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C PACHECO - Pedro Infante No Ha Muerto

C PACHECO - Pedro Infante No Ha Muerto

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Cristina Pacheco

,
Los dueños de la
noche. México:
Planeta, 1990.
p.217-226
¡Pedro Infante no ha muerto!
Abril 25 de 1984
Amorcito corazón. Atrás del aeropuerto, en la colonia Pantitlán, existe
desde 1958 el Club de Admiradores de Pedro Infante: «Hay infinidad
de grupos que t ienen como tem.a en común-?u a ñüración por Pedrito,
pero ninguno de ellos es realmente un club como el nuestro, que es real-
mente el primero que se fundó a raíz de la muerte de Infante. Para per-
tenecer a este club lo único que se necesita es dar cincuenta pesos al mes
y senti r una admiración profunda, ele corazón, por ese hombre incom-
parable, por ese actor único, por ese cantante al que no puedo calificar
porque no encuentro palabras para hacerlo y que, como usted sabe, se
llamó Pedro Infante» -me dice don Froylán Flores, presidente del Club
y ahor a ocupado en la organi zación de una misa en memoria de su ído-
lo: «La vamos a mandar decir en Catedral dejando, naturalmente, un
donativo pequeño pero significativo de mil pesitos . .. Se dicen fácil pe-
ro en este momento disponer de esa cantidad es duro, a ~ , 1 q u e por Pe-
dro vale la pena cualquier sacrificio».
Al cuartito de azotea donde está el Club ele Admiradores de Pedro
Infante van llegando sus afiliados. Las mujeres entran con un propósi -
to definido: una de ellas limpia un gran cuadro de Infante vestido de
charro; otra acomoda los sombreros de fieltro «que no, no pertenecie-
ron a Pedrito pero sí son de su estilo y aquí algunos señores los usan».
La más activa trajina en torno a un tocadiscos manual. Junto a él se
encuentra un busto de Infante y un altero de grabaciones. La mujer,
con gran 'respeto, desenfunda un disco, lo pone en el plato y en cuanto
se escucha la música se vuelve para explicarme: «Nadie, nadie canta co-
mo él Amorcito corazón . Vamos oyéndolo .. . ».
Sin ti, sin él
Entre los congregados se hace el si lencio. En ese «ri ncón cerca del cie-
lo» saturado de tanques de gas, botes de basura, desperdicios y tende-
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deros, la música se arrastra y paraliza a una adolescente, casi niña, que
lucha para que el viento no le arrebate las ropas secas. En cuanto me
le acerco explica: «Yo no formo parte del Club pero mis papás sí y ellos
me han inculcado admiración y respeto por Pedro Infante. Desde chica
he oído sus canciones y he visto los retratos que mis padres tienen de
Pedrito».
Pregunto a la joven si no se siente más identificada con los nuevos
ídolos juveniles: Parchís, Menudo, Chamos, Okidoki, Timbiriche, Los
Bukis: «Los cantantes de ahora son muy diferentes. René, el ex-Menu-
do, es muy guapo y todo, pero no me gusta mucho que se ponga aretes
y cosas de mujer. Pedro es otra cosa: como más señor, más hombre,
¡ay! más guapote ... » -La muchacha interrumpe su confesión sacudida
por una risa a la que secunda el aplauso de otras mujeres que acudieron
a oírla y también con objeto de opinar: «N'hombre, qué comparación.
Pedrito era sencillo, guapísimo y luego con aquel cuerpazo. . . Cam-
bien el disco que se está rallando ... » Luego de un minuto de confu-
sión e. indecisiones la voz de Pedro Infante vuelve a dominarlo todo: «Es
Sin ti» -me dice una mujer bajita y enlutada. Noto que sus ojos es-
tán húmedos. Como para explicar su llanto silencioso dice: «Sin ti ...
