Algeciras, ciudad de cosas inadvertidas

por José María Jiménez Gálvez
Algeciras es una ciudad de cosas inadvertidas. Una ciudad que empieza con el sol de cara. Y se acuesta cuando éste se esconde a su espalda. Algeciras mira al mar sin verlo, ignorándolo a medias. Enfrentado con él y viviendo de él. En una relación contradictoria, impertinente, desafiante. Algeciras pertenece a su horizonte, allí donde se alza a diario un Peñón imponente. Ese que los días de neblina (esa mezcla de nubes bajas y agua evaporada del Mediterráneo) apenas se perfila en la Bahía. Ese que se esfuma, desaparece o se esconde. En Algeciras hay un bar por cada 117 algecireños. En la calle José Antonio Primo de Rivera se exhibe uno de ellos. Allí, José sirve cafés al compás de su lengua. Él habla de Cataluña, de fútbol, y de micro y macroeconomía; sienta cátedra sobre corruptelas, sentencias judiciales y el Real Madrid. A euro el cortado; José no opina, legisla de viva voz. Pone en cada realidad ese sentido común que otorga la calle y la barra de un bar. El carajillo se enfría. Y los jubilados apuran las tazas de la vida. El tiempo se detuvo en el Café-Bar. En sus paredes, los toreros aún cortan orejas y regalan elegantes pases de muleta. Entre los nombres y apodos de los matadores se vislumbran rostros reconocibles. Otros ya se olvidaron. A tan sólo unos metros, la Plaza Alta se obsesiona con el tiempo. Las horas transcurren en sus bancos, en su fuente de agua pasada, en las ranas que escupen ausencia. A la plaza la miran decenas de caras, grabadas en las cerámicas que Antonio Martín diseñó en 1930 -y que restauró su propio hijo, José, en los años 90-. A la sombra de sus palmeras aguardan las distintas clases sociales, etnias y religiones de Algeciras: madres españolas que pasean a

sus bebés en carritos; aburguesados que comparten vinos y cervezas al mediodía en las terrazas, antes de marcharse a casa para almorzar; parejas de jóvenes marroquíes que, inexpertos y asustados, se dan la mano por primera vez; grupos de adolescentes (nacionales y moros) que ríen, gritan y conspiran contra el paso del tiempo. Por el puerto de Algeciras entran 4 millones de contenedores al año. En sus muelles embarcan 1,14 millones de automóviles desde enero a diciembre. Y en sus entrañas se encontró el segundo mayor alijo de heroína de la historia de España. 150 kilos que viajaban rumbo a Costa de Marfil, ocultos en palés de madera y junto a un cargamento legal de polvo de óxido de hierro. Porque esta ciudad también se explica por su droga y su narcotráfico, sus gayumberos y su menudeo, su hachís y su bajarse al moro. La Benemérita incauta toneladas de estupefacientes cada año: 53.800 kilos de cannabis en 2011, casi el 20% de todo el intervenido en España. Por ello, en Algeciras, el delincuente se confiesa especial. Su perfil, reconoce un mando de la Guardia Civil, se aleja del habitual. Apenas existen ladrones y tironeros. Aunque los hay. De hecho, en pleno centro, alguien asaltó una farmacia durante la madrugada. Ese día, un indigente avisó por teléfono a Emergencias, pero nadie le escuchó. Pobre Algeciras. Eso sí, la policía encontró al caco porque se le cayó el DNI al suelo en mitad del ajetreo, cuando registraba la caja y acopiaba medicamentos. Lo puso fácil. “No me miren así cuando digo que la quiero: ya sé que es fea”, reconoció el poeta almeriense Ilya U. Topper al hablar de la ciudad. Porque, Algeciras pertenece a pocos, a muy pocos. Únicamente el 60% de sus habitantes nació allí. El resto, un 40%, arribó a la capital del Estrecho en algún momento de su vida. Y es que Algeciras irrumpe en el paso de muchos: unas 1.300 personas llegan cada año. Aunque, en 2011, otras 1.700 se marcharon.

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Las estadísticas arrancan lágrimas en una barriada, en Cortijo Vides. Ella se llama Alba y suma 15 años. Su ligera sonrisa esconde el drama de una familia. Tan sólo 500 casos en el mundo, 17 en España y 3 en Andalucía. Ella sufre Niemann-Pick, una enfermedad extremadamente rara, sin cura, que provoca la pérdida progresiva de las habilidades motrices, de la capacidad de hablar y andar; dificultades en la actividad intelectual y a la hora de tragar alimentos; insuficiencia respiratoria y desconexión progresiva del medio que les rodea. En su hogar, en su ático, en su cuarta planta de un austero edificio de barrio humilde; allí, atardece más rápidamente. Algeciras es una ciudad en la que enormes gaviotas se disputan los restos del mercado de abastos. A unos metros, atentos y temerosos, los perros callejeros aguardan su oportunidad para conseguir su bocado. En ese enclave y en esa pelea, cuando los tiempos vienen mal dados, también participan los toxicómanos del centro de dispensación de metadona de Emilio Burgos. Una instalación oculta a la mirada, escondida en un callejón en cuesta, a la espalda del antiguo hospital de la Cruz Roja. La Virgen del Carmen vertebra la ciudad. De su entrada al puerto. De su paseo marítimo a la autovía y a la circunvalación. Del Río de la Miel a la Fuente del Milenio. De las putas de 30 euros a las celebraciones por las victorias futbolísticas. En esa avenida, un alemán septuagenario u octogenario, quien sabe, recoge los restos de basura y brama inteligibles frases. Él vive en la calle. Tapado con una manta, con la cabeza sobre dos cajas de cartón, observa las estrellas desde la puerta de un bazar chino. A primera hora de la mañana se despierta, levanta y recoge sus escasas pertenencias. El anciano comparte sol con una mujer marroquí, que sobrevive desde hace años en el interior de una destartalada camioneta, aparcada en el Llano Amarillo.

Y al mediodía, en las paradas de autobús de Virgen del Carmen, un hombre con barba y maletín saluda a todo viandante. Cada día, llueva o apriete el calor, él se sienta en el banquito de la marquesina más próxima a la rotonda de Blas Infante, sonríe y te mira; y agacha la cabeza respetuosamente. Sus papeles están en blanco. Porque Algeciras esconde historias. Por ejemplo, su archivo municipal resguarda papeles que se remontan hasta 1755, y más de 9.700 cajas con documentos a descubrir. La cárcel de la ciudad, Botafuegos, alberga unos 1.700 presos. Hasta 75 oficinas bancarias se reparten por las calles de la localidad. Y el 30% de los fallecidos en la ciudad mueren por enfermedades circulatorias y un 29% por tumores. Algeciras son sus inmigrantes, los que arriban en pateras a la dársena del Saladillo, donde los voluntarios de la Cruz Roja los abrigan y alimentan. Ante la mirada de agentes de la policía, los subsaharianos se desvisten. Ya sea de noche o de día, arrojan sus pantalones y camisetas húmedas a un rincón del muelle. Allí se apilan. Unas mantas rojas sobre los hombros suelen ocultar sus rostros. Prácticamente desnudos, únicamente con unos calzoncillos, piensan en esas aguas del Estrecho frías y traicioneras, esas que ya quedan lejos. Y miran los altos edificios del primer skyline de Algeciras, donde se apilan las ventanas, desde donde se observa el Peñón, y la puesta de sol, y los enormes buques mercantes. Y muchas de las otras raras maravillas de esta ciudad sin tiempo. De esta ciudad de cosas inadvertidas.
Inspirado en Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas de Gay Talese "A todos mis excompañeros, porque siempre lo serán"

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