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Quiroga, Horacio - El Más Allá (libro)

Quiroga, Horacio - El Más Allá (libro)

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Horacio Quiroga

Más Allá
Yo estaba desesperada –dijo la voz–. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Los últimos días no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veía siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡Después, ni siquiera eso! Yo le había dicho a mamá la semana antes: –¿Pero qué le hallan tú y papá, por Dios, para torturarnos así? ¿Tienen algo que decir de él? ¿Por qué se han opuesto ustedes, como si fuera indigno de pisar esta casa, a que me visite? Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y enterado por mamá de lo que yo había dicho, me empujó del hombro afuera, lanzándome de atrás: –Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo, ¿lo oyes bien?, preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra más sobre esto. Esto dijo papá. –Muy bien –le respondí volviéndome, más pálida, creo, que el mantel mismo–: nunca más les volveré a hablar de él. Y entré en mi cuarto despacio y profundamente asombrada de sentirme caminar y de ver lo que veía, porque en ese instante había decidido morir. ¡Morir! ¡Descansar en la muerte de ese Infierno de todos los días, sabiendo que él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque papá jamás consentiría en que me casara con Luis. ¿Qué le hallaba? me pregunto todavía. ¿Que era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él. ¡Oh! La terquedad de papá yo la conocía, como la había conocido mamá.

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–Muerta mil veces –decía él, antes que darla a ese hombre. Pero él, papá, ¿qué me daba en cambio, si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenada a no asomarme siquiera a la puerta para verlo un instante? Morir era preferible, sí, morir juntos. Yo sabía que él era capaz de matarse; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentía que una vez a su lado preferiría mil veces la muerte juntos, a la desesperación de no volverlo a ver más. Le escribí una carta, dispuesta a todo. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido, y ocupábamos una pieza del mismo hotel. No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba a hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenético, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mi infancia misma, mi primera comunión, mis ensueños, como si todo esto no hubiera tenido otra finalidad que impulsarme al suicidio. No nos sentíamos felices, vuelvo a repetirlo, de morir. Abandonábamos la vida porque ella nos había abandonado ya, al impedirnos ser el uno del otro. En el primero, puro y último abrazo que nos dimos sobre el lecho, vestidos y calzados como al llegar, comprendí, marcada de dicha entre sus brazos, cuán grande hubiera sido mi felicidad de haber llegado a ser su novia, su esposa. A un tiempo tomamos el veneno. En el brevísimo espacio de tiempo que media entre recibir de su mano el vaso y llevarlo a la boca, aquellas mismas fuerzas de los abuelos que me precipitaban a morir se asomaron de golpe al borde de mi destino a contenerme... ¡tarde ya! Bruscamente, todos los ruidos de la calle, de la ciudad misma, cesaron. Retrocedieron vertiginosamente ante mí, dejando en su hueco un sitio enorme, como si hasta ese instante el ámbito hubiera estado lleno de mil gritos conocidos. Permanecí dos segundos más inmóvil, con los ojos abiertos. Y de pronto me estreché convulsivamente a él, libre por fin de mi espantosa soledad. ¡Sí, estaba con él; e íbamos a morir dentro de un instante! El veneno era atroz, y Luis inició él primero el paso que nos llevaba juntos abrazados a la tumba. –Perdóname –me dijo oprimiéndome todavía la cabeza contra su cuello–. Te amo tanto que te llevo conmigo. –Y yo te amo –le respondí–, y muero contigo. No pude hablar más. ¿Pero qué ruido de pasos, qué voces venían del corredor a contemplar nuestra agonía? ¿Que golpes frenéticos resonaban en la puerta misma? –Me han seguido y nos vienen a separar... –murmuré aún–. Pero yo soy toda tuya. Al concluir, me di cuenta de que yo había pronunciado esas palabras mentalmente pues en ese momento perdía el conocimiento.

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Horacio Quiroga

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Cuando volví en mí tuve la impresión de que iba a caer si no buscaba donde apoyarme. Me sentía leve y tan descansada, que hasta la dulzura de abrir los ojos me fue sensible. Yo estaba de pie, en el mismo cuarto del hotel, recostada casi a la pared del fondo. Y allá, junto a la cama, estaba mi madre desesperada. ¿Me habían salvado, pues? Volví la vista a todos lados, y junto al velador, de pie como yo, lo vi a él, a Luis, que acabada de distinguirme a su vez y venía sonriendo a mi encuentro. Fuimos rectamente uno hacia el otro, a pesar de la gran cantidad de personas que rodeaban el lecho? y nada nos dijimos, pues nuestros ojos expresaban toda la felicidad de habernos encontrado. Al verlo, diáfano y visible a través de todo y de todos, acababa de comprender que yo estaba, como él, muerta. Habíamos muerto, a pesar de mi temor de ser salvada cuando perdí el conocimiento. Habíamos perdido algo más, por dicha... Y allí, en la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritos mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los brazos de mi amado. Alejados al fondo, con las manos unidas, Luis y yo lo veíamos todo en una perspectiva nítida, pero remotamente fría y sin pasión. A tres pasos, sin duda, estábamos nosotros, muertos por suicidio, rodeados por la desolación de mis parientes, del dueño del hotel y por el vaivén de los policías. ¿Qué nos importaba eso? –¡Amada mía!... –me decía Luis–. ¡A qué poco precio hemos comprado esta felicidad de ahora! –Y yo –le respondí– te amaré siempre como te amé antes. Y no nos separaremos más, ¿verdad? –¡Oh, no!... Ya lo hemos probado. –¿E irás todas las noches a visitarme? Mientras cambiábamos así nuestras promesas oíamos los alaridos de mamá que debían ser violentos, pero que nos llegaban con una sonoridad inerte y sin eco, como si no pudieran traspasar en más de un metro el ambiente que rodeaba a mamá. Volvimos de nuevo la vista a la agitación de la pieza. Llevaban por fin nuestros cadáveres, y debía de haber transcurrido un largo tiempo desde nuestra muerte, pues pudimos notar que tanto Luis como yo teníamos ya las articulaciones muy duras y los dedos muy rígidos. Nuestros cadáveres... ¿Dónde pasaba eso? ¿En verdad había habido algo de nuestra vida, nuestra ternura, en aquellos dos pesadísimos cuerpos que bajaban por las escaleras, amenazando hacer rodar a todos con ellos? ¡Muertos! ¡Qué absurdo! Lo que había vivido en nosotros, más fuerte que la vida misma, continuaba viviendo con todas las esperanzas de un eterno amor. Antes... no había podido asomarme siquiera a la puerta para verlo; ahora hablaría regularmente con él, pues iría a casa como novio mío. –¿Desde cuándo irás a visitarme? –le pregunté. –Mañana –repuso él–. Dejemos pasar hoy.

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–¿Por qué mañana? –pregunté angustiada–. ¿No es lo mismo hoy? ¡Ven esta noche, Luis! ¡Tengo tantos deseos de estar a solas contigo en la sala! –¡Y yo! ¿A las nueve, entonces? –Sí. Hasta luego, amor mío... Y nos separamos. Volví a casa lentamente, feliz y desahogada como si regresara de la primera cita de amor que se repetiría esa noche.

A las nueve en punto corría a la puerta de calle y recibí yo misma a mi novio. ¡Él en casa, de visita! –¿Sabes que la sala está llena de gente? –le dije–. Pero no nos incomodarán. –Claro que no... ¿Estás tú allí? –Sí. –¿Muy desfigurada? –No mucho, ¿creerás?¡Ven, vamos a ver! Entramos en la sala. A pesar de la lividez de mis sienes, de las aletas de la nariz muy tensas y las ventanillas muy negras, mi rostro era casi el mismo que Luis esperaba ver durante horas y horas desde la esquina. –Estás muy parecida –dijo él. –¿Verdad? –le respondí yo, contenta; y nos olvidamos en seguida de todo, arrullándonos. Por ratos, sin embargo, suspendíamos nuestra conversación y mirábamos con curiosidad el entrar y salir de las gentes. En uno de esos momentos llamé la atención de Luis. –¡Mira! –le dije–. ¿Qué pasará? En efecto, la agitación de las gentes, muy viva desde unos minutos antes, se acentuaba con la entrada en la sala de un nuevo ataúd. Nuevas personas, no vistas aún allí, lo acompañaban. –Soy yo –dijo Luis con ligera sorpresa–. Vienen también mis hermanas. –¡Mira, Luis! –observé yo–. Ponen nuestros cadáveres en el mismo cajón... Como estábamos al morir. –Como debíamos estar siempre –agregó él–. Y fijando los ojos por largo rato en el rostro excavado de dolor de sus hermanas: –Pobres chicas... –murmuró con grave ternura. Yo me estreché a él, ganada a mi vez por el homenaje tardío, pero sangriento de expiación, que venciendo quién sabe qué dificultades, nos hacían mis padres enterrándonos juntos. Enterrándonos... ¡Qué locura! Los amantes que se han suicidado sobre una cama de hotel,

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que nos separaba a mil leguas. Fuera de él. Luis y yo. Durante tres meses –prosiguió la voz– viví en plena dicha. sin que una sola noche se hubiera retrasado un solo segundo. –También ellos –dijo mi amado–estarán eternamente juntos. de mi amado. Se iba por fin. sin que él se decidiera a soltarme las manos. Ostentaba nuestros dos solos nombres. nada más. por el amor y para el amor. y la realidad. –Pero yo estoy contigo –murmuré yo. Entramos en el vasto recinto y nos detuvimos ante un trozo de tierra sombría. de su presencia de su recuerdo. y yo quedaba dichosamente rendida. Salíamos también de noche. feliz. alzando a él mis ojos. sentimos curiosidad de ver el sitio en que yacía bajo tierra lo que habíamos sido. como novios oficiales que éramos. De noche. sin embargo. cuando había Luna y la temperatura era dulce. y sin que una sola vez hubiera yo dejado de ir a recibirlo a la puerta. asistiendo sin interés alguno al movimiento de mi familia. No existe paseo que no hayamos recorrido juntos. se eleva pura y sublimada en nosotros como dos llamas de un mismo amor. a pasear por la carretera blanca nuestra Página 5 de 80 . como nuestros pasos nos hubieran llevado a la vista del cementerio. Nada nos ligaba a aquellos dos fríos y duros cuerpos. todo actuaba para mí en un mundo aparte. Iba y venía de un cuarto a otro. Pero mi novio y yo sabíamos bien que lo fatuo y sin redención eran aquellos dos espectros de un doble suicidio encerrados a nuestros pies. aunque alguna vez me detuve en la puerta del comedor a contemplar el hosco dolor de mamá. Yo vivía –sobrevivía–. y quedamos otra vez callados. donde nos sentíamos más libres. Llegaba a las nueve en punto. Una de esas noches. Nos alejamos de allí. nos habían sido demasiado queridos en otra existencia para que no depusiéramos una larga mirada llena de recuerdos sobre aquellos dos cadavéricos fantasmas de un amor. donde brillaba una lápida de mármol. para quien nos observara hubiéramos dado la impresión de ser fuegos fatuos. Así y todo –añadió después de una pausa–. Acaso en aquel sitio y a aquella hora. Para retirarse no siempre observaba mi novio igual puntualidad.Horacio Quiroga Más Allá puros de cuerpo y alma. y sin que lograra yo arrancar mi mirada de la suya. lo he repetido. la vida depurada de errores. paseándome por la sala con la cara apoyada en la palma de la mano. y debajo la fecha de nuestra muerte. dichosos y sin recuerdos. más puros y más amantes. que rompía a veces en desesperados sollozos ante el sitio vacío de la mesa donde se había sentado su hija menor. aun las doce sonaron a veces. viven siempre. ni crepúsculo en que no hayamos deslizado nuestro idilio. Mi novio me visitaba dos veces por semana. entre ella y yo se abría un abismo invisible y transparente. –Como recuerdo de nosotros –observó Luis– no puede ser más breve. Durante el día acortaba las horas pensando en él. Y a pesar de todo. Y nos olvidamos otra vez de todo. ya sin nombre. en que la vida se había roto de dolor. Las once y media. Y aun encontrándome inmediata a mi familia. encierra más lágrimas y remordimientos que muchos largos epitafios –dijo. gustábamos de extender nuestros paseos hasta las afueras de la ciudad.

leí en sus ojos. Aislados del Mundo y de toda impresión extraña. y muy triste cuando nos hallábamos separados. ¡Ah! Preferible era. Comenzamos a sentir ambos una melancolía muy dulce cuando estábamos juntos. Él comprendió lo horrible de nuestra situación. y como sus manos no soltaran las mías: –¡Luis! –murmuré espantada. Y al tenderme sus dos manos. salimos juntos. y cada vez. sus ojos recobraron la clara ternura de otras veces. –Amor mío –recomenzó él. Cada vez se retiraba él más tarde. –Mi amor –murmuró. hablamos.Horacio Quiroga Más Allá felicidad sin nubes.. de haberlo conseguido en la otra vida. acortábamos más la despedida. –Hasta mañana. cuando ya en casa todos dormían. y entregarle yo las mías heladas. sintiendo que mi vida incorpórea buscaba desesperadamente apoyo. Luis volvió a la noche siguiente. con una transparencia intolerable. lo que pasaba por nosotros. palideciendo todavía más al decir esto.. Si repites eso otra vez . y como lo hicimos en las noches subsiguientes. para evitar mirarlo. Salíamos y retornábamos mudos. alejados a un metro uno del otro. Porque en ese instante acababa de comprender que no podría pronunciar esta palabra nunca más.. mi novio cayó de pronto ante mí y apoyó su cabeza en mis rodillas. como si ya nuestras frases de cariño no tuvieran valor alguno para expresar lo que sentíamos. pero sí con la pasión en que debió abrasarnos nuestro noviazgo. He olvidado decir que mi novio me visitaba entonces todas las noches. con un valor de que ahora me doy cuenta. –¡Cállate!–dije yo. Ellas llegaron. sin otro fin y otro pensamiento que vernos para volvernos a ver. como en otra circunstancia. La última noche. hablamos como nunca antes lo habíamos hecho. Su cabeza se alzó. amada mía –me dijo sonriendo. Página 6 de 80 . Luis se despidió de mí más tarde que de costumbre. porque soltándome las manos. Todo en vano: no podíamos mirarnos ya. Me puse pálida como la muerte misma. Nos despedíamos brevemente. nuestro amor ascendía.. y él estaba seguro de que yo le contestaría cualquier cosa. al irse. pero pasábamos casi todo el tiempo sin hablar. sin embargo. sin darnos la mano. porque yo sabía bien que lo que él pudiera decirme no respondía a su pensamiento. –Hasta mañana. Una noche en que nuestro desasosiego había llegado a un límite angustioso. y nuestros ojos de espectros –¡es horrible decir esto!– se encontraron por primera vez desde muchos días atrás. no diré sobrenaturalmente. –¡Luis! ¡Cállate! –lancé yo aterrada–. amor –murmuré yo.

y yo le entrego la mía con una pasión tal. y lo sabemos. redivivas.. Luis y yo nos miramos larga y libremente ya. truncas. Cuando se ha muerto una vez de amor.Horacio Quiroga Más Allá –¿Qué? –preguntó Luis–. reanudadas. que me desvanezco. a la pasión sollozante. descenderá. ¿Qué pasa si repito? –Tú lo sabes bien –respondí yo. –¡Dímelo! –¡Lo sabes! ¡Me muero! Durante quince segundos nuestras miradas quedaron ligadas con tremenda fijeza. –Me muero. De pie sobre la lápida. urna primitiva y esencial de ese amor. –¿Me comprendes? –insistió Luis. Dentro de un instante me besará.. y que solamente es posible recordar y llorar. rotas. sensación de la dicha. Página 7 de 80 . y nos aguarden. respondiendo con ello a su mirada. y lo que en nosotros fue sublime e insostenible niebla de ficción. hubiera dado el alma por poder ser besada. –No nos queda sino una cosa que hacer. cuando se quemó en un suicidio la boca que podía besar! ¡No se juega a la vida. Ignoro lo que nos espera más allá. vencidas y hundidas finalmente en el pavor de lo imposible. infinitas historias de amor. tal vez ellos. Pero si nuestro amor fue un día capaz de elevarse sobre nuestros cuerpos envenenados. pasaron por ellas. ¡Ah! ¡No se juega al amor. Hace un rato.. se desvanecerá al contacto substancial y siempre fiel de nuestros restos mortales. Él lo comprendió también. y logró vivir tres meses en la alucinación de un idilio.. pues hundiendo de nuevo la frente en mis rodillas. –dijo. Y sin volvernos a mirar nos encaminamos al cementerio. alzó la voz al largo rato. a los novios. –torné a murmurar. cuando desde el fondo de un ataúd dos espectros substanciales nos piden cuenta de nuestro remedo y nuestra falsedad! ¡Amor! ¡Palabra ya impronunciable. deponiendo sobre su cabeza mis manos para que me dejara incorporarme. hayan resistido a las contingencias vulgares. se debe morir de nuevo. su boca busca mi boca. corriendo como por el hilo del destino. Sus brazos ciñen mi cintura... si se la trocó por una copa de cianuro al goce de morir! ¡Substancia del ideal. cuando lo que se posee bajo los labios y se estrecha en los brazos no es más que el espectro de un amor! Ese beso nos cuesta la vida –concluye la voz–. te comprendo –contesté. –Sí. En ese tiempo. –Eso pienso –repuse yo. al recogerme Luis a sí.

el fantasma de una mujer....... y la mitad de los enfermos moriría.... les arranca un horrible alarido. Recibí un día una carta de un desconocido en que se me solicitaba datos sobre ciertos comentarios hechos una vez por mí alrededor de los rayos N1... un crepitar remoto. Hace un instante acabo de sorprender en los médicos miradas significativas sobre mi estado: la extrema depresión nerviosa en que yazgo llega conmigo a su fin.......... sin saber qué destino era el suyo.. que debe sobrevenir en breve.. no podría resistir tampoco un ruido inesperado..... el rodar de una cucharita........ se detuvo. Página 8 de 80 ... Tal es su sistema nervioso..... He padecido hace un mes de un fuerte shock seguido de fiebre cerebral.. sufro una recaída que me conduce directamente a este sanatorio............ concentrado y diminuto..... Aunque yo no he estado en la guerra.. Pero esta represión de torturas no calma mis males...... llamó mi atención el interés demostrado hacia un ligero artículo de divulgación.. blanco. En otra época esos hombres fueron briosos e inflamados asaltantes de la guerra.. ese fantasma paseó por el comedor... Tumba viva han llamado los enfermos nerviosos de la guerra a estos establecimientos aislados en medio del campo.. de buen humor y nervios sanos... muerto.. y preservado por todos los medios posibles del menor ruido.. Después... Aunque no es raro recibir demandas por el estilo...... En la penumbra sepulcral y el silencio sin límites de la vasta sala.... yazgo inmóvil.. Yo recordaba apenas los comentarios en cuestión...... reemprendió su camino.. muertos de verdad en el silencio que amortaja como denso algodón su sistema nervioso deshecho.. Mi ser todo.. Yo era un hombre robusto.. con los ojos cerrados.... Hoy... de parte de un individuo a todas luces culto.. como en sus breves líneas lo dejaba traslucir el incógnito solicitante. inertes. mi colapso y mi agonía son un ansia blanca y extenuada hasta la muerte... La sola apertura a la luz de un postigo me arrancaría un grito.. En un pasado reciente e inmemorial... Pero dentro de mí. En la tiniebla de mis ojos espero a cada momento ver.... sin embargo. desmenuzado y puntillado en vertiginosa lejanía... el cierre de una puerta.. Sonara bruscamente un tiro en el corredor exterior.... donde se yace inmóvil en la penumbra.. dándole. Pero el menor ruido brusco..Horacio Quiroga Más Allá El vampiro Horacio Quiroga Son estas líneas las últimas que escribo. la brusca caída de un plato los mataría a todos. Contesté a aquél.. ... espero oír más allá del silencio... Mal repuesto aún............ Yacen extendidos a lo largo de sus camas....... La explosión incesante de las granadas ha convertido a estos soldados en lo que son. atontados.. Instante tras instante... todo mi ser está al acecho.

figura y mesura de palabras denunciaban a las claras al hombre de fortuna larga e inteligentemente disfrutada. y torné a olvidarme de los rayos N1. Gustavo Le Bon.” Tales eran las líneas. y su mirada tranquila y casi fría expresaba la misma seguridad de sí y la misma mesura de su calmo continente. Y a pesar de esto. la fecha aproximada de su publicación. Contesté. Ante todo hablaré de su físico. Hecho lo cual me olvidé del todo del incidente. observándole atentamente. Pero como comprendo que una correspondencia proseguida así llegaría a fastidiar a usted. se empeñaba él en comprobar. Llamaba la atención el tono cálido de su piel alrededor de los ojos. por qué solicitaba mi impresión. Era un hombre en la segunda juventud. Página 9 de 80 . yo había desechado ya la idea inicial de tratar con un loco. Un mes más tarde. que no podía ser ignorado por mi culto corresponsal. podía garantirle que era exacto. Una tercera carta llegó. y le contesté que si se refería al fenómeno por el cual los ladrillos asoleados pierden la facultad de emitir rayos N1 cuando se los duerme con cloroformo. y comenzó a hablar. en un hombre de tal apellido. cuando al día siguiente don Guillen de Orzúa y Rosales –así decía llamarse– se sentó a mi frente en el escritorio. le ruego quiera concederme unos instantes de conversación. Ya entonces. Me intrigó un poco la persistencia de mi desconocido en solicitar de mí. Me preguntaba si la experiencia de que yo hacía mención en mi artículo (evidentemente lo había ya leído) era sólo una fantasía de mi mente. vago diletante de las ciencias. cuyo continente. Desde luego.Horacio Quiroga Más Allá con el nombre del periódico en que habían aparecido. Peinaba su cabello negrísimo con exacta raya al costado. “No era ésa la experiencia sobre la cual deseaba conocer su impresión personal. con los agradecimientos de fórmula sobre mi informe. entre otros. lo que podía obtener con sacra autoridad en los profundos estudios sobre la materia. lo que había escrito sobre los rayos en cuestión. y las líneas finales que transcribo tal cual. pues era evidente que en alguna fuente me había informado yo cuando comenté la extraña acción de los rayos N1. y a dónde quería ir mi incógnito corresponsal. había verificado el fenómeno. Breve olvido. como he dicho. por boca mía. sospeché qué esperaba de mí. y aun hispanoamericano. creo. como el de las personas dedicadas al estudio de los rayos catódicos. a este tenor. pues. Yo apenas recordaba. tan claro como ve un hombre en el espejo su propia imagen. A las primeras palabras cambiadas: –¿Es usted español? –le pregunté. la veracidad y la precisión de ciertos fenómenos de óptica que cualquier hombre de ciencia podía confirmarle. o había sido realizada de verdad. Haciendo un esfuerzo hallé en el fondo de mi memoria la experiencia a que aludía el solicitante. No eran mis pobres conocimientos científicos lo que le interesaba. tornaba a recibir otra carta de la misma persona. Y esto lo vi por fin. en su casa o donde usted tuviera a bien otorgármelos. El hábito de las riquezas –de vieux-riche– era evidentemente lo que primero se advertía en él. extrañado de la falta de acento peninsular.

