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)ertrand Russell ,1I1 .:cié", 1e .:rt. 2, estos autores consideran a una clase como una simple suma de individuos. Por dicha razón, una relación viene a equivaler para ellos a una suma de pares de individuos. Se sigue de aquí que las propiedades fundamentales de las relaciones se expresarán mediante la enfadosa formulación de complejas adiciones, cuya sig- nüicación no se hace del todo patente a través de la no· tación empleada. Es, sin emhargo, de la lógica de las re· laciones de la que hemos de servirnos para fundamentar la matemática, ya que 10 que en el razonamiento sim· bólico se toma en consideración son siempre tipos de re· laciones. Esto es, lo que en aquél nos interese no será tal y tal r elación particular, salvo en el caso .de tratarse de relaciones fundamentales para la lógica (como E y:», sino más bien relaciones de un cierto tipo -por ejem· plo, relaciones transitivas y asimétricas, o relaciones de tino a uno. En el presente trabajo hago ver que es po- sible simplificar extraordinariamente la lÓgica de las re· laciones haciendo uso de la notación de Peano, cuyo co· nocimiento se presupone en el texto que sigue 3. Se echa gebra of logic" publicados en el American Journal of Mathematics, vols. llI, IV Y VII (1880·5)-se hallan todos recogidos en Collected Papers (vol. IIl, Exact Logic) , ed. C. Hartshorne y Paul Weiss, Cambridge, Mass., 1931-35. Sol?re la base de métod<;ls de Peirc'e, el cálculo de re· laclOnes fué estudIado por E. SchrOder en sus uber d1e Algebra der LogiTc (Exakte Logik) Le¡pzlg, 1890-1905 (vol. IlI, 1895). ' 2 El autor se refiere aqu[ a la confusión-sumamente extendida entre los cultivadores del álgebra de la lógica- de las r elaciones de "per tenencia de un mlemhro a una clase" e "inclusión entre clases". Peano distinguiría una de otra, r espectivamente. mediante los símbolos E y :> (:» . C<;lmC? s.e verá en la nota 3. el símbolo :> (:» es empleado en la lógica proposicional y la de clases, deSIgnando en este último caso la inclusión entre clases. I He aquí una r elación de los principales s[mbolos en la notación de Peano: 1) Las minúsculas (latinas y griegas) designan objetos cualesQl,liera (ind i viduos, proposieiones, clases, etc.; en ocasIOnes se emplean para ello vocales y conso- i.nidales del nombre latino o griego del ob- Jeto deSIgnadO) de los que son s[mbolos variables. 6 de ver, no obstante, que la lógica de Peano resulta de algún modo incompleta, a falta de una expliCita intr.,pduc- ción a las relaciones. Tómese, por ejemplo, de entre los conceptos básicos, la definición de función 4. Los signos xu. y UX, que aparecen a la derecha en dicha definición, Il) Como constantes se emplean los siguientes símbo· los, que acompañamos de su significado: Cls significa " clase" n entre variables proposicionales (ej. p n q) designa la aserción simu.ltánea de ambas proposiciones; entre variables de clase (ej. a n b) designa la intersección de ambas clases. u entre variables proposicionales (p u q) designa la aserción alternativa de las proposiciones: entre va· riables de clases (a u b) designa la suma de las clases. :> (:» designa la implicación entre proposiciones que sean condiciones respecto de la misma variable (p a. q); asimismo designa la inclusión de una clase en otra (a:) b). • E designa la pertenencia de un miembro a su clase (x E a, a E Cls). ,designa la conju.nci6n de miembros singulares de una clase (:r, y, Z, E IX es una abreviatura de : XECJ.. n . y E a. n. Z E a) o de cualesquiera objetos entre si. ::!I designa la e:ristcnC'i.a de algún individuo de una cla- se (::!I a significa: la clase a no es nula o vacía). _ Se emplea como signo de la negaci6n en general (ante una proposición expresa su contradictoria; ante cualquier símbolo constante, el opuesto; entre clases, la exclusión mutua de sus miembros. etc.). se emplea como signo de la igualdad lógiea (entre propOSiciones equivaldrá a su implicación mutua; entre clases, a su mutua inclusión). /1. es el signo de la clase vacía. 3 permite la transformaci ón de condiciones proposi- cionales (ej. p:>. q) en clases (ej. x 3 q.», esto es, los x tales que satisfacen las condiC'iones (p, q ). es el signo de la clase unitaria (aquélla q'ue ' posee un único m iembl'e): así. L.'l: indicará la clase que con- tenga a x como único miembro. 1 es el signo del miembro único de una clase unitaria: así, la indicará el individuo perleneciento a la cla- se a. Cls'Cls se leerá "clase de clases", designando la clase cuyos miembros son clases. III) Finalmente, se emplean paréntesis de diversos tipos, puntos, etc., para la acotación de las diversas fór- mulas. • El ejemplo de Russell se refiere a Form. de Mathé- matiques, III (1901), Parte l. § 10, Props. 1.0.01 (p. 33). , no se hallan explicados por si mismos a la luz del texto precedente, pues la yuxtaposición de dos letras no ha po. sc1do hasta ese momento otro significado que el de la multiplicación lógica, que para nada interviene en este caso. En rigor, la definición de función resultaria impo· sible sin tener conocimiento de una nueva idea primiti- va: la de relación. Reparemos, por ejemplO, en la siguien- te consecuencia. De la citada definición y de las pro- posiciones § 20 P 9.4, § 22 P 2.4, § 23 P 1.02, P 2.0, podria- mos derivar la conclusión a,b e No .0. a+b=ab=axb, 10 Que demuestra la necesidad de modificar la notación adoptada. Por lo que a mi respecta, presentaré una nota· ción más compli cada que no permita la obtención de con- clusiones equivalentes a ésta. Confío, además. en que la in· troducción de las r elaciones nos depare la oportunIdad de simplificar y generalizar numerosas teorías matemá- ticas, así como que ello nos facilite la formulación de defi- niciones nominales siempre que sea posible. En 10 que sigue, he adoptado algunos de los símbolos u h . de Schroder, por ejemplo R, O' , l' s. No e conseguldo aco- modarme a su procedimiento de formulación -coloca· ción de todos los símbolos alineados uno tras otro- y, por lo que se refi ere a las r elaciones, he tenido que dis· tinguir entre RP y RnP. Por otra parte, he adoptado la totalidad de los signos empleados en la lógica de Peano, así como, al mismo tiempo, el símbolo Elm 6 sugerido por Padoa [Rivista di Matematica, vol. VI, pp. 117]; sin em- bargo, he distinguido pu, donde u es una clase contenida en el campo de una relación R, de pnu. Por esta razón, el producto lógico de una clase u y la clase represen- tada por una letra griega se indi cará siempre por me- dio de pnU, o 1tnU, etc., y no de pu o up. [Véase § J, Prop. 1. 33 . 34 . 35 . 36]. 5 Converso de R, diversidad e identidad. 6 El simbolo Elm de Padoa (abreviatura de "elemento") sirve para designar a la clase Que no contiene más que un miembro. En lo sucesi va llamaremos indistintamente a dicba clase clase unitaTia o elemento. 8 \ , , 1 § 1. TEORIA GENERAL DE LAS RELACIONES * 1. O Idea primitiva: Rel=Relación . 1 RE Rel .0: xRy. = . x guarda la relación R con 'Y. '2 1 Re Rel e= X313Y3(xRy)l '22 Re Rel .0. e X3)::rY3(yRx)l Df Di Si R es una relación, puede llamar.se a p el dominio de la relación R, es decir, la clase de los términos que guaro dan dicha relación con uno o varios términos. Me sir- vo siempre (salvo cuando se trate de relaciones que se hallen ya expresadas en el Formulario) de letras ma· yúsculas para designar relaciones y de las minúsculas griegas correspondientes para designar el dominio de éstas. En las definiciones . 21 . 22 la letra R se toma como variable, es decir, CL será el dominio de una rela· ción A, el de una relación B, cte. Considero a 3 7 como una idea primitiva, de suerte que me sea permitido colo. car este signo ante proposiciones irreductibles sin su ayu· da a la forma XEa •• '31 Re rel . xee ex = y3(xRy) Dí '32 xe'i .0. f!x = y3(yRx) Df '33 Re rel. ue Cls. UJe .0. elt = y:1 l:Ju" X3(xRYll De 'H l/e = .Ox. xRYI Df '35 UOe .0. (}U = y3)3W'X3(yRxll Df '36 U(l = Y3lxett .'J;c. yRxI DI' Re rel .0. 3[> .=. 31! ·5 3R .=. 3[> Df '6 R,R' e l'cl .0.'. RoR' .=: x Ry .ox,y. x R!y De '61 R=R' .=: RoR' . R'oR Df 7 Véase la nota 3. Para seguir con el ejemplo alH pro- puesto, la reducción facilitada por 3 sería: [x 3 (P., q.)] E Cls, de donde tendría¡nos .7: E (x 3 (P. q.)]. 9 '7 Re rel arel '" R'3 (xR'y .=. yRx) Pp ' 7t Re .. rel ,.. R'3(xR'y.=. yRx) e Elm ( R"R, E re! ,.. R·3(.l:R·y .=. yRx) !J.'. :rR,y .=. yRz : :rRs!! ,=. yRol:.' :l: :rRI!l .=. xR,y : :l. RI ::n, 1 '-71 Re reI ,o, R = 1 rel 1\ R'3(xR'y '='. Dt '8 a rel l\R3(e = tx, e = tv) Pp Esta Pp8 es de gran importancia, particu]al'mente en aritmética. Afirma que entre dos individuos cualesquiera se establece una relación que no rige para ningún otro par de indiv"iduos. No se necesita en este caso de ninguna hipótesis restrictiva, ya que :r; e y no están sujetos a li- mitación alguna_ No ohstante, pOdda limitarse dicha re- lación al caso en que a: e y sean diferentes, ya que aquél en que x e y fuesen idénticos se derivaría del anterior pOI' medio de un producto relativo. '9 Re rel R = R [ :eay .=. yi&: .=. orRy ) '9i RoStrel. R=S .n. i=o -e.=o R=8.=,&=S '93 R" R,e rel .0:. x(R,,,R,ly .= xR,V .\1. xR21j Df KeCIs'rel .0. ,,'K = R31xRy .=. :lK,.. R'3(x R'y)j OC '91; ,,'K e rel Pp '96 R"R,erel .;>:. x(R,"RJy .=: xR,y. De '97 Ke Cls'Rel .:J. " 'K = R3lxRv .=: R'sK .OR·. xR/YI DC '98 "'Kerel Pp * 2'\ Ru R,e rel .:>: m R,R, ; .=. :1 V3(xR.y . yR,a-1 DI ·ti R,R, e rel Pp Es necesario distinguir RJnR2' cuyo significado es el producto lógico 9, de RIRz. que significa el producto r ela- tivo. Tendremos así RlnRI =RI' pero no. por lo general, R¡R¡=R¡; de igual modo tendremos R.nRz = RznR" pero no, por lo general, R¡R2=R2RI' Por ejemplo. abuelo es el 8 Pp es abreviatura de "proposición primitiva". 'O producto absoluto de relaciones, como se le suele llamar para distinguirlo del producto r elativo. 10 I I producto relativo de padre y padre, o de mad're y padre, pero no el de padre y madre. '12 Re rel R" = RR Dt '13 R,Ss 1'01 .0>. (RS) = SR [ :c(M)y .=. yRSx .=. :pe (yRz . zS:c) .=. (:eSz z1iy) .:. J .2 Relari6n transitiva =tr= relnR3 (R 2 oR) Siempre, pues, que se tenga R 2 oR. se tendrá xRy.yRz. o.xRz "3 Re rel ,a:. R' = R ,=: a;Rz .=. :!ly3{xRy . yR,,) ... Si R es una r elación que engendra una serie (para lo que se requiere que R sea transiti\'a y aliorrelati\'u 10), R2=R nos facilit.ará la condición para que dicha serie sea compacta (überall dicht), es decir, para que contenga un término entre cualesquiera dos de sus términos. (Véa- se § 5 más adelante.) Re rel .0: x-Ry .= . • (xRy) 's . R e.rel '6 (. R) = -(R) Df Pp La adición relativa de Peirce y Schl'tider no me ha pa- recido necesaria. He aquí su definic;iÓn. Sean R y S rela- ciones: su suma relativa será una r elaeión P tal que r:Py .=-. x-Rz .';)" . zSy: z-Sy .';)" :eR,. :cPy .=. -::I(-ex", -ay) .=. - I:c(-R-S)yl Df 10 Nos servimos de este término, debido a C. S. Peirce y e.mplcado con frecuencia por el propio Russell, para deSignar aquella relación que implica la diversidad de sl;ls términos (is contailled in diversity). Tal relación. nmguno de cuyos términos se halla en dicha relación consigo mismo, conócese de ordinario con el nombre de "irreflexiva". * 3.1 e E rel Pp Esta Pp establece que E es una relación. Me he visto obligado en este caso a abandonar el precepto de emplear mayús<.:ulas para designar r elaciones. .! e = x3IaY3(xtlJ)! Df [e = individuo] '3 e = x.J!aY3(yexll Df [ () = 015-1/\ I [ viO .'J. 1/(Ola .'J. litO 1 '4 eoe '1) xee,J .=. aZ3(xs,: , yez) ·!St Xe€1J .=. a:r3(zw: ZelJ) .=. x,yeCls . axy '6 yE CIs'Cls .0. \Jly = X3(xi'y} '7 Re rel : xee .0",. '!P(xRy) = x :0. R = i [ XII! .'Jr : :rRy .=. yu' . :l . '. R = -;: 1 's U,VE Cls-t /\ .0. a rel"" R3(xRy .=. xeu , YEV) [ Prop 1'8 .'J. :;¡:rel " P3{/U = ;r • I V = ";) Pl rel • ti' =:r . IV = ;-.'J:: x w . yw :r:(tPl)Y .' . x-tU .v. y-w .:::z,y. -:x(EPr)1I1 Pr0l' 1 Esta proposición demuestra que si u y v son dos cla· ses no nulas habrá una relación tal que se dé entre todos los términos de u y todos los términos de v, pero no en· tre ningún otro par de términos. '81 ut Cls - t ¡\ :I rel " R3(q = u : xtu ,-,,' xRu} ( Prop 1'8 .1). 3: relN'l(J! = tU. ;; = tu) ::>.' . :rlU .'Jr. :r:(tP)u : :C-lU .'J" • -:r:(ep)u .'J. '. 'Prop ) '82 tle CIS-L /\ .::>. tu = 1 rel ,.., R3((>=u : XtU .- z' xRu) De La r elación Eu es la relación E respecto de la clase u exclusi vamente. Se construye por medio del producto re· lalivo de E y de la relación Que se da únicamente entre u y u. * 4 . 1 Idea primitiva: l ' =identidad Este sl1nbolo se halla expresado en la notación de Scll- rOdero No me sirvo del súnbolo = para indicar la identidad 12 entre individuos, ya Que se usa asimismo para indicar la equivalencia de clases, proposiciones y relaciones. ' '! l' t Rel '3 O' = . 1' Pp Df O' designará la diversidad. En virtud de la Prop 2 . 5 se trata de una relación. 'S! a; l' {)) ..I ·3! 1';)1' '33 RE rel , xRy . y l' Z .:>. xRz '3.. 1 i. él \ ' [ Prop 4'33 .'J. Prop 1 l' = l' Pp Pp Pp r :::1'.'1 .= . .'11':1: 111 {11 . Prop'3i! .:l . xl 'y 12\ 21.'J. l' :1 1' 13! ·¿t 1'2 = l' [ xl 'y . 111 '.'1 xl"y :l. l' 'J 1" ;11. Prop'34 .'J. Pro/, 1 ·U 0'=0' [ Prop' 3'4 .::J. Prop 1 .:; R,Pe rel .:>: RP o O' ,=. RP ° O' I ní' 'J O' ::::: :rIt.'! . yPr. .'Jz.y .•. : =. -3 (x ,y)1(xRy . yrx) =. -3 (x ,y)¡(yHx . xPy) . ¡a} . Prop' 3i! .'J. Prop 1 =: yih . xPz :=. RP 'J O' ] * 1')'1 ... yl'Z'1 .) I l -+Nc= ltl' lnRJIYRx . s Rx .0 ... yL'zl Re Nc-+ l .=. Re l -+Nc 1-1' ) = (Nc+l)n( l -+Nc) (lJ Dí Di Df Nc-+l es la clase de relaciones de muchos a uno. El sfmbolo Nc-+l indica Que, si tenemos xRy, tan sólo ha- brá, cuando x esté dado, un y posible, pero que habrá, cuando esté dado y , un cierto número cardinal de xs que satisfagan la condición xRy. De modo semejante, 1-+Nc 13 será la clase de los conversos de las relaciones de muchos a uno, y 1--+1 la clase de las relaciones de uno a uno. '3t Nc-+1 .... QxeElm) '32 1-f-Ne = Rel" Re(xee f!X e Elm) -4 l'e 1-+1 [ Prop 4' 34-4 .:1. Prop 1 ':1 Re 1-+1 :J. Re 1-+1 '6 Re 1-+Ne l' u u No tendremos RH.=I', ya que el dominio de RR será idéntico al de R, que, por lo general, tan sólo constituye una parte del dominio de 1'. ! xli'ií y .:1. :;{z3(x,ye e z) : l-+Nc .:1. f!Z E Elm .' .:1. Prop 1 '7 R,Sel -+l .0, RS e 1-1·1 '8 R,Se Nr-+l . lte Cls . uoe oo. RS = P.o. ;;(¡u) =;;u ¡ XE'u • .'J l' IXQ .:1. yóa .01: d' Iji; .0. :;cRS!: \l-;;U :rw . :rRSo: .0. 3: (11"1 yi (xHJf ' ySz) .\l. yeeu , ZE ;c¡u) : \11 . l2} .':l. Prop ] o. ;¡, o "D(iu) * 6'J Se Nc-I-l, R=SS R'oR, R= R [ :;c1Lr .=. 3: yl(XS!1 . ;:Sy) .:Rw .=. :-r l'l(ZSU .1USV) Ss Nc-+l . z,<;y. zSu .0. 1/1'1} 1 i!.j2j·13j .Ol: :;cR •. zRw .Ol. ::I Yl(Xf'.y . ¡t·Su) .\l. xUw :':l. R' Ol R a:"R: .=. 3: y1{xSy . zSy) .=. 3.y1{.Sy . :xSy) .=. zRx :01. iT=R 141.151 .:J. PI'Op 1 '2 Re rel. RtoR , R = R .. aR .0. 3: NC-f·1" S3(R = SS) [ xSlI .=. xee ' tl= ex ::>: :1::SII • ?/Sr¡ .=. X,ye!! . 7¿ =;x = I!Y .:l. xHy :\l. 88":lR R':>'R. It=iL:;¡R .:>: .:>.. . xe ¡(l) 121 .1Ip:l l.:I: :;cRy .:l. x,yeex .:1. yS,ºx .:1. xSSy ::>.lWSS 111· 13! .Ol. Prop J 14 ¡1! \21 /1\ i21 la} {41 15} {1} j2J f3) La PG . 2 es la proposición con versa de PG _ l. Afirma que todas las relaciones que son trallsitl vas, simétricas y no nulas pueden ser analizadas en forma de producto de una relación de muchos a uno y de su conver¡;a, en tanto que su demostración nos ofrece un medio de conseguirlo (sin que ello excluya que haya otros a dicho efecto). La PG.2 se halla prcsupuesta en las definiciones por abstrae· ción 11 y muestra que mediantc dichas definiciones no se obtiene por regla general un único individuo sino una clase, ya que, por lo común. la clase de las relaciones S no es un elemento. Para cada relación S de dicha clase, y para todos los términos x de R, habrá un individuo desig- nado por la definición por abstracción ; mas las r estan- tes relaciones S de dicha clase no arrojarán, por regla ge· neral, el mismo individuo. Ello podrá apreciarse mejor al ll egar a sus aplicaciones; por ejemplo, en la sección si- guiente. Entretanto, siempre podremos tomar a la clase que aparece en la demostración de la Prop 6. 2, como el JI En efecto. las condiciones R E re!. R2:>R. R = R _ QIR (que la relación en cuestión sea transitiva, simétrica y exista, por lo menos, un caso de la misma), a las que se podria añadir el requisito de la r eflexividad, se hallan a la base del llamado por Russell "principio de abstrac- ción". En lineas generales, el principio establece que las relaciones de aq uella suerte se corresponden con supues- tas propiedades comunes a sus términos, las cuales queda- rian "definidas por abstracción" por referencia a dic'has relaciones. Adelantando un ejemplo del texto, tendriamos que si u, v, w son clases y hay una r elación que, como la de coordinabilidad, satisfaga aquellas condiciones-es- to es, tal que u sea coordinable consigo misma; que si u es coordinable con v, entonces v lo sea con u; y que, por último, si u es coordlnable con v, y v lo es con w, entonces u sea coordinable con W-, bastará ahora que se dé tal relación entre dos de esas clases para expresar cuanto expresamos al decir que dichas clases poseen una propiedad común: su número cardinal, que quedará asi definido PO?' abstmcrión. Como a continuación se indiea. sin embargo. las definiciones por abstracción adolecen de ciertos defectos técnicos. para evitar los cuales propon- 1'I1'la Tlusscll su célebre definición del número ca rdinal de una rlase como la clase de todas las clases coordina bIes ('on la primera, que se expone en el próximo apartado. (]'ara la ulterior f'volución del "principio de abstracción", véase el articulo AtomIsmo lógi co, pp. 451 y ss.) 15 individuo designado por la definición; así, por ejemplo, el número cardinal de una clase u será la clase de las cla· ses coordinables (similar) 12 con u. § 2. NUMEROS CARDINALES • '1 II,V8 Cl!! u sim v .=. :i l-¡.l"'R3(uoe • e lI=r) Di' Para la definición de véase 1 Prop. 1: 33. 'H 11m B rel Pp Para afirmar que un término de valor constante, como "sim" u , pertenece a esta o aquella clase, necesitaremos siempre de alguna pp. 12 Como se verá en los apartados IX y X (Números cardinales y ordinales, respectivamente) del artículo La lógica matemática 11 su fundamentación en la teoría de los tipos de este volumen, pp. 75 Y ss., Russell habla tanto de "cardinal similarit1l" (sim) cuanto de "ord'inal sirnilarity" (smor) .. La referencia a la "similarit1l" en ambos casos (semeJanza de y relaciones, respecti· vamente) se acomoda al propósIto de RusseU de hacer de la relación de semejanza y de la noción de clase los pllares de su definición del concepto de número: nú' meros cardinales como .tclases de clases cardinalmente semejantes", números ordinales como "clases de series (1. e. relaciones) ordinalmente semejantes". Pero la ex· "semejanza cardinal" es de uso infrecuente y su nocIón resulta menos clara que la idea de "coordinabi· lidad", término del que aquí nos valemos ateniéndonos a la práctica establecida. Para la "ordinal similarity" (o sil!lplemen,te "likeness"), véase más adelante § 3 de este nw;mo articulo, as! como la página 140 del artículo citado más arriba. 11 Abreviatura de "similar". Véase nota anterior. 16 '1 I ; ,. I I , l "1 tleCls.o.tleimu [ l' .1-+1 :R=I' . ., . q.'íu=":o. Prop ) ·tl u) V e Cls.:>: u alm".=. " aim u r § 1 Prop IH, . .,. Prop ) 'u ti, tD e Cls .0: ti sim " • v sim tD ,o, ti eim tO [ § 1 Prop &' 7 . .,. Prop. ] _ '3 X Nc -¡. 1 '" S3(sim = SS) [ 1.11'2'21'22. § 1 Prop 6'2 • ." Prop) ., S=Nc + 1 ,..S3(sim =88) DC Véase la observación final del § 1. Si deseáramos obtener una definición por abstracción del número cardi· nal sólo podríamos definirlo como una clase de clases cada una de las cuales se correspondiese biunívocamente con la clase "número cardinal", y tal que a ella perteneciese toda clase que posea dicha correspondencia. As[ se desprende más abajo de las proposiciones .52 Y .54. 11 's 'iSS .0, 0= Cls [sim = sS : tUl Cls ,:>u • u siro ti :0. 1.'6 Cle .011. a X3(uSx)] ':Ii S,S' es ,o. SS' e 1-1-1 [ . XSs'y' .::::':i Cls .... uf(uS:!: , uS Y) . :i Cls "'u'f(u'Sx, u'S'y') 111 uS:I:. u' S:!: . <). u sim u' .:1. u S'8' u' ,Q. :i y'l(US' y' , u'S'y") 121 111 . 121 . S,S' f ,<) .:yl'y· . y' l'y' .:1. yl'y' . <), 1 Ne 181 13t S'S E .:1. s· r 141 la:.141 . .,. Prop J '!S! S,S' es ,0,"0 siID d 1 :cEo .0. a Cls " U3 (U&t, \11 Prop 1"f; . 'i.Cls .<). 3 o "Yl(US'y) 121 111 ' 121 .'J: :1:;; a;' '" Yl(XSS'y) lal IBI .'J: ye";' .:ly. ao" :rJ(:rSS'y) 141 131 . 141 . Prop .:1. Prop 1 ' !S3 Se rel, Re l+Nc , -;0 (l,O, SRRS = ss (-; o I! .:>: a:Sy ,:>•• 311(ylU) Rl¡l .... Nc .:>: yR, . :RV .\), y1'y' 111. 12: sn"lt=Sl' . !i I ProJlol'33 .0. SRR = S . .,. PtOP 1 17 111 )111 18\ I '1). .11 sim;; .n. I /';'ill1 o.::. :'1 1+1 11" ='7. ) 1 . rrofl I';¡ Cls .:lu • J: :Jt r.c ....·l . .:>: SR, Nc ..... l l'r"p ':,6.:1. SR = SS = shn . ¡3! . ;41 . ., . Pr0l' I 11/ 121 Las proposiciones . 52 Y .54 prueban que todas las cla- ses que constituyen los dominios de las diferentes rela· ciones de la clase S son coordinables (sim) entre sí, nsi como que todas las clases coordinables con una de ellas pertenecen a esa clase de clases. La aritmética de los números cardinales se aplica en su integridad a cada una de dichas clases; pero para desarrollar por entero la teo- ría de los números finitos Se necesita de la inducción ma· temática. (Véase § 4.) * 2. SeS .0:: . t u,ve .;J: ?tiu > '''-1' .=. -(I/siml') . a()lslc3 n (t9sIm" tCJU) Df . ! ,;-" <,;v .=. i;;v> ' ;11 '3 u=/\ . =/\ .:l. tlsimv ( & 1 .... 1 .11=/\ \la = /\ 11 1 . ,.=/\ . PrClp l ' ! .:1. PrOfl ) '4 Oa=7;/\ ':1 lJJ sim Iy ( §l Prol' l 'S .:1. Profl ) ' 6 u sim IX .:l: l/e F.lm ¡u siro IX .=. :;¡ 1-+1 . ; .. = IX) IUl-+l . u:le. p" = IX . :1: y,:EI' .:1 • .'IRa:. zRx .:l. yl'z .:1. Elm ' 61 u,v e Elm .;J. tt sim f) Df 111 ])f I u, Ehn . :l.·!U .:1 . tl sim I X 111 tU Elm . yw .0. v slm 'Y I':!I /11 • 121 . Pro l' 2'0 .;J. Pro!, I '7 la = 1;" Elm .;J ... IISX) Df * 3'1 Re rel . UOa . :¡W .:> :;¡ re'! " n'g!g'=¡¡ : xR'V .=x,y. XCII. xRyl lrp. 51 Prop 33 .:1. :;¡ rul .... Wi ¡ 1.'" = u . ii" = ¡¡u : :rE(¿ • yeeu .= •. y . xR"YI t;' : .rR"y '=Y." :r.: u . y,-¡tl : = R' :-;¡: xr::y .=. ".tu . QII . xHy .=. :rw . :rRy Prop I ·t I Re . ¡t:>/? .(). rel" R'3IxR"y .=. XClt. a:Ryl 3E1m (R"n,H6Ir.!!'*' R·y.= . .:.· •.• . :rH,y.=.Ttu. Prop) 18 I l' , \ ! 1I : I \ '1 l .:.' l' l. 11 eXllresnn que es siempre posible hallar IIlla n .llldlln cuyo dominio constituya una sección deter· 1I 1111:11\ n de 1 de una r ladón dada y que equivalga a esta 11111111;\ por lo que se refiere a esa sección. ' 1 t R€ rel , ti:>/? .0. RII = 1 Rel "R'3!xR'y .=' XEt' . xRyl ·s It ,le Clg . u sim Il .n.:¡¡ 1-+ 1 .... R3(Ic==9 . H':::!/?1 , 1" . Im u' . :l. 3. 1-+1 " .I?" = tI ) : \: . Profl:l' l .:l . Prop 1 De lI,l\ll,,'eCls . !r1)=/\ .1"1)' =/\. 1,sim d. v airo ,,' ,o. . ., IIv') !11m l' ,,!i 1 .. ""11 . I'rop'2 .:l. :;¡ 1-+1" n •. ,,=; . ': =! t IHI '·. P Ul}).,. J :{ 1-+- 1 "Ri,tJ::!.> . \1=g) ",,=/\. ,, ' , '=/\ 1'= ltvR' ,,= ""l' .'";;== ,"vv' . r, 1 .... 1.';). Prop 1 '4 len el j' 1 1 : R"U,ek . R, O' n. .:) . (!lV!, = /\ . RlI R • :'J •• /ke 1-+1 I :r v' kly =. :;¡ k,n.(:cRy) . :l . :'. Próp] Esta proposición prueba que, cualquiera que sea la re· ladón !le la clase S de que se trate en cada caso, 10' di· ferirá de 00'. ." ,o. x+10= i;,., 1J3luSx . z-w .ou,:, tMZ Syl XSO'""OI1 ,o,x-10 = 1;;'" y3l ttSx , zeu u..¡,zSy! Esta definición se apoya en la Prop. 3.51. 20 DI Df 4'5 xc ;""0" . o: x-l" 1'x ,=. rol'x+la r '1:-10 1''1:. uS x-lo. vS:c .:l. u sim ti 111 111 . Prop 3'62 .:l.'. ;!-llt • IU-EU ':::>: l' sim v .=. w lssi m Mili,' . :>: x-la l ' :c .=. x l' x+1a 1 ' O ;""00,0: x-la O' ro .=. x O' x+la ( '6. Transp .:l. Prop] Las proposiciones .5 Y .6 prueban que si el número de una clase es idéntico al número de la clase obtenida mediante la sustracción de un término de la dase dada, en ese caso dicho número será también idéntico al de la cIase obtenida mediante la adición de un término a la clase dada, y viceversa. Ya que se ha probado (4.3) que 10' es diferente de 00', tendremos abora UD medio de probar que en la clase de los números que, a partir de 00', obedezcan al principio de inducción matemática, dos números sucesl vos nunca serán iguales. Para desarrollar es te punto es necesario que procedamos al examen de la teoría de las progresiones, esto es, de las series cuyo número ordinal sea w. § 3. P RO G R E S ION E S * 1. 1 w = Cls'" u3!al-¡.1" R3(uoe . OU • :¡ u ... ¡u : se Cls . 3: su-e"Ú. e(St'}os .Os, -uosl Df Tenemos aquí una definición del número ordinal w o, no!' mejor decir, una defini ción, si se prefiere, de la clase de las clases numerahl es 14. Los números ordinales son, en efecto, clases de series. La clase w es la más eimple de las clases de series infinitas. Ya que en su definición no se hallan presupuestos los números, ('onvendría otorgar 11 Dícese numemble aquella clase cuyoS términos son susceptibles de enumeración, esto es. pueden ser orde- nados en una sucesión análoga a la de los números na- turales, con cuyo conjunto se corresponderán biunívoca- mente. El número ordinal de la clase de todas esas clases es w, nomhre dado por Cant or al más pe· c¡ueno dé los tipos ordinales infinitos, representado pOI' la sed e 1, 2, 3, ... , n, 21 a dicho tipo de series una denominación en la que para nada se aluda a aquéllos. Llamaré, pues, a ésta la clase de las progresiones. He aqu1 la expresión de su defini· ción: w es la clase de las clases u tales que haya una re· lación R de uno a uno, de tal género que u se halle con· tenida en el dominio de R; que la clase de los términos con que los düerentes ues guardan la relación R se halle asimismo contenida en u, sin identificarse con u; y que, por último, si s es cualquier clase a la que pertenezca al menos uno de los términos de u, con el que ningún 'U mano tenga la relación R, asf como todos los términos de t¿ con los que un término de la intersección de u y s mantenga dicha relación, la clase u se halle contenida en la clase s. 'HRel -+1. e o e. , a e-e. . W2 = 1t3luo(l , el' Ole • a tv-eU : seCIs , a Stt-(ite : a(SIt) os ,Os . uosl Dí wp es la clase de las progresiones engendradas por la relación TI. 'i2 o . Ud» = l-foÍ" B3(ue wt.» Df '13 Induct.=:. uew , Ré .Rcl". o ; se ls. a Su.eu , e (su) ,os. ttOS Df ' 2 Itew , Re Rclu . o . e Elm [ xr u-eu . IX v ru .0. C<'u) 'J8 . asu-eu :11 . Induct .'J. /las .0. l/a 1:C.,C'¡¡ u-;Ü 'JIX .:l. Prop J Rel-+ 1 . !i O e ' :o . tlewe . O o' '3 01, = 1(U"I?Ú) - '31 :¡:Slt , o , scqx =IQX '4 's Pe Rel , lIeu , o , pseqll = pu P 111 Df Df Df Las Pl . 4 . 5 definen por inducción las potcnr:ias finitaR de las relaciones. Se efectúa dicha definición por medio de los términos de I¿. En la teoría de las progresiones re· sulta imposiule prescindir de ]:¡s potencias de las rela· ciones; si se pretende, por lo tanto, independizar de los 22 números a la te orla , será preciso definir a las potencias de modo que los números no intervengan para nada en la definición. El símbolo 1';. significa, pa1'a la clase 7t, la identidad; y, en los demás casos, la r elación nula. Véase § 2 Prop. 3. 12. ' 6 lu =, a (Ou) '7 Pe 1+1 ,o. Pi" = P [Plu=l':tP=P 1 1' 8 ... l rP. a 1-¡-1 " PsI/!= , -;; xJys lt , xRy .::> x,y. 1 ;; x R' ,;y! Esta proposü:i6n establece que dos progresiones con so titu)l'en siempre dos series semejantes (similaT), es de· /"11', que es posible hallar una relación de uno a tino cuyo dominio sea una de ambas progresiones, cuyo converso tenga por dominio a la olI'O progresión y, por último, lal que los t.érminos que actúen como predecesores en una de las series se correspondan con los términos que 10 ha- gan en la otra y viceversa. ( § 1 Prop 1·8 .:l.:.;¡ rel l'\ p.3{JI'C) = lO, . ;; = fOv) Prop 81 .'J: :r'fU • O" R.., :: .'J. zm Prop Sí! .:l: ;U¡¿ • O. R'" Z' .J. z'w 11[ 121 18[ 111 . 121 . 131 .:l: XEU .;a .. PC)R'z Z' .:l . Ztll • z'eu. d ';r 141 sI Pr"" j 'j • §:\ Prol' III Ro PoR'" t 1-+1 161 14:.:51 . . == re!" ¡" 1' 3:11 1'\ x1{F Po . P= ",' Q .:l, ', P. 1-1-! . 11:." . 1.0=":;: x,yEl! . :cRy.:lx,l/' mxR:¡;y . ' .:l. P rop J 1'91 :t' sim U • ::>, U/Ero o 23 En esta proposición probamos que toda clase coordina, bl e con una progresión constit uye, a su vez, una pro- gresión, Si P es la relación de uno a uno entre u y u', Y R la r elación que engendra u, PRP será la r elación que engendre u', [ u'81mll , :1 , :¡ 1-+1" , ;':U ::ti') 111 p, 1-+1 , , ,ñ, :U' : lUU ,:I%. :t': iá, seq:c' = ::1, , xR scqx , scqx P seq;¡;' ,:I,:c' PRP eeq td 121 Hp 121, PRP =R' ,:1, R', 1-+1 , iu ou' :8: Hp ::JI ' :to'= ,;;-' 0.. ,o, :to': ,u-r:.l!'u: Hp 191 ' Re Cls , lU'-I?'" l.' , ()8 ,:1,', O .. (PE)s : x(1'E)/' " ,o", ' ,;eq:c (PE) u', 151 ' Induct ,o: a;lU ,oz. :cíPE)U'.s Hp 151 • 161 ' Pe 1-+1 ,o: X'EU' ,o:c', :c'" 181 ' 141 ' 171 ,o, Prop 1 * 2. R31+1,e:>e,3I?'"e, uerol!.o.:t ' 1 eu e rol! [Propl'91 , R' = RRR ,o. eu t roll' 111 ' R';ffi ,:l. Prop 1 'H xeu .'J, exu e roe ( u= I!0" ti • Prop 2'1 , Induct .0 . Prop 1 Note, y3¡ (zR:o y)l . 'U xeu. o, xQ' seq X [ aUo-eu . ts -eu e Elm .:1. Ow 0' 1 .. Propll , :l:.!u .0 , e '-'UEWI! . xl 'O-q" u 111 ' 121 .0: Xo!u .O:o, :1;0' seq:t] \11 111 lil (41 La P2 . 11 demuestra que es posible suprimi r cuantos términos de5eemos al comienzo de una progresión si n que por ello deje csta última de constituir una progresión, La P2. 12 prueba que todo término de una progresión di ficr e de su sucesor . 24 ' t 3 " o u • av • :> • a t>-e v [ 11:) eu , :1,' , - lV : XE u-v .. 11 111 ' Induct ,o, -al/M ,o, v=/\ 121 ,o: 11:)11 , av ,o' av-e.v Prop] 2' t' 11:> U • 3:V. eVOV .0. ve OJg. [ Prop 2'13 ,o, :¡v-ev Hp eV:lv 1I:)U , U:l1! ,o, V;)q \1\ It\ a:tv , evo ti . :1. seq x tu :0: :tlV ¡a:u ov ;0: a:E v-"iv ,o, v=¡" 11 141 ¡., ' l'roll 2'11 ,:1, Prop J [ xi';'tt ,O" -, eu ,:l. Prop 1 'J G x,::eu. yeeu • , :) ,xO'z [ u' =¡¡; u ,o, u,teW , =0" , elu' (1) 111" Prop !H{) ,o, Prop] Esta proposición demuestra que un mismo término no puede nunca r epetirse en una progresión; cada término di fiere de todos los precedentes. •• a,beu • ;) , :m" c3(aRb e) [bl'Ow ,:1, aR b a aR b e , ClU ,o, • lIeqe IU ti) • '¡2} • Induct ',:1, Prop ) 'It. a,beu . ;) • U " C3(aRb e) e E1m ( Prop l'S ,Q, Prop 1 '3 a,be!" o ¡ a+b = 1U" C3(aRbc) ." .:> , 3U " 1J3lx(Ra)b y. [bl'O" . o, )b:.c )1> y , z) ,o, av f\ ulx(RII )b RII_I o, :!" " u l:¡:(RB )soqbzl 111, 121 ' Indu,t ,o, Prop 1 25 111 III 111 .tl DI •• J a,be¡,. . (R(I)b e1+1 [ (R' 0= E 1'+1 111 (Ro )bE 1+1 • §t:r1'op 5'1 (R4 )seqb 81-t-1 1I1 111 . 121 . Induct Pro» 1 ·.a u'" Y3lx(Ra)bYI g'Elm [ Prop 2'4.1 Prop J '43 a,b,xeu , o . x+ab =? lt '" Y3Ix(Ra)bYI ru '.. ab = O,,+ab Df ab 1'e, o, x+ab l' x+e (Induot] '.6 abO'e.o . x+abO' x+e [luduct] 'H ab 1'e ,?, X+ab l' x+e [ Prop 2-4H6 .;J. Prop) '48 aeu.o, a+O .. =a '40 nell , o, 0ll+a =a r a+Ou = 111 " xl(aRO"x)=n ) l' rop 1'!11 .a. Prop 1 2':$ a,beu .0. RIJR') = Ro. [ RIo ROl. = R. = n· +o.. :11 JltlR=Rooc¡(o.¡.6) )21 a + seqb= fU" x.(antco¡b:!:) = IU"'V;:;r y.(aR. y. yR:l:)1 = IU"' Q:l;:'¡" '" (a.l/)'(o.. Jl(xn o ..¡.6.) = 31+(a !-b) ) ' :I!! a..l¡,XEt l x+a+b = (x+a)+b Df ':13 a,bell .:l. a+b = b+a [ 0 .. +0 .. =0,, +0.11: Ou+1 .. =1.=lM+O. 121 IJ+1 ,,=1 .+a . seqa+1u =(a /-lv)+1 .. = (1. + IJ)+J. )3: Hp IS: . 13/. Prop seqa+lu=1. +(a+ 1M) -1-1. =1. +seq'a :4: )21 . ¡41.1nduct .0. a+lu=l. +IJ Ibl ¡8: . a+b=b+a .:l. a+scqb= a+b+lM =a+l. +b=1 +a+b=l .. -f-b+a = b+l . +a=seqb+a 161 ;11 . 161 . Induct .:1. PlOp 1 'h /le n .:1. alu = a ( al. = 1 O. {RG j:u.r.1 = IUM:I 10" n°:l:i = o. +IJ == 11 1 '60 aO,,=Oua=a ' 0 ¡ a,beu .0. c(b+l¡¡}= ab+a [ .•. ;)" ,1-;, ) =,,1:. =11="O.-t a utb"¡ 1" )=ab+a tI!·' )."'llr+1U...r: =",,,x1Iaunyl(0,, Ro:. ¡''-y .yR4 xli = "' ....1 = '''''J:.!. o" n ... =aseqb+a 111. )21.lnducl .'J. Pro!, 1 26 :1 ! 'eti a,beu ,1>, (b+1u}a :=lxl+1l (b+l,. 10,. =0,. = bOu +0. 111 (1I+1.)a = btJ+IJ .0 . (b+l. )(a+l.I=Junvlo.. R(6tl.)(a+I.k1l1 = !u"':l:JI:¡Y>(O. =Jl4"'VI:¡yI(0. RI<>+oy. =btJ+a+b+l. =btJ+b+a+1. Prop . 'J . ba+b+a+h=b(a+!. )+a+1. 1 5 1 Ult. :81 .'J: (b+l. )a = ba+a .'J. (b+l u Xa+l . )=b(a+l.) +0+1. 14/ P I . ;41. Induct .... Prop] 2' 6! a,b,cen .0. a(b+c) = ab+ac a(I>+O. )=ab= ab+aOu 111 a(b+c¡=ab+M.'J. llI(b+c+l u ) =a(b+c)+a= ab+ac+a 121 Pro!, 2'61 .0. ab+ac+n=ab+.a(c+l .. ) 181 Pro!, 2'53 .-¡j . ab+ncT,,=ac+ab+a=ac+a(b+l. )=a(b+1u Hae 141 ;2; .131.141 .:>: a(b+c) = ab+ac .'J. a(b+c+l ,,) = ab+a(c+J" ) =a(b+1. ) +ac 111.1:\1. Induct.:I . Pro!, 1 '63 a,b,cEB .1). (b+c)a = ba+ae [ (1,+c)O .. = O. =bO .. +cO. 111 (b+c)n=ba+ca ''J' (b+c)(a+l. )= (b+c)a+b+c =ba+ca+b+c =ba+b+ra+c 121 l'ro}l2·Gl . 'J: ba I-b= I, (I/+l .. ) . M-f-c = c{f¡l-lu) 13! 121.)31 .'J : (b+c) a=ba+ca .a. (b+e)(a+1t. )= b(II+1 "l-Ic(a+l,,) 141 PI. 14!. lndud .'J. Prop 1 '64 a,blm .::l . ab = ba [aO .. =0. =0., a ab=bCl:l. a(b+lu) = ab+a=ba+a=(b+1,,)a 111. 121. Iutluet .0. rrop J Itl (2/ Habremos probado así las leyes formales de la adición y la multiplicación ; la de la asociatividad de la adición en la P2. 51, la de la conmutatividad de la adición en la P2 . 53, la ley disLl'ibutiva en las proposiciones. 62 Y . 63, y la de la conmutatividad de la mulliplicacíón en la . 64. La ley asociativa de la multiplicación se derivará directa- mente (por 10 que hace a todos los productos r elativos) de la misma ley r eferida a los productos lógicos. En cuanto antecede, para nada se presuponen los nümeros; la teoría en cuestión se aplicará en su integridad a toda progresión. De donde se sigue, de forma generalizada, toda la aritmética de los números finitos. , 27 ______ __ ________ __ ________________ ________ • 3, Re 1+1 , qóe • 'JIe-e-, ut(lJ1l ' a,b,ceu 'j Pe 1+1, yPz , a:pseqaZ a:pay ( a: pooqm Z . :1. 3: IU\Wf(a:Pm tu , wpz) Pd+ l .:1. WI(wP.r) rElm 121 121 . yP.r .:1. yl'Wl(wPz) . :1. Prop 1 ' t t Pe 1+1 • a;py • a;Pseqa z 11 pa z p •• qm = P<>+lu = = ppm 111 .tI : a:Peoqa,l. =. a wl(a:Pw .. wPClz) 121 , ";;a: , EIm. :tPy .tI. yew.(a:Pw . wpa •. tI. Prop I 'ti Xte U x-l 11=' Ul'lyl (seqy=a;) 3'1 :11 u 1\ a:g(aR:eb ,\J, bR;ca) 10 .. Rb b 1II 3. eu 1\ x.(aRo b). Prop 8'11 . :1. 3::-1 .. , uI\Y'(seqa Rr b) 1111 aRo.b .:l. bRI.seqa .:1. 3. u 1\ y«bRY seqa) 181 3. u 1\ :c>(bR: (1) • =tU 1\ :rt(bR: a) .:1. bR .. q:seqa :l. a u I\y.(bJu,seqa) :41 Dt 3."" a:tCaRs b ..... bRo a) .". 3 111.151 IlIduet . tI. Prop 1 ·U OU e 1\ X3(aRx b ..... bR:e a) .0. al 'b 'ti Ou-S 11 1\ a:g(aRxb .v. bRxa) ,o. :11 ¡W'X3(aRxb .1,1, '3 a>b .=. :11 eu 1\ a;a(bRxa) Df '3t a< b .=. a et, 1\ X3(a.Rxb) '3! a t 'b .... a> b .v. a b .0. -(a b . a,', Prop 2'16 .:1, a>b ,o, a b) ' 35 aa [ Prop 8'S'31 .tI, Prop 1 ' 36 a b .0. ac> bc * 4. Re 1 .... 1 . . 3'!?-l? . uew(! . a,b,ee;" .0: , .{ aBe ,=. ait=: ' H De Rel ( :uv .:1. CJ(a:b:=.c). Elm 28 DI 111 e i ¡11 . § 1 Prop 1'8 .tI: ccli=c . Q.s, 3.ReWt:6t(Qd=CX • ;==rc) l" }{b =Relf,lbl3,UI\X, (;cb=c , g=,:r , e=,c)1 ' n. =..1 ,:l, aRb e .=.ah= .:1. & 1'U ¡81 131 . § 1 Pror 1'95 . :l. Prop J .! ' De [ bt 'l u .:l, Bd .... l 111 Be! .... ! . dl·scqb.a. D, 1+1 121 ¡t I . ;21 , Tn: aRCd .= . ::r U "1l3lab='¡ , dc=n¡ .=, hADe BCc t-.l l' .:l. Prop J ":1 He Nc+l ,o: a:OPH y .=, xRal 0 P= P3! (P )e Nc+l 1 Dí Df En matemáticas acostumbramos a hablar de operaciones más bien que de l'elaciones de muchos a uno. Las Di -1 . 5 , 51 ti enen por cometido el permitir que nos sirva· mos de nuestro lenguaje habi tual. La r elación existen· te entre una relación de muchos a uno y una operación queda explicada en dichas definiciones : la operación que sigue al signo de igualdad significa la relación corr es· pondiente. '8 roo = q31g iu " ("',31)3(q= Opx 1')1 '61 b/c = Opso Dt Dt Las P-l. 6. 51 nos ofrecen la defini ción general de las operaciones correspondientes a los númer os racionales. Es importante señalar que, según esta definición, nin· gún número racional podrá identi fi carse con un número entero, ya que los números racionales consisten en ope· raciones sobre los números enteros, cosa que no ocurre con estos úl timos. '7 ab/(ac) = a/c '71 aBIb ( Prop H . 1) , Pro!, 1 ( aBab • bAab , :l, Pr!>p 1 29 '72 q,'1' el' ,o, :;r 111' (X,V,Z)3(q=3J/Z ,q' !J/') [q=m/n . q'=m'!II' . Prop4'7 .:1. q= tm,' :(111.') .g'= llt'n/ (111:') .:l. 1'1'''[1 I '73 '1= x/z = x'/fi ' . q'= v/::: =y'/i , O:, X'<./ ( Prop 3':JG .". Plújl J • m>y .'J, :-.;>!l [ rrop!l 37 l'rilP J 'S q.(/e l'u .0:. 'JUg' .=: q':"-=1'I:; x<:-: Di' '81 M e Rel [Esta P se demuestra por el procedimiento de la Prop. 4. 11, pero dicha demostración es complicada.] '9 q,q'el'u . '1Mq' ,0,3: l'u" q"3(r¡1!J.Q" , q"Mq') [ q=lIfc.q':=}J/c.-(aRb) qM eeqa/,' . sc'q(l/cM b¡'c ; 1; q==alc. q'=b,'c . aRb . d.'i'x .0>. q= ad.(cd) . q'=bd/(cd) . -{aúRbd) 121 111,12: .:l. Prop 1 '01 M' = M ( Prop 4'9 , § 1 Prop 2·3 ,:l, PrOJl 1 Para evitar confusiones, he designado mediante M la relación de ser menor referida a los números racionales. Tratamos de demostrar que dicha relación es igual a su cuadrado, J.o que probarla que da origen a una serie compacta. En el § 5 desarrollaremos la teoria general de dichas series. • 5, Re 1+1 , eog . 3: • . ,o:: '1 +a = OPR" Df 'u -a = OPTiO De '. Ro = (Ra) L lllduct I '3 +It = :l."3I:, 'l(o¡C)q' , =: q= ajc, q'= b/c Dr Df Dr -'3 fr',!" (X, y,¡)3(tt=XS , e ya :,,: b=r;c , c=ye) .0. a+d=b Df '1, I = OPJ>/e Df '4':! -d,'c = Op ([)¡é, Df 's +1',. = 111' (y,Z)3(X= +yfz) DC .tH -r" = X:lI:I -yf $')I Df 30 - - I '. , \ \ + l'u es la clase de los racionales positivos que consti. tuyen operaciones sobre los racionales sin especifica. ción de signo, Las clases 1t, r u ' + u, + l'u se excluyen mu.' tuamente entre sí: en ningún caso un término de una de dichas clases pertenecerá a alguna de las otras tres, § 4, FINITUD E INFINITUD * 1'1 Cls infin = Cls " 11313: W\X3(U-UX: sim uJl ," CI$ fin = Cls - Cls in fin '2 CIs infin = CIs" U3!xelt .:> .. ' sim!t I ( §2 Prop 3' 5 .0>: x,y"" .0>. 11- IX sim u- Iy Prop ) '21 Cls illfln = Cls" U3 I U-tX simu I [ Prop 1'2 . :l:EU .0, u- 1:1: sim " X-EU U-IX = U .0>. U-IX slmu 111 ' 121 Prop 1 'U CIs fin = Cls " 1/.3 Ixeu .. , -(u -IX sim ull [ Prop 1' ¡ ' U Prop 1 '3 ue Cls ¡nRn • X-EU .0. ¡¡, \l/X e Cls illfln [ IIp'!fEZ! . 'J. 1I-ly'silDu 111 ' §2 Prop 3'3 .:J. usim UlJIX .'J, Prop J '31 lt OJ C.l; e Cls fin , x-el¿ .:>, tlE Cls fin I Prop 13 . Trnn.p ,'J , Prop J ." /te Cls , I tJ L'l; E CIs infin . x-w ,o, !te Cls illfln I 11 OJ Ir E els illBn , x -m .0>. !IV IX simll 1I1 , IJW , §l Prop 3'5l .:l , IL sim 'u-IY Prop 1 '41 ue CIs nn , x-e u ,n: 1/..,0; e Cls fin r Pror l ·!. .. Propl 'S lit ('1- , lIe CIs fin .=. UvlX e Cls fin I Prop ¡ 'SI'41 .'J. Prcp 1 '6 Ae el fin l '" els infln .a, 3;1l :J. PrOl) 1 1'6 t EIro:> Cls fin I tU Elm ':>u. :.;[X3(U.= IX) : Prop 1'41 , 'VeIs fin ::l . Prop '7 ue Cls fin ,o, * 2, Ses ,o:: '1 o infln = O'(Cls infin) . J 1 a fin = o(Cls fin) 'u o fin = ;;.. o infin ( Sf Nc-+l ,:l, PlOp J .:! xe 'Ofin ,=. x+ la e o fin ¡ Prop 1':) PtOP ) 31 DC of ;11 ;il 11: :11 Pp Dr Dt "t .)·S dÍin .=. xO'x + 10 1 Prop 1'22 . §2 Prop 4'6 .:l . Prop '3 R" = 1Re1 " R3lxRy .=. xe fin , y=a; + 1" I Dt '31 Ro t 1+1 ( §2 Prop 3'52 • & Ne+l .:l . PlOp 1 '3i Ro o O' ( Prop2'21 .:l. Prop 1 '33 e,, = ofin ( Xl e . uSx .:l. tU Cls fin. " - 11 1: Prop 1'7 .:l. 3:-u .:l. 3:e"O: .:l. PlOp 1 '3' ;,, =0 fin· tO" 1 Xl -;; fin . u&: . :tO'o" .:l. 3:".:l: ylu .:l . u-Iy S'L'" x !;l. PlOp 1 '3!! a fi n e Cls inftn ;fiD =e". .1I"sime" PlOp 1 * 3, Ses .0:: ., · It se Cls . 0" ss . eo (s " ;; fin) os .0. ;; fin o s Induct = Prop 3'1 111 Pp DC Se podria, si se desea, definir a los números finitos por inducción matemática, y tomar como Pp la definición 1 . 1. Pero no he logrado deduci r de esta última ninguna de dichas proposiciones. Si se hubiera definido a una clase infinita por su propiedad de contener una parte coordi· nable consigo misma lS, no podría consegui rse demostrar que la parte obtenida al sustraer de la totalidad de aqueo lla clase un indi viduo singular sea coordinable con dicha totalidad, lo que no dejaría de implicar r eper cusiones fa· tales para la teoría de los números finitos. Si se definiera entonces a una clase infinita por la propiedad de seguir siendo coordinable consigo misma cuando se le añada un término no perteneciente a ella 16, se excluirla de esta de· finición la clase de todos los individuos [la clase univer· sal], ya que no cabe añadir nada a dicha clase. Por estas 1S Véase como proposición en 3' 51. 16 Véase indirectamente en l' 4. 32 r:JZoncs, me he decidido a adoptar la definición l . 1 junto ton las Pp 1 . 7 Y 3. 1 17. 3'2 ; tln t (J) ( Projl2·a·81·a3-SH·1. §3 PlOp l·l .a. P rop J '3 ; fin = Cls" !e3las 1'\ 83(14 = ¡ fin)! Df '31 o fin = (IJ I Prop 8'2 .:l. ;-fin :l '" ;1: n, 1 ... 1,11= 11 . ;fin =;. P.:;;RRaR .:1. IU wJf 12: §2 Prop Hi-l .:1. IU -; fin 131 111. :2: , ;3: .:l. PlOp ) TI mos probado ahora que toda clase cool'dinahlc ('on los números cardinales finitos es una progreSión, y "i. ceversa. De lo que se de. prend que todas las conclusiones tl el § :1 se aplican a los números finitos. ., ue Ols fin .0. a (J)" V3(" :) v) [ '1=/\ ':l: 1!E0J .:lu. U:lV §2 Frop §3 Prop 1'91 .:>: ueElm . V' E'" • XlV .:l , V'-I:J! W.eI tu CIs fin • Vt", • U;¡V • uSa: . y-w .:J. .:a. 3: "'/'1 Vi(Ú:lV) UV/y t Cls fin . UIJly S X+l" . Il\JIy a wly Prop 3'31 . ProJl 2';)5 . PrOJll ' 1'3 . §:l Prop 1' 91 .:l. wly E'" 131·141 .a: IU Cls fin. ve., . 11011 • 1 . - (u - r..t: sim u)}, 1. 221 .Y el1 la que la adición de un' nuevo tér. mino dé 1)(11' l' 'sult a<1o una clase finita [uECIs .. t:- EU. :> : 1I E '1. fill. .11 v L:I:' E Cls fin, 1 . 5). Las clases nula (A) y 8lm serán asimismo finitas, ya que en ningún caso son coordi nables con la resultante de sustraerles un término: la primera, porque tal sustracclón es imposible; la se. gunda, porql! 'cm 110 quedada vacla. Las Pp 1.7, con la correspondi 'nt definición de la relación de un tér. mino con su SI\ f'CSOl' , y 3. 1 nos permiten a continuación estnhl('ccr 1'1 c';¡rál'l f' I' r11' inductivos de los números fini. :¡;¡ 4 Para la definición de y < x, véa ... e §3 Prop. 3.31. I u=A· v t '" .:1: yw .=. y'U) El» .:1. :i{Q)/W'¡ \U:lV' • 3V' " Xl(ym .= . y • tlv/% ¡ Cls fin . ti vll:l Wll . '. XEV : yV' .v'-v=u: . XEV': yt W/Z .=. y3 ( 1'01.1. (yf:U .=. yrop 2'1& .:l. x+y o' x .:1. PI'Op 1 '6 I el!! inftn = els /'\ U3 la els " 1>3 (vou . aU-I>. usimv H 1 Prop 1'1, :H>1. TI'allsp ;:l. Prop 1 La P3. 51 nos ofrece la definición usual de infinitud, de la que, si n embargo, no parece posi ble dcducir la PI . l. 3'6 u,ve els fin .0. twl> e els fin ( VJIL:l. wv = U .:l. Prop l1l "CV .:l. WlV = ti .'J. Prop :2: 31""v. :illl-u • SiS • uS:e . lI-uSV .'J. UIJV S;¡:+y :S: 181 . §3 Prop U .:l. Prop :4. 111. 12/ • :41 .:l. Prop 1 ,.t ue el! infin • vf:els .0. ttvve els ¡nfin 1 XlII. tu Cls ínOn .'J. usim "'"IX .:l . . U IJ vsímu \J 11-D: .:l. Prop J 'U U v vf:Ols fin .0. u, veCIs fin I Ptep 3.61 . fransp .'J. p'rop 1 § 5. SERIES COlllPACTAS l'S le !el. R O O' • R ' = R.o. 4>& = 015 tl-3lu O M ,-, x,yeu .o .. ,y: xl'y .v. xRy .!J. yRx ... 'X,yeu . xRy .oz,y. z3(xRz- • zRy)/ nl 'S f f'= els 1'1 U3) arel n R3(R O O' • R'=R, ue >l Df tos (Russell llamará "números inductivos" al conjunto de los números naturales, en atención a que este último lOe define por medio de la inducción matemática). 34 IJI'oposiciones ofrecen la definición de una serie ('ompacta. Si R es una relación continua aliorrelativ.a e igll a l a su cuadrado, y si u es una clase contenida en la sumo ]ügica de los dominios de TI y Yt, y si dos ues di· fl rvnlcs guardan siempre entre sí una de ambas rela. u d lllws y R, Y si entrc dos ues se da Siempre un tercer 11. IL será entonces una <1> R ' La clase <1> será la clase de l odaR las seri es compactas para todas las relaciones que den lug:lI' a tales series. ' ! Re Rel. RoO' .R'=R: o ... l?X ex = M: .0, e, q, e veS PR ':1 Re Rel. RoO'. R I = R. 1ttPR.. a 1t. eu .n. te-que Elrn 1 '¡::IIt-i!II. y Etl-IX : xHy .!J. yR:!: ::l. .:l. y'eu J . , Re Rel . RoO' . R I = R ,n. 4í R = 4>R lli:Rel. RoO' • R I R. Sel"¡'l • ae 4ía .0, oe PS"RS I XIO. yl ',;X .. ". y'&e Q:', 'iíx . y'1'/';; x' .'J. x'Sy' • :tR.C;,. ( 1) • (2) .'J .. iJ3 RSy' • y""";, 11 SRS 11' . 1/' 3 RS 11" .:l. 11 R. 1 ... 1 . n.' = R . 'l. SRS.'fRS:l SRS (1) (1) (11) (4) (o) (6) 11 Sus y" .:l. 3: ClI'I ltR:c" • Z"s¡,.·) (7) R'= R. Se 1 ... ::1 f 1'1 (z,z',z") a ltR;c'. a:'s&: • x'R.t:" • (H) .\). sns ;) (SRS)t (O) • (O) .\). = SRS 11..0' • 8th1 .'J. sns :!O' ( ) , (10). (11) Prop ) :t"Su") (8) (9) (10) (U) I ItI P nos ofl' cc un método de obtención de nuevas ,1 1" ( 'o lllpa d:J S por correlaci6n con una serie compacta d Id.. 1>"lllllC' s tra que toda clase coordinable con una se· 11, 'lllllPi ll'l:1 " S , :l f; U \·cz. una serie compacta respecto 35 de una cierta relación. Generalizando, outendl'ernos el teo· r ema siguiente : dada P, una relad6n tal que POO'.P 2 0P, la clase de las series del mismo tipo ordinal que 1t será la cl ase de los dominios de las rclaciones P', tales que haya . u una relaCIón S de lino a uno tal que P' = SPS1t = II. Este teorema se aplica a series de todos los tipos sin exceprión alguna. Omito su demostración para evitar extendernos demasiado. '6 ReRel • RoO' • R-=a . ut4)n. P = Ru",!!u .\). ue4íp. u=..tvñ , Para la definición de R1¿npu, véase § 2 Prop. 3 . 12. • 2. Pe Ret . PoQ' . . 1t= 1C 1,/-; . 'UB 4íp • t veels . .0. n{nv) = nV 1 ,,"= A .:1. " (KV) = " .:1. :r(JI'II) = 1111 (1) 3 " 11 .:l. ' . XlJt" ,.,. 3""Yl (xPy) : (2) (2) . Fl:=P ,:l, (xPz, ,Py) ,:1, xe"tKv) : (8) ;Cf" (,,V) ,:l , 3 t11'1U I 3""Yi(XP.l, 2Py) I :l. 3""Yl (xPy) ,:1 , Xl1111 (4) (1) , (3) . (4) .:l , PtOP 1 vtCls. oon .n. ;t(m,) = ';í" '3 pn = el$" V3lvott , nv =v . al' . au-vl Di ." = , ';ív = v, av, altoovt Df pu corresDonde a lo que Peana denomina la clase de los segmentos [ Rivista di Matematica, Vol , VI, p, 13!l, § " p , O] la. Llamaré pu a la clase de los segmcntos in· 16 Los números racionales forman una serie compacta o "densa", para decirlo en la terminología impuesta desde Cantor, de forma tal que por r elación a un racio· nal dado u (o a una clase u, finita o infinita, de racio· nales) quepa determinar las cuatro clases infinitas si· guientes : (1) la de los racionales menores que u (o bien que todo u), (2) la de los no mayores que u (o bien que cualquier u vari able dado), (3) la de los mayores que II (o bien que todo (4) la de los no menores que u (o bien que cualquier u variable dado), Como se ve, (2) y (4) düieren, r espectivamente, de (1) y (3) por contener a u (o, por lo menos, a un u) . En general, los racionales menores (no simplemente no mayores) que n - si u es un 36 ! I f ' u cn orCfi, 1J1¿ a la de los segmcntos superiores, .... '3 118 Cls , v.nt , l V"'::; • :1 UooJtV .O, nv e pu [ ::¡"",;; :.inll (1) Ptop 2' 1 ,:1, ,,(nv) = "" (1) , (2) . ::¡U."II .:1. Prop:l 2'111 vsela , rote . :l1, .... Jf, :tu.;v .0, ;V e pIe '6 v,v'ep" ,o: t''J v' ,\J. V' ;) 'v [ . 1I,v' tpU, :¡v'-v xw .. . '3,v''''y' (xPu) : ( 1) , ,lEP" ,:1: Xl' ,:l .. . XlV' :0. rov' ,:lo v (3) (2) • (3) .0. Prop Para la defini ción de véase § 1 Prop, 1 , 3·1. '61 v,v'epu .C: oov' ,v, V'OI) '7 uTo' ,= , , voo' , v-=v' '71 Te Rer (2) ( 1) (2) Di [ §1 Prop 8'82 .:>: IJ,V'EPU .=, Vt,e,;l¡",v' (= ) l Rol (8) (1) , Rel (2) (1). (2). (3), §1 P¡'opH8 , Ptop2'¡¡ ,:l, (Epufpv) " (;) ,,(_:) dtel (4) (4) ,T= (tpu rpu) 1'\ (:l) 1'\ (-=) .:1, PtOP J I .. ax proposiciones (2) y (:3) de sl que habríamos tenido que introduci r en el § 1 1 1 : 1 1': 1 I'!ahor ar una lógica completa ; (2) afirma que la 111 1 111:-; 1011 de una clase en otra clase es una r elación y (:l) ,l lll'I lI a que la igualdad de cl ases es una relación, '72 ToO' , TI:>T ' 73 T'=T I vru' .:1. 3V'- V .:1, 3Jt v'- v ,:l, 3v' " (:c,y)' (:c, y-w. (1) (1) , XP!I ,:l, vTnx . :t:tTv' (2) (1) , yPx ,:l. vT;rg , "yT,l (8) (1) • (2) , (3) ,:l. P rop 1 '1\ ptl e 4>-r ( Prop 1'1.2'71'72'73 .0) , PtOP J 1111111 (' 1'(1 I'acional- , o que un término variable de u ,,1 1( ('s U!1a el,ase de números racionales-, formarán un 1 " ' 11 ' 11 lo Il!fenor respecto de 1¿, mi entras que los ma. VIII " '1 ( 11 11 SImplemente no menores) constituirán un seg. 1111 ' 11111 , ' U!) rlor. 37 Acabamos de probar que la clase de los segmentos in· feriores es una serie compacta por referencia a T. De modo semejante se pmeba que lo es la de los segmentos superiores. • 3. PeRel. P:>O' • P'--P. u::>:: '1 De pu ,:>, tO = pie 1'1 .1:3(xT o) [ tI! a • .:l. Prop 1 " le e Cla , 10;) pu ,:l. tu; = PI' " x313' 111 t\ 1J3{xTy)l '1 t It-t =pu "x3lyBIO .:>", :xJry 1 Para la definición de W1:, véa::;e § 1 Pro\). 1 . 36. '3 IC Beis, 11::> pu ,:).I"'ID :> U t • els , IC:> PI', alC, '1 W .'J.". " .lwB·p', r VID .