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Cuentos del escritor argentino Julio Carreras (h).
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Julio Carreras (h

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Mujeres

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A Joshela Scrimini

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Al divisar aún desde lejos la Puerta de Salida, uno comprende que las ha amado a todas.

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Carmina

A María del Carmen Petraglia la conocí una noche de carnaval del año 1966. Habíamos tocado en varios lugares esa noche y yo andaba bastante cansado. Ya pulsaba mi guitarra eléctrica automáticamente, prestando más atención a lo que sucedía en la pista de baile que a lo que estábamos haciendo. Nos tocó subir al escenario del Club Huaico Hondo y por enésima vez repetir el ciclo: “temas furiosos – decrecer – uno o dos lentos en el medio – rocanrrol al final”; y en eso estaba, mientras me distraía paseando la mirada por sobre los que bailaban. Desde el escenario la vi. Ella bailaba suelto; su cabellera larga y rubia se destacaba en la multitud. Noté que sobrepasaba en estatura a su acompañante. Como aún nos faltaba una actuación más, no pude sacarla a bailar.

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Después de tocar en otro club cuyo nombre no recuerdo, regresé, solo, al Huaico Hondo BBC, para ver si la encontraba. La hallé y la invité a bailar. Pero no habíamos bailado tres temas aún, cuando el baile se terminó. Salimos con la multitud a la calle, además de ella y yo, su amiga y el hermano. Amanecía ya. Por cierto, al despedirnos, le di un beso (muy casto). De tal modo comenzó una de esas relaciones que elegiría sin vacilar si tuviese que ejemplificar lo que me sugiere la palabra “adolescencia”. Yo tenía quince años, Carmina dieciséis. Mi tío Lautaro la llamaba “Vikinga” y tío Jaime, que debía ver naturalmente el lado cómico de las cosas, dijo que tenía la nariz como una zanahoria. Me llevaba como una cabeza de altura (pero tuvo el buen tino de no usar taco alto ninguna de las veces que salió conmigo, en esa primera etapa). Sólo llegaba a nivelarme con ella cuando calzaba sandalias o zapatillas. Fue ese primer obstáculo el que casi me aparta de Carmina. Como buen machista, me daba vergüenza que una mujer pudiera ser más alta que yo. Me acuerdo la desazón que sentí al invitarla a bailar y empezó a “desenrollarse”. Esa

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noche andaba de taco alto y casi me doy vuelta y la dejo sola en la pista cuando me acerqué para tomarla de la cintura y comprobé lo grandota que era. Pero ya mis sentimientos se habían puesto en aquella actividad interior que se suscita cuando el instinto avisa de la posibilidad de una aventura exitosa (con una pieza, además, muy codiciable). La noche siguiente nos encontramos, como a las nueve, en la placita San Roque. Yo fui con Pecho – para su amiga Leticia – que era más delgada y alta como ella, sólo que marcadamente morena. Leticia tenía, ahora que lo pienso, cierto parecido con la cantante norteamericana Joan Báez. Estuvimos allí, en un banco umbrío de la plaza largo rato, hablando de tonterías probablemente, pues cuando alguien nos agrada el interés de la conversación no reside en lo que se dice sino en los interlocutores. Pecho hacía la payasada de tratar de embocar el cigarrillo en los labios tirándolo desde la cintura (como en la película de Godard). Cuando regresamos, se había nublado, y por ese fenómeno tan frecuente en esas noches el cielo había adquirido aquel irreal resplandor

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violáceo que al mismo tiempo me agradaba y me inquietaba. Se nos dio en caminar por dentro del canal San Martín, que estaba sin agua. Como uno va calculando, cuando anda en plan de seducción, paralelamente a lo que se dice o se hace, cuáles son las condiciones más propicias para el éxito de su conquista, creo que la idea fue mía, ya que la hondura del canal – sus bordes llegaban hasta más arriba de nuestras cabezas – brindaba una buena protección contra miradas de transeúntes ocasionales. Nos detuvimos exactamente a la altura de la casa de Leticia – donde ambas vivían – . Aquél era uno de los barrios más extensos de la ciudad y también uno de los más humildes – pues aunque en algunos lugares se podían ver casas de dos pisos, bastante grandes y bien arregladas, también uno hallaba familias que habitaban en ranchos pequeñísimos, de lonas, horcones y adobe, sin puertas ni ventanas. Estos eran los dos extremos, ya que la mayoría de los vecinos pertenecían a la llamada “clase trabajadora”, denominación que en Santiago engloba tanto al albañil como al dependiente de una tienda o al empleado estatal subalterno – , así que

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ninguna calle estaba pavimentada y muy pocas tenían faroles. Aquello no era algo que me rechazara por cierto y no sólo porque favoreciera el propósito que en aquel momento llevaba; yo sentía un íntimo placer, que ahora puedo llamar artístico, en vagabundear por esos lugares de la ciudad en donde la tierra se manifestaba con sus accidentes naturales, con sus colores y en donde podían hallarse las plantas regionales y los olores secos del monte como si el demoledor achatamiento de la urbanización, de algún modo, hubiese sido conjurado. Existe en esos caseríos humildes una delicadísima afinidad entre el paisaje natural y las formas creadas por los hombres. Como en un conmovedor coloquio las ondulaciones de la tierra se seguían, por ejemplo, con una verja de troncos rústicos que parecía parida por la tierra misma, pero que nuestros sentidos reconocían como hechas por los dedos humanos; un árbol majestuoso cobijaba, como acariciándolo, el techo de barro y ramas de un rancho. Caminamos, pues, por el canal seco, como si nos abrazara la tierra.

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Me pareció que – como suele suceder en algunas muchachas que se inician en la práctica del amor – Carmina debía de haber reflexionado sobre el paso dado la noche anterior aceptando mi beso y estaría sopesando los pro y los contra de esa concesión, que como yo pensé, había sido muy rápida. Lo cierto es que esa noche estaba muy nerviosa; apenas aceptó que la besara dos o tres veces y no permitió a mi mano derecha descender más abajo de las vértebras lumbares, por su linda espalda, ni a la izquierda, ascender por su cintura más allá de las primeras costillas. Me dejó, lo reconozco, decepcionado. Unos días después me enteré de que un poco antes que a mí Carmina había conocido a un muchacho del barrio y le había hecho parecidas concesiones. Su vacilación oscilaba, entonces, solamente sobre la duda de con cuál de los dos quedarse finalmente. Aquella noche no había sido feliz para Pecho. En su caso, Leticia debía determinar con su aceptación el futuro de esta pareja, que nosotros queríamos armar desde afuera. Leticia, al parecer, gustó muy poco de Pecho. “Es una negra boluda”, me dijo

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Pecho al volver esa noche; palabras que me bastaron para comprender que la muchacha lo había rechazado. A menudo me he sorprendido de mi incapacidad para prever hacia quién puede volcarse el gusto femenino. Como en el gusto interviene tal multitud de elementos psíquicos particulares, variaciones sutiles de la conciencia y de lo inconsciente, además del procesamiento personal de las pautas sociales, sabido es que en cuanto a lo referido a las personas que nos agradan, terminamos enamorándonos siempre de nosotros mismos, pues nos enamoramos de aquellas que permiten, por su coincidencia con nuestros más deleitables factores íntimos, la proyección – aun en grado parcial, a veces – de dichos factores en ellas, proyección que, en la continuidad del proceso sentimental de mutua aceptación, se va haciendo cada vez más profundo, razón por la cual terminan los amantes, en una relación fructífera – como la de algunos matrimonios de varios años – pareciéndose asombrosamente el uno al otro. En aquellos tiempos yo ignoraba estas cuestiones, por lo que muy frecuentemente fracasaba en la elección de pareja para las

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amigas de las muchachas que salían conmigo. Pecho era rubio, alto ,con un físico de gimnasta y “de buena familia”, razones que según el criterio en boga tenían forzosamente que seducir a Leticia, quien era una muchacha de origen bastante humilde. No se me hubiera ocurrido jamás por iniciativa propia llevarlo, por ejemplo a Boy, que era la antítesis de lo que entonces se consideraba el tipo interesante. Sin embargo, fue Boy finalmente quien triunfó en esta lidia. De un modo casual, al día siguiente Boy se coló en esta historia. Acabábamos de ensayar, en La Banda, cuando como generalmente sucedía luego de los ensayos felices, llegó el momento de cruzarnos chistes y cargadas mientras desarmábamos los equipos. Estábamos de excelente humor. Fue entonces que Boy me dijo: “gato, sos un flor de hijo de puta, te levantas las mejores minas y no sos capaz de compartir la otra gamba con un compañero del conjunto, siquiera” (esto era una broma con fondo serio, pues ellos sabían que Carmina salía siempre con su amiga y también del rebote de Pecho y ahora Boy – que se iba de boca

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cuando se trataba de mujeres – se estaba postulando en primer término para ocupar la vacante). Antes de salir insistió sobre el mismo tema. Yo pensé más en su motocicleta cuando le dije que viniera conmigo esa tarde. Después quise convencerme de que Leticia había actuado por lo mismo, pero ahora me doy cuenta de mi equivocación. Para mi sorpresa, pues lo consideraba bastante pavo, Boy fue la estrella de la jornada. Llevó a Leticia a pasear en su hermosa motocicleta colorada y la morena volvió encantada con el muchacho. No había manera de convencerlo para que me prestara la moto (el negro era muy mezquino y tenía presente además la tarde en que en un descuido se la había robado para irme hasta Clodomira, de donde volví a las tres horas, con el motor recalentado y el tanque vacío); el maldito estaba tan ensorbebecido por su triunfo inicial, que pretendía paseármela también a Carmina, quien estaba impaciente por subir. Fue preciso llevarlo aparte y amenazarlo con decir a Leticia que él era marcha atrás; solamente así me dejó salir al fin, no sin antes darme mil recomendaciones, a pasear

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en su motocicleta, llevando a Carmina atrás, aferrada a mi cintura. Había un sol increíble. Hasta las seis anduvimos como a ciento cuarenta, con Carmina, por la costanera. En ese lapso conquistó a Leticia. A partir de allí, cada uno hizo sus propias citas y Leticia, en quien su interés por Boy superaba la misión que al parecer se había impuesto de cuidar la virginidad de su amiga – misión que sólo un año después, al saber quién era Leticia*, iría yo a comprender – nos dejaba salir solos (cosa posible también gracias a que Carmina se había decidido por mí en su debate interior. Claro que todavía no sabía nada yo de tal debate. Lo supe abruptamente a causa del incidente que narraré a continuación). Era una hermosa tarde del verano, fragante y fresco. Acababa de oscurecer, aunque en el cielo aun quedaban retazos color índigo. Me había bañado y perfumado para la cita, me había puesto la hermosa remera roja, de un tela que recordaba a cierto tipo de papel rugoso y agradable, que hacía unos días le había comprado al guitarrista tucumano de Los Kings y mi “famoso” pantalón blanco. En aquel tiempo me peinaba a la gomina.

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Mocasines rojos. La calle de tierra estaba desierta cuando llegué y como aún faltaban unos diez minutos para la hora, hice una visita de cortesía a mi tío Lautaro, que tenía su almacén y vivía a media cuadra de la casa de Leticia. Tuve que soportar las chanzas de mi tío Jaime, quien por casualidad estaba allí y se burlaba de la dedicación con que yo cortejaba a la “gringa narigona”. En mi familia se bromea siempre sobre los enredos de sus miembros masculinos con las mujeres, así que yo estaba acostumbrado a eso. Cuando golpeé las manos en casa de Leticia salió su madre a atenderme, pero al parecer todo estaba preparado para que me observara la familia entera; me presentaron a dos hermanas más, una tía y dos hermanitos, que me rodearon mientras esperábamos, en la puerta de un patio que precedía a la casa de adobe blanqueado, pues Carmina – me dijeron – estaba terminando de bañarse. No me presentaron al padre y yo por discreción no pregunté nada (luego supe que no había padre allí). El grupo me rodeó sin decir palabra y estuvimos en esa situación, para mí incómoda, hasta que apareció Carmina. Salió con un pantalón muy ajustado y una remera

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tenue. Luego de algunas recomendaciones de la madre de Leticia, en el sentido de que vayamos mejor hacia el lado del centro (más nos hubiera valido seguirlas) salimos. Yo quería caminar nomás por los alrededores. Me llevaba a esta postura la especulación con las sombras y la soledad del lugar, que sugería a mi imaginación un sinfín de posibilidades excitantes. En un barrio tan humilde como aquél una mujer como Carmina debía llamar forzosamente la atención – digo mujer pues Carmina, a los dieciséis años ya lo era – ; tan alta, curvilínea y rubia, con esa cabellera suavísima y larga cubriéndola como una lluvia de sol casi hasta la mitad de la espalda, era imposible que pasara desapercibida, en aquel medio. Caminamos largo rato por la orilla del canal, que ahora producía un melódico murmullo con su caudal reciente. Era noche de luna nueva, así que la oscuridad predominaba. Apenas como un resplandor flotaba en el ambiente un lejano reflejo de las luces débiles de las casas. Nos sentamos junto a un puente de troncos; Carmina empezó a tirar piedritas al agua. El momento era delicioso. Ambos

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callábamos, gozando del olor a hojas que traía la brisa, sin otro impulso que el estar allí, juntos, ella afirmada en mi pecho, yo rozando con mis labios la levedad de su pelo. Casi ni notamos a los tres tipos que se habían acercado, por el camino de la barranca, quienes a nuestra percepción sin pensamientos aparecieron como transeúntes fantasmales, hasta oír una voz aguardentosa que se nos dirigía: – Hola, mi gringuita... Uno de ellos se había acercado, mientras sus compañeros – dos sombras – aguardaban vigilantes a pocos pasos. Nos levantamos, sorprendidos. – ¿Así que vos me quieres joder a mí, porteñita? – continuó el que se había arrimado. El olor a vino de su aliento me llegó a través de la atmósfera liviana. Carmina retrocedió, pero por atrás corría el canal; de un salto el borrachín la tomó con su mano grande de la muñeca. – ¡Dejala! – grité – ¿Quién mierda sos vos? Mientras decía esto me acerqué con los puños cerrados (pero asustado por el tamaño del otro) al borracho, que había retrocedido,

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arrastrando a Carmina con él. Vi un pequeño refucilo y con un chasquido apareció la fina hoja de una sevillana en la mano de uno de sus compañeros. – ¡Vete, Pepín! – pudo articular Carmina, dirigiéndose a mí – ... ¡Por favor, andá a buscar a la policía!... – Vení, caquita – me invitaba el muchachón, haciéndome señas con su mano libre – ¡Vení a quitármela vos! – Estás borracho Gabriel... después te vas a arrepentir – le decía Carmina. Y luego, volviéndose hacia mí: – te van a matar, Pepín, andá a buscar la policía... ¡rápido, andá a la comisaría, que está aquí cerca!... Abochornado, con vergüenza de mi impotencia, me fui lo más rápidamente que pude. Por el camino se me ocurrió pensar que ella lo había llamado por su nombre... ¡Cómo! ¿Lo conocía? Estábamos muy cerca de la casa de Leticia, así que avisé primero allí. La madre – se ve que era muy brava – agarró un rebenque y saltó, acompañada por la tía. “No llame a la policía, joven”, me dijo: “Yo me basto para estos trompetas”. Me quedé allí, cortado, sin saber qué hacer. Decidí ir a pedirle ayuda a mi tío Lautaro,

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que era un tipo grandote y forzudo. Le conté el asunto y mi tío decía: “Debe ser el Gabrielucho, que andaba saliendo con ella, antes que vos” y se reía: “¿Qué me voy a meter yo, si es culpa de la chinita, que se ha hecho la pícara con los dos?” Mi tía tampoco quería que Lautaro se complicara: “Es un buen muchacho, el Gabriel” – decía – “ahora andará un poco tomado, pero no le va a ir a pegar Lautaro... después vamos a tener problemas con la cuma Rosita, su madre...”. De nuevo salí a la noche, desolado. Sin muchas ganas, empecé a caminar para el lado de la policía. Apenas habré andado unos cincuenta metros cuando me la encuentro a doña Ermenegilda – madre de Leticia – que la traía del brazo a Carmina. A rebencazo limpio los había corrido a los changos; “Ya le voy a contar a tu madre lo que andas haciendo, Gabriel”, le había gritado, “borracho y faltándole el respeto a mi huéspeda... ¡qué vergüenza! Y ustedes también... ¡vagos, sotretas, salgan de aquí!” Y ahí nomás empezó a revolear el rebenque. “No pegue, doña Erme, bromita nomás era...” gritaban los changos, atajándose como podían. Finalmente, habían huido. “No es

