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EL CONCIERTO DEL GENERAL © Registro de Propiedad intelectual Inscripción N° 169.435 Todos los Derechos Reservados

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NOTA PRELIMINAR

En el mes de octubre de 1987, República, Capitán General

el

presidente de la

Augusto Pinochet Ugarte,

realizó una visita al Conservatorio de Música de La Serena. Tras su breve estada en el lugar decidió

instaurar una beca especial, destinada a favorecer a cerca de cien estudiantes (la mitad de los que allí estudiaban). latitudes Su objetivo: que sus jóvenes de distintas artísticas en

proyectaran

habilidades

beneficio del país.

Al año siguiente arribaron a La Serena un centenar de estudiantes del norte, centro y sur del país.

Sin contar con alojamiento, viático o padrinos – como se había anunciado originalmente-, un estudiante del norte del país vivió durante tres años la experiencia de ser un becado del General. Esta es parte de su historia.

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I

Llovía.

La tierra húmeda nos señaló el camino de las chacras y caminos semi rurales de las Cuatro esquinas. Aún calles de tierra, aún alamedas intactas.

Con

mamá

comprobamos

dos

o

tres

direcciones,

aparecidas en una fotocopia enviada por el colegio hacía unas semanas atrás.

Aquel espacio de La Serena aún olía a campo.

La pensión había sido construida en pendiente. Desde ahí se observaba la ciudad, aunque las ramas de los olivos e higuerales cercanos la mostraban seccionada, cortada como fotos superpuestas completando 160 grados.

Una anciana salió a nuestro encuentro. Nos hizo pasar. Un grupo de universitarios tomaba onces en el comedor.

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Era una casa de campo; el olor a leña quemada de alrededor se filtraba por las uniones inexactas de las maderas.

La anciana le preguntó a mamá qué hacía aquí, ¿es por pensión?, que nunca había tenido un pensionista tan chico, mírelo usted, tiene trece y parece que es bajito, rechoncho, ¿es que come mucho pan, señora? Yo la miré desde mi inferioridad y divisé sus arrugas, apenas me

miraba; parecía no estar segura si recibir a este nuevo pensionista.

-

Con él no tendrá problemas, es becado, tiene buenas notas y buena conducta.

Mamá tuvo la intuición que tienen todas las madres y le dijo a la viejita - que llamaba a su viejo que golpeaba en el patio la lata de un automóvil viejo- si podía quedarme allí, que enviaría la remesa de dinero, que yo era tranquilo, maduro, que en realidad no tendría problemas.

La abuela me miró a los ojos. Creo que leyó a través de ellos mi futuro, mis anhelos, un par de notas musicales

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colgándose de mis infantiles pensamientos. Luego miró a los ojos de su esposo.

Aceptó, empujada por mis ojos melancólicos y la humildad de mi chaleco mojado.

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II

-

¿Por qué trae a su hijo aquí? – le preguntó la orientadora a mamá. Hacía frío.

-

Nos han hablado de la beca. Me dijeron que mi hijo había sido seleccionado y…

-

Claro. En realidad se realizó una preselección. Los resultados oficiales no han sido publicados aún.

-

Pero me imagino que la preselección tiene algún peso. Hemos estado esperando durante meses la respuesta. Lo traje porque el semestre está avanzando y porque deseaba que mi hijo empezara igual que el resto.

-

Me imagino, pero me pone en un aprieto: debería someter a su hijo por el mismo proceso de selección que cumplen los chicos que desean ingresar al colegio. Usted comprenderá que muchas familias en La Serena desean que sus hijos aprendan música. Ahora, entiendo que usted ha viajado muchos

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kilómetros

aquí,

que

desea

que

su

hijo

quede

seleccionado en la beca y, que no estará dispuesta a que él repruebe el examen de admisión…

-

Pero todos los papeles que enviamos a la postulación estaban en regla. Tiene buenas notas, buen

comportamiento, es excelente músico, eso lo avalan las cartas de los profesores de la escuela artística. No me va a decir que ahora le falta dar una prueba de admisión.

-

A ver, señora, un poco de calma. Es cierto: este es un caso especial. Aceptaremos los documentos que envió, pero déjeme advertirle: eso no asegura que a su hijo le vaya bien. Hasta el momento el resto de becados llegados por su cuenta, no les ha ido muy bien que digamos.

-

Ah, hay otros casos como mi hijo…

-

Desde luego.

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Por el ventanal podía percibir el aire de otoño golpear las ramas desnudas de los árboles de la calle. Por las ventanitas de la puerta de oficina apenas distinguía, en los ángulos superiores, algunos pinos del patio. No me atrevía mirar al rostro de la señora. Salvo esas pequeñas miradas, mis ojos se concentraron en mis zapatos negros de escuela, de marca desconocida, gastados en el talón.

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III

Mamá tenía un hermano en Ovalle. En él pensó casi al mismo tiempo en que imaginó que yo podía obtener la beca para estudiar música en La Serena. A su casa llegamos, con maletas y todo a finales de marzo, pocos días después de la entrevista con la orientadora de la Escuela de Música.

El tío vivía en la población Tapia. Por esos días la ciudad no era más que un pueblito con apariencia algo citadina. Los teléfonos poseían tres números que uno debía dictar a la operadora, la ciudad ostentaba un solo semáforo, una sola fotocopiadora y un solo teléfono público. La gente iba al cine los domingos y en la plaza lanzaba monedas de cinco pesos, aquellas grandes y plateadas con el ángel de la libertad estirándose.

Las noches previas a la despedida dormí con mamá en la cama matrimonial del tío. Sentía en la piel la leve comezón de los nervios, la expectación de la nueva vida,

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la alegría por lo desconocido y por ser el protagonista de la historia que mamá contaba a los familiares y primos.

Pero al cosquilleo, ese día domingo, temprano, se asomó la incertidumbre. Por primera vez reaccioné frente a la realidad, una realidad ante la cual uno como niño afronta con un imaginario distorsionado. La vida de uno no es el argumento de alguna serie de dibujos animados; la existencia es cruda y demasiado amplia para un pequeño de trece años. Abracé a mi madre pidiéndole que no se levantara, que por favor se quedara un rato más.

-

Ya lo hemos conversado. Debes ser hombre. Mamá no va a estar contigo. Si quieres ser alguien en la vida entonces debes aprovechar esta oportunidad dada por Dios.

Apenas crucé un par de palabras en el desayuno. Todas las bromas pronunciadas por mis tíos y madre, la carita chistosa de mi primo, los colores del comedor, me parecían crueles, desconocidos.

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En la Alameda de Ovalle, frente a los buses, nos ubicamos. Ya no aguantaba más y largué a llorar.

-

No debes llorar, tú nos tienes a nosotros. Vamos a ser como tus padres. Puedes venir cuando quieras – dijo la tía.

Mamá fabricó en el rostro un gesto de neutralidad. Parecía no afectada con la despedida. Doce años después, luego de que hubo pasado mucha agua bajo el puente, me lo dijo llorando:

-

Tú no sabes cuánto sufrí ese día. Y todo el viaje me vine llorando, haciendo como que miraba el paisaje. Si hasta el auxiliar me preguntó si me sentía mal.

-

¿Es cierto, mamá?

-

No. Es aún más: sentí que me moría en vida.

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IV

La profesora me presentó como el compañero que venía de Arica. Mi ciudad era pequeña, mucho más que La Serena. Venir de un lugar así, tan olvidado, y poseer la piel morena, no eran razones orgullo. Todo lo contrario. que me provocaran

-

¿Qué instrumento tocas?

-

Guitarra.

-

La chica Mirna toca guitarra. Mira. Esa rubia. Viene del sur. Mira, éste es el Flavio, alias “Ratón blanco”. Ese ahueonao, el del primer asiento, es nortino también. Parece que es de Arica.

-

No, de Iquique – rectificó Flavio- Lo voy a llamar al culiao. ¡Hey, tú!

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-

Se llama Walter Sanhueza. Habla como español, con puras zetas. Tiene un problema en la lengua. ¡Ven, agilao! – Walter se acercó, sonriente, empujando con sus mejillas a los ojos que tornábanse chinos por la acción.

-

Y, cómo estamos Zeta – chúpame la corneta-, mira, aquí un compadre nortino como tú.

-

Ah, eres de Arica – Walter me extendió su diestra. Su mandíbula resaltaba un par de centímetros más que su cara como una especie de cajonera mal cerrada.

-

Sí. ¿Tú de Iquique?

-

Claro. ¡Iquique, tierra de campeones! ¿Cómo están los llamos de Arica?

-

No tan huecos como ustedes, los iquiqueños – respondí, molesto.

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-

Hey, culiao, cálmate. Hey Sanhueza, para la zorra, tratamos de recibir bien al compañero que llegó de afuera. No la caguís puh.

-

Una broma no más. A los ariqueños les decimos así…

-

¿Llegaste hace poco a Serena? – pregunté.

-

En marzo, como la segunda semana.

-

¿Eres becado?

-

Claro.

-

Mierda, ¿cómo chucha lo hiciste? Mi vieja me trajo poco menos que a la mala.

-

Mi viejo es profe del colegio artístico. Movidas.

-

No me digas que te pagan alojamiento también.

-

No… claro que no. Mi viejo me paga la pensión. ¿Y tú, tienes familiares aquí?

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-

No. También estoy en una pensión. ¿No sabes cuándo se sabe lo de la beca?

-

¿Eres preseleccionado?

-

Sí.

-

Como a fin de mes. Pero tranquilo. A mi viejo le dijeron que tuviera confianza. A la gente preseleccionada era casi seguro que le darían el billete. Se demoraban en dar el resultado para que los tipos renunciaran al beneficio. Les confirmarían la beca a quienes

acreditaran la matrícula en la escuela. Pillerías.

-

Mortal.

-

Tengo que irme. Llegó la profe. Después conversamos.

-

Chao hueco.

-

Hijo de puta.

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V

Yo creo conocer el sentir de la gente que no sabe leer y que lo oculta con mentiras frágiles. Me imagino debe ser parecido a lo que sienten los músicos que no saben leer una partitura y que tocan de oído.

