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Editorial
¡Bienvenidos a la séptima entrega de Palabras! En este primer número de 2013 les estamos presentando un formato mejorado y más elegante de nuestra revista. Seguirán encontrando la misma calidad literaria que gracias a nuestros colaboradores, su paciencia y comprensión, podemos jactarnos de brindar número a número. Deseamos que disfruten de los relatos que encontrarán en las siguientes páginas, y que sea de su agrado el poder conocer mas sobre quienes nos acompañan este mes. Recuerden que pueden contactar con nosotros por diferentes medios, ya sea por nuestra web o mediante Facebook. Contamos con ustedes para que Palabras siga siendo una revista en constante crecimiento, medio para que escritores y lectores se reencuentren para celebrar la pasión por la literatura que nos une. Los invitamos a seguir compartiendo Palabras en este nuevo año que inicia. Gracias por vuestro apoyo.

Índice
Deseo del corazón, por Selin ............................................................. pág. 5 El amor simplemente es..., por Elizabeth Bowman........................... pág. 7 Para siempre..., por Patricia Olivera.................................................. pág.11 Blanco sobre negro, por Eva María Medina Moreno ......................... pág. 13 La náusea, por Eva María Medina Moreno ....................................... pág. 15 Pasado imperfecto, por Patricia Olivera ........................................... pág. 16 Aburrimiento, por Eva María Medina Moreno ................................. pág. 18 Redada, por Eva María Medina Moreno ........................................... pág. 19 La erre, por Eva María Medina Moreno ........................................... pág. 20 A través del tiempo, por Eugenia Sánchez ........................................ pág. 21 El hombre, por Graciela Marta Alfonso ............................................ pág. 23 El hubiera, por Rivela Guzmán ......................................................... pág. 25 Nuestros colaboradores ..................................................................... pág. 26

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Deseo del corazón
Por Selin Albaluna era una niña pequeña, vivaracha, de semblante alegre y risa contagiosa. Tal vez fuese su mirada o tal vez su sonrisa, lo cierto era que encandilaba a los habitantes del pueblo, quienes estaban encantados con aquella niña, desde que había llegado junto con su familia a primeros de año. Rebosaba alegría de vivir y tenía una gran facilidad para comunicarla a quien tuviese cerca de ella. Realmente no pedía nunca nada, siempre era tan discreta con sus deseos, que apenas se le escapaba ninguna palabra que pudiese poner a nadie en un compromiso. No obstante, lo cierto era que todas las personas la querían complacer, aunque simplemente fuese con una sonrisa, que se veía ampliamente correspondida por la pequeña. También le gustaba escuchar a las personas, como hacía con los viejos que tomaban el sol en la plaza, acercándose a ellos para escuchar sus historias de cuando eran jóvenes. Algunas podían ser simples anécdotas de tiempos pasados, pero casi siempre aparecían las comparaciones con el presente. Uno de los temas recurrentes era la sequía, que últimamente estaba siempre presente, con alguna escasa intermitencia que apenas saciaba la sed de los pozos y de las fuentes. Ya eran varios años lloviendo menos de lo que se necesitaba. Incluso el paisaje amenazaba con cambiar su fisonomía, con perder los verdes que antes llenaban los valles y las lomas de los alrededores, y trocarlos en ocres terrosos a fuerza de perder vegetación. Su imaginación respondía a las palabras que escuchaba, representándose una especie de teatrillo interior. Allí había lugar para aquellas imágenes de otros tiempos, en las que ella transformaba el paisaje que veía, llenándolo con flores y plantas, de todas las formas y colores que le sugerían las conversaciones. Pasaron los meses y se acercó su cumpleaños. Pensó que le gustaría poder ver todas aquellas flores, aquel recuerdo del pasado que llenaba su imaginación, allí mismo, en el pueblo, y también en los alrededores. Comentó ese deseo con sus padres, quienes le dijeron que en el pueblo había las flores que la gente plantaba y poco más; como mucho, alguna planta silvestre que había encontrado un pequeño hueco para medrar. Donde sí podría ver otras flores, sería en los campos de los alrededores, aunque este año estaba resultando demasiado seco y habría muy pocas. Albaluna sintió frustración. Se había hecho a la idea de celebrar su cumpleaños con todas las flores del mundo a su alrededor, de manera que a todas partes donde mirase siempre habría flores. Pero comprendía que si seguía así el tiempo, eso no podría ser,,
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aunque todavía había una posibilidad, un pensamiento que le había venido. Finalmente llegó el día de su cumpleaños. Albaluna tuvo su fiesta y su pastel. Cuando se dispuso a apagar las velas, su mirada y su sonrisa mostraban un brillo extraordinario, más todavía que en cualquier otro momento. Así sopló las velas que coronaban el pastel, con ímpetu vigoroso hasta apagarlas todas. Y mientras soplaba, siguiendo el clásico ritual que tantas personas repiten en ese momento especial, pensó un deseo. Lo pensó con intensidad, con toda la fuerza de su alma. No era el típico pensamiento que enviaba a la panadera, al tendero, ni a cualquier otra persona con la que se cruzase. En esta ocasión su pensamiento iba más allá, hacia los campos que rodeaban el pueblo. Se extendía hasta las lomas cercanas que formaban su cercano horizonte. Llegaba al río, ahora seco, que cruzaba el valle. Subía hasta el cielo azul, totalmente vacío de nubes de lluvia desde hacía demasiado tiempo. En ese momento no pasó nada. Todavía no. Fue cuando llegó la noche que cambió el viento. Un aire fresco y húmedo empezó a llegar al pueblo. Al poco rato empezó a llover, una lluvia fina y suave, silenciosa, tanto que nadie vio ni oyó nada. También ayudó que fuese una de esas ocasiones en que la atención se distrae o el sueño es más pesado de lo habitual. Aquella lluvia parecía brillar, era como si estuviese viva. Poco a poco fue impregnando de agua y de vitalidad cada rincón, cada campo, cada loma. Todo el paisaje se preparó para conceder el deseo a una niña que todavía creía que todo es posible. Amaneció y el nuevo día mostró a los ojos sorprendidos de los habitantes del pueblo el resultado de la lluvia nocturna: campos y lomas reverdecidos, salpicados de color, junto con el rumor del río, un sonido que ya casi habían olvidado. Albaluna se levantó aquella mañana ilusionada, expectante. Se asomó a la ventana de su habitación y enseguida comprobó que su deseo se había cumplido. Su alma se llenó de agradecimiento y, en cuanto salió de casa, se dispuso a disfrutar de su ansiado regalo, transmitiendo su alegría a cada flor que veía mientras la acariciaba suavemente.

