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Lokura
... Asusta. La ausencia de esperanza asusta. Desconocer la búsqueda. Estar perdidos. Vagabundos de nuestros sentimientos; sentimientos vagabundos en nosotros que buscan un alma a la que entregarse, cansados de no echar raíces, de no poder crecer. ... Miro al cielo y pregunto o mejor... miro al cielo y grito: “¡Misterio vestido de falta de certeza!” Pregunto luego para mis adentros en casi un silencio: “¿Quién eres?... No te temo, aquí estoy, solo y asustado”. Mi cobardía se tornó sustento... El niño pasó cerca y tirando de mi mano me despertó. “¡He nacido!” Lo que para nosotros es el nacimiento, es la muerte en otra vida y la nuestra empieza sepultando otra. Todo empieza y todo acaba, nada empieza y nada acaba. Todo es la misma cosa, no hay distinciones; en nuestra percepción está el error. La realidad, la única que existe y no la nuestra, es diferente.

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Me he detenido. Ya no avanzo. Siento vértigo. El suelo sigue pasando bajo mis pies. Mi voluntad no afecta al universo ni en su mínima esencia. O eso siento yo... ¿Podremos recuperarnos algún día? ¿Estamos heridos de muerte?...La multitud es droga, el individuo fallece, si es que -¿Cuál es tu nombre? -Mi nombre es mentira. -Aun así dímelo, prometo no creerte. -Mi nombre es SUEÑO. -¡Sueño! ¿Sueño, dices? ¿Mi sueño? -De sobra sabes que sí. -He sentido tu presencia y he abierto los ojos. Abandona las sombras para que puede contemplarte. -No puedo. Si abandono las sombras moriré. Solo existo en tus fantasías.

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-¡Mientes!, ¡mientes! Mírame! Aunque de mis ojos veas salir infinitos hierros incandescentes y mi pecho reviente pariendo a la muerte y convirtiendo mi lengua en soga alrededor de mi cuello, jamás renunciaré. Mi mundo lo he construido yo para mí y acabará cuando mi yo expire...

¡Nada podrás hacer!

Escrito en el reverso del cielo está tu destino, tu hora, tu día, tu legado. Nada podrás hacer salvo abrazar tu miedo... Para el destino eres un pelo en el mar.

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No llegaremos a entenderlo. Mucho mejor para el hombre. El día que lo entendamos, lo destruiremos para poner en su lugar algo que nosotros habremos decidido que es importante...: una madre alma, una madre vida, una única madre. Podemos amar, podemos sufrir, podemos soñar... podemos y sentimos. ¿Y si estamos siempre dormidos y nuestra vida es la pesadilla de un mente superior?.

No lo sé.
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A veces y solo a veces creo en mí... Puedo mirarme, sé
que estoy porque puedo verme, sé que no es verdad porque no me siento. A veces quiero ser yo mientras me niego. Quiero besarme pero no llego. A veces me abrazaría pero no tengo brazos que me cojan. No sé si vivo o viví ya y esto es un recuerdo. Días me conozco y días me busco, aunque no me he movido. No me he movido pero no estoy donde estaba. He vuelto sobre mí mismo encontrando algo en lo que no creo. Yo no quiero ser ese, porque a veces quiero ser yo pero a veces me niego. Quiero saber si soy verdad o si me engaño. Si he nacido o estoy muriendo. A veces me río de mí, a veces la risa soy yo.

A veces el miedo me aconseja, a veces me anula. Toco mis ojos porque no siento si lloran, toco mis labios para saber si dicen verdad. Y todo porque a veces quiero ser yo pero a veces me niego. A veces camino solo... a veces la soledad me acompaña. A veces hablo pero no me escucho, a veces me
escucharía pero no puedo hablar.

Sufres.
Tu corazón escribe renglones desesperados, tus ojos lloran arena, tu alma huye perseguida por ti mismo, tu mente abraza la esperanza sin encontrarla, tus manos quieren

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protegerte pero no las ves... Si en ese dolor, en ese sangrar hasta el vacío me reconoces como a tu hermano será que lo soy pues en ese momento no existe la mentira. Preguntas: “¿Qué pasa?”. ¿Quieres saber?, cuando a uno le duele ser como es, cuando alguien sufre por tu culpa, cuando quieres desaparecer, cuando la pena te culpa... ¡Oye!, ¡hablo contigo!, abre tus brazos amigo, ¡escúchame!... “Y vio en sus ojos la claridad que las estrellas tienen en su alumbramiento. Nada sonó. Al tiempo se oyó el llanto de un niño...” Me estaba quedando dormido en mi sillón mientras veía la lluvia fuera en el patio. Fue tan solo un instante pero dejé de estar allí... Me bombardearon palabras: fe doblegarme cruel dolorosa honorable muerte ladrones de espíritus... Desperté en el ácido de mis sudores, sumido en una calma extraña. Ya no llovía en el patio, llovía en mis ojos. Rabia. Lágrimas. Lágrimas de sillón dormitando un sueño. Cuando la lluvia cesó en un camino cualquiera, en un lugar también cualquiera, se encontraron la duda y la herida...

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-El no saber que hubiera pasado me hace pasar las noches en vela, dijo la duda. -A mí es el dolor lo que no me permite dormir. -Estamos iguales, dijo la herida. -Te equivocas; tu herida con el paso del tiempo cicatrizará hasta no dejar huella, mientras que en mí, la duda irá creciendo cada día hasta matarme, dijo la duda comenzando a llorar. La herida cogiéndola de la mano la consoló y siguieron camino juntas... Y empiezas un día a sentirte solo. Coincide con el día en el que naces. Solo en tu sentimiento, en tu ilusión, en tu decepción. Solo en tu llanto, en tu esperanza... solo en tu soledad, queriendo formar parte de, deseando componer algo, deseando romper las cadenas que te esclavizan a tu propio yo. Pero tu yo es tu límite. Nadie puede sentir como tú, pensar como tú; nadie se puede poner en tu lugar. Es ahí donde la soledad reside... Quiero querer, quiero amar. Amarte a ti que no lo sabes. Sin querer te amaría. No es lo que quiero, es lo que es. No decido. Está decidido ya. Si no supiera quién eres, si jamás te hubiese visto, aun estando lejos de mí, sin cruzarnos nunca ni tan siquiera en sueños, tal vez fuera distinto, pero aun así, sabría, conocería... no tu nombre, no tu olor, no tu presencia.

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Sabría.
Conocería tu ausencia. Estuviste nunca, siempre faltaste. Es tu ausencia lo que siento, lo que he aprendido, lo que sin querer me has enseñado. Es por eso, por lo que cuando te veo, sé que eres tú. Porque mi vacío se tapa y no deseo escribir mis lloros. Porque reconozco el sabor de la nostalgia en el instante inmediato a tu marcha. Por eso sé que eres tú. Soporto. Quiero no tener, poseer no quiero, quiero no querer, no tener la propiedad de nada, la dependencia de nada. No soporto, me vulnera, me ahoga, me destruye imaginarte, y en contra de mi voluntad me rompo. Por eso sé que eres tú. Porque ahora mismo, escribiendo esto, me veo leyéndote, y cada vez que levanto los ojos del papel es tu cara lo que veo. Y sé, que si, tan solo un instante, me permitieras hablarte al oído, bajito, más antes que tarde, cerrarías los ojos, para que el agua de mis lágrimas diera paso a la verdad. Por

eso sé que eres tú.
Estoy sentado, al final del camino, cansado, con los pies colgados sobre el infinito como un niño sobre un viejo puente viendo pasar el río. Sin pensar en nada. Y aun así te extraño. Preguntándome que harás ahora. Preguntándome si he de buscarte, si he de esperar, si he de rendirme. Por eso sé que eres tú, y porque sé que eres tú, te diré tu nombre... se siente y no se puede tocar.

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Vives en mi fantasía, te imagino, vienes, pasas y te vas. Me haces sonreír cuando cierro los ojos. Espero que llegues y no llegas jamás.

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puente viendo

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río

-SUEÑO. Tu nombre, para mí, es sueño.
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Quería correr para escapar de nadie, quería esperar pero no tenía a quién, temía, miraba cerca y todo se nublaba. No veía mirando mas allá, esperaba, no se movía, pensando huir de nuevo. Cerró los ojos buscando cobijo. Encontró silencio. La paz se mezclaba con su aliento, las manos ya no le sudaban, sintió calor en el pecho, pidió su deseo... pidió su deseo con todas sus fuerzas y abrió los ojos...

No había nada. No había nadie. Estaba suspendida, flotaba.
Quiso cerrar sus ojos pero permanecieron abiertos. En la ceguera oyó un quejido; le hacía daño... la molestia de algo retumbaba en su interior; el quejido se hacía insoportable. Una claridad dolorosa para la vista salía de su vientre. El silencio bruscamente se adueñó de todo. La luz seccionó el vínculo con ella. La Madre Tierra había parido al sol que lloró como un recién nacido, y la vida así comenzó. Dos almas hermanas, entonces, separaron sus caminos. La verdad y la mentira se abrazaron deseándose suerte. Juraron encontrarse cuando el camino llegase a su fin. El destino conocía ya que verdad y mentira jamás se

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volverían a encontrar. Una viviría para que la otra pudiera existir. Siempre en la lejanía, siempre en la distancia, condenadas a no poder hablar de los secretos de la vida. ¿Dónde queda el hombre?, ¿dónde queda? Marcando las horas en su cara: respirando segundos en presencia de la lejanía. Solo. Con sus lágrimas últimas borrando el dolor sufrido, impotente mas en paz. Rendido a su destino. Queriendo abrazar su sombra, buscando mitigar su vacío, templar su frío... -¡Háblame, dime algo!, ¿por qué me acaricia el destino con su mano fría? ¿Por qué vivo mientras mengua mi corazón? ¿Por qué respiro pero no siento?... Déjame correr. Hazme libre. Libérame antes de que mi mundo caiga y sus escombros sean mi tumba sin nombre, sin fecha... Quiero morir. Quiero vivir. Quiero amar. »Quiero saber si es aquí donde termina mi camino o si he estado muerto y voy a nacer. No sé si mi voz está muda o mi yo no quiere escuchar...

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Hay preguntas porque hay respuestas. Mi pregunta es huérfana... Solo, solo con mi pena, con mi pena solo. Me tiende su mano pero huyo. Me acurruco en un rincón húmedo de mi alma. Temblando he visto el miedo envenenado en la palma de la mano tendida, mirándome... -No me desafíes. No me retes. No me conozcas. No te acerques. Tan solo déjame, acepta mi abandono. He de consumirme para resurgir. En mis cenizas el hombre encontrará sus raíces y de la tierra creceré, y el primer paso de mi vida será el primer paso de mi muerte y comenzaré de nuevo a perecer, lentamente, hasta que las cenizas retornen a su sitio...

¡Vete!
»No quiero verte. Llévatelos a todos –No hay suelo bajo mis pies, caigo–. Te buscaré si necesito de ti. Daré contigo si siento que faltas. Pero ahora no, ahora necesito no sentirme yo. Ser mi ausencia. No rellenar el hueco sino ser el hueco. O ni siquiera ser. Ser la nada. Ni el principio ni el fin, ser el camino...

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»¿Quién eres? ¡Déjate ver..., en el agua eres mi reflejo! Sécate hasta extinguirte en la orilla perdida del mar de mis sueños; de mi vida jamás vivida, donde estoy arrodillado porque yo no existo. No estoy. No soy. Como el aire que viaja indiferente a nuestra vista dándonos la vida. »Quiero ser aire... No abriré si llamas a la puerta de mi reducido conocimiento.

Hoy no.
Estoy dormido en la noria que pasa una vez tras otra cansada ya por las estaciones de mi dolor... oigo una voz. -¿Quieres jugar...? -¿Quién eres tú? -Soy un niño que quiere jugar. -Juguemos entonces... ¿Cuál es el juego? -Juguemos a olvidar quiénes somos... -De acuerdo, dije... Jamás supe de aquel niño y jamás volví a saber de mí. Desde aquel día sigo jugando.

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No sé quién soy, pero sé qué soy.

Soy la nada.
Porque es la nada el principio y el final de todo.

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Emergiendo de donde no hay apoyos. En el hundimiento de las esperanzas me he perdido. Me buscaría pero desconozco si quiero encontrarme. No quiero sorpresas. Olvidé la última vez que me miré en un espejo y me vi. No quiero tocar el cielo ni aunque me lo bajen. He vuelto de algún sitio que llaman destino.

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adelanté a mi anhelo. Me dio las largas. «No me bajen el cielo ¡que no quiero!» Voy a dormir en esta carretera. Sin manta ni cuidado. Mañana caminaré hacia atrás lo que hice hoy hacia delante. Un letrero: “Ningún lugar”. Quiero una habitación para el resto de mi vida. «Cóbrese con lo que llevo en la mochila...» Kilómetros derretidos en atardeceres con mi sombra de la mano. En mi mochila viaja una concha, te dirá si cuento mentira. “No molestar” cuelga en el mensaje del pomo de mi puerta. Para no salir entro en mí susurrándole secretos a mi pasado. Cuatro paredes caen conmigo escuchando a una botella. «Ven aquí», se oye de mi boca que habla sola. Por debajo de la puerta escapó, a los abismos de mi habitación, una mujer de bandera, que llevaba escrito en el pecho un adiós. Recuerdo botellas vacías velando funerales y en sus cristales espejismos corriendo, que pagarían para ser verdad. Alguien hace gestos en mi barriga como si quisiera salir.

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«¿Eres tú...? -te encontré en mi camino- ¿Qué haces aquí? No, no me lo digas. Buscas cobijo techando los lloros de cuando eras niño; buscando el toldo de tu vejez.»

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Vidas vividas corriendo. «Abrázame aunque no esté. Abrázame aunque esté solo.» Miedo. Valentía de papel. Mis manos se cerraron un día y aún no sé por qué. Me preguntas si te llevo. «Sube. Cabalga conmigo mi sueño. Hay gasolina para ir, no para volver. Cuando lleguemos haremos señales con mi cristal desafiando al sol, haciéndole cerrar los ojos con su reflejo. Sonreiremos y allá donde estemos comenzará el mundo y tras nosotros, donde nace nuestra espalda, el camino se hará pared...»

Sigo camino solo.
Lloro velas de cumpleaños. Como un niño las intento soplar para no quemar mi cara pero es inútil. Dentro de esas cajas hay regalos. Sé que están vacías. Estoy lleno. Quiero cajas sin lazos. Envoltorios transparentes que no me oculten mentiras. Que la sorpresa salte como un bufón con un muelle, con pies de payaso y gorro de pirata, al abrir la caja. Estoy en mi cama rebotando contra lo que no puede ser, escondiendo mi cara tras la lámpara. El miedo me quiere arropar, darme un beso en la cara, contarme

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un cuento para que duerma. «No cierres la puerta. No apagues la luz. Tengo miedo... el miedo soy yo». Suena el despertador. -¡Corre!, o se pasará la hora de los secretos. -¡¿Tú que sabrás?!... Viví dos vidas antes de esta y aun no se quien soy. Caras sin nuca porque son dos caras.

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Escribo porque lo siento. -Lo leo y no lo entiendo. -... Yo no dije eso.

