ÓSCAR CERRUTO

Cerco de penumbras
(Cuentos)

El círculo ......................................................................................................................................................3 Junta de sangres............................................................................................................................................7 La estrella de agua ......................................................................................................................................12 Morada de ébano ........................................................................................................................................16 El rostro sin lumbre ....................................................................................................................................21 La araña ......................................................................................................................................................26 Como una rama muerta ..............................................................................................................................29 Los buitres ..................................................................................................................................................34 Alegría del mar ...........................................................................................................................................38

El círculo
La calle estaba oscura y fría. Un aire viejo, difícil de respirar y como endurecido en su quietud, lo golpeó en la cara. Sus pasos resonaron en la noche estancada del pasaje. Vicente se levantó el cuello del abrigo, tiritó involuntariamente. Parecía que todo el frío de la ciudad se hubiese concentrado en esa cortada angosta, de piso desigual, un frío de tumba, compacto. "Claro —se dijo y sus dientes castañeteaban—, vengo de otros climas. Esto ya no es para mí." Se detuvo ante una puerta. Sí, ésa era la casa. Miró la ventana, antes de llamar, la única ventana por la que se filtraban débiles hilos de luz. Lo demás era un bloque informe de sombra. En el pequeño espacio de tiempo que medió entre el ademán de alzar la mano y tocar la puerta, cruzó por su cerebro el recuerdo entero de la mujer a quien venía a buscar, su vida con ella, su felicidad, truncada brutalmente por la partida sin anuncio. Se había conducido como un miserable, lo reconocía. Su partida fue casi una fuga. ¿Pero pudo proceder de otro modo? Un huésped desconocido batía ya entonces entre los dos su ala sombría, y ese huésped era la demencia amorosa. Hincada la garra en la entraña de Elvira, torturábala con desvaríos de sangre. Muchas veces él vio brillar determinaciones terribles en sus ojos, y los labios, dulces para el beso, despedían llamas y pronunciaban palabras de muerte, detrás de las cuales percibíase la resolución que no engaña. Cualquier demora suya, cualquier breve ausencia sin aviso, obligado por sus deberes, por el reclamo inexcusable de sus amigos, provocaba explosiones de celos. La encontraba desgarrada, temblando en su nerviosidad, pálida. Ni sus preguntas obtenían respuesta ni sus explicaciones lograban romper el mutismo duro, impregnado de rencor, en que Elvira mordía su violencia. Y de pronto estallaba en injurias y gritos, la cabellera al aire, loca de cólera y amargos resentimientos. Llegó a pesarle ese amor como una esclavitud. Pero eran cadenas que su voluntad no iba a romper. La turbulencia es un opio, a veces, que paraliza el ánimo y lo encoge. Vivía Vicente refugiado en su temor, sabiendo, al propio tiempo, lo mismo que el guardián de laboratorio, que sólo de él dependía despertar el nudo de serpientes confiado a su custodia. Y la amaba, además. ¿Cómo soportar, si no como una enfermedad del ser querido, ese flagelo que corroía su dicha, ese concubinato con la desventura? La vida se encargaría de curarla, el tiempo, que trae todas las soluciones. Fue la vida la que cortó de un tajo imprevisto los lazos aflictivos. Un día recibió orden de partir. Pensó en la explicación y la despedida, y su valor flaqueó. Engañándose a sí mismo, se prometió un retorno próximo, se prometió escribirle. Y habían transcurrido dos años. Casi consiguió olvidarla, ¿pero la había olvidado? Regresó a la ciudad con el espíritu ligero, conoció otras mujeres en su ausencia, se creía liberado. Y, apenas había dejado su valija, estaba aquí llamando a la puerta de Elvira, como antes. La puerta se abrió sin ruido, empujada por una mano cautelosa, una voz —la voz de Elvira— preguntó: —¿Eres tú, Vicente? —¡Elvira! —susurró él, apenas, ahogada el habla por la emoción y la sorpresa—. ¿Cómo sabías que era yo? ¿Pudiste verme, acaso en la oscuridad, a través de las cortinas?

—Te esperaba. Lo atrajo hacia adentro y cerró. —¡Es que no puede ser! Tuve el tiempo escaso para dejar mi equipaje y venir volando hasta acá. ¿Cómo podías saberlo? No lo sabía nadie. Ella callaba, grave, parsimoniosa. Estaba pálida, más pálida que nunca, pensó Vicente. Lumbres de fiebre encendían sus ojos arrasados por el desconsuelo. Como él había imaginado, con lacerante lástima, cada vez que pensaba en ella. —La soledad enseña tantas cosas —dijo—. Siéntate. Él ya se había sentado, con el abrigo puesto. — Hace tanto frío aquí como afuera. ¿Por qué no enciendes la estufa? —¿Para qué? Aquí siempre hace frío. Ya no lo siento. No había cambiado. Era así, indócil, cuando la roía alguna desazón. ¿Iba a discutir con ella esa primera noche? Le tomó la mano helada y permanecieron en silencio. La habitación estaba casi en penumbra, otra de sus costumbres irritantes. Pero, en fin, no le había hecho una escena. Él esperaba una crisis, recriminaciones, lágrimas. Nada de eso hubo. Sin embargo, no estaba tranquilo: la tormenta podía estar incubándose. Debajo de esa máscara podía hallarse, acechante, el furor, más aciago y enconado por el largo abandono. Tardaba, empero, en estallar. De la figura sentada a su lado sólo le llegaba un gran silencio apacible, una serena transigencia. Comenzó a removerse, inquieto, y de pronto se encontró haciendo lo que menos había querido, lo que se había prometido no hacer: ensarzado en una explicación minuciosa de su conducta, de las razones de su marcha subrepticia, disculpándose como un niño. A medida que hablaba, comprendía la inutilidad de ese mea culpa y el humillante renuncio. Mas no interrumpía su discurso, y sólo cuando advirtió que sus palabras sonaban a hueco, calló en medio de una frase, y su voz se ahogó en un tartamudeo. Con la cabeza baja, sentía pasar el tiempo como una agua turbia. —De modo —dijo ella, al cabo— que estuviste de viaje. La miró Vicente, absorto, no sabiendo si se burlaba de él. ¡Cómo! ¿Iba a decirle ahora que lo ignoraba, que en dos años no se había enterado siquiera del curso de su existencia? ¿Qué juego era ése? Buscaba herirlo, probablemente, simulando un desinterés absoluto en lo que a él concernía, aun a costa de desmentirse. ¿No acababa de afirmar que ella lo sabía todo? ¡Bah! Se cuidó, no obstante, de decírselo; no quería dar pretexto para que se desatara la tormenta que su tacto había domesticado esta noche. Decidió responder, como al descuido: —Sí, estuve ausente algún tiempo. Sólo después de una pausa Elvira comentó enigmática: —Qué importa. Para mí ya no existe el tiempo. —Precisamente —dijo él extrayendo de su bolsillo un menudo reloj con incrustaciones de brillantes, te he traído esto. Nos recuerda que el tiempo es una realidad. Consideró Elvira la joya unos instantes. Sin ajustar el broche, puso el reloj en su muñeca. —Muy bonito —elogió. —No sé si podré usarlo. —¿Por qué no? —Déjalo ahí, en la mesita. "Parece enferma", pensó Vicente, mientras depositaba el reloj sobre el estuche abierto. Estaba, en efecto, delgada. Delgada y exangüe. Pero no se atrevió a interrogarla.

¿Qué había logrado. un poco extraño en su albedrío. sobre los techos. con largas zancadas varoniles. Le falta un asidero. Se diría una casa abandonada. ¡Qué raro era todo esto! Una vecina se había asomado. la atracción lancinante de una alma. Un perro que pasa se detiene a mirarlo un instante.. —Sí. vete. curiosamente. los saluda. en seguida más fuerte. rezongó Vicente. a medio cumplir. suelto al fin. —Vendré temprano. en él. Llama a la puerta. Vicente atraviesa calles y plazas. ¿Pero no queda nadie en la casa? Retrocede hasta el centro de la calzada para mirar el frente del edificio. ¡”Maldito tiempo!". Hay un ser que se desplaza de él y lo aventaja. . Vicente se deja llevar. Vuelve a llamar y espera el eco del campanillazo. —Tienes que irte. moroso y renuente. Lo examinaba desde la puerta de su casa. con una lucidez no alterada. contra su voluntad. Él mismo va siguiendo al primero. y era como tocar la raíz del recuerdo. parecía la hija del metálico invierno. Ya libre. Mientras otro. Un viento desasosegado arrastraba su caudal de rencor por las calles. estrechándola en sus brazos. retardando su marcha. Observa que las celosías están corridas. de nuevo. Elvira ha debido salir. La besó largamente. ¿Pero sabe siquiera cuál es su voluntad? ¿Lo supo nunca? Creyó. Y el asidero es. —Se puso de pie. La mujer tornó a examinarlo. acuciosa. Te prometo. —Volveré mañana. los vidrios sin limpieza. Ninguna respuesta. señor? —preguntó. La lluvia gemía en los vidrios de la ventana. que era el saberse libre. ganoso del encuentro. la escoba en la mano. percibía. sino una penosa ansia. sin prisa. Estoy segura. —No prometas nada. calado antes de haber dado diez pasos. la naturaleza del discorde sentimiento. Refugiada en su abrazo. —¿Busca a alguien. la clausura. Uno cree haberse evadido del tenaz acero y camina. —Sí. Vicente. "A ver si ahora no encuentro un taxi. luego de haber dejado atrás. si su reiteración.. un trozo desprendido de la noche. Vicente soportó el escrutinio sin darse por enterado. No nos separaremos más. —¿No sabe usted que ha muerto hace tres meses." Somos prisioneros del círculo. entra en la calleja familiar. no funciona. La secreta corriente lo lleva por ese trayecto tantas veces recorrido. Nada oye. el suelo de todos los días. como recuperar el racimo de días ya caídos. apresurado. a la luz del sol. lejos. señor? La casa está vacía. ahora. gruñó. "Bruja curiosa". un momento. La lluvia azotaba la calle con salvajes ramalazos de furia. —Busco a la señorita Elvira Evangelio. sin duda. si su pensamiento era Elvira. se resiste. sus vigilias se llamaban Elvira? Su contienda (los dos atroces años debatiéndose en un litigio torturado) ¿no tenía también ese nombre? Lúcido. en las profundidades de la noche. Toca entonces con los nudillos. que no se parecía al amor ni era el anhelo de la carnal presencia de Elvira. calle abajo.Estalló un trueno. el timbre. señora —respondió de mala gana. su libertad le pesaba como un inútil fardo. Discurre los antiguos lugares. después sigue trotando. —Bésame —le pidió ella. El viejo amor renacía en un nuevo imperio. La vieja avanzó por la acera. y siente que lo hace como en el aire. sus afanes. El pacto está sellado.

¿Estaría en sus cabales esa anciana? Vicente la midió con desconfianza. En cualquier caso. Creía estar pisando esa zona. por la señorita Evangelio? —Así es. . unos segundos: no lo encontró digno de dirigirle siquiera la palabra. con la señorita Elvira. ya que la difunta no parecía tener parientes. sobre la mesita de la sala. Esbozó una sonrisa. Comenzó a traspirar. El hombre se acercó sin dar muestras de apresuramiento. con su actitud. No se aventuró a referirles su extraña experiencia.. conversamos un buen rato. corriendo sin reparo por las calles silenciosas. señora. La visité anoche. accediendo a su demanda. don Cesáreo? Que anoche estuvo en esta casa. Llamó en vano. O toda esa gente estaba loca o padecía una confusión grotesca. Vicente descubrió. abrió la casa de la muerta. el pequeño reloj con incrustaciones de brillantes. esa linde de a la que los vapores azules del alcohol nos aproximan. Por la noche la casa estaba toda oscura. en Vicente. volviéndole la espalda. en el estuche abierto. Un tanto alarmado ya. y a quien Vicente recordaba haber visto en la misma faena alguna vez. era una chiflada inofensiva.. —Por suerte —dijo—. ¡Par de zopencos! Después de todo. —¿Oye usted lo que dice este señor. Dio a comprender. ¡Hablando con ella! Los ojos del jubilado se clavaron hoscos.Vicente se encaró con la entremetida. temía que lo tomaran a risa. hasta encontrar un vehículo. que había salido a regar sus plantas en la casa de enfrente. —Pues la señorita Evangelio ha muerto y fue enterrada cristianamente. Hay una zona de la conciencia que se toca con el sueño. —¿No pregunta usted. Vicente decidió marcharse.. Sus golpes resonaban profundamente en la calma nocturna. la persona a quien busco vive. que juzgaba con severidad a los jóvenes inclinados a la bebida y. se retiró farfullando entre dientes. —Soy el novio de Elvira. Peor aún: temía que le creyeran. La casa ha sido cerrada por el juez. Sus propios golpes lo pusieron nervioso. acaso. para casarme con ella. su espíritu luchaba por discernir la realidad.. advirtió que tenía la frente humedecida. Estuve ausente y he vuelto ayer. Se reiría Elvira al saberlo. dando pequeños grititos de desconcierto. Y con la misma dificultad del ebrio o del delirante. Cuando el juez. acudió a interrogar a algunos amigos. y vive aquí. tenía un viso cómico el asunto. seguiría probando. Llamó en su auxilio a un señor de aspecto fúnebre. o con mundos parecidos al sueño. Todos le confirmaron que Elvira había muerto. visitándola. señora. ¿Cómo puede decir que ha muerto? La mujer lo contemplaba ahora con espanto. con trazas de funcionario jubilado.

todo blando y sin defensa. estaba acostumbrado a sus impromptus.Junta de sangres Nunca se sabe la muerte que nos está destinada. adentro. yo me demoraba en mi vaso único. Porque el ser humano es frágil. porque las palabras. las ideas le obedecían sin esfuerzo. El curandero estaba en la puerta del club. Bueno. El resentimiento. —Vamos —hablé para fastidiarlo—. desentrañan sin mucho . sonreí con sorna sin poder evitar la irritación que siempre me asaltaba cuando en Carmona hablaba el triunfador ganoso de bañarse en sus victorias fingiendo desdeñarlas o que le incomodaban. pero al final capitalizan muchas recompensas. los demás lo imitaban. y ese río parado de la sangre que la menor violencia convierte en chorro. Pero no es esto sino que debo empezar declarándome culpable del crimen. el curanderismo. el resentimiento y no a causa del alcohol porque raramente nos dejábamos seducir por su trastorno. ¡cuántos casos conozco! Multitud de vidas sacrificadas a la hechicería. polvoriento antes de haber sido expresado. ese Moloch insaciable. ¡Cómo me habría gustado decirle que era un majadero! —¿Ingrata la medicina? ¿Por qué? Yo lo miraba a través de la mesa. doblegada por la enfermedad y no herida por uno de los infinitos instrumentos agudos. infinitas aristas que a cada paso amenazan destruirlo y lo hacen. los riesgos por él mismo puestos en movimiento. la bolsa a los pies. Asombra ciertamente que la mayoría muera en la cama. pero la del médico es más dura. comprendió que yo estaba en guardia y sabía que él estaba infringiendo las reglas? —Convengo en ello —me interrumpió con acritud—. penetrantes. primero fueron las quejas. ese fue el comienzo. El médico (Carmona) vaciaba hasta tres whiskys. (¿O era yo parte de lo ya prescrito en la morfología premonitoria de la botánica?) Debo empezar sin saberlo hacer de manera distinta (él sí habría sabido de un modo inigualable. como no sea para aliviarme al menos. piel y tejidos. él sin saber que ese esbozo de sonrisa mía era casi odio. ahí sentado. quiero decir Carmona). —Tal vez ello ocurra —dije con humildad— porque hay casos que todavía la ciencia no resuelve y los curanderos. Voy a contarlo para nadie. solapado. que encubren con su buena fe la manipulación homicida. vaya uno a saber cómo. Yo soy curioso y lo miré cuando salíamos. explosivos de que el hombre está rodeado. para proceder con algún orden. —¿Comprendió que utilicé a propósito el verbo. Nada puede la justicia porque el curandero se ampara en la complicidad de los familiares del paciente. dos muertes que yo he urdido. el crimen y la muerte. Tiene un enemigo imbatible entre nosotros: la superstición. y esta fidelidad me ha sido recompensada poniéndome al abrigo de toda intemperancia. sólo que aquella tardé Carmona agregó algunos más a su invariable dosis. Los esfuerzos de la ciencia se ven súbitamente malogrados por la intromisión de los charlatanes. el crimen queda impune. —¿Saben ustedes —dijo de repente— que la profesión que he elegido es la más ingrata en este país? Yo sonreí. todas las profesiones tienen su lado ingrato. y el dedo hipocrático golpeando la ceniza del cigarrillo.

