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TEXTO HISTÓRICO Nº1

El poder soberano sólo reside en mi persona; es sólo por mí por lo que


mis tribunales existen y tienen autoridad, y como ellos ejercen en mi
nombre, su uso no se puede volver nunca contra mí; el poder legislativo sólo
es mío, sin ninguna dependencia ni ninguna partición (…); el orden público
completo emana de mí, y los derechos y los intereses de mi nación (…)
reposan en mis manos

Discurso de Luis XIV ante el Parlamento de París, 1661

TEXTO HISTÓRICO Nº2

En primer lugar, de todos es sabido que un gran número de cautivos


de guerra serían masacrados cruelmente si no existiese la salida de
venderlos a los europeos. (…)

En segundo lugar, cuando son llevados a su destino, generalmente


hablándolo, llevan allí una vida mejor más cómoda que la que tenían en su
propio país. La razón es clara. Como los propietarios pagan por ellos precios
muy caros, es de su interés darles el mejor trato posible.

En tercer lugar, el trabajo de estos esclavos ha hecho tanto bien a las


colonias inglesas (…), sobre todo en aquellas islas con plantaciones de
azúcar. Como estas islas tienen un clima casi tan caliente como el de la
costa de Guinea, los negros tienen más aptitudes para trabajar la tierra que
los blancos (…)

En una palabra, puedo asegurar que el bien que procura este


comercio es mucho mayor que todos los inconvenientes que se le atribuyen.
(…)

Guillaume Snelgrave: Nueva relación de algunos lugares de Guinea y del


comercio de esclavos que allí tiene lugar, 1735

TEXTO HISTÓRICO Nº3

En cada estado hay tres clases de poderes: el legislativo, el ejecutivo


y el judicial.

Por el primero, el príncipe o el magistrado hace las leyes para cierto


tiempo o para siempre, y corrige o deroga las que están hechas. Por el
segundo, hace la paz o la guerra, envía o recibe embajadores, establece la
seguridad y previene las invasiones; y por el tercero, castiga los crímenes o
juzga las contiendas de los particulares (…)

Cuando los poderes se hallan reunidos en una misma persona o


corporación, entonces no hay libertad.
Barón de MONTESQUIEU: El espíritu de las leyes,

Libro XI, Capítulo VI, 1748