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El amor simplemente es...
Por Elizabeth Bowman Cuando abrí los ojos todo continuaba sin cobrar sentido. Estaba tumbada boca arriba, sin poder mover ni un solo músculo de todo mi cuerpo, con la mirada inamovible, casi inerte, prendida en los altos y relucientes techos de aquel lugar. Y entonces comprendí que aquello debía ser la muerte o que al menos era lo que se debía sentir al estar muerto. La cabeza seguiría con vida, los sentidos permanecerían completamente alerta, las ideas seguirían batallando y martilleando en tu cabeza mientras el cuerpo permanecía inmóvil, rígido, pesado, sin vida. Y es entonces cuando una dolorosa ansiedad acaba apoderándose completamente de ti al descubrir que estás condenado de forma irremediable a permanecer atrapado dentro de tu propio cuerpo durante toda la eternidad. Parpadeé con nerviosismo intentando alejar de mí tales pensamientos. Ser una friki de Anne Rice me había convertido en una paranoica. ¡Por supuesto que no estaba muerta! Aunque la luminosidad imperante en aquel lugar bien podría atribuírsele al resplandor anunciante de las puertas del cielo—, y por supuesto que no me había convertido en una inmortal, puesto que la retahíla de dolores que devoraba mi cuerpo, abrasándome por dentro, y el entumecimiento de mis extremidades jamás podría atribuírsele a un vampiro en su despertar a la eternidad! Aguzando mis sentidos pude percibir un inquietante bip bip a mi espalda. También descubrí que la luminosidad cegadora que asolaba la estancia no procedía de la estela celestial de un coro de ángeles y arcángeles dándome la bienvenida, sino de la impersonal y blanca luz de los fluorescentes. Intenté tragar saliva pero la áspera presencia de un objeto extraño obstruyéndome la boca y arañándome la garganta me obligó a desistir de inmediato. Una fuerte oleada de tos, perfectamente escoltada por una marejada imparable de náuseas, me abordó en el acto, y entonces comprendí verdaderamente que no estaba muerta. Resulta infinitamente doloroso intentar toser cuando tu garganta se encuentra invadida o cuando sientes que los pulmones ya no pertenecen a tu caja torácica. Resulta una auténtica estupidez intentar toser cuando el propio aire te ahoga obligándote a sentir como un pez arrojado fuera del agua, boqueando sin parar y sintiéndote asfixiar con cada frustrada ingesta de oxígeno. Y entonces piensas en todos esos pececillos que son arrancados de su hábitat y que, ya en tierra firme, luchan desesperadamente por sobrevivir. Verdaderamente a estas alturas y sintiéndome como uno de esos miserables pececi7