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En la distancia he escrito plegarias para enviarlas a otros mundos. Con el susto en mis ojos, con cicatrices estirando mi piel. Tú y el sentido con el que amamantas la hipocresía de tus mandamientos. Yo y el dolor seco del pasar muerto de días enteros, eternos, como gotas de un ungüento macerado en barriles de madera quemada en el fuego primero donde todo nació y murió; donde escupieron nuestro destino, echándonos las cartas, firmando nuestro despido, enterrando en un sobre lacrado nuestro testamento.
-¿Tú qué has pedido? -¡Qué voy a pedir!, soy un mendigo. Pido dinero para tapar huecos con papeles de colores con caras. -¿Que harás cuando veas que tus huecos no tienen fondo?

Miras, sonríes como las hienas:

«Eso no pasará...»
Tu alma, sin demorarse demasiado, doblará campanas por ti. -¿Tú qué has pedido? -¡Qué voy a pedir!, soy un pordiosero. Pido poder

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para que esto sea distinto. Para estar encima y no debajo. Para pisar en vez de ser pisado. -¿Qué harás cuando en el hueco de tu corazón sientas el latido de un niño llorando? Miras. Eres otro pero sonríes como las hienas:

«Eso no pasará...»
Oigo los pasos de tu ataúd en su viaje al campo santo. No he pedido nada. Mis deseos los baña la marea a veces limpia, a veces negra. Venga lo que venga no tengo nada, ni bolsillos ni cartera ni el atisbo de una mirada perdida ni las notas de mi melodía ni mi inspiración en el rellano de cualquier escalera.

Soy la mascota de los peces de mi pecera; son ellos los que me miran, los que están fuera. He recogido gotas de lluvia una a una con un dedal... ¡Quiero sembrar lluvia en los jardines de mi sueño!, ¡que llueva de la tierra al cielo, que se encharquen las nubes con el sabor del lamento mío!... Sigo cazando gotas lloradas por el cielo. Si algo tan
grande llora es que su dolor tiene dueño. Y puede que yo sea la mitad de alguien que vive en mi otro medio, un espejo no perfecto, dos destinos para un mismo trayecto.

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No un ángel y un demonio, sino dos vidas en la misma, dos temblores del mismo frío. Mi otra mitad me quiere más que yo mismo, que cree ser yo pero solo es una parte. Mi conciencia la desconoce, las voces que viven conmigo hablan de ella, dicen su nombre: «La que tú no conoces -dicen-... tu simetría imperfecta, tu secreta figura. Ella siente lo mismo, te mira». Dos, de todo dos. Tinieblas y sol, agua y grietas, heridas y payasos, holocaustos y parturientas... Una vida, no; dos en la misma, dos rostros de espaldas adosando nucas, dos corazones compartiendo columna.

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Se me va la cabeza.

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Voy a descansar, a sentarme entre los renglones de mi náusea. «Quiero un café... por favor, claro. En los posos de su taza zambullirme, dejar de ser, matar el regreso, olvidarme con cada ayer, nacer cero en lo que venga, sin enseñanzas, sin guión, como inventando el fuego o descubriendo el amor, asustándome con mi reflejo a la orilla de un río, sintiendo el frío, que quizás para mí, será calor...» Esto se ha llenado. Los posos se han agrietado a los pies de mi vaso.

Marcho.
Una bufanda, un jersey de cuello alto, mi gorro de lana, calientan, cubren, mi daño. -¡Una limosna para comer algo!... -¡No moleste estoy rezando! Imágenes doradas, cuadros venerados, escaparates de contaminadas sonrisas y, por supuesto, zapatos caros. ¡Qué cerquita está el día en el que yo y mis hermanos, que sois vosotros, paguemos un precio alto! ¿Que me engaño? Por supuesto que me engaño; las súplicas de mi necesidad, los andamios de mi teatro, escuchadas unas, levantados otros, para huir de esta película, de este reparto. Mi remedio es mi vacuna. Mi realidad es

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una mentira, pero es verdad para mí. Libre de contagios, de comentarios, de pegatinas con precios. Es tan cruda, tan de sangre, tan de hielo. El telediario, los periódicos, en los que solo las putas dicen la verdad, las noticias, los gritos de alguien que no es nadie y que podría ser yo, gabardinas de piedras de pedernal, el «así son las cosas...». Este juego no lo he inventado yo. ¡Claro que me miento! En mi engaño los abrazos son una especie protegida, las sonrisas, migas de pan, cada lágrima tiene su pañuelo y en el suelo, solo hay semillas que plantar, ¡solo! No gente pidiendo, ¡pidiendo! Ni guantes mugrientos sin dedos. En mi casa, aun siendo un cuento, vivo... y vive conmigo mi alma. No me podréis robar ni juzgar dictando sentencia. Las confesiones de mi corazón, sin aspavientos, sin orquesta, mías son. Solo cuando estoy borracho puedo olvidar el comentario que me hizo alguien una vez: «No hay nada más dañino que esperar el beso de una mujer». Autopistas, inauguradas en las costuras de unos ojos, que profanan caminos clavados en pies de plomo... en lloreras... porque la vida emerge del agua. Un alumbramiento desconocido para los que solo hemos nacido una vez, el mutismo del no regreso, un nacimiento bajo tierra,

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con tapas de madera, en gestaciones que duran una vida, mientras flotan árboles, familias, nubes, en su líquido amniótico. «Este dinero para el último viaje», como decía mi abuela. -¡Quién sabe, vieja, quizás sea el primer trasbordo a la revelación del padre de todos los secretos. ¡Qué ruido hace el silencio en los tanatorios! La estrella invitada tiene su reservado, apartado tras un cristal; la tierra santa de lo que llamamos almas. Nuestra arrogancia va mucho más lejos que nuestra falacia. Alargamos el cuello, ¡qué morbo nos da el dolor ajeno!, como esperando el autobús, el tren que viene de lejos... velando muertos.

He llevado mi ilusión a la guardería, antes de venir, para que no crezca. He puesto a mi sonrisa un despertador a todas las horas en punto. He arropado en la cuna de mis recuerdos tu primer abrazo como a un retoño de pies descalzos y tiovivos de papel entre los dedos aún puros de sus manos. «¡No me hables desde tu púlpito de mármol, de arriba abajo! No te escucharé. Tu oro para mí es barro. ¡Baja! En las raíces de mi piel tengo tus promesas sangrando.» He nacido con el miedo en mis párpados. En las ramas de mi árbol he colgado los regalos prestados de mi engaño. Ha soplado el viento desde los recove31

cos de mi fuego. En la parcela que linda con el desengaño de mi cuento tiene su sitio un vertedero donde agoniza el amor... El amor ciego. Recibe visitas de los “tontos” que tienen sueños, como yo que le compré un bono de diez al desamor en un entierro. Me retuerzo saboreando cansancios en los bostezos de mi tormento. Los derrames de mi esperanza en sus regueros, coleccionan polvo. ¡Las iglesias también se limpian! De debajo de Jesús en la cruz, tras el altar, de una puerta de capilla aparece una mejicana chiquita con su carrito, con su fregona y su delantal: -Perdón. Siga, no le quiero molestar. -No molesta, buena mujer... Desde los bancos de tanatorio, en esta ermita de ciudad curtida en plegarias y lloros, queda escrito y dicho que hay quien vive de limpiar lo que dicen es la casa de Dios. Confesiones de rodillas; postrado, soy los labios de la miel. ¡Quisiera haber muerto ayer para asistir a mi entierro!, decir unas palabras en mi funeral, llevar a hombros mi féretro. Hoy, ya en la siesta bajo el cemento, al calor de mi edredón de flores. Con mis coronas, sin ser rey, recito mi responso: “Quiero morirme...

ayer”.
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En mi DNI reza un epitafio:

« »

«Ya no hay remedio.»
¡Coño!, una sentencia. Ustedes deciden cuando se debe morir. ¡Lo deciden todo! «¡Fumar mata!» ¡Coño!, pues claro que mata... y beber y conducir y bucear y querer demasiado, ¡no te jode con Nostradamus!... ¿Y la falta de vergüenza y la traición y el truco barato y la falta de honestidad y su política de mierda y su credo de traficantes de vidas y sus cuentas bancarias con sangre y sus desprecios a los don nadie, con minúsculas por supuesto, y sus parkings, con pingajillo y cartuchera, y sus cumbres de poder, «¡despéjenme la puerta trasera no sea que tengamos que salir por piernas!», y esas voces al otro lado del teléfono...? Todo eso sí que mata. Y no tiene cartel ni aviso de las autoridades sanitarias ni campañas de publicidad con

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bandas sonoras que hacen llorar en los salones de nuestras casas... Tienen despachos casi con vida, maletines de piel, diamantes incrustados en los ojos, aunque ven, reuniones con sus “Grupos de trabajo”, memorándums, actos sociales, putas deseosas de chupar su dosis de poder en billetes morados... Y luego está el: «Hoy llegaré tarde cariño, tengo trabajo. Dale un beso a los niños, estoy ocupado» -¡como los baños, qué asco!-.

Fumar puede matar Beber puede matar Conducir puede matar Bucear puede matar Querer demasiado puede matar

La falta de vergüenza puede matar La traición puede matar La falta de honestidad puede matar El credo de los traficantes de vida puede matar

Su política de mierda PUEDE MATAR

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Sueño sin levantar las persianas, sin desayuno con tostadas. DUERMO:

He corrido parándome a cada paso al borde del acantilado. He querido saltar para ser cielo pero mi aliento se ha vuelto hielo congelando mi descenso... Le he hablado al sol: «¡Quémame por dentro! Revienta mi armadura de frío yeso. Soy yo. Bésame en mis adentros, en la madre de mis instintos, en la paz de no sentir, en el color de los desahucios de mi cuerpo».
Qué fácil es hacer daño a desconocidos numerándolos en estadísticas sin olor, sin bañar tus pinceles en sangre. ¡Oirás!, oirás los gritos de esa gente tan alto y tan dentro de tu cerebro que tu conciencia será vomitada, tu peste aullará en tu oído. No darás crédito, querrás despertar estando despierto... Este es mi augurio para ti; esta es mi condición, «humano».

En la verbena del mundo: el algodón dulce, las manzanas bañadas en caramelo, el tiovivo, los autos de choque, la orquesta del pueblo: «Si dispara al palillo y lo parte le doy un peluche», la reina de las fiestas, el pregonero, la casa del terror, el encierro. En el vaho de mi espejo escribo siempre unos versos. Viven el tiempo que tarda en entrar el aire fresco...
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Algún día sé que le preguntaré: «¿Recuerdas los versos que en tu cara grabaron mis dedos?» Y me sentaré a esperar como hacen los viejos. Estoy preso entre las paredes de mi alfabeto, en las exequias de mi fuego santo, en la corpulencia desmenuzada de mi otro esqueleto. En la paleta de mi mano lloro las pinturas de mi sueño; con la brocha de mi daño pinto las paredes de su cuarto cerrado... está como lo dejó ella; no lo he podido tocar... Para las cuerdas de mi guitarra aún es temprano, aunque me mira. Mira mis manos... «Quiero que me hagas hablar, acompañar tus desgarros...» En mi confesión a los bancos vacíos, al consumirse de las velas, a los cauces ya con grietas, a los campanarios sin nido, a los listos que están de vuelta, a los uniformes, sean de lo que sean, usados como bandera, a mis lágrimas de plañidera; en mi confesión, con los zapateos de mi rabieta; en mi huella rastreo restos de vida. Estoy clavado en un asiento que gira. Soy arcilla, sudor marrón, una vasija rellena de vísceras, los pulsos de un creador... ¿de qué hablarán los muertos una vez se ha marchado el enterrador? ¿Habrá bienvenidas, bailes de salón?, ¿barra libre del vino del párroco?, ¿corrillos cuchicheando: «el nuevo dicen que se ahorcó...» o habrá un silencio -más que silencio un adiós callado- tan callado que se pueda escuchar el secar de una última lágri-

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ma...? ¡Qué frío!, por muy muertos que estén los muertos, al recibir la primera noche tienen que tener frío... «Por fin estáis juntos.» Tras el viaje del tiempo seguro que hay un apeadero, un revisor con sombrero, un quiosco en el que venden cuentos, un banco al sol en una plazita adoquinada de colores, una boina negra, una sonrisa de emoción: «¿Cómo estas abuelo José?... Tu espera acabó.» Voy a recoger firmas para instalar estufas en los cementerios El frío no es compañero. Quizás alterne un vivo con un muerto por aquello de ser excéntrico. Hay muertos que viven y vivos que murieron ya... ¡Hemos hecho de las ciudades, cementerios!, con centros comerciales, cines, restaurantes, colegios... Un mundo de muertos. Eso sí, muertos con ordenador, que hablan tres idiomas, con carrera y móvil de última generación..., vacunados para no dar pena; mundo de

lonario, ídolos de barro, democracias

narices con catarros colombianos, puñaladas

dietas de mierda, fiestas con glamour en las que se debería beber NAPALM, fotos con

de guión estudiado, dictaduras de culebrón sudamericano, revistas con

de ta-

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los niños en la casa de verano, «diez consejos para renovar tu armario; cómo encontrar el punto G...; llama al 11888...» ¡no te jode!
Hemos hecho de las ciudades, cementerios... ¿Alguien se ha sentado a leer a los muertos?... Se puede escuchar el silencio. No sé por qué escribo todo esto. Una vela roja consume mi esencia y me aferro a ti, a las migajas del pan de otro que, como un inventor, imagino en los ratos que no lloro. Se derrite mi cólera, mi gaznate traga la callada por respuesta, mi voz es un chirrido empotrado en las cruces de mi sino. Voy a admitir que el sátiro que llevo dentro sea mi mejor amigo, la voz en off de mi corto, mi ángel negro, mi firma, mi sello... Quiero mi anestesia, mi porción de demonio, disfrutar con las llagas de mi amor violado, morder el polvo, de un diosa ebria ser el antojo. No sufrir penitencias.

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Comprar un abono de feria en el ruedo del infierno. Que la anarquía sea una señora ligera que vende sus favores por dinero... -¿Quién dice esto?... -Soy yo, el sátiro que llevas dentro. -¡Cállate! ¡Silencio!... Quiero vivir lo que dure un beso, una caricia al fuego, un pálpito en tu pecho, mi nombre en tus labios, un recuerdo casual en los senderos de tu amnesia. Quiero conocer al patrón de los sueños, al capataz que elige los destinos, al culpable de que tú fueras el mío.

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Aquella tintorería era muy rara: «Se lavan corazones». -Al mío dele la vuelta como a un calcetín y no lo centrifugue, por favor, que se marea. Si consigue usted lavar su pena, no me lo devuelva, déjelo ahí, en una vitrina, con un letrero que diga: «Se limpió en esta tintorería la pena de este corazón. Su dueño lo abandonó para no volverlo a manchar, decía, al doblar la primera esquina». Una mañana la vitrina apareció manchada:

«No laven este corazón que por alguien sangra. Órdenes de arriba».
Una sombra, con su mueca de dolor fiel a su cita diaria, lloró una lágrima por su cara. -Escriban un segundo letrero que diga: «En este corazón, tiene el amor su guarida. En el hombre que lo llora, su agonía»...

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PIENSO...
Hay un estanque en el engaño de mi anhelo donde duermo flotando quieto. No emerjo, no me sumerjo; se arruga mi costado. Mi sueño está muerto, es un muñeco, un espantapájaros con tripas de paja, sin sombrero que desafíe al viento. Mi engaño tenía nombre pero no lo recuerdo... ¡miento! En el vientre del amor, un embrión de ojos color púrpura, de piel canela y sol, de aguas bravas en sus venas, lava su corazón en el hielo líquido de sus lágrimas. Su oración... una oportunidad. No lo verá la tierra. El silbido del rencor, grietas sin milagro de sutura, el aroma del desamor, los señores feudales de este reino... no lo verán.

