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1 LA RESIDENCIA DE SAMOS

Alrededor del tobillo izquierdo de la muchacha se apretaban tres hileras de campanillas doradas. El suelo de aquella amplia sala era brillante, y reflejaba la luz de la antorcha. En el rico mosaico que lo formaba se dibujaba un mapa. Miré a la chica. Sus rodillas estaban ligeramente curvadas. Apoyaba el peso en los talones, liberando las caderas. Su caja torácica se mantenía erguida, pero los hombros caían, relajados. Lo mismo ocurría con sus músculos abdominales, que estaban sueltos. La barbilla se levantaba, orgullosa. No se dignaba a mirarnos. Una cabellera oscura se deslizaba por su espalda. —Hay varias cosas que no entiendo —me dijo Samos en el momento en que tomaba un gajo de fruta de larma y me lo llevaba a la boca—, pero debemos averiguar qué hay en el fondo de todo esto. Es importante que lo hagamos. Observé el amplio mapa del suelo de la estancia. Podía ver, en su parte superior, el Glaciar Ax, Torvaldsland, Hunjer, Skjern, y Puerto Helmuts y, más abajo, Kassau y los grandes bosques verdes, el río Laurius, Laura y Lydius y, más abajo todavía, las islas, entre las que sobresalían Cos y Tyros. Veía también el delta del Vosk, y Puerto Kar y, tierra adentro, Ko-ro-ba, y Thentis, en las montañas del mismo nombre, famosa por sus bandadas de tarns. Al sur, entre otras muchas ciudades, distinguía Tharna, la de las grandes minas de plata, la Cordillera Voltai, la Gloriosa Ar, y el Cartius y, mucho más al sur, Turia, y las islas de Anango y Ianda, cercanas a la costa de Thassa, en la que se encontraban los puertos libres de Schendi y Bazi. Sí, en ese mapa podían distinguirse centenares de ciudades, promontorios y penínsulas, ríos, lagos y mares. Bajo las campanillas de metal dorado y la correa marrón, el tobillo de la muchacha era moreno.

—Quizás te equivoques —le advertí—. Quizás tus sospechas no tengan fundamento. —Quizás —me respondió sonriendo. En las esquinas de la estancia velaban los hombres de armas, con sus cascos y espadas. La muchacha vestía seda de danza goreana, que se deslizaba desde sus caderas desnudas hasta los tobillos. Era una seda escarlata, vaporosa. Una esquina frontal de la prenda estaba sujeta por detrás de su cadera, en la seda enrollada que le rodeaba la cintura. Una esquina dorsal estaba sujeta de la misma manera, pero por delante, en la cadera derecha. Un cinturón de poca clase en el que se superponían monedas de oro ensartadas, rodeaba la parte baja de sus caderas. Un velo, que bajaba atado al dogal de monedas desde su hombro derecho hasta el cinturón de sus caderas, nos encubría su cuerpo. En los brazos lucía numerosas pulseras y brazaletes. En los dedos índice y pulgar de cada mano llevaba ensartados unos platillos dorados. Un collar rodeaba su cuello. —Por lo que me parece —dije llevándome otro gajo de fruta de larma a la boca—, tienes información. ¿No es así? —Sí —respondió Samos. Dio una palmada, que provocó una reacción instantánea de la muchacha: levantó los brazos con las muñecas vueltas hacia nosotros, espléndidamente tensa, alerta. A un lado, los músicos se agitaron, preparándose para empezar a tocar. Tenían como líder a un músico que tocaba el czehar. —Y dime, ¿cuál es la naturaleza de tu información? —pregunté. —Ven conmigo —dijo Samos. Eché un último trago a la copa de Paga. Samos pasó por entre las mesas bajas, inclinando la cabeza a sus caballeros de confianza. Dos esclavas apenas cubiertas retrocedieron ante él de rodillas, con la cabeza gacha, con las vasijas entre las manos. A un lado, de rodillas, atada de pies y manos con correas de cuero negro que se apretaban en círculos alrededor de sus pechos y de sus muslos, fijadas en éstos sus muñecas con gruesas correas entrelazadas se hallaba una muchacha de piel blanca, rubia, con expresión horrorizada. Miré a la chica. Se la veía llena de terror. —Dile que observe atentamente a una mujer de verdad, una mujer como aquélla —me pidió Samos señalando a la bailarina goreana—, y que procure aprender a ser hembra. No hacía mucho que aquella muchacha había llegado a Gor. Samos la había comprado por cuatro tarks de plata en Teletus, junto con varias más, por las que había pagado diversas cantidades. Era la primera vez que salía de su

encierro en jaula de Samos. Llevaba la marca en el muslo izquierdo. Uno de los trabajadores del metal empleados en la casa de mi anfitrión le había soldado un sencillo collar de hierro. Era material de baja clase, y no merecía un collar con cierre. Me pareció que la hubiese podido vender para que ayudase en las ollas. Pero cuando la miré con más atención, mientras ella apartaba la mirada tristemente, pensé que quizás se le podría sacar algún partido. Sí, quizás podría aprender. La muchacha rubia agachó la cabeza. Le hice un gesto al guardián que estaba tras ella. Éste la agarró inmediatamente por los cabellos y, sin que parecieran importarle los gritos de la chica, hizo que levantara la cabeza y la echase hacia atrás, para mirarme. Señalé a la bailarina. La muchacha la miró, horrorizada, ofendida, escandalizada. Se agitó, estremeciéndose entre las correas que la aprisionaban. Sus puños estaban unidos a los muslos por las sujeciones de la parte posterior del arnés. —Mírala bien, esclava —le dije en inglés—. Ésa es una mujer de verdad. El nombre de esa muchacha había sido Priscilla Blake-Allen. Su nacionalidad había sido la americana. Más tarde la habían marcado, y ahora no era más que una propiedad desprovista de nombre en la casa de un esclavista, sin que nada la diferenciase de centenares de otras muchachas encerradas en las jaulas de abajo. En ese momento, la bailarina empezó a moverse lentamente al son de la música. —Ya no estás en la Tierra. Te adiestrarán. Las lecciones serán dolorosas o placenteras, pero acabarás aprendiendo. —¡Es tan degradante! —se lamentó. —Aprenderás. —¡Es tan sensual! —dijo la chica, con rabia—. Cuando la ven, los hombres sólo pueden pensar en una mujer, nada más que eso. —Aprenderás. —¡No quiero ser una mujer! ¡Quiero ser un hombre! ¡Siempre he querido ser un hombre! Se agitaba en sus ataduras e intentaba liberarse, pero era en vano: las correas y las anillas la sujetaban perfectamente. —En Gor —le dije—, son los hombres quienes serán hombres. Y aquí, en este mundo, son las mujeres quienes serán mujeres. —No quiero moverme de esa manera —susurró. —Aprenderás —insistí mirándola fijamente—. Aprenderás a moverte como una mujer. Y también aprenderás a ser sensual. Le di la espalda y, tras los pasos de Samos, abandoné la estancia.

—Tendrá que aprender goreano —observó Samos—, y deprisa. —No te preocupes —le contesté—. Deja que se encarguen de ello las demás esclavas y los latigazos. —¿Ya sabes algo más sobre ella? —me preguntó Samos. Me había encargado de interrogar a la chica cuando había llegado a la Casa de Samos. —Nada de particular —comenté—. Su historia es muy similar a muchas otras: abducción, transporte a Gor, esclavismo. No alcanza a comprender qué le ha sucedido. Y por el momento no parece conocer el significado del collar. —Pero una de las cosas que has obtenido de ella parece de interés —dijo Samos, caminando por delante de mí a lo largo de un profundo pasillo. Nos cruzamos con una esclava, que antes de que pasáramos cayó sobre sus rodillas y bajó la cabeza, dejando que sus cabellos tocaran las baldosas del suelo. —Parece algo hecho al azar —comenté—, sin ningún sentido. —Ciertamente, de por sí no tiene ningún sentido —dijo él, pero junto con otras cosas me produce cierta aprensión. —¿A qué te refieres? ¿Al comentario que oyó en inglés sobre el retorno de las naves de esclavos? —Exacto —dijo Samos. En las jaulas había sometido a la muchacha a un duro interrogatorio. Le había obligado a recordar todos los detalles, incluso los más nimios, aquellos que parecen desprovistos de significado. Cualquier información podía resultar de gran utilidad. Una cosa nos había parecido extraña e inquietante. Yo no había comprendido gran cosa, pero la preocupación se hacía evidente en el rostro de Samos. Él estaba mejor informado que yo sobre los asuntos concernientes a los Otros, los kurii y los Reyes Sacerdotes. La chica había escuchado ese comentario medio dormida, atontada, poco después de su llegada a Gor. Atada, medio drogada, con la ajorca kurii de identificación en su tobillo izquierdo, se encontraba tendida sobre su estómago con otras chicas, sobre la hierba fresca de Gor. Las habían sacado de las cápsulas en las que las habían transportado. Ella se había incorporado sobre los codos, con la cabeza caída. Y recordaba vagamente que entonces le habían dado la vuelta y la habían trasladado a otra posición en la línea, una posición determinada por la altura. Cuando todas las muchachas estuvieron ensartadas, un hombre con un libro firmó un papel y se lo entregó al capitán de la nave de esclavos. Ella había sospechado que se trataba de un documento que registraba la mercancía que el capitán recibía. Parecía que el capitán no ponía ninguna objeción al documento en el que se detallaba la mercancía. Ella había intentado liberar su muñeca, débilmente, pero la anilla era más fuerte. En ese momento, el hombre

y que eran descendientes de los kurii de las naves. y del acero que le sujetaba la muñeca. y supo que era porque la chica que estaba atada a su lado derecho también se agitaba. Ella sabía que posteriormente la nave había partido. Me encogí de hombros. que hubiese constituido un servicio de información espléndido. Allí estaban. —Quizás signifique que están preparando alguna invasión —dijo Samos—. Si se preparase una invasión. quizás? —sugerí. y había dicho que no sabía cuándo volvería. o eso le había parecido. no se arriesgarían a una guerra abierta hasta que se asegurasen medianamente de sus resultados. que podrían interpretarlo como algo demasiado obvio. e inmediatamente la habían azotado con un látigo. que habían intentado la invasión una generación tras otra. se trata de algo que haría innecesaria una . ocultas. no lo creo. Cuando se hizo de noche. no es recomendable en absoluto hacer que el enemigo se preocupe por tus movimientos. Su interrupción pondría en alerta a los Reyes Sacerdotes. Sintió que la cadena se movía. No.del libro le había preguntado al capitán si volvería pronto. intentando liberarse de la anilla. los viajes de las naves continuarían. Desde el aire no se las podría ver. —No. que se asegurarían una buena defensa. Pero creo que los Kurii. ni provocar su alerta antes de un ataque. Una chica había gritado. —A mí tampoco me lo parece —admití—… a menos que los kurii pensasen que un movimiento así distraería a los Reyes Sacerdotes. Sonreí. pues sabía que no habría más viajes hasta que no se recibieran órdenes expresas en ese sentido. —Creo que es algo diferente a una invasión —dijo Samos mirándome fijamente—. y que en principio seguro que tenía esta misión. con un acento que a ella le había parecido goreano. Hacía mucho tiempo que no había estado en Sardar. Los nativos kurii. nunca habían podido pasar de la línea de Torvaldsland. Si no me equivoco. —¿Una invasión. Pero el capitán no hablaba goreano. algo que no podía preludiar una guerra en toda la línea. ésta también es una posibilidad que no se olvidarán de considerar los gobernantes de Sardar. a la sombra de los árboles. Priscilla Blake-Allen no había osado gritar. y no les estaba permitido incorporarse. y de la cadena que le cruzaba las piernas. las apiñaron en un carro. —Pero sin duda alguna —dijo Samos sonriendo—. que son criaturas racionales. no les proporcionó demasiada información. La organización de los nativos kurii. —¿Por qué motivo habrían de interrumpir sus viajes las naves de esclavos? —preguntó Samos. y también era consciente de la hierba que había bajo su cuerpo. Sospecho que hasta ahora disponen de pocas informaciones. echadas sobre la hierba.

Samos tocó la sombra con el palo. esa forma se giró. severamente vigiladas. —Me has dicho que sabías otras cosas. y pronto pude deducir que estábamos por debajo del nivel de los canales. sé dos cosas que ahora verás. con recipientes de cobre. le permitieron. de piel quemada por el viento y la sal de Thassa. Las paredes de los lados cada vez eran más húmedas. según el nivel y las partes de la casa. húmedo. Samos tomó la antorcha que le tendía el guardia y fue hacia una de las puertas. y empezamos a bajar más y más escaleras de su casa. levantó sus más de trescientos kilos y los desplazó todo lo que las seis cadenas. y las zarpas emergían . Miré aquellas facciones angulosas. Le miré con curiosidad. como esclavas que son. Como una flecha. Era oscuro. —Te lo confesaré: tengo mucho miedo. —Aquí es —dijo Samos al llegar al extremo del corredor. uno de los más bajos de las jaulas. con barrotes trabajados y finamente decorados. y sus cabellos blancos. y sólo visten sus collares y marcas. con cortinas carmesíes que colgaban a los lados. cada una sujeta en un lugar diferente de la pared. Samos tomó un palo que había al lado de la puerta. aunque por regla general en las jaulas siempre están completamente desnudas. Entreveíamos otro corredor. El interior hedía a excremento. En algunos tramos pasábamos por galerías de jaulas. y luego echó hacia atrás el cerrojo para finalmente. casi rapados y los pequeños anillos dorados que colgaban de sus orejas. Pasamos a través de puertas barradas. con el que el carcelero introducía el cazo con agua o comida en la celda. Algunas. o muerta. de expresión dura. agachándose. Las cadenas tiraban una y otra vez de las anillas. —No entiendo a qué te refieres. Pronunció la contraseña. manteniendo alzada la antorcha. Inmediatamente. Le seguí a través de varios corredores. —¿Qué piensas de esto? —me preguntó levantando la antorcha. No oía ninguna respiración. Los colores de su tez habían desaparecido. abundantes cojines y lámparas. También había jaulas ocupadas por más de una chica. pero éste era mucho más corto. Se nos pedían diferentes contraseñas. La sombra parecía dormida. con los ojos brillantes. tensas. La sombra encadenada no se movía.invasión. parecían muy confortables. Sígueme. y aquellos ojos claros. Todos los días las cambiaban. Y yo sabía que aquel hombre podía permanecer impávido ante un centenar de espadas. Esa cosa intentaba mordernos. entrar en la celda. con alfombras. y la gruesa puerta metálica se abrió. y lo mordió. Miró por la rendija. —Sí. y a algunas de entre ellas les estaban permitidos los cosméticos y las sedas de esclava.

Quizás éste y otros más sean simplemente bestias peligrosas. pero aguantarían. deslumbrada por la luz de la antorcha. Lo habían capturado al sudeste de Ar. Sus manifestaciones fueron muy claras. La bestia volvió a sentarse al lado del muro. Sólo una vez había visto la cabeza de semejante animal. —De acuerdo —dijo Samos. —Es un kur. y aquellas orejas aplanadas sobre la testuz del animal. —¿Y por qué razón crees que un kur se aventuraría en un lugar así? —pregunté. coronando una estaca. —Volvamos a la estancia —dije incorporándome. observándonos. —Se lo he comprado a unos cazadores. Las anillas seguían estremeciéndose. ¿Qué misión tenías? La bestia no respondió. —No lo sé —dijo Samos encogiéndose de hombros— No hemos podido comunicamos con él. Observé aquel hocico plano y correoso. y aquellos ojos de pupilas negras. —Eso no parece nada probable —observé—. descansó a un lado. —¿Dónde lo has encontrado? —pregunté. un animal irracional. y el amplio orificio de su boca. Es posible que no todos los kurii sean racionales. —Le hemos pegado —dijo Samos—. y nos miraba. Pestañeaba. —Es el primero que veo —dijo Samos. Es un kur adulto. erizada de colmillos. nada más. La bestia gruñó. con córneas amarillentas. —¿Habéis probado con la tortura? —Tampoco respondió con la tortura. Conozco la arrogancia de los jefes cazadores. Sus labios se deslizaron un poco hacia atrás. no es más que una bestia. que se había tensado sobre la empuñadura de mi espada. Y también le hemos dejado sin comida. con seis dedos. y se dirigía hacia el sudeste. Le hemos azotado. Creo que es irracional. Sonreí. Miré a los ojos de la bestia. —Eso es cierto —dijo Samos—. —Sí —le confirmé—. en las ruinas de un recinto de Torvaldsland. Muy pocos goreanos osarían avanzar en esa dirección.y se retraían una y otra vez de sus apéndices en forma de tentáculo. . —¿Cuál era tu propósito? —le pregunté a la bestia—. soñolienta. lo suficientemente amplia para engullir la cabeza de un hombre. —Por lo que podemos saber. Seis hombres murieron en la captura. y le hemos pinchado. La bestia seguía sentada. mostrándonos sus colmillos. Mi mano. estoy seguro —dijo.

dando la respuesta habitual en las muchachas portadoras de mensajes. que se pone sobre la cabeza. No bebía vino. dirigiéndose a uno de los que se hallaban en la mesa. Samos me dirigió una rápida mirada. Ella había inclinado hacia delante la cabeza. y le colocó la cuchilla de afeitar en el cogote. El kaffiyeh es un pañuelo cuadrado. —¿Qué número tenías en las jaulas de Tor? —El 87432. dijo: —Obtén el mensaje. dirigiéndose a la chica. dijo: —Arrodíllate. que vestía el atuendo de los médicos. Llevaba los brazos fuertemente atados a los lados. amo. y me señaló a un hombre que se hallaba sentado al otro extremo de una de las mesas bajas. vestido con un kaffiyeh y un agal. Dos guardianes sostenían entre sí a una esclava de piel oscura. Y después. Era uno de esos hombres que muy raramente se ven en Puerto Kar.Y acto seguido abandonamos la celda. —¿Y no sabes quién te compró. El médico recogió y levantó la cabellera morena de la chica. no sabes quién puede haberte enviado este mensaje. —Es una muchacha de mensaje —dijo uno de ellos. ni por qué razón? —preguntó Samos. que cerró los ojos. acompañado por otro hombre que sostenía una vasija. Se ata a la . ¿no es así? —Exactamente —respondió él. amo. los hombres levantaron sus copas en señal de saludo a Samos. Después. mientras que la tercera cae sobre la parte posterior del cuello. y las muñecas cruzadas y sujetas por detrás. ni Paga. Los dos guardianes la empujaron hacia delante. —Por lo que veo —le dije a Samos—. El miembro de la Casta de los Médicos. —¿De quién eres? —Tuya. siempre entre los dos guardianes. de larga y negra cabellera. si así lo quiere mi amo. —¿Cuál es tu nombre? —Veema. con dos de sus esquinas cayendo sobre los hombros. Samos se volvió. Nosotros respondimos a sus saludos. doblado en un triángulo. —No. —¿Y de quién eras? —Un comprador anónimo me adquirió en las jaulas públicas de Tor. obedeció. amo —dijo ella. Cuando regresamos. No debía conocer el mensaje que transportaba. puso sus manos en la cabeza de la chica. La chica.

siempre se cava la zanja de refugio perpendicularmente al camino del sol. llamada agal. Los del campamento organizaron la rueda. Eso cuando están bien cargadas. Que tus bolsas de agua nunca se vacíen. —En los pasados meses. Su caravana era muy pequeña. porque una carga mal colocada. inclinándose dos veces. si es de tu parecer —dijo Samos—. naturalmente. atado a otros. llamada así por el puerto en que la embarcaban. Naturalmente. frotó la palma de su mano con la mía otras dos veces. bien oculta y escondida en el interior de pesados cilindros a lomos de kaiilas de carga. Convendrá explicar lo siguiente: una zanja de refugio es una zanja estrecha de algo más de un metro de altura y de unos cincuenta centímetros de ancho. y el chico cavó una zanja de refugio. pero la carga normal era de diez. Que tengas siempre agua. Lo más importante de estas zanjas de refugio es que resguardan del sol. lo que en medidas goreanas son diez piedras.cabeza con varías vueltas de cuerda. y eso incluso en el país de las dunas. y cuando estuvimos a su lado Samos dijo: —Éste es Ibn Saran. El niño. de manera harto imprudente. tenía una gran fama en Gor. Por la mañana la tormenta había pasado. Cada cilindro. y una kaiila. Una kaiila fuerte podía transportar unos dieciséis cilindros. un niño. pesa mucho más. pues así procurará la mayor cantidad de sombra en el período más largo posible. Que tengas siempre agua. la siguió. Fuimos hacia aquel hombre. Su amabilidad no tiene límites. Ibn Saran ha escuchado algo inusual —dijo Samos—. —Noble Ibn Saran. se habían encontrado en medio de una tormenta. De repente. La temperatura del aire raramente rebasa los sesenta grados centígrados. ¿por qué no le explicas a mi amigo lo que oíste en Kasra? —Es una historia que contó un cuidador de kaiilas. —Es un placer para mí conocer a los amigos de mi amigo Samos de Puerto Kar —dijo Ibn Saran—. que tiene un conocido con el que habló recientemente en el muelle de la sal. por pequeña que sea. Yo lo he sabido por un capitán. La sal roja de Kasra. mercader de sal en el puerto fluvial de Kasra. —Que tus bolsas de agua nunca se vacíen —dije a mi vez—. rompió su traba y se adentro en la oscuridad. Le tendí la mano a Ibn Saran y él. enloquecida por el viento y la arena. La forma y fabricación de la cuerda indican la tribu y el distrito a los que pertenece quien la lleva. porque transportaba agua. La traían de canteras y minas secretas. Lo que se denomina en el desierto “rueda” es un método de búsqueda. pesaba unos veinte kilos. Los . —El noble Samos me ha ofrecido su hospitalidad —dijo Ibn Saran—.

—Y bien —observé—. creyendo que había encontrado agua. En cuanto a la kaiila. Samos me miró. ¿Cuánto tiempo llevaba en el desierto? —Lo ignoro —dijo Ibn Saran—. Sí. —¿Cuánto tiempo llevaba muerto? —pregunté. había un hombre. —¿Un mes? —dijo Ibn Saran sonriendo irónicamente—. seco por el sol. —No —respondió Ibn Saran. y los cuidadores de kaiilas dejan el campamento y recorren un radio de esa rueda imaginaria. era un bandido. todos en la misma dirección. —¿Desde dónde venía ese hombre? —pregunté—. volvió por su propia voluntad. —Cerca de la roca. estos diferentes radios se ponen a girar sobre el eje constituido por el campamento. abrasado. Al oír las campanillas de la montura de un guardián. La longitud de estos radios depende en gran parte de lo numerosa que sea la caravana. No debía haber sido una muerte tranquila. ¿Un año? En el desierto. En el caso que nos ocupa. a menos que se trate de cuerpos saqueados por los carroñeros. . En una roca encontró grabado este mensaje: “Alerta con la torre del acero”. Había rasgado sus propias vestiduras y había bebido arena. —Ese hombre. que le rescató. Una vez llegados a la distancia máxima. los guardianes. ennegrecido. la descomposición tiene lugar con gran lentitud. o hubiese huido. Sin duda habría fallecido con la razón perdida. dejando un espacio entre ellos. muerto —dijo Ibn Saran—. ¿en qué queda esta historia? —Lo importante es lo que encontró mientras perseguía a la kaiila —dijo Ibn Saran—. con un peso que debía ser muy semejante al de una mujer o un niño. en la persecución de la kaiila no hubiese salido de la llanta de la rueda imaginaria de su caravana. pero yo no podía entender de qué se trataba. salió de la zanja de refugio y atrajo la atención de aquel hombre. —¿Y no se encontró a ninguna kaiila? —pregunté. aquel hombre podía haber atravesado miles de pasangs antes de que la kaiila muriese. Se habían encontrado cuerpos perfectamente conservados de hombres que habían muerto el siglo pasado. ni de cuánta agua disponía. a juzgar por el equipo que se le encontró —dijo Ibn Saran—. —A mediodía ya habían encontrado al niño —dijo Ibn Saran—. En el desierto es difícil encontrarse con esqueletos. loco. en cuanto tuvo hambre.pastores. y suponiendo que ese muchacho conservara todos sus sentidos. Tampoco sé si conocía el desierto o no. Naturalmente. ya sean aves o de cualquier otro tipo. se llevó unos buenos azotes por haber abandonado la caravana.

para tatuarle el mensaje sobre el cráneo. No sabía qué podían haberle escrito en ella. pero su principal característica es la baja altura del techo: escasamente un metro y medio. empleadla en las tareas bajas de las jaulas. —Una vez lo hayáis hecho —continuó disponiendo el esclavista—. implorante. —Y después. Para enviar esta clase de mensajes se escoge a muchachas que no saben leer. y nadie más que ella sabía que portaba un mensaje. completamente. otra propiedad del esclavista. no se le permite a la esclava que mire directamente a . Borrad el mensaje de su cráneo con agujas. —Ése era el mensaje que habían grabado en la roca —dijo Ibn Saran. echó la cuchilla de afeitar en la vasija y se secó las manos con una toalla. —¿Y no existía ninguna indicación que nos permitiera averiguar de dónde venía ese hombre? —pregunté. lavadla y metedla en una jaula de estimulación. atada. Le habían afeitado la cabeza.—“Alerta con la torre del acero” —repetí. Leí el mensaje. La chica le miraba. —La muchacha de mensaje está lista —dijo el hombre que vestía las prendas verdes de los médicos. Sólo decía “Cuidado con Abdul”. Un mes antes de que le haya vuelto a crecer el cabello y podamos venderla. Hacía tiempo ya que le habían afeitado la cabeza por vez primera. podía mancharse de sangre. Se alimentaba solamente con la mano que. Los guardianes hicieron que la muchacha se levantara. La muchacha. En este tipo de jaulas. ni quién había podido enviarlo. En sus ojos había lágrimas. se volvió al hombre que aguardaba a su lado. La esclava no puede permanecer derecha en su interior sin inclinar la cabeza. Samos se levantó y se despidió de Ibn Saran tocándole dos veces la palma de la mano derecha. No sabíamos de dónde podía venir. Que sea una esclava de limpieza. Las jaulas de estimulación tienen bonitos barrotes. y en el adiestramiento que se realiza fuera de ellas. no hubiera podido interpretarlo. Yo ya había notado que sólo comía con esa mano. y ella miró a Samos. para adiestrarla intensivamente. y los cabellos le habían vuelto a crecer. —Llevad a la chica a las jaulas —ordenó Samos a los guardianes—. Era la mano de la comida. como en señal de sumisión. Luego pasaron unos meses. y aunque ella lo sabía. se hallaba arrodillada entre los guardianes. Incluso aquellos que la habían dejado en la Casa de Samos a cambio de unas monedas debían haberla considerado una muchacha más. —No —respondió Ibn Saran. Después de decir esto. y la de la cimitarra. vendedla. al empuñar el acero.

en tres semanas. —En todo esto hay demasiadas cosas que parecen desprovistas de sentido —dijo Samos—. —Pero parece irracional. Casi se podía decir que veíamos las plantas trepadoras de las que arrancaba con delicadeza. me volví hacia Samos y le pregunté: —¿Quién es Abdul? Samos me miró. empujada por los dos guardianes. Finalmente se volvió. cubierta tan sólo por los arneses de cuero. que hay algo que las explica —siguió diciendo mientras picaba en la mesa con un palillo de diseño turiano—. Y es evidente que deben tener alguno. —Por esta esclava hemos sabido que los viajes para traer esclavos desde la Tierra han cesado hasta nueva orden. ni siquiera a los ojos de un esclavo. —Creo firmemente que es racional —afirmé—. —Eso es cierto —dijo Samos sonriendo. ni tan siquiera una búsqueda. Últimamente no ha ocurrido gran cosa en la guerra de los Reyes Sacerdotes y los Otros. en aquella diáfana falda de seda escarlata que ondulaba por encima de sus caderas. ¿no es así? —Con los enemigos silenciosos hay que estar muy alerta —dije. —¿Es cierto que esos viajes se han interrumpido? —Sí —me respondió Samos—. con un guardián a cada lado. Cuando la chica desapareció por la puerta. confundido. Todos los ojos estaban puestos en la bailarina de cabellos oscuros. y siguió desarrollando su danza íntima. —Lo ignoro —dijo antes de volverse y dirigirse al lugar que ocupaba en la mesa baja. De esta manera. Sus manos se movían como si recogiese flores del muro de un jardín. No ha habido ni una detección. como si estuviera sola. las flores que luego colocaba entre sus labios. que es sin duda un kur. Los demás comensales no nos prestaban demasiada atención. con lo que sólo se trataría de una bestia. fijas y tensas en las sujeciones del arnés a la altura de los muslos. De vez en cuando se apretaba contra aquella pared imaginaria que la aprisionaba.los ojos de un hombre. . ha pasado a tu propiedad una bestia cautiva. Sus muñecas estaban atadas con correas de cuero. cuando no mayor. —Además —añadí—. con los extremos de sus pesadas espadas apoyados en el suelo embaldosado. pero también con ansia. Sospecho que su inteligencia es igual a la nuestra. Señaló a la chica americana. las muchachas adquieren conciencia extrema de los hombres. así es. que se hallaba a nuestra derecha. Según las informaciones de Sardar que hemos obtenido.

que habíamos dejado a nuestras . y hacia el sur. —Las caravanas. cuando deben cruzarlo —respondí—. —¿Quién puede haber enviado ese mensaje? ¿Por qué razón? —No lo sé —dijo Samos. La bailarina. Aquellos pedazos de cerámica parecían blandos. —¿Alguien que tuviese una misión concreta. —Pero. y solamente los locos pueden adentrarse en el área que queda fuera de las rutas marcadas por las caravanas. que van de oasis a oasis. no es capaz de articular las palabras del goreano. —¿Quién es capaz de adentrarse en lugares como ése? —preguntó Samos. confundido—. —Naturalmente —proseguí—. ¿eres consciente de la dirección en la que viajaba? —me preguntó Samos. Era increíble. habría llegado más allá de las estribaciones orientales del Voltai. —¿O quizás aquellos que tienen algún propósito definido? ¿Los que tienen algo que hacer. —Es muy extraño. Se detuvo en un punto de aquel suelo. —Un cuidador de kaiilas. Miré a sus pies. en alguno de estos lugares. en esas inmediaciones? —Quizás —admití. que sabía perfectamente lo que debía buscar? —Pero allí no hay nada —dije—. Y los nómadas. Yo le miré. quién sabe qué. En el área que señalaba Samos eran oscuros y marrones. No conozco a ningún Abdul. no sabemos quién es ese Abdul del que debemos protegernos. —¿Los locos? —sugerí sonriendo. a los intrincados dibujos del mosaico. Es algo que les resulta extremadamente difícil. Le seguí. Samos se levantó de la mesa y se dirigió hacía el suelo en el que se dibujaba un mapa. Eso es algo que muy pocos kurii pueden hacer. y ya se desplazaba en dirección sudeste. Efectivamente.Samos me miró con curiosidad. Por lo que veo. encontró una roca. la bestia había tomado la dirección sudeste de Ar. un niño perdido —dijo Samos—. Si hubiese seguido. —Y la muchacha de mensaje —dije—. —Sí —dijo—. —¿Y quién más? —insistió Samos. —Sí —respondí. lustrosos. a los centenares de pedazos de cerámica que lo conformaban. a la luz de la antorcha. —No —dijo Samos. Y en esa roca estaba escrito: “Alerta con la torre del acero”. cuando se ven obligados a apacentar a sus verros y no encuentran hierba para los animales.

porque habitualmente son muy racionales. Gor!” —repetí—.espaldas. Según tengo entendido. Quizás es porque son una forma de vida demasiado remota para ellos. —¿Un ultimátum? —pregunté. —Una repetición del primer mensaje: “¡Ríndete. —No me parece que tenga demasiado sentido —comenté—. de estrategias psicológicas o de falsas alertas. —Lo hace para ganar tiempo —dije sonriendo. . —Pero los kurii no están locos —advertí—. despreciando la ridícula prepotencia de su petición? —Misk. Gor!” —dijo Samos—. ni los odios suficientes para entender a los kurii. les ha pedido a los kurii que ofrezcan detalles más específicos. —¿Y no se ha podido oír nada más de los kurii? —pregunté. —Creo que no se trata más que de una artimaña de los kurii —dije—. Quizás sea porque no tienen ni las pasiones. si es que existió? —pregunté. un Rey Sacerdote que ocupa un cargo importante en Sardar —dijo Samos sonriendo—. ¿Existe alguna razón por la que este mundo debiera rendirse a los kurii? —Parece una locura —dijo Samos. Ella danzaba ante cada uno de ellos. que no alcanzan a comprenderlos. como exclusivamente para cada uno de ellos. continuaba moviéndose ante las mesas bajas. —Naturalmente. Los Reyes Sacerdotes no deben haberlo entendido así. —¿Y cuál fue la respuesta. ¿y si no lo es? —Por eso tengo miedo. Gor!” Eso decía. Samos se encogió de hombros. Es muy extraño. —Parece la orden de un loco —dijo Samos. Los ojos de los hombres brillaban de deseo. incluso excepcionalmente lógicos. —“¡Ríndete. ¿No se especificaba ninguna alternativa? —Ninguna —dijo Samos. —¿Y qué ha respondido Sardar? ¿No han repudiado este mensaje. —Los kurii han enviado un ultimátum a Sardar. ni las energías. —A veces —continué— creo que los Reyes Sacerdotes no entienden a los kurii. —Pero. —“¡Ríndete. extrañado. después se hizo el silencio en las comunicaciones. —Hay algo que todavía no te he dicho —me advirtió Samos. —¿De qué se trata? —pregunté. Sus mentes rara vez piensan en términos de desafíos sin garantía. —Nada más —dijo Samos.

—El camino del kur que capturaron —dijo Samos apuntando a un lugar en concreto— le habría llevado aquí. Eran esos parajes tan temidos en Gor. muy conocido por la sal que exportaba. se puede decir que se trataba de un enorme trapecio inclinado hacia el este. Así lo indicaban las cuerdas de su agal y las rayas de su chilaba. —Pero eso es increíble… —objeté. En su esquina noroeste se hallaba Tor. Samos apuntó con su dedo índice al oeste de Tor. Es una extensión por lo general rocosa. —No —dijo—. pero en realidad se trataba de una vasta extensión. el agua brota en ocasiones para formar oasis. alimenta los oasis. en esos momentos huésped de Samos de Puerto Kar. Si hubiese tenido ese propósito. que como el Fayeen Alto era un afluente del Cartius. El viento sopla de manera casi constante.—Ni a los hombres —dijo Samos. Miré hacia el lugar que Samos señalaba. y posiblemente millares de largo. Las temperaturas diurnas a . en según qué zonas pasan siglos entre lluvia y lluvia. —Para sobrevivir al este de Tor se necesita disponer de una caravana. Alguna de estas corrientes subterráneas emplea más de un siglo y medio en recorrer todo el camino. —Ni a los hombres —coincidí. y de guías. procedentes de las vertientes de la Cordillera Voltai. no ocupaba más que un par de metros. y la respuesta está aquí. Esa zona del este de Tor medía centenares de pasangs de ancho. solamente unos cuantos kilómetros al año. Allí habría encontrado agua en abundancia. desplazándose a veces a centenares de metros bajo la ardiente superficie. El nombre con el que se la conoce en goreano significa tan sólo “el vacío”. accidentada por colinas. iba sola. allí. y el agua falta casi por completo. en el suelo. en el Fayeen Bajo. ¿no es así? —pregunté. hasta llegar a los oasis. debido a las formaciones rocosas o se obtienen de forma más habitual. —Todo esto es un misterio. algunos de los cuales llegan a medir sesenta metros de profundidad. El agua de los ríos subterráneos. lo lógico habría sido describir un círculo para evitar este área por los caminos del oeste de Tor. sino dentro de ella. En el mapa. mediante profundos pozos. mercader de sal. Era en este puerto donde se encontraban los almacenes de Ibn Saran. Todo esto me hace sospechar una cosa: que el destino de la bestia no estuviese más allá de este área. o “la tierra estéril”. —Claro —dijo Samos—. Al oeste de Tor. en cambio. Infiltrándose por debajo de la superficie. en sus lentas corrientes serpenteantes. salvo en la zona de las dunas. La bestia. A grandes rasgos. —¿Quizás intentase cruzarlo? —pregunté. se hallaba el puerto fluvial de Kasra.

súbitamente. —Aquí es donde está el secreto —dijo Samos señalando al mapa. Toqué la porción del suelo que había contemplado junto con Samos. con las manos encima de la cabeza. y sus pechos. y me tendió la mano. mucho más elevada. la bailarina adelantó los brazos para tocar con las manos mi tobillo. amo. tímidamente. en el Tahari. su cuerpo brillaba bajo el sudor. A la luz de la antorcha. De pronto lanzó un gemido y se volvió: la música se aceleraba. Me miraba con tristeza. una esclava sin nombre hasta que a su amo se le antojase uno. pues abrasaría y consumiría sus pies en cuestión de horas. señalando al mapa—. mientras que la temperatura de la superficie es. La miré. y ella apenas podía moverse ya. y ella giraba enloquecidamente. pero las manos de los guardianes le asían los brazos. . mientras se esforzaba en hacerme disfrutar. desamparada. Yacía a mis pies. le indiqué que se arrodillara e inclinara la cabeza. —Me ordenaste que complaciera a los invitados de Samos —dijo—. con los párpados casi cerrados. De la misma manera se desplazó hasta donde nos encontrábamos. Con delicadeza. la arena le dejaría tullido. y allí quedó. Sus cabellos se desparramaron sobre el mapa del suelo. si a algún desgraciado se le ocurriese caminar descalzo durante el día. en un estruendo de campanillas y de percusiones primitivas. con los ojos llenos de horror. Su boca estaba abierta. Delante de mí se contorneó al son de la música. Levantó la vista hacia mí. y eso hacía todavía más bello su cuerpo. La que una vez había sido Priscilla Blake-Allen. Jadeaba. que se agitaban al ritmo de la ansiosa respiración. Ella lanzó un grito de desesperación al ver que la agarraban por los tobillos y la arrastraban por el suelo para finalmente lanzarla a las mesas. Con un gesto. —Aquí está el secreto —dijo Samos. Miré detalladamente aquellas letras hechas en escritura goreana. En la zona de las dunas. No habíamos sido demasiado amables con ella. e intentó retroceder. La danza había acabado. ante los invitados de Samos. como una auténtica esclava. Hice una señal a los guardianes. Los hombres de las mesas lanzaron gritos alborozados. y ella. La bailarina giraba entre las mesas. una mujer libre de la Tierra antes de su esclavización. vulnerable. Ya sacaría partido de ella cuando me complaciera. se levantó con dificultad. Ella obedeció. Tú también eres uno de esos invitados. Cuando la música se detuvo. la chica cayó al suelo. no podía hacer nada. acercándose rápidamente a su clímax. Dejaría que los demás le diesen calor. naturalmente.la sombra son normalmente de unos cincuenta grados centígrados. no podría salir de aquella estancia.

¿qué pasa con él? —Suéltalo. Liberaré al kur dos días después de tu salida de Puerto Kar. rastrear. Ibn Saran hizo una reverencia. era casi suicida intentarlo. tan astuto. Samos de Puerto Kar. en mi opinión. poquísimos. y tengo el presentimiento de que este kur puede ser nuestro aliado. y en ese punto el cazador se convertiría inmediatamente en presa. y se debatió en su arnés. —¿Tienes intención de seguirlo? —No. —Está bien. —¿Ya sabes lo que haces? —preguntó Samos. —No le deseo a nadie un encuentro como ese.Miró a su amo. —El kur —dije. libéralo. por no decir imposible. . el mercader de sal de Kasra. la bestia se daría cuenta de la persecución. como a la bailarina. Sus ojos estaban medio cerrados. ¿no crees? —Muy bien —dije. —Yo me marcharé por la mañana —dije volviéndome a Samos. —Gracias. tan desconfiado. —Puedes utilizar a cualquiera de las dos chicas. En mi opinión. noble Samos. —Quizás encuentre a la bestia en el Tahari —dije. —Sí. Ibn Saran. Son bestias ágiles y extremadamente inteligentes. podrían. durante semanas quizás. Y su visión nocturna es soberbia. —¿Que lo suelte? —repitió. Sería muy difícil. Él también parecía contemplar el mapa. y yo también partiré por la mañana. —Sí. La muchacha lanzó un grito. a un animal tan precavido. Quizás podríamos viajar juntos. No prestaba ninguna atención a la violación de las dos esclavas. refiriéndome a la bestia encerrada en los calabozos de Samos. Tarde o temprano. Él también hizo un signo. —Entre los kurii hay varias facciones —le dije—. —¿Quiere eso decir —preguntó Ibn Saran— que diriges tus pasos hacia el Tahari? —Exacto —dije. incrédulo. el lugar en que le enseñé a una esclava a ser esclava. seguir durante mucho tiempo a un kur adulto. Sus sentidos son sorprendentemente despiertos. Pero prefiero que sea mi tienda. dio media vuelta y salió de la estancia. Muy pocos humanos. Los esclavos la lanzaron por encima de las mesas. —Ésa es también mi dirección —dijo Ibn Saran—. con sus postes de sumisión. no se levantó de la mesa tras la que se hallaba sentado con las piernas cruzadas. Ibn Saran —dijo Samos.

deberé partir antes de que se haga el día. de viento y de arena. Al hombro llevaba el odre de piel de verro. No confío en él. son muy numerosas y llegan a algunos centenares de miembros. —Dame agua —dije. de calor. y le di al hombre un tark de cobre. decía. y su cara curtida por el sol se arrugaba en una mueca que quería ser amable. Tomé el agua. El sol estaba alto. Bebí lentamente. y permiten también la entrada y la circulación de aire. Estas comunidades. ciudad que se localiza en la esquina noroeste del Tahari. 2 LAS CALLES DE TOR —¡Agua! ¡Agua! —gritaba el hombre. Tor.Eso me hizo sonreír. Llevaba un turbante enrollado en la cabeza. Esos turbantes protegen la cabeza de los rayos solares. que a veces. dependiendo de la cantidad de agua disponible. Es como un continente de piedra. —¿No viajarás con Ibn Saran? —No —respondí—. y una docena de copas de latón colgaban de diversas correas y del cinturón. se hallan a cientos de pasangs . es el principal punto de abastecimiento de las dispersas comunidades de los oasis de esta extensión tan árida. ¿te vas mañana? —No —respondí—. Su aspecto era andrajoso. de reps. En su camisa rasgada. evaporándose. estas comunidades. Mi olfato distinguió el olor de las especies y el sudor de Tor. tintineando constantemente. bajo las correas. Sus pliegues permiten que el calor y la respiración escapen. —Yo tampoco —dijo Samos negando con la cabeza. El hombro sobre el que apoyaba el odre estaba húmedo. cuando no millares. —Así pues —dijo Samos—. Desató una de las copas de su cinturón y la llenó sin quitarse el odre del hombro. Vino hacia mí haciendo reverencias. se veían manchas de sudor.

Los esclavos de la casa se encargaban luego de distribuirla con mucho cuidado. sería de uso muy limitado a lomos de una kaiila. y la kaiila sedosa y rápida. sedas. pero una vez que llega este momento pueden seguir produciéndolo durante más de un siglo. telas bordadas. Por mi lado pasó un hombre con varios vulos vivos. esclavas y muchas otras mercancías. —¡Agua! —oí gritar—. . Cadenas de esclavos arrendadas a sus dueños se encargaban de llenar las cisternas de las mansiones. pero la mayoría de los productos resultantes no se exportan. aunque sea difícil afirmar que sea intencionada. las caravanas exportan los productos de los oasis. es que el agua es la porción de la ciudad más protegida. plumas. lana de hurt. aunque a veces vienen de Kasra.una de otra. En el oasis también se lleva a cabo mucho trabajo de agricultura. Les seguí. Antes de que empiecen a producir fruto son necesarios diez años. Los productos que proporcionan las caravanas pueden ser de varios tipos: tela de reps. cabeza abajo. un hombre a pie en el desierto es un hombre muerto. No pude ver muchos. organizada en círculos concéntricos rotos por numerosas calles retorcidas y estrechas. Algunas palmeras datileras sobrepasan los treinta metros de altura. Ese sable corto que colgaba de mi hombro izquierdo. oro. armas. que se valoran como animales domésticos. Conocía la espada ligera. Lo que no conocía era la cimitarra. Había llegado a la parte inferior de la ciudad. sal. en el jardín. agujas. Me dirigí hacia el bazar. cerca de las cuales estaba el bazar. té de Bazi. tanto suelto como comprimido en barras. A su vez. el mismo al que le había comprado agua hacía un rato. láminas de estaño y de cobre. espejos. alfombras. o quizás sería más correcto decir de jardinería. En tiempo de guerra. naturalmente. joyas. colmillos de kailiauk. frutos secos y especies. látigos adornados. Una ventaja evidente de esta organización municipal. maderas preciosas. pues era evidente que se dirigían a las calles donde se celebraba el mercado. pero sé que riega numerosos jardines en donde reina la sombra. Le seguía otro hombre cargado con una cesta de huevos. sujetos por las patas. pájaros de la jungla. plata. Eran cosas que había aprendido con los Pueblos del Carro. Para abastecer sus necesidades dependen de las caravanas que normalmente provienen de Tor. pieles y cueros labrados. bote por bote. porque constituye su centro. e incluso de Turia. El principal producto de exportación de los oasis es el dátil. estaba en función de los radios de sus pozos. La arquitectura de Tor. tal y como es normal. maderas bastas. Los hombres del Tahari no luchan sobre sus pies. y vi que tras de mí giraba el aguador. ¡Agua! Me giré. herramientas. Debo decir que el agua abunda en Tor.

Inclinado hacia delante bajo el peso de una gruesa bolsa de pelo de kaiila. —La capturé en el campamento de un esclavista —le dije al trabajador del metal. Era rubia. llena de equipamientos. Había llegado a Tor hacía cuatro días. con los pies cubiertos hasta los tobillos de polvo blanco. al descender sobre ella con mi tarn. por cuatro discotarns de oro. en dirección al bazar y al mercado. Pocos minutos después me encontraba en el interior. Era una bárbara. Kurtzal es poca cosa más que un puerto de carga. por un motivo adicional: las mujeres frías. y ni siquiera sabía hablar en goreano. ya no era un tarnsman. Mis ropas eran ahora las de un cuidador de kaiilas. Me felicitaron por mi captura. La almalafa es una prenda que cubre a la mujer de pies a cabeza. y un tarnsman la habría llamado con toda seguridad. La que me seguía. De Kurtzal a Tor viajamos en un carro de sal vacío. Pero cuando bajé por la estrecha pasarela del dhow que había tomado río arriba desde Kasra hasta la población portuaria de Kasra. cubierta por una almalafa negra sólo podía haber sido mi compañera. Había traído a la señorita Blake-Allen. Lo primero que pisé al bajar a tierra fueron los listones crujientes del muelle de Kurtzal. para quien la esclavitud era algo tan nuevo. por vía terrestre. En Kasra. tan basta.Junto a mí pasó una mujer cubierta con un velo. Sus pies estaban cubiertos por zapatillas negras sin tacón. un tarnsman mercenario. Las mercancías a transportar desde Tor hasta Kasra se llevan a veces primero a Kurtzal por tierra. tan poco adiestrada. con puntera rizada y ribeteados con una fina raya plateada. hasta que por ese río llegué a la población llamada Kurtzal. En el interior de su capa llevaba a un niño al que iba dando de mamar mientras caminaba. Desde Kasra había tomado un dhow. pues no quería llamar la atención en Tor. había una mujer desnuda con un collar al cuello. ya veo que la marca es reciente. Había vendido al animal en Kasra. como así la nombraré a partir de ahora para mayor facilidad. llevaba a una muchacha desnuda atada a mi silla. de piel . sin collar. Allí vendí el ave. Fayeen Bajo arriba. Samos y yo habíamos supuesto que nadie sospecharía de un hombre con una muchacha semejante. Como una parte más de mi disfraz. que está al norte de Tor. Seguí bajando por aquella calle empinada. Enseguida visité a un trabajador del metal que pudiera hacerme un collar para la presa que había obtenido. había sido un guerrero. Nadie podía sospechar que bajo la almalafa. A la altura de los ojos lleva una franja de fino encaje a través de la cual puede ver el exterior. la desgraciada mujer libre que compartía mi pobreza. después de viajar en tarn hasta Kasra. para luego dirigirse hacia el oeste por el río. —Sí —me había respondido él—.

en contra de lo que planeaba. De vez en cuando miraba a mi alrededor. alquilé inmediatamente uno de esos compartimentos semejantes a cobertizos que se hallaban en el interior de los edificios de yeso cercanos a las mesas de las caravanas. —Ven conmigo a la taberna de las Jaulas Rojas —me dijo un niño tirándome de la manga. o en el interior. pero me dijeron que ambos se hallaban en la región de Tor. en el mercado de un oasis. Se llegaba a mi estancia subiendo una pequeña y estrecha escalera de madera que se encontraba entre dos muros e iba a dar a un largo pasillo. Samos estaba de acuerdo en todo ello. A ambos lados del pasillo había varias puertas. Les encanta enseñarlas a servir.blanca. que las convierten en esclavas que gritan su condición. Recibían un tark de cobre por cada cliente que hacían entrar por la puerta del establecimiento. Oí un gran griterío y después de pasar una puerta. o fortaleza. amo de mil lanzas. La . oculta por su almalafa negra. podía sacar buen provecho de ella canjeándola por informaciones valiosas. y me miraba fijamente. Con mucho cuidado. Tan pronto como se había cerrado la puerta de madera y la barra había caído en su sitio. En Kasra había averiguado el nombre del niño que había encontrado la roca del mensaje. de Suleimán. Sabíamos a ciencia cierta que los hombres del Tahari pagarían cifras altas por el cuerpo y la persona de la señorita Blake-Allen. como hacen los guerreros. Allí no los pude encontrar. Además. Para ello utilizan sus esteras de sumisión. Las que existen han sido importadas como esclavas. cuando pocas caravanas se aventuran en las extensiones del desierto. son consideradas de interés por los hombres del Tahari. y salió corriendo. Me crucé con dos vendedores de albaricoques y especias. aparte de la mía. me encontré en la plaza del mercado. Se había quedado allí. un comerciante de Kasra. empecé a abrirme paso entre la multitud. adonde habían acudido para comprar kaiilas destinadas a una caravana hacia la kasbah. correspondientes a habitaciones similares. que no recorren grandes trechos sin girarse para ver qué hay detrás de ellos. me volví para mirar a la señorita Blake-Allen. iluminado por una lámpara de aceite de tharlarión. de la tribu de los aretai. También se me había pasado por la cabeza que. las mujeres rubias y de ojos azules son raras en los distritos del Tahari. Cuando había llegado a Tor. Su complexión y su color de piel serían muy valorados en Tor. Ubar del Oasis de Nueve Pozos. excepto en la época de mayor calor del verano. quieta. Habitualmente están disponibles siempre. También supe el nombre del padre: Faruk. bajo determinadas circunstancias. Le di al niño un tark de cobre.

—Es satisfactorio —le dije. para hacerla más consciente de ella. Tenía la esperanza de que no fuese estúpida. —Sí. amo —respondió ella. Después la tiré sobre la paja para hacer uso de ella. para que no le fuera posible moverse. —Sí. encadené a conciencia sus tobillos. Cuando me desperté. como en las que en el norte expendían Paga. sus hombros se relajaron. de este a oeste. era posible obtener las últimas noticias de la ciudad. Limpia la habitación. arrancándole el vestido. sollozando. —Es más —le aleccioné—: la sola presencia de un hombre libre basta para que una esclava se arrodille. los kashani. Besé y mordí la zona que rodeaba su marca. —Una esclava —le dije—. En esas tabernas. La información más significativa que había cosechado concernía a las tensiones entre las tribus de los kavar y de los aretai. y ella se volvió. lo que iba a ocurrir en ella. los tashid. y quién manejaba realmente las riendas del poder. amo —dijo ella. cuáles eran sus peligros. Entonces volví a hacer uso de ella.alcancé en un par de zancadas y la tiré al suelo. tumbada sobre su espalda. todas sus tribus vasallas. al entrar en el compartimento de su amo. para que no pudiera ponerse en pie. ella se hallaba de rodillas. se vería envuelto en las llamas de la guerra. gemía amargamente. lo que debe hacer es arrodillarse. los raviri. Estaba inmaculada. Antes de marcharme. El Tahari. Si estallaba la guerra. Mientras dormía. Ella levantó los brazos hacia mí y dijo: —¿Cuándo volverás. los ta´kara. Y yo soy un guerrero. como los char. aterrorizada. sobre su estómago. mojada por las lágrimas. limpió la habitación con un cepillo. y sus placeres. No iba a pegarla. y así se mantuvo mientras inspeccionaba la habitación. . Su mirada reflejaba el terror. Cuando acabé le dije: —Ahora voy a dormir. Con la punta de los dedos separé su delicada incisión. Inmediatamente. amo? ¿Cuándo volverás para estar conmigo? La abofeteé. con la cabeza en la paja. La había dejado ahí para ir a las tabernas a obtener la mayor información posible. amo —susurró ella. Los ataques entre ellos empezaban a hacerse habituales. La miré. un trapo y una vasija de agua. Ella. se verían envueltas en ella. amo. —No lo sabía. —Es una bonita marca —dije. los luraz y los bakah. —Gracias.

Los hornos se hallaban en la parte posterior del taller. si las medidas de la esclava sobrepasan el concepto ideal de su amo. y finalmente. Naturalmente. Estas cadenas se venden junto con dos llaves correspondientes a las anillas de ambos tobillos. los pigmentos se quemarían y se endurecerían. etc. y se abalanzó a devorarlas. Miré en el interior de un taller de alfarería. En Tor. Cuando lo introdujeran en el horno. Le tiré cortezas de pan al suelo. sujetas por los cabellos. Eso puede ocurrir por razones estéticas. Pero también se la puede dejar sin comida simplemente para hacerle recordar de quién depende. No había sabido si aquel día iba a comer o no. y por eso mismo más baratas. A un lado de los tornos. Me detuve por un momento frente a una caseta en la que se vendían ligeras cadenas de marcha. no podrá quitárselas sin el permiso de su amo. Había comido carne de verro cortada en pedazos y ensartada en una vara metálica junto con pimientos y larma para ponerla sobre las brasas. azucarado. Las tenían expuestas colgadas de perchas que parecían hechas para loros. a una alcoba. cebollas y miel. Las bailarinas de las tabernas eran espléndidas. arrodillada. lleno de semillas. Es delicioso ornamentar a una chica con campanillas. basto. Era pan de esclava. Si eso ocurría. La señorita Blake-Allen me esperaba. En dos de ellas pagué una moneda de uso para llevarme las que más me gustaban. entre montones de tazas y vasijas. un joven adornaba de azul con sus dedos un cántaro de dos asas. para sorprenderla. También compré un lote de campanillas de esclava. —Los kavar están alquilando lanzas —oí decir. No había olvidado a la esclava. . Volví tarde al compartimento. compré una que me pareció bonita. pero a la esclava no parecía importarle. provistas de correas. Era el bazar. cuyo tamaño oscila entre los cinco centímetros. mi trabajo no se vería beneficiado. —Los aretai van a actuar —oí que decía un hombre a otro. del tobillo. Son cadenas ajustables. destinadas a la zancada. En las tabernas me había regalado convenientemente. fijándose en el barniz. aunque resultan prácticas. té de Bazi bien caliente. lo habitual era llegar a él por la puerta principal del mercado.Por eso no me agradaba la perspectiva de una guerra en el Tahari. con anillas. antes del vino de Turia. y un kort con queso fundido y nuez moscada. del muslo. sin cierre. con la cabeza apoyada en el suelo. pues pueden atarse a diversas partes del cuerpo: alrededor del cuello. naturalmente. de la cintura. nueces. y los cincuenta centímetros. A veces no se les da de comer a las esclavas. O para confundirla. del brazo. y también estofado de vulo con uvas. Dejé las calles del mercado y me introduje en una repleta de pequeños comercios y casetas. empleadas para seguridad. Sin pensármelo demasiado.

estaba seguro de que no tardaría demasiado en llevar campanillas de esclava. con sus muñecas y tobillos muy bien atados. los mantenía unidos por la garganta. y tuve ocasión de encontrarme en unas cuantas ocasiones con parejas de hombres vestidos de blanco. La compré. —Debo correr a casa —dijo ella—. de rodillas. habían sido puestas en venta a precios estipulados. cuya edad no debía sobrepasar los quince años. Suponía que menos de la mitad de esos esclavos alcanzarían las salinas. los mismos cuatro. Me eché a un lado. encadenadas. Era una chica maravillosa. pues pasaba por la calle un numeroso grupo de esclavos encadenados. No importaba que la magistratura de Tor no volviera a ofrecer su venta. Personalmente. desnudas. Llevaban las muñecas atadas tras de sí. Pero sólo cuatro. hacia las salinas del Tahari. Iban desnudos. hacia mí. y el sonido del látigo que caía ciegamente sobre sus carnes. Los hombres les escupían al pasar. estaba entre las ofertas. suplicantes. Tengo que prepararle la cena a mi padre. —¡Sed esclavas! —dije riéndome de ellas antes de proseguir mi camino. de ojos oscuros. con varios toldos. Otras chicas tendían las manos. Pude oír detrás de mí los sollozos. organizada bajo la jurisdicción de las cortes de Tor. Volví a echar un vistazo tras de mí. —En las mesas de juego de la Kaiila de Oro —musitó ella. Eran los policías de Tor. por las calles. e inmediatamente la liberé. con faja y cimitarra. señalaba el lugar en el que varias chicas. con anillas. Por segunda vez vi a cuatro hombres. En ese . volverás a estar arrodillada en una plataforma. porque serás demasiado bella. Era realmente atractiva. que pasaba entre las anillas. Hice unas cuantas compras más. Vi cómo corría. Alrededor del cuello llevaban gruesos collares. —¿Dónde está tu padre? —pregunté.Una plataforma de piedra. La señorita Blake-Allen ya no estaba en mi compartimento. Los llevaban a punta de espada. —Cuando venga otro año —le advertí—. avergonzada. Se trataba de una venta municipal. —¡Cómpranos! ¡Cómpranos. amo! —gritaban las demás chicas de la plataforma. Volví a mirar a la chica. Una pesada cadena. Me parecía demasiado probable que cayese en manos de otro esclavista. La miré con más detalle. Me miraba. Una chica de piel morena. Pero entonces —añadí mirándola fijamente— no te podré liberar. La vendían para pagar las deudas de juego de su padre. A sus pies habían caído las cadenas desechadas. el lugar de procedencia de la mayoría de las caravanas de sal.

como una hembra debe hacer cuando un hombre la examina. —Rubia —enunció el amo de esclavos—.momento se encontraba en las jaulas públicas de Tor. poseedora de un increíble potencial de sumisión propia de las esclavas. Asustada. y se despojó de las ropas que la cubrían para quedarse desnuda ante nosotros. Finalmente. Yo sabía perfectamente que en un establecimiento privado podría obtener el . a los que les compran muchachas que no se han vendido para luego ofrecerlas a otros mercaderes. mientras continuaba mi trabajo para los Reyes Sacerdotes. Las jaulas municipales existen principalmente para rendir un servicio. —Once tarks de bronce —respondió. el hombre me miró. —Quítate las zapatillas —le ordené. Sabía que no iba a obtener el mejor precio en ese establecimiento. la señorita Blake-Allen enderezó su espalda y levantó la cabeza. aparentemente obstinada en intentar permanecer frígida. Su función principal es la de servir a los jefes de caravana. Fue hacia ella y caminó a su alrededor. ¿Quieres venderla? —Pon firme tu cuerpo. —¿Qué me ofreces tú? —pregunté. El jefe de esclavos la miró detenidamente. Excelente material. El jefe de esclavos se levantó para ponerse ante su mesa y apoyarse en ella. Era importante que las mujeres bellas que caían en la condición de las esclavas la conociesen. Ella obedeció. sin dejar de observarla con atención. y quedó descalza. —Arrodíllate —le ordené a la chica. la textura de la piel. Ella obedeció. Lo primero que había hecho con ella era enseñarle esa posición. —¿Deseas venderla? —volvió a preguntarme el jefe de esclavos de Tor. por lo que empezó a inspeccionar con las manos expertas de un tasador goreano. En la mañana del segundo día. que pueden estar faltos de material para el tráfico de los oasis. por domesticar. —Quítate la almalafa —le ordené. de ojos azules. ribeteadas de dorado. Ella se quitó las zapatillas negras. Era la posición de la esclava de placer. había entrado en las oficinas del jefe de esclavos municipal de Tor. Ella se mantenía firme. —Ponte ahí —le dije indicándole un lugar en el centro del suelo. esclava —ordené. ante la mesa del jefe de esclavos. sin pensar demasiado en los beneficios. El jefe de esclavos volvió frente a su mesa. ya que las jaulas municipales compran a bajo precio y venden a bajo precio. y yo asentí con la cabeza. Se apoyó sobre los talones. abrió las rodillas y puso sus manos sobre las caderas.

pero tus ofertas son tranquilizadoras. —Te daré un nombre —le dije. y a los de otros hombres —solicité—. le pregunté. y su cara palideció. pero creo que el precio también es razonable. Después. Discutimos las condiciones del adiestramiento. —Ya pensaba que realmente no tenías la intención de venderla —dijo él sonriendo—. en inglés—: ¿Cómo te llamas? —Priscilla Blake-Allen —respondió. Aquí te . Ella me miró. Eso te costará un tark de cobre al día. —No te vendo —le dije—. —Te entiendo muy bien —dijo el jefe de esclavos. —¿Algo más? —pregunté. no la venderé. Estaba de acuerdo con el jefe de los esclavos. bajo mi recomendación. —¿Quince? —inquirió. te diré que. amo —susurró—. —Sí. —Lo que deseo es alojarla —dije—. Éstas son las jaulas públicas de Tor. si era necesario también se podría utilizar como castigo. en mi autorizada opinión. —No tengo nombre. La miré. y sus detalles. el potencial de esta chica es fantástico. —No habla goreano —le informé. —Te llamarás Alyena. No había duda de que algún día sería una excelente esclava para el amo que la obtuviera. Durante las primeras cinco noches. Se la alojaría en una jaula de estimulación. aumentando su oferta. aprenderá rápidamente —me contestó sonriendo. dejad que mire a los ojos de su adiestrador. —Me alegra oírtelo decir —afirmé. La miré. Ahora que sé por tu boca cuáles son tus deseos. Era realmente bella. —De todos modos. llevaría el arnés de cuerda. amo.doble de esa suma. No quiero que se convierta en la esclava de amor del primer hombre al que le permita mirar a los ojos. No soy más que una esclava sin nombre. —¿Nos das libertad para privarla de comida y para usar el látigo? —Naturalmente que sí —respondí. El adiestramiento es aparte. Por esa misma razón he sido honesto contigo. —No —dije sonriendo—. y de paso se la puede adiestrar un poco. y volviéndome a la chica. —También enjaulamos mujeres —dijo el jefe de esclavos—. —No te preocupes.

encuadernados en grueso cuero negro. . se volvió para mirarme. —87432 —respondí. Inmediatamente. o si aprendes demasiado lentamente —le advertí—. Será la única manera de que aprendas rápido. preciosidad! —le ordenó a Alyena en goreano. fuerte. aunque se trataba del motivo principal de mi visita—. Cuando llegó a ellas. —La compramos por dos tarks a un jefe de caravana llamado Zad del Oasis de Farad —dijo levantando la cabeza después de hacer las comprobaciones de rigor. el oficial fue hacia el lugar de la estancia en el que se encontraban los libros de registro. ¿Lo entiendes? —Sí. —Normalmente. y aquí te adiestrarán. Puse un tark de plata sobre la mesa. lo mismo que las correas que le rodeaban las pantorrillas para sujetarle unas sandalias de fuerte consistencia. te pueden dejar sin comida. Una cortina plateada se abrió. la preciosa Alyena se volvió y pasó corriendo a través de la cortina plateada. Alyena? —Sí. ceñida por un cinturón y dos correas de cuero también. camino de las jaulas de Tor. Con la mano derecha sujetaba un largo látigo de kaiila. y aprenderás lecciones de esclava. ¿Disponéis de algún registro que la mencione? —¿Sabes cuál era su número? —preguntó el oficial. y entró en la estancia una esclava muy alta. —Ahora que recuerdo. ¿Está claro. —Si no cooperas. Le lancé un tark de plata al oficial. quería preguntarte una cosa —dije despreocupadamente. de unos dos centímetros de diámetro y un metro de largo. y él lo alcanzó en el aire. amo —susurró. Llorando de dolor. También harás ejercicio. se llama Veema y había sido huésped vuestra hace un tiempo. recibió un violento latigazo en el hombro. Hay una chica que es de mi interés y que. —¿Lecciones de esclava? —preguntó ella. Sin tomarlo. Me gustaría saber qué ha sido de ella. y también pueden azotarte. e hizo un gesto señalándole con el látigo la cortina por donde había entrado. por lo que sé. Aprenderás tal y como aprenden los niños.alojarás. La cubría una camisa de cuero. sin beneficiarte de traducción alguna. amo —dijo ella con los ojos muy abiertos. —¡Deprisa. Alyena había entendido enseguida lo que se le pedía y corrió hacia las cortinas. Llevaba un collar sencillo de hierro. Aquella gruesa esclava puso sus ojos sobre la esbelta y delicada Alyena. —Sí. con una anilla. Empezarás a aprender goreano. la municipalidad se reserva este tipo de informaciones —dijo el oficial.

Volví a mirar disimuladamente a mi espalda. —¿Por qué no hay ningún nombre registrado? —Por lo visto no nos dieron ninguno —respondió. Le sonreí y me volví. débil. ¿Qué más nos da el nombre del comprador? Inspeccioné los libros personalmente.—Lo que más me interesa —aclaré— es quién os la compró. —Quédate con ese tark —le dije al hombre. A la hora de actuar. cegada por un muro. inofensivo. Lo que nos interesa es el dinero. . Entonces le vi descender por los escalones y sumergió su odre. Elegiría con cuidado el lugar. —Pero. Eran dos tipos corpulentos. —No. Memoricé sus rasgos. —La vendimos por cuatro tarks —dijo el jefe de los esclavos. con las limitaciones propias de su oficio. me detuve simulando interés en un comercio de espejos. El jefe de esclavos de Tor me había parecido un hombre suficientemente honesto. En esa parte no había demasiada gente. No figura ningún nombre. que no tenía salida. Le creía cuando decía que no sabía quién había sido el comprador de la esclava llamada Veema. ¡Qué idiota había sido al extrañarme de su presencia! ¿Con qué quería que llenase su odre? ¿Con la arena blanca de las terrazas superiores de Tor? Giré por una calle lateral. Era un pobre tipo. y volví a ver a los cuatro hombres. muy conveniente para un mercader. para determinar mentalmente cuál era el más peligroso. con sus tazas de latón. el nombre de quien posiblemente la hubiera enviado como chica de mensaje a Samos de Puerto Kar. y otros dos más bajos. De pronto me di cuenta de que era raro que estuviese por la parte inferior de la ciudad. vestidos con albornoces blancos. un nombre del Tahari. ¿a quién? —Guarda tu tark —dijo el hombre secamente—. Nadie necesitaría de sus servicios teniendo el agua al alcance de la mano. En el bazar. y quién después de él. debería tener en cuenta quién era el líder. sonriéndome. En aquella ciudad había asumido el nombre de Hakim. —¿Acaso es frecuente que vendáis a las esclavas de esta manera? —Sí —dijo él—. y luego por otra lateral a ésta. Las entradas no estaban codificadas. tan cercana a los pozos. Sin duda recordaba que le había comprado agua hacía un rato. Abandoné el despacho del jefe de esclavos de Tor. También estaba por allí el aguador. Los cuatro hombres que había visto antes seguían sobre mis pasos. —¿Te acuerdas de esa chica? —pregunté. servil. No había podido averiguar el nombre del comprador de aquella muchacha llamada Veema.

junto al otro. Creía que probablemente no eran más que unos truhanes. que se volverían a mi favor. mientras las cadenas seguían enrollándose alrededor de su cabeza. Lancé una carcajada. Gritó de dolor. como había venido siguiéndome. le di unas cuantas vueltas y. Volví al bazar y pregunté dónde podía comprar acero. hacia el hombre que iba a la izquierda del líder. le lancé contra el mismo muro que a su compañero. como si mis piernas fueran muelles. retrocedió.Oí que los hombres corrían hacia mí. y con el júbilo propio de los guerreros. De camino hacia la calle de los fabricantes de armas me volví a encontrar con el aguador. En cuanto al último que quedaba. La calle de los fabricantes de armas estaba cerca del bazar. No tenía intención de matarlos. amo —me dijo. Los establos en donde se compraban kaiilas se hallaban en el exterior de la puerta sur de la ciudad. Balanceé las cadenas que acababa de comprar en mis manos. Creerían que me encontraba atrapado en aquella calle sin salida. Allí impactó. cuan largo era y cayó sin sentido. le sujeté por los tobillos. —Tal. . con la cabeza por delante. apartando de sus ojos la sangre que chorreaba en su frente. Salieron silbando en el aire antes de alcanzar en la cara al líder del grupo. pues allí podría aprovechar sus movimientos. También podían volver sobre sus pasos y echar a correr. y una kaiila. que venían por la izquierda. —¡Un guerrero! ¡Eres un guerrero! —susurró antes de girarse y echar a correr. El odre que transportaba sobre el hombro volvía a estar inflado y húmedo. con las rodillas dobladas. percibiendo cómo se acercaban aquellas sombras. No le perseguí. Pero era yo quien la había elegido. si así lo preferían. Las sombras se acercaban apresuradamente. rebosante. me giré dándoles un buen impulso circular a las cadenas que tenía en las manos. y le recompensé con un tark de cobre. sin mirar atrás. Un joven con la ropa andrajosa me lo indicó. no al suyo. el cuerpo ladeado. y el otro le lanzó hacia atrás la cabeza. —Tal —respondí. Utilicé su cuerpo para bloquear a los otros dos. suavemente. Sólo había transcurrido un instante. cabeza abajo. Me deslicé por detrás del cuerpo del líder. y vi que estaba exactamente donde había calculado: un poco a la derecha. agarré por el brazo al hombre bajito que estaba a su derecha y le lancé al muro. y las lancé. cuando consideré que su velocidad era la adecuada. Uno de mis pies percutió en su pecho. El líder. y ya distinguía el sonido del roce de sus ropas. Inmediatamente salté.

Estaba ansioso por trabar contacto con la cimitarra del Tahari. pero con las garras delanteras cubiertas. embistió al otro animal. se desequilibró. al intentar alcanzarme. Con la rienda ligera hice que mi kaiila se echara hacia la izquierda en el momento en que iba a encontrarme con la otra montura. Quedarían bien en los esbeltos tobillos de la preciosa Alyena. y con dignidad felina giraron para poco después volver a embestirse. El guerrero apartó esas mandíbulas con el escudo y se echó hacia atrás. para golpearme con la hoja curva de su arma protegida por una funda de cuero. Sus patas traseras. como era habitual cuando se trataba de realizar ejercicios. llegué a la calle de los fabricantes de armas. para que la esbelta y alargada testuz. provistas también de garras. levantaron una nube de polvo en su potente impulso. sujetas sus piernas en altos estribos. 3 LO QUE SUCEDIÓ EN UN PATIO La kaiila de guerra. levantándose sobre sus patas traseras. Me preparé para el siguiente ataque. con las mandíbulas inmovilizadas por un bozal de cuero.Por fin. protegida asimismo por una funda de cuero ornamentado. y aproveché el momento para golpearle el cogote con mi arma mientras él intentaba recuperar el equilibrio. de manera que al cabo de un momento el otro jinete ya estaba listo para una nueva embestida. Su largo cuello se disparó hacia delante. Su kaiila siguió avanzando. frustradas. Evité el impacto con mi propia arma. chocara contra el cuerpo del hombre que se hallaba a horcajadas del otro animal. . Me habían dicho que sus bailarinas eran soberbias. la esclava que tenía alojada en las jaulas de Tor para que la adiestrasen. hacía oscilar las cadenas de marcha. Mientras me adentraba en esa calle. con lo cual el otro guerrero. Esa noche iría a cenar al Pomegrate. Ambas kaiilas rugieron. —Habrá guerra entre los kavar y los aretai —oí que decía un hombre.

