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Muros de SedM

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MUROS DE SED

(De raíces, fronteras y otros espejismos)

Mario Chávez-Campos

AsociAción de educAdores de AméricA LAtinA y deL cAribe secretAriA de cuLturA deL estAdo de michoAcán coLectivo de trAbAjAdores deL Arte y LA cuLturA deL estAdo de michoAcán, A.c. 2mundo, instituto binAcionAL de LA FronterA editoriAL PeLicAnus

Muros de sed
Primera edición en México, 2007 Segunda edición en Chile, 2012 ©AsociAción de educAdores de L AtinoAméricA y eL cAribe (AeLAc) cAPítuLo chiLe ©secretAríA de cuLturA deL estAdo de michoAcán de ocAmPo Isidro Huarte 545, Colonia Cuahtémoc, C.P. 58020, Morelia, Michoacán, México. ©coLectivo de trAbAjAdores deL Arte y LA cuLturA (cotAcum) ©2mundo, instituto binAcionAL de LA FronterA ©editoriAL PeLicAnus

Grabado de la portada: ©Artemio rodríguez, L A mAno Press Diseño de portada e interiores: AídA ALAnís de LA rosA

ISBN en México: ISBN en Chile:

MUROS DE SED
(De raíces, fronteras y otros espejismos)

Mario Chávez-Campos

Esta novela se escribió gracias a una beca de creadores con trayectoria otorgada por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, México, (CECAH) en el año 2002.

Índice

Muros de agua, muros de sed
Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV

9 17 21 27 33 39 45 51 57 63 67 73 79 97 103 107 113

Agua Barro Casa Die Encajueladas Employment Fiesta God bless America Hogar-home Intimidades Junturas-join Killer Line, líneas Murder Night-noche Olas

Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII Capítulo VIII Capítulo IX Capítulo X Capítulo XI Capítulo XII Capítulo XIII Capítulo XIV Capítulo XV

Capítulo XVI Capítulo XVII Capítulo XVIII Capítulo XIX Capítulo XX Capítulo XXI Capítulo XXII Capítulo XXIII Capítulo XXIV Capítulo XXV

Party Quake, qualm Run Same Time out Ultimátum Ventage-ventajas Wailing-gemido Xenofhobic Yardage-acorralar SMI Zsssszumm, zssss, zuuuuuuuuuu Adendum

119 125 139 143 149 159 163 167 173 177 183 199 207

Capítulo XXVII

En Pachuca, en tanto, la directora de la Oficina de Atención al Migrante Hidalguense en el Extranjero, Dolores Cabrera, informó que el riesgo que corren los mexicanos al intentar llegar a Estados Unidos no se ha reducido. Mencionó que a partir de los atentados terroristas ocurridos en Nueva York el 11 de septiembre de 2001, la vigilancia en la línea fronteriza se ha reforzado. Explicó que entre 2003 y lo que va de este año diez hidalguenses han perdido la vida en hechos delictivos ocurridos en ciudades de Estados Unidos, cinco más cuando intentaban internarse ilegalmente (tres ahogados en las aguas del río Bravo y dos deshidratados en el desierto) y otros 66 han fallecido a consecuencia de enfermedades o en accidentes automovilísticos.
Jose Díaz Betancourt y carlos camacho, corresponsales La Jornada, 22 de enero de 2004

92 de cada 100 mexicanos varones migran en busca o por empleo. (INEGI, 2002) La segunda causa que motiva la migración es la unión familiar; en el caso de los hombres representa el 9.8%, y en las mujeres el 39%. (INEGI, 2002)

Ojalá y algún día todos los semáforos se pusieran en verde; para que todos podamos avanzar. (avril mariana 5 años)

Muros de agua, muros de sed
prologar
una novela tiene un DoBle riesgo: Develar la trama o

crear prejuicios en el ideal lector. Tratándose de una segunda edición, la cual confirma el interés del público, se corre el riesgo de mostrarse benévolo o crítico en exceso. Además, en este caso particular, cuando la literatura hace frente a una problemática con casi dos siglos de historia como es la migración desde México hacia Estados Unidos el asunto se complica, sobre todo cuando se trata de una experiencia inmediata, palpable. Todos los días la prensa mexicana y estadounidense aborda, de un modo o de otro, lo que sucede en la frontera común: noticias de muertos o desaparecidos, anuncios de nuevos operativos de control, inversiones para la border patrol o el muro de la vergüenza, cifras de deportados, difusión del Programa Paisano, notas al margen sobre la cacería de wetbacks. En este complejo y tangible proceso se inserta la novela Muros de sed (editada por primera vez en 2007), del michoacano Mario Chávez-Campos, en la cual la realidad se confunde con la ficción, si se tiene en cuenta la relevancia de Michoacán en relación a otras entidades federativas de México, por ser el estado con un mayor número de hogares y municipios con alta y muy alta intensidad migratoria. Parece que el negocio de la región es la exportación de mano de obra barata, que más tarde revierten en el país con envío de remesas que mantienen, mal que bien, la economía nacional a flote. Esto se traduce en una estimación de alrededor de tres millones de migrantes michoacanos que habitan

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en Estados Unidos y para quienes la realidad de la frontera, que han pasado legal o ilegalmente, determina sus derechos (o su ausencia) y la posibilidad de un trabajo mejor remunerado. La vida del otro lado es trabajo a todas horas, dos trabajos, tres, horas extras, largas jornadas a la espera de que se requiera ilegales para ahorrarse seguros y gastos extras. Extranjeros en tierra extraña De manera complementaria, la experiencia vital y literaria del paso a través de, y de la vida en la frontera se traduce en un conjunto de obras y de autores cuya importancia no puede soslayarse, y se encuentra íntimamente ligada a otras experiencias narrativas de quienes habitan los territorios fronterizos. De Ricardo Elizondo Elizondo a Luis Humberto Crosthwaite, de Daniel Sada a Heriberto Yépez, la frontera es recurso y recuerdo, realidad endurecida o transformada en la escritura, frontera que se vive teniéndola al alcance de la mano o se rememora desde la distante (y distinta) capital, pero al cabo siempre fantasma, sombra amenazadora como los ominosos bárbaros de Buzzati. Meshicana o michoacana, la voz narrativa de Muros de sed nos aproxima a un universo que nos confronta. Tomamos partido y opinamos al respecto, lo comentamos en la calle, lo vemos en los noticieros, lo compartimos con quienes han ido y vuelto, lo vemos como un brillo de esperanza en medio de la desesperación de quien no ve otra opción. No parece haber nada nuevo bajo el sol de la frontera, del exilio forzado, pero las interminables listas de los migrantes desaparecidos o muertos en busca del american dream que se recogen en este volumen evidencian que no se ha escrito de más sobre esta problemática, que la narrativa mexicana (a falta de otras opciones) aún puede construir discursos sobre los espaldas

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mojadas, los braceros, los trabajadores indocumentados, los xicanos, los mexican-american, los poseedores de su mica, su green card. Persistir en la escritura de esta herida social, a pesar de que los signos se muestren aciagos, nunca es labor ociosa ni palabras que se lleva el viento. Como mucho, las novelas que se escriben sobre la situación fronteriza y la vida del otro lado pueden resultar anecdóticas, pero cuando se intenta hacer literatura y no constituirse en testimonio el resultado puede trascender sus propias limitaciones y tornarse ficción del mundo. En su inolvidable introducción a Matadero cinco, novela sobre la segunda guerra mundial (en torno al absurdo de cualquier guerra), el estadounidense Kurt Vonnegut recuerda que alguien le dijo que escribir contra la guerra era como escribir contra las icebergs: era algo inevitable; Vonnegut parece mostrarse de acuerdo… y persiste en la escritura, en la ficción, y de muchos modos en la denuncia. De un modo similar, con un tono entre la ironía y la amargura, entre el ludos, el eros y el thanatos, escribir la migración mexicana en Estados Unidos conlleva, en Muros de sed, la transgresión de la palabra, la ruptura de la convención que llamamos novela en un intento de aprehender, de alguna manera, esa realidad del extranjero basada en la diferencia frente a los otros, el desencuentro y la pérdida antes que el reconocimiento. Extranjero en tierra extraña, escribió Heinlein, y los personajes viejos y jóvenes, solos y emparejados, heridos todos de muchas maneras por el paso fronterizo, son poscolombinos despojados de territorio y ávidos de una identidad volátil que se ha quedado en la arena del desierto de Sonora o el agua del río Bravo. Teniendo en cuenta, a modo de trasfondo, la migración hacia el norte, en Muros de sed un personaje, Raúl, llega a California huyendo de sí mismo, no estricta y únicamente de la pobreza sino de un vacío existencial que no sabe cómo llenar; sin que se men-

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cione de manera explícita, un programa oficial como Paisano facilita y propicia su tarea: pensemos en la importancia que tienen los envíos de dinero desde Estados Unidos para mantener a flote nuestra economía, y apreciaremos el valor que da el Estado mexicano a la migración, forzosa, ilegal: otro modo de exiliarse. Afirma la voz narrativa:
Y es que el exilio no es otra cosa. De lo que se trata es de autocompadecerse y dejar que la nostalgia se apodere de los sentidos. …[a pesar de sus esfuerzos de confundirse, de identificarse con el pueblo norteamericano] siguen siendo migrantes ilegales. Y aunque tengan papeles el status queda. Son ciudadanos de tercera en un mundo para blancos. Lo que ellos creen que dejaron atrás en México es nomás lo que imaginan. Todo son espejismos. Ni saben qué dejaron, ni qué están ganando. Pinche argumento cancionero: No soy de aquí ni soy de allá.

De lo que se trata, al fin, es de la raíz, el origen, el afán de constituir (descubrir, recuperar) la identidad. Este fragmento (como toda la narrativa sobre la migración, sobre la frontera como herida y sobre los chicanos como pueblo) se conforma a partir de la idea de la raíz al aire, sin sustento: el des-arraigo. La organización del espacio y la constitución de un lugar propio (individual y colectivo) suceden en lo concreto y en el imaginario. V de Violencia La idea de la frontera (y no sólo su concreción geopolítica) se ha constituido como una vía necesaria para la comprensión de diversos conflictos contemporáneos; más allá de una teoría de la frontera que comprenda el quehacer literario en tanto práctica cultural en el territorio compartido entre México y Estados Unidos, cuando

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nos aproximamos a la narrativa mexicana sobre ese norte imaginado es posible apreciar la recurrencia de la novela negra entre los escritores de la región. En los años más recientes se han publicado títulos que constituyen, de algún modo, un signo de la reflexión que desde la literatura se hace sobre la realidad de la frontera mexicana, cuya violencia se ha exacerbado desde 1995, a partir del endurecimiento de las políticas migratorias, un control más estricto del paso ilegal de mercancías y el descenso del precio de las drogas, entre otras razones. Es necesario cuestionar los modos en los que la violencia se torna el centro de esta narrativa contemporánea. Por otra parte, se debe reflexionar hasta qué punto la novela negra de la frontera norte es un discurso subversivo, en el contexto de la práctica literaria latinoamericana, o si, por el contrario, se ha constituido como parte del discurso que refrenda el status quo. De muchos modos, estas novelas son fronterizas; se ubican en el espacio limítrofe entre América Latina y el territorio estadounidense. Al mismo tiempo, se ubican entre la ficción y el testimonio, la crónica y la narrativa; así como lo fue el corrido, ahora se conforman como la nueva historia, desde la ficción, de la frontera y los sujetos que la habitan. Teniendo en cuenta estas tensiones es posible realizar una lectura que pretende marcar algunas pautas para la comprensión de la razón de ser de esta tendencia literaria en un espacio particular, cuya complejidad es parte de su riqueza y de la dificultad que ofrece a su comprensión. La novela Muros de sed exige casi desde el principio poner sobre la mesa que se trata de una ficción mediante exabruptos narrativos y poéticos, transgresiones en el relato de los hechos y reflexiones metaliterarias; de este modo nos obliga, de muchos modos, a entender que estamos leyendo una novela y no una crónica de he-

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chos, lo cual no resta validez, de ningún modo, a que nos conmueva el relato del modo en el que los migrantes sufren el paso del río o del desierto, la estrecha relación con el pueblo que se deja atrás y que al mismo tiempo los acompaña, el cinismo de los polleros y la violencia que las mujeres migrantes sufren, nunca mejor dicho, en carne propia (abusos sexuales de toda índole) en su intención de llegar al otro lado. La violencia sin sentido es descrita, en primera persona, por el personaje que la sufre (y hablo de un linchamiento que nos recuerda a Canoa) con cierta distancia discursiva:
A partir de aquí todo ocurrió como si estuviera leyendo una novela. … Todo lo que hacía me parecía que no lo estaba haciendo yo. Como si fuéramos dos personas las que estábamos metidos en el problema: el personaje y el narrador. … Los gritos histéricos de una mujer que urgía a los agresores a que de una vez acabaran con mi vida. Los jaloneos, los golpes en el rostro. … El cañón de una pistola en mi cabeza. Dos por una dos, dos por dos cuatro, cuatro por dos ocho … Silencio. Nada. Vacío. Y el narrador teniendo que buscar las palabras específicas, contundentes, para decir que todo había terminado. Que no más. Que hasta ahí. Ni fu ni fa.

Narrativa bendecida por la contradicción Literatura y metaliteratura, texto novelístico que trasgrede sus límites y reflexiona sobre el hecho la idea de qué más se puede decir, qué más se puede escribir cuando alguien ha muerto. Personajes de libro o de noticiero nacional, cifras de una estadística oficial o trabajadores indocumentados que nadie reconoce, los migrantes que aparecen en Muros de sed intentan reconstruir su historia a partir de una contradicción (condición sine qua non de la identidad mexicano-estadounidense), la de no pertenecer del todo a la

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sociedad norteamericana en la que viven y trabajan, pero que los discrimina y de la que reniegan; pero al mismo tiempo, no son habitantes ya de ese otro espacio, al sur de la frontera, San Abedecé, pueblo que es signo de la pérdida y de la identidad que se refrenda en las holidays y en las llamadas telefónicas internacionales para ponerse al día con los chismes que, de tan lejanos, se tornan en mentiras a medias. El fenómeno migratorio, y los textos de carácter literario construidos en torno, son más complejos que el mero relato de las peripecias del paso del río Bravo, la violencia asociada al tráfico de personas, armas y drogas; es un fenómeno cultural que se extiende en el tiempo y se filtra en todos los procesos sociales, políticos, económicos, colectivos e individuales, íntimos, de la población que se marcha al otro lado, pero también de la que se queda. Desde la literatura debe entenderse la aparición reiterada de los discursos ficcionales sobre la migración (siempre, de algún modo, testimoniales) como un fenómeno mucho más complejo, relacionado de manera íntima con lo social, lo ideológico, con el poder y la miseria, la idealización del sueño de vida americano y la pérdida de las raíces.
Para Ricardo era otro día de nostalgia lejos de su pueblo. La sonrisa de Britney era el único bálsamo para la pesada carga que lo mantenía lejos … Todo igual, como si no pasara nada. Santa Bárbara [California] era sólo eso. Trabajo y nostalgia. … Tantos años en el Norte le hacían parecer a San Buenaventura como un espejismo. A veces dudaba si realmente existía el pueblecito. A no ser por las constantes llamadas y los cotilleos de la familia que le aseguraban que … seguía allí. Que no se había movido un centímetro. Maceta vacía y perforada que lloraba por las raíces de sus hijos, que algún día habrían de volver al terruño.

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Más allá de lo que pudiera parecer evidente, el desarraigo de los personajes de esta novela es una metáfora de la esencial soledad de los seres humanos, en cualquiera de los dos lados de la frontera (y en cualquier sitio del mundo). Como decía Kavafis, el hombre que se cambia de ciudad huyendo de una angustia vital no hace otra cosa que llevar la ciudad consigo; todo migrante arrastra de este modo la esencial e ineludible insatisfacción de lo malogrado, de la pareja perdida, del sinsentido laboral o el desánimo para continuar adelante. El sociólogo Pablo Vilas apuntaba que no se trata de identidades ciertas o cerradas, sino de elecciones identitarias que cobran preponderancia o pasan a segundo plano constantemente: ser mexicano, ser mujer, ser esposa, ser migrante, ser de un pueblo, ser obrero o profesor, ser amigo o enemigo, ser compatriota o extranjero. En estas y otras opciones se construyen los personajes de Muros de sed, que como la novela de José Revueltas Muros de agua se encuentran encerrados, sin salida, pero en lugar de las aguas del Pacífico los rodea una suerte de carencia existencial, de vacío de sentido, lejos de Dios (como dice el refrán) y de México. Al cabo, la lectura de esta novela (desde el testimonio de los muertos hasta la exaltación del amor) nos recuerda que la literatura debe ser otra forma de pensarnos, otra forma de pasar al otro lado, donde quiera que se encuentre.
roDrigo parDo FernánDez Morelia, enero de 2011

Capítulo I

Agua
raúl alcanzó toDavía a echarle una miraDita al horizonte antes que
la brisa lo cubriera totalmente. Desde allí, parado en el antiguo muelle de una de las petroleras más poderosas de California, una plataforma marina parecía emerger entre el mar y la niebla, como si se tratara de un mitológico monstruo griego: medusa con cabellos de acero que vomitan fuego. Cada vez con más fuerza, el mar empezó a golpetear contra los cimientos del muelle haciendo crujir la madera de roble. Por la mezcla de sonidos, a Raúl le pareció que el piso sobre el que estaba parado era más frágil de lo que pensaba. La humedad en la cara, lo hizo limpiársela un par de veces con el dorso de la mano. Cuando se mesó el bigote el sabor a sal se le impregnó en los labios. A punto de la náusea escupió para librarse de la sensación, pero no le fue tan fácil, “carajo”, pensó, “pinche agua, de tan salada para qué sirve, ni siquiera para dejar buen sabor de boca”. Miguel ya no sentía los pies y sus piernas eran de gelatina. Una gelatina derritiéndose al rayo del sol. Sus muslos eran una enorme costra hemática. Si no fuera por la grave situación que estaba viviendo, le hubiera gustado carcajearse, por la manera tan cómica en la que tenía que caminar de tan rozado que estaba. Abriendo el compás de las piernas para evitar que los mus-

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los se tocaran. “Miguel, Miguelito”, escuchó que lo llamaban. Era Jacinto que apenas y podía mantenerse de pie. Jacinto no tenía más de dieciséis años y era tan flaco y estirado que todo el grupo había consensuado en apodarlo “El Seco”. Y de veras que Seco estaba seco de los ojos y la boca. Miguel no supo que responderle a Jacinto, mejor se puso a recordar la presa de su pueblo que aunque pequeña, servía para regar mas de noventa hectáreas de siembra, terreno que a no ser por esa agua almacenada, estuviera con la tierra tan cuarteada como piel de viejo perdido en el desierto. Tampoco dejaba de añorar la pileta de su casa, siempre llena de agua fresca. El Seco ya no podía caminar y todo el tiempo traía la lengua afuera: “Órale Seco camínale, no ves que ya casi llegamos. Haz el último esfuerzo”. El Seco miró a Miguel con sus ojos vidriosos, era lo único de humedad que le quedaba en su cuerpo. Entreabrió sus labios con dificultad y una nata espesa de saliva colgó por su boca. Algo quiso decir pero no pudo, el ruido de un helicóptero de la Border Patrol obligó al Coyote a gritar a todo pulmón: “Al suelo cabrones que hay viene la migra”. (En un movimiento violento empujaste al Seco que cayó de una sola pieza levantando la arena del desierto.) Miguel cayó encima de él y podía percibir perfectamente los movimientos desesperados de sus pulmones para poder respirar. El Seco estaba hirviendo pero no tenía ni una sola gota de sudor. Las luces del helicóptero se movieron por todo el desierto, la más cercana pasó como a un metro de donde estaba tirado el grupo de indocumentados. Todo ocurrió tan rápido que no te diste cuenta cuando el Seco empezó a convulsionar. Pasaron unos cuantos minutos entre que los reflectores buscaban y rebuscaban en el pedregoso y árido baldío. Abajo de ti, el Seco empezó a jadear desesperadamente. Entre los estertores alcanzaste a escuchar la última palabra del Jacinto: “Agua, agua”, dijo con la boca seca.

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Raúl se quitó los zapatos para sentir lo fresco de la arena. Mientras caminaba no dejaba de mirar la refinería de la industria venezolana Vennoco y el monumental complejo turístico del Baccara. Al acercarte, miraste un enorme hotel con arquitectura mediterránea. Pensaste que ese hotel era tan inculturado, que podría haberse encontrado en cualquier parte del mundo sin causarle mucho conflicto al paisaje. Al colocar tus ojos en el departamento número 16, te diste cuenta que tenía una amplia terraza con vista al mar. Tomaste tus infaltables binoculares de bolsillo y hurgaste un poco por el enorme ventanal de la terraza. Tu mirada pasó por un pequeño espacio que las cortinas dejaban sin cubrir y pudiste ver a un hombre con el torso desnudo, apretando entre sus brazos a una delicada y deslumbrante rubia con minifalda roja. A lo lejos, algo de la muchacha se te hizo familiar. Por sólo unos instantes, los ojos del hombre se encontraron con los tuyos tras los binoculares, un destello de luz de una sonrisa con diente de oro te impidió seguir espiando. Justo entonces, el cielo se deshilachó con un pertinaz aguacero. En un segundo estabas empapado. Con el agua que chorreaba de tu bigote te enjuagaste la boca. “Putas”, dijiste, “¿por qué carajos tanto agua?”.

Capítulo II

Barro
aFuera, se escuchaBan los taconeos De las muJeres que FastiDiaDas
querían terminar rápidamente su trabajo. Luego los azotones de puertas, el chirriar de las camas y los grititos fingidos de placer. Pedro ya se había acostumbrado a la rutina del hotel barato que se encontraba cercano al mercado de artesanías de Tijuana. De principio se ponía todo nervioso y hasta pensó, que a lo mejor estaría bien, entrar al baño a masturbarse para que se le quitara el calor. Pero luego, ya lo único que le preocupaba era que llegara el Micke, el mentado Coyote que le habían recomendado. Llevaba dos días en Tijuana decidido a pasarse como fuera del otro lado. Allá en su pueblo había dejado a su esposa, y le había dicho que se iba a seguir al Jacinto, su hijo de dieciséis años, que apenas una semana antes quiso dejar San Buenaventura para aventurarse a la frontera. Tenía la terrible preocupación de que no aguantara el paso por el desierto, y es que su hijo era tan delgado que todo mundo le echaba carrilla diciéndole Seco. Así que lo mejor sería que lo buscara y se lo llevara de regreso al pueblo. Toda la noche anterior no había podido pegar los ojos, primero por el calorón que hacía en Tijuana, apenas se bañaba uno y antes de que se secara ya estaba sudando y después, porque había tenido un sueño espantoso que le recordaba sus épocas como gatillero en el

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pueblo. Era la década de los sesenta, al Pedro con veinte años le gustaba el trago, echar bala y las mujeres. Tenía fama de ser acertado con el revólver, el cacique de su pueblo había puesto los ojos en él para que formara parte de sus gatilleros. Una vez que se incorporó a la gavilla, los otros compañeros que ya estaban más entrados en años y que además tenían ya basta experiencia en eso de arreglar las cosas a balazos, le apodaron “el Niño”. Paulo y César, dos hermanos que tenía una bien ganada fama por sanguinarios y violadores, le habían dicho que pronto, muy pronto, sería su bautizo de fuego, que ahí se iba a ver que tan hombrecito era. Porque una cosa era tirarle a los animalitos de plomo de la feria, pero otra muy diferente era tener el valor, para encontrándose frente a un hombre que lo mira a uno a los ojos, descerrajarle un tiro en la cabeza. A Pedro “el Niño”, le pareció que nomás le echaban puras habladas porque bien que le tenían envidia, pero también estaba seguro que esa época de los balazos ya se había terminado. Fuera lo que fuera, nada se compararía a los días en que la gente de José Calzadilla “el Guacho” se atrincheraba en los cerros que rodeaban al pueblo y día y noche, se la pasaban soltando balazos a cualquier extraño que se atreviera a tomar la vereda de San Buenaventura. También atrás, habían quedado los hombres que amanecían colgados en el viejo Pirú que todavía ahora, se mantenía firme frente a la casa del médico. Así que mejor, cada que los hermanos se ponían a contarle cosas, él tomaba un cigarro de carita, le mojaba la boquilla con los labios y se ponía a aspirar profundo el humo, demostrándoles que para hombres de una sola pieza sólo él. Pronto llegó la cacaraqueada fecha, fue una noche en que el pueblo era todo de barro, durante la tarde había caído un aguacero que presagiaba desgracia. Los hermanos fueron a buscar a Pedro ya entrada la noche. Bailotearon sus caballos en la puerta de su casa y soltaron tres tiros al aire, señal convenida

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por el grupo para avisarle que había llegado la hora de trabajar. Pedro recordaba perfectamente, como su madre se le agarró a la cintura y le rogó para que no fuera, le dijo, que juntándose con esos malos hombres no le podía pasar nada bueno. Pero él era joven entonces y nada le importó, es más, le dio un buen aventón a la vieja y salió echando un grito como de lobo, para responderle a sus compañeros que estaba listo para lo que ellos mandaran. Ya de camino al pueblo, el agua se les resbalaba por las alas del sombrero y por las largas mangas de plástico que les cubrían medio cuerpo. Pedro se sentía soñado, siempre le había gustado montarse en un buen caballo y calzar botas charras de piel de ternera. Paulo emparejó su cabalgadura y le dijo a Pedro: “Ora sí Niño, vamos a ver de que color pinta el rojo. Mira”, le dijo mientras su diente de oro reflejaba unos rayos de luna. “Vamos a ir a casa de los Ordoñes, ahí donde vive el Isaac. ¿Te acuerdas de él?, el chamaquito ese que se anda sintiendo muy chingón con el jefe”. Claro que Pedro se acordaba de Isaac, apenas tenía como un año que ambos habían acudido a la escuela para medio aprender a leer. El Isaac era rubio y tenía unos hermosos ojos azules que Pedro envidiaba, sobre todo cuando se trataba de conquistar a las muchachas. Al Isaac nomás le bastaba con una caída de ojos, para que cualquier chiquilla se encandilara con él. Pedro era morenísimo y sus ojos eran tan negros como un tizón, por eso envidiaba al Isaac. Claro que sólo lo envidiaba al principio, porque luego ya se fueron haciendo muy amigos de parranda, al fin que a los dos les gustaban las mismas cosas, especialmente las mujeres. Hasta Pedro se acordaba como alguna vez, se habían robado juntos alguna muchachita de San José Piedra Gorda, el pueblo vecino, nomás para quitarse las cosquillas. Cuando le dijeron el nombre, no pensó de lo que en realidad se trataba, era frecuente que el patrón enviara a sus pistoleros para advertirle al que se estaba

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metiendo en sus terrenos, que mejor le parara o que de plano, si no entendía, lo iban a hacer entrar en razón de otra forma. Así que le respondió al Paulo: “Me canso que lo conozco señor, si hasta casi es mi compadre”. “Pues que bueno que lo conozcas bien”, le dijo Paulo, “porque esta noche va a ser la última vez que lo veas”. Ahora sí que Pedro sintió como un corrientazo lo paralizó, se puso toditito frío y tan pálido que parecía que la luna había concentrado su luz sólo en él, como un enorme reflector de teatro que sigue al actor principal rumbo a la escena culminante. No quiso demostrar miedo frente a los hermanos, pero prefirió guardar silencio y hacer el camino hasta la casa de Isaac sin cruzar palabra con nadie. Cuando se acercaron al lugar, Paulo le ordenó que amarrara su caballo detrás de unos huizaches y que el resto del camino lo hiciera a pie. Desde aquí todos los recuerdos que Pedro tenía se habían borrado. Lo único que le quedaba en la memoria, era el momento en que el Isaac se le había quedando mirando con sus enormes ojos azules, justo cuando él sacaba el revolver para descerrajarle un tiro en la frente y luego, como había caído de bruces en el barro salpicándole las botas de piel de ternera. Hacía ya mucho que ese sueño no se le presentaba tan vivamente como la noche anterior, a lo mejor era porque esa noche también se había soltado una lluvia como aquella del recuerdo que presagiaba malos tiempos. “Qué cosas”, pensaba Pedro, “tanto luchar por la méndiga tierra, para que ahora todos la estén vendiendo o abandonando para venirse al norte a buscar un puñado de dólares”. Él mismo, que era dueño de por lo menos quince hectáreas de tierras ejidales, cinco de ellas en terrenos de riego, no le había quedado otra que dejar todo para ir en busca de su hijo. Aunque ya en la soledad del cuarto de hotel, había entendido que lo del Seco, sólo era un pretexto. Que él, desde mucho tiempo atrás, venía cavilando la idea de tirarle para los Estados Unidos,

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sobre todo, porque veía como casi la mayoría de los que se iban, pronto construían en el pueblo su buena casa de dos pisos y se compraban su camionetita. Así que desde cuando tenía ganas y si se había detenido era porque a sus sesenta años ya se sentía viejo y no era tan sencillo que algún paisano lo ayudara para pagar el Coyote. En su pueblo era común, que cuando alguien quería irse a los Estados Unidos, los que ya estaban en California les prestaran para pagar el Coyote, pero generalmente ayudaban a los jóvenes, porque así aseguraban que el préstamo sería pagado. Así es que había sido afortunado que dos días antes, hubiera recibido aquella llamada telefónica que le proponía que se fuera para la frontera, que ya había alguien que le iba a ayudar con el Coyote. Nunca se le ocurrió preguntar quién era, total, lo que quería era nomás pasarse a como fuera. Prendió la televisión para distraerse un poco y se encontró con el partido de futbol entre la selección mexicana y la de los Estados Unidos, la encendió justo cuando los mexicanos metían el que a la postre, fuera el único gol del encuentro. ¡Viva México cabrones gringos!, ¿no qué no nos los chingábamos?, gritó Pedro, mientras empezaba a comerse las uñas de la desesperación.

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el cuarto de un hotel: La úLtima frontera. Paredes descascaradas. manchas
amarillentas que dibujan un bestiario de melancolía. Sábanas con olor a sexo apresurado, violento. Restos de sangre que prueban virginidades rotas. Sentimientos dislocados. No existe mayor vacío para el alma que la soledad de un cuarto de hotel. Los sentidos erizados. Afuera toda la cantidad de gritos posibles: los fingidos de placer, monótonos y estudiados, play back de películas porno. Desgarradores y primerizos. Llenos de pánico, vergüenza y felonía. Apenas audibles de los amantes viejos. Carcomidos por la desesperanza. Intimidatorios de los Coyotes que vienen a buscar a sus presas para entregarlas al drenaje. Perentorios de los municipales a la caza de presas fáciles. Desaforados de narcos segundones en parranda permanente. Ruidos y más… las llantas chillando de la troca arreglada que se derrapa en el asfalto, disparos de armas largas en ayuno de carne. Enciendo la tele. El calor me pone una segunda piel de tela. Un noticiero local, casero. El locutor repite la hora cada minuto, la lee de un teléfono celular . Anuncia la muerte de un paisa, hidalguense dice. Las líneas de investigación se dirigen al ajuste de cuentas. Me quito la piel como las serpientes. Busco la madriguera debajo de las frazadas. El escozor es insoportable, si las pulgas fueran fluorescentes el cuarto sería un inmenso anuncio luminoso. Me niego a abrir los ojos. Aquí por lo menos estoy solo.

Capítulo III

Casa
a raúl le sorprenDió reciBir una llamaDa teleFónica tan tarDe. pero
lo que más lo destanteó fue lo que le dijeron: “Dígale a don Joaquín Ordoñes que ya tenemos a su pollito en Tijuana, que se prevenga con el money porque esto está very hot. ¡Ah!, y avísele que siguen siendo los 2000 dólares que quedamos, ¿okey?, no se le vaya a olvidar darle el recado vato, porque si no echamos pa atrás al chiken”. Eso fue todo y le colgaron. ¿De dónde diablos iba a sacar el viejo Joaquín 2000 dólares para pagar un Coyote? ¿Y a quién quería traerse de su pueblo? Al viejo lo había conocido en México, por aquellos años en que recién graduado de asentólogo en la Universidad Metropolitana, lo habían enviado para que diera una recomendación sobre un conflicto agrario en San Buenaventura, un pueblo muy al sur del estado de Hidalgo. Lo había conocido allá del otro lado, o por lo menos el viejo Joaquín lo había conocido a él, porque por más que exprimía los recuerdos, no se acordaba de haber visto nunca al viejo en San Buenaventura. Luego, recién llegado a Santa Barbara, California, y al cruzar en un lugar prohibido la avenida Hollister, el viejo le había gritado: “No sea güey inge, le van a entregar un ticket por andarse cruzando por donde no debe”. Entonces lo menos que le importó fue el regaño, llevaba toda la mañana viajando en un bus de los Angeles a Santa Barbara, cuyo chofer

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se la pasaba contando chistes en inglés, de los que luego se reía solo y cantando canciones pegajosas tipo New York, New York, así que para Raúl lo mejor que le había sucedido ese día, fue escuchar a alguien hablar en español y sobretodo dirigirse a él. Ya cuando estuvimos juntos, el viejo me preguntó que hacía yo por allá y me exigió detalles de cómo había terminado la bronca de su pueblo. Yo le dije que lo de San Buenaventura había terminado como siempre; el ejército se había quedado con las 94 hectáreas de su pueblo, en las que se levantaba ahora una ciudad militar. Que los guachos se la pasaban haciendo desmanes en el pueblo, o que por lo menos eso había leído en un periódico en México, que en la casa del médico en San Buenaventura, se había introducido un comando de seis uniformados para revolver papeles y robarse un teléfono celular. Pero que también se enteró que don Fidencio Flores, hombre respetado en el pueblo, un día había invitado a tomar cervezas a un guacho, luego que ya lo tenía emborrachado, fue por su escopeta y le metió en el cuerpo una docena de perdigonazos para que se enseñara a no andarse metiendo donde no lo llamaban. Muerto el soldado, le había sembrado una grabadora y una televisión para informarle al ministerio público, que los disparos habían sido en defensa propia porque el canijo federal quería robarlo. Y también le dije que estaba en Santa Barbara porque no tenía nada mejor que hacer en México. Y era cierto, mi ex-esposa me dejó sin el dinero que me dieron por el trabajito de la recomendación y decidió marcharse al fin del mundo. Así de exacto, la nostalgia por su país la condujo a la Patagonia chilena. El último contacto que tuve con ella, fue una postal manoseada que me envió desde Puerto Mont. Mi padre finalmente había muerto una semana atrás y mis perras, solidarias con su madre adoptiva tomaron la decisión de conocer Chile. Así que solo en la ciudad de México decidí cortar las RAÍCES definitivamente y tomé la determinación de hablarle a la compa-

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ñía arrendadora, que andaba queriendo comprar desde hacía ya algunos años la casa de mis padres, y vendérselas. Con el dinero abrí una cuenta en el banco y saqué mi pasaporte por un año. Ya más encandilado por el Norte, compré un boleto a Tijuana, obtuve una visa falsa y crucé en Greyhund por el puente hasta los Angeles y luego de allá salté para Santa Barbara. No me quedé en los Angeles, porque tomé como una señal premonitoria, el que Santa Barbara tuviera las mismas iniciales que San Buenaventura y parece que acerté, porque quién lo iba a decir, me encontré al viejo Joaquín aquí mismo. Ya luego el viejo me preguntó, que si a poco yo no sabía que casi la mitad de la gente del pueblo se viene a Santa Barbara de ilegal para buscarse una buena chamba, como le dije que no, me explicó que ya desde los años setenta algunos de San Buenaventura escogieron esta bahía para trabajar como jardineros, como sirvientes en las casas ricas, o bien atendiendo alguna tienda comercial o restaurante. Que desde entonces es imparable el flujo de ventorros que vienen para acá. “Es más”, dijo, “una vez que se aclimate, lo voy a llevar a que caminemos por la State st. que es la calle principal de esta ciudad y va usted a ver a una bola de gente del pueblo, a lo mejor ya no se acuerda de ellos, pero seguro que los que lo vean por acá sí se acordaran de usted. En mi pueblo nunca olvidamos a los fuereños que van a meterse en nuestros asuntos”. No supe si lo último que me había dicho el viejo era una advertencia o sólo un comentario para marcar la distancia, pero luego, de una o de otra manera me di cuenta, que este viejo Joaquín era tan bueno como el pan de rancho. Cuando le dije al viejo que ahora él me contara porque estaba de este lado, me dijo que nunca pensó que tan viejo se iba a venir pal Norte. Pero que después de que le mataron a su hijo la vida se le había acabado. Que su esposa y él nada más habían tenido un hijo, y que en realidad no era su hijo sino su hermano menor. Que como en su matrimonio a

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pesar de intento tras intento, la María no había podido tener hijos, sus papás le dejaron que criara a su hermano menor Isaac. “Viera que lindo era el chamaco, rubio, rubio y con unos ojos tan azules que ni el color de este pinche mar de Santa Barbara”. Con los ojos a punto del llanto el viejo continúo diciéndome que en unos pleitos de tierras en San Buenaventura, se habían tronado al Isaac. Que él, se pasó muchos años averiguando quien era el asesino. Y que apenas hace poco, había dado con la identidad del criminal. Joaquín me dijo que tenía ochenta años, pero para nada que los aparentaba, muchas veces lo reté para ver quien llegaba al cuarto piso del edificio de Isla Vista, cercano a la Universidad de California en Santa Barbara, que era donde rentábamos el apartamento y todas las ocasiones me había ganado. Yo tengo dos meses que llegué a Santa y desde entonces he vivido con el viejo, a mí no me costó trabajo buscar casa, que por estos lugares resulta ser bastante difícil, porque las rentas son muy caras, tan caras como novecientos dolares mensuales, o sea casi nueve mil pesos mexicanos según mi manía de convertir a pesos todos los precios, por un apartamentito de dos recámaras, cuarto de lavado, baño, cocina y sala comedor, como en el que vivimos el viejo y yo. A veces los ventorros tienen que pasarse de casa en casa hasta que consiguen en donde acomodarse y a veces también, no es nada raro que en un cuarto de tres por tres metros, duerman hasta siete ilegales. Pero yo no batallé nada, el viejo me dijo que los primeros meses no me preocupara por la renta, que él la iba a pagar completa. Por eso es que la llamada me había destanteado. ¿De dónde diablos saca tanto dinero el viejo, como para que le alcance para pagar la renta, pagar Coyote y hacer otra casa en San Buenaventura? Ah!, porque el viejo Joaquín, tiene todavía su corazoncito muy latidor y resulta, que hace dos años que se murió su María, se amancebó con una muchachona de 17 años, él dice que nunca podré siquiera

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imaginarme lo dulce y tierna que es su nueva mujer y que menos podré ver unos ojos como los de ella. El sonido de la puerta que se abre me desconcentra, es el viejo que al entrar me pregunta: “¿Qué pasó muchacho conseguiste chamba en la petrolera de Goleta?”. “Me dijeron que mañana me van a hacer una prueba con el inglés y que si la paso me dan el empleo”. “Ah cabrón, entonces tus papeles falsos resultaron buenos, porque ahí está muy difícil para que le den trabajo a los ilegales.” “Pues yo creo que sí. Por cierto viejo, le habló un tal Micke”. Los ojos de Joaquín se quedaron fijos en ninguna parte y las arrugas de la cara se le juntaron de un golpe. “¿Y qué quería?”, respondió como fingiendo desinterés. “Pues me dijo que ya estaba listo su pollito en Tijuana, que le enviara el money que habían convenido y que listo”. Sin decirme nada el viejo se metió a su cuarto y luego salió con un impermeable gris. “Nos vemos”, me dijo cuando abandonaba el apartamento, “todavía tengo asuntos que arreglar”. Al cruzar la puerta de salida se regresó para pedirme: “Eh muchacho, dame un abrazo y deséame suerte”. Mecánicamente abracé al viejo y pude sentir el bulto inconfundible de una pistola que traía metida en la parte anterior de la cintura del pantalón. “Suerte”, le dije, “ y no se meta en problemas”. Inmediatamente cruzó la puerta y la cerró con un azotón. Luego otra vez el teléfono: “Bueno, ¿no está el viejo?”. “No, ¿quién lo busca?”. “Mire, soy de San Buenaventura, dígale que el Seco, el hijo de don Pedro se murió en el desierto y que todos los paisanos estamos haciendo una coperacha para completar el pago de su traslado a México. Dígale en cuanto llegue que me hable”. El identificador de llamadas parpadeó para advertirme que la llamada se había realizado de un public phone. Los ventanales del apartamento empezaron a empañarse por la brisa del mar. El ruido de una gaviota que se estrelló en un vidrio de la sala me puso en guardia, mis músculos rígidos se prepararon esperando lo peor.

