera tricolor que flamea en la puerta del

224 Carta del Dr. Senén Palacios. “Recuerdos de la Concepción”, en El Diario Ilustrado, 9 de julio de 1911. 225 Ibídem.

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cuartel, siendo los primeros en salir, los oficiales Arturo Pérez y Luis Cruz Martínez. Un momento después, apareció Carrera Pinto, siendo recibidos con grandes manifestaciones de regocijo e invitados a descansar en el cuartel. El doctor Palacios recuerda que fue presentado a los oficiales por Julio Montt, ya que él no los conocía, no así el subteniente Montt que era amigo de ellos. El doctor Palacios nos cuenta que:“Recuerdo perfectamente a Carrera Pinto. Era una persona muy culta y de modales muy finos, sumamente obsequiosa, atenta y amable con las visitas. Nos hizo mil preguntas sobre la división de Del Canto, que quedaba en Huancayo y recordó a varios oficiales amigos suyos. En seguida los invitó a tomar las onces en compañía de los oficiales. No se cansaba de agasajarnos de mil maneras y por último nos invitó a que nos quedáramos algunos días con ellos, diciéndonos que eso nos serviría de descanso en nuestro largo viaje y asegurándonos a la vez que lo pasaríamos muy bien porque en el pueblo eran muy queridos y no faltaban los entretenimientos”.226 El subteniente Julio Montt aceptó inmediatamente, el doctor Palacios vaciló un rato y al final tomó la resolución de seguir viaje, con el propósito de reunirse con su hermano el doctor Nicolás Palacios en Lima. Sus últimos momentos en la guarnición de La Concepción, el doctor Palacios los rememora así: “Quédese, doctor, no sea chambón me dijo Carrera Pinto. Le aseguro que lo pasaremos perfectamente y que no le pesará… Alegué nuevas razones disculpándome como pude. Salí a la plaza y tomé mi caballo, seguido siempre de Carrera Pinto y ya montado y listo para seguir viaje, insistió aún el cariñoso Carrera quien había tomado la rienda de mi caballo y notando mi aspecto indeciso, porque ya era descortesía de mi parte no aceptar y estaba por acceder me dijo: Ya está doctor bájese... Quedé vacilando un segundo, ambos mirándonos en silencio. La patria me abría las puertas de la inmortalidad; ofreciéndome la ocasión de un fin glorioso, no supe aprovecharla y partí”.227

226 Ibídem 227 “Recuerdos de La Concepción”, en El Diario Ilustrado, 9 julio de 1911.

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Sábado 8 de julio de 1882
Este día se hicieron los honores para dar sepultura en el cementerio de La Concepción, al infortunado soldado José Miguel Sáez, pagando este como muchos otros, el tributo a la muerte. A esa fecha habían fallecido en la sierra alrededor de 200 personas, entre oficiales, soldados y miembros del servicio anexo al Ejército, como el personal sanitario y otros. El estado de salud de la División del Centro, era alarmante de una fuerza de 4.169 hombres, 520 se encontraban ausentes en Lima o en Chile y pasaban de 500 los enfermos de la epidemia de tifus. El teniente Carrera Pinto recibe una comunicación del Comandante de la División del Centro, coronel Estanislao Del Canto, dándole instrucciones respecto de la situación de apoyo a las columnas de enfermos y tropas, que pasarán por la guarnición y le pone sobreaviso ante posibles ataques de montoneras en la zona. El estado de situación de la guarnición de La Concepción era el siguiente: el parque de munición disponible, para los fusiles de los soldados de la 4ta. Compañía se ha estimado que era de 130 tiros por fusil, es decir, una suma cercana a los 9.450 proyectiles.228 El fusil que empleaban las compañías de Chacabuco en esa fecha, era el fusil Gras, de fabricación francesa y austriaca, modelo 1874, recamarado 11x53 R mm, con un peso de 4,20 kg. y con el cierre de cerrojo. Las actividades recreacionales de la guarnición de la sierra se desarrollaban en la tarde cuando se otorgaba franco, lo que la tropa denominaba “francachela”, para comer “opíparamente”, de acuerdo a las circunstancias y disponibilidades monetarias y por supuesto beber vino o un trago más fuerte de aguardiente, que solo los estómagos jóvenes soportaban beber. Era común recurrir a las barajas y los juegos de naipes: “Todos usaban en sus faltriqueras por ley de botín de guerra, una buena “pahuacha” en constantes soles del Perú”.229

228 Nicanor Molinare. “La Concepción. 9 y 10 de julio de 1882”, en El Diario Ilustrado, 22 de julio de 1911. 229 Pedro Sienna. Recuerdo de un soldado desconocido, Santiago, Empresa Zig- Zag, N°14, 1931, p. 49.

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FUSIL Y BAYONETA GRAS. Fotografía Departamento de Historia Militar del Ejército.

Ese día el coronel Del Canto le dispone al Batallón Chacabuco, que se ponga en marcha para La Concepción a la diana del 9 de julio, vale decir a la 05:00 con sus enfermos y todo su equipaje, bajo el mando de sargento mayor Pedro Julio Quintavalla.230 En esta fuerza estaba como vanguardia la 2da. compañía del capitán Jorge Boonen Rivera, quien a esa fecha había sido nombrado ayudante de la Escuela Militar, por decreto supremo del 12 de junio de 1882.
230 Estanislao del Canto. Memorias Militares de Estanislao del Canto, Santiago, Ediciones Centro de Estudios Bicentenario, Segunda edición, 2004, p. 233.

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Uno de los mejores amigos de Ignacio Carrera Pinto era el teniente Pedro Fierro, de la 2da. Compañía del Chacabuco, pero lamentablemente se encontraba ausente en Lima. El único oficial de la Compañía que estaba era el subteniente Alejandro Villalobos San Martín, muy amigo del subteniente Luis Cruz Martínez, quien solicitará avanzar esa noche con una cuarta, permiso que le fue denegado por ser demasiado riesgoso, considerando que merodeaban partidas de montoneros.

Domingo 9 de julio de 1882
Ese día en La Concepción como era habitual la gente del pueblo concurrió a misa temprano. Sabedores que habría un ataque, las principales familias salieron temprano en peregrinación al convento de Ocopa, a seis kilómetros de distancia en dirección NE. En la mañana se recibe un correo del coronel Del Canto y el teniente Carrera Pinto, le remite misma vía, la siguiente comunicación al jefe de la División en Huancayo; “Comandancia del cantón Militar de Concepción, julio 9 de 1882. En el acto de recibir su nota de fecha 8 del que rige, procedí a dar cumplimiento a lo ordenado por US. Lo que comunicó a US. para su conocimiento y demás fines. Dios guarde a US. –I carrera Pinto– señor coronel Jefe de la División del Centro”.231 Este será el último documento oficial firmado por el jefe de la guarnición militar de La Concepción. Más tarde pasa un ciudadano francés, quien cuando presenta su pasaporte de libre tránsito y le es timbrado por el teniente Carrera Pinto, le informa que existe mucha actividad en las comunidades indígenas y que atacarán La Concepción ese día. A mediodía arriba a La Concepción el coronel Eulogio Robles, que era comandante del Batallón Lautaro con una escolta. Iba rumbo al Cuartel General en Huancayo, en la comitiva lo acompañaba el doctor Rómulo
231 Eduardo Flores Bazán. La Concepción, Melipilla, 2º edición 1940, p. 18 y Francisco Machuca, op.cit., Tomo IV, p. 298.

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GRÁFICO DE LOS MOVIMIENTOS DE LA DIVISIÓN DEL CANTO AL 9 DE JULIO DE 1882. Trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal Espinosa y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña. Departamento de Historia Militar del Ejército.

Segundo Larrañaga. Estos al llegar al cuartel fueron recibido por el comandante de la guarnición, el teniente Carrera Pinto, quien los invitó a almorzar, previo a esto el doctor Larrañaga, visitó a los diez enfermos, que se encontraban estables; el más grave el soldado Sáez como se dijo había fallecido hacía dos días. De ahí que el practicante a cargo Clodomiro Pino,

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le planteó la posibilidad de irse con ellos a Huancayo con el propósito de solicitar un suple. El médico le manifestó, que no había inconvenientes por su parte, pero quien debía autorizarlo, era el teniente Carrera Pinto, quien accedió a otorgar el permiso, con el compromiso que el doctor Larrañaga haría las gestiones para su regreso al día siguiente. Estos hechos explican, porqué los heridos quedaron sin asistencia, una hora antes de iniciarse el combate. En su ausencia las tres mujeres chilenas y dos peruanas se encargarían de los enfermos y el rancho. El coronel Juan Gastó resolvió finalmente atacar la guarnición de La Concepción; eran las 14:30 cuando sus fuerzas rodearon el pueblo y previo al inicio del ataque, envió una nota intimidatoria de rendición. Existen variaciones sobre el texto de la respuesta, sin embargo, no difieren en lo sustancial. En efecto, considerando la situación, el uso y la costumbre de los militares de la época, la respuesta debió ser breve, clara y precisa. Así se trascribe la nota y respuesta, que fue consignada en el resto sobrante del papel de la misma nota: “Ejército del Centro Comandancia General de La División de Vanguardia” Concepción, julio 9 de 1882 Al Jefe de la guarnición chilena Presente “Contando, como Ud. ve, con fuerzas muy superiores en número a las que Ud. tiene bajo su mando y deseando evitar una nueva lucha a todas luces imposible, intimo a Ud. rendición incondicional de sus fuerzas, previéndole que en caso contrario serán ellas tratadas con todo el rigor de la guerra”. Dios Guarde a Ud. (Fdo.) Juan Gastó

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“Mi abuelo está esculpido en bronce en la Alameda de Santiago, no seré yo quien lo manche.” (Fdo) I. Carrera Pinto.232

CERRO EL LEÓN. Por él descendieron parte de las fuerzas peruanas que atacaron La Concepción. Fotografía, gentileza Alberto Márquez Allison.

La idea de avisar del ataque al Cuartel General en Huancayo, debió ser una de las preocupaciones del teniente Carrera Pinto, sobre todo dado la intensidad del ataque y la cantidad de las fuerzas peruanas. A medida que transcurría el combate la situación se fue tornando más crítica. Se ha escrito indistintamente del intento de un sargento y dos soldados de abrirse camino

232 Nicanor Molinare. “El Combate de la Concepción”, en El Diario Ilustrado, 22 de julio de 1911.

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ESQUICIO BATALLA DE LA CONCEPCIÓN, 9 Y 10 DE JULIO DE 1882. Trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal Espinosa y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña. Departamento de Historia Militar del Ejército.

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para romper el cerco, ya sea a pie o a caballo. Sin embargo, lo que se ha podido establecer concretamente, es que en la guarnición a lo menos estaba el caballo en que llegó montado el día 7 de julio el subteniente Julio Montt. Por otra parte, las declaraciones de los que recogieron los restos de los soldados en La Concepción, concuerdan que todos los cadáveres estaban diseminados en el cuartel, la iglesia y la plaza: “Excepto uno que se halló charqueado e irreconocible un poco más al norte del pueblo”.233 Por lo tanto, se puede concluir que este debió ser el único emisario enviado por ayuda, intento fallido, pues no pudo romper la línea enemiga. Los civiles de La Concepción eran tres mujeres chilenas, que acompañaban a sus maridos soldados, un niño de cinco años hijo de una de estas mujeres y una criatura recién nacida, respecto a esta última existen dos versiones, una que este niño habría nacido en pleno combate y otra que había nacido quince días antes. Sin embargo, lo concreto que todos ellos fueron asesinados y sus cadáveres salvajemente mutilados y profanados, los restos mortales de las mujeres estaban en el segundo patio del cuartel.234 La responsabilidad en esta masacre y de haber permitido estos excesos y mutilaciones, fue de los coroneles Juan Gastó y Pedro Carrión que era el comandante del Batallón Libres de Ayacucho, los que cayeron finalmente en la Batalla de Huamachuco, curiosamente un año después, bajo los implacables y vengadores sables de nuestra caballería, representada por los escuadrones de Cazadores a caballo en aquella jornada. Para defender la plaza de La Concepción, el plan de defensa aplicado por el teniente Carrera Pinto, estaba condicionado a la escasa disponibilidad de fuerzas, su Compañía estaba disminuida, para estar completa debía haber tenido 112 soldados, pero solo tenía disponibles 66, considerando que el resto estaba enfermo. De ahí que distribuyó las tropas, bajo cuatro mandos, la de los subteniente Pérez, Montt y Cruz, más la del sargento 1ro. Silva. A
233 Nicanor Molinare. “La Concepción, 9 y 10 de julio de 1882”, en El Diario Ilustrado, 23 de julio de 1911. 234 Ver croquis de la Casa del curato de La Concepción, trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal E. y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña. Departamento de Historia Militar del Ejército.