=. :1 Irl'l vl(:tU, '" pII) .=. 3ltl'l ,=,3 w'/cI'IJlr(:tPq) .=. "'(""/0) :=,,""o=:r(""II"1 S'S Tlo=r(",',r) l .. tUlO .=. Ii!Pll. 'lID I'Izl("'n) (1) &tID ,:). t.3 t(""Ie) (1) , (2),:1. l'! tlO .:1. II! pu, v. t( • .ho) :a. ti¡¡:I r(",'le) 111 r(,,'IO) .:1.11",,'10, V-=\,I'ID ,:1, 3 \,1'10-1) • :1. 3: IOl'\tl(vT:) ,:l. V. t(VIII);) fUI (3). (f) ,a, Prop 1 (tt (8) (O Esta P prueba que si 10 es una clase de segmentos de una serie compacta, la clase de los segmentos conteni· dos en una secciól) variable de w será idéntica a la cla- se de los segmentos contenidos en la suma lógica de la clase de clases 1O. Cuando la clase w no tenga máximo, concluiremos que la suma lógica de 10 será el límite su· per ior de 10: la clase w tendrá siempre, por tanto, o bien un máximo o bien un límite superior (véanse las P3 . 6. 7. 8 que siguen más abajo). La pri mera parte del t eorema análogo para el llmite inferior y el producto lógic0 se demuestra en la proposición 3 . 51. 38 '51 t{""IW) ;) wt I a:!w.a: ",,'10:1:1: (1),IT,,'w .:1: ::>. JlWt .:l. Prop J (1) No puede probarse que 't(I"I 'tv) = 1O't. Este teorema sólo será verdadero cuando w tenga un minimo; en caso contra· rio, el límite inferíor de w será 1"1 '10, perteneciendo en de- terminados casos a la clase 101: , mas no a la clase 1:(I"I' w). '6 'iJpU 1'\ X3(rw = rx) ( Prop 3·5 ,3. Prop ) '7 Xtu = 1Pltl'lx3(tw=rx) De 's .:>, 3: elsl'lw3(w"Pu,v=¿'w) 1 w=w) Las P3 . 6 . 8 pr ueban que pu es perfecta 19 en cuanto H límites superiores, pero no necesariamente en cuanto a limites inferiores. ),': w, tal como acabamos de definirlo, no será siempre un limite, ya que se tratará del máximo ( ' 11 caso de haberlo. Los segmentos que integran la c1ai e 1JlL se determinarán por medio de las clases contenidas /' n n. En el siguiente apartado procederemos al examen dI' los segmentos y límites que se obtienen a base ex· d ll ¡:; i\'amenle de lo que Cantor llama series fundamen· 1i1 lp¡:; IRiL'ista di Matematica, vol. V, p. 157] . § G. SERI ES FUNDAMENTALES EN UNA SERIE COMPACTA I,as seri es fundamentales son serieG de tipo w, cada IIl1a dI' las cuales asciende o desciende en continuidad en , ,1 XI' no de las series compactas que las contienen. En el prlllwr caso (1.1), llamaré p,·ouresión a la serie funda· IIlf 'nt nl : n el segundo (1 .2), la denominaré 1·eoresi6n. 1" NJ. se tratará de una serIe "densa en si" y " ('\'1'1'11 tia " (i n s¿ch dicht y abueschlossen, en la termino- 1111 111 rantori ana), tal que cada uno de sus térmi nos sea ,' 1 1111111 1' (j una progresión, o de una r egresión, y toda prnp.I'l'Hl ón fl regresIón contenida en dicha serie tenga 1111 tlllllll ' ('n ll a (véase el próximo apartado). 39 Por lo que hace a 1<1 serie compacta, ésta no e::;tá :-iujeta a requisito alguno salvo el de ser compacta y no se de- terminará, por ejemplo, si la serie en cuestión es nume- rable, o continua, ni si no es lo uno ni lo otro. * 1. Pe POO' • P'-P : xe mN":i .0, ntlMxwix= 'f Ctlp = (1)1'1 V3lool¿ : ReRcl. , x,yev , xRy ' Os,'1' xPy 1 Df '!t Ctlp= (1)1'1 V3!vau : ReRel .. ' x/yev , xRy ,o",v' yPx 1 Df Si v es una progresión, Rel. será la clase de las rela- ciones que engendren dicha progresión (§ 3 Prop. 1 . 12)_ En el presente caso, sólo puede admitirse como tal rel. OOnV 'lit ve lIJp ,'J, 00 nV '6 ve lIJp .'J. 'tIlC = u-nv [ Xl 1;; ,1>, :ti [ 0:.11 :l: P seqJ: ,'O, 1111 ) ,1>, -:.>{III'\Y'(XPu) : y1':t ,\1, vP:t !/l'x ,1), :r.:Pseqy .1>, :tI;rV (2) , (3) ,'J. ' , a:t u-lrll :-o: !/IV !/Px::>, a_ '(1) , (4) .1>. Prop ) 40 (1) (2) (3) (4) '7 '8 "w :> plt '7 t v_v'e Wp .:>: 1'I l) :> "V' ,\1, "V' :> l'I V :ncv :> pu [ §6 Pr op 2'6 ,'J, Prop 1 ' 81 ¿',v'e wp,:>: ;¡):> -';v' .\1, ;1)':);;v ( §5 Prop 2'61 .'J. Prop I * 2. Pe Rel , P JO' , pt = P : Xf?¡r\l; .:>.. , :rX \1 tX.;;x = - - mm : g = 111111 , V,V' EWP :0:: ' 1 xev :W'''Y3{XPy . yPscqx) ::>. -a ¡f,., v; [ 1111: 1.-eal .;)k. 3k :'J. av' "' Y':av " .c.(.cPy . y Pseq.:l:) l R. t Relv I , §3 P(,op vw' ,OJ;)?V' yPsc9x (/ V'tI'! !' Q) Hp (1) . y'trl . :r:i,' 1/ • . y' P ,;e(J.:l:' , 'J. y', ';-" v' (2) ::1 e' 1/' " y' J(seq:r: p y' . y" P soq seq:l:') ,o>: aeqy' l' y" .\1. 3eqy' Py" : 'J. :,eqy' P seq seq:¡:' (3) (2) • (3) ,'J. '. tEv' ,'J, : u IIV .'J, Seqll I "11 (4) Hp ,o>. O.'' '"' (4) , (o) , Iuduct ,'J, 1/'" 1111 .'J. Prop J Ya que esta demostración es algo complicada, procederé a reproducirla expresándome verlJalmente. La P afirma que si dos progresiones '1) y '1)' son tales que entre dos términos consecutivos cualesquiera de v hállase siempre, pUl' lo menos, un término de "",', no se dará entonces ningún término de v' que siga a todos los términos de v, Sea .t: un término de '/J, e y un término de v' situado entre .x y seq x. En ese caso, los términos de v que no prece- u dan a :c formarán una progresión pXv, y los términos de v' que no precedan a y formarán una progresión Si entonces :1:' es un término cualquiera de e y' un término de v', situado entre x' y seq x', se deducirá u que y' es un término de pl/V_ Ahora bien, se da un término u y" de pI/V, que sigue a seq x', y dicho término habrá de ser seq y' o suceder a seq y'; así pues, seq y deberá pl'eceder a seq seq x', Se concluirá de aquí que, si z es un v' que pre- cede a cualquier v, seq z será tamhién un v' que preceda a cualquier v. Ahora bien, por hipótesis, hay un v' prede- resol' de I y, por tanto, el primer término de v' deberá preceder a v. Por inducción se desprende que todos y cada uno de los térmjnos de t" preceden a algún término de t, ('sto s, que ningún término de 11' sigue a todos los tél'mi- nos de v. 41 2'1 Hp Prop ! .{ 1fV = 1IV' ( XI .. V' . :1. (1) • V':I,", .'J: :tE;rV' .:101. :Unv ::1. nv'onv :Ulft) .:1. 3 I11'\!1i(:X:Py) .'J. all',\,:n (:tPII) .J. :.ctnv' :0. (2) . (3) .'J. Prop J (1) (9) (8) '3 lCeCls , UiOtt . xev ''''", 'IWl'l y3(XPy, yPseqx). w 1\ 1J3(Xpy. yPseqx) e Elm : v';;; {) tu; :.0. le e wp Esta pr oposición afirma que si v es una progresión en una serie compacta u, y s i w es una cla5e, contenida en el seno de u, tal que sucede a ciertos términos de v, y si hay un término de w, y sólo uno, entr e cualesquiera dos términos consecutivos de v, y si -por último- los tér· minos que suceden a todos los términos de v suceden asi· mismo a todos los términos de w, w será entonces una progresión en u. Hp . §I Prop1'S .'J: XlV a1 .... 1" Jl", .1IJ "Y1(xPy . yPseqx)'=e:e I XiI) . J .,. Il .... l I'1R'" il/x = f!z. ll1f'.y1(XPy. yP. eqx) = : : RWl Rel " R'l:aR' b .=. 3 vM:1(aR.,b)l; §3Prop2-16 ::1. Rwe 1+1 (1) IhUcl. : :Tll' u·",=/UY'lYi(XP.1J ' yPseqx) : seq/O.>: = 10seqlc :J, xRIDw.., .J. w ... Ütc Rscqx . scqx R tDscqw", ::1. W .. ñw R R"S'4W., (2) w ... Pseqx . seqx .:1. Pseqw. (3) :tIv-.o. .J. Wo Px .J . (t) .. (4) • Hp .'J. v';Qw"; .:1: ylW .'Jy. 'lv 1\ x'I(yPseqx') JIp (6). §3Prop. 2' 11 .:1. U'\1:'i(yPseqx') lQ.lp y l W . U'\1:'3(yPseqx') = v' .:t =0,,' .:l . lI=w, (6) (6) (7) §1 PropÓ' 7 . (1) . R' = R.o RRID .:l. R'eh1 . tUo = Iw:'e' w (S) .. seCls . tUo ES : XIV. W .. ES ,:ls; seqw% u ::1: X(RIOE)SIO .:ls. scqx(R.. ,).'I1u (9) " (9) , Hp(9) . .:1: XlV ,l>z, x(Rw!) .'w IIp (9) , (10) • Rw d .¡. .:1: 10 .. t lll .I>w. W.., ES ., (1) • (8) . (11) .'J. Prop J ." 3wp " lo3(VIV = 1\ . nV = nw) [ Prop2'3 .'J, Prop '5 3 V'}; " Z3(nz = ¡¡v) ,l>. V;;" Z3(nZ = ?IV) eElm 1 :lZ = ., II. zpz' (1) (10) (11) n Z = ... V. z' pz .:1. n;:' - = J1'II (2) (1). (2) ,l>. PrClp I '6 3L';:;" Z.3(nz = :IV) .1>. l' IJ = fV'}; ".z3(nZ' = nlJ) Df '61 Wf.Q.l¡t. .1>. Df 42 II /l Y I'w, tal como se les acaba de defini r, son genuina· mcntc limites, mientras que ),' v y ),' v, en el apartado ano t rior, eran o bien limites o bien máximos o minimos. Ya que llv pertenece a la clase V1t, no podrá pertenecer a la lase v que, además, y por definición, carece de máximo. De modo semejante, ll w t ampoco pertenece a la clase w, u que carece de minimo. Si una wP o una wP tiene li mite, s6lo es pOSible que tenga uno, mas pudiera ocurrir que carezca por entero de lí mite. Por lo que se refiere, por u u otra parte, a las clases derivadas 1tW, W7t, W7t y 1tW, puede d mostrarse, cómo hemos vi·sto, la existencia de limites 20. * 3 .. "1 a.beu. aPb .0. 3:W¡> 1'\1)3(;vo"iía • nV Esta P afi rma que es posible hallar una progresión cu· yos términos estén todos contenidos entre dos términos dados de la serie compacta u. [ XI" • xPb . PI = P . :1. 3""Yl(xPy . yPb) (t) §1 Prop l 'S Rl1-t-l. e:li . 'le'", V' l W e ,. " aP1eo • ie. Pb) (2) " .- 31..¡-1" n .. qd (e .. = lseqX .Ié. Pii!.oq •• i;..q.Pb) (3) (2).(8) . l nduct .:>: xw'.:>. '3:1+1f'In., 3(iz =IX. aPi'Ps .ié •. p/é .. q •. ié' .. (4) :tIV' ,:1... S. i (e. = IX . aPIé •. Ié. pié •• qs •. Ié..,sPb): S = Rel .. R"J!311'f\tJ(R" = S.)I . R' = ,,'S " .:> . R'E1+1 . e' = v' , .";i' :I;;'a . ,,;. :I"b (5). § 8 Prop 1'91.:1. e'trop (6) (11) (li) • (6) Prop J J'l::n la demostración anterior, se toma en primer lugar una progresión cualquiera v' engendrada por la r elación En torno a las definiciones de wP y (clases de las progresiones y regresiones, respectivamente, contenidas u u 1'11 u) y 1tt.>, W1t, 1tW, W1t (clases de los segmentos que ! s definen), véase la Nota al § 6 que sigue más abajo. 43 R Se elige luego un término C'lléllquicru entre (t y b Y se cstableceu na relación RO,', que se da únicamente enlre el primer término de v' y el término tomado entre a y b, A continuación, se prueba por inducción que, para cualquier término :/; de v', puede hallarse una relación R x ' tal que sólo se tlé entre x y un solo término 'ituado entre a y b, el cual preceda al único término con el quCl seq x guarde la relación R seq x, Se toma enlonces la suma lógica R' de las r elaciones R .. para todos los valores de x para los que u que x sea un v, y se demuestra que el dominio de R' es una progresión en 1t cuyos t érminos todos se hallan entre a y b, El procedimiento seguido podría ser descrito como la operación de "contar sin números", S't t a,beu, .:>. looP 1'1 V3(;;V () ';a, nV () nb) [ § 1) Prop 1'4 , § 6 Prop S' l Prop 1 ·1 noo S If> I V,V' toop . "t,T,,"' , (f,bE_V'-nu , aPb, Prop 8'1 ,:1, :¡Q1P/'lv·,(;v" ;¡ ";;a, nv·;¡ ,,11) ,<1, 3Q1 pI'IV"1(nuTnv" , nu"T:rv') .:1. Prop 1 Para la definición de '1', véase § 5 Prop 2 , 7, 'u ;;Q)E;<,I) ' 3 00;; e rJJ ( Prop 1' 6 ,;¡ : x,x'EPi; .=, Ib-X. I¡,.x""Q1 (ll, (1). Prop 3' 2 .:J, l'rop I '31 oon: e cP ,¡ ,o, t x! ;r:; 1" wP ,-:)1'. :l,jl :JO :;)4 n ",lno> Prop 8'1' 2 . XE";; :;l, Z OlPI'I 111(:1:' v;) ,:l. X ' l ( l ) , (2) , § (j Prop 1' 3 ,:1, Prop 1 31i .. n ,o, ,.,' 'ii{J) = ñ-n . /'I'ñweElm '5 :;tn-'ii ,o, fI' (Ql\' = noo;; , ,,' oonsElm ( XVT.;; 1i6G'V .;)r. :tEt';1 :;'). X!I"\'onr xi;, Prop3·1t ' 31 :1",p/'lm(:l:lm,) .o.:r-!/'I'o", (2) ' :; 1 :.r;; .. :<. ,o. =;; .... '1 44 (1) (2) (1) (1) . (2) ,:l. Prop I '6 1('J";; ,o. l'I'noo = A ,61 ;;on ,n, "';00 = A ' 7 no; .:>, /'I' oon = A '71 non ,o, 1'I'{j)l\' = A Oem 3' 4 N" (2) .0. Prop I , " PeRel , P,)()' , P'-p • : aJSIl ,:>"" = ,o:: '1 a;T,y ,=, x,yen{j) • X:>1J ' X- = Y Df '11 afrl.1J ,=, x,ye;oo , (J;:>Y, X- = Y Df ' 12 XT.Ji ,=, X,YSW7f , {J.;oy , x- = y Of ' 13 xT JI .=, x ,yeoo; , xay , a;- = y Dr '2 Xtnw ,o, :.r wT, " $3(1'3 = xl ( Prop 3· \ ',:1: .II .. y.)/J. !/, PU • . :>{1IQlI'I nn(n,IJ,T,In, ml'."U. ) (1) ( 1). I' ro l" 2· \ ' 3 ,lI""P . X=:rv :uv.:lZ,rv¡ 11'. T ,"(5cqr): w::: 11 ,' .;l . .1'10 =:t: ) Esta P prueba que cualquier término de 1tW (es decir, lodos los segmentos inf I'iores de u) es el límite supel'ior de una progresión de los términos de ltW. Si v es una pro· gresión en u y x un término variable de v, 1tV será el limi· te de los segmentos 'ltX; mas esto no basta paro demos- tl'al' -4 . 2, pueslo que no hay razón para pensar qlle 7t:l; per- tenezca siempre a la clase ltW, esto es, que si x es un ll, ,'L' !-i a el limite superior de una progresión en 1L, Esta P se sigue ele 1<1 Prep. :3 . 11 al modo como la 4 , 2 lo hace de la 3 . l . 'u Xt nw '23 :lit (¡)n ,\), l ooT; 1'1 n(1f == Q:) xe 'nw ',0. 3: roT. 1'I ':3(1'3' =:t} '2lS :te (J)7r ,:l, ¡ oofa " %3(h =:t) 'iG ,:), iaJT,1'I Z3(1's =M 'U xe .0. f\ s == ;1;) , , La demostración de las Prop ,22 a ,27 es similar a la Ih' In PI'OP . 2 Hay otras proposiciones de la misma forma 45 que no sabemos cómo demostrar y que no siempre parecen verdaderas. Así la proposición XE 7fW 3wT¡" ';3(1,; = x) 'S ZEaJT. ,o, 1'.: E 'I, ngendrada pOI' ulla relación derivada de ]a inc:lusión lógica. Cualquier término de s rá el producto de u y de la negadón del cOI-rcs]}ondiente término de 'ltW, y lo mismo por lo quc se v refiere él 'ltW y (d'lt. Las clases 'ltW y Wit pueden tener tér· minos comunes; por ejemplO, si u es la clase de los números racionales, 'V una progresión en u que carezca de límite racional y v' una regresión que determine la misma cortadura (en sentido dedekiniano). Si u. es una se· rie que satisface el postulado de la continuidad de Dede· kind. los términos de itW y W'lt no serán comunes; pues habrá en dicho caso un t er cer término en todas las clases que pertenezcan a la clase W'lt, que no concurra en nin- guna clase de 'ltW. u u En cada una de estas cuatro clases: 'ltW, 'ltW, W'lt, W'lt, resultará posible construir una progresión o una regre· sión que tenga siempre un limite perteneciente a una de dichas clases, pero no siempre a aquélla que contiene la misma progresión o regresión. Más aún, cualquier término de cada una de esas cuatro clases servirá de limite él cier- tas progresiones, o a una determinada r gresión, pero no necesariamente, al parecer, a unas y otras; y los términos de las progresiones o regresiones especificadas no habrán de pertenecer a la misma clase que el que les sirva de lí- mite. El siguiente esquema nos ofrece un resumen de las a n tcriores conclusiones: Cualquier término de 1tW es el límite de una progresión en 1tW y una progresión en W'lt u u Cualquier término de 'ltW es el límite de una progresión en 'ltW Cualquier término de W'lt Cualquier término de u W'lt es el u y una progresión en W'lt Hmite de una regresión en 'ltW y una progresión en W1t u es el límite de una regresión en 'ltW u y una progresión en W'lt 48 , 1 Todas las progresIones en 1tW o en W1t tienen un lfmite en 1tW u u U . Todas las progresiones en 'ltW o en W'lt tienen un límite en 'ltW Todas las regresiones en 'ltb) o en W'lt tienen un Ifmite en W'lt u u u Todas las regresiones en 1tW o en w-n: tienen un límite en W'lt AsI, pues: 'ltW es idéntica a la clase de los límites de progresiones en 'ltW o W'lt U 'ltW es idéntica a la clase de los Hmites de progresiones en u u 'ltW o W'lt (')it es idéntica a la clase de los límites de regresiones en 'ltW o W'lt u w-n: es idéntica a la clase de los límites de regresiones en u u 'ltW o W'lt No hemos logrado demostrar que cada una de estas cua- tro clases sea una serie enteramente pero cada una de ellas lo será o bien hacia l a derecha o bien hacia la izquierda, es decir, en cuanto a las regresiones o en cuan- to a las progresiones. La suma lógica de 'ltW y W'lt, o de y será una serie perfecta, mas dicha serie no es compacta por regla general. Pues si existen en u una progreSión v y una regresión v' que posean el mismo U- mite en u (lo que se sabe que es posible), y V''lt serán entonces consecutivas en la serie 'ltWUW'lt, ya que V''lt sólo contiene un término singular no perteneciente a 'ltV, a sa- ber, el limite común. En consecuencia, 1tWUW'lt no será, por regla general, una ser ie continua. Tampoco hemos logrado demostrar que ninguna progre- sión o regresión en u. tenga un limite, puesto que no sa- bemos de ningún ejemplo de una serie compacta cuyos términos no sean, en su totalidad, elementos principales (según la expresión de Cantor) 21. Asimismo, no nos ha si- 21 Cantor llama "elemento principal" (Hauptelement) de una serie a todo aquél que sea limite de una serie funda- mental contenida en la pr imera. 49 ¡¡ i I I I I 1II do posihle probar que haya términos de 1tW que sean lf· mil s de regresiones, etcétera. Sabemos por Cantor cómo probar todos estos teoremas n el caso de que u sea una serie numerable [Rivista di Matematica, vol V., pp. 129·162] . Mas no nos detendremos a desarrollar este punto, que ha sido ya tratado por Can· toro En el § 6 tan sólo deseábamos extraer aquellas con· clusiones que resultasen válidas para las series compactas sin necesidad de introducir otros presupuestos. 50 - I Sobre la denotación El voLumen de MINO correspondiente a 1905 parece a p1imera vista reducirse a una anticuada colección de aro tículos de los que l as revistas de académicos y para aca- démicos acostumbran a p'ublicar. Se pensa?'Ía, a juzgar por ella, que lo más impo?tante del mundo era por aquel entonces la polémica entre idealistas y pragmatistas acero ca de la naturaleza de la verdad. Encajonado en este con· texto de controversia filosófica y empequeñecido por las setenta y ocho páginas de disquisición en torno a "Prag· matismo versus Absolutismo" que lo preceden, se halla tm trabajo de cat01'ce páginas de Russell que su autor ha calificado como su más agudo ensayo filosófico. El editor de MINO, profesor G. F. Stout, lo encontró insólito y e.r:· travagante, mas tuvo, sin embargo, el buen acue1'do ele pu· blicarlo. Q'ueda por ve?' cuántos lectores lo supieron enten- der. ON DENOTING I marca 1¿n hito en el desarrollo de la filo· sofía contemporánea, revelando una vez más el genio in- ventivo de Russell y la poderosa originalidad de su peno 1 Con anter ioridad a su inclusión en este volumen, el presente articulo fué recogido en la antología de H. Feigl y W. Sellars, Readings in Philosophical Analysis, 1945, páginas 103-105. 51 !i 1,' samirnlo. Como rasgo humorístico, cabría señalar que el articulo contiene un error de menO?' cuantía. G. E. Moore apuntó que "la manera más corta de enunciar ' Scott es el autor de Waverl ey'" a que se alude al término del del mismo, r esulta inapropiada a cmtSa de la ambigüedad del 1.'e1·bo "escribir". El signi f icado de "Scott es el auto1' de Waverley" no equivaldrá, por tanto, al de "Scott escri· bió Waverley, etc.", ya que Scott (como el ci ego Milton) podría muy bien ser el m¿t01- de la obra sin haber sido la persona que de su puño y let1'a la escr·ibip.ra. Russell aceptaría esta correcci6n "con ecuanimidad" *. El de1'echo a condescender con este desliz es, ciertamente, privil egio de quienes han hecho t anto por la f ilosofía como Russell y Moore. Una expresi6n más evolucionada de esta.s ideas la cons titu'lIe l a conocida t eoría de las descTipciones, cuya formu· l aci6n completa. habría de aparecer, cinco años más tarde, con la publi cación del prirr¡,eT volumen de l os PR1NCIPIA MATHEMATICA l. * The Philosophy of Bertrand Russell, cit., p. 690. El conocido ensayo de Moore aparece en las pp. 177 Y ss. de dicho volumen. I Para evitar confusiones, convendría recordar la dis· tinción, sugerida por Moore en el ensayo antes citado ("Russell's "Theory of descriptions"', recogido también en Philosophical Papers by G. E. Moore, Londres· Tueva York, 1959. pp. 151 Y ss.), entre "teorfa de las descripcio· nes en sentido amplio" y "teoría de las descripciones en sentido restringido". Ejemplo de esta última es el trata- miento dispensado a las descripciones en los Principia Mathematica, en que tan sólo son tenidas en cuenta las llamadas " definite description.s" (esto es, expresIones de la forma " el tal y tal"). La dist inción entre descripciones definidas e indefinidas (esto es, expresiones de la foro ma "un tal y tal") fué expllcitamente introducida por Russell en sus conferencias sobre La filosofía del ato- mismo l ógico, que integran el sexto de los trabajos con· tenidos en este libro. El presente artfculo-en que en l ugar del término "descripción" se emplea todavía el de "expresión denotativa" (denoting phra.se)-constituye la primera exposición por parte de Russell de su "teoría de las descripciones en sentido amplio", si bien, por su especial dificultad e interés, se dedi ca en él atención pr eferente a la interpretación de las "descripciones de· finidas". 52 I f > 1905 SOBRE LA DENOTACION 1 Entiendo por "expr esión denotativa" ( denoting phrase) una expresión del tipo de las siguientes: un hombre, al· g(m hombre, cualquier hombre. todo hombre, todos los 1 El empleo del término "denot ation" por parte de l1ussell reviste una compleja ambigüedad que conviene tener siempre presente: en primer lugar, comprende la noción ruseJliana de "descripción" (es en este sentido romo las "expresiones descriptivas" constituyen un caso ¡)arti cular de "expresiones denotativas") ; en segundo lugar, se emplea para vertir el vocablo alemán "Be- deutung" en la acepción de Frege (denotación o r efe- rencia, "denotatum"), al tiempo que como verbo -"to denote"- traduce los alemanes, correlativos para Frege, "bedeuten" y ttbezeichnen" (denotar, designar y-al me- nos para el caso concreto de las descripciones definidas- nombrar). Cfr. para este punto. R. Carnap, Meaning and Necessity, 2.& ed., Chicago, 1959, §§ 24 Y 28. La vigorosa distinción de Russell entre nombres y descripciones. apun- tada ya en este articul o e insistentemente desarrollada en su obra posterior, bastaría para obligarp..os a distinguir entre uno y otro sentido del tér:nino "denotation". No es, sin embargo. aconsejable tratar de disipar en nuestra tra- ducción aquella ambigüedad: lo que en este ensayo se dis· cute es precisamente el tema de la denotación, y es el contraste con otras teorías de la misma lo que da pie al autor para dilucidar la suya propia. A esta razón se debe, sin duda, el abandono por parte de Russel1 de su primitiva traducción de ttBedeutung" por "indication" en The Prin- ciple.s of Mat hematics. 53 la actual reina de Inglaterra, el actual rey de el centro de masa del sistema solar en el pri- mer mstante del siglo xx, la revolución de la tierra en torno al sol, la revolución del sol en torno a la tierra. As[ pues, una expresión es denotativa exclusivamente en vir- tud de. su forma. Podemos distinguir tres casos: (1) Una expreSIón puede ser denotativa y, sin embargo, no deno- tar cosa alguna; por ejemplo, "el actual rey de ¡"rancia". (2) Una expresión puede denotar un objeto determin d . p . 1 a o , or eJemp o, "la actual reina de Inglaterra" denota una det.ermin.ada mujer. (3) Una expresión puede denotar algo CIerto margen de vaguedad; por ejemplO, "un hom- bl.e no muchOS. hombres, sino un hombre indeter- minado. La mterpretaclón de tales expresiones constituye una ardua tarea; a decir verdad, es realmente dUícil ela· borar a. este respecto una t eoría que no sea formalmente susceptlble de refutación. Todas las dificultades con las yo me he tropezado están resueltas, hasta donde he po· dldo. comprobarlo, mediante la teor fa que aquf trato de explicar. El problema de la denotación es de una importancia v.erdaderamente notable no sólo en lÓgica y en matemá- tICas, sino también en la teoría del conocimiento. Por ejem- plo, 5a.bemos que el centro de masa del sistema solar en un Instante dado 10 constituye un punto determinado y podemos formular tma serie de proposiciones en suyo; pero no tenemos conocimiento directo de dicho pun- sólo nos es conocido por vIa de descripción. La dis- tinCIón conocimiento directo y conocimiento acerca de 2 eqUlvale a distingui r entre cosas de las cuales tene- mos y cosas de las que únicamente cobra- mos por medio de expresiones denotativas. Con frecuencIa, sabemos que una cierta expresión denota in· equivocamente un objeto determinado, por más que ca· rp.zcamos de conocimiento directo de aquello que denota; 2l-'ara la distinción entre acquaintance y knowled e t.lbout,. que preludia la distinción entre knowledge gy acquamtance y knowledge by description véase el 1 t17C5ulO Sobre la naturaleza del conocimiento directo ar- y ss. de este libro. ' pp. 54 es lo que ocurre en el caso antes citado del centro de masa. En la percepción adquirimOS conocimiento directo de los objetos de percepción, Y en el pensamiento lo adqui· rimos de objetos de carácter lógico más abstracto; pero no poseemos necesariamente un conocimiento directo de los objetos denotados por expresiones compuestas de pala- bras cuyos significados conocemos directamente. Para adu- cir un importante ejemplo: no parece existir razón algu· na para creer que tengamos conocimiento directo del psi· quismo de otras personas, dado que éste no es directa- mente percibidO por nosotros; por tanto, cuanto conozca- mos acerca de este asunto lo conoceremos denotativamente. Todo pensamiento ha de partir del conocimiento directo; pero a veces es posible pensar ace7·ca de muchas cosas res- pecto de las cuales carecemos en absoluto de conocimien- to directo. El curso de mi argumentación será el siguiente: co- menzaré por exponer la teoria que trato de defender· ; a continuación someteré a discusión l as teorías al respec- to de Frege Y Meinong, poniendO de manifiesto por qué ninguna de las dos me satisface; tras ello, me referiré a las razones que avalan mi teoria; y, finalmente, mos- traré en pocas palabras las consecuencias filosóficas de la misma. Mi teoría, para exponerla brevemente, procede como si- gue. Tomo la noción de variable como fundamental; em- pleo "C(x)" para designar una proposición •• de la que x sea elemento constitutivo, donde x, la variable, estará esencial y completamente indeterminada. podremos, a continuación, pasar a considerar las dos nociones "C(x) es siempre verdadera" y "C(x) es algunas veces verda- dera" .... Con estos elementos, t odo, nada y algo -que • He tratado este punto en The Principies 01 Ma- t hematics, cap. V y Apéndice A, § 476. La teoría alli de- fendida se aproximaba mucho a la de Frege, difiriendo considerablemente de la que se ha de sostener en 10 que sigue. •• 0 , para ser más exactos, una función proposicional. ••• La segunda de ellas podría definirse por medio de la primera si le asignásemos el sentido: "No es verdad que 'C(x) es falsa' sea siempre verdadera". 55 -- son las expresiones denotativas más prirnltivas- podrán In tcrpretarse del siguien te modo: C(todo) significa "C(x) es siempre verdadera"; C(nada) significa " 'C(x) es falsa' es siempre verda. dera"; C(algo) significa "Es falso que 'C(x) es falsa' sea siem- pre verdadera" "'. As[ pues, se tomará la noción "C(x) es ver- dadera" como elemental e indefinible, y las restantes se definirán por medio de ella. Todo, nada y algo, to- madas aisladamente, son expresiones carentes de signi- ficado, pero a toda proposición en que intervienen le es asignado algún significado. El principio fundamental de la teoría de la denotación que trato de defender es éste: que las expresiones denotativas nunca poseen sig- nificado alguno consideradas en sI mismas, pero que to- da proposición en cuya expresión verbal intervienen aqué- llas posee un significado. Las dificultades relativas a la denotación son todas ellas, a mi parecer, fruto de un análisis incorrecto de las proposiciones cuya formulación verbal encierra expresiones denotativas. El análisis apro- piado, si no me equivoco, debe llevarse a cabo como ex- pongo más abajo. Supóngase ahora que deseamos interpretar la proposi. ción "Me encontré con un hombre". Si es verdadera, me habré encontrado con un cierto homhre determinado; pero no es esto lo Que afirmo en la proposición en cuestión. Lo Que afirmo. de acuerdo con la teorIa que sostengo, es: " 'Me encontré con x, y x es humano' no es Siempre falo sa". En general, al definir la clase de los hombres como la clase de los objetos que poseen el predicado humano damos a entender que: "C(un hombre)" significa .. 'C(x) y x es humano' no es siempre falsa" . De este modo, la expresión "un hombre" queda como pletamente desprovista por s( misma de significado. mas '" En ocasiones me serviré. en sustitución de esta complicada expresión, de las siguientes: "C( x) no es Siempre falsa", o " C(:r:) es algunas VCCE'S verdadera" admitiendo que por definición su significado es idéntico al de la primera. 56 \ ¡ se confiere un a todas aquellas proposiciones en cuya expresión verbal interviene dicha expresión. Considérese a continuación la proposición "Todos los hombres SOn mortales". Nuestra proposición· es en rea· lidad una proposiCión hipotética y establece que si hay alguna cosa quP sea un hombre, ésta es mortal. Esto es, enuncia que si x es un hombre, x es mortal, cualquiera flue :1: pueda ser. Por tanto, sustituyendo "x es un hom- bre" por "x es humano", tendremos: "Todos los hombres son mortales" significa "'Si x es humano, entonces x es mortal' es siempre verdadera". Esto es lo que se expresa en lógica simbólica diciendo que "todos los hombres son mortales" significa " 'x es humano' implica 'x es mortal' para cualquier valor de :r:". De modo más general, diremos: "C(todos los hombres)" significa" 'Si x es humano, en· tonces C(x) es verdadera' es siempre verdadera". De modo semejante: "C(ningún hombre)" significa" "Si x es humano, entono ces C(x) es falsa' es siempre verdadera". "C(algunos hombres)" sIgnificará lo mismo que "C(un hombre)" u, y "C(un hombre)" significa "Es falso que 'C(x) y x es humano' sea siempre falsa". "C(todo hombre)" significará lo mismo que "C(todos los hombres)". Rcsta la interpretación de las expresiones que contie- nen el. Estas son, con mucho, las más interesantes y complicadas de las expresiones denotativas. Tómese como ejemplo "El padre de Carlos II fue ejecutado". Esta pro- posición enuncia que hubo un x que fue el padre de Caro los 1I y que fue ejecutado. Ahora bien, el, empleado con rigor, envuelve exclusividad: es cierto que hablamos de • Como acertadamente se ha hecho ver en la Lógica de Bradley, libro 1, cap. n. *. Desde el punto de vista psicológico, "C (un hom- bre)" sugiere que se trata de únicamente un hombre, mientras que "e (algunos hombres)" da d.e tratarse de más de uno. En este nuestro esbozo prelmunar de la cuestión podremos, sin embargo, pasar por alto tales su- gerencias. 57 el hijo de Fulano de Tal incluso cuando Fulano de Tal tiene varios hijos, pero seria más correcto decir en este caso un hijo de Fulano de Tal. Asf pues, y para nues- tros fines, emplearemos el como dando a entender exclu- sividad. Asi, cuando digamos ".v fue el padre de Car- los JI", no sólo afirmaremos que x mantuvo una cierta relación con Carlos II, sino también que nadie más man- t uvo dicha relación. La relación en cuestión, sin implicar exclusividad y sin recurso a expresión alguna denotati- va, quedaría expresada mediante "_v engendró a Car- los H". Para hacerla equivaler a "x fue el padre de Car- los JI", deberfamos añadir "Si y es otro que x, y no en- gendró a Carlos JI" o, lo que es lo mismo, "Si y engendró a Carlos H, y es idéntico a x". Por tanto, "x es el padre de Carlos JI " se convertirá en: ".v engendró a Carlos II; Y 'si y engendró a Carlos JI, y es idéntico a x' es siempre verdadera de y". Así pues, "El padre de Carlos JI fue ejecutado" 10 hará, a su vez, en: "No siempre es falso de x que x engendró a Carlos n. y que x fue ejecutadO, y que 'si 11 engendró a Carlos JI, y es idéntico a x' es siempre verdadera de y". Es posible que ésta r esulte una interpretación un tan- to inveros[mil; pero por el momento no trato de argu- mentar: estoy limitándome a exponer mi teoría. Para interpr etar "C(el padre de Carlos II)", donde C re- presenta un enunciado cualquiera acerca de éste, sólo te- nemos que sustituir en el anterior "x fue ejecutado" por C(xl. Obsérvese que, de acuerdo con la mencionada inter- pretación. cualquiera que pueda ser el enunciado C, "C (el padre de Carlos II)" implicará : "No siempre es falso de x que ~ s i 11 engendl'Ó a Car- los JI, y es idéntico a x' es siempre verdadera de y", que es lo que se expresa en el lenguaje corriente me- riante "Carlos II tuvo un padre y no más"_ Consiguien. temente, si falta esta condición, toda proposición de la forma "C(el padre de Carlos H)" será falsa. Así, por ejemplo, toda proposición de la forma "C(el actual rey de Francia)" será falsa. Es ésta una gran ventaja de la 58 presente teoría. Más adelante mostraré que ello no aten- ta, como podrla suponerse a primera vista, contra el p r i n ~ cipio de contradicción. Lo anteriormente expuesto nos facilita una reducción de todas las proposiciones en que intervienen expr esio- nes denotativas a fórmulas en las que no intervienen ta- les expresiones. El examen que sigue tratará de poner de manifiesto el por qué de la necesidad de llevar a cabo una tal reducción. La evidencia de la teoría que acabamos de desarrollar se desprende de las inevitables dificultades a que habría- mos de enfrentamos si considerásemos a las expr esiones denotativas como auténticos elementos constitutivos de las proposiciones en cuya formulación verbal int ervienen. La más simple de entre las posibles teorías que admiten ta- les elementos constitutivos es la de Meinong *. Esta teo- da considera que toda expresión denotativa gramatical. mente correcta representa un objeto. Así, "el actual rey de Francia", "el cuadrado redondo", etc., son entendidos como auténticos Objetos. Se admite que tales objetos no subsisten, pero, no obstante, se sobreentiende que son objetos. Esto ya constituye de por sí una interpretación düicilmente sostenible ; pero la Objeción principal es que tales objetos amenazan decididamente con infringir el principio de contradicción. Se pretende, por ejemplO, que el actualmente existente rey de Francia existe y que, al mismo tiempo, no existe; que el cuadrado r edondo es re- dondo y, a la vez, no redondo. Pero tal pretensión resulta intolerable; y si pudiera encontrarse una teoría que evi- tase semejantes conclusiones, habría, sin duda alguna, que preferirla. La teoría de Frege evita aquella infracción del prin- cipio de contradicción_ Frege distingue en toda expresión denotativa dos elementos que podríamos denominar, r es- * Véanse en Untersuchungen zur Geyenstandtheorie und Psychologie (Leipzig, 1904) los t res primeros articu- los (de Mei nong, Ameseder y MalIy, r espectivamente). 59 pectivamsiciones no se convie¡'ten en absurdas simplemente porque sus antece- dentes sean falsos. El Rey de La Templlstad podría decir "Si Fernando no se ha ahogado, Fernando es mi único hijo" 3. Ahora bien, "mi único hijo" es una expresión de- .. Se dirá en dicha teona que una expresión denotativa /' .1:p'r('sa un significado, y tanto de la expresión como del significado se dirá que (lenotan una denotación. En la korfa que yo defiendo no habrá significado alguno, sino uln sólo en ocasiones denotación. I Naturalmente, el Rey habla aquí de hi jos varones pues, como se recordará, tenia también una hi ja. 61 notativa que, por lo tanto, denota algo si, y sólo si, yo tengo exactamente un hijo. Pero la proposición arriba ci- tada habría seguido siendo verdadera si Fernando se hu- biese efectivamente ahogado. Así pues, deberemos o bien estipular una denotación en aquellos casos en que a pri- mera vista falte ésta, o bien abandonar la tesis de que sea la denotación lo que entra en juego en las proposi- ciones que contienen expr esiones denotativas. Esta úl tima es la solución que yo propugno. Por la primera podría op· tarse, como en el caso de Meinong, sobr e la base de ad- mitir objetos que no subsisten, objetos que no obedece- rían el pr incipio de contradicción; hay que hacer, ,;5in em- bargo, lo posible por evitar este recurso. Otra manera de decidirse por la misma solución (al menos por lo que se refiere a nuestra presente alternativa) es la adop- tada por Frege. quien establece, por definición, una de- notación puramente convencional para todos aquellos ca- sos en los que, de otro modo, no la habría. Así, "el r ey de Francia" denotará la clase vacía; "el único hijo del se- ñor Tal y Tal ", que tiene una espléndida prole de diez, denotará la clase de todos sus hijos, etc. Mas este pro- cedimiento, aunque de hecho no conduzca a ningún error lógico, es puramente artificial y no facilita un análisis ri- guroso de la cuestión. Si admitimos, pues, que las expre- siones denotativas poseen en general esta doble propie- dad de significar y denotar , aquellos casos en los que no parezca haber denotación alguna plantearán dificultades, tanto si de hecho la hay como si no la hay. Una te orla lógica debe ser puesta a prueba por su ca· pacidad para enfrentarse con rompecabezas, y ejercitar a nuestra mente en el más amplio repertorio posible de rompecabezas constituye, por lo que hace a la lógica, un procedimiento sumamente recomendable, puesto que aqué. llos desempeñan, en gran medida, idéntica función que los experimentos en física. Voy a continuación a presentar tres rompecabezas que una teorla de la denotación debe- I'ía ser capaz de resolver ; y mostraré más adelante que mi teoría los r esuelve. 62 (1) Si a es idéntica a b, cuanto sea verdadero de una dE: dichas expresiones lo será de la otra_ Por la misma, razón, será posible sustituir en una proposíción a una de ellas por la otra sin alterar la verdad de dicha proposición. Ahora bien, Jorge IV deseaba saber si Scott era el autor de Waverley; y Scott lo era realmente. Podremos, por tanto, sustituir el autor de "Waverley" por Scott y de ese modo probar que J orge IV deseaba saber si Scott era Scott. Con todo, difícilmente calJría atribuir al primer gentleman de Europa un especial interés por el pr incipio de identidad. (2) En virtud del principio de tercio excluso, una de estas dos proposiciones: "A es B" o "A no es B n , ha de ser verdadera. Por tanto, o bien es verdadera "El actual r ey de Fl'aneja es calvo" o lo es "El actual r ey de Fran- cia no es calvo". No obstante, si enumerásemos las cosas que en el mundo son calvas y a continuación hiciésemos lo mismo con las que no son calvas, no hallarbmos al ac- tual rey de Francia en ninguno de ambos conj untos. Los hegelianos. con su predilección por la síntesis, concluirían acaso que lleva puesta una peluca. (3) Considérese la proposición "A difiere de B". Si es verdadera, habrá una diferencia entre A y B, circunstan- cia expresable mediante la fórmula "La diferencia entre A y B subsiste". Per o si es falso que A difiere de B, no habrá entonces ninguna diferencia entre A y B, lo que podrá expresarse mediante la fórmula "La diferencia en- t re A y B no subsiste". Mas ¿cómo es posible que una no-entidad sea el sujeto de una proposición? "Pienso, lue- go existo" no es más evidente que "Soy el sujeto de una proposición, luego subsisto", una vez convenido que "SOy" expresa aquí el ser o el subsistir *, más bien que la exis- * Considero sinónimos ambos términos (T,-Tal sino- nimia es un r esiduo de la influencia de Meinong en Tit e Princi pl es 01 Mathematics. Siguiendo a aquél de cer- ca, Russell distinguía allí entre e:ristencia y ser (o subsis- tencia) sobre la base de que. en tanto la primera era en- tendida como una propiedad de ciertas clases de indivi- duos, el ser o la subsistencia corresponderían a todo objeto concebible. incluidos 103 dioses homéricos y las quimeras, que serían entidades por lo tanto). 63 tencia. De este modo, l a negación de la entidad de cual- quier cosa resultada siempre contradictoria consigo mis- ma; pero hemos visto, a propósito de Mcinong, Que el admitirla lleva también a veces a contradicciones. Asi, si A y B no difieren, parece igualmente imposible suponer que haya o deje de haber un objeto como "la difer encia entre A y B". La r elación del significado con la denotación envuelve ciertas dificultades bastante curiosas que por si solas pa- recen suficientes pa ra probar la incorr ección de la teorla que las provoca. Cuando deseemos hablar aeerca del sionificado de una expresión denotativa, en cuanto opuesto a su denot aci6n, el modo más sencillo de hacerlo consistirá en r ecurrir al entrecomillado_ Asi, diremos: El centro de masa del sistema solar es un punto, no un complejo denotati vo ; "El centro de masa del sistema solar " es un complejo denotativo, no un punto. O también: La primera Hnea de la Elegía de Gray enuncia una pro- posición ; "La primera Unea de la Elegía de Gray" no enuncia una proposición_ Asi pues, tomando una expr esión denotati va cualquie- ra, sea por ejemplo C, vamos ahora a considerar la rela- ción entr e C y "C", cuya difer encia r esponde a lo ejem- plificado en los dos casos anter ior es. Diremos para empezar que, cuando tengamos C, será acer ca de la denotaci6n de lo que hablemos; cuando ten- gamos "C", se tratará en cambio del sionificado. Ahora bien, la r elación entre el significado y la denotación no es meramente lingüística ni circunscrita al seno de la ex- presión: ha de darse, envuelta en ella, una r elación ló- gica, que expresaremos diciendo que el significada de- nota la denotaci6n_ Mas la dificultad con que nos enfren- tamos radica en la imposibilidad de conservar la conexión entre el significado y la denotación y evi tar, a la vez, el reducirlas a una y la misma cosa ; asimismo, nos encon- 64 tramos con que el significado no puede obtenerse sino por medio de expresiones denotativas. Esto sucede como sigue. Por lo que respecta a la expresión C, ésta tendría que poseer tanto significado como denotación. Pero si habla- mos de "el significado de C", tendremos con ello, en todo caso, el significado (si lo hay) de la denotación. "El sig- nificado de la primera linea de la Elegía de Gray" es lo mismo que "El significado de 'The curfew tolls the knell of parting day"'4, pero algo distinto de "El Significado de 'la primera linea de la Elegía de Gray"'. Así pues, para obtener el signüicado deseado deberemos hablar no de "el significado de C", sino de "el significado de ' C"', que equi- valdría sin más a "C". De modo semejante, "la denota- ción de e" tampoco dará a entender 10 que se pretende en este caso, sino algo que, de poseer alguna denotación, de- notará lo denotado por la denotación deseada. Sea "C", por ejemplo, "el complejo denotativo que interviene en el segundo de los ejemplos anteriores"_ En ese caso, ten- dremos: C = "la primera línea de la Elegía de Gray", y la denotación de C = Tite curf ew tolls the knell of pa.1·- ting day. Mas lo que nosotros pretendiamos obtener como deno- tación era "la primera linea de la Elegía de Gray·. Asi pues, habremos fracasado en nuestro intento de conse- guir lo que deseábamos. La dificultad con que tropezamos al hablar del signifi- cado de un complejo denotativo pOdría formularse en es- tos términos: tan pronto como en una proposición de- mos entrada a dicho complejo, la propOSición versará acerca de la denotación; y si formulamos tina proposición acerca de "el significadO de C", nos estaremos refiriendo, en todo caso, al significado (si lo hay) de la denotación, que no era lo que pretendiamos. Esto nos lleva a concluir que, cuando distingamos entre significado y denotación, nos estaremos ocupando forzosamente del significado: el • "La esquila dobla por el día que parte." 65 6 significado posee denotación Y es un complejo, y nada hay, aparte del signüicado, de 10 que podamos decir que sea nuestro complejo y que posea a la vez significado y denotación. La fórmula exacta, por lo que se refiere a la interpretación aquí considerada, seria Que algunos signi· ficados poseen denotación. Esto, empero, sólo torna más evidente la dificultad con que nos tropezamos al hablar del significado. Pues su· pongamos que e es nuestro complejo; habremos de decir entonces que e es el significado del compleja. Sin embar· go, cuando e aparece sin comillas, lo que se dice acerca de e no es verdadero del significado, sino tan sólo de la denotación, como cuando decimos: el centro de masa del sistema solar es un punto. Así pues, cuando tratemos de referirnos a e mismo, esto es, de formular una propo- sición acerca del significado. no hablaremos de e, sino de algo que lo denote. En consecuencia, "e", expresión de la que nos servimos cuando deseamos hablar del signifi· cado, tampoco será el significado, sino algo que denote a éste. Y e no intervendrá como elemento constitutivo de este complejo (como lo haria en "el significado de e"); pues si e formara parte del complejo, seria su denotación, no su significado, lo que entraría en juego en este caso, sin que haya manera de remontarnos de las denotaciones a los significados, puesto que todo ohjeto puede ser de- notado por un número infinito de diferentes expresiones denotativas. Asi pues, podría parecer que "e" y e son entidades di- ferentes, tales que "e" denote a e; mas esto nada explica- da, ya que la relación de "e" a e seguiría envuelta p o ~ completo en el misterio; Y ¿dónde habr[amos de locall- zar al complejo denotativo "e" encargado de denotar a C? Más aún, cuando e interviene en una proposición, no es sólo la denotación lo que entra en juego (como vere- mos en el párrafo siguiente) ; sin embargo, según lo con- venido en la interpretación en cuestión, e representa ex- clusivamente la denotación, quedando el significado rele- gado por entero a "e". Todo esto constituye un enredo inextricable Y parece demostrarnos que la distinción en- 66 tre significado y denotación ha sido, en su totalidad. mal, concebida. Que el significado cuenta cuando en una proposición nos encontramos ante una expresión denotativa, puede probarse formalmente por medio del rompecabezas acerca del autor de Waverley. La proposiCión "Scott era el autor de W averley" ostentará una propiedad no poseida por "Scott era Scott", a saber, la de que Jorge IV se intere· sase por su verdad. Así pues, ambas proposiciones distan de ser idénticas; por consiguiente, en caso de sumarnos a la opinión que acepta semejante distinción, el signifi- cado de "el autor de Wa'verZey" contaría tanto como la denotación. Sin embargo, como acabamos de ver, en la medida en que adoptemos este punto de vista nos vere· mos obligados a admitir que sólo la denotación entra aquí en juego. Por tanto, dicho punto de vista tendrá que ser abandonado. Queda por mostrar ahora cómo todos los rompecabezas que hemos estado considerando se resuelven por medio de la teoría expuesta al comienzo de este articulo. De acuerdo con la tesis que defiendo, una expresión de- notativa forma por naturaleza pa1·te de una oración y carece, como la gran mayoría de las palabras aisladas, de significací6n por cuenta propia. Si digo "Scott era un hombre", se t ratará de un enuncíado de la forma "x era un hombre", Que tiene a "Scott" por su sujeto. Pero si digo "El autor de Waverley era un hombre", no se tratará de un enunciado de la forma "x era un hombre", y no tendrá por su sujeto a "el autor de WaveTl ey". Resumiendo el que expusimos al comienzo de este ar- tículo, podremos formular el siguiente enunciado en sus- titución de "El autor de WaveTley era un hombre": "Una y sólo una entidad escribió Waverley. y dicha entidad era un hombre". (Esta formulación no da una idea tan rigu- rosa de lo que tratamos de deci r como la que antes expu- simos, pero resultará más cómodo servirnos de ella en lo que sigue). Y en términos generales, si deseásemos de- cir que el autor de Waverl ey poseía la propiedad no de que "A posee tales y tales características", donde A sea el psiquismo de Fulano. En semejantes casos, conocemos las propiedades de una cosa sin conocer directamente la cosa misma y, en consecuencia, sin tener conocimiento de una sola proposición de la que dicha cosa sea elemento cons- titutivo. No diré nada acerr:a de otras varias consecuencias de la tesis que hemos venido manteniendo. Me limitaré a ro- gar al lector que no se pronuncie en contra suya -como podría sentirse tentado de hacerlo a causa de su compli- cación, excesiva en apariencia- en tanto no haya probado por si mismo a elaborar una teoria de la denotacíón. Su ensayo, estoy seguro, acabará por convencerle de que, cualquiera que pueda ser la teorIa correcta a este res- pecto, dicha teoría dista mucho de ser tan sencilla como podría haberse esperado en un principio. 74 La lógica matemática y su fundamentación en la teoría de los tipos. En el artículo MA'l'B"EMATICAL LOCIC AS BASED ON TBE THEORY OF TVPES, publicado por vez prime1'a en el AME- L'UCAN JOURNAL OF MATHEMATICS, of7'ece Russell St¿ f amoso intento de solución de una serie de problemas clásicos de la matemática y la lógica, q'Ue env'Uelven la apal'wnc'ia de contradicción. Un adelanto de la teona de los tipos (como entonces la denominó) había sido ya "presentado atUulo de ensayo" en el segundo apéndice de THE PRTNClPLES OF MATHEM¡\TICS. Constituye un tratamiento de la C'Uestión inte1-esante desde el punto de vista histórico, ya q'Ue en él se nos 7n'Uest1-an estas ideas en la forma que tomaron re- cién discurridas por Russell a prinCipios de siglo, si bien se trata -como llega a reconoce1'se en la Introducción a la segunda edición de aquella obra en 1937- "únicament e de un esbozo" de l a teona, El aTtíe'ulo que aqu.