cillos dudo si es peor morir por falta de aire o por un exceso de él. Inmediatamente y surgida como de la nada sentí la presencia de varios personajes desconocidos cerniéndose sobre mí, tocándome por todas partes y luchando por arrancar algo de mi interior. Parece ser que el hecho de que hubiera abierto los ojos resultó una auténtica novedad para ellos, algo tan transcendental como la primera vez que el señor Amstrong dejó su huella en la luna. De haber sido consciente de todo aquel incómodo y urgente manoseo hubiera permanecido con los ojos cerrados un buen rato más. Quise revolverme contra ellos y defenderme, alejarlos de mí e intentar preservar mi vida, pero poco puedes hacer cuando lo único que parece vivo en ti es tu cabeza. Imposible alzar los brazos para protegerme, imposible cubrir mi rostro con las manos, imposible rechazarlos a patadas tal y como me hubiera gustado. Toda yo era un inútil saco de plomo de cincuenta y cinco quilos y cientos de toneladas de inservible raciocinio. Curiosamente al cabo de varios segundos de forcejeo descubrí que el aire llegaba por fin a los pulmones. El acoso de aquellos desconocidos seres de blanco también cesó y algo parecido a una sonrisa de satisfacción asomó a sus anónimos semblantes. —¡Por fin ha despertado, avisen a sus familiares! —dijo uno de ellos. ¿Mis familiares? ¿Quería eso decir que no estaba sola? ¿Mi familia estaba allí conmigo? ¿Pero, dónde? ¿Y qué era eso de que había despertado por fin? ¿Cuánto tiempo había dormido? Una chispa de intuición cobró fuerza en mi cabeza y entonces empecé a recordar. Las imágenes, atropelladas y urgentes, empezaron a cruzar por mi mente con el disparatado desorden de un puzzle a base de fotos animadas. Cerré los ojos y una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla para estrellar finalmente su esencia salada contra mis labios. Aquella era mi historia, aquella mi triste realidad. Hacía dos años que Marco y yo nos habíamos ido a vivir juntos. Nuestra relación siempre había sido perfecta y él era lo que, tras una juventud zozobrada en la que mi corazón había ejercido de infalible imán de sinvergüenzas, parecía calmar y saciar todos mis sentidos. Sin embargo mi caballero andante tenía un gran defecto (en ese momento y bajo mi estúpido criterio mucho más grave que la peor de las taras): jamás había sido detallista, jamás había sido capaz de recordar ninguna fecha especial, ningún aniversario. ¿Qué importaba que cada noche me arropara con cariño, que me preparara con mimo la bañera cada vez que yo regresaba cansada del trabajo, que bajara a Pluto a la calle cada vez que llovía y a mí no me apetecía abandonar el calorcillo de la estufa, que se comiera las sobras frías del día anterior o que él mismo se hiciera la cena, perfectamente contento y sin protestar, cuando a mí simplemente no me apetecía cocinar? ¿Qué importancia podía tener todo eso para mí si no me regalaba un mísero ramo de flores o un estúpido peluche con un corazón enorme incrustado en el pecho? ¡Qué estúpida e inmadura era por aquel entonces! 8

Recordé con inquietante nitidez, como si hubiera sucedido ayer mismo, —aunque dadas mis circunstancias no me sentiría capaz de situar realmente ninguna escena en el tiempo—, nuestra última discusión. Volvíamos a casa después de un duro día de trabajo. Marco permanecía atento a la conducción pues era una noche oscura de agua nieve, y yo permanecía atenta a mi eterno propósito de molestarle, de herirle increpándole su escasa capacidad de rascarse la cartera para obsequiarme con cosas inútiles que sabía que con el tiempo acabarían acumulando polvo en el trastero. —¡Faltan dos días para San Valentín y estoy segura de que no me has comprado nada! ¡Yo sí te he comprado algo! ¡Siempre te compro algo! —No necesito ningún regalo, Eva, tenerte a mi lado es el mejor regalo para mí. —¡Pero todo el mundo se intercambia regalos! ¡Si no me compras nada entenderé que no me quieres y lo nuestro se habrá terminado! ¡Lo juro, Marco, esta vez va en serio! —Eva, no seas caprichosa. Yo te quiero más que mi vida y, de hecho, daría mi vida por ti, y lo sabes. —¡Palabras! —¿No preferirías que ese día te preparara la cena, te diera un masaje en los pies y alquilara tu peli favorita? ¿De veras prefieres un ramo de rosas por el que ese día me cobrarán el sueldo de una semana y que en quince días estarán marchitas? Y en ese momento, antes de que pudiera lanzarle por la boca a aquel buen chico mi habitual retahíla de sapos y culebras, un ciervo, un perro, un zorro o el mismísimo diablo a cuatro patas, apareció en mitad de la carretera y todo se volvió oscuridad. Negrura, silencio, soledad. *** Días más tarde, cuando por fin mi cuerpo pareció despertar definitivamente de la modorra que provoca la inconsciencia, mi familia me reveló la verdad, encontrándome postrada todavía en el que podría haber sido mi lecho mortal. A causa de aquel terrible accidente Marco y yo ingresamos en el hospital en estado crítico, aunque fui yo la que sin duda se llevó la peor parte. Después de unas horas de intensa lucha coqueteando con el filo de la inconsciencia y la cordura caí finalmente en el abismo oscuro del coma. A su vez mi corazón decidió iniciar su propia batalla independiente amenazando con ofrecer su última sístole mortal. Por lo visto y si no aparecía pronto un donante, mi alma, mi cuerpo y todo mi ser estaban irremediablemente condenados. Marco no sabía nada. Por supuesto y dado su estado nadie le había informado de la precariedad de mi salud en esos momentos. No hizo falta. Dicen que el amor todo lo sabe y traspasa incluso los límites de la razón. Y ahora lo creo. 9

A pesar de que su mejoría era evidente y todos aventuraban que pronto podría abandonar el hospital, poco a poco fue debilitándose de un modo incomprensible. Era como si se dejara morir a propósito, como si se abandonara en brazos de la muerte como quien se abandona en el lecho de su amante favorita. Dejó de comer, dejó de hablar, dejó de sonreír y poco a poco dejó hasta de sentir. El mismo día de San Valentín, al alba, Marco me obsequió con el regalo más inmerecido que yo hubiera sido capaz de imaginar. En medio de mis reproches, mis estúpidos ramos de rosas y mis osos de peluche, Marco me regaló su corazón.

