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Confesiones de Una Desvergonzada

Confesiones de Una Desvergonzada

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caer lentamente sobre su picha, guiándola con la mano. Cuando noté que la

punta estaba situada en el lugar adecuado, proseguí el descenso separando

las piernas todo lo que pude; y, cuando la mitad del miembro estuvo dentro,

me senté a horcajadas sobre sus muslos.

—¡Ah, qué gusto! ¡Qué gusto da así! —suspiró Léon—. No sabía... ¡Oh,

cómo aprieta! Lucienne, qué caliente se está dentro de tu..., de tu...

—¡Dentro de mi coño! Sí, es verdad, pero tu picha también está ardiendo.

Cógeme de la cintura para ayudarme... ¡Vamos, cabalga, cabalga, amor

mío!

Estaba tan excitado, que su miembro se salió dos veces de mi conejo, pero

yo volví a meterlo enseguida. No me atrevía a gemir, y me asía con fuerza

a sus brazos para calmarme un poco. Ahora, el olor de pipí que flotaba en

el ambiente, y que al principio no había percibido, me inundaba los

sentidos. Era delicioso, delicioso... Léon se corrió abundantemente y a

continuación yo gocé, una sola vez, pero destilando más jugo que en otras

ocasiones. Cosas del ambiente, como decía mi masturbador de pinceles,

Adolphe Bougrot, a quien también le gustaba hacerlo en el retrete de su

taller, que había pintado de colores chillones.

Repetimos la aventura dos o tres días después, de la misma forma, pues no

teníamos otro medio de hacerlo en el lugar en cuestión, a no ser que fuera

de pie, pero eso todavía hubiera resultado menos cómodo y no tan

agradable, ni para mí, ñipara él. A esa postura, ¡as mujeres le dan el nom-

bre de «la enfurruñada» o «la dama enfadada», porque si colocan de

espaldas al hombre, como si no quisieran verlo. Lo que yo no había

descubierto, y Léon aún menos, es que él hubiera debido acariciarme y

pellizcarme los pechos al mismo tiempo, por debajo del camisón. Viene a

ser algo así como la pimienta en la cocina: aporta un toque suplementario.

Once

En su tierno corazón, con presteza, el sátiro hunde, hunde... un largo

objeto motivo de llanto.

Lo que era, yo podría decíroslo; pero me callo por respeto al decoro; pero

me callo por respeto al decoro.

Béranger,

Chansons (1834).

Entonces fue cuando Adéle se marchó a Maizy—le—Thou, lo cual nos

permitió actuar con mayor tranquilidad, puesto que yo era la única que me

alojaba en el piso alto del edificio de la casa.

Sin embargo, nuestros encuentros seguían estando Henos de dificultades.

En primer lugar, porque yo disponía de poco tiempo libre y, cuando llegaba

la noche, me caía de sueño; y, en segundo lugar, porque durante el día

cualquiera podía pillar a Léon subiendo la escalera sin ninguna razón

confesable. En consecuencia, nos encontrábamos por la mañana, muy

temprano, inmediatamente después de desayunar juntos, mientras su madre

estaba en el cuarto de baño y su padre enfrascado en sus papeles.

No era lo ideal, pero podíamos contar con media hora larga de seguridad, e

incluso más, pues ni a su madre ni. todavía menos, a su padre se les hubiera

ocurrido nunca buscarlo en mi habitación.

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