í se reprodu- ce nos la presenta en la q'Ue había de ser su versión de- finitiva, por mds q'Ue estas ideas se comprendan mejo',. a la luz del más amplio contexto en el que reapm'ecen en el primer volumen de l os PRl CIPIA MATnEMATlcA (1910). 75 La teoría de l os tipos ha jugado un papel tan relevante en la filosofía de nuestro tiempo que resulta ocioso de. tenernos a destacar su importancia, como no sea para decir que el presente artículo constituye uno de l os tra. bajos más brillantes de Russell , universalmente recono. cido como una obra maestra del pensamiento fi l osóf ico contemporáneo. 76 I 1908 LA LOGICA MATEMATICA y SU FUNDAMENTACION EN LA TEORIA DE LOS TIPOS La siguiente teoría de la lógica simbólica se me acredi· tó, en primer lugar, por su capacidad para r esolver ciertas contradicciones, la más conocida de las cuales es para los matemáticos la de Burali·Forti relativa al mayor número ordinal *. Mas la teoría en cuestión no parece depender por entero de esta indirecta utilidad; también presenta, si no me equi voco, un cierto acuerdo con el sentido co· mún que la hace int rínsecamente verosímil. No es éste, sin embargo, un mérito al que quepa concederle mucha importancia; pues el sentido común es bastante más fa· lible de lo que se gusta creer. Por consiguiente, comen· zaré por exponer algunas de las contradicciones a r esol· ver y mostraré a continuación cómo procede la teor ía de los tipos lógicos para su solución. I. LAS CONTRADICCIONES (1) La más antigua contradi cción de este género es la de Epiménides t . Epiménides el Cretense sostenía que too * Véase m á ~ abajo. 1 Universalmente conocida bajo el nombre de paradoja 77 dos los cretenses eran mentirosos, y todas las demás afir. maciones hechas por los cretenses constituían, en efecto, mentiras. ¿Era la de Epiménides una mentira? La versión más sencilla de esta contradicción la tenemos en el caso del hombre que dice "Estoy mintiendo"; si miente, di ce la verdad y viceversa. (2) Sea w la clase de todas aquellas clases que no son miembros de si mismas. En ese caso, cualquiera que pue. da ser la clase :r, "x es un w" equivaldrá * a "x no es un x". En consecuencia, dando a x el valor w, "w es un w" equivaldrá a "w no es un w". (3) Sea T la r elación que subsiste entre dos relaciones R y S siempre que R no guarde la relación R respecto de S. En ese caso, cualesquiera que puedan ser las rela. ciones R y S, "R guarda la relación T respecto de S" equivaldrá a "R no guarda la relación R respecto de S". Por tanto, dando a la vez el valor T a R y a S, 1fT guaro da la relación T respecto de '1'" equivaldrá a liT no guaro da la r elación T respecto de T". (4) El número de sílabas de los nombres castellanos de números enteros finitos tiende a aumentar por re. gla general a medida que los enteros van haciéndose ma. yores y aumentará, de modo gradual, indefinidamente, puesto que mediante un número finito dado de sílabas sólo podría formarse un número asimismo finito de nomo bres. En consecuencia, los nombres de algunos enteros habrán de constar de por lo menos treinta y tres sílabas y se dará, entre éstos, uno que sea el menor. Así pues, "el menor de los números enteros no susceptibles de ser nombrados con menos de treinta y tres silabas" habrá de denotar un determinado númer o enter o. Pero "el menor de los números enteros no susceptibles de ser nombrados con menos de treinta y tres silabas" es, por su parte, un nombre que consta de treinta y dos sUabas 2; por tanto, del su primera formulación parece remontarse al dialéctico de Mileto (S. IV a. C.). * Dos propOSiCIOnes se dicen equivalentes cuando son ambas verdadera o ambas falsas. 2 En el original "the least integer not narneable in fewer t han ninet een syllabes" (el menor entero no sus. 78 , ; i ¡ .' t el menor de los números enteros no susceptibles de ser nombrados con menos de treinta y tres sílabas puede ser nombrado por medio de treinta y dos, lo que supone una contradicción "'. (5) Algunos de entre los números ordinales transflni· tos pueden ser definidos, mientras otros no pueden serlo; pues el número total de definiciones posibles es mien· tras que el número de los ordinales transfinitos excede a Por consiguiente, deberán darse ordinales indefini· bIes y, de entre éstos, habrá uno que sea el menor. Mas éste se define como "el menor ordinal indefinible", lo que constituye l\na contradicción "'*. (6) La paradoja de Ri cbard *** se asemeja a la del menor ordinal indefinible. Consiste en lo sigui nte: con· sideremos todos los números decimales que pueden ser definidos por medio de un número finito de palabras; sea E la clase de dichos decimales. En ese caso, E tendrá términos y sus miembros podrán ser ordenados como elLo, 2.°, 3.° ... Sea ahora N un número definido como sigUI:.' : si la n·ésima cifra del n-ésimo decimal es P, sea p+ 1 (ó O, si p=9) la n-ésima cifra de N. En ese caso, 11' será diferente de todos los miembros de E, ya que para ceptible de ser nombrado con menos de diecinueve sílabas en inglés), expresión que-como se ve-consta de dieci· ochO) silabas. * Esta contradicción me fue sugerida por el Sr. Berry, de la Bodleian Library. ** Cfr. Konig. x. 1-. (ax) . <¡>X. ' Un número se dice aquí "numéricamente menor" que E cuando está compr endido entre - E Y + E. 87 b I real; mientras que cuando se dice de una función que es SIempre verdadera, o que no lo es siempre, se denomina al argumento variable aparente *. Así pues, en la definición que acabamos de considerar f será una variable r eal, y u, f, o serán var iables aparentes. Cuando aseveramos cualquier valor de una función pro· posicional, diremos simplemente que aseveramos la f un· ción p?·oposicional. Asi, si enunciamos el principia de iden· tidad en la forma "x=x", estaremos aseverando la fun- ción "x=x", esto es, cualquier valor de esta función. De modo semejante, podría decirse que denegamos una fun· ción proposicional cuando denegamos cualquier caso de la misma. En r ealidad, únicamente podemos aseverar una función proposicional cuando, cualquiera que sea el valor que elijamos, este valor es verdadero; de modo semejante, sólo podemos denegarla r ealmente si, cualquiera que sea el valor elegido, este valor es falso. Por lo tanto, en el caso corriente de que algunos valores sean verdader os y * Ambos términos son debidos a Pea no, quien los empleó aproximadamente en el mismo sentido ql1e aca- bamos de considerar. Cfr. por ejemplo. Forrnulaire Ma· thématique, Turfn (1 903), vol. IV, p. 5 (T. - Para Peano, en efecto, una variable lo es efectiva o aparentemente en una fórmula dada según que los valores de esta última dependan o no, respectivamente, de los de dicha var ia- ble : a diferencia, por ejemplo. de las igualdades que ex- presan leyes de la matemática. las ecuaciones matemá- ticas contendrán siempre variables efectivas o r eales; de la misma manera, por lo que hace a la lógica, expresio- nes como "x es un hombre" contendrán a x como va- riable efectiva o r eal, mientras que en expresiones como "x es un hombre implica x es mortal para todos los valores de x" la x será una variable aparente. Los Principia Mathematica recogerían la presente distinción de Peano, dándole un amp1io curso para luego abando- narla en su segunda edición [Cfr. PM, l ntroduction to the second edition, 1927J. Hoy en di a es más frecuente denominar en lógica ligadas o libr es a las variables -en lugar de aparentes o r eales, respectivamente-- según que en la correspondiente fór mula aparezcan o no cuan· tificadas). 88 algunos falsos, no nos sera posible aseverar ni denegar una función proposicional *. Si q>x es una función proposicional, expresaremos me- diante "(x).cpx" la proposición "q>.'t' es siempr e verdade- ra". De modo semejante, "(x,Y).q>(x,y) " expresará "q>( x,y) es siempre verdadera". En cuyo caso, la distin- ción entre la aserción de todos los valores y la aserción de cualquier valor equivaldrá a la distinción entre (1) a-severar (x).cpx y (2) aseverar q>.'t', donde x permanece sin determinar. Esta segunda expresión diferirá de la primera en que no puPde ser tratada como una proposi- ción en sentido estricto. La distinción existente entre la aserción de cpx y la aserción de (x).cpx fue, que yo sepa, puesta por vez pri- mera de relieve por Frege **. La razón que le llevó a in- troducir explícitamente la distinción fue la misma que habla motivado su presencia en la práctica de los mate- máticos ; a saber, que la deducción sólo puede efectuarse mediante variables reales y no por medio de variables aparentes. En el caso de las demostraciones de Euclides resulta esto evidente: necesitamos (pongamos por caso) de un triángulo ABC al que aplicar nuestro razonamien- to, aunque no importa en realidad de qué triángulo se trate. El t riángulo ABC es una var iable real; y aunque se trata de un triángulo cualquierá, permanece siendo el mismo triángulo a todo lo largo del r azonamiento. En la enunciación general, por el contrario, el triángulo es una variable aparente. Si nos atuviésemos a la variable apa· rente, no nos sería posible llevar a cabo deducción algu· * El Sr. MarCon divide a las "proposiciones" en tres clases: proposiciones ciertas, variables e imposibles. Por nuestra parte, podremos aceptar tal división aplicándola a las funciones pr oposicionales: una función que pueda lSer asever ada será cierta ; una que pueda denegarse, imposible ; y todas las restantes, variables (en el sentido del Sr. MacColl). ** Cfr. sus Grundgesetze der ATithmetik (Jena, 1893) . volumen l, § 17, p. 31 (hay r eedición r eciente de esta obra: G. d. A.. dos volúmenes en uno, Hildesheim, 1962- T.) 89 na, y ésta es la razón de que en toda demostración haya de hacerse uso de variables reales. Supóngase, para too mar el caso más sencillo, que conocemos nx implica siem- pre !\Ix" , esto es, " (x). (X es verda- dera, y si q>x implica !\Ix, entonces !\Ix es verdadera. Pero carecemos de premisas en las que se establezca que q>x es verdadera y que x implica siempre !\Ix. Para poder llevar a cabo nuestra inferencia, hemos de pasar, pues, de ".1: implica !\Ix" infer iremos "!\Ix" ; as[ pues, !\Ix es verdadera para cualquier posible argumento, y, por lo tanto, es siem- pre verdadera. De este modo, para poder inferir "(x). !\IX" de "(x) . pose1da por ú y por los suce- sores de los números que la posean." Pues en este caso resulta esencial la consideración de toda propiedad *, no de cualquier propiedad; y al ser virnos de semejante de- finición suponemos que esta última expresa una propie dad distintiva de los números enter os finitos, suposición ésta de la índole, precisamente, de las que, como vimos, hacen surgir contradicciones reflexivas. En el ejemplo anterior es necesario que evitemos de- jarnos seducir por el lenguaje ordinar io, no del todo ade· cuado para expresar la requerida distinción. Este punto puede ilustrarse más detalladamente como sigue: si he- mos de servirnos de la inducción para definir a los nú' meros enteros finitos, la inducción deberá estahlecer una determinada propiedad, no una propiedad indefinida, de los números enteros finitos. Mas si

X, sino "<¡>x implica p". 93 :, I 1 1 I ~ I : I I nes generalizadas no s610 a aquéllas que contienen el vo- cablo todo(s). sino también a aquéllas que contienen el vocablo algún. La proposici6n "ntenderse uno de 'aquellos para los que sea significa- ti va epx. 99 términos que posean la propiedad cp poseen la propiedad 1jI". l.:!>to significa, de acuerdo ton la intcrj)relaC'ión ano teriol': "cpx implica siempre IjIx". En el supuesto de que C'I campo de significación de cpx sea el mismo que el de IjIx, ste enunciado es significativo; así, dada cualquier función determinada cp:¡; podrán formarse proposiciones acel'ca de "todos los términos que satisfacen q>x". Pero a veces sucede (como veremos con detalle más adelante) que 10 que verbalmente se nos presenta como una única función constituye realmente una diversidad de funcio· nes análogas con diferentes campos de significación. Esto se aplica, por ejemplo, al caso de "p es verdadera" que, tomo se dirá, no constituye en realidad una única fun· ción de p, sino funciones diferentes según el género de proposición que p sea. En un caso semejante, la frase que expresa la función ambigua puede, gracias a dkha ambigücdad, ser significativa para todo un conjunto de valol'es argumentales que excedan del campo de signifi· cación de cualquiera de las funciones por separado. Ha· hlar de todas ellas carece en este caso de legitimidad. Así, si tratamos de d eC"i l' "Todas las propcsiciones verdaderas poseen la propiedad cp", esto es, "'p es verdadera' impli- ('a siempre cpp " , los argumentos posibl s para "p es ver· dadera" excederán necesariamente de los posibles argu· m ntos para q> y, por lo tanto, el enunciado general que pretendiamos expresar se tornará imposihle. Por esta ra- zón, no podrán nunca formularse enunciados genuina· mente generales acerca de todas las proposiciones verda· deras. Puede ocurr ir, no obstante, que la supuesta fun- ción cp sea en realidad ambigua, como "p es verdadera", y, si ucediera que lo fuese precisamente en la medida en que lo es "p es verdadera", siempre eslaríamos en situa· ción de ofrecer una interpretación aceptahle de la propo· sición "'p es verdadera' implica cpp". As! ocurriria, por ejemplo, si cpp fuese "no-p es falsa". Obtendremos, pues, en semejantes casos, una apariencia de pI'oposición gene· ral relativa a t odas las pr oposiciones; mas aquella apa· riencia se deue a la sistemática equil'ocidad o nmbiyüe· 100 dad de palabras tales como I'erdaclero y falso. (Esta sis- temátira ambisü dac] resulta de la jerarquía de las pro- posiciones que . erá examinada más adelante.) En todos esto en. o', podremos formular nuestro enunciado acerca d Clwl(Juicr proposición, ya que el significado de las pa· labr:u¡ ambiguas mencionadas se adaptará a cualquier proposic:lóll. P ro si transformamos nuestra proposición n una variable aparente, y decimos algo acerca de todas ('Uas, habremos de circunscribir dichas palabl'as amui· ~ l l i l S a este o aquel posible significado, sin que por el mo- III nto nos importe mucho cuál de entre sus pOSibles siSo nifícndos haya de corresponderles. Así es cómo acontece qUe la palahra todas esté sujeta a limitaciones que ex- r1uycn la expresión "todas las proposiciones", pero que, ;11 mismo tiempo, parezca haber, no obstante, enunciados s ap!x (donde ~ , X, í), J, g, F o G pOdrán reemplazar a ep) ; de modo semejante, una función predicativa de dos argumentos :1: e y se designará medían te ep! (:t',y); una función general de x será desig- nada POI' q>.v, Y una función general de :r e y por q¡(.v,y). En epx, cp no pOdrá ser transformada en una variable apa- rente, ya que su tipo no está detel'minadO; pero en ep!:t', donde cp es una función predicativa cuyo argumento es ele algún tipo dado, q> es susceptible de transformación en una variable aparente. Es importante reparar en que, ya que son varios los tipos de proposiciones y f unciones y, dado que la genera· lización sólo es posible en el seno de un cierto tipo, todas las frases qUe contengan las expresiones "todas las pro· posiciones" y "todas las funciones" carecerán, en princi- pio. de sentido, por más que en ciertos casos pudieran ser interpretadas de manera que no se vean expuestas a oL- jeciones. Las contradicciones surgen del empleo de tales frases en casos en que no quepa atribuirles significado inofensivo. Si retornamos ahora a dichas contradicciones, aprecia- remos de inmediato que algunas de ellas se resuelven por medio de la teoría de los tipos. Siempre que se mencio- nen "todas las proposiciones", habremos de sustituir esta expresión por "todas las proposiciones de orden n", don- de es indiferente qué valor asignemos a n, pero no lo es en cambio que n tenga algún valor. Así pues, cuando un hombre dice: "Estoy mintiendo", hemos de interpretar que quiere decir : "Hay una propOSición de orden n CIue afirmo y que es falsa." Esta es una proposición de orden n+ 1; por lo tanto, nuestro hombre no afirma proposición 108 ctlguna de orden n; en consecuencia, su enunciado es fal- so, pese a lo cual su falsedad no implica, como parecía hacerlo la de "Estoy mintiendo", que se esté formulando un cnunciado verdadero. Lo que resuelve la paradoja del mentiroso. Consideremos a continuación el caso de "cl menor de los números enteros no susceptibles de ser nombrados con menos de treinta y tres sílabas". Ha de observarse, en primer ¡ugal', que sus('eplible de ser nombrado ha de querer decir "susceptible de ser nombrado por .medio de tales noml)res determinados", y que el número de dichos nombres ha de ser finito. Pues si no lo fuera, no tendría por qué darse ningún número entero no susceptible de ser nombrado con menos de tl'einta y tres silabas y la pa- radoja se desvaneceria. Podemos suponer a continuación que "susceplible de ser nombrado a base de nombres de la dase N" quiere decir "ser el úni co término que satisface alguna función integrada exclusivamente por nombres de la clase N". La sol .tción de esta paradoja reside, a mi juicio, en la simple observación de que "susceptible de ser nombrado a base de nombl'es de la clase N" no es nunca algo susceptiule. a su vez, de ser nombrado a basc de nomlll'es de dicha clase. Si incrementamos N añadiéndole 1 nomhre "susceptible de ser nombrado a base de nom- bres de la clase N" , habremos incrementado nuestro ini· cial rep rlorio de nombres; denominando N' al nuevo re· pertorio, "susceptible de ser nombrado a base de nombres de la clase N'" tampoco será, por su parte, susceptible de ser nombrado a base de nombres de la cIase N'. Si tra- tamos de ampliar N de modo que comprenda a toclos los nomhres, "susceptible de ser nombrado" se converti rá (se- gún lo indicado más arriba) en "ser el único término que satisface alguna función integrada exclusivamente por nombres". Mas aqui nos encontramos con una función co- mo variable aparente; nos vemos, por lo tanto, circuns- critos a las funciones predicativas de un cierto tipo (pues las funciones no-predicativas no pueden transformarse en variabl s aparentes). Para escapar a la paradoja, sólo 109 tenemos que hacer ver, por <:onsiguiente, que la suscep- tibilidad de ser nombrado a base de tales funciones es no- predicativa. El caso de "el menor ordinal indefinible" es estrecha- mente análogo al que acabamos de discutir. Aquí, como antes, la expresión "definible" ha de ser relativa a un re- pertorio dado de ideas primitivas ; y está justificado su- poner que "definible en términos de ideas de la clase N" no es definible en términos de ideas de la clase N_ No de· jará de ser cierto que se da algún segmento de la serie de los números ordinales que conste por entero de ordi- nales definibles y que tenga por limite el menor ordinal indefinible. El menor ordinal indefinible será entonces de- finible mediante un pequeño aumento de nuestro pri- mitivo repertorio; pero habrá en ese caso un nuevo nú- mero ordinal que sea el menor indefinible mediante el nuevo repertorio. Si ampliamos nuestro reper torio hasta dar cabida a todas las ideas posibles, no habrá razón al- guna ya para pensar que haya ningún ordinal indefinible. La aparente fuerza de la paradoja radica en gran medida, a mi modo de ver, en la suposición de que si todos los ordinales de una cierta clase son definibles, la clase mis- ma habría de serlo, en cuyo caso, como es lógico, su su- cesor sería asimismo definible ; pero no hay razón a 1- guna para aceptar esta suposición. Las restantes contradicciones, en especial la de Burali- Forti, requieren de ulteriores precisiones para su solución. v. EL AXIOMA DE nEDUC1BILIDAD Una función proposicional de x puede ser, como hemos visto, de cualquier orden; por consiguiente, un enunciado acerca de "todas las propiedades de x" carece de sentido. (Una "propiedad de x" es 10 mismo que una "función propOSicional que vale para x.") Mas si la matemática ha de ser posible, es absolutamente necesario que encontre- mos un medio de formular enunciados que equivalgan de 110 I " I • ¡ ¡ 1 , . \ l ;lIgul1 modo ;¡ aquello en que pensamos al hablar (impro- pi:tnH.'l1le) de "lodas las propiedades de x". Esta neccsidaq se pone de manifiesto en muchos casos, pero de modo p:irlicular en relación con la inducción matemática. Nos l'S posible decir, valiéndonos de cualquier en lugar de to- dos: "Cualquier propiedad poseída por O y por los suce· ::;01'<'8 de todos los números que la posean será poseída POI' todos los números finitos. " Mas no podemos pasar a deci r : "Un número fi nito es aquel que posee torZas las propiedades poseídas por O y por los sucesores de todos los números que las posean." Si circunscribimos este nunciado a todas las propiedades de primer orden de los nümeros, no podremos inferir que sea válido para las pro- pi dad es de segundo orden. Por ejemplo, no habrá ma- n ' ra de probar que si m y n son números finitos, m+n :-il'a un número finito. Pues, en virtud de la anterior defi- nidón, "m es un número finito" será una propiedad de spgunclo orden de m y, por 10 tanto, el hecho de que 111 +0 sea un número finito. y de que, si m+n es un nú- 111 ro finito, lo sea también m+n+ 1, no nos autorizará a concluir por inducción que m+n sea un número fini- lo. 8s evidente que semejante estado de cosas torna ¡m- pO:-i lllle una gran par te de la matemática elemental. 1..... 1 tra definición de la finitud 10, a base de la no.coordi- Iwhilic1ad entre el todo y la parle, no nos permite ir mu- diO más lejOS. Pues,-según esta definición, "se dice de una dase que es finita cuando toda relación de uno a uno c'uyo dominio sea la clase en cuestión, y cuyo dominio C"Ol1vcrso se halle contenido en esta última, tenga a toda 1;1 clase por dominIo converso". Aquí nos encontramos con una relación variable, esto es, con una función variable de dos variables de la que han de tomarse todos sus valores, lo que impondrá que esa f unción sea de un cierto orden eh' termjnado ; mas, cualquiera que sea el orden que le asignemos, éste nos dejará sin posibilidad de deducir buen IHinl 1"0 de propOSiciones de la matemática elemental. ID Véi'1l1se ambas definiciones en el artículo La lógica Ii, II/ s rl"/fwio 11 es, pp. 31-34 de ('ste libr'o. 111 ] lemos, n ('ons cuencia, de encontrar, si es que es po- sible hallarlo, algún método que nos permita reducir el orden de una función proposicional sin afectar a la ver- dad o falsedad de sus valores. Esto parece ser l o que rea- liza, al admitir las cl ases, el sentido común_ Dada una función proposicional cualquiera X o ({I( x, y, z ... ) (2) La negación de una proposición. Si la proposición "s /J, su negación será designada mediante ",p. (:1) La di syunción o suma lÓgica de dos proposiciones; 115 - I " , - 1'1- '. es decir, "ésta o aquélla". Si las dos proposiciones son 'P y q, su disyunción se designará mediante p v q *. (4) La verdad de cualquier valor de una función pro- posicional; esto es, de q>X, donde x no se especifica. (5) La verdad de t odos los valores de una función proposicional. Se la designará mediante ( x ). q>x, (x) : q>X, o cualquier otra expresión de este género, empleándose tantos puntos cuantos sean necesarios para enmarcar a la proposición **. En ( x) . q>x, se denomina a x variable apa- rente, mientras que cuando se asevera q>x, donde x no se especifica, x se denomina v ariable real. (6) Cualquier función predicativa de un argumento, cualquiera que sea el tipo de este último, representada mediante q> !x, q>!ct o (j} !R según las circunstancias. Fun- ción predicativa de x es aquélla cuyos valores son pr o- posiciones de tipo inmediatamente superior al de x, si x es un individuo o una proposición, o al de los valores de x, si x es una función. En este caso, podrla ser descrita como aqUélla en que las variables aparentes, si las hay, son todas del mismo tipo que x o de t ipo inferior, donde una variable es de tipo inferior a x si puede intervenir significati vamente como argumento de x, o como argu- mento de un argumento de x, etc. (7) Aserción ; esto es, la aserción de que alguna pro- pOSición es verdadera o de que lo es cualquier valor de alguna función proposicional. Se requiere la idea de aser· * En un articulo anterior pUblicado en esta revista me servia de la implicación como indefinible, en lugar de la disyunción que tomo ahora como tal. La elección entre una y otra idea primitiva es cuestión de preferen- cias. En esta ocasión he optado por la disyunCión ya que ello facilita la disminución del número de proposi- ciones primitivas. (Véase "The Theory of Implication", en American Journal of Mathemati cs, vol. XXVIII, 1906, páginas 159-202. Nota del Editor i nglés). ** El empleo de punt os sigue el uso de Peano. Una completa explicación del mismo se hallará en los ar tícu- los del Sr. Whiteh ead "On Cardinal Numbers", Ame?'Ícan Journal 01 Mathemati cs, vol. XXIV, y "On Mathematical Concepts of the Material World" , Phi l. Tmns. A., vol u- men CCV, p. 472. 116 .1'·111 p : l l'.1 dislinguir a una proposición realmente aseve- 1.11 Id 111' 11 11:1 proposición que sea Objeto de mera consl- " " 1 dI I('n, u dé simple pl'esentación a titulo de hipótesis. ," l"dl l':1 la nse/"ci6n mediante el signo "1-" antepuesto a , 111111 ' " '' soure lo Que ésta r ecae, acotado por medio de I'llall los lluntos se r equieran para enmarcarlo *. Anl, 'x de pasar a las proposiciones primitivas necesi- ti jertas def iniciones. En las que siguen a contí- 1111 , 1,.( 1111 , .11 igual que en el caso de las proposiciones pr i- "dl l,,:! ,. las 1 Lras 'P, q, r servir án para designar propo- , ld"IIi 'N. p ;) q . = . IV P V q Df. 1,;, ¡( " / Idll1 ÍC' i ón establece que "p ;) q" (léase "p Implica ,, " 1 11.1 (11 ' ::¡!gnüicar "p es falsa o q es verdadera" 12. No 111111 d. decir que "implica" no pueda poseer otros signi- 11 . Id, ,':. slll o que éste es sin duda el que r esulta más In ri \¡ ¡¡dI¡ c·onferirle en lógica simbóli ca. En una defini- .11111 .'1 :-. Igno de igualdad y las letras "Df" han de con- NI,II ' r :1I toI · (·omo un único símbolo, que se lee en su con- Jl llllo por definición". El signo de igualdad no ,1(' 0 11111: 111 :1(10 de las letras "Dí " posee un significado di- " 1'. 11 [l'. que dcfi niremos en breve. f 'I'anlo ste signo como la introducción de la idea en ·1 l' 'C pr('::¡ada son debidos a Frege. Véase sus Begrilfs- ,,, r l) f (If:llle, 1879), p. 1, Y Grundgesetze der Arithmeti k (.1/'1\11, 1I:!93) " vol. 1, p. 9. (Hay re edición reciente de la /1, ed. 1. Angele1li, Hildesheim, 1964 ; para la "'\'llIul;¡ obra, véase nota al pie de la pág. 89,-T.) 11 Ya que la disyunción antes propuesta como idea pri- 11111 1 va (3) era la disyunción inch/,Si va, q podrá ser ver- dll dc·ra a l a vez que p falsa, esto es, p (falsa) podrá lill pllt'ar r¡ (verdadera). Por los demas, p (verdadera) po- d,dl , hacerlo con q (verdadera) y p (falsa) con q (falsa). 1'. 1 unlco caso que, por definición, queda excluído es el tic ' que p sea verdadera siendo falsa q. Para evitar con- fll Rlones, como las derivadas del conflicto entre las lla- nt :lIl us Interpretación material -que acaba de conside- rHnl('- y estricta de la se acostumbra a n 'l' l1lpl nzar la lectura de ";)" como "implica" por la c pI' slón condicional "sI.. . entonces". 117 p . q . = . ,..., ( ,..., p v ,..., q) Df. De este modo se define el producto lÓgico de dos pre- posiciones p y q, esto es, "p y q son ambas verdaderas". La definición establece que ha de significar : "Es falso que p sea falsa o q sea falsa" 13. Tampoco en este caso dl· cha definición arroja el único significado posible de "p y q son ambas verdaderas", sino el que más conveniente re· sulta para nuestros fines. Df. Esto es, "p ;:::: q", que se lee "p equivale a q", significa "p implica q y q implica p" 14; de donde lógicamente se si- gue que p y q son ambas verdaderas o ambas falsas. (:!Ix). cpX - = . ,..., { (x ) .,..., epx} Df. Esta es la defini ción de "Hay al menos un valor de x para el que . ep !y Df. Es ésta la definición de la identidad. Establece que x e y dícense idént icos cuando toda función predicativa sao tisfecha por x es satisfecha por y. Se sigue, por el axioma de r educibilidad, que si x satisface IJix, donde lJi es una función cualquiera, predicati va o no, y satisface enton- ces lJiy 15. u O que ambas sean falsas, en razón del aludido ca- rácter inclusivo de la disyunción. u En r elación con la nota 12, se hablará en este caso de bicondicional, más bien que de doble i mplicaci 6n. 15 Merece la pena recordar que es ésta una de las razones principales que, en opinión de Russell, hacen plausible al axioma de reducibilidad. Como r ecordaremos, este último asegura la correspondencia entre funciones de cualquier orden y funciones predicativas del mismo 118 Lns siguientes definiciones son menos importantes y !'i(' introducen sólo a Utulo de abreviaturas. (x, y) . ep(x, Y) .= : (x): (y) . ep (x , y) Df, :!IX, y) . ep(x, y). = : (:!I:¡;): (:!IY) . ep (x, y) Df, = ; (x):epx ·:>· lJix Df, ." y . lJi(x, y): = : (x, y): cp(x, y) . :> . 1Ji(x, y) Dí, y así sucesivamente para cualquier número de variables. Las proporciones primitivas que se requieren son las siguientes. (En 2, 3, 4, 5, 6 Y l O, p, q y r r epresentan pro- posiciones.) (1) Una proposición implicada por una premisa verda- dera es verdadera. (2) 1-: p v p . ::> • p. (3) 1-; q . :> . P v q. (4) 1-: p v q . :> . q v p . (5) 1- : p v (q v r) . :> . q v (p v r). (n) 1-; . q :> r. :> : p v q . ::> • p v r. (7) 1-: (x) . cpX . :>. CPy ; argumento (esto es, la correspondencia entre propiedades no predicativas y predicativas). De' este modo permite establecer entre x e y una identidad que, sin su admi- sión, quedaría disgregada en una jerarquía de diferentes grados de identidad (propiedades-predicados, propiedades de segundo orden, de tercer orden, etc.). Dado que, en efecto, "todos los valores de cp" es una expr esión ile- gitima, habríamos de circunscribirnos en cada caso a fun- ciones de un determinado orden, esto es, circunscribir cp a funciones-predicados, funciones de segundo orden, de tercer orden, etc. Sin el axioma de reducibilidad, por consiguiente, si bien podríamos determinar que, si todas las propiedades de segundo orden de x corresponden a y , entonces todos los predicados de x corr:esponden a y, no podriamos en cambio probar que, si todos los predicados de x corresponden a Y. haya de ocurrir lo mismo con todas sus propiedades de segundo orden. El axioma de reducibilldad r esulta. pues, imprescindible para garan- t izar la rigurosa identidad de x e y dentro de la teoria ramificada de los tipos. 119 ('s lo es, "Si todos los valores de cp.f son verdaderos, enton- ces f{)1J es verdadera, donde cpy es cualquier valor" *. (8) Si q¡y es verdadera, donde q¡y es cualquier valor de cp.f, entonces (x). q¡x es verdadera. No podremos expresar simbólicamente esta proposición; pues si la transcribimos por "q¡y .::>. ( :c). q¡:c" , nuestra expresión querrá decir: "cpy implica que todos los valores de cpi son verdaderos, donde a y puede corresponder cualquier valor del tipo apro- piado", cosa que no sucede asf por regla general. Lo que pretendemos decir es: "Si, comoquiera que sea escogidO 1/, cpy es verdadera, entonces (x) . q¡x es verdadera", mien- tras que lo expresado en "cpy.::> . (x) . q¡x" sería : "Como- quiera que sea escogido y, si cpy es verdadera, entonces ( x ). cpx es verdadera", que constituye un enunciado muy distinto y, por lo general, es falso. (9) f-: (tc) . qJX . ::> . q¡a, donde a es cualquier constante determinada. Este principio comprende en r ealidad tantos prinCIpIOS diferentes cuantos posibles valores haya de a. Esto es, el principio establece que cuanto valga para todos los indi- viduos vale para Sócrates ; y asimismo vale para Pla- tón; y así sucesivamente. Se trata del principio según el cual una regla general puede aplicarse a los casos parti· cular es ; mas para fijar su alcance es necesario mencionar esos casos particular es, ya que de otro modo necesitaría- mos que el principio nos garantizase, a su vez, que la re- gla general de que las reglas generales resultan aplicables a los casos particulares es susceptible, por ejemplo, de aplicación al caso particular de Sócrates. Es por esta razón que el principio considerado difiere de (7) ; el enun- ciado de nuestro pr incipio versa acerca de Sócrates, o de Platón, ~ de cualquier otra constante determinada, mien· tras que (7) enuncia algo relativo a una variable. El principio anterior no se usa nunca en la lógica sim· * Conviene emplear el símbolo cp.f para designar a la función en cuestión, en cuanto algo distinto de este o aquel valor de la misma. 120 l ¡ I \ " I I b6lica o la matemática pura, puesto que en ellas todas nues· \I'(\S propOSiciones son generales, e incluso cuando (como (' n "Uno es un número") nos parezca encontrarnos ante un caso estrictamente particular, éste resultará no serlo una vez examinado detenidamente. En realidad, la pues- ta en práctica de aquel principio constituye -como se habrá pensado- el rasgo distinti vo de las matemáticas aplicadas. En rigor, pues, deber[amos haberlo excl uido de nuestra lista. (10) f-: . (x) .pvqJX. ::>:p.v. (x) . cpx; esto es, "Si ' p o cpx' es siempre verdadera, entonces p es verdadera, o cpx es siempre verdadera". (11) Cuando f(q¡x) es verdadera, cualquiera que pueda ser el argumento x, y F(q¡y) es verdadera para cualquier argumento posible que sea y, entonces {f (cpx). F(cpx)} es verdadera para cualquier argumento posible que x sea. Se trata en este caso del axioma de "identifi cación de las variables". Este axioma es necesario cuando de dos distintas funciones proposicionales se sepa que cada una de ellas es siempre verdadera y deseemos inferir que su producto lógico es siempre verdadero. Esta inferencia sólo es legitima si ambas funciones toman argumentos del mismo tipo, pues de otro modo su producto lógico carece- ría de sentido. En el axioma que acabamos de considerar, x e y han de ser del mismo tipo, puesto que ambos in- tervienen como argument os de cp. (12) Si q¡x . cpx ::> IjIx es verdadera para cualquier x po- sible, entonces IjIx es verdadera para cualquier x po- sible. Se r equiere este axioma para asegurarnos de que el campo de significación de IjIx, en el caso supuesto, es el mismo que el de cpx. cpx :> I/JX . ::> . ljIx ; el campo, en ambos casos, es en r ealidad idéntico al de cpx. En el caso supues- to, sabemos que IjIx es verdadera siempre que cpx . qJX ::> IjIx y q¡x . q¡x ::> IjIx.:> .ljIx sean ambas significativas, pero desconocemos, sin ayudarnos de un axioma, que $x sea verdadera siempre que $x sea significativa. De ahí la ne- cesidad de nuestro axioma. 121 Los axiomas (11) y (12) se requieren. por ejemplo. par a probar ( x) . q>X: (x) . cpx ::> l!J:v : ::>. (x ) . I!Jx. En virt ud de (7) y (11). de donde, finalmente, obtendremos el resultado deseado en virtud de (8) y (10). (13) f-:. (af): . (x): cpx . s . f! x. He aquí el axioma de reducibilidad. Establece que, dada cualquier función q¡.t, hay una función predicativa f!;f tal que f!x es siempre equivalente a cpx. Adviértase que, ya que una proposición encabezada por" (a f)" es, por de· fini ción, la negación de una proposición encabezada por "(f)", el axioma precedente envuelve la posibilidad de con· sideral' "todas las funciones predicativas de x" . Si q>x fue· se cualquier función de x, no podríamos en cambio fol" mar proposiciones encabezadas por " (q»" ni por " (aq» " , puesto que no sería posible la consideración de "todas las funciones", sino tan sólo la de "cualquier función" o la de "todas las funciones predicativas". (14) f-:. (af):. (x, y): cp (x, y) . == . f ! (x, y ). Se trata, como puede pensarse, del axioma de reducibi· lidad para funciones de dos argumentos. En las proposiciones precedentes, nuestros x e y podrán corresponder a cualquier tipo que deseemos. La única in· ter vención de la teoría de los tipos en todos estos casos consiste en advertimos de que el axioma (11) sólo nos autoriza a identificar variables reales, presentes en dis· tintos contenidos, cuando se ha comprobado, al servir amo bas de argumento a la misma función, que son del mismo 122 tipo; y en advertirnos asimismo de que y en (7) y a en (9) han de adaptarse, respectivamente, al tipo correspon· diente a los argumentos de Así, por ejemplO, supón· gase que tenemos una proposIción de la forma (q». f! x), que constituye una función de segundo orden de x. En ese caso y en virtud de (7), f-: donde l!J!z es cualquier función de primer orden. Mas no podrá tratarse a (q¡) . f! (q> ! Z, x) como si fuese una función de primer orden de x, ni tomarla como un posible valor de I!J! z en la expresión anterior. Semejantes confusiones de tipo son las que dan origen a la paradoja del menti· roso. O considérese el caso de las clases que no son miembros de sI mismas. Es evidente que, ya que hemos identificado clases y funciones *, no se podrá decir de clase alguna que sea o no sea miembro de sí misma; pues los miembros de una clase son argumentos suyos, y los argumentos de una función han de ser siempre de tipo inferior al de la fun· ción. y si nos preguntamos: "Pero, ¿qué pasa con la cIa· se de todas las clases? ¿Acaso no se trata de una clase y, por tanto, de un miembro de sI misma?", nuestra res· puesta será doble. En primér lugar, si "la clase de todas las clases" quiere decir "la clase de todas las clases de cualquier tipo que sean", habrá que declarar inexistente noción alguna de tal género. En segundo lugar. si "la clase de todas las clases" quiere decir "la clase de todas las clases del tipo t", tal clase será del tipo inmediatamen· te superior a t y, por ende, tampoco será miembro de si misma. Así pues, aunque las proposiciones primitivas Que aca· bamos de considerar se apliquen por igual a todos los ti· pos, no nos dan pie, no obstante, para concluir contra· dicciones. En el curso, por tanto, de cualquier deducción, • Esta identificación se halla sujeta a una modificación que en breve procederemos a explicar . 123 no s{,l'(i 1l1llW(I men ster considerar cuál sea el tipo abso· luto cI<' una variable; sólo necesitamos preocuparnos de que Ins diferentes variables que intervienen en una pro· posidón correspondan a los tipos relativos apropiados al caso. Esto excluye funciones como aquélla de que sur· gía nuestra tercera contradicción, a saber: "Entre R y S se establece la relación R". Pues una relación entre R y S es necesariamente de tipo superior a una y a otra, de forma tal que la función propuesta resultará carente de sentido. VII . TEORIA ELEMENTAL DE LAS CLASES Y RELACIONES Por lo que respecta a su valor de verdad, las proposi· ciones en que interviene una función

: f{z(q>z)} . == . /{z (l\Iz)} , de donde, aplicando la definición de la identidad dada más arriba a los objetos ficticios z(X. ==., . lJ¡x : :> . z (q>z) = z(l\Iz) que expresa, con su conversa (que también puede probar· se), la característica distintiva de las clases. Está justifi- cado, por lo tanto, que tratemos a z(q>z) como la clase de· terminada por cp. De la misma manera estableceremos: f(.fl1l\1(x, y)} = : «([q»: q>! (x, 1/) . ='" y • 1\1 (x, y) : f{q>! (.f, 1/)} Dí. Necesitamos aquí dar brevemente cuenta de la distin- ción entre q> ! (.t, ¡}) y q> ! (17, .f)., Convendremos lo siguiente: cuando una función (por contraposición a sus valores) se represente de forma que comprenda a .f e 1/, o a cuales- quiera otras dos letras del alfabeto, su valor para los al'· gumentos a y b se habrá de hallar sustituyendo a .f por a y a 1/ por b; esto es, el argumento mencionado en primer lugar habrá de sustituir a la primera en orden alfabético de aquellas letras, y el argumento mencionado en segundo lugar a la letra siguiente. Esto basta para distinguir entre ep! (.f, 1/) y q>! (y, .f) ; por ejemplo: El valor de q> ! (.f, 71) para los argumentos a y b es q>! (a, b). " " " " " " byaesq>! (b,a). " " "q>! (y,.t)" " a y b es q>! (b, a) . " " .. " " .. b y a es

: Z(I\IZ)EX. == x . Z(XZ)EX, en que se escribe x por cualquier expresión de la forma '" epf{z (ep! z)}. Establecemos ahora la definición ,.. cls = a { (aep) . a = z(ep!z)} Df. El significado de cls en esta definición dependerá del tipo de la variable aparente ep. Asl, por ejemplo, la pro- posición "ds E cls", consecuencia de la anterior definición, requeriría que "cls" ostente un diferente significado en cada una de sus dos intervenciones en dicha proposición. El simbolo "cls" sólo puede emplearse, por lo tanto. alll 126 donde no sea necesario saber exactamente de qué tipo se Lrata; la ambigüedad de dicho simbolo permite así su adaptación a las diversas circunstancias. Si introducimos • ahora como indefinIble la función "Indiv!x", que signi· ficará "x es un individuo", podremos establecer la defi- nición : '" Kl = a {(m:ep) . a = z(ep!z. Indiv!zn Df. Xl será entonces un símbolo no ambiguo que signifique "clases de individuos". Emplearemos minúsculas griegas (que no sean E, ep, 1\1, X, e) para repr esentar clases de cualquier tipo; esto es, para suplir a símbolos de la forma z (ep! z) ó z (epz). De aquí en adelante, la teoría de las clases desarrólla- se en gran parte como en el sistema de Peano. Nuestro z (cpz) reemplaza a su Z3 (epz) 16. Establecemos asimismo las siguientes definiciones: = : XEa. ::> ... Df, a!a . = (ax). XEa Df, V = .t (x=x) Df, A = .t{", (x=x)} Df, donde A, como en Peano, será la clase nula. Los slmbolos (!l, A, V, como cls y E, son ambiguos, y sólo adquirirán un signüicado preciso, cuando, a diferencia de lo que ocurre en estas definiciones, se indique expresamente de qué tipo se trata. Exactamente del mismo modo procederemos por lo que se refiere a las relaciones, definiendo a{ep ! (.t , glb . = . ep! (a, b) Df, (donde el orden vendrá deter minado por el orden alfabé· tico de IX e Y y el tipográfico de a y b) ; de aqu[ obte· nernos 1-: .a{.tgl\l(x, y)}b . ==: (aep): 1\1 (x, y) . =='" y . ep! (x, y) : ep! (a, b), 16para la. lectura de "3", véase la nota 3 de la pág. 6, correspondIente al articulo La l6uica de las relaciones. 127 de donde, en virtud del axioma de reducibilidad, ten. dremos f--: a{xyljl (x, y)} b. E . 1jI(a, b). Nos servimos ahora de mayúsculas latinas como abre· viaturas de símbolos como xyljl(x, y). Tendremos as! -1-: .R= S .=:.t°Ry. E .xSy, 0:. 11 donde R=S. =:!lR.J,.f!S De. Estableceremos fi nalmente la definición: Rel =R{ (:H:CP) • R=,iYq> ! (x, y)} Df. Sabemos ahora que cuanto se pruebe para las clases se cumplirá de modo análogo para las r elaciones diádicas. Si- guiendo a Peano, definiremos el producto o intersección de dos clases como su suma como Df; y la negación de una clase como De modo semejante, estableceremos las siguientes defl. niciones para las r elaciones RñS= ,ii)(xRy. xSy) Df, R I:J S = xi) (xRy . v. xSy) Df, -!.. R = xi) {'" (xRlI)} Df. VIII. FUNCIONES DESCRIPTIVAS Las funciones Que hemos venido considerando hasta el presente han sido funciones proposicionales, excepción he- 128 ---- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - ~ . - - , I l I I (ha de algunas funciones especiales como R ñ S. Pero las funcione ordinarias de la matemática, tales como :1;2, sen :l.', log x, no son propOSicionales. Las funciones de este gé- n t·o aluden siempre a "el término que guarda tal y tal relación con x' . Por esta razón, se las puede llamar fun· ciones descriptivas, ya que desc?'iben aquel término por medio de la relación Que éste mantiene con sus argumen· tos. Asi, "sen r./2" describe al número 1; sin embargo, las proposiciones en Que interviene sen 7t/2 no serian lo que son si en ellas reemplazáramos sen 7t/2 por 1. As! se des- prende, por ejemplo, de la proposición "sen 7t/2=1", cuya valiosa información contrasta con la trivialidad de "1=1". Las funcIones descriptivas no significan nada por sI so· las, sino tan sólo en cuanto entran a formar parte de ci r· tas proposiciones como elementos constitutivos de las mis· mas; y esto se aplica, en general, a todas las expresio· nes de la forma "el término que posee tal y tal propiedad". Al ocuparnos, pues, de tal es expresiones. habremos de de· finir alguna proposiCión en la que éstas intervengan, más bien que dichas expl'esiones directamente *. Nos veremos llevados de este modo a la siguiente definición, en la Que "(101:) (cpx)" ha de leerse "el término x que satisface q¡x": Df. Esta definición establece que el significado de "el tér· mino que satisface (ji satisface 1jI" ha de ser: "Hay un tér- mino b tal que q>x es verdadera cuando, y sólo cuando, x es b, y IjIb es el'dadera". Asf pues, todas las proposi- riones acerca de "el tal y tal" serán falsas si no hay njn· gún tal y tal, o si hay varios tal y tal. La definición general de una función descriptiva será R'y=(IX) (xRy) DI ; lsto es, "R'y" significa por defini ción "el término que I'unrda la r elación R con y". SI hay varios términos, o no • V(\nse el articulo antes mencionado Sobre la denota- 1'11'111, donde se exponen las razones que me asisten para (l 'llIié1lO as1. 129 tO hay ninguno, que guarden la rclación R con lj, todas 1<11' proposiciones acerca el e R'!I scrán falsas. 'Establccemos ahora la definición E! (lX) ('.l . na} Df, Análogamente, estahleceremos respecto de las relaciones las siguientes definiC'iones: Di. p').. = :fY{Rd .. ::> n' xRy} Df. 'O Esto es. la clase compuesta por las fracciones 1/2, .I/:!, 7/8, 15/16, .. . En tanto algunos autores acostumbran :l llamar p)'opias a las fracciones cuyo numerador es me· 1101' que el denominador, otros prefieren llamar así sim· plemente a las fracciones que representan un número fraccionario, reservando para las primeras la denomina· C'lón de puras. 133 '1 I Ncccsilamos ahora de una notación para la clase cuyo Illlico miembro sea x. Peano es de clases de individuos. Si procedemos a la formación de todas las clases de cardinales finitos, tendre- l . N'o mos a eXIstencia de 2 como el cardinal de una clase ne dases de clases de clases de individuos; y a-sÍ pOdríamos proseguir indefinidamente. La existencia de N'" para todo valor finito de n puede asimismo probarse; ello requiere, empero, la consideración de los ordinales. Si a nuestra admisión de que ninguna clase finita COll- tiene a todos los individuos añadimos la del axioma mul- tiplicativo (esto es, el axioma según el cual, dado un conjunto de clases mutuamente exclusivas. ninguna de las cuales sea la clase nula, hayal menos una clase que cons- ta exactamente de un miembro de cada una de las clases del conjunto), podremos probar entonces que hay una clase de individuos que contiene N'o miembros, con lo que N'o exi. tirá corno un rnrdinal de individuos. Esto contri- huiría;) reducir el tipo al que hemos de r emontarnos con vistas a probar los teoremas de existencia para cuales- quiera cardinales dados; pero no nos ayuda a demostrar teorema alg¡.mo de existencia que, en definitiva, no pueda ser prooado de otro modo. Numerosos teoremas elementales relati vos a los cardi- q I I I nales requieren del axioma multiplicativo *. Hay que de- cir que este axioma quivale al axioma de Zermelo ** y, por lo tan lO, a la admisión de que toda clase puede ser bien ordenada n •. Ninguna de estas hipótesis equivalen- tes es, a juzgar por las avariencias, susceptible de demos· tración 25, si bien el aDorna multiplicativo prOduce, por lo * Cfr. § JII de nti trabajo "On sorne Difficulties in the Th o1'y of Tl'ansfinite Numbers and Order Types", P1-0C. London Math. Soc., II serie, voL IV, 1. ** Cfr. loe. cit. mi exposición del axioma de Zermelo, así como la demostración de Que este axioma implica el axioma multipli cativo. He aquí la implicación recíproca: designando mediante Prod' le a la clase multiplicativa de k, re párese en la definición = R Urux), € _ D'R = L' a. a I R= L' :¡;} Di, y admltase a continuación que ytProd'Z"cl'a . R = { (r;:¡S) . SEY .l;Sx}. R será entonces una correlación de Zermelo. Si Prod I Z" el' a no es ahora nula, se dará al menos una corre- lación de Zermelo para a. (T. - El axioma zermeliano de "elección" (Au,swahlaxiom) garantiza en su teona de los conjuntos que para todo conjunto cuyos elementos sean conjuntos no vacíos. ninguno de los cuales posea un elemento común con los restantes, habrá al menos un subconjunto de su "conjunto-reunión" (Vereinigung- smenge) -esto es, aquel conjunto constituido por todos los elementos de los elementos del primero- tal que se halle correlacionado con estos últimos de manera que tenga un elemento, y sólo uno, común con cada uno de ellos)_ *** Véase Zermelo, "Beweis, dass jede Menge wohl- geordnet werden kann", Math. An71{llen, vol. LIV (190-1. ). páginas 514-16_ cuanto hace al axioma equival nte de elección, Codel (19-1.0) ha demostrado que, en lo concerniente a los más sistemas axiomáticos ele la teoría de con- juntos. la agreg elc('Íón (y de igual modo la agregaci6n --cuya plausIbilidad descansa en la primera- de la hipótesis del continuo, esto es, la hipó- _ N'o zN'a .... ) tC'SlS ele que 2 = N' , y. en general. d que = " .. "'-1 no introducirla contradicción alguna en el seno del sistema_ Recientemente se ha prObado asimismo -Cohen 139 l',,:'., I I I !Ji menos, una notable impr esión de evidencia. A falta de prueba, lo mejor es no dar por sentado el axioma multi- plicativo, limitándonos a presentado a titulo de hipó- tesis cada vez que nos sir vamos de él. X. NUMEROS ORDINALES Un número ordinal es una clase de series semejantes (ordinally similar series) bien ordenadas, esto es, de rela- ciones que generan tales series. La semejanza (like1'less) 2B se define del siguiente modo : Smor=PQ((:B:S) . SEl-¡.l . a'S=C'Q . Dr, donde "Smor" es abreviatura de "ordinalmente semejan- tes". La clase de las relaciones seriales. que llamaremos "Ser". se define como sigue: Ser=1>{xPy. :> . '" (x=y): xPv . vpz _ :> . xPz: ... 