La reunión estaba ya malograda sobre todo por la forma en que Carmona vació de un trago el contenido y quedó en silencio. —No te desafío. todos los boticarios son unos infelices. ¿no es cierto? —¿Me conoces? —No. yo en nada te he ofendido. El boticario me hizo un saludo de viejo conocido. Carmona ostensible el corrosivo desprecio colgándole el labio inferior profesional. sentado en la puerta.. claro. ¿Puedes detener una hemorragia? Carmona lo miraba perplejo. el ceño fruncido.. Un grupo de indios y mestizos que se hallaba allí de . porque guardó para Carmona una venia más considerada. Eres médico. yo soy un indio ignorante. Dejemos en paz a este pobre hombre. fue su perdición. también está eso.. Carmona se volvió también. es más. ¡Y después te la provoco a ti de una trompada! Cerca del club estaba. Uno de nuestros amigos intervino... cargando siempre con los fracasos. Qué brujerías contendrá. dije yo.. —Serénate. apenas si te hago una pregunta. nos mantuvimos en lo consumido. no ahora. el hecho no más de haber elegido esa profesión de batir pomadas y doblar papelitos. allí nos encaminamos todos. —Es que su sola presencia me subleva. no engaño a nadie.... ¡los haría fusilar! El indio miró apenas a su detractor. claro. pero lo adivino y. y en esa voz destemplada por la cólera reconocí que se me había ido la mano—. Sin acordarse siquiera de firmar el vale o pagar la cuenta. cultas e incultas. Entonces el indio habló. pero se encogió de hombros al enterarse del propósito que nos llevaba a su establecimiento. —Detengo cualquier hemorragia —gritó—. siendo un sabio. los demás creo que ni repararon en su opaca presencia. ¡Impostor! —Vámonos ya —intervinieron los otros—. es una tontería indigna de usted —sabiendo pérfidamente que Carmona haría lo contrario. bien abastecida la Botica del Inca donde yo me proveía regularmente del infalible bicarbonato para mis gastralgias. por qué no? Adelante. aceptó el reto absurdo. —Vean ustedes esa bolsa —seguía diciendo el médico—. yo. ¡Infames farsantes! Yo haría encarcelar a esta canalla. los demás. doctor. sólo que frío. tan seguro te veo de tu ciencia. Leyes desconocidas. —¡Si la ciencia no los resuelve no ha de hacerlo la ignorancia! —gritó enfurecido. la bolsa a sus pies como para que yo me volviera tontamente a mirarlo. —¡Ahí lo tienen ustedes! —vociferó—. —Dejemos esto —dije—.. ¡Idiotas! El médico sigue pagando su tributo. porque entonces no se pregunta qué curandero trató al paciente sino qué profesional lo atendió. de manera que fue con alivio que le vimos alzarse y conminar con su imperioso modo: —Vámonos. Sin embargo. infeliz. ajeno con toda su persona como si las palabras llegaran desinfladas ya a sus oídos o no hubiese salido él nunca de su idioma familiar. Son estos resabios de una edad oscurantista los que explotan la inepcia de las gentes. Y lo hacen por unas pocas monedas. "¿Y por qué no. señor. la mirada en el vacío.esfuerzo.. ¿me permites preguntarte algo?. "Carmona había bebido más de lo que habitualmente él mismo se consentía. no sabiendo si abofetearlo o volverle las espaldas. el factor económico. doctor. tienes que despreciarme. señor.. ¡La humanidad es detestable! Pidió otro whisky (era el séptimo). y el callahuaya que estaba ahí.

la sangre se agolpó en la garganta. despierta la curiosidad al escuchar la explicación de los desafiantes. pidiendo ya la confesión del fracaso. se puso a alisarlas y a reducirlas en dobleces sin prisa. sin éxito. que no respondía sino con una sonrisa. —A la mano del doctor —dije. —Ahí tienes —dijo sin arrogancia el indio. la sangre seguía del lado de ellos. se acumulaban los fracasos sobre su frente y los botes de remedios en el mostrador de la farmacia. azorada y respetuosa. Decía unas palabras en aymara pero no a las hojas sino a uno de los indios. Todos estos remedios de la ciencia están a tu disposición. Casi en seguida se precipitó la hemorragia. Mantuvo la cabeza del muchacho en posición erguida. de pronto un completo silencio. en torno nuestro. los mestizos lanzaron una exclamación. uno a uno. En la voz nebulosa del médico cuando ordenaba ácido gálico y ergotina disipábanse con rapidez los vapores del alcohol y se veían las pequeñas. desesperadas gotitas de transpiración que yo miraba no sé por qué también con el color de la sangre a medida que. tapones con agua oxigenada —pidió el médico. los ojos más abiertos. Y los mestizos que tomaban ahora la ofensiva con su indeseable peculio. con los mestizos atrás estirando el cuello y los ojos desmesurados. pero la sangre iba . —No es una hemorragia cualquiera —comentó con voz sin expresión uno de los mestizos. sin apuro volvió del revés las lesivas hojas utilizadas antes. mis amigos la elevaron a cien. el recipiente debajo del mentón. los mestizos le opusieron el nervioso dinero destinado a las compras. extrajo unas hojas anchas verdes. entonces el callahuaya. como si lo hecho por el médico no fuese nada. —Hay que hacer algo. para introducirlas en las copiosas narices sangrientas. hay que hacer algo —dijo gratuitamente la voz asustada del boticario con el muchacho que empezó a gimotear la irreparable pérdida de su sangre. los otros completaron la postura. queriendo preanunciar la derrota del médico. y el boticario que gruñó algo volviéndome la espalda. y dejó luego que el herbolario le pusiese las hojas arrolladas en cada una de las fosas nasales. Desalentadoramente no fue tampoco de ninguna eficacia la inyección dé vitamina k administrada con ayuda del farmacéutico. no otras hojas. la codicia en los ojos y las manos inquietas por caer sobre el dinero. señaló las estanterías de la botica—. El callahuaya indagaba parsimoniosamente en su bolsa. Finalmente uno de los mirones puso un billete de veinte pesos al lado del mío. Agregué otros cincuenta pesos a la puesta. uno más joven. El callahuaya sentado en el suelo como si con él no fuera la cosa elegía de un verdoso montoncito las hojas de coca para llevárselas a los labios y dejaba caer otras ritualmente de lo alto sobre el lienzo extendido en las rodillas impasibles. poniéndose en corro. en algún frasco debe de haber algo que te ayude a parar esa sangre. todavía bajo los efectos del whisky. Los mestizos accionando. los mestizos consideraron mi dinero. aguardando el resultado. Tomé de mi cartera cincuenta pesos y los puse delante del grupo como una parada en el juego de taba. que terminara aquello. no fuese nada el médico allí mismo hace rato en mangas de camisa y los antebrazos desnudos. —Hielo. la sonrisa muy al fondo en la máscara impenetrable de los mestizos. Cincuenta pesos eran una puesta decorosa entonces. Sin apuro se levantó. Hubo unos momentos de expectación tirante. en que el silencio mismo parecía tirante. qué diablos pensé mirando caer la sangre en el recipiente que había traído el boticario. cambiando opiniones con los ojos. Aquí incurrí en otra alevosía.compras se acercó en silencio. las mismas que ahora eran de un verde confortante.

. Me he quemado las pestañas queriendo averiguar algo acerca de esas hojas. asqueado pero sin valor para levantarme. mi cabeza va a estallar. (Era la quinta vez que lo buscaba sin conseguir. —Y el indio ese.. —Es una pena.. una hora sin hablar.. ¡Y para esto sí que no sirve ninguna de tus hojas endemoniadas. y la hemorragia paró despacio pero se detuvo finalmente. no soy tan vil después de todo.. señor doctor".. la investigación de siglos.. con perfecto derecho. riéndose. la medicina está en blanco. . Si sé menos que un campesino analfabeto. al diablo con los libros... que en seguida empujó hacia mí con un gesto de repulsa que lo abarcaba todo y que yo odié porque me sentí incluido en su náusea. No era Carmona esa botella de whisky a medio vaciar. en las plazas.. indio maldito!... no fue su consultorio esa pieza en que había entrado el desorden. le vi dar dos pasos y aventar de un puntapié hojas y lienzo.... Carmona mordía juntos el abatimiento y la humillación. Los eché al fuego todos. les has cortado la voz. crecidos sobre los ojos de fiebre. me lo imagino en los mercados.. —Ya ve usted para lo que sirve la ciencia. No fue el doctor Carmona el que encontré en su consultorio. Oh. deseando oírle su amargura. ¿por qué yo. ardieron... restos de comida o más bien platos sin tocar con ese aspecto de muerte que tienen las viandas enfriadas que no parecen de horas sino de años. Estaban por revelarme algo. vi obediente el indio recoger. si nada sabemos.. las colillas sembradas de los cigarrillos que se consumen solos o se van tirando de cualquier modo y acusan el desprecio con que caen en los muebles o en el piso. convertido en chivo emisario de un débito de la ciencia. pero luego me retracté... la segunda oí al fondo su voz que le gritaba a los sirvientes: "No quiero ver a ningún imbécil". tantos libros.. los ojos perdidos en el indio restituido a su tarea de examinar con espacioso escrutinio las quebradizas hojas de coca que parecían. esos cabellos revueltos.cediendo. he ahí el triunfador. contenida por el secreto conjuro desprendido de las láminas vegetales incógnitas.. La ciudad entera ríe a mi costa. la oigo celebrar la afrenta en una carcajada que resuena todo el tiempo en mi cerebro. no parecía tener interés en que escucharan que agregaba por lo bajo.. Se retiraba. casi para su propia reflexión: —Sólo pude ver curiosamente que nuestras sangres aparecen juntadas.. proveerle su fuerza. Se sirvió una porción de la botella. en las tabernas.) He aquí a Carmona vencido. ¿no la ha escuchado usted? Yo la escucho.. y en los ojos siempre una luz falsa e incierta. Y eso es la sabiduría. yo sentado en la punta de una silla pensando en la capa de polvo adherida a mi pantalón. y para colmo de burla se descubre: "Buenos días. sin embargo. gritando: —¡Basta de magia estúpida! ¡Lárgate ya! Vi eso... hasta que dijo:. De pronto vi extraviarse el rostro de Carmona desfigurado. me dije... sin hablar. ya no pueden hablar.. haciendo escarnio de mi frustración. trasluciendo en sus gestos decepción apenas. hasta ahora. señor —dijo sin amargura y señalaba las hojas dispersadas como si fueran personas—. el privilegio de ser recibido en su fastuosa cueva de solterón. El doctor Carmona. la vimos ceder. el áspero silencio. Me recorrió un estremecimiento placentero. por qué yo?.. pavesas.. replegarse. un hiato como si dijéramos. ahora sí con prisa.. desconcierto. como si mirase desde el misterio. sus efectos. los estantes vacíos con libros en la alfombra. ¿Sabe usted que me persigue? Me lo encuentro por todos lados. ¿Por qué una y la otra en la misma hoja de coca? Es raro. la botánica las ignora.

yo.. La distancia que lo separaba del colérico racimo humano aullante se iba haciendo cada vez más irreductible. Cualquiera está expuesto a esa eventualidad. un mezquino instrumento de la perversidad. se reinició el acoso. corrió unas cuantas cuadras en el pavimento mojado y defectuoso y lleno de baches por las calles mal alumbradas del suburbio. Lo demás es historia conocida. su sosiego en fin. No quedaba sino dar aviso a la policía. no me lo niegue. es un supuesto aclaré imprimiendo vaguedad a mis palabras. Recrudecieron los gritos. desprevenido quiero decir. No lo disuadí de su enajenamiento. abatidos de un solo golpe por un ser del montón. claro. ¿Lo concibió en sus momentos de odio por mi persona? Odio amistoso. Inesperadamente el automóvil reapareció. El coche seguía alejándose. puesto que todos nos odiamos alguna vez. pero imputándolo todo a un tercero imaginario. impaciencia diré. Maduro para la tragedia. como una espada rota. a la luz viva de los faros. tomó por una calle lateral. no hice nada por disipar su tiniebla. nunca se sabe. con un grito ronco. Lo vieron saltar. Hablé más bien de la azarosa realidad. no resignarse a caer tontamente. ignorándolo. entre" codazos y tropezones'. haciendo abstracción de su caso. pisándose los unos a los otros. Cobarde asesino.. que no entraba en los planes del tránsito de rodados. sucedió como si yo mismo lo hubiese preparado. yo sobre todo en mí condición dé abogado. la botella de whisky. . Un coche no se alcanza si no se dispone de otro. su deterioro interno. avivando con inflamado combustible la hoguera de la turbulencia. se sumaban a la persecución. Cuando la jauría de hombres llegó a la calle cortada. Y ese era un barrio que los coches no frecuentaban. ya no lo vieron levantarse. la calle. usted. extrañamente. la reputación de un hombre. buscar un teléfono. lo consideraron a salvo. corría por el borde de la barranca buscando un paso. de los sarcasmos que nos reserva la vida. perderse en la calle retorcida que se borraba en un barrio donde le sería módico desaparecer. todavía bajo el impacto del fracaso. una de sus manos aferraba aún el cuchillo con el que acababa de dar villana muerte al callahuaya. Pregunté si alguien podía imaginar. lo vieron entrar en la oscuridad.Aquí agravé mi infamia. Lo dejé con su barba de ocho días. se le había clavado en la garganta. tinto en sangre. Desalentados se habían detenido en mitad del arroyo. El automóvil en que huía el médico. rábula como usted suele bromear. Apartábase con terror la poca gente que el coche hallaba en su estampida. predispuestos al linchamiento. porque nunca dejé de comprender que fueran bromas. y la furia en una piedra que volaba contra los vidrios fugaces del vehículo. sus perseguidores detrás dando voces. hice además posible la profecía. los ojos cargados de sombra. oficiosos ayunos del significado de esa cacería. vieron que tropezaba y caía. se truncaba en una barranca. Y le sugerí precaverse. yo. qué diablos. formando un grupo rencoroso. por cierto. las mujeres en su solo grito. no es mi propósito insinuar otra cosa. No permitir que lo tomen desarmado. una existencia brillante. el automóvil estaba allí detenido con el motor en marcha. oscuro entre millones. precipitarse en la comisaría próxima. la noche del crimen. y Carmona. El cuchillo.

El súbito dolor en la cintura. Ventarrones y granizo eran los únicos huéspedes de esa morada de la soledad. Había salido mediada la tarde. rasgando el aire con sus graznidos. Los primeros años fueron rudos. Valerio miraba moverse lentamente la tarde hacia el ocaso. cerca de Laja. Le hizo una seña amistosa y se quedó mirando el horizonte. en la boca vencida y silenciosa. cerca del sitio en que Valerio se hallaba encadenado a sus cavilaciones. una carga más de afanes. en la que sus belfos se gastaban sin hallar humedad. Valerio. embargos socavaban el hogar recién fundado. erraron sobre la tierra quemada por la sequía. se inclinaba sobre la tierra. más que antes en sus entrañas. Alzó la cabeza para contemplar con furia triste. Había adquirido él. se mantuvo a su lado sin flaquezas. Luego volvió a caer en el abatimiento. . corroídos por la erosión. la tristeza había roído para siempre su vientre infecundo. sombríos en la piel morena. con manos construidas en el trabajo y habituadas a una lucha de otro género. dejándola dormida —mísera tregua para ese ser sacrificado a su ambición y sus afanes—.La estrella de agua Sentado sobre el terrón. la mordieron en una mueca de cólera. Cuando pudieron salir de ese agrio destierro. bajo el sol último. mientras se rascaba la barbilla. vencimientos. fue un inesperado incremento de sus reservas de alegría. comprendiéndolo. delirando en su fiebre. otra vez —puñalada artera—. Todo perdido. por centésima vez. fulgurante. comprar estas parcelas de Escoma. al que parecía estar consignada su angustia. Resultaron tierras de secano. Luego vino el hijo a aliviar sus silencios. en el que empleó todas sus economías. Malos negocios. El Lago estaba a sus espaldas. difunta. y sus pasos de hombre derrotado lo fueron alejando de los muros batidos por la desgracia. sin embargo. plegada la frente en surcos de preocupación. con todo. la cebada de las dehesas. sacudió la cabeza. aunque era una mujer de pueblo y no de campo. lo mismo que un pan amargamente logrado. los dientes firmes. Los ojos del hombre. Una vaca mugía. sin una sola nube. Los labios de Claudina. ese cielo liso. cansadas sin haber dado fruto. más confortado. con pesado vuelo. Un hombre había detenido su cabalgadura en el camino. le recordó de golpe otro sufrimiento: la postración de la mujer. no se abrieron jamás en una queja. Sintió él crecer su animación. pesaba ahora en la fatiga de su rostro. y el débil maderamen cedía y se doblegaba. El hijo trajo para Claudina. pero antes de que alcanzara a pronunciarla. los andenes de papales mustios en las laderas de las colinas. como un desafío. cosechas pobres. Las panojas del maíz humilladas a ras del suelo. de puna. la extensión infinita del Altiplano. brillando. Cruzó un pájaro. allí en la casa. en los ojos resignados. con una suerte de fuerza nueva calentándole la sangre. Campos ásperos. un páramo abrupto. Una blasfemia tomó forma en sus labios. de labriego. sedienta como la gleba. Un viento adverso parecía ensañarse con el edificio de su felicidad. leguas y leguas de soledad rebelde y seca. Frente a él. ya Claudina estaba quebrada. sabiendo que esa era la vida que ambos debían compartir. creyendo hacer una inversión ventajosa.

