Carta a un estudiante de ciencia política Martín Tanaka1 Mayo 2011 Escribo esta carta teniendo como referencia a los

estudiantes de ciencia política en el Perú, pero seguro de que lo que les tengo que decir resultará pertinente para los estudiantes de ciencia política en casi toda América Latina. Una carta como esta se justifica porque un estudiante peruano de ciencia política enfrenta muchas dudas. Para empezar, somos una disciplina joven. El pregrado de ciencia política en la Pontificia Universidad Católica del Perú que ahora coordino acaba de cumplir apenas cinco años y, a decir verdad, es el primer programa de ciencia política que se ajusta a lo que podríamos considerar los cánones internacionales de la disciplina. Con todo, se trata de una disciplina en crecimiento, que concita cada vez más interés y avanza en lograr reconocimiento y legitimidad. Aunque como veremos, su consolidación futura depende en gran medida de los actuales estudiantes de ciencia política. La ciencia política en el Perú es una disciplina joven, tanto en el país, comparada con otras, y en América Latina, comparándola con lo que sucede en otros países, donde se han alcanzado mayores niveles de institucionalización y desarrollo2. Esta juventud nos plantea la cuestión de la identidad disciplinaria, ante nosotros y ante los demás; la necesidad de
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Martín Tanaka es Doctor en Ciencia Política y Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) sede México. También es licenciado en sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente es investigador principal en el Instituto de Estudios Peruanos, institución de la que fue Director General (2005-2007); y profesor asociado en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde es coordinador de la especialidad de ciencia política. Ha sido Visiting Fellow postdoctoral en el Helen Kellogg Institute for International Studies de la Universidad de Notre Dame (2003 y 2009). Sus áreas de investigación comprenden: democracia, Estado, política y partidos; movimientos sociales, participación ciudadana y conflictos; cultura política, en Perú y América Latina. Tiene libros y capítulos de libros publicados por el Instituto de Estudios Peruanos, Cambridge University Press, Stanford University Press, la Universidad de Londres, la Fundación Pablo Iglesias, el Instituto de Estudios Sociales de la UNAM, entre otros. Es también columnista semanal del diario La República. 2 Ver al respecto Tanaka, Martín: “Los estudios políticos en Perú: ausencias, desconexión de la realidad y la necesidad de la ciencia política como disciplina” (p. 222-231); y de David Altman, “La institucionalización de la ciencia política en Chile y América Latina: una mirada desde el sur” (p. 3-15). Ambos están en un número especial de la Revista de Ciencia Política (vol. 25, nº 1, 2005. Instituto de Ciencia Política, Pontificia Universidad Católica de Chile) dedicada al desarrollo de la ciencia política en América Latina, que merece leerse completo.

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afirmar un campo propio de especialización, diferente al derecho, a la administración pública, a la sociología o la historia; y al mismo tiempo, de ser concientes de nuestras limitaciones y de la necesidad de estudiar el complejo mundo de lo político también desde otras aproximaciones3. A nadie le llama la atención de que los problemas económicos sean estudiados principalmente por economistas, o que los problemas jurídicos sean estudiados principalmente por abogados; pero todavía encuentra muchas resistencias que los problemas políticos sean principalmente abordados por politólogos. La diferencia no tiene solo que ver con la juventud de la disciplina, también con el hecho de que la política es, por supuesto, el ámbito de deliberación ciudadana, en el que todas las opiniones, preferencias e intereses son válidos. Lo que ocurre es que no estamos acostumbrados a establecer la distinción entre nuestras opiniones, preferencias e intereses y el análisis de la realidad política. La ciencia política se abre paso como una disciplina propia de las ciencias sociales, no del derecho, a pesar de que en el Perú tengamos la tradición de abrir programas de “derecho y ciencias políticas” en las facultades de derecho. Desde la ciencia política consideramos que las instituciones, dentro de las cuales están las instituciones formales expresadas en la Constitución y las leyes, establecen un conjunto de incentivos y sanciones a las prácticas políticas; pero estas últimas las hacen los actores, con intereses, lógicas, racionalidad y con una cultura política propias, siguiendo también reglas y prácticas informales. Finalmente, sabemos que los actores y las instituciones se ubican en un contexto económico y social particular, que además tiene una historia que la explica. En el marco de las ciencias sociales, nuestra tradición intelectual de abordaje de los temas políticos es fuertemente sociológica e histórica. Desde esta perspectiva, entender lo