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Traducere „Întunecare”

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Traduce primele 15 pagini din romanul „Întunecare” de Cezar Petrescu
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12.01.2013 Cezar Petrescu- Oscurecimento Primero libro Prólogo.

Voló un pájaro negro

Aldea Roxana-Nicoleta SP-RO, an II

El coronel Pavel Vardaru tentaleó en el cajón de madera cafenosa un cigarrillo de hoja seca. De la talla del arból le sonreyó amistosamente, con toda la carrera de dientes de porcelana, una criolla llevando en los hombros, como una ánfora, cesto de hojas de tabaco, con la inscripción dorada ”Hanri Clay-Habana”. Era solamente una etiqueta y aún así la mujer le parecía tremendamente conocida. De repente se acordó con mucha alegría: ”Pero son los ojos de Mimi. ¡Es extraordinario como se parcen con los ojos de Mimi!...” Rebozó el resto de la figura con la anchura de la palma. De verdad, desde la talla le miraban ahora los ojos risueños de la bailarina. Vivió un momento la visión fugitiva: las cortinas de terciopelo rojo dejándose suavemente, la mujer repartiendo con ambas manos besos en la sala, la lluvia de aplausos, una alada de vestidos cortos encima de pantorillas en camiseta rosa… ¡Todas, de tan lejos! El coronel hurgó los bolsillos de la túnica, buscando el cucillo con la pequeña guillotina de acero para cortar ápice del cigarrillo. No lo encontró. Como siempre, Vanea, el soldado, había olvidado trasladar de una túnica a otra todos los instrumentos niquelados que componían el botiquín de concentración del señor comandante: la linterna eléctrica, el cucillo para abrir cajas de latas, el pedómetro, el sacacorchos, el mechero con gasolína y mecha lenta, la bújula en miniatura. Cuando el último bosillo fue explorado sin resultado, el coronel Pavel Vardaru suspiró con una incomensurable pena por su propio destino: ¡estaba, sin duda, el comandante más infeliz de regimento del planeta! Dimitió decapitar con los dientes el ápice del cigarrillo, lo escupió asquerado encima de la barandilla, en el mar, y difundió encima de la mesa, hacía la caja de cerillas, la mano gorda y blanca de prelado. La señora coronel- la tía Laura- amontó los labios granatos con un susto que daban una semejanza a un niño remilgado a la mejilla de gordita y anciana muñeca rubia, con los pómulos rosados y con pestañas largas, tortuosas hacía arriba: - Pol, ¿empiezas de nuevo con tus orrores?... mueva por lo menos la silla... ¡Sabes que no puedo soportar este holor de alquitrán!... Como medida defensiva, la tía Laura sacó un cigarrillo egipcio y lo encendió en la llama de un merchero, colgado con una cadena tenue, de plata. El camarero trajo dos fruteros con uvas de Constantinopola, melocotones y peras, entre bolas de hielo, en un cadalecho de hojas de vid entalladas. Un mozo, con el cuello ahogado por el cuello duro y demasiado alto, distibuyó con destereza los platillos y la cuchillería para el postre. La orquestra había callado. Se oía ahora el alboroto de las voces, el sonido cristalino de las copas, las carcajadas y las órdenes enfurecidas por el espero, rellenando la terasa des casino con el alborto ininterrumpido de los grandes restaurantes y bares, de que, con pena, como si fuerael último puesto avanzado de la civilización, el coronel Pavel Vardaru, después de un permiso de cuarenta y ocho horas, debía de roperse el siguente día, en la alba... En