abierta como una rosa de la noche. casi interno. por dentro. Le reprochaba a él sus desalientos. con largas pausas preñadas de inferencias. este nuevo rostro del fracaso. y peor aún si apenas tenían qué comer. despojado de sus armas hirientes. sobre la piel curtida por los soles y los hielos de la pampa. y entonces ya es difícil escupirte a la cara". "Sólo es posible mirarte de frente cuando mueres —dijo—. lejos. las piedras. Era una estrella blanca. sus propios achaques. desganado. Sí. fija la mirada en el disco de llamas rojas. que en este momento estaría inclinado sobre el delirio de la madre. antes de caer definitivamente en la nada— se fue aflojando. La sequía. De nada habían servido sus fatigas. de nuevo. La noche vibraba como una lámina de estaño oscuro. de bestia caída. al cabo. Por la sola . derramándose en ramalazos de lumbre. El incendio del crepúsculo consumía los últimos restos del atardecer. como teñidas por sangré de sacrificios. estuvo largo rato sin moverse. asustado y perplejo. hipnotizado. La sentía él subir por sus piernas. Finalmente. Percibía en sus sienes su idioma familiar. golpeada por las manos del viento. Quién sabe si pasaba de esa Navidad. frío. las escamas de plata del Lago. deshaciéndose en polvo. El callahuaya iba a venir. pensó Valerio. unas chozas distantes. El diálogo es parco. la noche había adquirido transparencia y pureza diáfanas. ¡La pobre! Y de pronto advirtió la presencia de la estrella. La vida sellada del yermo. el hombre dijo algo como "Paciencia" y se alejó. —¿Peor que qué? —replicaba él—. con rencor. poco a poco. ¿Hay algo peor que esta maldición? Ella no era mujer de compartir su amargura. de silencio y duelo. Cascadas luminosas se derramaban sobre el milagro sencillo de la llanura. La ruda mano la aplastó. los perros. Se había mantenido. Una lágrima pugnaba por asomar a los ojos del derrotado. sin ninguna fe. Se cansó. la enfermedad de Claudina. no parecía una noche como las anteriores. Ladraban. magia del cielo. en que invariablemente abandonaba el lecho.Entre los hombres del Altiplano las palabras huelgan siempre. Los perfiles de los cerros. sus destellos bajaban sobre el lomo luciente del Altiplano encendiendo con fulgores de misterio las matas de la paja brava. compacta. hablaba por ellos. El mismo hijo. los ha adoctrinado en la sabiduría del silencio. Estaba frente a él. petrificada. Y entonces va a ser peor. sus sonrisas desabridas. de nada ese cuerpo a cuerpo librado a diario con la adversidad. representaban la última coz del destino. Claudina ya no podía durar mucho. como si la muerte la aniquilara entre sus dedos implacables. Noche de embozo azul y polvareda láctea. Valerio comenzó a sentirse también liviano y transparente. sin dispersarse. Ganado por la fascinación del espectáculo. —Vas a pescar una pulmonía —le había advertido Claudina muchas veces—. hervían en una lenta marea de esplendores. El odio con que Valerio se puso a afrontar el sol —nave desmantelada por las llamas postreras del día. Bajo él sortilegio de su luz. para salir a escudriñar el cielo con ojos desvelados por la ansiedad y volver roto de desconsuelo y tiritando. parecía ya un saquito de huesos. El drama de la tierra enjuta. se recortaban pulidos. pero también cantante. de estar sentado e incorporóse con esfuerzo para clavar en la inmensidad los ojos sufrientes. nítidos. estival y desnuda. lejano. esa noche. hecha de porfiados logros y de frustraciones. ojo ígneo.

rodó. Avanzó hacia la estrella. sólo que iluminados por el brillo de confortación que ardía en sus ojos. casi musicales. sin embargo. permanecieron largo tiempo contemplando. desconcertado—. De la capilla de Escoma llegaban. La suerte ha de ayudarlos otra vez. y en los pequeños pozos. pensó en su hijo. alzarse las altas catedrales del agua. ebrio de emoción. sobre la tierra sedienta. sin movimiento. azotando furiosa la extensión innumerable. Claro.presencia del astro. de golpe. El hombre permanecía en el umbral. —¿Pero qué has hecho? —balbuceó Valerio. Mientras comían. la mujer y el niño. los cabellos. Pronto. "Ya me deben bastante. Súbitamente el corazón se le paralizó de gozo. con la ayuda del hijo. cayendo afuera. —Claro que sí. atravesando el aire empapado. Enajenado de dicha. —En eso vino don Rogelio. su sangre circulaba ahora cálida. me dijo. masticando en silencio. Se oían rodar los arroyuelos. para el pesebre. Un trueno apagado. para volver a levantarse y seguir corriendo. muy lejano. claro —repetía. hijo! Había abierto la puerta. sordo. no sabiendo si su respuesta estaba destinada a las palabras de la madre o a las del muchacho. Claudina deshacía unos paquetes. con la noticia reventándole en los labios. Tropezaba y caía en los surcos tendidos a modo de esqueletos. se precipitó hacia las casas. ¡Es una estrella de agua! Corrió sin tino unos instantes. Los sentidos avezados aspiraron con beatitud la humedad de la atmósfera. Aníbal lo ha adornado con paja. nubes densas. —¡Pero si es una estrella de agua! —gritó—. pasto sé que no hay. de Escoma. Sobre la mesa se amontonaban variados comestibles y de la cocina llegaba el tufillo de unas viandas. Pensó en Claudina. zumbantes. Pero ustedes son gente honrada. Una ola saludable de confianza envolvía su cuerpo fatigado. sus rostros de arcilla áspera manteníanse impasibles. su espíritu abrumado de un infantil alborozo. alentada." Me dejó todo esto. con mano torpe. no quiero que pasen una Navidad triste. como en procura de una certidumbre. La luz aún visible de la estrella le señalaba el camino. claro. caer las gotas persistentes. —¡Se viene la lluvia. pero ¡con qué alivio! La mujer continuaba hablando. Asomados más tarde al templo de la noche. El Altiplano era un inmenso tambor resonante. entre los surcos. lejano. ¡Tú. Pero estaba solo en medio de la noche. exigió una prenda. levantada! —Es que estoy mejor. desorientado. Grandes mangas pluviales. asomaban en el horizonte. los brazos caídos. ¿Crees que hice bien? —Yo fui a llamarte. grávidas de promesas. La lluvia era ahora una canción desatada. que barren el llano y lo anegan. la fiebre ha pasado. Le di los aretes de perlas que tú me regalaste cuando nos casamos. recién formados. dando traspiés y con las manos crispadas. entre risas contenidas. con inusitada ternura. He sacado el Niño. con recogida devoción. casi metálicos. y humedeciendo. le he encendido unas velas. Y es que sus oídos de campesino percibían ya las primeras gotas de la lluvia. las campanadas que llamaban a la misa . al propio tiempo. Y hasta un pollo. papá —intervino Aníbal—. despeñándose en las profundidades secretas de la noche. Claudina. pesadamente. el hombre. y el cuadro que se ofreció a sus ojos lo hizo detenerse estupefacto. pesadamente corrían hacia la lumbre del astro. ¡No oíste mis gritos! ¿O los oíste? Valerio se había acercado al hijo y le acariciaba. Dormí todo el día. El dolor de la cintura había desaparecido. Casi puedo decir que me siento como nueva. con sonidos distintos.

puras.del gallo. como lágrimas. Los tres seres restituidos al nivel de su alma las escuchaban caer en su interior. . líquidas.

barría su puerta y saludaba a los madrugadores que pasaban por la calle. Además. Doña Virginia se atavió. Recibimos visitas. Algo más allá chirriaba la cortina metálica de la farmacia. Clara. Hubo un silencio. como un perro humilde que no se atreve a entrar sin ser llamado. para el día. ¡qué zoncera! Pero déjenme con mi idea... sino por mí. tontas! —repuso la anciana con alegre desprecio. Deseo que esté al lado de mi cama. antes de responder. Deseaba estar presente a la llegada del tren. Las muchachas se dirigían. No pienso morirme todavía.. ¿No es así? Ninguna de las muchachas contestó. vigilar la descarga del cajón. —¡Bah. Sabía que los trámites para retirarlo no podrían cumplirse aquella misma tarde. para mirarlo al acostarme y en la mañana.. mamá! —¿Por qué no dejas esa preocupación. No saben lo hermoso que es. habló esta vez: —Bien sabes que no es el sitio adecuado. la hija mayor. breves miradas ansiosas. Bebió un sorbo de café. a riesgo de enemistarse con los carpinteros de Corocoro) en ébano . al atardecer. una caja mortuoria no es lo mismo que un piano. Madrugaron todos. se golpeó ligeramente la barbilla con los dedos y al fin dijo: —Me gustaría que quede en la sala. Dejó su taza ya vacía. a todas horas. como todos. dónde lo instalaremos? Aunque habían discutido y resuelto muchas Veces ese punto. como siempre. Pero no por ustedes. lejano por suerte. aquí.Morada de ébano Fue aquél para la familia un día de agitación. según solía hacerlo con frecuencia cuando hablaba. Esa caja. Parecería que estuvieses cansada de. Mientras tomaban el desayuno. —Es que ya sabes —prorrumpió Guillermina. "Y como sus hijas no hicieran ningún comentario. al fin. la menor. puesto que el tren sólo llegaba al atardecer. de tus hijas. añadió: —Ustedes no lo han visto. Aria. con sus mejores galas. y anunció: —Lo voy a poner en mi dormitorio. la muerte es un suceso natural. en la acera de enfrente. por Dios! Ya me han repetido lo mismo cien veces. donde hay más luz. ni estoy cansada de ustedes.. al despertar. la anciana consideró unos instantes la cuestión. parca en palabras de ordinario— que nos cuesta avenirnos a tu extraña ocurrencia.. Afuera oíanse los primeros pregones. pero la nerviosidad de la madre imprimió a los afanes ordinarios un apremio injustificado. pesará en nuestro ánimo. ¡Como si quisieras anticiparte a los deseos de Dios. mamá. Una a una las jóvenes levantaron la cabeza y afrontaron la mirada de doña Virginia. —¡No sean mojigatas. como una amenaza. El sol lamía ya el umbral de la habitación. pero quería prevenir cualquier torpeza de los porteadores. preguntó: —¿Has decidido. pero ya sé que a ustedes no les agrada. que todos debemos esperar con llaneza. y encaminóse temprano a la estación. Sólo la gente necia se asusta de ella.? —agregó Ana sin completar la frase. unas a otras. El peluquero. ¡No fuera a ser que esos atolondrados lo dañaran! Lo había elegido ella misma en La Paz (hizo un viaje con ese solo propósito.

o ululaba lastimosamente en los confines de la pampa. como yo. sus sufrimientos. El viento del altiplano cruzaba la noche tropezando en los tejados y sacudiendo puertas y ventanas. —Un momento. Quería ser enterrada sin pompa. Claro. como un grito de pájaro extraviado en la obscuridad. El perro había ladrado. Era en la calle. La llamaba y luego subía en dos trancos la escalera. Puedes retirarte. Me gustaría dormir dentro de ti. . evitaba mirar al otro lado de la cama. —¿Qué andas haciendo a esta hora? —interrogó la anciana desde el lecho—. Hizo una pausa y suspiró. desde hacía algunos días. —Hace frío esta noche —le dijo. así nos abrigaríamos los dos. En otro tiempo él acostumbraba a llamarla. Su existencia ruda y atribulada no le permitió abandonarse jamás a ningún fausto. amorosamente. son demasiado jóvenes. Se diría que te tienen miedo. un poco celosas. —Es el administrador de la casa Aldana. Llamaron a la puerta. Tú sabes cómo son. como un dios cruel cuya cólera se teme despertar. dormir el último sueño. cuando estoy aquí contigo. hacía tiempo que la emoción no las caldeaba con ese fulgor de dicha.oscuro de hermosa factura. una voz de hombre... por la brillante superficie. sin preocuparse del . Cuando el tren se anunció a lo lejos. ¿Estás bien abrigado? Anoche te oí quejarte. dirigiéndose al cajón como si hablara a una persona—. Sentía el calor de la sangre en sus mejillas. su resignación. manijas doradas y una corona con una cruz en la tapa. tapizada de raso acolchado. Dile que iré. deteniéndose a limpiar con esmero cada una de sus guarniciones. cubierto por una gruesa manta de lana obscura que ella misma le echaba encima todas las noches y que retiraba en las mañanas. yo las siento. ¿Qué ocurre? La vieja sirvienta. a su lado. como correspondía a su condición de mujer sensata y piadosa. crujías. y se sienten un poco desplazadas. en una caja confortable. Anoche lo dejaste atado y el pobre animal lloró como una persona. pata pasarle un lienzo. Cuchichean acerca de ti. a ningún goce superfluo. Sólo de vez en cuando se oía bajar desde los cerros el chirrido de un andarivel. No comprenden. Pero no las censures. sobriamente. no digas eso! Me resisto a creerlo. De pronto la anciana se sobresaltó. Lo miró una vez más antes de apagar la luz. ¿En qué estoy pensando? La sirvienta dejó una taza de infusiones. eso sí. quizás un borracho que hablaba con la soledad nocturna. a pequeños sorbos. Por supuesto. té juzgan como a un intruso. Ramona. Pero mis hijas se escandalizarían. —Ya ves cómo ahora apenas vienen a verme. Eso es todo. sí. Su único sosiego sería el definitivo. Le pareció oír que la llamaban. ¡Pobre! Y eso que tú no tienes los huesos viejos. pero. Pregunta si irá usted mañana a hacer la entrega del combustible a la pulpería de la mina. ¿Se han acostado las niñas? No te olvides de apagar las luces y soltar al perro. el largo silbido hizo latir su corazón fatigado. y a ese lecho de ébano llevaría su amor. El féretro estaba allí. Unos pasos resonaban alejándose. Buenas noches. ¿Crees que los perros no tienen sentimientos? Te estás poniendo vieja tú también. Tomó la bebida caliente. humeante. ¿Por qué no? No era un lujo postrero. yo siento frío siempre. ¡Es ridículo! ¿Qué piensas tú? ¿Que te odian? ¡Oh no. donde se hallaba el cajón. al volver a la casa y ver luz en su habitación. después de entregar su alma a Dios. el más largo de todos. sobre la mesa de noche. La población dormía en torno suyo. no pueden comprender. —Ah. con los ojos bajos.

que vendió a mejor precio. parcelas de cultivo. y las hijas. nadie lo había visto. pasaron quince días. Se convirtió en proveedora de las pulperías mineras. Allí se fueron. Cinco años tenía la mayor. Virginia nunca más volvió a saber de él. no menos amenazada. de felicidad intermitente. con la ayuda de un amigo de la familia. sabiendo que él se divertía en alguna parte. Trajo productos de La Paz. No importaba ya. Le gustaba divertirse. Pudo adquirir la casa en que habitaban. a las autoridades. pero duraba poco en sus cargos. en Oruro. capaces de luchar mano a mano con el mundo. Las niñas crecían y ella vigilaba celosamente la formación de sus vidas. se instalaron en Oruro. Sufría a solas. Y allí empezó la vida de súbitas ausencias. Intervino en algunas transacciones que le dieron crédito y experiencia. Él era ingeniero de minas. y su colaboración aliviaba el trajín de la anciana en sus últimos días. le adjudicaron esa plaza en Corocoro. luego de Chile. bebiendo sin tregua. Había logrado reunir un pequeño capital. nadie sabía nada. Otro tanto ocurrió con otros tantos empleos. Las respuestas eran siempre negativas. Hasta que. a veces una semana. si acaso era necesario. de esperas angustiosas. y aunque esta vez sus padres se opusieron resueltamente a esa unión precipitada. Quedó con las tres hijas y con los pagarés del marido. Ella casi estaba familiarizada con esa forma de existencia. Era feliz. ahora. luego amplió el radio de sus afanes y la extensión de su industria. rastreó la población en todos sentidos. ella insistió. Después del viaje de bodas. amenazó con el suicidio. Ahora eran mujeres templadas por el ejemplo de su madre. que se alzaba. Era respetada. tal vez con otras mujeres. Pasó una semana. Se reconcentró en sí misma. Con los ojos semicerrados contempló el cajón. las primeras joyas de Virginia desaparecieron entonces. y reía con él. alto. Él obtuvo un empleo con buena renta en la mina La Salvadora. Vinieron las hijas. exprimirle a la vida ese sonido vibrante. pequeñas. Lucharía contra el infortunio. Comenzó Vendiendo un puñado de coca entre los indios. Tal vez se había trasladado a Charaña. No podía. frágiles.ruido o de la hora. Pero. en la penumbra. se olvidaba de sus desazones. ellas también. su temperamento no se conciliaban con las exigencias de las empresas. a Oruro. Como si la nada lo hubiera atrapado en sus fauces. no quería apelar a la familia. Estuvo unos meses sin trabajar. de repente. que la sedujeron. Reunió todas sus energías en un puño. No había dejado de amarlo.. Abría la puerta. Quizá no lo fuera. una noche no volvió más. se la consideraba. Ella abrió su portamonedas y vio que le quedaban veinte pesos. Ninguna señal. Lo conoció en un baile. hasta agotar el último centavo y la última demanda de crédito. Le bastaba verlo llegar para que sus padecimientos se borraran como las letras que escribe el aire en el cristal del agua. y la casa se llenaba de su risa y de su turbulencia. se la admiraba y hasta se la temía. Sola. Su juventud impetuosa. se deshizo en lágrimas. que perdió al cumplir sesenta días. Telegrafió a sus parientes. las pondría a cubierto de cualquier contingencia. estaban habituadas a las ausencias del padre.. tal vez. que el buen tocador le arranca al instrumento. Más tarde compró tierras. a sus amigos. a La Paz. y eso las ayudaría a ser libres. Y así lo hizo. Sólo que se encarnizaba en que la percusión de la cuerda se mantuviera siempre viva. y defenderse ella. Era fama que ella había rechazado los mejores partidos de la ciudad. como ocurría a menudo. El matrimonio se produjo antes del mes. Virginia comenzó a indagar casa por casa. Viéndole llegar siempre explosivo y alegre. teniéndolo a su lado. Se habían casado enamorados. imponente y solemne. Las niñas miraban las lágrimas de la madre sin comprender. y salió a pelearle a la adversidad. la ayudaban a soportar los abandonos del esposo. que la hubiese abandonado tres días. Desesperada. Tenía que defender tres destinos informes. . tenía una esbelta figura y unos bigotes de guías altas. Las quería fuertes y enteradas.

