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Lo que hay detrás de Bush

Lo que hay detrás de Bush

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Por Ernesto Milá. Este libro ayudará a comprender qué es lo que está detrás de Bush. El último vástago de una de las dinastías económicas norteamericanas es la figura visible de distintas tendencias y corrientes ideológicas que hunden sus raíces en la revolución americana. Pero al mismo tiempo, han aparecido otras tendencias ideológicas tras las que se descubre un impulso insano de dominio universal y que constituye una verdadera secta de poder secreto. Este libro delinea muy exactamente los elementos integrantes y la doctrina del “neoconservadurismo” norteamericano: esa mala bestia ideológica diestra en el arte de manipular, embaucar y desestabilizar. Su éxito se debe a que han reactualizado componentes ideológicos del pensamiento americano que ya estaban latentes desde los “Padres Fundadores”. Y lo más sorprendente: la inspiración viene de Nietzsche, Carl Schmitt y Martin Heidegger, reinterpretados por un grupo de judíos norteamericanos revisionistas de Platón y del kabalismo medieval… Sorprendente, pero no por ello menos cierto.
Por Ernesto Milá. Este libro ayudará a comprender qué es lo que está detrás de Bush. El último vástago de una de las dinastías económicas norteamericanas es la figura visible de distintas tendencias y corrientes ideológicas que hunden sus raíces en la revolución americana. Pero al mismo tiempo, han aparecido otras tendencias ideológicas tras las que se descubre un impulso insano de dominio universal y que constituye una verdadera secta de poder secreto. Este libro delinea muy exactamente los elementos integrantes y la doctrina del “neoconservadurismo” norteamericano: esa mala bestia ideológica diestra en el arte de manipular, embaucar y desestabilizar. Su éxito se debe a que han reactualizado componentes ideológicos del pensamiento americano que ya estaban latentes desde los “Padres Fundadores”. Y lo más sorprendente: la inspiración viene de Nietzsche, Carl Schmitt y Martin Heidegger, reinterpretados por un grupo de judíos norteamericanos revisionistas de Platón y del kabalismo medieval… Sorprendente, pero no por ello menos cierto.

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De la misma forma que Zbigniew Bzezinsky y su libro La
Era Tecnotrónica
constituyeron el manifiesto fundacional de
la Comisión Trilateral que abrió la era de la globalización, la
obra de Ayn Rand ha constituido el soporte moral de la
intelligentsia neocapitalista mundial.
Desde principios de siglo hasta 1973, la élite de la alta finanza
mundial había tenido al pensamiento de la Sociedad Fabiana
como el núcleo ideológico de su interpretación de la realidad.
En realidad, la Sociedad Fabiana, fundada en Inglaterra poco
antes de la Primera Guerra Mundial, constituía un apéndice del
Partido Laborista en Inglaterra y del Partido Demócrata en
Estados Unidos. Había logrado impregnar a las élites capitalis-

126Lo que está detrás de Bush

tas a través de sus centros de enseñanza, en particular de la
London Economic School y de las Universidades Fabianas
de EE.UU.

La doctrina fabiana era gradualista y altruista. Tal como el
matrimonio Web, el novelista H.G.Wells, el escritor Bernard
Shaw y otros destacados miembros de este grupo de poder
teorizaron, era preciso mejorar las condiciones de las clases
proletarias en las que adivinaban el núcleo central de consumi-
dores del futuro. No en vano «proletario» deriva de «prole»;
los proletarios serían pues, los que tienen mayor descendencia
y hacia ellos tenía necesariamente que tender el capitalismo en
un momento en que los problemas de mecanización y produc-
ción en cadena se habían resuelto.
Los dos ejes del «socialismo» fabiano consistían en llegar
un régimen de bienestar para las masas trabajadoras a través
de un proceso gradual de conquistas sociales que tendería a
transformar al proletario en burgués. Para ello era preciso que
el proceso fuera liderado por los detentadores del capital –los
únicos que podían dar coherencia y viabilidad a un proceso de
este tipo– y que éstos tuvieran la capacidad de imponer sus
decisiones a los detentadores del poder político.
Este proceso se realizó por etapas. Inicialmente los dirigen-
tes fabianos de ambos lados del océano crearon asociaciones
en las que magnates de los grandes consorcios industriales y
bancarios, los intelectuales orgánicos a su servicio y los políti-
cos comprometidos con ellos, formaron grupos de presión: así
surgieron el Instituto de Estudios Internacionales, el Conse-
jo de Relaciones Exteriores
, el Club de Bilderberg y, final-
mente, la Comisión Trilateral.
Pero cuando Berzezinsky crea la Trilateral resulta evidente
que el socialismo fabiano ya no responde a las necesidades del
capitalismo de su época. Si los fabianos habían sostenido una
especie de cínico despotismo ilustrado –«todo para el pue-
blo, pero sin el pueblo»–
lo que se echaba en falta era, no