. Ahora. —En tus manos. —Cabalga libre —dijo él. se dividiría en dos partes. Nunca había visto a un hombre como tú. —Espero que no habrás bromeado conmigo —dijo.Llevábamos diez días entrenándonos durante diez horas goreanas al día. —Lo haré. ¿Quién eres? Me puse la sal en la parte posterior del puño derecho y dije: —Soy uno que comparte la sal contigo. Yo permanecí sobre mi kaiila. Levanté la hoja curvada de mi cimitarra. El juez le hizo una señal a un muchacho. El juez hizo un gesto afirmativo. como un pájaro. —Ya no puedo enseñarte nada más —dijo. y echó atrás la cabeza. —Pongamos sal entre nosotros —sugirió. El guerrero me miraba fijamente. Los ojos del muchacho brillaban. —Pongamos sal entre nosotros —repetí. Permanecí en silencio. que lanzó un destello. —Nunca antes había contemplado algo parecido —dijo—. si caía sobre ellas libremente un pedazo de seda. según decían. Las hojas de nuestras armas quedaron desprovistas de cuero. el cual le trajo un platillo de sal. Se echó el albornoz hacia atrás. El guerrero bajó de su montura y se acercó a mí caminando. —Corta las correas de las fauces de tu kaiila —me dijo. Le hizo una señal al muchacho para que éste sacara las protecciones de las garras de la kaiila. —No lo he hecho —respondí. La kaiila del guerrero se levantó sobre sus patas traseras. Y me había llevado la victoria en treinta y dos ocasiones. y en diecinueve de ellas con golpe mortal. el guerrero y yo. El muchacho se encargó de tomar las riendas de mi montura. el mejor espada de Tor. —Eso es suficiente —dijo él. Era Harif. dando mordiscos al aire. desgarrando el aire con sus zarpas. Estábamos frente a frente. Se puso sal del plato en la parte posterior del puño derecho y me miró con expresión interrogadora. De las últimas cuarenta embestidas. —Traed sal —le dijo al juez. el acero parece vivir. ocho no habían tenido un vencedor claro. El otro guerrero se bajó el velo amarillo que le cubría la cara oscura y se lo dejó replegado en torno al cuello. a ninguno de los dos se le había adjudicado la sangre. La volví a enfundar y descendí de mi silla.

Puso entonces el discotarn de oro de Ar con el que había comprado mi instrucción en mi mano. el objetivo del arma es el rostro del enemigo. —Hemos compartido la sal —dijo. tras lo cual se había quedado allí. sería un placer para mí cenar en tu casa esta noche. habíamos estado muy igualados. Pero en el torneo había detenido mi filo a un hort de su cara. pero yo lo había rehusado. porque no le había tocado el cuerpo.Toqué con mi lengua la sal impregnada del sudor de su puño derecho. ese golpe hace que el arma se sumerja en el rostro del contrincante y salga desgarrando la capucha de su albornoz. y quien había despojado de sus protecciones las garras de mi kaiila. —Hemos compartido la sal —dijo sonriendo. El golpe en cuestión era el que se da con el puño vuelto hacia el cielo y en ascenso. y creía que la decisión del juez había sido la correcta. —¿Aceptarías ser el huésped de mis tiendas esta noche? —me había preguntado el juez. le habría desgarrado la piel. —Es tuyo —dije. Faruk de Kasra. —Eso es imposible —respondió. y él tocó con su lengua la sal de mi puño derecho. Su hijo era quien había traído la sal. Él era quien. Se llamaba Achmed. jefe de un millar de lanzas. y probablemente le habría destrozado la nariz. y una vez que la esclava propiedad de Faruk. Esa noche. Aunque dicho filo estuviese protegido por el cuero. Era un mercader que había acampado en las afueras de la ciudad mientras adquiría las kaiilas necesarias para una caravana que se dirigía al oasis de Nueve Pozos. una vez acabado el banquete. Suleimán de los aretai. No quería dañarlo. Naturalmente. La custodia de este oasis pertenece a Suleimán. pues el resultado de los diversos enfrentamientos había sido claro. nos había lavado las . En uno de ellos. Harif deseaba que se me concediese el triunfo. enjuiciado como “sin caída de sangre”. En este caso. con ojos brillantes. —Sí —dije yo—. porque según él me lo merecía. había descubierto la roca en la que se leía “Alerta con la torre del acero”. cubierta. con abundantes brazaletes y ajorcas. sin la protección. Esa tarea no le había resultado demasiado inconveniente. Volvía a mi compartimento de Tor desde las tiendas de Faruk de Kasra. Yo había sido quien le había sugerido a Faruk que juzgase los torneos que constituirían la parte final del adiestramiento en la cimitarra. hacía unos meses. El arbitraje tampoco había resultado demasiado difícil. pues inspeccionaba las kaiilas de los corrales que se hallaban cerca de la puerta meridional de Tor. —No lo entiendo —insistí.

Era casi cuadrado. hombre de la espada —dijo mirándome—. puedes quedarte con el regalo. —Y a ti. Acto seguido. El muchacho puso el reloj en la mano de su padre. Se lo ofrecía a él. las manecillas de los cronómetros goreanos no se mueven en la misma dirección que la de los relojes de la Tierra. padre —dijo el niño inclinando la cabeza. y miró con detenimiento las delgadas manecillas. no se puede decir que . ¡Gracias! ¡Gracias! —repitió mirando a todos sus parientes. De hecho. El muchacho no quitaba los ojos de aquellas manecillas. el mercader de Kasra. Faruk. para nosotros. sobre la arena de la tienda. y puso en las palmas de cada uno el reloj. plano. en sentido antihorario. Pero debes decirme una cosa. y se detuvo frente a cada uno de los parientes. exacta. mirando a su padre. el niño levantó la mirada. que se desplazaban lentamente. Se mueven en la dirección contraria. que finalmente pudo sentarse a mi lado. —La verdad —dijo sonriendo Faruk de Kasra—. —¡Oh. y era una máquina de gran precisión. para venderlas. —Conocerás el tiempo —le dijo éste— por la velocidad de tu kaiila. El día goreano tiene veinte horas o ahns. siempre con el cronómetro en la mano. Hakim de Tor. —Es tuyo —le dije—. saqué de entre mis ropas un cronómetro goreano pequeño. padre! —exclamó el muchacho—.manos derechas con agua de veminium. utilizando para ello una honda vasija de cobre martillado. Tengo unas cuantas piedras que vender en el oasis de Nueve Pozos para comprar barras de dátil con las que volver a Tor. Lo puse en las manos del muchacho llamado Achmed. y la dirigió hacia mí. y por el sol. aun así. Estaba cerrado. ¿A qué te dedicas? ¿Puedo serte de alguna ayuda? —Sólo soy un humilde mercader —respondí—. el muchacho. —Todo esto me complace —dijo Faruk de Kasra mirándome—. —No tiene importancia —le dije. por el círculo y el palo. decía. Cada uno de los parientes observaba el cronómetro antes de devolvérselo al muchacho. Finalmente. Por otra parte. En su esfera se movía asimismo una manecilla que marcaba los pequeños ihns. te lo agradezco. Es un regalo. lo llevó por el círculo alrededor del pequeño fuego. que sonreían. El cronómetro que el niño sostenía en ese momento estaba hecho en Ar. No se veían muchos relojes en el Tahari. —Pero. —Sí. sonrió. Él lo abrió. una vez hecho todo esto. diciendo: —Te lo doy. podríamos decir que se mueven. En esa región era un aparato muy raro.

No volví a oír ruido alguno a mis espaldas. llegué a mi compartimento del barrio de los pastores y cuidadores bastante tarde. Esperaba poder averiguar algo de la misteriosa torre del acero preguntando a los nómadas con los que me encontrase en el desierto. Las calles de Tor eran muy oscuras. que se hallaba en el exterior de las murallas. ¿No podría encontrarme contigo un poco más adelante? —¿Conoces el desierto? —No. había descubierto hacía unos meses. —Yo ya he conseguido las kaiilas que necesitaba —dijo Faruk. Miré atrás. No era infrecuente que debiera avanzar guiándome por el tacto de las paredes. —Eso me complace. Continué por aquellas oscuras callejuelas. yo debo hacer ese viaje en breve —dijo Faruk de Kasra—. Después de dejar el campamento de Faruk de Kasra. o a los habitantes de los oasis que se encontrasen fuera de las rutas de las caravanas. continuaría hacia el oasis de Nueve Pozos. en donde conseguiría provisiones y agua e intentaría contratar a un guía para volver a la roca y desde allí tomar la dirección este. al acercarme a una puerta iluminada que se hallaba a unos cuarenta metros del punto donde yo me encontraba. Achmed. En un momento. Me eché atrás la capucha del albornoz y desenfundé mi cimitarra antes de plantarme a esperar. Todo indicaba que de camino hacia los oasis encontraría la roca que el hijo de Faruk. —Entonces —pregunté—. me detuve. Las cosas tenían un buen cariz. —Mira. ¿cuándo te irás? —Al alba. Pero ya no se oía ningún ruido. Después de esclarecer este punto. —Sería un honor para mí —respondí. hacia el Tahari. Para mí sería un honor si me quisieras acompañar al oasis de Nueve Pozos con tu kaiila.manejes la espada como un mercader. —Debo recoger a una chica que ahora se encuentra en las jaulas de Tor —dije—. me pareció oír pasos tras de mí. A veces se sucedían en ellas los escalones estrechos y desiguales. En algunos lugares ardían pequeñas lámparas. y era mi intención atravesarlo. pero eso era todo. Todo se hallaba sumido en la oscuridad. Yo también sonreí. Esa roca marcaría el lugar en el que debía iniciar la búsqueda. Tras la puerta vislumbraba un pequeño patio. . No me faltaba más que medio pasang para llegar a mi compartimento cuando. —Achmed te esperará en la puerta del sur.

En el espacio que separaba las dos puertas podía distinguir el movimiento de luces.Vi cómo una sombra se escondía rápidamente tras una de las dos hojas de la puerta. Las cabezas de varios hombres se asomaron por ellas. al tiempo que la golpeaba. ante la puerta cerrada del patio. en una pared que se hallaba a mi derecha. agazapados. Las antorchas fijadas en las alturas del muro solamente enviaban pálidos reflejos amarillos al lugar en el que me encontraba. Otras ventanas se iluminaron en las partes altas de los muros. si se quedaba quieto en su sitio. agachado. pues así bloquearía al que se hallaba a su derecha si yo me movía en esa dirección. resistiéndose a la fuerza que cuatro hombres de nuestro lado ejercían para abrirla. En el patio. y fuese cual fuese el hombre al que yo atacara. —¿Qué pasa? —se oyó una voz gritar. Esperaba poder atraer hacia mí al hombre del centro. los tres se quedaron quietos. aparecieron hombres con antorchas y lámparas. Me volví. En ese momento no sabía cuántos hombres esperaran emboscados en el patio. . Allí arriba. y luego a otro. Mi hoja detuvo las cimitarras de los otros tres. y con mucho cuidado. y cómo la pesada aldaba caía sobre sus sujeciones. Tras de mí. avanzaron hacia mí. oí al otro lado de la puerta un grito humano de terror. Eran cinco. oí cómo se cerraba la puerta del patio. También se oían hombres al otro lado de la puerta que cerraba el patio. Ellos se dispersaron en una hábil maniobra. —¡Abrid la puerta! —gritó un hombre junto a mí. De pronto. Yo retrocedí. En poco más de dos o tres ehns. sólo necesitaría defenderse a sí mismo. Me mantuve en tensión. No. Al mismo tiempo oí que unos hombres se movían detrás mío. y si lo hacía en dirección opuesta bloquearía al de la izquierda. cimitarra en mano. Los hombres. y luego salté hacia atrás. No creo que ninguno de ellos escapase. miraban al suelo del patio. que mantenían sus antorchas en lo alto. esos hombres no eran vulgares ladrones callejeros. Pero oí que súbitamente uno dejaba su cimitarra en el suelo. Esperé. Al cabo de un momento salían todos corriendo. También vi el rostro cubierto por un velo de una mujer. pero no podía ver nada en esa puerta cerrada. los hombres de ambos lados avanzarían. la multitud se hallaba dispuesta en un círculo. Se oyó el grito de una mujer. Abatí a uno. Oímos cómo levantaba la pesada aldaba. En cambio. Y entonces. y luego chirriaron los gruesos goznes. con lo que los demás disfrutarían de total libertad de movimientos para atacarme. se encendió una luz.

Sí. Lo dudaba. y uno de ellos de una pierna. dos hombres de Zev Mahmud. observé lo que todos observaban. de once hombres. para volver sobre mis pasos. y en su hombro se distinguía la marca de unas fauces. provista de garras. Son Tek y Saud. se hunde en su abdomen. —Pero. A uno le habían destripado. todo ello me resultaba familiar. y a través de la herida se podía ver el estómago. alrededor de su cuello se distinguían unos arañazos. parecía que lo habían medio devorado. —Pero —susurró un hombre—. A uno de aquellos hombres parecían haberle hendido la boca con dos hachazos profundos y paralelos. ciudadano —dije. Volví a observar la parte superior de los muros y los tejados próximos. Al onceavo hombre le habían matado más limpiamente. La cabeza le colgaba a un lado. ¿qué clase de criatura. y salí del patio. En el cogote se distinguía una profunda mordedura. Una vez hecho esto. Sobre el suelo se hallaban esparcidos. —Te doy las gracias. Más de una vez lo había visto en Torvaldsland. puedes encontrarle junto a sus hombres en la taberna de las Seis Cadenas —me respondió el hombre. Mirando a los dos cuerpos le pregunté a un hombre: —¿Los conocéis? —Sí —dijo—. Al hombre al que le faltaba una pierna le habían atacado por la espalda. —Normalmente. a juzgar por las costillas que emergían de la cavidad torácica: le faltaban el corazón y el pulmón izquierdo. Al lado de los dos hombres que había derribado con mi cimitarra se habían congregado muchos ciudadanos de Tor. En cuanto al que le habían arrancado el brazo. El espaciamiento de esas heridas me resultaba familiar. los cuerpos. semejantes a los que produciría una cuerda. y los tejados cercanos.Mis ojos examinaron primero las alturas de los muros. La víctima se ve levantada por el cuello y los hombros mientras que una fortísima pata trasera. confundiéndolos con las demás vísceras y con la ropa. —¿En qué lugar podría encontrar al noble Zev Mahmud? —inquirí. Así era como le había desplegado los intestinos en toda su extensión. como una cuerda sanguinolenta. Me volví. Cuatro de los cadáveres se hallaban descabezados. A otros dos les faltaba la mitad de la cabeza. y las partes de los cuerpos. Dos de los cadáveres estaban desposeídos de sus brazos. qué clase de cosa puede haber hecho esto? —preguntó un hombre. —Ya no volverán a matar —dijo otro hombre. Limpié la hoja de mi arma en el albornoz de uno de los caídos y volví a . ¿quién puede haber hecho una cosa así? Pensé en la posibilidad de que alguno de los allí encerrados hubiese escapado.

—¿No es ya muy tarde para transportar agua? —pregunté. Estos hombres no son de Tor. Se miraron unos a otros. —Ahora sí que nos gratificarán —dijo uno de los hombres a Zev Mahmud. —Muy bien —dijo finalmente. Temblaba. ciudadano —dije. Miré a los otros dos hombres que se hallaban sentados en su misma mesa. Miré al hombre con el que había hablado anteriormente y le pregunté: —¿Es cierto que vive cerca de aquí? —No —me respondió el hombre—. tomó una de otro hombre que se hallaba en la taberna. que había perdido su cimitarra. pues? —Abdul el aguador. —¿Le conoces? —Todo el mundo le conoce. —¿Qué haces en este barrio? —Vivo aquí al lado. en Tor. cerca de las jaulas de esquilado para verros. . —Vamos. —¿Has visto lo que ha ocurrido ahí? —dijo. levantó la vista. Vive por la puerta este. Les seguí al exterior. amo.envainarla. Son forasteros. —¿Zev Mahmud? —pregunté. Aquel hombre corpulento y fuerte. vi que el aguador con el que ya me había encontrado en varias ocasiones corría hacia nosotros. pero enseguida palideció. Se paró a mi lado. y tú estás solo —dijo Zev Mahmud. E inmediatamente se marchó. La punta de mi cimitarra estaba en su cuello. Uno de ellos. y señalando a los cuerpos tendidos en el suelo. —Te doy las gracias. lo he visto —respondí. ¡Es horrible! —Sí. ataviado con kaffiyeh y agal. a la calle. con la cabeza gacha. —Pero nosotros somos tres. —A la calle —repetí. Mahmud sonreía. Al levantar la vista. y les hice el mismo gesto con la cabeza: —A la calle —les dije. airado. con una antorcha en la mano. amo. le pregunté—: ¿Conoces a estos hombres? —No —respondió después de mirarlos detenidamente—. pálido—. —No llevo agua ninguna. —¿Y quién es. a la calle —le dije.

Una vez allí. amo? —preguntó. —¿Y dónde los encontrarás? —Creo que los podré encontrar en la taberna de las Seis Cadenas. —Espero que no estés pensando en el noble Zev Mahmud y sus amigos. No quería que siguieran sobre mis pasos en Tor. Cuando volví a mi compartimento del distrito de los cuidadores era ya muy tarde. —No lo entiendo —dije yo. —Eres nuevo en Tor. Dudo mucho que necesite a más de tres hombres. —Pronto estallará la guerra entre los kavar y los aretai —respondió—. —¿Cuándo estarás preparado para irte? —En diez días a partir de mañana. Sólo llevaré unas cuantas kaiilas. es que en tiempos turbulentos esos hombres son un poco más caros. valientes. hombres buenos y honestos. pero lo intentaré. y es muy posible que no sepas qué ruta tomar en esta ciudad. —¿No has oído lo que dice la gente? —le pregunté—. —Turia —le dije. que te acompañarán. Es posible que se interrumpan las rutas de las caravanas. —Eso es comprensible —dije yo. . Pareció aliviado. —Excelente. —Conozco a los hombres indicados —dijo. No me sorprendió nada encontrar al aguador esperándome sentado en las escaleras. —Excelente —dije yo. Yo conozco muy bien Tor. Parece que ha habido una pelea en el exterior de la taberna. Se volverá difícil encontrar cuidadores que se aventuren en el desierto bajo estas circunstancias. —Amo —dijo. —Lo que ocurre —dijo él encogiéndose de hombros—. —Mi caravana será pequeña —le dije—. —Haz lo posible para que sean hombres que me convengan —le advertí. ¿en qué me puedes ayudar? —Puedo encontrar para ti hombres. —Eso será difícil —respondió—. —El amo es generoso —afirmó. Esto pareció sorprenderle. y estoy seguro de poderte ayudar. Adelantó la mano. —¿Cuál es tu destino. —¿Sí? —respondí. y yo puse en su palma un tark de plata. —Y aceptando que esa desgracia ocurra. acabé con ellos.

En el Tahari se utiliza para el transporte de mujeres. El desierto ya es jaula bastante. sobre el pequeño cojín forrado de seda del interior del armazón. La chica. Retrocedió. con una altura de unos ciento veinte centímetros. supongo que deberé buscar a otros. Pensé que tardaría mucho en saber algo del aguador. la kurdah. Hice girar mi kaiila y golpeándola en los flancos hice que corriera a lo largo de la fila de animales cargados. . El tark de plata resbaló de sus manos. Las kaiilas son las encargadas de transportar estos armazones. que rodeaba al ocupante. se suponía que iba a tardar diez días en salir hacia Turia. Era una construcción en forma de semiesfera vuelta hacia arriba. mirando por encima de su hombro. los tobillos juntos. Tal como le había dicho. lanzó un grito. también hecha en tejido de reps. y de pronto dio media vuelta y echó a correr. A este armazón se le llama. —Entonces —dijo—. Dicho armazón se construye con madera de tem. 4 UNOS JINETES SE UNEN A LA CARAVANA DE FARUK La caravana avanzaba lentamente. Me agaché para recoger el tark y lo metí en mi monedero. hazlo —le dije. sorprendida. Me sentía cansado.El aguador palideció. amo. que se cubría con una cortina de apertura central. Estaba sentada ahí dentro. En el interior de la kurdah no era necesario atarlas. con las rodillas a la izquierda. No hay ninguna necesidad de ello. Este armazón estaba completamente cubierto por tejido de reps excepto en la parte frontal. un material muy ligero. Con la punta de mi cimitarra eché a un lado una cortina. inclinada hacia la derecha. en goreano. apoyada en parte sobre las manos. tanto esclavas como libres. —Sí. de alrededor de un metro de diámetro en su parte más ancha. atados a sus lomos y fijados con tirantes bien tensos sobre las mantas de transporte.

La fiera expresión de su boca podía percibirse perfectamente a través de la tela. consideran que la boca de una mujer es un elemento sexual de extrema provocación. pero los nómadas y demás habitantes de esas tierras lo agradecen. —Ahora. De todos modos. Sin él. —Sí. . —Átatelo —dije—. y se lo puso ante el rostro para cubrirse la parte inferior. Si vuelvo a encontrarte tan impúdicamente descubierta sin mi permiso. el viento sopla casi constantemente. así como los goreanos en general. amo —dijo mientras sujetaba el velo con una mano y con la otra buscaba sobre el cojín el pequeño anillo de oro que permitía atar el velo. en donde los brillos maravillosos de la seda se dividían a uno y otro lado. De hecho. muy azules. por lo menos —dije yo— no llevas la cara desnuda. La pasajera de la kurdah. incluso para aquellos que dispusieran de agua y de protecciones contra el sol. Lancé una carcajada al volver a azuzar a mi kaiila.—Cúbrete con el velo —ordené riéndome. Sujetaba el velo frente a su rostro. Los velos de esclava están hechos para ser arrancados. sobre el amarillo. Sus ojos brillaban. En el Tahari. cuando llegase el momento de ofrecerla o venderla. y además añade sutileza y misterio. y siempre que vayas en la kurdah llévalo. aparte de su velo y del collar. porque revela tanto como oculta. Desde el interior de la kurdah se oyó una exclamación de rabia. Aparté la punta de mi cimitarra. —¡Qué descarada eres! Ella mantenía el velo bien sujeto. se puede decir que el velo de una esclava es una burla. Es un viento caliente. Alyena era encantadora. Pero a menos que ella lo hiciera necesario por su comportamiento. De alguna manera. Le quedaba por encima del arco de la nariz. tomó el velo triangular y amarillo. el desierto sería insoportable. ni tan siquiera habían empleado el látigo sobre su piel. aunque todavía tenía mucho que aprender. para que inmediatamente después de hacerlo el amo devore los labios de su posesión. y la tela de reps volvió a caer sobre la kurdah para ocultarla. Volví al sitio que me correspondía en la línea de la caravana. no dudaba que la próxima vez que abriese la cortina de la kurdah encontraría en su interior a una esclava con velo. tan profundamente amarillo. Con rabia. haré que te azoten. Se lo sujetó por detrás de las orejas. antes llamada Priscilla Blake-Allen. dejaría ese detalle para su nuevo amo. Vi sus ojos. Alyena. estaba completamente desnuda. que también le cubría la barbilla. Los hombres del Tahari.

—¡Ya corro. siempre plantan la tienda cerca de un árbol. le había echado encima a mi kaiila. mientras la kaiila pateaba y arañaba el suelo a su alrededor. En una charca. crecían. En los rincones sombreados de las rocas. Cualquier planta que hubiera crecido allí habría sido arrancada de raíz por el ganado.Escuché el agradable sonido de las campanillas de caravana. algunas matas de pasto de verro. semejantes a sombrillas planas de palo encorvado. Alrededor de esas charcas había a veces una docena de pequeños árboles de flahdah. El terreno agrietado se extendía en un radio de un cuarto de pasang. como en un dibujo reticulado. de terreno gravoso y polvoriento. Así podría ponerse algo para dormir. protegiéndose el rostro con las manos. amo! —gritó con desesperación. con abundantes pedruscos. De vez en cuando. que la había hecho rodar por el suelo después de embestirla. hecha con reps de esclava. Por la noche. . Estos árboles tenían una altura máxima de seis metros. que le quedaba alta en los muslos. cuando acampásemos. Atravesábamos el país de las colinas. Los nómadas. Hacía que durmiese a mis pies. que se suceden unas a otras. Las kaiilas se movían dulcemente. conseguí para Alyena. que no era más que una superficie enfangada. Aya era una de las esclavas de Faruk. A veces pasábamos por el lado de una charca. una chilaba de esclava usada. y a desempeñar diversos servicios para el hombre. que además de proporcionarles sombra les permitirá ordenar sus pertenencias y alimentos en las ramas. entre silbidos y gruñidos. o cerca de las tiendas de unos nómadas. la haría bajar de la kurdah y poniéndola ante mí le diría: —Busca a Aya. de secas malezas. Le enseñé a montar una tienda. Ella enseguida se levantó y salió corriendo hacia donde sabía que podía encontrar a Aya. o en las vertientes umbrías de las colinas. Cada uno de los cuadrados de este dibujo es cóncavo. aquí y allí. Una vez que se había atrevido a decirme que Aya le hacía hacer todo el trabajo. Era una prenda pequeña. de manos de un nómada. y pídele que te dé trabajo. La mano cabe perfectamente en esas grietas. con hojas en forma de lanza. Alrededor del agua. y hacíamos té sobre pequeños fuegos. Sus ramas eran delgadas. —¡Venga! ¿A qué esperas? ¡Corre! —exclamé. Solamente podía utilizar la prenda con ese fin. y a cocinar. no crecía nada más que las flahdahs. la caravana se detenía. Alyena se había quedado tendida. cuando acampan en una de estas áreas.

y me puse en pie sobre mis estribos. Sobre un promontorio me detuve. Me quité las alpargatas y las coloqué bajo la cincha. la hacía arrodillar a mi lado. y también se preocupaba de adiestrarla en las habilidades propias de una mujer del Tahari. con su albornoz ondeante y la lanza en la mano. en las piedras. Cerré los ojos para evitar por un momento el reflejo del sol en el polvo. No vi nada. y volví a cubrirme la cabeza con la capucha. Volví a sentarme en la silla. Me puse la capucha del albornoz frente a los ojos para protegerlos. A lo largo de la caravana cabalgaba un hombre que gritaba: —¡Jinetes! ¡Jinetes! En ese momento los pude ver. en la izquierda. Ésa era precisamente mi intención. Los guardianes de nuestra caravana se aprestaron a ir a su encuentro. Con él iban seis hombres. Al cabo de un ahn o dos nos detendríamos para acampar. Los albornoces que vestían se ondulaban a sus espaldas mientras empezaban a descender de la cresta. Me levanté sobre los estribos. La tarde estaba a punto de finalizar. Vi el final de la caravana. pero me alivió ver que otros jinetes salían de nuestra caravana para situarse en la posición adecuada en caso de ataque. No veía que nadie se acercara a nosotros desde otros puntos. pero cuando cambia de pelo se puede recoger. para luego poner los pies sobre el cuello de la kaiila. Se encenderían dos fuegos. Pondrían a las kaiilas en círculos de a diez y los cuidadores les echarían forraje en el centro de dichos círculos. Al final de todo distinguí a un hombre que cabalgaba en solitario sobre su kaiila. al lado del fuego del campamento. Así aprendía que dependía exclusivamente de mí para alimentarse. y con él se pueden fabricar varias prendas. Azucé a mi kaiila. Naturalmente. Se alimentaba de mi mano. sentí en la arena pasos de kaiila que no correspondían a los de nuestra caravana. con las muñecas atadas tras su espalda. Eran más de un centenar. Contemplé el horizonte en toda su extensión. era cierto: Aya la explotaba. Pero además de explotarla le enseñaba goreano con la correa de la kaiila. Vi que Faruk. serpenteante por las colinas. De pronto. Vi que los . De vez en cuando desmontaba para recoger el pelo de kaiila que había caído y lo metía en una bolsa de su silla. Las monturas resbalaban. Eso era bueno. A las kaiilas no se las esquila como a los verros o a los urts. allá a lo lejos. Escuché el agradable sonido de las campanillas de caravana. Por la noche. había hablado en goreano. cabalgaba rápidamente. me eché atrás la capucha del albornoz y me levanté sobre los estribos para mirar atrás.Sin quererlo. y cabalgaban hacia nosotros sobre la cresta de una de las colinas. al oeste. en la grava.

Y no se te ocurra asomarte. Parecía asustada. Un grupo de jinetes fue hacia la cabecera de la caravana.cuidadores miraban atentamente lo que ocurría desde sus monturas. Se detendría ante cada una de las kurdahs. y luego volví al seno de la caravana. Uno de los próximos a Faruk fue hacia las kurdahs de las esclavas provisto de abundantes cadenas en torno a la perilla de su silla. . sus puntas se erizaban sobre el horizonte de las colinas. Hice avanzar a mi kaiila unos cuantos pasos en dirección al grupo. un poco atrás. que estaba bajo la custodia de Suleimán. esclava —le advertí—. —¿Qué ocurre? —gritó. bien enristradas en los estribos. Otro grupo de unos veinte. que en ese momento hablaba con su capitán. Ella asomó la cabeza. Mantenían altas las lanzas. Con ellos se había reunido Faruk. a los cuidadores y pastores uno por uno. Ambas anillas están separadas por unos quince centímetros de cadenas. y también con ciertos guardianes. inspeccionando a los animales. utilizando sus manos como viseras para escrutar el oeste. que solamente apresan los tobillos. lanzaría las cadenas a su interior y diría: —¡Átate tú misma! Y esperaría durante el tiempo que cada una de las chicas necesitaría para cerrar la anilla alrededor de la muñeca derecha y la otra más grande alrededor del tobillo izquierdo. —¡Silencio! —le ordené. empezó a bajar por el lado de la caravana. con Faruk entre ellos. Vi que los jinetes se detenían a un centenar de metros de la caravana. y desenvainé mi cimitarra. —Sí. Varios de los recién llegados cabalgaron por el flanco de la caravana. Cabalgué hasta la kurdah de Alyena antes de que el allegado a Faruk llegase a ella. con el velo puesto. Hice girar a mi kaiila. —Permanece en el interior de la kurdah. sus manos sujetando la cortina de reps. Era alto Pachá de los aretai. ampliamente distanciados unos de otros. —¿Qué están haciendo? —le pregunté a un cuidador que tenía a mi vera. Sabía que nuestra caravana iba en dirección al oasis de Nueve Pozos. y otro hacia su parte trasera. amo de mil lanzas. —¡Son aretai! —gritó un hombre. amo. Guardé otra vez la cimitarra en su funda. —Buscan kavar —me respondió. Los guardianes de la caravana aguardaban sobre sus nerviosas monturas. Hay que aclarar que no se trata de trabas para dormir.

—No soy ningún kavar —respondí. acompañados por Faruk. Lo habían tintado de manera harto primitiva. que entonces era Bey de Tor. —Tú no eres ningún kavar —preguntó el cuidador—. Continuaba mirándome. que retenía las bridas de su kaiila con la mano—. en el tercer año del Administrador Shiraz. antes de comprometerme en las lecciones de la cimitarra. Contemplé cómo aquellos hombres. en mi antebrazo no llevaba la cimitarra azul que se les tatúa a los muchachos kavar cuando llegan a la pubertad. Pero el capitán no siguió avanzando. —Cerca de la puerta norte de Tor hay un pozo —dijo el capitán—. ¿Cuál es su nombre? —No hay ningún pozo cerca de la puerta norte de Tor —respondí. —¿Quién eres? —preguntó. Lo último que hizo fue subirse la manga. —Se le llama pozo de la cuarta mano de pasaje —le dije. Por eso. en una mezcla de agua y las raíces machacadas del telekint. —No es ningún kavar —dijo Faruk. Varios de ellos llevaban la cimitarra desenvainada sobre la piel de sus sillas. —Se hace llamar Hakim. El pañuelo de reps que llevaba era rojo. Se detenían y volvían a avanzar por la larga fila de la caravana. de Tor —le dijo Faruk. En esos momentos agradecía los días que me había pasado en la ciudad. el color había teñido también su rostro. No. conociendo la . El cuidador se bajó la capucha del albornoz. Los hombres seguían acercándose. con su transpiración. como si quisiera hacer pasar de largo al capitán lo más rápidamente posible. —¿Cuál es el nombre del pozo que se halla cerca de los establecimientos de los fabricantes de sillas? —siguió preguntando. y también el pañuelo que le cubría el rostro. El capitán me miró y dijo: —¡Tú! ¡La manga! Con lo cual también me la remangué. se dirigían hacia nosotros. —Éstos son hombres de Suleimán —dijo el cuidador. Los jinetes habían llegado frente a nosotros. Han venido para darnos escolta hasta el oasis de Nueve Pozos. Sabía que hacía más de un siglo se había encontrado agua en ese lugar durante la cuarta mano de pasaje. ¿verdad que no? —No —repliqué.—¿Qué harán si encuentran alguno? —Le matarán —respondió concisamente el cuidador. Bajo la capucha llevaba un casquete.

ni prudente. ataviada solamente con el collar y el velo. Era una esclava. una esclava muy bella. Con mi propia cimitarra eché a un lado la cortina. El capitán sonreía. —¿A qué esperamos? —urgió el teniente—. no es más que una esclava. vine del norte. Pero solamente habían encontrado muchachas. Sonreí para mis adentros. con la muñeca derecha atada al tobillo izquierdo en cadenas de cinco eslabones. pero una esclava preciosa. —¿No será que escondes a un kavar ahí dentro? —preguntó el capitán. y la marca que se dibujaba en él. esclavas. La hoja de mi cimitarra chocó con la suya para impedírselo. —No siempre he estado en Tor —le dije—. estaba Alyena. ¡Matémoslo de una vez! —¿Es ésta tu kurdah? —preguntó el capitán señalando a la kurdah de la kaiila que teníamos al lado. y llevaron las manos a las empuñaduras de sus armas. No es demasiado astuto. De hecho. arrodillada. —Llevo piedras preciosas para vendérselas a Suleimán.ciudad. —Sí —dijo el capitán—. asustada. decepcionado. —Solamente una esclava —respondí. que se echó hacia atrás. —No es más que una esclava —dijo el teniente. —Descúbrete la cara —le ordené a Alyena. y ni siquiera lo sabía. —Sí —dijo—. —Sí. pues podía ser que en su interior se escondiese algún kavar. ésta es —respondí. En el interior de la kurdah. . no hay duda. La muchacha desabrochó con las dos manos el anillo de la parte posterior de la cabeza. Al examinar la caravana habían abierto las cortinas de las kurdahs con las puntas de sus cimitarras. a cambio de barras de dátil. que se hallaba al lado del capitán. —¡El muslo! —exigió el capitán. y con la punta de su cimitarra se dispuso a abrir la cortina. Las lanzas se inclinaron. —Es un espía kavar —dijo uno de los tenientes. Su cuerpo se había tensado deliciosamente al levantarse sus brazos. Hizo que su kaiila se pusiese al lado de la kurdah. Los hombres se tensaron. mientras contemplaba las suaves curvas que mostraba la chica. asumir una identidad de la que no se conoce nada. —¿Qué hay en su interior? —preguntó. se despojó del velo. vuestro jefe —dije yo—. La muchacha le mostró el muslo izquierdo. Lo había hecho remarcadamente. —Pero tu acento no es de Tor —dijo el capitán.

el teniente que había pedido mi muerte me dirigió una mirada fúnebre. amo —respondió ella. como una esclava con collar. Momentos después se unía a sus compañeros. a pesar de su negativa y del enfado de su expresión. Y volviéndome a la chica para hablarle en inglés le dije—: Todavía no estás preparada para bailar ante los hombres y complacerles. ¿no? —Todavía no sabe bailar —respondí. —Esa es mi intención en un futuro. en el mismo grupo que avanzaba con Faruk a lo largo de la caravana. esclava —le ordené. . esa muchacha tan fría. Estaban llenos de ira. —Amo —me dijo Alyena—. Incliné la cabeza en señal de reconocimiento a su cumplido. y después repasaron ávidamente el resto de su figura. —Y ahora quédate ahí dentro. Sus puños se apretaron. Por fin hizo girar a su kaiila. que ocultó en su interior a una esclava. —Lo sé —dije riéndome—. —Te felicito sinceramente por tu esclava —dijo. y complacer así a los guerreros goreanos. echándose hacia atrás. —Claro que no —dijo en inglés. —Sí. —Deberías haberle enseñado a danzar. —Con el látigo. Al hacer girar su kaiila. las chicas pueden aprender muchas cosas. bajo la amenaza de un látigo. esclava. y no se te ocurra asomarte. —Es una forastera —le expliqué al capitán—. —Eso que dices es muy cierto —afirmé. —Una bella esclava. Con la punta de mi cimitarra volví a correr la cortina. sentía curiosidad ante aquella expectativa. —Cúbrete con el velo. Sin duda. no será necesario que utilices el látigo para enseñarme a danzar. rogara: “¡Hazme bailar! ¡Hazme bailar para complacer a los hombres!”. a la luz de la hoguera. Habla muy poco goreano. realmente —repitió. Ella obedeció. esa muchacha de piel blanca.Sus ojos se detuvieron en la boca descubierta. Acabo de decirle que todavía no está preparada para bailar y complacer a los hombres. habría pensado más de una vez en lo que sería danzar desnuda en la arena. Finalmente se volvieron hacia mí. Vi sus ojos azules por encima del velo amarillo. Pero pensé que aún debería pasar mucho tiempo antes de que Alyena. y juntos continuaron el registro de los hombres de la caravana. —Quizá —sugirió el capitán— esta noche pueda bailar para nosotros. Pero yo podía ver que. Sus hombres le siguieron.

Ante nosotros. y con platillos en sus dedos. y la música empezó. y sus cabellos sueltos se agitaron. Iba ataviado con el kaffiyeh y el agal. Iba descalza. Llevaba también un collar dorado. de ojos azules y piel clara. y la parte derecha inferior y anterior de la falda metida en la parte izquierda del cinturón. pero de una manera muy bella. Simultáneamente. y ella empezó a bailar para nosotros. Era rubia. con los muslos desnudos. Llevaba un pañuelo atado en su torso. estaba la chica. casi insolentemente aburrida. En su cara no se . la mayoría en la pierna izquierda. ignorándonos.5 LO QUE OCURRIÓ EN EL PALACIO DEL PACHÁ SULEIMÁN —¿Qué deseas obtener a cambio de ella? —preguntó Suleimán. con las muñecas juntas. para así acentuar la línea de su belleza. Sus cordajes correspondían a los de los aretai. —Prepárate para complacer a un hombre libre —le dije a la chica. y pequeñas cadenas y colgantes rodeaban su cuello. Hice una señal a los músicos. hecho de mosaicos. a la manera turiana. Miraba hacia otro lado. sobre aquel suelo de color escarlata. Suleimán la miraba con los párpados muy cerrados. —¿Te gusta esta esclava? —pregunté. levantó las manos por encima de la cabeza. Dobló sus rodillas. bien arriba. Esos adornos también abundaban más en el brazo izquierdo que en el derecho. Sacudió la cabeza. Estaba sentado sobre cojines y alfombras de Tor. En los brazos lucía varias pulseras y brazaletes. se apoyó sobre sus talones. se oyó el claro restallido de los platillos que Alyena tenía en sus manos. En sus tobillos se destacaban varias ajorcas. Parecía aburrida. Su cuerpo parecía relajado. mientras que la parte izquierda inferior y posterior de la falda se sujetaba a la derecha del cinturón. Una seda enrollada de color amarillo rodeaba la parte inferior de sus caderas.

—Sentí mucho que no pudiésemos viajar juntos a Kasra. A veces las ponía frente a la luz. Ni se me había ocurrido que pudiera ser tan afortunado. y puso la bandeja sobre la mesa. puso en la copa cuatro medidas de azúcar blanco. Yo las recogí y volví a ponerlas en mi monedero. y un caftán de seda. levantó un dedo. Después de echar cada una de las medidas agitaba el brebaje. También él llevaba un kaffiyeh y un agal. Él miró las piedras con detenimiento. con esos bombachos hechos con diáfanas y amplias sedas que se estrechaban en los tobillos y el torso cubierto por un estrecho chaleco. tomándolas entre el dedo índice y el pulgar de su mano derecha. cuyo diámetro no debía sobrepasar una décima de hort. sin apartar los ojos de Alyena. vestida de forma muy semejante a la otra. Dicha esclava se arrodilló y avanzó el estilizado recipiente plateado en el que servía el oscuro licor para llenar la copa de Ibn Saran. llevándose a la boca una fina copa de vino vaporoso. —No carece de interés —me dijo. Ibn Saran levantó otro dedo. Antes de llegar allí me había cerciorado de conocer bien las categorías de las piedras. A la derecha de Suleimán se sentaba lánguidamente otro hombre. En sus manos transportaba una bandeja en la que había varias cucharas y distintos tipos de azúcar. Estas dos clases de piedras eran muy raras en el mercado del Tahari. una a una. Su transparencia revelaba el collar. Era un mercader de la sal. con muchos brazaletes. de Kasra. y seis de azúcar amarillo. Se arrodilló.revelaba emoción alguna. Ibn Saran. Con una cucharilla. y volvió a su sitio con el recipiente del vino. Suleimán descartó con el dedo algunas de las piedras que le había llevado. —Realmente fue una lástima —dijo sonriendo Ibn Saran. sobre la mesa lacada y baja tras la cual se hallaba sentado con las piernas cruzadas Suleimán. Corté el cosido que mantenía unidas ambas partes y fui poniendo las joyas. De entre mis ropas saqué el cinturón en el que había ocultado mis piedras. los diamantes y ópalos de sereem eran lo que más llamaba su atención. Inmediatamente apareció una esclava descalza. Por lo visto. y el cambio en barras de dátil que podría esperar de un trueque razonable. . Ella no me miró. Un velo le cubría la cara. Esta vez se trataba de una pelirroja de piel morena. Otra chica acudió corriendo a su llamada. Había esperado un mes en el oasis de Nueve Pozos antes de conseguir una audiencia con Suleimán. y luego a Tor —me dijo Ibn Saran. —Tuve que atender urgentemente otros asuntos —le contesté.

El odre lleno de nata había caído al suelo. pero afortunadamente para ella las costuras del odre no se habían abierto.Finalmente tocó la copa con la mejilla. El muchacho se había levantado rápidamente y con sus dedos de acero le había administrado un alegre. —Eres una esclava preciosa —dijo él—. Con sus talones intentó subir por el tronco del árbol. y no pudo evitar una exclamación al sentir la mano del nómada que palpaba su cuerpo. hasta que topó de espaldas con el tronco de un flahdah. Ella sollozaba. Había ocurrido en un lugar de aprovisionamiento de agua. besó tímidamente un lado de la copa antes de dejarla frente a él. asustada. y en mi opinión el joven había actuado correctamente. aunque suponía que al primero. dejando una mancha de sangre en la seda. con su carga. Ibn Saran la miró. pero no por ello menos duro. le miró. arañando su corteza. ella no . con la cabeza inclinada. para comprobar la temperatura. Alyena volvió el rostro. Ella. correctivo. arrodillada en el árbol. todavía no había desaparecido. Un joven nómada de muy buena planta. se habían unido a nuestra caravana los oficiales y la escolta enviados desde Nueve Pozos. No sabía si pertenecía a Suleimán. mirándole a su vez. esclava! —le había dicho él. Cuatro días antes de que ella recibiera tal castigo. y yo las recogí sin hacer ningún comentario antes de guardarlas. Después se apartó. Al girarse para dar la cara al agresor se había dado cuenta de que ya lo tenía a su lado. Acto seguido retrocedió. Había ocurrido durante la marcha de la caravana. aturdida. Ella había ido retrocediendo de cara a él. El grito de Alyena resonó en un radio de un cuarto de pasang alrededor de la charca. mientras intentaba deshacer los nudos del árbol que la unían a él y que. Sin poder hacer nada. Suleimán rechazó otras dos piedras. inmersa en las evoluciones de su danza. giraba. No me importaría nada ser tu dueño. impotente. en la mesa. había pasado por su lado. y ella. al estar al otro lado del árbol. pues en ese momento estábamos sentados en el interior de su palacio para tratar de negocios. a menos de diez centímetros. y lo había hecho como una esclava. y de hecho subió un par de palmos antes de que él la besara a través del velo. Ella llevaba un odre bastante grande de nata de leche de verro sobre la cabeza. Sonreí al ver que la herida en la parte inferior de su espalda. —¡Caminas bien. Yo contemplé la escena. o a Ibn Saran. No me volví para mirar a la muchacha que había servido el vino. de anchas espaldas y de ágiles movimientos había sido el encargado de administrarle el correctivo. ató la larga melena rubia de Alyena alrededor del tronco y la dejó. a la izquierda. Las kaiilas y los verros se sobresaltaron. Alyena.

¡Cada cosa a su tiempo! ¿Entiendes? ¡Hay un tiempo para jugar. la descubrió. tres diamantes de sereem. con la pierna estirada y moviéndola. Más tarde. Alyena no pudo hacer nada por evitarlo mientras estuvo presa del árbol. porque en su vientre. y el otro de un color excepcional. Los ópalos no son piedras especialmente valiosas en la Tierra. pero en Gor son escasísimos. me dijo: —Era una bestia terrible. Ante Suleimán quedaban entonces cinco piedras. tardó más de diez ehns antes de liberarse. pero a toda prisa. y otro para trabajar! Cuando Alyena logró por fin liberarse. se volvió a colocar el odre sobre la cabeza y se dirigió sin más demora a la tienda de Faruk. la cuerda de kaiila anudada. la esclava de Faruk que la estaba adiestrando. —Cien pesos de barras de dátil —respondí. naturalmente. atada al árbol. Y fue peor aún para ella cuando Aya. sí? Ella se inclinó. ama. Para mayor solaz del campamento. No le gustó nada encontrarla de aquella manera. con brillos rojos y azules. —¡Gandula! —gritaba Aya—. te entiendo! Cuando Aya dejó que finalmente se marchara. de color lechoso. cuando ya estaba cubierta por su chilaba trabada. tendida a mis pies. ¡Le odio! —¿Ah. Pero. Alyena era una buena bailarina. —¡Ahora hay que trabajar! ¿Lo entiendes? —gritaba Aya. ardía el fuego de las esclavas. brillantes. Creía que querías que tu dueño fuese un hombre rico. sollozando. cortados y pulidos en luminiscentes dibujos ovoidales. moteados de blanco. —¿Qué desearías a cambio de estas cinco piedras? —preguntó al fin Suleimán. —¡Pero si no quiero que ése sea mi dueño! —dijo sobresaltada—. —¡Sí. . la acarició recorriéndola desde la rodilla al suelo. rojos. esa noche. con el odre de nata de verro tirado a un lado. flexionándola lentamente al son de la música. ¿no crees? —Sí —respondí.podía ver. uno de clase corriente. y dejó bien clara su disconformidad golpeándola repetidamente con su instrumento correctivo. —¿Crees que volveré a verlo alguna vez? —Los nómadas son pobres. la muchacha corrió hacia mí y me contó con lágrimas en los ojos todo lo que había ocurrido. Esos dos ejemplares eran particularmente interesantes. no tienen nunca el mismo valor que los diamantes. y dos ópalos. aunque ella no lo sabía.

como ya se habrá imaginado. —No deseo hablar ante la esclava —dijo. Era la sexta noche después de que se hubiesen reunido con nosotros los soldados aretai. Era de noche cuando sospeché por primera vez qué clase de trampa nos habían tendido. —Eso es demasiado poco —dije yo. —Por lo que sé —dijo el teniente—. y te daré lo que valgan en barras de dátil prensado. y deseas vendérselas a Suleimán. Era el mismo que había insistido en que me matasen. el alto Pachá de los aretai. Sus ojos empequeñecieron. y su inteligencia. y poseía una gran inteligencia. Yo no deseaba matarle. —Lo comprendo —respondí. y después se sentó sin que yo le hubiese invitado a hacerlo. —Dámelas —me dijo ansiosamente—. y eso suponiendo que Suleimán se hubiera levantado con buen pie aquel día. Miró a su alrededor con aire furtivo. tras una noche convenientemente placentera con sus chicas. —Exacto —respondí. daba muestras de apreciar la posición de Suleimán. y eso que estaba en el interior de mi tienda. Tenía muy buen gusto. Todavía no le había puesto las trabas. como si estuviese tratando con un idiota. llevas piedras. podía traer consecuencias desagradables para mi persona. Naturalmente que era demasiado. y su expresión se ensombreció. El truco. Su nombre era Hamid. Plantear un precio inicial demasiado alto.—Es demasiado —dijo él. además. Suleimán examinó las piedras. y yo le dije: —Vete. al mismo tiempo. creo que no voy a hacer tal cosa. —Veinte pesos de barras de dátil —dijo Suleimán. Nos saludamos. consistía en dar un precio inicial razonablemente alto para poder llegar rápidamente a un acuerdo. Yo se las llevaré a Suleimán. Ella me miró. —No. El del capitán era Shakar. —Vete —le dijo a Alyena. Él no te verá. Lo único que le preocupaba en aquel momento era calcular cuánto podría sacar por las piedras después de comprármelas. Sabía que el precio que había sugerido era demasiado bajo. Suleimán era un hombre que discernía muy bien. . Él había sido quien había organizado la trampa. entre las que la menos desagradable era mi decapitación inmediata. El teniente del grupo que nos escoltaba vino a mi tienda.

Visitaré a Suleimán en tu nombre. Eso no alivia demasiado la sed. cuando llega la mañana todo resto de humedad se evapora con súbita rapidez. los kavar pueden quitártelas. una incitación al ataque. los nómadas escogen algunas piedras apropiadas para este uso. Las guardaré en un lugar seguro. —Bandidos —pregunté. pero de todos modos humedece la lengua y los labios. los ta´kara. —Si hay tantos kavar y ta´kara en los alrededores —comenté—. Si no me las das. —No se lo digas a nadie —me informó Hamid—. y se condensa sobre las piedras tras las frías noches del desierto. ellos se habían desvanecido en la distancia. Al ver esas piedras largas y planas mojadas por el rocío e iluminadas por la luz del amanecer les había parecido que brillaban como si fuesen de plata. siglos atrás. si su intención era matarme. Lo que hizo fue insistir: —Dame las piedras. pues el líquido que se obtiene es escaso. capitán de los aretai. hacia el oasis Piedras de Plata. pero cerca de aquí hay una partida de kavar. que consistía tan sólo en un centenar de hombres.Demasiado bien. Deben ser unos trescientos o cuatrocientos. Debía su nombre a un grupo de hombres sedientos que. militarmente hablando. A veces. Su intención es desviarlas todas. Haré la oferta en tu nombre. Iré en persona a ver a Suleimán —dije—. porque los mercaderes no querrán arriesgarse. y de su tribu vasalla. las limpian bien y cuando llega el momento lamen la humedad de la que se quedan impregnadas. y obtendré a cambio una buena cantidad de barras de dátil. Realmente. La verdad era que había visto algunos grupos de jinetes dispersos. —Kavar —respondió—. Haré la oferta . había llegado a esos parajes tras un largo viaje nocturno. o una gran parte de ellas. Cuando los guardianes de nuestra caravana habían ido a su encuentro. y habrá pocas caravanas. en una situación como ésa. Pero Hamid. aunque ese testigo no fuese más que una esclava. antes del amanecer. lo comprendía. Pronto se declarará la guerra —el hombre inclinó su cuerpo para acercarse más a mí—. teniente de Shakar. no respondió a mi comentario. una tribu que también era vasalla de los kavar. Hombres de la tribu. no disponéis de los hombres suficientes para defender esta caravana. escrutándonos en días anteriores. —No. Así no te verá. Como es natural. una escolta tan pequeña como la suya. Lo cierto es que el rocío es un fenómeno bastante corriente en el Tahari. Ese oasis estaba bajo el dominio de los char. era. Su intención es que Suleimán no reciba las mercancías. más le valía hacerlo sin testigos delante. —Hay kavar por todas partes —dijo sonriendo.

—Vuelve a plantar la tienda —le ordené a Alyena. Enseguida se añadieron al tumulto varios esclavos y cuidadores. No abrí la boca. —¡No opongáis resistencia! —ordenó Faruk a sus guardianes. abandonando la caravana. y de una patada hice caer el mástil que sujetaba la tienda antes de deslizarme al exterior. ¡Pero si es el noble Hamid! ¡Perdóname. No era nada conveniente que se produjesen bajas entre sus hombres. Shakar ordenó que retiraran la tela. Inmediatamente fui a encontrar a Faruk. Ocurrió al día siguiente. que llegó con su arma desenvainada. —No —respondí. Entre ellos estaba Shakar. —¡Al ladrón! —grité—. Cuando llegaron las antorchas. vaya! —observé—. poco después de la décima hora. —Sí. —¡Oh! —exclamé fingiendo sorpresa—. ¡Pero si has sacado tu daga! Se lanzó contra mí. No parecía demasiado contento cuando se marchó tras su capitán. cabalgando velozmente a lo largo de la caravana—. ¡Al ladrón! Varios hombres acudieron corriendo. No tuvimos que esperar demasiado antes de que nos atacasen los kavar. amo —respondió. que me miraba con expresión asustada. al comprender que el número de atacantes era considerable. —Eso de dejarse caer una tienda encima —comentó Shakar envainando su espada— no denota demasiada habilidad por tu parte. Hamid. —Dame las piedras —insistió. —¡Tu verdadera intención es llegar hasta la presencia de Suleimán para así asesinarlo! —No me parece que ésa sea una buena estratagema para obtener una buena cantidad de barras de dátil a cambio. Bajo la tienda caída se debatía una figura. noble señor! ¡Te he confundido con un bandido! Hamid se levantó. acompañado por varios de sus soldados. ¡Ah. mirando hacia atrás de vez en cuando antes de desaparecer en la oscuridad. Los aretai que nos escoltaban fueron a su encuentro. ¡No peleéis! ¡No os resistáis! . pero ya no me encontró. —He tropezado —dijo Hamid a modo de excusa. Me desplacé con rapidez. lo que en Gor equivale a mediodía.personalmente. mascullando maldiciones y sacudiéndose la arena. pero no me sorprendió ver que retrocedían y se dispersaban por las montañas. —¡Eres un espía kavar! —susurró.

Otro guerrero.Al cabo de unos segundos llegaban hasta nosotros. y una fina capa cubría también su cuerpo. Sus tobillos y pantorrillas estaban cubiertos de polvo. eso es todo. —Pero eres un miembro de la caravana. Habían quedado desarmados. mirando horrorizada al guerrero que tenía ante ella. Vi que se llevaban a algunas kaiilas. Desenvainaron sus cimitarras y las lanzaron para hundirlas también en la arena. Uno de aquellos guerreros trazó una línea en la arena con su lanza. —Desnudad a vuestras mujeres —ordenó—. montando en una kaiila. y en ella clavaron sus lanzas. ¿no es así? —Viajo con ella. Los ojos de las chicas. Con sus cimitarras. Los guardianes de Faruk. —¿Qué haces tú? —me preguntó un kavar que había cabalgado hasta mi lado—. con el rostro vuelto hacia el jinete. y que caía al suelo. porque yo tampoco deseo mataros. Ellos obedecieron. Todo ello estuvo hecho en un momento. que ya estaban formadas en línea. y ponedlas en esta línea. matadle. Vi que sacaban a Alyena de su kurdah tirándole del brazo. —No —respondí. A algunas las desnudaron con la punta de las cimitarras. y enseguida se les reunió en un grupo compacto. —No deseamos matarte —dijo el guerrero. —Si encontráis algún aretai —gritó un jinete que pasó cerca de donde nosotros nos encontrábamos—. Los kavar indicaron con sus lanzas que los hombres desmontaran. Los animales habían levantado mucho polvo. siguiendo el ejemplo de su jefe. y de un tirón con la punta de su lanza hizo que se soltara la anilla dorada. y que dejaban otras con sus cuidadores. Se quedó allí arrodillada. con lo que Alyena quedó con la cara descubierta. tiraron sus escudos a la arena. medio . Distinguí a las chicas. los kavar abrieron algunas bolsas y paquetes de los que transportaban las kaiilas para averiguar su contenido. —¿Eres aretai? —me preguntó el hombre. se puso tras ella. Los kavar cabalgaron a lo largo de la caravana y ordenaron a los cuidadores que reunieran a los animales y los pusieran en línea. Las esclavas gritaban. Eso hizo que ella se encogiera todavía más y que lanzara un grito de desesperación. —No —respondí. ¿Por qué no te has despojado de tus armas? —No soy ningún guardián de Faruk —respondí. —Tira tus armas. —Me alegra oírlo —dije—. y desmonta —me ordenó.

a menos que les permitáis acercarse demasiado a la caravana. Me complació ver que los kavar la encontraban adecuada para su servicio. llorando. además. Un oficial acudió . en cambio. y es muy probable que otros hombres esperen allí. Mi recomendación.cerrados. y las inspeccionó con detalle. brillaban con el reflejo del sol. pues aunque no lo supiera. —Quédate aquí. a ella no se las pondrían. —Lo más probable es que ellos no se esperen que avancéis en esa dirección —dije—. de que Aya. y la primera que salió de la fila llevada a punta de lanza fue Alyena. aunque quizás no sea perfecta. Alyena permanecía en pie. Algunas no podían permanecer quietas. y el número de hombres que pueden haber reunido los aretai. Se le notaba. Cada día era más bonita. Los kavar habían rechazado a unas seis chicas. Alyena. sería que galopaseis a toda prisa hacia el sur. le obedecieron. desnuda. y siempre estaréis a tiempo de desviaros más tarde. —Y yo te recomendaré a ti lo mismo que les recomendaría a tus compañeros: debéis marcharos de aquí lo antes posible si queréis vivir. Si tenemos en cuenta la extensión del terreno. El guerrero se puso en pie sobre sus estribos y gritó. Realmente. ¿Qué estás diciendo? —Si fueses un aretai ¿habrías entregado la caravana sin luchar? —Claro que no —respondió él enseguida. de pronto. Dio unas órdenes. desconcertados. orgullosa. Dos de ellas tosían. porque no conozco el terreno a la perfección. —¡Corred. no se podía decir que estuviese sorprendido. esa esclava que le había causado tantos problemas. entre la polvareda. porque ése sería el camino de huida natural para hombres sorprendidos. Se la veía complacida. en espera de sus cadenas. Otras ocho muchachas estaban en pie. Y ellas. muchacha —ordenó un hombre. Acudió un oficial. tras Alyena. No podían abandonar esa línea. y tarde o temprano se vería obligada a aceptarlo. —Pero el sur es territorio aretai. Pero. volved con vuestros amos! —gritó un kavar a las rechazadas. Pero de todos modos no iría hacia el oeste. les será muy difícil rodearos. —No te entiendo —dijo el guerrero—. —Afortunadamente —seguí diciendo— sólo veo que se levante el polvo en el este. emboscados. empezaba a estimar su collar. listas para ser encadenadas. Era una esclava. —Volveré a recomendarte —dijo el kavar— que te despojes de las armas y que bajes de la kaiila. Todas estaban desnudas. naturalmente. estuviese en el grupo de las rechazadas. palideció. en fila. y aunque rechazara ese pensamiento con todas sus fuerzas. estaba contenta de ser la primera elegida. Pero. pues la arena estaba demasiado caliente para sus pies descalzos. porque estaba en Gor.

Pero no encontraron a los kavar. cortaba el horizonte. Al ver que le hacía la señal. dirigiéndose hacia nosotros. y habría ido delante de la cadena de esclavas! —Aquí no hay cadenas. —Sí. Cabalgué hacia el lugar en el que estaba Alyena. su teniente. gritando. y ésta empezó galopar. pero estoy seguro que acudirán en número suficiente para cumplir con el objetivo que tienen marcado. Si los kavar hubiesen caído en esa trampa. no te van a encadenar. aquél era un buen oficial. —¿Quién eres? —Uno que se encamina hacia el oasis de los Nueve Pozos —le dije. Alyena —la corregí—. ninguno habría sobrevivido a la masacre. ¡Enfrentémonos a ellos! —¿Así? —inquirí—. Ni a los ta´kara. se lanzaron sobre la caravana. iba tras él. En el desierto es imposible hacer caminar a cadenas de esclavas. Ambos miraron hacia el este. La muchacha que tenía a su cargo la jarra plateada en cuyo interior se guardaba el vino. Ella me miró. Se encaminaron hacia el sur. Suleimán era un hombre por el que se debía tener respeto. pero si hubiesen hecho una cadena —insistió—. Sus hombres ocuparon sus posiciones. —Por lo visto —dije—. El oficial se puso en pie sobre sus estribos. —¿Cuántos crees que serán? —preguntó. estaba arrodillada ante un pequeño brasero en el que se mantenía caliente el líquido. —¿Dónde están los kavar? —gritó Shakar tirando de las riendas de su kaiila. Decidí que me apetecía saborear aquel vino espeso y oscuro. ¿Sin ni siquiera conocer el número de tropas enemigas? El oficial me miró. —Se han marchado —le había informado. habría sido la primera. El oficial azuzó con rabia a su kaiila. junto con alguna otra. El polvo. Los albornoces restallantes de los kavar y de los ta´kara abandonaron el campamento. Hamid. Levanté el dedo. se puso tensa. con sus lanzas bajas y las cimitarras en alto. y . —¡Habría sido la primera de la cadena! ¡Me escogieron la primera. —No puedo responderte a eso con exactitud —dije—. Con las cadenas solamente te habrían atado para echarte sobre la grupa de algún animal. y levantó su lanza.inmediatamente a su llamada. Sí. —¡Luchemos! —gritó un hombre—. como la hoja de una cimitarra oscura. Los aretai que venían desde el este y del oeste.

Suponía que su amo era Suleimán. Le indiqué que podía retirarse. sin saber qué hacer. Alyena obedecía a la música. mágicamente. Sin ir más lejos. Sobre el velo se distinguían sus ojos llenos de ira. En ese momento. de sentidos muy aguzados. Ya la habían vendido. de amplia tela reunida en ambos tobillos. la que antes se llamaba Elizabeth Cardwell. Era de piel clara. un hombre de mi confianza. también de piel clara. La otra muchacha. En ese momento. Alyena se desprendía lentamente de la seda de bailarina que rodeaba sus caderas. y no se movió. Finalmente. hacia el clímax de su danza. y la otra se encargaba de los azúcares. era un buen conocedor de esclavas. que permanecía ante ella con la expresión de languidez que no parecía abandonarle nunca. a mi manera. Era un hombre hábil. Ahora no era más que la parte de una pareja de esclavas que se complementaban. uno de mis capitanes. con el cabello oscuro. Miré distraídamente al lugar en el que estaba arrodillada Vella. aunque seguramente no tan experimentado como el mercader. Se arrodilló frente a mí. Se notaba que era un fino conocedor de esclavas. No. Pero no la había encontrado.vaciló. no había tomado sus cadenas para llevarlas a bordo de mi nave. Más tarde había enviado a Tab. Vestía un chaleco muy ajustado de seda roja. Un chalwar. la esclava encargada de mantener la jarra caliente y escanciar el líquido era un excelentísimo bocado de carne femenina. y quedó con la . y con mucho cuidado escanció aquel licor oscuro y caliente en mi fina copa de color rojo. con la cabeza gacha. Una servía el vino negruzco. se detuvo al tiempo que la música. puesto que estaba sirviendo en su palacio. Ibn Saran no se perdía detalle de las evoluciones de la tela. No había sido capaz de leer lo que decía su collar. pero había cometido la torpeza de no hacerlo. al lado de la jarra plateada de largo pitorro. Verla significaba desearla inmediatamente. cubría sus piernas. un apetitoso bocado… algo indisciplinado. Llevaba velo. y collar. con cuatro sujeciones. habría averiguado a quién pertenecía. De pronto. Iba descalza. pero al mismo tiempo la movía alrededor de su cuerpo. llena de vino oscuro. era una mujer que incitaba al placer. pero yo no le hice ninguna señal. En una ocasión había tenido la oportunidad de comprarla. En sus muñecas y tobillos lucía pulseras y ajorcas. en su busca. a modo de bombacho. levantó su bandeja con azúcares y cucharillas. Su cintura estaba desnuda. Pero yo también. De haberlo hecho. en una clara provocación a Ibn Saran. rápidamente. Sí. se levantó y acudió con presteza al lugar en el que yo me encontraba. presta a servirme. para transportarlas a mi casa. Ambas chicas formaban una pareja de esclavas que complementaban sus servicios. y giraba ante nosotros.

De esa labor se habría encargado uno de sus comisarios.cabeza echada hacia atrás. y llamó a un escriba. en un gesto de magnificencia. En su cuerpo solamente resaltaban los abalorios: ajorcas. junto con la última nota de la música. El vello de sus antebrazos brillaba. y me honraría que Suleimán aceptara estas humildes piedras por sesenta pesos. —En cuanto a las piedras —dijo Suleimán volviéndose hacia mí—. sudorosa. Así lo hizo ella. También pude oír cómo . Hizo una reverencia. Escuché un ruido que venía de lejos. a los pies de Ibn Saran. —Ah. Se habían acercado. En ese momento. y quedó frente a él. sonriendo con ironía. en busca de aire. sonriente. Ibn Saran me miraba. humedecido. ya —dijo Ibn Saran. —Y yo —respondió Ibn Saran— no encontraría correcto pujar contra el anfitrión en cuya casa encuentro siempre tan calurosa bienvenida. con la cabeza alta. —En mis jardines de placer —dijo Suleimán sonriendo— dispongo de veinte mujeres como ésta. No podía dudar que esa oferta era firme. Si realmente le hubiese interesado regatear y conseguir un buen precio. Se echó el cabello hacia atrás con la mano derecha. y las cadenas y adornos diversos que colgaban de su collar. Alyena seguía en pie sobre las baldosas escarlatas. nunca se me habría permitido estar en presencia del Pachá de Nueve Pozos. Sus ofertas anteriores habían satisfecho sus escrúpulos de comerciante del desierto. pulseras. Era un buen precio. No le di más importancia. Su respiración aún no había recuperado el ritmo normal. Finalmente. —Dadle a este mercader de gemas una nota de pago de ochenta pesos de dátil. el cuerpo cubierto de sudor. Ibn Saran le hizo un gesto a Suleimán. —Una esclava muy interesante —dijo. Él reconoció la cortesía y dijo: —No voy a pujar contra un invitado en mi casa. Ubar Pachá de Nueve Pozos. le indicó que podía alzarse. —Me has ofrecido tu hospitalidad. Ibn Saran y Suleimán parecían no haberse dado cuenta. Además. respirando ansiosamente. mientras su cuerpo se estremecía. de no haber sido por intercesión de Ibn Saran. te ofrezco setenta pesos de dátil por ellas. con la cabeza echada atrás. que ya se habían acabado los rodeos. Parecían gritos. quien hacía tratos era Suleimán. Era su manera de mostrarse magnánimo conmigo. Ibn Saran. un precio justo. En ese momento oí más gritos. sospechaba que no se me hubiera permitido negociar con él. —¿Quieres pujar por ella? —pregunté. Sospechaba que. los brazos levantados. Estaba desnuda por completo. su cuerpo cayó al suelo.

Alyena miraba a su alrededor. Ya era su prisionera. medio oculta por las ropas. hizo un quiebro inesperado. La correa se le había enroscado desde la cintura hasta el pecho. para que pudiésemos contemplar su rostro. acto seguido se echó a reír. y sujetándola por el cabello la sujetó en su montura. —¿Quién me ha apuñalado? —preguntó. en cuatro estrechos abrazos. a punto de atacar. y su jinete con la cara cubierta y la capucha del albornoz ocultando el resto de su cabeza. La larga correa del látigo avanzó por el aire. apareció en el gran portal de la estancia una kaiila. y vi que Hamid. levantó su mano y. Desenvainé mi cimitarra y me interpuse entre él y Suleimán. y para sorpresa nuestra. desconcertados. ensangrentados. La kaiila se encabritó. Corrí hacia él. En su mano. Alyena lanzó un grito. Se despojó del antifaz. Me aparté con los demás de la ventana por la que había huido. Finalmente. el bandido! —gritó una voz. —¡Es Hassan. Los cojines se teñían rápidamente de sangre. Ayudé a Suleimán a volverse. para salir por una de las ventanas de grandes arcos. el teniente de los aretai. y nos sonrió. algunos de los cuales cayeron al suelo. El hombre desenrolló un largo látigo del desierto que tenía sujeto a la silla. Desde allí aterrizó en un tejado. para mirarle.relinchaba una kaiila. que en su carrera hacía retroceder a los guardianes. evitando a los guardianes que se lanzaban contra él. —¿Qué ocurre? —preguntó Suleimán poniéndose en pie. dijo: —¡Hasta pronto! ¡Y gracias! Rápidamente. hasta llegar al mismo nivel de la calle. sus ojos brillaban. En ese momento. en la que los habitantes de aquella población se giraban. El jinete tiró del látigo para acabar de inmovilizarla. —Vengo en busca de una esclava —dijo. se deslizaba prestamente por detrás de las cortinas. Sus ojos estaban abiertos. Ibn Saran desenvainó su cimitarra. distinguí el perfil ensangrentado de una daga. manejaba diestramente la cimitarra para evitar los embates de los guardianes. Me señaló con su arma y gritó: . y eso me pareció muy raro. y sus movimientos habían adquirido la prestancia de una sedosa pantera. y luego en otro. Vi que Suleimán yacía sobre los cojines. El jinete volvió a envainar su cimitarra. La izó hasta la silla. hizo girar a su kaiila y. dado que nos encontrábamos en el interior del palacio del Pachá de Nueve Pozos. De pronto. Su languidez habitual había desaparecido. Sus garras resbalaban sobre las baldosas. casi felino. tensa.