Juegos de niños.
-Entre lo blanco está el infierno, si no llegas tienes que saltar. Marica el último. -No vale, has hecho trampa. Ya no juego -brazos cruzados, el gesto apretado.

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Todo sucede en un paso de cebra con sus rayas blancas y sus huecos que llevan a otro lugar. Senderos tartamudos, intermitentes caminos, miradas atrás buscando refugio. Hay una pensión a mitad de camino llamada Destino. Con diez preguntas y un acertijo tras la puerta, a la derecha, escritas sobre un papiro con más años que el tiempo...: «¿Quién apaga las velas cada año? ¿Quién da a luz a los milagros? ¿Quién miente al anciano del proverbio? ¿Quién sueña con el sabor de los astros? ¿Quién es el mendigo, el que pide o el que da? ¿Quién bautizó al daño? ¿Quién lloró por primera vez? ¿Quién descubrió el amor eterno? ¿Quién engaña al engaño? ¿Quién hace reír al payaso? Mi acertijo es para ti, que te consideras sabio: “Soy yo quien cierra tu camino. Vivo tras una puerta doble, escondido”. Si conoces estas respuestas serás hospedado en mi pensión y descubrirás tu destino». visto cómo se abre una luna donde sembrar el rencor; donde injertar el odio, escribir las partituras del demonio, sus melodías de seducción. He visto niños que juegan a matarte; la esperanza teñida de un color...

He

Rojo.
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He besado sombras estériles de sentimiento. Mi hálito, en
un rezo desesperado, sentenció un no quiero, un ya no más. Tengo morriña de esos besos que dan vida, de esos que parece que nunca se van a acabar; huérfanos de mi desdicha, mendigos de mi necesidad. Voy a cerrar los ojos, voy a besar al aire... Con ese beso puedo elegir la cepa de mi nacimiento, retroceder en el tiempo, sin color rojo de por medio, sin cordones, sin comités de bienvenida, sin luces, sin una cama con brazos, sin esfuerzos ni agonía, sin cursos preparto, sin cámaras enfocando. No. No. Quiero nacer de la lágrima de un niño; quiero nacer de ahí, solo de ahí porque no existe lugar más puro, y poder salivar, en esa primera noche, el sabor de la música de la luna, en mi cuna de recién perdida virginidad. Reza mi credo; riega mi creación; el sombrero quítate, la chapa de tu chistera, el alcohol de quemar en vena. Mi verbena: besos de portal.

El confesor de la miseria.
Solo, debajo de un puente, soy el cemento, los colores de bote en monólogos de spray.

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El destino ha pronunciado mi nombre... Acabaré solo. Solo vine. Hoja blanca abierta, hambrienta de ser profanada, eres mi diván, la secretaria de mi conciencia, mi confesor con sotana, los archivos de mi memoria, mi amigo, mi enemigo, el testamento de mi pluma, la costura de mi herida, el parche de mi avería, el apuntador de mi demencia, el testigo de mi agonía. Sus manos rotas martillean los muros levantados con la mezquindad del hombre, con su amnesia de la verdad, con el comercio de lo sagrado, con su orgullo barato depies de barro, que golpea su sonrisa triunfal hasta vaciar su cráneo.

Orgullo Amnesia Mezquindad Mezquindad Mezquindad Mezquindad Orgullo Amnesia Amnesia Amnesia Mezquindad Orgullo Orgullo

Muros que protegen algo:
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Una mentira hecha ley, un mandamiento hecho vergüenza, la secta de unos bastardos, que fuman puros, que juegan al póker y se apuestan «el poder» en sus tronos de piel. Sois mentira, rehenes de vuestra codicia. Pero llegará el día en que cerraréis los ojos..., de mentiras, en la otra vida, sea la que sea, no se construyen gruesos muros. Sus manos rotas sanarán y os buscaré. -Pobrecito. Mírale. Es un paleto, un ignorante. No ha visto mundo, no conoce gente ni quiere, tiene la mente cerrada, no está abierto a nuevas experiencias... -Bien, bien -digo-. Señores arrogantes de amplias miras y cerebros privilegiados, adoctrinadores de piaras, comadronas de tolerancias opacas, yo digo: es un sabio. Tiene su sitio a diario para ver atardecer. Habla consigo mismo; escucha la lluvia; las nubes se arremolinan alrededor de él. Sobre el río un viejo tronco hace camino, sobre el que se sienta a leer. Sus dudas son su alimento, sus preguntas, sus porqués, los capítulos de su cuento. Medita horas, días enteros. En su huerto crece el cielo. Ha aprendido a escribir

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el lenguaje de lo cierto. El alumbrar de sus velas da vida a sus escritos. ¿Un ignorante? ¿Un paleto? No. Un sabio con la humildad de bajar la cabeza ante nuestro esperpento y volver a viajar como un vendedor ambulante, un peregrino errante, para poder ver mundo, pero el de verdad, el único, el que late. Tiño a golpes mi nostalgia, coso mis heridas viajando de cama en cama, el alma se me escurre, carcome mi muralla. Ya no me habla mi voz; soy una baratija, me vendo al mejor postor; no me queda nada.

Fuego y ceniza.
Soy yo. Soy lo mismo. Diferentes tapas para una novela, dos caras de una moneda. En ciertos días mis ojos cuentan mi misterio. En ciertos días parpadean mi lamento. Dentro, raíces de mi alma abrazan el suelo.

Soy lo mismo. Me estiro para que el sol me ennegrezca...

Ceniza. Fuego

Me escondo para que el corazón de la tierra me admita...

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Hermanos gemelos del mismo vientre, dos gotas de un rocío.

Fuego y ceniza.
Soy yo. Soy

lo mismo.

Tus tacones hacen reverdecer los fantasmas de mis fantasías. Son como melodías calle arriba, como el segundero de un reloj «tic, tac. Tic, tac» que escucho al cobijo de un farol. A la puerta de una cantina bajo mi sombrero por no mirar tu veneno. Enmudecen los adoquines. «Tic, tac.» Llevas el diablo dentro, en tu contoneo, en el ruido de tu andar...
Me aburren vuestras historias; trituráis vuestras mentiras para hacérmelas tragar. Maquilláis los espejo para ver vuestras careta. Las piezas de vuestro puzzle encajan siempre. La mercancía de vuestra verdad es un remolque de estiércol. Tenéis los días contados. El engaño

Muero.

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vende parches a la puerta de vuestras casa. No me dais lástima, no me apiado de vosotros. Os convencéis a vosotros mismos pero tembláis al apagar de vuestra luz en la muerte de cada día. Y dormís. Lo peor de todo es que dormís. Decidís lo que es noticia y lo que no, la fama de los muertos, el pedigrí de los delitos; fabricáis las coartadas del ultraje, determináis cuando no se admiten cámaras, el famoso «hoy a puerta cerrada». Vuestras cifras son falsas, vuestras ayudas humanitarias llenan minutos de pantalla pero no barrigas. Una cara bonita que no dice nada, una corbata con gomina. Peor que un culebrón. Una mentira consentida. Ni en El Tiempo decís la verdad. Sois Estrenos de Cartelera. Pellejo.

Me quedo mirándome y no me veo.

Manantiales de oro son tus ojos. Mi delito: no querer otros; hostigar mi lloro... cobardía de no enarenar mi tormento.
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En mis cuencas te llevo, en mis adentros, ya hechos saladar, crece mi muerto como el pasante del amor, el recadero inepto. Ese soy yo en los subterráneos de mi arrebato... Aun así te escribo a diario. No fallo. Derramo mi vida en un papel; sollozo palabras sin conciencia en la liberación de mis desmayos, en los clavos que agujerean mi pecho. Balbuceo mis deseos como un borracho. Quiero leerte mi dolor grabado en la palma de mi mano, intentar que entiendas esta locura que ni yo comprendo. En un regalo con palabras envuelto. Quiero que lo sepas. Solo quiero que lo sepas. Hasta los condenados a muerte tienen un último deseo.
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Aquí estoy de nuevo frente a mi refugio pasando tan solo unas horas pero no el tiempo. Hoy ha llovido sobre el suelo agua seca que ha encharcado mi demencia.

Soy mi contenido.
Estoy medio vacío, perdido en el trayecto que me separa de mi distancia, en lo sinuoso de mi acertijo, en mis gritos, ¡míos! Imprevisibles como agónicos remedios -como diría en un intento voluntario de parecer común-. Tristes. Me espanta el mañana, el ayer es un ancla. Me remuerde el miedo en el rayar del alba.

Me voy a callar. Voy a escucharme...

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No me digo nada.
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Empiezo a pensar en tumbarme debajo de los que están tumbados o debajo de los que están debajo, para entrar donde nadie ha entrado: en la conciencia humana, en los subconscientes bárbaros. Oigo aplausos: -¡Venga, majo!, háblanos de algo -sonrisas, frotar de manos. -Les voy a hablar de algo -pausa. Silencio-. O mejor, no. Mejor que les hable mi daño, que es mi compañero de cuarto y llanto, y vive por mí mis tragos amargos... Ahora, silencio. -¡Hola!, soy su daño. No, el suyo no, señores. El del que estaba aquí hace un rato. Recuerdo la primera vez que me hicieron daño... No a mí, al que estaba aquí hace un rato. Les parecerá curioso; no pude dejar de llorar... »Recuerdo la vez que me hicieron más daño. No a mí, al que estaba aquí hace un rato. Les parecerá curioso; no pude dejar de llorar...

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»También recuerdo la última vez que me hicieron daño. No a mí, al que estaba aquí hace un rato. Les parecerá curioso; no pude dejar de llorar... »Me marcho.

»¿No hay aplausos?... -Perdone, ¿eso es todo? -Creo que sí, amigo. -Pero no le hemos entendido... -Todos me hacen, todos me sufren. Soy el daño y no me entendéis. Si me hubierais entendido, en este instante sería libre y no lo soy. Le parecerá curioso, amigo..., en este instante, no puedo dejar de llorar.

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Quiero ser otro. Tener más formas que el demonio. Ver por cien ojos. Oler siempre como los bebés. Tener pegamento para mis sueños rotos. Enamorarme solo una vez. No saber las horas del día. Caer siempre de pie. Creer en los milagros que contaba la abuela. Saber a palomitas frente a la chimenea...

debajo de la luz siempre hay brillo.
Fuera no existes, salvo para ti mismo. Del triunfo, triunfo, triunfo, triunfo, triunfo, ¿ridículo no?... los márgenes...

Puedes nacer y morir; ser de las encinas el lloro, la resina centenaria acartonada en su tronco. Puedes ser más fuerte que la fuerza; sudar espinas, puedes, desde la abertura de tu garganta. Puedes ser las rodillas de tu ilusión arrodillada; sangre coagulada, puedes ser, en los créditos de tu venganza. Puedes ser incluso un final feliz, un amor que encuentra su media naranja, un pastel de pasas y ron, la
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mejor fiesta de fin de año; puedes tener un guión de los de oscar y el mejor reparto. Puedes ser la mismísima sonrisa de Dios o el corazón con muñón y callo de un huérfano niño. Puedes ser el anticristo, los contornos de las llamas del infierno o la mismísima Virgen María de la oración...

Da igual lo que seas o lo que puedas ser.
Para ellos, si no estás debajo de la siempre hay brillo, no existes...

luz donde

Yo vivo en la oscuridad. Yo no soy yo, el que escribe; yo no soy nadie. Hago mi vida de retales, tapo mis llagas con la manta del aire... no he conseguido No he conseguido triunfar. «el triunfo»,

No soy una prostituta de tu prostíbulo ni una yegua de tu yeguada. Te he vencido derrotándome cada día; he conseguido no existir para ti, no mamar de tus entrañas y sudar en la luz bajo tu brillo... Yo podré mirar siempre los payasos de tu circo, los que cuentan «verdades», «existen», tienen «valores», historias «que conmueven»,

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aunque yo viva en la oscuridad, y no se conozca mi nombre... «Sois Mentira», me llamo. Vivo en la oscuridad, en mi luz, en mi descanso... acechando. Los sollozos de mis zancadas, las huellas de mi escarcha, las grietas de mi alma son mis llagas. Mi sueño sigue siendo una mujer. Mi sueño sigue condenado a ser la cruz de mi llanto en los espasmos de la primera vez. Agarro lo que sale de tus ojos, me lo escondo donde lo pueda ver. Mi sangre se ha hecho vino; un borracho riega mi sed. Mis manos calientan los barrotes de la celda de una sola pared, que separa el enigma de nuestras salivas...; soy las sajaduras de las envestidas de mi enigma... mis puntos de sutura dibujan tu cara bonita. Aún no tengo tu cicatriz pero conozco, por lo que te sufro a diario, su sitio exacto, donde solo la puedo ver yo; coser sus entresijos por dentro.

Perdón. Pido silencio, quietud.
Quiero llevar mis delirios a caballo, jugar con ellos a los buenos y a los malos, bordar tus encantos en la sombra de mis párpados.

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Cada uno en su oscuridad, en su charla con su fantasma, en su cerrar de puertas del azar de la balanza, en su vía crucis particular, en la cortina de humo de su semblante desfallecido... ¡hagamos un almacén de intercambios de penas y olvidos, con un portalón de madera! ¿Contraseña? Mi fantasma, mi oscuridad... La puerta se abre sola y ante mis ojos se descubre un mercado con tenderetes, puestos, carromatos. Avanzo y hablo...: «Quiero otra pesadilla, otro sueño que turbe mi descanso». En ese almacén no debería haber barrotes. «¿Qué hay tras aquella reja?» Una voz sin forma da respuesta a mi descaro: «Tras esa pared de sombra rayada vive un loco anciano que desde que duran los años dice no conocer su fantasma ni su oscuridad, ni comprender tal intercambio. Por todo eso lo encerramos. Nadie habla con él» ... -¿Dónde creé que va? -No se preocupe llevaré cuidado...

Respeto Veneración Miedo
Todo escrito en los pasos de mi camino hacia un sabio. Mi manos son barrotes, mi cara el frío de su contacto, mi voz entrecortada, se atenazan mis labios... «¿Hay alguien

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ahí?» Un respirar, un susurro, un espasmo... Una mano caliente esposa mi mano y enmudece mi terror. Digo adiós en un tiempo que parece eterno. Oigo al anciano: «Siéntate, préstame tus oídos». Siento calor mientras oigo su diálogo:

-¿Quién es, madre? -Un soñador. -¿Y qué hace, madre? -Intenta empujar el aire con las manos. -¿Para qué, madre? -Para evitar que nos contamine. -¿Por qué está el aire contaminado, madre? -Porque el hombre lo ensució. -Entonces madre, un soñador es el que intenta lo imposible, ¿verdad? -Sí. Por eso es un soñador, hijo. -¿Quién es, madre? -Otro soñador. -¿Y qué hace, madre? -Llora sobre el mar. -¿Por qué, madre? -Porque, aunque su sueño murió, quiere que el mar sienta sus lágrimas. -¿Y eso es imposible, ¿verdad madre?

