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Eloisa Zamudio - La lámpara y Leño

Eloisa Zamudio - La lámpara y Leño

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La lámpara y el sueño

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Eloisa Zamudio

La lámpara y el sueño

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Eloisa Zamudio

La Lámpara y el leño

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Eloisa Zamudio

© Librería de la Paz 2009
Av. 9 de Julio 359. H3500ABD Resistencia. Chaco. Argentina Tel: 03722. 444937 / 435555. Correo electrónico: delapaz@arnet.com.ar Arte de tapa: XXXXXXXXXXXXXXXXX ISBN 978-987-1224-XX-X Libro de edición Argentina. Queda hecho el depósito que indica la ley 11.723 Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, conservada en un sistema reproductor o transmitirse en cualquier forma o por cualquier medio electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro, sin previa autorización del editor.

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Para rescatar del olvido en unos casos —ya que se trata de una obra dispersa en los periódicos chaqueños de los años 1918 a 1934— y del desconocimiento en otros —puesto que no será frecuente que las nuevas generaciones tengan ocasión de recurrir a aquellas lejanas fuentes— la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.) Seccional Chaco ofrece la presente selección de poemas de María Eloísa Zamudio, hecha sobre una colección de cuadernos manuscritos que atesora afectuosamente su hermana política, la señora Rosa P. de Zamudio. Eloísa, como la nombraban quienes fueron sus compañeros de las primeras promociones de la Escuela Normal Sarmiento, nació en el año 1896. Cuando la edad de Resistencia podía compararse con la de su propia mocedad, tuvo la valentía de poner al descubierto su vocación lírica a través de las páginas de La Voz del Chaco. Según la escritora puertorriqueña Clotilde Betances, su casi total labor literaria se realiza desde 1920 a 1926, pero su voz, en verdad, no calló hasta 1934, año en que aparecen sus últimas colaboraciones en “Estampa Chaqueña”. Ejerció el magisterio en nuestra ciudad; posiblemente la enseñanza le haya aportado su vínculo más firme con la sociedad de entonces, que se encontraba a relativa distancia del grado de evolución cultural alcanzado en las grandes ciudades argentinas, donde aún resultábales difícil asumir su rol poético a mujeres de la talla de Alfonsina Storni. Alejada de la docencia desde mucho antes, falleció en nuestra ciudad en el año 1967. Debe suponerse que su formación literaria fue autodidacta, enriquecida con la producción bibliográfica rioplatense, que por entonces hacía conocer a Alfonsina, a Juana de Ibarborou y a Gabriela Mistral. La relectura de sus versos nos hace advertir la influencia rectora de Leopoldo Lugones, que constituía,

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en esa época, el máximo modelo de galas verbales. S.A.D.E. tiene la certidumbre de que la magia de su poesía lucirá con esplendor cuando el lector logre situarse emocionalmente en la lírica de los años veinte. De cualquier forma, no ha caducado en ella la inquietud existente que lacera a todo ser creador, y que María Eloísa Zamudio define en los siguientes versos: “…interrogar /a la sombra que guarda el secreto divino /de nuestro insondable y eterno avatar”. Y fulge como una aspiración inextinguible el ansia de permanencia que la lleva a decir: “…y soy en los senderos la lámpara y el leño / mientras cubre el invierno mis huertos desolados”.

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Esperanza
En callado temor el alma mía se teñía de aurora inusitada; en la altura una estrella sonrosada metodizando una canción surgía. Alcé la frente, pálida, turbada, al mirar que la sombra fenecía y como despertando a un nuevo día se me llenó de soles la mirada. El mundo humanizóse dulcemente al amparo de una íntima ventura que se sintetizó sobre mi frente. Y mientras dióse en fuga la amargura amaneció la vida hacia mi oriente como esfinge nimbada de hermosura.

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Amor
Vibró de asombro el cielo amplificado ante el prodigio de mi anhelo interno, y el corazón se hipertrofió cargado con todas las estrellas del Eterno. Derrochando un placer desmesurado el universo sepultó su invierno para abrazar mi cuerpo transformado en carne celestial y alma de infierno. Reconocí mi espíritu en la nota de la lira del mundo que cantaba una armonía sideral remota; y al tiempo que mi ser se idealizaba recibí de la vida en una gota toda la eternidad que me volcaba.

