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El bote de los lápices de colores

El bote de los lápices de colores

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http://www.bubok.es/libros/221653/El-bote-de-los-lapices-de-colores A falta de tres años para cumplir los cuarenta,Pedro, un funcionario viudo y enfermo crónico decide dar un giro a su vida de 360º después de llevar más decinco años albergando la idea en su interior. El mismo día que toma la decisión de dar el primerpaso, un suceso fortuito e inesperado con un joven en los lavabos del café-pub al que acude casi a diario en su pequeña ciudad del norte, a orillas del Cantábrico, bloquea totalmente su incipiente andadura. Son quince días en su vida, sin llegar a ser una crónicapropiamente dicha, en los que se enfrenta con su pasadoen numerosas regresiones, al mismo tiempo que está obligado a vivir un presente que se ha convertido, de repente, en peligroso y clandestino, mientras el subinspector Balbás hace su labor para esclarecer los hechos y detener a los cul-pables en una trama que se complica a medida que se avanza en su investigación. Entre su dedicación a la talla exenta de madera ya la poesía, a su grupo de amigos y a la exigua familia,a sus amantes y al sexo, durante estas dos semanas va pintando un lienzo con los claroscuros de su vida bajola presión pertinaz del sempiterno viento Sur y la cáustica deslealtad. Sus convicciones existencialistas, su grupo de amigos y el abrigo de su bahía le ayudan a sobrellevar su nueva y surrealista situación con estoica integridad hasta la sorpren-dente solución definitiva.
http://www.bubok.es/libros/221653/El-bote-de-los-lapices-de-colores A falta de tres años para cumplir los cuarenta,Pedro, un funcionario viudo y enfermo crónico decide dar un giro a su vida de 360º después de llevar más decinco años albergando la idea en su interior. El mismo día que toma la decisión de dar el primerpaso, un suceso fortuito e inesperado con un joven en los lavabos del café-pub al que acude casi a diario en su pequeña ciudad del norte, a orillas del Cantábrico, bloquea totalmente su incipiente andadura. Son quince días en su vida, sin llegar a ser una crónicapropiamente dicha, en los que se enfrenta con su pasadoen numerosas regresiones, al mismo tiempo que está obligado a vivir un presente que se ha convertido, de repente, en peligroso y clandestino, mientras el subinspector Balbás hace su labor para esclarecer los hechos y detener a los cul-pables en una trama que se complica a medida que se avanza en su investigación. Entre su dedicación a la talla exenta de madera ya la poesía, a su grupo de amigos y a la exigua familia,a sus amantes y al sexo, durante estas dos semanas va pintando un lienzo con los claroscuros de su vida bajola presión pertinaz del sempiterno viento Sur y la cáustica deslealtad. Sus convicciones existencialistas, su grupo de amigos y el abrigo de su bahía le ayudan a sobrellevar su nueva y surrealista situación con estoica integridad hasta la sorpren-dente solución definitiva.

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EL BOTE DE LOS LÁPICES DE COLORES

J. LORENZO HERRERA
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A mi padre Lorenzo, in memóriam,
fallecido el mismo día que se concluyó esta novela.



















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Primera nacida del dolor
Prima ex dolore renata
MMXIII









Cardos y penas llevo por corona,
Cardos y penas siembran sus leopardos
Yno me dejan bueno hueso alguno.
Miguel Hernández
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ÍNDICE

Primer día.
CAPÍTULO 1………………………………… pág. 13
CAPÍTULO 2………………………………… pág. 35
Segundo día.
CAPÍTULO 3………………………………… pág. 59
CAPÍTULO 4………………………………… pág. 77
Tercer día.
CAPÍTULO 5………………………………… pág. 97
CAPÍTULO 6………………………………… pág. 119
Cuarto día.
CAPÍTULO 7…………………….................... pág. 137
Quinto día.
CAPÍTULO 8………………………………… pág. 165
CAPÍTULO 9………………………………… pág. 187
Sexto día:
CAPÍTULO 10……………………………….. pág. 207
Séptimo día:
CAPÍTULO 11……………………………….. pág. 231
Octavo día.
CAPÍTULO 12……………………………….. pág. 257
CAPÍTULO 13……………………………….. pág. 281

