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conductas desviadas

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El Estado ecuatoriano realiza procesos de rehabiltación a personas con estas patologias
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EL

ESTADO

DEL

ARTE

DE

LA

SEGURIDAD

URBANA.

[1]

Lucía Nieto Huertas

INTRODUCCIÓN I. LA ACTIVIDAD CRIMINAL. Manifestación de múltiples factores.

II. CIUDAD, VIOLENCIA Y SEGURIDAD. Referentes para la discusión. III. ENFOQUES ACTUALES DE INTERVENCIÓN EN SEGURIDAD URBANA. De la “multifactorialidad” explicativa del fenómeno desencadenante de inseguridad urbana a la necesaria “multisectorialidad” en la intervención pública. IV. LECCIONES DE EXPERIENCIAS PREVIAS. Una mirada crítica a estrategias de Seguridad Urbana implementadas en ciudades de Estados Unidos. V. EL TERRORISMO URBANO. Nuevos retos a la seguridad urbana. REFERENCIAS Sitios BIBLIOGRAFÍA NOTAS INTRODUCCIÓN La condición para que una ciudad tenga legitimidad es que sus habitantes se sientan bien, seguros y felices. La muerte de una ciudad pasa invariablemente por su abandono progresivo y su deserción. Y las responsables de esa huida son la criminalidad, la violencia y la inseguridad (Bruneau, 1998). La seguridad de las personas y en especial, la percepción que se tiene por parte de los ciudadanos, es uno de los factores principales del mayor o menor grado de satisfacción, credibilidad y/o adhesión al Estado. Cuando la ciudadanía percibe su ausencia o insuficiencia, la realidad y el entorno social cotidianos se viven como una amenaza; el temor y el miedo se convierten en elementos de aislamiento y desolidarización y la noción y la práctica de lo comunitario se pierde. BIBLIOGRÁFICAS Internet AMPLIADA

La percepción cristaliza el conjunto de miedos de la población y deriva de una impresión de abandono, de impotencia y de incomprensión frente a crímenes impactantes o frente a la multiplicación de pequeños actos de delincuencia o de vandalismo. Esta percepción en razón de su carácter emocional conlleva a una amplificación de los hechos, a campañas de rumores confundidas con informaciones y a conflictos sociales. Y conduce a un clima que pone en tela de juicio los fundamentos democráticos (Vanderschueren, 200_). La percepción/sensación de inseguridad de la ciudadanía es tan importante como el nivel de criminalidad, en efecto, una persona modifica su comportamiento y hábitos según su percepción sobre el riesgo de ser victimizado. Una sociedad presa del miedo es incapaz de vivir en libertad, dado que se pierde el espacio público donde esa libertad debe ejercerse y todo extraño es considerado un sospechoso. Actualmente las aproximaciones teóricas a la delincuencia, la violencia y la criminalidad pretenden ir más allá de las visiones tradicionales en las que las diversas alternativas de abordaje de la problemática estaban orientadas según un diagnóstico de las "causas", elementos que poco a poco en la medida en que han sido sometidos a investigaciones más rigurosas e incluso por el propio carácter de las manifestaciones delictivas actuales se han ido desvirtuando. Diversos autores sea desde la perspectiva de la criminalidad, la seguridad o de las decisiones de política pública como campos teóricos, se refieren a la necesidad de analizar más que las causas, los factores que pueden favorecer o no la aparición de un hecho delictivo, pretendiendo superar la visión positivista del problema. Así entonces se busca identificar factores "predisponentes" que tienen que ver con carencias vitales, educativas, alimenticias y habitacionales considerando en éstas últimas no solo los aspectos de la vivienda sino también lo referido al espacio público. Este es un panorama a la vez complejo y rico, que va más allá de las causas eficientes o determinantes a modo de única causa y, adopta la forma de una serie de circunstancias que al estar presentes o no en un determinado momento, favorecen la aparición de conductas delictivas. La presente revisión aborda las discusiones más actuales en el tema de la Seguridad Urbana como problema público y se vale para su elaboración de la revisión de documentos de política pública y de los desarrollos alcanzados en el tema por diversos autores y expertos de cuyos escritos se extraen apartes de acuerdo con el aspecto específico que se esté tratando. De manera introductoria a la discusión se señalan los factores asociados con la actividad criminal, una vez identificada la problemática, se da paso a la revisión de los conceptos, revisión que da cuenta de la forma en que actualmente se está comprendiendo y analizando la criminalidad en las ciudades, análisis y reflexiones que se construyen desde la mirada que se hace a la difícil situación por la que están atravesando muchas ciudades latinoamericanas en este sentido. La problemática desborda las capacidades de acción de las autoridades y obliga a la exploración de alternativas novedosas y a la identificación de experiencias de diversas ciudades que han logrado introducir formas alternativas de gestión de la seguridad urbana, y es precisamente desde esas experiencias que se extraen los modelos que se presentan en la sección que aborda los enfoques actuales de intervención. Pero intervenir en este campo siempre tiene costos y las experiencias no pueden “transportarse” sin sopesar efectos positivos y negativos, riesgos y beneficios,

condiciones y alternativas, es por eso que se dedican unas líneas a una mirada crítica que invita al lector a no dejar de considerar las lecciones aprendidas de experiencias aplicadas. Un escrito que presente las discusiones actuales sobre seguridad urbana no puede cerrarse sin mencionar una situación que cada día afecta a los habitantes de las ciudades con mayor frecuencia y contundencia, se trata del terrorismo urbano, lo aquí expuesto dado el carácter del presente escrito es solo un abrebocas que no pretende simplificar un problema de tan grandes magnitudes y efectos, agotar la temática, y mucho menos, presentar la “fórmula mágica” para su abordaje. [^ SUBIR] I. LA ACTIVIDAD CRIMINAL. Manifestación de múltiples factores [2]. Nadie debiera un fenómeno evolución de naturaleza y continuación: arrogarse la verdad teórica en materia de criminalidad: el delito es complejo, variante y policausal. Las variables asociadas con la la actividad criminal pueden agruparse en factores, según su modo de operar sobre el nivel del delito, como se expone a

1. Factor socioeconómico: los incentivos. La literatura ha comprobado que los ciclos económicos, el desempleo en grupos vulnerables (hombres jóvenes de nivel socioeconómico bajo y -fundamentalmente- la desigualdad social son variables fuertemente asociadas a aumentos o disminuciones en el nivel agregado de delito. Estas variables obran como incentivos o desincentivos de la actividad criminal. Contrariamente a la creencia difusa, la pobreza no constituye una causa directa de la delincuencia. 2. Factor demográfico y socio cultural. Dentro de este factor se ubican variables que operan como incentivos –grado de urbanización y cantidad de hombres jóvenes. Y variables que obran como barreras de ingreso a la actividad criminal: familia, escuela y comunidad. En efecto, dado que el crimen es un fenómeno típicamente urbano, incrementos bruscos de urbanización y migraciones internas se encuentran fuertemente asociados con incrementos en las tasas de delitos. Las situaciones de exclusión social debidas a la cesantía o a la marginalización prolongada, al abandono escolar o al analfabetismo y a las modificaciones estructurales de la familia, parecen ser factores que se encuentran frecuentemente entre las causas sociales de la delincuencia. Aunque ninguno de estos factores constituye por sí solo una explicación satisfactoria. Distintos estudios sobre el perfil del victimario han llegado a la misma conclusión: el delito es una actividad que involucra mayoritariamente a hombres jóvenes, quienes constituyen el principal grupo de riesgo o vulnerable. Es por ello que incrementos en l a proporción de hombres jóvenes sobre el total de la población coinciden con periodos en donde se observa un incremento en la tasa de delitos. Así mismo, dado que la familia constituye el primer ámbito de socialización de un individuo, donde se forjan hábitos y se internalizan valores a lo largo de los años más importantes para la inserción social del individuo, diferentes estudios han marcado la estrecha relación entre el incremento de la delincuencia –juvenil, principalmente- y la desintegración de la familia –medida Vg. por el porcentaje de hogares monoparentales-. En el mismo sentido, la educación formal es uno de los pilares para la prevención de la criminalidad pues es otra de las instituciones básicas de socialización. En

función de ello, periodos en donde se observa un deterioro marcado de la educación son periodos donde se produce un incremento en la delincuencia juvenil. Finalmente, el tipo de urbanización y los valores y normas compartidas por la sociedad también inciden en la criminalidad. 3. Factor institucional: los riesgos y los costos. El Estado interviene sobre la sociedad (sistema de seguridad) en orden a proteger la vida, libertad y propiedad de su población y garantizar el orden público. Al intervenir, desde la perspectiva de la economía del crimen, está imponiendo riesgos y costos al accionar criminal. En efecto, un individuo incentivado a cometer delitos (factor socioeconómico y demográfico), y sobre el que existan frágiles barreras de ingreso a la actividad criminal (factor socio-cultural) para operar deberá sortear los riesgos (policía) y costos (justicia y cárcel) que impone el Estado al proteger los derechos de los ciudadanos. Es evidente la responsabilidad institucional dada la inadecuación del sistema de justicia penal (policía, justicia y cárceles) a la delincuencia urbana y a su crecimiento. 4. Factores que se refieren al entorno urbano y físico. Entre las causas ligadas al entorno, señalamos la urbanización incontrolada, la carencia de servicios urbanos, la ausencia del concepto de seguridad en las políticas urbanas, el surgimiento masivo de espacios semi-públicos (mall, estaciones, etc.), la promiscuidad y la ilegalidad de barrios trasformados en zonas bajo el control de pequeñas mafias locales. Finalmente la libertad de portar armas o el tráfico de armas ligeras que surge como consecuencia de guerras civiles o de conflictos en países limítrofes acrecientan los niveles y la gravedad de la delincuencia. El crecimiento de la delincuencia urbana en muchas de las grandes ciudades del mundo durante los últimos 20 años ha llegado a constituir un problema serio. En los países del Norte, en los centros urbanos de más de 100.000 habitantes la criminalidad, en particular la pequeña delincuencia, ha crecido en entre el 3 y el 5% anual durante los años 70 a 90. A partir de los años 90, debido a políticas de prevención y de refuerzo de aplicación de la ley, la tasa de criminalidad urbana ha empezado a estabilizarse con excepción de la criminalidad de los jóvenes (1225 años) y en particular la de los menores (12-18 años). Esta criminalidad se ha vuelto siempre más violenta y la edad de ingreso en la actividad delictual ha disminuido de 15 a 12 años. En los países del Sur, a partir de los años 80, la criminalidad común ha crecido y tiende a aumentar hoy en día, mientras, la violencia de los jóvenes crece de manera exponencial. Fenómenos como los niños de la calle, el abandono escolar y el analfabetismo, la exclusión social masiva, el impacto de las guerras civiles y el comercio ilegal de armas ligeras han acentuado este proceso. Este aumento de la criminalidad se desarrolla en un contexto caracterizado por una parte por el crecimiento del tráfico y del abuso de drogas. Por otra parte coexiste con la globalización de la criminalidad organizada que contribuye a inestabilizar regímenes políticos, a incrementar los efectos de crisis económicas, como en Asia o en México en la década de los 90, y que incorpora algunos jóvenes delincuentes como mano de obra poco costosa. [^ SUBIR] II. CIUDAD, VIOLENCIA Y SEGURIDAD. Referentes para la discusión. Para entender el problema de la seguridad urbana se hace necesario comprender el espacio en el cual la mayor parte de las personas desarrollan sus actividades

sociales, laborales, de esparcimiento, en general, el lugar donde los hombres viven su cotidianeidad. El historiador L.W Mumford nos muestra una acertada visión de la ciudad vinculada al tema de seguridad, planteando que la ciudad surge como un refugio, respecto de la inseguridad que representa lo externo "extramuros" simbolizado como un "otro" hostil; la ciudad es entonces el escenario en el cual se despliega el orden, la norma, en virtud de las cuales los individuos se amparan para desarrollar sus potencialidades. En el caso de América Latina, desde principios de siglo se produce una explosión urbana proceso en el cual se destruyen antiguas y tradicionales formas de asentamiento junto con la pérdida de las formas de relación e interacción de los migrantes (desplazados), quienes deben adaptarse a un estilo de vida nuevo y que en muchos casos resulta claramente hostil. Así, nuevas redes urbanas se gestaron rebasando los antiguos límites administrativos, creando "regiones metropolitanas" que absorbieron a los municipios o ciudades vecinos, esto aceleró la disolución de los modelos básicos o tradicionales. Frente al dilema que hoy viven las ciudades en Latinoamérica, entre el desarrollo y la pobreza, entre la modernidad y la tradición, ha ganado terreno la inseguridad de la vida urbana. Nuestras ciudades han perdido homogeneidad. La desintegración se aprecia en grupos de población no integrada e inmovilizada en barrios y atrincheramientos, fenómeno que partió siendo un patrón de conducta de los sectores acomodados y que hoy se encuentra altamente difundido por todo el estilo de vida urbano [3]. La segregación, tanto social como espacial, la heterogeneidad y la compleja red de interrelaciones son atributos de la ciudad que imprimen un ritmo de vida acelerado al hombre urbano; condición que lo hace desconocer, o más bien, no apreciar a cabalidad el mundo que le rodea estigmatizando infundadamente personas, territorios y actitudes que le son ajenas y a las cuales les otorga un sesgo intimidatorio contra sus patrones egocéntricos. En ese marco, la valoración del otro como un enemigo facilita la respuesta violenta como una forma legítima de autodefensa. La ciudad que nos alberga se ha desdibujado en un sinnúmero de rincones y trincheras de determinadas clases sociales que se encastillan en espacios territoriales defendibles. Las consecuencias de la inseguridad urbana pueden agruparse básicamente, como se propone en el “Documento de Referencia” del Programa Ciudades más Seguras [4], de la siguiente manera: - Percepción de inseguridad generalizada con el consecuente abandono y deterioro de los barrios, que conduce a la “arquitectura del miedo”, a la estigmatización de barrios y al retraimiento de las inversiones en ciudades consideradas “peligrosas”, pero también más positivamente al surgimiento de nuevas practicas urbanas de protección comunitaria. - Impacto de la inseguridad en los sectores pobres. Si bien todos los grupos sociales se ven afectados por la inseguridad, las investigaciones muestran que la violencia urbana daña mayormente a los sectores pobres porque tienen pocos medios para defenderse de ella, y sobre todo porque la inseguridad quiebra su capital social e impide su movilidad en particular la de los jóvenes. - Aumento de los costos de la seguridad. - Desarrollo masivo de las empresas privadas de seguridad.

- La generación de nuevos enfoques en la estructuración de las políticas de seguridad ciudadana que se mueven de la represión a la prevención. En la tendencia que privilegia la prevención, sin dejar de desarrollar acciones represivas, han emergido dos enfoques. El primero centraliza la lucha contra la seguridad y hace de los policías los principales actores en esta materia. La segunda, tiende a descentralizar esta lucha delegando esta función sea a las autoridades locales o a instituciones de la sociedad civil. Hay que añadir que en ambos enfoques, las acciones de prevención van acompañadas de reformas de la policía. Como refiere Rosa del Olmo [5], estamos ante una de las manifestaciones más importantes del deterioro de la calidad de vida de los habitantes de las ciudades contemporáneas. La citada autora realiza en su escrito una interesante aproximación tanto a la violencia urbana como a la inseguridad ciudadana. Con referencia a lo que se entiende por “violencia urbana” parte de considerar que si bien se ha intentado demostrar el inmenso abanico de posibles definiciones y significaciones del término, lo cierto es que en el momento actual la violencia se asocia casi exclusivamente con el fenómeno de la criminalidad en su dimensión individual. Así es frecuente que se defina de la manera siguiente: "El uso o amenaza de uso de la fuerza física con la intención de afectar el patrimonio, lesionar o matar a otro o a uno mismo" (Briceño-León, 1997). Pero además es común que se ubique en un escenario urbano. En el caso de América Latina, esta precisión es muy pertinente ya que una de las características ha sido la urbanización acelerada, dando lugar a que la mayor parte de la población se concentre en las ciudades (De Roux). Aun cuando un análisis más exhaustivo llevaría a constatar su presencia en una serie de sucesos que van más allá de esta dimensión individual, el incremento vertiginoso, a partir de la década de los 80, en las principales ciudades de América Latina, de la relación violencia/criminalidad y especialmente la criminalidad violenta, ha llevado a que adquiera prioridad este aspecto. Todo lo dicho explica que sea común hoy en día la referencia a la llamada violencia urbana, a pesar de ser también un tema nada sencillo de precisar, salvo que se desarrolla dentro del marco de la ciudad. Más allá de los índices de homicidios destacados por la OPS, una serie de especialistas han señalado la velocidad sin precedentes con que vienen extendiéndose en el ámbito urbano las violencias de carácter social y delincuencial (De Roux; Carrión; Camacho Guizado/Guzmán Barney, 1990), especialmente a partir de la década de los 80. A su vez, su crecimiento y transformación ha hecho de este fenómeno uno de los más actuales e importantes de la ciudad contemporánea, convirtiéndose en el principal problema y en la primera causa de muerte. No hay que olvidar que las ciudades son escenarios de relaciones múltiples y variadas donde los conflictos inherentes a la vida social pueden expresarse en forma abierta e incluso convertirse en actos de violencia cuando no se logran resolver pacíficamente (De Roux). El término "seguridad" tiene un sinnúmero de acepciones en la vida cotidiana de las personas, también lo tiene en ámbitos académicos, políticos, gremiales y empresariales. Sin duda que es un término muy laxo pero que cuando se le adosa un "apellido" tiende a clarificarse aunque no del todo. Así entonces, se asume que el concepto de seguridad puede ser definido como el conjunto de condiciones en las que el riesgo ha sido reducido al mínimo nivel tolerable. Aplicado al Estado, la seguridad del Estado hace referencia al conjunto de condiciones y factores en que la situación política, económica, social e

institucional de un país se encuentran en el mínimo nivel de riesgo posible. Y aplicado al ciudadano, la seguridad hace referencia al conjunto de condiciones y factores en el que el ejercicio de los derechos y las libertades ciudadanas se encuentran en el mínimo nivel de riesgo posible. El interés aquí es poder centrar la atención en la composición conceptual denominada "seguridad urbana", para lo cual es necesario rescatar el sentido básico de la seguridad como una condición humana y también el sentido de desenvolverse en un ambiente determinado, la ciudad. Cabe resaltar que esto además implica tomar las distintas acepciones de "seguridad ciudadana", concepto que aparece como más amplio y que considera en su seno al primero. En este sentido el escrito de Del Olmo realiza un aporte interesante, la autora nos menciona como en estrecha relación con la preocupación por la violencia urbana, y de manera particular con la criminalidad violenta, se observa en los años 90 el surgimiento del debate sobre la (in)seguridad de los habitantes de las ciudades de América Latina. La palabra "seguridad" en sí misma es problemática por las diversas interpretaciones que se han hecho de ella, más aun cuando se le han añadido los más diversos adjetivos como por ejemplo "personal", "individual", "pública", "urbana", "ciudadana", "humana", etc., sin olvidar la importancia que tuvo en los años 80 la llamada "seguridad nacional" y en la actualidad la vinculación de la seguridad ciudadana con la democracia como forma de gobierno (González Placencia; Comisión Andina de Juristas, 1999; Del Granado; Bernales Ballesteros; etc.). Todo parece indicar que la tendencia predominante es la aceptación del término (in)seguridad ciudadana, a pesar de ser poco comprendido y tener en América Latina un origen diferente al de los países desarrollados, siendo su objeto central reducir los niveles anteriores de arbitrariedad de parte de las fuerzas de seguridad para evitar que se conviertan en una amenaza a las recién nacidas democracias (Bernales Ballesteros). El seguridad ciudadana se refiere a la tranquilidad o confianza que indica que “no hay peligro que temer”, es ante todo un derecho al que le corresponde un deber, la seguridad material constituye uno de los pilares sobre los cuales se asientan las relaciones entre los gobernantes y los gobernados y se constituye en uno de los aspectos fundamentales como fuente de legitimidad de un sistema político. Esta aproximación a la seguridad referida al ciudadano hace que además de atender las amenazas externas reconocidas contra la integridad del ciudadano y la sociedad, se establezcan formas institucionales de aproximación a la estructura de las relaciones sociales. Abordar así la cuestión de la seguridad ciudadana tiene un gran sentido democrático, lo que significa que se persigue el objetivo de lograr el necesario punto de equilibrio entre la libertad y la seguridad. En otras palabras, lograr que la acción de las agencias oficiales del sistema de control policial-penal se desarrolle alcanzando los grados de eficacia que la ciudadanía reclama, pero a partir del fortalecimiento del Estado de derecho [6] (Nieto Huertas, 1997). Retomando el escrito de Del Olmo, la autora señala el hecho de las numerosas ocasiones en que se ha planteado lo difícil que es definir la seguridad ciudadana por las diversas connotaciones objetivas y subjetivas que encierra, no obstante la que se admite de manera más general es la definición presentada por Delgado Aguado y Guardia Maduell: "la protección del normal funcionamiento de las instituciones democráticas, la defensa del ciudadano ante la criminalidad en cada una de sus facetas y tipologías, la defensa de los ciudadanos ante la corrupción y

otras formas de actuaciones asociales que puedan impedir o dificultar el normal desarrollo y disfrute de los derechos fundamentales de la persona". Implícito en esta definición está el derecho que tiene todo ciudadano a obtener y a exigir del Estado las garantías de una convivencia pacífica. A su vez, estos autores coinciden con una serie de especialistas cuando expresan que la seguridad ciudadana está actualmente sometida a una doble dimensión, que opera en la realidad como valores integrados. Por una parte la dimensión objetiva que contempla los hechos de violencia conocidos (ya que existe también la cifra negra) y la dimensión subjetiva, expresada en las vivencias y sentimientos personales. Esta última tiene un peso muy importante en la configuración del fenómeno de la percepción de la seguridad ciudadana y de su representación social. No se pretende analizar a fondo la dimensión subjetiva de la inseguridad ciudadana, porque se trata de un tema demasiado complejo, pero es importante destacar la construcción imaginaria de carácter mitológico que la población hace de su vivencia respecto al estado de seguridad, y como depende más del campo de sus experiencias personales, directas o indirectas que pueden tener en torno de una posible victimización, que de la realidad de un entorno concreto. De ahí que el miedo, o la sensación de inseguridad, puede ser concreto, pero normalmente es confuso, profuso y difuso ya que afecta al nivel de las emociones. Por otra parte, en los últimos años se ha generado una conciencia colectiva de inseguridad creando una auténtica construcción social de que la vida cotidiana está llena de riesgos. De esta manera, tal como señala Adorno: En un espacio de 30 años hemos transitado de una crónica del delito como excepción a una crónica del delito como cotidianidad... las imágenes de pureza son sustituidas por las de peligro permanente e inminente. Así las cosas, se explica que uno de los problemas más sentidos por la población sea el de la inseguridad y concretamente el del miedo a la delincuencia, tal como lo revelan las encuestas de opinión que se realizan periódicamente en diversas ciudades. Esta percepción se ha convertido en un problema en sí mismo no solo por la posibilidad de constituirse en un fuerte obstáculo para la convivencia pacífica y la solidaridad ciudadana, sino por su capacidad de generar una espiral de violencia, ya que el temor hace que la población pida mayor represión y justifique los excesos e ignore la importancia del respeto a los derechos humanos y a la gobernabilidad democrática. En otras palabras, la construcción del peligro social inminente puede ser utilizada por gobiernos autoritarios para justificar, en determinados momentos, mayores restricciones a los derechos individuales de los habitantes de las ciudades. A todo este cuadro se añade el papel que pueden jugar las fuentes de información en la construcción de la dimensión subjetiva de la inseguridad ciudadana. Existe por una parte la más directa como es la experiencia personal, y por lo tanto la más marcada por el fenómeno de la subjetividad. A su vez el relato y los comentarios de terceras personas pueden dar lugar al fenómeno del rumor con sus consecuencias negativas en la opinión pública por la falta de precisión en la información. Pero la fuente de máximo alcance la constituyen los medios de comunicación, cuya responsabilidad es capital en la creación del pánico urbano y en el incremento de los miedos e inseguridades presentes en el imaginario colectivo. En este sentido, el concepto de "alarma social" llega a guiar las decisiones que en un momento determinado pueda tomar un Estado en materia de política criminal, por lo cual se ha llegado a incorporar a los medios de comunicación como parte integrante del sistema penal contemporáneo (Issa El Khoury, 1998).

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III. ENFOQUES ACTUALES DE INTERVENCIÓN EN SEGURIDAD URBANA. De la “multifactorialidad” explicativa del fenómeno desencadenante de inseguridad urbana a la necesaria “multisectorialidad” en la intervención pública. El nivel del delito de una sociedad se explica por la concurrencia e interacción de una serie de factores (socioeconómico, demográfico y sociocultural, institucional y/o del entorno urbano y físico) que promueven o disuaden la actividad criminal. El problema que se presenta a la política de seguridad urbana es, entonces, determinar la manera en que se debe intervenir sobre los factores que operan sobre la actividad criminal, en orden a reducir el nivel agregado de delitos. Bajo los principios de la democracia la lucha contra la criminalidad y sus causas se basa en la aplicación de la ley para todos, la solidaridad y la prevención dando cuenta de la multidimensionalidad de los fenómenos urbanos, que por reunir factores sociales, institucionales y físico-espaciales tornan especialmente difícil su tratamiento y comprensión. A continuación se presentan los modelos de intervención que, en la actualidad y a escala mundial, marcan las pautas para el diseño de estrategias de aproximación a la problemática de la seguridad urbana. III. 1. Las medidas represivas. Estrategia “deseada” por los ciudadanos dada la inmediatez de sus acciones y lo concreto de sus resultados. La tendencia que privilegia la represión tiene la ventaja de tener efectos inmediatos que satisfacen la demanda de la opinión pública y las necesidades de eficiencia de autoridades políticas. En efecto, los electores piden más efectivos policiales, más represión y creen ingenuamente que el crecimiento de la población carcelaria constituye una neutralización de los delincuentes. Ejemplos de las tentativas de los gobiernos por reforzar la seguridad a través del uso de la sola represión los vemos en estrategias como el aumento de los efectivos policiales, el aumento de las penas de prisión, la aplicación de teorías represivas como aquella de la “tolerancia cero [7]”, la policía de proximidad o policía comunitaria [8], el toque de queda para menores o la disminución de la edad de responsabilidad penal para los jóvenes. Es innegable la tendencia creciente de contenidos represivos en las políticas de seguridad urbana, tendencia que conlleva una serie de medidas en el control policial y sobre todo legal y judicial que están significando un recorte de algunos principios básicos del Estado de Derecho y que se justifican con la pretensión de “tranquilizar” a la opinión pública. En términos generales los contenidos represivos de una política de seguridad urbana consideran acciones que comprometen la policía, la justicia y el servicio penitenciario y que buscan efectos disuasorios. El camino recorrido ha tenido sus beneficios, pero también sus costos e insuficiencias como lo demuestran las cifras. Las políticas represivas han estado construidas sobre mitos equivocados: que el incremento de penas disuade; que a mayor número de detenidos baja la criminalidad y que la detención por sospecha era un arma de control social. Todos estos mitos han caído, como lo indican las mismas estadísticas. Además se sabe

que a largo plazo el costo de una política exclusiva de represión es mucho más alto que el de prevención y que los efectos de la represión son eminentemente de corto plazo. En resumen, no se puede desconocer ni dejar de mencionar la necesidad de este tipo de acciones, ni las novedosas intervenciones que desde el sector público invitan a “unir” a la policía con los ciudadanos, en un intento por “democratizar” las funciones represivas del Estado. Lo que es importante en las discusiones contemporáneas en este sentido, es el cuestionamiento que se hace a estas intervenciones como acciones únicas para el abordaje de la problemática de la inseguridad urbana. Por lo mismo, se asume que la única manera de dar una respuesta adecuada ante el problema de la delincuencia urbana es establecer políticas integrales con acciones represivas y preventivas. A pesar de que esta tendencia que combina prevención y represión se enfrenta a mayores dificultades. La primera es la resistencia de los gobiernos a investir en esta materia. Otro obstáculo mayor deriva del cuadro institucional que no permite implementar al nivel de la ciudad acciones preventivas que vayan más allá de una acción de ONG. No pocas ciudades que han iniciado políticas de prevención se ven enfrentadas a la carencia de medios legales y financieros para hacerlo. Hay que añadir que en ambos enfoques, las acciones de prevención van acompañadas de reformas de la policía. Es pertinente en este espacio dedicar unas líneas a esbozar el nuevo modelo de actuación policial basado en las tres “P”, de “Partnership”, “Problem Solving” y “Prevention”: - “Partnership” (asociación) Se basa en la idea de que la policía es más efectiva cuando trabaja en asociación con la comunidad y cuando ella es parte de la comunidad. La policía es más efectiva cuando responde a las necesidades de los ciudadanos y cuando trabaja con ellos en la determinación de las prioridades. - “Problem Solving” (resolución de conflictos) Se considera que la policía debe trabajar sobre “problemas”, y no esperando las llamadas de emergencia, las cuales se refieren normalmente a incidentes individuales o violencia doméstica. Se tiene que resolver los problemas generados por las llamadas y los que surgen de la calle. - “Prevention” (prevención) La asociación con la comunidad y la resolución de problemas son importantes, pero cuando el propósito es el de la prevención, nosolo hay que prevenir el crimen sino también prevenir las víctimas. [^ SUBIR] III. 2. El enfoque socio-espacial de la Seguridad Urbana. Identificación y manejo de los factores del entorno. En general las aproximaciones a la seguridad urbana se han hecho considerando la ciudad como un escenario global de prevalencia del delito, tendiendo a olvidar que la delincuencia ocurre en espacios urbanos específicos donde las personas desarrollan su vida cotidiana. Desde principios de siglo, diversos enfoques se han abocado al estudio de patologías en la ciudad, tales como la delincuencia, las perturbaciones mentales y morales, el alcoholismo, la drogadicción y la marginalidad, entre muchos otros, concibiendo a la ciudad como un receptáculo dentro del cual están contenidos los fenómenos sociales, prescindiéndose de la dimensión espacial.

En general, estos enfoques han dado lugar a estudios sectoriales que se desentienden de la lógica general de la ciudad, concibiendo el fenómeno urbano como resultado de la agregación de decisiones individuales, que frecuentemente operan con un tiempo formal, elaborándose análisis ahistóricos que no rescatan la racionalidad y particularismo de las situaciones concretas (CEPAL, 1989). La aproximación arquitectónica, especialmente la referida a problemas de seguridad residencial, se ha organizado en torno al supuesto explícito o implícito que el reordenamiento de las formas espaciales modifica el comportamiento y las estructuras sociales. Durante las últimas décadas, esta posición parece haberse reforzado por evaluaciones pesimistas y, en algunos casos fatídicas, sobre el desarrollo urbano, presentando a las ciudades modernas como desordenadas, caóticas, irracionales y peligrosas, con lo cual ha sido lógico postular su modificación en base a pautas normativas. Muchas de estas ideas se basan en concepciones utópicas de la ciudad alentadas por un "deber ser", que en la práctica han generado tantos problemas como los que pretendía solucionar. La sucesiva aplicación, en las ciudades latinoamericanas, de modelos de diseño técnico y diáfano procedentes de “mentes expertas”, han visto sobrepasada su lógica por fenómenos sociales como el delito, que se manifiestan de maneras muy diversas e inesperadas, ocasionando consecuencias muchas veces agravadas por las características de los modelos arquitectónicos implementados. Uno de los enfoques arquitectónicos [9] considerados clásicos en la actualidad, pese a haber sido formulado hacia principios de la década de los sesenta, está representado por las ideas de Chermayeff y Alexander. Estos autores intentaron ofrecer una respuesta a la crisis terminal que, según ellos, estaba viviendo la ciudad moderna, debido al desarrollo de la cultura de masas y a la erosión del hábitat humano, construido de manera desenfrenada al ritmo incontenible del crecimiento demográfico mundial, provocando una situación evaluada como de desorientación, confusión, terror y anarquía. Ante este desolador panorama, Chermayeff y Alexander se adscriben a la tesis de la “Planificación global”. Su modelo arranca de la convicción de que "si se reconocen las características deficitarias que posee nuestro actual entorno físico, las tareas de diseño podrían avanzar por un camino más seguro, y posteriores deterioros del hábitat humano podrían ser evitados" (Chermayeff y Alexander, 1963). Estas tesis se orientan a lograr la eficacia en el control de los espacios, sustentando la hipótesis de que cuanto más pequeño es el dominio territorial, más fácil resulta controlar. Surgen, por tanto, como mecanismos eficientes para este fin, la construcción de barreras y esclusas en diferentes niveles de privacidad y escalas de jerarquía urbana. De esta forma se articularían dominios distintos, permitiendo el transito sin romper con las gradientes de privacidad propias de la vida intima y comunitaria. Un enfoque que contrasta con los esquemas de Chermayeff y Alexander, quienes abogaban por un cuidadoso proceso de ordenamiento jerarquizado del espacio urbano, es el de Jacobs. Su modelo, que se inscribe dentro de las perspectivas de la "Planificación Crítica" y como reacción a la crisis de la ciudad moderna, postula una vuelta a la revitalización de la calle por sobre los grandes espacios públicos, tan propios de los planteamientos modernistas como los de Le Corbusier y sus seguidores. Según Jacobs, la actividad de la calle no puede ser normada, por cuanto las personas la inventan a través de la interacción social. De allí que los espacios de la ciudad deban tener una escala humana, pues constituyen el entorno de aprendizaje y socialización infantil, permitir la vigilancia de los niños

por sus padres, facilitar la generación de la vecindad y promover la emergencia de sentimientos de comunidad. En consecuencia, recomienda la construcción de mallas urbanas apretadas con alta densidad de ocupación, espacios públicos de uso múltiple y calles con alto flujo peatonal, que reemplacen las barreras físicas por un control social natural, mediante la conformación de redes vecinales informales (Jacobs, 1961). Sin desconocer la existencia de una amplia gama de otros enfoques teóricos propios del urbanismo, las antes expuestas reflejan dos posiciones, que han provocado importantes consecuencias, en la producción del espacio urbano en muchas ciudades contemporáneas que, a juzgar por los efectos observados durante los últimos veinte anos, no han demostrado ser eficientes para superar diversos problemas, entre los que se incluye el de la inseguridad urbana. Hacia los años setenta, un nuevo intento que alcanzó gran difusión entre los diversos especialistas interesados en las dimensiones físico-espaciales de la delincuencia urbana estuvo constituido por la propuesta de Newman. Este autor argumenta que las "definiciones territoriales" constituyen fenómenos observables en toda la historia de asentamientos humanos, traduciendo a nivel social las analogías animales de Ardrey (1966), si bien evita toda alusión directa a ellas (Canter y Stringer, 1978). Basándose en dicho concepto Newman construye su “Teoría del espacio defendible”. Esta propuesta apunta a reducir o eliminar las oportunidades para cometer delitos, a través de la modificación de los factores del entorno que podrían dar lugar a la comisión de crímenes. La teoría del espacio defendible consiste en una orientación en materia de construcción de complejos habitacionales que promueve la vigilancia de los lugares comunes, gracias a una adecuada distribución de los mismos, al uso de monitores de vigilancia y a una buena iluminación. Su aplicabilidad constituye la condición básica para lograr la protección de los asentamientos modernos, especialmente de aquellos construidos en altura, los cuales adolecían fundamentalmente del anonimato, derivado del gran tamaño de los conjuntos y la escasa posibilidad de vigilancia, derivada de la conformación de tramas laberínticas. En esos términos, el bienestar de los habitantes depende del establecimiento de límites claros entre los espacios públicos, los semi-privados y los privados. En dicha diferenciación, adquieren gran importancia los semi-privados, representados por las áreas de uso común, vestíbulos o espacios inmediatamente circundantes a las residencias, por asumir un carácter defensivo destinado al uso exclusivo de sus ocupantes, con el propósito de mantener fuera de él a extraños potencialmente peligrosos. Así, el diseño físico-espacial y la vigilancia de la comunidad consiguen un efecto disuasivo, reduciendo la incidencia del delito y, en consecuencia, refuerzan la sensación de seguridad. La lógica de estos planteamientos influyó considerablemente, tanto en la discusión teórica como en la planificación de nuevos conjuntos y en el rediseño de asentamientos urbanos con alta delincuencia. Sin embargo, las críticas no se han hecho esperar. Algunos insisten en lo inadecuado del "encastillamiento" que significa la aplicación de múltiples barreras para alejar la criminalidad, sin aclarar -en lo absoluto- dónde se relocalizaría el delito (Canter y Stringer, 1978) Otros llaman la atención sobre su causalismo lineal y simplista, ya que la tesis central de Newman, implica que el espacio disuasivo estimula la generación de comunidades integradas que, a su vez, desarrollan acciones de alerta, prevención y represión de la delincuencia, por cuanto el contexto físico diseñado bajo esta