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Welcome vato a la more buena dirección of pseudo-poems, www.raícesdeciudad.com.mx if you dont like la tirada, you can mandarla al carajo and will you can continue con este worry culebrón.

Cuando pienso en mis raíces Imagino los rieles del Metro Que pasa por debajo de la sala de la casa Y se extiende entre las balaustras de 12 líneas y 78 estaciones “m”

Capítulo IV

Die
“La muerte llega la vida se va; en la frontera” manú chao

al vieJo Joaquín el camino a los angeles siempre se le haBía hecho
aburrido. Por eso decidió comprarse una troquita para siquiera distraerse manejando. En México nunca había manejado, pero luego que vio los carriles tan anchos del freeway pensó, que en los Estados Unidos cualquiera manejaba. Prendió el radio y encontró una canción de Lupillo Rivera que escuchó con gusto. Miró por el espejo retrovisor y lo deslumbró un auto deportivo que casi se embarraba en la defensa trasera de la camioneta, pero eso no lo impresionó tanto, como cuando sus empequeñecidos ojos azules lo miraron por el espejo. Esos mismos ojos azules, pero más grandes, tenía el Isaac cuando lo mataron. Siempre se preguntó, por qué el chamaco se había metido en el pleito de tierras si ni siquiera a él le correspondía. Total, la tierra era del abuelo y tenía más hijos que podían defenderla. Pero que va, el chamaco era retovón y se embraveció desde la tarde aquella, en que don José le dijo: “Mira escuincle cabrón, o te me sales de esta tierra o te voy a dar tus nalgadas”. Don José, entonces cacique de San Buenaventura, recibió de Isaac uno de sus mejores golpes; ese cruzado de derecha que tiraba directo a la mandíbula y que le había dado tan buena fama.

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Yo creo que por eso fue que el don José ordenó que te quemaran. Y no creo en realidad que haya sido por el golpe, sino por la humillación de que los curiosos que se habían reunido, lo vieran caer como cayó. Y tú como sin nada, ahí esperando que se levantara para continuar la pelea y como viste que no se animaba a seguirla, entonces fuiste a darle la mano y le dijiste que te disculpara, pero que la tierra era la tierra. Don José no resistió la venganza y ordenó que te mataran. Luego la venganza lo alcanzó a él, o más bien yo digo, que se nos adelantó alguien, porque eso de que su caballo prieto lo tiró accidentalmente allá por los llanos de la presa del pueblo, a ver quién se lo cree, yo digo que se lo quebraron, bien merecido que se lo tenía. A mí no me convenció nunca de que era buena gente, aunque dejara que todos agarráramos del agua de su pozo, que era el único que había en el pueblo. La llamada del teléfono celular trabó el casette del recuerdo. “¿Qué hay Micke, qué me tienes? Okey, okey. Será mejor que nos veamos en Tijuas, ahí mero en los canales. Calcúlale como a las doce, es que ya ves como se pone el freeway los fines de semana”. El viejo Joaquín se empezó a impacientar con el tránsito y estaba a punto de ponerse a tocar con el cláxon unas cuantas mentadas de madre, cuando unos metros adelante advirtió a una “placa”, en ella dos policías que parecían gigantes esperaban a un lado de la carretera a algún conductor que se atreviera a cometer una infracción. La cacha de la pistola le lastimaba la espalda, pero era un sacrificio que tenía que aguantar. ¿Cuántos kilómetros faltaban para llegar a Tijuana? ¿Cuántos años habían pasado desde el asesinato de Isaac? ¿Cuántos kilómetros había desde San Buenaventura, Hidalgo, hasta Tijuana, Baja California Norte? Don Pedro, había recibido la llamada del Micke que le dijo que esa noche intentarían la pasada, que lo iban a hacer por los canales, que era la mejor opción para brincar. Que la Border se estaba

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poniendo bien perra y que por la alambrada no lo iban a lograr. Pedro había replicado que no sabía nadar y el Micke le explicó que no tuviera pendiente, que el cruce por los canales se hacía en una lancha inflable. Pedro ya conocía los canales a los que se refería el Micke, eran unos canales como de cien metros de ancho y cinco metros de profundidad que separaban la frontera entre México y los Estados Unidos. A veces estaban vacíos, pero cuando llovía, por un sistema de compuertas los llenaban y la cantidad de agua que corría por ellos se convertía en una trampa mortal para los indocumentados. Abrió una ventana y se puso a mirar el cielo, respiró aliviado cuando se percató de que no había ninguna nube que amenazara tormenta próxima. Luego se tiró en la cama e intentó dormir un rato, todavía era temprano y lo mejor sería que guardara todas sus energías para intentar el cruce. Antes de quedarse dormido volvió a recordar el momento en que una bala destrozaba la cabeza del Isaac y como al caer en el barro, la sangre le había salpicado sus botas nuevas. Cuando el viejo Joaquín pasó por San Diego ya estaba oscureciendo y se lamentó de que fuera así, porque le parecía que ese mar era más azul que el de Santa Bárbara. Había hecho un buen trato con el Micke, 2000 dólares por pasarlo y por hacerle un favor especial, no era un mal negocio, de hecho, era muy bueno. Ésta era la segunda vez que cruzaba la frontera; la primera había sido por Mexicali y por el desierto, esta vez iba a ser por la línea y en su propia troca. Soltó una carcajada, cosas que hace uno nomás por poner las cuentas al día. A la izquierda vio el retén de San Clemente, larguísimas colas de autos en espera de ser revisados por los oficiales de la Border. ¿Cuántos paisanos estarían intentando pasar encaJuelaDos? Bajó completamente el vidrio de la ventanilla, apenas y contuvo un grito que luego masculló para él mismo: “Pinches bolillos”. Cuando miró del otro lado del puente el letrero que

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decía, Bienvenido a México, se sintió feliz de regresar a su país. Quién sabe por qué, pero le pareció como si viniera de una casa ajena y regresara a la suya. Cómo es posible que los lugares puedan significar tanto para uno, se dijo. Pues como no, si allá en el pueblo por eso hasta se mataban por las tierras, se respondió. Estacionó la camioneta cerca del puente, vio la hora en su reloj digital y se dio cuenta que apenas estaba a tiempo para llegar a los canales a la hora convenida. Antes de marcharse se cercioró que la pistola traía todas las balas en la recámara. Pedro salió corriendo del hotel, se había quedado dormido y tenía el tiempo justo para llegar a la cita con el Micke. En una bolsa de nylon había guardado una muda de ropa por si le hacía falta. No le gustaba la idea de cruzar la frontera empapado. Cuando tomó la calle que lleva a la línea, miró el cielo y le sorprendió encontrarlo lleno de nubes, un temblorcito recorrió su cuerpo: era de esos cielos que amenazan lluvia, y parecía de esas lluvias que presagian desgracias. “¿Qué pues vato, yo pensaba que ya te habías rajado?”. Recibió Micke a Pedro que jadeando se acercó a saludarlo. “¿Y qué, dónde están los demás?”. “Tranquilo carnalito, ya nomás estamos esperando a otro, esta noche sólo vamos a pasar poquitos al other side”. Pedro había intentado dejar de fumar todo el día, pero el MIEDO y los nervios lo obligaron a sacar un cigarro de la bolsa del pantalón. “Ni se te ocurra vato, porque la luz nos delataría. Ojo cabrón, no se me apendeje, nada de cigarritos ahora, ¿entendiste man? ”. El viejo Joaquín llegó tarde, pero pudo distinguir en la oscuridad a las dos sombras que lo esperaban. Al Micke le era fácil reconocerlo, el diente de oro lo delataba cada que abría la boca. Y el otro, seguramente era el pinche Pedro. Míralo tan tranquilito, quién lo viera así, nunca se imaginaría lo que andaba cargando su

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conciencia. El Micke se percató que alguien se acercaba. “¿Eres tú carnalito?”, dijo. “Yo soy”, contestó el viejo Joaquín. A Pedro como que quiso hacérsele conocida la voz, pero no logró precisar en dónde la había escuchado. El Micke se dirigió al Pedro para decirle: “¿You remember man?, aquí te presento a un viejo conocido tuyo”. Pedro empezó a sudar frío, la extraña actitud de los hombres lo previnieron que algo andaba mal. “Pedrito”, dijo el viejo Joaquín, “¿ya no te acuerdas de tu pueblo?”. Pedro escuchó con atención, ya casi tenía en la boca el nombre de quien le hablaba. Un rayo de luna iluminó los ojos azules de Joaquín. Pedro se puso a temblar como gelatina y pudo apenas contener las ganas de orinarse. “No puede ser”, gritó, “¿eres tú Isaac, eres tú?”. El viejo Joaquín quería terminar pronto con esa noche. Así es que desenfundó la pistola que reflejó lucecitas como puñales, que se le clavaron en los ojos a Pedro. Justo cuando la lluvia empezó a caer violentamente, Joaquín le decía a Pedro: “Claro que no soy Isaac, soy su hermano. ¿Te acuerdas de mí? Y si te digo quien soy lo hago nomás para que sepas quién te va a quitar la vida”. Los siete tiros se le clavaron a Pedro como aguijones de abejas africanas. El ruido de los disparos se confundió con el estruendo del agua al llenar el canal. Micke y Joaquín se apresuraron para aventar el cuerpo de Pedro a la corriente. Joaquín lanzó la pistola al canal. Cuando lo hizo sintió que se liberaba de un enorme peso. “Ahora sí man, ¿dónde parkeaste la troca? Lest go. Tengo una cita con mi jaina y chance todavía la alcance”, lo urgió el Micke. Dos sombras se alejaron del canal. El nivel del agua cada vez subía más, arrastrando todo lo que encontraba a su paso.

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Do you like a bad verso? Then continúa aquí…

Miedo
No hay peor miedo; Que el que tiene un puente En la lateral del periférico A las tres de la mañana. “m”

Encajueladas1
nunca haBía sentiDo tanto calor como hoy. no sé si sea el calor
que hace afuera o el calor que tenga dentro por no saber qué está pasando allá afuera. O sólo sea que mi cuerpo esté caliente como esperando algo. Allá en mi pueblo dicen, que la mejor manera de saber si la tierra está lista para ser cubierta con la semilla, es caminando descalza por la milpa y si la siente una caliente, es que ya está buena para sembrar. No sé por qué me da ahorita por pensar en eso, a lo mejor será porque ya de por si tengo muchos nervios y quiero distraerme en algo. También puede ser, porque a mí me da harto miedo la oscuridad y más me da el sentirme encerrada. Siento como si me faltara la respiración, o como si las paredes me estuvieran apretujando. Siento exactamente, como cuando en el rancho jugábamos con los niños a amontonarnos y a mí me tocaba hasta abajo, me acuerdo que yo lloraba mucho porque se me hacía que ya no iba a volver a respirar nunca. ¡Ah!, y ya recuerdo, también entonces sentía tanto calor como hoy. A mi me tocó ir en medio de la María y la Olga, quesque porque estoy más delgadita, así que no puedo ni voltearme para un lado ni para el otro. El sudor de la María empieza a pegárseme en el cuerpo y la temblorina de la Olga no me deja descansar. En momentos nos detenemos y es cuando más nos acaloramos, y en
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Este texto forma parte del libro De cautivadoras a cautivas, Mario Chávez-Campos, Secretaría de Cultura, Gobierno del estado de Michoacán, México, 2009.

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momentos caminamos despacito, es entonces cuando se mete el aroma de la gasolina y nos hace sentir mareadas. A medida que pasa el tiempo, todas nos ponemos más nerviosas, lo sé porque aumenta el sudor y la temblorina. Nadie habla, o mejor dicho, nadie platica con la otra, porque por dentro, seguro que traemos una lengua tan floja como la de la mejor víbora. Yo por ejemplo, no he estado en paz conmigo desde que llegamos a Juárez. Por cierto, que ciudad tan espantosa, todos tienen caras de violadores, nomás la ven pasando a una y hasta los calzones le bajan con la pura mirada. Cuando se lo conté a la Olga, me dijo que exageraba, pero luego que ya llevábamos un rato paradas en el aeropuerto esperando que llegaran por nosotras, me dijo que tenía razón, que ella ya había sentido clarito como le zafaban hasta el brasier. Pero de verás que da miedo Juárez, yo pienso que a lo mejor está feo porque es México y en México todo está mal hecho y mal organizado. De este lado todos son flojos y violadores. ¡Ay Diosito!, ahora qué estará pasando allá afuera. Ya llevamos mucho tiempo paradas y no avanzamos. A mí me tocó ver el puente para cruzar al otro lado antes de que lo intentáramos. Les dije a las muchachas, que por qué no íbamos a echarle un vistazo aunque fuera de lejitos, para ver si es que acaso se miraban los Estados Unidos. Y Fuimos. Chale, yo pensaba que era la gran cosa pero no, es como si fuera la caseta de la autopista México-Querétaro, la misma que lleva a San Buenaventura, nomás que es como si fuera en vacaciones, cuando hay filas interminables de automóviles intentando cruzarla. Y del otro lado, lo único que vimos de los Estados Unidos, fue una enorme bandera con barras rojas y un chorro de estrellas. Pero aunque la vi desde acá de éste lado, luego, luego, se ve que allá hasta las banderas son de mejor calidad y se mueven con el viento más bonito, como que yo creo que la tela es como la mejor seda que existe. Bueno, aunque ustedes

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no me lo crean, les juro, que hasta los colores son más brillantes, o sea que el azul es de verdad azul. ¿Ora qué se trae esta cafetera? Chíngalo, parece que ya no quiere arrancar. Nomás eso nos faltaba, que se descompusiera el pinche carro. Sí, yo ya les había dicho a la Olga y a la María, ¿a poco nos vamos a ir en esa carcacha? Ahora pienso que el coche es malo porque es mexicano. Mejor nos hubiéramos trepado en una troca americana, me canso que esas no fallan, no que esta porquería. ¡Ay, ay!, parece que ya. No. Ha de ser la marcha. O por lo menos, eso es lo que hubiera dicho el Juan, si es que se hubiera animado a venirse con nosotras. Pero bien que me dijo: “Te largas y ya estuvo. No voy a andar esperándote toda la vida. Además, sólo quieres irte para el otro lado para hacer lo que te venga en gana”. Y no se vino, y mejor, porque eso de que me anduviera considerando como una cualquiera, pues no. Ahora sí creo que ya va a arrancar. ¡Puta madre!, como huele a gasolina aquí adentro. Por fin encendió, ya empezaba la tocadera de cláxons de toda la línea que esperaba atrás de nosotros. Yo nunca he cruzado del otro lado, pero dicen que allá todo es bonito. Me han contado que hasta mar hay. Claro que yo también les digo que de éste lado hay mar también, pero todos dicen que el mar del otro lado es hasta como más azul, pero quién sabe, porque los que me contaron nunca han ido al mar de éste lado, así que quién sabe. Yo tampoco conozco el mar de México, pero a lo mejor sí está como menos azul, pero bueno, ya veré el de acá cuando llegue. La Olga se está empezando a marear y como que se le está viniendo la guácara. “No seas así manita, aguántate, ya mero llegamos, ¿o qué a poco por tu culpa nos van a encontrar?”, le dice la María. Pero yo veo a la Olga bien pálida y siento que ahora tiembla más y que está sudando frío. De repente, que se voltea de mi lado y que me suelta un chorro de vómito caliente, nomás alcancé a hacerme a un lado, pero de todas maneras me

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bañó. Luego la María, empezó del otro lado a querer vomitar y yo a decirle:” No chingues manita, aguántate o échalo para el otro lado”. La Olga está bien apenada, y se la pasa pidiéndome disculpas, yo no puedo limpiarme muy bien, porque apenas y puedo mover los brazos. Con trabajos pude quitarme un poco de la cara. Lo bueno es que no soy asquerosa, en cambio la María sigue arqueando para vomitar. Y hasta dice que ya tuvo que tragarse una bocarada de vómito. Yo antes era bien asquerosa, hasta que se puso mal mi abuelito y me tocó cambiarlo cada vez que se batía. Al principio, no lo niego, varias veces estuve a punto de vomitar, pero luego, me fui acostumbrando porque nadie quería atenderlo. El doctor de mi pueblo me decía, que había que cambiarle el pañal cada rato para que no se rozara y había que estarle lavando las llagas que se le formaron en la espalda. Nomás que yo solita no me daba abasto, porque luego de llegar de la fábrica donde trabajaba como costurera, tenía que ponerme a cambiarlo. También por eso me vine, porque ya no alcanzaba en la casa para todo. Y es que de éste lado se gana muy poquito, no alcanza ni siquiera para comprarle pañales a un viejo que ya se caga en la cama. Y dicen que allá del otro lado, le alcanza a una hasta para comprarse calzones de seda y encajitos. Y es que antes de venirme, me puse a echarle cuentas y me dije, en la semana ganas 450 pesos en la fábrica, más o menos como 45 dólares . Y en el otro lado dicen que lo más barato que pagan es a siete dólares la hora, por ocho horas de trabajo 56 dólares, casi 560 pesos. O sea que en un día voy a ganar más de lo que allá ganaba en toda la semana. Aunque todos dicen que al principio, ahí se la va llevando una poco a poco, porque pues hay que pagar lo del Coyote, que son como 2OOO dólares. Como veinte mil pesos, en mi vida he visto junto tanto dinero, pero dicen que en los Estados Unidos eso se ahorra en quince días. A ver si es cierto. Con el calor el vómito empieza

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a secarse y a oler más feo, siento que el estómago se me está haciendo nudo. Ojalá y que no salga yo también con mi payasada. La María ya tiene rato que vomitó en una bolsa que encontró y ya está más calmada. Y la Olga se está quedando dormida. Otra vez se detuvo el pinche carro, ahora a ver si arranca. Estando parados el calor aumenta bastante y le dan a una ganas de quitarse la ropa, yo por lo menos me quitaría la blusa para limpiarme el vómito. Total, dicen que allá del otro lado puede una andar bien libre y que nadie la mira mal. Voy a pensarlo, a lo mejor y hasta sí me la quito. Hoy es sábado y hay mucha gente, por eso nos dijeron que es el mejor día para cruzar el puente, porque como hay tantos carros ni los revisan bien. Ora sí ya me estoy desesperando, me siento otra vez como cuando jugábamos con los niños de mi pueblo; pero era esto o el río. Y la verdad que cruzarse por el río si es un arriesgue. Primero, porque como una no sabe nadar, dicen que aunque se ve bajito y silencioso, por debajo lleva muchas corrientes que arrastran a cualquiera. Y después, porque nos salió el Coyote, que tenemos que llevar ropa aparte en una bolsa de nylon. Que luego de pasado el río, tenemos que encuerarnos del otro lado para ponernos la ropa seca, y ahí fue cuando dije ni madres, no voy a andar perdiendo así como así, por más del otro lado que se trate. Yo creo que ya mero pasamos, porque empiezo a escuchar como que hablan en inglés allá afuera. Muevo a la Olga y a la María que se quedaron dormidas. Despiertan asustadas: “¿Qué pasó manita ya nos agarraron?”. “Bajen la voz”, les digo, creo que ya estamos a punto de cruzar. Oímos como se abren las puertas del carro y que alguien baja. Ahora todas somos un sólo manojo de nervios, el calor ha subido hasta el tope y el olor es ya insoportable. Escuchamos los pasitos que taconean el asfalto. Todas nos ponemos rígidas como esperando lo que sea. Luego, escuchamos clarito como meten la llave a la cerradura de la cajuela.

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“Chin, seguro vamos para atrás, nos detuvieron”, dice bajito la Olga. Pero yo ya les había dicho: pinche carcacha mexicana no sirve ni para cruzar el puente. La luz nos encandila a todas. “Órale cabronas ya pásense para adelante, bienvenidas a los Estados Unidos. Puta madre, ¿quién carajos se vomitó?, huele a perro muerto”. “Oye Micke, éstas viejas ni cuenta se dieron cuando cruzamos, creo que hasta venían durmiendo”. O sea que ni cuenta nos dimos cuando pasamos a éste lado. Bajamos de la cajuela y de veras que todo es más bonito acá. Los carros, los puentes, la carretera, el aire, el sol… “Estamos en América”, dicen los Coyotes, “la tierra de la libertad”.

Capítulo V

Employment
raúl ya tenía experiencia en eso De Buscar empleo. en los Dos meses
que llevaba en Santa Barbara, le había tocado trabajar como jardinero en un hotel de cinco estrellas, vender hamburguesas en el Mac Donalds, despachar desodorantes en una K-Mart y hasta promocionar computadoras en el Circuit City. Así que ya no lo ponía ni tantito estresado eso de presentarse a una entrevista para ver si conseguía el trabajo. Lo que lo mantenía preocupado esa mañana, era que el viejo Joaquín no hubiera llegado a dormir y sobre todo que, se hubiera llevado el arma consigo. El bus lo dejó al final de la avenida Hollister, así es que tuvo que caminar unos dos kilómetros para llegar a la planta petrolera de la Vennoco. La security de la entrada le preguntó que a dónde se dirigía y él respondió en un mal inglés que tenía cita con Mr. Timoty, para ver si le daban trabajo. Afortunadamente Mr. Timoty, estaba por ahí cerca y con su pésimo español te gritó: “Pásale amigo es por acá” . Junto al gringo se encontraba un hombre bajito, moreno y con el pelo enmarañado. “Rush te presento a Ricardo, el es mexican como tú, y en caso de que sea aceptado en el trabajo será tu compañero. Sigue con él , primero te va a mostrar más o menos como funciona lo planta y luego rrápidamente yo te haré unas preguntas clave para ver si entendiste la explicación, eso serrá todo”. Ricardo te saludó

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animosamente. “¿A poco ya no se acuerda de mí inge?”. Te le quedaste viendo fijamente a su rostro, a ver si de casualidad lograbas arrancarle a la memoria alguna señal. “Pues no. Francamente no”, le contestaste. “A ver inge, le voy a ayudar. ¿Recuerda San Buenaventura, en Hidalgo?”. “Sí claro”, contestaste. “¿No me diga que usted también es de allá? Tal parece que medio pueblo se ha venido de indocumentado”. “Tiene razón inge”, agregó Ricardo, “ya muchos paisanos viven por acá, incluso hace dos meses que yo dejé de ser sanbuenaventurense para convertirme en ciudadano norteamericano. Y es que figúrese usted que nos estaban quitando un montón de derechos a los residentes, por eso es que decidí adquirrir la ciudadanía y de paso votar por el candidato que mejor apoyara a los hispanos”. Raúl pensó que muchos de los mexicanos no se reconocían así mismos como latinos y más bien se identificaban como hispanos. Claro, analizaste, aparentemente era mucho más digno para ellos tener un pasado europeo que uno de americano de segunda. “Oka”, dijo Ricardo, “por qué no empezamos a recorrer la planta, sirve que pronto se termina la espera para ver si le dan el trabajo o no. Pero antes déjeme preguntarle algo”, Ricardo te miró con cara de preocupación. “¿Es verdad que las cosas andan tan mal en México, para que alguien como usted con una profesión, haya tenido que venirse al otro lado para trabajar como indocumentado?”. Raúl prefirió no contestar y con una seña conminó a Ricardo para que iniciaran el recorrido. “Bien amigo, primero le voy a decir en que consiste mi trabajo y si lo aceptan, el que será suyo. ¿Ve este aparatito? Bueno, este aparatito como calculadora es un detector de gas, debe acercarla a cada una de las uniones de la tubería y nos va diciendo los niveles de gas LE, o de amoniaco que hay en el ambiente más cercano al lugar donde se acoplan los tubos. Ambos gases, deben tener un nivel de cero partes por millón porque son altamente tóxicos; nos han dicho los

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especialistas que vienen a darnos cursos a la planta, que sí respiramos el gas por treinta segundos estamos muertos. Así que debemos ser muy cuidadosos en la revisión. Ahora sígame, estos son los ductos que traen el gas desde la plataforma marina que tenemos por allá”, te señaló el mar y como a diez kilómetros de donde estaba la planta descubriste una araña gigante que se levantaba en el horizonte. “Estos tubos traen petróleo y gas. El petróleo se almacena en los tanques especiales y el gas pasa por esos como filtros para separar el gas venenoso del gas natural. El gas venenoso pasa a su vez por aquellos recipientes en donde se separa, una parte se vuelve amoniaco y como es más pesada se queda en el fondo del tanque, el amoniaco se compacta y luego se transforma en amonio y mire acérquese para acá, en estos recipientes se guarda para luego venderlo como fertilizante. El gas venenoso se va a aquellos hornos en donde se quema, al quemarlo deja de ser venenoso”. Ricardo te condujo a una enorme caldera que tenía una mirilla de vidrio de alta resistencia. “Vea por aquí”, en el interior el acero del contenedor estaba al rojo vivo, hasta entonces era lo más parecido al infierno que habías visto. “Okey, ¿pues es sencillo no?, todas las tuberías hay que checarlas. Antes ese trabajo lo hacía yo; seis meses en tierra y seis meses en la plataforma marina, pero ahora la empresa ha decidido contratar otro trabajador para que la revisión sea más detallada y efectiva. ¿Qué le parece?”. Raúl se quedó sorprendido de la soltura con que Ricardo se refería a un proceso químico tan complicado. “Ahora, mire allá arriba, ¿ve esas redes como de atrapa mariposas?, pues nos indican para dónde está soplando el viento. Cuando hay una fuga de gas se prenden las luces rojas que están allá arriba, ¿las ve?”. Raúl miró la parte más alta de los soportes de los contenedores, Ricardo continuó: “Cuando eso sucede tenemos que fijarnos para donde está soplando el aire y correr para el lado contrario. ¿Ya está listo?, para

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decirle al Timoty que venga y lo examine”. Raúl se sentía un poco inseguro, pero decidió que la entrevista se acabara lo antes posible. “Claro Ricardo, estoy hecho”, fue lo único que se le ocurrió decir. “Okey Rush, ¿estás listo?”, dijo el gringo. Antes de contestar que “sí”, Raúl miró la enorme panza y los cachetes rubicundos del güero. “Bien Rush, dime nomás cual va a ser tu trrabajo para nosotros”. No respondas todavía, quierro decirrte que esta planta es una de las más importantes de los Estados Unidos y que todo el personal que aquí trabaje tiene que estar comprometido al cien por ciento, ya que cualquier falla puede resultar catastrófica para Santa Barbara”. Raúl le repitió a Timoty paso a paso lo que apenas le había enseñado Ricardo. “Okey Rush, desde mañana puedes presentarte a trabajar”, Timoty no dijo más, se dio la vuelta y se perdió tras la entrada de la oficina. Ricardo te abrazó sinceramente. “Que suerte tuviste man, el Timoty es muy estricto y a ti casi ni te preguntó nada. De todas maneras no te preocupes, toda la semana voy a estar contigo para enseñarte algunos trucos y decirte cuales son los lugares donde con más frecuencia se fuga el gas”. Ricardo te acompañó a la salida mientras te platicaba, que esa tarde iban a trasladar al Seco a México. Te explicó que el pinche José lo había dejado morir en el desierto. Raúl supuso que Ricardo le hablaba con tanta familiaridad porque lo consideraba como un sanbuenaventureño adoptado. “¿Quién es José?”, le preguntaste a Ricardo. Él te contó que José era el Coyote de San Buenaventura, aunque te aclaró que no era el único, que había por lo menos cinco más. Que se estaban hinchando de dinero con lo que les sacaban a los ventorros que soñaban con ir al Norte. Cobraban de a dos mil dólares y por lo menos cada mes hacían un viaje con diez paisanos. “¿Pero qué eso no es un delito grave?”, preguntaste ingenuamente. “!Ay amigo!, usted sabe que allá en México todo es corrupción y tranza. Dicen que el José ya está conectado con las

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mafias que operan en la frontera y que nomás les pasa su mochada y ellos se hacen de la vista gorda”, antes de que terminara de informarte, una hermosa niña morena, ojos negros y pelo largo sedosísimo, se le colgó de la cintura a Ricardo. “Dady, dady”, gritó la chiquilla. “Raúl, es Britney, my daughter. Ella ya nació acá de éste lado, por eso es que a veces habla medio pocho. Hija, saluda a Raúl, que también viene de San Buenaventura, México, our people”. “Hello Rraúl. De veros usted conoce mi pueblo, dígame ¿es tan bonito cómo me cuentan?, es grrande y tiene tantas tiendas como Santa Barbara”. Raúl no respondió, sólo le regaló a Britney la mejor de sus sonrisas. “¡Ah, se me olvidaba!”, dijo Ricardo antes de subirse a un imponente auto deportivo, “mi otro niño se llama Richard, espero que pronto lo conozcas Raúl”. El auto se alejó velozmente por la carretera, desde la ventanilla, Britney se despedía de ti moviendo su mano graciosamente.

Capítulo VI

Fiesta
lo primero que viste al aBrir la puerta Del apartamento, Fue al vieJo
Joaquín despatarrado en el sofá de la sala. Estaba todo llenó de barro y olía a cerveza. Tan cansado estaba, que no se dio cuenta que habías llegado. Hiciste el menor ruido posible para que no se despertara, pero luego de que el viejo dio un ronquido que casi lo asfixia, despertó sobresaltado. “¿Qué pasó muchacho, en qué andabas metido que no te vi salir en la mañana?”. Al parecer, Joaquín se te quería adelantar a la pregunta que tú tenías que hacerle. La estrategia verbal te destanteó y sólo alcanzaste a contestar: “Fui a ver lo del trabajo en la Vennoco”. “¿Y te lo dieron?”, dudaste en sí regresarle el albur con un: “provecho”. O un: “me dijeron que después de usted”. Pero simplemente le dijiste, “sí”, mientras te dirigías al refrigerador para sacar una cerveza de lata. “A propósito viejo, por fin le atinó a una marca de cerveza bebible, no que esas Coors light, saben a puritita agua”. Le diste un trago tan largo que rápidamente vaciaste más de tres cuartos del contenido y no te la terminaste, porque un sonoro eructo te impidió la hazaña. “Así que dígame usted don Joaquín, ¿me va a decir qué diablos se trae con ese jale de la pistola?”. El viejo se te quedó nomás mirando con un gesto que se podría traducir como, para qué te cuento lo que no puedes entender, pero finalmente dijo: “Andaba arreglando cuen-

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tas con la historia”. Comprendiste que ya no te iba a contar nada más, así que luego de dos intentos por arrancarle otro poco de la respuesta, mejor tomaste la decisión de iniciar el chascarrillo, le propusiste: “Por qué no nos vamos a la calle principal de este pueblucho, ¿cómo dice que se llama?”. “Estado”, respondió Joaquín. “Bueno, porque no nos vamos a la State y fisgoneamos un poco a las gringas del desfile”. “Ve tú si quieres”, te dijo Joaquín, “yo prefiero seguir dormido toda la tarde”. Apenas terminó de hablar y se acomodó nuevamente en el sillón para seguir soñando quién sabe en qué cosas. Ya en la calle y rumbo a la parada del bus, viste delante de ti a una mujer de caderas regulares, talle estilizado, y una hermosa cabellera negra, que como crin de caballo le acariciaba la espalda. No sabrías explicar bien a bien por qué, pero lo primero que se te vino a la cabeza fue que a esa muchacha ya la habías visto antes. Ella caminaba despacio, como cuando uno no tiene donde llegar y lo menos que le interesa es que el camino se acabe. Tuviste que disminuir el ritmo para colocarte detrás de ella, te fue inevitable mirar la desnudez de sus hombros que quedaban descubiertos por una ligera blusa de tirantitos, y deshaciéndote de todo prejuicio absurdo sobre la morbosidad, te pusiste a mirar sus nalgas. De redondez perfecta para tu gusto, porque esas otras nalgas que lucían las gringuitas y que eran como levantadas por soportes, más bien te parecían de plástico. No. Éstas eran unas nalgas redondas como mitades de melón, simétricas y duras, porque en cada paso que daba la mujer se contracturaban para ayudar a que el muslo se moviera. Tus ojos atravesaron la tela del pantalón y te imaginaste unos diminutos calzones que se ajustaban tan bien a la piel, que las costuras apenas y se dibujaban tenuemente a través de la tela. Algo ha de haber sentido ella, porque volteó a verte, no sabes si para agradecerte las caricias o para mentarte la madre por libidinoso. Sin embargo, cuando te clavó la mirada en tu resbaladiza

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nariz, (la ventaja de tener nariz prominente era que todas las miradas chocaban primero en ella), descubriste esos amplios ojos color de almendra madura: “Lucero”, dijiste, casi agradecido con la fortuna. La muchacha se desconcertó con tus palabras, pero no bajó la mirada, que ahora buscaba en tus ojos y en tu cuerpo algún asidero para reconocerte. Con certeza fracasó en su ofensiva por lo que te preguntó: “¿Disculpe señor, lo conozco?”. Le respondiste deteniendo los deseos de salir corriendo. Tuviste que digerir rápidamente, tan veloz como un procesador de computadora moderna, que efectivamente para aquella joven, tú eras un señor, ¿cuántos años le llevarías?, ¿quince?, ¿doce? O sea que cuando tú terminabas la secundaria, ella era una tierna, dulce y delicada bebé con las nalgas al aire. Sin embargo te armaste de valor: “Claro que la recuerdo, vi un par de veces esos ojos color de almendra que nunca podré olvidar”. Al contrario de que se ruborizara, la respuesta ahora te desbalanceó a ti: “¿Qué son las almendras señor?”. Luego de tan romántico encuentro, le platicaste todo acerca de tu estancia en San Buenaventura. Lo de la primera vez que la viste en una combi del transporte colectivo de su pueblo, lo de un baile en el que cuando ya te habías decidido, primero a hacer el ridículo bailando y luego a pedirle que compartiera contigo la vergüenza, la música terminó violentamente por la muerte de un hombre. Ella casi no habló durante todo el trayecto hasta la parada del bus. Ya que terminaste la confesión, ella empezó diciéndote, que sí no sabías cómo andaba el trabajo por acá. Le respondiste que no era tan fácil encontrarlo, pero que buscándole y con suerte. Luego se te ocurrió enterarte como había llegado a Santa Barbara. Y ella te dijo, que le había pagado a un Coyote de su pueblo para que la cruzara. Cuando te lo estaba diciendo sus ojos perdieron el brillo y su nariz se arrugó un poco. Tuviste el tacto suficiente para no abundar en el tema. “Sabes”, le dijiste, “¿qué te parece si vamos a ver el desfile de las fiestas

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españolas allá en la State?”. “¿En la qué?”, dijo ella “En la State, o la Estado, así se llama la avenida principal de Santa Barbara. Es la que corre desde la bahía y hasta las montañas”. Lucero no contestó tan rápido, ni tan solícitamente como te hubiera gustado. Se quedó mirando a través del vidrio del camión y luego te ripostó: “Si promete ya no andarme viendo cosas que no debe, acepto”. Turbado y ruboroso, preferiste mejor cambiar la conversación. “Mira”, le explicaste, “este autobús llega hasta el bus depot y de ahí tendremos que caminar un poco para llegar a donde va a ser el desfile”. “¿A dónde dice que llega?”. “Al bus depot, bueno a la central, pero ya te darás cuenta que aquí todos le dicen bus depot. Yo también, cuando llegué por primera vez, no entendía de qué se trataba, ya luego va uno agarrándole la onda”. El camión llegó a la terminal y cuando tomaron las escaleras para abandonarle, las largas manos de Lucero rozaron accidentalmente las tuyas. Fue sólo un segundo, aunque suficiente para sentir la suavidad que puede tener la piel de una muchacha con ojos hermosos. Ella retiró inmediatamente la mano y siguió como si nada. De caminó al desfile, ambos pudieron ver como en todos los negocios se colocaban banderitas de España y los Estados Unidos, y en alguno que otro, vieron la bandera con un oso como escudo, que era la de California. Mucha gente iba al desfile. De pronto, oíste a alguien que te llamaba: “¿Qué tal Raúl, divirtiéndose un poco?”. Era Ricardo, el trabajador mexicano que conociste en la planta petrolera y que llevaba de la mano a la simpática Britney. “Así es, vengo a ver de qué se trata esto”. Los ojos de Ricardo se clavaron en Lucero, entre una mezcla de odio y acusación de cinismo. Tú, te diste cuenta de todo, pero no lo entendiste, porque antes de que Britney terminara de explicarte, que en ese desfile donde se celebraban los días españoles salía mucha gente vestida como mexicanos, y te preguntaba si así se vestían en su pueblo, Ricardo te dijo: “nos vemos mañana en el trabajo, llegas

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temprano para que me de tiempo de explicarte más detalles”. Después que se fue Ricardo, Lucero estaba incómoda, pero preferiste no preguntarle por qué. Se detuvieron en la avenida y se acomodaron para ver el desfile que apenas empezaba. Lo primero que te llamó la atención, fue la mescolanza entre motivos puramente españoles y típicamente mexicanos; se podía ver un sombrero de charro en una mujer vestida de flamenca. O a un hombre vestido como los hernáncorteces de la conquista calzando botas vaqueras. Y los rostros de, podrías asegurarlo, mexicoamericanos, que gritaban en un mal español: “Viva la Fiesta”. Lo decían tan cómico, que se te ocurrió pensar, cómo le harías para que cuando le escribieras a tu amigo Hans, le pudieras transmitir el modito tan ridículo de gritar: “Viva la fiesta”, que tenían los gringos. Vviva lo fiesto, creíste que a lo mejor sí lo escribías así, se iba a desternillar de risa como tú, pero dudaste de tu capacidad para transmitir de forma escrita lo que estaba provocándote una risa abundante. Lucero te mandó una mirada como de qué-te-está-sucediendo, pero en el momento que pasaba el primer carro de bomberos que hubo en el condado de Santa Barbara jalado por unos impresionantemente grandes y bien cuidados caballos percherones, te volvió a mirar y te regaló lo mejor que te había pasado en los Estados Unidos desde hacía dos meses que estabas allí; la risa más bella que jamás habías visto. De dientes impecablemente blancos, de simetría perfecta, de labios delgados pero carnosos, de pómulos brincones, de ojos chispeantes. Tan feliz te puso la sonrisa, que ya en plena euforia, imitaste el modo de hablar de los gringos y le gritaste a un vaquero blanco, gordo y ceboso: “Viva la fiesta cabrón gabacho”. De regreso al autobús, te imaginaste a toda la gente de San Buenaventura vestida de flamenco y con sombrero charro. Antes de subir al bus, una gringuita pecosa te disparó a rajatabla un flachazo con una cámara desechable, FOTO, smile, te decía, todavía llena de fiesta.