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Para siempre...
Por Patricia Olivera Enjugó las lágrimas que pugnaron por salir, luego de tantos años de silencio. Le rozo los labios y fue suficiente para que todo se saliera de control. Se besaron con desesperación, ella notó la excitación sobre su vientre, le desabrochó la camisa con urgencia mientras él la desnudaba y comenzaba a besar, y acariciar, ese cuerpo que hacía tanto deseaba el roce de sus manos. Se recorrieron por entero, se miraron, se susurraron palabras de amor que ninguno imaginó que le diría al otro. Lo recibió en su interior, entre gemidos suaves y movimientos acompasados. ―Érica ―susurró―, eres tan bella. Para no gritar, ella mordió el hombro masculino cuando llegó al orgasmo. Estaba en el paraíso, con el hombre que amaba y había amado desde la adolescencia, con el único que amaría por el resto de su vida. Fue la mujer más feliz del mundo cuando lo sintió llegar al clímax dentro de ella, quizá esa fuera la única vez que estaría entre sus brazos. Quedaron abrazados, mientras sus respiraciones se normalizaban y los sonidos del amor se apagaban poco a poco. Érica se levantó y comenzó a vestirse mientras él la observaba. ―Érica… ―No digas nada, David, ambos sabemos cómo son las cosas. Lo mejor va a ser que nos olvidemos de este momento de locura. Yo por mi parte no pienso decir nada y tampoco es mi intensión malograr el matrimonio de mi hermana ―dijo, con resignación, y salió, cerrando la puerta tras de sí. Él quedó callado. Nunca le había sido infiel a Eva, jamás había puesto sus ojos en otra mujer pero las sensaciones que su cuñada le había provocado fueron muy fuertes y urgentes. Fue maravilloso tenerla entre sus brazos y asaltar esa intimidad que custodió con insistencia durante todos esos años. Su borrachera no era tal como para hacerlo olvidar, al otro día, lo sucedido hacía sólo unos instantes. Había llegado bastante mareado pero desde el momento en que la tuvo
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cerca se le pasó de inmediato. Se restregó los ojos, no sabía cómo las enfrentaría a ambas, el día siguiente, durante el desayuno.

Érica estaba lista para marcharse en cuanto su hermana llegara, no quería estar allí al otro día cuando David se levantara; no lo quería enfrentar ni estar cara a cara con Eva sabiendo lo que había sucedido entre ellos. Esta no se asombró de que su hermana se marchara a las cuatro de la mañana cuando ella llegó, sabía que Érica era algo extraña. Con la excusa de los exámenes pudo salir del paso sin dar lugar a sospechas. Pasaron varios días antes de que volvieran a verla, lo que no les resultó raro debido a su carácter. Cuando se reunieron para el cumpleaños de los gemelos, unos meses después, la relación entre ambos fue la misma de siempre, como si nunca hubiera sucedido nada. Sin embargo, era inevitable el cosquilleo que recorría sus cuerpos cuando sus manos se rozaban por accidente o sus ojos se encontraban con disimulo. A Érica se le partía el corazón cuando imaginaba a su hermana y a su cuñado desnudos en la intimidad. Su presencia en la casa del matrimonio comenzó a hacerse menos frecuente, a pesar de que extrañaba a sus sobrinos había decidido mantenerse al margen. Sabía que su hermana no lo entendía y siempre criticaba su forma de ser y la acusaba de falta de amor y de interés hacía la familia. Prefería que pensara eso, la situación jamás iba a cambiar y ella sería incapaz de hacerla sufrir y de destruir ese matrimonio. Sabía que seguiría amando a su cuñado como lo hizo desde adolescente, desde el primer instante en que lo vió. David era el amor de su vida desde siempre y lo sería para siempre.

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Blanco sobre negro
Por Eva María Medina Moreno Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color −rojo, azul y negro−, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico. Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. Escritor maldito, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual; ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca in-tentando decir algo ingenioso tras la tos. Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del ce-nicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic, clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista. Dejé que el cigarrillo se consumiese, que los hielos se deshicieran y me acerqué el portátil. Los dedos en el aire, como pianista al comienzo de un concierto. Estaba en tensión; demasiada tensión para una buena escritura. Le di dos sorbos al whisky. El nombre del personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía fuerza. Ricardo Corazón de León. Ricardo III. Di a la «r»; una, dos, tres veces. Mantuve el dedo presionado. Las erres fueron uniéndose hasta llenar la pantalla. Las borré. Pensé en lo difícil que era escribir. Solo sentarse frente a una pantalla tan blanca atemorizaba; parecía que las palabras, las ideas, huyesen, como esas erres que ya había borrado. Antes de retirar el ordenador y probar con el papel, di a la «r» y la guardé como documento. Me hizo gracia mi hazaña, que celebré con caladas al cigarrillo y un buen trago de whisky. Cogí folios y el bolígrafo negro. «Espalda recta, ojos al frente», me dije acordándome de la mili, «al objetivo». El objetivo era escribir algo, lo que fuese, aunque estuviera mal escrito. Sentir que a un sujeto sigue un verbo, que los complementos se van arrimando a la frase, que a una frase sigue otra, que hay armonía entre ellas, que van casi de la mano. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo. Cuántas veces había soñado desaparecer de una manera tan elegante. Adquirir esa materia volátil. Cómo empezar. Ricardo, a sus treintaicinco años. Horrible. Ricardo, hombre sincero y robusto. Hombre sincero y robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo reprobarían. Mientras pensaba en el argumento, dibujé erres; mayúsculas, minúsculas, alargadas. Cuando me cansé, arrugué la hoja y la tiré a la papelera. Hice una buena canasta. Apagué cigarri13

llo y portátil, y fui al baño. Mientras me subía los pantalones, me vi en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco de los ojos con venas rojas. Me dolía la garganta. Saqué la lengua; amarillenta. No quise seguir indagando. Fui al salón. Me dejé caer en el sofá. Puse los pies sobre la mesa, pensando que mañana, mañana empezaría la novela.