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nada – me dijo la vieja – , son muchachos buenos, trabajadores... los conozco a los tres...”. Yo estaba tan avergonzado que no podía hablar. Carmina ni me miraba y ahora, pasado el mal momento, noté que estaba temblando. Saludé a todos, un poco torpemente y me fui. Después de aquel incidente, no quise ver de nuevo a Carmina. Por otra parte, aquella noche al despedirnos no se había dicho nada de un próximo encuentro. Ella no sabía mi domicilio, así que – en el caso hipotético de que deseara hacerlo – si me buscaba, le iba a ser muy difícil hallarme. Como si en vez de haber sido yo quien huyera esa noche todo hubiera sido un complot para ridiculizarme, estaba enojado. Me pasaba cada vez que algún suceso me dejaba (ante mi apreciación personal) como un débil, el no hallar paz por largo tiempo, razón por la cual muchas veces me había lanzado a acciones sin ningún porvenir, con el objeto de convencerme de mi valía, pues en el complejo sistema de balanzas que constituía mi equilibrio interior, causaba menos daño un fracaso que una huída. Cuando me sucedía, odiaba después todo lo que me trajera alguna

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reminiscencia del maldito suceso. Practicaba en mí mismo el aislamiento de las ideas relacionadas con aquello y tras bloquear psíquicamente la zona perturbadora, como si los hechos no hubieran existido, me dedicaba de nuevo a vivir tranquilo con mi conciencia. Como debía hallar una justificación no relacionada con mis actos, tomé al vuelo la cuestión de que sólo luego del molesto incidente, Carmina me habló de la identidad de aquel borrachín – quien por otra parte era un tipo como de veinte años, un viejo, para mí, en aquella época – que había bailado con ella varias veces, antes de conocernos y que como el lector imaginará a esta altura del relato, había sido el competidor que provocara tantas dudas en ella en un principio. Pasó una semana pues, sin que yo hiciera el menor esfuerzo por verla – en aquel momento creía que todo había acabado – , ni había modo al parecer de que nos halláramos. No ensayamos con el conjunto esa semana, así que tampoco vi a Boy. Sin embargo, supe después que ella me había buscado. Fue a visitar – con Leticia – a mi tío Lautaro, con la esperanza de que yo apareciera por allí. Leticia preguntó por mi

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dirección, pero no se atrevieron a venir a casa. Una tarde – me enteré después – habían pasado varias veces por frente de donde yo vivía, sin avistarme. Si me encontraban afuera – me lo dijo Carmina – iban a fingir que andaban paseando por allí, por casualidad. La noche del entierro de carnaval debíamos tocar exclusivamente en el Parque de Grandes Espectáculos. Teníamos que hacer cuatro presentaciones, así que empezamos temprano. Había muy poca gente – serían las diez de la noche – , desperdigada entre las mesas que rodeaban la primera de las dos grandes pistas. Se acostumbraba que la orquesta comenzara a tocar temprano para atraer a los que se amontonaban en la puerta sin decidirse. Antes de ello, todos querían asegurarse de que el baile “esté bueno” y como “estar bueno” significaba que hubiera bastantes muchachas dispuestas a bailar, adentro, además de suficientes muchachos con intención de invitarlas, pero todo el mundo pretendía que hubiesen entrado previamente a ellos una buena cantidad de ambos, por el temor a ser los primeros, la gente se amontonaba en la confitería El

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Kacuy (donde con una cerveza o una coca se podía permanecer largo rato), frente a las boleterías, o en los senderos del Parque Aguirre, para observar el ingreso de los demás. Yo no comprendía muy bien esto de empezar a tocar temprano (aunque lo aceptaba con gusto, pues ganábamos tiempo) para que la gente se decidiera; mejor dicho, no comprendí la relación entre estos dos actos, pero, siempre con sorpresa, comprobada indefectiblemente que bastaba con que se oyeran los primeros sonidos de la orquesta, para que de afuera empezaran a brotar chicas y muchachos, apresurándose por entrar, como si estos sonidos hicieran el papel de precipitador químico en una solución. Los dueños de locales “bailables” tenían bien contemplado este fenómeno, de modo que nos indicaban habitualmente el momento de abrir la actuación. Habíamos comenzado pues, a tocar. Es entonces que la veo, entrando, con su pelo rubio al aire y su pantalón blanco. De lejos adivino sus ojos siempre húmedos, esa alegría de encontrarme, la sonrisa de Carmina, que se mezcla siempre con un temblor de la boca, pues al parecer en su

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interior algo emparenta las alegrías con una especie de congoja vibrante, como en quien luego de haber caminado mucho tiempo entre gentes extrañas se encuentra con su madre y advierte recién estando en sus brazos la magnitud de su orfandad anterior y entre las sonrisas, llora; así parecía vivir Carmina sus alegrías, caminando por el delgado borde que separa la dicha de los dolores pasados, comprendidos cabalmente sólo en el momento de superarlos. Cacho Monges, tapando el micrófono con la mano, se da vuelta y me dice: “Ahí viene tu gringa”. “No soy ciego”, le contesto, haciéndome el superduro y sigo tocando. Carmina deja a sus amigas junto a la mesa y se acerca al escenario; “esta hermosa mujer”, me digo, “me ha sido dada a mí”, asombrado de mi propia suerte; desde un costado, me tironea la botamanga del pantalón, me saluda, contenta como una chiquilla y me pide que le dedique el tema “La juventud”, de Los Iracundos. Se queda, después, con los brazos cruzados sobre el borde del escenario, la cabeza apoyada en los brazos, escuchando. Caminemos apurados,

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con las manos en los hombros, con la fuerza que nos da el amor; natural es que luchemos por un mundo mejor, con la fuerza que nos da la juventud... canta Cacho Monges y le guiña un ojo a Carmina. Ella hace fiestas. Me encanta su desprejuicio de muchachita porteña, que actúa con espontaneidad en un medio donde nadie la conoce. Esa noche bailábamos tan juntos que las demás parejas nos miraban sin disimulo. Ella tenía que doblar el cuello, como una garza, para apoyarlo en mi hombro; eso me favorecía, pues su boca quedaba siempre al alcance de mi aliento, y estábamos casi todo el tiempo unidos; transpirábamos, nuestras humedades se mezclaban; su cabello me caía suave por la espalda, sus senos pequeños, durísimos, bajo su delgada camisa y sobre mi delgada remera, parecían a punto de reventar contra mi pecho; notaba claramente que no llevaba corpiño, los pezones endurecidos como bolitas de rulemanes se acurrucaban palpitando en el hueco de mis pectorales; el tapacierres de su vaquero

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blanco me hacía doler con su presión en la zona pelviana; apenas nos movíamos cubiertos por la multitud que tapaba la pista, pero nos movíamos lo suficiente como para demostrarnos nuestro amor; en esa ronda agónica, de friegas, abrazos desmayados y transferencia a los labios de la principal función sexual, estuvimos horas, sin prestar atención al moderado escándalo que concitábamos. Iba a ser nuestra última noche. Carmina viajaría al día siguiente. Al finalizar el baile nos llevaron en la camioneta del conjunto hasta la casa de Leticia. Nos dejaron, en medio de la soledad del barrio, frente al portón y se fueron todos a dormir. A esa hora ya no había colectivos: el primero pasaría a las cinco. Eran las tres y media. La parada más cercana quedaba sobre la ruta 9, a dos cuadras de allí. “Vamos, te acompaño un rato”, me dijo Carmina. Por el camino, se quejaba: “ay, Pepín, no nos vamos a ver más”. Yo iba callado (como imaginaba que hubiera hecho Delon en parecida circunstancia); además, había llegado ese momento de la noche, tantas veces vivido en que, luego de acercarme al borde del exceso, suavemente mi cuerpo y

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mi mente parecen entrar en una honda calma, una dulce armonía conmigo y con lo que sucede, me siento en paz y no preciso ya del artificio de la palabra, me vuelvo pasivo, mi instinto percibe que no hace falta mi participación ya para que los sucesos devengan buenos, la noche se adueña de mí; de algún modo, la mujer que está conmigo nota ésto y se vuelve más activa, es ella quien me envuelve ahora, sus caricias me encubren por completo; como un niño, duermo... Hace frío... Carmina quiere darme tibieza con su cuerpo, pero ambos temblamos... Esto nos parece gracioso y nos reímos a carcajadas. “Somos unos tontos”, me dice: “¿por qué no volvemos a casa a buscar pulóveres?”. Lo hacemos. Me da un pulóver suyo, un “gordo” que me va bien. Ella se pone un chalequito mangas largas; reanimados volvemos al umbral que habíamos encontrado, como a un nido; de nuevo en sus brazos, duermo... entre somnolencias, siento sus labios suaves que van y vuelven por mi frente; me acaricia el pelo, sus dedos se enredan, ella los desata amorosamente, apartando cada hebra con cuidado; me entrego, me quedo inmóvil, las

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piernas dobladas entre las de ella, mis manos, juntas entre mis piernas; dormito; me envuelve el rostro como un velo su cabello... comienza a desparramarse un claror sobre el cielo, a verse el borde evanescente de las casas, el gris del pavimento; los árboles, flacos, se manifiestan adormilados, como antiguos amigos; a lo lejos, se ven dos faros... – ¡No! – me dice Carmina – ¡No te vayas todavía!... Decidimos esperar el ómnibus siguiente. El colectivero, solo, nos observa sin interés; al pasar lentamente a nuestro lado, me lo figuro un marciano en la panza de un monstruo luminoso. Recién en el tercero me voy. Una claridad rosada envuelve el caserío de Huaico Hondo. – No ganamos nada con prolongarlo unos minutos más – le digo, recordando otra vez a El Samurai. Intento sacarme el pulóver, pero ella me detiene: – Llevalo como recuerdo... de mí Me ha pedido que no vaya esa tarde a la estación de tren, a despedirla. “Las despedidas son tristes”, acude al lugar

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común y seguramente lo cree. Pero esa tarde me llama por teléfono para decirme que vaya, que no puede soportar irse sin verme por última vez. Me llevo a mi casa de recuerdo, como suele suceder en estos casos, su rostro bañado en lágrimas, asomando a la ventanilla del tren hasta desaparecer y sus dedos largos agitándose en el aire. La Plata, noviembre de 1981 * Leticia resultó ser la mucama en casa de Carmina. También su mejor amiga.

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Susana

I En la Noche Buena de 1969 fui a la misa del gallo. Mi lugar en la Catedral era al lado de la estatua de San Sebastián asaeteado, y hacia allí me dirigí. Era un poco más atrás de donde habitualmente solía ubicarse el gobernador Jensen, quien era un hombre buenmozo, vestido con elegancia sin exageración. Acostumbraba pararse muy derecho y contestar al cura con tono militar, lo cual me causaba un poco de gracia. El Padre Nuestro, pues, rezado con ese tono parecía más bien un bando del Ejército. Las tres naves estaban casi llenas de gente vestida de gala; yo llevaba traje azul y corbata del mismo tono con redondas florecillas coloradas. Hacía mucho calor.

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Como casi todos saben, por esa época en Santiago hace mucho calor, no es fácil de aguantar. Pero todos los varones andábamos de traje, por la tradición. Abajo teníamos las camisas mojadas en sudor. El padre consagró la hostia y yo fui a comulgar. Me sentía muy bien esa noche, además con bastante clericó adentro. Mi novia se había ido a Salta con los padres, así que andaba solo. Interesante panorama se me abrió esa noche, al salir de la Catedral, pues había importantes bailes de Navidad. Entre los más atractivos estaban Trevi y el Lawn Tenis. Vacilando entre ir a uno u otro lugar me dirigí despacio hacia el primero, que estaba más cerca, apenas a dos cuadras de la Catedral. Casi se tuerce mi destino pues encontré, al cruzar la plaza, un grupo de amigos que subían en dos autos e iban hacia el parque; mas luego de debatirlo un poco decidí quedarme. Mi opinión era que por ser aún temprano, debían estar casi vacíos los clubes allá (había dos: Bancarios y Lawn Tenis). A esa hora la gente solía disiparse un rato dando vueltas y curioseando en los boliches del centro. Entonces me quedé y

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seguí caminando hacia Trevi. Era una noche hermosa, estrellada, por todas partes se olía a flores, y pólvora de cohetes. En la puerta de Trevi se arremolinaban los muchachos, dubitando entre pagar la entrada o esperar. Como tenía vidrieras – aunque un poco veladas por discretas cortinas de tul – , se podía mirar la concurrencia, por entre quienes ocupaban el bar, que precedía a la pista sobre la franja delantera, hacia la vereda. Se desplegaba un amplio patio de mosaico rodeado por sillas y mesas de mimbre con un escenario al fondo. Su techo era corredizo, con un sistema mecánico muy novedoso por entonces, así que esa noche se podían ver las estrellas. No había mucha gente aún. Aquí o allá alguna pareja o algún grupo. Como músico de la casa yo tenía derecho a entrar sin pagar, así que saludé a Chicho, que estaba en el bar detrás de la caja, pero me cambió la cara. Era de esa clase de tipos que considera una virtud masculina el ser grosero, y además le daba bronca una pequeña pérdida en el negocio, aunque él fuese un vulgar pinche. Igual el muchacho de la puerta, que me conocía perfectamente, no me hizo el

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menor problema, por el contrario, me saludó con gran cortesía y me dejó entrar. Apenas arribé a las cercanías de la pista, divisé a una muchacha. Toda de negro, con un vestido que parecía tejido, rostro y piernas muy blancos, melena rojiza ondulada y oscura, las torneadas pantorrillas y el empeine anforado culminando en dos pequeñas sandalias tacoalto de algún oscuro metal. Me acerqué con lentitud para cerciorarme de la primera impresión. Con disimulo llegué hasta cerca del escenario, apenas a unos tres metros de distancia de su mesa; desde allí podría mirarla muy bien. Era más hermosa de lo que imaginara. Bellísima mujer blanca en ropa muy negra, ojos oscuros, esmeraldinos. Fui decididamente hasta su mesa y, aunque todavía no había nadie en la pista, la invité a bailar.