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-Sí. Por eso es un soñador, hijo. -Oye madre, ¿quién es más soñador de esos dos hombres? -Los dos son el mismo. -¿Y quién soy yo, madre? -Tú eres los dos, hijo. Tú eres un soñador.
Y añade: «No soy yo el que está tras la reja sino vosotros». -Déjame entrar. Muéstrame tu mundo, quiero encontrar mi yo... Hay cosas, que vienen cuando las buscas, y cosas que cuando dejas de buscarlas vienen. Mi encargo es encontrar mi sitio, sentir mi conciencia, ser mi solución y mi problema. Nadie más, nada más, más ya es mucho. Solo yo en mi planeta, en mi crucigrama de incógnitas, en mi encrucijada donde no doy una, en la sopa de letras de mi jaqueca, en mis «esto es correcto hoy» y mañana, «me he equivocado, en que estaría pensando». »No puedo andar para atrás. Se endurece el barro destruyendo mi cemento, amputando el ancla de mi calvario.

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C a i g o,

me levanto, v u e l v o a c a e r,

me planto. Mi lucha era mi sustento, antaño.

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»Quiero dormir un rato largo en una cama de algodón que chupe mi agua salada si muere mi dormir llorando. Intento que mi vida sea mía aun sabiendo que no me pertenece. No contagiarme del sí, del por supuesto, del claro. Sentir mis venas, los nudillos de mis fallos; elegir el sabor de mi helado; creer en mi amor imposible; pasarme al otro bando; ver el mar desde abajo; contar mis lloros con los dedos de una mano; archivar mis risas en uno de esos viejos cuadernos con anillas y tapas de cartón del barato.

»Intento

poder frenar si en el camino me hice daño, no ser el número de un dorsal ni la melodía de la resaca de un borracho.

»Intento »Intento »Intento

seguir los pasos de mi vida, nunca ser su guía. no ser una figura aplastada, adiestrada ante una pantalla de plasma. no ser sombra ni tampoco darla.

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»Intento

comer palomitas con una cocacola de lata sentado en cualquier acera, charlar con mi calma, jugar a las damas con mi nostalgia. »Ni una sola forma ni un solo camino...como no hay mil cuerpos para un ombligo ni una fórmula fija ni la solución a un acertijo ni una verdad suprema. Curvas, vueltas, retrocesos hasta el principio, estaciones, temporadas, gajos del fruto prohibido. Lástima, piedad, misericordia.

Pan.
Migajas, clemencia, limosnas.

Agua.
Ruegos, súplicas, plegarias.

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Mi lokura... llora...
Llora hasta que no hay más y solo puede llorar sus propias entrañas. Hasta que sus lágrimas caen por ninguna cara. Llora suplicando vaciar su pena, pero su pena sigue con ella hasta que sus ojos se hacen agua. Llora hasta hacer barro la arena de sus pies, agrietando sus recuerdos, y luego... sigue llorando. Sigue amando cada mar pequeño que sala su suelo, cada resquicio del final feliz de los cuentos... -Déjalo -me dice el viejo-, ni la muerte escuece tanto. -Es mi escozor, con él no hago tratos. No atiende a razón ni lo puedo dejar, es mi parásito privado.

La costumbre es ley y vence; siempre vence porque es constante.

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Marionetas en un escenario en colas de a cien esperan su turno en un ensayo macabro... -¡El autor, que salga el autor! Queremos darle un aplauso largo por cabrón, ¡por bastardo! Su madre es la codicia y su padre, el engaño.

No hay billetes
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El dolor tiene su palco. En el patio de butacas, donde está «la chusma», la verdad vende pipas y puros malos. El apuntador llega tarde. -Es igual, para lo que van a decir, lo pueden decir callados. -No ha estado nos hemos -Habrás sido tú, que no sé mirando, porque lo que es mal, ¿verdad?, reído un rato. dónde estarías yo he llorado.

Mis tiritonas no eran de frío ni mis lágrimas por encargo; eran las plañideras de mi resignación, los escombros de mi respaldo, mi espalda descubierta, mi corazón y su pálpito encarando el palco.

Voy a lanzar bombas cargadas de risas, payasos, cuentos de hadas, magos, enanos tiernos, bufones de palacio, trovadores... Voy a ser un terrorista, una sabandija limpia, un Robin Hood con portátil y camisa de seda fina. Ahora me toca reírme a mí y guardar mi sitio en la última fila; quien ríe el último ríe mejor. Después de mi butaca solo queda la salida; salida a tu calle, la de la agonía.
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Hoy es tu adiós. Ni agradecimientos ni palabras de aliento. Desde hoy se regalan sonrisas dos por el

precio de ninguna.

Calle arriba vendo vida a trocitos y aún me sobra la mía. La vendo barata; no cuesta nada. Tampoco tengo cambio, así que se aceptan propinas. Estoy bien. Está bien. En el teatro de siempre, en el de «las marionetas», se estrena una comedia todos los días. Se oyen carcajadas y aplausos. No sé quién vende las pipas ni quién ocupa el palco, solo sé que hay un pastor ordenando los sueños por rebaños.

Mi ceño se frunce más segundos de lo que los deseos de mi deseo desearían. Mis enfados son agujas pinchando por el camino de la costura de esto que es mi vida, de esto que es mi engaño. «Mi encantamiento me ha salido caro, encanto.» Los enfados en mi caso ya no son
de parada y fonda, de tienda de campaña y saco. No puedo vencer a mi deseo. Puedo serle esquivo pero vuelve siempre... el regreso es un camino conocido.

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nadie al lado de la magnitud del recorrido de mi sangre. El destino escribe todos los días los espasmos de su castigo, sus caprichos, estando borracho o sobrio, con los milagros de la mano.

No soy rival; no soy

He perdido lo que tenía si es que tenía algo.

No peso.

Ni me señalan ni señalo.
Cabizbajo pagué los honorarios de mi descaro.

He perdido lo que tenía. Mi perdida, es un regalo.

No peso.

Ni me señalan ni señalo.

Soplé sobre el rastro que dejó mi espíritu. Rapté mi amnesia disfrazándola de ciudad perdida.

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Apagones en mi luz. Caminatas sin brújula por los acantilados de los arcenes de la memoria de mis días.

Soy la embestida y el cornalón, los dientes de la mentira, la plegaria de un escorpión moribundo, los salmos de una misa por un adiós, los clavos de una cruz de piel y de quebrantos, el telonero del tiro de gracia en el cerrar de unos ojos, la extremaunción, la vacuna del desamor, la aberración de un infinito con barreras de paso hechas por parturientas con fetos inmolados en el sueño de unos bastardos ávidos de un primer espasmo, de una redención en la muerte de un atardecer que mató al sol, para su escarmiento, en las espinas de mi calvario, haciendo collares con las partículas de mi desengaño; en mi vía crucis; en las partituras de los muertos de mi bando. Soy un mosaico de huecos en los que la luz se atasca
coagulando los colores de mi miedo, la venganza de mi frustración, la paz de un orgasmo. Me he redimido.

Soy lo que hago, la fuerza de mi empeño, el augurio de
mi insomnio; lo que hago me construye a la medida de mi antojo. Dejadme elegir entre ser yo o ser lo que guardo, lo que han trabajado mis manos. Una vida corta, un relámpago.

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No hay mundos como no hay vidas, solo imágenes que mirar, dioses sin parroquia, vírgenes sin altar. Solo mentiras en un pedestal hundido. Calles de barro. Entre cielo y tierra hombres. Puertas cerradas en medio de la nada. Escaleras que llevan a ningún lugar. Caminos... caminados por nadie. Plegarias escritas en libros de aire. Confesiones nocturnas a gentes anónimas. Medias verdades o mentiras a la mitad. Truenos que pintan el horizonte.

Firmamentos en cascadas de estrellas. Ríos de voces en el fondo del mar. Misioneros de causas perdidas, hacedores de desiertos por conquistar. Infiernos y cielos compartiendo posada. Poemas escritos con letras raras. Ríos que son venas de la Tierra Madre. En un hoy, que es una noche temprana, el hombre y su evolución huelen mal; huelen a jerarquías. Hagamos una sola forma de cada cosa necesaria. R e s p e t é m o s l a . Extirpemos los adornos, las apariencias, la vanidad en todo lo relacionado
a que alguien pueda respirar...

¡Por Dios!,¡hay gente
que nace muerta!

-Lléneme la cerveza.

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»No está planchada mi camisa. »¿Con qué va esta corbata? »¿Cuánto vale una mamada, que mi mujer me espera en casa? Atemos una cuerda al borde del primer día en el que empezamos a quedarnos atrás. Tiremos fuerte, que hablen las llagas de nuestras manos, no nuestros pecados ni nuestra penitencia. Que hable nuestra poca vergüenza. Tiremos hasta retroceder al cruce donde equivocamos el camino... Una verdad tan grande como que hay mentira. En las huellas de mi mañana las cenizas dan frío, en el porvenir de mi ayer bufa el fuego quieto. Hago sombras con los gemidos de mis manos, en el suelo empantanado apuntalo lo que creo es mi ensayo. Humillo mi rodilla.

¡Qué gilipollez!

Soy las costillas de mi recuerdo amargo, el salitre de
un sagrado sacramento, retales de letras sobre un papel que silban sobre la fuerza del viento despistando a una carta de amor... Una verdad tan grande como

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que la mentira vendió su sabor a una niña bonita en su mirada de aguijón, en sus labios de gloria bendita. He atravesado mis lágrimas todas con un pelo de oro de quien se quieran imaginar; cuelga de mi cuello marcando mis deseos a fuego.

No quiero llorar más.
Ni joyas ni amuletos; mi sustento es un sueño huérfano que no puedo seguir porque no duermo. Mis párpados acunan mis ojos... sigo viendo. Mi miedo vive clavado en la espina dorsal de mi letargo. Largo camino en mis resucitares bárbaros. Con mi reencarnación hablo, reflejándome en el culo de mi vaso macabro, de los malos tragos, de los besos inacabados, de los «te quiero» no dichos que hoy, que ya es ayer, son manchas de tu pasado que se enquistaron. Mochilas de hormigón armado. Sudores fríos. No alcanzo a dar la luz. «Que pase algo rápido a ver si me engancho.»

En los olvidos de mi memoria, medicada con los excesos diarios, viaja sonámbulo mi rezo, invernando como tratándose de un juego, a lomos de un «hasta luego», en un amanecer boquiabierto. Tengo un escalofrío tartamudo descendiendo por mis adentros... un quejido.

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Aroma a batalla de un canalla, ajustes de cuentas, aguas residuales en los interiores de mi mirada. Voy a rezar para que amanezca una playa sobre la palma de mi mano, para esconderme en una cala chiquita. Se han helado mis ojos al sol, de mirarlo tanto. En el cansancio de mis párpados, una niña sin rostro con nombre de canción crucificó una carta lacrada con un adiós.

Quiero estar en el medio de los abrazos, donde se juntan unos labios, entre las manos de un apretón, en los sabores de unos enamorados, entre la mirada de un «te quiero» y yo, en las lágrimas de los reencuentros, en los paseos de los abuelos de la mano en invierno, en los «venga dame dos besos y olvidémoslo».
Se marchita el mundo un poquito a cada beso roto, a cada caricia con precio, a cada esperanza con velo de hierro.

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Les cuento que, estando una noche más o menos clara en los disfrutes de la comparsa de una señorita más o menos pagada, de probada bondad cristiana y fervor de los de vieja usanza, me giré sobre mi costado para parir una de esas charlas de las que uno tan solo es un invitado. Esa boca de multitud de labios de tonos rojos, con una historia por bragueta, compartió conmigo uno de sus gajos, que de mí hizo una mitad, diciendo: -Me compré estas botas en un rastrillo de esos que dan vida a una ciudad. Cada muesca de sus tacones es un «gracias» a Dios... En esta habitación, entre estas cuatro paredes que parecen cien, a los ojos de esos desconchones de gotelé del barato, testigos de tribuna con entradas de palco, he confesado borrachos; he visto llorar a niños con más años que el tabaco; he fingido orgasmos... todos. »He hecho de Cleopatra, de diosa griega, de romano, de catwoman con su látigo... ¿Quieres otra cerveza? -No quiero nada. sigue, te estoy escuchando...

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-Qué extraño. A diario, cuando me dicen «sigue», no es porque esté diciendo algo... »Me he pegado con hombres que vacunaban su rabia contra mi cuerpo... he tenido que darme la vuelta y salir corriendo. Los inviernos de la calle han endurecido mis pezones hasta hacerlos clavos. He sonreído a payasos sin la cara pintada que, desde los burladeros de sus coches, exhibían la genialidad de sus chistes malos. Los hubiese bajado para descargarles un cargador entero en la cabeza por graciosos... Pero para qué, si para aprender la lección hay que estar vivo. »He querido tantas veces ser una niña otra vez, jugar con mis muñecas, con mi prima la del pueblo, escuchar historias sobre las rodillas de mi abuelo, esperar que viniera mi padre, que era carbonero, para colgarme de su cuello y decirle las dos palabras que mueven el mundo; decirle «te quiero»... pero solo son deseos. Viven en mi recuerdo... y todo eso queda ya muy lejos.

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-Escucha mujer sin nombre -por que el que me dijiste será mentira y el cierto querría no saberlo-. Me quito mi sombrero por cada lamento oído, por cada injuria hecha astilla en tu pecho, por cada lucha por salvar tu pescuezo, por cada «no llores. Verás como todo se arregla. Ven, lávate la cara», por cada vuelta de un billete grande, por cada muesca de los tacones de tus botas que son tu biografía escrita.

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»Yo te pediría un beso en mi mejilla, una transfusión de tu alma a la mía, un abrazo, un adiós; te suplicaría un perdón; te daría las gracias; querría que no se perdiera el calor. Ya en la noche fría, regresando a las calle de mis soledades, con su carmín tatuado en forma de labios cual pinturas de guerra, tras mi encuentro con la sabiduría de pago, sabía que en esa viñeta de mi tebeo los culpables eran los buenos. Yo era feliz. No hacía mucho. Hacía tan solo un rato pero me gustaba recordarlo.

¿O hacía años?

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Alguien me hace señales desde lo que parece ser un faro. «No puede ser... ¿o sí?» Soy el capitán de mi barco. O eso quiero creer sin conseguirlo. Sobre el silencio vive escrito, cosido con agujas de humo, el final de un antiguo proverbio: «No hay ojos que miren mas allá, ni caminos de suficientes pasos».

Me siento. Descanso. En mi llanto, en mi letargo, reconozco una canción escrita en un posavasos. Mas allá, donde ya casi nadie cree en los presagios, encontré, en los cajones donde nadie miraba nunca, un resquicio de paz en la sombra de los amaneceres ya olvidados; vi el perfil de alguien opaco... era yo agazapado en la mueca de mi cansancio enfermo de insomnio; mueca que dormía despierta en el colmo de la plenitud del último día de los muertos. En el cerrar con llave, en los cerrojos por dentro, a
través de una mirilla se muestra el universo hasta que se apaga la luz y se respira un mandamiento: «¡No matarás!». «No se preocupen, ya estoy muerto.»

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En mis bajadas al infierno, temiendo las tormentas
del regreso, vendí en la última ellas mis sentidos. Grite: «No los quiero, que no sean míos». Soy hielo, me derrito si me acercas al fuego pero si soy fuerte, yo te venzo.

¡No quiero vencer!
Solo quiero ser las instrucciones de mi juego. Sabor a costra en la lengua. Figuras de muertos en mi sonrisa. Fantasmas cantores de nanas. Nada sujeta mi corazón salvo un clavo que lo atraviesa. Tablones que hacen caja. Mi cuerpo se desvanece en pedazos que son miseria al son de la danza de las almas. La metralla de mis venas salpica la luna negra, mis entresijos se dan la vuelta, mostrando lo que soy por dentro. La sequía de verdad resquebraja mi piel muerta, mi brecha es una saeta de seca sangre sangrienta.