político requiere atender, fundamentalmente, la estructura de clases o el sistema de estratificación social, los procesos de modernización y desarrollo, las herencias y legados de la historia, de la cultura política; se asume que todo esto se expresaría en un conjunto de actores e instituciones que representarían los diferentes grupos e intereses sociales, cuyas relaciones estarían marcadas por las tensiones, conflictos o contradicciones existentes en la sociedad. La complejidad de estos asuntos, lo difícil que resultaría abordarlos desde metodologías positivistas requeriría de aproximaciones más globales, flexibles e interpretativas, que harían del ensayo histórico-político uno de sus géneros más emblemáticos. Siendo más específicos, podría decirse que nuestra tradición intelectual sociológica e histórica está fuertemente marcada por un marxismo estructuralista de gran influencia en las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta (aunque en esta última década pude encontrarse una sustancial
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Una de esas limitaciones es la dificultad para hacer predicciones sobre el desarrollo de los acontecimientos políticos. Frente a ello habría que decir, con Patricio Navia, que somos como los meteorólogos o sismólogos: podemos explicar cómo y por qué ocurren las cosas, pero difícilmente podemos predecirlas, y ello no limita el carácter científico de nuestra disciplina. Ver al respecto, http://www.poder360.com/article_detail.php?id_article=1324

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diversificación en cuanto a enfoques teóricos y metodológicos). Enfatizo este adjetivo porque hubo muchos otros marxismos, que sin embargo no tuvieron la misma influencia, por razones que sería interesante explorar, pero no en este texto (como el marxismo historicista, el marxismo humanista o el marxismo analítico, por ejemplo). La influencia de esta manera de entender el marxismo se vio acompañada de una manera de entender la relación entre lo académico y lo político, según la cual los intelectuales debían estar “comprometidos” con la revolución social, siguiendo las máximas de Lenin según las cuales “sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario” (Lenin, Que hacer. Problemas candentes de nuestro movimiento, 1902), y “una acertada teoría revolucionaria solo se forma en estrecha conexión con la experiencia práctica de un movimiento revolucionario” (Lenin, El ‘izquierdismo’ enfermedad infantil del comunismo, 1920). En resumen, estas tradiciones e influencias llevaron a una visión de la política deducida de lo que ocurre en las estructuras económicas y sociales, en la cual la dinámica política se deduce de los conflictos y las contradicciones sociales, y que sería un “deber” de los científicos sociales denunciar la existencia de esas estructuras de explotación y combatir sus expresiones políticas, haciendo del conocimiento una herramienta de transformación. En mi país y en toda América Latina estas tradiciones e influencias han sido muy fuertes, y han dado lugar a importantes aportes, en lo académico y en la lucha política. Hemos comprendido mejor el funcionamiento de nuestras sociedades, y los científicos sociales participaron en movimientos políticos y sociales luchando contra dictaduras y reivindicando derechos fundamentales de la población de nuestros países. Pero estas tradiciones e influencias también han tenido importantes límites, y ellos se han hecho crecientemente evidentes con la generalización de regímenes democráticos en todo el continente. Con la democracia, la política se vuelve sustancialmente más “densa” que en los periodos dictatoriales. Los militares han intervenido tradicionalmente en nuestros países para reestablecer el orden público, para eliminar las amenazas al statu quo, desde visiones ya sea de corto o mediano y largo plazo. En ambos casos, las visiones societalistas de la política tenían sentido: los intereses vinculados al mantenimiento del orden social aparecen explicando las decisiones políticas. Por el contrario, con la democracia la política muestra mucho más autonomía4: resultan cruciales los actores políticos, sus disputas por representación, legitimidad y votos; las características de los regímenes políticos en particular y de las reglas de juego institucionales, formales e informales; las burocracias públicas, con sus peculiares mecanismos de toma de decisiones e intereses; el Estado en general, con sus normas, políticas, tradiciones, prácticas; las políticas públicas y sus lógicas y procedimientos; las redes de técnicos y expertos, la creciente influencia de ideas, normas, políticas, provenientes de actores transnacionales e instituciones globales; y las interacciones entre todos ellos. Como puede verse, la complejidad de la dinámica democrática hace que la
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También cuando los militares intervienen políticamente en contra de los intereses de las clases dominantes, como el caso del gobierno de Velasco en Perú (1968-1975).