. desgraciadamente. Pero con la misma rapidez que se analiza y desmenuza un largo recuerdo antes de contestar. y me han traído luego a su casa. a mi capacidad para utilizarlo. señor Grant. Conozco algo la singular fisiología –llamémosla así– de los rayos N1. aficionado al misterio. no hubieran vuelto a despertar mi mal dormida curiosidad por los rayos N1. ¡Perfectamente! Y usted mismo. ruego a usted quiera responder a esta pregunta: ¿Conocía usted alguna experiencia a este respecto cuando escribió sus comentarios. Al final de sus comentarios impresos.Horacio Quiroga Más Allá –No –me respondió brevemente. esperó.. No he descubierto fenómeno nuevo alguno ni mis pretensiones pasan de las de un simple ocioso. y tras una corta pausa me expuso el motivo de su visita–: Sin ser un hombre de ciencia –dijo. se puede imprimir el efluvio de un semblante en otro circuito de orden visual. Dicho lo cual. me parece. primero. Tal era la tesis sustentada en mi artículo. Pero no contesté. no producir. entonces. –Ni para mí ni para usted es un misterio –continuó él– que los rayos N1 solos no alcanzarán nunca a impresionar otra cosa que ladrillos o retratos asoleados. Esa mirada –que llegaba recién– era lo que me había preiluminado sobre los verdaderos motivos que tenía mi hombre para conocer “mi impresión personal”. me acordé de la sugestión a que había aludido el visitante: si la retina impresionada por la ardiente contemplación de un retrato puede influir sobre una placa sensible al punto de obtener un “doble” de ese retrato... señor Rosales. Si entre la mirada de un desconocido que echa sus cartas sobre la mesa y la de otro que oculta las suyas ha existido alguna vez la certeza de poseer ambos el mismo juego. sugiere usted el paralelismo entre ciertas ondas auditivas y emanaciones visuales. en ella? Y con las cruzadas manos siempre calmas. –¿No cree usted. mi visitante me miró. o la sugestión de esas corporizaciones fue sólo en usted una especulación imaginativa? Es este el motivo y esta la curiosidad. he hecho algunas experiencias sobre los fenómenos a que he aludido en mi correspondencia. Mi fortuna me permite el lujo de un laboratorio muy superior. después. ¿cree en ella? –Usted sabe que sí –respondió.. bajo la excitación de tales rayos emocionales. sino “crear” una imagen en un circuito visual y tangible. cruzando las manos encima de la mesa–. –No sé –había respondido yo inmediatamente– que se hayan hecho experiencias al respecto. Todo eso no ha sido más que una especulación imaginativa. –¿A hacerme una pregunta. y con las manos siempre cruzadas. si el anuncio de su artículo hecho por un amigo. y el artículo mismo. Otro aspecto del problema es el que me trae a distraerlo de sus preciosos momentos. concediéndome una respuesta? –lo interrumpí sonriendo–. Del mismo modo que se imprime la voz en el circuito de la radio. tal vez a incomodarle a usted. Si me he hecho entender bien –pues no se trata de energía eléctrica alguna–.. Yo respondí inmediatamente. que me han llevado a escribirle dos veces. como dice usted muy bien. Nada hay de serio en mi tesis. en esa Página 10 de 80 . del mismo modo las fuerzas vivas del alma pueden. y no hubiera vuelto a insistir en ellos.

entretenido en experiencias más extrañas que su mismo existir. en las impresiones infrafotográficas? ¿Supone que yo soy.. sujeto? –Estoy seguro –me respondió.. –No. de su sistema nervioso? –Mucho –tornó a sonreír con su calma habitual–. Corría a casa. –¿Cree usted. ¿Está usted seguro. Lo están de las ocurrencias “anormales”. tras el desvarío imaginativo que acusaba mi artículo. –¿Lo ha intentado usted consigo mismo? –No aún. Sería para mí un placer tenerle a usted al cabo de mis experiencias. tengo pocos amigos. Y un instante después. Muy extraño. –Yo tengo la imaginación un poco enferma. –No.. ¿Me permite usted que nos volvamos a ver otro día? Yo vivo solo. como las suyas. –argüí. Los manicomios están llenos de ellas. sin duda. Pero es tiempo –agregó levantándose– de no distraerle a usted más. –Pero las sugestiones y las ocurrencias abundan –torné a observar–. pero no vistas “normalmente”. sin patria y sin amigos. y es demasiado rico el conocimiento que he hecho de usted para que no desee contarlo entre aquéllos. dicho extraño señor abandonaba mi compañía. –Creo lo mismo –asentí yo. –Encantado. en cambio. ha sido dicho. pero lo intentaré. lo tenía todo de su parte para excitar mi curiosidad.. No son los fracasos lo que podríamos temer. y en pos de una pausa–. capaz de lanzar en explosión un alma: este excitante es la imaginación... Voy a concretar el fin de mi visita en breves palabras: ¿Quiere usted estudiar conmigo lo que podríamos llamar su tesis? ¿Se siente usted con fuerzas para correr el riesgo? –¿De un fracaso? –inquirí. señor Rosales –me incliné. Podría él ser un maniático. señor Rosales. pero Página 11 de 80 . Para nada interesaban los rayos N1 a mi visitante. Sólo es imposible lo que no se puede concebir. –¿Qué? –Lo contrario. Por estar seguro de que usted no podría haber sentido esa sugestión obscura.Horacio Quiroga Más Allá circunstancia nos hallábamos mi interlocutor y yo. Usted posee ese don. entonces –le observé–. –También la tengo enferma yo –sonrió él–. Un hombre culto. batiéndome en retirada. Hay un inconfundible modo de decir una verdad por el cual se reconoce que es verdad. sin poseer su conquista en potencia. un perseguido y un fronterizo. Sólo existe un excitante de las fuerzas extrañas. de gran fortuna. es por lo que he venido a verlo.

no lo hacía en vano... Se suele preguntar sin objeto. Es esta una pobre experiencia que no repetiré más. ¿Cree usted que esos rayos de proyección agitados por la vida de un hombre no llevan hasta la pantalla otra cosa que una helada ampliación eléctrica? Y perdone usted la efusión de mi palabra. ¿Cree usted que sólo puede haber un galvánico remedo de vida en el semblante de la mujer que despierta. no es una experiencia que cueste la vida.Horacio Quiroga Más Allá lo que es indudable. la voluntad es el único sésamo que puede abrirles las puertas de lo eternamente prohibido. Una tarde la casualidad nos puso uno al lado del otro en el pasadizo central de un cinematógrafo. era lo que me inquietaba en él y temía por mí.. señor Grant? –Muy poco –le respondí. Y para los seres que viven en la frontera del más allá racional.. Rosales se retiraba con lentitud. pero no duermo. –Estaba seguro.. Rosales podía intentarla. Encerrarse en las tinieblas con una placa sensible ante los ojos y contemplarla hasta imprimir en ella los rasgos de una mujer amada. –Me proporciona usted un gran placer –me dijo–. sí? Entremos entonces en cualquier lado. Preguntaba seriamente para que se le respondiera. Cerca de nosotros puede haber cosas más interesantes. alta la cabeza a los rayos de la luz y sombras que partían de la linterna proyectura y atravesaba oblicuamente la sala. tampoco. levanta e incendia la sala entera? ¿Cree usted que una simple ilusión fotográfica es capaz de engañar de ese modo el profundo sentido que de la realidad femenina posee un hombre? Y calló. porque había sido pintado con “la vida misma”. ¿Ha obtenido usted algo? –Nada. he perdido casi la facultad de dormir. Cuando usted me vio hace un momento.. es que poseía una gran fuerza de voluntad. esperando mi respuesta. Cuando estuvimos frente a sendas tazas de café que humeaban estérilmente: –¿Novedades. sin que genio alguno puesto en libertad viniera a reclamar su alma. Pero la pendiente ineludible y fatal a que esas fantasías arrastran. Y prosigo. señor Rosales? –le pregunté–. yo seguía el haz luminoso que atravesaba la sala. ¿Diez minutos. Página 12 de 80 . ¿Le interesa a usted el cinematógrafo. y en qué se diferencia un mal cuadro de otro? El retrato oval de Poe vivía. nada supe de Rosales durante algún tiempo. realizarla. Pero cuando Rosales lo hacía. si se refiere usted a cosa distinta de la impresión de una placa sensible. cuando salíamos ambos a mitad de una sección. Yo tomo café toda la noche. Parecía distraído con ello. señor Grant? –Mucho. señor Grant: ¿Sabe usted lo qué es la vida en una pintura.. –Perfecto. A pesar de sus promesas.. Hace días que no duermo. ¿Tiene usted algún tiempo disponible. pues tuve que nombrarlo dos veces para que me oyera.

El señor iría a verme apenas le fuera posible ponerse en pie. Al día siguiente recibí la siguiente esquela de Rosales: “La fatalidad. ¿Querría llevar su amabilidad hasta aceptar una invitación a comer en mi compañía el martes próximo? Cenaremos solos en casa. –Ha sido usted muy amable escuchándome. –Encantado. y cuya mansión no ofrecía otra vida que la que podía darle un pedazo de Página 13 de 80 . Yo tenía la impresión de que la invitación a comer no había sido meramente ocasional. señor Rosales. ha querido privarme del placer de su visita cuando honró usted ayer mi casa. y estaré igual el martes próximo. algo más que luz galvánica en una película. ¿Recuerda usted lo que le había dicho de mi servicio? Pues esta vez fui yo el enfermo.Horacio Quiroga Más Allá ¿Pero qué responder a un hombre que me hacía esa pregunta con la voz medida y cortés de siempre? Al cabo de un instante. Él hizo lo mismo. Tras el mucamo hierático. y aunque había intentado levantarse para ofrecerme él mismo sus excusas. –Van ya diez minutos. señor Grant. lo que no espero. Soy de usted. ni el cocinero faltaba por enfermedad. y por bajo de la puerta entreabierta. Pero a menos de ser usted muy exigente. alternativamente. etcétera. sin embargo. Hay. le había sido imposible hacerlo. No tenga usted aprensiones: hoy me hallo bien. señor y amigo. ni hallaría en su casa a gente alguna de su servicio. Me equivoqué. Se hubiera jurado que en aquel mudo palacete se velaba a enfermos desde meses atrás. atentamente. Pudiera también ser que faltara parte de mi servicio. Yo tenía un cocinero excelente. a medias.. señor Grant. que rompí levantándome. –Con toda seguridad. señor Grant. sin duda. sin embargo. pero no es vida. No se oía en la casa una sola voz. hasta llegar a la antealcoba. Y yo había reído con el dueño de casa tres días antes. Con la carta en la mano. Hasta el martes entonces. Se hizo una larga pausa.. También existen los espectros. contesté: –Creo que tiene usted razón. pero está enfermo. pensé en qué seguridad de cena podía ofrecerme el comedor de un hombre cuya servidumbre estaba enferma o incompleta. ¿Me esperará usted? –Si a usted le place. –No he oído decir nunca –objetó él– que mil hombres inmóviles y a obscuras hayan deseado a un espectro. ¿Vendrá usted? Le debo a usted una reparación.. donde tras larga espera se me pidió disculpas por no poder recibirme el señor: estaba enfermo. se veía la alfombra del dormitorio. porque al llamar a su puerta fui recibido y pasado de unos a otros. por hombres de su servidumbre. fuertemente iluminada. –Hasta entonces.” De nuevo el asunto del servicio. señor Rosales –sonreí.. saldremos del paso.

aun colocada en el tercio anterior del salón. ya lo he advertido. en cuya puerta golpeó con los nudillos. y comprobaba entonces un nuevo error. y la fuerte impresión que ya desde el primer instante había despertado en mí aquella silueta femenina. me encaminé el martes siguiente al palacio del ex enfermo. yo sólo el invitado. como tostado por el Sol o los rayos ultravioleta. que avancé a su lado.Y usted. Un breve instante me detuve. pues. y Rosales a mí. inclinándome pálido como un muerto. No era. que coloreaba habitualmente las mejillas y las sienes de mi amigo. –Perfectamente –respondí. al notar intacto su cubierto. Ve usted ahora por qué debí prevenirle de las deficiencias que podríamos tener en el servicio. una silueta de mujer. La mesa. la fina lluvia del espanto me hubiera erizado y calado hasta los huesos. que sonrió en mi honor.Horacio Quiroga Más Allá alfombra fuertemente iluminada. escotado y traslúcido de una mujer. era para mí evidente que había comenzado ya a dar traspiés sobre el pretil de la locura. –Creo que usted conoce ya al señor Guillermo Grant.. Pero la cena existía. Yo me había equivocado una vez respecto de mi singular amigo. señora. Lo segundo que noté fue el tamaño del lujosísimo comedor. demasiado silencio y olor a crimen. era un fantasma. Congratulándome una vez más de mi recelo en asociarme a inquietar fuerzas extrañas con un hombre que sin ser español porfiaba en usar giros hidalgos de lenguaje. vi en traje de soirée. porque el mismo portero me condujo a través de la casa al comedor. –. Por seguro que estuviera Rosales de su fortaleza mental. Había en todo él y su ámbito demasiada reticencia. Junto a la cabecera del fondo. más dispuesto a divertirme con lo que oyera que a gozar de la equívoca cena de mi anfitrión. Y pálido y crispado asistí a la presentación. En cualquier otra circunstancia distinta de aquélla. me deslicé en el vago estupor que parecía flotar sobre todo. señora –dijo a la dama. estaba cubierta de manjares. Un instante después el mismo dueño de casa entreabría la puerta. pues. Lo primero que llamó mi atención al entrar fue la acentuación del tono cálido. aunque no la servidumbre. esfumándose en seguida. Vestía smoking. Avanzamos por el comedor. Página 14 de 80 . Pobre mesa. para que pudiera ser tomado en serio. Pero ante el parti-pris de vida normal ya anotado. y al reconocerme me dejaba paso con una tranquila sonrisa. No era una mujer. pero sólo había tres cubiertos. parecía hallarse al fondo de éste. el espectro sonriente.. –Tome usted. pero había en la actitud de Rosales tal parti-pris de hallarse ante lo normal y corriente. señor Grant. asiento –me dijo el dueño de casa– y dígnese servirse de lo que más guste. Pero su amabilidad y la presencia de esta señora saldarán el débito. La mesa estaba cubierta de manjares. no se sirve? –me volví a la dama. tan grande que la mesa. se trocó en tensión sobreaguda cuando pude distinguirla claramente.

–murmuré yo. señor Grant –sonrió el dueño de casa–.. señora? –dijo el dueño de casa–. sonrió pensativa. ¿Querría usted recostarse un instante? El señor Grant y yo trataremos de llenar. Esto explica el que la señora lo haya hallado a usted más de una vez en las salas. y juntando las manos bajo la mejilla. –Muy a menudo –respondí. –En efecto –asentí. –Opino –respondí– que si últimamente lo he juzgado mal dos veces. y tras una pausa sumamente larga–: ¿Se distinguen bien los rostros desde la pantalla? –Perfectamente –repuso ella. debía perfectamente admitir la trivial y mundana realidad de una mujer que sólo tenía vestido y un vago respaldo de silla en su interior. estoy un poco cansada.... señor! –me respondió con el tono de quien se excusa por no tener apetito. –¿Siempre va usted al cinematógrafo.Horacio Quiroga Más Allá –¡Oh. Lo he visto muchas veces. –Sí. –Me ha juzgado usted dos veces loco. –Tiene usted una fuerza de voluntad terrible. Con permiso de ustedes –agregó. he acertado en mi primera impresión sobre usted.. Departiendo sobre estos ligeros temas. sonriendo a ambos uno después del otro. en silencio. Rosales y yo quedamos solos. –Muy pocas películas suyas han llegado hasta nosotros –observé. –Pero usted las ha visto todas. Y se retiró llevando su riquísimo traje de soirée a lo largo de las vitrinas... cuya cristalería se veló apenas a su paso. Si yo creía estar seguro de no haber muerto en la calle al encaminarme a lo de Rosales. ¿Cómo ocultárselo? Yo estaba seguro de mi observación cuando me halló Página 15 de 80 .. Como la dama llevara con alguna frecuencia la mano a sus ojos: –¿Está usted fatigada. no. –Sí –sonrió–. pero esta vez en mi interior. fumando. ¿verdad? –No es difícil adivinarlo. los minutos pasaron. y agregó un poco extrañada–: ¿Por qué no? –En efecto –torné a repetir. levantándose–. –asintió nuestra invitada. Quedamos otro momento callados. –Yo lo hubiera reconocido a usted en seguida –se volvió a mí la dama–. señor Grant? –me preguntó Rosales. No se notaba la menor alteración en la cortesía habitual de Rosales. el tiempo que usted deja vacío. y menos aun en la reserva y la mesura que lo distinguían. –¿Qué opina usted de esto? –me preguntó al cabo de un rato.

Era “ella”. posiblemente.. El espeso cortinado que había traspuesto la dama se abría a un salón de reposo. Cuando hubimos hecho lo indicado por el dueño de casa: –Ahora. y la voluntad es la mira. Era un desvarío de la imaginación. sin permitirle que se desvíe. corporicé algo sin nombre. Pero al sonar sus pasos lo vi crispado al borde de la cama. puede pasar el tiempo impunemente. toda ella se transforma en un vibrante trazo de vida. precisamente. Pero manténgala a toda costa en la misma dirección bien atraillada. No. Suelte su imaginación.. Página 16 de 80 . –Yo me hallo muy bien así –replicó el espectro. y por eso di orden de que lo hicieran pasar a usted. señor Grant. Por un desvío de la imaginación.. bajo la luz de numerosos plafonniers dispuestos en losange. Esta es tarea de la voluntad. con la misma inconsciencia ante el tiempo y el mismo estupor con que se me podía haber anunciado que yo había muerto hacía catorce años.. ¿Me permite usted un vulgar símil? En un arma de caza. hacía ya dos horas que no lo veía. al notar su decisión–. que debe estar ya repuesta de su fatiga. Y volviendo a nosotros la cabeza.. Al día siguiente jugué mi vida al arrancar de la película a nuestra invitada de esta noche.. azúcela hasta el fondo. No volverá más. está la Muerte. Y la salvé. y no me abandonó por tres días. señora –prosiguió éste–.Horacio Quiroga Más Allá usted en el cinematógrafo. señor Grant? –Ciertamente –asentí yo. Vino a mí.. En el centro de la alcoba se alzaba un diván. Una película inmóvil es la impresión de un instante de vida. En el fondo de este salón se elevaba un estrado dispuesto como alcoba. ni nada inquieta nuestras horas. del voltaje y de los rayos N1.. al que se ascendía por tres gradas. al ascender las gradas ella nos sintió. casi un lecho por su amplitud. señor Grant! Y ahora. se lo ruego! –exclamó el dueño de casa. señora. señor Grant. Si se decide usted un día a corporizar la vida equívoca de la pantalla. Perdóneme. –¡Oh. El ignorarlo ha costado muchas existencias.. y casi un túmulo por la altura. Pero esto lo sabemos sólo usted y yo. con ambas manos colocadas bajo la sien. y podremos hablar con toda tranquilidad. con una sonrisa llena aun de molicie: –Me be dormido –dijo–. Cuando hace una semana llegó usted a casa... no es cosa que conozcamos en este Mundo. Lo único que eso no podía hacer era trepar a la cama. ¡Estoy tan cómoda así. Sobre el diván. La gran cantidad de vida delatada en su expresión me había revelado la posibilidad del fenómeno... Aunque nuestros pasos no sonaban en la alfombra. Permítame usted que lo guíe. gracias! –murmuró ella–.. vamos a ver a nuestra amiga... ¡Apunte bien. El señor Grant y yo acercaremos dos sillones. descansaba el espectro de una bellísima mujer. vasto en la proporción misma del comedor. De esas cosas que deben quedar para siempre del otro lado de la tumba. –Debo confesarle –prosiguió Rosales con voz un poco lenta– que al principio tuve algunas dificultades.. tenga cuidado. más vivo que la realidad fugitiva y que los más vivos recuerdos que guían hasta la muerte misma nuestra carrera terrenal. Más allá y detrás de este instante mismo.. ¿No lo cree usted así. Pero desde el momento en que la cinta empieza a correr bajo la excitación de la luz. señor Rosales. la imaginación es el proyectil. Es tan dulce esta calma –¡No se incorpore usted.. y esto lo sabe cualquiera.. y lo mismo usted. tratando de subir. Nada nos urge.

y yo he sido un fantasma creado para desempeñar ese papel... –No sería del todo sincero con usted –rompió Rosales una noche en que nuestra amiga. después. y dormí doce horas continuas. se cernían ambulantes. Y la puerta a que llamé fue la del comedor de la casa de Rosales.Horacio Quiroga Más Allá Y debimos conversar. Mis últimos recuerdos flotaban... Torné a bañarme y salí esta vez. del silencio y del análisis. porque cuando me retiré y la puerta se cerró tras de mí. Durante un mes continuo he acudido fielmente a cenar allá. que ostentaban por todo corazón el espectro de una mujer. Sólo un golpecito del destino puede Página 17 de 80 . mi vida a los rayos del Sol ha sido una alucinación. ¿Lo cree usted así? –Lo creo –respondí–. Llegué a casa y me bañé en seguida para salir. nada remediaría. Yo hubiera podido fijarlos. Desde las 21. sin memoria de lugar ni de tiempo. bajo la alcoba amorosa y el dosel de plafonniers lívidos. Todos sus dolores no alcanzarían a redimir un solo errante gemido de esa joven. pues a más de un gran apetito. me he hallado en el palacete de Rosales. pero al sentarme en la cama caí desplomado de sueño. y noche a noche. En las horas diurnas estoy seguro de que un individuo llamado Guillermo Grant ha proseguido activamente el curso habitual de su vida.. de no mediar un milagro.. supongo. No sería sincero si me mostrara con usted ampliamente satisfecho de mi obra. Luego. y en el salón de reposo.. Y no tengo derecho a sostener lo que hice. Por todo noble corazón. Como el soñador de Armageddon. sin que mi voluntad haya intervenido para nada en ello. ha estado contenida como en una cripta. Nuestra amiga jamás saldrá de la niebla doliente en que se arrastra. donde me senté ante mi cubierto puesto. pensaba abstraída–. –No quiero reticencias con usted –dijo–. alzando la mirada y con la misma expresión tranquila y el tono reposado de voz que parecía alejarlo a mil leguas del tema. primero. He corrido graves riesgos para unir a mi destino esta pura y fiel compañera.. –Lo sé perfectamente. Yo me encaminaba a un restaurante. ruidoso. Señor Grant: he cometido un crimen sin excusa. pero lo único que deseaba era comer en un alegre. encararme con cada uno de ellos. hacía ya largas horas que el Sol encendía las calles. –Deshágalo. con sus quehaceres y contratiempos de siempre. Rosales sacudió la cabeza: –No. sentía pavor de la mesura. cruzada de piernas y un codo en la rodilla. Hizo una pausa. y chocante restaurante. en el comedor sin servicio.. y daría lo que me resta de años por proporcionarle un solo instante de vida. Mi existencia real se ha deslizado. donde en compañía de otro hombre hemos rendido culto a los dibujos en losange del muro... sobre temas gratos y animados..

se detuvo de pronto y dijo: –Está en Santa Mónica. pero siempre a la misma hora. pues los muros del salón cedían llevándose adherida mi vista. –Es más de lo que podría esperar –concluyó Rosales inclinándose. impregnaba el palacete de un moroso mutismo. ya lo sabe usted. –murmuré. mientras yo con el cigarro pendiente de la mano hacía esfuerzos para arrancar mi mirada del vacío. Rosales concluyó su taza de café y yo azucaré la mía. muchas noches después: –Ha salido ya de San Diego –decía al romper el alba. ganados por el estupor que fluía de las cornisas luminosas. Para mí. nuestras Breves frases llegaron a concretarse en observaciones monótonas y siempre sobre el mismo tema. –Soy capaz. –Estoy seguro.Horacio Quiroga Más Allá concederle la vida a que toda creación tiene derecho. Una noche.. –Su muerte. ¿Vendrá usted de vez en cuando durante mi ausencia? El servicio de mesa se pone al caer la noche.. Con el transcurso de las noches. Pasaron sesenta segundos... allá en Hollywood. las más de las veces llegaba tarde. pero siento que es así. que hacíamos de improviso: –Ya debe estar en Guayaquil –decía yo con voz distraída. Yo rompí el silencio: –Tampoco eso remediaría nada. y ella vagaba muda con la mejilla en la mano. para usted. señor Grant. y si la frustro. sobre temas variados.. ¿oye usted. en la mesa. Fui. si no es un monstruo.. O bien ella. Además. usted no es capaz de hacer eso. que hallando las puertas abiertas o filtrándose por los ojos de llave. y siempre con la cara apoyada en la mano subió las gradas y se tendió sen el diván. ella será mi condenación ante las tumultuosas divinidades donde no cabe ningún dios pagano. Nuestra compañera es obra de una conciencia. Yo la sentí sin mover los ojos. ¿Vendrá usted? –Vendré –repuse. –¿Qué golpecito? –pregunté. señor Grant? Responde a una finalidad casi divina. salvo el portero. Vagó un instante aún. No podría decirle por qué. pero en el salón apenas cambiábamos una que otra palabra y callábamos en seguida. y desde ese momento todos abandonan la casa. con la puntualidad de un hombre que va de visita a casa de su novia.. esta creación espectral es superior a cualquier engendro vivo por la sola fuerza rutinaria del subsistir. solíamos hablar animadamente. La joven y yo.. Si alguna noche estuve allí a la hora de cenar. –¿Cree usted? –dijo Rosales. huían con extrema velocidad en líneas que convergían sin Página 18 de 80 .

Fui al fin autorizado a salir a la calle. Yo nada recordaba. no puedo recordarlo. Alcancé a oír un horrible grito –posiblemente mío–. que yo recorría con mirada atónita. Una interminable avenida de cicas surgió en la remota perspectiva. ni creo haber cometido error. Sentía una laxitud extrema para pensar en lo que fuere. –¿Está ella allí? –pregunté. Qué tiempo pasó luego.. presa de una fiebre cerebral que persistió más de un mes. Había pasado tres días sin conocimiento. Por encima de su hombro vi la alcoba iluminada y el diván bien conocido. con un nuevo fulgor de centella el puñal asesino se hundió.. señor Grant. Y tras una breve pausa–: Venga usted –me dijo. estrechándome efusivamente la mano–. Sólo había allí un esqueleto. en la remota perspectiva transoceánica. Se me permitió más tarde dar breves paseos por casa.. Rosales había adelgazado. Subimos las gradas y me incliné sobre los cojines. señor Grant –me dijo Rosales.. la avenida de cicas se destacaba diminuta con una dureza de líneas que hacía daño. No sé más. ¿Recuerda usted haberla visto en el instante mismo de perder usted el sentido? Página 19 de 80 . Bajo los plafonniers en rombo incrustados en el cielo-raso de la alcoba. como un féretro. Y cuando en un salón silencioso vi venir hacia mí a un hombre cuyo rostro me era conocido. Súbitamente ella alzó su voz desde el diván: –Está en casa –dijo. Cuando volví de mi viaje. un hombre que levantaba un puñal sobre una mujer dormida. Con el último esfuerzo de volición que quedaba en mí arranqué mi mirada de la avenida de cicas. Y con su misma voz queda: –Es ella. sin recuerdos. He seguido con gran preocupación el curso de su enfermedad desde mi regreso y ni un momento dudé de que triunfaría usted. en el lecho. la joven yacía inmóvil. no estaba más ella. ni deseaba recordar. en una visión brusca como una llamarada. No siento sobre la conciencia peso alguno. Hablaba en voz baja. –Por fin le veo a usted. Señor Grant. como una muerta. de altos cojines. Se me había dicho que un hombre me había llevado a casa a altas horas de la noche. donde di algunos pasos sin conciencia de lo que hacía. Frente a mí. Fui poco a poco recobrando las fuerzas. la memoria y la conciencia perdida calentaron bruscamente mi sangre.Horacio Quiroga Más Allá juntarse nunca. rodeado. –Sí –me respondió. –¡Santa Mónica! –pensé atónito. –¡Rosales! –murmuré aterrado. Cerré los ojos y vi entonces. Cuando volví en mí me hallé en mi casa. sin objeto. desmayado. como si temiera ser oído. Rosales siguió mi mirada y volvió luego a mí sus ojos con sosiego. Sentí la mano de Rosales estrechándome firmemente el brazo. y perdí el sentido.