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estos no le pudo subordinar cuartas ya que estas son a base de 28 soldados, solo le alcanzó para conformar 3 secciones de 14 soldados y una cuarta. La idea táctica, no era defender la plaza, sino el cuartel, en definitiva, la parte oriental de la plaza el cuartel y la iglesia, de ahí que era imperioso bloquear las dos esquinas y sus boca calles, como también bloquear el callejón sur de la iglesia por la existencia de la puerta de acceso lateral, que de caer en manos enemigas, le permitía el ingreso a la iglesia por sus patios interiores y caer por la espalda. El huerto por el interior y su pandereta también debían ser vigilados, por ser este un sector vulnerable. Para esto, el teniente Carrera Pinto, distribuyó en los tres accesos, a los oficiales Pérez y Montt y al sargento 1ro. Silva. El se quedó con Cruz Martínez y con los soldados de la cuarta cubrió el frontis del cuartel, la iglesia y su pórtico, las dos torres del campanario donde subieron diestros fusileros y la parte posterior del cuartel y el huerto. En esta forma, las tropas ocuparon sus puestos, en espera que el corneta de órdenes del teniente Carrera Pinto tocara, el rompan fuego. Al inicio del combate y con el propósito de rechazar el avance de las turbas y evitar el dominio de la plaza, era imperioso alejarlos del frontis del cuartel. Para ello se debió recurrir a la táctica de formación en dos líneas. Esta consistía en que en la primera fila se ubican en su extremo derecho el oficial y en el extremo izquierdo el sargento o cabo. Inicialmente la 1ra. fila de pie, junto con la 2da. que también está de pie. Dispara la primera fila y se arrodilla para proceder a cargar, cuando se encuentra en esta acción dispara la 2da. línea. Aprovechando el humo de la pólvora la 2º línea avanza y sobrepasa como 5 pasos y se arrodilla para proceder a cargar, cuando sobrepasa a la 1ra. fila, esta se levanta y dispara su descarga y procede a avanzar y sobrepasar a la fila anterior, así sucesivamente, se van ganado metros y avanzando con esta formación de ataque. Despejada la plaza, la tropa regresa a la línea inicial, apoyada por las descargas de los fusileros ubicados en el cuartel y la iglesia. Para la entrega de más municiones, sirvieron las mujeres disponibles y algunos heridos, lo mismo, para el reparto de agua para saciar la sed de los defensores.

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Los soldados del Chacabuco cargaban pasando por los cinco movimientos, lo más rápidamente que podían, a pesar de ello la rapidez de tiro que era de 9 disparos por minuto, debía ser extremadamente regulada porque a este ritmo de disparo el parque disponible, se habría agotado en 15 minutos aproximadamente. Por otra parte, había que considerar que los soldados que integraban principalmente la 4ta. Compañía eran jóvenes reclutas y que en su mayoría no había participado en campañas, batallas y combates anteriores, por lo que había que dosificar el empleo de la munición. Los reclutas por el nerviosismo propio de un combate, tienden a disparar en exceso y consumen rápidamente sus municiones. La excepción la constituían los oficiales ya que todos eran jóvenes veteranos de la Campaña de Lima, junto con sargentos y cabos. Se destacan como los más experimentados por los años de servicio y campañas, el sargento 1ro. Manuel Jesús Silva, quien junto al teniente Carrera Pinto, habían combatido en la Batalla de Tacna, el 26 de mayo de 1880, en el Zapadores y Esmeralda, respectivamente. Así los oficiales y el sargento 1ro. Silva, como comandantes de sección, debían controlar la ejecución de los fuegos graneados, que los soldados cuidaran de apuntar perfectamente, que no trataran de aumentar la velocidad del tiro, sino por medio de la ligereza y destreza para cargar y apuntar. Siendo las 18:00 horas, después de tres horas y media de combate, todos cubren sus puestos, la guarnición continúa dividida en cuatro pequeños grupos, bajo la protección de la bandera chilena que ondea en la entrada del cuartel y una más pequeña que se enarbola desafiante en la torre de la iglesia. Comienzan a descender nuevos refuerzos para las fuerzas peruanas, donde se destacan los uniformes blancos de los batallones regulares y las mantas multicolores de la indiada de la etnia quechua. A uno de los grupos, los capitaneaba un cura, que valiéndose de su enorme ascendencia, azuzaba un odio vivo y enconado contra las fuerzas chilenas, disparando desde los cerros su Peabody, mientras los soldados del Chacabuco continúan combatiendo, bajo la orden directa de su comandante, el teniente Ignacio Carrera Pinto. Los numerosos indios enrolados en las montoneras utilizaban hondas para arrojar peñascazos sobre las tropas. Los fuegos de fusilería eran muy intensos.

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El GRUPO DE LA CONCEPCIÓN. Figuran en el grabado de izquierda a derecha: don Arturo Pérez Canto, don Ignacio Carrera Pinto, don Julio Montt Salamanca y don Luis Cruz Martínez. A retaguardia el sargento 1ro. Manuel Jesús Silva. En el Álbum de la Gloria de Chile de Benjamín Vicuña Mackenna, p. 365.

Los chilenos hacen un mortífero fuego por los certeros disparos de sus fusiles Gras. Algunos de los soldados desde el pórtico de la iglesia hacen fuego. En la mira del fusil Gras, se encuentra un alza de disparo que tiene un tope y una muesca de mira graduada para disparos a efectuar a los 300 metros, esta fue la

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posición de la mira en los fusiles durante la jornada. Excepcionalmente debieron utilizar la mira en otra posición, para disparar a mayores distancias, considerando que el fusil tiene una graduación de alcance de hasta los 1800 metros. Por momentos en el fragor del combate el cuartel y la iglesia desaparecen tras la cortina de humo, que provocan los disparos de los fusiles Gras de pólvora negra, sus cartuchos, eran confeccionados a base de 5,25 gr, y compuestos de 75 partes de salitre, 10 de azufre y 15 de carbón. A medida que avanza la tarde, el ataque contra la guarnición chilena se acrecienta, sin embargo, esta dosifica y aprovecha muy bien sus tiros. La cantidad de bajas peruanas es creciente. Así, las tropas peruanas no podían avanzar debido a la certera puntería y volumen de fuego de los chilenos. Las pérdidas de las tropas e indiada del coronel Gastó aumentaban considerablemente. Ya habían caído bajo el certero fuego, el comandante Carvajal uno de los jefes montoneros y varios oficiales peruanos. La mortandad entre los indios era impresionante, los poderosos tiros de 11 mm de los Gras eran capaces de mutilar extremidades y un mismo tiro atravesaba a dos peruanos. Después de 5 horas de combate y siendo las 19:30 horas, comenzaron a llegar aún más refuerzos de montoneros e indios serranos, que ascendían a 2.800, estos venían de diversos lugares vecinos alentados con el deseo de venganza y pillaje. Esta indiada era capitaneada por sus patrones, que al no ser tropas regulares eran incapaces de seguir las reglas de la guerra. En efecto, combatían ebrios de sangre y envalentonados por el cañazo (aguardiente de caña de azúcar). Al caer la noche, la Compañía se replegó dentro del cuartel donde se atrincheró y continuó con la resistencia, que a esa hora ya era heroica. Cada cierto tiempo, salía una cuarta al mando del teniente Carrera Pinto, a despejar la plaza de enemigos, para ello se valía del empleo del avance en formación en dos líneas. Despejada la plaza los indios volvían a ocuparla y así el combate continuaba encarnizado y violento. Cuando las municiones casi se han terminado y solo restan en las cartucheras y cajones uno que otro cartucho, llega la hora del arma blanca, la que clava, raja y cercena, se intensifica así el uso de la esgrima de la temida bayoneta Gras; es la hora de poner en ejecución lo practicado en largas horas de instrucción, de

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los días y meses previos. Cuando muchas bayonetas quiebran sus hojas en los cuerpos de las tropas peruanas, comienza la etapa de los culatazos, volteando el fusil se usa la terrible cantonera, que es una maza poderosa y demoledora, que aturde y mata mediante golpes en la cabeza a cholos e indios. Los chacabucanos tienen numerosas bajas, que son colocadas en una pieza al interior del cuartel, aquella que se encontraba aislada entre los dos patios, ahí serán colocados los cuerpos de los muertos chilenos de la tarde y noche del día 9, para no quedar expuestos a la mirada de sus camaradas y tener efectos en la moral.

CROQUIS DE LA CASA DEL CURATO DE LA CONCEPCIÓN. Ocupada como cuartel por la 4ta. Compañía del Batallón Chacabuco. Trabajo efectuado por el teniente coronel Pedro Edo. Hormazábal Espinoza y capitán Rodrigo Arredondo Vicuña, a partir de bosquejo aparecido en El Diario Ilustrado, en julio de 1911.

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Durante la noche en una de estas salidas, es herido en el brazo izquierdo el teniente Carrera Pinto, auxiliado por sus soldados, es retirado al interior del cuartel, donde rápidamente se le atiende y con su brazo en cabestrillo, reasume el mando de la resistencia. Después de 10 horas de combate, los reclutas del Chacabuco, ya son soldados veteranos. Sus rostros así lo demuestran, el combate es cada vez más violento, sin embargo la resistencia va debilitándose, por la cantidad de heridos que se recogen al cuartel y que al poco rato regresan a ocupar posiciones a pesar de estar malheridos. Llega la medianoche, algunos oficiales y clases se ponen sus ponchos de vicuña y la tropa sus capotes encapuchados de color gris, el frío es intenso y muy baja la temperatura a esa hora en la sierra, y el combate nocturno apenas permite que se reparta café y tortilla a la tropa. La lucha no cesa, al amanecer en una de las salidas muere el subteniente Julio Montt Salamanca, quien es transportado al interior del cuartel y dejado junto a los demás muertos en una pieza interior aislada. Durante toda la noche las tropas peruanas han intentado ingresar por medio de los forados, que se han realizado desde la casa vecina de Ambrosio Salazar, el combate es cada vez más cruento. A la voz de mando “cesar el fuego”, se asiste a los heridos y los muertos son retirados al interior del cuartel hacia la antigua pieza de aislamiento. Después de dieciséis horas de combate se han agotado las municiones, debiéndose recoger todos los cartuchos disponibles en los heridos y enfermos, el parque está agotado, la lucha sigue mediante el empleo de la esgrima de bayoneta, tantas veces practicada en horas de instrucción. La bayoneta Gras, es una temible hoja de acero que tiene el filo, el dorso y dos aristas. A lo que se suma la punta y el talón que la une a la cruceta y empuñadura, es su hora y es esgrimida con ferocidad por los soldados chilenos. La mascota de la 4ta. Compañía era un fiel perro, al cual le dieron por nombre “cuico”, este ha permanecido al lado de su amo “los soldados chilenos” y también sucumbirá, junto a ellos en la vorágine del combate.

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En las primeras horas del amanecer y como ha sido la constante durante toda la noche, se suceden salidas lideradas por el teniente Carrera Pinto, “a morir por la patria muchachos; a la bayoneta” y la formación cargaba, sobre la muchedumbre.