No entiendo la vida, ¡no la entiendo!
Igual su sabor me empalaga que no me sacia; agonía amarga o dulce, transparente y opaca.

Sigo sin entender nada...
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-¡Esperen! Sí que retengo algo que no se me escapa; algo contra lo que no podrán ustedes. ¡Sigan bombardeándome con su mierda...! »Yo dibujo sonrisas, arranco lágrimas, siembro semillas de mi corazón en cada abrazo, doy la mano con calor, busco el sabor en cada segundo, la valía de un café, un clásico con los hermanos, un puro de contrabando, un atardecer que no se puede pagar, es así, ni caro ni barato. »Su mentira, su circo, huele a muerte, a vicio del malo; sabe a trago de aguarrás. En lo que son mis adentros, mis hechuras, mis cimientos, ustedes y todo su talento, ustedes y su juego, no me tocan; no llegan dentro porque en mis catacumbas, en la parte oscura de las paredes de mi cuerpo vivo un sueño que se recarga cuando duermo. Y... »... ¿Y si la vida fuese el vientre de la muerte y nuestros días su gestación? -¿En qué devaneos se ha macerado el feto

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de esta idea que viola mi conciencia sin ninguna licencia ni permiso, lapidando mi voluntad? Una idea ya doblada en la cajonera de mi memoria saldrá para volver de donde vino. Será sin querer castigo, premio y bendición. Una idea, pero una sola cada vez. He roto cada pieza del puzzle de mi pasado para que sea una sola como Afrodita y su rebaño, para que sea costra de sangre fresca donde mojar la esquizofrenia de mi mente estrecha.

D - e - s - p - a -c-i-o.

D-e-s-p-a-c-i-o.

Un charco me vomita palabras que se me antojan barro.

D - e - s - p - a - c - i - o .

¡Más!

Con mi desaliño, mi traje de retales de alientos, de mosaico sudado, voy en el último vagón. Sí, en el último,

d - e - s - p - a - c - i - o .
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¿Qué bonito, no ?, ¿no...? ¿Y si viviese en un cuadro, en un paisaje entre los maizales siendo inmortal...? Una moneda con más dedos, con más muescas.

Ruleta.
Imagina... Cierra los ojos e imagina que cada casquillo de bala después de gritar fuese... una piñata con trompetas, gorros, tirachinas y serpentinas; imagina cien niños por casquillo como durmiendo al raso bajo la luna para ver caer la mañana en colchones de paja verde y que mil sonrisas por almohada esperasen el parir de la piñata. -¿Y la guerra? -No me pregunte, no lo sé, pero ojala esté muerta. ¿Qué tal si piensas solo por saber que sentimientos se despiertan? ¿Qué tal si juzgas tus ojos recibiendo su dosis de doctrina?, ¿qué tal si solo lloras el día después de morir, cuando veas cataratas de hombres emergiendo de los ojos de lo que pudo ser? El guión, para ti; sus ecuaciones perfectas, el paradigma de lo que hay que ser y cómo, para ti; para ti, tu obra de teatro basura que ejecuta almas y seda voluntades; para ti, el miedo con sabor a esperanza.

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La grandeza de cerrar los ojos y saltar a ver qué pasa... Eso lo quería para mí... pero tengo sueño y quiero dormir. Los recuerdos grapan tu nuca a la almohada, las rendijas de tu persiana trituradoras de sol salpican tus lamentos asomando sus brazos por esos ojos quietos...

Indiferencia. Silencio.
Me estrujo más los ojos, los aprieto. No tienen persianas; tienen veneno, tienen miedo. Con mi rosario al cuello y mi edredón dándome el mismo calor que un muerto, me abrazo a mis entrañas, regreso a la cuna de mi ancestro. «¿Por qué se mueve mi cabeza recitando salmos, versos, si yo estoy quieto?» Ayer es siempre el mismo día. Igual que anteayer... y el otro... El olor de aquel día, ayer, tiene grabados en mi paladar con saliva de una ficción, de una historia de amor malherida, los rasgos de la mitad del momento en que todo empezó, cuando mi desierto dio sus primeros pasos hacia el secano de mi cuerpo, y los regadíos de mis venas comenzaron a escupir lamentos indefensos en lugar de vida y aliento...

un día como ayer...
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... Y sonrío porque la pena ya es mi amiga. Tú te fuiste, hasta hoy, que también es ayer y me postro cada día de mi martirio, para rezar a un espejismo, soñando.

... Voy a andar descalzo por los caminos que no han
cuajado hasta que las ampollas de mis pies se hagan callos de esparto. Voy a hablar mientras discuto con mi pasado, que dicen está muerto y no se puede cambiar. Pero, ¿y si camino tan rápido que rezago al tiempo y vuelvo a pasar con mis callos por donde ya he estado?... ¡Qué susto!, m e e s t o y v i e n d o

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c a e r, d e n u e v o c a e r .

.

.

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Me agarro a una mano. La inocencia está de guardia hoy: «deja que el pasado duerma en tu regazo. Eres lo menos sabio que hay en tu vida, no saborees tu propio engaño».

En el sitio donde mi asiento es cotidiano hay un número vacío, sin fondo, de fotogramas con ropa, de gafas de sol con sábanas de polvo, de andares cansinos con buenos días pesados de la mano, a la sombra del tercer carajillo, ¡y solo son y cuarto!... En esas cabezas que solo miran de la mitad para abajo, la vida inverna las leyes de un letargo, la monotonía del fracaso, la agonía de la suela de unos zapatos solo desgastados por un lado de dar vueltas sin encontrar, de conocer una búsqueda que está en paro...
Yo solo miro en el primer descanso tras mi despertar, con los ojos aún casi pegados, desde mi asiento que podría hacer ciego si tuviera manos, mi retrato... donde también entran niños que chocan con taburetes, que sostienen sombras fumadoras. Juegan con un palo a ser reyes; son magos, únicos; arrancan la primera entrega de una sonrisa a plazos a esos fantasmas de mi barrio, de los que en cada barrio, en cada mundo, hay mil. De esos, de esos os hablo. Porque mañana no existe, ni lo que venga después,

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y cabe la posibilidad de que tengas una barra, un taburete, una acera cuesta arriba esperándote... y alguien que escriba de ti... Cada uno que rece a su modo. Los deseos no tienen sexo ni ideas ni programa ni calendario..., son deseos.

Detente. ¡Ya, ahora!

Cose tus ojos con estas palabras, dame solo un pestañeo dilatado de tu vida.

¡Detente!

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Tú no eliges nacer, naces; tú no eliges llorar, lloras; tú no eliges sonreír, sonríes; tú no eliges el amor, te enamoras; tú no eliges el odio, odias; tú no eliges la muerte, mueres.

No hay razones o no las conoces. La mesa siempre está coja; comes en ella a diario, pero está coja.
Una lápida, como la de la gente indecente, tiene grabado un mensaje quizás dicho en vida, quizás no. Es una pena triste; tu boca no ha hablado en 80 años y lanzaría caricias desesperadas desde el frío de un mármol. Mi mareo sabe a muerte pero vivo en mi epitafio: hay un nombre solo un nombre que no es el mío; es una fantasía vacía de todo menos de un beso que rebosa elixires de vida en los ríos de mi imaginación. Vacío..., como todos los días hasta hoy desde una tarde que llevo grapada en las paredes de mi centro, en la negrura de mi esqueleto, en donde algo rojo corre para saciar mi aliento. Y todo eso solo es un choque genocida de bocas, la mía y la de mi sueño; el único para el que mi lucha es diminuta para la celda en la que restriego mi grito... que suena alto pero es mudo. Esa es mi fantasía, la fragua de mi epitafio, tan cercano, tan cotidiano, que lo diario queda lejano...

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Desde los cimientos de aquel recuerdo, que son también mis escombros y los presentes de mis amaneceres diarios, cogí miedo al oscuro de mis ojos, a dormir el tiempo rascándolo tras mis párpados caídos, a despertar siendo un fósil de carne dura... y blanda.

Cogí miedo a la noche, a cerrar por dentro las notas suplicantes de mis rezos, a despedirme de mi regreso y que fuera mi última partida. Cada noche se repite con la misma cara, con la misma cara... Hoy aún no he despertado. Mi resaca suda gotas de lápiz sobre un papel, desollando las estancias donde mi esperanza se cruza con mi daño, donde mi conciencia manipula la caída del telón en un cuento que nació con una luz y que desde entonces sangra sus rayos a cada párrafo... ¡¿Y qué si le robé un remolino al río de mi destino en un descuido del viento?! Lo conservo no sé para qué como un trofeo... Voy a estar callado para ver si puedo escuchar el bullicio de mi alma, que es mi compañía, el crepitar de la leña en una chimenea de tosca piedra, el credo de alguien que ya estaba y que estará cuando yo no sea nada.

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Recuerdo cuando leía mis cartas a la luna... me mantenía la mirada. Su cara oculta empujaba el agua y su sal mojaba mis pies, quizás dando las gracias.

¡Que sola se debe sentir a luna ahí arriba!... 89

Mi remolino se descuelga de un bolsillo concediéndome un deseo: «Quiero hablar con la luna». No me lo pienso...

floto. Escucho, no veo. Escucho
-¿Por qué tienes una cara oculta? -¿Quién quiere saberlo? -Soy el que te habla cada noche desde la orilla de tu reflejo. -Eres tú..., ¿seguro que deseas saberlo? -Por favor. -Bien, tengo una cara oculta porque desde que nací no he visto la luz del día y no quiero que las estrellas me vean llorar; son las únicas que me dan luz... Ver el llanto de su madre las haría marchitar. -Perdona... Volví a estar sentado.

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Empezó a llover.
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Hoy, en el tiempo que dura la agónica vida de un segundo de cada uno de mis existires; hoy, he sentido el empuje enterrado tras mi esternón, de pronunciar el adiós último, de finiquitar mis solsticios, de abandonar preguntas varadas en cualquier quizás, de salir por pies de la consciencia hasta que la quietud me amortaje. Solo unas cinchas cantadas a los poros de mi sueño me amarran libres a la vida; arrancan escalofríos en los tambores tensos de mi barriga.

Mirando atrás, cuando el sol ya recogía su rebaño me vi mirando adelante; me reconocí camino de una barbarie en los gritos anudados que somos cada uno.

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Escudriño una razón que viole mis porqués. Los abrazos son leña que arde despacio. Apago ahora los ojos de mi cuarto. En la sombra de mis pasos nace la partitura de mi descanso, en la memoria de mis pesadillas duerme atento un capítulo cerrado, en mi espalda hierven agujeros que supuran la lava de esos ojos que se clavan cobardes desde una pasarela, por nada sujeta.

Soy lo que sé.
Lo que desconozco me hace fuerte. Ignorar las verdades hace de la mentira una verdad que es Dios porque es la única. La espada sabe bien para quién abraza su empuñadura; pesa para quien traga su envestida. No porque el sol brille hace calor. No porque tus labios den a luz a tu sonrisa es calma tu sangre. No porque surcos de saladas gotas sequen ojos grandes mueren los milagros, mueren los amores taladrados en los pechos profanos de un desgarro.

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La luz es tiniebla que guía mi mano ciega, ciegos ojos.
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Cuento verdades para mí mismo, reivindicando la autoría de mis paranoias. En su deriva, mis días encallados en claros y en sombras de dunas de arena quieta; en su espera de duermevelas, siempre abrigan un anhelo, un quiero... Y sigo... Si alguien amputa mis garras para que deje de ser niño, prefiero ser yo. Que nadie condene mis escarceos a ser simples penas sentadas a una mesa vacía... Con probabilidad ciega, absoluta, confieso que me evado de la vida. Escudriño refugios con fuentes de calor en las conversaciones con mi alma. En ellas solo yo sangro los escarmientos de ser consumido,

traspié tras traspié.
Y vuelvo a la calle cortada de mi sueño enmascarado en el polvo; polvo que hace nube por la debacle en ruinas de la incógnita de tu lejanía; lejanía donde sé que Dios crucificó mi vida... la que resta.

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Pensar que el amor es una enfermedad que se cura solo con la muerte, que la mentira es correcta y la verdad mentira... He visto pesadillas que harían de mis lágrimas los ojos de mi mirada perdida; he visto amaneceres en blanco y negro, demasiados, y un epitafio martilleando el texto de mis rezos...

Mis recetas, los cuentos que me hablo, las siestas que despiertan en el transcurrir de mi letargo, que nació como todos y que duerme con los ojos abiertos, me hablan de una vida.

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Tu percepción del todo se valida en ti, en ti, caduca, regando la incógnita eterna, perenne, de la percepción del resto... Imagina un mundo por cada sensación individual a cada estímulo, pero imagina una única realidad independiente a todo y a todos.

En las sumas que me llevan a los descalabros de mi daño, en la alternancia de pensarte por no sentirte, en
mis dependencias traumáticas de la madre naturaleza, encojo mis ojos y no me imagino porque me veo reducido a un amasijo fetal, a un abrazo conmigo, eterno, arropado bajo las heridas de mi miedo... Llamo a una puerta abierta y se la traga mi puño.

Muere mi conciencia.
Soy hielo sobre las llamas del mundo. Si la verdad se cruza de nuevo conmigo seré egoísta... Mío no es nada. Mi cabeza empieza a ser consciente de que no es mía... pero lo olvida al instante,

y ahí rozo la locura.
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¿Y si nada me llena? ¿Y si todo me vacía?...
A todo le acompaña una sonrisa o un llanto, con su cepa de daño; el daño que tanto me enseña sin haber sufrido ni la milésima parte que los que han sufrido y sufren de verdad. Pero para cada uno su daño es el más grande porque no puede sentirse el de los demás. El daño es necesario porque, tanto en el daño como en la derrota, se lucha por entender y por buscar la supervivencia. Esto es lo que nos hace evolucionar, lo que nos hace crecer. Miramos para atrás cuando el daño ya es pretérito, sintiéndonos fuertes porque pudimos con él, pero es solo un hasta luego, porque hay compañeros de viaje que no se bajan en ninguna estación... en ninguna estación les invitaron a subir. ¡Qué puro, llorar tus daños!, consciente de que hiciste lo que tenías que hacer, en ese apretar de dientes, de encías sangrando y de infinitos porqués, en la única soledad que comparte un dolor que no te deja estar solo, que no se queda fuera de casa... Y llega el momento en que te explica su vida, su cuento, y se hace tu amigo. Y esperas que temprano o tarde se aparezca en tu camino, como un amigo que vive lejos...

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No puedo querer tener un sentimiento bueno.
Elección no elegible de voluntad estéril, partida en una parte hueca de lógica.

No puedo querer todo lo que no está en guerra
en mi no cuerpo. Las sensaciones violan mi deseo de permanecer que no escucha porque pertenece a otra entidad. Dos mundos incohabitables, idiomas de nula química sin esperanza de tregua. No tienen teloneros los sentires, la previa es en la frente y... mueres. En ocasiones, desde las celdas de mi deseo o desde algún rincón escondido del esqueleto de mi alma que no lo confiesa ni reconoce, me asquea lo que mi percepción me obliga a paladear. Porque lo que me corre en los adentros sufre retortijones; con tan solo un gesto, una mirada, un pasaje de tan siquiera medio instante, me pregunto historias sin final que marcan en mi pensamiento océanos de fragmentos...