sin él. ¿Cómo hemos podido vivir sin él? Desde aquel domingo en que
oí la noticia de su muerte ... »
Un vecino se apresura a intervenir: «No, me perdona, no era domin-
go sino lunes cuando anunciaron por radio la noticia de su muerte. Me
acuerdo que estaba yo trabajando en el molino cuando lo supe. Ense-
guida bajé la cortina del negocio y me fui al Panteón Jardín para acom-
pañar a Pedro hasta su última morada ... »
Nosotros, el pueblo
En el deseo de acercarse al ídolo, de apropiarse de su imagen, surgen
las voces nuevamente: «Conocí a Pedrito cuando era niña y tuve el pri-
vilegio de que me cargara en brazos». «Yo estuve cerquita, cerquita de
él en un festival que organizó el Departamento. Vino a cantarnos con
mucho gusto porque, como él decía, ante nadie cantaba mejor que ante
nosotros, el pueblo.» «Yo lo vi en el aeropuerto, de pasadita ... »La
voz de un hombre se impone: «Nunca me perdí ni una sola de sus pelí-
culas y aunque en vida no tuve oportunidad de conocerlo, pues lo acom-
pañé el día en que lo enterraron. Estuve muy cerquita de la caja, que
era de color gris. Sí, lo vi todo ... »
Ante la gravedad de esas palabras todos guardan silencio. Hombres
y mujeres toman su sitio en las sillas que están pegadas a la pared. Una
mujer vuelve a poner el disco y mientras se oyen los versos de Pepe Guí-
zar -Sin ti, no podré vivir jamás/ y pensar que nunca más estarás jun-
to a mí . .. - don Justino González Ruiz cuenta lo que vio la mañana
en que enterraron a Pedro Infante.
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Flor y canto
«Era lunes. Tempranito estaba yo trabajando en el molino de nixtamal.
Tenía prendido ·mi radio y por· eso oí bien cuando a las 7:55 de la nltaña-
na un locutor de la XEW dijo: 'Señoras y señores: me es muy pen?so
darles la noticia de que Pedro Infante, nuestro incomparable Pednto,
ha muerto'. La noticia me impresionó tanto que no supe ni qué locutor
estaba hablando. Lloré, p:na qué voy a negarlo, y pensé: Cómo va a
ser que yo no acompañe a Pedrito en el panteón si él me ha hecho tan
feliz con sus películas y sus canciones. Y me fui a acompañar'. ya no
al actor sino al hombre que fue tan sencillo, tan generoso, tan Jalador
con todos los mexicanos ...
«Yo estaba triste, igual que si se me hubiera pariente .. Me
apuré para llegar pronto al Panteón Jardín. No cantidad
de personas que estaban allí: hombres, mujeres, anc1amtos
el mundo lloraba lamentándose por la muerte de Pednto. No tuve tiempo
para comprarle flores, pero noté que bastantes personas traían en la
una ramita, una flor: eso sí, todas rezaban y lloraban. Otros se pusie-
ron a cantar junto con los mariachis, que no sé quién llevó ...
«Yo tenía un nudo en la garganta. Por eso no tuve fuerzas para can-
tar ni nada, pero en cambio logré ir pegadito a la metálica ,cuando
la bajaron de la carroza. Pude ver, como de aqm a donde esta usted,
a su hermano Pepe y también a María Luisa León, a lrma Dorantes Y
a Lupita Torrentera, sus viudas ... Sí, tuvo muchas pero noso-
tros no podemos juzgar a Pedrito por lo que hizo o no h1zo .. Con todo
y que lo hayamos querido y admirado tanto no podemos olndarnos de
una cosa: Infante era después de todo un hombre corr0 Y por
eso, por sus cosas humanas, digamos, es por lo que nos identificamos
tanto con él ...
«Allá en el Panteón Jardín estuve un buen rato: tres o cuatro horas.