—Escuchemos el testimonio de las dos esclavas —dijo el juez. —¡Matadlo! —gritó Ibn Saran con la cimitarra en alto. —¡Espía kavar! —gritaba Ibn Saran—. Eso sería demasiado fácil. Me habían sujetado con cuerdas. Tenía enmanilladas a mi espalda las muñecas. de las que pendían dos cadenas que sujetaban los dos guardianes encargados de mi custodia. y se adaptaban a sus curvas. Estaba arrodillado en el círculo de acusación. ¡Asesino! Me volví. y mis tobillos también estaban encadenados. Rodeaba mi cuello un círculo de pesado metal con dos anillas. Las manos de las muchachas descansaban a ambos lados de sus cuerpos. sonriendo. capitán de los aretai sujetándole el brazo—. Dos fornidos esclavos. desnudos de cintura para arriba. pero estaban atadas con cuerdas. . Sus tobillos se hallaban también sujetos con cuerdas a una pieza fija. 6 EL TESTIMONIO DE UNA ESCLAVA Los cuerpos desnudos de las dos muchachas se hallaban tendidos sobre unas redes rectangulares hechas con cuerdas. fijas éstas a su vez a los tornos que se hallaban sobre sus cabezas. había vuelto a enfundar su arma. dispuesto a enfrentarme a los aceros que estrechaban su círculo en torno a mí. Pero nada podía hacer. Dichas redes soportaban en ese momento el peso de los dos cuerpos. Ambas llevaban collares. —¡Matadlo! —había gritado Ibn Saran con la cimitarra en alto. una a cada lado. —¡No! —había gritado Shakar. Estaba desnudo. Ibn Saran. Y en ese momento me debatía en las cadenas.—¡Él! ¡Ha sido él! ¡Le he visto! Me incorporé. se apostaron a ambos lados de uno de los tornos.

sollozaba. el torno avanzó. es un aretai. Los dientes de los engranajes empezaron a girar. y los brazos de la muchacha se vieron arrastrados hacia arriba hasta quedar por encima de la cabeza. se puso junto al torno. ataviado también con el kaffiyeh y el agal. la que tenía a su cargo la bandeja con las cucharillas y los azúcares. —Hamid es un hombre de confianza —dijo Shakar—. al lado de la cabeza de la muchacha. —¡Amo! —gritó. solamente la verdad. Medita detenidamente. La muchacha seguía sollozando. Ibn Saran. envuelto en sus sedas. y medita. que se encontraba a un lado. el teniente de Shakar! Hamid. poniéndome en pie—.La muchacha pelirroja. ¡Fue él! ¡Él! ¡Fue él. —¿Pudiste ver quién apuñalaba al noble Pachá Suleimán? —preguntó Ibn Saran. y dijo: —No temas. ¡Fue Hamid! ¡Hamid. Y además. por favor! —gritó la chica. ni siquiera se tomó la molestia de mirarme. el cuerpo de la esclava se vio izado por encima de la red que hasta entonces la sostenía. —¡No! —grité yo. —¡Fue Hamid quien apuñaló a Suleimán! —repetí. amo! —gritó ella—. —¡Sí! —respondió ella gritando—. La muchacha asintió. —¡Sí. Obedecí. amo! ¡Ocurrió como has explicado! —volvió la cabeza para mirarme y volvió a repetir—: ¡Fue él! Ibn Saran sonreía. que había formado pareja con la otra en la tarea de servir el vino. y lo mismo ocurrió con la que sujetaba los pies. —Si insistes en acusar a Hamid —dijo el juez—. y . Los dientes volvieron a avanzar. —¡Arrodíllate! —ordenó el juez. y el cuerpo de la chica se tensó. ¡Lo haré! Los esclavos que se encargaban de hacer girar el torno lo accionaron obedeciendo una señal del juez. que quedaron estirados. pequeña Zaya —dijo Ibn Saran—. Los dientes del torno volvieron a avanzar. —Escucha con atención. El juez volvió a hacer una señal a los esclavos que manipulaban el torno. Es esta ocasión. bella Zaya. el castigo a que se te someta será todavía más penoso. —¡No. La cuerda de sus muñecas empezó a tirar. Se oyeron murmullos indignados de los hombres reunidos en aquel consejo. Sólo debe preocuparte decir la verdad.

desnuda. —Bien —dijo el juez—. presos de las cuerdas.quedó suspendido de las ataduras que la sujetaban de manos y pies. Estirada allá. En mi rostro no se reveló reacción alguna. y los pies se estiraban. Llevaba el collar. Formaba parte de una pareja de esclavas de servicio. sujeto de manos y pies. no podía moverse. —¡Amos! —gritaba la chica—. El juez hizo una señal. hermosa Vella —dijo Ibn Saran. El juez levantó su mano. Uno de los esclavos deshizo las ataduras de sus manos y tobillos. no se te hará ningún daño. —Y ahora. Los dientes volvieron atrás rápidamente. —¿Quién apuñaló al noble Suleimán? —dijo Ibn Saran. tendida. —Lo haré. Ella abrió los ojos. en donde otro esclavo fijó en su collar una corta cadena sujeta a su vez en una anilla del suelo. piensa detenidamente. y el torno empezó a girar. preciosa mía —dijo Ibn Saran—. aterrorizada como estaba. —Piensa detenidamente. escuchemos el testimonio de la segunda esclava. Él fue quien apuñaló a Suleimán. El juez volvió a hacer una señal. La muchacha se quedó allí. ya había tensado las cuerdas para que las muñecas se encontrasen por encima de la cabeza. La chica empezó a gemir de dolor. y sin mirarlo respondió: —La verdad es lo que dice Ibn Saran. El cuerpo de la esclava ya se había levantado por encima de la red. amo —respondió ella. La muchacha giró la cabeza para mirarme y dijo: —Él. El esclavo la echó junto a un muro. y su labor consistía en encargarse de aquella jarra llena de vino oscuro. me miraba. . preciosa Vella? —preguntó Ibn Saran con tranquilidad. —¿Has dicho la verdad. Otro diente avanzó para fijarse en el engranaje. —Diré la verdad. —¿Cuál es la verdad. amo. En aquel momento. El cuerpo se le había tensado sobre la red. y el cuerpo de la chica volvió a caer sobre la red. y los esclavos soltaron los mecanismos del torno. —Si dices la verdad —le advirtió Ibn Saran—. —¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —sollozaba la muchacha. con mucho cuidado. La muchacha. La muchacha cerró los ojos. ¡Amos! ¡He dicho la verdad! ¡La verdad! El torno avanzaba lentamente. bella Zaya? —inquirió Ibn Saran. temblorosa. Ibn Saran le hizo una señal al juez con la cabeza. y los esclavos que estaban a cargo del torno lo accionaron con fuerza.

pero no gritó. también lo vieron —dijo ella. El otro esclavo la agarró de los cabellos. el acusado apuñaló a Suleimán. —Es cierto —dijo la muchacha. El juez hizo otra señal a los esclavos encargados del torno. ¿Fue él quien apuñaló a Suleimán? —Sí. y luego se dirigió a la ventana. esclavas —continuó preguntando Ibn Saran—. que volvió a girar. junto con los demás. —Es suficiente —dijo el juez. —No. 7 . —Vuelve a mirar con detenimiento al acusado —dijo Ibn Saran. y manteniéndole bien baja la cabeza sujetó el collar a un eslabón de la cadena que estaba sujeta a la argolla del suelo. —Vella y Zaya. —¿Quién más lo vio? —preguntó él. con la cabeza baja. en una mueca de dolor. Los esclavos obedecieron a su señal. Uno de los esclavos la levantó sin contemplaciones y la empujó hacia el muro. ¿por qué decís la verdad? —Porque nosotras. Excelente —dijo Ibn Saran. —¿Estás completamente segura? —volvió a preguntar. El cuerpo de la chica se desplomó sobre la red de cuerda. Luego. —Yo lo vi —dijo Ibn Saran—. —Y vosotras. Yo vi que sus ojos me miraban fijamente—. le centró la argolla en el collar. amo —dijo la muchacha. las esclavas. fue él —dijo ella. e hicieron girar en sentido inverso el tormento.—Aprovechando la confusión —dijo Ibn Saran—. —Sí —respondió ella. Se volvió para mirarme. La chica cerró los ojos con fuerza. Era una esclava. Quedó allí. Pero no fui el único en verlo. A buen seguro le había hecho daño. esclavas. al lado de la otra muchacha. En su boca se adivinaba una sonrisa. —Muy bien. y otro de aquellos gruesos dientes del engranaje encajó. Le desataron las cuerdas de tobillos y muñecas. —La bella Zaya ya ha dicho en su testimonio que fue el acusado quien apuñaló a Suleimán. pero la muchacha no se quejó. —Sí —dijo la muchacha. tememos mentir.

Era una puerta de gruesa madera. Seguí incorporándome tanto como me era posible. Estaba apoyado contra el muro de piedra. Del mismo modo. y los gritos de un hombre. Podía distinguir el olor de su sudor. Oí que el guardián se movía perezosamente sobre su silla. a unos seis metros del punto en el que me encontraba prisionero. pero era inútil. sujetas con cortas cadenas al muro. y ahora las cubrían toda clase de insectos del mismo color que la arena. Olía asimismo las cáscaras de los rinds que me habían ofrecido como cena la noche anterior. y del té de Bazi. de unos quince centímetros de alto por cuarenta de ancho. Intenté levantar un poco la cabeza. irrumpía en diagonal en la celda. y los que provenían de los desechos. La luz entraba por la ventanilla que se encontraba a unos tres metros y medio del suelo. Olía como a algo húmedo. en la que se revelaba el polvo que flotaba en el aire.LO QUE OCURRIÓ EN MI CELDA Levanté la cabeza. Percibía aquel olor. Estaba desnudo. pero el grado de humedad de aquella celda no era particularmente elevado. La franja de luz. Allí las habían echado la noche anterior. En un punto alto de esa puerta distinguía una ventanilla. Oí el ruido provocado por las garras de la kaiila mientras uno de estos animales avanzaba por la calle vecina a toda velocidad. mis manos se hallaban sujetas al muro. y el de las granadas. Pero no podía ver nada. en el muro de mi derecha. una a cada lado. Quedaba justo por debajo del techo. una a cada lado. Mi grueso collar metálico llevaba dos anillas. Descarté los de las pajas humedecidas. Cinco barras la cruzaban. y que en ese momento se secaban sobre el suelo. hecho de grandes bloques. En los rinds también pude distinguir dos pequeñas arañas. así como el del agua de veminium con la que se había frotado el cuello. Mis tobillos también estaban encadenados a una anilla fija en aquel suelo formado por enormes bloques de piedra. escuchando con mucha atención. Desde el exterior me llegaba el olor de las palmeras y de sus dátiles. Desde fuera de la puerta me llegaba el olor del queso. Estaba cerca. con cortas cadenas. al otro lado de la puerta. de esas que se encuentran normalmente en los lugares cerrados. Miré hacia la puerta. . El suelo estaba cubierto por la paja esparcida para absorber los excrementos. Mi cuerpo se tensó. Más lejos también pude oír campanillas de kaiila. Dilaté las ventanillas de mi nariz para investigar con más detalle los olores de aquella celda. reforzada metálicamente.

muere. Volví a apoyarme contra el muro. Por otra parte. y de Hamid. y tuve que volver a recostarme sobre la pared. Su pregunta era sencilla. aunque estas tormentas pueden ser terribles. ocasionan pocos movimientos de dunas. Oí cómo las cadenas chocaban contra la piedra del muro. ¡El cuerpo! ¡Ya no está! Pero habíamos encontrado la roca. Estiré un poco de las anillas que me sujetaban las muñecas a uno y otro lado de mi cuerpo. y nada podía hacer. su teniente. Era un prisionero. de Shakar. en el desierto del Tahari un cuerpo se descompone muy lentamente. el alfabeto de los pueblos del Tahari. Los demás le siguieron. mirando fijamente la inscripción: “Alerta con la torre de acero”. puede comerse su carne durante varios días. —Ya no está aquí —dijo Shakar al tiempo que hacia girar su kaiila y tomaba la dirección de regreso a la caravana. En el transcurso del viaje a Nueve Pozos había ido a ver la roca en compañía de Achmed. ni cualquier otra señal del trabajo de un animal carroñero. De todos modos. Sentí que un hilillo de sudor descendía por mi antebrazo izquierdo hasta debajo de la anilla que me aprisionaba esa muñeca. Si un tabuk del desierto pierde a su manada y. . Finalmente había hecho girar a mi kaiila para reunirme con los demás. Tiré de las cadenas con fuerza. furioso. Tiré de las anillas que aprisionaban mis tobillos: El resultado fue igual de desesperante. —Pues en este momento no hay nadie —había dicho Shakar. pero no se trataba de ninguna simpleza. si se hubiesen producido tormentas de arena. En los alrededores no eran visibles huesos piqueteados. y el mensaje grabado en su superficie. pero el metal se hundía en mi piel. haciendo girar mi cuello aprisionado por el collar metálico. en dirección a la caravana. Achmed había dirigido nuestros pasos. Lo intenté también con el cuello. La arena volatilizada vuelve a esparcirse en el mismo momento en que se deposita. lo más lógico era pensar que también deberían haber cubierto la roca. sería invariable durante siglos si no fuera por la acción de los carroñeros. Nada. Parecía que mis sospechas habían sido infundadas. En cuanto al aspecto externo del cadáver de uno de estos animales. siempre que no la hayan tocado los jugos salivales de algún depredador. —¡El cuerpo! —había gritado el muchacho—. Moví un poco la cabeza. convendrá aclarar que en el Tahari. Yo había permanecido en ese lugar durante un rato más. el capitán de los aretai. de su padre Faruk. Estaba escrito en tahárico.Volví a apoyar la cabeza en el muro. y raramente pueden llegar a cubrir nada. como es bien sabido. Por lo demás. —¿Dónde pueden habérselo llevado? —preguntó Hamid.

de pronto. Su pregunta no recibía respuesta ninguna. En Klima no se permitía la presencia de mujeres. Oí cómo chirriaban las patas de su silla en el momento en que se ponía en pie. que llegan en busca de sal. Ningún esclavo había vuelto jamás de esas minas secretas. Pero nada podía hacer. gritando. No se movía ni un eslabón de mis cadenas. Después de eso. Después de haberlos escuchado me había sentenciado. Percibía el olor del kur. situadas en la profundidad del país de las dunas. a las minas de sal secretas de Klima. así como los de dos esclavas. no existe otro en un millar de pasangs a su alrededor. Debía esperar. Le oí caminar un poco. Sentí que se me erizaban los cabellos. y se depende por completo de ellas. En Klima. para evitar que los hombres se mataran entre sí por ellas. Suleimán no había muerto. que se interrumpió al tiempo que se oía algo semejante a un chasquido blando. como correspondía a los criminales. Tiré de mis cadenas. como correspondía a aquellos que habían intentado convertirse en asesinos. Así se quería preservar su riqueza. Estaba desnudo. que la saboreaba con curiosidad. Era inconfundible. —¿Hay alguien ahí? —preguntó el guardián. Yo permanecí apoyado en la pared. según me habían dicho. El guardián caminó hacia la entrada de la estancia en la que se encontraba. El juez había escuchado el testimonio de Ibn Saran. En Klima no se permitía la posesión de kaiilas. Se trataba de una entrada estrecha. y volvía a gritar: —¿Quién anda ahí? Pero esta vez estaba más excitado. Pero tampoco en esta ocasión hubo respuesta. Entonces oí un grito de horror. Allí debería cavar hasta que la sal. La ubicación de las minas de sal como las de Klima era un secreto que sólo conocían los agentes de las minas y los mercaderes. No había más que silencio. en la más absoluta inmovilidad. y ello incluso se les prohibía a los guardianes. Las provisiones llegan gracias a las caravanas. aprisionado. Esperó. La puñalada del asesino no había alcanzado su objetivo entre aquella confusión. el sol.Volví a cerrar los ojos. Aquel hombre . las patas de la silla volvieron a chirriar. —¿Quién anda ahí? —volvió a preguntar. El guardián volvía a estar en pie. Un muro infranqueable. Volví a percibir ese olor. Ni tan siquiera podía poner las manos ante el cuerpo. hasta que decidió volver a sentarse. Oí cómo desenvainaba su cimitarra. el desierto es el muro. situada en el extremo inferior de unas escaleras intrincadas y estrechas. Aparte del propio pozo de Klima. Pero. y los jefes de esclavos acabaran conmigo. de esa larga lengua que lamía la sangre con avidez. reinó el sonido de una larga lengua.

Ibn Saran. y que escuchaba. Pero de pronto se detuvo. No había oído que lo devorasen. ¡Preparaos! ¡Bloquead la puerta! —¿Quién puede haber hecho esta atrocidad? —preguntó uno de sus hombres. Más allá.había untado la base de su cuello con agua de veminium. Ibn Saran tuvo que golpear a más de uno con el canto plano de su arma. No. Algunos parecían incapaces de apartar la mirada de aquel cuerpo. No veía nada en el exterior. Sentí que la bestia se había quedado quieta. Oí que la llave se movía en el interior de la cerradura. pero podía sentir que estaba allí y que en ese momento estaba mirando por entre los barrotes. La parte posterior del cuello parecía segada por una terrible dentellada. No podía apartar los ojos de la ventanilla que se abría en aquella gruesa puerta. Oí que el cuerpo se desplomaba. con una profunda hendidura que la separaba del tronco. Sentía que ese ser permanecía en pie ante la puerta de mi celda. Entre esas voces pude distinguir enseguida la más imperiosa. El olor a kur era cada vez más penetrante. Se oyó cómo bajaban los peldaños de la estrecha escalera. la de Ibn Saran. Acto seguido. —Desenvainad vuestras armas —gritó a sus hombres. frente a mí. eso sí. Sentí que estaba en pie. con los reflejos propios de un guerrero del desierto. apareció en la estancia contigua. y dio un par de tirones. No tardó ni un instante en desenvainar la cimitarra. De pronto se alzaron algunos gritos de horror. Tenía la cabeza retorcida. Vi que la paja esparcida por el suelo de mi celda se movía. sentí cómo un cuerpo de grandes dimensiones se incorporaba y se volvía lentamente para acercarse a la puerta de la celda en la que me encontraba prisionero. Sus ojos estaban ocupados en la inspección detallada de la estancia. Algo levantó la cadena de mi muñeca izquierda. No vi que en su umbral hubiera nada. . Podía verlo todo a través de la puerta ahora abierta. Se acercaban. que seguían horrorizados. vestido con capa negra y kaffiyeh blanco cruzado por cordajes. —Ya me habían advertido que podía suceder algo parecido —dijo Ibn Saran. Oí. que unas garras inspeccionaban el cadáver y sus vestiduras. a sus pies. En aquel momento oí las voces de varios hombres. La puerta se abrió. Sus ojos no se distrajeron en el horrendo espectáculo que yacía en el suelo. —¡Colocaos espalda con espalda! —ordenó—. Por último. destrozado sobre el suelo. yacía el cadáver del guardián.

—Aquí no hay nada. la que daba acceso a la escalera y a la puerta de mi celda. y mantenerse muy alerta. para maximizar la visión.—¿Quién lo habrá hecho? ¿Un Djinn? —preguntó otro hombre. podremos hacerle frente. Ibn Saran se plantó ante la entrada de la celda y dijo: —Entonces estará ahí dentro. atacaremos en línea. Los dos hombres que habían tomado posición en la puerta miraron a su alrededor. Miró fijamente ante sí. No es ningún Djinn. describiendo con su arma rápidas figuras sinuosas. barriendo hacia arriba y cambiando el sentido del filo al iniciar el movimiento descendiente. Entonces formó a sus hombres en una línea. en la celda. Pero hay que tener mucho cuidado con ella. avanzó con firmeza. En cuanto a los hombres. y no dejaremos ni un centímetro de esta habitación sin acuchillarlo con nuestras armas. Está ahí. muy cerca de mí. mientras iban palpando el aire con sus armas. terrible. —¡Bloquead la puerta! —dijo Ibn Saran. para proporcionar el máximo equilibrio al cuerpo. No temáis. Uno de los hombres le miró y dijo: —Pero ahí no hay nada. mientras que su cabeza se volvía a la derecha. acechantes. está ahí —dijo Ibn Saran sonriendo y sin bajar su cimitarra—. Observé la cimitarra. y su cuerpo se giró hacia la izquierda para minimizar así la superficie de ataque. Su hoja era curvada. avanzaban empujándose. —No temáis. ¡Sí! ¿No lo oléis? ¡Todavía está aquí! Oía la respiración del kur. noble amo —dijo uno de ellos. y de pronto gritó: —¡Adelante! Ibn Saran avanzó. con ojos atemorizados. calzado con una bota. —Cuando dé la señal —dijo Ibn Saran hablando rápidamente—. Es una criatura de carne y hueso. contra el muro más lejano de la otra estancia. Si un pedazo . —Me habían advertido que cabía esta posibilidad —dijo Ibn Saran—. Los hombres se miraron unos a otros. Inmediatamente deberemos converger todos en ese punto. El pie posterior se mantenía en ángulo recto a la línea de ataque. finísima. —Sí. con desconfianza. y finalmente ha ocurrido. Se les veía asustados. con sus cimitarras en alto. —¿No percibís un olor particular? —dijo Ibn Saran—. y allí atacaremos como si se tratase de destrozar el aire. amigos míos —dijo Ibn Saran—. como si quisiéramos hacerlo añicos. El primero que contacte con el ser lanzará un grito. Su pie derecho.

El cuerpo de un kur habría provocado sin duda demasiadas preguntas. Vosotros —les ordenó a sus hombres— callad. había quedado desprovista de vigilancia. Pero. los kurii. bastaría para dividir la carne limpiamente y dejar una marca de medio centímetro en el hueso. —¿Por qué no cerramos simplemente la puerta. En Gor eran muy pocos los que conocían la guerra secreta de los Reyes Sacerdotes y los Otros. apoyad la espalda en la pared más cercana. Lo mejor será que me sigáis rápidamente. Lo único que conseguiríamos sería que reventase las barras de la ventana y escapara. Sus hombres asustados. era sorprendente. las más adecuadas a su modo de vida y a su clima. el conocimiento del tema por parte de Ibn Saran era cuando menos sorprendente. amo! —gritó uno de los hombres—. —Si encontramos a esta bestia. callad y escuchad con mucha atención. Cada vez me parecía más evidente que Ibn Saran era un hombre valioso. Por otro lado. con sus espaldas tocando a la pared. Naturalmente. En cuanto estéis dentro. —Primero entraré yo —dijo Ibn Saran—. . ¿No sería más fácil? —No. Un pequeño golpe de un filo así en el brazo. quizá nunca podamos decirlo. Los hombres del desierto pueden actuar con rapidez y energía cuando ello es necesario. naturalmente. Está aquí. Los aires lánguidos de ese hombre habían desaparecido por completo. y sin duda la víctima sería la comunidad en la que el suceso hubiese acontecido. demasiada curiosidad. La puerta de la escalera. Pude verles pálidos. la de la celda estaba bien guardada por Ibn Saran y sus hombres. temerosos. Vosotros seguidme. Pero él sólo sonrió y dijo: —No. Podía entender el razonamiento que hacía Ibn Saran. —¿Cómo es posible que haga eso? Deduje que aquel hombre desconocía la fuerza de los kurii. le siguieron. y deberemos deshacernos en secreto de sus restos si la matamos. por ejemplo. Lanzó un grito y entró con la rapidez de un rayo en la celda. ¡Esto es una locura! —Se ha ido —le dije a Ibn Saran. un valiente. en algún rincón de esta habitación. —¡Aquí no hay nada. y demasiadas especulaciones. el pedazo de seda se dividiría. El contraste con sus maneras habituales. su venganza.de seda cayese sobre ese tipo de filo al tiempo que el arma se moviese en sentido contrario. azotando el aire con el filo de su arma. también podría provocar las represalias de los kurii. —Lo más peligroso será entrar en esta celda —dijo Ibn Saran—. formados en una línea tras Ibn Saran. y que forméis una línea. al fondo. y encerramos a eso dentro? —dijo un hombre—.

interrumpido por un sonido blando. —¡Por favor! —repitió. La sangre empezó a surgir espasmódicamente. inútilmente. Así. y allí se mantenía. Todos los hombres se habían echado atrás. el primer hombre capturado habría sido empleado como arma arrojadiza contra el grupo. una herida propia de una dentellada atroz. Desde la ventana barrada se introducía la luz en la celda. Casi enseguida se oyó un grito muy breve. —¡Manteneos en vuestra posición! —volvió a gritar Ibn Saran. —¡Socorro! ¡Ayudadme! —gritaba. por favor! Alguna fuerza brutal parecía haberle izado en el aire. Todos vimos cómo a un lado de su cuello se abría una herida. Y si se hubiesen movido para socorrer a su compañero en ese momento habría ocurrido algo similar. a unos tres metros por encima de nuestras cabezas. despavorido—. Miré hacia arriba tanto como mi collar me lo permitía. y caía sobre la paja que cubría el suelo pétreo. —¡Socorro! —gritaba aquel hombre. y tiré de mis cadenas. Sus dotes de mando eran ciertamente admirables. ¡Socorro! ¡Salvadme. el kur podría haber huido. y se habría roto la formación. se encargaba en ese momento de bloquear el paso de la puerta de la celda. y el paso tranquilo de un par de kaiilas. el cuerpo del hombre. sobre aquel suelo cubierto de paja. con el cuerpo presionado contra las piedras que formaban el techo. completamente desesperado. en la . amo —volvió a decir uno de los hombres en un susurro. bajó lentamente. los muros. Miré a los hombres. enloquecido por el horror. —¡Manteneos en posición! —ordenó con energía Ibn Saran—. como el que produce una burbuja de aire al abrirse paso entre el líquido. ¡Adelante! Los hombres avanzaron en línea. las peladuras de kort esparcidas en el suelo.Se hizo un silencio sepulcral. Ni tan siquiera se les oía respirar. —¡Preparad las cimitarras! —gritó—. ese hombre valiente. —Esta celda está vacía. al ritmo de los latidos del corazón. La estrategia de Ibn Saran era una manera de asegurarse de que el kur no cambiase de posición. derramándose por todo el cuerpo de aquel desgraciado. sujeto por sus vestiduras. Ibn Saran. uno de ellos lanzó un grito horripilante. cerca del plato metálico… Las arañas seguían al acecho de los rinds. Oímos que en la calle un vendedor de melones anunciaba su mercancía. ¡Manteneos en posición! En ese momento. Si hubiesen atacado. De pronto.

¡Un Djinn! En ese momento Ibn Saran. la sangre. gritando. pero su arma no hendió más que el aire. —¡Aquí! —gritó Ibn Saran—. Había sido una maniobra de distracción muy inteligente por parte del kur. ¡Atacad! ¡Atacad! Pero los hombres miraban a su alrededor. hasta que. con sus armas en posición de ataque. que continuaba cayendo gota a gota.que se abrían camino ríos de sangre. y vi que el arma de ese hombre valiente se había manchado abundantemente de la sangre del kur. causándole numerosos desperfectos en el filo. que caían sin cesar. Al fin cerraron el círculo en torno al lugar en el que brotaba la sangre marcando el rastro de la bestia. corriendo hacia ese lugar—. Sus hombres. De inmediato se oyó un rugido de dolor y rabia. hasta que salió a la estancia anterior para avanzar rápidamente por las escaleras. como si surgiesen del aire. se echó hacia delante enérgicamente. Y gotas de sangre. quedaron separados de la pared. Sí. Sonreí al ver que. En su arma había sangre—. con el arma por delante. De pronto. lo cual quería decir que las armas habían vuelto a alcanzar su objetivo por dos veces. —¡Atacad a la sangre! —gritó Ibn Saran—. ¡Fijaos en la sangre! ¡En la sangre! En el suelo se podía distinguir un charco de sangre. uno de los hombres retrocedió. Debía haber imaginado que no tendría tiempo de deslizarse por entre la abertura de la pared antes de que llegara aquel grupo de hombres con sus armas y lo hiciera pedazos. Ibn Saran. y también la huella ensangrentada de un pie provisto de garras. —¡Aiiiee! —gritó uno de los hombres echándose hacia atrás. ¡A la sangre! Los hombres convergieron en ese punto. Oí que la bestia rugía en dos ocasiones más. desde su posición en la puerta. que no había dejado de golpear el muro con su arma. en medio de una lluvia de cascotes. . aquella treta había apartado a Ibn Saran de su puesto en la puerta. y al volverse antes de caer al suelo comprobé que su rostro había desaparecido. ¡Que no escape! Se lanzó contra la pared. pareció comprender lo que había sucedido. horrorizado. en medio de toda aquella confusión. atacaron después de él. y al mirar para saber de dónde procedía pude ver que los barrotes de la pequeña ventana se agitaban por una fuerza brutal. De pronto se oyó un estruendo. —¡Lo tenemos acorralado! —gritó—. desorientados. —¡A la ventana! —gritó Ibn Saran. dibujaba un camino que se iba acercando a la puerta de la celda.

—Y si por casualidad tienes la suerte de llegar a las vecindades de Klima. que tardarían muy poco en quemarte la piel hasta los huesos. ¿Estás seguro de entender lo que significa ser un esclavo de la sal? —Creo que sí —le respondí. Sobre el suelo. Incluso habían reparado los barrotes de la ventana. Apenas quedaban rastros que recordaran todo cuanto había acontecido entre aquellas cuatro paredes. ni siquiera me hubiese extrañado que el animal. debes envolverte con tiras de cuero los pies y las piernas hasta la altura de los tobillos —continuó diciendo Ibn Saran—. y corrió hacia la puerta de la celda. porque de otra manera tu piel desprotegida se vería hollada por millones de cristales de sal ardientes.y se apartó del lugar. De hecho. y al menos se había adentrado quince centímetros en la piel del animal. gritó de rabia. y la habían lavado. aquí y allá. Con esas cuatro heridas. le habían alcanzado con sus espadas en cuatro ocasiones. herido de muerte. Las pieles de kort habían desaparecido. Me encogí de hombros. —Estaba a punto de matarte —dijo—. y yo seguía en la celda. Habían esparcido paja limpia. y las armas de los guerreros del Tahari no son cosa de broma. y no quedaban más que unas cuantas manchas. Comprendiendo lo que había sucedido. Uno de ellos sujetaba una lámpara de aceite de tharlarión. Está muerto. —¿Estás seguro de entender lo que significa que te envíen a Klima? —me preguntó Ibn Saran—. Era medianoche. las arañas seguían al acecho de los rinds. hubiese buscado un lugar escondido para morir desangrado. Deduje que no habrían tenido demasiadas dificultades en seguir el rastro de sangre del animal. pues había visto el rastro de sangre en el filo de su cimitarra. a través del país de las dunas. —Hemos hecho desaparecer el cuerpo —dijo Ibn Saran. Habían limpiado la celda de paja sucia y demás desperdicios. y nosotros te hemos salvado la vida. encadenados —comentó. Las tres lunas de Gor eran llenas. Habían borrado los rastros de sangre del suelo. Miré hacia otro lado. Enseguida vio las manchas de sangre sobre el suelo. —Contáis con mi gratitud —dije. —En los pozos —siguió diciendo—. Ibn Saran era quien le había causado la herida mayor. Levanté la mirada. Cuatro hombres acompañaban a Ibn Saran. deberás bombear agua de los . Permanecí callado. —Le hemos matado —dijo Ibn Saran—. —Muchos mueren en el camino a pie hacia Klima.

—En Klima —siguió diciendo—. La tierra es blanca. pensaré en ti —añadió Ibn Saran. —Cuando haga que me sirva. y luego deberás volver a bombear el agua. Mis puños. Uno de los aspectos más insoportables de ese lugar es que no pueden verse mujeres. Eso sí. eso te lo aseguro. Es nuestro parecer que se trata de una mercancía con la que se establecen siempre negocios ventajosos. para obtener secretos.depósitos subterráneos para lavar la sal. no atraen demasiado la atención. —Sí. —Tiene un cuerpo muy despierto. ninguna hembra ha entrado en esta celda desde que la ocupas. . pues son una mercancía corriente. Por otra parte. lo son para todos —afirmé. Ya habrás notado que para cumplir la sentencia que contra ti se ha dictado. ventajosa y fiable. Otros deben recoger la sal e introducirla en cilindros. y la luz que reina permanentemente puede llegar a dejar ciegos a los hombres. y no podía hacer nada. Muchos hombres no pueden soportar manejar esas bombas bajo el calor asfixiante. En Klima no hay kaiilas. para recompensar a los seguidores de nuestra causa. En las piedras de ese lugar se pueden cocer los alimentos. naturalmente. ¿no crees? —Es una hembra —dije—. y sólo acaba cuando se pone el sol. y luego deben llevarlos desde las minas a las tablas de secado. Por todo esto te digo que las muchachas bellas y bien adiestradas constituyen para nosotros una forma de riqueza muy segura. sobre todo si se trata de esclavas bien adiestradas y bellas. prisioneros de las cadenas. también utilizamos a las mujeres como mercancía de cambio. la jornada de trabajo empieza cuando amanece. Nos resulta muy útil para infiltrarnos en donde nos interesa. ¿Dónde la encontraste? —En Lydius —respondió—. Otros deben llenar los recipientes que cuelgan de sus perchas con el lodo que sale a la superficie. sujeto a aquellas cadenas. Es muy común —añadió sonriendo— que los hombres se maten unos a otros por conseguir trabajos menos duros. Estaba allí. Ningún esclavo ha logrado nunca escapar de allí. Lo normal es que haya una buena demanda de ellas. porque en principio la compramos como una simple esclava. —Pero tú intentaste asesinar a nuestro noble Pachá Suleimán. —¿Dónde la encontraste? —pregunté. Yo seguía sin mirarlo. Es nuestra costumbre mantener los ojos bien abiertos para localizar carne femenina. Por otra parte. Es muy interesante. y no se te encomendarán los trabajos más ligeros. para seducir a oficiales y hombres importantes y. El desierto rodea a las minas. siempre puedes pensar en tu preciosa Vella. y mueren. —Exacto —dijo Ibn Saran. se apretaron. y no hay agua en él.

—En todo caso. La encadenamos en un calabozo. . encaja con lo que explicaron otros humanos que en tiempos huyeron de Sardar. absolutamente histérica. ¿no? —Sí. nos rogaba que la dejáramos hablar. de muchas. en el planeta Tierra? —preguntó. —Oh —dije—. —¿Atacaréis ahora? —pregunté. por lo que veo. con urts. Debía referirse a los humanos del Nido. —¿Tenéis un plan alternativo? —Sí. quienes. la muchacha de la Tierra nos ha enseñado muchas cosas. —¿De qué os ha informado? —De todo aquello que le hemos pedido. ¿no es así? —Creo que se lo prometimos —dijo él—. —No creas que no hemos previsto tal posibilidad —siguió diciendo—. Al cabo de una hora. —Pero esos informes —insistí—. ya entiendo. —Supongo que después de una ayuda así la liberasteis —dije sonriendo—. —No fue necesaria la tortura —dijo Ibn Saran—. Averiguamos todo lo que queríamos. Tuvimos mucha suerte en ponerla bajo nuestro collar. —Supongo que sabrás —le dije en tono de advertencia— que lo que esa chica te ha dicho puede no ser cierto. —No será necesario —respondió. Hemos procedido con toda clase de precauciones. con ocasión de la guerra del Nido prefirieron volver a la superficie de Gor. pero una nos interesó por encima de todas: la debilidad del Nido. pero luego se nos olvidó. Durante toda la noche la estuvimos interrogando. —¿La que antes era Elizabeth Cardwell. y la conservamos como esclava.—¿Y Vella? —insistí. —Parece que tienes mucha información. Fue una adquisición muy afortunada. de Nueva York. ¿son ciertos o simplemente deseas que lo sean? —Bien. No es más que una mujer. ¿qué información conseguisteis en concreto con su interrogatorio? —Nos informó de muchas cosas. quizás se trate de eso. admito que quizá se trate de falsos registros —dijo Ibn Saran—. Podría tratarse de una trampa para provocar un ataque. La amenaza de tortura fue suficiente. —Y dime —pregunté—. Permanecí en silencio.

Supimos también que se la había traído a Gor para que llevase el collar de mensaje a los tuchuks. ¿cómo puedes saber todo esto? —pregunté.—Pero ahora ya no importará tanto —comenté—. —Sí. ¿no es así? —No. ¿Para que se lo explique a los guardianes? —Podría cortárseme la lengua —dije. y eso hicimos. —¿No desearías explicársela a un condenado a las minas de Klima? —pregunté. Al investigarla más a fondo. Inmediatamente la identificó. Pronto se nos hizo evidente que había sido una aliada tuya. En menos de un ahn nos rogaba que la dejásemos hablar. Ibn Saran asintió. Tomamos sus huellas. —¿Y tus manos? ¿También? Entonces. El collar de mensaje estuvo a punto de provocar tu muerte. dime: ¿de qué podrías servir en las minas de sal? —¿Cómo llegaste a saber que aquella que habías comprado como una simple esclava en Lydius era anteriormente Elizabeth Cardwell? —Por las huellas dactilares —respondió—. con los urts. de Nueva York. Entonces la desnudamos y la encerramos en el calabozo. y con ella el fin de tu búsqueda del último huevo de los Reyes Sacerdotes. uno de nuestros cooperadores más valiosos. y vimos que concordaban con las de la señorita Elizabeth Cardwell. y ella quedó aterrorizada. —Eso fue una tontería cortés. buscamos más conexiones. y a quien habían liberado de la esclavitud. quizás tengamos una nueva estrategia —respondió sonriendo. —¿Traicionó a los Reyes Sacerdotes? —Exacto —respondió Ibn Saran. junto con ciertas maneras que sugerían un origen terráqueo. —¿Y ahora sirve a los kurii? —Nos sirve con extrema diligencia. y su cuerpo es exquisito. y al entender que te había acompañado a Sardar con el último huevo de los Reyes Sacerdotes. y por su acento. . pero la liberé —respondí. —Debes considerarte muy afortunado al poder disponer de una esclava así. —¿Para qué? —dijo riendo—. Ya no necesitamos escuchar las habladurías de las esclavas. —Pero. la muchacha acabaría siendo tu esclava. ahora ya no importará nada. en el planeta Tierra. —Para mí fue muy interesante —dije— ver cómo testimoniaba que yo había apuñalado a Suleimán. —¿Tenéis una nueva estrategia? —Sí. —Trajeron a mi palacio a uno que conocía la Casa de Cernus. Con todo —añadió sonriendo—. y que había colaborado en la caída de la Casa de Cernus. que había espiado para ti. delicioso.

bajo la vigilancia de uno de mis hombres. para que me sirviera. con el collar. —Sí. ¿no recuerdas? —Sí. es cierto. —La seguridad de Klima —respondió—. vaya. Para ella es todo un placer decir que fuiste tú quien apuñaló a Suleimán. —¡Qué chica! —exclamé. haciendo revolear su capa. —Comprendo. pues pudimos actuar con anticipación. Se volvió bruscamente. que tu auténtica identidad era la de Tarl Cabot. lo comprendo. ella se encargó de confirmar. desnuda bajo él. si eso supone que te van a enviar a las minas de sal. —Eso es algo que tiene que ver con Lydius. —Ah. Alguna consecuencia de sus acciones que temía. seguido de sus hombres. La trajeron aquí. —Te ha servido muy bien —observé. en secreto. —Nos ha sido de gran ayuda para recibirte. piensa en ella en las minas de Klima. el último de los cuales llevaba la lámpara de aceite de . —Ella te odia. Más tarde. —Sí. te ha servido bien. a través del fino velo de su haik. —Sin duda. —Claro que no fue ningún accidente —dijo Ibn Saran—. Ibn Saran sonreía. y eso hizo que prestara su testimonio de manera tan entusiasta. —¿Qué podía ser? —pregunté. Temía que pudieras escapar de allí. Permitió que la lleváramos a observarte por una vez.—Lo mismo hizo Zaya —dijo Ibn Saran—. —Las venganzas de las mujeres no son cualquier cosa —dijo. —Piensa en ella a menudo. y abandonó la celda. Y lo que no pudo conseguir con el collar de mensaje en la tierra de los Pueblos del Carro. Sonreí. por lo que sé. Le aseguré que no hay escapatoria ninguna de los pozos de sal. agente de los Reyes Sacerdotes. —Pero yo la tranquilicé —dijo Ibn Saran—. en las calles de Nueve Pozos. lo consiguió aquí. desnuda a mis pies. en el tormento de la cámara de justicia. —Pero había algo que la preocupaba —dijo Ibn Saran—. —Creo que esa deliciosa esclava disfrutó de cada momento de su confesión —dijo Ibn Saran—. —No fue ningún accidente que al descubrir su identidad la trajeran al Tahari. esclavo de la sal —dijo Ibn Saran—.

—Claro. con un arma. En realidad. noble Ibn Saran —dije—. En la mano de Ibn Saran distinguí la cimitarra. —Disponemos de muy poco tiempo —dijo—. —Creo que te confundes —dijo Ibn Saran. probablemente. no pensaba que me fuesen a enviar a las minas de sal de Klima. y Tal. un accidente así habría provocado demasiadas investigaciones.tharlarión. Fuera espera tu kaiila. furtivos. Sin duda les habréis confundido a todos. claro. con otros prisioneros. la cimitarra. pues han enviado a uno de su especie para hacerlo. Observé esa cimitarra. Seria peligroso conducir o transportar a Klima a un esclavo en esos tiempos de enfrentamiento entre los kavar y los aretai y sus tribus vasallas. llenas. pero las lunas llenas hacían que en la celda entrase la luz suficiente para que nos pudiéramos ver unos a otros. Hamid. ¿verdad? —dijo Ibn Saran. fuera interceptada. No era imposible que la caravana penal. —Ya —dije. con actividades secretas que parecen indicar que trabajáis para los kurii. aparecieran en la habitación anterior a mi celda. y agua. La puerta de la celda se abrió. el capitán de los aretai. pero le hemos matado para que puedas escapar. —¿Y no hay guardia? —pregunté. Sinceramente. —Estaba ahí fuera —dijo Ibn Saran—. dos hombres encapuchados. pero a mí no. —Es obvio que la intención de los kurii era matarme. —Por lo que parece —dije—. En el exterior las tres lunas lucían. eso habría parecido inexplicable. teniente de Shakar. No creía que ellos quisiesen matarme en la celda. ensillada. sois agentes de los Reyes Sacerdotes. me confundo —dije—. . Me debatí en mis cadenas. A los ojos de los magistrados de Nueve Pozos. no voy a llegar a las minas de sal de Klima. Ellos no llevaban luz alguna. desenvainada. Pero vosotros me salvasteis de sus despiadadas fauces. Decididamente. Si yo hubiese sido Ibn Saran no habría asumido ese riesgo. Lentamente envainó su cimitarra. Ibn Saran inclinó la cabeza. —Tal. Por eso no me sorprendió que un ahn más tarde. —Eres un hombre muy perspicaz. Os visteis obligados a representar la comedia ante vuestros hombres para no revelar vuestras verdaderas intenciones. aparte de mí.

estáis en todo —tuve que admitir. era necesario que fingiéramos hacer lo posible por liquidarte. Moví durante . —Me alegra saber que vosotros trabajáis a las órdenes de los Reyes Sacerdotes. Ya sé que eso tomará más tiempo. —Estoy seguro de que no —le dije. —En cuanto a Hamid —observé—. lo mismo que mis pies. ¿no suscitará muchas preguntas mi escapada? —Se dirá que el guardián estaba sobornado y que tú le mataste a traición antes de huir. —Es una bella noche de lunas llenas —dije—. Eso hará más evidente el camino de mi huida. la sangre hubiera hablado por mí. Hamid se encargó de abrirlas con una llave. y le causó una herida que no era mortal. Finalmente pude liberar mi cuello de aquel collar. —¡Nos oirán! —exclamó él. pero ahora que las apariencias son las indicadas me liberáis para que pueda continuar mi trabajo. —Exactamente —dijo Ibn Saran. Fue muy doloroso para mí habituarme a la movilidad de nuevo. —Naturalmente —dije yo—. sonriendo—. pero para mí será mucho más confortable. —Dejaremos su cuerpo aquí. —Si hubiera querido matar —dijo Hamid con su voz silbante—. —Desde luego. —Sin duda —coincidí. —No rompas los eslabones —le dije—. Hamid sacó un martillo y un cincel. Los ojos de Ibn Saran centellearon. —Y dime —continué diciendo—. con las herramientas —dijo Hamid.—Echaremos su cuerpo en el interior de esta celda en cuanto hayas escapado. Ibn Saran inclinó la cabeza. Tenía una razón muy especial para querer retrasar mi huida un cuarto de ahn más. para anticiparnos a cualquier acción tuya en favor de los Reyes Sacerdotes. —Para proteger las apariencias frente a los kurii. —Abre el collar —dijo Ibn Saran con rabia. Del interior de su capa. Prueba a abrir el collar. no quiso nunca matar a Suleimán. Es demasiado tarde. —Sí. Mis manos se hallaban aprisionadas por anillas. que quedó colgando de las dos cadenas que hasta hacía unos momentos aprisionaban todo mi cuerpo. —Exactamente —dijo Ibn Saran. tienes razón —dijo.

el transparente. Avancé por la habitación en la que desembocaban y salí corriendo por el portal. Incluso contenía las gemas que había puesto en su interior después de sacarlas de mi cinturón interior. —Tú harías lo mismo por mí —dijo Ibn Saran. Pude ver la kaiila. en el cuarto de hora que había ganado al hacer que me despojasen del collar ya habría actuado. Sus ojos se ensombrecieron. y esta noche me liberáis del cruel destino de las minas de sal de Klima. Levanté mi mano y la aproximé a su ojo. hasta llegar a la arena. —No seas tan imprudente —me dijo Ibn Saran alcanzándome—. En su opinión. la mía. Esperaba que no hubieran drogado al animal. Es muy tarde. En la mesa de la sala anterior encontré vestiduras. —Nadie está mirando —le aseguré sonriendo—. cuando negociaba con Suleimán. Inspeccioné mi monedero. Toqué muy ligeramente su flanco. Pensé si sería mucha la distancia que se suponía que debería recorrer. Esta tarde me habéis salvado del ataque de la bestia. date prisa! —dijo Hamid—. con lo que supuse que no lo habrían drogado. —En la silla tienes la cimitarra —respondió Ibn Saran. —¡Venga. Estoy en deuda con vosotros. supuse que me atacarían en el desierto. Debían haberlo planeado con todo lujo de detalles. me esperaba. Subí corriendo las escaleras. nerviosa. Los reflejos del animal parecían despiertos. bajo mi dedo. Me las puse. Sí. —Sí —respondí. —Por lo visto —comenté—. ¿Y agua? —En la silla también —respondió. Pestañeó. ésta es la segunda vez que os debo la vida. ¿qué haces? —preguntó Ibn Saran. y una cimitarra enfundada. quizás justo al lado del oasis. debía ser un plan infalible. —Estoy saludando a mi kaiila —respondí. eso es algo que no se puede negar. Comprendo. Si era verdad que una kaiila ensillada. y su efecto se habría hecho evidente en el .un rato las piernas y los brazos. y su piel se agitó. Era la que me había traído hasta ese lugar. Estaba ensillada. y en el movimiento participó incluso el tercer párpado. —¿De qué armas podré disponer? —pregunté. Abandoné la celda. Eran las mías. Todo estaba en orden. —Pero. mucho más seguro que enviarme en una caravana penal por el camino peligroso que lleva a las minas de Klima. En sus flancos colgaban odres de agua. —Ya. Pronto cambiarán la guardia. Si hubiera drogado a mi kaiila con un fármaco de efectos rápidos. Comprobé el buen estado de los arneses. Debes ir con más cuidado.

a la izquierda. Limpié la aguja en un pedazo de tela y la eché en una pila de desperdicios. pues en el asunto que nos ocupaba en esos momentos el tiempo era un factor de vital importancia. el peso de esa carga hace que la kaiila no pueda adquirir mucha velocidad. equilibrando el peso de la que colgaba al otro lado. a mi animal. Probé el agua de los dos odres. —Que tus bolsas de agua no se vacíen nunca —dijo Ibn Saran—. mi osadía había hecho que arriesgaran más sus vidas. Miré hacia atrás y vi que una flecha volaba en vertical con un pendón plateado en su punta. La flecha subía y subía. Si así era. Naturalmente. —Cabalga hacia el norte —dijo Ibn Saran. con su pendón plateado brillante a la luz de las tres lunas. Pero en el desierto lo importante es disponer de una buena cantidad de agua. Tal y como esperaba. En ese caso. La olí. que pronto se habría derretido en el calor que el galope habría producido en el cuerpo del animal. De pronto. Tan pronto como estuve fuera del alcance visual y auditivo de los dos hombres. Que siempre tengas agua. No era bebible. Examiné entonces las garras del animal. Incluso era posible que Hamid fuera uno de esos agentes. No creía que hubiesen utilizado un fármaco de efectos retardados. En el interior de esa cera. —Que tus bolsas de agua no se vacíen nunca —dije a mi vez—. era un auténtico agente de los Reyes Sacerdotes. encontré una aguja. . tal como ahora proclamaba. Sí.comportamiento de la bestia. se me ocurrió pensar que quizás Ibn Saran. Con las riendas la encaminé hacia el norte. hasta que alcanzó el punto culminante de su arco y empezó a bajar. al menos aparentemente. detuve mi montura. —Gracias —dije. y extraje de su pata derecha la bola de cera sujeta con hilos. y percibí el olor de la kanda. y las garras de ésta levantaron una polvareda de arena al iniciar su marcha. le habían echado sal en abundancia. Azucé a la bestia en sus flancos. En el desierto debe beberse alternativamente de una y otra. me alegré al comprobar que no habían drogado. a Ibn Saran no le hubiese importado arriesgarse a darme un ahn de ventaja y una kaiila rápida. Pronto encontré lo que andaba buscando. un veneno mortífero que se prepara con las raíces del matojo de la kanda. Monté en mi kaiila. Puso su mano sobre la bolsa de agua que colgaba a un lado de la silla. para no alterar ese equilibrio. Que siempre tengas agua.

¡Ha huido al desierto! —¡Es increíble! —dije. De todos modos. en alguna misión especial. pasaban a galope tendido por las calles vecinas de Nueve Pozos. la suposición resultó cierta. por mi parte. 8 ME CONVIERTO EN HUÉSPED DE HASSAN EL BANDIDO Esa noche no dormí tan bien como hubiera debido. Mi respuesta era la apropiada y. y que naturalmente volverían sin haber encontrado huella alguna. Suponía que rastrearían en un radio de cincuenta pasangs. en Gor. Al golpear con el arma en el suelo. y me encargué de aprovisionarla de agua . Era tarde. Al examinar el filo con atención vi que estaba lleno de resquebrajaduras. Afortunadamente. armados de arcos y lanzas. Yo. la hoja no tardó en separarse de la empuñadura. pude dormir ininterrumpidamente durante las primeras horas de la mañana. más bien pobre. Dos hombres cabalgaron por las cercanías. la cual. además. estaba informado de las últimas noticias. pues de vez en cuando grupos de jinetes. cuyo propietario no parecía espectador habitual de las cortes de justicia.Saqué la cimitarra de su vaina. Me había levantado en torno a la novena hora. hasta que todos aquellos hombres volvieron. sincera: efectivamente. antecede al mediodía. Eran Ibn Saran y Hamid. Ambas fueron a parar al montón de desperdicios. Eché el agua salada en la arena. de su infructuosa misión. Mi kaiila se alimentó en el establo. Escondí la kaiila en las sombras. tendidos sobre sus sillas. exhaustos. Decidí buscar una posada en la que pasar la noche. no lo creía. —¡El asesino escapó anoche! —exclamó en cuanto me vio por la mañana—. De todos modos. Parecía que se dirigían al desierto. había escogido un establecimiento de poca importancia. No era mi arma.

llené mis bolsas de agua y me enteré de los últimos rumores que corrían por la población. como para llamar la atención sobre mí y sobre mis mercancías. Otros atacantes rompían los bultos que transportaba la caravana para . entre las montañas rocosas y estériles. Adquirí una cimitarra. Cuando acabé mi desayuno ese muchacho. y dos sacos de barras de dátil. observé cómo asaltaban una caravana. en un pozo público cercano a la corte de justicia. A la mañana siguiente se reiniciaría. ni funda. a más de doscientos pasangs al noroeste de Nueve Pozos. tuve que hacerme a un lado para evitar que me atropellaran en su camino las últimas partidas que retornaban de su infructuosa búsqueda. como el que correspondía a los mercaderes locales o a los vendedores ambulantes que querían llamar la atención de sus posibles clientes. Rápidamente. dos mujeres libres. Con mi albornoz y mi sash. Los demás atacantes reunían a punta de espada en un grupo a los cuidadores y a los mercaderes. También compré un juego de campanillas de kaiila. dejé atrás el oasis. ágil y vivaracho. de un color amarillo y dorado más bien ostentoso. que pesan alrededor de una pieza de piedra o. y no se consideraba práctico volver a comenzar la búsqueda con los hombres y animales exhaustos. ataviado con mi albornoz amarillo y púrpura. tiré de las riendas de mi kaiila. Cuando las siluetas de las palmeras ya se habían hecho pequeñas tras de mí. Sobre una colina. No necesitaba cinturón. con las campanillas de mi kaiila sonando rítmicamente. dos días después de dejar atrás el oasis. Uno de los guardianes de la caravana. fue obligado a reunirse con el mismo grupo. Las partidas de soldados en búsqueda del fugitivo descansarían durante esa tarde y noche. moviéndome lentamente. equipado con mis bolsas de agua en los flancos de mi kaiila. En el valle inferior. yo mismo me encargué de ir por las tiendas. Uno de los jinetes sujetó dos kurdahs por sus estructuras e hizo que cayeran a la arena sus dos ocupantes. ya había vuelto. unos veinte kilos. que acababa de superar la cresta de una colina. Alrededor de mediodía. en medidas terrestres. Eso me daba una ventaja que calculaba en unas quince horas goreanas. Son barras largas y rectangulares. Era muy difícil encontrar rastros a la luz de las lunas.como se debía. que se sujetaba el hombro izquierdo. Envié a un chico a que hiciera pequeños recados. Era más que suficiente. con los sacos de barras de dátil atados en los mimbres de mi montura. según pude averiguar.

sobre sus monturas. Miraba las ataduras de sus manos. como si todavía no pudiese creer que estaba atada a la perilla de una kaiila. excitado. ante los hombres agrupados. cabalgaba en primer lugar. Los hombres que quedaron atrás gritaron de rabia. Allí serían sin duda bien acogidos. a la cabeza. Mantenía bien alta la cabeza. cautivas. e hicieron que se alejasen con gritos y golpes. levantando una polvareda. siguiendo aquel camino. Uno de los bultos que se hallaba atado junto con otros en el lomo de una kaiila de carga fue transferido a otra bestia. Una de esas muchachas se había llevado las manos. solamente tendrían agua suficiente para alcanzar el pequeño oasis de Lame Kaiila. El captor tomaba el otro extremo de la correa y lo sujetaba a la perilla de su silla. Las dos muchachas se hallaban en ese momento desnudas. Se levantó sobre los estribos y gritó las órdenes a sus hombres. un jinete le alcanzó y le golpeó en la espalda con el revés de su lanza. Dos de los hombres sostenían las riendas de dos kaiilas de carga. Algunos incluso osaron levantar el puño. Un jinete iba reuniendo a unas cuantas kaiilas agarrándolas por las riendas. atadas una con otra. cuyas riendas sujetaba el jinete. como si fueran un solo hombre. montó. y el contenido cayó a la arena. y otro hombre llevaba de las riendas a otra kaiila. Atadas a la silla. La otra parecía furiosa. Su melena era larga y oscura. Después de haber hecho esto. los bandidos. Vi que reventaban uno de los odres de agua que colgaban de una kaiila. El arma del captor les había despojado de sus ropas. Las manos libres se las ataron a largas correas. El líder. En ese momento. Inmediatamente. mientras gritaba. Con las armas abrieron los bultos que cargaban las kaiilas. El hombre lanzó un quejido y cayó en la arena. libres de sus arreos y riendas. El animal se levantó sobre sus patas traseras. A pie. con la cimitarra cruzada sobre su silla. lentamente. . Otros fueron al lugar en el que habían caído las bolsas de agua. las dos muchachas avanzaban a trompicones. desparramándose en ocasiones. y se mesaba los cabellos. A las muchachas libres les ataron las manos por delante. Un hombre intentó escaparse del grupo. con el albornoz ondulándose al viento. Su captor. Ésas eran las mercancías que no codiciaban los bandidos. azuzaron a las kaiilas. abandonando el camino. que parecía estar al mando del grupo. y el agua cayó sobre la arena. y empezaron a avanzar.determinar su valor y decidir si se los llevaban o no. hicieron girar a sus kaiilas. Vi también que echaban por tierra otras bolsas de agua. sin prisa. desesperada.

Una diferencia crucial. de unos tres o cuatro metros de anchura. Efectivamente. La última noche había explorado el campamento de los bandidos. pequeñas. Ése era el lugar en el que se guardaban los bienes. Solté a la muchacha. En una situación familiar normal. colores y ornamentación. Sus estructuras eran de madera. lo habitual es que los artículos del hogar y las posesiones de las mujeres ocupen el lado izquierdo de la zona. aquella falda se había levantado en . Cada una de ellas era de tres lados. Tenía de qué hablar con su líder. ese oasis quedaba fuera del camino hacia Nueve Pozos. todo lo cual ayuda a distinguirlas una de otras y a hacerlas más decorativas. que servía para guardar a las kaiilas. A un lado habían construido un corral con matorrales arrancados. con hilo escarlata en el dobladillo. los malhechores ya se encontrarían a millares de pasangs. una vez niveladas. Llevaba una falda larga y bordada. Ése era el campamento de unos bandidos. eso sí. mientras que los bienes del hombre. que era el oasis en el que podían encontrarse soldados más próximo. En ese campamento solamente había una esclava. se cubría de esteras. Como ocurre muchas veces con los campamentos de los nómadas. Se volvió. para que el sol. entre un campamento nómada y ese campamento había muy poca diferencia. y el frente de cada una de ellas estaba orientado hacia el este. Al girar. De esta manera. etcétera. Hice girar a mi kaiila y descendí por el otro lado de la cresta. y la superficie del interior. aquél estaba situado en un terreno elevado. oculto entre matorrales y piedras. Todas estas cosas se guardan en bolsas de cuero de diversos tamaños. como son las mantas. se guardan en la parte derecha. En la parte posterior. al salir por la mañana. y apenas se levantaban del suelo. pero no encontrarían ninguna ayuda del género que les podría interesar. es decir. las tiendas eran bajas. no encontrarían hombres armados. Eran tiendas típicas de nómada. Miré a mi alrededor. cuando llegasen las noticias del ataque de los bandidos a Nueve Pozos. Sonreí. era la ausencia de mujeres libres y de niños. las armas. Por lo demás. y mirándome fijamente dijo: —¡Tú! Alyena iba completamente vestida. solamente estaba ella. El campamento se hallaba vacío. a la que habían dejado allá para que machacase el grano y vigilase las kaiilas. las calentase. Había cinco tiendas confeccionadas con tejido de pelo de kaiila. Me encontraría con ellos allí. —Trabajas bien —le dije a la esclava.y su desgracia atraería la simpatía de los habitantes.

hecho con el segundo pelaje del animal. ahora llevas pendientes —le dije. En su cuello había un collar. sopla casi constantemente un viento caliente. —Por lo que veo. que los ven como apropiados únicamente para esclavas sensuales. con el pelo suelto. —Los pendientes —le expliqué— son la señal de la última degradación de una hembra. ¿no es eso? —Exactamente. que ella se había puesto atrás. Eran grandes bucles dorados. pues los hacía mover y destellar sacudiendo dulcemente la cabeza. Observé las formas de la falda a la altura de las caderas. Bajo esta chaqueta llevaba una burda blusa de tejido de reps. Su amo no le había proporcionado prendas interiores. —Solamente las esclavas más desgraciadas —respondí—. ¿No te da vergüenza? Ella se echó a reír de buena gana y dijo: —A las esclavas no se les permite el orgullo. a las que les gusta que un hombre las haya forzado a llevarlos para hacerlas más bellas. de color azul y amarillo. de tejido de kaiila muy suave. con las piernas cruzadas. Esa chaqueta también estaba provista de gancho. descaradas.gracioso vuelo. —Él mismo me puso los pendientes —dijo. Me miraba con expresión asustada en sus ojos azules. En el Tahari. y la dulzura tan reveladora de aquella blusa. Son de uno de sus saqueos. encantadora. —Cuando te he visto. lo primero que he temido ha sido que vinieras para . Ya no era el mío. Los bandidos volvían al campamento. las mujeres libres de Gor no llevan pendientes. Pero ella estaba orgullosa de sus pendientes. Así los consideran las chicas goreanas. orgullosa—. que te quedaba muy bien. que caían a ambos lados de su cuello. y me senté junto a uno de los mástiles. en la entrada. levantando la cabeza. Llevaba también una chaqueta de color marrón. Levantó su falda y corrió hacia la tienda para hacer el té. para muchachas desvergonzadas. —Hazme té —le ordené. En la lejanía podía percibir un punto casi invisible en el que se levantaba el polvo. Eché atrás la capucha de mi albornoz. acariciando uno de los pendientes. —Así. ¿Qué necesidad de ellas podría tener una esclava? En los pies llevaba zapatillas. bella Alyena. Hacía calor. Fui hacia la tienda. —¿Sólo los llevan las esclavas? —preguntó.

llevarme contigo —dijo la chica, midiendo el té contenido en una cajita—. Pero supongo que si ésa hubiera sido tu intención ya lo habrías hecho. En el interior de la tienda se había desprendido de la chaqueta de pelo de kaiila. Mientras estaba agachada, pude distinguir cómo sus pechos se balanceaban graciosamente tras su tosca blusa. —Quizás no lo haya hecho todavía —dije—, pero eso no quiere decir que no lo haga. Su mano tembló ligeramente. Sus ojos se ensombrecieron. —¿Te hacen trabajar mucho aquí? —pregunté. —¡Muchísimo! —dijo sonriendo—. Desde que amanece hasta que anochece no me detengo. Debo recoger los desperdicios, y el estiércol de las kaiilas, y encender los fuegos. Debo hacer guisos y estofados, y limpiar las ollas y tazas. También tengo que colocar bien derechos los postes de las tiendas, y limpiar y barrer la arena que puede haber en el interior. Debo cepillar las ropas, las botas y todos los artículos de cuero. Tengo que coser, y tejer, y hacer cuerdas, y labrar cuero, y machacar grano. También atiendo a las kaiilas. Ordeño a las hembras dos veces al día. Sí, hago muchas cosas. No puedo parar de trabajar. Al decir esto, sus ojos brillaban. —De hecho —continuó diciendo—, hago el trabajo de diez mujeres. Soy la única hembra del campamento. Todas las tareas pesadas, o insignificantes, o triviales, me tocan a mí. Los hombres no las harían. Sería un insulto para su fuerza. Tú mismo —dijo mirándome— me has hecho hacer té. —Y dime, Alyena, por la noche, ¿dejan que descanses de tu trabajo? Todavía se la veía sudorosa después de machacar el grano en el exterior de la tienda. —Mis labores diurnas —dijo echándose a reír— son las de una mujer libre, pero no olvides lo que soy. La miré fijamente. —¡Soy una esclava! —Así que cuando llega la noche te quitas las zapatillas y te pones la seda y las campanillas, ¿no? —Eso si me lo permiten —observó ella—. A menudo sirvo desnuda. ¡En realidad, mi verdadero trabajo empieza cuando es de noche! ¡Oh, qué cosas me ha hecho hacer! ¡Te aseguro que son cosas que ni siquiera había soñado que existieran! —¿Eres feliz? —pregunté. —Sí. —¿Te comparte también con los demás hombres? —Naturalmente —dijo—. Lo normal es que sea la única muchacha del

campamento. —¿Hay otras en alguna ocasión? —A veces sí. Son mujeres libres, o esclavas que roban de las caravanas. —¿Y qué hacen con ellas? —Las llevan a los oasis, para venderlas. Mis labores como esclava, por lo demás, no se limitan a las noches. Él me usa con frecuencia. A veces, cuando me desea, me llama al interior de la tienda, y me hace servirle. A veces solamente me levanta la falda y me lanza contra uno de los postes. Después de utilizarme rápidamente, me ordena que vaya a acabar mi trabajo en el exterior. —¿Te azotan con frecuencia? Se volvió y se levantó la blusa para enseñarme la espalda. —No —me dijo. Solamente había unas cuantas marcas, las que correspondían a un azote o dos. No le habían dejado ninguna cicatriz. Habían utilizado el azote de cinco amplias correas. Ése, junto con el látigo, era el instrumento de castigo habitual para las muchachas. Sus resultados son espectaculares, y no deja marcas permanentes. —Me han castigado en dos ocasiones —dijo ella—. Una vez cuando acababa de llegar al campamento y osé ser insolente. La otra vez cuando cometí una torpeza. Desde entonces no he sido insolente, ni torpe. Levantó el recipiente en el cual ya hervía el agua y la vertió con mucho cuidado en un pequeño vaso. Tomé el vaso y escudriñando la expresión de su cara le pregunté: —¿Es brutal, tu amo? —No —respondió ella—, no lo es. —¿Qué piensas de tu relación con él? —Que es la relación de una esclava con su amo. —¿Es muy dura la disciplina? —Sí —dijo ella sonriendo—, es una disciplina muy estricta. —¿Qué opinión te merece todo esto? —Lo encuentro lleno de sentido —dijo ella—, y además… ¡es muy excitante! —Parece que te guste que un hombre te domine. —Soy una mujer —dijo bajando la cabeza—, y he descubierto sensaciones que no sabía que existieran. Levantó la cabeza y añadió: —En los brazos de un hombre fuerte e inflexible he descubierto lo maravillosa, lo profunda, lo fantástica que es la sexualidad femenina. —La verdad —dije—, no me parece que estés hablando como una mujer de la Tierra.

—Soy una esclava goreana —dijo de rodillas, irguiendo el cuerpo y tocándose los pendientes. —Y por lo que veo —dije—, te preocupas por tu amo. —Si no estuviera sujeta a sus deseos, te aseguro que le lamería las botas para limpiarlas de polvo. De pronto, miró a lo lejos. Acababa de descubrir la polvareda que levantaban los jinetes que se acercaban. Sus ojos se helaron. —¡Debes huir! —dijo—. ¡Si te encuentran aquí te matarán! —No he acabado el té —dije. —¿Acaso…? —dijo, vacilante—. ¿Acaso tienes la intención de hacerle daño a mi amo? —Tengo tratos que hacer con él, eso es todo. Ella retrocedió. Dejé el té sobre la arena, entre dos postes, a mis espaldas. Alyena se giró y, lanzando un grito, salió corriendo de la tienda, hacia la arena. Entonces utilicé una cadena de la tienda como si fuese una boleadora: la alcé, y la cadena se enrolló alrededor de sus tobillos, subiendo por las pantorrillas e inmovilizándole las piernas. Alyena lanzó un grito, su melena rubia se agitó en el aire y, finalmente, cayó al suelo con los brazos estirados. Corrí para ponerme sobre su espalda, y con mi mano izquierda le tapé la boca y le hice levantar la cabeza bruscamente. Antes de que pudiera gritar, le tapé la boca con la otra mano, y con la izquierda recogí sus cabellos y tiré de ellos para que se levantara. Me dirigí con ella hacia la tienda, mientras buscaba en los alrededores los materiales que me interesaban. Los recogí y los coloqué en un montón en el interior de la tienda. Puse a Alyena en un poste y con una pierna la inmovilicé al tiempo que le introducía un trapo en la boca, bien profundamente, y después lo sujeté con varias vueltas de cuerda, cuyo sobrante utilicé para enrollarla en torno a los ojos y dejarla sin visión. Acto seguido, hice que se echara sobre su estómago, y con otra cuerda la até de manos y pies. Finalmente la eché a la parte trasera de la tienda, al lado derecho, el reservado a las posesiones de los hombres. Ya podía volver a la parte anterior de la tienda, junto a la entrada. Mi kaiila estaba atada en la parte posterior. El primero del grupo era el líder. Las chicas iban tras de su montura, exhaustas, con los pies sangrando. Enseguida me vio, y se puso en tensión. Gritó a sus hombres, que en un abrir y cerrar de ojos se desplegaron, rodeando el campamento. En la mano del líder distinguí la cimitarra desenvainada. Con la mano izquierda desató las correas que sujetaban a las chicas de la perilla de la silla y las lanzó a uno de sus hombres, que las agarró al vuelo. Tras esos hombres distinguía las kaiilas de carga que acababan de robar. Eran

nueve hombres, sin incluir al líder, cuya kaiila se levantaba sobre las patas traseras, excitada. Vi que aquel hombre tenía la intención de cabalgar hacia la tienda y atacarme sin bajar del animal. La tienda quedaría desmontada con toda seguridad, pero la cimitarra alcanzaría su objetivo. En ese momento, levanté la bolsa de agua que colgaba de un poste, a la entrada de la tienda. Uno de los hombres gritó de rabia. Levanté el odre y bebí copiosamente. Finalmente, volví a colocar el tapón, dejé el odre en su sitio y me sequé los labios con el revés de la manga. El líder de los bandidos volvió a envainar su cimitarra y desmontó lentamente. Yo, por mi parte, volví al interior de la tienda, me senté, apoyado en uno de los postes y volví a tomar el vaso de té que había dejado a medio consumir. Aquel hombre no tardó en entrar en la tienda, inclinándose. —El té está listo —le informé. Fue hacia la parte posterior de la tienda y con una daga liberó de sus ataduras a Alyena. Ella le miró aterrorizada. Pero no estaba irritado con ella. No es digno de un hombre sobrevalorar las fuerzas de una mujer. —Sírvenos té —le ordenó. Temblorosa, Alyena le preparó un vasito de té. Los hombres esperaban en el exterior, cautelosos. —El té es excelente —dije. Al beber de su agua me había convertido, según es costumbre en el Tahari, en su huésped.

9 ZINA ES CASTIGADA SEGÚN EL TAHARI

—¡Encadenad a las dos prisioneras! —dijo el líder de los bandidos a uno de sus hombres. Después me miró fijamente, mientras uno de sus hombres se metía en la

Sus piernas estaban cubiertas. desnuda. —Encadenadla —dijo Hassan señalando a la muchacha que estaba de rodillas. Hassan! —gritó una de las chicas. y unió el cuello de la chica. con la que volvieron a buscar a la chica. Uno de los hombres se agachó para ponerle anillas en los tobillos. preparadas para la ocasión. y su calendario. Después de hacer esto. En este extremo estaba fijada.tienda que ocupábamos y recogía las cadenas que colgaban de uno de los mástiles. tras los estribos de su captor. de polvo. El hombre que había sujetado la estaca tomó un collar de cierre con una cadena también provista de cierre y de aproximadamente un metro de longitud. desafiante. La otra muchacha gritó de rabia al oír esto. que en la mezcla con el sudor había oscurecido. Se apreciaban también un sinfín de arañazos sufridos por los más diversos matorrales en la loca carrera hasta el campamento. de manera que no quedaban a la vista más que unos tres o cuatro centímetros. uno de los hombres sujetó la estaca mientras el otro la golpeaba con una mano hasta que se introdujo en la tierra y quedó fuertemente fijada. La que había tirado de sus cabellos cuando se había visto capturada se arrodilló inmediatamente. a la estaca. Una de las cadenas tuvo que recogerla de la arena. Era una estaca que debía medir un metro y medio de alto por unos doce centímetros de diámetro. Se pudieron oír los dos chasquidos de los cierres. —Arrodillaos —dijo uno de los hombres. —¡No. de muslos para abajo. pero no se atrevió a levantarse. —Llevadla al sol —dijo Hassan a otros dos hombres. Lo primero que hicieron fue ir en busca de una pesada estaca. sudorosa. pero la que había mirado incrédula sus ataduras. Finalmente. no abandonaba su aire de orgullo y seguía en pie. Una vez hecho esto. fui quien traicionó a la caravana por un discotarn de oro. una anilla. pues era la que yo había utilizado como si de una boleadora se tratara para detener la carrera de Alyena. y su cargamento! Yo sabía perfectamente que todas estas informaciones se guardaban con el máximo secreto incluso en época de paz. Zina. . aquel hombre desató las muñecas de la chica y enrolló la correa que la había unido a la silla. unió sus muñecas por delante del cuerpo con brazaletes de esclava. sujeta a una banda metálica. —Liberadla —dijo Hassan. Finalmente comenzó a andar y se plantó frente a Hassan. —¡Libérame! —exigió la otra chica. Zina. unidas por una cadena. ¡Yo fui quien os la ofreció y os indicó su inventario. que quedó arrodillada. —Yo.

Sus labios temblaban. —¡Intercede por mí! Alyena. Alyena se levantó rápidamente.Uno de sus hombres deshizo los nudos que unían sus muñecas. En el fondo de mi corazón siempre he sido una esclava. ¡No! Miró a Alyena. ¡Vete! —¡Pero me moriré! ¡Moriré en el desierto! El discotarn de oro brillaba en su mano. mirándoles a los ojos uno por uno. La chica le miró. ¡págame! Obedeciendo un gesto de Hassan. y bajo la blusa se adivinaba el delicioso vaivén de sus senos. sollozando. En ninguno de ellos encontró piedad. miró a Hassan. Ahora vete. Parecía asustada. —Dadme las ropas —pidió. miró el discotarn. La chica volvió a mirar a los ojos de cada uno de los hombres. amo. Le temblaban los hombros. con lágrimas en los ojos. uno de los hombres extrajo de un pequeño cofre un discotarn de oro y se lo entregó a la chica. medio agachada. ¡Azótame como castigo! Nunca he tenido la fortuna de que me poseyeran. Ella miró a los hombres que la rodeaba. —¡No! —gimió—. que estaba arrodillada junto al té con la cabeza gacha. —¡No! —gritó ella—. esclava! —dijo Hassan. —Y yo te he pagado —dijo Hassan. sin atreverse a mirar aquella escena. —Y ahora —dijo la chica—. ni de que me impusieran el . y dijo: —Imploro clemencia para ella. —Te hemos pagado —dijo Hassan—. —Intercede por mí —le rogó Zina—. —¡Sal de esta tienda o te azotaré. vete. ¡por favor! —Sólo soy una esclava —susurró Alyena. —No —dijo Hassan. De pronto. su amo. ¡mira! —dijo la chica mostrándole la moneda. angustiada. —¡Traicioné a mi caravana para que tú pudieras atacarla! —gritó. La chica miró a su alrededor. Sólo fingía ser libre. Eres una mujer libre. llena de miedo. una esclava verdadera. Volvió a ponerse en pie y gritó: —¡Por favor. —Te la compro. desesperada. —No vendo agua —dijo Hassan—. Hassan! ¡Quédate conmigo como esclava! —No puede ser. —Dadme agua —dijo. y corrió al exterior de la tienda. que lo guardó con fuerza en su mano. La muchacha desnuda se arrodilló frente a ella. —No —dijo Hassan. y le tocó tímidamente el hombro.

Yo la miré. con el pie derecho haciendo ángulo recto con la pierna. Soy una auténtica esclava. como hacen las esclavas. —Déjame permanecer junto a ti como esclava. indicándole que dejase a la chica. para siempre. He vivido como mujer libre desde que nací. en pie frente a Hassan. —Veo que eres una auténtica esclava. pero soy una esclava por naturaleza. ni de que me marcaran. solamente sería. —No te deseo —dijo Hassan. —Eso es cierto. Los hombres del corro rieron. Sus contornos eran encantadores. —Legalmente —dijo Hassan— está claro que eres libre. La mano de Hassan se cernía sobre la moneda. bajando la mirada. —Arrodíllate. . —Sí. —¡Dejad que me venda a mí misma! —susurró ella. Ella se arrodilló ante él. brillante en su pequeña palma. esto es mucho más de lo que realmente vales —dijo Hassan. —¿Y cuándo tomaste conciencia de ello? —Cuando mi cuerpo cambió —dijo. No era del todo imposible que algún hombre se complaciera en poseerla. sacando la cadera en señal de ofrecimiento de su belleza. —Por supuesto. Su decisión parecía terminante. aunque se veía que estaba muy asustada. —Pero hay algo más real que las leyes —dijo Zina—: el corazón. pero naturalmente después no tendría ningún derecho a revocar la transacción. Hassan. Ella le mostró el discotarn de oro. y más cuando se giró a sus hombres y les ordenó: —¡Echad a esta mujer del campamento! Uno de ellos la agarró del brazo. Seguía allí. No tenía vuelta de hoja: si se vendía. pero siempre he ocultado que era una auténtica esclava. Como mujer libre tenía derecho a hacerlo. Hassan le hizo una seña al hombre. —¿Eres plenamente consciente de lo que estás diciendo? —Sí. —Te confieso a ti lo que nunca le había confesado a otro hombre: soy una esclava. —¿Qué me puedes ofrecer? —preguntó Hassan. Zina le miraba a los ojos. Se trataba de un viejo proverbio del Tahari. Zina —dijo Hassan.collar. en posición relajada. una esclava.