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política muestre sustancialmente mayores niveles de autonomía, constituya una esfera cada vez más densa, que requiere de aproximaciones propias, desde referencias teóricas, analíticas, metodológicas particulares, con lo que aproximaciones meramente societalistas resultan cada vez más insuficientes. Estas razones explican el creciente interés por la ciencia política como un campo disciplinario propio, la necesidad en nuestros países de aproximaciones de lo político más centradas en los Estados, las instituciones políticas, los actores y sus decisiones. Esto ciertamente no implica “monopolizar” el estudio de la política, pero sí hacer de esta su objeto central de especialización, del mismo modo en el que los sociólogos tienen como objeto central el estudio de la sociedad, los economistas la economía, los antropólogos la cultura, o los abogados el derecho, sin que ninguno tenga la pretensión de monopolizar el estudio de ese campo temático, sin que se niegue la necesidad de aproximaciones interdisciplinarias, y sin que nadie cuestione la validez de la existencia de un campo disciplinario propio. La necesidad de contar con maneras más específicas de pensar lo político coincidió con la creciente influencia de la ciencia política producida en los Estados Unidos, que cuenta con un canon disciplinario relativamente consolidado, que al mismo tiempo es relativamente amplio y plural en cuanto a enfoques y escuelas5, y que cuenta con un nutrido grupo de latinoamericanistas, de gran calidad, que ofrecían visiones atractivas y pertinentes para pensar la política de nuestros países desde una perspectiva comparada. En el caso peruano, muchos recién entonces descubrieron que el Perú no solo tiene una importante tradición de “caso relevante” dentro de la política comparada, tradición subestimada por años de provincianismo y de subestimación a lo producido en los Estados Unidos por los académicos locales, sino que gran parte de los aportes más sustantivos para la comprensión de la política peruana ha sido realizado por peruanistas afincados en instituciones académicas del norte6. Esta influencia, junto a la existencia de fuentes de financiamiento, hizo que hubiera cada vez más estudiantes latinoamericanos de postgrado en ciencia política en universidades norteamericanas. En la actualidad, la disciplina tiene una gran influencia de la rica y plural producción generada en los Estados Unidos, así como en décadas atrás Francia y otros países de Europa eran los referentes, con su respectivas tradiciones intelectuales. En términos muy generales, la influencia norteamericana aportó a la disciplina la preferencia por temas de investigación “acotados”, bien definidos, susceptibles de comprobación empírica, siguiendo protocolos metodológicos rigurosos, combinando aproximaciones cualitativas y cuantitativas7. Todo
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Ver al respecto, por ejemplo, Munck, Gerardo, y Richard Snyder, “Debating the Direction of Comparative Politics: An Analysis of Leading Journals”. En: Comparative Political Studies, vol. 40, nº 1, enero 2007, p. 5-31. 6 Ver al respecto Dargent, Eduardo: “El Perú en la política comparada: temas de estudio”. En: Carlos Meléndez y Alberto Vergara, eds.: La iniciación de la política. El Perú político en perspectiva comparada. Lima, Fondo Editorial PUCP, 2010, p. 69-96. 7 Sobre la política entendida de manera “vasta” y “acotada” ver de Vergara, Alberto, y Carlos Meléndez, “Introducción”, en Meléndez y Vergara, eds., op. cit., p. 11-32.