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unas cuantas horas del viaje, el coche volviera a ahondarlo en el pueblo tátaro, con chozas torzadas y ciegas de arcilla, perros lanosos, burros bramando en el anocheser y con ese polvo de Dobrogea- que tapa los orificios nasales, araña la garganta y entrecaña el pelo- tortuoso en remolinos a lo largo de los campos quemantes, sin cualquier señal de sombra. Con emoción de deportado en la víspera del exilio miraba los arbustos exóticos , plantados en cajas de madera en la esquina de la terasa, con sus hojas esmaltadas que, en el rango de la luz crestuda, parcían cortadas artificialmente en cinc; movía sus ojos por los comedores de los desconocidos; contemplaba las mujeres en ropa vaporosa y transparente; admiraba las vueltas científicas de los camareros entre las silla, balanceando en las puntas de los brasos con las bandejas carcadas; miraba lánguidamente al pabellón de la capilla vienesa con las mujeres en vestido rojo, adaptando sus violines entre las rodillas agarradas; desde las grandes ventanas, ornadas por coralles de las bombinas, pasaba para disfrutar de los gigantes carteles, dramáticamente pintadas, representando a un bailarino negro y una famosa cantante. Espectáculo invalorable, de comodidad, de malgasto y buen sustento, que iba a desenfrenba sin parar, bañado en la misma orgía de bombillas eléctricas y aliviado de calor por la brisa húmeda del mar y mañana, entonces cuando él, moverse a tiendas por la oscuridad del pueblo, defendiendose de perros enemigos y pisando sobre lamas de basura, iba a engañar la insomnía inspeccionando la centinela de noche. El coronel Pavel Vardaru sintió su pecho ahogado por la tristeza de los alumnos en el final de las vacaciones. - Cafés, ¿por favor? El camarero esperaba, asomado de la cintura, con la cara afeitada, firma y ferma, como si fuera la más grave decisión diplomática. - Claro que sí, ¡cafés también! Sobresaltó el coronel. Niños, ¿cuál sirve café también? Oigame: dos helados, un café con hielo... ¿ Tú prefieres el café con hielo, Luminițe? Dos cafés turcos con rom … Y licor. ¡Dame la lista! El camarero no se movió. Sólo pestañeó. - Lo se, el anisete del coronel… ¡”Mărie Brizard”!... Pavel Vardaru asió su monóclo en la arcada de la ceja y miró, desde abajo hacia arriba, el servidor en fraque, cual le conocía los gustos. Se iluminó, con un gran felicidad: - ¿Estabas tú, Jean? Y repitió con retraso las palabras, paseando con el recuerdo en el paraiso prohibido. - ¡Jean, de Alcazar! Jean sonrió aceitoso, sacudir la esquina de la mesa con la servilleta. El coronel Pavel Vardaru era famoso en todos los restaurantes de día y de noche de la Capital y en todas las residencias de verano. Su cabeza de temprano cenizosa, con la mejilla y el bigote afeitados siempre fresco, con la cara de militar de broma, de salón y de opereta, había presidido muchos festinos memorables. Era famoso por la elaboración primorosa de los menús, por las recetas de comidas recomendadas a los cocineros y rituales gastronómicos especiales y por el conocimiento sin falta, del primer degustación, de todos los sótanos y cosechas famosas de vinos. Cuando el licor fue revertido, el coronel suspendó en la luz la copa con el pie alto, cojiendólo entre sus dedos gruesos, con atención y el cariño de un savante examinando

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un elixirio miraculoso. Admiró la pureza de la color, aspiró la aroma con mucha felicidad y regodeó de vez en cuando. Después, con el cigarrillo de hojas entre los dientes, giró hacia su hermano, Alexandru Vardaru, el deputado, que, asomado encima de los periódicos de la noche, fumaba uno igual. - Alexandru, ¿sientes la brisa? ¡Hay un aire!... ¡un aire!... Alexandru Vardaru, distraido por la lectura de los telegramos desde la frente oriental, hizo un gesto evasivo de confirmación, con la mano. Pero Mihai Vardaru, el sobrino de ellos, desde la esquina de donde terminaba su helado separada en trozos finos, con gracia de gato, levantó su mejilla feminina y quiso preguntar como se puede sentir la frescura y la pureza del aire, aspirado por los tales verdaderas chimeneas de locomotora, asi como parecían los cigarriloos de hojas. Pero se acordó, antes de la partida y, represando la broma, decidió prudentamente apalzarla para otro momento más adecuado, sonreir por interior. - ¿ Por qué ries, Mihai? Preguntó Luminița. Todos los ojos se dirigieron hacia él. - ¡Oh, tía! - ¡Por favor, no molesten a mi niño!... protestó la tía Laura, defendiendo a su nieto, tímido y decente, en el medio de esta familia deportista, donde solamente ella y el adolescente con mejilla de estudiante de internado no tenían costumbres y vocabulario de campanamiento, estadio y campo de carrera. Se recordó de algo, y, abriendo tabaquera de platina, dijo: - Ahora, Mihai, cuando estas bachiller, hombre por todo, creo que puedes fumar... ¿ No es así, Pol, Alexandru, que le dan el permiso? Mihai se puso más rojo que antes, suplicando: - Luminița Vardaru sacudió su cabeza negrusca desde la sombra de los arbustos donde se quedó escondida, mirando la oscuridad del mar, encovándolo, imitándolo. - ”¡Ay, tía!... ” ¡Uf, que primo blandujo tengo! ¡Qué, oh, tía?... Di: ”¡Gracias, tía! No fumo cigarrillos egipcios. ¡Son demasiado débiles y contienen opio! ¡ Fumo cigarrillo más de hombres! Por ejemplos: reales!” ¡Mira!... Antes de que pudiera defenderse, Lumnița Vardaru, con exhoración de policia en un registro corporal, sacó del bolsillo de Mihai, el del pecho, una tabaquera de cuero- su regalo de este verano, cuando había celebrado el examen de graduación- le pusó un cigarrillo real entre los dientes, con asco, tomó una ella también, enecndió y le dió un rosco de humo en la nariz. - ¡Toma! Todos sonrieron, y Mihai giró zurdamente, entre los dedos, el cigarrillo encendido. ¡ Qué idea! ¡Y qué lunático! A él le gustaba el cigarrillo solamente si lo fumaba solo, sin tantos ojos dirijidos hacia a él. Luminița sacó su sombrero de paja. Lo puso en un pilar de la barandilla, sacudió su pelo cortado y rizado y, con los codos en la mesa, con la mejilla cobriza mate, después de un mes en la playa, cogido en puño, cerrando los ojos negros y un poco oblicuos, para que los protegera del humo del cigarrillo, dio autoritariamente, como si fuera un consejo de familia: - ¡Sólo el ejército lo hará hombre! Tío Pol, en el otoño, inmediatamente hay que deshelarlo... ¡Yo me declaro vencida!...