¡Esclava! Al cabo de un rato. —¡Esclava! ¡Esclava! —gritaba la muchacha libre azotando sin piedad a la traidora—. le separaron las piernas violentamente e hicieron que el brazalete pasara por debajo de la pierna derecha. Éste le obedeció en el acto y. amo. —¿No temes que la mujer libre acabe asesinándola? —le pregunté a Hassan. para disgusto de ésta. echándole la cabeza hacia un lado. Hassan le hizo una señal a uno de sus hombres. los hombres agarraron a aquella muchacha. La chica se quedó sobre un costado. no podía defenderse. que hasta entonces se llamaba Zina. de forma mucho más incómoda que la de su compañera. —Sírvenos más té. La muchacha que se había llamado Zina imploraba a gritos clemencia. amo. se cerró sobre la moneda. —Dime. su aspecto en ese momento era lamentable. Hassan metió el discotarn de oro en su monedero y llamó a Alyena. —Dadle un látigo a la mujer libre —ordenó Hassan. la muchacha libre tenía encadenadas las manos por delante del cuerpo. con la cabeza gacha y el cuello unido a la estaca. y le cerraron la anilla de la cadena brutalmente. Así se hizo inmediatamente. La transacción había concluido.Finalmente. Allí le pusieron el collar. —¡Encadenad a esta esclava! —ordenó Hassan. mientras que la esclava había visto cómo se las unían por debajo de la pierna derecha. para unirle entonces la muñeca izquierda. . pero de momento no la obtenía. Le pusieron un brazalete de esclava en la muñeca. la sacaron de la tienda y la echaron al lado de la estaca de esclava. La esclava. rabiosa. También le encadenaron los tobillos. como si de una kaiila recién nacida se tratara. —No. —Sí. Con extrema rudeza. pero que ahora carecía por completo de nombre. le sustrajo a la mujer libre el látigo. Ésa es una cortesía que se suele tener con las mujeres libres en virtud de su más alta categoría. que aguardaba junto a la pareja de encadenadas. En el caso que nos ocupaba. al estar encadenada. La muchacha libre agarraba el látigo con dos manos. La mujer libre se sentó en el suelo. —Es suficiente —dijo el hombre. refiriéndome a la escena cuyo inicio acabábamos de contemplar. Sus manos quedaron así sujetas a la pierna. También hay que decir que cuando se encadena juntas a esclavas y a mujeres libres se tiende a remarcar la diferencia ente unas y otras mediante el tipo de encadenamiento. La muchacha acudió corriendo. no lo temo —dijo Hassan. y se arrodilló frente a él.

después de su derrota en la guerra de la seda. recordará muy bien al que puso en su cuerpo la marca. —Perderás dinero con estas mujeres. —Eso es cierto —reconocí. Al menos. En cambio. Se le llamaba la guerra de la seda porque en ese tiempo la seda empezó a importarse en cantidades importantes a las . por los derechos de captación de tributos que los bandidos exigían a las caravanas.—¡Por favor. ¿no es así? —pregunté—. para mí será todo un placer marcarla. Haz una hoguera. 10 HASSAN DEJA EL OASIS DE LAS DOS CIMITARRAS El oasis Dos Cimitarras era un oasis apartado que estaba bajo la hegemonía de los bakah. —Exacto —dijo el jefe del campamento—. Eso me hizo sonreír. señora! ¡Por favor. Y ahora. —¿Sí. —Sí. —Como mujer libre —me dijo Hassan refiriéndose a la que en tiempos había sido Zina— no me habría reportado nada. riéndose también—. —¡Alyena! —dijo Hassan. pues como mujer libre la habría enviado a morir al desierto. así ocurrirá si la marcas antes de llevarla al mercado. como esclava me reportará algún beneficio. su marca será muy fresca. amo? —Limpia todo esto de desperdicios y estiércol —le ordenó—. —Cuando sea una esclava —dijo Hassan. los cuales. recordará muy bien a Hassan el bandido —coincidí. señora! —sollozaba mecánicamente la esclava. y empieza a calentar el hierro. —Por otra parte. desde hacía más de dos centenares de años. se habían convertido en una tribu vasalla de los kavar. Además. tomemos más té. Esta noche marcaremos a una esclava. Hassan se encogió de hombros. Esta guerra se había producido por la disputa del control sobre ciertas rutas de caravanas.

en señal de bienvenida. Una vez en los oasis es corriente que los Pachás locales exijan una tasa de protección a las caravanas de más de quince kaiilas. el orden. y en el acero de sus armas. Hay que destacar que en el Tahari ya no se paga el tributo a los bandidos. hacia Tor y Kasra. en el exterior de su muslo izquierdo. surgió de la oscuridad un contingente de hombres. Las formas cambian. Solamente ella. . —Sí —respondió Hassan volviendo a sentarse en la silla. como en todas partes. de jardines. estaba atada de manera similar ante la silla de uno de los hombres de Hassan. para su vergüenza. —Tal —dijo Hassan al mercader que acudía a recibirle y le esperaba a pie de estribo. los cuales. Su compañera. que llevaban en sus fardos el botín que habían obtenido del asalto a la caravana cuatro días antes. mirando a su alrededor. El mismo nombre que le había servido como mujer libre era ahora su nombre de esclava. algunos con cúpula. Era tarde ya aquella noche cuando llegábamos a Dos Cimitarras bajo la luz de las tres lunas. de ambas chicas. Así lo había decidido Hassan el bandido. La parte interior del muslo. bien atada. en fila india. —Tenemos agua —le dijo el mercader. pero en el Tahari.comunidades del Tahari. colocada transversalmente sobre la grupa del animal. estaba manchada de sangre. Era Zina. pues con el control de los puntos de abastecimiento de agua en los oasis se facilitan las cosas. era en ese momento una esclava. Estas tasas ayudan a sufragar los costes de mantenimiento de los soldados. De todos modos. cuyo nombre era Tafa. Tal era la estampa de aquel oasis. —En estos días cualquier precaución es poca —dijo otra voz. Delante de esa misma silla se hallaba una chica. no es nada inusual encontrar a bandidos en la genealogía de los Pachás soberanos. con la cabeza hacia abajo. de edificios de barro. patrullan constantemente por el desierto. —¿Me traes material? —preguntó el mercader. en principio. y hacia el norte. y de allí hacia Ar y hacia más puntos al norte y al oeste. la justicia y la ley residen en última instancia en la determinación de los hombres. que enseguida nos rodeó. —Es Hassan —dijo una voz. sobre la alta silla de piel roja de las kaiilas. pero solamente una de ellas llevaba la marca en su carne. y todavía era muy fresca. en aquel paisaje de palmeras. de muros de arcilla roja. Hassan se levantó sobre sus estribos. Zina. a la altura de la rodilla. Otros hombres a las órdenes de Hassan conducían a las kaiilas de carga. A las caravanas les es imprescindible acudir a esos puntos. con sus armas en alto. Era la marca de la esclava del Tahari. quienes efectivamente descendían en ocasiones de hombres que habían vivido con la cimitarra en la mano constantemente. su dueño. De pronto.

en unos cuantos días se sabría por toda la región que los aretai habían destruido. Para alguien que no es del Tahari es difícil concebir la gravedad de una ofensa como la que constituye destruir una fuente de aprovisionamiento de agua. los aretai tendrán guerra. —¿Estáis seguros de que los que atacaron eran aretai? —le pregunté al mercader. —Claro. Con toda seguridad. y también lo eran las marcas de la silla. —Pues bien —dijo el mercader—: el cordaje era el de los aretai. soldados de los aretai de Nueve Pozos atacaron el oasis de Eslín de Arena. se sentirían ultrajados al oírlo. para la gente del Tahari ése es el crimen más inconcebible.Los edificios de barro como los que en ese momento veíamos en Dos Cimitarras son bastante duraderos. que hasta destruyeron el agua —dijo el mercader—. claro. ¿qué tenemos por aquí? ¡Ah. manifestase por los aretai una animadversión tan profunda. —Rompieron un pozo —dijo el mercader. Sí. pero pudimos echarlos. No entendía cómo podía ser que él. —¿En qué te basas para hacer una afirmación así? —¿Cuál es tu tribu? —preguntó. En un área como ésa pueden pasar años sin que caiga una gota de lluvia. —Es Hakim de Tor —dijo Hassan—. De hecho. aquella noticia correría como la pólvora. traería con toda seguridad la guerra al Tahari. cuando atacaron. y los hombres de Tor. al fin y al cabo un bandido. —Sí —respondió él—. Me extrañó que el mercader dijera algo así. —En este momento cabalgan los mensajeros de la guerra —dijo el mercader. —Entiendo —dije. ni siquiera se preocuparon de ocultarlo. —Ayer nos atacaron aquí —dijo el mercader—. —Si tanto desean la guerra. considerado como una monstruosidad. gritaron: “¡Por Nueve Pozos! ¡Por Suleimán!”. lo mismo que los del puesto mercantil fronterizo de Turmas. va más allá de un simple acto de guerra. —Deseo marcharme antes de que amanezca —dijo Hassan. —Hace seis días —dijo el mercader—. El rostro de Hassan estaba lívido. Ese acto. —Los aretai son eslines —dijo Hassan. A ver. un pozo en Dos Cimitarras. el más odioso que perpetrarse pueda en el desierto. o habían intentado destruir. tribu vasalla de los kavar. Ese acto perpetrado contra los bakah de Dos Cimitarras. vaya! Una mujer libre y una esclava —dijo el mercader antes de volverse a dos de sus hombres y . Respondo de él. Además.

La chica lloraba. La chica gimió ante la silla. —¿Está viva? —preguntó el mercader. y el mercader. y así os diré el precio que establecemos para ellas. Ella también gritó. prisionera de las cuerdas que no le permitían moverse. el mercader se volvió y entró en su patio. y el cabello le cayó por delante de la cara. —Pues te aseguro que es un trabajo excelente. Esa anilla quedaba aproximadamente a la altura de su hombro izquierdo. —¡No! —exclamó Zina. encuentro muy interesante que hayas elegido a la esclava para llevarla en tu montura. —Que las lleven adentro —le dijo a Hassan—. Su muñeca izquierda estaba aprisionada en un brazalete de esclava y se la colocó de rodillas contra el muro. —Sí. Ellos se apresuraron a obedecerle. A Tafa se la llevaron fuera del círculo de asesoramiento bruscamente. La chica se debatía en sus ataduras. —He marcado a muchas mujeres —dijo Hassan. y desempaquetad las mercancías. Hassan se encogió de hombros. —Está viva —comentó el mercader. —¡Sí! ¡Sí! —gimió. es cierto —dijo Hassan. sin poder hacer nada. para cerrar la sujeción del otro extremo a una anilla de esclava fijada al muro. Acto seguido. . mientras lloraba. —Pues te debates en las cuerdas como una esclava. —Debiste ser tú quien puso el hierro en su carne. Las pondremos en el círculo de asesoramiento. en señal de compasión. de cara al muro. sin poder hacer nada. la mujer libre. ¿no? —Sí. agitando la cabeza violentamente de un lado a otro. Luego fue hacia Tafa. Tienes la mano firme y segura. debatiéndose en sus ataduras. —Tócala y compruébalo —dijo Hassan. eso sí —dijo el mercader sonriendo. con su hombre principal.decirles—: Llevad a las kaiilas de carga a mi patio. le seguimos sobre nuestras kaiilas y entramos en el patio tras él. —Hassan —dijo el mercader—. la dejó. —Su marca es fresca. La muchacha lanzó un grito de protesta. Gritó con los ojos cerrados. yo fui. —¿Eres libre? —le preguntó el mercader. conmigo y con algunos más de sus hombres. Agachó la cabeza. con los dientes apretados. Hassan.

—Te daré por ella un tark de plata. el mercader se volvió hacia nosotros y dijo: —Aceptable. La esclava miró por encima del hombro hacia el lugar en el que se encontraba el jefe de los bandidos. de cara a la pared. Allí se quedó. —Por la otra te daré dos discotarns de oro. al centro del círculo de asesoramiento. Le pusieron un brazalete de esclava en la muñeca izquierda y la arrastraron hasta el muro. —En la estancia contigua —dijo el mercader—. la encararon a la pared y ataron el brazalete a la anilla de esclava. —Muy bien —dijo Hassan. ataron a la misma anilla su muñeca derecha. dado que es una mujer libre. Durante más de un ehn el mercader le estuvo dando órdenes destinadas a mostrar con todo el descaro posible. y efectivamente sirvieron para contemplar a la chica en sus principales actitudes y posiciones. —¡Hassan! —volvió a gritar la chica. bajo la luz de las antorchas. como si hubiera recibido el impacto de aquel instrumento. la muchacha gritó. Hassan! —gritó la chica. Había sido tan sólo un restallido admonitorio. Cuando hubieron hecho esto. sus encantos. —¡No.La arrojaron brutalmente. desnuda. ¡Echa la cabeza atrás! ¡Las manos tras la cabeza! ¡Échate hacia atrás! ¡Más! ¡Más! Finalmente. No quería hablar con la traidora. —¡Hassan! —gritó la esclava. —¡Derecha! —dijo el mercader—. sin cesar de repetir: —¡Hassan! ¡Hassan! Éste tomó las monedas que el mercader le ofrecía. Pero el cuero no había ni tan siquiera rozado la piel de la chica. —De acuerdo. Era un . que era un látigo de grandes dimensiones manipulado por uno de los ayudantes del mercader. Una vez allí. de la fundición de Ar. ya que sólo es una esclava. —¿Qué valor crees que tiene? —preguntó Hassan al mercader. —De acuerdo. aterrorizado. Pero Hassan abandonó el patio. y también furiosa. y su cuerpo reaccionó. de la manera más evidente. Parecía asustada. Cuando sonó el primer restallido del látigo. hablaremos de las otras mercancías que habéis traído. en el centro del círculo de dos metros. de manera que quedó aprisionada por ambas. —Llevaos a esta esclava —ordenó el mercader. El látigo no tocaría la piel de la chica a menos que los hombres no la encontraran complaciente. Las órdenes para que la esclava efectuara los más diversos movimientos se sucedían sin cesar.

una mujer. Al dejar aquella habitación. le habían dicho que debía servir vino. —¿Queréis más. Es muy raro que estas habitaciones se crucen directamente. levantándose y girándose antes de desaparecer de nuestra vista. como era el caso de la estancia en la que nos encontrábamos. —Sí. Su expresión era la de una mujer saludable.hombre del Tahari. amos? —preguntó la muchacha arrodillada frente a aquella mesa baja de madera de tem. Después de contemplar aquel lamentable espectáculo. La chica bajó la mirada y se llevó graciosamente la bandeja en la que sostenía el recipiente con vino oscuro. Las habitaciones de las estancias privadas. —No. Todavía se marcaban en su cara los signos del sueño. nos retiramos a la casa del mercader a beber vino oscuro. —Sí. había apretado los puños. —Lo más extraño —dijo el mercader— es que los atacantes aretai iban guiados por una mujer. Al finalizar nuestras transacciones comerciales el mercader nos había llevado a las inmediaciones del pozo destruido. Era muy posible que ya nunca pudiera volver a dar agua. sobre los cuales debían caminar los niños. al ver toda aquella destrucción. Yiza. intentando retirar las piedras y la arena por medio de recipientes de cuero que bajaban con largas cuerdas. A los lados de las habitaciones. en el Tahari. amo. Había bostezado disimuladamente mientras nos servía. . Los hombres utilizan también dichos pasillos si no hay invitados presentes. —¿Una mujer? —preguntó Hassan. había tomado el pasillo que había a un lado. Bajo la seda se adivinaban sus piernas y sus caderas. Sus movimientos eran suaves. Faltaban dos ahns para que amaneciera. Finalmente desapareció. y ni siquiera le habían permitido que se pusiera el velo. y reflejaba ese dulce abandono que las caracteriza a la hora del sueño. Hassan. No creía que tardase demasiado en despojarse de toda aquella ropa antes de echarse sobre la paja de su celda y volver a dormir plácidamente bajo su manta de reps. retírate —dijo el mercader. Vimos cómo trabajaban los bomberos a la luz de las antorchas. había estrechos pasillos de material resistente al lado de las paredes. los esclavos y las mujeres. con el fin de no dañar dichas alfombras. los sirvientes. La habían despertado en pleno sueño. —Romper un pozo —dijo el mercader— es un acto de criminalidad casi inconcebible. se cubren con costosas alfombras si son de casas ricas.

—Ya querría yo que los hombres de otros oasis fueran así de complicados —dijo Hassan—. de tamaña falta de sofisticación. —¿Y qué dice su visir. Se levantó con dificultad. encogiéndose de hombros. jeque de Bezhad? —Se le han enviado mensajeros de guerra —dijo el mercader. lo mismo que los demás bandidos. —Quizá debáis matar a alguno de los suyos. —No nos puedes culpar a nosotros. Es algo muy beneficioso para nuestra economía. porque estamos fuera de las principales rutas comerciales. —¿Y saben ellos de dónde provienen? —Claro que sí. ¿no? —dijo el mercader sonriente. pues había estado sentado con . —Pero ya sabes que tú y los tuyos sois bienvenidos a Dos Cimitarras siempre que sea de noche. —Sí. y no me gustaría que tuviera que enviar en nuestra búsqueda a un centenar de soldados para satisfacer a los ciudadanos indignados. ¿Qué haríamos. buscados de día —dijo Hassan—. pronto amanecerá. —Sí. El desierto arderá. —Estoy fatigado —dijo Hassan—. el alto Pachá de los kavar? —¿Quién conoce el paradero de Harún? —preguntó el mercader. los de Dos Cimitarras. y ellos a alguno de los vuestros. Además. En muchos de ellos pagarían una buena suma por ver mi cabeza clavada en el extremo de una lanza. Nunca acabaré de entender a los hombres honestos. y supongo que a los soldados les ocurrirá lo mismo. No me siento con fuerzas para huir a galope tendido. —Sí. —Bienvenidos de noche. —Ya veo. quizás —dijo Hassan.—¿Y qué opinión le merece todo esto a Harún. —Hasaad sabe perfectamente que los bandidos vienen a menudo a Dos Cimitarras —dijo el mercader—. —Es posible. somos complicados —admitió el mercader. pero oficialmente el Pachá Hasaad no sabe nada —dijo Hassan—. con algún dolor. —Las tribus se reunirán. —Pero. si eso ocurriera? —Os cruzaríais al galope gritándoos uno a otros. Baram. Bien. para guardar las formas. Si son simples no es nuestra culpa. si ahora nos encontrásemos con esos soldados sería bastante embarazoso para las dos partes. Debemos partir. ¿a quién le vendéis las mercancías que os traigo? —A esos que acabo de llamar simples —dijo el mercader. —Entiendo —dijo Hassan. sonriendo a su vez. y no creo que sea inteligente estar a la vista en Dos Cimitarras a la luz del día.

y las marcas en las sillas —dije—. y podríamos lanzar gritos como ése. —Por otra parte. —Nosotros dos. —Si los soldados de Nueve Pozos estaban en los alrededores de su oasis hace seis días es imposible que estuvieran también en el oasis de Eslín de Arena. un poco antes de amanecer.las piernas cruzadas durante bastante tiempo. En las afueras del oasis. —¿Y por qué Dos Cimitarras? —pregunté—. sí. . —Sí. —Hace seis días —continué diciendo—. —Cierto —dijo Hassan. demasiado apartado de las rutas comerciales. —El mercader nos ha dicho que seis días atrás los aretai de Nueve Pozos habían atacado el oasis de Eslín de Arena. —Hassan —dije. —Además —dije yo—. está en su palacio. Pachá de Nueve Pozos —continué diciendo—. —Sí. eso han dicho. cuando las gotas de rocío resbalaban sobre las rocas. No me parece posible que los aretai hayan pensado que este tiempo es bueno para llevar a cabo ataques. y que gritaban “¡Por Nueve Pozos y Suleimán!”. junto con sus hombres. y este oasis parece demasiado insignificante. realmente es extraño —dijo Hassan sonriendo. Yo también me levanté. que ni siquiera es kavar. —Suleimán. los soldados de Nueve Pozos rastreaban los alrededores del oasis en busca de un fugitivo de su prisión que había sido condenado a las minas de Klima por un presunto intento de asesinato en la persona del Pachá Suleimán. —Pero dicen que los atacantes llevaban el atuendo de los aretai. —Eso dicen también mis informaciones —dijo Hassan. pusimos pie en nuestros estribos y montamos en nuestros rápidos animales. —Yo también desconozco el motivo —dijo Hassan. sin ir más lejos. —Sí. podríamos hacer que las cosas tuvieran esa apariencia —dijo Hassan—. —¿Sí? —contestó él. ¿dónde habría ido a parar el botín obtenido de su asalto al oasis de Eslín de Arena? —Quizás lo hayan ocultado en el desierto —sugirió Hassan. es mucho camino para ellos —dijo Hassan—. no me parece probable que los aretai de Nueve Pozos atacaran este lugar la pasada noche. —¿Y consiguió escapar? —Por lo que sé. Es un oasis muy pequeño. No respondí a aquella observación. en grave estado. Hassan y yo. convaleciente de sus heridas.

—¿Ah. pero debemos respetarlos como enemigos. los aretai no atacaron Dos Cimitarras. —Fue insolente —dijo Hassan—. Siento mucha curiosidad. —¿Cómo puedes estar tan seguro? —Porque rompieron un pozo. los nombres de los líderes no figuran en los gritos de guerra de los aretai. pero me gustaría saberlo. —¿Por qué? —Dicen que gritaron “¡Por Nueve Pozos y Suleimán!”. sí? —Y volví a verte en un lugar de aprovisionamiento de agua en el camino hacia Nueve Pozos. buenos hombres del desierto. vestido de nómada. con la cimitarra. yo también la tengo. abusaste de aquella manera de mi esclava de cabellos claros.—Hay algo muy extraño —continuó diciendo Hassan— en ese grito. El grito es: “¡Supremacía para los kavar!”. ni en los de la mayoría de tribus. Para ellos lo más significativo es la tribu. el grito aretai de guerra no es ese que nos han dicho. —Es muy interesante lo que dices —observé—. —Es extraño que estos acontecimientos ocurran ahora —dijo Hassan. Esa observación no me impresionó. Son del Tahari. el desierto quedará cerrado a todos los efectos. o permanecer en él. —Te vi en Tor. sino “¡Aretai victoriosos!”. Y los kavar. no el hombre. Son buenos luchadores. Los aretai son eslines. —Sí. En ese momento decidí que tenía que . La totalidad. parece bastante claro que los aretai no atacaron Dos Cimitarras. —Entonces —afirmé—. y los forasteros se convertirán en sospechosos. —Si estalla la guerra en el desierto —dijo Hassan—. y el oasis de Dos Cimitarras? —No lo sé —dijo Hassan—. Se interrumpirá el comercio. Por lo que sé. Para ellos será demasiado arriesgado entrar en el territorio. —Y allí fue —dije— cuando tú. —¿Por qué? —dije. —Y entonces ¿quién pudo atacar el oasis del Eslín de Arena. ¿verdad? —Efectivamente —dijo Hassan—. ¿no? Pues bien. —Proyectaba una expedición al inexplorado país de las dunas. y no su fragmentación. ¿tienen algún grito parecido? —Sí —respondió—. abundarán los hombres armados. —¿Qué esperas encontrar ahí? —¿Quién eres tú? —Un humilde mercader de gemas —respondí. Nunca destruirían un pozo.

—Al lado de esa roca había un cuerpo. lo sé. y lo quemé en una gran pira de arbustos. capitán de los aretai. —Era mi hermano —dijo. sabes quién fue el que apuñaló a Suleimán? —Sí. Cabalgué a su lado. —Eso puede resultar peligroso. ¿Sabes algo de esa roca que tiene una inscripción? —Si —respondí. —¿Y tú. —Después de que la tocases y abusases de ella —dije—. me rogó que la hiciera aprender las danzas de una esclava. —¿Le conocías? —pregunté.hacerla mi esclava. —Yo me lo llevé —dijo Hassan—. en estos tiempos. se cree que fuiste tú. el que apuñaló a Suleimán. Fue Hamid. —Debo realizar una empresa en el desierto —dijo Hassan. Hakim de Tor. Hakim de Tor. 11 HASSAN Y YO ENCONTRAMOS A TARNA —¡No lleváis campanillas en los arneses de vuestras kaiilas! —gritó el . —No lo hice —respondí. —Por lo que tengo entendido —dijo Hassan—. —¿Sabes algo de una roca cercana a la ruta entre Tor y Nueve Pozos? —me preguntó—. —Y ahora. —¿Por qué debían creer ellos que tú lo habías hecho? —Porque creen que soy un espía kavar. Marchémonos de aquí. pero cuando vi la inscripción el cuerpo ya no se encontraba allí. —Falta poco para que amanezca —dijo Hassan—. ¿qué buscas en el desierto? —Una torre de acero —contestó. el cuerpo de un hombre que había hecho la inscripción. y entregué sus cenizas a las arenas. —Sí. el teniente de Shakar.

—Mira —dijo el chico dirigiéndose a su hermana—. mientras el chico se ponía frente a la esclava y le decía: —Mira hacia arriba. como de seda. es muy bonita. es un cabello amarillo. esclava! Alyena le obedeció. Alyena levantó los ojos para mirarle. —Debemos continuar la búsqueda. le obedeció. y horrible —dijo la hermana retrocediendo. con sus nueve hombres atrás. y continuó su viaje. paciendo. Alyena. —¿Es muy cara? —preguntó el chico a Hassan. —Echa atrás tu capucha. —Fíjate —le dijo a su hermana—. —Venimos en son paz —dijo Hassan—. y desnúdate hasta la cintura —dijo el chico. furiosa. y después de quitarse la capa hizo lo mismo con la blusa. La hermana del chico volvió a colocarse detrás suyo. El chico caminó alrededor de Alyena. un hombre libre. Hacía veinte días que cabalgábamos por el desierto. . ¿Has oído hablar de una torre de acero? ¿La has visto alguna vez? —¡Estáis locos! —gritó el hombre. El nómada se quedó mirándonos en pie. Tras él pacía un rebaño de once verros. Ella le obedeció: dejó libre su cabellera rubia. y tocó su melena rubia. podía decir que había visto el Tahari en la mayoría de sus aspectos. ¿Has oído hablar de una torre de acero? La hermana de ese niño. Los verros se movían alrededor suyo. Ese hombre habría defendido a aquellos pequeños animales con su vida. Hassan hizo girar a su kaiila con las riendas. ¡tiene los ojos azules! —Es blanca. La hermana tocó también la cabellera de Alyena. El chico se acercó a la kaiila de Alyena y dijo: —¡Desmonta. medio oculta detrás suyo. se echó a reír. ¡Qué blanca! —Bájate la falda —dijo el chico. —Joven guerrero —dijo Hassan a un niño de no más de ocho años—. —Quizás no exista torre del acero ninguna —sugerí a Hassan. y se arrodilló frente a él. Los verros balaban. además de mí mismo y de la esclava Alyena. y su falda quedó en torno a sus pantorrillas.hombre. y muy largo. amenazándonos con su lanza. —No —dijo el chico—. —¡Fíjate! —dijo la hermana—. La leche y la lana de esos animales eran el medio de subsistencia de él y de su familia. —Eso será si te gustan las chicas blancas —dijo la hermanita. entre la polvareda. En aquellos momentos.

que volvía a estar sobre su silla. Hacia el oeste y hacia el sur es país kavar. y así como podía bajar sin ayuda. ¿Por qué? ¿Quieres hacerme una oferta? —Mi padre no me dejaría poseer una chica. Se levantó la falda y se puso la blusa. en su mayor parte. —Gracias. comprensivo. con los dientes apretados. bien cubierta— que tu esclava te hace los tés demasiado cargados. y los jardines. no toleraría que te comportaras estúpidamente. joven guerrero —dijo Hassan—. desnuda ante él. y a su rebaño de verros. y después se ajustó la capa y la capucha. y la haré mi esclava. o te vendo a los bandidos de Roca Roja. —Gracias. Ella no dejaba de insistirle sobre lo que debía hacer con los verros. —Puedes vestirte —le dijo el chico. —El oasis de la Batalla de la Roca Roja —me informó Hassan— es uno de los pocos oasis apartados que cae bajo dominio de los aretai. Me servirán bien. —No —dijo Hassan. y Alyena aprovechó ese momento para decirme en voz baja. Dejamos atrás al chico y a su hermanita. era alrededor de mediodía cuando grité: —Ahí está el oasis. —Joven guerrero —insistió Hassan—. Al día siguiente. amo. —Sí. en inglés: —¡Vaya fierecilla! Sonreí. para subir la necesitaba. joven guerrero —dijo Hassan inclinando la cabeza. Yo le presté apoyo en el pie con una mano. y las palmeras. —Si fueses mía —dijo el chico mirando a Alyena—. —Me parece —dijo señalando a Alyena. ¿Es buena esclava? —Es una chica estúpida —dijo Hassan— a la que tenemos que azotar constantemente. . —Ya —dijo Hassan. Cuando vea una que me guste me la llevaré. amo —dijo Alyena. Pero entonces debía subir a la manta de kaiila que le servía de silla. como tú. con sus cúpulas. Podía ver perfectamente los edificios. ¿No has visto nunca una torre de acero? ¿Has oído hablar de ella? El chico le miró y se echó a reír.—Sí. y me harán feliz. Haría de ti una esclava perfecta. y los altos muros de arcilla roja. hasta que finalmente el chico dijo: —¡Calla! Calla. Dentro de un par de años ya podrás lucir un collar. —Pero cuando sea mayor seré bandido. y tendré diez chicas como ésta.

. vaya! Gracias por hablarme con tanta claridad. y los jardines hacia el interior. pero el oasis no está ahí. —No —dije—. —¿Acaso no lo veis? —pregunté a Hassan y a sus demás hombres. Abrí y cerré los ojos. ve hacia allá —dijo Hassan. No llegaremos a Roca Roja hasta mañana. —Y nosotros también —dijo Hassan—. —Naturalmente —dije yo—. Me parecía imposible que aquello fuera un espejismo. —El oasis de la Batalla de la Roca Roja. Estaba familiarizado con dos clases de espejismos del desierto. casi con irritación—. La ves. pero no me parecía ninguna ilusión. Me froté los ojos. Si hubieses hablado menos claramente quizás no te habría entendido. —Cierto. aquellos espejismos que no son la consecuencia de un cuerpo deshidratado. Veo claramente un oasis. es decir. Incluso veo una charca. ¿verdad? —Sí. —Hay cinco palmerales. entre dos de los palmerales. —Sí. Mira.Abrí y cerré los ojos diversas veces. —¿Hacemos una carrera hasta el oasis? —No está ahí. Todo esto está en Roca Roja —dijo Hassan. —¡Ah. pero no la ves. Pero en ese momento no creía estar viendo un espejismo. porque Roca Roja está ahí. —Venga. —No. en su extremo noroeste. Nunca he estado en Roca Roja. —¿Qué te ocurre? —le pregunté—. de la clase que ven los individuos normales en circunstancias normales también. —No está ahí —dijo Hassan. —¡Yo también lo veo! —dijo Alyena. ni de un cerebro enloquecido por el sol. en la kasbah hay una sola puerta. ¿no tendrá por casualidad. En las torres ondean dos banderas. bien pasado el mediodía. —Pues entonces veo ese oasis. de cara a nosotros. No puedo imaginarme todas esas cosas. adelántate a nosotros. Cambié la posición de mi cabeza. —¡Pero si estoy viendo toda la población! —protesté. una kasbah con cuatro torres? —Sí —dijo Hassan. Observé atentamente esa ciudad. —Las plantaciones de granadas están hacia el este del oasis —dije—. —No —insistió Hassan. —Te hablaré con más claridad —dijo Hassan—. ¿Hablas en clave? —Es un espejismo —dijo Hassan. los pendones de los tashid y de los aretai —dijo Hassan. —Pero escúchame —le dije. ni de la simple y pura alucinación psíquica.

Tiré de las riendas de la kaiila. ¿a ti no te parecía real? —¡Claro que me parecía real! —Entonces. —En el Tahari —dijo Hassan—. El ritmo de nuestra marcha no nos permitía estar tan cerca de Roca Roja hoy. La kasbah del Pachá dominaba la población. En su parte más baja. —Somos de Nueve Pozos —respondí. —Pero alguien que no lo pueda calcular como tú —dije—. en el centro.Me encogí de hombros. —Yo también creo que el riesgo que corremos es mínimo. y azucé a la kaiila en sus flancos para que galopara hacia abajo. ¿cómo sabías que no era Roca Roja? —Porque soy del Tahari. estaban los jardines. No hacía ni cinco ehns que cabalgaba cuando el oasis se desvaneció. y de esta forma vemos Roca Roja. pero se refleja en un espejo formado por el aire que hay sobre la población. —Entonces. —Pero dime —insistí—. ¿no es más que una ilusión óptica? —Exacto. me alcanzó—. La kasbah tenía una sola entrada. ¿no crees? —preguntó Hassan cuando él. que está a más de setenta pasangs de aquí. —¿Temes entrar en el oasis de la tribu vasalla de los aretai? —me preguntó Hassan. Se forma un triángulo de luz reflejada. El Pachá se llamaba Turem a´Din. ¿no? —Exactamente. y era el comandante de los clanes tashid locales. lo mejor es ser del Tahari. y después vuelve a reflejarse hacia abajo. —Yo te ayudaré a serlo. con capas de aire a modo de cristal. . para sobrevivir. junto a los demás. por la pendiente de aquella colina. Al este del oasis había plantaciones de granadas. —Es un fenómeno interesante. El oasis está a unos setenta pasangs de distancia. y acabar muerto. Había en la población cinco palmerales. —Entonces —dije yo—. en ángulo. Ante mí no había nada. y en la distancia. intentaré ser del Tahari. Entre dos plantaciones de palmeras datileras había una amplia charca. hacia el oasis. —Entonces es como si fuese un espejo. Sólo el desierto. —Pero. En lo alto de las dos torres ondeaban los pendones de los tashid y de los aretai. Al día siguiente un ahn después del mediodía goreano. al ver este espejismo puede racionar erróneamente el agua. ¿cómo? —Por las distancias y los tiempos —dijo—. llegamos al oasis de Roca Roja.

Unos cuantos muchachos salieron del establecimiento para tomar las riendas de nuestras kaiilas y llevarlas a los establos. —Sí. vaciaríamos los odres en la cisterna de la posada. y como otra deferencia hacia el establecimiento en el que se ha albergado la caravana. así como las restantes bolsas de agua. y no en la cisterna de la posada. al dejar el oasis. amo. inclinada hacia delante. y la guardan en la parte posterior. para cuidar de que los animales estuvieran bien atendidos. De haberlo hecho. De esta manera se aprovecha el agua transportada. La esclava corrió enseguida a arrodillarse frente a su amo y apoyar la cabeza en su muslo izquierdo. fue Alyena. Desmontamos. habría recibido una buena tanda de azotes. Alyena nos esperaba. Finalmente. —Sí. a la derecha. los odres se llenan en el pozo público. sus armas y sus demás pertenencias. Uno ayudó a desmontar a Alyena. Dos de los hombres de Hassan les acompañaron. y descargamos a nuestras kaiilas de las sillas y de nuestros equipos. Siguiendo una costumbre del Tahari. Debía contener unos setenta litros. . con el peso de aquella bolsa de agua sobre sus hombros. Por ello supuse que las guerras y los ataques no habían afectado a Roca Roja. La chica aspiró aire. con la cabeza gacha. En el Tahari las sillas son bienes preciados.Los hombres de la población nos miraban con cierta curiosidad. esclava —le ordenó a Alyena. y se inclinó tanto hacia delante que parecía que iba a caer. —Levántate. amo —respondió ella. con las facciones tensas por el esfuerzo. pero no se podía detectar ni aprensión ni hostilidad. y de paso los trabajadores de los establecimientos no tienen que hacer tantos viajes desde los pozos para llenar la cisterna. esclava —dijo Hassan. La última en entrar en el establecimiento. —Carga con esto. Sus hombres y yo mismo le seguimos. Era un peso muy grande para una belleza tan ligera. Hassan tomó sus pertenencias y se encaminó al interior de la posada. Hassan tomó uno de los odres de agua. El agua que habíamos traído no iba a desperdiciarse. —Nos detendremos aquí —dijo Hassan tirando de las riendas ante una posada. Naturalmente. todavía repleto de líquido. Los hombres reunieron entonces sus sillas. Los nómadas la llevan siempre al interior de la tienda. y cada hombre cuida de la suya propia. Pero Alyena puso mucho cuidado en no caer. como es normal que ocurra con los recién llegados a un oasis. Hassan se lo puso sobre los hombros. Cada uno de los hombres llevaba su propia silla.

—¿Has oído hablar de una torre de acero? —le preguntó Hassan al dueño de la posada. ante una mesa. el muchacho se fue a cumplir con otros quehaceres. o por el distante extremo oriental del Tahari. y normalmente estaban a más de doscientos pasangs de distancia unos de otros. Le tocó los cabellos y dijo: —Eres una esclava muy bonita. de esa rareza arquitectónica que era una torre de ese material en medio del desierto. Las caravanas con mercancías tienden a viajar en dirección al oeste. esclava —le indicó uno de los muchachos que atendían el local para llevarla a la cisterna. sobre los que también caían sus cabellos. Alyena se arrodilló ante él y le besó los pies. Naturalmente. o dirigiéndose al este. ocultos como están entre las dunas. Alyena pudo finalmente vaciar el agua en la cisterna. es normal que uno pase de largo un oasis que tiene a menos de diez pasangs sin darse cuenta. En dicho país también existían oasis. Éste la acarició rudamente. casi dando traspiés. Alyena se levantó y corrió a arrodillarse ante Hassan. Alyena se arrodilló perpendicularmente a su muslo. que estaba sentado en un banco. Solamente las caravanas de sal atraviesan esa región. los viajeros pueden no verlos. También hay caravanas que efectúan el trayecto entre Tor o Kasra y Turmas. Pero incluso estas caravanas procuran evitar el país de las dunas. Hassan empezaba a mostrarse irritado. dicho oasis bordeaba el temido país de las dunas. un puesto fronterizo turiano situado en el extremo sudeste del Tahari. ya sea dirigiéndose al sur. lentamente. Además. el muchacho le echó atrás la capucha para dejar al descubierto su cabello y su cara. amo —susurró Alyena. en el terreno de las dunas no eran nada fáciles de localizar. En efecto. Alyena. pero eran pequeños y escasos. el muchacho no la ayudó. y luego al sur. —Gracias. Acto seguido. y yo también empezaba a perder la paciencia. Parecía que tampoco en Roca Roja había nadie que hubiese oído hablar de tal cosa. Antes de que Alyena volviera al lugar en el que nos encontrábamos. y lo mismo hicieron los hombres de Hassan que transportaban odres. bordeando siempre las . puesto que. El muchacho le acarició durante unos instantes la cabeza y finalmente chasqueó los dedos y señaló a sus pies. A veces llevaba los dedos hasta el espacio que había entre el collar y el cuello de la chica. y apoyó suavemente la cabeza en la pierna del líder de los bandidos. ya que el oasis de la Batalla de Roca Roja era el último gran oasis del Tahari por más de dos mil pasangs al este. En ese terreno. y luego al este. le siguió.—Por aquí.

—Sí —dijo Hassan. Nadie hablaba de aquel asunto. apostado junto al gran reloj cilíndrico de arena lo miró y dijo: —La hora decimonovena pasada. Roca Roja era un oasis bajo el dominio de los tashid. —Partiremos por la mañana —me dijo Hassan. siempre. para después de darle la vuelta al reloj. Pero la ciudad estaba tranquila. Pero parecía claro que nadie. poder retirarse a dormir. sabía nada sobre el asunto. Sus hombres también se albergaban en el segundo piso. —¿Estáis satisfechos de vuestros aposentos? —preguntó el dueño de la posada. me había sorprendido que la noticia del ataque de los aretai al oasis bakah de Dos Cimitarras todavía no hubiese llegado a Roca Roja. Por otra parte. de que la torre de acero se encontraba en el interior del país de las dunas. tenía casi la seguridad. claro está. la medianoche goreana. con expresión de extrañeza—: ¿Vuelven los soldados a la ciudad? . En esta población nadie parece saber nada de esa torre de acero. No. y éstos eran a su vez vasallos de los aretai. Con toda seguridad. y Hassan creo que también. pensaba que encontraríamos Roca Roja preparándose para rechazar una acción de represalia kavar. o un guía. al menos nadie de la población común. o un soldado. sería el tema de todos los corros de conversación de la población. Debería aguardar hasta la hora vigésima. Parecía claro que de no haber sido así alguien. El muchacho. se hubiese acercado a la población para comunicar la noticia. Me retiro a descansar. o un pastor. Si realmente habían sido los aretai. antes de preguntar. ni con la misión de comunicarla. al menos hasta que lo pudiesen hacer en un ataque destinado a medir las fuerzas de sus espadas. De todos modos. después de decir esto. —Estoy cansado —dijo Hassan—. si hubiesen sabido algo sobre ello. un nómada. pues era muy posible que no hubiera llegado ningún hombre con esa noticia. Con los tiempos que corrían habría sido peligroso hacerlo. Eso explicaba que ningún bakah.dunas. tenía que haber oído hablar de tal construcción. que dicho edificio existiera. Hassan miró a su alrededor y preguntó: —¿Qué hora es? Uno de los muchachos que atendían la posada. bostezó. y enseguida pensé que no tenía nada de extraño. ni ningún otro miembro de la confederación kavar. Hacía un rato que ya había enviado a su habitación a Alyena. o un mercader. los kavar se cuidarían muy mucho de pisar terreno aretai. desperezándose—.

—¡A la Kasbah! —gritaba un hombre—. Oí también el sonido de pies corriendo. Oí que Hassan gritaba en el piso superior. ¡Corred a la kasbah! ¡Allí estaréis seguros! Entre la gente que corría cabalgaban también los guerreros. la gente corría. —¡Seguidme! —gritó Hassan. En el piso encontré a Alyena. apoyados sobre la mesa. Se pusieron las sillas. Hassan me miró. Pero el jefe del albergue ya había cerrado los postigos. No había percibido ese sonido. bajo la luz de las tres lunas de Gor. —No había soldados de misión en el exterior de la ciudad —dijo el dueño de la posada. Los dedos de Hassan. y rompió el extremo de la flecha que le había atravesado el tórax. Del otro lado del muro venían muchos gritos. Bajo nosotros vimos llegar a los hombres de Hassan con las kaiilas sujetas de las riendas. y dos hombres saltaron desde el techo hasta el patio que había abajo. —¡Supremacía para los kavar! —gritaban. —¡Vamos. rápidamente. En ese momento percibí claramente el golpear de un grupo de kaiilas. que luchaban entre ellos y se abrían camino con la espada. en las calles de Roca Roja. —¡Supremacía para los kavar! —oí que alguien gritaba. —¡Son kavar! —grité. —¡Que nadie se asome a las ventanas! —grité. El desierto parecía blanco. Algunos cargaban con sus pertenencias.Escuché con atención. a los establos! —ordenó. por encima de las palmeras. pálido. aterrorizado. Finalmente cayó. Nosotros subimos por una estrecha escalera. furioso. Se oyó el grito de una mujer. Hassan dio unas cuantas órdenes. Corrimos por la azotea hasta llegar al muro del patio de los establos. El dueño de la posada se giró y me miró. enloquecida. Un hombre de Hassan la sujetaba por un brazo. se metió en la cocina. El muchacho del reloj. Hassan se levantó rápidamente y saltó por encima de la mesa para correr escaleras arriba. ¡A la azotea! Subí las escaleras de cuatro en cuatro hasta que llegué al segundo piso. Otros huéspedes de la posada bajaron por las escaleras. Allí salimos. . Oí también el ruido de las hachas. y levantamos una trampilla que daba a la azotea. —¡Arriba! —gritó Hassan—. —¡Vigila la trampilla! —le dijo Hassan a uno de sus hombres. Oímos cómo la puerta de la posada saltaba en pedazos. Allí abajo. Vi una flecha de fuego que se levantaba hacia el cielo. pálida. habían captado la sutil vibración.

Efectivamente. En la calle vimos a más jinetes atacantes. —¡A la kasbah! —gritó un hombre abajo en la calle. para después ensillar a toda prisa a las kaiilas. sobre la multitud despavorida que corría por la calle.Prácticamente en ese momento. dejando un rastro de sangre y dientes. y había prendido en la paja almacenada en su interior. lanzando un grito aterrorizado. Hassan desgarró su propio albornoz y lo sujetó por debajo de los brazos de Alyena para bajarla desde la azotea al patio de los establos. —¡Mirad ahí! —grité. y apareció la cabeza de un hombre. Vimos a un hombre subido a la puerta de entrada al patio. y la cabeza desapareció otra vez bajo la trampilla. El hombre de Hassan le alcanzó la boca con su cimitarra. en donde la . El fuego empezó a enviar su brillante luz por debajo de la trampilla de acceso a la azotea. y un instante después caían. Dos de las kaiilas ya estaban ensilladas. ¡La posada está en llamas! —¡Tarna! —oímos gritar—. y saltaron abajo. cada vez mayor. Dos atacantes habían subido a la azotea por las paredes del edificio. Percibí el olor a humo. De pronto le vimos caer. Cuatro edificios ardían. A nuestra izquierda. la trampilla se levantó. Una gran palmera cayó en las cercanías. con la luz que proporcionaba la hoguera. Hassan y yo fuimos a su encuentro. ¡Id con ellos! Todos le obedecieron. incluso al que estaba apostado al lado de la trampilla—. —¡Su atuendo y sus sillas son kavar! —dijo Hassan. Se oyó el grito de pavor de una mujer. aterrorizado. —¡No! ¡Al desierto! —se oyó gritar a una mujer—. ¡Tarna! Hassan corrió al extremo de la azotea para mirar lo que ocurría en el patio del establo. mujeres y niños corrían por entre los jardines y las plantaciones. despavoridas. Era cercano. Todo aquel patio estaba en ese momento bien iluminado. empujado por la lanza de uno de los hombres de Hassan. una flecha incendiaria había caído en el interior del patio de los establos. saltando desde los lomos de sus kaiilas. otro edificio empezó a arder. Las kaiilas rugían. Desde nuestra posición podíamos ver cómo hombres. ¡Han cerrado la entrada a la kasbah para no dejar entrar a los atacantes! ¡La gente muere en las puertas mientras todos intentan entrar! —¡Fuego! —grité. Los hombres de Hassan utilizaron sus albornoces para taparles la cabeza. —¡Seguidles! —ordenó a todos sus hombres. —¡La posada! —grité—.

eran sólo los de una esclava. —¡Partid! —grité. Los hombres encargados de las trancas las sacaron. y yo seguía atento a su señal. para mirar mejor por encima del saliente. y las kaiilas salieron a todo galope de aquel patio a la calle súbitamente iluminada. que ellos abran la puerta del establo y salgan a toda prisa. Mantenía la cabeza gacha. Sonreí para mis adentros. A esta clase de chicas no se les permite. . —Cuando haga la señal. Pero Hassan había desaparecido de su vista. —Ya sabéis —insistí—. dirigiéndose a dos hombres apostados junto a la puerta. En cuanto la haga. —¡Amo! —gritó. sobre sus respectivas kaiilas. rodeada de más hombres de Hassan. Vi al hombre que había recogido a Alyena. salid a todo galope. —¡Preparaos para abrir la puerta! —dijo el jinete de abajo. y las puertas se abrieron de par en par. —Haré una señal por indicación de Hassan —les grité—. los cuales. Aquella muchacha se había atrevido a manchar el nombre de su amo al ponerlo en sus labios. Los jinetes destaparon las cabezas de sus monturas. Fui al otro extremo de la azotea. y parecía que ya habían llegado centenares de ellos. montado en kaiila. sospechaba que no dudaría en castigar con unos buenos azotes aquella osadía de su esclava. salid disparados. Hassan bajó el brazo. ¡Hassan! Hassan aguardaba al momento propicio para que sus hombres salieran. De pronto.recogió uno de sus hombres. Si Hassan sobrevivía. normalmente. pronunciar el nombre de sus amos. Lo normal es que se dirijan a él como “amo”. Ambos volvimos a correr hacia el otro extremo de la azotea. —¿Y qué pasa con Hassan y contigo? —gritó el jinete. —Cuando te haga la señal —me indicó—. La mano de Hassan estaba levantada. Cuando haga la señal. Oí un gran número de jinetes que pasaban en ese momento por la calle. Desde allí se dominaba aquel patio en llamas. aunque muy bellos. Alyena no dejaba de mirar hacia arriba. —Aquí tenéis dos kaiilas ya ensilladas —dijo el hombre que esperaba órdenes abajo señalando dos kaiilas. Cada uno de ellos se encargaría de sacar una de las trancas. —¡Hassan! —gritaba Alyena desde abajo. Oímos gritos de hombres. ansiosa. —¡Hassan! —gritaba Alyena—. Vimos que acudían más atacantes. la cual estaba ya sobre su propia kaiila. ¡salid! —me limité a decir. Acudían en bandadas.

Otro grupo numeroso de jinetes pasaba en este momento por debajo nuestro. —Destruidlos —dijo una voz femenina. La superficie de aquella azotea empezaba a estar realmente. La líder volvió a sentarse sobre su kaiila. —¡Sí. y los edificios —ordenó. Varios hombres le dieron sus novedades al líder de los jinetes. con un movimiento brusco. Pero algo ocurría. en la calle. que empezaban a lamer la parte superior de los muros. ensilladas! —le grité a Hassan—. . ¡Tarna! Los jinetes tiraron de las riendas para detener a las kaiilas. se mantenía en pie sobre los estribos. y también otros más. La posada que quedaba a nuestros pies estaba en llamas. —¿No huimos juntos? —pregunté. y quedaron casi debajo de la azotea que ocupábamos. —¡Tarna! —volvimos a oír. —¡Monta a tu kaiila y escapa! —volvió a decir Hassan. me reuní con él al otro lado de la azotea. ataviado con su albornoz azul y púrpura. —¿Qué hacemos con los pozos? —dijo un hombre. porque de pronto dijo: —¡Espera! Abajo. Los jinetes partieron a galope tendido para cumplir sus órdenes. —¡Tarna! —oímos gritar—. El líder. —En este momento. tras lo cual salieron otra vez a todo galope. El líder de los jinetes. —Destruid los palmerales. —¿Qué ocurre? —pregunté—. ¿No vienes conmigo? —¡Vete! —exclamó. se levantó sobre sus estribos para contemplar mejor la carnicería. salió a toda velocidad en dirección a la kasbah. ¡Sal! ¡Todavía estás a tiempo! En lugar de hacerle caso. cimitarra en mano. Era la del líder. tengo curiosidad por ver a uno de estos kavar. y finalmente. ¡Deprisa! —Toma tú la tuya —me dijo—. de movimientos gráciles. vitales. El viento azotaba su albornoz. y llegaban ya a nuestra altura. Tarna! —respondieron sus lugartenientes antes de azuzar a sus monturas para ir a reunirse con sus subordinados. sobre la silla. caliente. aparecieron once jinetes ataviados con albornoces púrpura y amarillos que ondeaban al viento. La muchacha miró a su alrededor.En unos instantes las kaiilas y sus jinetes se habían desvanecido calle abajo. Su cimitarra descansaba cruzada. Los diez jinetes de su guardia personal hicieron lo mismo. —¡Tenemos dos kaiilas allí abajo.

Apreté mis labios en el dorso de su puño derecho. Nos giramos ambos.—Te acompañaré. Finalmente. echó atrás a su kaiila y se sumergió en la oscuridad. sobre sus kaiilas. y gritos que venían de lejos. —¡Eslines aretai! —gritó el hombre que nos había hecho aquella pregunta antes de lanzarse contra nosotros con su kaiila. incontenibles. Oímos cómo se desplomaba el techo de la posada. Vi que Tarna. se arremangó el brazo derecho. —Le hemos perdido —dije. con los vientres contra el muro. Condujimos nuestras monturas por las calles de la población del oasis. y él hizo lo mismo con su lengua. Al cabo de un momento llegamos a un alto muro de arcilla roja. Cuatro soldados tashid pasaron por nuestro lado. pero nadie le habría dado la vuelta al reloj de arena. Al otro lado de una calle vimos a jinetes que luchaban. Finalmente. y en su encuentro ninguno de nosotros pudo dar un golpe certero. el hombre. —Sígueme —me dijo—. que atacaban al grupo de comandancia de los atacantes. docenas de lanzas de los atacantes les obligaron a retroceder. Allá nos aguardaban nuestras kaiilas. Tenemos más. en la que empezaban a prender las llamas. con las cimitarras tocándoles la espalda. Nosotros bloqueamos su carga con nuestras monturas. desnudas. Hassan y yo saltamos desde la azotea. con el antebrazo desnudo. Las condujimos a pie hasta la puerta. A un lado vi el cuerpo de uno de los muchachos que atendían el albergue. Los animales rugieron y aullaron. hermano. Eran unos diez soldados tashid. —No te preocupes —dijo Hassan sonriendo—. corriendo. —¿Entiendes el valor de este acto? —me preguntó Hassan. lanzando un grito de rabia. porque en aquella calle. Ante este muro vimos a seis de los atacantes. al patio de los establos. Pasamos dos veces al lado de grupos de hombres que luchaban. y finalmente a huir. con las barbillas bien . perseguidos por el numeroso grupo de comandancia. cuatro de ellos con las cimitarras desenvainadas. Finalmente. le extendí mi brazo derecho. se levantaba sobre los estribos y gesticulaba para que todos sus hombres la siguieran antes de reunirse con el grupo perseguidor a todo galope. la líder de los atacantes. Hacía bien. Acto seguido. Tenemos mucho que hacer. sujetas por las riendas. Hassan me miró durante un largo rato. contra nosotros dos. y lamí el sudor que había en él. y una vez allí las montamos y les quitamos las mantas que les cubrían la cabeza. —¿Quiénes sois? —gritó una voz. tenía todas las de perder. Arrodilladas frente a la pared. una vez superada nuestra sorpresa. La hora vigésima debía haber pasado. su sal. —Creo que sí —dije.

los otros cuatro ya habían caído. —¿Sois esclavas? —preguntó Hassan. no creo que éste sea el momento más indicado para sujetar como se debe a las bellas muchachas. corred hacia el desierto. Las chicas permanecían en la misma posición. —¡Oh! —gritó la chica echando a correr junto con las demás para perderse en la oscuridad. Hassan besó a una de ellas en el cuello. hubiese quedado muy bien a mis pies. quizás sí —admití. por lo que se volvieron y echaron a correr. Las sillas de las kaiilas que veíamos eran también kavar. No les perseguimos. incluso el agal. Hassan dejó al descubierto el antebrazo izquierdo de uno de ellos. —De todos modos —dijo Hassan—. —Eran bonitas —dijo Hassan—. En ese momento. Uno de los hombres que tenía la cimitarra envainada se estaba preparando para ponerle el brazalete a una muchacha. —Además.altas y los brazos por encima de sus cabezas. Ambos nos echamos a reír. morena. —¡Oh! —gritó la chica. Quizás deberíamos habérnoslas quedado. —¡No. Hassan miraba a los enemigos que habíamos derribado. sin atreverse a hacer movimientos normales. Observa. Todos se giraron para mirarle. eran muy jóvenes. —Tienes razón —dije. dándole un golpe en el trasero con la cimitarra plana. No se atrevían a moverse. de amplias caderas. amos! —contestó una de las chicas. El otro desenrollaba una ligera cadena de esclava para formar una fila de esclavas unidas por el cuello. —Pero ¡estamos desnudas! —gritó una. Todos llevaban los atuendos. En dos años serán un bocado todavía más delicioso. había cuatro bellas muchachas. —No —dijo Hassan—. y ni siquiera habían vuelto la cabeza. —Es un kavar —dije al ver la cimitarra azul tatuada. de los kavar. hacia el cuerpo. intentando taparse. —¿Qué quieres decir? . Desmonté para reunirme con él. Nos atacaron inmediatamente. —¡Tal! —dijo Hassan en señal de saludo. —Sí. mientras pensaba que una de ellas. La punta de su cimitarra apunta hacia dentro. Cuando éstos llegaron a nosotros. —Entonces. pero pegadas al muro. —¡Corre! —gritó Hassan. Ellas se volvieron y se pusieron en pie. los dos que tenían la cimitarra envainada en último lugar.

no como ésta. efectivamente. Nos volvimos. —Aquí los tienes —dijo el hombre que nos había atacado por sorpresa en aquella calle. con flechas que apuntaban a nuestros corazones. hacia el enemigo. Hicimos lo que nos ordenaba. —Claro que soy un kavar —me respondió. —A ése —dijo la chica señalándome— desnudadlo y encadenadlo a mi estribo. Tras ellos vimos a otros jinetes. Le miré fijamente. —Tirad vuestras armas —dijo Tarna—. Son hombres fuertes y apuestos. No habíamos oído ningún ruido. Miré su antebrazo. Obedecimos. hacia el enemigo. Él sonrió y se arremangó para dejar al descubierto su antebrazo izquierdo. pero nos dimos cuenta de que estábamos rodeados de jinetes armados. como él decía. Poneos firmes. Tengo interés en ellos. —Sí. —Levantad las cabezas —dijo la chica. —Tarna. Las lanzas nos apuntaban. y vi que. ¿les matamos? —No —respondió ella—. —Ésta sí que es una cimitarra kavar —dijo sonriendo.—La cimitarra de los kavar apunta hacia fuera. Los arcos ya estaban preparados. ataviados con ropas más comunes en el desierto. —¿Los matamos? —preguntó uno de los hombres ataviados con albornoz púrpura y amarillo. Tomémoslos como esclavos. —Eres un kavar —dije. Tarna —dijo el hombre. la cimitarra allí tatuada apuntaba hacia fuera. 12 LO QUE OCURRIÓ EN LA KASBAH DE TARNA . con albornoces púrpuras y amarillos. Detrás sólo teníamos aquel muro de arcilla roja.

esclavo —dijo la chica. derrumbando sus paredes. atado de manera semejante. También habían capturado a dos hombres. ¿no? —le dije haciendo una mueca. Habían tomado a unas cuantas esclavas. debían estar enjuagados ya. Toda la ciudad estaba en llamas. A Hassan y a mí. resignada—. Hacía semanas que no me había bañado. ¡Pero date prisa! Cuatro días antes. sus kaiilas iban sobrecargadas de botín. Hassan.Rodé sobre mi espalda. pero no tenía ninguna prisa en abandonar el agua. con las muñecas atadas a mi espalda. Me encantaba ese detalle del harén masculino de la kasbah de Tarna. —Esa señora tuya —dije dirigiéndome a la muchacha alta de cabellos oscuros—. que éramos Hassan y yo. Demasiados hombres habían defendido el último de los pozos. —Sí. cada una de ellas destinadas a un tipo de absorbencia diferente. En ese momento estaba enjuagando mi cuerpo de aquellos aceites. y sus jardines. colocaba en un estante diferentes aceites. de cabellos oscuros. Pero no me importaba. y habían destruido cuatro de los cinco pozos públicos. nos lanzaron al interior de uno de los . la jefa de los bandidos del Tahari. Los atacantes habían sido unos cuatrocientos o quinientos. Solamente la kasbah había resultado inexpugnable. Antes de que el sol acabara de levantarse alcanzamos los carros de botín que habían guardado en el desierto. —Date prisa. al amanecer. A un lado. desnudo. inmovilizados ambos por correas de esclavo y encadenados. Cuando Tarna dejó atrás Roca Roja. ¿es bonita? —Sal del agua y sécate. Al retirarnos. yo corría al lado de su estribo. y las habían sujetado por el cuello con una cadena. que habían utilizado sobre mi cuerpo antes de entrar en el segundo baño. encadenado por el cuello a su estribo. —Puedo usar el baño. dejó atrás el oasis de la Batalla de Roca Roja. revolcándome en el agua. De hecho. a la cabeza de sus hombres. Los soldados de Tarna habían arrasado las plantaciones. Tarna. y había resultado imposible destruirlo también. —No pareces desanimado —me dijo. otra chica. vestida de manera similar. ataviado con una breve prenda de seda blanca. La señora no tardará en estar preparada para recibirte. Era todo un placer. creo que sí —dijo ella. estaba sentado con las piernas cruzadas cerca de mí. corría al lado del estribo de uno de sus lugartenientes. con los brazos desnudos y una túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos—. Hassan. Sostenía cuatro amplias toallas. esclavo —dijo aquella chica alta. y además era perfumada. El agua quizás estaba un poco demasiado templada.

por mi rapidez. Volvía a estar junto a la bota de Tarna. A Hassan y a mí nos habían vuelto a conducir. la jefa de los bandidos del Tahari. —¿Dónde estamos? —le había preguntado a Hassan. podrían apreciar como se debía la carne que se les mostraba. y nos habían vuelto a atar a ellos. con numerosos cortes y arañazos por todo el cuerpo. De esta manera.carros. El que cerraba la marcha llevaba el otro extremo atado a su perilla. . Lo mismo hicieron con las esclavas. ¿Puedes correr? La miré. Después de unos cien metros. Era un guerrero. La cadena sujeta a mi cuello se tensó. entre dos jinetes. pues en la torre del puente se izó un pendón: el pendón de la victoria. Te enseñaré a arrastrarte. —¿Tienes resistencia? —me preguntó—. De pronto. también él. y ella hizo avanzar lentamente a su kaiila. y con las demás prisioneras hicieron lo mismo. tosiendo. ¡Excelente! Incluso entre los guerreros había destacado por mi agilidad. era un secreto. hasta los estribos. para dejar que los residentes se admiraran con las piezas que Tarna y los suyos se habían cobrado en el oasis de Roca Roja. Alinearon a las prisioneras en una cadena. Esa misma mañana. —¡Excelente! —gritó—. Las zancadas de la kaiila se hicieron todavía más largas. obra del roce de los matorrales. no sin antes habernos encapuchado. tras cuatro días de viaje habíamos llegado a sus proximidades. Entre ambos. Vimos cómo bajaban el puente y se abrían las puertas. los residentes en la guarnición. su guarida. —¡En pie! —me ordenó. y la kaiila se detuvo. la cadena discurría por entre la fila de muchachas. Tarna azuzó en los flancos a su kaiila y salió a toda velocidad de la columna. Enseguida fue evidente que habían recibido esa señal. y al mismo tiempo el animal iba prolongando su zancada. La fusta de kaiila de un guardián me había cruzado la boca. También se doblaron las lonas que cubrían los carros del botín. ya lo verás. Fue describiendo un amplio círculo. con ojos brillantes bajo el velo púrpura—. a quienes también encapucharon. La localización de la kasbah de Tarna. cubierto de polvo. Me puse en pie. Tarna tiró de sus riendas. apostados en cualquier lugar del gran patio. poco después de que amaneciera. a empujones. el castigo. y tiró de mi cuerpo. El que abría la marcha llevaba un extremo de la larga cadena atada a la perilla de su silla. —No lo sé —me había contestado Hassan antes de recibir. Cuando llegábamos ya a la guarnición. Nos quitaron las capuchas. —¡Excelente! —gritó Tarna. Me vi zarandeado por la arena y los arbustos. se hizo una señal con un espejo a la kasbah. junto con otras partes del botín. uniéndolas cuello con cuello.

Acto seguido. ¡Esclavo! Obedecí. Cuando llegamos junto a los demás. lo que había alcanzado a ver de ella me había parecido no sólo bonito. Sentí la punta de su cimitarra bajo mi barbilla. No sabía a quién podía pertenecer esa otra kasbah. atadas. —¡Increíble! —exclamó echándose a reír. desnuda como venden a las esclavas. curiosamente. —¡Date prisa. La señora no tardará en estar preparada para recibirte. —¡Adelante! —gritó. a unos dos pasangs. con los brazos desnudos y con aquella prenda blanca que le llegaba hasta los tobillos—. tras ella.Mi corazón latía fuertemente. volvió a azuzar a su kaiila. de cabello oscuro. Necesitaba más aire para mis pulmones. Mi cuerpo había quedado ensangrentado. al lado. tras aquel amplio albornoz. levantándola. —Eres fuerte —me dijo—. Me hizo correr durante más de un pasang a través del desierto. Me di cuenta de que. ¿es bonita? El velo que cubría la cara de Tarna para proteger su rostro del viento y de las miradas no me había permitido apreciar las facciones que se escondían tras aquella tela púrpura. Ésta levantaba los brazos y la cimitarra. De todos modos. Después. No debía pensar que pudiera volver a levantarme. No cabía duda de que se trataba de una mujer orgullosa. sin dejar de reír. Creo que me gustará domesticarte. Hasta ese momento no había podido juzgar con certeza las líneas de su cuerpo. —Esa señora tuya —dije—. La belleza de una mujer sólo puede juzgarse cuando la mujer está desnuda. había otra fortaleza de mayores dimensiones. . en dirección a la puerta arqueada de acceso a aquella fortaleza del desierto. con las manos tras la espalda. el cuello me ardía. Obedecí. —Yo te haré arrastrar. No tardamos en cruzar la gran puerta de acceso a la fortaleza de Tarna. me arrodillé junto a su estribo. La columna se puso otra vez en movimiento. Tras un cuarto de pasang me dejó volver a ponerme en pie. y puso su kaiila al trote para volver a la columna. sino incluso bellísimo. ya verás —dijo. se levantó sobre su silla y señaló con su cimitarra la kasbah que se veía en la distancia. y por momentos perdía la visión. —¡Mira hacia arriba! —me ordenó—. tembloroso. respondiendo a los saludos de la gente alborozada. para luego añadir—: Ponte en pie. en una exhibición del botín recién obtenido. oculto tras aquellas maneras viriles. y yo volví a sentir aquel tirón en el cuello. una mujer dura. esclavo! —decía aquella chica alta. Ella parecía sorprendida. y me volví a arrastrar.

he notado que Alyena te prefiere a ti mucho más que a mí. Eso era bueno. —¿Dónde? —En los niveles más bajos de la kasbah. y había dormido hasta que había querido. como quien no quiere la cosa—. —¿Ninguna de ellas se ha quedado en el interior de la fortaleza? —Algunas sí. no hacía mucho: —¡Por supuesto que soy más apuesto que él! Se refería a mí. —No entiendo —me había dicho Hassan— cómo puede ser que te haya elegido a ti para su placer. con algunas joyas. Por ejemplo. Allí las venderán —me respondió la chica.—Es más fea que un eslín de arena —dijo la chica morena—. —Sal del agua ahora mismo. Todos iban vestidos con túnicas de seda. la encargada de los aceites de baño. porque esa noche me esperaba una larga cabalgada a lomos de una kaiila. tanto Hassan como yo teníamos la ventaja que representaba la novedad. esa noche. en lugar de a mí. La señora no les había elegido a ellos. al fin y al cabo es sólo una esclava. a Hassan y a mí. —¿Cuál será la suerte de las esclavas que capturaron en Roca Roja? —pregunté. Volví a sumergirme en el agua. Me sentía fresco. —Eso es cierto. descansado. Me complacía que la señora me hubiese elegido para su placer esa noche. con cierta curiosidad. ¡Apresúrate! —Nunca hemos podido ver a nuestra señora —dijo la otra chica. Me habían dado bien de comer. había dicho. claro. . Supuse que era cierto. y nos contemplaban. —Eso es cierto —respondió Hassan. Algunos incluso con rabia. es una joven extremadamente inteligente. un rubio con un rubí en su collar. pero no deseaba quedarme allí más tiempo del estrictamente necesario. —¿Y vosotras? —seguí preguntando—. Naturalmente. ¿No sois para los hombres? —¡Claro que no! —exclamó con indignación. a los mercados de Tor. bajo una estrecha vigilancia. —Es cierto. A nuestro alrededor estaban sentados bastantes hombres. —Sin duda el más fascinante soy yo —le dije. —Los gustos de las mujeres son inexplicables —dijo Hassan. —En estos momentos las estarán llevando en carros. —Claro que —dije. pero aunque sólo sea una esclava. Algunas se han quedado… para los hombres. y sécate —me insistió la morena. Encontraba que aquel harén era un lugar ciertamente cómodo. Uno de ellos. es sólo una esclava —dijo Hassan—.

ama. eran las que dominaban en aquel harén. En un primer momento. los hombres obedecían. deduje. si Alyena es mejor o no. Cuando ellas hablaban. En ese punto de la conversación me habían llamado las dos muchachas de brazos desnudos. ni atada a la anilla de esclava —dije—. no me molesta —había respondido la chica de la túnica blanca. corrieron en dirección a sus alcobas. Todavía no sé. ¿no? —Mi señora puede imponerme los nombres que se le antojen. tan brusca. —Pero eso… eso es un nombre masculino. Oímos que llamaban a la puerta exterior del harén. con aquellas túnicas blancas. —Alí —respondió la chica echándose atrás. —Pero Fina —dije yo— es un nombre de mujer. e imponían orden en aquellos aposentos para mantener a los esclavos en armoniosa disciplina. A vosotros —dijo mirándonos a Hassan y a mí— también os impondrá uno de esos nombres. algunos de los cuales estaban realmente asustados. Finalmente. eran dominantes sobre los hombres. con las toallas. sobre todo la más alta y morena. no había entendido a quién se dirigía aquel hombre. Pero era evidente que la muchacha le había respondido a él. a excepción de Hassan. Alí? —preguntó uno de los hombres vestidos de seda. Y mirando a los hombres que nos rodeaban añadió—: Cada uno de ellos tiene nombres parecidos. ¿no? —A la señora le gusta darnos los nombres que se le antojan —dijo la muchacha. y bajando la cabeza dijo: —Sí. como si fuesen algo parecido a unos eunucos. Fina! —gritó la chica. El hombre palideció. por tanto. que seguía sentado al borde del baño con expresión confundida. o de niña. la chica se giró. para que fuese a bañarme. con desprecio. Su manera de hablar. De esta manera los trataban. esclavos! Los hombres. Nadé hasta el otro lado y la miré. con enfado y gritó: —¡Fuera! ¡A vuestras alcobas! ¡Fuera. El hombre que había hablado hacía un momento se echó a reír. Era evidente que aquella chica se había enfadado. En el interior de aquel harén. —¿Cuál es tu nombre? —pregunté. respaldadas por la fuerza de los guardianes de Tarna. situada en el otro extremo de un largo corredor.—Todavía no he visto a Tarna desnuda. Las dos chicas de túnicas blancas. aquellas dos bellas mujeres. estaba sin duda respaldada por la fuerza del látigo y de las cimitarras de los guardianes que esperaban fuera. . nombres de chica. —No. —¡Silencio. —¿No te molesta.

Sentí no tener más tiempo que perder en aquel lugar. Lana. —Pero entonces —dije—. —¡Suéltame. La chica. eslín! —No me parece que éste sea el tobillo de un hombre —dije sin soltarlo. en piedra labrada. siguió secándome con las toallas. confortable. La estancia era espaciosa. Lana. esta noche tendré que explicarle a la señora por qué motivo no puedo complacerla como es debido. ¡Ayúdame! —le gritó a su compañera. —¿Qué es esto? —pregunté. Oímos que los guardianes llegaban a la puerta interior y que hablaban con los guardianes que estaban apostados en ella. Era un bonito lugar. furiosa. chorreando agua. —¡Sécate! —me dijo la muchacha. Miré a la chica alta. la que esperaba con la seda roja con la que debía vestirme. Alrededor del tobillo vi una anilla de acero. te digo! —respondió. se abría. Miré a mi alrededor. Me lanzó las toallas. ¡Vienen a por ti! ¡Sal del baño! ¡Y sécate! Desde mi posición. consistente en columnas decoradas. intentando librarse de mi presa—. con guardianes apostados a ambos lados. no llegaré a tiempo a la cita con la señora.—¡Deprisa! —gritó la chica—. —¡No! ¡No! —gritó la muchacha. La otra chica. Sécame tú —dije. Solté su tobillo y salí del baño. en arcos. nerviosa. suspiró. —¡Entrarán dentro de un momento! ¡Por favor! —gritó. La decoración. alargué el brazo y la agarré por el tobillo izquierdo. Sólo tú debes secarme. muy bonita. levantando los brazos—. o haré que te castiguen con el látigo! Los pasos por el pasillo se acercaban. . llorando. —¡Eslín! —gritó ella. antes de gritar—: ¡Suéltame la pierna. cortinas. —No. —¡Haré que te castiguen debidamente mañana! —En ese caso. mármoles en el suelo. ¿verdad? —No —respondió. que no te ayude nadie —dije—. ¡Suéltame! Oímos que la puerta siguiente del pasillo. Sécame tú. a la que tenía agarrada. ¡suéltame! ¡Suéltame. Y ahora. y le dije: —No llevas collar. —Así es como Tarna marca a las esclavas de su harén —respondió ella—. era suntuosa. cuya expresión reflejaba cada vez un temor mayor. mosaicos. —No. rápidamente. —¿Cuál era tu nombre de mujer? —¡Lana! —gritó desesperada. —¡Eslín! —sollozó la chica empezando a secarme con la primera toalla—.

tomándola entre mis brazos hasta que tuvo que abandonarse. —Tienes un cuello muy bello. y los secaba. —¡Soy tu ama de harén! —repetía entre sollozos. Dejé que el collar de adornos amarillos quedase en el interior de la túnica. estilizado —dije—. volvió a aplicar las toallas sobre mi cuerpo. —La señora —dijo uno de los guardianes— tarda bastante tiempo en acabar con los hombres. —No. —No tardaré mucho en volver —le dije al kavar. Cuando acabó estaba a mis pies. Miré a Hassan. La besé en ambos pechos. La dejé ir y ella. mirando a su alrededor—. —¿Está ya listo el esclavo? —dijo uno de ellos. Un collar le quedaría muy bien. pues eran realmente bellos. por encima del codo. se apoyó con más fuerza en la columna. Oí que se abrían los candados de la puerta. y me la puse en un abrir y cerrar de ojos. y a la otra chica. entraron. cuyas sujeciones acababa de romper. No eres más que una bella esclava. al baño. La puerta se abrió. La besé completamente en la boca. —Tampoco tu cuerpo es el de un hombre —observé. . apoyando su cuerpo en una de las columnas de frío mármol que sustentaban los arcos del harén. ¿qué pasa aquí? Ella asustada. —Muy bien —dijo él. a toda prisa. amo! Entonces la besé. Echó la cabeza hacia atrás y gritó: —¡No! ¡No! ¿Acaso te has vuelto loco? ¡Soy tu ama de harén! ¡No! La túnica blanca. y con mis dedos acaricié su cuello. cayó al suelo de mármol. con las manos delante de la boca.—¡Oh! —exclamó cuando la tomé en mis brazos. Dos guardianes. y por el tobillo derecho. inclinándose hacia la otra chica. confundida. Sus ojos se encontraron con los míos y dijo: —¡Quiero llevar tu collar! ¡Quiero llevar tu collar. no eres ningún ama —le dije—. ataviados con albornoces amarillos y púrpura. con la cabeza por delante. Pero —dijo al ver a Lana desnuda—. La otra chica me lanzó la breve túnica roja. Hice que se levantara y la volví a abrazar. la tomé por el brazo izquierdo. y lancé a aquella belleza. —Se estaba preparando para tomar un baño —les dije. Fui hacia donde ella se encontraba. Acerqué mis labios a los suyos. —¡Por favor! —sollozó.

