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La Penosa Ascención de La Teoría Atómica Pierre Thuillier De Arquímedes a Einstein Cap IX

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Las caras ocultas de la invención científica
Pierre~uillier

LOS NOVENTA pone al alcance de los lectores una colección con los ,más variados temas de las ciencias sociales. Mediante la publicación de un libro semanal, esta serie proporciona un amplio espectro del pensamiento crítico de nuestro tiempo.

para la
~ Cultura Consejo y Nacional las Artes

AlianzA
EDITORIAL

MÉXICO, D.F.

LA PENOSA ASCENSIÓN DE LA TEOR(A ATÓMICA

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IX.

La penosa ascensión

de la teoría atómica

en que se decidió a creer en ellos precisamente en un momento en el que ya no se consideraban como pequeños cuerpos indivisibles. En efecto, a finales del siglo XIX se había descubierto el electrón. Contrariamente a lo que sugiere la etimología de la palabra, el átomo ya no podía considerarse como un elemento último, absolutamente indisociable. La teoría atómica clásica, por supuesto, no quedaba suprimida lisa y llanamente; en cierto sentido, incluso quedaba confirmada. Pero cambiaba de significado. Ya no resultaba posible, en adelante, tomar al pie de la letra lo que Maxwell escribía en 1875 en la Encyclopaedia Britannica: «el átomo (ato"!O~) es un cuerpo que no puede cortarse en dos».

Un escepticismo muy difundido La teoría atómica surgió a comienzos del siglo XIX. Pero, durante mucho tiempo, tropezó con la resistencia de numerosos químicos. Muchas otras teorías le hacían la competencia: equivalentismo, átomos-remolino de Kevion, química matemática de Brodie ... ¿De qué modo acabó por imponerse la teoría atómica?
«Se puede ahora considerar la hipótesis atómica como una teoría científicamente bien fundada». Así se expresaba el químico Wilhelm Ostwald en 1908, es decir, un siglo después de la formulación de la teoría atómica por John Dalton 1. Durante mucho tiempo Ostwald había dudado de la realidad de los átomos; la paradoja estriba El caso de Ostwald es un caso extremo; a menudo se cita su escepticismo acerca de los átomos como un hermoso ejemplo de ceguera, e incluso como un escándalo. Si dirigimos la vista hacia atrás podemos tener la impresión de que todo químico razonable tuviese la obligación, en el siglo XIX, de creer en la teoría atómica. ¿No es, en efecto, esta teoría la que ha permitido perfeccionar las nociones de masa atómica, valencia o estructura? Visto de lejos, resulta tentador suponer que la teoría de Dalton ofrecía un marco «evidente» y «natural» para todas las investigaciones químicas que se desarrollaron desde 1808 a 1897. De hecho, la teoría atómica siempre tropezó con la oposición más tenaz. Las reticencias de Ostwald, históricamente, no tienen nada de excepcional. Hace solamente un centenar de años, los átomos aún suscitaban violentos debates 2. Cierto es que siempre
2

1

Dalton tuvO la idea de la teoría atómica en 1803. La primera parte

de su gran obra A new system 01 chemical philosophy apareció en 1808. Sobre Dalton ver Harvard case histories in experimental science, and

the progress of science, D. S. L. Cardwell
Press, 1968. 330

ed., Manchester

University

Ver The atomic debates, W. H. Brock

ed., Leicester

University

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hubo defensores

de la teoría atómica;

pero vamos a ver

imaginario mediante el cual Stahal pretendía explicar la combustión. De forma irónica hacía la observación de que al carbono se le habían atribuido distintos pesos atómicos: tan pronto 6, como 13 O como 12. Y firmemente concluía: «la teoría atómica no tiene ninguna base experimental». No todo el mundo iba tan lejos. El clan de los atomistas era importante, por 10 ~enos si se toma la palabra «atomista}} en un sentido muy amplio. Es importante resaltar este. punto, ya que incluso los partidarios de los átomos distaban mucho de ponerse de acuerdo entre ellos. Como dice Kekulé en 1867, el contenido de la teoría era incierto. Había, por ejemplo, al menos cuatro puntos de vista sobre la «atomicidad» (hoy diríamos valencia 3). Unos consideraban que era una propiedad fundamental y fija; otros pensaban que el misn\o elemento podía tener, según los casos, una «atomicidad» de 1, 2, 3, etc.; otros clasificaban los elementos en dos grupos, los del primero con «atomicidades» pares y los del segundo impares ... Kekulé observaba a propósito de esto que los matemáticos y físicos, ante esta disparidad de ideas, acababan considerando la química «con desdén».