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For the lovers, naquito:

Foto
Íbamos caminando de la mano En contraflujo por Insurgentes La noche era ruido de motor Juntamos la cara para besarnos Y la luz alta de un auto Nos fotografió “m”

Capítulo VII

God bless America
¿te acuerDas De la lucero, carnalito? la lucero, la pollita Del vieJo
Joaquín. Bueno, pues en el último viaje me tocó pasarla por el río. Dos hombres conversaban en los asientos de un avión con rumbo a México. Uno de ellos, el más platicador, era morenísimo, chaparro y de cabello negro largo hasta los hombros, un gigantesco crucifijo de plata colgaba de su cuello. Vestía pantalón de mezclilla, camisa vaquera y botines charros. El otro, su compañero de viaje, tenía un enorme parecido a él, sólo que era un poco más esbelto y con bigote, éste vestía bermudas de mezclilla anchas y tenis. “¿Cómo qué la pasaste por el río?”. Sí man, la chavita fue a verme al billar que recién pusimos en el pueblo y me preguntó que para cuándo tenía viaje. Luego que le dije el día, me preguntó que cuánto iba a ser y que cuánto tiempo tenía para pagarme. Yo le dije la tarifa carnalito, le empecé a explicar que todo había subido y que la cosa se ponía cada vez más peligrosa para cruzar la frontera. ¿Y eso cómo cuánto es en pesos?, me arrinconó. Son como veinte mil. Nomás le dije y que tuerce la boca. Bueno, gracias, contestó y se fue. Cuando se dio la vuelta le eché el ojo carnalito, y me dije: José, esas nalguitas tienen que ser tuyas. Así que lueguito le hablé: ‘’oyes, si quieres irte pal otro lado yo te puedo ayudar y aunque sea hay me vas pagando poco a poco’’. Ella como que se malició algo, porque rapidito

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me contestó: ‘’No gracias, ya luego veré’’. Por cierto carnalito, ¿a poco tú crees qué estamos cobrando caro? Si cobramos lo mismo que sale agarrar Coyote en la frontera, la diferencia con nosotros es que somos del mismo pueblo. Yo digo que hasta cobramos barato, ya ves a todos los peligros que se expone uno, como por ejemplo lo que le pasó al David. Apenas llevaba dos años en este jale y de cuantas cosas ya se había hecho: dos camiones de volteo, dos taxis, dos camionetas y un auto de lujo del año, claro que eso además de arreglar su casa del pueblo. Pero ya ves, le cayó la de malas, y se le murió el muchachito del Justino. No sé bien como estuvo la cosa, pero parece que el chamaco, como tenía muchos años de vivir en la ciudad pues no tenía condición para caminar, y anduvo tome y tome agua cuando iban cruzando el desierto por allá por Texas. Ya luego que se le terminó la reserva de agua, le dio por tomarla de los charquitos que quedaban en las piedras cazueludas y pues agarró una infección. Diarrea y vómito, así que en menos de lo que te lo estoy contando se echó. Y el David hizo lo correcto, a poco nomás por el chamaco iba a dejar que la Border agarrara a toda la parvada que venía con él. Y ahí lo dejó, y pues ya lo quería Dios, se quebró. Nomás que dicen que uno de los hermanos del muchacho acababa de salir del reclusorio en México, creo que porque robó y mató. Y que cuando supo lo de su hermano, regresó al pueblo y le juró a su carnalito en la tumba, que él se iba a vengar del cabrón que lo había abandonado en el desierto. También cuentan, que cuando el encargado de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Hidalgo se enteró del muerto, dio aviso al presidente de Tepeji del Río para que le ayudaran a su familia con los gastos del traslado, y que las autoridades del municipio le propusieron a los familiares del muertito que si denunciaban al Coyote que se lo había llevado, todo les iba a salir gratis, que los gastos corrían por cuenta del gobierno. Y lo denunciaron, y ora dicen que el David nomás anda

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escondiéndose por allá por Tenesee y que quién sabe si regrese a México. Porque si regresa, o lo matan o lo meten a la cárcel”. “Y para que vamos tan lejos”, dijo el de las Bermudas, “¿que ya no te acuerdas cuando el río nos quitó a aquella señora de Tepeji? Aunque a mí se me hace, que esa vez sí fue culpa nuestra. Ya ves que yo te dije, espérate carnalito, no ves que el río va bien crecido y nos va a costar mucho trabajo pasar. Y tú, como estabas tan acelerado por llegar dijiste, pues vamos a aventarnos así, nomás nos agarramos bien de la cuerda. Y desde que metimos los pies en el río yo sentía clarito como remolineaba el agua en el fondo. Y como era, a la mitad del río la Agustina se soltó y lo único que pudimos ver fue como se la llevaba la corriente. Lo bueno, es que a esa nunca la encontraron y cuando sus familiares fueron a preguntarle a mi vieja, que si no podíamos darles razón de la Agustina, mi vieja les dijo que nosotros no sabíamos nada, que ya había pasado, pero que quién sabe dónde estaba, es más, que si les llamaba, le dijeran que el Coyote le mandaba decir que, ¿qué había pasado con los mil dólares que le había quedado a deber? No, si mi vieja es buena para eso de las puntadas”. Por eso yo digo que el precio es justo, intervino el del crucifijo, además, ya ves como todo de veras está bien caro, ¿a poco crees que el caserón que estoy construyendo en San Buenaventura me lo están regalando? No, el material me está costando un ojo de la cara. O te imaginas que el terreno que compré sobre la avenida principal de Tepeji me salió barato, ni madres man, casi invertí lo de tres viajes. “A mí ya no tienes que convencerme”, le dijo el de las bermudas: “a la que en todo caso tuviste que convencer fue a la Lucero, ¿no?”. Pues fíjate que no. Un día antes de que nos fuéramos para la Central del Norte a tomar el camión a Piedras Negras, me fue a buscar a la casa y me dijo que si podía ayudarla. Llevaba puesto un pantaloncito de mezclilla bien enterrado, y que le digo que sí, que se apreviniera, porque al día

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siguiente íbamos a salir muy de mañana. Y pues yo dije ya chingué, aunque has de saber que mi vieja empezó con sus celotes; y que sí cabrón, ya agarraste culito nuevo. Pero que la paro en seco y que le contesto, qué cúal culito nuevo, si el viejo Joaquín bien que ya tenía rato estrenándolo. Total, que ya en la frontera, comimos y nos jalamos para el río. Y aunque estaba bien calmadito me dije, ahora es cuando, que les digo a todos que era muy peligroso pasar esa noche, que mejor nos esperábamos hasta el otro día, que cada quien buscara hotel para quedarse a dormir y que mañana a las siete de la noche nos veíamos, que fueran puntuales para intentar la pasada. La Lucero no sabía ni que hacer, pero yo me le acerqué y le dije, no te apures, vamos a cenar y luego yo te pago un cuarto de hotel. Nos fuimos a cenar unos burritos de carne y le invité una cerveza. Después que se tomó tres, empezó a decirme que el viejo Joaquín ya tenía como dos años en Santa Barbara y que no tenía ni pa cuando regresar, que ya de dinero estaban bien, pero que el viejo le había dicho que tenía cuentas que pagar, así es que no podía regresarse. Que ella no entendía qué tipo de cuentas, porque ya tenían harta lana, con la que construyeron una buena casa en el pueblo y se compraron dos troconas, además del dinero que habían metido a plazo fijo en el banco. Así que no entendía por qué no se regresaba. Que a ella le había entrado la apuración y que pues por eso, se había decidido a lanzarse a buscarlo. Hasta me dio las gracias y me dijo, que yo era la mejor persona que había conocido, que a pesar de que en el pueblo decían que yo era un aprovechado, ella estaba segura de que no, que diosito le había mandado un ángel para que la protegiera. Que el cura tenía razón, que las personas son malas porque la misma gente las hace malas. Hasta me contó que nunca había tenido relaciones con el viejo Joaquín, pero que ella le decía, que no se preocupara que ya podrían, que lo importante no era el sexo, sino tener un hogar feliz. Ya te has

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de imaginar carnalito como me puse, cuando me confesó que era virgencita. ¡Ay cabrón!, me saqué la lotería con esta polla. Total, para no hacerte el cuento largo, terminó tomándose un six y ya bien borracha me la llevé al hotel. Y pues ya sabes, mejor ni te cuento porque se te va a antojar, lo único que sí te digo vato, es que cuando la estaba encuerando me dieron ganas de gritar, pero de gritar sabes que: Dios bendiga a América.

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For mans very hot. ¿You Know?

Desire
Te deseo tanto, ¿Cómo decirte?; Como a un abono del Metro, Cuando la taquilla Se repleta de gente Los días de quincena. “m”

Capítulo VIII

Hogar-home
“¿muchacho, ya saBes lo qué pasó?”. me preguntó el vieJo Joaquín
cuando regresé de trabajar. “No, ¿qué pasó?”. “Pues que les pusieron en la madre a los rascacielos de Nueva York”. Me acerqué a la sala para poder ver la televisión. En la mesita de centro, varias latas de cerveza vacías, un bote de leche medio lleno, jugo de naranja abierto, tostis y pedazos de pizza que evidenciaban que el viejo llevaba todo el día pegado a la televisión. En la pantalla se reproducía el momento justo, en que un avión de una línea americana, se estrellaba en una de las torres gemelas del Word Trade Center. El reportero narraba como minutos antes de esta escena, otro avión se había impactado en la primera torre del complejo de comercio. “Ora sí les dieron una sopa de su propio chocolate”. Decía el viejo mientras comía con fruición y alevosía un chocolate de barra. “Te digo amigo Raúl, esto se veía venir desde que los gringos soltaron la bomba en Hiroshima. Por cierto Raúl, ¿usted sabe dónde queda Hiroshima?”. Raúl estaba hastiado de la primera semana de trabajo y la verdad no le quedaban ánimos para ver televisión, ni para enterarse de tragedias ajenas, ni para contestarle al viejo. Medio adormilado se dirigió a su cuarto. Apenas abrió la puerta, una sinfonía de ronquidos lo sorprendió. Cuatro personas acostadas en una cama individual; tres acomodadas normalmente y una

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horizontal sobre los pies de los otros. En el piso, dos más se hacían ovillo sobre la duela de madera. En tu grabadorita sonaba bajito un casette: “No quiero irme sin antes recordarles, que si yo muero muy lejos de mi amor, lleven mi cuerpo dormido a mi tierra, Buenaventura mi pueblo sí señor…”. Te acercaste despacio al aparato y apretaste el stop. Luego, después de librar el laberinto de cuerpos, te dirigiste a la sala a ver al viejo. “¿Qué significa lo de mi cuarto don Joaquín?”. El viejo mantenía los ojos fijos en la pantalla que ahora mostraba las imágenes del Pentágono incendiándose por otro atentado aéreo. “¿Qué dijo amigo Raúl?”. “¿Que, qué significa eso de mi cuarto?”. “Ah, se refiere usted a los paisanos que están ahora descansando. Acaban de llegar de mi pueblo, cruzaron anoche la frontera a pie y venían bien agotados. Se quedarán aquí unos días, es que sabe, es un favor que le debo a uno de mis compadres de San Buenaventura, pero usted puede ocupar mi cuarto si lo desea, a mí el sillón me es suficiente, además, de que no pienso despegarme de la televisión todo el día”. Raúl se dirigió a la cocina, lo del jaloneo de los avionazos, que parecía se trataba de un atentado terrorista contra la nación más poderosa del mundo y el cuarto lleno de ilegales le habían quitado el sueño. Abrió el refrigerador y tomó una bolsa de verduras congeladas y la puso directamente en el microondas. Luego de servida le colocó un poco de aderezo a la vinagreta y comió con gusto. El sabor de la verdura era ligeramente plástico, pero sin duda le resultaba mejor, mucho mejor, que las hamburguesas y los hot dogs de todos los días. El persistir en comer verduras era su singular acto de protesta contra la dieta chatarra de los estadounidenses. Mientras comía, recordó lo que Ricardo le había enseñado en la Vennoco. Además de repasar el manejo del equipo para detectar fugas de gas, también lo entrenó para manejar una computadora compacta que recogía toda la información de las líneas de combustibles. Lo que más le agradeció

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a la empresa petrolera, fue que le permitiera llevarse la computadora portátil a casa, finalmente podría tener contacto vía internet con alguno de sus amigos en México. Cuando regresó a la sala, el viejo Joaquín roncaba de borrachera y hastío informativo. Tomó la maleta que guardaba la compacta y se dispuso a conectarla en la terminal telefónica para tener acceso a la red. Esperando un golpe de suerte, con habilidad tecleó para ingresar a su correo electrónico, en la bandeja de entrada, decenas de mensajes de sus cuates de la ciudad de México, preguntando en dónde diablos se había metido desde hacía dos meses. Ni siquiera tuvo ánimos de abrir uno por uno, solamente se ocupó en escribir unas cuantas líneaspara responderles a todos: Estoy bien, pronto tendrán noticias mías. Desde América la tierra de las oportunidades. Raúl. Mientras lo enviaba, escuchó la barahúnda de los ventorros que atropelladamente dejaban el cuarto. Con el ruido, el viejo también se despertó y todos se pusieron a platicar amenamente sobre la aventura de cruzar la frontera. Uno de ellos le contó a Joaquín, que había estado preso dos veces en la cárcel migratoria de Texas; que la primera los agarraron a los pocos metros de cruzar el río y que la segunda ya llevaban casi dos días de camino. “En esa ocasión”, platicaba el joven trigueño de ojos negros como capulín, “me encontré en la cárcel al Coyote del pueblo, él fue el que me contó que se había quebrado el Seco antes de llegar a donde pudieran darles ayuda. Y que luego ya no supo nada, porque como lo agarraron, ya no pudo comunicarse con nadie. También me dijo el Coyote, que cuando la Border los cercó en la entrada al Premier, el pueblo texano más cercano a la frontera, todos los del pueblo corrieron y se desperdigaron, pero que él se quedó quietecito, que cuando le preguntaron que quién era el Coyote, él sólo dijo que se había echado a correr y que los había abandonado”. “Pinche José”, dijo el viejo, “las puntadas que se avienta para quedar libre. Figúrense que hace años,

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yo tenía muy poco tiempo de haber llegado aquí y una tarde sonó el teléfono, era el José que me pedía que por favor lo ayudara dándole el número del Tiburcio, el que se dedicaba a vender tacos de carnitas en el centro del pueblo, yo se lo di sin preguntarle para qué lo quería, pensé que se trataba de algún bisness que ellos se traían. Pues cual va siendo mi sorpresa, cuando luego me enteré, que un comando de la Border cercó la casa del Tiburcio y se lo llevaron preso junto con los otros cinco que vivían ahí, acusados de contrabando de mexicanos ilegales. Si te digo que a puntadas no hay quien le gane al José”. Raúl se había quedado en la barra de la cocina escuchando lo que los migrantes platicaban. A pesar de que se les miraba muy cansados, todos conversaban alegremente. Narraban a carcajadas cuando al Tito, se le acabó el agua y tuvo que entrarle a la orina de los demás del grupo. O cuando el Javi tenía tanta hambre que le dio por pelar biznagas y comérselas. Mientras ellos conversaban, la televisión seguía mostrando las escenas de los rescatistas tratando de recuperar sobrevivientes. Ninguno de los indocumentados miraba la televisión, ellos tenían su particular tragedia que contarle al mundo, o por lo menos al viejo Joaquín que era todo oídos. Hasta entonces, Raúl cayó en la cuenta que nunca le había dado al viejo el recado de lo del Seco, pero también se percató que al parecer, él ya sabía de lo sucedido con el paisano.

Capítulo IX

Intimidades
lucero entró raDiante al apartamento cuatro seis cinco De carrillo
San Pascual street. Ya casi eran las diez de la noche cuando abrió la puerta. En el interior, Priscila, don Eustolio y su insoportable hija Evelyn, no se despegaban del televisor. Lucero no recibió ningún saludo, así es que tomó el diminuto pasillo que separaba la sala comedor de dos recamaras más. En la recámara del fondo se encontraban Julieta y Josefina que escuchaban bajito un CD de los Tigres del Norte. “¿Qué onda Lucero conseguiste chamba?”, le preguntó Julieta. “Aún no”, respondió Lucero, “pero me encontré algo más interesante que cualquier trabajo en los Estados Unidos”. Las dos chicas apagaron el modular preparándose para una larga confesión. “Me encontré”, continuó Lucero, “a aquél ingeniero que estuvo en el pueblo cuando el pleito con los federales, ¿se acuerdan? El fachosito ese que siempre usaba un saco color caqui y una corbata a rayas azul-amarillas”. Josefina la interrumpió: “¿Y qué hace aquí el catrincito ese?”. “Pues hace exactamente lo mismo que nosotras, buscar trabajo de ilegal”, les informó enfáticamente la Lucero. “¿Qué?”, intervino Julieta: “¿cómo qué anda buscando trabajo? ¿ pues qué ya de plano estamos tan mal en México, que hasta los que no están jodidos se vienen para acá a hacer su luchita?”. Lucero les contó que Raúl, “porque así se llama el ingenierito ese”, les

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precisó, se acababa de divorciar, que su esposa le había limpiado las cuentas y las tarjetas de crédito y que prácticamente lo había dejado hasta sin perras. “Ten cuidado”, dijo Julieta, “porque a mí se me hace que ese hombre es peligroso. Allá en México, yo lo vi platicar con los guachos, con el viejo ratero del Melquiades y hasta con las autoridades del pueblo. Como quien dice, lo vi hacer y deshacer tratos con todos. Ya ves que dicen que el que a muchos amos se arrima con ninguno queda bien. Así que Lucerito, mejor te vas tranquilizando con el viejo ese y te pones a buscar trabajo, porque ya me dijo doña Priscila que si te vas a acomodar aquí te van a tocar tus buenos doscientos dólares de renta al mes”. Las tres chicas rentaban la diminuta recámara de tres por tres en seiscientos dólares mensuales. Dos dormían en una cama individual y la otra, compartía una cama matrimonial con la hija de los dueños del apartamento. Podían utilizar el baño y la cocina, pero todo lo que tiraran tenían que levantarlo inmediatamente. Los dueños del apartamento eran una pareja de mexicoamericanos que tenían papeles de residencia legal en los Estados Unidos y que para ayudarse un poco, rentaban una recámara a indocumentados de San Buenaventura. Doña Priscila era una mujer cincuentona con el pelo teñido de un rubio escandaloso y la cara tan morena que era casi imposible, contenerse una risa burlona cada que se le miraba. Era empleada en una fábrica de ropa, doblando camisetas. Tenía ese trabajo desde hacía por lo menos cinco años, así que contaba con dinero suficiente y aseguranza para mucho tiempo. Don Celes, era tan gordo como los estadounidenses, moreno y de pelo prácticamente cano, por eso las muchachas le habían apodado: “El cebollón “, porque decían que se parecía a uno de los cantantes de la Sonora Santanera. Evelyn, la hija, era la más esperpéntica adolescente que se puedan imaginar. Gorda, de rasgos toscos, pelo pintado de rojo, mallas embarradas a sus inmensas caderas y a

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sus gelatinosas piernas y siempre le había gustado usar top, que apenas y resistía el peso de sus monumentales senos. Julieta fue la que primero llegó a vivir ahí, ella ya tenía dos años en los Estados Unidos y trabajaba en una fábrica donde se armaban microchips para computadoras. Era ligeramente morena, pelo negro corto, delgadísima y con una eterna y agradable sonrisa. En la fábrica trabajaba de lunes a sábado de seis de la mañana a tres de la tarde. Y luego, para sus ratos libres, había conseguido un empleo en un restaurant de fast food que se llamaba Jack in de box. El horario era de cuatro de la tarde a una de la mañana, de lunes a sábado y el domingo de dos de la tarde a doce de la noche. Como el restaurante estaba en Santa Barbara, Julieta tenía que hacer el largo recorrido en bicicleta. Era frecuente verla pedalear frenéticamente en la madrugada por las calles de Isla Vista de regreso a casa. No le gustaba hablar de San Buenaventura, para ella el pueblo mexicano era parte de un pasado que había que empezar a olvidar. Josefina tenía apenas seis meses de llegada a California. De cabello largo y castaño, delgadísima y con buenas formas, de cara ovalada y con una muy hermosa y simpática naricita que arrugaba cada que estallaba en sonrisas. Era, digamos, la optimista del grupo, la que le había pedido a su mamá que le enviara por correo una foto del santo San Buenaventura colocado en la iglesia de su pueblo, para que las cuidara a todas, de hecho, ella misma había conseguido, de quién sabe dónde, una cantidad incomparable de santos y vírgenes para construir un singular altar que había colocado justo en medio de las dos camas. Risueña y parlanchina siempre tenía un chiste en la boca para alegrar el día. Josefina, trabajaba haciendo el aseo en una compañía que le daba mantenimiento a los gimnasios de la zona. Y en las horas muertas, se dedicaba a trabajar en un restaurante de comida mexicana que se encontraba ubicado en la calle de Milpas en Santa Barbara.

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“¿Y qué Lucero ya encontraste por fin a tu viejito o todavía no lo hayas?”, dijo burlona Josefina. “Pues fíjate Pina”, contestó Lucero: “que viejito, viejito, pero bien pesudo y cumplidor”. “Pues ni tanto, manita”, intervino Julieta: ‘‘ya ves que hasta tuviste que venir a buscarlo para ver si lo podías regresar al pueblo aunque fuera por unos días”. “¿Quién les dijo que yo quiero regresarme a San Buenaventura? El pueblo es bonito, allá nací y en él vive toda mi familia. Pero de regresarme ni madres. Cuándo voy a tener las oportunidades que tengo aquí. Nunca he pensado siquiera en regresarme al pueblo”. Josefina y Julieta se quedaron sorprendidas, sin embargo reflexionaron, que a pesar de la nostalgia que sentían por su pueblecito en Hidalgo, también era cierto que para ellas era muy difícil siquiera ponerse a pensar sobre el regreso, y cuando estaban a punto de hacerlo, mejor se distraían con otra cosa para no tener malos pensamientos. Evelyn les interrumpió la sesión de intimidades. La Gorda, como le llamaban las chicas, sólo entró para ponerse la ropa de dormir. La Lucero, apenas pudo contener la risa cuando vio las lonjas de carne que le colgaban por todos lados cuando se deshizo de las mallas. Julieta le lanzó un almohadazo certero que impidió que la Gorda se diera cuenta de la risa de Lucero. Sin decir nada, ni al entrar ni al salir, la Gorda abandonó nuevamente la habitación. “Cálmala Lucero”, dijo Julieta: “esa Gorda es de armas tomar, no ves que ya nos amenazó que a la próxima burla, por mínima que fuera, nos corría de la casa. Y pues la verdad, a comparación del resto de las rentas que hay por acá, nosotras estamos pagando relativamente poco. Es que tú eres nueva, pero vieras cuando nos tocó conseguir casa, la chinga que nos llevamos. Tuvimos que andar pidiendo asilo con los compas de San Buena en uno y otro lugar, hasta poder conseguir dónde quedarnos. Así que mejor cálmala”. A Lucero le molestó el comentario, pero entendió que efectivamente tenía muy poco tiempo de haber llegado y que

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le faltaba mucho por aprender de su situación como ilegal en los Estados Unidos. En la sala del apartamento, la televisión mostraba al presidente George W. Bush dando un mensaje a la nación, en el que les prometía que se iban a destinar todos los recursos necesarios para descubrir a los culpables de los atentados terroristas en las torres gemelas y en el Pentágono. Lejos, pero no tanto de donde estaban las chicas, Raúl soñaba con los ojos y la sonrisa perfecta de Lucero.

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¿Qué transa compas?, follow me a www.raícesdeciudad. com.mx transmitiendo desde Tacubaya, México, City, earth of God and María Santísima…

Esperanza
Encontrar un asiento vacío En el vagón del Metro, un lunes cualquiera a las siete de la mañana. “m”

Capítulo X

Junturas-join
cerca de san Buenaventura hay un Lugar en eL que eL agua de dos ríos se
mezcla. Uno baja desde la presa de San Luis Taxhimay y el otro nace en la sierra de Tepozotlán, allá por el rumbo de los arcos del Sitio. Cuando llueve fuerte los dos ríos arrastran todo tipo de cosas desde donde nacen y por donde pasan. “Las junturas de los ríos”, así conocen el lugar los habitantes de los pueblos cercanos. De niño mi padre me decía que todos los ríos llegaban al mar, ahora pienso que todos los ríos llegan al río Bravo, el río Grande. (Cuaderno de viaje de un migrante ventorro) El 4 de agosto se celebran en Santa Bárbara “los días españoles”, desde el viernes y hasta el domingo la ciudad se viste de fiesta. En el centro de Santa Barbara se lleva a cabo una fiesta american way of live, con gringuitas flaquísimas, de faldas cortas y piernas largas, que se la pasan todo el tiempo a grito abierto, y de gringos en bermudas con caras permanentemente embotadas por el alcohol, que por aquellos días corre por todas partes. En Milpas street se encuentra localizada la Iglesia de la Guadalupe, un lugar donde se reúne la “Raza” para celebrar los días españoles muy a la mexicana. Ésta fiesta se convierte en una verdadera expresión de resistencia y vanguardia de la cultura en el exilio. Es ahí en donde todos los ventorros se juntan para tomar cerveza, bailar unas cuantas rancheras-gruperas y sobre todo para enterarse de los nuevos

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chismes del pueblo. Yo le dije a Lucero que por qué no íbamos a la “Guadalupe”, que a lo mejor ahí encontrábamos a alguien que la pudiera recomendar en un trabajo. Le informé que de acuerdo a lo que me habían contado, el ambiente se ponía bien y que vendían una gran cantidad de comida mexicana para que no extrañara San Buenaventura. Lucero se me quedó mirando con esos ojos que siempre dicen más que lo que ella dice con la boca y luego me enseñó su hermosa sonrisa para decirme: “Sí, vamos, total, de cualquier manera ya todos deben saber que ando por acá”. Ya no quise preguntarle a Lucero por qué no quería que la gente de San Buenaventura se enterara de que estaba en Santa Barbara, pero también tuve claro que era imposible que a estas alturas alguien no supiera que la Lucero estaba en Santa. Existe una complicada, amplia y efectiva red de comunicación telefónica entre los mojados de San Buena, los chismes corren quizá más rápido y libremente acá en los Estados Unidos que en el mismo pueblo. Por ejemplo, hubo un caso que me contó el viejo Joaquín, de un mojado que ya tenía dos años viviendo acá y había dejado a su esposa y a sus dos niñas en el pueblo. Una tarde el mojado recibió una llamada de un ventorro, en la que le decía que le habían hablado ya varios del pueblo para contarle, que como él era muy amigo suyo, que le avisara que su esposa lo estaba engañando con el Tito, un campesino alto y retovón que nunca había salido del pueblo para buscar trabajo. Todo sucedió con tanta celeridad, que para cuando el chisme del furtivo romance entre la esposa del mojado y el Tito se conoció en San Buenaventura, el afectado, del despecho, se había enganchado con una gringuita de la UCSB, estudiante de la cultura mexicoamericana. En fin, recuerdo perfectamente que el viejo Joaquín me dijo que el mojado era bien pendejo y que no le había importado perder el honor. Que si a él lo engañaba su esposa, se regresaba al pueblo nomás para vaciarle una carga de pistola a

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cada uno. Cuando me lo dijo, más que sorprenderme la actitud del macho engañado, me sorprendió que el viejo Joaquín a sus años y tan lejos celara a su esposa. La fiesta de la “Guadalupe” según la versión del viejo Joaquín, se hace en un estacionamiento que está lateral a la iglesia. Dos puertas de alambrado flanqueadas por policías o placas del condado de Santa Barbara vigilan el acceso a la explanada recubierta de cemento. Adentro una buena cantidad de mexicanos se divierten tomando cerveza, comiendo barbacoa, sopes, pozole y escuchando a los grupos norteños. Dicen que está repleto de san buenaventureños y que lo mejor de todo, es que se le figura a uno igualito que como si estuviera en el pueblo. Esa mañana le pregunté que si no iba a ir a la “Guadalupe” y me contestó que a lo mejor un rato en la noche, luego con su risa chimuela me interrogó que con quién iba a ir, yo le dije que con una amiga que había conocido. “Ándele amigo Raúl, tan pronto se consiguió compañía acá en el gabacho”. Sólo le respondí con una sonrisa forzada, pero nunca le dije que era con Lucero con la que iba a ir a conocer la famosa fiesta de la Guadalupe. Los trabajos para arreglar la casa, luego de que los indocumentados recién llegados se fueron, nos consumieron toda la mañana. Ese domingo había amanecido soleado y para la tarde el cielo estaba limpio de nubes. Una vez que casi se llegaba la hora de la cita, busqué un pantalón y una camisa de mezclilla y me di un baño para llegar a tiempo a la cita con la Lucero. Todavía antes de irme le pregunté al viejo que si no quería irse conmigo de una vez y él me respondió que no, que más tarde, que se iba a dormir un rato y que allá me alcanzaba. Como siempre salí de prisa, la Lucero ya tenía diez minutos enfrente del aparador de la Robins deslumbrando a medio Santa Barbara con la luminosidad de su pelo. Llevaba puesta una minifalda roja sin medias. Unas piernas musculosas y depiladas se mostraban resplandecientes. Cuando llegue tenía cierta cara de

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fastidio. “Discúlpame, es que tuve que hacer un montón de cosas en el apartamento”, traté de justificarme. Pero ella sin decirme nada me tomó de la mano y me dijo: “Llévame a caminar al muelle antes de ir a la fiesta”. Todo el trayecto en el bus hasta el muelle de Santa Barbara la Lucero no habló. En sus ojos, de un golpe, se le había juntado la nostalgia. Yo no sabía que hacer, así que lo único que se me ocurrió fue apretarle y desapretarle intermitentemente la mano en señal de que podía contar conmigo. Tenía unas manos de dedos largos y uñas recortadas. A pesar de que la piel se veía lastimada por el trabajo del campo, era la piel más suave y tersa que jamás hubiera tocado. Cuando bajamos al muelle, caminamos rumbo a la zona comercial en donde está la marina, un restaurante y las doce banderas de California. O bueno, estaban, porque un mes antes de que yo llegara, un incendio acabó con todas las banderas, le contaba a Lucero mientras caminábamos despacio por la amplia plataforma de madera. A pesar de que el cielo se miraba aparentemente sin nubes, la brisa del mar empezaba a cubrir el horizonte haciendo la tarde un poco mas triste de lo que ya de por sí era. De repente, cuando mirábamos por uno de los telescopios dirigidos al mar, la Lucero se me acercó tanto, que cuando percibí el roce de sus senos en mi espalda giré para mirarla a los ojos. Nuestras narices se encontraron como accidentalmente y pronto estábamos dándonos un beso de solidaridad, de nostalgia, de soledad y lejanía. Luego del beso, la Lucero se animó un poco, claro que yo pensé que era un latin lover perfecto, capaz de revivir hasta un muerto. Pero realmente, creo que se animó porque ya no se sentía tan sola y triste como al principio. Le pasé la mano por la espalda y ella recargó su cabeza en mi hombro. Me sentía tan a gusto que le propuse que camináramos las casi veinte cuadras entre el muelle y la “Guadalupe”. Cuando se lo dije se soltó inesperadamente y echó a correr muelle afuera. “Alcánzame si puedes antes de que acabe el

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muelle, si lo haces nos vamos caminando”. Era hermoso verla correr, tenía la agilidad de una niña y la gracia de una liebre. Llevaba las zapatillas en las manos, pues se había descalzado para correr mejor. Era imposible que mis treinta y cinco años me dieran todavía para alcanzar a Lucero. Jadeando termine la carrera. Al final del muelle me esperaba Lucero con su mejor sonrisa. “Cálmate, cálmate, no te me vayas a desmayar”, me dijo mientras se agachaba para soplarme con su boca un poco de aire. “Bueno, lo importante era que hicieras el esfuerzo, ahora de premio aunque no hayas ganado nos vamos caminando y además…”, agregó mientras se acercaba para darme otro jugoso beso en los labios, “creo que estoy empezándote a querer bien mucho”. Caminamos por el malecón y conversamos sobre esas cosas simples que le pasan a los indocumentados que recién llegan a Santa Barbara; como no saber pagar en el bus, desconocer las rutas del camión y cuál tomar para ir a qué parte. Cuando llegamos a la Guadalupe ya casi era de noche, Lucero estaba tensa pero trataba de ocultarlo. Apenas nos habíamos acomodado a un lado de un escenario improvisado, en el que una niña mexicoamericana imitaba a la cantante tejana Selena, cuando me percaté que venía llegando el viejo Joaquín. Con él, tres hombres; uno joven, moreno y vestido con camisa de franela a cuadros, bermudas y tenis. Otro más, maduro, moreno, chaparro, pantalón de mezclilla, camisa vaquera y botas, un enorme crucifijo le cubría la mitad del pecho, y otro, que cuando se reía enseñaba un diente de oro y que se me figuró que ya lo había visto antes. Eso pensaba cuando la Lucero se me volvió a soltar y escapó corriendo rumbo a la salida. Ésta vez no se quitó las zapatillas, también ésta vez, no hice nada por alcanzarla. “¿Qué tal amigo Raúl?”, dijo el viejo divirtiéndose. Frente a nosotros la niña cantaba: “Amorr prrohibido nos dicen por las caies porque somos de distintas sociedades”. Britney, dije, como alegrándome de al fin haber reconocido a alguien.