ASCENSO A CAPITÁN. Documento por el cual el teniente Ignacio Carrera Pinto es propuesto como capitán de la 4ta. Compañía del Batallón Chacabuco 6to de Línea. Libro de Correspondencia del Chacabuco, 1882. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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En el intertanto, y como ya se ha indicado, el coronel Del Canto le había dispuesto al Batallón Chacabuco que iniciara la marcha para La Concepción, a la diana del 9 de julio, vale decir alrededor de las 05:00 hrs, con sus enfermos y todo su equipaje, bajo el mando de sargento mayor Quintavalla, oficial que: “No partió a la hora indicada y cometió el error de alojarse en San Jerónimo, …se contentó con remitir una Compañía a reforzar el destacamento de la Concepción, para que fuese a alojar a dicha plaza , pero el capitán de esa Compañía se le antojó también formar campamento a diez o quince cuadras (1200 m); sintió el combate de la Concepción, y a pesar de que la tropa decía que estaban combatiendo y pedía avanzar, el capitán permaneció impasible y ni siquiera se le ocurrió mandar aviso a su jefe de lo que ocurría”.235 Así, producto de estos errores, la ayuda y los refuerzos esperados, nunca llegarían a tiempo a La Concepción.

10 de julio de 1882.
El día lunes 10 de julio temprano, alrededor de la 07:00 hrs, cayó en la refriega al frente de sus hombres el teniente Carrera Pinto, quien fue transportado a la oficina de la mayoría, donde fue colocado su cadáver. Lo sucedió en el mando el subteniente Arturo Pérez Canto, y ya entrada la mañana a eso de las 10:00, las tropas peruanas ingresan al cuartel por los forados, en un inmenso tropel caen rugiendo; a esa altura del combate, las municiones son casi inexistentes y a esa hora solo las bayonetas imperan en el campo de batalla. Al poco tiempo cae abatido Pérez Canto, en la lucha que se desarrolla en el primer patio. Asume el mando el subteniente Luis Cruz Martínez, muy joven, ya solo queda una sección de casi 14 soldados. Los subtenientes Julio Montt y Arturo Pérez tenían impuesta asignación a sus padres el primero de $ 40 en Santiago, a don Roberto Montt y el segundo $ 30 en Valparaíso, a don Rudesindo Pérez. Pasada las 10:30, solo queda un piquete de cuatro soldados, dos de ellos heridos y el subteniente Luis Cruz Martínez, quien salió a la plaza a pelear,

235 Estanislao del Canto, op. cit., p. 233.

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en lucha al descampado y decididamente dispuesto a morir combatiendo. El cuartel se encuentra en pleno incendio. Tanta audacia y valor paralizan a los adversarios, a esa hora después de 20 horas de combate han cumplido con creces, sin embargo la ordenanza se impone “el oficial que tuviere la orden de mantener su puesto a toda costa lo hará”. Inútiles resultan los gritos y ruegos que se rindan, intercede un oficial jefe peruano, también se recurre a una mujer que mantenía una amistad con el subteniente Cruz Martínez, sin embargo los sentimientos no se mezclan. EL CHILENO NO SE RINDE, fue la respuesta. Y cargó con sable en mano sobre la muchedumbre embrutecida por el aguardiente y la chicha; allí cayó víctima de múltiples heridas de armas blancas el subteniente Luis Cruz Martínez, el último oficial. De la última carga del subteniente Cruz Martínez y después de su muerte sobrevivieron dos soldados, estos harán la postrera carga, desde el atrio del pórtico de la iglesia. Respecto de la identidad de éstos, uno de los testigos se lamenta, que pese a presenciar ese momento, no se le ocurrió recabar el nombre de estos dos héroes de la hora sublime, dispuestos a rendir la vida si fuera necesario. Sin embargo, hay un relato de un oficial chileno, que llegó a las pocas horas de haber finalizado la heroica resistencia de los de La Concepción. El da luces sobre los últimos defensores cuando nos dice: “Los sargentos Silva y Rosas, … murieron en la puerta misma de la iglesia, cubriendo la entrada con sus cuerpos”.236 Esto nos indica que los sargentos Manuel Jesús Silva y Clodomiro Rosas, son los últimos defensores de La Concepción. Estos sargentos después de mirarse, arreglarse el uniforme, salieron disparando sus últimos tiros, luego se protegieron espalda contra espalda y rodeados en un círculo por cholos e indios, esgrimieron sus bayonetas, hiriendo y matando a los que tenían a su alcance. Una bala derribó a uno de aquellos bravos, el otro con un coraje indomable, permaneció de pie, gritando VIVA CHILE, ¡No me rindo Vivaaaa! Para que finalmente una granizada de
236 Germán Becker Ureta. “La Concepción: Horror y Grandeza”, en El Mercurio 4 de julio de 1982, D. 4.

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balas lo tendiera en la tierra. Por cada chacabucano muerto, cayeron once cholos e indios. A las 11.00 a.m. del lunes 10 de julio, han muerto los 77 defensores de la guarnición de La Concepción, el coronel Gastó da autorización de saqueo a los serranos que profanaron, mutilaron y se llevaron cuando pudieron. Las escenas de salvajismo son parte de la indiada ebria de alcohol y de sangre. A esa hora, asoman en la periferia fuerzas adelantadas de la 2da. Compañía al mando del capitán Jorge Boonen, quien al ver que aún existen fuerzas montoneras en la plaza se repliega, a la espera de refuerzos. “Siendo las 12:00, llega a San Jerónimo, el capitán Arturo Salcedo, acompañado del subteniente Luis Molina V. y del sargento 2do. Tondreaux, los cuales iban montados a caballo”.237 En ese pueblo se enteran por boca del italiano Carlos Rivetti,238 que toda la guarnición de La Concepción ha muerto sin rendirse. Apuran el paso y llegan a las alturas de La Concepción, de ahí divisan una extensa y negra humareda que correspondía al cuartel de la guarnición chilena, rápidamente volvieron bridas para regresar a dar aviso al comandante Pinto Agüero. El comandante Pinto Agüero enterado de la noticia dispone avanzar con la vanguardia a la que se suma la tropa de la 2da. Compañía del capitán Boonen Rivera y la Compañía de granaderos del Lautaro del capitán Rómulo Correa. Esta fuerza entra a La Concepción, cuando aún quedan montoneros, con los cuales se realiza un pequeño combate. En este combate librado a partir de la 15:00 por parte de las Compañías del Lautaro y Chacabuco, fue herido el soldado José Manuel Gutiérrez de la 5ta. Compañía del Chacabuco, que evacuado posteriormente a Lima falleció el 6 de agosto de 1882, producto de la heridas recibida en la plaza de La Concepción. A las 16:00 arriba el coronel Del Canto, a la plaza de La Concepción y escucha el relato del combate de un súbdito español testigo presencial. Se aloja en la casa de Luis Duarte, como era su costumbre.

237 Nicanor Molinare. El Combate de la Concepción. Testimonio publicado en 1912. Santiago, Centro de Estudios de la Guerra del Pacífico, Ril editores, 2009, p. 76. 238 Carlos Silvetti, según Francisco Machuca, op.cit., Tomo IV, p. 304.

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COMANDANTE MARCIAL PINTO AGÜERO. Fotografía, Archivo Biblioteca Nacional.

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En seguida manda a buscar a un oficial de caballería, que fuera un celoso cumplidor de las órdenes, y le imparte la misión de recorrer el pueblo y sus alrededores y eliminar toda tropa irregular que se encuentre, incluidos hombres de 16 a 50 años, solo se exceptúa a mujeres, ancianos y niños. La suerte que les esperaba tenía que cumplirse fatalmente; el alférez Eduardo Sierralta, de la 1ra. Compañía del 2do. Escuadrón del Regimiento Carabineros de Yungay, recibe la orden y sale a cumplirla. Después de impartir esta orden tan comprensible por la situación del momento, el coronel Del Canto se fija que aún flamea una pequeña bandera chilena en el cuartel de guarnición, dispone en el acto rescatarla, mientras el alférez Sierralta a la cabeza de un puñado de hombres haciendo caracolear su rosillo moro, gritó con voz entera, mitad ¡carabina al gancho y mano al sable!. Luego de un chasquido enérgico, veintiocho aceros relampaguearon fuera de la vaina, la voz de mando resonó de nuevo ¡a la carga! hundiendo las espuelas en los ijares de nuestros caballos chilenos y con el cuerpo echado hacia delante, los dientes apretados y la mano en la empuñadura del sable, se inicio la avalancha de los carabineros de Yungay, a vengar a los héroes de La Concepción. Ayes, juramentos y machacar de hierros, eran los sables afilados a molejón de la caballería chilena. Los sables subían y bajaban sin descanso manejados con esa furia propia del ardor del campo de batalla; después de casi tres horas regresan los caballos sudados del alférez Sierralta, dejando en los cerros más de doscientos cadáveres abatidos en el fragor de la venganza. Durante la noche del 10 de julio se dispuso sacar los corazones de los cuatro oficiales, para traerlos de regreso a Chile. También se ordenó que como el cuartel era colindante con la iglesia, se hiciese dentro de esta última una fosa conveniente, cercana al altar mayor, para enterrar a los oficiales y a la tropa, y que a continuación se incendiara, para evitar la profanación de los cuerpos de los bravos de La Concepción. Finalmente antes de retirarse rumbo a Jauja, las tropas de bagajes y la caballería procedieron a quemar el pueblo de La Concepción, en castigo por los actos de salvajismo, que sus habitantes habían cometido, según lo expresa el coronel Del Canto en sus memorias: “Me da enfriamiento de cuerpo y

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MEDALLA CONMEMORATIVA DEL CENTENARIO DEL COMBATE DE LA CONCEPCIÓN (anverso y reverso). Colección particular, teniente coronel Pedro Eduardo Hormazábal Espinosa.

temblores de nervios al recordar los hechos brutales ejecutados con los cadáveres de los chilenos allí sacrificados”.239 En la Orden del Día de la División del 14 de julio de 1882, Del Canto estampó una proclama con palabras que fueron leídas y escuchadas por las tropas de la División, cuyo tenor fue como sigue: “¡Soldados del Ejército del Centro! Al pasar por el pueblo de Concepción, habéis presenciado el lúgubre cuadro de escombros humeantes, cuyo combustible eran los restos queridos de cuatro oficiales y setenta y tres individuos de tropa del Batallón “Chacabuco” 6to. de Línea. Millares de manos salvajes fueron los autores de tamaño crimen; pero es necesario que tengáis entendido que los que defendían el puesto que se les había confiado eran chilenos que, fieles al cariño de su patria y animados por el entusiasmo de defender su bandera, prefirieron sucumbir antes que rendirse. Amigos chilenos: si os encontráis en igual situación a la de los setenta y siete héroes de Concepción, sed sus imitadores; entonces agregaréis una

239 Estanislao del Canto, op.cit., p. 212.

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brillante página a la historia nacional y haréis que la efigie de la patria se muestre una vez más con semblante risueño, simbolizando en su actitud los hechos de sus hijos. Soldados: seguid siempre en el noble sendero del deber, con entusiasmo y abnegación; conservad la sangre fría y el arrojo de los Caupolicanes y Lautaros; sed siempre dignos de vosotros mismos y habréis conseguido la felicidad de la patria. Chilenos todos: ¡Un hurra a la eterna memoria de los héroes de Concepción!”240