sí. Todas mis ansias y mis cuitas. real. —Naturalmente. ¿sabes? Fue mi única ambición en este último tiempo. La voz resonó en la calle. —Sí. —¿Quién? —Mi padre —repitieron a un tiempo Ana y Guillermina. Dormiré contenta en su abrazo.. —Virginia. En la casa las esperaba una noticia. aquí están. al día siguiente. luchando contra el viento que arrastraba su gran capa húmeda y fría por los charcos del camino. Si te incomoda. aquí los tengo aún.. Van a pensar que estás loca. Virginia! Ahora que he vuelto no quisiera verlo en nuestro dormitorio. son ya mujeres. —¿Cómo lo saben? —indagó. Es una idea mía. reposarán conmigo en este abrigo estrecho. Volvieron cubiertas de barro. ¡Cuánto tiempo! ¿Estás bien? Me tenías intranquila.. yo estoy muy vieja. Naturalmente. ¿Los necesitas? Espera un poco.. tómalos. Juan? No te alejes por mucho tiempo esta vez. Juan. —¡Virginia! —¡Juan.. Sí. inútilmente. tómalos.. ¿Pero adónde vas. . Hombres y mujeres de piel atezada y con los reflejos del metal de Pampamaya las saludaban al pasar. te extrañaban mucho. " —¡Virginia! Esta vez no era una ilusión. —En el Hotel Ferrocarril. el cajón. Las niñas han crecido. Te extrañábamos. Fue una mañana de ajetreo. La anciana hacía esfuerzos por reponerse. y los coches se negaban a subir las pendientes empinadas. despertando al silencio asentado sobre las piedras. poderosa.. Haré que se lo lleven. no importa."Mi aspiración se ha cumplido. —Ah. ¿Dónde has estado tantos años? En fin. yo no.. que las humilla y amedrenta. —¡Virginia! ¡Aquí estoy! —¡Eres tú! Pero. —¡Ha llegado nuestro padre! La anciana quedó perpleja. ¡Qué padrastro les has buscado. sí.. —¿Juan? —Tenías veinte pesos en el monedero cuando me fui. Al fin está aquí. gallardo como él. Dios quiso que así sea. —¿Dónde está? —preguntó Clara. Juan! Pronto sus pasos conmovían reciamente la escalera... ¿Por qué no te sientas? ¿No estás cansado? Se estremecía la casa con la risa jocunda del hombre. ¡Juan! A lo largo de la calle desierta corrían sus pasos y su risa varonil. Se dice que tiraniza a mis hijas. estuvo aquí a informarnos. Hacía mucho tiempo que allí no se pronunciaba esa palabra. don Federico. Qué tonta he sido. no me lo digas. —Por el propio hotelero. sí. las calles. ¿Quieres algo? ¿Deseas que te prepare alguna cosa? ¡Y qué joven estás! Apenas si has cambiado. Había llovido esa noche.. para doña Virginia y su hija Clara. Juan.. Hubo un desacuerdo entre la casa Aldana y la administración de la empresa minera Pampamaya y allí tuvo que ir la anciana a imponer su autoridad. No.. He esperado tanto tiempo. los caminos estaban intransitables. sabiendo lo hermoso y gallardo que es. lo que me negó implacablemente la vida. ¿verdad? ¡Pero ahora estás tú aquí! —En el pueblo todos hablan de él.

pero estaba quebrado. pensó la anciana. . Vuelve enfermo. Quizá no tanto como ella.—Bien. No era sino un vago recuerdo del que fue su marido. de la punta de los labios le colgaba una sonrisa amarillenta.. Vamos a almorzar. mamá. ¿Cómo preguntarle dónde había estado. No se hable más.. se desvivieron por prodigarle atenciones y cuidados. una sombra. —Es que. por qué no había escrito nunca? Era el marido. —Ana titubeaba. Cada una a lo suyo. ya vendrá. ha preguntado por nosotras. Lo enterraron en el hermoso cajón de ébano con una corona y una cruz de metales dorados en la tapa. Pero estaba ya quebrado. lo cubrieron de halagos. era el padre. —Es que. Las cuatro mujeres lo rodearon solícitas. —¿No se atreve a venir? ¿Y por qué? ¿No somos su familia? ¿No es ésta su casa? —¿Podemos ir a buscarlo. murió a los cinco días. por qué las había abandonado sin decir palabra. si quiere. y no se atreve a venir. "Ha envejecido". si es así. Doña Virginia le lanzó una mirada severa. turnándose para mantener siempre encendida junto a su lecho de enfermo la amorosa lumbre de sus desvelos... mamá? Llegó con paso claudicante.

pero sin comprender. Mas sólo ella estaba en el secreto de su júbilo. sólo ella veía el gracioso mundo negado a los demás. puesto que nunca había fumado. los mutismos de Andrés parecían impregnados por el fracaso y la indigencia. el golpe de la puerta al cerrarse. el caballo transparente. sabía que esa hora propuesta no sería una hora común. y la mariposa huía asustada. a seguir el vuelo de una mariposa. aguardaba a que la flor con alas se posara en una caléndula o en una dalia. hasta que su risa rompía en mil fragmentos el aire del jardín. dejando crecer entre ellos largos silencios onerosos. para admirarla de cerca. la columnita de humo azulino ascendía levemente rizada en el aire quieto de la sala. De humo. Resonaron sus pisadas en la escalera. de agua involcable. que un cierzo helado se aposentara en sus palabras. quieta en su embeleso ante esa manifestación espléndida de la vida. en el espíritu de Andrés. en seguida lo vio perderse en la oscuridad. le alargó la mano y dijo: "Hasta mañana" —como de ordinario— y añadió gratuitamente. sino que lo dejaba al borde del cenicero y permanecía largo rato viéndolo consumirse. Recepto propicio para el huésped de la subversión que Ana vio esa noche instalarse. El resto del cigarrillo abandonado por Andrés en el cenicero ardía aún. Ana sabía ya que ese emplazamiento no estaba dirigido a ella sino al acuerdo consigo mismo. lentamente. completamente loca —corroboraban sus hermanas—. ¿Pero por qué ríes? —Déjenla. Miraba fascinada el humo. como de ordinario. Ocurría. casi palpable. Habría podido abrir el balcón y llamarlo. —Chiquilla loca —decía su madre. Primero era un cosquilleo. ahora. abajo. uno al lado del otro. Solía detenerse en el jardín. Estaba en cualquier lugar escondido de su pecho. devorado definitivamente por la nada. a veces. ¿De qué si no?" En otros tiempos ella se entretenía encendiendo un cigarrillo. cuando hablaban. a través de cuyo cuerpo divisaba las gentes y las cosas: los ramos de luz que se desprendían de las nubes y bajaban en innumerable sucesión. cuya clave sólo ella poseía. Volvió al sillón donde habían estado juntos. La sentía ascender como una marea. él habría vuelto. y sin poder evitar. Aproximábase lo más posible. no para fumarlo. con pasos que querían ser irrevocables pero que la determinación delataba inseguros. supo que Andrés no iba a volver. absorta en sus cambiantes formas en las que leía misteriosos mensajes. sólido. tomando su sombrero. luego. que una insidiosa opacidad las abrumara hasta indiferenciarlas. ¿Para qué? Esperó a que llegara bajo la luz de los faroles. el mundo tornábase violentamente diáfano. algo se removía en su interior. La muchacha se encaminó sin prisa a la ventana y apartó un poco los visillos.El rostro sin lumbre Aquella noche Ana presintió. —Loca. que reía sin causa aparente. Se hallaban sentados en el mismo sillón. Sus hermanas reían. Pero más que otras veces. estábase allí. —Y su madre reía también. "Así deben ser las alas de los ángeles. . flaco de valor. Andrés descendía por la calle hasta el fondo de la noche. Y de pronto estallaba la risa. De modo que cuando él se alzó. "a la misma hora". Es como es. y su risa corría a manera de cascada luminosa y feliz.

sobre el río. Su belleza era cantante. ¡Es tan breve la vida. se estuvo admirándolas morosamente unos instantes.. sin embargo. allí adentro. Él sentíala remota. no habían vuelto dos o tres cortejantes que lo precedieron. Para celebrarlos. La risa dilata los músculos. No volvería a verle. revolverse inquieto en su pecho. no es prudente que una niña con un rostro de porcelana. repasó ahora con entrañable complacencia sus hermosas facciones. bajo su piel. Acabó por renunciar a comprenderla. Fue una señora que nunca había visto antes. tan maravilloso. De la blusa entreabierta surgieron. una banalidad divertida. al cumplir los dieciséis años. grandes.. las manos del viento. como de cera. Ana permanecía seria. Andrés no iba a volver y la causa era ésa: su impasibilidad deliberada. Ana sintió cerrarse un nudo helado sobre su corazón. Como. se detuvo ante el espejo. Las fuentes de su risa. El enemigo de su belleza estaba. la frente pura. La risa espontánea se acaba pronto en los labios de una mujer. La risa ha de ajar su belleza. —Tiene una envidiable alegría. se acercó a sus amigas. es verdad. que nos descubre que hay otro mundo adverso en el mundo. contra la que se quebraban todos los empeños animosos de Andrés. Hay que dejarla reír. de un tono mate pulido. y el mundo tan amargo! Y de pronto escuchó Ana la revelación. Era la reina de la tarde. Tranquilizada. aplastó la colilla humeante. el rostro impasible.. la carcajada que brota fácilmente de dos corazones jóvenes y los acerca hasta identificarlos en una comunión dichosa. la garra siempre pronta a caer en medio de nuestra dicha. sonaba como la voz misma de la sabiduría. que trajeron a la fiesta su afectación y sus galas de fin de siglo. sin atreverse apenas a . —Se lo pasa riendo. "¡Bah!"Como todas las noches. —Sí. No volvería más. Dentro de su propia belleza. agazapado. envejece. ría demasiado.. como una línea melódica. inconmovible. sus afanes por alegrarla y compartir con ella un comentario jocoso. Ninguna arruga lo surcaba. estaban ya secas hacía tiempo. De nada valía que sus ojos lanzaran breves destellos. Escrutó con ojo implacable y preocupado su rostro perfecto. la piel era tersa. pensó. —¡Es que es tan niña! —la defendía la madre. como de diamante flexible. sordo. ¿le importaron nunca? ¿Andrés. sus senos desnudos. su madre había reunido a las amigas de sus hijas y a sus propias amigas. asomarse a veces a sus ojos. Lo descubrió Ana un día. La risa de Ana cascabeleaba desaprensiva. peinando con sus torpes dedos las copas de los árboles. La voz tenía un acento ominoso intimidante. Qué le importaba. ya en su habitación. Fingiendo no haberla oído. que después tampoco volvió a ver. tampoco? Una leve sombra nubló fugazmente su mirada perdida en el vacío. Las señoras comentaban. —De todos modos —habló sentenciosamente—. como si hubiese surgido en su vida expresamente para consumar esa misión admonitoria. redondos y cálidos. ¡Es una destructora artera y despiadada! Hay que guardarse de ella. matronas encorsetadas y solemnes. cava arrugas. las mejillas levemente encendidas. Ana. latente. por boca de otra persona. turbadora como un sueño de los sentidos. musical. ¡Cuántos esfuerzos heroicos para dominar su oleaje y someterlo! El enemigo de su belleza era la risa. Lo sentía bullir en su sangre: galopar. por alejarse para siempre.

o con Paulina. Se habían casado. a fuerza de entornar los párpados en la almohada. tirante. se mece. Los habitantes de la pequeña ciudad admiraban la belleza de Ana con ese espontáneo impulso de cálida simpatía. las pesadillas desaparecieron. "Es curioso. Como si el hielo de su semblante hubiese alcanzado a la zona oscura en que se incuban las imágenes de la vida onírica. pues. pero al más leve trastorno de esas leyes. en la que brillaban sus propios ojos con un destello de locura. Lo sabía al acecho. cuando conoció a Esteban Casalduero. con mayor interés. Ana dejó de concurrir a reuniones y bailes y acabó por confinarse en su casa. pronta a abrirlos al menor amago turbador. alargaba su piel hasta convertirla en una máscara deforme. No reiría ya en toda su vida. porque levantó la . su tenaz defensa sin tregua. Su tarea más difícil consistió en dominar el subconsciente. veía su rostro dilatado por una risa monstruosa que alargaba. Joven. sobre las sienes. Desde entonces Ana vigiló. pensó. denso. todavía alto. con miedo de que el duende de la risa alterara sus facciones mientras dormía. " Miró. inadvertidamente. todos. El crepúsculo caía sobre la ciudad. en la calle se apagaban uno a uno. descuidar su guardia. Al cabo. Vigiló a todas horas. Esta irregularidad se hizo más evidente al compararla con sus hermanas. A medida que fueron transcurriendo los años. hasta las pisadas de la gente. Vivía sola ahora. ese sentimiento sufrió un cambio. El espíritu humano es refractario a todo aquello que escapa a las leyes naturales. despiadado. una vieja solterona que se encaramaba al atardecer en la solana de su casa a maullar como una gata. La belleza de Ana. en el ángulo de los ojos. en el ritmo apacible. en el sueño. Ya estaba casi frente a ella y pareció sentir el escrutinio de la mujer. Despertábase angustiada. Sensible a esa mudanza en la consideración de las gentes. con los sentidos alerta. viendo correr la uniforme vida provinciana. que despierta una cara de mujer singularmente hermosa. timbre de prestigio para la ciudad. No rió ya en toda la tarde.sonreír. por supuesto. apacible. un tanto deslumbrada. Podía traicionarla en cualquier momento. Desde el fondo de la calle se aproximaba un hombre. Se la citaba como una de las curiosidades locales. No eran pasos familiares. añadieron a la admiración la ufanía. casi impertinentes. requebró durante un largo trecho a sus propias hijas. se recoge en sí mismo y se subleva. Su andar era seguro y elegante. Celajes endebles incendiaban lentamente el cielo. El enemigo había sido descubierto. Más tarde. junto con un profesor italiano chiflado que perseguía en la calle a todas las mujeres y que alguna noche. después de la muerte de su madre. que su rostro manteníase sin menoscabo. Algunas veces. en tema de comentario risueño. y los ruidos. Comenzó a advertirse que Ana no envejecía. ¿Quién sería? Un forastero. y herirla de muerte. que golpeaban las losas del piso. calando a mansalva surcos aviesos junto a su boca. Fue un día en que se hallaba en el balcón. vigiló hasta en el sueño. sin ninguna duda. y apenas se asomaba de tarde en tarde a la ventana. La belleza de Ana era un título de orgullo regional. en esta ciudad. Quizá por ello la sorprendieron más unos pasos enérgicos. bajo la fuerte impresión de esas palabras que parecían haber nublado la luz que bajaba por la lucerna del vestíbulo. cómo se llega a conocer. como si la soledad que precede a la noche extendiese un tapiz palpable. tenían hijos y la última —diez años menor que Ana— parecía ahora su madre. así. derivó. acercándose.