En Arica nada más había aprendido a tocar por sistema cifrado y, cuando me pasaban una partitura, trataba de chamullar bonito, poner la cara seria y fruncir el ceño, como diciendo “esto apenas se ve, ¿no tendrán una fotocopia un poco más legible?”.

El nuevo profesor de guitarra no me preguntó si leía música. Me hizo tocar algo que quisiera en esa primera clase y luego me anotó en un cuaderno los números de lecciones que debía estudiar.

Las primeras eran muy fáciles. Nada más eran repetir corcheas con cuerdas pulsadas al aire. Las que siguieron fueron creciendo en complejidad. Pero casi sin darme

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cuenta en pocos días aprendí a leer una partitura, olvidándome de la vergüenza y mis mentiras.

Las clases de guitarra se daban dos veces a la semana. Eran individuales, por lo que uno debía estudiar bien para no pasar un mal rato frente al profesor.

La sala quedaba en el segundo piso. Las del primero poseían la altura de las construcciones antiguas. La ventana daba hacia el norte; por allí observaba los días de invierno, mientras el profesor tomaba la lección a otro compañero, la cancha de tierra, el huerto con árboles de chirimoya, las casas de alrededor.

El profesor contemplaba nuestra posición por un gran espejo situado frente a la silla. Bajo ésta descansaba un apoya pies. Se ubicaba en distintos ángulos de la sala y desde ahí escrutaba nuestros movimientos, sobando su barbilla con la mano, poniendo agudos sus ojos.

Mis compañeros luego me dijeron que desde ahí les veía los calzones a las niñas. Pero yo no les creía, aunque los

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hechos parecían refrendar dichas declaraciones: muy pocas niñas estudiaban guitarra en el conservatorio.

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VI

-

Yo también soy de Iquique. Igual que tu compañero de colegio.

-

¿Lo ubicas?

-

Ubico a su viejo. Fue mi profe. Acá lo he visto un par de veces en el departamento de música.

Valenzuela se puso de pie y se dirigió al librero. En el primer nivel cogió una cajetilla de cigarros Life. Me ofreció uno. Le dije que no. Prendió un cigarro y lo aspiró profundo. Prosiguió.

-

Antes fui una vez a Arica. ¿Dónde vivías tú?

-

En la población Cabo Aroca.

-

Ah. Bien punga por allá. Yo tenía una tía que vivía por Vicuña Mackenna. ¿Puede ser?

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-

Claro. Eso es en el centro… ¿También estudias guitarra?

-

Sí. Es decir, estudio pedagogía en música. Tenemos que escoger un instrumento, aparte de piano, que es obligatorio. Escogí guitarra porque sabía tocar un poco. Y tú, ¿por qué guitarra?

-

Mi vieja quería que estudiara violín. Pero el profe me pasó uno y dijo que tenía el brazo muy corto, es que era chiquitito. Mala onda. Después me llevó a piano. Pero la vieja se molestó cuando mi mamá le dijo que no teníamos uno. Entonces como media desganada me dijo que igual me probaría: empezó a aplaudir y me pidió que siguiera el pulso con mis pasos. No le achunté a ninguna. Le dijo a mi mamá que no servía. Llegué a guitarra porque no había que dar ninguna prueba y porque mi mamá tenía una en casa.

-

Y, ¿te manejas o no?

-

Sí,

claro.

He

estudiado

cinco

años

de

guitarra

funcional.

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-

¿Te sabís alguna de Silvio?

-

Silvio… ¿quién es Silvio?

-

¿No conoces a Silvio?

-

Creo que es un guitarrista…

-

Un cantautor de la nueva trova. Que raro que no lo ubiques mucho. Mira, ahí, al lado de los libros, tengo música de él. Cuando quieras lo puedes escuchar.

-

En realidad no conozco mucho de música, salvo la que escucho en la radio. Mis viejos casi no tienen casets.

-

Me imagino que escuchan la radio Cooperativa…

-

No. La radio Nacional. La ponen siempre, desde que iba como en segundo. ¿Por qué?

-

¿Tus viejos van a las concentraciones de Pinocho?

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-

Sí.

-

¿Tú también?

-

Sí. ¿Por qué?

-

No. Nada más preguntaba

Se escucharon dos pulsaciones en la puerta. Como estaba entreabierta quien golpeaba entró sin mayor dilación. Se sorprendió al verme. Me saludó. Imagino que pensó que Valenzuela estaría solo. Traía unas revistas, que dejó en el escritorio. Sus títulos: APSI, CAUCE, TRAUKO.

-

Gracias compadre – le dijo a mi compañero de pieza. Luego me extendió la mano- Hola, soy Cristian Fernández.

-

Hola – respondí, luego le dije mi nombre.

Valenzuela se urgió y trató de ubicar las revistas sobre unos cuadernos que descansaban en el tercer nivel del

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librero, sobre una caja de zapatos. Luego fue cajetilla de cigarros que había dejado en el velador.

por la

-

Oye Moco, ¿me prestai tu caset de Pink Floyd?

-

Claro.

-

Vamos a buscarlo.

-

Pero, ¿por qué tan urgío?

-

Ah, calmao no más.

Fueron a la habitación. De vuelta prendieron un par de cigarros en el patio e intercambiaron algunas palabras. Valenzuela escuchaba. se notaba preocupado. Fernández le

Cerré la cortina por donde les espiaba y observé el librero. Libros, cuadernos, cartulinas enrolladas, revistas de papel amarillo, la foto de Valenzuela con chaleco artesa y el puño izquierdo en alto.

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VII

Jorge era

hijo del profesor de violín. Estudió desde

primero básico en la escuela. Tenía un hermano mayor igual a él, es decir parecido a Torombolo de las historietas de Archi. Se acercó una mañana al grupo de los becarios de la “Legión Extranjera” - forma de referirse a

nosotros- y nos dijo que debía contarnos un secreto. Si queríamos saberlo era menester acompañarlo en un tour que duraba un recreo. Está bien, asentimos unos ocho o nueve compañeros.

-

La

escuela

posee

un

subterráneo,

pero

está

clausurado. Sólo algunas salas de él funcionan: ahí, miren, el inspector Madina instala el equipo de amplificación. En la otra sala imprimen las pruebas. Pero no es eso a lo que quiero llegar. Esto antes fue una especie de seminario de sacerdotes. Hay muchos secretos en esos rincones de la escuela, pero también en su historia. ¿Saben quién fundó la Escuela de Música? ¿Sabes tú? ¿Y tú? ¿Y tú, ariqueño? Chucha,

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nadie sabe. Pero los comprendo: la historia de nuestra institución no sirve para los intereses del gobierno de los milicos. ¿Por qué? Se lo conmigo. voy a explicar, vengan

Nos llevó desde el pasillo al las escaleras que conducían a la biblioteca que atendía Rosita, una señora antigua que se vestía con ropa de los años sesenta. Jorge comprobó que ningún adulto estuviera cerca. Luego prosiguió.

-

La escuela

fue fundada en los años cincuenta por

Jorge Peña Hen, un músico amigo de mi viejo. La orquesta de niños de la escuela fue la primera en Sudamérica y estaba formada por niños de todas las clases sociales. El sueño de Peña Hen era que en cada ciudad debía haber una escuela que enseñara música a estudiantes de diversa condición. Salió de gira por Lima, Buenos Aires y otros lugares. Una de sus últimas giras las hizo a Cuba, más o menos en el tiempo del golpe militar. fascista, Otro profesor de acá, un viejo culiao que Peña Hen traía armas

inventó

escondidas en los estuches de los instrumentos. Lo

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detuvieron en octubre del 73 y estuvo detenido en el Regimiento Arica, chucha qué coincidencia ariqueño, mientras se intentaba emular un juicio. Un grupo de milicos, a bordo de un avión puma, llegó al regimiento. Ese día fusilaron al maestro. Mala onda, compañeros. Yo creo que Pinocho no sabía la historia cuando les regaló las becas a ustedes. No creo que haya sido tan caradura de venir a reparar el daño. Eso no importa, por ahora. Lo que importa es que ustedes conozcan la verdad, aquella que no aparece en el diario ni en la tele. No se dejen engañar; la verdad está en los rostros, está en la música, en las historias que se cuentan en la calle.

Días después, impresionado por la historia conversé con Rosita para que me facilitara alguna biografía de Jorge Peña Hen. Extrañamente en medio de todos los libros no había siquiera una. Perdón, hijo, es que se las han llevado todas.

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VIII

Una noche, en plena cena, no aguanté más y me fui corriendo a la habitación. Tirado sobre la cama eché a llorar. Extrañaba tanto a mis padres, mi casa, los juegos con mis hermanos. La abuela Cristina golpeó la puerta y me preguntó desde afuera qué me pasaba. Yo le dije que estaba bien, aunque me dolía un poco la cabeza y que no seguiría comiendo. Ella no insistió y me dijo que me abrigara bien y que si me seguía doliendo la cabeza que fuera a buscar una pastilla a su dormitorio.

Los días que siguieron no fueron menos tristes. Deseaba oír la voz de mamá por teléfono pero en ese tiempo mis viejos ni soñaban siquiera tener una línea en casa pues era tan caro y ningún conocido poseía teléfono como

para llamar ahí. Pero tampoco mamá decidió escribir carta alguna, salvo un mes después, cuando me

acostumbré a vivir solo y a no saber nada de la familia.

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-

¿Te afectó mucho eso en tu vida? – me preguntó la psicóloga, años después.

-

Me imagino que sí. Se supone que las madres siempre se preocupan de sus hijos. Bueno, si no siempre, al menos en la mayoría de los casos.

-

Ella te lo ha explicado. Quería que te hicieras hombre. Pensó que quizás iba a ser más difícil para ti el estar en contacto todos los días contigo; te bajaría la nostalgia, querrías volverte a la ciudad.

-

¿Cómo pueden vivir dos padres sin saber noticias de su hijo en al menos un mes? Doctora, yo tenía trece años.