II ¿Qué significaba mi abuela para mí? Recién a los dieciocho años lo había comprendido. Y fue una revelación tan

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potente que modificó no sólo mis actitudes hacia ella, sino también casi mi vida entera. Me ubicó, de una anterior posición donde abundaban los cuestionamientos y una cierta percepción entre vergonzante y despectiva hacia la anciana – cosa que originaba no pocos actos de agresividad apenas encubierta – , de aquella frívola negación pasé a la del converso que de pronto “siente caer ante sus ojos el velo” y advierte el panorama de su pasado pecador, con todas las caídas presentándose, cada una cual despiadado aguijón que no le dejará reposar en adelante. Del anterior enfurruñamiento del adolescente que comienza a quitarse el bozo y no quiere que sus amigos lo visiten en casa porque advirtió la “superioridad” de aquellos hogares pequeño – burgueses bien ordenados y limpios, en contraste con el propio que, aunque amplio, presenta el caos más adecuado a los ranchos de adobe que acostumbraron a habitar sus ascendientes no mucho tiempo atrás; del niño que siente incomodidad ante la posible comparación entre la Jita – como llamábamos con mi hermano a nuestra abuela – y esas viejas impecables, depiladas, enjoyadas,

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perfumadas, y que teñían el acicalado casco de pelo blanco con metálicos tonos azulinos, las cuales había comenzado a conocer desde que me hiciera amigo de algunos también impecables gañanes del centro, debido a mi ingreso en la Escuela Normal. Desde esa posición psicológica pasé, en suave desenvolvimiento caracterológico que duró unos tres años – más o menos entre los quince y los dieciocho – a una actitud devocional mantenida hasta su muerte (aunque ya no viviría mucho tiempo con ella porque, ¡ay!, me fui lejos de casa a los 23 años, y ella murió poco después, cuando yo tenía 26 y estaba en la cárcel, en Córdoba, durante la dictadura militar). Pero entonces, a los dieciocho años, me encontré ante mi Mamá Viejita interiormente de rodillas, como si fuese la amante sombra de una Virgen, que casi desde que naciera había protegido mi cuerpo de niño neurótico y solo, sin pedirme absolutamente otra cosa más que ser yo mismo, en esa – siempre que se presenta – deslumbrante desposesión del amor. Con frecuencia he creído luego que ese amor me salvó de la locura, durante las numerosas oportunidades en que el egoísmo

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atroz desarrollado desde mi infortunada infancia me pusiera ante las consecuencias terribles de mi propia maldad. A los 18 años, entonces, más o menos, mi conducta cambió. De impaciente y distante con ella me volví solícito. Apenas llegaba a casa le preguntaba si quería mi ayuda en alguna labor, si precisaba algún mandado. Y me parecía una hazaña que me ennoblecía, salir con la bolsa más gastada a comprar la carne, las papas, batatas, y todas las demás verduras para que mi abuela cocinara. Tal es la cultura machista y zonzamente “hidalga” del pobre tonto que es el santiagueño: se nos educa con la perniciosa noción de que todo trabajo físico es propio de seres subalternos y el hacer las compras de la casa propio de sirvientes. Pobres diablos que obtienen un sueldo trabajando de profesores o maestros se creen demasiado importantes como para lavar los platos y renuncian a una parte de ese magro salario para pagar a una muchacha – por otra parte siempre injustamente remunerada – , aunque ello los obligue a ciertas privaciones que se esfuerzan empeñosamente en disimular. Como esa influencia nos anula en parte para

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la vida, convirtiéndonos en inútiles menesterosos y acomplejados, sin posesiones ni habilidades pero llenos de fatuidades e impostados aires de grandeza, solemos atravesar frecuentemente por situaciones ridículas cuando nos toca vivir en sociedades más evolucionadas. Por causa de esta mutilación social, el santiagueño medio suele pasar su existencia afanado por tres sistemas de sentimientos, ordenados sobre los leit – motivs de 1) la adhesión patética a minúsculos méritos verdaderos o imaginarios con la voluntad permanente de amplificarlos en toda ocasión que se presente; 2) una aguda hipersensibilidad para las “ofensas” u omisiones de tales méritos, de un modo tan meticuloso que asombra a un observador distante, cuestiones tan nimias como el lugar donde colocaron su silla durante una reunión, o si alguien lo saludó en la calle o no, hasta convertirlas en resentimientos que llegan a cargar durante toda su vida. Cuando recuperé, pues, la autoestima y el aprecio por la cultura propia del ámbito al que pertenecía, me esforzaba para que todos mis amigos – y especialmente las

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muchachas pequeño – burguesas o no que conocía – vinieran a mi casa, y vieran claramente con quién se metían, me entró un afán constante de jugar limpio, enarbolando con altivez mi condición de “chico de barrio” – hasta un punto que sin duda debe de haber resultado chocante, casi exhibicionista. Bueno. Luego de esta digresión tan larga vuelvo a aquella noche de Navidad, en que acercándome audazmente hasta su mesa, invité a bailar a Susana.

III Pues así se llamaba. Y era Navidad, dado que habían pasado ya con holgura las doce, más bien creo que era como la una de la mañana. Y Susana era cordobesa. Había venido a visitar a sus tíos, tenía un cuerpo muy hermoso y una mirada profunda, como la voz. De todo eso me enteré en instantes, pues tan audaz como mi acercamiento había sido su inmediata aceptación, dado que no había nadie bailando y debido a ello todos nos miraban. Sin hacerles caso bailábamos

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unos rock – lentos de Tom Jones, como si voláramos, buen signo de que no habría nada oponiéndose entre nosotros ya, pues cuando un muchacho y una chica bailan con tal fluidez, cuando sus pasos se ensamblan con tanta levedad y se entienden tan naturalmente, signo inconfundible será de que están señalados por el destino para protagonizar grandes acontecimientos en común – si se animan a hacerlo. Con nosotros el destino no se iba a decepcionar. Entre tema y tema le di mis datos – tenía veinte años, estaba preparándome para la colimba, debido a esto había dejado mis actividades principales por entonces, esto es, tocar la guitarra eléctrica en un conjunto y trabajar como disc jockey en un boliche – . Tras cartón le propuse mostrarle el boliche y otra confitería bastante paqueta que había por allí cerca. Nada corta, aceptó, por lo cual fuimos hasta la mesa para avisar al grupo de nuestras intenciones. Le dijeron que volviese pronto, pues tenían el propósito de ir a terminar la fiesta en algún club. Salimos a la noche constelada del centro felices, como pueden serlo dos adolescentes bellos y libres, yo con Silvina lejos y dinero

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en el bolsillo y ella irradiando intensas ganas de vivir, las razones de cuya efervescencia me enteraría algunos meses después. Caminamos pavoneándonos acompasadamente por la 9 de Julio, doblamos por la Independencia – y como allí estaba por entonces La Ideal la invité a subir. Aquél era un ambiente paquete y agradable por aquel tiempo, aún el lugar no se había convertido en boliche, pero propendía a cierta tenuidad en las luces que lo acercaba a esa nueva inclinación que poco a poco iba ganando terreno aquí. Por aquel entonces yo era un tipo ampliamente popular entre los jóvenes, pero también me conocían los mozos, barmans, y todo el resto del aparato administrativo de la noche santiagueña, debido a lo cual cada cuatro pasos alguien me saludaba y se detenía a cambiar palabras, los mozos me trataban con deferencia y rápidamente me ofrecían algún trago, todas cuestiones que mi reciente amiga no dejaba de notar, y que yo muy satisfecho tampoco dejaba de incluir entre mis logros, dentro del plan de conquista, esbozado casi desde el momento mismo en que la viera. Como se

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sabe las personas – especialmente las mujeres de clase media – suelen ser muy sensibles a cuestiones relacionadas con el prestigio social. No sé hasta qué punto tal cuestión iba a decidir la balanza a mi favor, cuando, muy pronto, a Susana se le presentara la oportunidad de escoger entre otro muchacho y yo; lo cierto es que nunca quedé tranquilo con mi conciencia por causa de ello. Pues si para conseguir el afecto de una mujer hacemos valer cuestiones como el refinamiento del ámbito donde nos movemos, nuestro poder económico, las relaciones sociales, en fin, el porcentaje de valor intrínseco personal disminuye, proporcionalmente a cuanto exhibamos de externo y cuya influencia apliquemos al asunto. Pero me estoy adelantando un poco. Lleguemos a Vértigo. El boliche adonde trabajara como disc jockey hasta quince días atrás estaba casi desierto aún. Aquí y allá cuchicheaban pequeños grupos, o parejas aisladas, en la semipenumbra; la música sonaba lenta y sosegada. Llevé a Susana hasta la barra y le presenté a Carlín Olmedo, el dueño. Él fue cortés y le dijo que debía hacerse cargo de la

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música personalmente porque dudaba de poder encontrar otro disc jockey como yo en Santiago. Nos sirvió un par de wishkyes sin aceptar pago, brindamos por la alegría y la felicidad. Después nos fuimos a bailar un poco, pero en la mitad del segundo tema ella quiso volver, la habían conminado a no demorarse mucho. Entonces tomamos un taxi para llegar más rápido. Trevi estaba ahora bastante concurrido, pero no como en sus mejores noches. Es que en las fiestas de Fin de Año los bailes más importantes succionaban a la gente. Al acercarnos a la mesa noté la presencia de un muchacho alto, rubio, apenas un poco mayor que yo. Era Tito Mazzaferro, un vecino que había obtenido su título de Técnico Químico en la escuela Industrial hacía un par de años, luego se había ido a trabajar al Sur. En el barrio se lo consideraba un triunfador. Le sobraba plata – según se decía – , por eso ayudaba a sus padres, y había anunciado que pronto se compraría un auto. Todos esos datos pasaron como una cinta por mi pensamiento mientras observaba su atuendo impecable – aunque bastante cursi – notando al mismo tiempo que no le había

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caído nada bien verme llegar junto a Susana. Durante el lapso en que nosotros hacíamos nuestra veloz recorrida el muchacho se había hecho presente, y se veía que su participación estaba prevista, pues no sólo se había integrado a la mesa, sino que mostraba una evidente actitud de haber estado esperando la llegada de la muchacha. Un poco alarmada por nuestra tardanza, su prima dijo: – Tito nos ha invitado a Central Córdoba. “Nos ha invitado”, apunté. El tipo exhibía su poder económico. Pero por ese lado tampoco me iba a achicar. Hacían precisamente seis días que había vendido los equipos con que tocaba en el conjunto; luego de saldar las deudas, me habían quedado unos mil quinientos pesos, por ese entonces una enormidad (tres pesos = un dólar). Engominado, Tito lucía un saco a cuadros de color ocre, corbata de arpillera, pantalón marrón de raya impecable, cinto al tono con el saco y zapatos al tono con el cinto, de brillo enceguecedor. Ah, y un ancho bigote pajizo con estilo militar, por entonces de moda. Era buen mozo, muy masculino, debíamos reconocerlo. En él tendría sin duda

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a un fuerte rival. Sin embargo, no luché. Quería disfrutar de esa velada en paz con el mundo y mis semejantes, por todas partes se respiraba un ambiente de liviano distendimiento, así que cuando Susana me abrió aquella puertita diciéndome “Si vas a Central Córdoba nos veremos allá...” rehusé, contestando: “No, yo iré al Lawn Tenis”. Por otra parte Central Córdoba era un baile donde se diluían los bordes de la clase media pobre con la popular, y por ese tiempo yo estaba ya habituado a alternar con otros sectores. Así pues, ellos salieron y yo también, pero con rumbos diferentes. En el Lawn Tenis – que era el baile de las clases acomodadas de Santiago – no me quedó más remedio que sentarme a tomar unas cervezas con Alberto Igarzábal y el Vasco Egaudet, pues había dado varias infructuosas vueltas sin hallar a ninguna chica bonita que no estuviese acompañada. Alberto – lo mismo que el Petiso Arquette – eran piernas seguros, pues casi ninguna chica les salía a bailar – o ellos no se animaban a sacarlas. Así que con algunos de ellos – que siempre estaban – uno tenía la compañía asegurada. Al rato llegó Sandra, la novia del

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Vasco Egaudet y nos dejó para irse a sentar con ella junto a la pileta. Justo en ese momento, por entre mis amigos que se alejaban y un mozo gordo que discurría presuroso enarbolando su bandeja repleta, percibí una rubia visión. Descendía por la leve colina de césped que conforma el terraplén de la inmensa pileta, la acompañaba mi amigo Piri Sequeira. Me levanté de un salto para seguirlos. “Ya vengo” dije, y dejé a mi compañero solo. Era una pauta aceptada por entonces, así que no alenté ni sombra de remordimiento. Me acerqué a la mesa para saludar a mi amigo Piri Sequeira. Estaban sus tíos y varias personas más. La rubia muchacha era aún más linda de lo que alcanzara a imaginar. Cuando Piri me la presentó como su prima la invité a bailar de inmediato. La muchacha era tucumana. ¿He dicho que tengo buenísima onda con los de otras provincias? A lo largo de esta vida mis mejores amigos resultaron cordobeses, santafesinos, entrerrianos, porteños... ¡casi ninguno santiagueño!... Tal vez ese congelamiento mental en pautas decimonónicas, tantos prejuicios aldeanos,

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tantos sentimientos de inferioridad larvados en el subconsciente colectivo de los santiagueños, en contraste con la libertad de pensamiento, la frescura en los modales, la chispa imaginativa, pero especialmente esa tendencia espontánea a la acción con que los de las ciudades grandes – con frecuencia hijos de inmigrantes – deslumbraban mi psiquismo, siempre ávido de situaciones originales. Pues bien, esta joven – diecisiete años – de aspecto yanqui, no tenía nada de remilgada. Vestía ropas livianas y claras, bailaba con una soltura extraordinaria. Y podía conversar al mismo tiempo de muchos temas interesantes. Conocía a grupos de rock ignotos para el vulgo, como por ejemplo Ten Years After, Led Zeppelin, The Doors. Fue una situación muy buena, de verdad, y ambos lo lamentamos un poco cuando debimos volver a nuestros sitios porque sonó el tema instrumental, que por entonces se usaba para los intermedios. Igarzábal estaba aburrido, se quería ir. No hay problema, le dije, y me quedé solo. Habíamos ocupado una mesita algo alejada entre los árboles, a cierta distancia de la pista, pues ya no quedaba espacio en los

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sitios centrales. Desde allí percibí que el cielo estaba comenzando a presentar, levemente, algunos tonos rojizos... ¡qué rápido estaba transcurriendo esa noche!... Decidido a no perder tiempo, me dirigí hacia la tucumana, que junto a sus familiares ocupaban una larguísima mesa al lado de la pileta. Otra vez nos pusimos a bailar con fervoroso entusiasmo. En eso estábamos, cuando vi junto a la pista, parado, al primo de Susana, un adolescente un poco lerdo y bonachón. Me miraba. No le hice caso y seguí mi animada charla con la graciosa tucumana. Era delgada y más alta de lo normal, su cabello clarísimo era vaporoso, con ondas desordenadas, lo cual sentaba muy bien a ese rostro fresco, de labios carnosos, rojos como una guinda. Pero la gente se iba retirando, y no había modo de ignorar al muchacho inmóvil que permanecía como una vaca al costado de la pista, clavándonos fijamente la mirada. Cuando dejé que mis ojos se cruzaran con los suyos me hizo una seña, tímida. No tuve más remedio que disculparme con mi compañera y, aún tomándola del brazo para que no se fuera, acercarme al muchacho.

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– ¿Qué pasa? – pregunté. – Está Susana – dijo – me pidió que la acompañara hasta aquí. Sin pedir más explicaciones para no espantar a la tucumana le dije: – Está bien... ¿ves aquella mesa? Bueno, es la mía, siéntense allí... pidan lo que quieran, yo invito. Me sentí fastidiado pero al mismo tiempo halagado. ¿Qué haría? Bueno, ahora estaban en mi mesa. En algún momento tenía que ir. El instinto me indicó de repente que era eso lo correcto, y entre bromas amables me despedí de la simpática tucumana, no sin antes obtener su aprobación para llamarla por teléfono al día siguiente. Susana y su primo habían sido prudentes: solamente habían pedido una cerveza. Yo tenía tomadas algunas ya, y aparte el clericó original, algo de vino, un par de wishkys, así como una que otra copita especial entremezclada en el incesante desfile de tragos, como cualquier santiagueño que se precie de tal acostumbra para esa noche. Tal vez por ello estaba absolutamente activado, como uno de esos monitos a cuerda, no podía parar de moverme con cualquier

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rumbo o ritmo. Dejando solo al primo fuimos a sacudirnos a la pista. Me sentía ganador. Por lo cual no dije casi nada, dejándole a ella la iniciativa de todos los diálogos. Me limitaba a bailar con grandes saltos – era la época del pata – pata, Wilson Pickett, Caetano Veloso, Nelson Simonal. No sé si el amanecer llegó tan rápido como yo lo sentí. Lo cierto es que debimos abandonar el club, pues ya estaba quedando casi desierto. Caminando atravesamos el hermoso parque Aguirre, para ir a tomar un taxi en las paradas que por entonces habían alrededor de la plaza Libertad. Sus parientes vivían a la vuelta de mi casa, un poco más allá; así que luego de pagar el taxi bajé. En el camino había prometido visitar a Susana más tarde – eran como las cinco de la mañana – después de almorzar. Me desvestí dejando la ropa por cualquier lado, y me dormí apenas toqué las sábanas, sin que me molestaran en absoluto los ronquidos de mi abuelo, que dormía en la cama de al lado.