El joven se detuvo una fracción de segundo. los hombres no la considerarían con interés sino con lástima. tan pronto como se . pudo percibir el lenguaje tierno y no distraído de los ojos varoniles. la había mirado con calor. a quienes no frecuentaba desde hacía mucho tiempo: ya sea por influencia de sus maridos o porque la prolongada juventud de Ana las incomodaba. más distinguido. y el mismo Casalduero vino a enterarse. después de un año de casado. antes de alejarse. exponiendo a los rigores del viento su belleza de invernáculo. Tocaría la puerta a las cinco. con cinco hijos. bastaba que se lo hiciera notificar con la servidumbre. al comentarlo. Se la vio. ¿Quién era? La contempló largamente. con extrañeza. Sólo a fuerza de tisanas y cordiales obtuvo un poco de sosiego. Visitó a algunas amigas de antaño. de una casa a otra. para vencer la corriente de sollozos que pugnaba por subir a su garganta. Pobre Andrés: estaba viejo y grueso. Pedía respetuosamente que le permitiese visitarla. Ana desapareció en el interior y Casalduero esperó en vano. No fue menos angustiosa su espera. caminar por las calles. un rato. estando la calle solitaria y sólo ella en la ventana. Durmió mal aquella noche. que acababa de enviudar. Más apuesto que Andrés. Con natural curiosidad de varón. esta vez. Pudo así saber que el desconocido se llamaba Esteban. que sólo por timidez no se atrevía a manifestárselo.cabeza. Todos aquellos habían sido para Ana días de emociones continuadas. apelaba a ese recurso extremo porque no conocía medio de ser presentado. Pero el desconocido ¿la miró con interés? ¿Acaso. ¿No sería ella así. de la pasión que había despertado. Al caer la tarde. La saludó. desde luego. Ana se acodó en la ventana. al día siguiente. que estaba perdidamente enamorado. de cabellos grises. amarrado a cinco hijos y a una mujer vulgar. que tenía hermosos ojos. pasó de nuevo por la calle donde Ana estaba esperándolo. Permanecía en la ventana hasta que la noche cerraba por completo y sólo un viento de hielo arrastraba por la calle hojas secas y desaliento. No era un encuentro casual. vale decir. en estos momentos. Quizás turbada por la emoción. Ana lo siguió con los ojos. el cabello gris y el rostro marchito. se llevó la mano al sombrero. luchó más que en todos los años juntos de su vida. se detuvo. y pudo ver. Había venido a liquidar unos intereses y partiría muy pronto. pero no logró cerrar los ojos en toda la noche. Al día siguiente le envió una esquelita. a indagar por el extraño. si se hubiese casado con él? Se estremeció horrorizada. fascinada. destocándose con una leve sonrisa. Visitó a sus hermanas. Comprobó que era una mujer hermosa. un día. quiso verificar la realidad de la Comidilla. por ese conducto. Para nadie era ya un secreto el amor de la muchacha. No. Algunas personas se encargaron de deslizarle en el oído que la presencia de Casalduero se debía a ella. sus miradas se encontraron. y lo propio hizo todos los días que siguieron. bajo el sol. Nadie la había inquietado de ese modo. a que se asomara de nuevo. casi obligadamente? Mas en seguida se aferraba a su esperanza. un tiempo en la esquina. Obesa. si ella se negaba a recibirlo. y después de dar lectura al mensaje. ¿Había esperado ella tanto por puro azar? Dedicó todas sus preocupaciones. algo desconcertado. Tenía los nervios deshechos. sus relaciones se habían resentido hasta la congelación. Sabía que el desvelo y las emociones injuriaban la lozanía de su piel. que estaba apenas de paso en la ciudad. ella. pero Casalduero no volvió a aparecer. cualquiera no la hubiese observado lo mismo. Sonreían las gentes. Súbitamente. luego. pero no dejaba de pensar en el forastero. renacieron sus esperanzas: Casalduero había regresado a la ciudad.

Se le hundieron las mejillas y los ojos. probándose uno y otro. las manos trémulas. —¿Ve usted. El sonido del timbre la hizo vibrar como si hubiese recibido una descarga eléctrica. ¡Que Dios me lo perdone! ¡Pobrecita niña! Y las lágrimas asomaron también a sus ojos cansados y tristes. un vaso de agua —repetía Casalduero. y hacia el cuello y las sienes marchitas se derramaron innumerables las arrugas como tajos crueles. Volvió la mucama para anunciarle que eran las seis menos cuarto y que alguien subía las escaleras. con sales sedantes. Eran las cinco pasadas. para trocarse luego en un entrecortado llanto. los sollozos de la muchacha fueron decreciendo. Antes de que acertara a darse cuenta de lo que iba a suceder. obedeciendo a una invitación muda de la muchacha. del que no sólo parecía haber huido la sangre sino hasta. Ana. vio alzarse la mano de la fámula —una vieja servidora de la familia— y caer abierta. Las carcajadas histéricas cesaron bajo el golpe brutal. Ana temblaba de la cabeza a los pies. Bajo los efectos de la crisis nerviosa. Se asomó por décima vez a la ventana. Vino en seguida la sirvienta. En su impaciencia. sólo escuchaba el eco de su voz. sacudida por una extraña fiebre. Las palabras de Casalduero llegaban a sus oídos vacías de sentido. la modulación de las vocales. sin atinar con lo que debía hacer. que en pocos instantes quedó convertido en una carátula senil.hizo el día. ¿Pero qué había en su rostro. si bien sus miembros se estremecían aún. de poseída. combinando detalles. mientras ella se paseaba agitada. cómo esa cara envejecía bajo su mirada. El baño. cosa que jamás le había sucedido. como cuerdas de violín tocadas por una mano invisible. debajo de éstos. profundas grietas se abrieron en torno a la boca. alzando la cara hacia él. con violencia. la piel toda se encarrujó. el golpe de las consonantes. En la puerta apareció Esteban Casalduero. cayendo en pliegues y obscureciéndose. que había cerrado los ojos. estaba todavía atareada con los últimos pormenores de su tocado. Lograron sujetarla a duras penas y la transportaron a uno de los sillones. tibio. ¿Estaría en hora su reloj? La sirvienta fue a comprobarlo. Puso más celo que nunca en el arreglo de su persona. Se había sentado él. que había acudido para socorrerla. los abrió con lentitud. se pasó largas horas delante del espejo. y de sus labios brotó una carcajada. tan inesperadamente. la vida? Era un rostro vítreo. aturdido por la singular aventura en que se veía. midiendo la habitación con pasos de ave cautiva. parecíale estar oyendo un lenguaje desconocido. sin dejar de reír con una risa demente. en una de las mejillas de Ana. diríase. La mano del tiempo. desgarraba los trajes que la disgustaban. No tuve más remedio. Los minutos transcurrían con lentitud mortificante. la serenó a medias. Reemplazó las rosas del recibimiento por un ramo de azaleas. se abatía inexorable. pulido. Y el joven vio. Su cuerpo se retorcía como una rama golpeada por el huracán. El joven la contemplaba con detenimiento. casi el rostro inanimado de una escultura. Ninguno de sus vestidos le parecía adecuado. . A las cinco. señor? —se disculpaba la anciana—. Su pulso vacilaba. su hermosura correspondía a su fama. —Un vaso de agua. demorada. Poco a poco. sobre cada milímetro de ese rostro de mujer. huyendo a los esfuerzos de Casalduero. que sé crispó como una fruta calcinada por el fuego. Realmente. Ana rodaba por el suelo y volvía a levantarse. con saña. con terror. que permanecía de pie en el centro de la estancia. a las cinco y media no había llamado nadie. envuelto. De pronto ese rostro perfecto se contrajo en una mueca. la epidermis se relajó formando pesadas bolsas. Esteban se pasó el pañuelo por la frente empapada de transpiración.

detrás del mesón. se balanceó en la otra. de humo de tabaco y de olor a cerveza volcada. y volvió a sus trajines. sin mirar a ningún sitio determinado. Carlitos le hizo un guiño y Jerónimo pasó a su lado sin detenerse. acosándolo de todas partes. se puso a esperar pacientemente a que Carlitos se desocupara. las manos en los bolsillos. No debía interrumpir el "trabajo" del cojito. recogió del suelo un palo de fósforo quemado. don Marcelino Moncayo. que limpiaba con la manga de la chaqueta cada vez que tenía que atender los pedidos del mozo. refunfuñando sin contestar. El propietario del bar. Cañipa. mirando a la alta cumbre mineral de Espíritu Santo. sin conmover su calmosa indiferencia. luego se apartó y se puso a lanzar pequeños guijarros en medio de la calle. conocía el código secreto de esos gestos. y cada vez arman camorra. Los mineros habían subido en grupos bulliciosos a divertirse en la población. con otras personas. El Embudo. barajaba el mazo y repartió los naipes. "Algún ganso". se deslizaba en millares de arroyuelos de oro líquido por entre el cuarzo pórfido de los montes y era una llamarada herviente en la patena de las represas. pero cambió de parecer y. junto a una de las ventanas del bar La Fraternidad estaba Carlitos. junto al pasillo que comunicaba el bar con la cocina. Carlitos. El polvo que levantaban sus pies tardaba en asentarse en el suelo. llenos los bigotes de grasa. En el centro se agazapaba un arácnido rubio. en los bares y las cocinerías. y un leve chispazo iluminó fugazmente su rostro de pájaro rapaz. gris de suciedad y manchas. contoneándose. se dijo Jerónimo. de vientre abultado y ojos voraces. Junto a la estantería se veía una hermosa tela de araña. "Pero la vida está bien". . "Sí. devorados por la soledad y el silencio de la serranía. entretanto. Pero el ojo del Embudo estaba sobre él. la pierna enferma como una ala tronchada. y penetró en el bar. comía un plato de guiso con ají. Detrás del vidrio brillaba la cara afilada del Embudo. Las llamadas de los parroquianos golpeaban vanamente en sus oídos. bajándose del barril. Aceleró el paso. dorada y elástica. en ese momento. —No les sirvas más a los barreteros del rincón. la pierna de niño inválido un tanto encogida. Iba a destruirlo de un manotón. El sol de Llallagua brillaba con luz hiriente en las techumbres de los ingenios. Tal como esperaba.La araña En la calle los ruidos apagábanse uno a uno. En todas las mesas los mineros manoteaban pesadamente y hablaban y reían con esa risa indefinida de la proximidad de la embriaguez. "Están desplumando a alguien". Cañipa se encogió de hombros. con un delantal corto. Jerónimo asomó en el fondo de la calle. " Y se puso a silbar alegremente. poco a poco. arrastraba sus pies hinchados yendo de un grupo de clientes a otro y luego al mostrador. Ésos ya están borrachos. espeso de conversaciones. alargó el cuello con rapidez y echó una mirada al juego del individuo sentado de espaldas a la ventana. de voces. decidió que el mundo estaba bien. había descubierto un entretenimiento. En la mesa de la ventana el Embudo y sus compañeros jugaban a las cartas. Jerónimo instalado encima de uno de los barriles de cerveza. sentado en torno a una mesa. pensó. Jerónimo. todo está bien. Retozo inocente de niño que se aburre solo. Tenía doce años y. y las olas de sus voces alborotadas se fueron remansando. el mozo.

ajena al peligro. Había recibido un buen jornal. soltó a su presa. el minero se rascaba la cabeza. La araña.Quebró un trocito y lo arrojó a la tela. entibiada por el ambiente pesado del bar. Manoseaba los billetes. inquieta. con aire absorto. apretando apenas el brazo contra la cartera que guardaba en un costado del saco. ingrávido. El fullero llenó otra vez un vaso. y se lo llevó a los labios sin mirarlo. y fue a perderse detrás del mostrador. la mantuvo firmemente aprisionada entre sus patas. El juego había terminado. —¿Tengo alguna deudita por ahí. en el aire espeso. mimetizada con el sucio encalado del muro. concentrada en su tarea. gozoso de su buena suerte. no. estrujaba a la mosca. que cesó de repente su desesperado aleteo. con fingida emoción de novato. y de cuando en cuando echaba una mirada dentro del bar. abandonó el bar. con pasos pesados de autómata. ausente a lo que ocurría a su alrededor. La araña fingía dormir. Del otro lado de la ventana. contándolos. El minero había palidecido. se acercó rápidamente y la desprendió con las patas. pero cuando quiso ascender otra vez. sonriendo sin expresión. En la mesa. y. después de un rato. —¡Así me gusta. Luego tomó su sombrero. alargó la mano y tomó. como un niño que aguarda con vaga impaciencia la salida de su padre. La calle comenzaba a llenarse otra vez de tierra y de actividad. trazando amplios círculos como una patinadora. Apuró el Embudo. Jerónimo se disponía a quebrar otro pedazo del fósforo cuando observó que una mosca revoloteaba muy cerca de la tela. pero el arácnido no se movió. De pronto. con cierto desmaño. pero sus ojos abiertos seguían con disimulo las evoluciones del insecto. don Marcelino? Éste había concluido de comer y contemplaba al trasluz una copita de aguardiente que tenía entre los dedos. los billetes abultaban agradablemente en sus bolsillos. vaciándolo de un trago. Sentado de espaldas a la ventana. y fue descubriendo una a una sus cartas. agazapada en su urdimbre. que hizo alzar la cabeza a los parroquianos. el contenido de su vaso. El minero sentado de espaldas a la ventana miró las cartas que tenía en sus manos con indisimulable confianza. después se limpió los labios con el dorso de la mano. La araña se revolvió. prendido a los sutiles filamentos. —Raro sería que. sobre los ateridos campamentos. y luego de contemplar un instante la astillita que pendía de la malla. su vaso de cerveza. y se apoderó de la mosca. Zumbaba alegremente. El Embudo dobló la puesta. pues —respondió con aparente desgano. volvió la cabeza hacia el mesonero. segura de sí misma. el cadáver del insecto descendió. Los palpó como al descuido. en una arriesgada maniobra. Sonrió para sus adentros: tenía un buen juego. golosamente. pasando de hilo en hilo. Nunca venían mal unos pesos ganados sin esfuerzo. la curva demasiado cerrada de su elipse la llevó a clavarse de cabeza en la tela. La araña salió del centro de la tela. Quién sabe si no estaba en su día. . con agilidad de grumete. a modo de saludo. Carlitos arrojaba piedrecitas al centro de la calzada. El frío de las cumbres solitarias descendía como una niebla invisible. entretanto. hermano! ¿Quién dijo miedo? —exclamó el fullero. El Embudo estalló en una sonora carcajada. llena de innumerables látigos de hielo. Jerónimo le había arrojado un nuevo palito. en la calle. que podía ser cualquiera de aquellos bebedores aturdidos por el alcohol y las disputas. el minero puso un fajo de billetes junto a la puesta del Embudo. Allí quedó debatiéndose. Finalmente. El Embudo daba nuevamente las cartas. donde quedó oscilando. De vuelta a su rincón. serio. casi en el mismo sitio donde había estado antes el palito que arrojó Jerónimo. Volvió a sonreír. Jerónimo salió a reunirse con Carlitos. dejándolas sobre la mesa. la mosca descendió roncando como un avión.

le alargó al cojito un billete de quinientos pesos. ñato. —Te has portado como un gigante. . Carlitos dando pequeños saltos. "Está bien. se llevó la mano al bolsillo y le pasó cien pesos.Mientras le refería su fascinante experiencia con la araña. Y al ver a Jerónimo. cuando ya se había dado vuelta para entrar de nuevo en La Fraternidad. como un gallito herido. la vida está estupendamente bien". salió el Embudo. Apretando con fuerza su dinero. pensó Jerónimo. los dos niños echaron a correr calle abajo. con la mejor de sus sonrisas.

Escuchó con odio su respiración tranquila. sintió que su sangre se sublevaba en un rencor ingobernable. la boca entreabierta. El acto de renunciar a la vigilia se le antojaba una abdicación de la dignidad. era volcándole agua en la cara. Siempre le habían parecido detestables las personas de sueño fácil. Adriana cerró el libro que había estado leyendo y quiso dejarlo entre el vaso y la lámpara. Afuera seguía cayendo el agua sobre la extensión adivinada de la noche. Saltó Adriana del lecho. Era viéndolo así. esa mañana vendría a las cuatro para salir con Octavio y algunos peones a explorar las alturas donde se formaba la "mazamorra". recelosos de una avalancha de lodo. entonces. De ordinario. por la mañana. El agua se había extendido en una gran mancha sobre el suelo. sus labios se recogieron como para decir algo en el sueño y mostraron una dentadura pareja. pesada de sueño. en la alfombra. más ausente en su egoísmo. dormido. los párpados pesados cubriendo los ojos. leído en un diario. Volvió la cabeza para contemplar a su marido. Pero era una bestia sana y bien constituida a la que nada era capaz de herir. sobre la cama en que yacía con su marido. Tal vez ella. como una expresión de la avaricia. su marido. Ella sabía de algunas especies que no requerían de ese eclipse periódico de la consciencia para vivir. sin despertar. como se le aparecía más ajeno a ella. en la mesa de noche: calculó mal sus movimientos y el vaso se estrelló. luego de calzarse unas zapatillas. La respiración del hombre subió a su lado. El hombre dormido agitóse ligeramente. y a menudo recordaba ese relato. La única forma de despertar a Octavio. y los trocitos de cristal brillaban como diamantes. ¿Por qué los seres humanos necesitaban tenderse al llegar la noche. blanca. a ella y todo. Si por lo menos una enfermedad hiciera presa de ese atado de músculos sin nervios. las siestas de su madrastra. profunda. He ahí algo que la ciencia tendría que resolver algún día en beneficio de la humanidad: un mundo sin esas substracciones a la vida. se ablandaría su corazón. ¡quién sabe!. "Respiración de animal saludable". a Octavio. en esos casos. el administrador del fundo. acerca de aquel hombre que había perdido definitivamente la costumbre del sueño. a cuya vista Adriana. cerrar los ojos y hundirse en una inconsciencia parecida a la muerte? La naturaleza pudo haber habilitado otros medios para restaurar las fuerzas perdidas y borrar la fatiga: respirar profundamente. considerable en su estatura yacente. por ejemplo. dormir equivalía a encerrarse en su cuerpo. y su actitud de mujer sería diferente. el rostro sudoroso. llamaba a la puerta a las seis. Todo era sombra ruidosa y . El ideal perfecto. apartó con el pie los fragmentos de cristal diseminados en el piso y se encaminó a la ventana. una existencia lúcida desde el nacimiento hasta la muerte. con estrépito. removiéndose en el lecho hasta hacer crujir los muelles. descendería a prestarle algún cuidado. bajo las mantas. Era el agua destinada a despertar.Como una rama muerta La luz del velador proyectaba en el cielo raso de la habitación un círculo de claridad que se quebraba en los ángulos de las paredes y bajaba. ralo. y recordaba la violencia con que debía admitir. sin saber por qué. de esa osamenta sólidamente articulada. rehén de su sueño. pues las lluvias no habían parado de caer desde hacía dos semanas. y esa clausura repugnaba a su sensibilidad como una sórdida escatimación. en su hogar de soltera. Salas. Tiró con fuerza de las cobijas y le volvió la espalda. pensó.