Pero me equivocaba. Para mis padres el tema no les era indiferente.

En una de las pláticas posteriores, mamá me refirió sobre un encuentro que había sostenido con la madre de un carabinero, implicado en el caso de los dinamitados de Calama, a fines de los años ochenta. Su hijo días antes

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había sido fusilado por participar en el incidente. Mi mamá, le contó de su pena, sin saber el calvario que vivía ella. Nada más le dijo:

-

Señora, al menos su hijo está vivo.

Uno de esos días recibí una carta de mamá. Estaba escrita en papel anaranjado en cuyo fondo se mostraba el morro de Arica en su esplendor. Mi hermano mayor también me escribió una carta y mis dos hermanos menores una notita llena de faltas de ortografía. Papá no me escribió nada y debo confesar que nunca esperé nada escrito de él pues apenas sabía escribir. Nada más me mandaba saludos a través de mamá.

Las cosas en la casa andaban bien. Cuando hablo de bien me refiero a que se presentaban normales para el estado de cosas que eran siempre: el furgón Mitsubishi L 100 con una pana chica (en él solían trasladar a escolares), mi papá en su peluquería sin mayores sobresaltos, mi hermano mayor en segundo medio, dibujando historietas como siempre. …l me contaba que mis papás habían plantado una enredadera que daba muchas vainas de

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algo llamado caigua. Y bien, luego las sacaron y las llevaron al mercado para vendérselos a los ferianos. Y que al comienzo a ellos no les había interesado para nada hasta que mi viejo les insistió, entonces las vendieron súper rápido y todas las semanas sacaban

algo. Así mamá se compró una tetera nueva y adquirió después una radio doble casete con ecualizador que ocupaba mi hermano mayor.

La carta la guardé durante años en mi billetera. Era una especie de amuleto. Aunque pocas veces escuché de mis padres que me querían – porque seguramente no estaba dispuesto a oírlo, sumergido en las aguas del rencor-

extraía el papel anaranjado y leía una y otra vez aquellas palabras. Mi hermana chica me contaba en una de ellas que mi tía había tenido una guagüita y eso me parecía divertido, porque mi prima ya era una adolescente. Si no existe una máquina del tiempo, al menos existen ciertos dispositivos que nos hacen viajar a través de él: frascos de perfumes abiertos, objetos, canciones, cartas dobladas. también

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XIX

La confirmación de la obtención de la beca coincidió con la entrega de las notas de las primeras pruebas rendidas: la más alta era un cuatro uno, la más baja un dos tres.

En la práctica del instrumento, sin embargo, avanzaba a pasos agigantados. En pocas semanas ya había

sobrepasado en lecciones aprobadas al más eximio guitarrista de mi nivel. Pensaba en eso cuando dictaban las calificaciones o recibía en mis manos los papeles mimeografiados insuficientes. llenos de gritos rojizos y notas

A Sanhueza le iba un poco mejor, pero en relaciones humanas las sufría montones. No bastó más que la profesora de Castellano pidiera un voluntario para leer un fragmento del Cantar del Mío Cid y él, como florero de mesa entonces alzó la mano – de nuevo el Zeta, pintamonos el culiao- y bien, qué bueno, compañero nuevo y bien participativo, tú, hijito, cómo que te llamas y él, Walter Sanhueza, profesora, que bien, que bien,

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página 156, señor Sanhueza y el resto se queda callado para escuchar al compañero y él que se pone de pie, y empieza sobrado, alzando la voz como hombre grande, lee, hasta finalizar con las palabras:

-

¡¡Qué hazes, qué dizes!!

Y, como era de esperar, todos prorrumpieron en risas y él, que se pone rojo, y la profesora no sabe lo que está pasando, serio se sienta Sanhueza, cruza los brazos y mira alrededor, sus ojos lagrimean, saca su pañuelo de tela, se lo pasa por la frente, luego por las narices y escucha el eco de media docena, una docena, dos docenas de voces inciertas que repiten el eco de su voz con las palabras finales qué hazes, qué dizes, y la profesora entonces dice ¡Basta, quédense callados, chiquillos, por favor! Y entonces yo me doy vuelta para mirar a Walter y él se ha tendido sobre sus brazos cruzados y llora y sobre su boca que asoma al final de su mandíbula saliente, partículas de saliva se cuelgan como montañista en el filo de una roca destemplada.

-

No llores, Walter – le dije, rato después.

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-

No, si no lloro por eso – me explicó.

Entonces caí en cuentas de que yo no era el único que estaba solo en el mar extenso de la vida nueva.

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X

Cuando chico creía conceptualmente en milagros, pero me desanimaba al pensar que nunca me ocurrirían. Ese viernes, sin embargo, el desánimo desapareció y sentí

que el cielo me daba una bofetada por incrédulo.

El lunes sería feriado y deseaba viajar a Ovalle para estar con mis tíos. El problema es que no tenía dinero y me hacía ya la idea de encerrarme en mi pieza a leer y a escuchar música, a lo más salir a caminar por el cerro. Pero mientras estaba en clases la secretaria de la escuela me fue a buscar, diciéndome que tenía un llamado de una tal señora Nancy, que debía ir a una dirección pues tenía un encargo de mi tío.

Caminé cerca de quince cuadras hasta llegar a la calle Huanhualí. Allí se encontraba la casa. Apareció una señora blanca, de pelo castaño que me saludó afable y me preguntó si yo era el sobrino del colega de su esposo y yo le dije que sí, entonces me dijo que mi tío le había mandado a través de él algo de dinero para que yo

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pudiese viajar ese fin de semana, pues como era extenso entonces me invitaba a estar con él.

Me pasó quinientos pesos en un billete. Lo metí en mi bolsillo y le di las gracias. Se quedó unos segundos mirándome; lo comprobé después de dar cinco zancadas hasta el frontis de la siguiente casa. Le moví la mano para despedirme de nuevo y ella rió. Caminé rápido hacia el este, luego doblé por González Videla hasta dar con La Higuera, la calle en la cual se levantaba la pensión.

Aún tenía tiempo para cambiarme y dirigirme hasta avenida Balmaceda. La abuelita lavaba ropa en su artesa, detrás de la casa, en el extenso patio trasero en cuyas tierras se levantaban fuertes olivos y otros árboles frutales. En ese espacio a veces me sentaba a ver el atardecer mientras el viento abofeteaba con furia las ramas de los árboles.

La abuela me saludó con un beso. Sus manos olían a tabaco y es que desde temprano hasta la noche se sorbeteaba cerca de dos cajetillas y por eso la pensión olía a humo en cada espacio. Me dijo que ya había

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empezado a extrañarme y antes que yo le dijera me preguntó si es que viajaría a Ovalle. Yo le respondí que sí y le conté lo que feliz estaba, diciéndole que mi tío me había dejado algo de dinero, que ya me hacía la idea de estar en La Serena aburrido y solo. Ella me dijo que no pensara que yo estaba solo, que ella estaría conmigo y que la tratara como si fuese mi propia abuela. La miré y le dije gracias, pero no me tomé mucho las palabras, quizás pensando en la mirada de mamá y su peculiar abandono. Me di media vuelta y fui a preparar mi bolso para viajar.

Valenzuela leía sentado en el escritorio de la habitación. Usaba unos lentes de acetato, muy grandes, de color café claro. Me saludó algo desganado y me ofreció un poco de Coca Cola que yo rechacé pues no tenía mucha sed. Le dije que me iría a Ovalle. Entonces me preguntó si no tenía inconvenientes en que él y algunos

compañeros de pensión hicieran una celebración esa noche en la pieza. Y qué celebran, inquirí y él me dijo que Richard, un ex pensionista, se había recibido de ingeniero en minas y puta que le había costado y que habían juntado unas monedas para comprar una cervezas y unos

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pititos. Yo le dije que estaba bien, que carretearan no más, no porque quería que lo hicieran sino porque sabía que la abuelita era un poco Pinochet y que si armaban escándalo agarraría de las alas a los tipos y los sacaría de la casa de una patá en el culo.

A poco de despedirme de Valenzuela, apareció la abuelita besando un pucho de cigarrillo nuevamente. Que el Alex también se va a Ovalle, quién es él, le pregunté yo y ella: es mi chiquillo que está desde el año pasado, cómo que le dicen mijo y el Valenzuela, ah, el Cocciante, sí, él, se va ahora, le dije que si lo podía acompañar a usted, mijito que es tan chico y que se puede perder. Ya abuela, le respondí yo, si quiere me voy con él.

Poco rato después apareció Alex, vestido con jeans, bototos y chaqueta de cuero. Nos habíamos topado un par de veces en el almuerzo, pero apenas

conversábamos. Conocía a mi tío pues vivía cerca del local en el que trabajaba.

-

Mi viejo tiene camiones. Siempre está viajando al norte. ¿Cuándo viajas para allá?

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-

De aquí hasta fin de año.

-

Quizás mi viejo podría llevarte. Oye, cambiando de tema ¿tienes algún documento de estudiante?

-

No. No traje nada. ¿Por qué?

-

Para tratar de pagar menos. ¿Cachai eso o no?

-

No.

-

Hay que engrupirse al auxiliar. Pagas la mitad. Pero necesitas pase escolar y labia. Pero mira, no te hagas drama. Subimos, luego de un rato te haces el dormido y yo le digo al tipo. Es más o menos fácil, más cuando el auxiliar es ovallino.

-

¿Por qué?

-

Porque son puros huasos. Yo no, obviamente, sino esos cabritos que por verse trabajando con corbata ya se creen la raja.

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-

¿Por qué te dicen Cocciante?

-

Puta, te lo dijo Valenzuela. Ese comunista de mierda, además sapo el culiao. No… por nada.

-

¿Te gusta Ricardo Cocciante?

-

No. Los hueones me dicen así porque el año pasado cuando llegué a la pensión me ponía a contar las historias de un chofer que trabajaba pa mi viejo. A ese hueón le decían Cocciante porque era chico y tenía el pelo como champa. ¿Tú tienes algún sobrenombre en el colegio?