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Mihai encontró un momento adecuado para que se vengara. Habló en voz baja, entre los dientes, al oido: - A ti también, ¡solamente Radu el Hermoso te domesticará! Después hablando con una persona invisible: - ¡Señor Radu Comșa, en la primavera hay que llevarla contigo y domesticarla! ¡Nosotros nos declamaros vencidos! Luminița, asombrada por culpa de la inseperada audacia, se quedó con el cigarrillo en la mitad del camino hacia los labios. - ¿Qué has dicho? ¿Por favos, qué has dicho? Mihai se asomó y le dijo la segunda vez, al oido, firmamente: - ¡He dicho que el señor Comșa sacará los jilgueros de tu cabeza, así! - ¡Mirad, señores! Dijo Luminița con mucho asombramiento; ¡justo que lo dejásteis emanciparse y empezó cambiarse la dentición de leche! Trata de morder... ¡Bravo! ¡Anda bien, mi viejo! En un mes te veo firmando pólizas, fumando un descascarrillado habano en la nariz del tío Polo y – ¿qué se yo? – sentandote probablemente en la mesa de al lado, con la portuguesa... - ¿Qué portuguesa, díme? Se movió, entre los brasos de la silla de pajo, muy preocupada, la tía Laura. Luminița sacudió su pelo en la espalda, explicando locuazamente. - ¡Una portuguesa, una mujer de Portugal, ex gran imperio colonial, actualmente modesta república situada en la extremidad de la Ibérica!... La capital: Lisabona, en la provincia Extremadura, muy banalizada por las poetas simbolistas. Ciudad importante: Porto, con vinos famosos, sobre cuales nos puede contar más cosas el tío Polo. ¡En fin, Portugal, la paria del agua del pelo, de Camoe´ns y dueña Ines de Castro!... Para el resto y detalles precisos, ¡preguntad al señor, que se hace la mozquita muerta! Puede deleitaros y con un Fado de amor, del repertorio popular... Luminița zumbaba con la mano en el corazón, esparciendo con un solo movimeinto el pelo negro encima sus de los ojos, hiciendo una más patética imagen: ” Amor e sonho que mata, Sorriso que desfalece; Amor e nuevera de prata... ” Mihai se forzó escuchar esta vertiginosa e insidiosa disfasia de geografía, história y folclore con la más impecable indiferencia. Pero disminuyendo sus ojos, como si fuera por culpa del humo, aplastó una lágrima de pena. El cuento de la portuguesa había sido el primer sufrimiento de él, infantil. Luminița descubrió sus fotos y su cuaderno de apuntes; habiá sido su confidente para dos meses, cuanto duró toda la novela sentimental, le habiá prometido que no dijera nada a nadie. En este cuaderno de apuntes, había entendido ella también, en piano, la romanza portugueza popular- el momento de la Carmencita en Majestic; entonces la canción de ella le había parecido interesante, hermoso y lo habiá memorado. ¡Y ahora se burlaba de él! Todas las mujeres, todas, son, en el mismo tiempo…