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Aún hay more…

Ausencia
Vi tu rostro Entre el puente de Isabel la Católica Y Tlalpan; Sonreías en el espectacular Mientras yo te olvidaba. “m”

Capítulo XI

Killer
llueve en santa BarBara, es De esas lloviznas tupiDas que golpetean
los vidrios de la ventana, sin fuerza. Es de esas lluvias que ponen los días fríos y grises. Estoy seguro que si estuviera afuera, cada gota que golpeara mi cuerpo me sacudiría un pedazo del alma. Llueve afuera y llueve adentro. Afuera, dicen las estaciones meteorológicas que es por la tormenta Erin, adentro me llueve la nostalgia. Estoy a más de cinco mil kilómetros de México y no hago más que pensar en esas pequeñas cosas que ayer me parecían ridículas. Todo lo que me hace recordar a la patria me lastima. Desde los chiles verdes hasta los tacos de cabeza que venden en cualquier salida del metro de la Ciudad de México. Me ha costado trabajo acomodarme a este sistema de los gringos. Que las calles deben cruzarse sólo por la esquina, que tiene uno que presionar el botoncito rojo del semáforo para tener preferencia de paso en las grandes avenidas, que cuando haces fila te debes colocar por detrás de la línea roja, que se debe separar la basura en la reciclable y en la no reciclable. Este mundo de plástico empieza a fastidiarme. La comida rápida me da náuseas. Las paredes sin cuadros me provocan la mayor sensación de vacío espiritual que jamás pensé sentir. Hacen falta en los muros fotografías familiares, cazuelas, árboles de la vida, soles y lunas de barro. Aquí las casas son impersonales,

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todas cortadas por la misma tijera. Construidas de madera con techos a dos aguas, piso de duela y cochera cerrada. Al frente un jardincito de césped perfectamente recortado, atrás más pasto y una sombrilla, asador al fondo. Todo me parece artificial, desde los muebles de la sala hasta los edredones con los que me cubro poco en las noches cálidas. Hacen falta las cosas fabricadas a mano, esos productos donde el artesano deja sus sueños, desventuras y esperanzas. Aquí no hay artesanía. Quizá la mayor artesanía o recuerdo para llevar, si es que estuviera de vacaciones, son unas toallas, unos calzones, unos tapetes con la bandera de las barras y las estrellas. Yo digo que aquí la patria como la nuestra, no existe, la patria aquí es verde, verde billete como los dólares. Al principio me provocaban ternura los gringos viejos, que con sus treinta kilos de sobrepeso se paseaban por los jardines para podar las plantas. Los gringos viejos, que con su amenaza de infarto se sientan por las tardes en el pórtico para leer novelas rosas de amores inexistentes. Ahora me dan pereza, la misma pereza que me causa cocinar todo en el microwave, poner el lavatrastes, lavar la ropa en la laundry. Y es que aquí, no hay tendederos donde uno pueda colgar sus calzones de rombitos para que les pegue el sol. Eso le falta al paisaje gringo, le faltan los tinacos, las antenas de televisión , las jaulas de malla de alambre para tender la ropa, los mosaicos de la Guadalupana, las banderas en septiembre. Son casas mal sazonadas, grises como los días lluviosos. El viejo salió a mostrarles la ciudad a los nuevos indocumentados. Hoy en la mañana cuando desayunábamos, comían desaforadamente las hamburguesas y las pizzas que pedimos, le vaciaban la botella de ketchup a falta de chile y se retacaban de tortillas de harina para suplir a las de maíz. Pronto se cansarán de la comida y preferirán mejor comprar la despensa en las marketas mexicanas, donde se consigue de todo, hasta pan para hacer pambazos. Nomás es llegar a los Estados

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Unidos para que los refrescos se llamen sodas, y que al doctor Pepper, se le haya ocurrido fabricar el sabor más espantoso de refresco que existe en el mundo. Los cigarros son caros, la cerveza no tiene sabor y jamás en ninguna calle puede uno encontrar changarritos donde comprar chicharrones de harina con salsa de frasco. Aquí no hay perros callejeros que adoptar y los que existen, llevan su collar al cuello y su dueño les sigue los pasos de cerca para juntar con un recogedorcito de mano la mierda que van dejando en las aceras. Los camiones se llaman buses y no ponen la radio en la Q´buena, para que por lo menos las notas de un acordeón hagan más corto el viaje. Todos manejan despacio, en la modorra vial, no hay emociones fuertes como las de subirse a un microbús a las siete y media de la mañana. Nadie se llama de cariño pendejo y lo más ofensivo es decir mierda, o hijo de puta. Las películas son movies y no están dobladas al español y en los cines nadie grita cácaro o le mienta la madre al que opera el proyector. A veces me hago ilusiones cavilando, que allá del otro lado, por más mal que le vaya a uno le alcanza para comer. Pero luego pienso, qué a poco nomás hay que trabajar todo el día para comer. También recuerdo que mi estancia en Santa Barbara (así sin acento, porque los gringos no acentúan nada) tiene signos diferentes a los de todos los migrantes con lo que me relaciono. Estoy aquí huyendo, huyendo de mi ex-esposa, huyendo de México y huyendo de mí. Primero escape de la ciudad para refugiarme en un pueblito y luego que el pueblito no pudo contener mi miedo salí corriendo de México. ¿Los Estados Unidos podrán darme seguridad? Con eso de los atentados terroristas, quién sabe si puedan. Acá todos lloran, a lágrima abierta o en silencio, pero todos lloran, dicen que si alguien les ofreciera que pidieran un deseo, no lo dudarían, regresar a México. Eso dicen cuando están deprimidos y los días son lluviosos y el trabajo falta. Siempre que llueve escasea el trabajo, porque todo lo que se

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hace a la intemperie se suspende; la jardinería, la reparación de techos de madera. La otra vez me encontré al Mauro, un campesino sanbuenaventureño que para mantenerse, vendía ropa usada en los tiempos de secas. Estaba esperando que lo levantaran en la bardita. La bardita es el lugar donde van los ilegales a esperar que los patrones enganchadores les den trabajo. Estaba muy triste sentado en la banqueta. “¿Qué pues Inge?”, me dijo, “¿qué pasa en este país que el trabajo está escaseando?”. Yo me puse a explicarle lo de la depresión del mercado de consumo y la desaceleración de la economía. Se me quedó mirando con dos signos de interrogación en sus ojos y sólo me respondió. “O sea que según usted hay que empezar a pensar en recularse para México. Todos los que trabajamos acá y estamos sin la familia sufrimos”. Recapacito en la frase, ¿cuál familia?, si yo ya no tengo más que una ex mujer y unas ex perras. No tengo a nadie ni allá ni acá, y a lo mejor eso es lo que hace que la llovizna que tenía por dentro se haya convertido en aguacero. Me gusta pensar que tengo un aguacero por dentro y que de tanta agua mi cuerpo no la puede contener y se me sale por los ojos. Así que no lloro ni lagrimeo, sólo soy un vertedero de la tormenta interior. Una vez que el viejo me vio triste, me dijo, que eso le pasa a todos los que apenas llevan poco tiempo de este lado, pero que luego se acostumbra uno a todo. Dice que lo que siempre se dicen los indocumentados de San Buenaventura para levantarse el ánimo es: “aguántate cabroncito, no que querías Norte, ahora te chingas”. O a lo mejor lo dicen más suavecito pero yo así me recuerdo de la frase, o a lo mejor será que me gusta autoflagelarme. El teléfono está sonando pero no quiero contestar, voy a dejar que suene y suene hasta que se ponga afónico. Vaya, el amigo que está marcando parece que no se cansa, será mejor si prendo la grabadora para que crea que no hay nadie y se dé por vencido. Raúl se levanta de la silla que está colocada junto a la

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ventana, desde donde está, si mira uno con atención, se alcanza a ver a lo lejos la brisa marina que ha empezado a cubrir el horizonte. Con una mano aprieta el botón de power de la contestadora. Luego se escucha una voz infantil desesperada:”Viejo, viejo, soy el Marquitos, la placa me correteó y perdí la mercancía. Necesito hablar con usted porque el Micke ya lo sabe y anda bien bravo buscándome”. Raúl se tumba en el sillón y se hace ovillo. Cierra los ojos para escaparse de todo, incluso para intentar recordar que existe. El teléfono vuelve a timbrar, otra vez Marquitos: “Padrino, padrino, acaba de llegar el Juan y me contó que se encontró al Micke y que le dijo que donde me agarrara me iba a coser a navajazos”. Llanto, tono de colgar en el teléfono.

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Ready? Look in the sky.

De niño nunca miré la luna La imagen más cercana Que tenía del cielo Era el lienzo de neón Que anunciaba juegos de geometría En forma de estrellas.

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exilio: Destierro,

emigrar.

Destierro: expulsión

en Justicia De un

lugar o territorio. Efecto de estar desterrado. Lugar donde vive el desterrado. Emigrar: Dejar el propio país con ánimo de domiciliarse o establecerse en otro. Cambiar periódicamente de clima o localidad algunas especies de animales, por exigencias de alimentación o reproducción. Éxodo: Emigración de un pueblo. Por antonomasia, la salida del pueblo israelita de Egipto. Excursión: Correría. Ida a una ciudad o paraje para estudio, recreo o ejercicio físico. Paseo. Viaje. Expulsión: Expeler. Arrojar. Echar. Despedir. Expeler: Arrojar, lanzar, echar de alguna parte a una persona o cosa. Despojar: Privar a uno de lo que tiene. Quitarse las vestiduras. Desposeerse de una cosa voluntariamente. Desposeer: Privar a uno de lo que posee. Renunciar a lo que se posee. Privar: Despojar a alguien de una cosa que poseía. Destituir a uno de su empleo, ministerio o dignidad. Prohibir o vedar. Quitar o suspender el sentido. Dejar voluntariamente una cosa de gusto, interés o conveniencia. Privado: Que se ejecuta a vista de pocos. Particular o personal de cada uno. Privativo: Propio y peculiar de una persona o cosa y no de otras. Destituir: Separar a uno de su cargo. Desposeer. Exonerar. Renunciar: Hacer dejación voluntaria de una cosa que se tiene o que se puede tener. No querer admitir o dejar una cosa. Dejación: Acción y efecto de dejar. Abandono tácito de un derecho. Dimisión: Renuncia de algo que se posee: empleo, comisiones o cargos. Remover: pasar o mudar una cosa de un lugar a otro. Apartar un inconveniente. Deponer a alguien de su empleo o destino. Inconveniente: No conveniente. Impedimento o obstáculo. Apartar: Separar. Quitar. Alejar. Apartadero: Lugar para retirarse y dejar paso libre. Rodar: Ir de un lado a otro sin establecerse en ninguno. Suceder unas cosas a otras. Sucesión: Acción y efecto de suceder. Suceder: Entrar una persona o cosa en lugar de otra o seguirse de ella.

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El sol casi toca el mar. La línea del horizonte se junta con el cielo. En mis manos el breve diccionario Porrua de la lengua española se llena de humedad. Primero fue la palabra. Luz y la luz se hizo. Las palabras son herramientas para construir el universo. Exilio y el exilio se hizo. Si cerca de mí hubiera madera la tocaría tres veces. No me gusta rendirle culto a las palabras. Ahora menos. No encuentro el significado preciso de desolación. Tal vez: Solares baldíos, baldíos de amor. No percibo el contenido exacto de la desesperanzadora nostalgia. Del llanto sin lágrimas. De la rabia sin llanto. Del grito detenido en la punta de un puñal. Del odio resumido en el oscuro orificio de un cañón de pistola. No son lo que son las palabras. Son charcos virtuales en el desierto. Arenas movedizas. Transformers. Exilio: expulsión en justicia. Justicia: Virtud que inclina a dar a cada uno lo suyo. ¿Lo qué se merece? Voluntad popular. Voz divina. Desprendo cada página del diccionario. Las acerco al mar y las olas se las llevan. Las palabras se hacen líquidas. Chorrean. Alienado me sumerjo en la frenética acción de deshojar el libro. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere, no me quiso. No hay palabra para describir la nostalgia, el engaño, el desvanecimiento, la nada. Truco monumental de Haoudini. Estaba, estuvo y se fue. El silencio. Las palabras son camaleónicas. Se visten del color de las nubes. Se maquillan indecentemente cuando son vertidas por la boca de una colegiala de labios negros. Se disfrazan de querubines cuando apenas se insinúan en los labios de un bebé de nalgas rosadas. Se vuelven del color de la desgracia al ser dichas por la boca seca del migrante perdido en el desierto. Se cotizan en dólares en la propuesta del estraperlario de hombres. Las palabras son como peces moribundos dando saltos desesperados en el duro asfalto. Azotándose incesantemente, mientras sus branquias se llenan de sangre burbujeante que los asfixia. Son travestis ofre-

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cidas, transexuales confundidas, putitas de a baro. Camino por una playa californiana. El agua del mar que toca mis pies tiene la densidad del petróleo. Densidad y color negro. Le pesa a las olas posarse en la arena. Luego, para despegarse de la playa, las olas reptan como una babosa que escurre aceite. Silencio. Nada. El ruido de las gaviotas me pone los nervios de punta. Cuerda de un cello estirada al máximo. Ampolla a punto de reventarse. Corro y grito. Mi voz atraviesa el Océano Pacífico sin encontrar ningún obstáculo que la detenga. Mi voz sin eco. Desdoblada la pobre. Solita. Me desgarro en aullidos de locura. Busco el sonido preciso para nombrar el exilio. La soledad quemante. La devastación infinita. Me revuelco en la arena y me embarro de brea. Soy negro y pegajoso. Tengo la espalda mojada de una pestilente mezcla con olor a gasolina barata. Exilio. No suena. No me dice nada. Soy el vómito acedo de un mundo en resaca permanente. Dientería batida entre las garras del monstruo. Silencio. Nada. A donde vaya no estaré. De donde vengo nunca estuve. Línea punteada itinerante: Espejo pasado a lo largo de la frontera. La última. La de los sueños.

(interferencia: hey man, ahora aquí va el escritor con sus cursilerías, si quieres seguir con la historia del Raúl y la Lucero pasa a la página 89) Nos dio por el naturismo. I aseguraba que era la mejor manera de protestar en un país, donde toda la comida, toda, era pura chatarra. Fast food, grass food. Así que por la tarde y rompiendo el acostumbrado horario estadounidense, nos sentábamos a comer algo de fruta. A I siempre le han gustado los mangos. Yo sólo como mangos después de que ha caído el primer aguacero. Dice mi madre, que su madre le decía; que sólo se podían comer

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los mangos hasta que iniciaba la temporada de lluvias, de lo contrario, hacían daño. Y será superstición o coincidencia, pero siempre que rompo la sentencia materna me agarra una diarrea que ni el pepto plus me la controla. Le digo a I que siempre he querido escribir la historia de mi familia, pero una vez que me siento frente a la computadora, se me pone la mente en blanco y no logro armar ni una línea. Tal vez sea una maldición, o tal vez será que no quiero recordar. Dicen que los hombres estamos hechos de recuerdos. Tal vez. Hoy por ejemplo, recordé que mi madre tiene un sueño cíclico y que se ha repetido a lo largo de su vida. Sueña que se sube a un camión y luego de un rato, cuando le hace la parada, descubre que se ha perdido en un barrio que no conoce. Pragmática hasta la desesperación, echa a andar, porque caminando se llega a Roma. Pero a medida que avanza, las calles se hacen cada más intransitables y peligrosas. Decide entonces, hacerle la parada a un taxi para que la lleve a su casa, pero bendita hora en que no se aparece ninguno. Luego, me aparezco yo y la llevo de vuelta a casa. Éste añadido es nuevo. Me lo contó hace poco que hablamos por teléfono. Me lo dijo luego de ocurrido lo de San Abedece. Tal vez es una señal. El retorno constante: Ya adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno, son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos hondas horas de dolor y aunque no quiso el destino, siempre se vuelve al primer amor. Los hombres no son recuerdos; son RAÍCES. Reptiles que no se despegan de la tierra. A los trece años mi madre manejaba un puesto de zapatos en el antiguo mercado de Tacubaya. Era uno que estaba construido de madera y se ubicaba en donde ahora no hay nada más que asfalto y mares viales. Su madre se lo dejó para, supongo, diversificar la oferta. A veces, cuando estoy escribiendo la historia familiar temo ser demasiado cursi. No me agradaría que algo que es tan vital para mí se tor-

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nara panfletariamente rosa. Mi madre se llama Gloria y sus ojos son dos ventanas de cristales límpidos. Desde los seis años su vida fue el mercado y los puestos de zapatos. Dice que era buena vendedora. Al principio le acarreaba los clientes a su tía María que se dedicaba a vender ropa. “Diez centavos por cliente acarreado”, no importaba si el supuesto compraba o no. Diez centavos asegurados. Jura que retacaba el puesto hasta que la voz de su tía se alzaba para romper el encanto y pedirle encarecidamente que detuviera la estrategia propgandística. Me cuesta trabajo recordar. ¿O no quiero ser recuerdos, ni raíces, ni nada? Sabía tratar al cliente, ofrecía de los mejores zapatos en venta. Las mejores compradoras eran las criaditas. El mercado de Tacubaya se llenaba de domésticas, que los días libres, iban por ahí buscando novio: “La feria del listón”, le llamaban al punto de encuentro. Eran buenas marchantas, se dejaban vender con considerable ganancia todo tipo de zapato de moda. Lo peorcito era venderles botas con suela de llanta a los señores. Cuando se quitaban los zapatos para probarse las botas, la peste era insoportable. No me imagino a mí madre vendiendo zapatos. No me la imagino siquiera sola, sin nosotros. Cuando nací, ya sólo se quedaba en casa. De niño soñaba que me perdía, me dormía pensando que jamás iba a poder soltar la mano de mamá. Ella dice, que cuando tenía ya cinco hijos, arrastraba a la pipiolera al mercado para seguir la venta. Unos cargando, otros caminando y a veces, uno en la barriga. ¿Qué hacían los niños en el mercado? Mi madre me mira como diciéndome que qué más, sin embargo, con su voz pausada me contesta: Que más, jugar por todos lados. Entonces no existían los robachicos y pues no había otra. El que tiene tienda que la atienda. En uno de esos periplos mi hermano, el mayor de los varones, se tiró un clavado a un barril en el que un vendedor de papas fritas ponía a remojar los tubérculos. De suerte

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mamá escuchó el grito apremiante, antes de que el niño tragara unos grandes buches de agua sucia. No le tocaba. Mamá lo rescató. Ese mismo hermano, andariego precoz, se escapó del puesto de zapatos y agarró rumbo a la cantina más próxima al mercado. De ahí lo rescató una de mis tías, no sin antes tragarse la aburridora, de un enorme borracho que brazos arriba y con el niño en todo lo alto gritaba: “Viejas desobligadas de quién es éste escuincle”. En el mercado pasaron su infancia mis hermanos mayores. Yo ni siquiera lo conocí. Bueno, lo conocí de niño cuando iba a ayudar a mi Tita (la abuela materna) a abrir el puesto. No se hacía gran cosa. Era llegar al mercado, subir la cortina, sacar las bancas de madera que se colocaban al frente y acomodar los zapatos que a lo largo del exhibidor improvisado se mostraban al cliente. Luego, trapear un poco el piso del puesto y por eso ganaba cinco pesos de propina. Entonces mi abuela, era como mi madre es ahora. Su parecido físico, cada día es más cercano. Me recuerdo sus enormes ojos que me miraban detrás de los cristales de unos lentes grandes, tanto, que le abarcaban media cara. Y de su risa, era abundosa, plena, natural. Todavía la recuerdo platicándome viejas historias de su padre, organizando caravanas de burros para ir de Cacalomacán en el estado de México a Guerrero a vender todo tipo de mercancía. Me lo contaba, mientras luchaba con una enfermedad en la que intercalaba periodos de lucidez y de mutismo. “Ya siento que me voy a enmudecer otra vez”, decía ella, que tanto le gustaba hablar. 20 de septiembre de 1985. Un día después del sismo que devastó un cuarto de la ciudad de México. Semisentada en su cama de enferma en la casa de una de sus hijas, la escuchaba contar con el fervor del que quiere que sus palabras no se pierdan, la muerte de su padre, el despojo de sus tíos y la expulsión de su pueblo, para llegar a la ciudad. Su eterna lucha en un estanquillo de cos-

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tura. Mamá cuenta que mi Tita podía coser hasta doce vestidos en un día. Doce. “Me dormía y ella estaba cosiendo, me despertaba y ella seguía dándole a la máquina”. Quizá nunca pueda recrear la historia de mamá. Que lástima. De no hacerlo, los recuerdos se perderán irremediablemente. Somos recuerdos y nos desmoronamos. Mi madre tenía un tío, Agustín, hermano de su mamá. Él era dueño de un taller de carrocería, que equipaba a los tranvías, que por los años cuarentas circulaban por las calles de una ciudad de México de la que sólo queda la nostalgia. Era enamoradizo. Y se aventaba la puntada de comprar casa en la calle donde se conseguía novia. Mamá y su familia lo seguían por los barrios de la ciudad. Ellas vivían en sus casas, las cuidaban. Un día, sus obreros le hicieron huelga. El tío era un hueso difícil de pelar y no se arredraba tan fácilmente. No llegaban a ningún arreglo. Pero el tío tenía un perro pastor alemán; Alí, se llamaba. (Alguna vez cuando tenga un perro pastor alemán le pondré ese mismo nombre. Mi manía de que las historias sean cíclicas). Era su talón de Aquiles. Los obreros secuestraron al perro y la huelga se arregló inmediatamente. Dice mamá que la última vez que lo vio, él vivía en Cuernavaca y todavía le ofreció que atendiera una zapatería. Y es que mamá le enseñó al tío a vender zapatos. Que vueltas da la vida. Nada más es cosa de que uno le vaya dando paso a los recuerdos para que se despeñen de la memoria: Santo oficio de la memoria. Otra hermana de la Tita, tía Conchita. Mamá dice que era lesbiana. Que se vestía de traje sastre y se peinaba como hombre. Tenía un local en el que vendía ropa. No le iba nada mal. Tenía sus amigas. Una vez, que la tía Conchita invitó a mi madre-niña al cine, la tía encontró a su mejor amiga en compañía de otra. Se armó la grande. De las greñas y en revolcón pleno, la rabiosa Conchita metió en cintura a su rival. Lid de amores. Desengaños.

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El padre de mamá era de Aguascalientes. Dice papá que era negro. Mamá ataja quisquillosa. Era moreno. Alto. Se dedicaba a amansar caballos. Se llamaba Apolonio pero se cambio el nombre; Luis Daniel, era más varonil. De telenovela de la dobleú. Vino a México en busca de trabajo, se casó con la Tita y tuvieron tres hijas. Luego las abandonó. De viejo, mi abuela lo recogió con todo y segunda esposa, lo mantuvo hasta que murió. Mi abuela se pasaba de buena. También recogió a la tía Conchita. Luego que ya de anciana, cuando el dinero le empezó a escasear, tuvo que vivir en una vecindad. Un día los vecinos se organizaron para hacer una fiesta. El motivo; cualquiera, nunca faltan. A la tía le molestaba el ruido y la gente. Se volvió una fiera contra los vecinos para tratar de impedir que organizaran jolgorio alguno. La golpearon entre todos y la corrieron de la vecindad. La Tita la recogió malherida. Hermana, mamá, abuela. El misterio de la santísima trinidad. Dogma inexpugnable. Creo que la única tierra con la que se pueden cubrir las raíces está hecha de recuerdos. Mamá dice que a papá no le interesaba el puesto de zapatos. Papá venía de una familia de clase media. Su padre era ebanista y decorador de yeso. Su madre era hija de emigrantes franceses y sabía tocar el piano. Sólo tengo una imagen de mi abuela. No sé si es una imagen que yo mismo he fabricado luego de escuchar las historias de mi padre, o realmente es una imagen almacenada como recuerdo. La veo sentada en una silla. Con el pelo largo de un blanco sedoso. Los ojos pequeños y de color verdemar. La piel de su cara era blanca, blanquísima. Dice mi hermana que siempre tenía dulces para regalar, yo no lo recuerdo. Papá estudió unos meses en la Academia de San Carlos pero luego truncó sus estudios. “Nunca me ha gustado que me manden, no tolero tener alguien que me obligue a hacer lo que no me gusta”, dice papá con la convicción más grande que he visto y con el res-

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paldo de una historia personal construida a golpes de su propia mano. Tal vez de ahí me venga la intolerancia al principio de autoridad. No se roba, se hereda. Cuando pienso en papá no puedo dejar atrás la imagen de sus manos. Son toda fortaleza. La piel cuarteada por quién sabe cuántos años de trabajos duros. Pero esas manos toscas, son tan capaces de derribar un muro de piedra como de arreglar la fina maquinaria de un reloj saboneta. Las manos y la paciencia infinita. Y como no le interesaba el puesto de zapatos sólo llegaba al mercado a tumbarse en una banca a dormir. Mamá escribiría a roncar. Porque mi padre ronca como una locomotora desbocada. Como un camión materialista deslizándose por una larga pendiente y frenando con motor. Es un tigre. Un oso pardo. Sus manos, su paciencia infinita y su apetito voraz. Disfruta todas las comidas y lo hace no con la desesperación por llenar el estómago. Come con paciencia, con pulcritud. Es capaz de limpiar un pescado utilizando cuchillo y tenedor y dejar solamente blanqueando el esqueleto. Nunca he visto comer a alguien carnitas de cerdo con tanto gusto como él lo hace. Catador experto. Comensal compulsivo. Mamá dice que antes de llegar al puesto de zapatos, y luego de su trabajo, papá se metía a un local donde vendían carnitas y se sentaba a comer, él solo. Un acto íntimo. Mi hermana la mayor ya sabía el truquito, lo alcanzaba en el puesto y lo acompañaba a comer, supongo que en silencio. Papá es de pocas palabras. O era, porque últimamente la vejez le ha soltado la lengua de una sorprendente forma. Es un afán de contar y contar. ¿Todos tendremos la necesidad de contar cuando la carrera del tiempo empiece a alcanzarnos? Tornero aficionado pero experto. Constructor de iglesias, decorador de yeso, escultor en cantera, mecánico de fin de semana. No hay barrera que se le atraviese que no pueda saltar. Dirán ustedes que exagero. ¡Ojo escritorzuelo!, estás perdiendo la objetividad.

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Ni madres, me cae. No hay nada que se le atraviese. Todo tiene reparación. Lo recuerdo sentado en la mesa del comedor largas horas de una noche de insomnio, armando rompecabezas de butimadres de piezas. De esos interminables, sobre paisajes de floresta o castillos ingleses. Sus ojitos vivaces buscando que pieza cazaba con cada cual. Infinitamente. Tampoco he conocido alguien que improvise historias con tanta imaginación como él. A veces sus recuerdos reales se mezclan con sus historias ficticias. No es que mienta. No. Recrea los hechos, ¡con un ingenio! Mamá y papá se conocieron en el mercado viejo de Tacubaya. La familia de mamá no quería que se casara con él. A papá lo deslumbró la belleza de mi madre. Todavía conservo una fotografía, que hurté furtivamente, en la que mamá parece una artista de la época de oro del cine nacional. Con un lunar muy cerca del labio superior y todo. Era una muñequita dice papá. Mi abuela le confeccionaba vestidos exclusivos para que siempre fuera una princesa de cuento. El tío materno quería que se casara con un carnicero que era su compadre; tenía mucho dinero pero era un borracho. Por mis padres odio el alcohol. Papá no lo tolera. Seguro porque nunca se le olvidó que su padre era un bebedor consuetudinario. Así que a pesar de los obstáculos se casaron y luego llegaron los hijos. Fuimos ocho hermanos. Al principio vivieron en la colonia Bellavista. Ahí empezaron a crecer las raíces de mi familia. Era la casa de mi abuela. En ella vivían : mi abuela, su hermana Conchita, su ex-marido con la nueva mujer, una hija con esposo y críos y mis papás. Mamá estaba muy contenta de vivir ahí, porque estaba con su familia. Luego mi abuela paterna se enfermó, se fue con una de sus hijas a vivir a un departamento de Santa María la Ribera y mi abuelo se fue a vivir a una enorme casa que tenía en San Jerónimo. Así que la casa donde nació mi padre quedó vacía. La ocuparon mis padres y yo sólo tengo recuerdos de esa casa.

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Me resulta imposible desvincular los espacios físicos con el recuerdo. Eso es lo que más me pesa del exilio. Es lo que no tolero. Lo que me desgarra. En esa casa en la que nací en Tacubaya, había unos muebles de jardín hechos de cemento que imitaban la madera. De esos que antes tenía el bosque de Chapultepec. En el patio trasero de la casa estaba construido un kiosco y una fuente. Ese kiosco de piedra simulando madera se convirtió en mi nave espacial, en mi observatorio intergaláctico, en la casa de muñecos, en mi guarida de estudio. Hace poco I y yo lo desarmamos en partes, y con gran esfuerzo, lo llevamos a la casa de San Abedece. Ahí sigue. Seguirá. Nadie tiene el derecho de arrebatarme los recuerdos. La terquedad de andar buscando tierra con que cubrir mis raíces que ya de por si estaban cubiertas con los recuerdos de mi familia. Así que mis abuelos fueron emigrantes, exiliados de sus lugares, vomitados a una ciudad conflictiva. De ahí me vienen las historias circulares y mi nomadismo. El primer recuerdo que tengo de mi infancia es como a los cuatro años. Me iban a tomar una foto. Mi madre me gritaba desde el corredor de la casa para que acudiera a poner mi mejor cara. Pero resultó que mi mejor cara fue una de boca medio abierta, a punto de escurrirle la saliva. La foto cuelga en la pared de la sala de la casa de mis padres y está enmarcada en esos marcos viejos de madera color de oro. Mi madre es una lectora voraz de novelas policíacas de monitos, de libros vaqueros y de culebrones rosas de novela semanal. Ese fue mi primer contacto con la lectura. Devoraba bolsas de novelas policíacas. Ahí aprendí la estructura simplona del melodrama. La intriga rebuscada. Los crímenes arteros. Mi hermana la mayor me arrebataba las novelas y las rompía en cuantas hojas tuviera. Luego traía a casa esas novelas de aventuras de bucaneros escritas por Salgari. Pero yo prefería las policíacas, con su lenguaje vulgar, con su oración sim-

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ple, con su trama sobada. Era lo más cerca que tenía de la realidad. Cuantas formas de asesinar gente aprendí. Me fascinaba la palabra “felpó”. Ya felpó. Ya murió. No sé, me parecía como la mejor manera de decir que alguien se había quebrado. Papá también leía las novelas. Aún lo hace. Una vez leyó Drácula de Bram Stoker y se levantó a media noche gritando que se lo llevaba el diablo, a mí a veces me lleva, porque nadie puede alejarse de la tierra que lo siembra al surco. Aunque la tierra sea polvo de carbón y el surco asfalto caliente pintado de amarillo.

Capítulo XII

Line, líneas
el polvo Blanco se Desliza por la superFicie De cristal. una navaJa lo
junta en una montañita de nieve. Luego, con maestría, simulando un buldózer, la desvanece. Dos movimientos más y unas perfectas y níveas líneas se distribuyen en la mesa. El diente de oro se refleja en el cristal. El hombre acerca directamente su nariz a la mesa y aspira profundamente una de las líneas blancas. “Ah cabrón, está rebién buena”, dice, mientras se tumba en un sillón de piel negra. “Ya sabes Micke, aquí pura calidad. Esa pinche droga colombiana pura madre. ¿ Está chingona o no, man?”. Desde el sillón, el hombre ha empezado a viajar, los ojos no atinan a detenerse en ningún sitio y su cara se vuelve de plástico. “Ven acá Miguelito, ven acá”. Escucha una voz de mujer que lo conmina para que vuelva atrás, donde una puerta se cierra. Micke, no ve directamente lo que ha quedado encerrado tras la puerta. Pero se imagina que la dueña del grito es su madre. Esa mujercita pequeña de piel apergaminada, que andaba a tientas por todo el pueblo. Era maravilloso ver como esa mujer ciega era capaz de sortear todos los obstáculos de las pequeñas veredas y picadas de San Buenaventura. Algo no le cuadra en el recuerdo al Micke. No sabe qué es pero empieza a molestarle mucho la nariz y la mirada indiscreta de unos cuantos cabrones que lo

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rodean para mirarlo. Miguel no logra acordarse de su casa. Pero está seguro de algo. Su casa nunca tuvo puerta. Sólo recordaba un marco de madera apenas cubierto por un nylon negro. Es curioso, pero no puede recordar más que ese plástico. “Carnal, carnal, cálmate”, siente un par de cachetadas que le desacomodan los recuerdos. “Güey, güey, te digo que está very heavy este polvo. Vuélvete. Vuélvete”. El Micke empieza a regresar, es una televisión que ha dejado atrás las líneas horizontales para volver a agarrar la onda. Lo primero que ve es la cara abotagada del José y el enorme crucifijo de plata que cuelga de su cuello y que amenaza con golpearle la nariz. “Ya man, basta. Sácate de aquí con tu madre esa de plata, no ves que puedes sacarle los ojos a alguien”. José se indigna. No puede soportar que alguien se mofe de su fervor religioso. Él que todo lo hace en nombre de dios, él que se considera el mejor cristiano. Y cómo no serlo. Si hasta donó el terreno cercano a su enorme casa en el pueblo para que construyeran una iglesia. Pero no una pinche capillita, no señor. Una verdadera iglesia, terminada en cantera y rematada con mármoles. Una señora catedral. De cualquier manera no le responde nada al Miguel, sabe de lo que es capaz el del diente de oro cuando anda volado con la droga. Miguel estornuda un par de veces. Las líneas de moco escurren por sus labios. Con la manga de la playera se limpia. Sacude violentamente su cabeza. Los que lo miran empiezan a asustarse. Luego, se levanta como si nada y se para frente a un largo espejo. Se arregla su cabello crespo y vuelve a la mesa. “Bueno Man, sí que está heavy”. Todos se miran sorprendidos y rompen el nerviosismo en carcajadas. —“¿Oye José, cuántas grapas me tocan ahora?”. —“Las que quieras Micke, ya sabes que contigo tenemos cartera abierta”.

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—“Últimamente he estado rolando por las playas que están cerca al barrio de los escuelantes y parece que ahí puede prender bien el negocio”. —“Ten cuidado Micke, luego hay mucha placa por ahí, no vaya a ser la de malas y te pepenen”. —“No. Sí cuidado tengo. Yo ni siquiera me acercó por ahí. Conozco a unos chavalines que son los que me mueven el polvo”. —“¿Chavalines man? ¿Dejas 5000 dólares en manos de escuincles?”. —“Calma man. Calm, it doesn’t pass anything”. —“No mames, pinche Micke, no chingues que pierdes esa lana. Ya sabes como son los bolillos cuando te metes con su money”. —“Don’t tremble José, I know that I make”. —“Ya deja de hablar en inglés, pinche naco, te lo digo de verás, tú pierdes la droga y nos lleva la chingada. Adiós protección en la frontera”. Miguel mira a todos por arriba del hombro. Nadie va a venir a decirle a él como hacer su trabajo. Bastantes años lleva en esto. Muchos más que los que tiene el José. Se lleva la mano a la cintura para acariciar la 007. Percibe de un golpe el frío de la navaja que roza su piel. Resume en un segundo todas las traiciones que le ha hecho el José. Pero se contiene y con una sonrisa a medias, se acerca a la mesa y coge el paquete que le corresponde. “See you later vato”. Y sale cerrando lentamente la puerta. Las venas del cuello de José parecen estallar. Le trae ganas al Miguel. Pero sabe que no le puede hacer nada. Que además de conocer todas las rutas y maneras en que distribuye el polvo, es el consentido del padrecito. Y con ese mejor ni meterse. Recuerda lo que le sucedió al médico que vivía en su pueblo. No. Si meterse con el padre está de puta madre. Afuera el Micke se detiene en una caseta telefónica. Saca una tarjeta de su billetera y marca el número del viejo Joaquín.

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—“Bueno” —“¿Hello?” —“¿Quién habla? ” —“¿Quién eres tú?” —“Raúl” —“¿No está el viejo? ” —“Acaba de salir, dijo que no tardaba. Fue a la marketa a comprar unos víveres”. —“En cuanto regrese dile que le habló Micke. Urge man, urge”. De un manotazo colgó el auricular. ¿Dónde chingados se habría metido el escuincle? Seguro andaba por ahí dándose la gran vida, porque esa de que le habían robado la droga, a ver quién se la tragaba. Era imposible que alguien se metiera con su gente. Todos conocían que nadie manejaba esa zona de la playa más que él y los gabachos. Así que puro cuento. Pero donde lo encontrara, esta vez si iba a coserlo a navajazos y después aventarlo al canal. La imagen de un cuerpo flotando en las aguas del canal de los Angeles se le vino a la cabeza. Apenas había escuchado en las noticias de la tarde, que el cuerpo de un inmigrante mexicano había sido encontrado flotando en los canales. El comentarista latino decía, que no se trataba de un simple ahogamiento, que el cuerpo tenía huellas de tortura y varios tiros de arma de fuego. Que algunos grupos de defensa de derechos de los indocumentados se estaban preparando ya para iniciar movilizaciones, por lo que consideraban uno más de los crímenes de la Border. Micke escupió un gargajo espeso. Sería muy difícil que sospecharan que se trataba de un ajuste de cuentas viejas de pueblos alejados. Para empezar, nadie nunca reclamaría el cuerpo. Ninguna identificación existía para saber la identidad del muerto. De todas maneras, el viejo Joaquín le debía una. Y pronto iba a tener que pagársela. El pinche chamaco era muy apegado al ruco. Tal vez

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hasta había sido cosa del Joaquín, a lo mejor se le había prendido el foco y pensó hacerse de una lanita más para volverse pronto al pueblo. Quizá ya extrañaba a su pollita. O a lo mejor era como el gavilán, que regresa a cuidar a su presa. Pero lo que fuera de cada quien, la Lucero estaba que se caía de buena. Lástima que ya se le había adelantado el José. ¿Y eso lo sabría el viejo Joaquín? ¿Cómo se pondría cuando lo supiera? Micke apresuró la marcha hasta terminar en una carrera loca. Una idea se le había metido en la cabeza. Era la mejor de las ideas. La idea que lo sacaría de todos sus problemas. Corría y corría para alcanzar la línea de meta.

Capítulo XIII

Murder
“Trece, trece, ¿qué te parece?“. toDos tus muertos

marquitos tenía 10 años cuanDo la BorDer lo capturó por primera vez.
Él no era de San Buenaventura. Venía de un pueblito pequeño de Michoacán. Hasta el nombre de su pueblo era pequeñito; Cuitzillo el chico, se llamaba. Aunque claro, no hacía falta ser de San Buenaventura para tener la necesidad de agarrar paso pal Norte. Los padres de Marquitos le pusieron ese nombre porque así se llamaba el bisabuelo de su padre. Al papá de Marcos le encabronaba que la gente le dijera Marquitos a su hijo. “Marcos, eres Marcos, como tu tata”, le decía al niño. “Para que te lo sepas tu tata fue príncipe, fue hijo de príncipe purépecha. Gente importante que conocía como cuidar y defender la tierra”. Pero a Marcos, nada más había que mirarlo una vez para decirle Marquitos. Era muy bajito y tenía los brazos y las piernas fuertes, como de por sí las tienen los purépechas. La primera ocasión que estuvo frente a un oficial de migración le sorprendió que los gringos no tuvieran tantas diferencias con los mexicanos. El oficial que lo miraba a través de unos lentes negros no era tan alto, tenía el pelo negro y su piel no era blanca. Así que el niño pensó que no había ninguna diferencia entre la gente de un lado y del otro de la

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frontera. Luego de que les tomaron datos y los fotografiaron a todos, los subieron a un camión viejo y los regresaron a Piedras Negras. Sólo entonces, Marquitos se dio cuenta de la enorme distancia que habían caminado dentro de los Estados Unidos. Ya en la frontera, los policías mexicanos los arrearon como animales para regresarlos a la ciudad. Marquitos vio, como uno de los municipales pasaba una mano por debajo de la falda de su mamá sin que ella dijera nada. Estuvieron otros dos días en Piedras Negras, el papá de Marcos hablaba purépecha y se sabía unas cuantas pirekuas, que así es como se llaman las canciones tradicionales de su pueblo, a él le gustaba escuchar y mirar a su padre cantando en especial una, “Cara de pingo”, era una canción graciosa. Le fascinaba ver las piernas fuertes de su padre estrellándose contra el piso para encontrar el ritmo de tres del zapateado y las caras que hacía eran únicas. Eso hizo su padre durante los dos días que estuvieron en la frontera para juntar un poco de dinero y poder comer. El Coyote que los había enganchado había desaparecido con todo y dinero. Al segundo día, un hombre moreno con un diente amarillo que brillaba con el sol, se acercó a su padre y ambos se retiraron a una esquina alejada. Luego, el padre regresó por la madre de Marcos y la llevó donde estaba el hombre. Ellos siguieron cantando pirekuas hasta entrada la noche, fue cuando el del diente amarillo regresó con la madre de Marcos. Ella era blanca y encerraba en sus ojos el único color de cielo que Marcos extrañaba. Para el niño esa era una mujer hermosa. Pero cuando regresó aquella noche, la mirada de la mujer estaba marchita; seca. Esa noche intentaron cruzar de nuevo. Micke, como supo que se llamaba el hombre del diente dorado, era Coyote. Al niño le pareció que esta vez habían caminado mucho menos para cruzar la frontera. Pronto llegaron al primer pueblo en los Estados Unidos. De ahí había que conseguir un levantón para que

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los llevaran hasta los Angeles. Marcos no lo entendía entonces, pero luego supo que la distancia entre Texas y los Angeles era inmensa. El Coyote los dejó en una pizzería comiendo. Marquitos comió con fruición, no sentía hambre, pero en cuanto su boca probó la masa insípida de la pizza, no se detuvo hasta que la terminó. Justo cuando ya no le quedaba nada, un grupo de Rangers entró al establecimiento y los detuvo. Los sacaron de la tienda y los tiraron de panza en unas como milpas. Ahí estuvieron un rato, hasta que llegó nuevamente la migra y los volvió a llevar al centro de detención. Marcos se dio cuenta desde el principio que las cosas no andaban nada bien porque lo habían separado de sus padres. Luego supo que sus padres llevaban polvo blanco y que los habían acusado de narcotráfico. Marcos regresó solo a la frontera mexicana. Ahí fue donde conoció al viejo Joaquín. Era ya tarde cuando un grupo de mexicanos se acercaron a la orilla del río Bravo para cruzar. Marcos estaba esperando a ver con quién podía pegarse. Como Joaquín era el más viejo del grupo, supuso que ese debería ser el Coyote. Sus padres le habían enseñado que la experiencia es la tarjeta de presentación de los hombres viejos. Se agarró al pantalón del viejo y le dijo que lo llevara con él, que quería pasar pal otro lado porque haya estaban presos sus padres y que por lo menos quería pasar la noche del mismo lado que ellos. El viejo, primero pensó que se trataba de un gancho. Los años le habían dado la sensibilidad para olfatear cuando algo no andaba del todo bien. Sin embargo luego, no supo por qué, se dio cuenta que el niño no podía estar engañándolo y le dijo al José: “Me voy a llevar el chamaco yo te pago la pasada”. José le advirtió al viejo, que si el chamaco no aguantaba la pasada por el desierto no se iba a detener a esperarlo y que si él se quería quedar, ese era su problema. El viejo tuvo que llevar cargado al niño casi la mitad del camino. Y aunque Marcos era pequeño, pe-

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saba como una persona adulta. Luego del periplo, llegaron a los Angeles. Poco habló Marcos durante todo el camino en la Van, más bien se la pasó durmiendo. En los sueños volvía a mirar la tierra colorada de su pueblo. La sonrisa de su madre y las fuertes manos de su padre que lo lanzaban al viento. Arriba, abajo, y el aire cosquilleándole en la cara hasta arrebatarle una sonrisa nerviosa. Arriba, abajo, arriba y las manos de su padre esfumándose como en un truco de magia, y la red rompiéndose, triple salto mortal que lo esperaba al terminar el camino.