240 Estanislao del Canto, op.cit., pp. 216-217.

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CAPÍTULO V El regreso a la patria: La historia de los corazones de Los Héroes de La Concepción
Se inicia nuestro relato en la tarde del día 10 de julio de 1882, en la aldea serrana de La Concepción. La División chilena mandada por el coronel Estanislao Del Canto, ha ingresado a la plaza, para encontrarse con el sombrío cuadro de la muerte, desolación y escombros humeantes. Los 77 chacabucanos están muertos, han perecido defendiendo el puesto del honor, bajo la protección de su enseña tricolor, testigo simbólico de tan glorioso sacrificio. Francisco Vergara, testigo presencial de tal situación –en su calidad de miembro del Servicio de Ambulancias– describe el horroroso espectáculo de la siguiente forma: “Los cadáveres de nuestros compatriotas estaban en el mismo campo de combate, o sea, en la plaza pública y algunos en el cuartel, cuyo edificio había sido incendiado en parte. Muchos estaban tendidos y dispersos en el suelo y en varias partes unos sobre otros, inconocibles, completamente desnudos y llenos de lodo, pues había llovido”.241 Fue una tarea larga y penosa el ubicar y reconocer los cuerpos mutilados de los integrantes de la 4ta. Compañía y en ella participaron soldados y oficiales; entre estos últimos se encontraba el capitán Arturo Salcedo Rivera, amigo inseparable de Ignacio Carrera Pinto que traía la importante misión de comunicarle la grata nueva de su reciente ascenso, noticia que no alcanzó a ser conocida por el héroe.242 Será el propio Salcedo, junto a Miguel Larenas y Alejandro Villalobos, alumbrándose con un farolito de fabricación casera, quienes ubiquen al caer la noche sus restos: “Treinta y tantas heridas se contaron en su cuerpo, una grande de alto abajo habría su brazo derecho que fracturado tenía también el muslo, el cráneo abierto en su parte posterior y

241 Francisco Vergara G. Carta respuesta a Nicanor Molinare, Concepción, (Chile) 3 de julio de 1911. Citada por Hugo Rodolfo Ramírez Rivera, “Nuevas informaciones sobre la Batalla de La Concepción”. En Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Nº 91, Santiago, Editorial Universitaria, 1982, p. 118. 242 Ignacio Carrera Pinto fue ascendido a capitán con fecha 20 de mayo de 1882. Hoja de Servicio, Tomo 70, foja 154. Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico.

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sembrado el busto y las piernas de lanzazos y cuchilladas, pero han respetado su cara que conserva aún toda la fiereza de sus últimos instantes de lucha”.243 Efectuado el reconocimiento de los cadáveres, los restos de los cuatro oficiales fueron trasladados hasta una pieza del cuartel que fue habilitada especialmente para recibir los sagrados despojos y ante la imposibilidad de traer de vuelta a Chile sus cuerpos, el mando optó por ordenar que se le extrajeran los corazones, los que fueron cuidadosamente colocados en frascos de vidrios llenos con alcohol, traídos desde una botica que se ubicaba en uno de los costados de la plaza.“Mi coronel Canto –dice el soldado Marcos Ibarra del 2do. de Línea– ordenó a los doctores cirujanos que sacaran los corazones a los valientes oficiales de la 4ta. Compañía del Batallón Chacabuco 6to. de Línea, estos corazones fueron colocados en alcohol para traerlos a Chile”.244 El relato del soldado Ibarra es coincidente con la versión oficial, pero donde no existe acuerdo, es con respecto a quien le correspondió efectuar la delicada operación; el historiador Francisco Machuca, afirma que fue el cirujano Justo Pastor Merino el encargado de la extracción, mientras otros abogan por el doctor militar Juan Francisco Ibarra, basado en el testimonio escrito del cirujano Rómulo 2do. Larrañaga llegado a La Concepción –junto con sus colegas Merino e Ibarra– a pocas horas de producido el holocausto. En carta dirigida a un amigo fechada en agosto de 1911, Larrañaga relata: “El personal sanitario se ocupó preferentemente de atender su servicio, tarea difícil y pesadísima por la gran cantidad de enfermos que era preciso instalar, alimentar y medicinar. Puedo asegurar a Ud. –prosigue el facultativo– que hasta las dos de la mañana hemos estado en estos afanes con el D. Justo Pastor Merino, de modo que la extracción de los corazones ha podido solo efectuarla el cirujano Ibarra, quién por ser cirujano del batallón tenía más familiaridad con la oficialidad. Merino se recogió en mi compañía a descansar a esas horas y no podía

243 Archivo Nacional, Fondo Varios, Volumen 989, f. 131. 244 Marcos Ibarra Díaz. Campaña de La Sierra, La Concepción una aventura, Universidad de la Serena, Facultad de Humanidades, 1985, pp. 44-45.

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ser de otro modo”.245 Sin embargo, a pesar del testimonio anterior, el propio doctor Merino se atribuye dicha operación; en carta fechada el 15 de julio de 1882 en la localidad peruana de Tarma le escribe a su hermano José Luis señalándole: “Siendo muy difícil llevar con nosotros los cadáveres de los cuatro oficiales, les saqué a cada uno de ellos el corazón y los puse a disposición del comandante del Chacabuco, señor Marcial Pinto Agüero para remitirlos a Chile”.246 Como se puede apreciar existe desacuerdo entre la versión entregada por el doctor Larrañaga y la declaración del cirujano Merino. Aún más, ya en el plano netamente anecdótico, aparece en esta historia de la extracción de los corazones un tercer implicado, se trataría de un soldado matarife que ante la solicitud de los jefes, voluntariamente se ofreció para efectuar la operación: “El muchacho saludó militarmente y desenfundando el clásico corvo abrió el pecho y extrajo el gran corazón carrerino… igual operación se hizo con los otros tres cadáveres”.247 El increíble episodio fue relatado a monseñor Víctor Barahona, Secretario del Cabildo Metropolitano y notario de la Catedral de Santiago en la mitad del siglo pasado, por un veterano del 79, siendo posteriormente motivo de una crónica escrita por el periodista Manuel Gandarillas, Premio Nacional de Periodismo en 1962. Nos trasladamos nuevamente al poblado de La Concepción, para retomar el hilo de los acontecimientos y encontrarnos en la mañana del día 11 de julio, de 1882, con la ceremonia de sepultación de los heroicos muertos, que vestidos y envueltos en sus sudarios, fueron depositados en una fosa abierta al pie del altar mayor de la iglesia; en absoluto recogimiento y sin descargas por la escasez de
245 Rómulo 2º Larrañaga. Carta dirigida a Nicanor Molinare, fechada el 1 de agosto de 1911. Citada por Marcos López Ardiles en “Los Corazones de los Héroes”, en El Mercurio, 11 de julio de 1999, pp. D 19- 20. 246 Justo Pastor Merino. Carta a su hermano José Luis, fechada en Tarma, 15 de julio de 1882. La carta publicada en el diario La Prensa de Curicó el 24 de noviembre de 1980. Artículo “Les saqué a cada uno de ellos el corazón” es transcrita posteriormente por Edmundo Márquez Bretón, en su libro Luis Cruz a la Luz de la Verdad, impreso por Adeza, Santiago 1982, siendo citada también por Marcos López Ardiles en “Los Corazones de los Héroes”, en El Mercurio, 11 de julio de 1999, D pp. 19- 20 247 Manuel Gandarillas. “La Historia Patria en la Catedral, intactos se conservan los corazones de los héroes después de 79 años”, en Revista en Viaje, Nº 333, julio 1961, pp. 43-44.

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municiones: “El capellán Nicolás Correa efectuó las oraciones de difuntos, y estando presente la gran mayoría de los jefes y oficiales del Ejército, se dieron cristiana sepultura a los restos de aquellos cuatro héroes;”.248 A continuación la tropa fue enterrada en una profunda zanja que se abrió en la parte lateral de la iglesia, donde uno a uno fueron colocados los setenta y dos héroes del Chacabuco y el soldado Pedro González de la 1ra. Compañía del Batallón Lautaro. Efectuado el ritual, el coronel Del Canto ordenó que se prendiese fuego a la iglesia, para que los escombros del incendio impidiesen la profanación de los cadáveres.249 Cuatro fueron los oficiales, a quienes les correspondió la honrosa misión de custodiar hasta Lima las veneradas reliquias. El capitán Salcedo recibió la redoma de vidrio que contenía el corazón de su amigo y compañero de armas Ignacio Carrera Pinto; se iniciaba de esta manera el regreso a la patria tan querida, cumpliéndose en esta forma su profético presentimiento, cuando en 1879 había señalado: “Voy a la guerra a dejar en alto el ilustre nombre de mis antepasados, los generales Carrera, o a buscar una bala loca en el combate; sino vuelvo por lo menos mi corazón regresará a Chile”.250 El subteniente Luis Molina recibió el corazón de Julio Montt Salamanca y Alejandro Villalobos la custodia de la preciada víscera de su amigo Luis Cruz Martínez; no está claro a quien se le encomendó la protección de Arturo Pérez Canto, aunque las preferencias se inclinan hacia el teniente Arturo Echeverría Montes. En esta forma, los corazones de los cuatro oficiales, resguardados por la
248 Archivo Nacional, Fondo Varios, Volumen 989, f. 133. El capellán militar Nicolás Correa fue nombrado como tal el 19 de abril de 1879. Pertenecía a la Orden de los Predicadores y prestó sus servicios al Ejército desde los inicios del conflicto. En 1882, siendo capellán del Cuartel General en Huancayo llegó junto con las tropas de la División Del Canto a La Concepción, correspondiéndole efectuar el responso a los caídos. 249 A pesar de las precauciones tomadas para impedir la profanación de los sepulcros, un año más tarde de los sucesos narrados, pasó por el lugar el capitán Vicente del Solar al mando de 50 hombres del Regimiento Carabineros de Yungay, encontrándose con la amarga sorpresa, que las tumbas habían sido destruidas y sus cenizas arrojadas al viento. En Archivo Nacional, Fondo Varios, Volumen 989, f. 134. 250 Estado Mayor General del Ejército. Héroes y Soldados Ilustres de Chile 1810-1891, op, cit., p. 230.

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VISTA ACTUAL DE LA IGLESIA DE LA GRATITUD NACIONAL. Fotografía, Departamento Comunicacional del Ejército.

VISTA ACTUAL DE LA IGLESIA DE LA GRATITUD NACIONAL. Fotografía, Departamento Comunicacional del Ejército.

División chilena regresaron a la capital peruana, ciudad en la cual, el 3 de agosto de 1882 en la iglesia de Santo Domingo, tuvieron lugar las honras fúnebres en memoria de las víctimas de La Concepción y otros combates de

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la sierra peruana. A la ceremonia presidida por el general José F. Gana Castro, asistieron además de los jefes y oficiales del Ejército chileno, la colonia residente. Sobre dicho acto religioso informó El Comercio del Callao: “El templo estuvo rigurosamente adornado de luto… el catafalco era sencillo y elegante, en forma piramidal con dos ángeles al lado”. “Frente al Altar Mayor se veía la estatua de Santa Bárbara, cubierta de trofeos y hermosos ramilletes de flores por los oficiales de artillería”. “En cada lado se veía el pabellón chileno adornado de rosas y jazmines, que no podía menos, de llamar la atención de extraños y amigos, que no cesaban de admirar la variedad y viste del heroísmo tricolor.” “El catafalco estaba rodeado de cirios y banderas, que hacían más fúnebres el recuerdo que se hacía de las heroicas víctimas chilenas de Concepción”.251 Hasta 1883 permanecieron en Lima las sagradas reliquias. Aquel año fueron trasladadas a Santiago con los máximos honores, para ser depositadas en un monumento que se levantó en el Templo de la Gratitud Nacional, bajo el cuidado de monseñor Ramón Ángel Jara. El regreso a Chile de los corazones se debió a la feliz iniciativa impulsada por el comandante del Chacabuco Marcial Pinto Agüero, quien en marzo de 1883 le escribe al párroco de la Gratitud Nacional: “El personal de Jefes, oficiales e individuos de tropa del Batallón Chacabuco 6to. de Línea, que tengo el honor de comandar, uniéndose en la idea de perpetuar la memoria del distinguido capitán don Ignacio Carrera Pinto, subteniente don Julio Montt, don Arturo Pérez Canto y don Luis Cruz Martínez, como también la de los setenta y dos individuos de tropa de la 4ta. Compañía que murieron heroicamente en la defensa de la Plaza de la Concepción, han erogado la suma de $ 1700, que en una letra en contra de la Comisaría del Ejército le envío a Ud., para que con esa suma se encargue a Europa un modesto monumento en el cual se pueda guardar cuidadosamente los corazones de los cuatro oficiales, restos queridos y venerados para nosotros, y esculpir