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Estatua
Andará por la senda más blanca de la vida cansado de buscarme con ardor lacerante; el encanto en los ojos, y la boca mordida por la fiebre del alma que llamea anhelante. Estatua en los caminos, sin gozo y sin herida, seré mientras no llegue a mi plinto el viandante que hace tiempo caldea su quimera aterida con el leño divino de su fe alucinante. En el turbado paso conoceré al que espero y vestiré joyeles de ensueño ante sus ojos para que olvide presto el rigor del sendero que en las noches sin luna lo torturó de abrojos; y ofreceré a sus labios sedientos de viajero en copa de alabastro mi corazón de hinojos.

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Paz
Soñando en los enigmas de la muerte, en la desnuda soledad del mundo, yo soy como un peñón tranquilo y fuerte batido por un piélago iracundo. La postrera ilusión marchóse inerte a dejarse morir en el profundo sendero de verdades de la suerte, marcándome la ruta en que me hundo. Ya no tiene el temor de la esperanza que yace sin edad, bajo la austera sepultura de vieja remembranza. Y siendo universal es extranjera en la serena eternidad, que avanza llenándome de paz la vida entera.

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La cima
Más alta que un destino, era la cima de mi orgullo. Erguida bajo el cielo de nieve de mi alma, yo, en su hielo tejía la gloria del silencio que en la cumbre bebía. Nítidamente, iluminada a lumbre del sol naciente en el dolor vivía. Peregrinando en pos de un sueño milagroso, como un dios, dejé la cumbre que mi orgullo alzara y el albo copo que en la nieve hilara dulcemente fundióse entre mis manos como una inútil obsesión hecha de arcano y luna. Hoy me vuelvo a mi cima. Fue mi ensueño como un ídolo falso, con la oscura insensibilidad de la inconsciencia de un mito antiguo reanimado en ciencia. Impoluta en mi nieve adormecida busqué en serenidad, altiva y pura la huella de ascensión a la cima abandonada y la encontré en mi alma iluminada a sol poniente y con fulgor divino de estrella.

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Los poetas
¿Adónde van, cantando, con los ojos febriles que no ven los caminos donde los pies avanzan? ¿Dónde van, que han dejado los humanos rediles? ¿Qué cantan con extraña tristeza en el semblante, dolor en las pupilas y un gesto de amargura en la boca anhelante? ¿Qué raza de extraviados es ésta que en tus valles, Señor, has olvidado? Unos van consolando con palabras serenas y las voces que dicen al pasar por la vía son vendajes de seda en las llagas ajenas. Otros van quebrantados, con la estrofa doliente brotando como ruego de entre los labios tristes y llevan el anhelo de morir en la frente. Otros tienen un fuego voraz dentro del pecho, y con la flor purpúrea de su canción candente piden por sus hermanos heridos y maltrechos.

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¿Qué raza de extraviados es ésta que en tus valles, Señor, has olvidado? ¿No serán de este mundo porque están retardados, o porque aún no es la hora de que hayan venido? ¿Por qué andarán inquietos y como abandonados?

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Fantasía lunar
Señala mi destino desde algún día el portentoso árbol de las canciones; y para hacer eterna su profecía a su raíz doy savia de corazones. No detengas tu paso, viajero iluso, por escuchar al árbol del canto eterno, que para darle vida, cual Dios dispuso, mi corazón no tiene muerte in invierno. Ni con el sueño vivo de tus intentos nutriré las raíces de las canciones, que si tú me otorgaras tus pensamientos pedirías a cambio compensaciones, y no tengo otra cosa para ofrecerte que un impalpable copo de luz de luna, talismán milagroso que no da suerte ni abre las arcas de oro de la fortuna. Pero, si padecieras la atroz locura de acrecentar tus arcas con ilusiones, fuera el copo de luna —mi alma te jura— lámpara que adivina en los corazones.

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Y por la ciencia extraña más prodigiosa, encontrándote dueño de los destinos, para encender tu lámpara maravillosa tomarías del cielo fuegos divinos. Poder incomparable, que en un momento te diera un haz de lumbre sin pompa alguna, hallado en mi palacio de encantamiento que levanta sus torres allá en la luna.