Miré a mi alrededor. la exterior. apoyada sobre un codo. Las líneas de su cuerpo se revelaban bien. de seda turiana. con la cabeza apoyada sobre un brazo. Sus ojos eran muy oscuros. los guardianes llamaron a la puerta. nadie me ha marcado. —Hoy hará una excepción —le dije al guardián que había hablado—. y miré hacia abajo. brillantes. —¿Estamos solos? —pregunté. a unos cincuenta metros. Nos abrieron desde el exterior los dos guardias que allí había apostados. Llevaba una bata que parecía de tacto suave. ni se me ha . Estaba recostada en un amplio lecho. y contrastaban bellamente contra los almohadones amarillos que los enmarcaban. —Es tan fea como un eslín de arena —respondió el otro guardián que me acompañaba. Esta noche tenemos un largo viaje en kaiila por delante. —Eso es inaceptable. Caminé por delante de los guardianes. Corredor abajo. —La puerta se abre en cuanto hago una señal. y fui el primero en atravesar la puerta interior del harén. En esa puerta vi que había dos guardianes. Sus cabellos eran largos y negros. Fui hasta la ventana. cubiertos a ambos lados de cortinas y toda clase de colgaduras. Inspeccioné las paredes y la puerta. —Hay una caída de unos veinte metros —dijo ella. A los pies de Tarna vi el anillo de esclavo. Cerraron la puerta tras de sí con candado.La cabeza de Lana emergió del baño. —Según tengo entendido —dije—. había otra puerta. al patio. mirando a su compañero como si me tomara por loco. Ven. —Eres un esclavo muy extraño. En aquel gran lecho había sábanas de seda. —Estupendo —dijo él. Me alegró comprobar que no era tan fea como un eslín de arena. —Hay guardias apostados al otro lado de la puerta —dijo. no se puede considerar que yo sea tu esclavo. Detrás hay guardianes. después del chapuzón. a pesar de la holgura y la longitud de tal vestimenta. Seguía reclinada. y me miraba con interés. —Soy Tarna —dijo la mujer. ven al borde del lecho. —¿Es realmente bella vuestra señora? —pregunté. larga. pues aunque soy un prisionero. comprobé que era extremadamente bella. De hecho. Allí. si debemos tener en cuenta la ley mercantil y las costumbres del Tahari.

y tomé la jarra de graciosas líneas curvadas para servirle vino. Había dicho que debías presentarte ante mí con un collar de adornos amarillos. Sus ojos habían adquirido una expresión irritada. —Soy una señora —dijo. esclavo —dijo arrogante. cómo sería ser una mujer. que te torturen. —Había dado órdenes sobre tu indumentaria —dijo—. y no intentó pegarme. Vi que en sus manos llevaba una fusta de kaiila. —No —respondí. Es posible que ni tan siquiera te ponga nombre de mujer. —Pero muchas veces me he preguntado. por mi parte. Fui a la mesa en la que se encontraba el vino. y ella se sentó al borde del lecho y tomó un sorbo. —Es posible —admití. Deberías ser una esclava. Llevo los adornos en el interior de la túnica. de mal humor. —No —dije yo—. —Pero escucha —dijo ella echándose a reír—. —Entonces. —No lo entiendo —dijo—. —¡Oh.impuesto el collar. el menor gesto de sumisión. ¡Me gustas! Pareces muy diferente a los demás. ni he hecho. —Arrodíllate ante el látigo —dijo ella levantando la fusta. —Sírveme vino. de eso no cabe duda. que te destruyan… —Lo dudo —dije. Seguramente comprendes muy bien que en esta . —Pero eres una mujer. —No. puedo hacer que te azoten. De pronto. —Eres muy bonita —dije—. muéstralos. Me encogí de hombros. —¿Me encuentras atractiva sin mi atuendo hombruno? —preguntó.. no lo sabía. Ya veo que mañana por la mañana deberemos azotar a la ama de mi harén. La miré detenidamente y respondí: —Sí. Tarna echó atrás la cabeza y se puso a reír. —¿Me encuentras atractiva? —Sí. —¿Sabes que con la cimitarra soy muy ágil? ¿Sabes que domino su arte mejor que los hombres? —No. —¡Qué esclavo más descarado! —dijo Tarna. la actitud de Tarna cambió. —A veces he pensado en cómo sería ser una mujer —afirmó. Permaneció quieta. qué esclavo más descarado! —dijo—. Le ofrecí la copa.

en toda esta kasbah. Tú eres quien ha de obedecer. —No me obedeces —dijo. nunca he deseado tal cosa! ¡Soy Tarna! ¡Tarna no tiene esa clase de pensamientos! Se volvió. hacia las arenas del desierto. Tarna parecía perdida en sus pensamientos. Se quedó inmóvil. ¡Ponte en el anillo de esclavo! —No —respondí.habitación. e incluso en todo el Tahari. las estrellas brillaban. Pero estaba claro que no haría tal cosa. doblegarte. —Eres diferente. para atraer la sangre del beso. ¡la sangre del beso del amo! —¡Basta! —dijo ella con ojos brillantes—. por encima de las murallas de la kasbah. —La mujer eres tú —observé—. Parecía sorprendida. a la merced de un hombre. Tus labios son interesantes. En el derecho llevaba la fusta de kaiila. Me serví una pequeña copa de vino y la bebí. En el cielo. —¡Eslín insolente! —dijo encarándose a mí—. furiosa. —¿Y eso por qué? —Porque son labios plenos. una auténtica mujer a la merced de un hombre. y hacerte gemir. Estaba muy confundida. Fue hacia la ventana. tras lo cual volví a dejar la copa sobre la mesa. ¡Ahora mismo llamaré a los guardianes para que te destruyan! —Pero entonces nunca aprenderás lo que es ser una mujer. Ni siquiera sé si sería bueno ser dura contigo. —Hazlo. eres mío. ¡Nunca he pensado. ¿No estás asustado? —No. —Eres una mujer bella —le dije mirándola fijamente—. y miró hacia fuera. Se volvió para ponerse frente a mí. de esos que se someten bien a los dientes de un hombre. —Llamaré a los guardianes. y caminó otra vez hacia la ventana. —¡Pero qué esclavo más extraordinario! Todavía no sé si debo matarte o no —dijo Tarna mirándome fijamente—. —Estoy seguro —insistí— de que alguna vez has sentido curiosidad por saber lo que sería ser una auténtica mujer. Debo manejarte con sumo cuidado. diferente a todos los demás. y que puedo hacer contigo lo que me plazca. de luz plateada bajo las tres lunas de Gor. con los puños apretados. ¡Tengo un poder total y absoluto sobre ti! ¡Me perteneces por completo! ¡Eres mi esclavo! —No. —¡No! —gritó—. .

Me miró. Eché a un lado la fusta de kaiila. Se arrastró de rodillas hasta el lugar en el que se encontraba la fusta. y se quedó en pie frente a mí. pero finalmente fue hacia el lecho. Era evidente que Tarna había esperado mucho para ser una mujer. Ve al lecho. A cuatro patas me la trajo. furiosa. dudaba que tuviese que utilizarla. al alcance de mi mano. —Vuelve al lecho —le dije. Dejé la fusta al lado del lecho. sobre el suelo. con la cabeza gacha. y por su respiración. Lancé la fusta de kaiila a un lado. y se inclinó. Por su expresión. en lo íntimo. —Vuélvete —le ordené—. podía asegurar que si fuera allí para tocar su cuerpo. lentamente. —¿No deseas disponer de la fusta para castigarme? —Tráemela —le ordené. y túmbate en él. desconcertada. —¡Y tanto que sí! —respondí. De todos modos. —Sí. Ella lo hizo. puso la fusta en ella. y volvió a colocarlo en mi mano. y yo la tomé con rudeza de entre sus dientes. y ella la miró. —Arrodíllate —dije—. —No —dije. La dejé allí por un momento. Ella agitó los hombros en señal de desprecio. —¿Te atreverías a fustigarme? —preguntó. Después. Se volvió para mirarme y dijo: —¡Enséñame a ser una mujer! —Ven aquí —le indiqué. —Así que lo harías. guerrero —dijo ella en un suspiro.—Llama a los guardianes —dije. Ella obedeció. y pon la fusta entre tus dientes. Fui . La miré a los ojos. Ella se levantó del lecho. —¿Es tu intención hacerlo? —Sí. ¿eh? ¡Lo harías! —Sí. —Tráeme el látigo —le ordené. y resbaló por encima de las baldosas. Levanté mi mano. sin apenas capacidad para mantenerse en pie por la enormidad de sus deseos. mi mano se calentaría y se humedecería con el contacto de su excitación involuntaria. En pocas ocasiones había visto a una mujer que estuviese tan dispuesta. y se tumbó sobre él. y se la puso entre los dientes. Ella la siguió con la mirada. volviendo al lecho a gatas y tumbándose sobre las sedas escarlatas. si no obedeces.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó. solté el pañuelo que le apretaba el tapón de la boca. Había levantado los brazos para poner las manos tras el almohadón en el que apoyaba la cabeza. ¡Sí. y me la has hecho poner en la boca. Después me apoyé sobre ella. —¿Para qué quieres eso? —preguntó. poniéndome al lado del lecho para contemplarla de arriba a abajo. sus sentimientos no me importaban lo más mínimo. Dejé los pañuelos sobre un almohadón que ella tenía al lado. de manera que no podía emitir más que sonidos apagados. y por tanto debes ser tratada como un eslín. Tarna. —Esta noche debo hacer un largo viaje a lomos de mi kaiila —dije. trátame como una esclava! —No tengo tiempo —dije. —Es que eres un eslín —dije—. Miré hacia la puerta. —Te doy mi permiso para que hagas conmigo lo que quieras —dijo.hacia uno de los cofres y saqué de él un par de pañuelos. Tensé la cuerda. sólo una esclava. hasta el fondo. —No necesito tu permiso —respondí. tomé uno de los pañuelos que había colocado a su lado y lo metí rápidamente en su boca. Acto seguido la arrastré desde el lecho a un lado de la habitación. sino como una esclava. calculando la distancia. y sujetándole las manos a un lado con mi mano izquierda. Inmediatamente. de manera que sus muñecas quedaron cerca de sus tobillos. ahogados. furiosa. que está a tu merced. Vi que quería decirme algo. Trátame como una esclava. Finalmente se incorporó. guerrero. . Evidentemente. como si fuera un eslín. a quien tú posees. La arrojé al lado de la anilla de esclavo y la até allí. con los ojos brillantes. furiosa. Rápidamente. y fui hacia la puerta. Me miró con los labios abiertos. —Ya lo verás —le dije. y apoyándose sobre los codos me dijo: —Nunca antes me había sentido así. —Ya lo verás —le respondí. Ella se debatía para encararse a mí. No quiero que me trates como a tu ama. esta noche hazme sentir como si fuera verdaderamente una esclava. con las manos unidas por detrás de la espalda y haciendo que la cuerda pasara por una anilla y luego la atara los tobillos. por favor. aseguré con otro pañuelo el tapón que le había hecho en la boca. con los ojos locos de rabia. Esperé. —Me has hecho ir a recoger una fusta de kaiila arrastrándome sobre el suelo. Me miró. en donde con la mano derecha desgarré algunas de las cuerdas que se habían utilizado para disponer los voluminosos tapices decorativos y demás colgaduras que adornaban la habitación. —Por favor. Me encogí de hombros.

y los dos guardianes. justo un momento antes de que pudieran reaccionar. la abrí. para que pudiera ver cuán bella estaba. te encontrarán desnuda. con lo que ambos se desplomaron. Me volví para mirar a Tarna. ahora hecha una bola pesada y mojada. No podía hacer nada. cimitarra en mano. Cerré la puerta. Tomé el collar amarillo. —Me has engañado —gritó debatiéndose en la anilla. Fui hacia la puerta. con rapidez. Tomé las vestiduras de uno de ellos. cuando tus hombres lleguen. Cerca de la seda roja que había echado a un lado vi el collar amarillo. Se debatía en sus ataduras. que había querido que me pusiera. arrodillándome detrás de ella. rabiosa. libremente. Salí de la estancia. y supuse que así era mejor. Otro movimiento más. que consistía en cinco cordajes arrollados y. Caminé por el palacio. Se debatió en sus cordajes. pero eso no estropeó mis planes. ¡Guardias! La puerta se abrió inmediatamente.sacudió la cabeza para expeler el pañuelo que le hacia de tapón. pero era inútil. pero esta vez por un rato. Vieron a Tarna atada a la anilla de esclavo. Por fin escupió la tela. se detuvo. sin sentido. Mis vestiduras me abrían el paso. El camino que había hecho al ir hacia las estancias de Tarna lo deshacía ahora. El velo . y luego los até. Si lo haces. Posteriormente agarré un gran espejo que había en aquella estancia y se lo acerqué. Tarna se inclinó hacia atrás. lo até con fuerza en torno a su cuello. entraron en la estancia. Eché a un lado a los dos guardianes inconscientes. Tarna me miraba. sacudiendo la cabeza. Encontré a unos cuantos guardianes. —¡Guardias! —gritó—. los puse a un lado e hice que una de aquellas lujosas colgaduras cayera sobre ellos. porque quien la había atado era un guerrero. y pude agarrarles del cuello para. No entendí nada de lo que me respondió. y cerré la puerta tras de mí. Se detuvieron. y eché un vistazo al exterior. —No te muevas tanto —le advertí—. para ocultarlos. te he engañado —dije. Yo estaba a sus espaldas. hasta que alguien viniera a liberarla. —Quizás vuelva algún día para hacerte mi esclava. Le tomó un poco más de tiempo del que yo había calculado. Volví a taponarle la boca. pero me dejaron pasar sin más. y luego. Estaba enrabiadísima. todavía más furiosa. y habría quedado completamente desnuda. hacer chocar sus cabezas una contra otra. sorprendidos. tan vulgar. —Sí. de pronto.

pero en lugar de echar a correr se quedaron allí. ¡Dad la alarma! Dos o tres hombres acudieron a su llamada. —¡Saludos! —respondí. Me dejaron entrar. y luego hice lo mismo con el de la izquierda. —¿Todo bien? —Sí. con ojos encendidos sobre sus mordazas. y cayó al suelo. los até a ambos. en silencio. La he dejado para ti. Llegué por fin a la puerta exterior del harén. —¿Y qué me dices de la otra? —pregunté. —¡Saludos! —dijo Hassan. Abrí la puerta del harén. pues debía llevar al esclavo Hassan a las estancias de la señora. —Sí —respondió éste. pero me las arreglé para alcanzarlo. Ambas articulaban sonidos apagados de protesta. Y aquí. desnudas contra aquellas frías columnas marmóreas que sustentaban el techo de la sala. Sus muñecas estaban atadas a ambos lados. —Era virgen. concretamente el del rubí en el collar. como si fuera un mensajero incógnito. —¡Están tramando algo! —gritó aquel hombre rubio—. tranquilamente. señalando a Lana. Antes de que el hombre de mi derecha pudiera recuperarse y desenvainar su espada. Ir con aquel atuendo bastaba para que me permitieran el paso. ¿eh? —pregunté mirando a Hassan. Estaban atadas con sus túnicas blancas desgarradas a sendas columnas. de Lana y de la chica que se había encargado de los aceites de baño. creo que sí. Oí los ruidos apagados de las dos amas de harén. Finalmente. alrededor de los pilares. mi puño derecho. En el interior del muslo izquierdo de la chica de los aceites se distinguía una mancha roja. es decir. Esa carta era. en pie. También es virgen. —¿A quién tenemos aquí? —dije al ver que un hombre ataviado con sedas. Hassan siguió arrastrando a aquel hombre en . intentaba deslizarse al exterior de la estancia. le había dejado del todo inconsciente. ¿todo en orden? —Sí. —Llevo una carta de paso —dije. Lana se debatía contra la fría columna. Allí las pude ver. al tiempo que hundía mi puño izquierdo en el diafragma del hombre que había a mi izquierda. que voló hacia la derecha. simplemente. No pudo articular sonido alguno. —La he palpado.contra la arena tapaba mi rostro. En la puerta interior del harén me detuvieron. Pedí que me dejaran pasar. doblado. buscando en el interior de mi capa. Empezó a correr. Hassan se encargó de arrastrarlo en dirección al baño.

dirección al baño, sobre su estómago, y cuando llegó al agua le hundió la cabeza en ella, durante algo más de un ehn. Entonces sacó la cabeza de aquel hombre, agarrándola por sus cabellos rubios, y le dijo: —Puedes ahogarte en este baño, ¿sabes? Son cosas que ocurren. Hassan volvió a meterle la cabeza en el agua, y cuando tiró de ella para sacarla el hombre imploró clemencia. Hassan lo arrojó a los otros hombres y les dijo: —Si vuelve a intentar dar la alarma, ahogadle. —Muy bien —dijo uno de los hombres. Era evidente que nadie sentía un afecto excesivo por ese hombre de collar de rubí. Por lo que supimos, era un hombre débil, un chivato, siempre alerta a las oportunidades para caer en gracia a la señora, que le despreciaba, como le despreciaban todos sus compañeros de harén. —Naturalmente —siguió diciendo Hassan—, podéis decir que fuimos nosotros quienes le ahogamos. El hombre del collar de rubí se agitó y susurró: —¡No diré nada! ¡Estaré callado! —¡O te estás callado o te hacemos callar para siempre! —le amenazó uno de los hombres. —Recuerda —le dijo otro—. Puede pasar cualquier cosa, pero luego siempre tendrás que vértelas con nosotros. —¡Sí! —dijo el hombre—. ¡Sí! ¡Lo recordaré! ¡Haré lo que me digáis! —Muy bien —dijeron los hombres, retirándose con aquel miserable hacia sus alcobas. En aquel momento, el harén parecía vacío. Oíamos el crepitar de las antorchas. —Te la he dejado para ti —dijo Hassan. Rápidamente le desaté las manos, y volví a atárselas por encima de la cabeza y atrás, alrededor de la columna. Después, la levanté, y con delicadeza hice que su cuerpo se estirara sobre las baldosas. Ella se retorcía, sin poder hacer nada. Tiré de sus tobillos tanto como me lo permitieron las ataduras hechas con los jirones de su túnica blanca. Lana levantó las rodillas, y yo se las separé. La chica levantó la cabeza, intentando acercar su boca, amordazada pero ansiosa, a la mía. Vi dolor en sus ojos. Le quité por un momento la mordaza, para que pudiera expresarse, y oí cómo decía: —¡Te quiero, amo! La besé antes de volver a amordazarla, y me levanté. —Creo que has hecho imposible que vuelva a ser ama de este harén —dijo Hassan. La chica intentaba alcanzarme con su pierna, para rodearme con ella. Tomé

su tobillo y lo besé, y luego besé la parte inferior de su pie, y luego la superior, y volví a repartir mis labios por toda aquella superficie. Pude así juzgar sus respuestas. —Sí —dije—, espero que así sea. Lana incorporó su cuerpo hacia mí. No era responsable de sus movimientos. —Te garantizo, querida —le dije—, que de ahora en adelante te ofrecerán a los hombres. Acto seguido, con su sangre virginal, tracé en su vientre la marca de esclava del Tahari. Cuando viese sobre su piel la marca de satisfacción de un hombre, seguro que Tarna la echaría del harén, y mandaría encadenarla en los niveles más bajos de la fortaleza, en donde, junto con otras esclavas de baja categoría, podrían utilizarla como sirvienta de los placeres del ejército de bandidos. Los ojos de Lana brillaban de placer. Yo, por mi parte, la había encontrado aceptable, y eso había indicado con mi señal sobre su vientre. Para ella se habría acabado el harén. A partir de entonces debería vérselas con hombres de verdad, y ella sería una auténtica esclava. Lana retorció su cuerpo, como si intentase, lujuriosa, revelarme lo que sentía su cuerpo desnudo sobre las frías baldosas. Vi que Hassan había seguido mi ejemplo y había indicado su placer en el vientre de la otra chica. —Deberíamos partir —dijo. —Ahí fuera, en la parte exterior, hay dos guardianes que esperan a que vuelva contigo. —Quizás debería vestirme de manera más indicada para cabalgar de noche, ¿no crees? —inquirió. —Estoy seguro de que uno de esos guardianes de la puerta exterior estará encantado de regalarte sus vestiduras, sus armas y todo su equipo —le dije—. Sólo hará falta insistirle un poco.

13 UN REENCUENTRO

Mi pie izquierdo rompió la costra de sal. —¡Matadnos! ¡Matadnos! —oí que gritaba un hombre—. ¿Por qué no nos matáis? La cadena tiró de mi cuello por detrás, y oí el restallido del látigo, seguido de otro grito, prolongado, terrible. Mi pierna izquierda estaba hundida en brillantes capas de sal, hasta el muslo. Me era imposible corregir mi posición, pues las esposas me fijaban las muñecas en la cintura. La capucha de esclavo no me dejaba ver. Toda mi espalda, el cuerpo entero, ardía. Llevábamos los pies envueltos en cuero, lo mismo que las piernas, hasta la altura de las rodillas, pero en muchos lugares, el peso de nuestros propios cuerpos nos hundía hasta más arriba de las rodillas, y la sal hincaba sus afilados cristales en la carne. Incluso era frecuente que traspasara nuestras protecciones de cuero, de manera que caminábamos sintiendo que nuestra sangre iba empapando aquellas envolturas. Algunos hombres, no podía saber cuántos, habían quedado cojos. Ya no caminaban con nosotros en aquella cadena. Los habíamos dejado atrás, con la garganta cortada, tirados sobre la costra de sal. La cadena sujeta a mi collar tiró de él. Me quedé en aquella posición, descansando durante un precioso instante más, pero sentí un latigazo en el costado. Sentí que la cadena volvía a tirar, y me levanté como pude. El látigo volvió a ensañarse en mi piel. Avancé como pude. Una kaiila abría el sendero. Sus largas patas, con amplias almohadillas, eran las indicadas para romper la costra y volver a levantarse para avanzar. —Ya me temía que una mujer no podría guardaros —había dicho aquel hombre. Hassan y yo apenas acabábamos de emerger, vestidos como los guardianes, con kaiilas tomadas del establo de la fortaleza de Tarna, por la puerta de la fortaleza, camino de Roca Roja, cuando, al levantar la vista, habíamos visto a muchísimos jinetes que nos aguardaban. Intentamos salir a todo galope con nuestras kaiilas, pero entonces comprendimos que estábamos absolutamente rodeados. Bajo la luz de las tres lunas de Gor nos volvimos para encararnos con aquel hombre. Los arcos estaban tensos. También vimos ballestas. —Os estábamos esperando —dijo uno de los jinetes—. ¿Creéis necesario que matemos vuestras kaiilas? Aquellos jinetes llevaban velos rojos. —No —dijo Hassan, echando sus armas a tierra y desmontando. Yo seguí su ejemplo. Nos echaron cuerdas al cuello, y nos ataron las manos tras la espalda. A pie, entre nuestros captores, con las cuerdas que rodeaban nuestros cuellos sujetas a las perillas de las sillas de los jinetes, caminamos en

dirección a la kasbah mayor, aquella que se encontraba a unos dos pasangs de la kasbah de Tarna. Tras aquel corto trayecto nos detuvimos. Estábamos ante la gran puerta de entrada. Las murallas eran de unos veinte metros de altura, con almenas, al menos diecisiete de ellas, que llegaban a los treinta metros. El muro frontal debía medir unos ciento veinte metros. Esos muros eran de bastante más de un metro de espesor, y estaban hechos de piedra y de ladrillos de arcilla. Tal y como ocurría en otras kasbahs, los muros estaban cubiertos con un yeso que al cabo del tiempo había perdido ya varias de sus capas. —Tú eres Tarl Cabot —dijo el líder de los hombres que nos habían capturado, señalándome. Me encogí de hombros. Hassan me miraba. —Y tú —dijo el hombre, señalando a Hassan—, tú eres Hassan, el bandido. —Es posible —admitió. —Entraréis en esta kasbah como prisioneros desnudos —dijo el hombre. Nos desnudaron con la punta de una cimitarra. Vimos cómo se abrían las grandes puertas, lentamente. Nosotros aguardábamos en pie, desnudos. —¿De quién puede ser esta kasbah? —pregunté. —No puede ser más que la kasbah del Guardián de las Dunas —repuso Hassan. —¿La del Ubar de la Sal? —Esa misma. Había oído hablar del Guardián de las Dunas, o del Ubar de la Sal. La localización de su kasbah es secreta. Aparte de sus propios hombres, pocos eran los que conocían el lugar en el que se encontraba, y eran, en su mayoría, mercaderes importantes del negocio de la sal. Aunque en Gor puede obtenerse sal del agua del mar y de la quema de algas, como se hace a veces en Torvaldsland, y aunque en varios distritos de Gor se puede encontrar sal, tanto en estado sólido como en solución, los depósitos de sal mayores del planeta, los más ricos de todos los conocidos, se encuentran concentrados en el Tahari. —¡Arrodillaos, esclavos! Hassan y yo obedecimos, y nos arrodillamos. —Besad la arena de la entrada a la morada de vuestro amo. Hassan y yo apretamos nuestros labios en la arena que antecedía a las grandes puertas de la kasbah. —En pie, esclavos. Hassan y yo obedecimos. Ante nosotros, las puertas estaban abiertas de par en par. Podíamos ver el patio de arena blanca, con la luz de las lunas reflejada en ella, y las lámparas

—Espero tener mejor fortuna que ella. sentado en lo alto de una tarima. El suelo estaba cubierto de alfombras. como todos los demás en aquella habitación. En esa estancia había varios hombres sentados en torno a un personaje central. Tomó un grano de uva de una bandeja de frutas cercana. Volví a sentir el tacto de la cimitarra en mi espalda. No respondimos a ese comentario. ¿Cuál es su nombre? —Abdul —respondió Hassan.que colgaban de los muros interiores. Las muchachas. Las estancias de la kasbah del tal Abdul. Los hombres llevaban velo. —¿Cuál es el nombre del Ubar de la Sal? —le pregunté a Hassan. acabados en una punta. —Ahí —indicó el hombre. Los que estaban dentro levantaron la mirada para contemplarnos. Cualquier atentado al protocolo se castiga con la decapitación inmediata. y con progresivos ensanchamientos y estrechamientos en arco. En ese momento estábamos detenidos frente a un gran portal estrecho por su parte inferior. Sentí en mi espalda la punta de una cimitarra. Atados con cuerdas. Fuimos empujados hasta la parte delantera de la tarima. que podía simbolizar el dibujo de una lanza. a la manera del char. El hombre que estaba sentado sobre la tarima con las piernas cruzadas nos miraba fijamente. o de una hoja. a la manera del char. les servían. —¡Arrodillaos y besad las baldosas que hay delante de vuestro amo! Hassan y yo nos arrodillamos. con sus campanas y collares. o de una llama. con las manos unidas por detrás de la espalda. dóciles. Las cimitarras estaban preparadas para doblegar cualquier resistencia nuestra. eran realmente ostentosas y opulentas. Era un bello trabajo. Este portal iba a dar al final de nuestro paseo por el edificio a través de sucesivas estancias y de más de una escalera. Hassan y yo entramos en la estancia. —Por aquí —dijo el hombre que había conducido a nuestros captores hasta aquel momento. yo no lo conozco —le dije—. conocido como Ubar de la Sal. y . —Creía que todas las personas conocían su nombre —dijo él. —No. Besamos las baldosas con mucha aplicación. —Ya sabía que una mujer no iba a poder manteneros en su fortaleza —dijo. También él llevaba velo. —Conducid a los esclavos ante su amo —dijo el líder de nuestros captores.

Alguien se había encargado con anterioridad de retirar las semillas del interior de la fruta. si tanto te interesa. —Quizás fue otro bandido —sugirió Hassan—. De todos modos. con piedra labrada. me arrebataste algo en lo que yo estaba muy interesado. No habéis tardado ni veinte ahns en huir. —No acabo de entender —dijo Hassan— que un simple mercader de dátiles como Hakim de Tor. nos parecemos. En ese momento levantó el dedo. un bandido de baja estofa. y yo mismo. —Una vez —dijo el personaje de la tarima—. El hombre se encogió de hombros a la manera del Tahari sutilmente. ¿Qué era eso que tanto te interesaba? —Una pequeñez —dijo el hombre. —Entonces no tengo gran cosa que ofrecerte —admitió Hassan—. —Ya lo he recuperado —dijo el hombre de la tarima. lavándose los dedos de su mano derecha en un pequeño bol de agua de veminium y secándoselos en un trapo que tenía a su derecha—. Quizás pueda devolverte lo que te sustraje. Era una estancia maravillosa. —Fui testigo presencial del robo. en un alegre estruendo de campanillas. Miré a mi alrededor. de rica decoración. pero cuando todo está dicho y hecho no es más que una mujer. claramente picado por la curiosidad—. no he recolectado ningún botín en un lugar en el que estuvieras presente. —He esperado durante mucho tiempo tenerte a mis pies —dijo el hombre de la tarima. tal y como hacen los hombres del char. para demostrar que agradecía el cumplido de Hassan. y arrebato cosas a la gente. Eso es normal. como por sorpresa. ésta es mi primera visita a tu kasbah. De hecho. de aspecto espacioso. —Soy un bandido —dijo Hassan alegremente. —No pretendía ofenderte con mi ignorancia. con columnas y tapices. corrieron hacia donde Hassan y yo nos . muchos de nosotros. Sospechaba que no os podría guardar con ella demasiado tiempo. y no te dignaste en ocultar los rasgos de tu cara. —Entonces no me reconociste —dijo el hombre. —Esa muchacha es una herramienta perfecta —dijo el hombre sentado sobre la tarima.levantando lo menos posible el velo. Cuatro de las muchachas. de altas paredes. cuando vamos con el rostro tapado. —Hemos caído en tu trampa —dijo Hassan. Ya sabes. puso aquella fruta en su boca. mi amigo. —Reconozco que quizás fuera una imprudencia por mi parte —dijo Hassan. seamos del interés de un personaje tan alto como tú. y la masticó.

con las manos por encima de la cabeza. —¿Recuerdas a ésta? —preguntó el de la tarima mirando a Hassan. y efectivamente. . —Tafa te quiere. Iba ataviada con graciosas cadenas doradas. Era Alyena. a esta nimiedad. tras sus velos. los músicos entraron en la estancia. para mantenerla fija. Los hombres. Pero ahora. No podíamos hacer nada por liberarnos. me refería. Era en ella en quien estaba interesado. en la posición básica de la esclava. Aquélla era. orgullosa. las muñecas tocándose una a otra por el dorso. —Tafa te ama —decía mientras me besaba. Sentía que las cuerdas que sujetaban mi cuello quemaban. intentando disipar los vapores del vino. sobre las brillantes baldosas. El hombre del velo volvió a levantar el dedo. Ante nosotros. la que Hassan había capturado. La cabeza nos daba vueltas. De pronto. Una vez a nuestro lado. Alyena temblaba bajo los ojos de Hassan. cortantes. Esto es lo que un día me robaste. como ves. amo —repetía—. Deja que Tafa te complazca. la traidora. —Complacedles —dijo. efectivamente. La mordía. la mujer libre y orgullosa que había sido vendida en Dos Cimitarras junto con Zina. Con sus labios.encontrábamos. deliciosa. Aparté la cabeza de los labios hambrientos y de las manos de una esclava que quería abrazarme y besarme. En ese momento era difícil ver a la misma persona en esa esclava. vimos a una esclava encadenada. Hassan y yo sacudimos la cabeza. El hombre de la tarima volvió a dar una palmada. Nosotros nos debatimos. miraron a la figura de la tarima. Con sus propias manos nos la ponían en la boca. las muñecas. me di cuenta de que esa chica era una de las dos que Hassan había capturado en el desierto. Oímos música que se acercaba. Los ojos de Hassan se iluminaron. La mano de un guardián me sujetó la cabeza por el cabello. observaban la escena con complacencia. —Sí. vendida luego en el oasis bakah de Dos Cimitarras. Una chica nos sujetaba la cabeza y otras nos daban a probar diferentes vinos. A esta nadería. Cerré los ojos. poco antes de que le tuviese frente a mí por primera vez. Nos debatíamos. las chicas se dirigieron hacia nuestros centros de placer. Sentí los labios de esa chica en mi oreja. —De ella es de quien te hablaba antes. tirante. Las cuerdas de nuestros cuellos nos mantenían quietos. la he recuperado. Otras chicas vinieron a ofrecernos comida. Estaba sorprendido. sus lenguas y sus dedos. la besaba. que parecía haber nacido para el collar y en esa otra. Las ataduras nos aprisionaban.

¿verdad? —No —respondió. Pensé que en aquel momento la mayor parte de la población estaría ya en llamas. de una chica que espera órdenes para complacer a los hombres. con habilidad y fuerza. y los músicos empezaron a tocar. pero no por ello alteró su posición de esclava de la danza. Horas antes. —Estaba con varios hombres —dijo el de la tarima—. Estábamos admirados de las bellezas que había en la fortaleza del Ubar de la Sal. danzó. de pronto. ¿cómo podía ser que Alyena estuviese ahí. El festejo se prolongó hasta bien entrada la noche. —¡Te quiero. y se abrieron paso al desierto. sobre esas baldosas. dejando atrás Roca Roja. El dedo del hombre bajó. que se defendieron muy bien. la capturamos casi de inmediato. pero no creo que seas del char. y debéis retiraros. esclava de otro hombre? —Lo más curioso ocurrió después. Entonces. amo! —gritó Alyena en aquella sala—. Alyena. y que allí dé placer a los hombres. ataviada con las cadenas del Tahari. hizo girar a su kaiila y regresó a Roca Roja. porque tenéis que levantaros antes del amanecer. —No sabía que tú fueras el Ubar de la sal —dije. Ella lloraba. —Te pones el velo a la manera de los del char —le dije al hombre de la tarima—. —Naturalmente —prosiguió el hombre de la tarima—. Permaneció en la posición de la esclava de danza.—La recuperé —dijo aquel hombre— en las vecindades de Roca Roja. ¡Quería estar contigo! ¡A tu lado! —Eres una esclava fugitiva —dijo Hassan. cuando parecía que ya nadie podría detenerlos. lánguidamente. ante nosotros. ella. —Danza esclava —dijo Hassan. Finalmente fue él quien dijo: —Es tarde. el mismo hombre había indicado que sacaran a Alyena de la estancia de audiencia. Cuando aparentemente parecía que aquel grupo de hombres se escapaba con la chica. En los ojos de Alyena había lágrimas. —Llevadla al cuerpo de guardia —dijo—. pensé. —¿Por qué razón os ponéis el velo tú y tus hombres? —Es una costumbre que guardan los hombres del Guardián de las Dunas. No dejaba de gritar un nombre: Hassan. . —Son numerosos los que no lo saben —contestó él.

y Hamid se quedó quieto en su sitio. Él me miró con odio. Su alianza no está unida a ninguna tribu. —Pocos conocen a los hombres del Ubar de la Sal —dijo él—. todos les temen. Soltadme. está unida exclusivamente a la protección de la sal. y cuando llevan el velo. El líder. el Ubar de la Sal. cuando son anónimos. y se despojaron de los velos escarlata. —Quizás conmigo tendrías más fortuna que cuando intentaste matar a Suleimán —le dije mirándole fijamente. señalando con la cabeza hacia el lugar que ocupaba un hombre pequeño. por aquí? —pregunté. No se había quitado el velo. sin sorpresa en mi voz—. —Él es como mi vista y mi oído en Tor —dijo el Ubar de la Sal. Su mano estaba en la empuñadura de una daga sujeta en su sash. —¿Hay alguien más a quien conozca. con los ojos chispeantes.para ocultar su rostro a las miradas de los demás. desde que me infiltré en la kasbah y depuse . —Desde hace unos cinco años. sentado al lado del Ubar de la Sal—. Tenemos otros planes para nuestros amigos —dijo el Ubar de la Sal. —En esta sala hay otro al que también conozco —dije. aunque todos sus hombres lo habían hecho por orden suya. pues nadie sabrá que son mis hombres. y podremos hacer una prueba sobre este asunto. levantó su dedo. —Ahora ya no importa —dije. —Hablas con mucho orgullo de tu trabajo —comenté. sus acciones no pueden atribuirse a un individuo en concreto. —Abdul el aguador —dije—. —¿Cómo? —dijo él. sino a una institución. —Yo no les temo —dijo Hassan—. dadme una cimitarra. cuando llevan el velo. —Deja que le mate —dijo. En cambio. El hombre gritó de rabia. mi Ubarato. —No. sonriendo para mis adentros. Los hombres obedecieron. Una vez te confundí con otro. —¿Puedo cortarle el cuello? —preguntó el aguador. —Hamid —dije yo al reconocerle. Pueden moverse con libertad total cuando no van con el velo. —¿Se te ha conocido como Abdul desde hace mucho tiempo? —le pregunté al hombre de la tarima. —Quizás sí —dijo el hombre antes de volverse a sus hombres y ordenarles—: Quitaos los velos. teniente de Shakar. capitán de los aretai. aunque ahora lleva ropas mucho más preciosas que cuando le vi por última vez. El anonimato es el disfraz perfecto para ellos.

En cada celda os pondremos a una muchacha desnuda. —¡Tafa! ¡Riza! —dijo Ibn Saran. y las cuerdas siguieron tirando de su cuello. —¿Debo llamarte con ese nombre? ¿Debo llamarte Abdul? —No —dijo el hombre despojándose del velo—. y pudimos verlas con el collar y la marca. en diferentes celdas. pero no le fue posible romper las fibras que unían sus muñecas. —No tan formidables como los kurii. la hoja de una cimitarra acarició su cuello. mientras que yo estoy del lado de los que van a degustar la sal de la victoria. —Ahora y aquí —dijo Ibn Saran—. —¿Dónde está Vella? —pregunté. —Acompañaréis a otros en su largo viaje. —¿Qué vas a hacer con nosotros? —preguntó Hassan. —Los Reyes Sacerdotes son enemigos formidables —dije yo. Intentamos ponernos en pie. Y a . —Te conocía mejor bajo otro nombre —dije. —Eso es cierto —dijo el hombre de la tarima. Los dos tenemos mucho en común. Hassan se debatió fuertemente en sus ataduras. ¡Desnudaos! Las muchachas le obedecieron. te aseguro que perderán. El hombre de la tarima se encogió de hombros. Será un largo viaje a pie. Espero que ambos lleguéis con vida a vuestro destino. confundido. —La he confinado en sus cuartos. si no lo deseas no debes hacerlo.a mi antecesor. si así lo deseáis. puesto que estás del lado equivocado. y se tranquilizó. La cadena quedará a vuestro alcance para que podáis. Los guardianes corrieron a sujetarlo. —A Hassan le doy una mujer en señal de reconocimiento a su audacia. Le miré. Sí. Finalmente. tirar de las esclavas hacia vosotros. os condeno a las minas de Klima. Los Reyes Sacerdotes perderán. a la que también encadenaremos por el cuello. porque avanza siempre en su camino. pero los guardianes lo impidieron. El kur es un animal persistente. Lo único que nos distingue es que tú eres menos listo que yo. Hassan tampoco parecía entenderlo. tenaz. dirigiéndose a las dos chicas—. —¿Qué pasará al amanecer? —pregunté—. fiero. —Sirves a los kurii —le dije. —Ibn Saran es generoso —dije. Consigue lo que quiere. ¿Nos mataréis? —No. pues ambos somos mercenarios. —Y tú a los Reyes Sacerdotes —dijo—. Allí os encadenarán por el cuello. —Os llevarán a los calabozos —dijo Ibn Saran mirándonos—.

Nos hicieron volver y nos sacaron fuera de la sala de audiencias del Guardián de las Dunas. Tiraron de la barra hacia arriba para hacerme levantar. y contemplamos un cuerpo soberbio. La chica le obedeció. ese bandido. podrían controlar mis movimientos. por tu humanidad y porque al fin y al cabo ambos somos seres de la misma especie. y deja que su cuerpo te dé mucho placer. sobre las frías piedras. empujaron entonces una barra por detrás de mi espalda y por delante de mis codos. Cinco hombres. Ibn Saran se volvió a una de las muchachas y dijo: —Tensa tu cuerpo. estaba apoyada contra mí. Tarl Cabot —me dijo—. Parecía asustada. Tafa. suave y caliente. Me encadenaron las muñecas por delante. pues en Klima no hay mujeres. cuyo nombre es Tarl Cabot. es decir. y cada uno colocado a un lado. 14 LA MARCHA HACIA KLIMA Un ahn antes de que amaneciese me había despertado en mi celda. aquel que era Ibn Saran. mercenarios de guerras más altas. dos de ellos con lámparas. el de una maravillosa esclava. con las muñecas unidas por un anillo a la cadena. Alrededor de mi cintura colocaron una vuelta de cadena. Con esa barra. Dos de los hombres. Tafa se había despertado. Tafa. Las cadenas se cerraron en torno al collar de las esclavas. uno en cada lado.ti también te ofrezco una mujer —dijo mirándome fijamente—. A Tafa la colocáis al lado de este otro hombre de la Casta de los Guerreros. Se había arrodillado . en mis brazos. El quinto hombre desenganchó el collar de mi cuello y lo lanzó al suelo con su cadena. el Ubar de la Sal. entraron en la celda. —Mira bien a Tafa. —Encadenad a Riza al lado de Hassan.

y cuando vuelven. Naturalmente. Es normal. —¡Saludos. hundido en la ignorancia. para descansar. Habíamos aguardado durante un rato al pie de las murallas de la kasbah. o lo que sea. Sentí cómo los besaba y cómo luego se arrodillaba. Tarl Cabot! —dijo el jinete. —Supongo que éste es un triunfo para ti. aunque no esté atado. Sus funciones principales son cuatro. para divertirse. por ejemplo. pero también es un motivo de tristeza. Por otra parte. Hacía fresco. En el interior de esa capucha está solo. El cordaje del agal. decirle a un prisionero encapuchado que se siente. los encuentran exactamente en el mismo sitio en el que los habían dejado. En el transcurso de la noche la había conquistado. El velo escarlata de los hombres del Guardián de las Dunas ocultaba sus rasgos. aunque sea una hora más tarde. confundido. era dorado. Todo lo que sabe ese prisionero es que si se mueve unos centímetros puede sentir que una cimitarra le traspasa el cuerpo. en la angustia. Un prisionero encapuchado. o de si lo vigilan. en la . Se obtiene una victoria. Ante mí. dejan a dichos prisioneros durante un buen rato. Vi que un jinete venía hacia nosotros sobre su kaiila. —No me perdería por nada del mundo tu partida.inmediatamente a mis pies. El jinete detuvo su kaiila frente a mí tirando de la rienda. como una esclava. y hasta cierto punto cómoda. Algunos captores. con la capucha. Estábamos a finales de primavera. el prisionero no sabe quién puede golpearle. En primer lugar. literalmente. como tampoco puede ver para atacar. Cerraron el collar en torno a mi cuello. y que si se mueve será ajusticiado. sino más bien una herramienta utilitaria. El albornoz que le cubría se ondulaba al viento. Este tipo de capucha se coloca sin mordaza. ni de si están frente a él. No ve por dónde escapar. bordeando el muro de la kasbah. mientras preparaban a los demás esclavos de la sal para iniciar la marcha hacia Klima. y sentí el peso de la cadena. No es ningún tipo de capucha especialmente cruel. está casi totalmente desamparado. unos hombres levantaron la cadena y el collar. incluso frío a esa hora. Los hombres del Guardián de las Dunas estaban colocando las capuchas de esclavo a los prisioneros encadenados. facilita el control de los prisioneros. o para instalar el campamento. noble Ibn Saran —comenté. el prisionero no sabe si se han alejado solamente un par de metros. como otros. No puede estar seguro de nada. Por medio de aquella barra se me habían llevado rápidamente de la celda. sobre el kaffiyeh escarlata. ni siquiera del número y posiciones de sus captores. camarada. —Sí —reconoció—. Las lunas todavía no se habían tornado amarillas en el horizonte. ni quién lo hace. Tras de mí había varios hombres. —Te levantas muy pronto. pero se pierde un enemigo.

para la ración de agua que se reparte varias veces al día. Para ello también se abre la tira de cuero. Gor!”.desesperación. y pronto me pondrían la capucha de esclavo. ni adónde le llevan. Él me oyó. pues es ciertamente peligroso caminar por el desierto con la cabeza descubierta. no sabrán hacia dónde hacerlo. de una tira de cuero que puede abrirse y cerrarse. y un sentido de dependencia en el captor. aunque puedan pensar que sobrevivirán durante unos días en el desierto. La segunda función más importante de la capucha es ocultarle al prisionero su localización. Los hombres se acercaban. pero yo me quedé muy sorprendido de que Ibn Saran le hablara de aquella manera a Hassan. desde donde podrían dirigirse a Roca Roja. que al fin y al cabo era un bandido. —¿No te parece curioso? —pregunté. En el caso de la marcha hacia Klima. Así. —Ibn Saran —dije. Ibn Saran había vuelto su kaiila en dirección a Hassan. El Ubar de la Sal hizo entonces girar su kaiila. Normalmente se trata de fruta seca. la capucha sirve para ocultarle el camino a los prisioneros de la cadena. —Los Reyes Sacerdotes han recibido un ultimátum —le dije—: “¡Ríndete. pues la luz del sol reflejada sobre la superficie de la costra de sal es ciertamente cegadora. mientras en nuestra cadena todo parecía listo para partir. naturalmente. —Lo sé —respondió. Le miró fijamente durante un rato. Además. Así. una por la mañana y otra por la noche. Hassan no le respondió. y guió su kaiila hasta mi lado. transportada en odres por kaiilas. para conservar la pérdida de sal sufrida durante la marcha del día como consecuencia de la transpiración. tienen muy pocas posibilidades de encontrar el camino de vuelta a la kasbah del Ubar de la Sal. De esta manera. Eso produce una gran desorientación. Los hombres de la cadena reciben comida dos veces al día. Esta desorientación ayuda a mantener a los esclavos en Klima. —Los viajes a la Tierra de los agentes de los kurii se han interrumpido —le dije. la capucha protege la cabeza de los rayos del sol. —Ya lo sabía —me respondió. Otra función de la capucha de esclavo se refería exclusivamente a la marcha por el desierto. por ejemplo. por otra parte. Él se encogió de hombros. Nunca sabe dónde está. a la altura de la boca. si se les ocurre huir. la oscuridad de la capucha protege a los ojos de la ceguera. Las capuchas van provistas. y finalmente dijo: —Lo siento. . galletas y algo de sal.

—Klima está cerca —dije. —Muchos hombres morirán —gritó Hassan—. —No hay agua para un viaje largo —observé. Vi las kaiilas que estaban arrodilladas junto a los guardias. ¡Debes poner fin a esto! ¡Hay que avisarles! —Es necesario —dijo Ibn Saran mirándole—. —Te daré a probar mi látigo. —Hacer su trabajo. —¿Qué misión te han encomendado los kurii en el desierto? —inquirí. —Sí. estaba cerca de nosotros. y también de las tribus vasallas. Lo que ocurre es que muchos no llegarán a Klima. Hamid con la cara tapada por el velo escarlata de los hombres del Guardián de las Dunas. ¿eh? —Sin que nadie repare en ello. Le cerraron la capucha bajo la barbilla. en este momento hay millares de guerreros que se apresuran a cumplir mis propósitos. que sólo desean echarse al cuello de sus enemigos. su intención es la de invitar a la capitulación antes de que se inicie alguna estratagema agresiva. para cerrar el desierto a los extraños y a los intrusos. —¿Como los agentes de los Reyes Sacerdotes. —Hay más que suficiente —dijo Hamid—. por ejemplo? —pregunté. —¿Una estratagema? —pregunté—. —No. Sus puños estaban apretados. esos y otros que tampoco son bienvenidos al país de las dunas —dijo él. El riesgo de que algunos forasteros consigan entrar en nuestro terreno sería demasiado grande. Inspeccioné el número de kaiilas que llevaban agua. disfrutaré de tu compañía. Está lejos —dijo Hamid. —Entonces —dije yo—. ¿De qué naturaleza? —No soy ningún invitado a las reuniones de guerra de los kurii —me respondió. mirándome. Lo siento. Hizo girar su kaiila para volver por donde había venido. tanto kavar como aretai. .—¿Podrías clarificarme este ultimátum? —Según supongo. que ya empezaban a montarlas y a hacerlas levantar. en el desierto se cumplirá tu voluntad. Cubrieron la cabeza de Hassan con una capucha. —Así. —Cabalgaré junto a la cadena —dijo. —¿Y últimamente? —Precipitar la guerra entre los kavar y los aretai. —¿No podrían tus hombres patrullar el desierto? —Somos demasiado pocos. ya verás. y entre sus tribus vasallas.

Tarl Cabot debe servir en Klima” —repetí. que cayó graciosamente hasta el pie de un muro cercano a nosotros. se quitó el velo. ¿Recuerdas que intentó ya entonces enviarte a las minas de Klima? —Sí. Te has opuesto a sus deseos. lo olió y. había una esclava con velo amarillo al lado de su jefe de esclavos. consintió en sus deseos. Él parecía resistirse. con la seda prendida en mi cuello. y vi que en la ventana. Estaba impregnado de perfume de esclava. bien sujeta. Miré hacia arriba. señalando a una ventana del muro. Su cara estaba iluminada. ¡Cuán deliciosamente . —Mira ahí arriba —dijo Hamid. se lo entregó a Hamid. brillante por la alegría. de color escarlata. de unos treinta centímetros en su parte más ancha. con una carcajada. una ventana estrecha. —El recuerdo de una esclava —dijo Hamid con desdén antes de meter la seda entre mi cuello y mi collar. pero los ruegos de la chica se redoblaron hasta que él. a la que los kurii han encontrado muy útil. Y su expresión de triunfo se mezclaba con la de desprecio. Tarl Cabot debe servir en Klima. Les has causado muchos problemas —respondió Hamid—. la chica se sacó del regazo un fino rectángulo de seda. —¿Por qué? —Porque les has dado mucho trabajo a los kurii y a sus agentes. El hombre lo tomó. —¿Es importante que llegue a Klima? —Sí. roja de placer. —Quizás recuerdes —dijo Hamid— a la preciosa esclava Vella. —“Por estas razones. me veré en la triste obligación de matarte. Con mucha gracia. recuerdo a esa esclava. y que testificó en tu contra en el juicio de Nueve Pozos. para luego añadir—: Acuérdate de ella en Klima. —Éste es un día delicioso para ella —dijo Hamid. Miré hacia allí. Ella se volvió con el triunfo en la expresión de su cara y soltó al aire el pañuelo. brillante y diáfano. riéndose. Era seda de esclava. Se volvió al jefe de esclavos que tenía detrás y le consultó algo. Vella me miraba desde allá de la misma manera que las esclavas miran a los esclavos. Por estas razones. —En ese caso. que sin duda contaba con el permiso de su amo para hacerlo.—¿Y qué ocurrirá si surgen dificultades por sorpresa. —Tráelo —le dijo Hamid a uno de sus hombres. Era Vella. durante el viaje? —pregunté. situada en una de las partes más altas. quien lo sostuvo frente a mí. aquella esclava. En ese momento.

y en las llagas que había producido la cadena. La mayoría había perdido la cuenta. o las manillas. La sal se clavaba en todo mi cuerpo. La cadena se detuvo. enloquecido por la cadena. Los guardianes de la cadena no creen conveniente arrastrar en ella a los cuerpos inertes. En mis muslos se hincaron los cristales de la sal. Al empezar éramos unos doscientos cincuenta hombres. Una kaiila pasó rápidamente por mi lado. pues cualquier movimiento haría que se moviera el collar. ni cuántos eslabones habrían quitado. aunque habían quitado varios eslabones. El sol giraba lentamente. La cadena era mucho más pesada que al principio. Las temperaturas de la superficie de la costra estarían en torno a los setenta grados centígrados. No quería perder la consciencia. y cerré mis ojos contra aquel rojo intenso. y sus rayos quemaban primero un hombro. Mucho me temía que los que la habían perdido ya no la habrían recuperado. Incluso en el interior de la capucha podía sentir el calor reflejado por la capa de sal. contra aquel calor y aquella refulgencia que parecían invadir el interior de mi capucha. y el metal quemaría mi piel torturada. por otro lado. Hacía veinte días que caminábamos. encadenados y encapuchados. La parte interior de la capucha parecía brillante. Las garras del animal esparcían la sal a su paso. La temperatura del aire. Algunos pensaban que habían sido cien.dulce le parecía la venganza! Pensé para mis adentros que se estaba comportando con absoluta necedad. El tiempo parecía hecho de pasos. y luego el otro. Bajé otra vez la cabeza. varios . No moví ni manos. Incluso en el interior de aquella protección me veía obligado a cerrar los ojos. En verano no se hacen marchas con rumbo a Klima. sanguinolenta. —¡Matadnos! —gritó un hombre situado en algún lugar de la cadena. granular. Levanté mi cabeza en dirección al sol. medio ahogados. por aquella empinada cuesta. ¿Acaso no sabía que yo era goreano? ¿Acaso no sabía que volvería a por ella? Pero se decía que nadie volvía nunca de Klima. Lo sentí en las marcas que el látigo había abierto en mi espalda. de latigazos. otoño y primavera. variaba entre los setenta y los cincuenta grados centígrados. Caí sobre mis rodillas. No sabíamos cuántos debían transportar la cadena en esos momentos. ni cuello. Ascendíamos a duras penas. Más de uno desvariaba. o la cadena de mi cintura. Me mantuve tan quieto como pude. pues los hombres sólo pueden sobrevivir a esta experiencia en invierno. El sol era el sol de finales de primavera en el Tahari. dando traspiés.

No oí ruido alguno. Estaba absolutamente desamparado. intentando conservar el equilibrio. —Me equivoqué con el agua —oí que decía Hamid—. Me parecía que estábamos allí detenidos hacía ya mucho tiempo. Al cabo de unos ehns sentí que había hombres en pie cerca de mí. De pronto. Poco después se oyó otro grito. Apreté los puños. salvajemente. No podía ni tan siquiera levantar las manos para proteger mi cuerpo. —Son demasiados —oí decir a uno de los guardianes. hacia la parte inferior. —A collares alternos. —¡En pie. En mi cuello había un pedazo de seda que me lo recordaba.collares tras de mí—. A esas aves se las llama zads. —¡No! —oí que gritaba una voz—. hacia abajo. Me debatí. que resbalaban sobre los cristales salinos. y ligeramente engarfiados en el extremo. ¡No! Los guardianes sabían cuánta agua quedaba. Allí estaba. y quedó tensa. ideales para penetrar y desgarrar. Eran aves de amplias alas. Se oyó cómo graznaban y revoloteaban al pasar rápidamente una kaiila. Se oía que algunos pies se debatían en la superficie. —¡No! —se oyó gritar—. . Nosotros lo desconocíamos. como un animal ciego. —Arrodíllate —dijo una voz. la cadena que tiraba de mí por delante se tensó. No podía ver nada. Oí que los guardianes continuaban hacia abajo. ¡Matadnos! Otra kaiila pasó por mi lado. Caminaban al lado de la cadena. Oí los pasos de otro guardián. entonces —dijo otra voz. pero con menos fuerza. tirando en sentido contrario con mi cuello. arrodillado. Erré en los cálculos. ¡No! La cadena tiró esta vez desde atrás. Quizás de más de una. Tenía muchas razones para seguir viviendo. Pensé si podría soportar todavía otro día. Bajaba desde la cumbre de la cuesta. Poco después se oyó el batir de alas de una gran ave. como un esclavo más sobre la costra de sal. largos. Sabía que lo haría. y abrió los collares que yo tenía a ambos lados. Sus picos amarillos. y la cuerda volvió a tensarse. La cadena tiró de mí hacia abajo. Mi expresión se endureció en el interior de la capucha. en tensión. de color blanco y negro. en dirección a la parte delantera de la cadena. estrechos. Obedecí y aguardé. esclavos! —se oyó gritar. otra vez. Se detuvo a mi lado. —No importa —dijo otra voz. que acostumbraban a seguir desde lo alto las marchas de Klima. —¡Matadnos! ¡Matadnos! —gritaba el hombre.

Oí que abrían algunos collares. Ninguno de los hombres de la cadena parecía moverse. No podía ver nada. No me importaba. y luego me quitaron bruscamente la capucha. y riendo me puse en pie. Empecé a caminar otra vez. Hamid. la cara. —¡No nos matéis! ¡No nos matéis! —gritó una voz. sentía su dolor profundo. El hombre de la llave continuó. Tiraron de él y cayó sobre la costra de sal con las cadenas. y no me importaba. Una kaiila pasó junto a nosotros. En ese momento. Había permanecido en silencio desde la parada a mediodía de hacía cuatro jornadas. hacia el próximo prisionero. Era más pesada que antes. Aquella luz era como una lluvia metálica que me atacaba los ojos. La seda que había estado prendida a mi collar ya no estaba ahí. rebotada en la deslumbrante costra de sal que nos rodeaba por todas partes. Ese sentimiento me hizo reír. ni la cadena. porque si sentía tan intensamente ese dolor quería decir que mi sistema nervioso seguía funcionando. caliente. quería decir que estaba vivo. y luego el derecho. de manera uniforme. Oíamos hablar a los guardianes. Ya no me importaba el escozor de la sal en mis heridas. Permanecimos allí durante varios minutos. impetuosa. esclavos! —gritó una voz. agudo. de horizonte a horizonte. Finalmente.El látigo me azotó en dos ocasiones. puro. porque estaba vivo. El cierre se resistía. El collar se abrió. Lancé un grito de dolor. quietos. Para mi sorpresa sentí un tirón debajo de la barbilla. una pesada llave penetró en el cierre de mi collar. Sentí la sangre y la sal en las roturas de las pieles que me protegían los pies. pero la transportaba con ligereza. Cuatro días más tarde. Era la voz del hombre que durante toda la marcha había pedido que nos mataran. —¡Caminad. firme. para que la cadena se moviera lo menos posible y así se equilibrara su peso. Sentía a partir de entonces la seda en la llaga de mi muñeca. y se oyó un fuerte chasquido. Me bastaba con estar vivo. bajo la manilla. sobre una cresta. Procuraba no mover las manillas. Hasta aquel momento yo no había sabido si había sobrevivido o no. la llave giró. Primero el pie izquierdo. que cabalgaba siempre cerca de mí. Sentí que una llave se introducía en el cierre de la capucha. . porque lo sentí. pues había sentido el golpe increíble de la luz del sol. y con aquel calor el metal se había expandido. fila abajo. ni el calor. una voz gritó: —¡Alto! La cadena se detuvo. Estaba sucio de arena y sal. había ordenado que me la ataran alrededor de mi muñeca izquierda.

Seguí su ejemplo. Caminaba vacilante hacia el lugar en el que nos encontrábamos. Su cuerpo se movía de una forma extraña. Cuando llegó a su lado se inclinó. los cierres seguían abriéndose. —Es un esclavo que ha escapado al desierto —dijo Hamid. Los dos hombres soltaron sus lanzas. Llevaba un pedazo de tela por toda ropa. que salió disparada hacia delante. La marcha ha sido larga.—¡Estoy ciego! —gritaba un hombre—. Los cadenajes seguían cayendo al suelo. Había surgido del desierto que nos rodeaba. Alzamos nuestras cabezas y nos levantamos como pudimos. ¡Agua! El primero de los hombres azuzó a su kaiila. ¡Agua! Era un hombre. ¡Era Hassan! —¡Vives! —grité. Cayó sobre sus rodillas y hundió el rostro en la sal para morder y lamer aquellos cristales. —¿La cabeza? —preguntó el otro—. pero erró el impacto. cegadora. ¿La oreja izquierda? —De acuerdo —dijo su compañero. —Sí —dijo uno—. Hacía varios días que no nos daban sal. Sobre aquella superficie. Se le acercó sobre su kaiila mientras desenvainaba la cimitarra. No llevaba manillas. Apenas podía tenerme en pie. y apenas hemos tenido diversión. parecían agrietarse. Las extremidades me pinchaban. Su boca. con expresión estúpida. —¡Agua! —repetía aquel hombre sin cesar—. Me sentí débil. ¡Por favor. Nos pusimos las manos sobre los ojos para amortiguar aquella luz ardiente y blanca. —¡Agua! —gritaba una voz—. —¡Mirad! —gritó uno de los guardianes a sus compañeros. —¡Agua! —repetía—. pero sin atacar al hombre. que le miraba quieto sobre la costra. —¡Agua! —gritaba. la kaiila perdía . como aquella costra que nos rodeaba por todas partes. ¡Estoy ciego! Las kaiilas se movían a lo largo de la línea de esclavos. Más kaiilas pasaron por delante mío. Aún tardaríamos antes de poder ver. —¡Toma sal! —me repitió. —¡Toma sal! —gritó una voz. No era uno de nuestra cadena. Sus uñas habían desaparecido. agua! —¿Qué os parece si nos divertimos un poco? —dijo Hamid dirigiéndose a dos de sus compañeros. su cara. con el arma en la mano. Apenas podía moverme.

Se quedó allí. en el brazo izquierdo. en medio de aquel valle de sal. —No hace falta que apacentemos a las kaiilas —dijo uno de los guardianes. Casi no me tenía en pie. más abajo. con la cimitarra desenvainada. con los ojos medio cerrados. Además. en el que nos encontrábamos. vieron entonces con horror cómo el hombre presionaba la boca contra su herida. Un pequeño chorro rojo empezó a salir. Sobre aquella costra éramos veinte prisioneros. y que luego hacía lo mismo con las manillas. Para mi sorpresa. casi en el hombro. ahora podremos ir más deprisa. Conté cuántos éramos. que esta vez había intentado evitar la embestida. —Baram ha conseguido el punto —anunció. y me volví. El hombre se tambaleó sobre la costra de sal y levantó el brazo. En la distancia. No se movía. Miré a mi alrededor. Volvió a envainar la cimitarra. Hamid cabalgó hasta mi lado. de manera que la oreja de aquel desgraciado había quedado dividida en dos mitades. pues la herida había sido sin duda profunda. justo en el centro. ¿Puedes verlo? —Sí —respondí. Estábamos sobre una cresta. muy arriba. Me sorprendió que saliera tan poca sangre. Estaba claro que el segundo jinete había sido el mejor. el hombre gritó de dolor. sin dejar de chupar su herida. El primer jinete volvió a azuzar a su kaiila para cargar de nuevo y alcanzó al hombre. señalando al valle: —Allí. Me estremecí. a unos cinco pasangs del lugar. para salir luego hacia fuera. Había tocado la oreja izquierda con la punta de la lanza. cabalgó hacia el lugar en el que encontraba ese desgraciado. El segundo jinete había sido extremadamente hábil. Cuando la lanza le alcanzó y le hizo girar sobre sí mismo.regularidad en el paso. No quise mirar. Hamid se inclinó hacia mí y dijo. limpiando la sangre de su arma en la crin de su kaiila. vi que uno de los guardianes empezaba a quitarle la cadena del estómago a un prisionero. Era como si del cuerpo de aquel hombre no pudiera surgir el líquido. Aquel desgraciado seguía en el mismo lugar con expresión estúpida. sobre su kaiila. Nuestros ojos. —Tenemos agua suficiente para el viaje de vuelta —dijo otro—. Hamid. semejante a un enorme cuenco . a borbotones. Sentía el calor. succionando la sangre ávidamente. —La oreja izquierda —dijo el siguiente jinete sujetando la lanza. y hacer puntería se hacía muy difícil. aún medio cegados por la luz. y a nuestros pies se extendía un amplio y profundo valle.

No podíamos ir hacia ningún otro lugar. resbalando sobre la sal. La piel que nos envolvía los pies y los muslos estaba hecha jirones. Seguí a Hassan. Nuestros cuerpos estaban quemados. resbalando sobre la sal. Diecinueve de nosotros habíamos llegado a Klima. hasta los muslos. hechas en ladrillo.blanco. Unos metros más allá encontramos un cuerpo de bruces en la sal. estaban completamente cubiertas de sal. Teníamos el cuello y la cintura en carne viva. —Eso es Klima —dijo Hamid. “¡He sobrevivido a la marcha hacia Klima!”. Me volví. Hassan y yo iniciamos la bajada hacia Klima juntos. En cuanto se les liberaba de las cadenas todos empezaban a bajar hacia las construcciones del fondo del valle. mecánicamente. vacilante. Cuando recuperó el equilibrio empezó a bajar. Volvimos el cuerpo sobre la sal. Nuestras piernas. incrédulo. —Está muerto —dijo Hassan. Liberaron a todos los prisioneros. tras los pasos de sus compañeros. Cuando acabaron de quitarte las ataduras al primer prisionero le empujaron hacia las construcciones de allá abajo. pero todos nos manteníamos en pie. que bajaba delante de mí. Ninguno de ellos intentó huir al desierto. En todos los cuerpos se abrían llagas. enyesadas. Era el hombre que tantas veces había suplicado que nos matasen. firmes. Veinte de nosotros habíamos llegado a Klima. y a veces hundiéndose en ella hasta las rodillas. No era fácil distinguirlas en la distancia. uno por uno. y vi a Hamid girar su kaiila y desaparecer en una lluvia de cristales de sal. ¡He sobrevivido a la marcha hacia Klima! Reconocí aquella voz. porque habíamos llegado a Klima. Miré a los prisioneros. después de azuzar al animal. Nos miramos unos a otros. a consecuencia del roce de la cadena y del collar. . bajas. se distinguían unas edificaciones de color blanco. Estábamos extremadamente débiles. Debajo de esas grietas se distinguía piel más clara. En la cresta no quedó nadie. en varias partes. en dirección a Klima. tras la línea vacilante de hombres que habían empezado a bajar antes que nosotros. Nuestra piel estaba agrietada sobre nuestros cuerpos. ennegrecidos por el sol. Hacia Klima. Era el hombre que poco antes había gritado. —He sobrevivido a la marcha hacia Klima —dijo uno de los prisioneros—.

Los distritos salinos de Gor.15 T´ZSHAL En Klima. Los cilindros pesan unos dieciocho kilos. Klima dispone de su propia agua. cautivos del desierto. y que los alimentasen ríos que en su corriente arrastrasen sales acumuladas en sus amplios lechos. repartidos como charcos de residuos cristalinos sobre su superficie. pero algunas de las minas producen una sal roja. Hassan me dijo: —Quítate ese pedazo de seda que llevas envuelto en la muñeca y ocúltalo por aquí. La mayoría de la sal de Klima es blanca. Miles de hombres trabajan en ella. pero depende de las caravanas para los alimentos. según parece. Es posible que en tiempos remotos se extendiese en esta zona un brazo del Thassa. la sal constituye una industria. y en otras áreas similares. —¿Por qué? —pregunté. o varios de ellos. situado en la juntura del Fayeen superior e inferior. Una kaiila normal puede cargar hasta diez cilindros. En estos almacenes se tallan los cilindros. o en varios de ellos. cinco a cada lado. y se hubiese convertido en un mar interior. o que ese brazo quedase separado por dislocaciones sísmicas o por movimientos continentales. Allí acuden los esclavos a recogerlos. También podría ser que esos mares fuesen siempre independientes. y luego se venden y se distribuyen a las caravanas. A esta sal se la llama “sal roja de Kasra” por el nombre de su puerto de embarque. Cuando nos acercábamos a Klima. debido al óxido férrico de su composición. son. constituye una dificultad adicional cargar con pesos desnivelados. residuos de lo que en tiempos fue un mar interior. —Es seda de esclava —dijo—. que de manera similar llevan a los almacenes del desierto los pesados cilindros de sal. ocho a cada lado. lo mismo que para un hombre. que se almacenan a algunos pasangs del núcleo de actividad minera. Un animal más fuerte puede llegar a cargar con diecisiete cilindros. en la costra de sal. y aún puede percibirse en ella el olor a . Para un animal. moldeados en Klima después de la extracción del material.

aunque estaba confeccionado en reps. Nos habían puesto aquella cuerda al cuello cuando habíamos entrado. —Sois libres de marcharos. En principio servía para mantenernos reunidos. holgados. sentados en el suelo. la “serpiente”. Muy bien. Estaba en pie frente a nosotros. —Sois muy libres de abandonar Klima en cuanto queráis —decía—. Lucía barba. Se aproximó a nosotros. Desde allí podíamos ver cómo se extendía el desierto en una superficie encostrada que reflejaba la luz del sol. Tras él estaban también de pie dos guardias con sus cimitarras. Oculté el pedazo de seda en la costra de sal. finalmente resultaba que solamente habíamos sobrevivido a la marcha quince hombres. Nos habían dicho que no nos la quitásemos. Iba a pecho descubierto. Así. Pero ninguno de nosotros la rompía. —¡Marchaos! —dijo riendo—. lo mismo que el cordaje. ¡Venga! ¡Marchaos! Ninguno de los hombres allí presentes se movió. de cuatro más que habían muerto a causa de la marcha a Klima. Nadie la separaba de su cuerpo. Nos habían mantenido en la sombra. habían cortado la cuerda de cuatro hombres. en el cual llevaba sujeta una daga curvada. enrollado. —¡Ah! ¡Vaya! —exclamó—. Así que preferís quedaros. Nadie aquí se opondrá a vuestro deseo. desnudos. —¿Por qué debo ocultarla? —Porque en Klima los hombres te matarían por ella. y el vello abundaba en su cuerpo. La luz penetraba en aquel cobertizo por una abertura en el techo. y era el jefe del cobertizo 804. Llevábamos cuatro días en Klima. —¡No! —exclamó entre carcajadas T´Zshal—. El hombre que hablaba se llamaba T´Zshal. Empuñó la daga curvada y nos cortó la cuerda que nos ataba el cuello. . Algunos se echaron atrás. y pantalones de lona. al pie del muro de uno de los primeros edificios que encontramos. Portaba un látigo. Fue hacia la puerta del cobertizo y la abrió de par en par. Al cuello llevábamos atada una ligera cuerda. ¿eh? Ésa es vuestra elección. tendréis que aceptar mis reglas. provenientes del desierto. De todos modos. si así lo deseáis —dijo. Nos habían dado de comer y de beber adecuadamente. Pero si os quedáis.mujer. La acepto. reunidos en ese cobertizo. Llevaba kaffiyeh y agal. que realmente podía haber servido para atar a muchachas. y un sash rojo. Era el símbolo de su autoridad sobre nosotros. ¡No bromeo! ¡En absoluto! Llevaba botas del desierto.

confundido. raramente se llevan en las caravanas. En Klima. tan pequeñas. —Pero. Una bolsa de un talu de capacidad es. —No deja de ser una posibilidad —dijo Hassan. ¿Se os permitirá quedaros? Varios hombres se dirigieron unos a otros miradas de aprensión. por el desierto. decidme. Estaba muy claro. el agua se transporta normalmente en pequeños recipientes. No es nada fácil merecerse el sustento en Klima. encogiéndose de hombros. —He hecho la marcha a Klima. estrechos. rápidamente. enrollando el látigo—. Debéis complacerme —dijo. Y las que existen son de un talu. seco. Esta vez no preguntó si le habíamos entendido. y quizás no —dijo T´Zshal—. Es de la clase que normalmente sirve para los nómadas que llevan a pastar al rebaño de verros en la vecindad de su campamento. excepto en las sillas de los exploradores. —Pero en Klima hay muy poco cuero —dijo T´Zshal—. Debéis ganaros el derecho a quedaros en Klima. mirando a las caras de los allí presentes—.De pronto restalló el látigo. Obedecimos. —De acuerdo. y aunque pudiera rellenarlas de agua. —De todos modos —preguntó Hassan—. Estaba claro que pensaba que Hassan había perdido el juicio. por tanto. Hay muy pocas bolsas de sal. —¿Lo habéis entendido bien? —preguntó. Había sido un chasquido muy fuerte. irte de Klima? Naturalmente. —Debes pensar que eres muy fuerte —dijo T´Zshal. —¡Sí! —respondió más de uno. de rellenarlas. para. Sonreí. —¿Tienes la intención —inquirió T´Zshal a Hassan— de robar varias bolsas. después de haber luchado con los guardianes. no parecía probable que uno pudiese transportar el agua suficiente para cubrir las necesidades de una marcha a pie tan larga. pues —dijo Hassan. Un talu representa aproximadamente cinco litros. Debéis trabajar duro. Todos lo entendíamos. una bolsa demasiado pequeña. Ésa es una decisión que yo debo tomar —añadió. fijados en yugos de madera para los esclavos. y mucho. y los guardianes las vigilan. Esa clase de bolsas. ¿no es así? T´Zshal le miró. aunque uno pudiera obtener muchas de esas bolsas. —Quizás sí. . —¡Arrodillaos! —gritó T´Zshal. —Sí —respondió finalmente T´Zshal. como si registrase aquel dato en la memoria. podemos abandonar Klima cuando queramos.