251 Pascual Ahumada Moreno, op. cit., Tomo VII, pp. 203-204.

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en el mismo monumento los nombres de los soldados que fueron dignos del valor de sus oficiales y también murieron en esa acción defendiendo su puesto y su bandera”.252 El capitán Víctor Lira Errázuriz, tenientes Agustín Prieto y Arturo Echeverría y subtenientes Armando Muñoz y Herminio Euth, recibieron la alta misión de traer a la patria los restos de los cuatro oficiales; todos ellos, junto con una comisión compuesta de los tenientes coroneles Juan Bautista de la Fuente y Manuel Contreras y del sargento mayor Antonio Castro, participaron el domingo 1 de abril de 1883, en una solemne ceremonia efectuada en la iglesia de la Gratitud Nacional, ocasión en la cual fueron entregados a la custodia de dicho templo los corazones de los cuatro mártires levantándose un acta por triplicado, certificada por el escribano receptor de guerra don Nemoroso Icarte y suscrita por el director del mencionado templo y las comisiones indicadas El Ferrocarril del día 3 de abril, informaba a sus lectores respecto al ceremonial realizado: “A las 10 A.M. los señores comisionados del Batallón Chacabuco 6º de Línea, llegaron al Asilo de la Patria, trayendo consigo el cajón que encerraba los restos de los heroicos compañeros de armas… El señor presbítero Jara dio lectura al decreto de la Comandancia Jeneral de Armas, a fin de que se le diera exacto cumplimiento. En consecuencia, fue designado para presidir este acto el señor teniente coronel don Juan Bautista de la Fuente, quien ordenó se procediera a abrir las cerraduras del cajón indicado. Hecho lo cual el señor don Víctor Lira Errázuriz hizo entrega, con un sentido discurso, de los restos de sus compañeros, al señor presbítero don Ramón Ángel Jara. Este contestó aceptando las veneradas reliquias en nombre de la autoridad eclesiástica de Santiago, por cuyo mandato se había levantado el templo de la Gratitud Nacional… Los restos consisten en cuatro corazones encerrados
252 Carta de Marcial Pinto Agüero dirigida al presbítero monseñor Ramón Ángel Jara, Lima, 8 de marzo de 1883, citada por monseñor Joaquín Matte Varas. Junto a Dios Los Inmortales, p. 39. Además de los 72 soldados de la 4ta. Compañía del Chacabuco, en el Combate de La Concepción murió en defensa de la plaza, el soldado Pedro González de dotación del Lautaro, con el cual las bajas suman 73.

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en cuatro frascos de cristal”.253 Faltaba aún construir el mausoleo, para lo cual se contaba con el dinero erogado por el Batallón Chacabuco, siendo el lugar escogido, una capilla en construcción que se encontraba ubicada en el costado norte del templo de la Gratitud Nacional. Para llevar a efecto las obras fue designado el arquitecto Eduardo Provasoli, quien presentó dos proyectos a consideración de la comisión presidida por Benjamín Vicuña Mackenna. El primero de dimensiones pequeñas –descartado por las autoridades–, consistía en una columna similar a la del emperador romano Trajano, y el otro, –que fue el que se aprobó con total asentimiento– estaba compuesto por: “Una columna gótica de mármol, de una sola pieza, coronada por el ángel de la fe, que irá apoyada en un templete de mármol con seis columnas que se levantarán sobre tres gradas también de mármol. En el espacio vacío que dejarán las columnas se colocará un ánfora en que se encerrarán los corazones… La columna superior llevará en su cara principal la dedicatoria, con los nombres de los cuatro oficiales, inscritos con letras de oro. En las otras caras se grabarán los nombres de los 72 soldados que murieron cumpliendo su deber a las órdenes de sus valientes Jefes”.254 Por su especial significado, las partes acordaron como fecha de entrega de las obras, el día 21 de mayo de 1883, ocasión en la que fue inaugurado el Templo del Sagrado Corazón de Jesús, –nombre oficial otorgado por las autoridades eclesiásticas a la Gratitud Nacional– y en el cual se había levantado una capilla destinada a preservar los restos de los héroes de la guerra, que en esa ocasión mostraba orgullosamente en uno de sus costados,
253 “Los Restos de los Héroes de la Concepción”, en El Ferrocarril, 3 de abril de 1883, p. 2. El templo de la Gratitud Nacional, consagrado al Corazón de Jesús, fue levantado gracias a la generosa contribución del pueblo de Chile y sus instituciones religiosas y civiles, entre las cuales destacó el Ejército. Durante el conflicto de 1891, el templo y la Escuela Industrial que funcionaba bajo su alero fueron usados como cuartel por las tropas. A fines de ese año, su Director Ramón Ángel Jara, renuncia a favor de los padres salesianos. Entre 1915 y 1968, fue la parroquia personal de los inmigrantes italianos y a partir de 1954 toma el nombre de parroquia-santuario María Auxiliadora, manteniendo sin embargo el conjunto el nombre de: La Gratitud Nacional. 254 “Monumento a los Héroes de la Concepción”, en El Ferrocarril, 3 de abril de 1882, p. 2.

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el monumento erigido a los 77 soldados de La Concepción. A menos de un año de la epopeya, el pueblo de Santiago acudió en masa a rendir su homenaje de agradecimiento: en primer lugar a Dios, por la protección entregada a nuestras armas victoriosas, y en segundo lugar a sus soldados que generosamente se sacrificaron por la patria, transformándose en mártires del corazón. Desde el regreso triunfal de Baquedano en marzo de 1881, no se veía en la Alameda de las Delicias una concurrencia tan animada, que a pie o en carruajes adornados con banderas chilenas, desfilaron en dirección al templo de la Gratitud Nacional, donde a partir de la una de la tarde se dio inicio a la ceremonia oficial; el general Baquedano y el contralmirante Riveros fueron los encargados de abrir la puerta de la cripta, mientras Benjamín Vicuña Mackenna, presidente de la comisión encargada de las obras, se dirigió a la concurrencia resaltando la trascendencia del acto cívico religioso; en parte de su alocución señaló el orador: “Hemos erigido justamente allá, bajo la cúpula del cielo el templo santo, y aquí bajo la altiva palma, símbolo y diadema de las victorias, el sepulcro de los héroes… Y así quedan confundidas, y al mismo tiempo aparte, la glorificación y la gratitud del pueblo”.255 Al término del discurso, se procedió a la apertura de la urna que contenía los corazones de los mártires, los que fueron depositados en una ánfora de mármol, ubicada en el monumento a los vencedores, bajo el amparo del Sagrado Corazón de Jesús y el cuidado atento y permanente de monseñor Jara, que no escatimó fuerzas para rendirles públicos homenajes, mientras mantuvo la dirección del santuario. El presbítero puso el broche de oro a la ceremonia, manifestando en emocionadas palabras, su satisfacción por haber cumplido la deuda sagrada de gratitud, impuesta por los acontecimientos de la guerra. Transcurren casi dos décadas y llega el nuevo siglo; en los inicios de la

255 Benjamín Vicuña Mackenna. Discurso pronunciado el 21 de mayo de 1883, en El Ferrocarril, 22 de mayo de 1883. Citado por Manuel Acuña Peña, La Gratitud Nacional, Entre la Cañada y el Metro, Santiago, Editorial Salesiana,1975, p. 115.

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centuria, el año 1901, el monumento de mármol con los corazones fue retirado de la Gratitud Nacional, para ser llevado al Museo Militar, que funcionaba en los Arsenales de Guerra en la calle Blanco Encalada. “Se dio como razón la conveniencia de que el pueblo pudiera contemplar en un solo sitio todas las reliquias del ejército”.256 Sin embargo, con el paso del tiempo, se pudo observar que el Museo Militar parecía no ser el lugar más adecuado para que los ciudadanos pudieran rendirles su tributo de admiración y agradecimiento; la estrechez del local impedía conservar a la vez que exhibir en forma adecuada, la valiosa colección de objetos a un público numeroso, que en los días de atención jueves y domingo, podía superar los 800 asistentes. Bajo esas condiciones, el coronel Domingo de Toro Herrera, creador en 1879 del Movilizado Chacabuco y que en 1911 presidía la Liga Patriótica, entidad dedicada a difundir los valores patrios, escribe el 12 de junio al arzobispo de Santiago Juan Ignacio González una sentida nota donde le señala: “Los veteranos de 1879 creen que los corazones de los oficiales que mandaron tropas que asombraron al mundo con su heroísmo, en un combate que sintetiza las glorias del Ejército de Chile alcanzadas en la Guerra del Pacífico, son merecedores a ser exhibidos a perpetuidad en un local donde sean entregados al respeto de sus conciudadanos y bajo la guarda de la iglesia, dispensadora de las bendiciones de Dios sobre los que caen noble y heroicamente en defensa de la patria. Nos ha parecido en consecuencia, Ilmo. y Rvmo. Sr. que la Catedral, asiento del Jefe de la Iglesia chilena, debe ser el recinto que cobije esos despojos”;257 la iniciativa tuvo amplia acogida dentro del Cabildo Metropolitano de la iglesia de Santiago, institución que aceptó la idea con entusiasmo, prestándole todo su apoyo. En carta de fecha 22 de junio, el arzobispo respondió a Toro Herrera: “La acción de armas de La Concepción es una página de oro de nuestra admirable historia militar. Justo, muy justo, es entonces que los corazones de los cuatro

256 Marcos López Ardiles. “Los Corazones de los Héroes”, en El Mercurio, 11 de julio de 1999. 257 Arzobispado de Santiago, Boletín Eclesiástico T. XVIII, p. 192. Citado por Joaquín Matte Varas en “Ecos de Gloria. Los Corazones de los Oficiales del Combate de Concepción”, p. 35.

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oficiales chilenos que se encontraban en aquel hecho de armas, reposen en lugar sagrado y de fácil acceso, a fin de que nuestros compatriotas puedan en ese monumento aprender las elocuentes lecciones del más austero y puro patriotismo. Bajo las majestuosas bóvedas de nuestro templo metropolitano, esos corazones serán empapados con el rocío de incesantes plegarias y de ardentísimo amor”.258 Tan laudables iniciativas fueron de inmediato favorecidas por el gobierno de la época dirigido por Ramón Barros Luco, y su ministro de Guerra y Marina Ramón León Luco quienes previo informe de una comisión nombrada para el caso, con fecha 27 de junio de 1911, dispusieron el traslado de los corazones desde el Museo Militar al templo metropolitano, para lo cual se ordenó, que con el fin de darle al acto la mayor solemnidad posible, la Comandancia General de Armas dispusiera la asistencia a la ceremonia de todas las tropas de la guarnición de Santiago, la Escuela Militar y fuerzas de provincia y de la Armada. En el intertanto y mientras se preparaba el evento, el día 6 de julio se procedió a efectuar el reconocimiento y cambio de envases de los restos inmortales. En las últimas horas de la tarde, informa la revista Zig-Zag: “Se llevó a efecto en el Museo Militar el solemne acto de reconocimiento y posterior embalsamamiento de los corazones de los cuatro héroes… al doctor Jefe del Servicio Sanitario del Ejército Waldo Silva Palma, le correspondió efectuar el cambio de envases de los corazones del capitán Ignacio Carrera Pinto y sus tres camaradas mártires”.259 Los antiguos frascos de vidrio en que permanecían las reliquias desde el día del combate hasta la fecha, habían cumplido su misión y se estimó necesario cambiarlos, por otros más
258 Arzobispado de Santiago, Boletín Eclesiástico T. XVIII, p. 193. 259 “Los Héroes de La Concepción”, en Revista Zig-Zag., Nº 333, 8 de julio de 1911, p. 39. Estuvieron presentes en la ceremonia del día 6. El general Elías Yáñez, general Estanislao Del Canto, general José María Bari, almirante Arturo Fernández Vial, coronel Domingo de Toro Herrera, coronel Belisario Villagrán, Intendente Militar Gerardo Rodríguez del Río, Cirujano en Jefe del Ejército Waldo Silva Palma, Leandro Navarro, Director del Museo Militar, Alfredo Shömayer Director de la Escuela Militar y los tenientes coroneles Alejandro Villalobos y Arturo Salcedo Rivera quienes como oficiales del Chacabuco, fueron testigos de la extracción de los corazones, en el sitio mismo del suceso.