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esto ocurrió a lo largo de las últimas dos décadas, periodo que coincide con el derrumbe del socialismo real, con la crisis de las grandes utopías revolucionarias, y el asentamiento de la democracia como régimen en nuestros países, y de sus valores como referentes (libertad, pluralismo, competencia, equilibrio de poderes). Este marco hizo que la ciencia política se viera cada vez más como una profesión, antes que como una forma de compromiso político revolucionario, hizo que la nueva generación de científicos sociales no tuviera una militancia o un activismo de izquierda como la anterior, tenemos hoy un mayor pluralismo en las opciones políticas de los científicos sociales y politólogos. Tenemos hoy una mayor y saludable distancia entre los investigadores y sus opciones y preferencias políticas, más realismo y “objetividad” y menos voluntarismo, menos confusión entre apuestas, deseos y realidades, mayor conciencia de que una cosa es cómo funciona la política y otra cómo quisiéramos que fuera, mayor conciencia de que nuestra formación debe entrenarnos para saber distinguir esos ámbitos, que solo podemos incidir eficazmente sobre la política entendiendo su lógica, paso imprescindible para plantearse su transformación, y que allí reside nuestro aporte.

 La juventud de nuestra disciplina nos ha valido ya debates encendidos e incomprensiones; está por ejemplo el debate a propósito de la caracterización del fujimorismo y de la democracia en los últimos años en el Perú8, o sobre el libro La iniciación de la política de Meléndez y Vergara, ya citado. Colegas de las ciencias sociales ven a la ciencia política con recelo y desconfianza, y le atribuyen a la disciplina intenciones inexistentes; sin embargo, conviene que las nuevas generaciones de politólogos eviten ciertos riesgos, o aprovechen mejor algunas oportunidades que se presentan 9. Van aquí entonces algunos consejos. Primero, es necesario afirmar la validez de nuestro campo disciplinario y temático y de nuestras tradiciones intelectuales, reivindicar la necesidad de abordar algo tan complejo como la política contemporánea desde herramientas teóricas, conceptuales y metodológicas específicas. Pero esto no debe implicar negar nuestros orígenes sociológicos y en la investigación histórica comparada, que abren la puerta a una necesaria reflexión de corte interdisciplinario, que pueda darnos elementos de comprensión de lo político necesarios cuando se agota el arsenal disciplinario propio. Debemos a toda costa evitar los males de la especialización: tener mucho conocimiento particular, pero mucha ignorancia general; si bien puede considerarse a la política un ámbito autónomo, eso no significa que no tenga relaciones con otras esferas. En el mismo sentido, la influencia reciente de la academia
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Ver al respecto: http://martintanaka.blogspot.com/2010/03/lecciones-de-un-debate-2.html http://martintanaka.blogspot.com/2010/03/lecciones-de-un-debate.html http://martintanaka.blogspot.com/2010/02/intelectuales-y-politica.html 9 Retomo aquí algunas ideas planteadas en “Algunos temas de debate (a manera de conclusión)”. En: Meléndez y Vergara, eds., op. cit., p. 423-432.