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Renacer
Quita el ayer al corazón sin tiempo para que viva hasta el postrer latido la amanecida hora sin recuerdo. Tras la noche que andas vendrá el día y por verlo nacer, quédate insomne cincelando vigilias. Pídele al cielo su mejor estrella para agrandar el universo de astros que alumbrará tu fiesta; y el callejón temido de hoscos cercos abrirá enajenado sus portones para dar paso al regocijo nuevo… La tiniebla amanece y terminaron los límites absurdos de la vida dentro del corazón maravillado. Hasta el silencio volcará palabras en el raudal de la emoción sin nombre que en lenguas de milagro se desata. ¡Huella de hostil sandalia en vano marcará tu ruta clara!

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El silencio
Inarmónica el alma, ya no logra sincronizar sus ritmos en un verso y van sus voces sordas a perderse en las desnudas calles del silencio. Protegido por cómplices tinieblas el corazón estranguló su acento cuando herido, sin luz y sin caminos, no encontró ni el refugio del recuerdo. Vengadora se agranda en la vigilia expectante y sin paz del pensamiento, culpable, en su misión de sabio guía, al dejar la emoción librada al viento. Ya las manos expertas de la sombra amortiguan la lámpara del sueño y en ausencia de luz y de sonido se abren las avenidas del silencio.

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Soneto del corazón
Asomado al vivir —fugaz espejo— era tímido, triste y silencioso; su latido sumábase, perplejo, a todo el bien del mundo, fabuloso. Luego, en días de altísimo cortejo tornóse huraño, duro y orgulloso, porque en virtud de algún milagro añejo venció al destino, fuerte y poderoso. Pero hoy, vuélvese en más, vaso encantado como era otrora, transparente y puro; llama sutil que el viento ha reanimado; cristal que canta en el granizo duro, lágrima azul de misticismo ahondado y en el huerto de Dios, fruto maduro.

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Oyendo a Chopin
Un rayo inquieto de la luna huraña buscando ruta a su celeste hastío, llegó a mi frente que albergó una extraña luz torturada por astral desvío. Huésped divino en mi terreno albergue, sueña el encanto del perdido cielo y enajenado de ilusión se yergue idealizando la materia en duelo. Oh, chispa blanca de un esquivo mundo que tedio de astros descansó en mi frente; para hospedarte convertí en profundo el terrón de la vida, locamente. Si te perdiera en un oscuro trance el corazón hoy dulce por tu llama ¿qué haría del dolor que en todo lance tú lo conviertes en celeste drama?

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Elogio del corazón
Digo el elogio del capullo tenue que guarda todo fundamento intacto del lienzo tosco, del cendal suave, la venda leve o refinado paño. Celebro en alta voz al óleo antiguo encerrado en el cofre de su grano y que se brinda con unción secreta en la envoltura de su copo blanco. Cual corazón que otorga amor y ciencia segrega aceite en generoso arcano, para servir, con superior largueza tal galardón, al que sembró esperando. Alabo la cabal sabiduría que en el negro terrón guarda el milagro de la hebra blanca que será ropaje, mantel o toca, en industriosas manos. Misterio de la vida, que bendice la tierra torturada de los campos devolviendo el trabajo del labriego en bálsamo y vestido transformado.

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Alabanza al que siembra, bajo el signo de la fe y del amor, regocijado, y olvida la fatiga en la promesa que renueva su afán todos los años. Ante la luz ardiente, se levanta del surco oscuro, inmaculado lampo, como si fuera, en el confín terrestre el claro algodonal, místico canto. Digo mi verso, por la vida humilde y desasida del que labra el campo para que Dios pueda mirar la tierra transfigurada en renacido manto.

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El invierno
Un extraño dolor agranda el mundo y las palabras vanas desvanece; el camino es más largo y más profundo y el paso se hace lento y desfallece. La incógnita del alma el cielo encierra en signos indecisos como rastros y se oye, en el silencio de la tierra, que el corazón de Dios late en los astros. Mustia, mi vida, como harapo leve, a la honda eternidad tiende la mano comprendiendo por fin su ánimo breve que va en la oscuridad, sin un hermano. Ladran los perros tristes a la luna enloquecidos del misterio eterno, y en la tragedia de la noche bruna exprime lienzos blancos el invierno.