que muchos químicos importantes la rechazaban o la interpretaban de forma muy poco ortodoxa. Más aún, se le enfrentaban otras teorías como la de los «remolinos>} de William Thomson o la química «matemática» de Brodie. En el siglo XX, estas concepciones ya se han olvidado o parecen marginales. Tal vez sea una lástima ... porque, además de tener un interés histórico, corresponden a problemas fundamentales que todavía hoy no tienen una solución perfecta. Tomemos el caso de Francia. La teoría de Dalton, ay comienzo del siglo XIX, fue acogida con bastante frialdfd por los científicos más influyentes de la época: Laplace y Berthollet. En 1837, el químico Jean-Baptiste Dumas declara: «Si estuviera en mis manos, borraría la palabra átomo de la ciencia, persuadido de que va más allá de la experiencia}>. Wurtz, sucesor de Dumas en la Facultad de Medicina, es un atomista declarado. Pero, incluso después de 1860, tiene que luchar para que se admita la idea de átomos y moléculas. En la oposición se encuentra, entre otros, Sainte-Claire Deville: «No admito ni la ley de Avogadro, ni los átomos, ni las moléculas; me resisto a creer en lo que no puedo ver ni imaginap>. Marcellin Berthelot se mantuvo largo tiempo en un rechazo obstinado. A causa de estos antiatomistas Francia adoptó la teoría atómica con mucho retraso. Sólo en 1893 se incluyó oficialm~nte en los programas de enseñanza secundaria; ahora bien, en 1893, la clasificación de Mendeleiev tenía ya más de veinte años y los electrones iban a hacer su aparición en escena ... Este fenómeno de «resistencia» fue especialmente notorio en Francia, pero no exclusivamente. Por ejemplo, al otro lado del canal de la Mancha, Edmund J. Mills emprendía en 1871 un duro ataque. Los átomos, afirmaba, son aún más increíbles que el flogisto, ese fluido

la controversia francesa de 1877: P. Colmant, entre equivalentistes et atomistes>" Revue des questions scientifiques, 143, 4, 493-519. El compendio de textos originales editado por D. M. Knigth, Classical scientific papers, American Elsevier, 1968 resulta de gran utilidad. De forma general, consultar J. R. Panington: A history of Chemistry, 4 volúmenes aparecidos, Macmillan, 1961-1970 .. 3 Sobre la noción de valencia, ver el interesante libro de C. A. Russel: The History oi Valency, Leicester University Press, 1971.

Press, 1967; Y sobre «Querelle a I'Institut

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El largo vagabundeo

de la teoría atómica

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El problema, por otra parte, quedaba oscurecido por la ambiguedad del vocabulario. Dalton hablaba de átomos simples y átomos compuestos; Avogadro no hablaba más que de moléculas. Para un bachiller de hoy, estos conceptos están claros. Pero hasta que no existió una teoría sólida sobre la valencia, las dificultades fueron numerosas. La idea de que un gas tan sencillo como el hidrógeno pudiese ser diatómico (en el sentido moderno de la palabra) no resultaba nada evidente. Para Dalton, el hidrógeno se escribía 0 ; en notación moderna eso significa H, es decir, que el átomo de hidrógeno, para él, se confundía con la molécula. Del mismo modo, el agua se escribía 0 O (es decir, HO). Esto provenía de su concepto sobre la sencillez: había enunciado diversas reglas que, a grandes rasgos, exigían que siempre se diese a un compuesto la fórmula más «sencilla» posible. En el caso de dos cuerpos que puedan dar diferentes compuestos, es evidente que este sistema presenta diversas dificultades. El alcohol, por ejemplo, se escribía