. dolorosa e incierta. Ya observé a usted una vez que estaba seguro de no haber cometido ningún error. Rosales se detuvo.. –comencé.. Yo partí del entusiasmo de una sala a obscuras por una alucinación en movimiento. ¡Y he aquí lo que he obtenido! Mientras ella perteneció a este Mundo. Preste usted atención un momento... no más aguda que la suya. acaso ella está ya ocupando su asiento desde horas atrás. Yo vi algo más que un engaño en el hondo latido de pasión que agita a los hombres ante una amplia y helada fotografía.. La excitación de mi amigo era visible. las luces están encendidas. pone en mis manos su esqueleto. Al regresar yo.. –murmuré. señor Grant –me dijo–. Por el espacio de un mes entero.. Siempre ha habido y habrá allí un esqueleto bajo los plafonniers. –Rosales. ¿Lo recuerda usted? Pues bien: sé ahora que lo he cometido.. –¿Ella. Página 20 de 80 . en el comedor. Ella está allí.Horacio Quiroga Más Allá –No recuerdo.. y un espectro de huesos. ¿Sabe usted. fija en nosotros su mirada invisible. De nuevo había yo sorprendido su expresión ausente mientras hablaba. El varón no se equivoca hasta ese punto. ¿Oye usted? En el mudo palacete.. por toda substanciación.... bajando aún más el tono–. Usted alabó mi imaginación.. y una alucinación confinada entre las sillas del comedor.. –Usted lo ha dicho... Pasamos un rato en el más completo silencio.. no la he visto. que hemos perdido.? –Allí. el tiempo mismo parece haberse suspendido como ante una eternidad.. nada oí. que usted creyó divina. Oiga usted ahora: esquiva las sillas mientras camina.. –He hallado por fin lo que buscaba.. pude corporizar su vida espectral en una dulce criatura... ella desapareció de aquí.! Pero desde que regresé vaga de un lado para otro. Y siento el roce de su vestido. Las noches se suceden unas a otras... Una noche hallé el ambiente cambiado.. Sabemos que ella vaga por allí. –Es ella –murmuró Rosales satisfecho–.. y mi voluntad. Cuando en las altas horas Rosales y yo vamos a tomar café. ¡Oh. señor Grant. que le es en cambio muy superior. Le ruego no levante la voz. –Es lo que pensé. Al hacer lo que hice la noche de su desmayo.. Arranqué la vida a la otra para animar su fantasma y ella. Bajo la atmósfera de estupor en que se halla el recinto.. Tras el espeso cortinado que se abre al comedor. atónita e invisible. todas iguales. torturé mi imaginación para recogerla de nuevo del más allá. –¡Pst! –me interrumpió. dos amigos en smoking en el salón. que persistirá hasta que. todas las noches Rosales y yo hemos velado el espectro en huesos y blanca cal de la que fue un día nuestra invitada señorial. a través de la atmósfera y las luces inmóviles. qué ha faltado a mi obra? –Una finalidad –murmuré–. Con esas dos fuerzas creé una criatura visible.

mi criatura palpitaría hoy de vida en el diván. En ese instante me daba yo cuenta de que el dueño de casa no había levantado los ojos de su tenedor desde que comenzáramos a hablar.. ? –murmuró ella lentamente. ella y yo. señora.. y él no abandonó casi su juego con el tenedor. señor Grant? –Ella. el calor incontenible del deseo. El próximo martes. –¿Me extrañaba usted? ¿De veras? –¿A usted? ¡Oh. apagarse en seguida en desmayo. Rosales la miraba también. No dude usted. volvió el rostro a Rosales.. señor Grant! –repuso. reclinando la cara sobre ambas manos juntas. Y ella era un espectro. y éste es el error que cometí. Si por amor yo hubiera matado. Me tendió la mano. Debe de haber allí más vida que la que simulan un haz de luces y una cortina metalizada. pero es indispensable para golpear ante las puertas de la muerte. en efecto.. volví a verla.? –Y a nuestro anfitrión. Vi entonces pasar por sus ojos fijos en él la más insensata llama de pasión que por hombre alguno haya sentido una mujer.. ¡Si conserva usted un resto de amor a la vida. El amor no hace falta en la vida. ¡Su amor! Usted no puede verlo. La Página 21 de 80 .. –La hemos extrañado a usted mucho. Señor Grant: ¿Quiere usted abandonarme por tres días y volver el próximo martes a cenar con nosotros? –¿Con ella. Lo que hubiera hecho la felicidad del más pesado espectador. vestida con su magnificencia habitual. y obtuve la vida en su raíz brutal: un esqueleto. vi relampaguear en los ojos de ella. –A él también... y deslizando sin prisa su mano de la mejilla. Maté para crear. –¡Y yo.. Al abrir yo mismo la puerta. señora –le dije con efusión. ¿Sería posible.. Que la había.Horacio Quiroga Más Allá advertí a usted. porque está bajo su imperio. Y ante aquel vértigo de amor femenino expresado sin reserva el hombre palideció. destruya eso! ¡Lo va a matar a usted! –¿Ella? ¿Está usted Joco. –murmuró la joven con voz queda y exhausta. y se ha desvanecido.. ¿no lo extrañaba usted? –¿A él. sin amor. no.. con la abierta sonrisa con que se vuelve a ver a un fiel amigo al regresar de un largo viaje. no ha hallado bastante calor en mis manos frías. Pero yo creé estérilmente... y confieso que me fue muy grato el advertir que ella también confiaba en verme. En el transcurso de la comida ella afectó no notar la presencia del dueño de casa mientras charlaba volublemente conmigo. sí. usted. Pero las dos o tres veces en que sus miradas se encontraron como al descuido. ya lo ha visto usted. mucho! –y tornó a sonreírme largamente. y. Yo lo veo.? –Sí. –¡Rosales! –exclamé en cuanto estuvimos un momento solos–.

–Vuelvo a decirle que se equivoca usted. precipitada por el accidente. señor Grant: jamás criatura alguna se ha impuesto a su creador. y sentimos en nosotros mismos. Usted sabe bien que hay en todos nosotros. un harapo de huesos. –¡El esqueleto. –¡No. o de más allá. fluctuando a escasos milímetros al principio.. Usted ignora algunos detalles de la creación. inclinándose.. instantes de tal convicción.. ¿Halló Rosales en el Mundo fuerza para resistir? Muy pronto –acaso hoy mismo– lo sabré.. Hace de esto tres días. Rosales –exclamé. Pero ella está ahora allí en el diván.. Óigalos ahora. llegó la voz de la joven: –¿Me dejarán ustedes sola mucho tiempo? En ese instante. y restos de películas quemadas por el suelo. la cámara de proyección caída. ¿recuerda usted?). Desde la sala de reposo. La servidumbre sabía que en las últimas noches la cámara era transportada al salón.. tomándolo del brazo–. Regresó a la nada. y vino por fin a mí. Rosales! –clamé–. de una inspiración tan a tiempo. fantasma. señor Grant. Yo creé un fantasma.. usted no puede verlo! Su vida ha resistido a muchas pruebas. recordé bruscamente el esqueleto que yacía allí. Página 22 de 80 . Desde la alcoba nos llegó de nuevo la voz lánguida de la joven: –¿Vendrá usted.. –Yo no la deseo. ni la sentí al ver las cortinas del salón doradas por el fuego. Tendido en la alfombra junto al diván.. pero arderá como una pluma. esta historia está concluida. Su impresión es que debido a un descuido. equivocadamente. que algo nuestro se proyecta adelante. Ella está allí. Ella se desprendió así de la pantalla. Escúcheme usted. Y bien. no la resiste hombre alguno. alcanzando las chispas a los cojines del diván. mientras hablamos. –Pero ella sí lo desea a usted. ¡Es un vampiro.. Rosales yacía muerto. Por medio de un vulgar dispositivo mantuve en movimiento los instantes fotográficos de mayor vida de la dama que nos aguarda. La muerte del señor debe imputarse a una lesión cardiaca... tal como usted la ha visto.. señor Rosales? –¡Deshaga eso... por poco que siga usted excitando a esa criatura. Aquella mañana no tuve ninguna sorpresa al ser llamado urgentemente por teléfono. que notamos en la mirada de los otros. antes de que sea tarde! ¡No excite más ese monstruo de sensación! –Buenas noches. ¿Qué se ha hecho su esqueleto? –Regresó –me respondió–. Adquirí una linterna y proyecté las cintas de nuestra amiga sobre una pantalla muy sensible a los rayos N1 (los rayos N1. y. señor Grant –me despidió él con una sonrisa. las películas se han abrasado.. y no tiene nada que entregarle! ¿Comprende usted? Rosales nada respondió..Horacio Quiroga Más Allá pasión de ese. señor Grant..

La calma expresión de su rostro no había variado. Pero estoy seguro de que en lo más hondo de las venas no le quedaba una gota de sangre. y aun su muerto semblante conservaba el tono cálido habitual.Horacio Quiroga Más Allá Mi impresión es otra. Página 23 de 80 .

Han transcurrido cuatro meses. y en el que mi aliento parece defluirse. es que de aquí a un instante voy a morir. pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio. Clarísima y capital. sea cual fuere el punto de observación. aquél conserva la suya casi intacta. Para el hombre allí sentado. hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa. los hombres tumbaron el año anterior este árbol. Ésta es la verdad. He caído allí mismo. el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere. ¿Pero cuándo? ¿Qué segundo y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver? Nadie se acerca a este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. En medio del rozado perdido por la sequía. en un pasado que tampoco me pertenece. y los soles secarán líquenes y cabellos. como para el tronco que lo sostiene. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado. después de tropezar sin suerte contra un raigón. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego. danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo. las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa. el dorso apoyado en él. a través de los troncos y negros gajos del rozado. No puedo ya mover las manos. Página 24 de 80 . mejor dicho– contra el árbol. ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete.Horacio Quiroga Más Allá Las moscas Réplica del hombre muerto Horacio Quiroga Al rozar el monte. Todas las otras flotan. Tal como he caído. Desde hace un instante siento un zumbido fijo –el zumbido de la lesión medular– que lo inunda todo. desde aquí o allá. adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez. Mas para la obscura animalidad resistente. permanezco sentado –quebrado. y apenas si uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza. cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza. ¡Y nada. Esta es la verdad. Esto era el invierno pasado. para el latir y el alentar amenazados de muerte. La única percepción de mi existir. Sentado contra el tronco. nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien. jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Como ella. huesos y cuero de calzado. me hallo también inmóvil.

Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad.? Súbitamente el cuartito blanqueado. Y vuelo. Libre del espacio y el tiempo. y no lo consigo ya. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección. las moscas han tenido. que alquilo a precio módico. por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos. ellas acuden. Y bruscamente. seguras de su presa.. los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido.. también. No puede su oficio ser más lucrativo.. volar. Yo tengo una. midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos. el botiquín. por caracteres inapreciables para nosotros. no sé cómo. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego. se hace en mí la revelación: ¡las moscas! Son ellas las que zumban. a los rayos del Sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital. lejanísimo ya. Veo ahora un cuartito de hospital. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo.. la fecundidad de la hora. ? –Sí –responde–. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí. Del seno de esta expansión. conocimiento de una presa segura en la vecindad. mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.Horacio Quiroga Más Allá dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante? El zumbido aumenta cada vez más. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado. a aquella liana. que el Sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas.. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista. dicho sea de paso. esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. un muñeco de ojos sin parpadeo. Quiero cerrar los ojos.. donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir.. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. –Entonces –dice uno de aquéllos– no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. presa segura. Las alquilo a precio módico. tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. la luz del Sol. puedo ir aquí. es un pequeño ataúd. y ellos se echan a reír. moscas verdes de rastreo. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. –¿Moscas . Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. puedo todavía ver. Vivo aún el paciente. Yo los observo en silencio. y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído. como un recuerdo de remoto existir. allá. puedo alzarme y volar. El médico tenía razón. y abrir la puerta de la jaulita que. a este árbol. Si una mosca entra y la oye usted zumbar. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Puedo ver. No me siento ya un punto fijo en la tierra. un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. arraigado a ella por gravísima tortura. Página 25 de 80 . Donde ellas entran. al pie de un tronco. pues ya han olido su muerte. ¿Hospital. pues siguen mi pensamiento. la ligereza del vaho ambiente.. Siento que fluye de mí como la vida misma.

niños.” Tal es lo que leo en una revista de criminología. presidentes y estabiloques: desconfiad de los psiquiatras como de toda policía. también alienados. Página 26 de 80 .” “Cierta mañana llegó al manicomio un hombre escuálido. Visto esto. Perfecto. que tiene hoy un gusto extrañamente salado. el anterior estudio con una atención también fácilmente imaginable. psiquiatría y medicina legal. un señalero y un cambista alienados trabajaban en la misma línea y al mismo tiempo que dos conductores.” “Es hora. pues. según afirmaba con cierto alarde su mujer al internarlo. Yo soy uno de esos maquinistas. Y digo ex profeso conductores refiriéndome a los dos oficios. Más aun: soy conductor del rápido del Continental. Estaba cubierto de andrajos y articulaba tan mal sus palabras que era necesario descubrir lo que decía. pero no cambio los posibles trastornos que mi locomotora con un loco a horcajadas pudiera discurrir por los caminos. de meditar ante las actitudes fácilmente imaginables en que podría incurrir un maquinista alienado que conduce un tren. niñitos. sin embargo. y ganan con ello: ¡ojo! Yo no conozco las estadísticas de alienación en el personal de los hospicios. que tengo bajo mis ojos mientras me desayuno. no deseo sino que este tanto por ciento de locos al frente del destino de una parte de la humanidad. establecen una proporción en verdad poco alarmante: algo más de cinco conductores locos por año. en caso de cualquier accidente fortuito. Hombres. dados los copiosos hechos apuntados. Con lo cual concluyo en calma mi café. pues nadie ignora que un fogonero posee capacidad técnica suficiente como para manejar su máquina. ese maquinista había guiado su máquina hasta pocas horas antes. de rostro macilento.” “En un momento dado de aquel lapso de tiempo. Ellos ejercen el contralor mental de la humanidad. sin embargo. Leo.Horacio Quiroga Más Allá El conductor del rápido Horacio Quiroga “Desde 1905 hasta 1925 han ingresado en el Hospicio de las Mercedes 108 maquinistas atacados de alienación mental. Y. sea tan débil en nuestra profesión como en la de ellos. con los de cualquier deprimido psiquiatra al frente de un manicomio. Cumple advertir. mujeres. que se tenía malamente en pie. pues. que el especialista cuyos son los párrafos apuntados comprueba que 108 maquinistas y 186 fogoneros alienados en el lapso de veinte años.

amigo maquinista. y se acentúa este ver doble y triple a través de una lejanísima transparencia. ¿Quién le ha definido esas cosas? –Las he leído alguna vez –respondo–. Pero si estas suspensiones de vida prosiguen. las calles. Soy feliz.el breve examen a que lo he sometido. concluya usted. Me he levantado al rayar el día. Vaya tranquilo a su examen. sino indispensable hacerlo así. y acudo al consultorio de la empresa. Otras veces pierdo bruscamente el contralor de mi yo. Haga el favor de examinarme.. Es no sólo prudente. –. y menos tratar de explicárselas. le ruego. aunque no cesamos de hablar aprisa. la impresión y el cansancio que dejan las grandes emociones sufridas. Piense poco. Mi vista continúa siendo normal.. sino con hondas y mareantes oleadas de corazón que se recobra. Hoy he perdido ya la calma de entonces. Siento cosas perfectamente definibles si supiera a ciencia cierta qué es lo que quiero definir. transformado en un ser tan pequeño. Nada recuerdo de ese estado. ¿Qué es esto? No lo sé. uno sabe siempre de patología más de lo razonable. por de contado. y he salido más deprimido aún. entonces sabré perfectamente lo que conviene en tal estado a un conductor de tren. aunque la acción prosigue. –¿Pero no sería prudente –insisto– solicitar un examen completo a la empresa? Yo tengo una responsabilidad demasiado grande sobre mis espaldas para que me baste.. A los conductores de rápidos no les conviene ver cosas dobles. tengo la impresión de que los gestos de mi interlocutor y los míos se han detenido en extática dureza. A nadie conviene ver inmóviles las cosas que se mueven. Me he encogido de hombros a sus espaldas. la ciudad entera me han parecido pequeñas para asistir a mi Página 27 de 80 ..Horacio Quiroga Más Allá Esto lo medité hace quince días. –¿Y eso? –me ha dicho el médico mirándome–. los conductores que un día confunden las palancas no suelen discurrir como usted lo hace. la circulación. y la vista. Llevo 18 años en la línea. me veo a mí mismo maniobrando con angustiosa lentitud. sin sueño ya y con tal conciencia de mi bienestar que mi casita.. y conservo de él. mucho antes que a sus jefes se ha hecho sospechoso a sí mismo. concentrado de líneas y luciente como un bulón octogonal. sin embargo. Desgraciadamente. Tiene razón. –Nada veo –me ha dicho–. y no lea nada. –Yo nada siento en órgano alguno –he dicho–.. mientras hablo con alguno mirándolo a los ojos. como se vuelve de una momentánea obnubilación. fuera de la ligera depresión que acusa usted viniendo aquí. Vuelvo en mí. pero no quiero concluir epiléptico. y desde un rincón de la máquina. pero no ágilmente. A veces. el hígado. fuera de lo indispensable para sus maniobras. ¿Para qué ver a los médicos de la empresa si por todo tratamiento racional me impondrán un régimen de ignorancia? Cuando un hombre posee una cultura superior a su empleo. y que entre palabra y palabra media una eternidad de tiempo. El doctor me examina el estómago.

Página 28 de 80 . y vuelvo a casa despacio y maravillado. con los puños cerrados de acción y una ligera sonrisa externa. –Hace tiempo que no te veía así –me dice con su voz seria y triste. cantando por dentro. manías. hasta las más altas nubes.Horacio Quiroga Más Allá plenitud de vida. Yo la miro. tan pesado de ansia que no alcanzaba a levantarme un milímetro del chato suelo. pesadísima tractora y furgón al mismo tiempo. Antes. ¡Cuán poco se necesita a veces para decidir de un destino: a la altura henchida. y en una actitud que ha sorprendido a mi mujer. como un gas. y estoy solo. al oeste. todas las cosas y el despertar de la vida proseguirían su rutina iluminada. yo estuve deprimido. –¿Qué dices? –pregunta mi mujer levantando la cabeza. Yo era uno de esos gases. Y si yo fuera hombre de extender las manos y bendecir. y rastrean asfixiados porque no pueden respirar ellos mismos. abajo. seguro. en la empresa nada le dijeron. Ahora soy lo que soy. musical. como procede en todo hombre que se siente estimable ante la vasta creación que despierta. o a ras del suelo como un gas! Yo fui ese gas. y riente de mi armónico existir. Ahora puedo erguirme sólo. –Cuando Fermín compró su casa. cuyos iones infinitesimales están constituidos de satisfacción: simple y noble satisfacción que colma el pecho y hace levantar beatamente la cabeza. ¡Soy otro. más sorprendido de su pregunta que ella misma. La vida. y respondo: –Lo que te dije: ¡qué seré siempre así! Con lo cual me levanto y salgo de nuevo. y asfixias por falta de aire? Miro alrededor. hermana! –Ojalá estés siempre como ahora –murmura. He tomado el café con mi hija en las rodillas. tranquila y eficiente. Había una llave de más. al este. Hay gases que se arrastran así por la baja tierra sin lograr alzarse de ella. no hay más que claridad potente. ¡De todos lados! ¡Bien erguida y al Sol. albergar tales incertidumbres. Es curiosísimo cómo un hombre puede de pronto darse vuelta y comprobar que arriba. pero impregnadas de mí: ¡Tan fuerte es la expansión de la mente en un hombre de verdad! Desde esta altura y esta perfección radial me acuerdo de mis miserias y colapsos que me mantenían a ras de tierra. ofrece estos fenómenos: una locomotora se yergue de pronto sobre sus ruedas traseras y se halla a la luz del Sol. ¿Cómo pudo esta firme carne mía y esta insolente plenitud de contemplar. –Es la vida que renace –le he respondido–. no sé en qué remoto tiempo y distancia. sin ayuda de nadie. He ido afuera. sordideces.

sin una pena. –¿Con estas lluvias encima? –objeta el timorato. En el bronce de su cifra se reflejan al paso los pilares del andén Perendén. –concluye mi hombre. quien puede gritar a sus jefes: ¡La calma soy yo! ¡Se necesita ver cada Página 29 de 80 . después de almorzar paso por la oficina a recibir órdenes y no vuelvo a la estación hasta la hora de tomar servicio. Vamos bien a presión. que recomendéis calma a mi alma! Yo puedo correr el tren con los ojos vendados. En esta dichosa conjunción del tiempo y los destinos. del 296 al 315. sin una culpa..Horacio Quiroga Más Allá Por lo común. Parece que allí hay que palear de firme. sin una falta. amigo! ¿Y su calma? ¡La mía. –¿Cucaracha? –responde él–. y con dos libras más. Y después. amigo! –Por mí. –El jefe. y es bastante. para emprender ese camino. No hay hoy novedad alguna. ojeándome un buen momento de costado. –¡Amigo! –le grito–.. y en seguida de llegar informe del movimiento. Desde media hora atrás vamos corriendo el tren 248. con gorra. Sé que podemos confiar en su calma. ¿Y ese valor? ¿No le recomendó calma el jefe? El tren va corriendo como una cucaracha. yo sé dónde está! –¿Qué? –murmura el hombre. Cada movimiento suyo parece aislado.. y el balasto está hecho de rayas y no de puntos. esta calma que me exalta! ¡Qué es sino un mísero. Desde hace un rato presto atención al fogonero que palea con lentitud abrumadora. Mi máquina.. un maquinista de tren del cual se pretendiera exigir calma al abordar un cierto empalme! No es el mecánico azul. Por esto el jefe me ha dicho al salir: –Van ya dos accidentes en este mes. –¡Es que tenemos que correr. Este carbón no es como el del mes pasado.. como un Universo hecho exclusivamente de luz y fidelidad.. Puede ganar más allá el tiempo perdido. –El empalme. ¡oh jefes!. he salido de casa con inexplicable somnolencia. Cuide del empalme 3. fuera de las grandes lluvias. ¡Calma! En 18 años de servicio no había yo comprendido el significado completo de esta palabra. Buena suerte.. y otras he llegado a la máquina con extraño anhelo. y pasado él ponga atención en la trocha 296-315. plenitud de sentir en el corazón. ¡Lo comprendo! ¡Ah. ¡Calma! ¡Calma! ¡No es preciso. diminuto y maniatado ser por los reglamentos y el terror.. la 129. Yo tengo 18 años de servicio.. Hoy lo hago todo sin prisa. radiando en su exacto lugar. A veces. cuando pongo mi calma en la punta del miriñaque a rayar el balasto! Lascazes no tenía cambio para pagar los cigarrillos que compró en el puente. como si estuviera constituido de un material muy duro. ¡Vamos a correr a 110. pañuelo y sueldo. arrancamos.. y por eso se lo advierto. con el reloj ante el cerebro y las cosas que debía ver. ¿Qué compañero me confió la empresa para salvar el empal.

. que está inmóvil.......... en franca convalecencia............ algo cuyo contacto multiplicado en torno de mí me asedia.. en este instante.. puede correr... pequeña –afirmo–.. Sé que algo he hecho....... mi mujer y yo miramos en lontananza... Vuelvo la cabeza adentro: en este instante mismo el resplandor del hogar abierto centellea todo alrededor del sweater del fogonero... Calma espectacular... aquí no hay peligro alguno.... Echa una ojeada afuera.... y el sweater erizado de pelusa al rojo blanco. Se ha quedado inmóvil con la pala hacia atrás........ hasta barrer en el tope la vía de uno a otro lado............................. para comprender el alarido totalmente animal con que el cerebro aúlla el escape de sus resortes! ¡Loco..... –¡Oh!.. ¡Listo........Horacio Quiroga Más Allá cosa en el cenit...... el pasamano de la caldera parte inmóvil desde el ventanillo y ondula cada vez más....... y los remaches del ténder están hoy hinchados.. y me veo otra vez sobre el arenero......... y el clamor de suprema separación. Pero al llegar al em........... El tren va corriendo con su escalera de reflejos a la rastra... Delante... un tren –dice mi hija extendiendo sus flacos dedos que tantas noches besamos a dúo con su madre............. mil veces peor que la muerte............ –Papá...... papá! –observa ella... y no puedo recordarlo.. –¡Miserable! ¡Ha abandonado su servicio! –rujo lanzándome del arenero. y lanzo un largo.. –¡Qué ligero va........... ¡Loco! ¡Es preciso sentir el golpe de esta impresión en plena vida.. y para siempre! ¡Yo he gritado como un gato! ¡He maullado! ¡Yo he gritado como un gato! –¡Mi calma. Estamos detenidos junto al alambrado viendo avanzar la mañana dulce... que hemos arrastrado hasta allí........... conduciendo mi tren....... y ser el factor inmediato de todo lo sediento que para ser aguarda nuestro contacto! ¡Ser yo! Maquinista.... en un ¡trae! y un lívido relámpago cuyas conmociones venía sintiendo desde semanas atrás...... jefes! Página 30 de 80 .. Es el rápido de las 7:45.. Poco a poco mi actitud se recoge........ mi hija moribunda.... la atmósfera que rodea mi cabeza huye en velocísimas ondas. amigo! ¡Esto es lo que yo necesito!.... por fin. ¡En el campo... La noche es muy negra......... ................. felices....... mis uñas se clavan en la palanca... A ambos lados del cochecito de nuestra hija........ Como en una explosión sin ruido.... mi espalda se enarca.. fuera de la rutina ferroviaria! Ayer. arrastrando en su succión parte de mi cerebro..... estertoroso maullido! Súbitamente entonces...... .... aisladísimo en su existir! ¡Comprenderla con pasmada alegría! ¡Se necesita poseer un alma donde cada cual posee un sentido.. –Sí....... ¡Pobre hija mía! Hoy. comprendo que me estoy volviendo loco....