sueño de piedra hundida en profundos pozos de inconsciencia. En las viviendas de los peones. el zarpazo de lodo acumulado por las aguas en alguna cuenca lejana. como traicionar a sus antepasados. las rosas amarillas. Las tierras laborables. sueño sin sueños. se veían correr algunas luces. Octavio revisaba el mecanismo de la trampa. Apoyó la frente en el vidrio de la ventana. por la galería. Sólo sirvió uno: la copa de agua. en un estilo de cabaña californiana de blancos muros encalados. cargado por las lluvias. Conducía a un pasadizo subterráneo donde aguardaba una motoneta en la que era fácil trasladarse. no serían manos intrusas. Todo en él era realismo y previsión. valía tanto. con flores de un vivo de fuego. y adquirir otra menos expuesta al peligro permanente de los aluviones. temerosos de la "mazamorra". La hacienda de los Arróspide se hallaba enclavada en medio de un anfiteatro de montañas que la protegían de los vientos de la cordillera. Otra cosa es que se la arrebatara la reforma agraria. venderla. como si . Las fucsias. sombrío. vaciada de golpe en el rostro en letargo. El líquido derramado sobre la alfombra había dibujado una estrella irregular. Era una trampa que Octavio había mandado construir para ponerse a cubierto de los riesgos de una inundación. adorándose en su obra. para él. formaban una playa de verdura. en el abrupto paisaje. de un solo bloque. sólidos como sillares del coloniaje. pero en piedra. aceitaba los goznes. era. Octavio trabajó durante un año largo en la ejecución del proyecto. Daban el único perfume de su destierro. había pertenecido a su familia desde que se fundó la república. además. Un símbolo de ese orden mecanizado y precavido estaba justamente allí. junto al lecho pedregoso. los tacones. al cabo. se recostaba una profusa buganvilla. como ojos de onza brillando en la oscuridad. Octavio se había empeñado en construir la casa que habitaban. acurrucadas contra la ladera mineral de la montaña. Sólo había una falla en esta creación consumada: su sueño de hastial. Había puesto en práctica toda clase de recursos para vencerlo a su arbitrio. colonos alarmados que bajaban hasta la orilla del río para interrogarlo. ¿Estrella o araña? Durante unos segundos Adriana la consideró con aprensión. de un solo golpe funesto. El río. ufano. pero no hacía frío. vidas y obras de laboriosos años. Y pensaba en lo aburrida que es una existencia incurablemente cuerda. y que al vaciarse en la quebrada había borrado en otras ocasiones. sobre el porche. y luego a la aldea o a una hacienda próxima. todos fallaron. que ardían al sol como una llamarada. con los edificios de la hacienda y los lagares. La propiedad era un bien patrimonial. procurándole un clima templado. propicio para el cultivo de viñedos y frutales. Junto a la entrada principal. probaba su funcionamiento. en tal caso. ¿Tan asustados estaban? Asustados. conocían el cuidado amoroso de las manos de Adriana. Sonrió con desprecio. de vencerlos de antemano. lo veía poner toda su presuntuosa energía al servicio de su afán de adelantarse a los hechos. pensó. a un nivel no alcanzado por el lodo de las "mazamorras". Las aventuras no entraban en su conducta. tercamente obsesionado con su idea. entre las altas cumbres. el heliotropo y los claveles de los arriates. luego la contemplaba un tiempo. Ella lo veía hacer. Si Octavio no estuviese dormido. para sustraerse a su dominio en el momento necesario. Estaba rodeada por un jardín cruzado de caminos de grava roja. Probablemente. al fondo de la garganta.mojada. permanecería siendo. de los descendientes de aquellos que la habían trabajado con sus abuelos. una aventura. orgulloso de su perfección de relojería. con mirada prescindente. hasta una loma vecina. en el piso de su propia alcoba. Todas las noches. arrastraba pedrones con un ruido ronco. y se jactaba de ser previsor y realista. antes de acostarse. Y ésas. desertar de la tradición. lo vería correr fuera de la casa. casi siempre con un hilo avaro de agua turbia. como siempre. las adelfas. para hacer otro tanto. como si admirara la imagen de su propia eficiencia.

. dejaba escapar un gruñido ronco y alargaba. su novio. señora. Se las había arreglado. él seguiría situado en su provecho. en el ademán de buscar su garganta para estrangularla.. ciego. —balbuceó—. puede venir. Adriana. los ojos soldados aún por las brumas de la soñera. por precaución. la de la otra crueldad insidiosa. incluido su matrimonio. Tomó un revólver. La gente está alarmada. Fue siempre un espontáneo. directa.. para presidir su sindicato. —Perdone." ¡Como si la desgracia necesitara signos para anunciarse! Cae sin aviso. Adriana lo miró escéptica. "Majadero. enemigo de los campesinos indios. disfrazada bajo apariencias engañosas. las pandectas cambiarían de manos.. ahogado en uno de los ríos del Beni. enferma. los brazos hacia ella. todavía velados por el sopor. tomaron la forma primera. Gracias. casi sin muebles. la mancha le recordó la obligación de reemplazar el vaso y su contenido. En todo caso creí prudente hacérselo saber a ustedes. Aquel hombre le inspiraba una reserva infatigable.. a la vuelta de cualquier recodo. —¿Por qué cree usted eso? El administrador vaciló antes de responder.. como golpear. no sé.. inmóvil. Temo que pueda venirse ya la mazamorra esta noche. su despiadado expoliador. precisamente. esa noche no le extrañaba ningún llamado a deshora. Encendió un cigarrillo y se estuvo morosamente hundida en un sillón. otras. chorreando agua bajo un viejo poncho impermeable. ¿sabe usted?.. antes de arrojarle el agua en la cara.. a refugiarse en el baño.. —¿Y no pueden haberse asustado por otra causa? —Puede ser. Con el recipiente colmado en la mano dejaba transcurrir largos minutos. eran apenas las dos. Octavio. La muerte de su padre en ese absurdo accidente de tránsito.. señora. pero creí necesario venir a advertirles. han querido forzar la tranquera del corralón. Era como desafiar oscuras potencias desconocidas. Salas. Esa era otra noche en blanco. En ese momento alguien llamó a la puerta. despertaba al fin. Sólo quería prevenirlos. Todo el curso posterior de su vida. después. un sorbo de coñac la había ayudado a conciliar el sueño. una pequeña sala de recibo. artera. " Se encogió de hombros. En el porche estaba Salas. con sabor a maderas. como introducir la mano en ese fango tenebroso y poblado de alimañas y monstruos en que se hunde la personalidad en el sueño. mientras echaba una rápida mirada al reloj del hogar. la locura de su madrastra internada en un sanatorio. renovando así en su espíritu la repulsa que la dominaba cada vez que debía cumplir el enojoso compromiso de despertar a Octavio. y frío. "Creí. no tenía el menor deseo de dormir. en el bargueño. arrojando lejos de sí las ropas del lecho. y después de mirarla sin verla durante un breve relámpago de tiempo. a una bestia furiosa. sin inquietarse. estaba la botella. Los caballos. la de Alberto. a resinas. ahora que se levantaban vientos de reforma.en vez de agua fuese de sangre. se modificarían.. Adriana frunció el ceño. Rememoró con desánimo la larga hilera de . y nadie supo que estaba escondida detrás de la puerta. un buen rato. Se dirigió a la habitación vecina. ¿No cayó así sobre su vida tantas veces? Unas. imprudentemente y por la espalda. —Hizo usted muy bien. lo ayudaba a vestirse. Cerró la puerta. vertió un chorrito en una copa y paladeó el líquido quemante. Era la única voz del silencio. Pero entretanto había abierto los ojos. Algunas veces. mostrando la mueca horrenda. brutal. En torno a él. la mirada perdida en los rescoldos casi apagados de la chimenea. —Yo no sé nada. irresoluta frente al hombre dormido. allí. el hombre a quien amó poniendo en ese amor todas las vehemencias de su corazón. Nunca supo él que la primera vez que lo despertó de ese modo había tenido que correr.. antes de abrir. asqueada. y se aburría.. La lluvia seguía golpeando en la oscuridad de la noche.

de ambiciones informes. contra la mano de Octavio que la palmeaba suave y desaprensivamente. Mas la hiel estaba ya en ella. elemental. Egoísta. ya verían. apacible. El matrimonio reanudó en su espíritu el conflicto ínsito. la dejaba en libertad. la lucha ahora para evitar que su personalidad fuera sutilmente invadida por otra personalidad que ni siquiera se tomaba el trabajo de imponerle esa sofocación. no enamorada. después. estaba segura. y ella estaba obligada a ayudarlo en la empresa. " Restallaban los relámpagos sobre la piel luctuosa de la noche y gemía. De un salto estuvo de pie. "Niña consentida. correr una cortina sobre ese montón de días ensangrentados con su sangre y su amargura. incrédulo. ¡Egoísta! El calificativo no pronunciado sonaba en el cerebro de Adriana como una injuria. Y esa era su fuerza. un trueno que cayó de los más vastos precipicios de la noche la hizo despertarse sobresaltada. Quería ser simple. de detener la disolución. en el instante mismo de tocarla. mordiéndolas con espumarajos de perros rabiosos. " Para él. los que arrastraba luego la corriente. demoledor. en un modo. Hervían las aguas y se arremolinaban. Quería volver la espalda a lo destruido. Cuántos abismos pueden abrirse en el fondo secreto del pecho.. a menudo. "Mi niña egoísta. ni cariñoso ni distante. Eran pedrones de trueno. Era el suyo un divorcio implícito. qué ignoraba la obra de desgaste que ella temía. la lluvia en el abra anegada. esa carcoma de sus sentimientos que sólo Dios sabía en qué podía acabar: era dejar aquello. Mas. y vencería. Ella odiaba esa sonrisa. los reducía a fragmentos de carbón enrojecido. ese destierro sin rédito espiritual visible. Su orgullo estaba cifrado en vencer. no en las copas que llevaba a sus labios. Hay seres nacidos para atraer sobre sí los rayos de la tormenta. la palabra parecía cambiar de emisión y de destino. como una rama muerta. Adriana había pensado. aquello era todo. cómo se volvía. comenzar otro camino bajo soles menos acerbos. le consentía un amplio margen de autonomía. un divorcio de las almas.. ¡Cortar de raíz el brote aciago de la catástrofe! Se lo dijo a Octavio. No le pedía más. No era un trueno. la risa jocunda de Octavio. sorda. el único posible. pero hasta el más duro acero se desgasta de tanto golpearse contra la adversidad. a medida que sus ecos se iban apagando. como retama tronchada por el ventarrón. egoísta. ígneos. sin evitar por eso que recrudeciera su despecho y se cerrara aún más en su guardia. entre risas de timbres jocundos y honestos. permaneciendo. para ir a hundirse en las aguas del río. simplemente. humilde. de desechos. Octavio era un hombre amable. pero pasaban.. pero Octavio limitóse a mirarla. de nuevo. salir a otro aire. Seguro de su poder. sin saber que para ella era tanto. Dejar. alerta. abandonar a su suerte la hacienda con sus trabajos y su fruto constantemente amenazados. Se había casado ansiosa. a su lado. rubricaba con una sonrisa todos sus caprichos. parecía que iban a estrellarse contra los muros de la casa.ilusiones abatidas. Cuántas veces había deseado que esa mano quedara seca en el aire. en ella misma y en la vida. El aguacero los martillaba. sin complicaciones. y aceptar una existencia apacible. de esperanzas rotas. Una risa que la hacía sentirse de repente extrañamente culpable. mojado por la lluvia. De pronto. El . desplomábanse los truenos y bajaban rodando por las laderas de las montañas. que cada vez tardaban más en encontrarse. De tanto en tanto. algo rudo. Adriana creía escuchar. esa rutina. rozándola. Bumerang irónico. colérica. le encantaba la batalla con esa naturaleza hostil. Por lo demás. No le pedía más. sin embargo. sobre todo.. también mojada por la lluvia. Se había quedado adormilada en uno de los sillones del recibimiento. Octavio no parecía percibir su prevención y la llamaba su niña consentida. saltando sobre las rocas.

petrificada en el ademán de verter el agua. de pie ante la cama. los cantos rodados. en la cabecera de la quebrada. ululante. Mientras tanto. defendiendo el contenido del vaso. nerviosa. con una expresión de demencia en los ojos.último trueno había estallado hacía rato y sus ecos se apagaron uno a uno en los remotos interiores de la tormenta. y sintió su carga sobre la tierra y el estremecimiento de la tierra castigada. allá arriba. Tropezó y estuvo a punto de caer. que abrió una boca lóbrega en el centro del dormitorio. Más que su conciencia. no le obedeció. Caía la lluvia. incontenible. animal. el bronco cataclismo subterráneo que bajaba como el desmoronamiento del duelo. sin embargo. Octavio dormía un sueño agitado. . crispada la cara y dejando escapar gemidos áfonos por entre los apretados dientes. Adriana lo contempló aterrorizada antes de decidirse a arrojar el agua en ese rostro deformado por la pesadilla. una misteriosa señal de su instinto. lejano aún. derramándose densa y nauseabunda. para seguir corriendo quebrada abajo. había corrido por un vaso de agua y sus alaridos llenaban la casa como pájaros salvajes dominados por el pánico. la advirtió del peligro. Adivinó el trabajo de la muerte. y. impasible. en seguida. Pero cuando quiso hacerlo. antes de que la avalancha de lodo desgajara la casa desde sus cimientos y la engullera en sus fauces monstruosas. La garganta se le desgarró en un grito espantoso. seca. exploró el silencio. Tensa como un arco. el brazo. como un impacto. Sólo entonces oyó alzarse el vocerío angustiado de los perros que ladraban. Octavio pudo desprender al fin los párpados y alcanzó a mirarla. La mano se había helado sobre el cristal. Dormida. Con la mano libre hizo funcionar la trampa. remecida por el viento. rígido. algo en ella velaba. profundos. pareja. y en el silencio gorgoteaban. suavemente. ¡Era el alud! Adivinó la marea del légamo avanzando pesadamente. ajena al resto de su cuerpo. como paralizado por la muerte. y su propia certeza la asustó.

jadeante. Ahora que mirada su pelo de color de miel. una muchacha sentada en uno de los asientos delanteros. mientras buscaba acomodo con movimientos calmosos. (El tranvía partió con brusquedad. Estaba enterado de todo eso. (Había dejado pasar un "taxi". Artefactos asmáticos y ruidosos. y luego dos ómnibus abarrotados de pasajeros. adaptándose al aire rumoroso de hierros y vidrios que circulaba en su interior.Los buitres Cuando subió al tranvía. Un poco confundido. volvió la cabeza. Una señora joven con una niña se habían detenido a su lado. luminoso. Pero los tranvías no le eran menos aborrecibles.) Pero al llegar a la mitad del pasillo sintió —sin que la sensación tomara forma en su conciencia —que algo de irregular había allí adentro. sin embargo. con un estrépito de hierros sin aceitar. lo tomo". y. le arrancara el sombrero. El tranvía seguía rodando. quejándose y sacudiendo su armazón estropeada. Subieron los tres. como sí esperase encontrar a un conocido. sentada a su lado). en ese segundo en que se mantuvo de pie. "Si suben ellas. con la mirada fija en su nuca. A los costados se elevaban ahora los altos edificios de la calle Santa Fe.) Fue entonces cuando percibió algo como un fluido y sus ojos se pusieron a buscar involuntariamente de dónde provenía ese llamado impalpable. La señora hizo una seña al motorista. Se decidió. conocía el timbre de su voz. el primer sitio que halló libre. y el tranvía. suavemente ondulado. quizá su hermana. pensó. de repente. y fue como un choque. buscó hasta el último detalle de su rostro. le alargó la moneda (acababa de advertir que la tenia fuertemente sujeta entre los dedos. En el breve instante en que se cruzaron sus miradas. mientras el tranvía rodaba bajo el sol por las verdes alamedas próximas a la Plaza Italia. la había visto por la espalda (la acompañaba una. como un niño). sus nervios vibraron. sólo conseguía arribar a la convicción de que era dulce y femenina. Ocupó al fin. se detuvo. No se sentó en seguida. de autómata. y recordó que antes de hacerlo. expuesto a recibir pisotones o que alguien. Le parecían vehículos para viejos y mujeres gordas. como si su magnetismo femenino solo obrase por el fluido de sus ojos o de su rostro. y como en una súbita instantánea. que por detrás se confundía con los demás pasajeros. sin detenerse en ella. Se había ubicado cuatro o cinco asientos más atrás. . lúcidos de cal hiriente bañada de sol. en las personas o en la atmósfera. y ya no apartó casi los ojos de ella. sino que tomándose de un asidero dejó errar su mirada un segundo. y se disponía ya a desdoblar su diario cuando. sin detenerlo ni sabía por qué—. Subían los pasajeros. amiga. no advirtió de momento su presencia. Y aunque no la había oído hablar. Odiaba esas aglomeraciones. sabía cómo era ella. Cuando se esforzaba por hacerlo. con unos labios de un rojo pálido y una luz en las mejillas que iluminaba y al mismo tiempo diluía los demás rasgos de su cara. por ese que se acercaba dando cabezazos. al abrirse paso. ni avanzó por ei pasillo. No quería viajar incómodo. El guarda se acercó a cobrarle su boleto. buscando. no habría podido describirla. sin embargo. clara y recta como una espada. De inmediato supo que era eso lo que lo había turbado vagamente. quedó grabado en la placa de su cerebro.