propuesta, impulsa a los habitantes a comportarse como dueños naturales de su territorio (Bertrand, 1994). Por otra parte, autores como Hillier, consideran que el diagnostico efectuado por Newman es acertado, aun cuando sus propuestas de diseño no hayan obtenido los resultados esperados, al estar concebidas basándose en una escala inadecuada que toma como base lo local, en vez de concentrarse en la trama del espacio público global, en orden a evitar la desintegración de la malla urbana (Greene, 1994) Los tres ejemplos provenientes de la arquitectura, que han considerado el problema de la inseguridad urbana, comparten una deficiencia general que se expresa en el reduccionismo físico-espacial de fenómenos complejos, dinámicos y multidimensionales. Indudablemente, ello se enmarca dentro de un estilo monodisciplinar de trabajo, que ha impedido la elaboración de esquemas de observación más amplios, donde la consideración de variables sociales apenas ingresa como un mero efecto del diseño urbano o en términos de un dominio de posibilidades planificables "desde el tablero". El sociólogo norteamericano Mark Gottdiener (1994), en una reciente publicación, pretende establecer las bases conceptuales de un “Enfoque socio-espacial” que supere la visión limitada que los urbanistas han otorgado al espacio como mero contenedor de actividades sociales. Por el contrario, el espacio no solo acoge acciones sino que también actúa como objeto significativo hacia el cual orientamos nuestras conductas, constituyéndose en parte de las relaciones sociales, al afectarlas diariamente a través de lo que sentimos y hacemos, con lo cual el autor recoge la relación dual entre gente y espacio, ya formulado con anterioridad. El concepto central para este enfoque es el de "settlement space", que se refiere al espacio construido en el que vive la gente, el cual ha sido significado y organizado de acuerdo a un cierto sentido para acoger tipos de actividades y acciones. La perspectiva socio-espacial incorpora diversos factores en vez de enfatizar solo algunos, para entender el cambio del espacio habitado. Por otra parte, considera el rol del Estado y la economía como factores que afectan el crecimiento regional y metropolitano, pretendiendo otorgar una visión detallada de las políticas que enfatizan las actividades de individuos y grupos, en el proceso de desarrollo, focalizando las actividades de determinadas redes que forman coaliciones de intereses para orientar direcciones y efectos de los cambios. [^ SUBIR] III. 3. La prevención del delito [10]. El delincuente, sus formas de actuación y su entorno. Durante las últimas cinco décadas ha surgido en el mundo desarrollado un conjunto de estrategias que expresadas en políticas de estado, planes nacionales, regionales y locales, o bien mediante propuestas surgidas en ciudades o municipios específicos, han orientado las respuestas mediante las cuales los principales países industrializados vienen enfrentando la inseguridad en las grandes urbes. Estas iniciativas han sido propuestas en diversos momentos, responden a múltiples concepciones ideológicas, poseen diverso alcance social y han alcanzado resultados disímiles. No obstante todas pretenden prevenir y reducir la frecuencia o limitar la posibilidad de aparición de actividades criminales

haciéndolas imposibles, más difíciles o menos probables (Gassin, 1990: 27). A pesar de esta gran dispersión, atendiendo a los fundamentos teóricos de las diversas propuestas, es posible agruparlas en grandes modelos de prevención del delito. Al respecto se han distinguido cinco estrategias que permiten una descripción general de la multiplicidad existente (De la Puente y Torres, 2000). 1. Prevención Social Primaria de conductas delictivas. Este paradigma estructurado desde las teorías clásicas sobre la etiología del delito, según las cuales la acción criminal obedece a un conjunto de factores anteriores a su perpetración, tuvo una generalizada aplicación durante la época del Estado Benefactor en Suecia, Inglaterra, Francia, Países Bajos, entre otras naciones europeas, y en América fundamentalmente en Canadá. Su estrategia básica consiste en que a través de la intervención por parte de los organismos del Estado, se logren disminuir las tendencias delictivas de la población en mayor riesgo, influyendo en sus actividades y comportamientos mediante el diseño e implementación de amplios programas de desarrollo económico - social de largo plazo en materias de educación, salud pública, vivienda, empleo y de recreación para el uso del tiempo libre, privilegiando a la población joven como principal beneficiaria. La racionalidad fundamental de este tipo de intervención "radica en el supuesto de que el mejoramiento de las condiciones materiales de vida de la población más vulnerable y proclive a cometer delitos contribuyan a neutralizar los factores que originan conductas criminales y que, por tanto, se deben mudar la condición socioeconómica de las personas antes que incurran éstas incurran en un acto delictivo" (De la Puente y Torres, 2001). Se trata entonces de una acción anticipadora de la criminalidad que se orienta a interrumpir la carrera delictiva, que se diferencia de la prevención secundaria y terciaria que se aplican cuando el delito ya se ha cometido. Las investigaciones orientadas por este modelo en diversos países han mostrado que los factores que ejercen influencia sobre las predisposiciones a la delincuencia serían especialmente: a) los problemas que afligen a la familia de los hijos adolescentes tales como abandono, maltrato e indiferencia de los padres; b) el ausentismo, la mala conducta y el abandono escolar; c) la pertenencia a pandillas o bandas delincuentes; d) el consumo excesivo de alcohol y otras drogas; e) la prevalencia de problemas de personalidad tales como falta de autoestima, de autocontrol, egocentrismo, baja tolernacia a la frustración, deseo de obtener gratificaciones materiales inmediatas; y f) la persistencia de necesidades urgentes que pueden ser satisfechas rápida y fácilmente por medios ilegítimos (Ibid.). Bajo esta lógica surgió una gran diversidad de medidas de prevención que buscaban identificar potenciales infractores, especialmente entre grupos de jóvenes de menores ingresos, bandas de adolescentes marginales, estudiantes pobres con problemas de deserción escolar e hijos de familias irregulares de alto riesgo social. De esa forma una vez definidos los grupos objetivo, se propone iniciar programas de incorporación escolar y laboral, desarticulación de pandillas, así como también aplicar diversas formas de prevención del maltrato infantil, talleres recreativos o bien estrategias de nivelación educativa, sistemas de becas y reforzamiento en escuelas y centros de formación técnica, entre muchas otras. 2. Prevención Situacional del Delito. El cual se desarrolla originalmente en Inglaterra hacia finales de los años setenta. Su supuesto básico considera la distribución diferencial de los delitos según la particular relación de oportunidades

para delinquir. Supone la realización de cálculos racionales por parte del potencial infractor, bajo una lógica estricta de costos y beneficios. Ello derivaría del hecho de que los delincuentes no sólo requieren motivaciones sino también de una disponibilidad y accesibilidad respecto de la selección de blancos alcanzables que están en un momento concreto sin vigilancia o control social. (Cromwell, 1996). Evitando las complejas disquisiciones respecto de la causalidad del delito, el modelo parte de una concepción pragmática pero que pretende aplicarse a todo tipo de ilícitos, pues asume que cualquier acto antisocial posee una situación y lugar concreto de ocurrencia, de modo que si es posible intensificar los mecanismos de control mediante una amplia gama de intervenciones será posible disminuir las conductas desviadas, pues se han reducido las oportunidades para que ésta se manifieste. En este caso el viejo refrán "la oportunidad hace al ladrón", se plasma en un repertorio operativo que ha generado numerosas investigaciones especialmente en Inglaterra y EE.UU. y que incluye cuatro máximas: "medidas dirigidas hacia formas específicas del delito; que involucran diseños o intervenciones sobre el entorno inmediato donde ocurren esos delitos; de un modo tan permanente y sistemático como sea posible; como para reducir las oportunidades de cometerlos". (Clarke y Mathew, 1980). En este modelo el manejo del entorno urbano adquiere particular interés. Desde el enfoque de la prevención situacional se acepta generalmente que la conducta delictiva debe ser entendida como la combinación de la persona y de la situación en que ésta se encuentra. El enfoque de prevención situacional se basa en una reflexión teórica sobre las oportunidades para el delito, considerando el papel que desempeña la situación "precriminal" y las motivaciones del delincuente en éste proceso. Es importante reconocer que este enfoque a pesar de ser bastante amplio se encuentra limitado para abordar determinadas conductas delictivas, ha demostrado su utilidad más que todo en el abordaje de delitos con objetivos blanco materiales (personas o cosas) referidos a infracciones intencionales (agresiones, robos, fraudes). Con fines ilustrativos a continuación se detallan algunas medidas de prevención situacional cuyos resultados han sido exitosos: a) La vigilancia y la detección. Se trata de aquellas medidas concebidas con la finalidad de detectar las señales de una actividad delincuente y aumentar así los riesgos a que se exponen los infractores. Entre las cuales tenemos a modo de ejemplo la vigilancia realizada por determinadas personas (guardias de seguridad, conserjes, conductores de autobuses, vendedores en comercios, vecinos organizados, policías en patrulla); las medidas de vigilancia y detección (cámaras, videos, televisión en circuito cerrado, rayos X, sistemas de alarma, detectores de metales, etiquetas electrónicas, perros); la mejora de la visibilidad de los blancos potenciales y de los accesos a ciertos lugares (iluminación de calles y comercios, supresión de setos que oculten las entradas de las casas de la vista de los vecinos, reorganización de las estanterías de los comercios para suprimir todo lo que pueda obstruir la vista, instalación de las cajas de los comercios en el sector más visible de los mismos, instalación de las mercaderías más caras a la vista de los empleados), etc. b) Los obstáculos físicos. Con ellos se pretende reforzar el blanco elegido, rodeándolo de obstáculos materiales, con vistas a hacer difícil -e incluso

imposible- la comisión del delito planeado o retardar las operaciones del delincuente. Las medidas más eficaces de esta naturaleza son: los obstáculos al acceso o a la penetración de un edificio (puertas reforzadas, cercas, barreras, rejas, cerraduras, cristales antibalas para proteger a cajeros y vigilantes); la inmovilización del blanco (mecanismos antirobos en los carros o de fijación de objetos, cajas de seguridad); dispositivos destinados a retrasar aldelincuente durante su huida (dobles puertas en la salida de bancos, ausencia de puerta trasera en residencias); por mencionar algunos. c) Los controles de acceso, para impedir las intrusiones, controlar la circulación en un lugar o limitar su entrada a las personas autorizadas pare ello. Tales como los puestos de guardia en la entrada de los lugares (guardias, barreras, cercas); los controles de la entrada a condominios o casas de apartamentos (teléfono, portero o conserje, sistema de entrada con tarjetas magnéticas) y los códigos de acceso (número personal de identificación en los cajeros automáticos de los bancos, contraseña en las computadoras). d) Las medidas destinadas a desviar al infractor de su blanco. Se trata de medidas que, mediante cambios en el entorno o en las costumbres y trayectos de la víctima potencial, apuntan a reducir la frecuencia de los contactos entre el delincuente potencial y su blanco. Las principales son la organización de trayectos para evitar la convergencia entre delincuentes potenciales y su blanco (reorganización urbana utilizando calles sin salida, vías a sentido único, calles cerradas a la circulación automóvil, parqueos prohibidos, etc.); e) La eliminación o reducción de los beneficios que pueda procurar el delito, mediante cuestiones como medios de pago sin dinero contante, reducción de las sumas de dinero conservadas en las cajas, limpieza rápida de graffitis y la reparación de propiedades dañadas o deterioradas para quitarles a los vándalos el placer de volver a ver el fruto de su trabajo, etc. f) El control de instrumentos y objetos que puedan servir para la comisión de un delito. Así: control de armas, eliminación de objetos que puedan servir como armas, incorporación en las tarjetas de crédito o de naturaleza similar de la fotografía de su propietario legítimo, para hacer más difíciles las estafas a través de estos instrumentos y reglamentación de la venta de instrumentos (tales como los potes de pintura dotados de un vaporizador) que puedan servir a los autores potenciales de actos de vandalismo. Varias de las medidas que propone el enfoque situacional, implican costos que sólo una parte de la población puede asumir. Se corre así el riesgo de aumentar la fragmentación social, estableciendo diferencias entre quienes pueden proveerse de seguridad por cuenta propia y quienes carecen de esa posibilidad. En consecuencia, se produciría un desplazamiento del accionar criminal hacia los sectores menos favorecidos (aunque cabe indicar que hay medidas que pueden ser abordadas en forma comunitaria o con el auxilio de las autoridades locales). Los críticos de este enfoque sostienen que muchas medidas situacionales incrementan la sensación de inseguridad, al brindar evidencia de una ciudad o barrio prevenido, reforzado, sitiado; además de aumentar las distancias sociales y promover el aislamiento y la segregación social. [^ SUBIR] 3. La Prevención Multi-agenciada del Delito. El desarrollo de este modelo comenzó en los años setenta en Suecia y Canadá, a partir de la conformación de consejos de prevención de la delincuencia que procuran la generación de un

amplio espacio social para la participación de una diversidad de actores. Estas ideas también se han aplicado en países como Finlandia, Noruega, Dinamarca, Francia e Inglaterra, en décadas recientes. En la mayoría de los casos donde esta concepción se ha utilizado, se ajusta a la idea fuerza de "responzabilización ciudadana" para la prevención y disminución de la delincuencia, involucrando diversos agentes sociales en procesos descentralizados que logren superar el verticalisno estatal y los vicios de las soluciones individuales mediante los mecanismos de mercado (De la Puente, Torres 2000). Se trata entonces de evitar uno de los grandes vicios generados por el Modelo Situacional que ha favorecido la conformación de áreas segregadas mediante la agregación de iniciativas individuales de prevención, lo cual propendería a crear nuevos peligros (Bottoms, 1990). Bajo estos parámetros se intenta favorecer la formación de multiagencias entre el Estado y ciudadanía, "....que incluyan una asociación entre la sociedad civil, la policía y, especialmente, a las autoridades locales que constituyen el foco natural para la coordinación con las instituciones sectoriales del Estado y por cierto con los organismos policiales, en un amplio abanico de actividades orientadas hacia el logro de la seguridad" (De la Puente, Torres, 2000 : 32). El desempeño y eficiencia del modelo ha sido matizado, existiendo logros interesantes en Inglaterra donde se ha generalizado notablemente este tipo de coordinaciones (Tilley, 1994), no obstante se han desarrollado a la par importantes críticas que abarcan aspectos tan disímiles como falta de uniformidad de los programas que las diversas agencias proponen (Liddle y Gelsthorpe, 1994), el centralismo que ha ido adquiriendo algunas instancias nacionales en desmedro de la influencia local (Loveday, 1994), hasta el desplazamiento de las diversas modalidades delictivas hacia otras áreas (Pease, 1997), 4. Prevención Comunitaria del Delito. Surge como una posible alternativa viable en medio del debate en torno al eje articulador de las estrategias contra la delincuencia. Hacia fines de los ochenta y durante los noventa se generalizaron entre los especialistas las nociones de "participación comunitaria", y en terminología inglesa los de "empowerment community", "resposibility" y "solvingproblerms community", en el tratamiento de los temas y en el diseño de estrategias relativas a la prevención del delito. Son iniciativas que enfatizan, en general, el rescate de valores tradicionales vinculados con la familia y el fortalecimiento de las comunidades. Ellas se operacionalizan mediante el patrullaje de barrios y sectores residenciales. Este modelo alberga además un conjunto de otras iniciativas que poseen diferencias considerables con las medidas aplicadas por el internacionalmente famoso Jefe de la Policía de Nueva York William Bratton y cuyo plan centrado en un incremento sustancial del control policial mediante mayor presencia y visibilidad ya acumula un conjunto importante de críticas. En contraposición se encuentra por ejemplo el denominado "Plan Barcelona", que ha puesto el acento en la recuperación de los espacios públicos a través de importantes inversiones y mejoramientos urbanísticos consistentes en la construcción de plazas, equipamientos comunitarios, centros deportivos, paseos peatonales, parques y jardines. Dichas mejoras fueron complementadas con conjuntos de medidas que implicaron integrar socialmente a los aparatos de orden público creándose la

"Policía de Proximidad", cuyo personal debe establecer vínculos permanentes con los sectores residenciales asignados. Más allá de las diferencias entre las diversas manifestaciones del modelo, el elemento común es la centralidad que adquiere la denominada "Policía Comunitaria". Dicha estrategia se ha aplicado con énfasis heterogéneos que pueden implicar diversos niveles de compromiso e interrelación con la sociedad civil, dependiendo del contexto sociocultural en el cual se implementan (Trojanowicz y Moore, 1988). Hasta el presente, los resultados obtenidos a través de las diversas medidas inspiradas en los modelos de prevención del delito no son completamente concluyentes, si bien parecen apoyar el desarrollo de este último tipo de modalidad, especialmente en sectores residenciales que cuentan con comunidades activas con niveles mayores de compromiso. [^ SUBIR] III. 4. La prevención comunal [11]. Descentralización y rol protagónico de los gobiernos de las ciudades en la Seguridad Urbana. La prevención comunal como intervención de política pública en Seguridad Urbana consiste en evitar la criminalidad luchando contra las manifestaciones de esta, pero sobre todo focalizando sus factores determinantes. La prevención tiene entonces un doble objetivo evitar los factores que favorecen la criminalidad e institucionalizar en la población el reflejo preventivo acostumbrándola a buscar las causas y las soluciones frente a un fenómeno de delincuencia que la afecta, logros que para ser obtenidos requieren de varios años. Las dificultades del enfoque preventivo propuesto radican en la multiplicidad tanto de los delitos urbanos como de los factores que los originan, lo que obliga la elaboración de diagnósticos locales orientados a la localización de las causas de estos comportamientos y de sus manifestaciones. Es importante considerar que las alternativas propuestas no son necesariamente universales. Las buenas prácticas son orientativas pero no "replicables". Entre los argumentos que se señalan a favor de la prevención como enfoque fundamental de la estrategia se señalan: La promoción de la solidaridad, de la participación ciudadana y de las prácticas de buena administración y gobernabilidad, el fortalecimiento de las instituciones democráticas, la movilización de coaliciones locales de los principales actores comunales, los beneficios económicos de la prevención derivados de la aplicación de medidas de prevención del delito comparados con las medidas tradicionales de represión y de encarcelamiento (los análisis realizados muestran en el largo plazo un beneficio de 1 a 6), la posibilidad de un mejor diseño urbano que incorpore la seguridad (espacios públicos, recreo, transporte, infraestructuras), el apoyo a los niños, jóvenes y familias vulnerables, el fomento a la responsabilidad y la creación de conciencia de la comunidad, la prestación de servicios de proximidad especialmente de policía y justicia, la reinserción social de delincuentes y la asistencia a las víctimas de la violencia. El enfoque considera la prevención en cuatro sentidos: 1. La prevención situacional que consiste en modificar el entorno para eliminar las condiciones que facilitan la delincuencia. Por ejemplo: iluminar zonas, mejorar infraestructuras, poner cameras de TV en zonas de espacios públicos o semi-

públicos, crear o recuperar espacios públicos, modificar espacios en los cuales hay exceso de comercios informales que facilitan oportunidades de delincuencia, adecuar las protecciones en estadios de fútbol, prohibir el porte de armas, limitar el consumo de bebidas alcohólicas etc. 2. La prevención social que hace referencia al conjunto de programas de carácter social que apuntan a los grupos en riesgo, los ex detenidos, los grupos o barrios estigmatizados, la violencia domestica o la violencia en las escuelas. Las formas de prevención social no son simplemente programas sociales como por ejemplo aquellos que persiguen la reducción de la pobreza o la creación de empleos. Es necesario que exista un valor agregado, es decir, una búsqueda explícita y focalizada a la reducción de las causas de la violencia urbana y no solo un objetivo de inserción social o de mejoramiento del nivel de vida de la población. 3. Las acciones que apuntan a disminuir la percepción errónea o exagerada de la inseguridad urbana, como formas particulares de prevención. 4. Y la asistencia a las víctimas de la violencia. Tratar este tipo de enfoque en un documento que intente recoger el "estado del arte" de las discusiones o acciones en Seguridad Urbana es imprescindible ya que no es solo uno de los modelos más novedosos de intervención en seguridad urbana con un carácter eminentemente preventivo, sino también por que se está constituyendo en una forma de acción de política pública que están asumiendo muchas de las grandes ciudades del mundo. Desde los años 80, muchas ciudades han desarrollado experiencias de prevención comunal que han sido puestas en evidencia en varios eventos internacionales. En particular las conferencias organizadas por las asociaciones de alcaldes en Barcelona (1987), Montreal (1989), París (1991) y más recientemente Johannesburgo (1998) han señalado la necesidad de descentralizar la responsabilidad de la lucha contra la violencia urbana a nivel de las ciudades. En 1995 ECOSOC publicó las líneas directrices de una intervención municipal a partir de las recomendaciones de las Naciones Unidas. Asociaciones como el Foro Europeo para la Seguridad Urbana han sido creadas para intercambiar experiencias, difundirlas, mejorar y sintetizar sus resultados. Desde los años 90 varias experiencias, se han desarrollado en América latina y en África. La conferencia de Johannesburgo (1998) constituyó un momento de cristalización de estas experiencias en el tercer mundo, en particular en África. Algunos gobiernos, como el gobierno inglés, han institucionalizado este enfoque preventivo otorgando a los municipios un rol de líder de una coalición que agrupa a los principales departamentos municipales o estatales y a la policía para definir en conjunto y poner en práctica un plan de seguridad para su ciudad. Este plan de seguridad contempla acciones de represión y de prevención. Otros gobiernos europeos han optado por una formula de contratos locales de seguridad (Francia, Bélgica) es decir la posibilidad para una municipalidad de tener acceso a fondos nacionales para implementar un programa de seguridad local bajo la responsabilidad del alcalde y que el municipio define. Las distintas experiencias en desarrollo actualmente en diversas ciudades del mundo tienen en común: La existencia de una coalición local bajo el liderazgo de la alcaldía encargada de formular, implementar, evaluar una estrategia local de seguridad; La realización de un diagnóstico de la inseguridad apuntado a las

manifestaciones pero sobre todo a las causas y génesis locales de la inseguridad y de la percepción de la inseguridad; La puesta en práctica de una variedad de intervenciones focalizando diversas manifestaciones de la inseguridad; La innovación en términos de empleos específicos ligados al campo de la prevención de la criminalidad: por ejemplo los animadores de calles, los mediadores, los consejeros jurídicos o sociales especializados en la gestión de ciertos conflictos, las brigadas auxiliares de policía, los guardianes de lugares públicos adiestrados a la prevención como a la represión, etc. La "metodología de intervención municipal" se basa en las experiencias acumuladas del Foro Europeo para la Seguridad Urbana que reagrupa 200 ciudades de la Unión Europea, del Crime Concern de Inglaterra que provee asistencia técnica a municipalidades e instituciones de la sociedad civil dedicadas a la prevención y del Consejo Nacional de la Prevención del Crimen en EEUU como así mismo las actuales experiencias en Canadá y en varios países africanos realizadas por HABITAT y el Centro Internacional para la Prevención de la Criminalidad (CIPC, Montreal). Cualquiera que sea la modalidad de intervención que se adopte implica la adopción de enfoques locales puestos en práctica por gobiernos locales con el apoyo de los gobiernos centrales y regionales y considera la prevención como un instrumento estratégico para la buena gobernabilidad y el refuerzo de la ciudadanía y de los valores comunes. La acción preventiva de esta estrategia de intervención pública para la seguridad urbana es más eficaz si se tiene un enfoque multisectorial que apunte a los factores "predisponentes" de manera rigurosa y sistemática. El diseño y la implementación por parte de los gobiernos locales de políticas de seguridad urbana permiten una acción de "proximidad" no solo en términos de cercanía física del territorio sino también referida a la posibilidad para los ciudadanos de acceder al servicio. Permite además relacionar la prevención del delito con un proyecto político expresado en un gobierno local legítimo. Un alcalde elegido tiene esta legitimidad y puede articular su política de seguridad urbana al proyecto político que impulsa, cuenta además con la posibilidad de establecer interlocución directa con diversas instituciones en aras de coordinar el trabajo. Las principales características de la estrategia local de seguridad, basada en un diagnostico local de inseguridad son: La incorporación de la seguridad como elemento central de las prioridades de los habitantes; La presentación de los costos, las fuentes de financiamiento, el calendario de actividades y las responsabilidades de todas las acciones a emprender; El examen de: las opciones posibles entre las medidas para reducir las oportunidades las ventajas para los delincuentes, las medidas de desarrollo social para apoyar a los grupos de riesgo y las practicas exitosas previas en la ciudad o en situaciones similares, a replicar; Los factores de riesgo presentes localmente que causan la delincuencia como abandono escolar, violencia intrafamiliar, drogas, y las medidas concretas factibles de implementar por los asociados de la coalición; Las medidas relacionadas con el entorno local que favorece la delincuencia como la carencia de equipamiento, de lugares de tiempo libre o culturales, de vivienda adecuada, (prevención situacional); Descripción de las grandes líneas de la puesta en práctica de la estrategia y de los recursos humanos y financieros a movilizar; Las formas de evaluación y su periodicidad. La estrategia debe ser aprobada por el gobierno local y comunicada a los asociados y a los habitantes. Incluye algunas medidas de corto plazo que le otorgan mayor credibilidad.

La implementación de la estrategia local de seguridad urbana exige que el líder político local -el alcalde- sea quien la impulse, movilice los recursos y estimule a los distintos asociados. El carácter "multisectorial" -de los actores y de las intervenciones- de la estrategia la hace particularmente flexible facilitando la posibilidad de experimentar nuevas formas de intervención más efectivas que pueden ser incorporadas y, la evaluación permanente y desde distintas ópticas de las acciones, de los actores y de los resultados, de manera que en la medida en que se implementan las decisiones se consolida la estrategia. Un papel fundamental para el éxito de esta forma de intervención está en el rol que desempeñan los medios de comunicación local como importantes medios de difusión de las acciones emprendidas y de los resultados obtenidos, lo que redunda en la generación de "sensación de seguridad" en los iudadanos. [^ SUBIR] IV. LECCIONES DE EXPERIENCIAS PREVIAS. Una mirada crítica a estrategias de Seguridad Urbana implementadas en ciudades de Estados Unidos. La obsesión securitaria ha llevado a que las estrategias de Seguridad Urbana implementadas en diversas ciudades de los Estados Unidos, –ejemplo, la policía de comunidad, “tolerancia cero”- permitan conciliar deseos aparentemente contradictorios de seguridad privada y pertenencia a un colectivo. El miedo al crimen, que durante mucho tiempo se creyó que era nocivo para la acción colectiva por encerrar a cada uno en su universo y en sus temores, se ha convertido en un motor de integración social y renacimiento cívico. Pero se trata de un motor muy especial: mediante sus actuaciones la “comunidad” se expresa controlando y excluyendo a aquellos que juzga indignos o incapaces de incorporarse a ella. En este sentido a continuación se transcribe, dada su claridad y pragmatismo, el “llamado de atención” que realizó Mike Davis en 1990 a propósito de los efectos que en los distintos aspectos de la vida de la ciudad estaba teniendo la denominada “obsesión securitaria” experimentada en muchas ciudades de USA: Trágicamente, han llegado a verificarse con exactitud las predicciones efectuadas en 1969 por la Comisión Nacional sobre Causas y Prevención de la Violencia [convocada por Richard Nixon]: vivimos en 'ciudades fortaleza' brutalmente divididas entre 'células fortificadas' de la sociedad afluyente y 'lugares de terror' en los que la policía combate a los pobres criminalizados. La 'Segunda Guerra Civil' que comenzó en los largos veranos calientes de la década de 1960 se ha llegado a institucionalizar en la misma estructura del espacio urbano. El viejo paradigma liberal del control social, mediante el intento de equilibrar la represión y la reforma, hace tiempo que ha sido dejado atrás por una retórica de guerra social nota en cuyos cálculos los intereses de los pobres urbanos y las clases medias carecen de valor alguno. En ciudades como Los Ángeles, en el lado malo de la posmodernidad, se observa una tendencia sin precedentes de fusionar el diseño urbano, la arquitectura y el aparato de policía en un único y conjunto esfuerzo de seguridad. Esta convergencia histórica tiene profundas consecuencias para las relaciones sociales del medio construido. En primer lugar, la oferta de “seguridad” genera su propia demanda paranoica. La “seguridad” se convierte en un bien ligado al emplazamiento [positional good ?] [la posición social] que se define por el acceso económico a servicios privados de “protección” y la pertenencia a ciertos enclaves residenciales duros o suburbios restringidos. Como un símbolo de

prestigio - y en ocasiones como la frontera decisiva entre los meramente acomodados y los 'verdaderamente ricos' - la “seguridad” tiene menos que ver con la seguridad personal que con el grado de aislamiento personal, -en los ambientes residenciales, de trabajo, consumo y viajes-, respecto de grupos e individuos 'desagradables', incluso de las multitudes en general. En segundo lugar, tal como ha observado William Whyte acerca del intercambio social en Nueva York, 'el miedo se confirma a sí mismo' [fear proves itself]. La percepción social de la amenaza se convierte en función de la propia movilización a favor de la seguridad, y no del número de crímenes. Donde verdaderamente existe un incremento de la violencia en la calle, como en South Central Los Angeles o Downtown Washington DC, la mayor parte de los conflictos se mantiene al interior de ciertas fronteras étnicas y de clase. A pesar de esto, la imaginación de la clase media blanca, lejos de cualquier conocimiento de primera mano de las condiciones en la ciudad interior, magnifica lac amenaza percibida mediante una lupa satanizadora. Las estadísticas demuestran que los suburbanitas de Milwaukee están tan preocupados por los crímenes violentos como los habitantes de la ciudad interior en Washington, a pesar de que en el segundo caso el nivel de violencia es veinte veces mayor que en el primero. Los medios, cuya función en esta arena es enterrar y oscurecer la violencia económica cotidiana de la ciudad, continuamente lanzan espectros de subclases criminales y predadores psicóticos. Crónicas sensacionalizadas de pandillas juveniles asesinas adictas al crack y alarmantes evocaciones racistas de merodeadores a lo Willie Horton, fomentan el espíritu de pánico que refuerza y justifica el apartheid urbano. Más aún, la sintaxis neomilitar de la arquitectura contemporánea insinúa violencia y trae a la imaginación peligros inexistentes. En muchas instancias, la semiótica del llamado 'espacio defendible' es casi tan sutil como un policía blanco pavoneándose. Los lujosos espacios seudo públicos de hoy - suntuosos centros comerciales, centros de oficina, acrópolis culturales y demás - están repletos de señales invisibles advirtiendo a las subclases de los 'otros' para que permanezcan fuera. Aunque los críticos de la arquitectura, ignoran por lo general cómo el medio construido contribuye a la segregación, los grupos parias - bien se trate de las familias latinas pobres, los jóvenes negros o los homeless ancianos hombres y mujeres - leen el significado de forma inmediata. [^ SUBIR] V. EL TERRORISMO URBANO [12]. Nuevos retos a la seguridad urbana. El terrorismo urbano es un reto que demanda una respuesta de las autoridades de las ciudades en tanto que responsables primarios de la seguridad pública. Cualquier gran ciudad se enfrenta a una serie de graves dificultades a la hora de desarrollar una estrategia antiterrorista eficaz. Para empezar, el tejido urbano ofrece multitud de blancos potenciales de alto valor humano, económico, político y simbólico. Al mismo tiempo, la vida en la ciudad proporciona multitud de oportunidades que facilitan la movilidad, el ocultamiento y la logística de los terroristas. Elementos que se ven potenciados con factores como las dificultades de tránsito, las aglomeraciones humanas, los déficit en la estructura urbana o las carencias en servicios públicos propias de muchas metrópolis. Estos elementos crean dificultades adicionales a la hora de diseñar una estrategia antiterrorista. De igual forma, la capacidad de las autoridades para garantizar la seguridad de sus ciudadanos se ve condicionada por la demanda de que las medidas de

protección ciudadana pesen lo menos posible en las actividades cotidianas y las libertades individuales. A todo lo dicho, se añade la obligación de establecer una estrecha coordinación entre servicios y organizaciones públicas muy diversas para poder desarrollar una respuesta integral a la amenaza que se confronta. Por ultimo, para el desarrollo de este conjunto de medidas se debe tener presente las limitaciones en los recursos humanos, materiales y financieros que habitualmente enfrentan las administraciones públicas. Paralelamente, el elevado nivel de la delincuencia común en la ciudad tiende a saturar las capacidades de las fuerzas de seguridad para mantener el orden público y hace particularmente sencillo para los terroristas encontrar aliados y apoyos para sus actividades criminales. Las asimetrías del tejido urbano de las grandes ciudades, donde se superponen zonas con grados dispares de renta, equipamiento y seguridad generan obstáculos añadidos al establecimiento de una estrategia antiterrorista integrada Además, la existencia de bolsas notables de población marginada, muchas veces proveniente de otras áreas, genera escenarios donde la falta de presencia de las autoridades facilita condiciones idóneas para la penetración e implantación de los grupos terroristas. La gestión de este complejo entorno se ve complicada por la frecuente superposición de instituciones de seguridad con competencias sobre la ciudad. Una situación que enfatiza la necesidad de desactivar las rivalidades ínter servicios y crear mecanismos eficaces de coordinación. Finalmente, la respuesta al incremento de la amenaza terrorista padecida por las ciudades deben considerar limitaciones materiales y financieras. Todos estos condicionantes de una estrategia antiterrorista en las ciudades deben ser vistos con una nueva luz después de los atentados del 11 de septiembre. En términos generales, las organizaciones terroristas han contemplado estos acontecimientos como experiencias de las que extraer lecciones aplicables a sus actividades criminales. Para empezar, el 11 de septiembre se ha visto como una espectacular escalada de la capacidad destructiva del terrorismo que obliga a incrementar la letalidad de las acciones de los grupos terroristas si no quieren caer en la irrelevancia. Además, los atentados de Washington y Nueva York han sido percibidos por las organizaciones violentas como una indicación de la importancia de orientar la selección de los blancos de las acciones armadas hacia personas o instalaciones cuya destrucción tenga efectos traumáticos en las sociedades atacadas. Dentro de esta tendencia, el 11 de septiembre ha hecho particularmente visible los demoledores efectos que pueden lograr los terroristas cuando manipulan grandes infraestructuras civiles como aviones comerciales para llevar a cabo sus propósitos destructivos. Una estrategia antiterrorista de una gran ciudad incluye un análisis de una serie de aspectos claves. Es imprescindible una estimación de las amenazas confrontadas que contemple tanto tendencias de la violencia sufridas tradicionalmente por la ciudad como su previsible evolución a la luz de las tendencias internacionales en este ámbito. Además, resulta básico abordar una evaluación de las capacidades a disposición de las fuerzas de seguridad y de los servicios de emergencias civiles para hacer frente a las mencionadas amenazas. También se hace necesario la revisión de los planes y procedimientos para abordar la prevención y gestión de las crisis de naturaleza terrorista. Por otro lado, es básico contemplar los mecanismos de coordinación existentes entre las distintas fuerzas de seguridad y los servicios de emergencia así como considerar los canales mando y control entre este entramado de organizaciones y las autoridades de la ciudad. Por último, no se puede dejar de analizar los

mecanismos existentes para la gestión de la comunicación pública en un entorno marcado por una elevada amenaza terrorista. El funcionamiento de todos estos aspectos de la estrategia antiterrorista debe ser contemplado en tres espacios temporales. Primero, se debe analizar como gestionar los recursos públicos con fines preventivos, estimando que estrategias deben ser puestas en marcha para dificultar la realización de ataques terroristas o, si estos suceden, tratando de reducir su repercusión y abordar su neutralización con la máxima eficacia. Segundo, será necesario valorar los medios y procedimientos existentes para gestionar una contingencia terrorista una vez que ésta ya haya sucedido, estudiando los procedimientos de gestión de crisis frente a este tipo de eventualidades. Finalmente, se tienen que contemplar mecanismos de respuesta a largo plazo tras la comisión de atentados terroristas destinados tanto a paliar sus consecuencias como a facilitar la detección y desarticulación de los responsables de estos actos. El estudio de estos factores debe servir para determinar la vulnerabilidad de la ciudad y dibujar un mapa de las fortalezas y debilidades de las autoridades para la implementación de la estrategia antiterrorista. A partir de este análisis se elaboran los planes de equipamiento, programas de capacitación, mejora de procedimientos, creación de canales de comunicación y otras medidas orientadas a hacer más eficiente la estrategia de las autoridades de la ciudad para garantizar la seguridad de sus ciudadanos frente a amenazas terroristas. [^ SUBIR] REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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BIBLIOGRAFÍA

AMPLIADA

Con el ánimo de facilitar una consulta más detallada sobre Seguridad Urbana, a continuación se facilita al lector un listado de bibliografía ampliada, el cual fue construido con base en la bibliografía citada por los distintos autores consultados para la elaboración del presente escrito. ABERCROMBIE N; HILLS; TURNER B. S.: Diccionario de Sociología.

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NOTAS

[1] Documento elaborado en base a una investigación en curso para la Maestría en Gestión Urbana de la Universidad Piloto de Colombia. [2] El análisis se vale de los desarrollos expuestos por Diego Gorgal en su texto "Modelos eficientes de seguridad urbana", documento presentado al concurso "Soluciones de Políticas Públicas" organizado por la Fundación Atlas para una Sociedad Libre, Buenos Aires, Argentina. Junio de 2002, complementado con el abordaje que sobre la problemática en cuestión se realiza en el “Documento de Referencia” del programa Ciudades más seguras (HABITAT), por Franz Vanderschueren, Coordinator. [3] Pedro Pablo Acuña. “Seguridad e Inseguridad urbana”. Santiago de Chile, Chile 1998. [4] Ibid, pág. 4 [5] Para la revisión de los conceptos básicos se parte del análisis presentado por Rosa Del Olmo, en su escrito "Ciudades duras y violencia urbana". En Revista Nueva Sociedad nº 167 mayo-junio 2000. Caracas: Centro Gumilla. (http://www.nuevasoc.org.ve/167/r2858.htm). [6] Faroppa Fontana Juan. Seguridad ciudadana, policía y democracia. En Memorias de la Primera Conferencia Iberoamericaca de Paz y Tratamiento de Conflictos. Santa Fe de Bogotá. Del 28 de octubre al 2 de noviembre de 1996. Pgs. 185 y ss. [7] Se trata de una estrategia de atención al crimen, elaborada y aplicada con mucho éxito en algunas ciudades norteamericanas. El pionero de esta medida fue el alcalde de Nueva York, Rudoplh Giuliani. La filosofía que inspira este novedoso plan de prevención del delito, se basa en la idea de que los encargados de hacer cumplir la ley, no deben ignorar las pequeñas faltas, delitos o conductas antisociales de las personas. Estas conductas desviadas deben ser combatidas apenas se manifiestan, mediante un estilo “duro y agresivo”, para evitar que posteriormente estas mismas faltas, se conviertan en grandes delitos. Intentando con esto golpear la “calidad de vida de los delincuentes”. Las conductas permisivas de la autoridad crean una sensación de desorden, impunidad e inoperancia que mueven a cometer delitos mayores.

