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Las crónicas del Bien y del Mal. En Jaque

Las crónicas del Bien y del Mal. En Jaque

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http://www.bubok.es/libros/221205/Las-cronicas-del-Bien-y-del-Mal-En-Jaque Me llamo MarcusValetti, y soy un peón del Fénix. Entender lo que soy y por qué lo soy escomplicado. Recibí de una escopeta el justo pago por una vida de asesinatos, ydejé mi vida humana enterrada junto a mis enemigos. Ahora soy un condenado, unsiervo de los eones, seres más viejos que la tierra que pisamos, seres quejuegan con nosotros como si fuésemossimples piezas en un inmenso tablero de ajedrez. Estoy muerto, no necesito comer paravivir, no necesito respirar..., y tan solo el amor me hace sentir vivo. El amorhacia Joyko, una mujer increíble, que lleva atrapada en este juego macabro másde cuatrocientos años. El Fénix me ofrece la posibilidad desalvar mi alma, de comprender la razón de la existencia, la respuesta a todasmis preguntas. Pero lo único que me pregunto es: ¿cuál será el precio quetendré que pagar por ello...?
http://www.bubok.es/libros/221205/Las-cronicas-del-Bien-y-del-Mal-En-Jaque Me llamo MarcusValetti, y soy un peón del Fénix. Entender lo que soy y por qué lo soy escomplicado. Recibí de una escopeta el justo pago por una vida de asesinatos, ydejé mi vida humana enterrada junto a mis enemigos. Ahora soy un condenado, unsiervo de los eones, seres más viejos que la tierra que pisamos, seres quejuegan con nosotros como si fuésemossimples piezas en un inmenso tablero de ajedrez. Estoy muerto, no necesito comer paravivir, no necesito respirar..., y tan solo el amor me hace sentir vivo. El amorhacia Joyko, una mujer increíble, que lleva atrapada en este juego macabro másde cuatrocientos años. El Fénix me ofrece la posibilidad desalvar mi alma, de comprender la razón de la existencia, la respuesta a todasmis preguntas. Pero lo único que me pregunto es: ¿cuál será el precio quetendré que pagar por ello...?

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las crónicas del bien y del mal

J. Mariño
© Las crónicas del Bien y del Mal. En jaque
© J. Mariño
ISBN OC: 978-84-686-2871-4
ISBN Vol II: 978-84-686-2874-5
ISBN PDF Vol II: 978-84-686-2875-2
Editor Bubok Publishing S.L.
Impreso en España/Printed in Spain
LIBRO II
Qué soy, me preguntas.
No soy más que el furor de la justicia,
no soy más que el pecado que lamentas,
no soy más que el garante de tus firmas,
y el que paga todo el precio de tus deudas.
Soy quien te ha enseñado a llorar
en las noches en que el miedo te desquicia.
Soy quien te ha enseñado a pagar
todo aquello que ha robado tu avaricia…
Qué soy, me preguntas.
Soy el que enseña con dolor,
yo… soy la justicia.
Las Crónicas del Bien y del Mal
(La hora del Fénix)
PRÓLOGO
E
l mundo que la Alianza conocía estaba a punto de convertirse
en un infierno. Hell estaba libre tras más de tres mil años de
cautiverio. Se hizo con los toltecas con la maestría que le reportó
su apodo, la Mentirosa, milenios atrás. Algunos de los nobles toltecas
albergaban sus dudas, pero siempre era más fácil aceptar una mentira que
buscar la verdad. Del primero al último clavaron rodilla ante un demonio,
y nadie sospechó nada.
Nadie excepto un capitán de la guardia Blue, que no solo sabía lo que
estaba pasando, también había visto cómo el Fénix le devolvía la vida a
Sheteck. No sabía qué hacer, pero tenía claro que la Pantera debía sobre- é hacer, pero tenía claro que la Pantera debía sobre- hacer, pero tenía claro que la Pantera debía sobre-
vivir, así que le ayudó a resguardarse de los ojos del nuevo Ketxal.
Marc había despertado acunado en los brazos de Joy, ante la atenta
mirada de los miembros de la Alianza que se encontraban en la sede de
Licos en Montecarlo. Pero en los ojos de la Geisha no vio el amor que
esperaba encontrar, sino tan solo la máscara del miedo, un miedo al futuro
que no podía echarle en cara.