-

Algunos que no saben todavía como me llamo me dicen: “Hey, tú de Arica”. El resto me llama por mi apellido. ¿Qué estudias tú? Se me olvidó.

-

Castellano y Filosofía. ¿Te gusta castellano en el colegio?

-

Un poco. A veces escribo.

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-

¿Sí? ¿Qué escribes?

-

Poemas. Una vez escribí un cuento también.

-

Hey, espera, ahí viene el Expreso Norte. Nos vamos en ése. ¿Te parece?

-

Ya puh.

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XI

Los fines de semana en Ovalle eran tranquilos, a decir verdad, demasiado. Corría por las calles ese aire seco y el hálito del sol parecía quemar las plantas y el pasto de las plazoletas. Apenas me animaba a pasear por aquéllas que en dos fines de semana ya me sabía de memoria y prefería intentar jugar con mis primos o ver televisión.

Desde la ventana de la casona arrendada por el tío veía la ciudad en su letargo silencioso. Vivir en la población Tapia, por donde se erguía la rampa, era una aventura digna de vivir. La rampa era una especie de zigzag de hormigón armado dispuesta para el tránsito de peatones. Mis tíos vivían en la tercera vuelta. Dos más y uno lograba alcanzar la calle que desembocaba en la planicie donde terminaba el cerro. Mi primo, que era chico en ese entonces, subía a la bicicleta y se echaba a correr sin ocupar frenos desde la puerta de calle hasta la vereda del plan, hasta que una vez le salió un niñito que venía subiendo y tuvo que esquivarlo, terminando con la cabeza incrustada en un jardín de mantos de Eva y

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enredaderas de los bordes del zigzag. Y qué te pasó Carlitos, le preguntó mi tía y él me miró y yo: lo que pasa es que mi primo se tropezó con una piedra y se cayó al jardín. Entonces mi tía me mandó a comprar parches curitas y algodón al centro y yo fui en la bicicleta de Carlitos, pero ni jodiendo pensé en bajar la rampa en bici, sino que la bajé caminando, con la bici al lado como niño tontito, pero qué, mejor así que me sacara la cresta como mi primo que igual era caradura pues se tiraba desde el techo cuando rescataba la pelota que pateábamos en el patio.

Mis tíos me estimaban harto. A veces el tío me llevaba al lugar donde trabajaba, cercano a la feria de la ciudad. Era un galpón que olía a agroquímicos. Con mi primo, y sin que se diera cuenta aquél, trepábamos por los sacos de azufre y urea y nos lanzábamos al suelo o nos escondíamos el uno del otro y pasábamos mañanas enteras persiguiéndonos entre esas murallas de

fertilizante.

A veces el tío me preguntaba cómo estaba mamá. Y como yo no tenía muchas noticias de la casa, nada más

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le decía lo mismo siempre, hasta que percibí que repetía y que el tío lo notaba poniendo la cara medio rara. Entonces luego, en mis respuestas, cambiaba las

palabras y de ese modo mis nuevas del norte le caían bien a mi tío.

Mi tía tenía familiares en Montepatria. Ella había nacido allá y sus padres aún vivían en una casona larga y antigua de dicho poblado. Casi fin de semana por medio mis tíos y primos viajaban allá; la extensión del tranque La Paloma era conmovedora; me acordaba de las veces que pasaba por debajo del morro de Arica cuando niño y encontraba tan imponente a ese monstruo rocoso. Sentía aquel sabor en la piel cuando contemplaba ese mar de agua dulce, parecido al océano que acariciaba las tierras áridas de mi natal ciudad.

Ese fin de semana fue distinto a los otros. Entrada la tarde del sábado, cuando el sol se había diluido dejando una mancha anaranjada en el poniente, un movimiento de perros vecinos rompió la calma del momento. Mi tía se asomó por la ventana, secándose las manos con el mantel de cocina.

44

-

Parece que llegó la Paola – dijo.

Yo le pregunté a mi primo que quién era. “La prima, la hija del tío Mario”, respondió.

La tía descendió por las escaleras del patio y conversó con ella mientras le ayudaba con unos bolsos y me pedía que prendiera las luces pues ya empezaba a oscurecer. Mi tía nos presentó y al comienzo como que no nos caíamos muy bien, pues no cruzamos ninguna palabra durante las onces. Pero a la mañana siguiente, mientras ella trapeaba el piso y yo alistaba mi bolso para retornar a La Serena, ella me preguntó que por qué era tan callado y yo le respondí que era así porque seguramente salí a papá, que apenas hablaba con la gente. Pero no le dije que yo creía que papá no hablaba porque

acostumbraba a tartamudear y para más remate, no lo hacía muy bien pues había crecido en el altiplano comunicándose con su gente en lengua aymara.

Rato después me preguntó si quería acompañarla a comprar a la verdulería de la calle Vicuña Mackenna pues

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debía cocinar. Yo le dije que sí. Carlitos nos acompañó premunido de su pelota de fútbol.

Paola tenía mi edad y era la hija mayor del mayor de mis tíos por parte de familia materna. Había vivido un

tiempo en Los Álamos cerca de la abuela y luego en Quillón. Sus padres se dedicaban a la agricultura, cuidando tierras de hacendados quienes le permitían sembrar algunos vegetales en sus terrenos. Pero las cosas en el sur no estaban muy bien y mi tío, papá de Carlitos, lo contactó con uno de sus clientes y éste le ofreció el trabajo de cuidar un viñedo y su casa de campo.

Allí habían llegado hace pocos meses mis tíos junto a sus hijos Paola, Mario – mi primo- y Paulina, la menor. Paola estudiaba en el Liceo de Niñas de Ovalle, por eso vivía durante los días hábiles en la ciudad y los fines de semana iba a ver a sus padres. Pero a veces no retornaba, a petición de mi tía, ayudara cuidando a los niños, pues deseaba que la lavando la ropa o

haciendo aseo, labores que me parecían traían en los genes mis primas por el lado de mamá.

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Mi vieja comenzó a trabajar en casa particular cuando era una niña de doce años. Primero en sectores aledaños a su tierra y después viajando a algunas ciudades del centro del país. Finalmente llegó a Arica, acompañando a sus patrones. En esta ciudad conoció a mi padre, a fines de los sesenta. Entonces dejó el carácter trashumante, mi padre le pidió que dejase de trabajar y se dedicó a criar a sus hijos.

El

mismo

perfume

de

ascetismo

por

las

labores

domésticas podía advertir en mi prima. No realizaba sus tareas de casa a regañadientes, todo lo contrario, parecía que disfrutaba haciéndolas como cuando uno juega a la pelota o chapotea en la playa. Mientras ayudaba yo me las pasaba mirando por la ventana la ciudad, tocando guitarra o escribiendo algunos poemas. Apenas ayudaba en la casa y es que dicen que los hijos de los padres trabajadores nacen cansados. Quizás sea cierto, así como que los artistas somos inútiles en las cosas de la vida práctica.

-

¿Y cómo es Arica?

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-

Bien, es decir, normal.

-

¿Tú nunca fuiste al sur donde la abuelita?

-

No. En realidad siempre les decíamos a mis papás que nos llevaran pero nunca pudieron porque igual salía bien caro.

-

¿No conoces a los abuelos?

-

No. En realidad los conozco por fotos y por lo que hablaba mamá y los tíos.

-

¿Y te gustaría conocerlos?

-

Sí, claro. Me imagino que tú los conoces de sobra.

-

Sí. Mis papás vivieron un tiempo en la casa de la abuelita. Yo le ayudaba con las tareas del campo: ordeñar las vacas, recoger los huevos de los

gallineros, sacar agua del pozo. Era harto sacrificado,

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porque teníamos que caminar en plena lluvia y barro para ir al colegio.

-

¿Y te gustaría volver a vivir ahí?

-

No sé. Quizás si la abuelita se enfermara. Ahora tiene un niño que la ayuda. Es un poco menor que nosotros. Se llama Yeyo. A veces me acuerdo y me baja la pena. La vida del campo es muy dura.

-

¿Qué te gustaría hacer después de terminar de estudiar?

-

Me gustaría casarme y ser mamá.

-

¿No te gustaría ir a la universidad?

-

No, fíjate. Sueño con tener una casa propia, y no moverme de ella. Mis papás han sufrido harto por eso. A veces escondida, he escuchado a mamá reclamarle a papá que parecemos gitanos, que cuando vamos a establecernos en un lado y tener una vida normal. ¿Y tú, qué quieres ser?

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-

No sé todavía, quizás un gran concertista. Lo que sí me gustaría cuando grande es tener una casa bonita.

-

¿Cómo así?

-

La casa de mis viejos me da un poco de vergüenza. La reja es de madera y está toda destartalada. El cholguán que separa la ducha del patio está doblado y el baño no tiene techo. Mi viejo le puso una tabla sobrepuesta.

-

Pero al menos tienen casa propia.

-

Sí, tienes razón. Pero igual me daba julepe invitar a los compañeros de la escuela. ¿Qué vas a cocinar hoy?

-

La tía me pidió que hiciera estofado de pollo. ¿Te gusta?

-

Sí, de más.

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XII

Sanhueza apareció ese día con un par de lápices cuyo rótulo decía: Televisión Nacional de Chile. Ratón Blanco les preguntó de dónde los había sacado y él le respondió que se los había dado un productor pues actuó de extra de la teleserie “Bellas y Audaces” que rodaba algunos capítulos en la ciudad por esos días.

-

Soi pintamonos, hueón – le dijo y le tiró uno de los lápices al otro extremo de la sala.