Me duermo:
lo que consigo explicarme nunca me explica a mí, y en mis delirios, si mi capacidad me permitiese desdoblarme y mi yo primero fuese por delante, mi yo renqueante se rebelaría.

99

Acabo tirado en mi cama una vez más como un mierda, intentando apretarme para hacerme pequeñito, siendo mis sábanas mi escudo de silencios. Hablar no quiero, ni escuchar; escuchar tampoco quiero. Las horas me adelantan, yo estoy quieto. Solo quiero respirar; que mi cabeza se calle un rato lo suficientemente largo como para descansar. Sé que tras esa puerta hay cadenas de esclavo con eslabones de colores; que tengo un sitio en barrera; que mi cadena podría ser de las buenas...

No quiero colores ni cadenas ni sitio en barrera; no quiero palabras si no vienen con su luz. Hoy soy
un cobarde que se hace ovillo en una cama de habitación deshecha y que no quiere saber nada de nadie, sobre todo de sí mismo, pero sigue teniendo un miedo que su sonrisa intenta comerse.

La sonrisa también hoy es ovillo.

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Esta noche es de esas en las que estoy sentado en la mitad de mi cama y mis ojos son la pared, del tiempo que llevan mirándola. Oigo el eco de mi interior vacío... Hoy, cuando amanece el oscuro día, me encuentro encajado en un «me marcho», en un «no preguntéis por mí que nunca existí». No es ni siquiera el estar solo; es el no saber por qué se está... último paso una vez más hacia el precipicio. Me quiero comer todas mis palabras para luego vomitarlas empanando mi verborrea; que venga la niebla a mis ojos, que sea mi socorro. En mis caídas hacia arriba lanzo mis manos desesperadas para amarrar las paredes pero son de humo y mis manos de agua. Prendiendo nada, me hago uno con el vacío y cuando creo morir estoy de nuevo en el primer tropiezo que me zambulló en la negrura.

Sé que estoy llorando húmedo aunque mi cara esté seca, mis ojos huecos... Mis lágrimas llenan mi boca; me las quiero beber pero mis tragos son de espinas de barro.
No entiendo nada...

Vicio...
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La enfermedad señores se llama: «Vivamos la vida de los demás que tengo miedo de vivir la mía...». En esas estamos, saboreando nuestra propia saliva cuando envenena la acción de otros, ¡qué fácil es señalar cuando sabes que no te pueden ver! -¿Por qué no te metes el dedo con el que señalas por el culo?, con la ayuda de la diosa fortuna quizás encuentres algo con lo que disfrutar y sonreír. Barato por otra parte. Por lo menos el tiempo que estés jugando con el orificio que expresa lo que mejor sabes hacer no podrás estar contaminando con tu cobardía y tu mediocridad la vida de los demás. »Todavía no se han inventado los viajes a los que puedas ir sin ti. Si pudieras hacer un viaje en el que pudieras descansar de ti mismo, sería un viaje solo de ida. »Poca gente te iba a echar de menos; poca, salvo los que son como tú que no te añorarán. Te tendrán envidia porque desean ese viaje también...

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»Como no puede ser pues “vamos a joder a los demás que intentan entenderse y construir”. El problema es que vayas a donde vayas tienes que ir contigo mismo, y no te jode no sonreír, no; te jode que los demás sonrían... ¡qué pena coño!

Imagina que la ciencia evolucionase tanto que una vez nacido pudieras desarrollar tu vida en varios lugares de la tierra a la vez. Hoy por hoy, la vida ocurre a la vez en todas las partes del mundo, pero tú eres solo uno. Quizás la vida es muy grande para que solo ocurra de una manera en un solo lugar para cada sujeto individual. ¿Y si ya estuviéramos viviendo a la vez en varios lugares pero no tuviéramos conciencia de ello?
Quizás estés desarrollando tu vida en diez lugares al unísono; en diferentes espacios inconexos entre ellos salvo por que todos forman parte de una vida que comienza un día y termina un día. El mismo para todos. La temporalidad no tampoco tiene que ser la misma, esas subvidas de la vida madre se podrían producir en los diferentes espacios tanto en el pasado como en el presente como en el futuro relacionando, el espacio tiempo de todos los espacios en los que se produce vida.

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Pasado ----------- presente ------------ futuro Pasado ---------------presente -------- futuro Pasado --------------- presente -------- futuro Pasado --------------- presente -------- futuro Pasado ----------- presente ------------ futuro Pasado ----------- presente ------------ futuro Pasado ----------- presente ------------ futuro Pasado ---------------presente -------- futuro Pasado ---------------presente -------- futuro Pasado ---------------presente -------- futuro

¿Y si esto fuese así ya y el secreto tan grande que implica solo se nos revelase después de muertos? Y si a un muerto se le puede dar una información tan importante ¡quizás no esté muerto!, o por lo menos no tan muerto como lo están los que nosotros conocemos. ¿Y si en ese mundo de los muertos se está investigando para mandar a alguien de nuevo al de los vivos para compartir con nosotros que hay diez, veinte o infinitos
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mundos paralelos? Seguro que si fuera así, intentaríamos encontrarnos en nuestras otras nueve vidas paralelas.

Imagina que una mañana despiertas y eres capaz de provocar el amor. ¿Venderías tu capacidad?, ¿comerciarías?, ¿lo provocarías solo una vez para ti o lo provocarías repetidamente?, ¿serías una prostituta del amor?, ¿te enamorarías cada día?... El amor perdería su fuerza... La vida es un imán, atraes lo que eres.

¿Y si la condición humana de ser persona, dependiese del lugar de nacimiento y de las circunstancias y condiciones del desarrollo? Eso no lo imagines: tú serías otro si hubieras crecido en otro lugar, en otro entorno. Tu mueca, tu cara, tu gesto, tu comunicación sería otra. Tú no serías el tú que conoces, ya no serías tú...

Imagina, imagina, imagina...
Puestos a imaginar ¿por qué no imaginas por un momento que todo lo que imaginas se convirtiese inmediatamente en una realidad? Piensa un momento que ocurriría si tu imaginación provocasen órdenes de inmediata materialización sin que tuvieras capacidad de rectificarlas.

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pudieras repetir cada día, una vez tras otra, para acabar viviendo toda tu vida en un solo día, hasta alcanzar la perfección que sería la muerte. Porque lo único que puede seguir a la perfección es la muerte. ¿De qué serviría la perfección repetida por siempre? Quizás la prolongación indefinida e infinita de la perfección en el tiempo no nos llevase a la muerte; nos llevase al error...

Imagina que

Error y perfección de la mano, perfección e imperfección en el mismo bando. Vida.

Dos caras de obligado entendimiento... ¡Qué claras se oyen las cosas que siempre están cuando no hay ruido, cuando el silencio impone su grito sobre el estruendo de los estertores, de los temblores del mundo!

cosas pequeñas regaladas en susurros cotidianos no existen para nosotros porque ni
Esas

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las vemos ni las oímos; nunca nacieron siquiera, hasta que el silencio nos engullió en forma de alud de misterio. Entonces sentimos sin los ojos, aprendiendo a escuchar sordos, a mirar con el hueco de los globos apupilados hacia ningún lugar...

Tirita el mundo, se resquebraja porque tiene él
también miedo. Sus tiritonas son de devastación, se abre su piel para enseñarnos sus llagas tragándose cuanto su miedo alcanza, sus lloros son en forma de embestidas de impotencia con cuerpo de cresta, de una presentación violenta que arrastra y exige su atención.

La Tierra habla un idioma más antiguo que la creación pero nosotros no tenemos traductor, no entendemos nada. Deberíamos ser la guardia real de nuestra madre, luchar porque nuestra condición se imponga a nuestra destrucción... pero solo somos una comparsa barata, una charanga que echa veneno en su propia cazuela y se jacta.
Mis arrepentimientos me adelantan en el acto del que sé que me arrepentiré; empañan el disfrute, dejando en evidencia mi débil naturaleza. Y siento mis ojos de carne, y no blancos, que miran a un yo que está fuera; siento la culpa de un otra vez.

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Mejor erosionar la necesidad de algo que te atrae que morir sin que tu paladar haya sido sazonado por la respuesta a un enigma.

Ahí es donde me reviento; al impactar con la superficie en la que aterrizo. Desde mis ojos ahogados en sangre reconozco el lugar desde el que salté, mis voces de dentro se hacen carne y me cogen de mis trozos. Su saliva pega mis partes. Me reconozco, soy yo. Una vez entero, vuelvo a asomarme al acantilado de mis interrogatorios. La última voz antes de hacerse de nuevo humo empuja mi costado. De nuevo estoy flotando, pero ahora no caigo, no. Me precipito hacia arriba mientras me agarro a mis manos. Tengo calor, me estoy acercando al sol más rápido que una reacción...

-Me he quemado y tengo frío en la semilla de mi quemazón...

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Mi sueño reapareció sin aviso, sin ni siquiera un telón, con sus butacas, su apuntador. Solo se me cruzó una noche no esperada ya. Casi lo había olvidado. Dedicó un hola de sonrisa como un punzón para mí. Resucité en menos de la mitad de un instante las pocas conversaciones contigo, las miles de miradas de niño espiando. Me dijo un hola; un hola que me supo de nuevo a un adiós. Me di cuenta de que ni siquiera yo estoy por encima de mi sueño. No pude sino ahogar mis gritos en un vaso con hielo con una rodaja de limón y algo que le daba color. Sin darme cuenta volví a tener un billete de ida y vuelta al infierno. La vuelta me la comí para no volver aunque me arrepintiese. Mi certeza ignorante siempre sonríe, asiente. El infierno es esto, nuestra soberbia, nuestro mundo; es aquí donde pagamos otra vida. No una por una; nuestra vida global es el infierno, el pago de una sola vida anterior en otro plano; una penitencia de algo que acabó más podrido que la propia podredumbre. ni seco ni mojado me despierto. No grito, no hablo, no respiro, pero estoy vivo. La pesadilla no

Despierto;

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ha acabado. La inmortalidad me ha comprado como a una puta de barrio, como a una baratija del rastro. Mi corazón está en su sitio pero en secano. Mis venas son acequias por las que corren niños huérfanos y mis ojos supuran abiertos como platos, platos de barro sucio, de a lágrima por guijarro.

Ahora sí despierto,
con mi corazón sobrado de pálpitos; en mi mano mis carcajadas, de puras me hacen daño.

Me levanto. Me quedo antes con un abrazo de los
largos, de respirares en el cuello, con un te quiero de pecho a pecho de un hermano, que con todo lo que se pueda medir o pesar, que tenga precio, que se compre o se venda y que me sea extraño...

Me siento raro, siento mis dudas, mis arrebatos,
mis plegarias y mis engaños, como espasmos de un tarado que hace confesiones a su lapicero, vomitándole deseos, mientras llueve bajo su sombrero. Le he comprado a mis ojos un chubasquero de papel para escribir sobre él mientras estoy llorando. No lo puedo leer porque con el agua y la sal se ha borrado.

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Voy a ver si rapto un abrazo, porque me han dicho que mi fin será solitario. Solitario, incluso antes de la soledad común a todos. Como dicen los que murieron que son muy listos, hablan por los codos y lo han contado: «El último momento es solitario»... ¿Y este pánico a la muerte?

«Quizás la muerte sea placentera como mil orgasmos
y ese daño que nos tiene asustados sea el primer paso a un viaje cubierto de encantos, en tangos de piel a piel envueltos en besos largos.

Quizás la muerte sea una señora que nos llevará al parque de la mano a estrenar toboganes para niños grandes...»
Mis ojos aún no han visto a nadie muerto que me haya dicho: «La muerte duele mucho». ¡Qué listos somos que lo sabemos todo! Todo menos lo que deberíamos conocer porque ya nos ha pasado... Y si con lo que ya nos ha pasado, nos equivocamos una y otra vez, como cuenta nuestra historia, ¿¡cómo no equivocarnos con lo que aseguramos, porque lo sabemos todo, que solo ocurre una vez...!?

111

Tenemos miedo de algo que no sabemos lo que es. Hubo alguien que experimentó e intentó volver del viaje supuestamente más largo... Largo demostró que es, porque se fue hace más años que el tiempo y aún le están esperando.

Aquí seguimos muriendo cada día...
Huele a mierda bajo nuestros pies pero te empeñas, me empeño, en decir que la mierda bajo los pies del de al lado es más grande y huele peor. Hoy no tengo nada que hacer porque ponerme a hacer algo me aterra... Me tocó el miedo en un reparto al que llegué tarde porque...: «Estaba en un atasco». Eso digo. Eso dices. Veré si puedo, verás si puedes, juzgar a unos cuantos que sí hacen algo. Señalando se suda bastante menos, no te tienes que duchar luego... y como además siempre que señalamos lo hacemos desde la oscuridad, nuestra ventaja es el engaño. «Mi máscara se pegó a mi cara hace años... ¡raro será que no salga ganando!» Lo que tú crees una victoria, es una derrota para mí por todo lo alto. pero a los tropiezos de mis pasos, a mis miedos, a mis engaños. Soy más cruel

Yo también señalo,

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que la crueldad cuando mi dedo marca la dirección desde mi propio bando.

El cornalón se lo lleva el que se queda clavado, el que arrima su piel y sus huesos al bufido del astado, el que siente que le tiembla el cráneo en el terremoto de sus pies plantados sobre el miedo con sabor a cielo.
«¿Y cómo sabe el miedo cuándo lo has vencido...?»

Solo entonces le darás las gracias por sus consejos; solo entonces el miedo será tu amigo y te hablará al oído como el anciano sabio del cuento: «En mis conoceres, o en mi intento, hay respuestas sin pregunta, flotando; preguntas sin respuesta, hundidas; y entremedias, en un tránsito, mi cuerpo y mi alma, mi daño y mi esperanza, en un corro de la mano, sueñan que el suelo solo es un papel y que en nuestros pies empieza, como de dos imanes, un alma gemela, un cuerpo que vive otra vida que coincide en el tiempo, pero que toma las decisiones contrarias a las que nosotros tomamos en la nuestra. Sin cambiar el bien por el mal sino usando otra opción que nos lleva a otro camino...».

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Somos todos uno; lo que afecta a uno afecta a todos. La codicia de unos pocos, considerados inteligentes, en principio, nos pudre. Somos educados en la competición, en la bajeza del pisar o ser pisado y eso se vuelve hacia nosotros... siempre tarde. -Vosotros, los que decidís. Sí, los que decidís -porque hay gente que decide y gente que no, al igual que hay gente que si desaparece puede desencadenar todo tipo de reacciones y personas que si desaparecen no provocan absolutamente nada-, podríais hacer de esto un lugar de verdades, pero lo estáis convirtiendo en un cloaca en la que, por supuesto, no vivís pero de la que marcáis las pautas de cómo hacerlo...

La vida es un imán, atraes lo que eres.
rop aacun nis
s

aC sar

o d n os

que

s ca ra

Cara s
sin

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s
r nucaa po
que
so n d o
ra s ca

¿Por qué las mismas cosas que admiro, tras un instante me asquean y mis juicios, solo míos, me convierten en un imbécil?... Hay cosas que te las enseñan y cosas que aprendes... Lo único que no se puede negar es el peso de las sensaciones. Las percepciones no tienen ni juicio ni presentación. Las sensaciones son siempre verdad, no puedes decir si sí o si no, son como vienen; tú no afectas a su llegada en nada, estás rendido, vencido de antemano; no tienes control ninguno sobre lo que nace salvaje en tu sangre como respuesta al remitente. Te aterra todo aquello que se escapa a tu comprensión y tu razón no entiende. Eres violado continuamente en tu núcleo por las sensaciones que se te cruzan y buscas en sus sombras un motivo..., pero no lo hay; no lo habrá nunca.