[8] Modelos que se caracterizan por una redefinición del rol de la policía de cara a la comunidad, ahora la policía es un socio que ayuda a resolver problemas. Por otro lado se enfatiza en la labor preventiva, se introducen criterios económicoempresariales para medir la efectividad de la labor policial, se descentralizan funciones de los jefes de distrito policiales, se introducen sistemas de información computacionales que trabajan en redes uniendo a policías, vecinos y unidades policiales. [9] Las reflexiones aquí expuestas hacen parte del documento “ Enfoque Socioespacial de la Seguridad Residencial”, extractado del libro "Seguridad Residencial y Comunal" (Sepúlveda, De la puente, Torres y Tapia, 1999). [10] Tomado del artículo "Modelos Internacionales y Políticas Públicas de Seguridad Ciudadana en Chile durante la Última Década".Emilio Torres Rojas. Sociólogo, Magíster en Ciencias Sociales, Académico de las Universidades La República y de Chile. Patricio de la Puente Lafoy. Sociólogo, Magíster en Ciencias Sociales, Académico de la Universidad de Chile. Nota: Este artículo ha sido desarrollado en el marco del Proyecto FONDECYT N° 1000027, "Gestión de la Seguridad Ciudadana Local", que los autores efectúan en forma conjunta entre las Universidades La República y de Chile. De los títulos revisados los autores del citado artículo nos facilitan una aproximación bastante completa al asunto en cuestión la cual se toma textualmente realizando algunas modificaciones de presentación. [11] Resumen elaborado a partir del documento "Prevención de la criminalidad". Documento de referencia del programa "Ciudades más seguras" del Centro de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (CNUAH). Franz Vanderschueren, Coordinador. [12] Contribución de Román D. Ortiz. Profesor del Instituto General Gutiérrez Mellado, Madrid, España. [^
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www.mailxmail.com/curso/vida/sociologiajuridicaydelpoder/capitulo8.htm 33k la conducta desviada es toda aquella conducta que infringe reglas sociales, serán las reglas sociales las que crean las desviaciones como una contrapartida negativa. Esas reglas son elaboradas por grupos sociales que al imponerlas, originan por definición la desviación y las diferentes propensiones a la desviación en los diferentes grupos. Si esto es así, la conducta desviada abarca un campo muy amplio, porque constantemente se producen conductas infractoras de normas y el deslinde entre "normalidad y desviación" es difícil. El campo de las infracciones mínimas es ilimitado, por consiguiente el problema es sabes ¿Cómo acotar el campo de la desviación significativa?

Un primer intento de delimitación lo hace Cohen, efectuando una distinción entre infractor y desviado. El infractor sería el que comete el acto desviado aislado, en cambio el desviado es el quien tiene hábito por la desviación. Es decir, el desviado se ha hecho a lo largo de un proceso, posee un carácter, un rol y un calificativo publico, se crea una imagen, mientras que el infractor no. Por otra parte la definición de conducta desviada como de conducta desviada como infracción de normas, implicaría que el "conflicto social" y el "conflicto político quedarían absorbidos dentro del estudio de la desviación. Para evitar imprecisiones y ambigüedades, Merton establece una distinción entre: conducta aberrante, conducta conformista y conducta rebelde. La distinción se basa en que la infracción a la regla, vaya acompañada de una denegación de legitimidad, validez y autoridad respectivamente, y con una pretensión de cambiar dicha regla. Esta distinción que hace Merton es útil también para ver la diferencia entre: conflicto social y desviación social. Esta diferenciación se podrá sustentar sobre las siguientes bases: El conflicto social, derivaría de una respuesta no conformista o rebelde, respecto de las normas. Es decir, no solo consistiría en una infracción a las normas, sino además en la pretensión de cambiarlas. Pero además habría que añadir una nota de orden político, o sea, que sea guiado por cierta "concepción ideológica" Así, con estas diferencias, basadas en un elemento positivo (querer cambiar las normas) y en un elemento político (el impulso de cierta concepción ideológica), se pondría deslindar los dos campos y evitar la identificación del "conflicto social" con "desviación social". ¿Con qué no hay que confundir "conducta desviada"? 1- con patología social: la patología social incluye aquellas situaciones que son consideradas como un "deficiente" funcionamiento de algunas partes del sistema social en cuya prevención trabaja el estado, y cuyos actores son o bien objeto de una especial atención pública que tiende a sacarlos de tal situación, o bien son objeto de sanciones. 2- Con marginación social: (o marginalidad). La marginación social puede concebirse como la exclusión de ciertos individuos o grupos, respecto ciertos ámbitos de interacción. Consiste en el desempeño de roles devaluados, y puede ser el resultado de situaciones de pobreza, o de conductas (delincuencia) que infringen las reglas. La marginación es algo que está incluido dentro del campo de la patología social. 3- Con el estigma: el estigma sería la señal de la marginación, "la marca" que identificaría públicamente al individuo o al grupo devaluado. Es la manifestación de una sanción social implícita de la segregación. El concepto de "marginacion2 es mas amplio que el de estigma, porque en el primero

caben conductas de auto-exclusión, mientras que en el segundo solo cabe la hetero-exclusión. La desviación social nace de toda infracción de conducta. Dá pues origen a la atribución de un estigma y a la marginación social. Sien embargo, el concepto de estigma es mas amplio que el de desviación social, a no ser que se considere que la desviación puede tener lugar no solo respecto de normas reguladoras de la conducta, sino también respecto de normas que "regulan la identidad"". En cuyo caso, las deficiencias físicas, la pobreza, etc. que son situaciones originadotas de estigma, serian así mismo formas de desviación social pasiva (o "situaciones desviadas2), mientras que la violencia, la delincuencia, serían formas de desviación social activa ( o "conductas desviadas"). Todas ellas constituirán roles devaluados, pero los primeros serian roles adscritos y los segundos roles adquiridos. 4- Con desviación estadística: por ej. si poseo una secuencia numérica 1-22-3-4-5-4-4 ¿Cuál es el nº que más se repite? El 4, ese sería el "modo" ¿Cuál es el promedio? lo saco sumando todos los números (25) y los divido por la cantidad de números existentes (8), el resultado dará 3,2, ese es el "promedio" ¿Cuál es la media? Se saca buscando el mayor de los números (5) y el menor (1), la mitad entre ellos es lo que se llama media. Si hacemos todo esto tendremos que: 4 es el modo 3,2 es el promedio->Esto, el promedio, es lo que se llama en estadística desviación o dispersión, y nada tiene que ver con el concepto de conducta desviada que venimos analizando. 2,5 es la media Por todo esto, la conducta desviada es un concepto relativo, por lo cual siempre hay que considerar cada sociedad desde sus propias características (etnocentrismo). De allí tomamos como punto de partida el concepto de "integración cultural". La cultura es un elemento que permite que las partes se integren como un todo. Ese todo puede luego catalogar una conducta como "normal" o como "desviada". Para identificar una conducta desviada, debe tomarse como punto de partida la norma, y además tener en cuenta que se está frente a un concepto relativo ¿Entonces qué es una conducta desviada? En cualquier conducta que infringe una norma institucionalizada en una sociedad (esto es una primera aproximación, luego veremos que es algo más complejo) En el estudio de la desviación social existen dos cuestiones que afectan la delimitación precisa de su significado. La primera el carácter normativo de la desviación. La segunda es la relación entre desviación, desorganización social y patología social.

A- El carácter normativo de la desviación. La conducta desviada es un fenómeno definido en relación las normas sociales. Esta referencia normativa significa que, tal conducta desviada se caracteriza siempre por un relativismo cultural. La conducta es desviada solo cuando el actor está sometido a la vigencia de las normas que tipifican y sancionan esa forma específica de conducta. Esto lo resalta H.S.Becker cuando dice: ..."la sociedad crea la desviación. Nadie es desviado hasta que los demás aplican a su conducta, un calificativo negativo respecto a unas reglas. La desviación no es una cualidad del acto que la persona realiza, sino una consecuencia de la aplicación por los demás, de reglas y sanciones a una conducta"... B- La relación entre desviación social activa, desorganización y patología social (Durkheim, Marx y Mead) La conducta desviada es interpretada como una manifestación de desorganización social. Surgiría como resultado de defectos en alguna parte de esa organización y pondría en evidencia un desajuste en las normas, en las expectativas institucionalizadas. Esta relación entre conducta desviada y desorganización social, precede Durkheim a través de su análisis de la anomia. Para durkheim mientras que las necesidades físicas del hombre están reguladas por la estructura orgánica, las necesidades morales no poseen límites biológicos. Los límites que tiene son sociales y están impuestos por una fuera exterior: el orden colectivo. Aquí cabe una pregunta ¿La conducta desviada siempre provoca una desviación social? No Marx ha señalado que en ciertas ocasiones las conductas desviada, o la delincuencia, en vez de contribuir a la desorganización, refuerzan la organización. Mead sostuvo que la conducta desviada puede constituir una defensa para una estructura social. Esto se dá, porque la desviación estimula la solidaridad del grupo, y contribuye a la cohesión social. Desarrolla los sentimientos de participación ciudadana, inhibe tendencias aberrantes, margina a los desviados, etc. Además la desviación puede funcionar como señal de alarma de determinados defectos organizacionales, o como reafirmación de las reglas vigentes, o como factor que unifica al grupo frente a ella. A éstas últimas Mead las denomina consecuencias funcionales de la desviación social. La conducta delincuencial y la violencia parecen tener cierta relación con las etapas del desarrollo económico. Se podrían indicar 3 situaciones 1- Una situación de estancamiento y subdesarrollo. En esta situación la pobreza y la escasez son los factoras principales de la delincuencia. La delincuencia contra las personas tendría una especial relevancia. La delincuencia de "cuello blanco" se manifestaría sobre todo en actitudes relacionadas con el mercado negro y el extraperio (sobrefacturación ilícita) 2- Una situación de despegue y de expansión económica. Aquí el factor

principal de la delincuencia radicaría en el desfase entre expectativas y logros entre los individuos. la incoherencia de status, la privación relativa, tendrían una manifestación en la conducta delincuencial. 3- Una situación de desarrollo. Aquí una parte importante de la delincuencia se localizaría en las bolsas residuales de pobreza y de segregación económica o étnica. Con frecuencia se trataría de la delincuencia "gratuita o de rechazo" de los valores dominantes

Conducta desviada [editar]
En cuanto al fenómeno de la desviación, la criminología aborda los factores explicativos de la conducta desviada y la conducta delictiva (robo, homicidio, daño, etc.). Estos factores pueden ser vistos desde una perspectiva causal como determinantes de orden psicológico, biológico o social, o pueden ser estudiados como categorías de orden cultural resultantes de procesos de interacción y definición social complejos, en los que intervienen elementos de tipo histórico, político o cultural. Entendida la conducta desviada como aquel comportamiento de uno de los miembros de una sociedad, que se comporta de manera diferente al resto de los asociados, por lo que es considerado como de conducta desviada, aunque debe distinguirse entre diferentes conductas desviadas, pues existen conductas desviadas que dan risa pero que no son repudiadas y hay otras, en cambio que si son repugnadas. Así, uno de tantos locos que lo vemos vestir pants, y de calzado, botas vaqueras, está mostrandoi una conducta desviada, sin embargo esta no es repudiada, pero alguien que al pasar por el mercado, se apodera de un objeto ajeno, también está mostrando una conducta desviada la cual si es repudiada por el resto de la sociedad. Por tanto, la criminología estudia al hombre, aquel cuya conducta desviada, y que debido a esa conducta causa daño o menoscabo de los bienes, jurídicos tutelados por un estado jurídicamente establecido es.wikipedia.org/wiki/Criminología - 38k –

Control social y desviación
Relaciones laborales. Comportamiento. Normas y sanciones. Desviación. Anomia. Subcultura. Características. Teorías. Leyes. Delitos. Penas. Delicuencia. Estructura social. Enfermedad mental
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Relaciones Laborales Sociología y Técnicas de Investigación

Social Control social y desviación Control social y desviación Control social y desviación
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13.- CONTROL SOCIAL Y DESVIACIÓN. 1º.- Determinantes situacionales del comportamiento. La vida social humana está gobernada por normas o reglas. Nuestras actividades desembocarían en un caos si no nos atuviésemos a reglas que definen ciertos tipos de comportamientos como apropiados en determinados contextos, y otros como inapropiados, por ejemplo, la conducción en una autopista sería un caos si no se respetaran las normas de tráfico, no todo el mundo se ajusta a las expectativas sociales de cumplimiento de las normas, poniendo incluso en peligro las vidas de los demás, por tanto, las personas, en ocasiones, se desvían de las reglas que se suponen deben respetar. El estudio de la desviación es una compleja área de análisis porque existen tantos tipos de violación de las reglas como normas y valores sociales. Considerando que las normas varían de una cultura a otra, así como entre las diferentes subculturas de una misma sociedad, lo que se considera normal en un contexto dado se concibe como desviado en otro. Fumar marihuana es una desviación en la cultura británica, mientras que beber alcohol no lo es, al contrario justo que en las sociedades de Oriente Próximo. Por tanto, se entiende por desviación la no conformidad a una norma o a una serie de normas dadas que son aceptadas por un número significativo de personas de una comunidad o sociedad. Todos transgredimos en alguna circunstancia normas de comportamiento generalmente aceptadas. Se diferencia del delito en que este consiste en la transgresión de las leyes. La desviación no solo se refiere al comportamiento individual (multimillonarios excéntricos con un comportamiento aceptado por la sociedad y que a su vez esconden que son asesinos -caso Bundy-), sino también a las actividades en grupos, por ejemplo las sectas del Hare Krishna, que son un grupo que dirigían un mensaje particularmente a los jóvenes drogadictos proclamando que uno podía estar todo el día colgado y descubrir el éxtasis interno. 2º.- Normas y sanciones. Normalmente respetamos las reglas o normas sociales porque, como resultado de la socialización, se han convertido en algo habitual, por ejemplo, utilizar el lenguaje, significa conocer unas reglas de gramática y sintaxis. La mayoría de las veces las utilizamos sin pensar que las estamos utilizando, mantener una actitud de atención cortés hacia los extraños, emplear el tacto en nuestras conversaciones con amigos, todo esto lo hacemos sin siquiera darnos cuenta de que incluyen reglas concretas de actuación. Respetamos otros tipos de normas en la creencia consciente de que el comportamiento que implican está justificado, por ejemplo, las normas de tráfico, conducir por la derecha, respetar los semáforos, todo esto se acepta porque si la mayoría no se atuviera a dichas reglas, la conducción sería mucho mas peligrosa de lo que es en la actualidad. Este ejemplo nos sirve para estudiar los conceptos de conformidad y desviación: Todas las normas sociales van acompañadas de sanciones que protegen contra la no conformidad. Una sanción es cualquier tipo de reacción de otros ante el comportamiento de un individuo o grupo y cuyo objetivo es asegurar que se cumple una norma concreta. Las sanciones pueden ser positivas (ofrecer recompensas por la conformidad) o negativas (castigos por un comportamiento no conformista). Pueden ser también formales o informales. Los principales tipos de sanciones en las sociedades modernas son las impuestas por el sistema de sanciones representado por los tribunales y las prisiones. La policía, sin duda, es la agencia encargada de llevar a los transgresores a juicio y a un posible encarcelamiento. Las multas, el encarcelamiento y la ejecución son todas ellas ejemplos de sanciones negativas formales. No existen sanciones positivas formales para recompensar el comportamiento. Las sanciones informales positivas o negativas son un rasgo común de todos los contextos de la actividad social, las de tipo positivo incluyen desde decirle a alguien “bien hecho” o sonreírle. Por el

contrario, las sanciones informales negativas incluyen el insulto, el regañar o la agresión física. Aunque las sanciones formales son normalmente mas visibles que las informales, éstas tienen una importancia decisiva para asegurar la conformidad a las normas. 3º.- Definición de desviación, anomia y subcultura. Desviación: es lo que la gente entiende o define como tal a la vista de que alguien está violando o transgrediendo una norma cultural. Las normas guían prácticamente todo el rango de actividades humanas, de manera que el concepto de desviación cubre un espectro igualmente amplio. Por su parte, el control social es una forma de presión social, informal y difusa, que tiene como objetivo evitar la conducta desviada, aquí interviene lo que se denomina el sistema jurídico y penal, que es el conjunto de instituciones policiales y judiciales y penitenciarias que se pone en funcionamiento cuando se produce una violación de la ley. Se puede observar desde tres perspectivas:

Análisis funcionalista: En todas las sociedades existen formas de desviación, aunque lo que se define como tal varía de sociedad a sociedad. La desviación y la respuesta social que provoca contribuyen a consolidar el sustrato moral de la sociedad. La desviación puede también conducir al cambio social. Análisis interaccionista: No existe ningún comportamiento o actitud que sea desviado por definición. La desviación siempre viene definida por la reacción de los demás, y esas reacciones varían mucho de unas sociedades a otras. La etiqueta o estigma que se imputa al que presenta una conducta desviada puede empujar a la reiteración de este tipo de conducta. Análisis del conflicto: Las leyes y las normas sociales reflejan los intereses de las clases mas favorecidas de la sociedad. Por lo general, son personas que amenazan el orden social las que suelen ser clasificadas como desviadas. La probabilidad de que se considere como delitos los daños que los mas privilegiados producen es menor que si el daño es ocasionado por los menos privilegiados.

La anomía: Durkheim utilizó el término anomía para referirse a la tesis de que en las sociedades modernas, las normas y los valores tradicionales se ven socavados sin ser reemplazados por otros. Existe anomía cuando no hay unos estándares dados que guíen el comportamiento en un área concreta de la vida social, en éstas circunstancias, la gente se encuentra desorientada y ansiosa, la anomía es, por tanto, uno de los factores sociales que influyen en la disposición al suicidio. Merton modifico el concepto de anomía para referirse a la tensión a la que se ven expuestos los individuos cuando las normas aceptadas entran en conflicto con la realidad social (mirar al futuro, éxito material, ganar dinero etc...). Los medios para conseguirlo se supone que son la autodisciplina y el trabajo duro, pero eso no es así, pues la mayor parte de los que se encuentran en situaciones de desventaja tienen oportunidades muy limitadas de progresar. Los que no consiguen triunfar se sienten condenados por su falta de capacidad. En ésta situación existe una enorme presión por “salir adelante” por los medios que sean legítimos o ilegítimos. Merton identifica cinco posibles reacciones a las tensiones entre los valores socialmente aceptados y los medios limitados de alcanzarlos:

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Los conformistas: aceptan tanto los valores generalmente aceptados como los medios convencionales de lograrlos, independientemente de que triunfen o no. Los innovadores: que son aquellos que, aceptando los valores socialmente compartidos, utilizan medios ilegítimos o ilegales para tratar de lograrlos. Los delincuentes que tratan de hacerse ricos con actividades ilegales ejemplifican este tipo de respuestas. El ritualismo: caracteriza a aquellos que actúan de un modo acorde con los estándares socialmente aceptados, pero que han perdido de vista los valores que originariamente impulsaron s actividad. Un ritualista sería el que realiza un trabajo aburrido, aunque carezca de perspectivas profesionales y le reporte un beneficio. Los retraídos: que son personas que han abandonado el enfoque competitivo por completo, rechazando con ello, tanto los valores dominantes, como los medios para conseguirlos (un miembro de una comuna autosuficiente)

La rebelión: es la reacción de los individuos que rechazan tanto los valores existentes como los medios normativos y desean sustituirlos por otros nuevos y reconstruir el sistema social, por ejemplo, los miembros de grupos políticos activos.

Anomía y Subcultura: Las bandas de jóvenes delincuentes. Merton argumentaba que las bandas surgen en comunidades subculturales en las que las oportunidades de triunfar de un modo legítimo son escasas -como las comunidades de las minorías étnicas pobres-. Los miembros de las bandas aceptan algunos aspectos de la deseabilidad del triunfo material, pero estos valores se ven filtrados a través de las subculturas comunitarias locales. En barrios donde existen redes de delincuencia organizada, la subcultura de las bandas lleva a los individuos a pasar de los pequeños actos de robo a una vida adulta de delincuencia, aquellos que no encuentran su lugar ni en el orden social legítimo ni en la subcultura de las bandas, tienden a resguardarse en la categoría de refugiados o en la adición a las drogas. Walter Miller piensa que las culturas de la desviación tienen mas probabilidades de desarrollarse enre los jóvenes de clase baja, que son quienes menos oportunidades tienen de satisfacer sus aspiraciones por medios legítimos. Según Miller, en las culturas de los jóvenes se presentan las siguientes características:

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La rutina del conflicto, esto es, conflicto con profesores y policía La dureza: la valoración de la fuerza física La sagacidad: capacidad de adelantarse a los demás o tomarles el pelo y a la vez evitarlo. La emoción: consiste en el afán de experiencias arriesgadas y peligrosas. Preocupación por el destino, o la falta de control por el futuro La autonomía, esto es, el ansia de libertad.

Según Cohen, La cultura de las bandas en Estados Unidos se ha convertido en un modo de vida, los miembros de las bandas, mas que estar interesados en los logros materiales, tienden a robar por las mismas razones que les llevan a meterse en una pelea o realizar actos de vandalismo, todos estos actos reflejan un rechazo de la sociedad “respetable”. Al reconocer su posición de privación dentro del orden social, las bandas crean sus propios valores de oposición. 4º.- Características de la desviación Hay tres razones para explicar la desviación: Lo que se entiende como conducta desviada varía según cuáles sean las normas sociales de la sociedad en la que vivimos. Esto es, la desviación se define en relación a algo que tomar como parámetro, y este algo son pautas culturales especificas que son distintas en sociedades distintas. Solo cuando los demás la definen así, la conducta de uno es una conducta desviada. Todos nosotros nos saltamos muchas normas culturales con regularidad, en ocasiones hasta el punto de quebrantar la ley. El que terminemos catalogados como unos locos o unos ladrones no depende de nosotros, sino de cómo otras personas entienden y definen esas conductas. La capacidad de elaborar reglas, así como de quebrantarlas, no está igualmente distribuida entre la población: Para Marx, la ley es poco menos que una estrategia con la que los poderosos protegen sus intereses. Los ejemplos son infinitos, un vagabundo que se ponga en una esquina a criticar al ayuntamiento, puede ser arrestado por escándalo público, pero un político que haga lo mismo, seguro que no. 5º.- Teorías a cerca de la desviación. Emile Durkheim: las funciones de la desviación: Durkheim, llegó a la conclusión de que no existe nada anormal en la desviación. La desviación cumple cuatro funciones esenciales en la sociedad.:

Contribuye a consolidar los valores y normas culturales: La cultura implica un consenso acerca de lo que está bien y lo que está mal, a menos que queramos que nuestras vidas se disuelvan en el caos, tenemos que respetar este consenso. Esto es, existe el bien porque está en oposición al mal, solo existe el bien porque existe el mal. Del mismo modo que no puede existir justicia sin delito. Por tanto, la desviación es indispensable en el proceso de generación de las normas morales. La respuesta a la desviación contribuye a clarificar las barreras morales. La definición de algunos individuos calificados como desviados, ayuda a la gente a trazar una línea entre lo que está bien y lo que está mal. La respuesta a la desviación fomenta la unidad social: La reacción de los individuos frente a la casos extremos fomenta un sentido de solidaridad colectivo frente al ultraje, cuando esto ocurre, se consolidan los lazos morales que unen a la comunidad (manifestaciones contra el asesinato de Miguel Ángel Blanco). La desviación fomenta el cambio social: los actos que transgreden las normas sociales invitan a reflexionar sobre la naturaleza de esas normas y sobre la conveniencia de seguir manteniéndolas. Las conductas desviadas nos presentas alternativas al orden vigente que pueden empujar en la dirección de un cambio de la normas. Lo que hoy es una conducta desviada, mañana puede no serlo (la cultura del rock and roll era hace cuarenta años una amenaza contra las buenas costumbres, hoy ya no lo es). Teoría de Merton: Según Merton, los periodos recurrentes de desviación se deben a coyunturas sociales específicas. En particular el grado y el carácter de la desviación dependen del grado en que los miembros de una sociedad pueden lograr los objetivos culturales y vigentes en esa sociedad (como el éxito económico, por ejemplo), a través de mecanismos institucionalizados (los que ofrecen las políticas de igualdad de oportunidades). Según Merton, existe conformidad cuando se busca satisfacer unas metas u objetivos lícitos a través de mecanismos que también son legítimos y están aceptados socialmente. Richard Cloward y Lloyd Ohlin ampliaron la teoría de Merton en su investigación sobre la delincuencia juvenil, estos se basan en que la conducta delictiva no depende solo de la escasez de oportunidades lícitas o legítimas, sino también de la “oferta de oportunidades ilegítimas”. Caso de Al Capone, este no dispone de oportunidades lícitas y termina creando un imperio aprovechando la oportunidad que le brinda la demanda de alcohol durante los años de la ley seca (oferta de oportunidad ilegítima). Hay también ocasiones en las que no solo no hay oportunidades lícitas, sino que también escasean las ilícitas (caso de las barriadas marginales o de experiencias personales extremas). En estos casos la delincuencia se manifiesta en forma de subcultura del conflicto, donde la frustración desemboca en episodios de violencia, o abandonándose los individuos al consumo de alcohol o drogas. Albert Cohen afirma que la incidencia de conductas delictivas es mayor entre los jóvenes de las clases mas desfavorecidas porque son ellos los que tienen menos oportunidades de alcanzar el éxito a través de mecanismos convencionales. Walter Miller también piensa que las culturas de la desviación tienen mas posibilidades de desarrollarse en jóvenes de clase baja, al tener menos oportunidades para satisfacer sus aspiraciones. Su teoría es igual a la de Merton. 6º.- Desviación primaria y secundaria. Teoría del etiquetaje Uno de los enfoques más importantes para comprender la delincuencia ha recibido el nombre de teoría del etiquetaje -aunque este término es un rótulo para un conjunto de ideas relacionadas entre sí, más que un enfoque unificado. Los teóricos del etiquetaje interpretan la desviación no como una serie de características de individuos o grupos, sino como un proceso de interacción entre los desviados y los no desviados. Desde esta perspectiva, hay que saber por qué a algunos se les cuelga la etiqueta de desviados para poder comprender la naturaleza de la desviación. Los que representan a las fuerzas de la ley y el orden o, lo que es lo mismo, los que pueden imponer definiciones de la moralidad convencional a otros, constituyen la principal fuente de etiquetaje. Las etiquetas utilizadas para crear categorías de desviación expresan, por tanto, la estructura de poder de la sociedad. Por lo general, las reglas en cuyos términos se define la desviación y los contextos en los que se aplican están diseñados por los ricos para los pobres, por los hombres para las mujeres, por los mayores para los jóvenes y por las mayorías étnicas para las minorías. Por ejemplo, muchos niños realizan actividades como saltar a los jardines ajenos, romper ventanas, robar

fruta o hacer novillos. En los barrios acomodados, los padres, los profesores y la policía pueden considerar esto como un aspecto inocente del proceso de crecimiento. Por el contrario, en las áreas pobres puede considerarse como evidencia de las tendencias a la delincuencia juvenil. Una vez que un niño es etiquetado como delincuente, él o ella está estigmatizado como criminal y es probable que se le considere (y sea tratado como) indigno de confianza por los profesores y sus futuros jefes. El individuo reincide entonces en su conducta delictiva, ensanchando así la distancia con respecto a las convenciones sociales ortodoxas. Edwin Lemer (1972) llama al acto inicial de transgresión desviación primaria, esto es; muchos episodios de transgresión (por ejemplo el abuso de alcohol etc..)apenas provocan reacción por parte de los demás y tampoco afectan negativamente en la concepción que si mismo tiene el que ha cometido esa transgresión. Pero que ocurre si otras personas toman nota de los actos del transgresor y empiezan a actuar en consecuencia? Por ejemplo, se empieza a clasificar al que se ha sorprendido bebiendo como borracho y se le excluye de los círculos sociales habituales, puede ocurrir que esa persona, para evitar la censura de los demás, busque la compañía de otras personas que no sean tan severas con la costumbre de beber. De este modo, la respuesta del individuo que ha cometido una transgresión puede dar lugar a una desviación secundaria, esto es, buscando la compañía de los que no censuran sus actos, e insistiendo en esas pautas de conducta, uno puede terminar adquiriendo la identidad social que en un principio de le dio (o sea, puede terminar siendo un marginal, pues no hace falta mas que ver con qué gente se junta) La desviación, secundaria se produce cuando un individuo llega a aceptar la etiqueta que se le ha colgado y se considera a sí mismo un desviado. Pensemos, por ejemplo, en un chico qué destroza un escapare una noche que ha salido con sus amigos. El acto tal vez sea definido como el resultado de una conducta eufórica excesiva, una característica excusable en un joven. El joven podrá marcharse después de recibir una reprimenda y una pequeña multa. Si tiene unos antecedentes «respetables» éste es el resultado más probable. El destrozo de un escaparate permanece al nivel de desviación primaria si se considera que es una persona con «buen carácter» que actuó en esta ocasión con demasiado alboroto. Si, por el contrario, la policía y el tribunal tienen una reacción más punitiva, como pronunciar una sentencia de suspensión y hacer que el muchacho se presente ante un trabajador social, entonces el incidente podría convertirse en el primer paso de un proceso de desviación secundaria. El proceso de «aprender a ser desviado» suele verse acentuado por la propia organización que supuestamente se encarga de corregir la conducta desviada: reformatorios, cárceles e internados. La teoría del etiquetaje es importante porque parte del presupuesto de que ningún acto es intrínsecamente delictivo. Las definiciones de criminalidad las instituyen los poderosos mediante la formulación de leyes y de sus interpretaciones por la policía, los tribunales y las instituciones correctoras. Los críticos de la teoría del etiquetaje han argumentado que existe de-hecho, un cierto número de actos total y absolutamente prohibidos en todas, o prácticamente todas, las culturas, como el asesinato. En tiempos de guerra, matar al enemigo está indudablemente' aceptado, y hasta hace poco tiempo las leyes británicas no consideraban violación que un marido forzase sexualmente a su esposa. Se puede criticar la teoría del etiquetaje de un modo más convincente desde tres posturas: Primero, al enfatizar el proceso activo del etiquetaje, los procesos que conducen a los actos concebidos como desviados se pasan por alto (Fine, 1977). El etiquetaje es claramente un acto no del todo arbitrario: las diferencias en la socialización, las actitudes y las oportunidades influyen en el grado de implicación de las personas en un comportamiento particularmente susceptible de ser etiquetado como desviado. Segundo: No está claro que el etiquetaje tenga realmente el efecto de fomentar la conducta desviada. El comportamiento delictivo tiende a aumentar la condena futura, pero ¿es el resultado del etiquetaje? Es muy difícil juzgar, ya que otros muchos factores como la creciente interacción con otros delincuentes o la aparición de nuevas oportunidades para delinquir pueden estar relacionadas. Tercero: Se debería investigar el desarrollo global de los modernos sistemas legales, judiciales y policiales si pretendemos entender por qué se aplican distintos tipos de etiquetas. Como destacamos antes, tienen que existir una dimensión histórica en toda concepción de la desviación. 7º.- Leyes, delitos y penas. Las leyes son normas elaboradas por los gobiernos que deben respetar los ciudadanos, y las sanciones formales las utilizan las autoridades contra aquellos que no se ajustan a ellas. Donde existen leyes, existen también delitos, ya que el delito puede definirse como cualquier modo de

comportamiento que infringe una ley. La naturaleza del comportamiento considerado delictivo ha variado a lo largo de la historia, se destacan: Los delitos en los tiempos preindustriales: En la Europa preindustrial los delitos mas graves, aquellos que recibían la máxima pena, eran de naturaleza religiosa o delitos contra la propiedad de los gobernantes o de la aristocracia. Actualmente dichas transgresiones o bien no son consideradas delitos o constituyen ofensas menores. La herejía, el sacrilegio, la blasfemia fueron durante mucho tiempo sancionables con la muerte. Cazar o pescar, talar árboles o coger frutas en tierras de Rey o de la aristocracia eran también ofensas capitales siempre que provinieses del vulgo. Por el contrario, el asesinato de un plebeyo por otro, no se consideraba delito, el culpable a menudo expiaba su culpa con el pago de una cierta cantidad de dinero a los parientes, pero existía la ley del ojo por ojo -la venganza de sangre- , en Italia -parte del sur- ha sobrevivido ésta circunstancia hasta nuestros días. Cambios en los tipos de penas: Antes del siglo XIX la cárcel rara vez era utilizada para castigar delitos. La mayoría de las ciudades -pequeñas ciudades- tenían una cárcel local, pero era muy pequeña y no podía albergar gran cantidad de prisioneros, solo se empleaban para enfriar borrachos y ocasionalmente se utilizaba para meter a gente en espera de juicio. En las grandes ciudades existían grandes centros en los que los internados eran criminales condenados que esperaban su ejecución. En estos centros, la disciplina carcelaria era inexistente, en ocasiones, los penados solo veían la luz antes de ser ejecutados. Los principales tipos de penas para el delito consistían en atar al preso a un tronco y azotarle, marcarle con un hierro candente o colgarle. Estos castigos se hacían en público, al que acudía mucha gente. También se ejecutaba ahorcando a los prisioneros. Prisiones e internados: Las modernas cárceles tienen su origen, no en las prisiones y calabozos de otras épocas, sino en las casas de trabajo (hospitales). Las casas de trabajo datan del siglo XVII en la mayoría de los países europeos, y se establecieron durante el periodo en el que el feudalismo estaba en decadencia y muchos agricultores no podían conseguir trabajo en el campo, por lo que se convertían en población errante. En éstas casas de trabajo se les daba comida, pero se les obligaba a pasar casi todo el día trabajando muy duro, sin embargo, éstas casas se convirtieron además en lugares en los que se internaba a otros grupos que nadie estaba preparado para ciudad, los enfermos, los ancianos y los retrasados mentales. Durante el siglo XVIII, las prisiones, los internados y los hospitales, se fueron gradualmente diferenciando entre sí. El asesinato fue reconocido como el crimen mas grave, pues el derecho a la libertad individual se introdujo en el sistema político, y asesinar a alguien era atentan contra los derechos del individuo. Se castigaba con la cárcel porque se pensaba que ahí se aprendían los buenos hábitos de la disciplina y la conformidad, la idea de castigar a la gente en público fue desapareciendo progresivamente (durante el siglo XX casi todos los países abolieron la pena de muerte, excepto algunos estados de los Estados Unidos) El comportamiento del loco se empezó a concebir como evidencia de un tipo de enfermedad, en concepto de enfermedad mental apareció por primera vez a finales del siglo XVIII. La locura se medicalizó -pasó a manos de profesionales médicos-. La demencia fue reconocida como un mal, como una variante del retraso mental o como una posesión de la mente por el demonio, y era algo que solo los médicos podían tratar. La gente antes podía ser trasladada a internados contra su propia voluntad, pero ahora era imprescindible el certificado médico. El delito, a diferencia de la desviación, es la transgresión de la ley, hay muchos tipos y categorías de delitos, se habla de delincuencia juvenil para definir a la conducta delictiva de los jóvenes. El delito ha sido estudiado a lo largo del tiempo, y en sus orígenes, se lanzó una teoría en la que se exponía que los delincuentes tienen unos rasgos físicos y característicos que los diferenciaban de las demás personas (eran algo como simios). Ésta teoría tuvo éxito durante un tiempo, hasta principios del siglo XX, mas tarde Sheldom argumentó que la constitución corporal puede servir para predecir la predisposición al delito, éste probó que la probabilidad de delinquir era mayor entre las personas de constitución muscular y atlética. Mas tarde, Glueck dijo que los padres tratan a los hijos de constitución fuerte con menos mimo que a los que parecen mas débiles, de forma que los mas fuertes crecen con una menor predisposición a mostrar afecto por los demás. No obstante lo anterior, al día de hoy no existen conexiones entre la biología y la conducta desviada, ni correlaciones ni ninguna teoría que explique los factores biológicos tienen un impacto real en la conducta desviada. Las penas: medidas que se imponen a delincuentes y que se establecen en los siguientes conceptos: Las condenas: A lo largo de la historia de la humanidad, se ha defendido lanecesidad de las condenas por cuatro razones distintas:

El desquite: implica que la sociedad debe imponer a un delincuente un sufrimiento proporcional al que ocasionó el delito cometido. El desquite se basa en un principio de toda sociedad que tiene su origen en que existe un equilibrio moral que hay que mantener. Es la mas antigua justificación para el castigo y la condena. La disuasión: se define como el intento de desincentivar el crimen a través del castigo. El castigo tiene un doble efecto disuasorio, disuade al que está tentado de delinquir si termina entendiendo que no merece la pena corres riesgos, y también incide sobre el resto de la sociedad, porque el castigo infligido a uno sirve de ejemplo para los demás. La rehabilitación: Es el propósito de reformar al delincuente y evitar así la repetición del delito. Esta medida se tomó a partir del siglo XX, las condenas se llevan a cabo en cárceles y reformatorios. La diferencia con la disuasión está en que la rehabilitación se centra en la mejora constructiva de la conducta, y la otra en la amenaza de castigo. Protección de la sociedad: Si la sociedad no puede o no quiere rehabilitar a los delincuentes, su encarcelamiento, por lo menos, protege a la sociedad de nuevos crímenes. 8º.- Delincuencia y estructura social. (incompleto) 9º.- Delitos sin víctimas. Los llamados delitos sin víctimas son actividades en las que los individuos participan mas o menos libremente sin dañar a otros directamente, pero que se definen como ilegales (como tomar narcóticos, prostitución o diversos tipos de juegos). El término “delito sin víctimas” no es del todo preciso, porque aquellos que, por ejemplo se convierten en drogadictos o jugadores, en cierto sentido se hacen víctimas de un sistema del crimen organizado. Sin embargo, ya que cualquiera que sea el daño que se produce recae sobre ellos mismos, muchos sostienen que no es tarea del gobierno intervenir en tales actividades, y que estos hábitos deberían descriminalizarse. Algunos autores proponen que ninguna actividad en la que los individuos satisfacen su voluntad debería ser ilegal (siempre que coarten la libertad de otros o les dañen). La posición contraria aduce que el gobierno debe desempeñar el papel de guardián moral de la población sometida a su administración y que, por tanto, está justificado definir al menos algunos de estos tipos de actividad como delictivos. Curiosamente, éste argumento lo sostienen a menudo los conservadores, quienes, en otras cuestiones enfatizan la libertad del individuo frente a la intervención del estado. Sin duda alguna, el tema es muy complicado. 10º.- Desviación y enfermedad mental. El etiquetaje y la salud mental Una mujer que cree que Jesús la acompaña en el autobús todos los días cuando va al trabajo ¿está mentalmente enferma o está simplemente expresando su fe religiosa de una forma particularmente gráfica? Si un hombre, para consternación de su familia, decide no ducharse nunca, ¿está loco o sólo se comporta de forma poco convencional? Un vagabundo que no permite a la policía que le lleven a una residencia pública en una noche de invierno, ¿es un enfermo mental o está simplemente tratando de proteger su independencia? El psiquiatra Thomas Szasz cree que en la vida cotidiana empleamos el término «locura» para describir lo que no es nada más que una conducta diferente. Por tanto, según este psiquiatra, deberíamos abandonar el concepto de «enfermedad mental» (1961, 1970, 1994, 1995). La enfermedad, de acuerdo con Szasz, es siempre física, y afecta sólo al cuerpo. La enfermedad mental es sólo un mito. El mundo está lleno de personas «diferentes» que, ciertamente, nos pueden irritar, pero esto no es razón suficiente para catalogarlas como enfermas mentales. El que así lo hace, dice Szasz, no hace más que aplicar unos criterios de clasificación que, al fin y al cabo, son los criterios que los sectores dominantes de la sociedad consiguen imponer a los demás. Por decirlo de otra forma, loco es todo aquel que cuestiona las costumbres o valores de una sociedad, de los que depende el bienestar de los privilegiados. Por supuesto, las ideas de Szasz son demasiado radicales para la mayoría de los psiquiatras que sí opinan que al igual que hay enfermedades somáticas hay también enfermedades mentales. Aun así, muchos psiquiatras piensan que, efectivamente, es necesario precisar dónde está la diferencia entre la enfermedad mental y lo que no es más que una conducta diferente a fin de evitar que la psiquiatría (como ya hizo en el pasado) se ponga al servicio de los sectores dominantes de la sociedad. Después de todo, muchos de nosotros hemos pasado por periodos de ansiedad, estrés, irritabilidad o

inestabilidad mental en algún momento de nuestras vidas. La mayoría de estos episodios suelen ser pasajeros, pero si los demás (o nosotros mismos con relación a terceros) empiezan a adjetivarnos y clasificarnos, podemos empezar a bajar por la pendiente de la estigmatización, de la que no es nada fácil salir (Scheff, 1994). La medicalización de la desviación La teoría del etiquetaje, y en particular las ideas de Szasz y Goffman, contribuyen a explicar los cambios que han tenido lugar en el modo de entender la desviación. En los últimos cincuenta años, y debido a la influencia cada mayor que está cobrando la medicina y la psiquiatría, teniendo lugar lo que se llama la medicalización d desviación, que consiste en la interpretación de cuestiones ajenas a la medicina (como la moral o las leyes clave médica o psiquiátrica. En esencia, la medicalización consiste en la sustitución de un conjunto de etiquetas por otro. En términos morales, evaluamos a las personas o su comportamiento como «bueno» o «malo». Sin embargo, usando la pretendida objetividad científica de la medicina moderna he sustituido estas etiquetas por los diagnósticos clínico «sano» o «enfermo».