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Por Eva María Medina Moreno

La náusea

Cuando desperté ya había oscurecido. Me quedé frente al espejo del baño. Exa-miné mis ojos, bajando, con la presión del índice, el párpado inferior y, después, su-biendo el superior; primero el izquierdo, luego, el derecho. No vi nada para alarmarme. El blanco del ojo, normal, no tendía al amarillo, y las venas, ninguna más roja que otra. Me tranquilizaba hacer esto, como si a través de los ojos hiciera una especie de escáner y comprobase que todos mis órganos funcionaban bien. Preparé una cafetera. Mientras se hacía, pasé a la habitación de mis padres. Hacía tiempo que no entraba. Todo seguía igual; solo el polvo se había asentado formando una capa fina, homogénea, casi transparente. Pensé en esas motas uniéndose hasta formar esa alfombra, tejida de bichos microscópicos. Miré las fotos. Mis padres parecían pedirme que les sacara de allí. Sentí escalofríos. El silbido de la cafetera me alarmó. Al salir, cerré la puerta. Con la taza de café en la mano, me acerqué a la ventana del salón. Retiré la cor-tina amarillenta y miré tras el cristal. El gris de las nubes se fundía con esa capa grisácea del humo de fábricas y coches. En el alféizar seguían mis plantas, algo más secas. Las observé. El verde oscuro de hojas alargadas, con forma de lanza. Un verde más claro con franjas amarillas en hojas dentadas. Espinas pequeñas, muy finas, casi transparentes, de cactus carnosos. Agujas más gruesas. Sentí un vacío pesado y una opresión de pecho extraña, como si hubiesen cosido mis pulmones convirtiéndolos en uno y, a través de ese pulmón encogido, no podía respirar, no sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana, asomándome. Me ahogaba. Parecía que mis pulmones se pegaban a la tráquea, re-plegándose. Me quedé quieta, intentando no pensar; se me pasaría. Me senté. Los olores a fritos, que subían por la ventana, dejaron de oler. El olor a antiguo de la casa se transformó en un olor insípido que desazonaba. Y los perros la-draban tanto… Cuando miré el televisor, el negro de la pantalla me deslumbró. Tenía un brillo crudo, afilado, casi insoportable. Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis de-dos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los pelos fuertes y duros de un jabalí disecado. Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos secundarios? No miraría prospectos. Se me pasaría, seguro que se me pasaría.

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Pasado imperfecto
Por Patricia Olivera Las imágenes continúan atormentándolo. Eso provoca que sus bajos instintos estén alertas, prontos a tirar la barrera que él mismo se ha impuesto desde el día en que logró burlar a sus perseguidores. Pasó mucho tiempo de esa etapa de su vida que intenta por todos los medios sepultar. Ni siquiera hallarse en un remoto y mágico lugar de Londres, sobre sabe Dios qué puente, logra hacer que olvide su pasado y los terribles actos que lo lanzaron a una fama poco usual. Por momentos, los tormentos de su corazón logran desaparecer ante la alfombra multicolor que las flores de esa fértil primavera forman como un arcoíris sobre los prados; y esas aguas transparentes, tan puras y azules como ese cielo que lo cubre, parecen transmitirle la paz que tanto ansia encontrar. Por un instante, que le resulta eterno, se detiene en medio de ese puente de maderas añejas y fuertes, se apoya en el barandal y contempla con ojos vacíos las pequeñas embarcaciones que se deslizan con lentitud, siguiendo la corriente del río, llevando la carga preciosa de parejas ensimismadas en mimos y palabras. De improviso, sus ojos brillan y una mueca sádica se dibuja en su rostro al detenerse en la contemplación de una joven mujer que pasea despreocupada por la orilla del concurrido canal. Se voltea, apartando con horror la vista, y se cubre el rostro con las manos. Gruesas gotas de sudor comienzan a deslizarse por su cara, al tiempo que intenta respirar con normalidad. Se aleja con rapidez para llegar a la otra orilla. Las imágenes parecen hacerse más fuertes, aguijonando con intensidad su mente, dejando que los recuerdos comiencen a hacerse visibles. 16

Se detiene, tomándose la cabeza con gestos de dolor y desesperación. No puede creer que el tratamiento tan estricto al que está sometido no esté dando frutos. No puede ser que le sea imposible enterrar lo que un día fue, cuando todo el mundo lo llamaba Jack; cuando su profesión de cirujano se le fue de las manos, y se puso al servicio de los pensamientos depravados que lo llevaron a manchar sus manos con sangre inocente. Un grito silencioso sale de su boca, abierta en forma desmesurada. Poco a poco el paisaje comienza a desfigurarse, a difuminarse como si fuera solo una invención caprichosa de su mente enferma; una jugarreta de su otro yo, de ese yo asesino e implacable que se deleita en jugar con sus sentidos y con su exhausta cordura. Poco a poco los colores comienzan a mezclarse, las formas insisten en desaparecer hasta transformarse en las paredes grises de su celda. De esa celda que es como una tumba, dentro de la cual sus ojos enajenados permanecen fijos en ese mundo multicolor al que lo lleva la medicación; dentro de la cual el griterío de los otros pacientes del manicomio le llega como el trinar de pájaros, que oye ensimismado, mientras vuelve a cruzar el puente imaginario hacía la nada.