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Los caminos
I Extraños a mi vista se abrían los caminos enigmáticos todos, dijéranse divinos caminos: del amor, del deber, de la muerte. Así habló el corazón antes de echar la suerte: que si es amor, él sea canto, ansiedad o herida, la inquietud del ensueño, y el alma de la vida. Y, si es deber, que él sea el más alto y más duro para que purifique todo deseo impuro. Que la muerte implacable, si llega prematura, tenga para mi alma un poco de ternura. II Yo era entonces inerme, de soledad y miedo, temía a los caminos, mi paso era muy quedo. Me interné en una senda, como un ave sin nido que vuela a la ventura, temblando a cualquier ruido. Y lo que había soñado, mirando las estrellas, es el amor, decía; es el amor, rezaba y ante Dios milagroso, todo el ser se humillaba. Pero llegó una noche que duplicó mis horas, una noche muy larga que nunca tuvo aurora. Y se perdió el camino del amor en mi vida… El alma me sangraba como una estrella herida.

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III Marchando en las tinieblas, hallé una vía nueva como premio divino después de la cruel prueba. Como premio divino, puro, infinito, eterno, todo el dolor y el gozo: el cielo y el infierno. Era el deber soñado, llenándome la vida. Comprendí que esa senda para mí fue elegida. IV Mi juventud humilde es impoluta y fuerte; puedo seguir serena la vía de la muerte.

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Pedrería
Gloria de amor y lágrima de estrella, la mirada de Dios, y la canción de todas las auroras en la huella de un divino dolor, mi corazón. ESMERALDA Ilusión en la vida, pensamiento vivaz de juventud, amor y ensueño de un ramo de laurel, cálido acento alzado a un nuevo sol, mi primer sueño. RUBÍ Latir de corazón, brasa y herida, la lucha del vivir, odio y amor, sangre de sol, tortura de suicida, un grito de pasión y mi dolor. ÓPALO Clamor de eternidad en la oración de la sombra y la luz, tormenta y calma en un rayo de sol, la comunión del fuego y la ceniza, mi propia alma.

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Sembradores
El pensamiento de Dios sembramos en todo surco que abre el azar; no es nada nuestro lo que dejamos en las fatigas del caminar. ¿Por qué dolerte, si en el granero hay tanta espiga que desgranar? ¡Ay de ti, hermano, si en su tributo te manda el dueño no cosechar! Alto designio es tu siembra, ¡oh, alma! que vas sembrando sobre espinar; no desazones ni pierdas calma si no hay cosecha para guardar. Sembrando vamos a todo viento… El mundo es surco para sembrar; Sembrando vamos el pensamiento de Dios, que un día ha de cosechar.

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La muerte
Asiste a cualquier hora, la Bendita, tan piadosa, tan dulce, tan serena… ¡Cómo sabe que el mundo necesita el beso blanco de su boca buena! ¿Qué sería sin ella tanta cuita que nadie quiere oír? ¿En qué alma ajena volcar toda la sombra que gravita sobre la soledad de torva pena? ¿Qué fuéramos sin ella, sin la Pura, que tiene inmensa compasión del alma prisionera en arcilla sin ventura? ¿Qué hacer, sin la que siempre nos acoge, sin su profundo corazón de calma, sin su mano de amor que nos recoge?

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Calla la musa
Para qué más versos. Seguiré el camino que siguen los simples, sin interrogar a la sombra que guarda el secreto divino de nuestro insondable y eterno avatar. Ni a la rubia estrella, ni a la noche bruna le hablaré en estrofas de fraternidad; ni me iré a tertulias de la blanca luna a tener coloquios con la eternidad. Que pase la vida sin que yo comprenda su música interna como una canción; con mis propias manos ataré la venda sobre los latidos de mi corazón. Para qué más versos. Inútil intento de encontrar la ruta que nos dé la paz, si a cada pregunta que extravía el viento el sendero mudo se oscurece más. Y la musa calla su canción inerte que con hondo hechizo de dolor la viste; es que ella bien sabe del encanto fuerte que fluye del rictus de su boca triste.

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El destierro de la luna
No mires aquí abajo, amiga Luna, prodigando tu místico tesoro: tu romántica lumbre le importuna a tanto mercader que oculta su oro. En los dominios de la tierra bruna que alumbran las estrellas de tu coro, impera hasta en los cánticos de cuna áurea estridencia de metal sonoro. Desterrada ya estás, ¡oh, pobre amiga! por todas las tinieblas del planeta, como una cosa vana y enemiga; y sólo ha de llorarte algún iluso, el corazón transido del poeta o el triste pensamiento del recluso.