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El sueco Berzelius (1779-1849) fue el primero que utilizó las letras para representar los elementos químicos. Dalton empleaba un sistema de signos cowuencionales que permitía representar los «átomos simples» y los «átomos compuestos». En esta lámina, tomada del New System of Chemical Philosophy (1808), podemos ver varios ejemplos: 1: hidrógeno; 2: nitrógeno; 3: carbono; 4: oxígeno; 5: fósforo; 6: azufre; 21: agua; 22: amoníaco; 26: óxido nitroso; 31: ácido sulfúrico; 33: alcohol; 34: ácido nitroso; 37: azúcar. Para Dalton, el hidrógeno y el oxígeno eran gases monoatómicos (en lenguaje moderno). Se puede observar también que, en virtud de su concepción de la simplicidad de los cuerpos químicos, Dalton da para el agua una fórmula que hoy se escribiría HO y para el alcohol la fórmula CHJ. (Colección Viollet.)

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decir, un átomo de hidrógeno y tres átomos de carbono). Y aparecía un verdadero obstáculo cuando era necesario determinar los distintos pesos atómicos. Las «reglas de sencillez» de Dalton podían parecer perfectamente lógicas; pero su lógica, desgraciadamente, no era la de la naturaleza. Hicieron falta varias decenas de años para que la situación se aclarase. No resultó fácil y las famosas reglas a menudo fueron criticadas como uno de los principales puntos débiles de la teoría de Dalton. La confusión aumentó además con otro malentendido: Dalton jamas admitió la ley de Gay-Lussac sobre la combinación de volúmenes ni la hipótesis de Avogadro. Sin embargo, la solución venía de este lado: en 1858, Cannizzaro hizo la observación de que la hipótesis de Avogadro constituía la clave del problema de los pesos atómicos. Desde entonces fue posible colocar en su sitio todas las piezas del rompecabezas. Para un químico del siglo xx, la solución de Cannizzaro es de una «evidencia» luminosa; y resultó sencillo reconstruir la historia de una forma armoniosa y lógica. En la realidad, las cosas sucedieron de otro modo. En 1860, en el congreso de Karksruhe, la situación aún era confusa: no se llegó a ningún acuerdo sobre los pesos atómicos, únicamente se admitió que cada químico continuase empleando su propio sistema ... Sólo hubo un punto positivo, aunque de una importancia capital: Cannizzaro distribuyó un texto en el que se indicaba la buena vía. Mendeleiev estaba allí (tenía veintiséis años), así como Lothar Meier. Este último escribiría más tarde: «la venda cayó de mis ojos ... ». Como las relaciones entre la física y la química no siempre eran buenas, merece la pena destacar que Cannizzaro, por su parte, era resueltamente interdisciplinar (como diríamos hoy): «Debemos explicar y legitimar los diferentes criterios auxiliares (calor específico, isomorfismo, analogía química)

de los que nos valemos tomando primero como piedra la teoría de Avogadro y de Clausius» 4. Kekulé, por el contrario, insistía en la. necesidad de distinguir «la moléculafísica de la molécula química».

Las entidades

teóricas: ¿realidades o ficciones?

Las dificultades que acabamos de mencionar se refieren al ajuste técnico, por decido así, de la teoría: ¿cómo se pueden determinar los pesos atómicos, las valencias, etc.? Pero la misma noción de átomo también planteaba otros problemas: ¿son reales los átomos? ¿Cuál es el alcance exacto de la teoría atómica? Prácticamente, muchos químicos se convertían a la nueva teoría cuando veían que traía ventajas. Pero la adopción práctica de la teoría no implicaba necesariamente la creencia en la existencia real de los átomos. Existe en ello una ambigiiedad que conviene evidenciar: se puede utilizar una teoría de forma cotidiana sin admitir verdaderamente la realidad de las «entidades teóricas» a las que remite esa teoría. Esta actitud estuvo muy en boga en el siglo XIX, tanto en Francia como en Inglaterra. Para designar estas formas atenuadas de la teoría atómica, los historiadores Brock y Knight hablan de la «textbook tradition». De hecho, muchos manuales presentaban «el átomo» como una palabra cómoda para expresar diversos resultados experimentales; pero, hablando con propiedad, la existencia de los átomos no estaba reconocida. Se utilizaba la teoría atómica en un sentido muy restringido, como un lenguaje útil o como un instrumento intelectual que