–¡Ligero! ¡Ayúdeme usted mismo!...................... sujeto al timorato sobre un arenero y yo me siento sobre el otro. –¡Amigo! –le grito con una mano en la palanca y la otra en el ojo–: cuando se desea retrasar un tren. ¡Este soy yo! Yo no tengo más que certeza delante de mí.. respondo yo. Las tremendas sacudidas de la locomotora me punzan el cerebro: estamos pasando el empalme 3...Horacio Quiroga Más Allá Me lanzo otra vez al suelo. ¿Qué es usted? dicen.... . –¡Calma.. me van a apagar los fuegos! Cargo el hogar de carbón. ¡Lo horrible es sentirse incapaz de contener.... pregunté.... sino una miserable razón humana que huye con sus válvulas sobrecargadas a todo vapor! ¡Lo horrible es tener conciencia de que este último kilate de razón se desvanecerá a su vez.. ¡Pregunte... le confiamos el tren... ¿Quién merece sólo la confianza de sus jefes?........” ¡Oh! Nada es estar alienado.. millón! ¿Y quién la pasa a 113 kilómetros? Un servidor. Pelo de castor. ¡Ojo a la trocha 4004! Gato».. ¡Amigo! ¡Oiga el temblequeo del tren!. jefes! No va a saltar..... Así dijo el jefe. y nos comeremos la trocha 29000000003! Suelto la mano de la llave y me veo otra vez... –¡Fogonero maniatado! –le grito a través de su mordaza–............. Y al punto de agacharme veo levantarse la tapa de los areneros y a una bandada de ratas volcarse en el hogar........ ¡Amigo! ¿Usted nunca vio un hombre que se vuelve loco? Aquí está: ¡Prrrrr! ......... estabiloque del Infierno.. o le hundo el hurgón en la panza! .. sin que la tremenda responsabilidad que se esfuerza sobre ella alcance a contenerlo! ¡Pido sólo una hora! ¡Diez minutos nada más! Porque de aquí a un instante. Pasamos la trocha..... Lleva doce minutos de adelanto... obscuro e insignificante. ¡Salta.....las actitudes fácilmente imaginables en que podría incurrir un maquinista alienado que conduce su tren... ¡No saltó! ¡Buen susto se llevó usted.......... y la empresa se desvive por gentes como yo.. no un tren.. ¿eh? ¿Qué va a decir el jefe cuando lo informe de su colección de ratas? Dirá: ojo a la trocha mm........ «Porque usted es un hombre de calma...... ¡Malditas bestias... si aún tuviera tiempo de desatar al fogonero y de enterarlo!. Surgen entonces ante mis pestañas mismas las palabras del psiquiatra: “... ahora lo veo! Salta........ amigo.... ¡Actitud discreta y preponderancia esencial!. Página 31 de 80 ..... ¡Oh. –¡Fogonero! ¡Vamos a palear de firme. yo lo digo.. –Lo que es este tren –dice el jefe de la estación mirando el reloj– no va a llegar atrasado....... se busca otros cómplices..... pregunté..... conduciendo mi tren.. . mister! ¿Y por qué?......

... no lo tendré tampoco para detenerlo....... El maquinista yo sonríe negando suavemente...... Y tiro a la vía el hurgón.... bañado en sudor: el fogonero se ha salvado.. –¿Destino? –se vuelve el jefe al maquinista–...... entre horribles maullidos y debatiéndose como una bestia. no........... cluf!.................... que echado casi fuera de la portezuela le gritaba con acento que nunca aquél ha de olvidar: –¡Deme desvío...! Pero lo que descendió luego del tren............. llegar..... eso no fue por el resto de sus días sino un pingajo de manicomio........ Nosotros consideramos que el sentimiento del deber........... Buenos Aires............................. Último resplandor.....Horacio Quiroga Más Allá Por la línea se ve avanzar al rápido como un monstruo tumbándose de un lado a otro........................ supongo....... –Hay quien conoce –digo yo al jefe pavoneándome con las manos sobre el pecho–hay quien conoce el destino de ese tren.......... cuyos frenos al rojo lo habían detenido junto a los paragolpes del desvío... avanzar.... Pero el tren. ...................... y que los enfermos de este género suelen recuperar el juicio............ Los alienistas opinan que en la salvación del tren –y 125 vidas– no debe verse otra cosa que un caso de automatismo profesional.................. ¡miau! El jefe de la estación anteterminal tuvo apenas tiempo de oír al conductor del rápido 248. Pongo la mano sobre la llave para cerrarla-arla ¡cluf..... no muy raro.. profundamente arraigado en una naturaleza de hombre... Pero de tal heroísmo mental..... la razón no se recobra..... lo que fue arrancado a la fuerza de la locomotora.................... es capaz de contener por tres horas el mar de demencia que lo está ahogando. guiña un ojo al jefe de estación y levanta los dedos movedizos hacia las partes más altas de la atmósfera......... pasar rugiendo y huir a 110 por hora..... Si hace un instante no tuve tiempo –¡no material: mental!– para desatar a mi asistente y confiarle el tren... Página 32 de 80 ......... Sé que esta última tregua será más breve aun que las otras..... ¡Y qué horrible martirio! ¡Dios de la Razón y de mi pobre hija! ¡Concédeme tan sólo tiempo para poner la mano sobre la palanca-blanca-piriblanca.... amigo ¡Otra rata! .....

. Ya están aquí esos señores... –¡Ah! Los detalles. Uno por uno los recuerdo.. Y aunque debiera vivir mil años. Mi marido era de constitución delicada y muy apocado para la lucha por la vida. las confidencias que van a desahogar su corazón.. sí! Ya voy. –murmuró aún la enferma. Vamos andando. comenzó: –Haré lo que usted desea. Un instante después las manos caían.. doctor. señora.. oprimidas con fuerza. –Vale la pena –me dijo el médico a quien había ido a visitar– que oiga usted el relato del accidente. Durante los tres primeros días ha permanecido sin cerrar los ojos ni mover una pestaña... ¡Sí. idea fija y alucinación auditiva.. Y si hace sólo quince días. Mil. Hace un mes. en pos de la catástrofe.. en el sanatorio. Sea lo que fuere. retirando las manos del rostro. por casualidad. señora –solicitó aquél–. y con semblante extenuado. Y digo ustedes. Cubriéndose el rostro con las manos: –¡Qué puedo decirles –murmuró– que no haya ya contado a mi médico. Nuestra hijita tenía cuatro años y un mes justos cuando su padre se enfermó para no levantarse más. “La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock con la muerte de su hija... y mientras cabeceaba lentamente–: Sí. recuerde usted lo que le he dicho hace un instante respecto de la enferma: estado de obsesión. Usted ha sido muy bueno conmigo. como si tras ese velo tratara de concentrar y echar de una vez por todas el alucinante tumulto de sus recuerdos. doctor..! –Toda la historia es lo que deseamos oír..Horacio Quiroga Más Allá El llamado Horacio Quiroga Yo estaba esa mañana.. Nosotros no habíamos sido nunca muy felices. Lo haré así.. que al impulso de unas palabras de cariño resuelve por fin en mudo llanto la tremenda opresión que la angustia.. Verá un caso de obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual. Es lo que quería decir.. Bruscamente llevóse de nuevo las manos a los ojos y las mantuvo allí... con una expresión de ansiedad indescriptible. y la mujer había sido internada en él cuatro días antes... No perderán ustedes el tiempo oyéndola. doctor. –Bien. No sé qué hubiera sido de nosotros de no hallarnos en posición Página 33 de 80 .. y con todos los detalles. Suavemente el médico observó: –Desde el principio. Entera.” No es tarea difícil provocar en una pobre mujer.. los detalles.. pero calmo. porque estos dos señores que suben en este momento la escalera son delegados o cosa así de una sociedad espiritista.

extremo cansancio. y quedaba inerte. ¿Por qué? No existía. no sé de dónde. aun cuando nos sonreía. yo concentraba ahora en nuestra hija la inmensidad de mi afecto y de mi soledad. diciéndole: “¡Duerme en paz! Yo velaré por tu hija como tú mismo”. Y yo creo que no había conocido la felicidad hasta el momento de sentirse padre. extenuándose día tras día. que con mis labios le cerré los ojos. si con él podía infundir en su cuerpecito lo que me restaba de vida! Sí. por la distancia. me hallaba menos delgada y con mejor semblante. con la cabeza caída y mortalmente cansada. cada día más sana y alegre. Perdía. Le he explicado a usted. el ensueño se helaba –¡oh. mi criatura y yo. cómo me sentía entonces. doctor. ¡Me sentía tan. Allí estaba mi adorada nena. Una noche. Mi propio dolor de esposa debió desvanecerse ante el dolor inenarrable que expresaban los ojos de aquel padre que debía separarse para siempre de su hija. cuando comenzaba a pensar por millonésima vez en los entrañables cuidados de que rodearía siempre a mi nena. sin que la tristeza de la nada. por su hija! ¡Qué devoción religiosa contemplando a nuestra nena! ¡Y qué consuelo para mí al pensar que por fin hallaba él algo que lo ligara fuertemente a la vida! Sin duda a mí me había amado cuando él podía hacerlo. pero su eterna tristeza de alma sólo había podido disiparse entre las manecitas de su hija. en el fondo de mis esperanzas algo iba muriendo. pero.Horacio Quiroga Más Allá desahogada. A veces. No era vana la promesa hecha a mi marido al morir. nada! Y estrujando a nuestra hija en mis brazos. Yo se lo había jurado a mi marido. ¡Para siempre. apenas sensible. se me puede creer. yo. dada nuestra posición. me parecía percibir. doctor! Su última mirada. para no levantarse más. reponiéndome a su lado de mi largo quebranto. Como él. y sin decidirme a acostarla! ¡Cuán leve me parecía el sacrificio de mi cansancio. Me reponía por fuera. de la horrible esterilidad de mis fuerzas. ¡Qué sueños de dicha no he hecho para ella. ninguna razón para sufrir así. en ese momento oí nítidamente estas palabras: Página 34 de 80 . a poco de comenzar a tejerlos. Un mes entero duró este estado de angustia. Nada nos faltaba.. una voz que pronunciaba el nombre de mi hija. como digo. Se postró por fin. fija en mí. Y caía abatida en profundo desaliento. como si el amor de su padre y el mío no fueran bastante para alimentarlo. Quedamos solas entonces.. me helara el corazón. ¡El porvenir. como si delante de mis ilusiones se tendiera una infinita y helada vaciedad. ¡Pero qué amor el suyo. ¡Oh! velaba por ella. tan fatigada! No podía soñar más con el porvenir. el hilo de mis ensueños de dicha. como si la continuidad de mi vida y la del Mundo entero no tuvieran otro destino ni fin que la felicidad de mi hija. con mi criatura dormida en mis brazos. delataba tan intensamente lo que pasaba por su corazón... ella vendiendo salud por las mejillas. doctor. Siempre parecía extrañar algo. con qué horrible frío!–. ¡No. ¡Criatura mía! Parecía haber sumado a las suyas las fuerzas de su pobre padre: de tal modo la alegría de su semblante iluminaba nuestra existencia. ni podía faltarnos. no. sabía bien que el porvenir era todo nuestro. Mas apenas comenzaba a forjar un sueño de felicidad para mi hija.

En las piezas desmanteladas iba y venía de un lado para otro. Tenía a mi nena constantemente a mi lado. ¡Porque moriría! ¡Oh. Golpeé horas enteras las paredes. Luego mi hijita debía morir. Revisaba una y cien veces lo que había examinado ya.. con el corazón ahogado en presagios..” ¡Oh. la voz acentuaba su advertencia. doctor! ¿Qué me importaba que una voz me anunciara su muerte. Dios mío! –clamaba yo en mi angustia–. bajo la triple salvaguardia de mi corazón. salvarla a pesar de todo? Mientras ahogaba así a mi nena entre mis brazos. de mi aliento. nuestra hijita. Dentro de mí no había más que espanto y terror. tuve súbitamente la horrible revelación: “–Morirá por el fuego.Horacio Quiroga Más Allá “–No tendrá necesidad. no. la voz hallaba eco y me advertía que mi hija no tendría necesidad. –¡De qué. doctor. para que fuera más irrecusable. se acercaba inexorablemente el instante de. no! ¡Yo me rebelé. ¡Dios mío! –clamaba yo rompiéndome en sollozos sobre el cuello de mi nena–. y mi tristeza mortal.. ¡Yo te vigilaré! –me gritaba a mí misma–. de la casa entera. Me sentía totalmente vacía de todo. cuando su padre y su madre daban toda su vida por ella! ¡Oh. diciéndome: “–Es inútil cuanto hagas. Dejamos de salir.. Hice sacar de casa todo lo que no ofrecía completa seguridad.” ¡Oh! ¡Es muy duro para una pobre madre que se desvela por la dicha de su hijita percibir una voz que le advierte que cuanto haga por conseguirlo será inútil! Esa lúgubre voz daba por fin razón a mis sueños truncos. le niegue las fuerzas para evitarla? “–Es inútil cuanto hagas. Minuto por minuto. Y en el preciso instante. ¿De qué accidente debo precaverla. sin más motivos de existir que la defensa desesperada de la vida de mi nena. desde la tenebrosa profundidad de nuestro destino. Salíamos antes todas las tardes. Dios! ¡Morir.. ¿Es posible que la voz que alcanza hasta el corazón de una madre para anunciarle la muerte de su hija. Dentro de mí misma. si yo me atrevía a defender a mi adorada hija contra todo y contra todos? Desde ese instante mi existencia no fue sino una pesadilla de terror.” ¡Oh! Abrevio. sin embargo.” Luego. de mis mismas ropas surgió la terrible Página 35 de 80 . no se ha inventado tormento mayor que el que yo sufría! ¡Morir! Pero ¿de qué? ¿De enfermedad? ¿De un accidente? ¡De accidente! Tuve la seguridad de ello antes de oír las palabras: “–Morirá por accidente. a los que obedecían como autómatas mis impulsos. de mis ojos y de mis manos...” E inmediatamente. Me cercioré diez veces seguidas de la solidez de los muebles..

Por fin: –Sí.... Y la cocinera apenas tuvo tiempo de responder con su alarido al mío: una detonación había hecho retemblar la casa. –¡Doctor! –exclamó bruscamente con voz entera. Como loca todavía corrí de una pieza a la otra revisando febrilmente todos los cajones de todos los muebles de la casa.. sino por breves horas. ¿Y si no había revisado bien? ¿Si la cocinera había reservado una caja de fósforos? ¿Y si llegaba un proveedor a la cocina y encendía el cigarro. corrí otra vez a la cocina para ver si no se me había desobedecido. ¿Eran una misma voz la que le advertía en vano del peligro y la que llamaba a su hija? Página 36 de 80 . muy largo silencio sobrevino entonces. Como una loca corrí a la cocina. ¡De fuego.. usted lo sabe.... tal vez el preciso para que se apagara de su alma el último fragor del estampido.. apagué el fuego y eché baldes de agua sobre las cenizas... doctor. Fuego. ¡Oh.. Con una frialdad y una crueldad de que sólo Dios es testigo. El arma se le había caído de las manos.. Requisé todas las cajas de fósforos que había en la casa y las arrojé en el cuarto de baño. Lo demás ya lo sabe usted... Un hondo estremecimiento recorrió a la enferma. que por ventura nunca había fumado. señora. permaneció con las manos en los ojos.. mi angustia se tornaba lancinante a cada nuevo segundo.. haber oído la voz que le iba augurando su terrible desgracia.. Un largo... La pobre madre calló. para arrancarme así más horriblemente a mi hija? ¿Por qué.. Durante mi breve ausencia había abierto los cajones del escritorio. bien en el fondo de uno de ellos. Y se me aseguró por fin que moriría de accidente de fuego. y había tomado para jugar un revólver que yacía en el fondo. pero ésta no respondió. Yo perdí a mi hija. Se me dijo que era inútil cuanto hiciera para evitar su muerte. como cortada por la violencia con que sus manos habían subido a crisparse sobre el rostro. no! ¡Allí estábamos seguras! Pero en vez de serenarme. se me advirtió que mi nena no tendría necesidad de mi cariño. Sí.? Y su voz se ahogó.. Uno de los visitantes lo rompió por fin: –Usted nos ha dicho.Horacio Quiroga Más Allá seguridad de que la vida de mi hija estaba contada: no por meses o días... Cerré todas las puertas y ventanas. y nos refugiamos con mi hija en el escritorio de mi marido.. sin advertirme que el peligro no estaba allí? ¿Cómo consintió Dios en que se hiciera con mi dolor un simple juego de palabras. –Usted ha manifestado también –prosiguió el visitante– haber percibido en varias ocasiones una voz sumamente lejana.. como me lo habían predicho.. señor! ¿Por qué no se me dijo claramente que debía morir por una bala o un tiro de revólver. Por un largo instante. descubriendo su semblante desesperado–..? ¡Allí! ¡Allí estaba el peligro! ¡Era eso! Y arrojando con un grito a mi nena de las faldas. me precipité a las piezas de servicio... que yo habría podido evitar? ¿Por qué se jugó al equívoco con el corazón de una madre y la vida de una inocente criatura? ¿Por qué se me dejó enloquecer tras los fósforos. Yo también lo supe antes de ver a mi hija en el suelo muerta. Ordené que no se encendiera por nada fuego.

.. la pobre madre respondió desde el fondo de su horror: –Sí. –¿Reconoció usted esa voz? Y esta vez volcándose por fin en un interminable sollozo sobre la almohada.Horacio Quiroga Más Allá La enferma asintió con la cabeza. Página 37 de 80 . Era la de su padre.

chiquito –dice a su hijo. Y parecía tener menos. –Vuelve a la hora de almorzar –observa aún el padre. Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro. Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo. –Ten cuidado. a juzgar por la pureza de sus ojos azules. sonríe a su padre. en procura de palomas. Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado. abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente. Sólo ahora. como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo. papá –repite el chico. el calor y la calma ambiente. Cazan sólo a veces un yacútoro. Aunque es muy alto para su edad. Equilibra la escopeta en la mano. tucanes o tal cual casal de garzas. puede manejar un fusil y cazar no importa qué.Horacio Quiroga Más Allá El hijo Horacio Quiroga Es un poderoso día de verano en Misiones. que cierra con cuidado. –Sí.. su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado. calibre 16. la posee ahora y el padre sonríe. el padre abre también su corazón a la Naturaleza. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día. lo besa en la cabeza y parte. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. No es fácil. Después de atravesar esa isla de monte. La Naturaleza plenamente abierta. Para cazar en el monte –caza de pelo– se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. cuádruple cierre y pólvora blanca. papá –responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa. sin embargo. con todo el Sol. no tiene sino trece años. el calor y la calma que puede deparar la estación. se siente satisfecha de sí. para un padre viudo. el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. de aquella edad. feliz con la alegría de su pequeño. sin otra fe ni esperanza que la vida de su Página 38 de 80 . Como el Sol. –Sí. y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne.. Él fue lo mismo. un surucuá –menos aún– y regresan triunfales. frescos aún de sorpresa infantil. Su hijo.

Cuando su hijo responde: “Sí.. pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas. vibra con el calor. y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum. siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.! El tiempo ha pasado.. de estómago y vista débiles. concentra a esa hora toda la vida tropical. Adónde quiera que se mire –piedras.. Y levanta los ojos al monte. Su hijo no ha vuelto y la Naturaleza se halla detenida a la vera del bosque. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza. y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum. –La Saint-Étienne. no muy lejos suena un estampido. piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. dos palomas de menos en el monte. seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años. De este modo ha educado el padre a su hijo. educarlo como lo ha hecho él. ¡Es tan fácil. ya muy alto.. Y no ha vuelto. El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. concretados en dolorosísima ilusión. Ha visto. tierra. con el ardiente y vital día de verano. Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. Página 39 de 80 . papá”. Horribles cosas.Horacio Quiroga Más Allá hijo. En ese instante. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Dijo que volvería antes de las doce. sufre desde hace un tiempo de alucinaciones. por primera vez en las tres transcurridas. e instantáneamente. no se engañan jamás. sino a sus tormentos morales. y el padre ha sonreído al verlo partir. consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas. continúa ascendiendo. El Sol.. cuyo amor a su hijo parece haber heredado.. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro –el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años–. esforzándose en concentrar la atención en su tarea. tranquilo. el padre se siente feliz. Su hijo debía estar ya de vuelta. y seguro del porvenir.. libre en su corto radio de acción. tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte. Sin prestar más atención al nimio acontecimiento. el aire enrarecido como en un horno. Pero hoy. –piensa el padre al reconocer la detonación. árboles–.. El hombre torna a su quehacer. el hombre se abstrae de nuevo en su tarea. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo! El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón. son las doce y media. porque ese padre. El padre sale de su taller. hará lo que dice.

no ha visto un pájaro. Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos.Horacio Quiroga Más Allá esperándolo. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí. tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz. olvido. El padre sofoca un grito.. –¡Hijito mío.. el padre no ha oído un ruido. es lamentable.! ¡Mi hijo! Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la mas atroz pesadilla tienen también un límite. y hace mucho. Sólo la realidad fría terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano... su boca continúa muda. envejecido en diez años.. y al pie de un poste. va el padre buscando a su hijo que acaba de morir. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan. Pero la Naturaleza prosigue detenida.. A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin Página 40 de 80 . y a otro y a otro. La cabeza al aire y sin machete. un solo tiro ha sonado. Distracción. Tras él.. costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.. de llamarlo en voz alta. no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado. ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel.! –clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas. adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva.! ¡Chiquito mío. muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano. el padre va.. con la escopeta descargada al lado. demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón. ¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. y es tan. –¡Chiquito... en cada rincón sombrío del bosque ve centellos de alambre. Ha visto levantarse en el aire. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar. Aunque su corazón clama par él a gritos... no! Y vuelve a otro lado.. no es su hijo. será la confesión de su muerte. Ya antes. una gran desgracia. fatal e inexorablemente. en plena dicha y paz. al cadáver de su hijo. Corta el abra de espartillo. Por las picadas rojas de Sol. Nadie ni nada ha respondido. cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre. Un tiro. Ni un reproche que hacerse. ve a su. Ahora. entra en el monte. ¡Pero dónde. ¡Oh. –¡Chiquito! –se le escapa de pronto. tan sucio el monte! ¡Oh.

