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40 / ArqueologíA MexicAnA

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1. Las altas cumbres nevadas de los volcanes y el fuego de su interior han
desempeñado desde tiempos inmemoriales un papel importante en la cos-
movisión de los pueblos indígenas del Altiplano Central de México. Cumbre
nevada y cráter del Popocatépetl. Foto: guillerMo AldAnA
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os volcanes, las altas cumbres
nevadas y el fuego que contie-
nen en su interior, han desem-
peñado un papel importante en
la cosmovisión de los pueblos indígenas
que han habitado en el Altiplano Central
de México desde tiempos inmemoriales
(fig. 1). Así, se ha sugerido que la primera
deidad importante que los pueblos de la
Cuenca de México representaron en escul-
turas e incensarios fue Xiuhtecuhtli-Hue-
huetéotl, el anciano dios del fuego, en
clara referencia al vulcanismo como fuer-
za amenazante de la naturaleza.
Al estudiar la cosmovisión como vi-
sión estructurada en la cual los antiguos
mesoamericanos combinaban de manera
coherente sus nociones sobre el medio am-
biente en que vivían, y sobre el cosmos en
que situaban la vida del hombre, partimos
de la ubicación de estas creencias en el
mundo real. Aquí se propone estudiar la
cosmovisión a partir del entorno geográ-
fico y aplicar un enfoque histórico que rei-
vindica los numerosos y sofisticados co-
nocimientos y observaciones acerca de la
naturaleza que desarrollaron los pueblos
mesoamericanos. Simultáneamente, en la
construcción de su cosmovisión, estos
pueblos mezclaron conocimientos exactos
con creencias mágicas acerca de la existen-
cia y la actuación de los cerros que eran
concebidos como seres vivos. Los más po-
derosos entre ellos eran los grandes volca-
nes que dominan el paisaje del Altiplano
Central (fig. 2).
Los volcanes eran concebidos como
personas claramente diferenciadas en
cuanto a su sexo, eran hombres o mujeres.
A los conos volcánicos se les atribuía el gé-
nero masculino: Popocatépetl, “el cerro
que humea” (5 465 msnm); Pico de Oriza-
ba, Poyauhtécatl, “el [habitante] de la ne-
blina de humo”, o Citlaltépetl, “Cerro de
la Estrella” (5 610 msnm); Cofre de Pero-
te, Nappatecuhtli, “el cuatro veces señor”
(4 220 msnm). De este último señala Tor-
quemada que tenía “la virtud y poderío de
cuatro dioses”. Por otra parte, la Íztac
Cíhuatl (Iztaccíhuatl), “la mujer blanca”
(5 230 msnm), y la Malinche o Matlalcue-
ye, “la de la falda azul-verde” (4 430 msnm),
ambas con su ancho perfil, tenían un ca-
rácter femenino, de mujeres seductoras
que sucumben ante el poder del Popoca-
tépetl. No faltan los amoríos entre ellas y
otros cerros menores que tratan de quitar-
le la pareja al Popocatépetl. Sin embargo,
este último siempre resulta vencedor en
esas contiendas.
En esta reinterpretación simbólica del
papel de los volcanes personificados se re-
flejan también las relaciones de poder que
existían entre los diferentes grupos étnicos
que habitaron el Altiplano Central en el
Posclásico, de modo que el papel ideológi-
co de la religión prehispánica se manifes-
tó igualmente en las conquistas del Esta-
do mexica. Los mexicas se apropiaron
simbólicamente en los siglos xv y xvi del
culto local a los volcanes y, al conquistar
nuevos territorios, imprimieron su presen-
cia en esos lugares de culto como manifes-
tación de su dominio político. Una situa-
ción de este tipo, aunque no desde la
perspectiva mexica, se ve reflejada en
la cartografía indígena del Mapa de Cuauhtin-
chan 2 que comentaremos más adelante.
Por las condiciones geológicas del terri-
torio de la República Mexicana, es decir, a
causa del vulcanismo, resulta que el Eje Vol-
cánico Transversal Mexicano (evtm) se en-
cuentra en una franja del territorio cercana
al paralelo de los 19 grados de latitud nor-
te. La ubicación de algunos de los principa-
les volcanes llama la atención en este sen-
tido, dado que en el Altiplano Central, el
Nevado de Toluca, el Popocatépetl y el Pico
de Orizaba se encuentran casi exactamen-
te alineados sobre el eje de la latitud geo-
gráfica de 19°N, circunstancia geológica
2. Las montañas y sus lugares de culto fueron parte de una geografía sagrada que dio sustento ideo-
lógico al poder político de los mexicas. El Templo Mayor era el centro simbólico de un escenario
geográfico-religioso del imperio mexica. En la actualidad aún se rinde culto a las altas montañas.