en abandonar el vehiculo. Pero en seguida rechazó los absurdos presagios. los racimos humanos peligrosamente colgados de sus barrotes. como un monstruo furioso. probablemente. De vez en cuando subían unos pasajeros embozados y volvían a desaparecer. Habían llegado a los barrios del sur de la ciudad. paralizado. unos paquetes. sin hablar. Las edificaciones se hicieron familiares. y su mismo traqueteo sosegado pareció devolverle la confianza. Dejaron atrás la Avenida de Mayo. sin embargo. Las dos muchachas seguían en sus asientos. Sólo entonces comprendió que era la desconocida. "No puede ir muy lejos —se dijo—. En lo alto soplaba el viento enfurecido. vestidas con telas ligeras. Pensó. Es decir. No había en que lugar se encontraba ni por que estaba allí ni adónde se dirigía. El tranvía. que a medida que se internaba en los suburbios de la población. Atravesaba dando saltos por una región desolada. Ojos cargados de crimen los miraban pasar desde la tiniebla.mientras el guarda. Tiene que bajar pronto. Tal vez era su obligación buscarlo. El pasaje grito. como devorándolas." El tranvía se iba vaciando. asimismo. Pero el fluido continuaba actuando en sus nervios. La muchacha no había vuelto a mirarlo. espeso como un vino. No había sucedido nada. comprendió que su sospecha era ilógica. Así cargado viraba —con ese chirrido en el que se evade el doloroso cansancio del hierro— por la esquina de Paraguay y Maipú cuando asomó un inmenso camión. y que amaba la vida. Observó. y cuando llegó a la esquina en que debía abandonar el vehículo siguió en su asiento. Además. viendo su rostro joven y desaprensivo. Relámpagos como navajas desgarraban la noche. misteriosamente. Pero algo lo ataba a su sitio: no se decidía. Al fondo. A lo más. sin moverse. por las que trepaban las sombras. "Me van a matar cualquier día". de colores alegres. flotaban en el río del tránsito. Seguiría a pié. A la luz declinante de la tarde. estaban ya cerca de la calle Corrientes. sin que el vehiculo se detuviese. con la primavera repicando en su sangre. "Es ridículo". Nunca había hecho eso. entre las olas de la calle. Es cierto que era un hombre solo. pensó profundamente turbado. y se deslizaban ahora por una ancha avenida. El tranvía siguió rodando perezosamente. en la plataforma. en la que se escurrían sombras apelotonadas. no lo había visto en su vida. sólo divisaba ahora sus espaldas rígidas. las reconoció: ésa era la cuadra en que habitaba. La risa despreocupada de una pasajera acabó por disipar sus recelos. fue quedando solitario. y eso le decía que estaba tácitamente en comunicación con su pensamiento. Cayó la noche. Atravesaron el Riachuelo. sólo ellas —ellas y él— permanecían inmóviles en su sitio. a ras del suelo. Tuvo la impresión de que el guarda lo espiaba. Pero. arrastrando papeles y hojas muertas. que rodaron por el suelo. que le habría gustado compartirla con uno de esos seres puros y delicados. puesto que el guarda. En el interior del tranvía goteaba una claridad amarilla. Hablaba con su compañera y parecía ignorar por completo su presencia. Luces siniestras iluminaban una ciudad desconocida. el humo de las fábricas ensombrecía el cielo. Ese armatoste lo inquietaba. En el seno de la obscuridad se incubaba una tormenta. y se abalanzó rugiendo sobre él. tiraba enérgicamente del cordón de la campanilla. Un viento perverso ambulaba por los rincones de las calles. tenía que bajar. poco a poco. El tranvía bogaba como un cetáceo. el día se apagaba paulatinamente. No acostumbraba seguir a las mujeres que encontraba en la calle. Grupos de mujeres jóvenes. en seguida. Y que tiraba con más violencia del cordón de la campanilla. se dijo. . Pero la bestia relampagueante cruzó a dos pulgadas de la tragedia. Pero un recato íntimo le impedía confundirse con un perseguidor callejero. o tomaría un "taxi".

estremeciéndose. tenaz. horrorizado. percibía la ascensión penosa de las ruedas por una angosta quebrada. como una fiebre. advirtió que el pájaro no estaba ocioso: ¡vio con espanto que su pico se ensañaba en uno de los ojos de la muchacha. La tempestad bramó toda la noche. Y en medio de su preocupación. Las horas resbalaban afuera a modo de gotas de tiempo. con el sumo pesado de la arena. para espantar al intruso. y las arrugas cruzaban su rostro en todas direcciones. blandamente. de mirar siquiera la piel de sus manos. pertenecían a su mundo? subían y bajaban. ausente. como galgos que se despeñan en un precipicio. apariencia repulsiva de rata o de murciélago. Hacía frío. se dijo. fantasmales. habitantes de niebla. Casi se respiraba una atmósfera de cripta.Truenos apagados rodaban en la lejanía. y entre sus vagos muros. aparecía deshilachado y lleno de remiendos. y le colgaban como ramas de cerezo sobre los hombros y la espalda. y el tranvía zigzagueaba en la sombra perseguido por los rayos y los relámpagos. con un nudo de angustia en la garganta.. ingrávido. Se preguntaba cuándo había entrado allí. bajaba de alguna parte sobre el árido pasaje. y en ese mismo instante pudo ver que una espesa . traqueteante. y por dónde. semejante a la facultad misma de sentir y de escuchar. Siguió la dirección de la mano cuando ésta descendía y. rozándolo.. Su corazón helado se hizo denso. y al mismo tiempo lejanas. Como si con el ruido hubiera desaparecido algo esencial. Su uniforme había perdido color y forma. Sólo las muchachas no se movían. Atravesaban ahora por una ciudad extraña. y reinó otra vez la obscuridad. Su plumaje negro parecía descolorido. pero lenta. casi superflua en esos momentos. afuera. como esfumadas. Pero en seguida el sol se hundió de nuevo. que permanecía rígida como una estatua. como su compañera! Se alzó prontamente de su asiento. inquietante. Ni lo miraban. Ahora la campanilla se agitaba débilmente. irreal. La mano del guarda parecía fatigada. La miró asida al cordón. Masas de agua negra caían sobre el tranvía. Ni hablaban. estancada como el aire. por las barbas eternas de las montañas. él las sentía cerca. pero amenazantes. no se distinguía el menor signo de vida. con esa condición del lodo y la herrumbre. Tuvo miedo de llevarse la mano a la cara. ciego. La sangre había dejado de latir en sus sienes. y el tranvía seguía rodando sin detenerse. silenciosas o vociferantes. de desenfundar heladas armas. En todo el contorno. y vio que era una mano de viejo. Pareció estacionarse en el interior del tranvía. que él nunca había visto? Cubos y torres grises sucedíanse unos al lado de otros. Y se alzaba el día y caía la noche. Con los sentidos como suspensos sobre él mismo. que le daba. ¿Hablaban esas gentes. Un ligero graznido atrajo su atención "¿Acaso estaré muerto y. Bandas incógnitas y ebrias saltaban al tranvía. Una luz extraña. lo calaba hasta los huesos.?". y sin atreverse a completar su pensamiento. y muda. en medio de un aire inmóvil y congelado. con la piel rugosa y seca. Luego el tranvía entró en una vasta extensión desierta y se deslizaba ahora sin ruido. advirtió que el guarda había envejecido: sus cabellos se habían puesto completamente blancos. y volvían a desaparecer. de mirarlo con ojos de fuego. Los perros aullaban a lo lejos. algo vital y tranquilizador. resonaban los truenos hondamente. Miró frente a él con alarma: sobre el pecho de la muchacha se hallaba posado un buitre. El tranvía siguió corriendo embozado en la cólera nocturna. opacas. Volvió a lucir el sol. ¿Qué ciudad era ésa. Todas parecían a punto de volverse contra él. como impelido por esa cólera que sólo cedió al amanecer. rápidamente. Y de pronto se derrumbó el temporal. Su marcha era fácil. Como si bruscamente hubiese ensordecido. sin detenerse. Se sintió helado: una humedad peligrosa. El tiempo había cambiado sensiblemente.

coma una ola. Se debatió unos instantes en el marco de la puerta. Un sudor viscoso como la sangre le humedecía la frente.nube de buitres volaba junto al tranvía. Pudo levantarse de nuevo y comenzó a retroceder. una columna turbia que bajaba sobre su cabeza. Vaciló. enredado en la pierna inerte del guarda allí caído (la tierra volaba bajo sus pies con un hervor de vértigo) antes de lanzarse al vacío. que fugaba por la meseta lunar. La tromba de buitres seguía penetrando inacabable. sintiendo en las manos las garras y los picos iracundos. y era cada vez más ávida y poderosa. protegía sus ojos. Trastabilló. y se perdía rápidamente en el horizonte. . Fue a caer sobre el filo de uno de los asientos. La sentía encima de él. en un altiplano de luz difusa. hacia atrás. era un viento de cólera desencadenado contra él. un brazo de la muerte. perseguido por una obscura humareda de alas. La furiosa acometida lo empujaba hacia el fondo. No alcanzó a dar dos pasos: por la puerta delantera irrumpió un huracán ceniciento. escoltándolo. Algunos trataban de introducirse por las ventanillas cerradas y sus picos repiqueteaban en los cristales con un redoble sordo y funeral. golpeando al azar. Tuvo la visión del tranvía. las furiosas aves carniceras se estrellaban enceguecidas contra su propio pecho. Se defendió con los puños crispados.

¿Lo habría visto? Bajaba su profesora por la escalera y los tacos finos de sus zapatos sonaban en los peldaños como si caminara por las teclas de un piano. La mañana de humo tenía pronto olor de pescado frito. y las campanas reían como burlándose. infinita. se ve perderse en el confín oscuro la última linterna de las lanchas pesqueras y llegar. el mar tenía ya un color de plomo líquido. don. le preguntaría qué hacía allí. Reían con alegres carcajadas las muchachas. din. por qué no había ido esa mañana a la escuela. veloces como flechas negras y brillantes. en alarde de nadadores afinados. hizo . atravesaba el humo denso que venía de la cocina y se iba a acallar los gruñidos de Emelina ofreciéndole un cigarrillo y ayudándole a preparar el desayuno. luego mover platos y cacerolas. Su madre se levantaba entonces. rezando y refunfuñando. Eliecer. que se perdía en el cielo. y el frío que corría con las primeras claridades de la amanecida era húmedo de yodo y sal. grupos inquietos de garumas picoteaban entre los manchones de sargazos abandonados por la bajante. y los más jóvenes. el más viejo llenando la mañana con sus bramidos. don. y sobre mar y cielo. Cuando aún es noche declinante y más que asistir a la llegada del día se presiente su inminencia esplendorosa —en ese viento ligero que resbala sobre las sienes. Entre esta hora sin ojos y la sucesiva. Sobre las olas se levantaban densas bandadas de gaviotas. Eliecer se encogía bajo la manta liviana. Cortando la superficie cruzaban manadas de lobos marinos. colmadas todavía de noche. Eliecer escuchaba a la vieja Emelina arrastrar primero su tos y sus chancletas. que resuena más fresca y tranquila—. los ojos cerrados. en la cama. se veía deslizarse el resplandor de la mañana. casi palpable como las neblinas. trayendo a remolque una albacora lustrosa. Pero las obstinadas brumas del norte ocultaban el sol. Las piernas de la profesora brillaban al sol como aquella tarde en que. con sus compañeros de curso. simultáneamente. o un bote de pesca menuda. y se entregaba a la sensación de estar flotando sobre el mundo: era una gaviota. Era necesario que no advirtiera su presencia. Descubrió que una de ellas era su profesora. subía. de la que goteaban las últimas estrellas. Alguien llamaba mar adentro: "¡Eh. Buenos días. y el mar tenía sonidos de playa vieja. dan. Las olas rompían suavemente en la arena rayada por la huella de los cangrejos. algunos gritos de pájaros desgarraban la tela nocturna. de crines húmedas.Alegría del mar I Mucho antes de que amaneciera. dobladas por la cintura y cubriéndose la boca con las manos. Subía. las que vienen ya de vuelta. angosta. como si tomaran su primer baño. los desnudos brazos de mujer joven arqueados sobre el pelo. zambulléndose con elegancia. En la casa vecina lloraba una criatura. Manuelitoooo!". Del puerto subían las voces de los playeros y los comerciantes. era una nube. corrían los dos a la orilla del mar. Pero la profesora lo tenía ya tomado de una mano. señorita. Veía el grito planear sobre los peces asustados. ahora en que la mañana comienza a moverse en el puesto como un animal resplandeciente. Din. y en las orillas. Eliecer pensaba que no la había saludado siquiera. subía por una escalera de caracol. Poco a poco el mar mudaba de color. vagamente aceitoso. como una regata de luces. como de bruñida caoba. en el silencio del cielo y en la misma voz del mar. y sentía repicar en lo alto unas campanas que eran como polleras de muchacha.

calle arriba. En la puerta de su casa su padre agitaba el puño reclamándole el vino. piloto. delante de testigos. Eliecer los había desafiado a hacerlo primero con uno y después con el otro. una parvada de niños que lo contemplaba con la boca abierta. Un perro ladraba en uno de los pontones. entre ellas. por delante de la relojería. Juvencio. una más alta que las otras y. y sacudiendo la botella dirigía el avión mar adentro. El italiano Brunelli colgaba telas y prendas sobre la puerta de su negocio. viento y niño. Por las calles del puerto bajaban los estibadores. jorobado sinvergüenza. alzaba la cortina metálica. Más allá. Era su padre. una culebra brillando bajo el sol. tomó un puñado de galletas y se las echó rápidamente al bolsillo. le rompía el culo a azotes. la sorda Zenobia. la plaza hormigueando de gente. Eliecer. sin soltar las monedas. y su máquina surcaba los espacios en audaces evoluciones sobre las nubes. La profesora apresuró el paso. balanceando la botella en una mano. olvidó su juego y comenzó a caminar despacio. ¿Y ellos? ¡Cobardes. Allí vivían los Mejido. Con la botella en la mano sentíase incapaz de hacerles frente. Se preguntó si no le convendría tomar por otra calle. Cruzó. El viejo Miguel venía en sentido contrario. Se despertó. incómoda. corrieron los dos. A Eliecer le habría gustado demorarse a presenciar la querella.un paseo hasta la roca de la cruz y se bañaron todos y todos hablaron después de las piernas de la señorita. Barahona escobas y plumeros. Tomó el dinero de manos del hombre y. después. —Vaya a buscar un litro de vino para su padre. Reconocía la calle principal. Eliecer alargó el brazo. pero siguió caminando. La sorda lo miró con desconfianza. se puso el pantalón y la camisa. hacia el azul sin término. —Todavía no amanece y ya la gente se pone a tomar vino —farfulló mientras llenaba la botella. La ciudad se disponía a la batalla del día. Eliecer aferró con más energía la botella. con una columnita de humo sobre sus labios. Eran mayores que él y siempre querían pelear los dos contra él solo. Dobló la primera esquina y entró en el despacho del chino Lin. el manchón verde del parque junto a la rambla. Empuñó la botella con las dos manos y prorrumpió en un gemido ronco y prolongado que quería imitar el zumbido de un avión al remontarse. le arrancó la botella de la mano y después de verificar el dinero acercándoselo a los ojos para comprobar si no era falso. el mandadero de la botica. rengueando. En la playa. Salió al viento fresco que pasó silbando por sus oídos. una tos desigual y persistente. Estaba completamente claro. Los Mejido no aceptaban. muy abajo. —No me habrás robado nada. Se oían sus voces ásperas y cantantes. pero en seguida divisaba el grupo de amigos. donde alcanzó a divisar a los dos hermanos limpiando los . Lo gobernaba él. temblándole las piernas. en medio de la calle. Allá abajo. decían que el hombre para pelear no ponía condiciones. en una casucha de tablas. —¿Se levantó tu padre? Dijo que sí sin detenerse. ya abierta. La mujer del chino. recostado contra el mar. Diez pasos más allá se detuvo de golpe. maricones! Pasó echando miradas de recelo al zaguán de la casa. De pronto uno de los borrachos alargó el brazo y lo llamó. que tradujo el temblor que acababa de sacudirlo. desde la plaza de la estación. y su padre. como cojeando. Podían romperle la botella de vino. Corrió. dar un rodeo. disputaban dos pescadores borrachos: uno de ellos quería cantar y el otro se empeñaba en que primero bebiera de la botella. quedaba el puerto. ¿no? Eliecer respondió con dignidad: —¿Me ha visto con cara de ladrón? Pasar delante de la puerta de los Mejido era ahora más peligroso.