Nunca, jamás, siempre,
son palabras que no significan nada pero están grabadas a fuego en nuestra memoria... Apagar la luz y dormir o no, que duerman los ojos de nuestra conciencia; ese es el infierno o el cielo de cada uno. Mi infierno ha sido de ojos cansados abiertos a diario y callos de dedos de escribir, recordando mis insomnios al caer ya la tarde.

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Despierto de mis sueños absolutamente transtornado
y cometo mis errores tantas veces que me acaban conociendo. Son ellos los que me cometen a mí, pero no aprendo.
Mi corta sabiduría, diría, está en números rojos.

No lo diría, lo digo: «Está en números rojos». Soy un ciego que un día vio; reconocí solo mentiras y cerré los ojos de nuevo; los apreté fuerte para retomar las imágenes de mi interior. Se habían velado... Entonces lloré. De cada lágrima; de sus caminos, surcados hasta follarse a la tierra, surgió una mujer que gritó su pasión con chillidos de ojos que se abrieron pariendo sueños, cuentos de final feliz, versos de aliento y empuje, esperanzas dulces de sabores infinitos...
Mis lágrimas se suicidaron hasta ser pecas en el marrón de los suelos.

Entonces mis ojos se hicieron luz. Nunca dejaron ya de marcar mi camino.

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Cuando tuve más agua en la cara solo fue para tragar los nudos de mi garganta como píldoras de la felicidad; una receta de médico de bata desnuda color de piel. Los errores que no se cometen se hacen tabúes. No hay tabúes en mi vida; conmigo. No entierro ninguna necesidad despertada por una sensación-percepción sin averiguarla, sin conocer su sabor. No existe el tabú en mi relación con mi persona. Me cuento secretos a mí mismo, me fío de mí. No busco justificaciones, tampoco reconocimientos. En mis acciones hacia mí mismo, en las que solo pago yo, tu opinión es nula, tu valoración no existe; mis amoríos con mis intrigas, con mis enigmas, mis luchas con mis deseos no necesitan público, ni aplausos ni ovación. Vemos muchas veces la necesidad de ser reconocidos, valorados. Por eso nos prostituimos, porque el éxito, por lo visto, es igual de necesario que respirar. Uno no es lo suficientemente bueno hasta que «alguien» dice que lo es. -¿Cuántos buenos y grandes habrá por ahí escuchando solo los aplausos de sus venas en el caparazón que protege su interior? ¿Cuántos habrá que no quieran mamar de

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vuestros penes de reglas establecidas, de vuestros cofres con baratijas de luces y alfombras rojas? Hay unos cuantos; unos cuantos, bastantes, que tienen secretos a voces entre las paredes de las casas de su pueblo; escondidos en su carne que, cuando arde su éxito, escupe un humo que pinta el aire con trazos de ríos de sangre derramada con raza y jirones de coraje... ¡Que te quiten tu forma de ver, tu manera de mirar, que te arrancan el paladar, la lengua, los labios, para que no puedas saborear...! ¿No te dejarías, verdad?, ¡¿lucharías, irías a la guerra, no consentirías que nadie te quisiera arrebatar eso?! Lo considerarías un ultraje, una vergüenza, un desafío directo a tu dignidad como hombre...

Te rebelarías.
Enseñarías los dientes, nunca claudicarías sin presentar batalla... Y, sin embargo, lo hacen... con tu cabeza; intentan arrancarte el paladar, la lengua, los labios mientras tú permaneces inmóvil. No dices nada..., te callas.

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Así son las cosas; formamos parte de una banda llamada sociedad que toca canciones retocadas, versiones secundarias de artistas de tercera que clavaron su estribillo en nuestro disco duro desde antes de que fuéramos capaces de razonar. Nos escudamos en el grupo, esperamos que nos digan por dónde debemos ir y, cuando nos lo dicen, vamos...

Es como son las cosas desde que somos demasiado pequeños para darnos cuenta. Y llega un día, como para todo, en que ya es tarde... y fuera de tu estribillo no encuentras ni lugar ni sentido para estar. Si decides ir por otro lado te sientes extraño; te hacen sentir extraño.

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a tocar mi cuerpo mientras estoy durmiendo para ver si lo siento, para saber si soy yo quien lo está habitando.

Voy

Estoy hablando con mi retrato sentado sobre mi pasado. Hay un hueco donde resuenan voces de los dos bandos. Me hago el sordo porque solo me escucho cuando no hablo. Cada vez hablo menos, cada vez más quiero ser los oídos de lo que está pasando.

Cómo soy yo es más fuerte que cómo quiero ser yo...
Todo tiene recargas; hoy por hoy todo se renueva, se resetea, se limpia la memoria. ¿Y si se pudiese hacer eso con el amor?... ¿Sería mejor, peor? No sé... No se inventará nunca una báscula que pese los recuerdos... Hay que ser cero para ser diez y volver a ser cero de nuevo...

Quisiera haber nacido dos veces del mismo vientre; haber tomado notas la primera vez para tenerlo en mi mente claro. ¡La de veces que me he querido esconder de nuevo en la bolsa -refugio puro, donde todo empezó viendo el mundo a través de un ombligo- cuando mi conciencia no lo era aún, y si lo era yo lo desconocía!...
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Recuerdo la paz. No tiene forma ese destello lejano; es una sensación real de mi cuerpo protegido; es flotar en un agua de calma movida, unido a un corazón mayor, a una supervivencia segura y cómoda.

Quiero contarle chistes a mi madre desde su barriga; dar vueltas de noria chiquitita, de fiestas de barrio en las aguas del primer perdón; dar la primera patada al aire teniendo claro dónde estoy. Voy a hacerme una casa de paredes de cartón, sin luz,
agua ni televisor, con un cordón umbilical directo al corazón de Dios que me cuente las cosas despacito; que me dé mi calor envuelto en achuchones de suave voz. Hoy, ahora, en este instante querría ser cielo por un parpadeo de tiempo nada más, ver el cielo desde el cielo, mirar a los ojos de los pájaros mientras dura su vuelo, dar un paseo de la mano de las nubes, jugar con ellas en el recreo, sentarme a lomos de una tormenta de agua, de granizo, sin mojarme porque yo también sería lluvia, porque yo también sería hielo.

Quiero ver todas las cosas; todas, desde el otro extremo. Seguro que cambia el cuento. Quiero todos los regresos de cuando partiste, dependiendo del viento, de
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la fortaleza de tu velero, de tu fe en los no puedo. Quiero esos viajes; cambiar de puerto, de vela, de escudero y de catalejo, de tripulación, de macaco y de cofre de veneno; de malo, de bueno y de incierto, en mares sin remos de punta que peinen sus caminos hacia corrientes que nunca existieron. De súbito planeo bajo las aguas de un mar turbulento pero seco. Mi humedad no es de agua; es de recuerdos. La sal de mi boca no es de las olas; es de las cicatrices de mis quiero y no puedo que me hacen de carceleros. Si mis ojos están abiertos, yo no duermo. Tampoco el sueño que tengo dentro, que vive de insomnios y de ojeras de lapicero. Tengo noches que duran siglos, que a cada campanada me dan a luz entre nanas para tapar las trincheras en las que se esconde el antídoto de lo que os cuento...

Duermo...

duermo...
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Al despertar leo lo que mi cuerpo le decía a mis manos antes de que claudicara mi último guerrero ante el sueño. No puedo mentir: a veces lo entiendo, a veces me da miedo. a tapizar mis odios, mis fracasos y mis aciertos con trapos de pordiosero, de mendigo, de pedigüeño; voy a extender mis brazos para pedir y sorprenderme al conceder deseos a cada gesto; voy a ser un sintecho para tener en las estrellas un mirador con vistas al inventor de los cuentos. Mi vida hoy es un devenir de mareos. No voy hacia ningún sitio el tiempo suficiente como para que algo aparezca. Ni siquiera es la vida un cambio continuo; es un aburrir constante de ideas que saturan mi cabeza de guiones sin prólogo ni final. Imagina una sucesión de voces, hasta un millón, una a una, en tartamudeos de milésimas de segundo llamándote por tu nombre, a veces en susurros, a veces en gritos o en lamentos, en risas o lloros, pero siempre en tartamudeos de milésimas de segundo. E imagina a cada llamada un giro, una mirada de atención, un te escucho. Mis días, los que tienen luz y los que no, son así de largos, de cortos, de desconciertos; una maldición con un

Voy

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principio que no puedo recordar porque no puedo recordar el día en el que mi fuerza se quedó frígida, estéril de raíz. Me hago sangre desde hace ya tiempo hurgando en la blandura de mi esqueleto, buscando pepitas, como un buscador de oro, en las que flote mi pócima para ser yo de nuevo. En tu honestidad, el juez, el fiscal, el jurado, eres tú. Deseas la honestidad en la acción de los demás.

Te miro a ti y me miro yo.
Yo me miro muy dentro. Nada puedo pedir desde el día que mi discurso se gangrenó, se truncó; perdí los dos pies sobre un poso doble de humos y gritos por intentar adelantar el tiempo para atrás.

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Ahí estoy, más jamás que nunca, de rodillas sobre mis lágrimas, porque no tengo la cuna de unos brazos con su pecho incendiado de almohada anunciando mis carencias. Lo que es huérfano para mí, lo que me falta, mi miedo, mi deletrear nanas con una letra que me aterra, se ahorca ya tarde de las venas de mi prólogo sin llegar a ser nunca cuento. ¿Cuántas personas tengo dentro, desconocidas para mí, que se ríen, escupen, lloran en mis jaquecas, en mis plegarias mis ideas, mías; mis amores?, ¿cuántos temblores me quedan antes de ser criatura bajo el suelo?

No sé...

Un día, borracho, hablé con mi destino. Me escupía besos desde la nariz de un payaso, que era mi retrato: -¡Dos tragos más! ¡Dos tragos más y me marcho de esta tormenta que me estoy mojando!, y si me mojo desnudo cogeré un catarro mal curado, sin cura en mis largos insomnios.

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Dos mundos sueño despierto en una sonrisa de dientes infinitos...; dar la vuelta a un paraíso, ser de nuevo el principio, ser siempre la génesis, puro impulso, todo preguntas, todo el camino por escalar.
Esta tarde, mientras corro con un sol hervido haciéndome de sombrero, que derrite mi cara a cada zancada, pienso: «Quiero ser el corazón de la paz queda de un charco inerte que disfruta de los reflejos...»

Recuerdo que estaba bebido y un hermano me contó su despedida con su padre. Me contó que lo abrieron porque se quemaron por dentro hasta las sangres de sus recuerdos pero que, aun así, creció y engendró un alma grande... Pronto tuvo que decir adiós, un adiós tardío aunque se predijera temprano.
Las sonrisas, las historias, los chistes de un niño de pelo largo, que se lo cortó para arropar un sonrisa, viven congelados pero laten todavía en mí. Ese día, en la claridad de la noche, a la sombra de los susurros de las ramas de unos árboles vigilantes, se lo confesó a los oídos míos, que escuchaban y querían esos colores de amor y de nos-

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talgia de unos ojos negros de pelo largo de un hermano que compartía su corazón. -Si hubiese podido me habría comprado otro par de esos ojos para guardar a buen recaudo la historia de ese adiós que nunca se cerró y que sigue vivo en un corazón con mil latidos, los tuyos. »Tu padre vive en cada pálpito que recorre los caminos de un peregrino en los ríos de tu interior... Cuando me hablan; cuando una imagen alguien me la pinta con sus palabras y puedo casi llegar a vivirla, me pongo en su lugar pero con mi historia y son los ojos del otro los que chispean en los míos, porque cada uno cuenta según latió. Mi historia es más fea, más triste. Mis daños maduran cuando los creía ya estériles; maduran y caen del árbol de mis venas, que son ramas verdes y que a veces se agitan de vergüenza, en ocasiones de orgullo y siempre en la misma medida, creo, de miedo engrilletado al amor; ruedan por el suelo hasta extenderse y tocar con la génesis de los dedos el día que por primera vez dije adiós.

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Sin darme cuenta estoy de nuevo preguntando el porqué... pero ya nadie me cuenta historias.

Me he quedado solo

en un solitario eco,
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tartamudeando en los recovecos de mi cerebro.
Cada día más mareo, cada tarde más tempestad. Ayer soñé que las vísceras de mi cabeza salían de mi cuerpo para flotar en unas nubes de agua que se movían por encima de la más real de mis pesadillas haciéndome sonreír. ¡Sí, haciéndome sonreír!, y justo en la máxima expresión de mis labios en su estirarse, mi cuerpo explotó, se hizo añicos de un color transparente con reflejos rojos; solo sus reflejos tenían color... Y de cada trozo de mi reventar brotaba una rosa negra con corazones por espinas y manantiales de agua pura por tallo. Las rosas se agrupaban formando letras que parían los créditos de mi pesadilla...

The end. (Se acabó.)
Siento caer los telones de piel de párpados que se cierran de arriba abajo y de abajo arriba, simétricos...

Duermo.
Estoy dormido en el rellano de una escalera sin peldaños que conduce al final del cielo, justo donde linda con

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la puerta del infierno; infierno que está en venta, «a buen precio», porque el demonio se escapó un día tras decidir que quería ser bueno. Un infierno sin demonio no es un infierno: el fuego se extingue haciéndo de todo un desierto. Recorriendo ese desierto hallé una vez un loco desnudo tras una túnica de preguntas bajo una sombra que nada la daba. Estaba como pintado sobre la alfombra de una playa sin mar. Con unos labios secos con cortes -que menos seca estaba la arena- el loco le hablaba al sol; casi incluso, creo, le gritaba... pero nada se oía... nada. La sorpresa me partió el alma cuando al levantar la cara para presentarme sus ojos, aquellos se tatuaron en mi mirada comiéndome terreno hasta hacerse uno con mi retina. Aquellos ojos..., aquellos, transmitían más luz, más paz, más calma y más verdad, que cualquier recuerdo que mi recuerdo recordara. El demonio, me ha dicho un amigo, es ahora su vecino. Vive en un tercero sin ascensor a las afueras de un barrio pobre. Se gana la vida repartiendo publicidad por los buzones y por algún que otro coche. No atiende a nadie que su alma deseé venderle, no acepta amores ni reproches, no quiere ser ángel porque ya ha sido demonio.

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Quiero vivir los días, cada uno, sin esperar nada, como esos bebés que estiran su manitas desde el carrito para cogerte un dedo y parece que te están diciendo: «¡Ey!, ¿te gusta mi carrito?», con unas palabras que no entiendes pero que intuyes llenas de mayor sentido de las que oyes a diario... Entonces es cuando levantas al niño con más delicadeza que si fuera terciopelo... porque al ras de las ruedas de sus carritos de una altura mínima, esos bajitos, vírgenes y pequeñitos, tienen unos ojos como platos que todo lo hacen más pequeño de lo que es, aunque sea grande para ellos; ellos que no tienen titulo ni han escuchado a nadie, son capaces con sus manos, ojos, pataleos, besos de aire y mirares, de enseñarte secretos de los que te dejan helado un instante.