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en México, tierra de volcanes, las altas cumbres nevadas eran concebidas por los
pueblos prehispánicos como seres vivos. como parte de un universo dinámico,
los volcanes eran deidades controladoras de los fenómenos meteorológicos impres-
cindibles para la producción agrícola, que era a su vez la base del sustento de las
antiguas sociedades mesoamericanas. Algunas creencias y prácticas del milenario
culto a los volcanes siguen vigentes en la actualidad.
Simbolismo
de los volcanes
LOS vOLcanES En La
cOSmOvISIón mESOamERIcana
Johanna Broda
SitioS de cultoprehiSpánicoy contemporáneoenaltamontaña
La Malinche
Sitio de culto prehiSpánico
Sitio de culto prehiSpánico con elementoS arquitectónicoS
Sitio de culto prehiSpánico con arte rupeStre
SitioS de culto contemporáneo
Si Mbol ogí A
La Malinche
Nevado de Toluca
Ajusco
Lago de
Zumpango
Lago de Xaltocan
Lago de
Xochimilco
Lago de
Chalco
Lago de
Texcoco
Cerro Tláloc
Cerro Telapón
Iztaccíhuatl
Popocatépetl
Pico de Orizaba
Cofre de Perote
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que implica una serie de relaciones mate-
riales que se establecen entre los volcanes
y que no pasó inadvertida a los pobladores
prehispánicos. Además, es de notar que en
varios casos se localizan sobre una misma
falla un volcán antiguo y otro posterior,
formando sistemas binarios como ocurre
en los casos del Nevado y el Volcán de Co-
lima, la Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, o la
Montaña Negra y el Pico de Orizaba. En
este sentido, se entiende que algunos de es-
tos pares fueran interpretados por las cul-
turas indígenas como parejas de montañas
deificadas (figs. 3, 4).
LOS ALINEAMIENTOS
ASTRONÓMICOS
DE LOS VOLCANES
La arqueoastronomía investiga los fenó-
menos solares que se presentan en ciertas
fechas del año a la salida o la puesta del sol
en el horizonte, fenómenos que fueron ob-
servados desde puntos escogidos del pai-
saje, desde cerros o desde estructuras pre-
hispánicas deliberadamente construidas
en ciertos lugares. Estos alineamientos en-
tre los volcanes fueron establecidos en tér-
minos del calendario mesoamericano. Se
derivaban de la observación de los astros,
lo que a su vez permitió la construcción
del calendario. En estas observaciones los
volcanes, como marcadores conspicuos
del paisaje, desempeñaban un papel prota-
gónico. Existen ya numerosos estudios es-
pecializados acerca de los fenómenos que
se observaban sobre el Popocatépetl, la Iz-
taccíhuatl, la Malinche y el Nevado de To-
luca; entre ellos podemos mencionar las
aportaciones de Franz Tichy, Arturo Pon-
ce de León, Rubén Morante, Stanislaw
Iwaniszewski, Jesús Galindo, Ivan Sprajc,
Arturo Montero, Tim Tucker y Johanna
Broda. Sin embargo, falta aún integrar esos
estudios monográficos en una sola pers-
pectiva de interpretación.
En años recientes ha habido un avance
en el registro y el estudio de los sitios ar-
queológicos de Alta Montaña en esta mis-
ma región; los datos se han registrado en el
Atlas arqueológico de la alta montaña mexicana,
publicado por Arturo Montero. En 2008
un grupo multidisciplinario del Instituto
Nacional de Antropología e Historia,
coordinado por Pilar Luna, Arturo Monte-
ro y Roberto Junco, exploró los sitios ubi-
cados en el Nevado de Toluca e incluyó el
buceo en las lagunas del Sol y la Luna que
forman el paisaje espectacular del cráter del
Chiucnauhtécatl. Las grandes cantidades
de ofrendas de copal, los fragmentos de tur-
quesa y los rayos-serpientes de madera que
se han recuperado en esa exploración, in-
dican que esas lagunas en lo alto de la “mon-
taña de las nueve cumbres” eran un centro
de peregrinación muy antiguo; se ubicaba
en la región matlatzinca que en el siglo xv
fue conquistada por los mexicas.