Todo era puro dolor. La gente lloraba, rezaba. Se hizo casi un motín
cuando empezaron a bajar la caja a la fosa. Entonces sí to?o el m.undo
quiso acercarse para echar sobre la caja de Pedro un puñito de tierra,
una flor, aunque fuera no más una lágrima. De, ver esa gente
que me espanté y me hice a un lado. Me sub1 a un arbol y desde alh
lo vi todo: harto sol y mucha, mucha tristeza ... »
Negrete comía pan
La emoción corta el relato de don Justino que inclina la cabeza para
ocultar sus lágrimas. Su vecina extiende la mano y toca su
brazo en señal de solidaridad. Mientras recobra la calma, las mujeres
van frases como aquella mañana de 1957 hace 27 años, en
que arrojaron puñitos de tierra sobre el ataúd de Pedro Infante:
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«Cuando Pedro murió yo era apenas una chamaquilla pero con tod
y esó le guardé luto como tres semanas ... Pero cómo no íbamos a
darle luto, si él era uno de nosotros los pobres ... Creo que, al men r
l
. h b l . . os
en aque tiempo, no u o una so a persona que no se smtiera triste por
la muerte de Pedro Infante. Y es que para nosotros había desaparecid
un gran hombre. Y digo hombre no en un sentido digamos carnaio
sino en el de la personalidad. Solo, él solito, Pedro
calle, e_l escenano, la pantalla ... y todo Y eso nunca fue alzado ni
soberbiO ... »Sobre todas las voces se Impone la de una mujer, queja-
dea a causa del calor: «Mire, para resumir voy a decirle una cosa. Eri
México ha habido muchos ídolos, los grandes de la canción. Allí tiene
a Jorge Negrete, que dicen que hasta cantaba piezas de ópera y todo.
Nosotros lo admiramos, sí, pero nunca nos sentimos tan identificados
con él. ¿Por qué? Bueno, voy a explicárselo de una manera muy simple:
Negrete comía pan, mientras que Pedro se alimentaba con tortillitas
como todos nosotros ... » '
Capítulos de nuestra vida
Don Justino hace un ademán y murmura una frase para indicar que de-
sea seguir con su relato. Los congregados guardan un respetuoso silen-
cio, como si estuvieran oyendo una oración:
«Desde que Pedro Infante murió ya casi ni voy al cine. Trabajo toda
la semana: de lunes a sábad;>. Los domingos, si acaso, me voy a los fes-
tivales que organizan las delegaciones. Allí se presentan conjuntos, can-
tantes, pero no les aplaudo igual. Y es que no me emocionan como In-
fante. Él decía en sus canciones cosas que nosotros sentimos y en sus
películas vivió, como quien dice, capítulos de nuestra vida. Por eso, por
los temas que él interpretó, sigo yendo a los cines donde dan películas
de Pedro Infante. Lo veo actuar y pienso: no está muerto. Y es que él
tenía una vitalidad tremenda ...
«Cada año voy a las mi'sas que le mandamos decir y también lo visito
en el panteón. Allí me estoy un rato con él, cosa que no hago con mis
papacitos, también fallecidos. No aguanto ver la tumba de mi papá o
mi millná, :ne da mucha tristeza. En cambio, cuando visito a Pedro es dife-
rente: no e; que me ponga alegre, pero como que me agarra una tristeza
distinta ...
«Fíjese cuántos años han pasado y sigo admirando al gran actor y
cantante que fue Pedro. Muchas veces hasta pensé: Caray, qué ganas
de haber sido como él. Ahora pienso distinto y digo: Bueno, él ya está
muerto. Yo soy yo. No seré muy importante que digamos pero al me-
nos estoy vivo. Y estoy vivo para recordar a Pedro.»
Su vecina, la señora vestida de azul, desborda la fila para subrayar
muy emocionada:
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«Lo que dice don Justino es cierto y creo que todos sentimos lo. mis-
Claro que nosotras, como tfruj,:res, vemos la cosa desde otro_ angu-
fanática de Pedro. No me pierdo una sola de sus películas. SJeT?pr_e
rne gustan, ya sea que las den en la tele la pantalla es ch1qm-
_
0
en el cine. Claro que cuando una ve su f¡gura grande, como de
entero, pues se emociona más porque lo ve más real. De
cha uno de los grandes sueños de mi ;ida era se; de las
que acompañaron a Pedrito en sus pehculas. ¿Se ¡magma haber. s1do una
Marga López, una Blanca Estela Pavón, una Carmen M?nteJO? Y no
q
ue deseara yo ser alguna de ellas porque eran bomtas o buenas
creo · b"
actrices -como la Montejo o Marga; que 1en- ;¡o
ería ser como ellas sólo porque tuv¡eron el pnv!legJO de JUntlto
Pedro Infante. Imagínese lo que habrá sido tocarlo, platicarle, se-
guirlo en una historia de esas de las películas ... >> • ,
Como una voz de alerta se oye la frase que con gran emocwn pro-
nuncia Gloria Juárez de González: «Yo sí conocí a Pedro Infante».
