GEMELOS EN LA PREHISTORIA

Era casi media noche cuando Arita supo que su bebé nacería muy pronto. Con ayuda de las demás mujeres de la tribu y mientras el hechicero cantaba y hacía ruiditos con su collar de piedrecitas mirando la luna, nació la pequeña Kali. Era una niña fuerte y rosada que lloraba tan alto como le permitían sus pulmones y que fue presentada al gran jefe Gon-Cu que era su padre. Dentro de la cabaña su mamá sabía que aún había “trabajo por hacer”. Los osos, los leones y muchos animales más tenían dos crías cada vez, pero solo la más anciana del clan recordaba algo parecido en cachorros humanos. Amanecía ya cuando por fin nació keó. Al contrario que su hermana Keó era un niño menudito y frágil que más que llorar lo que hacía era maullar como un gatito. Después de aquella larga noche llegaron muchas más: primaveras que continuaban con abundantes veranos y suaves otoños seguidos de fríos y largos inviernos. Durante ese tiempo el gran jefe miraba desconcertado como crecían sus hijos. Los niños en aquel entonces no iban al cole -no había- y no tenían que aprender letras, ni números, ni nombres de ríos... -no los habían inventado-. Pero sí que había muchas cosas que aprender: había que distinguir los frutos venenosos de los comestibles, saber escapar de los animales salvajes, pescar pececitos, encender fuego... Bueno, había aún más trabajo que ahora. Pero mientras que Kali saltaba y corría persiguiendo lagartijas y aprendiendo a tirar con el tirachinas con los demás niños del poblado, Keó prefería quedarse junto a las mujeres haciendo “tonterías” - como decía su padre – con huesos, piedras, conchas y montones de cosas más. El gran jefe Gon-Cu no entendía porqué su hijo no era tan decidido y fuerte como él, ni porqué a Kali no le gustaba cocinar, curtir pieles ni cuidar a los otros bebés. La mamá pensaba que a lo mejor sus “espíritus” se intercambiaron al nacer, pero lo cierto era que ella no los cambiaba por nada ni por nadie. Una tarde el cielo se oscureció mucho antes que otros días y eso que ya casi era primavera. Los animalitos se habían ido a sus cuevas, nidos o madrigueras. Una gran preocupación se extendió por todo el poblado tan rápidamente como los nubarrones negros se fueron extendiendo sobre el cielo. Había que hacer como los animales: refugiarse en las chozas, cabañas y cuevas, pero... Pero los hombres aún no habían vuelto. Salieron a cazar bien temprano como cada día cargados con sus lanzas, hachas y flechas en busca de una manada de ciervos que pastaban cerca de un riachuelo. De pronto, del cielo salió un gran estallido y unas extraños cuchillos de luces saltaron entre las nubes negras rompiéndolas y dejando caer todas las gotas de lluvia que había dentro de ellas. Todos asustados dentro de la cueva alrededor de un fuego canturreaban extrañas canciones. Kali no sabía muy bien si aquellos cánticos servirían para algo pero no podía quedarse sentada esperando a ver que pasaba: su papá y los otros hombres de la tribu podían estar en peligro y ella, ella, ella no pensaba quedarse a esperar. Tan distraídos estaban todos siguiendo los cantos de las ancianas que nadie se dio cuenta de que Kali se había ido. Era de noche, no se veía mucho y no había cogido ninguna antorcha. - Bueno - pensó, - tampoco me iba a durar encendida, el agua de la lluvia la apagaría - .Llevaba consigo