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- ¡Así que fue detenida también la ofensiva de Brusilov! Declaró Alexandru Vardaru, levantando la mejilla gruesa encima de los periodicos, doblandolas debajo de los codos. ¡Me parece que esta vez empiece la gran crisis!...Pol ¿no olvides la autorización! En diez días hay que vender vuestro trigo también. Después, ¡quién sabe que pasará!... El coronel abarcó sus piernas debajo de la mesa, haciendo un ruido metálico con las espuelas, contemplando en la luz otra copa con licor, llena. - Pero, pasando lo que sea, ¡qué acabe de una vez! Estoy harto del grupo viviendo en chozas... ¿Sabéis que basura hay en el famoso cuadrilátero? ¡Una miseria! ¡Y unos nombres de pueblo! ¡Daidîr, Balbunar, Siahlar, Sarsînlar! …¡ Vayan a la mierda! Como si fueran nombrados por tartamudeos. ¡Oigame: Balbunar, Sarsînlar !... Levantó los ojos, invocando el testimonio del cielo. Nadie de emocionó por esta tristeza. El exilio de Cuadrilñaterio no era tan espanuoso como quería presentarlo el tío Pol. Había llevadoó con él su automóvil, se había insatado una ducha automada. Hace un mes hizo un viaje a Bucarest solamente para que optuviera la mudanza de un cocinero especial en el comedor del regimiento. Los soldados enviados con órdenes llevaban, desde Constanța a la Capital, trimicias, con cestas hecas por anea, aparatos para hacer helado, máquinas para moler el café; el comedor del regimiento estaba famosa por toda la división, y los oficiales empezaron a engordarse y tener gustos patricios. - ¡Parece que Czernin quiere una entrevista con Brătianu! ... seguía con su piensamiento Alejandro Vardaru. - ¡Claro que sí! ¡Quién sabe que ne ofrece!... Han comprado a Bucovina una vez de Rumiantzov, con cinco mil monedas y con una tabaquera. Es verdad, de oro y con brillantes L. Se habia enfadado el coronel, enemigo firme de las fuerzas centrales, desde cuando encerraron las fronteras con Riviera. - Creo, a pesar de todas estas cosas, dijo Alexandru Vardaru – ¡creo que hasta al final de la cosecha se puede hablar solamente sobre unas preparaciones! En Moldavia ni siquera no terminó la cosecha… Los vagones están detenidos, los soldados en permisos agrículos… ¡A propósito, Pol! ¿para trillar en Făloasa, no podría pedir mediante el ministerios unos soldados tuyos? Firmé la carta para repartir cuarenta vagones hasta el número quince del mes. El conciorcio alemano me manda solamente telegramas… - ¿Cómo, este año daste otra vez el trigo a los alemanes? Abrió la tía Laura, por culpa del asombro, sus ojos azules. - ¡Claro que sí! La política es una cosa y los negocios son otra cosa. Querida Laura, desafortunadamente, la vida es más complicada que tus novelas. Vivimos con las piernas en la tierra. - Bien, ¡pero es monstruoso alimentar a un ejército en contra de cual puedes luchar mañana! - Montruoso, no monstruoso, ¡así quedan las cosas! Si yo no vendo, vende otro... Vende el cerealista que compró mi cosecha...Además, ¡ni siquiera se si lucharamos! Todas son hipótesis. La tía Laura se dejó vencida. Entre ella, representando el elemento rómantico, ”por las nubes”, de la família, y el primo Alexandru Vardaru, su suñado, el spírito práctico y ”terrestre”, era siempre un continuo duelo.

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- ¡Esta cosa no la creo! Suspiró, dejándose con la espalda en la silla de paja, que crujó por todas las partes. Después de un mes, o un año, Romania debe de estar al lado de los aliados, en contra de los alemanes. Son una nación al cual, personalmente, no lo puedo querer. Recuerda, Alexandru, hace tres años, en Wirzburg...Los hombres,que, entre dos pintas con cerveza, se manifestaban su tandreza conyugal en público; las mujeres llevándose la maternidad como si fuera un trofeo. ¡Y los escaparates donde las salchichas y el jamón quedaban expuestas entre violas y gavillas de Vergissmeinnicht! ¡Y la ropas de las mujeres con los más extraordinarios apareamientos de colores: azul-palído, rosado, naranja, verde! ¡Y el conflicto del vagón restaurante con Herr Kommerzeinrath! ¡Uf! ¡Si esta se llama civilización también…! Alexandru Vardaru clavó un cuchillo en una pera y la peló con minuciosidad, así como buscas algo para hacer hasta que un niño termina su capricho. La tía Laura terminó, con un ceño que con todos sus esfuerzos no podía perturbar el azul puro y sin pensamiento de sus ojos. No se pudiera decir que estos ojos llenos de franqueza miraban encima de las cabezas una legíon invisible de alemanes, llevando jamón de Praga en sus bayonetas con gavillas de nomeolvides y cantando Die Wacht am Rhein… Alexandru le ofreció con calma y sonriendo, en la punta del tenedor, mitad de su pera pelada: - ¡Laura, Laura, piensas como la mujer más mujer de las mujeres! - ¿Cómo? ¿No tengo razón? ¿digo, no es así? ¡Digo como cualquier mujer tonterias! ... ¡Eres muy cortés en esta noche, querido! ¡No sabía que amabas tanto el gusto aleman!... Tal vez quisieras verme en ropa lila, con correa verde, sombrero roso y calcetería azul-pálida… Alexandru Vardaru no fue indignado de este perfecta lógica femenina. Limpió minuciosamente la otra mitad de la pera, solamente después de mordir ese fruto mantecoso y dulce, respondió: - ¡No se trata de este asunto! Pero no se hace guerra con una nación, sólamente porque a ti, personalmente, no te guste la fidelidad conygal manifestada en público y porque los comerciantes de salchicha exponen el jamón en el mismo lugar con las flores. Esto es otra cosa. ¡La guerra, si entramos en él alguna vez, tenemos como motivo otros, bastantes motivos!... Y, finalmente, ni siquiera debería de estar la guerra contra los alemanes. Los alemanes son una nación sério y fuerte. ¿ Por qué debemos de luchar en contra de ellos?... Se luchará para el Ardeal. ¡Para derechos y justicia para los rumanos!... Desgraciadamente estos derechos y esta justicia para los rumanos, en esta época, nos hacen correr en el lado de los adversarios alemanos… Pero me parece que no estamos juntos aquí para llegar a conferencias diplomáticas. Pol se va mañana por la mañana y quién sabe cuándo se eliberara del regimento- mirad qué sombrío está L. Tú, Mihai y Luminița, creo que os quedaréis en sinaia hasta el septiembre; yo, en una semana, debo observar cómo van las cosas en Făloasa y Arpășești, trillar la tierra de Vadu de la Marcha y encontrar un poco de tiempo para vender a vuestro trigo también. Nos separamos otra vez… ¡Quién sabe cúando nos juntaramos todos, hasta el otoño¡ Depués se abre el Parlamaneto, me esperan bastantes procupaciones. Como veis, ¡Luminița me complica la vida con otras cosas también¡… Luminița giró de su silla, con una idignación hipócrita, disminuyendo su mirada entre las pestañas.