Yo le pregunté si había visto a algún actor y él, claro: vio al que interpretaba a Marcello; también a la Fernanda – puta la mina rica- y al galán Esteban Greve, que no paraba de fumar; después de un rato al tipo se le había antojado tomar algo y lo mandó a comprar una Coca Cola y él, como verdadero ahueonao se la fue a buscar rápido, tanto que se tropezó con la cuneta y se sacó la chucha – pero ariqueño, no le digai a nadie- y después se la fue a dejar y el culiao le había dado un billete de luca y yo:

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puta hueón soi suertudo, y él alzando la voz pa que el resto cachara: y mira, acá tengo la botella que el compadre tomó y el Ratón Blanco: puta hueón pajéate ahora y el profesor que estaba en la sala lo cachó y lo mandó a llamar y qué se te ocurre que es esto, la feria o el estadio, y al imbécil le pusieron la feroz anotación y estaba muy achacado porque era uno de los mejores promedios y tenía muy buenas notas y buen

comportamiento y amenazó con el puño al Zeta y éste nada más se rió con la cajonera mal encajada y poniéndose chino y el Ratón Blanco más caliente quedó y se golpeó la palma izquierda con el puño de la derecha y pudimos leer en sus labios un te voy a sacar la chucha.

Rato después me vinieron a buscar de secretaría. Me llamaban de Arica.

-

Aló – dije

-

Hola hijo, cómo estás…

-

Mamá, qué bueno escucharte. Estoy bien.

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-

Qué bueno hijo. Te llamo rápido porque es caro, aunque aquí en la oficina de ENTEL es un poco más barato que en otro lado. ¿No crees que se enojen porque te llamo al colegio?

-

No mamá, no creo.

-

Tu papá está aquí, te quiere saludar. // Hola hijo.

-

Hola papá.

-

Estás bien tú, hijo.

-

Sí papá.

-

¿Cómo te ha ido? ¿Has sacado buenas notas?

-

(Chucha, qué digo) Sí, me ha ido bien. Es un poco difícil, pero igual se puede.

-

Hijo, soy yo, la mamá, tus hermanos están bien. Te extrañamos harto. Estudia harto. Quizás estos días te mando alguna encomienda. Saludos a tu tío.

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-

Gracias por llamar.

-

Chao hijo. Pórtate bien, estudia harto. Recuerda pedir a Dios todas las noches. ¿Cuándo vas a Ovalle de nuevo?

-

Quizás este fin de semana.

-

¿Cómo está la abuelita de la pensión?

-

Bien, ella me trata muy bien.

-

Dile que la próxima semana le mando el dinero de la pensión, es que con tu papá estábamos haciendo los pesos. Pero no te preocupes, ya juntamos el dinero. Bien mijito, me despido porque se va a cortar. Dios te bendiga. Adiós.

-

Chao mamá.

-

¿Estás bien? Noto como que estás llorando…

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-

No mamá, es que estoy un poco resfriado. Es eso.

-

Cuídate.

Corté y, escondiendo mi rostro entre las cortinas de la oficina de la secretaria, esparcí las lágrimas con el dorso de mis manos. El paisaje nublado de afuera se veía incierto con los ojos húmedos; se acercaba la secretaria y en dos segundos debía impostar gestos de normalidad en mi rostro.

-

Todo bien, hijo.

-

Claro.

-

¿Usted es del norte?

-

Sí.

-

¿Es uno de los becados?

-

Claro.

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-

¿Y vive con sus padres aquí?

-

No.

-

¿Y con quién vive?

Antes de pensar y articular una respuesta, prorrumpí en llanto. La secretaria, acercándose a mí, me dijo que no llorara, que todo estaría bien, que mis padres estaban preocupados de mí y que si deseaba ocupar el teléfono para recibir llamadas, podía hacerlo todas las veces que quisiera.

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XIII

Había surgido un problema no contemplado dentro del listado de dilemas previstos: los niños de trece años no podían girar desde una cuenta bancaria. Es lo que me explicó el agente del Banco del Estado la vez que fui a retirar el dinero de la pensión.

-

¿Y cómo lo puedo hacer?

-

La única solución que te puedo dar es que tu mamá o papá deshagan el depósito y que lo envíen a otra cuenta de alguien mayor de catorce años.

-

Es que soy de Arica, casi no conozco a nadie aquí.

-

Busca a algún tutor, un padrino, por último un profesor que sirva para que te retire el dinero.

-

He esperado dos horas en la fila y usted me dice esto.

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-

Los siento, hay leyes que hay que cumplir. Yo no soy quien las redacta. Soy un trabajador más aquí.

-

(Viejo reculiao). Gracias de todos modos.

Durante el almuerzo conté mi drama a los pensionistas, incluida la abuelita. Valenzuela me dijo que él tenía libreta azul del banco, que si quería mi vieja podía depositar ahí y que me pasaría sin dramas el dinero. Me quedé un rato pensando. Luego le dije que bueno.

Como todas las tardes – salvo las que iba a clases de Teoría y Solfeo o Instrumento-, desempolvaba la pequeña radio de Valenzuela e intruseaba su pila de casetes piratas, buscando sonidos nuevos para degustar.

Ese tiempo mis ojos se abrieron a una infinidad de horizontes paralelos que nunca se presentaron con anterioridad. Escuché con oídos ávidos música de la Nueva Trova cubana, del Canto Nuevo, también de Los Beatles, Leo Masliah, algunos rockeros argentinos, entre otros. Mis lecturas descubrieron a los cuentistas

contemporáneos, a la gente del Boom y algunos textos

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periodísticos referidos a los días posteriores al golpe. Aun cuando me confesaba un devoto pinochetista, me devoraba las revistas que Valenzuela guardaba en su librero, pensando en que quienes escribían a través de ellas eran gente resentida, que falseaban la verdad que con tanta vehemencia era profesada por el general y su comitiva de hombres serios.

Pero los momentos felices no duran para siempre. Un día Valenzuela me entregó el dinero enviado por papá para pagar la pensión. La cantidad, sin embargo, no coincidía con lo que mamá me había indicado por teléfono. Mi compañero de habitación era buena gente y no dudé de él, es más, creí que mamá se había equivocado en sus cuentas. Pero días después comenté el tema con Pitufo, el estudiante de ingeniería, y él me empujó a dudar de mi compañero de pieza.

-

¿Y no has visto la libreta de él? – me preguntó.

-

No, no se la he pedido.

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-

Como si fuera muy hueón. Ni cagando te la va a mostrar. Tenís que sacársela. ¿Dónde guarda sus cosas?

-

No sé, tiene algunas en el librero.

-

Busca la libreta. De ahí me avisas. Nos vemos.

-

Gracias, Moco.

-

Hey, hey, calmao, no te he dado la suficiente confianza, pendejito.

-

Disculpa; gracias socio.

-

Ahí está mejor. Avísame.

Una tarde en que Valenzuela había salido, me dediqué a buscar su libreta de ahorro para confirmar quién tenía la razón, mi madre o él. Removí los libros, las columnas de casetes, los afiches enrollados, las tazas, el café, el portarretratos. Nada. Sólo restaba revisar la caja de

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zapatos. Puse sangre de pato y bajé la caja, ubicándola en mi cama.

La libreta se hallaba bajo unos panfletos y una bolsa de miguelitos. Me dio un poco de miedo. Yo sabía que Valenzuela, el estudiante de Pedagogía en Música, era

de izquierda, pero no cachaba que era un extremista, de acuerdo a mi percepción adolescente. Pero me interesaba el tema del dinero, así que saqué con cuidado la libreta y la abrí, poniendo en el portapapeles de mi mente la fecha en que mamá envió el dinero. Ahí me desayuné con la verdad: Valenzuela me había cagado con quinientos pesos.

Enojado

seguí

intruseando

sus

pertenencias:

más

panfletos, hijo de puta, cinco o seis revistas de carácter clandestino mimeografiadas, comunista culiao, un

manual para recargar tarros de pintura en aerosol. Maraco.

Al otro día planifiqué la venganza: al llegar del colegio vacié su caja de zapatos en pleno patio, justo bajo los

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bordes de la pileta que ahora hacía las veces de jardín de plantas diversas.

Valenzuela llegó rato después súper urgido, casi llorando, es que compadre cómo se te ocurre hacer eso, tú no sabes que esto es muy grave y si alguien se llega a enterar me pueden meter preso y más, me pueden sacar la chucha a palos o meterme corriente en los cocos, si te debía plata fue un error de cálculo, no fue mi intención, verdad, compadre.

Como era de esperar Valenzuela me devolvió los quinientos, pero nunca más tuve cara para pedirle su radio chica y sus casetes tan mortales, aunque piratas. Al parecer yo era el que había salido perdiendo.

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XIV

Fue un día sábado de mañana, lo recuerdo muy bien pues el hecho cambió mi vida en forma drástica (aún no sé si para bien o para mal). Sentí leves cosquillas en el vigésimo primer dedo que poseemos todos los hombres. Para procurarme alivio lo tomé con mi diestra y rápido, violento, comencé a rascarlo, con tan mala suerte que empezó a despertar entre mis otros dedos y asomó en el orificio del cono superior transformado en una guayaba rosada, en la cara hinchada de un bebé de días, en un tubérculo terso y brillante. Sentí que bajo mi estómago se convocaba la fuerza de algo nunca antes

experimentado, por lo cual creí que me orinaría en el acto, pues percibí que un desconocido y potente humor surgiría por el conducto vital. Pero no fue así: tres escupitajos lácteos volaron por los aires, llegando el primero a la muralla, el segundo al cubrecamas de La Ligua y el tercero, a las sábanas amarillentas del lecho. Con un chucha, qué es esto en los labios, me levanté rápido, antes que doña Amalia, la ayudante de la abuelita, llegara a hacer aseo en la habitación. Tomé un

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calcetín sucio y limpié los restos de líquido de los elementos afectados. Después me fui al baño y examiné al miembro protagonista del incidente. Rato más tarde, luego de la ducha, y luego de pensar en el hecho, llegué a la conclusión: me había llegado el desarrollo.

Los siguientes días mi vida seguía normal, salvo por un detalle: mi libido funcionaba a toda máquina. Me encerraba por horas enteras en el baño imaginando romances con musas de características amazónicas, flirteando con las heroínas de las páginas centrales del diario La Cuarta los días viernes, haciendo con mi mano una metáfora de las entrañas de las mujeres que me miraban con candidez en esas fotografías. Así me las llevaba desperdiciando vida en el arco del WC o con más puntería en la laguna transparente de su garganta ávida de desechos humanos.

