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La Mujer Adultera

La Mujer Adultera

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10/15/2013

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Se está en los días de la fiestas de los Tabernáculos.

La fiesta de los tabernáculos se llama en hebreo “Sucot”, y se celebra de acuerdo al calendario hebreo, en el mes de “Tishri”, que equivale a los meses de septiembre/octubre de nuestro calendario.

Nace como producto de las ordenanzas de Moisés en Levítico 23:34-43. Con ella se evocan dos hechos puntuales: Uno es la gratitud por las cosechas del año, que terminan en el otoño.

Y la más importante es el recordar la experiencia del peregrinaje del pueblo judío durante cuarenta años en el desierto, viviendo en tiendas de campaña, tiempo en el cual Dios les fue fiel, proveyéndoles de todo lo que necesitaban.

Jesús tenía costumbre de retirarse, cuando estaba en Jerusalén, a pasar la noche al monte de los Olivos y especialmente pernoctaba en Getsemaní.

Pero ya muy de mañana volvió otra vez al templo, para enseñar. «Todo el pueblo acudía a Él; entonces se sentó y les enseñaba».

De pronto la lección matutina es interrumpida por un grupo de escribas y fariseos que antes de ir ante el Sanedrín, arrastran a los pies del Señor Jesús (para someterlo a prueba) a una mujer, que ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

Según la Ley de Moisés, debía morir apedreada: (Lev_20:10ss; Deu_22:23ss; Eze_16:40). El Antiguo Testamento considera adúltero al marido que entabla relación sexual con una mujer casada o con una prometida, pero no cuando se trata de una soltera. Por el contrario, la esposa es considerada adúltera por cualquier tipo de relación sexual extramatrimonial.

Al fin y al cabo, en aquella sociedad 'marido' se decía ba’al palabra hebrea que significa 'señor, amo, propietario'. La esposa era una propiedad del marido, la más preciosa, tal vez.

La sentencia era clara e inapelable. Si Jesús se oponía públicamente a la lapidación de aquella adúltera, podrían acusarlo ante el Sanedrín por «pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios» ( Hech 6,11).

Si por el contrario aprobaba la lapidación de la pecadora, perdería la autoridad y reconocimiento que ante el pueblo había adquirido en gran parte gracias a sus enseñanzas llenas de misericordia para con el pecador. El Señor interrumpe su enseñanza y escucha a los fariseos atentamente.

Una vez concluida su exposición, el Señor asume una actitud desconcertante: sin decir palabra alguna se inclinó y «escribía con el dedo en el suelo», como quien se desentiende completamente del asunto.

De lo que en ese momento escribió o dibujó, ningún evangelista da cuenta. ¿Acaso se trataba de un ejercicio de paciencia ante la enervante malicia de los escribas y fariseos, a quienes no les interesaba instrumentalizar a esta mujer para tenderle una trampa?

San Jerónimo proponía, conforme a una interpretación material de Jeremías (Jer_17:13), que escribía en tierra los nombres de los acusadores y sus culpas.

El texto de Jeremías dice: “Todos cuantos te abandonan (Yahvé) quedarán confundidos; quienes se apartan de ti, serán escritos en la tierra porque abandonaron a Yahvé, fuente de aguas vivas” (Jer_17:13).

Los impacientes escribas y fariseos insisten en su cuestionamiento.

Entonces el Señor se levanta y pronuncia una escueta y lapidaria sentencia:

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

Contestación digna de la sabiduría. Cómo les hizo entrar dentro de sí mismos. Dedicados a calumniar continuamente a los demás, no se examinaban a sí mismos; clavaban los ojos en la adúltera, pero no en sí mismos.

La ley fue escrita con el dedo de Dios, pero en piedra, por la dureza de sus corazones. Ahora el Señor escribía ya en tierra porque quería sacar de ella algún fruto.