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norteamericana ha llevado a un saludable y necesario rigor metodológico que ha implicado la preferencia por investigar asuntos susceptibles de ser abordados mediante la investigación empírica, desatendiendo relativamente asuntos centrales para la vida de nuestros países, dada su complejidad, su carácter reciente o en proceso, en donde se juega lo central y esencial de la política, el ejercicio del poder. Corremos el riesgo de ser muy sofisticados, pero poco relevantes10. Acaso lo más interesante en la actual investigación politológica recupera las dimensiones sociológica e histórica, pero con un arsenal conceptual y metodológico mucho más potente. Segundo, la profesionalización y especialización de la ciencia política no implica negar el activismo, la militancia partidaria, el compromiso político; sí verlos como una convivencia problemática, que requiere de cuidados especiales que delimiten claramente las fronteras y los conflictos de interés. Los politólogos, como los médicos o psicólogos, deberíamos desarrollar protocolos que enfrenten los problemas derivados de la identificación con nuestros objetos de estudio. Enfrentamos problemas de transferencia y contratransferencia, como en el psicoanálisis, por así decirlo. Hay sin embargo un asunto valioso en el compromiso político, que no debemos perder: el interés por el cambio, la transformación y sus desafíos genera excelentes y pertinentes preguntas de investigación. El desapego por la acción política directa puede llevar a una pérdida de curiosidad y de un razonamiento “estratégico”, a una despolitización que conduce a razonamientos ingenuos o puramente especulativos. En el Perú, diríamos que a una lamentable “falta de calle”. ¿Cómo entender y manejar la relación entre la profesionalización del politólogo y el compromiso con nuestros países? De un lado, considero que debemos tener un compromiso político con la democracia, con la defensa de las libertades básicas, y con un ejercicio igualitario de la ciudadanía, lo que implica la búsqueda de niveles elementales de bienestar para toda la población, con la capacidad de ejercicio de sus derechos civiles y políticos; ello no implica necesariamente, aunque no es incompatible con opciones partidarias. Esto es coherente con el surgimiento y desarrollo de nuestra disciplina: que se origina con la pregunta por las condiciones y razones que explican la aparición de la democracia como forma de régimen político, y llega hasta la exploración de sus límites, y la necesidad de extender los principios democráticos desde lo político hasta lo económico y social. De otro lado, considero que los politólogos tenemos la obligación de intervenir para mejorar el nivel del debate político en nuestros países: la calidad de nuestro debate público suele ser muy mala, suele estar lleno de falacias y argumentos efectistas, saturado de intolerancia, ideologismo, polarización, partidarización sectaria, influenciado por intereses particularistas. En este marco, es importante aportar con una visión que intente ser lo más informada, basada en investigación y evidencia empírica, nacional y comparada, que tenga como propósito informar y presentar de
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Ver la discusión sobre la ciencia política en Chile y América Latina realizada en el marco del Congreso Mundial de Ciencia Política realizado en Santiago, en julio de 2009: http://www.accp.cl/congreso-mundial-2009/sesion-especial-i/

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manera exhaustiva todos los costos, beneficios y trade-offs existentes en todas las decisiones políticas. Es en este sentido que deberíamos aspirar a la “imparcialidad” (procurar defender intereses y principios generales, no particulares) y a la “objetividad” (basarnos en evidencia, no en prenociones o preferencias), dentro de esquemas pluralistas, procurando construir consensos en torno a políticas de Estado que tengan como horizonte avanzar en la extensión y profundización del ejercicio de los derechos ciudadanos. Para decirlo de una manera cruda, los politólogos deberíamos contribuir a desterrar el bullshit del debate político. Los marxistas analíticos (Gerald Cohen, Jon Elster) postulaban promover un non bullshit marxism, desarrollar y aplicar las ideas de Marx, pero desde una aproximación basada en un pensamiento riguroso en lo conceptual y metodológico. Lo mismo deberíamos tratar de hacer en nuestros debates públicos y académicos. Ubicar, denunciar, criticar la charlatanería, los embustes que pasan por