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Aburrimiento
Por Eva María Medina Moreno Acaban de comer. Él pasea su mirada por la habitación. Su fláccida y pálida barriga asoma por los botones mal abrochados del pijama. Ella mira por la ventana. Entre ellos, una mesa camilla con restos de comida. Al fondo, la televisión encendida. Ella sigue mirando a la calle. Su melena es bicolor; castaño oscuro y rubio platino. Su cara, sin lavar, muestra la opacidad de un maquillaje mal aplicado. Unos labios extremadamente rojos, pintados con un carmín barato. Colillas impregnadas de bermellón saliéndose de un cenicero de cristal. Él se levanta de la silla, y, antes de sentarse en el sofá, aparta unas revistas viejas. Gotas de sudor resbalan en su calva, deslizándose por pelos grasientos de la nuca. Con la manga del pijama se quita el sudor y coge el mando de la tele, pasando de un canal a otro. Mira hacia la pared, donde un reloj redondo, de fondo blanco, cuyas manillas y números son del color del metal, está parado a las cuatro. Le divierte imaginar que funciona. Todos los días se pone frente a él antes de la hora, y siente el minuto que transcurre desde las cuatro como el único real en su vida. Ráfagas de un aire cálido mueven las cortinas. Ella retira platos y cubiertos con el antebrazo, y saca del bolsillo de la bata unas cartas desgastadas. Empieza su solitario. Él fija la vista en un ventilador que está en el suelo; las aspas metálicas giran lentamente. El hombre le pregunta a la mujer por la llave. La mujer le contesta, con desgana, que la busque. El hombre se levanta con pereza del sofá y se acerca a la mujer. Le vuelve a preguntar por la llave. Ella le dice que busque, y le canta: «¿Dónde está la llave matarile, rile, rile?». Él: «Si no me dices dónde está…». «¡Qué! ¡Qué vas a hacer! ¡Qué coño vas a hacer tú!». «Dime dónde está», dice él. Ella se ríe, lo insulta. Él vuelve a preguntar. «Busca, busca», se oye. Las manos de él sobre sus hombros. «¿Qué pasa? ¿Acaso me vas a estrangular? ¡Anda aprieta! ¡Aprieta cobarde!». Unos dedos gordos agarran su cuello. «¿Me lo vas a decir?». Las manos presionan con fuerza. «¿Dónde está?». «Adivina», dice ella con voz apagada. El hombre aprieta más fuerte. «¡Me lo vas a decir, hija de puta, me lo vas a decir!». El cuerpo de la mujer cae al suelo, inerte. Él se sienta en el sofá. Imágenes en la pantalla. Mira el reloj. Espera a que sean las cuatro.

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Por Eva María Medina Moreno

Redada

Íbamos con palos a terminar con el ruido traidor. Vimos a un niño escondido detrás de los contenedores de basura, con un reloj pequeño en su mano. −Dame el reloj −le dije. −Es mío, yo lo encontré. −Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos aho-gan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas. −¡Libertad, libertad! −gritaban los aliados−. ¡Abajo los relojes, muerte a los relo-jes, muerte al tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! Mis manos se acercaron al niño, hacia sus manos, luego subieron al cuello. El niño gritaba. Rodeé su cuello con suavidad. Gritos más profundos. Las manos se desligaron de la mente, y ya no sabía si presionaba o no. La voz débil de su garganta infantil me contestó. No la escuché, seguí, seguí, hasta oír un cuerpo contra el suelo. Cogí el reloj, lo tiré, lo pisé, oyendo mi grito: ¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!

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Por Eva María Medina Moreno

La erre

Un hombre escribe. Una hora, cuatro. En la pantalla, una «r». Sigue escribiendo. Las cinco, las siete. En la pantalla, una «r». Llega la noche. El cuello le duele, los músculos de los hombros tiran. Necesita un descanso pero sigue escribiendo. Mañana, mediodía, noche. Solo oye el ruido de sus dedos en las teclas de plástico. «La historia fluye», piensa y sonríe. En la pantalla, una «r». La mira, desafiante. «Levantarme, huir». Pero el hombre sigue; sigue escribiendo.