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- ¿Yo, papa? - ¡Sst! Dijo Alexandru Vardaru, emenazando con los dedos entre cuales tenía el cigarrillo de hojas. ¡Tú no tienes palabra! Y cuidáte, has visto que Mihai esto lo espera. - ¡Oh! ¡Si esto se trada de Mihai!... Mihai se sintió indignado de este desdén y, para demonstrar inmediatamente que el mal es una cantidad tan insignificante, le dijo al oido, con la intonación de Luminița de hace un rato: - ” Amor e sonho que mata”... Para el resto y para detalles precisos, dirijidos al señor Radu Comșa el Hermoso… Estaba ahora el turno de Luminița para la perfecta indiferencia. Abriendo y cerrando el cierra del bolso de baga, hizo un movimento con los hombros. - ¡Uf! Sois todos unos, unos... No encontró la palabra bastante sistematizada... Volvió enfadada respaldar a la mesa y con la cara hacia la gran mar cubierta por la oscuridad, mostrando añi que ya no le interesa la conversación. Alexandru Vardaru encontró finalmente el momento oportuno para demonstrarle al coronel la necesidad de alquiler la propiedad de Ialomița.Ya no podía ocuparse de tantas cosas. Tenía también unas obligaciones políticas. Ttres veces rechazó la invitación de recibir el puesto de secretar general de Internos, donde era necesaria una mano de hierro. Ahora, cuando, en invierno, Luminița iba a tener su casa, él iba aquedarse solo. Envejece. Siguió con sun palabra, negado por su pelo negro, por los dientes fuertes y por toda su ser fuerte y infatigable. De verdad, en esta familia acostumbrada con el lujo, la comodidad y riqueza, gastando los ingresos de sus propiedades laboradas con sudor y sangre por los pobres campesinos, él solo no podía encontras el descanso que necesitaba. Además de su puesto más y más importante en el Parlamento, de los juicios pesados y complicados en los cuales suplicaba con segura victória, Alexandu Vardaru cuidaba también de las dos propiedadas de Muntenia, las de su mujer, Elana, la madre de Luminița, muerta desde hace diez años en Vichy; adninistraba la fortuna de –Mihai y de las dos hermanas suyas, Cora y Ralu, nietos órfanos desde hace cuatro años, por culpa de un accidente de automóvil en la Valle de Prahova; y además, cada otoño y primavera, debía de organizar las propiedades chaóticas de Pol y de Laura- grande casa y rica, de casi cinco mil acreces, dejada en las manos de los administradores y devorada por las ipotecas. La vida la vivía más en los durmientes y en hoteles; en la misma semana aparecía en Craiova en un juicio; en Iași en una asamblea pública; conduciendo su automóvil en una carretera hacia las propiedades; haciendo un dicurso aplaudido en la Cámara; organizando una promesa electoralista de una elección pacial. Por todas partes, la aparición de este hombre bien hecho, rechoncho, atascado, fermo en sus pies cortos en la corteza del planeta, con el pelo corto y de punta y con los ojos gris, frios y agudos, inspiraba determinación, confianza y acción… Nacido para luchar y dominar, desvalijaba el mundo por la cual pasaba y no domesticaba su mirada sólo para los de su alrededor. Los defectos de ellos le amusaban, porque creía que estaban sin consecuencias cuanto tiempo él estaba vijilando. Cuando dirijia su mirada hacia Luminița, sus ojos frios como el acero, de repente se llenaban de emoción, como los ojos de los serres salvajes del bosque, cunado miran a sus criaturas todavía sin fuerza.