análisis serios de la realidad política. Tercero, la consolidación de la ciencia política como campo profesional lleva a enfrentar situaciones nuevas, frente a las cuales no hay criterios o experiencia previa que oriente con claridad respecto a cuál debería ser el camino a seguir. El ejercicio profesional puede llevar a problemas éticos y conflictos de interés. Quienes investigan y analizan la política: ¿generan un conocimiento que puede ser utilizado provechosamente por cualquier causa política, o deben orientar su conocimiento en un sentido tal que solo sea útil para las causas con las que uno simpatiza? Pensemos en quienes analizan datos electorales en momentos de campaña: ¿se puede trabajar para cualquier candidato? ¿Cuáles son los límites? ¿Es solo un asunto de preferencias personales, o hay una definición profesional en juego también? De otro lado, quienes se especializan en el estudio de las políticas públicas o de las relaciones internacionales tienen al sector público como ámbito laboral: ¿se puede trabajar para cualquier empleador? ¿Para cualquier gobierno? ¿Hasta qué nivel de responsabilidad? Finalmente, se nos ofrecen empleos y consultorías en el sector privado, para realizar análisis de actores y escenarios políticos, lo que está muy bien. Pero, ¿qué pasa cuando se trata de empresas cuestionadas por sus relaciones laborales o comunitarias? ¿Puede nuestra profesión poner entre paréntesis la naturaleza del cliente, como hacen por ejemplo muchos abogados? Voy terminando. Me parece que, en general, necesitamos de equilibrio: defender el espacio de nuestra disciplina, pero reconocer sus límites y la necesidad de traspasar sus fronteras; defender el espacio académico, pero no por ello dejar las grandes preguntas y las urgencias políticas; defender el ejercicio profesional, pero ser concientes de que es una carrera asociada a principios y valores democráticos; aprovechar la construcción de un canon disciplinar en el que influye mucho la academia de los Estados Unidos, pero no perder nuestras tradiciones intelectuales y políticas, debates y urgencias latinoamericanas, que es lo que nos hace distintos y lo que nos permite hacer un aporte distintivo. Para enfrentar los desafíos que tenemos por delante, es muy importante conocernos más dentro de la región. Julio Cotler habló del “triángulo sin base” para dar cuenta de una forma de relación entre el Estado y las comunidades en el Perú, en la que primaban relaciones verticales,

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autoritarias y clientelísticas por la ausencia de organización y relaciones horizontales entre ellas; algo como eso sucede entre nosotros. Los politólogos latinoamericanos sabemos más de lo que pasa en los Estados Unidos que de lo que pasa en los países vecinos. En Perú podemos saber lo que un investigador en Estados Unidos escribe sobre Ecuador, pero no tenemos acceso a lo que los ecuatorianos escriben sobre su país en su propio país. Terminamos de este modo, sin querer, reproduciendo las visiones y sesgos del norte, perdiéndonos de lo que podemos aportar desde el sur. Nuevamente, necesitamos un equilibrio: está muy bien la relación con el norte, pero es clave está en fortalecer la relación sur-sur por así decirlo. No para oponer una ciencia social “localista” frente a una del norte, sino para tener “lo mejor de los dos mundos”. Un buen punto de partida para ello es la creciente importancia de académicos formados en el norte, pero anclados en el sur; es necesario es no perder el vínculo con el norte, y construir redes poderosas desde el sur, que puedan recoger la experiencia y necesidades de nuestros países, que puedan marcar agendas de investigación, estilos de trabajo, que puedan incidir sobre fuentes de financiamiento, por ejemplo, en la actualidad marcadas por las prioridades de los países del norte. Creo que los estudiantes de ciencia política, la nueva generación, están en mejores condiciones que la mía para hacer más y mejores aportes. Tienen un campo disciplinario mejor definido, y un entorno absolutamente accesible para hacer un trabajo de calidad. Parecerá un comentario de la edad jurásica, pero cuando yo era estudiante universitario no existían ni las computadoras personales ni la internet. Hoy es posible para cualquiera en nuestras universidades estar medianamente informado de lo que sucede en la disciplina, de lo que se investiga, publica y debate, así como qué es lo que sucede en los países vecinos. Así que tenemos muchas expectativas en la nueva generación...

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