Partes de mi vida
«En 1955 vi a Pedro por vez primera en la película Nosotros los
·Córno rne impresionó! Creo que eso se debió a que al ver el trabaJO
de Pedrito nos sentíamos a su nivel. Mirando la película yo pensé que
estaba viviendo partes de mi vida, momentos de mi historia, mis pro-
blemas y también rnis tristezas. Sí, a Pepe el Toro lo muy mío, so-
bre todo en ciertos momentos trágicos de su vida, por eJemplo cuando
padece el dolor de ver quemado a su niño ... Y es que a mí me pasaron
cosas así. Déjeme contarle.
«Siempre he trabajado. Cuando era chica teníamos ún puesto de pe-
riódicos. Era voceadora, papelerita, como se decía entonces por estos
rumbos. Luego me fui a trabajar a la fábrica de hilos Cadena. Me ha-
bían contratado para el segundo turno y por eso desde las tres
diez y media de la noche yo le dejaba mis hijos encargados a m1
Ella, la pobrecita, tenía cincuenta años o sea que no estaba capacJta_da
para ver a mis criaturas que, como todos los niños, eran m-
quietos. Ya en la noche ella los dejaba dormiditos y se salía al patiO a
lavar la ropa de todos. Por eso sucedió lo que pudo ser una
el más pequeño de mis hijos se bajó de la cama y fue a meterse debaJo
de la mesa, que estaba junto a la estufa. Nosotros habíamos dejado allí
-por tontas, ahora me doy cuenta- una botella de refresco. llena d_e
gasolina blanca. Mí niño pensó que era limonada y se la tomo. Imagi-
nese cómo se puso la criatura: comenzó a sentirse mal, tiró por allá la
botella.
«Mi mamá, al oír los gritos dejó de lavar y fue a ver al niño que estaba
como envenenado. Entonces le metió el dedo en la boca pero con todo
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y eso mi muchachito seguía como muriéndose. Imagínese el cuadro: por
allá la gasolina regada, que en cualquier momento pudo haberse incen-
diado y por acá, el muchachito muriéndose de envenenamiento. Una ve-
cina, gr¡¡cias a Dios, llamó a la Cruz Yerd\! perola ambulancia no )Jegó;
así que algüien in e hizo favor de llevarme a mi criaturita a Xoco, donde
me lo salvaron ... Por eso, cuando vi a Pepe el Toro que sufría tanto
por la muerte de su hijo quemado, yo me identifiqué con él hasta la fe-
cha ...
«Y por eso mismo, porque me sentí tan identificada con él, nunca me
perdí una película. Todas me gustaron, hasta aquella que se llamó La
vzda no vale nada donde hay una escena medio escabrosa de burdel< Pero
él como que vivió el ambiente sin dejar de ser un hombre, un señor. ..
¡Y qué hombre! Pero no, no me malinterprete. Aunque no dejo de re-
conocer la guapura y la hombría de Pedro, nunca lo vi morbosamente,
por el lado del sexo. Era muy atractivo y cuando una estaba cerca de
él pues sentía cierta cosa, naturalmente, sin embargo no era nada sucio,
nada bajo . . . »
Siempre con el pueblo
__ .\·
«Como le dije antes - prosigue doña Gloria- yo tuve la fortuna de ver
a Pedrito vaíÍas veces . Una vez nos enteramos que estaba en el aero-
puerto con el señor Antonio Matouk, que andaba siempre pegado con
él. La noticia corri ó como pólvora y todos nos fuimos para allá. Al ver-
. nos llegar no puso mala cara, al contrario, nos dijo: '¿Quihúbole, cómo
están? Qué gusto de verl os . . . ' Yo estaba chamaquilla y me le acerqué
y le dije: Oiga, Ped ri to, ¿por qué no nos canta una canción? Una sola.
