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El ciervo feliz

La escalera se hizo angosta y la alarma que rechistaba noche de paz y noche de amor, cumplía su acometido dejándose embelesar estridente por la plaza de San Lucas. Yo, como cada viernes a las diez, salía de trabajar algo aturrullada por el devenir monótono de una profesión inerte e insulsa. Avancé delicadamente, bajando uno a uno los escalones del camino a la libertad, por fin podría olvidarme de aquello que muchos llamaban “el encuentro internacional de los amantes de la filatelia”.

La calle, fría, oscura y desolada, ya era mía y el empedrado bajo el manto de luto de aquella noche buena, tornábase un muro angosto por el que pasear se hacía poco agradable a la par que difícil y peligroso. Pensé en llamar a un taxi, aunque la tienda de ultramarinos no quedaba muy lejos, tal vez a cinco minutos pensé, así que emprendí mi búsqueda cercada por el viento que arremetía furioso como alzando la voz para que reculara, o quizá para advertirme de algo, quien sabe. Mi objetivo era una lata de tomate frito, para el menú que tenía pensado esa noche, macarrones con tomate “el plato de la soledad”, que evidentemente no era para mí que ya sabes que estoy a dieta sino para ti que se que te encantan.

Al fin, después de andar sin pausa ni tranquilidad llegue al local, saludé al vendedor y me lancé al encuentro de la lata, al poco di con él, con el tomate, el hecho, de que la tienda contara con dos hileras de estanterías me facilitó las cosas. Luego fui a pagar por el producto, pero de repente con mucha agudeza, un caballero se adelantó, incorporándose delante de mí, efectuando el pago irrisorio de lo que yo compraba más dos botellas de un ron que tenía el aspecto de ser lo más caro que habían vendido hasta el momento. Perpleja y algo confusa, no supe que decir, mis palabras quedaron en nimios balbuceos de garganta que morían en un sonido animal. Nos quedamos mirando por un momento, me quise ir pero intercepto mi hombro con su mano varonil y yo amedrentada quise soltarme de sus garras de seductor anónimo, pero su voz entonces empezó a sonar.

Estuvimos hablando, el me confesó que solo quería llevarme a casa, que no era noche para una dama, le reproche tanto descaro, pero me contra argumentaba cada una de mis razones por las cuales no aceptar su invitación. Al fin, parecía decidida a no aceptar aquella extraña oferta, pero al salir a la calle y cernirse sobre mi tal oscuridad, titubeé, y entonces él, astuto me invito a su brazo y me dijo: el coche está ahí delante, te llevaré, es un momento.

Como él me aseguro el camino se hizo corto, lleno de silencios algo incómodos, pero nada de lo que yo había pensado hasta el momento parecía ser lo que era. Llegamos a casa, aparco su BMW en la entrada del garaje, salimos del vehículo y se excuso por no haberse presentado, nos dimos la mano y los nombres, unas sonrisas de complicidad dejaron entreverse en mi rostro.

Y cuando todo parecía acabar como estaba planeado, me saco una tarjeta, me dijo que era vendedor de colchones. ¡Vendedor de colchones, Paco! Se me iluminaron los ojos. Entonces le dije que pasara, porque hace muchísimo tiempo que quiero cambiar este colchón y no encuentro a nadie competente para ello. El aceptó así que subimos al cuarto y me estuvo contando todo lo que sabía sobre colchones, yo le detalle que es lo que más me gustaba de

una buena cama y el resolvió en que este colchón estaba viejo y desgastado, así que lo teníamos que cambiar.

Paco… cuando has entrado, estábamos probando el colchón, por favor cariño, esto no es lo que parece.

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