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Por su parte, Mell se replanteaba actuaciones pasadas y veía reaparecer
un sentimiento hacia Luna que creía haber dejado atrás en un centenar de
ocasiones. Los sentimientos se hacían con él por oleadas; unos le traían el
amor de siglos perdidos y otros el rencor acumulado en más de mil años de
relación, y no sabía qué hacer. Como todo hijo del Imperio, si no sabía cómo
actuar, lo mejor era no hacerlo, así que permanecía observando el blanco
rostro de la Albina sin atreverse a pedirle disculpas, mientras el recuerdo de
Lidia se comía las pocas ganas de vivir que le quedaban.
En cuanto a Leo, veía venir la catástrofe general y la suya personal, puesto
que Scyros había despertado y, sin duda, tenía mucho que recriminarle;
mientras, Luna reposaba abatida sobre los brazos de un hombre al que,
con el tiempo, había aprendido a odiar; Star sabía que el poder de decidir
no estaba en sus manos, así que se concentró en prepararse para la guerra;
y, en China, Lee intentaba reconstruir su mundo, sin demasiada suerte: la
muerte de Ryu le había dejado un boquete inmenso que no podía llenar,
no sabía ignorar y no tenía fuerzas para superar, lo que estaba empezando
a alterarle de una forma peligrosa.
Mientras tanto, yo, Horck, el Fénix, acababa de convertirme en el eón
más fuerte del juego al contar con una dama en ciernes (Marc), dos torres
(Mell y Sheteck) y un alfil ( Joyko), en una jugada que estaba a punto de
poner a la Alianza… en jaque.

J. Mariño
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Capítulo I
Avistando la tormenta
Montecarlo, 2006
Sede de la casa de Licos
E
l sueño de los condenados… Ese bendito estado, navegando
entre recuerdos perdidos, que permite a un inmortal seguir
viviendo, que consigue lo imposible: animar el alma del que ha
visto la muerte cara a cara y ha regresado para contarlo. Scyros soñaba,
y en su sueño recordaba tiempos pasados, días de amor y de gloria, días
de pasión y de caprichos humanos. Recordaba el cielo azul de su tierra
natal, amenazado por una tormenta en el horizonte, el olor del mar
Mediterráneo y la sonrisa de su madre recogiendo mejillones mientras
él y su hermano mayor corrían por la playa sin dejar de empujarse hacia
las olas del mar.
—Scyros… —El niño dejó de correr por la arena y miró a todos lados
en busca de aquella voz que lo llamaba por su nombre, pero su madre
seguía con las mujeres a varios estadios de distancia, y su hermano solo
reía.
11
—Scyros… —La voz de un hombre, dulce y aflada, con un acento del
norte que no conseguía situar del todo, hizo que el sueño se parase en seco,
congelando la imagen de su hermano junto a las olas.
—¿Quién eres? —preguntó el muchacho mientras buscaba a su alrededor.
Segundo a segundo, su consciencia regresaba al presente, haciéndole
recordar el dolor de los siglos siguientes y haciéndole ver la realidad de que
todo aquello no era más que un sueño.
—¿Recuerdas a Alexias?
Alexias… Su tutor, el hombre que le enseñó a ser el condenado más fuerte
sobre la tierra. Claro que lo recordaba. La imagen a su alrededor cambió.
Año 1389, 14 de agosto. El primer boceto de la gran casa de Licos no
era más que una casucha donde las columnas se sostenían como por arte
de magia. Hacía un calor infernal. Scyros llegaba tarde a una reunión con
Alexias; había tenido que frenar un desembarco en Córcega y una turba
a gran escala al norte de la ciudad de Constantino, y estaba hecho unos
zorros. Ya tenía preparadas las excusas pertinentes sobre su retraso cuando
encontró el cuerpo de Alexias, muerto junto al balcón de la vieja casa.
Estaba desarmado, con varias costillas rotas y el rostro desfigurado. A su
alrededor estaba todo revuelto, documentos y ropa de cama esparcidos por
todas partes, como si por la puerta del balcón hubiese entrado un vendaval.
Tenía los dedos de la mano calcinados; concretamente el dedo corazón de
la mano izquierda, donde debería reposar el anillo de Licos, estaba comple-
tamente quemado. El que lo mató sabía perfectamente cómo hacerlo. Otro
condenado, sin duda una torre de fuego. El dolor que sintió el día de su
muerte se apoderó de nuevo de su corazón y, aunque no fue lo que había
sucedido aquel día, se vio a sí mismo de rodillas. Podía diferenciar perfecta-
mente la situación: ahora tan solo era un sueño, un recuerdo partido. El día
de la muerte de Alexias, Scyros había arrasado la casa hasta los cimientos.