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El corazón
Me cerqué de vallas. Alcé un alto muro junto a mi dominio. Mi castillo oscuro no tuvo portales, y en mi torre enhiesta no daba acogida ni a duelo ni a fiesta. Llegaron enviados hasta los umbrales de mi indiferencia; opuse a los males de toda tristeza, de toda alegría, mi torre elevada y mi coraza fría. No escuché sus voces, ni seguí sus pasos, para siempre libre de terrenos lazos… Cuando —inesperada— una voz secreta así habló en mi torre con palabra inquieta: ¿Para qué esta torre, si allá en el sendero florecen las rosas bajo el sol trovero? ¿Para qué esta torre, si en aquellos yermos precisan consuelo los tristes y enfermos? Que se abran las puertas a los peregrinos que llegan cansados por largos caminos, que han visto otros soles en tierras lejanas do fueran en busca de almas hermanas.

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Que se abran las puertas; yo iré en pos del triste que en clamor inútil su dolor insiste. ¿No hallará una mano bajo el hosco cielo para venda suave de su desconsuelo? Conocí de pronto el corazón que hablaba y dejé la altiva torre que habitaba, para ser tan sólo por la senda inquieta corazón que canta su amor de poeta.

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El canto íntimo
La canción que brota, desflorando el labio, misteriosa y tenue como una oración, en el alma deja cálido resabio de cosas que un día soñó la ilusión. La canción que nace, sonora y ardiente, quemando la entraña que le diera el ser, enciende en la noche, milagrosamente, la lámpara sagrada del amanecer. Pero, hay otro canto supremo, en el alma que nutre el misterio con sangre de amor; a veces ahonda en silencio la calma y a veces, caldea con fuego el dolor. Y jamás la lengua pronuncia el acento que canta sus notas en el corazón: ¿Habrá bajo el cielo, otro mayor tormento que esta silenciosa carga de emoción?

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Así me haga tu mano
Mediante sus criaturas, habla Dios a las almas, engendrando tormentas o produciendo calmas. Sé luminoso —dicen, brillando, las estrellas— y serán por tu lumbre todas las sendas bellas. Sé diáfano —proclama el río cristalino— y un día acaso calmes la sed del peregrino. —Perfuma alegremente, aunque sangre tu planta— dice la rosa bella al ave que le canta. ¡Oh, Dios! Así, tu mano que alienta toda cosa me haga como la estrella, el raudal, o la rosa.

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Amanecer
Pensamiento celeste de mil soles que siembran sobre el mundo su luz clara; alegría de pájaros que nunca anidan en la rama sutil de la esperanza; árbol ferviente que contempla el cielo, astro que vence noches con su llama; calle abierta al destino en el milagro de mano amiga que se tiende franca; maravilla de azul ilusionado en el nuevo temblor de la mirada; cordialidad de corazón inquieto que puede dar al viento sus dos alas; viva emoción de cantos que se aprestan a embanderar los pórticos del alma; turbada quietud de sol absorto que halló a la tierra en Dios purificada, es este amanecer del claro día que anuncia al mundo la canción sin lágrimas.

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La lámpara y el leño
Se agrandan las preguntas de todos los destinos ante el enigma eterno que guarda el universo… Sobre todas las vidas soplan vientos divinos como si Dios dijera su milagroso verso. Mi pensamiento tiembla en los fríos caminos junto al viajero triste que marcha bajo el cierzo, abrevando en la copa de los amargos vinos que hacen al alma sabia y al corazón perverso. Prendiendo luz de gracia, como faro de ensueño que orienta rumbos ciertos a los extraviados, me enciendo con los astros en prodigioso empeño cada vez que anochece por sobre los vallados y soy en los senderos la lámpara y el leño mientras cubre el invierno mis huertos desolados.

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Sabiduría
Propicia entre las manos la seña hospitalaria que ya no da otra gracia con su ademán inerte, que la sabiduría de la dulce plegaria, única ciencia acaso, que en la verdad acierte. Vi cómo toda ruta regresa solitaria cuando se ven cordiales los signos de la muerte, revelados en toda la sombra milenaria de las noches sin alba que aparejó la suerte. Y fui como un abstracto profeta de la vida, con la tristeza blanca del que no halló un secreto para la llave sabia de su alma envejecida por psíquicas edades, que alumbraron el seto de su solar terreno, con lumbre recogida en la canción alada del corazón inquieto.