4 Clausius había deducido la hipótesis de Avogadro de la teoría cinética de los gases.

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provisionalmente podía prestar servicios 5. El qUlmlco W. T. Brande escribía este típico texto: «La teoría atómica o teoría de las proporciones definidas se ha visto mezclada en muchas hipótesis; pero resultaría muy útil y conveniente considerarla diente de hechos.» como una colección indepen-

Esto plantea una importante pregunta: ¿en qué los hechos son independientes de las teorías? En el presente caso, ¿se puede admitir que la ley de las proporciones definidas y la ley de las proporciones múltiples no expresen más que h€fchos, contrastando así con el carácter especulativo y arriesgado de la teoría atómica propiamente dicha? La respuesta dada en 1832 a esta pregunta por el irlandés Michael Donovan es del mayor interés: es falso, asegura, que las leyes de combinación sean simplemente enunciados de hechos; encierran tantos presupuestos teóricos como la teoría de Dalton, incluso aunque no se hagan explícitos. En cierto modo Donovan tiene toda la razón: las famosas «leyes» van más allá de la experiencia y ya contienen por tanto algo inocente pensar píricas y teóricamente neutras. conviene también resaltar que mucha «teoría». Resulta que son meramente emUna vez reconocido esto, eran posibles muchas in-

ciones que podían ser fecundas: la falta de fe de los químicos disminuía el valor heurística de la teoría atómica. Pero el ejemplo del propio Dalton muestra que un compromiso incondicional también puede conducir a bloqueos. De una forma ideal, se podría llegar a conciliar las des-áctitudes: en el plano especulativo, desconfiar de entusiasmos ciegos por ideas todavía dudosas y, en el plano práctico, tomar en serio esas mismas ideas para hacer que «den» todo lo que pueden dar. De hecho, y por razones evidentes, este equilibrio entre la convicción y la crítica resulta muy delicado. Una vez que el tiempo ha transcurrido, resulta fácil reprochar a unos que no han dudado lo suficiente, y a otros que fueron demasiado escépticos. Pero en un principio, para hablar como Popper, la investigación práctica consiste en proceder mediante «conjeturas y refutaciones» sucesivas: resulta inútil creer que se puede prescindir de esas oscilaciones di a-

terpretaciones teóricas de esas leyes. La noción de «átomo» no era una noción bien definida; y en particular (como se vio posteriormente) no había ninguna razón absoluta para creer positivamente y sin reservas en la existencia de átomos materiales, indisociables, diferentes para cada elemento, etc. Ni que decir tiene que al dudar de los átomos se corría el peligro de retrasar investiga-

John Da/ton (1766-1844) fue conocido primeramente por sus trabajos sobre las mezclas gaseosas, el vapor y la expansión de los gases por el calor. hte profesor y conferenciante reputado. La idea de «átomo» no era nueva, pero él supo utilizar/a como base de una teoría eficaz, apta para llevarla a la práctica de forma experimental. Mediante varillas y bolas de madera pintadas de diferentes colores construyó unos modelos parecidos a los de la estereoquímica moderna. (Colección Viollet.)

s Preferimos no hablar de «positivismo» y de «positivistas», ya que estos nombres se utilizan a menudo de forma equivocada, con sentidos tan diversos como imprecisos. Histórica y conceptualmente, estos empleos incontrolados pueden suscitar confusiones graves.

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lécticas entre la audacia especulativa y la prudencia crítica 6.