Sí. Pero me atrevería a asegurar que no es excesivamente diferente al mundo del otro . sus rutas no estaban marcadas en lugar alguno. hemos formado esta nación. hace muchos años. —¿Y nosotros? —preguntó Hassan. Los medios para imponerse son el acero y la habilidad. no lo sé. los que vienen a buscarla no nos molestan más. Pero tal como parecía que pintaban las cosas.—Todos aquí la hemos hecho. —¿Vosotros? —dijo T´Zshal haciendo una mueca—. lentamente— puede parecer un lugar terrible y cruel. —¿Y el jefe de la sal? —preguntó Hassan—. sin saberlo. lo mismo que todos. Ésa era una información descorazonadora. a guiarlo en la manera de obtener agua y a orientarlo para salir de allí. quedaba hacia el noroeste de Klima. o al jefe de cobertizo. —Aquí en Klima —dijo T´Zshal— no hay nadie que no haya hecho la marcha. Dicho esto. Todos los que estamos aquí somos esclavos de la sal. y ellos nos alimentan. pero a menos que uno supiera la dirección exacta. Sabíamos que Roca Roja. por si el mismo desierto no bastase para mantenerlos. Es más. Nosotros. esclavos del desierto —añadió mirándonos fijamente—. se echó a reír. —Klima —dijo T´Zshal. Ésa era una precaución para mantener los monopolios de la sal en el Tahari. para proteger el secreto de la ubicación de los distritos salinos. Aquí vivimos según nuestras propias reglas. Hassan pensaba en la posibilidad de forzar a algún guardián. En nuestros asuntos internos somos autónomos. —Sí. —¿Viniste tú también encapuchado a Klima? —preguntó Hassan. y las rutas que recorrer. ¿También ha hecho la marcha? —Sí —respondió T´Zshal—. lo mismo que la kasbah del Ubar de la Sal. Pero nadie en Klima las conocía. Nos quedamos muy sorprendidos al oírlo. Incluso en una marcha de un día. quizás al mismo T´Zshal. él también llegó desnudo a Klima. De hecho. pues sois los esclavos de los esclavos. ese conocimiento era perfectamente inútil. habían cuidado de que así fuera. Los hombres libres. y la administramos como mejor nos parece. he olvidado cualquier otro lugar. Sin duda. Recogemos sal para los hombres libres. lo mismo que el jefe de la sal. Una vez hemos entregado la sal. Quizás lo sea. el conocimiento de las rutas era vital. Vosotros sois los auténticos esclavos. uno puede dejar a un lado un oasis que está a dos o tres pasangs. los amos. ésa había dejado de ser una posibilidad. los esclavos.

Calculaba que estábamos a unos ciento cincuenta metros por debajo de la superficie. siguiendo al cono que se hundía. 16 HASSAN Y YO ACORDAMOS ACOMPAÑAR A T´ZSHAL En mi mano izquierda llevaba la cuerda enrollada. El timonel. encontrarás a los que llevan el látigo en la mano por un lado. Eran dos. a escasos metros sobre nuestras cabezas. En Klima. sobre el agua de aquel pozo. y podía elevarse a decenas de metros. Tiré de la cuerda para izar el cono metálico hacia la superficie. como yo. Éramos los “recolectores”. como en todas partes. Otras balsas navegaban cerca de nosotros. sobre aquella amplia balsa. En un principio me sorprendió mucho saber que las salmueras. Lancé el cono metálico a la superficie del agua. Tres de ellos manejaban los conos metálicos. A cada lado de la balsa brillaba. Y aquí —dijo mirándonos a Hassan y a mí—. que de . colgada de un poste. la otra a cerca de un kilómetro allá a lo lejos. cuando no estaba a cargo del remo. hacía frío. —Matándome —dijo T´Zshal. la una a doscientos metros de distancia. y por el otro a los que cavan y mueren. En según qué lugares podíamos ver el techo del pozo. en este cobertizo. y el timonel. De no haber sido por esas lámparas. La balsa se movía sobre aquellas aguas oscuras y viscosas. En otros lugares dicho techo se perdía en la oscuridad. soy yo quien lleva el látigo.lado del horizonte. encendida. Compartía la superficie de aquella balsa con otros ocho hombres. llevaba una lanza. —¿Cómo se convierte uno en jefe de cobertizo? —pregunté. Además había cuatro hombres a cargo de las pértigas. No estábamos solos en los pozos. En el pozo. la oscuridad más absoluta nos rodearía. y dejé que se desenrollara la cuerda de mi mano izquierda. atada a la agarradera del cono metálico perforado que sostenía en la derecha. una lámpara de aceite.

El timonel apuntó hacia él la punta de su lanza. no se hunde en esas aguas.hecho constituían pequeños mares subterráneos. Creía que serían aguas muertas. Ésa es una de las razones que hacen práctico el uso de las pértigas. en su mayoría isótopos. No volví a enrollar la cuerda para lanzar el cono metálico. Los otros hombres acudieron al lado que ocupábamos sobre la balsa. semejantes a helechos. salpicando de agua la balsa. un vago recuerdo genético de un órgano descartado a lo largo de su evolución. —¡Mirad! ¡Ahí! —dijo un cosechador. Otro inconveniente. Entre los lelts también podíamos ver. Ocurre con frecuencia que los lelts se sienten atraídos por las balsas de las salmueras. Aunque son seres ciegos. pequeñas salamandras. anormalmente desarrolladas. dada la ausencia de luz solar que hacía imposible la fotosíntesis básica. así como de sus receptores craneales. y tan sólo constituye un rasgo lejano de su anatomía. para el desarrollo de la vida en aquel fluido era su alta salinización. y se rompía en reflejos amarillos. Nada lenta y suavemente. La luz de nuestras lámparas se reflejaba en la superficie tenuemente. Por otra parte. que pueden actuar contra la inusual flotación de esas aguas. lo cual aparentemente contribuye a su ocultación en ese medio desprovisto absolutamente de luz. y todos contemplamos cómo se movía aquel bulto. es también anormalmente grande. o quizás sea el calor. Pero pronto me di cuenta de que todas mis conjeturas iniciales sobre la ausencia de vida allí eran equivocadas. Sus aletas se mueven en el agua con extrema lentitud. el amplio tubo de madera que estaba situado a mi izquierda. creo que la luz también les atrae. y le hace más fácil detectar las vibraciones de sus presas. aquí y allá. cuyos conos y pértigas sumergidos atraen la atención de sus protuberancias laterales. Un cuerpo humano. u oído oculto. parecidos a los helechos. hacia las fuentes de luz y calor. —¡Ahí! —dijo otro de los hombres. Sus cabezas sin ojos salen del agua y orientan sus filamentos. pues contiene centros de percepción de olor muy desarrollados. también blancas y ciegas. Salió a la superficie. Levanté el cono y vertí su contenido en la vasija de retención. Su órgano de equilibrio. También yo observé las aguas. que son toda clase de criaturas segmentadas. El lelt suele medir de diez a quince centímetros. Es blanco. hacia una u otra lámpara. Son animales capaces de permanecer durante largos períodos . Yo también lo había visto. así como dos centros de recepción de vibraciones. Continué izando lentamente el cono metálico. su centro visual está atrofiado. el primer eslabón de la cadena alimenticia. El cerebro de los lelts es muy interesante. de largas aletas. no estaban desprovistas de vida. en principio. por ejemplo.

El timonel se mantenía alerta con su lanza. desprovista de ojos. con los que en un principio los confundí. —Se ha marchado —dijo un hombre. órganos captores de vibraciones. y los laterales. Había salido a la superficie a menos de tres metros de la balsa. —¿Es el Viejo? —preguntó uno de los hombres. Las branquias del lelt se abren a ambos lados de sus mandíbulas. Así. como el lelt. lo cual alertaría a las presas. De pronto. Se movía lentamente. no dispone de receptores craneales. ¡Ahí está! ¡Le he visto! Pero había desaparecido antes de que yo pudiera verlo. Estas largas patas le permiten. —No lo sé todavía —dijo otro. que es común en los animales en crecimiento. con un movimiento dorsal y de la cola. Esta vez estaba más cerca. El timonel había palidecido. Los lelts y las salamandras habían desaparecido por completo. enorme. aquella cosa desapareció. lo cual constituye una ventaja en un medio en el que el alimento es difícil de encontrar. y ese rasgo los distingue de los lelts. como en el lelt. por otro lado. y su metabolismo es muy lento. Pero lo que centraba nuestro interés en aquellas aguas no eran los lelts. y luego se volvió. Por este motivo. ni las salamandras. Por lo visto. Entonces pude verlo. sino branquias exteriores. sin molestarlo. Vimos su cabeza angulosa. —¡Mirad! ¡Ahí! —grité. como es común en los peces de aguas abiertas. blanca. sin agitar el agua. . y a un reducido coste metabólico. me engañaron los filamentos laterales de la cabeza. Aunque este tipo de salamandras posee una línea lateral de receptores de vibraciones. —¡Se ha ido! —dijo uno de los hombres. —¡Ahí! —gritó un hombre—. Entonces volvió a sumergirse.en somnolencia. pero en las salamandras esos filamentos ramificados no son. Al verlos desde la balsa. Nadie. lo conserva también la salamandra adulta. desplazarse sobre él con rapidez. pues los efectos vibratorios de estos órganos son similares. que en los mares subterráneos nunca se ve desprovista de este sistema de respiración. y no a ambos lados de la cabeza. la salamandra podrá alcanzar presas inaccesibles para el lelt. Las aguas quedaron en calma. en el transcurso de un año. además. las branquias ramificadas de las salamandras les permiten beneficiarse de las mismas presas que el lelt. Con la ayuda de sus extremidades. la salamandra se limita a veces a seguir al lelt. Estos animales poseen patas largas. se ve con frecuencia a ambos animales en busca de alimento en las mismas áreas. había visto al Viejo. tienen menos sensibilidad que los del lelt. —¡Ahí! —gritó un hombre señalando un punto concreto en el agua. Este órgano.

Todos habíamos visto en su espalda blanquecina. Sus branquias. —Significa que el Viejo todavía nos acompaña —respondió el timonel. Una de las lámparas se apagó. a poco más de un metro de donde yo me encontraba. como las del lelt. Vi al hombre que gritaba.—Es el Viejo —dijo. En la parte superior de la escala alimenticia de las salmueras estaba aquel animal. cuando no caza. Ello constituye una adaptación a la sal. El aceite empezaba a escasear en las lámparas sujetas a los postes de las cuatro esquinas de nuestra embarcación. un descendiente del terror de los antiguos mares. Recoged sal. con nueve branquias a cada lado. observando el agua que nos rodeaba. de color blanco. Se oyeron unos gritos alejados. hundiéndolas en el agua. Vigilad. La cabeza de aquel animal medía más de un metro de ancho. Las aguas volvían a estar tranquilas. —¡Esperad! —dijo el timonel—. cerca de la aleta dorsal. Otras marcas de lanza se abrían en su enorme cuerpo. están situadas a los lados de sus mandíbulas. —¡Las pértigas! —gritó el timonel—. —Debemos recoger la cantidad asignada —dijo otro hombre. un animal de largo cuerpo. atrapado súbitamente en sus fauces. una larga cicatriz. nada a menudo con la cabeza por fuera del agua. Volvimos a tomar nuestros conos y cuerdas. sin hacer nada. la misma arma que había ocasionado aquella herida debía haberle seccionado parte de la aleta dorsal. —Ha vuelto —dijo uno de los hombres. —Recojamos sal —dijo un hombre. pues así se conserva energía que de otra . —Se ha ido —dijo un hombre. Durante más de un cuarto de ahn estuvimos allí. en la oscuridad. ¡Las pértigas! Los encargados de manipularlas maniobraron desesperadamente. De hecho. y luego volvió a reinar el silencio. en la parte inferior. —Los lelts no han vuelto —dijo el timonel mirándome. y resbaló por encima de la superficie. Seguí recogiendo sal. empezó a girar. y recomenzamos la recolecta. La balsa se sacudió. Era el tiburón de la sal. el tiburón de la sal. En el lugar correspondiente a los ojos se abrían dos agujeros. escrutando las negras aguas. Volvió a emerger de pronto. —Está bien —dijo el timonel—. Dada la alta salinización de estas aguas. Las aguas parecían calmadas. —¿Y eso qué significa? —pregunté.

Otra lámpara se apagó. Emergió rápidamente. —¡Palas! —gritó el timonel. La pesada cabeza volvió a sumergirse en el agua. —¡Vosotros! —dijo el timonel—. De pronto. El Viejo golpeó de nuevo la balsa en dos ocasiones. En ese momento no quedaba más que una. Algunos hombres salieron volando. y golpeó algo con su pala. —Se ha marchado —dijo uno de los hombres de las palas. En la oscuridad nos agarramos a las vasijas. de más de seis metros de largo. en medio de aquella oscuridad. horrorizado. a popa. Durante más de un ahn navegamos en silencio. agarrándome a un madero roto. debajo nuestro. batiendo su larga cola. La tercera lámpara se apagó. sobre la balsa. Un hombre gritó. La balsa giraba lentamente. Se oyó el ruido de la madera al restallar. La madera se levantó. La madera se movía. Oí que la bestia se llevaba entre sus fauces a más de un hombre. —¡No toco fondo! —gritó uno de los hombres. para sentir en la oscuridad. la balsa pareció escorarse a popa. Cerca. aferrado a su remo. o a nuestro alrededor. entre gritos espeluznantes. Nuestra esperanza era encontrar un lugar en el que tocar fondo y poder utilizar rápidamente las pértigas. Estábamos en medio de la oscuridad más absoluta. nadaba el Viejo. muy nervioso. pero resistió. se apagó también. Sentimos el impacto del animal. sentimos que algo chocaba contra nuestra balsa. De pronto. Los hombres dejaron las pértigas junto a las vasijas de retención. salpicándonos abundantemente. Pasó más de un cuarto de ahn. empujados por los movimientos de aquella bestia enorme. emergió y en un gran salto cayó sobre nuestra balsa. pero luego volvió a hacerse la calma. El gran cuerpo de aquel animal volvió a la superficie de la balsa cuatro . De pronto. Yo me tumbé sobre los restos de la balsa. dando impulso a su cuerpo para sacarlo del agua. Se oyeron gritos en la oscuridad.manera se gastaría constantemente en una actitud en la que puede darse la oxigenación. De repente. o eso parecía. Creímos que el Viejo ya no estaba con nosotros. Pero el Viejo no nos había abandonado. Las vasijas de retención cayeron por la borda. El Viejo había colocado su cabeza sobre la balsa. —¡No veo nada! —gritó una voz. Después volvió a sumergirse. y cayeron varios metros más allá sobre la superficie. ¡Tomad las pértigas! Obedecimos. Sentimos el cuerpo del Viejo bajo la balsa.

—¡Loco! —exclamó T´Zshal—. Un hombre se sujetó al otro extremo. Había sobrevivido. debatiéndose enloquecidamente. —¡Poneos a salvo! —gritó antes de volver a tirarse al agua. pero no podía ver nada. —¡Hassan! —grité.veces más. protegida por los restos de la estructura de la balsa. ¡Aquí! —¡Socorro! —oí gritar—. ha sido el Viejo. . pero no me separó de los restos de la balsa. —¡Vuelve! —le grité—. ¡Socorro! Oí que dos hombres nadaban hacia la balsa. ¿verdad? El timonel asintió. —¡Pobre loco! —dijo una voz. recubierta sin duda por una capa bacterial. ¡Loco! Bien —dijo mirándonos fijamente—. como si se hubiera vuelto loco. —Hay otro hombre en el agua. —¡Agáchate! —le avisé. El otro subió a la balsa y empezó a dar vueltas por ella. Era otra balsa que se aproximaba. pero el Viejo lo arrancó. lisa. Distinguí luces en el agua. No volvió. Subimos a la que había acudido en nuestra ayuda. entre gritos despavoridos. y cuando la encontré la tendí en la dirección de la que procedía la voz. con la lanza levantada. y no ha olvidado sus artimañas. No sabía si estaba solo o no. de la pértiga que le había tendido. que debía estar a unos cuatro pasangs del punto en el que nos encontrábamos. en alguna parte —dije—. —El Viejo ha vuelto —dijo—. ¡Aquí está la balsa! Me arrodillé. —Volvamos a puerto —dijo uno de los pertigueros de la embarcación de T´Zshal. Ha nadado en aquella dirección. Uno empezó a gritar. como la de los tiburones de los grandes mares. abrasiva. —¿Dónde estáis? —oí que preguntaba alguien. T´Zshal miró la superficie de aquellas aguas oscuras. Intenté salvar a otro hombre de manera similar. Le ayudé a subir. Su piel no era rugosa. Busqué una de las pértigas. —¡Sí. ¡Vuelve! Supuse que su intención era nadar hasta el puerto. soy yo! —¡Socorro! —se oyó gritar. Resbaló sobre mí. —¡Aquí! —grité—. ni siquiera cuando le advertí que nadaba en dirección equivocada. Me tocó. Las dos balsas se tocaron. sino resbaladiza. —¡Aquí! —volví a gritar—. En una ocasión sentí que pasaba sobre mi espalda. En la proa vimos a T´Zshal.

. —¡Y yo también! —dijo Hassan. —Vamos a cazar al Viejo —había dicho T´Zshal. —He estado nadando un rato. tiempo atrás o recientemente. La pesada balsa giró lentamente y tomó la dirección de los muelles. al atardecer. —Sí —dijo T´Zshal llevándolo hasta el centro de la embarcación. Enseguida cayó dormido. Aquel hombre no parecía recordar nada del Viejo. y los almacenes. 17 LO QUE OCURRIÓ EN EL POZO Creo que no subió a la balsa ningún hombre que no hubiera perdido. —¡Saludos! —dijo. por lo menos un amigo en las fauces del Viejo. Pusieron cara de desagrado. —¡Saludos! —dijo T´Zshal sacándole del agua. Había visitado varios pozos. Un ahn después encontramos al hombre que buscábamos. Habíamos decidido que no mataríamos a T´Zshal. levantada. y en la otra una linterna. —Volvamos a puerto —ordenó T´Zshal. pero no desobedecieron a su jefe de cobertizo. algunos abiertos.—¡Vamos! —insistía un hombre—. —Vamos a cazar al Viejo —había dicho. con la lanza en una mano. El mismo T´Zshal se mantuvo en la proa. y las refinerías. volveré por aquí. ni de la razón por la que había estado nadando. Hassan y yo nos miramos. —¡Yo quiero acompañarte! —dije. otros subterráneos. ¡Volvamos deprisa a puerto! —Uno de mis hombres está en el agua —dijo T´Zshal señalando la dirección que debían seguir el timonel y los pertigueros. Ellos le habían seguido. —Mañana —dijo T´Zshal—.

Aparte de él. entre la tripulación solamente Hassan y yo habíamos asistido al ataque del día anterior. bajo el sol sin piedad. con la cabeza barbuda recostada en un brazo. a babor. con nuestras largas pértigas. había sido nuestro timonel volvía a sujetar el remo que gobernaba los movimientos de esa plataforma abierta. —No —había respondido él. No dejaba de preguntarme cómo podía ser que un hombre como aquél se atreviese a volver la espalda a los violentos eslines entre los que caminaba todos los días con un látigo en la mano. era Ubar. sustentador de un título tan precario. Nadie había recibido órdenes. entre tantos esclavos que podrían codiciar su kaffiyeh y su agal? ¿Cómo podía ser que no temiese que alguno de ellos hiciese algo tan simple como despojarle de su propia daga para clavársela en la garganta? El jefe de cobertizo. la bandera de Klima. aun siendo un esclavo. ni bajo el consejo de una cimitarra desenvainada. Muchos tenían la piel ennegrecida por el sol. Pensé en cómo podía ser que nadie le hubiera matado todavía para convertirse en jefe de cobertizo. pues habían acudido sin cuerdas. pero todos los que habían acudido no lo habían hecho como esclavos. ¿Cómo podía ser que él. Cerca se encontraban las antorchas de recambio. Nadie había acudido a la balsa bajo la amenaza del látigo. que constituía nuestro navío. Muchos eran hombres entrados en años. como hombres. Estábamos lejos ya de los muelles. con el látigo y la cimitarra. por si pudieran resultar necesarias. Incluso allí habíamos reclutado a los voluntarios. un hombre que luego no había subido a bordo. que aloja la armería. semejante a una fortaleza. pues tenía poder de vida y muerte en la demarcación de su terreno. En las esquinas de la balsa ardían las lámparas sobre los postes. sucia. Eso me hizo pensar que quizás T´Zshal había pertenecido a la Casta de los Guerreros. así como el domicilio y los despachos del mismísimo jefe de la sal. Observaba a T´Zshal dormido. desafiante. Todos eran esclavos. sobrios y maduros. —¿No pondrás veneno en la hoja? —le había preguntado un hombre en el muelle. de unos dos metros y medio. Avanzábamos por el mar lentamente. El que el día anterior. Ahora quiero dormir. Su voluntad y su palabra eran la ley en el . En lo alto de la torre vi ondear al viento constante y caliente. —Despertadme cuando los lelts se hayan marchado —había dicho T´Zshal—.Habíamos ido con el mensaje incluso a la torre de Klima. Se había tendido tras la estructura en la que se almacenan los tubos de sal. durante el ataque del Viejo. se atreviese a dormir en aquella balsa. A su lado estaba tendida la larga lanza. aquella construcción cuadrada. y se había dormido.

Miré a T´Zshal. Se sentó. Es necesario pensar que si ha habido razones para matar a un jefe. pensaba. el mismo asesino sería el próximo en morir. Era porque el asesino se convertiría luego en el jefe de cobertizo. —Despertad a T´Zshal —dijo el timonel. en cualquier momento? —Los lelts se han marchado —dijo un hombre. los hombres no desean convertirse en jefes de cobertizo. y finalmente se . Había pensado en la razón que hacía posible que los hombres no mataran a T´Zshal. Y si se le mataba. T´Zshal abrió sus ojos. Las aguas seguían oscuras. lo suficientemente fuerte como para levantarlo entre las bestias salvajes condenadas a las minas de Klima? ¿Quién tendrá la valentía y la generosidad de aceptar el horrible cargo de amo de cobertizo de Klima? Me dirigí a la figura yacente del jefe de cobertizo y puse mi mano sobre su hombro antes de decir: —Despierta. Además. No es fácil ser jefe en Klima. Los lelts se han marchado. también las habrá para matar a su sucesor. a los hombres que no cumplían con su cuota de cosecha de sal diaria.cobertizo. ¿Quién es lo suficientemente valiente. se le nombraba jefe de cobertizo. el hombre que lo hacía no sólo no recibía castigo alguno. El asesino tendría que marcar los límites de la autonomía. Se desperezó. la masacre. sino que además se le investía con el poder del que había asesinado. Pero de todos modos uno ha de serlo. de la libertad. a su asesino. Con los dedos y un poco de agua fresca de un odre se limpió los ojos. No. Ése es un alto precio a pagar por el látigo. y la razón por la que en Klima existían las leyes y el orden. pero en ese momento parecían vacías. que los hombres sobrevivieran en Klima. y su cabeza de facciones duras seguía recostada en el brazo. y esa temible responsabilidad recaería sobre sus hombros. Si lo quería. o simplemente podía golpear a su antojo. o matar. En ese momento lo había descubierto. Si las palabras de uno se convierten en leyes. Antes de liquidar al jefe de cobertizo es necesario calcular detenidamente las consecuencias que puede acarrear tal decisión. uno debe aceptar esa carga. ¿Cómo podía ser. Tomó un sorbo. T´Zshal. o azotar. podía amarrar a un poste. De pronto comprendí la institución del jefe de cobertizo. uno debe hablar con sumo cuidado. Solamente el acero y la voluntad evitan la catástrofe. y que no se lanzasen unos contra otros. y en cómo podía ser que ese acuerdo social fuera tan estable. El látigo debe sujetarse bien. y las leyes oscuras que hacían posible su existencia. Los lelts y las salamandras habían desaparecido. a diestro y siniestro. Sentí que un escalofrío recorría mi espalda. Su lanza seguía a su costado.

. El jefe de cobertizo lanzó un grito de rabia y de alegría. por la parte de popa. mostrando sus terribles fauces. dirigiéndose hacia la balsa. T´Zshal tomó su lanza. a estribor. Cuando se encontró cerca de ella. Obedecimos. Más allá volvió a emerger su aleta dorsal rota por alguna lanza tiempo atrás. Se levantó tres metros en el aire. Los demás lo vimos tan sólo después de sentir ligeramente su movimiento. En esos momentos no pensaba en los camaradas que habían muerto el día anterior en las fauces de ese monstruo asesino. dirigiendo su cuerpo hacia la balsa. T´Zshal. hacia T´Zshal. pues teníamos ante nosotros al Viejo. Si se apagaban las lámparas y las antorchas quedaban sin encender. antes de clavar la lanza profundamente en el cuerpo de la bestia. En su mano sujetaba la lanza ensangrentada. El corazón me latía fuertemente. El Viejo volvió a encararse a la balsa. que a la luz de las lámparas parecía negro. Estaba a unos doce metros. en la cacería. no creía probable que volviésemos al muelle de la sal. La bestia emergió a menos de un metro de la balsa. —¡Saludos. en el enemigo. volvió a desaparecer. que se levantó en el aire. su enorme cabeza. T´Zshal fue el primero en verlo. girando. Alrededor de la balsa no se producía movimiento alguno. En ese momento pensaba sobre todo en la bestia.levantó para estudiar las aguas que nos rodeaban. —¡Ah. Acto seguido se quitó la camisa y las botas. Cubridlas cuando el agua se levante. ¡Volvemos a encontrarnos! Después. con la punta hacia abajo. Ninguno de los hombres hablaba. —Está enfadado —dijo un hombre—. Viejo! —gritó T´Zshal. Parecía mirarnos. La agarró con las dos manos. En las aguas cercanas vi cómo el Viejo empezaba a batir la cola. De pronto. se sumergió. Era un líquido espeso. Pero ya podía apartar ese temor de mis pensamientos. Viejo! —me pareció oír susurrar a T´Zshal—. El agua estaba tranquila y oscura. Le has hecho enfadar. antes de volver a caer y desaparecer bajo la superficie. Apenas se movía en el agua. —Apartaos del borde de la balsa —ordenó. el jefe de cobertizo se volvió y nos dijo quedamente: —Proteged las lámparas. En ese momento sólo temía que el monstruo rechazara el combate. sus ojos ciegos.

Se había tendido del lado del tubo de sal. y parecía mirarnos. Ni una queja salía de su boca. pero pronto se apagaron. a popa. —¡Traed las lámparas al centro! —dijo T´Zshal—. y de nuevo emergió a unos quince metros. restallando por la cubierta. —Quizás ya no vuelva —dijo uno de los hombres. la cola del animal. El Viejo había vuelto a desaparecer. El Viejo había agitado la cola brutalmente en esa parte. porque antes de dejar atrás los muelles habíamos cuidado de llenar los tubos de sal. Sentimos que el enorme cuerpo del Viejo empezaba a contorsionarse bajo los pesados maderos de la estructura de la balsa. pero la cola. intentando volcarla. Volvió a desaparecer de nuestra vista. —Quizás —dijo T´Zshal. De pronto reapareció. Todos se echaron a reír a grandes carcajadas. ¡Proteged las lámparas! La lámpara de babor se había apagado. prendió la pierna del hombre y la torció. —¡Cubrid las antorchas! —gritó T´Zshal—. bajo el agua. No volvimos a verlo en más de un cuarto de ahn. Miré al hombre de la pierna rota. Parecía que nos observaba. —Estabas mal situado —le dijo T´Zshal. la balsa se levantó hasta un ángulo cercano a los cuarenta grados. lanzándola varios metros más allá. ¡Permaneced cerca de los tubos de sal! Pequeños charcos de aceite de la lámpara caída ardían sobre la superficie del mar. lanzando torrentes de agua sobre la cubierta. rompiéndola.—¡Sujetad los tubos de sal! —gritó T´Zshal. Pero enseguida nos dimos cuenta de que el objetivo de este último ataque del Viejo no había sido aquel hombre. pero ninguno de ellos cayó al agua. con las manos en el pecho. Pero no le fue posible. quieto. contra un tubo de sal. hasta que de pronto resonó un grito: —¡Aiiiiee! Era el hombre que estaba más cerca de la lámpara de estribor. En cuatro ocasiones intentó aquel monstruo volcar nuestra balsa. Los hombres cubrían las antorchas con sus cuerpos. El hombre había retrocedido. emergiendo del agua a unos tres metros y volviendo a sumergirse. al agua. El Viejo giró a nuestro alrededor. De pronto. Los hombres resbalaban y caían. había segado el poste del que colgaba la lámpara en esa esquina. En ocasiones se detenía. El Viejo dio la vuelta a la balsa cinco veces. Efectivamente. sino la luz. como un gigantesco látigo. El monstruo empujaba salvajemente por debajo de la embarcación. tendrás que venir a por nosotros! —le dijo . —¡Si de verdad nos quieres.

Los dientes del animal cogieron el amplio pantalón del jefe de cobertizo por debajo. blanca. El mismo T´Zshal se vio zarandeado. —¡Encended las antorchas! —grité. volviéndose de un lado. Sin pensármelo dos veces. sin que ninguno de nosotros lo esperara. con T´Zshal! ¡Te está esperando! Vi que el agua empezaba a moverse alrededor de la cola del tiburón de la sal. El desgarro que las fauces del animal habían producido en sus ropas dejó al descubierto una larga cicatriz. No había duda de que T´Zshal y el Viejo ya se conocían. ¡Venga. y ponedla muy alta! Volvió a preparar su lanza. surgió. se lanzó contra el cuerpo del monstruo y le hincó profundamente el arma. En la confusión. pequeño! ¡Ven aquí! ¡Ven aquí. con su lanza por delante. En el agua. con las grandes fauces abiertas. En el último momento se pudieron encender las antorchas con la única luz que había quedado. salté de la balsa y. El gran cuerpo del monstruo surcó la superficie del agua. De pronto. desgarrando la tela hasta la cadera. Debía haber sido una herida terrible. entre el estrépito de la madera y los gritos de los hombres. T´Zshal esperaba. ¡Ven. de que se habían enfrentado alguna vez. Entonces vimos cómo el cuerpo del tiburón volvía a emerger. En el borde de la balsa se levantó. En sus fauces llevaba prendido el cuerpo de T´Zshal. irregular. Nadie hablaba. —¡Rápido! —gritó T´Zshal—. —¡Viene para aquí! —gritó uno de los hombres. que descendía por toda su pierna. sucedió: por atrás. Viejo! —dijo T´Zshal.T´Zshal—. T´Zshal. abriéndole una herida en el costado de un metro de recorrido. y tiraron de él. y revolcó aquella cabeza enorme por la cubierta. me di cuenta de que solamente quedaba una lámpara encendida en medio de toda aquella oscuridad. pero llegaba a ser de unos cinco centímetros. —¡Ten cuidado! —le advertí a T´Zshal. —¡Somos viejos amigos. Viejo! —repetía T´Zshal—. ven aquí! Nunca antes había visto esa cicatriz. en el pasado. con la lanza preparada. —¡Ven. y cruzó la cubierta. ¡Encended una antorcha! ¡Encendedla. que en esos momentos volvía a debatirse por cubierta. antes de poder calcular con . batiendo la cola. desde debajo de la superficie. pero pudo recuperar el equilibrio y volver a hincarle el arma en la cola. lanzando terribles dentelladas. ¡Ven! A la luz de la lámpara. sus ojos ciegos parecían adquirir una expresión furiosa. Casi la rodeaba y la anchura variaba según el lugar. gritando en dirección al agua—.

Me sumergí con él. intentando unirlas. y yo pude desenvainar el arma. y metí el brazo en sus fauces. Volví a intentarlo. que se arrastró por el fondo del agua. junto a las mandíbulas. hasta que el animal volvió a sumergirse. a su lado derecho. Pero el tejido branquial era muy delicado. y de los gritos que lanzaban los hombres. se hallan inclinados solamente en dirección a la garganta del animal. alcancé el costado del Viejo. su presa. y esta vez pude agarrar el cuerpo del capataz del cobertizo. Ése era el caso del Viejo en esos momentos. izándome a la superficie de la balsa. y por otra parte cabía suponer que el acto reflejo del animal sería sujetar. pero el monstruo giró. En su cuerpo colgaba la carne desgarrada. y no soltar. Los ojos me picaban por la abundancia de sal. pero fue inútil. y yo procuré ayudarle a hacerlo con el arma. que enseguida clavé desesperadamente en el tejido branquial. Me arrastré hasta donde se encontraba. en aquellas aguas debía ser muy difícil encontrar alimento. pero estaba bien sujeto a él. pues sujetaban el cuerpo de T´Zshal. Sacudí la cabeza y dejé la aleta. —Has dejado que el Viejo te prendiera —le dije. No podía soltar la daga. con aquel arma me habría sido difícil alcanzar las vísceras interiores. No solté mi agarradera. y la bestia se volvió a sumergir. Mi brazo entró en ellas. Hassan tuvo que sacármela de entre los dedos apretados. En aquel instante fui vagamente consciente de las luces que brillaban en la balsa. era como capas de pétalos superpuestos. porque el cuerpo estaba profundamente prendido. Incluso para un animal como él. para luego salir a la superficie en un salto de más de dos metros. abiertas para sujetar el cuerpo de T´Zshal. Intentaba al mismo tiempo devolver el cuerpo de T´Zshal. ni su localización. De todos modos. —Estaba mal situado —me dijo sonriendo. A mi lado estaba tendido T´Zshal. Alcancé con la mano el puño de la daga que T´Zshal llevaba a la cintura. Pero el Viejo seguía vivo cuando me estiraron de él Hassan y otro hombre. Me agarré con todas mis fuerzas a la aleta lateral del monstruo. El picor en los ojos me cegaba. agarrándome en las mismas mandíbulas del animal. El tiburón de sal salió del agua otra vez. y me era difícil respirar por la sal que había invadido mis vías respiratorias. El monstruo intentaba sacudírseme de encima debatiéndose. No sabía cuántos corazones podía tener aquel animal. Las sacudidas fueron haciéndose cada vez más débiles. y eso hace que no puedan soltar con facilidad a su presa. Presioné las heridas.precisión las consecuencias de mi acción. . No pude alcanzar mi objetivo. como los de otras especies marinas. y perdí mi presa. sintiendo el dolor en sus branquias. Los dientes de aquel animal. Esa era una de las adaptaciones a la vida marina en aquel medio. y sabía que esos órganos eran absolutamente vitales para extraer oxígeno del medio. y volví a salir. que estaban abiertas.

entretanto. —Creía que habías hecho la marcha de Klima —dije. —Lo que es yo —me dijo Hassan—. brillante y viscoso por la sal. —Bien —dijo T´Zshal. y como hilo usé el cuero de refuerzo de la hoja de la lanza. T´Zshal! Vimos cómo sus puños se apretaban. no te aceptaría en el gremio de curtidores. —Muerto —respondí. Los lelts todavía no se habían atrevido a acercarse al cadáver flotante del . presionaba la carne separada. Su cadáver flotaba en el agua. Utilicé la daga como si fuera una lezna. Quitamos las tiras de cuero que habían reforzado la sujeción. —¡Buscad la hoja de la lanza! —dije—. Veía las heridas bajo la luz de las antorchas que iluminaban aquel cuerpo. Ambos nos echamos a reír. Mi trabajo fue muy basto. y quitadle las ataduras de cuero! ¡Traedme la daga! —No podrás salvarlo —dijo Hassan. Alrededor del cuerpo del jefe de cobertizo. ¡Buscadla. —Y la hice. Hassan —le recordé. Su cuerpo era más largo que la misma balsa. —Dejadlo —dije. pero era el único que cabía hacer en ese lugar y en esas condiciones. —¡Traedme lo que os he pedido! —dije. —Te ayudaré —me dijo. los maderos estaban manchados de sangre. ¡Ayúdame! —No hay esperanza —dijo Hassan. T´Zshal abrió los ojos en una ocasión y dijo: —Dejadme morir. La daga estaba clavada en la madera. Seguí presionando la carne separada. cerró los ojos. blanco. Un poco más tarde dormía. —¡Ha muerto! —dijo uno de los hombres. La frente se me cubrió de sudor. Después. T´Zshal dormía. —¿Qué hacemos con el Viejo? —preguntó un hombre. —¡Hassan! —dije—. —¡Pues vuelve a marchar. Encontraron la lanza. frente a mí.—¿Y el Viejo? —preguntó T´Zshal. Hassan. —Hemos compartido la sal. flotando cerca de la balsa. Mis manos estaban manchadas de sangre y de sal. con el mango roto. —No sabía que había tanta sangre en el cuerpo de un hombre —dijo uno detrás mío.

y en las negras aguas daría comienzo un ciego festín. sobre el que estaba tendido T´Zshal. a cambio. —¿Cómo es que esta entrevista tiene lugar en el domicilio del jefe de la sal? Estaba en pie sobre frías baldosas. —Me has salvado la vida —dijo T´Zshal—. —En Klima no tenemos kaiilas —dijo T´Zshal. —No —le dije—. Frente a mí había un lecho. esclavos también de Klima. con las severas heridas. —Lo sé —respondí. —Mi libertad —respondí—. Los hombres tomaron sus pértigas. desnudo de cintura para arriba. y agua. sólo me pides tu propia muerte. Estaba tendido sobre el lecho. —Volvamos a los muelles de la sal —dije. La gran balsa empezó a girar y a avanzar en su camino de vuelta a los muelles. y agua. Alrededor del lecho también había hombres de la Casta de los Médicos. —¿Y entrarías a pie en el desierto? —Tengo asuntos que atender fuera de Klima. —Porque yo soy el jefe de esclavos —dijo T´Zshal. Miré a T´Zshal. —¿Qué desearías como recompensa? —volvió a preguntar T´Zshal. amarillas y azules. Por los alrededores había guardianes. que le rodeaban el cuerpo. en la torre del jefe de la sal. 18 RECUPERO UN PEDAZO DE SEDA —¿Qué quieres como recompensa por haber salvado mi vida? —preguntó T´Zshal. Pero el hambre no tardaría en atraerlos hacia esa enorme masa. cosidas. al descubierto. Lo que te pido es la libertad. . Hassan estaba cerca de mí. en una sala abovedada.Viejo. Y ahora.

—No conoces el desierto. para no sudar. Era la noche del Tahari. debíamos proteger con nuestros propios cuerpos la superficie sobre la que nos encontrábamos. no las rechazaremos —respondió Hassan. pude sacarla de aquella costra. Bajo el sol del Tahari hay hombres que tan sólo sobreviven durante cuatro horas. y las tres lunas. Yo también tengo asuntos que atender fuera de Klima. ¡Atadlos en una estaca al sol! Los guardianes nos agarraron por detrás. —¿Y saldríais de Klima a pie? —Si nos das unas kaiilas. Luchamos. Moví la estaca a la que estaba atada mi muñeca. Hassan volvió hacia mí su cara. Pero ahora hacia frío. —¡Te he salvado la vida! —grité. Un centímetro más y otro. —¡Atadle en una estaca al sol! —gritó T´Zshal. Debía haberse movido un centímetro. no importa que hayan hecho o no la marcha de Klima. —Hassan —dije—. Podía ver las estrellas. . Habíamos tenido que movernos lo menos posible. —Podría hacer que ambos ocupaseis cargos importantes en Klima. —El desierto es mi madre y mi padre —respondió Hassan empleando un dicho del Tahari. Además. —Nuestro interés está en otro punto —dije. —¡Y a éste también! Tenía frío. Finalmente. —Muy bien —dijo T´Zshal volviéndose a los guardianes—. —¡Eslín! —gritó Hassan. Yo también pido libertad y agua. El sol se había ocultado ya. pues la temperatura del suelo puede llegar a alcanzar los ochenta grados centígrados a última hora de la tarde. —Es nuestra última palabra —respondí. —Mañana a mediodía estaremos muertos —dijo Hassan. Habíamos estado atados a las estacas durante el día. ¿Vives? —Sí —dijo él a mi lado. —Tú sí conoces el desierto —dijo T´Zshal. —Yo le acompañaré —dijo Hassan—. —¿Es vuestra última palabra? —preguntó T´Zshal. —No hables —le dije. Volví a mover la estaca a la que estaba atada mi muñeca derecha.

con las cimitarras desenvainadas. bajo las lunas. dieron un paso adelante. con bolsas de yugo que caían por delante de sus cuerpos. Antes de que se acabara el agua de aquel odre. Vete solo. ¡Separa la estaca de su muñeca! Acto seguido. Ahora conocemos mejor la falta de agua y el sol. Yo no puedo caminar. lo pasamos para que . ¡Guardia! —dijo volviéndose a uno de ellos—. Esperaba que así os sacaría esa loca idea de la cabeza. De mi muñeca izquierda seguía colgando la estaca que había desclavado primero. T´Zshal —dije—. —Sí. la seguimos teniendo —respondí. Con ella me enfrentaría al acero. Finalmente. Le aguanté luego por la cintura para que empezáramos a caminar. uno que cargaba con una bolsa de talu. Depositaron la silla ante nosotros. A nuestro alrededor. ¡Te digo que no puedo caminar! Me incliné y le ayudé a ponerse en pie. Yo estaba sorprendido. y él me puso el brazo sobre los hombros. Dos hombres. —La experiencia nos ha enseñado. Miramos hacia arriba. pude dedicarme a sacar las correas que ataban mis tobillos. —Vete —me dijo Hassan—. Entre ellos. distinguí la figura de T´Zshal. —Tenéis el agua preparada —dijo. —¿Seguís teniendo la intención de entrar en el desierto? —preguntó. T´Zshal nos miraba. y luego de los del tobillo. transportado en una silla de manos.Con la estaca que había conseguido soltar en mi mano derecha. —¡Vete! —insistió Hassan—. como una nube oscura. —Esperaba que mi castigo os enseñara lo que es el sol y la falta de agua —explicó—. había más de una docena de hombres. Agarré la estaca de mi mano derecha más fuertemente. los hombres que teníamos ante nosotros se dividieron. Le liberé de los impedimentos que le sujetaban las manos. Aquí tenéis el resultado. De pronto. Asintió y dijo: —Al menos ahora actuaréis con pleno conocimiento de causa al entrar en el desierto. Nos dio de beber a Hassan y a mí del agua con la que cargaba. —Hemos reunido y cosido varias bolsas de talu —dijo T´Zshal—. librado de sujeciones en las manos. a ambos lados. me giré y golpeé en la base de costra en la que estaba hincada la estaca que me sujetaba la otra mano. T´Zshal se volvió a otro guardia.

—Prefiero ser el primero en Klima —me dijo— antes que ser el segundo en Tor. jefe de Klima. desde lo alto de la vertiente del valle que rodea Klima. del color blanco de las tres lunas. Hassan y yo nos volvimos y empezamos nuestra marcha por el desierto. —Supongo —dijo T´Zshal— que ahora os quedaréis unos cuantos días para recuperaros antes de partir. a través de las costras de sal. con las bolsas de agua y de comida. T´Zshal. La aproximé a mi cara. Nos detuvimos ya una vez fuera de Klima. y luego a la de Hassan. Después continuamos nuestro viaje. sonriendo a su vez—. ¿No querrás marcharte de Klima cuando se hayan curado tus heridas? —No. galletas y sal. —Quizás debería dárselo a los de Klima —dije sonriendo. Entonces empezamos. —¿Y tú? —pregunté mirando a T´Zshal—. —Te deseo lo mejor —le dije—. Un hombre me entregó una bolsa similar a las de agua. En el mismo sitio en el que la había escondido. allí abajo. —No —dijo Hassan. 19 . —Todavía queda algo de perfume —dijo.bebieran todos los hombres allí presentes. Vimos Klima. rota. personalmente. que había llevado en mi collar durante la marcha de Klima. para mirar atrás. Habríamos compartido el agua. encontré la seda de esclava descolorida. Contenía frutos deshidratados. bajo las lunas goreanas. ¿no es así? —No —le dije—. —¿Por qué? Todavía no he olvidado su respuesta. Así habríamos bebido todos de la misma bolsa. juntos. Salimos esta noche. la partida de Klima. Nos detuvimos una vez. Lo que quería era devolvérsela a una chica. Até aquel pedazo de tela alrededor de mi muñeca izquierda. Pero no tenía ninguna intención de entregarla a nadie de Klima. Se matarían unos a otros por una seda rota.

—Espera —le dije a Hassan—. aquel olor. Estoy loco. —¡Le he visto! ¡Le he visto ahí! —dijo señalando el terreno rocoso. —No. y no tiene sitio alguno en el que ocultarse.ENCONTRAMOS UN KUR Oí gritar a Hassan. Se ha levantado. —Tu descripción corresponde al aspecto de un kur —le dije. Pero no. Cambié la posición de la bolsa de agua que cargaba. El viento soplaba sobre aquella superficie. No vi nada allí. —Venga —dijo Hassan—. de pronto. Los kurii existen. —Un kur —dije. Corrí hacia él a través de la arena. —Es una locura —dijo Hassan—. —Pero una bestia así no puede vivir en el desierto. una bestia así no puede vivir en el desierto. Ha desaparecido. había una amplia extensión rocosa. No distinguí ninguna huella. Ahí no hay nada. Volví a cargar con los odres de agua y seguí tras los pasos de Hassan. en un leve cambio de viento. No encontré rastro alguno de una bestia. que . Llevábamos doce días en el desierto cuando sentí. al otro lado de la luna. Estaba oculto tras la cresta de una duna. —He oído hablar de ellos. ¿No lo hueles? —¿El qué? —Ya no. plateadas a la luz de las lunas. No puedo haber visto eso. a la luz de la luna. Hassan. Tenía los brazos largos. —Pero. ¿verdad? —No. Hassan se echó a reír y me dijo: —Tú también te has vuelto loco. El viento soplaba. pero creía que eran seres imaginarios. es imposible. Una bestia enorme. Y luego se ha ido. sigamos nuestro camino antes de que nos volvamos locos. Expuesta al viento. Me miraba. Fui a investigar aquel terreno. Recorrí las dunas que había en torno a nosotros. Ahora no está ahí. —¿Qué habías olido? —me preguntó. ¿qué es lo que has visto? —Una bestia —me dijo—. Estaba ahí.

Continuamos nuestra marcha. en donde se podía encontrar algo de caza. así como agua.esperaba cerca de mí. —Está con nosotros —dije—. —No hay nada —dijo—. al que yo había conocido con el nombre de Ibn Saran. No quería ir. con nosotros —dije. Por ahí. —Está aquí. hostiles hacia los kavar. rocoso y con arbustos. Los grupos nómadas de esa parte no son. hace unos días. para adentrarse en el terreno característico del Tahari. —No veo nada —dijo. Ahora sé que ésa era la razón por la que la bestia nos seguía. hizo lo mismo con la bolsa que le colgaba por delante y por detrás. Por otra parte. cualquier decisión comportaba su riesgo. Naturalmente. en alguna parte. . hay otro que viaja con nosotros. sino a Cuatro Palmeras un puesto fronterizo kavar que él conocía y que se encontraba bastante al sur de Roca Roja. a Roca Roja. en alguna parte. No te equivocabas cuando dijiste que lo habías visto. —Tenemos agua —le dije a Hassan— solamente para cuatro días más. Los resultados ya se verían. enemigos de los kavar. tenía la hipotética ventaja de apartarse antes del país de las dunas. Aunque el camino a Cuatro Palmeras era más largo. a las rocas. Hassan tenía otro destino. La pena era que Cuatro Palmeras quedaba más lejos de Klima que Roca Roja. —¿A qué distancia está ahora? —pregunté. a los matorrales. Sigamos caminando. lejos de las rutas de la sal. —Ningún kur puede vivir en el desierto. Por otro lado. Roca Roja era un oasis tashid bajo la hegemonía de los aretai. entre Klima y Roca Roja estaban las regiones patrulladas por los hombres de Abdul. mirando a nuestro alrededor—. la decisión de Hassan de ir hacia Cuatro Palmeras me parecía acertada. al noroeste de Klima. como yo. el Ubar de la Sal. con un poco de suerte. No teníamos otra alternativa: debíamos apostar. y eso representaba internarnos más en el país de las dunas. en principio. porque podemos vivir dos días sin ella. en sus partes más desoladas. Hassan escrutó las dunas. Una consecuencia del plan de Hassan era que nos orientábamos hacia el sudoeste de Klima. su decisión parecía bastante razonable. Después de considerar todos los factores en pro y en contra. —Seis. Miré hacia las pequeñas colinas escarpadas. Habíamos llegado al final del país de las dunas. —No estamos solos —insistí—.

De pronto empezó a dibujarse como una pequeña línea en el margen del desierto. Los arbustos arrancados pasaban en una danza enloquecida por encima de nuestras cabezas. pero está completamente expuesta al sol durante el período de mediodía. y luego negro. —¿Te has fijado en el viento? —No. —¿Tiene eso algún significado especial? —pregunté. mientras Hassan se tumbaba. de manera que el viento pasaba por encima mío. —Sí —me respondió Hassan—. —Y es primavera. Eso tiene un significado muy especial. Luego no pude ver nada más. Miré hacia el este. sin perder un ápice de su fuerza. y al sacudirla vi que la furia del viento me había provocado incluso pequeñas heridas. Aparte de su dirección. Permite refugiarse en la sombra durante la mañana y la tarde. El cielo empezó a adquirir un color gris. apoyados a su vez en mis rodillas. pues quedé absolutamente cegado. Llevábamos catorce días en el desierto cuando el viento había cambiado de dirección. como de humo. llenándolo de arena. Hacía dos ahns que el sol había salido por el horizonte. Nos habíamos puesto de rodillas para cavarla con las manos. aquel viento me parecía exactamente igual que el que soplaba constantemente en la superficie del Tahari. Quizás a cinco días. Se orienta de tal manera que el sol pase perpendicularmente por encima de ella. Escuchaba el sonido de aquella tormenta cuando me dormí. Me tapé los ojos con las manos.—No lo sé —dijo Hassan—. Bebimos. La tormenta seguía rugiendo. o quizás a diez. Apoyé la cabeza en mis brazos. y su anchura sería de un centenar de pasangs. —Hemos hecho mucho camino —dije. Vi que el dorso de mis manos estaba cubierto de arena. El viento ululaba. No sabíamos en qué parte habíamos dejado el país de las dunas. Miré hacia arriba. No costaba demasiado cavar ese tipo de zanjas. No he notado nada raro. No podíamos . iluminando las crestas de las dunas. Seguí sentado en la zanja. El viento había ennegrecido por completo el aire. y volví la espalda. Hacía un ahn que Hassan había dicho: —Es hora de cavar la zanja. Empezaba a ser de noche cuando Hassan y yo nos despertamos. refugiándome en la zanja. Era una duna de algo más de un metro de profundidad. Solamente cuando se fue acercando comprendí que esa línea era de centenares de metros de altura. —¿De dónde viene? —Del este. muy estrecha.

apuntando con él al país de las dunas. Ambos nos levantamos. Puede durar días. y se erguía contra el viento. —¿Cuánto puede durar una tormenta? —le pregunté a Hassan. De un salto. De pronto. pero enseguida volví a verlo. Me miraba fijamente. No intentó acercarse a nosotros. volvió a apoyar la cabeza en sus brazos para dormir. Cuando salí. —¡Corre! —gritó Hassan.ver las estrellas. con los ojos medio cerrados. —No se sabe. a menos de un metro del punto en el que yo me encontraba. La bestia no se movió. Estaba ahí. El kur abrió su boca enorme. entre la arena enloquecida. intentando conservar el equilibrio. en pie. Levantó un largo brazo. y tomé las dos bolsas de agua. cuando ya faltaba poco para que amaneciera. Volvimos a correr. Es primavera. observándola. para intentar protegerme en la medida de lo posible. la arena chocaba en su pelaje. Mi compañero se despertó inmediatamente. El viento y la arena azotaban nuestros cuerpos. asomado a la zanja. y apuntaba hacia el país de las dunas. juntos. —¡Hassan! —grité. al otro lado de la zanja. enmarcados por la arena. Se quedó allí. Me deslicé al interior de la zanja lentamente. —¡El agua! —dijo Hassan—. para no provocar el ataque del kur. con nuestras bolsas de agua. fijos en mí. a trompicones. encarados a la bestia. Medía unos dos metros. Hassan las agarró desde arriba. La bestia se quedó al otro lado de la trinchera. en pie. Al cabo de un rato yo también dormía. Nos miraba. salimos de la zanja en medio de la tormenta. Nos agachamos. La tormenta azotó nuestras espaldas. Dicho esto. Nuestros pies quedaron inmediatamente cubiertos de arena. 20 . retrocedimos los dos. Finalmente. Hassan y yo nos volvimos y echamos a correr por el desierto. Su gran brazo seguía señalando al país de las dunas. me desperté. volviendo la cabeza hacia un lado. su silueta se recortaba en la arena acribilladora. En una ocasión perdí de vista a Hassan. Me miraba fijamente. La bestia no nos siguió. ¡El agua! Se quedó conmigo.

Se había detenido bruscamente. Tras la zanja. tendido sobre su espalda. Abrió los ojos y me miró. Cuando nos acercamos giró la cabeza hacia nosotros. El paisaje parecía ordenado de otra manera. Cerró los ojos. pero no con anillos en torno a los dedos. La tormenta había pasado. —Nosotros también lo estamos. estaba el Kur. Su pelaje estaba cubierto de arena. —Nos podía haber matado en la zanja —dije—. y con pendientes. No debíamos haber caminado ni un pasang cuando nos tendimos en el suelo y protegimos nuestras cabezas y el agua. Caminé alrededor del kur. Había durado un poco menos de un día. —Habrá otras tormentas —dijo Hassan—. pero no lo hizo. —Había visto antes a este kur —dije. Las pupilas de sus ojos . tan profundo había sido el cambio. Les había visto con anillas en los brazos. Estaba repleta de arena hasta unos quince centímetros de su parte superior. quien lo había adquirido de manos de los cazadores que lo habían capturado. Apenas podemos con el peso de las bolsas de agua. Me agaché a su vera. antes de que venga otra más larga. Debemos movernos rápidamente. —No está muerto —dijo Hassan. pero eres un loco si te acercas a él —dijo Hassan. Había sido en las jaulas de la Casa de Samos. —Yo vuelvo a la zanja —le dije. —Te acompañaré —me respondió. Con la tormenta no nos habíamos podido desplazar demasiado lejos.EL KUR Y YO ENTRAMOS EN EL PAÍS DE LAS DUNAS —Está ahí. Ésta ha sido demasiado corta. llevaba un grueso anillo que parecía de oro. en uno de los seis dedos. medio cubierto de arena. Vimos los restos de la zanja desde una pequeña elevación. —Parece que está muy débil —dije. Nunca había visto a un kur que llevara semejante adorno. En su garra o mano anterior izquierda. mientras podamos. pero no tuvimos demasiadas dificultades en volver a encontrar la zanja. Debe decirse que los kurii son en general bestias bastantes presumidas. El sol brillaba en lo alto.

lentamente. La bestia enseguida levantó sus garras. Hassan no me respondió. para . Alargó una de sus garras y agarró un arbusto de grueso tronco y hojas estrechas. levantó la cabeza. levantando una gran polvareda. Después pareció desperezarse y lanzó un aullido.enmarcados por la arena eran oscuras. hincándose prácticamente en ella. levantó la planta por encima de su cabeza y la arrojó lejos de sí. y la golpeó con su puño derecho para luego extraer todas las garras prensiles de aquella mano enorme y poderosa y clavarlas en la tierra. Solamente representaba el consumo humano de un día. No quedaban más que unos cuatro litros. Necesita agua. entre las filas de colmillos. De pronto empezó a girar en la arena. Pero no ha hecho tal cosa. Cerré mi bolsa de agua. de más de treinta centímetros de anchura. Después saltó sobre la arena. —Esta mañana —dije—. Lentamente. Lentamente. como si sintiera. Su lengua negra parecía anormalmente ancha. mirándole fijamente. Una parte del misterio con el que se había iniciado mi aventura había sido que encontrasen a aquel animal cuando se dirigía al Tahari. En cierto modo era espantoso asistir a aquella escena. y luego se levantó hasta quedar arrodillado. porque parecía adquirir vida. hasta que se levantó. Metí el pitorro de la bolsa de agua en su boca. —Necesita agua —dije. el agua que corría en esos momentos por los conductos de su cuerpo. Me di cuenta de que todos estos datos señalaban un estado de deshidratación incipiente. Déjalo. Como la mayoría de las plantas del desierto. agachado. el kur se puso en pie. Levanté aquella cabeza peluda. Su cuerpo parecía delgado. literalmente. El kur las arrancó de un tirón. Las extrajo bruscamente. Me quedé junto al kur. Finalmente empezó a caminar. El morro correoso parecía seco. —¡No te acerques! —me advirtió Hassan. El kur se apartó de nosotros. y las puso sobre la bolsa. antes de que amaneciera ya podía habernos matado y llevarse toda nuestra agua. —Es una bestia racional. Hassan permanecía alejado. antes de volver a ponerse a cuatro patas y volverse para miramos. parecían pálidas. para tratarse de un kur. Cayó sobre sus cuatro patas. y era un kur. en la posición más habitual de estos animales. Las córneas. y los labios se levantaban por encima de los colmillos. ésa tenía raíces muy profundas. ¿Qué era en realidad lo que hacía en el desierto? ¿Qué misión le habrían encomendado? —Morirá pronto —dijo Hassan—. que habitualmente eran de color amarillo.

este kur vino. Un kur. En Tor. recientes. Ibn Saran me dijo que le habían matado. —La elección que me impones es muy difícil. Ibn Saran y sus hombres le sorprendieron. Y no tenía la menor duda de que aquella bestia podía en ese momento matar a dos hombres desarmados si así lo quería. Su morro se había humedecido. que él y yo tenemos una causa en común. Pero soy del Tahari. mirándole—. los liquidó como solamente estas bestias pueden hacerlo. aunque solamente por este momento. Me volví a Hassan y le dije: —Deseo que te vaya bien. en un patio. —Le liberé de las jaulas en Puerto Kar —le expliqué a Hassan—. —Conozco a este kur —dije. ¿Puedes entenderme? —le pregunté. En el pelaje se abrían numerosas cicatrices. Cuando le habían hecho esas heridas debía haber perdido mucha sangre. Antes que nada debes ocuparte de los asuntos que incumben a tu tribu. húmedos también. pues lo arrinconaron y le hirieron gravemente con las cimitarras. Hassan. había varios hombres que me esperaban para asesinarme. y debo escoger acompañar a mi hermano. cuando estaba encerrado en una celda. Es éste. por muy extraño que pueda parecer. este kur. Pero no lo hizo. Cuando los kavar cabalguen. Se puso en posición más erguida. —¡Un hombre y un kur! —dijo Hassan en tono de protesta—. Pero no hizo señal alguna que permitiera suponerlo. —Intenta llegar a Cuatro Palmeras. En Nueve Pozos. Se detuvo a poca distancia del punto en el que nos encontrábamos. Faltó poco para que le mataran. —Volver al país de las dunas es una locura. Creo que se había metido allí para liberarme. y luego a mí. Él es. No era verdad. hacia el país de las dunas. Las córneas de sus ojos habían recuperado el color amarillo y vívido. Pero no nos atacó. ¡Es imposible! El kur seguía señalando hacia el país de las dunas. En lugar de eso me miró fijamente y volvió a señalar hacia atrás. Podía haberme matado. Ya casi no tenemos agua. Le conozco.acercarse a nosotros. porque yo estaba encadenado y no podía oponer resistencia alguna. tú deberás cabalgar con ellos. Su lengua se movía en torno sus labios. Hassan miró al kur. Es difícil elegir entre un hermano y su tribu. Parecían cortes de cimitarra. Creo. Pronto habrá guerra en el Tahari. mi aliado. aún a medio curar. Hassan. quizás con la intención de parecerse más a un humano. . Vi entonces que le habían herido.

y yo sumergí el odre que transportaba en la charca. dirigimos al punto elegido por una tangente. hermano —dijo sonriendo—. Que tengas siempre agua. que sí estaba en el interior del país de las dunas. El kur cazó también un pequeño tharlarión de roca. Para hacérselo entender. para que viese que no salía ya ningún líquido. sujeté el odre al revés. —Que tus bolsas de agua no se vacíen nunca —dije a mi vez—. como si yo tuviera que haberlo conocido. Yo bebía mucho. Así lo hice. 21 LO QUE OCURRIÓ EN EL PAÍS DE LAS DUNAS El kur era un animal increíble. me llevó por un camino paralelo a ellas. pues la bestia parecía tener mucha prisa. Los siguió durante un día. El kur no había vuelto a beber desde que le había ofrecido agua el día anterior. una vez llegados a la altura indicada.—Deseo que tengas suerte. Matamos cuatro aves y las devoramos crudas. Pudimos beber a voluntad. Sin él no habría sobrevivido. El kur saltó hacia delante. Hassan se volvió. y con él también pudimos saciar nuestra hambre. y encontró el agua de la que bebían. Era mi deseo sincero que llegara a Cuatro Palmeras. a través de un terreno tahárico normal. aunque el kur había señalado en dirección al país de las dunas. El kur observaba el vuelo de los pájaros. Yo iba con él. Que tengas siempre agua. con el pitorro abierto. Después continuamos nuestro viaje. Que tus bolsas de agua no se vacíen nunca. Estaba seguro de que sabía . Al día siguiente nos habíamos quedado sin agua. tras la zanja. Él se dirigía de vuelta a la línea que quedaba a nuestra izquierda. y se giró para observar si le seguía. Para mi sorpresa. Comprendí que había estado señalando el punto de destino. y que en ese momento seguíamos a través de terreno menos difícil para. —Se ha acabado el agua —le dije.

El kur descartó algunas partes. Un ahn después pareció excitarse. dejaba caer mi cuerpo en la arena. En cuanto a él. como sopesando las consecuencias de dos planes de acción diferentes.que no es recomendable marchar si no se hace de noche. Supuse que sus heridas empezaban a afectarle seriamente. pero el kur dejaba al caminar un rastro . y bebía más. que caminase día y noche. No entendí el significado de ese mensaje. Se estaba transformando en una bestia desesperada. que el tiempo pasaba incesantemente. con sus dientes. y por esa razón podía desplazarse día y noche. Pero. El cuero que llevaba en torno a mis pies estaba destrozado. Temía llegar tarde. de olores que mis sentidos no me permitían percibir. Ahns después comprendí que estaba siguiendo el rastro de un animal. Al cabo de un ahn me despertaba. Por esa razón. —Necesito agua —le dije. sino que indicaba. pero variando la dirección original. la bestia estaba menos expuesta al calor que yo. simplemente. señalando al sol. El kur empezó a moverse con más lentitud. a veces. Miró al sol. Pero a mí me era imposible. no le entendía en absoluto. Finalmente volvió a avanzar. la convirtió en un hueso pelado. parecía querer que yo hiciera lo mismo que él. No creo que intentara decirme qué hora era. Aquel descanso me había hecho mucho bien. El kur levantó ocho dedos y apuntó al sol. con impaciencia veía como. sin dormir ni comer. Deduje que su tarea. las que habían estado más expuestas al sol. A la mañana siguiente señaló al sol. Es más. Continuamos el viaje. cita. o lo que fuera debía realizarse al cabo de seis días. No había contado con su propia debilidad. ya no quería separarse del camino para buscar agua. pero aquellas precauciones no parecían importarte. tener mucha prisa. se tratase de lo que se tratase. y me mostró siete dedos. y así sucesivamente. A la mañana siguiente volvió a señalar al sol. Por la noche volvimos a iniciar la marcha. El agua se hizo más escasa. Me dejó dormir al cobijo de una roca. faltar a la cita. y luego a mí. Hacía más de un día que se había vuelto a acabar. naturalmente. Otra vez encontró agua. ¿Acaso no sabía que yo no era un kur? Gracias a su abundante pelaje. rompió un anca del animal y en rápidos movimientos. Al lado de la charca había un tabuk medio comido. para dormir un poco. efectivamente. y nos arrastramos hasta ella para saciarnos y volver a llenar el odre. Parecía. Y ese asunto. era lo que nos llevaba a los dos a través del desierto. y me mostró seis dedos. Me miraba. pero me dio otras. después de olerlas. Sus narices se abrieron más y apuntó al suelo. y luego otra vez al sol. como si tuviera que entenderle. mientras él observaba los alrededores.

De mis manos. Se volvió para mirarme. —Debemos descansar —le dije al kur. Estaba rota. Finalmente. agachado. Estaba fría. encontramos moscas revoloteando en torno a una zona de tierra agrietada. con la bolsa de agua en la mano. el agua se acabó. el kur señaló al sol. irracionalmente. En esta ocasión el kur volvió a darme casi todo el alimento que encontró. caí. cojeando. colgaba la bolsa de agua.de sangre. Pero la conservé en mi mano. Entrar en ese terreno era una locura. Oí cómo tomaba la bolsa de agua y la desgarraba. Seguimos el rastro del fango hasta que llegamos a un pequeño estanco seco. Cuando el sol estaba alto. A la mañana siguiente. y me parecía raro. Allí cavó el kur. Era la muerte segura. No quería dejarla. con dolor. laboriosamente. y parecía seca. y me cruzó los tobillos para después atarlos también. el kur había señalado al sol y había mostrado cuatro dedos. Seguimos adelante. El kur esperó hasta que me recuperé. hasta que más de metro y medio más abajo encontró barro. Ya no tenía demasiado interés en alimentarme. El sol la había secado y agrietado. Caminamos un día sin agua ninguna. pues apenas había comido. Se acercó a mí. Él se limitó a lamerse las manos de las que yo había bebido. Entendí que habíamos llegado al punto en el que se nos hacía preciso atravesar las dunas. Me ató las manos a la espalda. encontramos el lecho seco de una corriente desaparecida. Solamente vomité cuando lo hice por primera vez. A la luz de las lunas rompimos las cáscaras y sorbimos su contenido. El kur puso sus manos a modo de cuenco. hacia las dunas. Después ya no encontramos más. Me toqué la frente. Me agarró con sus enormes manos y me lanzó al suelo. Lo presionamos y filtramos el líquido que salía con la seda que llevaba en torno a la cintura. por primera vez. Empecé a sentirme extrañamente caliente. Fui tras él con paso vacilante. y continuó avanzando. Con otro pedazo de cuero de la bolsa de agua se envolvió el pie herido para protegerlo de la arena. Fabricó una cuerda con otros pedazos de la bolsa. Al siguiente. y señaló hacia la derecha. —No puedo avanzar más —le dije. Pero él se negó. Señalaba directamente al este. En otro lugar. a sus pies. esa misma noche. —No puedo avanzar más —le dije. Me sentí débil. y me dio a beber casi toda el agua que obtuvimos. vacía. indómitamente. Al cavar en él encontramos caracoles en letargo. la miré. somnoliento. Tendido en la . de esas que se forman en invierno. El estómago me dolía. Esa mañana. sin objeto. En un momento dado. y cuando vio que me ponía en pie siguió adelante. y me mostró tres dedos. cuando llueve.

No puedes cargar conmigo otra vez. vacilante. Me preguntaba qué era lo que podía estar persiguiendo. Ya muy entrada la tarde. y me volví a levantar mientras subíamos la larga cuesta de la primera duna. Me desperté en mitad de la noche. —No puedo ir contigo —le dije—. Se movía lentamente. con uno de sus dedos. Cuando lo logré. volví a caer. en ese declive. Ya no estaba atado. tras de él. Tras de él subí. el kur dormía. Ese algo le había enfrentado al desierto. Pero el desierto. Yo también me incorporé. No me tenía en pie. y yo. Me mostró dos dedos. A duras penas podía yo oír mi voz. Con los dientes desgarró el cuero que había atado a mis tobillos.arena. debí caer inconsciente sobre la arena. El kur me llevaba en sus brazos. El sol se levantaba. Contemplé al kur. Se había convertido en un animal débil. resbalé. en algún lugar. —¡Estás loco! ¡Loco! —quería gritarle. Me apenó extrañamente verle en este estado. ¿Qué es lo que tiene tanta importancia? La bestia. medio cubierto por la arena. . a través de las dunas plateadas. —Ve sin mí —le dije—. patético. pero no sangraban. Cuando me desperté de nuevo faltaba poco para que amaneciera. Me senté en la arena. Luego me lo ofreció. con la espalda apoyada en una duna. El kur se volvió hacia las dunas. Faltó poco para que me estrangulara. como un triste recuerdo de la anterior potencia y fuerza de aquella bestia. La bestia levantó su largo brazo y apuntó. se frotó los labios y la lengua. caí. convertido en su prisionero humano. atado. De pronto. Lo chupé. La bestia me miró durante un largo rato. noté como si me atara esa cuerda alrededor del cuello. Cojeaba del pie derecho. pues tiró brutalmente de la cuerda para que me pusiera en pie. Intenté levantarme. Cerca de mí. con el pelaje azotado por el viento. —No puedo tragar —le dije. con la cuerda en sus garras y tiró de mí. No puedo caminar. Se acercó a mí. Me sostenía contra su pecho. Volví a caer dormido. Su carne parecía colgar sobre su inmensa estructura. Sus córneas ya no eran amarillas. le estaban matando. la bestia se puso en pie y sacudió la arena que le cubría el pelaje. Pero de mi garganta solamente salió un susurro. en el que se abrían algunas heridas. y sentí el gusto de la arena y de la sal. y aquellas crueles heridas. El kur continuó. y por qué razón podía avanzar sin descanso por el desierto. Soñé con los baños de Ar y de Turia. Había sido una bestia admirable.

al refugiarme en la sombra de su cuerpo. y luego seguíamos. Esta vez pude tragar. Seguía sin saber qué buscaba. pero me la ofrecía para que no muriera. Durante el día. Al aproximarse el amanecer descansamos. Es decir. Seguí al kur. Los tenía rodeados de arena. ni tonto. Sujeté con mis propias manos temblorosas las suyas enormes y bebí. morir al lado de una bestia como aquélla. Pero la bestia me indicó que descansara. pero te acompañaré. para ofrecerme sombra. que pertenecía a ellos ya. No creía que fuera injusto. con gran desesperación. Yo esperaba a que recuperara las fuerzas. El agua que había guardado se había acabado. Realmente eran aquéllos unos enemigos colosales para los Reyes Sacerdotes y para los hombres. Sacó las enormes garras de su mano derecha y golpeó en la arena. trazó una línea. sus heridas para volver a ofrecerme sal. Era agua de la última charca grande que habíamos encontrado. Soñé con el anillo que llevaba en el segundo dedo de su mano izquierda. Su debilidad aumentaba visiblemente. a causa de su cojera. Al cabo de un ahn el kur intentó ponerse en pie. y vi que en sus manos había un líquido. pero no podía evitar admirar profundamente su empeño indomable. se puso entre mí y el sol. Era la última que le quedaba. la del tabuk medio comido.sino de un color blanquecino. Después volvió a caer sobre la arena. Miró al sol. De todos modos. Volví a lamer su dedo. En esos momentos creí que se moría. Llegaremos juntos adonde quieras ir. A su lado sentía la voluntad y la nobleza del kur. Arañó su boca y su cuerpo. En la arena. pero fue imposible. La bestia me había ofrecido un regalo que me parecía inexplicable: agua y sal de su propio cuerpo. Él la había guardado en su estómago durante cuatro días. Acto seguido. pero ya no intentaba sacar las partículas de ellos. Los míos me escocían terriblemente. pero no pudo. No sé qué buscas. ni que me hagas tu prisionero. como . Se movía lentamente. No será necesario que cargues conmigo. Cuatro veces me dio de beber. Me has dado agua y sal de tu propio cuerpo. No creía que sus tejidos deshidratados soportaran mucho más. Pero no fue así. sus latidos eran lentos. apagado. La bestia repitió esta acción cuatro veces. o qué misión puedes tener. Volvió a intentar extraerse agua. —Ya puedo volver a caminar —le dije—. y dormí. esporádicos. pero al aplicar la oreja sobre su pecho había comprobado que no era cierto. Luego se volvió. creí en un par de ocasiones que había muerto. irregulares. Desperté cuando las lunas estaban ya altas. Durante el transcurso de aquella noche cayó varias veces al suelo. En sus ojos no se observaba humedad alguna. con un solo dedo. La bestia se volvió e inclinó su cabeza sobre sus amplias manos puestas en forma de taza. me daba agua de sus propios tejidos.

algo extraordinario: era un cilindro de acero. El kur apartó su mano derecha de mí y se quitó el anillo de la mano izquierda. Durante un momento. Abrí los ojos y vi. la arena pareció brillar. debía ser una nave anticuada. Lamenté que no hubiera piedras con las que marcar su tumba. y después no vi más que arena. después de sacudirse la arena del cuerpo. Luego volvió el engaste hacia dentro. Durante la noche me preparé a enterrarle. Las cámaras de impulsión sugerían que era un proyectil de combustible líquido. y esta vez me mostró su puño cerrado. que el terror contenido en aquella nave llegaría a cualquier lugar de Gor. de manera que el plano plateado montado en el oro señalase hacia dentro. Había impactado contra la arena. Corrí tanto como pude para no perder el contacto con el kur.si su corazón fuera un puño que se cerrara cada vez con menos fuerza. que el kur apretó. vi que en el lado expuesto del anillo había un interruptor circular. Me agarré al pelaje del kur para no perder el equilibrio. Cavé una zanja en la arena. Quise huir en medio de la tormenta. El kur apresuró sus pasos por la arena acribilladora. Horrorizado me di cuenta de que volvía a levantarse y. aquella arena enloquecida que me azotaba. Al hacer esto. Cuando las lunas estuvieron en lo alto. El cielo se había tornado oscuro. reiniciaba la marcha. De su estructura sobresalían en la arena unos doce metros. Cualquier fuselaje grande valía para alojar una bomba. Me estremecí al pensar en el poder destructivo que aquella nave de acero contenía. no importaba que lo fuera. Por la mañana no se detuvo a descansar. Sobre mis pies y manos me arrastré por la arena en la misma dirección. Volvía a soplar viento. admirado. Creía que iba a morir de un momento a otro. Volvió a señalar el sol. Estaba solo. en una pequeña abertura de la tormenta que la arena enloquecida cerró inmediatamente. Sabía que habría ido hacia la torre. el kur se detuvo y se quedó quieto. Me pareció un diseño muy anticuado. vi como echaba atrás la cabeza mostrando sus filas de colmillos. De pronto. No quedaban más días. En unos momentos cayó sobre nosotros la tormenta. ante mí. Era una nave. Era posible. lejos. Volví a verla en una abertura de la tormenta. apiñadas. Le seguí tan rápidamente como pude. inclinado contra el viento. a no más de un centenar de metros. que . medio enterrado en la arena de unos tres metros y medio de diámetro. Sentí que la mano del kur se apretaba en mi brazo. Sí. En su parte superior se distinguían las cámaras de impulsión. Pero sabía que no podía escapar. Es difícil hablar de lo que vi entonces.