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Ernesto Milà

tanto un proyecto global, como una norma moral para uso y
disfrute de la intelligentsia neocapitalista; algo así como un
basamento ético que tranquilizara las conciencias y diera senti-
do a la vida de los magnates del capital. Y allí estaba Ayn Rand
para ofrecerlo.

Había algo que jugaba a favor de Rand. A diferencia del
socialismo fabiano que compartieron las élites financieras libe-
rales inglesas y norteamericanas, Rand, lejos de cuestionar fi-
nalmente el sistema capitalista –como hacían los fabianos, los
cuales creían que a través de la mejora del sistema capitalista
se llegaría a un régimen más justo y a algo que, apenas sin
darse cuenta, sería diferente del capitalismo– consideraba que
el capitalismo era la mejor, sino la única forma racional y «ob-
jetiva» de guiar los destinos de la economía y de las comunida-
des humanas. «Lo merecido pertenece al universo egoísta y
comercial del provecho mutuo»
, había escrito, no precisa-
mente para censurarlo sino para identificar el valor central de
su sistema: la necesidad del egoísmo.
«La recompensa para el individuo, según el objetivismo,
es en esta vida y en la tierra y es mi propia felicidad. La
recompensa de los místicos del espíritu será otorgada más
allá de la tumba».
Al igual que Strauss, a Ayn Rand le resulta
imposible concebir la figura de Dios , pero a diferencia de él,
no admite siquiera que la religión pueda ser beneficiosa para el
«ser superior» en su necesidad de controlar a las masas; es
despiadada en su crítica a la religión; había dicho: «Para la
religión: lo que el hombre conoce no existe y lo que existe
el hombre no lo puede conocer».
Los ideales del místico son
los contrarios a los del «egoísta»: «Los místicos se complacen
del sufrimiento, de la pobreza, de la sumisión y del terror
porque ellos necesitan la derrota de la realidad racional.
Su ideal es la muerte». «La idea de Dios es la idea de un
gran burócrata del Universo».
Incluso las relaciones entre
personas son para Ayn Rand una cuestión de calculadora: «No
puede existir amor sin causa, amar es evaluar».

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Pero donde Ayn Rand se muestra más alejada de las reli-
giones es en el desprecio habitual con que éstas consideran al
individuo: «Dios y las religiones en general, perdonan, sien-
ten piedad y misericordia, pero jamás admiran al indivi-
duo. ¿La causa? Consideran al individuo como un ente
carente de valores».

El egoísmo condujo directamente a la necesidad de que el
capitalismo no perdiera de vista los valores que le dieron ori-
gen: el individualismo, la libre empresa, la voluntad de unos
pocos de imponerse a la mayoría y guiarla, la abstinencia por
parte del Estado de cualquier intervencionismo y una mezcla
de egoísmo y altruismo que constituyen el polo ético de la nor-
ma moral propuesta por Aynd Rand. De hecho todo deriva del
individualismo, primera ramificación del egoísmo: «Cada hom-
bre constituye un fin en sí mismo, existe por sí mismo y la
consecución de su propia felicidad constituye su más alto
propósito moral».

Al igual que los fabianos del primer tercio de siglo, los par-
tidarios de Ayn Rand se han organizado en círculos, escuelas e
institutos con un propósito misional, educativo y militante. Ex-
tendidos, sobre todo por el mundo anglosajón, en apenas dos
décadas han sustituido al pensamiento fabiano en la educación
de las élites neocapitalistas. El hecho de que Alan Greenspan,
presidente de la Reserva Federal y el presidente ruso Vladimir
Putin, reconozcan públicamente su tributo con Ayn Rand es
suficientemente significativo del impacto que tiene su pensa-
miento.

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