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Noveno día.
CAPÍTULO 14………………………………. pág. 307
Décimo día.
CAPÍTULO 15………………………………. pág. 331
CAPÍTULO 16………………………………. pág. 363
Undécimo día.
CAPÍTULO 17………………………………. pág. 393
CAPÍTULO 18………………………………. pág. 413
Duodécimo día.
CAPÍTULO 19………………………………. pág. 443
CAPÍTULO 20………………………………. pág. 469
CAPÍTULO 21………………………………. pág. 489
Decimotercer día.
CAPÍTULO 22………………………………. pág. 515
CAPÍTULO 23………………………………. pág. 535
CAPÍTULO 24………………………………. pág. 559
Decimocuarto día
CAPÍTULO 25………………………………. pág. 581
Decimoquinto día
CAPÍTULO 26………………………………. pág. 619
CONTRICIÓN-ATRICIÓN…………………. pág. 645
EPÍLOGO…………………….……………… pág. 651

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Advertencia

Si algún nombre o apellido, de los señalados en esta
novela, coincide con alguno real espero que sepan
perdonármelo pues todos son frutos de la imaginación del
autor y en ningún caso tienen correspondencia con ninguno
real. Si es así, será una auténtica casualidad y lo lamento.
Los lugares y las calles sí son reales; pero a usted
corresponde situarlos donde quiera o cambiarlos el
nombre, si es su capricho.
Las historias aquí narradas, con sus personajes
pueden ser reales o inventadas, pudieron suceder o no.
Igual lo único verdadero es el viento Sur y la Bahía, igual
sucedieron de otra forma o con otros personajes; pero, ¿qué
más da?, el caso es que en la novela suceden así.
Por último les pido que me perdonen los errores
que supongo, como novela primeriza, aparezcan por todos
los rincones y la licencia de escribir con mayúscula el
nombre de los árboles, como muestra de respeto.
Muchas gracias.