El mayor santuario de alta montaña se
encontraba en la cumbre del Monte Tlá-
loc, a 4 125 m de altura. Al igual que en el
Nevado de Toluca, los mexicas, al llegar a
dominar políticamente la Cuenca de Méxi-
co, establecieron ahí un templo en un an-
tiguo lugar de culto que se remontaba por
lo menos a tiempos teotihuacanos, es de-
cir, a más de 1 000 años antes de los mexi-
cas. A este santuario ascendían los gober-
nantes de la Triple Alianza a fines de abril,
durante la época más seca del año, para pe-
dir la lluvia a los dioses de las montañas.
Tláloc, el dios de la lluvia, la tierra, la tor-
menta y el rayo, residía en lo alto de ese ce-
rro, la deidad era el cerro mismo, y se iden-
tificaba con los fenómenos meteorológicos
que producen los volcanes (fig. 6).
En las faldas de la Íztac Cíhuatl, la “mu-
jer blanca”, existían asimismo numerosos
lugares de culto a los que acudían los sacer-
dotes mexicas, y había otros en menor
cantidad en el Popocatépetl. Otro volcán
importante, a 3 930 msnm, es el Ajusco
(Axochco, “en el lugar de la flor de agua”),
donde también se han hallado vestigios de
lugares de culto prehispánicos y donde se
conserva hasta hoy la creencia de que en su
cumbre se encuentran unas lagunas cuyos
sumideros conectan con el mar. Pero no
sólo en las altas montañas de la cuenca cons-
truyeron los mexicas sus adoratorios. Al-
gunas formaciones volcánicas de menor ta-
maño, como el Zacatépetl (“Cerro del
Zacate”), el Mazatépetl (“Cerro del Vena-
do” o del Judío), el Huixachtécatl (Cerro
de la Estrella), Chapultepec y la Sierra de
Guadalupe, fueron igualmente integradas
por los mexicas a un circuito ritual a orillas
del lago en cuyo centro se encontraba la isla
de Tenochtitlan. El Templo Mayor era el
centro simbólico de esta región nuclear del
imperio mexica, en el cual se integraban las
montañas y sus lugares de culto en una geo-
grafía sagrada que daba sustento ideológi-
co al poder político.
3. En la cosmovisión de los pueblos del Altiplano Central se mezclaron conocimientos precisos con
creencias mágicas acerca de la existencia y la actuación de los cerros, que eran concebidos como
seres vivos. Los más poderosos eran los grandes volcanes que dominan el paisaje del altiplano. Arri-
ba: Popocatépetl (izquierda) e Iztaccíhuatl (derecha). Abajo: Matlalcueye o La Malinche (izquierda)
y Poyauhtécatl o Pico de Orizaba (derecha). Códice Vindobonensis, p. 39.
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4. Las culturas indígenas interpretaron y deificaron como parejas a las montañas del Altiplano Central
cuando observaron que varias de éstas forman un sistema binario. Las condiciones geológicas del al-
tiplano hacen que sobre una misma falla haya un volcán antiguo y otro posterior, como la Iztaccíhuatl
y el Popocatépetl. a) La Iztaccíhuatl y el Popocatépetl como pareja de cumbres nevadas. Códice Nu-
ttall, p. 11. b) Chalchiuhtlicue y Tláloc son evocados en ensoñaciones relacionadas con las cimas ne-
vadas de la Iztaccíhuatl y el Popocatépetl. Códice Nuttall, p. 14.
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Popocatépetl e Iztaccíhuatl
5. Más allá de la cadena montañosa que
delimita la Cuenca de México por el
este, se extiende el valle Puebla-Tlax-
cala, donde se encontraba el señorío
de Cuauhtinchan, lugar en el que se ge-
neró el documento cartográfico indíge-
na conocido como Mapa de Cuauh-tin-
chan 2. Los grandes volcanes delimitan
un espacio geográfico real. Al oeste, se
ve la Sierra Nevada con el Popocaté-
petl y la Izta-ccíhuatl; al norte, la Malin-
che y el Cofre de Perote y el Pico de Ori-
zaba al este. En el centro se encuentran
el pueblo de Cuauhtinchan y la ciudad
sagrada de Cholula. Además de las ca-
racterísticas geográficas naturales, se
plasmaron elementos de importancia
política y la cosmovisión prehispánica,
presente en innumerables detalles que
aún no están descifrados. Los topóni-
mos referidos a cerros, pueblos e infi-
nidad de lugares sagrados del paisaje
demuestran esa íntima fusión entre la
percepción mítica y el paisaje real.