Hasta en la teoría del propio Dalton existían ambiguedades Incluso ateniéndose a las afirmaciones de Dalton, el significado de la teoría no resulta evidente. Parece que se pueden dar dos interpretaciones diferentes: una drástica afirmando que la materia se compone de átomos indestructibles e irreducibles, y otra más moderada presentando los átomos como unidades químicas que tal vez se puedan descomponer. En el primer caso, el átomo se define como «aquello que no puede ser disociado»; en el segundo, como «aquello que, si llega a ser disociado, daría algo cualitativamente diferente» 7. Dado que esta' distinción no parecía muy clara a sus contemporáneos, no hay que extrañarse de las vacilaciones consiguientes. Esto explica el éxito que, en el siglo XIX, llegó a tener el equival'áltismo. Era la versión prudente (e incluso edulcorada) del atomismo. En lugar de hablar de átomos, se daban los pesos del cuerpo A capaces de combinarse con un peso definido del cuerpo B. Unas tablas de «equivalentes» ofrecían las diversas combinaciones conocidas. Era comúnmente admitido que se trataba de una simple descripción de la experiencia, sin connotaciones teóricas. Naturalmente, esta interpretación se puede discutir; además, las fórmulas químicas apuntaban claramente a la existencia de átomos o moléculas en el sentido daltoniano. El equivalentismo estricto, por añadidura,
(, K. R. Popper: Conjectures and refutatíons: the growth of scientific knowledge, Harper Torchbooks, 1968 (1' edición: 1962). 7 Ver The atomic debates, ya citado, págs. 7 y 8.

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En 1813, Willian Hyde realizó para los químicos una «escala sinóptíca de equivalencia». En realidad es una especie de regla de cálculo: gracias a la parte central móvil, resulta fácil saber qué peso de cada componente está contenido en un peso cualquiera de un compuesto dado. No se trata de átomos, sino sencillamente de equivalentes, es decir, de pesos capaces de combinarse. En la posición indicada, la escala permite ver, con una lectura directa, que alrededor de 60,7 gramos de óxido de hierro contienen unos 13,6 ?,ramos de oxígeno y 47,1 gramos de hierro.

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privaba al «modelo» atómico de sus cualidades explicativas. A Dalton le gustaba construir «átomos compuestos» (nuestras moléculas) mediante bolas y varillas; era una orientación fecunda, en particular para poner de relieve el isomerismo, ya que para una equivalentista no existía explicación al hecho de que cuerpos que tuvieran la misma composición presentasen propiedades diferentes. La noción de estructura, por el contrario, ofrecía una solución. Pero Dalton no llegó muy lejos en esta dirección, entre otras cosas porque pensaba que los átomos del mismo tipo se repelían. Unicamente en la segunda mitad del siglo XIX se hicieron progresos decisivos (trabajos de Kekulé y Couper en 1857-1858, de Van't Hoff y Le Bel en 1874). Resulta innegable que el éxito de la estereoquímica favorecía una concepción «realista» del átomo (y había sido posible gracias a ella).

Opositores tenaces: los partidarios de la unidad de la materia Una de las ideas de Dalton era que los fenómenos

químicos se explicaban mediante la existencia de elementos de tipos diferentes. Esto llevaba a admitir la existencia de decenas de átomos irreducibles: el átomo de oxí,.. geno es diferente al de hidrógeno, que a su vez es diferente del átomo de nitrógeno, sin encontrar nada que sea común a estos constituyentes de la materia. Este punto fue rápidamente discutido por toda una serie de químicos a los que extrañaba esta diversidad. La naturaleza, según ellos, debía proceder por las vías más sencillas: tras esta aparente multiplicidad de elementos, debía existir algo más simple y más fundamental. De diversas maneras, los partidarios de «la unidad de la materia>' se

opusieron ~l sistema de Dalton, que juzgaban demasiado complicadq'. William Prollt, por'ejemplo, había adelantado la hipótesis de que todos los pesos atómicos eran múltiplos del peso atómico del hidrógeno: el hidrógeno era la «materia primera» de la que los demás elementos no eran más que compuestos. Lo molesto era que, para obtener esos múltiplos, Prout debía de andar a empujones con cifras que eran generalmente aceptadas. Este tipo de atrevimiento a veces da resultado; en otros casos, como el presente, fracasa ... Dada la imprecisión de las medidas de la época, la tentativa de Prout no resultaba absurda en principio, pero aún así desató controversias. Berzelius afirmó que «en. ningún caso, cuando el peso atómico de un cuerpo simple se aproxima al múltiplo del de otro cuerpo, se debe hacer el número dado por la experiencia igual a ese múltiplo». Dumas, sin tomar partido a favor o en contra de Prout, hacía ver en 1843 que los pesos atómicos del oxígeno y del hidrógeno estaban efectivamente en la relación de un número entero. Pero en 1860 el químico belga Jean Servais Stas hizo abandonar la hipótesis de Prout: no era más que «pura ilusión». Hoy día, al pensar en los protones, electrones y nelltrones, podemos ver que, en cierto sentido, la intuición «unitaria» contenía un germen de verdad. Resulta sorprendente a este respecto que el propio Prout imaginase una posible descomposición del hidrógeno: este último podía estar compuesto de pequeños cuerpos situados «más abajo en la escala». Más aún, consideraba la posibilidad de que las «submoléculas» pudiesen parecerse a «materias imponderables como el calor». Uno es muy libre de ver en ello una anticipación profética; en todo caso; en 1834 se trataba de especulaciones totalmente a priori. A la corriente «unitaria» van unidos nombres como el de H umphry Davy o Thomas Graham. Este último no