—¿Qué quieres? —preguntó—. ¿Quién eres? —Volvió a mirar el rostro
de Alexias, paralizado en el tiempo, en algún recoveco de su subconsciente.
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—Tienes que despertar, Scyros.
—Ni hablar. Aún no he escuchado lo que quiero oír.
—Tal vez nunca lo hagas.
—Entonces no despertaré.
—Imaginaba que te pondrías cabezón, así que me he preparado para ese
supuesto.
¿Quién podía ser? Se había colado en su mente como si nada. Estaba
observando sus sueños, espiando sus recuerdos. ¿Cómo se atrevía a hacer
algo así? La sangre de Scyros era altamente inflamable y estaba empezando
a escasearle la paciencia.
—¿Dónde estás? —preguntó buscando al intruso a su alrededor.
—Delante de ti, en la casa de Licos. ¿Recuerdas?
Intentó hacerlo, recordar dónde estaba antes de la espiral de sueño en
la que se había refugiado. Le vino a la memoria la pelea con Leo. Habían
discutido porque el Espartano no creía que su forma de gobernar la
Alianza fuese adecuada al nuevo milenio. Aquel idiota había hipotecado
la palabra de la Alianza para granjearse la amistad de un condenado, un
hijo de Astarte llamado Alter, que no solo servía a una Potestad olvidada,
sino que, además, estaba confinado en una isla por orden de la Alianza
desde hacía casi tres mil años; vamos, una pieza de mucho cuidado.
Al parecer, había matado a un muchacho de dieciséis años durante una
noche de juerga en una discoteca; según él, por accidente.
Las Crónicas del Bien y del Mal
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Capítulo II
Algo que celebrar
30 de diciembre de 1999
Ibiza, España
L
os recuerdos de aquel día aún seguían nítidos en su memoria, tal
vez debido a que fue lo último que hizo antes de clavar su lanza
en el jardín de Montecarlo y quedarse en stand-by unos añitos.
Había recibido informe de la muerte de un adolescente a manos
de Alter. Los Tronos habían ordenado al condenado no salir de
Baleares por ningún motivo bajo pena de muerte, algo que Scyros no
comprendía muy bien, pero que, por otro lado, no le sorprendía. Alter
pertenecía a Astarte, alias Astaroth, una de las Potestades con más
mala leche del universo, adicto al dolor ajeno y muy capaz de excederse
sin miedo alguno a las reprimendas de la Alianza. Astarte había prota-
gonizado una masacre de proporciones bíblicas durante su partici-
pación en el juego. La Alianza tardó más de cuatrocientos años en
echarle y suprimir a sus torres; le costó cinco torres, ocho alfiles y una
docena de caballeros. Y solo fue posible gracias a la criba de Salomón.
15
Tras la criba, Astarte tomó una única pieza, Alter, y desde entonces no
había intentado participar en el juego. Tan solo conservaba esa pieza
y el territorio de las Islas Baleares. No se metía con nadie, no llamaba
la atención…, salvo alguna que otra muerte «accidental» de vez en
cuando.
Astarte era un eón de aire, uno de los pocos que conservaban piezas sobre
la tierra. La mayoría prefería influir desde el astral, puesto que su poder le
permitía hacerlo sin despeinarse. A todos les sorprendió lo de Alter: ¿para
qué tener una pieza encerrada en unas islas, cuando contaba con poder
suficiente para tener una docena e influir desde el astral? Todos llegaron
a la conclusión de que Astarte no quería seguir jugando; conservaba esa
pieza por algún motivo que escapaba a la comprensión de los miembros de
la Alianza, o simplemente se ocultaban sus razones.
Por su parte, Alter parecía el «prisionero» perfecto. No daba siquiera
señales de vida, mientras accedía a servir de títere a Astarte. ¿Por qué? ¿Qué
pacto había firmado aquel idiota? Solo Alter y Astarte sabían la respuesta,
y seguramente nadie más llegaría a conocerla.
Faltaban dos días para fin de año cuando Scyros pisó Ibiza en busca
de Alter. Se fue directo al sitio donde había sucedido el incidente: una
conocida discoteca ibicenca con buena música, mujeres hermosas y buen
ron. El Gigante cogió una profunda bocanada de aire antes de meterse en
aquel hervidero de gente. Sobresalía por encima de la multitud, llamando
la atención de todo el mundo. La seguridad no tardó en acercarse: los
hombres de ese tamaño daban problemas. Era inútil intentar averiguar por
qué, simplemente los daban.
—Buenas noches, caballero —dijo uno de los «gorilas».
«Bueno, al menos tiene educación», pensó Scyros mientras encaraba al
chaval.