Por ejemplo, hasta la mitad del siglo xx se juzga los alcohólicos corno personas débiles y moralmente deficientes, fácilmente tentados por el placer de be Lentamente, sin embargo, los especialistas médicos redefinido el alcoholismo, hasta tal punto que en nuestros días la mayor parte de la gente lo considera una enfermedad. De modo similar, otros comportamientos que solían verse en términos estrictamente morales, como la obesidad, la adicción al juego, o la promiscuidad tienden a definirse en la actualidad como enfermedades, de que, quizá, aquellos que exhiben estas conductas pueden protegerse mejor contra el rechazo social y obtener a especializada. html.rincondelvago.com/control-social-y-desviacion.html – 5 Conducta Desviada En primer lugar debe ser destacado que el estudio de la conducta desviada de los patrones de cumplimiento que marca un sistema social representa un campo moderno de estudio que anteriormente estaba reducido a los conceptos aproximados de problemas sociales, patología social, y desorganización social. Debe tenerse en cuenta que la noción de Conducta Desviada es parte del marco conceptual de la teoría funcionalista que concibe a la sociedad como un sistema social unificado donde cada elemento cumple un rol determinado. De manera extremadamente resumida se puede decir que para la teoría funcionalista lo importante es el equilibrio del sistema. Lo funcional contribuye a perpetuar ese equilibrio. Lo disfuncional hace lo contrario. La conducta desviada es un tipo de disfuncionalidad. 1. Desviación La categoría de "desviación" ofrece un contenido cambiante y variable según el tiempo, lugar, sujeto enunciante y otras consideraciones. En lugar de

encontrar operaciones especificas e independientes lo que aparecen son generalidades tales como "la conducta desviada es una conducta que viola expectaciones institucionalizadas". Si bien una definición podrá ser suficiente en un nivel muy general, es de poca utilidad cuando nos vemos frente a problemas concretos de asignar a personas o actos a las categorías que les correspondan 1.2. Desviación y clase social Un vistazo general al conocimiento sobre las investigaciones existentes muestra serias dudas de que la conducta desviada sea proporcionalmente más común entre las capas bajas de la sociedad que en las altas. Las dudas se intensifican cuando nos apartamos de las tasas de criminalidad, que son un fondo inseguro para cualquier teoría, particularmente debido a la falta de confiabilidad de las estadísticas criminales. Aunque se admita que el crimen sea en sentido relativo más frecuente entre las poblaciones de las clases bajas, existen grandes excepciones cuando nos fijamos en ciertos tipos de delitos como la falsificación de cheques, desfalcos, robo de automóviles, y delitos sexuales. Cuando se toma en cuenta las formas de desviación tales como el alcoholismo o el suicidio y las dependencias (a fármacos u otras sustancias) no se encuentran datos que demuestren que estas adaptaciones sean más comunes entre los integrantes de las capas bajas de la sociedad. El grado y la rapidez con que la tecnología produce diferencias en la organización social de la sociedad moderna y la dificultad de descubrir medidas de status generalmente aplicables a una variedad de poblaciones y áreas muestran la necesidad de valerse de un concepto más discriminativo de lo que es la clase social al tratar de explicar como la estructura social influye en la desviación. 1.3. Valores y valoración: Los valores se definen como factores que, dentro de limites físicos y biológicos afectan la elección. Como tales, son abstracciones inferidas de actos. El acto de valoraciones es un proceso de selección y ordenamiento que tiene lugar cuando los acontecimientos son trasmitidos por los procesos cognoscitivos de la corteza cerebral, lo que redunda en preferencias por distintos modos de acción. La valoración precede inmediatamente a la acción en mayor o menor

grado, en todas las sociedades, porque sus miembros individuales pocas veces disponen de los medios para satisfacer sus valores a un costo que corresponda a sus deseos. El orden de la satisfacción de valores en grupos ha de concebirse como el producto de la interacción de muchos individuos, cada uno de los cuales persigue su propia jerarquía sacrificando algún valor inferior por otro superior, procediendo así el individuo ve al grupo como un medio para un fin; se acomoda al hecho de que los servicios de otros, cuyas jerarquías de valores difieren de las suyas propias, se convierten en medios por los cuales él podrá alcanzar sus propios fines. Una de las dificultades más notorias en la mayoría de los estudios de valores que se encuentra en cualquier análisis puramente estructural de la desviación, es el fracaso en distinguir entre actos de individuos que incorporan valores aprendidos simbólicamente y trasmitidos como parte de la cultura durante la niñez y los actos que son producto de valoración contingente. Dos acciones resultantes de conformidad o desviación podrán ser en lo exterior similares, pero en lo subjetivo son bien diferentes. Una conducta de alta aceptación en una sociedad o en un subsistema puede ser tener alta valoración negativa en otro. Inclusive puede llegar a dudarse seriamente de la salud mental del individuo que tiene esa conducta. La sociedad moderna siendo relativamente más pluralista que ordenada jerárquicamente respecto de los valores, requiere que la valoración se convierta en un concepto central en la explicación de la desviación. 1.4. Aceptación de riesgos y conducta desviada El concepto de conducta desviada se refiere a situaciones en que personas englobadas en una red de exigencias o valores contradictorios no eligen alternativas desviadas sino más bien soluciones de comportamiento que implican riesgos de desviación. Es importante tener en cuenta esta diferencia ya que de esta forma la desviación llegará a ser solamente uno de los resultados posibles de sus acciones, aunque no inevitable. Asimismo, se presenta la posibilidad de ocurrencia de una pluralidad de casos en que las personas no eligen soluciones desviadas para sus problemas sino que inician líneas de conducta las cuales, según como sea el desarrollo de las circunstancias, podrían llegar a ser desviadas o no.

El sujeto que se encuentra atravesado por un conflicto percibe la posibilidad de arriesgarse como una solución posible a sus problemas que directamente la elección de la desviación. La prueba de que el arriesgarse puede ser un rasgo predominante en otras formas de conducta desviada se ejemplifica en el caso de los "cheques voladores", que tratándose en muchos casos de personas que no estaban motivadas a poner en circulación cheques falsos, sino que simplemente se arriesgaron ante la posibilidad, en ciertas circunstancias de que sus cheques pudieran ser no pagados 1.5. Adaptaciones colectivas Las conductas desviadas no se presentan mayormente como actos individuales sino que muchas formas de desviación son actos colectivos en los cuales se realizan tanto valores derivados y sustentados por el grupo, como valores particulares del individuo. Es igualmente necesario ver que el conformismo, así como la conocida conducta monolítica impuesta por los partidos políticos a sus miembros, es un fenómeno tanto colectivo como individual. 1.6. Normas constitutivas Todo sistema social prescribe una serie de valores y normas rectores que deben ser observados. Cuando esta situación no ocurre, y se violan las reglas constitutivas, la situación se torna confusa ya que aparecen una multiplicidad de mensajes que "entran en cortocircuito", lo cual puede conducir ya sea al retraimiento de las personas de la interacción o a una redefinición de la conducta inesperada, en términos de significados alternativos de lo que sería de por sí, normal o aceptable. La interacción provisional que termina en la aceptación reciproca de nuevas reglas constitutivas se considera como un proceso de normalización. El significado asignado a la conducta en un contexto de normas constitutivas es un aspecto inseparable de la desviación. La normalización, o inversamente, la asignación de un significado de desviación a las acciones, se producen por interacción informal o a través de instituciones formales de control social, que tratan de manera activa de imponer o defender sus valores, definen la desviación y también imputan actos desviados a los individuos.

Desde este marco se puede incluir a la desviación bajo una teoría del cambio social. Asimismo, se asigna al control social el lugar que le corresponde como factor dinámico o "causa" de desviación. Podría entenderse a la desviación como una conducta de correr riesgos a modo de alternativa respecto de otra teoría que pone énfasis en una única secuencia de medios-fines. Así la desviación (o el conformismo) resultan de distintas posibilidades de medios-fines siendo necesario para una explicación completa el reconocimiento de factores fortuitos y del control social activo. Esto dirige la atención sobre la forma en que los seres humanos recurren a la oportunidad en situaciones de conflicto de valores. "La conducta desviada sobreviene en gran escala solo cuando un sistema de valores culturales ensalza virtualmente por encima de todas las demás ciertas metas de éxito comunes para la población en general mientras que la estructura social restringe con vigor u obstruye por completo el acceso a los modos aprobados de alcanzar esas metas para una parte considerable de aquella misma población." Esta situación fue observada por Emile Durkheim, sociólogo francés de fines del siglo pasado, quien consideró a este estadio de falta de normas como "anomia". Estado que surge cuando la desintegración del orden colectivo permite que las aspiraciones del hombre se eleven por encima de toda posibilidad de cumplirse. La sociedad no impone disciplina; no hay normas sociales que definan los objetivos de la acción. Las personas aspiran a metas que o no pueden lograr o encuentran difíciles de alcanzar. Describiendo más la sociedad actual que la de su época, Durkheim nota que las características primordialmente económicas de una sociedad que produce aspiraciones ilimitadas hacen que el individuo no encuentre los límites de sus posibilidades reales y se debiliten los lazos sociales. 2. Concepto de anomia Es un concepto sociológico, lo que implica que se refiere a la propiedad de un sistema social, no al estado de ánimo de individuos particulares dentro del sistema. Se refiere al derrumbe de patrones sociales que gobiernan la conducta y por eso se incluye también el significado de escasa cohesión social. Cuando se establece un alto grado de anomia, las reglas que solían gobernar la conducta han perdido capacidad coactiva, quedando privadas de legitimidad,

y no abarcan un orden social en que los hombres puedan tranquilamente cifrar su confianza, ya que no existe un sentido compartido por la mayoría dentro del sistema social acerca de lo que legítimamente puede esperarse de la gente en el transcurso de la interacción social. El grado de anomia en un sistema social es indicado por el grado de falta de acuerdo acerca de las normas que se juzgan legítimas con su concomitante incertidumbre e inseguridad de las relaciones sociales porque, si no se comparten las normas generales, fallan las expectativas de lo que puede esperarse del otro. La anomia es una condición del ambiente social, no de individuos particulares. La gente se enfrenta con una anomia esencial cuando no puede confiar con un alto grado de probabilidad en que la conducta de otros estará más o menos de acuerdo con patrones reconocidos conjuntamente como legítimos. Las respuestas anómicas no son todas del mismo orden. En una forma de conducta desviada, los individuos se atienen a las metas ensalzadas por la cultura mientras que abandonan los medios aprobados por ella para tratar de lograrlos. Una sociedad así tiende a esfumar la línea demarcatoria entre los caminos legítimos e ilegítimos, puesto que lo que cuenta mas que nada es el resultado. 2.1. Condición de anomia Es de una falta de integración o adaptación mutua de funciones a causa de las crisis industriales, los conflictos entre el trabajo y el capital y la creciente especialización de las ciencias. La anomia aparece primeramente porque la división del trabajo no produce contactos lo bastante eficaces entre sus miembros ni regulaciones adecuadas de las relaciones sociales. 2.2. Anomia y desorden mental Es ampliamente conocida la dificultad de establecer un puente entre las características de las instituciones sociales y la conducta considerada como desviada, patológica o inaceptable por distintos sectores de una comunidad. Toda tentativa de mostrar un vínculo entre anomia y desorden mental implica una teoría de la génesis de la conducta desviada y otra del funcionamiento de un sistema social. A su vez esto requiere de una conjunción de

descubrimientos empíricos en los niveles de análisis socio-psicológico y de sistema social. Este esfuerzo sociológico queda ilustrado de la manera más fructífera por el esquema de Robert K. Merton que muestra que la discrepancia entre los medios institucionales y las metas culturales existentes en cualquier sociedad ofrece una base para predecir los posibles modos de adaptación, a saber: conformismo, innovación, ritualismo, retraimiento y rebelión, son otras tantas maneras en que las personas se enfrentan con las tensiones culturales que surgen de la discrepancia entre los medios institucionales y las metas culturales. Es en el tipo de adaptación que Merton llama "retraimiento" –más adelantedonde espera encontrar muchas de las personas que han desarrollado alguna forma de patología mental, tales como tipos esquizoides, alcohólicos y psicópatas. El funcionalismo tiende a considerar todos los modos, con excepción de la conformidad, como de carácter desviado, a la vez tiende a medir la desviación en términos del status-quo. 3. Adaptación Dentro del sistema social hay actos universalmente reconocidos como desviados y otros que no son reconocidos como tales según el consenso general. Sin embargo, entre estos dos extremos se extiende una gran gama de actos respecto de los cuales existe un desacuerdo considerable debido a diferencias subculturales de clase, ocupación, religión, etc. Actos y personas considerados como desviados en un sistema y época probablemente no lo serán en otra época o sistema, y formas de conducta concebidas como decididamente desviadas o no desviadas en un contexto, en otro marco podrán ser objeto de conflicto intergrupal. La definición de Merton de conducta desviada hace hincapié nítidamente en el desequilibrio entre las metas culturales y las normas institucionales en una sociedad. Concibe a la anomia como un derrumbe de la estructura cultural que ocurre sobre todo cuando hay una discrepancia aguda entre las normas y metas culturales y las capacidades sociales estructuradas de los miembros del grupo de obrar en concordancia con ellas. Los valores culturales ayudaran a producir una conducta que está en pugna con los mandatos de los mismos valores.

La mala integración de cultura y estructura social, en la que una que impide lo que la otra alienta, puede conducir a un derrumbe de las normas y al desarrollo de una situación de falta de normas. Merton supone que las proporciones de conducta desviada dentro de una determinada sociedad varían según la clase social, status étnico o racial y otras características. Por lo tanto su explicación de la conducta desviada depende de la validez de la proposición que la tendencia a la anomia, vale decir la incapacidad de alcanzar las metas de la sociedad por medios disponibles, esté distribuida diversamente en un sistema social y que distintos modos de adaptación desviada se encuentren de preferencia, en diversos estratos sociales. La distribución de la conducta desviada dependerá de la accesibilidad de los medios legítimos para alcanzar los objetos y el grado de asimilación de metas y normas por los distintos estratos de una sociedad. No todos aquellos que están sujetos a presiones en sus esfuerzos por alcanzar las metas llegan a desviarse. Aquellos que se conforman a pesar de las tensiones lo hacen porque están disponibles metas culturales alternativas que ofrecen una base para estabilizar los sistemas social y cultural. De esta manera la relación entre anomia y estructura social puede esquemáticamente resumirse en: 1) exposición a la meta cultural y normas que regulan la conducta orientada hacia la meta 2) aceptación de la meta o norma como mandatos morales y valores internalizados 3)accesibilidad relativa de la meta: las posibilidades de vida en la estructura de oportunidades 4) el grado de discrepancia entre la meta aceptada y su accesibilidad 5) el grado de anomia 6) las tasas de conducta desviada de los distintos tipos manifestada en la tipología de los modos de adaptación 3.1. Adaptaciones

Existen 5 tipos de adaptaciones individuales para alcanzar las metas de éxito culturalmente prescritas y abiertas a aquellos que ocupan diferentes posiciones en la estructura social. 1. 2. 3. 4. 5. Conformismo Ritualismo Rebelión Retraimiento Innovación

Exceptuando al conformismo, las otras adaptaciones son variaciones de conducta desviada. Las conductas desviadas son las que no se adaptan a los requerimientos del sistema. Ninguna de estas adaptaciones es deliberadamente elegida por el individuo ni es utilitaria; sino que ya que todas ellas surgen de tensiones en el sistema social es posible establecer la suposición que estén fundadas en un cierto grado de espontaneidad. 3.1.1. Conformidad: Es el tipo de adaptación más común. No es una conducta desviada y por lo tanto se podría pasar por alto en el presente análisis ya que se refiere a las conductas de no-conformidad. La conformidad o el acuerdo de gran parte de la población con metas y normas institucionales hacen posible la sociedad humana. No es enfocando nuestra atención sobre la conducta conformista o normal como se descubrirán las tensiones básicas de una sociedad, sino más bien dirigiéndola sobre la conducta desviada. 3.1.2. Ritualismo: Consiste en abandonar o rebajar las metas encumbradas del éxito y de la rápida movilidad social hasta un punto en que se puedan satisfacer nuestras aspiraciones. Sin embargo, aunque un individuo achique sus horizontes, sigue sujetándose a las normas institucionales. A primera vista esta forma de adaptación pareciera tener poca relación con la desviación, excepto con algunas formas de neurosis compulsiva. Aquellos que "van a lo seguro", que se convierten en "virtuosos burocráticos", que evitan las ambiciones elevadas y su consiguiente frustración cuando no se obtienen los resultados queridos, se apartan a todas luces de la pauta cultural en la cual los hombres tienen que

esforzarse activamente con preferencia por medio de procedimientos institucionalizados, con el fin de adelantar y ascender en la jerarquía social. 3.1.3. Rebelión: Las personas que muestran esta forma de adaptación rechazan la estructura social convencional y tratan de establecer otra nueva o muy modificada. Esta forma de adaptación surge cuando se considera el sistema institucional como una barrera contra la satisfacción de metas legítimas. Cuando esta actitud se extiende al sistema político aparecen individuos que necesitan retraerse de la estructura social existente y transferirse a nuevos grupos portadores de nuevas ideologías. Merton señala que la rebelión es una adaptación sobre un plano netamente diferente de los demás. Representa una respuesta transitoria que trata de institucionalizar nuevas metas y nuevos procedimientos para que los compartan otros miembros de la sociedad. Así se refiere más bien a los esfuerzos por cambiar la estructura cultural y social existente y no a acomodar los esfuerzos dentro de esa estructura. Posteriormente, Merton modificó su punto de vista que la rebelión fuera una desviación en el mismo sentido que las demás adaptaciones. Divide la conducta desviada en dos tipos, la no conformista y la aberrante, sobre la base de la estructura social y de las consecuencias para el sistema social. El no-conformismo difiere enteramente de la conducta aberrante como la representan el crimen y la delincuencia. El no conformista manifiesta públicamente su disentimiento; el aberrante se esconde detrás de su apartamiento de las normas. El no conformista niega la legitimidad de las normas sociales que rechaza; el aberrante reconoce la legitimidad de las normas que viola. El no conformista trata de cambiar las normas y aspirar a una moralidad superior; el aberrante solamente quiere escapar de la fuerza sancionadora de la sociedad actual. La sociedad reconoce a menudo que el no conformista se aparta de las normas por motivos desinteresados; el aberrante se desvía para servir a sus propios intereses. Finalmente el no conformista refiere a sus objetivos a los valores básicos primarios de la sociedad, en oposición al aberrante cuyos intereses son particulares. 3.1.4. Retraimiento

La pauta del retraimiento consiste en abandonar lo sustancial, tanto las metas culturales antes apreciadas como las practicas institucionales enderezadas hacia tales metas. El individuo ha internalizado plenamente las metas culturales de éxito, pero encuentra inaccesibles los métodos institucionalizados para lograrlos. Bajo la presión internalizada de no obtener la meta por medios ilegítimos, tales como los ofrece la innovación, el individuo se encuentra frustrado y trabado. No renuncia a la meta de éxito, pero adopta mecanismos de escape tales como el derrotismo, quietismo y retraimiento. El retraimiento como forma de adaptación es valorado negativamente por la sociedad ya que es improductivo, no competitivo, no atribuye valor alguno a la meta de éxito de una sociedad y no hace uso de los medios institucionales. El conformista mantiene en marcha las ruedas de la sociedad. Quien se retrae sólo acata las costumbres. El retraimiento es una forma particular de adaptación más bien particular que colectiva. Los individuos que se retraen son con mayor frecuencia los que fracasan en el uso tanto de los medios legítimos como de los ilegítimos. Si los medios ilegítimos no están disponibles o no son deseables, si los esfuerzos de innovación fracasan, entonces las adaptaciones de retraimiento pueden ser la consecuencia y los mecanismos de "escape" elegidos por el individuo derrotado tal vez serán tanto mas desviados a raíz de su doble fracaso. 3.1.5. Innovación Las sociedades en las que la cultura hace hincapié en el éxito y donde la estructura social impone limitaciones a los medios aprobados, presentan numerosas situaciones que fomentan el desarrollo de apartamientos socialmente desaprobados de las normas institucionales en forma de prácticas innovadoras. La utilización de medios ilegítimos para alcanzar las metas de éxito, poder y riqueza ha llegado por lo tanto a ser común en la sociedad. Una forma de adaptación presupone que los individuos están inadecuadamente socializados con respecto de las metas culturales que alientan las aspiraciones de éxito.

Las innovaciones ilegítimas –crimen- no tienen restricción de clase. En las clases bajas, las oportunidades están restringidas mayormente a los trabajos manuales, y el status de trabajador no especializado y los reducidos ingresos que son su consecuencia, no pueden competir bien en términos de pautas de valor establecidos con la promesa de poder y riqueza derivadas del crimen organizado. En los niveles económicos altos la presión hacia la innovación no pocas veces borra la distinción entre los procedimientos comerciales admitidos y las prácticas fraudulentas. No todas las desviaciones innovadoras son disfuncionales para la sociedad. Algunas pueden constituir la base de nuevas instituciones mejor equipadas para funcionar que las antiguas. "Es de suponer que en la historia de toda sociedad algunos de sus héroes culturales llegan con el tiempo a ser considerados como heroicos, en parte porque han tenido el valor y la previsión de poner en tela de juicio las creencias y rutinas de su sociedad. El rebelde, revolucionario, no conformista, hereje o renegado de días pasados es, a menudo, el héroe cultural de hoy. Además, la acumulación de disfunciones en un sistema social es generalmente el preludio de un cambio social concertado que podrá acercar el sistema a los valores que gozan del respeto de los miembros de la sociedad" 3.2. Tipología de modos de adaptación individual Modos de adaptación Conformidad Innovación Ritualismo Retraimiento Rebelión Metas culturales Metas institucionalizadas + + +/+ + +/-

+ = aceptación; - = rechazo; +/- =rechazo de valores predominantes y sustitución por otros nuevos La adaptación social no siempre es, desde el punto de vista psiquiátrico, un signo de salud mental; el conformismo puede adopta formas patológicas, en particular sadomasoquista. La inadaptación es mas bien una consecuencia que la causa de los trastornos mentales y le plantea al psiquiatra problemas más que servirle de criterio. Este breve resumen de los tipos de respuesta a la anomia intenta poner de relieve una característica distintiva de todos ellos. No se hace referencia al desviado como si hombres que una vez que se han entregado a esas formas de conducta fuesen destinados de manera irrevocable a seguir en ellas, De hecho, la conducta desviada crónica se dará únicamente en casos ocasionales y marginales. En cuanto a los demás, los hombres atrapados en la disyunción entre sociedad y cultura, podrán desviarse de modelos ampliamente aceptados en una parte de sus actividades, conformarse en otras y vacilar entre las respuestas a no ser que estén envueltos en procesos de represalias sociales que los empujen aun más al desvío. Hay un rasgo de innovador, ritualista, retraído y rebelde en cada una de las personas. La manifestación concreta de esos rasgos depende tanto del medio ambiente circundante como del propio carácter y personalidad de la persona. 4. Lo normal y lo patológico y el criterio estadístico Aunque parezca una tautología, por definición, lo normal es lo que es conforme a la norma. Sin embargo la situación es relativamente más compleja ya que cada civilización, sociedad, cultura y subcultura tienen sus propios sistema de normas. Es lícito preguntarse si fuese posible considerar algún caso como patológico en una civilización o una cultura lo que es normal en otra. La cuestión es de gran importancia para la etnopsiquiatría y la sociología de las enfermedades, porque aunque enfermo y psiquiatra pertenezcan a la misma sociedad y tengan como marco de referencia para la acción el mismo sistema general de normas, la valoración y la interpretación no son universales.

En cualquier sociedad existen ideas que aunque no son explicitadas, son ampliamente compartidas. En una sociedad dada, lo normal es que lo bueno sea lo deseable. Una acción normal es una acción buena, aprobada por la colectividad, de acuerdo con el ideal del grupo y que contribuya a la salud del organismo social. Así se encadenan tres ideas: normalidad, lo bueno y lo sano. Su némesis es la que reúne anormalidad, lo malo y lo patológico. Estas tríadas están alojadas muy fuertemente en las concepciones del sentido común, por lo que para abarcar el problema de la "conducta desviada" resulta imprescindible desprenderse de ellas. El comportamiento anormal es el que se desvía de la norma, es decir de la tendencia central de una población, del comportamiento general de los hombres de un grupo. La estadística se funda sobre comportamientos observables; a partir de ahí puede revelar las desviaciones respecto de un tipo de comportamiento considerado como normal Sin embargo no debería definir como patológico a un comportamiento por el simple hecho de que se desvíe del comportamiento general del grupo. Es manifiesta la importancia de más allá de constatar la ocurrencia de una desviación, encontrar la causa del fenómeno. Es saludable no juzgar a otros actores (de otros sistemas sociales o de distintos subsistemas de la misma sociedad) a través del propio sistema de valores o de los modelos ideales de comportamiento propios. Bibliografía Consultada
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Clinard, Marshall (compilador); "Anomia y conducta desviada", Ed. Paidós; Bs.As.; 1967. Bastide, Roger "Sociología de las enfermedades mentales"; Ed. Siglo XXI; México; 1967. Basaraglia, Carrino y otros "Psiquiatría, Antipsiquiatría y orden manicomial"; Barral editores; Barcelona; 1975. Merton, Robert; "Teoría social y estructura social"; Ed Paidós; Bs.As.; 1965.

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Paz Gajardo y otros, "Diccionario de ciencias sociales y políticas" Ed. Puntosur; Bs.As; 1990. Durkheim Emile; "El suicidio"; Ed. Pléyade; Bs.As.; 1965

www.monografias.com/trabajos/socioenfermental/socioenfermental.shtml SOBRE CONDUCTAS DESVIADAS Lo de la política penitenciaria… es interesante. Qué se espera del hecho de meter a un tío en la cárcel… y, más allá, qué se espera del castigo, fenómeno por lo demás normal en las aulas, en las familias, en las parejas… Las veces que ha salido el tema en clase he visto que, de un modo u otro, son muchos los talionistas: el infractor debe expiar su culpa pagando por lo que ha hecho con un sufrimiento al menos similar, si no superior, al daño causado. Talionistas que yo haya visto, por encima, hay de dos grupos: talionistas “antiguo testamento” (rollo “ojo-por-ojo”, muy judío, en el fondo), y talionistas-sádicos (gente que encuentra íntimo placer con el dolor ajeno; este tipo creo que está mucho más extendido de lo que reconoceríamos en primera instancia…) Poquísimos, sin embargo, creen que el objetivo sea la reinserción. Los talionistas la consideran injusta, o simplemente imposible… Y sin embargo esa rehabilitación para la vida social es el objetivo constitucional de las cárceles españolas, de los partes, broncas y expulsiones de clase, de la coerción de los padres… ¿o no? Para mayor confusión, las opiniones sobre el "deber-ser" del castigo no suelen ser coherentes: existen grados, dicen, por los que un padre no debe castigar sádicamente los deslices de su hijo, pero al asesino o violador hay que matarlo o castrarlo. La castración química, que existe legalmente en muchos países, o la pena de muerte (qué decir de ésta…) se llevan bastante mal con la reconducción de los individuos descarriados que sí se espera de la patria potestad…. la pregunta es, para qué castigáis al asesino, al que se come el postre antes de la sopa, al que mete follón en clase, al violador, a todos... y con qué espíritu esperáis o admitís que os castiguen?... ¿o coincidís en que debe haber varias dimensiones del "espíritu-del-castigo"? p.d. me han pedido para la revista digital del instituto algún artículo que recoja debates habidos en el blog. Les divierten, no sólo a los que participan, también a los que leen... a todos menos a los que deberían participar en ellos... cosas de la vida... Si nadie se manifiesta en contra, cortaré y pegaré algo de lo por aquí dicho… vosotros sois los autores, así que os pido permiso que entiendo concedido si nadie se opone.
P U B L I C A D O P O R A L B E RTO E N 8 : 0 5

8 C O M E N TA R I O S : el opinador dijo...

Por mi parte de acuerdo en lo del diario, pero que entren a escribir ahora que sé que algunos me leen!! Otra cosa, Alberto un favor, ¿cómo era la frase que dijo un político creo que alemán sobre que si no eres comunista de joven no tienes corazoón y si después lo sigues siendo no tienes ni idea o algo así? Recuerdo de escucharla por la radio y después la dijiste tú en clase, y no sé por qué ayer me vino a la cabeza. Bueno yo sobre este tema siempre he pensado lo mismo. Creo los que alguna vez se equivocan deben pagar por ello hasta el momento en que se sepa con seguridad que no volverán a hacerlo. Considero las ansias de venganza como un bajo fondo del ser humano que jamás debe aflorar. La venganza lleva al odio y en la sociedad no es nada recomendable vivr con él. Hablando de la sociedad, creo que, de forma muy abstracta y subjetiva, debe estar en continuo avance, no se debe detener por ningún motivo (a no ser que sea tan especial como un atentado o algo así). Por ello, cuando una pieza de ella no funciona o es contraproducente se debe eliminar. La forma de hacerlo es simple, apartándola del resto, es decir, a la trena. Si esa pieza es capaz de volver a la sociedad y no colapsar el avance del resto, bienvenida es. En caso contrario no debe volver a esta sociedad, si la pieza no cabe en el puzle es elección suya, que decida si prefiere volver o no. Se podría decir de esta teoría que no deja lugar para sentimientos ni derechos de vida, etc. Yo pienso que al contrario, ya que la eliminación de una pieza permite al resto no sufrir por su culpa y facilita el natural desenvolvimiento de sus vidas. Si no eres capaz de respetar las normas de este mundo, vete de viaje a otro mucho más bonito pero no vuelvas.

1 1 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 9 :3 5 MaVeRiCk * * * * * dijo... Buenísima esa respuesta opinador anónimo.

castigo... realmente ke se gana con él, piensas ke castigando a alguien, puedes conseguir su cambio de conducta, o yo ke sé, hablamos entonces del famoso dicho de "la letra con sangre entra", un refran tan rechazado por la sociedad... Sinceramente, "no hay peor ciego, que el ke no kiere ver" si a una persona se la suda los castigos impuestos, si despues de cumplir una condena (me estoy refiriendo a problemas más graves, como los asesino, violadores, etc.), el sujeto no cambia y reincide en lo ke anteriormente cometió y fue castigado, pues sinceramente, llamarme satánico, adorador del dolor, yo ke sé, pero esa persona, desde luego, no está en condiciones de volver a la sociedad, yo le dejaría ke se consumiera entre rejas. Aparte, la justicia de hoy en día, es mucho más "blanda" con los castigos. El otro día, por ejemplo, viendo un reportaje de "el lute" contaba ke le pusieron 2 AÑOS de condena por robar una gallina cuando se escapó. Hoy en día, un asesino mata a alguien, viola, o lo ke haga, y teniendo suerte, buen abogado y pasta, ke no se preocupe ke va a estar un tiempo prudente en la carcel, son cosas, ke realmente no puedo explicarme. No creo que se llegue al odio mediante la venganza como dices tú opinador, pienso que si alguien hiere a otra persona, o la perjudica o algo, pienso, que pagar con la misma moneda, no está nada mal,

estoy seguro de ke si la ley fuera más estricta y fuerte, la gente se lo pensaría 2 veces antes de cometer alguna infracción. Porsupuesto, estoy de acuerdo en la castración, pero no en la kímica, sino en la rural, con dos piedras bien grandes, que el violador, por ejemplo, sufra lo ke ha hecho sufrir a sus violad@s, pero weno, tampoco kiero extenderme mucho.

En definitiva, aunke desde mi punto de vista cristtiano debería de poner la otra mejilla, sinceramente, en este aspecto, yo soy contundente, si haces algo mal y te arrepientes de corazon, podrás ser perdonado, si aun así reincides... a tomar por culo, pudrete en la carcel capullo !!

uff... me kedé agusto, mucho tiempo sin aparecer por el blog. Buen tema alberto, congratulations !