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RECONOCIMIENTO DE LOS CORAZONES. Fotografía en Revista Zig-Zag Nº 333, 8 de julio de 1911.

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adecuados al contenido. En los días previos y siguientes al domingo 9 de julio de 1911, los principales órganos de la prensa escrita nacional dedicaron sus editoriales y páginas centrales a las informaciones relacionadas con la llamada Apoteosis de los Héroes de La Concepción y no era para menos, pues se trataba de estar presente en un homenaje a los héroes invictos, los que murieron por la patria siguiendo los caminos del honor, para grabar en el duro mármol de la historia, una epopeya que no tiene parangón en la vida de las naciones. Habían pasado treinta años desde aquella guerra memorable y no podían dejarse en el olvido, sucesos tan trascendentales en la vida del país. Así la resumió la Revista Católica: “Grandiosa, solemnísima, como todas las que conmueven el corazón de nuestro pueblo tocando las fibras de su ardiente patriotismo, resultó la ceremonia… Mucho esperábamos nosotros del patriotismo y del culto que nuestra sociedad y pueblo rinden a la memoria de nuestros héroes, pero el espectáculo que presenció el domingo pasado nuestra capital, ha superado a las expectativas más avanzadas”.260 Por su parte, El Diario Ilustrado destacó en su entrega noticiosa: “Indescriptible entusiasmo… el gobierno, las autoridades, el Ejército, Cuerpo de Bomberos, sociedades deportivas, sociedades de veteranos, sociedades católicas, las escuelas públicas, establecimientos de educación secundaria y superior, nuestra sociedad y pueblo, centros políticos y sociales, se dieron cita para rendir el sagrado tributo de su admiración a la memoria de los 77 heroicos chacabucanos”.261 Los relojes marcaban poco más de la una de la tarde, de un frío domingo 9 julio de 1911, cuando se hizo presente en el Museo Militar el ministro de Guerra Ramón León Luco, siendo recibido en ese lugar por Domingo de Toro Herrera y miembros de la Liga Patriótica, generales y jefes de la marina, momento en el cual, y luego de los respectivos discursos, se dio inicio al desfile en dirección a la Catedral; las reliquias sagradas fueron conducidas

260 Crónica Nacional, “Los Héroes de La Concepción, traslación de sus corazones desde el Museo Militar al Templo Metropolitano” en Revista Católica Nº 239, 15 de julio de 1911, pp. 101-103. 261 “Homenaje a los Héroes de La Concepción”, en El Diario Ilustrado, 10 de julio de 1911, p. 6.

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VETERANOS DEL 79 EN LA CEREMONIA DEL TRASLADO DE LOS CORAZONES A LA CATEDRAL DE SANTIAGO. Al centro de la fotografía se puede observar al ex capitán del Chacabuco Arturo Salcedo. Fotografía, colección particular Julio Miranda Espinoza.

sobre un carro, arreglado con esmero por el teniente de la Escuela Militar Carlos Garfias y alféreces de ese plantel militar: “Representaba la gloria, llevando al frente la fama y sobre la parte superior un hermoso cóndor… La base estaba cubierta con las banderas de los cuerpos cívicos y movilizados que hicieron la campaña del Perú”.262 Entre todas ellas, y ocupando un sitial de honor se encontraba la bandera de La Concepción, emblema patrio rescatado el mismo día del combate por el coronel Estanislao Del Canto, quien la facilitó para esta ocasión. De esta manera, acompañado de autoridades, juventud y todo un pueblo

262 Ibídem.

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agradecido, el desfile encabezado por la Escuela Militar avanzó por la avenida 18 de septiembre para conectar con la Alameda Bernardo O’Higgins, donde en correcta formación se encontraban los alumnos de las escuelas públicas de la capital, que agitaban al viento cientos de banderas chilenas, produciendo un hermoso golpe de vista. Un detalle que llamó especialmente la atención de la concurrencia fue la numerosa y representativa delegación de la ciudad de Curicó, compuesta por el senador Fernando Lazcano, diputado Arturo Alessandri, intendente Arturo Balmaceda, otras autoridades, estudiantes de los colegios y numerosos vecinos de esa localidad.263 Según el reportaje de El Mercurio, “A las 3.55 de la tarde llegaban frente a la Catedral, los restos de los héroes, precedidos por un grupo de estudiantes que llevaban estandartes blancos, cada uno de los cuales lucía el nombre de uno de los soldados muertos en la gloriosa jornada… Algunos cadetes de la Escuela Militar llevaban los estandartes con los nombres de Ignacio Carrera Pinto, Arturo Pérez Canto, Julio Montt S., y Luis Cruz. Los demás estandartes llevaban los nombres del sargento 1ro. Manuel J. Silva, del sargento 2do. Clodomiro Rozas, los cabos 2do. Gabriel Silva Carlos 2do. Morales y Juan Ignacio Bolívar, cabo 2do. Pedro Méndez y demás soldados del Chacabuco…”.264 Para este histórico encuentro de la civilidad con sus héroes, el templo metropolitano se encontraba engalanado con la suntuosidad propia de los grandes actos eucarísticos; ricos cortinajes de felpa de color rojo cubrían sus entradas, mientras en el medio de la nave central se había efectuado un arreglo de gasa blanca, túmulo en el cual fueron depositados los restos, mientras se desarrollaba la ceremonia. En su costado derecho y a unos 20 metros de la puerta norte se levantaba
263 La presencia masiva de autoridades y vecinos de la ciudad de Curicó, obedeció al deseo de sus habitantes de rendir un público homenaje al subteniente Luis Cruz Martínez. Por aquellos años no existía total claridad respecto al lugar de su nacimiento. 264 El Mercurio, 11 de julio de 1911. Nota: Para el 9 de julio de 1882, Gabriel Silva, había sido ascendido a cabo 1º.

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la cripta de mármol blanco que orgullosamente mostraba una hermosa inscripción, compuesta especialmente para el monumento por el Vicario General Manuel Antonio Román.

Aquí En el primer templo de Chile y a la vista del Dios de los Ejércitos, para perpetuo ejemplo de patriotismo, se guardan los corazones de Ignacio Carrera Pinto Julio Montt S. Arturo Pérez Canto Luis Cruz la religión bendice el heroísmo la patria graba sus nombres entre los héroes y los entrega a la historia. La Concepción (Perú) 9 y 10 de julio de 1882.
Terminados los honores que fueron rendidos por la Escuela Militar y una Compañía del Regimiento Chacabuco, formados frente a la puerta principal donde se ubicaban las autoridades, el Presidente de la Liga Patriótica, coronel Domingo de Toro Herrera hizo entrega al Cabildo Eclesiástico de las reliquias, señalando: “Ampliamente abiertas encontramos las puertas del primer templo de Chile, y en sus umbrales a sus prelados que como nosotros, sienten palpitar en su pecho el corazón del patriota… Contemplad Iltmo. y Rvmo. señor, a este pueblo orgulloso de sus glorias,

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CRIPTA UBICADA EN LA CATEDRAL DE SANTIAGO, QUE CONTIENE LOS CORAZONES DE LOS OFICIALES MÁRTIRES. Fotografía actual, Departamento Comunicacional del Ejército.

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que os trae para que guardéis en este templo los restos de sus héroes. Mañana levantaremos el monumento que perpetuará su memoria…”.265 Finalizada la intervención de Toro Herrera, que fue muy aplaudida por toda la concurrencia, hizo uso de la palabra en representación del señor arzobispo el arcediano de la Catedral de Santiago presbítero Baldomero Grossi quien en parte de su locución manifestó: “La iglesia señor comandante os ofrece lo mejor que tiene, su templo metropolitano, que es el primero de la república para que guardados aquí estos restos queridos sigan inflamando el patriotismo de este pueblo, con los mismos latidos generosos, de ese corazón que los hizo inmolarse por la patria”.266 A continuación, precedidos por monseñor González Eyzaguirre que ocupó el trono arzobispal, la comitiva oficial tomó asiento en los lugares de honor: “Mientras un coro de 300 niñas de la Escuela Victoria Prieto, entonó un hermoso himno dedicado a los héroes, que fue seguido a continuación, por el himno nacional chileno cuyas notas conmovedoras, profundas, con una armonía especial, hizo vibrar los corazones de los asistentes, arrancando lágrimas de emoción a muchos de ellos”.267 En seguida subió al púlpito el presbítero Clovis Montero quien pronunció una pieza de oratoria, que ha sido considerada como una de las más bellas oraciones patrióticas que se hayan pronunciado en la Catedral de Santiago. Sus elocuentes palabras conmovieron a todos los presentes, y emocionaron con el recuerdo a esos viejos soldados que fueron parte importante de esa historia. Dado lo extenso de su alocución, hemos escogido un par de párrafos, que aunque breves, pueden mostrarnos el sentido de su intervención: “¡Adelante héroes invictos! Entrad al lugar del descanso perpetuo, vosotros que jamás descansasteis en vuestra corta vida; cubiertos con cenizas
265 “Homenaje a los héroes de la Concepción”, en El Diario Ilustrado, 10 de julio de 1911, p. 6. 266 Ibídem. 267 “Jefe de la iglesia chilena recibe en el pórtico del templo metropolitano los corazones de los héroes”, en El Mercurio, 11 de julio de 1911. Participaron de la ceremonia en la Catedral: el general Estanislao Canto, el ministro del Interior Rafael Orrego, el ministro de Guerra Ramón León Luco, el presidente del Senado Luis Antonio Vergara, el ministro de Relaciones Exteriores Enrique Rodríguez, el ministro de Justicia e Instrucción Pública Aníbal Letelier y otras altas autoridades religiosas, civiles y militares.

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sagradas yacen vuestros despojos sangrientos, lejos de la patria, allá en la villa de la Concepción, donde os concibió la gloria; pero en vuestro corazón os poseemos enteros, porque erais todo corazón. ¡Adelante! Venid a recibir el premio de vuestros esfuerzos, Ignacio Carrera, Julio Montt, Arturo Pérez, Luis Cruz; Chile os acompaña y la enseña que jamás dejasteis de seguir por los caminos del honor, el estandarte del Chacabuco, desgarrado por las balas, salpicado con sangre generosa, desteñido por los soles de mil tremendas jornadas, os precede en vuestra última ascensión…”.268 Terminada la intervención del presbítero Montero, los corazones fueron trasladados hasta la cripta, último punto de un largo recorrido que se inició en julio de 1882, dándose por terminada la ceremonia, con el desfile de las tropas, instituciones y estandartes del Ejército del 79 frente al Palacio de la Moneda, donde se encontraba S. E. el Presidente de la República don Ramón Barros Luco acompañado de su gabinete. El primer mandatario fue el gran ausente en la cita histórica desarrollada en el templo metropolitano, haciéndose representar por su ministro del Interior señor Rafael Orrego; sin embargo los ecos de la ceremonia patriótica llegaron hasta el palacio presidencial, personalizados en la figura del presidente de La Liga Patriótica Militar, Domingo de Toro Herrera; acompañado del directorio de dicha institución y el emblema legendario del Batallón Chacabuco, fueron recibidos por la primera autoridad, gabinete y altos dignatarios militares y civiles que se encontraban reunidos en el gran salón de recepciones. En medio de un respetuoso silencio, la concurrencia escuchó con atención las emocionadas palabras del coronel Toro Herrera, quien expresó que los motivos de su presencia en ese edificio público obedecían a dos importantes razones: presentar el estandarte del Regimiento Chacabuco a la veneración y respeto de los presentes, pero por sobre todo, agradecer el valioso e inapreciable apoyo moral dado por la autoridad, sin el cual no se habría

268 Clovis Montero. Discurso pronunciado por el presbítero Clovis Montero, con ocasión de la traslación de los Corazones de los Héroes de La Concepción, citado por Joaquín Matte Varas en Junto a Dios los Inmortales, p. 44.