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admitía más que un único. constituyente de la materia; todas las diferencias que podemos apreciar entre los elementos venían de diferencias en las condiciones de movimiento de esta partícula última. Proponía un modelo dinámico que también puede parecer moderno hoy en día: «cuando más rápido es el movimiento, mayor es el espacio ocupado por el átomo, de una forma algo similar ál modo en que la órbita de un planeta depende de la

velocidad que lleva». Edmund J. Mills, un químico bastante metafísico, criticaba la teoría atómica, en 1871, porque estaba basada en la discontinuidad. Negaba que la ley de las proporciones definidas y la de las proporciones múltiples probasen la existencia de los átomos; y

Adolphe Wurtz
(1817-1884).

Henri Sainte-Claire Deville (1818-1881).

M arcelin Berthelot (1827-1907)

Friederich

August

Kekule

Lord

Kelvin

(/824-1907).

( 1829-1896).
Edward Frankland fOl'muló la teoría de la valencia a mediados del siglo XIX (1852-1860). Pero creía que la valencia de un elemento podía variar. El químico alemán Friedrich August Kekulé pensaba por el contrario que la valencia de un elemento era constante. En 1857-1858, de form,a simultánea con Archibald Scott Couper, atribuyó al carbono la valencia 4. También es célebre por haber propuesto en 1865 la fórmula hexagonal del benceno. En 1867, Lord Kelvin propuso un modelo particular de átomos: el «átomo remolino». Pensaba que era difícil explicar la elasticidad de la materia si se admitía que estaba compuesta de pequeñas partículas sólidas y compactas y planteó la idea de un átomo dinámico, formado por una especie de anillo tubular de fluido en movimiento. Este modelo sin duda llegaba demasiado tarde para que los químicos se interestlran por él.

En 1877 se desarrolló un agitado debate en la Academia Ciencias de París entre atomistas y equivalentistas. Troost, equivalentista, desencadenó la polémica al presentar una comunicación sobre un «nuevo método para establecer el equivalente en volumen de substancias vaporizables». Wurtz, que estaba a la cabeza de los atomistas, refutó las ideas de Troost. Pero Sainte-Claire Deville había tomado partido por este último; y el 28 de mayo de 1877, Wurtz reaccionó con firmeza: «El mantenimiento del principio de equivalencia en la notación química haría volver la ciencia a los tiempos de Dalton, de Wollaston y de Richter. Sería un anacronismo, más aún, un retroceso, y la ciencia no retrocede». Berthelot voló en auxilio del equivalentismo; el atomismo, según él, no era más que una hipótesis arbitraria y muy discutible. En la misma Academia, la polémica se desvió pronto. Pero Wurtz pronto publicaría en la editorial Masson, en 1879, un libro fundamental sobre la Teoría atómica. Los equivalentistas librarían en adelante un combate de retaguardia. No obstante hubo que esperar a 1891 para que Berthelot consistiese en emplear la notación atómica.

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bajo el estricto punto de vista de la lógica, no le faltaba razón. Empleaba .una analogía: al igual que en geometría se pueden producir puntos de discontinuidad al aunar en forma correcta varios movimientos continuos, también las discontinuidad es observadas en química pueden muy bien derivarse de continuidades más profundas. Milis va aún más lejos: no solamente duda de los átomos sino también de la materia. ¿No decía Leibniz que «los átomos materiales son contrarios a la razón»? Y Faraday, más recientemente, ¿no resaltó el carácter extremadamente hipotético de los supuestos átomos? Más vale ver en ello una «ilusión materialista». La materia,-de hecho, no es más que «fuerza sometida a ciertas determina-

ciones»

8.