1/ :t:. /l. Z -¡. <+- XEC'P . :>, •. P'XUL'.'t'VP'x=C' P} Dr. Esto es. leyendo "precede" por P, una relación será se- rial si (1) ningún té11l1ino se precede a sí mismo, (2) un predecesor de un predecesor es un predecesor, (3) siendo x cualquier término que se halle dentro del campo de la relación, los predecesores de x. x y los sucesores de .'); consti. tuyen la totalidad de dicho campo. que el axioma y la hipótesis aludidos tampoco pueden ser probados mediante los restantes axiomas conocidos de la te!1ría de o, con otras palahl'as, que uno y otra son mdependlent de los mIsmos. :.; Véase la nota 12 de ]a pág. 16, correspondiente al ar, tículo La l6gica de las relaciones. 140 Las relaciones seriales bien ordenadas, Que designar - mo mediante n, se definen' A U n=p{PE Ser:Cl.CC'p.a!CI. . :>".:t[ ! (a-Pila)} Df: esto es, si P es serial, P engendrará una serie bien Ql'de- nada, y cualquier clase (J. contenida en el campo de P, que no sea la clase nula, tendrá un primer término. (Repárese en que P"ce son los términos que siguen a al- gún término de ce). Si designamos mec:tiante No'P al número ordinal de una relación P bien ordenada, y mediante NO a la clase de los números ordinales, t endremos AA -¡. o=ceP{Pen. cc. =Smor'P} Dr. NO=No"n. A partir de la definición de No tenemos a continuación -4 t- : PEn - :> . No'P=Smor'P, f- : rv (PEn). :> . '" E!No'P . • .1 examinamos ahora nuestras definIciones en conexión con la teorla de los tipos, nos encontramos, por lo pronto, ('on que las definiciones de "Ser" y n ennIelven cam1)OS de relaciones seriales. Ahora bien. el campo de una rela- ción úni camente es significativo cuando esa relación sea homogénea; las relacIol1 s, pues. que no sean homogéneas no generarán series. Por ejemplo, podr(a pensar se que la relación generase series de número ordinal W, tales como y tratar de probar de esta manera la existencia de w y Ahora bien. x y son de diferente tipo y, en consecuen- cia, tal serie no se ajusta a la definición de "Ser", debien- do declararse inexistente de acuerdo con esta última. 141 1,'1 1l\'1I1wrn ordinal de una sede de individuos es, se- ~ : I í 11 1:1 definid6n de No, tina c:lose de relaciones de indio \ ¡ti UDS. Cs, pues, de diferente tipo que cualquier indi- \ iduo. no pudiendo formar parte de nlngw1a serie en que intelTengan individuos. Supóngase ahora que todos los ordinales finitos existen como ordinales de individuos; esto es, como los ordinales de series de individuos. Los ordinales finitos formarán, a su vez, una serie cuyo nú- mero ordinal sea w; w existirá en tal caso como un ordinal de ordinales, esto es, como el ordinal de una serie de or- dinales. Pero el tipo de un ordinal de ordinales es el de las clases de relaciones de clases de relaciones de indi- yic1uos. Así pues, la existencia de w habrá sido probada en un tipo superior al de los ordinales fini tos. Considere- mos otro caso: el número cardinal de los números ordi- nales de series bien ordenadas que pueden formarse a base de ordinales finitos es ~ I ; en consecuencia, la exis- tencia de ~ I se dará en el tipo de las clases de clases de clases de relaciones de clases de relaciones de individuos. Los números ordinales de las series bien ordenadas com- puestas de ordinales finitos podrán asimismo ser dispues- tos en orden de magnitud, y el resultado será una serie lIien ordenada cuyo número ol'dinal sea w 1 • De donde (0,)( existirá como un ordinal de ordinales de ordinales. Po- dríamos repetir este mismo proceclimiento un número l:ualquiera finito de veces, y establecer asl la existencia, en los tipos apropiados correspondientes, de ~ .. y W n para cualquier valor finito de n_ Ahora bien, el método de generación que acabamos de considerar no conducirá ya a ninguna totalidad de todos los ordinales, puesto que, si tomamos todos los ordinales de cualquier tipo dado, habrá siempre ordinales más al- tos en tipos superiores, sin que por lo demás nos sea po- sible agrupar un conjunto de ordmales cuyo tipo excedie- se de cualquier limite finito. Así pues, tooos los ordinales de cualquier tipo pOdrán ser dispuestos en orden de mago nitud en una serie bien ordenada, a la que corresponderá un número ordinal de tipo superior al de los ordina- 142 1 I 1I 1,' les integrantes de la serie. En el nUevo tipo, dieho nue\.I' ordinal no será ya el más alto. No hay, en fecto, en ningún tipo, un ordinal que sea el más alto de todos los ordinales, sino que, en cada tipo, todos los ordinal s lo son menos que algunos ordinales de tipo superior. Es imposible completar la serie de los ordinales, pues ello daría lugar a tipos superiores a todo limite finito que 1m. diéramos asignarles; as1 pues, aunque cada segmento de la serie de los ordinales sea bien ordenado, no podr'emos decir que lo sea toda la serie, ya que "toda la serie" no es más que tina ficción. Por conSiguiente, la contradicción de Burali-Forti no tendrá más razón de ser. Do las dos últimas secciones se desprende que, si se concede que el número de los individuos no es finito, puede ser demostrada la exist ncia de todos los núme- ros cardinales y ordinales de Cantor, con excepción de ~ m Y lo) 111 (Es muy posible que la existencia de estos últimos sea también demostrable.) La existencia de to- dos los cardinales y ordinales fillitos puede probarse sin necesidad de presuposición alguna a estos efectos. Puos si el número cardinal de los términos de cualquier tipo es n. el de los términos del tipo siguiente será 2 n. Así, si no existiesen individuos, tan sólo habría una clase (a saber, la clase nula), dos clases de clases (a saber, la que no contuviese clase alguna y la que contuviese a ]a clase nula), cuatro clases de clases de clases y, en general, 2 n., clases del n·ésimo orden. Mas nos está vedado agrupar entre sí términos de diferente tipo y, en consecuencia, no habría manera de probar por este procedimiento la existencia de ninguna clase infinita. Podemos recapitular ahora toda nuestra arglm1entación. Tras baber enumerado algunas de las paradojas de la l6gica, descubrimos el origen de todas ellas en el hecho de que una expresi6n relativa a todos los miembros de una colección pareciese incluirse a si misma como miem· hro de di ha colecci6n ; i.111í, por ejemplo, "Todas las pro. posiciones son o verdaderas o falsas" da, a su vez, la Sen· sación de ser una proposición. Resolvimos que semejante 143 l' Ir apar1 nda era un Indicio de encontrarnos ante una falsa totulidud y que, en realidad, nada pOdía decirse con sen, tido acerca de todos los miembros de la supuesta colec, ción, De acuerdo con nuestra resolución, procedimos a des, a1Tollar la teoria de los tipos de variables, partiendo para ello del principio de que cualquier expresión relativa a todos los términos de algún tipo, si es que expresaba algo, habría de expresar algo de tipo superior al de todos esos términos, AlI1 donde se mencionan todos los términos de algún tipo, interviene una variable aparente cOITespon, diente a dicho tipo, Así pues, cualq14.ie'r expresión que contenga tma variable aparente se1'á de tipo superior al (le esa variable, Este es el principio fundamental de la teoría de los tipos, Si fuese preciso introducir modifica, ciones en la construcción de nuestro sistema de los mis, mos, su introducción dejaría intacta la solución de las contradicciones sobre la base de la observación de aquel principio, Hemos mostrado que el tlCltamiento de los ti, pos expuesto más arriba nos permite estalJlecer todas las definiciones fundamentales de la matemática, al tiempo que evitar todas las paradOjas conocidas, Y se vio que, en la práctica, apenas es necesario recurrir nunca a la doctrina misma de los tipos, que s610 entra en acción a propósito de los teoremas de existencia o de algunas apli, caciones de la teoría a casos partlc·ulares. La teoria de los tipos plantea arduos problemas filo- sóficos por lo que se refiere a su interpretación, Tales problemas, sin embm'go, se pueden deslindar enteramen, te del desarrollo matemático de la teoría Y. como todos los pl'Oblemas fHosóficos, introducen factores de incerti, dumbre y vaguedad que son ajenos a la teoría misma, Result.aba, por tanto, aconsejable la exposiCión de ('sta última sin referencia a esos problemas, que habrán de ser tratados independientemente, 1,H i I ,1 j ¡ , .1 j Sobre las relaciones de los universales y los particulares. 1 En este ensayo vemos moverse a Russell hacia el alo- mismo lógiCO de 1918, si bien sus ideas se hallan todavía en una fase de transición, Leído como Presidentíal Ad, dress ante la Al'istotelian Society de Londres en otoño de 1911, ON TlIE RELATIONS OF UNIVERSALS AND PARTICULARS se publicó a 1'aiz de esta lectura para los miembros de la Soc'iedad y apareci6 con poste1'idad en los PROCEEDINGS de la misma correspondientes a 1911-1912, Como indica la nota añadida en 1955, Russe 1 l acabaría por abandonar el argumento que en él se of,'ect: en pro de la existencia de los pm'ticulares, aunque dicho abandono se basase más bien en razones de m'den económico que en la posibiLidad de demostrar su falsedad (en realidad no cabe p1'ueba ni I Se trata aquí de la distinción entre universales e in, dividuos singulares o, si se quiere, del replanteamiento por parte de Russell de la clásica distinción entre subs, tancias primeras y atributos, respectivamente, "Particu, lar" es, en efecto, para RusselI lo que no puede presen, tarse en una expresión compleja sino a título de sujeto de un predicado (o como término de una relación), cons, tituyendo respecto de los universales casos concretos o ejemplificaciones (i7lstunces) de estos últimos, La con, traposición "universal"·"particular" -de ordinario reser- 145 11 I I l I ~ - ~ ~ . ~ ____ = - ~ ~ ____________________ ~ ____________________________________________________ JUL en contm ni a favor argumento). El problema de los universales y los particulares reviste en filosofía una ca- pital importancia. y SL¿ tTat amiento 7)Or parLe de Russell 1'esulta convincente y claro. razones POT las cuales, y con independencia de las ulteT¿or es rese1'vas de su autor, me pennito recomcndar la lectnra del p'resente trabajo a los estudiosos de la fil osof Ea contemporrinea. Poco después de darlo a conocer, inició R1¿ssell su pri- mer periodo de colaboración con Lu(/wid Wittgenstein. cuyos puntos de vista habrían de eje1'ce1' una conside- rable i nfluencia sobre el pensamiento de Russell a lo la1'Oo de unos siet e años (esto es, hasta la aceptación por parte de Russell del monismo neutral, n 1Utimos de 1918 o prinCipios de 1919). La compa?'ación de este trabajo con los de 1914, 1918 Y 1919 que i(Juen en este volumen nos proporci onará, de esta manem, un ciert.o indice del influjo de Wittoenstein sob1'e la obr a de Russell. vada a la expresión de las relaciones de subalternación y de contradicción el}tre no es, P?r otra parte extraña a aquellas dlstlnClOnes, ('omo fáCIlmente lo démuestran el análisis de la cuantificación lógica y la importancia de. esta última para la del contenido existenclal del enunCIado, Como adJetiVO, fmal- mente el término "particular", acompañando al término "substancia" ha servido en ocasiones para designar al individuo. si' bien su empleo en la historia de la mela- física ha sido siempre menos frecuente que el de los adjetivos "individual" o "singular". estas razones aconsejan retener en nuestra tradUCCión .a n?, ser de uso corriente en castellano- la substantlVaclón par, ti cular", tal como Russell se sirve de lla para en sus obras a "lo que puede ser nombrado mediante .un nombre lógicamente propio", y tal (,0rI.'l0 un más o menos afín- se halla extendida dicha termmo· logía en la tradición filosófica anglosajona. 146 I \ í .1. 1911 SOBRE LAS RELACIONES DE LOS UNIVER- SALES Y LOS PARTlCULARES* .H:n el siguiente trabajo me propongo considerar si hay una división fundamental de los Obj etos de que la meta- física se OCUp'l en dos clases, universales y particulares, o si cahe algún modo de superar este dualismo. Mi opi- nión personal es que dicho dualismo es irreductible; por otra parte, numerosos autores de cuyas posiciones ge- nerales me siento muy cer cano sostienen que no lo es. Por lo que a mí respecta, no me parece que las razones en favor de dicha irreductibilidad sean del todo conclu- yentes, y n lo que sigue haré más hincapié en las dis· tinciones y consideraciones introducidas a lo largo de mi argumentación que en las conclusiones mismas a que en ésta se llegue. * La tesis que defiendo en el presente e.'lsayo guarda una estrecha semejanza con la que el Sr. Moore expuso ante esta Sociedad, durante el curso 1900-19Cl, en su trabajo titulado "Identidad". La más poderosa de entre las razones Que me impulsan a discu tir de nuevo este problema es el examen -que el enunciado de los fun- damentos de di cha tesis parece estar pidiendo- de la naturaleza del espacio sensible por contraposición al es- pacio fisico. 147 Es imposible comenzar en nuestra discusión por dar d finlciones rigurosas de los universales y particulares, aunque podamos esperar alcanzarlas al término de la mis- ma. Para empezar, sólo podremos indicar en lineas gene- rales el tipo de hechos cuyo análisis \-a a interesarnos y el género de distinciones que tratamos de examinar. Hay varIas distinciones análogas que pueden dar lugar a con· fusiones al entremezclarse y que, por consiguiente, es conveniente desenmarañar antes de penetrar en el meoHo de nuestro problema. La primera distinción que nos atañe es la existente entre perceptos y conceptos, esto es, entre objetos de ac- tos de percepción y objetos de actos de concepción. Si cabe distinguir entre particulares y universales, los per- ceptos tendrán que ser incluidos entre los particulares, mIentras que los conceptos 10 serán entre los universa- les. Quienes se opongan a los universales, como Berkeley y Hume, mantendrán que los conceptos son derivables de perceptos, como copias borrosas de los mismos o por al- gún otro procedimiento. Quienes se opongan a los parti· culares sostendrán que la aparente particularidad de los perceptos es ilusoria, y que, por diferentes que puedan ser los actos de percepción y concepción, sus objetos, con todo, solamente difieren por su mayor complejidad, estan- do en realidad compuestos los primeros de elementos que son conceptos o que podrían serlo. Pero la distinción entre perceptos y conceptos es de- masiado psicológica para hacer de eUa una distinción me- tafisica fundamental. Perceptos y conceptos son respec- tivamente términos de diferentes relaciones, percepCión y concepción, y nada hay en sus definiciones que nos muestre sI, o cómo, difieren. Más aún: la distinción entre perceptos y conceptos no es, en si misma, susccptible de extensión a entidades que no sean objetos de actos de co- nocimiento. As!: pues, necesitamos de alguna otra distin- ción con que expresar la intrínseca diferencia que cree- mos apreciar entre perceptos y conceptos. Una distinción análoga, que nos proporcionará al menos parte de lo que buscamos, es la distinción entre cosas que 148 . \ i .1 .1 : I I I , ( I I I 1 I r \ exIsten en el tiempo y cosas que no lo hacen así. Para eludir toda cuestión acerca de si el tiempo es relativo o absoluto, podremos decir que una entidad a; "existe en el tiempo" siempre Que a; no sea, a su vez, un instante o fragmento tcmporal, y siempre que una proposición del tipo de "a; es anterior a y, o simultáneo de y, o posterior a y" sea verdadera de a;. (No se requiere que anterior, si- muztdneo y posterior se excluyan mutuamente: si x, por ejemplO, tiene duración, no ocurrirá ast) Un percepto, por lo pronto, existe en el tiempo en el citado sentido, mien- tras que éste 1'0 es el caso de un concepto. El objeto de percepción es simultáneo del acto de percepción, mientras que 1 objeto de concepción parece ser indiferente al ins- tante mismo de la concepción y a toda consideración tem- poral. Asi. a primera vista. tendríamos aquí la distinción no-p icológica que andábamos tratando de encontrar. Pero van a surgir a éste respecto las mismas controversias que en el caso de los perceptos y conceptos. El que re- duzca los conceptos a perceptos dirá que nada se da realmente fuera del tiempo, y que la apariencia de esto último en el caso de los conceptos es ilusoria. El que re· duzca los perceptos a conceptos pOdrá O bien negar, como la mayor parte de los idealistas, que se dé nada en el tiempo. o bien sostener, como algunos realistas, Que los conceptos pueden existir, y existen de hecho, en el tiempo. Además de esta distinción relativa al tiempo, concu- ¡T C. con respecto al espacio, una otra distinción suma- mente importante, como veremos, en onexión con el te- ma que nos ocupa. Formulada con la mayor vaguedad po- sible, se trata de una distinción que divide a las entidades en tres clases: (a) aquéllas que no se dan en lugar alguno, ( b) aquéllas que se encuentran en un lugar, pero nunca en más de uno. en un momento dado, (e) aquéllas que se dan en muchos lugares a la vez. Para precisar esta triple división tendríamos que aclarar qué es lo que entende- mos por lugnr, qué lo que queremos decir con "en" y, fi- nalmente, en qué medida los diferentes tipos de espacio -visual, táctil, físico-introdueen variantes en esta triple división. De momento me limitaré a ilustrar estos extre- 149 mos por medio de ejemplos. Las relaciones, evidentemen· te, no existen en ningún lugar del espacio. Nuestros cuer- pos existen, al parecer, en un lugar, y sólo uno, en un momento dado. Por el contrario, de las cualidades gene· rales como, por jemplo, la blancura. podrá decirse que se dan en muchos lugares a la vez: en un cierto sentido, cabe decir que la blancura se dará alli donde haya algu- na cosa blanca. Más adelante someteremos a discusión semejante división de las entidades; por ahora quiero li· mitarme a indlcar que precisamos reconsiderarla. A las distinciones, pSicOlógica y metafísica, que acaba- mos de mencJonar, hay que añadir dos distinciones lógi- cas que revisten interés para nuestra presente investiga· ción. En primer lugar, la dlstlnción entre relaciones y n- tidades que no son relaciones. Los filósofos han tenido por costumbre ignorar o rechazar las relaciones, y han solido expresarse como si todas las entidades fuesen exdusiva- mente sujetos o predicados. Mas tal costumbre se halla hoy en decadencia y, por lo que a mí se refiere, daré por sentado sin ulterior argumentación que hay entidades que son relaciones. La filosofía carece, que yo sepa, de deno· minación común con la que referirse a todas las entida· des que no son relaciones. Entre t"lles entidades se inclu- yen no sólo todas aquellas cosas que de ordinario llama· ríamos particulares, sino también todos los universales que los filósofos habitúan a considerar cuando se ocupan de la relación de los particulares con los universal es, ya Que generalmente se concibe a estos últimos como propie- dades comunes de los primeros, esto es, como predicados. Para nuestro propósito no merece la pena idear un vaca· blo técnico ad !toc; me referiré, por tanto, a las entidadeR Que no son relaciones llamándolas simplemente no-reZa ciones. La segunda de las distinciones lógicas que necesitamos es una distinción que podrá o no considerarse idéntica en e ·tensi6n a la ya citada entre r elaciones y no·relaciones. pero que ciertamente no es idéntica en su com tido. Pue- de ser expresada como la distinción que hay entre verbos y substantivos 0 , más correctamente, entre los ohjetos 150 r I / denotados por \' erhos y los ohjetos denotados por substan- tivos •. (Como esta última y más correcta expresión es larga y enfadosa, me serviré por regla general de la más breve para (!.'\:presar lo mismo. Así, cuando hable de verbos, me estaré refiriendo a los objetos denotados por verbos, y )0 mismo en el caso de los substantivos.) La na- turaleza de esta distinción aflora del análisis de las expre· siones complejas. En la mayor parte de estos complejos, si no en todos, se combinan un cierto número de düeren- tes ntldades en el seno de una sola entidad por me· dio de una relación. "El odio de A hacia B", por ejemplO, es un complejo en el que odio combina a A y B en un todo, "la creencia de e n que A odia a Bn es un com- plejo en que creencia combina a A, B, e y odio en un todo, etc. Una relación se llama doble, triple, cuádruple, etcétera. o diádica. tetrádica, etc., de acuerdo con el número de términos que reúna en los complejos más sencillos en Que pudiera concurrir. As[ pues, en los ejemplos anteriores, odio será una relación doble, y creen- cia una relación cuádruple. La capacidad de combinar tér- minos en el seno de un complejo es la característica defi· de los que llamo verbos. Al llegar a este punto, surglrá la pregunta: . ¿hay complejos que consten exclusi· "amente de un término y un yer bo? "A existe" podría servir de ej emplo de semejante posibilidad. A que pudiera haber complejos de esta suerte se debe que no nos quepa decidir sin más el que los verbos y las relaciones sean una y la misma cosa. Es pOSible que haya verbos que sean, tanto filosófica como gramaticalmente. intransitivos. De existir tales verbos, se les podría llama!' predicados, y las proposiciones en que éstos sean atribuidos se lIamar[an proposiciones de sujeto-predicado. Si no se dieran verbos de tal género, es decir, si todos los verbos fuesen relaciones, se segUiría que las propo· Ricioncs de sujeto·predicado, en el caso de haberlas, expre· * Se trata aquí de la que he caracterizado en otras oca· sjones como distinción entre conceptos y cosas; mas esta terminología no me parece ya apropiada . Cfr. The prin· ciples 01 Mathematics, § 48. 151 sarfan una relaci6n del sujeto al predicado. Las proposi- ciones de este género serían entonces definibles como aquéllns que envuelven una cierta relación llamada de predicación. E incluso en el caso de que se dieran propo- siciones de sujeto·predicado en las que el predicado fuC'se el verbo, siempre cabria la posibilidad de que Se den pro· posiciones equivalentes en las que el predicado se rela- cione con el sujeto; así, "A existe", por ejemplo, equival- dría a itA tiene existencia". Por lo tanto, el problema de si los predicados son o de· jan de ser verbos acabará perdiendo por entero su impor· tancia. Más importante es la cuestión de si hay tma re· lación especifica de predicación, o si, por el contrario, las proposiciones que gramaticalmente son de sujeto-predica· do pertenecen, en realidad, a multitud de géneros diferen- tes, ninguno de los cuales presentara las características generalmente asociadas a las proposiciones de suj to- pre- dicado. Es éste un prOblema sobre el que habremos de volver más adelante. Las distinciones lógicas antedichas deben su importan- cia para nuestra investigación a la costumbre de consi- derar a los particulares como entidades que sólo pueden ser sujetos o términos de relaciones, pero no predicadOS ni relaciones. Un particular se concibe generalmente como un esto o algo esencialmente análogo a un esto; y una entidad semejante no parece poder constituir un predica- do ni una relación. Desde este punto de vista, será un universal todo aquello que constituya un predicado o una relación. Pero en caso de no haber una relación especHi· ca de predicación, de modo que tampoco huhiera clase al · guna de entidades a las que propiamente se pudiese llamar predicados, fallarla 1 método ensayado de distinción entr particulares y universales. La cuestión de si la filosofía debe reconocer dos géneros de entidades, particulares y universales, esencialmente distintas las unas de las otras, viene a desemhocar, como veremos detalladamente más ad lante, en la cuestión de si las no-relaciones son de dos géneros diferentes, sujetos y predicados, o, para decirlo de otro modo, términos que no puedan ser otra cosa que 152 I . 1 ,1 / sujetos y términos que puedan ser o bien sujetos o bien predicados. Cuestión ésta Que se reduce, en último t6rmi- no, a la de si hay una r elación asimétrica, auténticamente elemental, que pueda ser llamada de predicación, o si, por el contrario, todas las proposiciones que en apariencia sean proposidones de sujeto-predicado habrán de resolverse por análisis en proposiciones de otros géneros, que no exi· jan una radical diferencia de naturaleza entre sujeto y preúicado aparentes. De det nemos a examinarla, cabría tal vez r esponder a la pregunta de si hay una relación originaria de pre- dicación, mas por mi parte no me considero capaz de lIe· gar a ninguna respuesta en este sentido. Pienso, sin em- bargo, que podriamos decidirnos en favor de la predica- ción a través del análisis de las cosas. asf como de con· sideraciones relati 'as a la diversidad espacio-temporal. Dicho análisis y dichas considera iones nos mostrarán el modo como un problema puramente lógico. como el nues· tro, se relaciona estrechamente con las otras cuestiones acerca de los particulares y los universales que planteé al yomienzo de este trabajo. /Í..a noción de cosas y sus cualidades, fruto de nuestro sentido común, constituye, en mi opinión, el origen de la fórmula sujeto-predicado y la raz6n d(: que el lenguaje se haya basado de manera tan preferente en esta con- cepción. Pero la cosa, como tantas otras nociones de sen· tido común, es más bien el producto de una metafísica a medias que, no contenta con limitarse a presentarnos 01<>- ros d a t o ~ sensibles, tampoco nos ofrece Ulla hip6tesis via· ble por Jo que se refiere a la real ¡dad que respalda eso!': datos. Una cosa, en sentido cotidiano, stá constituida por un manojo de cualidades sensibles que pertenecen a varios !'entidos diferentes, pero que se supone coexistm, todas en una porción continua de espacio. Este espacio común, Que habría de contrner a la vez cualidades visua- les y tactlles, no es, empero, el espacio de la percepción visual ni I de la táctil: se trata de un espacio "real" Que hemos construldo y en cuya realidad depositamos una con· fianza g nerada, a mi modo de ver, por asociación. En 153 _ u puridad de hecho, las cualidades visuales y tactiles de que yo tengo sensación no se dan en un espacio común, sino que cada cualidad se da en su propio espacio. Asi pues, si la cosa ha de estar más allá de la visi6n y del tac I o. h:lbrá que despojarla de las cualidades de qu te· nemos actualmente sensación para convertirla en su cau- sa r.omún, o en su origen, o comoquiera que pudiéramos denominarla de algún modo aún más vago. Nos queda abierto así el camino a las teorías metafísicas de la cien- cia y la filosoffa: la cosa podrá ser un conjunto de ca rgas eléctricas en rápido movimiento, o una idea en la mente de Dios, mas ciertamente no será en ningún caso lo que perciben los sentidos_ El argw11ento en contra de las cosas está más que tri· liado y por mi parte no necesito detenerme en éL Aqu[ lo traigo s610 a colación para ilustrar una consecuencia del mismo que a menudo se pasa por alto_ Los realistas que rechazan los particulares están en condiciones de considerar a una cosa como reducible a un conjunto de ella lidades 4ue coexisten en un lugélr_ Pero, aparte otras objeciones a este punto de vista, es dudoso que las dife- rentes cualidades en cuestión coexistan nunca en un lu- gar. Si aquellas cualidades son sensibles. dicho lugar de· Del'á darse en un espacio sensibl ; mas para esto seria necesario que las cualidades en cuestión perteneciesen a un único sentido, y no está claro que cualidades genuina- mente düerentes, pertenecientes a un determinado senti· do, coexistan nunca en un único y mismo lugar de un pspacio perceptivo dado. Si, por otra parte, tomamos n consideración lo que podna llamarse el espacio "real", 's decir, el espacio inferido continente de los objetos "rea- les" que suponemos son la causa de nuestras percepcio· nes, en ese caso perder mos de vista la naturaleza de las cualidades, si las hubiera, que xisten en este espaci\ "1' al", y sería natural que reemplazáramos aquel manojo de cualidades por una colección de fragmentos de materia, n los que habrían nc ('01'1'(> ponder cualesquiera caracteris- ticas que la ciencia dd momento pudiese prescribir. Asi pues. el manojo de cualidades coexistentes n el mismo li)! I lugar estará lejos de constituir en ningún caso un admi· sible sustituto d la cosa_ Para nuestro propósito, no importa mucho el objeto "real" por que la ciencia o la filosofía pudieran reempla7.ar a la cosa. Lo que por el contrario habremos de considerar serán más bien las r laciones que los Objetos sensibles guardan ntre si en un concreto espacio sensible, por t>jemplo el dC' la visi6n. La teoria de las cualidades sensibles que no tome en cuenta a los partiCUlares sostendrá, para el caso de dar· fiP un mismo matiz de color en dos lugares diferentes, que lo que 'llIí SE: da es el plopl0 matiz de color, y que lo que existe en uno de los lugares es idéntico a lo que existe en el otro. La teor1a que admita los particula- res dirá, por el contrario, que en los dos lugares en cues· tión, existen dos ejemplificaciones numéricamente dife· rentes del matiz de color: según este punto de vista, el matiz mismo de color será un universal (y un predicado de ambas ejemplificaciones), pero el universal en cuanto tal no eJ..istirá en el espacio y el tiempo, De los dos puno tos de vista que acabamos de mencionar, el primero, que fa introduce los particulares. nos exime asimismo de considerar a la predicación como una relación fundamen· tal: de ar uerdo con esla opini6n. cuando digamos .. Esta t:osa .5 hl"l1ca", el hecho flmdamental que habremos enunciado será que la blancura existe aqui. De acuerdo on el otro punto de vista, que admite los particulares, lo que aqui existe será algo r specto de lo cual sea un predi. cado la hlancura: no se tratará ahora, como para el sen- tido común, de la cosa revestida de muchas otras ualido· des. sino de un caso concreto de blancura, esto es, de un particular cuyo exclusivo predicado s la blancura, exceJ)- ci6n hecha de la forma, el brillo y cualeSQuiera otros neceo sariamente conectados ('on la hlancura. De estas dos teorías precedentes. la una admite tan sólo lo que lisa y llanamente lJamariamos universales, mien· tras que la otra da cabida a universales tanto como a par· ticulares, Antes de entrar en ellas. no slaría de más exa- 155 :.1 minar y descartar la teona que únicamente admite los particulares y rechaza de plano los uni versales. Es ésta la teoría defendida por Berkeley y por Hume en su polé. mica contra las "ideas abstractas". Sin atenen10s cxpresa- mentlo a su formulación por parte de ambos autores, vea- mos qué partido puede sacarse de esta teoría. El nombre general "blanco", según ella, se define para una persona dada, en un momento dado, por medio de una mancha particular de blanco que ve o imagina esa persona ; se llamará blanca a otra mancha si ésta posee una exacta semejanza de color con la que nos servía de modelo. Para evitar hacer del color un universal, hemos de suponer que "semejanza exacta" es una simple relación, irreductible por análisis a una comunidad de predicados: ni siquiera se trata de la relación general de semejanza, sino de una relación más especial, la de semejanza de color, ya que dos manchas pudieran ser exactamente semejantes en forma y en tamaño mas diferentes en colorido. As! pues. con vistas a hacer viable la teorla de Berkeley y de Hume habremos de admitir una relación fundamental de seme- janza de color, establecida entre dos manchas de las que vulgarmente se diría que poseen idéntico color. Ahora bien, prima jaeie, tal relación de semejanza de color será a su vez un universal, una "idea abstracta", con lo que hahremos nuevamente fallado en nuestro intento por evi. tar los universales. Cierto que todavfa es posible aplicar el mismo análisis a la semejanza de color propiamente di. chao Podemos tomar como modelo un caso particular de ;; -me jan 'a de color y aliad!r que cualqUier otra se dirá se- mejanza de color si se asemeja exactamente a nuestro caso modelo. Sin embargo, es obvio que este procedimiento con. duce a un regreso infinito: explicamos la semejanza en. tre dos términos como consistente en la semejanza que su semejanza mantiene con la semejanza de otros dos tér- minos entre sí, y tal regreso es claramente viciosO:-En consecuencia, la semejanza ha de ser admitida, en último término, como un uni versal y, una vez admitido un uní. v rsal, no tendríamos ya razón alguna para rechazar otros. Así pues, toda la complicada teoría de Berkeley y de Hu. 156 • I me, que no obedecía a otra motivut'ión qUE' la dC' cvi tal' los universales, cae de este modo por su base. Hava o no haya parti culares, tienen que darse relac:iones que son uní versales en el sen tido de que (u) son Wllccptos, no perceptos; (b) no existen en el tiempo; (e) son verllos, no substantivos. Es cierto que la precedente argumentación no pro ba que haya cualidades universales en cuanto algo distinto de relaciones uni versales. Por el contrario, parece poner de manifiesto que las cualidades universales pueden, has- ta donde a la lógica le sea dado probarlo, ser reemplaza- das por semejanzas exactas de diverso género entre par- ticulares. En pro de este punto de vista no cahe. que yo sepa, aportar otra razón que su misma posibilidad lógi· ca. Pero, por lo que hace al problema de si hay o no particulares, no juega papel alguno n nuestra tación.....Se trata de una tesis que únicamente es sostem- ble si hay particulares, y tan s610 parece requerir una sencilla reinterpretación de las proposiciones de sujeto· predicado: en lugar de decir que una ntidad tal y tal predicado, tendremos que decir que las que aquélla guarda tal y tal especI· t;{ca. En lo Que sigue ignoraré. pues, esta teslS, que en cualquier caso presupone nuestra tesis central: a saber, la existencia de particulares. Debemos volver ahorl1 sohr •. las razones que avalan esta última. Cuando tratábamos de exponer las ot..ras dos teodas acerca de las cualidades sensibles, tUvimos ocasión de considerar dos manchas blancas. Según quienes recha- zan los particulares, es la blancura misma la que existe en ambas manchas: una entidad numéricamente singUlar, la blancura, se da en todos los lugares Que son blancos. No obstante, hablamos de dos manchas blancas: y es obvio que, en algún sentido, dichas manchas son dos y no tfna mancha. Es, en efecto, esta pluralidad espacial la que plantea mayores dificultades a la teoria que rechaza los particulares. Sin tratctr, por ahora, de introducir todas las precic;io· nes y distinciones necesarias, podremos formular como / 157 l' 11 sigue las lineas generales de nuestro argumento en favor de los particulares. Es lógicamente pusible que dos mano chas d blanco exactamente semejantes, de idéntico tao maño y de la misma forma, existan de manera simultá. nea en lugares diferentes. Ahora bien, cualquiera que sea el significado preciso de "existir en lugares diferentes', es evidente por sí mismo que en nuestro caso son dos las manchas diferentes de blanco. Su diversidad podría con- siderarse, si adoptáramos la teoría de la posición abso. luta 1, como perteneciente no a 10 blanco mismo que xis. te en esos dos lugares, sino a los complejos "blancura en este lugar" y "blancura en aquel lugar". Esta obten. dría su diversidad de la diversidad de este lugar y aquel lugar; y, puesto que los lugares no puede suponerse que dilicran en cuanto a sus cualidades, se requiriría que ambos fuesen particulares. Mas si rechazamos la tesis de la posición absoluta, se tornaría imposible la distinción entre una y otra mancha como dos, a no ser que cada una, en vez de la blancura universal, fuese más bien una ejemplificaci6n de la blancur-a. Podría pensarse en dis· tinguir a ambas entre sí por mediO de otTas cualidades, que se darían en el mismo lugar que una de aquellas manchas, mas no en el mismo que la otra. Esto, sin em- bargo, presupondría que las dos manchas habían ya sido previamente distinguidas como numéricamente dh'er ·as, pues, en caso contrario, cuanto se diera en el mismo lu- gar que una de ellas habría de darse en el mismo que la otra. Por tanto, el hecho de que sea lógicamente posi. ble que coexistan cosas exactamente semejantes en dos lugares diferentes, pero que cosas que se dan al mismo tiempo en diferente lugar no puedan ser numéricamente idénticas, nos forzará a admitir que son los particulares, sto es, las ejemplificaciones de los universales, los que existen en dicho lugares, no los universales mismos. Esto último constituye tID bosquejo de nuestro argu- lllento. Pero quedan en él varios puntos por examinar I Esto es, de la posición de los objetos en el espacio absoluto. 158 1 1 I '. I I I / y desarrollar antes de l]UC podamos ("onsidprarlo con- cluyente. En primer lugar, no es absolutmncntc nr.cesariC"l admili r que alguna vez se den dos exist ntes exactamen- le Lo único qlll' s impone (?d la adv rtem( i:-I de que el juicio ··Esto y aquello son existcutcs dife- rentes" no se basa necesariamente en una diferencia de cualidades, sino que puede estar basado únic:amente en una diferencia de posición espacial Aquella dLCerenc-ia de cualidades, vaya o no siempre acompailando de hecho a una diferencia numérica, no será, pues, lógicamente necesaria en orden a asegurar una cliferencia numérico donde ya la hay de posición espacial. Una vez más, no es fácil fijar aquí con exactitud qu s .....-- tipo de distribución espacial, en el espacio perr-ihido, ha de garantizarnos la aserción de la pluralidau. Deberemos aclarar este punto antes de hacer uso del espacio como argumento en favor de los particulares. Estamos tumbrados a conceder que una cosa no puede darse n dos lugares a la vez, pero esta máxima de sentido co- mún, a menos que pongamos sumo cuidado en formularla, puede llevarnos a dUicultades inextricables. Nuestra pri- mera tarea, por lo tanto, ha! rá de consistir en procura,'- nos una formulación inobjetable de la misma. En la dinámica racional, donde nos ocupamos de la ma· teria y del espacio "real", el principia de que ninguna osa puede encontrarse en dos lugares al mismo tiempo ha de tomarse en toda su rigidez: todo fragmento de materia que ocupe más de un punto del espacio ha de considerarse por lo menos como teóricamente divisible. Sólo aquello que ocupe un solo punto será considundo como simple y singular. Tal interpretación es indudable- mente correcta y no plantea dificultades cuando la re- ferimos al espacio "real". Aplicada al espacio percibidO es, sin embargo, entera- mente inadmi ibIe. El Objeto inmediato, por ejemplo, de la percepción visual se nos presenta siempre dotado de una extensión finita. Si suponemos que está, como la materia que le corresponde en el espacio real", compues- 159 Il, lo ue' una colecci6n de entidades. una por cada punto del nllsmo no vacío. haurcmos de suponer OU'as dos cosas. ambas Illuy poco ,-erosím il es, a saber: (1) que todo oh- jeto inmediato de la per epción visual (o táctil) s infi- nitamente complf'jo; (2) que todo objeto de este tipo se compone siempre de partes que son por su misma natu- r aleza imperceptibles. Parece completamente imposible que el objeto inmediato de percepción posea estas pro- piedades. Hemos de suponer. por consiguiente. que un ob- jeto indivisible de la percepción visual puede ocupar una exten ión finita del espacio visual. En pocas palabras: al dividir cualquier objeto complejo de la percepción vi- sual, habremos de alcanzar, tras un determinado número finito de P <' 30S, un mini mw1 scnsibi Ze que no contenga pluralidad alguna por má que la cA'tensión del mismo sea finita. El espacio visual puede, en cierto sentido, ser in. finitamente divisible, pues, por medio de la atención sen- cillamente. o bien con ayuda del microscopio, el objeto inmediato de la percepción es susceptible de modificacio- nes tales que introduzcan complejidad donde antes formal- mente había simplicidad, sin que quepa fijar a este pro- ceso un limite preciso. Pero éste es un procedimiento que se feduce a sustituir por uno nuevo el objeto inmediato que nos servla de punto de partida, y el nuevo ohjeto, aunque más subdividido que el primero, seguirá constan- do de un número de partes igualmente finito_ Debemos ad- mitir, en consecuencia, que el espacio de la percepción no está infinitamente dividido, y no consta de puntos, sino que se compone de un conjunto finito, aunque en constan- te variación, de superficies y volúmenes que continuamen- te se disgregan o agrupan entre s[ de acuerdo ron las fluc- tuaciones de la atención. Si hay un espacio geométrico "real" que corresponda al espacio de la percepción. a cada entidad Simple y singular en el espacio percibido habrá de corresponder un número infinito de puntos en el el pacio geométrico. Se sigue de aquí que. si hemos de aplicar a los objetos inmediatos de la percepción la má.xima de que una cosa no puede darse en dos lugares a la vez, no entenderemos 160 por lugar un punto, sino la extensión ocupada por un ob· jeto concreto de percepción. Una hoja blanca de papel, por ejemplo, podt'á considerarse como un objeto uno e indiviso, o bien como un objeto que conste de dos partes, una superior y otra inferior, o una cara derecha y otra izquierda. o bien de nuevo como un objeto que conste de cuatro partes, etc. Si a estas consideraciones añadimos que. incluso cuando la hoja se nos presentaba como un objeto indiviso. sus mitades superior e infer ior se encon- traban en lugares diferentes. tendremos que reconocer que el objeto indiviso se daba en esos dos lugares al mismo tiempo. Mejor serfa, no obstante, decir que. cuando la hoja se nos presentaba como un objeto indiviso, este ob- jeto ocupab¡-;n único "lugar". si bien este lugar corres- pondía a lo que serían luego dos lugares. Así pues, un "lugar" puede ser definido como el espacio ocupado por un objeto indiviso de percepción, Con esta definición. la máxima de que una cosa no pue- de darse en dos lugares a la vez parece reducirse a una tautología. Pero, por más que pueda precisar de una for- mulación más adecuada, no dejará con todo de poseer una especial significación por el hecho de haber sido ob- ---- tenida de la conslderación de relaciones espaciales_ Es ob- vio que las relaciones espaciales perCibidas no pueden dar- se entre puntos, sino tan sólo entre las partes de un de- terminado objeto complejo de percepción. Cuando la hoja de papel es per cibida como compuesta de dos caras, una superior y otra inferior. ambas caras combinanse en el seno de un todo complejo por medio de una r elación es- pacial directamente establecida entre las dos. no entre subdivisiones supuestamente menor es que de hecho nun- ca se dan en el objeto inmediato de percepción. Las rela, ciones espaciales percibidas, por lo tanto, habr án de pa- recer un tanto toscas en comparación con las bien pro- porcionadas y uniformes propiedades de las relaciones geométricas entre puntos. ¿Qué decir, por ejemplo, de la distancia? La distancia ntre dos objetos percibidOS si· multáneamente habrá de ser definida por medio de los objetfs percibidos entre uno y otro; en el caso de dos ob- 161 12 jetos percibidos por medio del tacto, como ambas caras de la hoja de papel, no habrá distancia alguna entre ellos. Lo que quede determinado en este caso será más bien un cierto orden ; por medio de precisiones tales como izquier- da y derecha, aniba y abajo, etc., las partes de un objeto complejo de percepción adquirirán un orden espacial de- terminado por , aunque no suj eto a, las mismas leyes que el orden geométrico. La máxima de que una cosa no puede darse en dos lugares al mismo tiempo se convertirá en- tonces en la máxima según la cual toda relación espacial implica la diversidad de sus términos : esto es, ninguna cosa se encuentra a la derecha de sí misma, o encima de si misma, etc. En tal caso, dadas dos manchas blancas, una de las cuales esté situada a la derecha de la otra, se se- guirá que no hay una cosa única, la blancura, que se halle a la derecha de sI misma, sino se trata de dos cosas iliíe- rentes, casos concretos de blancura, de las cuales la una se encuentra a la derecha de la otra. De esta manera, nuestra máxima abonará la conclusión de que han de dar- se tanto particular es como universales. No obstante, nues- tro anterior esbozo de argumento requiere aún de algún r etoque antes de poder ser considerado concluyente. Exa- minemos, pues, uno por uno, los pasos del mismo. Supongamos, para mayor concreción, Que percibimos dentro de un campo de visión determinado dos manchas de blanco separadas sobre un fondo negro. Se podrá en- tonces aceptar como absolutamente indiscutible que am- bas manchas son dos y no una mancha. Nuestra pregunta es ahora la siguiente: ¿podremos mantener que haya dos manchas si lo que existe en cada una es la blancura uni- versal? Si se admite el espacio absoluto, podremos, por supues- to, decir que es la diferencia de lugar la que hace que dichas manchas sean dos; hay blancura en este lugar y I blancura en ese otro. Desde la perspectiva de nuestro problema central, esto es, por lo que se refiere a la exis- tencia de par ticulares, tal interpretacion prObaría nuestra tesis, puesto que este lugar y aquel lugar constituirían o 162 , I I \ I \ \ implicarfan particulares integrantes del espacio absoluto. Mas desde el punto de vista del problema que nos ocupa ahora, esto es, el relativo a la pluralidad en el espacio per- cibido, podr emos rechazar la anterior tesis sobre la base de que, suceda lo que suceda con el espacio "real", el es- pacio percibido no es ciertamente a1.Jsoluto, esto es, no caben posiciones absolutas por lo que respecta a los ob- jetos de percepción. Asi pues, esta blancura y aquella blancura no se ilist inguirian la una de la otra a modo de complejos de los que, r espectivamente, formen parte, como elementos integrantes. este lugar y aquel lugar. ambas blancuras pueden presentársenos bajo formas diferentes, por ejemplo redonda en uno de los casos y cuadrada en el otro, y cabría entonces distin. g1¡irlas por medio de estas sus respecti vas configuraclo. nes. Se advertirá que, de acuerdo con la car acterización que dimos más arriba de la naturaleza del espacio perci- bido, resulta perfectamente posible que un objeto si m- ple de percepción posea una determinada forma: la for- ma será una cualidad más entre otras cualidades del ob- jeto. Ya que un Objeto simple de percepción puede poseer una extensión finita, no habrá razón para pensar que di- cha forma deba implicar forzosamente divisibilidad espa- cial en el Objeto percibido. Es obvio, sin embargo, que esta manera de distinguir entre ambas manchas resulta por completo inadecuada. Las manchas se ilistiguirían exactamente con la misma facilidad si ambas f uesen cua- dradas o ambas circulares. Tan pronto como ambas entra- sen a un mismo tiempo en nuestro radio de visión, ningún grado de semejanza entre tma y otra plantear[a la menor dificultad a nuestra percepción de que son dos. Haya o no diferencia de forma, no será ésta Jo que determine que las manchas sean dos entidades en vez de una. Cabría decir que las dos manchas se distinguen por la diferencia de sus relaciones con otras cosas. Por ejemplo, "metiera suceder que mancha de rojo a la de- il,echa de la una y a la lzqUlerda de la otra. Esto no im. plica, sin embargo, que las manchliS sean dos a menos 163 que sepamos que una cosa no puede estar a la vez a la