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IV Al día siguiente fui a buscar a Susana y tuve que soportar a los tíos: una mujer que tal vez cuando joven fuera bella, a la sazón gorda, y un tipo de bigotes, también gordo, empleado de la policía, ambos un poco rústicos. Percibía cierta subyacente malevolencia en la impostada obsequiosidad de la mujer, por lo cual me sentí un poco incómodo durante todo el tiempo que permanecí allí. Nada particular. Me fastidiaba además alternar con los mayores, nunca me sentía cómodo con la gente madura. Después de caretear un rato con los viejos, salimos a caminar por el centro con Susana. Primero le mostré mi casa, de tal modo que ella pudiese buscarme si lo deseaba. Ella se resolvía en longuilíneas piernas perfectas y le encantaba lucirlas. Esa tarde salió con una minifalda audaz, cuya ingravidez provocaba todo tipo de retorcimientos en los hombres, quienes nos miraban pasar raudamente por las veredas ,

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semiocupadas con las sillas de las confiterías y sus toldos bajo el ardiente sol del verano. Lejos de incomodarme, esta repercusión me infundía cierto orgullo fatuo; me sentía envidiado. Desde aquella vez salimos casi cada noche con Susana. Ella conoció los boliches de Santiago (por ese entonces sólo dos: Vértigo y Help, pues El Ciervo, que en realidad había sido precursor, era un lugar muy desprestigiado) y alguna que otra confitería. Fue un carrousel vertiginoso de paseos, libaciones, ávidas audiciones de música a medialuz, bailar descalzos bajo la luz tenue, donde juntábamos nuestros cuerpos hasta el límite de lo permitido por la piel, y otras numerosas invenciones regocijantes para efectuar en común, como si estuviésemos corriendo una carrera, en la cual cada minuto adquiría un valor incalculable. En realidad yo sí la estaba corriendo, Silvina regresaría para el Año Nuevo. Y Susana también; aunque yo no me enteraría de eso hasta bastante después. Los minutos eran vividos, pues, con cada uno de nuestros sentidos abiertos al máximo, pero también con una notable displicencia,

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que nos permitía no preocuparnos por nada y ejercer gran plasticidad en lo que hacíamos, de tal manera que ninguna perturbación viniera a estorbar los deleitables momentos transcurridos juntos. Hablábamos poco. Si hoy tuviera que repetir algún diálogo de los establecidos con ella no podría hacerlo. Nos limitábamos a disfrutar. La música. Los boliches. Las confiterías. La gente. El sol. La brisa nocturna y también la matinal. Por ese entonces no estaba permitido para una muchacha decente volver después de la una o dos de la madrugada, pero gracias a la vecindad y a que sus tíos conocían a mi familia fuimos ampliando ese margen, luego del extraordinario logro de que nos permitieran desde el segundo día salir solos. La segunda vez que fuimos a Vértigo la hice conocer “mi tema”: What a wonderful World, de Louis Armstrong. Lo había descubierto entre los discos de Carlín y me había enamorado de su sentido, de su melodía, de su orquestación, de cómo lo cantaba el entrañable Louis; desde entonces lo usé cada noche como amuleto para comenzar mi trabajo de disc jockey con mi mejor ánimo. Esa noche me mandé una

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fanfarronada también, que casi me cuesta un mal rato. Era un sábado, y la pista principal se había llenado. Entonces nos apartamos en un pasillo donde se había instalado un sector de sillones muy recoleto. Llevado por la excitación del momento – y del alcohol – para demostrarle que allí se podía hacer cualquier cosa que a uno se le ocurriera, anuncié mi voluntad de estrellar contra la pared la gruesa copa de wishky que tenía en mis manos. Y antes de que ella me contestase siquiera lo hice, con gran fragor de vidrios rotos. Enseguida vino el mozo y limpió como pudo el lugar, ya que estaba muy oscuro. Luego de esa baladronada que ahora me parece estúpida pero a los veinte años me llenaba de autosuficiencia, la invité a bailar. Debíamos atravesar el pasillo hacia la pista, y como estábamos descalzos, uno de los pequeños vidrios que había quedado en el suelo me cortó un dedo del pie. Tuvimos que ir atrás de la barra para detener la sangre y curarme. Por suerte la herida era leve, así que con una curita provista por Carlín y colocarme de nuevo los mocasines el asunto quedó solucionado.

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Nada ni nadie nos molestaba, pues a diferencia de la mentalidad provinciana, sumamente gregaria, ambos teníamos esa actitud prevaleciente en la cultura de las ciudades grandes: la de concentrarnos en nuestro hacer, convirtiendo en algo absolutamente autónomo a la extraordinaria concertación lograda en esa pareja perfecta, sin haber hablado ni pensar siquiera – no tuvimos tiempo – en algún tipo de compromiso, ni presente ni futuro. Nunca dijimos te amo. Nunca pronunciamos: “te extrañaré”. Nunca mencionamos siquiera la posibilidad de un noviazgo. Pero desde una perspectiva lejana, puede percibirse que se desarrolló entre nosotros una armonía tan profunda, como sólo es posible precisamente cuando se deja de lado cualquier tipo de razonamiento o especulación, para dejar fluir únicamente el ánimo de vivir cada minuto bien, entregándonos íntimamente sólo a ese dulce devenir.

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V Fatalmente llegó el 31 de diciembre. Y el llamado telefónico de Silvina esa mañana, contándome que lo había pasado muy bien en Salta y avisándome que irían a cenar al Lawn Tenis esa noche, por lo cual tendríamos oportunidad de estar un rato juntos y charlar. No se había atrevido a presentarme a sus padres aún, pero estos ya se habían anoticiado de nuestro noviazgo por otros. En Santiago era imposible ocultar estas cuestiones. La ambigua situación me impediría compartir su mesa aquella noche, pero al mismo tiempo me comprometería pues ya estaba “en observación” de sus padres, razón por la cual debíamos simular que “éramos amigos” y, luego de saludar cortésmente a su familia, debería invitarla a bailar. Tal vez ella podría evadir un rato el control y venir a la mesa donde yo me ubicara – en lo posible algo apartada de la vista de sus mayores. Me convendría ir con algún amigo, para no aburrirme, pues de otra manera en algún momento me iba a quedar

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solo: todas estas recomendaciones me dio Silvina por teléfono esa mañana. Sentado en uno de los cómodos sillones metálicos cubiertos por almohadones de la galería, rumiaba cerca de las doce, hamacándome un poco, en la manera como transmitir estas novedades fatales a Susana, cuando vi aparecer su hermosa cabellera rojiza por entre los rosales de mi abuelo en el jardín, y luego las sinuosas piernas blancas, bajo la minifalda estampada de hojas que disimulaban sólo lo indispensable, y sus bonitos pies apenas engarzados en las dos tiritas de unas hojotas de cuero indígena primorosamente trenzadas. Susana fue la primera chica que vi con las uñas pintadas de azul o verde, y también solía hacerlo de ese modo con las uñas de los pies. Caminé para abrirle el pequeño, rústico y amable portón de madera que por entonces tenía nuestra casa, como probablemente lo hiciera Jaromir Hladík * cuando debió acudir, el 19 de marzo de 1939, a prestar declaración ante el ominoso tribunal de Julius Rothe. Cada paso desganado hacia ella me parecía un arrastrar de pesadísimos grilletes tras de mis pies, y aquellos instantes

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eternos, o yo quería que fuesen eternos pues deploraba con toda mi alma lo que debería decir luego de franquear esa puerta y juntarme con Susana en nuestra umbrosa vereda. Debe haber sido tanta la inquietud contenida, que apenas había rozado su mejilla y murmurado un “hola” cuando sin transición lancé, con voz ahogada: – Tengo que decirte algo, Susana... La extraordinaria comunión espiritual que habíamos descubierto y cultivado durante esos seis días intensos se manifestó de un modo nítido cuando, luego de un largo silencio, en el que yo no me animaba a decir nada y ella tampoco a preguntar, levantó de repente los ojos y mirándome profundamente dijo: – ...Tienes novia... A lo cual yo contesté simplemente “sí”. Entonces aquellos raros ojos color verde parra se ensombrecieron y por primera vez vi en su cara una expresión, no de tristeza, sino de resignado pesar. – Está bien... – murmuró, en el mismo tono con el que habíamos empezado a hablar, como el de quienes conversan en los

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pasillos de un velatorio – ...está bien... entonces... ¡Adiós! La miré una sola vez y dije: – Adiós. Seguí con la mirada su caminar delicioso, ahora tal vez con deliberación ralentizado, su pelo en penachos, su espalda grácil, sus caderas redondas, sus piernas perfectas y largas, hasta la esquina. Ella no se dio vuelta antes de doblar. Quedé como si me hubieran vaciado. Fui a sentarme en el sillón donde mi abuelo solía apostarse para mirar el leve tránsito del boulevard, y mis sensaciones eran las de quien luego de haber vivido mucho tiempo en una casa confortable se encuentra al despertar una mañana durmiendo en campo abierto. En aquel estado semejante al trance almorcé contestando apenas a mi padre y mis abuelos cuando me preguntaban algo, sin que pudiera ocurrírseme alguna salida para el asunto. Hasta que, recostado para hacer la digestión en medio de una leve siesta, mientras miraba el techo se iluminó mi mente con una idea, que en el acto adopté como la única salvación.

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Me lavé un poco la cara, lo cual sirvió para darme cuenta que había dormido un rato, pues tenía en la mejilla una raya roja estampada por una rugosidad del almohadón, y marché hacia la casa de Susana. Eran las dos y diez cuando me atendió, ellos acababan de almorzar. – ¿A vos te gustaría seguir saliendo conmigo? – pregunté bajo el encatrado con parras del fresco patio. Ella bajó los ojos, sin contestar. – Creo que he encontrado la solución... – continué. Me miró con interés. – ¿Cuál es? – preguntó. – Bueno, vos tendrías que aceptar... – dudé. – Si no me dices... – Presentarte como mi prima –exclamé – . Si te hacemos pasar por mi prima, no habrá más problemas. Y podremos salir tranquilos, desde entonces, todas las veces que queramos. Sus padres son muy conservadores, apenas la dejan salir de vez en cuando. Y esta misma noche, seguro que se irán a eso de la una o una y media a más

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tardar... luego, la noche quedará únicamente para vos y yo... Susana vaciló apenas unos segundos antes de contestar: – Está bien. ¡Hagamos así! Entonces yo, que me sentía el ganador del siglo, le dije: – Perfecto, entonces esta noche, después de los pitos, que te acompañe tu primo hasta mi casa, pasame a buscar para que vayamos juntos al Lawn Tenis.

VI La noche llegó con todo el fragor de los añonuevos, mucha comida, asado, pollo, pavo, keepi, cabrito, lechón, ensalada rusa; mucho vino, mucha cerveza, mucha sidra, mucho clericó. Esto último especialmente: para mí la Nochebuena y el Año Nuevo eran el tiempo del clericó. Amaba al clericó, y no paraba de tomarlo desde el atardecer, haciendo una pausa solamente para reiniciar la libación al día siguiente, después del almuerzo. Esa noche tomé demasiado al parecer, pues

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estaba ahíto y feliz apoltronado sobre el sillón de mi abuelo en la galería, mientras mis numerosos tíos y primos se daban abrazos aún y levantaban una y otra vez las copas, cuando se me presentó de repente en la vereda la pareja compuesta por Susana, elegantísima en su vestido oscuro – tentadoramente corto – y su adolescente primo acompañándola. No me tomé el trabajo de ponerme el saco ni la invité a pasar. Avisé a mi familia que nos íbamos, nos despedimos de su primo que se quedó mirándonos, y nos subimos al primer taxi que apareció. El parque estaba hermoso y el club, constelado de luces, presentaba un incesante desfilar de gente que llegaba, pues la mayoría iba allí luego de los brindis. Sacos blancos y levísimos vestidos largos, brillos de discretos pendientes de oro, pequeñas perlas, peinados meticulosamente bruñidos, miradas de aprobación mutua se cruzaba la selecta concurrencia junto a sonrisas y saludos, a veces un tanto cursis. Pagué las entradas y nos lanzamos por el sendero de piedras que llevaba a la pileta y la pista como dos niños entrando en un parque de

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diversiones. Como empezó a sonar La Cumparsita – situación excepcional en esos tiempos de cumbia y rock – espontáneamente la tomé por la cintura, ella cruzó su pequeña cartera a la espalda, me siguió, y entramos bailando durante todo el resto del camino, bailando seguimos por sobre la pista aún vacía y bailando llegamos hasta una mesa milagrosamente desocupada, como si hubiese sido especialmente preparada para nosotros, que parecía esperarnos al otro lado de la pista, sobre el cuidado césped, entre unos pequeños árboles. Con el rabillo del ojo advertí que la familia de mi novia en pleno se había ubicado en primera fila, junto a la pista, desde donde tendrían una visión perfecta del baile y la orquesta, así como de todo lo que sucedía. También noté el estremecimiento de sorpresa y un poco de desaprobación en el viejo cuando con mi “prima” efectuamos la espectacular entrada. Pero no me importó. ¿Ellos no reconocían públicamente mi noviazgo? Pues bien, no tenían razón alguna entonces para cuestionarme.

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Silvina no pudo esperar a que la sacara a bailar y, haciéndose acompañar por una íntima amiga y el Gordo Suárez Villegas acudió a nuestra mesa. Cuando pudo situarse a mi lado al pasar las presentaciones y cortesías protocolares, me pellizcó la pierna por debajo de la mesa: – ¿Esta es tu prima? ¡Es una zorra muy linda!... ¿Por qué nunca me habías dicho nada de que existía? – susurró alarmada. Un poco molesto por el dolor del pellizco dije: – No puedo darte un detalle de todos mis parientes. Sabes que somos una familia muy grande... – Sí pero en Córdoba... No sabía que tenías una prima en Córdoba... – Sí... es hija de un hermano de mi tía Eudora... – improvisé, apelando a un parentesco real que ella vagamente conocía. Pareció tranquilizarse... – ¿Y te vas a quedar con ella cuando yo me vaya? – ¿Acaso no me dijiste que buscara alguien que me acompañara porque si no me iba a aburrir? – alegué un poco airado.

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– Sí pero no sé por qué me parece que ahora te vas a divertir de más... – contestó Silvina comenzando a dudar. Esa noche exageré un poco mi actuación. Con la excusa de que no podía dejar sola a mi “prima” bailé a un tiempo con las dos. Por suerte el Gordo se nos unió, y pude satisfacer en parte la necesidad de llenar las apariencias con Silvina. Me exalté bailando suelto y se me ocurrió imitar a un mono: para ello trepé a un árbol que se elevaba justo en medio de la pista. Desde allí lancé unos cuantos chillidos, hasta que el presidente del Club, que por entonces era López Bustos, un viejo muy remilgado, vino a amenazarme con que iba a quitarme el carnet de socio si continuaba actuando así. Me fastidié. Quise mandarlo a la mierda al viejo pero la mirada rencorosa de Silvina me lo impidió. Entonces me empecé a aburrir mortalmente. Los minutos me parecían muy largos. Comencé a desear con fervor que se fueran todos, mi novia y su familia, y por fin nos dejaran tranquilos con Susana. Cuando ello sucedió, lo vivimos como si sobre nosotros se hubiera emitido una bendición.

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No sucedió nada demasiado particular. Solamente me calmé y dejé de hacer payasadas. Creo que las había hecho como una subconsciente expresión de repudio a toda esa pacatería en que de repente me descubría envuelto, pero sin la valentía suficiente aún como para librarme de ella. Así que después de la partida de la familia Ferreyra Castro nos quedamos allí, sin tomar ya demasiado pues lo habíamos hecho durante todo el tiempo anterior; nos quedamos tranquilos, gozando soberanamente esa circunstancia de estar juntos, el frescor de la noche, la alegría de los demás, la delicadísima brisa que hacía tremolar mansamente las hojas de los eucaliptos y esa profunda unidad interior capaz de prescindir completamente de las palabras. Más tarde fuimos a Help. Jorge Lamadrid, su dueño, nos atendió con especial deferencia, y en cierto momento avanzado de la madrugada, Susana y yo pasamos al medio de la pista, que allí estaba en un nivel más bajo del piso, para bailar “País tropical”, animados por las palmas de las demás parejas. Cuando llegó el amanecer volvimos tranquilamente hasta nuestras

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casas. La dejé en la puerta de la suya, despedí el taxi allí y regresé caminando los pocos metros que me separaban de mi amable hogar, donde dormían ya tranquilamente mi padre, mi abuela en su habitación y mi abuelo en la misma donde enseguida dormiría también yo. Era, si me lo preguntan, completamente feliz.

VII El primer día de 1970 fuimos con Susana al Balneario Municipal de La Banda luego de almorzar. Allí vería por primera vez su cuerpo casi enteramente desnudo, pues la bikini que usaba no constaba más que de dos pedacitos de trapo graciosamente adheridos a la piel por elásticos. La impresión fue comparable a un puñetazo en el plexo solar. Una sílfide bellísima de torso grácil, pechos sólidamente erectos, cintura fina, caderas anforadas, miembros gráciles, extraordinariamente armónicos y flexibles, pies pequeños sin la menor imperfección. Habíamos ido a los vestuarios para quitarnos la ropa y quedar listos para el agua.