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Nochebuena
Las campanas anuncian con júbilo sereno a las almas cristianas que nació el Nazareno. Porque fuiste el humilde y el triste y miserable, y por predestinado a la cruz del culpable, por tu blancura diáfana de lumbre sobrehumana, y tu corona trágica, sangrienta y soberana; por tu bondad sagrada, ¡oh, Maestro Divino! eres el Dios que busco como al propio destino. Yo tengo mi fe pura con pureza de niño y tengo el alma blanca con blancura de armiño; pasé por el crisol supremo de la vida y estoy purificada como nieve dormida. Mira cómo mis manos desprecian los tesoros que los demás disputan, a veces, sin decoro; mira mis labios trémulos que te nombran sonrientes en la oración purísima que clama dulcemente; aparta de mi senda toda forma de mal y seré transparente como un claro cristal llevando, milagrosa cual divino blasón, una estrella clavada dentro del corazón. Sonoras las campanas anuncian Nochebuena porque nació el ungido del dolor y la pena.

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Casa de auroras
(En el cincuentenario de la Escuela de Niñas) Cimientos fuertes de verdad te alzaron remota casa siempre amanecida, porque en eterna aurora maceradas están tus salas de sabiduría. Cuando inmóvil, en calle limitada miro adelante y no avizoro guía, regreso hacia tus puertas, como antaño, y me miro en tus bancos, todavía. Protección de tu lámpara distante que alumbró la lección adormecida de mi niñez —ausente sin retorno—, que en huir para siempre persistía. Y el corazón, colmena aletargada, se abre en pródiga miel para la vida: premio que fuera por sutil milagro flor marchita en tu luz reverdecida. Entonces siembro con amor mi grano, con esa ingenua sencillez perdida del alumno de Dios que gana altura cuando más infantil parecería.

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Por eso vuelvo al banco de la escuela, como a segura suerte que me guía, cuando junto a la cumbre o al abismo espero la lección de la alegría. Y a mi infinita pequeñez increpo: —¿Qué sabes de la noche más temida? —¿Qué de la playa opaca que te espera? Todas las rutas son desconocidas. El ave, el árbol y la estrella, intuyen su destino de amor y de armonía; tan sólo tú preguntas a tus nieblas en qué puerto tu barca amarrarías. Oh, banco de la escuela, tan lejano y tan cerca del alma todavía… atisbo de horizontes infinitos y asimismo la sed y la fatiga. Regreso a aquel camino de esperanza que ya anduve con pasos de alegría… y canto tu canción, casa de auroras, en la fiesta de amor para tu vida.

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Poemas en prosa

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Poema de amor
¿Quién dijo que hay que andar ásperas cuestas donde yo veo la suavidad de un camino ilimitado? ¿Qué noches desconocidas advirtió la prudencia, cuando el sol eterniza los días en los campos del cielo y de la tierra? ¿Por qué hay lenguas que hablan de los polos del cansancio, ante el panorama de la ventura sin término? ¿Dónde está el ventisquero de la tristeza en esta armoniosa perspectiva de jardines regocijados? Yo no llamé al olvido y no veo dolor en el pasado. Bajo esta claridad de mediodía, todos los caminos conducen a tu recuerdo.

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Poema del árbol
Infinita clemencia de tu raíz que se hunde en la tierra, para que nunca desampares los caminos en anhelo de total ascensión. Nobleza suprema de tu copa, que vive en los cielos para ayudar a Dios. Protector: las aves te llaman padre, y el camino te dice hermano. Serenísimo: tu brazo tendido a la eternidad, se hizo copa de ofrenda al sentirse libre de toda sed. Árbol: fruto que maduró el cielo, para cosecha de la tierra. Si voy tan segura en la ignorancia de mi destino, es porque están arboladas las calles de mi alma. No temo al viento que hoy no puede sorprenderme en un desierto de arena. Ni temo al cansancio porque voy por un camino de árboles hasta la ternura de su recuerdo.