su cuchillo de colmillo de león y un hacha que le había regalado su hermano. Por suerte para ella, no había ningún animal peligroso por allí -estaban todos en sus guaridas-. Aprovechaba las luces de los relámpagos para descubrir el camino que conocía y cuando sonaba el trueno le daba un poquito de miedo aunque por nada del mundo lo habría reconocido. Llevaba un rato caminando cuando comenzó a oír el ruido de la Gran Catarata justo el lugar que los niños tenían prohibido traspasar. A partir de ese punto no sabía que podía encontrar... Bueno, sí que lo sabía, algunas veces había seguido a su padre y a los demás sin que ellos lo sospecharan y sabía que era peligroso porque había grandes pozos de donde un animal, un niño o ¡un hombre! No podrían salir sin ayuda. ¡Eso es, eso es! Su papá y los demás podrían haber caído en alguno de ellos, era imposible conocerlos todos y su papá le había dicho que algunas veces estaban ocultos por plantas y ramas. Pero aquello podía ser una mala noticia, el agua de las montañas bajaba con fuerza buscando encontrarse con el río que la llevase hasta el mar. Sin duda, en su bajada llenaría los pozos que encontrase en su camino. El gran jefe y sus hombres podían morir ahogados. Kali pensó que lo primero era encontrar en cual de los pozos estaban, después... después ya vería. Y así fue como empezó a buscar entre los pozos que conocía: el que estaba cerca del gran castaño, el que tenía tres bocas, el que repetía tus palabras cuando te asomabas... ¡ Eeeeeeeh! gritaba siempre, ¡eeeeeeeh! contestaba la voz del pozo. - ¡ Eeeeeeh1 - gritó Kali. - ¡Aquí. Aquí!- contestó esta vez el pozo. ¡No podía ser! ¿qué era aquello?- ¡Aquí, estamos aquí! -. Volvió a repetir. - ¡ Papá, papá ! - dijo Kali, llena de esperanza y miedo. Los había encontrado pero la situación era difícil; no podía sacarlos. Cuando había caído algún animalito lo habían sacado metiendo alguna rama por la que pudieran trepar, pero esta vez haría falta un tronco y ella no tenía fuerza y además estaba todo tan oscuro... Sin saber como lo haría gritó a su padre prometiendo que volvería con ayuda. Corrió tan deprisa como pudo hasta llegar al centro de la cueva, junto al fuego donde estaban todos reunidos y les explicó las dos noticias que traía: La buena: los había encontrado. La mala: estaban atrapados y no sabía como sacarlos de allí. ¡Anda, pero si hay otra mala! : el pozo puede llenarse de agua y entonces... La alegría que sintieron todos cuando oyeron a Kali decir que los había encontrado se volvió desilusión y desesperanza al comprender que nunca podrían sacarlos a tiempo de aquel agujero. -Yo podría sacarlos – dijo Keló. A pesar de que habló muy bajito, todos callaron y se volvieron hacia él. -Yo puedo sacarlos – dijo esta vez más alto, - pero necesito ayuda si tenemos tan poco tiempo -. - Claro Keló – dijo Kali, - ¿qué tenemos que hacer? -. - Pues, necesitaremos varios palos como éste, fuertes y no demasiado largos, ah y muchos tallos de lino y cáñamo trenzados para que sean más resistentes.Niños, ancianos y mujeres colaboraron para conseguir todo lo que había pedido Keló aunque nadie era capaz de adivinar como esas cosas podían salvar a los hombres. Palo bien atado con un fuerte nudo, un poco de cuerda y otro palo bien atado, otro poco de cuerda más y otro palo... Y el mismo sistema en el otro extremo de cada palo. Cuando hubo calculado que había suficientes recogió todo y pidió a su hermana que lo

llevase hasta el pozo. Una pequeña expedición salió al rescate sin saber muy bien como iba a utilizar Keó su extraño invento. Una inmensa luna se abrió paso entre las negras nubes lo que permitió que el grupo caminase sin grandes dificultades y encontrasen el pozo que se había tragado a los hombres. Nada más llegar Keó buscó un punto donde fijar su invento. Trabó el primer palo entre unos troncos asegurándose de que aguantara el peso de un hombre y dejó caer el resto de los palos anudados con la esperanza de que fuesen suficientes para llegar al fondo del pozo. Abajo esperaban los hombres que no salían de su asombro cuando vieron aquella extraña cadena de palos. Pero apenas terminaron de seguir con los ojos el camino hacia arriba comprendieron que solo tendrían que ir trepando de palo en palo, despacito y con cuidado para salir de aquella trampa. Y así fue como la intrépida Kali y el ingenioso Keó salvaron a todos los hombres de la tribu y aunque Arita y Gon-Cu siempre habían querido a sus hijos, ahora, además se sentían muy, muy, pero que muy orgullosos de ellos.

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