Capítulo XIV

Night-noche
la noche alcanzó a santa BarBara como el mar a una playa leJana.
La luz solar se apagó despacito, mientras el horizonte se fue cubriendo de los ojos indiscretos de las luces artificiales que, a lo largo de las montañas, delataban la presencia de enormes residencias a todo lujo. En State street jamás anochece, las farolas iluminan las calles amplias que flanquean decenas de aparadores para el turista. Raúl serpenteaba entre las tiendas de música. Las ofertas son como putas que atraen a los machos en celo. Manoseó decenas de compactos sin que se decidiera por ninguno. Mientras removía los estuches de plástico, se dio cuenta que era la primera vez que entraba solo a una tienda de discos. Generalmente siempre lo acompañaba Laura. También se percató que buscaba entre los anaqueles de música latinoamericana, que era el sitio preferido de su exesposa. No pudo resistir más el recuerdo de otras noches, aquellas en la ciudad de México, arrullados por la lateral del periférico, en que Laura sacaba una botella de Casillero del Diablo, ponía a hervir la matera, preparando el ambiente para la música del Pato Manss, que desgarraba el silencio con aquella de: “Cuando me acuerdo de mi país…” La verdad es que Raúl se contenía las ganas de botar a la chingada el cassette del chileno exiliado en Bélgica, para ir por el de Jorge Negrete y romper la monotonía del recuerdo. Pero ahí,

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mirando discos, no pudo detener las ansias de remover y remover hasta encontrar uno de la Violeta Parra, colocarlo en el reproductor que colgaba del anaquel, para sumido en el silencio de los audífonos, escuchar como se desgajaban las notas de frustración de la chilenita. Andaba en esos giros, cuando descubrió justo bajo el dintel de la puerta, dudando si entrar o no, a la Lucero. Pantalón de mezclilla a la cadera, blusita blanca de manta y finos huaraches de piel negra. El pelo volando ligeramente por el viento. Luego de la duda entró para dirigirse directamente a la sección de gruperas. Raúl se movió despacio para no ser sorprendido. No quiso mirarle las nalgas, pero fue inevitable, por lo menos ésta vez se guardó su detallada descripción. Lucero parecía ensimismada, porque no se percató de lo cerca que estaba Raúl. En sus manos sostenía un disco compacto de Los Halcones de Salitrillo. Mientras miraba la portada lo hacía girar con los dedos, imitando la manera en que lo hacen los reproductores de música. Raúl podría jurar que los pies de Lucero se movían llevando el ritmo de la canción que estaba escuchando. Tenerla tan cerca era mucha tentación, así es que Raúl se acercó y con sus manos suaves le acarició el sedoso cabello. Lucero no pareció sorprenderse, cuando acercó su boca a Raúl para darle un beso. –“¿Cómo supiste que era yo? ¿Qué tal que era un gringo que quería abusar de ti?”. —“¿Ay Raúl, puedo reconocer tu olor a kilómetros de distancia?”. —“ O sea que sabías que te estaba espiando”. —“Si, pero no quise interrumpir la visita de tus ojos por donde se acaba mi espalda”. Raúl se ruborizó hasta las orejas. Luego, los dos salieron de la tienda tomados de la mano. Eran colegiales dejando la matinée de los sábados. Justo cuando pasaron por debajo de una farola su luz se apagó de repente. Raúl pensó que ese fenómeno ya le había pasado muchas veces durante su vida.

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Empezaba a preguntarse por qué, cuando Lucero le pidió que la llevara a la Selva. Entonces supo Raúl lo rápido que una muchacha pueblerina puede adaptarse a la vida del gabacho. En su mano derecha Lucero llevaba una bolsa de Victoria Secret. Raúl intentó espiar su contenido antes de responderle. No fue mucho lo que alcanzó a mirar. Sólo el remate de encaje rojo de lo que imaginó que era una diminuta pantaleta. “Bueno, vamos”, dijo finalmente. “Aunque te advierto que no sé bailar ni con un pie”. Lucero le contestó con la sonrisa de labios jugosos que inmediatamente paralizaba a Raúl. Caminaron largo rato, hasta que un taxi se detuvo para llevarlos a la Selva. La Selva, era una especie de salón de fiestas en el que se presentaban grupos mexicanos para amenizar la noche. El alcohol corría libremente entre las mesas y casi todos los clientes eran mexicanos o gringos disfrazados con texana y botas piteadas. El mesero les buscó una mesa alejada y les ofreció algo de beber. Raúl pidió una cerveza Pacífico y Lucero sólo un poco de soda. Había que saber leer los labios para comunicarse en un sitio como esos. El ruido se comía las palabras. Raúl interpretó los labios de Lucero, ella se levantó rumbo a los sanitarios. Raúl le dio un gran trago a la Pacífico. Cuando lo hacía, recordó que las playas de los cabos en México eran muy parecidas a las de Santa Barbara. Por cierto, mientras miraba el mar de lúpulo atrapado en la botella oscura, agitó el envase para crear unas olas terribles, como las olas de furia de Santa Barbara, la del trueno, la conversa asesinada por su mismo padre. El vaso con Dr. Pepper aguardaba a Lucero. Una botana de Pretzels esperaba a los dos. Raúl pensó que no había prueba más legítima de la insipidez de los gringos que los panecitos salados que suplantaban a la verdadera botana. Quién iba a poder competir con los churritos con salsa Don Vasco, la autentica salsa que sí pica, sabroso. Desde el rincón en el que estaba colocada su

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mesa, pudo mirar la cara inconfundible del viejo Joaquín que venía llegando a la Selva. El viejo estaba acompañado por una rubia grandota y bofa. En momentos, la cara de Joaquín se perdía entre los enormes senos de la gringa. Luego, con un respiro de alivio, la cara del viejo emergía del caos de carnes con la sonrisa más estúpida que Raúl hubiera visto nunca. Detrás de ellos y al parecer unido a la tertulia estaban, un hombre moreno que cada que abría la boca deslumbraba a Raúl por el brillar de su diente amarillo. El moreno abrazaba a una inconforme mexicana que a todas luces se veía, era recién llegada. La muchacha no pasaría los quince años y apenas y podía caminar con el par de zapatos de tacón dorado. Sus piernas de fibras fuertes, forjadas en las largas caminatas de algún campo mexicano productor de Oportunidades. Los ojos aterrados de pueblerina que descubre la violencia de la ciudad. Los cuatro, fueron dirigidos por el mesero a un sitio cercano al escenario, en que un grupo de Lompoc imitaba a los Tigres del Norte. El trato amable y solícito del mesero le hizo pensar a Raúl, que no era la primera vez que el viejo se corría una parranda en ese lugar. Eran muchas cosas las que ignoraba Raúl. Luego, llegó Lucero con la boca recién pintada. “¿Te gusta el color?”. “Está bien. ¿Es fiusha?”. “No sea tonto, es rojo carmín y es de Max Factor, me costó un ojo de la cara”. A Raúl no le convenció el color, pero pensó que ante ese precio no podía resistirse a darle un beso a Lucero. El beso se prolongó más de la cuenta y terminó en la pista, que ya se atestaba de borrachos que luchaban por mantener el equilibrio mientras bailaban unas quebraditas. Lucero se repegaba a Raúl. El muslo de él, entre las piernas de ella. Una cintura suave queriendo ser apresada. Sin querer, en un lance de Lucero, porque Raúl sólo se dejaba llevar, las manos de él quedaron justo, cada una, tomando las nalgas duras de ella. Lucero se acercó a Raúl. “Bájale pues rulito, para eso son pero se

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piden”. Raúl pensó que a él no le gustaba pedir, sino arrebatar. Vueltas y vueltas hasta que estuvieron muy cerca de Joaquín y la gringa de carnes flácidas. La cara abotagada del viejo evidenciaba la borrachera que traía. “Mira Lucero, ése es Joaquín, el viejo con el que vivo”. Lucero paró de bailar. Se puso pálida y sus manos mojaron frío las de Raúl. “¿Qué te pasa Lucero, te sientes mal?”. No dijo nada, sólo le apretó fuerte la mano a Raúl y ambos se dirigieron a la salida. Cuando el mesero los alcanzó para que pagaran la cuenta, el viejo seguía buceando entre las montañas de carne, escapando milagrosamente de morir asfixiado.

Capítulo XV

Olas
la
cuchilla luminosa se clavó en los oJos De

raúl. la

cortina no

pudo detener el ataque y rendida a los pies del sol, llenó la habitación del calor de una mañana de verano. Apenas abrió los ojos y lo primero que vio en su cuarto fue la ropa de Lucero colgada en la silla del escritorio. En la cama, la muchacha ojos de almendra, enredaba sus piernas con las de Raúl. Sin embargo, Raúl no asía el escurridizo recuerdo para saber que había pasado la noche anterior. Era de esas cosas raras, porque a decir verdad, no es que hubiera perdido la cabeza por el alcohol, no recordaba haber tomado más que una michelada, de una cerveza de marca gringa con sabor a madres. Así que se encontraba ante uno de esos agujeros negros del tiempo, que por más que se les busque explicación no la tienen. Lucero aún dormida, empezó a moverse en la cama. Rodó su cuerpo hacia la esquina opuesta y al hacerlo, la sábana desveló unas redondas y duras nalgas apenas cubiertas por una diminuta tanga de algodón. Y Raúl podría describir perfectamente el cuadro, porque se pasó largo rato observándola. Incluso, mientras lo hacía, tuvo que darse un par de cachetadas para asegurarse que el prodigio que estaba presenciando no se trataba de otro más de sus sueños húmedos de exilio. Porque según él, más allá del exiliodestierro, lo que verdaderamente le dolía, era el exilio amoroso en

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el que se encontraba sumergido voluntariamente luego de la huída de Laura al fin del mundo. Así que siguió clavándose en la textura de la tela y pudo descubrir que no era una tela lisa, sino que contaba con un mosaico de grecas que la hacían parecer más vaporosa. La parte posterior estaba unida con la delantera por un delgadísimo resorte que se perdía en el pliegue de la cadera. Raúl pensó que cada vez gastaban menos telas para hacer las pantaletas. La piel de Lucero no era ni tan blanca ni tan morena. Sino todo lo contrario. Era de esas pieles raras que tienen el color de la arcilla. Sus muslos perfectamente modelados separados apenas por unos milímetros, insinuaban la oscuridad de un pubis que se abultaba a través del puente de algodón. Por un momento, Raúl pensó que se estaba pasando de voyerista. Pero luego, cuando Lucero se giró rápidamente para acomodar la espalda en el colchón de la cama, miró el pubis en toda su extensión y los argumentos morales se le escaparon entre las piernas de Lucero. Los ojos al borde de las órbitas no atinaban a ponerse quietos en el lugar justo. Y él, volvió a repasar como párvulo la lección recién iniciada. Regresó a las piernas, largas, desiertas. Delatando un reciente depilado, por los pequeños pelitos que casi vergonzosamente asomaban sus cabezas negras a través de la delgada piel. La imagen era la misma que esos paisajes desérticos que se extienden a todo lo largo de Texas. Baldíos rematados con unos cuantos arbustos, que de tan chaparros, apenas y despuntaban en el horizonte. Caminó lentamente por las piernas de Lucero, repasó cada uno de los caminos verdosos que se transparentaban en sus muslos, redes subterráneas de sangre que mantenían con vida las largas llanuras. Ríos secos. Cruce de caminos. Y a medida que avanzaba con lentitud, la respiración se le volvía entrecortada y el sudor le enmascaraba el rostro. Sudor; capucha que lo mantenía en el cómodo papel del anonimato. Algo presentía Raúl que había al final de los muslos. El delta mágico

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donde el desierto florecía de vida, geografía intrincada, Pangea primigenia. Se sintió como el mojado que atraviesa a matacaballo el desierto, para luego, desfalleciente, sacar fuerzas de la nada y jalar la lumbre del ambiente para pegar el spring final rumbo a la meta: el levantón. La camioneta de los raiteros que lo conducirán a la ciudad paraíso. Ellos también sabían que al final del desierto está la madre nutricia, la boca húmeda, la teta verde. Freeze. Frezze, quietecito, como si el movimiento de los párpados fuera a despertar a la chica, fue ascendiendo, con sigilo, bordeando cada milímetro cuadrado de piel, fotografiándola para siempre, descubriéndola. Una vez que tuvo a la vista la última duna, aquella que como muralla negra, franquea la entrada a la última frontera, disfrutó el cambio de coloración. La gracia de aquel gordito de carne que parecía extenderle una enorme sonrisa al visitante. Medio circulo de esperanza. Dudó sí, para terminar de una vez, saltar inmediatamente a lo que en realidad valía la pena, a lo que esperaba con ansiedad. Pero ahí se mantuvo firme, ni para atrás ni para adelante. Era el que se sabe ganador, pero que gusta de disfrutar la victoria, ésta sí, más sabrosa que nunca. (Salud) Ya no parpadeaba y los sentidos estaban en alerta naranja, la máxima concentración, las sirenas a punto de ser tocadas. Quedarse atrás, volver al desierto donde las esperanzas son promesas que pueden venir más adelante, o llegar a la meta y comprobar que la esperanza es como los dientes de león, que cuando el viento sopla, se desvanecen en mil pelusitas. Sin embargo, burló la vigilancia y se adentró en la antesala de la muerte. El preciso lugar donde la piel se vuelve oscura y le nacen folículos pilosos como mala hierba entre las milpas. Su corazón latiendo como máquina de vapor, como las viejas locomotoras que a chucu, chucu, atravesaban el oeste gringo tragándose todo lo que se encontraban. La modernidad al alcance de unos, mientras los otros eran alcanzados por el chucu, chucu, que

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los condenaba a la desgracia. Cuando se dio cuenta ya estaba en la mera zona X. Ahí merito donde quería. Chingao y sin darse cuenta y sin disfrutar el trance. Los jadeos se le pararon en seco. El sudor desenmascaró su cara. Las fanfarrias fueron suspendidas. Que no se mueva nadie. Los reflectores de la Border en plena frente. Qué putas. ¿Y ahora? Una frontera de tela porosa impedía el paso, lo cerraba. Sellaba cualquier amenaza externa. No extraños. No bienvenidos. A la chingada. Y vaya que la telita tenía su gracia. No era una frontera cualquiera. Era la tela más deliciosa que jamás pudiera haber visto en detalle. Que puente ni que la chingada, si fuera puente sería un puente al aburrimiento. Si lo que el extraño quería no era cruzar el puente, sino caerse en el abismo. La telita era como doble. Una doble malla de hormigón y acero impenetrable. Aunque ni tanto, porque la primera capa de tela era vaporosa, de encaje. Frontera llena de poros. Para pasarla por pura ósmosis. Nada de energía. Naditita de Gatorade. No esfuerzos. Pero una vez franqueada la primera frontera, y cuando uno ya casi tenía a la vista el mundo color de rosa; la horquilla húmeda de las carnes más suculentas que había visto. Ya cuando el olor a leche y miel embotaba el olfato y el calor se le estrellaba a uno en la cara, vas pa atrás. El algodón reforzado impenetrable. Inmóvil, ni cómo decirle hazte tantito para la derecha, aunque sea para ver el color del cielo del otro lado. La vida de los hombres es un incesante cruce de fronteras. El hombre como equilibrista parado en el hilo dental, evitando caer al precipicio. O resignado a quedarse a vivir para siempre en el cable. Ni para allá ni para acá. Mediocre que le basta con el deseo. Con el ya merito. Para la otra si cruzo. Pa qué si aquí me va rebien. El que no arriesga no gana. Pero el estar en la línea, también entraña el ya no ser nunca jamás ni de un lado ni del otro. La mirada de Raúl jamás vería a Lucero como antes. Virginidad rota, bueno, o casi. Además, como si después de esa frontera no

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estuviera otra. O tal vez, ya ni estaba, y entonces el orgullo de macho perdido para siempre. Y luego de cruzarla para un lado, pues era menester como amante hastiado descruzarla por el otro y salir en busca de, qué chingaos, otras fronteras más. Eso sí, él era un hombre fronterizo. Andaba en esos arrumacos limítrofes cuando, así de rápido, Lucero se despertó y le obsequió una mirada de reproche. “Raúl, ¿otra vez husmeándome el culo?”. Raúl se ruborizó luego de escucharla. “Mira que si te vuelvo a ver haciéndolo , te parto la madre. ¿Qué no te bastó con lo de anoche?”. Raúl perdió la vista, tampoco pudo seguir escuchando lo que la indignada Lucero le decía. No recordaba nada. Nada. Tanto y tanto para tantito. Tantito menos que nada. ¿A dónde estaba cuando la frontera fue cruzada? No era él. Su cerebro partido por la mitad. Un nuevo hombre naciendo más allá de la línea.

Capítulo XVI

Party
y ahí estaBa ella con su peluca ruBia. toDo era De gran luJo. el
piso forrado de un cuidadísimo parquet reflejaba lo más alto de sus muslos. Se sentía incómoda con aquella minifalda roja que apenas se había comprado en JC Peaney, pero el azul del mar, que se extendía tras los ventanales de la terraza la calmaba. La hacía fuerte. En la mesa de centro de una amplia sala forrada de piel blanca descansaban varias botellas de vino y todo un arsenal de cervezas de lata. Adentro, más allá del pasillo y en una de las dos habitaciones, el Micke todavía dormía. Los ronquidos del del (¿del del?) diente de oro retumbaban por todo el departamento. Y si estaba ahí, era porque aún no terminaba de pagarle la pasada al Coyote. Así es que pensó, que sin ya nada más que perder, bien podría asistir a esa pequeña fiestecita y de paso conocer uno de los mejores hoteles de Santa Barbara: El Baccara. Nunca había visto nada igual, también era cierto que nunca había estado en ningún hotel de gran turismo, así es que no había punto de comparación. Era como eso de que el mar en los Estados Unidos es más azul, pero todos los que lo afirmaban, nunca habían visto el mar de México. En la recepción se negaban a dejarla entrar. La security era muy celosa de su deber y cerraba filas para que los huéspedes no se sintieran acosados por extraños

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que nada más iban a fisgonearlos. Pero, y todavía cuando los guardias dudaban sí dejarla pasar o no, bajó el Micke y con su sonrisa dorada les explicó en un inglés fluido que eras su invitada de honor. A ti se te hizo muy raro que el Coyote frecuentara lugares a todo lujo. Pero luego, acordándote de los enganchadores de tu pueblo, pensaste que bien que podía hacerlo. Con dinero baila el perro. Era tanto el dinero que recibían por las pasadas, que estabas segura, no sabían que hacer con él. Si hasta para gastar el dinero hay que tener educación. Te mordiste la lengua. Finalmente tú no tenías tanta, pera alguna vez escuchaste decir esa frase al médico de tu pueblo, que seguramente en un ataque de envidia, se las gritó a los Coyotes, que forrados de crucifijos tamaño gigante, paseaban por la calle principal de San Abedece. Y ahora que mirabas al Micke, vestido con un traje de terciopelo rojo, empezabas a entender el tamaño de la frase. Todo en el hotel parecía nuevo. En la planta baja había salones interminables, las paredes forradas de madera y con alfombras pachonas. Enormes espejos, sillones de piel. Todo olía a limpio, a recién estrenado. El Micke te tomó de la mano y acercó sus gruesos labios a tu boca. Dudaste si esquivar el beso, pero de hacerlo, sabías que tarde o temprano lo ibas a tener que aceptar. Eras un puerco en día de fiesta perseguido por el matarife con el cuchillo desenfundado. Así que lo aceptaste. El bigote te picó los labios y te quedó en la boca el sabor agrio del alcohol. Que diferencia de los besos de Raúl, pensaste. Delicados, tiernos, pachones como las alfombras en las que tus zapatos se sumían completamente. “Vamos al cuarto, baby, pronto empezaran a llegar los invitados”. Subieron a un elevador. El corazón se te hizo nudo cuando empezaron a ascender. Abajo se quedaba la impenetrable frontera custodiada por la security del Baccara. Acababas de franquearla, pero esta vez no estabas segura si estabas haciendo lo correc-

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to. Una voz ronca te llamaba desde el fondo del pasillo. “¿Ónde te metiste baby, no quieres venir a jugar con tu papi?”. El Micke estaba despertando. Aunque desde que recibiste la llamada sabías exactamente cual era la forma en que tenías que pagar tus deudas, no dejó de incomodarte la manera brusca en que el Micke te quitó la ropa, hizo lo que tenía que hacer y luego se quedó roncando en la enorme cama. Todo así de rápido. Tras, tras, tras y ya. Carrera contra reloj. Rompe récords. El sol empezaba a sumergirse en el mar. Era la mecha de una vela apagada con saliva. El mar se hizo noche. Obviamente el Micke te había citado antes que nadie. El sonido de un timbre agudo hizo que el Micke saliera corriendo de la habitación acomodándose la camisa y abrochándose el cinturón piteado del pantalón. Cuando abrió la puerta, lo primero que miraste fueron las caras morenas de los dos Coyotes de tu pueblo. Con ellos venía un negro alto que parecía jugador de basketball. “¿Qué hay Lucerito, ya acomodada?”. Te preguntó el José mientras te tentaleaba con la mirada. No contestaste. El enorme negro te saludó con un abrazo apretado que te levantó del piso. Así, volando y atrapada en las alturas, quisiste huir, pero sus músculos tan duros como una piedra te impidieron hacerlo. Nunca habías sentido músculos como esos. Luego te depositó nuevamente en el suelo y te regaló una sonrisa de dientes blancos. Todos se dirigieron a la sala y empezaron a servirse tragos. Parecía que acababan de atravesar el desierto, a juzgar por la velocidad con la que vaciaban los vasos y las botellas. El abundante humo de cigarros formaba cúmulos en la amplia habitación. El Micke y el negro hablaban en inglés y no había manera de entender nada de lo que conversaban. Aunque tal vez se trataba de negocios, porque el negro parecía enojado, en pleno regateo, sacaba y sacaba dólares de su cartera, el Micke, a fuerza de carcajadas sonoras y palmaditas en la espalda

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intentaba convencerlo de algo. Mucho tiempo el negro movía la cabeza con violencia, al parecer inconforme con el acuerdo. Luego, mientras apuraba sus tragos volteaba a verme. Me miraba completa y me sonreía con la risa estúpida de los borrachos. Los Coyotes de San Buena hablaban bajito sobre algo que estaba sucediendo en San Abedece. Al parecer tenía que ver con el padre R. Como sabían que no les quitaba la vista de encima, se acercaban tanto que parecía que se iban a besar. Sólo alcancé a escuchar unas cuantas palabras sueltas. Algo como, se la debemos. Sí, ya decía yo, que ese güey era un hijo de su pinche madre. Nunca se va a olvidar de nosotros. El que se mete se aguanta. De pronto el Micke se levantó como accionado por un resorte, corrió a un enorme aparato de sonido que descansaba en una repisa y lo prendió. La música de los Ángeles Azules hizo vibrar los ventanales. El negro se me acercó y me tomó de la mano para llevarme a bailar. Más que baile, aquello fue el juego de mueve-rápido-tus-pies-porque-te-piso, y mirando el tamaño de sus enormes zapatos, me empecé a imaginar el tamaño de otras cosas. Si mis pobres pies, ya sin zapatos de tacón, se atontaban un poco, corrían el riesgo de morir aplastados. Insecto destripado por la suela de los zapatos del niño asustado. En la sala, el Micke se acercó a los otros Coyotes. Y todos voltearon a mirarnos con una enorme sonrisa en la boca. El negro empezó a ponerse cariñoso. Estaba tan borracho que apenas y se mantenía en pie. Se agachó lo suficiente como para poner sus manos duras en mi pequeño trasero. Mis nalgas eran dos limoncitos en esas enormes manos. No voy a negar que tenía miedo, pero a la vez me imaginaba lo cómico que se miraba aquel hombrazo intentando meter mano. De pronto y trastabillando, me levantó y en brazos me llevó a la recámara en la que antes había estado con el Micke. Mientras pasábamos por la sala, el timbre de un teléfo-

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no celular repiqueteó con fuerza. Era el de uno de los Coyotes de mi pueblo. “¿Padre?, sí, sí, ya está todo en marcha. Primero dios en unos días todo quedará resuelto”. Escuché que a gritos decía José por lo fuerte que todavía seguía sonando la música. Cuando me depositó en la cama, empecé a aterrorizarme. Ya les había dicho que tenía unos pies enormes, así es que me di cuenta que aquello me iba a matar. En un segundo recordé a todos los burros que las niñas espiábamos en el pueblo, para luego preguntarnos qué cómo era posible que eso cupiera en donde tenía que caber. Un tren descarrilado entrando por la pequeña puerta de la habitación. Luego se empezó a quitar la ropa. Cuando finalmente se despojó de un enorme bóxer, lo que vi me produjo el ataque de risa más largo que jamás hubiera tenido. Un insignificante pitito prieto colgaba flácido entre sus piernas. Mi risa era tan ruidosa, que los invitados irrumpieron en la habitación. Al final, todos terminamos carcajeándonos ante la mirada azorada del negro, que pronto y por el exceso de alcohol, cayó como regla en la cama para terminar roncando. La fiesta había terminado.

Capítulo XVII

Quake, qualm
Joaquín
no recorDaBa haBer visto nunca algo así.

quizás. tal

vez

algo parecido. Aunque por supuesto nunca algo así. Hacía muchos años, tantos que los recuerdos se le empezaban a deslavar, a perder color. Entonces la tierra era el centro de su vida, la mujer, la amante perfecta. La hembra caliente en espera de semilla. Siempre le sorprendía como, en una ciudad de asfalto, la gente se refería a la tierra: lotes para el mejor postor. El mayor cariño que le prodigaban a la tierra era por las tardes, cuando los viejos bolillos sacaban su manguerita para regar la yarda. Y eso cuando no tenían sprincos, por que si no, todo era cuestión de apretar un botón para que automáticamente iniciara la secuencia de riego. Cinco minutos por un lado. Cinco minutos por el otro. Cinco minutos por allá, cinco minutos por acá. Mientras el gringo se despatarraba frente a la televisión, abría una lata de cerveza y llenaba su boca de Pretzels. No, la tierra para él era otra cosa. Cierto era, que esta tierra del norte estaba mejor cuidada. Tierra negra bien nutrida. Nada que ver con el talco de San Buenaventura. Tierra blanca que se negaba a apelmazar. Se la pasaba persiguiendo a los remolinos: pinole que nublaba el cielo. Pero las apariencias engañan, y él sabía, por experiencia, que el trajín de sus manos podía transformarla. Cargarla de frutos. Reventar el terrón en flores amarillas. De niño pasó

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jornadas interminables aprendiendo, amancebándose con la tierra; su tierra. La de los demás que le importaba. Se trataba de que sus parcelas retoñaran con cada ciclo de siembra. Que fueran las de los surcos más derechitos. El diseño perfecto para sembrar y que se aprovechara hasta el último rincón de terreno. Había que intelegirle para rodear los huizaches con la yunta y que los surcos quedaran lo más pegados al tronco. Sus milpas eran las más deshierbadas, las de mejor escarda. Las demás que importaban. La que le interesaba era su tierra: la suya. Cuando pensaba en San Buenaventura no pensaba en todas las tierras de las milpas. Su nostalgia no abarcaba las 200 hectáreas de riego ni las 400 de temporal. No. Las lágrimas se le escapaban por las cinco hectáreas de riego y las cuatro de temporal que poseía. Nada más. Tampoco nunca se refería a la tierra como madre tierra. ¿Cuánta madre tendría entonces?¿ O con qué poquita madre resultaría al hacer las cuentas? Y francamente ahora que estaba lejos de lo suyo, no le gustaba ni tantito, sentirse tan desmadrado. Además, a una madre no se le manosea ni se le preña cada año. No, ni pensarlo. Cruz, cruz, que se vaya el diablo y que venga Jesús. Él, era cabrón, sí, pero irrespetuoso nunca. Lo que si era capaz de matar por defender su tierra. Nunca se imaginó defendiendo la de otros, tampoco nunca ambicionaba la que no le pertenecía. Eso le había enseñado a Isaac. “Usted nomás dedíquese a lo suyo y que lo demás le valga madre”. Los ojos azules del chamaco lo miraban fijamente, casi sin pestañear. “Sí, apá”, decía. “Sí, apá”, con esa boca que apenas contenía sus dientes de mazorca tierna. Isaac lo había entendido bien, su tierra era lo más importante. Joaquín también lo había entendido. Por eso, cuando el pleito aquél con los soldados, él se había mantenido al margen. Por qué meterse si no le afectaba, no era su tierra. Que les toque a los otros. A mí; mis timbres. Lo acusaron de rajón, de no luchar por el futuro de su hijos, pero él, mejor se reía con la boca

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desdentada, pa que voy de metiche si ni hijos tengo. Además, paqué, para que luego la autoridad reparta la tierra a quien quiera, a familiares y amigos. O, ellos mismos se quedaran con los mejores terrenos. Esos argüendes eran para otros, como para el padrecito de la iglesia, que sin sotana pero con alzacuellos, ahí andaba en el mitote quesqué para evitar que se derramara sangre. Dinero quería el abusivo. Dinero era lo que buscaba y lo encontró. Por lo mismo, su padre nunca se integró a la columna de sanbuenaventureños que marchó a defender las iglesias cuando el presidente Calles cerró los templos. Bola de escandalosos, “¿para qué tanto pedo?”, recordaba el viejo que decía su viejo. ¿viejo viejo? “¿No qué dios está en todas partes? Que se pongan a orar en sus chocitas, ¿qué más bendición necesitan? ¿Para qué sirven las iglesias?, nomás para que los padrecitos se vuelvan ricos”. Desde entonces la gente lo llamaba “chayo”, porque no creía en dios. Pendejos. Ahí andaban en la bola nomás detrás de la sotana del curita. Y bueno fuera que tuviera sotana. No que el padrecito de tan moderno ni sotana usaba. Pero eso sí, el cabrón nunca largaba su alzacuellos, como si en ello le fuera el respeto. El padrecito se metía donde menos se lo esperaba uno. Negociando con cuanta gente se le ponía en su camino. ¿Con jodidos?, que va. A él, le gustaba apalabrarse con los billetudos. Claro, todo para el bien de la sagrada iglesia. Total a Joaquín que le importaba todo eso, las fronteras de su pueblo quedaban en las besanas de sus milpas. Ni más ni menos. No recordaba nunca haber visto algo así. ¡Ah! sí, tal vez. Cuando la gente de su pueblo se alborotaba los días de fiesta. Los hombres se reunían en los corrales y acompañados de un matarife iban escogiendo los mejores animales para preparar la comilona. Escogían reses, cerdos, a las gallinas ni falta que hacía, esas eran todas. Luego, eso sí que lo recordaba perfectamente, cuando el carnicero estaba a punto de hundir el cuchillo en el cuello del animal, los ojillos te-

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merosos del puerco se desorbitaban y le agarraba una tembladera de carnes que no paraba hasta que el último chillido se le ahogaba entre la sangre que le brotaba del cogote. Nunca había olvidado esos ojos fijos que se sabían perdidos. Ojos que soltaban de un golpe su brillo. Para él, esa era la mejor representación del miedo. Sólo una vez acompañó a los hombres a escoger el ganado para la fiesta. Ahora que recordaba, podía sentir bajo sus pies lo pegajoso de la sangre cuando empezaba a secarse. Todo el piso del corral se teñía de rojo. Ríos de sangre corrían por los chiqueros. Luego, todo se cubría de moscas que hacían de los cuajarones un festín. Tal vez eso era lo que estaba mirando, mientras el médico de la morgue quitaba la capa que cubría el cuerpecito de un niño moreno que apenas y rasguñaba los diez años. El pecho desgarrado a navajazos y los dedos de las manos apenas deteniéndose por una delgada piel sanguinolenta. Como si en su desesperación, hubiera querido detener la cuchilla. Pararla en seco. Y ahí estaban otra vez. Esos ojos secos, abultados, fijos, llenos de miedo. Fue entonces cuando la náusea le vino. Lenta, caliente. Hasta que se le convirtió en vómito. Un vómito incontenible que echaba afuera todos los demonios.

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le DiJe a i que Jamás volvería a vivir en un pueBlo. i me miró FiJamente por unos segundos, para después seguir deshojando los rosales. Yo sé que últimamente I no me cree nada. Sabe de la rabia que guardo por la salida de San Abedece. Conoce las noches de sobresalto. A veces, pienso que si le hubiera hecho caso a I todas las cosas hubieran evolucionado de manera distinta. Y es que I sabía, que por más esfuerzos que hiciéramos, jamás dejaríamos de ser unos extraños para la gente del pueblo. Yo siempre aseguraba que mis raíces se habían agarrado a la tierra de San Abedece; es más, cada que alguien me preguntaba de qué lugar era, contestaba sin vacilar que de San Abedece. También, cada que lo hacía, sobre mi nuca la inquisidora mirada de I parecía penetrarme para decir: “Tú eres de donde eres”. Y eso sucedía cada que el tema le daba oportunidad para hacerlo. A medida que los días fueron ganándole terreno a los meses, y la lejanía del agreste paisaje de la provincia de las Letras se hacía definitiva, la nostalgia fue dando paso a la furia que puede provocar la frustración. No había tiempo para análisis sesudos o para consideraciones sobre la tolerancia. Se trataba de algo muchísimo más sencillo. Empezaba a considerar que los letrados eran cuando menos: ignorantes hijos de la chingada. O pobres pendejos hijos de su rechingadísima madre. I sólo me escuchaba,

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pronto se había acostumbrado al repentino cambio de mi estado de ánimo. Ayer, le decía llorando, que teníamos que regresar inmediatamente a rescatar nuestras vidas, con la espada en ristre entrar a rajatabla en la plaza principal del pueblo y enseñarles a esos hijos de su pelona de que éramos verdaderamente capaces los extraños. Para luego, al amanecer, completamente neurasténico y tras fumar el último cigarro de la cajetilla. Explicarle con vehemencia que todo había sido producto de la eterna lucha por el poder. Que no nos habíamos percatado hasta dónde se habían tensado los lazos. Ni quién los jalaba. ¿Quién diablos nos creíamos nosotros para autodenominarnos los salvadores del mundo?, y así seguía llenando el silencio con discursos estereotipados y panfletarios. Cuando I estaba hasta la madre de mis palabras, sólo me mostraba una sonrisa tímida. Eso digo yo, que era tímida. Quizá verdaderamente se tratara de una mueca de fastidio y desazón. En las tardes puedo escuchar como I se revuelve en la planta baja de la casa haciendo lo que yo no quiero hacer. Y lo hace convencida no de su rol histórico. Lo hace porque sabe, ciertamente, que nunca lo haré. Me gusta escuchar que no se está quieta un sólo momento, creo que esta mujer es capaz de reconstruir una decena de naves después de un bombardeo, con la calma de quien sabe que el mayor trabajo es empezar. Tampoco digo que sea una mujer fuerte. Fuerte, no creo que exista un peor adjetivo para llamar a la insensibilidad. A I le dijo su madre que era fuerte. Siempre que la escucho decir eso le digo que me la imagino levantando pesas y compitiendo por el oro olímpico. A ella le cagan mis comentarios, pero se aguanta las ganas de exponer su punto de vista. Sabe que de hacerlo se desataría una criminal ofensiva de argumentos pendejos para salvar el tema. Soy frenético en eso de buscar respuestas, las pesco al vuelo, las corto como si se tratara de malahierba que crece entre las milpas. Que lástima que casi todas mis respuestas estén llenas de

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la estupidez que provoca saberse acorralado. I definitivamente no es fuerte, es cuando mucho menuda. No sé qué me ha dado por mirarla cuando duerme. Tal vez, busco en su rostro abotagado, las huellas que han dejado mis años en los suyos. A veces, me parece descubrir ese gesto de fastidio que inevitablemente el tiempo forja en las caras queridas. Pero en cuanto me descubre y abre los ojos con la celeridad de quien se siente descubierto y toda asustada me dice: “ ¿qué me ves pendejo?”, se que sigue siendo la misma y que más que fastidio lo que se dibuja en su cara es el desencanto por este tener que volver a empezar. Una noche en que la luna llenaba de luz la pequeña terraza; en realidad la azotea del pequeño cuarto en el que vivimos recién salidos de San Abedece, le contaba a I lo que jugaba de niño en las calles de mi barrio. Yo nací en Tacubaya, un barrio bravo de la ciudad de México. Todavía alcancé lo último que quedaba de aquellos viejos tiempos en que la espontánea organización y solidaridad de los vecinos se expresaba en la complicidad de las cascaritas de futbol los domingos por la tarde. Y mientras intentaba rescatar los recuerdos, que a fuerza de mi intento de arraigo artificial en otra tierra casi olvidaba por completo, me veía de nuevo recién bañado y listo para tomar la calle con la vieja bicicleta, que en vez de manubrio tenía un volante de camión. Todos los niños del barrio ganábamos las calles en el verano. Éramos como la plaga que vuelve por sus fueros a recuperar los campos de asfalto. Nuestro horario era corrido, de ocho a ocho y más, si nos lo permitían nuestros padres. O mejor dicho, si me lo permitía el grito de mi padre, que seguro por indicaciones de mi madre salía a la reja de la casa a chiflarme por las noches. Tal vez papá fingía en llamarme para que mamá estuviera tranquila, pero yo, que sabía de lo que antes había sucedido con mis hermanos, no me entretenía de más para acudir a su llamado. No sé si todo tiempo pasado fue mejor. I me llamaría reaccionario. De lo que estoy se-

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guro es que todo tiempo pasado duele, carcome y es una segunda piel. No. Tal vez segunda piel no convenga llamarlo. Las víboras tienen segunda piel y la pueden dejar por ahí botada cuando quieren cambiar a una nueva. En realidad ignoro si quieren cambiar a una nueva, o tal vez sea inevitable hacerlo dentro de su ciclo de vida. El pasado en cambio, es la única piel, la piel misma, la que contiene a nuestros huesos. No podemos dejarla por ahí, por más San Abedeces que se desparramen en los territorios. Recuerdo siempre al Gallo, al Ronchas, al Licuados, al Elefante, al Rodo, al Beto, al Pil, al Rigo, al Jorge, al Topo. Los encarnizados encuentros de bolillo a media tarde. El juego del bolillo era una tradición en el barrio y seguramente en todos los de la ciudad de México. No sé si en otros lo sigan jugando, en el mío ya no. Primero, porque los niños ya no salen a la calle, el alarde mediático de la inseguridad los mantiene a raya, pegados a los ataris, al internet o a los reality shows. Y segundo, porque los potenciales padres de nuevas generaciones de niños jugadores de bolillo, terminamos autoexiliándonos en polvorosos pueblos en busca de quién sabe qué madres. I preguntaría, ¿que cómo en busca de quién sabe qué madres?, que todos lo hicimos por necesidad y que por eso nos fuimos. En fin, regresando al juego, primero había que fabricar el bolillo y el palito, para poder golpearlo. Para hacerlo, era necesario robar furtivamente el palo de una escoba. Luego se cortaban dos pedazos. El primero de unos veinte centímetros y el segundo de sesenta centímetros. Al primero se le sacaba punta de sus dos extremos. Entre más puntiagudas quedaran resultaba mejor, porque era más fácil poder pegarles con el palito y hacer saltar el bolillo por los aires. Una vez elevado, había que golpearlo fuerte para que el bolillo volara lo más lejos posible. Al segundo palo, solamente se le sacaba punta de un extremo. El juego era disputado por dos o por cuatro jugadores formando parejas. Para iniciar el juego, lo primero que se hacía era

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buscar o cavar un orificio pequeño en medio de la calle, sobre el que se colocaba transversalmente el bolillo. Luego se metía la punta del palo largo entre el orificio y el bolillo para poderlo catapultar. Uno o dos jugadores se colocaban a veinte pasos, enfrente de quien lo lanzaba. Luego, cuando el bolillo se levantaba veloz por el aire, él o los jugadores tenían que atraparlo antes que tocara el piso. Yo mismo fui testigo de lances sorprendentes, espectaculares, memorables, de jugadores que con tal de atrapar un bolillo no les importaba dejar los dientes en el filo de la banqueta. O de quien, con tal de no dejarse ganar, exponía sus ojos y su cuerpo a las voraces puntas del bolillo. Si el jugador tenía la fortuna de agarrar el bolillo antes de que cayera al suelo lograba un out automático. Si no lo cachaba, entonces desde el sitio en que el bolillo hubiera caído, pintaba una raya y desde ahí, luego de apuntar certeramente, lo lanzaba para golpear el palo largo, que se quedaba colocado transversalmente cubriendo el orificio desde el cual se había catapultado el bolillo. Si le pegaba al palo era out. Cada jugador o pareja de jugadores tenía oportunidad de que les hicieran tres outs por turno. De no completarse un out, el jugador podía levantar el bolillo y hacerlo volar. El jugador contaba con tres intentos para golpear el bolillo. Dependiendo la fuerza y practica del golpeador, el bolillo debía lanzarse lo más alejado posible del agujero inicial. Una vez que el golpeador agotaba sus oportunidades, se aventuraba a predecir cuantos palos largos había desde el agujero de salida y hasta donde había llegado el bolillo. Digamos que decía: “son cincuenta palos”. Entonces, el jugador contrario iba contando cuantos palos se completaban del orificio al bolillo, si se acertaba a la cuenta o el número de palos no sobrepasaba lo que se había calculado, los puntos se sumaban a la cuenta del golpeador. Pero si en lugar de 50 eran 51, no contaban los puntos para el competidor. Así, había torneos a 1000 puntos. No sé porque recordé el juego

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del bolillo, yo nunca fui bueno . Me resultaba imposible acertar en las puntas del bolillo para poderlo levantar y darle buenos palos. Nunca daba palos más allá de 20. En cambio en el barrio, había paleadores sorprendentes que daban palos de 500 por turno. No sólo era un juego de niños, los adultos también organizaban sus encuentros, claro, apuestas de por medio. Resultaba curioso mirar a una bola de chiquillos contando en voz alta cada uno de los palos que acumulaban los verdaderos profesionales del bolillo. Ahora ya no hay bolillo y tampoco hay barrio. Sin embargo, algunos pocos vecinos que todavía quedan en la calle en que crecí, una vez que me vieron de regreso, se acercaron gustosos a saludarme y a recordar viejos tiempos. Por eso digo que si le hubiera hecho caso a I las cosas no hubieran terminado como terminaron. Nunca fui de San Abedece. Todos somos de donde somos. Inevitablemente.