FotoS: bnAh
Topónimos de pueblos y cerros La Malinche Cofre de Perote Pico de Orizaba
Cholula
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CHOLULA Y EL VALLE
DE PUEBLA-TLAXCALA
Más allá de la cadena montañosa que deli-
mitaba la cuenca en su horizonte oriental
–formado por el Popocatépetl, Íztac
Cíhuatl, Papayo, Telapon y Cerro Tláloc
(todos ellos de origen volcánico)–, se ex-
tendía el valle de Puebla-Tlaxcala, con Cho-
lula como su gran centro religioso. Se tra-
taba de la ciudad sagrada más antigua de
Mesoamérica que seguía funcionando en
el momento de la conquista. Su monumen-
tal pirámide, conformada por muchas su-
perposiciones, yace hoy convertida ella
misma en un cerro en cuya cumbre se cons-
truyó el santuario católico dedicado a la
Virgen de los Remedios. La ciudad sagra-
da de Cholula se ubicaba en el centro de
un paisaje dominado por los mismos vol-
canes que vistos desde Cholula forman el
horizonte occidental. Además, la montaña
Matlalcueye es una presencia imponente al
noreste de esa cuenca. Mientras que la Pi-
rámide de Cholula y el actual santuario ca-
tólico tienen una orientación solsticial ha-
cia la puesta del Sol sobre la Sierra Nevada
en el solsticio de verano, La Malinche se
ubica hacia el noreste y mantiene una se-
rie de alineamientos significativos a lo lar-
go de su amplio perfil (Tucker y Montero,
2008). En las cercanías de La Malinche se
encontraban además los importantes cen-
tros religiosos de Cacaxtla y Xochitécatl;
este último cerro artificial era también una
deidad de montaña sagrada venerada por
los mexicas.
En la parte suroriental del valle de Pue-
bla-Tlaxcala hay una serie de códices que,
aunque fueron producidos durante las
primeras décadas de la época colonial,
reflejan fielmente la tradición de la carto-
grafía prehispánica: se trata de la Historia
Tolteca-Chichimeca, texto en náhuatl acom-
pañado de imágenes tipo códice, y de
los Mapas de Cuauhtinchan núms. 1-4, do-
cumentos provenientes del pueblo de
Cuauhtinchan, Puebla. Varios estudios
pioneros de Paul Kirchhoff, Luis Reyes,
Bente B. Simons y Keiko Yoneda se han
ocupado de esos importantes documen-
tos, así como dos excelentes publicacio-
nes colectivas recientes. Aquí sólo me re-
feriré a las representaciones de los
volcanes que aparecen en el Mapa de Cuauh-
tinchan 2, que hemos escogido para ilus-
trar el presente texto. Si bien el señorío de
Cuauhtinchan ocupa el centro de interés
del relato de esos documentos, y se cuen-
tan en ellos varias historias reales o míti-
cas acerca de los chichimecas y otros gru-
pos étnicos que se establecieron en
Cuauhtinchan a partir del siglo xii, exis-
ten al mismo tiempo otros varios niveles
de representación gráfica y simbólica en
el documento que permiten lecturas e in-
terpretaciones complementarias (fig. 5).
Aquí nos interesa destacar el aspecto car-
tográfico indígena. Los grandes volcanes
delimitan un espacio geográfico real, son
los principales marcadores de este terri-
torio. Vemos la Sierra Nevada con el Po-
pocatépetl y la Íztac Cíhuatl representa-
dos al occidente, La Malinche hacia el
norte y el Pico de Orizaba y el Cofre de
Perote al este y noreste, respectivamente.
En el centro se encuentran el pueblo de
Cuauhtinchan y la ciudad sagrada de Cho-
lula. Aunque el espacio no se representa
a escala, se refiere a un paisaje real, esce-
nario de acontecimientos históricos, pues
además de las características geográficas
naturales, se evocan en él elementos de
importancia política (Yoneda, 1991).
Al mismo tiempo, en estos mapas se
plasmó la cosmovisión, hecho que se re-
fleja en innumerables detalles que aún es-
tamos lejos de poder descifrar en su tota-
lidad. Los topónimos referidos a cerros,
pueblos e infinidad de lugares sagrados
del paisaje demuestran esa íntima fusión
entre la percepción mítica y el paisaje real.