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podido efectuar tan hermosa manifestación. Han transcurrido 100 años, desde que los corazones descansan en nuestra Catedral, recibiendo el cariño y respeto de todo un pueblo, amante de su historia y tradiciones; y en ese lapso de veneración casi centenario, han ocurrido en torno a ellos diferentes sucesos que vale la pena recordar, como el incendio que el 17 de septiembre de 1924 destruyó parte del templo metropolitano, poniendo las sagradas reliquias en peligro de ser devoradas por las llamas, a no mediar la oportuna intervención de dos viejitos veteranos del 79 que: “Abriéndose paso con gran dificultad –resume el diario La Nación– suplicaron a los bomberos y policías, salvar los corazones de los héroes de La Concepción… y, como no se les escuchara en el desorden de los primeros momentos, los ancianos penetraron a través de los escombros e insistieron hasta que la pesada cripta de mármol que guarda los históricos despojos, fue colocada en lugar seguro”.269. Pareciera ser que las inmortales reliquias, protegidas por el Dios de los Ejércitos salieron ilesas de aquel siniestro, ya que años más tarde el periodista Manuel Gandarillas escribió en la Revista en Viaje, una interesante crónica, sobre el estado de conservación de las cuatro reliquias, la que despejó en parte la creencia, que en la urna de mármol solo existirían cenizas o en el mejor de los casos los restos de los corazones transformados en unas vísceras arrugadas, marchitas e inconocibles. A partir de la información entregada al profesional de la prensa por monseñor Víctor Barahona, que en los años 50 se desempeñaba como secretario del Cabildo Metropolitano, el periodista afirma que la urna no guarda cenizas, sino los cuatro corazones de los héroes en perfectas condiciones: “Se conservan así gracias a una solución de alcohol (formalina), y cada corazón está guardado independientemente con su nombre respectivo en una pequeña redoma de cristal. Los corazones son del tamaño de un puño de un color amarillento oscuro… La urna se abre cada cierto tiempo para renovar el

269 Virgilio Figueroa. Diccionario Histórico y Biográfico de Chile, Tomo II, Santiago, Balcells & Co, 1928, p. 370. Citado por Marcos López Ardiles. “A 117 años del Combate de La Concepción. Los Corazones de los Héroes”, p. 10.

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alcohol de las redomas”.270 Al finalizar este capítulo que resume la historia de los restos inmortales de los Héroes de La Concepción, es importante destacar parte de las expresiones vertidas por Marcos López Ardiles en su trabajo titulado, A 117 años del Combate de La Concepción: “Los dueños de esos cuatro corazones no eran militares profesionales. Tampoco lo eran, los 73 hombres de tropa que mandaban. Cuando estalló la guerra, todos ellos eran civiles de los más distintos oficios y orígenes sociales, teniendo solo en común un profundo amor a Chile y un deseo incontenible de defender su honra”.271

270 Manuel Gandarillas. “La Historia Patria en la Catedral. Intactos se conservan los corazones de los Héroes después de 79 años”, en Revista en Viaje, Nº 333, julio 1961, p. 43. 271 Marcos López Ardiles. “A 117 años del Combate de La Concepción. Los Corazones de los Héroes”, p. 11. Una de las pocas excepciones a la norma civil señalada, es el caso del sargento 1º Manuel Jesús Silva, que había iniciado su carrera militar el 10 de agosto de 1872 en el Batallón 2º de Línea, unidad que se encontraba participando en la pacificación de La Araucanía.

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Anexos

ANEXOS: Anexo Nº 1: Hoja de servicio del capitán Ignacio Carrera Pinto.

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Anexos

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Anexo Nº 2: Carta del subteniente Ignacio Carrera Pinto a su hermano Luis.

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TRANSCRIPCIÓN CARTA DE IGNACION CARRERA PINTO Foja 1
SEÑOR LUIS CARRERA PINTO Santiago Iquique, noviembre 17/79 Querido hermano: He recibido tus dos cartas fechas 12 i 18 del presente por las que sé que en casa no hai novedad fuera de la ida de la Emilita a las monjas i la que hermandad de Maningo te deje (ininteligible) (roto) que no eran novedade (roto) mi favor que tanto una como otra causa las sabía ya. Deseo sinceramente que en Maningo desista de su mal propósito que puede hacer sufrir mucho. De estos últimos acontecimientos realizados en el teatro de la guerra tu debes tener de ello completo convencimiento por las relaciones hechas por los diarios. La toma de Iquique que es un acon-

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Anexos

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(Foja 1 V)
tecimiento de suma importancia por que casi se puede decir que decide favorablemente a nuestro favor la campaña, no tiene nada que se pueda llamar inportante Rec(roto) llega a decirme que había en la ciudad grandes depósitos de pólvora pero hasta ahora lo único que se ha encontrado son dos arrobas de pólvora de cañón que se encontró en un polvorín en que había quince barriles completamente vacíos. Los cañones que son ocho de estos de (roto) a 300 i 4 de 150 fueron abandonados por los peruanos pero hicieron tan mal esta operación que al día siguiente de la ocupación ya se habían arreglado i en la actualidad están completamente listos para la defensa del puerto. Sobre la toma de Pi(roto) yo lo que te puedo decir es que todos los tripulantes de Capitán a paje estaban completamente borrachos cuando fueron tomados el que estaba más cargado era el

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Anexos

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(Foja 2)
segundo, un Señor Yacire. He dejado para el último el asunto de Velasco. Casi me parece demás decirte que es completamente falso: el Capitán de la Compañía a que perteneció Velasco es un joven Baeza, hijo de Don Tadeo, mozo mui querido de todos los oficiales del Regimiento por su carácter dulce. Hai además la circunstancias que Velasco mismo le escribió a Baeza una carta con (¿fecha del?) presente en que le dice mil (roto) agueñas. En suma Velasco no le ha pegado a nadie en el Regimiento porque no es capaz de nada, renunció por que el Coronel le obligo a ello por que era un oficial completamente inútil i por que siempre pasaba enfermo de un (¿coco?) razón por la cual le pusieron (¿coco ronco?) esto es todo lo que te tengo que decir de Elías Velasco. Ahora en cuanto a lo que se Ha hecho con él deseo que sea siempre defensor de tan buenas causas, por que

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Anexos

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(Foja 2 v)
te aseguro que el joven Baeza es una buena cosa. A la Elvira házmele unos cariños en mi nombre dile que me acuerdo mucho de ella que si tengo tiempo le escribo por este vapor pero que de todas maneras le escribiré desde Iquique. A la Mercedes dele también muchas cosas de mi parte. A mi mamá recuerdos. Y tú recibe el cariño de tú hermano. (firmado) Ignacio

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Anexos

Anexo Nº 3: Inventario de los efectos personales del Capitán Ignacio Carrera Pinto

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Nº 313 (Timbre del Batallón “Chacabuco” 6to de Línea, abril 22 de 1881) Agosto 23. Aguardo recibo. Lima, agosto 11 de 1882. Original adjunto a Ud. el inventario de los equipajes dejados por los SS. Oficiales del cuerpo a mi mando, que murieron en defensa de la plaza de La Concepción el 9 y 10 de julio último. Las existencias que expresa el inventario adjunto, quedan depositadas en la mayoría del cuerpo, para remitirlo en primera oportunidad a los deudos de los oficiales muertos. Dios guarde a Ud. Marcial Pinto Agüero. Señor Inspector General Del Ejército.

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Anexos

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En la ciudad de Lima a ocho días del mes de agosto de mil ochocientos ochenta y dos, reunidos en la Mayoría del Batallón “Chacabuco” 6to. de Línea, el Sargento Mayor don Pedro Julio Quintavalla en el carácter de fiscal, el Sargento 2do. don David Emiliano Tondro, en clase de escribano y los Capitanes don Arturo Salcedo y don Víctor Lira Errázuriz como testigos, todos del mismo cuerpo y nombrados por orden del Señor Comandante del cuerpo don Marcial Pinto Agüero, de fecha cinco del presente, para formar el inventario de los equipajes y efectos pertenecientes a los finados capitán don Ignacio Carrera Pinto y subtenientes don Arturo Pérez Canto, don Julio Montt y don Luis Cruz, muertos por el enemigo en la defensa de la plaza de concepción el 9 y 10 de julio del presente año. Habiéndose ordenado por el señor fiscal traer del almacén del cuerpo a la mayoría, todos los efectos pertenecientes a los indicados oficiales, se procedió a formar el inventario que a continuación se inserta:

Del Capitán don Ignacio Carrera Pinto
Una maleta de suela, con botones de bronce, en buen estado, conteniendo: Dos pares pantalones azul negro; uno nuevo y el otro usado. Una frazada blanca. Un par botines. Cuatro pares calzoncillos. Una camiseta de lana. Seis camisas. Un par sábanas. Tres pares calcetines. Un paño de mano. Un pañuelo. Un catre de campaña en buen estado. Algunas cartas y papeles sueltos que fueron lacrados por el escribano

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Anexos

Anexo Nº 4: Nómina de los 77 de La Concepción

Nómina de los 77 de La Concepción272
– – – – – – – – – – – – – – – – – – 4ta. Comp. Capitán Ignacio Carrera Pinto. 4ta. Comp. Subteniente Arturo Pérez Canto. 5ta. Comp. Subteniente Julio Montt Salamanca. 6ta. Comp. Subteniente Luis Cruz Martínez. 4ta. Comp. Sargento 1ro. Manuel Jesús Silva. 4ta. Comp. Sargento 2do. Clodomiro Rosas. 4ta. Comp. Cabo 1ro. Gabriel Silva. 4ta. Comp. Cabo 1ro. Carlos Segundo Morales. 4ta. Comp. Cabo 1ro. Juan Ignacio Bolívar. 4ta. Comp. Cabo 2do. Pedro Méndez. 4ta. Comp. Cabo 2do. Plácido Villarroel.273 4ta. Comp. Soldado Tiburcio Chandía. 4ta. Comp. Soldado Amador Gutiérrez. 4ta. Comp. Soldado Juan Ferra. 4ta. Comp. Soldado Pedro Nolasco Zúñiga. 4ta. Comp. Soldado Pablo Ortega. 4ta. Comp. Soldado Avelino Olguín. 4ta. Comp. Soldado José Martín Espinoza.