derecha y a la izquierda de otra. Pudiera sostenerse que esto último es falso. Supongamos una superficie de co- lor negro con un pequeño espacio en blanco en su punto medio. En ese caso, la totalidad del negro podría cons- tituir un único objeto simple de percepción, dando asi la impresión de estar, a la vez, a la derecha y a la izquier- da del espacio en blanco al que circunda por entero. A mi juicio. seria más exacto decir en este ('aso que lo negro no está ni a la derecha ni a la izquierda de lo blanco. Pero derecha e izquierda son relaciones complicadas, que hacen entrar en juego el cuerpo del percipiente. Tome- mos alguna otra relación más sencilla, por ejemplo la de circundar. que es la que guarda la superficie negra de nuestro ejemplo respecto de la mancha de blanco. Su- póngase que tenemos otra mancha de blanco, del mismo tamaño y de la misma forma exactamente, enteramente circundada de rojo. En ese caso, podria decirse, las dos manchas de blanco se distinguen por una diferencia de relación, ya que la una está rodeada de negro y la otra de rojo. Ahora bien, para que el nuestro constituya un fun- damento válido de distinción es preciso que sepamos de antemano que una entidad DO puede estar a un mismo tiempo completa e inmediatamente rodeada de negro y completa e inmediatamente rodeada de rojo. No pretendo negar que sepamos tal cosa. Pero hay dos extremos dig- nos de atención a este respecto : primero, que no se trata de una proposición analítica; segundo. que presupone la diversidad numérica de nuestras dos manchas de blanco. Estamos tan acostumbrados a considerar como incompa- tibles relaciones tales como "dentro de" y "fuera de" que-- fácilmente les atribuimos una incompatibilida.d l ógica, cuando lo cierto es que esa incompatibilidad es más una característica del espacio que algo lógicamente demos- trable. Ignoro cuáles sean las relaciones espaciales, no susceptibles de ulterior análisis, de los objetos de per- cepción, tanto visual como táctil, pero. cualesquiera que sean dichas relaciones, habrán de estar dotadas de una se- rie de notas que resultan imprescindibles para que se dé 164 / un orden. Dichas relaciones, o algunas de ellas, habrán d ~ ser asimétricas. esto es, tales que sean incompatibles con sus correspondientes conversos: por ejemplo. en el su- puesto de que una de dichas relaciones ' sea "dentro de", una cosa que esté dentro de otra no podrá estar asimismo fuera de esta última. Dichas relaciones, o algunas de ellas. habrán de ser de igual manera transitivas, esto es, tales que, por ejemplO, si x está dentro de y e y dentro de z, entonces x esté dentro de z, suponiendo, a título de ejem- plo, que "dentro de" sea una de las relaciones espaciales fundamegtales. Probablemente se requirirán algunas otras propiedaáes, pero las anteriores, por lo menos, habrán de resultar imprescindibles si se piensa en un orden espa- cial. Se seguirá de aquí que algunas, por lo menos, de estas fundamentales relaciones espaciales han de ser de tal tipo que no quepa a ninguna entidad el mantenerlas respecto de sí misma. Es evidente, de hecho, que las relaciones espaciales satisfacen dichas condiciones. Pero estas últimas 110 resultan demostrables por medio de consideraciones puramente lógicas: se trata aquí de ,-- propiedades sintéticas de las relaciones espaciales per- cibidas. Es en virtud de dichas propiedades, evidentes de por sí, que la diversidad de las dos manchas de blanco es, a su vez, evidente de por si. Dichas manchas guardan la relación de estar cada una fuera de la otra, para lo que es preciso que sean dos y no una. Podrán mostrar o no diferencias intrÍDsecas-de forma, de tamaño, de brillo o cualquier olra cualidad-, mas tanto si dliieren como si no lo hacen. habrán de ser dos (y es, por su. puesto, lógicamente posible que carezcan en absoluto de diferencias intrínsecas). Se sigue de aquí que los tér- minos de relaciones espaciales no podrán ser universa- les ni colecciones de éstos, sino que se han de dar par- tirulares a los que quepa ser exactamente semejantes Y. n ~ obstante, numéncamellte diversos. Sería muy deseable, en discusiones como la presente, podernos referir tanto a "lugares" como a cosas o cua- 165 lldades que "ocupen" dichos lugares, sin que ello Impli. case referencia a ningún género de posición absoluta. que admitir que, para el caso de la in terpreta· clón que sólo admite posiciones relativas, un "lugar" dis. ta mucho de ser una noción precisa. Per o su utilidad se pone de relieve como sigue: supóngase que un con· junto de objetos, como las paredes y el mobiliario de una habitación. conservase sin cambio sus relaciones espa· ciales durante un cierto perlodo de tiempo, en tanto que una s.ucesión de otros objetos, por ejemplo la gente que sucesivamente toma asiento en una silla determinada mantuviesen uno tras otro un conjunto dado de rela: ciones espaciales respecto de los objetos relativamente fijos. En ese caso, las personas que tomasen asiento de· tentarían sucesivamente un conj unto dado de propi eda· des, consistentes en relaciones espaciales respecto de las paredes y el mobiliario. De cualquiera que posea dicho conjunto de propiedades en un momento dado se dirá que "ocupa" un cierto Jugar, no siendo ese "lugar" más que un conjunto fi jo de relaciones espaciales que no cambian de manera apreciable durante el lapso de tiem· po considerado. Así, cuando digamos que una cosa úni· camente PUede darse en un lugar en un momento de. terminado. querremos decir que la cosa no podrá mano tener en dicho instante más que un úni co conjunt o de r elaciones espaciales respecto de un conjunto dado de objetos. Cabría argüir que, al haber admitido que un obJeto simple de Percepción puede poseer una extensión finita hemos admitido asimismo que puede estar en lugares a la vez y, por lo tanto, fuera de si mismo. Tal conclusión es, sin embargo, errónea. En etespacio pero cibido, la eJttensión finita ocupada por un objeto simple de percepci6n no se halla dividida en una pluralidad de lugares. Es ella misma un único lugar ocupado por una cosa tlnica. Son dos los modos diferentes por los que este lugar puede "corresponderse" con una pluralidad de lugares. En primer término, si hay algo a lo que pueda 166 llamarse espacio "real" dotado de propiedades geométri· cas, el lugar del espacio percibido se corresponderá con un número infinito de puntos en el espacio "real", y la entidad Objeto de percepción lo hará del mismo modo con una pluralidad de entidades físicas en el espacio "real". En segundo término, no dejará de darse una co· r respondencia más o menos parcial entre el espacio .,er· dbido en un momento dado y el percibido en un otro moment.Q; Supóngase que concentramos fijamente la aten- ción en nuestra mancha blanca y que, entretanto, no se produce en nuestro campo de visión ningún otro cambio del que tengamos noticia. Nuestra mancha blanca puede cambiar, y a menudo lo hace, como resultado de ]a atención: podemos percibir diferencias de matiz u otras diversas düerenciaciones, o, simplemente, podemos ob- servar, sin diferencia alguna de tipo cualitativo, que en aquélla aparecen partes que la hacen compleja e intro- ducen en su seno diversidad y relaciones espaciales. Juz· gamos, naturalmente, que estamos contemplando la mis- ma cosa que antes, y que lo que ahora vemos estaba alU desde el comienzo. Así pues, hemos de concluir que nuestra mancha blanca, en apariencia simple, no era real· mente simple. Ahora bien, el objeto de percepción no es de hecho el mismo que antes ; lo que posiblemente no ha cambiado es el objeto físico que suponemos corres· ponde al objeto de percepción. Este objeto físico es, des· de luego, complejO. Y la percepción resultante de la aten· ción será, en cierto sentido, más correcta que la que pero cibía un objeto simple, ya que, si la atención descubre diferencias antes Inapreciadas, estaremos autorizados a suponer que tales diferencias se dan a su vez en el ob· jeto "real" correspondiente al objeto de percepción. Asf la percepción r esultante de la atención nos pro· porciona más información Que la ant erior acerca del ob· jeto "real' : pero el objeto mismo de percepción no es más ni menos real en un caso que en otro; es decir, se trata en ambos casos de un Objeto que existe al ser percibido, 167 pero que no hay razón alguna para creer existente sino al ser percibido. En el espacio percibido, la unidad espacial no es un punto, sino un objeto simple de percepción o un como ponente elemental de un Objeto complejo de percepción. He aqui por qué, aunque dos manchas de blanco que estén visiblemente separadas la una de la otra hayan de ser dos, no puede serlo una superficie continua de blanco. Una superficie conti nua, si no es demasiado ex· t ensa, podrá constituir un objeto de percepción singular y carente de partes, lo que seria imposible en el caso de dos superficies visiblemente separadas. La unidad es· pacial es variable, cambia constantemente de tamaño y está, por último, sujeta a cada una de las fluctuaciones de nuestra atención, pero habrá de ocupar una porción continua del espacio percibido, ya que, en caso contra· rio, seria percibida como múltiple. El argumento concerniente a la diversidad numérica, que hemos elaborado partiendo del espacio percibido, pue· de ser ahora r eforzado mediante un. argumento similar, referido esta vez a los contenidos mentales de diferentes sujetos. Si dos personas cr een ambas que dos y dos son cuatro, es por lo menos teóricamente posible que los sigo nifi cados que otorguen a los vocablos dos, y, son y cuatro sean idénticos y que, en consecuencia, por lo que se re- fiere a los objetos de sus creencias, nada baya que dis· tinga a éstas entre sí. No obstante, parece obvio que se trata de dos entidades diferentes : una de ellas la creen· cia de una de las personas, y otra la creencia de la otra. Una creencia particular es un complejo del que,formará parte un elemento al que pOdrá llamarse su suHeto ; en nuestro caso, es la diversidad de los sujetos la que ori· gina la diversidad de las creencias. Pero dichos sujetos no podrán reducirse a meros mano,lM-c1e cualidades ge· nerales. Supóngase que una de nuestras personas se ca· racterice por la buena voluntad, la necedad y la afición a los juegos de palabras. No sería correcto decir : "La buena voluntad, la necedad y la afición a los juegos de 168 ! palabras creen que dos y dos son cuatro." Ni siquiera 19 seria aunque añndiéramos un número mayor de cuali· dades generales. Más aún : por más cualidades que se añadan, quedaria siempre la posibilidad de que el otro sujeto las pudiera asimismo poseer ; en consecuencia, no es posible que sean las cualidades las que originen la diversidad de los sujetos. El úni co respecto en el que dos s u j ~ t o s diferentes deberán diferir es en el de sus rela- ciones con particulares: por ejemplo, cada uno de ellos guardará con otros relaciones Que no guarde consigo mis- mo. Pero no será, en cambio, lógicamente imposible que todo'a-quello que concierna a uno de los sujetos, y que tan sólo tenga que ver, por otra parte, con universales, valga igualmente para el otro sujeto. Por tanto, aun en el caso de que proposiciones como la que citamos más arriba presenten diferencias entre sf, no serán estas di- ferencias las que originen la diversidad de los sujetos. Los sujetos, por tanto, habrán de ser considerados como par- ticulares, y como radicalmente diferentes de cualquier colección de cualidades generales que de ellos pudieran predicarse. Se observará que, de acuerdo con los princi- pios generales que deben gobernar toda correspondencia entre cosas reales y objetos de percepción, cualquier principio que introduzca diversidad en los objetos de percepción habrá de introducirla de igual modo en las cosas r ales. No trato ahora de hacer ver qué razones existen para admitir dicha correspondencia, pero, si ésta se da, deberá suponerse que la diversidad en los efectos- es decir, los objetos percibidos-implicará la de las cau· sas, es decir, los obj etos real es. Por tan o, si perciba dos objetos en mi campo de visión, supondré que concurren por lo menos dos objetos reales como causa de dicha pero cepción. La característica esencial de los particulares, tal como éstos aparecen en el espacio percihido, es que no pueden darse en dos lugares a la vez. Pero ésta es una manera poco satisfactoria de plantear la cuestión, puesto que es 169 \ dudoso qué haya de entenderse por "lugar". Un enunciado más correcto consistiria en decir que ciertas relaciones espaciales perceptibles implican la di versidad de sus tér- minos 2: por ejemplo, si x está por encima de y , x e y s rán entidades diferentes. Tan pronto, empero, como se entienda que es a esto a lo que nos estamos r efiriendo, 1 enunciado de que una coSa no puede darse en dos lu· gares a la vez dejará de plantear conflictos. Podemos volver ahora al problema de los particulares y los universales con una más fundada esperanza de lle- gar a determinar con precisión la naturaleza de la opo- sición que los enfrenta. Se r ecordará que comenzamos r e- firiéndonos a tres oposiCiones diferentes : (1) la de per- ceptos y conceptos, (2) la de entidades que se dan en el tiempo y entidades que no se dan en el tiempo, (3) la de S'Ubstantivos y verbos. Pero en el curso de nuestra discusión se ha engendrado, a su vez, una nueva oposi- ción, a saber: (4) la que existe entre entidades que pue· den darse en un lugar, pero nada más que uno. en un mo- mento dado, y entidades que o no pueden darse en lugar alguno, o bien pueden hacerlo en varios lugares al mismo tiempo. Lo que hace que una mancha particular de blan- co sea un parti-cular, mientras que la blancur a es univer· sal, es el hecho de que aquella mancha no pueda darse en dos lugares simultáneamente, mientras que la blan· cura, si es que existe blancura de algún modo, se dará allí donde haya cosas blancas. Tal y como hemos caracte· rizado semejante oposición, podría juzgarse de ella que no es susceptible de aplicación a los pensamientos. Por nues·- tra parte, pOdríamos r eplicar que los pensamientos de un hombre se dan en su cabeza; sin entrar en detalles, cabe observar, en cualquier caso, que entre los pensamientos de lID hombre y su cabeza (o alguna parte de ésta) hay ciertamente una relación que no se da entre su cabeza y otras cosas existentes en el espacio. POdremos exten- der así nuestra definición de los particulares de manera ~ Esto es, son aliorrelativas o irreflexivas (véase la no· ta 10 de la pág. 11). 170 que abarque a dicha relación. Estaremos entonces auto· rizados a decir que un pensamiento de un hombre "perte- nece" al lugar en que se halle su cabeza. Y en tal caso podremos definir a un particular, en nuestro cuarto sen· tido, como una entidad no susceptible de darse en (o pertenecer a) más de un lugar en un momento dado; universal, en cambio, será aquella entidad que o bien no puede darse en (o pertenecer a) ningún lugar , o bien se dará en (o pertenecerá a) muchos lugares a la vez. Vol- viendo a nuestras tres primeras oposiciones, la nueva oposición presenta ahora ciertas afinidades con cada una de ellas q u ~ e b e n ser examinadas. (1) Gracias a la admisión de particulares en nuestro cuarto sentido, nos será posible establecer una división absoluta entre perceptos y conceptos. La blancura uni· versal es un concepto, mientras que u na particular man- cha de blanco es un percepto. De no haber admitido par- ticulares en nuestr o cuarto sentido, los perceptos habrian quedado reducidos a un cierto tipo de conceptos. (2) Por la misma r azón, estaremos ahora en condicio- nes de afirmar que las cualidades generales, como la blancura, no se dan nunca en el tiempo, mientras que las cosas que existen en el tiempo son todas ellas particu· lares en nuestro cuarto sentido. La conversa: que todos los particulares en nuestro cuarto sentido existen en el tiempo, se sigue de su definición. El segundo y cuarto sentido de la oposición entre particulares y universales son por lo tanto coextensivos. (3) La tercera oposición, la de substantivos y verbos, presenta más dificultades a causa de la duda relativa a si los predicados son o no verbos. Para disipar esta duda. podremos sustituir nuestra cuarta oposIción por otra que resulte coextensiva con la de substantivos y ver- bos si los predicados son verbos, pero no en caso con· trario. Esta otra oposición alinearía por un lado a pre- dicados y relaciones, y por el otro a todo lo demás. Lo que no sea p!edicado o relación será, de acuerdo con la definición tradicional, una substancia. Es cie:rto que, en 171 los tiempos en los que la substancia estuvo en boga, se suponia que una substancia era algo indestructible. Esta última cualidad no corresponderá a nuestra substancia. Por ejemplo, lo que ve un hombre cuando contempla el fogona7.o de un relámpago será para nosotros una subs- tancia. La importancia cobrada por la indestructibilidad era, no obstante, de orig€'n metafísico y no lógico. Por lo que se refiere a sus propiedades lógicas, nuestras substan. cias serán totalmente análogas a las substancias tradicio. nales. Así pues, tendremos ahora la oposición entre subs- tancias, por un lado, y predicados y relaciones por el otro. La teoría que rechace los particulares admitirá la existen- cia de entidades comúnmente clasifi cadas como predica- ,--- dos: por ejemplo, blanco. La distinción entre substancias y predicados queda, púes, arruinada en esta teoria. Nues. tra teorra, por el contrario, deja a salvo esta distinción. En el mundo que nosotros conocemos, las substancias se identüican con los particulares en nuestro cuarto sentido, y los predicados y relaciones con los universales Se verá que, de acuerdo con la teoría que admite los particulares, tendremos que admitir que hay una rela· ción especifica de sujeto a predicado. a no ser que acep- temos la tesis-examinada más arriba a propósito de Ber· keley y de Hume-de que las cualidades sensibles usual- mente consideradas como tales se derlVan realmente de modos especificas de semejanza. Si damos Dar sentada la falsedad de dicha tesis. las cuaUdades sensibles... Drdina· das se nos convertirán en predicados de particulares. y éstos serían ejemplificaciones suyas. Las cualidades sen- sibles mismas no existen en el ti empo en el mismo seh; tido en que 10 hacen sus . ejemplificaciones. La de predi. cación es una relación que entraña una diferencia lógica fundamental entre sus dos términO&.-Los predicados pue. den poseer ellos mismos predicados, pero los predicados de predi cados habrán de ser radicalmente diferentes de tos predicados de substancias. El predicado, según esta interpretación, no fonna nunca parte del sujeto y, de este modo, ninguna auténtica proposición de sujeto·predicado será anaUtica. Proposiciones de la forma "Todo A es B" 172 no son realmente propOSlClOnes de sujeto·predicado 3, si· no que expresan relaciones entre predicados; tales pro· posiciones podrán ser analíticas, pero la confusión tradi· clonal entre ellas y las auténticas proposiciones de sujeto· predicado ha sido una desgracia para la lógica formal. La teoría que rechace los particulares y suponga, por ejemplo, que la blancura misma existe dondequiera que (como diría el sentido común) haya cosas blancas exclui- rá por entero las consideración de la predicación como una elación fundamental. "Esto es blanco", proposición que se· gún la interpretación contraria expresaría una r elación entre un particular y la blancura, enunciará r ealmente, una vez rechazados los particulares, que la blancura es una de las cualidades en este lugar, o bien que la blan· cura guarda determinadas relaciones espaCiales respecto de tales y tales otras cualidades. Así pues, pOdremos tomar la cuestión de si la predicación es o no una r elación sim· pIe e irreductible como piedra de toque para distinguir ambas teorías: será irreclllr:tible !ii hay particulal'es, pero no en caso contrario. Y si la prPdicación es una r elación irreducttble, la mejor defini ción de los particulares será que hay entidades únicamente susceptibles de ser sujetos de predicados o términos de r elaciones : esto es, que son (en el sentido lógico) substancias. Esta definición es pre- ferible a cualquier otra que introduzca el espacio o el tiempo, puesto que espacio y tiempo son rasgos accidenta· les de nuestro mundo conocido, desprovistos, por tanto, de la universalidad que necesariamente ha de corresponder a las categorías puramente lógicas. Tendremos, pues, una división de todas las entidades en dos clases: (1) particulares, que entran a formar parte de expresiones complejas únicamente a titulo de sujetos de predi cados o términos de relaciones y que, si pertene- cen al mundo de que tenemos experiencia, se darán en s coJ fácilmente se desprende de su formulación sim· bólica: (x) (Az ::> Bx), donde t a ~ s610 l1uede hablarse de relación entre sujeto (:¡:) y predi.cado (A, B) en. el antece· dente y consecuente del condiclOnal en cuestión. 173 el tiempo y no podrán ocupar, en el espacio correspon- diente, más que un lugar en un momento dado; (2) uni- ver sales, que podrán intervenir en aquellas expresiones complejas a título de predicados o de r elaciones, no se da- rán en el t iempo ni guardarán con un lugar ninguna r ela- ción que no puedan guardar a la vez con otr os lugar es. La razón que nos lleva a considerar como inevitable seme- jante división es el hecho evidente de que ciertas r ela- ciones espaciales implican la diversidad de sus t érminos, junto con el no menos evidente de la posibilidad lógica de que entidades en posesión de tales r elaciones espacia- les sean completament e indiscerni bles en cuanto a sus predicados *. - • El argumento que aquí se expone en pro de la exis- tencia de particulares no me parece : : \ ( ~ válido a estas alturas por razones que he expuesto en ""'Human Know- l edge: its Scope and L imi t s (Hay t rad. esp.; véase más adelante la nota al pie de la pág. 50 .-T. ) La clave de la cuestión r eside en la última frase del articulo. En la actuali- dad, estoy lejos de pensar que haya r elaciones espaciales o temporales que, invariablemente y de modo necesario, impliquen di versidad. Ello no prueba que sea incorrecta la teoría que se decide en favor de la admisión de par- ticular es, sino tan sólo que su correción no puede demos- t rarse. La teoría que admi te los parti culares y la que los r echaza resultar ían igualmente sostenibles. En ese caso, la segunda presenta la ventaja de su mayor economía lógica. ( Nota añadi da por el autor en 1955.) 174 / Sobre la naturaleza del conocimiento directo. En la primavera de t 914 estuvo Russell pr ofesando en l a Uni vel'sidad de Harva,rd y dumnte esa estancia pro- nunci6 alU una serie de confel'encías, patrocinadas por el Lowell Institute, que habrían de componer algo 1nás tar- de, en ese mismo año, su li bro O UR KNOWLEDGE OF THE EXTERNAL W ORLD l. Los temas tl'atados en dichas confe· r encias, asf como en los tres t7'abajos (primemmente pu- blicados en T HE MONIST) recogidos aquí bajo el titul o común de ON THE N ATURE OF ACQuAL ' TANCE, no emn nuc- 'vos en filosofia ni lo eran t ampoco en la obra de Russell hasta entonces pu blicada. L a di stinci6n ent re conocimien, to directo y conocimiento por descripción se encuentra ya, en f orma cl ara y tratada con una. cie7·t a amplitud, en el DE MAGI STRO de San Ao'ustín ; Russell habí a of recido, por su parte, una completa exposici6n de l a misma en T HE PROBLEIlfS OF PWLOSOPHY (1912) 2. Lo que conf iere su interés a estos ensayos es ver nt' uelto Q, Russell en una oontrovcrsiq /'ilosófica con algunos de l os pensadores ame- ricanos nui/; r l evantes del momento, así como el q1¿e en 1 Hay trad. esp. Buenos Aires, 1946. 2 Hay trad. esp. de esta obra : L os problemas de l a filo, sof ía, trad. de J. Xirau. Bar celona, Labor, 1928. 175 -- I dicha ('onl1'ove1'sia se nos muestren sus argumentos en contr:1 riel monismo neutral. posición que Rusell acaba· ?'ia por adoptar años más tarde en THE ANALYSIS OF MIND ( 1921) ¡Jara luego abandonarla gradualmente. al parecer por ?'azones similares (¿ l as aquí expuestas, Los meses de estancia en Rarvard pusieron a RusseU en contacto directo con .lames, Perry, Sheffer y Demos, de la escuela "neoncalista", a la que Russell podía con- / siderar, salvo por l o que se refie?'e a algunos de su ex, cesas pragmatistas, como est rechamente empa?'entada con l a filosofía de Cambridge que su propia obra estaba ha, ciendo surgir , El aprecto por el "eficiente método" que en l ógica matemática apO?'taba la innovación de Sheffer 3 in· dujo a Russell a r ecomendarle la reel aboración de los >'ya que lo publicado por él hasta el momen- to no es del todo suf iciente como para permitir qtle otros se encarguen de l a necesaria ?'econstrucción" "' , El Rector Lowell de H a?'va7'd invitó a Russcll a re- g?'esar en 1916 como miembro permanente de l a Facul tad de Filosofía, invitación t anto más sugestiva cuanto que Russell acababa de cesar como profesor en el Trinity Co- llege de Camb?'idge a causa de su primera incursión bajo- l a L ey de Defensa del Reino 4, No l e f ue posi ble aceptar 3 La introducción de la incompatibilidad como idea primitiva, lo que habia de simplificar la teorla de la "de- ducción (lógica proposicional), permitiendo la reducrión del número de proposiciones primitivas, Véase sobre este punto la tercera de las conferencias de la serie La fil o· sofía del atomismo lógico, pp, 285 Y ss, de este libr o, ---- * Principia Mathematica, Introduction to the Second Edition, vol. I, p, XV, Los elogios de Russell jugaron un importante papel en la designación de Sheffer par:a una cátedra de Lógica en Harvard ; mas la reelaboraClón de los Principia deseada por RusseU nunca se llevó a cabo, En cuanto a Sheffer, sus propias publicaciones resultaron inferiores en número a las de cualquier otro profesor de la Universidad, no llegando a sumar veintiuna pá· ginas la totalidad de sus escrit os r ecogidos en la bibliogra· na de Church, (Not a del Editor inglés) , 'La "Defence oí the Realm Act" se aplicó a Russell el 5 de junio de 1916 por sus actividades pacifistas con, t rarias a la intervención de I nglaterra en la primera guerra mundial. 176 , \ el nomb/'mniento por ¿mpedtrsclo la ncgatit'G del For eing \ Office a deja1'Ze sali'/' del país, 'un paso éste en la campaña de persecución sistemática que, PO?' S1¿ inconformismo de pensamiento, acaba'l'ía llevándole a la cárcel en 1918, H ablar de l o que podría-haber-sido constituye un arriesgado pasatiempo, pe?'o a todos nos tienta especul ar sobre los de?'roteros de la filosofía americana de haber estado Russell en escena desde 1916 en adelante. Segura- mente el pragmatismo no hab7'ía ganado nunca tanto t e- n'eno como Ileg6 a gana?'-pa?'a sucumbiT, finalmente, bajo la eTílica dlll mismo tipo de filosofía que Russell había p?'omovido cn Cambridg ; !J Russell habría dejado, ¡¡ no duda?'lo, una huella más profunda en la F ac1tltad de Fil o- sofía de Harvard que l a dejada PO?' Whitehead (llegado alU en 1924), cuyo pensamiento filos6fico perdiÓ infl uen· cia al poco de su marcha y parece habe?'se desvanecido en la actualidad sin deja?' rast1'O, C1¿ando R1LSsell prof es6 por segunda vez en HaTvard, en 1940, sus ideas (recogidas en AN INQUIIW lNTO MEA lNG AND 'l'nUTH) 5 alcanzaron una r sonancia en el pensamiento americano contemporáneo quc la cosmología de Whilehead no llegó nunca a dis- f?'utar, Es, PO)' l o tanto, a título de glosa del pensamient o trans- atlántico anterior a la guerra del 14 como se ?'ep7'oducen en el presente libm estos ensayos, ?'elativamente desco- nocidos, L as aclaraciones de Russell sobre sus cambios de opinión en t orno a algunas de estas cuestiones las encono trará el lecto?' en l a IV de l as conferencias, dedicadas al atomismo l ógico, que siguen a este trabajo. J 5 Hay trad, esp, Buenos Aires, 1946. 177 13 \ 1914 SOBRE LA NATURALEZA DEL CONOCIMIENTO DIRECTO I. DESCRIPCIÓN PRELO\f1NAR DE LA EXPERIENCIA El propósito dé lo que sigue es propugnar un cierto análisis del aspecto más simple y conocido de la expe- riencia, a saber, lo que llamo "conocimiento directo". Man- tendremos aquí que el conocimiento directo es lma rela- ción entre dos términos, un sujeto y un objeto, que no es preciso sean de naturaleza común. El sujeto es "men- tal"; el objeto no se sabe que 10 sea, salvo cuando se trate de un caso de introspección. El objeto puede darse en el presente, en el pasado, o de modo absolutamente intem- poral ; puede tratarse de un particular captable por me- dio de los sentidos, o de un universal o un hecho lógico de tipo abstrac¡to. Todas las relaciones cognoscitivas-aten- ción, memoria, imaginación, creencia, duda, et- cétera-presuponen el conocimiento directo. Nuestra teorla ha de hacerse valer cont ra tres t esis ri- vales: (1) la teona de Mach y James, según la cual no hay una r elación específica, involucrada en todos los su- cesos mentales, a la que poder Hamar "conocimiento direc- 179 tú", SinO lan sólo un düerente modo de agruparse los mis- mo Objetos de que se ocupan las ciencias no psicológicas; (2) la t oría que sostiene que el objeto inmediato es men-\ tal, lo mismo que el sujeto; (3) la teoría que supone que entre el sujeto y el objeto se da una tercera entidad, el "contenido " que es mental y consiste en aquel pensamien- to o estado de la mente mediante el que el sujeto apre- hende el objeto. La primera de estas tesis rivales es la más sugestiva y mejor pertrechada, y sólo podremos ha- cerle frente mediante una amplia y detallada discusión, que ocupará un segundo ensayo. Las restantes teorías, junto con la mía propia, serán examinadas en un tercer ensayo, en tanto que el primero se hará consistir en el examen introductorio de los datos del problema·. La palabra "experiencia", como la mayor parte de los vocablos que expresan en filosofía nociones fundamentales, se ha incorporado al vocabulario técnico a partir del lenguaje de la vida cotidiana, y conserva, a despecho del lavado y cepillado a que ciertos filósofos meticulosos la hayan podido someter, algunas de las de su existencia foránea. Originariamente, la "filos9íÍa de la experiencia" se oponía a la filosofía a priori, y la "expe- riencia" quedaba confinada a lo que conocemos por medio de los sentidos. Gradualmente, sin embargo, fue ensanchán- dose su alcance hasta dar cabida a todo aqti'eRo de que tenemos conocimiento, cualquiera que sea la modalidad de este último, y el vocablo se convirtió en el santo y seña de un desmedrado idealismo importado de Alemania. La palabra comportaba, por una parte, concomitancias tranquilizadoras, como las del "recurso a la experiencia", que parecían poner coto a las extravagancias, más des- enfrenadas, de los metafisicos transcendentales; mientras por otra parte contenía, como diluída en su seno, la doc- trina de que nada es posible que suceda sino a titulo de "experiencia" de un sujeto mental. Asi, al conjuro de esta sola palabra, los idealistas lanzaban astutamente sobre * Los tres ensayos a que Russell en este pasaje se hallan aquí reprOducidos consecutivamente baJO sus r espectivos subtítulos. (Not a del Editor inglés.) 180 sus antagonistas la execración del a priori, reprochándoles su aparente necesidad de mantener por las buenas el dogma de una realidad incognoscible que, se pensaba, ha- oda de ser algo completamente arbitrario o bien, por el contrario, no sería realmente incognoscible. Con la reacción anti-idealista, las ambigüedades de la pa- labra "experiencia" quedaron al descubierto, con el resul- tado de que los realistas han ido progresivamente evitan- do su empleo. No obstante, se ha de tener presente que, por más que se eluda la palabra, pudieran persistir las confusiones de pensamiento con las que ésta se ha visto antes envuelta. Más aconsejahle parece, por lo tanto, per- severar en el intento de analizar y poner en claro las ideas un tanto vagas y confusas que comúnmente nos su- giere la palabra "experiencia", ya que no es improbable que al hacerlo acabemos topándonos con algo de funda- mental importancia para la teoría del conocimiento. En este punto es inevitable, como ocurre con todas las investigaciones filosóficas, una cierta dificultad relativa al uso de las palabras. Los significados de las palabras co- rrientes son vagos, fluctuantes y ambiguos, como la l uz esparcida por el farol callejero que oscila en una noche de viento; con todo, en el núcleo de este incierto destello de significado será posible hallar algún concepto preciso para el que la filosofía necesite de un nombre. Si adop- tamos un término técnico de nuevo cuño, la conexión con el pensamiento ordinario se oscurece, lo que surte un efectlJ retardatario sobre }a pretendida clarificación de aquel último; y si, por otra parte, nos sirviésemos de la palabra ordinaria asignándole un nuevo significado, pa- recería que íbamos en dirección opuesta a la costumbre y podríamos confundir los pensamientos del lector con asociaciones irrelevantes. Es imposible sentar una regla que evite estos peligros opuestos ; unas veces convendr á introduc¡f un vocablo técnico creado ah hoc, otras pulir el vocablo or dinario hasta llegar a convertirlo en apropiado para propósitos técnicos. En el caso del término "expe- riencia", parece preferible decidirse por esto último, ya 181 que el proceso mismo de pulir el vocablo habrá de re· sultamos instructivo, sin que por lo demás haya otro modo de disipar las confusiones de pensamiento que aquél pueda encubrir. Si nos preguntamos por el supuesto básico en que des· cansa el término "experiencia", nuestra indagación habrá de comportar una labor de análisis con vistas a obtener una definición de la "mente" 1 y lo "mental". El sentido común divide a los seres humanos en almas y cuerpos, y la filosofía car tesiana generalizó esta división al clasificar a todo lo que existe como mente o materia. La división 110S resulta tan familiar, y su antigüedad es tan r espeta· ble, que ha llegado a encarnar en nosotros como un hábi· to y apenas si parece incorporar una teoría. Mente -es -lo que conocemos desde dentro-pensamientos, sentimientos y voliciones-mientras materia es lo que se halla en el espacio, fuera de nuestras mentes. A pesar de ello, casi todos los grandes filósofos a partir de Leibniz..-Jían recu· sado este dualismo. La mayor parte de ellos, considerando a la mente como algo inmediatamente dado, asimilaron a ésta lo que parecía presentarse como "materia", y han dado así lugar al monismo idealista. P o d e m o ~ definir al idealista como un hombre que cree que cuarl'to existe puede ser considerado como "mental", en el sentido de que posee determinadas características que por intros· pección sabemos pertenecen a nuestra propia mente. Re· cientemente, sin embargo, se ha criticado a esta teoria desde diversos puntos de vista. Por una parte, quienes ad· miten que conocemos por introspección cosas en posesión de aquellas características que llamamos "mentales" han puntualizado que conocemos asimismo otras cosas que no las poseen. Por otra parte, William James y los realistas americanos han insistido en que no hay cosas a las que 1 En lo que sigue traduciremos siempre por "mente" el término inglés "mind", aun a sabiendas de la ins:u- fí ciencia de nuestra traducción en más de un caso, a fm de preservar la uniformidad de la misma, así como su conexión con el adj etivo "mental". 182 específicamente corresponda el carácter de "mentales", sino que aquellas cosas que llamamos mentales resultan ser idénticas a las llamadas ffsicas, difiriendo las unas de las otras meramente por su contexto y su modo de agru· pación. Tenemos, así pues, tres opiniones a considerar. En pri- mer lugar, la de aquéllos que niegan que haya caracterís- tica ninguna, a que llamar "mental", que nos sea revelada por introspección. Puede llamarse "monistas neutrales" a quienes sostienen esta opinión, puesto que, al rechazar la división del mundo en mente y en materia, no afirman que todo lo real sea mental ni tampoco que todo lo real sea material. A continuación tenemos a los "monistas idea- listas", que admiten la entidad de lo "mental" y sostienen que toda realidad es de esta índole. Los "dualistas", por último, concederán la existencia de semejante caracterís· tica, pero también la de cosas que no la poseen. Para po- der decidir entre todos estos puntos de vista, es necesario decidir primero si la palabra "mental" posee algún signi- ficado; y esto nos retrotrae a la pregunta por el significa· do del término "experiencia". Cuando consideramos el mundo prescindiendo de la eru- dición y la ignorancia a que nos tiene acostumbrados la filosofía, nos parece apreciar que aquél contiene un cierto número de cosas y personas, así como que algunas de esas cosas son "experimentadas" por algunas de esas personas. Un hombre puede experimentar cosas diferentes en di- ferentes momentos, y hombres diferentes pueden experi· mentar cosas diferentes simultáneamente. Algunas cosas, como el interior de la tierra o la otra cara de la luna, no han sido nunca experimentadas por nadie, mas se confía, sin embargo, en su existencia. Las cosas que se dice ex· perimenta un hombr e son : aquéllas que le son dadas en la sensación, sus propios pensamientos y sentimientos (en la mecnda al menos en que es consciente de ellos), y qui- zá (aunque el sentido común podría dudar a este r especto) los hechos que ese hombre llegase a conocer mediante razonamiento. En un momento dado, hay ciertas cosas de las que un hombre es "conselente", ciertas cosas que están 183 "ante su mente". Ahora bien, por más que ciertamente sea difícil definir la "consciencia" (awareness) , no existE1 in· cOn\' enicnte alguno en decir que soy consciente de tales y tales <' osas. Si se me pregunta, puedo replicar que soy consciente de esto, lo otr o y lo de más allá, y así con res· pecto a una heterogénea colección de objetos. Al definir tales objetos, pudiera, desde luego, suceder que los des· criba erróneamente; en ese caso, no me sería posible cier· tamente comunicar a otro de qué cosas soy consciente. Pero si hablo para mi mismo, y las designo por medio de lo que podríamos llamar Itnombres propios", más bien que --- por medio de expresiones descr iptivas, no puedo equivo· carme. En la medida en que los nombres que yo uso sean realmente nombres en ese momento, esto es, denominen cosas para mí, dichas cosas habrán de ser oj;¡jetos de lqs que soy consciente, puesto que de otro modo las pa1abras serian meros sonidos desprovistos de sentido, nunca nomo bres de cosas. Hay, pues, en un momento dado, una cierta colección de objetos a los que yo podría, si así lo deseara, asignar nombres propios; son éstos los o ~ e t o s de los que soy "consciente", los objetos que se hallan "ante mi meno te", esto es, que se dan en el ámbito de mi "exPeriencia" presente. Hay una cierta unidad, que es importante hacer notar pero dificil analizar, de "mi experiencia presente". Si su· ponemos que "yo" soy el mismo a lo largo de una diver· sidad temporal, podríamos admitir una definidón de "mi experiencia presente" como la totalidad de la experiencia que "yo" tengo "ahora". Pero de hecho veremos que "yo" y "ahora", en el orden del conocimiento, han de ser defi· nidos en términos de "mi experiencia presente" más bien que a la inversa. Más aún. no nos será posible defintir IImi experiencia presente" como "toda experiencia contempo· ránea de esto" (donde esto forme ~ a t t e integrante de lo que experimento ahora), ya que una tal definición haría ignorar la posibilidad de otra experiencia que la mía. Ni siquiera podremos definirla como "toda experiencia que exPer imente yo como contemporánea de esto", ya que di· cha definición excluiría todas aquellas zonas de mi expe· 184 I I I I J rimentar de las que no llegara a ser consciente por in· trospección. Tendremos que decir, a mi juicio, que "ser simultáneamente experimentadas" es una r elacíón entre ' cosas experimentadas que, a su vez, podrá serlo ella mis- ma, como cuando cobramos consciencia, por ejemplo, de dos cosas que contemplamos al mismo tiempo, o de una cosa vista y otra oída simultáneamente. Una vez que he· mos llegado a saber por este procedimiento lo que Se quie· re deci r con "ser simultáneamente experimentadas", po· dremos ahora definir "mis actuales contenidos de expe· riencia" como "todo lo experimentado al mismo tiempo que esto", donde esto será cualquier objeto de experiencia que hayamos seleccionado por medio de la atención. Con ulterioridad habremos de volver sobre este punto en va· rias ocasiones. No me propongo por ahora t ratar de llevar a cabo un análisis lógico de la "experiencia". De momento, deseo li· mitarme a examinar su alcance, limites y persistencia en el tiempo, así como las razones que haya para no consi· derarla omnicomprensiva. Estos aspectos podrán ser estu· diados a través de la sucesiva discusión de las presentes cuestiones: (1) ¡.Se incluyen en la "experiencia" las sensa· ciones débiles y periféricas? (2) loSe incluyen en la "expe· riencia" actual todas o algunas de nuestras creencias ver· daderas contemporáneas? (3) ¿ "Experimentamos" ahora cosas pasadas que recordamos en el momento presente? (4) ¿Cómo llegamos a saber que el conjunto de las cosas que ahora experimentamos no es omnicompl'ensívo? (5) ¿Por qué consideramos a nuestras experiencias, presentes y pasadas, como formando parte todas ellas de una expe· riencia, a saber, la experiencia que llamamos "nuestra"? ----t6) ¿Qué nos induce a creer que "nuestra" experiencia too tal no es omnieomprensiva? Muchas de estas cuestiones habrán de ser replanteadas de modo más completo con posterioridad; de momento no les prestamos atención por si mismas, sino en orden a familiarizarnos con la noción de exPeriencia. 1. ¿Se incluyen en la "experiencia" las sensaciones dé· biles y periféricas? Podríamos responder a esta pregunta 185 no sólo por relación a las sensaciones, sino también a los deseos poco firmes, a los pensamientos confusos ,y a todo aquello que no se halle situado en el foco de nuestra aten· ción; mas a título de ejemplo podremos atenernos al caso más sencillo de todos, el de la sensación. Para mayor pre· cisión, consideremos lo que sucede con nuestro campo de visión. Normalmente, cuando atendemos a algo que con· templamos, prestamos atención a lo que ocupa el centro de nuestro Cé\mpo de visión, pero nos es posible, mediant e un cierto esfuerzo de voluntad, hacer recae9 nuestra aten· ción sobre las zonas marginales de aquel Resulta obvio que, al obrar así, el objeto de nuestra atención es indudablemente experimentado. Así pues, el pr oblema a considerar es si la atenci6n es lo que constituye la expe- riencia o si, por el contrario, cosas a las que no prestamos atención. Parece ser que hay que admi- tir la experiencia de cosas a las Que no prestamos aten· ción, pues la atención es una selección llevada a cabo entre los Objetos que se dan "ante la mente", y presupone por lo tanto un ámbito más extenso, sometido a tantos requisitos restrictivos como el de la atención, y del que ésta entresaca sus objetos. En algunos casos, sin embargo, en los que no parece darse sensación alguna, pese a haber concurrido las condiciones físicas que se podía esperar la produjeran (como cuando, por ejemplo, dejamos de oír un déhil sonido que no nos pasaría desapercibido de haber concentrado en él nuestra atención), no parece que haya "experiencia" ninguna que corresponda a dicha sjtuación; en tales casos, a pesar de la existencia física de estímulos sonoros, parece ser que con frecuencia no se da ningúr. tipo de respuesta "mental". 2. Nuestra vida mental se compone, en una buena me· dida, de creencias y "conocimientos" que llamamos de "he· chos". Cuando hablo de un "hecho" me r efiero a lo expre· sado en una frase como "Es el caso que tal y tal". Un he- cho, en este sentido, diferirá de algo existente de tipo sensible ; se trata de un objeto sobre el que hacemos r e· aer nuestra creencia, expresada en una proposición. Lo que ahora me pregunto no es si el creer mismo es experi· 186 mentado, pues doy por sentado que lo es : la cuestión es saber si los hechos a los que se refieren las creencias son experimentados en algún caso. Por lo pronto, es evidente que la mayor parte de los hechos que damos por conoci- dos no son experimentados por nosotros. No experimen· tamos que la tierra gire alrededor del sol, ni que Londres tenga seis millones de habitantes, ni que Napoleón su· friese una derrota en \Vaterloo. Pienso, no obstante, que se dan ciertos hechos de los cuales tenemos experiencia, a saber, aqUéllos que observamos por nosolros mismos, sin necesidad de apoyarnos en nuestro propio razonamien· to a partir de hechos previos ni de prestar confianza al testimonio de otros. Estos hechos "primitivos", de los que cobramos noticia por medio de un conocimiento inmedia· to tan evidente e incontestable como el de los sentidos, ilabrán de fnrmar parte-si no me eqwvoco-del conteni- do originario de nuestra experiencia. Su importancia en la teorfa del conocimiento es muy grande, y tendremos ocasión de considerarlos detalladamente más adelante. 3. ¿Experimentamos ahora cosas pasadas que recorda· mos en el momento presente? Está claro que no puede prestarse la consideración debida a esta pregunta sin re- ferencia a la psicología de la menlOria. Pero, en una bre- ve consideración preliminar, podría decirse algo en apoyo de una r espuesta afirmativa. En primer lugar, no dehe· mos confundir la auténtica memoria con las imágenes pr esentes de cosas pasadas. Puedo evocar ahora ante mi mente la imagen de un hombre al que vi ayer; la ima· gen no se da en el pasado, y ciertamente la experimento ahora, pero la imagen misma no es la memoria. El re· cordal' se r efi ere a algo que sabemos corresponde al pa· sado, a lo que yo vi ayer, no a la imagen que ahora resu· cito: pero, incluso una vez desechada ('omo irrelevante la imagen presente, queda todav1a una distinción entre 10 que podría llamarse memoria "del intelecto" y memoria "de la sensación". Cuando me limito a recordar "que vi a Jones ayer", se trata de la memoria intelectual; mi cono· ci miento corresponde a uno de aquellos "hechos primiti· vos" considerados en el apartado precedente. Pero en la 187 memol'ia inmediata de algo que acaba de tener pa- rece como si la cosa misma permaneciese en la experien- cia, por mucho que sepamos que no está ya presente por más tiempo. o pretendo saber exactamente la posible duración de este tipo de memoria; pero no cabe duda de que puede durar 10 suficiente como para hacernos cons- cientes del transcurso de algún lapso de tiempo desde la primitiva presencia de la cosa recordada. Parece ser, por tan lo, que las cosas pasadas pueden entrar ji formar parte de la experiencia actual de dos maneras diferentes. La conclusión de que las cosas pasadas son experimen- tadas en la memoria puede ahora reforzarse considerando la diferencia entre pasado y futuro. la predic- ción científica podemos llegar a saber, con mayor o me- nor probabilidad, muchas cosas acerca del futuro, mas todas estas cosas son realmente inferidas, ninguna de ellas conocida de manera inmediata. Ni siquiera conocemos in- mediatamente aquello que expresamo mediante el térmi- no "futuro": futuro eS, en resumen. el período de tiem- po en que el presente será pasado. "Presente" y "pasado" Se dan en la experiencia ; "futuro" en cambio se define a base de ellos. La diferencia entre pasado y futuro, des· de el punto de vista de la teoría del conocimiento, con· siste precisamente en el hecho de que el pasado se expe- rimenta ahora en alguna medida, en tanto que el futuro queda por el momento completamente fuera de nuestra experiencia. 4. ¿Cómo llegamos a sabel' que el conjunto de las co- sas que ahora experimentamos no es omnicomprensivo? Esta pregunta surge de modo natural de lo que acaba de decirse acerca del futuro; pues nuestra creencia en que ha de darse un futuro es justamente una de aquéllas que nos llevan más allá de la experiencia presente. No se tra- ta, no obstante, de una C'reencia indubitable; no conta- mos con razón alguna de peso que nos asegure que ha de haber un futuro, mientras que en cambio algunos de los modos en que la realidad trasciende necesariamente a la experiencia actual se nos presentan revestidos de la certeza propia de un auténtico conocimiento. 