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Yo terminé antes y estaba esperando distraído junto al bar cuando la vi salir. La vimos. Todos los hombres que llenaban las mesas de la confitería giraron su cabeza sin disimulo hacia ella – también las mujeres – y algunos se quedaron con la boca abierta. Triunfal, Susana avanzó hacia mí. Triunfal, la tomé del brazo, y deliberadamente elegí el camino más largo para que todos nos admiraran. Ambos llevábamos anteojos oscuros. Fue una tarde agradable. Jugábamos suavemente en el agua que corría, sin acercarnos mucho a la zona de turbulencia, que estaba en la bocatoma. El balneario estaba concurrido pero no tanto como para resultar fastidioso. Como en aquellos tiempos aún no se habían masificado las bolsitas de plástico para llevar comida u otros elementos, no se veía basura en los bordes ni en el agua. Sólo césped de un verde luminoso y florecillas en pequeños canteros cada tanto. Por lo demás la Municipalidad de La Banda mantenía perfectamente cuidado aquél lindo recreo, el cual seguramente daba sus buenos beneficios. Me entretenía dejándome llevar

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por la corriente boca arriba, mientras miraba las altas copas de los eucaliptos, alguna paloma que pasaba volando por entre sus ramas, y el cielo celeste con nubes blancas. De repente me detenía, parándome en el cercano lecho del canal, y desde allí comprobaba en perspectiva la hermosísima presencia de Susana Rouquié, empequeñecida por la distancia, inconfundible entre los niños, mujeres y otros bañistas, quienes jugaban con pelotas y salvavidas de goma a su alrededor. Ese día me dije que todo había sido maravillosamente perfecto hasta ahora, entonces, para que culminara completamente bien, yo debía tratar de unirme sexualmente con ella.

VIII Susana tenía que regresar a Córdoba el día 3 de enero por la tarde. La noche del 2 constaté que se me había acabado el dinero. Todo lo que obtuviera por la venta de mis equipos – ¡una fortuna! – lo había dilapidado en una semana. Cavilaba

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sombríamente sobre esta realidad cuando llegó Susana. Nos habíamos habituado a que ella me fuese a buscar por casa a eso de las 8 de la noche, hora en que salíamos para volver recién después de las dos o tres de la madrugada. Fuimos en colectivo al centro y la invité a comer un par de carlitos y una coca cola en Siroco. Yo me tomé un porroncito. Después fuimos a Vértigo. Claro, allí no me cobraban. Sin embargo estuve bastante prudente con la bebida, porque tampoco podía abusar de los amigos. Por eso a la hora de volver, me sentía muy lúcido y sin ninguna inclinación a cometer locuras. Le dije entonces que estaba sin un peso y para regresar a nuestras casas tendríamos que caminar. Eran como las dos de la mañana, a esa hora ya no había colectivos. Ella no puso reparos y emprendimos el regreso cruzando la plaza, para caminar luego rectamente por la Libertad. Al llegar a la Belgrano se quitó los zapatos. Muchas veces había recorrido esa calle, regresando del centro o de visitar a Silvina. Al cruzar la Moreno empezaba a convertirse en algo muy agradable, con sus altísimos

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árboles a los costados, veredas anchas, y la estación que ocupaba un inmenso terreno tras de un alambrado, en el cual podían verse andenes, antiguas máquinas, galpones, todo entre misteriosas sombras proyectadas por los inmensos eucaliptos que la poblaban. La acequia de la Colón, y más tarde la de la Aguirre, con sus humedades de tierra, su césped, sus repentinos álamos y araucarias, proveían mayor encanto aún a la caminata. La calle era bastante ancha, pero se ensanchaba aún más al llegar a la Aguirre, para convertirse en boulevard. Ahí, a una cuadra y media de esa esquina donde se juntaban cuatro avenidas – la que venía del Sur, la de Huaico Hondo, la de la Sáenz Peña y la Libertad, que a la vez era la salida obligada para viajar a Tucumán y Catamarca – , allí, apenas pasando la hermosa plazoleta detrás de la cual se levantaban las torres de la capilla del Santo Cristo, en ese barrio lleno de jardines y grandes árboles, aromático de flores por todas partes, silente, compuesto de casas espaciosas, con techos entejados y a dos aguas, entre las residencias de las familias Conde y Beggeres: allí precisamente vivía yo.

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Cuando llegábamos a la vereda de mi casa le dije que viniera un rato a escuchar música conmigo y ella aceptó. Por esos tiempos mi padre se había puesto de novio y planeaba casarse por segunda vez. Para ello estaba construyendo una vivienda, independiente del resto de la edificación, en el espacioso patio de atrás. Hacia allí la conduje, atravesando el ancho pasillo que conocía muy bien. Ella me dio la mano. Era la primera vez que entraba a mi casa y debía hacerlo en la oscuridad. Con toda deliberación había preparado esa tarde la cama matrimonial de mi padre, que él aún no usaba, instalando mi potente grabador Phillips al lado, sobre una mesita de luz. Era uno de esos aparatos a cinta, pero cada cinta duraba una hora. Tenía colocada una de música muy lenta, la cual debíamos empezar a escuchar en el momento mismo en que nos ubicáramos sobre la cama. Desde el parlante comenzó a susurrarnos Sergio Mendes & Brazil 66 cuando lo encendí. No había otro mueble allí además de los mencionados, tampoco entonces oportunidad de elegir. Nos recostamos juntos; de inmediato fuimos deslizándonos por todos

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los ejercicios amatorios que podían conocer unos jóvenes de diecinueve y veinte años. Por mi parte me concentré en un lentísimo proceso de desvestimiento, esmerándome en quitar a mi cuerpo las prendas que llevaba – por suerte pocas – y también quitárselas a ella, con absoluta naturalidad y prudencia, para que ningún movimiento inarmónico pudiese romper el encanto o provocar en Susana una reacción contraria. Susana estaba un poco pasiva y por momentos se entregaba al proceso por el que yo, con serena determinación, procuraba llevarla; pero de a ratos percibía en su piel, o en algún brillo de sus ojos, cierta indecisión que me preocupaba. Al llegar al pequeño slip oscuro – la última prenda que le quedaba, pues yo me había desnudado por completo y a la vez había logrado quitarle lo que ella llevaba encima – me preparé para el salto final, la acción que debería llevarme al paraíso terrenal, con el que imaginaba culminaría la unión – cuando la lograra. Despaciosamente, comencé a bajar aquella pieza suave, mientras besaba su ombligo y la delicadísima piel de sus caderas con meticulosa dedicación. Ella hacía un

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pequeño esfuerzo por evitarlo, pero paulatinamente mis manos iban bajando, bajando la pequeña pieza, venciendo con cautela extrema la leve resistencia que oponía al rozar con la amorosa piel su textura bordada, deslizándola por los muslos combados, milímetro a milímetro, con cada vez menos dificultad mientras se iba acercando a las rodillas, pues hasta allí sus manos ya no alcanzaban y era evidente que tampoco ella quería efectuar ninguna acción brusca. En el momento en que la bombachita se había librado completamente de la zona más ancha de los muslos y comenzaba a bajar velozmente por las pantorrillas, cuando casi estaba llegando al tobillo, creí escuchar un fru – fru leve, como el rozar de ropas de alguien que se deslizaba en el patio; eso me distrajo un instante. Ya faltaba dar solamente un pequeño tirón y el slip iba dejar de constituir una molestia: debía quitarlo y tirarlo lejos. Entonces noté que la puerta había quedado entreabierta, e inexplicable, estúpidamente me levanté, impulsivamente, para cerrarla. Cuando volví a la cama – apenas un segundo después – ya era tarde; alcancé a ver a Susana levantando

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rápidamente el slip, colocándolo en el lugar donde se convertiría en interdicción, y comenzaba a vestirse. Me eché sobre ella tratando de disuadirla, pero me rechazó con suave firmeza. “No, ya es tarde, ya me debo ir”, me repitió. Estaba completamente fría. ** No me quedó otra alternativa que vestirme también, para acompañarla. Hosco y meditabundo la despedí sin besarla, en la esquina de su casa. Me acosté rumiando mi rencor, maldiciendo mi estupidez por haberme levantado en aquel momento preciso, preguntándome si no había perdido una segunda oportunidad por no haberla obligado a quitarse el slip en el momento mismo en que se lo levantaba, apelando a mi fuerza. A esto último me contestaba que yo jamás violaría a una mujer; pero ello no calmaba mi desengaño y me sentía insatisfecho y contrariado hasta la obsesión.

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Continuaba sin resolver esa turbulencia interior y reflexionando sin cesar sobre lo sucedido cuando Susana vino a despedirse, después de almorzar. El día se había presentado tenuemente nublado, eran como las dos de la tarde. A las cuatro y media se iría. La miré por última vez, enmarcada por los ligustros, que mi abuelo modelaba con gran celo formando una tupida verja hasta la altura de nuestras cabezas. No había en su rostro ni una pizca de maquillaje, sus ojos se habían vuelto un poco melancólicos y más claros. A pesar de mi plena conciencia de que eran nuestros últimos momentos, no pude evitar agredirla. Es decir, lo hice con circunloquios y alusiones, sin proferir ninguna palabra que – según mi orgulloso machismo – me dejara como dolido por no haber logrado acoplarme con ella. Pero los tonos de mi voz y mi actitud general emanaban resentimiento, despecho, decepción, hasta un poco de rencor. Ella estaba asombrosamente calma y comprensiva, hasta compasiva: me di cuenta que comprendía perfectamente mis sentimientos, sin el menor asomo de sorna, y

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que si hubiese podido se habría desnudado allí mismo para complacerme y calmar mi angustia. Pero también con esa profunda sabiduría femenina que los hombres no alcanzaremos jamás, ella comprendía, al mismo tiempo, que no serviría de nada. Debíamos separarnos, nuestro tiempo había llegado al final.

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IX En agosto de 1970 debí cumplir una comisión para el Distrito SE (Administración) donde prestaba el servicio militar. Consistía en llevar a dos infractores hasta Córdoba, y entregarlos allí en una guarnición del IIIer Cuerpo. Me alegró mucho saber que como se habían presentado espontáneamente, no eran considerados peligrosos, razón por la cual no necesitaría viajar con armas. Cada vez que debí cumplir alguna tarea militar en un medio civil me sentí muy estúpido cubierto de arneses, con una pistola al cinto y un inmenso fusil en las manos – aunque tal vez lo peor era el casco. El uniforme de salida, en cambio, podía considerarse discretamente elegante, si se había tenido la precaución de entallarlo. Así, viajé pues, con mis infractores, en tren. No hubo ningún problema; llegamos a Córdoba al atardecer. Tomé un taxi y luego de entregar a los muchachos a un suboficial y un subteniente en la guardia, quedé en

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libertad. Debía presentarme en mi regimiento dos días después, así que me quedaban más o menos 24 horas para disfrutar. Iba a alojarme en lo de mi tía Eudora, a quien ya habíamos advertido por teléfono. Como mi tío era también militar, demostró gran satisfacción al verme con el uniforme. Dijo que me quedaba muy bien y que tenía presencia de soldado. Bien. Pero apenas hube cumplido los saludos protocolares, me hube instalado en la cómoda habitación que mi cariñosa tía había aparejado especialmente para mí, hube conversado un rato con mis primos, perfectamente pulcro luego de un baño caliente y una buena afeitada, me apronté para intentar la búsqueda de Susana. No era fácil. El único dato con que contaba para encontrarla era su apellido, pues seguramente no figuraría en la guía su nombre sino el de sus padres, y si bien me había dicho la calle donde vivía al momento la había olvidado. Milagrosamente la encontré. Mejor dicho, encontré su casa, pues al leerla recordé el

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nombre de la calle y su apellido era único allí. Después de unos segundos, una señora me atendió. Cuando le pregunté si me había comunicado con la casa de la familia Rouquié me dijo que sí. Cuando le pregunté si allí vivía una señorita de diecinueve años, llamada Susana Rouquié me dijo que sí. O mejor dicho, no. Ella había vivido ahí, era su hija, pero hace poco se había trasladado a una vivienda independiente. Le dije que yo era un amigo de Susana, que nos habíamos conocido en Santiago, que tenía mucho interés en encontrarla, que por favor me diera su número telefónico si lo tuviese o si no su dirección. Después de tres segundos de silencio la mujer murmuró con voz en la cual me pareció captar cierta gradación compasiva: – Joven, tengo que hacerle una advertencia. Susana ya no es más soltera. Se ha casado, hace cuatro meses, Ahora vive con su marido, esperan el nacimiento de un niño. Luego de agradecer, lo más convincentemente que pude, colgué.

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* Jaromir Hladík. Personaje de “El milagro secreto”, cuento de Jorge Luis Borges. Es un escritor checo, de origen judío, capturado por los nazis en Praga y condenado al fusilamiento. ** Muchos años después, por un comentario sesgado de mi padre, me enteré que aquel fru – fru existió realmente, no fue una mala pasada que me jugara la imaginación. Él había oído ruidos, se había levantado a inspeccionar. Por un momento, se había acercado a la ventana...

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La Negra

I Agosto de 1973. Yo 23 años. El lugar: un local muy grande en la calle Maipú, provincia de Córdoba. Mucha gente, casi todos jóvenes, las diez de la mañana. Se debate desde temprano pues hay una asamblea del FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo). Casi todos están en el ancho patio, es un día seminublado, yo justo debajo de unas columnas y una galería. Desde allí la veo. Es tan hermosa que casi parece imposible. Tiene traza de colegial, con su falda escocesa, zapatos abotinados de gamuza, camisa blanca a cuadritos azules, pelo con trenzas y moños a los costados. Un poco alta – 1.68 calculo – , perfectamente proporcionada. Da Vinci podría hacerse una

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fiesta con ella. El orador habla de un modo durísimo criticando no sé qué desviaciones burguesas de uno de los partidos que integra el Frente. Pero yo solamente la miro a ella. Inútilmente, creo, puesto que a muchacha tan hermosa es absolutamente imposible encontrarla sola. Alguien debe de habérseme anticipado ya; aunque allí está sola, parece. Parece. Su cabello es castaño, perfecto: se nota aún desde la distancia que sus bucles son extraordinariamente naturales, que deben de ser suaves como los pétalos de una rosa. El orador – del PRT – dice que es inadmisible seguir tolerando las absurdas vacilaciones pequeñoburguesas del Partido Obrero Trotskista y solicita a la Mesa Directiva del FAS la expulsión lisa y llana de los trotskistas – entre quienes no hay ningún obrero, son todos universitarios, dice – de persistir en su tesitura “contrarrevolucionaria”. Me subleva interiormente tanta dureza dialéctica entre compañeros, tanta soberbia en un supuesto dirigente revolucionario y pienso que ella debe de ser trotskista. Es que los trotskistas tienen un tipo, así como los PRT, los “chinos”, los PC, los Montos... cada uno de

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estos grupos tiene un tipo fisonómico propio. Los trotskistas son todos pequeños burgueses muy refinados, y lindos, en serio, sean hombres o mujeres, todos lindos, pertenecen a esa raza de hijos de inmigrantes, a veces mezcla con criollos, que da especimenes tan perfectos como la que estoy mirando hoy. Absolutamente perfecta, miren, de la cabeza a los pies. Y basta. Porque no me miró, ni siquiera se dio cuenta que yo estaba allí, pese a mi arrobada actitud en ningún momento percibió ni siquiera por un instante mi presencia. Después de que algo extraordinario sucede uno se acuerda de cosas. Que al parecer no tienen nada que ver. Como que por aquél tiempo yo había terminado de leer Cien años de soledad, y me había impresionado profundamente. Andaba mucho tiempo pensando en los mundos que imaginara con Cien años de soledad y busqué otra experiencia semejante. Entonces empecé a leer El coronel no tiene quien le escriba, de la misma saga. Era un libro chiquito, recuerdo, lo llevaba a todas partes. Aquella mañana en que vi por primera vez al ángel lo tenía entre mis manos, o en uno de los

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bolsillos de mi campera. Pero no me gustó, desde las primeras páginas sentí que no recrearía en mí las emociones de Cien años de soledad. Lo deseché para siempre, pues.