Con un pedazo de cuero que me arranqué de las protecciones de los pies. aunque con aquel viento ensordecedor era difícil afirmarlo. Finalmente. con espanto. Supuse también que el kur con el que había viajado no pensaba que fuese a encontrarse con uno de su misma especie. Me puse en pie. que el viento brutal dispersaba inmediatamente. hasta que sentí que el kur había vuelto a mi lado. vigilando. Empecé a arrancarme las tiras de cuero que me cubrían los pies con la intención de taparte las heridas. La arena que había en torno a la bestia se fue tiñendo de rojo. Al lado de la nave encontré un refugio hecho con piedras y lona. pero vacilaba. Después oí sólo el ruido del viento. Estaba cubierto de sangre. De los agujeros salía un humillo semejante al del hielo seco. lo mismo que los hombres. Volvió su espalda. En su pecho se abrían tres agujeros. con el puño cerrado. huyen de la destrucción. me lo até en torno al cuello. pero el kur me rechazó. El diámetro de aquel anillo no correspondía al de un dedo humano. a través de la tormenta. ¿Lo has conseguido? Con su garra ensangrentada. y que las heridas que había producido habían quedado como selladas. vi la sombra de otro kur. Sus ojos se enturbiaban cada vez más. Sangraba lentamente. Me sorprendió encontrar a un kur en esa nave. que supuse debía pertenecer a los hombres que había matado. había actuado como un hierro candente. De pronto. seguido de cuatro rápidas explosiones. A su alrededor distinguí los cuerpos de varios hombres. Esperé allí durante más de un cuarto de ahn. Me arrodillé junto a él. El kur cayó a la arena. —¿Has podido cumplir tu misión? —pregunté—. vi que la fuerza que había penetrado en su cuerpo. Sus garras estaban rojas. el animal se quitó el anillo. a su lado. oí el aullido de un kur. La bestia se tenía en pie. Entonces. Era como si una fuerza químicamente activa le hubiese traspasado el cuerpo. El viento seguía rugiendo. y vi en ella los orificios de salida correspondientes a las heridas de la parte anterior del cuerpo. Los kurii. escrutando a través de la arena enloquecida. y en su muslo izquierdo otro. Observándolo más atentamente. vacilante. Se olía a carne quemada. No creía que ninguno de ellos estuviera vivo. Estaba agachado. Creí oír. por entre las olas enfurecidas de arena. y levantó su mano hacia el lugar en el que suponía que el sol estaba.no me podía ocultar en lugar alguno. Abrió los ojos y me miró fijamente. . En su garra derecha llevaba un pequeño ingenio. empecé a caminar en dirección a la nave. Iba armado. los gritos despavoridos de unos hombres. fuera lo que fuera. El kur me lo puso en las manos. de unos dos centímetros de diámetro. Supuse que ya le quedaría muy poca sangre. La bestia estaba tendida en la arena. más claramente. y lo avanzó hacia mí.

De pronto. Sorprendido. Cuando miré al lugar del impacto. agachado. Éste era el kur que había sobrevivido a todas las crueles selecciones de las naves de acero. En aquel preciso momento. los dibujos de luz de los objetos que había tras de mí se . y las devolvía a sus dibujos originales. No disparaba como un rayo. Él seguía aproximándose. No esperaba encontrarse con un humano. Aparentemente deseaba morir para garantizar el éxito del plan de sus superiores. sino que se desviaba. sino que más bien se parecía a un fusil de cartuchos. carbonizada. Supuse que ese arma tendría un límite de cargas. Salté a un lado. Retrocedí. Creo que aquel kur se había sorprendido al verme. a todo lo que me rodeaba. Cuando vi que levantaba la garra me eché a un lado. determinada a llevar a cabo su acción. y la levantó hacia mí agarrándola con las dos manos. una gran roca cuadrada que había cerca de mí. Podemos ver gracias a ondas de luz reflejadas en diversas superficies. Del mismo modo. Un instante después. con el arma en el extremo de su brazo. Vemos según los dibujos de estas ondas. De pronto. En aquel momento. Pero ahí aguardaba un kur. vi que el kur vacilaba. Pude ver al kur de la nave en un par de ocasiones. La bestia emergió de las nubes de arena. una de las que había constituido el refugio. se partió en dos. al reflejarse en el sensor visual de otro organismo no me alcanzaba. fuese como fuese. Los kurii no creen en la inmortalidad. En ese momento. Me arrastré hacia el refugio. lo mismo que a la arena. Supe que era una bestia desesperada. Sería el más peligroso de todos. apuntada hacia mí. Vi que una luz rojiza envolvía al kur. Efectivamente. vi un agujero negro que perforaba el acero. fervientemente. Había metal esparcido por todas partes. Supuse que muchos kurii habrían competido por ese honor. pero casi simultáneamente. entre las olas de arena. si me alcanzaba una onda de luz del espectro visual normal. ondas que luego chocan contra los sensores visuales. Preparó su arma en medio del viento enfurecido. y quizás esa sorpresa le había hecho errar el tiro. hacia el lugar en el que me encontraba. Así. oí la conmoción atmosférica que había provocado el arma. La arena enfurecida volvió a cerrarse entre nosotros. Vi que sus labios se levantaban para enseñarme sus filas de terribles colmillos. apreté el botón circular del anillo que llevaba atado al cuello. vi que se giraba y empezaba a caminar. vigilante. Suponía que ese aparato reconstruía las ondas a mi alrededor. se volvió hacia mí. Una ráfaga de su arma chocó contra el acero de la nave. el anillo ocultaba un aparato que desviaba la luz en un campo que rodeaba a su portador. en la gloria. pero sí creen. A la vez siguiente. sentí el frío del acero en mi espalda. comprendí que el kur no podía verme. Pero él no me vio.aunque sean ellos mismos quienes la provoquen.

Arañé el acero. puesta contra la estructura de la nave. Por allí había desaparecido la bestia. Sabía que el kur debía ser muy listo. No podía ser ningún accidente que precisamente ese kur. Allí. su congénere atacaba la garganta de un hombre. Vi que el enemigo se volvía hacia la nave. pero no veía la escotilla exterior. El aullido del viento ocultaba los sonidos de mis movimientos. sin poderse imaginar que ésta tenía un aliado. Era el que había quedado más completo. Me parecía muy extraño que hubiese hecho cuatro impactos de lleno en el cuerpo del kur con el que yo había viajado. Así. Las descargas terribles del arma que portaba mi enemigo habrían hecho que mi rastro olfativo se dispersara. No hice ningún esfuerzo en disimular los ruidos. Es más. A los lados vi que había más cortes en la estructura de la nave. por lo que debía ser un antiguo acceso a la nave. Probablemente correspondían a otras entradas que podrían utilizar los hombres para entrar y salir de la nave. Descarté la posibilidad de utilizarla. con su arma preparada. Pero estaba retorcida. y se metió. y quedaba a unos seis metros de él. un aliado humano. invisible. y parecía que yo no estuviese a los ojos del otro organismo. y llegué al refugio. después de atacar a los hombres. La mayoría de los demás habían perdido algún brazo. de que pudiese pensar que alguien subía por la parte lateral de la nave y que ese alguien arrastraba consigo un peso muerto. o por el oído. Me aseguré que el kur que estaba en el interior me oyese. No sabía de cuántas cargas dispondría el arma del kur. por lo que podía deducir. Era una abertura rectangular. el kur seguía sólo pistas confusas. agachado. Después. tocó con sus manos el acero de la nave recostada. que no le permitían localizarme. cuando no absolutamente brillante. No era como si le hubiesen sorprendido por la espalda. hubiese recibido órdenes de cumplir esa espantosa misión: proteger el . Cargué con el cuerpo hasta la parte lateral de la nave. cuando éste disponía del anillo. cuando intentaba entrar en la nave. Parecía más probable que le hubiese localizado por el olor. Le vi moviéndose. y además. Yo estaba completamente desarmado. a juzgar por los goznes retorcidos. o alguna pierna. encontré el cadáver de uno de los hombres. A un lado vi una escalera de acero. dada la postura de la nave. echado en el suelo.desviaban y volvían a converger. inquieto. quizás un cuerpo. Entraría por los cortes. cuando. le había disparado de frente. y no cualquier otro. el kur del arma habría salido de la nave para rematar a su víctima. su ángulo era de unos veinte grados con respecto al suelo. Abandonaba la caza para ocuparse de su objetivo principal. agachado. Retrocedí en la arena. listo para cazarme. Quizás la habían arrancado. Se arrodilló. Volví sobre mis pasos.

mecanismo de destrucción de un planeta hasta que hiciera explosión. y caí hacia delante. aprovechando la invisibilidad. Pero también contaba con su inteligencia. naturalmente. Un plan bastante lógico sería lanzar el cuerpo inerte al interior de la portezuela. Casi ni había tocado al suelo cuando oí el restallido del arma. que deseasen apretar de una vez el gatillo. y la arena azotaba en torno a la nave. El kur esperaba en el interior. que se sustraía a la atracción de la matanza. La voluntad de este kur. El viento ululaba. Contaba con que toda la fuerza nerviosa de esa bestia. El único objeto que podía usarse para llevar a cabo un plan así sería el cuerpo de uno de los humanos que había en los alrededores. en mi estrategia entraría la utilización del señuelo. y que llevaba conmigo algo que arrastraba. ¿No resultaría inútil intentar engañarlo? ¿Acaso no había esperado en el interior de la nave mientras en el exterior se producía la matanza de humanos? Si la sangre de los hombres no había sido suficiente para vencer su obediencia a los imperativos de los mundos de acero. sobre todo si era algo visible. había resistido a la sangre. con lo que atraería sobre él el fuego del kur. para que los reflejos del Kur estuviesen ya a punto de disparar al más pequeño indicio. todas las fibras de su cuerpo. De todos modos. Y en medio de aquella tormenta no podría ver claramente más allá de la portezuela de la nave. Inmediatamente. aprovechando la confusión. ansiasen explotar después de aquella espera. Sin duda asumiría que yo no iba a prescindir del poder invisibilizador del anillo. me di cuenta de que la luz lunar me rodeaba. Quizás entonces. de una de las víctimas del kur con el que había hecho ese viaje a través del desierto. Horrorizado. me lancé al interior de la puerta. Volví a apretar el interruptor circular del anillo atado en torno a mi cuello. . Sólo que el señuelo sería yo mismo. cuyo rayo destructor pasó por encima de mi cuerpo cinco veces. Era un plan lógico. Quizás suponía que iba a intentar atraer su fuego con un señuelo para luego introducirme en la nave. con movimientos incontrolados. quizás un cadáver. la bestia que aguardaba dentro debía estar en tensión. Ésa sería una estrategia de señuelo elemental. debería ser realmente poderosa. Pero. Conté lentamente hasta cinco mil. Sí. como si alguien me empujase fuertemente desde fuera. con que no disparase sobre lo primero que percibiese. No intenté de ninguna manera evitar el ruido. no creía que nada le apartase de su misión. Volví a verlo todo en el rasgo del espectro normal. podría uno introducirse en la nave. con su autocontrol. que había subido por la parte lateral de la nave. todo su instinto. y por ese mismo motivo no lo adopté. Dejé bien claro que estaba en el exterior de la portezuela.

con lo que en algún momento había sido una especie de pared divisoria. Disparó a aquel cuerpo un par de veces más. sin poder detenerme. y miró el cuerpo que había abajo. pero me fue imposible. ni de cabinas de almacenamiento. Por lo visto la habían despojado del máximo de artículos. agarrándose en los tubos. Dada la manera en que la nave había quedado clavada al suelo. Primero choqué. para volver al montón de cable y alambre. no era tan compacta como había esperado. hacia la cima de aquel cilindro inclinado. utilizando también las tuberías como agarraderas. y vi que le tenía a menos de medio metro de mi cara. al lado de la puerta. pero no podía. Quizás lo habrían hecho para aligerarla. Choqué contra ella. Vi que el kur bajaba hacia mí con gran agilidad. golpeando objetos. aparte de eso. De pronto. su interior era muy extraño. a unos veinte metros de donde me encontraba. Oí las garras del kur. Estaba volviendo a subir. Oí el chasquido del arma del kur. no estaba tan llena de aparatos como creía. Me miraba. Caí. Rápidamente. dos metros más abajo. donde había caído desde el lugar en el que lo había dejado al entrar en la nave. El kur me arrancó de allí agarrándome del tobillo. y seguí cayendo hacia abajo. Miré hacia arriba. En la estructura cilíndrica que quedaba por encima mío. e intenté volver a cerrarla. Agarré la escotilla interior. con los labios retraídos. vi al kur. vi el anillo. Me eché hacia atrás. y luego. desesperado. se había roto. hasta que me detuvo la pared de un compartimento. antes de recibir las cuatro descargas de su congénere. Cuando llegó a mi altura. Se asomó al exterior de la nave. con un amasijo de alambres. durante unos diez o quince metros. que el kur había sujetado para tener más limpio el campo de tiro. resbalando. vi seis . tropezando. El kur también lo había visto. resbalando por el exterior. Uno de sus pies me pisó en el hombro. el interior de la nave se iluminó. Me tumbé y alargué el brazo para alcanzarlo. Me volví a poner en pie. dejando desprender el anillo. El arma volvió a emitir un chasquido. Sentí que me levantaba en el aire y que me lanzaba contra la pared de la nave. Aproveché ese momento para ponerme en movimiento. ni de paneles. De pronto. hasta la arena. Estaba debajo de mí. fui a tocar el botón de mi anillo… ¡lo había perdido! Aquel pedazo de cuero. bajo unas tuberías. unos cuatro metros más abajo. Me arrastré sobre manos y rodillas. y finalmente salió de la nave. Oí que el kur se aproximaba. Muy arriba. seco por el sol. el kur emergió de un rincón lleno de tubos y corrió al exterior. Estaba vacía. El kur aulló. Quizás el impacto con la superficie había dañado sus goznes.Simultáneamente. Echó a un lado el arma. Me sumergí en la oscuridad del interior de la nave. rabioso. El kur parecía confundido. Miré hacia arriba. Miré a mi alrededor. Miré hacia arriba. intenté trepar rápidamente. mostrando sus filas de colmillos. o quizás el kur con el que había viajado había torcido los goznes al entrar en la nave impetuosamente.

o trepar por la pared para aliviar la presión del lazo. Las agujas de los primeros cuatro diales habían quedado inmóviles en su posición vertical. y aunque la suya era lo suficientemente larga para hacerlo. Había logrado separarlos unos centímetros cuando miró hacia arriba y me vio. El kur alargó su mano para alcanzar el anillo. con las manos enlazadas en la parte cubierta del cable. Ésta salía a grandes borbotones de su cuello. El kur agarró los tubos e intentó separarlos. El kur intentó meter sus dedos en el espacio entre el cable y su cuello. Supuse que la posición vertical sería equivalente a doce o a cero. de espaldas. Desde mi posición no podía leer los números grabados en las esferas. Aulló de rabia. y tiré. Hice bajar el lazo hasta que introdujo su cabeza en él. ni la velocidad de su rotación. pero no pudo. junto a los diales.diales. Agarrando firmemente el cable. Parecía claro que en esa posición se detenían los mecanismos. Hice un . había podido rechazar a patadas las acometidas del kur. Ahora deseaban otro. pero sus grandes garras resbalaban en la superficie del fino cable. izándome hasta la viga. En la parte que había pelado hice un lazo. y su mano no podía pasar. Los primeros cuatro estaban inmóviles. Intentó por todos los medios agarrar el cable por encima de su cabeza. Yo. el kur se vio separado de la pared y quedó colgando. No conocía el valor de las revoluciones en el planeta original de los kurii. Era un animal extremadamente ágil. Habían destruido un mundo. El peso del kur empezó a izarme. Pero su propio peso me había dejado finalmente fuera de su alcance. agarrándome a lo que encontraba. Cuando la caída de mi cuerpo tensó el cable. debatiéndose. El kur seguía subiendo hacia mí. Yo colgaba a medio metro por encima de él. y empezó a trepar hacia donde me encontraba. pero el abrazo de éste en torno al cuello era ya demasiado fuerte. el segundo a las semanas. Con los dientes desgarré el aislamiento de una parte del cable enrollado que había tomado del montón que había más abajo. el tercero a los días y el cuarto a las horas. Supuse que el primer dial registraba algo equivalente a los meses. El movimiento de las agujas era contrario al de las agujas del reloj. destruido en sus guerras. La bestia sacó sus garras para tirar del cable. Los hombros del kur estaban cubiertos de sangre. intentando llegar a los diales. Me agarré a una viga de acero que cruzaba el cilindro de lado a lado. Dejó de preocuparse por el anillo. Aproveché el lapso de tiempo para trepar hacia arriba. a un ritmo palpitante. me tiré por el otro lado de la viga que me sostenía. Cada dial tenía una sola aguja y doce segmentos. Los dos últimos seguían en movimiento. los tubos que rodeaban el lugar donde la joya había caído dejaban un espacio demasiado reducido. El kur subía hacia mí. Pero no dudaba que esas medidas se calibraban en el movimiento de un mundo presumiblemente desaparecido.

Había muerto. una y otra vez. y bastante más abajo del mismo nivel de la superficie de la arena. pero desde ella no alcanzaba a tocarlos. Vi que el kur estaba a medio metro de mí. para que el cable siguiera tenso. . más abajo de la puerta. con horror. el cable se partió. Sabia que en el exterior había caído la noche. De pronto. Agarré el pequeño tubo como si de una espada se tratara. y el kur colgado de él. Le faltaba muy poco para llegar al punto vertical. en el exterior. la bestia seguía trepando. Mano tras mano. La quinta aguja. Cuando eso ocurrió mi posición sobre la viga era casi horizontal. intentando soltarlo de la estructura de la nave. en una caída de unos veinticinco metros que le llevó hasta la parte inferior de la nave. Su cuerpo bajó hasta el nivel inferior de la nave arrastrándose por la pared.esfuerzo. vi que el kur. Bajo mis pies. muy lentamente. La aguja del quinto dial se detuvo en ese mismo momento. la sexta aguja se detenía contra el tubo. Seguía acercándose. y finalmente cayó hacia atrás. Su gran herida del cuello seguía sangrando. El kur golpeó la pared en tres o cuatro ocasiones. Descansé sobre la viga y me eché a llorar. repentinamente libres de la tensión del peso del kur. tras lo cual volví a bajar unos cuantos metros. Los diales estaban cubiertos por un grueso cristal. Vi su rostro. Tiré frenéticamente. Contenía cable. me lanzó casi al otro lado de la nave. Un momento después. pues tiraba con todas mis fuerzas del cable. La fuerza de mis piernas. con gran nerviosismo. convertido en una masa de sangre. estaba casi vertical. Intentaba levantar la cabeza para localizarme y agarrarme. Temí caer. pero no cedía. Trepaba lentamente. la del quinto dial. No creía que tardase en cubrir ese trayecto más que unos cuantos segundos. el tubo cedió. La tormenta seguía aullando. Aquella bestia parecía inmortal. La aguja del sexto empezó a moverse rápidamente hacia el punto vertical. Golpeé el cristal del sexto dial con el tubo. Agarré un estrecho tubo que se hallaba junto a mi cabeza. hasta que pude agarrarme a unos tubos. sus colmillos. buscando. Finalmente. Seguí trepando. pie tras pie. pero de manera persistente. y con los pies bien asentados en la viga. Del cuello ya no le salía sangre. Vi sus ojos. Quedó inmóvil un momento. no tan ágilmente como antes. con los pies bien firmes sobre la viga. El cristal empezó a resquebrajarse. Trepé a la viga desde la que había tendido la trampa al kur. Me giré. No podía detenerlos. se había levantado otra vez. Creía casi con entera certeza que el cable le había cortado el gran vaso de la garganta. Su fuerza era realmente inconcebible. y tiré de él. sus ojos terribles. Miré a los diales. lo clavé en el dial. La bestia se acercaba inexorablemente. las orejas echadas hacia atrás.

Sus labios se levantaban por encima de los dientes. Ya está hecho. Desde aquel punto podía ver a varios pasangs a la redonda. Di un par de sorbos de agua mientras contemplaba a los jinetes que se acercaban. en las alturas de la nave medio enterrada en la arena del Tahari. Debían haber traído a lomos de las kaiilas el agua y los alimentos. con todo el cuidado de que fui capaz. según tengo entendido. Enterré a los hombres que habían muerto cerca de la nave. estaban llenas de arena. Llegaba a la parte superior de la nave con una cuerda. En los días siguientes. lo cual. había un contacto entre la nave y los agentes más próximos de los kurii. 22 OBTENGO UNA KAIILA Estaba agachado entre cámaras de impulsión. a unos veinte centímetros de la superficie del desierto. Saqué al kur del interior de la nave. pues no eran más que bestias. Encontré al kur con el que había viajado tendido en la arena. en los kurii equivale a una sonrisa. los hombres de Ibn Saran. Las cámaras. Volví a la nave. Creo que su muerte no fue una muerte triste. Entre ellas me había procurado un refugio del sol. Pero ya había muerto. Era probable que se tratara de aprovisionamientos rutinarios. extrañamente encaradas hacia el cielo. el Ubar de la Sal. desmantelé algunos componentes interiores de la nave y los quemé. que quizá se habían .Cuando me atreví a moverme. abandoné la nave. —Se ha cumplido tu deseo —le dije—. Los dejé expuestos a los depredadores y carroñeros del desierto. pero no enterré a ninguno de los dos. En el exterior ya no reinaba la tormenta. En ella encontré alimentos y agua en abundancia. Con el tiempo. Tal y como había supuesto. los Reyes Sacerdotes acudirían a ella y la desarmarían adecuadamente.

para llevarlo así sobre la arena. pero en ese caso también podría perder las provisiones. por abundantes que fueran en ese momento. aterrorizado. son unos animales excelentes para localizar el agua. pero ahí llegaban ellos. Cuando estuve sobre la arena. pero no estaba preparado para arriesgarme a la segunda alternativa. la arena podría hacerse eco de mis movimientos. cargado con agua y comida. Aunque podía hacerme invisible bajo el campo del anillo. y mi condición de caminante sería en ese caso muy desventajosa. y necesitaba orientación. Sonreí. No sabía qué órdenes podían tener. ignoraban todo lo que debía ocurrir. el otro. podría simplemente huir. Contaba con el anillo. y podía haber viajado de noche. Asumía que podía crear su propio campo solamente durante un período determinado. para que los ocupantes de ella les dieran la contraseña correspondiente. Podía haberme confeccionado un arrastre con un arnés para los hombros. plácidamente. si iba bien aprovisionada de agua y si era un ejemplar fuerte. No conocía las distancias. lo mismo que lo ocurrido. y quizás incluso hubiese acabado con las provisiones. tranquilos. Hice bajar la vasija de acero en la que había guardado el agua muy despacio. Había pensado caminar por el desierto. bebí profundamente. y dejé a un lado la vasija. . El planeta podía haber explotado bajo sus pies. o que. No sabía cuán observadores podían resultar aquellos jinetes. y se retiraran. El aprovisionamiento estaba fijado lo mismo antes que después de la fecha fijada para la destrucción del planeta. Así. Si no recibían esta contraseña era muy posible que investigasen con más curiosidad. Sí. No me parecía improbable que existiera una señal de reconocimiento que los jinetes que se aproximaban debieran dar en las cercanías de la nave.solicitado por medios que no fueran la radio. me introduje en el desierto. Si atacaba bajo la protección de mi invisibilidad a un jinete. al lado de la nave. Sobre una kaiila. Los hombres que se acercaban a lomos de sus kaiilas. Además. Me satisfizo mucho verlos aparecer. También podía haberme encontrado con jinetes poco amistosos. los proveedores deberían tener preparados sus pedidos semanas antes de transportarlos. En la nave había abundante agua y comida. pero finalmente decidí no hacerlo. Lancé la lona bajo cuya sombra me había refugiado a la arena. Acto seguido. Si me encontraba con varios jinetes podría escapar gracias al anillo. podría recorrer en un solo día el camino que a pie podría durar semanas. necesitaba una kaiila. por el contrario. con otras cuatro de carga detrás. pues eso habría podido atraer la atención de las estaciones de escucha de Sardar. pero no sabía cuánta energía quedaría en él. Me habría visto obligado a vagar por el desierto durante meses. para no suscitar sospechas ni recelos entre los agentes humanos de los kurii. de mi presencia. ni el lugar en el que podían encontrarse los oasis. dieran media vuelta.

—¡En pie! —gritó uno de ellos. Él difícilmente se daría cuenta. en el estómago. y mantuve la cabeza gacha. No me acerqué a ellos desde la misma dirección que la nave. Me atacaba por competir con su compañero. vacilante. El jinete que se llamaba Baram. El sol me daba por la espalda. —¡Agua! —volví a gritarles—. Eran dos de los jinetes que nos habían acompañado a Klima. Caí sobre mi estómago. ¡Agua! Los jinetes se detuvieron a un centenar de metros. mirándoles con expresión estúpida. penosamente. ¡Por favor. pero cuando se trata de hacer puntería por competición con otro jinete. seria el que iba a atacar primero. Observé al jinete. Me debatí para ponerme en pie sobre la arena. y volví a ponerme en pie. —¡Agua! —gritaba mientras me acercaba. Me quedé a unos cincuenta metros de ellos. Vi que intercambiaban miradas. Me desplacé a un lado. el arma permanece mucho más quieta. y cuando fingí conseguirlo me mantuve en posición vacilante. de unos dos metros y medio de longitud. y por lo tanto pasaría por mi derecha. el más hábil. los jinetes mueven sus lanzas para despistar al adversario. Con la cara oculta. Estaba a unos cuarenta metros. Extendí hacia ellos mi mano derecha. Yo me enfrentaría a él como si se tratase de una guerra. Realmente eran agentes de los kurii. El jinete lanzó un grito y cayó . en pro de una mayor precisión. pude sonreír. Supuse que su golpe iría destinado a la cabeza. y con las dos manos. como si estuviese a punto de caer desmayado. favoritos de Ibn Saran. Me coloqué en posición. Me fijé en su lanza. Era un arma larga y delgada. Les había visto cabalgar. porque estaba demasiado concentrado en su objetivo. Me sería fácil determinarlo con más seguridad cuando el jinete empezara su cabalgata. Cuando se trata de confrontaciones armadas en las guerras. lo mismo que en todo mi cuerpo. como había sido mi intención. Conocía a esos dos hombres. agua! Era diestro. Me movía como si todo me doliese. Observé su grado de inclinación. Vi que su lanza se ponía en posición. Vi que ambos desataban sus lanzas. Sonreía.—¡Agua! —gritaba—. como si sufriese retortijones y aguijonazos en el abdomen. cayéndome y levantándome. Me dejaron aproximar. cuando al jinete le faltaba un metro para tocar el objetivo. agarré la lanza. Caí sobre una rodilla. concretamente a mi oreja derecha. En mis cabellos había arena. Su kaiila se levantó sobre las patas traseras.

Le indiqué que cargara. Dejé la camisa. para luego traerlos a todos al lugar en el que el guerrero había quedado tendido. No sería necesario seguir el rastro de los dos jinetes que se habían acercado a la nave. conduje el resto de animales a la nave. Si se hubiese acercado. y me volví para enfrentarme a la carga del siguiente hombre. de manera insolente. horrorizado. Dispondría de una pista mucho más fresca que seguir. pero él seguía allí. A buen seguro su silla no podría disponer más que de una bolsa de agua. Después. No iba a cargar. le habría oído. Tomé las riendas del animal.rodando a la arena. sin que nadie sujetara sus riendas. Volví a indicarle que cargara. y yo levanté el arma. a lomos de la kaiila. Había perdido una ocasión excelente. botas y ropa. sin moverse. la pista del jinete que había huido era fácil de seguir. monté y empecé mi travesía. Cuando el jinete se puso de espaldas para encararse a mí vio. pues estaba manchada de sangre. Levantó su lanza. fría. Me sorprendió ver que no venía hacia mí en ese momento. Dejaría que el hombre que huía me llevase a través del desierto. Dormí durante la última parte del día. y cuando era ya noche cerrada. mientras la kaiila seguía su galope. dejando atrás a los animales de carga. En su cara se reflejaba el miedo. El otro jinete azuzó a su kaiila y huyó a galope tendido. A la luz de las tres lunas. Lo haría a mi ritmo. Eso quería decir que no era hábil. 23 . Llevé mi kaiila hacia donde se encontraban los otros animales. y entre lo que en ellos encontrara y lo que eligiera de la nave tendría abundantes provisiones. Me volví de espaldas a él y despacio. caminé hacia la kaiila que había quedado con la silla vacía. La correa de la lanza se rompió. No sería difícil seguir el rastro del otro hombre. Hizo que su kaiila girara. Tomé lo que podía necesitar de aquel cadáver: armas. para clavarlo en la arena. Luego la saqué de él sujetándolo con el pie izquierdo. cómo la hundía en su cuerpo. Las kaiilas de carga estaban cerca del otro jinete. Una vez allí inspeccionaría los paquetes. pero enseguida volvió a bajarla. Puse mi pie en el estribo y me acomodé en la silla. con las kaiilas bien aprovisionadas de alimentos y agua.

creo que no —dije—. amenazante. —¿Cabalgarás hasta la batalla con las kaiilas de carga? —me preguntó. . En el flanco derecho estaba el dorado de los char y los diversos rojos y amarillos vivos de los kashani. con diferentes tiras de colores. Sobre la llanura debía haber unos diez mil jinetes.CONOZCO A HARUN. Las lanzas refulgían entre las filas. —Entonces —preguntó el hombre—. —¿De qué tribu vasalla eres? —No soy de ninguna tribu vasalla. al tiempo que levantaba su lanza. —Y ése —dijo un hombre señalando al que estaba atado a mi silla—. —Cabalgo con los kavar —respondí. amo —me respondió bajando la cabeza. Estaban separados por unos cuatrocientos metros. Debería dar una gran vuelta que le llevaría tras las líneas kavar. Los que estaban detrás suyo también levantaron sus lanzas. pero elijo cabalgar para los kavar. El hombre hizo un gesto indicando a uno de los que le acompañaban que se llevase las kaiilas de carga. satisfecho. Veía los pendones. ¿quién es? Me giré para mirar fijamente al objeto de la pregunta y le dije: —¿Deseas luchar conmigo hasta la muerte? —No. En el flanco izquierdo estaban los pendones de los ta´kara y el púrpura de los bakah. —¿Por qué nombre se te conoce? —Hakim de Tor. —¿Para quién cabalgas? —preguntó el hombre. —Bienvenido —dijo el hombre. Entre éstas había centenares de kaiilas de carga. Me levanté sobre los estribos. alineados durante pasangs. de color blanco. a las tiendas. ¿eres un kavar que llega tarde a las formaciones? —No —respondí. —No. —Creo que será una batalla magnífica —dijo el hombre. Te las doy. Tras cada uno de los agrupamientos de filas se veían centenares de tiendas. EL ALTO PACHÁ DE LOS KAVAR Podía oír los tambores de guerra. Podía ver el centro ocupado por los kavar. y los estandartes.

Existe una tendencia. —Sí. Los tajuk eran gente muy susceptible. al luchar. entre las tiendas. y una palabra de su kan les hubiese bastado para lanzarse contra los hombres de las tribus zevar y arani. Podéis usarlo vosotros. Podía observar que había problemas en las filas de los aretai. mientras que el esclavo intentaba correr a la misma velocidad. se encadenaría a aquel hombre y se le dejaría allí a disposición de los jefes. y lo que es más. Se decía que el flanco izquierdo de los aretai no había sido vencido en doscientos años. orgullosos y caprichosos. en su flanco izquierdo. Se habían mantenido en las filas delanteras del flanco izquierdo de los aretai durante doscientos años. arrastrado por la correa. Los tajuk habían acudido a una guerra. incluso podrían decidir luchar del lado kavar. No era cuestión de que los tajuk. los arani y los zevar se pelearan entre ellos. pues asumirían que en el flanco izquierdo de los kavar se les daría preferencia. Respetaba a los tajuk. Hay que decir que el flanco izquierdo es fundamental en este tipo de guerra. Los orgullosos tajuk habían sido siempre los encargados de ocuparlo. Os lo doy. esta derivación hacia la derecha es casi inevitable.—Es un esclavo —le dije al que me había hecho la pregunta—. y podrían abandonar sus líneas para retirarse y volver a su tierra. de gran generosidad. Ya no tengo ningún cometido en el que usarlo. La razón es muy simple: las armas que se emplean principalmente en el ataque son la lanza y la cimitarra. a trompicones. Pude ver que un pequeño grupo de jinetes salía del núcleo aretai en dirección al punto del conflicto. a más de mil pasangs. El jinete se alejó rápidamente con su kaiila. Los tajuk estaban acostumbrados a esa posición. a desplazarse hacia la derecha. pues así podrían demostrar su disgusto. pero también muy arrogantes. es corriente que el flanco izquierdo de cada uno de los frentes se vea sobrepasado por el flanco derecho del enemigo. . tienden a protegerse parcialmente. amo. Los jinetes tajuk querían abrirse camino hacia la parte delantera. pero yo. Como consecuencia de ello. Se le veía muy contento de que su correa ya no estuviese sujeta a mi silla. En un ataque goreano a pie. —Sí. mientras que para la defensa se utiliza un pequeño escudo redondo. Si se les ofendía. porque los hombres. las kaiilas y las demás propiedades. Esclavos como éste son los que usamos para ir a labrar los huertos de los oasis lejanos. Le eché la correa del esclavo al hombre que señaló mi interlocutor. tras el primer ataque. —Vamos. nos será de utilidad. Eso era algo probable. esclavo. mientras pueden hacerlo. tras el escudo del hombre que tienen a la derecha. Tras las líneas kavar. posiblemente no considerarían honorable atacar a los aliados de los aretai.

Ante el núcleo kavar podía distinguir una figura. el visir de Harun. Suleimán no se encontraba en el centro de sus filas. Le reconocí. No parecía que aquél fuera un momento inoportuno para que Baram ordenara cargar. con barba. se volvió. En ninguna parte veía el pendón del alto Pachá. Oí que los tambores cambiaban su golpe. no los entendía. Vi que las líneas de jinetes se ordenaban. sujeta por Shakar. Por culpa de los tajuk. y me complació ver que se trataba de Suleimán. según sabía. Pero el arma de Baram. en filas casi paralelas. Uno de los jinetes que fue hacia el flanco izquierdo iba atado a su silla. se había levantado del lecho y subido a su kaiila. Suleimán. no bajó hacia delante para que las lanzas hicieran lo mismo. Vi que los pendones de carga se levantaban con su mano. un nombre corriente en el Tahari. el visir de Harun.lo mismo que muchos otros. extendía la mano hacia delante y después la levantaba. alto Pachá de los kavar. debía ser Baram. y otro el pendón de visir. se volvió de pronto sobre su silla. enfrentados. el que contenía el mecanismo de desviación de la luz. intentando sin duda poner paz. parecía un bazar alborotado. Centenares de jinetes se apiñaban. en la que ondeaba el pendón de mando. el visir. Supuse que cuando los bajaran se levantarían los pendones de carga. sujeto en una tira de cuero. para que los jinetes hicieran bajar sus lanzas al unísono. levantó las dos manos y gritó: —¡Alto! Las lanzas volvieron a apoyarse firmemente en los estribos. en medio de todos aquellos tajuk. zevar y arani. Tras él se levantaba una gran lanza. Eran los tajuk contra los arani y los zevar. Todavía convaleciente de la herida que Hamid le había producido. Mientras miraba las líneas lo acariciaba. se levantaban. Entre las filas de los kavar y de sus tribus vasallas detecté movimiento. Ese hombre. el Pachá de Nueve Pozos. el jeque de Bezhad. y se inclinaran antes de iniciar la carga. En lugar de eso. En el flanco izquierdo de los aretai seguían los problemas. Suleimán. Vi que Baram. con sus hombres más allegados. y el flanco izquierdo de los aretai. en lugar de estar listo para el combate. Vi que los pendones. . Alrededor de mi cuello. estaba entre ellos. vestida con ropas blancas. los de preparación. el capitán de los aretai. Se veía que su cuerpo estaba todavía dolorido. llevaba el anillo del kur. Cerca de él un jinete llevaba el pendón de mando kavar. No sabía siquiera si tal hombre existía. sobresaltado.

de los tashid y de los raviri. También acudió. así como los Pachás de los luraz. con la lanza y el pendón.Entre los dos frentes. Vi que la lanza del jinete blanco. despacio. El mando es tuyo. y no creía que nadie considerase extraña mi presencia allí. se giró y miró a Suleimán. Azucé a mi kaiila. Con él. con su guardia. acompañados de sus respectivas guardias. Me mezclaría con el grupo que iba a parlamentar. Los kavar aguardamos con impaciencia. Cada uno de los Pachás lanzó el grito respectivo. Shakar y sus guardias. Finalmente. ¿Por qué has montado en la kaiila? . en la línea posterior a los Pachás y al kan. Cabalgaba solo. todos con sus respectivas guardias. atado a su silla. acudieron al centro de aquel campo a parlamentar los Pachás de los ta´kara y de los bakah. —Valeroso Harun —dijo Baram. jeque de Bezhad—. tu herida fue grave —dijo Harun mirando a Suleimán—. El último en acudir fue el joven kan de los tajuk. Así. se inclinaba y describía un círculo. Harun alto Pachá de los kavar! —dijo Suleimán. Suleimán se apresuró en volver a ocupar el centro de sus hombres. y traspasé las filas de las guardias con cortesía. Harun. en lo alto de la cual ondeaba un amplio pendón. Finalmente vi que también se agregaba el Pachá de los ti. pues desdeñaba las guardias personales. cabalgó rápidamente hacia aquel jinete. escarlata y blanco. así como el de los zevar y los arani. Baram. algunos jinetes. Suleimán! —¡Saludos. y sentía cierta curiosidad. y los del char y los de los kashani. para después volver a inclinarse y describir otro círculo. Así fue como me encontré en el grupo que parlamentaba. En unos momentos llegué con mi kaiila al grupo. con sus guardias detrás. pero con firmeza. Detrás suyo se arrastraban cuatro hombres desnudos. al tiempo que levantaban sus lanzas. cubierta de tejido blanco. A ambos lados. Suleimán. Era el pendón de Harun. En su mano derecha sostenía una lanza larga. cabalgaba un hombre ataviado con las prendas blancas de los kavar. —¡Los bakah también! —gritó el Pachá de los bakah. —Según me han dicho. La figura del velo. Yo no disponía de nadie que me representara más que yo mismo. con las muñecas cruzadas y atadas por una correa sujeta en su otro extremo a la perilla de la silla de Harun. sin apresurarse. empezaron a cabalgar lentamente hacia la figura. Las filas de ambos frentes se agitaron. pero nadie se movió. a quien dijo: —¡Saludos. el alto Pachá de los kavar. que acudieron a toda prisa. pues pensarían que tenía a quien representar. con su orgulloso pabellón. asintió en señal de aceptación del mando de esos millares de orgullosos guerreros.

y muy graves! —dijo Suleimán—. —¡Los aretai atacaron los oasis kavar! —gritó un hombre de entre los ta´kara—. naturalmente. ¡Los aretai son del Tahari! Los hombres de alrededor se calmaron. —¡Tenemos un enemigo común —dijo Harun—. y aunque lo hubiera hecho. los cuales bajaron los brazos y cayeron sobre la arena de rodillas. con la cabeza gacha. Las cimitarras se soltaron. el Ubar de la Sal —dijo el hombre antes de volver . Vi que Shakar me miraba. ¡Mirad la cimitarra del antebrazo! ¡No apunta hacia el exterior. —¡No olvidamos lo que ocurrió en Dos Cimitarras! —gritó un hombre perteneciente a la guardia del Pachá de los bakah. —¿Lo veis? —preguntó Harun. Aparté el velo de protección contra el viento de mi cara. —¡No! —gritó Suleimán—. —Suleimán dice la verdad —dijo—. y levantaron sus brazos atados por las muñecas por encima de la cabeza. ¡Por los ataques kavar a las comunidades aretai. —¡Mirad! —gritó Harun. sino hacia el cuerpo! ¡Estos hombres no son kavar! —No. pero enseguida apartó la mirada como apurado. no lo son —dijo Harun. nunca habrían destruido nuestros pozos. —¡Son kavar! —gritó uno de los raviri. penosamente. señalando a los hombres desnudos atados a su silla—. ¡Eso no es cierto! Se produjo una sucesión de gritos indignados entre los kavar y sus cohortes. y por la rotura de los pozos! —¡No olvidamos lo que ocurrió en Roca Roja! —gritó un guardia tashid. —¡No hay piedad para los que destruyen el agua! —gritó uno de los luraz. cuya mano se había crispado sobre la empuñadura de su cimitarra—. pero me prestaban poca atención. —Y esa Tarna. ¿de quién es preferida? —Es preferida de Abdul. —¿Para quién cabalgáis? —les preguntó Harun. levantó la cabeza y dijo: —Para Tarna. Uno de los hombres. —¿Con alguna motivación o simplemente como distracción? —¡Con motivos. ¡Levantad vuestros brazos. Harun levantó su mano para imponer silencio. Había aretai cerca. ¡Rompieron pozos! —¡No! —gritó Suleimán. Harun se volvió a los desgraciados atados a su silla. un enemigo que quiere enfrentarnos cueste lo que cueste! —¿A quién te refieres? —preguntó Suleimán. eslines! Los hombres le obedecieron. Ningún aretai nos ha atacado últimamente.—Para hacer la guerra contra ti.

los arani y los zevar. en dirección a la formación de sus hombres. se ponen bajo tu mando. En Tor nos pagarán un buen dinero por ellos. Todavía no me he recuperado de la herida. te seguiré. juntos. En poco tiempo. añadió—: Te hablo de buena fe: los kavar. quiero estar al frente de mis hombres. —Estoy demasiado débil —dijo Suleimán—. y en el extremo final del flanco cabalgaban los tajuk. A la izquierda estaban los ti. . —Sí. Un jinete se encargó de las correas a partir de ese momento. —¡Aiieee! —gritó el joven. en el flanco derecho cabalgaban. y todas sus tribus vasallas se ponen bajo tu mando. levantándose sobre sus estribos y azuzando a su kaiila para que echara a galopar a través de aquel terreno. Harun miró al joven kan de los tajuk. —¿Me llevarás a la guerra? —preguntó el tajuk. —Tendrás tu guerra —le dijo. —No entiendo qué está ocurriendo —dijo el joven kan de los tajuk. que inmediatamente apoyaron la cabeza en la arena—. que parecía enfadado—.a inclinar la cabeza. los ta´kara y los luraz. —Entonces. Los aretai. detrás de Harun y detrás de mí. —¿No sería mejor que volvieses a Nueve Pozos? —preguntó Harun a Suleimán. mirando a Suleimán. Llévalos a las tiendas y encadénalos allá. He venido a una guerra. Harun pasó la lanza y el pendón a uno de los hombres que estaba con Baram. Más tarde tendrán una numerosa compañía. —No —respondió éste—. como esclavos. ¿Qué pasa? ¿No habrá guerra ya? Harun miró al joven guerrero. Se dieron órdenes. grandes filas empezaron a moverse por el desierto. ¿Quién estará al cargo del flanco izquierdo? —Los tajuk —dijo Harun. —¿Y tú? —le preguntó. su visir. y aquellos que cabalgan con ellos. —¿Qué hacemos? —preguntó Baram. Detrás nuestro. los char. ¿Matamos a estos eslines? —No —dijo Harun—. Los Pachás y sus respectivas guardias volvieron a sus formaciones. y los llevó hacia las tiendas. Pero quiero preguntarte una cosa. avanzaban las líneas de los pueblos reunidos del Tahari. los kashani y los raviri. que cabalgaba a solas. Y luego. señalando al grupo de hombres atados a la silla de Harun. En el centro iban los kavar y los aretai. los bakah y los tashid.

Pero alrededor de Ibn Saran hubo duros enfrentamientos. De todos modos. —Veo que todavía llevas un pedazo de seda en torno a la muñeca izquierda —dijo. No vi a Tarna en el combate. Vi. se enfrentase a nosotros. pues le rodeaban sus propios hombres. —En el transcurso de esta marcha deberás informarme de lo que ocurrió en el país de las dunas. —Lo haré con mucho gusto. fue sorprendente que Ibn Saran. y esa actitud hablaba a su favor. a sus . al ver que no podían escapar. Muchos de los mercenarios. Creo que muchos de sus hombres no comprendieron la naturaleza de las fuerzas con las que se enfrentaban hasta que salimos de la última cresta para caer sobre ellos. 24 ATO A UNA CHICA Y LA RESERVO PARA MI USO El resultado de la batalla que se desarrolló a unos veinte pasangs de la kasbah del Ubar de la Sal. —Bien —respondí. Estaba muy bien rodeado. Se quitó el velo y lo dejó suelto sobre sus hombros. —De acuerdo —respondí—. y Hassan. llegó a estar a veinte metros de él. En una ocasión estuve a unos ciento cincuenta metros de Ibn Saran. con sus dos mil quinientos mercenarios. clavando sus lanzas y espadas en la arena. nunca estuvo en duda. —Sí —contesté. Les sobrepasábamos en número en una proporción de cinco a uno. Hassan. aunque finalmente una barrera de escudos erizada de lanzas le hizo retroceder. ¿Con qué nombre quieres que me dirija a ti? —Por el nombre con el que mejor me conozcas —dijo él. luchando como un animal. eso sí. el alto Pachá de los kavar.—¿Cómo fueron las cosas en el país de las dunas? —me preguntó Harun. dejaron a un lado sus escudos y desmontaron. los que habían luchado al lado de Tarna en los diversos ataques. o Harun. los del Ubar de la Sal y sus aliados.

y su collar. Estaba arrodillada entre grandes baldosas de color escarlata. en un estruendo de ajorcas. y me tomó en sus . Me sentí estúpido al pensar que me había deshecho de ella. —¡Tarl! —gritó—. —Se refugiará en su kasbah —dijo Hassan—. y la conquista de ese punto se haría muy difícil. serían susceptibles de ataque. En su actitud se adivinaba la insolencia natural de la esclava adiestrada. podríamos acometer la empresa con una fuerza menor que pudiese abastecerse de agua de Nueve Pozos de manera más práctica. No le perseguimos. Alrededor de su tobillo izquierdo se veían varias ajorcas de esclava. desteñido. Cuando puso un frasco de perfume a un lado. La chica estaba arrodillada ante aquel tocador bajo. y una huida de su cerco se haría más posible. rompió nuestras líneas para huir hacia el noroeste. con una mezcla de confusión y curiosidad. por ejemplo. Yo presioné el anillo para hacerme visible. Ya había avanzado mucho la tarde cuando Ibn Saran. Supuse que la habrían relevado del mando. al ser menor la cantidad necesaria. Como máximo. con cuatrocientos jinetes. Ella recogió el pedazo de seda. Lanzó un grito de alegría. Será muy difícil tomarla. cada una de ellas situada a un lado del espejo. Vestía escasas sedas de esclava amarillas. sus ojos captaron aquel pedazo de seda al lado del tocador. Eso era cierto. pero nuestra victoria quedó consolidada. Ella lo miró. pero éstos luchaban bajo las órdenes de Ibn Saran. Todavía no había visto el pedazo de seda que había dejado a un lado.hombres. La luz de la estancia provenía de dos lámparas de aceite de tharlarión. Si no se tomaba la fortaleza rápidamente. no tan numerosas como las del primer ataque. No teníamos agua suficiente para mantener a nuestros hombres durante un largo asedio. Nuestras líneas. la oscuridad de la noche. casi blanco. Se la veía bella en el espejo. y corrió hacia mí. —Quizás pueda ayudarte —le dije. si fracasaba el primer intento de tomar la kasbah. los de dentro podrían consolidar sus posiciones. aprovechando. —Debemos tomar la kasbah —me respondió. Finalmente lo apretó contra su cara. Estaba manchado. ¡Tarl! Se giró. Un sitio de esta clase podría durar varios meses. y se levantó. inhalando su aroma. y lo abrió. —Ibn Saran se te puede escapar entre los dedos —le dije a Hassan. tocándome al anillo prendido a una cinta de cuero en torno a mi cuello. Se peinaba metódicamente con un peine hecho con cuerno de kailiauk el cabello largo y oscuro.

Finalmente. Ella se quitó las sedas amarillas y las dejó a un lado. para revelar mejor la belleza de sus senos. El andrajo se ciñó a su cuerpo. Después se levantó y se pasó aquel andrajo alrededor de la cabeza. así como la parte inferior de la prenda. su cuerpo se estremeció al sentir que aquel tejido manchado de grasa. Tomó el andrajo manchado. . Se sentó sobre los azulejos y se quitó las ajorcas de su tobillo izquierdo. No se lo permití. frustrada. y extiéndelas —le ordené. Ella luchaba por alcanzar mis labios. Lo lancé contra su cuerpo y le dije: —¡Póntelo! —Soy una esclava de alto rango —me dijo. para besarlos. Tarl —me dijo. conduciéndola. Las lágrimas arrasaban sus ojos. de mi cuerpo. con humildad. —Tenemos muy poco tiempo —le dije—. Sollozaba. Esa correa no era lo suficientemente larga como para permitirme que la llevara por ella. Involuntariamente. roto. sin que pudiera acercarse más. despacio. —Primero quítate las ajorcas —le dije. ¡Te quiero! ¡Te quiero! La seguía manteniendo sujeta. con la cabeza en mi pecho. —Cruza tus muñecas. —Te quiero —dijo ella. Obedeció. Era un andrajo pequeño. basto. Tarl! —dijo—. La sostuve así. Ella me miraba. mientras susurraba: —¡Tarl! ¡Tarl! ¡Te quiero. Con un pedazo de cuero até sus muñecas. De entre mi atuendo saqué un trapo. desgarré la parte izquierda del andrajo para revelar mejor la exquisitez de la línea que iba desde su pecho izquierdo hasta su cadera izquierda. aquella chica preciosa se arrodilló ante mí. para hacerla más corta. —Este vestido revela mucho mi cuerpo. manchado de grasa. Di una vuelta en torno a ella. Tarl! ¡Te quiero! Tomé sus muñecas y las aparté. mirándola fijamente. Ella sacudió la cabeza. Pronto habrá combates en esta kasbah. Retrocedí para observarla. ¿No puedes perdonarme? ¿No podrás perdonarme nunca? —Arrodíllate —le dije. —¡Oh. y rompí el cuello de aquella prenda.brazos. e intentaba acercar su cuerpo para apretarlo contra el mío. Lentamente. le tocaba el cuerpo. Lo había encontrado en la cocina de Ibn Saran. —¡Póntelo! —volví a ordenarle. —¡Déjame tocarte! —gritaba—.

Estaba aterrorizada. —Ofrecí mi testimonio contra ti en Nueve Pozos —dijo—. o caerán en manos de agentes de los Reyes Sacerdotes. fui terrible. —Siento haberte ofendido tanto —susurró—. esclava —observé. temblorosa—. Me encerraron en un calabozo. y me encadenaron. mirándome sin miedo—. ¡Lo hice por Lydius! ¡Por esta razón quería enviarte a Klima! —Tus deseos no tienen para mí ningún interés —le dije. Sin duda capturaremos a algunos. ¡No sabes cómo he sufrido. Ella palideció y preguntó: —¿Cambia eso las cosas? —No lo sé —respondí—. —Una esclava le debe a su amo absoluta obediencia —recalqué. horrorizada. desnuda. Ella se estremeció. Pronto tu vida no valdrá para nada entre los agentes de los Reyes Sacerdotes. —Fui cruel. les traicionaste completamente. —¡Oh. y susurró. despreciable. y lleno de urts. —Traicionaste a los Reyes Sacerdotes —le dije—. ¡Tarl! —dijo. furioso. Ella me miró. desesperada. . impulsivo. la última victoria de los kurii. Era un hombre impaciente. cada vez más enfadada. con toda tu capacidad. Tarl! ¡Lo lamento tanto. Pero Tarl —dijo. —¿No estás rabioso por ello? —me preguntó. tanto! Yo no dije nada. Estaba muy oscuro. bajando la cabeza: —¡Te identifiqué ante Ibn Saran! Me encogí de hombros. y dijo: —Todavía no te he explicado qué más hice. Mi rabia la sorprendió. apenada. sollozando. me dijeron que me liberarían. No podré nunca perdonarme lo que hice. Me miró. Además. Tiré de la cuerda de cuero para comprobar que la sujeción de sus muñecas era resistente. ¿podrás perdonarme tú? Miré a mi alrededor. y mentí. Puede ser que represente la pérdida de la Tierra y de Gor. —Hiciste lo que te ordenaron. —Hay bastantes hombres que conocen los datos que facilitó tu traición —le dije—. —No. y no pude evitarlo. tanto como pudiste. levantando la cabeza para mirarme—. —Estaba muy débil —dijo ella. no se te liberará —le dije.La miré. Podía usar una de esas lámparas de aceite de tharlarión que había en el espejo. He sufrido mucho por esta causa. Mentí. Pensaba concretamente en Samos.

—¿El qué? —preguntó. amo! —dijo ella. ¡Contéstale! —¿Sí. —Ya sabes que a la vigésima hora debes ir a dar placer a los guardianes de la torre del norte —dijo la voz del hombre al otro lado de la puerta. volviste a sonreírme. Recuerda que te permitiste otras gratificaciones. con expresión de tristeza. —¡Me estoy aplicando los cosméticos. que se utiliza normalmente sobre las chicas porque es de pegada amplia pero suave. de . Sonreí. se te condenaría a la muerte de los desperdicios: se te arrojaría desnuda y atada a los urts de los canales.Ella levantó los ojos hacia mí y dijo: —Podría ser que se me torturase y se me empalase. Quité la mano de su boca. Y me arrojaste un pedazo de seda. —¿No confías en mí. —Si te retrasas más de cinco ehns te acariciarán los cinco dedos de cuero. —¡En esos momentos te odiaba! —gritó ella. mientras que con la otra sujetaba una daga con la que le apretaba el cuello. —¿Esto es lo que te molesta? ¿Solamente eso? Lo siento. me miraste y sonreíste. Tarl? —preguntó ella. Ningún hombre puede poner objeciones a que una esclava obedezca a su amo. —Entonces ¿no tendrás ni tan siquiera el detalle de mostrarte cruel conmigo? —No creas que soy indulgente. —¿No gritarás ni darás la alarma. —No eres más que una esclava —respondí. verdad que no? —le pregunté. y no hiciste más que obedecer a tu amo. cosas que nadie te había pedido. No tendrías derecho a una muerte tan honrosa. En Puerto Kar. de rodillas. sin duda. —¡Vella! ¡Vella! —gritó una voz. —¿Podrás perdonarme por lo que hice? —Lo que a mi parecer te preocupa no requiere olvidarse. Tarl. —En Nueve Pozos después de tu testimonio. y me llevaban atado a Klima. Y me enviaste un beso. Ése era un eufemismo para referirse al látigo de cinco tiras. Se te daría muerte como se suele hacer con las esclavas condenadas. De pronto se oyeron golpes en la puerta. Eres una esclava. amo? —contestó al fin la muchacha. quedamente. —Y cuando estaba encadenado. sin quitar el filo de mi daga de su cuello—. —Eres una esclava —le recordé—. mirándome fijamente. Se oyeron más golpes en la puerta. cuando te sacaron del tormento. Ella negó con la cabeza. Inmediatamente me deslicé a la espalda de la chica y le puse una mano en la boca.

tan sencilla y escasamente vestida. orientadas hacia el norte del desierto. En el interior de la kasbah había más mercenarios. Oímos la barra del centinela apostado en la muralla. y la bajé. con la correa atada en torno a sus muñecas. Yo llevaba la lámpara en la mano. y yo me había detenido en las cocinas para buscar un atuendo adecuado para Vella.manera que castiga severamente. enfadada. Yo llevaba el atuendo de los hombres del Ubar de la Sal. Finalmente apagué la lámpara de un soplo. Al cabo de un momento. antes que preocuparse por una esclava. Una de ellas nos iría bien. Me reí ahogadamente. Se lo había quitado a un prisionero. Una partida de reconocimiento salió de la kasbah. a excepción de la luz de las lunas que entraba por la ventana. Había hecho una visita a la torre del norte. Miré a las lámparas de ambos lados del espejo. Marcaba la hora vigésima. creo que allí tienen otras cosas en las que pensar. levanté y baje la lámpara y después repetí el movimiento. y Vella giró la cabeza hacia mí. —Estás en un gran peligro —dijo Vella mirándome—. Pasamos al lado de uno o dos hombres. Después había examinado varias zonas. Es la hora vigésima. Cuando llegué a una de esas estrechas ventanas. la que estaba a cargo de la puerta . Había esperado al lado de una de las puertas de la kasbah. —¿Cómo has entrado? ¿Acaso hay alguna entrada secreta? —Entré sin que me vieran —dije yo encogiendo los hombros—. —Me solicitan en la torre del norte. bajo el refugio de la invisibilidad que me ofrecía el anillo. Debes huir. —No te entiendo —dijo ella. —Sinceramente —dije—. Por lo que parece. con Vella delante mío. aunque sí en la lujuriosa esclava que me acompañaba. entramos en largos pasillos cubiertos de baldosas. hasta que la había encontrado en una habitación en la cual las chicas que están citadas para provocar el placer se preparan. y que su cuerpo se erguía instintivamente al notar que los ojos de los hombres lo contemplaban. Vi que Vella se envanecía. amo! El hombre del otro lado de la puerta se fue. —¡Enseguida voy. Nadie reparó en mí. pero sin dejar marcas imborrables en la piel de la castigada. Enfundé la daga con la que había asegurado su obediencia y dije: —Los que están en el interior de esta kasbah están en mayor peligro que yo. Tarl —dijo Vella—. ante mí. no lo suficientemente anchas para dejar pasar el cuerpo de un hombre. Quedamos en la oscuridad. una kaiila en solitario no despierta la curiosidad de nadie.

Era normal que una chica de la kasbah como ella se horrorizase al ver lo que veía. ¡Da la alarma! Pero su voz. Sus ojos. la kasbah no caerá nunca —dijo Vella—. con los ojos llenos de horror. sobre mi mano. —¡Grita. Aparecieron hombres en el patio que quedaba debajo nuestro. La puerta norte había caído. Un hombre en su interior vale más que diez hombres en el desierto. estaba ahogada. bajo mi mano grande y fuerte. —No. alguno de los guardianes de la muralla vio a los jinetes. había otros diez en iguales condiciones. Vi el albornoz blanco de Hassan a la cabeza de todos ellos. Desde el punto de vista de los guardianes encargados de la vigilancia de la puerta. Era la hora vigésima. al pie de la torre. y los enfrentamientos con espada se producían por todos los rincones. y la barra de alarma empezó a resonar desesperadamente. Se oían gritos. Oímos el último golpe de la barra. y la hice mirar por la ventana. a punto para el combate. aterrorizados. esclava o libre. y se habían encontrado atados y sujetos. en la misma torre. a enfrentarse con los defensores de la muralla. esclava! —le dije—. Como cualquier hembra bonita. Sobre la puerta. —Mira —le dije. —La kasbah caerá —dije. Vella me miró. y de las cimitarras sobre los escudos. con el enemigo ya en el interior de ellas. Sollozó débilmente. resultaba lamentable que aquélla hubiese quedado entreabierta. De pronto. con la cimitarra desenfundada. y aparté la mano de la boca de la esclava. pero no podía hacerlo. No resulta posible traer el número de hombres suficientes para hacer caer la kasbah y mantenerlos ahí fuera. Se oyeron gritos. Oí que gemía y pugnaba por liberarse de mi presa. Puse mi mano sobre su boca.del norte. y dio la alarma. Retrocedí. en la estancia de la guardia. Hacía poco rato que habían despertado. había diez hombres que luchaban por liberarse. Muchos eran ya los jinetes que habían desmontado y que se dirigían escaleras arriba. Los jinetes entraban a oleadas en la kasbah. No podía hacer nada. y también los restallidos del acero de las cimitarras. Los defensores se resistían. sabía lo que eso podía significar para ella. En la puerta del norte. reflejaban el terror. Hay agua y provisiones para meses y meses. y quizá también de los que habitaban en el interior de la kasbah. Intentó gritar. Por la puerta norte no dejaban de entrar los jinetes. para encontrarse. —¡Huye! —susurró Vella. La puerta norte era del enemigo. . y también hombres a pie. Otros corrían hacia las murallas.

¡Venga. Conduje a Vella a la estancia donde la había encontrado.—¡Grita. en ciertos momentos. esclava! —le repetí—. y desea hacerlo completamente. Quería que volvieses por mí. riéndome—. Quiere tener un absoluto control sobre ella. ¿Acaso no sabes todavía nada de tu increíble deseabilidad? ¿Acaso no sabes que los hombres se vuelven locos de deseo sólo con mirarte? ¿Todavía no eres consciente de la pasión que despierta la vista de tu cuerpo? —Sé que soy atractiva —dijo ella volviéndose con voz que reflejaba miedo e incertidumbre. pues son víctimas habituales de numerosas enfermedades. y la empujé para que caminara. alegres. —Yo soy uno de ellos —le dije. en todos los sentidos. No sabes lo que provoca en los hombres la vista de tu cuerpo. —¿Poseerme? —gritó. ¡Soñaba con que lo hicieras! Pero inmediatamente sollozó. creyendo que así serán más placenteras. los hombres que los satisfacen son vitales. —¡Cuántas tonterías tenéis en la cabeza las hembras de la Tierra! —le dije. con toda sinceridad. —Realmente no lo entiendo. Los hombres se dividen entre los que satisfacen los instintos de su naturaleza y los que no lo hacen. —Has vuelto por mí —dijo. Los gritos se sucedían por toda la kasbah. —Sí —dije yo—. —Me quieres —susurró. Hice que se volviera. La dominación es una disposición genética de su naturaleza. ¿Qué provoca? —Verte es desearte y desearte es querer poseerte. permite a la muchacha que hable de sus sentimientos. y las estadísticas dicen que viven menos tiempo. —¡Los hombres desean que las mujeres sean libres! —me contestó Vella. al ver la expresión de mis ojos. apretando su cuerpo contra el mío y levantando la cabeza. Estadísticamente. —A veces —le corregí—. los que niegan su naturaleza son miserables. y viven largos años. Pero esa muchacha sabe que ése es sólo un permiso momentáneo. da la alarma! —Pero ¿por qué no me has dejado gritar? ¡Nos van a matar a todos! En ella habitaba el miedo instintivo a los jinetes del desierto. —No eres más que una hembra ignorante. horrorizada. —Entonces —dijo—. —No —dijo con ojos centelleantes—. Cada hombre desea poseer a su mujer. Sin duda conoces al amo que. y en cualquier momento. En cambio. —No. que en cualquier momento . ¿por qué has vuelto? —Porque te deseo —le dije. los hombres conceden ciertas libertades a las mujeres. Y la muchacha lo hace.

la sujeción de su belleza. —Sí —dije yo—. a desear ardientemente ser poseídas y . juntos. —Entonces. formando una raza. —Arrodíllate —le ordené. Eso hace que la muchacha se rebele. arrodillada. —La naturaleza. —Muchas de las mujeres felices que he conocido en Gor no eran más que esclavas. como animales que son. ¿Te parece posible que esa disposición haya sido elegida para su aislamiento? Ella me miraba. fuese necesario. —Quizás haya en ellas una disposición a responder a la dominación. discriminando a la mujer? —No —dijo Vella bajando la cabeza. —¿No te parece posible —continué preguntando— que el hombre y la mujer. la deliciosa sensación de su dominación. Vella no dijo nada.volverá a retirársele. ni una mujer ni un hombre tendrían derecho a ser ellos mismos. las víctimas son las mujeres bellas y lujuriosas. de su debilidad a la voluntad del amo. —¿Cuál ha sido la mujer más feliz de las que has conocido en Gor? —le pregunté. no se ha olvidado de mostrarle a su víctima. en la que el sexo es una molestia. para completar las condiciones necesarias para ser una mujer. bajo estas circunstancias que acabamos de describir. —¿Qué ocurriría si. al menos en momentos cruciales. ninguna mujer tendría el derecho a ser una mujer. al enseñarle al hombre a dominar —afirmé—. a buscarla por todos los medios. ni más ni menos. Es innegable que los hombres tienen una disposición genética a la dominación. se formaran por la aplicación de diversas fuerzas evolutivas? ¿Te parece posible que la biología haya dotado únicamente al hombre. —Exacto. —Pues bien. en la que se cree que los seres humanos son un mecanismo demasiado complicado? —No lo sé. oprimidas por los condicionamientos de una sociedad mecánica. ¿Y cuáles han de ser las disposiciones genéticas de esas mujeres. sin contestar. Ella obedeció. Vella levantó la vista. las circunstancias que hemos supuesto son las reales. enfadada. someterse a la dominación total de un hombre? —En ese caso —dijo Vella—. de manera complementaria. y así es como el amo le da lo que ella más hondamente desea. impersonal e industrial como la de la Tierra.

¿Qué ocurriría si yo tuviese estos horribles sentimientos que describes? ¿Qué ocurriría si en el fondo de mi corazón desease que me controlara. No puedo imaginar que un deseo así pueda existir. hace lo posible para que así sea. más a la merced del hombre? Vella. Supongo que habrás oído hablar de la relación entre el amo y su esclava. levantándose para intentar salir corriendo y huir. he oído hablar de ello. —La institución más completa para las mujeres. Ella levantó los ojos para mirarme. —Dime una cosa —volví a preguntarle—: ¿A quién prefieren las mujeres. —¡No! —gritó ella. y luego uní ambas ataduras entre sí. ¿De qué otra manera podría dominarse completamente a las mujeres? ¿Cómo. sino siendo una esclava del hombre. con el andrajo que le había dado para que se vistiese en la parte superior de los muslos. por completo? —Una sociedad saludable procuraría que tus sentimientos se viesen satisfechos. mirarte es descarte. En un momento la agarré por las muñecas e hice que se sentara en el suelo. Allí había quedado sentada. . más dependiente de él. a un lado del espejo. de manera que no pudiese alcanzar las correas con los dedos. —¿Por qué? ¿Cuál crees tú que podría ser la razón? Ella bajó la mirada.controladas. preciosa Vella. Me sobrepasa. ¿Qué parangón tendría? Yo nunca he conocido una pasión como la que explicas. que me poseyera un hombre. —Lo que dices va contra muchas de las cosas que se me han enseñado. y desearte es querer poseerte completamente. y poco comprometedor. más vulnerable. no podía levantarse para alcanzar la lámpara que colgaba en lo alto. al hombre fuerte o al hombre débil? —Al fuerte —respondió. Con una correa le uní las muñecas y los tobillos. ¿no es así? —Sí. es la de la esclavitud femenina. Oí los gritos de algunos hombres en las estancias cercanas a la habitación que ocupábamos. pues para algo son hembras. sin responder. —Tarl —dijo finalmente—. ni tan siquiera con la punta. Apenas puedo respirar al pensar que yo puedo ser una víctima desamparada del deseo. —La sociedad goreana —continué—. podría ser una mujer más perfecta y completamente dominada. Atada como estaba. la que facilita su dominación total y absoluta. Era una chica increíblemente deseable. La miré. Se veía en el espejo. Eso representa un deseo demasiado completo. —Eso es demasiado lascivo —dijo ella apenada—.

—¿Sometida al látigo? —Sí. Me volví para mirarla. ¿podrías emplear el látigo sobre mí? ¿Serías capaz de hacerlo. ¡Suéltame! Inspeccioné los nudos. Tomé un largo mechón de su cabello oscuro. ser tan duro conmigo? . —¿Así que no te importa? —preguntó. ¿no? Te has arriesgado mucho. —¿No me amas? —preguntó en un sollozo. La sujetarían perfectamente. Me miró. —¿Bajo disciplina completa? —Sí. atada. sentada. La miré. Lo toqué con el dedo. bien arriba. un hombre de la Tierra. si te enojases conmigo? ¿Podrías tú. —Pero has venido aquí. mientras ella se debatía. vi el signo de los cuatro cuernos de bosko. —¿Se me va a conservar como esclava? —Sí —le respondí. —¡Tarl! —gritó. y lo anudé holgadamente al lado de su mejilla derecha. y me aparté de su lado. —No. Ella se estremeció. —El nudo de esclavitud —susurró. —Tarl. —No —le dije. —¡Tarl! —volvió a gritar.—¡Suéltame! —sollozó—. un poco impaciente ya. Me volví para salir. —¡No! ¡Es la verdad! —No me interesa saber si es o no cierto. En su muslo izquierdo. Ella me miró con lágrimas en los ojos. Los restallidos del acero de las cimitarras se acercaban cada vez más. Me levanté. con el nudo de esclava a un lado de su cara. ¿Qué es entonces lo que deseas de mí? —Poseerte. —Eres una actriz consumada —le dije. —Esto indicará que ya se te ha tomado —dije. Eran satisfactorios. —¡Te quiero! —gritó. Luego me miró fijamente y dijo: —¿Qué significado tiene que me hayas atado? Decidí que volvería a marcarla. y dijo: —Kamchak me marcó.