.... Página 41 de 80 ... y como comprende el dolor de su padre...... –murmura también el chico.. Porque tras él.. sobre cuyos hombros.... papá........... Y... enredadas en el alambre de púa. exhausto se deja caer sentado en la arena albeante....... chiquito! –Piapiá... La criatura. a la descubierta por el abra de espartillo....... –Chiquito.......... –¡Lo que me has hecho pasar. así ceñida.. le acaricia despacio la cabeza: –Pobre papá....... –No. rodeando con los brazos las piernas de su hijo.. el tiempo ha pasado. Sonríe de alucinada felicidad. el hombre vuelve a casa con su hijo..Horacio Quiroga Más Allá machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos........ Nimio detalle.. Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí....... después de todo..... A nadie ha encontrado............? –murmura aún el primero........ –Me fijé....... Juntos ahora. En fin. .. sonríe de felicidad...... Pues ese padre va solo... muerto desde las diez de la mañana.. queda de pie........ y aunque quebrantado de cuerpo y alma.. lleva pasado su feliz brazo de padre... su hijo bienamado yace al Sol. Ya van a ser las tres..... Bajo el cielo y el aire candentes... –murmura el hombre. –¿Cómo no te fijaste en el Sol para saber la hora.... casi del alto de los suyos... ¿las mataste? –pregunta el padre..... al pie de un poste y con las piernas en alto. Regresa empapado de sudor....... y su brazo se apoya en el vacío... Después de un largo silencio: –Y las garzas... padre e hijo emprenden el regreso a la casa....

desnudo y sin garras. Largas horas los leones meditaron con ojos oblicuos ante aquella franqueza inhabitual. y en consecuencia se internaron en el desierto con un hombrecito de tres años que acompañaban con lento paso. Un día hablaremos del hombrecito. Cuando ambos sean mayores. el corazón del pueblo. criar y educar entre ellos a un ser que les sirviera de viviente ejemplo: un león. los hombres meditaron introducir en la ciudad. corazón. a sonrojarse. emboscadas e insidias caben en él. Y cuando la señorita leona vistió su primer traje largo para ser presentada oficialmente a la ciudad. poesía. Se crió y educó a la salvaje y tierna pupila con el corazón palpitante de amor. tan joven que esa mañana había abierto las pupilas. no quedaba al alma humana una gota de sinceridad. Deseamos criar una joven leona desde sus primeros días. mientras los hombres retornaban a la ciudad llevando con exquisito cuidado en brazos a una joven leona. en que el intelecto había agotado cuanto de dialéctica. del que esperaban su salvación. Aprendió cuanto puede Página 42 de 80 . llegó a temer por el destino de su especie. a meditar con la barbilla en la mano. uno tras otro. Venimos a solicitar de ustedes una joven leona para educarla entre nosotros. la especie se moría de anemia. a sonreír. sofismas. Oigannos bien y sin temor alguno. Pero por bajo de estos triunfos exclusivamente mentales. los periódicos interpretaron fielmente. al encuentro de los leones y les habló así: –Hermanos: Nuestra misión es hoy de paz. Al fin accedieron. correr en libertad. Aprendió a vestir ropas humanas. Había alcanzado ya entonces las más altas cumbres del pensamiento y de la belleza. y fijaba en los hombres que la cargaban. todo se esperaba de ella.Horacio Quiroga Más Allá La señorita leona Horacio Quiroga Una vez que el hombre. La joven leona aprendió a hablar. hubo dominado a los demás animales por el esfuerzo de su inteligencia. la mirada clarísima y vacía de sus azules ojos. La ciudad de que hablamos estaba naturalmente rodeada de murallas. Nosotros la educaremos. En cuanto a la leona. en sus crónicas exaltadas. Ni los filósofos y retóricos se esforzaron nunca en iniciar un alma como aquélla en los divinos misterios de su arte. No informaban las gacetas de la salud del rey con tanta solicitud como de los progresos de la joven fiera. Y desde lo alto de ellas los hombres miraban con envidia a los animales de frente en fuga y sangre copiosísima. no hay ponderación bastante para los cuidados que se le prodigaron. a moderar sus movimientos. Nosotros daremos en rehén un hijo nuestro. Tras esa lucha sin tregua. pues. La ciudad entera veía en el débil ser como un extraño y divino Mesías. y el ejemplo de su fortaleza aprovechará a nuestros hijos. débil. obtenidos a costa de su naturaleza original. Ciencia. que ustedes a su vez criarán. Y para devolver a la raza caduca su frescura primordial. Una diputación fue. decidirán libremente de su destino.

sinceridad salvaje. tiene alguna razón el pueblo. Entretanto. cada anuncio de un concierto suyo despertaba en el corazón de la ciudad tumultuosas albricias. pero nada más que esto. Exclusivamente “humana”: tal era la excelencia de su voz.. sonrojada de timidez. pues es ocioso advertir que la educación había hecho de ella una humana adolescente. en efecto. Usted canta adorablemente. Hasta hoy. las esperanzas y los sollozos de un alma ajena a ella? “Un alma que no poseía. No... los habitantes reconocían estremecidos su propia alma humana exhalada en aquella voz. del chic y la gracia de una joven leona vestida como una hija de los hombres. Era ella la esperanza de todo un pueblo. como en los tiempos de su primera infancia. pero no era la asimilación de sus ensueños lo que los hombres habían buscado al criar en su seno a la joven leona. sincero y sin trabas.. También a este respecto las gacetas expresaron el sentimiento general: “Un nuevo triunfo alcanzó anoche en su concierto la suprema artista. grito de libertad. que debuta en un salón. mejor que ellos mismos.Horacio Quiroga Más Allá y debe aprender una hermosísima hija de los hombres. con todas las ideas. ¿Cómo la salvaje criatura podía expresar así. Su voz es siempre tan pura como su corazón. El fresco y libre grito de su alma extraña. cuanto en suma había perdido el alma humana en su extenuante correría mental. –¿Qué he hecho –sollozaba– para que me traten así? –No tiene usted la culpa –la consolaban–. Página 43 de 80 . Sin esfuerzo podemos creer que fue ese golpe el más inesperado e injusto con que podía soñar la delicada artista. –¡Pero yo soy mujer! –lloraba la desconsolada criatura... ternuras y modalidades de la mujer. una sola nota de íntima frescura que acuse su personalidad. Ni uno solo de sus más hondos acentos nos es desconocido. ¿Fluidez de un alma virgen. sorprendida por la poesía desde su primer albor? ¡Quién lo sabe! Y nadie menos que la divina criatura. el lirismo. fue el divino arte del canto. la eximia artista ha interpretado magistralmente al alma humana. Pero lo que aprendió. Sobrada 'humanidad'. y no podríamos ahora sino repetir las alabanzas constantemente prodigadas en su honor. Sin embargo. poco a poco. Y se le exigía más que esto. Se le reconocía supremo arte. las más íntimas finuras del corazón humano habían hallado tal órgano de expresión vocal. siempre tan fervorosamente adicta a nuestra pupila. es lo que aguardamos ansiosos de ella”.” Esta llegó a ser. interpretando la impresión popular. la señorita leona solicitaba sobre sí la atención pública. mas la pasión de su voz es la de una mujer. Falta un poco de sinceridad a su acento. Porque nunca. sobre todas las cosas. nos atreveríamos a decir. procede declarar que desearíamos oír en su divina voz una nota. y todos sufrimos ahora como ayer su encanto. Ya desde la primera nota. Esperaban de ella frescura ingénita. la impresión de la ciudad. No podemos nosotros darnos ahora cuenta cabal de la seducción. Pero.

el salvaje acento de su raza. libre y sin trabas por fin. se desvistió. la ocasión de echar un velo sobre aquella infausta velada. La joven caminó como una autómata. Ya no era posible más. No puedo. –¿Cómo es posible –le observaron– que no nos dé usted una nota agreste de la inmensa y libre expresión. el aliento de la ciudad suspenso de su voz.Horacio Quiroga Más Allá Temblando de emoción subió al estrado de su nuevo concierto.. y que nuestra especie ha gastado ya e ignora desde miles de años? Déjese ir libremente por sus ensueños cuando cante. rugió hacia la ciudad decrépita... dominada por su arte. y recordó las esperanzas en ella cifradas.. ¡No sé qué me pasó. ante la esperanza de un milagro. Y plantándose entonces con la cola rígida y los duros ojos fosforescentes... Y cuando hemos exigido de su voz la suprema nota de sinceridad y frescura. hasta quedar desnuda. borró con supremo esfuerzo de su memoria la hora presente. una criatura extraña. un soplo cálido barrió su alma como un vendaval. con más calor que a nuestros propios hijos. mientras cantaba. sabíase la ardiente solicitud que la rodeaba. La sala quedó helada: aquella nota de pasión había sido un “rugido”. la joven había rugido. y deteniéndose. fríamente: Lamentamos haber puesto en un ser ajeno a nosotros las esperanzas de nuestra raza.. y la joven volcó en una nota suprema la pasión despertada. todo cuanto había disimulado hasta ese instante su condición primera. Pura e incontestablemente. sola y como alargada por la tensión de sus ijares. la leona rugió.. hasta que el viento caliente que pasaba en la obscuridad azotándole los cabellos. Su nariz dilatóse entonces ampliamente a los vahos agrestes que le llegaban sin roces quién sabe desde dónde. La ciudad deliberó –si bien con el corazón desgarrado–. olvide todo lo que ha aprendido de nosotros. Hemos criado. pudo sentir el corazón retraído de la ciudad. la ciudad ofrecióle en un concierto extraordinario.. La ciudad entera acudió otra vez a oír a la joven. Ya había cerrado la noche. y nos dará usted una pura y suprema nota de arte.. rugió otra vez.! –sacudía la cabeza la artista. Sintió. –sollozaba–. que caía a cada instante implorando piedad con las manos juntas. le hizo abrir los ojos. la voz pura y profunda de sus entrañas vírgenes. Y acompañaron hasta las puertas de la ciudad a la pobre criatura. Hemos infundido en su alma las más excelsas cualidades del alma humana. Más sorprendida y espantada de su propia voz que todos: –Lo hice sin querer. –No. Mas por bajo de los aplausos correctísimos de siempre. vuelta a la ciudad. tornó a abrir cuan grandes eran las aherrojadas puertas de su alma.. Trémula e incierta. Página 44 de 80 . hundiendo los flancos hasta el esqueleto. internándose en el desierto. la joven comenzó a cantar. Pero cuando la cantante.! Si bien mortalmente desengañada de la artista. ha rugido. Cerrando los ojos. Quitóse el traje.. como si en cada rugido cantara. ¡No puedo. Durante largo rato.

el guardarropa se halla aislado en el fondo de la plaza. a cualquier otro interés.Horacio Quiroga Más Allá El puritano Horacio Quiroga Los talleres del cinematógrafo. adonde no llega siquiera el chirrido de las máquinas reveladoras. Estamos muertos. Nuestro propio pasado –vida. por una parte. esos estudios a cuyo rededor millones de rostros giran en una órbita de curiosidad nunca saciada y de ensueño jamás satisfecho. por la otra. ante las fantásticas. La impresión fotográfica en la cinta. Somos un instante: tal vez imperecedero. tan ancha que daría paso a tres autos. Por entre sus hojas replegadas. y acaso a uno o diez kilómetros el tumulto diario se prolongue todavía en una fiesta oriental. Para anular los riesgos de incendios. El film y la proyección que nos han privado del sueño eterno. fuera de la pantalla. vasto hall cuya portada. galvanizada por la incesante proyección. sin duda. en el estudio propiamente dicho. no hemos dejado cien veces dormir en sus brazos nuestro corazón. Pareceríamos sonámbulos. pero un solo instante espectral. Este silencio y esta impresión de abandono desde semanas atrás se exhalan más particularmente del guardarropa central. reina ahora el más grande silencio. en las noches claras la Luna invade gran parte del obscuro hall. explican estos festivales que no pocas veces tienen por único objeto mantener vibrante el pasmo del público. Pero en los sets. excitada por la ardiente luz de los focos. En ese recinto en calma. rige y anima nuestros espectros. Concluida la tarea del día. donde los fantasmas de lo que hemos sido prosiguen un sutil remedo de vida. ni recuerdos. Una sobrevida intangible. tenemos en la alta noche nuestra tertulia los actores muertos del film. luchas y amores– nos está cerrado. indiferentes los unos a los otros. han heredado del muerto taller de pintura su leyenda de fastuosas orgías sobre el altar del arte. a la gran plaza enarenada de todos los talleres. apenas cálida para no ser de hielo. y su gran portón no se cierra nunca. nos cierran el Mundo. sin ansias. el estudio queda desierto. sacudida por la velocidad de las máquinas. Nuestra existencia arranca de un golpe de obturador. para que sus films presentes no sean el comento nocturno de nuestros conciliábulos. lejanas estrellas de Hollywood. No hemos agitado en vano el alma de las estrellas que nos sobreviven. Algo como un vago estupor se cierne sobre nuestros movimientos. Tal vez los talleres técnicos prosigan por toda la noche su labor. Página 45 de 80 . y sus riquísimos sueldos de que hacen gala. ha privado a nuestros tristes huesos de la paz que debía reinar sobre ellos. se abre al patio interior. si la penumbra inmediata del recinto no fingiera un vago hall de mansión. La libertad de espíritu habitual a los grandes actores. Por el guardarropa en paz deambulamos a la luz de la Luna. pero nuestro anonadamiento no es total. sin pasiones.

Cuando nuestros films se exhibían. al otro no le queda sino morir. rígido y duro como el mismo deber. a todos los visitantes del guardarropa. No es fácil adivinar en un cuáquero de rancia cepa como Dougald Mac Namara. Las razas rubias suelen dar de vez en cuando al Mundo uno de estos admirables seres. eternamente incomprensibles para los que tenemos la conciencia y los ojos más obscuros. Permanecía recostada allí mismo. Ella lo había conocido en el estudio. ya sabemos que algún film en que actuó se pasa en Hollywood. de la fortuna. que una noche hizo en el guardarropa su entrada entre nosotros –muerta. ella se ofreció toda entera al único ser capaz de desecharla: un puritano de principios morales inviolables. amargo hasta las heces. sino como un héroe. Ella. Entre todos los hombres que se le rendían. sin embargo. Ella. se mató. Y Ella. pues el afortunado mortal poseía intereses en el cine. profundamente excavados. casi como un castigo. el actor estuvo sometido a un sueño de semiinconsciencia. del cuerpo. no. En suma: el padre de familia devolvió. Diríase que durante el tiempo invertido en el pasaje de su film. Cuando uno falta a aquélla. del peligro.Horacio Quiroga Más Allá Nuestra tertulia no siempre reúne. Ella vivía a medias. no podía Ella disfrutar de nuestra mansa paz. en efecto. del sentimiento –cualquiera de estos supremos dones puede por sí sólo derribar una alma femenina con su excesivo encanto. a su lado mismo o a través de dos mil leguas de clamor y deseo. de la vanidad. él le habría apartado los brazos de su cuello. Sólo las locuras del amor le fueron negadas. Y cuando un amante usurpa para sí todo el heroísmo del amor. A la noche siguiente. Y aunque su semblante expresa fatiga y en su silueta se perciben los finos estragos de una nueva proyección. Y aunque ella no había llegado a tenderle nunca los labios. Página 46 de 80 . como ya lo he advertido. pero a nadie hubiera sido grato soportar el choque que en su corazón libraban sus principios austeros con su culpable amor. poseyó las más ricas calidades. de haberlo hecho. sin fuerzas para resistirlo. Porque al revés de lo que pasaba con nosotros. el estado de sus sentimientos. No es para nadie una novedad el éxito que alcanzó en vida esta actriz en su brillante y fugaz carrera de meteoro. pero no como un hombre. desaparecíamos de la tertulia. y en sus ojos. Conoció las locuras del éxito. Todo le fue acordado en su breve paso por el Mundo. Su corazón latía siempre. Cosa muy distinta sucedía con ella (no quiero nombrarla). La extrema belleza del rostro. ni le habían sido vedados el amor y el dolor. o tres o cuatro después. el cáliz de amor que ella le tendía con su cuerpo. Se ha quedado en casa. sabía bien que. poseyó y soportó los tres. sufría con fidelidad la pasión de sus personajes. de la adulación. nosotros. la hermosa y vivida estrella. el fantasma vuelve a ocupar su sitio habitual en la compañía que prefiere. que antes de conocer a la actriz había puesto su honor en su esposa y su tierno hijo de diez meses. De la mujer. Ella sabía bien que él la amaba. no hay en ellos rastros de verdadero sufrimiento. no podíamos adivinar qué dosis de arsénico o de mortal amor los dilataba aún con angustia. –Está enfermo –decimos nosotros–. Suicida.

Horacio Quiroga Más Allá arropada de frío. y que no puede correr delirante a sus brazos.. cuando la vida exige todavía lo que ya no se le puede dar...! ¡Oh! No nos era tampoco necesario recordar. y sin faltar a una. Simulábamos no notar su presencia en tales casos. –¡Oh. Es muy triste cosa haber muerto en vano. –¡No es posible –dejaba ella escapar a veces después de su trance– sufrir más de lo que sufro! ¡Tres cuartos de hora viéndolo en la platea. y reírme. ¡Morir de nuevo! ¿Pero nunca. no puede mirarlo. Debía pagar.. si al menos pudiera no verlo. después de un mes de completa desaparición de Hollywood.! Bien. nada nos había dicho. ella misma nos expresaba entonces su quebranto. a las cintas de Ella. no. aquí.. pero cuando apenas concluida la proyección se incorporaba en el diván. yo sabía que al concluir una escena. una madre. Nosotros habíamos llegado legalmente al término de nuestros días y nada les debíamos. ni volverse siquiera a él. Ahora. Tampoco debía ser risueño lo que pasaba por el corazón del puritano.. Siento todo lo que hago. comprando con puñados de arsénico la parálisis de su amor? –¡Oh. Mac Namara asistía desde la platea del Monopole. porque toda ella y su amor no son ya más que un espectro fotográfico. ¡Es como si yo misma fuera el personaje. oprimiéndose la cara entre las manos–. todos habíamos olvidado nuestros paseos a la luz de la Luna y nuestros cuchicheos sin calor.. como si no hubiera fingido en el estudio. Ella había tronchado los suyos.! ¡Y yo.. sin embargo. De su amor. de lo que ella había supuesto fingidos dolores. únicamente la situación de Ella ofrecía vivo interés.! Insensiblemente. hasta la noche en que al concluir su tarea murmuró amargamente: –¡Si al menos. Su vida inconclusa sufría un fuerte déficit.. escena tras escena. ¡Pero jamás tampoco fue supuesta una tortura igual a la de una enamorada que ve por fin entregarse al hombre por quien ella se mató. por fuerte que hubiera sido. mas que es posible seguir perfectamente con los ojos cerrados.. al ser querido que perdieron.. pero cuyos ojos abiertos contemplaban viva a la actriz. Hay sentimientos a los que no se puede dar cuerpo verbal. que su fantasma cinematográfico se iba cobrando. Para nosotros. cuya mujer e hijo dormían en sosiego.. qué angustia! –nos decía descubriéndose la frente–... morir! –decía ella misma. Nunca hasta hoy la literatura ha sacado todo el partido posible de la tremenda situación entablada cuando un esposo.. podía pensar en otra cosa. nunca debía hallar descanso quien lo buscó rendida más allá de la existencia. con la expresión ansiosa y jadeante. para que comprendiéramos el sufrimiento de la pobre criatura: noche tras noche. palpitante de vida. para no contemplar sino aquel tormento. un hijo... tornan a ver en la pantalla. Los de Dougald Mac Namara pertenecían a este género. Antes.. Presentíamos de un modo obscuro que Ella no podría resistir las torturas que con una crueldad sin ejemplo proseguía infligiéndole su vida trunca. no verlo más! Página 47 de 80 . ¡Y no verlo.

–dijo lentamente–. sus manos de muerta se arrancaron bruscamente de los ojos.. ahora. Y cuando sus ojos se cerraban por fin –¡Mac Namara no había ido!–. ¿Debo advertir que desde media hora antes de la exhibición en todas esas noches. Nada debe ya al destino y descansa feliz.. Allá.. –No está. Durante un largo rato –el tiempo de buscarlo en la sala–. y mientras nosotros no perdíamos de vista su semblante..Horacio Quiroga Más Allá Pero del otro lado de la pantalla. por fin. nuestros ojos no abandonaban a la enferma? También ella esperaba –¡y de qué modo!– el comienzo de la proyección. el puritano de rígidos principios acababa de pegarse un tiro.. fue vencido temporalmente cuando iba a esconderse en una butaca. en vano. Nuevas noches se sucedieron. nuestros labios permanecieron mudos. Una noche. Ahora está a su lado. Él sofocó su amor impuro. Después de un instante de flaqueza. Dougald Mac Namara volvió. Dougald Mac Namara no apartaba sus ojos de ella. ¡Pero qué grito. Ella sonríe de dicha casi carnal. un hombre de principios rígidos debía de velar el sueño de su casta esposa y su puro infante. la joven apartó de pronto las manos de sus ojos. La proyección de la cinta continuaba. su rostro adelgazado por el suicidio lucía hasta lo fantástico de ansiosa esperanza. Su vida está cumplida. mientras Ella yacía inmóvil en el diván. el aplastamiento agónico de sus rasgos sólo era comparable al delirio anterior. –nos dijimos nosotros–. y que desde el primer chirrido del film. Nunca se separarán. los amantes están estrechados. semioculta por cuantos plaids habíamos podido echar sobre su cuerpo. En un austero hogar de cualquier alameda. en el diván. se resiste muy bien a una danzante ilusión de celuloide. Todo se había desvanecido en la nada inerte. y regresó por fin triunfal a su hogar austero. dejando en compensación un sendero de lívida y tremenda angustia. al breve rato de iniciarse la proyección. Página 48 de 80 . a la hora triste. Una noche. pues. oh Dios! Lo ha visto. se moría. Hay algo. que iba desde una butaca vacía hasta un diván espectral. Mac Namara no retornaría más al Monopole. ¡Ha vuelto al Monopole! Era más.. ni a la otra. Tal lo creíamos. Cuando se ha resistido a una cálida boca que implora ser besada. superior a la Muerte y al Deber. pero la actriz no parecía ya sufrir la pasión de sus personajes. La butaca del Monopole proseguía desierta. Ni a la noche siguiente. en un lugar cualquiera del Mundo. Ella no expresaba ya sus deseos de morir. Súbitamente su rostro se iluminó de felicidad hasta ese radiante esplendor de que sólo la vida posee el secreto. A dos pasos de nosotros. ni a las que le sucedieron por un mes. y tendiendo los brazos adelante lanzó un grito. Hoy no ha venido. pura como su muerte.

La vida entera –¡ya la va a perder!– daría ese hombre por detenerse. No hace falta sino un poco de voluntad. cambio bruscamente de rumbo y voy a casarme. vaga e indiferente voluntad que rige mi alma. fuera de mí. ¿por qué no me detengo? No puedo.Y camino siempre bajo el Sol. ni sufrí nunca ilusión a su respecto.. le hice el amor y me comprometí con ella? ¿Qué súbito impulso me lleva con este paso a pleno Sol. el 24 de febrero de 1921. Conforme me acerco a casa de ella veo como en sueños. . En el cine puede verse alguna vez a una esquelética mujer de pelo estirado y nariz de arpía que repite el tipo de mi novia. y se salva. voy a sorprender a mi novia y al casarme con ella. a casarme fatal y urgentemente con una mujer que no ha oído de mis labios ofrecerle la más remota fecha de matrimonio? ¡Mi novia! No he tenido jamás alucinaciones por ella. montañas negras y un crepúsculo helado. a miles de metros bajo mis pies.. por bajo la ropa. mientras veo el abismo en que mi vida se precipita.. a pleno Sol. la silueta de un hombre que se me parece y camina bajo el ardiente Sol. el alma desesperada de ese hombre. Soy dueño de todas mis facultades. Pero ¿por qué? Todo lo anormal. Es cuanto hay de feo. siento y razono normalmente.. allá abajo. viendo como un sonámbulo la diminuta silueta del hombre desesperado que se me parece. No hay dos mujeres como ella en el Mundo. lejanísima en el espacio y el tiempo. mil veces me he torturado el cerebro tratando de aclarar esto: ¿por qué me fijé en la que es actualmente mi novia. le hice el amor como un sonámbulo. Va a casarse contra su voluntad con un monstruo. con la misma ropa y las mismas ideas. y como un sonámbulo voy a casarme con ella. La miré sin mirar lo que veía.. No hay en el Mundo persona que pueda enamorarse de ella. Y a esta mujer he elegido entre todas para hacer de ella mi esposa. Toda la rebelión de un alma encadenada pugna por sujetar esa vida que se encamina al desastre. Y miro con inmensa sorpresa: un lago. Alcanzo a ver. Pero ahora mismo. de que debo ir a toda costa. ¿Estoy loco? Un lago coloreado por el crepúsculo. A sus ojos y a su boca misma suben la repugnancia y el horror de lo que va a hacer. Tengo la sensación de que voy. un pequeñísimo esfuerzo de voluntad. como si fuera arrastrado por una soga. no saltó nunca a enrojecerme el rostro de vergüenza. Página 49 de 80 .. ¿Cómo explicar esta inesperada y terrible urgencia? Mil veces me he hecho una pregunta que constituye un obscuro punto en mi alma. A esta hora. áspero y flaco en esta vida. diminuta y perfectamente perceptible. pero todo esto detrás de una enorme. monstruoso mismo de esta elección.Horacio Quiroga Más Allá Su ausencia Horacio Quiroga Con este mismo paso que hasta hace un instante me llevaba a la oficina. la seguí como un hombre dormido que camina con los ojos abiertos. Son las tres de la tarde de un día de verano.

¡son las tres de la tarde! (Y este crepúsculo helado. del chofer.. ni de nada. Lo abro temblando y leo: “Encantada con las flores... Puede preguntarse como acabo de hacerlo yo: ¿qué sortilegio me ha traído hasta aquí? ¿Qué hada o genio ha efectuado este milagro? Un hombre que camina al Sol por una calle de Buenos Aires está perfectamente libre de que un genio lo transporte en un abrir y cerrar de ojos a un desierto. ? ¿Pero qué soy yo mismo? ¿Por qué estoy aquí? ¿He muerto tal vez bajo un auto al cruzar la calle. un poco excesiva tal vez... y tendremos neblina. ¿Pero cómo pasa esto? ¿Qué fantástico sortilegio me ha transportado en un segundo aquí? Porque hace apenas un segundo yo iba a casarme con un monstruo. No tengo la menor idea de qué hotel puede ser ése..! ¡Ah. todo en perfecta regla... Es una bocina de auto. ni de qué hago. sigo tambaleando al chofer.) ¡Y allí mismo está la verja de la casa maldita! (Y esta soledad salvaje que me oprime como un témpano. Estoy muerto. ¡Y lo que yo hago.? No he muerto. pues. Recorro los bolsillos: ¡nada de lo que poseo me pertenece. tocándola casi. Y aunque muerto.. la sensación de mi cuerpo al cruzar la calle. Me quedo mirando al chofer: ¿perdido. ¡Y este paisaje. Muy bien: mas todos mis sentidos al vivo me dicen que estoy viendo caer la noche en un abismo. Puede un hombre admitir en broma una intervención fantástica.! Bajo los ojos a mi ropa y un escalofrío me recorre la médula: estoy vestido de invierno..? ¿hotel. veo a un chofer que se encamina hacia mí y me dice: –Creí que se había perdido..” ¡De Nora! ¡Del monstruo! Miro el lago fúnebre y un segundo suspiro dilata mi alma: ¡con que no me he casado! ¡Soy libre siempre! ¡Dios del cielo! ¿Qué fuerza misteriosa me ha protegido al arrancarme de golpe de los brazos malditos que me iban a ahogar? ¿Protegido.. ni de qué personas conozco. Y en todo el ámbito no hay otro ser que yo ante el silencio... la percepción de un razonamiento comenzado que acabo en este instante de concluir.. señor Berger. Estoy vivo.. pretextando desde ya una caída para excusar mi confusión de ideas y las mil y una planchas que con seguridad voy a cometer. por fin! Las tarjetas son mías: Julio Roldán Berger.? Hoy no lo tenía. es encaminarme a la casa de un monstruo! Tengo inmediata. Página 50 de 80 ...) No hace un instante eran. me traslado de un lugar a otro. tengo relaciones. real y efectivamente. la visión de los adoquines deslumbrantes.. un ruido. en verdad. y este paisaje no es del Mundo donde nací? ¡Pero no! Oigo por fin algo... El hotel ha encendido ya los faros. entonces.. soy huésped de un hotel de montaña.) Reflexionemos... Tuya Nora... hablo... (Y esta calma del lago. Y volviendo la cabeza. Ven sin falta. ¿Pero este telegrama...Horacio Quiroga Más Allá Altas montañas como recortadas en tinta china. donde almuerzo... Te esperamos sin falta el 3. como me lo prueba la deferencia. Papá no podrá asistir casamiento. Solamente. contra el cielo frío.