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al paDre r le gustaBa el poDer y el Dinero. pero eso no le acarreaBa
ningún problema, más allá del intringulis religioso de humildad y sencillez. Pero al padre R también le gustaba el sexo. Y eso sí que constituía, no digamos un problema, pero sí un inconveniente. Y no el inconveniente de poder encontrar algún corazón, que recogiéndose en su abrigador seno, pagara la penitencia con mano suave o con dulcísima y chupetona boca. No, el problema estribaba en que al padre R le gustaba la mujer de otro. Aunque el problema era a medias, por que el otro andaba cosechando dólares en California. R no tenía bien a bien claro, desde cuando el dinero se había convertido en elemento imprescindible de su afición pastoral. Gustaba de coleccionar limosnas, donativos empresariales, indemnizaciones militares. Era sin duda buen administrador, podía estirar tanto el dinero para que se viera que la modernidad estaba llegando a San Abedece. Pero la mejor parte se la guardaba para él mismo. Para comprarse una casa, para mandar traer una camioneta a la frontera, para saldar la deuda de su volks último modelo. Y no sólo aceptaba dinero en especie, también aceptaba la generosidad de las empresas para regalarle un teléfono, para obsequiarle un fax. Algo tenía su mirada de mártir, su cuerpo insignificante y su color de tierra. Algo guardaba en el alzacuellos percudido, en las

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salvas de su boca, algo de prohibido sus labios temblorosos, algo que seducía. R era y se sabía irresistible. Las noches infernales con el cuerpo embadurnado de sudor, diez padresnuestros, diez avemarías y el falo flácido despertando, los pechos de las devotas que derraman miel y el ayuno explotándole en ríos de esperma perdidos en la virginal tela de las sábanas. Y luego la culpa y la disertación. Culpable de onanismo, pero libre de pecado. Porque R ni las manos metía. No era fácil, pero R era muy imaginativo. Le bastaba recordar las piernas de encino de la Lucero cuando se inclinaba en el confesionario. La piel de niña recién nacida. El cabello largo como manto de virgen y los ojos amorosos en busca de consuelo. R la miraba, la tentaleaba con los ojos. La mirada bailando por el largo valle que formaba su cuerpo; se detenía con morosidad en los esbeltos pechos, pezones duros como chichitas de bolillo recién horneado, y en la oquedad de debajo del vientre, cáliz de salvación. También resbalaba los ojos por el estilizado cuello y la desnudez de la espalda. A veces, los ojos de Lucero lo sorprendían en una incursión atrevida. R se ruborizaba y ella sonreía pícara. Las noches de los jueves eran interminables, cálidas, inquietantes. El jueves por la mañana, Lucero iba a asear la iglesia. Limpiaba los retablos, sacudía toda la santería, ataviaba a la corte celestial y le quitaba los dólares a la capa del Santo Letrado. Algunos billetes llevaban prendidos también un dije de plata, de los llamados milagros. Una mano, un pie, un brazo. Lucero sólo quitaba los dólares. Al padre R no le gustaba que el santo tuviera pegados con alfileres los billetes verdes, en todo caso, mejor prefería que el dinero pasara a la caja chica de la iglesia en donde hacía más falta. Lucero se esmeraba en la limpieza y abrillantaba el metal. Frotaba, hasta que su rostro aparecía reflejado en la fina hoja de plata. A R le gustaba espiar a Lucero cuando conmovida, cumplía con la monótona tarea. Disfrutaba persiguiendo los suaves movimientos de sus manos. Primero,

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deslizándose con suavidad infinita y después con frenética agilidad hasta desfallecer. R se sentaba en las primeras bancas de la iglesia. Tomaba la Biblia y la abría en cualquier hoja:
¿Con qué se puede comparar tu grandeza? Pareces un ciprés o un cedro del Líbano, Con hermosas ramas que dan Sombra al bosque, Tan alto que su punta llega a las nubes. La lluvia y el agua del suelo Le ayudaron a crecer; Se formaron ríos alrededor…

Y ríos de leche le escurrían a R en las noches frugales de los jueves. Al padre R también le gustaban las traiciones. Intuía que eran la estrategia perfecta para conservar su poder. Intrigaba por naturaleza. De pueblo era y ha pueblos iba. Le gustaba pasearse por la plaza los días de feria ataviado con el alzacuellos inmaculado. Nunca se lo quitaba. Era necesario portarlo con clase, como cuando el espadachín balancea la daga asegurada en el cinto. Conocía los tiempos y las estrategias de un chisme. Sabía darles aire para que ardieran. Pero también, cuando era necesario, sabía amainar las brazas para que el cocinado fuera uniforme. Tan experto era en el manejo del cotilleo, que por baja que fuera la felonía que cometiera en el pueblo, siempre salía en hombros por la puerta grande. Vitoreado por su grey de fervientes muertos de hambre. Porque R despreciaba a los habitantes de San Abedece. Cada que podía descargaba en ellos frustración de juventud. Era rabia contenida. Eyaculación pasmada. Los pueblerinos no sólo eran muertos de hambre, sino pendejos. Lo eran y gustaban de serlo. ¿O cómo se llama al animal que no sólo tropieza dos veces con la misma piedra, sino que él mismo se la pone en el camino?

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R con r cigarro, R con r barril, rápido ruedan los carros cargados de mierda del ferrocarril. Y R avanzó como una furgoneta sin frenos arrojada por la pendiente. Arrastró con todo y con todos. Al principio, los ojos se le llenaban de agua cuando alguien osaba ponerse en su contra. Un jalón del pelo más largo del culo lo ponía sobreaviso, todo el cuerpo le tiritaba, con la voz entrecortada frenaba un sáquense a la chingada por un, perdónalos dios mío no saben lo que hacen. Embalado el tren, rodó para embestir a las vetustas y tradicionales autoridades abecedarias. Bendito, bendito, bendito sea dios, los ángeles cantan y alaban a dios. Bendito, bendito, bendito sea dios, los ángeles cantan y alaban al señor. Y R alabado era. El mismísimo santo bajado de la cornisa más alta de la iglesia. El querubín que abandona el pedestal almidonado. Siempre quiso convertirse en héroe y ya lo era. El besamanos era lo de menos, a R más bien le gustaban otros besos muchísimo más aduladores. Cuando alguien se oponía a los derechos del altísimo, -que eran sus mismos derechos-, ya no lloraba. A matar a los impíos, a matarlos. El R que creció en un pueblo olvidado, el que tuvo que lamer el suelo lleno de orines para así por su penitencia gozar de la gloria y la vida eterna. El R conflictivo del seminario, el R manipulador experto, gritaba a toda garganta: A cortar las cabezas del monstruo del mal. Salvemos la tierra de los demonios enviados por Satán. Y R si que gozaba de la gloria, y de la Lupe y la Carmela. Gozaba de cualquier mujer que se encontrara al alcance de su sotana, a merced de su alzacuellos que no se quitaba ni para dormir.

Capítulo XVIII

Run
tal vez, si corriera tan rápiDo como lo hacía en aquellas carreras
parejeras del pueblo… Mientras el aire golpeteaba su cara los recuerdos se le estrellaron uno a uno, colgándose de sus enormes pestañas. Tara, ta, tan, ta, tan, ta, tan. Tara, ta, tan, ta, tan, ta, tan,… podía escuchar a la banda del tío Tirso como sí, en lorita, estuviera tundiéndole al tololoche. Los días de fiesta eran buenos tiempos. Desde temprano toda la gente andaba intranquila; chochos brincando en un comal caliente. Los hombres en busca del ganado para la comelitona y las mujeres picando la verdura, echándole leña al fogón y moliendo la masa para las corundas y los uchepos. Los niños intentando esconderse para que no fueran sorprendidos por el enésimo mandado del día. Que vete a la casa de doña Graciana a ver si no ocupa la olla de los tamales para que te la preste. Jálate a decirle a tu pá que a ver a que hora se le ocurre traerme la carne para cocerla. Su mamá era bajita, con un cabello negro que se le despeñaba por la espalda formando dos trenzas gordas unidas por un listón rojo. Tenía los ojos más grandes y negros que jamás hubiera visto. Porque ella hablaba con los ojos. No necesitaba palabrerías. Sólo se quedaba mirándote fijo, fijo, sin parpadear y uno sentía como sus pensamientos se te metían bien adentro. Por lo mismo nunca la oíste gritar o maldecir.

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Y por eso fue que el día en que tomó la decisión de abandonar el pueblo, se le llenaron de lágrimas como las pozas en que cada sábado, amigos de por medio, te bañabas con una agua caliente y con olor a huevo. Sulfurosas, decían que eran aquellas aguas. Tu padre, alto y fornido, tenía el bigote ancho, como las mariposas del diablo cuando se aposentan en la corteza de los árboles. Era puro bigote. Cuando hablaba era imposible verle los labios, una cortina impenetrable de pelo se le metía en la boca. Nunca lo supiste, pero tal vez, si se hubiera acercado lo suficiente como para darte un beso, hubieras sentido como los pelos gruesos cosquillaban en tus mejillas. Pero que tontería. ¿Cuándo se ha visto que un hombre le de un beso a otro hombre? Eso nomás era cosa de las películas gringas, esas que de vez en cuando, veía en la sala del hospicio donde unas monjas gordas, bofas y miopes le daban un plato de avena y le ofrecían un cobertor de plumas para las noches frías. No siempre era tan malo. A veces ponían una serie sobre un canguro saltarín, de la que envidiaba dos cosas: Primero, los desayunos de pan tostado, huevos con tocino, leche y jugo de naranja. La familia completa reunida en una mesa especial para comer (no como en su pueblo, en que la mesa donde desayunaba era también la mesa de trabajo de su papá, y la tranca de la puerta por las noches) y en la que todos siempre estaban riéndose, enseñando unos hermosos y bien formados dientes blancos. Sonrisas de felicidad. Quizá por eso, le daban desconfianza los hombres con dientes de metal, su sonrisa tenía el brillo frío de la muerte. Y, segundo, envidiaba la cercanía que los actores tenían con una hermosa niña, cabello rubio de príncipe valiente y mejillas rebosantes de pecas. Era su primer amor, un ángel bajado del cielo. Cuando la niña hablaba lo demás desaparecía. Todo se volvía silencio. La voz lo acariciaba, la cura para sus heridas. Por eso es que justamente ahora, deseaba con toda su alma, que la voz de la niña pecosa le dijera que corriera

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más, más, más. Que sus pies eran alas y podía volar tan rápido y tan alto como él quisiera. ¿Dónde se había metido el viejo Joaquín? ¿Por qué no había respondido a sus llamadas? El viejo era como un abuelo. Le gustaba cuando la mano huesuda de Joaquín le acariciaba la cabeza. Al principio, ni dudarlo, le rehuía a la mano arrugada. Quién sabe que mañitas tendría el viejo aquél. Pero luego, como gato ronroneador, disfrutaba del cariño. Mejor le hubiera hecho caso al viejo cuando le decía: “Mira escuincle, fíjate bien a dónde te metes. Ese pinche negro, el del diente de oro, es un hombre malo. Nomás te quiere para que repartas el polvo en la playa de Isla Vista con los pinches bolillos de la universidad. Ándate conmigo, es más seguro mover a Blanca Nieves con la gente nuestra. Nomás hay que ir a la barda y verás como, una vez que te conozcan, la macuarreada se te abalanza para que les vendas una grapa”. Pero el Micke pagaba mejor y los gringos, cuando andaban urgidos, eran capaces de ofrecer el doble por un pase. Por donde se le viera ganaba más. Así que pus ni modos. A lo hecho pecho y cuanto, cuanto pecho necesitaba. Uno grande, para que el aire le alcanzara todas las millas que le faltaba recorrer para llegar al albergue. Los pies se le hundían en la arena, que a pesar de que el sol se había ocultado hacía ya mucho tiempo, todavía permanecía caliente. A medida que pasaba el tiempo empezó a sentir como sus pies se despegaban de la playa. No sentía las piernas. Estaba volando como las gaviotas. Un golpe de luna le atravesó el pecho, aire por fin, entrando a su cuerpo. Una vez y otra. Su piel era el plástico que antes, cuando los buenos tiempos, sus manitas agujereaban para cubrir la boca de un frasco repleto de catarinas voladoras. Tara, ta, tan, ta, ta, ta, tan, tara, ta, ta, ta, tan, ta, tan. Corre, corre, la meta está cerca. Una niña rubiecita le extendía las manos al final del camino.

Capítulo XIX

Same
aDmito
que

i

no suele Decir estupiDeces., pero ésta vez; caliFicar

como estupidez el discurso que se estaba echando sobre la producción, circulación y consumo de los chocolates en los Estados Unidos, es decir lo menos. Ese rollo de que los chocolates que venden acá del otro lado saben mejor que los de allá; del otro lado, era mucho más frágil que las hojas de papel doble que traen los papeles sanitarios de oferta. ¿Así que acá te vas a dedicar a comer cuanta madre de chocolate se produzca? “Sí”, me dijo, mientras de generosas mordidas liquidaba a una paleta de fresa con recubrimiento de… ¿a ver, a ver, de qué creen? A. Mole de Apizaco , B. Tela de Joir, C. Chocolate (saco). En fin. Todos los días son exactamente iguales cuando se trata de no hacer nada. Y es que el exilio no es otra cosa. De lo que se trata es de auto compadecerse y dejar que la nostalgia se apoderé de los sentidos. El exilio, ya mareado con el rollo de I, es digamos, como el chocolate gringo (según versión de I), que por más que lo comas no empalaga. Entonces, uno se regodea en la desgracia. Se bate de su mierda. Bate que bate, el chocolate, chupa que chupa el pan de azúcar. Si tu boquita fuera de chocolate… De eso era la

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boca de I, que se preparaba para engullir con alevosía, los recortes de chocolate fino que recién habíamos adquirido en la marketa. Desde ahí, sentaditos en el pollo de un súper centro comercial, nuestra miseria se veía más light. Es decir, nos afectaba menos al corazón. El sol estaba en su punto. Sólo a unos gringos locos se les ocurrió venir a hacer ciudades en este desierto. ¿Y qué pasa si regresamos a San Abedece? Solté la pregunta como para agarrar desprevenida a I. A lo mejor me contestaba con su boca de chocolate: “pues nada, vámonos”. Sin embargo, luego de dispararme una ráfaga de palabrotas (mirahijodelareching), tranquila, a punto para vencer al mejor polígrafo, habló: “Nada. Nomás te matan. Porque a mí, ni madres que me tocan un pelo”. Ay, ay, ay, le dije con la risa a punto de convertirse en carcajada. Hasta crees que te van a dar inmunidad los pinches letrados. “No, pendejo. Si lo creyera sería tan inocente como estúpida (bueno, no dijo estúpida, pero como ya he gastado muchos pendejos, dejaré estúpida, para variarle un poco) No me van a hacer nada, porque yo sí que no pienso regresar. Si quieres vuélvete solo, chance y hasta una postalita me mandas”. Bueno y qué, respondí, para ser franco un poco caliente, entonces según tú, cuando decida dejarme de mamadas me reculo solo. “Pues me vale como te regreses, si de nalgas quieres de nalgas será. Yo ni madres que vuelvo”. Entonces ahí me avivé. No. Si no quiero que vomites, nomás que regreses. Así nos pasábamos la tarde. No podrán negar que ocupábamos bien el tiempo. Otras veces, nos dedicábamos a la plática de cajón, acerca de si ya pronto me iban a conseguir empleo. Más bien era monólogo. Ya verás, estos cuates están bien palancas y es cosa de días, que digo días, horas, que me consigan una chamba, y ya con ella pues nomás es cuestión de que vayamos viendo en que barrio nos gustaría tener la nueva casa. Ah, eso sí, una casa grande. Cinco recámaras para que cuando vengan los amigos podamos recibirlos como se debe.

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Y, ¿qué te parece si a las recámaras les ponemos parquet?, porque mira, con lo que gane, haciendo cuentas… I había aprendido resistencia pasiva por correspondencia, era admirable la técnica que empleaba para evadir el tema y sin darme cuenta, termináramos criticando a cuanto cuate se ponía enfrente. “¿Ya te fijaste?”, decía, “esa gringa es una cerda. Hinchadeces por todos lados. Como esas bolas de masa cruda. Todas las gringas viejas son gordas y bofas. Es algo que no entiendo del todo, porque de jóvenes llegan a tener cuerpos esculturales. Debe ser la dieta. Quién no se va a poner tan gordo comiendo hamburguesas y hot dogs tres veces al día”. ¿Y qué me dices de las sodas?, (a veces, I me dejaba participar un poco de la sesuda disertación) parece que aquí no conocen el agua. ¿Do you like a soda? ¿Do you like a soda? Es lo primero que cualquier desabrido de éstos te invita cuando llegas a su modesta casa. Luego, algo en la charla, cambiaba vertiginosamente el derrotero de nuestros enconos”. ¿Y por qué decidiste que viniéramos a los Estados Unidos? ¿A poco crees que las redes del padre R no llegan hasta acá? ¿Qué no te acuerdas, cuando escribió cartas para los mojados pidiéndoles una ayudadita para poner el piso de la iglesia? No creas que acá estamos tan a salvo. Es casi como si estuviéramos en San Abedeche. ¿No has visto la bola de abecedarios que caminan diariamente enfrente de nosotros? Una cosa es que se hagan tontos y otra que no nos reconozcan. No se acercan porque seguro ya les llegó el chisme hasta acá y pues, eso de saludar al mismísimo demonio, como que no les ha de parecer mucho. Por cierto, acá el chisme no pasa de mojado. Es residente permanente y seguro tiene hasta green card”. Sí, pero (me defendía como gato boca arriba) acá no se animan a hacer lo que allá. Este no es su territorio, son tan extraños como yo. Puede que haya un chingo de letrados, que se reúnan a celebrar el día de su santo patrono, o que hagan cooperacha cuando alguien se muere lejos de su tierra

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(México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí), o que se vistan con Armani o Cristhian Dior, que rompan la monotonía de la tarde con los escapes abiertos de sus picop extra cab, pero siguen siendo migrantes ilegales. Y aunque tengan papeles el status queda. Son ciudadanos de tercera en un mundo de blancos. Lo que ellos creen que dejaron atrás en México es nomás lo que imaginan. Todo son espejismos. Ni saben que dejaron, ni que están ganando. Pinche argumento cancionero: No soy de aquí, ni soy de allá. Muy cosmopolitas los cabrones. Andábamos en esas, cuando frente a nosotros, observando un aparador de artículos electrónicos descubrimos a… no, no puede ser, le dije a I , ese cabrón es imaginado. No existe. No nos levantamos porque casi nos cagábamos de la impresión. Traje caqui, corbata a rayas amarillas. Bigote tupido, nariz con triple fractura: nariz trimedaria, botas mineras cafés. “Es el pinche Raúl Covarrubias Salazar”. Ay no mames, le dije a I, ya no comas esos pinches chocolates marinados en vodka. “¿A poco crees que no lo voy a conocer. Sabes cuantas veces he leído la inefable novelita que escribiste? Si los diálogos me los sé de memoria. No digo que sea como una madre. Pero que no identifique a uno de tus personajitos, es otra cosa. Es más, acércatele y dile: Disculpe Raúl, usted es Raul sin acento y verás que te dice”. Yo tampoco sabía que hacer, harto había leído sobre encuentros de los personajes con el autor. En que de pasadita, el chafa escritor se clavaba auto describiéndose, como los retratos a trazos desgarbados de los pintores impresionistas, pero esto ya era una exageración. Juro que no me había metido nada. Si hasta dejando de fumar estaba. ¡Ah! y como no, si acá de este lado los cigarros son artículo de lujo, ni de cáncer pulmonar se puede morir uno a gusto en este país. Desteñido, albino, soso e insípido. Pero, lo juro, poniendo la mano… en el corazón, quisiera decirte al compás de un son, que tú eres mi vida,

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(perdón por disgregar les juro pues que ahora no, pero entonces, cuando ocurrió lo que narro, estaba limpio) poniendo la mano derecha (chin, izquierda) en una Biblia, juro que el hombre que miraba divertido un aparador era Raul Covarrubias Salazar, el mediocre personaje de mi primera novela. Y eso no fue todo, sino que así, estupefactos y todo, clavados al pollo del supercentro comercial, se me acercó para preguntarme: “Oiga, usted se me hace conocido, tiene cierto aire familiar, ¿qué no lo conozco de algún lado?”. I se me quedó mirando un largo rato. No pude contestar nada. Enmudecí. Vaya que el exilio todavía nos reserva sus mejores sorpresas. Luego de un rato, tan largo como para que Raul Covarrubias se hubiera ido, I me dijo: “estoy segura era él, parecía que nos estuviéramos viendo en un espejo; el allá, del otro lado y nosotros acá de éste. ¿Por qué no le preguntaste si estaba cómodo con la vida que le habías dado?”. Aunque ahora que me acuerdo, ¿será que el cabrón también anda de exiliado por acá?”. Cross Road, cruce de caminos de América. Que chiquitito es el mundo, me cae.

Capítulo XX

Time out
Preguntar preguntas, Preguntar preguntas; No tengo preguntas Que preguntar. avril mariana (2 años 5/12)

SIX-SEIS…

raul coBarruBias salazar regresó temprano al Departamento De isla
Vista. El trabajo en la gasera era más extenuante de lo que parecía. Se despatarró en un sillón de la sala mientras intentaba quedarse dormido. ¿Qué estaría haciendo Lucero? Después de una noche amnésica, ella se estaba comportando de la manera más impredecible. Y que decir del viejo Joaquín, del que no sabía nada desde hacía ya casi una semana completa. A veces, cuando más se acercaba a él, era al pasar por el dintel de la puerta. Raúl entraba y el viejo salía. Raúl se iba y el viejo llegaba. Se le notaba en el agolparse de arrugas que las cosas no le iban del todo bien. Sus ojitos azules, como rendijas, tenían un velo de angustia que los ponía opacos. Verdaderamente un hombre raro. Extraño, pero buena persona. Quién más le hubiera prestado a un desconocido, la recámara de un departamento en una zona de Santa Barbara que

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no se caracterizaba por los bajos precios en el alquiler. Del trabajo del viejo, Raúl prefería no elucubrar. Ya estaba lo suficientemente grandecito como para saber en qué se metía y además, él no era quién para andar juzgando si sus actividades eran lícitas o no. Aunque seguramente, se dedicaba a algunas cosas algo oscuras, a juzgar por el ritmo de vida que llevaba. Jamás lo vio pidiendo trabajo en la “bardita” y nunca, en las tres semanas que llevaba en los Estados Unidos, lo escuchó hablar sobre las vicisitudes del empleo. Lo de las llamadas del niño perseguido o del Coyote estraperlario de sueños, francamente ya casi se le borraban de la memoria. Sabía que el viejo tenía agallas, era bravucón y arrebatado. La pistola metida entre la cintura elástica del pantalón lo delataba. Que fácil era portar armas en Santa Barbara. Tal vez, pecando de nacionalista, que sencillo era en el gabacho cargar una fusca por cualquier lado. Eso no ocurriría nunca en México y mucho menos en estos tiempos, que las policías se asesoraban con los capos-cops que habían combatido la mafia en Nueva York y en Italia. Aunque la ley de armas de fuego en los Estados Unidos se estaba endureciendo después de los atentados del 11 de septiembre, todavía era relativamente simple conseguir armas de alto calibre en el mercado negro. El mismo Ricardo le había ofrecido una hermosa escuadra .9 mm perfectamente plateada. “Ándele inge, para que se proteja”. Pero él de qué se iba a proteger. Y no era porque no tuviera enemigos. Esos llegaban solos. A veces, no era del todo anormal, que uno abriera las puertas de su casa al que a la postre, se convertiría en el peor de los peores enemigos. Tampoco pregonaba la filosofía de crucero de eje vial: al que le toca le toca. Ni madre, él nunca se conformaría sólo con ser un rehilete de un destino dictado por quién sabe quién. Más, no compraba armas porque, maldita la cosa, sabía que no tenía las agallas para estando frente a un enemigo, vaciarle el cargador de una pistola. Sin embargo, se

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dirigió a su cuarto y abrió el cajón de la cómoda donde guardaba su ropa interior. Ahí, debajo de unos calzones de rombitos colores alegres, brillaba la metálica superficie de una impecable escuadra. Raúl le había dicho a Ricardo que él no la quería, pero que conocía a alguien que a lo mejor se interesaba por ella. Por supuesto, ese alguien era el viejo Joaquín, pero Raúl todavía no se había atrevido a ofrecerle el arma. Después de todo, el viejo ya tenía una. Y a menos que se convirtiera en el Mariachi, dudaba que le hiciera falta otra. La cara de Raúl se reflejaba en el cañón de la pistola. Jugaba, reflejando su imagen como si fuera un caleidoscopio. Luego, por esas pulsiones de muerte que los seres humanos tienen de repente, colocó su ojo derecho enfrente del cañón del arma. Llevó el dedo al gatillo. No estaba pensando nada en especial. Tan solo, sólo (¿solo, sólo?) escuchaba el tic, tac, del reloj de pared colocado en el cuarto. Era un reloj cuya carátula mostraba una mala foto del Golden Gate de San Francisco. Qué delgada es la frontera entre la vida y la muerte. Un puente de oro que todos podemos cruzar en cualquier momento. Entonces, empezó a sudar frío, los músculos se le tensaron. Dos gotas de ácido le mordieron el estómago. Las armas las carga el diablo, recordó que su padre le decía. De pronto, el silencio se quebró por el riiiing, riiiiing, del teléfono. Varios vuelcos dio su corazón antes de contestar el auricular. “¿Bueno, bueno. Lucero?, ¿qué te pasa?”.
CINCO -FIVE

lucero

aventó la miniFalDa roJa contra la pareD, al hacerlo y De

rebote, arrasó a toda la corte celestial que Josefina había colocado entre las dos camas individuales. Era lo único que le faltaba. Si no la excomulgaban por sus ligerezas, lo harían como al médico de su pueblo, por andar desprestigiando a la Iglesia. Luego, al despojarse

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del brassier, cayeron al suelo dos billetes de cincuenta dólares. Cuando se agachó a recogerlos pensó sólo un minuto en Raúl. ¿Qué andaría haciendo? Últimamente no tenía mucho tiempo de llamarle y mucho menos de jugar a los noviecitos. El ambiente pegajoso de Santa Barbara la estaba asfixiando. Además, luego del numerazo de la última noche, no sabía si lo volvería a ver. Mira que quedarse dormido justo cuando ella, completamente desnuda, intentaba bailarle el Acerejé. En fin, ojalá y mejor no hubiera pasado nada. Tal vez, Raúl era la única playa virgen, en la que cuando estuviera cansada podría ir a tomar el sol. Todo había sucedido rápidamente. Pensó que siempre iba a odiar al Coyote por la manera en que se había aprovechado de ella. Pero, estaba tan borracha que no recordaba nada. Sólo un amanecer pegajoso y con olor a formol. Quién le iba a decir que ese mismo Coyote, la recomendaría con el hombre aquel del diente de oro. No supo por qué, pero las lágrimas empezaron a resbalarle abundantemente sobre el rostro y en un arranque de nostalgia, y desestimando el peligro que significaba, tomó el teléfono y marcó los diez números aprendidos de memoria. “Raúl”, se le escapó de los labios, ojalá y conteste él.
FOUR- CUATRO

el Diente De oro Del micke BrillaBa más que nunca esa tarDe. ¿para
qué diablos lo quería el viejo Joaquín? ¿A poco se enojaría por lo del chamaco? A lo mejor quería encargarle otro de sus trabajitos. Algo había escuchado sobre los problemas ocurridos los últimos días en san Buenaventura. El padre de la iglesia afrentado por un médico de pueblo. Dios, qué injusticia. Micke conocía poco al padre R, pero con eso le bastaba. La única vez que lo vio le pareció un hombrecillo sin importancia. Y es que no le había descubierto el percudido alzacuellos que sobresalía por la chamarra de pana. Algo de respeto

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le daba el ornamento. Micke sabía que el padrecito estaba de su lado. Una buena limosna le ablandaba el corazón a cualquiera. Por eso y sólo por eso, alguna ocasión el párroco tuvo que interceder ante el altar por la buena salud de nuestros hermanos Coyotes. “Si existen Coyotes es porque hay quien los busca. Si hay pecado, es porque hay pecadores, libérenlos de su culpa, culpables somos todos”. Eso le contaron que había dicho una mañana después de que se supo lo de la muerte del Seco. Así que mal que bien, había que estar siempre de su lado. Uno nunca sabía cuando se necesitaba a un confesor tan comprensivo. Él, no había nacido en San Buenaventura, pero como si lo fuera, estaba perfectamente enterado de lo que ocurría día con día en el pueblecito hidalguense. Una hora de chismes por teléfono lo mantenían al tanto. No recordaba desde cuando el interés por el pueblo lo había sorprendido. Lo cierto era que, estratégicamente tenía que saber como se movía el agua en la playa de sus competidores. La primera vez que conoció a los hermanos Coyotes de San Buenaventura, se los presentó el viejo Joaquín. La enorme cruz de plata que se balanceaba en el pecho lampiño del hermano mayor, le pareció ridícula. El Micke no tenía escrúpulos. Se sabía malo y no andaba buscando con nadie la salvación de su alma. Si condenado estaba, con gusto ardería en el infierno. Pero mientras eso no llegara, se perdía en el disfrute del placer facilón. Por eso se pitorreba de la fervorosa fe de los hermanos Coyotes. Pinches putitos ¿A poco creían que engañaban a alguien con su pedorreada mochería? Eran tanto o más desalmados que él. Por eso, cuando supo que los hermanos estaban levantando una impresionante iglesia justo enfrente de su casa en el pueblo, no le pareció nada extraño. Querían tenerla cerquita para que les velara el sueño. Algo se andaba cocinando en San Buenaventura. Unas cuentas se saldaban y otras apenas empezaban a correr. Algo que tenía que ver con los Coyotes y con el viejo Joaquín. Pero no estaba bien claro.

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Agua turbia que no deja ver el fondo. Para entonces, la marea todavía estaba muy alta y no dejaba ver las rocas del arrecife. El Micke, tenía claro que al viejo no le temblaba la mano para cobrar las facturas del pasado. Pero no le temía, lo respetaba porque siempre que el desacuerdo aparecía, el viejo daba la cara para externar su disgusto. No se escondía detrás de ninguna sombra. En cambio, con los Coyotes de San Buena había que andarse con cuidado. Nunca hacían las cosas de frente. Ni uno a uno. Sólo en bola eran buenos. Eran maestros de la intriga y el chismorrajo. ¿Para qué diablos lo quería ver el viejo Joaquín? El vibrador del teléfono celular le avisó que llegaba un mensaje: No tardo, ai boy Joaquin. A lo lejos en el Malecón, la marea seguía alta y las olas rompían en el dique de cemento.
TRES-THREE

el vieJo Joaquín tenía que Dormir un poco. la vigilia lo estaBa volviendo loco. Escuchaba al Isaac que lo impulsaba en su escalada vengadora. No sabía arreglar las cosas de otra manera más que echando mano a los fierros. Así le había enseñado su padre. La tierra se defiende con la fuerza. Pero ahora él no tenía más tierra que la que traía en sus zapatos. Total, sólo había que aguantar bien parado los fogonazos. Soportar la tronadera y los ramalazos de luz. ¿Cuánto podía durar un disparo? Dos, tres, cuatro, cinco segundos. Pase automático al país de los pies juntos. Cruce de fronteras con residencia permanentemente asegurada. Antes, en su vida vieja, había cargado con muchos muertos. Hasta que se cansó de esperar. Ahora los muertos los hacía él. Era la mejor manera de tomar la propia vida en sus manos. La factura del Isaac estaba saldada. No más deudas. O bueno, eso había pensado. Sin

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embargo, luego de aquella noche en la frontera sin saber cómo, o por qué mecanismo, él se había convertido en un vengador. No tenía otra imagen de un vengador, más que aquella de las películas de los hermanos Almada. El ranchero ofendido que toma las armas para hacerse justicia. Justiciero en todo caso. Pero él, no se sentía orgulloso de lo que hacía. Nomás era su deber. Eso era todo. Tenía que hacerlo. Lo único que no soportaba era la traición. Y ni hablar. En eso no había ni para donde hacerse. El sueño lo fue envolviendo en su red pegajosa. Estaba a punto de quedarse profundamente dormido cuando el repiqueteo del teléfono lo despertó. Todo estaba perdido. Tendría que seguir en vigilia. Escuchó en silencio a través del auricular, luego, casi conmovido, como quien sabe que no tiene más opciones contestó: —Está bien, voy para allá. Fue todo lo que dijo. Después, se guardó una pistola plateada en la bolsa interior de un chaquetón de gamuza. Ya en la calle el aire terminó por despertarlo. El ayuno continuaba.
TWO -DOS

una llamaDa teleFónica tenía que agüitar la Fiesta que el coyote De
San Buena ofrecía a sus amigos para despedirse de una vez y para siempre de los negocios. Una noche antes, en un sueño, se le había aparecido la santísima virgen (eso juraba) y levantando su espada flamígera a punto estaba de lincharlo. La llamada era de su pueblo, estaba hecho. La intriga lista. Le sorprendió la efectividad de sus paisanos. Ni él mismo hubiera podido hacer las cosas con tanta rapidez. Todo estaba cumplimentándose. Total, era necesario pagar. Los favores se pagan con favores. Uno nunca sabía cuando iba a necesitar de un amigo tan bien relacionado y de tantas y tantas palancas divinas. Esta no era una cuestión personal, ¿o sí?