—El local está poco acondicionado para gente de su tamaño. Le ruego
que tenga cuidado con las puertas, podría golpearse la cabeza por accidente.
—El muchacho mostró una sonrisa agraciada antes de continuar—. Tal vez
J. Mariño
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sería conveniente que me acompañase hasta la zona vip; allí los techos son
altos y estamos seguros de que disfrutará mucho más de su estancia.
La cosa era sencilla: era preferible tener a aquel gigante lejos de la
multitud y bien controlado. Si para eso había que colarle entre los vips,
pues se hacía y se evitaban problemas. Además, aquel tipo tenía pinta de
tener dinero, vestía con clase y se movía con confianza.
Scyros asintió y caminó tras aquel muchacho como un buen chico. Lo
llevaron a una zona alta, bien ventilada y con una preciosa barra decorada
con luces de colores. Había camas y sofás que parecían confortables, y donde
la clase alta consumía botellas de champán Cristal como si fuese agua.
El guardia de seguridad le enseñó la zona vip e informó a la camarera
de la nueva situación, haciéndole entender que aquel hombre no pagaría la
tarifa especial de la zona. Pero cuando Scyros comprendió lo que pasaba,
decidió pasar a la acción.
—Disculpa, ¿cuánto pedís por el Cristal? —La camarera miró de nuevo
al guardia de seguridad y este respondió por ella.
—Mil euros, señor. —Scyros sacó un taco de billetes del bolsillo interior
de la chaqueta de cuero y puso cuatro de quinientos sobre la barra.
—Ponme dos. —Se giró hacia la zona buscando la mesa más
resguardada—. Estaré en aquella mesa. —Encaró de nuevo al guardia—.
Sé que hace dos semanas hubo un incidente en la discoteca; al parecer
murió un chico de dieciséis años. ¿Alguien vio lo que pasó?
El «gorila» no sabía qué pensar. Por un lado, aquel hombre no podía
ser un policía. Los policías no tiran dos mil euros en champán; por otro,
el «problema» acababa de convertirse en un vip de verdad, y con muchas
ganas de gastar dinero, y eso le venía muy bien para darle en la nariz al
jefe de relaciones públicas, un capullo italiano que lo tenía frito con sus
chorradas.
—Creo que el jefe de seguridad de la zona vip lo vio todo porque sucedió
justo aquí —dijo señalando hacia una esquina de lo que parecía una terraza
al exterior del edificio—. Voy a ver si puede atenderle.
Las Crónicas del Bien y del Mal
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El chico se alejó mientras Scyros se quitaba la chaqueta. La camarera
estaba descorchando la primera botella sin quitarle el ojo de encima y,
cuando acabó de despojarse de la prenda, se le descolgó la mandíbula.
«Joder con el tuerto», pensó. Parecía sacado de la liga de pressing catch.
Llevaba una camiseta negra de cuello de pico que le quedaba más ajustada
que el sudor y lucía algunos músculos que ella no sabía ni que existían, unos
pantalones vaqueros algo gastados justo en la línea que separa la tontería
del buen gusto, y parecía tener un trasero de piedra. Guapo, rico y como
un queso. Lo malo de ligarse a un hombre así era que seguramente no le
entraría en la cama. Acusó la ironía con una sonrisa mientras colocaba la
botella en la cubitera.
Scyros extendió la mirada por la sala de fiestas. Era una casa antigua,
algún tipo de finca de mediados del siglo XX. Estaba llena de salones
independientes y recovecos. Pasillos y más pasillos morían en una plaza
central abovedada donde la música resonaba con la fuerza suficiente para
levantarte un dolor de cabeza en un par de horas. Abajo, la gente bailaba
enzarzada con un ritmo frenético, mientras el DJ se lucía elevando su
sistema nervioso una y otra vez. Desde su posición podía verlo en la cabina,
chutado hasta las cejas de adrenalina, disfrutando de su posición de poder.
A su derecha, una gogó se contoneaba con suavidad mientras un centenar
de miradas desnudaban su cuerpo; algo sencillo, porque prácticamente ya
lo estaba. Lo sorprendió mirándola y le dedicó una sonrisa. Scyros se la
devolvió mientras se sentaba en el borde de la cama balinesa.
Ibiza... En sus tiempos la llamaban Isla de la Luz. Los guerreros que
habían demostrado su valor en el mar terminaban siendo enterrados en ella
como premio. Más tarde la llamaron Isla Blanca. No recordaba ninguna
época en la que allí no hubiese habido sexo, drogas, vino y mujeres. Ya
en época de Marco Antonio se reunía allí la nobleza romana con la simple
intención de perder el control; se celebraban orgías que duraban siete días,
y hombres vestidos de mujer amenizaban las fiestas bailando.