188 Esta cuestión es muy importante, ya que nos introduce en el problema, más general, de cómo puede el conoci- miento trascender a la experiencia personal. De momen- to, no obstante, no nos ocupamos de la tolalidacZ de nlle - tra experiencia individual, sino tan s610 de nuestra ex- periencia en un momento dado. A primera vista, podría parecer como si la experiencia de cada momento hubiese de encerrar, como en una prisión, todo nuestro conoci- miento en ese instante, y como si sus Hmites se convir- tieran necesariamente en los limites de nuestro mundo presente. Toda palabra que nos resulte inteligible en este momento habrá de poseer para nosotros algún significado que resida dentro de nuestro ámbito contemporáneo de experiencia; nunca podremos señalar un objeto y decir: UEsto cae fuera de mi experiencia presente '. No nos será posible conocer ningún particular a menos que éste caiga denlro de nuestra actual experiencia; así pues, se podría inferir que es imposible conocer que haya cosas singulares que escapen a la experiencia actual. Suponer que podemos conocer algo semejante, cabria decir, equivale a suponer que podemos conocer lo que no conocemos. Sobre esta hase, podríamos vernos empujados a un prudente agnos- ticismo respecto de todo cuanto caiga fuera de nuestra consciencia en este instante. Semejante punto de vista, es cierto, no se suele adoptar en esta forma extrema; pero los principios del solipsismo, y aún los más antiguos de la filosofía empirista, aplicados con rigor, habrían de re- ducir, al parecer, el conocimiento de cada momento a los estrechos limites de la experiencia contemporánea. Caben dos réplicas, complementarias entre sI, a esta teo- ría. La una es de tipo empírico y consiste en hacer hin- capié en que nuestro conocimiento es más amplio de lo que supone dicha teoría; la otra es de tipo lógico y con- siste en poner de manifiesto una falacia en las conclusio- nes que la teorla extrae a partir de los datos con que cuenta_ Comencemos con la refutación de tipo empírico. Una obvia refutación de tipo empírico se apoyaría en el hecho de que es posible tener conocimiento de haber olvidado algo. Al tratar, por ejemplo, de recordar el nom- 189 111' duna pCi'sona. podríamos tener la completa segurl- c1nd d que aquel nombre vino un dia, en el pasado. a for- mar parte de nuestras experiencias y, sin embargo, por más esfuerzos que llevásemos a cabo, no conseguir traer lo al ámbito de nuestras experiencias del presente_ Al igual que ocurre en este caso, sabemos ~ i m i s m o que hay en regiones más abstractas hechos que escapan a nuestra ex- periencia actual : podemos recordar que hay un determi- nado número de casilleros en la tabla de multiplicar, sin acordarnos de todos y cada uno por separado; y sabemos que hay un número r-rrfinito de hechos en arit- mética, de los cuales sólo tenemos ahora mentalmente presentes un número finito. En uno y otro caso nos cabe la correspondiente certidumbre de que es as!:; pero en el primero la cosa ahora olvidada llegó en una ocasión a formar parte de nuestra experiencia, mientras que en el segundo el hecho no e;,qperimentado es un hecho ma- temático abstracto, no urta cosa concreta y existente en el tiempo. De estar dispuestos a admitir las creencias de la vida ordinaria, como por ejemplo la de que ha de darse un futuro, tendremos por supuesto un vasto campo de cosas existentes sin ser experimentadas. Gra- cias a la memoria sabemos que, hasta el presente, cons- tantemente hemos venido conociendo, por medio de la sensación, nuevos particulares no experimentados con anterioridad, de donde concluimos la no omnicompr ensi- vidad de nuestras sucesivas experienCias del pasado. Si, en tal caso, el momento presente no es el último en 13:--- vida del universo, estamos obligados a pensar que el fu- turo ha de contener cosas de las que no tenemos actual· mente experiencia. Y no cabe argüir que, puesto que di· chas cosas son fut uras, no forman parte aún del univer- so; en cualquier caso, habremos de incluirlas en un in- ventario completo del mismo, que dehe enumerar 10 por venir tanto como 10 que es y lo que ha sido. Por las ra- zones antedichas, es indudable, pues, que el mundo con- tiene cosas que no se dan en mi experiencia, y es de igual modo sumamente probable que el número de tales cosas sea elevado. 190 I ,1 i I ,-' f \ r Queda por mostrar ahora la po ihilldad lógica del co- nocimiento de que existen cosas de las cuales no tenemos actualmente experiencia. Tal posibilidad se basa en la de conocer proposiciones de la forma: "Hay cosas que poseen tal y tal propiedad", aun cuando no sepamos de ningún caso concreto de las mismas. En el mundo abstracto de la matemática, es muy fácil encontrar ejemplos de ello. Sabemos, así, que no cabe bablar del mayor de los nú- meros primos. Pero de entre todos los números primos en que hayamos pensado alguna vez, ha de haber uno ciertamente que sea el mayor. Por tanto, habrá números primos mayores que cualquiera de aquellos en que ha- yamos pensado alguna vez. Lo mismo ocurrirá en otros dominios más concretos : es perfectamente pOSible saber de la existencia de cosas conocidas por mi, pero que en la actualidad he olvidado, por más que sea naturalmente imposible ofrecer una muestra de semejantes cos.as. Recu- I"riendo a nuestro anterior ejemplo, yo puedo recordar perfectamente que ayer sabía el nombre de la dama a que fui presentado, por más que dicho nombre se me haya ido hoy de la cabeza. Que fui informado de su nombre, es un hecho que conozco y que implica que tuve conocimiento de algo que allora no sigo conociendo; sé que tal infor- mación tuvo lugar , pero ignoro en qué consistió ésta. El proseguir con este ejemplo nos impondria una conside- ración del "conocimiento por descripción", cosa que co- r responde a una etapa ulterior de nuestro examen. De momento me basta con haber puesto de r elieve que co· nocemos la existencia de cosas que escapan a nuestra ex- periencia presente, así como que tal conocimiento no plan- tea dificultades lógicas de ningún tipo. 5. ¿Por qué consideramos a nuestras experiencias pre- sentes y pasadas como formando parte todas ellas de una experienCia, a saber, la experiencia que llamamos "nues- tra"? Hay que considerar esta cuestión para poder pasar a la SIguiente, en que habremos de preguntarnos si es posi- ble conocer la existencia de cosas que trasciendan el con- j unto de "nuestra" experiencia. Pero, por el momento, tan sólo puedo dispensarle una breve consideración preliminar 191 11 1: (¡Uf' permita hablar de la experiencia tolal de Una per- sona, dándonos cierta cuenta del significado que otorga- mos a dicha expresión y de cuáles son las dificultades que ésla úLlima envuelvc_ Está claro que es la memoria la que nos da pie para llamar "nuestras" a las experiencias..Pasadas_ Lo que pre- tendo decir no es que tan sólo hayan de considerarse co- mo nuestras las experiencias que ahora recordemos, sino que es siempre la memoria la que nos proporciona los cs- labones de la cadena que une presente con nues- tro pasado. No es, sin embargo, la memoria per se la que desempeña este cometido: se trata de un cierto tipo de memoria. Cuando nos limitamos a r ecordar un objeto ex- terno, nuestro experimentar corr esponde al presente y no hay aún razón alguna para hablar de experiencia pasada. Sería lógicamente posible recordar un objeto que no hu- biéramos experimentado n1nca ; no es, en efecto, invero- símil que semejante cosa ocurra él veces. Podemos oír marcar las horas de un relOj y tornarnos conscientes, por ejemplO, de que ha sonado varias veces antes de reparar en ello. Tal vez, en este caso, hayamos experimentado realmente las anteriores campanaaas cuando éstas sona- ron, sin que podamos recordar haberlo hecho. Nuestro caso nos sirve, por lo tanto, para ejemplificar una impor- tante diferencia: a saber, la que existe entre ree6Í'dar un suceso exterior a nosotros y r ecordar nuestra propia ex- periencia de dicho suceso. Normalmente, cuando recorda- mos un suceso, recordamos también nuestra experiencia del mismo, pero se trata de dos r ecuerdos diferentes, como se demostró en el caso del reloj que daba las horas. El r e- cuerdo que prolonga nuestra per sonalidad hacia atrás en el tiempo es el recuerdo de nuestro propio experimentar, no simplemente el de las cosas que experimentamos. Cuan- do alcanzamos a recordar nuestro experimentar de algo, integramos el experimentar recordado con nuestro experi- mentar actual, como par te de la experiencia de una misma persona. Esto nos llevará a integrar de igual manera cual- quier otra experiencia que en aquel pasado recordásemos como a su vez perteneciente a un pasado anterior, y asi 192 podríamos retroceder, hÍl)otélicamente, hasta la más le- jana infancia. Valiéndonos de este mismo procedimiento hipotético, podremos extender ahora nuestra personalidad hacia adelante en el tiempo, hasta abarcar a todas las experienCias que hayan de consistir en r ecordar, directa e indirectamente, nuestras actuales experiencias *. Gra- cias a esta extensión de la experiencia actual por medio de una serie de experiencias encadenadas por la memo- ria, integramos en la totalidad de nuestra experiencia to- das aquellas cosas, mencionadas en nuestro último apar- tado, que sabemos han existido aunque no for men par te de la p-xperiencia del present e ; y de extenderse el tiem- po más allá del presente, integraremos asimismo aquellas experiencias futuras que hayan de relacionarse con nues- tro presente de modo semejante a como éste se relaciona con nuestro pasado. 6. ¿Qué nos induce a creer que "nuestra" experiencia total no es omnicomprensiva? Es éste el problema del so- lipsismo: ¿qué razón tenemos para creer que no existe, ni ha existido, ni existirá sino lo que forma parte de nues- tra experiencia total en el sentido expresado en el apar- tado precedente? El argumento lógico de que nos hemos servido para mostrar la posibilidad de conocer la existencia de cosas que se hallen fuera de la experiencia actual es aplicable, sin necesidad de introducir ninguna modificación, a nues- tro conocimiento de la existencia de cosas que queden fuera de nuestra experiencia t otal. Así pues, la única cues- tión a que hemos de atender a este respecto es la de si, ahora y de hecho, sabemos de algún modo de probar la existencia de tales cosas_ En las regiones abstractas de la lógica y la matemática, resulta fácil, valiéndonos de los mismos ejemplos que antes hemos usado, demostrar que >lo En términos de la lógica de relaciones : Si M es la relación "1' COl'dar" N la suma de M y su converso, Y x cualquier instante 'de experiencia, la experiencia tota.! a la que x pertenece vendrá constituida por todos .los 111 s- tantes de exp riencia que guarden con x la relaCIón r;r*. Cf,'. P1'Íllci1Jia Mathematica, *90. (T. - N* es telaclón hereditaria -"ancestml relation" - correspondIente a N.) 193 hay hechos que no forman parte de nuestra experiencia total Parece estar claro que no alcanzamos a pensar, en el curso de nuestras vidas, más que un número finito de hechos aritméticos, y sabemos que el número total de hechos aritméticos es infinito. Si se arguyese que este ejemplo no es concluyente, sobre la -tmse de que tal vez sobrevivamos a la muerte y cobremos entonces un interés mayor por la aritmética, el ejemplo siguIente resultará tal vez menos controvertible. El número de funciones de una variable r eal es infinitamente mayor que el número de los instantes que componen el tiempo. !!ln consecuencia, aun en el caso de que invirtiéramos toda la eternidad en pensar una nueva función a cada instante, o bien un nú- mero finito o un número infinito r elativamente bajo de nuevas funciones a cada instante, nos quedarla todavía un número infinito de funciones que no habriamos pensado, y en relación con ellas, P9T lo tanto, un número infinito de hechos que nunca registrarla nuestra experiencia. En consecuencia, no cabe duda de que hay hechos matemáti- cos que escapan a nuestra experienCia total. Por lo que se refiere a los existentes concretosM pue- de elaborarse, que yo sepa, un argumento convincente del estilo del que acabamos de considerar. Concedemos espon- táneamente que los cuerpos de las demás personas están animados más o menos como los nuestros, lo que permit e a aquéllas experimentar placeres y sufrimientos, deseos y aversiones, de los que no somos directamente conscientes. Pero por más espontáneamente que concedamos esto úl- timo, y no pueda alegarse razón alguna en contra de esta nuestra suposición, no parece tampoco, pese a todo, que haya razón alguna concluyente par a creer que no es equi- vocada. Las mismas dudas se plantean por lo que se re- fiere al interior de la tierra, la otra cara de la luna y los Innumerables hechos físicos a los que habitualmente con- cedemos crédito sin la garantfa de una experiencia direc- ta. Si hay alguna razón de peso para creer en una de estas cosas, habremos de obtenerla por medio de la in- ducción y la causalidad, a lo largo de un complicado pro- ceso que no estamos de momento en situación de con- 194 siderar. Por ahora, aceptemos como una hipótesis de tra- bajo la existencia de otras personas dotadas de atributos mentales, así como de cosas físicas no percibidas. De vez en cuando reconsideraremos esta hipótesis y al final ten- dremos oportunidad de recapitular sobre si su verdad es evidente. De momento, debemos contentarnos con las si- guientes conclusiones: (a) que no hay ninguna razón de tipo lógico que la contradiga, (b) que en el mundo lógico hay sin duda hechos de los que no tenemos experiencia, (e) que la supOsición de sentido común de que hay parti- culares de los que no tenemos experiencia ha tenido oca- siones de poner a prueba su utilidad como hipótesis de trabajo, sin que haya ninguna clase de argumentos que oponerle. La conclusión final a que nos ha llevado nuestro exa- men es que algunas de las cosas que se dan en el mun- do, pero no todas, se agrupan en un momento dado de mi vida conscient.e en un conjunto al que podría llamarse "mi experiencia presente" ; que este conjunto comprende cosas que existen ahora, cosas que existieron en el pa- sado y hechos abstractos; asimismo, que en mi experi- mentar de una cosa se involucra algo más que la simple cosa, y que tal circunstancia puede experimentarse en la memoria; que, de este modo, todo un conjunto de mis experiencias a lo largo del tiempo puede ser definido me- diante la memoria, pero que este conjunto, como todo conjunto momentáneo, está lejos de abarcar la totalidad de los hechos abstract os, y no parece hacerlo con la de los particulares existentes, y sobre todo no contiene el eJCPe· rimcntar que creemos corresponde a los cuerpos de los demás. Hemos de ver ahora en qué consiste el análisis del "ex- perimentar", esto es, cuál es el nexo que agrupa a ciertos objetos en un conjunto, dando lugar a la exper iencia mo- mentánea. Y al llegar a este punto, t enemos en primer lugar que detenernos en la teoría que hemos denominado del "monismo neutral", debida a William James; pues los problemas que aborda esta teorla son tan cruciales que no 195 cabe dar un paso adelante mientras no sean resueltos, de una u otra manera. - JI. EL MONISMO NEUTRAL El "monismo neutral" -en contraposición a los monis· mos idealista y materialista-es que sostiene que las cosas comúnmente consideradas como mentales y las cosas comúnmente consideradas como físicas no difieren en razón de ninguna pr opiedad intrinseca, pr esente en uno de ambos conjuntos y ausent e del otro, sino sólo difieren en razón de su rvodo de agruparse y su contexto. Puede ilustr arse esta te,?ria por comparación con una glÚa de teléfonos, en que los mismos nombres aparecen dos veces, una de ellas por orden alfabético y la otra por geo· gráfico; podemos comparar el orden alfabético con el meno tal y el orden geográfico con el físico. Las conexiones de una cosa determinada difieren considerablemente en uno y otro orden, y sus causas y efectos obedecen a leyes di· ferentes. Dos objetos pueden estar en conexión en el mun· do mental por asociación de ideas, estándolo en el fisico por la ley de la gravitación. El contexto de un objeto en el orden mental difiere tanto de su contexto en el orden fi'sieo, que el objeto, a su vez, viene a sufrir, considerado por nosotros, una duplicación, y en el orden mental se le denominará "idea", a saber, la idea del mismo objeto en el orden físico. Mas tal duplicación es incorrecta : las "ideas" de las sillas y las mesas son idénticas a las sillas y las mesas, pero consideradas en su contexto mental, no en su contexto fisico. Así como todo hombre tiene en la glÚa dos tipos de ve· cinos, a saber, vecinos alfabéticos y vecinos geográficos, del mismo modo todo objeto se encontrará en la intersec· ción de dos series causales con leyes diferentes, a saber, la mental y la física. Los "pensamientos" no difier en sus· tancialmente de las "cosas": el fl ujo de mis pensamien· tos es un flujo de cosas, a saber, de las cosas en que co- rrientemente se diría que pienso; lo que nos induce a con- 196 sidcrarlo como un fl ujo de pensamient os es simplemente el hecho de (jU las leyes según las cuales se suceden es- tos úllimos son düerentes de las leyes físicas. En mi mcnl, ésar pU(1de evocar a Carlomagno, en tanto que 11 1 nlllnd [fsico estuvieron muy lejos uno del otro. El dunlism d In nte y materia, de acuerdo con esta teoria, ('S un rrol' n eu onjunto; hay una única sustancia to, ya sea de otro al que conduci1'fan las mencionadas transiciones conjuntivas, si se las prolongara suficiente- lIH'nto". Es cierto que añade [pág. 54]: "el tipo 3 puede :41' 1" • ¡ampre hipotética y formalmente reducido al tipo 2", y \ ' 11 Sle último tipo ambas experiencias son actuales. Pero, III1'el1:1 nto el término "hipotéticamente", acaba James rein- I r'(I(ludendo el mismo factor de posibilidad que nominal- III(' ,Ü -cluía : si usted hiciera tales y tales cosas (que qlll 'l.¡'\ no haga de hecho), su idea se verificaria a si misma. :\IIIS sto es algo totalmente diferente de la verificación wlllnl. Y la verdad de una verificación posible o hipoté- I Ir·" nvuelve, necesariamente, consideraciones que aca- I.nrfnn arrebatando por completo á la verüicación su con- dl¡-\ t'lI\ de si gnificado de la verdad 8, En general, puede dl',I1"se {]ue el recurso a la pOSibilidad es siempre indicio (1\' IIn análisis insuficiente: cuando el análisis es com- ph·lo, sólo lo real puede ser digno de tenerse en cuenta, por la sencilla razón de que s610 lo r eal existe y lo mera- IUl' lIle posible no es, en cambio, nada. r ,as dlCicultades con que t ropezamos al tratar de preci- pW' 1:1 oncepción jamesiana del "proceso de conducci6n" f; l 110 me equivoco, de su olvido de puntualizar 41\11' 1\ ;\ de darse una relación lógica entre lo creído en las (lIIII H'l"ilS etapas y lo experimentado al final del proceso. víiTv:lIll s al ejemplo del Memorial Hall. Según J ames, se tilda lIU " conozco" el Memorial Hall si, por ejemplo, sé (¡lit' s ll ega a él tomando el primer recodo a la derecha, I (, r rl 'ndo luego por el segundo a la izquierda y r ecorriendo • ('fr. pora este punto, así como para la distinción jame- 'lann 'nlre verificación y verificabilidad, el Prólogo a '¡'II¡ ¡\tI (mino of Truth (1909). 215 finalmente unos seiscientos pies. Analicemos este ejem· plo. En el caso supuesto, conozco, o al menos creo efecti- vamente en ella, la siguiente proposición : "El Memorial Hall es el edificio al cual se llega tomando el primer reco- do a la derecha, t orciendo luego por el segundo a la iz- quierda y r ecorri endo finalmente unos seiscientos pies". Para abrevi.ar llamemos p a dicha proposición. El nombre "Memorial Hall" puede tomarse en esta última como equi- valente a una descripción, esto es, como significando "el edificio llamado Hall' '' . Podría desempeñar la función de un nombre propio esto es, del nombre co- rrespondiente a un objeto directamente presente a la ex- periencia; pero en el caso supuesto, en el que lo está en cuestí6n es si conozco de algún modo el Memorial Hall, resulta más instructivo considerar como una descripción el papel jugado por di cho nombre. Así pues, p viene a enunciar que se aplican dos descripciones a la misma enti- dad; no dice nada acerca de esta última, salvo que se le aplican las dos citadas descripciones. Una persona puede conocer p (por ejemplo, con ayuda de un mapa) sin haber vi.sto el Memorial Hall y sin que el Memorial Hall haya es- tado nunca directamente presente a su experiencia. Mas si deseo averiguar si la creencia en p es verdadera o no, se me abren dos caminos. O bien puedo buscar otras pro- posiciones que por su parte ofrezcan nuevas descripciones del Memorial Hall, tales como que éste aparece en tal y tal punto del mapa; o bien puedo aplicarme a descubrir la entidad real que satisface una de aquellas dos prime- ras descripciones, e indagar a continuación si satisface la otra. El orden a seguir en este caso, como el que se dé entre ambas descripciones, es teóricamente in dijere te; pero sucede que una de las descripciones, a saber, la que indica el camino, me facilita el hallazgo de la entidad des- crita. Puedo tomar, por tanto, el primer recodo a la de- recha y el segundo a la izquierda, avanzar luego unos seiscientos pies, y preguntar entonces por el nombre del edificio que tengo delante. Si la respuesta es <'Memorial Hall", mi creencía en p queda verifi cada. Pero seria un abuso de los términos decir que la creencia en p, cuando 216 í p s efectivamente verdadera, constituye el conocimiento d ' 1 Memorial Hall. La creencia en p es la creencia en una propOSición de la que el propio Memorial Hall no es ni siqUiera un elemento constitutivo: puede ser mante- nida con fundada base por una persona que nunca haya t nido experiencia del Memorial Hall ; puede ser recha- zada erróneamente por una persona en posesión de un vivido r ecuerdo de este edificio. Y cuando yo contemple realmente el 1emorial Han, incluso si no sé que éste es su nombre, y aun cuando no formule proposición alguna acerca de él, diré que lo conozco en un sentido más fun- damental que cualquiera de aquéllos a que pudiera dar lugar la creencia en proposiciones verdaderas que lo des- criban. Si lo que acabamos de decir es correcto, podremos ade- lantar algunas conclusiones como fundamentales. En pri- mer lugar, que James y sus seguidores, como otros mu- chos filósofos, asimilan indebidamente la creencIa a la representación y oscurecen con ello el prOblema del error; n segundO lugar, que lo que llaman conocimiento de un objeto no es, en realidad, sino conocimiento de una propo- sición en que el objeto mismo no entra en juego, estando reemplazado por una descripción en términos de imáge- nes o de otros elementos integrantes de la presente ex- perienda; en tercer lugar, que lo que hace verdadera a una proposición de este tipo son las relaciones de los ele- mentos constitutivos de dicha proposición, relaciones que pueden ser (pero no necesitan serlo siempre) establecidas por medio del objeto descrito, sin que por ello sean, sin embargo, relaciones en que este último intervenga como o elemento constitutivo. En consec.uencia, lo que James denomina conocimiento de objetos será realmente conocimiento de proposiciones en que dichos objetos no intervienen, sino son reemplazados por descripciones, y cuyos elementos constitutivos se contendrán en la expe- riencia actual de la persona que cree en ellas. IEsto nos lleva a la última objeción que be de alegar en ('ont t·u ele1 monismo neutral, a saber, la pregunta: ¿cómo .(' di stingue de otras cosas el conjunto de mis experien- 217 Iris pI' sentes? Cualquiera que pueda ser el significado de "mi experiencia", es innegable que, en un momento dado, algunas de las cosas que se dan en el mundo, pero no todas, se reúnen de algún modo en un conglomerado, in- tegrado por todo cuanto cae en este momento dentro de mi ámbito inmediato de experiencia. He aquí el proble- ma que me ocupa: ¿puede ofrecernos el monismo neutral una aceptable caracterización del vinculo que une entre si a las par tes de ese conglomerado, as! como de las parti- cularidades que distinguen a aquéllas del resto de las cosas de este mundo? Este problema es discutido de pasada por el profesor Perry en sus Present Philosophical Tendencies, capitulo ti- tulado "A realistic theory oC mind". El autor destaca, en primer lugar, el hecho de que una misma cosa pueda participar en la experiencia de dos personas diferentes, y de que los objetos de una mente no estén por tanto nece- sariamente vedados a la observación directa de otra mente distinta. Hasta aquí, yo estaría de acuerdo con él. Pero de ello no se desprende, a menos que se acepte el monis- mo neutral (y aún as!: seria dIscutible), que un hombre pueda conocer directamente el que una cierta cosa forme parte de la experiencia de otro hombre. A y B podrán ambos conocer un cierto obieto O, pero de aquí no ha de seguirse que A conozca que B conoce O. Así pues, el hecho de que dos mentes puedan conocer el mismo obje- to no prueba que cada una de ellas sea accesible en sI misma a la directa observación de la otra, a menos que ambas mentes no sean otra cosa que los objetos que cons- tituyen los contenidos de su propia experienCia. En ese caso, por supuesto, habrían de resultar accesibles a su mutua observación directa. El profesor Perry considera que de esta última conclusión sólo pOdría apartarnos un error, basado en el hecho de que buen número de nues- tros objetos son estados corporalmente internos que, por razones físicas, permanecen ocultos a otros observadores. Por mi parte, no puedo conceder que esté en lo cierto en este punto. Piénsese en algo que no sea, bajo ningún concepto, un dato privado: supóngase que pienso que 218 :\ ¡.. 3 == 6. Yo puedO conocer directamente que lo pienso, mas ningún otro hombre podría hacerlo. El profesor Perry opina: "Si usted es un psicólogo, o un intérprete de los sueños, yo podría 'contarle lo Que hay en mi mente. Ahora bien, ('5 evidentemente artificioso sostener, como se hace con Cr cuenda, que cuando le abro así, por vía verbal, mi mente, usted no la conoce directamente. Se supone que uslcd sólo conoce de manera directa mis palabras. Por lo que a mi respecta, no acierto a comprender dicha supo- si ión, a menos que ésta quiera simplemente decir que ust d sólo conoce mi mente tras haber oído mis palabras y po1' medio de éstas" [pág. 290]. \' o que en este pasaje se esconde un error lógico, a :;;\1) 1', una cierta confusión entre universales y particu- lar s. Los significadOS de las palabras, en tanto son co- mun S a dos o más personas, son casi en su t otalidad universales. Quizá la única excepCión sea la de "ahora" *. 1'( ' 1'0, n cualquier caso, si di go "esto" señalando un ob- jl'lo visible, lo que vea otro hombre no será exactamente In mismo que yo veo, ya que él lo mirará desde otro ángu- lo As\' pues, al tomar la palabra "esto" como designan- do al ohjeto visto por él, dicha palabra no tendrá para I1\H':-; lm hombre idéntico significadO que para mi. Si aquél 11'111:\ 5 el superar este inconveniente, habl'ia de reempla- 1.:11' I dato inmediato de su visión por una descripción, ('Ilttl\), por ejemplo, "el objeto que, desde el punto de vista ¡JI' 1111 amigo, corresponde al objeto que yo veo". Las pa- 1.11 II';lR, pOl' tanto, con las que trate yo de relatar aquella 11\1 xp riencía omitirán lo que haya en ella de particu- 1:11'. y comunicarán tan sólo lo que es universal. (No pre- tl ' lId (] cir que sea l6gicamente imposible para dos hom- III'c' s ronocer el mismo particular, sino tan sólo que esto no ¡.;uc de en la práctica, debido a las dUerencias de pers- 1" d i va). PodrIa alegarse, sin embargo, que esta dificultad 110 ( ' 1\ nla en el caso de un pensamiento abstracto que so- larwnte conste de elementos constitutivos lógicos o uni- "(,I'sal!' s. Ji}n este caso, es cierto, podré comunicar comple- + lO] Incluso esta excepción se halla sujeta a duda. 219 IUIIll'nl '1 objeto de mi pensamiento ; mas incluso en tal (';IS0, IIr1urá algo que no1;'ueda comunicar, a saber : aquel

  • tos susceptibles de ser nomhrados por mí es el hecho de darse en mi experiencia, de conocerlos yo directamente, ¡¡I'ro sólo la subsiguiente reflexión podrá probarnos que poseen dicha característica distintiva; durante el proce- ·0 de su denominación, dichos objetos se nos aparecen implemente como esto, aquello y lo de más allá, I na consideración más detenida del vocablo "esto" nos oI yndará a aclarar este punto. El término "esto" es siem· III'!, un nombre propio, en el sentido de que se aplíca di· n 'r tnm nte a un objeto preciso, sin desc7'ibirlo para nada, \ Iwra bien, dicho nombre es apHcable a Objetos diferen. 1, N ¡.; gún las diferentes ocasiones de su empleo. A efec- I , , ~ el !"'! problema que nos ocupa, podremos decir que "e,- 1,," I' !) ,,1 nombre del Objeto al que se presta atención en , ' 1" Instante por parte de la persona que emplea dicho It 'I'll1ino. La relación de atención aquí introducida es, por IIPII('slo, diferente de la de conocimiento directo, y uno 01, los :lspe tos en que ambas difieren es el hecho de que 11"1" pnrte de un sujeto únicamente puede prestarse aten- ,1" 11 n un solo Objeto, o a 10 sumo a un número muy re- ",,,,,Ido le ohjetos, en un instante dado. (Esto último es, d, ' ,rI ·· Ilwgo, discutible, pero para nuestros propósitos III,IIII'IIIOS darlo por supuesto). Asl pues, estar emos auto- 235 \. rizados a halJlar de " el objeto de la atención de un llado en un momento dado". El objeto así descrito scrá aquél al que dicho sujeto ll ame "esto" en ese instante. Pero sería un error suponer que "esto" si{Jnifica "el 01)- _____ jeto al que ahora presto atención"_ "Esto" es, por el con- trario, un nombre propio que se aplica a dicho ohjeto. Si se me preguntara cómo llego a seleccionar un tal ohjeto, la respuesta sería que, por hi pótesis, lo estoy seleccionan- do ya, puesto que se trata del objeto de mi atención. "Es- to" no está pendiente de que lo definamos por la propie- dad de sernos dado, sino que está ya dado; primero se da realmente, y la r eflexión, luego, nos muest ra que es "lo que se da". volver ahora nuestros pasos siguiendo larden Inverso. En un cualquiera de mi vida consciente, hay un objeto (o a lo sumo un número muy r e- ducido de Obj etos) al que presto atención. Todo conoCÍ- miento de particulares irradia de dicho obj eto. Este últi- mo no destaca intrínsecamente sobre otros objetos-lo úni- co que sucede (por moti vos que no nos conciernen) es que le presto atención en este momento. Puesto que le presto atención, puedo nombrarlo ; puedo asignarle cual- quier nombre que se me ocurra y , si me falla la inventiva, podré llamarle "esto". Con ayuda de la reflexión y de de- terminadas experiencias, ll egará a hacérseme evidente que hay una r elación de "aten ión", as[ como que siempre hay un suj eto que atiende al objeto denomi nado "esto". El sujeto que atiende a dicho "esto" será llamado "yo", y la circunscripción t emporal de las cosas que guarden relación de presencia con tal "yo" se dirá el momento presente. "Esto" es el punto de partida de todo ese pro- ceso y, como tal, no es definido, sino simplemente dado. Las confusiones y dificul tades surgen de considerar a "esto" como definido po'r el hecho de ser dado, más bien que como simplemente dado. La Obj eción a nuestra teoría del conocimiento directo que se derivaba de la ausencia de conocimiento directo del sujeto encuentra, así, respuesta, al admitir que sus con- tradictores están en lo cierto cuando sostienen que el su· 236 j. lo IlO es llil' cc1amcn1c conocido }>or nosotros. Una vez , ,'xpCJl1dida esta objeción, podremos ahora replicar al mo. 1I1 Hlll0 neutral con la demanda de que nos dé razón de ""sto", "yo" y "ahora". No pretendemos simplemente que ll ll H proporcione una caracterización de la particularidad, Id( 'ntidlld (selfhood) y contemporaneidad; todo esto po- tlda C'onseguirlo sin siquiera rozar nuestro problema. Lo qtl ' P dimos es que nos dé razón de aquel pr incipio de l'lC'cción en virtud del cual un objeto, un sujeto y un ins- 1:lI1t se convierten, para cierta persona y en un momento tI , I(l O, en íntimos, cercanos e inmediatos como no es ci ado • (' 1'10 a ningún otro objeto, ni sujeto, ni instante en rela- 111'111 con tal persona y tal momento (si bien podría caber- Io's :l slos otros la misma intimidad, cercanía e inmedia- 11'í: rC'specto de personas y momentos diferentes). En un III 1I mlo llande no hubiera he"hos especificamente mentales, ,, 11 0 es evidente que se daría una completa indiferencia en- I!',' sus partes. una luz esparcida difusa y uniformemente 1101' todo él, no la ilwninación que, derramándose en la IIHcuridad como a partir de un foco situado en su cen- I!' o, aracteriza a los objetos en relación con una men- 11"/ Tal vez quena encontrar alguna otra respuesta a es- I 1 .... preguntas sin recurrir a la admisión de hechos espe- r II'II'amente mentales; mas por mi p:lrte entiendo que IIIH C! particulares fuertes" del tipo de "esto", "yo" y ".I hora" serian imposibles sin la capacidad de selección de IIl1pstra mente 10. He de concluir, por tanto, que la consi- ""l'(I (' ión de los particulal'es fuertes nos suministra una l"l ('va refutación, y la más concluyente, del monismo ' Il Ulra1. Ant es de abandonar análisis de la experiencia, hemos 11 ,' lomar en cuenta la teoria, extensamente difundida, se- ' Ut1 la eual nuestro conocimiento directo de objetos ¡m- ./ " IIl 'a no sólo un sujeto y un objeto, sino también lo que 11, Ll ama aquí Russell "particulares fuertes" (emphatic a los indicadores de tipo pragmático que en !l1, ;I S ohr s caracterizará, bajo la denominación de "particu- \11 I'!' océntricos", como aquellas palabras cuyo signi - I t¡,ulo varía de acuerdo con el que las emplea y su posi- I )¡ 11' 'spacio-temporal. 237 1I,lllla un "contenido". La distkción entre contenido y o[¡j 'lo es propugnada explícitamente por Meinong, por ejemplo en su artículo "Ueber Gegenstande hoherer Ord- nung und deren Vel'h51tniss zur innercn Wahrnehmung"*. / Las citas que siguen de este último podrán servir de ex- Dosición de la teoría. 'Que es de la esencia de 10 psíquico tener siempre un objeto, se admitirá probablemente sin reservas, al menos por lo que respecta al material psicológico del que exclu- sivamente vamos a ocuparnos en este trabajo. Pues na- die dudará que es imposible poseer una representación ** que no sea representación de algo, como tampoco puede nunca juzgarse si no es juzgando acerca de algo. Habrá, probablemente, quien cOl1ceda también de buena gana que no hay representación tli juicio alguno sin contenido; I nero, para no pocos, esta buena disposición descansa en el supuesto de que el contenido y el objeto son poco más o menos una y la misma cosa. También yo creí por largo tiempo que las dos expresiones podían usarse como equi valen tes, lo que permitiría, en defi nitiva, ahorrarnos una cualquiera de ellas. Hoy día lo considero un error" [pági· na 185]. El autor procede a continuación a e;xponernos sus razones. La razón principal, nos dice, estriba en quc podemos tener una representación o formular un juiCiO cuyo objeto no exista, ya sea por encerrar una contradic· * "Sobre los objetos de orden superior y su relación con la percepción interna" (T.), en Zei tsch1"ift jür I' S1/' chologie und Physiologie de?' Sinnesor(}ane, vol. XXI \1899) , págs. 182 y ss. .... La relación que entre el sujeto y el objeto se da en el seno de la representación (1yreSenlaUon) me par ce poder identificarse con la que llamo de "conocimiento directo" (T. - En la terminología de lengua inglesa: y de igual modo en la francesa, es frecuente la tradUcClón del vocablo alemán "Vorstell'ung" por presentation, a Hn de evitar confusiones con la traducción del mismo por representaci6n. No nos servimos aquí de la palabra "pre· sentación" cuyo empleo en castellano a estos efectos I"esultana 'forzado, pero advertimos la ambigüedad que entraña el término "representaCJón" : nuestro caso, el objeto se p1·esenta directamente al de. la representación, sin ser ?'e,p1"esentado en la lmagmaclón de este último). 238 ./ dón, como el cundrado redondo; Y, la cuestión será ésta : ¿hay "estados de la mente", en cuanto diferent es de los di versos tipos de objetos conoci- dos? Se nos ha hecho saber que es imposible que exista re- presentación en este instante si su correspondiente conte- ni do no existiese actualmente. Mas si la r epresentaciór. consiste única y exclusivamente, como hemos propugna- do, en una relación entr e un suj eto y un objeto, la repre- sentación de la memoria ha de ser en tal caso un comple- jo, uno de cuyos elementos constitutivos cor responde al pr esente, mientras el otro pertenece al pasado. No está claro que un complejo semejante ocupe una posición de- finida en la progresión temporal : el hecho de que el su- jeto que recuerda se jé en el presente no es razón sufí- plos aducidos por Meinong -expresiones denotativas ca- rentes de denotación- son casos espeCiales de descrip- ciones, las cuales constituyen, a su vez, una especie dentro del género de los "símbolos incompletos" ("tér- minos sincategoremáticos" en el vocabulari o de la semi6- tica tradiCional). Las descripciones son simbolos incom- pletos ya que -a düerencia de los nombres propios- carecen de signüicado alguno aisladamente consideradas, por lo que cabe siempre eliminadas del contexto mediante un ndccuado análisis elel mismo. 240 cien te par a considerar que todo aquel complejO correspon. da al presente. Y observationes similares se aplicarán al caso de las representaciones cuyos objetos no se den en el tiempo. Asi pues, la pregunta "¿qui én estará dispues- to a admitir que existe la representación, pero no su conte- nido?" pierde toda su fuerza : la palabra "existir" es, co. mo vemos, sumamente ambigua ; pero si lo que quiere de- cir es "ocupar una posición en la progresión t emporal", distará en ese caso de estar claro que exista dicha repre- sentación; y si le cor responde cualquier otro legíti mo sig- nificado, no estará claro que no el Objeto. Los argumentos basados en que el contenido, pero no el objeto. ha de ser psíquico, y en que el objeto, pero no el contenido, puede poseer atributos tal es como ser azul, caliente o pesado, podremos pasarlos por alto, ya que no ofrecen por si mismos base alguna para creer en la exis- tencia de contenidos. El argumento que sin duda contribuye en mayor grado a fomentar la creencia en contenidos como contrapuestos a los objetos es el último de los aducidos por Meinong, a saber , que debe haber alguna diferencia entre la represen- tación de un objeto y la de otro, y que esta difer encia no corresponde al "acto" mismo de representación. A pri- mera vista, resulta obvio que mi mente se halla en "esta- ([os" diferentes cuando yo pienso en una cosa o pienso en otra. Pero, en realidad, la diferencia del objeto basta par a ' uministrarnos toda la difer encia requerida en este caso. I\:n la hipótesis de los "estados" de la mente pareee inter- \ o.n1r (de manera inconsciente por lo general) la teoría "Intrinsecista" de las r elaciones 13 : se piensa que ha de co- n sponder alguna diferencia intrínseca, en el sujeto, a la ti los objetos con los que aquél mant iene la relación de /' lS Esto es, aquélla que únicamente admite r elaciones "¿n te'rnas" , sobre la base de que t oda relación -aún lI S pretendidamente "externas"- determina una cualidad tI 1110dificación intrínseca de los t érminos entre los cuales " (o, con otras palabras, de que toda relación Ilr' T'lC su /fundamento en la naturaleza de los términos "1'1 ' l(lnados). Véase más adelante sobre la pOSición de I! II SS II al respecto, pp. 469 Y ss. de este libro. 241 1' / repr 'l'l ,.\ladón. He estudiado la cuestión por oln> lugar, y por lo tanto ahora adoptaré la teoria cxtlln- sccista" de las relaciones, según la cual la diferencia de estas últimas nada prueba en favor de una diferencia de predicados intrínsecos. Esto es, del hecho de que el pIejo "mi consciencia de A" sea diferente del complejo "mi consciencia de B" no se podrá concluir que, cuando yo sea consciente de A, posea una cualidad intrínseca no poseída al ser consciente de B más bien que_ de A. No por tanto, razón para que en el .suJeto se dé nm- guna diferencia que corresponda a la eXIstente entre am- bos Objetos representados. Queda por preguntarnos si hay alguna otra razón en pro de la admisión de "contenidos". En mi opinión, es muy posible que el empleo poco riguroso de palabras co¡ mo "imagen" e "idea" haya contribuido a suscitar está cuestión. Podría, por ejemplo, pensarse que, cuando un objeto fisico es contemplado desde varios puntos d: vista diferentes, fuese aquel último el objeto de las dIversas representaciones, constituyendo las diversas imágenes del mismo los diferentes contenidos. El propio Meinong está lejos de semejante confusión, pero el leng.uaje ti.ende a provocarla. De hecho, bien entendido, el objeto fiS1CO se supone es contemplado desde diferentes puntos de ta no es sino una construcción teórica, y está muy leJOS de constituir el objeto de representación alguna. Los ob- jetos de las diversas representaciones en cuestión serán sólo los datos visualt!s inmediatos obtenidos desde los dI· ferentes puntos de vista mencionados. El carácter cambiante y la variedad de los datos visua· les en combinaci6n con la creencia de que el Objeto físico invariable, tenderá a hacer pensar que dichos datos son meras "modificaciones subjetivas", y. a oscure- cer de esta manera su carácter de objetos. No me detendré ahora en este punto, que he tratado por extenso en un articulo publicado en Scientia en julio de 1914 *. * Reproducido en Mysticism and LoOic, c. VIII. ( Nota del Editor inglés.) 242 I 1"111"" que a diferentes personas les es dado '''11'''.,. ,'1 IlIi:-;IIIU Objeto, mas no tener la misma repre. '111011 '''11 ,\ qw' esto hace pensar en un elemento cons. 1111111 '1 ti. , 1.1 1'( 1 1H'csentaci6n distinto del Objeto. Como vela- 111.1 1'11 111111 1'" del monIsmo neutral, el argumento será 11101 .. ti l 1-;.' rO'1f'ede su premisa; pero en nuestra teoría ',1 I 1 " IIlfl'l'l'ncia que se da entre dos sujetos para distin- 11111 '"ln' sr a ambas representaciones, por lo que no se 1·1.1111. 011/1 pl 'olllema alguno. 1', 1 ""'11111'1110 pr:incipal en contm de la tesis que admite 111 '"11/"111(11:-; t'adica en la dificultad de su descubrimien- 111 1"" 1111 rOHflección . Podría alegarse que, una vez reco- /110"1111 . o' l., rHricultad r eza igualmente respecto d 1 suje- 11 I '11 11111' 1, 1.", teoría del conocimiento directo. Asi es, en 10"" . ,"'1'0 nuestra teoría se basa en conclusiones ex- 11 Itdit ,J¡. 111 nalw'aleza de la experiencia, no en la su- I 111 lit liI ' ITI'pd6n introspectiva del sujeto. Si los argu- ,, ' 1111111 • 11 1/11(' MClinong se apoYa nos hubiesen parecido lid .. . ""')/'I;II110S admitido la existencia de contenidOS; I 11.. 1 11111 ;1 r/ ' argumentos válidos, únicamente la evi. 1 ,"11 1II'I'osIl 'l'Liva podría inducirnos a admitirlos. y ya 1'" 1 1/ ' " "llItlS aSln:li::;mo de una evidencia semejante, ha- " 1I1C 0l d, '"llduir que no hay razón alguna en pro de la .. t .. " 11111 ¡l. , 0'0111 nidos. 