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A través del tiempo
Por Eugenia Sánchez Emma empujó la puerta y entró. El amplio recibidor estaba desierto y silencioso. La gran araña del techo arrancaba destellos al piso desnudo y al dorado posa manos de la escalera que serpenteaba hacia la oscura segunda planta. Sus tacos repiquetearon brevemente y ella se detuvo, dudando. La fiesta había terminado horas atrás. La madrugada caía sobre la casa envolviendo los jardines en una bruma espectral. El aire frío calaba hasta los huesos, pero ella había vuelto a la mansión vistiendo su atrevido vestido. La piel de sus brazos y su escote estaba erizada y un estremecimiento recorrió su espalda desnuda al sentir el calor de la estancia. Michael la había citado allí esa noche. A solas, mucho después de que la fiesta hubiera acabado. Y ella había acudido sin pensarlo siquiera, arrastrada por el embrujo de sus ojos verdes y su voz suave. Después de tantos años, aún respondía a él. Aún le permitía invadir sus sueños y colarse en sus pensamientos diurnos. Que el más mínimo detalle dibujara en su mente el recuerdo de algo que Michael había dicho o hecho. Después de tantos años, si Michael llamaba, ella acudía a su lado. Se detuvo en medio del recibidor y miró hacia la cima de la escalera. De la casa no llegaba el más mínimo sonido, pero sabía que él debía estar cerca, aguardándola. Por el rabillo del ojo percibió movimiento y volteó en esa dirección. Un gran espejo de apariencia antigua devolvía su reflejo. Se acercó a él por inercia, apoyando las manos en la delicada mesita ubicada ante él, y repasó automáticamente su maquillaje y cabello. Su piel, habitualmente pálida, tenía la apariencia de la cera fría y en un acto reflejo acarició su mejilla. Una mano masculina siguió el rastro de la caricia, y Emma se sobresaltó al sentir la presencia de Michael a su lado. Él se movió a su espalda, reflejándose también en el espejo, clavando sus ojos en los suyos de modo intenso. Emma cerró los ojos al sentir su tacto tibio bajando por su cuello. Un estremecimiento de deleite recorrió su cuerpo y se apoyó con abandono en el amplio pecho masculino. Michael frotó su mejilla contra la suavidad de su cabello, inhalando el perfume que emanaba de estos. Deslizó una mano bajo sus pequeños senos y la apretó contra él, deseando que ella sintiera a través de sus cuerpos su creciente excitación. El calor de sus cuerpos vibrantes los consumía segundo a segundo, arrastrándolos a un vórtice de pasión tan familiar para ellos como el tacto o el sabor de uno y otra. Michael subió sus manos al cuello femenino, donde latía, desaforado, su pulso, acariciando con la yema de sus dedos la escurridiza tela que cubría sus senos. El espejo le 21

enseñó como los delicados pezones cobraban vida bajo la tela, y se alzaban exigiendo su atención. Ejerciendo una suave presión, Michael apretó el cuello de Emma, quien dejó escapar un débil gemido. Luego inclinó su cabeza, haciendo que su bigote cosquilleara en la piel femenina. Emma volvió a estremecerse. Eso era nuevo. La última vez que habían estado juntos, Michael había llevado el rostro bien afeitado. Siempre olía a una colonia mentolada y Emma gustaba de frotar su mejilla contra la de él. El bigote era nuevo, pero igualmente excitante, y al roce de su piel despertaba nuevos anhelos, durante largo tiempo reprimidos. Michael se detuvo cuando sus narices se rozaron y estudió a Emma a través del espejo, admirando su belleza imperturbable, los pequeños cambios que el tiempo había producido en ella. El color de su cabello, por ejemplo, era más claro que en otras ocasiones. Todavía recordaba el color del fuego que tuvo la primera vez, aquel que lo había seducido al calor de las llamas. Emma, su hermoso amor, volvía a estar entre sus brazos, dispuesta a quedarse junto a él el tiempo que tuvieran. Ahora, Michael sólo pensaba en disfrutar el contacto de sus cuerpos, dejar que la pasión fluyese de uno a otro hasta que no pudieran contenerla. ─Emma… ─susurró Michael, apretándola más contra sí─, abre los ojos, amor. Emma cumplió su pedido con lentitud y de inmediato encontró el reflejo de su mirada depredadora. ─Michael… ─pronunció, llamándolo con el nombre que siempre le correspondería en su memoria. ─Sh… ─El aliento de Michael acariciaba su piel como ambos deseaban que lo hicieran sus manos─. Es nuestro tiempo ahora… Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas ante las imágenes que las palabras de Michael despertaban en su mente. Su tiempo para estar juntos en esa vida. Una vez más, a través de los siglos volvían a encontrarse. Deseaba decirle mil cosas para expresarle lo que sentía. Pero no era momento de hablar. Emma giró la cabeza y rozó con sus labios los labios masculinos. Un pequeño movimiento que bastó para abrir las compuertas de su pasión…

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El hombre

Por Graciela Marta Alfonso

Un murmullo corría sordo por su silencio, Gustavo Luis se tocó los ojos y estaban plenos, casi abiertos, contemplando la montaña y el abismo. —Soy un hombre —se dijo, y su voz gimió como un acorde en el coro de una iglesia, el eco se desbordaba entre su orgullo. Era un hombre, sí, era un hombre, acaso ¿alguien dudaba de su arrogancia o de su valentía? Era el hombre que logró llegar al espacio, el hombre que por vez primera voló como un satélite-pájaro-quimera, hacia los infinitos confines de Dios. El hombre que durmió en un oxígeno cubierto interestelar, el hombre sin ley de gravedad, tan lejano de Newton y la manzana. Pero ahora, al borde del pico más alto del Himalaya, el hombre con su traje espacial, hacía extrañas piruetas; su corazón se frenaba en el mecanismo congelado de la computadora y de repente se encendía resolviendo cálculos logarítmicos y razonamientos lógicos. Gustavo Luis resistió cuatro días, comiendo nieve y controlando el mecanismo de su traje de astronauta. Hasta que llegó el momento del despegue, la nave estaba preparada, había acondicionado la radio extraterrestre, para enterarse de las últimas guerras interplanetarias. Era un hombre precavido, he aquí la clave de su éxito y progreso.