De los remolinos a la química matemática
Existen otras dos teorías que también merecen mencionarse. Una de ellas es la de William Thomson (alias Lord Kelvin): la teoría de los «átomos remolino» (vortex atoms, 1867). La idea se remontaba al menos a Malebranche: «Que la materia sutil o etérea está necesariamente compuesta de pequeños remolinos.» Para elaborar este nuevo modelo, Kelvin se basó entre otras cosas en los trabajos de Helmholtz relativos a los movimientos de remolino en un fluido homogéneo e incomprensible. El átomo obtenido aparecía como una especie de remolino tubular que formaba un anillo. Kelvin proponía su teoría como una profundización de la teoría cinética de

los gases. Podía explicar mejor, según él, las vibraciones puestas de manifiesto por la espectroscopia y los fenómenos de elasticidad. No parece que los químicos hayan prestado mucha atención a la nueva teoría cinética de la materia; seguramente les pare~ía demasiado especulativa. La otra teoría tuvo más repercusión; fue propuesta hace algo más de cien años (1866-1877) por Sir Benjamin Collins Brodie 9. El cambio propuesto era radical: las letras griegas empleadas por Brodie ya no representan elementos sino operaciones. Así, al efectuar cierta operación sobre la «unidad de espacio» se obtiene hidrógeno: a. Mediante una segunda operación se obtiene agua: as. Este sistema se concibió deliberadamente para remplazar a la teoría atómica. En adelante, resultaba inútil presuponer unos átomos tal vez inexistentes; se designaba a las sustancias haciendo referencia a unas operaciones bien conocidas por los químicos. Otra ventaja, según Brodie: la nueva teoría se presentaba como un verdadero instrumento de cálculo, como una álgebra. A menudo, por parte de los filósofos y los químicos, la ausencia de una química matemática (y por lo tanto verdaderamente «científica» ... ) se había deplorado a menudo. Ahora se llenaba esta laguna -e incluso de forma refinada-o Brodie había tomado su formalismo de Boole (cuyo Análisis matemático de la lógica se había publicado en 1847). Este formalismo, a decir verdad, ofrecía no pocas dificultades técnicas; además estaba muy alejado de los hábitos intelectuales de los químicos. Durante la década de 1870, la teoría atómica iba a adquirir una coherencia que explica el fracaso de Brodie. No solamente no podía expljc:lr el isomerismo, sino

8 Como muchos otros químicos de esta época, Milis se refiere a los átomos especiales que había inventado el jesuita Boscovich en el siglo XVll1: meros puntoS matemáticos dotados de inercia y susceptibles de atraerse o repelerse según cierta ley.

pero interesante de 9 Para saber más sobre el caso poco conocido Brodie, ver The atomic debates y los Classical scientific papers ya citados.

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que su notación sugería por ejemplo que el cloro y el yodo eran compuestos: ax 2, aro 2. El propio Brodie interpretó además sus símbolos de operaciones como si se tratase de elementos; y sugirió que «en un tiempo o un lugar alejado», era posible la existencia de «porciones de materia» más elementales que las que conocemos. Al referirse a los trabajos de Miller y Huggins en espectroscopia astronómica, adelantaba la idea de que a muy altas temperaturas podían existir determinados constituyentes simples en estado aislado; lo que provocaba las combinaciones que daban lo que llamamos cuerpos simples era el descenso de temperatura. Williams Crookes, en 1886, vuelve sobre esta idea. Al formular explícitamente una comparación con el evolucionismo biológico, propuso un verdadero evolucionismo químico (uno de los principales argumentos era el descubrimiento del helio solar por Norman Lockyer). Una vez más, una teoría que se tenía como «falsa» daba origen a suposiciones ciertamente estimulantes. En todo caso resulta notable la variedad de hipótesis que aparecieron. El éxito de la teoría atómica no debe ocultamos la diversidad y a veces el gran interés de las especulaciones no ortodoxas 10.