La sentencia fue suficiente para desarmar la trampa y para liberar a esta mujer de la muerte merecida por su grave pecado.

Los provocadores desaparecen inmediatamente comenzando por los más viejos se fueran retirando uno tras otro. Con su marcha todos se han reconocido pecadores. Pocas palabras han sido suficientes para darles una gran lección.

Cuando levanta los ojos, la adúltera ve a uno que la mira de una manera distinta a los otros. La mirada de Cristo despierta su ser auténtico, real. Llama a la santidad.

La mirada de Cristo saca a la luz lo mejor que hay en cada persona. Es, pues, una mirada reveladora. Porque muestra al hombre mismo sus posibilidades, su verdadera dimensión.

Y hecha la lección de justicia contra los acusadores, da ahora la lección de misericordia.

Jesús no quiere condenar, sino liberar, con su decisión asegura la vida a la mujer, dándole así un nuevo impulso vital, una nueva oportunidad. Lo que Jesús desea es este nuevo comienzo para la mujer.

Jesús subraya fuertemente la auténtica actitud del cristiano: condenar el pecado («en adelante no peques más») y salvar al pecador.

No declara por bueno lo que la mujer ha hecho, de ninguna manera es blando ante el pecado, que significa todo aquello que atenta contra nuestra dignidad de hombres ya que nos destruye y esclaviza.

La liberación del hombre no puede entenderse de espaldas a esa esclavitud interna de la que el hombre moderno no sólo no se ha desprendido, sino que quizá la siente aún con más fuerza que antes.

Al decir a la mujer «tampoco yo te condeno» Le estaría diciendo: “sé que has pecado gravemente y que según la Ley de Moisés mereces la muerte. Yo podría apedrearte y condenarte, pero date cuenta que no he venido a condenar sino a salvar (Jn 3,17).

Yo no apruebo tu pecado, pero te perdono y te renuevo interiormente, por el amor que te tengo te redimo, hago de ti una mujer nueva y te doy una nueva oportunidad para que tú, libre ya de tu pecado, reconciliada con Dios, sanada interiormente de las heridas que tú misma te has hecho por el mal cometido, anda y no peques más.

Dos enseñanzas de Jesús encontramos aquí: -La primera es que ninguno de nosotros tiene licencia para condenar a nadie. Por una razón muy sencilla: porque todos somos pecadores. Esta sencilla realidad deberíamos recordar cuando estemos a punto de juzgar a alguien.

- La segunda, es que la voluntad de Dios no es condenar al hombre pecador (este hombre pecador que somos todos), sino salvarlo.

El perdón de Dios es vida, vida renovada para el hombre. El perdón de los pecados que Jesús otorga gratuitamente provoca la conversión.

Como la mujer del evangelio, también nosotros nos sentimos comprendidos y amados por Jesús. Sólo aquel que se ha sentido comprendido y amado por Dios se libera de todas las presiones y miedos, se reencuentra a sí mismo y es capaz de comprender y amar.

Bendice, alma mía, al Señor, el fondo de mi ser, a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, nunca olvides sus beneficios. Él, que tus culpas perdona, que cura todas tus dolencias, rescata tu vida de la fosa, te corona de amor y ternura, satura de bienes tu existencia, y tu juventud se renueva como la del águila. El Señor realiza obras de justicia y otorga el derecho al oprimido, manifestó a Moisés sus caminos, a los hijos de Israel sus hazañas. El Señor es clemente y compasivo, lento a la cólera y lleno de amor; no se querella eternamente, ni para siempre guarda rencor; no nos trata según nuestros yerros, ni nos paga según nuestras culpas.

Salmo 103

Como se alzan sobre la tierra los cielos, igual de grande es su amor con sus hijos; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros crímenes. Como un padre se encariña con sus hijos, así de tierno es el Señor con los que en Él confían; que él conoce de qué estamos hechos, sabe bien que sólo somos polvo. ¡Bendice, alma mía, al Señor!

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