Pasó el tiempo y me olvidé. Hasta que la vi aparecer ante mí de una manera tan sorpresiva que casi me voy de nuca. Apareció, nada más, ahí a cuatro metros de distancia y encima avanzando hacia mí. Yo estaba sentado ante el escritorio de entrada en la revista Posición, hablando por teléfono. Había una puerta cancel, con vidrios, como es habitual, y poco más allá una puerta principal que casi todo el tiempo permanecía abierta. Entró un grupo de cuatro o cinco compañeros, todos “pesados” del Partido, y junto a uno de ellos, como de cuarenta años o más, venía ella. “No puede ser su compañera”, me acuerdo que pensé “el tipo es un viejo”. Pasaron junto a mí saludándome con la mano y yo me quedé tan azorado que en todo el tiempo que duró la reunión, pese a que la hicieron en la ancha sala de Redacción donde también estaba mi

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mesa de dibujo no me atreví a entrar ni una sola vez. Cuando se fueron yo aún estaba ahí. Me alcanzó esa fugaz aparición para notar que ella estaba cambiada. Su rostro y su cuerpo seguían siendo los de una adolescente, pero ya no vestía como antes. Iba ahora desaliñada, con ropas raídas y una pollera azul muy larga, por lo cual concluí que por fin había terminado incorporándose al PRT. Se cultivaba ese agresivo abandono indumentario en las filas del “partido de cuadros” que también yo integraba. Luego de irse el grupo alguien hizo respetuosos comentarios sobre “Bigote” Desantis, de quien pese a los tabicamientos imprescindibles se conocía que había sido oficial subalterno del ejército, luego hippie, ahora un importante cuadro revolucionario. Alguien hizo un comentario admirativo acerca de la joven compañera que venía con ellos, a quien mencionaron como “la Negra”. En ese tiempo había muchas “Negras”. Era un orgullo decirse “Negra” o “Negro”, era ser proletario. Hasta las rubias se hacían llamar “Negras”, pues representaba una reivindicación de aquellos a quienes la burguesía aplicaba el nombre con desprecio.

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Aunque también había negras en serio, es decir, morochonas fuertes o refinadas; para el PRT eran como el arquetipo. La Negra de que ahora hablamos no era ni uno ni otro extremo. De tez blanca, su raza pertenecía a ese intermedio exquisito del mediodía europeo, tan agradable a los clásicos renacentistas, y quizá por ello para mí (estudiante de pintura desde la infancia) tan extraordinariamente motivadora. II Éramos duros. Éramos implacables, especialmente con nosotros mismos. Éramos los militantes más estrictos. Cualquier preocupación por algo que no fuese la lucha revolucionaria se consideraba “una desviación pequeño burguesa”. Recuerdo particularmente una reunión para fijar los salarios de los periodistas de la revista Posición, quienes éramos a la vez militantes. Cada uno debía decir cuánto necesitábamos para sostenernos. Luego de una arenga del compañero responsable – quien hablaba con tono quedo y deliberadamente vacilante, pues era además obligatorio ser humilde,

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como se suponía a todo proletario de verdad – , una arenga donde se tocaron las virtudes de los revolucionarios, la escasez de recursos del Partido y sus grandes erogaciones por las titánicas tareas emprendidas debido al auge de masas, finalizando con un pedido de ajustar a un mínimo posible la valoración de lo solicitado. Todos habían dejado esa valoración librada a lo que el Partido quisiera darles. Cuando me llegó el turno dije sin vacilar: “120 pesos”. Y todos se miraron. Hubo un silencio incómodo. El compañero responsable me preguntó con esa suavidad de monje benedictino que practicaba si no me parecía mucho, teniendo en cuenta que estaba solo y básicamente tenía mis necesidades resueltas, ya que no debía pagar alquiler, impuestos, electricidad, gas, etcétera, dado que vivía en una casa del Partido (la Redacción de la revista). Dije que no pues yo tenía algunos gastos extra que me obligaban a un presupuesto mayor al de un cordobés común. “¿Como cuáles?”, me dijeron. Mencioné la necesidad de viajar a Santiago de vez en cuando, para visitar mi familia... y los libros... Por el modo en que se miraron comprendí que lo de los libros no

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cayó muy bien. Con la paciencia de quien trata de inducir hacia el camino correcto a un niño, Ragnero me preguntó otra vez: “¿Los libros te parecen una necesidad vital?” Decidido a ignorar por completo el desdén que se percibía mantuve mi posición con firmeza: – Sí – dije. César – un compañero destinado a morir durante el copamiento del cuartel militar de Villa María – , preguntó: – ¿Y qué libros te interesan tanto? – Bueno, dije, acabo de comprar el Tomo I de la Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky; me interesa por cierto comprar el tomo II y III cuando salgan. Son bastante caros. Estaba embarrándola peor. El Partido acababa de salir de una relación traumática y tempestuosa con la IVª Internacional, estaba en plena y acelerada stalinización (aunque yo aún no lo sabía) así que venir a citar un Trotsky como necesidad vital era por entonces medio parecido a agitar una ristra de ajo en la casa de Drácula. Pero no me importó. En aquellos tiempos yo creía en la

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sinceridad absoluta. Y en la libertad individual. Por ello me dirían después “liberal”. Mas volvamos al momento. Finalmente negocié una rebaja de sólo 20 pesos, quedándome con 100, pese a que César abogó entre fastidiado e irónico para que me valiera de la biblioteca que teníamos en la revista o le dijera a él los libros que quisiera para conseguírmelos en préstamo. “No es lo mismo”, dije. “Algunos títulos son elementos de consulta permanente para mí”. Eso me trajo aún más miradas reprobatorias y cuchicheos, pero no me importó. Como dije, tenía 23 años y aún creía en la absoluta honestidad. ¿Quieren saber algo más de la Negra? Bueno. El verdadero encuentro sucedió durante una fría noche a finales de mayo de 1974. Yo llevaba un pesado saco negro de Corderoy, hecho a medida durante mis épocas de prosperidad, pero lo arruinaba con un viejo vaquero y borceguíes. Me había puesto el poncho azul oscuro que me dejara mi abuelo, al morir pocos días atrás. Esa tarde había ido al cine, a ver una película sobre la vida de Luis de Baviera y Wagner

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que me había impresionado muy hondo. Lleno de imágenes y emociones había salido abismado. Tenía hambre y me puse a buscar un kiosco para comer un sándwich. Hacía frío y pensaba en un gran choripán con chimichurri y al menos un cuarto de buen vino tinto. De repente recordé la peña del FAS, organizada esa noche de sábado para recaudar fondos. Tuve pereza de caminar hasta allí – había al menos unas diez cuadras – mas pronto salió el duendecillo autocrítico a reprenderme: “¿Vas a dejar tu dinero a cualquier comerciante, en vez de ir a apoyar a los compañeros?”. Caminé bajo el frío sin sentirlo pues iba bien abrigado y mi cabeza llena aún con las imágenes de la película. El lugar era una cancha de básquet, en la puerta algunos militantes cobraban la entrada; pagué, saludé con la mano a una muchacha y otros compañeros que reconocí entre la gente, y fui a sentarme solo cerca del escenario. Era temprano aún – tal vez las diez de la noche – y no estaba lleno, pese a los esfuerzos de los militantes, que habían acarreado a muchas personas de los barrios pobres en colectivo. Es que el local era demasiado grande. Por suerte todo estaba

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cubierto por un tinglado, así que no hacía frío. Me puse cómodo quitándome los abrigos y esperé, observando a un tipo joven, más entusiasta que afinado, cantar acompañándose con guitarra chacareras y zambas sobre el desnudo escenario. Vino una de las chicas del FAS y preguntó que me servía. Un choripán bien grande, le dije. Y medio litro de vino tinto. La compañera me trajo todo enseguida. Luego del primer choripán y dos vasos de vino las cosas empezaron a parecerme más lindas. Ahora ponían música de cumbias y algunos bailaban. Ocurrió un incidente. Un borracho perseguía a una muchacha, tratando de tomarla del brazo, pero ella, con cierta familiaridad aunque firmemente reclamaba respeto de él. Reconocí en el acto a la muchacha. Era la chica del FAS, aquella con quien no me había atrevido a soñar. Impensadamente se sentó a mi lado y tomándome del brazo me dijo al oído: “¡Salvame!¡Salvame!”. Me paré como si tuviera un resorte y plantándome frente al tipo – pelo lacio, rudo, fuerte, jediente de vino, bigotito fino – le dije:

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– ¡Qué te pasa macho... la señorita no quiere ser molestada! ¿No has oído? Yo no las tenía todas conmigo. Pero el tipo se achicó. – ¡Eh!, ¡ahhh!, ¡bueno! – hipó – ¡Yo no quería molestar! ¡Yo solamente le pedía bailar una pieza! – No, ella no baila con nadie porque está conmigo. Así que retirate ¡ya! – le espeté duramente. El tipo se fue pidiendo disculpas. Ella volvió a tomarme del brazo y me dijo riéndose: – ¡Lo has corrido! ¡no lo puedo creer! ¡Es un tipo pesado, camorrero, y peligroso! ¡Vive en el barrio que nosotros trabajamos! El que no lo podía creer era yo. Estaba allí, a mi lado y tomándome del brazo, la muchacha más hermosa que viera en mi vida, de la cual me había negado la menor esperanza por considerar a priori imposible su amor. Me trataba con familiaridad y afecto – pero seguramente porque la libré del borracho, en el acto pensé. ¿He dicho ya que tengo una mente horriblemente racionalista y formal? Una vez que me hago una idea resulta difícil apartarme de ella y en este caso la idea que me había hecho de esta

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chica es que no era para mí. Actué absolutamente en consecuencia, con total frialdad exterior. La miraba con simpatía, con cariño, estaba feliz y estimulado por el vino, la música vivaz, el humo de las parrilladas, los cigarrillos, el girar de las parejas sobre la pista de baile, pero principalmente porque ella estaba a mi lado, y me miraban sus ojos marrones, tan grandes y expresivos como nunca conociera, los bucles maravillosos derramándose en guedejas lucientes sobre sus finos hombros, sus labios entreabiertos y húmedos sonrientes, aceptando mi vino y hablando como si nos conociéramos desde hace años, yo me consideré sobradamente pago con eso y no dije una sola palabra fuera de la más estricta cortesía hacia una dama que había pedido mi ayuda y a la cual se la ofreciera con el mayor desinterés. Había algo más que me impedía ensayar galanterías: mi compromiso con Fiama. Fiama había viajado a San Francisco para conversar con su familia sobre la posibilidad de casarse conmigo... Y una mordiente conciencia culposa por mis anteriores fallas, por mis anteriores caídas (hablo de cuando

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aún ni siquiera conocía a Fiama) me inmovilizaba totalmente. La muerte de Clara, desde que sucedió – poco más de un año atrás – actuaba en mí como una horrenda llaga que comenzaba a sangrar apenas la posibilidad de actuar en contra de lo correcto se me presentaba. Entonces a pesar de la hermosura, a pesar de lo amable de esta situación, mi corazón estaba inmóvil, yerto, como el de Amfortas ante el cofrecillo del Grial. Pronto me dejó solo con mis cavilaciones, y fue a proseguir sus tareas, ya que era una de las militantes afectadas a la organización de la peña. Pedí otro choripán y otra jarrita de vino; me dieron ganas de compartirlos, por lo cual me fui con un grupo de militantes que conocía, agrupados ante una mesa larga. Entonces ella vino de nuevo a pedirme que la acompañara un rato pues la habían puesto en la puerta, para controlar las entradas. Nos sentamos junto a la mesita dispuesta para ello, pero no estuvimos ni un minuto solos, ya que la gente entraba y salía todo el tiempo, y muchos compañeros acercaban una silla y se quedaban allí a conversar.

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Así, entre idas y venidas llegó la hora de terminar la peña. Eran como las dos de la madrugada, el límite que se habían puesto los militantes pues había muchas familias con niños a quienes debían acarrear a los barrios pobres – bastante lejos. Como no tenía parte en tal asunto, discretamente me deslicé a la calle con la idea de buscar un taxi o tomar un colectivo. Había caminado algunos metros hacia la oscuridad cuando escuché su voz que me llamaba: – ¡No creo que consigas colectivo! – me dijo, desde el ancho portón del club. Qué hermosa estaba, con su poncho de vicuña que la cubría hasta los muslos y sus pantorrillas sólidas emergiendo bajo la falda de lana para introducirse otra vez en los pequeños borceguíes guerrilleros, que le quedaban tan bien. – Creo que tomaré un taxi... – balbuceé sin mucha convicción. – No conseguirás taxi. Están de paro – dijo, sonriente – . Si quieres, te llevaremos con nosotros, en nuestro colectivo. Debemos dejar a la gente en la villa antes, pero volveremos hasta plaza España... ¿te queda cerca, no?

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Dije que sí. Todo aquello me superaba. Como a una bola de nieve que empieza a ser llevada por el alud, primero serenamente, luego a mayor velocidad. Caminé hacia la Negra con los brazos colgados. Ella se fue presurosa a ordenar el transporte de la gente, y al salir con un grupo de villeros me indicó uno de los antiguos colectivos que se estacionaban frente al local. Subí en medio de la multitud mientras ella volvía para buscar más gente. En la semioscuridad me ubiqué en el primer asiento, junto a una anciana. Pero ella subió con otro grupo y tomándome del brazo me llevó hacia atrás: – Los asientos de adelante se los dejamos para los más viejos e inválidos... – me dijo con suavidad. – Sentate aquí – ordenó. Obedecí. ¿Qué iba a pasar? No lo sabía aún. Por primera vez en mi vida, me veía totalmente inducido a una conducta pasiva, expectante. Lo aceptaba de buen grado, pero me sentía extraño, irreal. Ella pidió al colectivero que apagara las luces de atrás. Vino y se sentó a mi lado. Viajamos unos minutos en silencio. Luego, ella susurró como en suave queja: – Ay... Tengo que decirte algo...

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Y no dijo más. Tomó una de mis manos y la apretó, tibiamente... en la penumbra vi que sus inmensos ojos marrones se habían humedecido, como si fuese a llorar... entonces me acercó sus labios... No pensé más... entré en una felicidad suave que borró de mis sentidos cualquier otra sensación... hasta que sentí una corriente de alerta en la cervical... abrí los ojos... y me encontré con la mirada horrorizada de Silvia, una muchacha que me conocía. Me separé bruscamente y nuestra intimidad quedó arruinada. A la vez me invadían en oleadas sensaciones de culpabilidad. Mi novia en San Francisco pidiendo autorización para casarse conmigo y yo con esta muchacha. El Grial. Y la sagrada lanza extraviada por mi exclusiva culpa. La herida comienza otra vez a sangrar. Con estas turbulencias en mi corazón llegamos a la villa, la gente baja, un poco aquí, otro poco allá, hasta los penúltimos. Al final, quedamos tres o cuatro regresando al centro en la oscuridad. Silvia aún está allí, aunque ya no me mira. Mi amiga se acurruca en mí. “¿Adónde vas a bajar vos?”, pregunto, con repentino miedo de que me deje solo, culpable y solo. “No

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sé”, me dice.”No tengo adónde ir”. De repente siento mucha ternura, mucha compasión por ella. Siento una tristeza profunda en su ser, una tristeza como la mía, y se estremece mi alma. “Venite a casa conmigo”, susurro. “Tomaremos matecocido caliente”. Ella se acurruca un poco más y llegamos. La ancha rotonda de Plaza España está aún desierta y la sensación de caminar sobre un planeta deshabitado se acentúa por el transcurrir veloz de algún auto que apenas ilumina la calzada. El frío levanta copos de niebla sobre los ligustros de las empalizadas. Abrazándonos como podemos bajo nuestros ponchos y tiritando caminamos las diez o quince cuadras que nos separan de casa. Qué levedad el amor. Todo parece cerca, el minutero no existe, no nos hace de cierto al fin y al cabo ni frío ni calor, más que como otro dato risueño de nuestra extendida felicidad. Si cae una hoja como de oro antiguo a nuestro paso rozando las sombras de nuestros ponchos levemente inflados por la neblina es un acontecimiento arrobador.