Obra visual Grabado: Monocopia “Eclipse” 23

Comió el último copo de nieve de la cumbre, se colocó el casco y contempló como un desconocido el paisaje desértico, se acercaba el instante de partir, debía dejar de lado los sentimentalismos; dentro de la nave, se preparaba para el despegue, fue cuando escuchó voces desesperadas que lo llamaban, muy fuertes debían ser porque ni el bramido furioso de la nave y el gélido viento del Himalaya lograba entorpecer su sueño. Gustavo Luis giró levemente la cabeza y sintió las fantasmagóricas voces, pero igualmente despegó, ya no se oían, estaba muy lejos, había atravesado la barrera del sonido y del tiempo, de ahora en más su tiempo sería infinito y atemporal. En la pirámide de Keops, un hombre se había arrojado con alas delta, nadie se explica como logró subir. Lo vieron por casualidad dos hombres del rescate aéreo, pero no llegaron a tiempo, el hombre yacía boca abajo, su lengua estaba cubierta por la arena llameante de Egipto y su cuerpo extrañamente curvado en posición frontal, como una reproducción de los jeroglíficos de las mastabas.

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El hubiera
Por Rivela Guzmán S i hubiera la manera de cambiar las cosas… De existir tal acción podría todo ser tan diferente. Tan diferente que el recuerdo entre tú y yo no sería tan amargo y decepcionante. Tantas cosas que hubiera hecho o dicho o callado… “Pero ‘el hubiera’ no existe” escucho constantemente al externar mi inquietud, y mi razonamiento adopta esa frase como justificante para la resignación. Una resignación que nunca llega, a pesar de las incontables veces que mi mente repite esas palabras. ‘El hubiera’ no existe… Si ‘el hubiera’ no existe, ¿entonces por qué lo puedo pronunciar y pensar? Por todo lo que lleva nombre y es pensado hay una existencia que puede o no ser probable. Y habiendo tantas cosas y acciones improbables en este mundo, ¿por qué es ‘el hubiera’ el más ignorado y desahuciado? En el sinfín de cosas que supuestamente no existen, sin embargo, pensamos y pronunciamos, ¿es ‘el hubiera’ lo más improbable de todo? Es como negar el recuerdo nítido del sueño o pesadilla que se tuvo la noche anterior con todo y cada uno de sus detalles. O el pensamiento incesante que taladra la conciencia sin darle descanso haciéndose presente a cada segundo, aún siendo intangible. Si puedo pensar y pronunciar el hubiera, entonces existe. Por todo lo que alguna vez ha pensado, imaginado o soñado el hombre hay una palabra que le nombre y un aproximado en descripción o significado, pues lo que aún no se conoce o inventa carece de todo ello. Es entonces cuando sí es aceptable su inexistencia, que también podría resultar en una falacia amarga que arrebate las posibilidades de soñar y preguntarse acerca de las cosas u hechos. La improbabilidad de que suceda, o no, es irrelevante a lado del valor que cada persona le dé a su existencia.

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Nuestros colaboradores
• Selin
Aficionado a la literatura, distribuye su tiempo entre las reseñas de los libros que le ofrecen y la escritura de relatos, mayoritariamente cortos, dentro de diversos géneros: negro, erótico, fantasía, terror o ciencia ficción. Algunas de esas historias han sido galardonadas o seleccionadas para antologías y otras las ofrece directamente en su blog Susurros.

• Elizabeth Bowman
Nació en Galicia. Desde muy joven empezó a escribir sobre lo que hoy se ha convertido en su auténtica pasión: la época de Regencia Inglesa. En 2012 publicó su primera novela, MISS EMILY, con editorial Seleer. Puedes visitar su blog aquí.

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• Eva María Medina Moreno
Nació y vive en España. Licenciada en Filología Inglesa y Diplomada en Profesorado de E.G.B. Investigadora de la Literatura Inglesa del siglo XX y Contemporánea. Sus relatos, premiados en diversos concursos, han sido publicados en libros y en revistas literarias. Actualmente escribe su primera novela. Entérate de sus actualizaciones aquí.

• Patricia Olivera
Vive en Montevideo, Uruguay. También escribe bajo el nombre de Patricia O. (Patokata). Ha colaborado en varias revistas literarias de la red y ha compartido espacio con otros autores en antologías poéticas y de relatos. Blogs que administra: Mis musas cuenteras y Mis musas locas. A su vez, participa en el blog Eros Textual.

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• Eugenia Sánchez
También conocida en la red como Maga DeLin, es una escritora novel uruguaya de 28 años. Ha colaborado con diversas revistas digitales e integrado varias antologias en distintos formatos como Pasión de Navidad (de la web El club de Las escritoras), El escritor (certamen Mil Palabras) y Porciones literarias (de la web Diversidad Literaria), entre otros. Administra dos blogs literarios: Una vida de novela y Escribiendo la noche. Además participa del blog Eros Textual.

• Graciela Marta Alonso
De Buenos Aires, Argentina. Profesora y licenciada en Artes Visuales. Tésis: Poéticas del Libro de Artista y Libro Objeto. Obras publicadas: El Silencio del Fuego y Antologías Literarias: Una Mirada al Sur y Pasión de Escritores. Su web: Hilo de Ariadna Grace.

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• Rivela Guzmán
Una mexicana un poco ecléctica. Afín a la lectura y a comprar libros compulsivamente, también se le da por escribir sus propias historias. Su sueño es publicar novelas. Publica algunos textos aquí y en Eros Textual. Tiene un blog cuasi-personal aquí.

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