Tras uno de esos parpadeos de años, tras la lección de un bebé que duró lo que dura una queja, me dí cuenta de no ser nadie; de ser un don nadie, y estuve contento por primera vez en mi vida, por primera vez...
Rebusco en la basura de los deseos no cumplidos con una nariz sin capacidad de chupar aromas. Tras apartar un deseo muy pesado que lleva mucho dolor dentro mi nariz, mis ojos hundidos hacia fuera dan con una botella

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sellada con un corcho contra el cual chocaba por dentro la palabra destino...

Hoy mis ojos se han hermanado con el amanecer mientras siento golpes de seguido en la cabeza. Lo primero que vieron fue unos ojos mirando sobre una nariz tras un cristal movido entre golpe y golpe. Busco tocar mi cuerpo porque no soy yo, porque no
siento la capacidad de reconocerme y tan solo toco letras...

Destino, destino, Soy el que mira y al que se mira. Soy la búsqueda, lo que busco y el que busca. Soy algo que no alcanzo aun estando en mi ser... Soy una sopa de letras borrachas...
quiero sexo y me dan abrazos...; hoy quiero abrazos y me dan sexo...; hoy me dan abrazos y sexo pero no quiero nada...; hoy quiero besos y me los dan, pero yo olvido darlos...; hoy doy besos, pero ya es ayer y se pierden en un pasado...; hoy quiero casi cualquier cosa y me dan la espalda...; hoy me dan la espalda y busco la cara...; hoy me dan la cara y busco la espalda...; hoy no busco nada pero lo tengo todo.

Hoy

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PLANIN

G ANUA

L

Todo empieza y acaba en cero y el cero no se puede abarcar aunque lo quiera; a veces, aun queriéndolo, cogiéndolo y teniéndolo, no lo quiero y lo tiro, sin darme cuenta de que cae dentro de mí.

Quiero más veces, muchas veces más que muchas más; quiero venderme a un beso
inventado en historias hechas vida en los labios de una mujer cualquiera...; aquella con la que crucé mi camino

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una tarde de octubre, mientras sus brazos apretaban su cuerpo escudriñando el calor sobre un andar de taconeo apresurado. -Yo te habría dado calor. Habría hecho surcos de sentirte caminando con las pulpas de mis dedos en esos pómulos que vi pasar fugaces como en un reflejo. »Habría cogido tu carita entre mis dos manos sin saber quién eras -y no lo sabré nunca porque solo te vi una vez-, y habría sudado nuestra historia. Habría cogido tu carita entre mis dos manos para parar el mundo mirando tan cerquita de tus ojos que se habrían hecho uno junto a los míos... mis caricias se habrían prendido en fuego sin daño para que tu frío apretujado en un andar entre tus brazos se hiciera mil soles de vuelo bajo. Una vez más, hoy he tenido miedo... -Hoy me he querido marchar, madre. Me he querido marchar adonde los recuerdos se sujetan con un lastre muy grande, adonde

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ya no se puede mirar atrás, a ese reino de los hombres del que todos hablan pero nadie conoce porque todos fueron pero nadie volvió jamás. ¿Y si muero por querer morir y mañana despierto ya muerto y en mi cabeza sigue ese goteo que no cesa ni cuando duermo?... Si fuese así, estaría jodido y buscaría al cabrón que se inventó este juego; le arrancaría el corazón para meterme dentro y corroerle las entrañas hasta esparcirlas en el cementerio en el que se celebra una fiesta a cada momento. Porque, por lo visto, hay muertos que no tienen goteo y viven de muertos contentos...

No sé...
Hay noches en las que siento que ya estoy muerto. Mi cama es grande y yo solo soy la pintura de un feto en una esquinita como una mancha pintada a lapicero; un fósil de algo que bombea diciendo cosas a un traductor que no habla idiomas. De repente, soy un espasmo. Mi lecho se convierte en una sonrisa tan larga que se junta con ella misma donde empezó. Mis fuerzas se contagian al resto de mi yo... Quizás sea yo el inventor de este juego; quien tiró las instruc-

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ciones a la basura de un camión teniendo que inventarse las reglas de nuevo, sin corazón.

Me veo a lomos de una montaña, más alta que los anhelos, gritando un te quiero a la reina de todos los reinos; lo veo en cada ocasión en la que cojo una calle cortada... y eso es tan habitual como las mañanas en que descubro la pared que marca dónde acaba el camino.
No sé si no lo quiero ver o realmente no lo veo. Choco con todo lo que carga mi alma cayendo a cuello roto sobre las cicatrices de mi espalda y, en el charco de sangre que hace ríos sobre los adoquines de la calzada, me veo a lomos de la montaña más alta... Justo ahí, donde la sangre cuaja tras mi nuca degollada, hay un jardín de pestañas de plata. Tras las pestañas hay ojos que miran el rayar de un alba huérfana de un sol que está de baja por depresión, porque por mucho calor que dé, la tierra se extingue sucumbiendo a los caprichos de la raza humana...

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El sol nunca más brillará en mi jardín y la luna enjuagará sus lágrimas con las manos de un bebé que por primera vez mire la mañana...

Penas de un niño en una cuna de cuenta atrás porque esto es una historia que se acaba.

Un día me llamó un hermano y me contó que su mamá un día se fue de casa y ya nunca volvió. Ni despedidas ni un hasta luego... ni un adiós. ¿Cómo abrazas a una lápida? ¿Cómo hablas con un centro de flores que en unos días serán cartón?... ¿Cómo harías todo eso para una madre que se fue ya? Llorarla podía..., y en sus ojos, yo, sentado ayer, en esa noche de tertulias deseé aprender a no ser un muro de carga para su pesar, esperé, pasajero. Cien veces haces algo acertado con alguien y, sin embargo, la vez que te equivocas es tan grave que de inmediato borra las cien veces que acertaste...

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Son menos cuarto. No sé de qué modo me entran ganas de masturbarme en la oscuridad de mi cuarto de baño. Lo llevo haciendo años y no me aburro. Creo que no me aburriré nunca porque al masturbarme sueño... me imagino, soy otro: un demonio, cleopatra, las garras de una fiera moribunda, un traje sin nada dentro. A veces miro, en ocasiones me ignoro. A veces respiro rápido, a veces hondo. Raras veces me paro, pero si lo hago me quedo mirando un punto extraño como si sintiera que una mujer de diez caras me susurrara algo: «Despierta, despierta, despierta...». Me despierto de súbito salpicado por mis lados todos, me ha quedado helado en una postura en la que me veo de cara los ojos: «Pero si yo me estaba masturbando y tengo ahora una laguna en mis retrocesos». No podría decir si vivo o muero, si esto empezó o nació ya siendo entierro...

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Me estoy enamorando de una voz.
Me estoy enamorando solo de oír sus risas tomar mi oído desde el precipicio de mi auricular. No la veo. No tiene cara ni cuerpo... tenerlo, sí lo tiene pero yo no lo veo. ¿Cómo solo una voz se me puede meter tan en los adentros y faltarme tanto? oír sus: «Hola. Esperaba que me llamases». Me dice mi instinto que no estoy en lo cierto, pero si esto es un juego, quiero jugar hasta la banca rota, hasta caer exhausto sin aliento...

Quiero

Otra vez es domingo; esta vez es distinto porque ya he dicho basta. Es la una y cinco de la mañana y algo llama a mi cuerpo, a mi alma, a salir a correr pasada la medianoche ya sentirme vigilado por la luna entera y en calma.

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Fito me habla a cada zancada gritándome suave sus letras que se mezclan con mi resuello, que ya me falta. Quieta y clara se ve la noche cuando no se bebe nada. Mis sudores salen de mi piel como de la tierra la lava. Me escuecen los ojos mucho. Va a ser que mis sudores no son de agua. Son tequila, gin-tonic, orujo de hierbas. Va a ser que el alcohol no engaña y el tiempo de estanco en las termitas de mi cabeza tampoco engaña y pasa sus honorarios.

Mis piernas pesan,

pesan.
Siento que se me caen a cada paso que se sucede. Ahora es mi hermano, el loco, el que recita palabras acompañado de notas mientras yo avanzo más lento aún que la noche. De hoy no pasa. Por los dioses y sus razas, si existen, que de hoy no pasa. Mis pies van a pisar de nuevo las calzadas de esta mi ciudad para ser mi medicina, la droga que como a un yonqui me reenganche a querer, a construir de nuevo, a demostrar el movimiento moviéndome, no teorizando sobre el viento o el miedo. dejar de ser mi sombra, quiero ser el guerrero que era, quiero que mis respiraciones sean

Quiero

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envestires cuando el aire entre en mi boca. La costumbre me abandonó, la repetición, las ganas de hacer cosas con los dientes apretados, me dejó tirado en una cuneta. La quiero recuperar. La voy a recuperar.

En esta noche empieza el reloj a correr hacia atrás hasta adelantar el punto donde se quedó. Se acabó buscar la ausencia de conciencia para poder seguir. Se acabó destruir mis mañanas recordando y mojando los ayeres. Hoy me levanté y mi susto se hizo uno conmigo porque no me salían las palabras; no me salían, no podía decir con el lápiz de siempre entre mis dedos lo que me pasaba. También había perdido la vara con la que se mide lo que a uno le pasa. -Cuídame de mis jaquecas, cuídame de mis desmanes, de mis despertares a la sombra de unas velas o de mis «me acuesto. Estoy borracho». Las mujeres de mis recuerdos fueron mis amas de llaves; las que cerraron con cerrojos de desaires una celda sin barrotes ni picaportes ni guardianes.

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Soy el carcelero que vigila la cárcel de las tardes de
mis ayeres... Mi cárcel es el mundo; tengo permiso para irme, pero ya estoy ausente sin moverme siquiera porque vivo en el último día que te vi. Lo llevo del pecho en un colgante y sé a cada latir que nunca te tendré lo bastante cerca. Por eso silbo cada noche tu nombre entre barrote y barrote...

Justo en este instante en el que les cuento a mis teclas dolores; a cada pulsar, entra un mensaje de un hermano con hambre de contarme que está mal, que no entiende los avatares de esta vida, los exámenes... Él es uno de los seres de mi cercanía y de mi amor, amado y profesado, en gran parte porque sé que su mochila va repleta de esfuerzos, superaciones, de apretar los dientes, de despedidas obligadas, de no gustarse a sí mismo, ni en su alma ni en su espejo, de menosprecios al «yo puedo» cuando su «yo puedo» es cien veces más poderoso que cualquiera de los conocidos por mí. ... Empezamos hablando de un amor que fue sus pilas en su día; que lo sigue siendo sin duda hoy; que rotula un gracias uniendo las estrellas de un cielo de bar vacío, tan solo lleno por nuestras palabras y sentimientos.

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Igual que el gin-tonic derrite los hielos, se derriten nuestras historias entre risas, abrazos y te quieros... No se puede pagar la llamada de un hermano con necesidad. No se puede pagar esa muestra de confianza, de desnudez, de pureza. No tiene precio ni rebajas...

Es precioso sentirse necesitado y necesitar, aunque
haya personas que se atasquen, no hablen, no paguen con la misma moneda. Esto me hace hervir también por dentro porque son siempre mis palabras, parte de un cuento, paridas por la punta de un lapicero. En esta noche he escuchado como he hecho siempre, he aprendido muchas cosas de mirar a los ojos de los daños, las alegrías, las apuestas perdidas, los éxitos, los fracasos solitarios y compartidos, los amores, los desamores, las ruinas de dinero y las de los valores. En esta noche también he hablado y he sentido la sensación de hacerle bien a mi hermano, que me ha llamado para hacer dos de su daño, compartiéndolo conmigo como si de una merienda se tratase. He creído darme cuenta de que él también se ha sentido necesitado... Eso me ha ayudado.

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Yo salía de mi casa para ser respaldo, pañuelo, abrazo largo y vuelvo siendo más ligero porque me he descargado, vaciado, igual que mi hermano...

¡Siento alivio!
... por lo menos por un rato... Bajo una vez más la cuesta que lleva desde mi casa a cualquier otro lado. Me despisto; mi cabeza se queda imaginando que caigo a la alcantarilla hacia la que avanzo. Impacto desapareciendo de inmediato en el interior de mi casco y salgo andando al mismo mundo del que vengo... pero está todo parado; solo yo me muevo. «¿Será siempre de día? Todo está parado.» El silencio es más silencio que nunca. Empiezo a oír un ruido lejos y corro hacia él mientras el ruido se hace más y más fuerte y se mezcla con el sonido de mi respiración atacada y ded mis pasos. Cuando por fin veo, mis ojos se clavan en un aspersor que lanza niños recién nacidos:

un niño, una niña, un niño, una niña, de dos en dos.
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Al caer al suelo, sin llegar a tocarlo, se quedan suspendidos a nada de contactar y van desperezándose. Van abriendo los ojos para ver de dónde salen y qué son los colores. En menos de poco tiempo son millares extendiéndose hacia el horizonte. Cuando el último niño dejade volar para ser parte de sus hermanos de sangre el aspersor se detiene, dejando de mojar con vida su tierra verde. Se gira y me dice:

«PADRE».
Luego se hace llama para desaparecer de mi frente. «Padre... Padre.» Es una palabra que se repite en mi cabeza más veces que la sangre; a cada segundo, millones de veces. Y me pregunto: «¿Y la madre? ¿Y la madre?... ¡Un aspersor! Dios nos guarde». Empiezan a llorar los niños todos a la vez, todos a una. Salgo de mi perplejidad años más tarde cuando los niños, todos, se han hecho grandes. Todo el mundo que se había quedado quieto mientras me marchaba, ahora que regresamos, se han marchado llevándose su mundo de cartón. Comenzamos a construir desde abajo, como se hacen las cosas pequeñas pero gran-

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des. Una mano es la de todos y todas las manos son las de uno; no hay un «esto es mío» ni cojera sin su corcho ni lágrimas sin pañuelo ni abrazos huérfanos. El sol es igual para todos, la luna nos canta nanas, nos cuenta cuentos para conciliar el sueño. ... Me pitan...

Despierto:
Dentro de mi casco he vivido un sueño. Ahora acelero; necesito escribirlo, necesito saber si puede ser cierto. Llego a mi escritorio corriendo... pero solo recuerdo el olvido; no me salen las palabras, no me salen los recuerdos. Siento un escozor abriéndose camino en los huecos, que son muchos, de mi cerebro pero no se transforman en nada que se haga letras, en nada que se haga texto. Mis manos no se mueven. No puedo escribir.

¡No puedo!...

¿A quién le confieso yo ahora mis paros cardíacos, mis torniquetes, mis ataques de extremo a extremo, mis resacas de «ya hablaremos», mi prólogo, mi epitafio, las viñetas de mi tebeo?... ¿A quién? ¡¿A quién?!

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Tendré que aprender a traducir mis silencios, porque alguien dentro de mí, de algún modo, tendrá que decirme algo; porque no me voy a quedar callado ni me voy a guardar para mí el resto, si es que queda algo, de este viaje largo... Ahora bostezo. Me da las largas el sueño. Me aparto del carril izquierdo al derecho, del derecho al arcén. Mi manta es el camino. Duermo... Sueño con que la ciencia avanza tanto que llega a descubrir la existencia de Dios. Queremos saber si la ciencia ha descubierto a Dios porque es más inteligente o ha sido Dios, en su omnipotencia, el que ha consentido que la ciencia lo descubriera. Dios quiere destruir la ciencia y la ciencia quiere destruir a Dios... Este enfrentamiento produce una gran explosión de la que surge la vida. Eso se repite a intervalos en la eternidad haciendo que todo termine y empiece de nuevo de una manera cíclica...

Lokura
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