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Elogio de la

memoria
Carlos Alberto Guerrero Velázquez

A

gustín (el converso) se entregó al encanto del misterio de la memoria mientras navegaba en las aguas bravas de la men-

te, agradeciendo por ella al mismo dios que había tomado a Deodato y la sangre para su gloria; imaginándole mil puertas por donde pasasen las tantas imágenes que llegaran a abarrotar esa gran aula capaz de contener el cielo y la tierra todos. ¿Qué es esto que permite traer el dulce aroma sin tener presente la flor, reviviendo lo muerto para entender lo futuro, guardando lo no creado, lo nunca visto y lo jamás aprendido? Que otros se maravillen de la creación; yo tengo el cosmos dentro. Pedro Páramo, quien escribiese a Rulfo, volvió para vivir sus sueños angustiados y poblar el mundo que ella le construyera, perdiéndose entre casas de adobe y puertas de madera astillada que cortaban el llanto del viento, llenándose los pulmones de un polvo seco de esa tierra donde no crecen ya las cosas, paseándose en aquella Comala hecha de retazos, como de retazos estaban hechas las ánimas que no se dejaban olvidar cuando narraban un pueblo de fantasmas, los cuales no son sino otra forma de llamar a los recuerdos que no nos dejan descansar en paz. ¡Cuántos cielos e infiernos hemos sido capaces de crear por miedo al olvido! Funes, el desdichado, hubiese deseado escapar de sus garras después de verse maldecido por la gracia de su plenitud, siendo atrapado para siempre por ella en un accidente de la fortuna. Ella, que le raptó ese sueño que nos vuelve felices cuando nos mata recuerdos, y le dio más de los que todos los hombres tuvieran desde que Borges se complaciese trayendo el mundo a la existencia, dejando a Funes tan desafortunado como no sólo un hombre de papel puede llegar ser. ¿Quién tiene el control de nuestra historia, cuando ni siquiera decidimos del todo qué se queda y qué se va?
Decomposition of Memory. Colinharbut

Una casa de mil puertas, un almacén, una holografía, una fotografía, una película, un castillo con cientos de escaleras, un palacio de incontables galerías, un pañuelo, un globo. Por decir algo, recuerdo que no desde hace mucho — unos para aplacar nuestra conciencia y otros en búsqueda de venganza — decidimos construir sitios dedicados a ella y escribir extensos compendios ilustrados que llevan su nombre, pletóricos de crímenes o hazañas, dependiendo de quién observe. En ellos (en forma de elogios o vituperios, para celebrar o lamentar, oficial o clandestinamente, con mesura o con descaro) un grupo de personas emplea su pequeño poder y entreteje verdades y mentiras a su manera, decidiendo qué está bien recordar y qué no, borrando de un plumazo todo aquello que no convenga a su discurso. Se construyen edificios, monumentos, centros culturales, parques y museos en su nombre; se reforman casas, almacenes, escuelas y fábricas; se imprimen tantas copias de los recuerdos que se ha decidido que valen la pena, como aquellos que se ha determinado olvidar. Se cuentan las cosas como es conveniente que se sepan: holocaustos, matanzas, persecuciones, torturas o victorias mi• PÉNDULO21/TRES/ENERO 2013 •

litares. Se pretende creer que las tantas personas que vivieron una historia diferente, olvidarán sus propios discursos en nombre de quienes se han apropiado oficialmente de ella (como la libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre). Luego vienen los turistas a profanar con sus flashes las buenas conciencias. Por decir otra cosa, ¿a quién no ha sorprendido? Agustín y su grandeza, Borges y su tragedia, Rulfo y su perpetuidad. Tantos le han pensado de tan múltiples formas. La ciencia ha buscado el qué y el cómo durante mucho tiempo, dibujando modelos y esquemas que nos permitan acercarnos a ella. Muchas disciplinas y pensadores le han estudiado; y con la temeridad o el sinsentido de siempre, la filosofía se ha caracterizado en buscar el por qué. Y los demás, los no iniciados, le vivimos todos los días sin saber que ella nos permite pensarle, no para entender su cómo, ni saber su por qué; menos para cuestionar su quién. Decir ‘memoria’ es un acto tan simple, y usarle, una cotidianeidad tan grande, que sería imposible el sólo imaginarlo si ésta faltase.