Los

pensionistas

no

eran

tan

cándidos

como

yo

imaginaba a mi favor. Hacía días me habían sacado el rollo y solían esperar afuera del baño que yo saliera para golpearme la espalda y decir te tocó estrenar hoy día o cuidado, te van a salir pelos en la mano o tanto rato

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conversaste con la Manuela Palma Callosa o estás haciendo justicia con tus propias manos y yo nada más me hacía el leso, pero rojo de vergüenza y cuando pensaba en esto mientras el profe de Educación Física nos hacía correr tres o cuatro vueltas al colegio,

prometía que nunca más lo haría, pues me cansaba mucho y casi no llegaba con fuerzas a esas clases, aunque al siguiente día volvía a mis andanzas y en mis pensamientos no había mujer que se escapara de mis perversas y boyantes alucinaciones, por más fea que fuese o por más aplastada en años se encontrara.

Mis padres nunca me habían hablado de eso; las versiones no oficiales las conocía en pláticas de escuela y relatos pornos que algunos compañeros llevaban

escondidos entre sus cuadernos. Pero nunca reclamé a mis viejos por aquello; la sexualidad de uno es una especie de regalo de navidad que uno mismo debe descubrir. Si te regalan un auto a pilas entonces leerás el manual de instrucciones y lo usarás o si te obsequian un Lego, armarás el mono que veas en la foto. En realidad nunca imaginé a mis padres diciendo: “La sexualidad es esto y aquello y saca tu cuaderno pues hay que tomar

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apuntes”. Así como todas las cosas de la vida uno aprende en el momento, improvisando, aplicando sentido común, haciendo preguntas indirectas para no despertar sospechas.

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XV

Una mañana de lunes,

luego de que se publicaran los

resultados de los que obtuvieron la Beca Presidente de la República, los directivos del plantel organizaron un acto para destacar los méritos de los estudiantes beneficiarios y ensalzar la figura del comandante en jefe del ejército. No se hizo pasar a la totalidad de becarios al escenario – hubiese subido la mitad del colegio- sino a los miembros de la “Legión extranjera” : dos compañeros de Arica, uno de Iquique, tres de Copiapó, uno de Huasco, dos de Vallenar, una docena de Coquimbo, uno de Vicuña, tres de Ovalle, uno de Los Vilos, uno de Panguipulli. El resto se quedó en las filas mirando cómo recibíamos un diploma en cuyo rincón se dibujaba la insignia del

colegio. Mis notas eran tan malas que me dio un poco de vergüenza estar allí sobre el escenario recibiendo

felicitaciones. Pero bien caradura esbocé una sonrisa y mis compañeros de abajo me gritaban: “¡Buena Arica!”, mientras el director me daba la mano y me entregaba el cartón. Sanhueza no paraba de reír, poniendo ojos de

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vagina virgen y con extrema confianza bromeó con el director con quien solía conversar en los recreos. De nuevo pintando el mono; chupa medias el Zeta – chupa la corneta- .

En el país comenzaban los convulsionados días anteriores al plebiscito. La gente conversaba de ello por las calles, en la micro, también en el colegio. Y, aun cuando el bombas

miedo se olía como los resquicios de las

lacrimógenas pululantes en los jardines y los árboles, también los nervios del porvenir empujaban las ansias y los gritos de libertad en las protestas y mitines.

En mi curso algunos asumimos defensa pública de la opción oficialista por un asunto más familiar que personal. A esto se sumaba el hecho de haber recibido el don de la beca, como si el presidente la hubiese generado de su bolsillo. René, Sebastián, Carlos – mi compañero- y yo, veníamos de familias pinochetistas; creíamos en lo que decían los medios y adjudicábamos el lastre de la amargura a quienes contrariaban los dictados y preceptos del Capitán General. Pronto nos hicimos muy buenos amigos, compartiendo momentos que no sólo se

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limitaban a los márgenes del colegio, sino

también a

actividades recreativas fuera de él. Yo creo que los chiquillos igual solidarizaban conmigo pues me veían tan chico; sus padres siempre me preguntaban sobre mis padres, si los extrañaba y yo notaba el detalle que después de despedirme de la visita, los besaban en la cabeza o los abrazaban bien fuerte, quizás previendo que alguna vez no los tendrían a su lado, como me había sucedido con mis padres y tan tempranamente.

La primera vez que mis amigos fueron a verme a la pensión caminamos por uno de los senderos que conducían a ella, al cual denominé la ciudad perdida, así como el lugar yermo que rodeaba el barrio de Rosa Salvaje en la teleserie homónima. Este era un sitio que acompañaba al canal y que poseía características algo bucólicas. Antes les había anunciado que para llegar a casa debíamos sortear una serie de dificultades y ellos, como buenos compañeros entonces dijeron que no importaba. Luego de caminar unos metros se me ocurrió jugarles una broma: les dije que no podíamos seguir por dicha rivera del canal y debíamos sacarnos los zapatos para caminar un tramo por el agua. Seriamente ellos se

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detuvieron y

sin

mediar

mayores

cuestionamientos

procedieron a sacarse los zapatos y a recogerse los pantalones. Carlos tocó con el pie el agua, René le preguntó si estaba muy helada. Hueones, les dije, si los estaba palanqueando no más, si hay que irse por ahí, como tan fácil cayeron. Y ellos, puta Arica, tan serio, de verdad creíamos que hacías la misma todos los días, tanto sacrificio, ahueonao.

Un día nos fuimos de paseo al centro los cuatro. Y bien, qué hacemos, nos vamos a la Recova, compadre no,

mejor demos una vuelta por la casa Flores y vemos los instrumentos, ¿tocaste alguna vez guitarra eléctrica Seba? Sí, mi primo tiene una, ah claro, si este hueón es paltón, y tú Arica, no, nunca, pero me gustaría; toco algunas canciones de Genesis, dijo el Seba, entonces René que tocaba el clarinete se fue parando de la micro, acá hueón, si después el micrero no para, entonces nos bajamos en Benavente, frente al Liceo de Niñas y tiramos pata hasta el centro. Mira, por qué no pasamos a mirar a la casa del Sí y todos dijimos que bueno y llegando nos dieron unos afiches del viejo culiao y el René con mejor suerte recibió una polera porque algo bien le había caído

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a la mina que estaba ahí, no lo que pasa es que es amiga de mi hermana que es más grande y me conoce, está rica hueón, oye piola no más, si no le va a decir a mi hermana y me van a pichulear en la casa; viste una foto gigante de Pinochet en la muralla; llévense estas revistas chiquillos, recuerden decirles a los papás votar por el Sí, porque si gana el No, ya saben, van a volver a hacer filas para comprar harina, ah, no ni cagando, no queremos ser un país comunista.

Rato después fuimos a la casa Flores a ver instrumentos musicales; ahí nos quedamos por cerca de diez minutos. Carlitos entró patudamente y preguntó circunspecto por una tuba nueva. Salió rato después riéndose, echando tallas con el dependiente que le gritaba cabeza de achicoria y eso empujó a René a que le dijera cabeza de vagina.

-

Qué traes en la mano, Carlitos.

-

Ah, es el anuncio de un festival de la voz.

-

¿Tú cantas, Charlito?

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-

Claro

-

Y querís participar, a ver. Acá dicen grupos de rock.

-

A ver…. Mmmm. Tenís razón.

-

Quizás podamos hacer algo. Seba, tú sabís tocar el bajo.

-

Claro, puede ser, mi primo también tiene un bajo en su casa.

-

Puta, hueón, no decía yo, es paltón este culiao.

-

Yo puedo tocar la guitarra eléctrica, René, le pegai a la batería…

-

Ni cagando, nunca he tocado una. Habría que ver.

-

Ayudemos a Charlito, seamos solidarios.

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-

Vamos caminando. Al lado de la Recova hay locales de completos, hagamos monedas. Arica, cúanto tienes.

-

Una gamba.

-

Charlitos tú…

-

Igual.

-

Bien, yo pongo lo que falta con el Seba.

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XVI

Dos buses se estacionaron frente al colegio una mañana de primavera. Días antes el director nos había

amaestrado en el saludo: primero la mano, se recibe el diploma, el abrazo, después la mano nuevamente. Camisa impecable, insignia visible, pelo brillante, zapatos lustrados. En la gobernación se llevaría a cabo la ceremonia oficial de la asignación de Becas Presidente de la República y un militar importante nos haría entrega del diploma firmado por el mismísimo presidente Augusto Pinochet Ugarte, quien había liberado al país en 1973 – un año antes de nuestro nacimientomarxista que le aquejaba. del cáncer

René se ubicó en la ventana y se devolvió a conversar con el profesor, dejando su chaleco en el asiento. Ratón Blanco sacó la prenda y la botó al suelo, ocupando el lugar reservado por mi compadre. …ste al volver lo increpó y el otro se tiró a choro. Resultado: René le mandó un combo en la boca del estómago, dejando al roedor sin respiración e inutilizado por un buen rato.

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El salón alfombrado poseía butacas blandas que estaban dirigidas a un escenario de color madera y un podio del mismo material. Alrededor de ciento cincuenta chicos, acompañados de profesores más un contingente de militares presenciaban la ceremonia. El anfitrión era el intendente de la región de Coquimbo, un militar alto, blanco, de imponente presencia y de mirada castigadora, esos viejos que a uno les da miedo mirar porque le pueden echar la espantada por cualquier cosa. Tras el himno nacional el locutor invitó al escenario a la autoridad y ésta, con impecable uniforme de gala militar, plomizo con aplicaciones rojas, salió al escenario y extrajo del bolsillo interno de su chaqueta una hoja en la cual descansaba su discurso.