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Esta domesticación protectora, la tenía sólamente para Radu Comșa también, su ex-secretario desde hace dos años, ahora asociado en su oficina de bogado; joven, con todas las promesas del futuro, y tras su elección y la de Luminița, el futuro esposo de ella. El coronel escuchaba distaido las palabras de Alexandru Vardaru, mirando las olas de hombres por el casino, donde se terminó algo, un espectáculo. ¿ Qué significado tenían todas estas cosas si pudieran ser hechos por Alexandru hasta al final?... ¡Si estaba mejor alquillar la propiedad, qué la alquile! No se opone ni él, ni Laura. ¿ Por qué arruinar esta última noche, tan agradable, con bebidas finas, frutos raros y música selecta, cigarrillos maravillosos, recordando que la vida es más complicada y con tantas absurdas y estúpidas preocupaciones?... - Pol, tú no escuchas? Lo sorprendió Alexandru Vardaru. - ¡Disculpame! Escucho... ¿Por qué no escuchar?... dijo suave el coronel. Pero sus ojos se quedaron mirando la puerta del casino abierta de par en par , por la cual las salas de juego y de espectáculo derramaban una procesión interminable. Un almirante con una barba suntuosa blanca pasó por dos mujeres muy altas, con un galfo ruso cogido por una caden; soldados en túnicas estrechas; una criolla acompañada por un señor infante de marina bajo y gordo, llevando las gafas encima de las orejas; muchos oficiales de marina con las mejillas afeitadas y empolvado cuidadosamente; pantalones blancos y zapatos con suela elástica, con sombreros de pajas y escotes mostrando el pecho; de todas dimensiones, hombros empolvados y cllares de perlas, casa conocidas, de Calea Victoriei, y desconocidas, de qiuén sabe de qué provincia aislada, grandes propietarios y hombres políticos, jugadores de veitiuna y enfermos enviados respirar aire marino, actores y jóvenes esforzándose parecer cansados y hastiados; gente mezclada, emitida desde la playa y los balnearios cosmopolitos, inaccesible ahora, en el extranjero, donde hay guerra. Los camareros corrían como locos, acorralando otras silla y otras mesas, se oían golpes impacientes de bastones en el mosaico del piso; llamadas encima de las otras cabezas, jóvenes levantandose para ofrecer, cortesanamente, sillas de paja a las mujeres; la clamor cubría la obertura de Setniaramis, cantada con todas las cuerdas de la orquestra vienesa. El coronel Pavel Vardaru miraba y escuchaba con la más grande felicidad. - ¡Finalmente Radu también! Radu Comșa, detenido en frente de la puerta, le buscaba con la mirada encima de las mesas. Cuando vió la manolevantada del coronel, hizo una señal con que lo había visto. Estaba acompañado por un hombre en ropa marrón rayada, desvanecida en los hombros, con la cara escondida por la sombra de una panamá pasada de moda, muy larga. - ¡Está acompañado por un tío! anuncío el tío Pol. El tono de esta réplica era bastante notable que, por las aparencias, el coronel lo había clasificado entre los individuos de la periferia de la humanidad, que no representa ningún interes para la familia Vardar. El tío quisó marcharse, pero, por los gestos, se entendía que Radu Comșa insitaba que viniera con él. - ¡Pero es el señor Probotă! Gritó Mihai, reconociendolo y levantandose de la silla. Voy a traerlo. *Virgil Probotă, compañero de escuela y amigo de Radu Comșa, profesor de ciencias en un liceo de la Capital, había sido, como estudiante, preceptor de Luminița y de