Si no está satisfecho del almanaque. el 24 de febrero de 1921! Con muchísimo menos que esto un hombre puede volverse loco. ¿Cuándo lo estuve? ¿Lo estoy ahora? ¡Pero no! Todo aquí me dice lo contrario. Y aun noto. Si alguna duda me quedaba en el hotel.. Yo miré entonces el calendario y al hombre tres veces. –¿Qué tiene el calendario? –Nada. en todo. 1921. –El calendario. ¡1927! ¡2 de abril de 1927! ¡Y el último recuerdo que yo tenía databa de ayer.. ¡Loco. echa una rápida ojeada atrás. –No. –No. más confundido que los hombres de Babel. tuve la primera sorpresa del día.. al llegar aquí a Buenos Aires he sentido.. 1927. ¡déjeme en paz. hay ya bastante con los habituales. que con el golpe había perdido hasta el recuerdo de su pieza. la Página 51 de 80 . señor! –concluyó el empleado mirándome–.. y salí despacio al andén. –Ya ve –me dijo volviéndose a sus números–. Pasé la noche en vela. como noté anoche en el chofer. Esta noche sale el tren. Dentro de día y medio estaré en Buenos Aires... si es que Buenos Aires existe todavía.. 21 –repetí yo. ahí tiene el libro de quejas. –¿Qué cosa? –inquirió el hombre. –Bien. sino que está un poco avanzado. conducido por la camarera que no concluía de compadecer al señor Berger. una deferencia a mi respecto que raya en la admiración. Mientras hablaba con el empleado. dudando al fin de sí mismo. No quiero ver a un médico: para escándalos. adonde fui esta mañana a informarme del horario de trenes. Si se exceptúa al boletero de esta mañana . –Andan adelantados aquí –le dije señalando el almanaque. pasé anoche de largo por el hall del hotel y me encerré en mi cuarto. loco! Esta palabra danza como un aro de fuego ante mi tiniebla mental. Pero en la estación. alcancé a ver por la ventanilla el gran calendario de papel.. El hombre.Horacio Quiroga Más Allá Con un pañuelo atado a la frente (pretexto: me caí anoche en un barranco y he perdido momentáneamente la memoria). –¿Avanzado? 1927..

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vejez del mundo. Han transcurrido dos mil ciento noventa y tantos días de luchas, pasiones y agonías de las que no tengo ninguna idea. No he estado enfermo durante ese tiempo. Ni inconsciente, ni cataléptico. Mi cuerpo ha vivido, e igualmente mi alma. Pero nada sé de lo que he pensado y hecho en esos seis años. Mi yo, que conozco y habla en este momento, está adherido a una calle asoleada, desde el 24 de febrero de 1921. En este estado de ánimo he volado esta mañana a casa de mi médico. Si yo esperaba que al verme se echara atrás de sorpresa, no pasó así. Se alegró simplemente de que hubiera llegado bien, pues me esperaba hoy. Y me miraba como si yo no volviera en realidad de un viaje mortuorio de seis años. Había llegado el momento de comprender. –¿Entonces, me esperaba? –le dije con pausa, mirándolo en las pupilas. –¡Claro! Su telegrama era bien explícito –me respondió. –¡Ah! ¿Y era mío? –Supongo que sí. –¿Julio Roldán Berger? –¡Vamos...! –¡No, no! –le dije–. El caso es más serio de lo que usted cree. Respóndame tal cual le pregunto, como si yo no lo supiera. ¿Qué tiempo hace que usted no me ve? –Muy bien: quince días. –¿Por qué? –Porque estaba en el lago Negro. –¿En la cordillera? –Claro. Y ahora permítame... –No, no me pregunte nada todavía. ¡Por favor, Campillo! Míreme bien y respóndame con entera franqueza: en estos seis años últimos, ¿notó usted algo de anormal en mí? –Nada. –¿Nada? –¡No, nada! ¡Nada! ¿Cuántas veces quiere que se lo repita? ¡Vamos, Bergerl –Todavía un poco más. ¿Y no estuve enfermo... de gravedad alguna vez? –No. –Y... ¿no estuve... loco? Aquí la expresión del médico cambió. –Pierda cuidado, no estoy loco ahora –le dije–. Míreme más todavía y verá... ¿Pero antes? ¡Campillo, amigo...! Página 52 de 80

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Mas el alienista no parecía ya fastidiado por mi interrogatorio idiota. Me hizo sentar a su frente y me dijo con calma: –No le pregunto nada; cuénteme usted lo que quiera. –¡Muy bien! Así nos entenderemos. Y comienzo. ¿Sabe usted cuál es el último recuerdo que tengo de mis pensamientos, de mis actos, de mi vida, en fin? De anteayer. –Algún golpe... –No me he golpeado en parte alguna. ¿Sabe cuándo es anteayer para mí? –No. –El 24 de febrero de 1921. Tal es el caso. Campillo echó el cuerpo atrás para mirarme mejor, Y yo me levanté con las manos en los bolsillos. –Tal como lo oye –concluí fríamente–. Anteayer, cuando cruzaba la calle e iba a pisar la vía, me encontré en la cordillera con un lago violeta a mis pies y un crepúsculo lleno de frío, dando fin en ese instante a la misma reflexión que había comenzado un segundo antes al pisar la vía. Y parece que han pasado seis años de un instante a otro. ¿Cómo? Es lo que yo deseo que me explique. Y la explicación me llegó por fin, en pos de un sinnúmero de preguntas insidiosas del médico. He aquí, pues, lo que ha pasado. Yo pertenezco a una familia de nerviosos, donde han prosperado algunos histéricos y hasta alguna abuela epiléptica. Personalmente no he tenido nunca desarreglos nerviosos ni mentales, si se exceptúa acaso el estado afectivo anormal de que he dado cuenta, a principios de 1921. Mas he aquí que bruscamente despierta en mí la epilepsia de mi abuela, la cual, si me esquiva crisis y ataques dramáticos, me sumerge de golpe en una ausencia, justo y cabal en el momento en que atravesaba la calle asoleada. Bajo la influencia de este estado epiléptico que el atacado no percibe en lo más mínimo, la vida prosigue como siempre. Sólo que al cabo de un día, un mes, un año, el hombre despierta de pronto. Se halla en un lugar que ignora, ni sabe por qué está allí, ni conoce a nadie, ni conserva un solo recuerdo de lo que ha hecho desde el momento en que ha caído sobre él la fuga epiléptica. Su último recuerdo data desde aquel instante; de lo demás: triunfos o tragedias de su propia vida, nada sabe. Es decir, que durante esos meses o esos años el hombre ha estado muerto. Ha vivido, amado, aullado de dolor, o delirado de alegría, pero muerto. Otro hombre ha proseguido viviendo en su nombre, en su cuerpo y en su alma; pero él mismo ha quedado detenido, suspenso al borde de la vía que iba a pisar... para despertar seis años después, asombrado e idiota ante su absurdo existir. –Tal es su caso –concluyó el alienista–. Y no se queje mucho, porque hay epilépticos que arrancan a caminar un día, y no paran hasta llegar al polo. Otros van derecho al mar o a través de un incendio. Usted ha sido de los afortunados. –Desde su cínico punto de vista, tal vez –respondí con una sacudida de hombros, yendo a apoyar la frente en los vidrios de la ventana.

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Pero mi amigo había bajado ya de su tarima científica. –¡Vamos, Berger! Me doy cuenta de sobra de lo que le pasa... Lo quiero demasiado para emplear mi amistad en burlarme de usted. ¿Qué piensa hacer...? –¡Pero es precisamente lo que le pregunto! –me volví malhumorado–. ¿Qué hago yo ahora? ¿Qué hacía yo en el lago Negro? ¿Qué he hecho en esos seis años? ¿A quién pedir cuenta de mi vida en ese tiempo, y qué cuenta debo dar de mis acciones? ¡No se imagina usted, con todas sus definiciones, lo que es ignorar la actuación de la propia vida de uno durante seis años! Sólo sé que hice una cosa... ¡la única que no debía haber hecho! Y agregué, sonriendo casi de lúgubre dicha: –¡Qué pesadilla amigo! Usted no lo supo entonces, porque estaba en Europa... Yo iba a casarme. Ahora comprendo que ya mi epilepsia había comenzado Cuando miré a aquella mujer, cuando la seguí y le puse el anillo en el dedo, como un sonámbulo... En los últimos momentos me di cuenta de lo que iba a hacer, cuando cruzaba la calle bajo el Sol de fuego... Y vi entonces el lago. Pero tenía un telegrama de ella, en que me hablaba siempre de matrimonio. ¿Cómo mi segunda alma ha proseguido adherida a tal monstruo, mientras la primera quedaba en suspenso sobre la vía? ¿Cómo no he...? –¡Un momento! –me interrumpió mi amigo, que desde hacía un instante me miraba con extrañeza–. ¿Cómo se llamaba esa que usted denomina monstruo? –Nora. Tengo todavía el telegrama. Y mientras Campillo leía: –¡Y pensar –repetía yo dichoso– que si no me quedo plantado en la vía, mañana estaría casado! –Y lo estará –me dijo tranquilo el médico, devolviéndome el papel–. Mañana se casa usted. –¿Con Nora...? ¡Bah! Es usted ahora el que está loco. –No estoy loco. Mañana se casa usted, pero con Nora... Strindberg. Tableau de nuevo. Uno y otro quedamos inmóviles mirándonos. –Tal como le digo –rompió por fin Campillo con una sonrisa–. Ese telegrama no es del... monstruo, sino de su novia actual, Nora Strindberg. Hace un año que tienen ustedes amores. Debían haberse casado hace quince días, pero usted fue llamado urgentemente de la cordillera por asuntos particulares. El casamiento se aplazó hasta mañana, 5 de abril. Desde allá usted le envió últimamente un cesto de magníficas orquídeas, pues debo advertirle que está usted perdidamente enamorado. Nora le contestó con este telegrama en que se refiere a la ausencia de su padre. Todo está perfectamente dispuesto para el matrimonio, mañana a las tres. Y si yo le doy esta suma de detalles, es porque durante los seis años de su ausencia epiléptica, hemos intimado mucho más de lo que usted supone, y ahora soy testigo de su boda. Tal es el caso. Yo no lo oía más, desesperado. ¡Otra Nora! ¿Pero es que mi destino no era otro entonces que planear matrimonios absurdos e idiotizarme al cruzar las vías? ¿No había purgado con seis años de epilepsia la abyección de mi alma al enamorarme de la primera Nora, cuando este segundo monstruo venía a llenar el hueco miserable de mi nuevo corazón?

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Horacio Quiroga

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–¡No, y mil veces no! –me levanté de nuevo–. Me basta con una Nora; no quiero otra. ¡Si usted la hubiera visto! ¡Jamás vio usted mujer más horrible, le digo! Y esta otra debe ser... –¡Otro momento! No hable todavía –saltó Campillo–. Tengo un retrato de ella, porque somos también muy amigos... Aquí lo tiene, mire. Tomé la fotografía a distancia, receloso, pero apenas bajé los ojos torné a alzarnos muy abiertos. –Ésta es... –murmuré. –Nora Strindberg. Puede mirarla. Vaya a la ventana y la verá mejor. Fui a la ventana y aparté el visillo. Durante un largo rato contemplé aquel rostro que temblaba y sonreía entre mis manos y que parecía entrecerrar cada vez más los ojos al mirarme. Campillo fumaba sin perderme de vista, y yo proseguía inmóvil y mudo, como un pobre diablo ante el cual se abren las puertas del Paraíso, y no se atreve a entrar. –Ésa es Nora Strindberg –dijo por fin Campillo con vaga sorna–. ¿Qué tal? –Bellísima –murmuré–. No he visto nunca mujer con esta ingenuidad y pasión de mirada... –Muy bien: ingenuidad y pasión. ¿Y el resto? ¿Corte de cara, nariz, boca? –Únicos en mujer nacida de los hombres... Pero la expresión, sobre todo. ¿Qué edad tiene? –Diecinueve años. No es vieja. Yo no oía más. Una cosa absurda, imposible de ser, se cernía sobre mí en forma de pregunta. –¿Y esta persona... –me arriesgué al fin sin apartar los ojos del retrato–, está enamorada de mí? –Mucho. Loca por usted, es la palabra. Mírela más todavía... Mañana a estas horas será ya su mujer. No vale la pena recordar las mil ansiosas preguntas que hice al respecto a mi amigo. Con cada respuesta iba yo naturalmente de asombro en asombro. Hasta que éste rebasó del vaso cuando exclamé por fin, como todo hombre que se excusa ante una dicha no merecida: –¿Pero qué hice yo, pobre diablo de ingeniero, para merecer el amor de esta criatura? –Supongo que por usted mismo, en parte –repuso Campillo–. La otra parte se la debe a una circunstancia que aún ignora. ¿No me dijo usted que había notado una obsequiosidad y un respeto muy grande a su respecto? –Así es –contesté recordando de nuevo el aire misterioso con que me observaban en el hotel y aquí mismo en Buenos Aires y que yo atribuí a algún estigma de locura e idiotez impreso en mi semblante. –Pues bien –prosiguió el alienista yendo a tomar un libro de la biblioteca y tendiéndomelo–. El otro motivo de simpatía de Nora hacia usted es este libro. Lea el título.

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una obra profunda. y el hambre cuando se tiene por delante un día y una noche enteros un pilar en construcción que amenaza ceder bajo una avenida de agua imprevista. en el más célebre escritor de estos tiempos. así como suena. desde hace dos años. Los epilépticos no tienen forzosamente genio. ¡qué sé yo! Lo cierto es que su obra es simplemente genial.. pues. más o menos enérgicos. más o menos incapaces.. ¿de dónde he podido yo sacar mi libro? –De sí mismo –me dice el alienista–. Sigo hablándole como la crítica. ¿Qué responder a esto? Yo tenía en mi mano. como ascuas. Visto esto. trascendental. única en el Mundo. Usted ha visto lo que jamás vio nadie en el Mundo de los vivos sobre el destino de la humanidad. Sé lo que es el hambre mientras se estudia. a modo Página 56 de 80 . Pero nunca se me ha ocurrido escribir sobre esto ni sobre el destino de la vida. –Es un libro suyo. –¿Pero de qué trata? Mi amigo no pudo menos de sonreírse al oír esta pregunta de labios del propio autor estupefacto. que yo había meditado. –¡Pero yo no puedo haber escrito esto! –exclamé en el colmo de la inquietud–. y si no soy un intelectual en el sentido que se da a esta palabra. Debieron convencerse a la larga. –No cabe su contenido en ninguna definición. Lástima que usted no recuerde nada. pero prontos todos para abrir los codos si yo no lograba adelantar bien el pecho. tan luego! –Y así es. planeado y resuelto al fin en un libro de 300 páginas. que yo jamás me he preocupado del destino de la humanidad ni de cosas semejantes. Conozco más que algunos la energía que cabe en el solo corazón de un hombre cuando se debe a la responsabilidad de una vasta obra. En los epilépticos de genio la función normal de sus cerebros es pensar genialmente. y aquí se encuentra usted convertido. ¿Lo oye. ¡Yo no entiendo una palabra de escribir! ¡Y filosofía. –¿Y esto? –murmuré.. me he roto el alma en el cálculo de los diques del norte. Este es el motivo por el cual las gentes lo miran con asombro de tener a su lado y ver pasar a un hombre de su talla intelectual. He trabajado toda mi vida para salir adelante. un south americano. pero abundan los genios que lo han sido... No olvide que usted es epiléptico. amigo? De un hombre de genio. para que sea más comprensible mi absurda situación. sin embargo. En Europa y Estados Unidos no se quiso creer al principio que esa formidable eclosión de pensamiento hubiera tenido lugar en la cabeza de un argentino. Debo advertir aquí. Hay en su libro –le cuento lo que dicen los ases del género en el Mundo entero– una visión inesperada de la Vida. con mayúscula. Vea la fecha: 1924. presa de estupor. maeterlinckiana.Horacio Quiroga Más Allá Y leí: El Cielo Abierto. Ensayos de filosofía emersoniana. de lucha. Conozco también el valor del alma humana cuando se la somete a rudas pruebas. sobre la razón de sus terrores y de sus míseras ansias de serenidad. Me he hecho un hombre libre sin la ayuda de nadie.. y nunca vi en los hombres otra cosa que compañeros. Y yo ignoraba totalmente lo que decía ese libro. para darse cuenta de la resonancia que tuvo su libro. por Julio Roldán Berger. Es el mal sagrado. Supóngase algo como filosofía de la humanidad.

Berger! Tome la felicidad que se le ofrece.. –¡Y dale. Yo tomé de nuevo el retrato y de nuevo fui con él a la ventana... –¡Pero usted está loco! ¿Cree que ella no lo merece a usted? ¡No faltaba sino. también lo sabemos los dos.. Ante aquel divino tesoro que por dichoso vuelco del destino debía pertenecerme al día siguiente. Y ahora.. No es a mí a quien quiere. qué diablo! Con ausencia o sin ella –y eso lo sabemos únicamente los dos–. pero no tiene idea de lo que es una pollera. –¿Eh... y de los criminales. –señalé el libro por encima del hombro. No me caso. –¿Y porque usted se haya roto el alma.. medité un largo rato. –¿Y Nora? –pregunté–. Usted ha necesitado entrar en ausencia para que su cerebro se “enferme” y escriba ese libro.. Su filosofía ha entrado de por mucho en el amor que le tiene.. de hacerse amar de una mujer? –Según. porque de otro modo será el último de los imbéciles... usted ha pensado y escrito El Cielo Abierto. Mas algo me parecía obscuro siempre. viendo bailar sus diques bajo la inundación. porque no debo casarme. ¿Por qué la sacudida emocional de poseer a Nora no había de exaltarlo de nuevo? ¿Qué sabe usted de las cuarenta mil seducciones que un hombre de su carácter tiene para una chica como Nora? ¿Se cree usted incapaz ahora... ¿cree que por eso deja de ser de él? ¡Vamos.! –No diga idiotadas.. a estudiar el plan de campaña. y de cuan poco basta en un hombre a veces para enloquecer a quien la lleva. es al autor de eso. ¿Le gusta mucho mi libro? –¿Su novia? Ya se lo dije. Campillo.! Si un músico siente una melodía en sueños y al despertarse corre a escribirla. cree que Nora no puede quererlo por usted mismo...? ¿Y entonces? El Cielo Abierto necesitó de una sacudida mental como su ausencia para nacer. que hablemos. –¡Precisamente! De esto quiero. No me caso. mejor aún? ¿No tiene usted siempre su cabeza? ¿La tiene o no. sin que intervenga su libro? ¡Bah! Usted podrá pasar dos días sin comer. Y tomé una resolución.? –No me caso. tal como es..Horacio Quiroga Más Allá de las ostras cuya enfermedad genial es producir perlas... ¿Qué derecho tiene usted a rechazar el amor de una chica como Nora? ¿Su maldito libro? ¿Quién le dice que un día de estos no se pone usted a filosofar como entonces y escribe otro libro. –No he sido yo.. Yo me he roto el alma trabajando siempre. –Así me gusta. –¡Pero es usted mismo.. ¿Qué dice? –No digo nada. ¿Qué he hecho yo en estos seis años? ¿Qué compromisos he contraído? Página 57 de 80 . ¡Figúrese! Usted es su grande hombre. porque en el estado en que está usted. Es bien claro. –Aquí está su fotografía –dije a Campillo devolviéndoselo–.

Que una de las tantas chicas monas que andan por ahí lo quisiera a usted un poco. No volverá usted. Ya ve que no es fácil hacerlo. recordar. ya ha visto que por una cara.Horacio Quiroga Más Allá –No lo creo. libre en sus tête-a-tête. “Y ahora. y desde hace meses. aunque ron distinta manifestación.. y la familia tiene debilidad muy grande por usted. puede morir un hombre por conquistarlos. se hundió en la niebla de la ausencia para dar otra vez paso al primer ocupante. Si esto es lo que le faltaba para decidirse. como corazón generoso y entusiasta.. con la libertad que les dan. suspenso seis años sobre la vía. Y Nora Strindberg lo quiere con locura. digámoslo así. –Pero yo he estado bajo la epilepsia. que cumplido su destino con ese relámpago de genio.. Y el disgustito. Junto con su seductor alegato concluían también mis últimos escrúpulos. No se juega con las fechas de matriPágina 58 de 80 .. Ella lo adora – por idiota que sea la expresión–. ya está satisfecho. un escritor de extraordinaria visión. mudo y blanco.? –¿Hasta que qué? ¿Qué ganaría usted esperando? ¿Enamorarse más hasta querer matarme porque no lo dejé casarse antes? Y luego los aprontes. ¿Cómo cree usted posible que salgamos a proclamar a tambor batiente este extraordinario caso de epilepsia en que usted ha dejado de ser usted durante seis años. y qué ganaríamos con este escándalo barato? Guardemos. Recordar que tras mi esplendor intelectual de un día. Usted se detuvo en la calle y dio paso a otro hombre que era usted mismo. naturalmente reserva sobre un caso que a lo más interesa a los clínicos. un día antes del matrimonio? Usted ha sido para con ella el amante más tierno. y a ella su origen escandinavo. Un hombre es siempre lo que es. Escuche esto al final. y que estaba muerto aunque escribiera libros? ¿Quién lo creería. lo que usted ni sospecha siquiera. ¿Cómo desechar un cielo abierto (mucho más que el que yo había escrito). Pero una sola cosa... había en mí un corazón romo el de otro cualquiera. –¡Bien! –dijo al fin–. –Tal como usted pinta las cosas –asentí por fin– me olvido de todo. usted ha sido siempre Roldán Berger.. Nora vale. no lo ensucia en mezquindades ocultas.. Hombre de acción o de pensamiento. amigo: ¿con qué pretexto rompe usted el día antes de casarse? Muy larga pausa. para entrar en el cual no se nos pide más que un poco de olvido? Olvidar. Berger. enamorados. –Pero no en usted. Pero. El que lo reemplazó fue un intelectual. para concluir: qué urgencia hay de que nos casemos mañana mismo? ¿Por qué no esperar un tiempo. unos ojos y un cuerpo como el suyo. Ambos jóvenes. pues. durante la cual veía a Campillo que me miraba esperando respuesta. Y ahora. En usted ha sido apenas larvada. que ya había latido junto al seno de Nora. aun bajo el alcohol. Un hombre de corazón limpio a los ojos de un amigo. lo que es mucho peor. a usted su nombre. Pero uno y otro eran usted mismo. El ingeniero de cabeza sólida y breches embarrados quedó inmóvil.. El Mundo –como dicen en vida social– ha acogido con gran simpatía el compromiso de ustedes. y no hay para ella mayor dicha que llegar a ser suya. He concluido.. No le hablo de su físico. Todo perfectamente listo para mañana. le parecería ya bastante felicidad. a hallar a su alcance una criatura igual a ésa. en la vida de Dios. en lo que respecta a Nora. En estos seis años transcurridos he sido lo bastante amigo suyo para estar seguro de que no hay tal infamia en ningún recodo de su vida íntima. hasta que. ahora: ¿qué razones va a encontrar usted para romper su compromiso con Nora. hay otras razones que usted no aprecia bien.

que yo no pudiera hacer. Me rendí. que lo constituían Nora y su familia. Desde principios del 21 a fines del 23 proseguí mi vida de siempre. Puede ser. atisbando detrás de mis ojos vagos. es decir. y que después de oír las violentas recriminaciones de la furia. y en mis estadas aquí en Buenos Aires. Volví a menudo al Neuquén llevado por mis trabajos. Por lo que respecta a Nora. Sólo veintidós horas. el telegrama de Campillo partió. reanudé viva amistad con Campillo. ni notó nadie. en mí cosa alguna anormal. Tal vez hice yo todo esto. por disparatada que fuera. debía ponerme al corriente del estado de mi casa (desde la estación había volado directamente a ver a Campillo). Sobre todo cuando es Nora quien se casa. no había pregunta.. y a decir de mí lo que no se ha dicho de nadie desde los tiempos de Kant. y que yo haya salido con la espalda caliente de maldiciones. mientras aquél me enteraba de lo que había pasado durante mi ausencia. Campillo no debía permitirme hablar hasta pasado un rato para que tuviera tiempo de orientarme. Le pasé el manuscrito a Campillo. No es tampoco difícil que yo haya ido. sin contar el punto más escabroso. Posiblemente también me escribió una y mil cartas. ni tampoco en los días que siguieron. pues. amigo. y no notó el menor cambio en mis ideas o mi sensibilidad. especialmente con las personas que Nora podía arrastrar con ella. lo más prudente era hacerle saber en seguida mi contraste. yo lo había expresado en El Cielo Abierto. pero no me acuerdo de nada. Parece que fue a principios de 1924 cuando se me ocurrió la idea de escribir. Campillo recibió una carta mía del 21. sin un solo acto que se apartara de mi norma. como quien oye llover. Cuanto hay en la especie humana de angustia y esperanza. de mi ambiente social de ahora. y su éxito dejó atónito a Campillo.Horacio Quiroga Más Allá monio.. Con Campillo lo arreglamos todo en dos horas de trabajo. Posiblemente dejé de visitar a la horrible mujer con quien me había comprometido. Los colegas de aquí callaron un tiempo. son los ingenieros y los médicos quienes escriben peor. hasta que me tendió un lazo para que fuera a verla. el 24 de febrero de 1921 no se notó. entré de lleno en una Página 59 de 80 . Publiqué el libro. y sin volver yo a acordarme de diques. el país entero quedó estupefacto. pero cuando del otro hemisferio comenzaron a llegar impresiones sobre mi libro. En cuanto mi amigo puede saber.. haya tirado el anillo a un rincón. Concluidos. sin ser de usted. Huí de nuevo al sur. yo tomaría las líneas generales de mi nueva vida. los últimos toques de la escena. por estar convencido de que. Pero tampoco me acuerdo de esto. y como tenía siempre a la mano el pretexto de la amnesia. pero yo no sé de ello una palabra. Primero que todo. Vendría corriendo a verme. después de los escritores de profesión. fechada en Neuquén. muy bien. El pretexto del golpe sufrido para excusar mi desconocimiento total de todo. Mi triunfo fue definitivo. pero esta vez sin trabajo alguno. viaductos y mamposterías. que ya estaba de regreso.. No escapa a nadie que mi situación requería mil precauciones. con una buena toalla en la frente.. yo la esperaría tendido en el diván. continuaba siendo el mejor. de mis nuevas relaciones. y está desesperada por estas veintidós horas que le quedan de soltera. En nuestro Mundo intelectual se me hizo un lugar único. En unos cuantos días.. pero él no quiso leerlo. y regresé en diciembre del mismo año con los originales de El Cielo Abierto.