* MaVeRiCk * 1 1 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 1 1 :2 4 Benito Camela dijo... Hola a todos. A mi no me importa que cortesy pegues, remezcles des tu toque personal...no me importa, asi que tú mismo Alberto. El 14 en azuqueca de henarés me deleitaré escuchando soul o algo parecido bueno al tema. Mi opinión sobre este tema tan polémico es muy simple. Creo en la

reinserción, cuando alguien comete un delito deberían analizarse las razones que le han llevado a hacerlo y tenerlas en cuenta, la intencionalidad para mi es muy importante en este tema. Es más o menos lo que dijo opinador, se le aparta, se le prepara para volver a la sociedad si es posible y a vivir, pero no creo en la pena de muerte ni en la cadena perpetua, el "ojo por ojo", es rebajarte a su nivel, es romper los derechos humanos. El etarra este que hizo huelga de hambre hace poco..., todos tenemos arrebatos al verlo en la tele y dices "A ese que le corten el cuello", pero te paras a pensarlo dos veces y te das cuenta que te rebajas a su nivel, en mi opinión que no lo dejaran morir de hambre y que cuando cumplió su pena saliera a la calle, es una actuación acertada. La sociedad funciona con normas, desde pequeños las vamos interiorizando, hasta cierta edad funcionas con la ley de la zanahoria y el palo, de el premio y el castigo, con lo que ciertos sociologos y psicólogos sociales han denominado "Teoría de la Disuasión". Según esta gente las personas cumplirán las normas en la medida que tengan mayor o menor certeza de ser castigados, es decir, que la gente que está fuera de la cárcel no comete delitos porque cree que los pillarán, pero los que están en la cárcel, piensan que no pasa nada, porque han delinquido mil veces y les han pillado una vez, por tanto en la cárcel, el mantener contacto con otros presos..., no se crea un hámbito coherente para la reinserción. A maverick decirle que la justicia se ha vuelto más blanda desde mi punto de vista, porque no estamos en la época franquista ni postfranquista, los falsos liberales de la democracia española aunque falsos, algo de liberales, o de fachada de liberales tienen, por lo que han ido modificando las leyes. Cuando al lute le cayeron dos años por robar una gallina, fue porque en esa época robar una gallina implicaba dejar a una familia sin nuevos pollos, sin huevos y sin una aportación importante a la nevera familiar, ahora nos sobra la comida y por tanto, robar una gallina no es un gran delito...

Como a todos me importa la intencionalidad del que ha delinquido, pero, las leyes son algo arbitrario, algo que se nos impone desde el exterior, debemos pararnos a hacer ciertos juicios morales para definir, modificar o eliminar las leyes basándonos en esos juicios morales. No seais tan contundentes, en este tema las medias tintas, tener en cuenta muchos factores, es importante, no hagais juicios rápidos, porque se está hablando de la vida de una persona, de su libertad, y de otras muchas cosas a las que todos tenemos derecho. 1 2 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 4 :0 6 alberto dijo... opinador: la frase es el tipo aforismo flipante que nadie sabe muy bien de dónde ha salido. Yo la he visto atribuida a dos personas, por una parte a Willy Brandt y por otra a W. Churchill. Juraría que es de este último. Camelas: eres una caja de sorpresas. Me alegraré de verte en otro contexto, y si aceptar una invitación te invitaré a algo, que he estado un año viviendo de ti. Para otra ocasión preparamos un cameo, y haces un poco de Charlie Parker 1 3 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 1 1 :3 7 WKYA-Radio dijo... Bien, todos coincidis en que se debe reformar al individuo.el problema es ¿Cómo? opinador: ¿Donde esta el mecanico que arregle esa pieza que ya no funciona? en mi opinion, seria tremendamente complejo estudiar a fondo los pensamientos de cada persona, qué le ha llevado a violar o asesinar a alguien, y "curarlo"!!! casi imposible tarea. Acabo de ver V de Vendeta, mira tu por donde! Y parece que los actos de venganza de V tienen un buen fin para la sociedad... aun asi la autoridad le considera un criminal. Quiero decir, quizás haya gente que se

merezca que le roben, o ser cortado en cachitos y aun asi es un crimen hacerlo... Es justo eso¿ no se corresponden justicia y legalidad... Por otra parte existiran personas desviadas que cometan actos injustos hacia otras personas. Estos infractores tienen cura? se pueden reconstruir? esto tiene un gran símil con el cáncer: no hay vacuna... cuando las células deciden actuar contra el organismo solo queda apartarlas del resto a tiempo... Yo personalmente creo que son como mentirosos, que si han mentido una vez, lo harán otra... algo asi como la naranja mecánica. las ley... hay que obedecerla, ya sea por el bien de la sociedad, o por el miedo al posible castigo. los primeros, kantianos, obedeceran las leyes porque es su deber, porque es el bien. los nietzscheanos posiblemente afirmarán que: "así es la vida", y cumpliran por miedo al castigo... Esto solo me plantea dudas, vaya temita! porque no estoy seguro de que se cumpla la ecuacion ley = justicia y porque la justicia la hemos inventado nosotros. Asique, debo interiorizar todas las normas? aun siendo estas injustas en muchos casos? este tema me ha despertado un cacao importante....¿Alguna respuesta? 1 3 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 1 6 :3 9 el opinador dijo... Estoy de acuerdo contigo WKYA-Radio, es muy difícil determinar el momento en que alguién está reformado. Por eso yo pienso que, ante la duda, bajo la sombra. Es fácil saber cuáles han sido las causas que han llevado a ladrones, camellos o atracadores a cometer sus delitos. Suele coincidir que son personas que no han gozado de educación, se han criado entre más marginalidad y han optado por tirar por el camino de enmedio, encontrando a sus problemas la solución más rápida para conseguir

dinero. Entonces, aún después de pensar que están reinsertados, pueden volver a tropezar con la misma piedra y haber desperdiciado todo el esfuerzo económico de la sociedad. Por eso creo que el problema de raíz está en las calles y no tanto en la reinserción dentro de la cárcel. Si un ladrón vuelve a su casa y sigue sin tener donde caerse muerto tenderá a robar de nuevo. En ese caso lo mejor para todos sería hacer un seguimiento muy rígido y minucioso del infractor. Podría llevar un chip para localizarlo en todo momento, revisiones médicas constantes para ver si consume drogas, actuar también sobre su círculo de confianza... El dinero que valdría todo eso (aunque seguro existen medidas mejores) sería parecido al que se ahorraría la gente que no fuera atracada o estafada, además del disgusto que supone. También el Estado podría desviar fondos de programas antidroga y demás a estos fines. Creo que merecería la pena, aunque seguro que todo es más complicado. También ello supondría que el infractor no gozaría de libertad plena hasta que no se comprobara que, realmente, no es peligroso para la sociedad. Creo que sería un incentivo para él, que estaría dispuesto a mejorar su conducta por ser libre.

Por desgracia, también hay otro tipo de criminales que actúan por otros motivos no tan "comprensibles". Esta gente (violadores, pederastas, asesinos a sueldo, etc.) no debe mezclarse jamás con el resto de la población. Es como aceite y agua que se repele. Un saludo! 1 4 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 8 :4 6 Benito Camela dijo...

Hola. Opinador, ¿chips..., seguimiento médico? En serio, cada día pienso que si por vosotros fuera habría incluso pena de muerte. Voy aclarando el tema poco a poco, al menos respecto a perspectivas: Perspectiva 1: "Lex durex, sed lex" Traducido sería algo como "la ley es dura, pero es la ley", me asquea este tipo de pensamiento, me rebienta que la gente como aquí el amigo opinador vea la sociedad como producir y consumir, el pseudo capitalismo democrático funciona alimentado por gente que piensa así, mientras haya estabilidad social y bienestar, vosotros como ovejitas, pensais que los delincuentes son gente malvada por naturaleza, que solo se puede reinsertar a los delincuentes que lo son a causa de la marginalidad...por cierto isaias, te das cuenta de que existen delincuentes, porque tú vives como un rey y ellos no tienen nada..., ese es el resultado de un modelo económico tan cutre... Perspectiva 2: "Aparta coño" Básicamente esta perspectiva sería la que piensa que cualquier individuo tiene arreglo, un asesino en serie, un pederasta y el objetivo no es apartarlo, es reinsertarlo a cualquier precio en la sociedad, pensar un poco en lo que implican ciertas leyes y si se encuandran dentro de cierta moral, se que hay una gran relatividad moral, pero yo creo que la mia es la buena porque como dice alberto "lo mio pequeño es grande". Vamos que os pareis a pensar que si la ley es así de contundente, si hay cadena perpetua y penas así...los derechos humanos se van a la mierda. 1 6 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 5 :1 1 el opinador dijo...

Benito no vayas de liberal guay cuando tú eres el primero que sigues las mismas normas que el resto. Me criticas de aceptar el sistema capitalista corrupto y malvado que genera caos, destrucción, violencia, etc. Amigo si estás tan desencantado con el mundo en el que vives te creas un perfil en second live y te follas a Marx pero no me cargues amí con la culpa de TÜ problema, yo lo apoyo porque es lo único que tengo y sí, a mi me va bien. También dices que reconozco a los "marginales" porque vivo como un rey... ¿es necesario vivr bien para saber si tirar a una chica por un puente está bien o mal? ¿acaso crees que ellos no son conscientes de la situación en la que están? Lo saben tan bien como nosotros y aún así siguen actuando de la misma forma. Eso merece castigo y si no son capaces de volver a vivir en la sociedad pues fuera de ella. No como tú dices intentar reinsertarlos a cualquier precio, recuerda que ese precio es pagado, en parte, por las mismas familias que han sido objeto de esos crimminales. Seguro que la familia de la chica sevillana está encantadísima de pagar la comida y el techo de quién tiró a su hija por un puente. Veo más necesario utilizar esos mismos fondos a un destino más razonable como la educación o la sanidad. Si son personas sin solución, pues fuera!! ¿O es que están reinsertados los etarras al salir de la cárcel? ¿Y los violadores? Esta gente tiene problemas mentales y por mucho que se disipen por un tiempo van a volver a salir a flote. ¿Recuerdas la historia de la rana y el escorpión? El escorpión al final te pica aunque sepa que no debe hacerlo, simplemente porque actúa como es. Has criticado mucho, pero no tengo muy claro qué propones hacer. Y es que no has dicho nada, te has dedicado a despotricar. Yo jamás estaré a favor de la pena de muerte, pero creo que quién firma las penas bajas a los criminales está firmando las penas de muerte de gente inocente como podemos ser tú o yo. ¿Lo ves más justo? Finalmente, sé que eres un idealista y que estás muy frustrado

porque las cosas no funcionan como tú querrías que funcionaran. ¿Por qué en vez de ladrar tanto no lanzas alguna idea que al menos intente ser útil para mejorar las cosas? Sé que poco vamos a hacer, pero quizá tendrías más credibilidad. Piensa algo, si tú te ves en contra de todo el mundo porque crees que todo el mundo va en tu contra, quizá es porque eres tú el que provoca ese conflicto. Si todos los coches vienen hacia ti, quizá eres tú el que va en dirección contraria. 1 6 D E F EB R ER O D E 2 0 0 9 8 :3 3 Publicar un comentario en la entrada Entradas antiguas Página principal Suscribirse a: Enviar comentarios (Atom)

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A L B E RTO

Alberto Cuevas, trabajo o lo intento como profesor de filosofía en el IES Don Bosco de Albacete....
V E R TO D O M I P E R F I L

filosofandoenlacueva.blogspot.com/2009/02/sobre-conductas-desviadasCategorías Históricas de Conducta desviada y su Relación con los Modelos Societales que las sustentan: Crítica de su Actualidad. The historical categories of astray behavior and its relations with social patterns that sustain it: Review of it present.
El concepto de Conducta Desviada ha nacido en su utilización por las Ciencias Sociales, asociado a los modelos consensuados o integrados de sociedad. Esto es de lógica deducción, toda vez que algo puede ser considerado desviado respecto de algo que no lo es, o porque es normal, o es la referencia a un parámetro más o menos estandarizado. Desde los clásicos, como Durkehim y su concepto de anomia, pasando por los contemporáneos funcionalistas, que recuperaron ese concepto, asociándolo a lo disfuncional; desde el concepto de crimen de Durkehim hasta los nuevos aportes de la criminología crítica, se desarrollaron escuelas, que aún cuando criticaban y adaptaban las categorías en sus marcos teóricos cada vez más críticos respecto del contexto social, como productores y reproductores de las desviaciones, a persistido un modelo societal, que en última instancia funcionaría como un todo, donde los sectores sociales eran inclusivos. Se trata de analizar si estas categorías de conductas desviadas pueden mantener actualidad, a la luz de los cambios estructurales de los modelos societales de la posmodernidad y la globalización, que generan dispernsión de los elementos paramétricos clásicos, y están produciendo situaciones de exclusión que hacen dudar del modelo societal unívoco. CARRILLO, Juan Carlos jcarril@uolsinectis.com.ar Facultad de Derecho-Univ. Nac. de Cuyo

teórico coincidente entre los estudiosos: la conducta es desviada cuando se aleja de las norma sociedad impone y cuando viola los códigos jurídicos establecidos. BIBLIOGRAFIA

1. Carrillo de la Peña, María Teresa. Conducta antisocial juvenil y perspectiva de futuro: un aná influencia de la institucionalización. En Anuario de Psicología (La Habana) 62: 6-12, 1995. 2. Cooper Mayer, Doris. Delincuencia común en Chile. Santiago: Editora Ltda., 1994. 260 p

3. Dalmau Gavilanes, Francisco. El Joven delincuente en Guayaquil: estudio Psiquiátrico. Ecuad Científica, 1989. 250p.

4. Marcial, Rogelio. La Banda Rifa, vida cotidiana de grupos juveniles en esquina en Zamora, M México: Michoacán: Editorial El Colegio de Michoacán, 1997. 298 p. 5. Vasallo Barrueta, Norma. La Conducta desviada: un enfoque psicosocial para su estudio. La Editorial Félix Varela, 2001. 231p.

www.ciencias.holguin.cu/2005/septiembre/articulos/ARTI7.htm - 52k -

CUADERNOS DE CRIMINOLOGIA (II)

Salvador F. Ruiz Ortíz - Criminologo EL DELITO - EL DELINCUENTE EL DELITO. El objeto de estudio de la Criminología ha sufrido un proceso de ampliación al tomar interés una serie de aspectos que hasta entonces no se habían tenido en cuenta, como son la víctima y el control social. El delito, como objeto de estudio, es definido de forma distinta desde el Derecho Penal y la Criminología, aunque tienen ciertos puntos de conexión. Cada uno ve el delito desde su propio enfoque, el criminólogo con la utilización de su método y el análisis de los factores, el penalista con la utilización de la norma y aspectos concretos. La definición legal o concepto jurídico positivo de delito lo encontramos en el art. 10 del Código Penal, que establece: “son delitos o faltas las acciones u omisiones dolosas o imprudentes penadas por la Ley”. Se ha pretendido buscar un concepto universalmente válido de delito. Garofalo señalaba que la motivación del delito está basada en dos sentimientos, la piedad y la probidad en las personas no delincuentes, la piedad sería el sentimiento de compasión que nos hace evitar hacer daño a los otros, la probidad estaría relacionada con los valores del daño material y el respeto por la propiedad ajena. En el delincuente fallarían uno o los dos. Si falta la piedad existiría una predisposición a la comisión de delitos contra las personas, si faltaba la probidad a delitos contra la propiedad. Este concepto de delito no resultó válido por no ser generalizable. La sociología aporta el concepto de conducta desviada, aunque tampoco puede ser empleado como un concepto universal de delito, la conducta desviada es más amplia ya que todo delito es una conducta desviada pero no al contrario. Por tanto estos conceptos no definen exactamente el delito, por lo que continúa la búsqueda de un concepto material y neutro, teniendo además en cuenta que estamos ante una realidad cambiante. Para la Criminología el delito es un problema social que debe tener como respuesta del Estado una sanción penal. Dentro de la investigación en Criminología no se puede prescindir del todo del Derecho Penal, diferenciando en cada caso el concepto de delito que se va a utilizar, va a depender de lo que se persigue analizar para utilizar el concepto jurídico formal o el concepto material cuando la investigación se oriente a

la descriminalización o a la neocriminalización. Esta perspectiva social del concepto de delito se contrapone al enfoque legal, en el que sólo se dispone una definición circular que no aclara lo que es delito o no lo es, únicamente hace referencia a conductas tipificadas o no. Sólo serán delictivas aquellas acciones u omisiones expresamente tipificadas en la legislación penal, pero ¿cuál es el mecanismo que convierte a una conducta en infracción penal?. Para responder a esta cuestión se ha de realizar un análisis de la repercusión que esa conducta genera en la concreta sociedad, en un concreto momento histórico y, lo más importante, cómo es interpretada por los ciudadanos y por los Poderes Públicos. Por ejemplo, el art. 147.1 C.P. establece que el que por cualquier medio o procedimiento causare a otro una lesión que menoscabe su integridad corporal o su salud física o mental, será castigado como reo de delito de lesiones con la pena de…… Ahora pensemos en varios ejemplos: un boxeador ha de golpear contundentemente a su oponente, es consciente de que va a causarle un daño físico y tiene voluntad para ello. Un cirujano realiza una incisión en el tórax de un paciente, le extrae el corazón, lo coloca sobre una mesa, opera y vuelve a clocarlo en su sitio. En el primer caso el boxeador está amparado por la aceptación social, se asume que es un deporte de contacto y el contrincante acepta las reglas. Si la misma agresión se produjese fuera del ring entraríamos en la esfera penal. En el caso del cirujano, la finalidad terapéutica ejercida por quien posee conocimiento y capacidad convierte la conducta en atípica, además aquí juega un papel importante el consentimiento del paciente. El delito es una realidad cambiante, su contenido varía en función de factores externos, sólo pueden ser etiquetadas como delictivos los actos que supongan los mayores ataques hacia bienes jurídicos, únicamente las conductas más graves entrarán en la definición legal (Principio de legalidad y de intervención mínima). El mecanismo de construcción del delito parte de una conducta que, en un determinado momento, pasa a ser considerada como tal a través de un proceso de criminalización. Así, la conducción de vehículos a motor a una excesiva velocidad es hoy una simple infracción administrativa, pero la alarma social que causan los accidentes de tráfico está provocando una movilización social que aboga por tipificar penalmente estas conductas. El legislador es quien tiene la potestad de determinar lo que es delito y lo que no lo es, pero son los ciudadanos quienes deciden, a través del sufragio, quienes son legisladores, por tanto éstos últimos han de tener muy presentes cuáles son las inquietudes sociales, es el denominado “populismo punitivo”. En este proceso de autorregulación intervienen de manera activa otros actores, con fuerza de grupos de presión, que tratarán de imponer sus argumentos en el Parlamento, el resultado de esta lucha de presiones no siempre resulta respetuoso con los principios informadores del Derecho Penal. Vicente Garrido clasifica los delitos en función de la reacción social que provocan en: 1.-Comportamientos penalizados y castigados en (casi) cualquier sociedad moderna. Son los delitos más graves (contra las personas, libertad sexual, patrimonio,…).

2.-Comportamientos penalizados pero sobre los que la ley se aplica con escasa frecuencia. Conductas que aun estando penadas se realizan con frecuencia y relativa impunidad (conducción bajo influencia de bebidas alcohólicas, tráfico de drogas a pequeña escala, contra la Hacienda Pública,…). 3.-Comportamientos en vías de penalización o despenalización. Son conductas sobre las que existen posturas contrapuestas, dependiendo de la concreta sociedad, cultura y momento histórico. Infracciones que pasan a ser delictivas y otras que dejan de serlo. Gottfredson y Hirschi (1990) lo definen como “la utilización del engaño o la fuerza para conseguir un objetivo”. No pueden incluirse todas las infracciones penales en este concepto, únicamente aquellas más graves. Desde la perspectiva criminológica, el concepto de delito es tan amplio y puede abarcar tantas concepciones que resulta más útil acudir a otros términos. Así el contenido de “desviación” es más amplio, abarca mucho más que la simple actividad delictiva. Becker (1971) ofrece una visión de este término e varias perspectivas: alejamiento excesivo de promedio estadístico común, desviación como enfermedad y visión funcionalista. Todas ellas están basadas en la visión de la sociedad como un organismo estructurado, las conductas que sirvan para su desarrollo serán prosociales, las que se alejen de la media, sean patológicas o amenacen la estabilidad serán desviadas. Pese a que desviación es más amplio que delito, chocamos de nuevo con la interpretación de los valores (prosociales o desviados según el colectivo que los interprete), además retomamos el intervencionismo político en la definición. Profundizando aun más, el interaccionismo simbólico no concibe una definición social de la infracción a la norma de forma clara, no siempre se estiman como delictivos ciertos comportamientos, se justifican hasta que las circunstancias lo desaconsejan. La denuncia pública puede hacernos recapacitar sobre hechos a los que asistimos cotidianamente y no relacionamos (simbolismo) con comportamientos desviados, son “normales” hasta que la comunidad deja de percibirlos como tales. Ejemplos de ello podemos tenerlos en situaciones cercanas: parece que nadie sabía lo que estaba sucediendo en el Ayuntamiento de Marbella hasta la denuncia y posterior investigación, lo cierto es que muchos lo conocían pero lo asumían como algo “normal”. Ciertas formas de acceso a la Función Pública (oposiciones, concursos,..) suelen verse envueltos en aureolas de sospecha, en general son aceptadas hasta cierto punto, pero en muchas ocasiones traspasan el límite, sin denuncia pública nadie se lo plantearía como delictivo. Esta teoría no considera al delito como hecho aislado sino como una interacción entre actores, objetos y situaciones. EL DELINCUENTE. En relación con el delincuente, se ha producido un fenómeno de problematización que afecta a conceptos de los que se ha ocupado la Criminología tradicional, actualmente se cuestiona su contenido. El Positivismo criminológico, que introduce el concepto de delincuente nato y otros prototipos como los la Escuela Clásica, el Correccionalismo o el Marxismo, son ejemplos de las distintas concepciones en relación con la figura del delincuente. La Escuela Clásica entendía que no existe un individuo predispuesto a delinquir desde que nace, sino que estos respondían al libre albedrío. Toda persona nace libre y es responsable de sus actos, haciendo un mal uso de su libertad comete el delito. No existe una diferencia cualitativa entre el delincuente y el que no lo es.

Para los positivistas el delincuente desde que nace está predispuesto a delinquir, no tiene esa libertad de actuación, responde a un determinismo biológico. El Correccionalismo y el Marxismo lo entienden desde la perspectiva del entorno. En el correccionalismo aparece el delincuente como una víctima de las circunstancias que le rodean, haciendo especial hincapié en que el responsable de los delitos es la propia sociedad y poniendo énfasis en que el Estado debe centrarse más hacia una respuesta correctora y de protección con una visión alternativa a la pena. El Marxismo parte de un argumento parecido, el delincuente es víctima de una sociedad desigual que fomenta las desigualdades que favorecen la delincuencia. La diferencia es que para éste prototipo se propugnan una serie de cambios de estructuras a todos los niveles. De existir otro tipo de estructura social no existiría el delito. Actualmente la Criminología comienza a ampliar el concepto de delincuente, no se trata de un ser anormal, enfermo mental o atávico, no es distinto a los demás pero sí tiene matices. El Principio de Normalidad: Este principio dispone que no necesariamente el delincuente es un ser distinto, aunque no responda a los principios de normalidad. Para poder considerar que un delincuente es normal, que es imputable, debe reunir una serie de cualidades que, en el momento de cometer el hecho delictivo, le hagan comprender la ilicitud del acto y actúe conforme a esa comprensión, debe actuar conociendo la ilicitud del mismo. En esas condiciones nos encontramos con una persona capaz de responder personalmente, es decir, imputable. La realidad nos demuestra que no todos los delincuentes se adaptan a esta definición, además no existe una barrera que separe la normalidad de la anormalidad, es cuestión de grado que habrá que matizar. El Derecho Penal, para responder a estas situaciones prevé tres posibles graduaciones: -Los imputables: con plena capacidad de querer y entender. -Los inimputables: los que tienen profundamente alteradas sus capacidades de querer y entender. Responden a las eximentes completas del art. 20.1, 2 y 3 C.P. Anomalía o alteración psíquica por la que no puedan comprender la ilicitud del hecho o actuar conforme a esa comprensión; estado de intoxicación plena por consumo de alcohol, drogas tóxicas, estupefacientes, psicotrópicos o sustancias análogas o se halle bajo el síndrome de abstinencia; alteración de la percepción desde el nacimiento o la infancia que altere gravemente la conciencia de la realidad. -Los semi-inimputables: los que tienen la imputabilidad disminuida. Responden a las eximentes incompletas del art. 21 C.P. Las causas expresadas en el artículo anterior, cuando no concurran todos los requisitos necesarios para eximir de responsabilidad criminal; actuar a causa de su grave adicción a las sustancias antes mencionadas; obrar por causas o estímulos tan poderosos que hayan producido arrebato,

obcecación u otro estado pasional de entidad semejante. Partiendo de estas premisas, al delincuente “normal”, es decir, al imputable se le puede imponer una pena. Para los inimputables están previstas las medidas de seguridad, para su aplicación será necesario que se halla cometido un delito y exista probabilidad de que se puedan cometer otros en el futuro, con los problemas que eso conlleva. Al margen del Derecho Penal, sólo queda como solución el Derecho Civil, que contempla la posibilidad de incapacitar a una persona cuando no pueda gobernarse por sí misma, ofreciendo como otras posibilidades el internamiento en centro psiquiátrico de carácter civil sujeto a control judicial. Si el internamiento es por razones de urgencia, se comunicará al Juez en 24 horas, si no es urgente necesitará autorización judicial. La culpabilidad y la peligrosidad: La culpabilidad es un juicio de valor sobre el hecho ya cometido, mientras que la peligrosidad supone un pronóstico de futuro orientado hacia la posibilidad de que se cometan nuevos delitos. Para que la peligrosidad de lugar a la aplicación de medidas de seguridad ha de tratarse de peligrosidad criminal. El art. 6.1 C.P. dispone que las medidas de seguridad se fundamentan en la peligrosidad criminal del sujeto al que se impongan, exteriorizada en la comisión de un hecho previsto como delito. La peligrosidad criminal es por tanto un concepto objetivo, el art. 95 C.P. recoge dos presupuestos: 1.-Que el sujeto haya cometido un hecho previsto como delito. 2.-Que del hecho y de las circunstancias personales del sujeto pueda deducirse un pronóstico de comportamiento futuro que revele la probabilidad de comisión de nuevos delitos. Reincidencia: El art. 22.8 C.P. señala la reincidencia como circunstancia agravante de la responsabilidad criminal. Para que exista reincidencia se exige que el sujeto haya sido condenado por un delito del mismo Título y de la misma naturaleza, estando la naturaleza en relación a la igualdad de bienes jurídicos protegidos. La agravante de reincidencia valora al autor y no al hecho. La solución ofrecida por el Derecho Penal cuando se materializa la peligrosidad es la aplicación de la reincidencia. Frente al concepto de reincidencia aparece el concepto de delincuente habitual, el art. 94 C.P. señala como delincuentes habituales los que hayan cometido tres o más delitos comprendidos en el mismo Capítulo, en un plazo no superior a cinco años y hayan sido condenados por ello. Factores de riesgo: Son aquellos que permiten predecir que una persona es más vulnerable hacia el delito. Factores predoctores de un comportamiento antisocial o delictivo pueden ser: personales (infancia, inteligencia, temperamento, habilidades sociales, locus de control,…), sociales (paro, marginación, desectructuración

familiar,…). El adecuado funcionamiento de estos factores ayuda a continuar adecuadamente en la vida, aunque es preciso adquirir conocimientos de carácter educativo y otras habilidades de intervención con los demás así el grado de integración en la familia, el apoyo emocional del entorno, el grado de comunicación con los demás, la medida en que se logra adoptar unos valores sociales y los modelos de referencia en el ámbito social son de gran importancia. La ausencia de tales factores constituye un gran riesgo para cometer actos ilícitos. El Código Penal, en cumplimiento del art. 25 de la Constitución Española, dispone penas, especialmente las privativas de libertad, para recuperar al individuo y reinsertarlo en la sociedad. Los programas de reinserción se basan en intervenciones a todos los niveles: -Educativo: con la finalidad de adquirir conocimientos. -Terapias no conductuales: aplicar los conocimientos teóricos del psicoanálisis para indagar en los traumas del sujeto. -Aprendizaje operante: asociando a un comportamiento adecuado una respuesta gratificante, así como una respuesta negativa ante las conductas inadecuadas. -Terapias cognitivo-conductuales: persiguen la adquisición de habilidades sociales, valores morales y sociales así como técnicas de control emocional. -Comunidades terapéuticas: pretenden evitar el internamiento carcelario sustituyéndolo por centros terapéuticos. -Otros programas alternativos: enfocados a evitar el internamiento como única vía de cumplimiento de la pena. La Criminología y el delincuente: Las penas tienen como finalidad la resocialización, intervenciones sobre el delincuente tras delinquir. Pero la Criminología se interesa además por la prevención a través de la predicción. Conocer los factores de riesgo y las etiologías delictivas produce una serie de datos de gran interés para las políticas de prevención. Los diseños de investigación pueden ser: -Transversales: estudios referidos a un momento concreto, su objeto de estudio es un determinado grupo de sujetos y estudia las variables que intervienen en ese grupo. ·Estudio de grupos con caracteres extremos: análisis de contraste entre delincuentes primarios y reincidentes, en función de las variables que los distinguen. ·Estudio de grupos de delincuentes en atención a las variables que inciden en su proceso criminal, para identificar los factores que les llevan al delito. -Longitudinales: son estudios que se realizan a lo largo del tiempo, se mide la evolución para determinar

tendencias y poner en marcha programas directamente dirigidos hacia ellas. Los resultados de los estudios predictivos pueden resultar: -Válido positivo: existe la predicción de que van a cometer delitos y los cometen. El pronóstico se cumple. -Válido negativo: se predice que no van a cometer delitos y no los cometen. El pronóstico también se cumple. -Falso positivo: predicción de que cometerán delitos y no los cometen. No se cumple el pronóstico. -Falso negativo: se predice que no van a cometer delitos y sí los cometen. Tampoco se cumple el pronóstico. Es importante determinar qué factores llevaron a la existencia de falsos positivos y falsos negativos. Para ello hay que acudir a los factores protectores, que hacen al sujeto más resistente al delito, entre ellos: -A nivel personal: inteligencia, habilidades sociales, empatía, locus de control interno,… -A nivel familiar: situación en relación con la familia. -A nivel social: modelos de referencia adecuados. Ciertos factores influyen en la consolidación de las carreras delictivas: -Volumen de delitos en el tiempo. -Escenarios múltiples. -Variedad de los problemas de conducta: a mayor complejidad de trastornos, mayor probabilidad de que se prolonguen en el tiempo.-Comienzo temprano en la actividad delictiva. CONCEPTOS DE INTERÉS: Factores de riesgo: aquellos que permiten predecir que una persona es más vulnerable hacia el delito. Factores predictores de un comportamiento antisocial o delictivo pueden ser: personales (infancia, inteligencia, temperamento, habilidades sociales, locus de control,…), sociales (paro, marginación, desectructuración familiar,…). Delincuente de carrera: es quien hace del delito un modo de vida, hasta el punto de llegar a cometer delitos graves si es necesario. Carrera delictiva: es la secuencia longitudinal de los delitos que un mismo delincuente va cometiendo en el transcurso del tiempo. Exige tomar un cierto periodo temporal para conocer los delitos que ha cometido.

BIBLIOGRAFÍA
-Garrido, V. Stangeland, P. Redondo, S. (2001). Principios de Criminología. 2ª Edición. Valencia: Tirant Lo Blanch.

-García-Pablos de Molina, A. (1996). Criminología: una introducción a sus fundamentos teóricos para juristas. 3ª Edición. Valencia: Tirant Lo Blanch. -Cobo del Rosal, M. Vives Antón T.S. (1999). Derecho Penal Parte General. 5ª Edición. Valencia: Tirant Lo Blanch.