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Mihai. Con toda su obligación ingrata de iniciar a dos niños malcriados en los secretos de la trigonometría, en las leyes de Newton y los paragrafos de Tacit, había dejado a sus ex-alumnos el recuerdo de un hombre con mucar cosas raras y defectos, amusantamente deformado hasta la pedantería, de la eneñanza, pero de una gran comprensión y de un amor pasional para los librios. Y aún ahora, cada vez que Mihai Vardaru debía de tomar una decisión en la vida y pasaba por un crisis del alma, se preguntaba a si mismom como última instancia de la conciencia, si su hecho o su piensamiento fueran aprobados por su ex-profesor. Así que le cojió las dos manos con muha alegía... Radu Comșa dejó a su amigo en las manos de mihai y se acercó a la mesa con el sombrero en la mano, sacando sus guantes de piel. Llevaba ropa gris, estrecha en el tronco sólamente con un botón, pantalones y zapatos plancos, camisa de seda, sin chaleco, y un lazo apretado, como pedía la moda de la epoca. La mejillamorena, lisa, rayas que desde todas las partes parecían miradas desde el perfil, era más cobrizo, después de un mes de sol y brisa marina. Pero la firmeza voluntaria de la cara estaba azucarada por los ojos suaves y por los labios rollizos, rosos y voluptuosamente pintadas. ” ¡Tienes boca de odalisca, Radu!” repitió el coronel Vardaru: cada vez que Comșa parecía con su carácter determinado, de hombre que sabe lo que quiere. ”¡Tienes boca de odalisca, y con el señal de sensualidad no puedes acabar siempre lo que decidiste, tranquilo y con sangre frío, entre los cuatro paredes del habitación!” declaró el tío Pol, cual tenía también una barbilla muy autoritaria, como los bustos romanos, pero perdía la vida, hiciendo hoy el contrario de lo decidido de ayer. Radu Comșa besó la mano de Luminița en la muñeca del puño, debajo de la pulsera del reloj, donde la piel blanca es cruzada por venas azules. Mihai logró llevar a Virgil Probotă, llevado por la manga. El profesor de ciencias, rodeando la mesa a coger la mano de todos, logró a volcar una copa vacia. Cuando volvió asustado para que lo pusiera en su lugar, cogió sin querer una servilleta y debajo una cuchilla atascada en una manzana. El cuchillo volteó por las rejillas de las barandillas, debajo en el mar. ¡Esto no era suficiente! Por un capricio inprevisto de las leyes de la física, la manzana volteada volvió en la mesa, cubrió todo el superficie de la mesa, volcó una copa con licor y revolcó en los brasos de la señora coronel, que se levantó de repente, insesperandose a este regalo, de esta manera, de un mortal que no parecía para nada con el pastor Paris. Virgil Probotă, en sus ropas gris rayadas, se quedó mudo, de piedra al final te todas estas catástrofas. La estupefacción de su cara le daba un imagen cómico, y como se quedaba con la mano tensa en el aire, parecía un músico ambulante, que, después de sus primeros turnos de fuerza, prepara el gran final: sacar algo más, un huevo rojo o un conejo de casa, de su manco con guantes duros y redondos, como llevaban solamante los retirados. Pero, el personaje resaba la tierra que se abriera debajo de sus pies. - ¿ Qué dices sobre la guerra, señor Probotă? Preguntó la tía Laura, ¡esforzándose no reir! Y buscando así sacarlo del lio. ¡Sientate, por favos, y dime! … hago una verdadera investigación… Virgil Probotă buscó un lugar, para dejar su sombrero. Luminița le cogió el sombrero y lo puse en un pilar, cerca del suyo.

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- ¿ Qué podía decir, señora? Dijo el profesor, sin mirarla, procupado que no le pasara como le pasó al cuchillo, llegando en el mar. ¿Quién pude decir algo claro?... respiró revelado cuando vió que estaba asegurada. La guerra puede que fuera uno de los principios de conservar la especie. Una generación se sacrifica para asegurar a las futuras generaciones una buena vida. ¡Los insectos nos dan ejemplos heróicos!... Asistimos a las más minciosasa precauciones, a verdaderos milagros de paciencia y de ingeniosidad, para que los padres aseguren a los descendentes un refugio higiénico, comida, vaza fresca y consevada, asñi como el hombre no logró descubrir los procesos... Si pensamos asi- ¡y sólamente podemos pensar asi!- la guerra es pana nuestra generación una deuda. - Asi que, ¿usded comparas nuestrio destino con el de los insectos? Se sintió indignada la señora coronel, que estaba encantada que el profesor aumentaba el número de las intervencionistas, pero no podía admitir que el camino por donde llegó a esta conclusión, en seguida que estaba en la cuestión los más generosos sentimientos del hombre, los expliquen mediante las leyes, instinctos, lo que sepamos nosotros, que ponen junto a Anatole France con los renacujados de rana y a Rafael con sus mariposas de repullo!... Señor Probotă, su ciencia nos roba todo lo que la vida ofrece la poesía… Hace tres años, cuando estaba con Pol y con Alexandru a Monaco, vistamos el museo de oceanografía. ¿ Qué crees que decubrimos, etiqutado con los más poéticos nombres de la mitología greiga? Nereis, Hermione, Meduza, Astarte? … ¡Todos las formas de gusanos, asquerosos, gusanos hirsutos, crustáceos repugnantes y cucarachas y argonautas, que no las veas en tus sueños!... ¡Pobre Omer, no reconociera sus deidades! El profesor de ciencias, picoteando su bigote, rara y rojez, intentó de vez en cuando interrumpirla. Pero la tía Laura le hizo una señal autoritar con la mano que no había terminado. Cuando terminó con la invocación de Omer, la señora coronel de dejó su espalda en la silla de paja, con un gesto: ” ¡Toma, intenta ahora decir algo más! ” Virgil Probotă no observó el señal irónico del gesto. Sacó del bolsillo de chaleco un lápiz amarillo, sin que, por costumbre de profesor, ni siquiera podía hablar, y defendío con fuerza su religión. - ¡Aquí se equivoca, señora! Primero, no fuimos nosotros los que habíamos nombrado así esas cucarachas con nombres mitológicos a cuales le encuantra tan feos… Dígame sobre los argonautas, por ejemplo! … Conozco una hitória muy interesante sobre estos individuos. ¡Les había visto usted, por supuesto, al museo del príncipe de Monaco!... Unas moluscas inferiores; un tal de pulpos pequeños, abrigados en una concha. (el profesos diseñaba con el lápiz, en el mantel ” un individuo argonauta”). Aristoteles cuenta porque ganaron este nombre… Porque estas moluscas hubieran enseñado el arte de la navegación con vela con los amigos de Lason, cuando se fueron a robar la lana de oro… Aristoteles cría que desde la concha donde viven como en una barquilla, los argonautas levantan sus brazos como un velo y se dejan llevados por la brisa en el mar, con los barcos… Aristoteles no hacia nada más que adoptar un error del tiempo. Los marineros de la antigüedad veía de verdad a los argonautas como los auténticos precursores del arte del flotar con velas y cuando se encontraon con ellos en el camino, creía que estaba un buen señal, que iban a hacer un viaje afortunada… ¡Muy hermosa la leyenda y muy poética! Pero pasa que después de dos mil años, una mujer, una ex-pastora y modista, una cualquier Janetta Pover, convertida, después de muhas aventuras, savante procursora de una ciencia, pasa, digo, ¡que demuestre definitivamente