Él se volvió a mirarme con su estilo, como muy de muchacho, y me dijo:
'¿Una? Les canto las que quieran , porque ustedes son mi auditorio pre-
dilecto . . . ' Ya iba a cant ar cuando le dijo al señor Matouk: 'Bueno, y
tú, ¿no me invit as antes un cafecito?' Allí se despidió de nosotros, no
cantó, pero se vi o que tenía ganas de hacerlo .. .
«Otra infinidad de veces tuve oportunidad de ver a Pedrito en los fes-
tivales para los voceadores, en los que se organizaban en el Campo Lá-
zaro Cárdenas en honor a los trabajadores de Limpia y Transportes. Fí-
jese, esa es otra cosa muy bonita de Pedro: jamás se negó a participar
en festivales de caridad o en programas para nosotros, los voceadores.
Él siempre estuvo con la gente, con el pueblo._.
«Siempre que él aparecía en público las personas deseaban abrazarlo,
tocarlo. Muchas , más atrevidas que yo, querían besarlo. Yo no. Me bas-
taba con la fuerza de sus ojos y si algún deseo tuve -y por cierto lo
cumplí- fue tomarlo del brazo, caminar junto a él, como si fuese sim-
plemente su compañera ...
«Sí, mi sueño de ir del brazo de Pedro Infante se realizó cuando él se
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A treinta años de su muerte. junt o a la t umba de Pedro Infante continúan floreciendo
los recuerdos.
fue a su última gira a Venezuela. Lo encontré en eloaeropuerto y luego
luego que me le junto y que lo agarro del brazo con la buena suerte de
que nos tomaron una foto. Pero como él estaba más arriba queyo, en
·· la fotografía no salí completa: nomás me retrataron el copete. Pero ao
me importa. Conservo esa foto como una reliquia y seguido se la ense-
ño a mis hijos y a mis amigos y les explico: ese cachito de pelo que se
ve junto a Pedro es mío. Y lo cuento con orgullo porque yo sé que
junto a él, estaba yo, precisamente yo . .. Imagínese si no será impor-
tante saber que uno estuvo frente a la máxima personalidad, frente al
máximo representante del pueblo mexicano.»
Decente, sencillo, honrado, justo
«Dicen que la admiración que todavía sentimos por Pedro Infante -aña-
de doña Gloria- es una cosa rara, misteriosa. Lo será pero puedo ex-
plicarla: ninguna gente en el cine o fuera del cine habló tan parecido
a nosotros como Pedrito; ningún actor supo identificarse tan bien con
la problemática de nosotros los pobres como lo hizo Infante: él nos in-
terpretó y nos representó cop una fuerza qt¡e no tienen ni siquiera los
políticos . . . Muchas veces he pensado, ¿bueno, y si Dios hubiera queri-
do que Pedrito viviera todavía, y si a él le hubiera interesado en conver-
tirse en político, habríamos seguido fieles a él? Creo que sí. Y o hubiera
votado por él, aunque lo postulara el PRI, si él hubiera querido lanzar-
se para diputado y hasta para presidente. Porque, ¿quién mejor para
entender nuestras necesidades que ese gran hijo del pueblo?
«Pedro era un hombre senciilo, honrado y justo, era un hombre de-
cente. Ahora cuando dicen que no, que era un inmoral, que tuvo mu-
chas esposas, les contesto: no lo juzguemos como Dios. Pensemos que
era hombre porque si no ¿qué chiste? Como humano tuvo fallas , pero
también sus grandezas.»
Pedrito sigue invicto
«Hace tres años que ingresé al Club de Admiradores de Pedro Infante,
pero desde 1955 jamás he dejado de admirarlo, de ver sus películas o
de escuchar sus discos. Los tengo casi todos y cuando alguno se me raya
o me entero d_e que salió una nueva grabación de sus canciones le digo
a mi esposo: Andale, viejito, ahora que vayas al centro me compras este
casette o este disco. Y es que en su pobre casa tenemos tocadiscos y tam-
bién tocacintas porque nos encanta la música.