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BORRADOR PODER JUDICIAL, POLÍTICAS JUDICIALES Y CORRUPCIÓN Juan Enrique Vargas Viancos*

1.¿Jueces corruptos o sistemas judiciales mal diseñados? Tradicionalmente los frecuentes problemas de corrupción que padecen los Poderes Judiciales en el Continente Latinoamericano han sido atribuidos a conductas desviadas de sus integrantes. La idea constante es que tenemos Poderes Judiciales corruptos

fundamentalmente porque tenemos jueces corruptos. Muchas son las causas que se barajan para explicar esta situación: deficiencias en la educación legal, bajos sueldos, imperfecciones de los sistemas de designación, etc. Lo interesante es que cualquiera o todas ellas llevan necesariamente a concluir que con "buenos" jueces nuestros sistemas judiciales funcionarían bien. Tal predicamento explica que una de las herramientas utilizadas para "extirpar" el fenómeno de la corrupción en varios de los sistemas judiciales de este Continente haya sido el acometer purgas, cada vez más frecuentes por lo demás, con el fin de reemplazar "funcionarios corruptos" por otros idóneos. Los casos paradigmáticos en tal sentido han sido los de Perú, repetidos en esta década, Honduras y, más recientemente, el de Venezuela. Ciertamente, se han intentado herramientas más sofisticadas de intervención para superar los problemas de corrupción, las que, al estar animadas por igual óptica, también se han centrado en el tema del personal del Poder Judicial. Conforme a ellas se han introducido modificaciones a la carrera de los funcionarios, especialmente en cuanto a sus mecanismos de ingreso y promoción, así como al control disciplinario, o se han generado instancias especializadas de capacitación judicial: las llamadas "Escuelas Judiciales". Pero, ¿qué ha sucedido con estas medidas? La experiencia indica que sin necesidad de esperar mucho tiempo los nuevos jueces, que reemplazaron a los "corruptos", se convierten en tan corruptos e ineficientes como los anteriores, por lo que deben ser nuevamente reemplazados. Y los jueces "capacitados" o escogidos bajo los nuevos mecanismos de selección, tampoco presentan grandes diferencias con sus antecesores. La contundencia de la evidencia en tal sentido, sin embargo, no ha llevado a ningún replanteamiento serio y profundo de las estrategias de reforma que les dieron inicio. Todo indica que tales estrategias, por más de la utilidad puntual que en algunos casos puedan presentar, no constituyen una solución real al problema de fondo que se desea enfrentar, al menos si son concebidas como estrategia única o principal. A nuestro juicio, los problemas son bastante más profundos que simplemente haber tenido la mala suerte de no poseer buenos jueces, o de adolecer de deficiencias en ciertos aspectos muy puntuales del diseño de nuestros sistemas judiciales. Al contrario, nos parece que el problema radica en aspectos centrales de la estructura y funcionamiento de los sistemas judiciales en nuestro continente, lo que genera un entorno de incentivos negativos para las personas que se desempeñan en ellos. Tales incentivos distan mucho de fortalecer y premiar las conductas socialmente beneficiosas de los funcionarios judiciales sino, muchas veces, hacen exactamente lo contrario. Tras lo afirmado está la idea de que cualquier sistema para la obtención de sus metas -y no se divisa razón alguna para que el Poder Judicial sea una excepción- no puede descansar exclusivamente en que sus integrantes sean excepcionales, sino debe ser estructurado para conducir a personas con habilidades y valores normales de forma tal que maximicen sus potencialidades. Los jueces no son dioses –ni podemos pretender que lo sean-, ellos reaccionan, como cualquier otro profesional, al contexto en el que se desempeñan. No por recaer en ellos la función de resolver los conflictos entre las personas, ni menos por serles encomendado aquella vaga misión de aplicar o "administrar" la justicia, puede pretenderse que escapen a tal contexto, siendo, por ejemplo, probos en un entorno que no los conduce necesariamente hacia ello, ni premia especialmente tal actitud. Los jueces no son más que abogados que optan, dentro de un conjunto de alternativas profesionales, por la de la judicatura. No cuentan, en la generalidad de los casos, ni con una escala de valores distinta a la del promedio de los abogados, ni con una formación diferente, ni con otros intereses o expectativas. Los problemas de corrupción en los Poderes Judiciales del Continente, entonces, no deben ser vistos como problemas puntuales, circunscritos a malos funcionarios, sino como lo que realmente son: problemas generalizados, enraizados en la lógica misma en que ellos

funcionan. La mejor prueba de ello es que los propios jueces no conciben como corruptas aquellas conductas que desde fuera juzgamos como tales o, al menos, como inapropiadas. Recibir en audiencia a una sola de las partes, realizar la ceremonia del "besa manos" para solicitarle un ascenso a un superior, son conductas que al interior del Poder Judicial no se estiman incorrectas, sino del todo adecuadas. La primera le permite al Juez –según ellos mismos- aumentar su información sobre el caso antes de fallarlo y la segunda a los superiores conocer mejor a sus subordinados antes de tomar una decisión que los afecta. En términos más amplios, es posible sostener que se produce en este caso un conflicto entre dos culturas sobre lo que es o no admisible, el que está inmerso en un proceso de cambios -del que han estado excluidos los sistemas judiciales- que lleva a cuestionar muchas de las prácticas anteriores. Ciertamente –como en otras áreas- existen personas excepcionales que pueden escapar a este entorno negativo, sobreponiéndose a las trabas que les impone el medio, para actuar con transparencia y limpieza, ya sea por una especial vocación o por particulares características personales. Pero estas situaciones excepcionales –por cierto destacables y de gran utilidad- no pueden llevar a construir toda una política en la esperanza de que se logre generalizarlas. Cualquier política institucional -e, insistimos, no se divisa razón alguna para que el Poder Judicial constituya una excepción- debe ejecutarse en función de las características y potencialidades de personas normales y no necesariamente excepcionales. Desprenderse de una visión que "idealiza" la profesión judicial y que nada se condice con la realidad de nuestros Poderes Judiciales, es requisito esencial para elaborar políticas efectivas para su desarrollo. No es un hálito misterioso que impregna los sistemas judiciales el que explica que los jueces por generaciones y generaciones terminen siempre pareciéndose. Son los incentivos los que marcan en lo fundamental la cultura de una organización y por ende a quienes la integran. No reparar en ello resulta un error costoso, en el que se incurre constantemente en nuestro continente. Así que poco podemos esperar de los esfuerzos destinados a "encontrar" a los incorruptibles o a preparar a personas para que sean inmunes al virus de la corrupción. Más allá de los éxitos puntuales que tales medidas puedan tener, no es posible hacer descansar una política pública en tales débiles y cambiantes presupuestos. Una de las características básicas de las políticas públicas es que ella debe asegurar que los sistemas funcionen en forma socialmente correcta, cualquiera sea la persona que esté a cargo de ellos. 2.¿Independencia de los Poderes Judiciales o de los jueces? Para entender los que hemos llamado problemas estructurales de los Poderes Judiciales Latinoamericanos debemos remontarnos, aunque someramente, a los orígenes de éstos. Como se sabe, la España colonial no legó una estructura judicial consolidada en este Continente. Las funciones judiciales se confundían en buena medida con las legislativas y las instancias superiores permanecieron en Europa. Por su parte, la cobertura de los servicios judiciales era mínima. La construcción de los Poderes Judiciales en América Latina es una auténtica obra republicana, la que, sin embargo, en poco siguió al ideario republicano. Los Poderes Judiciales fueron construido a partir de una estructura burocrática y jerarquizada que poco tiene que ver con la función que los jueces deben desempeñar en una democracia. Es más, la propia noción de Poder Judicial, al menos como aquí se la ha entendido, denota ya una visión equivocada de la función judicial. La idea de un Poder Judicial apunta a que los jueces –y su aparato administrativo de apoyo- deben estar reunidos en una estructura institucional autónoma y verticalizada, al interior de la cual ellos puedan "hacer carrera", ingresando jóvenes en los puestos de menor jerarquía para ir subiendo junto a su antigüedad poco a poco a las instancias más altas, en el mismo orden en que lo hacen los procesos judiciales. Se trata entonces de que el juez que conoce de una apelación sea el "superior jerárquico" de quien dictó la resolución impugnada, sucediendo otro tanto en el

nivel superior de la Corte Suprema. En tal esquema se superponen y confunden las jerarquías administrativas con las procesales. Esta visión institucional del rol judicial ha llevado a trastocar principios claves. Se ha colocado a la independencia del Poder Judicial como el valor esencial y no a la independencia de los jueces, que es lo que realmente importa. Perfectamente se puede pensar en un Poder Judicial completamente independientemente, con jueces sin independencia. Es más, ello lamentablemente ocurre con bastante frecuencia desde el momento que la independencia judicial no sólo puede verse lesionada por acciones externas, provenientes de fuera del mundo judicial, sino por acciones internas, provenientes precisamente de los superiores jerárquicos. Por otra parte, perseguir la independencia del Poder Judicial, con el fin de pararlo en un pié de igualdad con los restantes poderes del Estado, ha llevado a demandar para él espacios absolutos de autonomía y autarquía. Se pide –y se obtiene cada vez con mayor frecuenciaindependencia económica para el Poder Judicial, a través de mínimos presupuestarios constitucionalmente garantizados o fuentes de ingresos impositivos afectados directamente a solventar sus gastos. ¿Resulta adecuada esta estructura para impedir el fenómeno de la corrupción? Alguien podría sostener que un sistema jerarquizado permite con mayor facilidad disciplinar y controlar a todos sus integrantes que uno en el cual el poder se encuentra diluido. La experiencia, eso sí, dice algo muy diferente. Quien hace cabeza de esta institución llamada Poder Judicial, son las Cortes Supremas. Éstas tienen dentro de nuestros sistemas institucionales funciones distintas, como las de control constitucional y de casación, con un carácter marcadamente más político que las de los restantes tribunales. Estas funciones llevan a que los integrantes de las Cortes Supremas deban poseer un grado de legitimidad popular mayor que los otros jueces, lo que se traduce en mayor injerencia del poder político en su designación, control y remoción. Concentrar todo el poder del Poder Judicial en las Cortes Supremas significa, entonces, supeditar todo el sistema al órgano más permeable a los criterios políticos. En definitiva, tal esquema institucional ha llevado a que controlándose al órgano que es más sencillo controlar dentro del sistema judicial, las Cortes Supremas, se pueda fácilmente controlar a todo el sistema judicial. Por otra parte, alentar este tipo de estructura institucional en los Poderes Judiciales, ha llevado a generar en ellos, sobretodo en los más consolidados, fuertes sentimientos corporativos en su interior. Los Poderes Judiciales se convierten en autoreferentes, toda la realidad es percibida y analizada a partir de los códigos que se generan en su interior, a partir de si es o no conveniente con la "lógica" institucional, que muchas veces es del todo diferente a lo socialmente aceptado. De allí se deriva que cualquier cuestionamiento a alguno de sus integrantes pase a ser un cuestionamiento a la institución la que se ve impelida a reaccionar como cuerpo en defensa del afectado. En este contexto, muchas veces parece racionalmente más útil para la institución ocultar la conducta desviada de uno de sus miembros que reaccionar contra ella. Con cuanta frecuencia escuchamos que los cuestionamientos a la labor de ciertos jueces constituyen un "ataque al Poder Judicial", a los que se les atribuyen inmediatamente "nocivas consecuencias para la estabilidad institucional del país". La concentración del poder en los Poderes Judiciales se ha demostrado poco funcional para combatir las manifestaciones de corrupción que se generan en su interior (¿qué Poder Judicial Latinoamericano tiene una eficaz agencia de control interno?) y, al mismo tiempo, se muestra poco eficaz para que ese mismo Poder Judicial pueda ser un contralor eficaz de los fenómenos de corrupción que se generan en otros niveles de la sociedad.

En general todos los procesos de reforma destinados a formalizar la carrera funcionaria de los jueces han conducido a darle un mayor protagonismo en la misma a los superiores jerárquicos y, en especial, a las Cortes Supremas. Los sistemas de evaluación de desempeño de los jueces se convierten así en un nuevo y peligroso mecanismo de sumisión de éstos a sus superiores. A través de ellos se van imponiendo los valores y lógicas corporativas y se disciplina a quienes pretendan separarse de ellos. Tales lógicas corporativas, por naturaleza refractarias a los cambios y a las críticas, se ven fortalecidas desde el momento en que los Poderes Judiciales adquieren plena autonomía presupuestaria. Esta medida refuerza la idea de que los jueces no deben darle cuenta a nadie de lo que hacen y que es bueno que ello sea así. Fortalece la idea de que el control popular, indispensable sobre todo quien ejerce soberanía, no es aplicable y, es más, es inconveniente en el caso de los jueces. Por otra parte, la plena autonomía administrativa de los Poderes Judiciales, que pasa, en la generalidad de los casos, por entregarle a las Cortes Supremas o a los Consejos de la Judicatura la tuición sobre estos aspectos, les confiere, en los hechos, una nueva herramienta para hacer más férreo el control sobre sus subordinados. La autonomía del Poder Judicial se ha convertido en uno de los principales enemigos de la autonomía de los jueces. Ella no ha permitido superar los problemas de injerencia política externa y ha aumentado los problemas de injerencia interna. Todo indica que debiéramos retomar el ideario plasmado en nuestras constituciones aunque nunca hecho realidad, donde el Poder Judicial le es entregado a los jueces, individualmente considerados y no a una institución. Cada uno de ellos encarna al Poder Judicial, lo que justifica los mecanismos sofisticados que se han ideado para su nombramiento y control. En tal esquema el poder de los jueces no es un poder delegado desde sus superiores. La lógica aquí es diametralmente opuesta a la existente en una empresa u otra repartición pública, donde el jefe o el gerente posee el poder, de forma que así como lo delega lo puede retomar. Sin embargo, insistimos, ello se ha trastocado en nuestros sistemas judiciales. Vemos comúnmente a las Cortes Supremas interviniendo directamente en causas que se encuentran a nivel de primera instancia y a jueces de diversos niveles influyendo, por vías formales u oficiosas, en lo que debe resolver un inferior. Sólo una concepción atomizada del Poder Judicial puede garantizar adecuadamente la independencia judicial y configurar, a la par, una barrera sólida contra los riesgos de corrupción que asolan al sistema. Si el poder se vuelve a radicar en los jueces se podrá lograr de mejor manera introducir mecanismos de control público sobre su accionar, impidiéndose que se escuden detrás de la institución judicial para no tener que justificar ni sus fallos ni sus actos. Obviamente, esta alternativa no implica terminar con los problemas de corrupción pero al menos permite circunscribirlos y facilitar su descubrimiento y sanción. Ciertamente el problema del corporativismo y de que el poder en los sistemas judiciales se concentre en la institución (y en su cabeza) más que en los jueces, presenta una incidencia distinta en los diversos países de América Latina. Existen algunos con Poderes Judiciales institucionalmente sólidos y estables, donde la lógica corporativa interna es sumamente fuerte, situación en la que se encuentran países como Chile, Costa Rica y Uruguay. Los hay con una evolución institucional mucho más débil, como Ecuador, Nicaragua, Paraguay, Perú o Venezuela. Pero en todos ellos basta con controlar –y a veces cambiar- a los integrantes de sus Cortes Supremas para obtener un control, por lo general, completo del sistema judicial. 3.Ante funciones mal definidas: ¿qué es corrupto? Prevenir o impedir el fenómeno de la corrupción pasa, entre otras cosas, por delimitar en forma clara el marco de competencias de una autoridad pública. Allí donde está claro lo que ésta debe y puede hacer, también lo está lo que no puede ni debe. Competencias de límites

imprecisos y, más aún, que exceden la definición más evidente de lo que debe ser la misión de una institución, favorecen conductas arbitrarias y, en definitiva, corruptas. Tratándose de los Poderes Judiciales al parecer carecemos de una definición mínima de su ámbito de competencias naturales. Sostener livianamente que ellos se dedican a resolver conflictos de relevancia jurídica, implica desconocer que parte importante de su labor hoy en día se traduce en servir de agencias administrativas para la tramitación de asuntos que no tienen nada de litigiosos. Pero aún prescindiendo de ello, ¿cuáles son los conflictos de relevancia jurídica que deben ser resueltos por el Poder Judicial?, porque también es evidente que no en todos ellos intervienen hoy los Poderes Judiciales y que tampoco sería bueno que lo hicieran. La respuesta a esta pregunta puede cambiar de país en país pero, en cualquier caso, debiera pasar por precisar las hipótesis en que el servicio de resolución de conflictos constituye en auténtico bien público. Como se sabe, frente a los bienes públicos el marcado deja de ser un eficiente asignador de recursos, justificándose la intervención del Estado en la provisión del bien pues de otra forma éste no se produciría o, de hacerse, se lo haría en un nivel subóptimo. Ello porque los bienes públicos no se consumen junto a su uso y es muy difícil, sino imposible, excluir de su goce a eventuales consumidores. Se genera el problema conocido como "del polizón", conforme al cual los sujetos eluden manifestar su disposición a pagar por estos bienes, esperando que otros lo hagan para así aprovecharse gratis del bien solventado por otro. No hay dudas que la defensa nacional, por ejemplo, constituye un bien público. No sería posible excluir a alguien de verse protegido una vez creado un ejército nacional. Se ha asumido en forma natural que la justicia reviste también tal característica. Sin embargo, al menos en el caso de la justicia civil y comercial, todo indica que la justicia se comporta como un bien privado, lo que implica que cada nuevo consumidor de este servicio excluye a uno potencial. El tema no es para nada trivial. Si la justicia es un bien privado quiere decir que el Estado, en su caso, está subsidiando a personas que pueden y deben pagar por tal bien, con lo que el gasto en la materia pasa a ser claramente regresivo. La justicia debe entonces enfrentar dos fenómenos claramente problemáticos de importancia para la corrupción. En primer lugar, siendo la justicia un bien privado, existen fuertes incentivos por parte de los privados para extender el ámbito de su competencia, pues de este modo reciben del Estado un servicio gratuito por el que, normalmente, debieran pagar. En segundo, pero derivado de lo anterior, los clientes del sistema se concentran fuertemente en las personas de mayores recursos, con una fuerte capacidad de presión sobre todo el sistema. No debe extrañar entonces que los tribunales en nuestros países se hayan convertido, en buena medida, en agencias cobradoras de deudas de las grandes empresas e instituciones financieras, para las cuales trabajan casi como una dependencia más, salvo por la sencilla razón de que no cobran por sus servicios. Clientes tan poderosos y monopsónicos alientan relaciones poco transparentes. La gratuidad de los servicios judiciales, al no alcanzar todos los costos directos (abogados) y nunca a los indirectos (tiempo) que importa recurrir a la justicia termina beneficiando exclusivamente a quienes tienen capacidad de pago para solventar esos otros costos directos e indirectos. Es más, el que no se cobre por los servicios judiciales lleva al colapso del servicio (se demanda más de lo socialmente óptimo), ello alienta la existencia de pagos informales por "apurar" la causa o por sortear el secreto que las envuelve. Tales pagos, obviamente, están en mejor condición de hacerlos quienes más recursos tienen, con lo que se acrecienta la regresividad del gasto en justicia, constituyendo, de paso, otra causa importante de corrupción en el sistema. Pero no sólo respecto a los asuntos que conoce el sistema las definiciones son imprecisas o derechamente erróneas. También lo son respecto a las labores específicas que en la

resolución de tales asuntos les corresponde asumir a los jueces. Esto es particularmente claro en los procesos penales de corte inquisitivo, donde los jueces deben asumir el rol de investigadores y, a la par, el de juzgadores, es decir, el de controladores de tal investigación. Esta confusión genera problemas a diversos niveles. Por lo pronto, las habilidades que, en principio, debe reunir un juez, son muy distintas a las que requiere un investigador. Las características que hacen a un buen juez son la serenidad, la ponderación, la capacidad de reflexionar y de no actuar precipitadamente, en fin, lo que más vagamente llamamos ser justo. Pero las características que pedimos a un buen investigador son bastante distintas: debe ser una persona ágil, dinámica, con mucha capacidad de trabajo en equipo, para adoptar resoluciones rápidas y actuar en escenarios diversos. Más allá de las ineficiencias que genera esta situación, el mayor problema que causa es la ausencia de control en una actividad de tanta trascendencia como es el ejercicio de la potestad punitiva estatal. El poder que da el manejo del instrumento penal sobre las personas es tal que conferido sin mayores restricciones constituye un incentivo demasiado poderoso para acciones corruptas. El control que sobre los jueces inquisidores puede ejercer una Corte no parece ser suficiente. En las otras materias el rol específico de los jueces tampoco se encuentra claramente definido. Más allá de lo que digan las leyes, que les imponen a los jueces la realización personal y directa de todas las diligencias jurisdiccionales que integran el proceso, por lo general los jueces sólo se limitan, como mucho, a revisar el trabajo que realizan sus subordinados, dejándose en forma exclusiva para sí solamente la dictación de los fallos, e incluso en esto es posible encontrar excepciones. El fenómeno de la delegación de funciones es otra de las causas serias de corrupción en los sistemas judiciales. Ello nuevamente obedece a razones estructurales y no a una supuesta desidia de los jueces para asumir sus responsabilidades. La delegación de funciones es consustancial a sistemas judiciales colapsados y basados en procedimientos escritos. No hay probablemente ningún otro sector estatal más reglamentado que el judicial, como tampoco haya otro que se conduzca más en la ilegalidad, por ello es común encontrar que varía en forma drástica de tribunal en tribunal qué es lo que exactamente hacen los jueces y demás funcionarios judiciales. El problema no está en reglamentar este sector, sino en hacerlo correctamente. Incluso es posible pensar en que menos reglamentación sería mejor por dos razones: para dar flexibilidad en la resolución de problemas muy concretos que la ley no puede proveer y para evitar que se dejen de justificar las resoluciones a través del expediente de apelar en forma genérica a lo dispuesto en la ley, aunque tal resolución nada tenga que ver con ella. 4.Justicia y servicio público En general, los servicios que se prestan a la comunidad son evaluados en función del grado de satisfacción que generan en quienes los utilizan y, en términos agregados, por cálculos de corte utilitarista, es decir, si ellos aumentan o disminuyen, en términos globales, el bienestar social. Choca esta idea con el rol contramayoritario que se le atribuye a la justicia. Es decir, con la noción de que la justicia tiene por finalidad reafirmar ciertos derechos, especialmente los esenciales de la persona humana, y que, en tal función, resulta indiferente si se aumenta o disminuye el bienestar social. Es más, el sistema judicial se justificaría, precisamente, para impedir que la mayoría lesionara los derechos de la minoría. Pero ¿es realmente a eso a lo que se dedican nuestros sistemas judiciales? Una primera constatación, solamente empírica, demuestra que sólo en un pequeño número de asuntos que ella conoce –ciertos casos constitucionales y criminales- se generan decisiones que podríamos llamar auténticamente contramayoritarias, donde están en juego derechos morales fuertes en palabras de Dworkin. En los restantes, los tribunales se limitan a intervenir en la resolución de conflictos que sólo interesan a las partes que concurren a ellos.

Se trata de derechos que están en el mercado, que pueden fluir libremente entre las personas a través de las transacciones que éstas realizan. En la generalidad de los casos ellas acuden a los tribunales para que les resuelvan un problema acaecido con ocasión de esas transacciones o por actos que afectan tales derechos, no habiendo, en principio, ningún obstáculo para evaluar el servicio que entregan los tribunales en función de si fueron o no capaces de resolver, en forma oportuna y eficiente, tal conflicto. Con los tribunales sucede en la actualidad aquello que la medicina superó a principios de siglo. Antes del trascendental giro iniciado por Freud, se decía que los médicos se dedicaban a curar enfermedades y no pacientes. Otro tanto se puede decir hoy en día de los jueces, los cuales -al menos en el discurso- se dedican a "hacer justicia" y no a de resolver conflictos. Más allá de las críticas que merezca el paradigma filosófico en el que apoya esta visión de la justicia y del rol de jueces y abogados, lo cierto es que este discurso se transforma en un eficaz mecanismo para evitar cualquier evaluación contingente del accionar de éstos. En los hechos, esta aproximación a la función judicial, que trasciende a las personas, se convierte en el mejor instrumento de defensa para evitar que esas personas puedan eregirse en controladores de esa misma función. Un sentido parecido juegan la complejidad, las más de las veces del todo injustificada, de los procedimientos judiciales y el lenguaje técnico altamente enrevesado que en ellos se emplean, así como la prohibición de comparecer en juicio sin asistencia letrada. Con ellos se persigue, realmente, tanto dificultar el escrutinio público de la labor judicial como evitar que otros –no iniciados- puedan intervenir en este sector, generando un poder monopólico en él para abogados. En términos económicos se trata de una conducta estrictamente racional por parte de los abogados, pero de muy nocivas consecuencias sociales. No hay nada más funcional a la corrupción que la falta de control. La idea de que sobre la justicia sólo pueden opinar y en ella sólo pueden actuar los abogados inhibe o, al menos, dificulta tal control. Existen así poderosos incentivos para mantener este statu quo. Quienes son docentes en las Universidades y tienen la misión de formar a los futuros abogados son, a su vez, abogados. Ellos se abstienen de criticar en las aulas a los jueces ya que, por lo general, también ejercen la profesión y no les es funcional enemistarse con el medio judicial. Por otra parte, el control ético de la profesión legal recae ya sea en el mismo gremio de los abogados o en los tribunales, ambos no se muestran muy interesados en perjudicar a sus "colegas". La noción de la justicia como encarnación de un fin trascendente se ha convertido también en uno de los principales obstáculos para la incorporación de criterios de gestión modernos al interior de los Poderes Judiciales. La propia estructura administrativa de los tribunales, tal como ya lo hemos mencionado, anticuada, caótica y poco profesional, facilita y alienta conductas desviadas. Ideas tan básicas, sobre las cuales deben estructurarse los procedimientos administrativos, aquí pasan a ser combatidas. Por ejemplo, en el mundo judicial no se acepta conferirles a las partes el carácter de clientes a los cuales hay que satisfacer. Un denunciante, por ejemplo, sólo es considerado como un insumo para el sistema, como una fuente de información, mas no como el destinatario de un servicio. Igualmente, una errada concepción del acceso a la justicia ha impedido establecer sistemas que racionalicen el flujo de ingresos a los tribunales permitiendo, por ejemplo, desechar asuntos por irrelevantes, con lo que éste podría concentrarse en los realmente importantes o en aquellos donde haya más y mejores posibilidades de éxito. Finalmente, y en lo más significativo para este trabajo, se ha minusvalorado, sino derechamente evitado, la generación de información útil y fiable sobre el funcionamiento del sistema, la que es vital para diseñar y ejecutar políticas sobre él, como también para controlar a sus integrantes en el desempeño de sus funciones. Ciertamente no es sencillo establecer indicadores de gestión sobre una actividad tan imprecisamente definida como la judicial (¿cuándo un juez es productivo? ¿Cuándo una sentencia es de calidad?), pero estas dificultades no son mayores que las existen al definir los mismos indicadores para otras

profesiones que ejercer funciones complejas y poco estandarizadas, como la de los médicos, lo que en ningún caso es argumento suficiente para desalentar la tarea de iniciar su elaboración, sobretodo si se asume que este tipo de desafíos hay que asumirlos por aproximaciones sucesivas, aceptando que se va a cometer errores pero estando dispuesto a aprender de ellos. No puede olvidarse en esta enumeración de condiciones negativas para la eficiencia y el control de la labor judicial, a la más paradigmática: el secreto. En general, los actos más trascendentales que integran la justicia no se hacen de cara a las partes, ni menos al público en general. El secreto desde luego alienta todo tipo de prácticas indebidas tendientes a superarlo. Desde contactos informales con los jueces y funcionarios, hasta derechamente la "compra" del acceso a la información (la famosa industria de las fotocopias en nuestros tribunales). Impide, adicionalmente, que la gente entienda la labor judicial, lo que lleva al público a formarse una imagen negativa de los servicios judiciales (todas las encuestas lo atestiguan) en buena medida producto del desconocimiento.

1. Los precedentes y el control de la arbitrariedad judicial
El sistema legal de nuestros países, con su raigambre en el derecho continental europeo define con gran desconfianza la función de los jueces. La demostración más palmaria de ello reside en el efecto relativo que se le asigna a sus sentencias. Al circunscribirse los alcances de ellas sólo al caso concreto en que se dictan, hace perder a los jueces el sentido general que tiene su función, que excede al conflicto concreto que la pone en movimiento. La existencia misma de jueces con carácter de funcionarios públicos sólo se puede justificar en la medida en que sean capaces de generar información de carácter global, útil para todos los ciudadanos. Las sentencias, si son predecibles, benefician no sólo a las partes que están litigando, sino a toda la comunidad ya que por medio de ellas pueden saber con certeza el sentido y alcance de las normas jurídicas que las rigen, para así poder ajustar su conducta a él. La inexistencia de precedentes desvaloriza al rol judicial. Los jueces pasan a entender su función como referida exclusivamente a cada uno de los casos particulares de que conocen, haciendo abstracción de las consecuencias sociales que debieran tener sus sentencias. Lo más significativo de ello, para los efectos de este trabajo, es que permite a los jueces cambiar sus fallos de caso en caso -aunque éstos sean similares-, sin quedar ligados por lo anteriormente resuelto. Si a esto se una la común ausencia de fundamentos en las sentencias judiciales, tenemos que en los hechos los jueces pueden fallar los asuntos sin mayores restricciones según sea su parecer en cada caso concreto. Ello, obviamente, se transforma en fuente de grandes arbitrariedades.

1. Las políticas de reforma judicial y el fenómeno de la corrupción
En un período de tiempo que para estos efectos resulta extremadamente breve, los Poderes Judiciales del Continente han pasado del más absoluto abandono a convertirse en uno de los sectores estatales que mayor atención concentran. Es recién a mediados de la década pasada cuando se ponen en marcha, tímidamente en un principio, los primeros programas de reforma que integran esta nueva oleada. En la actualidad, todos los países Latinoamericanos, sin excepción, están experimentando cambios relevantes en sus sistemas judiciales. Las razones para estar viviendo este extraño fenómeno son variadas y se han presentado con diferentes modalidades e intensidades en los distintos países. Los procesos de transición a la democracia y las nuevas demandas que ellos generan sobre los sistemas institucionales, el aumento de la inseguridad pública, el crecimiento económico y la incorporación de nuevos actores económicos que éste apareja, son sólo algunos factores detonantes de estas reformas. Pero más allá de las particularidades que presente el fenómeno reformista en los distintos países, hay un factor que se presenta como una constante en todos ellos: la presencia de agencias

internacionales, multilaterales o de gobiernos extranjeros que intervienen en la elaboración de diagnósticos, preparación de propuestas y ejecución de programas en todos estos países, participación que se ve alentada por los recursos que aportan y que hacen posible tales reformas. En un comienzo la presencia dominante fue la de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, sumándose luego agencias de otros países europeos -con mucha fuerza España en el último tiempo- y del Canadá, así como la propia Unión Europea. Pero quizás el salto cualitativo más relevante, dada la envergadura de los recursos involucrados, y que éstos dejan de ser donaciones para pasar a revestir la modalidad de préstamos, se da a partir de que el Banco Mundial y el BID comienzan a financiar programas de reforma a la justicia. En lo que sigue nos referiremos preferentemente a estos programas para evaluar su correspondencia con el objetivo de atacar el problema de la corrupción en los Poderes Judiciales Latinoamericanos. Si bien el fenómeno de la corrupción ha sido un tema generalmente presente durante el diseño de los programas de reformas judiciales en nuestro Continente, no tenemos información de que éste aparezca en ninguno de ellos como un objetivo explícito de los mismos. Cuando más, se lo analiza como un elemento del diagnóstico que da lugar a las propuestas concretas de reforma. Pero esta falta de explicitación no sería tan grave si, en los hechos, los programas contuvieran medidas -reformas- derechamente orientadas a combatir el fenómeno. Por lo demás bien podría sostenerse que no aludir al tema de la corrupción puede obedecer a una consideración estratégica necesaria para impulsar los cambios. Sin embargo, a nuestro parecer ello tampoco sucede, pues las propuestas no se encuentran orientadas hacia superar los problemas estructurales que hemos afirmado constituyen la raíz del fenómeno de la corrupción judicial. Es más, muchos de los cambios, propuestos, como pasaremos a ver, vienen precisamente a fortalecer algunas de las características de nuestros sistemas judiciales que hemos calificado como disfuncionales. 7.1Las reformas administrativas La reforma judicial que está siendo impulsada por los Bancos se centra fuertemente en los cambios administrativos, al punto que han llegado a hacerse sinónimos los conceptos de modernización de la justicia y de reforma a la gestión judicial. Estos cambios comprenden la profesionalización de las labores administrativas en los tribunales; la estandarización de los procedimientos que se utilizan en su interior; el aprovechamiento de economías de escala centralizando funciones que se encuentran disgregadas entre los distintos tribunales; la introducción de sistemas informáticos en el manejo de los casos, y la incorporación de indicadores de gestión. Tras estos cambios está la idea de que el Poder Judicial no es distinto a cualquier otra institución que provee servicios y que, por lo tanto, puede ser organizada más eficientemente si se le incorporan las técnicas que la gestión moderna ha definido para este tipo de instituciones. Se trata, como se sabe, de nociones extraídas desde la empresa privada, las que han sido adaptadas, en alguna medida, a las particularidades de lo público. Esta adaptación es posible y fructífera pues si bien las instituciones públicas se diferencian de las privadas en que carecen de un dueño y en que no poseen un indicador de éxito tan preciso y severo como lo es el mercado, lo cierto es que comparten con ellas el ser organizaciones jerarquizadas destinadas a la producción de un bien y servicio. Ser una institución verticalizada, según hemos dicho, no debiera ser una característica del Poder Judicial, razón por la cual se requeriría en este caso proceso adicional de adaptación de los criterios de gestión que, creemos, no se ha hecho.

No hacerlo entraña el riesgo de que la modernización administrativa de los tribunales no implique otra cosa que fortalecer el poder de control que detentan principalmente las Cortes Supremas y, en menor medida, las Cortes de Apelaciones, por sobre los restantes jueces. Que se reafirme así la errónea idea de que los jueces actúan por delegación de sus superiores. Ello producto que los cambios antes reseñado se han materializado, en buena medida, a través de la creación de instancias que centralizan las labores y poderes administrativos bajo la directa tuición de las Cortes. Se ha ido imponiendo un modelo de gestión en que los jueces no sólo pierden funciones administrativas -lo cual es correcto-, sino que también pierden, en favor de sus superiores, el control sobre estas funciones y sobre las definiciones estratégicas que las animan, -lo cual es incorrecto-. Así no es de extrañar que a consecuencia de estas reformas se creen instancias dependientes directamente de las Cortes Supremas parta que asuman competencias administrativas que antes se encontraban desperdigadas en el Poder Judicial -como es el caso de la Corporación Administrativa del Poder Judicial en Chile-. O que tales competencias en los nuevos circuitos judiciales centralizados recaigan directamente en las Cortes de Apelaciones -como es el caso de Venezuelaquedando marginados de ellas los jueces. Pero no es sólo el contenido de los cambios el que fortalece una estructura verticalizada de los Poderes Judiciales, sino en forma quizás aún más importante lo es la estrategia con la que éstos son impulsados. Animados por la correcta intención de hacer las reformas con los jueces y no contra los jueces, se ha colocado a los propios Poderes Judiciales como actores privilegiados de las reformas. Sin embargo, ello se ha traducido, en la práctica, en otorgar a las Cortes Supremas o a los Consejos de la Judicatura la calidad de únicos interlocutores válidos sobre el contenido, alcance y tiempos involucrados en los cambios, asumiendo que ellos son los representantes de la institución completa. Cuando más, se han realizado reuniones informativas y talleres con el resto de los funcionarios judiciales, pero sin atribuirles a éstos un rol realmente importante en las decisiones. Tras lo anterior está la visión de que el cambio organizacional, para ser efectivo, debe, antes que nada, comprometer a los líderes de la organización. Sin líderes jugados por los cambios, dispuestos a asumir los costos que ellos involucran, es difícil, sino imposible, que éstos tengan éxito. Como se ve al Poder Judicial como una sola gran institución, a la que se juzga con los mismo parámetros que le serían aplicables a cualquier otra organización, parece como natural concluir que hay que negociar con los jefes de ella, quienes serían precisamente los ministros que integran las Cortes Supremas. Tal estrategia ha llevado a desaprovechar oportunidades de cambio circunscritas a niveles inferiores a las Cortes en sectores más proclives a los mismos, entrando en una compleja trama de negociaciones con las Cortes Supremas que no sólo mediatizan las reformas, sino que también muchas veces les restan sus alcances más prometedores. Se refuerza así, una vez más, la idea de que el "poder" dentro del Poder Judicial corresponde a los ministros de las Cortes Supremas, entregándoseles el control de muchas decisiones que anteriormente se tomaban -aunque fuera mal- en forma descentralizada. Incluso siguiendo los criterios de gestión más modernos vigentes hoy en el mundo privado, donde se tiende a la configuración de instituciones más aplanadas, este excesivo centralismo parece inconveniente. Pero, insistimos, ello es aún más grave tratándose del sistema judicial, cuya horizontalidad es clave para el correcto cumplimiento de sus objetivos.

Las reformas administrativas tienen, por lo general, otra consecuencia directa e importante sobre el fenómeno de la corrupción. Ellas, por lo general demandan fuertes inversiones de recursos, inversiones cuyo control queda en manos de las más altas autoridades de la institución. Hemos dicho que los Poderes Judiciales no se caracterizan por administrar correctamente sus dineros. No existen pautas ni procedimientos adecuados para manejar siquiera sus exiguos presupuestos actuales. La llegada de grandes sumas para inversiones cae entonces en un terreno poco apto para su manejo profesional y correcto. Resulta corriente ver, por ejemplo, que las asesorías y nuevos contratos que se generan en estos períodos terminan favoreciendo a parientes o personas cercanas a la cúpula del Poder Judicial. Aún en los casos en que no se producen irregularidades graves, es común que los tribunales, por su inexperiencia, queden casados con contratistas inescrupulosos, dilapidando fuertes sumas de dinero. En el área informática existe una larga lista de ejemplos de lo que venimos diciendo. 7.2Reformas orgánicas a los tribunales Por reformas orgánicas nos referimos a aquellas que afectan la estructura de los tribunales, su gobierno y su sistema de personal. Las más relevantes de las primeras son aquellas generadas con ocasión de los cambios administrativos a los que ya nos hemos referido, razón por la cual no nos extenderemos en ellas. La reforma paradigmática en los últimos años sobre el gobierno del Poder Judicial, es la que ha generado Consejos de la Judicatura a la cabeza de los mismos con la finalidad de abrir al Poder Judicial a otras visiones sobre su accionar, tratando, por una parte, de quebrar el corporativismo existente en su interior y, por la otra, de generar un impulso externo potente hacia los cambios que requiere el sistema judicial. En principio, la idea de los Consejos pudiera parecer funcional al objetivo de reducir a las Cortes Supremas a su rol jurisdiccional, estableciendo otro órgano encargado de adoptar las políticas más importantes sobre el sistema. Sin embargo, este efecto escasamente se ha logrado. Los Consejos presentan el problema de transformarse en implantes de ingeniería constitucional difíciles de asimilar dentro de la cultura de nuestros sistemas políticos y judiciales. Su funcionamiento correcto exige diseños institucionales sofisticados, que raramente se obtienen, en donde se equilibren debidamente los distintos actores interesados en ejercer su poder en él. El problema con estos Consejos, aún no resuelto, es que si se los pone demasiado cerca de las Cortes Supremas -por su composición o funcionamiento- rápidamente pueden quedar sometidos a ellas y a las lógicas judiciales. Si se opta, al revés, de separarlos más drásticamente, generalmente se generan pugnas de poderes entre éstos y las mismas Cortes Supremas que paralizan su accionar, a la par que se convierten los Consejos en entidades con un alto grado de politización. Tampoco los Consejos se han convertido en motores importantes de las reformas, las que por su propia naturaleza requieren un soporte político que son otros los llamados, dentro de nuestra institucionalidad, a otorgar. En general, las reformas judiciales más promisorias son aquellas que han tenido su impulso en los Poderes Ejecutivos y, en menor medida, en los Parlamentos. Los Consejos, por su estructura colegiada similar a las Cortes Supremas, son instituciones estructuralmente poco aptas para asumir los costos que importa hacer una reforma. Las nuevas normas sobre personal que se han dictado al alero de las reformas, que se refieren a los mecanismos de selección, promoción, evaluación o control, invariablemente se han traducido nuevamente en otorgarles mayores facultades a los superiores por sobre los restantes funcionarios judiciales.