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Qué felicidad más inmensa la de esa noche. Momentos que representan milenios. Alegría interior que justifica varias vidas. III Llegamos a casa y luego de indicarle el sofá para que descargara su poncho, su tapado y la mochila hice matecocido abundante, en un gran jarro de enlozado indiscernible. Esa misma tarde había comprado dos grandes tortillas santiagueñas, de las cuales quedaban una y media – era otro de mis “gastos reservados” – . Pocas combinaciones son tan exquisitas. Matecocido caliente; tortilla al rescoldo. El rostro de la Negra se puso colorado y satisfecho; una gotita de vapor temblaba graciosamente justo en la cova de su pequeña nariz; sus labios, hacía poco amoratados y secos por el frío, lucían ahora rojos y carnosos como la pulpa de una ciruela madura. Qué felices éramos. El vapor del matecocido entre nosotros, humedeciendo cálidamente los rostros, el olor denso de viejas comidas acogiéndonos como un

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amable útero virtual. Cierto es que se debe llevar una vida dura para valorar las pequeñas ventajas del confort como se debe. Pasamos a la habitación. Mi humilde cama de una plaza nos acogió. Tenía tres viejas frazadas que fueran de mi abuela, queridas prendas cargadas de tantas imágenes hermosas de mi lejano hogar. Ella se desnudó con naturalidad. La oscuridad era tan absoluta que encender el velador hubiera resultado brutal. Prendí pues mi radiograbador, que estaba sobre la mesita de luz; un resplandor suave emergió desde su farito plástico. Dulce resplandor, deslizándose sobre los hombros tersos, los pechos como granadas a punto de madurar, el vientre combo, las piernas largas, adorablemente sólidas, onduladas. Los pies pequeños y perfectos. El calor de la habitación emanaba de nuestros cuerpos y nos sentíamos tan bien, pegados de la cabeza a los pies el uno al otro. Éramos del mismo largo. O casi. Un tiempo incalculable fue el que duró nuestra unión, delicada, respetuosa y perfecta como jamás conociera antes ni conocería después.

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Navegación de livianos esquifes sobre la mar infinita en calma. Buceo espiritual por las profundidades avanzando entre un ancho panorama de formas azules y armoniosos seres con un majestuoso acorde sin disonancias que nos envuelve junto a la dulcísima sensación de volar, a un ritmo lento, en un itinerario apenas inducido por una corriente invisible que a la vez infunde serenidad y paz. Nos quedamos allí escuchando el latir acompasado de nuestros corazones, durante largo rato. La radio, apenas con un poquito de volumen, difundía música suave. Te diré rápidamente cómo es ser feliz: es como no haber nacido pero estar consciente de todas las sensaciones hermosas que suscita el universo. Pero en este mundo también cuando eres de verdad feliz todos los escorpiones, las arañas, las víboras, los ciempiés salen de los rincones. El mundo imperfecto que habitamos abomina de la armonía. Si llegas a un momento de equilibrio ideal siempre aparecerá algún plomo a molestar. Habíamos descolgado el teléfono con la vana ilusión de escapar a la conocida

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fatalidad. Pero empezaron a sonar unos golpes fenomenales en la puerta. Se me heló el corazón. Pocos meses atrás habíamos sufrido un allanamiento policial. Golpeaban con la misma brutalidad. O me pareció. – No es la cana – dije, por intuición o deseos. La Negra se había puesto tensa junto a mí. Volvieron a golpear. – No le demos pelota. Ya se van a ir. – No se van a ir – dijo la Negra, que intuyó a compañeros y conocía el paño. Siguieron golpeando. A la cuarta vez, como amenazaban derribar la puerta, le dije: – Voy a tener que atender. Luego de ponerme el vaquero me acerqué al hall y sin abrir la puerta grité: – ¡¡Quién es!! – ¡El Vasco! – me dijo – Abrí. Se me congeló la sangre. El Vasco era el Responsable General del Partido en la Regional Córdoba. La autoridad máxima. – No está ninguno de los compañeros – alegué, con la esperanza de alejarlo. – No importa, abrime – ordenó. – Esperá un poco, voy a buscar la llave – contesté para ganar tiempo.

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Regresé atribulado a mi habitación, y le dije a la Negra: – ¡El Vasco! ¡Qué hijo de mil putas! ¡Siempre aparece en los momentos menos esperados! Vamos a tener que vestirnos. Sin ningún comentario ella comenzó a hacerlo. Salí ya con algo puesto y al abrir la puerta casi lo atajé diciéndole: – Mirá, disculpame, vas a tener que tabicarte un rato hasta que salgamos... no estoy solo, y es mejor que no veas con quien estoy... El Vasco se sorprendió un poco pero no puso reparos, era uno de esos tipos para los cuales la disciplina estricta y los códigos se vuelven mecánicos. Grandote, rubio, desaliñado – como corresponde – era famoso por comer cualquier cosa y en cualquier lugar y porque aparentemente no dormía. Los militantes podían verlo participando de reuniones o tareas durante días enteros, mañana, tarde o noche, con ese mismo talante cansino y bonachón. Era además rígido como el basalto en el cumplimiento de las pautas establecidas. Lo hice pasar a una oficina donde funcionaba la Dirección de la revista y sentarse de espaldas

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a la puerta. No sé por qué sentí una fugaz y profunda tristeza al verlo allí inmóvil, con la cabeza baja y los brazotes colgando a los costados, como un niño en penitencia, cuando pasamos presurosos y en punta de pies con la Negra. Salimos a las calles desiertas de la gigantesca ciudad como un par de gaviotas lanzándose a sobrevolar el océano. Vivía yo en la zona más alta de una calle con pronunciado declive; llevados por la gravedad y de la mano comenzamos a bajar, los ponchos y su tapado flotando en la oscuridad. Hacía muchísimo frío – 5 grados bajo cero, había dicho la radio – pero no lo sentíamos. Sentíamos únicamente esa tibia luminosidad interior que provee la felicidad. Conversábamos de temas personales mientras bajábamos por Primera Junta pues yo quería mostrarle el edificio que había comprado el Partido para instalar allí la imprenta. Empezábamos a rozar ya cuestiones que debían ser secretas, pero hacía rato que había dejado las prevenciones para entregarme completamente a esta muchacha con quien todo era tan armonioso

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y fácil como si nos hubiéramos conocido durante siglos. De allí seguimos bajando, por Boulevard Junín... hacia la Terminal. Queríamos tomar algo caliente y el primer lugar que se me había ocurrido era el bar de la gigantesca Terminal, que para mí, como foráneo, era una referencia confiable. El bar estaba muy concurrido, pero era tan inmenso que uno podía encontrar mesas apartadas sin dificultad. Era uno de los bares, en realidad, pues había varios. Estaba en el último piso, y desde sus anchas vidrieras se podía ver el ir y venir de los colectivos – que aquel tiempo comenzaban a ser espectacularmente grandes – , una linda plaza que había o parte la ciudad. Elegimos sentarnos junto a una vidriera desde donde se podía ver otro bar, con algunos pocos pasajeros esperando allí, y un pasillo ornamentado con gigantescas macetas y plantas. Tomamos café con leche y comimos medialunas. Entonces fue que ella me dijo que no estaba sola. Vivía, desde unos meses atrás, con un hombre... un compañero del Partido.

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Lo sospechaba: difícilmente una mujer como esta podía estar sola. Además aquella visita a la Redacción, con “Bigote”... Sólo que yo había preferido no mirar, negar interiormente esa posibilidad. Ella continuó: era pareja, efectivamente, de “Bigote” Desantis... ¡Gran problema! “Bigote” – de quien conocíamos el nombre por ser un representante “legal” del partido – , era otro de los responsables generales del partido en Córdoba, miembro del Comité Central.... – aunque se suponía que yo, oficialmente no lo sabía aún. Más por si hiciera falta: estaba embarazada como de un mes y medio (todavía no se notaba, pero la prueba había dado positiva). Me puse grave y serio cuando dije: – ¿Te quieres venir conmigo? Me haré cargo de tu hijo. Ella dijo que sí. Quería venirse conmigo. – Pediré que nos cambien de Regional – continué. – Iremos al campo, en Santiago. Allí militaremos entre los hacheros, viviremos en una casita entre el monte y criaremos al niño... Me parecía todo fácil; noté que ambos lo imaginábamos al expresarlo... Estuvimos allí

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un larguísimo rato, acurrucándonos el uno con el otro, como dos náufragos sobre una pequeña balsa entre los témpanos y la oscuridad. Acabábamos de entender las grandes dificultades que se abrían por delante. Empezó a clarear. Ella no sabía si quedarse conmigo o volver a casa. Le dije que llamara por teléfono, avisando que iría enseguida, que fuera a descansar y nos encontráramos más tarde. Vivían junto a otros compañeros – tres parejas más – en una casa operativa. En ese momento “Bigote” no estaba; había viajado a Rosario, pues se preparaba un gran congreso del FAS. – Debemos hacer las cosas bien – le dije – . No escapar como ladrones. No estamos haciendo nada malo. Tenemos derecho a amarnos, ¿no? Volvió de la cabina telefónica con expresión triste, luego de haber hablado con el encargado de la casa. – Me retó. Me dijo que soy una irresponsable. Estaban todos preocupados pues no sabían dónde andaba.

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La acompañé hasta que subió a un taxi y le puse en el bolsillo dinero para que lo pagara. Volví a mi cueva. Estaba tan cansado que no pensaba en nada. Al llegar encontré la puerta infranqueable. El Vasco se había llevado la llave. Era de esperar. Ellos, los capos, poco se preocupaban por un pinche como yo. Durante un momento traté de levantar la liviana cortina de madera pues a veces dejábamos alguna hoja de las ventanas abierta; así había entrado la cana aquella vez que nos llevaron a Ragnero, a Matarollo y a mí. Desistí enseguida; era un trabajo engorroso, la ventana demasiado alta y si levantaba de un lado la cortina bajaba del otro. Decidí meterme por el pasillo de una casa chorizo, de departamentos, que había al lado. Una vecina asombrada me miró escalar la tapia: “perdí la llave”, le expliqué y lo creyó, pues me conocía. Por suerte la ventana de atrás, que daba a mi pieza, estaba semiabierta. Así que entré y en el acto me acosté a dormir. Cuando desperté estaba cayendo la oración. Me levanté en el acto. A las 8 iba a

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venir otra vez la Negra; debía bañarme y ponerme listo para esperarla. Fue puntual. Olorosa a madreselvas con el pelo mojado. No quise someterla al esfuerzo de escalar la ventana ni a que los vecinos cuchichearan viéndola subir a las tapias, así que le pedí sostener la persiana para salir. Ya fuera, la invité a cenar. Había pasado el momento de la mutua apetencia sexual, ansiábamos conocernos, conversar, estar juntos, en esa comunión dichosa que se vive al encontrar a alguien con quien armonizamos desde lo más íntimo. Fuimos al Rincón Salteño. Era un lugar mágico donde preparaban comidas del Norte y muchas veces actuaban folkloristas, espontáneamente. La Negra no lo conocía. Pronto la noté fascinada. Pedimos empanadas, locro, chanfaina. Vino tinto. El mesero – un hombre elegante de rasgos incaicos – se ubicó en el centro del salón haciendo unos bellos pasos de zamba y revoleando con gracia la servilleta blanca para comenzar a recitar un poema de Jaime Dávalos. Lo hizo con tanta sensibilidad que todos callaron para escucharlo y se notaron algunos ojos brillosos.

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Enseguida anunció que entre los concurrentes estaban dos de Los Cantores del Alba e iban a actuar. La Negra abrió grandes los ojos (ya los tenía bastante grandes, les recuerdo). Ellos estaban vestidos como gauchos, de blanco y algunos toques negros. Con guitarra y bombo atacaron temas conocidos. La Negra estaba fascinada. Y yo doblemente feliz. Amo mucho a mi tierra, a mi cultura, a mi raza. No olvido cómo me lastimaba el alma cuando , a los 13 años, estando por primera vez a Buenos Aires, los adolescentes porteños se referían a nuestras costumbres como “cosas de negros” y me llamaban “santiagueño” con un tonito de desprecio burlón en la voz. Por obstinación decidí entonces no renegar jamás de mi querida Patria, Santiago del Estero y todo el Norte argentino, pues compartimos un bagaje similar. Así que cuando alguien disfrutaba de mi música, mis comidas y mis paisanos como lo hacía la Negra esa noche – se le notaba en el rostro – yo me sentía en el colmo de la felicidad. Esa noche estuvimos como hasta la una de la madrugada allí, escuchando folklore y

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poemas, tomando algo de vino y mirándonos a los ojos tomados de la mano durante largos ratos, sin necesitar nada más. Otra vez debí darle dinero para el taxi, y eso también me gratificó. Sin embargo, cuando iba llegando a mi barrio luego de caminar deliberadamente para pensar un poco sobre la situación no me sentía muy bien. Intuía – o temía – que la felicidad se iba a terminar. Comenzarían otra vez las pesadumbres y el dolor. La pequeña parada en esa isla paradisíaca se aproximaba a su final. Pronto seríamos llevados de regreso al mar de lágrimas. IV El lunes por la mañana el mundo volvió a la normalidad. La Redacción recuperó su ritmo alocado, con gente que iba y venía a cada rato, reuniones en todas las salas, humo de cigarrillos, restos de comida y café aquí o allá, el teléfono que no cesaba de sonar. Fiama regresó esa tarde y llamó. Por el tono de mi voz percibió claramente que iba a decirle algo grave, cuando fuera a

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encontrarme con ella “unos minutos”, como le prometí. Aproveché que debía retirar varias resmas de papel de un depósito para correrme en la camioneta hasta su departamento. Le pedí disculpas diciéndole que disponía de muy poco tiempo, pues necesitaban la camioneta para viajar a Oncativo – lo cual era cierto pero ayudaba a justificar mi deseo de pasar por ese trago muy rápido – ; así, me quedé frente al volante luego de invitarla a sentarse a mi lado. Tuvo que ayudarme para que le confesara todo, con cuentagotas, pues sólo quería por mi parte romper el compromiso. Me sentía incómodo y culposo, aunque decidido a llegar hasta el final. Finalmente comprendió la situación y se fue, haciendo temblar la pequeña camioneta con su portazo. Me di cuenta que pese a haber tratado de limitar al mínimo mi diálogo con Fiama habíamos ocupado con ello más de media hora. Tendría que haber regresado con las resmas a la Redacción antes de las 9 de la noche; eran las 9:26. Sudoroso y atribulado, casi choco a un camión por meterme de contramano en una cortada para llegar a

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tiempo. Cuando frené sonoramente frente a la revista todos estaban en la puerta. El Viejo Cortigianni, Ragnero, Kico, Alicia, César, la Graciela, me miraban como si emergiera de entre los muertos. Entregué las llaves a Ragnero y pasé hacia mi habitación, soportando sus regaños sin detenerme. Todo como debía ser. Estábamos reingresando al mar de lágrimas. Esto ya no iba a detenerse, ¡qué esperanza! El martes por la tarde nos encontramos con la Negra para ir a ver una habitación que planeaba alquilar. Había anunciado al posadero – un gordito de apariencia amariconada – la posibilidad de ocupar el sitio “con mi esposa”. Por ello requería un espacio reservado y baño independiente. Presenté a la Negra como mi esposa, pues. El gordo le dio la mano fugazmente y sin mirarla. Luego nos llevó a ver una habitación grande, pero espantosamente húmeda y fría – como comprobaría después – en el altillo. De allí fuimos con la Negra caminando hasta cerca de casa. Dubitábamos penosamente acerca de si debíamos

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separarnos o irnos a vivir juntos en ese mismo momento, sin buscar siquiera nuestros equipajes. Ella me dijo: – Tengo miedo de que cuando llegue Eduardo nos separen... Estaba afectada por severos presentimientos... – Quedate tranquila – dije yo, “hombre maduro”. – Haremos las cosas bien, podremos irnos en paz, y continuar militando... Con frecuencia me arrepentiría después de aquél conservadurismo excesivo. Mas, ¿cómo saber lo que nos depara el Destino? Tuvimos hambre y nos sentamos a comer panchos en un carrito que había justo donde doblaba La Cañada, al finalizar la declinación de Brasil. La regañé suavemente por haber permitido que sus manos se pusieran ásperas, siendo ellas originalmente tan delicadas y hermosas. Por andar con aquellas ropas raídas, ni siquiera de su talle... sólo porque el Partido imponía ese aspecto desastrado a sus militantes. Me dolía ver su hermosura disminuida por aquel ropaje inadecuado, ajada en partes por una vida deliberadamente llena de privaciones.