…ste hablaba de la importancia del estudio, de los notables esfuerzos del gobierno militar por el crecimiento de una juventud sana y ejemplar, que en otros tiempos oscuros no existían tantas facilidades para que los chicos con menos recursos pudiesen estudiar, y en esos tiempos había miedo y desorden en las calles, etc. En realidad su discurso no era distinto a las palabras que repetía el presidente en cada acto en el que participaba. Al estar en

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La

Serena,

estudiando

en

un

conservatorio,

preparándome para ser un gran músico yo pasaba a ser parte del discurso hecho vida, un ejemplo palpable de la bondad del general y su gobierno. Eso es lo que creía, al igual que mis amigos de curso. No permitía que entraran en mi mente los argumentos contrarios al sistema, cristalizados en las palabras y lecturas sostenidas en la pensión; allí olía a pólvora, me decían mis compañeros, añadiendo cómo lo hacía pa no volverme comunista, y yo: fácil, nada más siendo uno mismo. Ser adherente al NO era para nosotros transformarse en un ser picante o en un detestable ente resentido y amargado, un ser humano bautizado en jugo de limón. Y aún cuando discutía con los cabros de la pensión y me decían: pendejo, si vos no viviste la época del golpe y no vas siquiera a votar, qué me vienes a hablar de cuentos; yo les respondía soberbio que al menos tenía una opinión y nadie me sacaría de allí.

Rato después los becarios fueron pasando al escenario de acuerdo al listado liberado por el locutor; como el orden lo instauraban los milicos, no pude sentarme con mis compañeros y tuve que hacer de compañía a una

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chica del colegio que iba en octavo. Para no pasar por roto traté de conversarle y, aunque no era una chica muy bonita, mis compadres igual me hicieron señas como para que atinara. Ella cachó un poco y se puso pesada, ya que al preguntarme sobre qué estudiaba en la escuela de música, le respondí guitarra y ella: qué común ese instrumento. Entonces filo, fea de mierda, mejor no converso más contigo.

Al escuchar mi nombre me levanté rápido, muy nervioso y me dirigí al escenario. Junto a los compañeros de distintos puntos del país, recibiría el diploma tan bonito: papel brillante, letras doradas y rojas con el escudo de Chile incrustado en el papel en una especie de moneda de oro. Cuando el milico se fue acercando a los compañeros dispuestos en fila, por alguna extraña relación me acordé de cuando tenía cinco años y cursaba primero básico. Buses militares nos fueron a buscar y nos trasladaron al patio de un regimiento en el que nos esperaban largas filas de mesas con golosinas diversas y refrescos en vasos de plástico. Música infantil, escenario y serpentinas, las voces de los payasos, las peponas con sus largas cabelleras de lana, una mancha de Fanta en mi

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pantalón escolar y el miedo a que mamá se enterara de ése, uno de mis primeros pecados de infancia.

La abuelita de la pensión me felicitó al llegar y yo, en vez de ponerme alegre le miré con honestidad y con cierto remordimiento. No me lo merecía, había bajado las notas y para más remate ya no era el mismo niño inocente y angelical: ahora en mi imaginación me acostaba con todas las mujeres que conocía y ver la orla de un sostén asomando medio centímetro por un escote, era igual a cansancio libidinoso por tres o cuatro tardes más.

Puse el diploma en una funda de plástico transparente, y lo escondí dentro de una vieja carpeta de cartón, antes sí lo mostré a Alex, Pitufo, Marito y otros compañeros de pensión; puta bacán por el premio, penca por el culiao que firmó el diploma, sigue así compadre, sacándote buenas notas (chucha, si supieran) y palabras de ese estilo.

El diploma, finalmente, descansó por mucho tiempo en la muralla de la casa del tío, quien le había mandado a poner marco dorado y vidrio.

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XVII

El día del plebiscito me las llevé ensayando mis lecciones de guitarra, transcribiendo unas partituras y estudiando para un control de Biología. También vi un poco de tele y le pedí al Pitufo un disco de un concierto en vivo en el cual cantaban Pablo, Silvio, Víctor Heredia y Mercedes Sosa. Pero si tú soi facho, pero es que igual, lo uno no implica lo otro.

Días antes los pensionistas solíamos reunirnos en el living luego de la cena y pedíamos prestada la tele a la abuelita. Expectantes nos sentábamos a ver la franja del SÍ y del NO. Pero quédate callado hueón, dale más

volumen, si te portai bien chico te vamos a poner una porno, ahí está el viejo reculiao, fascistas de mierda, perdón, si acá está el becario del asesino; después que termine vamos a comprar unas pilsens que hoy es viernes.

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Es asombroso cómo cinco minutos en la vida pueden remover con eficacia muchos paradigmas oxidados. No hablo de que las ideas estuvieran expresadas en ese espacio como para llegar, tomarlas y aferrarlas. Esos cinco minutos fueron el motor de decenas de preguntas. Quién dijo que éstas eran menos importantes que las respuestas.

De pronto iba uniendo la experiencia con la música nueva, con las lecturas de revistas clandestinas, con las imágenes vistas en la franja del NO, con la historia de Peña Hen, con las conversaciones con los chicos de la pensión y era ineludible que mi pensamiento fuese evolucionando; por vez primera asumí que la verdad eran los ecos de todas la voces posibles escuchadas por uno y cernidas por un corazón frío, expectante.

Aún así tenía miedo. Todavía creía en que todo cambiaría drásticamente con la victoria de las fuerzas opositoras al General y esa mutación no era, precisamente, para mejor. Por eso la espera de los resultados se me hizo eterna; las diez y once, aun las doce y en la televisión nada más que series gringas y dibujos animados.

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-

Hijito, por qué no se va acostar, tiene cara de cansadito.

-

Si abueli, tengo que ir al colegio temprano.

El siguiente día me levanté como de costumbre. El sol permanecía en su sitio y los árboles al viento

conservaban el sonido de cascabeles matinales. Caminé por el costado del canal, tomando dos o tres piedras como era mi costumbre por si el perro de la parcela cercana salía a molestarme con sus ladridos furiosos.

Extrañamente nadie de los directivos habló acerca de la jornada anterior y los resultados de los comicios durante el acto cívico de inicio de semana. Me enteré de la victoria del NO cuando conversamos con René y la profesora de castellano. Mala onda, qué podemos hacer y el resto, y ya cayó, y ya cayó, y el Sanhueza comenzó a huevear, qué te pasa gil, ahora te venís a hacer del no, camaleón culiao. No veís que ahora podemos perder la beca. Oye sí, tenís razón. Y miramos por la ventana, en forma inconsciente, motivados por nuestro miedo

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recóndito, para ver si el mundo era el mismo, o si la gente había salido a las calles a pedir, como lo hicieron hace quince años, que los militares se tomaran el poder y desconocieran el resultado de los comicios. Pero las calles eran las mismas, con sus esporádicos autos corriendo despacio, tocados por un sol fragmentado en los espacios provocados por los altos álamos de los contornos del colegio, con las casas plomizas cercanas, con la presencia de Pilín, el vendedor de dulces, en la puerta del colegio, con las micros Chacra Figari apenas sosteniéndose en la calzada. Qué va a pasar ahora, pregunté a la profesora y ella dijo que el próximo año habría elecciones de presidente, que se había perdido la batalla pero no la guerra y que era posible que ganara alguien cercano al presidente, pero no podía ser él mismo. Mala onda, profe. Si uno estaba acostumbrado a esto, si Pinochet no es tan malo como parece, ¿qué vamos a hacer con todos esos terroristas que ahora querrán asumir el gobierno?

Mamá llamó desde Arica rato después. Me preguntó cómo había estado y cómo se veían las cosas en La Serena; todo tranquilo le dije. Ella me dijo que allá igual,

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pero en la casa estaban tristes y no era para menos: desde ahora el país tendría un vuelco y no sabían si para bien o para mal. Debes estar tranquila mamá, en realidad esté el gobierno que esté, igual debemos seguir

estudiando y trabajando. ¿Mi papá está bien? Sí; tus hermanos chicos están súper desobedientes, pasan escuchando música en el equipo de tu hermano grande. El furgón casi no ha estado en pana y tengo un poco de niños más para trasladar. ¿Y tú en la pensión? ¿Te acostumbras a tu nueva vida? ¿Te alcanza el dinero para todas las cosas? ¿Haz hecho de nuevos amigos? No te olvides de orar todos los días, hijito. Dale saludos a tu tío, anda a verlo. Pregúntale cuándo va a venir a Arica para pasear, invítalo tú. Me contó tu abuela que tu tío Mario está viviendo por esos lados. Dale mis saludos también, y a tus primos también, dicen que Mario chico es igual a su padre. Te voy a llamar como en dos semanas más, para que no te preocupes. Todos están bien por acá. Bien hijito, que Dios te bendiga, cuídate mucho.

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XVIII

Pese a todos los cambios que la victoria opositora podía generar en los días siguientes, la orquesta juvenil salió de gira por ciudades del centro y sur de Chile. El periplo duraba dos semanas que se traducían en días sin clases, pruebas especiales después, comida y alojamiento gratis y virtuales atraques con minas sureñas, lo cual no era malo. Pero yo no pertenecía a la orquesta y Carlitos tampoco, así que habíamos cagado y teníamos que resignarnos a no tener lugares nuevos que conocer ni minas con las cuales atinar.

Alex era un asiduo espectador de las funciones de cine arte de la Universidad de La Serena y por eso manejaba programas fotocopiados con la cartelera semanal. Esa tarde sería el estreno de “La ciudad y los perros”, un

filme de Francisco Lombardi, basado en la novela homónima de Vargas Llosa. Le dije a Carlos si quería ir, que yo lo invitaba, que me quedaba algo de plata y que no se preocupara por la entrada. Pero yo vivo en Coquimbo y tengo que pedirle permiso a mi vieja, ¿me

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dejas llamarla pa preguntarle? Y yo, claro y luego de tiras y aflojas le dieron permiso al Carlos y pa ahorrar nos fuimos a pata desde la pensión al cine, de qué se trata la película, Arica, no sé, pero me tinca que es buena porque está basada en una novela de Vargas Llosa y me gusta ese escritor, en mi casa lo veía casi siempre porque salía en el canal peruano y hablaba grosso y por eso me peino al medio y me hago un rulo; cuando grande igual me gustaría ser un gran escritor. Y tú Carlos, no sé, quiero seguir tocando tuba, y ahí veremos, caminai rápido, compadre, es que parece que vamos atrasados, tenís hora, las seis y media. Ah, de más llegamos, pero ojalá que encontremos puestos buenos.