Hay dos aspectos especialmente sensibles en esta área que quisiéramos relevar. El primero de ellos es la tendencia a excluir en el proceso de selección o promoción a actores ajenos al mismo Poder Judicial con lo que, supuestamente, se terminaría con el tráfico de influencias que ello genera y con la necesidad por parte de los jueces de contar con "padrinos" políticos, con los cuales se queda eternamente endeudado. Sin embargo, el sólo cambio de la persona encargada de hacer los nombramientos nada cambia al respecto, sólo traslada de una autoridad a otra los mismos compromisos y situaciones indebidas. La estrategia correcta para profesionalizar los sistemas de selección y promoción pasa ya no por cambiar a quien designa, sino por hacer verdaderamente transparentes y competitivos los mecanismos de designación, de forma tal que queden patentes los criterios meritocráticos asumidos en ellas. El segundo tema sensible es la evaluación de desempeño. Uno de los componentes indispensables para poder hacer gestión dentro de un sistema es poder medir y comparar resultados. Ello permite a la par que definir políticas y corregir errores, incentivar a los más capaces y motivados. Introducir sistemas de evaluación de desempeño dentro de los Poderes Judiciales ha demostrado ser uno de los cambios más complejos. Por una parte, por lo mal definidos y vagos que son los objetivos del sistema, lo que impide apreciar con claridad cuando se está o no cumpliendo con ellos. Pero hay otros problemas adicionales que dicen directa relación con el objetivo de esta presentación. Tratándose de los empleados judiciales uno de los mayores problemas es si se debe evaluar el trabajo que efectivamente hacen o aquél que la ley señala que deben hacer. El caos en la organización del personal, generalizado en los Poderes Judiciales del Continente, impide realmente evaluar. Es común que funcionarios de menor jerarquía y sueldo hagan trabajos de mayor complejidad y responsabilidad que el que efectúan los que supuestamente son sus superiores. La propia descripción de cargos es sumamente general y arbitraria, cuando existe. Es común incluso que labores dentro de los servicios judiciales son asumidas por personas que no están contratadas por el Poder Judicial, las que cobran directamente por sus servicios a las partes. En fin, el extendido fenómeno de la delegación de funciones, al que ya nos hemos referido, lleva a los empleados a realizar muchas labores cuyo carácter jurisdiccional es imposible de poner en duda. Mientras no se corrijan todas estas anomalías, insistimos, es difícil, sino imposible, establecer un sistema de evaluación de desempeño que tenga realmente sentido y que no se constituya, en sí, en una arbitrariedad. En lo que dice relación con los jueces, también se presenta el problema de funciones mal definidas o de una disociación entre lo que se dice que deben hacer y aquello que realmente hacen. Pero hay un problema adicional que ha llevado a sostener la inconveniencia de calificar a los jueces. La crítica se remite nuevamente al tema tantas veces mencionado por nosotros. El carácter de poder independiente del Estado que invisten cada uno de los jueces impediría que fueran calificados sin que por ello no se viera lesionada su independencia. Se dice que las calificaciones no tienen otro fin que alinear a los funcionarios dentro de la cultura de una organización: premiar a quienes se identifican con ella y reconducir a quienes se apartan de la misma. Las calificaciones son señales que se le emiten al funcionario respecto de lo que se espera de él, por lo que quien califica queda entonces en posición de definir lo que el Poder Judicial es y debiera ser. Ello se opondría al grado de libertad con que debe gozar cada magistrado en su accionar y con la estructura no piramidal de la organización judicial que ello demanda. La evaluación de desempeño, tal como hoy en día está siendo concebida, constituye también una herramienta que más que favorecer la existencia de un Poder Judicial transparente y limpio, potencia la verticalidad del mismo y la mantención de conductas indebidas. Se comprueba esto último al apreciar que, en la generalidad

de los casos, los mecanismos de calificaciones no operan como eficaces sistemas para premiar a los mejores funcionarios, sino como una forma para sancionar a los que se apartan de la norma, sin tener que recurrir para ello a los complejos mecanismos disciplinarios, ni tener que fundamentar tal juicio de demérito. 7.3Creación de Escuelas Judiciales La capacitación es una de las herramientas que integran cualquier una política de personal. Como tal lo correcto sería haberla tratado junto a las reformas estudiadas anteriormente. Sin embargo, respecto a la justicia se depositó en un momento una esperanza desmedida en el perfeccionamiento de los jueces, pasando a considerarse a la creación de Escuelas Judiciales como una de las estrategias más importantes y promisorias sobre el Poder Judicial en su conjunto. Hoy, fruto de esos esfuerzos, casi todos los países del Continente poseen instancias de capacitación judicial con algún grado de consolidación. Los resultados que ellas han arrojado distan mucho, eso sí, de justificar todas esas esperanzas. Dos razones explican estos magros resultados. Por una parte, lo ya dicho. Las deficiencias en el trabajo judicial no se deben, en buena medida a que éstos sean ignorantes y no sepan cómo hacerlo bien, sino a las condiciones estructurales en las que se desenvuelve su función. Tratar de trasmitirles, por la vía de la capacitación, una forma distinta de hacer las cosas que aquella que les impone el medio sólo conduce a que se produzca una disociación entre los que se enseña en los cursos y talleres y la cruda realidad que deben enfrentar los asistentes a esas actividades cuando deben volver a sus despachos. Se produce una verdadera esquizofrenia entre lo que enseñan las Escuelas y lo que sucede en los Tribunales. De qué le sirve a un juez escuchar, por ejemplo, que debe terminarse con la delegación de funciones, si al volver a su tribunal está imposibilitado en la práctica de asumir todas las funciones jurisdiccionales que le corresponden. Claro, otra alternativa, seguida por algunas Escuelas, ha sido asumir esta realidad y capacitar, por ejemplo, a empleados judiciales para que realicen bien las labores de contenido jurisdiccional que en los hechos están asumiendo. Como se entenderá, tal alternativa no sirve eso sí para solucionar los problemas del Poder Judicial, sólo es útil para consolidar las situaciones que deseamos superar. Una segunda razón recae en las limitaciones existentes para fijar contenidos y, sobretodo, metodologías adecuadas de capacitación. Las Escuelas han tendido a transformarse en organismos rígidos, en donde se transmite una enseñanza bastante tradicional y formal que sigue los parámetros de la educación que se imparte en las Facultades de Derecho. Incluso en su operatoria y en los criterios que sustentan las Escuelas se han convertido en otro eficaz mecanismo con que cuenta el propio Poder Judicial para introducir a sus integrantes a sus propias lógicas corporativas. Por otra parte, no existen tampoco mediciones precisas sobre el impacto que tienen las actividades de capacitación en el funcionamiento general del sistema. Ello se debe en buena parte a una cultura institucional que no otorga importancia a ese tipo de mediciones, pero también a la ausencia de modelos afinados que permitan hacerlas, e incluso a la carencia de la información mínima para enfrentar ese desafío. En frente al problema específico de las cuestiones éticas involucradas en la función judicial, las respuestas directas que pueden dar las Escuelas tampoco son del todo satisfactorias. Talleres específicamente dedicados a los temas éticos parecen tener sólo un efecto circunstancial, sin lograr penetrar realmente en la cultura de los funcionarios. Los temas éticos, más que ser una disciplina, deben constituir un conjunto de directrices transversales, presentes al momento de resolver cualquier

problema que deban enfrentar los jueces. Sobretodo, resulta claro que la ética no se enseña con discursos ni con prédicas, sino que con el ejemplo y con la administración de un adecuado sistema de premios y castigos. Es raro realmente que alguien caiga en conductas corruptas simplemente por desconocimiento -especialmente tratándose de abogados- aunque es cierto que ciertas habilidades para zafarse de situaciones comprometidas pueden ser enseñadas y aprehendidas. Si bien sostenemos que la capacitación no ha tenido un efecto demasiado importante hasta ahora en cambiar a los Poderes Judiciales -y controlar por ende el fenómeno de la corrupción en su interior-, no implica tal afirmación desconocer que ella constituye una herramienta esencial para acompañar y viabilizar cualquier cambio que se quiera introducir en este sector. La idea es que pura capacitación, sin cambios sustantivos, tiene efectos restringidos; pero que cambios sustantivos, sin capacitación, son imposibles de llevar a cabo. 7.4Desjudicialización y solución alternativa de conflictos Una de las estrategias más promisorias de cambio en los sistemas judiciales es aquella tendiente a la desjudicialización y a la creación de instancias alternativas de resolución de conflictos. Las iniciativas al respecto, impulsadas fuertemente por los Bancos Multilaterales y otras agencias, han sido sin dudas un acierto. Una de las causas importantes de la corrupción, como ya dijimos, es la presencia monopólica al interior de los sistemas judiciales de los abogados. Los mecanismos alternativos cuestionan fuertemente el rol hasta ahora privativo de los abogados, permitiendo que otros profesionales intervengan activamente en la resolución de los litigios. Pero el efecto antimonopolio de estos sistemas es de alcances aún más bastos. En general los Poderes Judiciales sí son en nuestros países servicios monopólicos ya que muchos de los conflictos, sino la gran mayoría, sólo pueden ser solucionados recurriendo a ellos. Ello sucede así ya sea porque hay normas legales que les confían tal monopolio en determinados tipos de asuntos, como porque en los restantes, en los hechos, no existen a disposición de las partes otras vías donde acudir para su solución. En definitiva, los mecanismos alternos vienen a crear competencia por la provisión del bien justicia, lo que permite hacer una suerte de bench marking entre ambos sistemas para poder comparar y saber cuál es más eficiente. Con ello se puede resolver el fuerte problema de agencia que aqueja a los Poderes Judiciales. Como se sabe, este problema se genera cuando la persona que encarga una tarea, llamado principal (en este caso la ciudadanía toda), no puede monitorear adecuadamente al que la debe realizar (en este caso, los jueces), con lo que ellos pueden desviarse inadvertidamente de los objetivos del principal en pos de los suyos propios. Aquí este problema se genera principalmente porque se trata de un servicio con contornos imprecisos, otorgado por funcionarios públicos que gozan de amplia independencia en su accionar. Ambos elementos dificultan enormemente el monitoreo de la conducta de estos funcionarios para saber si se enmarcan o apartan del objetivo de su mandato. Comparar lo que hace el sistema público de justicia, con los resultados del privado permite, al menos en parte, superar estas dificultades, a la par que evidenciar las conductas desviadas que eventualmente se generan en el primero. Obviamente, la masificación de los sistemas alternos apareja nuevos problemas, algunos íntimamente vinculados a los éticos, como ser los relativos a la regulación de las calidades de los mediadores, de su código de conducta y del control de sus acciones.

Los procesos de desjudicialización propiamente tales persiguen, por su parte, la exclusión de la competencia de los tribunales de asuntos en que no hay envuelto un conflicto entre partes y su desviación hacia una agencia administrativa distinta o derechamente hacia mecanismos de mercado de solución. Ellos favorecen una mejor conceptualización del rol del Poder Judicial, lo que también las posibilidades de ejercer un control efectivo sobre su quehacer. 7.5Reformas procesales Hay dos tipos de reformas procesales, aquellas que implican un simple mejoramiento de los procesos, ya sea para su perfeccionamiento técnico o para su simplificación y aquéllas que implica una redefinición profunda del sentido y rol de la función judicial. Quizás en el caso de estas últimas llamarlas reformas procesales, por mucho que afecten a los respectivos códigos, les resta importancia y trascendencia. Sobre las primeras poco tenemos que decir, ya que tal como hemos señalado no significan cambios realmente importantes a los factores estructurales que hemos revelado como claves para entender el fenómeno de la corrupción en los Poderes Judiciales. Las segundas, en cambio, apuntan derechamente a releer el rol constitucional y social de los jueces en función de criterios muy diferentes a los que tradicionalmente se han considerado. La reforma por antonomasia a que nos estamos refiriendo es la reforma procesal penal que casi todos los países Latinoamericanos, imbuidos dentro de un asfixiante sistema inquisitivo, han puesto en marcha, aunque con diferentes énfasis e intensidades. Tales reformas buscan instaurar en nuestros países juicios acusatorios, orales y públicos, medidas todas que apuntan precisamente a solucionar las deficiencias institucionales de los Poderes Judiciales que hemos puesto como causas de la corrupción en su interior. Primeramente porque estas reformas horizontalizan o aplanan a los Poderes Judiciales. El sistema inquisitivo, al reunir las funciones de investigación y de control de esa investigación en un mismo juez, como asimismo al designar para el juzgamiento a un juez unipersonal, debe recurrir en forma reiterada a la revisión por parte de los tribunales superiores de lo obrado por esos magistrados de forma tal de controlar, aunque sea mínimamente, el amplio margen de arbitrio que poseen. Esta necesidad de atenúa drásticamente en el sistema acusatorio al separarse las funciones de investigación y control de tal investigación y, principalmente, al establecerse que el juicio se debe realizar ante un tribunal colegiado o de jurado. Tal situación permite eliminar las revisiones obligadas de los fallos que en muchos países existen, aunque ninguna de las partes haya reclamado del fallo, e incluso permite eliminar el recurso de apelación sobre la sentencia definitiva dejando subsistente sólo el de casación, donde se conocen solamente los aspectos legales involucrados, con el fin de estandarizar criterios jurisprudenciales. La misma separación en las funciones de investigación y control de la investigación, en manos de dos órganos distintos y, en alguna medida, competitivos, permite un control efectivo de la etapa más sensible a acciones indebidas dentro del proceso penal. Se deja a los jueces en su rol propio, el de resolver los conflictos que afecten o puedan afectar derechos de las personas y a otra entidad distinta sostener el interés punitivo del Estado y realizar las diligencias que ella demanda. La oralidad en estos sistemas permite terminar con el extendido y nocivo fenómeno de la delegación de funciones, así como hacer posible realmente la publicidad de las actuaciones, que es otro de los principios que orientan todo el nuevo proceso. La existencia de juicios orales y públicos es clave en un sistema que no sólo valoriza sino que busca el control popular de las actuaciones judiciales.

Lamentablemente los Bancos se han quedado en las primeras reformas, los meros cambios adjetivos en los códigos de procedimiento y han sido renuentes a entrar de lleno en la segunda, fundamentalmente por las reticencias que manifiestan con todo aquello relacionado con el ámbito de lo penal.

2. Políticas para afrontar la corrupción
Según hemos venido diciendo, la única forma eficaz de superar los problemas endémicos de corrupción en nuestros poderes judiciales es superar la visión episódica y casi anecdótica que tenemos del tema, pasando a reconocer y a afrontar derechamente las profundas disfunciones que éstos manifiestan y que constituyen las reales causas de los serios problemas de corrupción que los aquejan. Ello exige replantearse de raíz las funciones que están llamados a desempeñar los jueces en una democracia y construir, a partir de ellas, la mejor organización para que puedan cumplir con tales cometidos. En estas materias, lamentablemente, tendemos a alterar el orden natural de las cosas: primero definimos las instituciones y su composición, para luego precisar qué es lo que deben hacer sus integrantes. Tal replanteamiento debe dar origen a cambios sustantivos, en torno a los cuales deben construirse los sistemas de apoyo adecuados para su materialización. Así, por ejemplo, las reformas administrativas urgentes e indispensables en los Poderes Judiciales sólo tienen sentido en la medida que hemos precisado adecuadamente qué es lo que se debe administrar. De otra forma se corre el riesgo no sólo de malgastar las ingentes cantidades de dinero que éstas demandan, sino, y esto es mucho más grave, de causar con ellas nuevas y más complejas disfunciones, tal como señalamos anteriormente. Sólo la definición acertada de los roles judiciales permitirá una correcta definición del papel que, a su vez, le corresponde jugar a los empleados judiciales, evitando las indefiniciones y contradicciones que hoy en día existen. Tales definiciones, creemos, deben necesariamente llevar a construir una institución en que el poder se encuentra diluido entre los distintos jueces y que la jerarquía sólo guarde relación con las etapas de revisión que necesariamente puede sufrir un caso antes de estar concluido, pero sin que ellas aparejen una situación de superioridad de unos jueces frente a otros. Es perfectamente posible construir un sistema judicial con tales características, sin renunciar a la modernización del mismo, por lo que no debe tildarse de utópica nuestra sugerencia. Nada impide, por ejemplo, la creación de tribunales de instancia compuestos por una pluralidad de jueces cuyas dimensiones posibiliten radicar en ellos las decisiones de gestión más importantes: contratación y manejo del recurso humanos, planificación y presupuestación, adquisiciones, mantenimiento, etc. En tal esquema pueden ser los propios jueces en instancias de gestión que ellos gobiernen los que fijen sus objetivos estratégicos. Ciertamente este trabajo podría fortalecerse a través de instancias de coordinación con los restantes tribunales, pero sin que ello implique una concentración de funciones en la cúpula del servicio. Tampoco habría problema para que determinadas materias sí se asumieran centralizadamente, por razones de economía de escala, como podrían ser las inversiones, claro que en ellas es indiferente –en lo que a independencia judicial se refiere- si actúa una Corte Suprema o simplemente una autoridad administrativa. Esto es lo que se está haciendo en Costa Rica, donde el modelo de circuito judicial, a diferencia del común, persigue como objetivo aplanar la organización judicial, situando a nivel del mismo circuito y en forma participativa las decisiones claves de la organización. El Segundo Circuito Judicial de San José, Costa Rica, según la propuesta de su creación, consulta como su máximo órgano ejecutivo a una entidad integrada por los Coordinadores de los Consejos de Gestión existentes en los diversos niveles de tribunales que engloba el Circuito (Jueces de Segunda Instancia, de Primera Instancia, Alcaldías, Defensa Pública,

Ministerio Público) y representantes del Consejo de Gestión del Ámbito Administrativo, de los empleados judiciales, de los usuarios y el Administrador General del Circuito. Este Consejo cuenta, además, con un ente consultivo, denominado Asamblea General, que reúne a todos los funcionarios del Circuito. Otro tanto es lo que se está haciendo con los profundos cambios administrativos que acompañan a la reforma procesal penal chilena próxima a entrar en vigencia. En ella buena parte de las decisiones administrativas, como las de gastos y personal, que antes competían a la Corte Suprema, son descentralizadas ahora en los nuevos y grandes tribunales que se crean, bajo la directa tuición de los profesionales encargados de su administración. Tribunales de mayores dimensiones a los actuales, permitirían establecer instancias de evaluación inter pares de los jueces que los integran, lográndose así compatibilizar el necesario control que este sector demanda, con la independencia interna que debemos garantizar a los jueces. Tales medidas debieran ir acompañadas con otras tales como dotar de transparencia todos los procesos judiciales, cobrar por los servicios judiciales, subsidiando solamente a aquellas personas que realmente carecen de recursos, con lo que se evitarían muchos de los cobros indebidos; vincular a los jueces estrechamente con lo que resuelven de forma tal que deban justificar adecuadamente las veces que cambien de criterio para resolver casos similares; establecer sistemas eficientes de recolección y procesamiento de denuncias de actos de corrupción, así como en general de la información sobre el funcionamiento del sistema, y, finalmente, poner en operaciones sistemas que premien y castiguen a los funcionarios conforme sea su comportamiento en el servicio. Sólo en tal contexto cobran sentido y podrán tener realmente efectos cambios en la composición de los Poderes Judiciales y modificaciones en los sistemas de selección y capacitación de los jueces y demás funcionarios. Muchas veces se olvida, al tratar los problemas de corrupción en el Poder Judicial, que éste no escapa a la ecuación básica enunciada por Klitgaard, conforme a la cual el fenómeno puede formalizarse de la siguiente manera: Corrupción = poder monopólico + arbitrio - responsabilidad Nos encontramos precisamente en este caso con una institución que ejerce un poder monopólico en su función propia, que lo ejerce con altas dosis de arbitrio y, además, con escasas cuotas de responsabilidad. Siendo así, nada debería extrañarnos encontrarnos con los niveles de corrupción existentes hoy en día en los poderes judiciales de Latinoamérica. Cualquier política seria, entonces, que quiera enfrentar el fenómeno, deberá hacerse cargo de cada uno de los términos de dicha ecuación de la forma como venimos indicando, mas ello sólo se podrá lograr en la medida que devolvamos el Poder Judicial a los jueces y que renunciemos a convertir a este sistema en una institución jerárquica y burocratizada. Referencias Bibliográficas Correa, Jorge y Barros, Luis Ed., 1993 Justicia y Marginalidad. Percepción de los Pobres Corporación de Promoción Universitaria: Santiago. Correa, Jorge; Peña, Carlos y Vargas, Juan Enrique, 1999 Poder Judicial y Mercado. Informes de Investigación Nº 2, del Centro de Investigaciones de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales: Santiago.

Hammergren, Linn, 1999 "Quince Años de Reforma Judicial en América Latina: dónde estamos y por qué no hemos progresado más. En Reforma Judicial en América Latina: Una Tarea Inconclusa. Corporación Excelencia de la Justicia: Santa Fe de Bogotá. Klitgaard, Robert, 1992, Controlando la Corrupción. Ed. Quipus: La Paz. Poder Judicial. República de Costa Rica, 1996, Propuesta Sobre el Modelo a Desarrollar en el Segundo Circuito Judicial de San José. Documento sin pié de imprenta. PROVEA, 1996, El Banco Mundial y la Reforma Judicial en Venezuela. Estudio de caso. Provea: Caracas. Vargas, Juan Enrique, 1999 "Políticas de Modernización del Sistema de Personal del Poder Judicial Chileno", En Reforma Judicial en América Latina: Una Tarea Inconclusa. Corporación Excelencia de la Justicia: Santa Fe de Bogotá.

Revista Trimestral

Año XII,

No. 3, Mes Septiembre 2006

ISSN 1027

TITULO: Marginalidad y Conducta Social TITLE: Marginality and Social Behaviour AUTORES: MSc. Raquel Cruz Betancourt. Profesora Asistente * e-mail:raquel@fe.uho.edu.cu

Asesora de Proyectos Comunitarios del Departamento de Extensión Universitaria. Universidad “Oscar Lucero Moya”. Avenida XX Aniversario. Piedra Blanca. Holguín. RESUMEN: Aborda criterios sobre conducta y marginalidad. Describe el término según estudio investigador mexicano Rogelio Marcial; comenta sobre comportamientos tanto progresistas com reaccionarios de grupos juveniles en el mundo contemporáneo, así como elementos culturales que brindan los barrios marginales. PALABRAS CLAVES: MARGINALIDAD, TERCER MUNDO, POBREZA, CONDUCTA

ABSTRACT: The present article deals with behavior and marginality. It describes the term acco the studies by the Mexican investigator Rogelio Marcial. It comments on progressist as well as behavior of youth groups in our contemporary world and at the same time, on the positive cult elements offered by marginal neighborhoods. KEY WORDS: MARGINALITY, THIRD WOLD, POVERTY, BEHEAVIOUR INTRODUCCION

En el contexto tercermundista, las posibilidades de instrucción y de formación integral del hom inmersas en un sistema de explotación cuyas desigualdades son profundas y la pobreza materi espiritual se hace patente en grandes grupos humanos.

Las llamadas malas conductas, desviaciones y/o actos delictivos en jóvenes de estas naciones analizadas desde varias perspectivas. En la generalidad de los estudios sobre conducta antisoci enuncian causas similares: la pobreza, la falta de instrucción, falta de empleo y la insalubridad los barrios marginales. Sin embargo, la población marginal también expande elementos positiv culturas regionales, cuestión poco reconocida por los investigadores. MATERIAL Y METODOS

Se utilizó la metodología cualitativa con el uso de diversas técnicas y procedimientos que perm reflexionar respecto a la relación que existe entre marginalidad y conducta social. El análisis de documentos y de los diversos paradigmas usados para estudios de marginalidad y conducta fue directa de este trabajo, esencialmente algunas teorías aportadas por investigadores latinoamer la última década del siglo pasado. (Marcial, Cooper, entre otros). RESULTADOS DEL TRABAJO

Resumiendo múltiples estudios realizados sobre las causas de la criminalidad, Kliksberg identifica tres factores generales que aumentan la incidencia criminal en América Latina: - La ociosidad por desocupación de la gente joven. - El deterioro y descomposición familiar. -La falta de deserción escolar, de más de un 50% de los estudiantes, en escuela primaria. Todos estos factores fueron identificados por Adler desde inicios del siglo XX en sus estudios sobre las causas de la criminalidad y el neuroticismo como factores predisposicionales negativos. Familia, trabajo y escuela son todos elementos importantes a trabajar si queremos prevenir un sentido de comunidad deficitiario. En su libro, El sentido de la vida (1935), Adler identificó algunas características específicas de la personalidad criminal, sugiriendo8 una tipología de la conducta desviada: - Muestran dificultades de tener amistades con todo el mundo limitándose a buscar solo a sus iguales. - Tienen un sentimiento de superioridad distorsionado que les lleva a pensarse como superiores a sus víctimas. - Distorsionan y exageran su criminalidad jactándose de cometer más crímenes de los que realmente han cometido. - Sienten que, en su superioridad, no serán atrapados en sus fechorías. - Usualmente dan muestra de sus tendencias desde temprana edad. - Muestran carácter hostil. - Se muestran desapegados. - Sucumben fácilmente a la tentación. - Crece en medio de necesidades y escaseces, en una actitud, por así decirlo, de protesta contra la existencia, viendo a diario la buena vida que se dan no pocos de los que le rodean, y sin que nadie intente estimular su sentimiento de comunidad 5; - Pueden caer en la seducción de las adicciones o toxicomanías, a

las que Adler llama, el vicio insuperable - En sus infancias han sufrido múltiples formas de abandono. - Muestran timidez o propensión al aislamiento. - Muestran hipersensibilidad que les causa impaciencia, irritabilidad y síntomas nerviosos como angustia o depresión. - Muestran un fuerte deseo de dominar. - Pueden mostrarse con indecisión y desaliento. - Buscan aliviar o evadir sus responsabilidades. - Por ende, y quizás su conclusión más importante, tienen un débil, deficiente o alterado sentido de comunidad. Para Adler, de nuevo coincidiendo con la visión del ser humano nato bueno que encuentran los teóricos humanistas, no existe el criminal innato sino que es totalmente producto de sus deficiencias en el desarrollo de ese sentido de comunidad. O sea, la criminalidad es producto de la deficiencia social. En palabras de los mexicanos Laura Suarez y López Guazo8, esta deficiencia puede conducir al fracaso que motiva a los niños difíciles, neuróticos, psicópatas, suicidas y criminales; a las prostitutas, alcohólicos, pervertidos sexuales y demás componentes del lumpen proletariat, soslayando estos factores existentes también entre la burguesía, quienes requieren, para él [Adler], del interés social para su solución. 9 ¡Cuán interesante resulta este planteamiento donde la causa de la conducta desviada se establece como una de etiología social aunque el sufrimiento se encarna en la persona individual...y sobre todo, cuantas veces se deja de lado este esquema continuando con prácticas y actitudes de culpabilizar a la víctima, olvidando integrar el entorno o las concomitantes socio-históricas de la persona en sus decisiones! En síntesis, la causa de la criminalidad en Adler responde a tres postulados centrales de su teoría de la Psicología Individual: el sentimiento de inferioridad mal manejado, la necesidad de poder mal encausada, y al fallido o débil sentido de comunidad. El fracaso es una experiencia psicológica y social nefasta que produce estilos de vida nada saludables. Es inútil seguir trabajando con la persona aislada a su contexto sin ejecutar modelos de transformación social. CONCEPCIÓN SOCIOLOGICA El periodo primitivo ( hasta la aparición de las primeras sociedades esrtucturadas y organziadas ) se caracteriza por la ausencia de control social previo a

las primeras culturas dotadas de un poder civil capaz de ejercer un control sobre las conductas criminales. En este periodo aparecen claramente diferenciadas las sociedades y culturas que fundamentan los poderes políticos y sociales en una concepción teocrática ( periodo divino ), con una asociación de delito y pecado, y las que establecen el “ arreglo de cuentas “, entre los protagonistas del hecho, y que es conocido como perido de venganza privada. Ya en la época griega y romana se denota un cierto desmarque ( aunque no del todo ) del carácter estrictamente teocrático, dando entrada a factores sociales, que ya fueron apuntados en el código hindú creador de castas. Durante el periodo primitivo el control delito se materializaba en el castigo físico ( llegando frecuentemente a la muerte ), sin una vocación reparadora o social de la conducta delictiva. En ese sentido, Roma aporta dos novedades diferenciadoras, por una parte el efecto ejemplarizante de la pena impuesta ( individual como expiación e intimidatoria para el resto ), y por otra la retribución social del daño causado, lo cual se seguiría haciendo durante la edad media bajo un marcado condicionamiento religioso y dogmático que sigue asociando delito y pecado. A partir del Siglo XV con el florecimiento científico renacentista, aparecen las primeras corrientes sociológicas científicas en las que cabe reseñar la aparición de los primeros estudios estadísticos, lo cual y por sí solo supone una novedad, y que en el S XIX en las Escuelas Eclécticas se verá incrementada la proyección sociológica, con la novedad diferenciadora de la concepción del delito como fenómeno de masas ( Escuela Cartográfia, materializada en las Leyes térmicas de Quetelet S XIX ), Aplicando métodos cuantitativos. A diferencia de ésta, la Escuela de Marburgo o escuela sociológica alemana, abunda en el análisis global de la sociedad, a partir de lo cual ya en la escuela de defensa social se preocupa de buscar la conjunción de mecanismos que permitan a la sociedad ejercer un mejor control del crimen. Mención aparte y claramente diferenciada en cuanto a postulados, la escuela socialista representada por Marx y Engels a finales del S XIX, restringe y limita a cuestiones estrictamente económicas y de relaciones de desigualdad social y explotación de la clase trabajdora ( proletariado ) el fenómeno de la delincuencia, cuya solución sólo pasaría por el vencimiento de las mencionadas desigualdades. A finales del S XIX, las corrientes sociológicas sitúan el delito como una estructura normal que convive que otras, como parte integrante de una sociedad sana. Ya en el S XX cobra fuerza el análisis del delito como fenómeno social analizado y condicionado desde múltiples factores que interaccionan y desencadenan la conducta desviada, y en este sentido descatcan por encima de todas las teorías subculturales o de aprendizaje social y la anomia ( término acuñado por DurKheim en

Francia y posteriormente por Merton en EEUU ) y que pone de manifiesto la amplia franja entre objetivos, propuestas y necesidades que cumplir por los individuos o grupos en la sociedad, y los medios que cada uno de ellos de que disponen para poder cumplirlos, generando anomia cuando se recurre a cualquier medio ( en este caso el delito ), para satisfacer aquellas ofertas sociales que no pueden ser satisfechas por medios lícitos. Como ya se refirió, 1.876 es la fecha crucial en el campo de la criminología al publicarse en tratado antropológico del hombre delincuente de Lombroso, que supuso el punto de inflexión referente en el estudio de la ciencia criminológica y el nacimiento de las corrientes antagonistas, y ante todo supuso la gran virtud de dotar de rigor científico a algo que hasta el momento le era vedado al tratamiento de la criminalidad en todas sus facetas

Constitución de la conducta desviada.
Maravall elabora un modelo de constitución de la conducta desviada partiendo de la noción de Carrera. La conducta desviada es una meta, el final. Esa idea la extrae de Howard Becker de la escuela de Chicago, quien propuso la teoría del "etiquetamiento".

Cuando de dice que tales conductas son formas patológicas de comportamiento, se está olvidando que ellas responden a condiciones estructurales que las hacen posibles. Y esta patología estructural es violencia estructural. Se pueden distinguir 3 niveles de violencia. 1- Condiciones estructurales patológicas o violentas 2- Una respuesta patológica o violenta a tales

condiciones, que constituirá la desviación social activa 3- Una violencia consistente en la sanción o en la represión tales respuestas Es importante destacar que un nivel no conduce inmediatamente al otro. En el paso del nivel 1 al 2, la conducta desviada no es una respuesta mecánica. O sea, las condiciones estructurales patológicas son condiciones necesarias para la conducta desviada o violenta, pero no son condiciones suficientes. Para que la desviación activa, o la conducta delincuente puedan tener lugar, deberían darse ciertas condiciones "precipitantes", estudiadas por Sutherland entre otros. En el paso del 2 al 3, la conducta desviada no origina necesariamente la sanción o la represión. Es necesario también que ciertas condiciones accesorias se produzcan. Las condiciones estructurales patológicas o condiciones "necesarias" Merton, siguiendo la teoría de la anomia d Durkheim, dice que la conducta desviada, la violencia, la delincuencia, se originarían a partir de condiciones patológicas radicadas en el sistema y en la estructura social; o como afirma..."en tensiones socialmente estructurales"... Estas tensiones explicarían porque la frecuencia de la conducta desviada varía en diferentes estructuras sociales, porque las conductas desviadas adoptan formas distintas en diferentes estructuras sociales. ¿En qué consiste esa presión hacia la desviación social activa, hacia la violencia o hacia la delincuencia? Merton dice que en las culturas de las sociedades hay 2 elementos: El 1º son objetivos o fines definidos culturalmente (metas)

que son considerados legítimos En 2º lugar, hay modos de alcanzar tales objetivos, o sea "medios" institucionalizados y legítimos. Sucede que el acceso a estos medios, está diferencialmente distribuido entre diversas personas y grupos sociales. Por lo tanto, dice Merton, la respuesta desviada es una reacción normal a una situación de tensión. Que surge cuando un sistema de valores exalta ciertas metas de éxito comunes para la población en general. La desigualdad material sería la fuente principal de la conducta desviada. Sin embargo, el 2º nivel patológico (la respuesta violenta o delincuente), no surge automática y directamente de 1º nivel patológico (las tensiones estructurales), sino que hace falta que se den las condiciones "precipitantes" de tal respuesta. Las condiciones precipitantes 1ª la conducta desviada como resultado colectivo: dicho resultado es algo acumulativo y colectivo que se dá a través de la interacción de los individuos. El actor se hallaría en 3 situaciones a- expresar y satisfacer sus disposiciones de necesidades b- proteger su relación con las demás personas c- sujetarse a las obligaciones y expectativas de la interacción (necesidad de adecuación) Cuando el actor encuentra posibles "compañeros de delito" que se unen con él, se constituye un grupo desviado, en una banda delictiva. Entre todos refuerzan mutuamente sus disposiciones de necesidad alienatívas, se legitiman recíprocamente y resulta más difícil que se debiliten sus motivaciones para la desviación. Se crea así, la subcultura desviada, a partir de tensiones objetivas, de la experiencia común de privación y a partir

de una interacción común reforzada de la tendencia delictiva. 2ª la conducta desviada como resultado de cierto tipo de asociaciones Esta perspectiva, enfoca la conducta desviada, como aprendizaje a lo largo de procesos de comunicación en grupos pequeños. Esta transición y su adquisición serán entonces el resultado de las "asociaciones diferenciales" que mantenga el actor. La desviación derivaría de unos contactos particularmente intensos y frecuentes con pautas de conductas delincuenciales. 3ª la conducta desviada como resultado del acceso a medios ilegítimos La delincuencia no se explicaría solamente como resultado de presiones sociales, ni de una motivación a la desviación adquirida a lo largo de los procesos de interacción, ni tampoco de la asociación con pautas desviadas. La conducta delincuente seria el resultado de ambos factores (accesibilidad a medios ilegítimos, por un lado e inaccesibilidad a medios ilegítimos por otro lado) y no de su suma
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Estado, Derecho e Ideología De acuerdo a la teoría marxista el Derecho, el Estado y las ideologías son conceptos relacionados como facetas o aspectos de una misma realidad, en un mutuo refuerzo; la realidad no es otra que el concepto de clase dominante y la imposición de sus intereses, pues de derecho, estado e

ideologías son medios de creación y uso de esta clase en un esfuerzo por imponer y controlar a las demás clases sociales. El Estado de acuerdo a Marx es el instrumento institucional coactivo de idéntica finalidad protectora que el Derecho. Marx se refiere al Estado destacando varias facetas. En principio el Estado es un reflejo y variable dependiente de la sociedad civil, y no la sociedad civil una variable dependiente del Estado. En segundo lugar, el Estado es una estructura al servicio de los intereses sociales dominantes: “El Estado no es más que la forma de organización que se da necesariamente los burgueses, tanto en lo interior como lo exterior, para la mutua garantía de sus propiedades e intereses, el Estado es la forma bajo la que los hombres de una clase dominante hacen valer sus intereses comunes. (Karl Marx. La ideología alemana, trad. de W. Roces, Ed. Grijalbo, Barcelona, España, pág. 72) El Derecho es la cobertura formal que garantiza los intereses de las clases dominantes. El Derecho no es la regla racional y emancipadora que termina con los privilegios de clase, sino que él mismo es una nueva clase de privilegio; el antiguo privilegio ha sido reemplazado por el privilegio que se denomina Derecho. Marx ha sido uno de los grandes pensadores que históricamente han recibido peor interpretación dentro del contexto de las ciencias sociales; y uno

de los mejores aprovechados en términos de política práctica. También es uno de los autores al que se le han achacado grandes errores históricos. Resulta claro que Marx se equivocó en su opinión sobre el desarrollo del capitalismo y de la lucha de clases. La revolución no tuvo lugar en Inglaterra, sino en Rusia, pero independientemente de este equívoco, Marx permanecerá en la historia de las ideas por su método de análisis histórico, cuya virtualidad ha sido valorada por numerosos tratadistas, inclusive sus adversarios, y la mejor prueba respecto a la validez de su método, es que después de él, muchos pensadores han fracasado en la búsqueda de una alternativa metodológica a la comprensión marxista de la historia; han matizado y relativizado la obra marxista, pero no han podido presentar una alternativa. 4.3.2 Herbert Spencer Este autor tuvo la suerte de contar con importantes precedentes: en el orden de las ciencias sociales las obras de Saint-Simon y de Comte; en el de las ciencias naturales las aportaciones de científicos con planteamientos próximos al evolucionismo, llegando al descubrimiento de la ley de la selección de las especies por la misma época que Darwin. Y la de poseer una buena formación científica, que le valió para trazar una relación entre el mundo biológico y el mundo social, pensamiento que plasmó en su obra (Principios de Sociología), en la cual estableció analogías entre la sociedad y un organismo, al afirmar que la sociedad está

integrada por un conjunto de órganos con funciones específicas, coordinadas por una dirección única.