Otro elemento religioso importante son
los diez “glifos escalonados” (fig. 7) del
Mapa de Cuauhtinchan 2. Según Medina y
Tucker (en Tucker y Montero, 2008 ), es-
tos glifos remiten a unos templos que los
chichimecas-cuauhtinchantlacas cons-
truían con tule, material perecedero, para
llevar a cabo rituales con los envoltorios
sagrados; éstos contenían las reliquias má-
gicas que simbolizaban la identidad del
grupo. Se trataba no sólo de templos, sino
que el glifo representa en numerosos ca-
sos la entrada, “el umbral” para acceder al
interior del cerro, de los cerros que abar-
caban tanto a las aguas subterráneas como
a los símbolos de la fertilidad agrícola. En
cierta manera era la entrada a las fauces
abiertas del “monstruo de la tierra”, un
antiguo símbolo de origen olmeca que
era representado en la última época mexi-
ca como Tláloc-Tlaltecuhtli, el Señor de
la Tierra.
LA COSMOVISIÓN
DE LOS VOLCANES
En este sentido, la cosmovisión indígena
se construye a partir del paisaje y del en-
torno real, los volcanes son los puntos de
referencia fundamentales del territorio.
Al mismo tiempo, son actores de la his-
toria mítica, personas cuyas voluntades y
albedrío, amoríos y pasiones recíprocas
constituyen un peligro para los hombres.
El paisaje forma parte del orden cósmi-
co, el cual se expresa por medio de los
alineamientos astronómicos deliberada-
mente orientados hacia las salidas y pues-
tas del Sol sobre el perfil de los volcanes.
En el sur de la Cuenca de México, Cui-
cuilco fue el primer sitio con una pirámi-
de monumental que mostraba alinea-
mientos con propiedades calendáricas, lo
que quizá constituye los inicios de la
construcción del calendario en Me-
soamérica. Como parte de un universo
dinámico, los volcanes eran deidades
controladoras de los fenómenos meteo-
rológicos imprescindibles para la pro-
ducción agrícola.
Los nombres de los grandes volcanes
hacen alusión al fuego en su interior: Po-
pocatépetl, “el cerro que humea” (popo-
ca, “echar humo”, de poctli, “humo”)
(Molina, 1977); pero aluden también a la
“neblina de humo o de nubes oscuras”
(poyauh-). El Poyauhtécatl (Pico de Ori-
zaba), por lo tanto, era “el [habitante] de
la neblina de humo” o “el que habita en-
tre la niebla de nubes oscuras”. Así, la
etimología establece el vínculo entre el
fuego volcánico del interior de la tierra
y las calidades meteorológicas de los vol-
canes, que en mayor grado que los de-
más cerros eran concebidos como vasos
grandes que contenían las aguas subte-
rráneas y también eran considerados
“brazos de mar”.
Esta última expresión la siguen usan-
do los habitantes del Valle de Toluca al
referirse a las lagunas del Nevado; la mis-
ma creencia ha perdurado también en el
suroeste de la Cuenca de México hasta la
actualidad. La montaña del Ajusco-Axo-
chco, “en el lugar de la flor de agua”, se
concibe igualmente como “brazo de
mar”, y se dice que en su cumbre había
unas lagunas que contenían unos remo-
linos que conectaban con el océano. En
esta perspectiva, la palabra náhuatl
axoxouilli, “abismo de agua profunda”
(Molina, 1977), evoca quizás esta co-
nexión subterránea con el mar. Esta con-
ceptualización de las aguas del interior
de los cerros que comunican con el mar
era muy importante en la cosmovisión
mesoamericana, ya que el mar constituía
el símbolo absoluto de la fertilidad. Del
mar surgen, de hecho, los vientos que
conducen a la formación de las nubes
cargadas de agua que se precipitan sobre
la tierra en época de lluvias.
Después de la conquista española, la
cultura de los pueblos indígenas cambió
radicalmente, fueron eliminadas las ex-
presiones de la cultura de la elite, el
culto público del Estado y los conoci-
mientos complejos de los sacerdotes-as-
trónomos y especialistas rituales. La cos-
movisión de los cerros y los paisajes
rituales perdieron su articulación con el
culto público y la especulación filosófica
de los grandes templos. La astronomía,
las matemáticas, la arquitectura y la inge-
niería formaron parte de esos conoci-
mientos especializados de la elite que fue-
ron destruidos de manera violenta a raíz
de la conquista.