1 , • 1I , 111 1.1 'n "contenidos", entendidos como modifica- ," .j,'11 vaH, se mantiene con frecuencia bajo una '11' "\'tl'l:tna que la profesada por Meinong. Se , IH'I1:>ar que cuanto pueda ser inmediata- , 11 til'l '101111. '1 0111 lIa el\! darse "en la mente", .Y que sólo por I/lr", 111 " "N IIIIHI /I) llegar al conocimiento de algo exter- 1111 , 1111 UI'''M IlIi smos. Son varias las maneras de hacer ttl 1 f 1" 111 1 1 'sil;. onvendría saber, lo primero de to- ,11' 1111 I ',1 ql/(I ::; \ entiende por "mi mente", Y qué lo 11111' 111,' discute cuando nos preguntamos si esto 1 1'11" 11.. I ,(ji "11 "mi mente". A continuaci6n, podriamos , 1 '1(111' 1'1 l'onocimiento de los hechos abstractos 11. ,'!fU abierto a una pluralidad de sujetos Y 1'1', 111110, '! t cf id10S hechos se hallan "en mi mente" ti 11 1111 f '" ¡f4lS mentes a la vez. Pero creo que 1; 243 fu('nl llrlnctpal de las leorlas subjetivistas ha de bus- 'al'se, en cualquier caso, en las supuestas ilusiones de los sentidos, El sol, tal como es estudiado por la astronomia, no constituye un dato inmediato : lo inmediatamente dado es una cierta mancha brillante, visible y, según dice la física, dependiente del medio que se interpone entre aqué- lla y nosotros, as! como de nuestros órganos sensoriales, Por lo t anto, si suponemos que, cuando nosotros e expondrán siempre de algún modo a equivocarse. SI yo parto, en efecto, del enunciado de que hay tantas o ('uantas personas en esta habitación, y me dispongo a con· linuación a precisar este enunciado, correré ciertamente lIuen número de riesgos y será incluso muy probable que (' ualquier enunciado preciso que llegue a formular diste de ser en modo alguno verdadero. Así pues, no es tarea fácil ni sencilla la de llegar, a Dartir de semejantes cosas v. gas e incontestables, a cosas precisas que hayan de re· I ' l1er la incontestabilidad del punto de partida. Las pro- posi iones precisas a que lleguen ustedes podrán servir Mo¿camente de premisas a un sistema construido sobre la fiase de las mismas, mas distarán de constituir premisas 1'11 el sentido en que éstas han de serlo para la teoría del ¡·{l11ocimiento. Es importante reparar en la difer encia que (' . Iste entre aquello a partir de lo cual se deriva, de he· Ih 'l el conocimiento de ustedes, y aquello a partir de lo 11111'. una vez en posesión de dicho conocimiento ya como pl/'lo. podrían ustedes deducirlo. Se trata de cosas total· clll'ntc diferentes. Lo que un lógico adoptaría como pre· en una ciencia determinada, no ha de coincidir con lo pl'lmcro y más fácilmente conocido: será una proposición dntada de gran fuerza deductiva, considerable evidencia v ( . MUlud, algo muy diferente, pues, de la premisa de la 11\11", ('n realidad, pudo partir el conocimiento de ustedes. nos referimos a premisas en el sentido de la teo- 1111 {Irl conocimiento, no nos estamos refiriendo a nada 253 olljeli vo, sino a algo susceptible de variación de un hombre a otro, puesto que las premisas de un hombre, epistemo-\ lógicamente hablando, no serán idénticas a las de otro hombre. Hay una considerable tendencia, en el seno de una CSClI la extensamente düundida l , a suponer que, cuando tratemos de\ filosofar acerca. de lo que conocemo.s. deberemos renlOntar\ nuestras premlsas más y más haCIa atrás en la región de 10 vago e inexacto. con anterioridad al punto en que actualmente nos encontramos, hasta lle· gar al niño o al mono : ninguna cosa, pues, sea lo que fuere, que aparentemente conozcan ustedes-pero que el psicÓlogo reconocería como producto de pensamiento, aná· lisis y reflexión previos de su parte-podrá t omarse, en realidad, como premisa de su propio conocimient o. Esta, digo. es una teoría que goza de amplia aceptación Y de la que fr ecuentemente se hace uso en contra del tipo de vi· sión analHica que trato de propugnar. Por lo que a mí respecta, opino que, cuando lo que nos interese no sea simplemente estudiar la historia o evolución de la mente, sino indagar la naturaleza del mundo, no necesitar emos retroceder más allá de donde ahora nos encontramos. No será necesario remontarnos a la vaguedad del niño o del mono, puesto que nuestra propia vaguedad ya nos ofreC'e un repertorio de problemas más que suficiente. Pero nos enfrentamos aquí con una de esas difi cultades que cons· tantemente se presentan en filosofia, cuando entran en conflicto dos prejuicios irreductibles sin que el r azona· miento tenga nada que hacer en él. Hay un tipo de meno talidad que considera que la llamada exPeriencia primiti va ha de ser mejor guia para el saber que la experiencia de las personas reflexivas, Y otro tipo de mentalidad que opio na exactamente lo contrario. Sobre este punto no alcanzo a ver que pueda argumentarse en ningún sentido. Está bien claro que una persona de elevada educación ve, oye, I Alusión, un tanto a las. concl.usiones ano tianaUticas de ciertas dIreCCIOnes del pSlCol"1)licarlo. Estoy dispues- In I {'numerar por tiempo indefinido un número estricta- 111 IIll' infinito de cosas diferentes que "significado" podría pero no por ello consideraría haber agotado su f , 11 11('11. A mi juicio, la noción de significado es siempre 111, , n menos psicológica, y no es posible llegar a formular 1111 1 I ol'ía puramente lógica del significado, ni por tanto d I ¡ 1 m lJolism o, Creo que para explicar 10 que se entiende 1" 11 ' IIn símbolo es esencial tomar en consideración cosas 11 11 110 el conocimienlo, las relaciones cognoscitivas y pro- I',III I¡ m nte también la asociación, En cualquier ,caso, es- 1.. !' /n\'encido de que la t oría del simbolismo y el uso 11, lo); símbolos no es algo que la lógica pueda explicar '· lll"l'amcnte por sí sola, sin tener en cuenta las diversas 261 ¡:¡ : I I 1 r I relaciones que nos es dado mant ner con las I cosas. Por lo que respecta a los sentidos del término "signifi· \ cado", paso a ofrecerles unas cuantas muestras. Por ejem- plo, la palabra "S6erates" , dirán ustedes, significa un j individuo determinado; la palabra "mortal" signüica una determinada cualidad; y la oración "Sócrates es mortal" significa un determinado hecho. Pero estos tres casos de I signüicado son enteramente distintos entre sI. Incurrirán ustedes en las contradicciones más irremisibles si piensan que la palabra "significado" posee el mismo signUicado en cada lino de los tres casos. Es muy importante no dejar- se llevar por la idea de que el término "significado" tiene un único signifi cado y de que, por lo tanto, hay un único tipo de relación del símbolo con lo simbolizado. Un nom- bre sería el súnbolo apropiadO para usarlo con destino a una persona; una oración (o una prOPOSición) es el sím- bolo apropiadO para referirnos a un hecho. A una creencia, o a un enunciado, les cabe la doble pa- sibilidad de ser verdaderos o falsos que no cabe a los hechos. Una creencia o un enunciado envuelven siempre una proposición. Ustedes dicen que un hombre cree que es el caso que tal y tal. Un hombre cree que Sócrates stá muerto. Lo que cree es una proposición a este res· pecto; y, a efectos formales, conviene que consideremos a la proposición como aquello en donde, por esencia, tie- ne su asient o la dualidad de verdad y falsedad. Es muy importante no pasar por alto determinadas observaciones como, por ejemplO, la de que las proposiciones no son nombres de hechos. Esto último resulta perfectamente oh- vio tan pronto como se nos hace r eparar en ello, pero 10 cierto es que yo nunca caí en la cuenta hasta que me fue sugerido por mi antiguo discípUlo Wittgenstein. Tan pron- to como ustedes se ponen a pensarlo, resulta completa- mente evidente que una proposición no es el nombre de un hecho, por la simple razón de que hay siempre proposiciones en rclaci ón con cada hecho. Supóngase que es un hecho que Sócrates está muerto. Tienen ustedes dos proposiciones: "Sócrates está muerto" y "Sócrates no está 262 I i i , ! \ I : r ,t I I 1 I ¡ " I 1: t-- ! l/tuerto" . Y ambas llroposicioncs cOITespondcn 01 mismo hecho: hay un solo hecho en el mundo que hace a la una \ crdadera y falsa a la otra. Esto último no es accidental, y pone de manifiesto cómo la relación de la proposición ton el hecho es totalmente diferente de la del nombre ('on la cosa denominada. A cada hecho corresponden dos proposiciones, la una verdadera y la otra falsa, y nada hay en la naturaleza del símbolo que nos indiquc cuál es lu \'crdadel'a y cuál la falsa. Si lo hubiera, pOdríamos in- L1 0gar la verdad acerca del mundo con sólo atender a las proposiciones, sin necesidad de que mirásemos a nucstro alrededor. Hay, como ven, dos r elaciones diferentes que W1a pro- posición puede guardar con respecto a un hecho: una, podría decirse, la de ser verdadera respecto de dicho he- cho; otra, la de ser falsa a ese mismo respecto. Amhas consisten por igual en ser esencialmente relaciones lógi- ('as a las que es dado subsistir entre los dos extremos, micntras que, en el caso de un nombre, sólo le cabe a una única relación posible con 10 que denomina. El co- metido de un nombre estriba exactamente en nombrar un prtrticular; si no lo hace, no se tratará en modo algu· no de un nomhre: será un mero sonido. No puede darse, pues, un nomhre desprovisto de aquella peculiar relación ' 11 que consiste la denominación de una cosa determinada, mientras que una proposición no dejará de ser tal propo- sición por el hecho de ser falsa. Las proposiciones tienen si dos posibilidades : la de ser verdaderas y la de !:ler falsas, ambas en paralelO con la única propiedad de ser un nombre. Asf como una palabra puede ser un nom- hre o no serlo, reduciéndose entonces a un sonido carente de sentido, del mismo modo una expresión con visos de propOSición podrá o bien ser verdadera o falsa, o bien ca- recer de sentido; pero la verdadera y la falsa se opon- drán conjuntamente al sinsentldo. Lo que demuestra, na- que las características lógicas de las proposi· ciones son completamente diferentes de las de las nom- hres, y que las relaciones que aquéllas guardan con los he- chos son de género totalmente distinto, de donde, en con- 263 seruend.a, las proposiciones no son nomures de hechos. No deben ustedes refugiarse en la idea de que sería po· :;ilJlc nombrar hcchos-vaJiéndonos de algún otro procedi- miento: no lo es. No es posible nombrar los en modo algu- no. Ustedes no pueden en rigor nombrar un hecho. Lo único que podrán hacer es afirmarlo o DC.'garlo, o apete- cerIo, quererlo o desearlo, o preguntar por él, cosas que envuelven todas ellas la proposición en cuestión. En nin- gún caso pOdrán ustedes conferir la categoría de sujeto lógico a aquello que determina la verdad o falsedad de una proposición. Sólo podrán considerarlo como algo sus· ceptible de ser afirmado o negado, o cualquier cosa por el estilo, mas no como algo susceptible de ser nombrado. Discusión Prcgnnta: Su punto de partida: "Que hay multitud de cosas", ¿es para Vd. un postulado que, como tal , haya de mantenerse desde el prinCipio al fin, o se t rata de algo que pueda ser prObado con posterioridad? S1'. R1¿ssell: Ni lo uno ni 10 otro. Para mí no es un pos· tulado que "hay multitud de cosas". Yo diría que, en la medida en que pueda probarse, su prueba habrá de ser empírica, y que las pruebas en contrario que se han dado hasta ahora son pruebas a p1·iOTi. El partidario de la ex· periencia concedería espontáneamente que hay multitud de cosas. El filósofo monista intenta demostrar que no las hay. Yo tratarla de refutar los argumentos a p1'io1'i de este último. No considero que sea lógicamente necesario que haya mu1titud de cosas ni que no las haya. P1'egunta: Lo que pregunto es que si, al dar su primer paso, tanto si parle usted de un punto de isla empíri co como si parte de un punto de vista a P1'iori, 10 establece tan sólo a t ítulo de punto de partida, y vuelve luego so· hre él para probarlo, o si, por el con tror complejidad en este sentido. Habrán de limitarse a aprehenderla-al menos, eso me inclino yo a pensar. No bay nl-da que decir acerca de ella, salvo facilitar criterios ele la misma como yo he estado haciendo. Por tanto, cuan- do no sea posible, de manera efectiva y apropiada, ll evar 275 a cabo nuest ro análisis de una cosa, lo mejor es, por r egla general, recurrir r un circunloquio sin pretender con ello haber logrado una definición exacta. Podría sugerirse que la complejidad es algo esencial· mente dependiente de los símbolos, o esencialmente psi· cológico. No creo que sea posible mantener seriamente ninguno de estos dos puntos de vista, pero tal vez pudie· ran parecer verosímiles a alguien e incitarle a comprobar su fundamento. Por mi parte, no los creo en absoluto fundados. Cuando nos refiramos a los principios del sim· bolismo, de que trataré en la séptima conferencia, inten- taré hacer ver que en todo simbolismo lógicamente co- rrecto ha de concurrir una cierta identidad fundamental de estructura ent r e el hecho Y el símbolo correspondiente, as!: como que existe un estrecho paralelismo entre la complejidad del símbolo y la de los hechos por él simbo· lizados. Asimismo, como dij e antes, nuestro examen arro- ja la evidencia de que el hecho de que dos cosas guarden entre sí una determinada relación-de que esto, por ej em· plo, esté a la izquierda de aquello-es en sí mismo un hecho Objetivamente complejo, y no se trata simplemen· te de que nuestra aprehensión del mismo sea compleja. El hecho de que dos cosas guarden una determinada re· lación entre si, o cualquier enunciado de este género, es por sí solo algo complejO. Así pues, admitiremos en lo sucesivo que en el mundo se da una complejidad objetiva, de la que la complejidad de las proposiciones constituye un reflejo. Hace un momento hablaba de las considerables ven· tajas que para nosotros se derivan de las imper fecciones lógicas del lenguaje, del hecho de que todas nuestras pa· labras sean ambiguas. Me propongo ahora examinar en qué consistiría un lenguaje lógicamente perfecto. En un lenguaje lógicamente perfecto, los términos de una pro- posición se corresponderían uno por uno con los como ponentes del hecho a que aquélla se refiri ese, con ex· .. ".. ""SI'" "entonces" que cepción de palabras como o, no" . ' desempeñan una función diferente. En un lenguaJe lógi- camente perfecto, habría una palabra, y no más, para 276 ('ada objeto simple, y todo aquello que no fuera simple " ' expresaría por medio de una combinación de palabras 4, n1l'n»inación a base, como es natural, de las palabras co· lor spondientes a las cosas simples-una palabra por como ponente-que formen par te de dicho complejo. Un lengua· j de este tipo seria completamente analítico, y mostraría , lejOS el depender de un hecho singular y Objetivo que llamar disyunción, depende de dos hechos, uno de los cual es co- rresponderá a p y el otro a q: tendr emos, pues, un hecho que corresponde a p y un hecho que corresponde a q. Es decir , la verdad o fal sedad de la pr oposición "p o q" de- penderá de esos dos hechos y no tan sólo de uno, como sucederia con p y con q por separado. Como r egla gene· r al por lo que se r efiere a estos compuestos de dos propo. fi i iones, todo lo que se necesita para captar su sig- nifi cación es conocer bajo qué circunsta ncias son verda- der os, ci adas la verdad o falsedad de p y la verdad o fal- sedad de q. Se t rata de algo perfectamente obvio. A modo de esquema para "p o q", empleando " VV" por "p y q verdaderas ambas", "VF" por "p LClldl' emos: ( erdader a y q falsa", cte .• VV V VF V FV V FF F cuya línea inferior expresará l a verdad o la falsedad de "p o q". No es cosa de ponernos a buscar en el mundo nin- g ~ n objeto al que poder llamar "o" y decir : "Ya lo tengo, mu'en esto . .E ' to es (o' ". En el mundo r al no se da nada semejante, y se verían ustedes en un aprieto si tratasen de analizar "p o q" en aquel sentido. Lo que no impide en absoluto que el significado de la disyunción quede ex· plicado por entero en el esquema anterior. Hablaré de funciones de verdad de las proposiciones cuando la verdad o falsedad de la proposición mol ecular dependa únicamente de la verdad o falsedad de las propo- siciones que entr en a formar parte de ella. Lo mismo vale para el caso de "p y q", "si p, entonces q" y "p es incom- 293 patilJle con q". Cuando digo "p es incompatible con q", doy tan sólo a entender que no son ambas verdaderas. No quiero decir con ello nada más. En esto consisten, pues, las funciones de verdad ; las pr oposiciones moleculares de que hoy me ocupe constituirán ejemplos todas ellas de funciones de verdad. Si p es una proposición, el enun- ciado "Creo p" no dependerá en cambio simplemente, en lo tocant e a su verdad o falsedad, de la verdad o false- dad de p, puesto que mis creencias, en efecto, reraerán sobre algunas, pero no t odas, las proposiciones verdade- ras y algunas, pero no t odas, las proposiciones falsas. S610 me resta hablarles brevemente del modo como se construyen estas funciones de verdad. Pueden ustedes proceder a la construcción de todos aquellos casos dife- rentes de funciones de verdad, a que me he referido más arriba, partiendo de una única función, a saber, "p es in- compatible con q", que nos dalJa a entender que no son ambas verdaderas, esto es, que al menos una de ellas es falsa. Designaremos "p es incompatible con q" por medio de p lq. Tomen ustedes, por ejemplo, plp, esto e , "p es in- compatible consigo misma". En este raso p será evidente- mente falsa. de modo que podrán dar a "plp" el significa- do "p es falsa" esto es, p!p = no p. El significado de las proposiciones moleculares vendrá enteramente determi- nado por sus esquemas de verdad y, ya que en las proposi- ciones en cuestión no se presta atención a nada más, po· drán ustedes identificar cuantas proposiciones se hallen en posesión de un mismo esquema de verdad. Supongan que se preguntan por "si p, entonces q", que no significa otra cosa sino la imposibilidad de contar con p sin hacerlo con a, de modo que p sea incompatible con la falsedad de q. Así, tendremos: "Si p, entonces q" = p !( qlq). Una vez conocido esto, se seguü'á inmediatament que si p es verdadera, q es verdadera, ya que no puede darse el caso ele que p sea verdadera y q falsa. 294 Supongan que se interesan ahora por "p o q , que sigo nifica que la falsedad de p es incompatible con la falseo dad de q. Si p es falsa, q no es falsa, y vicev rsa. Ten· dremos, pues: (plp) I (qlq)· Supóngase a continuación que desean conocer el sigo niCicado de "p y q son ambas verdaderas". Significará que 1> no es incompatible con q. Cuando p y q son amhas verdaderas, no es el caso que al menos una de ellas sea falsa. Así pues: "p y q son ambas verdaderas" = (v lq) l (v!q). Toda la lógica de la deducción se r educe a la conjuga· ción y al desarrollo de esta idea. M. N. Sheffer fue el pri· mero en demostrar la suficiencia de la idea de incompati· hilidad para dicho propósito Y', con posterioridad, .1. Nicod se ocuparia de extraer las conclusiones axiomáticas pero tinentes 7. Este pr ocedimiento simplifica considerablemen· te el de los Principia Mathematica, donde son dos, a saber, "o" y "no". las ideas primitivas de que se parte. Gracias a 10 que acaba de exponerse, la deducción podrá montarse sobre ur¡a única premisa. No voy a detenerme, sin embar· go, a desarrollar este punto, que nos llevaría a entrar de lleno en la lógica matemática. 7 Los t rabajos de Sheffer aludidos en el texto son los siguientes: "Total determination of deductive systems with soocial reference to the Algebra of Logjc". en Bulletiñ lo/ the American Mathematical Society, vol. XVI (1910), 2 5; "A set of five independent postulates for Boolean algebras, with application to logical constants". en Transactions, American Mathematical Society, XIV (1913), págs. 481-88; The general theory o/ 71otational relativity, Cambridge, Mass., 1921 (asimismo "Notational Relativity", en Proc. o/ the Sixth ¡ nt. Cong7'ess o/ Philos., N. York, 1927, págs. 348-351). Para la adopción y des· alTo110 de la innovación de Sheffer en la segunda edición de los Principia Mathematica, Russell complementaría este último trabajo con el de Nicod "A r eduction in the number of the primitive propositions of logic". en Pro· ceedings o/ Cambridge Philosophical Society, vol. XIX (lfH7-1920), págs 32-41. 295 o hallo razón ninguna para suponer que se dé una complejidad correlativa en los hechos correspondientes ¡) estas proposiciones moleculares, puesto que, como ya se dijo, la correspondencia guardada con los hechos por una proposición molecular puede muy bien ser diferente de la que guarda con el suyo una proposición atómica. En relación con este punto, hemos de detenernos especial· mente en la pregunta : ¿hay hechos negativos? ¿Hayal· gún género de hechos en que 110der clasificar hechos ca· mo .cSócrates no está vivo"? En cuanto llevo dicho has· ta el presente, se halla implícita la admisión de que hay hechos negativos; es decir, la admisión de que si, por ejemplo, ustedes dicen "Sócr ates está vivo", ha de darse algún. hecho que en el mundo real se corresponda con su proposiCión : el hecho de que Sócrates no vive. No es posible evitar una ciel'ta repugnancia bacia los hechos ne· gativos, un sentimiento semejante al que nos lleva a r e· chazar la idea de que haya hechos t ales como " p o q" va· gando por el mundo. Ustedes tienen la convicción de que tan sólo hay hechos pOSitivos, y de que las proposiciones negativas ti enen que ser de un modo u otro r educibles a expresión de hechos positivos. Cuando hablé en Harvard ... de este tema sostuve que había hechos negativos, y tal afi r· mación estuvo a punto de provocar casi un tumul to: la concurrencia no quería oír hablar, bajo ningún concepto, de la existencia de hechos negativos. Por mi parte, sigo incli nado todavía a pensar que los hay. Sin embargo, uno de mis oyentes en Harvard, Panl Demos, escribió con pos· t eri oridad un artículo en Mind tratando de justificar por qué no pueden darse tales hechos. Este artículo se encuen· t ra en el número de la citada revista correspondiente n abril de 1917. A mi juicio, el autor hace una defensa todo 10 convin- cente que es posible de la tesis de que no hay hechos neo gati vos. Se trata de un problema difícil de resolver. Por mi parte, sólo les ruego que no se precipiten a dogmatizar. Yo no afi rmo positivamente que los haya, sino que puede haberlos. ... En 1914. ( Nota del Edito?' inglés.) 296 Es menester enumerar nlgunas observaciones ncerca de las proposiciones negativas. Demos destaca, lo primero de todo, que una proposición negativa no depende en modo alguno, por lo que a su definición respecta, de un sujeto cognoscente. Estoy de acuerdo en este punto. Supónganse que ustedes sost uvieran que, cuando digo "Sócrates no está vivo", me limito a expresar mi no-creencia en la pro- posición que afirma que Sócrates vive. Tendrían ustedes Que encontrar alguna cosa, en el mundo real, que h iciese verdader a a ésta mi no-creencia, y la única cuestión seria qué cosa. Esta es su p?'imera observación. Su segunda observación es que no debe tomarse una proposición negativa en su valor nominal. No pueden uso tedes, afirma, considerar al enunciado "Sócrates no está vivo" como expresión formal de un hecho, en el mis· mo sentido en que lo expresaría el enunciado "Sócrates es humano". En pro de esta afi rmación, Demos no alega más Que su propia imposibilidad de cr eer en la existencia de hechos negativos. Mantiene que no pueden darse en el mundo real hechos del género de "Sócrates no está vivo", es decir , que es imposible que se den tales hechos si se los toma como simples hechos, razón por la que habr emos de buscar alguna explicación, alguna interpretación de las negativas, cuya menor, por con iguiente, que la de las proposICIOnes posItlvas. He de volver sobre este punto, mas por lo pronto no me sien- to inclinado a compartir dicha conclusión. Con su tercem observación tampoco estoy enteramente de que cuando se presenta en una proposición la palabra "no", ésta no puede ser tomada como una cua- lificación del pr edicado. Por ejemplo, si dicen ustedes "Esto no es r ojo" celEsto es no roj o"), podr ían tratar de sostener que "no·rojo" es un predicado; pero no es, desde l uego, evidente que lo sea : en primer lugar, por ser con· sjderable el número de proposiciones que no expresan predicados; en segundo lugar, porque la palabra "no" se aplica al t odo de la proposición. La e}¡, --presión apropiada sería "no: esto es r ojo" ; el "no" recae aqut: sobre el total de la proposición "esto es rojo", y hay en efecto muchos 297 (', ISOS n que ¡lodrtan ustedes verlo con toda claridad. Si tonsideran un ejemplo propuesto por mi mismo al ocupnr- 111 de las descripciones : "El rlctual rey de Francia no es calvo" ("es no calvo"), e interpretan "no-calvo" como un predicado, habrán de declarar falsa mi proposición so- bre la base de que en la actualidad no hay rey de Fran- cia. Pero es evidente, sin embargo, que la proposición "El actual rey de Francia es calvo" es una pro!)osíción falsa. y su correspondient e negativa, por lo tanto, ha de ser ver- dadera, lo que distaba de ocurrir cuando tomábamos "no- calvo" como un predicado. Por en todos aquellos casos en que intervenga un "no", el "no" ha de ser tomado de modo que recaiga sobre la proposición en su conjunto. La fórmula apropiada sería "n o-p "_ Llegamos ahora a la cuestión de cómo intcrpreLjl r "no- 1)". Demos sugiere a este respecto qu , al afir ma/"no.p", estamos afirmando en realidad \que hay una proposición que es verdadera e incompatible\ con p ("opuesta a p" es su expresión. pero el sentido me parece el mismo). He aquí la definición que sugiere : "no·p" significa "Hay una proposición q que es verdadm-h y es incompatible con p". Así, por ejemplo. si digo "Esta Uza no es roja" (!les no roja"), estaré formulando la aserción de que hay una pro· posición, que para nuestro caso podría ser la proposición "Esta tiza es blanca", no compatible con la proposición "Es roja"; cuando, por consiguiente, nos sirvamos de se· mejantes formas negativas, será porque de hecho no se· pamos qué proposición es realmente la verdadera e in· compatible con p. 0, por supuesto, pOdr ía darse el caso de que ustedes supieran de qué proposición se trata en realidad, pero mostraran un mayor interés por el hecho de qut p sea falsa que por el caso particular que la hace tal. Como, por ejemplo, si estuvieran ustedes deseosos de probar que alguien miente y su deseo les incitara a de· mostrar la falsedad de alguna aIiI'mación de esa persona En dicho caso, podría interesarl es más la refutación ge· neral que la particular , de forma. pues, que si un con· 293 trincanle afirmara que la ti za era roja, prestasen ust.edes más atención al hecho de que no sea roja que al hecho de que sea blanca. Me r esulta difícil admitir esta teoría de la falsedad. Observarán ustedes que cabría oponerle, en primer lu· gar. la objeción de que hace de la incompatibilidad algo fundamental y la convierte en un hecho objetivo, lo que no constit uye en ningún caso solución más sencilla que la de aceptar hechos negativos. Para ooder reducir "no" a la incompatibilidad tendrán ustedes que llegar a como probar "que p es incompatible C011 q", puesto que hahrá de darse un hecho correspondiente a aquella idea pri· mitiva. Por lo demás, está perfectamente claro, cualquiera que pueda ser la interpretación de "no", que de igual m«do cabría hallar alguna. interpretación de "no" que haga corresponder un hecho a la propOSición en cuestión. Si digo "No hay un hipopótamo en esta habitación", es evidente que ha de babel' algún modo de interpretar nuestro enunciado de forma que le corresponda un hecho, hecho que, por su parte, no podrá simplemente reducirse a que cada rincón de esta habitación se halle colmado de algo que no sea un hipopótamo. En cualquier caso, volve· rían ustedes a encontrarse en la necesidad de recurrir a uno u otro de los dos Upos de hechos que hemos estado tratando evitar. Hemos estado tratando de evitar los he- chos tanto negativos como moleculares, y todo cuanto he· mos logrado en este sentido ha sido sustituir los hechos negati vos por hechos moleculares, 10 que no creo que sir- va de mucho en orden a resolver la paradoja (especial· mente si reparan en que, incluso en el caso de que la in· compatibilidad hubiera de tom:::.!'¡:;e como expresión fun· d1l.mental de un hecho, dicha incompatibilidad no se daría entre hechos, sino entre proposiciones). Si digo "p es in- compatible con q", al menos una de estas dos pr oposicio· nes, p o q, ha de ser falsa. Está claro que no se clan en ningún caso dos hechos incompatibles. La incompatibili- dad se establece aquí ent?'e las proposicione.,>, entre la p y la q, y si, por tanto, se deciden ustedes a tomar la in- compatibilidad como un hecho fundamental, acabarán dan- 299 ¡JI) r;i/.I'm ele Im¡ proposiciones negativas medianlc algo quc nl'lI(,!\' C proposiciones en vez de hechos. Es evidente que proposiciones no son lo que pOdríamos llamar "reales". Si estuvieran ustedes haciendo un inventario del universo. I;lS proposiciones no entrarían en él. Entrarían los hechos. entrarían las creencias, los deseos, las voliciones, pero las proposiciones no entrarían. Estas últimas no gozan de en· tidad autónoma, por lo que aquella incompatibilidad entre proposiciones. que arriba se tomaba si fuese un he· cho básico del mundo real . requerirá de un tratamiento complicado y de una serie de manipulaciones antes de que podamos aceptarla como tal. Así pues, considerada a tftulo de simplificación tendente a deshacernos de Jos he· chos negativos, no creo que consiga realmente su propó' sito. Pienso que habrá de r esultarles más sencill o admi· tir como tales a los hechos negativl\s, esto es, aceptar que "Sócrates no está vivo" constituye 1m realidad un hecho tan objetivo como lo pueda ser "Sócrates es humano". La teoría de Demos que he estado aqui exponiendo parte, en verdad, de lo primero que a uno se le ocurriría como so· lución al tratar de SOSlayar los hechos negativos; pero, por las razones que he dado, no la encuentro realmentc procedente y espero que, sin duda. preferirán ustedes aceptar la elementalidad de los hechos negativos. De lo contrario, les resultaría muy difícil deter minar cuál sea el "'orrelato que corresponde a una proposición. Cuando. por ejemplo, tengan ustedes una proposición afirmativa y falsa, como "Sócrates está vivo", la falsedad de esta pro· posición ha de deberse a un hecho del mundo real. Nada puede ser falso sino en virtud de un hecho, razón por la que, a menos de admitirse los hechos negativos, se torna· \ ria extremadamente embarazoso determinar qué es lo que con exactitud sucede cuando ustedes formulan una aser· cIón afirmativa que sea falsa. A mi modo de ver, todas estas cuestiones son difíciles de resolver y nunca faltan argumentos que aducir en uno u otro sentido; pero, en conjunto, yo me inclino a pensar que hay hechos negati. vos mient ras que, por ej mplo, no los hay disyuntivos. Mas la exclusión de los hechos disyuntivos no deja de 300 lJlanlcat· dificullades que hal,remos de considerar, en relación con las proposiciones generales, en una con· ferencia ulterior. Discusi6n P"ellunta: ¿Qué expresa para Vd. la proposición • Só· crates ha muerto": Wl hecho positivo o un hecho nega· tivo'! Sr. Russell: Se trata en parte de un hecho negativo. Decir que una persona ha muerto es algo compUcado. Su afirmación realmente se compone de dos enunciados fundidos en uno: "Sócrates vivió" y "Sócrates no vive". p¡:e¡,lInta: La pI' senda d 1 "no" en lIna proposición, ¿confiere a ésta el carácter de formalmente negativa y viceversa? Sr. Russell : No, considero que a lo que ha de aten· derse en ese caso es al significadO de las palabras. P.,.egunta : Para mi habría una gran diferencia entre decir que "Sócrates vive" y decir que "Sócrates no es un hombre viviente". Pienso que es posible admitir lo que pOdríamos llamar una existencia negativa, así como que pxisten cosas de las que no podemos cohrar conocimiento. Sócrales indudahlemente viviría, pero ya no se encu n· tra en el estado de viviente propio de un ser humano. STo R'ussell: Yo no entraba para .nada en la cuestión de la existencia más allá de la muerte; me limitaba a emplear las palabras en su acepción cotidiana. Pregunta : ¿Cuál es, exactamente, el recurso de que se vale Vd. para comprobar si se halla ante una proposición afi rmativa o negati va? Sr. R1lssell: No hay una prueba terminante en este sentido. Preg'lLl1ta: Si se encontrase en posesión de una prueba terminante, ¿no se desprendería de aquí la posibilidad de conocer si hayo no hec'hos negativos? 301 SI'. Russe{l: No. no lo creo. En el lenguaje lógico per- rl'do C/u' d scribí en teoría, resultaría siempre evidente de inmediato si una proposición es afirmativa o neg;=¡- I i\·a. Mas ello no dependería de cómo hubiera Vd. de inl 'rpretar a las proposiciones negativas. lJreyunta: La existencia de los hechos negativos, ¿con. sisUría en cualquier caso en algo más que una mera de. finición? Sr. Russell: Si, así lo creo. Pienso que la tarea de la metafísica es describir el mundo; y la cuestión de si habría o no habría que mencionar hechos negativo en una completa descripción del mundo constituye, en mi opinión, un problema real y concreto. Pregunta: ¿Cómo definiría Vd. un hecho negativo? Sr. Russell: Si es cierto que la negatividad es algo elemental e irreductible, no hahrá manera de ofrecer una definición general de la misma. IV. PROPOSICIONES Y mCDos CON MAS DE UN VERBO; CREENCIAS, ETC. Recordarán ustedes que, tras hablarles de las propo. siciones atómicas, me referí a otras dos formas propo. sicionales que siguen en complejidad a las primeras: en 'fJ1'imer lugar, la forma proposicional correspondiente n las proposiciones que denomino moleculares, de las que me ocupé el día pasado, esto es, aquella forma que envuel- ve palabras como "o", "y", "si"; y, en seo'undo lugal" aque- lla otra que envuelve dos o más verbos como creer, de- sear, querer, etc. En el caso de las proposiciones mole. culares, no estaba claro que hubiéramos de enfrentarnos con una nueva forma por lo oue a los hechos se refie. re, sino tan sólo con una nueva forma de la proposición; esto es, si tienen ustedes una proposición disyuntiva co- mo "p o q", no resulta plausible decir que haya en el mundo un hecho disyuntivo correspondiente a "p o q", sino tan sólo que hay un hecho que corresponde a p y un hecho que cOITesponcle él q, extrayendo la proposi. 302 ción disyuntiva su verdad o falsedad de estos dos hechos guerentes. Hoy vamos a ocuparnos de hechos configura- dos bajo una forma nueva. Creo que la lógica filosófica, es decir, la parte filosófica de la lógica que constituye desde Navidades (1917) el ob· jeto de estas lecciones, podría describirse como un inven· tario o, si lo quieren en términos más modestos, como un "zoo" en que se cont uvieran todas las diferentes formas posibles de hechos. Por mi parte, preferiría hablar de "formas de hechos" más bien que de "formas de proposi · ciones". Por citar como ejemplO el caso de las proposi- ciones de las que el día pasado me ocupé, si alguien se propusiera analizar a este respecto formas de hechos, sería de la creencia en una proposición mo· I lecular, más bien que de la proposición molecular mis· ma, de lo que habría de ocuparsé. De acuerdo con el ses· go realista que tratarla yo de imprimir a toda investi· gación de tipo metafisico, me gustaría verme empeñado en cada caso en el estudio de algún hecho o conjunto de hechos reales; y creo que es esto lo que ocurre, lo mismo en lógica que en zoología. En lógica se ocupan ustedes de las formas de los hechos, esto es, de cobrar de los diversos géneros, géneros lógicos, de he· chos que hay en el mundo. Pues bien, hoy he de hacerles ver que los hechos que tienen lugar cuando alguien cree, desea o quiere, poseen düerente forma lógica de la que corresponde a Jos hechos atómicos, representados por pro- posiciones que contienen un único verbo, de los que me ocupé en mi segunda conferencia. (Hay, por supuesto, un gran número de formas posibles de hechos-en rigor, un número infinito-y no quiero que piensen que voy a ocuparme de todas ellas). Supónganse en presencia de una creencia que tuviera lugar en este momento. Les pido que reparen en que no me estoy r efiriendo a una creencia en el sentido en que se habla del juicio en teo- ría del conocimiento, es decir, en el sentido en que uste· des dirían que se da el juiciO de que dos y dos son cua· tro. Me refiero al efectivo acaecimiento de una creencia en la mente de una persona determinada en un momento de- 303 l ' 11 ,! l c rnlillaza, é ~ l es 1 r esultado de la adopción de aquel punto ti ' vista. Semejante conclusión les da oportunidad de pa- sarse sin la mente con entera facilidad. La verdad y la fa lsedad consistirán en ese caso en la relación de su conducta corporal con un hecho determinado, el hecho remoto que consti tuye, por asi deci rlo, el propósito de su conducta : cuando dicha conducta sea satisfactoria en re- lación con aquel hecho, su creencia será verdadera, mien- tras que será falsa en caso contrario. La naturaleza ló- gica de la creencia, según esta teorIa, quedará reducida a una r elación, conformada de idéntico modo que la relación causal, entre dos hechos ; esto es, tendremos por una par- te ]a conducta corporal de ustedes, que constituye un he- cho, y por la otra el hecho de que el tren parte a t al y tal hora, que constituye un hecho diferente y la t otalidad del fenómeno quedará, a su vez, exclusivamente consti t uida por una r elación entre aquellos dos hechos. Lógicamente considerada, la relación obtenida será de la misma forma que la relación causal, en que tienen ustedes "Este hecho causa aquel otro". Se trata, por lo tanto, de una forma ló- gica completamente distinta de la de los hechos, a que me estoy refi riendo, que contienen dos verbos. Me siento espontáneamente inclinado en favor del mo· . I nismo neutral, por considerarlo una ejemplificación de la Occam' s razar 8. Aspiro siempre a pasarme en filosoffa con el minimo posible de aparato instrumental, en parte porque con ello disminuye el riesgo de err or, ya que no es necesario rechazar entidades no admitidas de ante- mano y corremos tanto menos peligro de equivocarnos cuanto menor sea el número de entidades que hayamos int roducido; en parte -razón ésta quizás un t anto frí- vola- porque con cada disminución en el número de las entidades, se incrementa la tarea lógico-matemática de construcción de sustitutos que se asemejen y r eempla- cen a las entidades usualment e aceptadas. Por tanto, la teoria del monismo neutral me r esulta grata en su con- a La ttcuchilla de Occam", expresión que ilustra el prin- ('ipio de economía de este último. Véase la nota 4 de la página 205. 310 junto; pero hoy por hoy me es muy difícil prestarle asen- timiento. Hallarán ustedes un examen de toda esta cues- tión en unos articulos que publiqué en The Monist., en especial en el del número correspondiente a julio de 1914, así como en los dos números anteriores a éste. En r eali- dad, he de r ebacer en buena par te esos trabajos, pues dudo de la validez de algunos de los argumentos que alU esgrimía t n contra del monismo neutral. El que me me- rece mayor crédito es todavía el relativo a los "particu- lares fuertes" como "esto", "yO", etc., toda esa serie de vocablos que me permiten seleccionar del universo cier- tos particulares en virtud de su relación conmigo mismo 9; Y creo, en efecto, que estos últimos, o par ticul ares con ellos relacionados, me están presentes en el momento de ba- t>la'r. "Esto", desde luego, constituye lo que yo llamo un "particular fuerte". Se trata simplemente de un nombre propio destinado a mentar el objeto actual de la atención, un nombre propio, pues, sin una ref erencia precisa_ Es evidentemente un nombre propio, porque, como es natu- r al, el Objeto de la atención varía constantemente de un momento a otro y de una a otra persona. Pienso que seria extremadamente dilícil, si se prescinde por entero de la conciencia, explicar qué sea aquello a 10 que ustedes se efieren mediante una palabra como "esto", qué sea lo que determina en este caso la ruptura de la indilerencia objetiva. En un mundo puramente físico, reconocerán ustedes que se daría una completa indiferencia entre to- das y cada una de sus partes_ Todo fragmento de tiempo y toda región del espacio serían igualmente "fuertes". Pero lo que sucede en realidad es que seleccionamos una serie de hechos : un pasado, un futuro y toda suerte de cosas por el estilo; todas ellas irradian de mi E!XDeriencia presente teniendo al "esto" como centro y, por mi parte, no he acabado de ver cómo es posible tratar la noción de "esto" sobre la base del monismo neutral. No afirmo dog- * Las tres partes de dicho ensayo integran el quinto de los trabaj os que se incluyen en esta colección_ (Nota del Editor i noUs.) ~ Véase la nota 10 de la pág. 237_ 311 l11álitamente la impo 'ilJilidac1 de semejante tratamiento; me limito a decir que yo no acierto a dar razón de "esto" ('O términos neutrales. En lo que resta de esta conferen- cia, daré, pues, por supuesto que hay hechos tales como las creencias. 10 deseos, etc. Entrar de ll eno en la cues- tión me llevaría, en t' ealidad, todo este curso. Así pues, volveremos ahora a ocuparnos ele cuestiones más pura· mente lógicas, tr ... s esta nuestra incursión en la psicolo- gía de que me excuso ante ustedes. 2. ¿Cuál es el -status de p en "Creo p"? No podrán ustedes decir que creen hechos, puesto que sus creencias son a veces erróneas. Lo que pueden decir es que pe7'ci ben hechos, dado Que el percibir no está su- jeto a error. Allí donde los hechos sean lo único que en- tra en juego, no hay posibilidad de error. Por consiguien- te, no les será posible decir que creen hechos. Han de decir Que creen proposiciones. El inconveniente de esta manera de expresarse es que, evidentemente, las propo- siciones no son nada r eal. En consecuencia, no podrá ser aquélla la correcta versión de lo que tiene lugar en la creencia. Cuando digo "Evidentementú las proposicio- nes no son nada real", esto último no resulta, quizás, del todo obvio. En tiempos yo pensaba que habia proposicio- nes 10, pero a estas alturas no me parece ya plausible ISOS_ tener que, además de los hechos, haya también, vagando sueltas por el uni verso, cosas tan sorprendentes e impre- cisas como "Que hoyes Jlliércoles" cuando en realidad es hoy martes. No puedo imaginar que circulen libremente por abi, en el mundo real. Es algo que supera nuestra ca- pacidad de imaginación, y no creo que nadie dotado de un cer tero sentido de la realidad pueda admitirlas nunca_ Una de las dilicultades del estudio de la lógica radica en que se t rata de una investigación uperlativamente abstracta 10 Bajo la influencia de Frege y su teoria del Gedankc o "contenido enunciativo de pensamiento", presente - jun- to con otras influencias de caráctúr "objetivista" (Mei- nong)- en las primeras etapas de la filosofía russelliana de la lógica. 312 en torno a las cuestiones más abstractas imaginables, in- vestigación que, sin embargo, sería prácticamente imposi- ble de llevar a cabo a menos de contar con un certero ins- tinto para lo que es real. En lógica es preciSO tener aquel instinto especialmen te bien desarrollado. En caso contra- rio, acabariamos por dar entrada a cosas puramente fan- tásticas. Creo que Meinong está bastante falto, precisa- múnte, de semejante instinto para la realidad. Meinong sostiene 1ue bay objetos como el cuadrado redondo, sólo que éste no existe, y ni siquiera subsiste, lo que no oosta para que haya un objeto semejante ; as!, cuando decimos "El cuadrado redondo es una ficción", Meinong ntiende que se dan el objeto "el cuadrado r edondo" y el predica do "ficción". Nadie que poseyera un mediano sentido de la realidad analizarla de tal suerte dicha proposición. Caería en la cuenta de que esta última requi ere ser analizada de manera que no necesitemos considerar al cuadrado redon- do como elemento constitutivo de la misma. Suponer que haya en el mundo real de la naturaleza todo un conjunto de proposiciones falsas dando vueltas de un lado para otro resulta monstruoso para mi mentalidad. No ¡medo ni siquiera ponerme a suponerlo. o puedo creer que se den ahí, en el mismo sentido en que se dan los hechos. hn el hecho "Hoyes martes" tengo la sensación de apre- cht r algo de un nivel diferente de realidad que en la su- posición de "que hoyes miércoles" 11. Cuando hahlo de la proposición tiQue hoyes miércoles" no me refiero a qu en Jo venidero se produzca en ustedes un estado mental en el que piensen que hoyes miércoles, sino que hago alusión a la teoría según la cual se da algo en es tú caso de tipo enteramente lógico, algo que en modo alguno entrañada el concurso de una mente; yen algo de este es- tilo es en lo que no creo que pueda hacerse C'onsistir a las proposicione falsas. A mi modo de ver, las proposi - ciones falsas han de ser, alli donde nos encontremo1'i on ellas. sometidas a análisis, tomadas por partes, subdi vi- didas en fragmentos y mostradas amo no consistentes 11 Recuérdese la aclaración de la nota al piú de pág. 291. 313 en otra cosa que en simples elementos aislados de algún hecho, al que la proposición falsa podría ser anaUticamente reducida. Digo esto basándome excl usivamente en lo que llamaría mi instinto de la realidad. Debo añadir ahora unas palabras acerca de la "realidad". Se trata de un tér- mino impreciso, y la mayor parte de sus usos no le son apropiados. Cuando hablo, como lo estoy haciendo aho- ra, acerca de la realidad, me r esulta más fácil explicar a qué me refiero diciendo que entiendo por "realidad" todo aquello que habria de ser mencionado en una completa descripción del mundo. Las creencias falsas, por supuesto, habrian de serlo, habrían de serlo las suposiciones erró- neas, e igualmente los deseos que no hayan de verse sa- tisfechos, pero no las proposiciones falsas consideradas como un todo sin analizar; en consecuencia, cuando se dice que ustedes creen una proposición, ésta no alcanza a ser una formulación precisa de lo que en este caso tiene lugar. No basta con decir "Creo la proposición p" y consi- derar que lo que tiene aquí lugar es una doble relación entre yo y p. La forma lógica de la creencia habrá de ser la misma, exactamente, ya sea que crean ustedes una proposición falsa, ya que crean una verdadera. De donde se desprende que no se ha de considerar a la creencia, de manera uniforme para todos los casos, como una relación diádica entre ustedes y una proposición, sino que habrá que proceder al análisis de ésta última y dispensar con ello un tratamiento diferente a su creencia. Por tanto, la creencia no contendrá realmente a una proposición como elemento constitutivo, sino que, como se verá, sus únicos elementos constitutivos serán los elementos consti tutivos de la propoSici6n en cuestión. No es posible preguntar, a propósito de ninguna de sus creencias : "¿ Qué es lo que creen ustedes"? No hay respuesta ninguna para dicha pre- gunta, esto es, no hay una cosa singular en la que estén creyendo ustedes. "Creo que hoy es martes". No debe su- ponerse que "Que hoy es martes" sea un objeto singular en el que estoy creyendo. Esto seria un err or. No es ese el modo correcto de analizar lo que tiene lugar en dicho caso, por más que se trate de un análisis lingillsticamente 314 / , , , 1 '. cómodo y a pesar de que quepa seguirlo practicando a condición de no olvidar que es inexacto. 3. ¿Cómo describiremos la forma l 6gica de una creen- cia? Intentaré proporcionarles una caracterización de la ma- nera como se constituye una creencia. No es tarea fácil en absolulo. No tienen ustedes posibilidad de confeccio- nar lo q u ~ yo llamada un "mapa en el espacio" de una creencia. Pueden confeccionar el mapa de un hecho ató- mico, mas no el de una creencia, por la sencilla razón de que las r elaciones espaciales son si.empre de tipo atómi- co, o producto de una combinación de las de tipo atómi- ) co. Trataré de ofrecerles un ejemplo de lo que quiero decir. Aquella dificultad se relaciona con el hecho de concurrir dos verbos en el j uicio, as1 como de que am- bos hayan de intervenir en él en cuanto verbos, ya que si algo es un verbo no podrá intervenir de otra manera que como tal. Supongan que tomamos nA cree que Barna a C". "Otelo cree que Desdémona ama a Casio". He aquí una creencia falsa. Se hallan ustedes ante un caso cu- rioso de intervención del verbo "ama" en la proposi- ción : el verbo aparece aquí a manera de un nexo que pone en relación a Desdémona con Casio, mientras que, de he- / cho, no se comporta así, lo que no obsta a su presencia como verbo, a su presencia al modo como un verbo lo haria. Quiero decir que cuando A cree que B ama a C, han de contar ustedes con un verbo en el lugar corres· pondiente a "ama". No pueden colocar a un sustantivo en su lugar. Está claro, por tanto, que el verbo subordinado (esto es, el verbo que no es creer) funciona en este caso como un verbo, y parece poner en relación a los dos términos correspondientes, pero no cumple en realidad con semejante cometido cu'ando resulta que se trata de un juiciO falso. Es esto lo que da origen al prOblema relativo a la naturaleza de la creencia. Tengan presente ustedes que, allí donde lleguemos a enfrentarnos con la teorla del error, se planteará para nosotros el problema de cómo ocuparnos del error sin dar por supuesta la existencia de 315 T lo inexistente. Quiero dcci r que toda teoría del error se vienc ahajo, más pronto o más tarde, por haber admitido la cxistencia de 10 inexistente. Lo mismo ocurre cuando digo "Desdémona ama a Casio" : no parece sino como si aquí nos encontrásemos r ealmente con un caso de amor inexistente entre Desdémona y Casio, cuya admisión no es, sin embargo, menos que la de un uni cornio inexistente. Así pues, es menester que procedamos a for- mular toda n uestra teoría del juicio de alguna otra ma- nera. Llegamos ahora a la cuestión del mapa. Supongan que probamos a trazar un mapa como éste : DESDEMO A OT E L O I cree ama 'ASIO Esto de la confección de un mapa no es algo tan extra- vagante como podrían ustedes suponer, si no parte esencial de la teoría del simbolismo. Es impor tante confrontar dónde y en qué medida puede fallar un simbolismo de este tipo : cl punto y la medida de ese fallo, en el presen- te caso, no será otro que el hecho de presentar el...símbo- lo aquí lm nexo que r elaciona aquellos dos extremos, cuando en la realidad no se produce tal relación entre ambos. o es posible configurar espacialmentc ningún otro acontecimiento al que le corresponda idéntica forma lógica que a la creencia. Cuando hablo de dos hechos en posesión de "idéntica fOI'ma lógica", quiero decir que la del uno podría ser obtenida a par tir de la del otro con sólo s u tituir los elementos constitutivos de este úl timo por los nuevos términos del primero. Si digo "Desdémona ama a Casio", su forma lógica es idéntica a la de " A se en- cuentra a la derecha de B". Ambas proposiciones tienen en este caso la misma forma lógica, y 10 que digo yo es que nada que pueda acontecer en el espacio tiene la misma forma que la creencia. Con esta última habremos alcanza- do algo desconocido hasta el momento, un nuevo ejemplar 316 , J ! i ( para nuestro zoo: no un mIembro má¡; de las especies que ya poseíamos, sino una nueva especie. El descubrimiento de este hecho 10 debemos a Wittgenstein_ En tor no a la creencia concurren, desde un punto de vista lógico, buen número de extrañas oarticular idades. Una de ell as es la posibílidad que a ustedes les alcanza de creer proposiciones de toda clase de formas. Pueden cr eer que "esto es 1J1anco" y que "dos y dos son cuatro". Se trata en casos .de formas totalme? t e diferentes y, sin embargo, p Uf'ue eJercerse la creenCIa sobre ambas. Es difícil que quepa exactamente la misma for ma lógica a lo que se produce cuando creemos en uno y otro caso, puesto que las dos formas lógicas de las proposiciones ql' ídas son distintas. En , no parece que la cjr enda pueda ser, n rIgor, lóglCamente una en todos los casos, ino que se la deue distinguir en relación con la naturaleza de la proposición creída por nosotros. Si tenemos "Creo p" y "Creo q", estos dos hechos no posee- rán, si p y q no la poseen, forma lógica en el sentido arriba mencionado, esto es, en el sentido en que "Creo p" per mitida derivar "Creo q" con sólo reemplazar los elementos constitutivos de la una por los de la otra. Esto quiere decir que la creencia misma no puede ser con· siderada como si propiamente se tratara de un término ¡mivoco. La cr eencia habrá de poseer, en r ealidad, dife- rentes formas lógicas en relación con la naturaleza de lQ creído_ Con lo que su aparente identidad en la di versidad de sus casos resulta más o menos ilusoria_ En relación con la cuestión que acabo de tratar hay real- mente dos puntos capitales que reclaman nuestra atención. El primero es la imposibilidad de dispensar a la proposi- ción creída el tratamiento de una entidad independiente. que interviniera como una unidad en el hecho de produ- cirse la creencia; y el otro, la imposibilidad de situar al verbo subordinado en el mIsmo nivel de realidad que sus correspondientes términos, como si se tratara de un ob- jeto más al que tocase bacer de término en la creencia. Es éste un punto en el que pienso que la teoría del jui- 317 1: j do que di a la Imprenta hace unos años JZ pecaba un tan- to de simplista, ya que en dicha trataba al verbo como si fuera poslbl considerarlo un objeto en la misma medida que a los términos, esto es, como si fuera posible situar "ama" al mismo nivel que Desdémona y Casio, como un término más de la relación "cree". He aqlú la explica- ción de mi hincapié en esta lección sobre la circunst ancia de que hay dos verbos por lo menos. Espero que sabrán disculparme el que una parte tan considerable de cuanto digo hoy sea sólo a modo de tanteo, reduciéndose a apun- tar dificultades. No es un tema muy fácil ni ha sido muy tratado ni discutido. Hasta hace bien poco, prácticamente nadie se había puesto a considerar el problema de la na. turaleza de la creencia con algo que pudiera asemejarse a un instrumental lógico adecuado. Se cuenta, pues, con muy escasa ayuda para la dilucidación de cualquier pun- t o de la misma sujeto a discusión. En muchos de estos puntos es necesario contentarse con señalar dificultades sin aspirar-al menos por ahora-a ofrecer un de soluciones claras y definitivas. 