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Dejó vagar la mirada por el escenario central, donde dos drag-queens
disfrazados de ángeles bailaban para la multitud.
«Nada nuevo bajo la luz del sol», se dijo mientras la camarera colocaba
la cubitera sobre la mesa junto con una ración algo escasa de caviar, que no
parecía muy fresco.
—Si necesita algo másss… —alargó el «más» mucho más de lo
necesario—, solo tiene que pedirlo. —Y se alejó con una extraña sonrisa
en los labios.
Scyros resopló lo justo y apuró una copa de champán de un trago.
Aquellas copas parecían de juguete en sus manos.
Dejó pasar los minutos sin ponerse nervioso, disfrutando de las mujeres
y del champán, que no duró mucho. Se bebió las dos botellas casi sin pensar,
por lo que pidió otras cuatro, ante la atónita mirada de la camarera. Ella no
tardó en informar al guardia de antes de que aquel tipo parecía un cajero
automático, algo que no solo le hizo frotarse las manos, sino que además
le empujó a darle a su compañero un segundo y mucho más contundente
aviso sobre su interesante huésped.
Como Scyros había imaginado, el chico no tardó en aparecer. El dinero
abría más puertas que la lanza, aunque, por otro lado, algunas no se podían
abrir sin ella.
El jefe de seguridad de la zona vip se presentó como Miguel. Mediría
casi dos metros y estaba lo suficientemente bien formado como para
resultar amenazador. Claro que frente a Scyros lucía muy poco. Los
hombres como ese eran presa fácil para el Tuerto; no solían verse nunca
en presencia de gente más grande que ellos, y eso, de alguna manera, los
trasladaba a su infancia, a los recuerdos sobre el poco o mucho respeto que
les tuviesen a sus padres. Miguel debía de haber respetado mucho a su
padre, porque instintivamente se sentó frente a Scyros con cara de tener
un nudo en el estómago.
—Me han dicho que preguntaba usted por mí. —Scyros le dedicó una
sonrisa y le tendió la mano.
Las Crónicas del Bien y del Mal
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—Hola, Miguel, yo me llamo Scyros Niniades. —Se la estrechó con
poca fuerza, pero aun así no pudo evitar que el chico acusara el apretón.
Aquello era algo que no conseguía evitar, le agradaba dar la mano a la
gente, pero si seguía endureciéndose, tendría que dejar de hacerlo—. Tengo
entendido que estabas presente el día en que aquel muchacho se mató.
Miguel giró ligeramente los ojos hacia la izquierda, mientras en su
mente se formaban los recuerdos reales. Después dirigió lentamente los
ojos al otro lado, al tiempo que imaginaba una forma de largarse de allí sin
contar nada que pudiese perjudicarle a él o a la sala.
Scyros era un experto en reconocer el lenguaje corporal, y colarle una
mentira resultaba prácticamente imposible, así que, para no tener que
enfadarse, tomó la palabra sin darle al chico tiempo a mentir.
—Verás, tengo intención de averiguar lo que pasó, pero no tengo ninguna
de saber tu papel o el de la empresa. Tan solo me interesa lo que sucedió entre
el chico y el otro hombre. —Sacó el enorme fajo de billetes una vez más y
lo ventiló como si fuesen naipes. Después colocó un billete de cien euros
delante del chaval y lo clavó en la mesa con un dedo—. Por cada cosa que
me cuentes que aclare lo sucedido, yo colocaré un billete más aquí, y tú serás
cien euros más rico. Pero, si me mientes, sustituiré el billete por un guantazo.
—No me gustan las amenazas —dijo el chico.
—Y a mí no me gustan las mentiras —respondió el Tuerto mientras
ensanchaba la sonrisa.
El chaval se paró a meditar. Aquello le resultaba parecido a una escena
de la película Four rooms, pero mientras aquel gigante no le pidiese que le
cortara un dedo a alguien, la cosa podía resultar interesante, así que asintió
con la cabeza.
—OK, ¿qué es lo que pasó?
—Rondarían las cuatro de la mañana. Hacía ya dos horas que el
muchacho daba tumbos por la terraza. Llevaba en la muñeca el distintivo
de vip, así que poco podía hacer hasta que le tocase las narices a una gogó
o a cualquier otro vip. Lo tenía vigilado. Cada diez minutos lo buscaba y
J. Mariño
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