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Primavera, 29 marzo del 2012
Primer día.
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La luz del sol dibuja irregulares y amarillentos
rectángulos en el suelo y en las paredes, cuando traspasa la
enorme vidriera que preside la sala de espera, en el hospital
universitario Marqués de Valdecilla.
Seis hileras, confrontadas dos a dos, de asientos de
plástico anaranjado montados sobre viguetas de aluminio
trazan seis rectas como seis líneas de fuga en una
proyección cónica que destacan sobre el verde pálido de las
paredes y otorgan a la sala sensación de más profundidad
de la que en realidad tiene.
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No hay mucha gente todavía debido a que falta casi
media hora para que se inicien las consultas; un grupo de
cuatro señoras conversan como si se conociesen de tiempo
atrás, dos jóvenes con la pierna escayolada y muletas
hojean algún periódico gratuito y tres ancianos en silla de
ruedas, con sus acompañantes, miran fijamente a ningún
sitio con la misma desgana que las vacas miran el paso del
tren.
En uno de los rincones, debajo de un cartel que
muestra el rostro con cofia y coleta rubia de una sonriente
enfermera con el dedo índice en vertical sobre los labios
rogando silencio, se encuentra Pedro sentado, con las
piernas cruzadas una sobre otra, balanceando ligeramente
la que tiene encima. Se acaba el mes de marzo y la
indumentaria que lleva es la que prácticamente se convierte
en su uniforme durante el otoño y el invierno: un
chaquetón azul marino de paño de marinero, un
pantalón de pana fina con bolsillos laterales marrón claro,
calcetines de color negros, zapatos negros con atadura de
cordones y una bufanda a modo de fular que nunca da la
vuelta completa al cuello. A todo ello le sumamos un bolso
de cuero que lleva siempre, en bandolera y que ahora está
posado en el asiento de al lado.
Está leyendo en un Kindle al tiempo que balancea
la pierna derecha y levanta de vez en cuando las cejas por
encima de las gafas, como si estuviese sorprendido; pero
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sin levantar los ojos del texto. A veces los levanta y viendo
a los acompañantes de los ancianos impedidos piensa en la
imposibilidad de que sean ni siquiera parientes debido al
origen sudamericano de los mismos que delatan sus
acentuados rasgos faciales. Es veterano en la sala de espera
por lo que siempre pide las primeras horas del día cuando
acude a la consulta. No le cuesta madrugar y sabe por
experiencia que cuanto más tarde sea la cita con el
especialista más tiempo de demora se va acumulando de
paciente en paciente a lo largo de la mañana. Nunca va con
prisa y por ello dedica la espera a la lectura; sobre todo
desde que, por reyes, su sobrino le regaló un Kindle y
descubrió las ventajas y la ligereza del libro electrónico
que, además de cómodo, es un obstáculo para la mirada de
los curiosos y mantiene en el anonimato el gusto personal y
el tipo de lectura de cada uno. Aprovecha estos momentos
de lectura para leer relatos cortos, casi siempre de Poe o de
Dickens porque piensa que esas horas tan tempranas no se
prestan a grandes profundidades ensayísticas ni filosóficas
y sí a misterios o dilemas más o menos complicados; pero
entretenidos. Es una forma, también de releer autores y
textos que llevaban mucho tiempo desterrados de su
biblioteca. Es un reencuentro con relatos y narraciones que,
en muchas ocasiones, le proporciona gratos recuerdos de
situaciones ya vividas.
Pedro tiene treinta y siete años y muchas canas le
bordean las dos orejas y la parte baja de la nuca. Lleva el
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pelo corto y unas gafas con montura de pasta color negro
con lentes progresivos, casi rectangulares. Las arrugas que
rayan su frente y los vértices de los ojos en dirección a las
orejas le suman más edad de la que en realidad tiene. Su
aspecto físico es el de una persona limpia, aseada y
pulcramente rasurada; pero se percibe al momento que es
de las que no invierte ni un solo minuto de más en
cuidados personales ni en cremas ni potingues. No es
amigo de los espejos, le son indiferentes y carece de
cualquier presunción física, a veces en demasía, según las
amigas.
Se diría que no es guapo; pero sí atractivo a lo que
contribuye su envergadura cuando está de pie y sus ciento
ochenta y cinco centímetros de altura.
Desde que, a los quince años, le diagnosticaron la
enfermedad acude periódicamente a la consulta de esta
especialidad. Es el tercer médico que le toca en suerte.
Es funcionario pero nunca fue mutualista; desde el
primer momento eligió la seguridad social por lo bien que
le habían tratado cuando asistía como hijo de un carpintero
y a medida que iba creciendo por un sentimiento íntimo de
justicia social. No quiere diferenciarse de los demás ni
tampoco privilegios.
A partir de las ocho y media la afluencia de gente