Sin embargo, en las comunidades
campesinas indígenas sobrevivieron mu-
chos conocimientos ligados a la obser-
vación del medio ambiente y los ciclos
naturales, la geografía, la botánica y la
agricultura. La vida campesina seguía de-
pendiendo de estas manifestaciones
locales y de su manejo adecuado. Tales
prácticas han permitido también la re-
producción de muchos elementos de la
cosmovisión, aunque en la actualidad,
por el avance de la tecnología, el creci-
miento urbano y la destrucción del me-
dio ambiente, se han visto seriamente
amenazados y cerca de desaparecer. Se
trata de la tradición mesoamericana de
los especialistas rituales que controlan
“el tiempo”, es decir la meteorología, y
que durante siglos han actuado en bene-
ficio de sus comunidades. Mediante la
ejecución de ritos en los lugares sagra-
dos de los volcanes, los tiemperos o gra-
niceros procuran atraer la lluvia benéfi-
ca para las milpas y protegerlas de los
peligros de las tormentas, el rayo, la llu-
via excesiva y el granizo. Las fechas más
importantes para estos ritos son la fies-
ta de la Santa Cruz (3 de mayo), cuando
“se abre el temporal”, y el día de muer-
tos a principios de noviembre, cuando
ese ciclo se cierra. Estos ritos siguen
practicándose en el entorno de los vol-
canes del Altiplano Central y constituyen
una tradición cultural milenaria anclada
en su integración con el paisaje de las
montañas.
Johanna Broda. Doctora en etnología. Investigadora
del Instituto de Investigaciones Históricas de la unam
y profesora de posgrado en la unam y la enah. Es-
tudia temas de cosmovisión y ritualidad de los pueblos
indígenas en la historia de México.
Para leer más…
Broda, Johanna, “Cosmovisión y observación de la na-
turaleza: el ejemplo del culto de los cerros”, en J.
Broda, S. Iwaniszewski y L. Maupomé (eds.), Arqueo-
astronomía y etnoastronomía en Mesoamérica, iih, unam,
México, 1991, pp. 461-500.
Broda, Johanna, Stanislaw Iwaniszewski y Arturo Mon-
tero, La montaña en el paisaje ritual, inah/iih, unam,
México, 2ª ed., 2007.
Brotherston, Gordon, “Los cerros Tláloc: su represen-
tación en los códices”, en B. Albores y J. Broda
(coords.), Graniceros: cosmovisión y meteorología indígenas
de Mesoamérica, El Colegio Mexiquense/iih, unam,
México, 2ª ed., 2003, pp. 25-48.
molina, fray Alonso de, Vocabulario en lengua castellana y
mexicana, mexicana y castellana, estudio preliminar de
Miguel León-Portilla, Porrúa, México, 1977.
montero García, Ismael Arturo, Atlas arqueológico de la
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y Recursos Naturales, México, 2002.
tucker, Tim, y ArturoMontero(coords.), Mapade Cuauh-
tinchan II: entre la ciencia y lo sagrado, Mesoamerican
Research Foundation, México, 2008.
Yoneda, Keiko, Los mapas de Cuauhtinchan y la historia
cartográfica prehispánica, ciesas/fce/Gobierno del
Estado de Puebla, México, 2ª ed., 1991.
7. Un elemento religioso representado en el Mapa
de Cuauhtinchan 2 es el llamado glifo escalona-
do –que aparece en diez ocasiones– que remite
a unos templos que los chichimecas-cuauhtin-
chantlacas construían con tule para llevar a cabo
rituales con los envoltorios sagrados que conte-
nían reliquias mágicas que simbolizaban la iden-
tidad del grupo. En este ejemplo, los chichime-
cas, ancestros de los cuauhtinchantlacas,
encienden el fuego nuevo en el interior de un tem-
plo escalonado.
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los volcanes son actores de la historia mítica, personas
cuyas voluntades y albedrío, amoríos y pasiones recípro-
cas constituyen un peligro para los hombres. el paisaje
forma parte del orden cósmico, el cual se expresa por me-
dio de los alineamientos astronómicos deliberadamente
orientados hacia las salidas y puestas del Sol sobre el
perfil de los volcanes.
6. Tláloc, el dios de la lluvia, la tierra, la tormenta
y el rayo, era el prototipo de todos los cerros y de
los fenómenos meteorológicos que producen los
volcanes. En esta imagen se le identifica como
el Popocatépetl o cerro humeante. Códice Ríos,
p. 21.
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