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Lmpido, glido, sutil

La seorita M. avanz rpidamente por los fros pasillos que conducan a la sala de msica. Sin saber hacia dnde se diriga, en realidad, nueva en ese edificio, vagaba desconcertada por las enormes dimensiones y los cambios bruscos de temperatura a medida que dejaba atrs uno a uno los salones de ese, su nuevo lugar de trabajo. Pgina catorce, por favor, y marc bien los acentos. Esas haban sido las primeras palabras de su ltima profesora de espaol; aquellas palabras, hoy sin importancia y sin motivo alguno, eran lo nico que la acompaaban absurdamente en su camino a la no menos absurda decisin de trabajar con aquel sujeto. Apenas lo conoci se dio cuenta de que no haba nada comn en l ni en el empleo que le ofreca. Ese primer encuentro se diluy de su memoria tan rpido como sucedi todo en esa fugaz entrevista, de modo que no le haba quedado claro si haba sido contratada o no. Senta, difusamente, que ella no haba desempeado un papel muy deslumbrante, mucho menos meritorio; por eso, dudaba del resultado de esa segunda convocatoria. Sin embargo, esta vez, la voz de la seorita M. se levant por encima de todas las dems, matizada, brillante, llena de expresividad. All estaba: como si hubiera nacido un minuto antes de entrar a esa construccin inslita, aunque ya extraamente familiar. A diferencia de la ocasin anterior, en la que todos los rostros de la concurrencia armonizaban en plidos tonos mestizos, vio que stos, los mismos de entonces, irradiaban una extraa energa. Flotaba, naufragaba, soaba, se elevaba, desapareca, entre tantas y tantas sonrisas fingidas, palabras infinitamente ensayadas, apretones de mano y calidez impostados; en medio de semejante acogida, le resultaba difcil elegir su mejor estrategia. Cerraba los ojos y crea que, al abrirlos, aparecera en el bao de un pub que no exista ms, como cuando beba demasiado sin haber bailado suficiente. La repeticin de la primera entrevista como si se tratase de un ensayo dispar el aburrimiento, que comenzaba a arrullarla y venca el resto de cordura y lucidez que haba conservado para momentos como se. Las personas que ocupaban los asientos privilegiados la miraban complacientemente, no por empata sino por ostentacin de poder. Haba ingresado tan temprano que le inquietaba el tiempo transcurrido entre seres extraamente humanos, pero que, sin duda, no lo eran en verdad. Sus delantales blanqusimos y la inodora asepsia los delataron.