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Bueno, a no ser por el periodicazo sobre ciertos acontecimientos desagradables en uno de los viajes a la frontera. Aquél viaje en que y cumpliendo con el deber, tuvo que abandonar en el desierto a la Ambrosia. Dios quiso que no se salvara. Y no es que él la dejara morir. Simplemente no podía dejar que toda la excursión se le viniera abajo nomás por una persona. Es ley de Coyotes. El que se queda se queda. Y ella se quedó. Siempre se le hizo sospechoso que alguien lo acusara públicamente del accidente. Tenía que ser alguien que tuviera acceso a los periódicos y que además viviera en el pueblo. Nadie más que el médico podía tener los contactos para hacerlo. Pero aquella vez se la pasó. Por una parte, porque los periódicos eran pura llamarada de petate. No surtían ningún efecto. Y por la otra, porque realmente no le constaba que el médico hubiera sido el responsable de la nota. Él mismo la había leído. Bueno, siendo sinceros, él no tenía la más puta idea de cómo se leía. Pero, obligando a uno de sus hijos, medio le leyó entre salto y salto, lo que decía el reportaje. Pero ahí no aparecía el nombre del mentado doctorcito M. Y eso, que para asegurarse, hizo que el escuincle se lo leyera varias veces. Aunque como luego le dijo el padre R, los espíritus del mal se esconden tras los velos de la santidad. Así que ahora que todo estaba listo no le temblaría la mano. Al fin que estaba bien apalancado. Ya se había ganado el cielo. Lo único malo era, que ya no iba a poder disfrutar de la última fiesta. La más perronsona.
UNO -ONE

para ricarDo era otro Día De nostalgia leJos De su pueBlo. la sonrisa
de Britney era el único bálsamo para la pesada carga que lo mantenía lejos de San Abedece. Todo igual, como si no pasara nada. Santa Barbara era sólo eso. Trabajo y nostalgia. Días enteros metido en la

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gasera, luego llegar a casa y tras sacudirse el olor penetrante del gas con el baño tibio, dedicarse un poco a los hijos. Escuchar música en inglés y lavar los autos o cortar el césped. Tantos años en el Norte le hacían parecer a San Buenaventura como un espejismo. A veces dudaba si realmente existía el pueblecito. A no ser por las constantes llamadas y los cotilleos de la familia que le aseguraban que San Abedece seguía allí. Que no se había movido un centímetro. Maceta vacía y perforada que lloraba por las raíces de sus hijos, que algún día, habrían de volver al terruño.
ZERO -CERO

…despegamos * Un azotón de puerta despertó de golpe a Raúl… * “Cuídate pinche Lucero, el viejo Joaquín ya sabe que andas acá y te está buscando”… * El Micke acarició el mango de la navaja que escondía debajo de la camisa de seda… * El viejo Joaquín cortó cartucho… * El Coyote de San Buenaventura tiene que tomar una decisión difícil, ¿podrá?…

Capítulo XXI

Ultimátum
un azotón De puerta Despertó De golpe a raúl. tenía poco De haBerse
quedado dormido en el sillón de la sala. En su sueño, Lucero lo miraba con la profundidad del mar. Era como un close up de una cámara de cine. Los ojos llenaban la pantalla, sin parpadear ni nada. Sólo quietos, mirándolo. Y el audio en off sólo con respiración agitada, casi jadeante. El ruido de la madera estrellándose contra el marco de aluminio provocó que la imagen se disolviera, como un cristal que se rompe en mil pedazos. Tantos, que sería inútil intentar siquiera pegarlos con crazy cola loca. Lo primero que vio cuando abrió los ojos fue la cara del viejo Joaquín. Todos los años se le habían juntado en unos días. Retrato de Dorian Grey. Ponte como quieras ponte Dorian Grey, fue lo primero que se le ocurrió decirle al viejo. Siempre, aún en los momentos más apremiantes se le venían a la cabeza una cantidad de pendejadas que a veces no las podía controlar y las soltaba como ahora. El viejo no lo escuchó o no quiso escucharlo. Se le quedó mirando fijamente con esos ojos opacos que empezaban a espantar a Raúl. Luego, en el mutismo total, se dirigió al refrigerador para sacar una cerveza. La destapó con maestría y de un trago vació el contenido. No moviste ni un pelo. Seguiste en la misma posición en que te había encontrado el viejo. No sabías que hacer y por primera vez te sentiste en casa

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ajena. Quisiste recordar la intimidad que tenías en la casita propia. Pero hacía ya tanto tiempo que no tenías nada tuyo que se te había olvidado. El viejo se sentó en el sillón individual y volvió a mirarte. Empezabas a fastidiarte por la escena. Así que, levantándote de un sólo movimiento te dirigiste al baño. Frente al espejo, tu cara se negaba a lavar la modorra de la tarde. Al salir, el viejo seguía en el mismo lugar: Freeze. El sillón reclamaba tus carnes, no lo despreciaste. ¿Y qué, Don Joaquín, cómo lo ha tratado la vida? Era tarde cuando recapacitaste que esa era la peor pregunta que le hubieras podido hacer. El viejo soltó un suspiro, apuró un trago a la segunda cerveza del día y con una voz delgada contestó: “No tan bien como quisiera. Pero qué otra. La vida es así. No más”. Y siguió mirándote. Algo quería decirte pero no se atrevía a hacerlo. Debajo del chaquetón de gamuza la cacha nacarada de la pistola se insinuaba indiscreta. Las manos de Joaquín temblaban cada que se llevaba la lata a la boca. Los labios azulosos y despellejados. La cara tapizada de granos de pólvora. Algo se traía el viejo. Algo, pero qué. Piensa, Raúl piensa. ¿Tendría que ver con la llamada del niño asustado? ¿Con su mujer pueblerina? ¿Qué lo estaba trastornado de esa manera? Su mirada estaba en ti pero miraba a otro lado. Su mente dividida en dos. Esquizofrenia. Aquí y allá. Mientras lo mirabas, te sorprendiste que las suelas de sus botas tuvieran sangre. Bueno, tal vez se consiguió un trabajo en una carnicería. ¿Ves?, no podías dejar de pensar estupideces aun en los momentos más críticos. En fin, te enojaste contigo mismo, era nada más una idea. Luego del chiste, la piel se te erizó. Y si había matado a alguien y por eso estaba así. No, el viejo no era capaz de aplastar ni a una indefensa mosca. ¿De veras? ¿Qué tanto lo conocías? Ni para donde hacerte. Ni te movías, ni pensabas que hacer. Te hubiera gustado, colgándote de la línea superior del texto, balancearte como equilibrista y luego de una pirueta, salir catapultado por la pantalla de la

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computadora en la que el escritor tampoco hallaba como seguir la historia para, lleno de rabia, arrebatarle el teclado y decirle: “Mira cabroncito, si no puedes seguir, mejor déjala. Esto no hubiera pasado si estuviéramos en manos del Taibo. Él sí sabe como hacerlo. No que en las tuyas, estamos nomás a ver qué chingados se te ocurre día a día. No tienes idea a dónde quieres llevar la historia. Piensas que los personajes van a ir adquiriendo vida propia. Déjate de mamadas. Nosotros no nos movemos si tú no nos mueves. Es como un juego de Atari. Las flechas de arriba y las laterales están en tus dedos. Atorados, estamos todos atorados. O dime. ¿Acaso tú sabes qué le pasa al viejo Joaquín? No puedes seguir llenando hojas con chistecitos pendejos. Además ¿por qué siempre me toca decirlos a mí? ¿Crees que es agradable andar por las páginas con bandera de estúpido? Ponle algo cabrón al viejo. Que sienta algo que te pasa a ti. O no es eso una novela. Detrás de cada personaje está una parte del autor. Puede desdoblarse en tantos personajes como quiera. Es todo”. Luego, regresar por la misma línea y a sabiendas que nadie podrá dictarme lo que tengo que decir, agarrar mi vida por los cuernos y preguntarle al viejo. “¿Don Joaquín, qué le pasa? ¿Le he hecho algo que tenga que reclamarme? ¿Está molesto conmigo por algo que hice?”. Las palabras se perdían en el vacío. Después, como si las pilas se le hubieran recargado, los músculos se le tensaron y la mirada recobró su brillo. Era un brillo selénico, sus ojos los cañones de una escopeta cuata. “Mira, muchacho, no necesita ser uno tan listo para darse cuenta que las cosas andan mal. Andamos mal. El pasado se nos pega a los zapatos como barro chicloso que no nos deja avanzar. A veces quisiera uno acostarse nuevecito. Recién parido. Pero nada. El pasado nos carcome, va corroyendo la piel y los huesos hasta meterse tan adentro, que es imposible deshacerse de él. Nos es que nos siga como las sombras. Ojalá y así fuera. Por lo menos en el día estaríamos tranquilos sin

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recordar nada. No. Está dentro de nosotros. No lo podemos alejar nunca. Y vieras como pesa el desgraciado. No pesa como los bultos de maíz que puede uno echarse en la espalda. No. Es un peso parejo de todo el cuerpo y todo el día. Pesa hasta cerrar los párpados. Antes, yo pensaba que nomás había que hacerle frente y san se acabó. Quedaba uno ligerito. Renovado. Cual sería mi sorpresa que por más que se le enfrente uno al pasado nunca termina con él. Nomás se hace más grande. Es como el monstruo de las mil cabezas. Le cortas una y le crecen diez. Eso me pasa, chamaco. Quise hacerme el valientito para desmadrar mi pasado y ahora estoy que no me la acabo”. Luego, se quedó otra vez callado. Ojos opacos, mirada fija. Estuvimos así un largo rato. Él en pausa y yo, más asustado todavía. ¿Pues no qué los hombres del campo no tienen tiempo para pensar en intríngulis existenciales? ¿Alguien lo estaba manipulando? El viejo no podía pensar así. Como si un plazo se hubiera cumplido, miró su reloj y me dijo. “Me voy muchachaco”. Ojalá y que todavía no sea demasiado tarde. Cerró la puerta de un golpe, nada más para abrirla de nuevo. “Ah, muchachaco, me dijo una tal Lucero que esta tarde te esperaba en la playa de Goleta. En esa desde donde se mira la plataforma petrolera de la Vennoco”. Me sonó como a ultimátum. Tal vez era hora que las cosas se fueran arreglando. Tanta incertidumbre apesta.

Capítulo XXII

Ventage-ventajas
en
la pantalla De la televisión

ana gaBriela guevara

le sacaBa

una buena ventaja a sus adversarias. Lucero nunca había visto una carrera de 400 metros planos. Pero ahora, que la euforia por la atleta mexicana llegaba a todos los rincones en los que hubiera mexicanos, miraba atenta la justa deportiva. Le gustó saber que finalmente los mexicanos triunfaban en algo. Eran tan pocos los mexicanos destacados en el deporte internacional, que en ocasiones como ésta, era necesario celebrar. No tenía idea en qué país se estaba realizando la carrera. Y Europa le decía muy poco. En todo caso más que otra cosa, le fascinaba ver a la tal Ana sacándole ventaja al viento. Era un alma que lleva el diablo. Nadie la iba a alcanzar nunca. Lucero escuchó un disparo que venía de lejos. Tal vez por el rumbo de la playa de los estudiantes universitarios. Era la señal que marcaba la salida. El spring final de su destino. Por lo menos, en esta carrera como Ana, ella también llevaba ventaja. Primero: Sabía dónde y en qué asuntos andaba metido el viejo Joaquín; el hombre por el que había empezado esa otra carrera loca de la frontera. Segundo: Raúl no tenía la menor idea en la telaraña que se había enredado.

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Tercero: Sabía de los otros negocios de los Coyotes de San Buenaventura. Así es que llevaba la delantera. Incluso, era tal la ventaja que podía mirar hacia atrás para ver que tanto trecho le sacaba a su competidores. Sólo que ésta, era una carrera única y definitiva. Como quién dice sin revancha. Ganaba o ganaba. Sabía que el viejo Joaquín no se tentaría el corazón para, con sus propias manos, torcerle el pescuezo. Gallina de fiesta. Conocía las andanzas de su esposo una noche de lluvia, cerca del canal entre la frontera de Tijuana y San Diego. Aunque según ella, el viejo no tenía razón de guardarle tanto encono. Él, era el que primero se había ido, la había dejado abandonada en un pueblo de mujeres solas. En todo caso, su único pecado había sido seguir al macho a donde estuviera. Lo demás había sido mala suerte, o tal vez una pésima mezcla entre sentirse sola, estar sola y necesidad de sobrevivir. Así que a manos. Nada para nadie. Entablados. Sin cuentas pendientes. Sin resentimientos. Lo de los Coyotes, pura estrategia, ya no tenía nada que perder. Desde el principio sabía perfectamente con que monedita tenía que pagar la pasada por la frontera. Cuerpomatic; la mejor tarjeta de crédito de la mujer actual. Pago en especie. Trueque. Al fin que, aquella vez de la frontera por supuesto que no había sido su primera vez. Antes lo había hecho por amor. Tampoco con el viejo, que también era moneda de cambio, sino con aquél muchacho desgarbado de ojos grises que enseñaba el catequismo en su pueblo. Así que nadie había ganado nada. Ella tenía lo que ellos querían y necesitaba mantenerlos cerca para conocer sus movimientos. El dinero, era solo un agradable inconveniente. Lo de Raúl no sabía si era amor. Tal vez sí. Tal vez no. La margarita continuaba deshojándose hasta el infinito. Le fastidiaba su desdén por todo. Parecía que no le interesaba nada. Ni el sexo. A veces no comprendía porque entonces se la pasaba viéndole las nalgas.

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Si cuando las tenía en bandeja, no reaccionaba. Ni fu, ni fa. Pero algo tenía de extraño en los ojos que la inquietaba, que se le metía muy hondo. Como una tristeza que la conmovía, o como sí toda la inocencia se apretujara en ellos. La mirada más cierta que jamás había visto. Por eso, cuando estaba en las fiestecitas que organizaban los Coyotes se sentía permanentemente observada por los enormes ojos de Raúl. Pero a diferencia de otros ojos que espían, Raúl no la miraba con morbo, no juzgaba sus actos. Sus ojos solamente la acompañaban. Eran las manos que palmean los hombros del perdedor. Los dedos que señalan el camino a la salida de emergencia. Por eso le dolía que Raúl no supiera que “la muchacha ojos de almendra madura” como él se aferraba en llamarla, fuera precisamente la esposa del viejo Joaquín. Pero ella llevaba ventaja. El viento golpeándole la nuca, empujándola a la victoria. Cuando Lucero se dio cuenta, la televisión mostraba a un gringo obeso de piernas hinchadas sentado en una lancha de madera, vestido con un ridículo impermeable amarillo y una gorra estúpida, sosteniendo una caña en espera de que los peces mordieran el anzuelo. La alarma del teléfono resonó en la habitación. Lucero pegó un salto grande, estuvo a punto de colgarse de la lámpara del techo. Una voz artificial, como la que se escucha cuando se habla a través de una botella le decía: “Cuídate pinche Lucero, el viejo Joaquín ya sabe que andas acá y te está buscando”… Había perdido la ventaja. Estaba a punto de ser derrotada. La imagen de la atleta mexicana dando saltos en la pista de tartán ondeando la bandera tricolor en un país extranjero, era el peor de los peores espejismos.

Capítulo XXIII

Wailing-gemido
el micke acarició el mango De la navaJa que esconDía DeBaJo De la
camisa de seda. Disfrutó el frío del acero. Siempre había preferido las armas blancas. Los fogonazos de las fuscas lo ponían nervioso. Irritable. Sobre todo le inquietaba la espera entre el disparo y el momento en que hacía blanco. Nada para el azar. Le gustaba llevar el golpe justamente a donde su mano lo necesitaba. Sentir la mano amortiguada como en sordina de trompeta, cuando la hoja de doble filo chocaba con la carne. Eso era el detonador, luego, atinaba perfectamente en cada sitio preciso, los numeraba mentalmente. Bastaban tan sólo dos navajazos para quebrar a cualquier oponente. El primero para distraerlo. Y el segundo, para asestarle el golpe final. Nunca avisaba, no le gustaba alardear, ninguna intimidación, ningún insulto de por medio. Llegaba frente al oponente, le decía buenas noches y mientras lo hacía, con la agilidad de un felino, encajaba su aguijón en la presa. Veneno mortal. Los ojos desorbitados de la víctima apenas y se daban cuenta que estaba sucediendo. Tras el desconcierto, se quedaban quietecitos, a veces, formulaban preguntas estúpidas que sus oídos se negaban a escuchar. ¿Por qué a mí? ¿Qué pasa man? Seguramente ellos tenían tan claro como él, porque el desenlace. Tampoco le gustaba atacar por placer. No era su estilo. Sólo acechaba al que se la debía. Y el

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que la debe la paga. No había otra. Siempre se preguntaba cuando había aprendido a manejar el cuchillo con tal maestría, con técnica tan depurada y cabeza fría. Nunca acertaba. Tal vez, allá muy lejos, en el rancho mexicano en los días de fiesta. Era un as para asestarle el golpe preciso al puerco para que dejara de sufrir tras desgarradores gemidos de dolor. La primera vez que le tocó matar al puerco, sus piernas le temblaban y las manos eran manos de espolvoreador de azúcar en las donas. Los chillidos del animal eran puñaladas que se le clavaban en los oídos y en los ojos. Cuando todo terminó su cuerpo estaba empapado de sudor, luego cayó al piso y se batió de sangre espesa. Era un hilacho inerte. Los ojos fijos del cerdo eran espejos en los que podía mirarse. Amaba a los animales. Les prodigaba el mejor de los mejores afectos. Besaba a los perros en la boca y permitía que ellos se acercaran a la mesa para compartir su plato de comida. Le sorprendía el inagotable agradecimiento de los animales que no paraban de mover el rabo cuando lo recibían, dándole la eterna bienvenida a casa. Pisar una araña era el peor crimen que había cometido. Sufría cuando, al amanecer, en cualquier carretera costera, las mariposas se desintegraban en el parabrisas de su auto deportivo justo enfrente de sus ojos. El baturrillo multicolor lo ponía de malas. Así, que aquella muerte del cerdo lo marcó para siempre. Estigma sangrante. Tenía que demostrar que era hombre y por lo tanto capaz de acabar con la vida de un inocente animal. Todos los jóvenes del rancho sabían hacerlo. Incluso algunos, guardaban como trofeos los colmillos de los animales que habían matado. Como bolsa de canicas presumían sus recuerdos de marfil. Así que cuando se acercó la fiesta del pueblo, él sabía que era inevitable que el momento llegara. Pero prefirió olvidarse de todo. Hacer como si nada pasara. Dejar pasar, dejar hacer. Resistencia pasiva. Por eso la sorpresa fue mayor cuando se encontró empuñando un cuchillo de carnicero, mientras su

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padre le detenía al cerdo para que le clavara la estocada justo en el corazón. Pero no hubo otras. O por lo menos otras veces con tanto sufrimiento. Luego de esa lamentable primera vez, el Micke se preparó intensivamente para acabar con la vida de los animales con el menor dolor posible. Persiguió día y noche al veterinario del pueblo para que le prestara uno de los atlas en los que se mostraba, en cromos de colores impecables, la anatomía del animal. En que lugar se encontraba cada parte de su cuerpo. Aprendiendo de memoria las zonas vulnerables jamás podría fallar. El veterinario, que era bastante viejo, le preguntó que por qué tanta ansiedad por aprender en qué lugar se encontraban las vísceras del puerco. Es que no me gusta verlos sufrir, dijo el Micke. Parece que la frase conmovió al hombre, porque luego de introducirse a la bodega regresó con un libro que le entregó. El libro en cuestión era bastante raro. Pues a diferencia de todos los libros que Micke había visto, este estaba escrito de atrás para adelante. Sí, empezaba en la última hoja y terminaba en la primera. Una página estaba escrita en español y la otra retacada de símbolos extraños. Luego supo que era hebreo. Y que el libro era el código de normas de los matarifes judíos. También se enteró que los judíos no podían comer puercos. Vaya cosa, cuando lo supo, estuvo a punto de regresar el libro. Pero cuando llegó a la parte del cuchillo de doble filo y de la manera en que mataban a las reses, cercenándoles unos nervios que pasaban por el cuello y que lo dejaban instantáneamente sin sentido, con anestesia permanente, se enganchó a la lectura. Corrió con el veterinario para que le mostrara el atlas y saber si los puercos también tenían los venturosos nervios. Y sí. Desde entonces Micke fue asiduo a los mataderos. No mataba. Incluso se ponía tapones de gasa en los oídos para no escuchar los gemidos de los animales. Ya muertos, pedía a los matarifes que lo dejaran pelar a los animales. Como francamente era el trabajo más difícil, los hom-

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bres dejaban que el Micke hiciera. Así que luego de bañarlo con agua hirviendo y rasurar al animal, Micke buscaba con acuciosidad el sitio preciso de los nervios. La primera vez que lo hizo no sabía ni que buscaba. Disecó el cuello y sólo encontró tubos con sangre coagulada. En el atlas los nervios parecían dos cintas de listón blanco. Varios puercos pasaron por sus manos hasta que al fin, el esfuerzo valió la pena. Ahí estaban, pasaban junto a una de las grandes venas del cuello. Así que el golpe tenía que ser muy preciso para que primero se cercenaran los nervios y después, inevitablemente, se cortara el vaso y empezara el chorreadero de sangre. Micke imaginó lo que pasaría si no acertaba de un solo golpe a romper los nervios. El animal herido se pondría como loco, mientras la vida se le escapaba a chorros. Luego, con el afilador de cuchillos consiguió que le hiciera doble filo a un machete largo y delgado que tenía su padre. Una vez que comprobó que el filo era suficiente. En el libro que había leído decía que los shojets, matarifes judíos, probaban el filo de la hoja dejando caer un pelo sobre ella. Si el cabello al estrellarse con el filo era cortado, esa era la señal para saber que el cuchillo era el ideal. Sólo que al Micke tal aseveración le pareció de fantasía, así que no se animó a someter a su cuchillo a tal prueba. Trajo una manzana, la sujetó con un delgado cordel y la hizo colgar de un árbol. Luego le asestó un golpe y al ver que la manzana volaba partida en dos, consideró que todo estaba listo. Tuvo que esperar un año. No podía andarse promoviendo por ahí para matar cerdos ajenos. Así se cumplió el plazo y en la casa del Micke, desde temprano empezó la algarabía que provocaba la fiesta anual. El momento esperado llegó. Mientras su padre detenía al cerdo. Micke tomó aire. Se concentró como un sacerdote hebreo y levantó su cuchillo de doble filo. El sol lanzó destellos que deslumbraron a los asistentes. Que ya para entonces, eran suficientes como para llenar el corral de la familia

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de Micke. Pueblo chico chisme grande. Alguien había corrido la voz de lo que iba a pasar aquella mañana. Cuando el Micke levantó el cuchillo todos guardaron silencio. No por respeto al animal, eso les valía madres. No, lo que les enmudeció fue ver aquél extraño instrumento en manos del muchacho enclenque. El cuchillo en todo lo alto, Micke respiraba cada vez más profundo. De pronto y de un solo golpe se dibujó en el cuello del animal un collar de sangre. Los ojos del puerco se cerraron, como si durmiera. Ni un sólo chillido. El animal estaba muerto. Tal vez desde entonces empezó a disfrutar de las navajas. Una sombra se acercaba a lo lejos. No la pudo distinguir del todo. Pero sin duda era la persona que esperaba. Todo plazo se cumple. Es la ley de la vida. Otra vez acarició el mango de la 007, sólo para comprobar que todo estaba listo.

Capítulo XXIV

Xenofhobic
el vieJo Joaquín cortó cartucho. la Bala cayó Fríamente en la recámara del tambor de acero. Luego de escuchar el ruidillo metálico, instintivamente Joaquín deslizó el dedo en el gatillo. Todos los sentidos aguzados. Oídos de venado. Músculos en tensión. A lo lejos una sombra cerca del muelle. El sol hacía ya rato que se había hundido en el mar. No estaba seguro de lo que tenía que hacer. La rabia lo impulsaba a hacer las cosas sin siquiera pensarlas. Era un animal de monte en busca de presa. Ayuno de venganza. Se acercó sigilosamente, sus pies se hundían en la arena dejando un rastro perfecto para ser seguido. Caminaba muy despacio como si quisiera no llegar nunca a la cita. Estaba desganado, animal al matadero. Tal vez las cosas no tuvieran que terminar así, todos luchaban por sobrevivir en tierras extrañas. Coyote protegiendo a sus cachorros. Y pues, era seguro, inevitable que por hacerlo, de vez en cuando se perjudicaran los intereses de otro paisano. Gajes del oficio. Porque de que uno tenía que partirse la madre con quién se le atravesara en su camino, era ley. Ni para atrás ni para adelante. ¿Pero morder la mano que nos dio de comer? Eso ya era otra cosa. Y de todas las chingaderas que este mundo tenía, daba la casualidad, que la única que no toleraba era la traición. El viejo pensaba que la fidelidad era la única cosa buena que le

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quedaba luego de haberse bañado de tanta mugre. Todavía lejos de su adversario y al parecer aún sin ser visto, Joaquín se sentó en la arena húmeda. Decenas de cangrejos minúsculos corrían a su alrededor. Algunos chocaban entre si buscando dirigirse a un lugar seguro. Los más fuertes paraban de cabeza a los más débiles, que luego del esfuerzo por ponerse nuevamente de pie, abandonaban el lugar rápidamente buscando superar la desventaja. Los paisanos eran cangrejos apretujados en una playa gringa. La lucha por acomodarse era tan feroz, que no importaba quitarse de encima al que fuera que se atravesara. Aquí nadie conocía a nadie. O sí, pero cuando le convenía. Ni los gringos eran los gringos ojetes de todos lados. Había que quedar bien con ellos para conservar el empleo. El perro que le mueve el rabo al amo. Lamerle el culo si era preciso. Todo fuera por sobrevivir. Y cada día se ponía peor el asunto. Con cada temporada de trabajo, más mexicanos llegaban a tierras californianas a buscar jale. Los tiempos estaban cambiando. Nada era como antes. Si el patrón decía, doy de a cinco dólares la hora la macuarriza lo pensaba, incluso en ocasiones rechazaba la oferta. Ahora, el patrón decía doy de a 5 dólares la hora y tenía la cola de gente disputándose el trabajo. Por eso es que había que diversificarse. Dedicarse a otras cosas. Algunas tenían sus peligros pero ¿acaso no estaba en los Estados Unidos para enfrentarse a cualquier cosa? Todo el que llegaba a California había arriesgado antes su vida, en el río, en el desierto o asfixiándose en una cajuela de auto. Así que acá de éste lado, ciertamente la vida no valía nada. Y no sólo no valía nada para el policía de la migración. Que a la primera sospecha descerrajaba una carga de pistola sobre la espalda desnuda de los mojados. Sino tampoco significaba nada para los Coyotes, paisanos que abandonaban el cargamento en el desierto, nomás venteaban el más mínimo peligro. ¿Cómo se podía tener fidelidad a algo? Ni a la pinche patria. Madre ya no tenía.

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Un país que expulsa a sus hijos, que los catapulta a una frontera para morir de sed, qué patria va a ser. México lindo y querido si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí (que me lleven allá). El pensar en la muerte, en lo cerquita que estaba, lo hizo estremecerse. Cuando él muriera que lo enterraran donde fuera. Toda la tierra es tierra. Cubre los ojos de igual manera. Lo mismo le daba aquí o allá. Él no iba a regresar a su pueblo con los pies por delante. No iba a hacerlo jamás. Para qué volver a una tierra árida y flaca de esperanza. Tomó un puño de arena y lo arrojó con violencia al mar. Tan sólo voy a llevarme un simple puño de arena. Y ni eso. Luego se incorporó de golpe. Los ojos fijos en la presa. La mano derecha sobando la pistola. Avanzaba en línea recta, mientras lo hacía se sintió perseguido. Lobo correteado por la liebre orejona. Perseguidor perseguido. Volteadera de chirrión por el palito. Perseguido por los gringos que nomás lo veían como una mula de carga, mercancía en oferta, perseguido por los paisanos para quienes era otro competidor más, el hermano incómodo. El alacrán más grande se come al alacrán más chico. Ayy, ayy, el alacrán te va a picar. Perseguido por esos pinches recuerdos que no se apaciguaban. Perseguido por la rabia que le cosquilleaba en el dedo del gatillo. A lo lejos la sombra se puso en guardia. Todo estaba listo para el combate. Las fronteras estaban cruzadas. La luna no colgaba del cielo. La oscuridad se confundía en el horizonte con el agua del mar. Desierto negro. Boca de lobo. Dos lucecitas brillaban mar adentro. El viejo supuso que se trataba de las señales de la plataforma marina. Luceros que guiaban a los barcos perdidos que buscaban buen resguardo en tierra. A él, ya ningún lucero lo guiaba. Los ojos de su Lucero lo conducían a un camino que terminaba justo al borde de un precipicio.

Capítulo XXV

Yardage-acorralar
De verás que De qué los hay los hay. he conociDo caBrones y Bonitos, pero éste era más cabrón que bonito. Que ocurrencia del cura. Mira que fotocopiar un artículo de periódico. Fotocopiarlo y dárselo a los de la estudiantina para que lo repartieran por todo el pueblo. Doblemente buena puntada. Decir que el manoseado artículo lo había escrito nada más y nada menos que el médico del pueblo. A mí no se me hubiera ocurrido nunca. Sobre todo porque no sé leer. Yo creo que muchos de San Buenaventura tampoco saben leer. De a jodidos han de conocer algunas letras. Pero ese párroco piensa en todo. A los que no sabían leer bastaba con explicarles de que trataba el papelito. Nadie podría dudar de la verdad. Las pruebas estaban a la vista. De hecho, a nadie le preocupó que el nombre del médico no apareciera en el escrito. El padre aseguraba que el médico lo había escrito y pues de ahí nadie se movió. No mentirás decía el evangelio. Y él no mentía. La gente estaba puesta, lo otro era cuestión de amistad. No había que decirnos a quién había que madrear para hacerlo. En el nombre del señor sus deseos son órdenes. Suerte que coincidió con la fecha en que mi brother estaba en el pueblo. Él mismo se encargó de coordinar todo. Y no debo menospreciarlo. Esa idea de conseguir otro médico y prestarle el local que tenemos en el centro de San Buenaventura, estuvo chin-

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gona. Mi mamacita, que tiene un puesto de ropa por esos mismos locales se encargó de echarle tierra al otro doctor. Mentiras claro. Pero todo cobijado bajo el ropón sagradísimo del niño dios. Dice mi vieja que bien pronto, se le juntaba harta gente al nuevo doctor. Que hasta fila hacían. Del otro, ya ni quién se acordara. Todo se paga en esta vida. El camino del paraíso está rociado con sangre de mártires. Cuando el padre R me llamó por teléfono, me dijo que el anticristo se había presentado en el pueblo. Que la Santa Madre Iglesia (SMI) estaba amenazada. Que el último sello estaba roto. Luego, me explicó que teníamos que organizarnos para luchar por nuestra religión, por defender nuestras costumbres y que era nuestro deber expulsar al hijo de Satanás. Pero en su tartamudear se notaba que algo más había detrás de todo. Los fuereños piensan que los pueblerinos somos pendejos, que no entendemos, que se nos puede manejar con facilidad. Perritos que menean el rabo aunque el patrón les tire de patadas. Hay que dejarlos en su error. Una cosa es que cuando nos conviene nos hagamos tarugos y la otra es que verdaderamente seamos pendejos. Ya luego, le hablé a mi carnalito y él me contó como estaba la movida. El médico se había metido con los intereses del padrecito en el negocio del taller de costura. Le había arrebatado un bisness jugoso, de hartos billetes. Donde que al padre le gustaban bastante los centavos. Primero le había arrebatado el negocio del pozo, en el que también le tocaba su mochada. Misma que perdió cuando el Comisariado del pueblo le pidió al doctorcito que los asesorara en la negociación. El padre se la pasaba en la misa de los domingos diciendo, que no existía nadie más en ese pueblo que supiera tanto de pozos. Que él sabía para dónde dirigir al rebaño. Que de las almas dóciles es el reino de los cielos. Pero la gente ya lo conocía, y sabía que lo que buscaba era recibir la indemnización cuanto antes para quedarse con una buena parte de ella y administrarla a su placer. Esa vez se la perdo-

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nó. Lo agarró distraído. Y no había como enfrentársele al médico sin que se hiciera evidente el verdadero motivo del ataque. Lo intentó, pero lo dicho, la gente no es pendeja y le dio la espalda. O sea que ya le debía una. Pero lo del taller, que además estaba prometido para sus prometidas, eso sí que ya era el colmo. El médico se estaba pasando de pendejo. Y para cabrón, cabrón y medio. A nosotros también nos la debía. Cuando se nos murió la Ambrosia en el desierto, hizo tremenda alharaca en el pueblo para desprestigiarnos. Que los Coyotes no teníamos consideración por la gente. Que todo lo hacíamos por negocio. Que si no se daban cuenta que nos estábamos hinchando de dinero. Y todo a costa de la necesidad, de la jodidez de la gente. Luego el periodicazo que tampoco leímos, pero nos dijeron. Bueno nos lo leyó el padre y pues los padrecitos no mienten. Así que la cosa también era personal. Ni que decir más. Pobre médico, nunca se dio cuenta desde dónde se estaban moviendo las cosas. Desde que se inventó el teléfono se acabaron las fronteras. El teléfono que por cierto, también fue negocio personal del sacerdote. Lo que se hizo con tal de que la modernidad llegara a San Buenaventura. Si de verás, este padrecito es un verdadero mártir. El padre R y mi carnalito en México, y yo desde acá salvando mi alma. La estudiantina, los adoradores, el verbo encarnado, legionarios divinos; todo listo para acorralarlo como al coyote en el monte. Ah, cabrón, me ando metiendo autogol. Toco madera tres veces, me persigno con doble cruz, canto trisagios reforzados, no vaya a ser la de malas. Acorralado como puerco de fiesta. Lo que pasó allá ya es historia. Aquí la vida continúa. ¿Qué putas necesitará el viejo Joaquín que me citó con tanta urgencia en el muelle de Goleta? Ese ruco anda mal. Se me hace que quiere echarnos a pelear con el Micke. No, no creo. Eso sí que va a estar difícil. El Micke nos enseñó el oficio. Nos presentó a sus contactos en la frontera. Juntos exploramos nuevas ru-

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tas. Siempre nos guardamos los secretos. A lo mejor se enteró que el Micke se comió a la Lucerito. Qué poca madre, quién le diría. Pinches chismosos. Nunca sentimos envidia por el Micke. Él tenía a su gente, nosotros a la nuestra. El sol sale para todos y para todos hay. Claro que cuando escaseó la gente hubo muchas denuncias. Se quebraron a varios compañeros. Pero entre el Micke y nosotros siempre hubo buena vibra. Hasta nos asociamos en otros negocios. Había que buscar la papa y la mejor manera es di-ver-si-fi-car-nos, así nos explicó el Micke. Total, nada nos costaba pasar unos cuantos kilos de polvo en las mochilas de los paisanos. Como quién dice, dos trabajos por un solo cruce. Negocio redondo. Claro que cada día la cosa se pone más difícil. Luego de los atentados terroristas la migración se ha puesto más perrona. Y las redadas son cada vez más frecuentes. Pinches afganos, hacen sus desmadres y no saben ni a quién perjudican. Uno ya no tiene el destino en sus manos. No sabe desde dónde se mueven los hilos de su futuro. Pero no, el viejo no puede engañarnos. Entre paisanos no existen las traiciones. Somos de donde mismo. De la misma tierra. Ventorros a mejor decir. Ya es tarde, mejor será que me apresuré. No me gusta hacer esperar a la gente. Llegó la hora.

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raíz: órgano De las plantas que crece en Dirección inversa a la Del
tallo e introducido en tierra absorbe las materias necesarias para el desarrollo del vegetal y le sirve de fijación y sostén. ¿Qué raíces puede tener un errante? Absorbe lo que puede de donde puede. Veleta oxidada, papalote al viento. Los hombres no tenemos raíces sino pies; que son raíces que pueden moverse caminando. Alguien nos corta el tallo y lo tira en un cesto de residuos tóxicos. Luego lo incineran o lo echan a los perros. Desde entonces somos andariegos, nómadas. Raíz: Parte oculta de una cosa de la que procede lo que está manifiesto. ¿Los recuerdos son raíces? ¿Cómo saber cuáles recuerdos son raíces? ¿Los nuevos? ¿Los viejos? ¿Los qué vendrán? Raíces mutantes, transformers. ¿El origen es el primero o el qué vendrá? Las líneas del tiempo se deslizan sobre resbaladizos recuerdos. Y si cada quien recuerda dependiendo del estado de ánimo y de la circunstancia en que vive, ¿cuáles serán las raíces? Acaso la historietita cursi de una familia humilde; apología de los padrecitos venerados. Tal vez, el culebrón rosa de la pandilla de Barrio; chamacos pringosos toca-timbres. O, la nota roja de un lance reivindicativo, estúpidamente conmovedor. ¿Y los amnésicos? ¿No tienen raíces? ¿Y los esquizofrénicos? ¿Tienen dobles raíces? Mentes divididas, ¿raíces cuatas?

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Raíz: Origen, causa y principio de algo. ¿Soy el muchacho pobre de un barrio popular?, ¿soy el clasemediero que tuvo el privilegio de asistir a la universidad?, ¿soy el extranjero que saquea los recuerdos de otros para salvar su vacuidad? ¿Soy el amante de la campiña?, ¿soy el profesionista desempleado y vomitado por la megalópoli?, ¿soy el exiliado que come verduras en el país de las hamburguesas? Soy, soy, soy, soy, soy. Yos, yos, yos, yos, yos. Raíz: Cada uno de los valores que puede tener la incógnita de una ecuación. XY, cromosoma sexual que define la barba que no me rasuro. Despejando X/Y, los núcleos homosexuales que según Freud todos los varones tenemos. ¿Será por eso que me afeito las axilas? ¿Será por eso que miro las nalgas de las mujeres con cierta nostalgia? Soy la raíz de una ecuación irresoluta. El teorema del tiempo que se peina las variables mirándose al espejo del olvido. Raíz: Elemento puro y simple de una palabra: Des-arraigo.

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el timBre Del teléFono sonó casi De maDrugaDa. era B que me prevenía sobre un grupo de campesinos de San Abedece que le habían ido a reclamar hasta su casa. “Son fanáticos”, me dijo. “Están enojados porque aseguran que en el periódico de F se publicó una carta (el contenido total de la carta-artículo está en el Anexo 2, página 170) que ofende a su santa madre”. Interrumpí a B para que me precisara con la madre de quién se habían metido. Del otro lado del teléfono un breve silencio precedió a la respuesta del interlocutor. “No se mande, con eso no se juega, es la Santa Madre Iglesia”. Me contó que en la bola estaban E, S, T, don J. Me quedé callado, aunque quería decirle que me parecía extraño que las letras tuvieran acceso al periódico. Primero porque al pueblo nunca había llegado. Segundo, porque los de San Abedece nunca se habían preocupado por leer más allá de las hojitas que todos los domingos repartían a la salida de la iglesia. “Ándese con cuidado porque están seguros que el que escribió la carta es usted”. B era la autoridad tradicional de la comunidad y por su función estaba enterado de la disputa de un taller de costura entre el sacerdote y los comuneros. Dicho taller, era parte del pago que el gobierno federal les hacía a los campesinos, luego de expropiarles más de noventa hectáreas de terrenos ejidales. Taller que el sacerdote asumía como
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Este texto obtuvo el primer lugar en el concurso de cuento de contenido social “Lázaro Cárdenas del Río”, que realizó la Escuela de Letras y Literatura Hispánicas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en el 2003.