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La lágrima
Más misteriosa que la muerte y más absurda que la vida. La comprendiera, cayendo temblorosa de tristeza, o si el dolor la arrancara desventurada y ardiente, o desprendida en éxtasis de esperanza, o en fiebre de ansiedad. ¿Y si fuera la gema inefable del pensamiento, que vela un verso cautivo, en la mortaja de una quimera? ¿O el agua turbia, brotada del oscuro interior de la conciencia, en el socavón de la duda? ¿O más bien, la gota lenta y amarga de la desesperanza? Acaso…Pero, inquietante y pertinaz, hallaríase su arcano más que en la vida, en el silencio de la eternidad. Porque no es llanto que apacigua clemente, ni el sollozo que me conmueve efímero; el corazón la llamaría la congoja desolada del universo. La derramó el poeta en la impotencia trágica de su ensueño, la comprendió el rebelde en la exaltación de su tremenda inquietud, la sufrió el suicida enajenado de desventura, y el paria y el bohemio, y el prisionero y el huérfano, y todos los seres sensibles y débiles, al romperse el corazón contra la roca inconmovible de la vida.

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Poema de la primavera
Regocijo del sol que logró besar el corazón de la tierra. Fiesta de colores bajo la luz. Un desequilibrio de la naturaleza perturbó la tierra, multiplicada en el milagro de una infinita creación. Encantamiento de los caminos que se ensanchan de felicidad. Ya no hay recelos solitarios. Las voces, alegres como nidos, endulzan los labios y encienden las pupilas. Un sentimiento nuevo tiembla en cada cosa, que las manos sienten estremecidas cual si palparan un corazón. Abre sus pétalos de estrellas la flor de la noche, perfumando los orbes. El pensamiento arrulla como una canción de cuna. Diríase que la justicia y la verdad alejaron el mal de sobre la tierra. Y no es más que el tiempo que pasa, marcando la esperanza del mundo.

La lámpara y el sueño

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Poema de la Nochebuena
Por el blanco camino de una estrella va la esperanza de los hombres. Luz profetizada que conduce al amor. Locura eterna de los corazones que arriesgan a vientos de aventura sus flotas ilusorias. ¿Qué hazaña portentosa festejan las almas? Los pies andan sin cansancio mientras los labios musitan palabras extrañas. Dicen que vino al mundo quien arrasará el solar del rencor y secará el cauce de la codicia. Dicen que limpiará la tierra de las marañas enredadas de oscuras intenciones. Y romperá el límite del egoísmo, la llanura infinita del amor. Perturbación de los destinos que sufren el sortilegio de la palabra de abstracción eterna: fraternidad.

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Poema del Año Nuevo
Cerró la vida los sombríos arcones del tiempo, que guardan los días realizados. La gracia nueva del sol prodiga panoramas de esperanza en las mamparas del amanecer. Se despiertan los caminos intactos como ilusiones candorosas. La infancia del pensamiento inicia su primera experiencia. Limpieza de corazones recién nacidos a la emoción. Un don de felicidad tiembla en las manos que se tienden generosas.

La lámpara y el sueño

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Poema de la dicha
Canta la dicha sus razones a los vientos amigos. Porque el mundo tiene el color de su imagen y la emoción de su recuerdo. Porque la vida es una aurora alegre cada vez que digo su nombre. Y su lejanía es su realidad más cercana. Porque todas mis horas lo conocen como a la presencia de Dios. Y su corazón madura con la miel de mi alma. Porque un día, cuando yo llegue a mi muerte, hablará en su recuerdo tan dulcemente como un eco del cielo.

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ÍNDICE
Esperanza ............................................................. Amor ..................................................................... Estatua .................................................................. La cima ................................................................. Los poetas ............................................................ Fantasía lunar ...................................................... Renacer ................................................................ En silencio ............................................................ Soneto del corazón .............................................. Oyendo a Chopin ................................................. Elogio del algodón ............................................... El invierno ............................................................ Los caminos ......................................................... Pedrería ................................................................ Sembradores ........................................................ La muerte ............................................................. Calla la musa ........................................................ El destierro de la luna ......................................... El corazón ............................................................. El canto íntimo ..................................................... Así me haga tu mano ........................................... Amanecer ............................................................. La lámpara y el leño ............................................ Sabiduría .............................................................. Nochebuena ......................................................... Casa de auroras ....................................................

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Eloisa Zamudio Poemas en prosa Poema Poema Poema Poema Poema Poema Poema de amor .................................................... del árbol ................................................... de la lágrima ............................................ de la primavera ....................................... de la Nochebuena .................................... de Año Nuevo .......................................... de la dicha ................................................

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La lámpara y el sueño

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Se terminó de imprimir en los Talleres Gráficos de José Solsona Argensola 1942 - Tel/Fax (0351) 4723231 En el mes de enero de 2009 Córdoba - Argentina

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