Cuando la función terminó caminé con Carlos hasta la calle detrás de la Recova pues el paradero de micros a Coquimbo se instalaba allí. Te gustó la película, sí estaba buena, sí y cuando Alberto va al puterío, la media mina que le toca, yo creo que voy a estar pensando en ella todas estas noches, no estís, mira ahí viene mi micro.

Pudiendo haberme devuelto en micro no lo hice y preferí retornar caminando por Benavente a Huanhualí y desde

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dicha calle a la avenida Juan Cisternas para terminar en la pensión. En el trayecto pensé en el filme de Lombardi, en la prueba de Inglés del día siguiente, en mis malas notas crónicas, en que ya no extrañaba a mis viejos y que aprendía a controlar los esfínteres del sistema

psíquico. También pensé en escribir un cuento para presentarlo al concurso convocado por un colegio de Coquimbo. Cuando pequeño ya había escrito algunos poemas y cuentos que fueron merecedores de pequeños premios. Sentía un cosquilleo en las manos que

soliviantaba tocando guitarra y ficcionando en papel. Algunos compañeros de pensión leían mis escritos y me criticaban en buena.

Por esos días llegó Ismael Mena, compañero de carrera de Alex, quien recién comenzaba a incursionar en la dirección teatral. Habló de que escribía dramas y yo, que buena onda, yo he escrito algunos poemas y cuentos y él que había escrito también artículos para una revista universitaria, mira, aquí la tengo, te la presto, aquí firmo con el seudónimo de Docer que es cerdo al revés y hablo sobre qué es teatro y tú estudias música me parece, me lo dijo Valenzuela ayer en la noche cuando le fui a pedir

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prestada una bolsa de té porque hemos estado pobres, pero es pasajero, sí, y haces música, si algo, tengo un grupo con unos amigos de la escuela pero está recién formándose, qué bien, toma la revista, ah oye tú que escribes y eres secundario: hay un concurso de cuentos en el Colegio Bernardo Ohiggins de Coquimbo. Mira, por acá tengo las bases, de pronto igual sería buena idea que escribieras algo por si no tienes o rescataras algunos de los cuentos que guardas. Está bien, gracias compadre. Nos estamos viendo. Te paso la revista estos días.

Acostado en mi cama, con la lámpara proyectando un círculo grotesco y mal calibrado en la pared, tomé la revista de papel amarillo roneo y leí el contenido. Me detuve mucho rato en un poema llamado COMUNICADO de Rodrigo Lira, cuando la poesía de éste apenas era conocida y se divulgaba mediante papeles

mimeografiados y fotocopias. De hecho nunca antes había leído algo de él y pasó mucho tiempo para volver a encontrarme con alguno de sus escritos. La historia de las cebollas me conmovió porque sentía que esa gente que era invitada a ir a buscarlas bien podría ser mi familia, mi gente, mis vecinos; pero en un sentido más

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metafórico exponía el absurdo de las políticas públicas de todas las épocas, de las invitaciones de los órganos de poder a las masas y, centrándonos en el tubérculo, en mi interpretación connotaba que, además, la tristeza de las lágrimas podía ser una de las pocas herencias – y de las peores, la peor- que los aurigas podían delegar.

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XIX

Tan pronto hicimos unas monedas, cruzamos el canal y logramos conversar con Freddy, un técnico de lavadoras y televisores, que vivía con su familia en una casita de madera cercana al canal. En sus años mozos había formado un grupo de música de la Nueva Ola y guardaba algunos instrumentos y equipos de amplificación. Como no teníamos dónde ensayar, tuve que platicar con la abuelita por si nos permitía un espacio en el living. Ella como que no quiere la cosa dijo que bueno, seguramente porque se había enterado de labios de Carlitos que era primera vez que tocábamos con instrumentos de verdad aunque groseramente antiguos.

Estuvimos

toda

una tarde

sacando

temas

de

Los

Prisioneros y repasando uno escrito por el cuñado de Carlos. La canción era la que presentaríamos al concurso. La sorpresa la dio René, que no sabiendo tocar batería, se habituó inmediatamente a ella y no hubo necesidad de pedirle a Villagrán, otro tipo del curso, que nos apoyara.

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La noche de la presentación estábamos bien nerviosos. Como Carlos y Sebastián eran de Coquimbo, quedamos en que nos encontraríamos en la pensión y de ahí nos trasladaríamos al colegio San Antonio, lugar en el que se realizaría el festival.

-

Y, ¿pensaron en el nombre del grupo?

-

Yo no. Me gustó Recinto Militar, es un buen nombre.

-

Ni cagando, menos ahora que los milicos perdieron. Ya sabemos que el 53% odia al viejo, en rigor la mayoría.

-

Recinto Privado, suena mejor.

-

Sí, buen nombre.

La presentación estuvo bien, muy mortal. Estar en el escenario era la raja; nos creíamos famosos al ver cómo esa tropa de hueones nos aplaudían y podíamos ser populares ante las minas, al menos durante los tres minutos que duraba la canción. Al final obtuvimos el

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segundo lugar, un diploma y un premio que prometieron darnos pero que nunca llegó a nuestras manos aun cuando fuimos a reclamarlo muchas veces. Pero filo. La experiencia había sido inolvidable y con eso estábamos más que pagados.

Después de la tocata nos fuimos a un local de sándwichs y bebidas. Nos alcanzó para cuatro completos, usando

incluso monedas de un peso y parte de plata del pasaje de Sebastián y Carlos. Ambos compensarían la carencia con un me puede llevar por dos gambas, total conocían de sobra a los choferes puesto que viajaban todos los días con ellos. En el local los dueños, una pareja de viejitos, al bebidas. vernos contentos, nos regalaron que, cuatro cuando

Les

agradecimos

diciéndoles

fuéramos famosos, siempre iríamos a visitarlos.

Caminé desde el centro de La Serena hasta la pensión. Era un trayecto de aproximadamente media hora. Hacía frío, pero las imágenes vividas, los aplausos escuchados, me anticiparon en gozo el sueño que tendría durante madrugada: ver a mis padres y hermanos llegar el día de mi cumpleaños. Cuando desperté me sentí muy feliz.

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Pensé que con eso olvidaba el rencor, creí que nunca más estaría solo. Entonces contaba los días que restaban para mi cumpleaños número catorce como si fuesen las cuentas de un rosario, mientras seguía sacando malas notas en el colegio, mientras era el mejor guitarrista de la escuela, mientras escribía un cuento basado en la historia de un supuesto auxiliar que descendía al subterráneo de la escuela.

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XX

Algunos compañeros se acordaron de mi cumpleaños y se me acercaron a felicitarme; así que estai de

cumpleaños, Arica, cuánto, son catorce, ah erís bien pendejito todavía, puta amigo qué buena y vai a celebrar, ah verdad que no está tu familia aquí, pero igual tú sabes, no estás solo, vengan esos cinco, y aunque eras del SÍ, igual me caes bien. Pásalo mortal, compañero.

Mis padres no llamaron al colegio esa mañana. Pensé entonces que había mandado una encomienda, un poco recordando las palabras de mamá semanas atrás.

Entonces luego de clases fui a la oficina de los buses Lit, pregunté si es que había una encomienda a mi nombre, tome, aquí está mi carné, y el caballero fue a la bodega y de paso bromeó con un cargador y de vuelta movió la cabeza, joven, no hay ningún encargo para usted. ¿Está seguro que lo enviaron por estos días? Tome, este es el número, mejor llame primero.

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El día siguiente también volví a ir, pero la escena se repitió, esta vez con una señora de lentes gruesos, parecida a la Rosita de la biblioteca del colegio. La abuelita me preguntó si mi mamá se había contactado conmigo el día de mi cumpleaños y yo le mentí, le dije que sí y que le mandaba muchos saludos.

La encomienda llegó tres días después. Mamá me escribía una nota, me mandaba un queque que había hecho y un regalo consistente en un set de útiles de escritorio. La fecha del envío era 29 de octubre, un día antes de mi cumpleaños, así que no culpé a mi familia del aparente descuido que mi mente repetía una y otra vez. Los cabrones de la empresa de buses habían tenido la culpa del atraso. Sin embargo mamá se disculpaba por no enviarme otro regalo mejor o por haberse atrasado en el pago de la pensión del mes anterior; es que a mis padres les era muy dificultoso mantenerme estudiando fuera de la ciudad, más aún al saber que mi viejo nunca ganó mucho y éramos pobres. Pero ya vez hijo, aunque Pinochet haya perdido por culpa de los malagradecidos de siempre, te darás cuenta que él le da la oportunidad de que niños de escasos recursos como tú estudien y

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sean en el futuro grandes artistas y claro, no pagará alojamiento, comida y otros gastos, pues sería un abuso de parte de los becarios, pero les paga el estudio que es lo fundamental.

A esas alturas nada más leía con respeto silencioso las defensas de mamá al gobernante, creyéndome carga de mi familia, pensando qué sentido tenían las cien becas del general, imaginando la cadencia, disonante y

postrera, del magnánimo concierto del general en los pasillos del conservatorio.

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EPÍLOGO

Durante el primer semestre del año 1990, el entonces ministro de Educación, don Ricardo Lagos Escobar, visitó la Escuela de Música y participó en la ceremonia de cambio de nombre del establecimiento al de “Jorge Peña Hen”, militante socialista y fundador de la escuela, fusilado tras el golpe militar.

El protagonista de este relato conformó una lista para el centro de alumnos y fue elegido vicepresidente de esta instancia, con el apoyo de la Democracia Cristiana.

Al año siguiente se suspendió el número de becas otorgadas por el general Augusto Pinochet Ugarte, con la explicación de que en democracia todos los colegios eran iguales y merecían la misma cantidad de beneficios.

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