de un golpe. yo me portaba pasablemente. (Tiene las pestañas más densas de lo que parece en el retrato. Pero tras mis palabras cálidas yo analizaba fríamente aquel rostro desconocido. La siento al fin sobre mí. y yo el primero..! (Debe quedar divina con las sienes más descubiertas. dígale que me mire.Siento su voz voluntariosa en el hall.. –¡Querido mío! ¡Ya pasó! ¿Qué tienes? ¿Un golpe. Quien había arrastrado en verdad a la famliia era su hija única.....Horacio Quiroga Más Allá actividad intelectual que no debía abandonar más.... y de este modo conocí a Nora Strindberg. qué golpe! –Me caí. y que en ese mismo momento se extraviaban de pasión y felicidad al verme sonreír.. Y los abrí.. Así al menos lo creían todos.. Y en voz más baja y lenta: –¡Cuántas ganas tenía de verte. encuentros más asiduos aún. mil veces contra la mía. Y ahora la espero. Mutuas simpatías me llevaban días después a su casa.! –¡Y yo a ti! –Nora mía. Como ustedes ven.. El resto: visitas asiduas.. para que de este modo llegara a las damas algo de lo que en la lectura de El Cielo Abierto se les escapaba en total.. Tengo todo lo que tenía hace una hora. no levantes la voz! Dime bajito. que quería tener el honor de ver de cerca al autor de tal libro. ¿Recibiste a tiempo el telegrama? ¡Pobre querido. Pero no es nada. –¿Pensaste mucho allá en tu Nora? ¡No. –Sí. cuya mejilla abrasada había tenido.. mi vida. todo un año de amor desconocido.. Dentro de un rato estaré bien. . Campillo me dice que el entusiasmo de la joven por mi filosofía subía a sus ojos y latía en su pecho mientras me hablaba. y el beso de su boca que me sacudió como una pila. reconquistado en un solo beso! . que en vano quiere detenerla al paso.? ¡Y Campillo que no me decía nada! No es nada. Tuve que descender a dar conferencias.. ¡Hacía tanto que no te veía. sin embargo. y siento aún la frescura de sus manos en mis sienes. radicada en América desde mucho tiempo atrás. Julio! –Sí...! ¡Julio! ¡Mi amor! Yo no debía permanecer sino el primer instante con los ojos cerrados.) –Y yo también.. ¡Y además una vida de felicidad ignorada. todo esto no se diferenció en lo más mínimo de lo habitual. Oigo sus preguntas ansiosas al médico. amor y demás. cuando tenía a cuatro dedos de los míos los ojos anegados en angustia de una mujer a quien veía por primera vez..Hace apenas un instante que se ha ido. –¡Querido mío! ¡Julio! ¡Contéstame! ¡Campillo... arrollando al portero.. ¿verdad? ¡Dime.. Al final de una de esas disertaciones subió hasta mí la familia entera de un acaudalado financista extranjero. Nora.) Página 60 de 80 .

mientras la madre (no era difícil haberla conocido).. y Nora Strindberg tenía las dos manos en mis hombros. Hasta hace un momento no la reconocía. querido mío. con la promesa confirmada y sellada en un último beso.) . con el talento que tiene. ¿me conoce? –No mucho –me atreví sonriendo–.. me latía tumultuosamente.... (Y si su boca es el Paraíso entreabierto. Y quedé mudo. Pero a mí. con la cabeza entre las manos: –Todo esto es absurdo. ¿Quieren creer que no me conocía al entrar aquí? Se quedó mirándome como si nunca me hubiera visto. voy derecho a un manicomio. –¡Qué cosa más rara! ¿No conoce a nadie.. a mí me conoció en seguida! –Bueno fuera. en tanto que la digna señora concluía solemnemente: –Tiene razón. la humedad de sus labios y su seda interior. Berger? –¡Mamá. Si yo mañana no reconozco al señor Strindberg.Yo estaba mareado. Su cerebro no tiene que darnos cuenta de lo que en él pasa. –No es nada de inquietad –dijo quitándome la toalla–. Otro beso. horriblemente absurdo. La angustia de Nora renació. siempre! Campillo.. Una ligera conmoción. ¿qué sería de nosotros? –Nos matan con seguridad –apoyó Campillo. yo había sentido una ola de frío. Página 61 de 80 . muy satisfecho del giro que tomaban las cosas–. Y cuando por fin se fue... de la que no quedará rastro mañana... de que dentro de tres horas estaría en su casa. Y si esto le pasa a él. tras un espasmo.. ligero. Pero si no me caso con ella. y el corazón. contándome a escape los mil y un preparativos para el día de mañana. Campillo. un soplo de viento helado que barría mi alma.. –¡Qué raro! –comentó aún la señora–. Campillo. el último.Horacio Quiroga Más Allá –Ahora sí. y que yo reencontraba en un solo beso. Y me miró con maternal y hondo orgullo. ¿No te hará daño? –Probemos. pues el autor de El Cielo Abierto no puede regirse por las leyes de los demás hombres. Lo único que quedará es una cierta confusión de recuerdos que ya lo ha molestado. ¿Qué más? El médico intervino al fin. me dejé caer exhausto en el diván. el ceño contraído. Berger en cambio está facultado para hacerlo impunemente. miraba a todos con extrañeza. Berger. A la brusca evocación de mi libro. me muero. Yo estaba ya de pie.. ¡Juntos para siempre! ¡Toda tuya. mamá: no miren. Mis últimos escrúpulos se habían volatilizado en la llama de aquel amor de un año que temblaba en sus pestañas caídas al tenderme la boca.

Hay en este Mundo un ser. Campillo me lo repite a menudo: y. A la segunda página ceso de leer. en fin. otro El Cielo Abierto?” Y catorce veces más por día siento sobre mi virgen destino de antaño. Es ella quien abre febrilmente las hojas de las revistas. mi esposa habría rechazado con los brazos. Hay en ellos un esfuerzo de genio como no Página 62 de 80 . al día siguiente de casados. Sabe de memoria cuanto se ha dicho de mí. en fin. Difícil e idiota como es este disfraz. Mi amigo tenía mil veces razón: jamás soñé yo una dicha como la que me tienden los ojos. deseó ardientemente este tesoro cuya llave Nora Strindberg me entregó palpitante. Si la alegría del hogar. quien corre radiante a enseñármelos. del mejor modo posible. Ahora bien: ¿qué continuación puede tener esta historia de un amor realizado en dos etapas por un mismo hombre. Nunca mujer se sintió más orgullosa del talento de su marido. yo soy feliz. creo que él. el amor extremo. De veinte palabras que me dirigen. He contestado a centenares de cartas de agradecimiento. Aunque he suprimido toda actividad intelecto-social. Cada correo de Europa me trae docenas de libros dedicados al maestro. los labios y el cálido corazón de mi Nora. el peso abrumador de mi fatal inteligencia. voy a veces a tomar como un autómata un ejemplar de mi obra y lo abro en cualquier parte. hay siempre dos personas detenidas que me miran. cosa que honra a su carácter. Fue y es siempre conmigo la misma viva ternura de la noche de bodas. y ella quien lee aprisa y salteando los interminables estudios sobre El Cielo Abierto. maestro. ¡Imposible! Si hay en el Mundo una cosa que no entiendo. fatigado como si saliera de un ataque de gripe. Mi nombre está escrito una vez por lo menos en cada número de cada publicación trascendental. pues hace tres meses que Nora es mi mujer. Asisto a conferencias en facultades y centros intelectuales. Y al quedar solo. siete son infaliblemente éstas: “¿Cuándo nos da. y colecciona en un magnífico álbum los miles de recortes sobre el extraordinario libro. Desempeño. mi pesado papel de hombre de genio. ella es mi propio libro. Este fantasma es el autor de El Cielo Abierto. a un intruso que estaba robando un tesoro ajeno. un fantasma que exige y absorbe detrás de mi corazón. los besos y el cálido corazón de mi Nora. En estas ocasiones yo estoy por lo común en el escritorio repasando mentalmente algún pesado cálculo de materiales. la mirada. No ha sufrido junto a mi corazón el menor desengaño. yo lo aceptaría gustoso si no estuviera de por medio la dignidad de mi amor. el encanto de una hermosa criatura en nuestros brazos pueden constituir la felicidad de un hombre. Y ella. pues de no ser así. a la par de cien otros. y una de las cuales dice a la otra disimulando la boca con la mano: –Es el autor de El Cielo Abierto. ¡Mi propia obra! ¡Mis propios pensamientos! Puede ser. Pero no soy feliz.Horacio Quiroga Más Allá No he muerto. He mencionado ya el entusiasmo de Nora a la aparición de El Cielo Abierto. donde quiera que esté y adonde quiera que vuelva los ojos. En balde me digo que él y yo somos una sola persona. y cuya culminación dichosa gozo en este instante mismo? Pero no soy feliz. No ha sentido jamás el menor escalofrío de pudor al tener reclinada su alma en la mía. Pero nunca noté la más vaga extrañeza a mi respecto.

Concluido. tras esta soledad sedante en que por fin me encuentro a mí mismo. Estoy enfermo.. Bajo a comer. paso todo el día en mi escritorio con las puertas cerradas y la luz encendida.Horacio Quiroga Más Allá vio el Mundo después de Kant. Me he vestido tres meses de pavo real. diciéndole que yo no soy sino un ladrón de gloria.. y su divino corazón se volcaba sobre mi pecho. Y sentí. Y ella. Pero yo nada comprendo y me aburro desesperadamente con su lectura.. Nora –le dije sentándola a mi lado–.. desesperada: –¡Julio! ¡Hace diez días que dura esto! ¡Dime qué tienes! Yo la acaricio. Soy un enfermo. Pero ya estaba yo de pie. pues. en la firmeza de sus dedos y la humedad de su mirada. –Óyeme.! Y cae a sollozar su dicha perdida sobre los brazos del diván.. y esto es todo. . No salgo casi de casa.. Ya no podía más. mi amor! ¡Pero qué te he hecho! ¡Cuatro meses que nos hemos casado y ahora... Pero ella esquiva mis manos: –¡No es cierto! ¡Julio.. y que lo que ella amó con pasión es un divino fantasma sobre la vulgar figura de un constructor de diques? ¿Y yo? ¿Merezco.! Sus rodillas estaban en las mías.. Página 63 de 80 . ¡Oh. con los ojos fijos en mi frente. Anoche –como lo hago desde hace un mes– yo recibí el correo y quité una por una las fajas. disimulando bajo su rueda mis embarrados stromboot de ingeniero.. Nora. de esta nube de incienso que me envuelve al paso. Hojeé todo lentamente frente al fuego –muy lentamente. salgo un rato de noche a caminar. Desde hace un mes me sube al rostro la vergüenza de esta monstruosa farsa. Y al final llamé a mi mujer. ¡Pero. me sigue y me adula como a un payaso genial. con la tabla de resistencia a la vista. Pero. No soy feliz –lo he repetido hasta el cansancio. El correo era muy voluminoso. Nora me ha tomado entre sus brazos. Julio. esta amargura de aniquilar fríamente la felicidad íntegra y pura que hallé en los brazos de mi Nora? Debo hacerlo. fui hasta la mesa y volví con un ejemplar de El Cielo Abierto. sí! –murmuró ella ansiosa y feliz. Pero no puedo robar un amor que mi novia sintió por mí. helado: –No es nada. tomándome las manos–. Nora. o acodado sobre mis viejos planos. qué decirle! ¿De dónde sacar fuerzas para concluir de matarla y matarme.. Un nuevo mes pasado.. tampoco lo es. o lo fui durante seis años. No podemos continuar así. la inmensidad de lo que iba a perder. siento que mi hogar y mi felicidad se derrumban.. acaso. Yo siento al igual que tú lo insostenible de esta situación. –¡Sí.

. Pero yo solo tuve la culpa... no! No fui sino a caer con ella en el diván. –¡Nora mía! –tuvo fuerzas para gritar mi corazón–. yo me voy ahora para siempre.....Horacio Quiroga Más Allá –He aquí el motivo de mi actitud –le dije tendiéndole el libro–. ¿Es cierto lo que dices? –¿A dónde te vas? –repitió ella alzando sus dos manos a mi cuello. Es tarde. Lo único que debía haber hecho entonces –¡mostrarte al vivo el pobre diablo que yo era!– no lo hice. Página 64 de 80 . Por helada que estuviera mi alma y deshecho mi corazón.. Nada recuerdo... Campillo me lo explicó todo... me cuesta tanto como a ti perdonarme.. ¡porque te pierdo! Lo sé de sobra. –¿Tres días antes de. me pasaba la mano por el cabello. que se apoyaba en ella –y Nora se alzaba hasta mí. no me equivoqué respecto del espanto que expresaron los ojos de Nora.. horriblemente tarde. mío. verdad? Tampoco lo comprendía yo. ¡Oh. por.. Pero ya no lo hago más.. pero perdóname... ahora lo veo bien. Mi vida la empleé en trabajar como un negro. –No. Pero ahora –¿me oyes bien?– no sé nada de lo que he escrito. y desde que tenía doce años.... Estuve enfermo. Cuando volví en mí...... no sé.. y a hundir la cabeza en sus rodillas mientras ella hablaba aún. Sí. lo debo a mi voluntad de hacerme hombre.. desde la divina almohada. Engañé a todos. Y proseguí.. Campillo me habló de ti... Angustia.. No entiendo una palabra de lo que ahí dice. –¿A dónde te vas? –me preguntó con lenta angustia. A mí mismo..... no! ¡Te aseguro que no! Jamás escribí una palabra. Pasé seis años en un estado anormal... –No –le dije con la sonrisa de un hombre muerto–. Pero yo no lo he escrito. Él me ayudó a continuar el engaño. Eres mío. Entonces fue cuando escribí el libro... aunque no fuera un intelectual. decírtelo. ¡Te pierdo para siempre. por tu amor.. ¿No comprendes. tres días antes de casarnos. Cómo se me ocurrió que podrías quererme por mí mismo. No lo he robado. Yo no vi en su estremecimiento otra cosa que la repulsión con que me rechazan las más hondas fibras de su ser. ¡No me fui. ¡Yo me pregunto ahora de dónde saqué tanta infamia para engañarte de este modo! Campillo me había ya informado de todo. nada más que intensa angustia había en los ojos de Nora. alguna vez quise hablarte. Me dejé engañar a mí mismo. en el que yo era siempre yo. sin embargo.. Pero era una tontería hacerlo.. Vi tu retrato... no te vas. y no lo era. Yo mismo lo escribí... no! Porque había allí una mano que acababa de tomarse de la mía. robar tu amor. Nunca había yo escrito nada. Yo. cuando desperté de ese sueño de seis años. era el 2 de abril –concluí levantándome. y menos sobre el destino de la vida. ¡Autor de El Cielo Abierto! ¡Hombre de genio! ¡Ah.. Y yo. la boca y el alma desesperadamente amargas: –Sí.... el hablarte ahora de esto. lo sé! Perdóname. Este libro lleva mi nombre...? –murmuró mirándome estremecida... mientras su cuerpo venía a mí con rigidez de piedra. Y vuelvo a preguntarme de nuevo cómo pude engañarte.. si tienes fuerzas para esto. Lo poco que valgo. Nora. Después fuiste a verme...

Soy indigno de ti.. .. –¿Y el público? –recuerdo yo sobresaltado–.. tal como es.. ..Horacio Quiroga Más Allá –Nora. No conozco a ese señor. mi adorada Nora.. Estoy ahora profundamente ocupado. en el aire. y con su brazo pasado tras mi cabeza...... y con un delicioso mohín... El público. –Cállate. ¿Qué dirá el público. vuelve a mis rodillas. en voz muy baja. –¡Lo que me has hecho sufrir! –medita ella. y que ambos miramos arder maravillados. Tiene razón Nora. yo estoy sentado en el diván... –¡Pst.. Y lo que no concluyen sus labios.. Página 65 de 80 . que ambos contemplamos absortos. pálida por la opresión de los sollozos que no podían subir: –No hables.. Y con los ojos espantados aún. No te muevas.. Mi querido.l No hables nada.. no hables. va rompiendo una por una las hojas del libro que arroja a las llamas. Nora se levanta a tomar El Cielo Abierto. Y como si no fuera este testimonio bastante severo. Yo agrego: –¿No te pesará nunca haber perdido al autor de El Cielo Abierto? –¿Quién? –dice Nora con cómica extrañeza–... fijos en el fuego. de hacerse amar de una mujer? ¿Qué sabe usted de la seducción que puede tener un hombre para una mujer como Nora?” Estas palabras de Campillo se presentan nítidas al tener por fin a mi esposa entre mis brazos.. y sobre mi aliento mismo–: Que espere.. es cierto. que espera la aparición de otro El Cielo Abierto? –¿El público? –responde ella... “¿Se cree usted incapaz.... que espere. Mi amor. ella está sentada.. –Sí. –Ahora –me dice juntando su brazo libre con el que me embriaga– ya murió ese señor. me lo dicen sus ojos y su boca en ansioso y oprimido secreto. Yo sólo conozco a. aún en alta voz ante el fuego de la chimenea.

pues. Allí podré hablar con ellos. A Dios gracias. las mujeres hubiéramos vuelto a las cavernas o nos habríamos suicidado. enojosa. Conocen nuestras debilidades. diría que en nosotras es una esperanza y en ellos una necesidad. Página 66 de 80 . una atracción honda y ciega más fuerte que mi belleza misma. Su sala es un verdadero salón literario. La grosería masculina. una seducción particular.Horacio Quiroga Más Allá La bella y la bestia Horacio Quiroga Ella Señorita escritora desea sostener correspondencia literaria con colegas. No impone con su presencia masculina. X. gozar el abandono de entregarles con el alma. ¿Por qué no voy? Desde que comencé este diario he sentido que más temprano o más tarde debía anotar esta circunstancia. si de vez en cuando el Señor no depusiera desnudito en los brazos de una madre tan pequeña cosa que será luego un gran poeta. ¡Dios mío! ¡Mas cómo cuesta hallarlos! Conozco a todos por fotografía y a algunos de cerca. Es diez veces más elocuente. Ante esta evidencia no valdría la pena continuar viviendo. el hombre es mucho más peligroso escribiendo que hablando. la vida entera de un instante. turbadora. la mirada del hombre más cauto es un insulto. Sin la chispa de ideal que hace de un patán un poeta. deleitarme con su conversación. delicadeza de los hombres. Pero son las consecuencias del carteo lo que me inquieta. He pensado mucho tiempo antes de dar este paso. como pudiera creerse. como los había en los divinos tiempos de la princesa Matilde. Por regla general. Sentimiento. Llegan a nuestro espíritu sin rozarnos la carne. Ça y est. estoy por encima de estas pequeñeces. y tan bella de rostro como de figura. No es la inconveniencia de un carteo anónimo.. y éstos son los literatos. En particular. al decir de todos. La escritora soy yo. No es. y para una mujer sensible. ellos exclusivamente saben hacerse perdonar el ser varones. en general. ¡Pero qué fugaz este cerca! La madre de Dora me insta siempre a que vaya a su casa los miércoles. 17. ternura.. X. oficinas de este diario. ¡Bah! Si me atreviera a definir el amor. lo que hasta hoy me ha contenido.... Esto. No mira: frente a una mujer agradable. Deseo que no se equivoquen sobre mí: me siento muy halagada de ser muy joven. Pero de mí se desprende. Entre todos los hombres. y profundamente.. la hipocresía mi principal defecto.. valoran como en sí mismos la plenitud de nuestras alegrías y el vacío absoluto de nuestras inquietudes. a lo que parece.. La parte del alma femenina que hay en cada escritor le da un tacto que ellos nunca apreciarán en su valor debido. solamente una especie de hombres es capaz de hablar como escribe. Halla notas de dulzura que no sé de dónde saca.

–¿Y has pensado en el peligro de que alguno te guste. no espiritualmente? –me ha dicho. pero no es el hombre que va a llamar al corazón de Mechita. –Pierda entonces las esperanzas. ¡Dios mío! ¿Qué hacer? Por todas partes. El primer poeta suicida la halló dentro de su ataúd. –¿Por qué? Yo no soy acabadamente vil.. atraes como el abismo. arrojó la llave de oro de su espíritu al misterio. He mostrado a mi tía el aviso que envié esta mañana al diario. se la pasan de unos a otros. pero voy a él. Creen que una sola cosa les basta para conquistar nuestra finísima sensibilidad: el ser hombres. ¡Yo no tengo el tipo provocador! –¡Todo lo contrario! Pero por no haber en ti pizca de provocación. –Usted es encantador. No es para usted. –¿Le gusta? –Locamente. la misma torpeza material. Se ha puesto los lentes. apenas adentro. No son tan tontos los hombres. ¡soy toda suya! Él Puedo llegar a ser el hombre más feliz de la Tierra. La casualidad me pone en contacto. en los miércoles de una casa de familia.. –¡Diablo! ¿Tan inconquistable es? –Para usted. tía! –he respondido sentándome en el brazo del sillón a abrazarla–. cuando había perdido todas las esperanzas! Nadie puede hacerse una idea de lo que es tener por fin a tiro a una chica monísima que nos ha enloquecido ya al pasar. Yo no sé cómo se llama el artista que hoy la posee. ¡Acabo de hallarla por fin. Pero tu destino es más fatal: enloquecer a los hombres. todo en vano. confiada. en todos los hombres que he conocido. Preséntemela. dueños exclusivos de ella. en todos los amigos que he tratado. usted me va a hacer un favor muy grande. Y he aquí que la encuentro cuando menos lo esperaba. –¡Oh. no tanto para leer como para mirarme por encima de ellos. que me profesa cordial estimación. con la señora de Morán. y desde entonces los escritores. ¡Y qué orgullosos se sienten de ello! Cuando Dios hizo a la mujer. tía! –he sollozado casi–. Página 67 de 80 . –¡Pero qué hay en mí. ¡Y es tía suya! –Magnífico –le digo–.Horacio Quiroga Más Allá –Tu alma es pura como un lirio –me ha dicho una vez mi tía–. inmensamente. Si es un escritor. Pregunté por ella tres meses seguidos. la misma grosera incomprensión del alma femenina.

a fin de que yo tome las medidas que crea más convenientes. se me confía el secreto de cierto aviso que debe aparecer en un diario.. Tres tienen monograma. de su espíritu.. Ella Ya está. si usted es capaz de enamorarse. pregunto atemorizado: –¿Pero ella es una mujer. reciben cartas femeninas no siempre inspiradas en una emoción artística. Véase por qué: Los literatos. pero la última es un enigma.. voy a ser infiel a Mechita. –Yo quiero locamente a Mechita. Segundo. como todas? –No sea loco –me responde mi amiga–. pero nada más.”. Y con la sorpresa del caso... Éxito completo. He dejado pasar diez días sin contestar a ninguna. ¡Qué estilo! Tratando de halagarme. y la exaltación superhumana que de Mechita se hace.Horacio Quiroga Más Allá Mi amiga no parece bromear. Primero de todo. escrita en una vulgar hoja de block. Yo murmuro: –¿De veras? –con acento tan grave y aire seguramente tan desconsolado. ¿Está seguro de poder hacerla feliz un día? ¡Diablo de Mechita! Ante tanta solemnidad.. y otros volverán a escribirme. pero también lo estimo mucho a usted. –Eso ya lo verá usted. Página 68 de 80 . y cuatro comienzan como las nuestras. Su autor tiene vocación de artista. Ante mi silencio algunos perderán toda esperanza. me caso mañana mismo. da la impresión más acabada de que su autor no tiene idea de lo que es una correspondencia literaria: “. pues cree serlo. Quiero decir. El menos avisado de mis ocho escritores no ha dejado de sospechar en mí un lazo de este género. me desempeñaré gustoso. Acérquese más y escuche. Por estimarlo como lo estimo. He recibido ocho respuestas. que la señora se apiada después de medirme un rato en silencio. Siete cartas son iguales. por la última página. el pobrecito. –Si posee de espíritu una centésima parte de su encanto físico.en la medida de mis fuerzas.. creo que no hubiera tenido la finura de ellos... debido a la prodigalidad de sus sentimientos. ¿Ellos? Todos no. ¡Pero qué cartas! ¡Dios mío! Si yo hubiera nacido hombre y poeta... tratando de halagar a usted. pero el tono de sus cartas me indicará nítidamente a los que persisten en error.. ocho espirituales cartas en papel de esquela.

