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Zelazny, Roger - Tu, El Inmortal

Zelazny, Roger - Tu, El Inmortal

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-No te rías, por favor. Luego, otra noche, Soñé que me encontraba en un país
de arena y tinieblas. La fuerza de los antiguos atletas me imbuía, y luché con Anteo,
hijo de la Tierra, destruyéndolo. Entonces el Gran Hades se acercó de nuevo a mí y,
tomándome del brazo, me dijo: «Ven conmigo ahora». Una vez más me negué, y
volví a despertarme. La Tierra temblaba.

-¿Es eso todo?

- No. Más recientemente, y de día, mientras vigilaba mi rebaño a la sombra de
un árbol, tuve otro sueño estando despierto. Al igual que Febo, medí mis fuerzas
contra el monstruo Pitón y salí medio muerto del combate. En esta ocasión no apa-
reció el Gran Hades, pero al volverme vi allí a Hermes, su lacayo, sonriendo y
apuntándome con su caduceo como si se tratara de un rifle. Agité la cabeza y él
bajó su vara. Luego la elevó otra vez con un gesto, y miré en la dirección que me
indicaba. Ante mí se extendía Atenas... Este lugar, este Teatro, tú mismo... Y aquí
estaban sentadas las tres Ancianas. La que reparte a cada uno el hilo de la vida
parecía disgustada, porque había arrollado el tuyo en el horizonte y no se veían los
extremos. Pero la tejedora lo dividió en dos hebras muy finas. Una de ellas
retrocedía cruzando los mares y se perdía nuevamente de vista. La otra se dirigía a
las montañas. En la primera montaña, de pie en la cumbre, vi al Hombre Muerto,
que tomó tu hilo en sus manos blancas, cadavéricas... Más allá, en la colina
próxima, el hilo se posó sobre una roca al rojo vivo. Y al otro lado de la roca, en la
tercera montaña, surgió la Bestia Negra, que se abalanzó con fiereza sobre él y lo
laceró con sus dientes. A todo lo largo del hilo, vi también a un extraño guerrero que
se acercaba de vez en cuando a él con pasos furtivos. Sus ojos despedían un fulgor
amarillo, como la hoja desnuda de su espada. Varias veces la levantó amenazadora
para cortar la fibra de tu vida. Por eso he bajado a Atenas y be venido a buscarte
aquí mismo, en este lugar, para decirte que cruces de nuevo los mares, y advertirte
que no subas a las montañas donde te aguarda la muerte. Porque desde el mo-
mento mismo en que Hermes alzó su vara, supe que los sueños no iban destinados

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a mí, sino a ti, padre mío, y supe también que debía venir a tu encuentro y avisarte
del peligro. Vete de aquí ahora, cuando aún estás a tiempo. Por favor, padre, vuelve
atrás.

Poniéndole la mano en el hombro, lo así con fuerza y respondí:

- Jasón, hijo mío, no regresaré. Asumo toda la responsabilidad de mis actos,
para bien o para mal..., incluida mi propia muerte, si así lo ha decidido el destino.
Debo ir a las montañas esta vez, allá arriba, junto al Lugar Caliente. Gracias por tu
aviso. En nuestra familia siempre se dieron bien los sueños, aunque a menudo han
sido engañosos. Yo también suelo soñar: sueños en los que veo por los ojos de
otras personas... A veces con claridad, a veces no tan claro. Gracias por tu consejo.
Lamento no poder seguirlo.

- Entonces, me volveré con mis rebaños.

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