Esleván era tipógrafo. y habría preferido morir a revelarla) de una camisa de mujer. el pantalón. y llega aquí con el cuento. —¡Jorobado. hermano de su madre. la vieja se volvió echando llamas por los ojos. En el horizonte. y la camisa (esa vergüenza íntima lo humillaba. oyó que su tío le decía: —Oye. anda. sí. Emelina se le acercó. —¿Fuiste a buscar vino? —le preguntó Emelina. Aunque la acusación era cierta. la llenó y. sé hombrecito. Los contempló. embarazado por la botella. Miró los zapatos rotos pero lustrados de Lucho Mejido. que visiblemente le pertenecían. sobre la tabla de la mesa. Era todo lo que llevaba. ¡Me duele como un diablo! Y volvió a los golpes. . —¿Que le pasa. señora. Se golpeaba las sienes con el puño cerrado. Alcanzó a ver a Lucho Mejido que se escondía en la tienda de su padre. el vino se hizo par la gente que sabe tomarlo. señora? —¡Ay! —¿Tiene malos pensamientos? —¡Ay. todo él trascendía a suficiencia. de unos viejos de su progenitor. ¿sabes? ¡Atrevido! Se puso a desayunar sin preocuparse de los insultos de Emelina. trajes cosidos por don Hermelo. estaba seguro que él. ¿por qué no me traes un dedito de vino para pasar este dolor de cabeza? Pídeselo a tu padre. —Sí —contestó con indiferencia. La vieja lo estudió un segundo y luego exclamó como hablando consigo misma: —¿Y por qué mandan a los niños? ¿Se creen que yo me voy a quedar con el dinero? —Es que usted se toma el vino en la calle. Se levantó con un gesto desganado y pasó a la habitación vecina. una rayita de humo.vidrios del mostrador. María Luisa! —gritó Eliecer. lo que dices apesta a diarios viejos". Pero de pronto la mujer lanzó un gemido. despacio. —Es el vino de mi padre. Dejó el vaso colmado delante de Emelina. con los pies desnudos. —Niñito. De repente una voz gritó a sus espaldas. no el suyo —replicó con altivez. solía decirle su cuñado. Eliecer pensaba lo mismo. de su madre. Eliecer hacía dibujos imaginarios. Tomó una copa. bien peinados y con trajes mejores que el suyo. Si vieras cómo se me ha puesto la cabeza. Seré vieja y pobre pero honrada. Se detuvo. tú que eres bueno. Además del viejo Miguel estaba allí su tío Esleván. demorándose a cada paso. su padre apenas si lo miró. no correría. Cuando llegó a su casa. no habría podido correr. apenas visible a los ojos humanos. hijo del diablo! Eliecer se volvió como tocado por una corriente. Pero nadie aceptó su desafío. para prolongar su placer. Un barco en la rada lanzó un pitazo hondo. cuando salía. le indicó la entrada de una nave. ¿por qué iba a correr? Una cólera sorda se levantó en su pecho. el sastre. —¡Ven a pelear si eres hombre. con el dedo. mientras que el suyo era obra de su madre. ¡Marica! No. extrajo del bolsillo de su pantalón una gallera y comenzó a roerla ostensiblemente. lo aventajaba. —¿Qué te has figurado mocoso insolente? ¿Por quién me has tomado? No te rompo la boca de una cachetada porque soy buena. y se encaminó a la playa. hijito! No te burles de esta pobre vieja. no para la basura. mocoso de porquería. sin decir palabra. "Hablas como un diario. Eliecer. dominando la escena en una mesa artillada de botellas de vino. de modo que se fue a la cocina. Si lo provocaban.

En el agua desaparecía la inferioridad de Eliecer. sin mover apenas el agua. Eliecer siempre detrás. El sol se esponjaba como un pájaro en el aterciopelado tapiz de las rocas y en la arena del fondo. altas y veloces. el caudillo del grupo. en medio de un cardumen. uno al lado del otro. la larga fila de automóviles. La mano de Eliecer fue la primera en posarse en la meta. cabeceaban algunos barcos. coronadas por un airón de espuma. Los balnearios. Se zambullía allí con los ojos abiertos para contemplar las flores azules. detrás. Y de repente irrumpieron del otro lado del farallón. de quitasoles rayados y. lecho de oro donde dormían las estrellas de mar y flotaban los penachos suntuosos de los celentéreos. como lobos asustados. con los demás a la zaga. entre las risas sofocadas de sus compañeros. aparentemente eterna y sin urgencias. Finalmente abordaron una roca. en los muelles. —Se fueron al islote —comentó Pedro. tejido por su madre. ya encaramado en el escollo. Tostados por el sol. por más que la retiró con presteza. los líquenes dorados. la playa queda desnuda. pertenecía también a su elemento. al que luego deposita blandamente sobre la arena fresca y crujiente. ágilmente. además. allá lejos. Algunas desertaban de la bandada y caían como flechas en el agua. A lo lejos. Estaba visiblemente lastimado en su amor propio—. Se sentía solidario con la vida vegetativa. se la sobaba melancólicamente. La ola es un poro marino disparado hacia la costa. con un jinete encumbrado en el lomo. Los muchachos corren mar adentro al encuentro de la ola próxima. A su lado Eliecer se deslizaba como un delfín. a manera de una extraña aleta. se lanzan de cabeza contra ella. enfundado en un traje de baño que pretendía disimular su joroba. Eliecer recibió el impacto sin ofenderse. Cuando Eliecer se cansaba de este juego. Entre una y otra. . en cierto modo. Era la codicia de los ojos. simplemente a mirar. Había puesto la mano sobre un acalefo y. El mar brillaba. vistiendo apenas un pantaloncito. y sólo a ratos su joroba emergía de la superficie. pero quedó al acecho de su revancha. Las gaviotas se alzaron espantadas. las pinzas amarillas de los cangrejos y el rosado nidal de los moluscos. Sortearon un manchón de algas. Si vos tienes motor en la joroba. ágiles y flexibles. viendo llegar el último a Nicanor. Se arrojaron al agua. siempre juntos.II En aquel punto de la costa las olas saltan sobre las rompientes y vienen. se le puso roja y ardiente como una quemadura. agazapados detrás de la roca batida suavemente por la resaca. de las anémonas y los erizos adheridos a las rocas. —¿Qué gracia —se defendió Nicanor (era lento también de palabra). buscaba entre los acantilados esas pozas profundas en las que el agua del mar se arremansa y es verde y traslúcida. Nadaba de costado. azul y cantante. dando alaridos salvajes. pero en seguida se ordenaron para evolucionar unos instantes sobre la bahía y luego afilar hacia otro promontorio. —¿Comiste plomo que estás tan pesado? —gritó alegremente. Permanecieron en silencio. deslizándose con suavidad. —Vamos a espantar los patos —propuso Nicanor. No era un sitio para ellos. mar adentro. y nadan flotando en la cresta espumosa. en una nube densa y ruidosa. uno después del otro. En esas incursiones prefería bajar solo. golpeando las alas y chillando. se iban poblando de mallas coloridas. a morir en la arena. corrían los niños por la playa o saltaban sobre las rocas pulidas por el roce de la pleamar. un buen rato. con braceadas limpias y rápidas. Corría más que ninguno y sólo Pedro lo aventajaba unas veces. Reconcentrado en su rabia. no de las manos. Nicanor se aferraba torpemente a las salientes de las rocas para dejar el agua y de pronto lanzó un juramento. Pedro era.

Estás contento. —Déjenlo tranquilo —pidió Eliécer—. bajo el sol. sin embargo. la cabeza casi hundida en la arena. —¿Y tú por qué lo defiendes? —interpeló Nicanor. había visto algo. en una caleta desierta. que alcanzó con facilidad. para insultar a los muchachos. que alzó el puño y los amenazó. Pero ya todos. Gozosamente comenzó a luchar con la marejada y a nadar hacia el peñón. Debe ser muy desgraciado. iracundo. viejo amigo. Tenía la sensación de desafiar temerariamente al fabuloso monstruo. cruzaba en esos instantes un hombre greñudo. que se mecía allí tranquilo y solitario y murmuraba en su lenguaje misterioso. haciendo pandilla con las manos gritaban a coro: —¡Chinchol! ¡Chinchol! El hombre se detuvo en seco. lenta y poderosa. y volteó la cabeza. Duerme al amparo de unas rocas. —Esto me recuerda que debemos echarle algo al estómago. ¿Para qué tienen que meterse con él? Los niños seguían haciendo escarnio del desdichado. —El hombre no hace daño a nadie —repuso Eliécer—. No lo molesten. se internó paso a paso en el agua. vestido de harapos. Se puso de pies y. un par de horas para arriar las velas. en silencio. lo sobrepasó cubriéndolo de agua y espumas ruidosas. Es el día. Por la orilla de la playa. volvíase de tanto en tanto. ¿qué sacamos burlándonos de él? Callaron todos. el cielo abierto. —No sean brutos —intercedía el jorobadito—. Sus amigos seguían durmiendo la siesta. —Querido mar —dijo Eliécer—. alimentando el fuego con algas secas y restos de embarcaciones diseminados por la playa. Nadie sabe de dónde vino. en la arena. Cocieron todo en una lata. niños. y se alimenta de mariscos que él mismo casa del mar. ¿eh? Yo también lo estoy. lindo día. —¡El Chinchol! —exclamó de pronto Nicanor. las gaviotas. en busca de puerto. Provistos de unos alambres engarfilados se pusieron a buscar ostiones y erizos. Vamos a darnos otro remojón. se sentía él mismo inmenso y fuerte. como sugestionado por los brillos del sol en la gran masa líquida. —Vive solo —explicó en seguida Pedro—. Todos se volvieron. el lindo. contempló el mar. III Cuando Eliecer abrió los ojos. Pedro se deslizó entre unas rocas. convinieron en que la vida merecía la pena. de un azul profundo. pero la distancia era grande y la piedra cayó ridículamente en el mar. la barba crecida. La vida era hermosa. El muchacho le tomó rápidamente la cabeza y se la dio vueltas.preferían la soledad. a sus espaldas. un leve temblor recorrió los largos apéndices y el molusco quedó inmóvil. En ese instante una ola alta lo levantó. se sentían más libres en contacto con el mar libre. Mientras se alejaba. Quedaba todavía. El reflujo de la marea era como la respiración del mar. Mientras comían. y recibiendo en su débil pecho la salada embestida de las olas. la mirada perdida en el confín azul del mar y sintiendo cantar en sus oídos la sinfonía eterna de las aguas. —Pobre hombre. Hundió la mano y de repente su brazo asomó aprisionado por los tentáculos de un pulpo. el navío del sol navegaba ya de bolina hacia el horizonte. Sentado en la cima de la roca. . las rocas hirientes. Levantó luego una piedra y la arrojó con furia en dirección al grupo.

El hombre flotaba en el agua con la apariencia de un ahogado. Tendido de vientre en la arena dejó un largo rato que las olas le lamieran las piernas y se retiraran cansadas para volver de nuevo. En sus gestos. Deseó ser pez. Pero el Chinchol se había dado vuelta y avanzaba. Los largos cabellos empapados cubríanle los ojos dándole un aspecto siniestro. insistentes y rumorosas. y de pronto sintió la mano del Chinchol que se aferraba a una de sus piernas. entretanto. en su mirada de odio. porque el otro lado carecía de playa y caía sobre el mar en un acantilado que las olas batían con furia. adivinó su resolución. mar adentro. el otro extremo del risco sombrío. absurdamente. hirviente de espumas negras y sobrecogedoras. Braceó Eliecer con todas sus reservas de entereza. con alguna tranquilidad. Al muchacho se le había encogido el corazón. enérgicamente. El Chinchol. a medida que adelantaba en su impulso. Se sentía dichoso de vencer la elástica resistencia del agua. podría salir a la vista de sus compañeros. Enfiló con entusiasmo ahora en un mar inquieto y ligeramente revuelto. el mar se hacía más ruidoso al arremeter contra el peñasco. Vaciló entre volver o quedarse allí. frente a la escarpa. nadó debajo de la superficie. Se escurrió como una . Se habían acercado. Era una batalla con la muerte. Pero el Chinchol era más veloz y la rabia acrecentaba su velocidad. El Chinchol estaba ya a dos brazadas. que el hombre no sabía zambullir. para cortarle el paso. que probablemente ya habrían advertido su ausencia. esperándolos. Sus amigos nunca lo habían hecho. presintió su mano alargándose para tomarlo de los cabellos. si se descuidaba un instante. por fin. Por el rostro de desconcierto y extravío del Chinchol pudo comprobar. Nadó frenéticamente. mientras que ahora sus gritos quedarían ahogados por el fragoso embate de las olas contra el farallón. y en seguida deslizóse en línea recta. a su vez. lo escucharían tal vez otras personas. braceando sin esfuerzo. y a favor de la corriente. la aprovecharía. con todo. y reapareció a una buena distancia de su perseguidor. Sintió su jadeo quemándole la nuca. Con un poco de suerte. En la playa distante sus amigos no daban señales de vida. en un salvaje desesperado esfuerzo por tomarle la delantera. cuando calculó que el islote estaba próximo se dio vuelta y avanzó vigorosamente hasta abordarlo. Y hasta creyó advertir reflejos verdosos en la piel de ese cuerpo sin carnadura. Todo lo que le quedaba para hacer era pasar lo más lejos posible del hombre aparentando naturalidad. Iba a ganar ya. En ese momento descubrió al Chinchol. dominando el oscuro miedo que extrañamente se había apoderado de sus entrañas. tratando de mantener la gestión de su ahínco a buena distancia de la tolmera. a una brazada. a cubierto de la hostilidad del mundo. Se sentía avergonzado de la conducta de sus amigos al insultar al solitario. de saberse solo y puro y libre entre mar y cielo. y lo sabía. un golpe de mar podía estrellarlo contra las rocas. al extremo del islote. probablemente los holgazanes seguían durmiendo. ahora en sentido contrario. absurdamente deseó que su atacante se asustara y volvió a gritar. Nadó de espaldas unos minutos. podría gritar a sus amigos y sus amigos lo escucharían. para perderse debajo del mar.Volvió a lanzarse al agua y enfiló ahora hacia el islote. rígidos los brazos y las piernas. De nuevo estaba sobre él: Eliecer volvió a zambullirse. deseó ser un tiburón para dar cuenta a dentelladas de su adversario. si aflojaba en su ardor. Aceleró sus movimientos en el agua convulsa. ello le procuraba una ventaja. Nadó en un amplio círculo para evitar la resorción de la marejada. mientras seguía nadando. y entonces se resolvió a costear a nado el islote. con redoblado brío. con todas las ansias de su alma. Entonces hundió la cabeza en el agua y se sumergió con rapidez. Pero tenía clavada la mirada en Eliecer. Era tarde para volverse atrás. pues de otro modo habría huido. maldijo su estupidez. si lograba salir al otro lado del islote. no le daba tregua. estaría a salvo. cada vez más ciego de furia. Gritó. para no fatigarse.

lo llenaron de preguntas. pateando el agua y debatiéndose en el terror y el aturdimiento. Eliecer sentía que su pecho iba a estallar. y en ese mismo instante advirtió que la presión del Chinchol aflojaba. y por primera vez lo consideraron con silencioso respeto. comido por los peces. necesitaba aire. quisieron saber lo que le había ocurrido. tratando de desasirse y sacarlo a la superficie. necesitaba respirar. Lo vencí. Las apretó instintivamente en el cuello de su enemigo y ajustó el anillo con todas sus fuerzas. Eliecer permaneció de espaldas en el agua. Sus compañeros se le quedaron mirando. Quiso zambullirse de espaldas. surcadas por hondos canales sangrantes. Los brazos del hombre luchaban por hacer presa en él. El Chinchol no volvió a aparecer. luego ganó penosamente la playa del islote. hundiéndose todo lo que pudo. en una última tentativa por salvar su vida y de repente. Cuando volvían. por primera vez. Se desembarazó de él y subió a flote. ¿Iba a ser ese el fin? ¿Iba a morir de esa manera. perdido ya el control. Era una lucha de vida o muerte. se encontró con la cabeza del Chinchol aprisionada entre sus piernas. pero no podía durar mucho. sin que nadie supiese nunca cómo había muerto. con dureza—. El Chinchol le desgarraba la carne con las uñas. para recuperarse. mientras él. . en un bote que fueron a buscar Pedro y Nicanor. —Luché con un lobo —dijo Eliecer. sin conocimiento. sin saber cómo. descubría que los odiaba. quién lo había matado? Por su imaginación cruzó como un relámpago la imagen de su cuerpo flotando entre las algas. miraban sus piernas heridas. Sus compañeros lo encontraron allí. sofocado. que su cuerpo se iba al fondo.anguila.

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