Spencer a diferencia de otros autores situaba la evolución en un ámbito concreto de la realidad, concibiendo una teoría evolucionista integral y ontológica. Todo evoluciona siguiendo unas reglas: el mundo físico, los seres vivos y la sociedad. Esta evolución es progresiva, manteniéndose y sobreviviendo el organismo en un proceso interno de división funcional, y en otro externo de lucha y dominio del medio ambiente. El criterio sobre la evolución de acuerdo a Spencer, es aplicable al mundo inorgánico, al de los seres vivos y a la sociedad, a cuyo efecto Spencer estuvo siempre atento y ávido de encontrar respuestas evolucionistas en los trabajos de los científicos dedicados a la biología, la geología y la astronomía. También a la sociedad es aplicable la ley general de la evolución, en la que en palabras del propio Spencer tiene lugar un progreso de los pequeños agregados sociales incoherentes a los grandes agregados coherentes, que mientras se integran pasan de la uniformidad a la multiformidad, y al mismo tiempo un progreso de lo indefinido a lo definido en la organización política.* (Herbert Spencer, Principios de Sociología, citado por Ramón Soriano en Sociología del Derecho Ed. Ariel, pág. 86) Por lo tanto la sociedad sigue la

evolución general, de la que es una parte. Esta evolución supone un aumento de la dimensión, la coherencia, la multiformidad y la determinación. Spencer estableció una analogía entre la sociedad y un organismo: como el organismo de un ser vivo, la sociedad es un conjunto de órganos, con funciones específicas, coordinados por una dirección única. Estableció una equivalencia entre la evolución biológica y la evolución social, llevándole a defender algunas tesis desacertadas con la idea de mantener esta analogía, además de impedirle un pensamiento más libre. Spencer afirmaba que así como la naturaleza, las leyes debían transcurrir libres de toda injerencia, siguiendo los imperativos de la selección natural; posición que contrastaba con las concepciones socialistas, que solicitaban con urgencia la intervención del Estado para entender las necesidades sociales, sobre todo de aquellos grupos menos favorecidos. Spencer era partidario de una filosofía política radicalmente liberal y favorable al libre mercado, en la que se escondía una última y no disimulada defensa del statu quo histórico, de los pueblos y los hombres, sometidos como todos los estratos ontológicos, a la ley de la selección en un proceso evolutivo que hacía perecer a los débiles y prevalecer a los fuertes y capaces. El Estado no debía intervenir en este proceso de selección natural que afectaba a todas las esferas del ser; y

por ello se opuso Spencer a las llamadas poor laws (leyes de pobres) de un estado todavía escasamente asistencial, y comentaba que los legisladores no respetaban la historia natural de los pueblos, aumentando con sus leyes intervencionistas las miserias de las personas.* (Ramón Soriano, Sociología del Derecho, Ed. Ariel, Barcelona, España, 2000, pág. 88) Debido a la época en que Spencer hace pública su obra, la misma fue desacreditada debido sobre todo a la inverificabilidad de algunas de sus tesis, las que se fundaban en pruebas no consolidadas y expresadas normalmente en forma radical y en la linealidad del proceso social ya que Spencer lo consideraba como inalterable en su avance; no obstante que el análisis histórico muestra que el cambio social resulta más irregular que lineal. Teorías sobre la desviación social Se han formulado diversas explicaciones acerca de las causas que ocasiona la conducta desviada. Algunas personas se consideran desviadas por su incapacidad de conformarse a las normas. Los enfermos o deficientes mentales, en ocasiones no entienden el contenido de las normas, y por lo tanto no se apegan a ellas. Puede haber otros casos, sin embargo, en que haya personas con pleno uso de sus facultades que son incapaces de conformarse a las reglas de la vida en grupo. Por ejemplo, un alumno quizá no disponga de suficiente capacidad económica para adquirir los textos y demás

material escolar; por este hecho quizá deje de llevar a clase los elementos necesarios, entrando en pugna con las autoridades de la escuela que fatalmente lo llevarán al ausentismo y a la violación de las normas de la institución educativa. Desorganización social Dentro de las explicaciones que los teóricos han vertido respecto a la desviación social, se encuentra la denominada “Teoría de la desorganización social”, la cual fue considerada por los sociólogos como un ejemplo de desviación. La principal premisa de esta teoría es que la desorganización de una economía en la que se contempla el trabajo alienante, el desempleo y la pobreza, puede dar pie a la delincuencia, a la drogadicción, al suicidio. Ejemplo bien conocido de lo anterior es la racha de suicidios por la que actualmente atraviesa nuestra sociedad. Asimismo un acelerado cambio social contribuye a que aparezca una alta tasa de conducta desviada. En algunos casos, la tasa de desorganización es tan grande que resulta difícil que la persona logre distinguir cuáles son las normas apropiadas que deben guiar su conducta en una situación dada. Además, en una sociedad compleja hay muchas subculturas que brindan a la gente diversos conjuntos de normas como guía de conducta. Por lo tanto, el comportamiento puede ser de que experimentan los adolescentes que han de pasar por la cuerda floja seguidas por sus compañeros.

No hay duda de que la delincuencia y la drogadicción, por ejemplo, conducen a la gente a la pobreza y al desempleo. En ese sentido, la desviación es a la vez fuente o síntoma de desorganización social. En lo que se refiere a desorganización social, a la fecha no hay forma de explicar por qué hay personas que reaccionan con patrones de conducta desviados ante circunstancias anómalas, mientras que otras no proceden así. Asociación diferencial La asociación diferencial es otra de las teorías que se refieren a las conductas desviadas, y su contenido hace énfasis en el sentido de que el comportamiento desviado, se aprende mediante el trato social con personas desviadas en pequeños grupos íntimos. Si una persona frecuenta constantemente a personas desviadas en su vida diaria, es probable que adopte patrones de conducta desviados, el hombre acepta normas que le son fijadas por los grupos desviados, en vez de las fijadas por la sociedad, puesto que con ésta carece de contacto íntimo, resultando más gratificante lo aprendido con los grupos de personas que se consideran como desviados sociales. Anomia La teoría de la anomia con relación a la conducta desviada, es la explicación que nos da Robert Merton. La teoría anterior propone que la

discrepancia entre las metas prescritas culturalmente y los medios legítimos de obtenerlas, produce la conducta desviada. En la sociedad occidental es una meta importante el éxito, a la vez que las posesiones materiales son símbolos de ese éxito. Por ejemplo, se socializa a los jóvenes hacia la posesión del automóvil, se enseña a las mujeres a preferir objetos de vestir sumamente onerosos. Esas metas materiales se convierten en un momento determinado en símbolos de la propia valía y del éxito y por lo tanto son muy estimados. Sin embargo no todos los miembros de la sociedad tienen acceso a los medios culturalmente aprobados para lograr ese éxito. Por lo tanto, esos a quienes se les niega el acceso, tienen más probabilidad de acudir a medios ilegítimos para alcanzar las metas sociales propuestas; por ejemplo, los miembros de la clase media baja o baja que no pueden comprarse un vehículo, quizá lo roben. Teoría de la clasificación Finalmente existe otra teoría que hace referencia a la desviación social y sostiene que son los grupos sociales quienes crean en su seno a los desviados, ya que al imponer reglas segrega a quienes no las cumplen estigmatizándolos como extraños. Premisa básica de esta teoría es que los grupos de mayor poder son quienes implantan las reglas, y por otra parte, quienes carecen de ese poder se ven obligados a aceptarlas. Respecto de esta

teoría se ha sostenido que la causa de la desviación no se debe buscar en la conducta del hombre que quebranta las reglas, sino en aquellas personas que las imponen y luego sancionan las conductas por la violación a las normas establecidas. 5.5.2 Funciones positivas de la desviación social La desviación social contra lo esperado, puede en su momento constituirse como un medio de introducción de la nueva normatividad social, que permite a un grupo determinado, continuar siendo razonablemente integrado y eficaz en relación a las funciones señaladas por el grupo para lograr un proceso de cambio. Se consideran como funciones positivas de la desviación, aquellas consecuencias favorables que tienen los actos desviados sobre una sociedad o grupo. Esas funciones positivas de la desviación son importantes para los grupos o sociedades, aunque la mayoría piense que toda desviación sólo creará problemas. La desviación puede fomentar el cambio social, si los patrones de conducta que en otro tiempo se consideraron desviados ahora los acepta la mayoría. Un ejemplo de lo anterior es la organización de sindicatos, que en otros tiempos se consideraba ilícita o desviada y ahora constituye una parte establecida y aceptada en cualquier economía.

La desviación normalmente puede servir, para acrecentar la cohesión del grupo así, el delincuente puede representar al enemigo público de ese grupo social, reforzando las normas y valores de la mayoría de sus miembros. Los delincuentes sirven normalmente de ejemplos negativos que recuerdan a los demás en qué consiste el comportamiento social aceptado. La desviación social puede fomentar el ajuste al cambio social. Por ejemplo, el hecho de que algunos jóvenes vivan en comunas, si bien a veces se considera como un estilo de vida desviado, puede facilitar a esas personas el enfrentamiento a la impersonalidad de la vida urbana y sus consecuencias en el grupo, propiciando con ello un ajuste paulatino hacia el cambio social.

Sociología de la desviación
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El incumplimiento de las normas es uno de los principales ámbitos de estudio de la sociologia de la desviación.

La sociología de la desviación es la rama de la sociología que se encarga del estudio del consenso sobre las normas sociales, los actos y comportamientos que se desvían de éstas y el sistema de control social construido para evitar tales desviaciones.1 La desviación es un tema fundamental en sociología y desde el nacimiento de esta disciplina ha sido una de sus principales preocupaciones.1 En este sentido las principales corrientes sociológicas han dado su interpretación sobre el cómo y el porqué del incumplimiento de las normas sociales. La desviación ha sido analizada desde distintas disciplinas, como la filosofía, el derecho, la biología o la medicina. Además, en los últimos años se han desarrollado estudios en criminología, disciplina con la que la sociología de la desviación esta íntimamente ligada. Si bien la primera se centra más en la relación entre la víctima, el victimario y las leyes, la sociología de la desviación analiza también las conductas que - sin estar prescritas como delitos- son catalogadas como anormales y reciben algún tipo de sanción social.2

Contenido
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1 Concepto de desviación desde una perspectiva sociológica 2 Las normas 3 Teorías presociológicas de la desviación o 3.1 Teoría clásica o 3.2 Enfoque Biológico 4 Teorías macrosociológicas de la desviación o 4.1 Teoría Funcionalista o 4.2 Teoría Marxista o 4.3 Teoría de la subcultura 5 Teorías microsociológicas de la desviación o 5.1 Teoría del Etiquetamiento o 5.2 Teoría de la Elección racional 6 El control social o 6.1 El castigo 7 Problemas metodológicos en el estudio de la desviación 8 Notas 9 Véase también 10 Enlaces externos

Concepto de desviación desde una perspectiva sociológica
[editar] En sociología se considera una desviación cualquier acto o comportamiento, aunque sea simplemente verbal, de una persona o un grupo que viole las normas de una colectividad, y consecuentemente conlleve algún tipo de sanción.3 Sin embargo, ésta no es una característica intrínseca de ciertos actos, sino que depende de la respuesta y

la definición que los miembros de una colectividad le atribuyan. En palabras de uno de los fundadores de la sociología:
No lo reprobamos porque es un crimen, sino que es un crimen porque lo reprobamos. Émile Durkheim, 18934

Es por ello que un acto sólo puede ser juzgado como desviado en relación a:

Un contexto histórico: ya que la concepción de desviación varía en el tiempo, por ejemplo ser zurdo ha sido considerado en muchas sociedades históricas como una forma de desviación.5 Una sociedad concreta: como es notorio, las diferentes sociedades que comparten un momento histórico pueden tener diferentes concepciones de la desviación. Un ejemplo actual sería la poligamia, que en algunas sociedades es una muestra de prestigio y en otras un delito. Un contexto situacional: Muchas actividades son permitidas, e incluso bien vistas, dentro una situación, y juzgadas como desviadas en otra. Por ejemplo, a ninguna sociedad se le ha ocurrido prohibir las relaciones sexuales, pero casi todas limitan su práctica, prohibiendo realizarlas en público, fuera del matrimonio, etc.

Esta aproximación relativista a la desviación, que caracteriza a la Sociología, ya había sido anticipada por algunos pensadores. Cabe destacar al filósofo francés Pascal que ya en el siglo XVII declaraba:
No hay nada justo o injusto que no cambia de cualidad con el cambiar del clima, tres grados de latitud subvierten toda la legislación[...] En pocos años las leyes fundamentales cambian, el robo, el incesto, el asesinato de padres e hijos, todo ha encontrado un lugar entre las acciones virtuosas. Blaise Pascal, 18936

Ya en el siglo XX los estudios de Antropología comparada han puesto de manifiesto que realmente existen muy pocas formas de desviación que puedan considerarse universales. Sin embargo, y contradiciendo a Pascal, existe un Consenso científico sobre que el incesto entre padre e hija ha resultado tabú en todas sociedades durante toda la historia, llegando Claude Lévi-Strauss a considerar su prohibición como el origen de la vida cultural y del resto de las instituciones sociales.7

Las normas [editar]
Artículo principal: Norma social

Diferentes tipos de normas y tipo de desviación que implica su incumplimiento. El concepto de desviación está íntimamente ligado al concepto de norma, ya que es de la norma de lo que un comportamiento se desvía. Por ello se afirma que donde no existe norma no puede existir desviación.1 Las normas sociales se definen como proposiciones que prescriben a individuos o grupos el comportamiento adecuado en determinadas situaciones, o bien las acciones a evitar.8 Pueden ser clasificadas según diversos criterios, pero el más habitual dentro de la sociología de la desviación, es agruparlas dentro de sistemas normativos según el grado de la sanción que se aplica al infractor. Con este sistema obtenemos una clasificación de los comportamientos desviados según su gravedad:

Normas penales: Son las recogidas en el código penal, que representa el núcleo duro de cualquier sistema social. Recoge las normas que tutelan los bienes fundamentales del grupo social (la vida, la propiedad, las instituciones, etc). El incumplimiento de éstas es un delito, y convierte al autor en delincuente. Conlleva el tipo de sanción más grave: la pena. Normas jurídicas: Son las normas contenidas en reglamentos u ordenamientos, su violación es un acto ilícito y conlleva sanciones de tipo pecuniario o administrativo. Normas sociales: Es un amplio grupo de normas socialmente reconocidas, como la moda, la tradición, los usos y costumbres, etc. Su incumplimiento no implica una sanción institucionalizada, aunque sí algún tipo de recriminación o reproche social. En las últimas décadas existe la tendencia a reconceptualizar estos comportamientos de desviados en diversos Moral individual: Son las normas autoimpuestas, del tipo no comeré nunca en un McDonald's. Incumplirlas tiene escasa relevancia social, pero puede ser calificado como hipocresía.

En el diagrama puede observarse cómo los distintos sistemas normativos se agrupan unos dentro de otros. Esto se hace para reflejar cómo, por ejemplo, no todas las normas sociales están en el código penal, pero todas las normas del código penal son normas sociales. En realidad este modelo es una simplificación de cómo se interrelacionan los sistemas normativos, ya que existen multitud de excepciones: es

habitual que alguna de las normas sociales existentes no sea aceptada por la moral individual de algunas personas, lo que da lugar a la aparición de las subculturas; también sucede a menudo que algunas normas del sistema jurídico o penal no lleguen a integrarse dentro de las normas sociales. Esto sucede, sobre todo, en los sistemas no democráticos, aunque también ocurre en las democracias. Un ejemplo actual es la contradicción de muchas legislaciones con la aceptación social de las descargas por internet. Cuando existen fuertes contradicciones entre los sistemas normativos puede producirse una crisis que los modifique. Por este motivo autores como Durkheim consideran la desviación como un motor del cambio social.4 En los últimos años algunos autores han identificado la existencia de situaciones en las que se califica de desviado, no a quien incumple la norma sino a quien la cumple con demasiado celo. Glenna Huls ejemplifica este fenómeno con la concepción social del empollón o de quien paga religiosamente sus impuestos en la sociedad norteamericana.5

Teorías presociológicas de la desviación [editar]
El estudio de la desviación es anterior a la aparición de la sociología. Ya en la Antigüedad clásica se desarrollaron las primeras teorías sobre la delincuencia y el castigo, filósofos como Sócrates, Pitágoras, Platón o Aristóteles escribieron sobre ello, atribuyendo los delitos a la herencia o a deficiencias físicas o mentales. En la Edad Media se realizaron algunos estudios médicos para investigar crímenes aislados y Tomás de Aquino en su obra Escolástica, intentó sentar las bases de una Filosofía del Derecho. En los siglos XVIII y XIX ,con la llegada de la ilustración y el positivismo, aparecieron teorías y enfoques cuya influencia ha llegado hasta nuestros días. Dos ejemplos destacados de ello son:

Teoría clásica [editar]
Se denomina Teoría Clásica de la desviación a los esfuerzos teóricos del iluminismo por dar una definición objetiva del delito y de la pena que sustituyese la concepción relativista y arbitraria característica del Antiguo Régimen. Esta objetivización del delito era imprescindible para construir el Estado de derecho- base del Estado liberalya que es un prerrequisito necesario del Principio de legalidad, la seguridad jurídica o la Igualdad ante la ley. El autor más representativo fue Cesare Beccaria, que desarrolló sus ideas en un libro que se ha convertido en un clásico del Derecho: De los delitos y las penas, en el que, en palabras del propio autor, se incluyen
Los presupuestos para una teoría jurídica del delito y de la pena [...] en el cuadro de una concepción liberal del Estado de derecho, basada sobre el principio utilitarístico de la máxima felicidad para el mayor número de personas y sobre la idea del contrato social. Cesare Becaria.9

De acuerdo con estos principios del utilitarismo y el contractualismo, para Beccaria el hombre nace libre, pero establece un contrato con el estado por el que renuncia a parte de su libertad a cambio de seguridad. El delincuente sería alguien que incumple

ese contrato, por lo que debe ser sancionado, pero la sanción no tiene un objetivo de venganza sino de prevenir nuevos daños y servir de ejemplo disuasivo al resto de los ciudadanos. La Teoría Clásica tiene los evidentes límites de que se centra en el delito -sin analizar el resto de desviaciones sociales- y que no investiga sobre las causas de éste, lo que es el objeto principal de las teorías posteriores. Esta teoría tendría una gran influencia sobre la Teoría de la Elección racional, llegando al punto de que algunos autores denominan a esta última como Teoría Neoclásica.

Enfoque Biológico [editar]
Uno de los primeros intentos para entender de manera científica el fenómeno de la desviación se hicieron desde el ámbito de la Biología. Durante el siglo XIX se desarrollaron diversos estudios para intentar descubrir cuáles eran las características físicas que convertían a las personas en desviadas. La idea de poder explicar la conducta delictiva en base a rasgos biológicos tiene interesantes precedentes en algunas legislaciones medievales, en las que se recomendaba a los jueces que dudasen entre dos sospechosos eligiesen a los más feos y deformes.10 En 1876 el medico penitenciario Cesare Lambroso elaboró una detallada teoría sobre las características físicas que provocaban la delincuencia. Los rasgos físicos descritos eran básicamente simiescos: vello abundante, brazos largos, frente estrecha, mandíbula prominente, etc. Aunque los estudios de Lambroso alcanzaron una gran notoriedad en su época, el determinismo biológico, tras las sucesivas criticas, fue cayendo en desuso hasta mediados del siglo XX, cuando Willians Sheldon realiza un estudio con cientos de jóvenes en el que llega a conclusiones similares. Para Sheldon existen tres tipos básicos de constitución física -Endomorfo, Mesomorfo y Ectomorfo- a los que corresponden tres personalidades diversas, siendo los mesomorfos -con constitución musculosa y atlética- los más predispuestos a delinquir. Los datos de Sheldon fueron reanalizados por Eleonor Glueck llegando a la conclusión de que no puede afirmarse que la constitución atlética sea un buen predictor de la delincuencia, y muchos menos su causa.11 Desde los años 80 se está dando una revitalización del enfoque biológico, basada en los avances de la genética. En este ámbito se han hecho particularmente populares los estudios sobre el Síndrome del XYY- una anomalía cromosómica por la que el varón recibe un cromosoma Y extra- que algunos autores relacionan con una tendencia a la violencia, aunque numerosos estudios han confirmado que esto no se observa con frecuencia.12 13 14 15 16

Teorías macrosociológicas de la desviación [editar]
Teoría Funcionalista [editar]

Emile Durkheim, padre del funcionalismo. Los teóricos funcionalistas se vieron ante la tarea de hallar respuesta a la necesidad, por parte de algunos individuos, de no cumplir las reglas. El primero en describir algunas de las funciones sociales que cumplía la desviación fue Émile Durkheim. Aunque parezca contradictorio, para Durkheim la desviación contribuye a consolidar los valores y las normas culturales, ya que es parte indispensable en el proceso de creación y mantenimiento del consenso sobre las mismas. La base de esta idea es que sin el delito no hay justicia ni es posible por tanto el consenso sobre las ideas del bien y el mal. En este sentido la desviación contribuiría a definir los límites morales. Definiendo a algunos como desviados el resto de la sociedad puede observar claramente el límite entre el bien y el mal. Otra función de la desviación sería el fomento de la unidad social, ya que la respuesta unitaria frente a las acciones extremas de desviación -asesinato, atentados- fortalece el lazo social. Por otro lado la desviación también contribuiría al cambio social, ya que el transgredir una norma invita a reflexionar sobre la necesidad o la conveniencia de ésta, y representa un modelo de conducta alternativo que puede llegar a convertirse en mayoritario, ya que lo que hoy es una conducta desviada puede no serlo en el futuro.4

Teoría Marxista [editar]
Aunque ya desde sus inicios el marxismo había tratado temas relacionados con las desviación, es en los años 70 cuando aparecen obras sistemáticas sobre ésta desde una perspectiva marxista. Autores destacados en esta sistematización fueron Iain Taylor, Paul Walton y Jock Young, que argumentaron que las teorías existentes obviaban ciertos factores estructurales -como la desigual distribución del poder y la riquezaque eran fundamentales para entender las conductas desviadas.17

Este argumento fue posteriormente desarrollado por Steven Spitzer, que ejemplificó ampliamente cómo las personas que son etiquetadas como desviadas suelen ser sujetos que obstaculizan el desarrollo del Capitalismo. Spitzer analizó cómo los sujetos que amenazan la propiedad privada -base del Capitalismo- son siempre calificados como desviados, sin embargo los actos de las clases privilegiadas contra los intereses de las subordinadas -como una gran subida del precio de la viviendalejos de considerarse desviadas, son asumidas como una legítima defensa de sus intereses. También analiza cómo -al ser la explotación del trabajo otro de los fundamentos del capitalismo- quien no trabaja, sea por imposibilidad -minusválidos, parados involuntarios-, sea por voluntad, tiene muchas posibilidades de ser etiquetado como desviado. Ejemplos de esto los encontramos en la legislación contra vagos y maleantes.18

Teoría de la subcultura [editar]
Esta teoría se basa en el principio de que la conducta desviada -al igual que el resto de conductas- se aprende en el ambiente en que se vive. Los actos desviados serían por lo tanto una consecuencia de la socialización en ambientes con valores y normas distintos a los de la sociedad en general. La teoría fue elaborada por Clifford Shaw y Henry Mckay y tiene su origen en los estudios etnográficos realizados por la Escuela de Chicago durante los años veinte. Los investigadores dividieron la ciudad de Chicago en cinco zonas, realizando círculos concéntricos y comparando la tasa de delincuencia y la relación entre el número de delincuentes y el total de la población de cada zona. Los datos evidenciaron que el valor de la tasa disminuía conforme se alejaba del centro, y lo que es más interesante, que entre 1900 y 1920 la relación entre las tasas de delincuencia de cada zona permaneció invariable, a pesar de que en este periodo hubo grandes movimientos de población que cambiaron la composición étnica de cada zona. Estos hechos hicieron llegar a los investigadores a la conclusión de que la subcultura desviada formaba parte de la idiosincrasia de algunos barrios, por lo que era trasmitida a los nuevos habitantes. Numerosos investigadores han desarrollado la teoría, comprobando que es común que los individuos con comportamientos desviados pertenezcan a grupos en las que estas conductas son permitidas- o incluso prescritas- por lo que tal conducta solo podría juzgarse como desviada respecto a las normas y valores de la sociedad, pero no respecto a las de su grupo de referencia. Respecto a esto el criminólogo Edwin Sutherland escribiría que
La cultura criminal es tan real como la legal, y mucho más difundida de lo que se piensa habitualmente. Edwin Sutherland3

Walter Miller estudió cómo se crean las subculturas de la desviación, llegando a la conclusión de que éstas suelen aparecer entre los jóvenes de clase baja, ya que son los que tienen menos posibilidades de cumplir sus aspiraciones por medios legítimos. Miller además individuó las características de estas subculturas, cuyos principales rasgos serían: La rutinización del conflicto, la dureza, la sagacidad y la autonomía.19

Teorías microsociológicas de la desviación [editar]
Teoría del Etiquetamiento [editar]
En los años 1960 se empieza a estudiar la desviación desde la perspectiva del Interaccionismo simbólico. Estos autores centran sus estudios no tanto en las posibles causas de la conducta desviada, sino en las formas de control e interacción social por las que se definen a ciertos individuos como desviados. La principal aportación teórica de esta escuela es la Teoría del Etiquetaje, que podría sintetizarse así:
Los grupos sociales crean la desviación estableciendo reglas cuya infracción constituye una desviación, y aplicando estas reglas a personas particulares, que etiquetan como outsiders [...] La desviación no es una cualidad de la acción cometida sino la consecuencia de la aplicaciónpor parte de otros- de reglas y sanciones. El desviado es alguien al que la etiqueta le ha sido puesta con éxito; el comportamiento desviado es el comportamiento etiquetado así por la gente. Howard Becker.20

Una de las aportaciones fundamentales de esta teoría es la distinción entre desviación primaria y secundaria realizada por Edwin Lemert. Dentro de la primaria se encuadrarían los incumplimientos de las normas que no hacen sentirse desviado a quien lo comete, ni es visto así por los demás. Dentro de la secundaria estarían por el contrario los incumplimientos que hacen cambiar la concepción que los demás tienen del autor, etiquetándolo como desviado. Este etiquetamiento provocará que el autor reorganice la percepción de sí mismo asumiendo la nueva definición que los demás dan de él.21 La base de esta distinción está en el hecho de que, en realidad, prácticamente todo el mundo ha cometido actos desviados. Es difícil encontrar a alguien que no haya mentido, cometido algún pequeño robo o consumido alguna droga ilegal, pero pocas de estas personas son catalogadas -o autocatalogadas- como mentirosos, ladrones o drogadictos.3 La desviación secundaria está muy relacionada con el concepto de estigma desarrollado por Erving Goffman, definido como una marca social negativa usada para definir a una persona. El estigma se convierte en un rol dominante del individuo y todos los actos pasados empiezan a reinterpretarse bajo la perspectiva del nuevo estigma, en un proceso de distorsión biográfica conocido como etiquetaje retrospectivo. Goffman desarrolló la posibilidad de que al estigmatizar a alguien -con mayor o menor motivo- se activasen una serie de mecanismos, como el rechazo social, que le impulsaran a buscar compañía entre quienes no le censuran -otros estigmatizados- reforzando así la identidad desviada e impulsándolo a continuar su carrera delictiva. De este modo la desviación podría ser una de esas profecías autorealizadas que Robert K. Merton elaboró basándose en el Teorema de Thomas.

Teoría de la Elección racional [editar]
Los teóricos de la elección racional -también llamados neoclásicos- enmarcaron la desviación dentro de su modelo general de conducta, según el cual las acciones de las personas están guiadas por un frío racionalismo cuyo objetivo es calculado para obtener placer y evitar dolor. Aunque posteriormente fue asumida por algunos

sociólogos esta teoría fue desarrollada en sus inicios por economistas, como Gary Becker que elaboró el modelo económico del crimen que describe una conducta desviada guiada por el cálculo de utilidad relativa en la que se ponen en una balanza los costes y los beneficios que puede tener tal conducta. Estudios posteriores han intentado localizar cuáles son los costes y beneficios concretos de las conductas desviadas, llegando a la conclusión de que los beneficios serían los comunes a todas las acciones -lucro, prestigio, poder, placer- mientras que los costes pueden dividirse en tres: las sanciones formales impuestas por el Estado, las sanciones sociales de su entorno y las autosanciones que el desviado se imponga -como vergüenza o sentimiento de culpa- debido a la interiorización de las normas. La Teoría de la Elección racional también ha realizado varios estudios sobre la eficacia de las sanciones. Según el modelo teórico, una forma de reducir el delito sería aumentar los costes de su realización, por ello desde esta teoría se propuso aumentar la severidad de las penas. Estudios posteriores desde esta perspectiva han puesto de manifiesto que la severidad de la sanción tiene repercusiones irrelevantes, mientras que por el contrario, la certeza de la pena-la convicción de que existirá una sanción- puede influir en la reducción de la delincuencia.22

El control social [editar]
Artículo principal: Control social

Al ser uno de sus instrumentos más evidentes, las cámaras de vigiliancia han sido usadas con frecuencia como símbolo del control social. Además de las normas y su incumplimiento, el control social es el otro gran campo de estudio de la Sociología de la desviación. Bajo este concepto se integran el conjunto de mecanismos e instancias a partir de los cuales toda sociedad, de una u otra forma, induce a sus miembros a comportarse acorde con las normas, valores y pautas culturales predominantes.23 Por ello el control social es mucho más amplio que las instituciones más visibles a las que generalmente se asocia -policía, cárceles, juzgados...- e incluye a otras como los manicomios, los trabajadores sociales o el sistema educativo, siendo el rol de este último de especial importancia.24 Además de por estos agentes institucionalizados, el control social es ejercido en gran medida por mecanismos informales y difusos. Sociólogos como Talcott Parsons destacan, por ejemplo, el papel que juega la familia en el proceso.25

La importancia de la familia y del sistema educativo viene dada sobre todo por su función en el proceso de interiorización de las normas, en el cual las normas sociales son transformadas en normas morales, siendo así asumidas como propias por los individuos. Este proceso permite que no se incumplan las normas aun cuando ningún factor externo lo impida, y lo que es más importante, nos convierte a todos en agentes de control social, ya que mantendremos una actitud reprobatoria ante quien las incumpla.26 En este sentido, la Psicología social ha estudiado de forma experimental distintos mecanismos interiorizados del control social. El experimento de Milgram demostró los actos que se pueden llegar a hacer si éstos son ordenados por una figura de autoridad; el experimento de la cárcel de Stanford, la obediencia que se puede obtener con ideología legitimidora; el experimento de Robber's Cave, cómo a través de la construcción del enemigo externo se logra la unidad interna; los experimentos de Sherif y Asch, cómo se cambia la propia opinión para que ésta se adapte a la de la mayoría. Estos experimentos, hoy ya convertidos en clásicos, muestran con qué naturalidad nuestros comportamientos se adaptan a las exigencias de la norma, la normalidad y la autoridad.

El castigo [editar]

El castigo es una forma clave del control social, con la explícita función de corregir el comportamiento de los individuos. Debido a su función explícita de corrector de actos o comportamientos, el castigo es una de las formas de control social más investigada. Desde la sociología de la desviación se han estudiado las distintas funciones que ha poseído el castigo y la efectividad que los distintos castigos poseen para reducir el comportamiento desviado. John Macionis identifica cuatro funciones que, en distintas sociedades o épocas, han justificado la existencia del castigo. La primera, y más antigua, sería el desquite, que

se basa en la idea de recuperar el orden interrumpido, por lo que se aplica al infractor un daño proporcional al daño cometido. Está contenida en la Ley del talión y el principio bíblico de ojo por ojo, diente por diente. La segunda, la disuasión, es la idea de que el castigo desincentiva el incumplimiento normativo. Se formaliza teóricamente en el siglo XVIII, con la concepción del ser humano como un ser racional, movido por cálculos de coste y beneficio. La tercera es la rehabilitación, por la que se pretenden modificar las pautas de conductas desviadas del individuo. Toma auge en el siglo XIX con la aparición de las Ciencias sociales y los estudios científicos sobre la conducta humana. Por último estaría la función de protección de la sociedad por la que se separa al desviado del resto del cuerpo social, ya sea encerrándolo, desterrándolo o ejecutándolo. El hecho de que, más allá de que en un momento histórico determinado se ponga el acento en una u otra, el que las cuatro ideas sobre la función del castigo puedan darse contemporáneamente es contingente. Por otro lado, la cuestión de la eficacia de los castigos ha supuesto grandes debates entre los estudiosos, siendo la prisión - que desde su aparición en el siglo XVIII se ha convertido en la forma generalizada del castigo penal- uno de los centros del debate. Su eficacia ha sido puesta en duda por diversos autores, avalados por una gran cantidad de estudios en diversos países que muestran el alto porcentaje de personas que retornan a la cárcel tras haber cumplido condena. La reincidencia en los tres primeros años de la excarcelación es de un 40 a un 60%,27 en Estados Unidos el porcentaje de reincidencia estaría en torno al 60%5 y en España entorno al 40%.28 Estas cifras han llevado a algunos autores a concluir que la prisión no es una institución eficiente en su función de modificar los comportamientos y conductas delictivas.29 Se señala también que la prisión puede tener aspectos que incluso fomentarían el delito ya que los largos periodos de reclusión destruirían los lazos sociales, y el contacto casi exclusivo con delincuentes fomentaría la creación y reproducción de la subcultura criminal. Las críticas han provocado que las instituciones penitenciarias realicen pruebas experimentales sobre soluciones alternativas a la simple privación de libertad, generalmente centradas en terapias de desintoxicación, que han dado resultados notables.30 27 Otros autores continúan defendiendo como innegable el efecto disuasorio de las prisiones.31

Pena de muerte en el mundo (06/2005):
suprimida en la práctica

Suprimida para todos los crímenes

Suprimida para los crímenes

no cometidos en circunstancias excepcionales (como los cometidos en tiempo de guerra) Contemplada como sanción penal, aún aplicada

Contemplada como sanción penal, pero

Otro castigo que provoca grandes debates sobre su eficacia es la pena de muerte, un castigo que ha sido practicado desde la antigüedad en prácticamente todas las sociedades. En el siglo XIX se inicia una tendencia hacia su abolición -o limitación a casos extraordinarios- en un creciente número de países. Por ello, en los países donde

todavía se practica, como Estados Unidos, existe un debate político sobre la conveniencia de abolirla, que ha provocado que se realicen numerosos estudios sobre su eficacia en la prevención del crimen, ya que éste es el principal argumento para su mantenimiento. Los diversos estudios realizados hacen concluir a la mayoría de los autores que las evidencias empíricas disponibles muestran que la pena capital apenas tendría efecto disuasorio.32 33 34 La tendencia a abolir la pena de muerte, la aparición de las cárceles y la humanización de la pena en general, han sido analizadas por Michel Foucault, en su clásico Vigilar y castigar. El autor analiza el gran cambio sufrido por los castigos entre los siglos XVIII y XIX, en el que se pasa de la espectacularidad de las torturas y ejecuciones públicas medievales a los castigos dentro de la institución burocrática y aséptica de la prisión. La perspectiva foucoliana- que ya es un hito dentro del análisis del control social- sobre este proceso es que, lejos de producirse por motivos éticos o morales, su causa es el aumento de la eficacia de la pena.

Problemas metodológicos en el estudio de la desviación
[editar] La desviación es uno de los fenómenos sociales más complejos de analizar científicamente, ya que aquellos que los cometen tienden a ocultarlos. Por ello el debate metodológico se remonta a los orígenes de la disciplina, cuando Emilie Durkhaim escribe El suicidio. Esta obra consiste en un estudio cuantitativo sobre el fenómeno del suicidio en distintos países europeos - utilizando las fuentes oficiales de cada estado- con el fin de comprobar la distinta influencia que tenía en cada país. Estudios posteriores comprobaron que las estadísticas oficiales infravaloran casi siempre el fenómeno, existiendo además variaciones según la definición de suicidio de las distintas legislaciones. En este sentido se ha comprobado la correlación entre la posibilidad de que una muerte sea registrada como suicidio - en vez de como accidente u homicidio- y la valoración social sobre del fenómeno: cuanto peor visto sea el suicidio en una sociedad, tanto menores serán las posibilidades de que este se registre como tal.3 Los estudios sobre la incidencia de la delincuencia se han encontrado con problemas aun mayores. Los sociólogos han utilizado a menudo como fuente las estadísticas policiales sobre denuncias, o las judiciales sobre condenas, pero se ha comprobado que se cometen muchos más delitos que los registrados. Investigaciones llevadas a cabo en Inglaterra en los años noventa llegaron a la conclusión de que el porcentaje de delitos que se notifica es del 47%, el que se denuncia el 27% y el que llega a condenarse en un tribunal tan solo un 3%.35 Las causas de este bajo índice de denuncias son múltiples: temor a represalias (como en el caso de la mafia), cercanía al que lo comete (violencia de género), tolerancia (maltrato a animales), voluntad de olvidarlo (violaciones), desconfianza en la utilidad de la denuncia (hurtos), ignorancia sobre si constituye un delito (delitos de índole económica), etc. En este sentido se ha comprobado cómo los distintos tipos de delitos tienen un porcentaje de denuncias muy desigual, hay delitos que se denuncian prácticamente en su totalidad, como el robo de coches o las muertes violentas, y otros que su inmensa mayoría no son denunciados, como el intento de violación o los pequeños hurtos.36

Estas limitaciones en las fuentes oficiales han obligado a desarrollar métodos alternativos para la cuantificación de la delincuencia. Actualmente se utiliza tanto La autodenuncia, en el que se realiza una encuesta a una muestra de población preguntándoles si han cometido algún delito y si este ha sido denunciado, como la victimización, que es un método similar pero en el que se pregunta si se ha sido víctima de algún delito.

Notas [editar]
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Véase también [editar]
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Criminología Filosofía del Derecho

Enlaces externos [editar]

Recopilación de textos sobre la Sociología de la desviación (en inglés)

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Con ese estado de cosas, las organizaciones dedicadas a la persecución del delito no han sido ajenas al progreso evolutivo del Derecho Penal y de las aportaciones de las diferentes ramas del saber al entramado delito-delincuente-víctima-control social, y la evolución de las distintas técnicas en la investigación del crimen ha discurrido paralela a la evolución criminológica en los ámbitos del conocimiento anteriormente mencionados. Sería materialmente imposible ahondar en todas las técnicas de investigación, en un trabajo como el presente que solo pretende resumir la evolución hacia una sitemática científica en la investigación del delito y que señala un poco la pauta de los contenidos que poco a poco se irán desgranando en otros capítulos de esta publiación y en futuros tabajos más espeíficos.

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