Paradojas e historicidad de la investigación Ni que decir tiene que los casos que acabamos de mencionar no ofrecen un panorama completo de la química atómica en el siglo XIX: no hemos hablado del problema de las «afinidades» químicas! de las investigaciones sobre
10 Sobre los desarrollos filosóficos y teóricos importantes a los que dio lugar el pensamiento newtoniano de 1687 a 1815, ver la importante obra de R. E. Schofield: Mechanism and materialism, Princeton University Press, 1970.

el papel de la electricidad, de las relaciones entre química inorgánica y química orgánica, etc. Si se quiere hacer un recuento de las «influencias» de orden filosófico, se debería mencionar la corriente alemana de la Naturphilosophie: Davy, Faraday, MilIs y Ostwald, por ejemplo, parecen haberle rendido tributo. Pero para la epistemología, la aventura de los átomos constituye, incluso bajo esta forma incompleta, un rico tema de reflexión, aunque no fuese más que por las paradojas que presenta. Para el químico del siglo XX, resulta por ejemplo sorprendente que Dalton no aceptara las ideas de Gay-Lussac y de Avogadro. La lógica de la historia no es la de los manuales: existen retrasos sorprendentes, rodeos inesperados. Al final del siglo XIX, Mendeleiev no admitirá que los átomos puedan estar compuestos por partículas ri1áselementales; y no obstante nos parece que era el medio más sencillo y mejor para explicar las periodicidades de la famosa clasificación. En este aspecto, los químicos «retrasados» adquieren retrospectivamente una clara ventaja ... Las relaciones entre las diversas disciplinas también pueden constituir un tema de atención. La física (en particular la teoría cinética de los gases) es la que ha proporcionado las claves esenciales; pero, en aquel tiempo, la síntesis no resultaba fácil. La astrofísica, como ya hemos visto, también desempeñó su papel; y se podrían citar igualmente la lógica y la biología. Pero, de forma más general, la teoría atómica ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el papel histórico de las teorías. La idea de los átomos, en sí misma, no era nueva: había sido sostenida sistemáticamente desde Leucipo y Demócrito hasta las especulaciones corpusculares de Newton; además, incluso se trataba de una idea «falsa» ya que los átomos pueden disociarse. Pero todo esto resulta accesorio. Lo que importa es que Dalton supo teorizar la noción de átomo en el momento oportuno, de una for-

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DE ARQufMEDES

A EINSTEIN

ma que la hacía eficaz en el trabajo experimental. Al resaltar la importancia de la medida del peso, orientaba la práctica de los químicos hacia la buena dirección: no hacia la Verdad absoluta, sino hacia trabajos precisos y discusiones igualmente precisas. Maxwell expresó muy ~ien el carácter histórico de estas conjunciones favorables entre teorías y métodos: «En el progreso científico, se llega a un momento determinado en el que un método q~e corresponde a (una) teoría resulta útil.» Dalton fue precisamente el hombre de una situación determinada: tuvo la suerte, teniendo en cu~nta las técnicas de su época, de lanzar la idea que debía revelarse operatoria y constructiva. Qué importa si su átomo sufrió posteriormente nuevas metamorfosis.

x.

¿ Era

Darwin

darwiniano?

Darwin se ha convertido en una especie de monstruo sagrado. Porque es un «gran hombre de ciencia», un teórico «genial»; pero también porque modificó la imagen que los hombres se hacían de ellos mismos. Hoy resulta un tópico comparar la revolución darwiniana a la revolución copernicana. Una había desplazado nuestro planeta del centro del universo; la otra hizo perder al hombre la supremacía que se arrogaba sobre los animales. Además, Darwin, aunque no se lo haya propuesto, ha sido el fiador dehdarwinismo social» (que pretende aplicar a la vida social el principio de la selección natural). Estas razones explican el que Darwin suscitara una curiosidad tan excepcional. Los historiadores de la ciencia han escudriñado los menores detalles de su vida, han investigado sobre sus «fuentes» y analizado sus concepciones geológicas, biológicas y antropológicas. Nosotros haremos hincapié en la habilidad que supo desplegar para dar cierta coherencia a su teoría. Teoría que es más compleja de lo que generalmente se cree.
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