Ella miró horrorizada aquellos signos inscritos en su cuerpo y dijo: —¡No. Así llevaba la seda tal como yo la había llevado. se internaron en la habitación. —¿Una de esas que los hombres desean poseer? —preguntó. Era muy fácil. Y ella lo sabía. Vella. y así supo que era un enemigo. recordando su sonrisa de Nueve Pozos. Combatimos brevemente. y el pedazo de seda. —No —respondí finalmente. y la ventana de la kasbah. Tarl. —¿Qué has escrito? —preguntó. —En este caso —dijo—. y los del exterior levantaron sus cimitarras en señal de saludo. y después cerré la puerta doble para volver a encararme con Vella. Até aquel pedazo en torno a su muñeca izquierda. Fui hacia ella y tiré hacia abajo por el hombro el andrajo que la cubría. Tomé una barra de pintura de labios del tocador e hice una inscripción en tahárico en su hombro. Volvíamos a estar solos en la habitación. Las cimitarras chocaban incesantemente.—Ya me has hecho enojar bastante —le dije. y en todo el camino de vuelta. atada como estaba. asustada. Saqué los dos cuerpos de la habitación empujándolos con mis pies. —Creo que te daré a Hakim de Tor. Ella lo miró. El otro quedó herido de muerte en la puerta. Desenvainé mi cimitarra. Ella me miró de pronto. —Dice: “Soy la esclava de Hakim de Tor”. En ese momento se abrió la puerta de par en par. desesperada. No tenía más que desgarrarle el andrajo por su espalda y agarrar luego el látigo. Tarl! ¡No. —Cuando lo crea conveniente —respondí. Me arranqué los ropajes de los hombres del Ubar de la Sal. es posible que algún hombre me posea. —Enseguida lucharé con vosotros —les dije. aterrorizada. y el beso que me había enviado. —¿Cuándo me azotarás? —preguntó ella. —Sí. Fui hacia el lugar en el que se encontraba y volví a tomar el pedazo de seda que había llevado a Klima. —¡No! —gritó—. Uno de ellos se volvió bruscamente. ¡No! ¡No! Estaba conociendo entonces la verdadera tristeza de la esclava. y él cayó por la acción de mi arma. y dos hombres que me daban la espalda y que luchaban con otros. —Eres una esclava exquisita. —¿Vas a emplear el látigo sobre mí ahora? Habría sido muy fácil azotarla en ese momento. por favor! .

Había un tiempo para el trabajo. El pequeño Abdul. Me guié por los restallidos de metal para encaminarme hacia el lugar indicado. Ibn Saran no se hallaba entre ellos. Era un trabajo que los hombres debían solventar. La kasbah era algo demasiado valioso para arruinarla por el fuego. tampoco estaba entre aquellos hombres. 25 LO QUE SE LE HIZO A TARNA —¿Dónde está Ibn Saran? —preguntaba Harun. no dejaban de gritar: —¡No lo sabemos! ¡No lo sabemos! —Habéis conquistado la kasbah. implorante. con las muñecas atadas a la espalda. le dio una patada a un prisionero con su bota. Cerré la puerta. Ni Hamid. Los hombres arrodillados ante él. Es vuestra. —¡Quema la kasbah entera! —dijo otro. Harun la quería para los kavar.Me levanté. —dijo un hombre—. o Hassan. Tenía que ejercer mis dotes de lucha en aquellas estancias. y otro para las esclavas. el aguador. pero tampoco se le ha visto escapar. —¡Silencio. Ella me miraba. . el que había apuñalado a Suleimán. Él no está aquí. ataviado con las ondulantes prendas blancas del alto Pachá de los kavar. —¡Tarl! —sollozó. Todos estaban de rodillas. el traidor de los aretai. esclava! La dejé atrás. —¡Debe estar en el interior de la kasbah! —dijo otra voz. como seguía siendo su nombre para mí. Ibn Saran no era el único al que no habíamos encontrado. —¡Está dentro de la kasbah! —dijo otro. Harun. —No —dijo Harun. Miré a los prisioneros de aquella estancia.

Supongamos también que nuestra búsqueda se ha hecho como se debía hacer.Harun no cesaba de dar vueltas. —¡Pero eso es imposible! —dijo Suleimán. a través del desierto. En estos momentos creo que hay asuntos más urgentes que atender. —Lo más probable —dijo un tercero—. que es de Tarna. Lo hemos perdido. —No —dijo Harun sonriendo—. su confederada —dije. fue hacia el lecho del Ubar de la Sal y le dio una patada de frustración. —Me parecen suposiciones lo bastante lógicas —dijo Harun—. y supimos que tampoco había char en la kasbah de Tarna. se decidió a hablar. ¿quién ha tomado la kasbah de Tarna? —Mil lanzas la han tomado —dijo Harun—. ¡Sí se puede! ¡Seguidme! Todos le seguimos con lámparas hacia los pozos. noble Pachá —le dije a Hassan—. con una cimitarra en la mano—. hasta que el visir Baram. —¡Sí! —gritó Harun—. Ibn Saran está en esa otra kasbah más pequeña. ni tajuk. es que Ibn Saran haya escapado a nuestro cerco. que Ibn Saran entrase en esta kasbah. —Pero todavía no la hemos conquistado —se lamentó otro hombre. creo que no. —Pero no se puede pasar a ella a través del desierto —dijo un hombre. y comprobamos que daba a un túnel que comunicaba una kasbah con otra. y disimulada entre lo que parecían estanterías. —Entonces —preguntó Suleimán—. ¿se puede saber de dónde has sacado a tanta tropa? —Mejor será que hablemos de la jugada ante unas tazas de té de Bazi —dijo Harun sonriendo—. las jaulas y los almacenes subterráneos de la kasbah. Mil jinetes sobre sus kaiilas. debajo de una trampilla. La abrimos a golpes. —Pero —preguntó Suleimán—. Una hora después. Allí no hay ningún aretai. y que nuestras líneas han resistido penetraciones de cualquier tipo. Pachá? —Porque también se ha conquistado la kasbah de Tarna —dijo Harun. demonio de kavar —dijo Suleimán frunciendo el . jeque de Bezhad. Finalmente. —¿Por qué dices que no lo hemos perdido. ni arani. encontramos la puerta. y que haya huido desde esa otra kasbah. —Sin duda —dijo un hombre—. que se apoyaba en uno de sus hombres. cuando se acabe el día. —Supongamos. ni luraz. —Adelante pues. Otros Pachás también cambiaron impresiones. Los hombres permanecieron en silencio. en la de Tarna. pero entonces. ¿cómo es posible que Ibn Saran no haya caído todavía en nuestras redes? —Cerca de nosotros tenemos otra kasbah.

Finalmente. azuzado por la punta de una lanza. con el cuerpo vacilante—. y finalmente cayó por encima del parapeto de la torre. Me parece que tienes la misma audacia que Hassan el bandido. Entre ellos. eso era antes. en señal de cortesía tahárica. —De acuerdo —dijo Harun. Hassan. Ha muerto en la torre de la kasbah de Tarna. —Eso era antes —dijo Hassan. —Y tú —le pregunté—. Debe ser realmente un hombre excepcional y bien parecido. Murió en el desierto. En pocas ocasiones había presenciado un combate de cimitarra tan brillante. volviéndose para introducirse en el túnel. vi a Hamid. —Es mío —dijo Hassan.entrecejo—. ese Hassan. El otro luchaba del lado de los kurii. le seguimos con las lámparas. su rostro palideció. Uno luchaba del lado de los Reyes Sacerdotes. Se volvió. ensangrentado. —Sí —dijo Ibn Saran. —¡Camaradas! —dijo Ibn Saran antes de levantar su cimitarra. arrinconó en lo alto de la torre más alta de la kasbah de Tarna a Ibn Saran. Centenares de hombres. Fuese cual fuese su parte de culpa . el que había sido teniente de Shakar. se pierde un enemigo. allá abajo. el aguador. ¿de qué lado estás? —Creía que podría ser neutral. —Ten cuidado —le advertí. —La neutralidad no existe. Ibn Saran inclinó la cabeza hacia mí. Inmediatamente después. pero pronto descubrí que no podía. —Ya me lo han dicho en alguna ocasión. seguido muy de cerca por mí. —Peleas bien —dijo Ibn Saran. El mismo Shakar corrió al exterior de la kasbah para alcanzarlo y encargarse de él. Hassan envainó su espada y dijo: —Tenía dos hermanos. Eran hombres que habían intentado huir. Antes siempre te ganaba. Desde el pasillo del muro pude ver a los prisioneros que traían en grupos a la kasbah. hasta dar con la arena del desierto. con cuerdas al cuello. ante unas tazas de té de Bazi. al que además te une un parecido asombroso. Corrimos a la parte inferior de la torre. —Eso podemos discutirlo cuando acabe este día —dijo Suleimán mirando fijamente a Hassan—. Entre dos kaiilas. —Se obtiene una victoria —le dije—. Inmediatamente empezó la lucha. entre los que me contaba yo mismo. estaba Abdul. levantando hacia mí la cimitarra en señal de saludo—. los hombres se apartaron uno de otro.

¡Eres un eslín kavar! . —Envié un millar de kaiilas. atados. Las lanzas de Harun habían invadido muy bien la kasbah de Tarna. —Fui yo —dijo finalmente Hamid. —Estaba allí —dijo Hassan—. Pachá! —dijo. T´Zshal levantó su lanza. que rodeaban a los prisioneros. y que por tanto había levantado la cimitarra contra su propio pueblo. ¿Allí estaba Harun. —¿Acaso creías que podían existir dos hombres de tan buena presencia? —preguntó Hassan. volvió al desierto. —Lleváoslo —dijo Suleimán. —¡Tú! —gritó Suleimán echándose a reír. Hakim de Tor y… —¡Y Hassan el bandido! —exclamó sonriendo Hassan. Se echó a un lado el velo que le cubría el rostro. —¿Cómo sabías que había sido él quien me atacó? —preguntó. Pensé que Hassan podía haber cometido un terrible error. ¿Cómo se podía confiar en hombres como aquéllos. sin dejar de reírse—. En su mano había una lanza. Y los prisioneros eran mucho más numerosos. un millar de lanzas y provisiones abundantes a Klima —dijo Hassan—. además de Ibn Saran.en el ataque a Suleimán. el alto Pachá de los kavar? No —se contestó a sí mismo—. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro barbudo. —¡Ah! —dijo Suleimán. desesperado. a supervisar a sus hombres. Tenía la firme convicción de que esos hombres resultarían buenos guerreros. Hassan puso su acero contra el cuello de Hamid y le preguntó: —¿Quién atacó a Suleimán? ¿Quién le apuñaló? Hamid le miraba. Lo vi todo. Sus órdenes fueron atendidas inmediatamente. y la kaiila se encabritó. Antes había sido del Tahari. armados? T´Zshal hizo volver su kaiila. impotente. Suleimán y Shakar contemplaban de cerca la escena. los aretai. contra su propia tribu. era obvio que había luchado con los hombres del Ubar de la Sal. Hassan y yo descendimos hasta el patio de la kasbah. —¡No olvidaremos nunca a los kavar. al líder de los misteriosos lanceros de Hassan que habían conquistado esa kasbah. con gran habilidad. En aquella sala solamente había aretai. montado en la alta silla de su kaiila. —¿Allí? —preguntó Shakar—. A todo galope. Hamid y Abdul estaban arrodillados en la arena. —¡T´Zshal! —grité. Me sorprendió encontrar en ese patio.

—Espero que no hagáis correr demasiado la voz —pidió Hassan—. Mi doble identidad resulta en ocasiones muy útil, sobre todo cuando los deberes de Pachá se vuelven demasiado opresivos. —Sé muy bien a lo que te refieres —dijo Suleimán—. No temas, te guardaré el secreto. —Y yo también —dijo Shakar. —Tú eres Hakim de Tor, ¿no es así? —preguntó Suleimán volviéndose hacia mí. —Sí, Pachá —dije. —Te ofendimos gravemente, y te causamos perjuicios. —Todavía hay focos de resistencia en la kasbah. Conviene que acabemos cuanto antes con ellos —le dije inclinando la cabeza—. Ruego permiso para retirarme. —Que tu vista no te falle, y que tu acero sea rápido —me deseó Suleimán. Me incliné otra vez. —¿Qué haremos con este pequeño eslín? —preguntó Shakar señalando a Abdul, que seguía arrodillado, temeroso, en la arena. —Que se lo lleven también —ordenó Suleimán. Los hombres le obedecieron diligentemente. Miré hacia el edificio central de la kasbah. En su interior, los hombres todavía luchaban. —Encontrad a Tarna, y traedla a mi presencia —dijo Suleimán. Sus hombres se aprestaron a cumplir sus deseos. No envidiaba la suerte de esa mujer. Era una mujer libre, que había roto pozos. Le esperaban torturas prolongadas, que culminarían en el empalamiento de su cuerpo desnudo, en lo alto de las murallas de la gran kasbah de Nueve de Pozos. Los hombres del Tahari no son pacientes con aquellos que rompen pozos. No conciben el perdón para un crimen de este cariz. Me deslicé por un lado para abandonar el grupo. Tarna se giró, en su estancia, para enfrentarse a mí. Estaba sorprendida. No sabía que yo estaba allí. Había tocado el anillo, y al cabo de un momento ella se volvía para verme, allí, en pie, en su habitación. —¡Tú! —gritó. Su mirada estaba trastornada. Llevaba las vestimentas masculinas del Tahari, aunque no usaba el velo contra el viento, ni el kaffiyeh, ni el agal. Su cabeza, su orgulloso rostro, estaban al descubierto. Sus cabellos eran muy largos, y caían alborotados sobre la capucha retirada del albornoz. Sus ropas estaban desgarradas, manchadas. La pierna izquierda de su pantalón estaba hecha jirones por la acción de alguna cimitarra. No veía que estuviese herida.

Tenía la cara sucia. —¡Has venido a capturarme! —gritó. Llevaba una cimitarra. —Has perdido esta guerra. Se acabó. Me miró furiosa. Por un momento vi lágrimas, brillantes, abundantes, en sus ojos. Comprobé entonces que se trataba realmente de una mujer. Pero enseguida volvió a ser Tarna. —¡No! ¡No se ha acabado! —gritó—. ¡Nunca! Podíamos oír el fragor del combate en los corredores cercanos. —La kasbah ha sido conquistada —le dije—. Ibn Saran ha muerto. Tanto Harun, el alto Pachá de los kavar, como Suleimán, el alto Pachá de los aretai, están en el interior de las murallas. —Lo sé —dijo ella tristemente—. Lo sé. —Te relevaron del mando. Ya no les resultabas útil —le dije—. Todos los hombres, incluso los que te fueron fieles, luchan en estos momentos por conservar la vida. La kasbah ha sido conquistada. La miré fijamente, y ella me aguantó la mirada. —¿Cómo has podido encontrarme? —Conozco bien estas estancias —le dije. —Sí, claro —dijo sonriendo—. Y ahora has venido a prenderme, ¿no es así? —Sí. —Sin duda, aquel que me capture y me eche una cuerda al cuello para llevarme ante los Pachás Harun y Suleimán recibirá una buena recompensa —dijo Tarna. —Sí —dije—, supongo que ése será el caso. —¡Estúpido! —gritó—. ¡Eslín! ¡Soy mucho más que un simple juego para cualquier hombre¡ Levantó su cimitarra, y arremetió contra mí. Contuve su carga. No era torpe. De momento, procuré simplemente protegerme de sus golpes, sin cargar los míos. En dos ocasiones se echó hacia atrás, asustada, al comprender que podía haber aprovechado algún hueco en su ataque para herirla con mi espada. Pero no lo hice. —Para un guerrero no eres nada —le advertí. Era cierto. Había cruzado mis aceros con centenares de hombres, tanto para practicar ejercicios como en feroces contiendas guerreras, y cada uno de ellos podría haber acabado con Tarna fácilmente. Ella seguía atacando, furiosa. Sollozando mientras golpeaba con todas sus fuerzas. Me adelanté, y puse la hoja de mi arma a la altura de su vientre, muy cerca. Ella volvió a luchar, pero esta vez le hice sentir el peso y la fuerza del brazo de un hombre. De pronto se dio cuenta de que estaba contra una

columna. Había bajado la guardia. Apenas podía levantar el brazo. Mi hoja estaba a la altura de su pecho. Retrocedí, y ella se apartó de la columna rápidamente. Su acero chocó contra el mío, altos los dos, y la obligué a bajar el brazo. Se arrodilló, tratando de contener mi fuerza, pero no pudo. No tenía equilibrio, y su fuerza había desaparecido. Me bastó empujarla un poco más para que cayera de espaldas sobre las baldosas. Mi bota izquierda se posó pesadamente sobre su muñeca derecha, y apretó su presa. La mano se fue abriendo, hasta que la cimitarra quedó suelta en el suelo. La punta de mi arma estaba en su garganta. —Levántate —le ordené. Rompí la cimitarra de Tarna por su empuñadura y la lancé a un lado. —Pon tu cuerda en mi cuello —me dijo—. Me has ganado, guerrero. Caminé a su alrededor, examinándola. Con mi cimitarra acabé de desgarrar los jirones de la pierna izquierda. Debajo de ellos apareció una pierna excelente. —¡Por favor! —rogó. —Quítate las botas —le ordené. Furiosa, me obedeció, y quedó allí en medio, descalza. —¿Vas a llevarme descalza ante los dos Pachás? —me preguntó—. ¿No es lo suficientemente dulce ya tu venganza? ¿Te ves en la obligación de degradarme? —¿Acaso no eres mi prisionera? —le pregunté. —Sí lo soy —respondió. —Entonces, haré contigo lo que me plazca. De pronto, le ordené que se arrodillara. Ella se arrodilló sobre las baldosas, con la cabeza gacha, entre las manos. Con la cimitarra la desnudé por completo. —¿A quién tenemos aquí? —dijo Hassan al entrar en la habitación. Me interesó ver que se había cambiado de atuendo. Ya no llevaba las vestiduras blancas del alto Pachá de los kavar, sino un atuendo más sencillo, el que habría adoptado Hassan, el proscrito del Tahari. —Levanta tu cabeza, preciosa —le ordené al tiempo que ponía la punta de mi cimitarra bajo su barbilla. Ella miró a Hassan. Estaba bellísima. Las lágrimas mojaban sus mejillas. —Ésta es Tarna —dije. —Tú la has capturado —me dijo—. Ponle una cuerda en torno al cuello y llévala a la presencia de Harun y de Suleimán. Seguro que les alegrará verla. Busqué por entre mis ropas hasta que encontré un pedazo de cuerda muy basta. —Sin duda —dijo Hassan—, pagarán una alta recompensa al hombre que

lleve a su presencia a Tarna. Até la cuerda alrededor del cuello de la chica. Era mía. —¡No quiero morir! —gritó de pronto—. ¡No quiero morir! Acto seguido, puso el rostro entre sus manos y se echó a llorar. —El castigo para los que rompen los pozos no es cualquier cosa —dijo Hassan. Tarna temblaba y sollozaba, con la cabeza recostada en el suelo, mi cuerda en su cuello. —Ven, mujer —le dije tirando de la cuerda—. Debemos ir a ver a los Pachás. —¿No hay otra salida? —sollozó. —No, para ti no hay otra salida —dije—. Te he capturado. —Sí —dijo quedamente—. Me has capturado. —¿Acaso no estás pensando lo mismo que yo, Hassan? —dije—. ¿No crees que puede haber una esperanza de vida para esta chica? —Quizás —respondió Hassan. —¿Cuál es? —preguntó ella—. ¿Cuál es? —No —dije—. Es demasiado horrible. —¿El qué? —preguntó ella, desesperada—. ¿El qué? —Más vale que lo olvides —dije. —Sí, más vale que lo olvides —dijo Hassan—. Nunca aprobarías una cosa así. Eres demasiado orgullosa, demasiado noble y selecta. Tiré de la cuerda, como si fuera mi intención llevarla a la presencia de los Pachás. —Pero —gritó ella—, ¿de qué se trata? —Es preferible que te torturen y que te empalen en las murallas de la kasbah de Nueve Pozos —dijo Hassan. —¡Por favor! —dijo ella—. ¡Por favor! ¡Decidme de qué se trata! —Por lo que sé —comenté mirando a Hassan—, en los niveles inferiores se mantiene a algunas chicas. —Sí —dijo Tarna—. Son las que están reservadas para los placeres de mis hombres. —Recuerda que ya no tienes hombres —le dije. —¡Ya entiendo! —dijo Tarna—. ¡Podría hacerme pasar por una de ellas! —Es una posibilidad —admitió Hassan. —¡Pero si no estoy marcada! —dijo ella. —Eso puede arreglarse —dije yo. Me miró, horrorizada, y dijo: —Pero entonces… ¡seré una auténtica esclava! —Ya sabía que no lo aprobarías —dijo Hassan.

horrorizada. La conducía con una correa atada a sus muñecas. Podemos probar suerte. y hacía que ella cayera. Le habíamos quitado la cuerda de prisionera del cuello. —¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó mirándome fijamente. Se oían gritos procedentes del exterior de aquella habitación. será transportarla a través de los pasillos. sonriendo—. ¡Por favor! ¡Por favor! —Es una operación muy arriesgada —dijo Hassan—. No podía levantarse más de treinta centímetros de la superficie del lecho. —Es tu captura —dijo Hassan. desesperada. Tarna gritó. —No será demasiado difícil —dije. conducíamos a Tarna por los pasillos de la kasbah. Su barbilla estaba erguida. y cada vez se hacían más evidentes los gritos de alegría. Los primeros derechos del captor son tuyos. Hacía esto por tres razones: para ocultar su torpeza al imitar los . Se debatió hasta que pudo girarse y mirarme. ¡podría despellejarme vivo! —¡Por favor! ¡Por favor! —¿Cómo podríamos hacerlo? —pregunté. —Te diré algo importante —me dijo Hassan—: la cuerda tan basta que has sacado no es la indicada. volviéndose a Tarna—. por lo que volvía la cabeza hacia la izquierda. Muchacha —dijo. Pero si no ponen demasiada atención en ella. —¡Hacedme esclava! —sollozó—. El nudo estaba bajo la mandíbula. puede pasar desapercibida. o tropezase. Necesitaríamos sujetarla con correa para las muñecas. Arrastré a Tarna a su gran lecho tirando de la cuerda. el alto Pachá de los kavar. —¡No! —dijo—. pues aún no es una auténtica esclava. —Otra cosa muy importante. —No —dijo Hassan—. o corriese. todavía no puede caminar como una esclava. Até la cuerda en la cabecera del mismo. Si Harun. a la derecha. se entera de que he participado en esto. ¿cómo mirarás a los hombres que encuentres por el camino? Tarna le miró. A veces tiraba bruscamente de la correa. —¿Crees que podremos llevarla por los pasillos? —pregunté. ¡No! Hassan y yo la miramos. para ocultar que se trataba de una mujer libre. Los combates iban cesando.Tiré otra vez de la cuerda que la sujetaba por el cuello. Al cabo de un rato. Hassan gimió y dijo: —Perderemos nuestras cabezas.

Al atravesar los pasillos. —No si no disponemos de marca —le dije. lo cual debió darle una primera idea de la . porque me complacía hacerlo. al menos parece plausible. Tal y como habíamos previsto. Lo que hice en realidad fue bajarle todavía más la tela. Desgarré una de las cortinas. Las marcas de las esclavas son prominentes. Cuando las esclavas están desnudas es fácil observar sus marcas. Por otra parte. Algunos la acariciaban. porque teníamos prisa y. para ofrecérsela como obsequio. y no parecían demasiado fáciles de identificar. —Por favor —dijo Tarna—. Yo había mirado a la chica atada y había dicho: —Sí.movimientos y la actitud de las esclavas. En Gor. —El principal peligro que corremos ahora —dijo Hassan— es que alguien note su falta de marca. para resaltar su ombligo. estudiando el cuerpo de la chica. para procurarme una estrecha tira de ropa. muchos de los hombres que allí se encontraban la miraban con curiosidad. —Muy bien —dijo Hassan—. Hassan tomó las lámparas de aceite de tharlarión y frotó con ellas su cuerpo. levantad un poco más la tela. a menos que no lleves contigo algún hierro. y se hallan en las partes superiores de sus muslos. A eso se le llama en Gor el vientre de la esclava. y ella había obedecido. Le había indicado que se tendiera en el suelo y rodara sobre él. Las correas procedían de los cortinajes de su habitación. Tampoco debió gustarle mucho que Hassan se limpiara las manos del aceite de tharlarión en la tela que cubría a duras penas sus caderas. Cuando volvió a ponerse en pie frente a nosotros. y que deseamos que su nuevo amo acabe de desnudarla. Si alguien notaba que esa muchacha no llevaba marca alguna. —Sí. —¿No crees que está demasiado limpia? —había dicho Hassan. una de color amarillo. por último. podía traernos problemas. solamente las esclavas llevan el ombligo al descubierto. la parte que en principio debería ocupar la marca quedaría cubierta. —Sería mejor si fuese completamente desnuda —dijo Hassan. tienes razón. lo cual hacía nuestra posición más incómoda todavía. De esta manera. que luego até en torno a los muslos de la chica. —No podemos hacer nada. creían que era una esclava. Tarna era probablemente la única mujer no marcada en toda la kasbah. El problema era realmente serio. —Supongamos que se la llevamos a alguien. pero no dijo nada. Su expresión denotaba indignación. para que mi ombligo quede cubierto.

—¿Habéis visto cómo me miraban? —preguntó—. —Son los olores —dijo. podían mostrar la auténtica expresión de la esclava. Ella gritó. y la mayoría de las chicas sujetaban las botellas con ambas manos. o imposible. Abrió una pesada puerta de acero y entramos en la habitación. Un soldado borracho. con Hassan delante. o podían mirarles como a seres superiores. antes de agarrarla por el brazo y empezar a bajarla por las estrechas escaleras. y por todas partes veía cadenas y artilugios diversos. muchos de los cuales estaban borrachos. las mujeres podían mirar a los hombres de igual a igual. Finalmente. Eso me alegraba. Lo primero era muy difícil que ocurriera. —¡Más deprisa. Esas diferencias son en su mayor parte atribuibles al tipo de experiencias que se hayan tenido con el otro sexo. unidas al muro por cadenas al cuello. Habíamos descendido cuatro niveles. La habitación estaba a . con gran alivio para mí. Solamente así. y vimos que en su largo interior se alineaban más de un centenar de esclavas. se divertían con ellas. poco antes. Después la empujé por delante mío. su fantástica vulnerabilidad. ¿Es eso ser una esclava? No le respondimos. —¡Qué horribles son los hombres! —dijo Tarna. después de experimentar su propia vulnerabilidad. Miré a mi alrededor.familiaridad con que se tratan los cuerpos de las esclavas. y yo desaté a la chica. con una botella en la mano. y arrastrándola por encima de la paja y la suciedad. Tarna parecía mareada. Hay muchas diferencias en la manera de mirar a los hombres que tienen las mujeres. Habíamos conseguido conducirla a través de los pasillos. —Habla con más cuidado —le advirtió Hassan—. Tarna echó atrás la cabeza y gimió. Al oír esto. Los soldados. alcanzamos la puerta que conducía a los niveles inferiores. cuando un urt pasó rozándole la pierna. pues muy pronto pertenecerás a ellos tanto o más que cualquiera de esas esclavas que has visto. desesperada. si las mujeres habían experimentado realmente la voluntad de un auténtico hombre. agarrándola por el antebrazo. Así. en su propio lecho. En la parte inferior de aquella kasbah también se cantaba y reía. hasta que llegamos al fondo. Miramos desde la puerta de una celda. pero la tenía bien agarrada por el antebrazo. Hassan abrió la pesada puerta. pasó por nuestro lado. Estaba convencido de que nuestro éxito se debía en gran parte a lo que Tarna había aprendido. Tarna intentó retroceder. esclava! —le gritaba yo de vez en cuando. Algunos las obligaban a beber. Hice que Tarna cayera al suelo en un par de ocasiones. —Es aquí —dijo Hassan.

limpio y preciso. No podía moverse en absoluto. Aquel escándalo provenía del nivel superior. Se trataba del signo de la Kajira común en todo el planeta Gor. y sus sujeciones son muy sencillas de abrir y cerrar. Hassan me miró. así como la de un brasero que brillaba cerca del potro de marcaje. Pude así acabar de tensar el mecanismo. y las tensé bien.oscuras. y bloquearlo con el cierre. pero será mejor que nos aseguremos que pueden venderla como una esclava común también en el norte. Vi a un soldado que avanzaba vacilante y le pregunté: . y gritó aún más. —Buena idea. —¡Silencio! —le ordené. Dejó aquel hierro y eligió otro que estaba al rojo vivo. Arranqué el pedazo de tela que le rodeaba las caderas y la arrojé contra el potro. y yo la agarré por las muñecas para atarle cada una de ellas en los postes del potro. Volví a manipular las manecillas de las sujeciones de los muslos para tensarlas un poco más. La esclava en cuestión queda perfectamente fijada. el segundo. sacó uno de los hierros que había dispuestos en el brasero. Hassan atizó las brasas. —¡Oh! ¡Oh! —gritó Tarna. En las kasbahs grandes siempre se mantienen calientes los hierros. pues la única luz era la que provenía de una pequeña lámpara de aceite de tharlarión colgada en un rincón. Era de un hierro muy bien trabajado. Había quedado preparada para el beso ardiente del hierro. Yo volví a tensar las de sus muslos. —Por lo que veo —observó Hassan—. para inmovilizarlos. Las esclavas lo saben bien. —¿Qué te parece esta marca? —me preguntó. Tarna lo miró. La chica podía gritar y sollozar lo que quisiera. o casi. Cerré las dos bandas en torno a sus muslos. Tarna intentó moverse. querida —dijo Hassan volviendo al brasero. Tarna se mordió el labio. con un grueso guante. Hassan. pero el aparato no le permitiría moverse. —Todavía no está lo suficientemente caliente. sin dejar de tirar de sus sujeciones. Dejé la habitación y subí al tercer nivel. horrorizada. —Es muy bonita —respondí al ver que se trataba de la marca de esclava del Tahari—. te gustan las chicas con marca en el muslo izquierdo. Todos los mecanismos de este aparato son muy simples. de manera que la chica quedó lista. y yo dije: —Saldré a investigar. aunque están dispuestas de manera que la chica no pueda hacer nada por manipularlas una vez sujeta. Oímos gritos que provenían de algún lugar un tanto alejado.

Después gritó. Había quedado allí. como si no pudiera dar crédito a ese nuevo pensamiento. ya no existía. preciosa —dijo Hassan. —¿En qué nivel están? —En el segundo. —Bien. . —Soy una esclava —susurraba—. y así se quedó hasta que la levanté entre mis brazos. Ya no se llamaba Tarna. Tarna había sido marcada. miró desesperada el hierro. Hassan y yo llevamos entonces a Tarna a una celda vacía del cuarto nivel. y lo examinó. Ya no brillaba en rojo. Finalmente. sólo había una esclava sin nombre. dejé a Tarna en el montón de paja que había en la parte posterior de la celda. ¿Qué puedo hacer? —Eres una esclava —dijo Hassan. presa de las ataduras metálicas. Volví al cuarto nivel. con lentitud. Volvió a dejarlo entre ellas. La miramos. en ese caso tenemos tiempo. en ese momento. y me introduje en la habitación en la que Hassan aguardaba. Podía ver el humo que desprendía la quemadura. Al cabo de unos ehns sacó el hierro de entre las brasas. Oímos ruidos provenientes del nivel superior. sino en blanco. guiándome por la luz que había en el pasillo. Empezaba a comprender. En su lugar. Tarna se había ido.—¿Qué sucede? —Están buscando a Tarna —me respondió riendo antes de seguir su camino. Por mi lado pasaron esclavas atadas por las muñecas y conducidas por otros soldados. Hassan empujó la puerta para abrirla. Aflojé sus sujeciones en el potro. —Puedes gritar y sollozar tanto como quieras. Poco después lo retiró pues ya debía estar casi listo. Si se descubriese que tú eras Tarna. —¿Qué puedo hacer? —sollozó ella—. Había oído que se empleaba el pasado para referirse a su antiguo nombre. No cesaba de llorar violentamente. Durante cinco largos ihns Hassan lo mantuvo presionado y firme en el muslo. Complácenos. inflexible—. Hassan lo retiró. Soy una esclava. como una kaiila o un verro. Finalmente encontramos la cadena y el collar. Pronto estarán aquí. encadenada al muro. no te iría demasiado bien. y yo. y cayó de rodillas. y la atamos como se debía. Tarna le miró. el que queda encima nuestro —dijo Hassan—. —Están buscando a Tarna —le informé. Ella. —Están buscando por el nivel tercero. —Soy una esclava —repetía.

Él se volvió. —Eres una zorra —le dijo el hombre. Los dedos de su pie se estiraron. y quedó sentada. entre la débil luz que proporcionaba la lámpara exterior. —Busco a Tarna —dijo. Salimos al exterior. —La esclava espera haber sido complaciente con sus amos —dijo la chica. Tarna ha caído. —Busco a Tarna —repitió el soldado. Su pierna quedó flexionada. no fuimos amables con ella. sus amos. y quédate conmigo. En esta celda solamente se encuentra una esclava.Y en el interior de esa celda. Hassan me miró y dijo: —Tiene mucho que aprender. con un sinuoso movimiento que hizo sonar sus cadenas. Tú —dijo mirando fijamente al soldado— pareces fuerte. nos mostramos crueles y violentos. —Estás demasiado sucia. con la cadena en el cuello. con los brazos extendidos. Ella. Me vinieron ganas de violarla. Hassan y yo nos levantamos. y frótalo en mi cuerpo. con la espalda muy recta. y encontramos en el pasillo a un soldado. para marchare. Asentí para mostrar mi acuerdo con ese juicio. y la chica tiró de la cadena. avergonzada. El soldado examinó detenidamente el cuerpo de aquella esclava. al tiempo que decía: . —Trae perfume de esclava. mirando al soldado por encima del hombro derecho. Ahora. No sé quién será mi amo. Pertenecía a Tarna. se incorporó en su posición. sobre la paja. —No la busques más —dijo la chica—. —¿Cuál es el nombre de tu amo? —preguntó el soldado. como para alcanzarle. por lo que me han dicho los soldados. El soldado miró al interior de la celda. Ella bajó la cabeza. riéndose. La manera de estar sentada de aquella chica acentuaba la forma de sus senos. para revelar mejor la curvatura de su pantorrilla. Antes bien. —Tarna no está aquí —dije—. y apestas. la que había sido la orgullosa Tarna hizo lo que pudo por complacernos. muchacha? —preguntó. —No lo sé —dijo ella—. Nosotros. —¿Cuál es tu nombre. pero creo que con el tiempo puede mejorar hasta hacerse satisfactoria. Finalmente. Extendió su pierna derecha. —El que desee mi amo —respondió ella. Cuando se desesperaba porque no podía cumplir con sus obligaciones recibía golpes y patadas para que se concentrase más intensamente.

amos. —La esclava os expresa su gratitud —dijo. amado mío! Él se volvió para marchare. que estaba tras de mí. Si fuera una mujer libre. —Yo también te deseo suerte. traeré vino. La kasbah ha caído. —¡Gracias! ¡Gracias. y sólo dos hombres han entrado en mi celda. porque la verdad es que apestas. Muchos hombres no lo saben. Así pasarías un rato más agradable. También traeré perfume de esclava.—El cuarto nivel es muy profundo. —Quiero que me posea —dijo—. . esclava —dije. Miré al interior de la celda y le comenté a la chica: —Creo sinceramente que ese soldado volverá. el alto Pachá de los kavar. —Cuando hayas acabado tu búsqueda —dijo ella. Hassan. el soldado abandonó la celda para proseguir la búsqueda de Tarna. riéndose con brutalidad. —¡Gracias. Mira. —Espero que vuelva. cuánta audacia? —Sí —respondí. tengo una celda para mí sola. amo! Finalmente. Quiero ser poseída por un hombre como él. quiero servirle como una esclava. Sin duda habrá unos cuantos que se preguntarán dónde puede estar Harun. y la chica dijo: —Amado amo. vuelve a mí. Y cuando vuelva. —¿Lo dices en serio? —pregunté. —¿Por qué lo esperas? —le pregunté. esclava. cuando nos girábamos para marcharnos añadió—: Os deseo lo mejor. ¡Quédate conmigo! —Debo buscar a Tarna. tal como dices. y no una esclava. —¿Sí? ¿Por qué lo dices? —Porque eres una actriz excelente. te pediría que cuando volvieses trajeras una botella de vino para tu placer. —Sí. muchacha. y. —¿Acaso no has visto lo fuerte que era? ¿No te has dado cuenta de cómo me manejaba? ¿Has visto cuánta autoridad. —Lo haré —dijo el soldado. —¡Eslín! —dijo el soldado entrando en la celda para propinarle unas cuantas patadas antes de volverse y decir—: Volveré. —Vayamos arriba —dijo Hassan—. dijo: —Te deseo suerte. sin dejar de extender los brazos—.

por una ruta de caravanas. el anterior Ubar de la Sal. La marcha llegaría primero a Roca Roja. Vi al joven kan de los tajuk. con su turbante blanco. hacia la retaguardia. más los que se encargasen de hacer llegar hasta allí a los grupos de esclavas. La cimitarra colgaba a un lado. Acudirían gentes de otras ciudades. pasaba cabalgando con sus ropajes blancos. pues en la ciudad se encontraba un buen mercado de esclavas. a las líneas de tropa que tenía detrás. Antes de que la primera chica subiera desnuda a la tarima. Tras Harun cabalgaba Baram. En esta última se hallaba la cabeza de la marcha. A su lado. cabalgaba Suleimán. en la perilla. debían llevarse a cabo muchos preparativos. el jeque de Bezhad. Mis botas estaban en los estribos. La publicidad por adelantado también era un factor importante para aumentar la demanda. su visir. de Abdul. Se oían los tambores. luego a Dos Cimitarras. con el kaffiyeh negro y los cordajes blancos de los aretai. luego a Nueve Pozos. sujeta en su base al estribo. el capitán de los aretai. el alto Pachá de los kavar. estaba atada una correa de cuero. Se debían fabricar cadenas. En la silla de mi kaiila. Pronto empezaría la marcha. y luego. reunir provisiones. Allí se las pondría en venta. La línea de marcha se extendía desde esa kasbah hasta la que había sido la kasbah de Tarna. preparar cosméticos. holgadamente. El sol daba en ese momento en la muralla sur de la que fuera la kasbah. el centro del Tahari en estos asuntos. Tras Suleimán cabalgaba Shakar. Sostenía la larga lanza del Tahari. acompañado de veinte jinetes.26 LA MARCHA Era muy de mañana. Ya se había enviado recado a los ciudadanos de Tor para que fuesen poniendo a punto la infraestructura. etcétera. A esta última ciudad sólo llegarían unos cuantos centenares de hombres. Miré hacia atrás. se acabaría el trayecto en Tor. . Ibn Saran. dirigirse a galope tendido. Vi que Harun. reservar jaulas.

la mañana en la que había empezado mi marcha a Klima. la correa atada a la perilla de mi silla se tensaba. Más tarde. Cuando se dio cuenta de que había detenido la kaiila a su lado me dijo: —Perdóname. los aretai. La recordaba en las jaulas de la que había sido la kasbah de Ibn Saran. Eso indicaba que pronto llegaría el momento de ponerse en camino. que se hundían en la arena. Cuando levantó el rostro arrasado por las lágrimas vi que era Tafa. Era una buena muchacha. justo antes del grupo que la cerraba. atadas entre sí por una cadena. Ella se volvió. Hacia el comienzo del cuarto grupo vi a una muchacha que también recordaba. Con una cuerda rodearían el cuello para fijar esos trapos. Hice mover a mi kaiila para inspeccionar al grupo de esclavas apostadas junto a la muralla. El sol brillaba ya con descaro en la pared sur. se las había reunido. en cuero. Una docena de kaiilas cargadas con odres de agua pasaron por mi lado. Iban unidas por una cadena ligera atada a su muñeca izquierda. cuando el sol acabara de levantarse. los ta´kara. . no había aparecido en ninguna de las dos kasbahs. Entre una kasbah y otra se habían obtenido unas seiscientas esclavas. y apoyó su mejilla contra los cuartos delanteros de mi kaiila. los tashid. con sus lanzas negras. Finalmente. No sabíamos a los pies de quién estaría en esos momentos. los raviri. La cadencia de los tambores se hizo más rápida. En cuanto a las mujeres. Estos grupos se intercalaban entre las filas de jinetes. les pondrían en la cabeza unos trapos para protegerlas de la luz y del sol. Los hombres caminarían en la parte posterior de la columna. Zina. iban los tajuk. los luraz. habían pasado a ser también esclavos. al rendirse en la batalla. tratando de ocultarse. cerrando filas. los ti y los zevar. en tanto que mercancía más valiosa que los hombres. hacia el centro de la marcha. amo. tirando de la cadena de su muñeca izquierda. los char. Entre chica y chica debía haber como un metro y medio de cadena. Una de las chicas del cuarto grupo se adelantó. pues la muchacha que llevaba atada no siempre podía mantener el ritmo de mi avance. No sabíamos nada de ella. los kashani. la que había sido capturada con Tafa en el ataque a la caravana de Hassan. los bakah. Eran las que todavía no habían ocupado su puesto en la marcha. Unos mil quinientos hombres. Centenares de kaiilas de carga se sucedían en las filas de la marcha. Mientras las inspeccionaba y hacía avanzar a mi kaiila.En la marcha estaban reunidos los kavar. Habían envuelto los pies de las mujeres. La correa que la unía a mi montura debía medir unos tres metros. en grupos de cincuenta.

Aunque iban descalzos. Una de ellas se adelantó y puso la cabeza en mi estribo. atada a la cadena. —Muy bien —dije echándole un dulce—. La otra era su compañera. con lágrimas en los ojos. Era Zaya. convirtiéndolas en mujeres sin derechos. —¡Hamid! —sollozó—. Los hombres del harén habían sido liberados. —¿Recuerdas quién apuñaló a Suleimán? —le pregunté. Eres la chica número veintidós. Su pequeña mano derecha estaba en mi estribo. —¿No estás enfadado conmigo. ¿me venderán? —Sí —le respondí—. Tarna las había descartado como jefas de harén después de la actuación de ciertos dos guerreros. Vendedlo a una mujer. —No —respondí. desnuda. amo —dijo. señalando al hombre del rubí en el cuello. la pelirroja que en Nueve Pozos había testificado contra mí. —Tal. como lo era ella en esos momentos. Hamid había sido condenado a la esclavitud en un oasis lejano y aislado de los aretai. en el mercado de . esclava —le ordené. el teniente de los aretai. Me detuve en el primer grupo de chicas. la que se encargaba de los azúcares del vino del palacio de Suleimán. Veo que tu memoria mejora con el tiempo. —Gracias. —Tal. Su mano izquierda estaba detrás de su cuerpo. Fue Hamid. la encargada de los aceites. y las había destinado al placer de los soldados. amo? —preguntó metiéndose la golosina en la boca. la chica alta que había sido jefa del harén masculino en la kasbah de Tarna. amo —me dijeron las dos. como si quisiera impedir que me marchara. Una era Lana. —Estás en el primer grupo —dije—. esclavas. nos acompañarían. Ella obedeció. —Una muchacha debe agradecer que los hombres la encuentren complaciente —dijo. Sentí sus labios fervientes en mi bota. Harun solamente había hecho una diferencia: —Ése —había dicho. En el segundo grupo de mujeres encontré a dos que ya había conocido. a ése vendedlo en Tor. —Cuando lleguemos a Tor. Las dos se mantenían erguidas. He oído decir que eres una buena hembra. el que había querido traicionarnos y dar la alarma a los guardias de la kasbah de Ibn Saran—. Seguí adelante con mi kaiila. Les iban a dar dinero y un salvoconducto para Tor. asustada. En Tor te venderán.—Mírame.

ya que era mi esclava. Los nombres son algo apropiado para las esclavas. —Supongo que ahora todo cambiará en Klima. La chica que arrastraba apenas podía mantener el ritmo. —Así el precio de la sal subirá pronto. esclavos del desierto —dijo—. ¿no? —No es del todo imposible —dijo T´Zshal. ¿verdad? T´Zshal miró a su alrededor. Seguía pensando si había sido una decisión acertada proporcionar kaiilas y armas a los hombres de las minas de Klima. Miré a la chica que iba atada a mi silla. y ésta se movió hacia delante. Volvemos a Klima. el amo total de la chica. Había desgarrado personalmente aquel andrajo para que la línea maravillosa que iba de su pecho a su cadera quedase en evidencia. se detuvo. No me importaba que los hombres contemplaran esa belleza. En Tor ya habría tiempo para imponerle un nombre. Hacen más fácil llamarlas y darles órdenes.esclavos. —Pero. podía hacer con ella lo que se me antojara. El nombre que ostentaba era el de Hakim de Tor. Atrás había dejado. Era una tela de reps muy sucia. Vi llegar a T´Zshal con sus mil lanceros. Era la única de los alrededores que llevaba algo de ropa. —Negociaremos con los Pachás locales y regularizaremos el comercio del desierto. espantadas. —El Ubar de la Sal ya no existe —le dije. Además. Los esclavos de la sal cabalgarán por ti. —Si alguna vez necesitas ayuda —dijo T´Zshal—. La correa de mi pomo se tensó. arrodillada sobre la arena. El cuero unía sus muñecas. . a una belleza sin nombre. Entre ellos no había ninguno que no hubiese sobrevivido a la marcha de Klima. la que antes había sido Tarna. —Volvemos a Klima —dijo. Cuando estuvo a mi altura. sino al contrario. —¿Quién me comprará? —Un amo. Ése era el dueño. No eran hombres corrientes. Pero ese collar de esclava ya no era el de Ibn Saran. pues su anterior cometido era la limpieza de las cocinas de Ibn Saran. También discutiremos los precios de las diferentes variedades de sal. Clavé los talones en los flancos de mi kaiila. envía un mensaje a Klima. La prenda que llevaba era increíblemente breve. Su mirada bastó para que las chicas que había allí cerca retrocedieran. Alrededor de su cuello se cerraba una banda de acero. ¡si tenéis kaiilas! —Somos esclavos de la sal. y luego se ataba alrededor de la perilla de la silla de mi montura.

Su kaiila se apartó velozmente de mí. A unos cien metros de la cabeza de la columna. Los hombres de Klima han pasado ya demasiado tiempo sin poder divertirse.—Sí —me respondió—. Pero no era esclavo de ningún hombre. Cuando llegue allí ya estarán en la ciudad enviados de Samos. Ya lo había dicho en otra ocasión: “Prefiero ser el primero en Klima que el segundo en Tor”. a una preciosidad de ojos azules y cabello rubio. —Llevémoslo a Tor —había sugerido yo—. Harun. el agente de Ibn Saran. —Sí. —Volveremos a Klima. se había negado. Era un esclavo del desierto. Efectivamente. Pero el collar que rodeaba su cuello era de acero. cabalgué hacia la cabeza de la columna. pasé junto a una amplia kurdah blanca. joyas y velos. Llevaba ricos y suntuosos velos. Nos organizaremos en distritos de sal. a través del desierto. Era evidente que aquel hombre no quería servir a otro hombre. a juzgar por la abundancia de sedas. Era de alta clase. Sus mil jinetes le siguieron. sentado en la sala de audiencias de la que había sido la kasbah de Ibn Saran. a los que yo habré llamado. —Te deseo lo mejor —le dije. Se decía que era la favorita de Harun. Contenía a una esclava. —Con todo el control de la sal podréis disponer de todo lo que deseéis. se le podría devolver al sur. eso era cierto. No eché a un lado la cortina. le había ofrecido a él y a sus hombres integrarse en sus fuerzas. el alto Pachá de los kavar. Lentamente. no era del todo imposible que conociera asuntos de importancia sobre las guerras de los Reyes Sacerdotes y los kurii. Cuando ya no fuera de interés para los Reyes Sacerdotes. de Puerto Kar. Se decía que su nombre era Alyena. el aguador de Tor. amo —había dicho. todo lo que ellos quisieran saber de él. No se atrevía a mirarme. los agentes de Samos conocían interesantes variantes del arte del interrogatorio. —Así se hará —había dicho Harun. Me había quedado claro que T´Zshal estaba hecho de la pasta de los líderes. Era un esclavo. No dudaba ni por un momento que Abdul les contaría todo lo que supiera. Dos cadenas sujetaban su collar metálico. En las estancias de la que había sido la kasbah de Ibn Saran. Sus manos estaban atadas con una cadena que le rodeaba el pecho. ahora necesitaremos tabernas. Los jinetes que tenía apostados a ambos lados las sujetaban por el otro extremo. montada sobre una kaiila negra. No levantó la cabeza. Dados sus contactos con éste. para que lo vendieran como esclavo. lo mismo que los demás hombres de las minas. la habían . No contenía ninguna chica de mi propiedad. —Te deseo lo mejor —dijo T´Zshal. Pero T´Zshal. A unos doscientos metros de la cabeza de la columna me encontré con el pequeño Abdul.

lanzándose a sus pies.arrojado a los pies del alto Pachá de los kavar. —¡Azótame. en tono burlón. no son esclavas. —Conservaré a esta esclava para mí —dijo Harun. ¡Sólo le amo a él! —Así que quieres a otro. Harun la agarró de los cabellos y la hizo tender de espaldas. mientras decía: —Soy la esclava de Hassan. mientras la muchacha le aguardaba de rodillas en el lecho. —Te pregunté —dijo ella— cuándo me azotarías con el látigo. A las mujeres de la Tierra siempre se las perdona. y tú me contestaste que lo harías cuando lo creyeras conveniente. por haberse escapado de sus hombres y volver a Roca Roja. —Es Hassan. cuando la había sorprendido por primera vez y la había hecho mía. entre sollozos—. al oír esto. sollozando. levantó la cabeza. retrocedió. al darse cuenta de quién podría ser su amo. amo! —decía en sus brazos—. . ¿Me perdonas? —Trae el látigo —le había ordenado. confundida. Harun se había quitado el velo. el bandido. Naturalmente. que se hallaba sentado con las piernas cruzadas. sin atreverse todavía a levantar la mirada. porque todas las tardes. y le arrancó las sedas con las que la habían adornado antes de llevarla a su presencia. Cuando por fin levantó la vista. con el rostro tapado por un velo. ¿verdad. esclava? —dijo Harun. ese Hassan —dijo su amo. —¡Hassan! —gritó. ¡Hassan! Él dejó que le besara los pies durante un rato. La chica. —¿Acaso no me escuchabas cuando te até como esclava la primera vez? Me refería a la conversación que habíamos tenido en la cámara de preparación. condujo a la muchacha a su lecho. Ella no se había atrevido a levantar la cabeza. —Sí. Hassan. —¿Quién es él? —preguntó su amo oculto por un velo. Él también se quitó las ropas. Primero. Y en tercer lugar. para poseerla con la cruel rudeza de los hombres del Tahari. La chica. Perdóname. Faltaba poco para la mañana cuando él le recordó que debía ser azotada tres veces. Ella me miró. Segundo. Nunca se las castiga realmente. extrañada. —Un tipo estupendo. o mátame si ése es tu deseo. entre todas aquellas sedas. ¡Te quiero! —¡Tarl! ¡Tarl! ¿Me perdonas? —había gemido Vella—. —No puedes hablar en serio —dijo Vella. por haber gritado su nombre en Roca Roja. hagan lo que hagan. gritaba: “¡Hassan! ¡Hassan!”.

¡Sí! ¡Y serví a los kurii! ¡Sí! ¡Y eso me enorgullece! ¡Sí. —¿Sólo por eso? —me preguntó. —No debo castigarte por identificarme ante Ibn Saran —le dije—. las muchachas deben pagar por sus acciones. Me pareció que eras una esclava en lo más hondo de tu ser. y se volvió hacia el látigo. como una esclava encadenada! —Tú elegiste huir de Sardar —le dije—. un látigo de esclava. impasibles. —¡Traicioné a los Reyes Sacerdotes! —dijo—. Y ahora. Ibn Saran? —le pregunté. me enorgullece! ¿No me vais a castigar ahora? —No se te castigará por traicionar a los Reyes Sacerdotes —le dije. castígame. —Me dejaste en una taberna de Paga de Lydius —me dijo—. Volviste a caer esclava. Me complace haber ofrecido mi testimonio contra ti en Nueve Pozos. pero no te salió bien. —¡No! —dijo—. a unos cuantos metros de la chica. y empezó a gritar: —¡Te odio! ¡Te odio! Y luego. Ella me miró. volviéndose a mirar a todos los hombres presentes en aquella estancia. —Me complace haberte identificado para Ibn Saran —dijo—. Todos la miraban. Y decidí que siguieras siéndolo. furiosa.—Ahora es conveniente —le dije. —¿Acaso no te ordenaba hacerlo tu amo. mirándola fijamente. un aretai que había al otro lado de la sala. Le hice un gesto a un hombre. Se te ha de castigar solamente por una cosa —le dije mirándola fijamente—: Porque no has sido complaciente. —Sí —respondió. horrorizada. —Trae el látigo —le dije. —Entonces es señal de que eres una buena esclava. y se puso muy derecha. . ni por tus palabras de Nueve Pozos. —Pero —arguyó ella—. ¡podías haberme comprado! —Sí. —¡Y no lo hiciste! —No me pareció conveniente hacerlo en ese momento. Ella se puso en pie. furiosa. Que eso no suceda en la Tierra no quiere decir que no tenga que suceder aquí. Se volvió otra vez para mirarme. me habría sido posible. dijo: —¡Odio a todos los hombres! ¡A todos! ¡Y a los Reyes Sacerdotes —dijo volviéndose para mirarme— también! ¡Os odio a todos! ¡A todos! Nadie se dignó responderle. ¡Nunca traeré el látigo! Pero entonces lanzó un grito desesperado. ¡me dejaste allí. En Gor. el cual inmediatamente lanzó sobre el suelo. Ése fue un acto de valentía.

ve a tu anterior alcoba de esclava. es común que las otras esclavas. de las otras esclavas. —Y ahora —le dije—. —Arrodíllate. Obedeció. Así. Ella obedeció. Me miró. Otra razón por la que el hombre ha de acompañar a la futura castigada. Abandonó la estancia. Bien es cierto que muchas esclavas están encadenadas. con el látigo entre los dientes. durante el camino a su celda. Ella gimió. —Átate ese andrajo alrededor del tobillo derecho —le dije. curiosamente. y volvió a quedar arrodillada. Así.—A la manera del Tahari —le dije. confundida. la castigada ve cómo la gente acude a verla. lo que equivalía a un aplauso. el anunciador dice: “Aquí tenéis a una muchacha que no se ha mostrado completamente complaciente. —Y ahora vuelve a recoger el látigo con tus dientes. o de enemistades fraguadas en el curso del tiempo. y no pueden hacerlo. expectante. la puerta se cierra tras . En el camino a su celda. Lo hizo y me miró. aprovechen la situación para pegar a la que va a ser castigada. pero también son numerosas las que tienen libertad de movimientos gracias a sus tareas de servicio. Sobre su cuerpo sólo se veía aquel andrajo en torno al tobillo y aquel trozo de seda en torno a la muñeca derecha. ¡Venid a verla!”. Una vez junto a él. —Deja el látigo —le ordené. aparte de protegerla de estos ataques. sino para protegerla. Así lo hizo. Más tarde le pondría el mío. —Desnúdate. y le pegan. Había hecho que le quitaran el de Ibn Saran. Vella corría tanto más peligro al ser una esclava de las consideradas de alto rango. Un murmullo de admiración se levantó en la sala cuando alzó la cabeza y sacudió su cabellera. a causa de los celos. ¡Qué orgullosa estaba! ¡Qué extraordinariamente bellas son las mujeres! Y ésa era mía. Eso sí. y mientras lo hacía ordené a un hombre que la siguiera para vigilarla y anunciarla. y la hacen rodar por el suelo. La vigilancia era necesaria no para evitar que la chica se escapara. A la manera goreana. cuando la muchacha llega a su celda. pero finalmente se puso a gatas y se encaminó a buscar el instrumento de castigo. es anunciar que se va a cumplir un castigo. a cuatro patas. los hombres se golpearon el hombro izquierdo. No llevaba ningún collar. pero sin levantarte. Lo recogió. Así. Algunos hombres y mujeres le escupen. Allí te azotaré. se lo puso entre los dientes y volvió hacia mí. furiosa. No le costó demasiado quitarse el andrajo y dejarlo a un lado. las muchachas del Tahari aprenden a ser más diligentes y complacientes en un futuro.

ella. Nadie puede asistir a la ejecución del castigo. La encontré arrodillada tras la pequeña puerta metálica de su celda. El guardia la había acompañado por el tumultuoso camino, pero al llegar a la habitación se había ido. Ella me miraba. Tomé el látigo de su boca, y me lo puse en el fajín. —Quítate ese harapo de la pierna —le dije. Ella obedeció, y lo puso a un lado. Le lancé una toalla para que se limpiara de toda la suciedad que había acumulado al arrastrarse entre mujeres vociferantes que le escupían y pegaban. Pareció satisfecha de poderse limpiar. Era evidente que la habían pegado mucho. Las demás esclavas se habrían aprovechado a fondo de la situación. Vella me miraba con lágrimas en los ojos. —¿Tarl? —preguntó. Se arrastró hasta mí, y se puso en pie para abrazarme, para apoyar su cabeza en mi pecho. En su muñeca estaba la seda. Era una esclava maravillosa, y eso era todavía más evidente cuando estaba desnuda. Me besaba. —Te quiero, Tarl —dijo. —Dame tu muñeca —le dije. Ella la extendió hacia mí, y yo le quité la seda, que introduje en mi fajín. —Hasta ahora no me he dado cuenta de cuál era tu plan —dijo Vella—, pero finalmente he comprendido que querías hacerme pasar por esclava ante los demás. Ahora ya estamos solos, Tarl. Abrí la pequeña ventanilla de la habitación, que estaba a unos dos metros y medio de altura, y que tenía barrotes. —¿Qué haces? —dijo Vella. Utilizaría la atadura normal del Tahari, en la que se abre la puerta para que la chica no se lastime contra las barras cerradas de la pequeña ventana. —¡Oh! —gritó. Hice que se incorporara, y la apreté, de rodillas, contra la pieza metálica plana sobre la que gira la puerta al cerrarse. Sus rodillas quedaban así entre las barras. Con un pedazo de correa de sujeción, se las até, cuidando de que el vientre quedara bien pegado a las barras. Acto seguido le até las muñecas a ambos lados de la ventanilla superior, de manera que quedó con los brazos extendidos, bien atada. —¡Tarl! —gritó. Podía agarrarse a una barra con su mano, si así le resultaba necesario. La miré detenidamente. —Tarl, no es necesario que lleves tu plan tan lejos —dijo—. No nos

sorprenderán. No se permitirá que las chicas vuelvan aquí hasta las primeras horas de la mañana, así que no es necesario que me ates de esta manera. ¡Si no puedo mover ni un músculo! No dije nada. Sus razonamientos eran absurdos, pero debía considerarse que era una mujer de la Tierra. —¡Ya basta! —dijo—. ¡Suéltame! ¿Me has oído? ¡Suéltame! Pero vio que no le hacía ningún caso. La parte derecha de su cara estaba presionada contra la barra de hierro de la parte superior de la puerta. —Tarl —me dijo—, ¿te das cuenta de lo que has hecho? —¿Qué he hecho? —pregunté. —Me has puesto en la posición que se emplea en el Tahari para azotar a las chicas. —¿Ah, sí? —¡Es degradante! —dijo, indignada—. ¡Suéltame inmediatamente! Su desesperación era cada vez mayor, pero no la solté. Tomé el látigo que había sujetado en mi fajín. —Supongo que no me irás a pegar con ese látigo, ¿verdad? Soy una mujer de la Tierra, Tarl. No puedes tratarme como si fuera una mera goreana, una esclava. Sabes que no puedes hacerlo. Desplegué el látigo. Su larga correa quedó suelta. —Estamos solos —dijo ella—. Nadie sabrá si me has pegado o no. No necesitas pegarme. Basta con que digas que lo hiciste. Yo confirmaré todo lo que digas. Ya no hace falta que sigas con toda esta comedia. Intentaba volver la cabeza para mirarme, pero no podía alcanzar a verme en el punto en el que yo me encontraba. —Estoy segura —continuó diciendo Vella— de que no querrás hacerme una auténtica esclava, pues al fin y al cabo tú también eres de la Tierra. ¡Suéltame! ¿Me oyes? ¡Suéltame ahora mismo! No dije nada. Pero no la solté. —Nadie sabrá si me has azotado o no. —Yo sí lo sabré —dije—. Y hay otra persona que también lo sabrá. —¿Quién? —Ese animal pequeño, esa esclava llamada Vella. Sus puños se apretaron en sus ataduras. Tras el cuarto latigazo lanzó un grito prolongado antes de decir: —¡Ya me has castigado! ¡Ya me has castigado! ¡Para! ¡Basta! Tras el sexto latigazo lanzó otro grito y dijo: —¡Por favor, amo! ¡Por favor! ¡Te lo ruego! Le di veinte latigazos a la esclava. Finalmente la desaté, y cayó en las baldosas, ante mí. Enseguida me agarró las piernas, y lloró sobre mis botas.

—¿Qué eres? —le pregunté. —Una esclava goreana a los pies de su amo —contestó. —No he hecho más que empezar a castigarte —le dije. Ella me miró atemorizada. Le até su andrajo en torno al cuello, y luego le até las manos a la espalda. Finalmente la empujé por los pasillos, y salimos al exterior, en donde la até a la silla de mi kaiila. Nos dirigimos a la kasbah que había sido de Tarna. Allí la bajé al cuarto nivel, el inferior. Le arranqué el andrajo y lo eché en una celda, para recogerlo más tarde. Seguí empujando a Vella hasta que llegamos a la cámara de marcaje. Hassan me esperaba allí, con el hierro ya caliente. Era el mismo hierro con que la noche anterior habíamos marcado a la orgullosa Tarna. Se había limpiado con un disolvente. Apresé enseguida el cuerpo de Vella en los cierres. Un solo hierro, bien cuidado, puede servir para el marcaje de miles de mujeres. —¡No, amo! —gritó ella—. ¡Por favor! —¿Deseas marcarla tú? —me preguntó Hassan. —Sí —dije. Le pondría la marca en el muslo izquierdo, encima de la marca de los cuatro cuernos de bosko. Sería la marca normal de las esclavas de Gor, la que le correspondía a una muchacha de bajo rango, una que, como ella, no hubiera sido completamente satisfactoria. Alcé el hierro, blanco, incandescente, para que la chica lo inspeccionara. —¡No me marques! —gritó—. ¡Por favor, no me marques! Hassan la miraba con cierto interés. —Ya estamos preparados —le dije a Vella. Ella me miró, y luego miró al hierro ardiente. Su rostro asumió una expresión de terror al ver que se acercaba a su carne. Lo sujeté apretado a su muslo. —¡No! —gritaba ella—. ¡No! —Se te ha de marcar, esclava —dije, sujetando el hierro. Lo mantuve presionado durante cinco largos ihns. Veía cómo penetraba en la piel, y cómo salía un humillo, y oía cómo silbaba la carne. Era una marca mayor que la de los cuatro boskos. Me aseguré de marcarla en lo más hondo. Los tres pudimos sentir el olor de la carne marcada. Finalmente, con rapidez, netamente, aparté el hierro del muslo de la chica. Su cabeza estaba echada atrás. Gritaba y sollozaba. —Una marca perfecta —dijo Hassan, contemplándola—. ¡Perfecta! Me complació mi trabajo. Esa marca sería la envidia de otras chicas. Además, aumentaría el valor de aquel animal caprichoso. Abrí los cierres que la aprisionaban, y la conduje, desnuda, llorosa, a la celda en la que había tirado su andrajo. La eché sobre la paja.

—Ponte en la postura de la sumisión femenina —le ordené. Ella obedeció. Se arrodilló, apoyándose en sus talones, con los brazos extendidos y las muñecas cruzadas, con la cabeza entre los brazos, bajada. —Repite lo que yo diga —le ordené—: Yo, antes Elizabeth Cardwell, del planeta Tierra… —Yo, antes Elizabeth Cardwell, del planeta Tierra… —… me someto en el momento presente, en mi totalidad… —… a quien ahora se conoce como Hakim de Tor… Ella repitió lo que le dije. Seguí: —… y así me convierto en su chica, en su esclava, y en un artículo de su propiedad, para que haga de mí lo que él desee. Ella volvió a repetir, y cuando lo hubo hecho Hassan me entregó el collar. En él estaba inscrita la frase “pertenezco a Hakim de Tor”. Se lo enseñé a la chica, pero ella no podía leer la escritura tahárica, así que se lo traduje, y se lo puse en torno al cuello. Se oyó el chasquido del cierre. —Soy tuya, amo. Dilo —le ordené. —Soy tuya, amo —dijo ella, con lágrimas en los ojos. —¡Felicidades por tu esclava! —dijo Hassan—. Es realmente un buen pedazo de carne. Bien, ahora debo ir a atender a mi propia esclava. Y soltando una carcajada abandonó la celda. La chica seguía estirada sobre la paja, y me miró. Sus ojos estaban húmedos por las lágrimas. —Ahora soy tuya, Tarl —dijo susurrando—. Te pertenezco. Me posees realmente. —¿Cuál es tu nombre? —pregunté. —El que mi amo desee —susurró. —Te llamaré Vella. —Soy Vella —dijo ella, con la cabeza gacha. Después de un tiempo, levantó la cabeza y dijo—: ¿Puedo llamarte Tarl? —Sólo si te doy permiso expresamente —contesté. —Una muchacha le pide a su amo si puede llamarle por su propio nombre —dijo Vella. —Permiso denegado. —Sí, amo. No iba a permitir que esa esclava pronunciase mi nombre. El nombre del amo no debe ser manchado en labios de una esclava. La miré. Seguía sobre la paja. —Has sido muy poco complaciente —le dije. —Una chica ha sido castigada por su amo —dijo ella. Tomé la cadena que había en la celda y también el collar, y lo fijé en su

ni el hierro. a algo que desconocías. y el saber que estoy bajo su control. —Lo que te extraña —dije—. puesto que el hombre es más fuerte que yo. y concretamente ante ti. y noté que se estremecía. en lo que en Gor se da en llamar el beso violador del amo. si me apetece —dije. sino mi debilidad ante la fuerza de los hombres. bajo su voluntad. —Sí. y su cuerpo se agitó. No sé qué pensar. que puede ser fuerte. es a lo que estás respondiendo en estos momentos. ¡Oh. sino la dominación masculina. —¿Me entregarás a los soldados? —me preguntó. —Sí. vivo. qué vulnerable me siento! Por primera vez en la vida sé que soy una esclava. es muy doloroso —dijo. y que te marquen. Sólo soy una chica goreana. Así quedó encadenada a la pared. volvió la cabeza a un lado y dijo: —Estoy confundida. abriéndome su cuerpo abrasador. —¡Esclava! —susurré. lo harás si así lo deseas. —Ahora tu cuerpo está caliente. —No pareces una chica de la Tierra. furiosa—. soy una esclava! —gritó. Lo que hice fue empujar sus labios con los míos. —Que te azoten. No es el dolor. Lo que es importante no es que tu amo te azote o no. Cada centímetro de su carne estaba caliente. —¡No! —dijo ella. sobre el otro collar. y sólo una esclava. a causa precisamente de este dolor. mirándola fijamente. —Sólo soy una esclava lujuriosa y descarada. tumbada sobre su espalda. Ya no soy una mujer de la Tierra. —Sí —dijo Vella—. Es temer su castigo. ¡Trátame como a tal! ¡Te quiero. —¿Y eso? —pregunté. me siento maravillosamente vulnerable ante los hombres en general.cuello. —¡Sí. sino que sepas que es completamente capaz de azotarte si no eres complaciente con él. una esclava goreana. Es una sensación extraña. ¡Te odio! ¡Me has azotado! ¡Me has marcado! ¡Me has hecho daño! Finalmente. La toqué en el hombro. eso es. —¿Sí? —Pero de todos modos. —Todavía no he empezado a castigarte —dije. . La toqué. No dejé que me besara. amo! Oímos gritos de soldados en las habitaciones contiguas. con crueldad. esclava —le dije. —Te odio —dijo ella. no es el látigo. A eso. en estos momentos —le comenté.

llamada Veema. y de la . —Pero a mí. Quizás el que envió el mensaje asumía que la información de los Reyes Sacerdotes era suficiente para identificar a Ibn Saran con Abdul. Era una muchacha de mensaje. hizo un largo camino. Así. El mensaje que llevaba decía “Cuidado con Abdul”. Mi hermano me lo pidió. Cerca de la cabecera de la marcha me reuní con Hassan. Ella gimió. —Era un hombre muy fuerte. Asentí. más allá de las atmósferas. —Yo lo hice —dijo Hassan—. no me resultó suficiente —dije. Yo cometí el error de identificar a ese Abdul del mensaje con el Abdul aguador de Tor. y finalmente lanzó un grito que seguramente traspasó todas las paredes de aquel nivel. ahí arriba. en ese tiempo. pero estaba al servicio de los kurii. para regocijo de los soldados y para sorpresa de las bellezas encadenadas que había por los alrededores. Levanté mi cabeza al cielo enorme y azul. se pierde un enemigo. Se obtiene una victoria. informaciones procedentes de Sardar eran a veces tan malas e imprecisas como las de los propios humanos. aquel hombre de movimientos parecidos a una sedosa pantera. Le dejaron en el desierto con agua insuficiente. —De todos modos —comenté—. ¿No estaba Ibn Saran en esa casa también? —Sí —respondí. a Veema? —pregunté. Yo no hice más que mandar a la chica. —Ése es un error que no habría cometido alguien del Tahari —me dijo Hassan—. Había sido un enemigo muy valioso. —El cálculo de tiempo es interesante. el Ubar de la Sal.Apreté salvajemente su cuerpo contra las piedras de la celda en la que se hallaba encadenada. más allá de las órbitas de Gor. llegó una chica. Había inscrito el mensaje hacía meses. en Puerto Kar. —¿Y quién envió a la muchacha de mensaje. Allí debieron capturarlo los hombres de Ibn Saran. Fue entonces cuando mi hermano entró en el desierto. las redes de información y de vigilancia de los Reyes Sacerdotes se habían visto severamente afectadas. Yo tampoco olvidaría fácilmente a Ibn Saran. —Hay algo que me confunde —le dije. Desde que se había producido la Guerra del Nido. —Conocía a otro que también era fuerte. Era un grito que expresaba a la vez el amor salvaje y la sumisión de una esclava. —¿Qué es? —Cuando estaba en la Casa de Samos. —Los Reyes Sacerdotes son muy afortunados de poder contar con hombres tan fuertes —afirmé. En algún lugar. despejado. para investigar unos rumores sobre una torre de acero.

se te arrastrará. de esclavos. y de Marte. sería inminente. —¿Amo? —La marcha será larga —le dije—. Los muros de aquellas fortalezas se veían brillantes. el que había sido el Ubar de la Sal. Sin duda.Tierra. y la de Tarna. Los kurii. Era una chica demasiado orgullosa. Si no aguantas de pie. los que habían querido destruir Gor para obtener la Tierra se hallarían en ese momento en descrédito. de todos modos. Los pendones se inclinaron. sospechaba. en alguna enigmática negrura del espacio. hacia las kasbahs. Me moría de ganas de empezar la marcha. estarían los mundos de acero. sino Gor. amo —dijo—. Los kurii debían pensar que podían atacar pronto. pensaba. el suyo propio. arrogante. Ella sonrió y besó el costado de mi bota. Eso no te gustó. —La muchacha lo sabe. ¡Eres magnífico! Con el revés de la mano la aparté del lado de mi silla. La destrucción de Gor había fracasado también. Miré al cielo. Un kur había luchado a mi lado para salvar el mundo goreano. Escuché los tambores. y tú me azotaste. y ella también me miró. Vi pendones. La invasión. Ahora has vuelto de Klima. La de Abdul. La Tierra sería un planeta esclavo de cierta utilidad. y me has azotado. Hassan bajó su mano. Y cuando tú estabas desamparado me burlé de ti. pero el último destino de su depredación sería Gor. La nave con aquel dispositivo destructor había traspasado las líneas de defensa de los Reyes Sacerdotes. En el pasado remoto ya habían perdido un planeta. el lugar de origen de los kurii. no querían la Tierra. Sentí la mejilla de la chica que llevaba conmigo sobre mi bota. Sé también que merecía que me azotaras. reedificaban su poder después de la Guerra del Nido. Me volví sobre la kaiila para mirar tras de mí. Vi las largas columnas de jinetes. Los tambores empezaron a marcar el ritmo de la marcha. Miré atrás. de kaiilas. y me has marcado. calientes y blancos al sol de la mañana. Allí quedaban las dos kasbahs. ¿Cuál sería el siguiente paso? El levantamiento de nativos kurii se había podido detener a tiempo en Torvaldsland. Se oyó el rumor de los arneses de las kaiilas y . Vi que los pendones se alzaban en sus lanzas. insolente. Los kurii debían conocer la debilidad del Nido. Ya no creía que los kurii volviesen a intentar sacrificar este mundo para obtener otro. Los tambores de la marcha aceleraron su cadencia. Los Reyes Sacerdotes. Era significativo que se enviara a un kur para detener la explosión. La miré desde mi montura.

A mi lado. .de las armas que transportaban. esa muchacha llamada Vella. caminaba mi esclava. junto al estribo. Empecé a marchar.

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