«Como le digo, escucho los discos de Pedro y durante todo el día oigo
los programas de radio dedicados a él. De 7 a 8 de la mañana me persig-
no, digamos, oyéndolo porque a esas horas Radio Consentida le dedica
224
¡
¡
~
un programa completito. En cuant ó"termina cambio a Radio Sinfonola
donde hacen un programa parecido de 8 a 9 de la mañana. De 10 a 11
oigo laXEQ.por Jo mismo: pasan puras c a n c i o n e ~ de Pedro. ·
«De todos los programas el que más me gusta es e ~ Palenque de Pedro
Infante que transmite la XEB. Es muy emocionante porque junto con sus
interpretaciones ponen las de los otros grandes de la canción mexicana:
Javier Solís, José Alfredo Jiménez y Jorge Negrete . El locutor le echa
ganas y hace la voz como si de veras los cuatro cantantes estuvieran pe-
leándose en el estudio. Constantemente el público radioescucha está ha-
blando por teléfono para votar por sus ídolos . ¿Sabe qué cosa es muy
bella? Que hasta la fecha Pedrito sigue invicto.
«Ni vivo mi muerto nadie venció a Pedro Infante. Y no es que los otros
tres no tengan sus méritos; lo que pasa es que ninguno reúne la simpa-
tía, la sencillez y la emoción de Pedro. Su sinceridad para acercarse al
pueblo es lo mejor. Lo sé bien porque también tuve la oportunidad de
conocer a Jorge Negrete. Una, como papelera, tenía o tiene oportuni-
dad de conocer a las grandes figuras, pero no todas ellas saben aproxi-
marse. a nosotros.
«Jorge Negrete se presentó una vez, no me acuerdo dónde. Muy gua-
po, muy elegante y rodeado de motociclistas y policías que iban a prote-
gerlo de sus admiradoras. Cuando vi :1 tanto hombre que lo cuidaba pen-
sé: uh, Negrete nos tiene miedo, nos tiene desconfianza, nos tiene asco
porque somos pobres. Esa idea se me fijó más porque alcancé a oír cuando
Negrete le dijo a un patrullero: 'A ver usted, hágame favor de retirar
a esa gente ... ' Hasta la fecha no le perdono que nos haya nombrado
así: esa gente. Como quien dice: esos miserables, esos pobres que no
merecen estar junto a mí. Pongo la mano en la lumbre y le aseguro que
Pedrito nunca, nunca nos hubiera hecho un desaire de ese tamaño ... »
La voz del pueblo
«Por todas esas razones que le he dicho conservo como un tesoro el re-
trato donde estoy con Pedro h fante. Tengo varios en mi pieza, en otras
partes de la casa, pero ese muy especial lo tengo puesto en una mesa,
en mi sala. De un lado tiene al Niño de las Maravillas v de otro la foto
de un paisaje muy bonito, que ha de alegrarlo aunque ;ea en el retrato.
«Si tengo a Pedrito junto al Niño de las Maravillas -que tantos mila-
gros y favores me ha hecho- no es porque piense que él es un santo
milagroso. No, él no nos hace milagros pero nos hace favores cuando
se los pedimos porque él intercede ante Dios por nosotros los pobres ...
Veo sus películas, oigo sus canciones y pienso mucho en Pedrito. Luego
me pregunto: ¿qué habría sido de él y de nosotros si no hubiera tenido
el accidente? Pues ahora él tendría sesenta y cinco años: tendría arru-
guitas, canas, su musculatura algo caída; pero con todo y eso él seguiría
225
¡
siendo él: único, invicto, maravilloso Pedro Infante; la verdadera voz
del pueblo. Sí, a mí me hubiera gustado verlo crecer, hacerse viejo. Con
él vivo, sobre todo ahora, creo que nos sentiríamos menos abandona-
dos, menos solos.» ·
226

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