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Cómo iba a saber que esa era la última vez que estaríamos juntos con relativa tranquilidad. V Cómo saber hacia dónde nos lleva el destino o cuáles acciones debemos elegir. Somos en los momentos más importantes de nuestras vidas semejantes a los difusos prehumanos sin ojos que se dice vagaban entre la niebla durante el período Lemúrico. Cayó sobre nosotros el peso de las leyes proletarias descargado a través de su partido revolucionario. Fuimos por algunos días el escándalo de toda la “buena sociedad” (la que se creaba en las catacumbas, por cierto, para sustituir a aquella otra y decadente sociedad burguesa). Sabía que el martes llegaba nuestro Responsable General del Frente Legal desde Rosario. Sabía que apenas llegase, su compañera le diría que se había enamorado de otro hombre, mucho más joven y de menor jerarquía que él. Considerando que ambos éramos revolucionarios, locamente nos había

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parecido que las cosas se resolverían fácilmente. No fue así. Esa misma tarde se citó a reunión ampliada con las tres células que actuaban en el área prensa (dependiente a su vez de la sección Legal del Partido). Formando círculo a mi alrededor, había veinte compañeras y compañeros que me observaban con expresión sombría. Sentado sobre la misma cama que acogiera aquellos instantes maravillosos con la Negra tres días antes, esperaba ahora lo que intuía iba a ser una dura embestida como resultado de nuestro amor. Me fastidiaba soberanamente que se entrometieran en mi vida personal – y la de la Negra. Por ello había decidido negarme a tratar el tema en caso de que eso fuera el motivo de la convocatoria. Ragnero, el responsable de mi equipo, comenzó con cierto embarazo la reunión, anunciando que se iba a tratar un tema que incluía a dos compañeros y que se estaba analizando simultáneamente en otros lugares de la ciudad, debido a que afectaba seriamente a nuestra organización. Por fin me nombró, anunciándome que el Partido me daría la oportunidad de exponer

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mis razones, pero por cuestiones operativas ya se había tomado una resolución. Pregunté cuál había sido esa resolución; se me dijo que oportunamente se la iba a comunicar a todos los miembros del Partido de un modo oficial. Entonces dije que no iba a hablar absolutamente nada del tema ante semejante asamblea. Que me parecía una gran falta de respeto a la persona de quien se solicitaba informes. Consideraba que esto era un asunto personal que afectaba a tres: la Negra, su marido y yo. Dije que me negaba a discutir absolutamente nada sobre esta cuestión, y que si era un hombre de verdad, Desantis debía venir a tratar este asunto directamente conmigo, en vez de apelar a tan aparatosa movilización de compañeros por un asunto que le competía arreglar únicamente a él. Esto cayó como una bomba. Estaba sugiriendo que el Responsable General no tenía la suficiente dignidad y hombría para defender por sí mismo algo tan caro y personal como su propio matrimonio.

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Nadie contestó una palabra, el enfurruñamiento y la incomodidad se acentuaron en los rostros. La reunión fue a las tres; naturalmente, todos habían sido puntuales; se levantó a las 3,30, luego de mi negativa a tratar el tema para el cual fuera llamada. Poco después de las siete, con cierta contenida indignación repetí eso ante el propio Desantis. Le dije que si él tenía un poco de dignidad, debía respetar la voluntad de quien había sido su mujer, aceptar su libre deseo de venirse a vivir conmigo y aguantarse el dolor de la separación como un hombre. Nosotros no éramos débiles, por eso habíamos decidido hacer la revolución. No podíamos andar gimoteando como ahora lo hacía él, suplicando conmiseración a una mujer que no nos quería o utilizando artimañas moralistas para obligarla a quedarse. Desantis era un tipo grandote; se me ocurría que un solo puñetazo de sus tremendas y peludas manos hubiese bastado para tirarme a dos metros de distancia. Sin embargo estaba completamente derrumbado. Me había tratado constantemente de

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“hermano”. Sentado en la cama a mi lado – la misma cama que hace tres días acogiera nuestros cuerpos – , había soltado las lágrimas al contarme que apenas al llegar La Negra lo había sorprendido con la novedad de que se había enamorado de mí. Y lo quería abandonar, para venirse a vivir conmigo. (La Negra había cumplido fielmente con lo pactado.) Desantis me dijo que el mundo se le había venido abajo. Me contó de un anterior matrimonio, un fracaso y de sus graves depresiones, que en algún tiempo lo llevaran incluso hasta a apelar a la droga – dependencia que había superado “gracias a los compañeros del Partido”. Yo no conocía nada de eso, ni me interesaba. Sólo quería que se fuera y nos dejara en paz. Pero él siguió su monólogo. Hoy había únicamente dos cosas que le daban sentido a su vida: el Partido... y La Negra. Si yo le quitaba a su amor, no sabía lo que iba a pasar con él. Me pidió que reflexionara. Yo era joven... a diferencia de él, que ya tenía 45 años, según su criterio yo tenía mucha vida por delante y la oportunidad de construir algo

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sólido. Incluso sabía que ya había estado haciéndolo con Fiama, “una excelente compañera”, hasta el momento de este sorpresivo romance con La Negra, que seguramente iba a ser pasajero y del que luego seguramente nos íbamos a arrepentir. Me pidió por favor, en honor al afecto que nos teníamos y a mi lealtad al Partido, que renunciara indefectiblemente a la Negra. De cualquier modo, no tendríamos otra alternativa. El Comité Central del Partido había decidido respaldarlo plenamente y había “ordenado” a la Negra que continuara con él, luego se me ordenaría alejarme, a través de mi responsable. Me indigné. Lo traté duramente. Le dije que solamente un pusilánime podía recurrir a esos métodos extorsivos para secuestrar prácticamente a quien ya no lo amaba. Di la conversación por terminada, e incorporándome le pedí con firmeza que se retirara de mi dormitorio. Él levantó su corpachón – bien proporcionado y seguramente atractivo para las mujeres, pero muy deslucido por el abatimiento – para salir, arrastrando sus grandes zapatos

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desagradablemente cubiertos por gruesas costras de barro seco. Me quedé solo y conmovido. Ahora el mundo se me estaba derrumbando a mí. Ponerme al Partido en contra significaba también perder todo lo que tenía. No era mucho, en verdad: una habitación – en un lugar muy cómodo, había que reconocerlo – , un puesto de periodista con sueldo bajo pero suficiente, la pertenencia a un movimiento que también le daba un sentido claro – aunque bastante peligroso – a mi vida. Podía vivir solo, sin embargo. A diferencia de muchos compañeros – entre los cuales se enlistaba Desantis – para mí el Partido no lo era “todo”. Por ello decidí enseguida que si para llevar adelante mi pareja con La Negra me obligaban a desobedecer al Partido... pues a la mierda el Partido. VI Muchos años después aprendería que los actos de los humanos dejan huellas indelebles. Semejante a una filmación, este registro puede consultarse incluso hasta miles de años luego, cuando se posee la

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sensibilidad necesaria. Pero aún sin percibir estos niveles, donde se presentan en sucesión perfecta nuestras imágenes, ellas impregnan y modifican de tal manera la atmósfera de los sitios donde han existido, que se puede sentir suavemente su presencia si uno está en silencio y solo. Durante esas horas de soledad en que meditaba acerca de aquellos acontecimientos de los últimos días por los cuales todos nos condenaban, me acompañaban las imágenes de ese amor divino, repetidas una y otra vez en la semipenumbra de mi dormitorio por lo que yo creía una imaginaria emanación de mis recuerdos, mas luego – muchos años después – comprendería no eran otra cosa que las verdaderas, preciosas estampas de nuestros dulcísimos actos y emociones de aquella madrugada incomparable. Los acontecimientos externos siguieron el orden que un detestable sentido común podía suponer. El Partido decretó que no debíamos intentar siquiera la loca aventura de nuestra unión. Todo debía seguir como hasta entonces. La Negra con “Bigote” y yo... debería arreglarme como pudiese, pues se

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me prohibía estrictamente cualquier acercamiento a la muchacha. Me sobrevino una depresión extrema y un sentimiento de culpabilidad torturante. Quienes me tenían afecto y estaban más cerca de mí – Silvia, César y su compañera, otra “Negra” – , me aconsejaban constantemente, instándome a renunciar a una pasión considerada pasajera, a un romance que tanto perjuicio traería a nuestras vidas pero particularmente al Partido, por el golpe tremendo sobre nuestro Responsable General que esto significaba. También me aconsejaban volver con Fiama. Una noche, luego de largas pláticas, decidimos entre todos que intentaría obtener el perdón de Fiama: ese debía ser el camino de mi “recuperación”. Consideraban que continuar el noviazgo interrumpido iba a “curar” mis muy evidentes desconcierto y dolor. Para animarme más me llevaron con su auto hasta la mismísima puerta de la casa de Fiama. Se fueron, dejándome allí con el talante exacto del penitente, que luego de una dolorosa confesión y el rezo de innumerables pésames se adelanta para

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comulgar, todavía con la duda de si el sacerdote no quitará la mano, con la anhelada hostia del perdón, en el momento justo en que uno abra la boca, pues ha advertido un resto de infamante pecado en nuestra mirada. Fiama me atendió con expresión circunspecta. Estaba estudiando, lo cual dotaba de una opacidad más hosca al oscuro tono de sus ojos pardos tras los pequeños cristales. Fiama no perdonaba ninguna ofensa. Luego lo sabría yo con reiterada confirmación... ¡ay! ¡cómo lo sabría! Escuchó con escepticismo mis autoincriminaciones, mi dolida solicitud de perdón y mis mentiras acerca de que todo se había limitado a unos paseos juntos, algunas charlas en la confitería y un encandilamiento mutuo ya superado. No sé por qué me aceptó. Me di cuenta que no creía en absoluto mis explicaciones. Por naturaleza era extremadamente desconfiada. Y en lo referido a mí, se proponía aplicar una actitud precavida en todo lo que hiciéramos juntos. Me lo dijo. Ahora bien, ¿por qué lo acepté yo? ¿Por qué decidí someterme a un compromiso que

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íntimamente temía, con alguien que amenazaba ser para mí semejante a un fiscal permanente en mi vida? Venía demasiado golpeado por la muerte de Clara – hacía entonces poco más de un año – , la culpa era una llaga terrible, un dolor espantoso que ansiaba por todos los medios calmar; buscaba, como un sonámbulo en el infierno, algún camino para quitarme un poco de aquella lava abrasadora que recubría mi corazón, martirizándolo como si lo tuviera en las manos, expuesto a la arenosa ventisca del desierto. Cualquier felicidad posible me estaba negada. Debía aceptar este sino para enfrentar el calvario de mi redención. Dije que sí. Estaba dispuesto a aceptar cualquier cláusula. Para sellar esta absoluta rendición invité a Fiama a monitorear mi última cita con la Negra, fijada para ese viernes. El Partido había decidido otorgar este último encuentro a su pedido, pues ella manifestó necesitar comunicarme sus sentimientos por última vez. Nos encontraríamos de día, en un bar. Para no dar oportunidad a ninguna tentación, se nos había otorgado solamente cinco minutos...

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con la recomendación de que fuese, en verdad, la última despedida.

VII Andábamos atareados y ansiosos. Desde las nueve, en que pasara a buscar por su casa a Fiama, ella iba a mi lado observando las tareas. Entregábamos paquetes con volantes, impresos el día anterior, por diferentes lugares de la ciudad. El trabajo debía hacerlo yo, manejando la camioneta hasta los villorrios más remotos, donde el FAS tenía comités. De la parte trasera de la camioneta bajaba los atados de acuerdo a las necesidades de los compañeros. Fiama colaboraba anotando en un cuaderno la cantidad entregada en cada barrio. Continuaba su hostilidad. No había cesado de recordarme que estaba en observación, y lamentarse por haber vuelto a creer algunas de mis afirmaciones. Dudaba si esto terminaría bien. Yo trataba de convencerla. Rápidamente llegó el mediodía. Nos dirigimos al bar donde tendría lugar la cita; por suerte pude estacionar en una playa muy

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ancha que tenía en su frente. Fiama debía esperarme allí mientras me despedía de la Negra para siempre. Me reiteró que se lo dijera con claridad. El bar era un infecto refugio de camioneros. Amplio y oscuro, su atmósfera, ahíta de olor a fritura y humo de cigarrillos me repugnó. Esa impresión se convirtió en súbita pena cuando vi a la Negra, que solita al lado de una mesa me esperaba. Llevaba una pollera larga, como de gitana, plena de flores rojas y negras, y los cabellos colgando a sus costados en anchas trenzas. Casi no hablamos. Me preguntó cómo estaba. Le dije que desconcertado y abatido. Pregunté a mi vez si le habían aplicado alguna sanción. Contestó que sí. De militante la habían rebajado a contacto, el nivel más bajo del Partido. Y le habían dado tareas hasta atosigarla. Con los ojos llenos de lágrimas, me tomó de las manos; luego, sacando con extremo cuidado un paquetito de papel de un monedero artesanal que llevaba al cuello, me lo dio. Percibió mi nerviosismo y me susurró: – Andá, por favor, si te esperan...

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Mi corazón se sintió agradecido de la extrema comprensión que manifestaba hasta en los momentos más difíciles. Secó sus lágrimas con un pañuelito blanco apuntillado y se incorporó un poquito para besarme. Nuestros labios apenas rozaron las mejillas; me levanté y salí sin darme vuelta. Fiama me dijo que había demorado mucho. Cuando íbamos en camino, me preguntó por lo sucedido. “Escribió una carta...”, le dije. Me la pidió. Y en un gesto de cobardía que muchos años después iba repetirse, se la entregué casi como en un acto reflejo. – ¿La leíste? – inquirió. – No – contesté. Entonces abrió con rudeza el delicado paquetito, que había sido armado al estilo escolar, y con un gesto de furia lo observó. – ¿Serías tan amable de leerlo en voz alta? – supliqué. Lo hizo con voz metalizada por la ira. Las frases “te amo” o “nunca te olvidaré” motivaban comentarios sarcásticos o crueles cada vez que aparecían en el texto, que había sido redactado con letra prolija y tinta verde sobre un fondo de tenues florecillas.

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En una carta que ocupaba ambas caras, la Negra me decía que se sentía culpable por haber precipitado esta situación, aunque por suerte los compañeros del Partido la habían obligado a reaccionar luego de largas sesiones. Por otra parte, los sentimientos suscitados en su corazón por nuestro encuentro le resultaban indescriptibles y seguramente no volvería a amar a nadie así. Le desgarraba el alma separarnos; entonces hablaba de las responsabilidades de los militantes y de la resolución del Partido, correcta por estar tomada con la mayor objetividad y comprensión de las circunstancias políticas en la cual nuestra actitud no encajaba. También se refería al juramento excepcional por el cual nos habíamos comprometido como revolucionarios a no tener otro objetivo mayor que los intereses de nuestro pueblo y la revolución. Por disciplina, por humildad, por amor a la Revolución y a nuestro Pueblo, debíamos aceptar entonces sin protestar la decisión partidaria... Pero ello no impediría que jamás me olvidara. “Si muero en combate, como es posible que suceda, tu

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nombre será la última palabra que pronunciaré”, decía, antes de finalizar. Al llegar a este párrafo Fiama se negó a seguir leyendo. – Está bien... – le dije – . Está bien... – Bueno, ¿qué hago con esto? – replicó, agitando la cartita de la Negra... – No sé... dámela... – vacilé. – ¿Cómo? ¿Piensas guardar el recuerdo de esta puta?... – se indignó. – ¿Y vos qué quieres hacer? – pregunté. – ¡Romperla! – espetó como si se tratara de algo obvio. – Está bien... está bien... rompela... – concedí. Y en el acto me sentí el peor hijo de puta que hubiera pisado esta podrida Tierra durante los últimos mil novecientos setenta y cuatro años. Epílogo Habíamos llegado a Rosario en grandes colectivos, con cerca de dos mil compañeros cordobeses, para participar del Vº Congreso del FAS. El estadio, inmenso, se veía muy concurrido, pero quedaban algunos espacios

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sin gente aún en las tribunas. Estaba nublado y hacía mucho frío. Yo me había inclinado, refregándome los doloridos ojos, con Fiama a mi lado y los carteles, muchas figuras del Ché y grandes banderas desplegándose alrededor. – ¿Quieren comprar la Estrella Roja? – escuché ofrecer a una voz conocida. Frente a nosotros, parada en la grada de abajo, La Negra me extendía su mano derecha con la revista. Bajo el otro brazo llevaba una pequeña pila. Vestía su tapado marrón cubriendo un descolorido pulóver; un par de botas sin lustrar sobre medias de lana emergía bajo una pollera cuadriculada (la misma de la primera vez, pensé, sólo que ahora con algunas manchas). Envolvía su cuello una vieja bufanda, sobre la cual se derramaban aquellos bucles como de bronce, con desordenada exuberancia. Se quedó allí mirándome un largo rato, como lo haría una niña abandonada. – No, gracias – dijo con acento gélido al cabo de unos segundos, Fiama. Entonces ella hizo una mueca triste, dijo “está bien”, y se fue.

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Guardo estas imágenes con unción en mi memoria. Pues ya jamás la volví a ver.

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