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que Aristolteles dijo una estupidés!... ¡La famosa y poética vela de navegación de los argonautas estaba sólamente un órgano de secrecíon, y estas moluscas, sin que se dejeran levadas por la brisa, nadaban aburridamente, tragar y sacar agua tras un saco, como hacen todos los pulpos, si puedo decir, ordinarios¡… - ¿La conclusión es que Aristoteles es una idiota y no está bueno para nada comparándolo con su pastora y modista? terminó la señora coronel, irónicamente y con pena. - ¡No se que fue Aristoteles esta vez, pero estoy seguro de que mi pastor tiene razón, porque demuestra experimentalmente lo que dice! Respondió el profesos, que tenía, se nota, un conflicto personal con los “individuos” argonautas. - ¡Experimental! ¡Experimental!... ¡Usted, con su experimiento y con su ciencia, transformó la guerra heróica y cortés en un asesinado metódico! De verdad un crimen científico… Su ciencia es inmortal, ¡esto lo es! - ¡No es ni moral, ni inmoral! sonrió el profesor de ciencias, esta vez él estaba quien lo hiciera con pena e irónicamente de estas herejías comunes.No es ni moral, ni inmoral…¡Es indiferente! Nadie se enfadó porque el sulfurar de carbono huele agradable, o si el ácido mata instantáneo. Hay realidades que la ciencia las constata, las revisa, y algunas veces intenta explicarlas… el homre es una oxynitrocarbono de hidrógeno coloidal con algunas impurezas, ¡eso es lo que sabemos seguramente! ¡Las otras cosas son hipóteis! Así que las cualidades y los defectos del hombre hay que explicarlos antes tras las propriedades físico-químicos de este coloide y, después solamente experimentados con los perceptos morales, si alguíen dispone de mucho tiempo para perderlo. Pero no hemos decubierto en ninguna parte señales sobre las virtudes morales de los coloides… El profesor de ciencia hablaba con devoción, diseñando en el mantel una flota de argonautas y, en el mismo tiempo, preguntaba a si mismo cúal era el motivo por el cual él y su monólogo, entre gente harta de comer, de buen humos depués de la digestión, y completamente indiferente a unos cuestiones que, sin duda, le parecen muy aburridas. De verdad, solamente la señora coronel escuchaba y Mihai, con los codos en la mesa, como si fuera en el teatro. El coronel y Alexandru Vardaru organizaban el alquillar de la propiedad de Ialomița, con cifras escritas en la magen de los papeles. Radu Comșa, asombrado encima de la mesa, le decía al oido a Luminița, mirandola fijo en los ojos; y por una mirada se entendía que detrás de las palabras, sus ojos se decían algo agradable, profundo, eterno y ninguna vez dicho. - ¡Sale la luna! Dijo bajamente Mihai. Los ojos se dirijieon hacia el mar. Encima de las aguas, por la blanca niebla, la luna destacaba su disco muy cercano e inmenso, con no sé que aspecto glacial y solemne, de espectro mitológico.

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