4. L a cuestión de la nomenclatura. ¿Cómo llamar a verbos tales como "creer" "desear" , ' 1 Y demás? Por lo que a mi respecta, me inclinaría a deno- minarlos "verbos proposicionales". Este no es más que Wl nombre sugerido por razones de conveniencia, ya que se trata de verlJos que, por su forma, parecen relacionar un objeto con una proposición. Por supuesto, también po- dría llamárseles "actitudes", pero yo no lo haría, puesto que se trata de un término pSicológico y, si bien todos los casos concretos que conocemos de las mismas son de tipo psiCOlógico, no hay razón alguna para suponer que lo sean todos los verbos de que hablo. N o hay razón en ningún caso para suponer algo semejante. Hay que acorclarse siem- pre de los infinitos atributos de Dios en Spinoza. Es muy 'Posible que se den en el mundo análogos de aque- Dicha teoría se halla expuesta en The P1'oblems 01 Philosophy (1912), cit., c. XII. 318 Has infinitos atributos. No tenemos, es cierto, conocimien· to directo de los mismos, pero no hay razón alguna para suponer que lo mental y lo físico agoten exhaustivamente el universo, de modo que no quepa decir nunca de los ejemplares de alguna specie lógica de cosas que no sean de esa índole : no conocen ustedes lo bastan te acerca del mundo como para esto. N o trato, pues, de sugerir que todos los verbos ele la forma ejemplificada por creer y querer sean Sólo puedo deci r que lo son todos aquéllos que conozco. Advierto que en mi programa les anuncié que iba a ocuparme hoy de la verdad y la falsedad, pero no hay muo cho que decir acerca de ellas en particular, ya que no he- mos dejado de t enerlas present es durante todo el tiempo. En lo primero en que se piensa como verdadero o falso es en una proposición, y una proposición no es algo real. Pero una creencia es verdadera o falsa del mismo modo como lo es una proposición, con lo que se tendría en el mundo hechos que habrían de ser verdaderos o falsos. Di je no hace mucho que la distinción entre verdad y falsedad no cabla que se diese en ningún caso a propósito de los he- chos ; pero si cabe en r elación con esa especial clase de hechos que llamamos "creencias", ya que éstas podrán ser verdaderas o falsas sin que por ello dejen de ser he- chos. / Se podría llamar falsos, en el mismo sentido, a los de· seos, cuando se desea algo que no llega a alcanzarse. Ver· dad y falsedad dependen ambas de la proposición que ha· ya de entrar en juego en cada caso. Finalmente, me in- clino a pensar que la per cepción, en cuanto opuesta a la cr eencia, r ecae directamente sobre el hecho y no lo hace a través de la proposición. Cuando perciban ustedes un hecho no cabrá, por supuesto, que pudiesen errar, ya que, desde el momento en que su Objeto sea un hecho, la po- sibilidad de error quedada descartada. Pienso que la veri· fIcación se reduce siempre, en última instancia, a percep· ción de hechos. Así pues, la forma lógica de la percepción diferirá de la forma lógica de la creencia, justamente de· bido a que es un hecho lo que en ella entra en juego. A 319 proplIsito d la }l(' n :t' \ltlOll 'C pl.mlcan asimIsmo numero .,as dificultades en las quc no voy a detenerme, pero me figuro que habrán caído ustedes en la cuenta de que el percibir envuelve también dos verbos, ni más ni menos que el creer. Tiendo a pensar que la volición difiere lógj- camente del deseo, de modo estrictamente análogo a como la percepción difiere de la creencia. Mas la discusión de este punto nos llevad a demasiado lejos de la lógica. V. PROPOSICiONES GENERALES Y EXISTENCIA VOY a hablarles hoy acerca de las proposiciones genera· les y la existenda. En r alidad, las dos cuestiones se co- rresponden entre sí; constituyen ambas un mismo tema, aunque pudiera no parecerlo a primera vista. Las pro· posiciones y los hechos a que nos hemos venido r efirien· do hasta el presente se han caracterizado por envol vC'r tan sólo particulares perfectamente definidos, o relacio· nes. o cualidades, o cosas por el estilo. nunca cosas inde· finidas como aquéllas a que se alude por medio de pala· bras tomo "todos", "algún (os)", "un". "cualquier"; y es de las proposiciones y hechos de este último género de lo que hoy vaya ocuparme. En realidad, todas las proposiciones del género a que tengo hoy intención de referirme se congregan, a su vez, en dos gr upos -primero, el de las proposiciones relati· vas a "todos" ; Y segundo, el de las relativas a "algunos". Ambos tipos de proposición guardan una mutua cor res- pondencia; las del primero constituyen negaciones de las del segundo y viceversa. Si dicen ustedes, por ejem· plo: "Todos los hombres son mortales", esta proposición constituirá la negación de "Algunos hombr es no son mor- tales". Por 10 que se refiere a las proposiciones generales, la distinción entre afir mativas y negativas es convencio- nal. Que hayan ustedes de considerar a las proposiciones r elativas a "todos" como las afi r mativas, y a las proposi. ciones relativas a "algunos" como las negativas o vicever. sa, es puramente una cuestión de preferencias. Por ejem- plo, si digo : "No me encontré con nadie al venir", pensa- 320 ,1 . 111 11 1.01" 10 11"" ., . Irala, t' lI apal'ieuda, de una proposi- ,11011 "' V 111 \ 1 1': 11 r ·¡¡lidad se trata, como puede pensarse, d,' 1111 .1 IIl'lIpos il'i n l' laLÍ\'a a "todos", esto es: "Todos los 111111111.· ,j' ! ' U ' IlL¡¡n enlre aquéllas con que no me en- ' ''lI l d' al \' nir '. Si, por otra parte, digo : "Me encontré ''' 11 1111 I!oml)l'e al venir", esta proposición les daría la 111 1111 ', Ion d afirmativa, mientras que, en r ealidad, se I "li l.' ti' la negación de "Todos los hombres se cuentan I 1l1,,· aqu 'Ilos con que no me encontré al venir ". Si con- Id''I .1n ust des proposiciones como "Todos los hombres ' "' 'lIorlales" y "Algunos hombres no son mortales", po- dl'l.ln de 'ir que les r esulta más natural tomar a las pr opo- 1,11I11(' S generales como afi rmativas y como negativas a 1.. pl'opo¡;iciones existenciales, pero, aunque no sea más 'lit, · 'n atención a la arbit rariedad con que haya de ele· 1'1,,, ntl'C los dos, es preferihle olvidarse de aquelIos t'l tlHlcativos y hablar tan sólo de proposiciones generales Pl'ol"vsiciones de contenido existencial. Todas las propo- 'ldones generales deniegan la exist encia de alguna cosa. SI (ll e n ustedes : "Todos los hombres on mortales", esta IImposición excluye la existencia de un hombre inmortal, v :lsi en los demás casos. lTe de hacer sumo hincapié en que las proposiciones / ,ellerales han de ser interpretadas como carentes de con- It' nielo existencial. Cuando digo, pOI' ej mpIo : "Todos los son hombres", no quiero que supongan que dicha )Jroposición implica la existencia de griegos. Es necesario suhl'ayal' que se la considera desprovista de semejante Implicación. Esta última tendría que serle añadida, en todo caso, como una proposición por separ ado. Si desearan interpretar nuestra primera proposIción en este sentido, habrían de acompañal'la del enunciado adicional: "y hay griegos". Ello se basa en r azones de conveniencia prácti- ca. Si incluyeran en la primera el hecho de que hay grie- gos, estarían ustedes englobando dos proposiciones en una y esto ocasionaria una innecesaria confusión en su lógica, donde las proposiciones que se r equieren son, por una par- 1(' . las que afirman la existencia de algo y, por otra, las n ral('s que no 10 haren así. Si sucediera que no hílY 321 gl'i 'gas, la proposición "Todos los griegos SOI1 hombl'es" y la proposición "Ningún griego es hombre" serian am- has verdaderas. La proposición "Ningún griego es hom· bre" equivale, por supuesto, a la proposición "Todos los SOn no·homhres", Amhas proposiriont>s 5erán si- multáneamente verdaderas si se da el caso de no haber griegos, Todos los enunciados relativos :1 la totalidad de los miembros de una clase que carezca de miembros son verdaderos, puesto que la contradictoria de cualquier enun- ciado general afirma la existencia de algún miembro y, por 10 tanto, es falsa en este caso, Esta noción de las pro- posiciones generales desprovistas de contenido existencia 1 no se halla, desde luego, en la doctrina tradicional del si- logismo. En la doctrina t radicional del silogismo se supo· nja que, al enunciarse algo como "Todos los gri egos son hombres", dicho enunciado habría de implicar la existen· cia de griegos, suposición ésta que daba origen a buen número de falacias. Por ejemplO, "Todas las quimeras son animales. y todas las quimeras echan llamas p6r la na- riz, luego algunos animales echan llamas por la nariz". SI' trata de un silogismo en Dat-apti; mas dicho modo si- logistico es inválido, como lo muestra nuestro ejemplo. Es ésta, dicho sea de paso, una cuestión no exenta de un cierto interés histórico, puesto que hubo de obstaculi- zar los intentos de Leibniz por elaborar una lógica :na- temática. Leibniz anduvo s.iempre inmerso en la tarea de construir una lógica matemática semejante a la que po- seemos hoy en día o, mejor dicho, semejante a la cons, truida por Boole, tarea en la que fracasaba constante- mente a causa de su excesiva fi delidad a Aristóteles. Cada vez que ideaba un sistema realmente aceptable, como hi¿o en varias ocasiones, descubría invariablemente Que mo- dos como Darapti no eran válidos. Si formulan ustedes "Todo A es B y todo A es C, luego algún B es C", incu- r ren en una falacia, pero Leibniz no se atrev[a a dar cré- dito a un fallo semejante, volviendo de este modo a co- menzar de nuevo. Lo que demuestra los inconvenientes de "espetar en demasía a los homhres ilustres·. • Cfr. Couturat, La logiqlte de Leibniz (T, - La refe- 322 / ,' 1 ¡J, 11111' :, d, ' 11) que acabamos de considerar, Sé ha· , '11 11 \, 'd, '¡- l., pI' 'gun La de qué es 10 que realmente se 11 11111111 "11 lIna proposición general, como, por ejemplO, .. ¡'"d, I IIIS H ripgos son hombres", verán que lo afirmado " /i 111 \ '¡' t'd a d el todos los valores de lo que llamo una Illt H 11111 proposicional. Una función proposicional es, sim- pi . ' 1I,' t'I ' , una, e:l1),-esión cualquie1'a que contenga uno 11 1 l eme tos constitutivos indeterminados, y se 11//1111'/' 111 en una m'oposición tan pronto como se deter· 111111 , ' /1 los elementos indeterminados que l a constituyen, I ".c es un hombre" o "n es un número", se trata en :lllI l lIl!i casos de una función proposicional; lo mismo Clr 11l' I'C ('on cualquier fórmula algebraica, como por ejem· ,, 1.1' (.0 + y) . (x - y) = X2 - y2. Una función proposi· ( 1"",,1 110 es nada real, pero, como ocurre con la mayor " , 11 ' 11 ' el e las cosas de que tenemos Que ocuparnos en la 16- j'!I', I, I' SO no la hace menos importante, Lo único que, en 11' :dl da d, les cabe hacer a ustedes con una función pro- 1'1 1,1d,ll1al es establecer o bien Que es siempre verdadera, (i 1111 '11 que es algunas veces verdadera, o bien que no es 111111 1'; 1 ve/'cladera. Si toman ustedes: "Si x es un hombre, x es mortal". C' ' 1.1 l' xpresión es siempre verdadera (tanto si :r es un l l ll l1lll°(' omo si no lo es); si toman : "x es un hombre", ¡'H', l xpresión es algunas veces verdadern; si toman: "x es un unicornio", " S i ;, ('xpresión no es nunca verdadera. I rnn función proposicional puede IIRmarse 1/e(; (' sar ia, cuando es siempre verdadera; 'Posi ble, cuando es algunas veces verdadera; imposi ble, cuando no es nunca verdadQra. I'(',wia completa de esta obra es Louls Couturat, La l. dI' I, .. Parls, 1901. Hay reedición reC' iente de la misma, 1IIIeI 'sheim, 19G1), 323 N UlIlt'l'()Sas falsedades se han originado en filosofía de la ton fusión entre funciones proposicionales y proposi- don s. Buena parte de la filosofía tradicional más difun· dlda no es más que el resultado de atribuir a las propo- siciones predicados que sólo tienen aplicación a las fun- ciones proposicionales y, lo que todav[a es más grave, de at ribuir en ocasiones a los individuos predicados úni- camente aplicables a aquellas últimas. El caso de la nece- sidad, posibilidad e impOSibilidad es una muestra de ello. La filosofía tradicional dedica siempre un capitulo a la "modalidad", en que se estudian la necesidad, posibilidad e imposibilidad como propiedades de las proposiciones, cuando de hecho se trata de propiedades de funciones proposicionales, Las proposiciones son exclu¡;ivamente ver- daderas o falsas, Si toman ustedes ":1: es x" , se tratará de una función pro- posicional que es verdadera ¡Jara cualquier cosa que ":¡;" pueda ser; esto es, se t ratará de una función proposicio- na 1 necesaria. Si toman ",1: es un homl1l'e", se tratará de tina posible, Si toman "x es un unicornio", de una impo- sible, Las proposiciones únicamente pueden ser verdaderas o falsas, pero las funciones proposicionales gozan de aquellas tres posibilidades, Es importante darse cuenta, a mi jui- cio, de que toda la teor1a de la modalidad tiene tan sólo aplicación a las funciones proposicionales, no a las pro- ])osiciones, Las funciones proposicionales tienen cabida en el len- guaje ordinario en un gran número de casos en que, ge· neralmente, no se repara en su presencia. Ustedes pue- den comprender perfectamente bien un enunciado como "Me encontré con un hombre" sin conocer a la per_ sona con quien yo me encontré. por lo que esta persona concreta no formará parte de la proposición como ele- mento constitutivo de la misma, Lo que I'ealmente estamos en ese caso es que una determina- da función proposicional, a saber', la función proposi- cionul "Me encontré con :L' y :L' es humano", es algu- 324 1101 \ 1" l'X \ ,' nl.,d, ' !';l. Hay po!' 10 menos un \'alor de :1: 1', lI" 1'1 11111 ' i. f)u0I1a , verdadera, y se trata por tanto de 1111, 1 111111 ,1,'1 11 PI'OpO icional posible. Siempre que se hallen 11 1,'111')0; imlt' pnlabras como "un", "algún (os)", "todos", " 1111111 '. pi e" habrán de ver en ello una inequívoca señal de 101 11ITH 'ntia de una función proposicional, de suerte que ,111'\\:1'; funciones no son, por así decirlo, cosas remotas o r1 'I' ol1clllas, sino por el contrario, familiares y obvias, 1)1' l {.:' ual ll1aner'a entrará en juego una ftmc16n propo- tr lol1.11 n un enunciado como "Sócrates es mortal", pues- 111 qllt' "se\' mortal" quiel'e decir "morir en uno u otro ins- Inlll t, determinado", Con aquel enwlciado dan a entender II NIt-c! eH que hay un instante en el que muere Sócrates, " ,, 10 de nuevo trae consigo una función proposicional. a al,!' r, r¡u trl es un instante y Sócrates muere en tI' es }lIl:-l lhl C', Si dicen ustedes "Sócrates es inmortal ", este enun· , Indo ('omportará asimjsmo una función proposicional: 11111 ' 1'1':1 decir' que "Si t es un instante cualquiera, Sócra- I r', stá vivo en el instante t", para el caso de que con si- d l' n ' mos que la inmortalidad implica la existencia a todo lo bl'g'o del pasado no menos que del futuro, Pero si con- ¡4! tl r¡l mos que la inmortalidad tan s610 implica la exis, "'nda :l todo lo largo del futuro, la interpretación de "Só- (' !'ates es inmortal" se torna más compleja, a saber : "Hay / 1111 instante t tal que, si t' es cualquier instante posterior :. 1, Sócra tes está vi va en t"' , AsI pues, sus expresiones se \'olllplican un tanto tan pronto como conseguimos trans- t'!'il>il' con propiedad lo que se da a entender en un gran nümel'o de enunciados usuales, "Sócrates es mortal" y "Sócrates es inmortal" 110 son reclprocamente contradic- torias, puesto que ambas implican que Sócrates existe n el ti empo, ya que, de lo contrario, no seria ni mortal ni inmortal. La una enuncia : "Hay un instante en que SÓl: rates muere", y la otra : "Cualquiera que sea el ins- tant e que elijais, Sócrates está vivo en dicho instante", mientras que la contradictoria de "Sócrates es mortal" se- ria verdadera de no haber un instante en que este últi- mo viviese. 325 -- Sl' cl ellomlna va.riable a un elemento constitutivo inde- t J'll1inado de una función proposicional. Existenc'¿a. Al tomar una función proposicional cu<11- quiera y afirmar de ella que es posible, esto es, que es algunas veces verdadera, obtienen con ell o ustedes el san- tido fundamental del término "existencia". Pueden ex- presarlo diciendo que hayal menos un valor de x para el que dicha función proposicional es verdadera. Si tie- nen "x es un hombre", habrá por lo menos tm valor de x para el que esta función sea verdadera. Esto es lo que se da a entender cuando se dice que "Hay hombres" o que "Existen hombres". La existencia es esencialment e una 11fopiedad de una función proposicional. Significa que di cha función pr oposicional es verdadera al menos en un caso. Si di cen ustedes: "Hay uni cornios", esto querrá de- cir que "Hay un x ta l, que x es un uni cornio". Nuestra transcripción se expresa en términos indebidamente apro- xi mados al lenguaje ordinari o, pero el modo apropiado de traducir aquell o sería : " (x es un unicornio) es posible". TIernos de contar, como punto de partida, con una idea a la que no defi namos, y como idea no definida a este res· pecto se tomara la de "siempre verdadera" o la de "algu· nas veces verdadera", con lo que podl'fa entonces definir- se a una de ell as como la negación de la elegida. En al· gunos casos, es preferibl e tomar a ambas como no definj· das, por razones en las que de momento no entraré. Será n hase de la noción de alaunas 1'eces, idéntica a la no- ción de posi bilidad como obtengamos nosotros la no- ción de existencia. Decir que exIsten unicornios equival- drá sin más entonces a decir que " (::1; es un unIcornio) es posihle". Está perfectamente claro que cuando di cen ustedes : "Existen unicornios", no están diciendo nada susceptible de aplicación a un unicornio real, puesto que de hecho no hay ninguno; si lo que ustedes dicen, por lo tanto, t uviera alguna aplicación a individuos reales, careceria de sentido a menos de ser verdadero. Podrán ustedes exa- minar la proposición "Existen unicornios" y ver que es falsa. Mas no carece de sentido. Por supuesto, si la pro· 326 / 1'" 1,11111 d,'"" Ill lit'se rll' la noción general de uni cornio ,11 1III Ih Itlllo :-. lIlgu lar, ni lJn siquiera tendría sentido a me- 1111 el ,' qll l· Ill¡(lÍcra unicornios. En consecuencia, al de- ( 11· .. r'; x 1:-; 1 /' \1 unicornjos" no dicen ustedes nada acerca ,1 ,' , 'ox;. :I lguna singular, y lo mismo valdría para el caso 111 qlll ¡( ij ' 1',\11 "Existen hombres". Si dicen : "Existen hom- I'II 'S •• V : ó rates es un hombre, luego Sócrates existe", se 1 li ll ;¡ ,.¡í dd mismo tipo de falacia que si dijeran: "Los 11I1I1I 1I 1"(,s son 'numerosos, Sócrates es un hombre, luego n, 11'1":11 I'S es numeroso", puesto que la existeneia consti · I (( J I' un predicado de una función proposicional o, por clo'l'l v;I (· ión, de Wla clase. Cuando apliquen ustedes la no- 1 ",n el numer osiclad a una función proposicional, que- 11";1 1\ decir con ello que hay diversos valores de x que la en, es decir, que hay más de uno ; o, si quisien1n d.II' m:1YOl" alcance a "numerosos", que hay más de diez, de \ , '1 "1 1' o cualquier otro número que juzguen opor tuno. :-;¡ ./' , 11 , Z satisfacen todos ellos una función proposicion; :11, reales que hay en el mundo no existen o, por lo mc- 1l0S, a ¡:¡firmarlo demasiado tajantemente, puesto que se- IIIl' jnntc afi r mación carece por entero de sentido. Decir CjIl C no existen es algo desprovisto, en rigor, de sentido; \1(' 1"0 decir que existen también carece rigurosamente de ¡';1' 1l licio 13 úni camente ele las funciones propOSicionales de lo
  • .1,." (esto ('1';, hoy al menos un x para el que la función "ser Il uml.ire" es verdader a ; por lo menos un x satisface q>x) . 327 LJ 11 pr dpilal-se a pensar que estóÍmplica consecuencias que no implica realmente. Si digo : " Las cosas que hay en el mundo existen", se tratará de un enunciado per fec- tamente correcto, puesto que en él afirmo algo acerca de una determinada clase de cosas; esto es, lo afirmo en el mismo sentido que cuando digo : "Existen hombres". Pero de aquí no debo concluir : "Esta es una de cosas del mundo y, por lo tanto, existe". Es aquí donde la falacia hace acto de presencia; se trata, simplemente, como ve, rán ustedes, de una falacia consistente en transferir al individuo que satJsface una función proposicional un pre- dicado que sólo t iene aplicación posible a dicha función. Tienen ustedes múltiples ocasiones de comprobarlo. Por jemplo, ustedes saben a menudo que una proposición exis- tencial es verdadera sin conocer de la misma ningún <:aso concreto. Ustedes saben, por ejemplo, que hay hahi- tantes en Tombuctú, pero dudo que nadie de entre los presentes pueda citarme un solo ejemplo de estos últimos. 1 0 1' 10 tanto, el conocimiento de las proposiciones existen- resulta posible, evidentemente, sin necesidad de co- nocer indivi duo alguno que las confirme como verdade- ras, Las proposiciones existenciales no afirman nada re- lativo al individuo concreto, sino tan sólo relativo a la clase o función. El esclarecimiento de esta cuestión resultará extraordi- nariamente dificil en tanto nos atengamos al lenguaje or- dinario, ya que éste hunde sus raíces en una inconve- niente disposición de ánimo respecto de la lógica, dispo- sición de ánimo que se r emO:1ta a nuestros lejanos ante- pasados. En estas condiciones, mientras se ciñan ustedes al lenguaje ordinario, sólo mediante un gran esfuerzo y un constante cuidado les será dado liberarse de aquella in- clinacIón habitual impuesta por el lenguaje. Cuando digo, por ejemplo : "Hay un x tal que ;c es un hombre", seme- jante expresión dista de ser enteramente satisfactoria. "Hay un x" carece de s nUdo, ¿Qué cosa podría ser "un .,,;"? No exiSte narla semejante a "un .,,;". El único modo de poder enunciarlo correctamente consistiría, en realidad, 328 / ( 1\ ItlloII 1111 11111'\ (j kngunj(' ((cl /toe y hacer que el enun- , 100d .. 1 ,' 1 ,lp. I tlll'f'cl Hla clase. Es éste un punto en el que es importante re- paror, En ningún caso ha de sernos posible llegar a un 101 ' (,11 0 general por infer encia a partir de hechos particu- 1 ti 'e!'; , por numer osos que éstos fueran. El viejo método dI' la Inducción completa, del que los libr os acostumbran ;¡ hal)lar como de algo absolutamente seguro y satisfacta- 329 rio, a diferencia de la inducción ordinaria, no nos pOdrá 11 val' al resultado deseado si no va acompañado, por )0 meno , de una proposición general. Supongan, por ejem. plo, que desean probar mediante aquel procedimiento que "Todos los hombres son mor tales": se supone que pro· ceden ustedes por inducción completa y que enumeran "A es un hombre que es mortal", "B es un hombre que es mortal", "C es un hombre que es mortal", y así hasta el fina l. Ustedes no serán capaces de llegar, valiéndose de este procedimiento, a la proposición "Todos los hombres son mortales", a menos de que sepan cuándo se ha de po- ner el mencionado punt o final a su enumeración. Lo que equivale ;;t decir que, para llegar por este camino a la proposición general "Todos los hombres son mortales", han de contar ya ustedes con la proposición general "1'0· dos los hombres se h allan comprendidos entre aquéllOS que acabo de enumerar". Nunca pOdrán alcanzar una m'Opo- sición general por inferencia él partir de proposiciones particulares exclusivamente. Han de contar ustedes siem· pre por lo menos con una proposición general entre sus premisas. Esto ilustra, a mi juicio, diversos puntos. Uno de ellos, de tipo epist emOlógico, es que si hay, como pal'ece haber, conocimiento de las proposiciones generales, deberá haber entonces conocimiento primitiv o de tales proposi- ciones (quiero deci r, con ello, conocimiento de proposicio· nes generales que no se haya de obtener por infer enci a) ; puesto que, si no nos es dado en ningún caso inferir una proposición general sino de premisas de las cuales al me- nos una sea general, está claro que nunca nos seda dado tal conocimiento por inferencia a menos de que lo haya, no inferido, de algunas proposiciones generales. El modo co- mo este último mejor dicho, nuestra creencia de que lo poseemos-se pr esenta en la vida or- dinaria es bastante curioso. Quiero decir que habi t ual · mente admitimos proposiciones generales que son consi- derablemente incierta ; como, por ejemplo, podría admi- tirse, si estuviésemos contando el número de personas que hay en la habitación, que era posible divisar a la totalidad de los presentes, suposición que xpresariamos mediante 330 1111 01 111(JllIls ld,',n gcncral (muy dudosa por d erto, ya que I,,,"rla !1alll'r b"nte 1101' debajo de las mesas). Pero no s610 '11 psl¡' l'<1S0, sino que en toda verificación empírica de 1111.1 general se encontrarán ustedes ante un I ¡"1'10 lipa de presupOSición que les lleva a acordar la no (Ir¡ 'i'l neia de lo que no perrlben visualmente. Por supues- 1<1, II s tedes no lo expresarían tan rotundamente, pero sI :lI ll11ilirán, den ro de ciertos limites y con determinadas pl"l'd::;iones, que Si una cosa no se halla presente a sus sl' IlUdos, es que no está presente en absoluto. Esto cons- 11 t lIY una proposición general, y es sÓlo a través de se- 111 " jantes proposiciones como pueden lograrse los resulta· empíricos ordinarios que normalmente se obtienen. Si, 11M ej mplo, empr enden ustedes un censo de la región, co· 1I 1('nzarán por admitir que no hay más habitantes en la tll\¡¡ma que aquéllos de los que directamente se tiene no- I id;), una vez, por supuesto, que se hayan informado dehi- (lu y cuidadosamente, pues su censo seria de otro modo ilwxacto. Alguna presuposición de este género ha de suhya- l',,!, s iempre a cuanto nos parece puramente empírico. No 1 ('fl será posible probar empiricamente que lo que no per- dllen deje de estar presente, ya que una prueba empírica ('onsistiría en una percepción y, por hipótesis, carecen us- Il'r\ ' de ella; de donde se desprende que, si se acepta tina pronosici6n cualquiera de este género, su aceptación ha / d" basarse en su propia evidencia. Cito este caso única- IIll'nte a tItulo de ejemplo. Hay otros muchos ejemplos que podrían citarse de proposiciones comúnmente presu· pu stas, buen número de ellas con hien escasa justifi- ('atión. Paso ahora a referirme a una cuestión que concierne más de cer ca a la lógica, a saber, la de las razones en pro et !' que haya hechos, no menos que proposiciones, genera- les. Cuando examinábamos las proposiciones moleculares mostré mis dudas acerca de la existen cía de hechos mo- Ir ulares, pero no creo que pueda dudarse de la de los hechos generales. Resulta completamente evidente, a mi mndo d ver, que, tras haber enumerado todos los hechos atómicos que se dan en el mundo, vendríamos a encontrar- 331 nos an te un hecho de lluevo cuño acerca de éste: a saber, 1 de que aquéllos constituyen la totalidad de los hechos atómicos que en él se dan; y es obvio que éste es un hecho no menos objetivo que cualquiera de los hechos ató- micos. A mi entender, no ofrece dudas que han de admi- tir ustedes hechos generales además de particulares y en cuanto distintos de éstos. Lo mismo vale para el caso de "Todos los hombres son mortales". Una Vez computados todos los hombres par ticulares existentes, y tras la com- )lrobación de que cada uno de ellos por separado es mortal, el que todos los hombres sean mortales constituye cierta- mente un nuevo h echo; en qué medida es éste un hecho nuevo se ve con claridad si se repru'a en lo que dije hace un momento, a saber, que no podía injerirse de la morta- lidad por separado de los diversos hombres que hay en el mundo. Como es natUl'al, menos dificultad ofrece la admisión de los que podr1amos ll amar hechos de exh;ten· cia-hechos tales como "Hay hombres", "Hay ovejas", etc. Espero que admitirán ustedes fácilmente la autonomía y la peculiaridad de tales hechos por relación a los atómicos de que antes les hablaba. Todos aquellos hechos han de pasar a incorporarse a nuestr o inventar io del mundo y, de este modo, entran también en juego las funciones propo- sicionales envueltas en el estudio de los hechos genera- les. Yo no pretendo haberles dicho la última palabra sohre cuál sea el análisis correcto de los hechos generales. Se trata de una cuestión sumament e ardua y que me agrada- ría ver estudiada. Estoy convencido de que, por más que el adecuado tratamiento técnico de esos hechos estribe en el recurso a las funciones proposicionales, esto último no agota el análisis correcto de los mismos. Por mi parte, no puedo ir más allá de dicho tratamiento. Hay una observación que hacer en este punto, en rela- ción con la cuestión de si se dan hechos moleculares. Creo haber mencionado-cuando dije que, a mi juicio, no había hechos disyuntivos-que surge a este respecto una cierta dificultad a propósito de los hechos generales 14. Conside- 11 Véase la tercera conferencia, ad finem. 332 / ,. " 11 I " d\'ti " 'l'odu::; los homures son morlales", E::;ta pro- 1"",11 1,,,, a: "', ¡ 'r-; un hombre' implica 'x es mortal' eualquiera Ifll l' ,7' pueda ser", I 'lH'd 11 ustedes apreciar de inmediato que se trata de 111 101 pI' posición hipotética. No indica que haya ningún 11 0 11 1111' (1, ni quiénl!s--lo sean y quiénes no; se limita a nun- 1' 1: 11' que, si ustedes se encuentran con algo que sea un I ,"llIbre, ese algo es mortal. Como señala Bradley en el capitulo de sus Pr'i,nciples 01 L ogic, "Los infrac- 1111' R d la ley serán llevados a los tribunales" puede II I 1IV lIi n ser verdadera aun si no hubiese nadie que in- 1,'lngi ra las leyes, ya que no quiere deci r otra cosa que, ,, ¡ al gui n infringe la ley, será llevado a los tribunal s. p " aqll1 se sigue que .. 'x es un hombre' implica '.'1,' es mortal' es siempre ver- d;¡ d '1':1" 1'0; un hecho. Resulta quizá un tanto difícil vel' cómo pUI!ia ser cierto esto último, si se ha de sostener que" '86· t i ¡\ l l' S CS un homlwe' implica 'Sócrates es mortal'" no es, p!ll' su parte, un hecho, que fué lo que yo sugerí al exa· 1lI 1nm' los hechos moleculares. No estoy seguro de que nt.O:!llltara imposible soslayar esta dificul tad. Se la sugiero IIltl camente como algo digno de tenerse en cuenta al re- e hnz:.1r la posibilidad de hechos moleculares, ya que, si no !l OS fuera dado soslayarla, tendriamos que decidirnos en r:t \' 0 1' de la admisión de tales hechos. 1) seo referirme ahora a la cuestión de las proposicio- II l'S y funciones proposicionales completamente gene1'ale.<:. I'!nliendo por tales proposiciones y funciones proposicio- nales que contengan únicamente variables y nada más que variables. Toda la lógica se compone de proposiciones de I ste género. Todas las proposiciones lógicas constan úni· (' a .Y exclusivamente de variables, aunque no es cierto en (·m11I.Jio que toda proposición que conste única y exclusiva- ltI nl de variahl es sea una proposición lógica. A este 333 I'CSPl'l'lIl, pu 'den ustedes apreciar diversos grados de ge- IIt 'ra lizac:ión: !' Sócrates ama a Platón" "x ama a Platón" "x ama a y" " xRy". Han r ecorrido ustedes estos cuatro jalones de un proce- so de generalización progresiva. Con xRy hemos alcan- zado un esquema que consta únicament e de variables y no contiene ni una sola constante: el esquema puro de las re- laciones diádicas. Es evidente que toda proposición que ex- prese una r elación diádica podrá ser derivada de xRU asignando valores a x, Rey. Con lo que ésta será lo que podriamos llamar la forma pura de todas aquellas propo- siciones. Entiendo por "forma" de una proposición lo que ustedes obtienen cuando han sustituido por una variable cada uno de sus elementos constitutivos. Si desean ustedes otra caracterización de la forma de una proposición, po- drlan tratar de definirla como la clase de todas aquellas proposiciones que pueden obtenerse, a partir de una pro- posición dada, con sólo sustituir por otros element os cons- titutivos uno o más elementos de esta última proposición, Por ejemplo, en "Sócrates ama a Platón" pueden uste- des sustituir a Sócrates y a Platón por algún otro ele· mento, respecti vamente, y a "ama" por un verbo dis· tinto, De este modo, cabría un cierto número de proposi· ciones susceptibles de ser derivadas de la proposición "SÓ· crates ama a Platón" con sólo reemplaz:.. r por otros los elementos constitutivos de esta última. Gracias a eJlo. acabarlamos reuniendo una determinada clase de proposi· ciones, todas en posesión de una determinada forma, y es posible decir , si se desea, que la forma de dichas proposi· ciones es la clase que consta de todas ellas como miembros. Se trata más bien de una definición provisional, puesto que, de hecho, la idea de forma es más fundamental que la de clase. Por mi parte, no la propongo como una defini· ción del todo exacta, pero pOI' el momento ha de servir· 334 II"! Jlill':1 [' xpli 'ar qué haya de enténderse por forma de 1111, 1 Jll'tlpllXlt i6n, Forma es aquello que dos proposiciones 110 ' 1\(' 11 1'1\ omún cuando una de ellas puede ser obtenida, a ">lrlll' {h' la otl'a, sustituyendo por otros los elementos lo II Hlilu ll vos ol'iginales. Con la obtención de aquellas 'OlllllUlos que contienen úni camente variables, como xRy, o ;llll' nll'an ustedes en el reino de los posibles objetos de 1/,11'I'lón lógi ca, " :H':I citar un ejemplo, ustedes saben lo que yo entiendo 1'111' (Iominio de una relación: denomino así al conjunto ,¡" los términos que guardan dicha relación con algo, Su· pllll¡.(;Jl1Se que digo: "xRy implica que x pertenece al do· "dnlo de R' ; se trataría en este caso de una proposición 1 0 1 ~ : I I ' 1 I que conti ene tan sólo variables, Podrían pensar 1I II'd es que contiene palabras como' pertenece" y "do. Iltllllu", pero c.sto es un error. La intervención de esas " 1I:11)1'as sólo se debe al hábito de servirnos del lenguaje 111 dlllur io. Mas las palabras en cuestión no forman real· 1110'111 • parte de nuestra proposición. Se trata de una pro- I'n;,klón puramente lógica. No menciona para nada nin· 1' 1111.1 rosa particular. Ha de ser entendida como algo que IIIif'd! aseveral'se cualesquiera que sean :1:, R e y. To· !I'IH IIIS nunciados de la lógica presentan este mismo ca· 1,11 I VI'. / No [s cosa fácil de averiguar en Qué consistan los ele- IllPlllos constitutivos de una proposi Ción lógica, Si consi· di 1';10 ustedes la proposición "Sócrates ama a Platón", "SÓ· , 1 ¡I(I'S", "ama" y "Platón" son, respectivamente, elemen- I f I ~ I'onstit uti vos de la misma. A continuación, sustituyen 11 I"des ,. ócrates" por x, "ama" por R, y "Platón" por y. ,,/', Il e y no son, naturalmente, nada, y no SOll, por lo 1.11110, elementos constitutivos de ningún género, con 10 q 11[' parece como si todas las proposiciones de la lógica es- 111\ 1 sen enteramente desprovistas de elementos constitu· I h os. No el' o que pueda ser así. Pero, en ese caso, el úni· lO ¡' ('urso que parece quedarles es deci r que la !o?'ma es 111\ l'I mento constitutivo, esto es, que las proposiciones de 1111(\ rl c.:tel'minndR forma son siempre verdaderas: éste po· 335 II'S. fiesulta, pues, que si hay 30.000 cosas exactament e, l ' U'atará de algo en este caso que podriamos llamar ac- di' In mat emática. Desde los Principia Mathematica a 1IIII 'sl l" s ellas, esta segunda pret ensión ha ido más y más "\ Irl l'nciándose como insostenible, dada la indole extra· lo Ir'n de ciertos presupuestos - así los axiomas de infi· 1I1 1l1d .Y multiplicativo (véase más abajo en el t exto el ' I', 'uno lmlento de este hecho por parte del autor)- neceo .1110:; Do ra la consumación del programa logicista. En I "",lIó a la primera parte del mismo, podrIa hoy en dla Hr'Hll ln;e sosteni endo -desde posiciones fil osófico-mate- , 11 1 li r as más o menos afines al logicismo- la posibilidad tl l' I,.aducir o definir la totalidad del vocabulario mate- 11I 1I ( h'o n términos lógicos, cosa por cierto muy distinta , 11' In 1,,·C'sunta reducción de la mat emática a la lógica, (I/1lqll P no menos r eveladora de una específica prioridad d i' 1.1 l(\glN\ sobre la matemática (Cfr . Alonzo Church. " I II III I' IIISU s and logic" en Proceedi ngs of the 1960 ' /1 fr 1 ,'lI f /111/(/ / C0170ress for Logic, Met hodology and Pri· , ,, nI" "! 01 Sr1encc. ed. E. Nagel, P. Suppes, A. Tarski, I IlIdlll l d. lt1(j2, págs. 181·186). 337 I eidental, no de una proposición lógica. Hay asimismo dos proposiciones de esta suerte con las que estamos fa· miliarizados en la lógica matemática, a saber , el axioma multiplicati vo y el axioma de infinitud 16. Por lo que res· pecta al axioma de infinitud, puede considerarse como cier· ta la imposibilidad de probarlo o refutarlo lógicamente, pero en el caso del axioma multiplicativo queda quizás abierto un margen a la duda. Toda proposición pertene· ciente al dominio de la lógica habrá de equivaler en uno u ot ro sentido a una tautología. Se tratará de algo en pose· sión de una cualidad distintiva, que no sé cómo definir, propia de las proposiciones lógicas y no de otras. Ejem. plos típiCOS de proposiciones lógicas son: "Si p implica q y q implica r, entonces p implica r". "Si todos los a son b y todos los b son c, entonces too dos los (L son c". "Si todos los a son b, y x es un a, ent onces x es un b". Todas ellas son pr oposiciones lógicas. Poseen una de· terminada cualidad peculiar que las caracteriza, distin- guiéndolas de otras proposiciones, y nos permite cono- cerlas a priori. Pero en qué consista exactamente dicha característica, no estoy en condiciones de determinarlo. Aunque el constar únicamente de variables, esto es, el aseverar de una función proposicional exclusivamente in· tegrada por variables que es siempre verdadera o alguna veces verdadera-aunque ésta, digo, constituya una ca- racterfstica necesaria de las proposiciones lógicas, no cons· tituye, sin embargo, una característica suficiente de las mismas. Siento. para concluir, haber tenido que dejar tantos problemas por r esolver. Me veo siempre obligado a disculparme de lo mismo, pero el mundo es realmente bastante complicado y nada puedo hacer por remediarlo. Discusión Pregunta : ¿Hay, en sustitución de la palabra existen- cia, alguna otra palabra de la que Vd. pudiera servirse 18 Véase la formulación de ambos axiomas en el artículo La lógica matemática y su f undamentación en la teoría de los tipos, págs. 137 y 139-140 respectivamente. para conferir existencia a los individuos? ¿Aplica Vd. la palabra "existencia" a dos ideas distintas, o niega, por el I' on trario, que haya esos dos ideas? ST. Russell: En efecto, no hay una idea que exprese lo xistencla y ten'g,a aplicación a los individuos. Por lo tI'l ' se refiere a las cosas reales que se dan en el mun- !lo, nada hay que pueda Vd. deci r acerca de ellas que "I's[)onda de alguna manera a esa noción de existencia. 1-,M lisa y llanamente un error pretender que haya algo Itlálogo a la existencia que poder afirmar acerca de las ('MOlS. Se incurre en esta confusión por culpa del lengua· Joo. ya que es perfectamente correcto decir que "Todas las ('O!ins que hay en el mundo existen" y muy fácil pasar de ,'110 a "Esto existe puesto que se trata de una cosa del 11 11 111(10". Observaciones de este género serian innecesarias I ~ C ' tratase de un predicado incontrovertible. Quiero . I! 'l'il' que es evidente que, si se diese algo como esta I' xl RLcncia de los individuos a que nos referimos, sería "II'llpletamente imposible que nuestro concepto dejara de .r plkarse a dicho caso, 10 que nos pone sobreaviso de p"fl'l' ntarnos con una confusión. VI . DESCRIPCIONES 17 Y Síl\lROl ,OS INCOMPLETOS / M (1 propongo tratar en esta ocasión el tema de las des· , .Iprlones y de lo que yo llamo "símbolos incompletos", ., r ,'omo el de la existencia de los individuos descritos. I{( 'l'ordarán que el d1a pasado me ocupé de la existencia d .. o/ener os de cosas. esto es. aquélla a la que ustedes !' 1' / rlel' en cuando dicen "Hay hombres", "Hay griegos" o 1I' IlHNl por el estilo. En todos esos casos nos encontrába- IIln. :lOle una suerte de existencia que podríamos llamar plllrn1. Voy a ocuparme hoy de aquella otra de la que se h lllln ('n singular. como cuando decimos "Existió el hom- 111'1' (1 la máscara de hierro" o alguna frase de esta 1ndole. rr lI'1t'A ('Ju nos presentan un objeto descrito por medio .tfln ('xpr slón "El tal y tal". Y me propongo someter a IT V,":\ !'l(' la nota 2 de la pág. 52. 339 I examen el análisis de las proposiciones en que i ntervie· nen expresiones de este tipo, Hay, por supuesto, buen número de proposiciones su· mamente fammares en metafísica que pertenecen a dicho género: "Existo", "Dios existe", "Homero existió" ; y enunciados de esta clase intervienen con frecuencia en las discusiones metafísicas, El tratamiento que la metafísica al uso les dispensa no constituye, a mi modo de ver, sino la ejemplificación de un error lógico al que nos vamos hoy a referir, el mismo tipo de error de que les hablé la semana pasada a propósito de la existencia de géneros de cosas, Un buen procedimiento para poner a prueba tales proposiciones consiste en preguntarnos lo que sucedería si fuesen falsas, Consideren ustedes una proposición como "Rómulo existió". Es muy probable que la mayor parte de nosotros pensemos que Rómulo no existió. Decir que Rómulo existió constituye, empero, un enunciado perfec· tamente dotado de sentido, tanto si es verdadero como si es falso. Pero si Rómulo mismo interviniera en nues· tro enunciado como un elemento más del mismo, el enun- ciado de que no existió car ecería evidentemente de sen· tido, puesto que no nos es posible contar con elementos constitutivos de una proposición que no sean nada en abo soluto. Todo elemento constitutivo de una proposición ha de incluirse entre las cosas que se dan en el mundo y, por lo tanto, si Rómulo mismo entrara a formar parte de las proposiciones en que se enuncia que existió o que no exist ió, ninguna de estas dos proposiciones pOdría no ya ser verdadera, sino ni tan siquiera tener sentido a menos de haber existido Rómulo. Evidentemente, no fue ése el ca· so; y la primera conclusión que de aquI se extrae es que, aunque parezca como si Rómulo fuera un elemento constitutivo de dicha proposición, esto último es en rea· lidad erróneo. R6mulo no interviene como un auténtico elemento en la propOSición "Rómulo no existió". Supongamos que tratan ustedes de descifrar qué es lo que se da a entender mediante dicha proposición. Pue· den ustedes t omar, por ejemplo, todo lo que Tito Livio dijo acerca de Rómulo, todas las propiedades que a tribu· 340 I " ;1 "slr' ,Hl i ll lO, \nc'luícl a l a (mita de I]ue prohabl emenle " , , ~ :H'onlmn08 la mayor parte de nosotros, a saber, el !l r'dlO de Uamarse "Rómulo". Pueden reunirlo todo ello y f Ilrm;'lr con su conjunt't) una función pr opOSicional en la ql l( ~ í ' establezca que ":t' reviste tales y tales propiedades", I,, "do estas propiedades las que hayan visto enumeradas I n TIto Livio. Ahl tienen una función proposicional. Cuan· do dIgan ahora que Rómulo no existió, estarán limitándo· M' :1 decir que dicha función proposicional no es nunca v,' rdadera, que es imposible en el sentido que expuse el " In pasado, esto es, que no hay ningún valor de x que la " n ~ n verdadera, Ello reduce la inexistencia de Rómulo a 111 clase de inexistencia de que les hablé en aquella oca· ,·Mi n, cuando nos referíamos a la inexistencia de los uni· "01'11108. Mas no nos proporciona una información com pIda acerca de este género de existencia o inexistencia, VII que hay aún otra manera como pOdría no existir un IlI dl\' lduo descrito. Así sucederá en el caso de que la " "R(' ripción se aplique a más de una persona. No pueden 11 II des, por ejemplo, hablar de "El habitante de Londes", ''' 1 porque no haya ningtIDo, sino justamente por haber t 11 l .. ondres tantos habitantes como hay. pan ustedes, por consiguiente, que la proposición "R6· '11 111 0 existió", o "Rómulo no existió", introduce efectiva· t,"ILO una función proposicional, puesto que el nombre " 1! (¡mulO' no constituye un nombre en realidad, sino una " JI(' i de descripción truncada. Dicho nombre represen· f n ~ 1 una persona que hizo tales y tales cosas, que mató .1 (tI ' lll0 y fundó Roma, etc. Es un resumen de esta última " I'¡;¡t' ,'lpción; si ustedes quieren, es una abreviatura de "la P" ,'lit " ;1 oue se llamó 'Rómulo' ". Si se tratara realmente ,01, ' 1111 nombre no se plantearfa el aludido problema acerca ti , .1\1 í'lI. 1stencia, puesto que un nombre ha de nombrar .dw) o, de lo contrario, no seria un nombre; y si no hay """ {lf'rsona como Rómulo, no cabe que haya un nomo t"", para di cha persona inexistente. Asi pues, la pala· 1, 1': 1 :\lslO el significado de "8cott" si no hubieran oído ante- rlnrrnente esta palabra, puesto que conocer el significado d, \In nombre es conocer a quién se aplica dicho nombre. No falta en ocasiones quien considere a las expresio- Il I'S descriptivas como si fuesen nombres. Asf se encon- I r !l l·j n ustedes, por ejemplo, con la interpretación según 111 "unl una proposici ón como "Seott es el autor de Wa- 11 / r/ r y" establece realmente que "Scott" y "el autor de Wa- 343 / ve1'l ell" son dos nombres de la misma persona \8. Se trata de un completo error; lo primero de todo, porque "el autor de Waverl ey" no es un nombre y, en segundo lu- gar, porque, como podrán ustedes apreciar fácilmente, si su senti do fuese aquél dicha proposición vendría a equiva- ler a "Scott es Sir Walter", y no dependeria de ningún otro hecho sino de que la persona en cuestión se llamara asi, ya que un nombre no es más que el modo de llamarse una persona. En realidad, Scott fué el autor de Waverl ey antes de que nadie le llamara así, cuando nadie sabia si lo era o no; y el hecho de ser el autor de Waver l ell vi- no en definitiva a constituir un hecho físico, el de sen- tarse y escribir dicha obra de su puño y letra, cosa que nada tiene que ver con la manera de ser llamado Scott. Por lo que respecta a "el autor de Waverley" , ya no se trata en modo alguno, como en el caso de "Scott", de algo arbitrario. Ustedes no pueden decidir, mediante la elección de un nombre, si Scott es o no el autor de Waver l ell, puesto que lo que de hecho sucedió es que éste optó por escribir aquella obra y nada cabría hacer por que los acon- t ecimientos se hubiesen desarrollado de otra for ma. Esto demuestra cómo "el autor de Waverley" difi er e por com- pleto de un nombre. Pueden ust edes probarlo con toda claridad por medio de argumentos formales_ En "Scott es el autor de Waverl ey" el "es" expresa, como es natural. identidad, esto es: la entidad cuyo nombre es Scott es idéntica al autor de Waver l ey. Pero cuando digo "Scot t es mortal", este "es" es el "es" de la predicación, algo to- talmente diferente del "es" de la identidad. Es un error interpretar "Scott es mortal" como "Scott es idéntico a uno de entre los mortales", porque (entre otras razones) no nos cabrIa la posibilidad de decidir qué sean "morta- les" sino por medio de la función proposicional "x es mor- tal", que acabará por retrotraernos al "es" de la predi ca- 18 Esta sería en definitiva la tesis de Frege (véase el articulo Sobr e l a denot ación y, en especial, la nota al pie de la pág. 53). El lector hallará una moderna interpretación del ejemplo de Russell en el sentido de dicha t esis en Alonzo Church, l ntroducti on t o Mathematical L ogic, vol. 1, Princeton, 1956, págs. 3-9. 344 I I i I I I ,1'111 No 11111' 11 "11 . IHll 'S, u:;; t des r educi r el "es" de la pre· d i, .11'1 1111 .11 lIlrO "es". PerQ....cl "es" de "Scott es el autor 01, s 1 "es" de la identidad, no el de la pre· 01 1, ,wl<'l n +. , I htll'rll.1ran ustedes sustituir "el autor de Waverley" '11 .11, ,11:. proposición por un nombre cualquier a, ponga- 11111 por (' aso "c", de modo que la proposición se convir- 11, .1.( 1'11 "Scott es c", entonces, si "c" fuese el nombre de .11' " 1' \11 otro que Scott, aquella proposición se tornaría I 111.. \ , mi ntras que si, en caso cont rario, "c" fuese un IICl IIII ,r el e Scott , la proposición se convertiría pura Y III IJl It m nte en una tautología. Resulta obvio sin más t 11 11 ' f11 " ." cqui valiese a "Scot t", "Scott es Scott" habría de 1 t 111 11'11'6 a una tautología. y aun si tomaran ustedes cual- olro nombre que consista precisament e en ser un IItll 11 111'