Sólo el octavo. pues. hasta lo más íntimo de mi ser. la que buscó para alimento de su alma la palabra mágica de un literato? Comprensión. ¿Qué pensará el buen hombre? Se ha resentido ante mi silencio.. caricia ideal. Toco las cosas.” No está mal.darme cuenta que. Y yo no soy literato. para encerrarse luego en su feroz silencio? ¡Ah! Y siempre su poética hoja de block. Los otros son literatos.. no creo haber perdido nada. He aquí su respuesta: “Señorita: usted me pregunta por qué no le escribí más. disculparme mi error. Anoche le envié dos líneas..” ¡Pero por inculto que sea no puede ignorar lo que es una correspondencia literaria! ¿Con qué objeto. y es como si en pos de haber sufrido mi contacto. ¿Qué podía haberme escrito? Vulgaridades sin nombre.. ¡Y este estado de beatitud aplastada en que quiero sentirme! ¡Y esta ansia de dulzura definitiva que voy a alcanzar y me huye siempre! A veces.. ¿verdad? podía.. no ha dado señales de vida. Usted hablaba de correspondencia literaria. pero apenas dulce. en verdad. tengo siempre la sensación de ser toda yo. soplo anímico. el fresco señor del papel de block. algo dulce. Los siete escritores de verdad han vuelto a ofrecerme su correspondencia espiritual. ¡Pobre señor! Continúa resentido conmigo. He estado a punto de reírme sola. En la seguridad que usted sabrá disculparme mi error. Página 69 de 80 ..Horacio Quiroga Más Allá Pues bien: me he equivocado. que yo no había entendido bien. todo lo poseo de ellos! ¡Y me siento tan. ¡Pero tampoco sospechó en mí una correspondencia extra-artística. ¡Qué sueño! Soñé anoche que un desconocido se acercaba a mi lecho y me susurraba al oído: “Te está engañando.. pero me hubieran hecho reír. ¡de una levísima dulzura que se torna ansiosa de ser concretamente dulce! Paréceme que floto. ¿Y si le escribiera de nuevo? Con seguridad no se vio nunca tan halagado. exquisitez. ¡Un mes de carteo ya! ¿Fui yo. tan vacía! Al concluir de leer una tras otra las siete cartas. pero el literato verdadero es él”. ¡Dios mío! ¡Todo. cuando concluyo de contestar las siete cartas. la saluda atte. haberse excusado de no ser literato: “. sin lograr asentarme en tierra. se hizo al principio el tontillo. sin embargo. huyeran de mí.... pues de ser así hubiera insistido! En fin. El motivo es haberme dado cuenta.. con la misma finura y las mismas hermosísimas frases de la primera vez. con seguridad. pienso en aquel original del block. después de contestar a su carta.

Hoy estoy quebrantada. pues. se ha disfrazado bajo su estilo comercial! ¡Cómo no lo sospeché antes! Ahora se explica su actitud toda. ¡Y no reanuda! ¡Un mes transcurrido en el más fosco silencio! ¿Me habré equivocado? ¿Será un patán como cualquiera. si cree que le voy a dar el gusto de halagar su vanidad.” “Señorita: No alcanzo a comprender qué interés puede usted tener en cambiar impresiones conmigo. El otro ha muerto. despertándome a cada momento. Dejemos. en sus pequeñas cosas. Reanudaré la correspondencia con mis siete colegas de verdad.. Pero tiene que ser muy hábil para reanudar con aires de triunfo el carteo.” El yerro fue solo mío. reconociéndolo poeta! “Señor: A pesar de todo. la saludo arte. sin un soplo de ideal? Pero no. sin duda alguna! ¡Se ha disimulado... ¡Pero sí. muy bien! Pierda usted cuidado. “Señor: ¿Ha muerto usted? Le hago esta pregunta.” ¿Ah. escritores al fin. haber satisfecho mis deseos? Lea usted esta cartita: “Señor: Confieso también que me equivoqué al juzgar a usted escritor un pequeño instante. con la brusca revelación de la verdad. sí? ¿Cree usted así como así señor literato sutil.. doy por terminada esta efímera correspondencia. señor escritor. pues la vanidad de los hombres vulgares. no soy literato.Horacio Quiroga Más Allá He comprendido. ¡Ah. habría respondido alguna grosería de despecho. Con este doble error. Impresiones que puedan entretener a usted no tengo ninguna. el porqué de mi oculta predilección. Creyendo así haber satisfecho cumplidamente sus deseos. ¡Es usted mal psicólogo. ¿ tendría la amabilidad de perder el tiempo cambiando impresiones conmigo? Se considerará muy honrada SS. es más fuerte que la de los mismos literatos. como ya se lo he dicho.” Página 70 de 80 . ¿Entonces? ¿Qué pretende? ¿Burlarse de mí? He soñado toda la noche. sin gusto para pensar un instante en mí misma. movida por la más estricta curiosidad.

Nada extraordinario. ¿Qué me dice? No sé. ¿Está usted satisfecha?”. Como los hombres ricos de Maeterlinck. lo conozco ya demasiado para creer eso en él. con las mismas palabras y el mismo tono. que en otros me parecen triviales. sino un artista. en él. Si lo que usted quiere preguntar en su cartita de ayer. ¿Me puedo arriesgar? Página 71 de 80 .Horacio Quiroga Más Allá A lo que ha respondido: “Señorita: No he muerto todavía. sin hallar el suyo. debe haberle llegado esta sola línea mía: “Yo. por supuesto? –¡Por supuesto que sí. ¿Pero. tía! La entero entonces de sus deseos de conocerme. no. estoy segurísima! ¡Y quiero leerlo! –¿Y también verlo. ¿Y usted?” Y él. no! Su misma constante simulada sencillez. No es tampoco un seudónimo. Hace dos meses que nos escribimos. ¿Quién. –¡Pero tía! –le digo–. ¡oh. y no yo. es el porqué de mi silencio. entonces? Tía se echó a reír ayer ante mi pesadumbre. su estilo y su vulgar claridad para explicar las cosas pretenden engañarme. hubiera sido capaz de hallar el procedimiento para interesarme sin ofenderme? Los hombres vulgares no proceden así. ¡Pero qué trabajo! ¡Cuán difícil es conquistar! ¡Dios mío! ¿Habrá sido así tan duro con todas las que le han escrito? ¡”Mi” literato! Porque en vano sus cartas. siempre en el misterio. ¡Es un magnífico escritor. tampoco”. le recordaré que fue usted quien lo impuso. me parecen llenas de energía! ¡Literato mío! ¡Cómo reconozco tu divina sutileza! Mas su nombre. en seguida: “Yo. Seis horas después. He agotado la lista de los escritores del país. ¡Pero cosa curiosa! ¡Sus expresiones. son los eternos hambrientos sin tener necesidades.

En fin.. –¡Enhorabuena! Y ahora que usted conoce su espíritu. cuando se derrumben los ensueños que forjó sobre mis aficiones artísticas. de haber sido molida a golpes. señora! ¡De su alma. Mi tía hace: –Hum. tal cual soy. –No necesita repetirlo. Y que no sea literato. Yo tampoco soy linda.. ¡por Dios bendito. no estaría loca por conocerlo! El martes. –Y me voy. Allá veremos.. ¿Quién me lo hubiera dicho. tía! Esto es imposible. ¡Dios nos ampare! Ella ¡Qué alucinación! ¡Qué dos horas de vértigo! Tengo la impresión de haber llorado y reído. sin ser literato.. –¡Oh. sí! A pesar de sus chifladuras literarias. ¡Cuán feliz! ¡Pero cuán feliz soy! Hace una hora que se ha ido.. voy a su casa. No le puedo decir otra cosa. y ella es tan terriblemente bella y pura como de pie en un salón. –¡Triunfo completo! –le he dicho–. Consiente en verme. Y su cuerpo también me enloquece. tiíta! ¡De no ser así. Pero si es verdad que yo no le disgusto. hum.. ¡gran día! ÉL Esta tarde.? –Sí. cuando hace cuatro meses me consideraba el más infeliz de los mortales porque no podía encontrarla? Y ahora.. a las seis en punto. y vino hasta mí con una franqueza Página 72 de 80 .? No importa. ¿Feo.. –¡Y sí.Horacio Quiroga Más Allá –¿No temes desilusionarte? –me pregunta ella. No sé qué será de mí.. entonces. A los diez minutos te habrás dado cuenta de si debes o no continuar con él tu correspondencia literaria. –Entendámonos: ¿enamorado de su alma. –¿De qué? Sé que me aprecia y me respeta. –y concluye–: Bien. He ido volando a contárselo a su señora tía. –¿Y si es feo? –¿Muy. esperándome. No se puede disimular hasta ese punto la falta de literatura.. y haber sollozado de dicha. ¿le gusta Mechita como antes? –Estoy loco.. apoyada en treinta y tantas cartas de amistad. muy feo? –Sí.. Llegó a las seis en punto. tiene una cabecita muy sana.. Mechita: recíbelo. que sea feliz..

me recogió bruscamente a él! Humillación. Pienso en el temor de tía: “¿Y si es feo?” Sonrío ahora. ¡Más que feliz ahora! ¡Y cómo me río al evocar la “tremenda catástrofe”! ¿Recuerdan ustedes la “vulgaridad de los hombres sin ideales de arte”. entonces no me sonreía. cuando habíamos hablado y hablado y nos habíamos puesto de pie. y él me miraba un poco pálido y yo le había entregado ya mi alma.. ¡Huy. prosaico. –Es que yo no soy escritor –me dijo–.. qué libros has escrito. Él se echó a reír. y la “grosería de sus sentimientos”? Así. y tú. y sólida y blanca dentadura.. y el sostén de un robusto cuerpo que me protegía toda. pues. nada me dijo. –mumuró yo en francés. sin saber lo que hacía ni cómo lo había hecho. Mientras estuvimos así.. –Sí. Recuerdo que hay un cuento para niños. cuando ríe. Y él no sabrá nunca que su resolución para conquistarme no me hubiera hecho tan tiernamente suya. como lo había imaginado: trigueño. y todo lo que puedo ofrecer a una mujer es un fuerte corazón.Horacio Quiroga Más Allá irresistible desde el primer instante. He tenido que trabajar siempre para ganarme la vida.. le susurré: –Dime ahora quién eres. gozo y horror de mí misma había en mis sollozos.. ¡Oh! Pero en el último cuarto de hora. ¡oh.. bien visible. qué discurso! Él ríe aún: –De modo que me quieres. La belle et la bête. cuando me dice: –Olvidaremos. ¿sin literatura? –¡De cualquiera manera! –¿Y (con una insinuación a mis primeras cartas) un besó no es un grosero crimen? –¡Oh.... y no tuve valor para desengañarte. Pero tú soñabas. Pero él agrega riendo –y sin recordar que yo estoy convaleciente–: Página 73 de 80 . pues. no! Pero él está a punto de despertarme dolorosamente. Sería incapaz de hacer un solo versó. Pero lo que sobre todo sentía era la inmensa protección de su mano alisándome el cabello. cuando en el instante de despedirnos. enseñando más aún su blanca dentadura. sin bigote. ¡Amor mío! ¡Cómo hacerte comprender que ya la rectitud de tu paso me había conquistado antes de tocar tu mano! Sin variante alguna. que yo era la bestia. porque estaba segura de morir si él me apoyaba apenas un dedo en el hombro! ¡Dios mío! ¡Entre sus brazos fue donde apoyé mi cabeza desvanecida.. como su inmediato silencio..

..! Página 74 de 80 ... aussi. yo soy..Horacio Quiroga Más Allá –Eso es. Yo también sé francés. verás: Donc. ¿Et tu? ¡Dios mío! Se dice: Et toi. la bête. Pero bajó su boca. respondo desfallecida: –¡La bête..

Aunque no se nombra nunca a conquista alguna suya. concurrentes tardíos al bar. acaban de sentarse a una mesa cubierta en breve tiempo de botellas y fiambres.. Vean la atención inmóvil con que escucha a Renouard. ¡Pobre del ex buen mozo de Renouard. ha interesado fuertemente a las mujeres. Este hombre. Mejor aún: que representaba. –Bellísima. –¡Ya lo creo! Y bastante bien que ha usado de su hermosura. para la edad en que su madre la tuvo: cuarenta y cinco años.. Entre las plantas se hallan dispuestas mesas para el servicio del bar. Cuando era chica se emperraba sin dar por nada su brazo a torcer.Horacio Quiroga Más Allá El ocaso Horacio Quiroga Noche de kermesse en un balneario de moda.. Pero los recién venidos nos informarán más ampliamente sobre ella. y en menos tiempo todavía. a pesar de ello. digo yo siembre. no! Pero tiene un estilo fijo: hacer lo que no debe. por lo menos. es muy joven. donde un hombre y una mujer.. el área de la fiesta –bazar... Grandes palmeras... –¿Perra. más todavía de lo que haría suponer su apostura aún joven.. Tres jóvenes en smoking y dos señoras de edad madura. si a la Perra se le ocurre sacarlo de sus casillas! –¿Es ése su fuerte? –¡Oh. tal vez no.. se está seguro del peligro que representa. tratando de conquistar a Renouard –interpreta una de las señoras.. Y demasiado equilibrada. Lucila Olmos –explica la dama–. Un apodo de familia. De aquí su nombre. no digo tanto. la mujer que con un codo en la mesa tiene fijos los ojos en su interlocutor. Mejor aún: una criatura de diecisiete años. pues aunque el bazar ha apagado sus luces. Sobre la costa misma. No. No ha sido un tenorio. Ahora vuelve de Europa. Solitaria. a excepción del buffet. se levanta el bazar de caridad. y paralelo al mar. que no tienen por delante sino un helado y una copa de agua. conversan frente a frente. en el oasis del palmar algunas personas desafían aún la fresca brisa marina. A dos kilómetros del hotel. la playa ha sido convertida en oasis. se yerguen en la arena. –Ahí está la Perra de Olmos. palmeras y arena– luce solitaria al resplandor galvánico de los focos. –murmura a su vez otro de los jóvenes que sin lugar a dudas participa de la Página 75 de 80 .? –inquiere alguno de los jóvenes. Ella. –comenta el mismo joven.... años atrás. A la alta hora de la noche que nos ocupa.. su atención y sus ojos se han vuelto a una mesa distante. alineadas en losange. –Lindísima. Él es un hombre de edad.. –Sí.

el frufrú de las palmeras.. En la brisa demasiado fresca se oye a la sordina. Pero no tan joven como ustedes creen. –se encoge de hombros la enterada dama–. en vano el maestro sondeó los ojos de todas. de pronto la luz se apagó. una mujer había cruzado el espacio vacío con una audacia sin nombre.. “Saint-Rémy reanudó su sonata como pudo. Y cuando al concluir fuimos todas las damas a felicitarlo.. Todo duró lo que un relámpago.. A los dos meses estaba divorciada. volviéndose del todo a la causante. ¡Ah! Es toda una historia. Tal vez ellos sepan otras. Cuando la luz se encendió de nuevo. Pregunten a sus íntimos. Desde su punto de vista. –murmura el anterior solicitante. Se hace un largo silencio.. casadas y solteras. Cuando el año pasado Amsterdam entero aguardaba como al Mesías al explorador Else que volvía del polo. –Sí.. ¿Y saben ustedes lo que la Perra de Olmos ya ha hecho en esta vida? ¡Casi nada! ¿Se acuerdan ustedes de los conciertos de Saint-Rémy. bajo los duros golpes del mar. Lucila se casó con él. tratando de descubrir por la inseguridad de la mirada a su incógnita adoradora.. Saint-Rémy sintió que dos brazos se abrazaban a su cuello. de haber vivido. –Sí. “¿Se dan ustedes cuenta del tupé que para hacer eso necesita una chica de esa edad? Y digo chica por decir algo. ¿Pero qué importa la edad? El corazón es lo que marca la edad de una mujer. Y la señora más próxima se hallaba a varios metros de él. –¡Chic! –exclama en voz alta un joven del grupo. había satisfecho su pasión en los labios del músico...? –Sí. En los breves momentos que duró la obscuridad. ¡Bien aprovechados. –Sumamente joven. Saint-Rémy se encontró solo. no se sabe todavía cómo... muy chic –concluye la señora–. ya sé lo que va usted a decir. hace dos años? Una noche que el maestro tocaba en lo de X.. Acababa de cumplir quince años. –¡Y qué más! –protesta la señora informante–. cuyas sombras erizadas danzan agitadas sobre la Página 76 de 80 . es una criatura. sin brazos.Horacio Quiroga Más Allá opinión del primero. nadie lo niega. Lucila no. “Cualquiera se hubiera turbado. estaban ya locas por él. digo yo! –Otra historia –solicita alguien en el grupo.... El avión en que llegaba se incendió.. y que una boca se unía a la suya. no se hubiera atrevido a mirarlo. ¡Un horror! Su misma madre. y sólo se pudo salvar del héroe una espantosa cosa sin ojos. Y ya divorciada. Durante los escasos segundos de obscuridad.. y había tenido tiempo todavía para retirarse antes que la luz se encendiera. todas las mujeres. No ha cumplido todavía diecisiete años.. Y esta vez para concluir con ellas. –Pero.. –Sí.. Era ella.. –Ya lo he dicho: diecisiete años no cumplidos. –¿Eh. pues la Perra tiene ese cuerpo y esa belleza que ustedes le hallan desde los trece años. divorciada..

Es porque. llevándose la mano a los cabellos aún abundantes. no sé ya si querido.. oprimiéndose más a la mesa–: usted debe haber tenido mucho éxito con las mujeres. –No –negó ella. rostro y modo de ser. comprenderse. Renouard se detuvo. conforme se verá por lo que sigue.. –Renouard –interrumpió la joven. si conserva aún el recuerdo de mí. Él hizo un gesto. –¿Qué edad tiene usted? –acababa de preguntar ella.. –y suspendiendo el vaivén agregó. a una persona cuyo recuerdo me es.. solos y ausentes del espacio y del tiempo. examinándolo con detención. Lo que. sacudiendo despacio la cabeza–. –¿Qué soy? –preguntó Lucila. soñar. Renouard calló.. pero agregó después de un momento–: Usted no se equivoca sobre lo que quiero decir. mientras miraba netamente en los ojos–: . tal diferencia de edad nada implica. no iba a equivocarse a su edad sobre la extensión de tal respuesta. tampoco se equivoca sobre mi respuesta? –¡Oh no! Usted es. –¿Y usted. ¿verdad? –Creo que no. ¿no es cierto? Sin responder a la pregunta. y ella era todavía un capullo. La honradez que conserva. El hombre que había constituido un peligro para la mujer que lo tratara de cerca. –Es usted una honrada chica –repuso con grave cariño. Él tenía ya el cabello blanco... como personas que se encuentran por fin en esta transitoria vida.. sin prisa mas tampoco sin demora. a pesar de todo. al interrumpirme usted.. Página 77 de 80 . Hacía tres horas que estaban allí. –Nada.Horacio Quiroga Más Allá arena. –Sesenta años bien cumplidos –respondió Renouard. a la pregunta que usted acaba de hacerme. –Es por esto –dijo. porque lo siento. Renouard prosiguió: –Lo que iba a decir. –No parece –observó la joven. ¿no es eso? –Así es. pero sí infinitamente doloroso. Esa persona podría responder.. Altas llamadas al mozo y nuevas copas concluyen con el tema en la mesa del grupo.. Pero en la mesita distante nuestros recién conocidos proseguían animados su charla.. Pero para conversar. una mujer deshonrada. Renouard. es que usted se parece infinitamente en todo: cuerpo.

Un hombre no ve levantarse un trozo punzante de vida desde el fondo de su pasado sin sentirse turbadas sus horas. y retirando los dedos satisfecha: –Ahora sí –dijo– seremos siempre amigos. Ese recuerdo podría responder a usted sobre Página 78 de 80 . –Sí –repuso ella. por fin. la mano del hombre. en voz también más baja: –Lo soy. Y ella. que nadie rompió esta vez. –Perra. y arrepentido acaso.Horacio Quiroga Más Allá –El recuerdo de esa persona que yo le evoco le es a usted doloroso. –Usted es el crimen –murmuró. Renouard. como sabe hacerlo un hombre: –¿Usted sabe lo que está haciendo? –dijo. Lucila? –Dígame Perra. Entre el helado sin concluir y la copa de agua vacía. –¿Qué? –Dígame Perra. El mar sonaba más hondo. –Yo lo soy ya muy grande de usted. –Perra –sonrió.. fría y estéril. ¿Por que? Renouard corrió ante el resplandor juvenil de aquella criatura que impregnaba de mórbida tibieza el fresco oasis nocturno. no dije sino la verdad. –¿Por qué recuerdo yo tanto a esa persona? Porque es usted misma –murmuró él. grande y franca. El grupo de jóvenes y damas acababa de retirarse abandonando un servicio completo de buffet sobre la mesa. no! ¡Perra! Bajo los cabellos blancos de Renouard. –Y ojalá. Dígame Perra. Los rasgos de la joven perdieron su tensión batalladora. Y fijándolos de pleno en los de la joven. pero mi presencia no le es a usted dolorosa en modo alguno. y la arena parecía más blanca. apoyó ambos brazos en la mesa y comenzó así: –Al decirle a usted hace un rato que la persona que usted me evocaba era usted misma. Se hizo otro silencio.. –¡No! ¡Ojalá. Lucila. sus ojos todavía jóvenes se ensombrecieron de vida. Usted me llamó Lucila. se apoyó sobre la de la joven. prosiguió en tono más ligero–: ¿Usted cree en la transmigración de las almas en vida. Renouard lo rompió en voz baja. Tornó a hacerse otro silencio.

Bruscamente Renouard palideció. “Pero hay que ser ya hombre para valorar lo que eso significa. Renouard calló. “¿Comprende usted? Yo era un fuerte muchacho. oía a la mujer que había amado soñar insatisfecha porque no había estado con un hombre. Él se volvió a ella. –Repita lo que dijo –murmuró Renouard. “Me volví con la presteza de un rayo. con una rapidez increíble. Renouard? –¡Pero si es usted misma! –clamó él–: ¿Lo comprende ahora? ¿Comprende que yo daría cualquier cosa por no conservar ese recuerdo que su hermosura. Ella. con los brazos pendientes inmóviles y la mirada perdida. entonces.. Logré. Si yo hubiera tenido algunos años más. su cuerpo... Yo tenía en aquel tiempo veinte o veintiún años. He tenido la suerte de todos. Por esto creía haber entendido mal cuando al reanudarme la corbata ante el espejo. –Tómeme. proseguía en la misma postura. –Es muy fácil –contestó la joven–. ha oído hablar de mis conquistas. Pero dudo de que nadie guarde una mancha como la que debo a ese recuerdo. ¿Aquel recuerdo lo tortura a usted mucho? ¿Daría Página 79 de 80 . Y exhausto yo mismo. pero menos joven. Jamás volvió a fijar los ojos en mí.. –Parecida a mí. –Oiga.. la Luna en menguante surgía trunca sobre el mar.Horacio Quiroga Más Allá mis pretendidos éxitos con las mujeres. La joven. a lo que parece. como si nunca hubiera yo existido para ella. y ese brío constituía mi orgullo. ¿Es cierto. –Renouard: usted me dijo que yo me parecía mucho a aquella mujer. En la lejanía de las palmeras heladas de rocío. Ella permanecía sentada en la cama.. Observó con atento mutismo mi aparente desenvoltura. “Yo era entonces un brioso adolescente. –Sí. Usted. mi fatuidad de adolescente. si me la cuenta entera. muda también. lo miraba sin desviar los ojos. oí estas palabras enunciadas lentamente: –¡Curioso! Tengo la sensación de no haber estado con un hombre. la conquista de una mujer. exasperan hasta. Es sólo más tarde cuando he apreciado en toda su profundidad el abismo de nulidad en que me hundí ante aquella mujer. Lo comprendí apenas en aquella ocasión. ¿Quiere que le hable yo ahora de mis fracasos? ¿Es capaz de oír una historia escabrosa? –Sí.. mi prisa misma por hacerla feliz: todo lo que rendí ante la espiritual criatura que había condescendido a dejarse amar por un vano y lindo muchacho. Fue mi amante esa sola tarde. pálida también.. habría comprendido que mucho más que el amor era la curiosidad lo que echaba a mi amada en mis brazos. –¡Renouard! –llamó. nada más.

ese hombre de sesenta años se hubiera pegado un tiro de felicidad. repetir a la hija ante su lamentable ocaso: –¡Curioso! Tengo la impresión de no haber estado con un hombre.. al tener a Lucila en sus brazos. Como en aquella circunstancia tornó a verla sentada.Horacio Quiroga Más Allá cualquier cosa. bastante grande por sí solo para matar de dicha a un hombre. sintió que su desesperada impotencia para confiar a la joven una dicha ya exhausta. se vio en brazos de una criatura bellísima y curiosa hasta la más loca generosidad. Porque cuando horas más tarde. Y como cuarenta años antes oyó. lo alucinaba como una pesadilla. –Soy suya. Si después de este ofrecimiento. como había oído a la madre exclamar ante la insípida aurora de un varón. No vio o no pudo ver su camino de Damasco. Libros Tauro http://www. hubiera cumplido dignamente con su vida y su deber. –¡Lucila! –bramó de felicidad el hombre de cabello blanco. como ha dicho.LibrosTauro. Tómeme. –Tómeme. Como ocho lustros atrás. ante la Luna en menguante. creyó poder alcanzar el cénit de su destino.com.ar Página 80 de 80 .. con los ojos perdidos en el vacío. si esa noche misma. por borrarlo? –Sí.

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