272 Para confeccionar la lista de los 77 héroes de La Concepción se utilizaron las siguientes fuentes: 1. Lista nominal y clasificada de los señores oficiales e individuos de tropas que guarnecían Concepción y que perecieron en defensa de dicha plaza el 9 y 10 del presente, Jauja, julio 12 de 1882, firmado por Anacleto Valenzuela y Marcial Pinto Agüero. El documento original en Departamento de Historia Militar del Ejército. Archivo Histórico; 2. Diario Oficial de la República de Chile, Santiago, noviembre 14 de 1883, Nº 3.710. pp. 2230-2232; Relación nominal por compañía y años, de los oficiales e individuos de tropa del Batallón Chacabuco 6to. de Línea, fallecidos por enfermedad o muertos por el enemigo (1881-1883); 3. Nómina de los Sres. oficiales y de los individuos de tropa del Batallón Chacabuco 6to. de Línea que murieron en defensa de la Plaza de La Concepción (Perú) en el combate que tuvo lugar en los días 9 y 10 de julio de 1882, Memoria de Guerra de 1883, pp. 119-121; 4. Pascual Ahumada Moreno, Guerra del Pacífico, Tomo VII, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982, pp. 190-191; 5. Estado Mayor General del Ejército. Historia del Ejército de Chile, Tomo VI, Santiago, Biblioteca Militar, 1985, pp. 288-290; 6. Libro de Revista de Comisario del Batallón Chacabuco 6to. de Línea, mes de junio 1882, vol. 315. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. 273 Plácido Villarroel fue ascendido a cabo 2do. pocos días antes del Combate de La Concepción; por ese motivo en el Libro de Revista de Comisario del mes de junio 1882 figura como soldado.

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4ta. Comp. Soldado Pablo Trejos. 4ta. Comp. Soldado José Félix Valenzuela. 4ta. Comp. Soldado Agustín Molina. 4ta. Comp. Soldado Rafael Otárola. 4ta. Comp. Soldado Félix Contreras. 4ta. Comp. Soldado Enrique Reyes. 4ta. Comp. Soldado Federico Sepúlveda. 4ta. Comp. Soldado Francisco Escalona. 4ta. Comp. Soldado José Argomedo. 4ta. Comp. Soldado Juan Bautista Núñez.274 4ta. Comp. Soldado Abelardo Silva. 4ta. Comp. Soldado Efraín Encina. 4ta. Comp. Soldado Vicente Muñoz. 4ta. Comp. Soldado Emilio Correa. 4ta. Comp. Soldado Mariano González. 4ta. Comp. Soldado Pedro Moncada. 4ta. Comp. Soldado Ángel Agustín Muñoz. 4ta. Comp. Soldado Juan Hinojosa. 4ta. Comp. Soldado Eduardo Aranís. 4ta. Comp. Soldado Manuel Antonio Martínez. 4ta. Comp. Soldado José Arias. 4ta. Comp. Soldado José del Carmen Sepúlveda. 4ta. Comp. Soldado Emilio Rubilar. 4ta. Comp. Soldado Máximo Reyes. 4ta. Comp. Soldado Pedro Lira. 4ta. Comp. Soldado Erasmo Carrasco. 4ta. Comp. Soldado Estanislao Rosales. 4ta. Comp. Soldado Emigdio Sandoval. 4ta. Comp. Soldado Estanislao Jiménez. 4ta. Comp. Soldado Juan Bautista Campos. 4ta. Comp. Soldado Florencio Astudillo. 4ta. Comp. Soldado Pablo Guajardo.

274 En la Obra de Pascual Ahumada, sobre la Guerra del Pacífico, figura como Juan Bautista Muñoz, sin embargo en todas las demás fuentes consultadas aparece como Núñez.

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Anexos

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4ta. Comp. Soldado Juan Sandoval. 4ta. Comp. Soldado Juan Bautista Jofré. 4ta. Comp. Soldado Manuel Contreras. 4ta. Comp. Soldado Rudesindo Zúñiga. 4ta. Comp. Soldado Hipólito Utreras. 4ta. Comp. Soldado Manuel Rivera. 4ta. Comp. Soldado Agustin Segundo Sánchez. 4ta. Comp. Soldado Lorenzo Aceitón 4ta. Comp. Soldado Gregorio Maldonado. 4ta. Comp. Soldado Bonifacio Lagos. 4ta. Comp. Soldado Manuel Jesús Núñez. 4ta. Comp. Soldado Bernardo Jaque. 4ta. Comp. Soldado Lindor González. 4ta. Comp. Soldado Toribio Morán. 4ta. Comp. Soldado Lorenzo Serrano. 4ta. Comp. Soldado Luis González. 4ta. Comp. Soldado Lorenzo Torres. 1ra. Comp. Soldado Lorenzo Jofré. 2da. Comp. Soldado Juan Segundo Rojas. 2da. Comp. Soldado José Jerónimo Jiménez. 3ra. Comp. Soldado Francisco Contreras. 5ta. Comp. Soldado Pablo González. 6ta. Comp. Soldado Zenón Ortiz. 6ta. Comp. Soldado José Miguel Pardo. 6ta. Comp. Soldado Juan Montenegro. 6ta. Comp. Soldado Casimiro Olmos. 1ra. Comp. del Batallón Lautaro Soldado Pedro González.

Resumen: Capitán 1 Subtenientes 3 Sargento 1ro. 1 Sargento 2do. 1 Cabos 1ro. 3 Cabos 2do. 2 Soldados 66 TOTAL 77

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Anexo N°5 : Carta de pésame del comandante del Batallón Chacabuco Marcial Pinto Agüero.
Lima, Agosto 3 de 1882. Señora Emilia Pinto v. de Carrera.- Santiago. Respetable señora: El 9 i 10 de Julio último, en el pueblo de la Concepcion, fué atacada i esterminada por el enemigo la 4ta. compañía del Batallon Chacabuco, que tengo el honor de mandar i de la que era capitan su hijo Ignacio. En ese hecho, que fué mui honroso para las armas de Chile, fué muerto el distinguido capitan Ignacio Carrera Pinto, despues de haber luchado 19 horas con señalado heroismo, probando con esto que era digno descendiente de sus gloriosos antepasados. Al dar a Ud. esta sensible noticia, declaro a Ud., a nombre de mis compañeros i al mio propio, que nos asociamos a su pesar, lamentando la muerte de nuestro querido compañero de armas con el mas tierno afecto, i asegurándole que la gloriosa muerte de Ignacio será siempre recordada en el Chacabuco con respetuoso cariño. Con sentimientos de respeto i consideracion, me suscribo de Ud. su atento servidor. Marcial Pinto Agüero. __ __ Santiago, Agosto 23 de 1882. Señor Marcial Pinto Agüero.- Lima. Distinguido señor: He recibido la nota de Ud., fecha 3 del corriente, en la que me anuncia el fallecimiento de mi querido hijo Ignacio Carrera Pinto i el sentimiento que esta desgracia ha producido a Ud. i a sus compañeros de armas. Ud. comprenderá el profundo pesar que me ha causado el martirio de mi hijo, i solo puede consolarme un tanto la idea de haber cumplido digna i valerosamente con sus deberes de soldado i de chileno, e imitado en su sacrificio el noble ejemplo que le legaron sus antepasados. El tierno afecto con que lo recuerda Ud. i sus compañeros, aunque ha removido mi dolor, despierta en mi alma esa espansion tranquila que nace de la comunion de sentimientos, i estimula mi gratitud hácia Uds. que han querido tambien a mi hijo i me prometen conservar su memoria. Con sentimientos de distinguida consideracion, soi de Ud. i sus dignos compañeros atenta servidora. Emilia Pinto v. de Carrera. __ __

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BIBLIOGRAFÍA I.- Fuentes Primarias. a) Archivos
– – – – – – – – – – – – Archivo Nacional. Fondo Ministerio de Guerra. Archivo de la Administración. Siglo XX. Archivo del Arzobispado de Santiago. Archivo del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Archivo del Instituto Nacional. Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Archivo Histórico. Departamento de Historia Militar. Archivo Nacional. Fondo Varios. Archivo Nicanor Molinare. Archivo Histórico Diocesano de San Sebastián. Archivo Nacional de Madrid. Archivo del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas.

b) Diarios y periódicos.
– – – – – – – – – – – – – Boletín de la Guerra del Pacífico (Santiago): 1879. La Cuarta (Santiago): 2008. El Diario de la Guerra (Santiago): 1879. El Diario Ilustrado (Santiago): 1911, 1912, 1922, 1923. El Diario Oficial de la República de Chile (Santiago): 1879-1884. El Diario Oficial de Lima (Lima): 1882. El Eco de Junín (Junín): 1882. El Ferrocarril (Santiago): 1879-1902. El Mercurio de Santiago (Santiago): 1900, 1910,1911, 1912, 1922, 1923, 1982, 2008. El Mercurio de Valparaíso (Valparaíso): 1878-1890. El Mensajero del Pueblo (Santiago): 1879-1881. Las Novedades (Santiago): 1879. La Segunda (Santiago): 2008.

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– La Tercera (Santiago): 2008. – Los Tiempos (Santiago): 1879. – La Unión (Valparaíso): 1885-1890.

c) Revistas y publicaciones académicas:
– – – – – – – – – – – Álbum del Instituto Nacional: 1913. Boletín de la Academia Chilena de la Historia: 1958, 1974, 1982. Boletín Eclesiástico. Arzobispado de Santiago. Cuaderno de Historia Militar: 2008. Revista Católica: 1911-1912. Revista Chilena de Historia y Geografía: 1912, 1982. Revista de Estudios Históricos: 1985. Revista de Historia Militar: 2002-2010. Revista En Viaje: 1961. Revista La Patria: 1912. Memorial del Ejército de Chile: 1923, 1933, 1944, 1949, 1957, 1967, 1982, 1999. – Patria Vieja: 2005, 2007.

d) Fuentes impresas:
– Carta de Absalón Gutiérrez a su esposa. En Boletín N° 59 de la Academia Chilena de la Historia, 1958, p. 210. – Carta del cirujano Rómulo 2do. Larrañaga, a Nicanor Molinare, agosto 1 de 1911. En Monseñor Joaquín Matte Varas, Junto a Dios los Inmortales, Departamento Comunicacional del Ejército, Santiago, 2003, pp. 69-71. – Carta de Ignacio Carrera Pinto a su hermano Luis. Iquique, noviembre 17 de 1789. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. – Carta de Pésame a la señora Emilia Pinto viuda de Carrera. Lima, Agosto 3 de 1882. En Pascual Ahumada Moreno, Recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referentes a la guerra que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982, Tomo 7, p. 204.

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Bibliografía

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Ignacio Carrera Pinto: El Héroe

– Discurso del señor Ministro de Guerra y Marina don Ramón León Luco, con ocasión del traslado de los corazones de los Héroes de La Concepción. El Diario Ilustrado, 10 de julio de 1911. – Hoja de Servicios del capitán Ignacio Carrera Pinto. Tomo 70, p. 154. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. – Informe Estudio de Títulos, de propiedad ubicada en calle San Martín 98 de Peñaflor que perteneció a la familia Carrera Fontecilla. (Facilitado por la Sra. Ana María Ried Undurraga). – Libro de Correspondencia del Regimiento Chacabuco, 1880-1882. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. – Libro de Correspondencia del Regimiento Esmeralda. 1879-1880. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. – Libro de Exámenes del Instituto Nacional, Años 1865-1867. Archivo del Instituto Nacional. – Libro de Matrícula del Instituto Nacional, Número 6, Años 18601877. Archivo del Instituto Nacional. – Libro de Partes de Profesores del Instituto Nacional, Número 7, Años 1865-1867. Archivo del Instituto Nacional. – Libro de Revista de Comisario del Batallón Chacabuco, Volumen 315, 1882. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. – Lista Nominal y clasificada de los oficiales e individuos de tropa, muertos en La Concepción, firmada por el Comandante Marcial Pinto Agüero. Jauja, julio 12 de 1882. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. – Memoria del Ministerio de Guerra presentada al Congreso Nacional, Santiago, Imprenta Nacional, 1879-1884. – Partida Bautismal de Ignacio Carrera Pinto. Parroquia San Isidro, Libro 8 de Bautismos, fs. 348. 8 d febrero de 1848. – Parte de guerra del Comandante Marcial Pinto Agüero, Jauja, julio 12 de 1882. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico. – Parte Oficial sobre el Combate de La Concepción, escrito por el coronel Estanislao del Canto, Tarma, julio 16 de 1882. Departamento de Historia Militar, Archivo Histórico.

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Bibliografía

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II.- Fuentes Secundarias a) Libros:
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