es mayor y empieza a percibirse el cruce de las diferentes
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conversaciones y saludos. La sala de espera es compartida
por tres especialidades diferentes por lo que el tipo de
enfermos y sus edades, también lo son. A Pedro no le
desconcentra en su lectura, si acaso le obliga a levantar de
vez en cuando la mirada para contemplar a los que van
llegando. Sabe que en su consulta él es el primero de la
mañana, por lo tanto no le importa mucho la cantidad de
gente que va llegando:
Don Pedro Soto, sígame por favor dice la
enfermera levantando la cabeza y cumpliendo un ritual
protocolario, pues conoce de sobra a quién pertenece ese
nombre.
Aquí responde Pedro al tiempo que levanta el
dedo índice y apaga el Kindle.
La enfermera le corresponde con una amplia
sonrisa y con un leve movimiento de la cabeza hacia la
derecha le indica la dirección que debe de tomar y que
conoce sobradamente.
Hola Laura dice en voz baja cuando llega a su
altura.
Buenos días Pedro. ¿Qué tal va todo?
Ahí estamos. Y tú: ¿qué tal? Veremos lo que nos
dice el Dr. Enrique al tiempo que ella acciona el pomo
de la puerta.
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Vaya, no son mis días de éxito, precisamente.
Se encuentra de frente con el Dr., sentado detrás de
su mesa y flanqueado por dos jovencitas que supone
estudiantes de medicina porque ya le ha ocurrido en otras
ocasiones pues el Dr. sabe que no le importa nada.
Buenos días dice Pedro sin personalizar al haber
dos jóvenes que no conoce.
Buenos días contestan al unísono.
Siéntate Pedro dice el Doctor.
El Dr. se llama Enrique Simón Mier y lleva dos
años trabajando en el hospital, el mismo tiempo que se hizo
cargo del control de la enfermedad de Pedro. Por su edad,
tiene cuarenta y tres años, y su simpatía han establecido un
grado de confianza que les permite tutearse. Es menudo,
más cuando está sentado, y poseedor de un gran bigote que
le oculta el labio y la dentadura superiores. Constantemente
se le atusa con los dedos mientras conversa, manteniéndole
perfectamente simétrico. Muestra una dentadura inferior
albar y uniformada cuando sonríe. Son significativas las
dos líneas inclinadas que trazan sus ojos, como una uve
invertida lo que le confiere cierto aire oriental.
Bueno, bueno, Pedro dice el Dr. mientras sujeta
unos papeles en la mano izquierda, estas son María y
Luisa, estudiantes en prácticas que han sido invitadas
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porque sé que a ti no te importa y están muy interesadas en
los nuevos tratamientos biológicos.
Encantado dice Pedro esbozando una sonrisa.
Viendo los resultados de las pruebas que hicimos
el otro día he de decirte que tienes razón cuando te quejas.
Aquí se muestran unos brotes ulcerosos en el íleon que son
los que te producen el dolor y la irritación. Es una recidiva
habitual en la enfermedad de Crohn dirigiéndose a las
estudiantes, de la cual Pedro sabe mucho pues, no en
vano, lleva veintidós años conviviendo con ella. ¿Qué edad
tenías cuando te la diagnosticaron?
A los quince años se mostraron los primeros
síntomas y desde entonces estoy aprendiendo a convivir
con esta enfermedad autoinmune que, como sabéis, hoy
por hoy no tiene cura; de momento nada más que ayuda
farmacológica espeta Pedro con la tranquilidad que da la
asunción de su suerte, mejor dicho mala suerte, en este
caso.
Después de unos minutos conversando sobre la
idoneidad de los últimos tratamientos biológicos y su
todavía precaria experimentación una porción
considerable de médicos se muestra contrario a su
utilización, según el Dr., que no avala su eficacia. El Dr.
se dirige a Pedro.
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Bien Pedro, vamos a continuar con las
inyecciones de Adalimumab durante otros tres meses y
según veamos los resultados ya decidiremos. Recuerda que
son cada diez días, y que las autoinyectas como ya te
enseñó Laura. Por supuesto que continuamos con el
calendario preestablecido de visitas. ¿De acuerdo?
Sí, que remedio contestó levantando los
hombros y haciendo una mueca curvada con la boca, a
modo de media luna invertida.
Pues pasa al cuarto con Laura que te pone la
inyección y te da la nevera con las que te llevas a casa al
tiempo que se incorpora y le aprieta la mano. Hasta la
próxima Pedro.
Adiós, que tengáis un buen día.
En la habitación adjunta Laura le inyecta en el
vientre una dosis del tratamiento biológico y le entrega un
pack con otras seis jeringas auto inyectables que introduce
en su bolso bandolera de cuero viejo.
Bueno Pedro, como verás me paso la vida
pinchándote; espero que no me cojas manía por ello.
¿Cuándo te vas a pasar una tarde por “El Cárabo”?
desplegando una extensa sonrisa y dando un beso al
aire .Verás que hay un ambiente muy agradable y además
te puedo prometer que todavía no nos hemos comido a
nadie.

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