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su proyecto personalísimo, mismo que los ejidatarios reclamaban como pago legítimo por las tierras que habían pertenecido a sus antepasados. Si desea tener más datos sobre San Abedece pase al apéndice 1, página 184, de lo contrario continúe en la línea… narrativa. Esa noche no pude dormir. El recuerdo de una historia que más o menos trataba de unos excursionistas universitarios que pretendían ascender a cierto volcán nevado y a quienes el sacerdote --cornetas altoparlantes de por medio-- había acusado de comunistas come niños, prevenido al fervoroso pueblo y conminándolo a armarse con machetes para acabar con los jóvenes espíritus del mal. Resultado: sólo un sobreviviente y medio. El medio fue el infortunado universitario que como resultado del linchamiento quedó paralítico. Me intento acordar como se llamaba la película. Sin duda algo tenía que ver con el agua. Terminé por no recordar el nombre y tampoco por conciliar el sueño. Al otro día por la tarde fue a amenazarme J, antiguo representante de los comuneros. Años antes me había buscado para que lo asesorara en la defensa de las tradiciones de su pueblo. Con el rostro desencajado y lleno de muecas, enloquecido, gritaba que no me debía meter con su pueblo y que ellos no tenían ningún problema y que lo único que le importaba a la gente de San Abedece era que difamaran a su Santa Madre (asumí que era Santa Madre Iglesia). Luego fueron diez como J, después medio abecedario terminó por apostarse afuera de mi casa para reclamar el por qué había escrito una carta que no había escrito y que ellos ni siquiera habían leído. Vaya problema metafísico. Negación del refrán popular, muerto el perro se acabó la rabia. No había perro, pero sí mucha rabia.

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Platiqué con I y su estado de ánimo había cambiado. I generalmente es muy ecuánime y objetiva. Esas cosas ya no pasan parecía decirme con los ojos, aunque con los labios temblorosos me decía que había que reevaluar nuestra permanencia en la comunidad. De noche cargamos la camioneta con todo el material de investigación que teníamos sobre Abedece. I me dijo que para qué cuidábamos tanto la historia de alguien a quien no le interesaba conocerla y que incluso le parecía ofensivo que fuera contada. Perdí diez minutos en explicarle que a veces los letrados podían sentirse saqueados, ultrajados por dos extranjeros que se la pasaban el día haciendo preguntas y tomando fotos por aquí y por allá. I no perdió ni dos segundos en dispararme que me dejara de justificaciones estúpidas. Los fanáticos son fanáticos me dijo, con los ojos y con los labios cada vez más tensos. Esa otra noche recordé que la historia se llamaba Canoa, porque así se llamaba el pueblo donde habían quedado esparcidos los pedazos de carne de los malogrados alpinistas. Me costaba aceptar que tenía que irme de Abedece y dejar todo lo que había construido ahí. I me diría que las cosas materiales no importan. Pero cuando pienso construir, también le doy la acepción de lo que I y yo pasamos en ocho años de estancia voluntaria, en un pueblo cuyo único futuro es conocer los Estados Unidos y alcanzar el cielo por la gloria de Dios; In God we trust.

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Bienvenidos al sistema automatizado de búsqueda sobre hechos de linchamiento, justicia por propia mano: • Para conocer una historia que pudo ser pero que una higiénica casualidad evitó que fuera, continúe en la página 179. • Para conocer la historia que fue y que estuvo a punto de terminar con el es y será, pase a la página 180. • Para conocer la historia que fue y nunca más será, sírvase leer la página 182. • Si usted es católico, apostólico y romano, (el gentilicio no es imprescindible) le prevenimos que las siguientes páginas desplegadas pueden ser ofensivas para la moral cristiana. • Si por el contrario usted no es católico, incluso se asume como ateo, le adelantamos que las siguientes páginas pueden ser ofensivas para la razón.

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Amaneció nublado. Un cielo frágil amenazaba con romperse en lluvia. Ahora el ambiente era como la superficie congelada de un lago en el que hay que andarse con mucho cuidado. Recibí otra llamada telefónica, ésta vez no era B sino A. A es la presidenta municipal de Abedece, me dijo que ya se había reunido con el Obispo del sacerdote pueblerino y que también estaban informados del “asunto” los de Gobernación. (Hasta entonces entendí, o me pareció entender, que el rumor de que se me atribuyera la paternidad del artículo publicado en el periódico de F parecía provenir del sacerdote, --los que deseen reconstruir la truculencia del ministro eclesial pueden remitirse al Anexo 1,página 168-- pero este pensamiento fue como una interferencia en la llamada, como un molesto ruido, así que no lo tomé muy en cuenta, igual que no tomé en cuenta aquél otro sobre lo peligrosos que suelen ser los católicos cuando son enemigos.) NOTA DEL AUTOR dos meses después del fatídico suceso: 1. Resulta inconcebible que M, ignorara no sólo la violencia clerical que ha sucedido en México, sobre todo en la zona del bajío y del centro, sino en general el resto de las guerras santas que se han esparcido por todo el mundo. 2. M, no se dio o no quiso darse cuenta sobre el enemigo que tenía enfrente. 3. M, era o muy inocente o muy estúpido. NOTA DEL CORRECTOR DE ESTILO al que el autor le pidió revisar otro de sus medianitos textos: Yo pondría pendejo, así sin más, por lo que la línea anterior quedaría: 3 punto espacio M era o muy inocente o muy pendejo punto Si desea conocer porque M resultó ser tan atolondrado (NOTA DEL AUTOR. A pesar de la opinión del corrector emplearé la palabra anterior para referirme a la pendejez de M.) visite la siguiente dirección: www.raícesdeciudad.com.mx que encontrará en la página 16. A me pidió que buscara a las autoridades del pueblo y que por la noche de ese día, me parece que miércoles, tendríamos una reunión para aclarar los “asuntos” pendientes. También aseguró que

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pronto iba a ver cambios, aunque nunca terminé por entender si iba a ver o iba a haber. Esa insulsa manía de hablar de usted aparentando respeto por el interlocutor. Colgué el teléfono y consulté con I lo que acababa de conversar con A. Me dijo que a ver, de ella si estoy seguro que fue a ver. Como aún no me bañaba y mi estado era poco menos que lamentable luego de dos días de medio dormir, busqué ropa en el armario y mientras cantaba una canción ranchera disfruté de una larga y refrescante ducha. Si quiere saber que pasaba en las calles de San Abedece mientras M tomaba la larga y refrescante ducha, vaya al apéndice 2, página 167. Está usted eligiendo la opción dos, ¿está seguro de continuar? De lo contrario abandone la lectura y dedique su tiempo en algo más provechoso digamos, asistir al rosario de medio día. Amaneció nublado. Un cielo frágil amenazaba con romperse en lluvia. Hace meses que no llovía en San Abedece, “alguien nos está haciendo la malobra”, se escuchaba vociferar por las picadas. Ahora el ambiente era como la superficie congelada de un lago en el que hay que andarse con mucho cuidado. Más precisión, como un lago en el que las cuchillas de los patines reflejan el miedo de los inexpertos patinadores. Sonó el teléfono, era A que es la presidenta municipal de Abedece, me dijo que ya se había reunido con el Obispo del sacerdote pueblerino y que también estaban informados del “asunto” los de Gobernación. Mi compromiso era buscar a las autoridades tradicionales para invitarlas a la reunión nocturna, donde al parecer las cosas se iban a arreglar. En cuanto colgué el teléfono pensé en tomar una larga ducha, quizá el golpeteo del agua fuera suficiente para botarme la modorra y el desencanto. Busqué la ropa en el armario pero la inquietud se me volvió desesperación. Estaba cansado de días de incertidumbre y tenía afán

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por que las cosas regresaran a una normalidad aparente. Así que tomé las llaves del auto y agarré la carretera (la única del pueblo) en busca de las autoridades, para informarles de la tan esperada negociación. Dos por dos cuatro, cuatro por dos ocho, ocho por dos… Vi que el volanteo surtía efecto, la copia del artículo periodístico circulaba de mano en mano. Eso es lo que iba mirando mientras manejaba y giraba el dial de la radio buscando alguna estación de música pop. Necesitaba algo ligero e insustancial para mantenerme de pie. Llegué a la casa de una de las autoridades y lo enteré de la reunión vespertina. Como todavía era temprano consideré prudente y necesario avisarles a algunos letrados que tenían cierta influencia en la vida de la comunidad. Así que me dirigí a casa de don L, que vive justo del otro lado del pueblo, rumbo a la salida a la Pista. No estaba, le dejé recado con su hijo. Cuando volví a tomar la carretera pensé en lo bien que me vendrían unas vacaciones en el Caribe. Muy cerca de la casa seguí viendo como cada letrado que caminaba llevaba su artículo fotocopiado. Estacioné el coche de frente a la cochera para dejarlo en la casa. A partir de aquí todo ocurrió como si estuviera leyendo una novela. Una que yo mismo había escrito cuatro años atrás. Tres hombres, entre los que pude identificar a N y a L, Coyotes del pueblo, se pararon frente a mi carro para impedirme que me introdujera a la casa. La sangre galopaba a 120 latidos por minuto en mi cuerpo. Un cosquilleo caliente me cubría el rostro. Giré la dirección y arranqué hacia el lado contrario a la Pista. Sabiendo previamente que no tendría salida para ningún lado. Los Coyotes tomaron sus trocas y me siguieron de cerca. Llegamos a la casa del delegado de la comunidad. Tomé el teléfono celular mientras me bajaba corriendo del auto y llamé a I para decirle que las cosas estaban mal, que buscara ayuda. Todo lo que hacía me parecía que no lo estaba haciendo yo. Como si fuéramos dos personas las que estábamos metidos en el problema: el

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personaje y el narrador. Luego sentir en mis pies la tierra mojada. Las manos en mi cuello, la necesidad de aire. Los gritos histéricos de una mujer que urgía a los agresores a que de una vez acabaran con mi vida. Los jaloneos, los golpes en el rostro. La nariz rota, la sangre corriendo. La gente del pueblo que se arremolinaba para tener un mejor lugar para ver el improvisado espectáculo. No participaban activamente en él, pero no intervenían, la historia de Fuenteovejuna, todos a una. El cañón de la pistola en mi cabeza. Dos por una dos, dos por dos cuatro, cuatro por dos ocho… Silencio. Nada. Vacío. Y el narrador teniendo que buscar las palabras específicas, contundentes, para decir que todo había terminado. Que no más. Que hasta ahí. Ni fu ni fa. Luego de la expiación popular, el remordimiento. Fue un exceso. Nos pasamos. Después de todo no era tan malo. Si hasta dicen que se preocupaba por nosotros. Si hasta dicen que él no escribió nada de reportaje. Si hasta dicen que… Enfrente a un retablo con una pintura al óleo de San Abedece, el santo patrón de las letras, un atribulado sacerdote tomaba el micrófono para orar porque el alma de M descansara en paz y que la paz regresara a todos los habitantes de San Abedece. Redimidos, liberados, santificados. Dios los salve María… Las nubes llenaron sus panzas de agua negra. El cielo se desquebrajó en goterones que hollaron la tierra. Bendito sea dios que llegaron las lluvias a San Abedece. Todo vuelve a la normalidad. El demonio ha sido exorcizado. Bienvenido a la opción tres, para continuar aguce los sentidos y fije la mirada… Hace tres meses que no caía ni gota de agua en San Abedece, nada. Algo tenía de extraño el fenómeno. Si hasta en el pueblo

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vecino caían buenos aguacerazos. ¿No sería que alguien le estaba haciendo la malobra al pueblo? Un espíritu del mal que soterradamente conjuraba para la seca. Hojas fotocopiadas corriendo de mano en mano. Eslabones de la muerte que se preparaban para crear una cadena con la que colgar del cuello al demonio. Rumores fluyendo como el torrente de los riachuelitos que se forman cuando el agua se despeña por los cerros. M maneja despacio, en su cabeza están siendo procesadas las imágenes que previamente ha visto sobre la carretera principal. Se acerca a su casa para tomar estacionamiento. Tres hombres se lo impiden. Lo amenazan. Volantazos, marcha, acelerar. Dos camionetas lo siguen de cerca. Los Coyotes están próximos a él, lo intimidan. El camino se termina. Desde que aceleró para escapar ya sabía que la persecución iba a durar poco. M hace una llamada por celular para I: “Las cosas están mal, que digo mal, de la chingada. Pide auxilio”, le dice. Antes de bajarse abre la guantera y toma un revólver. Está listo, tiene nueve tiros útiles, prepara el percutor. Abre la puerta y recibe a balazos a los agresores. Dos caen al suelo. Están desconcertados y la sangre que mana de sus cuerpos los paraliza. El otro sale corriendo para esconderse entre las milpas. La gente se arremolina para ver el espectáculo. Nadie opina, nadie dice nada ni hace nada. Una señora histérica pide justicia y señala a M. Nadie se mueve. Están confundidos. M corre hacia la milpa y vuelve a cargar la .9 mm. Introduce atropelladamente cada uno de los cartuchos en la recámara. La mano de la justicia está temblando. “Perdónalo Dios mío, no sabe lo que hizo”. La iglesia abarrotada esperando la señal necesaria para saber como enfrentar la situación. El gurú espiritual con el micrófono en mano, les pide rogar por el alma de los que se murieron con la esperanza de llegar al reino de los cielos. Pide también por que a M, en donde esté, le llegué el consuelo y el perdón de todos sus pecados.

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Los goterones se estrellan con furia sobre la nave de la iglesia. Por fin llueve. Los letrados salen corriendo al atrio para ver el espectáculo. La sorpresa los sorprende. Sorprendidos miran que es una lluvia negra y pegajosa. NOTA FINAL DEL AUTOR: Si alguien esperaba encontrar la narración en la que M queda todo madreado por los fanáticos religiosos, y luego la descripción detallada de una misa de reconciliación en la que se llama a la concordia y a la recuperación pronta de la salud del madreado. Se equivocó. El autor no puede nunca asumirse igual de pendejo que M. Y si M y el autor son de la misma chapa, en uno de los dos tenía que caber la cordura para no ser doblemente pendejo. OTRA NOTA DEL AUTOR: El avezado lector se preguntará por qué diablos ya no se vuelve a hablar más de A la presidenta municipal, o de Gobernación, o del Obispo. Y el autor responde que porque les vale madres todo. Así de simple. Y el enardecido escritor, presionando con suavidad la tecla delete, los ha mandado al olvido cibernético, que en todo caso es mejor que mandarlos a otro lado. Al que se merecen. Apéndice 1

san aBeDece,

pequeña comuniDaD rural menor De 5000 haBitantes

localizada muy al sur del estado Cualquiera. Sus habitantes son descendientes de un grupo indígena que ya nadie recuerda. Siembran maíz. Son inmigrantes consuetudinarios en busca de dólares. En los últimos meses el sacerdote y los Coyotes, Polleros (traficantes de “letrados” que sueñan con el american dream, el american way of life) han formado una alianza para continuar con el control de la comunidad y seguir haciendo cada uno las transacciones de cada cual; desde el ali-

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mento al ego y hasta los jugosos negocios que los combativos letrados les dejan a cada cual. Más que el pastor que llama al orden a la oveja descarriada, la alianza se debió, a una mezcla entre intereses particulares y ciertas muertes de letrados que no habían podido resistir las fuertes corrientes al intentar cruzar el Río Grande. “Perdónalos, no saben lo que hacen”, había dicho el sacerdote en emotivo e inspirado discurso. Y como vox pater es vox dei, los letrados habían acabado por tener en alta estima a uno y a los otros. Apéndice 2

aBeDece tamBién amaneció nuBlaDo, DesDe muy temprano los miembros de la estudiantina y algunos ciudadanos con alto espíritu de solidaridad por el sacerdote de su iglesia, repartieron las copias del supuesto artículo que M había escrito y en el que supuestamente se difamaba a la Santa Madre de una Santa y vetusta hija. Sería difícil asegurarlo, pero la predicción popular apunta y como entonces más que nunca, vox populi vox dei, que S y J, tuvieron mucho que ver en la transmisión del rumor. De J no hay duda, su molestia no sólo provenía de la defensa a ultranza de la Iglesia, sino de un par de negocios pendientes que el sacerdote le tenía (por agradecimiento claro) completamente reservados. Los panfletos llegaron a todo el pueblo, los que no lo leyeron no les importó porque les fue suficiente con lo que les comentó el vecino. Y los que lo leyeron no entendieron el significado preciso de más de una docena de palabras, pero tampoco les importó, ya que les pareció de cualquier suerte, que el rumor que se corría era tan cierto como que el mismo sacerdote lo aseguraba. Y como vox pater, vox dei. A todos llegaron las copias, también a los Polleros, Coyotes, estraperlarios de letrados rumbo a Tenessee y como su

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santa madre (la de los Polleros) dijo que se ofendía a la Santa Madre (Iglesia) entonces estos se volvieron locos y decidieron ir a tomar justicia por su propia mano. Anexo 1

r era un homBre Joven. haBía estuDiaDo en el seminario De la Diócesis
de Epistemología, sitio en el que lo maquiavélico de su pensamiento terminó por pulirse del todo. Los que entonces lo conocieron dicen que siempre fue indisciplinado con la escolástica del recinto. Era de los estudiantes duros y fundamentalistas. Por eso es que sus superiores tardaron dos años más de lo habitual en ordenarlo como sacerdote. Lo metieron a la congeladora. En todos los lugares en los que se paraba a profesar siempre surgían problemas, por la manera tan poco flexible que tenía para conciliar las opiniones diferentes. O las cosas eran como él pensaba que deberían ser o no eran: en el camino del evangelio no se admitían interpretaciones. Pero el padre R tenía una característica que lo hacía ser muy apreciado por sus superiores. Tenía dos dones quasi divinos: Uno, era su manera tan particular de dictar los sermones, en los que se asumía no sólo como sacerdote sino como paladín de la justicia y luchador inagotable de los derechos de los otros. Era música que domesticaba a las fieras. A pesar de tener todo en contra, de estar contra la pared, su labia siempre lograba no sólo que se escabullera, sino que además la balanza se inclinara a su favor. Y el segundo don, era el de ser un excelente proveedor de dineros. Conocía el poder de la Iglesia y sabía moverse en él para que los políticos extendieran jugosas sumas necesarias para ayudar a sus correligionarios. Y quizá el mejor de los dones; R era joven. Ese día R estaba inconsolable. Luego de los conflictos que se estaban gestando en San Abedece sus superiores decidieron que

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lo iban a remover. Su reputación iba a quedar salvada porque la versión que se daría al exterior era que R por méritos propios se había ganado el excelentísimo honor de estar junto a la mayor autoridad religiosa de la zona. Pero R no podía hacerse tonto, (NOTA DEL CORRECTOR DE ESTILO: Aquí sí dejaría la cándida palabra que usó el escritor para hablar de lo que sentía R. Es menester tenerle respeto a los representantes de la Iglesia) él sabía que su remoción era el resultado de las presiones ejercidas por la secretaría de Gobernación del estado. La Iglesia reprendía así violentísimamente a los sacerdotes, el peor de los peores castigos, luego de la penitencia claro está, era cambiarlo de sitio: arrepentimiento, borrón y cuenta nueva. Pero R era joven, y sentía un profundo rencor por M, nadie más –lo pensó muchas veces- podía hacer que los campesinos ignorantes de San Abedece protestaran por su manera de negociar en la comunidad. No era posible que uno solo de los letrados por más adelantados que estuvieran, pudiera de la manera en la que pudieron, desafiar así su investidura eclesial. Fue entonces que lleno de rabia decidió urdir un plan maestro para que sí él se salía de San Abedece, M también se fuera. Fue entonces también, que se le vinieron a la mente los Coyotes, estraperlarios de sueños, y decidió por fin que de una o de otra manera ellos iban a ser las extensiones de los brazos de la justicia divina. Los encargados de los castigos ejemplarizantes, los depositarios de la mano santa del buen padre que reprende a las ovejas negras. Que les corta el cuello como quien rebana una barra de mantequilla. Y fue entonces requetetambién, que se pasó pensando casi todos los días la manera en que M fuera perdiendo el poder y el respeto que se había ganado entre muchos letrados. Así que se le vino a la mente la formidable idea de traer a MM, buscarle vivienda en un predio propiedad de los Coyotes. M y MM, dos iguales que hacían lo mismo pero diferente. Ahora la gente tendría la posibilidad de elegir con

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quién aliarse; con melón o con sandía. Una intensa campaña para desprestigiar a M, dirigida por él mismo y los fieles y más cercanos seguidores de su causa, y todo estaría listo. San Abedece empezaría a dividirse. El resto sería historia. Pan comido. Anexo 2 Los bienes terrenales A. R. Para resolver el conflicto que provocó en la comunidad de San Abedece, la expropiación de más de 90 hectáreas ejidales por parte de la Secretaría de la Defensa Nacional, ésta firmó un convenio en febrero de 1998 con el comisariado ejidal de dicha comunidad, así como con los gobiernos y las procuradurías agrarias de los estados Cualquiera. En síntesis, el convenio compromete a la Sedena a compensar a los ejidatarios por aquella expropiación y consta de varias partes; una de ellas consiste en entregar un taller de costura, en lo que constituye el primer proyecto de empresa ejidal. Y, aunque esa obra se terminó hace seis meses, aún no ha sido entregada a las autoridades ejidales porque quien la recibió se niega a darla a la comunidad… Quien la recibió fue el párroco de San Abedece R, personaje aficionado a protagonizar asuntos poco relacionados con el bienestar espiritual de su grey, como la política y el dinero, entre otros bienes terrenales. Lejos del espíritu de Hidalgo, Morelos, Matamoros y Correa, y muy en la onda de obispos, arzobispos y cardenales para quienes su reino sí es de este mundo, el cura fungió de mediador en un problema entre soldados y campesinos y, por esa obra de “caridad”, se apartó para sí, a manera de comisión por sus servicios, la mayor tajada de la ganancia y un buen trozo de poder

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político. Algo de la ganancia es el control del taller. Los ejidatarios le reclaman; deciden en asamblea que ellos deben administrar ese taller. El cura utiliza el púlpito para azuzar a sus fieles en contra de quienes se oponen a sus dictados; así logra dividir o por lo menos confundir al pueblo y desacata las decisiones de las autoridades ejidal, municipal y estatal, configurando con ello un delito, el delito de sedición. Ante todo lo anterior, la gente de San Abedece acude al gobierno de Cualquiera y a la diócesis de Epistemología con pruebas, ojo, con pruebas, de la conducta del párroco y solicita garantías para que los representantes ejidales y los delegados municipales tengan independencia en la aplicación de las decisiones mayoritarias. De igual modo, plantean que las obras a realizar con presupuesto federal, estatal o municipal se negocien sólo con las autoridades nombradas por el pueblo. En otras palabras, invocan unas leyes que si mal no recuerdo promulgó un tal Benito Juárez, para con base en ellas desconocer la competencia que hasta hoy detenta en los hechos un ministro religioso, y no por mero puritanismo laico sino porque la situación puede derivar en un conflicto social grave. Sí, grave. Así pues, ya va siendo tiempo de empezar a cumplir con esas leyes. Los ejidatarios denuncian al sacerdote y piden al supremo gobierno haga respetar la decisión tomada por la mayoría de la asamblea ejidal, es decir por su máximo órgano rector, en el sentido de que sean ellos, los propios ejidatarios, quienes administren el taller de costura. Y no sólo eso, también le piden vigilar que ningún ministro de culto manipule las próximas elecciones de autoridades tradicionales. ¿Se fijaron que al reproducir las demandas de la gente no menciono al curita ése de pueblo? El aparente desprecio no es mío; más bien es prudencia e inteligencia real de la gente de San Abedece para que no se pretenda ignorar su gestión o se tache a ésta de pugna religiosa.

Capítulo XXVI

Zsssszumm, zssss, zuuuuuuuuuu
“Hey brother, welcome to hell”. ska-p

algunas

miraDas se encontraron.

otras,

preFirieron DesaFiar a la

gigantesca medusa de cabellos de acero que vomita fuego. Raúl sabía que el truco para no morir petrificado era no mirar a la Gorgona de frente. A las estatuas de marfil, uno dos y tres así, el que se mueva baila el twist. El monstruo mitológico no tenía ningún poder mágico para convertir a los hombres en estatuas de sal. Era el miedo el que provocaba el ígneo encantamiento. Así es que Raúl, nunca detuvo su mirada en los ojos de almendra madura de Lucero, que nerviosa, tomaba de la mano al viejo Joaquín. Debajo del muelle el mar empezaba a romper sus fronteras matutinas, internándose bajo los cimientos. El mar es migrante por naturaleza. Por las mañanas se repliega para constriñendo su continente, adecuarse a un territorio encogido. Pero por las tardes, cuando el sol naufraga entre sus aguas, a puro golpe de olas le va ganando terreno a la tierra; transgrede sus fronteras, las vuelve líquidas. Ectoplasma que se adentra como quién no quiere la cosa, para luego, cuando ya es demasiado tarde, volverse ancho y reclamar por sus fueros un buen pedazo de costa. Y ahí, mientras los territorios se reorganizaban, recargado en los maderos, que de vez en cuando

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soltaban un gemido húmedo, el diente del hombre moreno destellaba agonizantes y escuálidos rayos de un sol rojo. Más lejos, pero acercándose, dos rieles de huellas en la arena encarrilaban los pasos de los que Raúl identificó como los Coyotes de San Buenaventura. El rostro prieto y el descomunal y desproporcionado crucifijo, eran la mejor carta de presentación. Y como lo que hace la mano hace la tras. O como los alacranes que siempre andan en pareja, era predecible que el otro, joven guilliganesco que acompañaba al aprendiz de santo redimido, era su brother, su carnalito. El ambiente se pegaba a la piel como la brisa marina que empezaba a invadir el horizonte. Raúl se sentía observado. Espiado como vecino sin cortinas de un multifamiliar de interés social. Una sombra que se deslizaba reptando sobre la arena, reflejada por la tenue luz de unos arbotantes que apenas empezaban a desperezarse del letargo vespertino. La figura que se escurría en los miles de partículas del espejo pardo se le hizo conocida a Raúl. Tal vez, recordó de pronto, justo cuando la luna enseñaba su mejor cara, se trataba de aquel ridículo mexicano que, sin saber por qué y con la boca repleta de chocolate, le había preguntado una serie de cuestiones absurdas. Sólo se escuchaba el romper de las olas en la escollera cercana. El intercambio de miradas era un duelo de espadachines expertos. Raúl desafió a la Gorgona y miró directamente a Lucero. Los ojos de la chica parecieron contestarle: Quisiera que encontraras en mis ojos todas las respuestas que no te sé decir. El intercambio vítreo duró muy poco. El viejo Joaquín largó la mano de la Lucero. La sombra recordó un sueño repetitivo, en que un niño no quería soltar la mano de su madre. El viejo estaba listo, emancipado. Todo lo que se empieza tiene que concluir. Caminó lento hacia el reflejo dental del Micke. Lucero corrió para colgarse frenética de su cuello. La juventud de sus manos casi logró desbalancear al viejo. Aprovechando el traspié, ella hábilmente se pegó a los acartonados labios

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de Joaquín. Esponja marina que fuera del agua se aferra a succionar las últimas gotas de una vida que se le escapa en la sequedad de la tierra. Un destello doble cortó la pupila de Raúl. La luz cortante le iluminó de pronto la razón. Todo estaba claro. Lucero era la esposa que el viejo había dejado en San Buenaventura. El canto de la sirena por el que Joaquín había jurado matar a quién osará escuchar sus veleidosas arias. Era una simple cuestión de honor. La sombra, lamentó que la historia estuviera tomando derroteros con argumentos de pantaletazo. Raúl se encogió de hombros. Que más podía hacer en esos instantes. No se le ocurría decir nada. Sus piernas le tembelequeaban. Eran raíces echadas al aire. Guías de lirios atrapados en el cristal de una bombilla que adorna cualquier repisa. El agua empezó a ascender lentamente. La frontera líquida enterrando las botas de Raúl. El cerebro partido en dos. El viejo caminando con paso tranquilo, marea de muerte que avanza segura para enfrentar una batalla que sabe ganada. La mano derecha buscando entre la cintura del pantalón. Y Raúl en espera de la bofetada metálica. El aguijón de plomo. Otra vez las miradas se encontraron. Juego de espejos. Semáforos en intermitente. De pronto, todas las luces se juntaron en el impecable y pulido cañón de una escuadra .45. Cíclope que vomita fuego. La mano que no tiembla apuntando a su víctima. Lucero inmutable, clavada a la tierra. Echando raíces. Raúl buscando por última vez aquellos ojos de almendras que ahora, precisamente en el momento en que el arma tuerta lo enfocaba mejor, miraba tan insignificantes, tan normales, tan sin chiste. El clic de la bala acomodándose en la recámara. A doscientos metros de la escena principal, el hombre del diente brillante guardó su navaja. No era hora de echar mano a los fierros. Sacó un cigarrillo de la bolsa de su pantalón y el clic de la piedra para hacer fuego se traslapó con otro clic de otro fuego. Los músculos relajándose, el sudor escurriendo para apagar el calor. El

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cigarro a los labios, una buena bocanada de humo. Tabaco oscuro, aire comprimido, válvula de salvación. Luego, con la tranquilidad de quien se sabe mero espectador y, contra toda norma de seguridad, se adelantó unos pasos para ver mejor. Mirón de palo. La luna pegándole de pleno en el rostro. Reflector descubriendo al actor secundario. El arma contra Raúl. La mano de la justicia eliminando al mal. Cortándolo de raíz. Y la vida de Raúl puesta en un volantín, tiovivo que gira sin detenerse. Fue entonces, cuando las cosas dieron un autentico giro de noventa grados. El cañón de la escuadro viró vertiginosamente, el Micke se dio cuenta muy tarde de su error. Novatada de plomo. Estaba en terreno abierto, blanco perfecto, venado iluminado por la luz de la luna. Entonces sonaron dos disparos. Misterio de la santísima dualidad. Hijo y espíritu santo que descienden sobre la espalda de Micke. El del diente de oro da un triple giro, marioneta a la que le cortan los hilos. Figura grotesca que escupe sangre por la boca. Los ojos de muñeca en busca del enemigo. La mano desesperada aferrándose a la 007. Empuñándola sin fuerza. Última esperanza de asirse a la vida a navajazos. Los hermanos Coyotes todavía con las armas en todo lo alto acercándose para flanquear al viejo. Un crucifijo ridículo meciéndose sobre el cuello prieto del más chaparro. Y una inútil gorra de pescador que no encuentra sol de que protegerse. Joaquín baja entonces el arma nunca disparada. Oculta la mano que le tiembla en serio. Mano de espolvoreador de azúcar para las donas grasosas que vende en el Jack in the box. “Así era man, nadie se mete con la gente de San Abedece. ¿O para qué somos paisanos? “, dice el hombre crucifijo. La sombra mira atónita desde el muelle. Nunca esperó que la escena tomara caminos tan inesperados. Dios escribe renglones torcidos. La cofradía de Letrados en el exilio apelando por el fervor patrio. Patria chica, fervor grande. Marejada de nacionalismo lamiendo la arena roja. Las raíces y las fronteras son

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espejismos. El mar termina llevándoselo todo, despojador nato, para luego, con la misma violencia vomitarlo de regreso. Oportunismo consumado, doble bandera que ondea desde el asta de los héroes populares redimidos. ¡Viva San Abedece cabrones, mueran los culeros extraños hijos de su…! Raúl desafiando a la Gorgona y a punto de petrificarse. El miedo catalizador de su escultura de mármol. Ninguna palabra más, de nuevo el silencio, sólo las olas que impulsadas por la marea, desaforadas, iniciaban el allegro de una sinfonía de noche. El viejo recibiendo los abrazos de los Coyotes, venga ánimo, pa que son los amigos. El que nos busca nos haya. Y Lucero que en fila esperaba su turno para darle el último y el más fuerte de los abrazos. Los Coyotes alejándose de la escena incómoda del rencuentro amoroso. Sólo una barrida con los ojos para Raúl, advertencia inequívoca, letrero que anuncia, despacio, peligro, intolerancia cercana. La luz resbalando por los cuerpos de Lucero y Joaquín, ansiedad desatada en besos larguísimos. Manos desesperadas que buscan asideros de carne. Los cuerpos a la arena, mojados por el mar, aceitados, a punto para la reconciliación. Zsssszumm, Zssss,zuuuuuuuuuu… el viento acercando el aguacero. Otra vez, Raúl alcanzó todavía a echarle una miradita al horizonte antes que la brisa lo cubriera totalmente. Con el agua que chorreaba de su bigote se enjuagó la boca. “Putas”, dijo, “¿por qué carajos tanto agua?”.

Santa Barbara, California, USA, agosto del 2001. San Buenaventura, Hidalgo, Tarímbaro, Michoacán, Bahía Tangolunda, Huatulco, Oacaxa, Ixtapa Zihuatanejo, Guerrero, México, enero de 2007. Chulavista, California, enero de 2011

Addendum

(Que el corrector de estilo rogó al escritor de medio pelo no añadir al inefable texto) (Que el autor decidió poner por sus puros huevos) (Que al ensayista no le llegó a tiempo para incluirlo en sus sesudas interpretaciones) (Que el lector, si ya está harto de tanta entrada y salida, puede obviar sin más trámite alguno).

san aBeDece está De Fiesta. autoriDaDes eJiDales FlanqueanDo al Flamante presidente municipal, cohetones y música de Banda. El padre R de regresó, hijo pródigo, se dispone a cortar el cordón para inaugurar el otro taller de costura que él mismo -gestiones eclesiales de por medio, altísimas palancas, buena relación con el de allá arriba-, edificó casi en el centro del pueblo. San Abedece se dispara al infinito, la modernidad en pleno. Ahora no tiene uno, sino dos, dos talleres de costura para que los letrados, más unidos que nunca, pespunteen sus esperanzas en la maquila de los sueños.

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Su moraleja, crazy putitos. Eternal love (popurrí)
Te pego porque te quiero, El que a hierro mata se vuelve el jefe, Con la vara que mides Le medirás el aceite a tu enemigo. En esta vida nada se paga, todo se olvida, Vivimos en un mundo amnésico, borracho de Rohypnol. Good, that it is the idea…

Para los migrantes muertos en el desierto al intentar bincar los muros de sed:
Víctor Nicolás Sánchez · Adolfo Pérez Hernández · Daniel Barrientos · Santos Orozco Aguilar · Raúl Hernández Soria · Sandra Edna Durán · Jesús Medina Contreras · Edgar Venegas Brambila · José Gutiérrez · Melquíades Gómez Baca · Martha Rivera García · Benito González Cruz · Benito González Serrano · Javier Rojas Bracamonte · Juan José Romo Zetina · José Luis Garza · Roberto Acegueda López · Román Robles Rojas · Reynaldo González Corona · Juan Lara Mentado · José Santos López Fonseca · Luis Ramírez Escobar · Felipe Aragón Anzaldo · Salvador Sánchez Sánchez · Reyes Jiménez Zamora · Javier Zataraín Gamboa · José Guadalupe Martínez · Celerino Alvarado · Benito Pacheco López · Marcelino Ramírez · Lorenzo Gaytán Ramírez · Cipriano Orozco · Pedro Calixto Maganda López · Eliseo Santos Carmona · José Luis Centeno · Zenaido García de los Santos · José Manuel de la Luna · Martín Leonardo Hernández · Modesta López · Olivia Cruz Juárez · Carlos Bejar Vázquez · Alejandro Cornejo Reséndiz · Felipe de los Santos · Enedina Beatriz Enciso Palma · Juan Guillén Domínguez · Benito Avalos Romero · Juan Carlos Córdova · Sergio Jiménez Villanueva · Antonio Zacarías González · Gregorio Ortiz · Pedro Morales Ramírez · Félix Zavala Ramírez · José Manuel Moreno · Guillermo Ayala Méndez · Daniel Loera Salinas · Carlos Loera Salinas · Gustavo Barajas · Oscar Alcalá Gopar · Práxedis Salinas Palma · Juan Pablo Córdova · Ramiro Castorena Martínez· Alvaro Padilla Herrera · Virginia Murillo Díaz · Nicolás Méndez · Alfonso Villalobos Rodríguez · Gustavo Bañuelos · Onésimo Ledezma Hernández · Enrique López Maciel · Héctor Daniel Torres · Luis Oswaldo García Bando · Raúl Castro Ortiz · Abrahán Tomás Cortés · Roberto Valdez Valencia · Roberto González · Rafael Valenzuela Zúñiga · Teresa Urbano García · Lorenzo Barrera Cortez · Benjamín Zaragoza Arias · Jorge Ramírez Amarillas · Pablo Meraz Rosales · Eloise Maya Rodríguez · Roberto Vázquez · Joel Godoy Juárez · José Herrera Martínez · Juan José Pérez González · Raúl Santana Nájera · Raúl Anzures Galarza · Osvelia Tepek · Trinidad Santiago Martínez · Catalina Enríquez Néstor · Gustavo Muñoz Cázares · Gerardo Gaspar Chompa · Alejandro Ramos Zavala · Juan Magaña Hernández · Emigdio Vera Pérez · José González Chacoya · Alejandro Mendoza Pacheco · Rosario Torres Pérez · Osvaldo Serrano Reyes · Enrique Santos Nieto · Aristeo López García · Isaías López Alvarado · Joaquín Mendoza Chávez · Francisco Ramón Segura Saldaña · Alfonso Guillén Guillén · Ismael García Vásquez · Herminio Martínez Altamirano · Alfredo Barriga Ruiz · Roberto Sánchez · Mario Alfredo Clemente Díaz · Antonio Rocha Trejo · Rafael Arias Sotero · Agustín Chaparro Huitrón · Héctor Jesús Méndez Brown · Verónica Manzanares Cárdenas · Fredi Barrera Sánchez · Pastor Raya Zamora · Yuridia Rodríguez Sánchez · José Luis Rey Lugo Vidal · José Froylán Morales Camacho · Gregorio López Otero · Daniel Martínez Osvaldo · Isabel Gabiño Díaz · Gil Aroche Ayala · Armando Gilberto Quiroz Jiménez · Guillermo Rodríguez Barajas · Fernando González Gallegos · Rodolfo García Campuzano · Rafael Espinoza Espinoza · Guadalupe Romero González · Ramón Arenas Olmedo · José Alfredo Godoy Chávez · María González Flores · Ana Gabriela González López · Víctor Manuel Ramírez Ochoa · Jorge Chaparro Garduño · César Pineda Vizcaíno · Clara Zaldívar García · Juan Ochoa Valencia · Germán Santos Cruz · Maximino Rojas Cordero · Valentín Monge Cárdenas · María Torres Contreras

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y más de mil hombres mujeres y niños no identificados…

muros de sed (De raíces, fronteras y otros espejismos) se terminó de imprimir en marzo de 202 en la imprenta Siete Cyan, Oriente 2 No. 70 -A Cd. Industrial Tel. 323 29 47 Morelia Michoacán. La edición consta de 2,000 ejemplares y estuvo al cuidado de Mario Chávez-Campos

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